Creo que la única revolución del siglo XX que ha triunfado es la revolución femenina (o quizá feminista, no estoy seguro del término); todas las demás (el comunismo, los fascismos, el mayo del 68, el movimiento underground...) se han desvanecido en mayor o menor medida, pero el cambio de roles efectuado por la mujer no sólo permanece, sino que se expande y consolida día a día. Pero, antes de nada, ¿por qué la mujer ha estado sometida al hombre durante tanto tiempo? Por una sencillísima razón: en nuestra especie, los machos poseemos alrededor de un 20 % más de masa muscular que las hembras. Es decir, los hombres podemos partirle la cara a las mujeres, lo cual nos ha permitido someterlas durante milenios. A base de hostias, sí señor, así de simple... Además, las mujeres eran de vital importancia para las comunidades por su capacidad de tener hijos, lo cual las convertía en objetos valiosos. Atención: valiosos, sí, pero objetos, pues su valor dependía únicamente de su función (procrear), y no de su naturaleza, que era femenina, y por tanto débil, y por tanto despreciable.Ahora bien, conforme la civilización ha ido avanzando, el valor de la fuerza bruta individual ha ido decreciendo. Antes, muchos trabajos requerían del músculo humano, y cuanto más músculo mejor, pero la tecnología cambió los bíceps por los motores, así que poco importaba ya si el operario tenía o no un 20 % más de masa muscular. Por ejemplo, recuerdo que, cuando era niño, los camioneros tenían los brazos como jamones, pues hacía falta mucha fuerza para manejar los volantes de aquellos viejos camiones (lo cual expulsaba de ese oficio a las mujeres). Sin embargo, con la aparición de la dirección asistida se acabaron los camioneros-suarcenaguer y las mujeres pudieron ejercer ese oficio sin necesidad de seguir el método Atlas o inflarse de anabolizantes. Pero el decaimiento de la fuerza individual no ha afectado sólo al trabajo, sino también a la más “viril” y testosterónica de las actividades humanas: la guerra. Antes, para ser guerrero había que estar muy, pero que muy cachas; se necesitaba mucho músculo para manejar una espada o tensar un arco de guerra. Sin embargo, la actividad bélica se ha ido tecnificando hasta el punto de que la fuerza muscular carece prácticamente de importancia. Hoy en día, los soldados son en realidad operarios cualificados de maquinaria especial, algo que puede realizar igual de bien un hombre o una mujer.
En fin, digamos que ese proceso de tecnificación de las actividades humanas se consolidó en occidente a mediados del siglo XX. Pues bien, en torno a ese momento ocurrieron dos cosas que cambiaron por completo la sociedad. En primer lugar, la Segunda Guerra Mundial. Durante cinco largos años, los hombres de multitud de países fueron movilizados para luchar, sea en el frente o en la retaguardia, lo cual causó una grave escasez de trabajadores para la industria. Así pues, se echó mano de la única fuerza de trabajo disponible: las mujeres. Atención: por primera vez en la historia, las mujeres se pusieron masivamente a desempeñar trabajos tradicionalmente reservados para los hombres. Luego, se acabó la guerra, los hombres regresaron y les dijeron a las mujeres: “Vale, gracias por la ayuda; ahora devolvednos nuestros trabajos y volved a fregar suelos”. Pero muchas mujeres respondieron: “Y una mierda; hemos demostrado que podemos trabajar tan bien o mejor que vosotros, así que ni de coña nos vamos de aquí”. Y ya nunca se fueron.
