lunes, abril 7

Pensamiento mágico


Hoy estoy un poco de malhumor, pero antes de explicaros por qué permitidme una breve divagación.

Si os preguntaran qué es lo que más ha transformado al mundo en los últimos siglos, ¿qué responderíais? Yo, sin dudarlo un instante, contestaría que la ciencia y su hija la tecnología. La prueba, si es que es necesario ofrecer alguna, la encontramos al analizar el ritmo histórico de los cambios sociales y comprobar cómo éste se acelera en progresión yo diría que geométrica a partir del siglo XVIII, momento en que se conforma el método científico. De hecho, si miráis a vuestro alrededor ahora mismo, mientras leéis este post, comprobaréis que la inmensa mayor parte de los que os rodea está sustancialmente impregnado de ciencia y tecnología, y da igual si estáis en vuestra casa, en el trabajo o en la calle. Es más, si podéis leer esto es porque manejáis alta tecnología (la informática).

Bien, ¿a qué se debe el triunfo arrollador de la ciencia? Pues a que funciona, así de sencillo. Antes del método científico, en la humanidad imperaba el pensamiento mágico; el problema es que la magia no daba (ni da) resultados. Un estadista, ante una pertinaz sequía, podía pedirle a los sacerdotes que hicieran rogativas para que lloviese, pero si no iba a llover los rezos no valdrían de nada. Ahora bien, si el estadista le pedía una solución a sus técnicos, estos excavarían pozos, elevarían el agua mediante energía eólica y construirían canales de irrigación, salvando así la cosecha. Conclusión: invertir en magia es tirar tiempo y dinero, mientras que invertir en tecnología da beneficios. Por eso, tres de los principales poderes sociales, el político, el económico y el militar, acabaron apoyando activamente el desarrollo de la tecnología (para lo cual era necesario apoyar también la ciencia pura).

Así pues, vivimos en un mundo científico-tecnológico (me refiero a eso que llamamos la “civilización occidental”). Esto nos invitaría a inferir que, ante la contundente eficacia de la ciencia, el pensamiento mágico iría en declive, y en cierto modo así ha sido. Por ejemplo, las religiones “institucionales” están en decadencia y las antiguas supersticiones van desapareciendo. Pero no nos engañemos; el pensamiento mágico sigue firmemente arraigado en nuestra sociedad, sólo que ha cambiado de apariencia. O ni siquiera eso, si tenemos en cuenta la cantidad de gente que se fía de la astrología o paga por oír las chorradas de los videntes. Pero supongamos que esos son aspectos folclóricos del tema, tonterías irracionales sin importancia (salvo que quien consulte a astrólogos y adivinos sea el presidente de EEUU, como hizo Ronald Reagan para planificar su política). Vale, imaginemos que nada de eso es relevante; ¿hacia dónde ha derivado el pensamiento mágico occidental, en qué se ha convertido? En pseudo-ciencia y pseudo-espiritualidad. Concretamente, ha adoptado la forma del movimiento (?) New Age.

La New Age surgió de la creencia astrológica de que hemos entrado en la era de Acuario (concretamente, el 4 de febrero de 1962, aunque hay zodiacales discrepancias al respecto), lo cual supondrá un cambio radical en la conciencia humana. Al menos, eso se suponía al principio, porque poco a poco el movimiento fue adoptando toda suerte de creencias, tanto antiguas como nuevas, hasta convertirse en un confuso y arbitrario sincretismo. Así pues, en la New Age conviven la astrología, el ocultismo, el hinduismo, el budismo, el gnosticismo, versiones del psicoanálisis, el holismo, el chamanismo... ¡incluso descacharrantes adulteraciones de la física cuántica!

Porque, amigos míos, una de las curiosas costumbres de la Nueva Era es introducir en su plastificada doctrina espiritual términos procedentes de la ciencia. Así se habla de “energía”, “vibraciones”, “consciencia cuántica”, “estados alternativos de conciencia” y esa clase de jerga. Del mismo modo, la compleja filosofía budista y zen se convierte en su manos en una especie de manual de autoayuda pasado por la licuadora del Reader’s Digest. En realidad, todo el movimiento está orientado a confortar a una aburrida clase media poco dada al rigor intelectual y muy necesitada de mentiras y simplificaciones que den sentido, o cuando menos bálsamo, a las grises vidas de sus miembros.

Vale, hasta aquí la cosa parece más o menos inofensiva. El problema es que la New Age incluye entre sus creencias, y de forma muy característica, a las medicinas alternativas. ¿Y qué demonios son las “medicinas alternativas”? Pues de entrada, cada una de su madre y de su padre: naturismo, ayurveda, homeopatía, acupuntura, iridología, curación por cristales, flores de Bach, reiki (tocamiento curativo), terapia gestalt... en fin, un poquito de todo, siempre y cuando no tenga nada que ver con la lógica y el pensamiento crítico. Porque todas estas “medicinas alternativas” se caracterizan por rechazar el método científico incluso en lo que parece más básico y de sentido común: la comprobación de su eficacia.

Por lo general, estas “medicinas alternativas” se usan paralelamente a la medicina moderna, por lo que no suelen causar demasiados problemas de salud; aunque, ojo, tanto el naturismo como el ayurveda emplean plantas que, al contrario de los placebos homeopáticos, sí contienen principios activos que pueden ser muy perjudiciales. Pero, aparte de esto, poco mal puede causarte que te miren el ojo, te impongan las manos o tomarte pastillitas de agua destilada; si eso te hace sentirte más tranquilo y esperanzado, allá tú. El problema, el gravísimo problema, sobreviene cuando esas “medicinas alternativas”, en vez de usarse complementariamente, sustituyen a la medicina científica.

Y aquí llegamos al motivo de mi enfado. Voy a hablaros de dos personas reales, una pareja a la que llamaremos Hansel y Grettel. Ambos son universitarios de clase media alta y rondan los cuarenta años de edad. Él es extranjero, procedente de un país situado al noreste de España, y es un profesional de éxito en su especialidad; ella es española y, aunque cursó los mismos estudios que Hansel, decidió no trabajar fuera de casa y dedicarse al cuidado de sus tres hijos. Ambos son personas inteligentes y encantadores, personas muy próximas a mí a quienes aprecio. De hecho, compartimos muchas opiniones y posturas, aunque hay un tema que nos separa: Hansel está muy impregnado de creencias New Age, sobre todo en lo que respecta a las medicinas alternativas, y como suele ocurrir ha convertido a Grettel en una adepta a esas creencias. En particular, son firmes creyentes en la homeopatía.

La homeopatía, tan popular en nuestros días, es una pseudo-ciencia, o “medicina alternativa” inventada por el alemán Samuel Hahnemann en 1796. Su teoría es que las enfermedades pueden ser curadas suministrando al paciente sustancias que provoquen los mismos síntomas que la enfermedad. Ahora bien, esas sustancias deben administrarse sumamente diluidas; en concreto, se toma una parte de la sustancia activa y se disuelve en diez partes de agua destilada, luego se toma una parte de esa disolución y vuelve a disolverse en otras diez partes de agua destilada, y así sucesivamente. Los medicamentos (?) homeopáticos van marcados con una clave que indica el número de disoluciones. Así, por ejemplo,15X significa que ha sido diluido quince veces y 30X que ha sido diluido treinta veces. Si en vez de X vemos una C, significa las disoluciones en vez de decimales son centesimales.

Ahora bien, según los homeópatas, cuanto más diluida esté una sustancia más potentes son sus efectos. En fin, huelga decir que esto va contra la lógica, la experiencia y la observación científica, pero hay algo más: si nos paramos a pensar, nos daremos cuenta que en algún momento, tras cierto número de disoluciones, no quedará nada de la sustancia activa; pero, ¿cuándo? El científico Amadeo Avogadro lo descubrió, estableciendo el llamado “Número de Avogadro”, que determina la cantidad de moléculas que hay en cierta proporción de disolución. Pues bien, una disolución homeopática de 12C ya es inferior a la cota del número de Avogadro, lo cual significa que en esa disolución no queda ni una sola molécula de principio activo. Para entendernos: supongamos una disolución 30X; tendríamos que beber 29.803 litros de la solución para esperar encontrar sólo una molécula del principio activo.

El problema es que la demostración de Avogadro surgió después de la publicación de las teorías de Hahnemann, algo con lo que los homeópatas no contaban. Pero se trataba de un hecho incuestionable: hasta los más feroces defensores de la homeopatía tuvieron que admitir que sus preparados sólo contenían agua destilada. Entonces, cual ilusionistas sacando una paloma de la manga, se inventaron la “memoria del agua”. Es decir, que el agua tiene la pasmosa propiedad de “adoptar” las propiedades de los elementos con los que ha estado en contacto. Por supuesto, el hecho de que jamás se haya podido demostrar en condiciones de laboratorio esa supuesta “memoria del agua” no ha desanimado lo más mínimo a los homeópatas. Una de las características del pensamiento mágico es no permitir jamás que la realidad arruine una buena teoría.

Volvamos a mi pareja de amigos. Al principio, solía discutir mucho con Hansel sobre estos temas, pero nuestros debates acababan conduciendo siempre a un punto muerto en el que ya no era posible la dialéctica. Hansel es un hombre inteligente y por lo general lógico y razonable, pero al mismo tiempo una parte de su mente está invadida por el pensamiento mágico; por ello, cuando sus creencias entran en conflicto con el sentido común, recurre a un argumento mágico: la intuición. Él intuye, siente el íntimo convencimiento de que, por ejemplo, la homeopatía es la panacea de la medicina. No necesita pruebas, le basta con su intuición. Pero, ¿de qué vale una intuición sobre medicina formulada por alguien que no sabe nada de medicina? Pues eso, de nada. Pero es que Hansel, cuando menciona la “intuición” en realidad está hablando de “fe”. Aunque él, claro, no se da cuenta.

En cuanto a Grettel, en realidad se limita a adoptar las creencias de su marido porque confía en él, sin plantearse nada más. De hecho, discutí una vez con ella sobre homeopatía y descubrí que ignoraba lo que supuestamente era la “memoria del agua”. Ni siquiera conocía la materia que estaba defendiendo. Lo cierto es que ambos confían ciegamente en un homeópata amigo de Hansel, una especie de gurú (creyente también en la astrología y otras bobadas) a quien consultan todo lo relacionado con la salud de ellos y de su familia.

Bueno, en fin, yo pensaba que si mis amigos se sentían mejor tirando el dinero en placebos homeopáticos, y siempre y cuando recurrieran al mismo tiempo a la medicina científica, el asunto carecía de importancia. Allá cada cual con sus creencias mágico-religiosas. Sin embargo, hace tiempo creí escuchar algo que me alarmó mucho; tanto me intranquilizó que preferí pensar que había oído mal, que no era cierto aquello. Pero lo era.

Hace cuatro días descubrí que Hansel y Grettel, influidos sin duda por su homeopático gurú, creían que las vacunas eran muy malas y habían decidido no vacunar a sus hijos de nada. Es decir, tres niños (el mayor creo que tiene siete años) privados de las ventajas de la medicina preventiva a causa de la irracionalidad de sus padres.

Pensadlo un momento, porque el asunto es más grave de lo que parece a simple vista. Por un lado, esos niños pueden padecer enfermedades que no tendrían por qué sufrir. Por ejemplo, una de las niñas lleva un mes enferma de tosferina, algo que se hubiera evitado con una simple vacuna. Y no digamos lo que sucedería –ojalá jamás ocurra- si en algún momento estuvieran expuestos a la polio, la difteria, el tétanos o la meningitis. Pero no es sólo lo que pueda suceder ahora, sino lo que puede suceder después. Hay enfermedades como el sarampión, las paperas o la rubéola que, padecidas por un niño, apenas tienen importancia, pero que pueden ser sumamente graves si se sufren de adulto. El sarampión, por ejemplo; era muy común enfermar de sarampión durante la niñez; yo lo pasé, igual que toda mi generación, inmunizándome naturalmente en el proceso. Pero ahora todos los niños están vacunados contra el sarampión, así que la enfermedad ya no es común. Y, por tanto, es muy probable que los hijos de Hansen y Grettel no lleguen a infectarse, así que llegarán a adultos sin estar inmunizados de ninguna manera. Y si entonces enfermaran de sarampión, la enfermedad podría dejar en ellos severas secuelas. Y todo por la irracionalidad de sus padres.

