jueves, mayo 21

Buenas malas novelas


Un amable merodeador de Babel, Arturo Villarrubia, sugería llevar el juego de la anterior entrada al terreno literario; es decir, confeccionar una lista de buenos malos libros, de novelas que reconocemos como bodrios, pero que por algún motivo nos gustan. Me pareció buena idea, así que me puse a redactar una lista y... cuando sólo había anotado cuatro títulos me quedé paralizado, inmerso en un mar de dudas. No sabía si las obras que había elegido eran malas o buenas, no lograba encontrar baremos adecuados. Lo que era fácil aplicado al cine resultaba jodidamente trabajoso referido a la literatura. Pero, ¿por qué?

De entrada, no es lo mismo una novela que una película. Y eso que se parecen mucho, no os creáis que no; la narrativa es, en líneas generales, similar, tienen importantes elementos comunes (argumento y personajes, sin ir más lejos), y lo uno se puede convertir en lo otro (y lo otro en lo uno) sin demasiada dificultad, como demuestran las innumerables obras literarias adaptadas a la gran pantalla. Pero hay una diferencia básica: una novela es producto del trabajo de una única persona, el escritor, mientras que una película es fruto de un colectivo. Es decir, puede que una película tenga un argumento soso y una dirección plana, pero a lo mejor contiene una interpretación de quitar el hipo, o la fotografía es la pera, o la música maravillosa... Hay gran cantidad de elementos que influyen en la percepción de un film, y algunos de ellos pueden ser tan poderosos como para cambiar la apreciación acerca del conjunto.

Sin embargo, el escritor es omnipresente; él crea el argumento, diseña los personajes, les da voz, pone las luces, construye los decorados, lo hace todo: por tanto, si el escritor es un maula, eso afectará a todos los aspectos de la novela. O no, porque un escritor puede, por ejemplo, construir magníficos argumentos y ser flojo en el diseño de personajes, o ser brillante con los diálogos y un tarugo con las descripciones, o tener una prosa bellísima pero ni idea de narrar. En efecto, una novela puede gustarte (o disgustarte) sólo en parte; de hecho, sucede con frecuencia. Ahora bien, ¿cómo pondero esos elementos para evaluar la calidad global, teniendo en cuenta que debe tratarse de un texto que considero malo pero que al mismo tiempo me gusta los suficiente como para leerlo? Porque, ojo, una película se ve en un par de horas, pero una novela requiere mucho más tiempo; vale, no tenemos inconveniente en perder ciento veinte minutos en una nadería, pero ¿y veinticuatro horas?

Hay cosas que no le perdono a un texto escrito, pero sí podría eventualmente aceptar de una película. Por ejemplo, los personajes. Soy incapaz de leer novelas con personajes planos y/o inconsistentes, sencillamente me desconecto; sin embargo, una película con malos personajes puede ofrecerme un espectáculo visual trepidante a cambio. ¿Qué puede ofrecerme una novela para compensar unos caracteres mal compuestos? ¿Un gran argumento? Una trama sin personajes no me interesa. Entonces, ¿la prosa? Pues mira, ese es quizá el baremo más usado para juzgar la calidad de un texto. Así pues, podríamos confeccionar una lista de buenas malas novelas escogiendo textos escritos con una prosa digamos que meramente funcional, pero muy bien narrados, con personajes sólidos y argumentos imaginativos. Lo que pasa es que, si hacemos eso, la lista puede acabar siendo inmensa. Además, no creo que la prosa sea el elemento sine qua non para determinar la calidad de un libro. En mi opinión, tratándose de novela el factor clave es la técnica narrativa, aunque ni siquiera eso puede considerarse una norma general, pues hay verdaderas obras maestras con muy poquita narrativa dentro.

En cierta ocasión, mi buena amiga y gran escritora Care Santos me comentó que estaba leyendo los cuentos de Robert Bloch. Ella no tenía por aquel entonces mucha experiencia con la literatura de género –en concreto, no conocía a ese escritor- y, comentando la calidad de esos relatos, recuerdo que dijo: “no sé si son comida basura o maravillosas delicatessen, pero me encantan”. Y es que, según el punto de vista que se escoja, un mismo texto puede ser un bodrio o una pequeña obra maestra. Si encima nos movemos en la nebulosa zona de los buenos-malos la cuestión se vuelve aún más compleja.

Pero hay algo más: creo que, de algún modo, le exigimos menos al cine que a la literatura. Parece como si al cine, al ser un espectáculo, se le permitiera ser entretenido sin poner en duda su calidad, mientras que calificar a una novela de entretenida es ponerla automáticamente bajo sospecha. Diríase que el cine es un arte menor que, por tanto, puede consumirse con cierta ligereza, mientras que la literatura es un arte sublime que requiere para su consumo adoptar una expresión adusta y proveerse de grandes dosis de tenacidad. Por ejemplo, muchos intelectuales no tienen ningún reparo en reconocer que adoran el cine clásico de Hollywood y confiesan que les encantan los western de John Ford. Pues bien, ¿cuántos de esos intelectuales admiradores de Ford han leído aunque sólo sea una novela del oeste? Y quien dice western, dice thriller, ciencia ficción o cualquier otro género. De hecho, nadie tiene nada contra el cine de género, pero la literatura de género sigue levantando suspicacias en los círculos académicos.

A todo esto debe añadirse que, mientras que sí veo más de una vez las mismas películas, rara vez releo una novela. Por tanto, hay novelas que leí cuando era muy joven y me encantaron, pero que quizá ahora me pareciesen un pestiño, así que no puedo fiarme mucho de mi memoria ni de la huella que esas novelas dejaron en ella. En resumen, que no he podido confeccionar una lista de buenas malas novelas, así que comentaré brevemente los escasos títulos que había barajado.

En primer lugar, no una novela, sino un escritor: Keith Laumer. Se trata de un autor de ciencia ficción de segunda fila que acabó sus días literalmente como un cencerro. Hace mucho tiempo, leí varias obras suyas: El largo crepúsculo, La jaula infinita, Catástrofe planetaria, Un resto de memoria, Mundos de Imperio y puede que alguna otra que ahora no recuerdo. Casi todas son muy parecidas; sus protagonistas suelen ser superhombres amnésicos, o mesías oscuros, que van descubriendo poco a poco sus extraordinarios poderes, así como que forman parte de alguna confusa conspiración a escala cósmica. En fin, cuando leía esas novelas sabía con certeza que eran malas, pero había algo en ellas que me divertía profundamente. Vamos, que me están entrando ganas de releer alguna...

Otro candidato para la lista: Dune, de Frank Herbert. Sé que por decir esto más de uno me va a poner a parir, pero es lo que pienso, amigos míos. Herbert era un famoso escritor de ciencia ficción, pero un pésimo escritor. Era muy malo, de verdad, tenía una prosa espantosa, utilizaba recursos baratos, carecía de sentido del ritmo, no tenía ni idea de componer personajes y sus argumentos eran delirantes o, simplemente, aburridos. Pero en cierta ocasión escribió una novela, tan mal escrita como todas las otras, aunque con un argumento resultón (algo así como una novela “de Ruritania” en ambiente futurista). La cosa, muy larga, tenia toques místicos, un mundo y una mitología más o menos coherentes y un protagonista en plan “emperador de todas las cosas”. Lo llamó Dune, lo publicó y tuvo un éxito del copón bendito. En fin, la novela es tan mala como todas las suyas (luego se multiplicó en una inacabable serie aún más espantosa), pero también es divertida, tiene su punto, lo suficiente como para hacer olvidar lo mal escrita que está. Una buena mala novela, vamos.

En tercer lugar, otro autor; mejor dicho, dos autores: Douglas Preston y Lincoln Child. Esta pareja escribe género de terror, thrillers más o menos sobrenaturales, algún que otro tecnothriller e incluso novelas de aventuras. Son novelas absolutamente carentes de cualquier pretensión, simples entretenimientos, a veces malos sin paliativos; pero ocasionalmente consiguen pergeñar relatos muy divertidos que respetan la inteligencia del lector. Novelas como The Relic, Los asesinatos de Manhattan o la serie protagonizada por el agente Pendergast son ideales para pasar un buen rato sin grandes complicaciones.

Por último, El Padrino, de Mario Puzo. Y aquí se me desmontó el tenderete, porque no estoy nada seguro de que El Padrino sea una mala novela. La verdad es que no sé lo que es; igual se trata de un clásico contemporáneo, vete tú a saber. O bazofia populachera, depende del punto de vista. ¿Veis como no es fácil?

jueves, mayo 14

Mis malas películas favoritas

Hace tiempo, oí decir que Casablanca era la mejor mala película de la historia del cine y, si te paras a pensarlo, es verdad. La película de Curtiz es un cúmulo de topicazos sentimentaloides, con un Marruecos de guardarropía, diálogos imposibles y personajes de una pieza. De hecho, cuentan que el rodaje fue un caos donde nadie estaba muy seguro de saber de qué iba el asunto y el guión se improvisaba día a día. Y sin embargo, por una prodigiosa conjunción de factores, ahí tenemos una película inmortal con, quizá, el mejor final de la historia del cine (junto con el de El tercer hombre, me apresuro a afirmar).

No es Casablanca, por supuesto, el único caso de buena mala película. Ahí tenemos, por ejemplo, todos los films de los Hermanos Marx; el más cuidado de ellos, Una noche en la ópera, no pasa de mediocre y el resto son, cinematográficamente hablando, entre malos y muy malos. Pero, ¿eso qué importa? ¿Qué más da que la historia sea idiota, el guión inexistente y la dirección plana? El verdadero espectáculo son Groucho, Harpo y Chico, ellos impregnan de genialidad cada fotograma de sus películas y todo lo demás pasa a un segundo plano. O, ya en plan trash, podemos citar las películas hongkonesas de Bruce Lee. Son los films más cutres que he visto, pero a mí me fascinan. En cuanto aparece Lee toda la mugre se desvanece, y cuando se pone a repartir estopa suenan las campanas de gloria.

