miércoles, abril 29

Güevos fritos con chorizo

Si, como hemos hecho otras veces, comparamos la literatura con la gastronomía, debo reconocer no estoy muy seguro de contar con un paladar particularmente refinado. En cierto modo, soy un tragón que come de todo; puedo zamparme con agrado unos ñoquis esféricos con raviolis de mantequilla al jugo de piel de patatas asadas de El Bulli, pero no le hago ascos a unos buenos huevos fritos con chorizo. Es más, en muchas ocasiones prefiero la gozosa contundencia de una fabada a las sofisticadas exquisiteces de la alta cocina. Depende del capricho o del estado de ánimo. En fin que, tanto en lo culinario como en lo literario, soy un patán, qué le vamos a hacer. Ahora, eso sí, soy un patán exigente. Si lo que me voy a meter para el cuerpo es un sofisticado plato que me va a costar treinta euros de vellón, exigiré que su sabor, su aroma y su textura me hagan levitar; y si lo que me como son un par de huevos con longaniza, exigiré que el embutido sea de primera calidad y que los huevos estén bien preparados, con la yema líquida y la clara cuajada rodeada por un crujiente encaje tostado. Patán, pero sibarita.

Siempre he sido un gran lector, aunque no un lector muy selecto que digamos, al menos en mi primera juventud. Hasta los once o doce años, lo que leía fundamentalmente eran tebeos. Toneladas de tebeos, desde el Tío Vivo o el Pulgarcito hasta Superman, Flash Gordon o El Hombre Enmascarado. También leía lo que había para niños en aquella época, que no era mucho: algo de Enid Blyton y, sobre todo, Las aventuras de Guillermo, de Richmal Crompton. Y no me duelen prendas en confesar que eso último, las excelentes historias de Guillermo Brown, quizá sea la lectura que más me ha marcado en mi vida. El caso es que, cuando contaba unas doce tiernas primaveras, descubrí la ciencia ficción y me lancé a consumirla con pantagruélico apetito; de hecho, creo que durante tres o cuatro años era casi lo único que leía. Luego, convertido ya en un pizpireto pos-adolescente, comencé a ampliar mi espectro de lecturas, pero nunca abandoné del todo la ciencia ficción. Hasta que, allá por los 80-90, el género tomó un rumbo que no me convencía y dejé prácticamente de leer cf.

Pero todavía hoy, de vez en cuando, mi naturaleza omnívora me demanda leer un libro de cf, y no os creáis que es fácil encontrar uno decente en estos tiempos. De hecho, desde hacía unos meses andaba yo querencioso de una novela de cf clásica, de las de toda la vida; no hacía falta que fuese especialmente buena, me bastaba con una lectura intranscendente, pero que respetase mi inteligencia y mi buen gusto de patán. Y de repente, zas, me encuentro con Visión ciega, de Peter Watts (Bibliópolis, 2009). El argumento va de lo siguiente: “El 13 de febrero de 2082, más de 65.000 sondas de origen desconocido aparecieron alrededor de la Tierra, dispuestas en una red esférica para cubrir toda la superficie del planeta. Con un destello simultáneo, se desintegraron en la atmósfera... y enviaron una señal al espacio. Alguien acababa de hacernos una foto”. Vamos, que se trata de una novela de primer contacto.

Adoro esa clase de historias. De hecho, creo que el encuentro entre la humanidad y una inteligencia extraterrestre es, en todas sus variedades (primer contacto, mensaje espacial, invasión...), uno de los temas centrales del género. Y esa es una de las cosas buenas de los géneros: leer cómo diferente autores proponen distintas alternativas para el mismo tema. Además, estamos hablando de un asunto que ha generado títulos tan estimulantes como Cita con Rama, de Clarke, Estación de tránsito, de Simak, Marciano vete a casa, de Brown, o Solaris, de Lem, eso por no mencionar las múltiples invasiones extraterrestres que han asolado la Tierra desde los tiempos del viejo Wells. El caso es que Visión ciega había sido finalista al premio Hugo y venía precedida de buenas críticas, de modo que me la agencié y me dispuse a disfrutar de un tonificante relato de primer contacto.

Lo primero que descubrí nada más empezar es que me costaba un huevo (y no precisamente frito) entender lo que leía. Sea porque el autor escribe de forma confusa, o porque el traductor no ha hecho bien su trabajo, el caso es que me resultaba difícil comprender el texto, en particular las descripciones. Algunos párrafos los releía dos o tres veces y seguía sin tener ni puñetera idea de qué narices pretendía decirme el señor Watts. Pero a lo mejor es que yo me había vuelto tonto, pensé, así que seguí adelante ajeno al desaliento.

Bien, según la novela, un artefacto extraterrestre, llamado Rorschach, aparece en algún lugar del espacio (de cuya localización no acabé de enterarme) y los terrestres mandan una nave espacial para investigarlo. Hasta ahí, normal. Pero la tripulación de la nave está formada por un grupo de humanos transformados por biotecnología para ejecutar mejor ciertas tareas: al narrador le falta medio cerebro y es incapaz de empatizar, una tripulante tiene personalidad múltiple, otro está conectado a la maquinaria de no sé que manera y... ah, sí, el jefe del cotarro es un vampiro. Sí, no me miréis así, un vampiro, aunque todavía me pregunto qué coño pinta un nosferatu en ese turbio asunto. El caso es que todo eso ya no me parece tan normal. Paraos a pensarlo: va a producirse el primer contacto con extraterrestres ¿y la humanidad envía como emisarios a un grupo de frikis que no desentonarían lo más mínimo en un barracón de feria? Sería algo así como nombrar embajador de España en la ONU a Rappel.

Pero olvidémonos de la lógica. La cuestión es que resulta imposible simpatizar (ni empatizar) con ninguno de los extraños personajes de la novela, comenzando por el narrador, un tipo medio autista que, supuestamente, está entrenado para captar la verdad de la gente, pero que se pasa media novela sin enterarse de nada. El autor intenta infructuosamente prestarle cierta humanidad mediante una serie de flash backs que narran un amor frustrado, pero lo cierto es que esa historia carece por completo de interés. Así que tenemos un texto confuso poblado de personajes vacíos; vale, pero al menos sucederán cosas asombrosas, ¿no?

Pues no mucho. Algunos tripulantes aterrizan en la superficie de Rorschach, un lugar, como es lógico, muy raro que, como el autor es confuso en las descripciones, acaba resultando más raro aún. Y a los personajes les suceden cosas raras. Y aparecen unos ET’s muy raritos. Y de vez en cuando alguno de los tripulantes se enrolla marcándose un soliloquio lleno de “ideas sorprendentes” y excitantes disquisiciones científicas. Y al final la novela acaba... en fin, no estoy muy seguro de saber cómo acaba la puñetera novela. En resumen: fui al restaurante de la ciencia ficción y me sirvieron unos huevos requemados, con la clara sin cuajar, la yema dura y un chorizo de tercera.

Ahora bien, ¿vale la pena dedicar un post a una mala novela? A fin de cuentas, malas novelas las hay a paletadas... Sí, es cierto, y por lo usual no perdería el tiempo hablando de esta clase de chorradas; pero es que se supone que Visión ciega es de lo mejorcito que ha producido el género en los últimos tiempos, lo cual me lleva a preguntarme: si esto es lo mejor, ¿cómo será lo peor?

jueves, abril 23

El día de las puertas


Hoy es el Día del Libro. Es curiosa esa costumbre de asignarles días a determinados temas; día de los enamorados, Día de la madre, Día del trabajo, Día del orgullo gay, Día de la lucha contra el cáncer, Día del orgullo friki, Día de la paz, Día de la mujer trabajadora, Día contra la violencia de género, Día mundial de las enfermedades raras (sic), Día europeo de la salud sexual, Día mundial de la rabia (debe de caer en lunes; los lunes dan mucha rabia), Día mundial de la población (¿qué narices se celebrará ese día?; sea lo que sea, lo celebramos todos), Día europeo de la depresión (un lunes de nuevo), Día mundial del Lupus o, en fin, un tropel de días mundiales dedicados a todas las enfermedades que puedas imaginarte y muchas otras que ni siquiera sospechabas.

Lo que me escama del asunto es que sólo haya 365 temas conmemorables y uno más cada cuatro años (¿el día del tartamudeo?). No, seguro que hay muchos otros. Pero entonces, se solaparán, ¿no? Por ejemplo, el Día de la lucha contra el etilismo podría coincidir el Día mundial del vino, lo cual resultaría un tanto esquizofrénico. Aunque podría partirse el día por la mitad: de doce de la noche al mediodía dándole al morapio con entusiasmo y las otras doce horas sin probar una gota, durmiendo la mona (bien pensado, recuerdo haber celebrado ese día más de una vez).