En la medida que pueda evitarlo, no voy a hablar de esto con Hansel y Grettel; sé que no se puede razonar con ellos, porque están bajo la influencia del pensamiento mágico y, por tanto, son incapaces de seguir un discurso lógico; sé que, al final, yo diría cosas muy gordas de las que me arrepentiría posteriormente, de modo que lo mejor es no sacar el tema y fingir que no pasa nada. A fin de cuentas, no son mis hijos... aunque sí son unos niños a los que quiero y aprecio. Pero en fin, intentaré olvidarme de eso y cruzaré los dedos para que esos niños tengan la suerte de no enfermar de nada grave.

Sí, procuraré que mi relación con Hansel y Grettel siga como siempre, aunque no puedo negar que algo ha cambiado. Mientras sus creencia mágicas eran inofensivas, el asunto carecía de importancia; pero ahora ambos han cruzado una línea, una frontera invisible que separa lo anecdótico de lo peligroso. Sus creencias ya no son inocentes. A decir verdad, no puedo evitar contemplarles como a esos padres, testigos de Jeovah, cuyo fanatismo les lleva a impedir que un hijo suyo reciba la transfusión de sangre que podría salvarle la vida. En fin, qué pena y qué rabia... Por lo visto, Grettel defiende su postura limitándose a decir “son diferentes puntos de vista”... Y yo me pregunto, ¿cómo cojones puede alguien jugarse la salud de sus hijos en virtud de un mero “punto de vista”? Si yo me viera tentado de privar a mis hijos de alguna de las ventajas, universalmente reconocidas, de la medicina científica, antes estudiaría atentamente todos los argumentos a favor y, sobre todo, todos los argumentos en contra, me asesoraría en profundidad, consultaría con propios y extraños... pero no, a ellos les basta con las palabras de su descerebrado gurú.

Pero así es el pensamiento mágico, amigos míos: inocente e inocuo hasta que, sin saber cómo ni por qué, se convierte en letal.

Y no sigo porque me estoy poniendo de mala leche.

lunes, marzo 31

Tíbet

Creo que mi relación sentimental con el Tíbet comenzó con un tebeo y una película. El tebeo, como no podía ser de otra forma, era Tintin en el Tíbet, una de las obras maestras de Herge, y la película Horizontes perdidos de Frank Capra, donde Ronald Colman y Jane Wyatt viajan a Shangri-La. Poco después, cuando yo tenía unos doce años, mi amigo José Mari me recomendó que leyera El tercer ojo, la supuesta autobiografía de un supuesto lama llamado Lobsang Rampa. Oh, santo Buda del séptimo chakra, cómo me maravilló ese libro, cómo estimuló mi fantasía infantil haciéndome soñar con exóticos monasterios en las montañas y con monjes vestidos de azafrán capaces de los mayores prodigios. El tercer ojo provocó en mí una fascinación por el budismo y el Tíbet que jamás me ha abandonado.

Años después, descubrí que Lobsang Rampa tenía de monje tibetano lo que yo de bailarín de claqué. En realidad, se trataba del súbdito británico Cyril Henry Hoskin, un escritor de tercera fila que jamás había pisado el Tíbet, pero que afirmaba con todo descaro ser la reencarnación del auténtico Rampa. También descubrí que gran parte de lo que contaba El tercer ojo era una sarta de mentiras que nada tenían que ver con la tradición Tibetana. Pero eso no me decepcionó, porque mi fijación con el Tíbet me había conducido a libros más serios y fiables sobre el tema, como los de Alexandra David-Néel, Michel Peissel o Heinrich Harrer. También me interesé por el budismo, una religión ateísta dotada de un corpus filosófico tan complejo como interesante.

Es decir, seguía fascinado por el Tíbet, pero de una forma diferente. Cuando era niño, me interesaban los aspectos fantásticos del tema, los supuestos prodigios sobrenaturales de los lamas, el yeti, los misterios herméticos... Luego dejé de creer en todo eso, pero lo que quedaba después de despejar el grano de la paja era igual de fascinante o más. El Tíbet había sido una de las sociedades más aisladas del mundo, un inmenso país confinado por las montañas y cerrado en sí mismo cuya sociedad y cultura se había mantenido prácticamente inmutable desde la edad media, una especie de celacanto antropológico.

Si os fijáis, estoy hablando en pasado, porque en 1950 el ejército chino invadió el Tíbet y, nueve años más tarde, sofocó violentamente una rebelión (financiada, por cierto, por la CIA), provocando una masacre y el exilio del Dalai Lama y de miles de tibetanos. Durante la Revolución Cultural de Mao, se destruyeron centenares de monasterios budistas y se erosionó brutalmente la cultura tibetana. Más tarde, cuando la represión violenta menguó, el país invasor inició un plan sistemático de colonización del territorio tibetano por emigrantes chinos. La terminación en 2006 de la línea férrea que une Pekín con Lhasa no ha hecho más que acelerar ese proceso.

Es decir, dejando aparte las masacres y la sistemática violación de los derechos humanos, los gobernantes chinos llevan más de medio siglo destruyendo ese tesoro antropológico que es, o era, la cultura y el estilo de vida tibetano. Es más, están sustituyendo a la población tibetana por otra de origen chino. Hace un par de años, vi en TV un documental sobre Lhasa, la capital del Tíbet, y se me cayó el alma a los pies. Esa ciudad llena de horribles construcciones modernas no tenía nada que ver con la Lhasa que yo había recorrido en los libros. Sí, ahí seguían estando el Potala, el antiguo y descomunal palacio donde vivía el Dalai Lama, o el templo Jokhang, donde se guarda el sagrado Buda de oro de la princesa Chif-Zuent, pero todo lo demás era un espanto arquitectónico, una violación cultural, como el palacio de Carlos V en la Alhambra.

Hoy, el Tíbet vuelve a ser noticia por las protestas encabezadas por los lamas y por la represión del ejército chino. ¿Cuántos tibetanos han muerto desde que comenzaron los disturbios? Ni idea, nadie lo sabe en occidente. Pero lo que sí sabemos es que los Juegos Olímpicos de Pekín comenzarán el ocho de agosto de este año. ¡Viva el deporte!

Bueno, todas estas reflexiones están muy bien, pero vamos a intentar contemplar las cosas desde otro punto de vista. La versión romántica y New Age del Tíbet pre-chino describe a una sociedad profundamente espiritual, paternalmente guiada por los benévolos lamas y compuesta por felices campesinos y artesanos de vida pacífica, larga y tranquila. Es decir, algo así como Shangri-La. Pero esto no es ni mucho menos cierto.

Durante 300 años, el Tíbet estuvo dominado por el Imperio Mongol, hasta que en el siglo XVI. Altan Khan concedió la independencia al territorio, cediendo el gobierno al tercer Dalai Lama. Cien años más tarde, el quinto Dalai Lama fue nombrado Rey del Tíbet, iniciándose así una curiosa monarquía basada en las reencarnaciones.

E instaurándose, de paso, una férrea teocracia que nada tenía de espiritual. La inmensa mayor parte de las tierras fértiles pertenecían a los lamas, de modo que el estatus de la población era el vasallaje. Por otro lado, existía una aristocracia local de la cual surgían, qué curioso, los principales dignatarios religiosos y las más elevadas reencarnaciones. La presión del lamaísmo, su tremendo conservadurismo, su auto-aislamiento, mantuvo a la población sumida en la incultura y el atraso hasta épocas muy recientes. La vida del pueblo tibetano era durísima, no sólo por las ya de por sí duras condiciones del territorio, sino también por la carencia de medicina moderna, educación, higiene o alimentación adecuada (entre otras cosas, porque el lamaísmo prohibía a sus súbditos comer carne). Es decir, Tenzin Gyatso, el actual Dalai Lama, nos puede parecer muy cordial y simpático, un tipo bonachón que dice cosas muy espirituales, pero no debemos olvidar que representa a un régimen tan tiránico o más que el ejercido por China. Y, por otro lado, es innegable que los tibetanos viven mejor hoy que cuando los lamas ejercían su dictadura.

Lo cual, por supuesto, no justifica la invasión de China, ni la represión, ni las masacres, ni la destrucción del patrimonio cultural. Todo eso es horrible, como terrible es para la antropología la desaparición forzada de la cultura tradicional tibetana. Pero, desde un criterio humanista, el lamaísmo era una aberración que atentaba contra numerosos derechos fundamentales (igual que atenta China, me apresuro a aclarar). No, aquello no era Shangri-La, sino una tiranía religiosa, igual que hoy es otra clase de tiranía. Y entre medias estaba y está el sufrido pueblo tibetano, engañado, sojuzgado, oprimido por unos y por otros, masacrado, invadido, anulado... Como casi todos los pueblos pobres, supongo.

Y es que, amigos míos, los lugares exóticos son maravillosos para leer sobre ellos y extraordinarios para visitar, pero terribles para vivir.

lunes, marzo 24

1 - 4 - 9


El pasado día 19, a los noventa años de edad, murió Arthur C. Clarke, uno de los más famosos escritores de ciencia ficción y último superviviente del triunvirato que comandó y conformó la cf clásica (los otros dos fueron Isaac Asimov y Robert Heinlein). Tras la muerte hace no mucho de Jack Williamson, el decano del género, creo que de los escritores clásicos (aquellos que publicaron durante la llamada Edad de Oro) ya sólo sobrevive Ray Bradbury. Una pequeña era está a punto de terminar.

¿Era Clarke un buen escritor? No estoy seguro; supongo que la respuesta es sí y no. A decir verdad, lo que le dio la fama a Clarke fue un hecho extra-literario: su colaboración con Stanley Kubrick en el guión de la película 2001: Una odisea del espacio. Clarke escribió la novela del mismo nombre después de finalizar el guión, mientras se estaba preproduciendo y rodando el film; de hecho, la novela está basada en el borrador inicial, que luego fue alterado durante el rodaje, razón por la cual los finales del libro y de la película difieren. Por cierto, recuerdo que allá por el 67 o el 68 leí que Kubrick (que vivía en Inglaterra) y Clarke (que vivía en Sri Lanka) se comunicaban entre sí mediante ordenadores conectados a la red telefónica. Por entonces, aquello me pareció pura ciencia ficción... y ahora es algo tan normal y corriente como encender la luz, algo que de hecho estoy haciendo ahora mismo al escribir este post. Qué cosas, ¿verdad?

Volviendo a la calidad literaria de Clarke, ¿es 2001: Una odisea del espacio (1968) una gran novela? No, no lo creo; la película es mucho mejor, con diferencia. Sin embargo, el film de Kubrick está basado en dos historias previas de Clarke, y ahí si podemos evaluar con mayor precisión la valía del autor. Veréis, Kubrick era un tipo más raro que un perro a cuadros; su ego era tan descomunal que, cuando rodaba una película no pretendía hacer una buena película, sino la mejor película jamás filmada del género en cuestión al que perteneciese el film. Así pues, a mediados de los sesenta Kubrick se propuso hacer la mejor película de ciencia ficción de la historia (algo, todo sea dicho, no demasiado difícil por aquel entonces). Para ello, comenzó a buscar material literario de ciencia ficción en el que basarse, y lo encontró en El centinela (1951), un relato corto de Clarke. No me extraña esa elección, pues a mi modesto parecer, se trata de uno de los mejores cuentos jamás escritos (de cf o de cualquier otro género). El problema era que el argumento de El centinela no daba para una película, de modo que Kubrick recurrió a otra historia de Clarke, la novela El fin de la infancia (1953), de la que no tomó el argumento, pero sí su tema central: la elevación de la humanidad a un nivel superior de existencia gracias a la intervención de una raza extraterrestre. La película está dividida en cuatro partes; la segunda se centra en el tema de El centinela, la primera y la cuarta se basan (muy libremente) en El fin de la infancia y la tercera se aparta ligeramente del tema básico del film para fijar la mirada en la inteligencia artificial a través de HAL 9000 (supongo que ya lo sabe todo el mundo, pero la siguiente letra a la H es la I, la siguiente a la A es la B y la siguiente a la L la M... IBM).

