viernes, marzo 7

Mis 10 razones para votar contra el PP

NOTA: Esta entrada puede ofender la sensibilidad de algunos merodeadores. Si eres un votante natural de la derecha, si en general estás de acuerdo con la línea de actuación del PP durante esta legislatura, si Mariano Rajoy es el político actual a quien más valoras, no leas el texto que viene a continuación, pues no va dirigido a ti y sólo conseguirías cabrearte.

Voy a votar al PSOE. Supongo que esta revelación no sorprenderá a ninguno de los que frecuentan Babel, pero aun así voy a explicarme. Votaré a los socialistas por tres razones básicas. En primer lugar, porque su ideología está más próxima a la mía que la del resto de los partidos. Ah, vale, es cierto que estoy de acuerdo con muchas propuestas de Izquierda Unida, pero es que IU es un partido tan triste y contradictorio, con tan poco futuro... En segundo lugar, porque creo que, en líneas generales, el gobierno no lo ha hecho demasiado mal durante la anterior legislatura. Tampoco demasiado bien, por supuesto. Pecó de ingenuidad en los contactos con ETA (sobre todo por solemnizarlos) y en el estatuto catalán, hizo demasiadas concesiones a la Iglesia, ha mantenido una nefasta política de comunicación y no ha sabido resolver dos grandes problemas nacionales como son la vivienda y la educación. Pero al mismo tiempo, su política económica fue más que correcta y promovió importantes avances sociales. Además, por lo que sé (y algo sé), ha sido uno de los gobiernos más honestos de la democracia; no absolutamente honesto, claro, pero sí mucho más de lo usual. En tercer lugar, más que un voto a favor del PSOE, el mío es un voto esencialmente en contra del (actual) PP. ¿Recordáis la entrada donde proponía el voto negativo? Bueno, pues si existiera, ni votar al PSOE ni leches: plantaría en la urna un voto negativo contra el PP como una casa. Pero no hay votos negativos, de modo que la única forma de votar en contra de los populares es votando a los únicos que pueden gobernar en su lugar: los socialistas. Todo lo demás, amigos míos, puede resultar muy romántico, muy honesto, muy idealista, pero desgraciadamente no sirve para una mierda.

Ahora bien, ¿por qué estoy tan en contra del (actual) PP? ¿Acaso soy un radical, el típico hooligan de izquierda? Bueno, quizá, pero lo dudo; de hecho, creo tener buenas razones para contribuir a evitar que la actual dirección de los populares alcance el poder. Permitidme exponer diez de ellas.

1. El PP ha derivado hacia una derecha extrema. Una peculiaridad del PP es ser el único partido conservador de implantación nacional. En un principio, si recordáis, estaba UCD como centro-derecha y Alianza Popular como derecha; pero la autodinamitación de UCD mandó a hacer espárragos al partido y provocó que sus lideres se integraran en AP, que poco después transmutó para convertirse en el PP. Así pues, el Partido Popular reunió bajo unas mismas siglas a todos los conservadores españoles, desde el centro-derecha hasta la extrema derecha, aunque la voluntad de su fundador, Manuel Fraga, era conducirlo, al menos teóricamente, hacia zonas próximas al centro.

Pero el pasado franquista de Fraga le imponía un techo electoral que no podía superar, así que, tras una turbulenta búsqueda, se aupó a José María Aznar a la presidencia del partido. Aznar era un tardo-falangista (militó en el FES) reconvertido para la democracia, pero jamás estuvo vinculado al franquismo, de modo que en principio no tenía ningún techo electoral. Yo creo que para entender a Aznar hay que recurrir más a la psiquiatría que a la política, pero ya no vale la pena tomarse la molestia. Aznar era y es un hombre autoritario y extremadamente conservador, un hombre mediocre y sin ápice de carisma, pero dotado de una voluntad a prueba de bombas. Bajo el lema “sin complejos”, se lanzó a la yugular de Felipe González y, como había mucho donde morder, acabó arrebatándole el poder a los socialistas. La necesidad de pactos para gobernar durante su primera legislatura enmascaró el auténtico rostro de Aznar, obligándole a hablar catalán en la intimidad, pero la mayoría absoluta de la segunda legislatura destapó el tarro de las esencias y el partido dio un amplio viraje hacia la derecha más dura. En la cresta de la hola neo-con, Aznar inició una absurda aventura atlántica que pasó por Texas, por las Azores y acabó como todos sabemos que acabó. El PP perdió las elecciones y el PSOE regresó al poder.

Pero en la cúspide del PP, que no estaba preparado para perder, se encontraba todo el equipo de Aznar, con Rajoy, Acebes y Zaplana a la cabeza y el propio Aznar oculto tras la FAES. Con el supuesto fin de fidelizar al núcleo duro de sus votantes, y apoyándose en los sectores más conservadores de la sociedad, en el amarillismo de El Mundo y en la ultracadena de los obispos, el PP ha ido derivando en la oposición hacia la derecha extrema (es decir, lo más cerca que se puede estar de la ultraderecha aceptando las reglas democráticas). Tal y como confesaba Gabriel Elorriaga, Secretario de Comunicación de los populares, en su entrevista para el Financial Times: “El PP tiene una imagen muy dura y de derechas en este momento (...) Incluso nuestros votantes piensan que son más de centro que el PP”.

Por todo ello, y convencido de que en las actuales circunstancias lo último que necesita España es un partido radical, sea de izquierdas o de derechas, votaré contra el PP.

2. El PP ha enturbiado la vida política y social realizando una oposición desmedidamente crispada. Es enteramente normal que la oposición haga eso, oposición; no sólo es su derecho, sino también su obligación democrática. Lo que ya no resulta tan normal es que la estrategia de oposición se parezca a una campaña bélica. Durante cuatro años, el PP ha realizando una oposición salvaje en la que estaba vedado cualquier rastro de lealtad institucional. Una oposición contraria a todo, desmedida, exagerada, una oposición que incidía tanto sobre los problemas reales como sobre los que ella misma inventaba. Una oposición de mal estilo, de insulto y descalificación personal, que convirtió el parlamento en un circo de maleducados vocingleros. Pero lo peor es que esa crispación se extendió a la sociedad civil.

Por ello, porque me niego a aceptar que una organización política fomente la fractura social por sus intereses partidistas, votaré contra el PP.

3. El PP no ha tenido el menor escrúpulo en utilizar el terrorismo para atacar al gobierno. Durante la mayor parte de la democracia, cuando al frente de los populares se encontraba el franquista Manuel Fraga, existía entre las formaciones políticas el acuerdo tácito de no utilizar el terrorismo como arma partidista. Es decir, se consideraba que este tema era una cuestión de estado en la que había que ser leal al gobierno. Esto era así hasta que Aznar se convirtió en candidato a la presidencia; siguiendo su lema “sin complejos” (traducción: sin escrúpulos), don José María hizo del terrorismo unos de sus principales arietes contre Felipe González. Posteriormente, durante los ocho años que el PSOE estuvo en la oposición, el terrorismo dejó de ser una baza electoral. Pero cuando el PP perdió el poder, ay amigos, mandó de nuevo a hacer puñetas la mínima lealtad institucional que puede exigírsele a un partido democrático y convirtió el terrorismo en el gran garrote con el que aporrear la cabeza de Zapatero. Pero lo peor de esto es que, según informes de los servicios secretos, la actitud del PP favoreció y dio alas a los terroristas.

Por ello, porque creo que los políticos que han adoptado el “vale todo” como lema deben ser expulsados de la política, votaré contra el PP.

4. El PP ha utilizado a las víctimas del terrorismo para socavar al gobierno. En consonancia con lo dicho en el punto anterior, los populares, con la inestimable ayuda del señor Alcaraz y su ultramontana AVT, no han dudado ni un segundo en utilizar a ciertos sectores de las víctimas para convocar manifestaciones, no contra ETA, sino contra el gobierno.

Por ello, porque creo que los manipuladores sin escrúpulos sobran de la política, votaré contra el PP.

5. El PP ha atacado al PSOE por dialogar con ETA, olvidando que Aznar hizo lo mismo cuando estaba en el poder. Yo a veces me pregunto: ¿pero cómo se puede ser tan caradura? ¿Cómo se puede mentir tan descaradamente sin que se le caiga a uno la cara de vergüenza? En noviembre de 1998, el entonces presidente Aznar anunció que, para el inicio de un proceso de paz, había autorizado contactos con... ¿ETA? No: con el Movimiento de Liberación Nacional Vasco. Este intento de encontrar una solución dialogada al problema del terrorismo fracasó, pero creo que el gobierno Aznar hizo bien en intentarlo. Sin embargo, siete años más tarde, el gobierno de Zapatero volvió a establecer conversaciones con ETA (no con el MLNV) y la oposición del PP se lanzó a degüello contra los socialistas, acusándoles de hacer lo mismo que ellos habían hecho antes, con la diferencia de que el PSOE no acercó ni liberó presos etarras como sí hizo Aznar. Y yo vuelvo a preguntarme: ¿cómo se puede tener tamaña geta?

Por ello, porque la doble moral no debe tener cabida en la vida pública, votaré contra el PP.

6. El PP se ha aliado con los sectores más reaccionarios de la iglesia católica. Basta con echarle un vistazo a quienes asistieron a la manifestación de los obispos, o con leer la nota electoralista de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal, o con escuchar la COPE, para comprobar como en su guerra contra el gobierno laico de Zapatero, los obispos cuenta con la inestimable colaboración del PP. ¿No notáis cierto tufo a nacional-catolicismo?

Por ello, porque creo que un estado democrático debe ser laico y aconfesional, votaré contra el PP.

7. El PP predica el catastrofismo. A veces, Mariano Rajoy y sus voceros se me antojan un grupo de profetas escatológicos predicando el fin del mundo. El gobierno se vende a ETA, España se rompe, la crisis económica nos devora, la delincuencia y el terrorismo campan por sus respetos... Esta política exageradamente catastrofista crea inquietud en ciertos sectores sociales, pero además, cuando se aplica a temas delicados, como la cuestión territorial, puede fomentar una tensiones sociales nada deseables.

Por ello, porque creo que la moderación y el sentido común deben presidir la vida pública, votaré contra el PP.

8. El discurso del PP fomenta la xenofobia. De todos los catastrofismos predicados por los populares, el más terrible, y el más empleado durante la campaña, es el que incide sobre los inmigrantes. No importa que la inmensa mayor parte de los inmigrantes sea gente honrada que sólo viene a nuestro país a trabajar e intentar mejorar su vida, no importa si la llegada de inmigrantes ha incrementado la calidad de vida de los españoles, no importa que España haya sido un país de emigrantes; el PP se ha obstinado en relacionar inmigración con delincuencia, con pérdida de calidad de los servicios públicos, con usurpación de derechos o con crisis laboral y económica. Y todo esto lo ha hecho únicamente para socavar al PSOE en la lucha electoral. Pero no todo vale, y menos esto, pues cuando la xenofobia y el racismo se instalan en una sociedad, las consecuencias se traducen en dolor, odio, persecución y muerte.

Por ello, porque las personas que carecen de humanidad, sensibilidad y empatía no deben formar parte de la política, votaré contra el PP.

9. El PP acalla la voz e impide el surgimiento de una derecha civilizada. Creo sinceramente que la democracia precisa alternancia en el poder. Creo igualmente que debe haber un partido que represente a la derecha, y que ese partido, aunque yo no comparta sus ideas, tiene derecho a optar a la jefatura de gobierno, y conseguirla si así lo quieren los votantes. Pero ese partido de derecha no puede estar instalado en el extremo diestro de la ideología conservadora. Estoy seguro, o al menos quiero estarlo, de que existe una derecha civilizada en España; el problema es que esa derecha ha sido expulsada de la cúspide del PP en beneficio de los más radicales. Y el problema, también, es que los votantes moderados de derecha no pueden votar a nadie más, así que, aunque tapándose la nariz, depositarán la papeleta popular en la urna, pero lo harán porque no les queda más remedio. La única forma de conseguir una derecha moderna es expulsando a los elementos mas cavernarios del PP para que los moderados se hagan con el control del partido.

Por ello, para poder contar con una derecha civilizada, votaré contra el PP.

