
Cum-ple-aaaaaños feliz,
cum-ple-aaaaaños feliz,
me deseeeo a mí mismo
cumpleaños feliz...
Un enclave tutelado por César Mallorquí, el Abominable Hombre de las Letras, en colaboración con la Sociedad de Amigos del Movimiento Perpetuo. Si no te interesa la literatura, el cine, el comic, los enigmas, el juego y, en general, las cosas inútiles, aparta tus sucias manos de este blog.

Ayer, leyendo un debate en Prospectiva, encontré un comentario que me llamó la atención. El comentarista, al parecer un merodeador más o menos talludito, decía que él solía leer siete u ocho libros a la vez y que la inmensa mayor parte de ellos eran ensayos. Luego, se preguntaba si ese menor peso de la ficción en sus lecturas no tendría que ver con la edad. Pues bien, lo que me llamó la atención es que a mí me sucede exactamente lo mismo.
El otro día compré un libro llamado Dios no existe (Debate, 2009), de Christopher Hitchens. El título no deja lugar a dudas: se trata de un libro sobre ateismo; de hecho, es una recopilación de textos ateos de diversos autores, desde Lucrecio hasta Salman Rushdie, pasando por Mark Twain o Ian McEwan. El año anterior, la misma editorial había publicado otra obra del mismo autor, Dios no es bueno (Debate, 2008), un alegato acerca de lo perjuicios causados por la religión a lo largo de la historia. Ese mismo año se editó La Biblia del ateo (Seix Barral 2008), de Joan Konner, una antología de máximas ateas. Un año antes, apareció El espejismo de Dios (Espasa, 2007), un vigoroso ensayo ateo escrito por Richard Dawkins. Otro año atrás, se publicó Tratado de ateología (Anagrama, 2006), de Michel Onfray. Y tres años antes se editó Por qué no soy musulmán (Ediciones del Bronce 2003), de Ibn Warraq, un ejercicio de ateismo orientado contra el Islam.
Hace tiempo, oí decir que Casablanca era la mejor mala película de la historia del cine y, si te paras a pensarlo, es verdad. La película de Curtiz es un cúmulo de topicazos sentimentaloides, con un Marruecos de guardarropía, diálogos imposibles y personajes de una pieza. De hecho, cuentan que el rodaje fue un caos donde nadie estaba muy seguro de saber de qué iba el asunto y el guión se improvisaba día a día. Y sin embargo, por una prodigiosa conjunción de factores, ahí tenemos una película inmortal con, quizá, el mejor final de la historia del cine (junto con el de El tercer hombre, me apresuro a afirmar).
Esto viene a cuento porque la semana pasada pillé en uno de los canales digitales una de mis malas películas favoritas; estaba empezada y ya la había visto dos o tres veces, pero me quedé viéndola hasta el final. Se trata de Velocidad terminal (Deran Serafian, 1994), protagonizada por Charlie Sheen y Natassia Kinski. Podríamos definir esta película como un Hitchcock macarra; de hecho, comienza de forma casi idéntica a Vértigo, sólo que en plan paracaidismo. Es la típica historia de hombre inocente que, por azar, se ve implicado en una conspiración que amenaza una y otra vez su vida. En este caso, la trama va de un rollo de espionaje escasamente original, está narrada de forma plana y contiene todos los tópicos imaginables. Pero hay algo en ella que me gusta. Puede que sea porque las secuencias aéreas están bien rodadas y resultan emocionantes, o porque la Kinski está jartá de buena, o porque Sheen me cae bien (es un actor limitado, pero capaz de burlarse de sí mismo), o porque es una producción sin pretensiones, o por su sentido del humor, o porque James Gandolfini aparece en un papelito secundario... no lo sé, pero, pese a lo mala que es, siempre me quedo mirándola.
