lunes, enero 18

El juego de los herejes (1)

Ya está en las librerías, recién salida de la imprenta. Me refiero a mi última novela, El juego de los herejes, y sí, amigos míos, este post es pura y dura autopromoción.

El juego de los herejes (Espasa, 2010) es un thriller, la segunda novela protagonizada por la detective Carmen Hidalgo (la primera fue El juego de Caín, publicada también por Espasa en 2008). Pero antes de hablar de ella, permitidme comentar un poco el origen del personaje, aunque sólo sea por matar el tiempo y rellenar espacio. Veréis, una de las características de la literatura detectivesca, desde su mismo nacimiento, es la búsqueda de originalidad en la personalidad del investigador protagonista. Ya el mismísimo Sherlock Holmes, probablemente el personaje más germinal de la historia del género, proponía un modelo humano insólito; pero los investigadores que le siguieron no se quedaron atrás, desgranándose en una pléyade de personajes con personalidades muy marcadas y, por lo general, inusuales, cuando no abiertamente extravagantes. El obeso y agorofóbico Nero Wolfe, el pedante Philo Vance, el bonachón padre Brown, el exótico Charlie Chan, el irritante Hércules Poirot, el burgués Maigret, el irónico y solitario Marlowe, el violento Hammer, el falsamente despistado Colombo, el gris Wallender... la lista es enorme. Tenemos detectives que son monjes, o ancianitas, o robots, o autistas, o vampiros, o legionarios romanos, o filósofos griegos, o casi cualquier cosa que nos podamos imaginar. Quizá el último gran personaje de esa estirpe sea esa hacker disfuncional y asocial que es Lisbeth Salander, la excelente creación de Stieg Larsson, de la que hablaré largo y tendido en otra ocasión.

Pues bien, hará más o menos una década, me planteé crear mi propio modelo de detective. De entrada, debo confesar que no me atraen los héroes cargados de testosterona que lo resuelven todo a hostias y tiros, así que desde el principio tenía claro que iba a ser una mujer. Durante un tiempo le anduve dando vueltas al personaje de una mujer de clase media-baja, muy joven, casada con un policía (no un inspector, sino un vulgar agente uniformado), cuya principal característica consistía en ser una superdotada intelectual que no había podido desarrollar plenamente sus capacidades a causa de su humilde procedencia. Por aquel entonces ya se llamaba Carmen. En el argumento que desarrollé (mentalmente), Carmen descubría que estaba embarazada y se planteaba comprar un piso más grande, pero no tenía dinero. A través de su marido, se enteraba de que una ricachona ofrecía una sustanciosa recompensa a quien le informara sobre el paradero de su hija desaparecida. Como la pasta le venía muy bien, Carmen se ponía a investigar el caso junto con una vecina amiga suya -una maruja almodovariana- y un primo de ésta, sicario de los narcos gallegos.

Ni siquiera comencé a escribir esa novela. La historia que había imaginado se me antojaba demasiado melodramática y el personaje central resultaba un poco soso. Además, la relación entre Carmen y su vecina no era más que una versión lumpen (y barata) del clásico binomio Holmes-Watson. Así que me olvidé del asunto. Pero al cabo de unos años, a causa de una propuesta editorial (luego fallida), retomé el proyecto.

Del material que había elaborado sólo me interesaba que el personaje central fuese una mujer de clase media-media o media-baja, pero el resto no valía para nada. O casi. Porque si bien aquella Carmen inicial carecía de una personalidad carismática, había otro personaje que sí apuntaba buenas maneras: su vecina. Pero yo no quería que mi protagonista fuese una maruja... Entonces se me ocurrió algo: ¿qué pasaría si mezcláramos a Almodóvar con Raymond Chandler? Y así, de pronto, surgió Carmen Hidalgo.

Carmen, una mujer de clase media-media, ni guapa ni fea, tiene 35 años y estudió Derecho, aunque practicó poco tiempo esa profesión, pues se casó muy joven con Gonzalo, un ex-policía que montó, y puso a su nombre, una pequeña agencia de detectives, y que luego la engañó, estafó y abandonó. Así que Carmen se vio obligada a sacar adelante un negocio cargado de deudas junto con el que luego será su socio, un ex-ladrón de unos 60 años llamado Hermenegildo Astray, también conocido como Hermes entre sus amigos y como Dosdedos por el mundo del hampa. Carmen vive sola, tiene un concepto entre escéptico y filosófico de la existencia, y hace gala de un irónico sentido del humor. Esa es su parte chandleriana. Y luego está la faceta almodovariana: su familia. Porque Carmen tiene una familia enorme, desmesurada: ocho hermanos, dieciséis tíos, tropecientos primos, cuñados, sobrinos... un grupo de gente bastante folclórico, como por ejemplo su madre, doña Gloria, una mujer entrometida y mandona de la que Carmen procura mantenerse lo más alejada posible.

Dada la magnitud de su familia, Carmen suele recurrir a ella cuando necesita colaboradores para su agencia. Uno de esos colaboradores es su prima Violeta, una hacker felizmente instalada en la obesidad mórbida, o su cuñado Santiago, un técnico de Telefónica que, por un módico precio, se compromete a “pinchar” cualquier teléfono. Y es que Carmen no es una detective sofisticada, ni una superdotada intelectual; es una mujer normal y corriente que logra resolver los casos a base de tesón, sentido común y alguna que otra chapuza.

En las historias de Carmen Hidalgo -narradas en primera persona por la irónica voz de la protagonista- la intriga detectivesca se mezcla con las relaciones entre los diferentes personajes, sobre todo los pertenecientes a la familia de la investigadora. Pero aún falta el último componente del cóctel. Carmen, como he dicho, es una mujer normal que ni maneja armas de fuego ni tiene la más remota idea de pelear, de modo que de vez en cuando tiene que recurrir a los servicios de un guardaespaldas llamado Ángel. En realidad, Ángel es un asesino a sueldo esquizofrénico que le profesa a Carmen un fidelidad perruna, un sicario sin apellidos ni pasado al que se le va la olla con frecuencia y que mata con alegre naturalidad. De hecho, una de las mayores preocupaciones de Carmen es evitar que Ángel vaya cargándose gente a su alrededor. Y aquí sucede algo curioso: Ángel es un tipo de edad indefinida, mediana estatura, menudo, casi frágil, con la piel tan pálida que deja traslucir el entramado de las venas; lleva el pelo peinado con gomina hacia atrás, tiene los ojos de un gris desvaído, una mirada extraviada que nunca parpadea y habla con voz muy suave, de niño pequeño. Cuando diseñé el personaje me propuse que fuera un tipo grimoso; y creo que lo conseguí: Ángel da grima. Sin embargo, es uno de los personajes más celebrados entre aquellos que han leído las novelas. Qué cosas...

En fin, la primera novela de Carmen Hidalgo fue El juego de Caín. El título hace referencia a un par de aspectos del argumento; por un lado el mundo del fútbol (un juego) y por otro... bueno, a algo que no debo revelar para no chafar el desenlace. Ahora, la segunda novela se llama El juego de los herejes. ¿Por qué insisto en el “juego”? Pues porque ambas novelas son en realidad un doble juego: un juego deductivo que invita la lector a intentar adelantarse a la detective en la resolución del caso y un juego moral que propone un dilema ético: ¿qué harías tú en el lugar de la protagonista? Pero hay algo más. ¿Conocéis un juego llamado “Mariembad”? Da igual, es un juego tramposo porque, si los dos contrincantes saben jugar bien, el que sale siempre pierde. Pues eso le pasa a mi detective: se enfrenta a poderes muy superiores a ella (el poder económico, el poder religioso, el poder político, la policía, el crimen organizado...) y Carmen sólo es la humilde propietaria de una minúscula agencia de detectives, de modo que es imposible que salga victoriosa. Aunque resuelva el caso, no logrará hacer justicia. Aunque gane, perderá. A fin de cuentas, a eso jugamos todos, ¿no?

Bueno, terminamos por hoy. En la próxima entrada comentaré un poco más El juego de los herejes. ¿Que me estoy poniendo pesadito con mi novela? Puede, pero, como el blog es mío, os jorobáis.

jueves, enero 14

Buenos propósitos

Hay dos momentos al año en los que hacemos recapitulación y nos proponemos una especie de borrón y cuenta nueva: las vacaciones de verano y después de Año Nuevo. El primer caso es un hito con cierta lógica -una temporada de descanso que permite refrescar la mente y adquirir perspectiva-, pero el segundo no tiene mucho sentido. Se trata sólo de un cambio de guarismo, el paso de un número al siguiente, una mera convención cultural (que, a fin de cuentas, es lo que es el calendario). Aunque, claro, también significa el final de un ciclo y el comienzo de otro, y los seres humanos somos muy sensibles a los ciclos.

Sea como fuere, el paso de un año a otro nos mueve a emprender un cambio de vida que, por desgracia, rara vez llevamos a cabo. Todo son buenos propósitos. Llevaré una vida más sana, iré al gimnasio, me haré valer en el trabajo, perderé la virginidad, escribiré una obra maestra, me la cascaré menos... Luego, claro, seguiremos dándole alegremente al colesterol, nos inscribiremos en un gimnasio que no volveremos a pisar, continuaremos siendo unos curritos con menos vida amorosa que el chofer del Papa, escribiremos las mismas chorradas de siempre y... bueno, eso sí, con los años practicaremos menos el onanismo, qué remedio. Hace un momento, he oído en la radio que el deseo para el año nuevo más citado en la Red es perder peso, lo cual resulta lógico teniendo en cuenta las entripadas navideñas. Eso me ha movido a preguntarme cuál sería, aparte de adelgazar, mi propósito para el 2010. O, dicho de otra forma, cuál de entre mis múltiples defectos debería proponerme corregir.

Dada la vastedad de la materia en cuestión (mis defectos), la elección se antoja compleja, pero en realidad no lo es. Hay defectos que no sólo son negativos en sí mismos, sino que además generan otros tachas del carácter. Son defectos-madre, por así decirlo. Pues bien, mi principal defecto-madre es, sin lugar a dudas, la impaciencia, que me genera además intolerancia y malhumor. Y es curioso, amen de paradójico, pues me dedico a escribir, una labor lenta que requiere toneladas de paciencia. Pero, aparte de eso, en todos los demás aspectos de la vida soy un cagaprisas intolerante. En fin, podría deberse a mi pasado publicitario –pues la publicidad es uno de los trabajos más acelerados que existen-, pero lo cierto es que el problema viene de mucho antes. Recuerdo que, cuanto tenía dieciséis o diecisiete años, una amiga me pidió que le explicara algo, no recuerdo qué, sobre matemáticas. Quedamos en un bar, comencé a explicarle el asunto... y a los diez minutos me sorprendí a mí mismo gritándole desaforadamente a mi más bien obtusa amiga y reprimiendo unas inmensas, avasalladoras, ganas de estrangularla.

Para que os hagáis una idea de las dimensiones de mi impaciencia, os narraré una de las situaciones que más irritación asesina me provocan. Seguro que habéis vivido algo similar. Veamos: estoy en la cola de una caja del supermercado y justo delante de mí hay una venerable anciana de setenta y tantos años, una dulce abuelita de suaves modales y sonrisa seráfica. Después de esperar quince minutos en la cola, llega el turno de la ancianita y la buena mujer saca trabajosamente los artículos del carrito, para luego colocarlos en el mostrador de la caja muy despacio, despacísimo. Vale, pienso con calma, la pobre mujer tiene artritis, reuma o cualquier otra dolencia que le impide moverse con diligencia. Pobrecilla.

