jueves, abril 22

Premio Hache 2010

Acabo (literalmente) de volver de Molina de Segura, donde he participado en la IV Edición del ciclo Escritores en su tinta, y estoy hecho polvo -eso de los aeropuertos cansa-, pero me apetece compartir una noticia con vosotros. Estando allí me dijeron que ya se había hecho público algo que me anunciaron la semana pasada, pero que me pidieron que mantuviera en secreto: mi novela La caligrafía secreta ha ganado la segunda edición del Premio Hache que convoca el Ayuntamiento de Cartagena.

Y, la verdad, me hace mucha ilusión, porque estos premios (el Madarache para literatura general y el Hache para literatura juvenil) tienen una peculiaridad: son votados por los lectores. La cosa es así: los organizadores del premio eligen tres novelas finalistas y esas novelas se distribuyen entre una serie de lectores que previamente se han inscrito para tal fin. En esta ocasión votaron 1.254 jurados. Las otras dos finalistas eran Por el camino de Ulectra, de Martín Casariego, y La paloma y el degollado, de Fina Casaderrey.

La caligrafía secreta es mi última novela juvenil publicada y también una de las más especiales para mí. Por lo general, cuando acabo de escribir una novela el resultado final es inferior a lo que yo pretendía en un principio. En el caso de La caligrafía secreta ocurrió al contrario: lo que obtuve se me antojó mejor de lo que esperaba. Por otro lado, siempre digo que yo no escribo novelas para jóvenes, sino novelas que también les gustan a los jóvenes. No hago diferencias entre literatura general y literatura juvenil, lo juro (aunque algunos se empeñan en no creerme, qué le vamos a hacer). Pues bien, respecto a La caligrafía secreta este criterio es más radical que nunca. La novela está narrada por Diego Atienza en su vejez y cuenta lo que ocurrió durante el verano de 1789, cuando él era un joven aprendiz de calígrafo y viajó a París junto con su maestro, don Lázaro Aguirre de Salazar y Mendoza, con la sobrina de éste, Mariana, y con su cochero y guardaespaldas Tértulo Urriza, para ayudar a un antiguo alumno de don Lázaro que había sido contratado para copiar un misterioso libro llamado el Códice Bensalem. Se trata de una novela de misterio con un elemento fantástico en el centro de su argumento. Y el tratamiento es, porque pretendía serlo, absolutamente adulto.

En concreto, uno de los personajes que he citado, Tértulo Urriza, resulta particularmente “conflictivo”. Se trata de un hombre capaz de desarrollar una gran violencia, de un mentiroso crónico y de alguien muy, pero que muy procaz. Muchas de las historias que cuenta son sencillamente espantosas; las cuenta con humor y desfachatez y puede que no sean reales (o quizá sí), pero no dejan de ser genuinas barbaridades. Una profesora de literatura me dijo que esas historias eran demasiado fuertes y hacían que muchos profesores se cortaran a la hora de recomendar la novela. Me sugirió que las “suavizase”, pero yo, agradeciéndole el consejo, e incluso aceptando que tenía razón, no le hice ni caso. Tértulo es como es y ese pedazo de animal me cae demasiado bien como para arrebatarle una de las cosas que más le gusta hacer: escandalizar. Así que, aunque me robe miles de lectores, Tértulo se queda como está. Además, el premio Hache ha demostrado que, por muy bestia que sea, también le cae bien a los jóvenes.

Por lo demás, la novela cuenta con uno de los mejores finales que he escrito. Y, además, con uno de los escasos finales que justifican plenamente el hecho de que el narrador se haya tomado la molestia de escribir un texto tan largo. En fin, supongo que parece que me estoy dando autobombo con toda desfachatez, pero no es así (o no del todo, al menos). No comparo La caligrafía secreta con las novelas de otros autores, sino con mis propias novelas, y cuando digo que es un relato mejor de lo que esperaba, lo digo en el contexto de mi propia obra. Además, si los libros son como hijos, permitidme pavonearme un poco de que a un hijo mío le hayan dado un premio.

El próximo catorce de mayo viajaré a Cartagena para recoger el galardón en una gala ad hoc y así tendré la oportunidad de hacer en público lo que ahora hago en Babel; es decir, darles las gracias a los organizadores del premio y a los numerosos jurados. Sois muy majos.