10. El PP actual es el mismo de hace cuatro años. En las anteriores elecciones, la mayoría de los votantes castigó al PP por haber propiciado la intervención de España en la ilegal guerra de Irak y, sobre todo, por las mentiras que propaló sobre la autoría del atentado del 11M. Pues bien, en el PP que se presenta a estas elecciones están exactamente los mismos que hicieron todo eso, los mismos que celebraban a carcajadas la intervención militar española en Irak, los mismos que, por motivos electorales, mintieron descaradamente sobre los cadáveres de casi doscientas víctimas, los mismos que en los años sucesivos se dedicaron a sustentar una patética teoría conspirativa que atribuía la responsabilidad del atentado a todo el mundo (etarras, policías, jueces, socialistas, guardias civiles, servicios secretos árabes...) con el único fin de ocultar la evidencia de sus mentiras. Rajoy, Acebes, Zaplana, Ana Pastor, Pujalte, el tapado Aznar... Todos ellos mostraron entonces uno de los grados de miseria moral más altos que jamás he visto. Y, para colmo, nunca han pedido perdón. Al contrario, lo que quieren es que olvidemos, quieren que miremos sólo al futuro para distraer nuestra atención de su negro pasado de miserables mentirosos. Vale, pues miraré al futuro, y en mi futuro veo con claridad que no quiero que esa clase de personajes nos abochorne con su mera presencia.

Por ello, porque hay cosas que no pueden olvidarse, votaré contra el PP.

En fin, amigos míos, tengo muchas más razones para votar contra el PP, pero como los decálogos molan y esto ya es demasiado largo, nos conformaremos con lo expuesto. Como decía al principio, ejerceré mi voto contrario al PP votando a los socialistas, porque es lo más eficaz y porque hasta ahora el PSOE no me ha ofendido. Como decía en otra entrada, creo que ganará el PSOE, pero no sé por cuánta diferencia. De lo que sí estoy seguro es de que nuestra tierna democracia necesita imperiosamente que la derecha se civilice y, para que esto suceda, la actual dirección de los populares debería sufrir una derrota tan demoledora que no le quedara más remedio que irse y dar paso al sector moderado (si es que todavía queda alguno). Y atención, no escribiría nada de esto si al frente del PP estuvieran Gallardón o Rato, por ejemplo, aun sabiendo que cualquiera de los dos podría derrotar electoralmente a la izquierda. Pero prefiero eso con diferencia a tener en la oposición una panda de hooligans incendiarios dispuestos a todo con tal de conseguir sus fines.

Post Scriptum: Al terminar de escribir esta entrada me he enterado de que los sanguinarios descerebrados de ETA han asesinado en Mondragón a Isaías Carrasco, un ex-concejal socialista de Arrasate. Supongo que para las psicopáticas mentes de los asesinos, esa muerte supone un gran paso en la lucha del oprimido País Vasco en pro de su independencia... a mí lo único que me provoca es pena y asco. Pero ahora, al menos, tenemos una oportunidad para responder a los sembradores de terror; ¿no pide ETA la abstención? pues vayamos todos el domingo a votar, digámosles muy claro que estamos con la democracia y contra los matones, votemos cuantos más mejor, a quien sea, aunque se trate del PP...

miércoles, marzo 5

Cantinela


La verdad es que la acartonada retórica de los políticos resulta muy aburrida, sobre todo por previsible. Dame una cuestión, la que sea, ponme delante a un político, quien sea, y te diré lo que va a decir antes de que abra la boca. Sí, los políticos son aburridos. Pero igual de aburrida me resulta la también predecible cantinela de los desencantados con la política. Todos los políticos son iguales, todos están corruptos, son todos unos demagogos, sólo les preocupan sus intereses, no hacen nada por los ciudadanos...

No voy a defender ahora a la clase política, la más denostada por los españoles después del sector eclesiástico, si mal no recuerdo, pero sí me gustaría intentar poner las cosas en su lugar. De algún modo, parece que le exigimos a los políticos unas cualidades casi angelicales; han de ser absolutamente honestos, totalmente sinceros, radicalmente eficaces, inhumanamente trabajadores, deslumbrantemente inteligentes, resplandecientemente carismáticos, cordialmente dialogantes, férreamente firmes, sobrenaturalmente perspicaces, bondadosamente idealistas... En fin, todo eso está muy bien y ojalá fuera así, pero no tiene en cuenta el factor humano, y lo cierto, amigos míos, es que las personas tendemos estadísticamente a ser entre mediocres y gilipollas.

Permitidme que recurra a mi experiencia personal. Como sabéis, y si no lo sabéis os lo digo ahora, durante una larga década trabajé en publicidad. Eso, la publicidad, te brinda una amplia perspectiva, pues te permite estar en contacto muy directo con muchas empresas distintas (los clientes de las agencias), así que he trabajado para un buen número de directivos y ejecutivos, gran parte de los cuales pertenecían a empresas multinacionales, algunas de ellas realmente sofisticadas. Tened en cuanta que estoy hablando del sector privado, que es el que mejor paga y, por tanto, el que se lleva a los mejores profesionales. Tened en cuanta también que me refiero a multinacionales, cuyo personal se supone que está mejor formado y dispone de más y mejores herramientas de trabajo. Tened en cuenta, por último, que los ejecutivos empresariales con los que me relacionaba pertenecían, en su mayoría, al sector del marketing, un especialidad casi aristocrática que, de nuevo supuestamente, debe reunir a los mejores cerebros de la empresa.

Pues bien, puedo asegurar sin riesgo a equivocarme (y que cualquier publicitario que lea estas líneas me corrija si estoy mintiendo), puedo asegurar, insisto, que por cada directivo o ejecutivo brillante, o simplemente buen profesional, que me he encontrado, he conocido a seis mediocres, cuatro capullos inútiles y un par de bobos de solemnidad. De hecho, he topado con empresas, algunas muy conocidas (como, por ejemplo, cierta famosísima marca de dentífrico), cuyos departamentos de marketing estaban compuestos por auténticas pandas de descerebrados. Y lo curioso es que esas empresas, pese a todo, seguían funcionando, pues la propia inercia de sus estructuras les hacían ir adelante, no gracias a sus directivos, sino pese a ellos.

Bueno, pues si esto pasa en el sofisticadísimo sector privado, ¿qué no sucederá en el sector público, que paga mucho peor? Pues claro que los políticos suelen ser mediocres, cuando no tontos de baba, claro que hay inútiles y cantamañanas... pero como en todas partes. Lo que pasa es que los políticos están constantemente en el foco de la opinión pública (y de la opinión publicada), de modo que sus errores y defectos son más notorios.

Por otro lado, claro, están las peculiaridades del trabajo político. La exposición a los medios de comunicación y la necesidad de granjearse el favor del votante hacen que el político recurra con frecuencia a una retórica acartonada o, directamente, a la demagogia. Además, el partidismo inherente a la actividad política convierte a sus protagonistas en una especie de hooligans que piensan, hablan y actúan, no por la razón, ni por la verdad, sino exclusivamente según sus colores, gente incapaz de reconocer los propios errores ni los aciertos del rival. Todo esto no nos gusta, claro; nos indigna que los políticos sean así. Pero, ¿qué pasaría si un político se negara a seguir ese modelo estándar y se comportara como una persona normal, como un honesto y sincero profesional? Pues que no se jalaría un rosco, perdería votos a puñados y acabaría siendo expulsado de la cosa pública. Porque un político sincero tarde o temprano tendría que hacer o decir algo que molestase seriamente a su electorado y eso el votante medio no lo perdona. Es decir, en cierto modo somos los ciudadanos quienes exigimos a los políticos que sean tan... políticos, aunque luego nos irrite su comportamiento.

Volviendo a la publicidad, esto me recuerda a una situación similar. Uno de mis primeros clientes, allá por 1981, era Procter & Gamble; en concreto, la cuenta del detergente Ariel. Por aquel entonces, los anuncios de detergentes eran, sobre todo, “testimoniales” de usuarias que hablaban maravillas del producto. Es decir, señoras gordas, paletas y carpetovetónicas que decían cosas como “la ropa me queda escamondá de limpia”, o “mi colada está blanca como la sal”, o “se lo dije a mi vecina”, etc. Vamos, unos anuncios costrosos que daban ganas de vomitar. De hecho, si le preguntabas a las usuarias de Ariel qué les parecía la publicidad de la marca, todas sin excepción afirmaban que era mala, degradante y fea. Pues bien, hete aquí que, en cuanto hacías un spot distinto, más elegante, moderno y sofisticado, las puñeteras ventas caían. Lo cual significa que a las usuarias no les gustaba la publicidad tradicional de detergentes... pero les convencía. Es decir, la culpa de la mala calidad de esos spot no la tenían ni el cliente ni los publicitarios, sino los usuarios. Bueno, pues algo parecido nos sucede con los políticos.

Dicen que la política es el arte de lo posible, lo cual se refiere al pragmatismo que debe adornar a todo buen político. Pero eso del pragmatismo, por muy necesario que sea, también es peligroso. Poco a poco, jornada a jornada, vas haciendo pequeñas concesiones en virtud de supuestos buenos fines, hasta que un día, de repente, te das cuenta de que ya no queda nada de tus ideales, de que has cruzado una frontera invisible e imprecisa y ya sólo manejas un “vale todo” que en realidad no vale nada. Muchos políticos han caído en ese pozo y, por pura salud democrática, deben ser expulsados de la política. Pero no todos son así, ni mucho menos.

Hace unos años me relacioné y trabajé (durante breve tiempo, eso sí) con numerosos políticos, desde simples asesores hasta ministros, y me encontré con gente de toda clase. Políticos muy inteligentes, políticos profesionales, políticos mediocres, políticos cantamañanas... En fin, de todo, como en todas partes. También encontré algo que, lo reconozco, me sorprendió: un buen número de políticos sinceros que realmente creían en lo que estaban haciendo. Y, por supuesto, encontré todo lo contrario: políticos más falsos que un euro de madera que, si no eran ya corruptos, desde luego eran claramente corruptibles. Pero eso lo hay en todos los oficios, en todos los lugares.

Así pues, ¿todos los políticos son iguales? La respuesta es sí en determinados aspectos, como el “estilo laboral”, la retórica y el partidismo; pero rotundamente no en el resto de las cuestiones. ¿Hubiese dado igual que ganase Bush o Al Gore? Que se lo pregunten a los iraquíes. ¿Fueron iguales Suárez, González y Aznar? Por favor, claro que no; ni para lo bueno ni para lo malo. ¿Es lo mismo que durante los próximos cuatro años gobierne el PSOE o el PP? Pues claro que no, y por muchísimos motivos. Así que, por favor, no empecemos con la cantinela de que todos los políticos son iguales, de cómo me aburre la política, de yo estoy por encima de esas cuestiones, de a mí, que soy muy listo, no me engañan, de mi pureza moral me mantiene alejado de las urnas y todas esas zarandajas. Eso, queridos, aburre tanto como el discurso político, sólo que es infinitamente más inútil. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que nuestra clase política no sea francamente mejorable. De hecho, tenemos unos políticos de lo más mediocres (no solo en España, sino en toda Europa y, probablemente, en todo el mundo). Pero, reconozcámoslo, tampoco los electores españoles, como conjunto, somos para tirar cohetes.

En cualquier caso, no entiendo adónde conduce la cantinela de los “exquisitos” de la política, esas personas que sólo saben mostrar su desprecio hacia la política, pero sin aportar la menor solución, esas personas que, con un deje de suficiencia, se declaran hastiadas del juego democrático y aseguran, con no menos suficiencia, que jamás se mancharán las manos con una papeleta de voto, esas personas que deciden, en base a una supuesta pureza ideológica que les impide participar en todo aquello que no sea perfecto, quedarse al margen de la política. Vale, muy bien, cada cual hace con su culo (y con su voto) lo que quiere. El único problema, amigos míos, es que es imposible quedarse al margen de la política. Podrás abstenerte de votar, pero nadie te libra de las consecuencias del voto ajeno.

Es como si te invitaran a una fiesta. A ti no te mola ir porque los invitados son muy cutres, así que te quedas en tu casita y santas pascuas. No obstante, ¿qué ocurre si la fiesta se celebra en tu casa? Podrás encerrarte en tu habitación y enterrar la cabeza bajo la almohada, pero nadie te librará del ruido y el follón. Por tanto, ya que la fiesta es en tu hogar y no hay forma de impedirlo, ¿no sería mejor participar de la juerga y poder, al menos, elegir la clase de música que va a sonar?

domingo, marzo 2

Estrategia


"Toda nuestra estrategia está centrada en los votantes socialistas indecisos. Sabemos que nunca nos votarán. Pero si podemos sembrar suficientes dudas sobre la economía, sobre la inmigración y sobre cuestiones nacionalistas, entonces quizá se quedarán en casa".



Declaraciones al Financial Times de Gabriel Elorriaga, Secretario de Comunicación del PP

viernes, febrero 29

En contra

Siempre he pensado que nuestro sistema electoral (en realidad, los sistemas electorales de todo el mundo) es francamente mejorable. Una elección consiste en que te pregunten qué partido quieres que gobierne (el país, la autonomía, el ayuntamiento, lo que sea), así que tú eliges una papeleta de la formación política que más te guste, la metes en un sobre y la introduces en una urna. Luego, se cuentan las papeletas y el que más tenga gana. Es decir, se te pide una opción positiva, o que te abstengas, o que recurras a esa forma de NS/NC que es el voto en blanco. Pero, ¿qué sucede si miras a tu alrededor y no ves a nadie que te convenza lo suficiente como para concederle tu confianza? O bien, ¿y si el partido político que te hace vibrar es tan insignificante que votarle sería tirar tu papeleta a la basura? Cuando nos invitan a votar nos exigen un acto de amor (“sí, quiero al Partido XXX”), pero ¿qué ocurre si no estamos enamorados?

