miércoles, febrero 8

Me pareció ver a un lindo gatito...



          Tras ingresar en Feisbuc y observar el tráfico que allí se desarrolla, tengo una importante pregunta que formular: ¿Qué demonios le pasa a la gente con los gatos? Dos de cada tres videos son de gatitos y hay montañas de comentarios que rezuman pasión por los mininos. Es como si se hubiera desatado una epidemia de ailuromanía  (que, como todo el mundo sabe, significa amor excesivo –o adicción- a los gatos).

          Vale, no es que el fenómeno me coja de nuevas. Tengo varios amigos que se colocan esnifando pelos de gato. Sobre todo una pareja, dos de mis mejores amigos, a los que sólo les falta rendir culto a Bastet (que, como todo el mundo sabe, es la diosa-gata egipcia). Tenían dos gatos, pero uno murió (descanse Nata en paz), y ahora vuelcan todo su amor sobre el que les queda. Pues bien, cada vez que les oigo hablar sobre sus gatos me sube el azúcar en la sangre y me entran ganas, primero de vomitar y después de colgarme de una viga.

          Y no es que tenga nada contra los gatos, ni mucho menos. Pepa, mi mujer, sí; odia a los gatos (a eso se le llama elurofobia. Joder, qué cantidad de cosas inútiles estáis aprendiendo en este post...). Pero yo no; me gustan los gatos... moderadamente. Prefiero los perros, lo reconozco; porque con un perro se puede mantener una conversación razonablemente sensata, mientras que con un gato es imposible. No te presta la menor atención. De hecho, un perro te quiere, mientras que un gato, en el mejor de los casos, te tolera.

          En fin, está tan clara la superioridad del perro sobre el gato, que no hace falta ni explicarlo. A fin de cuentas, los perros son nuestros amigos más antiguos, porque fueron la primera especie domesticada, hace entre 18.000 y 32.000 años. Bueno, los perros no, los lobos. Por cierto, ¿no os parece raro que el primer animal en domesticarse fuera una gran carnívoro? Algún día hablaremos de eso. El caso es que los gatos fueron domesticados hace sólo unos 9.000 años; son unos recién llegados. Además, en realidad son semidomésticos, porque, no nos engañemos, es imposible domesticar a un felino. Vamos, que a tu maravilloso gato no le puedes ni enseñar a dar la patita. Le falta coco.

          Fijaos, si no, en lo que pueden hacer los perros: Cazan, pescan, pastorean, rastrean, salvan vidas, tiran de trineos, protegen gente y animales, acaban con ratas y alimañas, guían a ciegos, proporcionan terapia, detectan explosivos... y dan la patita. ¿Qué hacen los gatos? Cazar ratones y protagonizar videos de internet. De hecho, los gatos no siempre han gozado de la buena prensa actual. Por ejemplo, recordad los gatos de dibujos animados... todos son villanos. Tom es el antagonista de Jerry, Jinks lo es de Pixie y Dixie, y Silvestre es el malo frente al canario Piolín. En el cómic Maus, de Spiegelman,  los ratones son los judíos y los gatos los nazís. Fritz the Cat, de Roger Crumb, es un yonqui. Para colmo, los gatos negros dan mala suerte.
          Hay algo que me pone muy nervioso de los gatos. Estás en tu casa, de noche, solo, haciendo lo que sea. Delante de ti está tu gato. De pronto, el gato se pone a mirar por detrás de ti, como si hubiera algo que se mueve y él lo siguiera con los ojos. Vuelves la cabeza, pero ahí no hay nada. Sin embargo, el jodido gato sigue en sus trece, siguiendo con la mirada algo que no está, y, sin dejar de mirar de un lado a otro, levanta las orejas, y gira la cabeza, y bufa por lo bajo, y tú piensas alarmado “¿Pero qué coño está viendo?”... Antes me ponía nervioso, pero ahora tengo la respuesta: El animal está ahí, con cara de decir “Uy, soy un gato, veo cosas que tú no puedes ver”, pero es mentira, puro postureo; no ve nada, te está vacilando, es un cabrón.

