viernes, mayo 16

Bibliofobia

A veces, lo reconozco, siento la tentación de calzarme un uniforme de las SS y ponerme a quemar libros (también me entran ganas de invadir Polonia, pero eso es otra cuestión). Sí, sí, sí, una buena hoguera formada por cientos, miles de tomos, una falla de papel impreso, me parece en ocasiones el destino ideal para mi biblioteca. Y, entre todos esos libros que me gustaría ver ardiendo figuran, en primer lugar, los que he escrito yo. Ah, santo dios de los ágrafos, cómo me gustaría ser Guy Montag (el bombero pirómano de Fahrenheit 451).

Siendo éste un blog, como ocurre en otros blogs hermanos, donde los libros se consideran objetos sagrados, como si en vez de pasta de papel sus hojas estuvieran hechos con pasta de hostias consagradas, y siendo como soy escritor, supongo que suena extraña tanta belicosidad contra la producción editorial, pero es que, amigos míos, hay amores que matan. Permitidme explicároslo.

En mi casa almaceno aproximadamente 15.000 libros. Tan solo en mi despacho, que es una estancia más bien reducida, tengo cerca de 4.000. Es decir, vivo rodeado de libros; y, por lo general, me gusta. Pero no siempre. Veréis, si me dijeran que tengo que abandonar mi casa llevándome sólo los objetos que aprecio profundamente, creo que podría meterlos todos en una caja no muy grande y todavía sobraría sitio. Descontando, claro, los libros, porque para llevármelos necesitaría docenas de cajones. ¿Sabéis cuánto pesan 15.000 libros? Yo tampoco, pero realizando un cálculo conservador, conjeturo que deben de pesar entre siete y ocho toneladas. Eso por no mencionar los metros cúbicos que ocupan (no lo menciono porque no tengo ni puta idea de cómo calcularlo).

Cuando realizo cálculos como éste, me invade una gran fatiga; de pronto, me imagino a mí mismo como un patético penitente que va arrastrando por la vida una enorme saca con ocho toneladas de libros dentro. Y me siento atrapado, agobiado, harto de esa grasa sobrante que son mis libros. Entonces empiezo a pensar en lo agradable que sería rociarlos de gasolina y prenderles fuego. Sería una liberación. Pero no lo hago, claro; entre otras cosas, porque, aparte de los libros, quemaría mi casa y quizá a mi familia. Bueno, es cierto, podría llevarlos a un descampado e incinerarlos allí, pero ¿sabéis lo que es trasladar ocho toneladas de libros? Yo sí, lo hice una vez y me juré a mi mismo no volver a hacerlo nunca, ni siquiera para convertirlos en justo pasto de las llamas.

En fin, tampoco quiero dar una falsa impresión de mí mismo: por lo general, estoy muy a gusto con mis libros; me encanta estar rodeado de ellos y, en ocasiones, incluso los leo. A decir verdad, la piromanía biblofóbica sólo se apodera de mí en las siguientes ocasiones: 1. Cuando tengo que trasladar libros, como por ejemplo en el caso de una mudanza. 2. Cuando constato por enésima vez que ya no me caben más libros. 3. Cuando me pongo a arreglar las librerías para ver si consigo que quepan más libros de lo que físicamente es posible. 4. Cuando busco un libro en concreto y no lo encuentro. 5. Cuando descubro que he comprado el mismo libro dos veces. 6. Cuando, intentando coger un libro situado en una balda alta, consigo que un montón de dolorosos volúmenes caigan encima de mi dura, pero no invulnerable, cabezota. 7. Cuando los libros se desplazan súbita y espontáneamente en el espacio-tiempo.

Supongo que los seis primeros puntos no necesitan explicación, pero imagino que el séptimo requiere un comentario aclaratorio. Para ello, nada mejor que un ejemplo. Hace años, estaba yo trabajando en mi despacho cuando me entraron unas tremendas ganas de hacer de vientre, como decía mi abuela, o de realizar el tránsito intestinal, como dicen Danone y José Coronado. Dado que uno de los mejores lugares del mundo para dedicarse a la lectura es sentadito en la taza del váter, cogí el libro que estaba leyendo y me lo llevé al cuarto de baño. Hice lo que tenía que hacer, leí unos minutitos más, salí del baño y regresé al despacho. Pero, cuando llegué allí, el libro ya no estaba, había desaparecido. Lo busqué en el WC, en el despacho, en el pasillo, por toda la casa, y nada, el libro se había esfumado. Pero, ¿cómo era posible? Yo había tenido el libro en mis manos todo el tiempo, era absurdo que se hubiese perdido... Pues bien, apareció al día siguiente; estaba dentro de la nevera.

Este suceso sólo tiene dos explicaciones posibles. La primera es que, después de salir del cuarto de baño, en vez de ir directo al despacho, pasé por la cocina, abrí la nevera para beber algo, dejé el libro en una balda del frigorífico y luego me olvidé por completo de todo el episodio. La segunda consiste en que, al regresar por el pasillo con el libro, pasé cerca de una distorsión espacio-temporal (¿quizá un micro-agujero de gusano?) que absorbió mi libro y lo precipitó instantáneamente al interior de la nevera. Sin lugar a dudas, la explicación más razonable es la segunda.

Bueno, amigos míos, ha vuelto a suceder. El otro día, hará cosa de un mes, compré en el Hipercor un libro sobre la Santa Alianza. Lo necesitaba, y necesito, como documentación para la novela que estoy escribiendo, así que me puse muy contento al encontrarlo. En fin, el caso es que lo compré, fui a casa y lo dejé en una balda situada a la derecha de mi escritorio, donde está la documentación que manejo en cada momento. Hasta ahí, todo correcto. Pero el lunes pasado se me ocurrió buscarlo para consultar una cosa y... sí, ya no estaba allí. Desde entonces, lo he buscado por todas partes (también en la nevera) y nada, no está. Pero es absurdo; desde que lo dejé en su baldita no lo he vuelto a coger, ni siquiera le he dedicado un segundo de mis pensamientos. Entonces, ¿por qué no está? Pues evidentemente porque la puñetera distorsión espacio-temporal lo ha absorbido y vete tú a saber dónde habrá ido a parar. Puede que esté en Ganímedes, o en Alpha Centauri, o en una dimensión paralela, no lo sé; lo único seguro es que estará en el sitio más recóndito e inaccesible, el que más me toque las narices.

Hace un par de años me sucedió algo parecido. Compré un tratado de caligrafía como documentación para una novela, y desapareció. Lo busqué como un loco, y nada, no estaba, se lo había tragado la singularidad. Así que me compré otro tratado de caligrafía. ¿Y qué paso? Que nada más comprarlo, apareció el tratado perdido, ahí, detrás de unos libros, en un lugar donde yo jamás lo puse. Y me encontré con dos libros iguales. Porque la distorsión espacio-temporal de la que estamos hablando no solo tiene un peculiar sentido del humor, sino además mucha mala leche.

Así pues –y me dirijo sobre todo a ti, maldita singularidad-, no pienso volver a comprar el libro. Buscaré la información en otra parte y, si no la encuentro, me la inventaré; lo que sea, cualquier cosa antes de permitir que un estúpido agujero de gusano tocapelotas se cachondee de mí.

Y algún día, sí, reuniré el valor suficiente, compraré una lata de gasolina y mis libros arderán en una pira ilustrada que iluminará el mundo con un mensaje: desconfía de los libros, son pesados, polvorientos, volubles y, en cuanto les quitas el ojo de encima, desaparecen. Ese día, cuando mis libros sean pasto de las llamas, habré roto las cadenas que me esclavizaban y seré el Espartaco de los iletrados.

Así que hacedme caso, amigos míos, y quemad vuestro libros. No son de fiar.

jueves, mayo 8

Hiyab

El domingo pasado leí en el periódico un reportaje sobre dos chicas árabes (o de origen árabe) que viven en España. Una, llamada Mariam, lleva habitualmente hiyab, el pañuelo con el que se cubren el cabello las mujeres musulmanas; la otra, llamada Aya, no. Ambas, según afirman, tomaron la decisión de llevarlo o no voluntariamente. El reportaje se centraba básicamente en la peripecia de Mariam, una diplomada en óptica a la que le costó muchísimo encontrar trabajo precisamente por llevar el hiyab. Supongo que el artículo pretendía hacer hincapié en lo intolerante que es nuestra sociedad, pero ¿eso es cierto? ¿Se trata de un flagrante caso de intolerancia?

La ropa, la vestimenta que usamos, no es neutra, habla de nosotros. No es lo mismo llevar un traje de Armani que llevar unos vaqueros y una chaqueta de pana, ni son lo mismo unos zapatos Camper que unos Castellano; cada prenda dice algo distinto de quien la lleva. De hecho, la ropa sirve muchas veces para definirnos e identificarnos. Si vemos por la calle a un tipo rapado, con ropa paramilitar y botas Doc Martens, sabemos que es un skin head; si va de negro, con alzacuellos, es un cura; si va de verde, con galones y gorra, se trata de un militar; si lleva un polo Lacoste, pantalones de pinzas y un pullover de Paul & Shark sobre los hombros, es un pijo. La ropa habla, dice cosas y, sobre todo, las dice públicamente, para que los demás nos enteremos. La ropa es una proclamación; a veces de algo insignificante y en ocasiones de algo sustancial.

Entonces, ¿qué dice el hiyab de una mujer joven, educada y de clase media que ha elegido voluntariamente llevarlo? A mi modo de ver, dice lo siguiente: “Soy profundamente musulmana; tan religiosa soy y tan convencida estoy de mis creencias, que modifico mi aspecto llevando puesta una muestra externa y bien visible de mi fe para que todo el mundo lo sepa”. Probablemente dice más cosas, pero basta con esto.

Antes de seguir, una aclaración: creo que todo el mundo es libre de ir vestido como le de la gana, aunque pondría como excepciones el velo, el burka o cualquier otra prenda que oculte el rostro, pues en nuestra cultura es muy importante la identificación por los rasgos faciales. Pero, por lo demás, que cada cual vista como le salga de las napias. Además, habiendo afirmado que la ropa habla, defender la libertad de vestimenta es lo mismo que defender la libertad de expresión. Ahora bien, igual que uno debe asumir las consecuencias de lo que dice verbalmente, también debe asumir las consecuencias de lo que su ropa dice visualmente.

Mariam buscaba trabajo en una óptica; es decir, un trabajo de cara al público. Los dueños de las ópticas no la contrataban porque pensaban que el hiyab podría ahuyentar a los clientes. Bien, seré sincero: yo tampoco la contrataría, y no sólo porque pudiera espantar a la clientela, sino porque no querría tener en mi establecimiento una muestra ostentosa de ninguna religión. Un momento, dirá alguien: ¿qué pasaría si la chica, en vez del hiyab, llevara al cuello un crucifijo? ¿Te impediría eso contratarla? Respuesta: no. Igual que no tendría ningún inconveniente si, en vez del hiyab, Mariam llevara media luna de oro colgando de una cadenita. Porque ni el crucifijo ni la media luna modifican el aspecto de quien los lleva, no son “muestras ostentosas”. Incluso pueden ser meros adornos. Pero un hiyab no se presta a confusión: es lo que es y significa lo que significa. Por otro lado, tampoco contrataría a nadie que se empeñara en venir a trabajar con un capirote de nazareno, ni me gustaría tener como dependienta de mi óptica a una monja vestida de monja. La verdad, no tengo el menor interés en mezclar fe con dioptrías.

De hecho, alguien que lleva de forma cotidiana y muy visible una muestra evidente de su fe –aunque ello le cause problemas-, tiene que ser forzosamente una persona muy religiosa, una persona cuya vida y comportamiento están marcados por sus creencias. Y yo desconfío de esa clase de personas, las veo demasiado próximas al fanatismo. Me inquietan. Prefiero a la gente con mayor predisposición a la duda.

Pero volvamos al principio. El hiyab de Mariam dice: “soy musulmana y lo proclamo”. Bien, es un mensaje claro y respetable; cualquiera debe tener derecho a poder decirlo libremente. Pero, ¿qué pasa si no te gusta ese mensaje? Por ejemplo, la ropa paramilitar y las Doc Martens contienen un mensaje que me desagrada, de modo que procuro evitar a la gente que viste así. Un momento, alguien podría objetar que las ideas skin head (si es que a eso se le puede llamar ideas) conducen a la intolerancia y la violencia, mientras que el islamismo es una doctrina espiritual. Sí, podría decir eso, pero se equivocaría.

