
El pasado día 19, a los noventa años de edad, murió Arthur C. Clarke, uno de los más famosos escritores de ciencia ficción y último superviviente del triunvirato que comandó y conformó la cf clásica (los otros dos fueron Isaac Asimov y Robert Heinlein). Tras la muerte hace no mucho de Jack Williamson, el decano del género, creo que de los escritores clásicos (aquellos que publicaron durante la llamada Edad de Oro) ya sólo sobrevive Ray Bradbury. Una pequeña era está a punto de terminar.
¿Era Clarke un buen escritor? No estoy seguro; supongo que la respuesta es sí y no. A decir verdad, lo que le dio la fama a Clarke fue un hecho extra-literario: su colaboración con Stanley Kubrick en el guión de la película 2001: Una odisea del espacio. Clarke escribió la novela del mismo nombre después de finalizar el guión, mientras se estaba preproduciendo y rodando el film; de hecho, la novela está basada en el borrador inicial, que luego fue alterado durante el rodaje, razón por la cual los finales del libro y de la película difieren. Por cierto, recuerdo que allá por el 67 o el 68 leí que Kubrick (que vivía en Inglaterra) y Clarke (que vivía en Sri Lanka) se comunicaban entre sí mediante ordenadores conectados a la red telefónica. Por entonces, aquello me pareció pura ciencia ficción... y ahora es algo tan normal y corriente como encender la luz, algo que de hecho estoy haciendo ahora mismo al escribir este post. Qué cosas, ¿verdad?
Volviendo a la calidad literaria de Clarke, ¿es 2001: Una odisea del espacio (1968) una gran novela? No, no lo creo; la película es mucho mejor, con diferencia. Sin embargo, el film de Kubrick está basado en dos historias previas de Clarke, y ahí si podemos evaluar con mayor precisión la valía del autor. Veréis, Kubrick era un tipo más raro que un perro a cuadros; su ego era tan descomunal que, cuando rodaba una película no pretendía hacer una buena película, sino la mejor película jamás filmada del género en cuestión al que perteneciese el film. Así pues, a mediados de los sesenta Kubrick se propuso hacer la mejor película de ciencia ficción de la historia (algo, todo sea dicho, no demasiado difícil por aquel entonces). Para ello, comenzó a buscar material literario de ciencia ficción en el que basarse, y lo encontró en El centinela (1951), un relato corto de Clarke. No me extraña esa elección, pues a mi modesto parecer, se trata de uno de los mejores cuentos jamás escritos (de cf o de cualquier otro género). El problema era que el argumento de El centinela no daba para una película, de modo que Kubrick recurrió a otra historia de Clarke, la novela El fin de la infancia (1953), de la que no tomó el argumento, pero sí su tema central: la elevación de la humanidad a un nivel superior de existencia gracias a la intervención de una raza extraterrestre. La película está dividida en cuatro partes; la segunda se centra en el tema de El centinela, la primera y la cuarta se basan (muy libremente) en El fin de la infancia y la tercera se aparta ligeramente del tema básico del film para fijar la mirada en la inteligencia artificial a través de HAL 9000 (supongo que ya lo sabe todo el mundo, pero la siguiente letra a la H es la I, la siguiente a la A es la B y la siguiente a la L la M... IBM).
Leí El fin de la infancia hace muchos años y no la he vuelto a revisar desde entonces, así que no estoy seguro de su calidad. En su momento me gustó y está considerada un clásico del género, de modo que supongo que es una buena novela. Por el contrario, sí he releído El centinela hace relativamente poco y me sigue pareciendo un cuento extraordinario. Dicen que Clarke era el más filosófico de los autores clásicos de cf y en este relato lo demuestra; en las breves páginas del cuento, Clarke señala hacia las estrellas y, como buen filósofo, no ofrece ninguna respuesta, pero plantea una pregunta inesperada y pone ante nuestras narices todo el profundo misterio del universo. Una obra maestra.
Algo semejante ocurre en su novela Cita con Rama (1973), una historia donde sucede todo y, al mismo tiempo, no sucede nada. De nuevo Clarke nos enfrenta a lo numinoso (en sentido laico) planteando preguntas, nunca ofreciendo respuestas. También hace mucho que leí esta novela; en su momento me entusiasmó y está considerada un clásico, pero sin releerla poco más puedo decir.