          Pero no quiero ser injusto; los gatos tienen cosas buenas. Por ejemplo, en el cómic underground Freak Brothers de Gilbert Sheldon (sobre tres hippys fumadores de marihuana), aparece un gato que no tiene nombre: Fat Freddy's Cat. En una de las tiras, alguien le pregunta a Fat Freddy por qué prefiere a los gatos en vez de a los perros. Y Fat Freddy contesta: “¿Has visto alguna vez un gato policía?”. Un punto a favor de los mininos: no son chivatos acusicas olisqueadores de alijos de maría. Y hay más. Los gatos son independientes, y no hay que sacarlos a pasear, y son elegantes, y son bonitos (aunque no tanto como ciertos perros; el setter irlandés, por ejemplo). Ah, y hay unos videos de gatos que me encantan: los videos en que aparecen pepinos y gatos. Buscadlos –cats & cucumbers- y veréis qué risa.

          Algunos perros, por su parte, tienen el grave defecto de ser demasiado dependientes de ti. Eres el jefe de la jauría, el macho alfa, te idolatran, y a veces se ponen muy pesados. Pero eso se soluciona eligiendo la raza canina adecuada. ¿Quieres un perro más independiente? Pues agénciate un mastín. Mi último perro, Spok, era un mastín del pirineo, una especie de perro-gato por carácter, ochenta kilos de puro músculo y tan alto puesto de patas como yo. Los mastines son tan independientes como los gatos y el único problema que te darán es evitar que se coman a alguien.

          Otra complicación de los perros es que necesitan mucho espacio; un piso no es lugar adecuado para que viva un perro, salvo que sea una de esas ridículas miniaturas de compañía. Pero eso se soluciona comprándote una finca, claro. Y... ya no se me ocurren más problemas específicos de los canes.

          Supongo que muchos de los múltiples amantes de los gatos estarán leyendo esto con el ceño fruncido y expresión torva. No hay motivo, insisto, no tengo nada contra los gatos. Pero está claro que los perros son intelectualmente superiores. Aunque, en última instancia, ambos, perros y gatos, pueden ser un coñazo. Ya, ya sé, mi ailuromaniaco amigo, que te resulta imposible contemplar a tu mascota con algo que no sea el más profundo amor, pero voy a intentar que adoptes, siquiera durante unos minutos, un punto de vista diferente. Te sugiero que leas un cuento de P. G. Wodehouse llamado Adiós a todos los gatos (lo puedes encontrar en Internet). Cuenta lo que ocurre cuando, durante un fin de semana, un hombre va a pedir la mano de su prometida al hogar de los padres de ésta, una mansión llena de gatos y perros; sobre todo gatos. Es uno de los relatos que más me han hecho reír en mi vida, y además te permite comprender hasta qué punto es posible odiar a los mininos.

          ¡Alto ahí! ¡Es imposible odiar a esas cositas tan tiernas, a esas bolitas de algodón, con esos ojitos, ese morrito y esos bigotitos adorables! ¿Seguro? ¿Los gatitos son cositas tiernas y adorables? Me temo que esa opinión es fruto de una información sesgada. ¿Habéis visto alguna vez a un gato cazando a un ratón? Yo sí, y me revolvió el estómago. Porque antes de matarlo, el gato se tira un buen rato torturando literalmente al pobre ratón.  No me apetece describirlo, es muy desagradable. Pero hay videos en Internet; poned en Google “gato torturando a ratón” y se abrirá ante vuestros ojos una auténtica galería de los horrores. ¿Cositas tiernas los gatos? Sí, claro; tiernísimas. Se merecen que les pongan un pepino al lado.

          No obstante, hay un gato que siempre ha contado con mi apoyo, con la esperanza, además, de que haga uso de toda su crueldad. Toda la vida he deseado ardientemente que Silvestre atrape a Piolín, ese canario insufrible, y se lo coma, no sin antes infligirle un atroz tormento.

          Por último, una pregunta a los ailuromaniacos: Si los gatos tuvieran el tamaño de un mastín, ¿tendríais un gato?