La cajera pasa los artículos por el escáner y le comunica a la frágil anciana el montante de la operación. Entonces sucede algo terrible. La anciana, con movimientos tan parsimoniosos que parece que estuviera debajo del agua, se descuelga el bolso del brazo, lo abre, saca la cartera y la abre. Podría haberse ocupado de todo eso mientras la cajera hacía su trabajo, pero no, ha tenido que esperar hasta que el último yogur pasara por el escáner. Pero no importa, con la edad se pierden los reflejos, ya se sabe. Bueno, cabría esperar que la provecta anciana sacase unos billetes, pero no, eso sería lo fácil. Por alguno motivo que no alcanzo a atisbar, la delicada anciana tiene el monedero de su cartera atiborrado de monedas, la inmensa mayor parte de ellas céntimos. Y lentamente, porque no ve ni pijo, empieza a depositar las moneditas en el mostrador, una a una, equivocándose varias veces al contar. Para entonces, yo estoy estupefacto; ¿de dónde cojones ha sacado esa mujer tantísimas monedas? Descartando que se dedique a robar los cepillos de las iglesias, sólo se me ocurre una alternativa: la buena señora, sin duda una jubilada con muchas horas libres, mata el tiempo yendo cada mañana a la caja de ahorros, donde cambia un billete de cincuenta en tropecientos céntimos, para luego dirigirse al supermercado y divertirse mareando a la cajera. Pero esto sólo es una suposición, claro.

El caso es que aquí se abren dos alternativa: 1. Después de equivocarse varias veces contando las monedas, la pulcra anciana descubre que no tiene suficientes céntimos para completar el montante. 2. Después de equivocarse varias veces contando las monedas, la débil anciana deja el precio exacto sobre el mostrador. Entonces, la cajera vuelve a contar las monedas (más deprisa, pero, ay, son tantas...) y descubre que aún faltan unos cuantos euros. En ambos casos, la entrañable anciana volverá a rebuscar pausadamente en su monedero y en su bolso, convencida de que por alguna parte debe de haber otro filón de céntimos. Pero no lo hay, así que la tierna anciana, con toda la parsimonia del mundo, saca un billete de cinco o diez euros, lo deja sobre el mostrador y se pone de nuevo a contar monedas para completar el total. Tras equivocarse de nuevo varias veces, la buena mujer deja el billete y las monedas frente a la cajera, que vuelve a contarlas para descubrir que todavía falta pasta. Pero como tiene las monedillas sobrantes a mano, se ocupa ella misma de corregir el error. ¡Un hurra por la cajera!

Bien, el pago se efectúa y la cajera le tiende el tíquet a la simpática anciana. Ésta coge el recibo, lo lee con atención (y con dificultad, ya hemos dicho que ve menos que un gato de escayola), lo dobla cuidadosamente y lo guarda en la cartera; luego, se pone a meter los céntimos sobrantes en el monedero, uno por uno, con calma, no vaya a fracturarse un dedo. Concluida la recolecta de monedillas, la gentil anciana cierra el monedero, lo guarda y cierra el bolso. Todo muy despacio. A continuación, se pone a meter los artículos que ha comprado en bolsas, sin prisas, colocando y recolocando todo con meticulosa calma. Finalmente, como a cámara lenta, se ajusta el abrigo, se cuelga el bolso del hombro, coge el bastón y las bolsas, se despide de la cajera y se aleja pausadamente.

Pero, mucho antes de que eso último suceda, allí estoy yo, congestionado, con las manos aferradas al carrito y una vena latiéndome en la sien, sudando adrenalina y conteniendo a duras penas el irrefrenable deseo de agarrar a esa vieja de los cojones por el cuello y hacerle tragar, uno a uno, todos los puñeteros céntimos que lleva en el maldito bolso. La estrangularía, le arrancaría las tripas y saltaría a la comba con ellas, la empalaría con su jodido bastón... ¿Veis? Eso que acabo de describir, un escena que a muchos enternecería, a mí, por culpa de mi impaciencia, lo único que me produce es un profundo furor asesino. Y, no cabe negarlo, un defecto que te mueve a querer despellejar a una inefable abuelita es, sin duda alguna, un pésimo defecto. Así que ése es mi buen propósito, lo que le pido al nuevo año: paciencia.

Pero la quiero ya, ¿eh?, ahora mismito.

miércoles, diciembre 30

Feliz 2010

Queridos amigos, merodeadores todos: como siempre, Pepa, Óscar, Pablo y yo nos vamos a San Sebastián para pasar el fin de año con mi familia política. Cuando volvamos a reunirnos en el Café Babel, el 2010 ya presidirá todos los calendarios. Una bonita fecha ésa, ¿verdad? Suena futurista. En fin, dado que, según una opinión muy extendida en Internet y entre los mayas, sólo faltan dos años para el fin del mundo, ¿por qué no aprovechamos el tiempo que nos queda? Ahora que lo pienso, creo que ese es un buen deseo para el año que comienza: vivid como si sólo os quedaran dos años de existencia. Haced lo que nunca os habéis atrevido a hacer y decid todo lo que hasta ahora os habéis callado. Y, si después de eso no os han metido en la cárcel, ¡feliz año nuevo!

Un abrazo tan grande que otros abrazo más pequeños orbitan alrededor de él.

jueves, diciembre 24

Un relato navideño: "El secreto de madame Ishtar"

Como cada año, amigos míos, quiero desearos felices fiestas regalándoos lo único que puedo ofreceros mediante este blog, que no sé si es mucho o es poco, pero desde luego es lo mejor de mí que puedo daros: un historia, un cuento de Navidad. El relato de este año se llama El secreto de madame Ishtar y trata sobre el amor y otras desgracias. Está escrito ex profeso para vosotros, los merodeadores de Babel (acabé de redactarlo esta mañana), pero también en memoria de Eduardo Mallorquí, mi hermano, y en recuerdo de las tristísimas navidades de 1972.

Vale, no nos pongamos fúnebres; esta noche y mañana celebramos la Navidad, o el solsticio, o el Sol Invictus, o simplemente que la Estación del Sueño ha llegado, así que debemos alegrarnos. Porque estas fiestas son antiguas, muy antiguas, mucho más que el cristianismo, y al celebrarlas nos unimos de algún modo a los cientos de millones de personas que las celebraron en el pasado, nos convertimos en una hebra más del gran tapiz de la humanidad. Justo lo que somos: puntadas en un descomunal tapiz. Algún día desapareceremos y otros seguirán haciendo lo mismo que nosotros en estas mismas fechas, pero hoy todavía estamos vivos y eso ya es un buen motivo para alzar una copa y brindar.

Miro por la ventana y compruebo que ya ha anochecido. Ahora, cuando suba esto al blog, iré a la cocina y, como todos los años, comenzaré a preparar la cena junto con Pepa. Así que aquí os dejo con El secreto de madame Ishtar. Espero que os guste y os deseo lo mejor, para estas fiestas y para siempre. Un beso y feliz Solsticio/Navidad.


