
El pasado domingo tuve el dudoso placer de presenciar por TV la ceremonia de los Premios Goya. Podría hablar de una gala larguísima, aburrida, totalmente carente de glamour, con un guión sonrojante y una presentadora, Carmen Machi, que viene a ser la versión actual –e infinitamente más sosa- de Florinda Chico. Sí, podría hablar de todo esto, pero ¿para qué? A fin de cuentas, la ceremonia de los Oscar tampoco es para tirar cohetes. No, lo que me cuestiono es la misma esencia de los Premios Goya, pues, lejos de ser la gran fiesta del cine español que pretende ser, no es más que la evidencia palpable de las infinitas carencias del cine español.
De entrada confesaré que sólo he visto cuatro de las películas que han recibido algún premio, pero nada más empezar la gala, ya sabía con absoluta certeza quiénes eran los ganadores de cinco de los Goyas. En primer lugar, el de mejor actor para Benicio del Toro y mejor actriz secundaria para Penélope Cruz. ¿Por qué? Porque ambos estaban presentes en la gala, y ninguno de los dos hubiese asistido sólo para poner cara de tonto mientras el premio se lo llevaba otro. También estaba claro que el premio al mejor guión adaptado se lo llevaría
Los girasoles ciegos, porque es de Azcona, y Azcona murió recientemente. Igualmente claro estaba que el premio a la actriz revelación se lo llevaría Nerea Camacho, porque es una niña, y que el premio al actor revelación iba a ser para J. M. Montilla, porque es un discapacitado (y esto lo digo con independencia de la calidad de sus interpretaciones –no las he visto-, pero es que no podía ser de otra forma). En fin, todo de lo más rutinario.
El problema, amigos míos, es que el cine español es tan pobre, tan falto de recursos, tan poco imaginativo, tan coñazo, tan repetitivo, tan, en definitiva, mediocre, que hay muy poco donde elegir. Yo diría que existen más categorías de Goyas que películas que se los merezcan. Por ejemplo, entre las candidatas de este año estaban
Vicky Cristina Barcelona y
Che, el argentino, dos películas de producción española (al menos en parte), pero que no tienen nada de español. Luego estaban
Los crímenes de Oxford y
Sólo quiero caminar, dos thrillers. Por desgracia, en España no se nos da nada bien ese género. He visto
Los crímenes de Oxford y me pareció aburrida y mediocre. No he visto
Sólo quiero caminar, pero me han hablado fatal de ella; además, vi
Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, también de Díaz Yáñez, y me pareció simplemente ridícula. En cuanto a
El truco del manco, no la he visto, pero me suena a neo-neorrealismo al estilo León de Aranoa.
Y luego tenemos
Los girasoles ciegos, la fallida propuesta española para los Oscar, el film que contaba con mayor número de candidaturas. Lo he visto. ¿Que qué me parece? Me parece que es O.M.P.S.G.C.P. Es decir: Otra Maldita Película Sobre la Guerra Civil y la Posguerra. Correctamente hecha, bien interpretada, pero lo de siempre, más de lo mismo, todo tediosamente predecible. No he leído la novela de Alberto Méndez y puede que sea una maravilla, pero desde luego su autor no le echó mucha imaginación a la hora de desarrollar el argumento.
Sin lugar a dudas, el principal y más contundente acontecimiento español del siglo XX fue la Guerra Civil (ensayo de la guerra gorda que vendría a continuación). Entiendo, por tanto, que muchos creadores hayan vuelto su mirada hacia ella para usarla como escenario de sus ficciones (yo mismo lo hice en mi novela
El coleccionista de sellos). Lo que ya no entiendo es por qué casi todas las obras centradas en la Guerra Civil aparecidas en España se parecen tanto entre sí. Es como si sólo hubiera una forma de contarlo, como si alguien hubiera establecido un patrón y nadie se atreviera a salirse de él.