Leí El fin de la infancia hace muchos años y no la he vuelto a revisar desde entonces, así que no estoy seguro de su calidad. En su momento me gustó y está considerada un clásico del género, de modo que supongo que es una buena novela. Por el contrario, sí he releído El centinela hace relativamente poco y me sigue pareciendo un cuento extraordinario. Dicen que Clarke era el más filosófico de los autores clásicos de cf y en este relato lo demuestra; en las breves páginas del cuento, Clarke señala hacia las estrellas y, como buen filósofo, no ofrece ninguna respuesta, pero plantea una pregunta inesperada y pone ante nuestras narices todo el profundo misterio del universo. Una obra maestra.

Algo semejante ocurre en su novela Cita con Rama (1973), una historia donde sucede todo y, al mismo tiempo, no sucede nada. De nuevo Clarke nos enfrenta a lo numinoso (en sentido laico) planteando preguntas, nunca ofreciendo respuestas. También hace mucho que leí esta novela; en su momento me entusiasmó y está considerada un clásico, pero sin releerla poco más puedo decir.

Su otra gran novela es La ciudad y las estrellas (1956), una melancólica mirada hacia el futuro lejano que narra los últimos tiempos de la humanidad. El resto de sus relatos largos, si mal no recuerdo, son bastante mediocres. A partir de los 80 comenzó a convertir en series sus novelas más apreciadas (2001 y Rama), algo no sólo absolutamente innecesario, sino también contradictorio con su anterior estrategia, pues se puso a ofrecer respuestas vulgares a las magníficas preguntas que antes había formulado. También comenzó a colaborar con otros autores, más jóvenes y menos famosos: ellos ponían el curre y Clarke el nombre. En fin, una larga y lánguida decadencia volcada en el comercialismo literario.

¿Eso es todo? ¿Tres o cuatro novelas y un cuento? Pues no, no es todo; como suele ocurrir con muchos autores de cf, lo mejor de Clarke son sus relatos cortos. Quizá el más conocido de ellos (pues se incluyó en el best seller El retorno de los brujos) sea Los 9000 millones nombres de dios, otra nueva visita a lo numinoso. En particular, recuerdo con mucho cariño su obra Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco (1957), una antología de relatos donde el autor mezcla fantasía y humor con notable brillantez. Quizá éste sea el libro más británico de Clarke, el escritor inglés de cf más norteamericano.

En resumen, Clarke no era ni mucho menos un buen prosista ni un gran narrador, pero en sus mejores momentos conseguía transmitir al lector con sorprendente habilidad lo que, sin duda, constituía la esencia de su literatura: el misterio. Nadie como él nos ha mostrado con tanta intensidad el misterio del universo, y sólo por eso vale la pena derramar una lágrima por su pérdida.

Pero en mi caso hay además razones sentimentales. A finales de 1968, cuando 2001: Una odisea del espacio se estrenó en España, yo era un chaval de 15 años totalmente enganchado a la ciencia ficción. Mi hermano mayor, Big Brother, había visto la película unos meses antes, en Londres, y me trajo el programa, un folleto magníficamente editado con fotos del film (que todavía conservo como un tesoro); no sé cuánto tiempo pasé mirando embobado ese programa. Luego se estrenó la película, pero yo estaba castigado por haber sacado malas notas y no podía ir al cine. Sin embargo, mi padre se apiadó de mí y una mañana de domingo me llevó a verla... ¿Os podéis imaginar lo que, en 1968, significó para un chico de 15 años fanático de la cf contemplar 2001: Una odisea del espacio? Por primera vez veía lo que tantas veces había imaginado leyendo; no unos efectos especiales más o menos cutres, sino imágenes del espacio absolutamente reales, el nivel máximo de calidad jamás conseguido por el trucaje analógico. Salí del cine flotando, totalmente feliz, y ahí estaba mi padre, conmigo, a mi lado. Pocas veces me sentí tan cerca de él como en esa ocasión.

¿No os sucede a vosotros que conserváis recuerdos muy nítidos de momentos aparentemente intranscendentes? A mí sí. Por ejemplo: abril de 1972, once meses después de la muerte de mi madre y siete antes de la muerte de mi padre, aunque entonces, claro, eso no lo sabía. Un sábado por la mañana salí con mi viejo 600 a hacer no importa qué; de vuelta a casa (hacía un fantástico día de primavera), paré en un quiosco y compré el número 31 de la revista Nueva Dimensión, que estaba dedicado íntegramente a Arthur C. Clarke. Contenía siete relatos del autor, un ensayo sobre el mismo de Sam Moskowitz y un artículo acerca de 2001 firmado por John Baxter. Llegué a casa, comí con mi padre y luego ambos nos fuimos al salón a leer; él no recuerdo qué y yo mi especial de Clarke. Y eso fue todo: mi padre y yo leyendo en el salón, nada más; sin embargo, lo recuerdo como un momento de gran felicidad, aunque no sé realmente por qué. En cualquier caso, ahí estaban otra vez mi padre y Clarke, ahora unidos de nuevo en mi memoria.

Creo que estas dos tonterías que os acabo de contar (tonterías para vosotros, tesoros para mí), son, junto con la progresiva pérdida de los antiguos sueños de la infancia y la primera juventud, lo que más ha contribuido a llenarme de melancolía por la muerte de Arthur C. Clarke. Como le dije a Big Brother en un SMS, puede que el viejo sir Arthur, justo antes de morir, viera un monolito negro a los pies de su cama. Quién sabe...

NOTA: Hay un premio tan inmaterial como honorífico para quien sepa decirme qué tienen que ver los tres números que aparecen en el título de esta entrada con Arthur C. Clarke.

lunes, marzo 10

Sonrisas y lágrimas

Bueno, pues esto se acabó, amigos. El PSOE quería ganar estas elecciones y mejorar su mayoría. Lo ha conseguido. El PP pretendía conquistar el poder y demostrar así que su derrota de hace cuatro años fue injusta. Ha fracasado. Por tanto, la buena noticia es que la derecha extremada se mantendrá cuatro años más lejos del poder. La mala es que la derrota del PP no ha sido rotunda.

Veréis, que ganaban lo socialistas estaba claro; sólo había que prestar atención a los entresijos de las encuestas y tener presente el “efecto boomerang” (¿recordáis?). Así que la cuestión que se dirimía no era esa, sino los resultados de los populares. Si el PP hubiese obtenido peores porcentajes que hace cuatro años, o incluso si se hubiese limitado a igualarlos, el sector duro de la derecha habría fracasado y probablemente se iniciaría un movimiento de renovación en el partido. Pero el PP ha mejorado los resultados (aunque no lo suficiente como para ganar), lo cual significa que el sector duro tiene algo a lo que agarrarse. Y no habrá renovación. Puede que Rajoy dimita, no lo sé, y es casi seguro que algunos elementos de la dirección, como Zaplana, se desvanezcan, pero estoy convencido de que el sector duro seguirá controlando el partido. Desde luego, debe de ser un placer contar con un electorado tan dócil como el de la derecha, un electorado que se lo perdona todo a sus lideres y es capaz de tragarse sapos como camiones y no dudar ni un segundo a la hora de depositar su voto. Afortunadamente, no son mayoría.

No obstante, ante los resultados de estas elecciones cabe preguntarse: ¿es eficaz la estrategia de oposición salvaje practicada por el PP? Pues veréis, por desgracia ha demostrado ser muy eficaz para fidelizar y mantener tensionados a sus electores, eso es indudable. Pero esta estrategia tiene un grave defecto: igual que moviliza al propio electorado, moviliza al electorado rival que, por ahora, es más numeroso. Es decir, no es una estrategia ganadora. Salvo que en el país suceda un desastre, claro. Y a eso se la van a jugar los populares; confiarán en que la augurada crisis económica socave al gobierno e insistirán en su mensaje catastrofista. Más de lo mismo, palo y tentetieso, bronca y follón. Porque, además, controlando el partido el sector duro, y sin una renovación a fondo, no sería creíble ni viable un viaje del PP hacia el centro, una búsqueda de las políticas moderadas que sí podrían darle la victoria. Por tanto, aventuro (aunque espero equivocarme) que la presente legislatura será muy similar a la anterior, con el PP haciendo una oposición salvaje y la tensión social incrementándose día a día.

Por ello, estas elecciones me han dejado un sabor agridulce, una mezcla de sonrisas y lágrimas. Sonrisas porque la derecha se mantiene alejada del poder, y lágrimas porque la vida política va a seguir siendo el lodazal de los últimos cuatro años. Por expresarlo metafóricamente: han ganado los buenos, pero los malos no han sido castigados (ahora que lo pienso, lo mismo sucede en mi última novela, El juego de Caín).

Pero hay más lágrimas, amigos míos. Los resultados de estas elecciones han incrementado el bipartidismo que ya imperaba en este país. El desmoronamiento de Izquierda Unida me ha resultado particularmente doloroso; ya sé que es un partido casi nostálgico, un partido que debería haberse modernizado hace mucho tiempo, pero también creo que es un partido honesto que merecería contar con más peso en el parlamento. Pero el voto útil y la ley D’Hont se lo han llevado por delante. En general, me preocupa esa tendencia al bipartidismo radical, como les preocupa a muchos merodeadores de Babel; ya sé que esto suena contradictorio con, por ejemplo, lo que decía en la entrada anterior, pero no lo es. El bipartidismo no va a desaparecer consiguiendo que la izquierda y el centro voten a diversas opciones políticas, ni mucho menos; el bipartidismo existirá e irá a más mientras siga en vigor la ley D’Hont y en la derecha sólo haya un partido. Esos son los dos obstáculos que hay que vencer para acabar con la polarización y todo lo demás son zarandajas.

Pero eso no es todo, aún tengo más motivos para llorar. Reconozco que se me revuelven las tripas constatando que Madrid es uno de los principales graneros de votos del PP. Me reconcomo por dentro cuando pienso que la presidenta de mi comunidad es la impresentable populista Esperanza Aguirre, o cuando advierto que si Gallardón renuncia a la alcaldía, Ana Botella será alcaldesa de la ciudad. Después de tirarme no sé cuántos años aguantando el meapilas de Álvarez del Manzano, ¿éste es el porvenir que me espera?... Joder, os juro que yo amaba a Madrid; era una ciudad abierta y amable, una ciudad sin forasteros, porque todos lo éramos, una ciudad vibrante donde sucedían cosas, como a principios de los 80. Pero todo ha cambiado mucho y ahora Madrid se me antoja una ciudad hostil y agresiva, una ciudad que ha tomado anfetaminas y coca en vez de fumarse un canuto, una ciudad donde no es agradable vivir. Y para colmo, ahora es Zona Nacional, como si el barrio de Salamanca se hubiera expandido hasta apoderarse de toda la ciudad.

Qué poco me apetece seguir viviendo en Madrid... A veces pienso que soy catalán, coño, que nací en Barcelona, y que a lo mejor debería irme a esa ciudad mucho más civilizada que la capital... pero tendría que aprender el idioma y, qué queréis que os diga, no estoy por la labor. En realidad, debería irme a vivir a Galicia, mi patria personal, mucho más grata que la Cataluña donde nací o el Madrid donde me he criado y he vivido, porque es la patria que yo he elegido y no la que el azar me ha impuesto. No sé, estoy tan harto de Madrid...