El secreto de madame Ishtar

César Mallorquí


El hombre que le abrió la puerta de aquel lujoso chalet de La Moraleja era muy joven –no más de 25 años- y extremadamente guapo; de hecho, se parecía mucho a Brad Pitt. Damián abrió la boca para presentarse, pero el joven le interrumpió indicándole con un gesto que le siguiese y luego le condujo a un enorme salón que irradiaba opulencia y buen gusto por los cuatro costados.
—Siéntese, señor García –dijo con marcado acento extranjero la juvenil versión de Brad Pitt -. Anunciaré su llegada a madame Ishtar.
Damián, obediente, se acomodó en un confortable sillón de cuero negro y observó con timidez cómo aquel Apolo vestido de Armani desaparecía tras una puerta que conducía al interior de la mansión. Luego, paseó la mirada por la estancia hasta detenerla en uno de los cuadros que colgaban de las paredes. ¿Era un Picasso? Desde luego, no parecía una reproducción, igual que no lo parecían el resto de las piezas de arte moderno que adornaban el desmesurado salón. A decir verdad, Damián estaba desconcertado; no esperaba que el hogar de una bruja fuese así.
Al cabo de unos minutos de solitaria espera, Damián cruzó los brazos y se preguntó qué demonios hacía allí. Había ido por Susana, claro, y por la felicitación de Navidad de Aurelio Castro. Pero sobre todo por Susana, ella era la verdadera razón de aquella locura. Si no tuviera que verla todos los días, se dijo por enésima vez, si no compartieran el mismo despacho, entonces quizá pudiera apartarla de su mente, olvidarla; pero Damián llevaba un año, tres meses, dos semanas y cuatro días viéndola cada jornada laborable, y ya desde el mismo momento en que la conoció se sintió atraído hacia ella; un sentimiento que pronto se transformó en amor y que no hizo más que acrecentarse conforme transcurría el tiempo.
Y no era de extrañar. Porque Susana Ruiz, licenciada en Económicas, contaba veinticuatro años, medía un metro setenta y dos de estatura, tenía el pelo moreno, los ojos verdes y una figura de quitar el aliento. Era, en resumen, una belleza. Pero es que además era inteligente, simpática, amable, colaboradora y estaba dotada de un chispeante sentido del humor. ¿Cómo no enamorarse de alguien así? Todos los varones de la oficina bebían los vientos por ella, pero Damián, que la tenía enfrente ocho horas al día, cinco días a la semana, fue quien más profundamente cayó bajo su influjo.
Y eso era un desastre, porque Damián, sencillamente, no estaba a la altura. De entrada, ya no era joven; en marzo cumpliría cuarenta y un años bastante mal llevados. Además, se estaba quedando calvo, tenía una cada vez más prominente tripa y carecía de especiales habilidades sociales; no era ni guapo, ni inteligente, ni simpático. A decir verdad, se hallaba un par de escalones por debajo de la vulgaridad. Y, para colmo de males, estaba casado y tenía dos hijos.
Al recordar a su mujer, Damián cerró los ojos y suspiró. Julia Martínez, a sus treinta y nueve años de edad, tampoco era guapa, ni inteligente, ni simpática. De hecho, Damián comenzó a salir con ella porque era la única mujer que estaba dispuesta a acostarse con él sin cobrar nada a cambio. Luego, la relación se fue prolongando y, al cabo de los años, por pura inercia, desembocó en un matrimonio donde sólo había verdadero amor por parte de ella, y mera costumbre por parte de él. Más tarde, llegaron los hijos –Quique y Laura- y, con cada embarazo, Julia ganó kilos y contorno de caderas, avejentándose prematuramente. Pero a Damián no le importó; se había acostumbrado a aquella vida y no esperaba más de ella. Además, Julia, si bien no era ni guapa, ni inteligente, ni simpática, estaba completamente enamorada de él y siempre se mostraba dulce y sumisa, de modo que Damián se sentía cómodo a su lado.
Pero todo eso cambió cuando Susana entró en su vida. De pronto, al compararla con ella, Damián fue plenamente consciente de lo poquita cosa que era Julia y, durante un tiempo, sintió que su matrimonio, su vida entera, eran una trampa en la que había caído sin darse cuenta, y pensó en rebelarse, en romper las cadenas que le ataban a una existencia anodina; pero un día, cuando, al salir de la ducha, se contempló en el espejo del baño con más detenimiento de lo usual, se dio cuenta de que no era cierto, no había caído en ninguna trampa, porque la trampa, el problema, era él.
Al comprender que jamás conseguiría conquistar el corazón de Susana, que era absurdo planteárselo siquiera, Damián se sumió en una profunda depresión y se resignó a vivir con la amargura de un amor imposible consumiéndole por dentro. Hasta que un día, a mediados de diciembre, recibió una felicitación navideña de su viejo amigo Aurelio Castro.
Aurelio y Damián habían sido compañeros de colegio e inseparables camaradas durante sus años estudiantiles. En realidad, se parecían mucho, pues ambos eran exactamente igual de mediocres; aunque, al final, Aurelio acabó dando una sonora campanada. Después del colegio, al concluir sus estudios universitarios, ambos fueron distanciándose poco a poco; sus vidas tomaron caminos divergentes y dejaron de verse. Durante mucho tiempo, Damián no supo nada de su viejo amigo; pero un día, tres años atrás, vio en el telediario una noticia que le dejó estupefacto: Catherine Baxter, la estrella más rutilante de Hollywood, se había casado sorpresivamente con un camarero español llamado Aurelio Castro. Al principio, Damián pensó que el nombre era una coincidencia, pero luego la pantalla del televisor mostró imágenes del novio y ya no le cupo la menor duda: era él, su amigo, el infeliz que, igual que Damián, siempre había sido incapaz de comerse una rosca.
¿Cómo consiguió Aurelio casarse con la joven actriz más bella y famosa de la cinematografía mundial? Ese misterio había acompañado a Damián durante años. Y, de pronto, una inesperada felicitación navideña de su amigo, y en ella una nota escrita a mano: “Estaré en Madrid a partir del 14 de este mes. Llámame”. Debajo, un número de teléfono. Como es lógico, la curiosidad se impuso; Damián telefoneó a Aurelio y quedaron en verse al día siguiente.
Aurelio Castro estaba alojado en una suite del hotel Ritz. Pese al tiempo transcurrido, apenas había cambiado; es cierto que tenía buen aspecto, que vestía un traje carísimo y que el Rolex de oro que llevaba en la muñeca izquierda relucía como un faro, pero en el fondo seguía siendo el mismo tipo feo y bajito de siempre. Tras saludarse con un fuerte abrazo, se dirigieron al bar del hotel, se sentaron a una mesa y, después de pedirle al camarero un par de copas, charlaron sobre lo que había sido de ellos durante los últimos años; aunque, en realidad, quien más habló, pues tenía más que contar, fue Aurelio. Su actual vida, según describió, era la típica vida de un multimillonario ocioso. Finalmente, una vez que se hubieron puesto al tanto de sus mutuas biografías, Damián preguntó:
—Bueno, ¿cómo es que has vuelto a Madrid?
—Kathy y yo vamos a pasar las navidades con mis padres.
—Así que la famosa Catherine Baxter es “Kathy” para ti... ¿Dónde está tu flamante esposa?
—En Los Ángeles. Tiene que rodar con George Clooney unas escenas suplementarias para su última película, pero se reunirá conmigo antes de Nochebuena.
Damián le contempló con incredulidad y sacudió la cabeza.
—Aún me cuesta creérmelo –dijo-. ¿Cómo es posible que te hayas casado con una estrella de Hollywood? Entiéndeme, me alegro mucho por ti, pero no me lo explico; eres una persona normal y corriente, y a las personas normales y corrientes no les suceden esas cosas.
Aurelio sonrió.
—A veces ocurren milagros –dijo con un encogimiento de hombros-. Kathy dio una fiesta en su casa, yo era uno de los camareros, ella se fijó en mí, charlamos, nos vimos de nuevo y... en fin, surgió el amor.
¿Y por qué demonios una diosa de la pantalla se fijó en alguien tan vulgar?, pensó Damián, aunque no lo dijo. En vez de ello, comentó:
—Es como un cuento de hadas... –Dejó escapar un suspiro y agregó-: Qué suerte tienes, cabrón.
Aurelio entrecerró los ojos y observó a su amigo.
—¿Te pasa algo? –preguntó-. Pareces... no sé, triste.
Damián jamás le había confesado a nadie sus sentimientos hacia Susana Ruiz y, con el paso del tiempo, aquel íntimo secreto había acabado convirtiéndose en una pesada carga, así que de pronto, casi sin proponérselo, se lo contó todo. Aurelio le escuchó en silencio y, cuando Damián concluyó el relato de sus cuitas amorosas, preguntó con una sonrisa:
—¿Lo de esa chica no será un capricho? Ya sabes, la crisis de los cuarenta.
Damián le miró con ojos de carnero degollado.
—Llevo más de un año perdidamente enamorado de Susana. ¿Es eso un capricho?
—Bueno, ya sabes lo que decía Oscar Wilde: la diferencia entre un capricho y un amor eterno es que el capricho dura algo más.
Damián sonrió con tristeza y dejó caer la mirada. Aurelio le contempló en silencio, pensativo, mientras daba un largo sorbo a su bebida. Luego, depositó el vaso sobre la mesa, arqueó las cejas y preguntó:
—¿Y si te dijera que esa chica, tu compañera de trabajo, puede ser tuya?
—¿Qué?
Aurelio se inclinó hacia él con aire confidencial.
—Antes –dijo en voz baja-, cuando me preguntabas por Kathy, te parecía inexplicable que una mujer así se hubiera casado conmigo, pero en realidad querías decir con alguien tan vulgar y mediocre como yo. Y tienes toda la razón del mundo; en circunstancias normales, Catherine Baxter jamás me habría prestado la más mínima atención. Pero es que las circunstancias no fueron normales.
—¿Qué quieres decir?
Aurelio sonrió.
—Que hice trampas. Utilicé un filtro de amor.
Damián torció el gesto.
—Joder, Aurelio –dijo-, que estoy hablando en serio...
—Y yo también. Escucha: hace años conocí al marido de una miss universo, un tipo realmente feo. Nos hicimos amigos y al cabo del tiempo, como era inevitable, acabé preguntándole cómo era posible que estuviese casado con una mujer tan guapa. Entonces me habló de madame Ishtar, una hechicera que, según me aseguró, fabricaba los más eficaces filtros de amor del mundo. Al principio, igual que tú, no le creí, pero él me dio su dirección e insistió en que la visitase. Lo hice y... esa mujer me convenció, así que le compré su extraordinaria mercancía.
A continuación, Aurelio prosiguió su historia relatando cómo, con la poción a buen recaudo, se había trasladado a Los Ángeles. Una vez allí, averiguó cuál era la empresa de catering que usualmente trabajaba para Catherine Baxter. Consiguió un empleo de camarero en dicha empresa y, finalmente, un buen día sus servicios fueron requeridos para una fiesta en la mansión de la señorita Baxter. Lo más sencillo de todo, especialmente para un camarero, fue agregar el filtro de amor a una de las bebidas de la actriz.
—Un mes más tarde –concluyó Aurelio-, nos casamos.
A Damián le resultaba muy difícil creerse aquella historia, pero su amigo insistió tanto en que era cierta que, al final, acabó dudando.
—Hagamos una cosa –propuso Aurelio-. Telefonearé a madame Ishtar y le pediré que te reciba. Tú vete a verla y decide por ti mismo.
No muy seguro de lo que estaba haciendo, Damián aceptó. Luego, ambos se dirigieron al restaurante del hotel y siguieron charlando, aunque no volvieron a mencionar el tema de los filtros de amor. Sin embargo, al día siguiente Aurelio telefoneó a su amigo al trabajo y le dijo:
—Madame Ishtar ha aceptado. Te recibirá mañana a las nueve de la noche en su casa.
Acto seguido, le proporcionó una dirección perteneciente a La Moraleja, una urbanización de lujo de Madrid. Damián le dio las gracias y, tras despedirse, colgó. En principio, no tenía la menor intención de acudir a esa cita, pues se trataba de una historia evidentemente absurda; sin embargo, conforme pasaban las horas, mientras contemplaba de reojo a la maravillosa Susana sentada frente a su escritorio, aquella decisión inicial se fue debilitando. ¿Y si era verdad? Además, después de las molestias que se había tomado, no podía dejar en mal lugar a Aurelio. Y, en cualquier caso, ¿qué podía perder acudiendo a aquella cita? Como mucho, el tiempo.
Y allí estaba, aguardando en un fastuoso salón la llegada de una bruja llamada madame Ishtar y sintiéndose el hombre más ridículo del mundo. Por fin, tras diez largos minutos de espera, una puerta se abrió y entró en la estancia una mujer de entre setenta y ochenta años de edad, muy delgada, con muchas arrugas y excesivo maquillaje. Vestía una túnica negra, larga hasta los pies, y se cubría la cabeza con un turbante violeta en cuya parte frontal relucía un enorme rubí. Al verla entrar, Damián se incorporó y le tendió la mano, pero ella, ignorando el saludo, le indicó con un gesto que se sentase y se acomodó a su vez en un sillón.
—Soy madame Ishtar –dijo con voz un tanto cascada.
—Yo soy Damián García –repuso él entono inseguro-. He venido para...
—Ya sé para qué has venido –le interrumpió la anciana-. Pero, antes de entrar en materia, permíteme una pregunta: La dama cuyo corazón quieres conquistar, ¿es rica?
—Pues... no.
—Ah, entonces es que estás enamorado. Déjame adivinar: se trata de una mujer más joven que tú, probablemente una compañera de trabajo. ¿Me equivoco?
—¿Se lo ha contado Aurelio?
Madame Ishtar soltó una risita similar al graznido de un cuervo.
—No ha sido necesario. Han pasado tantas personas por aquí en tu misma situación que ya no necesito ni preguntar. En realidad, la gente que requiere mis servicios sólo persigue una de estas tres cosas: o dinero, o belleza, o romance. Tú perteneces al tercer grupo. Bueno, vamos al grano.
La anciana sacó de un bolsillo de su túnica un frasquito azul con tapa de plata y se lo mostró a Damián.
—Esto es un filtro de amor –prosiguió-. Su funcionamiento es muy sencillo. Debes introducir en su interior un trocito de uno de tus cabellos. Luego, lo agitas durante treinta segundos y se lo das a beber a la afortunada. Puedes mezclarlo con cualquier bebida; la poción es incolora, inodora e insípida.
—Y la mujer que lo beba... ¿se enamorará de mí?
—Instantáneamente y para siempre.
Damián titubeó durante unos segundos y preguntó:
—¿Cuánto vale?
Madame Ishtar hizo un gesto vago.
—Valer, lo que se dice valer, muy poco –respondió-. De hecho, el coste del frasco es muy superior al de la pócima. Pero claro, lo importante es la composición del filtro, y ese es mi secreto, algo que nadie más conoce, lo cual, como es lógico, encarece el importe. No obstante, el precio es elástico, depende de las circunstancias de cada cliente. En tu caso concreto, te costará 13.453 euros.
—¡¿Qué?! –exclamó Damián-. ¡Pero eso es una barbaridad!
—No tanto –replicó la anciana con aire aburrido-. En la cuenta corriente tienes 16.453 euros, así que te dejo tres mil para que pases las fiestas. Es una ganga.
—¿Cómo sabe cuánto dinero tengo en el banco?
Madame Ishtar graznó una nueva risita.
—Soy una bruja –repuso-. ¿Qué esperabas?
Damián respiró hondo y se incorporó.
—Disculpe –dijo-, lamento haberle hecho perder el tiempo, pero...
—¡Siéntate! –restalló la anciana. Damián obedeció en el acto y ella prosiguió-: Esto es lo más fastidioso de mi trabajo, la estúpida incredulidad de mis clientes. Escucha, Damián García: hay personas que han pagado millones por uno de mis filtros y yo te la estoy ofreciendo a ti por una miseria. Sin embargo, te parece demasiado dinero por un frasquito, ¿verdad?, porque no te das cuenta de que lo que compras no es un brebaje, sino satisfacer el mayor de tus deseos. Aunque, claro, quizá te esté engañando, puede que sea una estafadora... –Hizo una pausa-. En realidad me llamo Dolores Clavijo; Ishtar es mi nom de guerre, por así decirlo; y esa es toda la falsedad que hay en mí. Pero, claro, necesitas pruebas. Pues bien, te daré pruebas.
La anciana cogió una campanilla de plata que descansaba sobre la mesa central y la hizo tintinear durante unos segundos. Al poco, el Apolo que había recibido a Damián entró en el salón.
—Te presento a John Owen, un famoso modelo publicitario australiano –dijo madame Ishtar-. Quizá le hayas visto en algún anuncio de Calvin Kline. John y yo somos íntimos amigos. Muy íntimos. –Se volvió hacia el joven y le preguntó-: Dime Johnny, ¿me quieres?
—Ya sabes que sí, Lola. Te adoro.
—Entonces, ¿por qué no me besas?
Con una sonrisa, el joven se inclino hacia la anciana y la besó en los labios, largamente, con pasión, recorriendo con su lengua el interior de aquella boca vieja y desdentada. Finalmente, madame Ishtar le apartó con firme suavidad y le ordenó:
—Ya puedes retirarte. Mi cliente y yo tenemos que hablar en privado.
Sin decir nada, el joven abandonó el salón. Entonces, la anciana contempló a Damián y le preguntó:
—¿Qué has visto?
Damián parpadeó un par de veces, asombrado. Había visto amor, deseo y lujuria en la mirada de aquella fotocopia de Brad Pitt mientras besaba a una vieja momia; incluso había advertido cómo se le abultaba el vaquero a la altura de la bragueta. Lentamente, Damián sacó un bolígrafo y una chequera del bolsillo interior de su americana y preguntó:
—¿Acepta cheques?
Madame Ishtar sonrió.
—Al portador, si no te importa.
Damián rellenó el cheque, se lo dio a la anciana y ella, a su vez, le entregó el frasquito azul. Luego, le acompañó a la salida, pero antes de despedirse preguntó:
—¿No crees que sería mejor utilizar el filtro con una mujer hermosa y rica, como hizo tu amigo Aurelio? Tú vida mejoraría mucho.
Damián negó con la cabeza.
—No es eso lo que quiero –dijo.
—Ah, el amor natural –suspiró madame Ishtar-; es tan caprichoso... En fin, espero que uses sabiamente mi poción. Buenas noches, Damián García. Ah, y feliz Navidad.
Dicho esto, cerró la puerta.