En fin, tanto día internacional ha acabado por convertir el calendario en una especie de índice temático, lo cual, qué queréis que os diga, se me antoja un tanto inútil. ¿Quién se va a acordar de tantas conmemoraciones? Pero, claro, hay días y días. Por ejemplo, ¿a que no habíais oído hablar jamás del Día mundial del ahorro (31 de octubre)? Aunque, bien mirado, en eso hay cierta lógica: que nadie se entere del día dedicado al ahorro no deja de ser una forma de ahorrar. En general, los días conmemorativos que son fiesta se recuerdan de puta madre, huelga explicar por qué. Ahora bien, los laborables ya son otro cantar. Algunas conmemoraciones te las recuerdan las múltiples personas que te asaltan por la calle para sueltes la pasta en favor de alguna buena causa. En esos casos sucede algo curioso: cuando aflojas la mosca, te ponen una pegatina, y esa pegatina te permite eludir los sucesivos pagos que diferentes personas te van a exigir más adelante, pues ya has apoquinado. De modo que cuando das, por ejemplo, un par de euros contra el cáncer no estás realizando una buena acción, sino comprando inmunidad. Sencillamente, te habían hecho una oferta que no podías rechazar.

En cualquier caso, de la mayor parte de los días internacionales ni nos enteramos, lo cual no deja de ser un alivio. Y de los que nos enteramos, algunos son discutibles. Por ejemplo, el Día de los enamorados, San Valentín. Cuando tu chica o chico se lamente porque no le has comprado nada, puedes decir: “Pero si eso es un invento de El Corte Inglés para sacarnos la pasta”. Y tu pareja se calla, porque tienes más razón que un santo. Ahora bien, igualmente hay días internacionales indiscutibles, como el Día de la madre. También es un invento de El Corte Inglés, pero coño, como no le regales algo a mamá quedas como un cerdo. Ergo: a la parienta que le den, pero una madre es una madre.

También hay días internacionales simpáticos, por supuesto, como el que celebramos hoy, dedicado al libro. Porque está bien eso de regalar libros y rosas, ¿verdad? Quiero decir que si, por ejemplo, fuera el día internacional del embutido, la cosa sería distinta. Regalas un libro y una rosa y quedas como un señor, pero regalas unas morcillas y sólo te falta el botijo y la ristra de ajos para parecer un gañán. Creo que por eso (y por El Corte Inglés) está teniendo tanto éxito el día del libro, aunque sea laborable: hace que por un día todos nos sintamos bien con nosotros mismo y con los demás. Porque cuando le regalas a alguien un libro y una rosa, lo que en realidad estás diciendo es: “mira, yo soy una persona culta y sensible, y como también sé que tú eres una persona culta y sensible, te hago este regalo tan culto y sensible”. Y quien recibe el obsequio se quedará encantado, pensando: “que persona más culta y sensible, y qué perspicaz al haber sabido percibir al sensible intelectual que late en lo más profundo de mi interior”. Vale, en la mayor parte de los casos, ambos personajes serán un par de tarugos con la sensibilidad, en efecto, en lo más profundo de su interior (el culo) que utilizarán el libro para calzar una cómoda y que se olvidarán de la rosa a los tres segundos de dejarla en un tarro de Nocilla con agua. Sí, es cierto, pero al menos por un día se habrán sentido como una de esas personas cultas y sensibles que de vez en cuando aparecen en televisión (v.g.: Antonio Gala).

Por otro lado, en este éxito del día del libro también interviene el factor económico. Quieras que no, los libros y las rosas son relativamente baratos; por menos de treinta euros quedas como un marqués (incluso puede salirte gratis si regalas el impoluto libro que algún panoli te regaló el año pasado y cortas la rosa de un jardín). Seguro que el Día del Diamante tendría menos concurrencia. Sea como fuere, es innegable que tiene su punto poético dedicar un día a que la gente se regale libros y rosas; aunque, en mi opinión, un auténtico poeta metería en agua el libro y leería la rosa.

Para terminar: si pensabais que por ser hoy el Día del Libro os iba a regalar un ídem, o cuando menos la recomendación de un ídem, estáis muy equivocados. Muy lejos de todo rastro de generosidad, me limitaré a formular una breve reflexión: ¿os habéis fijando en lo mucho que se parecen un libro y una puerta? Centrémonos en la cubierta: al igual que una puerta, ambos objetos son planchas rectangulares de un material rígido que giran sobre un eje vertical. ¿Y las páginas? Una sucesión de puertas blandas numeradas que cruzas en un sentido y en el contrario, llegando siempre a la siguiente puerta. Y cada página, como cada puerta, te conduce a un lugar distinto. Es curioso, ¿verdad? Seguro que alguien inteligente sabría alcanzar sabias conclusiones al respecto. Desgraciadamente, no es el caso.

Feliz Día del Libro, amigos míos, y no olvidéis que mañana es el Día nacional de la Fibrosis Quística, pasado el Día africano del paludismo, el 26 de abril el Día mundial de la propiedad intelectual, el 28 Día mundial de la seguridad y la salud en el trabajo y el 29 el Día Europeo de la Solidaridad y Cooperación entre Generaciones, que mira que hacía falta.

Nota: esta mañana he oído un chiste en la radio. Trata sobre libros, así que tengo un pretexto perfecto para contároslo.

Hay dos cabras comiendo en un vertedero. Una de ellas encuentra entre las basuras unas latas con rollos de película cinematográfica y empieza a comerse el celuloide. Su compañera le pregunta:
-¿Qué tal está?
Y la cabra responde:
-Me gustó más el libro.

martes, abril 21

La Muerte surfeando sobre la nueva ola

A la ciencia ficción le sucedió algo muy inusual, algo que, que yo sepa, no le ha sucedido a ningún otro género. Veréis, digamos que la cf moderna comenzó -por elegir una fecha estándar- en 1926 con la aparición de la revista Amazing Stories, editada por Hugo Gernsback. O quizá fue en 1929, con la publicación de Science Wonder Stories (otra revista de Gernsback), en cuyo primer número aparecía por primera vez ese término odiado, pero triunfador, que es “ciencia ficción”. Da igual, el caso es que el género se consolidó como tal durante la segunda mitad de los años 20. En ese periodo, y durante los años 30, la ciencia ficción consistía básicamente en historias sobre superciencia y space operas (aventuras espaciales); vamos, pura literatura pulp y, en general, muy mala. Al periodo que va desde 1938, fecha en que John W. Campbell asumió la dirección de la revista Astounding, hasta... digamos 1949, se le denomina la Edad de Oro. Los relatos que se publicaron en esa época eran más profesionales, más adultos, pero todavía adolecían de muchas deficiencias desde el punto de vista literario y, en el fondo, la mayor parte de ellos seguían siendo puro pulp. En cualquier caso, en ese periodo aparecieron los autores que conformaron la ciencia ficción “clásica”, gente como Asimov, Heinlein o Clarke.

Entre 1950 y 1965 tiene lugar la llamada Edad de Plata del género, aunque en mi opinión se trata de la auténtica Edad de Oro en muchos sentidos. Durante estos tres lustros, la ciencia ficción abandonó definitivamente el pulp y se volvió adulta. Muchos de sus autores comenzaron a emplear las herramientas del género para explorar territorios anteriormente vedados, como la política, el sexo, la sociología, la religión o la psicología. Durante estos años se consolidan autores como Frederik Pohl, Clifford D. Simak, Ray Bradbury, Philip K. Dick, Robert Sheckley o Alfred Bester. En efecto, la ciencia ficción creció hasta convertirse casi en una literatura respetable. Casi. Aún le faltaba un paso que dar, y lo dio en los años siguientes con la llamada New Wave.

La New Wave, o New Thing, se extendió, más o menos, durante la década que va desde 1965 a 1975. Este movimiento suponía un cambio de sentido en la temática del género; si la cf clásica se orientaba hacia las “ciencias duras” y el espacio exterior, la New Wave volvía la mirada hacia las “ciencias blandas” y el espacio interior. Es decir, el nuevo foco del género era el ser humano. Por otro lado, el movimiento exigía a sus autores un especial cuidado en el tratamiento literario de sus relatos y una búsqueda de nuevas vías a través de la experimentación. Durante este periodo, la cf alcanzó la madurez definitiva, forjándose en sus filas la mejor generación de escritores jamás vista en la historia del género: Roger Zelazny, Thomas M. Disch, Brian Aldiss, Robert Silverberg, Ursula K. Le Guin, M. John Harrison, Samuel R. Delany o Norman Spinrad.

Sin embargo, el movimiento fracasó. Por un lado, el fandom –el núcleo duro de los aficionados a la cf- no quería literatura, sino una constante repetición de los temas y tratamientos establecidos durante el periodo clásico. Los fans incombustibles, como niños pequeños, querían oír una y otra vez el mismo cuento. Por otro lado, la crítica mainstream, llena de prejuicios hacia el género, ni siquiera prestó atención a las nuevas y notables obras que surgían de su seno. Conclusión: los escritores New Wave se quedaron sin lectores y se vieron obligados a reciclarse o morir de asco.