En fin, lo dicho, sonrisas y lágrimas. Como veis, no estoy demasiado contento con el resultado de estas elecciones, pero despidámonos con una sonrisa: ¡Riau, riau, riau, ha ganao el equipo colorao! Y basta ya de política, que es un coñazo. La próxima entrada se alejará de la cosa pública y se adentrará de nuevo en el inmenso vacío intelectual que siempre ha caracterizado a este blog. Nos vemos.

viernes, marzo 7

Mis 10 razones para votar contra el PP

NOTA: Esta entrada puede ofender la sensibilidad de algunos merodeadores. Si eres un votante natural de la derecha, si en general estás de acuerdo con la línea de actuación del PP durante esta legislatura, si Mariano Rajoy es el político actual a quien más valoras, no leas el texto que viene a continuación, pues no va dirigido a ti y sólo conseguirías cabrearte.

Voy a votar al PSOE. Supongo que esta revelación no sorprenderá a ninguno de los que frecuentan Babel, pero aun así voy a explicarme. Votaré a los socialistas por tres razones básicas. En primer lugar, porque su ideología está más próxima a la mía que la del resto de los partidos. Ah, vale, es cierto que estoy de acuerdo con muchas propuestas de Izquierda Unida, pero es que IU es un partido tan triste y contradictorio, con tan poco futuro... En segundo lugar, porque creo que, en líneas generales, el gobierno no lo ha hecho demasiado mal durante la anterior legislatura. Tampoco demasiado bien, por supuesto. Pecó de ingenuidad en los contactos con ETA (sobre todo por solemnizarlos) y en el estatuto catalán, hizo demasiadas concesiones a la Iglesia, ha mantenido una nefasta política de comunicación y no ha sabido resolver dos grandes problemas nacionales como son la vivienda y la educación. Pero al mismo tiempo, su política económica fue más que correcta y promovió importantes avances sociales. Además, por lo que sé (y algo sé), ha sido uno de los gobiernos más honestos de la democracia; no absolutamente honesto, claro, pero sí mucho más de lo usual. En tercer lugar, más que un voto a favor del PSOE, el mío es un voto esencialmente en contra del (actual) PP. ¿Recordáis la entrada donde proponía el voto negativo? Bueno, pues si existiera, ni votar al PSOE ni leches: plantaría en la urna un voto negativo contra el PP como una casa. Pero no hay votos negativos, de modo que la única forma de votar en contra de los populares es votando a los únicos que pueden gobernar en su lugar: los socialistas. Todo lo demás, amigos míos, puede resultar muy romántico, muy honesto, muy idealista, pero desgraciadamente no sirve para una mierda.

Ahora bien, ¿por qué estoy tan en contra del (actual) PP? ¿Acaso soy un radical, el típico hooligan de izquierda? Bueno, quizá, pero lo dudo; de hecho, creo tener buenas razones para contribuir a evitar que la actual dirección de los populares alcance el poder. Permitidme exponer diez de ellas.

1. El PP ha derivado hacia una derecha extrema. Una peculiaridad del PP es ser el único partido conservador de implantación nacional. En un principio, si recordáis, estaba UCD como centro-derecha y Alianza Popular como derecha; pero la autodinamitación de UCD mandó a hacer espárragos al partido y provocó que sus lideres se integraran en AP, que poco después transmutó para convertirse en el PP. Así pues, el Partido Popular reunió bajo unas mismas siglas a todos los conservadores españoles, desde el centro-derecha hasta la extrema derecha, aunque la voluntad de su fundador, Manuel Fraga, era conducirlo, al menos teóricamente, hacia zonas próximas al centro.

Pero el pasado franquista de Fraga le imponía un techo electoral que no podía superar, así que, tras una turbulenta búsqueda, se aupó a José María Aznar a la presidencia del partido. Aznar era un tardo-falangista (militó en el FES) reconvertido para la democracia, pero jamás estuvo vinculado al franquismo, de modo que en principio no tenía ningún techo electoral. Yo creo que para entender a Aznar hay que recurrir más a la psiquiatría que a la política, pero ya no vale la pena tomarse la molestia. Aznar era y es un hombre autoritario y extremadamente conservador, un hombre mediocre y sin ápice de carisma, pero dotado de una voluntad a prueba de bombas. Bajo el lema “sin complejos”, se lanzó a la yugular de Felipe González y, como había mucho donde morder, acabó arrebatándole el poder a los socialistas. La necesidad de pactos para gobernar durante su primera legislatura enmascaró el auténtico rostro de Aznar, obligándole a hablar catalán en la intimidad, pero la mayoría absoluta de la segunda legislatura destapó el tarro de las esencias y el partido dio un amplio viraje hacia la derecha más dura. En la cresta de la hola neo-con, Aznar inició una absurda aventura atlántica que pasó por Texas, por las Azores y acabó como todos sabemos que acabó. El PP perdió las elecciones y el PSOE regresó al poder.

Pero en la cúspide del PP, que no estaba preparado para perder, se encontraba todo el equipo de Aznar, con Rajoy, Acebes y Zaplana a la cabeza y el propio Aznar oculto tras la FAES. Con el supuesto fin de fidelizar al núcleo duro de sus votantes, y apoyándose en los sectores más conservadores de la sociedad, en el amarillismo de El Mundo y en la ultracadena de los obispos, el PP ha ido derivando en la oposición hacia la derecha extrema (es decir, lo más cerca que se puede estar de la ultraderecha aceptando las reglas democráticas). Tal y como confesaba Gabriel Elorriaga, Secretario de Comunicación de los populares, en su entrevista para el Financial Times: “El PP tiene una imagen muy dura y de derechas en este momento (...) Incluso nuestros votantes piensan que son más de centro que el PP”.

Por todo ello, y convencido de que en las actuales circunstancias lo último que necesita España es un partido radical, sea de izquierdas o de derechas, votaré contra el PP.

2. El PP ha enturbiado la vida política y social realizando una oposición desmedidamente crispada. Es enteramente normal que la oposición haga eso, oposición; no sólo es su derecho, sino también su obligación democrática. Lo que ya no resulta tan normal es que la estrategia de oposición se parezca a una campaña bélica. Durante cuatro años, el PP ha realizando una oposición salvaje en la que estaba vedado cualquier rastro de lealtad institucional. Una oposición contraria a todo, desmedida, exagerada, una oposición que incidía tanto sobre los problemas reales como sobre los que ella misma inventaba. Una oposición de mal estilo, de insulto y descalificación personal, que convirtió el parlamento en un circo de maleducados vocingleros. Pero lo peor es que esa crispación se extendió a la sociedad civil.

Por ello, porque me niego a aceptar que una organización política fomente la fractura social por sus intereses partidistas, votaré contra el PP.

3. El PP no ha tenido el menor escrúpulo en utilizar el terrorismo para atacar al gobierno. Durante la mayor parte de la democracia, cuando al frente de los populares se encontraba el franquista Manuel Fraga, existía entre las formaciones políticas el acuerdo tácito de no utilizar el terrorismo como arma partidista. Es decir, se consideraba que este tema era una cuestión de estado en la que había que ser leal al gobierno. Esto era así hasta que Aznar se convirtió en candidato a la presidencia; siguiendo su lema “sin complejos” (traducción: sin escrúpulos), don José María hizo del terrorismo unos de sus principales arietes contre Felipe González. Posteriormente, durante los ocho años que el PSOE estuvo en la oposición, el terrorismo dejó de ser una baza electoral. Pero cuando el PP perdió el poder, ay amigos, mandó de nuevo a hacer puñetas la mínima lealtad institucional que puede exigírsele a un partido democrático y convirtió el terrorismo en el gran garrote con el que aporrear la cabeza de Zapatero. Pero lo peor de esto es que, según informes de los servicios secretos, la actitud del PP favoreció y dio alas a los terroristas.

Por ello, porque creo que los políticos que han adoptado el “vale todo” como lema deben ser expulsados de la política, votaré contra el PP.

4. El PP ha utilizado a las víctimas del terrorismo para socavar al gobierno. En consonancia con lo dicho en el punto anterior, los populares, con la inestimable ayuda del señor Alcaraz y su ultramontana AVT, no han dudado ni un segundo en utilizar a ciertos sectores de las víctimas para convocar manifestaciones, no contra ETA, sino contra el gobierno.

Por ello, porque creo que los manipuladores sin escrúpulos sobran de la política, votaré contra el PP.

5. El PP ha atacado al PSOE por dialogar con ETA, olvidando que Aznar hizo lo mismo cuando estaba en el poder. Yo a veces me pregunto: ¿pero cómo se puede ser tan caradura? ¿Cómo se puede mentir tan descaradamente sin que se le caiga a uno la cara de vergüenza? En noviembre de 1998, el entonces presidente Aznar anunció que, para el inicio de un proceso de paz, había autorizado contactos con... ¿ETA? No: con el Movimiento de Liberación Nacional Vasco. Este intento de encontrar una solución dialogada al problema del terrorismo fracasó, pero creo que el gobierno Aznar hizo bien en intentarlo. Sin embargo, siete años más tarde, el gobierno de Zapatero volvió a establecer conversaciones con ETA (no con el MLNV) y la oposición del PP se lanzó a degüello contra los socialistas, acusándoles de hacer lo mismo que ellos habían hecho antes, con la diferencia de que el PSOE no acercó ni liberó presos etarras como sí hizo Aznar. Y yo vuelvo a preguntarme: ¿cómo se puede tener tamaña geta?

Por ello, porque la doble moral no debe tener cabida en la vida pública, votaré contra el PP.

6. El PP se ha aliado con los sectores más reaccionarios de la iglesia católica. Basta con echarle un vistazo a quienes asistieron a la manifestación de los obispos, o con leer la nota electoralista de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal, o con escuchar la COPE, para comprobar como en su guerra contra el gobierno laico de Zapatero, los obispos cuenta con la inestimable colaboración del PP. ¿No notáis cierto tufo a nacional-catolicismo?

Por ello, porque creo que un estado democrático debe ser laico y aconfesional, votaré contra el PP.

7. El PP predica el catastrofismo. A veces, Mariano Rajoy y sus voceros se me antojan un grupo de profetas escatológicos predicando el fin del mundo. El gobierno se vende a ETA, España se rompe, la crisis económica nos devora, la delincuencia y el terrorismo campan por sus respetos... Esta política exageradamente catastrofista crea inquietud en ciertos sectores sociales, pero además, cuando se aplica a temas delicados, como la cuestión territorial, puede fomentar una tensiones sociales nada deseables.

Por ello, porque creo que la moderación y el sentido común deben presidir la vida pública, votaré contra el PP.

8. El discurso del PP fomenta la xenofobia. De todos los catastrofismos predicados por los populares, el más terrible, y el más empleado durante la campaña, es el que incide sobre los inmigrantes. No importa que la inmensa mayor parte de los inmigrantes sea gente honrada que sólo viene a nuestro país a trabajar e intentar mejorar su vida, no importa si la llegada de inmigrantes ha incrementado la calidad de vida de los españoles, no importa que España haya sido un país de emigrantes; el PP se ha obstinado en relacionar inmigración con delincuencia, con pérdida de calidad de los servicios públicos, con usurpación de derechos o con crisis laboral y económica. Y todo esto lo ha hecho únicamente para socavar al PSOE en la lucha electoral. Pero no todo vale, y menos esto, pues cuando la xenofobia y el racismo se instalan en una sociedad, las consecuencias se traducen en dolor, odio, persecución y muerte.

Por ello, porque las personas que carecen de humanidad, sensibilidad y empatía no deben formar parte de la política, votaré contra el PP.

9. El PP acalla la voz e impide el surgimiento de una derecha civilizada. Creo sinceramente que la democracia precisa alternancia en el poder. Creo igualmente que debe haber un partido que represente a la derecha, y que ese partido, aunque yo no comparta sus ideas, tiene derecho a optar a la jefatura de gobierno, y conseguirla si así lo quieren los votantes. Pero ese partido de derecha no puede estar instalado en el extremo diestro de la ideología conservadora. Estoy seguro, o al menos quiero estarlo, de que existe una derecha civilizada en España; el problema es que esa derecha ha sido expulsada de la cúspide del PP en beneficio de los más radicales. Y el problema, también, es que los votantes moderados de derecha no pueden votar a nadie más, así que, aunque tapándose la nariz, depositarán la papeleta popular en la urna, pero lo harán porque no les queda más remedio. La única forma de conseguir una derecha moderna es expulsando a los elementos mas cavernarios del PP para que los moderados se hagan con el control del partido.