Aunque, claro, eso de Bruce Lee puede que sea una aberración exclusivamente mía. Porque todos, lo confesemos o no, tenemos unas cuantas buenas malas películas en nuestro altarcito particular dedicado al dios del mal gusto. Aunque, cuidado, no se trata de películas generalmente tildadas de bodrios que a nosotros nos parezcan buenas; no, son películas que nosotros mismos reconocemos como malas, pero que, por algún motivo, nos gustan.

Esto viene a cuento porque la semana pasada pillé en uno de los canales digitales una de mis malas películas favoritas; estaba empezada y ya la había visto dos o tres veces, pero me quedé viéndola hasta el final. Se trata de Velocidad terminal (Deran Serafian, 1994), protagonizada por Charlie Sheen y Natassia Kinski. Podríamos definir esta película como un Hitchcock macarra; de hecho, comienza de forma casi idéntica a Vértigo, sólo que en plan paracaidismo. Es la típica historia de hombre inocente que, por azar, se ve implicado en una conspiración que amenaza una y otra vez su vida. En este caso, la trama va de un rollo de espionaje escasamente original, está narrada de forma plana y contiene todos los tópicos imaginables. Pero hay algo en ella que me gusta. Puede que sea porque las secuencias aéreas están bien rodadas y resultan emocionantes, o porque la Kinski está jartá de buena, o porque Sheen me cae bien (es un actor limitado, pero capaz de burlarse de sí mismo), o porque es una producción sin pretensiones, o por su sentido del humor, o porque James Gandolfini aparece en un papelito secundario... no lo sé, pero, pese a lo mala que es, siempre me quedo mirándola.

Tras ver una vez más Velocidad terminal, me pregunté si había otras malas películas que me gustasen y, en pocos minutos, encontré cinco. Seguro que hay más, pero mi memoria es un desastre; en cualquier caso, permitidme compartir con vosotros mis vergüenzas. Por ejemplo, tenemos una exótica película llamada Hechizo letal (Cast a deadly spell, Martin Campbell 1991). Su argumento transcurre en 1948, en un Nueva York alternativo donde todo el mundo practica la magia menos el protagonista, un detective al estilo Marlowe llamado Lovecraft. Nuestro hombre recibe el encargo de buscar un libro misterioso (el Necronomicon, cómo no) y tendrá que enfrentarse a Primigenios, zombis, sucubos y todo tipo de monstruosidades. Vamos, un cruce entre los Mitos de Chtulhu y El Halcón Maltés. En realidad, se trata de una película producida para TV, pero como quedó resultona, decidieron proyectarla en cines, aunque en España se distribuyó directamente en video. El caso es que el acabado final es más bien cutre y los efectos especiales de barraca de feria (lo cual, por otro lado, le brinda cierto encanto). Pero Fred Ward está muy bien en su papel de detective cínico y duro, la idea es atractiva y el guión, aunque no saca todo el partido posible a sus planteamientos, está dotado de un juguetón sentido del humor. Una simpática buena mala película en definitiva.

Algo raro debe de pasarme con Martin Campbell, porque hay otra película suya en mi lista de malas-buenas: Límite vertical (2000). El asunto va de alpinismo: dos hermanos escaladores, chico y chica, están enemistados a causa de la muerte de su padre en un accidente de montaña (la hermana culpa al hermano). El chico deja de escalar, pero la chica sigue haciéndolo y, tiempo después, dirige una expedición para coronar el K2, la segunda montaña más alta del planeta. Hay un accidente y la chica queda atrapada, entonces su hermano organiza una cordada para rescatarla. En fin, la película es un cóctel de tópicos lleno de insensateces y escenas absurdas. Y sin embargo, tiene algo, un no sé qué, que la salva de la quema; quizá sea su curioso punto de vista sobre el alpinismo. Veréis, cuando se piensa en el Himalaya y en la escalada, lo que a uno le viene a la cabeza es soledad y silencio; pues bien, nada más lejos de la realidad. Tal y como muestra Campbell, durante la época de escalada las principales montañas del Himalaya están hasta arriba de alpinistas; una comunidad de pirados que viven por encima de los cuatro mil metros de altura. Puede que sea esa inusual visión del alpinismo lo que le presta cierto atractivo a la cinta, o las espectaculares escenas de escalada, o algún que otro personaje atractivo, como el escalador-zen que interpreta Scott Glenn, o la presencia de ese bomboncito llamadoIzabella Scorupco... o a lo mejor la peli es una mierda absoluta y yo me he vuelto tonto.

La siguiente película de mi lista es Temblores (Ron Underwood, 1989). Un pequeño pueblo de Nevada, situado en medio del desierto, se ve acosado por unos monstruosos gusanos gigantes. La verdad es que no estoy nada seguro de incluir esta película en la lista; porque si bien no cabe duda de que se trata de una serie B (al estilo de las de los 50), ya es más dudoso que sea una mala película. Lo cierto es que tanto el guión como la realización saben sacar partido a la premisa de partida (si no puedes fiarte del suelo que pisas, no puedes fiarte de nada), los efectos especiales son muy apañados para el presupuesto que se manejaba, la cinta está presidida por un tonificante sentido del humor y son más que notables las interpretaciones de Kevin Bacon y Fred Ward. Así que, después de todo, quizá no sea una mala cinta. Examinando las críticas que he encontrado en Internet, he podido comprobar que la opinión está dividida: algunos la consideran una bobada y otros un clásico menor. Todo lo que puedo decir al respecto es que a mí me parece muy divertida.

Bueno, si con la anterior película tenía dudas sobre su calidad, en lo que respecta a la que voy a citar ahora no albergo ninguna, porque, amigos míos, se trata nada más y nada menos que de una peli de ¡Jean Claude Van Damme! Me refiero a Blanco humano (John Woo 1993). De entrada, aclararé que, de todos los musculitos reparteleches que han pululado por el cine internacional, hay dos que no soporto: Segal y Van Damme. Me sacan de quicio con esa rígida inexpresividad achulada suya. No obstante, en el caso de Blanco humano... Veréis, la película es tan insensata que se inspira en un clásico indiscutible del cine fantástico, nada más y nada menos que en El malvado Zaroff (Ernest B. Schoedsack & Irving Pichel, 1932). La cosa va de un grupo que organiza cacerías humanas para millonarios; las piezas son ex-soldados vagabundos. Un día, la hija de uno de esos vagabundos comienza a buscar a su desaparecido padre, contrata a Van Damme, y la “ambición belga”, repartiendo bofetadas a diestro y siniestro, acaba con la organización. Como veis, una bobada de argumento nada original. Sin embargo, el director es John Woo, un realizador muy torpe a la hora de elegir los proyectos en que se embarca, pero un maestro de las secuencias de acción. Así que las secuencias de acción de la película están excelentemente coreografiadas (cabe destacar la casi surrealista pelea en el almacén del Mardi Grass). Por otro lado, jamás antes había ofrecido Jean Claude Van Damme un aspecto tan decididamente macarra, lo cual es muy apropiado, pues el belga siempre ha sido precisamente eso, un macarra. Además, la ambientación en los pantanos de Nueva Orleans confiere a la cinta un tono adecuadamente malsano. Y Lance Henriksen compone un excelente villano. Y Yancy Butler tiene unos ojos preciosos...

Y por fin llegamos al último título de esta breve lista: Warlock, el brujo (Steve Miner, 1989). Debo confesar que sólo la he visto una vez cuando la pasaron por TV, así que no la recuerdo muy bien. El argumento narra la historia de un brujo que, condenado a la hoguera en el siglo XVII, reaparece en Los Ángeles del siglo XX dispuesto a vengarse; para ello, busca los tres fragmentos de un grimorio capaz de destruir la Tierra. Pero le sigue a través del tiempo un cazador de brujos medieval que finalmente acabará con él gracias a la ayuda de una chica hechizada por Warlock. Se trata de una serie B muy serie B, pero rodada con inteligencia y sentido del humor. Julian Sands compone un correcto malvado, los efectos especiales están manejados con sobriedad e ingenio y está dirigida con ritmo y convicción. Pero una de las cosas que más me llamaron la atención de esta película es la clase de brujería que muestra; no se emplea alta magia al estilo del Necronomicon, ni un rollo altisonante inventado para la ocasión; por el contrario, los personajes usan conjuros y hechizos extraídos del folclore popular (por ejemplo, si cortas con un cuchillo de plata la huella de la pisada de alguien, le dejarás cojo), lo cual confiere a la cinta un divertido tono entre ingenuo y rural. De nuevo las críticas de Internet se muestran divididas y de nuevo me limito a afirmar que a mí me divirtió.

Bueno, pues se acabó la lista. ¿Alguna sugerencia?

jueves, mayo 7

El resto es silencio

Quizá no lo sepáis –lo cual significaría que no seguís con atención este vuestro blog, pues ya hemos hablado de ello otras veces-, pero a comienzos de los años 90 surgió la mejor y más amplia generación de escritores españoles de fantasía y ciencia ficción. Empleo el término “generación” no porque esos autores tuvieran una edad similar (algunos eran insultantemente jóvenes y otros, como yo, galanes maduros), sino en el sentido de que todos nos pusimos a escribir cf & fantasía durante esa década.

Hay algunos aspectos curiosos en esa generación. En primer lugar, todos –creo que sin excepción- velamos nuestras primeras armas literarias en el entorno del fandom. Para los no iniciados, aclararé que fandom es una contracción de fanatic kingdom, el “reino de los aficionados”; o una caterva de frikis, según el punto de vista. De hecho, por aquel entonces no existía ninguna publicación profesional y la mayor parte de nuestros primeros escritos aparecieron en fanzines y ediciones semiprofesionales. En segundo lugar, esa generación protagonizó una pequeña revolución en el panorama del fantástico español. Hasta entonces, los escasos escritores españoles dedicados al género, salvo honorables excepciones, se dedicaban a copiar los modelos anglosajones con mayor o menor fortuna; pero la generación de los 90 –no sin cierto debate interno- optó por desprenderse de los arquetipos foráneos y, respetando la tradición del género, buscar una voz propia, un punto de vista distinto. Es decir, el nuestro: español o, quizá más apropiadamente, europeo. Por último, gran parte de los autores de los 90, que comenzaron escribiendo relatos de muy pura cf y fantasía, han ido apartándose poco a poco del “núcleo duro”, derivando hacia temáticas mestizas y géneros afines (histórico, thriller, juvenil, aventuras, etc.)