Su otra gran novela es La ciudad y las estrellas (1956), una melancólica mirada hacia el futuro lejano que narra los últimos tiempos de la humanidad. El resto de sus relatos largos, si mal no recuerdo, son bastante mediocres. A partir de los 80 comenzó a convertir en series sus novelas más apreciadas (2001 y Rama), algo no sólo absolutamente innecesario, sino también contradictorio con su anterior estrategia, pues se puso a ofrecer respuestas vulgares a las magníficas preguntas que antes había formulado. También comenzó a colaborar con otros autores, más jóvenes y menos famosos: ellos ponían el curre y Clarke el nombre. En fin, una larga y lánguida decadencia volcada en el comercialismo literario.
¿Eso es todo? ¿Tres o cuatro novelas y un cuento? Pues no, no es todo; como suele ocurrir con muchos autores de cf, lo mejor de Clarke son sus relatos cortos. Quizá el más conocido de ellos (pues se incluyó en el best seller El retorno de los brujos) sea Los 9000 millones nombres de dios, otra nueva visita a lo numinoso. En particular, recuerdo con mucho cariño su obra Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco (1957), una antología de relatos donde el autor mezcla fantasía y humor con notable brillantez. Quizá éste sea el libro más británico de Clarke, el escritor inglés de cf más norteamericano.
En resumen, Clarke no era ni mucho menos un buen prosista ni un gran narrador, pero en sus mejores momentos conseguía transmitir al lector con sorprendente habilidad lo que, sin duda, constituía la esencia de su literatura: el misterio. Nadie como él nos ha mostrado con tanta intensidad el misterio del universo, y sólo por eso vale la pena derramar una lágrima por su pérdida.
Pero en mi caso hay además razones sentimentales. A finales de 1968, cuando 2001: Una odisea del espacio se estrenó en España, yo era un chaval de 15 años totalmente enganchado a la ciencia ficción. Mi hermano mayor, Big Brother, había visto la película unos meses antes, en Londres, y me trajo el programa, un folleto magníficamente editado con fotos del film (que todavía conservo como un tesoro); no sé cuánto tiempo pasé mirando embobado ese programa. Luego se estrenó la película, pero yo estaba castigado por haber sacado malas notas y no podía ir al cine. Sin embargo, mi padre se apiadó de mí y una mañana de domingo me llevó a verla... ¿Os podéis imaginar lo que, en 1968, significó para un chico de 15 años fanático de la cf contemplar 2001: Una odisea del espacio? Por primera vez veía lo que tantas veces había imaginado leyendo; no unos efectos especiales más o menos cutres, sino imágenes del espacio absolutamente reales, el nivel máximo de calidad jamás conseguido por el trucaje analógico. Salí del cine flotando, totalmente feliz, y ahí estaba mi padre, conmigo, a mi lado. Pocas veces me sentí tan cerca de él como en esa ocasión.
¿No os sucede a vosotros que conserváis recuerdos muy nítidos de momentos aparentemente intranscendentes? A mí sí. Por ejemplo: abril de 1972, once meses después de la muerte de mi madre y siete antes de la muerte de mi padre, aunque entonces, claro, eso no lo sabía. Un sábado por la mañana salí con mi viejo 600 a hacer no importa qué; de vuelta a casa (hacía un fantástico día de primavera), paré en un quiosco y compré el número 31 de la revista Nueva Dimensión, que estaba dedicado íntegramente a Arthur C. Clarke. Contenía siete relatos del autor, un ensayo sobre el mismo de Sam Moskowitz y un artículo acerca de 2001 firmado por John Baxter. Llegué a casa, comí con mi padre y luego ambos nos fuimos al salón a leer; él no recuerdo qué y yo mi especial de Clarke. Y eso fue todo: mi padre y yo leyendo en el salón, nada más; sin embargo, lo recuerdo como un momento de gran felicidad, aunque no sé realmente por qué. En cualquier caso, ahí estaban otra vez mi padre y Clarke, ahora unidos de nuevo en mi memoria.
Creo que estas dos tonterías que os acabo de contar (tonterías para vosotros, tesoros para mí), son, junto con la progresiva pérdida de los antiguos sueños de la infancia y la primera juventud, lo que más ha contribuido a llenarme de melancolía por la muerte de Arthur C. Clarke. Como le dije a Big Brother en un SMS, puede que el viejo sir Arthur, justo antes de morir, viera un monolito negro a los pies de su cama. Quién sabe...