El segundo factor de cambio tuvo lugar en 1958, cuando el químico Gregory Pincus inició las pruebas del primer anticonceptivo oral de la historia. Tres años más tarde, en 1961, la “píldora” (Enovid se llamaba) comenzó a distribuirse en las farmacias. Y así se quebró el último eslabón de la cadena que esclavizaba al sexo femenino: la maternidad. La “píldora” dejaba en manos de las mujeres la decisión de si tener o no tener hijos, de cuándo tenerlos y en qué número, lo cual supuso que las mujeres podían programar su vida sin depender del varón. Ese acto de independencia se tradujo además en una nueva sexualidad femenina, no ligada ya a la concepción. La mujer podía practicar el “sexo recreativo” en igualdad de condiciones que el hombre, de modo que fue abandonando su carácter pasivo (“receptáculo de la semilla”) para convertirse en un sujeto activo de la sexualidad.
Todos estos factores han cristalizado en la actual situación: sin lugar a dudas, el siglo XXI será el siglo de las mujeres. Lo cual no quiere decir que todos los obstáculos se han derribado, ni mucho menos: sigue existiendo el machismo, sigue habiendo múltiples discriminaciones por razón de sexo. Pero cada vez menos, porque la igualdad entre los sexos ya está firmemente instalada entre los valores sociales, es un concepto que por fin forma parte esencial de nuestra cultura. El “macho alfa” ya no es el héroe, sino el malo de la película. Por supuesto que sigue habiendo machos alfa, pero se trata de una especie no protegida en proceso de extinción y, sobre todo, socialmente despreciada. Además, la propia lógica lo impone: la humanidad no puede seguir desaprovechando la mitad de su potencial en base a prejuicios sexistas. ¿Cuántas Einstein se han perdido, cuántas Kant o Adam Smith han muerto antes de florecer porque las mujeres han sido excluidas de la educación y el trabajo intelectual? Aunque sólo sea visto así, menudo desperdicio.
Porque los hechos hablan por sí solos, amigos míos. Hoy, el prototipo del lector medio español, no es hombre, sino mujer. Y son hoy las mujeres quienes consiguen las mejores calificaciones en los estudios, las que mejor se preparan y las más productivas a la hora de trabajar. Las mujeres son el futuro. Ya era hora.
Todo esto viene a cuento por las voces surgidas contra el nuevo gobierno de Zapatero –demasiado rosa según el payaso Berlusconi- y, en particular, por el nombramiento de Carme Chacón como ministra de defensa. En fin, no voy a reproducir lo que se ha dicho, porque es de vergüenza, igual que no voy a mencionar los cavernícolas comentarios realizados ante el nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz del Grupo Popular. Los machos alfa se resisten a desaparecer, no cabe duda; pero son tan ridículos, lo que dicen suena tan desfasado y antiguo...
En lo que a mí respecta, me considero feminista. Por un lado, porque la lógica me dicta que hombres y mujeres somos intelectualmente similares y humanamente idénticos, por lo que debemos tener iguales derechos y deberes. Por otro lado, el machismo me parece la forma más recalcitrante de estupidez y cortedad de miras; es, además, una evidente muestra de inseguridad y complejo de inferioridad. Yo no quiero tener a mi lado un ser inferior que me admire y me tema y en el que de vez en cuando deposite mi semilla; quiero una compañera que sea mi igual, una mujer segura y decidida que me complemente como persona y con la que pueda compartirlo todo. Si el precio que hay que pagar por ello es participar a partes iguales en la limpieza de culos de bebé y el fregoteo de platos, lo abono sin rechistar. Me gustan las mujeres fuertes, lo reconozco, mujeres al estilo de los personajes femeninos de Howard Hawks, mujeres independientes que se labran su propio destino, mujeres que no me necesitan a mí (ni a cualquier otro hombre) y que si están conmigo (o con cualquier otro hombre) es, sencillamente, porque les sale de los santos ovarios. Así pues, gustándome esa clase de mujeres, ¿cómo no voy a ser feminista?