Uno de esos autores de los 90 es Rodolfo Martínez. Se trata de un excelente narrador, con una dilatada producción -entre la que cabe destacar su tetralogía dedicada a Sherlock Holmes- y ganador de numerosos premios, como por ejemplo el Minotauro (para visitar su blog Escrito en el agua pinchad AQUÍ). Pues bien, aparte de todo eso, Rodolfo Martínez –Rudy para los amigos- es un aficionado al género muy activo, como demuestra, por ejemplo, su pertinaz colaboración con la Semana Negra de Gijón. Pues bien, entre sus múltiples actividades, Rudy ha encontrado tiempo para promover un sitio de Internet llamado El resto es silencio. Se trata de una página personal donde va incluyendo poco a poco sus relatos favoritos de otros escritores españoles dedicados al fantástico. Algo así como una antología on line en constante ampliación (en el momento de escribir estas líneas hay nueve cuentos). La verdad es que me parece una iniciativa de lo más interesante y una buena oportunidad para disfrutar (y de forma gratuita, oiga) de algunas joyas autóctonas de nuestro género favorito. Si queréis visitar El resto es silencio pinchad AQUÍ.

Ah, por pura amabilidad Rudy ha escogido uno de mis relatos. Pero no os inquietéis; el resto de los seleccionados son buenos escritores.

lunes, mayo 4

La conspiración del cerdo

El verano pasado compré un libro muy divertido, La sociedad de la mentira (Zenith 2008), cuyo subtítulo reza: “La guía definitiva para conocer todas las teorías de la conspiración”. Por supuesto, eso es exagerado, no están todas las teóricas conspiraciones, porque la conspiromanía, catalizada por Internet, posee una capacidad infinita para ver maquinaciones secretas en todas partes. El libro es divertido, una lectura de WC perfecta, no porque arroje luz alguna sobre el entramado oculto de la sociedad, sino porque muestra la cantidad de insensateces que puede inventarse la gente, y la capacidad de la gente para creerse insensateces, cuanto más gordas mejor. Tengo un amigo, por ejemplo, conspirólogo de pro, para el que cualquier atentado terrorista es siempre fruto de un plan secreto del gobierno. Oyéndole, se diría que jamás ha habido terrorista alguno que actuase por iniciativa propia.

¿Por qué cree la gente en todas esas chorradas? En el fondo, es lógico. La gente considera que el poder miente, y lo considera porque es verdad: el poder –cualquier clase de poder- miente. De ahí a pensar que si miente en equis temas, por qué no va a mentir siempre, sólo hay un paso. Si a eso le añadimos unas buenas dosis de paranoia (la perturbación mental de nuestra época), obtenemos conspiromanía en estado puro. Además, no hay nada más sencillo que defender una conspiración, aunque sea careciendo de la menor prueba, porque precisamente la falta de pruebas demuestra que la conspiración existe y se mantiene con éxito en secreto. Un argumento similar serviría para defender la existencia de hombres invisibles. ¿Acaso los ves? No, luego existen.

Lo sorprendente es que las teorías de la conspiración no proliferan sólo en los sectores menos cultos de la población, sino en todas las capas sociales. Por ejemplo, la publicidad subliminal; dado que me dediqué durante muchos años a la publicidad, no era infrecuente que alguien, en algún momento, me sacase a colación el tema de la publicidad subliminal, ante lo que yo siempre respondía: “la publicidad subliminal no existe”. Y siempre me lo rebatían, aportando multitud de casos que demostraban la realidad de esa perversa técnica de persuasión oculta. De nada valía que les dijese que en toda mi vida como publicitario jamás había visto un anuncio subliminal, ni que, aunque la publicidad subliminal funcionase (que no lo hace), resultaría inútil, pues sería incapaz de generar algo tan básico como el recuerdo (y la imagen) de marca. Daba igual, la publicidad subliminal existe, precisamente porque, como ocurre con los hombres invisibles, no la vemos.

Y sin embargo, la publicidad subliminal es un mito. El término lo creó en 1957 James Vicary, un asesor publicitario cuya empresa estaba a punto de irse a la bancarrota. Para intentar reflotar el negocio, Vicary se inventó los resultados de un supuesto experimento. Según él, durante la proyección de una película había intercalado de vez en cuando un fotograma con la imagen de una Coca-cola (según otras versiones con el mensaje “tienes sed, bebe Coca-cola”, y según otras no se trataba de Coca-cola, sino de palomitas). El cine funciona a 24 fotogramas por segundo y un solo fotograma aislado no puede ser percibido conscientemente. Pero, siempre según Vicary, sí puede percibirlo nuestro subconsciente, y los resultados de su inexistente experimento demostraban que la venta de Coca-cola en el bar del cine se había incrementado en un 18% (un 58% en la versión de las palomitas). Es decir, que emitiendo mensajes por debajo de los límites de la percepción humana, esos mensajes se infiltrarán en nuestro subconsciente obligándonos a hacer algo que, de otro modo, no habríamos hecho. Algo así como si esos mensajes fueran virus informáticos y nosotros ordenadores con patas.

Una bonita (aunque quizá un tanto simplista) teoría, que por fortuna es totalmente falsa. En 1962, el mismo Vicary confesó en una entrevista para Advertising Age que se lo había inventado todo, que nunca hubo tal experimento, que la publicidad subliminal era un cuento. Pues bien, eso es algo que sabe cualquier publicitario, y sin embargo no solo me he encontrado a un montón de personas cultas (incluyendo a algún que otro psicólogo) dispuestas a defender a capa y espada la existencia de la publicidad subliminal, sino que además la Ley General de Publicidad la prohíbe, lo que es igual de absurdo que prohibir caminar por la calle siendo invisible.

Volviendo a las conspiraciones en general, aclararé mi punto de vista. Creo que existen conspiraciones secretas de tamaño reducido; muchas, un huevo. Creo, igualmente, que existen conspiraciones secretas de tamaño medio, pero también creo que esas conspiraciones acaban conociéndose siempre y, por tanto, dejando de ser secretas. Ahora bien, lo que no creo en absoluto es en las conspiraciones a nivel global, no creo que nadie, ninguna persona ni ningún grupo, dirija en secreto los destinos de la humanidad. Y no lo creo por dos motivos. En primer lugar, porque resulta evidente que la humanidad, la civilización, es un caballo desbocado sin jinete alguno que lo guíe. En segundo lugar, porque los seres humanos somos falibles por naturaleza. La seguridad de un secreto es inversamente proporcional al número de personas que lo conocen; entonces, ¿podría existir una gran conspiración oculta a nivel mundial, en la que estén implicadas cientos de personas, sin que nadie la cague o se vaya de la lengua? Ni de coña, no me lo creo.

O, al menos, eso pensaba hasta ahora. Veréis, me parece muy extraño eso de la fiebre del cerdo (o como la llamen ahora); al principio, se nos pusieron a todos de corbata, parecía que se avecinaba una nueva peste negra, pero luego, conforme pasaban los días, nos hemos ido enterando de que los índices de mortalidad de esta gripe son inferiores a los de una gripe normal. Sin embargo, los periódicos, la radio, los telediarios, en todas partes se aireaba la palabra “pandemia” como si fuese el nombre del quinto jinete del Apocalipsis. Pero, coño, pandemias de gripe las hay todos los años, y cada año esa enfermedad se lleva por delante (según la OMS) a entre millón y millón y medio de personas en todo el mundo, sin que, a causa de ello, a nadie le dé por salir a la calle con traje de buzo para prevenir la infección.

Y antes de la gripe del cerdo fue la gripe del pollo, que nos hizo estremecer de miedo ante la mera visión de una gallina, y antes aún la enfermedad de las vacas locas... Por cierto, podríamos escoger otros animales para bautizar a las epidemias que supuestamente nos van a masacrar. La viruela del tigre estaría bien, o la neumonía del águila imperial, o incluso el sarampión del ornitorrinco, que tiene su punto exótico, pero vacas locas, pollos, cerdos... Joder, pillas eso y no solo enfermas, sino que además quedas como un patán; porque, vamos a ver, te dicen que alguien se ha muerto de la gripe del cerdo y, de algún modo, piensas que se lo merecía. A saber lo que habría hecho con el cerdo.

Volviendo por segunda vez al tema conspiratorio, durante toda la Guerra Fría nos acojonaron con la amenaza de una catástrofe nuclear, luego nos acojonaron y acojonan con el terrorismo, acto seguido, nos acojonan con sucesivas pandemias de enfermedades con nombre granjero, actualmente está muy de moda el acojonamiento por una crisis que ríete tú de la del 29... ¿Acaso va a tener razón Michael Moore cuando sostiene que a los gobiernos les interesas tener a sus ciudadanos constantemente atemorizados por asuntos que en realidad no son los que de verdad deberían atemorizarle? ¿Existe una conspiración mundial del miedo? Da miedo sólo de pensarlo, ¿verdad? A veces, tengo la sensación de vivir en una novela de Philip K. Dick.

miércoles, abril 29

Güevos fritos con chorizo

Si, como hemos hecho otras veces, comparamos la literatura con la gastronomía, debo reconocer no estoy muy seguro de contar con un paladar particularmente refinado. En cierto modo, soy un tragón que come de todo; puedo zamparme con agrado unos ñoquis esféricos con raviolis de mantequilla al jugo de piel de patatas asadas de El Bulli, pero no le hago ascos a unos buenos huevos fritos con chorizo. Es más, en muchas ocasiones prefiero la gozosa contundencia de una fabada a las sofisticadas exquisiteces de la alta cocina. Depende del capricho o del estado de ánimo. En fin que, tanto en lo culinario como en lo literario, soy un patán, qué le vamos a hacer. Ahora, eso sí, soy un patán exigente. Si lo que me voy a meter para el cuerpo es un sofisticado plato que me va a costar treinta euros de vellón, exigiré que su sabor, su aroma y su textura me hagan levitar; y si lo que me como son un par de huevos con longaniza, exigiré que el embutido sea de primera calidad y que los huevos estén bien preparados, con la yema líquida y la clara cuajada rodeada por un crujiente encaje tostado. Patán, pero sibarita.