Bueno, si te encuentras en ese caso siempre puedes abstenerte, que es lo que hace mucha gente. No obstante, la abstención no te libra de responsabilidades ni de sufrir las consecuencias de tus actos (o “no actos”), pues puede suceder que gane el partido que más te repatea. Es decir, podrás pasar alegremente de las elecciones, pero no te libra ni dios de padecer los resultados de éstas.

Todo esto ocurre porque en unas elecciones se nos pide un acto de atracción, pero no se tiene en cuenta la repulsión. Se nos exige amor, dejando olvidado el odio (en términos metafóricos, claro), cuando el rechazo es una actitud por lo menos tan intensa y decisiva como la aceptación. Y es que muy bien puede ocurrir que no tengamos una idea clara de quién queremos que gane unas elecciones, pero estoy convencido de que todos, sin excepción, sabemos a quien no queremos ver ni de coña en el poder.

Por eso creo que sería muy conveniente incluir entre nuestras opciones electorales el voto negativo. Me explicaré. Al llegar a la urna tendríamos dos alternativas: emitir un voto positivo, que se sumaría a la formación política que hayamos elegido (es decir, la forma tradicional), o emitir un voto negativo, que se restaría de los votos obtenidos por el partido que nos caiga gordo. Por ejemplo, supongamos que le tenemos una tirria espantosa al PCI (Partido de los Casposos Intransigentes) y depositamos en la urna un voto negativo en su contra; en tal caso, si el PCI obtiene 615.321 votos positivos, al restarle el nuestro se quedaría en 615.320. ¿Está claro?

Bueno, puede que alguno piense que el resultado final sería el mismo, tanto con voto negativo como sin él, pero no es así. Sobre todo porque fomentaría la participación, pues mucha de la gente que usualmente se abstiene porque no tiene a quien votar, correría como loca a las urnas, pues lo que sí tiene es contra quien votar. Un buen amigo mío objeta que, si esto fuera así, un partido podría ganar las elecciones con votos negativos. Por ejemplo, el POTO (Partido Onanista Trempador Orgásmico) llegaría al poder con -17.328 votos, porque su inmediato rival, el PITO (Partido Independiente Tremendamente Obsceno) obtuvo -23.614 votos. Bueno, podría ser; ¿y qué? Alcanzar el poder con votos negativos sería una buena llamada de atención para nuestros políticos.

Ya sé que esta propuesta suena un poco a coña, pero si os paráis a pensarlo resulta mucho más lógica de lo que parece. Además, creo que votar en contra debe de dar más gustirrinin que votar favor. ¿Os imagináis introducir el voto en la urna al tiempo que masculláis un “que os jodan” entre dientes? Ah, cuan placentero es el lado oscuro de la fuerza...

Pero hoy por hoy no existe el voto negativo, de modo que sólo contamos con una manera de votar en contra: votando al enemigo de nuestro enemigo. No es perfecto, pero menos da una piedra.

miércoles, febrero 27

Campaña

Hace cuatro años, participé en la campaña electoral como asesor publicitario de cierta formación política. En esta ocasión, gracias al cielo, no. Por tanto, mi conocimiento sobre la actual campaña es muy limitado, como limitada, si he de ser sincero, es mi atención al evento. Porque la verdad, amigos míos, creo que las campañas publicitarias tienen escasísima incidencia en el voto. Es un caso claro de lo que podríamos llamar “publicidad pasiva”; es decir, si hago publicidad me quedo como estoy, pero si no la hago pierdo apoyos y mi imagen se desvanece. En Estados Unidos, donde los candidatos invierten cientos de millones en cada campaña, y donde hay muchísima más experiencia en marketing político, puede que la publicidad sea más efectiva, pero desde luego en España no. Así pues, los partidos han puesto en marcha su maquinaria de comunicación manejando unos presupuesto más bien exiguos.

Ahora bien, ¿qué es lo que pretenden comunicar los dos principales partidos? Pues cosas diferentes, cuando no opuestas. Veamos: como cualquier sociólogo sabe, España está ligeramente escorada hacia la izquierda. Si la derecha es 1 y la izquierda 10, los votantes españoles estamos estadísticamente ubicados en un 6. Esta situación se compensa con el hecho de que la izquierda tiene dos partidos parlamentarios mientras que la derecha sólo cuenta con uno que recibe todos los votos conservadores. Por otro lado, parte de los votantes de izquierda –la llamada “izquierda exquisita”- tiene cierta tendencia a la abstención. De hecho, se supone que una participación superior al 73% otorgaría la victoria al PSOE y una inferior al 70% sentaría en la Moncloa al PP.

La estrategia de los populares ha consistido en hacer durante toda la legislatura una oposición extremadamente dura y bronca, basada fundamentalmente en el terrorismo, con un doble objetivo: fidelizar a su electorado y mantenerlo en tensión, y dar la sensación de llevar la iniciativa parlamentaria. Debemos reconocer que, con la ayuda de los múltiples errores de comunicación del gobierno, los populares han conseguido ambos propósitos. No obstante, esta estrategia conlleva un doble problema: en primer lugar, al tiempo que se fideliza y tensiona al propio electorado, se moviliza al electorado contrario; en segundo lugar, una política bronca hace perder apoyos entre los votantes centristas, que por su propia naturaleza huyen del radicalismo.

Así pues, contando con la manifiesta fidelidad de voto de su electorado natural, el PP tiene que conseguir dos objetivos: que la “izquierda exquisita” se abstenga y tranquilizar a los votantes de centro. Para ello, los populares intentan ofrecer desde hace varios meses una imagen de moderación, abandonando (por el momento) la bronca dura, las deslegitimaciones y la algarabía callejera. Por otra parte, todos sus esfuerzos se centran en dibujar a su oponente, Zapatero, como un hombre insustancial y caprichoso en quien resultaría ridículo, incluso si se es de izquierdas, depositar la confianza. El primer objetivo, la moderación, es lógico y resultaba previsible; el segundo, el desdén hacia el oponente, es más discutible, sobre todo teniendo en cuenta las respectivas imágenes públicas de ambos rivales.

En cuanto al PSOE, es evidente que su política de comunicación ha sido nefasta durante la legislatura. Mejor dicho, no ha existido ninguna política de comunicación, lo cual es aún peor. La estrategia de centrar toda la voz del gobierno en Zapatero y María Teresa Fernández de la Vega ha desdibujado la imagen del gabinete; eso, unido a que la otra figura visible del PSOE era Pepe Blanco, un pésimo comunicador, no ha hecho ningún bien al conjunto de la comunicación gubernamental. Además, el hecho de haber tenido que mantenerse a la defensiva ante los constantes ataques del PP, ha impedido que el gobierno saque todo el partido posible a sus logros. No obstante, la principal seña de identidad de Zapatero, el talante, por muy tópico que ya les suene a muchos, sigue jugando a su favor. Es como un recordatorio subliminal: “Nosotros somos una izquierda moderada y ustedes una derecha radical”. Aunque, claro, ese mismo talante aleja del PSOE el voto de la izquierda más militante.

Por consiguiente (como decía González), los socialistas deben conseguir dos objetivos: movilizar a su electorado y hacerse con la mayoría de los votos centristas. Para conseguir lo primero, utilizan el estandarte de sus éxitos en política social y, sobre todo, utilizan el miedo del electorado de izquierdas a que la derecha dura patrocinada en la sombra por Aznar vuelva al poder. Para conseguir lo segundo, insisten en ofrecer una imagen de partido moderado y dialogante, frente a una derecha a la que presentan como radicalizada e intransigente.

Veamos ahora cómo lo están haciendo ambos partidos desde el punto de vista de la publicidad. Comencemos con los eslogan. El PP usa dos: “Con cabeza y corazón” y “Las ideas claras”. El primero, por decirlo con sencillez, me parece una bobada, la típica proposición vacía que tanto sirve para referirse a un político, un banco o una agencia matrimonial. Además, parece la lista de la compra de una casquería. El segundo claim es más normalito; incide sobre un supuesto “atributo del producto”, pero posee escaso poder de convocatoria.

El PSOE también usa dos eslogan: “Vota con todas tus fuerzas” y “Somos más”. Ambas frases, como se ve, inciden directamente sobre la participación del electorado de izquierdas. La primera se me antoja un juego de palabras no demasiado conseguido. La segunda es algo mejor, pues recuerda al votante potencial que forma parte de una mayoría sociológica, y tiene cierto poder de convocatoria, pero quizá resulte demasiado simple. En cualquier caso, estas elecciones no se ganarán ni perderán por los eslogan.

Respecto a la televisión, los spot del PP (sólo he visto dos) siguen también una doble estrategia. Uno ridiculiza a Zapatero parodiando su discurso optimista mientras embargan a un pobre familia de clase media, y otro muestra, en planos cortos e intimistas, a Rajoy reflexionando tranquilamente sobre la situación del país. La primera línea de comunicación, como dije antes, me parece equivocada; la segunda resulta lógica y su objetivo es potenciar la imagen de un Rajoy moderado.

Los spot del PSOE (he visto tres) están orientados, cómo no, a la participación de su electorado. Uno está dirigido a los más jóvenes y a los primeros votantes, otro a los ancianos y el último, en el que un votante socialista ayuda a su madre a votar el PP, refuerza la imagen de talante y honestidad política, así como incide, de nuevo, en la participación. Son anuncios amables, pero puede que demasiado ligths.

Quizá lo que más me ha sorprendido es la campaña de radio. Las cuñas del PP se dedican fundamentalmente a ridiculizar a Zapatero, lo cual, insisto una vez más, me parece un error que puede provocar exactamente el efecto contrario al que se pretende. Lo curioso es que las cuñas del PSOE son mucho más agresivas que las de los populares; se trata de unos anuncios de radio orientados a presentar al PP como una derecha extrema cuya eventual llegada al poder supondría una involución social. Parecen piezas más propias de la oposición que del partido gobernante, pero es probable que sean eficaces.

En cuanto a la publicidad exterior, vallas, carteles, banderolas, etc., la verdad es que es lo mismo de siempre, salvo la utilización de esas grandes vallas urbanas que cubren toda la fachada de un edificio. En Madrid he visto una del PP con un enorme retrato de Rajoy y otra del PSOE comparando la terna Zapatero-Fernández del Vega-Solbes con la terna Rajoy-Zaplana-Acebes. En realidad, la valla persigue mostrar la fotografía conjunta de estos tres últimos, pues hasta las elecciones no hay peor compañía para Rajoy que la de sus dos lugartenientes. Por no hablar de Aznar, claro; en el PP deben de estar haciendo rogativas para que al ex-presidente no se le ocurra salir a la palestra.

Un amable merodeador me preguntaba hace poco por el marketing viral aplicado a la campaña. Ante todo, veamos qué es el “marketing viral”. Según Wikipedia: “El marketing viral o la publicidad viral son términos empleados para referirse a las técnicas de marketing que intentan explotar redes sociales preexistentes para producir incrementos exponenciales en "conocimiento de marca", mediante procesos de autorreplicación viral análogos a la expansión de un virus informático. Se suele basar en el boca a boca mediante medios electrónicos; usa el efecto de "red social" creado por Internet y los modernos servicios de telefonía móvil para llegar a una gran cantidad de personas rápidamente”. El ejemplo más claro y conocido de esto lo encontramos en el videoclip “Amo a Laura”, que en realidad era una campaña encubierta de la MTV.

Lo cierto es que cuando yo trabajaba en publicidad el marketing viral estaba en pañales, de modo que nunca lo he utilizado y desconozco su técnica. Por lo que sé, los partidos políticos están comenzando a emplearlo, sobre todo mediante el uso de videos y redes de blogs, pero ignoro hasta qué punto y cuál es su grado de eficacia. No obstante, es más que probable que el futuro de la publicidad discurra por ahí.

Por último, el mismo amable merodeador me solicitaba un pronóstico. Pues bien, creo que, salvo que suceda algo inesperado, ganará las elecciones el PSOE con bastante claridad, aunque no me atrevo a aventurar los porcentajes. En primer lugar, porque si analizamos las encuestas y pasamos de la intención directa de voto (que también está a favor de los socialistas, pero engaña mucho), veremos que las preferencias del electorado se inclinan sensiblemente hacia el lado progresista. Al mismo tiempo, puede detectarse cierto rechazo hacia el PP y su líder por sectores del electorado no necesariamente afines a los socialistas. En segundo lugar, los populares han fijado durante los últimos años una imagen de derecha dura que, por muy desmemoriado que sea el electorado, no lograrán quitarse de encima con unos pocos meses de moderación. Esa imagen radical aleja de ellos el voto de centro y moviliza al electorado contrario. En tercer lugar, Rajoy es un líder que no inspira confianza incluso en gran parte de su propio electorado. Su poder procede de una figura influyente, pero políticamente quemada (Aznar), y ha demostrado tener ciertas dificultades para gobernar su partido. Difícilmente alguien con una popularidad tan baja puede alcanzar el poder.