Y a los demás, disculpas por permitir que mi estúpido ego asome las narices por aquí.

(Ya, ya, siempre lo hace, lo sé)

miércoles, abril 14

Padre X

A finales de los sesenta y principios de los setenta, durante cuatro años, fui alumno de un colegio de “curas”, los Maristas de Chamberí. He puesto “curas” entre comillas porque no son exactamente sacerdotes; se les llama “hermanos” en vez de “padres”, pues, por lo visto, no han hecho todos los votos (o algo así, no conozco muy bien el asunto), de modo que no pueden confesar, ni decir misa, ni muchas de esas cosas tan útiles que hacen los sacerdotes. Son medio curas, por así expresarlo; curas sin licencia para sacramentar.

No puedo decir que guarde muy buen recuerdo de ese colegio. En fin, sí, yo era un adolescente en plena expansión vital y claro que me lo pasé bien muchas veces. Pero no por estar en ese colegio, sino pese a estar en él. Por aquel entonces ya no era creyente y no tardé mucho en convertirme, tras leer a Russell, en un ferviente agnóstico. Aunque, claro, eso, entonces y en un colegio de “curas”, no se iba aireando alegremente. El caso es que, como no creyente, me tocaba mucho las pelotas tener que participar en actos religiosos. Misa los viernes a primera hora, rezar cada tarde un misterio del rosario durante la cuaresma, proyección de películas religiosas, charlas edificantes, rezos y cánticos a mogollón durante el mes de las flores... Con frecuencia cantábamos el himno de los Maristas, dedicado a su fundador, el entonces beato, y ahora por lo visto santo, Marcelino de Champagnat. Así dice la letra:

Pueblen los aires triunfales voces,
den los pensiles tributo en flor.
Brisas inquietas llevad veloces
lauros y aromas al Fundador.
Te ofrendamos Padre filial cariño
cual fragante incienso de gratitud.
A tu solio llegan vítores de niños
llega el coro excelso de la juventud.
Padre en cuyo pecho la bondad fulgura
Padre que la senda nos mostró del bien,
fuente es tu enseñanza de simpar ventura
de la obra Marista tú eres el sostén.
Inflamado apóstol de alma noble y pura
sueña mi hondo anhelo coronar tu sien.

Reconozco que durante años ese himno fue para mí un enigma: no entendía un carajo de lo que decía. ¿Qué coño son los “pensiles”? ¿Y un “lauro”? ¿Y qué es eso de que a su “solio” llegan vítores de niños? (suena a marranada) Pero no os perdáis de vista esta frase: “fuente es tu enseñanza de simpar ventura”. Joder, la leo una y otra vez y no acabo de encontrarle sentido. Ahora bien, el himno para mí alcanzaba su punto culminante cuando llegábamos a “de la obra Marista tú eres el sostén”. En ese punto no podía evitar partirme de risa, pues me imaginaba al bueno de Marcelino sujetándole las tetas a una señora muy gorda.

En ese puñetero colegio protagonicé una de las situaciones más ridículas de mi vida. Yo tenía quince o dieciséis años y estaba en clase tan ricamente. Entonces aparece un hermano y pregunta quiénes no habían hecho la confirmación. En un acto de profunda estupidez, levanté la mano junto con la mitad de los alumnos. “Pues hala”, dijo el hermano, arreándonos como si fuéramos ganado; “a confirmaos”. No recuerdo exactamente cómo era la ceremonia de la confirmación. Supongo que habría una misa, pues por aquel entonces en cuanto te descuidabas se marcaban una misa de casi una hora de duración; lo único que sé seguro es que había que confesarse y luego te ponían ceniza en la frente.

Debía de hacer cuatro o cinco años que no me confesaba, así que el asunto me cogió de sorpresa. La retahíla de pecados que usualmente empleaba de niño para confesarme –he insultado a mi hermano, he desobedecido a mis padres, he dicho palabrotas...- no sonaban demasiado convincentes en boca de un adolescente con pelos en los sobacos, así que tenía que buscar otros nuevos. Sabía, por experiencia, que a los curas les encantan los pecados relacionados con el sexto mandamiento, pero por aquel entonces mi única actividad sexual consistía en cascármela obsesivamente, algo que ni bajo amenaza de muerte le confesaría a nadie, por muy ungido de gracia divina que estuviese. De modo que decidí acusarme de tener pensamientos impuros, así en general, pensando que con eso bastaría.

