
Hoy estoy un poco de malhumor, pero antes de explicaros por qué permitidme una breve divagación.
Si os preguntaran qué es lo que más ha transformado al mundo en los últimos siglos, ¿qué responderíais? Yo, sin dudarlo un instante, contestaría que la ciencia y su hija la tecnología. La prueba, si es que es necesario ofrecer alguna, la encontramos al analizar el ritmo histórico de los cambios sociales y comprobar cómo éste se acelera en progresión yo diría que geométrica a partir del siglo XVIII, momento en que se conforma el método científico. De hecho, si miráis a vuestro alrededor ahora mismo, mientras leéis este post, comprobaréis que la inmensa mayor parte de los que os rodea está sustancialmente impregnado de ciencia y tecnología, y da igual si estáis en vuestra casa, en el trabajo o en la calle. Es más, si podéis leer esto es porque manejáis alta tecnología (la informática).
Bien, ¿a qué se debe el triunfo arrollador de la ciencia? Pues a que funciona, así de sencillo. Antes del método científico, en la humanidad imperaba el pensamiento mágico; el problema es que la magia no daba (ni da) resultados. Un estadista, ante una pertinaz sequía, podía pedirle a los sacerdotes que hicieran rogativas para que lloviese, pero si no iba a llover los rezos no valdrían de nada. Ahora bien, si el estadista le pedía una solución a sus técnicos, estos excavarían pozos, elevarían el agua mediante energía eólica y construirían canales de irrigación, salvando así la cosecha. Conclusión: invertir en magia es tirar tiempo y dinero, mientras que invertir en tecnología da beneficios. Por eso, tres de los principales poderes sociales, el político, el económico y el militar, acabaron apoyando activamente el desarrollo de la tecnología (para lo cual era necesario apoyar también la ciencia pura).
Así pues, vivimos en un mundo científico-tecnológico (me refiero a eso que llamamos la “civilización occidental”). Esto nos invitaría a inferir que, ante la contundente eficacia de la ciencia, el pensamiento mágico iría en declive, y en cierto modo así ha sido. Por ejemplo, las religiones “institucionales” están en decadencia y las antiguas supersticiones van desapareciendo. Pero no nos engañemos; el pensamiento mágico sigue firmemente arraigado en nuestra sociedad, sólo que ha cambiado de apariencia. O ni siquiera eso, si tenemos en cuenta la cantidad de gente que se fía de la astrología o paga por oír las chorradas de los videntes. Pero supongamos que esos son aspectos folclóricos del tema, tonterías irracionales sin importancia (salvo que quien consulte a astrólogos y adivinos sea el presidente de EEUU, como hizo Ronald Reagan para planificar su política). Vale, imaginemos que nada de eso es relevante; ¿hacia dónde ha derivado el pensamiento mágico occidental, en qué se ha convertido? En pseudo-ciencia y pseudo-espiritualidad. Concretamente, ha adoptado la forma del movimiento (?) New Age.
La New Age surgió de la creencia astrológica de que hemos entrado en la era de Acuario (concretamente, el 4 de febrero de 1962, aunque hay zodiacales discrepancias al respecto), lo cual supondrá un cambio radical en la conciencia humana. Al menos, eso se suponía al principio, porque poco a poco el movimiento fue adoptando toda suerte de creencias, tanto antiguas como nuevas, hasta convertirse en un confuso y arbitrario sincretismo. Así pues, en la New Age conviven la astrología, el ocultismo, el hinduismo, el budismo, el gnosticismo, versiones del psicoanálisis, el holismo, el chamanismo... ¡incluso descacharrantes adulteraciones de la física cuántica!
Porque, amigos míos, una de las curiosas costumbres de la Nueva Era es introducir en su plastificada doctrina espiritual términos procedentes de la ciencia. Así se habla de “energía”, “vibraciones”, “consciencia cuántica”, “estados alternativos de conciencia” y esa clase de jerga. Del mismo modo, la compleja filosofía budista y zen se convierte en su manos en una especie de manual de autoayuda pasado por la licuadora del Reader’s Digest. En realidad, todo el movimiento está orientado a confortar a una aburrida clase media poco dada al rigor intelectual y muy necesitada de mentiras y simplificaciones que den sentido, o cuando menos bálsamo, a las grises vidas de sus miembros.