Además, creo que las mujeres están mejor preparadas para la supervivencia, para desenvolverse en la vida real, que los hombres. Veréis, últimamente han aparecido un montón de libros que hablan sobre las “profundas” diferencias entre hombres y mujeres, títulos como Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, ya sabéis. Pues bien, me parecen una verdadera chorrada; hombres y mujeres somos similares al 99’9 por cien, nos movemos por análogos impulsos y reaccionamos de forma muy parecida a los mismos estímulos. Sin embargo, hay diferencias y quizá la fundamental es que la mujer tiene los hijos. Y no sólo los tiene, sino que está biológicamente programada para cuidar de ellos. Y eso hace que su mente sea más realista, más pragmática que la masculina: no debe velar sólo por sus intereses, sino también por los de su descendencia. Debe, pues, percibir correctamente la realidad y saber adaptarse a ella. Pura supervivencia de la especie.
Una prueba de esto la encontramos en el hecho de que las mujeres maduran intelectualmente antes que los hombres. Un chico de quince o dieciséis años es todavía un niño, pero una chica a esa misma edad es ya una mujer, infinitamente más madura –tanto física como intelectualmente- que el chico. ¿Por qué? Pues porque las chicas de esa edad son fértiles, pueden quedar embarazadas y, por tanto, deben disponer ya de una mente que les permita sobrevivir, tanto a ellas como a su prole. Esto, que se ve muy claramente en la adolescencia, afecta a las personas a lo largo de su vida. De hecho, un hombre puede permitirse el lujo de no madurar nunca, pero las mujeres rara vez disfrutan de ese privilegio, si es que es un privilegio. Pero de los hombres hablaré en la siguiente entrada.
Las mujeres, pues, son más pragmáticas y están más preparadas para manejarse en la vida real. Pero es que, además, en ciertos aspectos son más complejas que los hombres. Cuando le preguntaron al director de cine Joseph L. Mankiewicz (autor de obras maestras como Eva al desnudo o Carta a tres esposas) por qué sus protagonistas solían ser femeninos, él contestó más o menos que cuando un hombre quiere conseguir algo, se lía a puñetazos, mientras que una mujer, al ser físicamente más débil, debe dar un rodeo para alcanzar sus fines; y ese rodeo, en su opinión, era más interesante que todos los ganchos a la mandíbula del mundo juntos. Estoy de acuerdo con él.
Nada de esto quiere decir que las mujeres sean moralmente mejores que los hombres, ni mucho menos. Cada uno con su particular estilo, somos exactamente igual de despreciables o maravillosos. Las dos peores personas que he conocido en mi vida eran mujeres, lo cual supongo que significa que, puestos a ser hijos de puta, las mujeres pueden llegar a serlo de forma más sibilina, intensa y retorcida. Y cuando las mujeres, por ejemplo en el mundo de la empresa, se ponen a jugar el juego de los hombres... bueno, para que una mujer triunfe debe demostrar que vale el doble que su más directo competidor masculino, así que para que una mujer sea un “machote” en el mundo empresarial tiene que demostrar el doble de testosterona que el macho más cercano. Y sé lo que me digo.
Cada vez me gustan más las mujeres, y no estoy hablando de sexo. Me gusta su forma de ver la vida, su pragmatismo, su sensibilidad, su capacidad de conectar emocionalmente con los demás; me gusta su delicadeza, su fragilidad y su fuerza, su tesón y su espíritu de lucha. Cada vez admiro más a las mujeres, qué le vamos a hacer. Es más, últimamente me ha dado por travestirme. Veréis, estoy escribiendo la segunda novela protagonizada por la detective Carmen Hidalgo, que, al igual que El juego de Caín, está narrada en primera persona por una mujer. Eso significa que, cuando escribo, tengo que ser Carmen Hidalgo, tengo que sentir, hablar y actuar como una mujer. Y la experiencia me parece de lo más instructiva; me siento cómodo en los zapatos de Carmen, aunque sean unos zapatos de tacón.
Bien pensado, quizá eso sea algo que deberían hacer todos los hombres: ponerse en los zapatos de una mujer. Seguro que, si lo hicieran, las cosas irían mucho mejor.