NOTA: Hay un premio tan inmaterial como honorífico para quien sepa decirme qué tienen que ver los tres números que aparecen en el título de esta entrada con Arthur C. Clarke.
¿Era Clarke un buen escritor? No estoy seguro; supongo que la respuesta es sí y no. A decir verdad, lo que le dio la fama a Clarke fue un hecho extra-literario: su colaboración con Stanley Kubrick en el guión de la película 2001: Una odisea del espacio. Clarke escribió la novela del mismo nombre después de finalizar el guión, mientras se estaba preproduciendo y rodando el film; de hecho, la novela está basada en el borrador inicial, que luego fue alterado durante el rodaje, razón por la cual los finales del libro y de la película difieren. Por cierto, recuerdo que allá por el 67 o el 68 leí que Kubrick (que vivía en Inglaterra) y Clarke (que vivía en Sri Lanka) se comunicaban entre sí mediante ordenadores conectados a la red telefónica. Por entonces, aquello me pareció pura ciencia ficción... y ahora es algo tan normal y corriente como encender la luz, algo que de hecho estoy haciendo ahora mismo al escribir este post. Qué cosas, ¿verdad?
Volviendo a la calidad literaria de Clarke, ¿es 2001: Una odisea del espacio (1968) una gran novela? No, no lo creo; la película es mucho mejor, con diferencia. Sin embargo, el film de Kubrick está basado en dos historias previas de Clarke, y ahí si podemos evaluar con mayor precisión la valía del autor. Veréis, Kubrick era un tipo más raro que un perro a cuadros; su ego era tan descomunal que, cuando rodaba una película no pretendía hacer una buena película, sino la mejor película jamás filmada del género en cuestión al que perteneciese el film. Así pues, a mediados de los sesenta Kubrick se propuso hacer la mejor película de ciencia ficción de la historia (algo, todo sea dicho, no demasiado difícil por aquel entonces). Para ello, comenzó a buscar material literario de ciencia ficción en el que basarse, y lo encontró en El centinela (1951), un relato corto de Clarke. No me extraña esa elección, pues a mi modesto parecer, se trata de uno de los mejores cuentos jamás escritos (de cf o de cualquier otro género). El problema era que el argumento de El centinela no daba para una película, de modo que Kubrick recurrió a otra historia de Clarke, la novela El fin de la infancia (1953), de la que no tomó el argumento, pero sí su tema central: la elevación de la humanidad a un nivel superior de existencia gracias a la intervención de una raza extraterrestre. La película está dividida en cuatro partes; la segunda se centra en el tema de El centinela, la primera y la cuarta se basan (muy libremente) en El fin de la infancia y la tercera se aparta ligeramente del tema básico del film para fijar la mirada en la inteligencia artificial a través de HAL 9000 (supongo que ya lo sabe todo el mundo, pero la siguiente letra a la H es la I, la siguiente a la A es la B y la siguiente a la L la M... IBM).
Leí El fin de la infancia hace muchos años y no la he vuelto a revisar desde entonces, así que no estoy seguro de su calidad. En su momento me gustó y está considerada un clásico del género, de modo que supongo que es una buena novela. Por el contrario, sí he releído El centinela hace relativamente poco y me sigue pareciendo un cuento extraordinario. Dicen que Clarke era el más filosófico de los autores clásicos de cf y en este relato lo demuestra; en las breves páginas del cuento, Clarke señala hacia las estrellas y, como buen filósofo, no ofrece ninguna respuesta, pero plantea una pregunta inesperada y pone ante nuestras narices todo el profundo misterio del universo. Una obra maestra.
Algo semejante ocurre en su novela Cita con Rama (1973), una historia donde sucede todo y, al mismo tiempo, no sucede nada. De nuevo Clarke nos enfrenta a lo numinoso (en sentido laico) planteando preguntas, nunca ofreciendo respuestas. También hace mucho que leí esta novela; en su momento me entusiasmó y está considerada un clásico, pero sin releerla poco más puedo decir.