Mucha gente afirma que el islamismo es una religión moralmente irreprochable, y que quienes actúan violentamente en su nombre no son más que una minoría de exaltados que malinterpretan las escrituras. Quien diga esto, no ha leído el Corán. Yo lo leí hará unos diez años; rectifico, no lo leí entero (porque es un coñazo pésimamente escrito), pero sí lo suficiente para hacerme una idea bastante fiel del asunto. Y se me pusieron los pelos como escarpias. Jamás he visto un libro que incite tanto a la violencia y a la intolerancia. ¿Que contiene preceptos moralmente buenos?, por supuesto, como todas las religiones; pero también contiene preceptos terribles, como por ejemplo la obligación de destruir a todo infiel que no acepte someterse a las leyes de Alá (es decir, la yihad). Y es que la moral que se desprende del Corán no puede ser más hipócrita: cualquier cosa que favorezca al Islam es éticamente buena. “Cualquier cosa”, sea lo que sea. El fin justifica los medios.

Dicho de otra forma: No todos los musulmanes son terroristas, evidentemente; pero no lo son porque no siguen fielmente los preceptos del Corán. Si los siguieran... bueno, mejor ni pensarlo. Y, ojo, me estoy limitando al tema de la violencia, porque si habláramos de la intolerancia... bueno, basta con ver el papel que ocupa la mujer en las sociedades islámicas. Por último, conviene señalar que el islamismo no sólo es una doctrina religiosa, sino también política y legal; vamos, que ocupa todos los nichos de la sociedad.

Así pues, Mariam tiene todo el derecho del mundo a llevar hiyab, traje de faralaes o lo que le venga en gana, pero yo también tengo todo el derecho del mundo a decidir si eso me gusta o no me gusta. Y estoy seguro de que Mariam es una mujer honesta, pacífica y trabajadora, pero lo que dice su hiyab no me gusta un pelo.

domingo, mayo 4

Calvo Sotelo

Cuando Leopoldo Calvo Sotelo formaba parte de la difunta UCD, y durante el corto tiempo en que fue presidente de gobierno, la imagen que yo tenía de él era la de un hombre fúnebre y aburrido, un personaje sin carisma ni interés. Más tarde, cuando dejó la política nacional, escuché un par de entrevistas suyas y descubrí que yo estaba completamente equivocado. Calvo Sotelo era un hombre inteligente, culto, razonable y –lo que para mí resultó una sorpresa- estaba dotado de un finísimo sentido del humor. Es decir, lo contrario de su imagen pública. ¿Por qué muchos políticos optan por parecer que se han tragado el palo de una escoba? (la otra opción es camuflarse de Lola Flores).

El caso es que de repente Calvo Sotelo –que por cierto se parecía mucho al actor Powers Boothe- comenzó a caerme bien. Sobre todo, lo reconozco, a raíz de una entrevista televisiva en la que comentó que, tras su etapa política, había vuelto a leer por placer y que, para ello, había releído toda la colección de El Coyote, que tanto le había entusiasmado en su juventud. Recuerdo que comentó lo buen escritor que era José Mallorquí, y Cela, que también estaba presente, hizo un comentario despectivo al respecto. Calvo Sotelo insistió diciendo: “Ojo, que Mallorquí tenía muy buena pluma” y Cela respondió: “Bueno, bueno, no era Quevedo”. Qué oportunidad para responderle: “Don Camilo, usted tampoco es ni remotamente Quevedo, pero, miré qué cosas, le han regalado el Nobel”.

Sin duda, el hecho de que hablara tan bien de mi padre aumentó mi simpatía hacia Calvo Sotelo. Sin embargo, hay algo objetivo: cuando una persona de prestigio intelectual reconoce públicamente su admiración por un producto de la cultura popular, eso significa que está tan seguro de su propio bagaje cultural que no tiene que fingir ni presumir de nada. Y eso le enaltece.

Por lo demás, Calvo Sotelo ejerció la política en una época muy difícil para nuestro país, y basta recordar lo que ocurrió el día en que supuestamente iba a ser elegido presidente de gobierno. Era un hombre conservador y yo no comparto su ideología, pero la labor que contribuyó a realizar –básicamente desguazar el anterior régimen- estuvo bien hecha. Dicen que fue un hombre honesto y yo me lo creo. Descanse en paz.

lunes, abril 28

Hombres

Seamos sinceros: los varones de nuestra especie, al igual que los machos de casi cualquier otra especie, somos biológicamente desechables, un producto de usar y tirar. Nuestra función (biológica) prácticamente comienza y acaba con el acto de la concepción; a partir de ese momento, es la mujer quien se ocupa de todo el proceso de fabricación, desarrollo y mantenimiento de la prole. Supongamos que sólo quedaran vivos cien mujeres y un hombre; al cabo de algo más de nueve meses (salvo que el tío sea un toro), ¿qué tenemos?: cien bebés y un hombre feliz. Pero sí sólo quedaran cien hombres y una mujer, lo que conseguiríamos es un bebé al año. Es decir, la clave para la proliferación de una especie reside en el número de hembras, no en el de machos.

Pero las cosas no son tan sencillas; los varones no nos limitamos a ser abejorros polinizadores (aunque nos encantaría), sino que asumimos una serie de roles mediante los que contribuimos al mantenimiento de la especie. Dado que poseemos mayor masa muscular que las mujeres, hemos adoptado el papel de proveedores de alimentos (aunque esto, como veremos, es relativo) y defensores. Catering y servicios de seguridad, esas son nuestras especialidades. Así pues, en los primitivos grupos humanos los hombres protegían al clan y cazaban, mientras que las mujeres se ocupaban del cuidado de la prole y de recolectar alimentos. Este modelo prehistórico de reparto de papeles se ha perpetuado durante milenios hasta hace muy poco, con la única diferencia de que los machos dejaron de cazar y se pusieron a ejercer los trabajos remunerados necesarios para mantener, no al clan, sino a la familia.

No obstante, hay dos puntos que conviene aclarar. En primer lugar, los antropólogos que han estudiado a los actuales grupos humanos de cazadores-recolectores, han descubierto que aproximadamente (cito de memoria) el 80% de las proteínas consumidas por el grupo provenían de la recolección y sólo el 20% de la caza. Pero, ojo, de la recolección se ocupaban las mujeres, los niños y los ancianos, no los varones adultos, de modo que hay que cuestionar mucho el papel del macho como proveedor de alimentos. Además, en el neolítico, con el advenimiento de la agricultura, el trabajo se distribuyó por igual entre hombres y mujeres; aunque, eso sí, la mujer siguió ocupándose en exclusiva del cuidado de la prole. En segundo lugar, hubo un momento en el pasado en que las bestias salvajes descubrieron que los humanos éramos mucho más bestias y salvajes que ellas, así que decidieron no meterse con nosotros. Entonces, ¿de qué protegían los hombres a las mujeres? Sencillo: de otros hombres. Nuestro sexo era la solución y el problema al mismo tiempo. Aunque, me apresuro a añadir, esto no era arbitrario; como hemos visto, la supervivencia de un clan (de una comunidad humana) depende del número de hembras, de modo que éstas se convierten en un bien fundamental. Así pues, no era nada raro el “robo” de mujeres. Por ejemplo, el padrino de boda cumplía antaño el papel de guardaespaldas de la novia, para evitar que fuera secuestrada.

En fin, prácticamente todas las sociedades humanas adoptaron una estructura patriarcal en la que el hombre era dominante y los papeles estaban claramente distribuidos. Hasta hace poco. En la entrada anterior comenté la revolución femenina del siglo XX, así que no voy a repetirme; la mujer comenzó a abandonar sus roles tradicionales y está ocupando nichos laborales y sociales secularmente destinados a los hombres. Esto supone una revolución social, pero también psicológica, pues poco a poco se va consolidando un modelo de mujer –libre, autosuficiente y fuerte- que hasta hace nada era inimaginable. Paralelamente, los valores sociales cambian y los modelos sexuales se cuestionan; la sociedad, poco a poco, se feminiza.

Todo lo cual, como es lógico, nos afecta de lleno a nosotros, los machos de la especie. Ellas cambian, así que nosotros debemos cambiar también, pero ¿en qué sentido? ¿Qué significa ahora ser “hombre”? A primera vista, la revolución femenina (que a fin de cuentas es una revuelta contra el macho) no ha hecho más que arrebatarnos privilegios y socavar el pedestal sobre el que se alzaba nuestro sexo. Aparentemente, los hombres hemos salido perdiendo al vernos obligados a compartir con las mujeres lo que tradicionalmente era nuestro. Pero ojo, sólo aparentemente; luego daré mi opinión al respecto.

Pero antes vamos a comentar un tema que se suscitó en la anterior entrada: ¿Son los hombres más simples que las mujeres? Mucha gente (sobre todo mujeres, claro) afirma que sí; de hecho, se trata de uno de los tópicos hembristas (equivalente femenino a machista) más extendidos: las mujeres son complejas y los hombres simples. Pero, ¿es cierto? En mi opinión, evidentemente no; hombres y mujeres somos igual de complejos, aunque la complejidad no está idénticamente repartida. Porque, reconozcámoslo, ese falso tópico parte de una realidad parcial: la sexualidad masculina es más simple que la femenina. En realidad, nuestra sexualidad, la de los machos, parte de un principio biológico sencillísimo: “si puedes follar, folla”. Punto. La mujer, por el contrario, debe elegir para aparearse al macho más adecuado (según los criterios del momento), y ese proceso de elección complica sumamente las cosas. Por lo demás, la sexualidad de la mujer es más lenta y llena de matices que la del hombre y... en fin, qué os voy a contar que no sepáis. Los hombres hacemos muchas tonterías a causa del sexo, y eso se debe a lo primario de nuestro instinto. Ahí, ellas nos ganan por goleada.

No obstante, hay algo en lo que los hombres somos mucho más complejos que las mujeres: nuestra habilidad para jugar. Pero antes de seguir, definamos “juego”. Según la RAE: Ejercicio recreativo sometido a reglas, y en el cual se gana o se pierde. Ahí está todo dicho; el juego consiste en una actividad divertida, reglamentada y, esto es muy importante, sujeta al éxito o al fracaso y, por tanto, competitiva. Pues bien, al parecer el núcleo de la agresividad humana reside en el hipotálamo, y se da la circunstancia de que los hombres tenemos más grande el hipotálamo que las mujeres, lo cual justificaría la evidencia cotidiana de que los hombres somos más agresivos que las mujeres. Así, de entrada, lo de la agresividad suena chungo, pero es un factor importantísimo para la supervivencia, de modo que no la desdeñemos alegremente. El caso es que los hombres somos más agresivos, lo que nos impele a competir; si a eso le unimos que, al no estar sujetos a las cadenas de la maternidad -lo cual nos libera de múltiples responsabilidades-, nuestra visión de la vida es más individualista y menos pragmática que la de las mujeres, ¿qué obtenemos? Jugadores natos.

De hecho, nuestra actividad reproductiva tiene matices lúdicos. Los machos damos la salida a un montón de espermatozoides que compiten –echan una carrera- para ver quién llega primero al óvulo. El clásico juego de pierde-gana. Pero hablemos en serio y echémosle un vistazo bajo esta óptica a la distribución de roles en las sociedades primitivas. Los hombres se reservaban la actividad de la caza, aunque ya hemos visto que esa práctica sólo aportaba un quinto de las proteínas necesarias para el clan. Vale, de acuerdo, un filete de mamut resulta mucho más suculento que un montón de bayas, frutas, raíces, vegetales y huevos, pero no deja de ser un lujo, un capricho; sin duda, los machos hubiesen sido mucho más productivos si, en vez de pasar días y días cazando, se hubieran dedicado a recolectar. Pero es que cazar es divertido –un juego-, mientras que recolectar es un coñazo; y prueba de ello es que la caza sigue siendo hoy una actividad recreativa por la que es necesario pagar, mientras que la recolección es un duro trabajo por el que se cobra. En cuanto a la guerra, en sus formas primitivas, era sin duda el juego por excelencia, la actividad de pierde-gana definitiva. De hecho, hoy en día muchísimos deportes, empezando por el fútbol y acabando por el ajedrez, no son más que simulacros de la actividad bélica. Eso por no hablar del tiro con arco, la esgrima, el lanzamiento de jabalina o el boxeo y todas las variedades de lucha personal, que son directamente actividades bélicas. Quizá el primero de todos los juegos consistiera precisamente en dos machos dándose de leches.