Vale, hasta aquí la cosa parece más o menos inofensiva. El problema es que la New Age incluye entre sus creencias, y de forma muy característica, a las medicinas alternativas. ¿Y qué demonios son las “medicinas alternativas”? Pues de entrada, cada una de su madre y de su padre: naturismo, ayurveda, homeopatía, acupuntura, iridología, curación por cristales, flores de Bach, reiki (tocamiento curativo), terapia gestalt... en fin, un poquito de todo, siempre y cuando no tenga nada que ver con la lógica y el pensamiento crítico. Porque todas estas “medicinas alternativas” se caracterizan por rechazar el método científico incluso en lo que parece más básico y de sentido común: la comprobación de su eficacia.
Por lo general, estas “medicinas alternativas” se usan paralelamente a la medicina moderna, por lo que no suelen causar demasiados problemas de salud; aunque, ojo, tanto el naturismo como el ayurveda emplean plantas que, al contrario de los placebos homeopáticos, sí contienen principios activos que pueden ser muy perjudiciales. Pero, aparte de esto, poco mal puede causarte que te miren el ojo, te impongan las manos o tomarte pastillitas de agua destilada; si eso te hace sentirte más tranquilo y esperanzado, allá tú. El problema, el gravísimo problema, sobreviene cuando esas “medicinas alternativas”, en vez de usarse complementariamente, sustituyen a la medicina científica.
Y aquí llegamos al motivo de mi enfado. Voy a hablaros de dos personas reales, una pareja a la que llamaremos Hansel y Grettel. Ambos son universitarios de clase media alta y rondan los cuarenta años de edad. Él es extranjero, procedente de un país situado al noreste de España, y es un profesional de éxito en su especialidad; ella es española y, aunque cursó los mismos estudios que Hansel, decidió no trabajar fuera de casa y dedicarse al cuidado de sus tres hijos. Ambos son personas inteligentes y encantadores, personas muy próximas a mí a quienes aprecio. De hecho, compartimos muchas opiniones y posturas, aunque hay un tema que nos separa: Hansel está muy impregnado de creencias New Age, sobre todo en lo que respecta a las medicinas alternativas, y como suele ocurrir ha convertido a Grettel en una adepta a esas creencias. En particular, son firmes creyentes en la homeopatía.
La homeopatía, tan popular en nuestros días, es una pseudo-ciencia, o “medicina alternativa” inventada por el alemán Samuel Hahnemann en 1796. Su teoría es que las enfermedades pueden ser curadas suministrando al paciente sustancias que provoquen los mismos síntomas que la enfermedad. Ahora bien, esas sustancias deben administrarse sumamente diluidas; en concreto, se toma una parte de la sustancia activa y se disuelve en diez partes de agua destilada, luego se toma una parte de esa disolución y vuelve a disolverse en otras diez partes de agua destilada, y así sucesivamente. Los medicamentos (?) homeopáticos van marcados con una clave que indica el número de disoluciones. Así, por ejemplo,15X significa que ha sido diluido quince veces y 30X que ha sido diluido treinta veces. Si en vez de X vemos una C, significa las disoluciones en vez de decimales son centesimales.
Ahora bien, según los homeópatas, cuanto más diluida esté una sustancia más potentes son sus efectos. En fin, huelga decir que esto va contra la lógica, la experiencia y la observación científica, pero hay algo más: si nos paramos a pensar, nos daremos cuenta que en algún momento, tras cierto número de disoluciones, no quedará nada de la sustancia activa; pero, ¿cuándo? El científico Amadeo Avogadro lo descubrió, estableciendo el llamado “Número de Avogadro”, que determina la cantidad de moléculas que hay en cierta proporción de disolución. Pues bien, una disolución homeopática de 12C ya es inferior a la cota del número de Avogadro, lo cual significa que en esa disolución no queda ni una sola molécula de principio activo. Para entendernos: supongamos una disolución 30X; tendríamos que beber 29.803 litros de la solución para esperar encontrar sólo una molécula del principio activo.