Su otra gran novela es La ciudad y las estrellas (1956), una melancólica mirada hacia el futuro lejano que narra los últimos tiempos de la humanidad. El resto de sus relatos largos, si mal no recuerdo, son bastante mediocres. A partir de los 80 comenzó a convertir en series sus novelas más apreciadas (2001 y Rama), algo no sólo absolutamente innecesario, sino también contradictorio con su anterior estrategia, pues se puso a ofrecer respuestas vulgares a las magníficas preguntas que antes había formulado. También comenzó a colaborar con otros autores, más jóvenes y menos famosos: ellos ponían el curre y Clarke el nombre. En fin, una larga y lánguida decadencia volcada en el comercialismo literario.
¿Eso es todo? ¿Tres o cuatro novelas y un cuento? Pues no, no es todo; como suele ocurrir con muchos autores de cf, lo mejor de Clarke son sus relatos cortos. Quizá el más conocido de ellos (pues se incluyó en el best seller El retorno de los brujos) sea Los 9000 millones nombres de dios, otra nueva visita a lo numinoso. En particular, recuerdo con mucho cariño su obra Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco (1957), una antología de relatos donde el autor mezcla fantasía y humor con notable brillantez. Quizá éste sea el libro más británico de Clarke, el escritor inglés de cf más norteamericano.
En resumen, Clarke no era ni mucho menos un buen prosista ni un gran narrador, pero en sus mejores momentos conseguía transmitir al lector con sorprendente habilidad lo que, sin duda, constituía la esencia de su literatura: el misterio. Nadie como él nos ha mostrado con tanta intensidad el misterio del universo, y sólo por eso vale la pena derramar una lágrima por su pérdida.
Pero en mi caso hay además razones sentimentales. A finales de 1968, cuando 2001: Una odisea del espacio se estrenó en España, yo era un chaval de 15 años totalmente enganchado a la ciencia ficción. Mi hermano mayor, Big Brother, había visto la película unos meses antes, en Londres, y me trajo el programa, un folleto magníficamente editado con fotos del film (que todavía conservo como un tesoro); no sé cuánto tiempo pasé mirando embobado ese programa. Luego se estrenó la película, pero yo estaba castigado por haber sacado malas notas y no podía ir al cine. Sin embargo, mi padre se apiadó de mí y una mañana de domingo me llevó a verla... ¿Os podéis imaginar lo que, en 1968, significó para un chico de 15 años fanático de la cf contemplar 2001: Una odisea del espacio? Por primera vez veía lo que tantas veces había imaginado leyendo; no unos efectos especiales más o menos cutres, sino imágenes del espacio absolutamente reales, el nivel máximo de calidad jamás conseguido por el trucaje analógico. Salí del cine flotando, totalmente feliz, y ahí estaba mi padre, conmigo, a mi lado. Pocas veces me sentí tan cerca de él como en esa ocasión.
¿No os sucede a vosotros que conserváis recuerdos muy nítidos de momentos aparentemente intranscendentes? A mí sí. Por ejemplo: abril de 1972, once meses después de la muerte de mi madre y siete antes de la muerte de mi padre, aunque entonces, claro, eso no lo sabía. Un sábado por la mañana salí con mi viejo 600 a hacer no importa qué; de vuelta a casa (hacía un fantástico día de primavera), paré en un quiosco y compré el número 31 de la revista Nueva Dimensión, que estaba dedicado íntegramente a Arthur C. Clarke. Contenía siete relatos del autor, un ensayo sobre el mismo de Sam Moskowitz y un artículo acerca de 2001 firmado por John Baxter. Llegué a casa, comí con mi padre y luego ambos nos fuimos al salón a leer; él no recuerdo qué y yo mi especial de Clarke. Y eso fue todo: mi padre y yo leyendo en el salón, nada más; sin embargo, lo recuerdo como un momento de gran felicidad, aunque no sé realmente por qué. En cualquier caso, ahí estaban otra vez mi padre y Clarke, ahora unidos de nuevo en mi memoria.
Creo que estas dos tonterías que os acabo de contar (tonterías para vosotros, tesoros para mí), son, junto con la progresiva pérdida de los antiguos sueños de la infancia y la primera juventud, lo que más ha contribuido a llenarme de melancolía por la muerte de Arthur C. Clarke. Como le dije a Big Brother en un SMS, puede que el viejo sir Arthur, justo antes de morir, viera un monolito negro a los pies de su cama. Quién sabe...
NOTA: Hay un premio tan inmaterial como honorífico para quien sepa decirme qué tienen que ver los tres números que aparecen en el título de esta entrada con Arthur C. Clarke.

