La cuestión es que esas habilidades lúdicas han ido evolucionando con el tiempo hasta el punto de que los hombres pueden convertir en juego casi cualquier actividad susceptible de ganar o perder, algo que se ve claramente en el mundo empresarial, donde la competición externa (contra otras empresas) y la interna (contra otros colegas) se acaban transformando en un juego abstracto donde lo importante es ganar o perder, no qué se gana y qué se pierde. El ejemplo más extremo de esto sería la bolsa, un puro juego de azar capaz de erigir imperios y destrozar vidas. Resumiendo, los hombres poseen una especial habilidad para jugar y para crear los juegos más sofisticados; algunos de esos juegos son terribles, otros son obras de arte; pero todos son, o pueden llegar a ser, tremendamente complejos. En eso, el hombre es más sofisticado que la mujer. De hecho, la naturaleza pragmática y realista de muchas mujeres les impide entender el sentido de los juegos masculinos, así que los consideran una muestra más de la superficialidad del hombre, cuando en realidad son complejos mecanismos de supervivencia. Me apresuro a añadir, que eso no significa que la naturaleza lúdica del hombre sea incompatible con la naturaleza pragmática de la mujer; por el contrario, lo que significa es que hombres y mujeres son socios perfectos, pues cada uno aporta habilidades y estrategias distintas, pero compatibles, para afrontar la realidad.

Hay otros aspectos en los que el hombre es más complejo que la mujer, y viceversa, pero no vale la pena seguir tratando este tema; los seres humanos somos tremendamente complicados por naturaleza y ahí no hay distinción de sexos. Pero, volviendo al principio, ¿hemos salido perdiendo los varones con la revolución femenina?

En mi opinión, todo lo contrario: hemos salido ganando, porque al liberarse la mujer, los varones nos hemos liberado de nosotros mismos. Vale, puede que haya un puñado (o muchos puñados) de tarugos que, al ser despojados de su condición de machos alfa, van por ahí como zombis sin identidad, sintiéndose castrados y preguntándose cuál es su rol de hombres. La pregunta que yo me hago es ¿por qué narices debo configurar mi identidad en base a mi sexo? ¿Por qué tengo que echar de menos el papel de patriarca si los patriarcas me aburren y ni yo mismo me creo ese papel? Antes que varón, o cualquier otra cosa, soy César, un ser humano con su propia identidad; el sexo sólo es una parte de mí, y no la más importante. Me alegro infinitamente de que las mujeres nos hayan librado a los hombres de esa carga milenaria que eran los roles tradicionales; ahora ya no tenemos que fingir fuerza cuando estamos exhaustos, no tenemos que bloquear la expresión de nuestras emociones ni que rumiar en soledad nuestras debilidades y problemas. Ahora, por fin, tenemos compañeras con las que compartirlo todo, porque no esperan que seamos Superman o el príncipe azul, sino simplemente sus iguales. A hacer puñetas los roles tradicionales; ya no son necesarios y, a fin de cuentas, ¿no es mejor que cada cual invente su propio papel en la vida?

Bueno, pues ahí está; lo que más me gusta de los hombres es su habilidad para jugar. Y precisamente por eso, porque el juego es la especialidad de nuestro sexo, estoy seguro de que más temprano que tarde los hombres inventaremos un juego en el que los nuevos roles sexuales tengan perfecta cabida. Sólo es cuestión de tiempo, imaginación y ganas de jugar.

lunes, abril 21

Mujeres

Creo que la única revolución del siglo XX que ha triunfado es la revolución femenina (o quizá feminista, no estoy seguro del término); todas las demás (el comunismo, los fascismos, el mayo del 68, el movimiento underground...) se han desvanecido en mayor o menor medida, pero el cambio de roles efectuado por la mujer no sólo permanece, sino que se expande y consolida día a día. Pero, antes de nada, ¿por qué la mujer ha estado sometida al hombre durante tanto tiempo? Por una sencillísima razón: en nuestra especie, los machos poseemos alrededor de un 20 % más de masa muscular que las hembras. Es decir, los hombres podemos partirle la cara a las mujeres, lo cual nos ha permitido someterlas durante milenios. A base de hostias, sí señor, así de simple... Además, las mujeres eran de vital importancia para las comunidades por su capacidad de tener hijos, lo cual las convertía en objetos valiosos. Atención: valiosos, sí, pero objetos, pues su valor dependía únicamente de su función (procrear), y no de su naturaleza, que era femenina, y por tanto débil, y por tanto despreciable.

Ahora bien, conforme la civilización ha ido avanzando, el valor de la fuerza bruta individual ha ido decreciendo. Antes, muchos trabajos requerían del músculo humano, y cuanto más músculo mejor, pero la tecnología cambió los bíceps por los motores, así que poco importaba ya si el operario tenía o no un 20 % más de masa muscular. Por ejemplo, recuerdo que, cuando era niño, los camioneros tenían los brazos como jamones, pues hacía falta mucha fuerza para manejar los volantes de aquellos viejos camiones (lo cual expulsaba de ese oficio a las mujeres). Sin embargo, con la aparición de la dirección asistida se acabaron los camioneros-suarcenaguer y las mujeres pudieron ejercer ese oficio sin necesidad de seguir el método Atlas o inflarse de anabolizantes. Pero el decaimiento de la fuerza individual no ha afectado sólo al trabajo, sino también a la más “viril” y testosterónica de las actividades humanas: la guerra. Antes, para ser guerrero había que estar muy, pero que muy cachas; se necesitaba mucho músculo para manejar una espada o tensar un arco de guerra. Sin embargo, la actividad bélica se ha ido tecnificando hasta el punto de que la fuerza muscular carece prácticamente de importancia. Hoy en día, los soldados son en realidad operarios cualificados de maquinaria especial, algo que puede realizar igual de bien un hombre o una mujer.

En fin, digamos que ese proceso de tecnificación de las actividades humanas se consolidó en occidente a mediados del siglo XX. Pues bien, en torno a ese momento ocurrieron dos cosas que cambiaron por completo la sociedad. En primer lugar, la Segunda Guerra Mundial. Durante cinco largos años, los hombres de multitud de países fueron movilizados para luchar, sea en el frente o en la retaguardia, lo cual causó una grave escasez de trabajadores para la industria. Así pues, se echó mano de la única fuerza de trabajo disponible: las mujeres. Atención: por primera vez en la historia, las mujeres se pusieron masivamente a desempeñar trabajos tradicionalmente reservados para los hombres. Luego, se acabó la guerra, los hombres regresaron y les dijeron a las mujeres: “Vale, gracias por la ayuda; ahora devolvednos nuestros trabajos y volved a fregar suelos”. Pero muchas mujeres respondieron: “Y una mierda; hemos demostrado que podemos trabajar tan bien o mejor que vosotros, así que ni de coña nos vamos de aquí”. Y ya nunca se fueron.

El segundo factor de cambio tuvo lugar en 1958, cuando el químico Gregory Pincus inició las pruebas del primer anticonceptivo oral de la historia. Tres años más tarde, en 1961, la “píldora” (Enovid se llamaba) comenzó a distribuirse en las farmacias. Y así se quebró el último eslabón de la cadena que esclavizaba al sexo femenino: la maternidad. La “píldora” dejaba en manos de las mujeres la decisión de si tener o no tener hijos, de cuándo tenerlos y en qué número, lo cual supuso que las mujeres podían programar su vida sin depender del varón. Ese acto de independencia se tradujo además en una nueva sexualidad femenina, no ligada ya a la concepción. La mujer podía practicar el “sexo recreativo” en igualdad de condiciones que el hombre, de modo que fue abandonando su carácter pasivo (“receptáculo de la semilla”) para convertirse en un sujeto activo de la sexualidad.

Todos estos factores han cristalizado en la actual situación: sin lugar a dudas, el siglo XXI será el siglo de las mujeres. Lo cual no quiere decir que todos los obstáculos se han derribado, ni mucho menos: sigue existiendo el machismo, sigue habiendo múltiples discriminaciones por razón de sexo. Pero cada vez menos, porque la igualdad entre los sexos ya está firmemente instalada entre los valores sociales, es un concepto que por fin forma parte esencial de nuestra cultura. El “macho alfa” ya no es el héroe, sino el malo de la película. Por supuesto que sigue habiendo machos alfa, pero se trata de una especie no protegida en proceso de extinción y, sobre todo, socialmente despreciada. Además, la propia lógica lo impone: la humanidad no puede seguir desaprovechando la mitad de su potencial en base a prejuicios sexistas. ¿Cuántas Einstein se han perdido, cuántas Kant o Adam Smith han muerto antes de florecer porque las mujeres han sido excluidas de la educación y el trabajo intelectual? Aunque sólo sea visto así, menudo desperdicio.

Porque los hechos hablan por sí solos, amigos míos. Hoy, el prototipo del lector medio español, no es hombre, sino mujer. Y son hoy las mujeres quienes consiguen las mejores calificaciones en los estudios, las que mejor se preparan y las más productivas a la hora de trabajar. Las mujeres son el futuro. Ya era hora.

Todo esto viene a cuento por las voces surgidas contra el nuevo gobierno de Zapatero –demasiado rosa según el payaso Berlusconi- y, en particular, por el nombramiento de Carme Chacón como ministra de defensa. En fin, no voy a reproducir lo que se ha dicho, porque es de vergüenza, igual que no voy a mencionar los cavernícolas comentarios realizados ante el nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz del Grupo Popular. Los machos alfa se resisten a desaparecer, no cabe duda; pero son tan ridículos, lo que dicen suena tan desfasado y antiguo...

En lo que a mí respecta, me considero feminista. Por un lado, porque la lógica me dicta que hombres y mujeres somos intelectualmente similares y humanamente idénticos, por lo que debemos tener iguales derechos y deberes. Por otro lado, el machismo me parece la forma más recalcitrante de estupidez y cortedad de miras; es, además, una evidente muestra de inseguridad y complejo de inferioridad. Yo no quiero tener a mi lado un ser inferior que me admire y me tema y en el que de vez en cuando deposite mi semilla; quiero una compañera que sea mi igual, una mujer segura y decidida que me complemente como persona y con la que pueda compartirlo todo. Si el precio que hay que pagar por ello es participar a partes iguales en la limpieza de culos de bebé y el fregoteo de platos, lo abono sin rechistar. Me gustan las mujeres fuertes, lo reconozco, mujeres al estilo de los personajes femeninos de Howard Hawks, mujeres independientes que se labran su propio destino, mujeres que no me necesitan a mí (ni a cualquier otro hombre) y que si están conmigo (o con cualquier otro hombre) es, sencillamente, porque les sale de los santos ovarios. Así pues, gustándome esa clase de mujeres, ¿cómo no voy a ser feminista?

Además, creo que las mujeres están mejor preparadas para la supervivencia, para desenvolverse en la vida real, que los hombres. Veréis, últimamente han aparecido un montón de libros que hablan sobre las “profundas” diferencias entre hombres y mujeres, títulos como Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, ya sabéis. Pues bien, me parecen una verdadera chorrada; hombres y mujeres somos similares al 99’9 por cien, nos movemos por análogos impulsos y reaccionamos de forma muy parecida a los mismos estímulos. Sin embargo, hay diferencias y quizá la fundamental es que la mujer tiene los hijos. Y no sólo los tiene, sino que está biológicamente programada para cuidar de ellos. Y eso hace que su mente sea más realista, más pragmática que la masculina: no debe velar sólo por sus intereses, sino también por los de su descendencia. Debe, pues, percibir correctamente la realidad y saber adaptarse a ella. Pura supervivencia de la especie.