Por ello, para poder contar con una derecha civilizada, votaré contra el PP.

10. El PP actual es el mismo de hace cuatro años. En las anteriores elecciones, la mayoría de los votantes castigó al PP por haber propiciado la intervención de España en la ilegal guerra de Irak y, sobre todo, por las mentiras que propaló sobre la autoría del atentado del 11M. Pues bien, en el PP que se presenta a estas elecciones están exactamente los mismos que hicieron todo eso, los mismos que celebraban a carcajadas la intervención militar española en Irak, los mismos que, por motivos electorales, mintieron descaradamente sobre los cadáveres de casi doscientas víctimas, los mismos que en los años sucesivos se dedicaron a sustentar una patética teoría conspirativa que atribuía la responsabilidad del atentado a todo el mundo (etarras, policías, jueces, socialistas, guardias civiles, servicios secretos árabes...) con el único fin de ocultar la evidencia de sus mentiras. Rajoy, Acebes, Zaplana, Ana Pastor, Pujalte, el tapado Aznar... Todos ellos mostraron entonces uno de los grados de miseria moral más altos que jamás he visto. Y, para colmo, nunca han pedido perdón. Al contrario, lo que quieren es que olvidemos, quieren que miremos sólo al futuro para distraer nuestra atención de su negro pasado de miserables mentirosos. Vale, pues miraré al futuro, y en mi futuro veo con claridad que no quiero que esa clase de personajes nos abochorne con su mera presencia.

Por ello, porque hay cosas que no pueden olvidarse, votaré contra el PP.

En fin, amigos míos, tengo muchas más razones para votar contra el PP, pero como los decálogos molan y esto ya es demasiado largo, nos conformaremos con lo expuesto. Como decía al principio, ejerceré mi voto contrario al PP votando a los socialistas, porque es lo más eficaz y porque hasta ahora el PSOE no me ha ofendido. Como decía en otra entrada, creo que ganará el PSOE, pero no sé por cuánta diferencia. De lo que sí estoy seguro es de que nuestra tierna democracia necesita imperiosamente que la derecha se civilice y, para que esto suceda, la actual dirección de los populares debería sufrir una derrota tan demoledora que no le quedara más remedio que irse y dar paso al sector moderado (si es que todavía queda alguno). Y atención, no escribiría nada de esto si al frente del PP estuvieran Gallardón o Rato, por ejemplo, aun sabiendo que cualquiera de los dos podría derrotar electoralmente a la izquierda. Pero prefiero eso con diferencia a tener en la oposición una panda de hooligans incendiarios dispuestos a todo con tal de conseguir sus fines.

Post Scriptum: Al terminar de escribir esta entrada me he enterado de que los sanguinarios descerebrados de ETA han asesinado en Mondragón a Isaías Carrasco, un ex-concejal socialista de Arrasate. Supongo que para las psicopáticas mentes de los asesinos, esa muerte supone un gran paso en la lucha del oprimido País Vasco en pro de su independencia... a mí lo único que me provoca es pena y asco. Pero ahora, al menos, tenemos una oportunidad para responder a los sembradores de terror; ¿no pide ETA la abstención? pues vayamos todos el domingo a votar, digámosles muy claro que estamos con la democracia y contra los matones, votemos cuantos más mejor, a quien sea, aunque se trate del PP...

miércoles, marzo 5

Cantinela


La verdad es que la acartonada retórica de los políticos resulta muy aburrida, sobre todo por previsible. Dame una cuestión, la que sea, ponme delante a un político, quien sea, y te diré lo que va a decir antes de que abra la boca. Sí, los políticos son aburridos. Pero igual de aburrida me resulta la también predecible cantinela de los desencantados con la política. Todos los políticos son iguales, todos están corruptos, son todos unos demagogos, sólo les preocupan sus intereses, no hacen nada por los ciudadanos...

No voy a defender ahora a la clase política, la más denostada por los españoles después del sector eclesiástico, si mal no recuerdo, pero sí me gustaría intentar poner las cosas en su lugar. De algún modo, parece que le exigimos a los políticos unas cualidades casi angelicales; han de ser absolutamente honestos, totalmente sinceros, radicalmente eficaces, inhumanamente trabajadores, deslumbrantemente inteligentes, resplandecientemente carismáticos, cordialmente dialogantes, férreamente firmes, sobrenaturalmente perspicaces, bondadosamente idealistas... En fin, todo eso está muy bien y ojalá fuera así, pero no tiene en cuenta el factor humano, y lo cierto, amigos míos, es que las personas tendemos estadísticamente a ser entre mediocres y gilipollas.

Permitidme que recurra a mi experiencia personal. Como sabéis, y si no lo sabéis os lo digo ahora, durante una larga década trabajé en publicidad. Eso, la publicidad, te brinda una amplia perspectiva, pues te permite estar en contacto muy directo con muchas empresas distintas (los clientes de las agencias), así que he trabajado para un buen número de directivos y ejecutivos, gran parte de los cuales pertenecían a empresas multinacionales, algunas de ellas realmente sofisticadas. Tened en cuanta que estoy hablando del sector privado, que es el que mejor paga y, por tanto, el que se lleva a los mejores profesionales. Tened en cuanta también que me refiero a multinacionales, cuyo personal se supone que está mejor formado y dispone de más y mejores herramientas de trabajo. Tened en cuenta, por último, que los ejecutivos empresariales con los que me relacionaba pertenecían, en su mayoría, al sector del marketing, un especialidad casi aristocrática que, de nuevo supuestamente, debe reunir a los mejores cerebros de la empresa.

Pues bien, puedo asegurar sin riesgo a equivocarme (y que cualquier publicitario que lea estas líneas me corrija si estoy mintiendo), puedo asegurar, insisto, que por cada directivo o ejecutivo brillante, o simplemente buen profesional, que me he encontrado, he conocido a seis mediocres, cuatro capullos inútiles y un par de bobos de solemnidad. De hecho, he topado con empresas, algunas muy conocidas (como, por ejemplo, cierta famosísima marca de dentífrico), cuyos departamentos de marketing estaban compuestos por auténticas pandas de descerebrados. Y lo curioso es que esas empresas, pese a todo, seguían funcionando, pues la propia inercia de sus estructuras les hacían ir adelante, no gracias a sus directivos, sino pese a ellos.

Bueno, pues si esto pasa en el sofisticadísimo sector privado, ¿qué no sucederá en el sector público, que paga mucho peor? Pues claro que los políticos suelen ser mediocres, cuando no tontos de baba, claro que hay inútiles y cantamañanas... pero como en todas partes. Lo que pasa es que los políticos están constantemente en el foco de la opinión pública (y de la opinión publicada), de modo que sus errores y defectos son más notorios.

Por otro lado, claro, están las peculiaridades del trabajo político. La exposición a los medios de comunicación y la necesidad de granjearse el favor del votante hacen que el político recurra con frecuencia a una retórica acartonada o, directamente, a la demagogia. Además, el partidismo inherente a la actividad política convierte a sus protagonistas en una especie de hooligans que piensan, hablan y actúan, no por la razón, ni por la verdad, sino exclusivamente según sus colores, gente incapaz de reconocer los propios errores ni los aciertos del rival. Todo esto no nos gusta, claro; nos indigna que los políticos sean así. Pero, ¿qué pasaría si un político se negara a seguir ese modelo estándar y se comportara como una persona normal, como un honesto y sincero profesional? Pues que no se jalaría un rosco, perdería votos a puñados y acabaría siendo expulsado de la cosa pública. Porque un político sincero tarde o temprano tendría que hacer o decir algo que molestase seriamente a su electorado y eso el votante medio no lo perdona. Es decir, en cierto modo somos los ciudadanos quienes exigimos a los políticos que sean tan... políticos, aunque luego nos irrite su comportamiento.

Volviendo a la publicidad, esto me recuerda a una situación similar. Uno de mis primeros clientes, allá por 1981, era Procter & Gamble; en concreto, la cuenta del detergente Ariel. Por aquel entonces, los anuncios de detergentes eran, sobre todo, “testimoniales” de usuarias que hablaban maravillas del producto. Es decir, señoras gordas, paletas y carpetovetónicas que decían cosas como “la ropa me queda escamondá de limpia”, o “mi colada está blanca como la sal”, o “se lo dije a mi vecina”, etc. Vamos, unos anuncios costrosos que daban ganas de vomitar. De hecho, si le preguntabas a las usuarias de Ariel qué les parecía la publicidad de la marca, todas sin excepción afirmaban que era mala, degradante y fea. Pues bien, hete aquí que, en cuanto hacías un spot distinto, más elegante, moderno y sofisticado, las puñeteras ventas caían. Lo cual significa que a las usuarias no les gustaba la publicidad tradicional de detergentes... pero les convencía. Es decir, la culpa de la mala calidad de esos spot no la tenían ni el cliente ni los publicitarios, sino los usuarios. Bueno, pues algo parecido nos sucede con los políticos.

Dicen que la política es el arte de lo posible, lo cual se refiere al pragmatismo que debe adornar a todo buen político. Pero eso del pragmatismo, por muy necesario que sea, también es peligroso. Poco a poco, jornada a jornada, vas haciendo pequeñas concesiones en virtud de supuestos buenos fines, hasta que un día, de repente, te das cuenta de que ya no queda nada de tus ideales, de que has cruzado una frontera invisible e imprecisa y ya sólo manejas un “vale todo” que en realidad no vale nada. Muchos políticos han caído en ese pozo y, por pura salud democrática, deben ser expulsados de la política. Pero no todos son así, ni mucho menos.

Hace unos años me relacioné y trabajé (durante breve tiempo, eso sí) con numerosos políticos, desde simples asesores hasta ministros, y me encontré con gente de toda clase. Políticos muy inteligentes, políticos profesionales, políticos mediocres, políticos cantamañanas... En fin, de todo, como en todas partes. También encontré algo que, lo reconozco, me sorprendió: un buen número de políticos sinceros que realmente creían en lo que estaban haciendo. Y, por supuesto, encontré todo lo contrario: políticos más falsos que un euro de madera que, si no eran ya corruptos, desde luego eran claramente corruptibles. Pero eso lo hay en todos los oficios, en todos los lugares.

Así pues, ¿todos los políticos son iguales? La respuesta es sí en determinados aspectos, como el “estilo laboral”, la retórica y el partidismo; pero rotundamente no en el resto de las cuestiones. ¿Hubiese dado igual que ganase Bush o Al Gore? Que se lo pregunten a los iraquíes. ¿Fueron iguales Suárez, González y Aznar? Por favor, claro que no; ni para lo bueno ni para lo malo. ¿Es lo mismo que durante los próximos cuatro años gobierne el PSOE o el PP? Pues claro que no, y por muchísimos motivos. Así que, por favor, no empecemos con la cantinela de que todos los políticos son iguales, de cómo me aburre la política, de yo estoy por encima de esas cuestiones, de a mí, que soy muy listo, no me engañan, de mi pureza moral me mantiene alejado de las urnas y todas esas zarandajas. Eso, queridos, aburre tanto como el discurso político, sólo que es infinitamente más inútil. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que nuestra clase política no sea francamente mejorable. De hecho, tenemos unos políticos de lo más mediocres (no solo en España, sino en toda Europa y, probablemente, en todo el mundo). Pero, reconozcámoslo, tampoco los electores españoles, como conjunto, somos para tirar cohetes.

En cualquier caso, no entiendo adónde conduce la cantinela de los “exquisitos” de la política, esas personas que sólo saben mostrar su desprecio hacia la política, pero sin aportar la menor solución, esas personas que, con un deje de suficiencia, se declaran hastiadas del juego democrático y aseguran, con no menos suficiencia, que jamás se mancharán las manos con una papeleta de voto, esas personas que deciden, en base a una supuesta pureza ideológica que les impide participar en todo aquello que no sea perfecto, quedarse al margen de la política. Vale, muy bien, cada cual hace con su culo (y con su voto) lo que quiere. El único problema, amigos míos, es que es imposible quedarse al margen de la política. Podrás abstenerte de votar, pero nadie te libra de las consecuencias del voto ajeno.