desastre; en cualquier caso, permitidme compartir con vosotros mis vergüenzas. Por ejemplo, tenemos una exótica película llamada Hechizo letal (Cast a deadly spell, Martin Campbell 1991). Su argumento transcurre en 1948, en un Nueva York alternativo donde todo el mundo practica la magia menos el protagonista, un detective al estilo Marlowe llamado Lovecraft. Nuestro hombre recibe el encargo de buscar un libro misterioso (el Necronomicon, cómo no) y tendrá que enfrentarse a Primigenios, zombis, sucubos y todo tipo de monstruosidades. Vamos, un cruce entre los Mitos de Chtulhu y El Halcón Maltés. En realidad, se trata de una película producida para TV, pero como quedó resultona, decidieron proyectarla en cines, aunque en España se distribuyó directamente en video. El caso es que el acabado final es más bien cutre y los efectos especiales de barraca de feria (lo cual, por otro lado, le brinda cierto encanto). Pero Fred Ward está muy bien en su papel de detective cínico y duro, la idea es atractiva y el guión, aunque no saca todo el partido posible a sus planteamientos, está dotado de un juguetón sentido del humor. Una simpática buena mala película en definitiva.
Algo raro debe de pasarme con Martin Campbell, porque hay otra película suya en mi lista de malas-buenas: Límite vertical (2000). El asunto va de alpinismo: dos hermanos escaladores, chico y chica, están enemistados a causa de la muerte de su padre en un accidente de montaña (la hermana culpa al hermano). El chico deja de escalar, pero la chica sigue haciéndolo y, tiempo después, dirige una expedición para coronar el K2, la segunda montaña más alta del planeta. Hay un accidente y la chica queda atrapada, entonces su hermano organiza una cordada para rescatarla. En fin, la película es un cóctel de tópicos lleno de insensateces y escenas absurdas. Y sin embargo, tiene algo, un no sé qué, que la salva de la quema; quizá sea su curioso punto de vista sobre el alpinismo. Veréis, cuando se piensa en el Himalaya y en la escalada, lo que a uno le viene a la cabeza es soledad y silencio; pues bien, nada más lejos de la realidad. Tal y como muestra Campbell, durante la época de escalada las principales montañas del Himalaya están hasta arriba de alpinistas; una comunidad de pirados que viven por encima de los cuatro mil metros de altura. Puede que sea esa inusual visión del alpinismo lo que le presta cierto atractivo a la cinta, o las espectaculares escenas de escalada, o algún que otro personaje atractivo, como el escalador-zen que interpreta Scott Glenn, o la presencia de ese bomboncito llamadoIzabella Scorupco... o a lo mejor la peli es una mierda absoluta y yo me he vuelto tonto.
duda de que se trata de una serie B (al estilo de las de los 50), ya es más dudoso que sea una mala película. Lo cierto es que tanto el guión como la realización saben sacar partido a la premisa de partida (si no puedes fiarte del suelo que pisas, no puedes fiarte de nada), los efectos especiales son muy apañados para el presupuesto que se manejaba, la cinta está presidida por un tonificante sentido del humor y son más que notables las interpretaciones de Kevin Bacon y Fred Ward. Así que, después de todo, quizá no sea una mala cinta. Examinando las críticas que he encontrado en Internet, he podido comprobar que la opinión está dividida: algunos la consideran una bobada y otros un clásico menor. Todo lo que puedo decir al respecto es que a mí me parece muy divertida.
Bueno, si con la anterior película tenía dudas sobre su calidad, en lo que respecta a la que voy a citar ahora no albergo ninguna, porque, amigos míos, se trata nada más y nada menos que de una peli de ¡Jean Claude Van Damme! Me refiero a Blanco humano (John Woo 1993). De entrada, aclararé que, de todos los musculitos reparteleches que han pululado por el cine internacional, hay dos que no soporto: Segal y Van Damme. Me sacan de quicio con esa rígida inexpresividad achulada suya. No obstante, en el caso de Blanco humano... Veréis, la película es tan insensata que se inspira en un clásico indiscutible del cine fantástico, nada más y nada menos que en El malvado Zaroff (Ernest B. Schoedsack & Irving Pichel, 1932). La cosa va de un grupo que organiza cacerías humanas para millonarios; las piezas son ex-soldados vagabundos. Un día, la hija de uno de esos vagabundos comienza a buscar a su desaparecido padre, contrata a Van Damme, y la “ambición belga”, repartiendo bofetadas a diestro y siniestro, acaba con la organización. Como veis, una bobada de argumento nada original. Sin embargo, el director es John Woo, un realizador muy torpe a la hora de elegir los proyectos en que se embarca, pero un maestro de las secuencias de acción. Así que las secuencias de acción de la película están excelentemente coreografiadas (cabe destacar la casi surrealista pelea en el almacén del Mardi Grass). Por otro lado, jamás antes había ofrecido Jean Claude Van Damme un aspecto tan decididamente macarra, lo cual es muy apropiado, pues el belga siempre ha sido precisamente eso, un macarra. Además, la ambientación en los pantanos de Nueva Orleans confiere a la cinta un tono adecuadamente malsano. Y Lance Henriksen compone un excelente villano. Y Yancy Butler tiene unos ojos preciosos...