Una prueba de esto la encontramos en el hecho de que las mujeres maduran intelectualmente antes que los hombres. Un chico de quince o dieciséis años es todavía un niño, pero una chica a esa misma edad es ya una mujer, infinitamente más madura –tanto física como intelectualmente- que el chico. ¿Por qué? Pues porque las chicas de esa edad son fértiles, pueden quedar embarazadas y, por tanto, deben disponer ya de una mente que les permita sobrevivir, tanto a ellas como a su prole. Esto, que se ve muy claramente en la adolescencia, afecta a las personas a lo largo de su vida. De hecho, un hombre puede permitirse el lujo de no madurar nunca, pero las mujeres rara vez disfrutan de ese privilegio, si es que es un privilegio. Pero de los hombres hablaré en la siguiente entrada.

Las mujeres, pues, son más pragmáticas y están más preparadas para manejarse en la vida real. Pero es que, además, en ciertos aspectos son más complejas que los hombres. Cuando le preguntaron al director de cine Joseph L. Mankiewicz (autor de obras maestras como Eva al desnudo o Carta a tres esposas) por qué sus protagonistas solían ser femeninos, él contestó más o menos que cuando un hombre quiere conseguir algo, se lía a puñetazos, mientras que una mujer, al ser físicamente más débil, debe dar un rodeo para alcanzar sus fines; y ese rodeo, en su opinión, era más interesante que todos los ganchos a la mandíbula del mundo juntos. Estoy de acuerdo con él.

Nada de esto quiere decir que las mujeres sean moralmente mejores que los hombres, ni mucho menos. Cada uno con su particular estilo, somos exactamente igual de despreciables o maravillosos. Las dos peores personas que he conocido en mi vida eran mujeres, lo cual supongo que significa que, puestos a ser hijos de puta, las mujeres pueden llegar a serlo de forma más sibilina, intensa y retorcida. Y cuando las mujeres, por ejemplo en el mundo de la empresa, se ponen a jugar el juego de los hombres... bueno, para que una mujer triunfe debe demostrar que vale el doble que su más directo competidor masculino, así que para que una mujer sea un “machote” en el mundo empresarial tiene que demostrar el doble de testosterona que el macho más cercano. Y sé lo que me digo.

Cada vez me gustan más las mujeres, y no estoy hablando de sexo. Me gusta su forma de ver la vida, su pragmatismo, su sensibilidad, su capacidad de conectar emocionalmente con los demás; me gusta su delicadeza, su fragilidad y su fuerza, su tesón y su espíritu de lucha. Cada vez admiro más a las mujeres, qué le vamos a hacer. Es más, últimamente me ha dado por travestirme. Veréis, estoy escribiendo la segunda novela protagonizada por la detective Carmen Hidalgo, que, al igual que El juego de Caín, está narrada en primera persona por una mujer. Eso significa que, cuando escribo, tengo que ser Carmen Hidalgo, tengo que sentir, hablar y actuar como una mujer. Y la experiencia me parece de lo más instructiva; me siento cómodo en los zapatos de Carmen, aunque sean unos zapatos de tacón.

Bien pensado, quizá eso sea algo que deberían hacer todos los hombres: ponerse en los zapatos de una mujer. Seguro que, si lo hicieran, las cosas irían mucho mejor.

lunes, abril 14

Polihabla

Recuerdo que cuando hice la mili... ¡Alto, conteneos, no huyáis a toda prisa de este blog, no voy a contaros mi mili, lo juro! Sólo es un breve comentario al respecto, palabrita del niño Jesús. Bien. Recuerdo que cuando hice la mili, muchos de mis compañeros de armas me consideraban un tanto pedante. Descubrir esto me sorprendió, porque soy el tío menos pedante del mundo; de hecho, soy un encanto, pero eso es otra cuestión. El caso es que sí, tenía fama de pedantuelo. ¿Por qué? Por mi forma de hablar. Hablaba demasiado bien, lo cual, a sus ojos, era una muestra de afectación. Me apresuro a aclarar que tanto entonces como ahora procuro expresarme con sencillez, sin rebuscamientos, pero... pero, claro, mi sintaxis está por encima de la media y manejo un vocabulario más amplio de lo normal.

Nada de eso tiene ningún mérito, por supuesto. Hablo bien por dos motivos: porque en mi familia se hablaba bien y porque he leído un güevo (¿veis lo llano que soy?). Dado que en la mayor parte de las familias se habla como el culo de mal, y que la mitad de los españolitos no coge un libro ni para calzar un armario, no es de extrañar que en este país, en general, se hable de pena. De hecho, ¿qué es lo que homogeniza al lenguaje en nuestra sociedad, cuál es el referente lingüístico para los españoles? Los medios de comunicación de masas; y en los medios de comunicación, amigos míos, se habla puñeteramente mal. Ahí encontramos al famoseo cutre de los programas cardiacos, unos botarates incapaces de coordinar tres palabras seguidas, ignaros (qué bonita palabra, ¿verdad?; significa “incultos”) que nos han dejado perlas como el “estar en el candelabro” de la Mazagatos o el “en dos palabra: im-presionate” de Jesulín de Ubrique. Luego tenemos a los periodistas, a quienes, dada su profesión y formación universitaria, se les debería suponer cierto conocimiento del idioma, pero que en realidad se dedican a maltratarlo con un entusiasmo digno de mejor fin. Cuando yo estudiaba periodismo, una encuesta realizada en la facultad reveló que sólo un 20 % de los estudiantes leía el periódico todos los días. ¡Y eran estudiantes de periodismo! En fin, con estos mimbres poco se puede hacer. Por último están los políticos, cuya presencia en los medios es constante.

Hubo una época, en algún momento de la historia, en que ser político era sinónimo de oratoria, de verbo florido y aguzada dialéctica. Aún ahora, cuando alguien expresa bien sus ideas, se le llama “Castelar”. Bueno, pues eso, si no es una leyenda, sucedía hace mucho, mucho, mucho tiempo, porque lo que ahora hacen los políticos de todo signo con el idioma es para cogerlos por las orejas y mandarlos de nuevo a la escuela. ¡Qué panda de burros, coño!

Al parecer, se supone que los políticos deben hablar diferente al resto de los humanos; tienen, por lo visto, la obligación de expresarse de forma encorsetada, con mucha afectación y procurando retorcer el idioma hasta volverlo casi irreconocible, convirtiéndolo en un batiburrillo de frases hechas, patadas a la semántica, incorrecciones sintácticas y ampulosa palabrería vacía. Escuchar a un político es como contemplar a un malabarista al que una y otra vez se le caen todas las bolas al suelo. Se nota que intentan emplear un lenguaje culto y serio, pero lo que en realidad hacen es retorcer absurdamente la sintaxis y emplear culteranismos de forma equivocada. Olvidémonos del “dequeísmo”, que tantos estragos ha hecho, y fijémonos, por ejemplo, en el empleo de la palabra “nivel”, que significa altura o escala, pero que en polihabla se utiliza para todo. Por ejemplo: “A nivel internacional”; ¿que narices tiene que ver la internacionalidad con la escala o la altura? Y lo mismo digo de “a nivel popular”, “a nivel sociológico” y a todos esos niveles que nivelan nuestro nivel político. Habría que hacer una campaña en pro del desnivel.

Pero no voy a redactar un catálogo de incorrecciones lingüísticas políticas, que luego dicen que escribo entradas larguísimas. No obstante, voy a citar dos casos que me irritan sobremanera. Por un lado, Mariano Rajoy, líder del principal partido de la oposición y, según dicen, gran orador. Bueno, vale que en el uso del español existe la costumbre (no aceptada por la Academia) de acabar en “ao”, en vez de en “ado”, los participios; pero es que Rajoy lo hace de forma tan sonora y enfática que, la verdad, suena casi ofensivo. Además, podemos hacer la vista gorda a que lo haga con los participios, pero llamar “Machao” a Antonio Machado es pasarse un pelín.

Por otro lado, tenemos a nuestro presidente de gobierno, don José Luis Rodríguez Zapatero. Últimamente le ha dado por repetir “en lo que representa” hasta la saciedad. Por ejemplo: “... un gran esfuerzo en lo que representa el apoyo a la familia...”, o "el Gobierno no tiene prevista participación alguna en lo que representa el proceso que se vive en Irak" (ambas frases sic). Vamos a ver, ¿es una muletilla estúpida y retorcida o sólo a mí me lo parece? Ese “en lo que representa” me irrita más que el “por consiguiente” de González o el “mireusté” de Aznar, y, además, Zapatero lo emplea como si le dieran un millón de euros cada vez que lo dice. Llevado al lenguaje normal –y no a la polihabla-, daría pie a construir frases como estas: “Cascaré dos huevos, los batiré y los pasaré por la sartén en lo que representa una tortilla” o “Me la cojo con la mano derecha y la sacudo arriba y abajo en lo que representa una paja”. Estoy seguro de que, si alguien hablara así en la vida cotidiana, propios y extraños le tirarían tomates y tartas de merengue para que se callase de una maldita vez. Pero como es un político, y además nuestro presidente, incluso le escuchamos.

Pero se acabó, José Luis, te lo advierto: como sigas empleando el “en lo que representa” incluso para preguntar la hora –“¿podría decirme que hora es en lo que representa un acto de información cronológica?”-, en las siguientes elecciones te va a votar tu tía Federica, porque si insistes en enloquerepresentarme te juro que prefiero darle mi voto a Esperanza Aguirre, que por lo menos tiene un primoroso acento inglés, antes que a ti. En fin, me he pasado, vale, pero es que estoy más que harto de escuchar esa irritante muletilla. ¡No lo soporto más, en lo que representa un acto de desesperación!

Ay, Castelar, ¿dónde estás?...

lunes, abril 7

Pensamiento mágico


Hoy estoy un poco de malhumor, pero antes de explicaros por qué permitidme una breve divagación.

Si os preguntaran qué es lo que más ha transformado al mundo en los últimos siglos, ¿qué responderíais? Yo, sin dudarlo un instante, contestaría que la ciencia y su hija la tecnología. La prueba, si es que es necesario ofrecer alguna, la encontramos al analizar el ritmo histórico de los cambios sociales y comprobar cómo éste se acelera en progresión yo diría que geométrica a partir del siglo XVIII, momento en que se conforma el método científico. De hecho, si miráis a vuestro alrededor ahora mismo, mientras leéis este post, comprobaréis que la inmensa mayor parte de los que os rodea está sustancialmente impregnado de ciencia y tecnología, y da igual si estáis en vuestra casa, en el trabajo o en la calle. Es más, si podéis leer esto es porque manejáis alta tecnología (la informática).

Bien, ¿a qué se debe el triunfo arrollador de la ciencia? Pues a que funciona, así de sencillo. Antes del método científico, en la humanidad imperaba el pensamiento mágico; el problema es que la magia no daba (ni da) resultados. Un estadista, ante una pertinaz sequía, podía pedirle a los sacerdotes que hicieran rogativas para que lloviese, pero si no iba a llover los rezos no valdrían de nada. Ahora bien, si el estadista le pedía una solución a sus técnicos, estos excavarían pozos, elevarían el agua mediante energía eólica y construirían canales de irrigación, salvando así la cosecha. Conclusión: invertir en magia es tirar tiempo y dinero, mientras que invertir en tecnología da beneficios. Por eso, tres de los principales poderes sociales, el político, el económico y el militar, acabaron apoyando activamente el desarrollo de la tecnología (para lo cual era necesario apoyar también la ciencia pura).

Así pues, vivimos en un mundo científico-tecnológico (me refiero a eso que llamamos la “civilización occidental”). Esto nos invitaría a inferir que, ante la contundente eficacia de la ciencia, el pensamiento mágico iría en declive, y en cierto modo así ha sido. Por ejemplo, las religiones “institucionales” están en decadencia y las antiguas supersticiones van desapareciendo. Pero no nos engañemos; el pensamiento mágico sigue firmemente arraigado en nuestra sociedad, sólo que ha cambiado de apariencia. O ni siquiera eso, si tenemos en cuenta la cantidad de gente que se fía de la astrología o paga por oír las chorradas de los videntes. Pero supongamos que esos son aspectos folclóricos del tema, tonterías irracionales sin importancia (salvo que quien consulte a astrólogos y adivinos sea el presidente de EEUU, como hizo Ronald Reagan para planificar su política). Vale, imaginemos que nada de eso es relevante; ¿hacia dónde ha derivado el pensamiento mágico occidental, en qué se ha convertido? En pseudo-ciencia y pseudo-espiritualidad. Concretamente, ha adoptado la forma del movimiento (?) New Age.