* * *
A partir de su encuentro con madame Ishtar, Damián llevó todos los días al trabajo el filtro de amor, esperando la oportunidad de poder suministrárselo a Susana; sin embargo, por un motivo o por otro, esa oportunidad nunca se presentó. Pero a Damián no le importaba; faltaba poco para la fiesta de Navidad de la empresa y ese sería el momento perfecto para llevar a cabo sus planes.
Y finalmente, el día veintidós, se celebró la fiesta. Por la tarde, antes de ir a cenar todos juntos a un restaurante cercano, sirvieron una copas en la oficina y Damián, perdido en el bullicio que montaban sus compañeros de trabajo, contemplaba desde lejos a su adorada Susana, pensando en lo poco que faltaba para que aquella deliciosa mujer respondiese al fin a un amor hasta entonces no correspondido...
Al anochecer, cuando el número de dipsómanos había aumentado ya notablemente, Damián se encerró en su despacho, se sentó en su silla y puso el frasquito azul sobre el escritorio, delante de él; luego, sacó del cajón unas tijeras. Ahora todo lo que tenía que hacer era cortarse un cabello, añadirlo al filtro y agitarlo. Después, vertería el bebedizo en una copa de champán, se la llevaría a Susana y le ofrecería un brindis. Nadie se niega a brindar con un compañero de trabajo. Entonces, sería suya.
Damián cogió uno de sus cabellos entre el índice y el pulgar de la mano izquierda y alzó las tijeras, pero no llegó a efectuar el corte. Tenía la sensación de que algo no era correcto. Dejó las tijeras sobre la mesa y se quedó mirando el frasquito azul. Hasta entonces, aquel mágico bebedizo se le había antojado un inesperado milagro, pero ¿qué era en realidad? De hecho, ¿qué se proponía llevar a cabo? Iba a torcer la voluntad de una persona para obligarla a amarle... De repente, aquello le pareció una especie violación; o aún peor, pues en una violación sólo se profana el cuerpo y lo que él se proponía hacer era quebrantar el espíritu. Aunque, por otro lado, ¿qué diferencia hay entre un amor espontáneo y otro inducido? Ninguna. Susana jamás se enteraría. Pero él sí. ¿Le importaba?
¿Y las consecuencias de aquel acto? La primera de ellas sería perder a su familia. Habría un divorcio y Julia se quedaría con la custodia de los niños. Damián se estremeció; hasta entonces no había pensado en los efectos que tendría un romance con Susana, pues jamás había pensado que tal romance fuera posible, pero ahora, cuando el milagro estaba a punto de suceder, se daba cuenta por primera vez de que conseguir a la mujer de sus sueños significaba renunciar a sus hijos.
Damián sacó de un cajón un marco con la foto de su mujer y de sus hijos y la contempló pensativo. Antes, aquella foto descansaba sobre el escritorio, pero cuando Susana entró a trabajar en la oficina, Damián, como si de repente se avergonzara de ellos, la ocultó. Qué acto más infantil, triste y miserable, pensó. Luego, sin apartar los ojos del retrato de su familia, intentó imaginarse el dolor que le iba a causar a Julia. No la amaba, pero era una buena mujer y no se merecía ese sufrimiento. ¿Y sus hijos; cómo les afectaría a Quique y a Laura la separación de sus padres? ¿Y a él, cómo le afectaría semejante ruptura? Damián no podía imaginarse la vida sin ver cada mañana a sus hijos. Porque, evidentemente, Julia se quedaría con la casa y él tendría que buscarse algún alquiler barato, pues gran parte de su sueldo estaría destinado a mantener a su antigua familia.
De repente experimentó un enorme agobio y se sintió de nuevo atrapado en un callejón sin salida. No, aquello que se proponía hacer no estaba bien, sólo iba a causar desastres y dolor... Durante un instante estuvo tentado de coger el frasquito azul y estamparlo contra la pared, pero se contuvo. Había invertido casi la totalidad de sus ahorros en aquel bebedizo, no podía deshacerse de él así como así.
Además, debía tener presente lo más importante: Susana. No quería renunciar a ella, no quería renunciar al amor y a la felicidad. Pero, ¿no sería la poción de madame Ishtar el camino directo a una clase de infelicidad que ni siquiera el amor puede mitigar?
Y entonces, de repente, en un rapto de afortunada inspiración, lo comprendió. El eje de aquel dilema era él; no debía pensar ni en Julia, ni en sus hijos, ni en Susana, no debía tenerlos en cuenta, ni planteárselo siquiera. Lo único importante era su amor.
Damián cogió el filtro y lo contempló sonriente. Ya estaba listo para utilizarlo.

* * *

Julia Martínez regresó a su casa a las nueve de la noche. Había pasado la tarde con Quique y Laura en un parque infantil de Navidad y estaba agotada, así que dejó a sus hijos viendo la televisión en la sala y se dirigió a su cuarto para cambiarse de ropa. Entonces, cuando estaba en el pasillo, advirtió la luz que se colaba por la rendija de la puerta del dormitorio. ¿Había vuelto Damián? ¿Tan pronto? Era extraño, pues aquel día era la fiesta de Navidad de la oficina y se suponía que llegaría tarde. ¿Le habría sucedido algo? Hacía tiempo que Damián estaba raro, distante, como si siempre tuviese la cabeza en otra parte. Julia le había preguntado al respecto, pero él siempre decía que no le pasaba nada, aunque ella sabía que mentía, que había algo, algún problema, carcomiéndole por dentro.
De pronto, la puerta del dormitorio se abrió y Damián salió al pasillo.
—Ya has llegado –dijo, mirándola con una gran sonrisa.
Entonces, se acercó a ella, la abrazó y la besó en los labios, con pasión, con deseo, con profundo amor. Hacía mucho tiempo que Damián no la besaba así. En realidad, jamás la había besado así. Cuando el largo e intenso beso llegó a su fin, Julia se apartó, un poco sofocada, y, sin saber muy bien qué decir, dijo:
—¿Cómo es que has vuelto tan pronto? ¿Ha sucedido algo?
—No –mintió Damián-; no ha pasado nada.
Pero claro que había pasado algo. Damián había comprendido aquella tarde, en la soledad de su despacho, que lo verdaderamente importante era él, su amor, lo que sentía y no necesariamente hacia quién lo sentía. Por eso, Damián abandonó la oficina en mitad de la fiesta, se dirigió a su casa, entró en el cuarto de baño, buscó el cepillo del pelo de su esposa y cogió uno de los cabellos que estaban enredados en las púas. Luego, lo metió en el filtro de amor, agitó el frasco azul durante treinta segundos y finalmente, sin dudarlo un instante, se tomó la poción de un trago. Eso era lo que había ocurrido, nada más.
—Entonces –insistió Julia-, ¿por qué te has ido tan pronto de la fiesta?
Damián la miró a los ojos con infinita ternura.
—Porque quería estar contigo y decirte que te quiero con todo mi corazón.
Julia se sonrojó.
—Y yo a ti, Damián –musitó. Luego, con una mezcla de felicidad y extrañeza, agregó-: No sé qué te ha pasado, pero pareces distinto.
—Será el influjo de la Navidad –repuso él, abrazándola de nuevo.
—Entonces –murmuró ella, devolviéndole el abrazo-, feliz Navidad, Damián.
—Sí, mi amor –le susurró Damián al oído mientras la acariciaba-; tengo el presentimiento de que éstas serán las navidades más felices de nuestras vidas.
Tenía razón: lo fueron.


lunes, diciembre 21

Cosas

Uno de los aspectos que me gustan de la Navidad es la nostalgia. Cada Navidad que vivimos nos retrotrae a todas las navidades que hemos vivido, particularmente a las más felices, que, con toda seguridad, fueron las de nuestra infancia. Son fiestas para los niños y si quieres disfrutarlas debes volverte niño; olvidarte de los atascos, las aglomeraciones, las panzadas de comer, y recordar lo que sentías cuando eras un crío. Recordar la magia. No es fácil; lo sencillo es mostrarte muy adulto y echar pestes de los atascos, las aglomeraciones, las pantagruélicas pitanzas y El Corte Inglés. Eso está al alcance de cualquiera; lo difícil es recuperar la inocencia y descubrir de nuevo el hechizo que se esconde en una simple guirnalda de bombillas de colores. Pero volverte niño durante unos días significa rememorar el pasado y comprender que ese pasado, por mucho que intentes revivirlo, está muerto y no volverá. Lo dicho, pura nostalgia.

Pero hay más. Uno de los ritos de la Navidad consiste en reunirte con tus allegados, retomar el contacto con los parientes lejanos, con los viejos amigos a quienes durante el resto del año les hemos perdido la pista. Eso supone, en ocasiones, estar con gente a la que no nos apetece ni un pelo ver, pero también que no vamos a estar con gente que nos gustaría volver a ver. Todos hemos perdido por el camino a personas queridas; personas con las que compartimos muchos instantes, pero luego la vida nos condujo por senderos diferentes, el contacto se fue espaciando hasta perderse y ya sólo son fantasmas del recuerdo. Y luego están los muertos. La abuela Julia, mamá, papá, Eduardo, Luis, Tuto, Pepe, Pedro, Carlos, Paloma... Conforme pasan los años, los cadáveres se amontonan. Durante la mayor parte del año no los recordamos –el mejor regalo de los dioses es el olvido-; pero cuando llegan estas fechas, y dado que cada Navidad son todas las navidades, los muertos resucitan en nuestra memoria, más presentes que nunca a causa de su definitiva ausencia. Nostalgia es la palabra, sí.

Nostalgia por nuestra infancia, nostalgia por los que no están y los que ya nunca estarán, y una tercera clase de nostalgia: las cosas que se perdieron.