El caso es que, como ya he dicho, los maristas no podían confesar, así que se trajeron a tres curas no sé de dónde (quizá había algún servicio tipo “cura-express” o “el párroco veloz”, vete tú a saber) y nos sentamos en los bancos de la capilla a la espera de que llegara el turno de lavar nuestros pecados. Yo fui de los primeros. Me arrodillé en el confesionario y descubrí que me había tocado un cura viejísimo, un auténtico carcamal. Pero eso no era lo malo: lo dramático era que estaba sordo como una tapia.

Así pues, comencé a contarle en voz progresivamente alta que llevaba mucho tiempo sin confesarme, que había tomado el nombre de Dios en vano, que le había faltado al respeto a mis profesores, que tenía pensamientos impuros... Y ahí la cagué, porque el muy cabrón no se conformaba con una exposición general del asunto: quería detalles y los quería a gritos. Lo malo es que mis pensamientos impuros eran de lo más simple: consistían básicamente en coger una revista guarra y practicar con entusiasmo el vicio solitario; pero ya hemos quedado en que no pensaba confesar que “me tocaba”, así que para explicar en que consistían esos “pensamientos impuros” tuve que inventarme una historia que, por improvisada, debió de sonar de lo más retorcida. Inventármela sobre la marcha y contarla, no lo olvidemos, profiriendo auténticos alaridos. Debió de ser la confesión más pública de la historia.

En fin, no guardo buen recuerdo de ninguno de los hermanos maristas que conocí; todos me parecieron unos impresentables, cada uno a su estilo. Para ser justos, reconozco que en ese colegio, en sexto de bachillerato, recibí clase del mejor profesor que he tenido jamás: don Francisco, que era seglar y creo que tan agnóstico como yo. Él me enseñó a amar a la matemáticas, aunque luego las matemáticas no correspondieran a mi amor. Pero a los “curas” no podía ni verlos.

De hecho, todos sabíamos que había algunos “hermanos” muy sobones. Yo lo sabía de oídas, porque al poco de matricularme en los Maristas sobrepasé el metro ochenta de estatura y en los últimos cursos ya alcanzaba mi actual metro noventa y dos. Es decir, era demasiado alto y grande para despertar pasiones pederastas, así que nadie me metió mano. No obstante, los alumnos menos desarrollados y más sonrosaditos solían ser víctimas de apenas disimulados cacheos libidinosos. Pero, por lo que sé, todo se quedaba en eso: toqueteos.

Hasta que un día -yo estaba en quinto de bachillerato, si mal no recuerdo- hubo un alboroto en el colegio. Gritos, idas y venidas, nerviosismo entre las filas maristas. Nadie nos aclaró nada, por supuesto, pero pronto se corrió la voz: el padre de un alumno había llegado hecho una furia porque el cura se había propasado con su hijo. Nótese que digo cura sin comillas y en singular, porque en el colegio, como los “hermanos” no podían decir misa, había un sacerdote permanente, llamémosle Padre X, un cura de treinta y tantos años de edad que tenía licencia doble cero para impartir toda clase de sacramentos. Y también, por lo visto, para cepillarse a los monaguillos.

No sé qué pasó en concreto. No sé qué le dijo el director del colegio al padre del alumno mancillado, no sé si hubo una denuncia e ignoro si los hermanos maristas ofrecieron alguna clase de compensación a la familia afectada. Lo único que sé es que el Padre X desapareció fulminantemente del centro, siendo sustituido por otro cura doble cero. Y también sé (lo averigüé mucho más tarde) que al Padre X lo trasladaron a un colegio marista de Sevilla, donde prosiguió su admirable labor evangelizadora. En efecto, su único castigo consistió en ser trasladado a otro colegio de otra ciudad. Un colegio, como es natural, lleno de niños.

Eso sucedió hace más de cuarenta años, pero parece que fue ayer, ¿verdad?

jueves, abril 8

3D


Fui a ver Avatar a la semana siguiente de su estreno; en 3D, por supuesto. ¿Qué me pareció la película? Que está bien narrada (su director es un gran narrador), que es técnicamente impecable, que tiene gran mérito la meticulosa creación de ese mundo ficticio, que es un espectáculo visual impresionante... pero que Cameron podría haberse currado una historia un poco más original y un poquito menos new age. Desde luego, no es la revolución del cine que algunos proclamaban.