El problema es que la demostración de Avogadro surgió después de la publicación de las teorías de Hahnemann, algo con lo que los homeópatas no contaban. Pero se trataba de un hecho incuestionable: hasta los más feroces defensores de la homeopatía tuvieron que admitir que sus preparados sólo contenían agua destilada. Entonces, cual ilusionistas sacando una paloma de la manga, se inventaron la “memoria del agua”. Es decir, que el agua tiene la pasmosa propiedad de “adoptar” las propiedades de los elementos con los que ha estado en contacto. Por supuesto, el hecho de que jamás se haya podido demostrar en condiciones de laboratorio esa supuesta “memoria del agua” no ha desanimado lo más mínimo a los homeópatas. Una de las características del pensamiento mágico es no permitir jamás que la realidad arruine una buena teoría.
Volvamos a mi pareja de amigos. Al principio, solía discutir mucho con Hansel sobre estos temas, pero nuestros debates acababan conduciendo siempre a un punto muerto en el que ya no era posible la dialéctica. Hansel es un hombre inteligente y por lo general lógico y razonable, pero al mismo tiempo una parte de su mente está invadida por el pensamiento mágico; por ello, cuando sus creencias entran en conflicto con el sentido común, recurre a un argumento mágico: la intuición. Él intuye, siente el íntimo convencimiento de que, por ejemplo, la homeopatía es la panacea de la medicina. No necesita pruebas, le basta con su intuición. Pero, ¿de qué vale una intuición sobre medicina formulada por alguien que no sabe nada de medicina? Pues eso, de nada. Pero es que Hansel, cuando menciona la “intuición” en realidad está hablando de “fe”. Aunque él, claro, no se da cuenta.
En cuanto a Grettel, en realidad se limita a adoptar las creencias de su marido porque confía en él, sin plantearse nada más. De hecho, discutí una vez con ella sobre homeopatía y descubrí que ignoraba lo que supuestamente era la “memoria del agua”. Ni siquiera conocía la materia que estaba defendiendo. Lo cierto es que ambos confían ciegamente en un homeópata amigo de Hansel, una especie de gurú (creyente también en la astrología y otras bobadas) a quien consultan todo lo relacionado con la salud de ellos y de su familia.
Bueno, en fin, yo pensaba que si mis amigos se sentían mejor tirando el dinero en placebos homeopáticos, y siempre y cuando recurrieran al mismo tiempo a la medicina científica, el asunto carecía de importancia. Allá cada cual con sus creencias mágico-religiosas. Sin embargo, hace tiempo creí escuchar algo que me alarmó mucho; tanto me intranquilizó que preferí pensar que había oído mal, que no era cierto aquello. Pero lo era.
Hace cuatro días descubrí que Hansel y Grettel, influidos sin duda por su homeopático gurú, creían que las vacunas eran muy malas y habían decidido no vacunar a sus hijos de nada. Es decir, tres niños (el mayor creo que tiene siete años) privados de las ventajas de la medicina preventiva a causa de la irracionalidad de sus padres.
Pensadlo un momento, porque el asunto es más grave de lo que parece a simple vista. Por un lado, esos niños pueden padecer enfermedades que no tendrían por qué sufrir. Por ejemplo, una de las niñas lleva un mes enferma de tosferina, algo que se hubiera evitado con una simple vacuna. Y no digamos lo que sucedería –ojalá jamás ocurra- si en algún momento estuvieran expuestos a la polio, la difteria, el tétanos o la meningitis. Pero no es sólo lo que pueda suceder ahora, sino lo que puede suceder después. Hay enfermedades como el sarampión, las paperas o la rubéola que, padecidas por un niño, apenas tienen importancia, pero que pueden ser sumamente graves si se sufren de adulto. El sarampión, por ejemplo; era muy común enfermar de sarampión durante la niñez; yo lo pasé, igual que toda mi generación, inmunizándome naturalmente en el proceso. Pero ahora todos los niños están vacunados contra el sarampión, así que la enfermedad ya no es común. Y, por tanto, es muy probable que los hijos de Hansen y Grettel no lleguen a infectarse, así que llegarán a adultos sin estar inmunizados de ninguna manera. Y si entonces enfermaran de sarampión, la enfermedad podría dejar en ellos severas secuelas. Y todo por la irracionalidad de sus padres.