Siempre he sido un gran lector, aunque no un lector muy selecto que digamos, al menos en mi primera juventud. Hasta los once o doce años, lo que leía fundamentalmente eran tebeos. Toneladas de tebeos, desde el Tío Vivo o el Pulgarcito hasta Superman, Flash Gordon o El Hombre Enmascarado. También leía lo que había para niños en aquella época, que no era mucho: algo de Enid Blyton y, sobre todo, Las aventuras de Guillermo, de Richmal Crompton. Y no me duelen prendas en confesar que eso último, las excelentes historias de Guillermo Brown, quizá sea la lectura que más me ha marcado en mi vida. El caso es que, cuando contaba unas doce tiernas primaveras, descubrí la ciencia ficción y me lancé a consumirla con pantagruélico apetito; de hecho, creo que durante tres o cuatro años era casi lo único que leía. Luego, convertido ya en un pizpireto pos-adolescente, comencé a ampliar mi espectro de lecturas, pero nunca abandoné del todo la ciencia ficción. Hasta que, allá por los 80-90, el género tomó un rumbo que no me convencía y dejé prácticamente de leer cf.

Pero todavía hoy, de vez en cuando, mi naturaleza omnívora me demanda leer un libro de cf, y no os creáis que es fácil encontrar uno decente en estos tiempos. De hecho, desde hacía unos meses andaba yo querencioso de una novela de cf clásica, de las de toda la vida; no hacía falta que fuese especialmente buena, me bastaba con una lectura intranscendente, pero que respetase mi inteligencia y mi buen gusto de patán. Y de repente, zas, me encuentro con Visión ciega, de Peter Watts (Bibliópolis, 2009). El argumento va de lo siguiente: “El 13 de febrero de 2082, más de 65.000 sondas de origen desconocido aparecieron alrededor de la Tierra, dispuestas en una red esférica para cubrir toda la superficie del planeta. Con un destello simultáneo, se desintegraron en la atmósfera... y enviaron una señal al espacio. Alguien acababa de hacernos una foto”. Vamos, que se trata de una novela de primer contacto.

Adoro esa clase de historias. De hecho, creo que el encuentro entre la humanidad y una inteligencia extraterrestre es, en todas sus variedades (primer contacto, mensaje espacial, invasión...), uno de los temas centrales del género. Y esa es una de las cosas buenas de los géneros: leer cómo diferente autores proponen distintas alternativas para el mismo tema. Además, estamos hablando de un asunto que ha generado títulos tan estimulantes como Cita con Rama, de Clarke, Estación de tránsito, de Simak, Marciano vete a casa, de Brown, o Solaris, de Lem, eso por no mencionar las múltiples invasiones extraterrestres que han asolado la Tierra desde los tiempos del viejo Wells. El caso es que Visión ciega había sido finalista al premio Hugo y venía precedida de buenas críticas, de modo que me la agencié y me dispuse a disfrutar de un tonificante relato de primer contacto.

Lo primero que descubrí nada más empezar es que me costaba un huevo (y no precisamente frito) entender lo que leía. Sea porque el autor escribe de forma confusa, o porque el traductor no ha hecho bien su trabajo, el caso es que me resultaba difícil comprender el texto, en particular las descripciones. Algunos párrafos los releía dos o tres veces y seguía sin tener ni puñetera idea de qué narices pretendía decirme el señor Watts. Pero a lo mejor es que yo me había vuelto tonto, pensé, así que seguí adelante ajeno al desaliento.

Bien, según la novela, un artefacto extraterrestre, llamado Rorschach, aparece en algún lugar del espacio (de cuya localización no acabé de enterarme) y los terrestres mandan una nave espacial para investigarlo. Hasta ahí, normal. Pero la tripulación de la nave está formada por un grupo de humanos transformados por biotecnología para ejecutar mejor ciertas tareas: al narrador le falta medio cerebro y es incapaz de empatizar, una tripulante tiene personalidad múltiple, otro está conectado a la maquinaria de no sé que manera y... ah, sí, el jefe del cotarro es un vampiro. Sí, no me miréis así, un vampiro, aunque todavía me pregunto qué coño pinta un nosferatu en ese turbio asunto. El caso es que todo eso ya no me parece tan normal. Paraos a pensarlo: va a producirse el primer contacto con extraterrestres ¿y la humanidad envía como emisarios a un grupo de frikis que no desentonarían lo más mínimo en un barracón de feria? Sería algo así como nombrar embajador de España en la ONU a Rappel.

Pero olvidémonos de la lógica. La cuestión es que resulta imposible simpatizar (ni empatizar) con ninguno de los extraños personajes de la novela, comenzando por el narrador, un tipo medio autista que, supuestamente, está entrenado para captar la verdad de la gente, pero que se pasa media novela sin enterarse de nada. El autor intenta infructuosamente prestarle cierta humanidad mediante una serie de flash backs que narran un amor frustrado, pero lo cierto es que esa historia carece por completo de interés. Así que tenemos un texto confuso poblado de personajes vacíos; vale, pero al menos sucederán cosas asombrosas, ¿no?

Pues no mucho. Algunos tripulantes aterrizan en la superficie de Rorschach, un lugar, como es lógico, muy raro que, como el autor es confuso en las descripciones, acaba resultando más raro aún. Y a los personajes les suceden cosas raras. Y aparecen unos ET’s muy raritos. Y de vez en cuando alguno de los tripulantes se enrolla marcándose un soliloquio lleno de “ideas sorprendentes” y excitantes disquisiciones científicas. Y al final la novela acaba... en fin, no estoy muy seguro de saber cómo acaba la puñetera novela. En resumen: fui al restaurante de la ciencia ficción y me sirvieron unos huevos requemados, con la clara sin cuajar, la yema dura y un chorizo de tercera.

Ahora bien, ¿vale la pena dedicar un post a una mala novela? A fin de cuentas, malas novelas las hay a paletadas... Sí, es cierto, y por lo usual no perdería el tiempo hablando de esta clase de chorradas; pero es que se supone que Visión ciega es de lo mejorcito que ha producido el género en los últimos tiempos, lo cual me lleva a preguntarme: si esto es lo mejor, ¿cómo será lo peor?

jueves, abril 23

El día de las puertas


Hoy es el Día del Libro. Es curiosa esa costumbre de asignarles días a determinados temas; día de los enamorados, Día de la madre, Día del trabajo, Día del orgullo gay, Día de la lucha contra el cáncer, Día del orgullo friki, Día de la paz, Día de la mujer trabajadora, Día contra la violencia de género, Día mundial de las enfermedades raras (sic), Día europeo de la salud sexual, Día mundial de la rabia (debe de caer en lunes; los lunes dan mucha rabia), Día mundial de la población (¿qué narices se celebrará ese día?; sea lo que sea, lo celebramos todos), Día europeo de la depresión (un lunes de nuevo), Día mundial del Lupus o, en fin, un tropel de días mundiales dedicados a todas las enfermedades que puedas imaginarte y muchas otras que ni siquiera sospechabas.

Lo que me escama del asunto es que sólo haya 365 temas conmemorables y uno más cada cuatro años (¿el día del tartamudeo?). No, seguro que hay muchos otros. Pero entonces, se solaparán, ¿no? Por ejemplo, el Día de la lucha contra el etilismo podría coincidir el Día mundial del vino, lo cual resultaría un tanto esquizofrénico. Aunque podría partirse el día por la mitad: de doce de la noche al mediodía dándole al morapio con entusiasmo y las otras doce horas sin probar una gota, durmiendo la mona (bien pensado, recuerdo haber celebrado ese día más de una vez).

En fin, tanto día internacional ha acabado por convertir el calendario en una especie de índice temático, lo cual, qué queréis que os diga, se me antoja un tanto inútil. ¿Quién se va a acordar de tantas conmemoraciones? Pero, claro, hay días y días. Por ejemplo, ¿a que no habíais oído hablar jamás del Día mundial del ahorro (31 de octubre)? Aunque, bien mirado, en eso hay cierta lógica: que nadie se entere del día dedicado al ahorro no deja de ser una forma de ahorrar. En general, los días conmemorativos que son fiesta se recuerdan de puta madre, huelga explicar por qué. Ahora bien, los laborables ya son otro cantar. Algunas conmemoraciones te las recuerdan las múltiples personas que te asaltan por la calle para sueltes la pasta en favor de alguna buena causa. En esos casos sucede algo curioso: cuando aflojas la mosca, te ponen una pegatina, y esa pegatina te permite eludir los sucesivos pagos que diferentes personas te van a exigir más adelante, pues ya has apoquinado. De modo que cuando das, por ejemplo, un par de euros contra el cáncer no estás realizando una buena acción, sino comprando inmunidad. Sencillamente, te habían hecho una oferta que no podías rechazar.

En cualquier caso, de la mayor parte de los días internacionales ni nos enteramos, lo cual no deja de ser un alivio. Y de los que nos enteramos, algunos son discutibles. Por ejemplo, el Día de los enamorados, San Valentín. Cuando tu chica o chico se lamente porque no le has comprado nada, puedes decir: “Pero si eso es un invento de El Corte Inglés para sacarnos la pasta”. Y tu pareja se calla, porque tienes más razón que un santo. Ahora bien, igualmente hay días internacionales indiscutibles, como el Día de la madre. También es un invento de El Corte Inglés, pero coño, como no le regales algo a mamá quedas como un cerdo. Ergo: a la parienta que le den, pero una madre es una madre.