Las cosas tienen mala prensa. Aunque nuestra vida se rige por lo material –o precisamente por eso-, consideramos que lo más elevado es el mundo del espíritu (sea esto lo que sea) y reprobamos las cosas terrenales, tildándolas de intrascendentes y superficiales. En fin, esa es la opinión que prevalece, aunque no pase de ser una leyenda, pues luego perdemos el culo por acumular bienes. En cualquier caso, “no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita” y “el dinero no da la felicidad”. Bla, bla, bla, chorradas. ¿Quién ha dicho que las cosas no pueden hacerte feliz? Por ejemplo, los libros me hacen feliz. Ah, dirá alguno, pero es que la lectura pertenece al mundo del espíritu. Vale, pero no estoy hablando de eso; me refiero a que los libros que atestan mi biblioteca –eso objetos de papel, tinta y goma o hilo- me hacen feliz incluso sin necesidad de leerlos. Me gustan como simples objetos. Y mi TV+DVD me hace feliz. Y mi ordenador. Y el póster de King Kong que cuelga en mi despacho. Y mis figuras de Tintín. Y mi Nikon D300. Y mi colección de calidoscopios. Y una tosca figurita articulada rusa que compró mi padre hace mil años. Y mi coche. Y mis viejos tebeos...

Por ejemplo, hará unos quince años vi en una tienda un roller de plata vieja, estilo vintage, de la marca Faber Castell. Era precioso; estilizado, exagonal, con la plata finamente labrada en forma de malla, deliciosamente anticuado. Me encantó, pero no lo compré; era un objeto caro e inútil y uno no se compra esas cosas. Luego, la distribución de Faber Castell se fue al garete y no volví a verlo. Pero hace un par de años, con motivo de nuestras bodas de plata, localicé el roller en Internet y le pedí a Pepa que me lo regalase. Y ahí lo tengo, delante de mí mientras pulso el teclado; apenas lo uso, es sólo una cosa inútil... pero cada vez que lo veo, cada vez que lo cojo en mi mano, me hace feliz. Y es que depositamos muchas emociones en algunas de las cosas que nos rodean; porque son bellas, porque son curiosas, porque su utilidad nos satisface, porque nos traen recuerdos... Como decía Serrat en su canción: Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas y que hacen que lloremos cuando nadie nos ve.

Le tengo mucho apego a los objetos, lo reconozco, y desde que era muy joven. Recuerdo que, cuando tenía 18 años, aún conservaba gran parte de mis juguetes de niño; no los usaba, los almacenaba en un armario, pero me gustaba tenerlos. Por aquel entonces (aún vivía mi padre), había en casa una asistenta interna llamada Mary. Mary tenía mi misma edad, era muy mona, muy simpática, con mucho carácter, un encanto. Llegó a formar parte de nuestra reducida familia; tanto es así, que se casó con un amigo mío y soy el padrino de su hija. Pues bien, Mary no dejaba de decirme que tenía que tirar esos juguetes, pues sólo ocupaban espacio y acumulaban polvo. Yo me negaba, por supuesto. Pero un día, al volver de clase, me encontré con que Mary había cogidos mis adorados juguetes y se los había regalado a unas monjas para los niños pobres. ¡Adiós a mi Scalextric! ¡Adiós a mi laberinto de bolas! ¡Adiós a mi adorada colección de Minicars! Sólo un férreo control me impidió matarla allí mismo, destriparla y bailar sobre sus vísceras. Siempre he lamentado la pérdida de aquellos juguetes. Aún lo lamento.

En estas fechas de regalos que nos recuerdan a otros regalos, esa es la tercera clase de nostalgia navideña, la nostalgia por los objetos que en algún momento nos hicieron felices y luego desaparecieron. Mi osito Toby (se llamaba así por un personaje de La Pequeña Lulú), aquellas pistolas de tapones rojas y amarillas que daban unos taponazos de aupa, un juego llamado Detectives (el Cluedo) maravillosamente ilustrado por Chester Gould, el Cheminova, un tanque de hojalata que echaba chispas por las ametralladoras, el Mecano, el Palé, El Cinexin, los comics de la Fleetway, las maquetas para construir de Revell... El View Master, santo cielo, ya no me acordaba del View Master. Era (y es, sigue existiendo) una especie de prismático de visión estereoscópica. Insertabas unos discos de cartón con pequeñas diapositivas y veías imágenes en tres dimensiones. La mayor parte de los discos contenían reportajes fotográficos sobre naturaleza o ciudades (recuerdo lo que me impresionaba el dedicado al Gran Cañón), pero también había algunos con cuentos infantiles. Eran fotografías de dioramas con figuritas y ahí estaban Los tres cerditos, La Bella durmiente, Caperucita roja... El que más me gustaba era Jack y las habichuelas mágicas; lo veía una y otra vez, sin parar.

Bueno, pues todo eso se ha perdido, ya no está, adiós, adiós. Aunque, claro, podéis consolaros pensando que eran mis cosas, mis recuerdos, y que, a fin de cuentas, a vosotros os importan un rábano. Pero, ¿y vuestras cosas, los objetos que amasteis y perdisteis? Esa muñeca, ese tren eléctrico, esa figura articulada, lo que sea... Cerrad los ojos un momento y recordad vuestro juguete favorito, aquel objeto que adorabais y que ahora ya no está. ¿Chapoteáis en la nostalgia? De ser así, estáis preparados para la Navidad.

Esta mañana, Madrid (como media España) ha amanecido cubierto de nieve. Hoy, a las 18:47, será el momento del solsticio y comenzará el invierno.

Feliz solsticio, amigos.

lunes, diciembre 14

Regreso a Umbría

Esta semana pasada he regresado a un lugar donde nunca he estado, porque no existe, y que, sin embargo conozco muy bien. Me refiero a Umbría, esa región situada en el norte de España cuya capital es Oneira. ¿Os suena? Supongo que no, salvo que hayáis leído ciertos libros. Pero ya os lo decía antes: Umbría no existe. Al menos, no del todo. Me explicaré.

Cómo sabéis (y si no lo sabéis os lo digo), en la década de los 90 se produjo en España una sorprendente eclosión de escritores de cf. Creo recordar que esa generación (de la que yo formé parte; no por fecha de nacimiento, sino de escritura) incluso tiene un nombre, lamento no recordarlo. El caso es que por aquel entonces yo ya era muy crítico con la ciencia ficción del momento, un género cuya decadencia venía observando desde la década anterior. De hecho, la cf que escribí por aquel entonces estaba alejada de las modas y corrientes del momento; es más, ninguno de mis relatos se halla siquiera ambientado en el futuro. En fin, estoy seguro de que muchos de los que me conocieron entonces recordarán lo cenizo que era hablando del género. Pero el caso es que, de pronto, habían aparecido en España unos cuantos escritores de calidad más que notable enamorados del fantástico.

Hablando con algunos de ellos, en particular con Elia Barceló, les decía que era una pena que desperdiciaran su talento dedicándose a un género que no tenía futuro. En mi opinión, les iría mucho mejor dejando de lado la ciencia ficción y dedicándose a la fantasía; pero no a una fantasía estereotipada a lo Tolkien, sino a una fantasía más general, del tipo Borges, Cortázar, Machen o Bradbury. Entonces, durante mis conversaciones con Elia (la mayor parte de ellas a través de e-mail), se me ocurrió una idea: crear un territorio compartido con varios escritores. Debía ser una región de España ficticia, un lugar donde lo extraordinario sucediese con mayor frecuencia que en otras partes. Elia estuvo de acuerdo y comenzamos a buscar partners para la aventura. Nos pusimos en contacto con Julián Díez, que por aquel entonces acaba de publicar Los abominables sucesos de la casa Figueroa, un excelente relato largo muy en la línea de lo que nosotros pretendíamos, y aceptó incorporarse al proyecto. El cuarto miembro del grupo fue Armando Boix, un escritor que comenzaba a despuntar con exquisitos relatos de fantasía pura.

A partir de ese momento, y mediante un largo intercambio de correos electrónicos, comenzamos a darle forma a nuestra región ficticia: su geografía, su toponimia, su historia, sus tradiciones... Al cabo de unos meses, cuando reunimos suficiente material, nos pusimoa a la faena. Se trataba de que cada uno de nosotros escribiese dos relatos fantásticos; uno aparecería firmado con el nombre auténtico del autor y el otro con un seudónimo que correspondería a un supuesto escritor umbrilitano clásico. Luego, los ocho relatos aparecerían reunidos en una antología. Desgraciadamente, ahí empezaron los problemas.

Armando Boix escribió un buen relato (cuyo nombre desgraciadamente no recuerdo) y... desapareció del mapa. Por lo que sé, dejó de escribir y hasta hoy no he vuelto a tener noticias suyas.

Julián Díez nos comentó el argumento para uno de sus cuentos (un argumento excelente, por cierto) y, de repente, sin llegar a redactarlo, decidió dejar de escribir ficción.

Elia Barceló sí que se empleó a fondo; demasiado a fondo, por cierto. Su primer relato umbrilitano fue El secreto del Orfebre, un cuento largo que, hasta el día de hoy, es su obra maestra indiscutible. Pero su segundo relato se complicó, pues lo que pretendía ser un cuento más o menos corto acabó convirtiéndose en una larga novela, El vuelo del Hipogrifo.

En lo que a mí respecta, escribí un cuento llamado El jardín prohibido. Creo que es un buen relato, estoy muy satisfecho de él, pero hubo un problema. Poco después de escribirlo, se estrenó El sexto sentido, de Shyamalan, y no mucho más tarde Los otros, de Amenábar, películas éstas con las que mi historia tiene muchos puntos en común. Demasiados como para publicarla, así que... al cajón con ella. Entre tanto, me había puesto a escribir el segundo relato, que se llamó Leonís. Y ahí el culpable fui enteramente yo. La historia de Leonís daba para una novela, pero en ningún caso para un cuento. Aun así, me empeñe en meterlo en unas cien páginas... y la cagué. De entrada, no encontré el tono adecuado, así que lo imposté. Y, para terminar de cagarla, podé tanto la trama que el resultado final fue un esqueleto sin carne y con los personajes desvaídos. Intenté arreglarlo, pero era inútil, sobre todo si quería atenerme a la extensión prevista.

Fuera como fuese, para aquel entonces el “grupo de Umbría” se había disuelto. Elia fue la única en publicar sus historias umbrilitanas y yo me olvidé del asunto. Fue bonito mientras duró. Aunque no me olvidé del todo. Umbría me seguía atrayendo; es un lugar melancólico, un poco triste, una tierra cotidiana y legendaria a la vez, un “paraíso para descreídos”, como dijo una vez Julián. Al haber contribuido a crearla, al haber escrito sobre ella, la sentía viva, uno de esos lugares del pasado adonde uno siempre desea volver. Por otro lado, me seguía gustando la historia de Leonís; no el modo en que la había escrito, pero sí el argumento.

Pasaron los años y un día se me ocurrió la idea de presentarme al premio Minotauro. Entonces pensé: ¿por qué no retomar Leonís y darle la extensión que necesitaba desde un principio? Reescribí el relato casi por completo; amplié la trama, introduje nuevos personajes y dibujé mejor los caracteres. Finalmente, concluí una novela de unas 250 páginas con la que, esa vez sí, estaba razonablemente satisfecho. La presenté al premio y, ¡tachán!, no formó parte ni siquiera de las finalistas. Más tarde, hablando con Francisco García Lorenzana, a la sazón Director Editorial de Minotauro, me contó que uno de los temas de Leonís –el incesto-, había descartado automática la novela. Pues vale. Un par de años más tarde, Julián le comentó la existencia de mi novela inédita a un conocido editor de literatura fantástica. Dicho editor me mandó un e-mail interesándose por Leonís y yo le envié el texto por el mismo conducto. Hasta el presente no he vuelto a tener noticias suyas, lo cual, no sé por qué, me induce a pensar que no debió de gustarle mucho.