La New Age surgió de la creencia astrológica de que hemos entrado en la era de Acuario (concretamente, el 4 de febrero de 1962, aunque hay zodiacales discrepancias al respecto), lo cual supondrá un cambio radical en la conciencia humana. Al menos, eso se suponía al principio, porque poco a poco el movimiento fue adoptando toda suerte de creencias, tanto antiguas como nuevas, hasta convertirse en un confuso y arbitrario sincretismo. Así pues, en la New Age conviven la astrología, el ocultismo, el hinduismo, el budismo, el gnosticismo, versiones del psicoanálisis, el holismo, el chamanismo... ¡incluso descacharrantes adulteraciones de la física cuántica!

Porque, amigos míos, una de las curiosas costumbres de la Nueva Era es introducir en su plastificada doctrina espiritual términos procedentes de la ciencia. Así se habla de “energía”, “vibraciones”, “consciencia cuántica”, “estados alternativos de conciencia” y esa clase de jerga. Del mismo modo, la compleja filosofía budista y zen se convierte en su manos en una especie de manual de autoayuda pasado por la licuadora del Reader’s Digest. En realidad, todo el movimiento está orientado a confortar a una aburrida clase media poco dada al rigor intelectual y muy necesitada de mentiras y simplificaciones que den sentido, o cuando menos bálsamo, a las grises vidas de sus miembros.

Vale, hasta aquí la cosa parece más o menos inofensiva. El problema es que la New Age incluye entre sus creencias, y de forma muy característica, a las medicinas alternativas. ¿Y qué demonios son las “medicinas alternativas”? Pues de entrada, cada una de su madre y de su padre: naturismo, ayurveda, homeopatía, acupuntura, iridología, curación por cristales, flores de Bach, reiki (tocamiento curativo), terapia gestalt... en fin, un poquito de todo, siempre y cuando no tenga nada que ver con la lógica y el pensamiento crítico. Porque todas estas “medicinas alternativas” se caracterizan por rechazar el método científico incluso en lo que parece más básico y de sentido común: la comprobación de su eficacia.

Por lo general, estas “medicinas alternativas” se usan paralelamente a la medicina moderna, por lo que no suelen causar demasiados problemas de salud; aunque, ojo, tanto el naturismo como el ayurveda emplean plantas que, al contrario de los placebos homeopáticos, sí contienen principios activos que pueden ser muy perjudiciales. Pero, aparte de esto, poco mal puede causarte que te miren el ojo, te impongan las manos o tomarte pastillitas de agua destilada; si eso te hace sentirte más tranquilo y esperanzado, allá tú. El problema, el gravísimo problema, sobreviene cuando esas “medicinas alternativas”, en vez de usarse complementariamente, sustituyen a la medicina científica.

Y aquí llegamos al motivo de mi enfado. Voy a hablaros de dos personas reales, una pareja a la que llamaremos Hansel y Grettel. Ambos son universitarios de clase media alta y rondan los cuarenta años de edad. Él es extranjero, procedente de un país situado al noreste de España, y es un profesional de éxito en su especialidad; ella es española y, aunque cursó los mismos estudios que Hansel, decidió no trabajar fuera de casa y dedicarse al cuidado de sus tres hijos. Ambos son personas inteligentes y encantadores, personas muy próximas a mí a quienes aprecio. De hecho, compartimos muchas opiniones y posturas, aunque hay un tema que nos separa: Hansel está muy impregnado de creencias New Age, sobre todo en lo que respecta a las medicinas alternativas, y como suele ocurrir ha convertido a Grettel en una adepta a esas creencias. En particular, son firmes creyentes en la homeopatía.

La homeopatía, tan popular en nuestros días, es una pseudo-ciencia, o “medicina alternativa” inventada por el alemán Samuel Hahnemann en 1796. Su teoría es que las enfermedades pueden ser curadas suministrando al paciente sustancias que provoquen los mismos síntomas que la enfermedad. Ahora bien, esas sustancias deben administrarse sumamente diluidas; en concreto, se toma una parte de la sustancia activa y se disuelve en diez partes de agua destilada, luego se toma una parte de esa disolución y vuelve a disolverse en otras diez partes de agua destilada, y así sucesivamente. Los medicamentos (?) homeopáticos van marcados con una clave que indica el número de disoluciones. Así, por ejemplo,15X significa que ha sido diluido quince veces y 30X que ha sido diluido treinta veces. Si en vez de X vemos una C, significa las disoluciones en vez de decimales son centesimales.

Ahora bien, según los homeópatas, cuanto más diluida esté una sustancia más potentes son sus efectos. En fin, huelga decir que esto va contra la lógica, la experiencia y la observación científica, pero hay algo más: si nos paramos a pensar, nos daremos cuenta que en algún momento, tras cierto número de disoluciones, no quedará nada de la sustancia activa; pero, ¿cuándo? El científico Amadeo Avogadro lo descubrió, estableciendo el llamado “Número de Avogadro”, que determina la cantidad de moléculas que hay en cierta proporción de disolución. Pues bien, una disolución homeopática de 12C ya es inferior a la cota del número de Avogadro, lo cual significa que en esa disolución no queda ni una sola molécula de principio activo. Para entendernos: supongamos una disolución 30X; tendríamos que beber 29.803 litros de la solución para esperar encontrar sólo una molécula del principio activo.

El problema es que la demostración de Avogadro surgió después de la publicación de las teorías de Hahnemann, algo con lo que los homeópatas no contaban. Pero se trataba de un hecho incuestionable: hasta los más feroces defensores de la homeopatía tuvieron que admitir que sus preparados sólo contenían agua destilada. Entonces, cual ilusionistas sacando una paloma de la manga, se inventaron la “memoria del agua”. Es decir, que el agua tiene la pasmosa propiedad de “adoptar” las propiedades de los elementos con los que ha estado en contacto. Por supuesto, el hecho de que jamás se haya podido demostrar en condiciones de laboratorio esa supuesta “memoria del agua” no ha desanimado lo más mínimo a los homeópatas. Una de las características del pensamiento mágico es no permitir jamás que la realidad arruine una buena teoría.

Volvamos a mi pareja de amigos. Al principio, solía discutir mucho con Hansel sobre estos temas, pero nuestros debates acababan conduciendo siempre a un punto muerto en el que ya no era posible la dialéctica. Hansel es un hombre inteligente y por lo general lógico y razonable, pero al mismo tiempo una parte de su mente está invadida por el pensamiento mágico; por ello, cuando sus creencias entran en conflicto con el sentido común, recurre a un argumento mágico: la intuición. Él intuye, siente el íntimo convencimiento de que, por ejemplo, la homeopatía es la panacea de la medicina. No necesita pruebas, le basta con su intuición. Pero, ¿de qué vale una intuición sobre medicina formulada por alguien que no sabe nada de medicina? Pues eso, de nada. Pero es que Hansel, cuando menciona la “intuición” en realidad está hablando de “fe”. Aunque él, claro, no se da cuenta.

En cuanto a Grettel, en realidad se limita a adoptar las creencias de su marido porque confía en él, sin plantearse nada más. De hecho, discutí una vez con ella sobre homeopatía y descubrí que ignoraba lo que supuestamente era la “memoria del agua”. Ni siquiera conocía la materia que estaba defendiendo. Lo cierto es que ambos confían ciegamente en un homeópata amigo de Hansel, una especie de gurú (creyente también en la astrología y otras bobadas) a quien consultan todo lo relacionado con la salud de ellos y de su familia.

Bueno, en fin, yo pensaba que si mis amigos se sentían mejor tirando el dinero en placebos homeopáticos, y siempre y cuando recurrieran al mismo tiempo a la medicina científica, el asunto carecía de importancia. Allá cada cual con sus creencias mágico-religiosas. Sin embargo, hace tiempo creí escuchar algo que me alarmó mucho; tanto me intranquilizó que preferí pensar que había oído mal, que no era cierto aquello. Pero lo era.

Hace cuatro días descubrí que Hansel y Grettel, influidos sin duda por su homeopático gurú, creían que las vacunas eran muy malas y habían decidido no vacunar a sus hijos de nada. Es decir, tres niños (el mayor creo que tiene siete años) privados de las ventajas de la medicina preventiva a causa de la irracionalidad de sus padres.

Pensadlo un momento, porque el asunto es más grave de lo que parece a simple vista. Por un lado, esos niños pueden padecer enfermedades que no tendrían por qué sufrir. Por ejemplo, una de las niñas lleva un mes enferma de tosferina, algo que se hubiera evitado con una simple vacuna. Y no digamos lo que sucedería –ojalá jamás ocurra- si en algún momento estuvieran expuestos a la polio, la difteria, el tétanos o la meningitis. Pero no es sólo lo que pueda suceder ahora, sino lo que puede suceder después. Hay enfermedades como el sarampión, las paperas o la rubéola que, padecidas por un niño, apenas tienen importancia, pero que pueden ser sumamente graves si se sufren de adulto. El sarampión, por ejemplo; era muy común enfermar de sarampión durante la niñez; yo lo pasé, igual que toda mi generación, inmunizándome naturalmente en el proceso. Pero ahora todos los niños están vacunados contra el sarampión, así que la enfermedad ya no es común. Y, por tanto, es muy probable que los hijos de Hansen y Grettel no lleguen a infectarse, así que llegarán a adultos sin estar inmunizados de ninguna manera. Y si entonces enfermaran de sarampión, la enfermedad podría dejar en ellos severas secuelas. Y todo por la irracionalidad de sus padres.

En la medida que pueda evitarlo, no voy a hablar de esto con Hansel y Grettel; sé que no se puede razonar con ellos, porque están bajo la influencia del pensamiento mágico y, por tanto, son incapaces de seguir un discurso lógico; sé que, al final, yo diría cosas muy gordas de las que me arrepentiría posteriormente, de modo que lo mejor es no sacar el tema y fingir que no pasa nada. A fin de cuentas, no son mis hijos... aunque sí son unos niños a los que quiero y aprecio. Pero en fin, intentaré olvidarme de eso y cruzaré los dedos para que esos niños tengan la suerte de no enfermar de nada grave.

Sí, procuraré que mi relación con Hansel y Grettel siga como siempre, aunque no puedo negar que algo ha cambiado. Mientras sus creencia mágicas eran inofensivas, el asunto carecía de importancia; pero ahora ambos han cruzado una línea, una frontera invisible que separa lo anecdótico de lo peligroso. Sus creencias ya no son inocentes. A decir verdad, no puedo evitar contemplarles como a esos padres, testigos de Jeovah, cuyo fanatismo les lleva a impedir que un hijo suyo reciba la transfusión de sangre que podría salvarle la vida. En fin, qué pena y qué rabia... Por lo visto, Grettel defiende su postura limitándose a decir “son diferentes puntos de vista”... Y yo me pregunto, ¿cómo cojones puede alguien jugarse la salud de sus hijos en virtud de un mero “punto de vista”? Si yo me viera tentado de privar a mis hijos de alguna de las ventajas, universalmente reconocidas, de la medicina científica, antes estudiaría atentamente todos los argumentos a favor y, sobre todo, todos los argumentos en contra, me asesoraría en profundidad, consultaría con propios y extraños... pero no, a ellos les basta con las palabras de su descerebrado gurú.

Pero así es el pensamiento mágico, amigos míos: inocente e inocuo hasta que, sin saber cómo ni por qué, se convierte en letal.

Y no sigo porque me estoy poniendo de mala leche.

lunes, marzo 31

Tíbet

Creo que mi relación sentimental con el Tíbet comenzó con un tebeo y una película. El tebeo, como no podía ser de otra forma, era Tintin en el Tíbet, una de las obras maestras de Herge, y la película Horizontes perdidos de Frank Capra, donde Ronald Colman y Jane Wyatt viajan a Shangri-La. Poco después, cuando yo tenía unos doce años, mi amigo José Mari me recomendó que leyera El tercer ojo, la supuesta autobiografía de un supuesto lama llamado Lobsang Rampa. Oh, santo Buda del séptimo chakra, cómo me maravilló ese libro, cómo estimuló mi fantasía infantil haciéndome soñar con exóticos monasterios en las montañas y con monjes vestidos de azafrán capaces de los mayores prodigios. El tercer ojo provocó en mí una fascinación por el budismo y el Tíbet que jamás me ha abandonado.