El caso es que mientras contemplaba la película a través de las gafas correspondientes, tuve todo el rato la sensación de que no estaba viendo bien las imágenes. De hecho, creo que el 3D no aporta absolutamente nada al film. Entendedme: sin duda el sistema está perfeccionado. De entrada, ya no te duele la cabeza, como me ocurrió con la última peli 3D que vi: Flesh for Frankenstein (1974), de Morrisey/Warhol. Pero la cosa tampoco es como para tirar cohetes, pues la tridimensionalidad que se obtiene no resulta ni mucho menos natural. En realidad, las imágenes parecen un poco siluetas recortadas, como lo que se ve a través de un visor estereoscópico tipo View Master.

Pero no era eso lo que me molestaba; es que tenía la sensación de estar viendo las imágenes muy apagadas, de que la película tenía una tonalidad mortecina. Al salir del cine (el Kinépolis) lo comenté con mis acompañantes, pero ellos dijeron que no habían notado nada raro, así que tomé nota mental de que debía hacerle una visita al oculista. Sin embargo, el otro día leí en el periódico algo que me ha devuelto la confianza en mis preciosos ojos azules: yo tenía razón, las gafas reducen un treinta por ciento la luminosidad y los actuales proyectores no tienen suficiente potencia como para compensarlo. Ergo todo el mundo que ha visto esa película en 3D, la ha visto con tan solo un 70 % de su luz correcta. Es decir: la ha visto mal. Así que ahora tengo ganas de volver a ver Avatar en Blue Ray para poder disfrutar del espectáculo visual en alta definición y dos correctamente brillantes dimensiones. No sé, quizá todo sea un truco de marketing para que la gente vea dos veces la película...

El asunto no es nuevo. Ante la llegada de la TV, Hollywood temió que su negocio se fuera al garete, así que los estudios comenzaron a explorar nuevos formatos con los que competir. Por ejemplo, gigantescas pantallas que dejaran en ridículo a la pequeñez de los monitores. Así nació el Cinerama, la Panavisión, los 70mm o el Todd-Ao. Pero hubo otras estrategias, como el cine en 3D.

Para sorpresa de muchos –entre ellos yo, que acabo de enterarme-, la primera película en tres dimensiones es de 1890, y la primera que se proyectó comercialmente, The Power of Love (dirigida por Nat Deverich), de 1922. Pero sólo fueron curiosidades sin trascendencia, porque el primer boom del 3D se produjo en los años 50, con el advenimiento, ya lo hemos dicho, de la caja tonta. En esos años se estrenaron varias películas tridimensionales donde diversas cosas saltaban a la cara del espectador, como Bwana Devil, House of Wax o Dial M for Murder, del maestro Hitchcock. Pero fue un boom pequeñito, porque aquel primitivo sistema de 3D sólo se percibía medianamente bien si tenías un asiento centrado y, además, las gafas provocaban cansancio ocular, ocasionando tremendos dolores de cabeza. Así que el 3D quedó arrinconado y olvidado. Hubo un pequeño resurgir en los 70, pero no fue muy lejos. Hasta ahora, Año I después de Avatar.

Y es que ahora que la TV ya no es el enemigo, llega Internet y la piratería y a los estudios les entra el canguelo. Entonces, cuando todo parecía perdido, llega Moisés/Cameron de su travesía por el desierto y salva a los hebreos con el maná de las tres dimensiones. Avatar es la película más exitosa de todos los tiempos, ergo es el modelo a imitar, porque por ahora ni Internet ni los DVD pueden ofrecer tres dimensiones, y además ¡las entradas valen un cincuenta por ciento más! Negocio tridimensionalmente redondo. Así que todo el mundo a producir en 3D.

Peor aún. Hay un sistema para tridimensionalizar películas en 2D; el problema es que se trata de un sistema que, para llevarse a cabo correctamente, requiere mucho tiempo y dinero y los productores no quieren gastar ni lo uno ni lo otro, así que ahora tenemos en cartel, o pendientes de estreno, un montón de films bidimensionales a los que se les ha añadido la tercera dimensión de forma chapucera. Es decir, que un tropel de espectadores pagarán un 50 % más por ver películas con deficiente luminosidad y deficiente tridimensionalidad, cuando podrían verlas mucho mejor y más baratas en sus previstas 2D.