A esas alturas, lo reconozco, estaba hasta los cataplines de Leonís. Pero, más o menos un año más tarde, charlando con una de mis editoras, la adorable Reina Duarte, le hablé de la novela, ella se mostró interesada y se la envié. Tiempo después, me contestó: le había gustado y quería publicarla. Entonces tuvo lugar una especie de diálogo del absurdo en el que yo intentaba convencer a la editora de que no publicase mi libro y la editora a mí de que valía la pena publicarlo. Al final quedamos en que me lo pensaría. Pero no me lo pensé; de hecho, me olvidé del asunto. Pasaron los meses y Reina volvió a llamarme para preguntar qué había decidido. Entonces le propuse algo: lo publicaría si un dibujante, pintor y diseñador amigo mío, Miguel de Unamuno (sí, tataranieto del susodicho), se ocupaba de ilustrar y diseñar el libro. Reina (un encanto, ya lo he dicho) aceptó. Entonces se lo propuse a Miguel, le mandé el texto y, al cabo de una semana, mi amigo pintor me dijo que lo había leído y le había gustado mucho; de hecho, me confesó que le parecía lo mejor que había escrito. Y aceptó ilustrarlo.

Así que la semana pasada, después de cuatro o cinco años de ausencia, regresé a Umbría, releí Leonís... y no me pareció mal del todo. Incluso me gusto; aunque, claro, la opinión de un autor sobre su propia obra no vale ni para limpiarse el trasero. La historia de Leonís está ambientada en el presente, en el Valle de Lotar, una comarca montañosa del interior de Umbría. La trama, inspirada en la leyenda de Tristán e Iseo, trata de amores imposibles, de asesinatos misteriosos, de ritos ancestrales, de traiciones y mentiras, de viejas leyendas y de dioses olvidados. El título completo, con su subtítulo, explica más o menos de qué va la cosa: Leonís. Un relato de amor, magia, misterio y muerte.

Así que, en algún momento del año que viene, amigos míos, veréis en las librerías un libro llamado Leonís, firmado por César Mallorquí y Miguel de Unamuno, lo cual, a buen seguro, desconcertará a más de uno. Con independencia de su contenido textual, será, sin lugar a dudas, muy bonito.

Coño, qué larga me ha quedado esta entrada. Y qué poco interesante...





martes, diciembre 1

Minaretes

Como sabéis, recientemente un partido de la extrema derecha suiza ha convocado, y ganado, un referéndum para prohibir que las nuevas mezquitas que se construyan en el país tengan minaretes. Reconozco que la noticia me ha llenado de perplejidad; ¿qué problema tienen los suizos con los minaretes? Es decir, si el referéndum se hubiese convocado para prohibir las mezquitas, lo entendería (aunque no lo aprobaría), pero ¿prohibir sólo una parte de las mezquitas? Ah ya, se prohíbe la parte que sobresale, la que se ve desde lejos. Los suizos quieren ocultar sus miserias religiosas y, de paso, proteger el paisaje; porque los suizos son unos histéricos con su sin duda hermoso paisaje. Y unos maestros ocultando sus miserias.

Vale, reconozco que los suizos me caen como el culo de mal. Y también reconozco que ésta, como cualquier otra generalización, es injusta. Pero coño, sólo hay que examinar el comportamiento del gobierno y del empresariado suizo justo antes y durante la Segunda Guerra Mundial para sentir cierto resquemor (cuando no asco) hacia esa gente (gente, por cierto, que me recuerda a los miembros de las pandillas que se quedan aparte, guardando y protegiendo los relojes y las carteras de sus compañeros, mientras estos se dan de hostias con los de la pandilla rival). De acuerdo, son prejuicios, no le demos más vueltas. Pero estaréis conmigo en que hace falta ser suizo para convocar un referéndum por una gilipollez semejante. Porque, puestos a promover leyes que limiten el peso y la influencia de las religiones (nótese que empleo el plural), se me ocurren unas cuantas más útiles que esa tontería de los minaretes, que ya son ganas de tocar gratuitamente las narices, mire usted...

Pues bien, esta mañana he oído por la radio el comentario de alguien, supongo que de un líder islámico, que decía más o menos: “Sólo los ignorantes temen al Islam”. Es decir, que el Islam es una doctrina básicamente buena o, cuando menos, inofensiva, y que únicamente aquellas personas que no la conocen pueden sentirse amenazadas por ella. ¿Es esto cierto? Porque, oye, se han cometido y se cometen cantidad de barbaridades en nombre del Islam. Es verdad, responden, pero se trata de una minoría que malinterpreta las palabras del profeta. Además, los cristianos también han cometido numerosas atrocidades en nombre de su dios.

Detengámonos aquí un instante. Es cierto, se han cometido cantidad de tropelías por el signo de la cruz, tantas o más que las cometidas por la media luna. Ahora bien, ¿qué condición comparten el cristianismo y el Islam? Ser religiones monoteístas, una clase de creencia que tiende mucho a la intolerancia. Porque mira, si eres politeísta y veneras a cincuenta dioses, no tienes ningún problema en aceptar a un dios más. Pero si sólo veneras a un dios, el único y el verdadero, no sólo contemplas con desconfianza a los demás dioses (y a sus adoradores), sino que además los consideras una afrenta, no para ti, sino para tu dios. De ahí a masacrar a los vecinos para imponerles la verdadera fe y salvar sus almas sólo hay un paso. Un paso que, según la historia nos enseña, los monoteísmos han dado con suma frecuencia. Así pues, dado que el Islam es monoteísta y expansivo, cabe, en mi opinión, tenerle un poquito de desconfianza. Sólo un poquito, y por razones históricas.

Pero hay más. Los tres principales monoteísmos comparten algo más: son religiones “del libro”. Es decir, poseen un texto sagrado dictado por el mismísimo dios. Algo así como un manual de instrucciones para comportarse con la divinidad. En el caso de El Corán, se trata de un libro lleno de preceptos. Es decir, de mandatos directos de dios. Para dejarlo claro, es como si ese gran primo de Zumosol que es la deidad de turno te llamara por teléfono y te dijera: “Tío, tienes que hacer esto, eso otro y lo de más allá o me cabrearé contigo”. Son órdenes del sumo hacedor, del Gran Jefe, del mandamás de los mandamases. Así que más vale que obedezcas. Ah sí, hay preceptos contradictorios, a veces se dice una cosa y también lo opuesto. Además, hay un montón de preceptos objetivamente buenos. Pero todos, buenos o malos, contradictorios o no, son mandatos expresos de dios. Pues bien, hay una serie de versículos de El Corán que resultan un tanto inquietantes. Citaré sólo cuatro.

¡Oh creyentes!, combatida a los infieles que os rodean; que hallen siempre en vosotros una acogida ruda. Sabed que Dios está con los que le temen (Sura 9,124)

Hemos preparado cadenas para los infieles, argollas y un brasero ardiente (Sura 76,4)

Sembraremos el espanto en el corazón de los idólatras, porque han asociado a Dios divinidades, sin que Dios les haya dado ningún poder respecto a este punto; el fuego será su morada. ¡Qué horrible es la mansión de los impíos! (Sura 3,144)

Haced la guerra a los que no creen en Dios ni en el último día, a los que no consideran prohibido lo que Dios y su apóstol han prohibido y a aquellos hombres de las Escrituras que no profesan la creencia de la verdad. Hacedles la guerra hasta que paguen el tributo, a todos sin excepción, aunque estén humillados (Sura 9,29)

Ya sé que estamos en tiempos de respeto a los diferentes, de multiculturalismo, de alianza de civilizaciones; y sí, de acuerdo, lo de los minaretes suizos es una soplapollez. Pero si tenemos en cuenta que los versículos que acabo de citar (según la traducción de García Bravo) son, supuestamente, mandamientos de dios que todo fiel debe obedecer... en fin, no sé, muy tranquilo no me quedo.

Veréis: los europeos tenemos muy mala conciencia por todas las barbaridades que cometimos contra otras culturas, desde las cruzadas hasta el colonialismo de los siglos XIX y XX. Durante cientos años nos dedicamos a imponer nuestra cultura y nuestra fe a base de acero y pólvora, así que ahora entonamos un merecido mea culpa. No obstante, que no tengamos derecho a imponer nuestra cultura a otras naciones no quiere decir que todas las culturas sean igual de respetables, ni que debamos asumir en nuestro entorno tradiciones y costumbres de otras culturas que atenten contra nuestras convicciones básicas; entre ellas, por ejemplo, la Declaración de los Derechos Humanos. En este sentido, desde hace siglos se ha ido desarrollando en Europa un laicismo que separa la Iglesia del Estado y recoloca la religión en el ámbito de la vida privada. Esto generó una serie de libertades que propiciaron notables mejoras de la sociedad y un gran avance de la ciencia y el conocimiento. Personalmente creo que el laicismo es un bien irrenunciable y por eso me opongo a los intentos de la Iglesia Católica por conquistar espacios de poder social, y por eso considero que deberían desaparecer las prebendas que el Estado todavía le concede a esa religión. Siendo esto así, ¿cómo no voy a sentir temor hacia otra fe, el Islam, que ambiciona con apoderarse de todos los nichos de poder, desde el espiritual y moral hasta el político, pasando por el judicial? No sé, a lo mejor es que soy un ignorante...

Y, por supuesto, lo de los minaretes suizos sigue siendo una estupidez.

viernes, noviembre 20

Géneros

En algún lugar de este puñeteramente desordenado blog hay un comentario mío en el que sugiero que un país no puede tener una “gran literatura” si carece de un sólido corpus de literatura de género. Mi razonamiento consistía en que, tanto para los escritores como para los lectores, hace falta que su literatura nacional abarque todos los niveles de calidad, ambición e intenciones, desde lo más cutre hasta lo más sublime, pasado por una zona intermedia que usualmente es ocupada por la literatura de género. Es decir, que no se puede ir (estadísticamente hablando) de Leslie Charteris a Thomas Hardy sin pasar antes por Conan Doyle o H. G. Wells. O, centrándonos en España, no es posible saltar de Lafuente Estefanía a Arturo Barea sin darse un garbeo antes por Vázquez Montalbán o Pérez Reverte. Comparándolo con la sociedad, entre el proletariado y la aristocracia debe haber una clase media para que la cosa funcione, y esa clase media, en este caso, es la literatura de género.

En fin, en mi comentario aportaba más argumentos, pero no vienen al caso. La cuestión es que exactamente lo mismo puede decirse del cine: ningún país puede tener una gran cinematografía si no cuenta con un gran bagaje de películas de género. Pues bien, si nos centramos en la España del siglo XX, comprobaremos que prácticamente no existe ni el cine ni la literatura de género. En el caso de la literatura, la cuestión es dramática. Veamos. Escritores españoles de thriller: Vázquez Montalbán, Juan Madrid, García Pavón, Andreu Martín, Pérez Reverte y poco más. Muy escasa cosecha tratándose del género más popular, y además todos esos autores escribieron durante la segunda mitad del siglo. Escritores españoles de aventuras: Pío Baroja y no se me ocurre ningún otro. Escritores españoles de western: mi padre y punto. Escritores españoles de ciencia ficción: prácticamente ninguno fuera del fandom, y sólo durante la segunda mitad del siglo. Escritores españoles de fantasía: José María Merino, Pilar Pedraza, Juan Perucho y los del fandom; todos de la segunda mitad del siglo. Escritores españoles de terror: eh... ¿Alfonso Sastre? Escritores españoles de humor: Jardiel Poncela, Wenceslao Fernández Flores, Miguel Mihura y luego se nos acabó la risa para siempre. En lo que respecta a la novela rosa y a la histórica, hubo algo más, aunque tampoco mucho ni especialmente bueno.