Años después, descubrí que Lobsang Rampa tenía de monje tibetano lo que yo de bailarín de claqué. En realidad, se trataba del súbdito británico Cyril Henry Hoskin, un escritor de tercera fila que jamás había pisado el Tíbet, pero que afirmaba con todo descaro ser la reencarnación del auténtico Rampa. También descubrí que gran parte de lo que contaba El tercer ojo era una sarta de mentiras que nada tenían que ver con la tradición Tibetana. Pero eso no me decepcionó, porque mi fijación con el Tíbet me había conducido a libros más serios y fiables sobre el tema, como los de Alexandra David-Néel, Michel Peissel o Heinrich Harrer. También me interesé por el budismo, una religión ateísta dotada de un corpus filosófico tan complejo como interesante.

Es decir, seguía fascinado por el Tíbet, pero de una forma diferente. Cuando era niño, me interesaban los aspectos fantásticos del tema, los supuestos prodigios sobrenaturales de los lamas, el yeti, los misterios herméticos... Luego dejé de creer en todo eso, pero lo que quedaba después de despejar el grano de la paja era igual de fascinante o más. El Tíbet había sido una de las sociedades más aisladas del mundo, un inmenso país confinado por las montañas y cerrado en sí mismo cuya sociedad y cultura se había mantenido prácticamente inmutable desde la edad media, una especie de celacanto antropológico.

Si os fijáis, estoy hablando en pasado, porque en 1950 el ejército chino invadió el Tíbet y, nueve años más tarde, sofocó violentamente una rebelión (financiada, por cierto, por la CIA), provocando una masacre y el exilio del Dalai Lama y de miles de tibetanos. Durante la Revolución Cultural de Mao, se destruyeron centenares de monasterios budistas y se erosionó brutalmente la cultura tibetana. Más tarde, cuando la represión violenta menguó, el país invasor inició un plan sistemático de colonización del territorio tibetano por emigrantes chinos. La terminación en 2006 de la línea férrea que une Pekín con Lhasa no ha hecho más que acelerar ese proceso.

Es decir, dejando aparte las masacres y la sistemática violación de los derechos humanos, los gobernantes chinos llevan más de medio siglo destruyendo ese tesoro antropológico que es, o era, la cultura y el estilo de vida tibetano. Es más, están sustituyendo a la población tibetana por otra de origen chino. Hace un par de años, vi en TV un documental sobre Lhasa, la capital del Tíbet, y se me cayó el alma a los pies. Esa ciudad llena de horribles construcciones modernas no tenía nada que ver con la Lhasa que yo había recorrido en los libros. Sí, ahí seguían estando el Potala, el antiguo y descomunal palacio donde vivía el Dalai Lama, o el templo Jokhang, donde se guarda el sagrado Buda de oro de la princesa Chif-Zuent, pero todo lo demás era un espanto arquitectónico, una violación cultural, como el palacio de Carlos V en la Alhambra.

Hoy, el Tíbet vuelve a ser noticia por las protestas encabezadas por los lamas y por la represión del ejército chino. ¿Cuántos tibetanos han muerto desde que comenzaron los disturbios? Ni idea, nadie lo sabe en occidente. Pero lo que sí sabemos es que los Juegos Olímpicos de Pekín comenzarán el ocho de agosto de este año. ¡Viva el deporte!

Bueno, todas estas reflexiones están muy bien, pero vamos a intentar contemplar las cosas desde otro punto de vista. La versión romántica y New Age del Tíbet pre-chino describe a una sociedad profundamente espiritual, paternalmente guiada por los benévolos lamas y compuesta por felices campesinos y artesanos de vida pacífica, larga y tranquila. Es decir, algo así como Shangri-La. Pero esto no es ni mucho menos cierto.

Durante 300 años, el Tíbet estuvo dominado por el Imperio Mongol, hasta que en el siglo XVI. Altan Khan concedió la independencia al territorio, cediendo el gobierno al tercer Dalai Lama. Cien años más tarde, el quinto Dalai Lama fue nombrado Rey del Tíbet, iniciándose así una curiosa monarquía basada en las reencarnaciones.

E instaurándose, de paso, una férrea teocracia que nada tenía de espiritual. La inmensa mayor parte de las tierras fértiles pertenecían a los lamas, de modo que el estatus de la población era el vasallaje. Por otro lado, existía una aristocracia local de la cual surgían, qué curioso, los principales dignatarios religiosos y las más elevadas reencarnaciones. La presión del lamaísmo, su tremendo conservadurismo, su auto-aislamiento, mantuvo a la población sumida en la incultura y el atraso hasta épocas muy recientes. La vida del pueblo tibetano era durísima, no sólo por las ya de por sí duras condiciones del territorio, sino también por la carencia de medicina moderna, educación, higiene o alimentación adecuada (entre otras cosas, porque el lamaísmo prohibía a sus súbditos comer carne). Es decir, Tenzin Gyatso, el actual Dalai Lama, nos puede parecer muy cordial y simpático, un tipo bonachón que dice cosas muy espirituales, pero no debemos olvidar que representa a un régimen tan tiránico o más que el ejercido por China. Y, por otro lado, es innegable que los tibetanos viven mejor hoy que cuando los lamas ejercían su dictadura.

Lo cual, por supuesto, no justifica la invasión de China, ni la represión, ni las masacres, ni la destrucción del patrimonio cultural. Todo eso es horrible, como terrible es para la antropología la desaparición forzada de la cultura tradicional tibetana. Pero, desde un criterio humanista, el lamaísmo era una aberración que atentaba contra numerosos derechos fundamentales (igual que atenta China, me apresuro a aclarar). No, aquello no era Shangri-La, sino una tiranía religiosa, igual que hoy es otra clase de tiranía. Y entre medias estaba y está el sufrido pueblo tibetano, engañado, sojuzgado, oprimido por unos y por otros, masacrado, invadido, anulado... Como casi todos los pueblos pobres, supongo.

Y es que, amigos míos, los lugares exóticos son maravillosos para leer sobre ellos y extraordinarios para visitar, pero terribles para vivir.

lunes, marzo 24

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El pasado día 19, a los noventa años de edad, murió Arthur C. Clarke, uno de los más famosos escritores de ciencia ficción y último superviviente del triunvirato que comandó y conformó la cf clásica (los otros dos fueron Isaac Asimov y Robert Heinlein). Tras la muerte hace no mucho de Jack Williamson, el decano del género, creo que de los escritores clásicos (aquellos que publicaron durante la llamada Edad de Oro) ya sólo sobrevive Ray Bradbury. Una pequeña era está a punto de terminar.

¿Era Clarke un buen escritor? No estoy seguro; supongo que la respuesta es sí y no. A decir verdad, lo que le dio la fama a Clarke fue un hecho extra-literario: su colaboración con Stanley Kubrick en el guión de la película 2001: Una odisea del espacio. Clarke escribió la novela del mismo nombre después de finalizar el guión, mientras se estaba preproduciendo y rodando el film; de hecho, la novela está basada en el borrador inicial, que luego fue alterado durante el rodaje, razón por la cual los finales del libro y de la película difieren. Por cierto, recuerdo que allá por el 67 o el 68 leí que Kubrick (que vivía en Inglaterra) y Clarke (que vivía en Sri Lanka) se comunicaban entre sí mediante ordenadores conectados a la red telefónica. Por entonces, aquello me pareció pura ciencia ficción... y ahora es algo tan normal y corriente como encender la luz, algo que de hecho estoy haciendo ahora mismo al escribir este post. Qué cosas, ¿verdad?

Volviendo a la calidad literaria de Clarke, ¿es 2001: Una odisea del espacio (1968) una gran novela? No, no lo creo; la película es mucho mejor, con diferencia. Sin embargo, el film de Kubrick está basado en dos historias previas de Clarke, y ahí si podemos evaluar con mayor precisión la valía del autor. Veréis, Kubrick era un tipo más raro que un perro a cuadros; su ego era tan descomunal que, cuando rodaba una película no pretendía hacer una buena película, sino la mejor película jamás filmada del género en cuestión al que perteneciese el film. Así pues, a mediados de los sesenta Kubrick se propuso hacer la mejor película de ciencia ficción de la historia (algo, todo sea dicho, no demasiado difícil por aquel entonces). Para ello, comenzó a buscar material literario de ciencia ficción en el que basarse, y lo encontró en El centinela (1951), un relato corto de Clarke. No me extraña esa elección, pues a mi modesto parecer, se trata de uno de los mejores cuentos jamás escritos (de cf o de cualquier otro género). El problema era que el argumento de El centinela no daba para una película, de modo que Kubrick recurrió a otra historia de Clarke, la novela El fin de la infancia (1953), de la que no tomó el argumento, pero sí su tema central: la elevación de la humanidad a un nivel superior de existencia gracias a la intervención de una raza extraterrestre. La película está dividida en cuatro partes; la segunda se centra en el tema de El centinela, la primera y la cuarta se basan (muy libremente) en El fin de la infancia y la tercera se aparta ligeramente del tema básico del film para fijar la mirada en la inteligencia artificial a través de HAL 9000 (supongo que ya lo sabe todo el mundo, pero la siguiente letra a la H es la I, la siguiente a la A es la B y la siguiente a la L la M... IBM).

Leí El fin de la infancia hace muchos años y no la he vuelto a revisar desde entonces, así que no estoy seguro de su calidad. En su momento me gustó y está considerada un clásico del género, de modo que supongo que es una buena novela. Por el contrario, sí he releído El centinela hace relativamente poco y me sigue pareciendo un cuento extraordinario. Dicen que Clarke era el más filosófico de los autores clásicos de cf y en este relato lo demuestra; en las breves páginas del cuento, Clarke señala hacia las estrellas y, como buen filósofo, no ofrece ninguna respuesta, pero plantea una pregunta inesperada y pone ante nuestras narices todo el profundo misterio del universo. Una obra maestra.

Algo semejante ocurre en su novela Cita con Rama (1973), una historia donde sucede todo y, al mismo tiempo, no sucede nada. De nuevo Clarke nos enfrenta a lo numinoso (en sentido laico) planteando preguntas, nunca ofreciendo respuestas. También hace mucho que leí esta novela; en su momento me entusiasmó y está considerada un clásico, pero sin releerla poco más puedo decir.

Su otra gran novela es La ciudad y las estrellas (1956), una melancólica mirada hacia el futuro lejano que narra los últimos tiempos de la humanidad. El resto de sus relatos largos, si mal no recuerdo, son bastante mediocres. A partir de los 80 comenzó a convertir en series sus novelas más apreciadas (2001 y Rama), algo no sólo absolutamente innecesario, sino también contradictorio con su anterior estrategia, pues se puso a ofrecer respuestas vulgares a las magníficas preguntas que antes había formulado. También comenzó a colaborar con otros autores, más jóvenes y menos famosos: ellos ponían el curre y Clarke el nombre. En fin, una larga y lánguida decadencia volcada en el comercialismo literario.

¿Eso es todo? ¿Tres o cuatro novelas y un cuento? Pues no, no es todo; como suele ocurrir con muchos autores de cf, lo mejor de Clarke son sus relatos cortos. Quizá el más conocido de ellos (pues se incluyó en el best seller El retorno de los brujos) sea Los 9000 millones nombres de dios, otra nueva visita a lo numinoso. En particular, recuerdo con mucho cariño su obra Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco (1957), una antología de relatos donde el autor mezcla fantasía y humor con notable brillantez. Quizá éste sea el libro más británico de Clarke, el escritor inglés de cf más norteamericano.

En resumen, Clarke no era ni mucho menos un buen prosista ni un gran narrador, pero en sus mejores momentos conseguía transmitir al lector con sorprendente habilidad lo que, sin duda, constituía la esencia de su literatura: el misterio. Nadie como él nos ha mostrado con tanta intensidad el misterio del universo, y sólo por eso vale la pena derramar una lágrima por su pérdida.