En la medida que pueda evitarlo, no voy a hablar de esto con Hansel y Grettel; sé que no se puede razonar con ellos, porque están bajo la influencia del pensamiento mágico y, por tanto, son incapaces de seguir un discurso lógico; sé que, al final, yo diría cosas muy gordas de las que me arrepentiría posteriormente, de modo que lo mejor es no sacar el tema y fingir que no pasa nada. A fin de cuentas, no son mis hijos... aunque sí son unos niños a los que quiero y aprecio. Pero en fin, intentaré olvidarme de eso y cruzaré los dedos para que esos niños tengan la suerte de no enfermar de nada grave.
Sí, procuraré que mi relación con Hansel y Grettel siga como siempre, aunque no puedo negar que algo ha cambiado. Mientras sus creencia mágicas eran inofensivas, el asunto carecía de importancia; pero ahora ambos han cruzado una línea, una frontera invisible que separa lo anecdótico de lo peligroso. Sus creencias ya no son inocentes. A decir verdad, no puedo evitar contemplarles como a esos padres, testigos de Jeovah, cuyo fanatismo les lleva a impedir que un hijo suyo reciba la transfusión de sangre que podría salvarle la vida. En fin, qué pena y qué rabia... Por lo visto, Grettel defiende su postura limitándose a decir “son diferentes puntos de vista”... Y yo me pregunto, ¿cómo cojones puede alguien jugarse la salud de sus hijos en virtud de un mero “punto de vista”? Si yo me viera tentado de privar a mis hijos de alguna de las ventajas, universalmente reconocidas, de la medicina científica, antes estudiaría atentamente todos los argumentos a favor y, sobre todo, todos los argumentos en contra, me asesoraría en profundidad, consultaría con propios y extraños... pero no, a ellos les basta con las palabras de su descerebrado gurú.
Pero así es el pensamiento mágico, amigos míos: inocente e inocuo hasta que, sin saber cómo ni por qué, se convierte en letal.
Y no sigo porque me estoy poniendo de mala leche.
Si os preguntaran qué es lo que más ha transformado al mundo en los últimos siglos, ¿qué responderíais? Yo, sin dudarlo un instante, contestaría que la ciencia y su hija la tecnología. La prueba, si es que es necesario ofrecer alguna, la encontramos al analizar el ritmo histórico de los cambios sociales y comprobar cómo éste se acelera en progresión yo diría que geométrica a partir del siglo XVIII, momento en que se conforma el método científico. De hecho, si miráis a vuestro alrededor ahora mismo, mientras leéis este post, comprobaréis que la inmensa mayor parte de los que os rodea está sustancialmente impregnado de ciencia y tecnología, y da igual si estáis en vuestra casa, en el trabajo o en la calle. Es más, si podéis leer esto es porque manejáis alta tecnología (la informática).
Bien, ¿a qué se debe el triunfo arrollador de la ciencia? Pues a que funciona, así de sencillo. Antes del método científico, en la humanidad imperaba el pensamiento mágico; el problema es que la magia no daba (ni da) resultados. Un estadista, ante una pertinaz sequía, podía pedirle a los sacerdotes que hicieran rogativas para que lloviese, pero si no iba a llover los rezos no valdrían de nada. Ahora bien, si el estadista le pedía una solución a sus técnicos, estos excavarían pozos, elevarían el agua mediante energía eólica y construirían canales de irrigación, salvando así la cosecha. Conclusión: invertir en magia es tirar tiempo y dinero, mientras que invertir en tecnología da beneficios. Por eso, tres de los principales poderes sociales, el político, el económico y el militar, acabaron apoyando activamente el desarrollo de la tecnología (para lo cual era necesario apoyar también la ciencia pura).