Las bicicletas son para el verano,
La colmena,
La lengua de las mariposas,
Tiempo de silencio,
Los girasoles ciegos... todo igual, todo repetitivo, la caspa, los pérfidos franquistas, los curas tridentinos, los rojos perseguidos y humillados... no digo yo que no sea real, pero joder, qué aburrido.
Y es que manda cojones que tenga que llegar un mexicano, Guillermo del Toro, para realizar una película sobre la Guerra Civil diferente. Porque esa pequeña obra maestra que es
El laberinto del fauno resulta infinitamente más brillante, imaginativa y contundente que cualquier otra película sobre el mismo tema realizada por un español.
Pero si de verdad queremos apreciar a través de los Goya la realidad de nuestro cine, deberemos fijarnos en el Goya de Honor de este año: Jesús Franco (¡!). Vale, puede que el tipo nos caiga simpático, puede que a su modo sea una institución, puede que trabajara con Orson Welles, pero premiar a ese fabricante de truños es como darle el Príncipe de Asturias a Corín Tellado. ¿Os imagináis a Russ Meyer recogiendo un Oscar? En fin, penoso; pero eso es lo que tenemos.
Bueno, queda la cinta que ganó el Goya a la mejor película,
Camino. No la he visto, pero me han hablado bien de ella y, por lo que sé, es una obra valiente y oportuna. Acepto que sea una buena película. Además, sería estadísticamente extraño que de todas las películas que se ruedan en España no sobresaliese alguna. En cualquier caso, el panorama general, año tras año, resulta deprimente.
Quizá todo se deba a que el cine, igual que la novela, es un arte narrativa, y en España tenemos una tradición narrativa muy pobre. Ah, vale, vale, el Siglo de Oro; en aquella época nuestro país producía sin duda la mejor narrativa de Occidente. Pero llegó el siglo XVIII, que fue un páramo en lo que a novela se refiere, igual que la mayor parte del XIX. A finales de ese siglo y comienzos del XX la narrativa parece resucitar, pero se trata, salvo honrosas excepciones, de una narrativa anclada casi exclusivamente en el realismo, pero no en su sentido amplio, sino en un realismo corto de miras, pacato, un realismo de alpargata y caspa, un realismo que se arrastra por el suelo sin atreverse jamás a alzar la cabeza. Posteriormente, tras los estragos de la posguerra, la clase literaria española le da la espalda a la narrativa y se vuelca en otros aspectos de la novela: el compromiso, el estilo, la voz., la disertación... ¿Exagero? Pues comparad nuestra novelística de los últimos cien años con la de cualquier país de nuestro entorno y llorad. Y si nos centramos en la literatura de género, la cosa es aún peor. Pero es que, como dije hace tiempo en otra entrada, resulta muy difícil que se produzca alta literatura si se carece de una buena literatura de género.
Sea como fuere, carecemos de tradición narrativa y eso se refleja en nuestro cine. Aunque puede que las cosas estén comenzando a cambiar y, sorprendentemente (o no), lo hacen desde el cine de género; en concreto, el cine de terror. Quizá la ruta la marcó Amenabar (nuestro mejor narrador cinematográfico), debutando con thriller, siguiendo con una de ciencia ficción y consiguiendo el éxito internacional con una de miedo. En cualquier caso, ahí están Jaume Balagueró, Paco Plaza, Juan Antonio Bayona, Nacho Vigalondo, Juan Carlos Fresnadillo... Os parecerán mejores o peores, pero todos ellos narran con solvencia y, sobre todo, se atreven a salirse de los rígidos patrones de nuestro cine haciendo cosas diferentes (por cierto, el antecedente de todos ellos fue Chicho Ibáñez Serrador).
Por último, para completar esta pesimista visión de nuestra cinematografía, os voy a decir quién es en mi opinión el mejor director español vivo, nuestro único cineasta absolutamente genial (dejando aparte a Berlanga, que ya está muy viejecito): Víctor Erice. Y ahí le tenéis, malgastando su extraordinario talento en publicidad y sin haber podido rodar más que dos películas, cinco cortos y un documental.
En fin, así nos va.