
Un amable merodeador de Babel, Arturo Villarrubia, sugería llevar el juego de la anterior entrada al terreno literario; es decir, confeccionar una lista de buenos malos libros, de novelas que reconocemos como bodrios, pero que por algún motivo nos gustan. Me pareció buena idea, así que me puse a redactar una lista y... cuando sólo había anotado cuatro títulos me quedé paralizado, inmerso en un mar de dudas. No sabía si las obras que había elegido eran malas o buenas, no lograba encontrar baremos adecuados. Lo que era fácil aplicado al cine resultaba jodidamente trabajoso referido a la literatura. Pero, ¿por qué?
De entrada, no es lo mismo una novela que una película. Y eso que se parecen mucho, no os creáis que no; la narrativa es, en líneas generales, similar, tienen importantes elementos comunes (argumento y personajes, sin ir más lejos), y lo uno se puede convertir en lo otro (y lo otro en lo uno) sin demasiada dificultad, como demuestran las innumerables obras literarias adaptadas a la gran pantalla. Pero hay una diferencia básica: una novela es producto del trabajo de una única persona, el escritor, mientras que una película es fruto de un colectivo. Es decir, puede que una película tenga un argumento soso y una dirección plana, pero a lo mejor contiene una interpretación de quitar el hipo, o la fotografía es la pera, o la música maravillosa... Hay gran cantidad de elementos que influyen en la percepción de un film, y algunos de ellos pueden ser tan poderosos como para cambiar la apreciación acerca del conjunto.
Sin embargo, el escritor es omnipresente; él crea el argumento, diseña los personajes, les da voz, pone las luces, construye los decorados, lo hace todo: por tanto, si el escritor es un maula, eso afectará a todos los aspectos de la novela. O no, porque un escritor puede, por ejemplo, construir magníficos argumentos y ser flojo en el diseño de personajes, o ser brillante con los diálogos y un tarugo con las descripciones, o tener una prosa bellísima pero ni idea de narrar. En efecto, una novela puede gustarte (o disgustarte) sólo en parte; de hecho, sucede con frecuencia. Ahora bien, ¿cómo pondero esos elementos para evaluar la calidad global, teniendo en cuenta que debe tratarse de un texto que considero malo pero que al mismo tiempo me gusta los suficiente como para leerlo? Porque, ojo, una película se ve en un par de horas, pero una novela requiere mucho más tiempo; vale, no tenemos inconveniente en perder ciento veinte minutos en una nadería, pero ¿y veinticuatro horas?
Hay cosas que no le perdono a un texto escrito, pero sí podría eventualmente aceptar de una película. Por ejemplo, los personajes. Soy incapaz de leer novelas con personajes planos y/o inconsistentes, sencillamente me desconecto; sin embargo, una película con malos personajes puede ofrecerme un espectáculo visual trepidante a cambio. ¿Qué puede ofrecerme una novela para compensar unos caracteres mal compuestos? ¿Un gran argumento? Una trama sin personajes no me interesa. Entonces, ¿la prosa? Pues mira, ese es quizá el baremo más usado para juzgar la calidad de un texto. Así pues, podríamos confeccionar una lista de buenas malas novelas escogiendo textos escritos con una prosa digamos que meramente funcional, pero muy bien narrados, con personajes sólidos y argumentos imaginativos. Lo que pasa es que, si hacemos eso, la lista puede acabar siendo inmensa. Además, no creo que la prosa sea el elemento sine qua non para determinar la calidad de un libro. En mi opinión, tratándose de novela el factor clave es la técnica narrativa, aunque ni siquiera eso puede considerarse una norma general, pues hay verdaderas obras maestras con muy poquita narrativa dentro.
En cierta ocasión, mi buena amiga y gran escritora Care Santos me comentó que estaba leyendo los cuentos de Robert Bloch. Ella no tenía por aquel entonces mucha experiencia con la literatura de género –en concreto, no conocía a ese escritor- y, comentando la calidad de esos relatos, recuerdo que dijo: “no sé si son comida basura o maravillosas delicatessen, pero me encantan”. Y es que, según el punto de vista que se escoja, un mismo texto puede ser un bodrio o una pequeña obra maestra. Si encima nos movemos en la nebulosa zona de los buenos-malos la cuestión se vuelve aún más compleja.