Pero en mi caso hay además razones sentimentales. A finales de 1968, cuando 2001: Una odisea del espacio se estrenó en España, yo era un chaval de 15 años totalmente enganchado a la ciencia ficción. Mi hermano mayor, Big Brother, había visto la película unos meses antes, en Londres, y me trajo el programa, un folleto magníficamente editado con fotos del film (que todavía conservo como un tesoro); no sé cuánto tiempo pasé mirando embobado ese programa. Luego se estrenó la película, pero yo estaba castigado por haber sacado malas notas y no podía ir al cine. Sin embargo, mi padre se apiadó de mí y una mañana de domingo me llevó a verla... ¿Os podéis imaginar lo que, en 1968, significó para un chico de 15 años fanático de la cf contemplar 2001: Una odisea del espacio? Por primera vez veía lo que tantas veces había imaginado leyendo; no unos efectos especiales más o menos cutres, sino imágenes del espacio absolutamente reales, el nivel máximo de calidad jamás conseguido por el trucaje analógico. Salí del cine flotando, totalmente feliz, y ahí estaba mi padre, conmigo, a mi lado. Pocas veces me sentí tan cerca de él como en esa ocasión.

¿No os sucede a vosotros que conserváis recuerdos muy nítidos de momentos aparentemente intranscendentes? A mí sí. Por ejemplo: abril de 1972, once meses después de la muerte de mi madre y siete antes de la muerte de mi padre, aunque entonces, claro, eso no lo sabía. Un sábado por la mañana salí con mi viejo 600 a hacer no importa qué; de vuelta a casa (hacía un fantástico día de primavera), paré en un quiosco y compré el número 31 de la revista Nueva Dimensión, que estaba dedicado íntegramente a Arthur C. Clarke. Contenía siete relatos del autor, un ensayo sobre el mismo de Sam Moskowitz y un artículo acerca de 2001 firmado por John Baxter. Llegué a casa, comí con mi padre y luego ambos nos fuimos al salón a leer; él no recuerdo qué y yo mi especial de Clarke. Y eso fue todo: mi padre y yo leyendo en el salón, nada más; sin embargo, lo recuerdo como un momento de gran felicidad, aunque no sé realmente por qué. En cualquier caso, ahí estaban otra vez mi padre y Clarke, ahora unidos de nuevo en mi memoria.

Creo que estas dos tonterías que os acabo de contar (tonterías para vosotros, tesoros para mí), son, junto con la progresiva pérdida de los antiguos sueños de la infancia y la primera juventud, lo que más ha contribuido a llenarme de melancolía por la muerte de Arthur C. Clarke. Como le dije a Big Brother en un SMS, puede que el viejo sir Arthur, justo antes de morir, viera un monolito negro a los pies de su cama. Quién sabe...

NOTA: Hay un premio tan inmaterial como honorífico para quien sepa decirme qué tienen que ver los tres números que aparecen en el título de esta entrada con Arthur C. Clarke.

lunes, marzo 10

Sonrisas y lágrimas

Bueno, pues esto se acabó, amigos. El PSOE quería ganar estas elecciones y mejorar su mayoría. Lo ha conseguido. El PP pretendía conquistar el poder y demostrar así que su derrota de hace cuatro años fue injusta. Ha fracasado. Por tanto, la buena noticia es que la derecha extremada se mantendrá cuatro años más lejos del poder. La mala es que la derrota del PP no ha sido rotunda.

Veréis, que ganaban lo socialistas estaba claro; sólo había que prestar atención a los entresijos de las encuestas y tener presente el “efecto boomerang” (¿recordáis?). Así que la cuestión que se dirimía no era esa, sino los resultados de los populares. Si el PP hubiese obtenido peores porcentajes que hace cuatro años, o incluso si se hubiese limitado a igualarlos, el sector duro de la derecha habría fracasado y probablemente se iniciaría un movimiento de renovación en el partido. Pero el PP ha mejorado los resultados (aunque no lo suficiente como para ganar), lo cual significa que el sector duro tiene algo a lo que agarrarse. Y no habrá renovación. Puede que Rajoy dimita, no lo sé, y es casi seguro que algunos elementos de la dirección, como Zaplana, se desvanezcan, pero estoy convencido de que el sector duro seguirá controlando el partido. Desde luego, debe de ser un placer contar con un electorado tan dócil como el de la derecha, un electorado que se lo perdona todo a sus lideres y es capaz de tragarse sapos como camiones y no dudar ni un segundo a la hora de depositar su voto. Afortunadamente, no son mayoría.

No obstante, ante los resultados de estas elecciones cabe preguntarse: ¿es eficaz la estrategia de oposición salvaje practicada por el PP? Pues veréis, por desgracia ha demostrado ser muy eficaz para fidelizar y mantener tensionados a sus electores, eso es indudable. Pero esta estrategia tiene un grave defecto: igual que moviliza al propio electorado, moviliza al electorado rival que, por ahora, es más numeroso. Es decir, no es una estrategia ganadora. Salvo que en el país suceda un desastre, claro. Y a eso se la van a jugar los populares; confiarán en que la augurada crisis económica socave al gobierno e insistirán en su mensaje catastrofista. Más de lo mismo, palo y tentetieso, bronca y follón. Porque, además, controlando el partido el sector duro, y sin una renovación a fondo, no sería creíble ni viable un viaje del PP hacia el centro, una búsqueda de las políticas moderadas que sí podrían darle la victoria. Por tanto, aventuro (aunque espero equivocarme) que la presente legislatura será muy similar a la anterior, con el PP haciendo una oposición salvaje y la tensión social incrementándose día a día.

Por ello, estas elecciones me han dejado un sabor agridulce, una mezcla de sonrisas y lágrimas. Sonrisas porque la derecha se mantiene alejada del poder, y lágrimas porque la vida política va a seguir siendo el lodazal de los últimos cuatro años. Por expresarlo metafóricamente: han ganado los buenos, pero los malos no han sido castigados (ahora que lo pienso, lo mismo sucede en mi última novela, El juego de Caín).

Pero hay más lágrimas, amigos míos. Los resultados de estas elecciones han incrementado el bipartidismo que ya imperaba en este país. El desmoronamiento de Izquierda Unida me ha resultado particularmente doloroso; ya sé que es un partido casi nostálgico, un partido que debería haberse modernizado hace mucho tiempo, pero también creo que es un partido honesto que merecería contar con más peso en el parlamento. Pero el voto útil y la ley D’Hont se lo han llevado por delante. En general, me preocupa esa tendencia al bipartidismo radical, como les preocupa a muchos merodeadores de Babel; ya sé que esto suena contradictorio con, por ejemplo, lo que decía en la entrada anterior, pero no lo es. El bipartidismo no va a desaparecer consiguiendo que la izquierda y el centro voten a diversas opciones políticas, ni mucho menos; el bipartidismo existirá e irá a más mientras siga en vigor la ley D’Hont y en la derecha sólo haya un partido. Esos son los dos obstáculos que hay que vencer para acabar con la polarización y todo lo demás son zarandajas.

Pero eso no es todo, aún tengo más motivos para llorar. Reconozco que se me revuelven las tripas constatando que Madrid es uno de los principales graneros de votos del PP. Me reconcomo por dentro cuando pienso que la presidenta de mi comunidad es la impresentable populista Esperanza Aguirre, o cuando advierto que si Gallardón renuncia a la alcaldía, Ana Botella será alcaldesa de la ciudad. Después de tirarme no sé cuántos años aguantando el meapilas de Álvarez del Manzano, ¿éste es el porvenir que me espera?... Joder, os juro que yo amaba a Madrid; era una ciudad abierta y amable, una ciudad sin forasteros, porque todos lo éramos, una ciudad vibrante donde sucedían cosas, como a principios de los 80. Pero todo ha cambiado mucho y ahora Madrid se me antoja una ciudad hostil y agresiva, una ciudad que ha tomado anfetaminas y coca en vez de fumarse un canuto, una ciudad donde no es agradable vivir. Y para colmo, ahora es Zona Nacional, como si el barrio de Salamanca se hubiera expandido hasta apoderarse de toda la ciudad.

Qué poco me apetece seguir viviendo en Madrid... A veces pienso que soy catalán, coño, que nací en Barcelona, y que a lo mejor debería irme a esa ciudad mucho más civilizada que la capital... pero tendría que aprender el idioma y, qué queréis que os diga, no estoy por la labor. En realidad, debería irme a vivir a Galicia, mi patria personal, mucho más grata que la Cataluña donde nací o el Madrid donde me he criado y he vivido, porque es la patria que yo he elegido y no la que el azar me ha impuesto. No sé, estoy tan harto de Madrid...

En fin, lo dicho, sonrisas y lágrimas. Como veis, no estoy demasiado contento con el resultado de estas elecciones, pero despidámonos con una sonrisa: ¡Riau, riau, riau, ha ganao el equipo colorao! Y basta ya de política, que es un coñazo. La próxima entrada se alejará de la cosa pública y se adentrará de nuevo en el inmenso vacío intelectual que siempre ha caracterizado a este blog. Nos vemos.

viernes, marzo 7

Mis 10 razones para votar contra el PP

NOTA: Esta entrada puede ofender la sensibilidad de algunos merodeadores. Si eres un votante natural de la derecha, si en general estás de acuerdo con la línea de actuación del PP durante esta legislatura, si Mariano Rajoy es el político actual a quien más valoras, no leas el texto que viene a continuación, pues no va dirigido a ti y sólo conseguirías cabrearte.

Voy a votar al PSOE. Supongo que esta revelación no sorprenderá a ninguno de los que frecuentan Babel, pero aun así voy a explicarme. Votaré a los socialistas por tres razones básicas. En primer lugar, porque su ideología está más próxima a la mía que la del resto de los partidos. Ah, vale, es cierto que estoy de acuerdo con muchas propuestas de Izquierda Unida, pero es que IU es un partido tan triste y contradictorio, con tan poco futuro... En segundo lugar, porque creo que, en líneas generales, el gobierno no lo ha hecho demasiado mal durante la anterior legislatura. Tampoco demasiado bien, por supuesto. Pecó de ingenuidad en los contactos con ETA (sobre todo por solemnizarlos) y en el estatuto catalán, hizo demasiadas concesiones a la Iglesia, ha mantenido una nefasta política de comunicación y no ha sabido resolver dos grandes problemas nacionales como son la vivienda y la educación. Pero al mismo tiempo, su política económica fue más que correcta y promovió importantes avances sociales. Además, por lo que sé (y algo sé), ha sido uno de los gobiernos más honestos de la democracia; no absolutamente honesto, claro, pero sí mucho más de lo usual. En tercer lugar, más que un voto a favor del PSOE, el mío es un voto esencialmente en contra del (actual) PP. ¿Recordáis la entrada donde proponía el voto negativo? Bueno, pues si existiera, ni votar al PSOE ni leches: plantaría en la urna un voto negativo contra el PP como una casa. Pero no hay votos negativos, de modo que la única forma de votar en contra de los populares es votando a los únicos que pueden gobernar en su lugar: los socialistas. Todo lo demás, amigos míos, puede resultar muy romántico, muy honesto, muy idealista, pero desgraciadamente no sirve para una mierda.

Ahora bien, ¿por qué estoy tan en contra del (actual) PP? ¿Acaso soy un radical, el típico hooligan de izquierda? Bueno, quizá, pero lo dudo; de hecho, creo tener buenas razones para contribuir a evitar que la actual dirección de los populares alcance el poder. Permitidme exponer diez de ellas.

1. El PP ha derivado hacia una derecha extrema. Una peculiaridad del PP es ser el único partido conservador de implantación nacional. En un principio, si recordáis, estaba UCD como centro-derecha y Alianza Popular como derecha; pero la autodinamitación de UCD mandó a hacer espárragos al partido y provocó que sus lideres se integraran en AP, que poco después transmutó para convertirse en el PP. Así pues, el Partido Popular reunió bajo unas mismas siglas a todos los conservadores españoles, desde el centro-derecha hasta la extrema derecha, aunque la voluntad de su fundador, Manuel Fraga, era conducirlo, al menos teóricamente, hacia zonas próximas al centro.