Existe, por último, una cuarta razón; pero me la reservo, amigos, para después de las elecciones. Los oráculos, como comprenderéis, debemos guardarnos algún que otro secreto, aunque sólo sea para parecer atractivamente misteriosos y gustarles a las chicas.

viernes, febrero 22

Victoria fría

Por lo general, no somos conscientes del momento histórico en que vivimos. La relativa brevedad de nuestras vidas y la lentitud con que se mueve la historia nos vuelve miopes e impiden que contemplemos el contexto que nos rodea en su integridad. Por otro lado, si pensamos en, por ejemplo, la revolución francesa, sabemos lo que hubo antes y también lo que vino después, pero si nos situamos en el “ahora”, conocemos el pasado inmediato, pero ignoramos lo que depara el futuro, de modo que nuestra visión es intrínsicamente incompleta. Por ejemplo, no somos conscientes de que vivimos tiempos de posguerra.

Lo que voy a comentar en este post no es ningún descubrimiento; de hecho, se trata de algo evidente que todos sabemos, aunque quizá no siempre tengamos presentes las implicaciones. Veréis... ¿Quién ganó la Segunda Guerra Mundial? ¿Los americanos? ¿Los aliados? No: los rusos. Ellos minaron al ejército alemán gracias a una numantina resistencia, ellos contraatacaron, ellos sitiaron Berlín y ellos fueron los primeros en entrar en la capital del Reich. Por supuesto, los yanquis ganaron la guerra del Pacífico, pero en cierto modo esa era otra guerra (japoneses y alemanes nunca llegaron realmente a colaborar bélicamente). El caso es que, al terminar la guerra, USA y Rusia se repartieron alegremente Europa (y el mundo). Así surgieron el imperio americano y el imperio soviético. Y comenzó otra guerra, sólo que muy distinta a cuantas antes había contemplado la humanidad.

Gore Vidal sostiene que la Guerra Fría fue un invento de la industria armamentística norteamericana, un conglomerado de empresas e intereses que, tras haberse forrado durante la guerra mundial, contemplaban cómo la paz ponía en riesgo sus beneficios. Sin duda, algo hay de esto, pero también estaban en juego el dominio geoestratégico del planeta y la confrontación entre dos visiones diametralmente opuestas de la economía, la política y la estructura social. La aparición de las bombas atómicas y el acopio de ellas que hicieron ambas potencias condujo a una situación nueva: dos imperios opuestos y mutuamente hostiles no podían enfrentarse bélicamente entre sí, pues tenían en su contra el MAD (Mutual Assured Destruction-“destrucción mutua asegurada”). Nadie podía ganar. Así pues, la guerra se desarrolló en otros frentes: el diplomático, el propagandístico y, sobre todo, el económico.

Hablemos un momento sobre el comunismo. La corriente romántica del siglo XIX y el declive de las religiones institucionales, devinieron, a comienzos del siglo XX, en dos formas distintas de “política redentorista” o “religión de estado”: el fascismo-nazismo y el comunismo. Ambos monstruos generaron terribles dictaduras y causaron millones de muertos, pero mientras que el comunismo se desarrolló en el extrarradio de Occidente, el fascismo-nazismo lo hizo en el mismo centro, de modo que era mucho más visible y, quizá por eso, fue el primero en caer. Durante mucho tiempo, la gente ignoraba qué sucedía tras el telón de acero y lo poco, y malo, que se sabía era desechado como propaganda capitalista. Pero lo cierto es que el comunismo no funcionaba ni social ni económicamente, que, pese a sus bonitas palabras, era una tiranía, que Stalin y Hitler eran lo mismo: despiadados dictadores.

Sin embargo, el comunismo tuvo una inesperada buena consecuencia: ante el temor de que los trabajadores occidentales, contagiados por el éxito de la revolución rusa, se alzaran contra sus patronos, el capitalismo salvaje se vio forzado a hacer concesiones y de ello surgieron los sindicatos o el estado del bienestar. Es decir, el comunismo era bueno para las clases trabajadoras siempre y cuando no se llevase a la práctica y se mantuviese a considerable distancia. Era una especie de toque de atención para la oligarquía: “cuidado, hay otra alternativa que puede devorarte”.

Quizá por eso, y porque supuestamente era una utopía puesta en práctica –el “paraíso proletario”-, y porque servía como espantajo contra la derecha, y porque aparentemente era una alternativa viable al capitalismo, y por las tan fraternales como falsas palabras propias del comunismo, por todo eso la izquierda mundial adoptó casi sin excepciones el marxismo como caballo de batalla e ideología básica.

Qué gran error, qué inmenso error... La invasión de Checoslovaquia por las fuerzas del Pacto de Varsovia, en 1968, hizo que las escamas se desprendieran de muchos ojos. Luego, se conoció la barbarie del estalinismo, el horror de la Revolución Cultural maoista, la locura infernal de los jemeres rojos. Pero, sobre todo, el sistema económico comunista no funcionaba; la economía de estado ni siquiera era capaz de garantizar la alimentación de sus ciudadanos y, de no ser por los cereales que, paradójicamente, le vendía USA, las hambrunas hubiesen recorrido el imperio soviético. Un imperio que estaba derrumbándose lentamente a causa de su ineficacia.

Pero algo aceleró ese derrumbe. Hoy ya sabemos lo que yo siempre había sospechado: Ronald Reagan y el papa Juan Pablo II se reunieron en repetidas ocasiones para planificar una estrategia conjunta destinada a socavar los cimientos de la Unión Soviética. Karol Wojtyla era polaco y profundamente anticomunista. La insurrección contra el sistema soviético brotó en Polonia de la mano del sindicato obrero católico Solidaridad. ¿Alguna relación entre lo uno y lo otro? Pues sí, sobre todo si tenemos en cuenta que el Vaticano financió a Solidaridad con 32 millones de dólares tramitados, probablemente, a través de Roberto Calvi.

Por otro lado, Reagan se sacó de la chistera un curioso plan: la famosa "guerra de las galaxias", un paraguas que cubriría todo el territorio USA y cuyo objetivo sería interceptar cualquier misil dirigido contra esa nación. De tener éxito tal iniciativa, el MAD se iría a hacer puñetas y la Unión Soviética quedaría inerme frente a los americanos. Así pues, los soviéticos sólo tenían dos alternativas: o desarrollar ellos también un paraguas nuclear, o ponerse a fabricar misiles como locos para derrotar al escudo americano por saturación (por ejemplo, de cada diez misiles lanzados sólo llegaría uno). El problema era que cualquiera de esas alternativas hundiría en la miseria a la precaria economía soviética. De modo que, como reza el dicho judío, los soviéticos decidieron que, ante dos alternativa, lo mejor era escoger la tercera: ya que no podían vencer a su enemigo, ¿por qué no aproximarse a él? Y así llegaron los tiempos de la perestroika y la glásnot, hasta que, finalmente, en 1991, el imperio soviético se disolvió.

Es decir, la guerra fría tuvo una victoria fría, y quien venció fue el sistema capitalista capitaneado por los poderes más conservadores de occidente (Reagan, Wojtyla, Thatcher...). Por eso vivimos tiempos de posguerra. ¿Y esto en qué nos afecta? Bueno, ahí tenéis, por ejemplo, la “revolución” neocon. Fue la derecha más dura quien venció al comunismo, así que a ella le pertenecen los despojos de la guerra. Entre tanto, la izquierda anda desorientada; se ha desprendido del marxismo, pero es incapaz de encontrar una alternativa a la economía de mercado o un modelo distinto al de la sociedad capitalista, de modo que prácticamente toda la izquierda europea ha derivado hacia más o menos tibias socialdemocracias. Es decir, todos los partidos políticos han virado a la derecha; tanto los progresistas como los conservadores.

Ahora bien, dado que el triunfante capitalismo se ha desembarazado del contrapeso que era el comunismo, ¿no resultará tentador dar marcha atrás en las concesiones hechas cuando el Imperio Soviético aún existía? La ley del mercado aplicada también a los seres humanos, darwinismo social, estados reducidos a lo mínimo y liberalismo económico a ultranza. Sálvese quien pueda.

El presente es producto del pasado y la “victoria fría” explica, al menos en parte, muchas de las cosas que están sucediendo en el mundo, desde la infame guerra de Irak hasta, ya en casa, la deprimente guerra de los obispos contra el gobierno socialista. Estamos asistiendo a una “revolución conservadora” (si es que a una contrarreforma se le puede llamar revolución) capitaneada por una derecha dura que triunfó frente al comunismo igual que San Jorge frente al dragón. Una derecha extremada cuyo lema “sin complejos” muchas veces podría interpretarse como “sin escrúpulos”. Pero ellos son los triunfadores, ¿no?

lunes, febrero 18

Indy


Dentro de mí hay un niño, el niño que fui hace tropecientos años, cuando tenía doce o trece. Durante toda mi vida he procurado que ese niño no muera, que siga ahí, que no se convierta en una sombra, en un mero recuerdo, y permanezca en mi interior formando parte de lo que soy. En realidad, no ha resultado difícil; de hecho, lo realmente complicado fue conseguir que brotara de mí una figura más o menos adulta, si es que alguna vez lo he conseguido. Pero es que ser adulto es tan aburrido...

El niño de mi interior se ocupa de muchas cosas; me hace leer y ver cine, me lleva de viaje a lugares lejanos, me cautiva con misterios y maravillas, maneja el timón de la barca de mis sueños, alimenta con abundante combustible mi capacidad de asombro, hace que me dedique a algo tan infantil como es contar mentiras por escrito... y me permite disfrutar de determinados entretenimientos con toda sencillez, sin restricciones, sin preguntas ni comeduras de coco. También tiene cosas malas, por supuesto, pero coño, a fin de cuentas sólo es un niño.

Cuando era pequeño, la película que mas me gustaba era King Kong, la primera (por entonces no había otra), la de Cooper y Schoedsack con Fay Wray, Robert Armstrong y Bruce Cabot como protagonistas. Adoraba esa película, me hacía soñar... A mediados de los sesenta, cuando yo tenía alrededor de doce años, había un curioso lugar cerca de mi casa, en Santa Bárbara. Se trata de un pequeño bulevar; en un extremo había un bar-kiosco llamado La Concha, y en el otro un templete que por un lado era un urinario público (donde, por cierto, se cometió un asesinato) y por el lado contrario una librería de segunda mano. En el escaparate de la librería estaba expuesta una novela en inglés: era el King Kong de Edgar Wallace y la portada ostentaba un maravilloso dibujo del gorila gigante. Yo me quedaba embelesado contemplando aquella portada, soñando despierto con islas de la calavera y bestias prehistóricas...

Hoy en día, cuando la palabra “carroza” se queda corta para describir lo que soy, King Kong sigue siendo una de mis películas favoritas. Qué le vamos a hacer, me chiflan la fantasía, los sueños, la aventura... Naturalmente, a mi yo adulto también le gustan otra clase de películas, pero está tan contaminado de mi yo niño que participa también de sus gustos, aunque con otra mirada. El caso es que hay cierto tipo de películas (y también novelas) que, siendo puros divertimentos, forman parte de mi canon particular: Beau Geste, El hombre que pudo ser rey, El malvado Zaroff, Horizontes perdidos, Los cañones de Navarone, Los vikingos, El halcón y la flecha, El temible burlón, El prisionero de Zenda, El mundo en sus manos... Sí, todas películas de aventuras, maravillosas y gloriosas películas de aventuras.

Y ahora voy a confesaros algo: la película que más me ha divertido jamás, la que más ha hecho vibrar al niño que llevo dentro, es En busca del Arca perdida. No digo que sea la mejor, ni la que más me ha gustado; sencillamente afirmo que es la que más me ha hecho disfrutar, de principio a fin, como un crío, la que me agarró por las solapas desde el primer plano, mandó a hacer puñetas mi sentido de la incredulidad, e hizo que me deslizara por una especie de montaña rusa en la que comenzabas con un terremoto y, a partir de ahí, el ajetreo iba en aumento. Dios santo, qué bien me lo pasé viendo En busca del Arca perdida; y eso que, cuando se estrenó, yo distaba mucho de ser un niño (debía de tener unos 28 tacos).