En cuanto al cine, sí que hubo un género privilegiado: la comedia. Privilegiado por su número, no por su calidad. La casposa “comedia española”, el landismo, los Ozores, Martínez Soria, Esteso y Pajares... ¿Evidente producto de la mediocridad del franquismo? Por supuesto, aunque la cosa no mejoró demasiado con la llegada de la democracia. No obstante, al producirse tantísima comedia, era estadísticamente imposible que no surgiera algún que otro producto de calidad. Joyas sueltas, como El tigre de Chamberí, de Pedro Luis Ramírez, Atraco a las tres, de Forqué, o Los dinamiteros, de Atienza; y también un maestro indiscutible del género como Berlanga, sin olvidarnos de la primera época de Almodóvar.

Ahora bien, dejando aparte la comedia, los géneros han brillado por su ausencia en la cinematografía de nuestro país. Vale, tuvimos el paella-western, pero duró poco y no salió nada bueno de él. Hubo escaso policíaco y, en general, malo (con excepciones, como El crack, de Garci). También contamos con algunas incursiones en el género histórico, en general muy acartonadas, que en los últimos años se centraron en la Guerra Civil y la posguerra. En cuanto al terror, y dejando aparte por cutres a Jacinto Molina (alias Paul Nashy) o León Klimovski, tenemos las dos memorables incursiones de Narciso Ibáñez Serrador y poco más. En lo que se refiere a la fantasía y la ciencia ficción, para qué hablar (sólo podríamos citar la siempre citada La torre de los siete jorobados, de Neville).

Por supuesto, hay excepciones a lo que estoy diciendo (como por ejemplo la inclasificable Arrebato, de Zulueta), pero no pretendo ser exhaustivo, sino sólo dejar claro que el cine de género, salvo la comedia, ha brillado por su ausencia en España. Esto, en parte, se debe a la ausencia de una industria cinematográfica sólida; las películas se financiaban en gran medida gracias a las subvenciones estatales, y el Estado no iba a financiar “peliculillas” de género, sino obras de arte. Es decir, se apostaba por un “cine de autor”, proyectos personales de supuesta calidad en los que el director solía asumir los papeles de realizador, guionista y, eventualmente, productor. Un cine pretendidamente intelectual, profundo y comprometido... que, en la mayor parte de los casos, no le interesaba a nadie, porque los resultados no pasaban de mediocres y pretenciosos. Gran parte del cine español no se hacía para los espectadores, sino para el Ministerio de Cultura o los departamentos culturales de las distintas administraciones locales. No quiere esto decir, ni mucho menos, que no hayan surgido realizadores valiosos; ahí tenemos al genial Víctor Erice, por ejemplo. Pero hay pocos, muy pocos.

No obstante, las cosas empezaron a cambiar más o menos durante la última década del siglo XX. ¿Quién y cómo empezó? No lo sé a ciencia cierta. Puede que Álex de La Iglesia con esa fallida, pero simpática, comedia de cf que es Acción mutante (1993), o con la magnífica El día de la bestia (1995). Luego llegó Amenábar con el thriller Tesis. Jaume Balagueró estrenó en 1999 Los sin nombre, un film de terror de corte impecable, como las posteriores Darkness (2002) y Frágiles (2005). De repente, el género de terror se expande en nuestra cinematografía con títulos como Los otros, El orfanato o REC. Y nos encontramos con películas de ciencia ficción como Abre los ojos y Los Cronocrímenes, o con películas fantásticas como Intacto y El laberinto del fauno. O trhillers como El rey de la montaña y La habitación de Fermat. Incluso, ¡santo cielo!, un peplum: Ágora.

De nuevo no pretendo ser exhaustivo; hay mucho más, ya lo sé, pero me limito a señalar que en los últimos tres lustros el cine de género ha entrado en eclosión, produciendo títulos tan notables como los antes citados. Y, la verdad, me parece casi un milagro, un fenómeno que invita al optimismo dentro del lamentable estado en que se encontraba nuestro cine. ¿Queréis una prueba más?

La semana pasada fui a ver Celda 211 de Daniel Monzón y me encontré con un magnífico thriller carcelario que nada tiene que envidiar a las mejores películas norteamericanas, inglesas o francesas de esa temática. Se trata de un film absolutamente de género, impecablemente dirigido, dotado de un guión sólido y extraordinariamente interpretado por todos, absolutamente todos los actores, desde el último de los secundarios (apoteósico Luis Zahera) hasta el deslumbrante Luis Tosar, que con su Malamadre compone a uno de los personajes más redondos y carismáticos que se han visto últimamente en las pantallas. Decir que Tosar se merece un Goya es quedarse corto; merece un monumento.

Hace una semana, Celda 211, un thriller carcelario español, superó en taquilla a Ágora, un peplum español (cuyo total acumulado es muy superior, por supuesto). Dos películas españolas de género dominan la taquilla de nuestro país. Por una vez, y sin que sirva de precedente, estamos en el buen camino.

jueves, noviembre 5

Seduciendo a los inocentes

Supongo que todos conocéis la serie de películas Saw. Son films de terror (?) centrados en la tortura, las mutilaciones y la casquería, un franquicia de gran éxito entre los adolescentes. Pues bien, este año estaba previsto el estreno de la sexta entrega de la serie, pero de repente el Ministerio de Cultura decidió clasificarla como X, una calificación que únicamente se aplica a los films pornográficos y que obliga a que Saw VI sólo pueda exhibirse en salas dedicadas al porno. Dado que en España no quedan más que cuatro o cinco salas X, la clasificación de Cultura es en realidad un veto a su estreno. ¿Cuál ha sido el motivo que aduce Cultura para esta decisión? Pues que la película contiene una apología de la violencia que podría afectar negativamente a los jóvenes espectadores (¿y las cinco anteriores no?, me pregunto).

Debo aclarar que sólo he visto la primera película de la serie y no me gustó. No es cine de terror, sino de asco y grima; el llamado gore, un género que no me interesa lo más mínimo. Lo que me preocupa de la decisión de Cultura no es que esa película en concreto se estrene o no, lo cual me importa un bledo, sino el hecho de que se trate de un acto de abierta censura. Aunque esto, en realidad, está relacionado con la vieja creencia de que ciertas lecturas, espectáculos y juegos pueden pervertir las mentes de los niños y adolescentes, conduciéndoles al vicio, el delito y la violencia.

Un instructivo ejemplo de esa creencia es el Comic Code. En 1954, el psicólogo Fredric Wertham publicó La seducción del inocente, un ensayo en el que afirmaba que los cómics, en particular los de gángsters, terror y superhéroes, provocaban en los jóvenes una emulación de las conductas viciosas y violentas que aparecían en sus páginas. Es decir, los cómics pervertían a los inocentes. Entre otras genialidades, Wertham sostenía que Batman y Robin proyectaban una imagen de amantes homosexuales, o que Wonder Woman ofrecía una segunda lectura relacionada con la sumisión y el bondage, y su carácter independiente ponía de manifiesto su condición de lesbiana. Según decía Wertham: “Los comics en el peor de los casos son demoníacos; en el mejor simple basura”. A raíz de la publicación del libro, el Subcomité del Senado sobre Delincuencia Juvenil creó el Comic Code, un severo reglamento por el que deberían regirse los cómics. Estos son algunos de sus artículos:

- Las fuerzas del orden nunca podrán mostrarse de forma negativa que induzca a criticar su labor.
- Los criminales siempre recibirán su merecido castigo al final de la historia.
- La unidad familiar ha de ser siempre presentada desde un punto de vista positivo, decente y moral.
- Ningún cómic llevara en su portada palabras como "Terror", "Horror", "Crimen" o similares que puedan herir la sensibilidad de sus jóvenes lectores.
- Ningún cómic mencionará en sus argumentos temas como la homosexualidad o las drogas que puedan contribuir a fomentar el vicio entre la juventud.

Una de las primeras consecuencias del Comic Code fue que una editorial, E.C., especializada tebeos de terror, se vio obligada a clausurar la mayor parte de sus publicaciones. Pero es que eso del terror siempre ha tenido muy mala prensa, como yo mismo pude constatar en cierta ocasión. El colegio al que iban mis hijos organizaba anualmente unas jornadas dedicadas a la literatura de género; un año tocaba policíaco, otro fantasía, otro ciencia ficción, etcétera. Yo colaboraba en esas jornadas y el año que tocó tratar el género de terror les pedí a los alumnos que leyeran Carrie, de Stephen King, con el objeto de realizar un posterior debate sobre la novela. Pues bien, llegó el día del debate y descubrí que ningún alumno había leído la novela, porque la profesora de literatura había movilizado a las madres para evitar que sus hijos se vieran contaminados por un género tan pernicioso como el terror.

Pero no se trata sólo de cine o tebeos. ¿Recordáis a José Rabadán, el asesino de la katana? Mató a sus padres y a su hermana con una espada japonesa. Pues bien, resulta que Rabadán era muy aficionado al juego de consola Final Fantasy, así que el asunto estaba claro: la culpa del crimen la tenían los videojuegos violentos. ¿Y qué me decís de Javier Rosado, el tipo que, junto con su amigo Félix M., cometió un asesinato siguiendo las instrucciones de un juego de rol que él mismo había inventado? En cuanto se divulgó la noticia, el rol fue satanizado por la opinión pública, pues evidentemente se trataba de un juego que pervertía a los jugadores. Al parecer, el hecho de que Rosado fuese un psicópata de libro no tenía nada que ver con el asunto.

La cuestión es que todos los estudios científicos que se han realizado sobre esta cuestión demuestran que no hay correlación alguna entre lo que leen, ven y juegan los jóvenes y su comportamiento social. Y esto es así por un motivo muy sencillo: los niños y adolescentes tienen perfectamente clara la diferencia entre ficción y realidad. Es más, muchas veces, los juegos violentos, lejos de ser una causa de tensión, sirven de válvula de escape. ¿Disfrutar con historias de terror propicia la crueldad o el sadismo? Pues exactamente en la misma media que montar en una montaña rusa predispone al suicidio. Es decir, en lo más mínimo. De hecho, la comparación con la montaña rusa resulta apropiada, porque esa atracción, al igual que ocurre con el terror, es una forma de exponernos a determinadas emociones de manera controlada, sin peligro.

Ahí reside la clave del asunto; las películas de terror, los juegos violentos y las atracciones de feria sirven para sobrepasar ciertos límites... manteniendo el control. Porque cuando éste se pierde, cuando la montaña rusa descarrila o vivimos una realidad terrorífica, la cosa deja de tener gracia. En cualquier caso, es innegable que los seres humanos somos morbosos por naturaleza, y para constatarlo basta con observar cómo en una carretera los coches disminuyen la velocidad cuando pasan al lado de un accidente. La sangre nos horroriza, pero también nos fascina. Y es igualmente innegable que los humanos, sobre todo los varones, somos violentos. No tiene sentido negar nuestros instintos negativos; lo que hay que hacer es encauzarlos hacia territorios inofensivos, como el cine, la novela y los cómics de terror, los juegos, las montañas rusas o el mismísimo fútbol, que a fin de cuentas no es más una estilización de la guerra.

Pese a todo esto, cada vez que algún joven comete una barbaridad, el griterío público le echará las culpas al género de terror, a los videojuegos, al rol, a los cómics, a la TV, a los Tamagochis o a cualquier cosa que les suene rara a los adultos. En el fondo, esta actitud sólo es un modo de sacudirse responsabilidades de encima. Si la juventud está en crisis (nótese que empleo el condicional), no se deberá a que los niños actuales se estén criando prácticamente solos, ni a la ausencia de las figuras paternas, ni a las deficiencias educativas, ni a la nula transmisión de valores, ni al empleo de la TV como niñera, ni a la agresividad de nuestras sociedades urbanas, no, no, ni mucho menos. Si la juventud está en crisis, la culpa la tiene, sin el menor género de dudas, la serie de películas Saw.

sábado, octubre 31

Halloween

Como los merodeadores habituales de Babel saben, me encanta Halloween. No es la primera vez que lo digo, y si alguien quiere conocer mis razones no tiene más que buscar en entradas antiguas correspondientes a esta fecha. Pero es que este año, amigos míos, tengo un motivo más para celebrar esta fiesta.