Pero el pasado franquista de Fraga le imponía un techo electoral que no podía superar, así que, tras una turbulenta búsqueda, se aupó a José María Aznar a la presidencia del partido. Aznar era un tardo-falangista (militó en el FES) reconvertido para la democracia, pero jamás estuvo vinculado al franquismo, de modo que en principio no tenía ningún techo electoral. Yo creo que para entender a Aznar hay que recurrir más a la psiquiatría que a la política, pero ya no vale la pena tomarse la molestia. Aznar era y es un hombre autoritario y extremadamente conservador, un hombre mediocre y sin ápice de carisma, pero dotado de una voluntad a prueba de bombas. Bajo el lema “sin complejos”, se lanzó a la yugular de Felipe González y, como había mucho donde morder, acabó arrebatándole el poder a los socialistas. La necesidad de pactos para gobernar durante su primera legislatura enmascaró el auténtico rostro de Aznar, obligándole a hablar catalán en la intimidad, pero la mayoría absoluta de la segunda legislatura destapó el tarro de las esencias y el partido dio un amplio viraje hacia la derecha más dura. En la cresta de la hola neo-con, Aznar inició una absurda aventura atlántica que pasó por Texas, por las Azores y acabó como todos sabemos que acabó. El PP perdió las elecciones y el PSOE regresó al poder.

Pero en la cúspide del PP, que no estaba preparado para perder, se encontraba todo el equipo de Aznar, con Rajoy, Acebes y Zaplana a la cabeza y el propio Aznar oculto tras la FAES. Con el supuesto fin de fidelizar al núcleo duro de sus votantes, y apoyándose en los sectores más conservadores de la sociedad, en el amarillismo de El Mundo y en la ultracadena de los obispos, el PP ha ido derivando en la oposición hacia la derecha extrema (es decir, lo más cerca que se puede estar de la ultraderecha aceptando las reglas democráticas). Tal y como confesaba Gabriel Elorriaga, Secretario de Comunicación de los populares, en su entrevista para el Financial Times: “El PP tiene una imagen muy dura y de derechas en este momento (...) Incluso nuestros votantes piensan que son más de centro que el PP”.

Por todo ello, y convencido de que en las actuales circunstancias lo último que necesita España es un partido radical, sea de izquierdas o de derechas, votaré contra el PP.

2. El PP ha enturbiado la vida política y social realizando una oposición desmedidamente crispada. Es enteramente normal que la oposición haga eso, oposición; no sólo es su derecho, sino también su obligación democrática. Lo que ya no resulta tan normal es que la estrategia de oposición se parezca a una campaña bélica. Durante cuatro años, el PP ha realizando una oposición salvaje en la que estaba vedado cualquier rastro de lealtad institucional. Una oposición contraria a todo, desmedida, exagerada, una oposición que incidía tanto sobre los problemas reales como sobre los que ella misma inventaba. Una oposición de mal estilo, de insulto y descalificación personal, que convirtió el parlamento en un circo de maleducados vocingleros. Pero lo peor es que esa crispación se extendió a la sociedad civil.

Por ello, porque me niego a aceptar que una organización política fomente la fractura social por sus intereses partidistas, votaré contra el PP.

3. El PP no ha tenido el menor escrúpulo en utilizar el terrorismo para atacar al gobierno. Durante la mayor parte de la democracia, cuando al frente de los populares se encontraba el franquista Manuel Fraga, existía entre las formaciones políticas el acuerdo tácito de no utilizar el terrorismo como arma partidista. Es decir, se consideraba que este tema era una cuestión de estado en la que había que ser leal al gobierno. Esto era así hasta que Aznar se convirtió en candidato a la presidencia; siguiendo su lema “sin complejos” (traducción: sin escrúpulos), don José María hizo del terrorismo unos de sus principales arietes contre Felipe González. Posteriormente, durante los ocho años que el PSOE estuvo en la oposición, el terrorismo dejó de ser una baza electoral. Pero cuando el PP perdió el poder, ay amigos, mandó de nuevo a hacer puñetas la mínima lealtad institucional que puede exigírsele a un partido democrático y convirtió el terrorismo en el gran garrote con el que aporrear la cabeza de Zapatero. Pero lo peor de esto es que, según informes de los servicios secretos, la actitud del PP favoreció y dio alas a los terroristas.

Por ello, porque creo que los políticos que han adoptado el “vale todo” como lema deben ser expulsados de la política, votaré contra el PP.

4. El PP ha utilizado a las víctimas del terrorismo para socavar al gobierno. En consonancia con lo dicho en el punto anterior, los populares, con la inestimable ayuda del señor Alcaraz y su ultramontana AVT, no han dudado ni un segundo en utilizar a ciertos sectores de las víctimas para convocar manifestaciones, no contra ETA, sino contra el gobierno.

Por ello, porque creo que los manipuladores sin escrúpulos sobran de la política, votaré contra el PP.

5. El PP ha atacado al PSOE por dialogar con ETA, olvidando que Aznar hizo lo mismo cuando estaba en el poder. Yo a veces me pregunto: ¿pero cómo se puede ser tan caradura? ¿Cómo se puede mentir tan descaradamente sin que se le caiga a uno la cara de vergüenza? En noviembre de 1998, el entonces presidente Aznar anunció que, para el inicio de un proceso de paz, había autorizado contactos con... ¿ETA? No: con el Movimiento de Liberación Nacional Vasco. Este intento de encontrar una solución dialogada al problema del terrorismo fracasó, pero creo que el gobierno Aznar hizo bien en intentarlo. Sin embargo, siete años más tarde, el gobierno de Zapatero volvió a establecer conversaciones con ETA (no con el MLNV) y la oposición del PP se lanzó a degüello contra los socialistas, acusándoles de hacer lo mismo que ellos habían hecho antes, con la diferencia de que el PSOE no acercó ni liberó presos etarras como sí hizo Aznar. Y yo vuelvo a preguntarme: ¿cómo se puede tener tamaña geta?

Por ello, porque la doble moral no debe tener cabida en la vida pública, votaré contra el PP.

6. El PP se ha aliado con los sectores más reaccionarios de la iglesia católica. Basta con echarle un vistazo a quienes asistieron a la manifestación de los obispos, o con leer la nota electoralista de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal, o con escuchar la COPE, para comprobar como en su guerra contra el gobierno laico de Zapatero, los obispos cuenta con la inestimable colaboración del PP. ¿No notáis cierto tufo a nacional-catolicismo?

Por ello, porque creo que un estado democrático debe ser laico y aconfesional, votaré contra el PP.

7. El PP predica el catastrofismo. A veces, Mariano Rajoy y sus voceros se me antojan un grupo de profetas escatológicos predicando el fin del mundo. El gobierno se vende a ETA, España se rompe, la crisis económica nos devora, la delincuencia y el terrorismo campan por sus respetos... Esta política exageradamente catastrofista crea inquietud en ciertos sectores sociales, pero además, cuando se aplica a temas delicados, como la cuestión territorial, puede fomentar una tensiones sociales nada deseables.

Por ello, porque creo que la moderación y el sentido común deben presidir la vida pública, votaré contra el PP.

8. El discurso del PP fomenta la xenofobia. De todos los catastrofismos predicados por los populares, el más terrible, y el más empleado durante la campaña, es el que incide sobre los inmigrantes. No importa que la inmensa mayor parte de los inmigrantes sea gente honrada que sólo viene a nuestro país a trabajar e intentar mejorar su vida, no importa si la llegada de inmigrantes ha incrementado la calidad de vida de los españoles, no importa que España haya sido un país de emigrantes; el PP se ha obstinado en relacionar inmigración con delincuencia, con pérdida de calidad de los servicios públicos, con usurpación de derechos o con crisis laboral y económica. Y todo esto lo ha hecho únicamente para socavar al PSOE en la lucha electoral. Pero no todo vale, y menos esto, pues cuando la xenofobia y el racismo se instalan en una sociedad, las consecuencias se traducen en dolor, odio, persecución y muerte.

Por ello, porque las personas que carecen de humanidad, sensibilidad y empatía no deben formar parte de la política, votaré contra el PP.

9. El PP acalla la voz e impide el surgimiento de una derecha civilizada. Creo sinceramente que la democracia precisa alternancia en el poder. Creo igualmente que debe haber un partido que represente a la derecha, y que ese partido, aunque yo no comparta sus ideas, tiene derecho a optar a la jefatura de gobierno, y conseguirla si así lo quieren los votantes. Pero ese partido de derecha no puede estar instalado en el extremo diestro de la ideología conservadora. Estoy seguro, o al menos quiero estarlo, de que existe una derecha civilizada en España; el problema es que esa derecha ha sido expulsada de la cúspide del PP en beneficio de los más radicales. Y el problema, también, es que los votantes moderados de derecha no pueden votar a nadie más, así que, aunque tapándose la nariz, depositarán la papeleta popular en la urna, pero lo harán porque no les queda más remedio. La única forma de conseguir una derecha moderna es expulsando a los elementos mas cavernarios del PP para que los moderados se hagan con el control del partido.

Por ello, para poder contar con una derecha civilizada, votaré contra el PP.

10. El PP actual es el mismo de hace cuatro años. En las anteriores elecciones, la mayoría de los votantes castigó al PP por haber propiciado la intervención de España en la ilegal guerra de Irak y, sobre todo, por las mentiras que propaló sobre la autoría del atentado del 11M. Pues bien, en el PP que se presenta a estas elecciones están exactamente los mismos que hicieron todo eso, los mismos que celebraban a carcajadas la intervención militar española en Irak, los mismos que, por motivos electorales, mintieron descaradamente sobre los cadáveres de casi doscientas víctimas, los mismos que en los años sucesivos se dedicaron a sustentar una patética teoría conspirativa que atribuía la responsabilidad del atentado a todo el mundo (etarras, policías, jueces, socialistas, guardias civiles, servicios secretos árabes...) con el único fin de ocultar la evidencia de sus mentiras. Rajoy, Acebes, Zaplana, Ana Pastor, Pujalte, el tapado Aznar... Todos ellos mostraron entonces uno de los grados de miseria moral más altos que jamás he visto. Y, para colmo, nunca han pedido perdón. Al contrario, lo que quieren es que olvidemos, quieren que miremos sólo al futuro para distraer nuestra atención de su negro pasado de miserables mentirosos. Vale, pues miraré al futuro, y en mi futuro veo con claridad que no quiero que esa clase de personajes nos abochorne con su mera presencia.

Por ello, porque hay cosas que no pueden olvidarse, votaré contra el PP.

En fin, amigos míos, tengo muchas más razones para votar contra el PP, pero como los decálogos molan y esto ya es demasiado largo, nos conformaremos con lo expuesto. Como decía al principio, ejerceré mi voto contrario al PP votando a los socialistas, porque es lo más eficaz y porque hasta ahora el PSOE no me ha ofendido. Como decía en otra entrada, creo que ganará el PSOE, pero no sé por cuánta diferencia. De lo que sí estoy seguro es de que nuestra tierna democracia necesita imperiosamente que la derecha se civilice y, para que esto suceda, la actual dirección de los populares debería sufrir una derrota tan demoledora que no le quedara más remedio que irse y dar paso al sector moderado (si es que todavía queda alguno). Y atención, no escribiría nada de esto si al frente del PP estuvieran Gallardón o Rato, por ejemplo, aun sabiendo que cualquiera de los dos podría derrotar electoralmente a la izquierda. Pero prefiero eso con diferencia a tener en la oposición una panda de hooligans incendiarios dispuestos a todo con tal de conseguir sus fines.

Post Scriptum: Al terminar de escribir esta entrada me he enterado de que los sanguinarios descerebrados de ETA han asesinado en Mondragón a Isaías Carrasco, un ex-concejal socialista de Arrasate. Supongo que para las psicopáticas mentes de los asesinos, esa muerte supone un gran paso en la lucha del oprimido País Vasco en pro de su independencia... a mí lo único que me provoca es pena y asco. Pero ahora, al menos, tenemos una oportunidad para responder a los sembradores de terror; ¿no pide ETA la abstención? pues vayamos todos el domingo a votar, digámosles muy claro que estamos con la democracia y contra los matones, votemos cuantos más mejor, a quien sea, aunque se trate del PP...