Actualmente se están produciendo un huevo de películas en 3D, pero ¿son estas 3D el futuro del cine? Lo dudo muchísimo, porque el actual sistema, aunque evidentemente mejora el anterior, y aunque se subsane el problema de la luminosidad de los proyectores, sigue siendo deficiente. De hecho, no estaríamos hablando de todo esto si no fuese porque Avatar ha recaudado más de 2.700 millones de dólares. Se trata de una moda, de una tendencia; cuando fracasen unas cuantas películas rodadas en 3D (cuyos costes de producción son más caros), la fiebre comenzará a ceder.

Lo triste –o simplemente instructivo- es comprobar hasta qué punto estamos guiados por las modas, hasta que punto somos esclavos de las tendencias mayoritarias. Somos carne de marketing, aunque eso no debería sorprendernos. Lo que sí me sorprende es no haber escuchado a nadie quejarse de la deficiente luminosidad de Avatar. ¿Será que, después de todo, estoy cegatón?

martes, marzo 30

Sobre la cultura y otros lujos

Este fin de semana (en realidad de jueves a domingo), Pepa y yo hemos estado en Viena, celebrando nuestro vigésimo séptimo aniversario de boda. Ha sido un bonito viaje –sobre todo por la compañía-, aunque debo reconocer que Viena me ha decepcionado un poco. Entendedme, es una ciudad muy bonita y agradable, llena de monumentos magníficos, pero... no sé, esperaba algo más romántico, más decadente quizá, y lo que he encontrado es una ciudad moderna más impersonal de lo que imaginaba. Supongo que las expectativas eran demasiado altas y eso ha contribuido a la relativa decepción que he sentido. Aún así, el viaje ha sido provechoso y satisfactorio, por supuesto.

Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Como bueno turistones, fuimos a visitar el Hofburg, es decir, el conjunto arquitectónico donde está el antiguo Palacio Real, la Biblioteca Nacional, la Escuela de Equitación, varios museos y, también, el actual despacho del presidente de Austria. La zona destinada a los aposentos imperiales y el Tesoro está especialmente orientada hacia los tiempos de Francisco José e Isabel de Baviera, más conocida como Sisí. El caso es que, como no podía ser de otra forma, nos quedamos asombrados por todo ese lujo, anonadados por aquella sobredosis de arte y cultura que nos rodeaba por todas partes. Anonadados, fascinados, pero también cabreados, porque ¿cuánto costaba toda ese “arte y cultura” que nos rodeaba? Ingentes cantidades de dinero, millones destinados a satisfacer únicamente a una clase privilegiada. Una injusticia, vamos.

Es cierto que esa clase privilegiada se fue a hacer puñetas y que ahora su abrumador patrimonio pertenece al Estado; es decir, a todos los austriacos y, en cierto modo, a todo aquel que, como hicimos Pepa y yo, abone la entrada para visitar el palacio. Un cartel allí situado decía más o menos: “Ya no tenemos emperador, pero tenemos sus joyas”. El caso es que todo aquello me hizo pensar en el coste de la cultura. Pero, antes de seguir, veamos lo que dice el diccionario acerca de la palabra “cultura”.

1. f. cultivo.
2. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.
3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.
4. f. ant. Culto religioso.

Centrándonos en la tercera definición, está claro que la cultura es fundamental para nuestra supervivencia como especie. Los humanos no sólo les legamos los genes a nuestros descendientes: también les trasmitimos una cultura que les permitirá competir con ventaja frente a otros seres vivos. Es la transmisión cultural –unida a la superior inteligencia- lo que nos sitúa en la cúspide de la pirámide trófica (si es que no ocupan ese lugar las cucarachas o las ratas), convirtiéndonos en los poderosos depredadores hijos de puta que somos.

Ahora vamos a reducir el campo de la cultura, limitándolo al “desarrollo artístico”. En este sentido de la palabra, la cultura no sólo no es vital para nuestra supervivencia, sino que es un lujo. Voy a poner un ejemplo muy ilustrativo extraido de mi reciente viaje austriaco. Mientras visitábamos las platerías imperiales, la audioguía nos informó de que, hasta mediados del XIX, hubo en palacio una maravillosa vajilla de oro y otra de plata, ambas con más de cien servicios, pero ya no existen, pues fueron fundidas para fabricar monedas con las que sufragar no sé qué guerra. Es decir, dos magníficos trabajos de orfebrería, dos obras maestras, fueron sacrificados para servir a una causa mayor que la del arte: la supervivencia. Comer en vajilla de oro es un lujo; ganar la guerra una necesidad.