También hay días internacionales simpáticos, por supuesto, como el que celebramos hoy, dedicado al libro. Porque está bien eso de regalar libros y rosas, ¿verdad? Quiero decir que si, por ejemplo, fuera el día internacional del embutido, la cosa sería distinta. Regalas un libro y una rosa y quedas como un señor, pero regalas unas morcillas y sólo te falta el botijo y la ristra de ajos para parecer un gañán. Creo que por eso (y por El Corte Inglés) está teniendo tanto éxito el día del libro, aunque sea laborable: hace que por un día todos nos sintamos bien con nosotros mismo y con los demás. Porque cuando le regalas a alguien un libro y una rosa, lo que en realidad estás diciendo es: “mira, yo soy una persona culta y sensible, y como también sé que tú eres una persona culta y sensible, te hago este regalo tan culto y sensible”. Y quien recibe el obsequio se quedará encantado, pensando: “que persona más culta y sensible, y qué perspicaz al haber sabido percibir al sensible intelectual que late en lo más profundo de mi interior”. Vale, en la mayor parte de los casos, ambos personajes serán un par de tarugos con la sensibilidad, en efecto, en lo más profundo de su interior (el culo) que utilizarán el libro para calzar una cómoda y que se olvidarán de la rosa a los tres segundos de dejarla en un tarro de Nocilla con agua. Sí, es cierto, pero al menos por un día se habrán sentido como una de esas personas cultas y sensibles que de vez en cuando aparecen en televisión (v.g.: Antonio Gala).

Por otro lado, en este éxito del día del libro también interviene el factor económico. Quieras que no, los libros y las rosas son relativamente baratos; por menos de treinta euros quedas como un marqués (incluso puede salirte gratis si regalas el impoluto libro que algún panoli te regaló el año pasado y cortas la rosa de un jardín). Seguro que el Día del Diamante tendría menos concurrencia. Sea como fuere, es innegable que tiene su punto poético dedicar un día a que la gente se regale libros y rosas; aunque, en mi opinión, un auténtico poeta metería en agua el libro y leería la rosa.

Para terminar: si pensabais que por ser hoy el Día del Libro os iba a regalar un ídem, o cuando menos la recomendación de un ídem, estáis muy equivocados. Muy lejos de todo rastro de generosidad, me limitaré a formular una breve reflexión: ¿os habéis fijando en lo mucho que se parecen un libro y una puerta? Centrémonos en la cubierta: al igual que una puerta, ambos objetos son planchas rectangulares de un material rígido que giran sobre un eje vertical. ¿Y las páginas? Una sucesión de puertas blandas numeradas que cruzas en un sentido y en el contrario, llegando siempre a la siguiente puerta. Y cada página, como cada puerta, te conduce a un lugar distinto. Es curioso, ¿verdad? Seguro que alguien inteligente sabría alcanzar sabias conclusiones al respecto. Desgraciadamente, no es el caso.

Feliz Día del Libro, amigos míos, y no olvidéis que mañana es el Día nacional de la Fibrosis Quística, pasado el Día africano del paludismo, el 26 de abril el Día mundial de la propiedad intelectual, el 28 Día mundial de la seguridad y la salud en el trabajo y el 29 el Día Europeo de la Solidaridad y Cooperación entre Generaciones, que mira que hacía falta.

Nota: esta mañana he oído un chiste en la radio. Trata sobre libros, así que tengo un pretexto perfecto para contároslo.

Hay dos cabras comiendo en un vertedero. Una de ellas encuentra entre las basuras unas latas con rollos de película cinematográfica y empieza a comerse el celuloide. Su compañera le pregunta:
-¿Qué tal está?
Y la cabra responde:
-Me gustó más el libro.

martes, abril 21

La Muerte surfeando sobre la nueva ola

A la ciencia ficción le sucedió algo muy inusual, algo que, que yo sepa, no le ha sucedido a ningún otro género. Veréis, digamos que la cf moderna comenzó -por elegir una fecha estándar- en 1926 con la aparición de la revista Amazing Stories, editada por Hugo Gernsback. O quizá fue en 1929, con la publicación de Science Wonder Stories (otra revista de Gernsback), en cuyo primer número aparecía por primera vez ese término odiado, pero triunfador, que es “ciencia ficción”. Da igual, el caso es que el género se consolidó como tal durante la segunda mitad de los años 20. En ese periodo, y durante los años 30, la ciencia ficción consistía básicamente en historias sobre superciencia y space operas (aventuras espaciales); vamos, pura literatura pulp y, en general, muy mala. Al periodo que va desde 1938, fecha en que John W. Campbell asumió la dirección de la revista Astounding, hasta... digamos 1949, se le denomina la Edad de Oro. Los relatos que se publicaron en esa época eran más profesionales, más adultos, pero todavía adolecían de muchas deficiencias desde el punto de vista literario y, en el fondo, la mayor parte de ellos seguían siendo puro pulp. En cualquier caso, en ese periodo aparecieron los autores que conformaron la ciencia ficción “clásica”, gente como Asimov, Heinlein o Clarke.

Entre 1950 y 1965 tiene lugar la llamada Edad de Plata del género, aunque en mi opinión se trata de la auténtica Edad de Oro en muchos sentidos. Durante estos tres lustros, la ciencia ficción abandonó definitivamente el pulp y se volvió adulta. Muchos de sus autores comenzaron a emplear las herramientas del género para explorar territorios anteriormente vedados, como la política, el sexo, la sociología, la religión o la psicología. Durante estos años se consolidan autores como Frederik Pohl, Clifford D. Simak, Ray Bradbury, Philip K. Dick, Robert Sheckley o Alfred Bester. En efecto, la ciencia ficción creció hasta convertirse casi en una literatura respetable. Casi. Aún le faltaba un paso que dar, y lo dio en los años siguientes con la llamada New Wave.

La New Wave, o New Thing, se extendió, más o menos, durante la década que va desde 1965 a 1975. Este movimiento suponía un cambio de sentido en la temática del género; si la cf clásica se orientaba hacia las “ciencias duras” y el espacio exterior, la New Wave volvía la mirada hacia las “ciencias blandas” y el espacio interior. Es decir, el nuevo foco del género era el ser humano. Por otro lado, el movimiento exigía a sus autores un especial cuidado en el tratamiento literario de sus relatos y una búsqueda de nuevas vías a través de la experimentación. Durante este periodo, la cf alcanzó la madurez definitiva, forjándose en sus filas la mejor generación de escritores jamás vista en la historia del género: Roger Zelazny, Thomas M. Disch, Brian Aldiss, Robert Silverberg, Ursula K. Le Guin, M. John Harrison, Samuel R. Delany o Norman Spinrad.

Sin embargo, el movimiento fracasó. Por un lado, el fandom –el núcleo duro de los aficionados a la cf- no quería literatura, sino una constante repetición de los temas y tratamientos establecidos durante el periodo clásico. Los fans incombustibles, como niños pequeños, querían oír una y otra vez el mismo cuento. Por otro lado, la crítica mainstream, llena de prejuicios hacia el género, ni siquiera prestó atención a las nuevas y notables obras que surgían de su seno. Conclusión: los escritores New Wave se quedaron sin lectores y se vieron obligados a reciclarse o morir de asco.

¿Y qué fue de la ciencia ficción? No podía seguir el camino de madurez abierto por la New Wave, pues el núcleo básico los lectores no lo quería, y tampoco podía dar marcha atrás para regresar a una edad de oro que ya olía a rancio. Lo que nadie comprendió entonces es que la New Wave no fue un capricho, sino que surgió necesariamente a causa de la progresiva maduración de la cf (un antecesor y referente del movimiento fue el Alfred Bester de la generación anterior). Los géneros o evolucionan o mueren, y la cf optó por involucionar y comenzar a morir lentamente. Tras encandilarse durante un tiempo con el cyberpunk, y tras una infinita sucesión de fotocopias del Neuromante de Gibson, la cf ha ido dando palos de ciego sin saber qué camino tomar, perdiéndose en algún lugar a medio camino entre la repetitiva banalidad de los talleres de escritura y la constante autorreferencia. Y eso, en fin, es lo que me parece inusual de la cf: que tras alcanzar la definitiva madurez optara por regresar a una infancia autista, embarcándose en un desnortado viaje a ninguna parte.

Pero regresemos a la New Wave. El movimiento surgió en Inglaterra, en torno a cuatro escritores. El primero de ellos fue Michael Moorcock, una autor en mi opinión mediocre que, al asumir en 1964 la dirección de la revista New Worlds, comenzó a introducir en la cf nuevos contenidos relacionados con las inquietudes de otros tres escritores: William Burroughs, J. G. Ballard y Brian Aldiss. Quizá uno de los problemas de la New Wave fue la influencia de Burroughs; con la excepción de Harrison, el resto de los autores que siguieron su senda acabaron embarrándose en un cenagal de experimentalismo barato y autocomplaciente. En cuanto a Aldiss, un excelente escritor con altibajos, siguió su carrera tranquilamente, a la inglesa, abandonando el movimiento cuando llegó el momento, pero sin traicionarlo.

Y llegamos a James Graham Ballard, la clave de todo; porque, en realidad, la New Wave fue Ballard, y viceversa. Ballard consideraba que el planeta más extraño de todos es la Tierra y que los extraterrestres más complejos e incomprensibles somos nosotros, los seres humanos. Quizá en eso pueda resumirse el “toque Ballard”: mostraba a la humanidad como si fuera una sociedad alienígena y describía los entornos cotidianos como si fuesen paisajes extraterrestres, un mundo sujeto a poderosas fuerzas, tanto físicas como subconscientes (a menudo ambas cosas a la vez), capaces de trastocar el espejismo de orden y seguridad al que tan desesperadamente intentamos aferrarnos.