¿Y qué fue de la ciencia ficción? No podía seguir el camino de madurez abierto por la New Wave, pues el núcleo básico los lectores no lo quería, y tampoco podía dar marcha atrás para regresar a una edad de oro que ya olía a rancio. Lo que nadie comprendió entonces es que la New Wave no fue un capricho, sino que surgió necesariamente a causa de la progresiva maduración de la cf (un antecesor y referente del movimiento fue el Alfred Bester de la generación anterior). Los géneros o evolucionan o mueren, y la cf optó por involucionar y comenzar a morir lentamente. Tras encandilarse durante un tiempo con el cyberpunk, y tras una infinita sucesión de fotocopias del Neuromante de Gibson, la cf ha ido dando palos de ciego sin saber qué camino tomar, perdiéndose en algún lugar a medio camino entre la repetitiva banalidad de los talleres de escritura y la constante autorreferencia. Y eso, en fin, es lo que me parece inusual de la cf: que tras alcanzar la definitiva madurez optara por regresar a una infancia autista, embarcándose en un desnortado viaje a ninguna parte.

Pero regresemos a la New Wave. El movimiento surgió en Inglaterra, en torno a cuatro escritores. El primero de ellos fue Michael Moorcock, una autor en mi opinión mediocre que, al asumir en 1964 la dirección de la revista New Worlds, comenzó a introducir en la cf nuevos contenidos relacionados con las inquietudes de otros tres escritores: William Burroughs, J. G. Ballard y Brian Aldiss. Quizá uno de los problemas de la New Wave fue la influencia de Burroughs; con la excepción de Harrison, el resto de los autores que siguieron su senda acabaron embarrándose en un cenagal de experimentalismo barato y autocomplaciente. En cuanto a Aldiss, un excelente escritor con altibajos, siguió su carrera tranquilamente, a la inglesa, abandonando el movimiento cuando llegó el momento, pero sin traicionarlo.

Y llegamos a James Graham Ballard, la clave de todo; porque, en realidad, la New Wave fue Ballard, y viceversa. Ballard consideraba que el planeta más extraño de todos es la Tierra y que los extraterrestres más complejos e incomprensibles somos nosotros, los seres humanos. Quizá en eso pueda resumirse el “toque Ballard”: mostraba a la humanidad como si fuera una sociedad alienígena y describía los entornos cotidianos como si fuesen paisajes extraterrestres, un mundo sujeto a poderosas fuerzas, tanto físicas como subconscientes (a menudo ambas cosas a la vez), capaces de trastocar el espejismo de orden y seguridad al que tan desesperadamente intentamos aferrarnos.

Pero Ballard hizo algo más. Él fue quien renegó del espacio exterior y propuso un viaje al espacio interior; para realizar ese periplo hacia las capas más profundas de nuestro inconsciente, el escritor tomó los mitos y los símbolos contemporáneos y los retorció, mostrando sus facetas más exóticas y primitivas, no tanto dirigiéndose a nuestro yo consciente, como incidiendo en nuestro sistema límbico, donde mora ese lagarto irracional y salvaje que tantas veces aflora en los relatos del inglés. Los paisajes que describe Ballard, desde los más alucinados hasta los más cotidianos, son en realidad paisajes mentales que apelan directamente a los arquetipos de nuestro inconsciente colectivo. Por eso los relatos pertenecientes al ciclo de Vermilion Sands, pese a su aparente trivialidad, resultan tan perturbadores, y por eso adentrarse en la selva enjoyada de Mundo de Cristal es muy similar a penetrar en un estado alterado de conciencia.

Pues bien, el pasado 19 de abril murió J. G. Ballard, uno de los mejores y más originales escritores del siglo XX. Si recordamos el no muy lejano y trágico fallecimiento de Thomas M. Disch, parece que la muerte ha decidido asestar un definitivo hachazo a la New Wave llevándose casi a la vez a dos de sus mejores autores, a dos de las más brillantes voces de la historia del género. Como dije tras la muerte de Disch, la única forma de rezar a un autor es leyéndole, así que rezaré a San Ballard releyendo alguna de sus mejores novelas o leyendo alguno de los textos que todavía no conozco. ¿Cuáles son las mejores obras de Ballard? Nunca he sabido responder a esa pregunta; creo que, en general, sus relatos ofrecen un nivel tan alto como homogéneo. No tiene una “mejor novela”, aunque sí las tiene peores, por supuesto. Personalmente, me quedaría con los antes citados Mundo de cristal y Vermilion Sands, aunque también podrían ser Rascacielos o Crash. Espero que algún que otro sabio merodeador nos dé su opinión al respecto.

Por lo demás, tiñamos de luto las pantallas de nuestros ordenadores porque hemos perdido a un gran escritor.

James Graham Ballard, 15 de noviembre de 1930 – 19 de abril de 2009. Descanse en paz.

lunes, abril 13

Me he comido a Rudolph

Puedo afirmar sin ningún género de dudas que la aurora boreal es uno de los espectáculos más asombrosos de la naturaleza; y puedo afirmarlo con tanta rotundidad porque me lo han contado, no porque haya visto alguna. Qué le vamos a hacer, amigos míos, durante ni una sola de las cuatro noches que he pasado en el Ártico se ha dignado el firmamento a ofrecerme el espectáculo de la cola del zorro, como llaman en Laponia a las luces del norte. Y me jode, no os creáis que no, porque, aun a riesgo de resultar infantil, me hacía un huevo de ilusión la posibilidad de ver una aurora boreal. Pero ya sabía que no iba a poder ser, así que la desilusión ha sido más tolerable. Hará un mes o así, leí en el periódico que el Sol estaba atravesando por uno de sus periodos de mayor calma, y las auroras boreales se producen en momentos de gran actividad solar. De modo que nada de auroras boreales, cachis en la mar...

Pero, dejando aparte el esquivo asunto de las auroras, el viaje ha sido cojonudo, entre otras cosas por inesperado. La verdad es que jamás había pensado en visitar Finlandia y creo que, de no ser porque mi hijo Óscar está allí de Erasmus, ni de coña habría puesto un pie en esas gélidas tierras. A fin de cuentas, si os preguntaran qué hay en Finlandia, sin duda responderíais que renos, teléfonos móviles, la casa de Papá Noel y poco más. Escasos motivos todos ellos para movernos a atravesar los miles de kilómetros que nos separan de allí.



No obstante, Finlandia es un país fascinante por muchas razones. De entrada, es una de las sociedades más civilizadas de Europa, con un altísimo nivel de educación y una cultura democrática envidiable (fue el primer país europeo en concederle el voto a las mujeres, por ejemplo). La verdad es que todo funciona razonablemente bien en ese país; yo creo que se debe a que los finlandeses se han pasado los últimos cien años temiendo ser invadidos por los rusos, así que andan todo el día como de puntillas, procurando no llamar mucho la atención, no vaya a ser que al gigante eslavo le de por ampliar fronteras. De hecho, después de la Segunda Guerra Mundial Rusia le quitó a Finlandia el territorio de Carelia. Debe de haber sido muy duro ser finlandés durante la guerra fría.



Helsinki no es una ciudad especialmente bonita, ni tampoco especialmente fea; el centro histórico es agradable, con calles amplias recorridas por tranvías, pero lo cierto es que los edificios más reseñables con los que cuenta son la catedral ortodoxa y, quizá, la catedral luterana. En cualquier caso, la plaza Kauppatori, junto a los muelles, es un lugar de lo más recomendable. Y, por cierto, ahí vi algo que no había visto nunca: el mar helado. Pero tampoco puedo hablar mucho de Helsinki, porque sólo estuve allí un par de días en total; tras encontrarnos mi mujer y yo con Óscar y su chica, Bea, cogimos todos un avión que nos condujo a Ivalo, una localidad situada unos trecientos kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, en plena Laponia.



Laponia, al menos la que hemos conocido, es una amplísima extensión de terreno nevado cubierto por bosques de coníferas, cuya orografía consiste básicamente en una sucesión interminable de amplias y redondeadas colinas (llamadas tunturis), atravesadas ocasionalmente por ríos helados. En realidad, es un paisaje muy monótono, pero también sobrecogedor. La densidad de población es ínfima y apenas se ven animales (salvo los omnipresentes renos); sólo logré distinguir un pájaro durante todo el tiempo que estuvimos allí, y aunque hay bichos (como evidencian sus pisadas en la nieve), sencillamente no se dejan ver. Por otro lado, al decir que todo estaba nevado estoy siendo literal; salvo la carretera principal, que sólo mostraba ocasionales placas de hielo, el resto de las carreteras eran pistas heladas flanqueadas por nieve y más nieve. También llama la atención la luz; el Sol está muy bajo en el cielo, incluso a mediodía, así que la luz es mucho menos intensa, como la de un constante atardecer. Las pocas casas que se ven son siempre de madera, pintadas generalmente de rojo, aunque también de verde y amarillo; salvo por los coches modernos, uno podría estar en cualquier época. Todo ello, la soledad, la quietud, la infinita blancura, la luz extraña, la intemporalidad, produce una extraña sensación de irrealidad, como si hubiéramos desembarcado en otro planeta o en otro tiempo.