El arte no surgió en la historia humana hasta que la revolución neolítica permitió crear excedentes. Alto, diréis, ¿y qué pasa con las pinturas rupestres del paleolítico, algunas tan excelentes como los bisontes de Altamira o los caballos de Lascaux? Pues, sencillamente, pasa que son arte para nosotros, pero no para los hombres que las realizaron. Esas pinturas no se ejecutaron para que las vieran todo el mundo; al contrario, fueron confeccionadas en el interior de profundas cuevas, en lugares sagrados y restringidos donde sólo podían ser contempladas por algunos iniciados. El valor de esas pinturas no era estético, sino mágico y/o religioso. Probablemente, los pintores paleolíticos eran chamanes (o algo parecido) cuyo función resultaba básica para cohesionar y vertebrar al grupo. No eran un lujo, sino una necesidad.

Los humanos pre-neolíticos se dedicaban a la caza y la recolección. Al no poder crear excedentes alimenticios, todos los miembros del grupo ocupaban la totalidad de su tiempo en asegurarse la supervivencia diaria y apenas existía forma alguna de especialización. Todos hacían de todo durante todo el tiempo. Y nadie tenía tiempo para hacer cosas superfluas. Luego llegó el neolítico, la humanidad se volvió sedentaria, comenzaron a crearse excedentes, surgieron las primeras civilizaciones y, con ellas, el trabajo comenzó a especializarse. Y, como sobraba comida, algunos trabajadores se dedicaron a hacer cosas superfluas (no necesarias para la supervivencia), como por ejemplo “arte”. Pero ese arte no era para todo el mundo, ni mucho menos; estaba destinado al disfrute de las clases dirigentes y religiosas. Porque el arte era caro.

Y así fue durante muchísimos siglos. Los libros eran costosísimos (un monje tardaba más o menos un año en copiar la Biblia, y mucho más si añadía ilustraciones), igual que los músicos, los pintores, los poetas, los orfebres, los escultores y, en fin, todos aquellos artesanos cuyos servicios sólo podían ser costeados por los más opulentos. El arte era o religioso o aristocrático. Punto.

Luego apareció la imprenta y los costes de la cultura escrita bajaron considerablemente, aunque los libros aún eran productos caros que seguían estando al alcance de unos pocos. Además, para acceder a la cultura hace falta una educación previa, y hasta hace no mucho la mayor parte de la población era analfabeta. Creo que la única forma de arte que estaba al alcance del pueblo llano era el teatro; pero, claro, entonces al teatro no se le consideraba cultura. Con el surgimiento de la burguesía, el público consumidor de arte se incrementa, pero siempre dentro de los límites de las clases altas. La cultura se abarata, pero sigue siendo cara. Y llega la revolución industrial, y con ella la posibilidad de reproducir mecánicamente ciertos productos culturales. Paralelamente, el nivel de vida aumenta (al menos en occidente) y la educación se extiende a todas las capas sociales, contribuyendo todo ello a una reducción de los costes de la cultura. Reducción, no anulación.

Todo esto viene a cuento (si es que viene a cuento), porque mientras visitaba el Hofburg recordaba a aquellos que deambulan por los pixelados pasillos de Internet exigiendo una cultura libre, democrática y gratuita. ¿Libre y democrática? Jamás la cultura ha sido tan libre y democrática como ahora. Se editan miles de libros a precios asequibles; y si el precio no te parece asequible, ahí tienes las bibliotecas públicas. Puedes gozar de una orquesta sinfónica en tu casa con sólo comprarte un CD, o colgar la reproducción de cualquier cuadro en tu salón (antes, las reproducciones eran casi tan caras como los originales), o comprar arte original a precios más o menos módicos, o disfrutar de funciones teatrales y cinematográficas en tu propio hogar... La cultura está hoy al alcance de cualquiera, pues al utilizar los sistemas de producción industrial, y al incrementarse enormemente el número de consumidores de arte, los costes se han abaratado. Pero sigue habiendo costes.