En fin, qué duda cabe de que Indiana Jones es un personaje de amalgama cuyo modelo son los héroes pulp de los seriales cinematográficos de los años 30 y 40. Su principal seña de identidad, su uniforme por así decirlo, es el sombrero tipo Stetson (en realidad, se trata del modelo Fedora de Herbert Johnson Hat Shop). Eso nos retrotrae a dos películas en concreto: El tesoro de Sierra Madre y, sobre todo, El secreto de los incas (1954), donde Charlton Heston encarnaba a un héroe de apariencia muy similar a nuestro Indy. Otro elemento distintivo es el látigo, cuyo antecedente más inmediato lo encontramos El Zorro. El resto -aventuras en países exóticos, fantasía desbordada, peripecias constantes, situaciones límite, rescates en el último segundo- forma parte de la tradición de la serie B de aventuras.

Lo que hicieron Lucas & Spielberg fue tomar todos esos elementos, reconstruirlos bajo el prisma del humor y tratarlos como si fueran una serie A (al menos en cuanto a presupuesto). Aunque hicieron mucho más, claro. La secuencia inicial de la película –la selva, la gruta, el ídolo de oro, las trampas, etc.- es un ejemplo de “creación instantánea” de un héroe. La cámara elude al principio mostrar el rostro del protagonista, al que siempre vemos de espaldas con su característico sombrero. Luego, somos testigos de su impasibilidad frente a cadáveres y arañas. Acto seguido, entra en la cueva, roba el ídolo y el mundo se derrumba a su alrededor. Le vemos utilizar el látigo para escapar de una serie de trampas que parecen sacadas de una película de Fu Manchú, cae en una encerrona, huye en medio de las nubes de polvo que él mismo desprende, monta en un hidroavión y ahí descubrimos que ese héroe de piedra, oh ironía, le tiene miedo a las serpientes.

Indiana Jones es un héroe que no se toma en serio a sí mismo y En busca del Arca perdida una cinta modélica en cuanto ritmo, aventura y diversión se refiere. Las otras dos películas me gustaron menos, lo reconozco. El templo maldito, con una espléndida secuencia inicial, acaba convirtiéndose en una película un tanto claustrofóbica y mucho menos conseguida que la primera. La última cruzada mejora notablemente con respecto a su antecesora (entre otras cosas por la presencia de Sean Connery), pero su final, de cartón piedra, parece un juego de rol. En cualquier caso, mejores o peores, las películas de Indiana Jones siempre estaban basadas en un dinamismo constante, en un “más difícil todavía” protagonizado por un héroe irónico, carismático y notablemente saltimbanqui.

La pregunta es: ¿podrá hacer lo mismo un Harrison Ford sesentón? Y no me refiero a las piruetas, que para eso están los especialistas, sino a transmitir ese aroma vital y optimista que era el sello de la serie. ¿Tiene sentido un Indiana Jones envejecido? Sinceramente, no lo sé; y la duda me tiene en ascuas mientras esperamos el estreno de El reino de la calavera de cristal (menudo nombrecito...), el cuarto capítulo de las aventuras de Indiana Jones. Entre tanto, pinchando AQUÍ podemos ver el trailer de la película. Es un trailer magnífico, desde luego, pero no despeja mis dudas. En cualquier caso, me encanta el plano donde vemos, arrojada contra un vehículo militar, la sombra de Indy poniéndose el sombrero. Sólo por eso, y por kilos de nostalgia, iré a ver la película, no lo dudéis.

lunes, febrero 11

Cuentos


Coincidiendo con la publicación de su antología de relatos Sauce ciego, mujer dormida, he leído la siguiente frase de Haruki Murakami: "Por decirlo rápido y mal: escribir novelas es, para mí, un desafío; escribir cuentos, un placer". Este comentario me ha hecho reflexionar y he llegado a la conclusión de que todos los escritores que conozco, con sólo una posible excepción, prefieren escribir cuentos antes que novelas. De hecho, lo confieso, a mí también me gusta más escribir relato corto que tochos largos, aunque apenas lo hago (luego veremos por qué).

¿Cuál es la razón de que los escritores prefieran escribir cuentos? Hay más de una. En primer lugar, tengo la sensación de que a la mayor parte de los escritores, aunque no lo confiesen, les pasa lo que a mí: odian escribir (es un trabajo, no lo olvidemos). Por tanto, les satisface más redactar un puñado de páginas que las trescientas (como mínimo) de una novela. Además, al igual que nos sucede a Fredric Brown y a mí, los escritores odian escribir, pero adoran haber escrito; eso significa que el cuento produce una autosatisfacción en el autor mucho más inmediata que una novela (sería algo así como la diferencia entre una aventura erótica y un noviazgo). Por otro lado, la complejidad técnica de una novela es mucho mayor que la de un cuento, lo cual significa que la preparación de una novela lleva mucho más tiempo. Sin embargo, la idea para un cuento puede ocurrírsete por la mañana y tener escrito el relato por la noche. Por último, es casi imposible escribir toda una novela con entusiasmo; la empiezas realmente exaltado, pero llega un momento en que el fuego se apaga y acabas terminando el texto a base de profesionalidad y paciencia. Un cuento, por el contrario, puede escribirse con entusiasmo de principio a fin, lo cual es muy gratificante.

Pero hay otra razón más que no tiene que ver con la relativa comodidad o autosatisfacción del escritor, sino con el resultado final: los cuentos pueden ser mucho más intensos y expresivos que las novelas. Me explicaré: una novela es la suma de diversos elementos, de distintas ideas, que no siempre están relacionados con el tema central del argumento. La novela tiene una naturaleza arbórea, tiene raíces, tronco, ramas y hojas; el texto avanza con altibajos en cuanto a interés e intensidad. Por eso, difícilmente recordamos entera una novela que leímos hace tiempo, por mucho que nos gustara; recordamos fragmentos, determinadas escenas, pero no todo.

El cuento, por el contrario, puede (y debe) centrarse en una única idea, en un único concepto, en una única expresividad. Todo el relato puede orientarse hacia un único fin, sea intelectual o emocional. Los cuentos, además, pueden librarse de las cadenas del argumento y enfocar aspectos que la narrativa larga normalmente ignora. El cuento es un fogonazo; o, mejor aún, un rayo láser donde toda la luz vibra en el mismo plano. Por eso, los relatos cortos pueden deslumbrarte con más intensidad que una novela.

De hecho, si me paro a recordar los textos que más huella han dejado en mí, descubro que la mayor parte de ellos son cuentos. Ninguna historia me ha producido tanta sensación de soledad y tristeza como Volverán las mansas lluvias, de Bradbury, ni tanto estremecimiento como Siete pisos, de Buzzati, ni tanta desolación como Un día perfecto para el pez plátano, de Salinger, ni tanto asombro como El centinela, de Clarke, ni tanta risa como Adiós a todos los gatos, de Woodehouse, ni tanto miedo como La zarpa de mono, de Jacobs, ni tanto vértigo como La biblioteca de Babel, de Borges, ni tanta extrañeza como Alpha Ralpha Boulevard, de Cordwainer Smith, ni tanta inquietud como Casa tomada, de Cortázar, ni tanta pesadumbre como Pesadilla en gris, de Brown, ni tanta fatalidad como Los asesinos, de Hemingway... Todos ellos son cuentos y, junto a otros muchos, están clavados en mi memoria de forma permanente y con más intensidad que la mayor parte de las novelas que he leído. Eso por no hablar de los cuentos de hadas; Caperucita roja, La bella durmiente, Blancanieves y los siete enanitos, La cenicienta, La bella y la bestia... todas estas historias no son sólo arquetipos de nuestra cultura, sino que forman parte de nuestro inconsciente colectivo.

Entonces, si tanto me gustan los relatos cortos, ¿por qué no escribo más? Porque me los comería con patatas, amigos míos. En España (al contrario que en los países anglosajones y latinoamericanos) apenas hay revistas que publiquen cuentos, y las antologías están unánimemente consideradas “veneno para las ventas”. ¿Por qué? Porque, en este país, a la gente no le gusta leer cuentos. ¿Y eso por qué? Pues, según la opinión más generalizada, porque al personal le cuesta mucho esfuerzo saltar de un relato a otro, cambiar de historias y personajes; prefiere tochos largos con los que puede familiarizarse durante semanas o meses. Ay, ese es el síndrome del lector inexperto, del lector perezoso cuya mente reacciona con lentitud a los cambios. Para colmo, en España el cuento se ha considerado tradicionalmente un “arte menor” con escasa presencia en nuestra tradición literaria, pese a nombres tan ilustres como Emilia Pardo Bazán, Ignacio Aldecoa o José María Merino.

Así pues, en este país de mis entretelas apenas se escriben relatos cortos, apenas se publican y apenas se leen. Guay: le hemos vuelto la espalda a todo un género literario; somos cojonudos los españolitos. Pero, claro, teniendo en cuenta el penoso historial de nuestra narrativa desde el siglo XVIII hasta nuestros días, tampoco es de extrañar.

miércoles, febrero 6

Francotiradores

Los comentarios recogidos en la anterior entrada no han hecho más que confirmar lo que pensaba desde el principio: ateos y agnósticos somos muy poco proclives al asociacionismo. Supongo que hemos llegado a nuestra posición religiosa (o, mejor dicho, no religiosa) siguiendo un camino básicamente personal, de modo que nos parece casi anti natura elevar la cuestión a categoría pública. Por otro lado, varios merodeadores arguyen que los tiempos están en contra de la iglesia católica, así que poco importa lo que hagan o digan los obispos, porque ya están derrotados. Ojalá tengan razón. Por todo ello, me parece muy difícil que prospere una plataforma laicista con suficiente peso. Los ATE/AGN somos francotiradores, no un ejército.

No obstante, lo cierto es que existe una campaña planificada en contra de la sociedad laica, y que esa campaña no está impulsada sólo por la jerarquía eclesiástica, sino también respaldada por la más reaccionaria derecha española, que, como todas las derechas de este país, forma parte del PP. De hecho, hoy por hoy lo dirige. Así pues, si los populares llegaran al poder, ¿qué harían en este terreno? Asignatura de religión para todos los escolares, eso seguro. Y múltiples prebendas para la iglesia, sobre todo en forma de subvenciones. Y, desde luego, acabar con toda forma de familia que no sea la que dios manda, es decir, la tradicional cristiana (adiós a los matrimonios homosexuales, eso ya lo ha anunciado Rajoy).

Qué extrañas fuerzas bullen en España; fuerzas oscuras que huelen a naftalina y están en contra de todo lo que suene a progreso, tolerancia y modernidad. Es como si un sector de la sociedad se hubiera quedado atascado en los años 40 y quisiera que todos viviéramos en ese tiempo tenebroso de dictadores bajo palio y rígida moral tridentina. Existen todavía hoy, a comienzos del siglo XXI, personajes a los que les vendría como anillo al dedo un perfilado y rectilíneo bigotito fascista junto con un carné de Falange, personajes insólitos surgidos de lo más profundo de la caverna cuya simple existencia resulta anacrónica y grotesca, pero también inquietante, pues alguna de esa gente tiene proyección pública. Como por ejemplo Dimas Cuevas, candidato del PP al senado por Albacete.

El señor Cuevas es periodista y en los últimos años ha escrito artículos donde decía cosas como las siguientes: "Las bodas de lesbianas tendrán que incluir diversas variedades de tortillas [...] y los convites para homosexuales serán a base de perritos calientes y plátanos al horno". "Si la palmo antes de lo previsto, prohíbo que den a mis chiquillos en adopción a ningún matrimonio de gays, lesbianas o mediopensionistas. Sólo falta que los traigamos al mundo, los criemos y los eduquemos, para que luego acaben los pobres rodeados de cualquier cosa". "Sólo me cabe una duda: si los que se casan son dos machos (con perdón) y en el supuesto caso de que uno de los manchegos matrimoniados tenga la mano larga, ¿su pareja tendrá derecho a la protección de la nueva ley contra la violencia de género? Supongo que, siguiendo la Ley de Mahoma, sólo será así si el maltratado es el que toma...".

En el Cyrano de Bergerac de Rostand hay una escena en la que un personaje llama “narizotas” al protagonista. Acto seguido, Cyrano pronuncia uno de los monólogos más brillantes de la literatura universal, enumerando las múltiples formas ingeniosas de burlarse de una gran nariz y lamentando que su oponente hubiese escogido algo tan vulgar como “narizotas”. A Cyrano no le ofendía el insulto de su oponente, sino su tosquedad. Pues algo parecido me sucede a mí con el tal Cuevas: no me ofende tanto su homofobia como la deprimente zafiedad con que la expresa. Tortillas y bollos, plátanos y perritos calientes... ja, ja, ja, que ingenioso es este tipejo. Me río tanto que empiezo a sentir ganas de vomitar.