Nos alojamos en el hotel Kakslauttanen, cerca de Saariselka, un conjunto de cabañas de madera. La nuestra constaba de dos dormitorios, dos baños, un salón, una cocinita y una sauna, algo imprescindible en la sociedad finlandesa. La cabaña, rodeada y cubierta de nieve, era rústica, pero cálida y confortable; y lo de la calidez es muy importante, porque la temperatura diurna oscilaba entre los dos o tres grados sobre cero y los dos o tres bajo cero. Por la noche descendía hasta los diez o doce por debajo del punto de congelación. Mucho frío, sí, pero muy seco y sin viento, lo cual, si uno va bien pertrechado, hace que las bajas temperaturas sean muy tolerables.



En fin, hicimos todo lo que unos buenos turistas deben hacer: paseos en trineos tirados por renos o por huskys y periplos nocturnos y diurnos en motos de nieve. También probamos la gastronomía lapona, que se reduce a sopas, salmón y carne de reno. Las sopas están buenas, el salmón no me gusta y en cuanto al reno... ¿Habéis visto carne de reno en las carnicerías o en las tiendas de delicatessen? ¿A que no? Y con razón; es como masticar corcho. Lo probé una vez (es cierto, lo confieso, me he comido a Rudolph) y me juré a mí mismo mantenerme alejado en el futuro de esa carne de sabor tan escaso como poco agradable.


En cuanto a los lapones, o sami, dicen que hay casi siete mil censados en Finlandia, pero yo sólo vi a uno (nuestro guía de trineos tirados por renos). La mayor parte de ellos vive más al norte de donde estábamos, en las franjas árticas próximas a Noruega y Suecia. Es curioso esto de los sami; cuando pensamos en “indígenas”, evocamos las tópicas imágenes de África o Sudamérica, pero ni se nos pasa por la cabeza pensar en Europa. Pero hay indígenas en nuestro viejo continente; al menos están los sami, una raza de ganaderos neolíticos que vivían en tipis idénticos a los de los indios norteamericanos. Desde hace siglos, los sami se han visto expulsados de sus territorios tradicionales por el avance de las poblaciones de Rusia, Finlandia, Suecia y Noruega. Ya no son nómadas, aunque siguen dedicándose a la ganadería de renos, y apenas conservan sus tradiciones. Tan sólo un millar de personas continua hablando ahora su viejo idioma. Si nos paramos a pensarlo, ese pueblo es quizá el último vestigio que queda de la vieja Europa anterior a los romanos y el cristianismo.



En fin, amigos míos, pese a no haber contemplado las luces del norte, mis merodeos por el Ártico han sido de lo más estimulantes, un viaje a un lugar mágico que, de no ser por el Erasmus de Óscar, jamás habría realizado. ¿Mi conclusión final? Creo que a Julio Verne le habría gustado visitar esas tierras.
Índice de Fotos: 1.- Rudolph antes de comérmelo. 2.- La plaza Kauppatori. 3.- Los muelles de Helsinki. 4.- El Báltico frappé. 5 y 6.- El lago Inari, el más grande de Laponia, congelado. 7.- Nuestra cabaña. 8. Pepa en el camino que conducía a la cabaña. 9.- Óscar y Bea. 10.- Nuestro guía sami. 11.- Unas cabañas en los alrededores de Saariselka. 12.- Simpática gaviota finlandesa.

viernes, abril 3

Northern Lights

Como saben la mayor parte de los merodeadores de Babel, soy hijo de José Mallorquí, el creador de El Coyote; de hecho, me llamo César en honor a César de Echagüe, el alter ego del charro enmascarado. El Coyote se convirtió en el mayor éxito de la novela popular española del siglo XX y fue traducido a casi todas las lenguas europeas. Por ejemplo, al finlandés. Esa edición, en concreto, fue curiosa: veréis, actualmente viven en Finlandia 5’7 millones de personas, de modo que en los años cincuenta del siglo pasado la población debía de ser considerablemente menor. Pues bien, El Coyote fue un éxito inmenso en Finlandia, alcanzando tiradas que superaban los cincuenta mil ejemplares. No sé, supongo que en un país que, con solo pronunciar su nombre, te salen sabañones de frío, un país que se tira a oscuras la mitad del año, la lectura debía de ser la mejor alternativa posible al suicidio. La cuestión es que fue un éxito tan grande que el editor, una vez concluida la publicación de la serie, cerró el chiringuito y se retiró a vivir de las rentas. En el caso de que alguien se pregunte si la economía de mi padre siguió similar curso, le contestaré que José Mallorquí era un excelente escritor, pero el hombre más torpe del mundo a la hora de firmar contratos.

El editor finlandés, cuyo nombre no recuerdo (probablemente era impronunciable), estaba, como es lógico, notablemente agradecido a mi padre, así que le hizo un regalo; mejor dicho, se lo hizo a su hijo pequeño, a mí. Un traje de lapón (o sami). Tengo fotos vestido de lapón y os las enseñaría encantado, si no fuese porque ignoro dónde están y no me apetece buscarlas. El traje desapareció hace mucho, pero aún conservo el pequeño cuchillo de hueso que le acompañaba.

Todo este rollo os lo cuento para ilustrar el poderoso influjo del destino. Mi hijo mayor, Óscar, un chicarrón de 22 tacos, se marchó el año pasado a Finlandia con una beca Erasmus. Está estudiando cuarto de ADE en la universidad de Jyväskylä, una ciudad de la mitad sur del país; aunque quizá la palabra “estudiando” resulte un poco exagerada, porque lo que en realidad está haciendo es pasárselo de puta madre. Bueno, pues Pepa -mi mujer- y yo vamos a ir a hacerle una visita esta Semana Santa. Como Jyväskylä no tiene nada interesante, hemos quedado con Óscar y con su encantadora novia Bea en Helsinki y de allí volaremos a Laponia, en concreto a Saariselka, doscientos y pico kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico. Veremos renos, nieve por un tubo, samis y, con un poco de suerte, una aurora boreal, las luces del norte.

Así que ya veis, quién me iba a decir a mí cuando era un chavalín de cuatro o cinco años y me disfrazaba de lapón que algún día, en un lejano futuro, viajaría a la gélida tierra de los lapones, en ese país donde tanto éxito tuvo mi tocayo El Coyote.

Vale, lo confesaré, este tostonazo no tenía más objetivo que comunicaros que mañana me voy de viaje a Finlandia y que pasaré allí una semana, montando en motos de nieve, viajando en trineos tirados por renos o por huskys y pelándome de frío. Cuando vuelva, reanudaré el ritmo normal de Babel, porque ya he terminado el curro que tenía entre manos y tendré más tiempo libre.

Así pues, os deseo que paséis una feliz, vibrante y sensual Semana Santa.


lunes, marzo 23

El mapa del tiempo

Es sorprendente comprobar que diversas personas no relacionadas entre sí y distribuidas aleatoriamente por todo el mundo acaban adquiriendo los mismos intereses y gustos por determinados asuntos. Por ejemplo, hay una raza de gente fascinada con la Inglaterra del siglo XIX; en particular, la época victoriana. Por aquel entonces, Londres era el centro del mundo, el corazón del imperio; de sus clubs geográficos partían emocionantes expediciones con el objetivo de descubrir las fuentes del Nilo, cartogafiar el desierto de Gobi o encontrar civilizaciones perdidas; sus ejércitos, por otro lado, extendían el colonialismo (siempre execrable, pero no por ello menos novelesco) por los lugares más recónditos del planeta, luchando en sitios tan exóticos como Balaclava, Punjab o Bengala. Las personas que adoramos esa época –yo me cuento entre ellas-, sentimos fascinación por Jack el Destripador; no por ser un cruel asesino, sino por ser el primer asesino moderno y, sobre todo, por el mundo que le rodeaba, ese Londres imperial mezclado con la miseria de Whitechapel, luz y niebla fundiéndose en un estimulante claroscuro. Los de nuestra raza estamos también fascinados por la literatura de género, lo cual no es de extrañar, pues la mayor parte de los géneros actuales surgieron, o se perfeccionaron, en la Inglaterra de aquella época. Así pues, nuestro particular santoral está compuesto por nombres como Stevenson, Conan Doyle, Bram Stoker, H. G. Wells, Kipling, Wilkie Collins, Anthony Hope, A. E. W. Mason o, por supuesto, Julio Verne, que no era inglés, pero vivía ahí cerquita, en la Bretaña francesa. Y si nos referimos a las beatificaciones más recientes, también veneramos a Alan Moore, un inglés loco y genial. Pues bien, no conozco personalmente a Félix J. Palma –nos hemos limitado a intercambiar recientemente un par de correos electrónicos-, pero estoy convencido de que pertenece a esa misma raza.

Hará cosa de un mes, quedé a comer con Julián Díez y, en el transcurso de nuestra charla, le comenté que El mapa del tiempo, la última novela de Palma, ganadora del premio Ateneo de Sevilla, me parecía la mejor novela española de ciencia ficción. Confieso que, por aquel entonces, llevaba leído algo menos de la mitad del libro, así que ahora estoy en condiciones de corregir esa primera opinión. El mapa del tiempo es, en efecto, la mejor novela de ciencia ficción escrita en España (y que nadie se mosquee, porque tal aseveración afecta a mis propios relatos de cf); pero decir eso sería injusto, porque la novela de Palma es mucho más que una historia de ciencia ficción.