Cultura libre y democrática, por supuesto que sí. Pero, ¿gratuita? No, amigos míos, la cultura, en el sentido que estamos empleando, es un lujo, y los lujos deben pagarse. Ya, pero ¿y si no se pagan? Entonces gran parte de la cultura tal y como ahora la conocemos y concebimos desaparecerá. ¿Que a lo mejor luego viene otra cosa, otro sistema, otros medios de articulación cultural? Puede ser, pero hasta el momento nadie ha sabido decirme qué en concreto.

jueves, marzo 11

¡Vigilad el cielo!

Una de las maravillas de la literatura es que permite vivir situaciones que, de otro modo, te estarían vedadas. Vivir amores más grandes que la vida misma, visitar escenarios remotos e inaccesibles, correr aventuras trepidantes, investigar misterios, introducirte en la mente humana... en fin, cualquier cosa que se nos ocurra. Pues bien, una de las maravillas de la literatura de ciencia ficción (cf, por acortar) es que te permite vivir situaciones en principio plausibles, pero por el momento ajenas a nuestra realidad. Viajar a las estrellas, conectarte mentalmente a un ordenador, desplazarte en el tiempo, relacionarte con robots y un largo etcétera de temas.

Ahora bien, ¿cuál sería el gran tema, si es que existe un gran tema, de la cf? Supongo que habrá diversas opiniones al respecto; la mía es muy concreta: el gran tema de la cf es “el otro”. Y, en concreto, la máxima forma de otredad que podamos concebir: el alienígena.

Vamos a ver, a mí no me sorprendería que hubiese otros seres inteligentes en el universo; lo que me sorprendería es que no los hubiese. Creo que, dada la extrema vastedad del universo, y aunque no tengamos la menor prueba, es lógico pensar que la vida se ha desarrollado en otros planetas. También es lógico pensar que esas vidas alienígenas estarán sujetas a la evolución darwiniana y, por tanto, parece razonable que la evolución haya conducido a la inteligencia, como ocurrió en la Tierra. Pero, claro, esas inteligencias extraterrestres pueden estar a miles de años luz de nosotros; son, hoy por hoy, absolutamente inalcanzables. Salvo que vengan a visitarnos, claro.

La cf aborda el tema del alienígena de diversas maneras. La más “pura”, por así decirlo, son los relatos de “primer contacto”; es decir, el primer encuentro entre humanos y extraterrestres. Ahí tenemos novelas clásicas tan conocidas como “Cita con Rama” y “El fin de la infancia”, de Clarke. O “Contacto”, de Carl Sagan, que se adentra en una variante del género: los mensajes extraterrestres. Otra forma de tratar al alienígena es convertirlo en monstruo, como ocurre en “Destructor negro”, de Van Vogt, novela que “sirvió de inspiración”, o fue directamente plagiada, para “Alien, el octavo pasajero”. Luego están las historias de ovnis, y los relatos de “diplomacia alienígena”, y las épicas narraciones de guerras estelares, y, en fin, un montón de variantes.

Me gustaría aclarar algo: quizá el reto más complejo que puede afrontar un escritor es intentar dar forma a una psicología alienígena. De hecho, es tan difícil que, como viejo lector de cf que soy, creo que nadie lo ha conseguido, ningún escritor ha logrado diseñar mentalidades alienígenas convincentes al cien por cien. Con una excepción: Cordwainer Smith. Pero, en realidad, sus personajes no son alienígenas, sino seres humanos de un futuro muy, pero que muy distante. Aún así, la mente de esos personajes resulta tan extraña y exótica como la del alien más raro que podamos imaginar. Creo que es la forma más radical de otredad que he encontrado en la literatura, sea del género que sea.

Otra cosa: La cf puede utilizar el tema del extraterrestre como mero divertimento, lo cual no es malo; pero también puede convertirlo en una metáfora acerca de diversos asuntos, en particular sobre la xenofobia. Ahí está, por ejemplo, esa excelente película que es “Distrito 9”, donde el contacto con alienígenas no es más que una explícita reflexión sobre el apartheid. Por otro lado, la mera existencia del extraterrestre, del “otro”, exige una auto definición por nuestra parte. Lo alienígenas son eso, lo que sea. Vale; entonces, ¿qué somos nosotros? Por eso digo que la “inteligencia extraterrestre” es el gran tema de la cf: porque escribir sobre él implica, si se hace seriamente, reflexionar sobre la naturaleza de nuestra especie. No puede existir el “otro” si no tenemos muy claro lo que significa ser “nosotros”. Estoy seguro de que, si tuviéramos alguna prueba de la existencia de una civilización extraterrestre, nos cuestionaríamos seriamente nuestro lugar en el universo. Y nos llenaríamos de temor, por cierto.