Pero hay algo más: creo que, de algún modo, le exigimos menos al cine que a la literatura. Parece como si al cine, al ser un espectáculo, se le permitiera ser entretenido sin poner en duda su calidad, mientras que calificar a una novela de entretenida es ponerla automáticamente bajo sospecha. Diríase que el cine es un arte menor que, por tanto, puede consumirse con cierta ligereza, mientras que la literatura es un arte sublime que requiere para su consumo adoptar una expresión adusta y proveerse de grandes dosis de tenacidad. Por ejemplo, muchos intelectuales no tienen ningún reparo en reconocer que adoran el cine clásico de Hollywood y confiesan que les encantan los western de John Ford. Pues bien, ¿cuántos de esos intelectuales admiradores de Ford han leído aunque sólo sea una novela del oeste? Y quien dice western, dice thriller, ciencia ficción o cualquier otro género. De hecho, nadie tiene nada contra el cine de género, pero la literatura de género sigue levantando suspicacias en los círculos académicos.
A todo esto debe añadirse que, mientras que sí veo más de una vez las mismas películas, rara vez releo una novela. Por tanto, hay novelas que leí cuando era muy joven y me encantaron, pero que quizá ahora me pareciesen un pestiño, así que no puedo fiarme mucho de mi memoria ni de la huella que esas novelas dejaron en ella. En resumen, que no he podido confeccionar una lista de buenas malas novelas, así que comentaré brevemente los escasos títulos que había barajado.
En primer lugar, no una novela, sino un escritor: Keith Laumer. Se trata de un autor de ciencia ficción de segunda fila que acabó sus días literalmente como un cencerro. Hace mucho tiempo, leí varias obras suyas: El largo crepúsculo, La jaula infinita, Catástrofe planetaria, Un resto de memoria, Mundos de Imperio y puede que alguna otra que ahora no recuerdo. Casi todas son muy parecidas; sus protagonistas suelen ser superhombres amnésicos, o mesías oscuros, que van descubriendo poco a poco sus extraordinarios poderes, así como que forman parte de alguna confusa conspiración a escala cósmica. En fin, cuando leía esas novelas sabía con certeza que eran malas, pero había algo en ellas que me divertía profundamente. Vamos, que me están entrando ganas de releer alguna...
Otro candidato para la lista: Dune, de Frank Herbert. Sé que por decir esto más de uno me va a poner a parir, pero es lo que pienso, amigos míos. Herbert era un famoso escritor de ciencia ficción, pero un pésimo escritor. Era muy malo, de verdad, tenía una prosa espantosa, utilizaba recursos baratos, carecía de sentido del ritmo, no tenía ni idea de componer personajes y sus argumentos eran delirantes o, simplemente, aburridos. Pero en cierta ocasión escribió una novela, tan mal escrita como todas las otras, aunque con un argumento resultón (algo así como una novela “de Ruritania” en ambiente futurista). La cosa, muy larga, tenia toques místicos, un mundo y una mitología más o menos coherentes y un protagonista en plan “emperador de todas las cosas”. Lo llamó Dune, lo publicó y tuvo un éxito del copón bendito. En fin, la novela es tan mala como todas las suyas (luego se multiplicó en una inacabable serie aún más espantosa), pero también es divertida, tiene su punto, lo suficiente como para hacer olvidar lo mal escrita que está. Una buena mala novela, vamos.
En tercer lugar, otro autor; mejor dicho, dos autores: Douglas Preston y Lincoln Child. Esta pareja escribe género de terror, thrillers más o menos sobrenaturales, algún que otro tecnothriller e incluso novelas de aventuras. Son novelas absolutamente carentes de cualquier pretensión, simples entretenimientos, a veces malos sin paliativos; pero ocasionalmente consiguen pergeñar relatos muy divertidos que respetan la inteligencia del lector. Novelas como The Relic, Los asesinatos de Manhattan o la serie protagonizada por el agente Pendergast son ideales para pasar un buen rato sin grandes complicaciones.