Recientemente, el obispo de Sigüenza-Guadalajara, don José Sánchez, ha dicho que "costumbres paganas como ésta" pueden hacer desaparecer costumbres cristianas "arraigadas y beneficiosas". Añadió que se puede "correr el riesgo de que, a impulsos del comercio, del consumo y de la moda, costumbres como ésta, paganas, importadas, prevalezcan y hasta desplacen costumbres cristianas como la devoción a los santos y la oración por los difuntos". Ya el año pasado alzaron los obispos sus voces contra Halloween. En concreto, Joan María Canals, director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia, advirtió en una entrevista que Halloween "no es inocente, pues tiene un trasfondo de ocultismo y de otros tipos de corrientes que dejan su huella de anticristianismo".

Una de las acusaciones más generalizadas que se le hacen a Halloween es que se trata de una fiesta “importada”. No como, por ejemplo, nuestra autóctona Navidad, donde celebramos algo tan español como el nacimiento de un judío en un remoto lugar de Oriente Medio. Y lo celebramos poniendo belenes, tan nuestros, tan españoles... aunque procedan de Nápoles. Otra queja de los obispos es que Halloween pretende suplantar al día de todos los santos (el 1 de noviembre) y al día de los fieles difuntos (el 2 de noviembre), lo cual es falso por dos poderosos motivos. En primer lugar porque Halloween se celebra la noche anterior al día de todos lo santos, no ese mismo día. En segundo lugar porque fue la Iglesia quien fijó el día de los difuntos el 2 de noviembre (en concreto, lo hizo el papa Gregorio III en el siglo VIII) para sustituir a la arraigada festividad celta de Samhain, que es el origen de Halloween. Fue la Iglesia quien prohibió las festividades paganas milenarias sustituyéndolas por fiestas importadas o, simplemente, inventadas.

Por último, que nadie piensa que Halloween se ha impuesto a base de marketing o a por la ingerencia cultural de EE UU a través del cine y la TV, porque es falso. Vamos a ver: el origen de todo esto es Samhain, una festividad celta extendida por media Europa. Al imponerse el cristianismo, Samhain se adaptó a los tiempos convirtiéndose en Halloween (que en inglés antiguo significa “víspera de todos los santos”), así que, paradójicamente, Halloween es un sincretismo católico. Durante la Edad Media, Halloween se celebraba en muchos lugares de Europa, incluyendo a España. La opresión del cristianismo acabó erradicando Halloween de la mayor parte de los países, salvo de las Islas Británicas, donde siguió celebrándose. En el siglo XIX, los emigrantes irlandeses introdujeron Halloween en Estados Unidos y se popularizó rápidamente. Y luego, en el siglo XX, volvimos a oír hablar de Halloween a través de las películas y los telefilmes norteamericanos.

Pero esa “ingerencia cultural” yanqui no bastó para implantar la fiesta entre nosotros. Eso ocurrió después, a partir de los años ochenta, y fue algo totalmente espontáneo. La cosa es muy sencilla: los colegios norteamericanos y británicos que hay en España, sobre todo en Madrid y Barcelona, celebraban Halloween. Y los niños españoles de otros colegios contemplaron lo que hacían los niños de esos liceos y les encantó. Y comenzaron a imitarles, y poco a poco todos los colegios empezaron a incluir Halloween entre sus actividades lúdicas, y luego el asunto se extendió por toda España y... vale, finalmente el marketing se ha apropiado de Halloween, pero joder ¿acaso el marketing no se apropia de cualquier cosa que pueda dar pasta? Si renunciáramos a todo aquello que ha sido fagocitado por el marketing no podríamos ni leer, ni ir al cine, ni limpiarnos el trasero siquiera.

En resumen: Halloween se ha impuesto entre nosotros porque es una fiesta divertidísima para los niños, así de simple. Paraos un momento a pensarlo, imaginaos que volvéis a tener nueve o diez años y hay un día al año en que os disfrazáis de monstruos y os dejan salir de noche, y dais sustos a la gente, y recolectáis golosinas, y gastáis bromas... ¿no os gustaría algo así? A mí, desde luego, me habría encantado. ¿Y qué es lo que propone la Iglesia a cambio? Ir a rezar a los cementerios; no veas tú qué juerga.

Los obispos reprueban Halloween, lo cual hace que mi cariño por esa fiesta no haga más que aumentar. Mis hijos ya han crecido y no necesitan caretas para demostrarme que son unos vampiros chupasangre (es broma), pero me sigue encantando el brillo en los ojos de los hijos de mis vecinos cuando tocan a mi puerta gritando ¡truco o trato!, y por eso compré ayer un montón de golosinas. ¿Queréis ositos de goma, regaliz rojo, caramelos de melón, moras, marshmallows o lacasitos? Pues no tenéis nada más que llamar esta noche a mi puerta disfrazados de zombis o de brujas. Todo monstruo será bienvenido.

¿Halloween es una fiesta pagana? Claro, eso es lo bueno.

¡Feliz Halloween/Samhain, amigos!


martes, octubre 27

La Hoz de Beteta

El pasado fin de semana he visitado uno de los lugares más bellos y desconocidos de España: la Hoz de Beteta, en la Serranía de Cuenca. Se encuentra al norte de la provincia, entre las localidades de Beteta y Puente Vadillos, y abarca un tramo de unos seis kilómetros en los que la carretera sigue el trazado del río Guadiela.

La Hoz de Beteta debe de ser impresionantemente bella en cualquier momento, pero ahora, en otoño, te quita el aliento. La vegetación, muy abundante, adopta todas las gamas del verde, el amarillo y el ocre, con brochazos naranjas y rojos, los farallones de caliza parecen esqueletos de bestias fabulosas y el agua, pese a la ausencia de lluvias, corre por todas partes. Es un lugar increíble, y más increíble resulta lo poco que se le conoce.

Cerca de allí está la Laguna del Tobar, la Hoz de Priego (similar a la de Beteta, pero más pequeña) o el nacimiento del río Cuervo, aunque lo cierto es que toda la zona es una maravilla. Además, se come muy bien y a buen precio y la gente es de lo más amable. Así que, si no tenéis nada mejor que hacer el próximo fin de semana (y si no vivís demasiado lejos de allí), os sugiero que os deis un paseo por esa zona; pero no lo dejéis para más tarde, porque es ahora cuando los colores del otoño llenan de magia ese lugar extraordinario. Hacedme caso; me lo agradeceréis.

sábado, octubre 17

Aplauso


Dicen que el principal defecto de los españoles es la envidia. No sé si esto es cierto, pues los españoles tenemos tantos defectos que elegir el mayor de ellos se me antoja complicado; no obstante, no cabe duda de que somos un país de envidiosos. Y mira que ese es un pecado estúpido, porque, por ejemplo, con la gula o la lujuria al menos te lo pasas bien, pero con la envidia lo único que consigues es una úlcera.

Supongo que la razón de que seamos tan envidiosos reside a la larga tradición de mediocridad de nuestro pueblo; una tradición de, al menos, cuatrocientos años que se vio sustancialmente reforzada durante la dictadura de ese tipo bajito, panzón y ridículo que ahora no me acuerdo cómo se llamaba. El caso es que los mediocres sólo aceptan vivir en la mediocridad y no soportan que nadie ni nada sobresalga. Son como una tribu de pigmeos en la que sólo se pudiera medir un metro cuarenta o menos, y si alguien es más alto se le corta la cabeza. En eso somos expertos: en cortar cabezas. Por ejemplo, cuando en nuestro mediocre ámbito cultural surge un creador capaz de aunar calidad y popularidad, nuestra inteligentsia se apresura a afilar la guillotina. Ese es el caso, por ejemplo, de Alejandro Amenábar.

Recuerdo que cuando vi Tesis saqué dos conclusiones. La primera, que se trataba de una historia muy poco creíble. La segunda, que estaba cojonudamente narrada (tanto que, mientras las veías, te tragabas sin rechistar la increíble historia). Abre los ojos no hizo más que confirmarme que Amenábar es un extraordinario narrador y con Los otros llegué a la conclusión de que, dejando aparte a Víctor Erice, se trata con diferenciadel mejor narrador de nuestro cine. Incluso me gustó Mar adentro, que mira que es tramposa... El problema es que Amenábar no sólo me gusta a mí, sino a muchísima gente, y ha ganado muchos Goyas, y un Oscar, y sus películas son muy taquilleras, y ha trabajado con estrellas de Hollywood... En fin, demasiadas afrentas para nuestra mediocre élite cultural.

Así que, de unos años a esta parte, se ha ido desarrollando en España una reducida, pero ruidosa, corriente anti-Amenábar que con el estreno de su última película parece haberse consolidado definitivamente. De Ágora he oído y leído decir que era correcta, pero fría, que era un film megalómano, que estaba vacío, que carecía de frescura...

Hace un par de semanas, fui a ver Ágora. Me gustó. Mucho. Y, lejos de parecerme una película fría, me emocionó como pocas películas me han emocionado. Aunque, eso sí, la clase de emoción que me provocó no es la usual, sino una especie de emoción-intelectual que, si andas un poco despistado, puedes confundir con frialdad. En cuanto a si es o no un espectáculo vacío... Sin duda es un espectáculo (no deja de ser un peplum), tan bien narrado como todas las obras de su director, pero de ninguna manera está vacío. De hecho, cada una de sus imágenes está en función de un mensaje que no por sencillo deja de ser extraordinariamente importante: el enfrentamiento entre la razón y el fanatismo, la colisión entre ciencia y superstición. A decir verdad, Ágora trata precisamente de aquello en lo que creo más fervientemente: que la razón, la inteligencia, es el único camino noble y recto para el ser humano, y que la irracionalidad siempre es peligrosa y potencialmente destructiva.

No voy a hacer una crítica de la película, pero me gustaría señalar uno de sus grandes aciertos: esos planos cenitales que, en ocasiones, se alejan tanto que la cámara sale al espacio exterior y nos muestra el planeta Tierra en la inmensidad del cosmos. Esos planos modifican nuestro punto de vista y nos revelan que la película no trata en realidad sobre una mujer en una remota ciudad de la antigüedad, sino de algo mucho más amplio que nos afecta a todos en cualquier momento y en cualquier lugar.

Es cierto que la película tiene trampas (¿qué obra narrativa no las tiene?). Por ejemplo, como señala Luis Manuel Ruiz en su excelente blog, los filósofos que aparecen en el film son encantadores y dan ganas de abrazarlos a todos (particularmente a Rachel Weisz, una de mis debilidades), mientras que los cristianos parecen sacados de una película de terror. No obstante, conviene recordar que la película está basada en hechos históricos, y es cierto que los cristianos arrasaron la biblioteca de Alejandría, y que cometieron matanzas, y que se adueñaron de la ciudad, y que mataron y descuartizaron a Hipatia. Todo eso es auténtico. No debemos olvidar que gran parte de la historia del cristianismo parece escrita a dos manos por Edgar Alan Poe y Richard Laymon.

Por último, me gustaría contaros una anécdota. Fui a ver Ágora (con Pepa y nuestro hijo Pablo) al Kinépolis. La sala estaba llena. Al final de la película, tras un silencio, el público comenzó a aplaudir, y yo me sumé al aplauso. Pues bien, hay algo de lo que estoy seguro: la gente aplaudía a una buena película, sí, pero sobre todo aplaudía al mensaje de esa película. Y eso, ese espontáneo aplauso, me emocionó tanto o más que el film, pues me hizo concebir la esperanza de que no todo está perdido para nosotros, los torpes, estúpidos y patéticos seres humanos.