Bueno, amigos míos, aquí tenéis un ejemplo de la clase de personas que aspiran a imponernos su moral. Y no estoy hablando de cualquiera, sino de un futuro senador. Pero no hay que preocuparse, ¿verdad?... ¿O quizá sí?

jueves, enero 31

Incrédulos desorganizados


Más allá de las discusiones sobre matices filosóficos, ateos y agnósticos estamos de acuerdo en no aceptar las “verdades reveladas”. No creemos en libros sagrados, ni en profetas, ni en mesías: por tanto, tampoco aceptamos la moral subyacente a estas creencias. Con frecuencia, la gente religiosa suele considerar que los ateos (donde digo ateo digo también agnóstico) somos personas sin moral, lo cual no es cierto. El ateo se mantiene fiel a la única moral que puede aceptar: la humanista; es decir, aquella ética cuyo eje es el ser humano y no una ficticia, arbitraria y pintoresca divinidad. Y, si queréis mi opinión, la moral del ateo es más firme que la del religioso, pues éste decide portarse bien por temor a ofender a un dios que puede castigarle eternamente, mientras que el ateo opta por el bien a causa, exclusivamente, de sus principios; por respeto a sí mismo y a sus semejantes. Lo cual no quiere decir, claro, que los ateos sean buenos y los religiosos malos, ni viceversa; de todo hay en todas partes.

Conviene aclarar que con este post no pretendo debatir sobre las sutiles diferencias entre ateismo y agnosticismo, ni tengo la mentor intención de convencer a creyente alguno de nada. No, mi propósito es otro. Dejadme explicaros cómo entiendo yo el ateismo...

Mi infancia transcurrió en medio del nacional-catolicismo franquista, así que a los trece o catorce años me aparté de la religión, sobre todo para huir de aquel asfixiante mundo tridentino de sotanas y sacristía (estudiar en los Maristas también ayudó). Apartarme de lo religioso fue más una reacción que una reflexión, pero unos años después, a los 17 ó 18, leí Por qué no soy cristiano, de Russell y me convertí en agnóstico. Así me mantuve durante muchos años, ignorando altivamente la religión, hasta que a mediados de los ochenta, mi afición a la antropología me llevó a interesarme por el fenómeno religioso, sobre todo por el cristianismo. Leí mucho al respecto (entre otras obras, la Biblia, cosa que no han hecho el 99% de los católicos), reflexioné mucho y acabé convertido en un pacífico ateo contradictoriamente fascinado por la religión.

A mi modo de ver, un ateo (o agnóstico) es alguien racional y escéptico que exige (y se exige) pruebas par creer en algo. Hace poco, un amable merodeador comentaba que, a su modo de ver, la fe era mucho más profunda que la filosofía (que la razón). Ese comentario es una prueba del abismo que separa a creyentes de no creyentes; a mí la fe me parece extremadamente superficial. Creer en algo sin pruebas es fácil; basta con querer creértelo, y la historia demuestra que los seres humanos son capaces de creer en cualquier cosa, por absurda que sea. La razón, sin embargo, exige rigor y esfuerzo, y además se corre el riesgo de topar con respuestas que a uno no le gustan. Cuando hablo de razón no me refiero, por supuesto, al mecanicismo dieciochesco, sino a una lógica, muchas veces difusa, que tenga en cuenta la naturaleza profundamente emotiva del ser humano.

El ateo no acepta una moral dogmática basada en la revelación, sino una moral racional centrada en el ser humano; como decía antes, una moral humanista cuyo resumen sería la Declaración de los Derechos Humanos. El ateo es un librepensador que aboga por la libertad de expresión y niega que haya temas tabú o asuntos sagradamente intocables. El ateo respeta, no las creencias ajenas, sino el derecho de cualquiera a creer en lo que le venga en gana. Es cierto que los ateos tenemos cierta propensión, sobre todo durante la juventud, a discutir con los creyentes; al menos, yo lo hacía. Pero esos debates hueros acaban cansando y, con el tiempo, los ateos solemos renunciar a toda suerte de proselitismo. Si a la gente le da por creer en Yahvé, en Cristo o en el Becerro de Oro, es asunto suyo mientras que no den la murga. Fatigada tolerancia se le llama a eso.

Por lo demás, los ateos y agnósticos no nos organizamos, no interactuamos, no nos reunimos, no seguimos rituales ni tenemos órganos de expresión. Estamos dispersos, aquí y allá, incomunicados, como si no tuviéramos ningún objetivo en común.

Las religiones organizadas, sin embargo, no actúan así. Dado que las distintas iglesias se consideran en posesión de la Verdad Absoluta y del Bien Supremo, tienden a expandirse hasta ocupar todos los nichos sociales, todos los estamentos. Su pretensión es imponer sus creencias y su moral a todo el mundo, ser uno de los pilares básicos de la sociedad, y esto es algo que la historia ha demostrado y sigue demostrando. Salvo escasas excepciones, las religiones son expansivas. Afortunadamente, desde hace un par de siglos el laicismo comenzó a extenderse por occidente y la separación de iglesia y Estado devino en una explosión de desarrollo social, científico y cultural. Pero las religiones, en particular la católica, se resisten a perder el poder y la relevancia social que ostentaban antaño.

Hace poco hemos sabido que el Vaticano se propone “recuperar” a tres países de vieja tradición católica: Italia, Francia y España. Es decir, la guerra de los obispos contra el gobierno socialista, en alianza con la derecha más cavernícola, no es un asunto meramente local, sino fruto de una estrategia. Así pues, en los últimos años hemos visto cómo la iglesia católica, representada por la conferencia episcopal y su radio de cabecera, atacaba ferozmente al laicismo, al aborto, al divorcio, al matrimonio homosexual, a la asignatura de educación para la ciudadanía y a todo cuanto oliese a modernidad y tolerancia; al mismo tiempo, por supuesto, cobraba y cobra alegremente las inconstitucionales subvenciones que le apoquina el Estado; es decir, nosotros con nuestros impuestos. Paralelamente, desde sectores de la política y de la judicatura se han organizado auténticas cruzadas contra determinados avances sociales y científicos, como ha ocurrido con el acoso a las clínicas abortivas, la campaña contra la clonación terapéutica o la cruzada contra la sedación terminal, por el aquel de la eutanasia. La última ocurrencia de la conferencia episcopal ha sobrevenido hoy mismo al emitir un comunicado en el que se aconseja "a los católicos y los ciudadanos que quieran actuar responsablemente" que apoyen "con su voto" a aquellos partidos que no reconozcan "explícita ni implícitamente a una organización terrorista como interlocutor político".

¿Por qué hace esto la iglesia? Muy sencillo: porque puede, porque es una institución organizada que, pese a su cada vez más escasa influencia social, aún tiene capacidad para movilizar a cientos de miles de personas, así como para que sus opiniones sean recogidas y amplificadas por los medios de comunicación. Ese es su mayor poder: la organización.

Porque las estadísticas están en su contra. Es cierto que la mayoría de los españoles se declaran católicos (76 %); sin embargo, sólo un 27 % se declara practicante, lo que significa que aproximadamente un 49 % de la población está compuesto por no practicantes, católicos sui generis que no siguen las doctrinas de la iglesia y cuya religiosidad tiene más de costumbre que de auténtica fe. En cuanto a los descreídos, su número ronda el 20 %. Si la estadística la aplicamos a los menores de 30 años, los resultados son mucho más desfavorecedores para la iglesia, lo cual le augura un negro futuro.

Pero hoy por hoy, la capacidad de influir sobre alrededor de un 30 % de la población resulta un arma muy poderosa que la iglesia no se corta ni un instante en utilizar. No obstante, la voz de un 20 % de descreídos tiene un gran peso... o lo tendría si los descreídos tuviéramos voz. Pero no la tenemos.

Los ateos y agnósticos jamás nos hemos organizado; ¿para que íbamos a hacerlo? Las creencias unen, las no-creencias no. A fin de cuentas, los descreídos abogamos por una sociedad laica donde la religión pertenezca al ámbito privado y quede excluida del público, y eso es lo que se supone que tenemos, ¿no?... Pues, en fin, con el Estado subvencionando a la iglesia, o con la religión en la escuela pública, sinceramente lo dudo mucho. Pero eso no importa; lo realmente grave es que la iglesia católica ha iniciado una intensa campaña en contra del laicismo social. Y eso nos afecta a todos los no creyentes.

Y me da rabia, sí, cuando veo que los obispos llenan una plaza con defensores de la familia cristiana en contra de otras formas de matrimonio sin que ninguna voz, salvo la poco creíble de algunos partidos políticos, se alce en su contra. Me jode que la jerarquía católica exprese su ideología a través del altavoz de los medios de comunicación mientras los librepensadores permanecemos mudos. Me dan por culo aquellos que no paran de exigir respeto para sus absurdas creencias y son incapaces de respetar a los que no las comparten.

Entonces me pregunto: ¿no será el momento de organizarse? ¿No sería oportuna una plataforma nacional que agrupase a todos los ateos y agnósticos y permitiese hacer oír nuestra voz? No estoy hablando de luchar contra la religión, ni de anticlericalismo (que siempre ha sido la excusa victimista perfecta para los religiosos), sino de defender el laicismo.

Bueno, amigos míos, éste era el motivo de la mini-encuesta: conocer la ideología religiosa de los merodeadores de Babel. Ahora, comprobado que la inmensa mayoría sois no-creyentes (¡rojos, que sois todos unos rojos!), me interesaría mucho conocer vuestra opinión respecto a lo expresado en esta entrada. ¿La sociedad laica corre peligro? ¿Sería conveniente –o posible- organizarse?...

Es vuestro turno.

miércoles, enero 23

El juego de Caín


Supongo que a estas alturas del mes ya debe de estar distribuida, o acabando de distribuirse, mi última obra: El juego de Caín (Espasa 2008). Se trata de una novela para adultos (perfectamente degustable por los jóvenes, why not?), un thriller ambientado en el Madrid actual y protagonizado por una peculiar detective privado llamada Carmen Hidalgo. Cuando comencé a escribirla me propuse que la protagonista fuera una mezcla entre Sam Spade y una maruja almodovariana; tal mezcla es imposible, claro, pero el resultado final me pareció tan estimulante que consideré la posibilidad de iniciar una serie basada en el personaje. Y eso pensaba proponerle a Espasa cuando entregué el manuscrito; pero no tuve tiempo, pues fueron las propias (y encantadoras) editoras de Espasa quienes me lo propusieron a mí. De modo que firmé un contrato no sólo por El juego de Caín, sino también por una futura novela protagonizada por el mismo personaje que aparecerá el año que viene.

Así pues, aquí tenéis a mi última hija, Carmen Hidalgo; si algún día, por azar o por necesidad, os cruzáis con ella, no dejéis de contarme qué os ha parecido.

martes, enero 22

Resultados

Debo reconocer, queridos amigos, que me han sorprendido un poco los resultados de la miniencuesta. Esperaba encontrarme, no lo niego, con abundancia de librepensadores (qué palabra más bonita), pues la mayor parte de la gente que me rodea lo es; pero ni loco hubiera imaginado topar con tal número de descreídos. De todas formas, sospecho que los CRE y los CAT se han visto amedrentados por tanto sin-fe y muchos no se han atrevido a dejar constancia expresa de sus creencias. En fin, es sólo una intuición. Sea cómo sea, los resultados son estos:

Ateos: 48’6 %
Agnósticos: 27’6 %
Creyentes (no cat.): 15’7 %
Católicos: 4 %
NS/NC: 4 %

Es decir, entre ateos y agnósticos hay un 76’2 % de merodeadores (confesos) sin dios. Qué cosas… Pero muy bien para mis turbios propósitos.

¿Y a qué viene todo esto? Paciencia, amigos míos, paciencia…

martes, enero 8

Miniencuesta

Queridos amigos: como habéis podido comprobar, diciembre ha sido en Babel un mes de buenos sentimientos, paz y concordia. Vale, la culpa la han tenido las navidades, que me han transformado en un babosete. Pero eso se acabó. Finito. Kaput. House está de nuevo en pantalla y su ácida personalidad me llena de malos sentimientos. Así que exorcizo al espíritu navideño que me ha poseído y vuelvo a ser el viejo cabrón de siempre.

¿Sabéis hasta dónde estoy de la derecha extrema pepera? Hasta los yarboclos (véase La naranja mecánica). ¿Y sabéis hasta dónde estoy de la iglesia católica española? Pues sí, hasta los perenguendengues. El cuerpo me pide guerra, pero paciencia... ya llegará el momento de hablar sobre todo eso.

En fin, a lo que vamos. Este mes de enero voy a estar un tanto disperso, de modo que no sé qué ni cuántos caminos de babel exploraremos. Pero hay un tema del que hace tiempo que no hablamos: la religión. Así pues, os voy a pedir un favor a todos los merodeadores que paséis por aquí: dejad un comentario especificando cuál es vuestra inclinación religiosa. Para ello, debéis encuadraros en una de estas cinco alternativas:

CAT: Católico. Es decir, seguidor de las doctrinas de la Iglesia Católica (seguidor de verdad, no simplemente bautizado)

CRE: Creyente. Seguidor de cualquier otra religión o, simplemente, creyente en la existencia de una entidad divina.