reaparece en Los Ángeles del siglo XX dispuesto a vengarse; para ello, busca los tres fragmentos de un grimorio capaz de destruir la Tierra. Pero le sigue a través del tiempo un cazador de brujos medieval que finalmente acabará con él gracias a la ayuda de una chica hechizada por Warlock. Se trata de una serie B muy serie B, pero rodada con inteligencia y sentido del humor. Julian Sands compone un correcto malvado, los efectos especiales están manejados con sobriedad e ingenio y está dirigida con ritmo y convicción. Pero una de las cosas que más me llamaron la atención de esta película es la clase de brujería que muestra; no se emplea alta magia al estilo del Necronomicon, ni un rollo altisonante inventado para la ocasión; por el contrario, los personajes usan conjuros y hechizos extraídos del folclore popular (por ejemplo, si cortas con un cuchillo de plata la huella de la pisada de alguien, le dejarás cojo), lo cual confiere a la cinta un divertido tono entre ingenuo y rural. De nuevo las críticas de Internet se muestran divididas y de nuevo me limito a afirmar que a mí me divirtió.
Quizá no lo sepáis –lo cual significaría que no seguís con atención este vuestro blog, pues ya hemos hablado de ello otras veces-, pero a comienzos de los años 90 surgió la mejor y más amplia generación de escritores españoles de fantasía y ciencia ficción. Empleo el término “generación” no porque esos autores tuvieran una edad similar (algunos eran insultantemente jóvenes y otros, como yo, galanes maduros), sino en el sentido de que todos nos pusimos a escribir cf & fantasía durante esa década.
El verano pasado compré un libro muy divertido, La sociedad de la mentira (Zenith 2008), cuyo subtítulo reza: “La guía definitiva para conocer todas las teorías de la conspiración”. Por supuesto, eso es exagerado, no están todas las teóricas conspiraciones, porque la conspiromanía, catalizada por Internet, posee una capacidad infinita para ver maquinaciones secretas en todas partes. El libro es divertido, una lectura de WC perfecta, no porque arroje luz alguna sobre el entramado oculto de la sociedad, sino porque muestra la cantidad de insensateces que puede inventarse la gente, y la capacidad de la gente para creerse insensateces, cuanto más gordas mejor. Tengo un amigo, por ejemplo, conspirólogo de pro, para el que cualquier atentado terrorista es siempre fruto de un plan secreto del gobierno. Oyéndole, se diría que jamás ha habido terrorista alguno que actuase por iniciativa propia.
Si, como hemos hecho otras veces, comparamos la literatura con la gastronomía, debo reconocer no estoy muy seguro de contar con un paladar particularmente refinado. En cierto modo, soy un tragón que come de todo; puedo zamparme con agrado unos ñoquis esféricos con raviolis de mantequilla al jugo de piel de patatas asadas de El Bulli, pero no le hago ascos a unos buenos huevos fritos con chorizo. Es más, en muchas ocasiones prefiero la gozosa contundencia de una fabada a las sofisticadas exquisiteces de la alta cocina. Depende del capricho o del estado de ánimo. En fin que, tanto en lo culinario como en lo literario, soy un patán, qué le vamos a hacer. Ahora, eso sí, soy un patán exigente. Si lo que me voy a meter para el cuerpo es un sofisticado plato que me va a costar treinta euros de vellón, exigiré que su sabor, su aroma y su textura me hagan levitar; y si lo que me como son un par de huevos con longaniza, exigiré que el embutido sea de primera calidad y que los huevos estén bien preparados, con la yema líquida y la clara cuajada rodeada por un crujiente encaje tostado. Patán, pero sibarita.