Pero Ballard hizo algo más. Él fue quien renegó del espacio exterior y propuso un viaje al espacio interior; para realizar ese periplo hacia las capas más profundas de nuestro inconsciente, el escritor tomó los mitos y los símbolos contemporáneos y los retorció, mostrando sus facetas más exóticas y primitivas, no tanto dirigiéndose a nuestro yo consciente, como incidiendo en nuestro sistema límbico, donde mora ese lagarto irracional y salvaje que tantas veces aflora en los relatos del inglés. Los paisajes que describe Ballard, desde los más alucinados hasta los más cotidianos, son en realidad paisajes mentales que apelan directamente a los arquetipos de nuestro inconsciente colectivo. Por eso los relatos pertenecientes al ciclo de Vermilion Sands, pese a su aparente trivialidad, resultan tan perturbadores, y por eso adentrarse en la selva enjoyada de Mundo de Cristal es muy similar a penetrar en un estado alterado de conciencia.

Pues bien, el pasado 19 de abril murió J. G. Ballard, uno de los mejores y más originales escritores del siglo XX. Si recordamos el no muy lejano y trágico fallecimiento de Thomas M. Disch, parece que la muerte ha decidido asestar un definitivo hachazo a la New Wave llevándose casi a la vez a dos de sus mejores autores, a dos de las más brillantes voces de la historia del género. Como dije tras la muerte de Disch, la única forma de rezar a un autor es leyéndole, así que rezaré a San Ballard releyendo alguna de sus mejores novelas o leyendo alguno de los textos que todavía no conozco. ¿Cuáles son las mejores obras de Ballard? Nunca he sabido responder a esa pregunta; creo que, en general, sus relatos ofrecen un nivel tan alto como homogéneo. No tiene una “mejor novela”, aunque sí las tiene peores, por supuesto. Personalmente, me quedaría con los antes citados Mundo de cristal y Vermilion Sands, aunque también podrían ser Rascacielos o Crash. Espero que algún que otro sabio merodeador nos dé su opinión al respecto.

Por lo demás, tiñamos de luto las pantallas de nuestros ordenadores porque hemos perdido a un gran escritor.

James Graham Ballard, 15 de noviembre de 1930 – 19 de abril de 2009. Descanse en paz.

lunes, abril 13

Me he comido a Rudolph

Puedo afirmar sin ningún género de dudas que la aurora boreal es uno de los espectáculos más asombrosos de la naturaleza; y puedo afirmarlo con tanta rotundidad porque me lo han contado, no porque haya visto alguna. Qué le vamos a hacer, amigos míos, durante ni una sola de las cuatro noches que he pasado en el Ártico se ha dignado el firmamento a ofrecerme el espectáculo de la cola del zorro, como llaman en Laponia a las luces del norte. Y me jode, no os creáis que no, porque, aun a riesgo de resultar infantil, me hacía un huevo de ilusión la posibilidad de ver una aurora boreal. Pero ya sabía que no iba a poder ser, así que la desilusión ha sido más tolerable. Hará un mes o así, leí en el periódico que el Sol estaba atravesando por uno de sus periodos de mayor calma, y las auroras boreales se producen en momentos de gran actividad solar. De modo que nada de auroras boreales, cachis en la mar...

Pero, dejando aparte el esquivo asunto de las auroras, el viaje ha sido cojonudo, entre otras cosas por inesperado. La verdad es que jamás había pensado en visitar Finlandia y creo que, de no ser porque mi hijo Óscar está allí de Erasmus, ni de coña habría puesto un pie en esas gélidas tierras. A fin de cuentas, si os preguntaran qué hay en Finlandia, sin duda responderíais que renos, teléfonos móviles, la casa de Papá Noel y poco más. Escasos motivos todos ellos para movernos a atravesar los miles de kilómetros que nos separan de allí.



No obstante, Finlandia es un país fascinante por muchas razones. De entrada, es una de las sociedades más civilizadas de Europa, con un altísimo nivel de educación y una cultura democrática envidiable (fue el primer país europeo en concederle el voto a las mujeres, por ejemplo). La verdad es que todo funciona razonablemente bien en ese país; yo creo que se debe a que los finlandeses se han pasado los últimos cien años temiendo ser invadidos por los rusos, así que andan todo el día como de puntillas, procurando no llamar mucho la atención, no vaya a ser que al gigante eslavo le de por ampliar fronteras. De hecho, después de la Segunda Guerra Mundial Rusia le quitó a Finlandia el territorio de Carelia. Debe de haber sido muy duro ser finlandés durante la guerra fría.



Helsinki no es una ciudad especialmente bonita, ni tampoco especialmente fea; el centro histórico es agradable, con calles amplias recorridas por tranvías, pero lo cierto es que los edificios más reseñables con los que cuenta son la catedral ortodoxa y, quizá, la catedral luterana. En cualquier caso, la plaza Kauppatori, junto a los muelles, es un lugar de lo más recomendable. Y, por cierto, ahí vi algo que no había visto nunca: el mar helado. Pero tampoco puedo hablar mucho de Helsinki, porque sólo estuve allí un par de días en total; tras encontrarnos mi mujer y yo con Óscar y su chica, Bea, cogimos todos un avión que nos condujo a Ivalo, una localidad situada unos trecientos kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, en plena Laponia.



Laponia, al menos la que hemos conocido, es una amplísima extensión de terreno nevado cubierto por bosques de coníferas, cuya orografía consiste básicamente en una sucesión interminable de amplias y redondeadas colinas (llamadas tunturis), atravesadas ocasionalmente por ríos helados. En realidad, es un paisaje muy monótono, pero también sobrecogedor. La densidad de población es ínfima y apenas se ven animales (salvo los omnipresentes renos); sólo logré distinguir un pájaro durante todo el tiempo que estuvimos allí, y aunque hay bichos (como evidencian sus pisadas en la nieve), sencillamente no se dejan ver. Por otro lado, al decir que todo estaba nevado estoy siendo literal; salvo la carretera principal, que sólo mostraba ocasionales placas de hielo, el resto de las carreteras eran pistas heladas flanqueadas por nieve y más nieve. También llama la atención la luz; el Sol está muy bajo en el cielo, incluso a mediodía, así que la luz es mucho menos intensa, como la de un constante atardecer. Las pocas casas que se ven son siempre de madera, pintadas generalmente de rojo, aunque también de verde y amarillo; salvo por los coches modernos, uno podría estar en cualquier época. Todo ello, la soledad, la quietud, la infinita blancura, la luz extraña, la intemporalidad, produce una extraña sensación de irrealidad, como si hubiéramos desembarcado en otro planeta o en otro tiempo.




Nos alojamos en el hotel Kakslauttanen, cerca de Saariselka, un conjunto de cabañas de madera. La nuestra constaba de dos dormitorios, dos baños, un salón, una cocinita y una sauna, algo imprescindible en la sociedad finlandesa. La cabaña, rodeada y cubierta de nieve, era rústica, pero cálida y confortable; y lo de la calidez es muy importante, porque la temperatura diurna oscilaba entre los dos o tres grados sobre cero y los dos o tres bajo cero. Por la noche descendía hasta los diez o doce por debajo del punto de congelación. Mucho frío, sí, pero muy seco y sin viento, lo cual, si uno va bien pertrechado, hace que las bajas temperaturas sean muy tolerables.



En fin, hicimos todo lo que unos buenos turistas deben hacer: paseos en trineos tirados por renos o por huskys y periplos nocturnos y diurnos en motos de nieve. También probamos la gastronomía lapona, que se reduce a sopas, salmón y carne de reno. Las sopas están buenas, el salmón no me gusta y en cuanto al reno... ¿Habéis visto carne de reno en las carnicerías o en las tiendas de delicatessen? ¿A que no? Y con razón; es como masticar corcho. Lo probé una vez (es cierto, lo confieso, me he comido a Rudolph) y me juré a mí mismo mantenerme alejado en el futuro de esa carne de sabor tan escaso como poco agradable.


En cuanto a los lapones, o sami, dicen que hay casi siete mil censados en Finlandia, pero yo sólo vi a uno (nuestro guía de trineos tirados por renos). La mayor parte de ellos vive más al norte de donde estábamos, en las franjas árticas próximas a Noruega y Suecia. Es curioso esto de los sami; cuando pensamos en “indígenas”, evocamos las tópicas imágenes de África o Sudamérica, pero ni se nos pasa por la cabeza pensar en Europa. Pero hay indígenas en nuestro viejo continente; al menos están los sami, una raza de ganaderos neolíticos que vivían en tipis idénticos a los de los indios norteamericanos. Desde hace siglos, los sami se han visto expulsados de sus territorios tradicionales por el avance de las poblaciones de Rusia, Finlandia, Suecia y Noruega. Ya no son nómadas, aunque siguen dedicándose a la ganadería de renos, y apenas conservan sus tradiciones. Tan sólo un millar de personas continua hablando ahora su viejo idioma. Si nos paramos a pensarlo, ese pueblo es quizá el último vestigio que queda de la vieja Europa anterior a los romanos y el cristianismo.