Así pues, vivimos en un mundo científico-tecnológico (me refiero a eso que llamamos la “civilización occidental”). Esto nos invitaría a inferir que, ante la contundente eficacia de la ciencia, el pensamiento mágico iría en declive, y en cierto modo así ha sido. Por ejemplo, las religiones “institucionales” están en decadencia y las antiguas supersticiones van desapareciendo. Pero no nos engañemos; el pensamiento mágico sigue firmemente arraigado en nuestra sociedad, sólo que ha cambiado de apariencia. O ni siquiera eso, si tenemos en cuenta la cantidad de gente que se fía de la astrología o paga por oír las chorradas de los videntes. Pero supongamos que esos son aspectos folclóricos del tema, tonterías irracionales sin importancia (salvo que quien consulte a astrólogos y adivinos sea el presidente de EEUU, como hizo Ronald Reagan para planificar su política). Vale, imaginemos que nada de eso es relevante; ¿hacia dónde ha derivado el pensamiento mágico occidental, en qué se ha convertido? En pseudo-ciencia y pseudo-espiritualidad. Concretamente, ha adoptado la forma del movimiento (?) New Age.
La New Age surgió de la creencia astrológica de que hemos entrado en la era de Acuario (concretamente, el 4 de febrero de 1962, aunque hay zodiacales discrepancias al respecto), lo cual supondrá un cambio radical en la conciencia humana. Al menos, eso se suponía al principio, porque poco a poco el movimiento fue adoptando toda suerte de creencias, tanto antiguas como nuevas, hasta convertirse en un confuso y arbitrario sincretismo. Así pues, en la New Age conviven la astrología, el ocultismo, el hinduismo, el budismo, el gnosticismo, versiones del psicoanálisis, el holismo, el chamanismo... ¡incluso descacharrantes adulteraciones de la física cuántica!
Porque, amigos míos, una de las curiosas costumbres de la Nueva Era es introducir en su plastificada doctrina espiritual términos procedentes de la ciencia. Así se habla de “energía”, “vibraciones”, “consciencia cuántica”, “estados alternativos de conciencia” y esa clase de jerga. Del mismo modo, la compleja filosofía budista y zen se convierte en su manos en una especie de manual de autoayuda pasado por la licuadora del Reader’s Digest. En realidad, todo el movimiento está orientado a confortar a una aburrida clase media poco dada al rigor intelectual y muy necesitada de mentiras y simplificaciones que den sentido, o cuando menos bálsamo, a las grises vidas de sus miembros.
Vale, hasta aquí la cosa parece más o menos inofensiva. El problema es que la New Age incluye entre sus creencias, y de forma muy característica, a las medicinas alternativas. ¿Y qué demonios son las “medicinas alternativas”? Pues de entrada, cada una de su madre y de su padre: naturismo, ayurveda, homeopatía, acupuntura, iridología, curación por cristales, flores de Bach, reiki (tocamiento curativo), terapia gestalt... en fin, un poquito de todo, siempre y cuando no tenga nada que ver con la lógica y el pensamiento crítico. Porque todas estas “medicinas alternativas” se caracterizan por rechazar el método científico incluso en lo que parece más básico y de sentido común: la comprobación de su eficacia.
Por lo general, estas “medicinas alternativas” se usan paralelamente a la medicina moderna, por lo que no suelen causar demasiados problemas de salud; aunque, ojo, tanto el naturismo como el ayurveda emplean plantas que, al contrario de los placebos homeopáticos, sí contienen principios activos que pueden ser muy perjudiciales. Pero, aparte de esto, poco mal puede causarte que te miren el ojo, te impongan las manos o tomarte pastillitas de agua destilada; si eso te hace sentirte más tranquilo y esperanzado, allá tú. El problema, el gravísimo problema, sobreviene cuando esas “medicinas alternativas”, en vez de usarse complementariamente, sustituyen a la medicina científica.
Y aquí llegamos al motivo de mi enfado. Voy a hablaros de dos personas reales, una pareja a la que llamaremos Hansel y Grettel. Ambos son universitarios de clase media alta y rondan los cuarenta años de edad. Él es extranjero, procedente de un país situado al noreste de España, y es un profesional de éxito en su especialidad; ella es española y, aunque cursó los mismos estudios que Hansel, decidió no trabajar fuera de casa y dedicarse al cuidado de sus tres hijos. Ambos son personas inteligentes y encantadores, personas muy próximas a mí a quienes aprecio. De hecho, compartimos muchas opiniones y posturas, aunque hay un tema que nos separa: Hansel está muy impregnado de creencias New Age, sobre todo en lo que respecta a las medicinas alternativas, y como suele ocurrir ha convertido a Grettel en una adepta a esas creencias. En particular, son firmes creyentes en la homeopatía.