AGN: Agnóstico. Niega la posibilidad de determinar o no la existencia de dios a través del entendimiento, por lo que considera a dios una hipótesis indemostrable.

ATE: Ateo. Niega la existencia de dios por considerar a éste una hipótesis indemostrada, indemostrable e insuficiente.

NS/NC: No sabe, no contesta. No tiene ninguna opinión formada al respecto.

En fin, lo que os pido es que dejéis un mensaje especificando lo que sois. No es necesario que deis ninguna explicación (salvo que lo consideréis necesario); basta con que pongáis “CAT”, “CRE”, “AGN”, “ATE” o “NS/NC”. Por favor, contribuid a esta mini encuesta todos los que paséis por aquí, aunque seáis merodeadores habitualmente silenciosos (y si queréis recurrir al anonimato, ningún problema). Gracias.

sábado, enero 5

Noche de Reyes


Para mucha gente, ésta es la noche más mágica del año. Aún recuerdo lo nervioso que me ponía cuando era pequeño... Como es natural, mi familia no podía poner los regalos hasta que me durmiese. Una vez, tendría yo ocho o nueve años, estaba tan de los nervios que no podía dormirme; entonces, uno de mis hermanos me dio un libro para que lo leyese y me entrara sueño. Pero el libro en cuestión era Groucho y yo, de Groucho Marx, y en vez de dormirme hizo todo lo contrario: engancharme y, por tanto, desvelarme. Eso es lo malo de ser bibliófago desde muy pequeño.

Amigos míos, os deseo la noche más mágica del mundo y que mañana los Reyes os traigan de todo; particularmente aquello que no os atrevisteis a pedir.

lunes, diciembre 31

Feliz, feliz, feliz año nuevo


Todo el mundo tiene un pasado y yo no iba a ser menos. Mi padre tenía una curiosa costumbre: confeccionaba sus propias felicitaciones de Navidad utilizando fotos que él mismo hacía. Creo que esa práctica comenzó unos años después de que llegáramos a Madrid: es decir, allá por la segunda mitad de los cincuenta. Dado que por aquel entonces yo era un adorable arrapiezo, es normal que mi imagen fuera la que más veces aparecía en esas felicitaciones, aunque también hicieron acto de presencia mis hermanos y otros animales.

La imagen que hay encima de este texto es la felicitación que realizó mi padre para las navidades de 1965, hace la espasmódica friolera de cuarenta y dos años. Por aquella fecha ya se habían producido cuatro películas de James Bond: el Doctor No, Desde Rusia con amor, Goldfinger y Operación Trueno, aunque el texto de la tarjeta hace referencia a la segunda, de 1963. Bien, el caso es que dada mi corta edad (12 años) y el natural ascendente que los progenitores tienen sobre sus hijos, mi padre me convenció de que posara de tal guisa, para solaz de cuantos recibieran la felicitación. Quizá fue la última vez que posé para ese propósito, no estoy seguro; supongo que poco después me convertí en un adolescente granujiento y mi carrera de galán juvenil se fue a hacer gárgaras.

Puede que algún que otro malintencionado merodeador de Babel, al comparar la imagen del mofletudo chavalín de la foto con la de Sean Connery, sienta la tentación de esbozar una sonrisa preñada de sorna o, aún peor, de dejar algún comentario particularmente hiriente al respecto. En tal caso, debo reconocer que, en efecto, el James Bond de la foto es más falso que el orgasmo de una meretriz; sin embargo, y ésta es una advertencia importante, la pistola es una auténtica Luger Parabellum de 9 mm. Lista –palabrita del niño Jesús- para ser disparada.

Pero, en fin, vamos a lo importante. 2007 ha sido un año muy peculiar en mi vida, pues ha contenido lo mejor y lo peor. Me han pasado cosas muy malas, es cierto; pero también es verdad que me han ocurrido otras muy buenas. Entre ellas, entre las chachis, he descubierto que tengo más y mejores amigos de lo que creía. Supongo que soy como los perros: con el tiempo se nos acaba cogiendo cariño. También he descubierto lo sólido y cálido que es el afecto de quienes yo ya sabía que me querían. Quizá por eso, por haber recibido tanto amor -pese a lo raro y borde que soy-, he acabado por volverme tan navideño. En cierto modo me siento como James Stewart en ¡Qué bello es vivir! Este año también es el de la gestación de un nuevo personaje que, espero, muy pronto conoceréis: Carmen Hidalgo. Nacerá el próximo enero.

Y este año que agoniza es también el año durante el que he comprendido finalmente lo mucho que hace por mí La Fraternidad de Babel. Y eso que estuve a punto de cerrarla... Pero no lo hice y, en un momento terrible, escuché vuestras voces electrónicas y vuestras voces fueron un bálsamo. La Fraternidad de Babel no es importante por lo que yo doy, sino por lo que recibo. Os recibo a vosotros, aquí, en mi pixelada casa, y hablamos largo y tendido sobre todo tipo de temas. Sois un maravilloso grupo de amigos fantasmales; a algunos, os conozco en persona; de otros sólo sé sus nombres y lo que ellos me cuentan de sí mismos; y hay otros, finalmente, que son auténticos fantasmas, merodeadores literales, pues pasan por aquí y no suelen decir nada. Pero todos, absolutamente todos, sois un lujazo, un regalo, la sal de la vida,

Por eso, amigos míos, viejos jamelgos, amables merodeadores, os deseo lo mejor para el año que viene. Os deseo que se cumplan todos vuestros deseos, y que siempre tengáis un deseo que cumplir; os deseo paz, amor y sexo bueno y abundante, os deseo silencio y soledad para que podáis disfrutar de vuestra propia compañía, y os deseo la mejor compañía para cuando os canséis de la soledad; os deseo que no se os caiga el pelo ni los senos, os deseo buenas ideas y malas tentaciones, os deseo muchas, muchas, muchas lecturas, y que todos los libros que leáis sean apasionantes; os deseo dinero, al menos el suficiente para que no tengáis que pensar nunca en él; os deseo pecados divertidos y algún que otro vicio inconfesable, o deseo salud, salud a raudales, que vuestra máxima aproximación al mundo médico sea tomar una aspirina; os deseo viajes, países exóticos, vivencias nuevas; os deseo respeto, y honor, y calma; os deseo mentiras bonitas y verdades que parezcan mentiras; os deseo magia, ingenuidad e inocencia; os deseo misterio y asombro, luz y oscuridad.

Os deseo, amigos míos, que viváis cada minuto como si fuera el último, os deseo que tratéis a quienes os quieren como si fuera la última vez que vais a verles, os deseo que disfrutéis cada instante como lo que realmente es: algo único e irrepetible.

Os deseo besos y caricias.

Os deseo felicidad.

Toda la del mundo.

Para siempre.

lunes, diciembre 24

Piel de carbón (Cuento de Navidad)


Regresaba cada año, a finales del otoño, y se instalaba en la misma esquina, con el mismo brasero, el mismo tenderete para protegerse del viento y, creo yo, el mismo abrigo de lana negra. Se llama Lorenza, aunque la gente del barrio la conocía por Lula -mejor dicho: doña Lula- y era una mujer pequeña, de cabellos grises recogidos bajo un pañuelo bruno, rostro arrugado y la tez oscura, como si su piel estuviera en trance de mimetizarse con el carbón del brasero.

Nadie sabía con certeza su edad, ni dónde vivía, ni a qué se dedicaba durante la primavera y el verano; ignorábamos dónde había nacido, si estaba casada, si tenía hijos o familia, no sabíamos nada de ella, salvo que, como un ave migratoria inversa, regresaba puntualmente cada año atraída por los primeros fríos. Y nosotros, yo en particular, nos enterábamos de su regreso antes de verla, cuando al salir al patio para jugar al fútbol o comer un bocadillo percibíamos en el aire un aroma nuevo y viejo a la vez, olor a carbón quemado y a castaña asada.

No era una mujer simpática, ni siquiera medianamente agradable; lejos de ello, solía mostrarse adusta y distante, como si su clientela fuese un tedioso fastidio que sólo aguantaba porque era una parte consustancial a su trabajo. Yo la conocía desde que era niño, pues su tenderete estaba situado en la esquina de las calles Santa Engracia con Rafael Calvo, muy cerca del colegio, y a mí me encantaban las castañas asadas; tanto es así, que al menos tres o cuatro veces a la semana, pasadas las seis de la tarde, cuando salía de clase, me acercaba a su puesto y le compraba una docena de castañas envueltas en un cucurucho de papel de periódico; luego, las guardaba en un bolsillo del abrigo y regresaba a casa paseando taciturnamente mientras masticaba con aire de experto connaisseur aquellos deliciosos frutos secos y el calor que irradiaban me caldeaba las manos.

De modo que durante unos ocho años, de mediados de otoño a mediados de invierno, yo visitaba casi a diario el puesto de doña Lula; sin embargo ella jamás pareció prestarme la menor atención, nunca dio muestras de reconocerme, ni me brindó un trato diferente al de los compradores esporádicos, salvo en un aspecto: me convertí en uno de sus “clientes preferentes”. Lo sé porque doña Lula obsequiaba a sus mejores clientes con docenas de catorce. Dos castañas de regalo, decía en voz baja, que si fuera sólo una sumarían trece y ese número es de mal fario. Pero, creo yo, ese obsequio no obedecía al afecto ni a la deferencia, sino a una suerte de marketing rudimentario cuyo único objetivo eran las ventas. No, doña Lula no era nada simpática, bien lo sabe cualquiera que la conoció.

La ultima vez que le compré castañas yo debía de tener 17 ó 18 años; fue a últimos de invierno, fin de la temporada, de modo que al día siguiente, cuando volví a pasar por la esquina, descubrí que el tenderete había desaparecido. Luego, acabé el colegio, fui a la universidad, empecé a trabajar, me casé, tuve hijos y durante veinte largos años no volví a pensar en doña Lula. Hasta que cierta Nochebuena la casualidad me trajo de nuevo su recuerdo.

Aquella tarde, pasadas las seis, Pepa, mi mujer, descubrió que habíamos olvidado comprar piñones, un ingrediente al parecer fundamental para el relleno del asado que íbamos a cenar. Así pues, cogí el coche y me dirigí a un Opencor cercano a casa, pero la mala suerte, o el destino, quiso que los piñones se hubieran agotado allí. ¿Qué hacer? Era tarde y todas las tiendas debían de estar cerradas, salvo los grandes almacenes; pero me horrorizaba la idea de adentrarme en un gran almacén repleto de olvidadizos de última hora, como yo. Entonces recordé algo: cerca de la casa de mis padres había una pequeña tienda de ultramarinos que solía permanecer abierta hasta muy tarde, incluso en festivo. Si es que seguía abierta.

Me dirigí allí circulando por unas calles tan desiertas, tan vacías de tráfico, que recordaban a esas películas post-holocausto en las que sólo queda un hombre vivo. El sol ya se había puesto cuando llegué a la tienda que, afortunadamente, estaba abierta y seguía tal cual yo la recordaba, con la única diferencia de que su anterior propietario, un asturiano que jamás se quitaba la boina, había sido sustituido por un matrimonio de sonrientes chinos. Compré cuatro bolsas de piñones, monté de nuevo en el coche e inicié el camino de regreso a casa. Entonces, mientras circulaba por la calle Santa Engracia, percibí un aroma que me retrotrajo en el tiempo: olor a carbón y a castañas asadas. Y unos instantes después, al aproximarme a la calle Rafael Calvo, lo vi, ahí estaba, igual que siempre, el puesto de castañas de doña Lula.

Frené en seco y el vehículo se detuvo unos cuantos metros más allá de la esquina donde estaba instalado el tenderete. No podía ser, pensé; había transcurrido demasiado tiempo, aquella mujer debía de estar muerta, o jubilada, o lo que fuese, cualquier cosa menos vendiendo castañas. Sin duda, el puesto lo regentaba otra persona. Bajé del coche y me aproximé lentamente al tenderete. Había un cliente comprando, una mujer gorda de mediana edad, así que no pude ver nada hasta que llegué a su altura y miré por encima de su hombro...

Al otro lado del brasero, parapetada tras unos cartones que la protegían del viento, sentada en una silla plegable de aluminio y plástico, una anciana introducía castañas en un cucurucho de papel de periódico. Era doña Lula. Más vieja, más menuda y arrugada, con los mechones de pelo que se entreveían bajo el pañuelo convertidos en jirones de nieve. Pero era ella, no cabía duda; incluso el abrigo de lana negra parecía el mismo.