Por último, El Padrino, de Mario Puzo. Y aquí se me desmontó el tenderete, porque no estoy nada seguro de que El Padrino sea una mala novela. La verdad es que no sé lo que es; igual se trata de un clásico contemporáneo, vete tú a saber. O bazofia populachera, depende del punto de vista. ¿Veis como no es fácil?
De entrada, no es lo mismo una novela que una película. Y eso que se parecen mucho, no os creáis que no; la narrativa es, en líneas generales, similar, tienen importantes elementos comunes (argumento y personajes, sin ir más lejos), y lo uno se puede convertir en lo otro (y lo otro en lo uno) sin demasiada dificultad, como demuestran las innumerables obras literarias adaptadas a la gran pantalla. Pero hay una diferencia básica: una novela es producto del trabajo de una única persona, el escritor, mientras que una película es fruto de un colectivo. Es decir, puede que una película tenga un argumento soso y una dirección plana, pero a lo mejor contiene una interpretación de quitar el hipo, o la fotografía es la pera, o la música maravillosa... Hay gran cantidad de elementos que influyen en la percepción de un film, y algunos de ellos pueden ser tan poderosos como para cambiar la apreciación acerca del conjunto.
Sin embargo, el escritor es omnipresente; él crea el argumento, diseña los personajes, les da voz, pone las luces, construye los decorados, lo hace todo: por tanto, si el escritor es un maula, eso afectará a todos los aspectos de la novela. O no, porque un escritor puede, por ejemplo, construir magníficos argumentos y ser flojo en el diseño de personajes, o ser brillante con los diálogos y un tarugo con las descripciones, o tener una prosa bellísima pero ni idea de narrar. En efecto, una novela puede gustarte (o disgustarte) sólo en parte; de hecho, sucede con frecuencia. Ahora bien, ¿cómo pondero esos elementos para evaluar la calidad global, teniendo en cuenta que debe tratarse de un texto que considero malo pero que al mismo tiempo me gusta los suficiente como para leerlo? Porque, ojo, una película se ve en un par de horas, pero una novela requiere mucho más tiempo; vale, no tenemos inconveniente en perder ciento veinte minutos en una nadería, pero ¿y veinticuatro horas?
Hay cosas que no le perdono a un texto escrito, pero sí podría eventualmente aceptar de una película. Por ejemplo, los personajes. Soy incapaz de leer novelas con personajes planos y/o inconsistentes, sencillamente me desconecto; sin embargo, una película con malos personajes puede ofrecerme un espectáculo visual trepidante a cambio. ¿Qué puede ofrecerme una novela para compensar unos caracteres mal compuestos? ¿Un gran argumento? Una trama sin personajes no me interesa. Entonces, ¿la prosa? Pues mira, ese es quizá el baremo más usado para juzgar la calidad de un texto. Así pues, podríamos confeccionar una lista de buenas malas novelas escogiendo textos escritos con una prosa digamos que meramente funcional, pero muy bien narrados, con personajes sólidos y argumentos imaginativos. Lo que pasa es que, si hacemos eso, la lista puede acabar siendo inmensa. Además, no creo que la prosa sea el elemento sine qua non para determinar la calidad de un libro. En mi opinión, tratándose de novela el factor clave es la técnica narrativa, aunque ni siquiera eso puede considerarse una norma general, pues hay verdaderas obras maestras con muy poquita narrativa dentro.
En cierta ocasión, mi buena amiga y gran escritora Care Santos me comentó que estaba leyendo los cuentos de Robert Bloch. Ella no tenía por aquel entonces mucha experiencia con la literatura de género –en concreto, no conocía a ese escritor- y, comentando la calidad de esos relatos, recuerdo que dijo: “no sé si son comida basura o maravillosas delicatessen, pero me encantan”. Y es que, según el punto de vista que se escoja, un mismo texto puede ser un bodrio o una pequeña obra maestra. Si encima nos movemos en la nebulosa zona de los buenos-malos la cuestión se vuelve aún más compleja.