En el pasado, había leído varios relatos cortos suyos y sabía que Palma era un excelente escritor dotado de una brillantísima prosa. Eso último, precisamente, era lo que no me acababa de gustar: su prosa era magnífica, pero demasiado marcada; conforme la leía, “sentía” al escritor siempre presente, señalándome con el dedo la brillantez de sus imágenes. Me apresuro a aclarar que eso no era un defecto de Palma, sino una cuestión de gustos personales, pues nunca he negado que prefiero las prosas menos rotundas, más trasparentes. En cualquier caso, sabía que Palma era un magnífico escritor, así que cuando vi El mapa del tiempo en los anaqueles del Hipercor, no dudé ni un segundo en comprarla. Y descubrí que Palma había decidido aligerar su estilo, manteniendo la exquisita elegancia, pero liberándolo del peso de la pirotecnia verbal. Ahí caí rendido a sus pies; producía verdadero placer leerle, deslizarse por ese fraseo sinuoso en el que ahora ya no tropezaba con el menor obstáculo. Pero eso sólo era el principio, el envoltorio de un regalo mucho más jubiloso.

¿Qué es El mapa del tiempo? Resulta imposible comentar su argumento sin desvelar giros de la trama que deben permanecer ocultos, así que me limitaré a decir que la novela –ambientada en el Londres de finales del XIX- narra tres historias distintas entrelazadas por los viajes en el tiempo y la figura del escritor Herbert George Wells. En la primera historia presenciamos el drama de Andrew Harrington, el hombre que estaba enamorado de Mary Jane Kelly, la última víctima de Jack el Destripador. Se trata, pues, de una historia de amor fou, un amor imposible. La descripción que en esta parte del texto se realiza sobre el Londres victoriano es sencillamente apabullante. Y, por cierto, hay algo vital para quienes lean la novela: prestad atención a los detalles, porque uno de ellos os revelará que el mundo que estáis leyendo no se corresponde exactamente con el mundo real. La segunda historia también es de amor, un alambicado romance que demuestra con maestría que no hace falta viajar por el tiempo para crear paradojas temporales. La tercera y última historia, que comienza como un relato policíaco y acaba convirtiéndose en ciencia ficción, se ocupa de unir y explicar el conjunto, así como de atar todos los cabos sueltos.

En mi opinión, la mejor de las tres historias es la segunda, un delicioso mecanismo de relojería que se desenvuelve ante nuestros ojos con la suavidad de un pañuelo de seda, pero El mapa del tiempo no es un libro de relatos, sino una novela sólida y compacta, así que no tiene sentido juzgarla por partes. He leído en una entrevista con el autor, que a Palma se le ocurrió la idea para su novela cuando, tras releer La máquina del tiempo, se preguntó por el efecto que esta habría tenido entre los lectores de su época. En una sociedad que asistía asombrada al avance imparable de la ciencia y la tecnología, la posibilidad de una máquina capaz de transportarnos a través del tiempo debió de parecer no sólo posible, sino casi inminente. Pues bien, a partir de esa ingenua capacidad de asombro, Palma desarrolla su novela para hablarnos, no de las maravillas de la ciencia, sino de las maravillas de la literatura de género.

El mapa del tiempo es ciencia ficción, sí, pero también novela de aventuras, y folletín, y relato romántico, y policíaco, y humorístico, y fantástico... En realidad, El mapa del tiempo es una declaración de amor a la literatura popular. Lo que Palma consigue es que volvamos a contemplar las novelas de género con la ingenuidad y capacidad de asombro de cuando éramos niños, algo muy difícil de lograr. Para ello, Palma utiliza la ironía –toda la novela es un prodigio de sutil ironía-, pero no como factor distanciador, pues el texto desprende un inmenso cariño hacia lo que narra, sino como el eficaz salvoconducto para la supresión de la incredulidad que nos permitirá transitar por un universo que acaba resultando mágico. Por lo demás, los personajes están perfectamente dibujados, los diálogos son brillantes, las descripciones resultan evocadoras y la narrativa fluye con maestría (sus seiscientas y pico páginas se leen como un suspiro). En cuanto a las influencias, creo percibir con nitidez la del antes citado Alan Moore, tanto por su From Hell, como por su Liga de los Caballeros Extraordinarios.

El mapa del tiempo no es una novela perfecta, por supuesto -¿alguna lo es?-. La primera parte resulta un tanto morosa y la última historia es un poco confusa; no obstante, la morosidad, en el caso de un prosista tan elegante como Palma, puede ser incluso una virtud, y toda historia de viajes en el tiempo debe ser, forzosamente, algo confusa. Sea como fuere, los defectos resultan nimios y los hallazgos soberbios, así que sólo me resta darle las gracias a Félix J. Palma por haberme proporcionado una de las lecturas más divertidas, placenteras y estimulantes de los últimos tiempos.

Por último, amigos míos, si pertenecéis a la raza antes mencionada, no dejéis de leer El mapa del tiempo, porque es un libro escrito especialmente para vosotros. Y si no pertenecéis a esa raza, leedlo también, pues aparte de cualquier otra consideración, El mapa del tiempo es una excelente novela, magnífica literatura más allá de las etiquetas.

miércoles, marzo 18

La frase del mes


"El sida es una tragedia que no puede ser resuelta con el dinero ni a través de la distribución de preservativos que incluso agravan el problema".
Ioseph Alois Ratzinger, alias Benedicto XVI

Preguntas: ¿Cuántos seres humanos enfermarán y morirán por culpa de esta frase? ¿Cuántas mujeres serán infectadas al rechazar los hombres el uso del condón amparándose en la autoridad papal? ¿Cuántos niños nacerán con el VIH a causa de esta curiosa moralidad?

Ejercicio: Valora de cero a diez el grado de indignación que te produce el comentario.

Pensamiento: Es una lástima que todavía no se haya inventado un preservativo verbal.

martes, marzo 17

El Coleccionista de Frases 27

"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla, está hecho".

Groucho Marx

lunes, marzo 16

El Coleccionista de Frases 26

"Hay un mundo mejor, pero es muy caro".

Anónimo

viernes, marzo 13

El Coleccionista de Frases 25

"Política es el arte de evitar que le gente se preocupe de lo que le atañe".

Paul Valèry

jueves, marzo 12

El Coleccionista de Frases 24

"Cuando un hombre se echa atrás, retrocede de verdad. Una mujer sólo retrocede para coger carrerilla".

Zsa Zsa Gabor

miércoles, marzo 11

El Coleccionista de Frases 23

"Un egoísta es una persona que piensa más en sí misma que en mí".

Ambrose Bierce

martes, marzo 10

El Coleccionista de Frases 22

"En los tiempos de La Fontaine los animales hablaban, hoy escriben".

Antonio Fogazzaro

lunes, marzo 9

Velocidad limitada por obras

Estimados amigos, merodeadores todos: un insidioso achuchón de trabajo me mantiene apartado de lo realmente importante. No, no estoy hablando de follar, sino de actualizar periódicamente este vuestro blog. No obstante, creo que de aquí a una semana me liberaré de las cadenas que me atan al duro banco del galeote y regresaré a Babel cual moderno Ben Hur dispuesto a llamar papá a Quinto Arrio, pilotar cuadrigas y darle matarile a Messala. Y si os parece forzada esta imagen, esperad a ver las que os depara el futuro.

En cualquier caso, y para distraernos durante la espera, a partir de hoy incluiré una entrada de El Coleccionista de Frases cada día (ya tenéis una en el post anterior). Puede que esto os decepcione un poco –porque es más sencillo rebatir las opiniones de un capullo como yo que las de notorios pensadores-, así que no olvidéis que el relato ultracorto es a la ficción lo que las frases al ensayo. Además, coleccionar frases brillantes es el mejor disfraz para simular que uno es culto.

El Coleccionista de Frases 21

“Los que escriben con claridad tienen lectores; los que escriben oscuramente tienen comentaristas”.

Albert Camus

miércoles, febrero 25

Care Bears

En alguna ocasiones –no muchas, es cierto- he utilizado esta tribuna para abriros mi corazón y mostraros alguna de las miserias que en él anidan. Supongo que esta suerte de estriptease me sirve a mí de catarsis y a vosotros... bueno, a vosotros no os sirve de nada, salvo para darle gustito a ese pequeño cotilla que todos llevamos dentro. En esta ocasión voy a desnudar de nuevo mi alma, aunque me temo que el resultado no va a conducir a ninguna catarsis, sino a la vergüenza. Mi vergüenza en estado puro y vuestra vergüenza ajena.