En fin, amigos míos, pese a no haber contemplado las luces del norte, mis merodeos por el Ártico han sido de lo más estimulantes, un viaje a un lugar mágico que, de no ser por el Erasmus de Óscar, jamás habría realizado. ¿Mi conclusión final? Creo que a Julio Verne le habría gustado visitar esas tierras.
Índice de Fotos: 1.- Rudolph antes de comérmelo. 2.- La plaza Kauppatori. 3.- Los muelles de Helsinki. 4.- El Báltico frappé. 5 y 6.- El lago Inari, el más grande de Laponia, congelado. 7.- Nuestra cabaña. 8. Pepa en el camino que conducía a la cabaña. 9.- Óscar y Bea. 10.- Nuestro guía sami. 11.- Unas cabañas en los alrededores de Saariselka. 12.- Simpática gaviota finlandesa.

viernes, abril 3

Northern Lights

Como saben la mayor parte de los merodeadores de Babel, soy hijo de José Mallorquí, el creador de El Coyote; de hecho, me llamo César en honor a César de Echagüe, el alter ego del charro enmascarado. El Coyote se convirtió en el mayor éxito de la novela popular española del siglo XX y fue traducido a casi todas las lenguas europeas. Por ejemplo, al finlandés. Esa edición, en concreto, fue curiosa: veréis, actualmente viven en Finlandia 5’7 millones de personas, de modo que en los años cincuenta del siglo pasado la población debía de ser considerablemente menor. Pues bien, El Coyote fue un éxito inmenso en Finlandia, alcanzando tiradas que superaban los cincuenta mil ejemplares. No sé, supongo que en un país que, con solo pronunciar su nombre, te salen sabañones de frío, un país que se tira a oscuras la mitad del año, la lectura debía de ser la mejor alternativa posible al suicidio. La cuestión es que fue un éxito tan grande que el editor, una vez concluida la publicación de la serie, cerró el chiringuito y se retiró a vivir de las rentas. En el caso de que alguien se pregunte si la economía de mi padre siguió similar curso, le contestaré que José Mallorquí era un excelente escritor, pero el hombre más torpe del mundo a la hora de firmar contratos.

El editor finlandés, cuyo nombre no recuerdo (probablemente era impronunciable), estaba, como es lógico, notablemente agradecido a mi padre, así que le hizo un regalo; mejor dicho, se lo hizo a su hijo pequeño, a mí. Un traje de lapón (o sami). Tengo fotos vestido de lapón y os las enseñaría encantado, si no fuese porque ignoro dónde están y no me apetece buscarlas. El traje desapareció hace mucho, pero aún conservo el pequeño cuchillo de hueso que le acompañaba.

Todo este rollo os lo cuento para ilustrar el poderoso influjo del destino. Mi hijo mayor, Óscar, un chicarrón de 22 tacos, se marchó el año pasado a Finlandia con una beca Erasmus. Está estudiando cuarto de ADE en la universidad de Jyväskylä, una ciudad de la mitad sur del país; aunque quizá la palabra “estudiando” resulte un poco exagerada, porque lo que en realidad está haciendo es pasárselo de puta madre. Bueno, pues Pepa -mi mujer- y yo vamos a ir a hacerle una visita esta Semana Santa. Como Jyväskylä no tiene nada interesante, hemos quedado con Óscar y con su encantadora novia Bea en Helsinki y de allí volaremos a Laponia, en concreto a Saariselka, doscientos y pico kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico. Veremos renos, nieve por un tubo, samis y, con un poco de suerte, una aurora boreal, las luces del norte.

Así que ya veis, quién me iba a decir a mí cuando era un chavalín de cuatro o cinco años y me disfrazaba de lapón que algún día, en un lejano futuro, viajaría a la gélida tierra de los lapones, en ese país donde tanto éxito tuvo mi tocayo El Coyote.

Vale, lo confesaré, este tostonazo no tenía más objetivo que comunicaros que mañana me voy de viaje a Finlandia y que pasaré allí una semana, montando en motos de nieve, viajando en trineos tirados por renos o por huskys y pelándome de frío. Cuando vuelva, reanudaré el ritmo normal de Babel, porque ya he terminado el curro que tenía entre manos y tendré más tiempo libre.

Así pues, os deseo que paséis una feliz, vibrante y sensual Semana Santa.


lunes, marzo 23

El mapa del tiempo

Es sorprendente comprobar que diversas personas no relacionadas entre sí y distribuidas aleatoriamente por todo el mundo acaban adquiriendo los mismos intereses y gustos por determinados asuntos. Por ejemplo, hay una raza de gente fascinada con la Inglaterra del siglo XIX; en particular, la época victoriana. Por aquel entonces, Londres era el centro del mundo, el corazón del imperio; de sus clubs geográficos partían emocionantes expediciones con el objetivo de descubrir las fuentes del Nilo, cartogafiar el desierto de Gobi o encontrar civilizaciones perdidas; sus ejércitos, por otro lado, extendían el colonialismo (siempre execrable, pero no por ello menos novelesco) por los lugares más recónditos del planeta, luchando en sitios tan exóticos como Balaclava, Punjab o Bengala. Las personas que adoramos esa época –yo me cuento entre ellas-, sentimos fascinación por Jack el Destripador; no por ser un cruel asesino, sino por ser el primer asesino moderno y, sobre todo, por el mundo que le rodeaba, ese Londres imperial mezclado con la miseria de Whitechapel, luz y niebla fundiéndose en un estimulante claroscuro. Los de nuestra raza estamos también fascinados por la literatura de género, lo cual no es de extrañar, pues la mayor parte de los géneros actuales surgieron, o se perfeccionaron, en la Inglaterra de aquella época. Así pues, nuestro particular santoral está compuesto por nombres como Stevenson, Conan Doyle, Bram Stoker, H. G. Wells, Kipling, Wilkie Collins, Anthony Hope, A. E. W. Mason o, por supuesto, Julio Verne, que no era inglés, pero vivía ahí cerquita, en la Bretaña francesa. Y si nos referimos a las beatificaciones más recientes, también veneramos a Alan Moore, un inglés loco y genial. Pues bien, no conozco personalmente a Félix J. Palma –nos hemos limitado a intercambiar recientemente un par de correos electrónicos-, pero estoy convencido de que pertenece a esa misma raza.

Hará cosa de un mes, quedé a comer con Julián Díez y, en el transcurso de nuestra charla, le comenté que El mapa del tiempo, la última novela de Palma, ganadora del premio Ateneo de Sevilla, me parecía la mejor novela española de ciencia ficción. Confieso que, por aquel entonces, llevaba leído algo menos de la mitad del libro, así que ahora estoy en condiciones de corregir esa primera opinión. El mapa del tiempo es, en efecto, la mejor novela de ciencia ficción escrita en España (y que nadie se mosquee, porque tal aseveración afecta a mis propios relatos de cf); pero decir eso sería injusto, porque la novela de Palma es mucho más que una historia de ciencia ficción.

En el pasado, había leído varios relatos cortos suyos y sabía que Palma era un excelente escritor dotado de una brillantísima prosa. Eso último, precisamente, era lo que no me acababa de gustar: su prosa era magnífica, pero demasiado marcada; conforme la leía, “sentía” al escritor siempre presente, señalándome con el dedo la brillantez de sus imágenes. Me apresuro a aclarar que eso no era un defecto de Palma, sino una cuestión de gustos personales, pues nunca he negado que prefiero las prosas menos rotundas, más trasparentes. En cualquier caso, sabía que Palma era un magnífico escritor, así que cuando vi El mapa del tiempo en los anaqueles del Hipercor, no dudé ni un segundo en comprarla. Y descubrí que Palma había decidido aligerar su estilo, manteniendo la exquisita elegancia, pero liberándolo del peso de la pirotecnia verbal. Ahí caí rendido a sus pies; producía verdadero placer leerle, deslizarse por ese fraseo sinuoso en el que ahora ya no tropezaba con el menor obstáculo. Pero eso sólo era el principio, el envoltorio de un regalo mucho más jubiloso.

¿Qué es El mapa del tiempo? Resulta imposible comentar su argumento sin desvelar giros de la trama que deben permanecer ocultos, así que me limitaré a decir que la novela –ambientada en el Londres de finales del XIX- narra tres historias distintas entrelazadas por los viajes en el tiempo y la figura del escritor Herbert George Wells. En la primera historia presenciamos el drama de Andrew Harrington, el hombre que estaba enamorado de Mary Jane Kelly, la última víctima de Jack el Destripador. Se trata, pues, de una historia de amor fou, un amor imposible. La descripción que en esta parte del texto se realiza sobre el Londres victoriano es sencillamente apabullante. Y, por cierto, hay algo vital para quienes lean la novela: prestad atención a los detalles, porque uno de ellos os revelará que el mundo que estáis leyendo no se corresponde exactamente con el mundo real. La segunda historia también es de amor, un alambicado romance que demuestra con maestría que no hace falta viajar por el tiempo para crear paradojas temporales. La tercera y última historia, que comienza como un relato policíaco y acaba convirtiéndose en ciencia ficción, se ocupa de unir y explicar el conjunto, así como de atar todos los cabos sueltos.

En mi opinión, la mejor de las tres historias es la segunda, un delicioso mecanismo de relojería que se desenvuelve ante nuestros ojos con la suavidad de un pañuelo de seda, pero El mapa del tiempo no es un libro de relatos, sino una novela sólida y compacta, así que no tiene sentido juzgarla por partes. He leído en una entrevista con el autor, que a Palma se le ocurrió la idea para su novela cuando, tras releer La máquina del tiempo, se preguntó por el efecto que esta habría tenido entre los lectores de su época. En una sociedad que asistía asombrada al avance imparable de la ciencia y la tecnología, la posibilidad de una máquina capaz de transportarnos a través del tiempo debió de parecer no sólo posible, sino casi inminente. Pues bien, a partir de esa ingenua capacidad de asombro, Palma desarrolla su novela para hablarnos, no de las maravillas de la ciencia, sino de las maravillas de la literatura de género.

El mapa del tiempo es ciencia ficción, sí, pero también novela de aventuras, y folletín, y relato romántico, y policíaco, y humorístico, y fantástico... En realidad, El mapa del tiempo es una declaración de amor a la literatura popular. Lo que Palma consigue es que volvamos a contemplar las novelas de género con la ingenuidad y capacidad de asombro de cuando éramos niños, algo muy difícil de lograr. Para ello, Palma utiliza la ironía –toda la novela es un prodigio de sutil ironía-, pero no como factor distanciador, pues el texto desprende un inmenso cariño hacia lo que narra, sino como el eficaz salvoconducto para la supresión de la incredulidad que nos permitirá transitar por un universo que acaba resultando mágico. Por lo demás, los personajes están perfectamente dibujados, los diálogos son brillantes, las descripciones resultan evocadoras y la narrativa fluye con maestría (sus seiscientas y pico páginas se leen como un suspiro). En cuanto a las influencias, creo percibir con nitidez la del antes citado Alan Moore, tanto por su From Hell, como por su Liga de los Caballeros Extraordinarios.