Sentí que el corazón me daba un vuelco y, a la vez, me vi trasladado a un tiempo tan remoto que casi se me antojaba legendario, el tiempo de mi niñez, de mi adolescencia, el tiempo de la magia que se fue. Era increíble; doña Lula estaba allí, como siempre.

La mujer gorda depositó unas monedas en la mano tendida de la anciana y comenzó a alejarse mientras pelaba una castaña. Entonces me quedé mirando a doña Lula sin saber qué decir, al tiempo que una estúpida idea me cruzaba por la mente: ¿me reconocería? ¿Recordaría doña Lula al chaval que durante tantos años fue su más fiel cliente? ¿Sabría ver en mí al niño que fui? Durante unos instantes me sentí ingrávido, como si fuera a producirse uno de esos milagros que tanto proliferan en los cuentos de Navidad. Sin dejar de mirar a la anciana, sonreí y contuve el aliento. El frío aire del anochecer pareció caldearse durante un segundo y crepitar de electricidad.

Entonces, doña Lula me miró fijamente, frunció el ceño y masculló:

-¿Quiere algo o se va a quedar ahí como un pasmarote?

Su voz, cascada y tan hosca como siempre, me devolvió a la realidad. Carraspeé, cambié el peso del cuerpo de un pie a otro y le pedí una docena de castañas. Doña Lula gruñó algo entre dientes y, con ayuda de una enorme espumadera de hierro, comenzó a introducir las castañas en un cucurucho. Mientras lo hacía me fijé en sus manos; la piel, surcada de arrugas y pliegues, no tenía el tono amarillento habitual de los viejos; era puro tizne, cuero negro, piel de carbón.

Doña Lula cerró el cucurucho y me lo entregó. Pagué y antes de irme le dirigí una última mirada, pero la anciana ya había apartado la vista y, totalmente ajena a mi presencia, se había puesto a confeccionar cucuruchos con hojas de periódico. Guardé las castañas en un bolsillo del chaquetón y regresé al coche. Mientras conducía notaba un vago hálito de decepción hormigueándome en la boca del estómago. Doña Lula no me había reconocido. Pero, ¿cómo iba a hacerlo?, me dije. Habían transcurrido dos décadas y yo había cambiado mucho. Además, sólo fui uno más entre los incontables niños que en algún momento le compraron castañas. En cualquier caso, me había hecho ilusión reencontrarme con aquella figura perdida de mi infancia; además, el calor que notaba en el bolsillo derecho del chaquetón, allí donde guardaba el cucurucho de castañas, irradiaba promesas de un próximo festival de nostalgia proustiana.

Llegué a casa, dejé el chaquetón en el despacho y fui a la cocina, donde encontré a Pepa luchando con el relleno de un capón tan grande como un caniche. Le entregué los piñones y, tras prometerle que volvería en cinco minutos para ayudarla, regresé al despacho y me encerré en él. Sabía que Pepa intentaría disuadirme de comer castañas, aduciendo que me quitarían el hambre para la cena; y probablemente mi siempre sabia mujer tendría razón, pero yo necesitaba en aquellos momentos estar solo conmigo mismo para refocilarme unos minutos en el vil recuerdo del pasado.

Cogí el cucurucho, me senté en un sillón, frente al escritorio, rasgué el papel y extendí las castañas sobre el tablero de madera. Aún estaban calientes y su aroma me inundó de melancolía. Cogí una de las castañas y, lentamente, le quité la cáscara. Me la llevé a la boca y me dispuse recobrar el viejo sabor de antaño... Entonces advertí algo extraño.

Contemplé las castañas que yacían desperdigadas sobre el escritorio y luego volví la mirada hacia la que sostenía entre los dedos. ¿No había demasiadas? Me incliné sobre la mesa y las conté cuidadosamente; acto seguido, mientras una tonta sonrisa se dibujaba en mis labios, las volví a contar. No había doce, sino catorce. Una docena de catorce. Después de todo, doña Lula no olvidaba a sus clientes preferentes...

Noté cómo los ojos se me humedecían y me recliné contra el respaldo del sillón, con la castaña pelada todavía sujeta entre los dedos. Puede que con los años acabemos volviéndonos sentimentales, puede que el tópico influjo de la Navidad se adueñara de mí, sumergiéndome de repente en una especie de película de Frank Capra, lo ignoro. Lo único que sé es que las castañas de doña Lula -vieja arpía, distante y hosca-, que durante mi niñez tantas veces auyentaron el frío de mis manos, aquella Nochebuena me calentaron el corazón.

viernes, diciembre 21

Navidad

Cuando era pequeño me encantaba la Navidad. Me gustaban los villancicos, las luces de colores en las calles, los escaparates refulgentes de espumillón, los anuncios de El Almendro y de las muñecas Famosa, los belenes y los árboles de Navidad, el olor a pino y a musgo... Sí, ese era, y es, el olor de la Navidad para mí; a pino y a musgo.

De hecho, tenía mi propio ritual para estas fiestas. Todo comenzaba a primeros de diciembre, cuando aparecían en los quiosco los extraordinarios de Navidad de Pulgarcito y Tío Vivo; dios, cómo hacía durar esos tebeos, leyendo y releyendo las historietas de Zipe y Zape, de Carpanta, de Mortadelo y Filemón o de Anacleto. Luego, comprábamos el pino -en el patio de alguna iglesia o en la Escuela de Montes- e instalábamos el belén, con su río de papel de plata y sus montañas de corcho. En mi antigua calle, Españoleto, había una sastrería en cuyo pequeño escaparate instalaban un peculiar nacimiento: el niño Jesús era más grande que María, José el buey y el burro juntos. En cierto modo, aquello me parecía lógico; si Jesús era hijo de dios, resultaba normal que viniese al mundo en plan super-bebé, un recién nacido gigante que podía defenderse a leches, a lo Suarcenaguer, de los sicarios de Herodes. Me lo imaginaba cruzando los campos de Galilea con los brazos extendidos hacia delante, mezcla de zombi y King Kong, aplastando cabañas bajo sus pies y poniendo en fuga al ejército romano.

En mi casa no se respiraba un ambiente religioso. Ni anti-religioso; sencillamente era un tema que se obviaba. Nunca he sabido si mis padres tenían alguna creencia o no; desde luego si la tenían era una creencia que carecía de prácticas y ritos. No obstante, las fiestas de Navidad en mi casa se celebraban a lo grande; sobre todo el día de Reyes, cuando me cubrían literalmente de regalos. Eso era felicidad en estado puro. U otra forma de felicidad: yo tumbado en el suelo, al pie del árbol, leyendo un tebeo de Zarpa de Acero y comiendo turrón de chocolate Suchard. Pura magia.

Años después, mis padres murieron y mis hermanos se casaron, mi pequeña familia se disgregó. Y la magia de la Navidad se fue. Uno crece, se hace adulto e inicia un plan sistemático para dejar de pasarlo bien. Ya no me bastaba para ser feliz comer turrón de chocolate y leer Zarpa de Acero. Guay, menudo avance... Y pasó más tiempo, y la Navidad no sólo dejó de gustarme, sino que empezó a molestarme. Oh, maldita sea, qué época de despilfarro y manipulación, de consumismo, borracheras, entripadas y falsos buenos deseos. Durante mucho tiempo trabajé en lugares situados cerca de El Corte Inglés de Castellana, de modo que estas fiestas se traducían para mí en fenomenales atascos y terribles mareas humanas. Me volví muy adulto, muy serio y distante, y comencé a mirar la Navidad por encima del hombro, con una mezcla de suficiencia y desagrado. ¿Magia? ¿Quién quiere magia?

Yo, yo quería magia, pero no lo sabía.

Entonces llegaron mi hijos; primero Óscar y tres años después Pablo. Y la Navidad, poco a poco, fue cobrando de nuevo significado. Porque estas fiestas son para los niños, y sólo se comprenden plenamente si eres un niño, o si tienes niños a los que quieres colmar de magia. Su ilusión, la de Óscar y Pablo, era mi ilusión, su hechizo de Navidad el mío. Por las mañanas, cuando los llevaba al colegio, concursábamos sobre quién veía más adornos de Navidad. Les compraba calendarios de adviento, les leía cuentos navideños, poníamos juntos el árbol y el belén (un belén descreído sin niño Jesús ni sagrada familia), y allí, en el belén, les permitía poner dinosaurios de plástico en las montañas, un caganer con barretina junto al río o una figurita de Superman en el portal. Los Reyes Magos y sus pajes se iban acercando mágicamente, cada día, a su meta bajo la estrella de plata. Juntos, mis hijos y yo, realizábamos cada año una peregrinación a Toys “R” Us para confeccionar las cartas a los magos de oriente. Y el día de Reyes... bueno, ahí tiraba la casa por la ventana, y no sólo por la cantidad de regalos –que también-, sino por el montaje. Llenaba el salón de globos de colores, ponía guirnaldas de un lado a otro e inventaba juegos que consistían en descubrir obsequios ocultos.

Así recuperé el cariño hacia la Navidad, y sólo espero haberles aportado a mis hijos al menos la misma magia que me hizo soñar en mi niñez. Pero ahora, de repente, los muy cabrones han crecido. Óscar tiene 20 tacos y Pablo 17, se han vuelto mayores y ya no les gusta la Navidad. Los muy idiotas se sienten adultos y contemplan con suficiencia lo que antes les encantaba. Así pues, ese par de merluzos me ha dejado con el culo al aire, lleno de sentimiento navideño y sin nadie en quien volcarlo. Entonces, ¿qué debo hacer ahora? ¿Volver a detestar la Navidad y esperar a tener nietos para sentirme navideño de nuevo? No, gracias. Estoy harto de ser tan listo y suficiente, tan distante y aburrido.

Como rezaba el famoso póster de Fox Mulder: I want to believe. Quiero creer en Papá Noel y en los Reyes Magos, quiero creer en la paz y en los buenos sentimientos, quiero creer en la magia, quiero creer que las personas, aunque sólo sea durante unos días, podemos ser mejores, quiero creer en los duendes y en los ángeles, quiero creer en que Melchor, Gaspar y Baltasar se mueven solos recorriendo el belén, quiero creer que puedo volver a ser un niño...

¿Pero en qué narices vas a creer tú, jodido ateo?, dice una voz interior. ¿Acaso piensas celebrar el nacimiento de Jesucristo, un dios en el que no crees? Pues sí, por qué no; celebraré el nacimiento de Cristo, y el de Mitra, y el de Dionisos, y el de Osiris, y el de Apolo, y el de Baal... Todos ellos son dioses solares que nacieron en estas fechas y murieron para después resucitar, igual que el Sol morirá mañana para volver a nacer al día siguiente. ¿Lo simplificamos? Voy a celebrar el solsticio de invierno, probablemente la fiesta más antigua de la humanidad.

Ah sí –prosigue la voz interior-, vas a celebrar una fiesta cuyo simbolismo la gente ha olvidado. Una fiesta materialista basada en el consumo alocado, una fiesta durante la cual aumenta la violencia familiar, una fiesta hipócrita, una fiesta de borracheras y de masas, una fiesta que es puro mercantilismo.

Pues sí, todo eso es cierto, pero... ¿No hay nada más? Creo, o quiero creer, que por debajo de todo eso late, todo lo débilmente que queráis, el deseo de ser mejores, aunque sólo sea durante unos días. Un deseo inducido por la propaganda, vale; un deseo que tiene más de sentimentalismo que de sentimiento, de acuerdo; un deseo vacío de contenido, no lo voy a negar. Pero, con todo, creo que es bonito que las personas nos unamos, aunque sea brevemente, en la aspiración de ser mejores seres humanos. ¿Y sabéis qué? En general, durante un corto espacio de tiempo, lo conseguimos. Prueba de ello es la fiesta de Reyes, porque toda ella consiste en una hermosa mentira. Hacemos regalos a los seres que más queremos y permanecemos ocultos, atribuyéndole el mérito de esos obsequios a unas entidades inexistentes. ¿No es eso puro altruismo? Si actuáramos así todo el año, si hiciéramos el bien sin esperar recompensa alguna, ¿no seríamos realmente mejores personas?

Vale, en estas fechas jugamos a ser buenos; sólo es un juego, pero ¿no os parece un hermoso juego? A mí sí, y por eso he guardado la suficiencia en el cajón de los objetos inútiles. Voy a ser jodidamente navideño, qué carajo. Por ejemplo, el año pasado escribí un cuento de Navidad escéptico y distanciado... porque no me sentía bien, estaba a disgusto conmigo mismo. Pero este año os obsequiaré –si es que un relato mío puede considerarse un obsequio- con un cuento absolutamente navideño, una de esas historias sentimentales que, si funcionan, nos dan un pellizquito en el corazón.

Mañana, a las 6:08 de la madrugada (hora solar), se producirá el momento del solsticio de invierno y tendrá lugar la noche más larga del año. Y yo lo celebraré como un niño.

Feliz solsticio, amigos míos.