Es como si te invitaran a una fiesta. A ti no te mola ir porque los invitados son muy cutres, así que te quedas en tu casita y santas pascuas. No obstante, ¿qué ocurre si la fiesta se celebra en tu casa? Podrás encerrarte en tu habitación y enterrar la cabeza bajo la almohada, pero nadie te librará del ruido y el follón. Por tanto, ya que la fiesta es en tu hogar y no hay forma de impedirlo, ¿no sería mejor participar de la juerga y poder, al menos, elegir la clase de música que va a sonar?

domingo, marzo 2

Estrategia


"Toda nuestra estrategia está centrada en los votantes socialistas indecisos. Sabemos que nunca nos votarán. Pero si podemos sembrar suficientes dudas sobre la economía, sobre la inmigración y sobre cuestiones nacionalistas, entonces quizá se quedarán en casa".



Declaraciones al Financial Times de Gabriel Elorriaga, Secretario de Comunicación del PP

viernes, febrero 29

En contra

Siempre he pensado que nuestro sistema electoral (en realidad, los sistemas electorales de todo el mundo) es francamente mejorable. Una elección consiste en que te pregunten qué partido quieres que gobierne (el país, la autonomía, el ayuntamiento, lo que sea), así que tú eliges una papeleta de la formación política que más te guste, la metes en un sobre y la introduces en una urna. Luego, se cuentan las papeletas y el que más tenga gana. Es decir, se te pide una opción positiva, o que te abstengas, o que recurras a esa forma de NS/NC que es el voto en blanco. Pero, ¿qué sucede si miras a tu alrededor y no ves a nadie que te convenza lo suficiente como para concederle tu confianza? O bien, ¿y si el partido político que te hace vibrar es tan insignificante que votarle sería tirar tu papeleta a la basura? Cuando nos invitan a votar nos exigen un acto de amor (“sí, quiero al Partido XXX”), pero ¿qué ocurre si no estamos enamorados?

Bueno, si te encuentras en ese caso siempre puedes abstenerte, que es lo que hace mucha gente. No obstante, la abstención no te libra de responsabilidades ni de sufrir las consecuencias de tus actos (o “no actos”), pues puede suceder que gane el partido que más te repatea. Es decir, podrás pasar alegremente de las elecciones, pero no te libra ni dios de padecer los resultados de éstas.

Todo esto ocurre porque en unas elecciones se nos pide un acto de atracción, pero no se tiene en cuenta la repulsión. Se nos exige amor, dejando olvidado el odio (en términos metafóricos, claro), cuando el rechazo es una actitud por lo menos tan intensa y decisiva como la aceptación. Y es que muy bien puede ocurrir que no tengamos una idea clara de quién queremos que gane unas elecciones, pero estoy convencido de que todos, sin excepción, sabemos a quien no queremos ver ni de coña en el poder.

Por eso creo que sería muy conveniente incluir entre nuestras opciones electorales el voto negativo. Me explicaré. Al llegar a la urna tendríamos dos alternativas: emitir un voto positivo, que se sumaría a la formación política que hayamos elegido (es decir, la forma tradicional), o emitir un voto negativo, que se restaría de los votos obtenidos por el partido que nos caiga gordo. Por ejemplo, supongamos que le tenemos una tirria espantosa al PCI (Partido de los Casposos Intransigentes) y depositamos en la urna un voto negativo en su contra; en tal caso, si el PCI obtiene 615.321 votos positivos, al restarle el nuestro se quedaría en 615.320. ¿Está claro?

Bueno, puede que alguno piense que el resultado final sería el mismo, tanto con voto negativo como sin él, pero no es así. Sobre todo porque fomentaría la participación, pues mucha de la gente que usualmente se abstiene porque no tiene a quien votar, correría como loca a las urnas, pues lo que sí tiene es contra quien votar. Un buen amigo mío objeta que, si esto fuera así, un partido podría ganar las elecciones con votos negativos. Por ejemplo, el POTO (Partido Onanista Trempador Orgásmico) llegaría al poder con -17.328 votos, porque su inmediato rival, el PITO (Partido Independiente Tremendamente Obsceno) obtuvo -23.614 votos. Bueno, podría ser; ¿y qué? Alcanzar el poder con votos negativos sería una buena llamada de atención para nuestros políticos.

Ya sé que esta propuesta suena un poco a coña, pero si os paráis a pensarlo resulta mucho más lógica de lo que parece. Además, creo que votar en contra debe de dar más gustirrinin que votar favor. ¿Os imagináis introducir el voto en la urna al tiempo que masculláis un “que os jodan” entre dientes? Ah, cuan placentero es el lado oscuro de la fuerza...

Pero hoy por hoy no existe el voto negativo, de modo que sólo contamos con una manera de votar en contra: votando al enemigo de nuestro enemigo. No es perfecto, pero menos da una piedra.

miércoles, febrero 27

Campaña

Hace cuatro años, participé en la campaña electoral como asesor publicitario de cierta formación política. En esta ocasión, gracias al cielo, no. Por tanto, mi conocimiento sobre la actual campaña es muy limitado, como limitada, si he de ser sincero, es mi atención al evento. Porque la verdad, amigos míos, creo que las campañas publicitarias tienen escasísima incidencia en el voto. Es un caso claro de lo que podríamos llamar “publicidad pasiva”; es decir, si hago publicidad me quedo como estoy, pero si no la hago pierdo apoyos y mi imagen se desvanece. En Estados Unidos, donde los candidatos invierten cientos de millones en cada campaña, y donde hay muchísima más experiencia en marketing político, puede que la publicidad sea más efectiva, pero desde luego en España no. Así pues, los partidos han puesto en marcha su maquinaria de comunicación manejando unos presupuesto más bien exiguos.

Ahora bien, ¿qué es lo que pretenden comunicar los dos principales partidos? Pues cosas diferentes, cuando no opuestas. Veamos: como cualquier sociólogo sabe, España está ligeramente escorada hacia la izquierda. Si la derecha es 1 y la izquierda 10, los votantes españoles estamos estadísticamente ubicados en un 6. Esta situación se compensa con el hecho de que la izquierda tiene dos partidos parlamentarios mientras que la derecha sólo cuenta con uno que recibe todos los votos conservadores. Por otro lado, parte de los votantes de izquierda –la llamada “izquierda exquisita”- tiene cierta tendencia a la abstención. De hecho, se supone que una participación superior al 73% otorgaría la victoria al PSOE y una inferior al 70% sentaría en la Moncloa al PP.

La estrategia de los populares ha consistido en hacer durante toda la legislatura una oposición extremadamente dura y bronca, basada fundamentalmente en el terrorismo, con un doble objetivo: fidelizar a su electorado y mantenerlo en tensión, y dar la sensación de llevar la iniciativa parlamentaria. Debemos reconocer que, con la ayuda de los múltiples errores de comunicación del gobierno, los populares han conseguido ambos propósitos. No obstante, esta estrategia conlleva un doble problema: en primer lugar, al tiempo que se fideliza y tensiona al propio electorado, se moviliza al electorado contrario; en segundo lugar, una política bronca hace perder apoyos entre los votantes centristas, que por su propia naturaleza huyen del radicalismo.

Así pues, contando con la manifiesta fidelidad de voto de su electorado natural, el PP tiene que conseguir dos objetivos: que la “izquierda exquisita” se abstenga y tranquilizar a los votantes de centro. Para ello, los populares intentan ofrecer desde hace varios meses una imagen de moderación, abandonando (por el momento) la bronca dura, las deslegitimaciones y la algarabía callejera. Por otra parte, todos sus esfuerzos se centran en dibujar a su oponente, Zapatero, como un hombre insustancial y caprichoso en quien resultaría ridículo, incluso si se es de izquierdas, depositar la confianza. El primer objetivo, la moderación, es lógico y resultaba previsible; el segundo, el desdén hacia el oponente, es más discutible, sobre todo teniendo en cuenta las respectivas imágenes públicas de ambos rivales.

En cuanto al PSOE, es evidente que su política de comunicación ha sido nefasta durante la legislatura. Mejor dicho, no ha existido ninguna política de comunicación, lo cual es aún peor. La estrategia de centrar toda la voz del gobierno en Zapatero y María Teresa Fernández de la Vega ha desdibujado la imagen del gabinete; eso, unido a que la otra figura visible del PSOE era Pepe Blanco, un pésimo comunicador, no ha hecho ningún bien al conjunto de la comunicación gubernamental. Además, el hecho de haber tenido que mantenerse a la defensiva ante los constantes ataques del PP, ha impedido que el gobierno saque todo el partido posible a sus logros. No obstante, la principal seña de identidad de Zapatero, el talante, por muy tópico que ya les suene a muchos, sigue jugando a su favor. Es como un recordatorio subliminal: “Nosotros somos una izquierda moderada y ustedes una derecha radical”. Aunque, claro, ese mismo talante aleja del PSOE el voto de la izquierda más militante.

Por consiguiente (como decía González), los socialistas deben conseguir dos objetivos: movilizar a su electorado y hacerse con la mayoría de los votos centristas. Para conseguir lo primero, utilizan el estandarte de sus éxitos en política social y, sobre todo, utilizan el miedo del electorado de izquierdas a que la derecha dura patrocinada en la sombra por Aznar vuelva al poder. Para conseguir lo segundo, insisten en ofrecer una imagen de partido moderado y dialogante, frente a una derecha a la que presentan como radicalizada e intransigente.

Veamos ahora cómo lo están haciendo ambos partidos desde el punto de vista de la publicidad. Comencemos con los eslogan. El PP usa dos: “Con cabeza y corazón” y “Las ideas claras”. El primero, por decirlo con sencillez, me parece una bobada, la típica proposición vacía que tanto sirve para referirse a un político, un banco o una agencia matrimonial. Además, parece la lista de la compra de una casquería. El segundo claim es más normalito; incide sobre un supuesto “atributo del producto”, pero posee escaso poder de convocatoria.

El PSOE también usa dos eslogan: “Vota con todas tus fuerzas” y “Somos más”. Ambas frases, como se ve, inciden directamente sobre la participación del electorado de izquierdas. La primera se me antoja un juego de palabras no demasiado conseguido. La segunda es algo mejor, pues recuerda al votante potencial que forma parte de una mayoría sociológica, y tiene cierto poder de convocatoria, pero quizá resulte demasiado simple. En cualquier caso, estas elecciones no se ganarán ni perderán por los eslogan.

Respecto a la televisión, los spot del PP (sólo he visto dos) siguen también una doble estrategia. Uno ridiculiza a Zapatero parodiando su discurso optimista mientras embargan a un pobre familia de clase media, y otro muestra, en planos cortos e intimistas, a Rajoy reflexionando tranquilamente sobre la situación del país. La primera línea de comunicación, como dije antes, me parece equivocada; la segunda resulta lógica y su objetivo es potenciar la imagen de un Rajoy moderado.

Los spot del PSOE (he visto tres) están orientados, cómo no, a la participación de su electorado. Uno está dirigido a los más jóvenes y a los primeros votantes, otro a los ancianos y el último, en el que un votante socialista ayuda a su madre a votar el PP, refuerza la imagen de talante y honestidad política, así como incide, de nuevo, en la participación. Son anuncios amables, pero puede que demasiado ligths.

Quizá lo que más me ha sorprendido es la campaña de radio. Las cuñas del PP se dedican fundamentalmente a ridiculizar a Zapatero, lo cual, insisto una vez más, me parece un error que puede provocar exactamente el efecto contrario al que se pretende. Lo curioso es que las cuñas del PSOE son mucho más agresivas que las de los populares; se trata de unos anuncios de radio orientados a presentar al PP como una derecha extrema cuya eventual llegada al poder supondría una involución social. Parecen piezas más propias de la oposición que del partido gobernante, pero es probable que sean eficaces.