Durante una larga década, de 1981 a 1991, trabajé en agencias de publicidad como creativo. Supongo que la palabra “publicitario” (o “publicista”, como equivocadamente llaman a los publicitarios quienes no conocen el medio) evoca en vuestras mentes la imagen de un individuo rodeado de bellísimas modelos que se toca las narices mientras consume sofisticados cócteles en locales de moda y se pone ciego de farlopa esnifada en el WC mediante billetes de quinientos euros enrollados. Pues bien, ese estereotipo es tan falso como las tetas de Pamela Anderson, aunque no tan grande. Bueno, algo hay –o hubo- de cierto en lo de la farlopa, pero por lo demás, sólo puedo decir que en publicidad básicamente se trabaja mucho, muchísimo, demasiado. Os juro que jamás he currado tanto en mi vida como cuando trabajé en publicidad. Es cierto que los sueldos eran espléndidos y que se contaba con ciertas ventajas, como viajar en primera u hospedarte en hoteles de lujo, pero nada de eso suponía satisfacción alguna, porque cuando se trabaja en publicidad uno vende su alma y, lo que es peor, también su privacidad y su tiempo libre. Cuando uno trabaja en publicidad, todo es publicidad.

Y no os creáis que ese trabajo consiste sólo en pergeñar sutiles estrategias y desarrollar grandes campañas, no, ni mucho menos. La mayor parte de la labor de un creativo consiste en sacar adelante folletos, catálogos, sales folder, pequeñas inserciones... en fin, basurilla. Además, y esto es aún peor, al menos el ochenta por ciento del trabajo realizado por un creativo, por bueno que sea, no verá jamás la luz, morirá en el papel, será inútil. Algo muy frustrante, os lo juro.

Pero hay algo más. Hace unos meses me dio por recordar mi pasado publicitario y me di cuenta de que, después de dieciocho años alejado del medio, ya no quedaba absolutamente nada de mi trabajo. Los anuncios, por propia naturaleza, son productos con fecha de caducidad. Raro es el spot que se emite más de dos temporadas seguidas y las estrategias publicitarias, algo más duraderas, cambian conforme se alteran las circunstancias del mercado. Así pues, hoy ya no queda ni rastro, ni la más mínima huella, de los diez años de duro trabajo que dediqué a la publicidad. Es como si jamás hubiera pasado por allí.

Bueno, eso creía yo hasta que, hace unos días, vi un episodio de los Simpson en el que Lisa (o Bart, no recuerdo) tenía una pesadilla en la que se le aparecían todos los osos famosos de la ficción, desde Teddy Bear hasta Yogui, pasando por Winnie the Pooh. Entonces, de repente, apareció en pantalla uno de los Osos Amorosos y comprendí que estaba equivocado; ahí, delante de mis narices, se hallaba mi legado a la posteridad.

Me explicaré. Corría el año 1983 o 1984; yo era copy (redactor) en la agencia de publicidad Grey. Una de las cuentas que tenía asignadas era la de General Toys, un fabricante multinacional de juguetes entre cuyos productos se encontraban las figuritas y maquetas de Star Wars. Pues bien, un buen día me llegó un encargo; General Toys España iba a lanzar en nuestro país una colección de muñecos y accesorios llamados Care Bears. Se trataba de una serie de figuras con forma de oso de peluche; cada figura tenía asignado un símbolo diferente relacionado con su cometido, que siempre era una buena acción: ayudar a dormir, quitar el miedo, decir la verdad... En fin, unos juguetes vomitivamente cursis. Pues bien, mi trabajo consistía en encontrarles un nombre español. Como la palabra “care” no tiene una buena traducción literal a nuestro idioma, había que buscar un nombre pegadizo con connotaciones más o menos próximas a su significado original.

Como sin duda habéis adivinado, esa es precisamente la clase de trabajo-basurilla al que antes me refería. Dado que me pagaban precisamente por hacer esas gilipolleces, me puse a la labor y redacté una lista con posibles nombres alternativos. Sólo recuerdo uno, el que finalmente aceptó el cliente: Osos Amorosos. En fin, lo hice y me olvidé por completo del asunto.

Hasta que hace unos días vi el episodio de los Simpson y me di cuenta de que esas dos palabras, Osos Amorosos, eran todo lo que quedaba de una década de duro trabajo. ¿Os podéis hacer una idea de lo deprimente que es esto? Esa rima ridícula capaz de provocar rubor en un chaval de siete años no excesivamente espabilado. Y, además, la imagen que evoca ese nombre... Al menos yo, no puedo evitar imaginarme a un enorme oso pardo dándome lujuriosos lengüetazos mientras frota sus partes pudendas contra mi pierna (fracturándome la tibia de paso). Lo dicho: deprimente.

En fin, al menos me queda el consuelo de que en Hispanoamérica se les llama “Cariñositos” a esos bichos repelentes (vaya nombrecito también), de modo que mi vergüenza se circunscribe al entorno de nuestro país. No obstante, ya por siempre será una dolorosa carga para mí ser consciente de que, cuando yo muera, cuando mi nombre sea olvidado y mis novelas se conviertan en polvo, todavía habrá por ahí una absurdas figuras con aspecto de osos pederastas de cuyo nombre, Osos Amorosos, yo soy el autor. Y nadie lo sabrá.

Afortunadamente.

martes, febrero 17

Literatura Prospectiva

Una de las peculiaridades del mundillo de la ciencia ficción siempre ha sido la proliferación de fanzines. Por alguna razón que desconozco, los aficionados suelen ser extremadamente activos; no les basta con leer, quieren opinar, involucrarse en todas las facetas del género, así que se reúnen en tertulias, organizan convenciones, participan en foros y, como no podía ser de otra forma, editan revistas de aficionados.

Los fanzines han sido fundamentales para el desarrollo del género en España. Desde 1968 y durante catorce años, Nueva Dimensión (la única revista profesional de cf que se ha editado en nuestro país) aglutinó al conjunto de los aficionados y marcó las directrices del género. Al desaparecer, en 1982, dejó un vacío que ninguna otra publicación profesional llenó, pero que de algún modo se vio colmado gracias a las decenas de fanzines que se publicaban. Como por ejemplo Tránsito, Kandama, Anticipación, BEM, Núcleo Ubik, Cyberfantasy, Gigamesh, Solaris... en fin, hubo muchos. Esto tuvo una consecuencia curiosa: a comienzos de los 90, en uno de los peores momentos editoriales de la cf, nació la mejor generación de escritores españoles dedicados a ese género. Voy a citar tan sólo a los autores surgidos en esa época que, más o menos, han profesionalizado su actividad creativa más allá de las fronteras del género: Elia Barceló, Félix J. Palma, Juan Miguel Aguilera, Rafael Marín, Rodolfo Martínez, Javier Negrete, León Arsenal y, por qué no, un tal Mallorquí. Todos ellos comenzaron publicando en fanzines. Y hay más nombres, por supuesto; no pretendo ser exhaustivo.

Pues bien, no mucho después, conforme el uso de Internet se fue generalizando, los fanzines de toda la vida desaparecieron. Creo que el último que queda en papel es Barsoom, una publicación dedicada al pulp que periódicamente anida en mi buzón. Pero no desaparecieron realmente, claro; se convirtieron en revistas electrónicas. En realidad, la Red ha permitido realizar el sueño de los aficionados: que todos y cada uno de ellos puedan tener, mediante los blogs, su propia revista unipersonal.

Huelga decir que no todas esas publicaciones tienen interés. Tanto en la era del papel como en la del píxel, sólo unas pocas revistas ofrecían y ofrecen un mínimo de calidad. La mayor parte eran y son... un producto de aficionados, con todo el respeto que ello me merece, pero también con todas sus limitaciones. Por eso, creo que es importante hablar de aquellos fanzines que sobresalen de la media general.

Y ese es el motivo de esta entrada: anunciar la aparición de una nueva revista electrónica dedicada a la cf: Literatura Prospectiva (http://www.literaturaprospectiva.com/). Se trata de una iniciativa de la Asociación Xatafi, responsable también de Hélice (pincha aquí), otra interesantísima publicación electrónica dedicada a la cf desde el punto de vista de la crítica y el ensayo, así como de las antologías Paura y Artifex.

Sólo he tenido tiempo de echarle un vistazo, pero tiene muy buena pinta, así que os recomiendo encarecidamente que merodeéis por sus páginas. Vale la pena.

sábado, febrero 7

Goyas

El pasado domingo tuve el dudoso placer de presenciar por TV la ceremonia de los Premios Goya. Podría hablar de una gala larguísima, aburrida, totalmente carente de glamour, con un guión sonrojante y una presentadora, Carmen Machi, que viene a ser la versión actual –e infinitamente más sosa- de Florinda Chico. Sí, podría hablar de todo esto, pero ¿para qué? A fin de cuentas, la ceremonia de los Oscar tampoco es para tirar cohetes. No, lo que me cuestiono es la misma esencia de los Premios Goya, pues, lejos de ser la gran fiesta del cine español que pretende ser, no es más que la evidencia palpable de las infinitas carencias del cine español.