El mapa del tiempo no es una novela perfecta, por supuesto -¿alguna lo es?-. La primera parte resulta un tanto morosa y la última historia es un poco confusa; no obstante, la morosidad, en el caso de un prosista tan elegante como Palma, puede ser incluso una virtud, y toda historia de viajes en el tiempo debe ser, forzosamente, algo confusa. Sea como fuere, los defectos resultan nimios y los hallazgos soberbios, así que sólo me resta darle las gracias a Félix J. Palma por haberme proporcionado una de las lecturas más divertidas, placenteras y estimulantes de los últimos tiempos.

Por último, amigos míos, si pertenecéis a la raza antes mencionada, no dejéis de leer El mapa del tiempo, porque es un libro escrito especialmente para vosotros. Y si no pertenecéis a esa raza, leedlo también, pues aparte de cualquier otra consideración, El mapa del tiempo es una excelente novela, magnífica literatura más allá de las etiquetas.

miércoles, marzo 18

La frase del mes


"El sida es una tragedia que no puede ser resuelta con el dinero ni a través de la distribución de preservativos que incluso agravan el problema".
Ioseph Alois Ratzinger, alias Benedicto XVI

Preguntas: ¿Cuántos seres humanos enfermarán y morirán por culpa de esta frase? ¿Cuántas mujeres serán infectadas al rechazar los hombres el uso del condón amparándose en la autoridad papal? ¿Cuántos niños nacerán con el VIH a causa de esta curiosa moralidad?

Ejercicio: Valora de cero a diez el grado de indignación que te produce el comentario.

Pensamiento: Es una lástima que todavía no se haya inventado un preservativo verbal.

martes, marzo 17

El Coleccionista de Frases 27

"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla, está hecho".

Groucho Marx

lunes, marzo 16

El Coleccionista de Frases 26

"Hay un mundo mejor, pero es muy caro".

Anónimo

viernes, marzo 13

El Coleccionista de Frases 25

"Política es el arte de evitar que le gente se preocupe de lo que le atañe".

Paul Valèry

jueves, marzo 12

El Coleccionista de Frases 24

"Cuando un hombre se echa atrás, retrocede de verdad. Una mujer sólo retrocede para coger carrerilla".

Zsa Zsa Gabor

miércoles, marzo 11

El Coleccionista de Frases 23

"Un egoísta es una persona que piensa más en sí misma que en mí".

Ambrose Bierce

martes, marzo 10

El Coleccionista de Frases 22

"En los tiempos de La Fontaine los animales hablaban, hoy escriben".

Antonio Fogazzaro

lunes, marzo 9

Velocidad limitada por obras

Estimados amigos, merodeadores todos: un insidioso achuchón de trabajo me mantiene apartado de lo realmente importante. No, no estoy hablando de follar, sino de actualizar periódicamente este vuestro blog. No obstante, creo que de aquí a una semana me liberaré de las cadenas que me atan al duro banco del galeote y regresaré a Babel cual moderno Ben Hur dispuesto a llamar papá a Quinto Arrio, pilotar cuadrigas y darle matarile a Messala. Y si os parece forzada esta imagen, esperad a ver las que os depara el futuro.

En cualquier caso, y para distraernos durante la espera, a partir de hoy incluiré una entrada de El Coleccionista de Frases cada día (ya tenéis una en el post anterior). Puede que esto os decepcione un poco –porque es más sencillo rebatir las opiniones de un capullo como yo que las de notorios pensadores-, así que no olvidéis que el relato ultracorto es a la ficción lo que las frases al ensayo. Además, coleccionar frases brillantes es el mejor disfraz para simular que uno es culto.

El Coleccionista de Frases 21

“Los que escriben con claridad tienen lectores; los que escriben oscuramente tienen comentaristas”.

Albert Camus

miércoles, febrero 25

Care Bears

En alguna ocasiones –no muchas, es cierto- he utilizado esta tribuna para abriros mi corazón y mostraros alguna de las miserias que en él anidan. Supongo que esta suerte de estriptease me sirve a mí de catarsis y a vosotros... bueno, a vosotros no os sirve de nada, salvo para darle gustito a ese pequeño cotilla que todos llevamos dentro. En esta ocasión voy a desnudar de nuevo mi alma, aunque me temo que el resultado no va a conducir a ninguna catarsis, sino a la vergüenza. Mi vergüenza en estado puro y vuestra vergüenza ajena.

Durante una larga década, de 1981 a 1991, trabajé en agencias de publicidad como creativo. Supongo que la palabra “publicitario” (o “publicista”, como equivocadamente llaman a los publicitarios quienes no conocen el medio) evoca en vuestras mentes la imagen de un individuo rodeado de bellísimas modelos que se toca las narices mientras consume sofisticados cócteles en locales de moda y se pone ciego de farlopa esnifada en el WC mediante billetes de quinientos euros enrollados. Pues bien, ese estereotipo es tan falso como las tetas de Pamela Anderson, aunque no tan grande. Bueno, algo hay –o hubo- de cierto en lo de la farlopa, pero por lo demás, sólo puedo decir que en publicidad básicamente se trabaja mucho, muchísimo, demasiado. Os juro que jamás he currado tanto en mi vida como cuando trabajé en publicidad. Es cierto que los sueldos eran espléndidos y que se contaba con ciertas ventajas, como viajar en primera u hospedarte en hoteles de lujo, pero nada de eso suponía satisfacción alguna, porque cuando se trabaja en publicidad uno vende su alma y, lo que es peor, también su privacidad y su tiempo libre. Cuando uno trabaja en publicidad, todo es publicidad.

Y no os creáis que ese trabajo consiste sólo en pergeñar sutiles estrategias y desarrollar grandes campañas, no, ni mucho menos. La mayor parte de la labor de un creativo consiste en sacar adelante folletos, catálogos, sales folder, pequeñas inserciones... en fin, basurilla. Además, y esto es aún peor, al menos el ochenta por ciento del trabajo realizado por un creativo, por bueno que sea, no verá jamás la luz, morirá en el papel, será inútil. Algo muy frustrante, os lo juro.

Pero hay algo más. Hace unos meses me dio por recordar mi pasado publicitario y me di cuenta de que, después de dieciocho años alejado del medio, ya no quedaba absolutamente nada de mi trabajo. Los anuncios, por propia naturaleza, son productos con fecha de caducidad. Raro es el spot que se emite más de dos temporadas seguidas y las estrategias publicitarias, algo más duraderas, cambian conforme se alteran las circunstancias del mercado. Así pues, hoy ya no queda ni rastro, ni la más mínima huella, de los diez años de duro trabajo que dediqué a la publicidad. Es como si jamás hubiera pasado por allí.

Bueno, eso creía yo hasta que, hace unos días, vi un episodio de los Simpson en el que Lisa (o Bart, no recuerdo) tenía una pesadilla en la que se le aparecían todos los osos famosos de la ficción, desde Teddy Bear hasta Yogui, pasando por Winnie the Pooh. Entonces, de repente, apareció en pantalla uno de los Osos Amorosos y comprendí que estaba equivocado; ahí, delante de mis narices, se hallaba mi legado a la posteridad.

Me explicaré. Corría el año 1983 o 1984; yo era copy (redactor) en la agencia de publicidad Grey. Una de las cuentas que tenía asignadas era la de General Toys, un fabricante multinacional de juguetes entre cuyos productos se encontraban las figuritas y maquetas de Star Wars. Pues bien, un buen día me llegó un encargo; General Toys España iba a lanzar en nuestro país una colección de muñecos y accesorios llamados Care Bears. Se trataba de una serie de figuras con forma de oso de peluche; cada figura tenía asignado un símbolo diferente relacionado con su cometido, que siempre era una buena acción: ayudar a dormir, quitar el miedo, decir la verdad... En fin, unos juguetes vomitivamente cursis. Pues bien, mi trabajo consistía en encontrarles un nombre español. Como la palabra “care” no tiene una buena traducción literal a nuestro idioma, había que buscar un nombre pegadizo con connotaciones más o menos próximas a su significado original.

Como sin duda habéis adivinado, esa es precisamente la clase de trabajo-basurilla al que antes me refería. Dado que me pagaban precisamente por hacer esas gilipolleces, me puse a la labor y redacté una lista con posibles nombres alternativos. Sólo recuerdo uno, el que finalmente aceptó el cliente: Osos Amorosos. En fin, lo hice y me olvidé por completo del asunto.

Hasta que hace unos días vi el episodio de los Simpson y me di cuenta de que esas dos palabras, Osos Amorosos, eran todo lo que quedaba de una década de duro trabajo. ¿Os podéis hacer una idea de lo deprimente que es esto? Esa rima ridícula capaz de provocar rubor en un chaval de siete años no excesivamente espabilado. Y, además, la imagen que evoca ese nombre... Al menos yo, no puedo evitar imaginarme a un enorme oso pardo dándome lujuriosos lengüetazos mientras frota sus partes pudendas contra mi pierna (fracturándome la tibia de paso). Lo dicho: deprimente.

En fin, al menos me queda el consuelo de que en Hispanoamérica se les llama “Cariñositos” a esos bichos repelentes (vaya nombrecito también), de modo que mi vergüenza se circunscribe al entorno de nuestro país. No obstante, ya por siempre será una dolorosa carga para mí ser consciente de que, cuando yo muera, cuando mi nombre sea olvidado y mis novelas se conviertan en polvo, todavía habrá por ahí una absurdas figuras con aspecto de osos pederastas de cuyo nombre, Osos Amorosos, yo soy el autor. Y nadie lo sabrá.

Afortunadamente.