En cuanto a la publicidad exterior, vallas, carteles, banderolas, etc., la verdad es que es lo mismo de siempre, salvo la utilización de esas grandes vallas urbanas que cubren toda la fachada de un edificio. En Madrid he visto una del PP con un enorme retrato de Rajoy y otra del PSOE comparando la terna Zapatero-Fernández del Vega-Solbes con la terna Rajoy-Zaplana-Acebes. En realidad, la valla persigue mostrar la fotografía conjunta de estos tres últimos, pues hasta las elecciones no hay peor compañía para Rajoy que la de sus dos lugartenientes. Por no hablar de Aznar, claro; en el PP deben de estar haciendo rogativas para que al ex-presidente no se le ocurra salir a la palestra.

Un amable merodeador me preguntaba hace poco por el marketing viral aplicado a la campaña. Ante todo, veamos qué es el “marketing viral”. Según Wikipedia: “El marketing viral o la publicidad viral son términos empleados para referirse a las técnicas de marketing que intentan explotar redes sociales preexistentes para producir incrementos exponenciales en "conocimiento de marca", mediante procesos de autorreplicación viral análogos a la expansión de un virus informático. Se suele basar en el boca a boca mediante medios electrónicos; usa el efecto de "red social" creado por Internet y los modernos servicios de telefonía móvil para llegar a una gran cantidad de personas rápidamente”. El ejemplo más claro y conocido de esto lo encontramos en el videoclip “Amo a Laura”, que en realidad era una campaña encubierta de la MTV.

Lo cierto es que cuando yo trabajaba en publicidad el marketing viral estaba en pañales, de modo que nunca lo he utilizado y desconozco su técnica. Por lo que sé, los partidos políticos están comenzando a emplearlo, sobre todo mediante el uso de videos y redes de blogs, pero ignoro hasta qué punto y cuál es su grado de eficacia. No obstante, es más que probable que el futuro de la publicidad discurra por ahí.

Por último, el mismo amable merodeador me solicitaba un pronóstico. Pues bien, creo que, salvo que suceda algo inesperado, ganará las elecciones el PSOE con bastante claridad, aunque no me atrevo a aventurar los porcentajes. En primer lugar, porque si analizamos las encuestas y pasamos de la intención directa de voto (que también está a favor de los socialistas, pero engaña mucho), veremos que las preferencias del electorado se inclinan sensiblemente hacia el lado progresista. Al mismo tiempo, puede detectarse cierto rechazo hacia el PP y su líder por sectores del electorado no necesariamente afines a los socialistas. En segundo lugar, los populares han fijado durante los últimos años una imagen de derecha dura que, por muy desmemoriado que sea el electorado, no lograrán quitarse de encima con unos pocos meses de moderación. Esa imagen radical aleja de ellos el voto de centro y moviliza al electorado contrario. En tercer lugar, Rajoy es un líder que no inspira confianza incluso en gran parte de su propio electorado. Su poder procede de una figura influyente, pero políticamente quemada (Aznar), y ha demostrado tener ciertas dificultades para gobernar su partido. Difícilmente alguien con una popularidad tan baja puede alcanzar el poder.

Existe, por último, una cuarta razón; pero me la reservo, amigos, para después de las elecciones. Los oráculos, como comprenderéis, debemos guardarnos algún que otro secreto, aunque sólo sea para parecer atractivamente misteriosos y gustarles a las chicas.

viernes, febrero 22

Victoria fría

Por lo general, no somos conscientes del momento histórico en que vivimos. La relativa brevedad de nuestras vidas y la lentitud con que se mueve la historia nos vuelve miopes e impiden que contemplemos el contexto que nos rodea en su integridad. Por otro lado, si pensamos en, por ejemplo, la revolución francesa, sabemos lo que hubo antes y también lo que vino después, pero si nos situamos en el “ahora”, conocemos el pasado inmediato, pero ignoramos lo que depara el futuro, de modo que nuestra visión es intrínsicamente incompleta. Por ejemplo, no somos conscientes de que vivimos tiempos de posguerra.

Lo que voy a comentar en este post no es ningún descubrimiento; de hecho, se trata de algo evidente que todos sabemos, aunque quizá no siempre tengamos presentes las implicaciones. Veréis... ¿Quién ganó la Segunda Guerra Mundial? ¿Los americanos? ¿Los aliados? No: los rusos. Ellos minaron al ejército alemán gracias a una numantina resistencia, ellos contraatacaron, ellos sitiaron Berlín y ellos fueron los primeros en entrar en la capital del Reich. Por supuesto, los yanquis ganaron la guerra del Pacífico, pero en cierto modo esa era otra guerra (japoneses y alemanes nunca llegaron realmente a colaborar bélicamente). El caso es que, al terminar la guerra, USA y Rusia se repartieron alegremente Europa (y el mundo). Así surgieron el imperio americano y el imperio soviético. Y comenzó otra guerra, sólo que muy distinta a cuantas antes había contemplado la humanidad.

Gore Vidal sostiene que la Guerra Fría fue un invento de la industria armamentística norteamericana, un conglomerado de empresas e intereses que, tras haberse forrado durante la guerra mundial, contemplaban cómo la paz ponía en riesgo sus beneficios. Sin duda, algo hay de esto, pero también estaban en juego el dominio geoestratégico del planeta y la confrontación entre dos visiones diametralmente opuestas de la economía, la política y la estructura social. La aparición de las bombas atómicas y el acopio de ellas que hicieron ambas potencias condujo a una situación nueva: dos imperios opuestos y mutuamente hostiles no podían enfrentarse bélicamente entre sí, pues tenían en su contra el MAD (Mutual Assured Destruction-“destrucción mutua asegurada”). Nadie podía ganar. Así pues, la guerra se desarrolló en otros frentes: el diplomático, el propagandístico y, sobre todo, el económico.

Hablemos un momento sobre el comunismo. La corriente romántica del siglo XIX y el declive de las religiones institucionales, devinieron, a comienzos del siglo XX, en dos formas distintas de “política redentorista” o “religión de estado”: el fascismo-nazismo y el comunismo. Ambos monstruos generaron terribles dictaduras y causaron millones de muertos, pero mientras que el comunismo se desarrolló en el extrarradio de Occidente, el fascismo-nazismo lo hizo en el mismo centro, de modo que era mucho más visible y, quizá por eso, fue el primero en caer. Durante mucho tiempo, la gente ignoraba qué sucedía tras el telón de acero y lo poco, y malo, que se sabía era desechado como propaganda capitalista. Pero lo cierto es que el comunismo no funcionaba ni social ni económicamente, que, pese a sus bonitas palabras, era una tiranía, que Stalin y Hitler eran lo mismo: despiadados dictadores.

Sin embargo, el comunismo tuvo una inesperada buena consecuencia: ante el temor de que los trabajadores occidentales, contagiados por el éxito de la revolución rusa, se alzaran contra sus patronos, el capitalismo salvaje se vio forzado a hacer concesiones y de ello surgieron los sindicatos o el estado del bienestar. Es decir, el comunismo era bueno para las clases trabajadoras siempre y cuando no se llevase a la práctica y se mantuviese a considerable distancia. Era una especie de toque de atención para la oligarquía: “cuidado, hay otra alternativa que puede devorarte”.

Quizá por eso, y porque supuestamente era una utopía puesta en práctica –el “paraíso proletario”-, y porque servía como espantajo contra la derecha, y porque aparentemente era una alternativa viable al capitalismo, y por las tan fraternales como falsas palabras propias del comunismo, por todo eso la izquierda mundial adoptó casi sin excepciones el marxismo como caballo de batalla e ideología básica.

Qué gran error, qué inmenso error... La invasión de Checoslovaquia por las fuerzas del Pacto de Varsovia, en 1968, hizo que las escamas se desprendieran de muchos ojos. Luego, se conoció la barbarie del estalinismo, el horror de la Revolución Cultural maoista, la locura infernal de los jemeres rojos. Pero, sobre todo, el sistema económico comunista no funcionaba; la economía de estado ni siquiera era capaz de garantizar la alimentación de sus ciudadanos y, de no ser por los cereales que, paradójicamente, le vendía USA, las hambrunas hubiesen recorrido el imperio soviético. Un imperio que estaba derrumbándose lentamente a causa de su ineficacia.

Pero algo aceleró ese derrumbe. Hoy ya sabemos lo que yo siempre había sospechado: Ronald Reagan y el papa Juan Pablo II se reunieron en repetidas ocasiones para planificar una estrategia conjunta destinada a socavar los cimientos de la Unión Soviética. Karol Wojtyla era polaco y profundamente anticomunista. La insurrección contra el sistema soviético brotó en Polonia de la mano del sindicato obrero católico Solidaridad. ¿Alguna relación entre lo uno y lo otro? Pues sí, sobre todo si tenemos en cuenta que el Vaticano financió a Solidaridad con 32 millones de dólares tramitados, probablemente, a través de Roberto Calvi.

Por otro lado, Reagan se sacó de la chistera un curioso plan: la famosa "guerra de las galaxias", un paraguas que cubriría todo el territorio USA y cuyo objetivo sería interceptar cualquier misil dirigido contra esa nación. De tener éxito tal iniciativa, el MAD se iría a hacer puñetas y la Unión Soviética quedaría inerme frente a los americanos. Así pues, los soviéticos sólo tenían dos alternativas: o desarrollar ellos también un paraguas nuclear, o ponerse a fabricar misiles como locos para derrotar al escudo americano por saturación (por ejemplo, de cada diez misiles lanzados sólo llegaría uno). El problema era que cualquiera de esas alternativas hundiría en la miseria a la precaria economía soviética. De modo que, como reza el dicho judío, los soviéticos decidieron que, ante dos alternativa, lo mejor era escoger la tercera: ya que no podían vencer a su enemigo, ¿por qué no aproximarse a él? Y así llegaron los tiempos de la perestroika y la glásnot, hasta que, finalmente, en 1991, el imperio soviético se disolvió.

Es decir, la guerra fría tuvo una victoria fría, y quien venció fue el sistema capitalista capitaneado por los poderes más conservadores de occidente (Reagan, Wojtyla, Thatcher...). Por eso vivimos tiempos de posguerra. ¿Y esto en qué nos afecta? Bueno, ahí tenéis, por ejemplo, la “revolución” neocon. Fue la derecha más dura quien venció al comunismo, así que a ella le pertenecen los despojos de la guerra. Entre tanto, la izquierda anda desorientada; se ha desprendido del marxismo, pero es incapaz de encontrar una alternativa a la economía de mercado o un modelo distinto al de la sociedad capitalista, de modo que prácticamente toda la izquierda europea ha derivado hacia más o menos tibias socialdemocracias. Es decir, todos los partidos políticos han virado a la derecha; tanto los progresistas como los conservadores.

Ahora bien, dado que el triunfante capitalismo se ha desembarazado del contrapeso que era el comunismo, ¿no resultará tentador dar marcha atrás en las concesiones hechas cuando el Imperio Soviético aún existía? La ley del mercado aplicada también a los seres humanos, darwinismo social, estados reducidos a lo mínimo y liberalismo económico a ultranza. Sálvese quien pueda.

El presente es producto del pasado y la “victoria fría” explica, al menos en parte, muchas de las cosas que están sucediendo en el mundo, desde la infame guerra de Irak hasta, ya en casa, la deprimente guerra de los obispos contra el gobierno socialista. Estamos asistiendo a una “revolución conservadora” (si es que a una contrarreforma se le puede llamar revolución) capitaneada por una derecha dura que triunfó frente al comunismo igual que San Jorge frente al dragón. Una derecha extremada cuyo lema “sin complejos” muchas veces podría interpretarse como “sin escrúpulos”. Pero ellos son los triunfadores, ¿no?

lunes, febrero 18

Indy


Dentro de mí hay un niño, el niño que fui hace tropecientos años, cuando tenía doce o trece. Durante toda mi vida he procurado que ese niño no muera, que siga ahí, que no se convierta en una sombra, en un mero recuerdo, y permanezca en mi interior formando parte de lo que soy. En realidad, no ha resultado difícil; de hecho, lo realmente complicado fue conseguir que brotara de mí una figura más o menos adulta, si es que alguna vez lo he conseguido. Pero es que ser adulto es tan aburrido...