La homeopatía, tan popular en nuestros días, es una pseudo-ciencia, o “medicina alternativa” inventada por el alemán Samuel Hahnemann en 1796. Su teoría es que las enfermedades pueden ser curadas suministrando al paciente sustancias que provoquen los mismos síntomas que la enfermedad. Ahora bien, esas sustancias deben administrarse sumamente diluidas; en concreto, se toma una parte de la sustancia activa y se disuelve en diez partes de agua destilada, luego se toma una parte de esa disolución y vuelve a disolverse en otras diez partes de agua destilada, y así sucesivamente. Los medicamentos (?) homeopáticos van marcados con una clave que indica el número de disoluciones. Así, por ejemplo,15X significa que ha sido diluido quince veces y 30X que ha sido diluido treinta veces. Si en vez de X vemos una C, significa las disoluciones en vez de decimales son centesimales.
Ahora bien, según los homeópatas, cuanto más diluida esté una sustancia más potentes son sus efectos. En fin, huelga decir que esto va contra la lógica, la experiencia y la observación científica, pero hay algo más: si nos paramos a pensar, nos daremos cuenta que en algún momento, tras cierto número de disoluciones, no quedará nada de la sustancia activa; pero, ¿cuándo? El científico Amadeo Avogadro lo descubrió, estableciendo el llamado “Número de Avogadro”, que determina la cantidad de moléculas que hay en cierta proporción de disolución. Pues bien, una disolución homeopática de 12C ya es inferior a la cota del número de Avogadro, lo cual significa que en esa disolución no queda ni una sola molécula de principio activo. Para entendernos: supongamos una disolución 30X; tendríamos que beber 29.803 litros de la solución para esperar encontrar sólo una molécula del principio activo.
El problema es que la demostración de Avogadro surgió después de la publicación de las teorías de Hahnemann, algo con lo que los homeópatas no contaban. Pero se trataba de un hecho incuestionable: hasta los más feroces defensores de la homeopatía tuvieron que admitir que sus preparados sólo contenían agua destilada. Entonces, cual ilusionistas sacando una paloma de la manga, se inventaron la “memoria del agua”. Es decir, que el agua tiene la pasmosa propiedad de “adoptar” las propiedades de los elementos con los que ha estado en contacto. Por supuesto, el hecho de que jamás se haya podido demostrar en condiciones de laboratorio esa supuesta “memoria del agua” no ha desanimado lo más mínimo a los homeópatas. Una de las características del pensamiento mágico es no permitir jamás que la realidad arruine una buena teoría.
Volvamos a mi pareja de amigos. Al principio, solía discutir mucho con Hansel sobre estos temas, pero nuestros debates acababan conduciendo siempre a un punto muerto en el que ya no era posible la dialéctica. Hansel es un hombre inteligente y por lo general lógico y razonable, pero al mismo tiempo una parte de su mente está invadida por el pensamiento mágico; por ello, cuando sus creencias entran en conflicto con el sentido común, recurre a un argumento mágico: la intuición. Él intuye, siente el íntimo convencimiento de que, por ejemplo, la homeopatía es la panacea de la medicina. No necesita pruebas, le basta con su intuición. Pero, ¿de qué vale una intuición sobre medicina formulada por alguien que no sabe nada de medicina? Pues eso, de nada. Pero es que Hansel, cuando menciona la “intuición” en realidad está hablando de “fe”. Aunque él, claro, no se da cuenta.
En cuanto a Grettel, en realidad se limita a adoptar las creencias de su marido porque confía en él, sin plantearse nada más. De hecho, discutí una vez con ella sobre homeopatía y descubrí que ignoraba lo que supuestamente era la “memoria del agua”. Ni siquiera conocía la materia que estaba defendiendo. Lo cierto es que ambos confían ciegamente en un homeópata amigo de Hansel, una especie de gurú (creyente también en la astrología y otras bobadas) a quien consultan todo lo relacionado con la salud de ellos y de su familia.