De entrada confesaré que sólo he visto cuatro de las películas que han recibido algún premio, pero nada más empezar la gala, ya sabía con absoluta certeza quiénes eran los ganadores de cinco de los Goyas. En primer lugar, el de mejor actor para Benicio del Toro y mejor actriz secundaria para Penélope Cruz. ¿Por qué? Porque ambos estaban presentes en la gala, y ninguno de los dos hubiese asistido sólo para poner cara de tonto mientras el premio se lo llevaba otro. También estaba claro que el premio al mejor guión adaptado se lo llevaría Los girasoles ciegos, porque es de Azcona, y Azcona murió recientemente. Igualmente claro estaba que el premio a la actriz revelación se lo llevaría Nerea Camacho, porque es una niña, y que el premio al actor revelación iba a ser para J. M. Montilla, porque es un discapacitado (y esto lo digo con independencia de la calidad de sus interpretaciones –no las he visto-, pero es que no podía ser de otra forma). En fin, todo de lo más rutinario.

El problema, amigos míos, es que el cine español es tan pobre, tan falto de recursos, tan poco imaginativo, tan coñazo, tan repetitivo, tan, en definitiva, mediocre, que hay muy poco donde elegir. Yo diría que existen más categorías de Goyas que películas que se los merezcan. Por ejemplo, entre las candidatas de este año estaban Vicky Cristina Barcelona y Che, el argentino, dos películas de producción española (al menos en parte), pero que no tienen nada de español. Luego estaban Los crímenes de Oxford y Sólo quiero caminar, dos thrillers. Por desgracia, en España no se nos da nada bien ese género. He visto Los crímenes de Oxford y me pareció aburrida y mediocre. No he visto Sólo quiero caminar, pero me han hablado fatal de ella; además, vi Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, también de Díaz Yáñez, y me pareció simplemente ridícula. En cuanto a El truco del manco, no la he visto, pero me suena a neo-neorrealismo al estilo León de Aranoa.

Y luego tenemos Los girasoles ciegos, la fallida propuesta española para los Oscar, el film que contaba con mayor número de candidaturas. Lo he visto. ¿Que qué me parece? Me parece que es O.M.P.S.G.C.P. Es decir: Otra Maldita Película Sobre la Guerra Civil y la Posguerra. Correctamente hecha, bien interpretada, pero lo de siempre, más de lo mismo, todo tediosamente predecible. No he leído la novela de Alberto Méndez y puede que sea una maravilla, pero desde luego su autor no le echó mucha imaginación a la hora de desarrollar el argumento.

Sin lugar a dudas, el principal y más contundente acontecimiento español del siglo XX fue la Guerra Civil (ensayo de la guerra gorda que vendría a continuación). Entiendo, por tanto, que muchos creadores hayan vuelto su mirada hacia ella para usarla como escenario de sus ficciones (yo mismo lo hice en mi novela El coleccionista de sellos). Lo que ya no entiendo es por qué casi todas las obras centradas en la Guerra Civil aparecidas en España se parecen tanto entre sí. Es como si sólo hubiera una forma de contarlo, como si alguien hubiera establecido un patrón y nadie se atreviera a salirse de él. Las bicicletas son para el verano, La colmena, La lengua de las mariposas, Tiempo de silencio, Los girasoles ciegos... todo igual, todo repetitivo, la caspa, los pérfidos franquistas, los curas tridentinos, los rojos perseguidos y humillados... no digo yo que no sea real, pero joder, qué aburrido.

Y es que manda cojones que tenga que llegar un mexicano, Guillermo del Toro, para realizar una película sobre la Guerra Civil diferente. Porque esa pequeña obra maestra que es El laberinto del fauno resulta infinitamente más brillante, imaginativa y contundente que cualquier otra película sobre el mismo tema realizada por un español.

Pero si de verdad queremos apreciar a través de los Goya la realidad de nuestro cine, deberemos fijarnos en el Goya de Honor de este año: Jesús Franco (¡!). Vale, puede que el tipo nos caiga simpático, puede que a su modo sea una institución, puede que trabajara con Orson Welles, pero premiar a ese fabricante de truños es como darle el Príncipe de Asturias a Corín Tellado. ¿Os imagináis a Russ Meyer recogiendo un Oscar? En fin, penoso; pero eso es lo que tenemos.

Bueno, queda la cinta que ganó el Goya a la mejor película, Camino. No la he visto, pero me han hablado bien de ella y, por lo que sé, es una obra valiente y oportuna. Acepto que sea una buena película. Además, sería estadísticamente extraño que de todas las películas que se ruedan en España no sobresaliese alguna. En cualquier caso, el panorama general, año tras año, resulta deprimente.

Quizá todo se deba a que el cine, igual que la novela, es un arte narrativa, y en España tenemos una tradición narrativa muy pobre. Ah, vale, vale, el Siglo de Oro; en aquella época nuestro país producía sin duda la mejor narrativa de Occidente. Pero llegó el siglo XVIII, que fue un páramo en lo que a novela se refiere, igual que la mayor parte del XIX. A finales de ese siglo y comienzos del XX la narrativa parece resucitar, pero se trata, salvo honrosas excepciones, de una narrativa anclada casi exclusivamente en el realismo, pero no en su sentido amplio, sino en un realismo corto de miras, pacato, un realismo de alpargata y caspa, un realismo que se arrastra por el suelo sin atreverse jamás a alzar la cabeza. Posteriormente, tras los estragos de la posguerra, la clase literaria española le da la espalda a la narrativa y se vuelca en otros aspectos de la novela: el compromiso, el estilo, la voz., la disertación... ¿Exagero? Pues comparad nuestra novelística de los últimos cien años con la de cualquier país de nuestro entorno y llorad. Y si nos centramos en la literatura de género, la cosa es aún peor. Pero es que, como dije hace tiempo en otra entrada, resulta muy difícil que se produzca alta literatura si se carece de una buena literatura de género.

Sea como fuere, carecemos de tradición narrativa y eso se refleja en nuestro cine. Aunque puede que las cosas estén comenzando a cambiar y, sorprendentemente (o no), lo hacen desde el cine de género; en concreto, el cine de terror. Quizá la ruta la marcó Amenabar (nuestro mejor narrador cinematográfico), debutando con thriller, siguiendo con una de ciencia ficción y consiguiendo el éxito internacional con una de miedo. En cualquier caso, ahí están Jaume Balagueró, Paco Plaza, Juan Antonio Bayona, Nacho Vigalondo, Juan Carlos Fresnadillo... Os parecerán mejores o peores, pero todos ellos narran con solvencia y, sobre todo, se atreven a salirse de los rígidos patrones de nuestro cine haciendo cosas diferentes (por cierto, el antecedente de todos ellos fue Chicho Ibáñez Serrador).

Por último, para completar esta pesimista visión de nuestra cinematografía, os voy a decir quién es en mi opinión el mejor director español vivo, nuestro único cineasta absolutamente genial (dejando aparte a Berlanga, que ya está muy viejecito): Víctor Erice. Y ahí le tenéis, malgastando su extraordinario talento en publicidad y sin haber podido rodar más que dos películas, cinco cortos y un documental.

En fin, así nos va.

lunes, enero 26

Escepticismo


Ya he hablado aquí en más de una ocasión acerca de las series de TV que me tienen enganchado (House, Medium, Perdidos, Mad Men, Mujeres Desesperadas...), pero siempre me he referido a series de ficción y resulta que hay un programa de no-ficción que me tiene igualmente enganchado. Me refiero a Mythbusters (Cazadores de mitos), una serie del canal Discovery.

El esquema del programa es sencillo: existen un montón de creencias populares que se tienen por ciertas, pero que nunca han sido demostradas. Un grupo de personas (los mythbusters) ponen a prueba esos mitos para averiguar si son verdad o mentira. Los conductores de la serie son dos expertos en efectos especiales cinematográficos: Jamie Hyneman y Adam Savage. Me apresuro a aclarar que “efectos especiales” no son la manipulación de imágenes por ordenador ni la truca tradicional (a eso se le llama “optical effects”), sino todos aquellos efectos que se producen de forma física y real (y controlada, claro) en el rodaje, como la lluvia, la niebla, las explosiones, los disparos, los chorros de sangre, los choques, los incendios etcétera. El escenario del programa es, precisamente, M5 Industries, la empresa de efectos especiales propiedad de Hyneman, y hay otros tres colaboradores: Tory Belleci (especialista en modelismo), Kari Byron (pintora y escultora) y Grant Imahara (experto en animatrónica).

Los mythbusters toman un mito popular (por ejemplo: los elefantes temen a los ratones), lo reproducen y comprueban si es falso o verdadero. Gracias a este programa he averiguado que se puede romper una copa de cristal con la voz, que un tanque de gasolina no explota cuando se le dispara o que nadie puede morir asfixiado por sus propios pedos (sic). En fin, el programa está llevado con mucho sentido del humor, la forma de reproducir los mitos suele ser ingeniosa y los temas resultan de lo más interesante, sobre todo si eres de los que disfrutan –como yo- enterándote de gilipolleces curiosas. Pero, aparte de todo esto, creo que Mythbusters merece reconocimiento porque en el fondo se trata de una eficaz divulgación popular del método científico.