El niño de mi interior se ocupa de muchas cosas; me hace leer y ver cine, me lleva de viaje a lugares lejanos, me cautiva con misterios y maravillas, maneja el timón de la barca de mis sueños, alimenta con abundante combustible mi capacidad de asombro, hace que me dedique a algo tan infantil como es contar mentiras por escrito... y me permite disfrutar de determinados entretenimientos con toda sencillez, sin restricciones, sin preguntas ni comeduras de coco. También tiene cosas malas, por supuesto, pero coño, a fin de cuentas sólo es un niño.

Cuando era pequeño, la película que mas me gustaba era King Kong, la primera (por entonces no había otra), la de Cooper y Schoedsack con Fay Wray, Robert Armstrong y Bruce Cabot como protagonistas. Adoraba esa película, me hacía soñar... A mediados de los sesenta, cuando yo tenía alrededor de doce años, había un curioso lugar cerca de mi casa, en Santa Bárbara. Se trata de un pequeño bulevar; en un extremo había un bar-kiosco llamado La Concha, y en el otro un templete que por un lado era un urinario público (donde, por cierto, se cometió un asesinato) y por el lado contrario una librería de segunda mano. En el escaparate de la librería estaba expuesta una novela en inglés: era el King Kong de Edgar Wallace y la portada ostentaba un maravilloso dibujo del gorila gigante. Yo me quedaba embelesado contemplando aquella portada, soñando despierto con islas de la calavera y bestias prehistóricas...

Hoy en día, cuando la palabra “carroza” se queda corta para describir lo que soy, King Kong sigue siendo una de mis películas favoritas. Qué le vamos a hacer, me chiflan la fantasía, los sueños, la aventura... Naturalmente, a mi yo adulto también le gustan otra clase de películas, pero está tan contaminado de mi yo niño que participa también de sus gustos, aunque con otra mirada. El caso es que hay cierto tipo de películas (y también novelas) que, siendo puros divertimentos, forman parte de mi canon particular: Beau Geste, El hombre que pudo ser rey, El malvado Zaroff, Horizontes perdidos, Los cañones de Navarone, Los vikingos, El halcón y la flecha, El temible burlón, El prisionero de Zenda, El mundo en sus manos... Sí, todas películas de aventuras, maravillosas y gloriosas películas de aventuras.

Y ahora voy a confesaros algo: la película que más me ha divertido jamás, la que más ha hecho vibrar al niño que llevo dentro, es En busca del Arca perdida. No digo que sea la mejor, ni la que más me ha gustado; sencillamente afirmo que es la que más me ha hecho disfrutar, de principio a fin, como un crío, la que me agarró por las solapas desde el primer plano, mandó a hacer puñetas mi sentido de la incredulidad, e hizo que me deslizara por una especie de montaña rusa en la que comenzabas con un terremoto y, a partir de ahí, el ajetreo iba en aumento. Dios santo, qué bien me lo pasé viendo En busca del Arca perdida; y eso que, cuando se estrenó, yo distaba mucho de ser un niño (debía de tener unos 28 tacos).

En fin, qué duda cabe de que Indiana Jones es un personaje de amalgama cuyo modelo son los héroes pulp de los seriales cinematográficos de los años 30 y 40. Su principal seña de identidad, su uniforme por así decirlo, es el sombrero tipo Stetson (en realidad, se trata del modelo Fedora de Herbert Johnson Hat Shop). Eso nos retrotrae a dos películas en concreto: El tesoro de Sierra Madre y, sobre todo, El secreto de los incas (1954), donde Charlton Heston encarnaba a un héroe de apariencia muy similar a nuestro Indy. Otro elemento distintivo es el látigo, cuyo antecedente más inmediato lo encontramos El Zorro. El resto -aventuras en países exóticos, fantasía desbordada, peripecias constantes, situaciones límite, rescates en el último segundo- forma parte de la tradición de la serie B de aventuras.

Lo que hicieron Lucas & Spielberg fue tomar todos esos elementos, reconstruirlos bajo el prisma del humor y tratarlos como si fueran una serie A (al menos en cuanto a presupuesto). Aunque hicieron mucho más, claro. La secuencia inicial de la película –la selva, la gruta, el ídolo de oro, las trampas, etc.- es un ejemplo de “creación instantánea” de un héroe. La cámara elude al principio mostrar el rostro del protagonista, al que siempre vemos de espaldas con su característico sombrero. Luego, somos testigos de su impasibilidad frente a cadáveres y arañas. Acto seguido, entra en la cueva, roba el ídolo y el mundo se derrumba a su alrededor. Le vemos utilizar el látigo para escapar de una serie de trampas que parecen sacadas de una película de Fu Manchú, cae en una encerrona, huye en medio de las nubes de polvo que él mismo desprende, monta en un hidroavión y ahí descubrimos que ese héroe de piedra, oh ironía, le tiene miedo a las serpientes.

Indiana Jones es un héroe que no se toma en serio a sí mismo y En busca del Arca perdida una cinta modélica en cuanto ritmo, aventura y diversión se refiere. Las otras dos películas me gustaron menos, lo reconozco. El templo maldito, con una espléndida secuencia inicial, acaba convirtiéndose en una película un tanto claustrofóbica y mucho menos conseguida que la primera. La última cruzada mejora notablemente con respecto a su antecesora (entre otras cosas por la presencia de Sean Connery), pero su final, de cartón piedra, parece un juego de rol. En cualquier caso, mejores o peores, las películas de Indiana Jones siempre estaban basadas en un dinamismo constante, en un “más difícil todavía” protagonizado por un héroe irónico, carismático y notablemente saltimbanqui.

La pregunta es: ¿podrá hacer lo mismo un Harrison Ford sesentón? Y no me refiero a las piruetas, que para eso están los especialistas, sino a transmitir ese aroma vital y optimista que era el sello de la serie. ¿Tiene sentido un Indiana Jones envejecido? Sinceramente, no lo sé; y la duda me tiene en ascuas mientras esperamos el estreno de El reino de la calavera de cristal (menudo nombrecito...), el cuarto capítulo de las aventuras de Indiana Jones. Entre tanto, pinchando AQUÍ podemos ver el trailer de la película. Es un trailer magnífico, desde luego, pero no despeja mis dudas. En cualquier caso, me encanta el plano donde vemos, arrojada contra un vehículo militar, la sombra de Indy poniéndose el sombrero. Sólo por eso, y por kilos de nostalgia, iré a ver la película, no lo dudéis.

lunes, febrero 11

Cuentos


Coincidiendo con la publicación de su antología de relatos Sauce ciego, mujer dormida, he leído la siguiente frase de Haruki Murakami: "Por decirlo rápido y mal: escribir novelas es, para mí, un desafío; escribir cuentos, un placer". Este comentario me ha hecho reflexionar y he llegado a la conclusión de que todos los escritores que conozco, con sólo una posible excepción, prefieren escribir cuentos antes que novelas. De hecho, lo confieso, a mí también me gusta más escribir relato corto que tochos largos, aunque apenas lo hago (luego veremos por qué).

¿Cuál es la razón de que los escritores prefieran escribir cuentos? Hay más de una. En primer lugar, tengo la sensación de que a la mayor parte de los escritores, aunque no lo confiesen, les pasa lo que a mí: odian escribir (es un trabajo, no lo olvidemos). Por tanto, les satisface más redactar un puñado de páginas que las trescientas (como mínimo) de una novela. Además, al igual que nos sucede a Fredric Brown y a mí, los escritores odian escribir, pero adoran haber escrito; eso significa que el cuento produce una autosatisfacción en el autor mucho más inmediata que una novela (sería algo así como la diferencia entre una aventura erótica y un noviazgo). Por otro lado, la complejidad técnica de una novela es mucho mayor que la de un cuento, lo cual significa que la preparación de una novela lleva mucho más tiempo. Sin embargo, la idea para un cuento puede ocurrírsete por la mañana y tener escrito el relato por la noche. Por último, es casi imposible escribir toda una novela con entusiasmo; la empiezas realmente exaltado, pero llega un momento en que el fuego se apaga y acabas terminando el texto a base de profesionalidad y paciencia. Un cuento, por el contrario, puede escribirse con entusiasmo de principio a fin, lo cual es muy gratificante.

Pero hay otra razón más que no tiene que ver con la relativa comodidad o autosatisfacción del escritor, sino con el resultado final: los cuentos pueden ser mucho más intensos y expresivos que las novelas. Me explicaré: una novela es la suma de diversos elementos, de distintas ideas, que no siempre están relacionados con el tema central del argumento. La novela tiene una naturaleza arbórea, tiene raíces, tronco, ramas y hojas; el texto avanza con altibajos en cuanto a interés e intensidad. Por eso, difícilmente recordamos entera una novela que leímos hace tiempo, por mucho que nos gustara; recordamos fragmentos, determinadas escenas, pero no todo.

El cuento, por el contrario, puede (y debe) centrarse en una única idea, en un único concepto, en una única expresividad. Todo el relato puede orientarse hacia un único fin, sea intelectual o emocional. Los cuentos, además, pueden librarse de las cadenas del argumento y enfocar aspectos que la narrativa larga normalmente ignora. El cuento es un fogonazo; o, mejor aún, un rayo láser donde toda la luz vibra en el mismo plano. Por eso, los relatos cortos pueden deslumbrarte con más intensidad que una novela.

De hecho, si me paro a recordar los textos que más huella han dejado en mí, descubro que la mayor parte de ellos son cuentos. Ninguna historia me ha producido tanta sensación de soledad y tristeza como Volverán las mansas lluvias, de Bradbury, ni tanto estremecimiento como Siete pisos, de Buzzati, ni tanta desolación como Un día perfecto para el pez plátano, de Salinger, ni tanto asombro como El centinela, de Clarke, ni tanta risa como Adiós a todos los gatos, de Woodehouse, ni tanto miedo como La zarpa de mono, de Jacobs, ni tanto vértigo como La biblioteca de Babel, de Borges, ni tanta extrañeza como Alpha Ralpha Boulevard, de Cordwainer Smith, ni tanta inquietud como Casa tomada, de Cortázar, ni tanta pesadumbre como Pesadilla en gris, de Brown, ni tanta fatalidad como Los asesinos, de Hemingway... Todos ellos son cuentos y, junto a otros muchos, están clavados en mi memoria de forma permanente y con más intensidad que la mayor parte de las novelas que he leído. Eso por no hablar de los cuentos de hadas; Caperucita roja, La bella durmiente, Blancanieves y los siete enanitos, La cenicienta, La bella y la bestia... todas estas historias no son sólo arquetipos de nuestra cultura, sino que forman parte de nuestro inconsciente colectivo.

Entonces, si tanto me gustan los relatos cortos, ¿por qué no escribo más? Porque me los comería con patatas, amigos míos. En España (al contrario que en los países anglosajones y latinoamericanos) apenas hay revistas que publiquen cuentos, y las antologías están unánimemente consideradas “veneno para las ventas”. ¿Por qué? Porque, en este país, a la gente no le gusta leer cuentos. ¿Y eso por qué? Pues, según la opinión más generalizada, porque al personal le cuesta mucho esfuerzo saltar de un relato a otro, cambiar de historias y personajes; prefiere tochos largos con los que puede familiarizarse durante semanas o meses. Ay, ese es el síndrome del lector inexperto, del lector perezoso cuya mente reacciona con lentitud a los cambios. Para colmo, en España el cuento se ha considerado tradicionalmente un “arte menor” con escasa presencia en nuestra tradición literaria, pese a nombres tan ilustres como Emilia Pardo Bazán, Ignacio Aldecoa o José María Merino.

Así pues, en este país de mis entretelas apenas se escriben relatos cortos, apenas se publican y apenas se leen. Guay: le hemos vuelto la espalda a todo un género literario; somos cojonudos los españolitos. Pero, claro, teniendo en cuenta el penoso historial de nuestra narrativa desde el siglo XVIII hasta nuestros días, tampoco es de extrañar.