Bueno, en fin, yo pensaba que si mis amigos se sentían mejor tirando el dinero en placebos homeopáticos, y siempre y cuando recurrieran al mismo tiempo a la medicina científica, el asunto carecía de importancia. Allá cada cual con sus creencias mágico-religiosas. Sin embargo, hace tiempo creí escuchar algo que me alarmó mucho; tanto me intranquilizó que preferí pensar que había oído mal, que no era cierto aquello. Pero lo era.
Hace cuatro días descubrí que Hansel y Grettel, influidos sin duda por su homeopático gurú, creían que las vacunas eran muy malas y habían decidido no vacunar a sus hijos de nada. Es decir, tres niños (el mayor creo que tiene siete años) privados de las ventajas de la medicina preventiva a causa de la irracionalidad de sus padres.
Pensadlo un momento, porque el asunto es más grave de lo que parece a simple vista. Por un lado, esos niños pueden padecer enfermedades que no tendrían por qué sufrir. Por ejemplo, una de las niñas lleva un mes enferma de tosferina, algo que se hubiera evitado con una simple vacuna. Y no digamos lo que sucedería –ojalá jamás ocurra- si en algún momento estuvieran expuestos a la polio, la difteria, el tétanos o la meningitis. Pero no es sólo lo que pueda suceder ahora, sino lo que puede suceder después. Hay enfermedades como el sarampión, las paperas o la rubéola que, padecidas por un niño, apenas tienen importancia, pero que pueden ser sumamente graves si se sufren de adulto. El sarampión, por ejemplo; era muy común enfermar de sarampión durante la niñez; yo lo pasé, igual que toda mi generación, inmunizándome naturalmente en el proceso. Pero ahora todos los niños están vacunados contra el sarampión, así que la enfermedad ya no es común. Y, por tanto, es muy probable que los hijos de Hansen y Grettel no lleguen a infectarse, así que llegarán a adultos sin estar inmunizados de ninguna manera. Y si entonces enfermaran de sarampión, la enfermedad podría dejar en ellos severas secuelas. Y todo por la irracionalidad de sus padres.
En la medida que pueda evitarlo, no voy a hablar de esto con Hansel y Grettel; sé que no se puede razonar con ellos, porque están bajo la influencia del pensamiento mágico y, por tanto, son incapaces de seguir un discurso lógico; sé que, al final, yo diría cosas muy gordas de las que me arrepentiría posteriormente, de modo que lo mejor es no sacar el tema y fingir que no pasa nada. A fin de cuentas, no son mis hijos... aunque sí son unos niños a los que quiero y aprecio. Pero en fin, intentaré olvidarme de eso y cruzaré los dedos para que esos niños tengan la suerte de no enfermar de nada grave.
Sí, procuraré que mi relación con Hansel y Grettel siga como siempre, aunque no puedo negar que algo ha cambiado. Mientras sus creencia mágicas eran inofensivas, el asunto carecía de importancia; pero ahora ambos han cruzado una línea, una frontera invisible que separa lo anecdótico de lo peligroso. Sus creencias ya no son inocentes. A decir verdad, no puedo evitar contemplarles como a esos padres, testigos de Jeovah, cuyo fanatismo les lleva a impedir que un hijo suyo reciba la transfusión de sangre que podría salvarle la vida. En fin, qué pena y qué rabia... Por lo visto, Grettel defiende su postura limitándose a decir “son diferentes puntos de vista”... Y yo me pregunto, ¿cómo cojones puede alguien jugarse la salud de sus hijos en virtud de un mero “punto de vista”? Si yo me viera tentado de privar a mis hijos de alguna de las ventajas, universalmente reconocidas, de la medicina científica, antes estudiaría atentamente todos los argumentos a favor y, sobre todo, todos los argumentos en contra, me asesoraría en profundidad, consultaría con propios y extraños... pero no, a ellos les basta con las palabras de su descerebrado gurú.
Pero así es el pensamiento mágico, amigos míos: inocente e inocuo hasta que, sin saber cómo ni por qué, se convierte en letal.
Y no sigo porque me estoy poniendo de mala leche.