Pero hay algo más: creo que, de algún modo, le exigimos menos al cine que a la literatura. Parece como si al cine, al ser un espectáculo, se le permitiera ser entretenido sin poner en duda su calidad, mientras que calificar a una novela de entretenida es ponerla automáticamente bajo sospecha. Diríase que el cine es un arte menor que, por tanto, puede consumirse con cierta ligereza, mientras que la literatura es un arte sublime que requiere para su consumo adoptar una expresión adusta y proveerse de grandes dosis de tenacidad. Por ejemplo, muchos intelectuales no tienen ningún reparo en reconocer que adoran el cine clásico de Hollywood y confiesan que les encantan los western de John Ford. Pues bien, ¿cuántos de esos intelectuales admiradores de Ford han leído aunque sólo sea una novela del oeste? Y quien dice western, dice thriller, ciencia ficción o cualquier otro género. De hecho, nadie tiene nada contra el cine de género, pero la literatura de género sigue levantando suspicacias en los círculos académicos.
A todo esto debe añadirse que, mientras que sí veo más de una vez las mismas películas, rara vez releo una novela. Por tanto, hay novelas que leí cuando era muy joven y me encantaron, pero que quizá ahora me pareciesen un pestiño, así que no puedo fiarme mucho de mi memoria ni de la huella que esas novelas dejaron en ella. En resumen, que no he podido confeccionar una lista de buenas malas novelas, así que comentaré brevemente los escasos títulos que había barajado.
En primer lugar, no una novela, sino un escritor: Keith Laumer. Se trata de un autor de ciencia ficción de segunda fila que acabó sus días literalmente como un cencerro. Hace mucho tiempo, leí varias obras suyas: El largo crepúsculo, La jaula infinita, Catástrofe planetaria, Un resto de memoria, Mundos de Imperio y puede que alguna otra que ahora no recuerdo. Casi todas son muy parecidas; sus protagonistas suelen ser superhombres amnésicos, o mesías oscuros, que van descubriendo poco a poco sus extraordinarios poderes, así como que forman parte de alguna confusa conspiración a escala cósmica. En fin, cuando leía esas novelas sabía con certeza que eran malas, pero había algo en ellas que me divertía profundamente. Vamos, que me están entrando ganas de releer alguna...
Otro candidato para la lista: Dune, de Frank Herbert. Sé que por decir esto más de uno me va a poner a parir, pero es lo que pienso, amigos míos. Herbert era un famoso escritor de ciencia ficción, pero un pésimo escritor. Era muy malo, de verdad, tenía una prosa espantosa, utilizaba recursos baratos, carecía de sentido del ritmo, no tenía ni idea de componer personajes y sus argumentos eran delirantes o, simplemente, aburridos. Pero en cierta ocasión escribió una novela, tan mal escrita como todas las otras, aunque con un argumento resultón (algo así como una novela “de Ruritania” en ambiente futurista). La cosa, muy larga, tenia toques místicos, un mundo y una mitología más o menos coherentes y un protagonista en plan “emperador de todas las cosas”. Lo llamó Dune, lo publicó y tuvo un éxito del copón bendito. En fin, la novela es tan mala como todas las suyas (luego se multiplicó en una inacabable serie aún más espantosa), pero también es divertida, tiene su punto, lo suficiente como para hacer olvidar lo mal escrita que está. Una buena mala novela, vamos.
En tercer lugar, otro autor; mejor dicho, dos autores: Douglas Preston y Lincoln Child. Esta pareja escribe género de terror, thrillers más o menos sobrenaturales, algún que otro tecnothriller e incluso novelas de aventuras. Son novelas absolutamente carentes de cualquier pretensión, simples entretenimientos, a veces malos sin paliativos; pero ocasionalmente consiguen pergeñar relatos muy divertidos que respetan la inteligencia del lector. Novelas como The Relic, Los asesinatos de Manhattan o la serie protagonizada por el agente Pendergast son ideales para pasar un buen rato sin grandes complicaciones.
Por último, El Padrino, de Mario Puzo. Y aquí se me desmontó el tenderete, porque no estoy nada seguro de que El Padrino sea una mala novela. La verdad es que no sé lo que es; igual se trata de un clásico contemporáneo, vete tú a saber. O bazofia populachera, depende del punto de vista. ¿Veis como no es fácil?


