La serie no trata sobre ciencia y ninguno de sus presentadores es científico, pero los sistemas que emplean para poner a prueba los mitos siguen, con cierto rigor, los principios de observación, inducción y experimentación propios del método científico. En resumen, el programa viene a decir: no te creas lo que te cuentan sólo porque te fías de quien lo cuenta, ni porque te suene bien, ni porque te apetezca creértelo: se escéptico y ponlo a prueba.

Precisamente, y enlazando con lo anterior, ahora estoy leyendo Por qué creemos en cosas raras (Alba 2008), de Michael Shermer, fundador de la Skeptics Society y de la revista Skeptic. El libro, que lleva el subtítulo “Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo”, analiza mediante el uso de la razón y el método científico diversas creencias populares, desde los fenómenos paranormales hasta las pseudomedicinas, pasando por toda suerte de rarezas, pero sobre todo se centra en las razones por las que las personas –incluso personas inteligentes- se empeñan en creer auténticas chorradas. La explicación de Shermer es compleja y demasiado larga para exponerla en esta entrada (quizá lo haga en otro momento), pero voy a aventurar una respuesta parcial.

En una ocasión, mientras debatía con una persona creyente en cierta clase de pseudomedicina, le expuse una serie de razones por las que esa creencia suya era irracional y mostré mi extrañeza ante el hecho de que no supiese nada acerca de las cuestiones que le planteaba. Esa persona me contestó diciendo más o menos: “Como comprenderás, no me obsesiono en buscar argumentos en contra de la medicina en que creo”. Se trate de alguien con estudios universitarios, alguien que ha recibido una educación superior a la media, y sin embargo consideraba que su respuesta era, no ya lógica, sino evidente, cuando a mí se me antoja una de las muestras de irracionalidad más grandes que jamás he oído. Esa persona había decidido creer en una pseudomedicina, sin razones objetivas, sin argumentos, y luego se había informado al respecto leyendo sólo los argumentos a favor, pero no los en contra, porque no le interesaba poner a prueba sus creencias, sino sólo confirmarlas.

Es decir, todo se reduce a desear creer en algo, el famoso I want to believe del agente Mulder. Pero, ¿por qué? Creo que la razón estriba en lo más profundo de nuestra naturaleza. Los seres humanos nos caracterizamos por buscar esquemas en lo que nos rodea, por encontrar pautas que ordenen el mundo y nuestro lugar en él. Pero la vida no siempre ofrece pautas reconocibles, así que ¿qué hacemos cuando no encontramos esquemas que nos valgan? Nos los inventamos, porque eso nos tranquiliza.

Pondré un ejemplo. Cuando juego al póker suelo realizar una serie de pequeños ritos que sólo cabe calificar de supersticiosos: ordeno las fichas de determinada manera, miro las cartas de cierta forma... sé que nada de eso servirá para atraer la suerte, pero si no lo hago me siento incómodo. Lo que sucede es que al jugar al póker me zambullo en el mecanismo más aleatorio que existe, pues está regido por el azar, de modo que no hay ninguna pauta. Así pues, yo establezco una serie de pautas irracionales y repetitivas que crean en mi mente una apariencia de orden y me dan seguridad. La necesidad de que el mundo esté ordenado se encuentra en el fondo de todas las creencias irracionales, desde la religión hasta la pseudomedicina, pasando por la superstición, los ovnis o la conspiromanía.

No obstante, aunque en el seno de nuestro cerebro exista un “procesador de pensamiento mágico”, podemos educar nuestra mente para someter las creencias a la criba del pensamiento racional. Es decir, podemos aprender a practicar el escepticismo (que, etimológicamente significa “mirar, observar”). Y para ese proceso de educación y aprendizaje vienen de maravilla programas como Mythbusters o libros como Por qué creemos en cosas raras. Y, para acabar, permitidme reproducir los pensamientos de dos hombres que dedicaron sus vidas a divulgar el método científico y sus logros. Ambas citas aparecen en el libro de Shermer.

Me da la impresión de que lo que hace falta es un equilibrio exquisito entre dos necesidades contrapuestas: un análisis escrupulosamente escéptico de todas las hipótesis que se nos presenten y, al mismo tiempo, una enorme disposición a aceptar ideas nuevas. Si sólo se es escéptico, ninguna idea nueva calará, uno nunca aprende nada nuevo y se convierte en un viejo malhumorado convencido de que la estupidez gobierna el mundo. (Y encontrará, por supuesto, muchos datos que lo avalen.)
Por otra parte, si el pensamiento es virgen hasta la simpleza y no se tiene una pizca de sentido escéptico, no se pueden distinguir las ideas útiles de las inútiles. Si para uno todas las ideas tienen el mismo valor, está perdido, porque entonces, a mi entender, ninguna idea vale nada”.
Carl Sagan
El descrédito de una fe sólo se hace en interés de un modelo de explicación alternativo y no como un mero ejercicio de nihilismo. Ese modelo alternativo es el propio racionalismo, que, vinculado a la honradez moral, se convierte en la herramienta para el bien más potente que nuestro planeta haya conocido”.
Stephen Jay Gould.

Amén.

lunes, enero 19

Adiós, número 6


Vale, vale, ya lo sé; estos últimos días he desatendido Babel, lo siento. Digamos que me he tomado un descansito después de las fiestas, pero ya estoy aquí otra vez, en plena forma y dispuesto a enrollarme con lo primero que se me pase por la cabeza. Desgraciadamente, y como viene siendo usual en los últimos tiempos de este blog, lo que ahora se me pasa por la cabeza es una muerte, la del actor Patrick McGoohan.

Hace unos días, consideraba la posibilidad de escribir una entrada acerca de los iconos culturales que han marcado a mi generación y sin duda uno de esos iconos fue Mr. McGoohan. En primer lugar, porque en los 60 protagonizó la serie de TV Danger Man (1960-1962, 1964-1968), donde interpretaba a John Drake, un espía de la OTAN. La serie tuvo un enorme éxito, igual que su continuación Secret Agent (1965-1966). Gracias al personaje de Drake, McGoohan llegó a ser una de las mayores estrellas de la televisión mundial, pero era un hombre inteligente, culto y con inquietudes, y estaba hasta la coronilla de interpretar a un sucedáneo de James Bond (un sucedáneo que superaba a su modelo en muchos sentidos, por cierto), así que decidió dejar la serie. Con el objetivo de retenerle, los productores le dieron carta blanca para llevar adelante el proyecto que le saliese de las narices y así surgió una de las series más míticas de la TV: El Prisionero.

El Prisionero (1967) fue ideado, impulsado, producido y parcialmente escrito y dirigido por McGoohan. La idea de partida es la siguiente: un agente secreto de quien nunca conocemos el nombre (aunque probablemente sea John Drake) decide presentar su dimisión, pero al regresar a casa es narcotizado con un gas y secuestrado. Cuando recobra el conocimiento, se encuentra en La Villa, un pueblecito costero con apariencia de agradable zona vacacional y un estilizado aire años veinte, que en realidad es una sofisticadísima cárcel donde se encierra a personas que ocultan ciertos secretos para logra su confesión. Allí nadie tiene nombre, sino un número. McGoohan es el número 6 y quien dirige La Villa es el número 2; existe un misterioso número 1 cuya identidad no se revela hasta el último capítulo (o no).

Cada uno de los 17 capítulos que componen la serie sigue el mismo esquema: el número 2 intenta, por diversos medios, que McGoohan confiese los motivos de su dimisión; si no lo consigue, es destituido y se nombra a un nuevo número 2; así que, como el número 6 jamás confiesa, en la serie aparecen 17 números 2 distintos. Por otro lado, McGoohan intenta escapar y/o averiguar quién controla realmente La Villa, quién es el número 1. Todo ello se resuelve (?) en un capítulo final que es un puro festival de psicodelia sesentera.

El prisionero apareció en DVD y tuve el placer de revisitarla hace un par de años. Nostalgia aparte, la serie sigue siendo brillantísima, con argumentos sólidos, diálogos inteligentes y una estimulante mezcla de thriller, antiutopía y ciencia ficción. Por otro lado, zambulléndonos sin complejos en la nostalgia, El prisionero se emparenta en mi memoria con otra serie inglesa de culto, mi serie favorita de todos los tiempos: Los vengadores.

En fin, tras concluir el rodaje de El prisionero, McGoohan abandonó la TV para dedicarse de lleno al cine, donde debutó con Estación polar Cebra (1968). Nunca fue una estrella cinematográfica; creo que jamás le dieron un papel protagonista, pero se convirtió en un magnífico actor de reparto, entre cuyas actuaciones yo destacaría al odioso alcaide de Fuga de Alcatraz (1979) y al no menos odioso Eduardo I de Braveheart (1995).

En cualquier caso, para mi generación Patrick McGoohan siempre será el irónico número 6 de El prisionero, y su lema la frase que aparecía al final de la presentación de cada capítulo: “¡No soy un número, soy un hombre libre!”.

Patrick McGoohan, 19 de marzo de 1928 (Nueva York) – 13 de enero de 2009 (Los Ángeles). Descanse en paz.

Y a ver si deja de morirse la gente, que esto empieza a parecerse a un obituario.