A la ciencia ficción le sucedió algo muy inusual, algo que, que yo sepa, no le ha sucedido a ningún otro género. Veréis, digamos que la cf moderna comenzó -por elegir una fecha estándar- en 1926 con la aparición de la revista Amazing Stories, editada por Hugo Gernsback. O quizá fue en 1929, con la publicación de Science Wonder Stories (otra revista de Gernsback), en cuyo primer número aparecía por primera vez ese término odiado, pero triunfador, que es “ciencia ficción”. Da igual, el caso es que el género se consolidó como tal durante la segunda mitad de los años 20. En ese periodo, y durante los años 30, la ciencia ficción consistía básicamente en historias sobre superciencia y space operas (aventuras espaciales); vamos, pura literatura pulp y, en general, muy mala. Al periodo que va desde 1938, fecha en que John W. Campbell asumió la dirección de la revista Astounding, hasta... digamos 1949, se le denomina la Edad de Oro. Los relatos que se publicaron en esa época eran más profesionales, más adultos, pero todavía adolecían de muchas deficiencias desde el punto de vista literario y, en el fondo, la mayor parte de ellos seguían siendo puro pulp. En cualquier caso, en ese periodo aparecieron los autores que conformaron la ciencia ficción “clásica”, gente como Asimov, Heinlein o Clarke.
Como saben la mayor parte de los merodeadores de Babel, soy hijo de José Mallorquí, el creador de El Coyote; de hecho, me llamo César en honor a César de Echagüe, el alter ego del charro enmascarado. El Coyote se convirtió en el mayor éxito de la novela popular española del siglo XX y fue traducido a casi todas las lenguas europeas. Por ejemplo, al finlandés. Esa edición, en concreto, fue curiosa: veréis, actualmente viven en Finlandia 5’7 millones de personas, de modo que en los años cincuenta del siglo pasado la población debía de ser considerablemente menor. Pues bien, El Coyote fue un éxito inmenso en Finlandia, alcanzando tiradas que superaban los cincuenta mil ejemplares. No sé, supongo que en un país que, con solo pronunciar su nombre, te salen sabañones de frío, un país que se tira a oscuras la mitad del año, la lectura debía de ser la mejor alternativa posible al suicidio. La cuestión es que fue un éxito tan grande que el editor, una vez concluida la publicación de la serie, cerró el chiringuito y se retiró a vivir de las rentas. En el caso de que alguien se pregunte si la economía de mi padre siguió similar curso, le contestaré que José Mallorquí era un excelente escritor, pero el hombre más torpe del mundo a la hora de firmar contratos.
Es sorprendente comprobar que diversas personas no relacionadas entre sí y distribuidas aleatoriamente por todo el mundo acaban adquiriendo los mismos intereses y gustos por determinados asuntos. Por ejemplo, hay una raza de gente fascinada con la Inglaterra del siglo XIX; en particular, la época victoriana. Por aquel entonces, Londres era el centro del mundo, el corazón del imperio; de sus clubs geográficos partían emocionantes expediciones con el objetivo de descubrir las fuentes del Nilo, cartogafiar el desierto de Gobi o encontrar civilizaciones perdidas; sus ejércitos, por otro lado, extendían el colonialismo (siempre execrable, pero no por ello menos novelesco) por los lugares más recónditos del planeta, luchando en sitios tan exóticos como Balaclava, Punjab o Bengala. Las personas que adoramos esa época –yo me cuento entre ellas-, sentimos fascinación por Jack el Destripador; no por ser un cruel asesino, sino por ser el primer asesino moderno y, sobre todo, por el mundo que le rodeaba, ese Londres imperial mezclado con la miseria de Whitechapel, luz y niebla fundiéndose en un estimulante claroscuro. Los de nuestra raza estamos también fascinados por la literatura de género, lo cual no es de extrañar, pues la mayor parte de los géneros actuales surgieron, o se perfeccionaron, en la Inglaterra de aquella época. Así pues, nuestro particular santoral está compuesto por nombres como Stevenson, Conan Doyle, Bram Stoker, H. G. Wells, Kipling, Wilkie Collins, Anthony Hope, A. E. W. Mason o, por supuesto, Julio Verne, que no era inglés, pero vivía ahí cerquita, en la Bretaña francesa. Y si nos referimos a las beatificaciones más recientes, también veneramos a Alan Moore, un inglés loco y genial. Pues bien, no conozco personalmente a Félix J. Palma –nos hemos limitado a intercambiar recientemente un par de correos electrónicos-, pero estoy convencido de que pertenece a esa misma raza.