Y puede que no sin razón, porque me he dejado para el final otra gran variante de la cuestión alienígena: las invasiones extraterrestres. Vale, lo reconozco, me lo paso pipa con una buena historia de aliens cabrones empeñados en quedarse con la Tierra y follarse a nuestras hermanas. Y me gustan desde la primera que leí, que fue la primera que se escribió: “La guerra de los mundos”, de H. G. Wells. Esta magnífica novela, por cierto, no es sólo un apasionante relato de aliens josdeputa, sino una crítica al colonialismo occidental tan en boga por aquella época. Propone además una visión realista sobre el asunto, pues los humanos no pueden hacer nada contra la tecnología marciana y al final son los gérmenes lo que inclina la balanza de nuestro lado.

La novela de Wells ofrece una visión bélica de las invasiones extraterrestres que ha servido de modelo a numerosos relatos posteriores, pero en 1955 apareció otra novela que ofrecía un modelo distinto de invasión: la infiltración silenciosa. Me refiero a “La invasión de los ladrones de cuerpos”, de Jack Finney, aunque su fama proviene más de la película que Don Siegel rodó al año siguiente (posteriormente se realizaron otras tres versiones cinematográficas; la última, dirigida por Oliver Hirschbiegel, es espantosa). El argumento trata sobre unos aliens que adoptan nuestra apariencia y nos sustituyen sin que (casi) nadie se de cuenta. Aquí la metáfora habla sobre la pérdida de la identidad; unos la han visto como un crítica al macarthismo y otros como una crítica al comunismo, aunque probablemente sólo era un divertimento.

Otra variante, muy curiosa, del “modelo infiltración” es “Los cuclillos de Midwich”, de John Wyndham, una de mis invasiones extraterrestres favoritas. Los cuclillos ponen sus huevos en nidos de otras especies de pájaros para que sean estos quienes los empollen y críen. La historia de la novela es la siguiente: un buen día, el tranquilo pueblo inglés de Midwich se ve rodeado durante 24 horas por un campo de fuerza infranqueable y todos sus habitantes pierden el sentido. El fenómeno desaparece y, al cabo de un tiempo, todas las mujeres del pueblo descubren que están embarazadas. Nueve meses después, nacen unos niños de ojos dorados y poderes extraordinarios que parecen humanos, pero no lo son. En realidad son las crías de cuclillos extraterrestres.

Y es que los aliens pueden invadirnos de muchas formas distintas. Cliford D. Simak imaginó en su novela “Caminaban como hombres” a unos extraterrestres que nos invadían dedicándose a comprar, en secreto, todos los terrenos y edificios de la Tierra, cargándose así la economía y dejándonos, literalmente, sin espacio para vivir. El mismo escritor imaginó una invasión pacífica, incluso pastoril, en su novela “All Flesh Is Grass”, donde los extraterrestres llegan a la Tierra en forma de semillas cósmicas, pues son flores. Y no puedo olvidarme de “Marciano vete a casa”, de Fredric Brown, cuyo argumento se centra en una invasión extraterrestre de pequeños hombrecillos verdes, inmateriales y sumamente tocapelotas. Se trata de una sátira, por supuesto.

En fin, hay tantas novelas sobre alienígenas belicosos que ni se me pasa por la cabeza intentar ser exhaustivo. Recuerdo “La lucha contra las pirámides” (Wolfbane), de Frederik Pohl, o “La fragua de Dios”, de Greg Bear, o “Campo de batalla: la Tierra”, de L. Ron Hubbard, el padre de la Cienciología, una novela malísima que John Travolta llevó al cine con resultados ridículos. Es digna de mención “Bajo la piel”, de Michel Faber, una historia en la que los extraterrestres nos invaden porque les encanta el sabor de nuestra carne; y también “El corcel”, de Carol Emshwiller, donde nos convertimos en monturas de unos aliens invasores. Aunque, a decir verdad, esas dos últimas obras son más fábulas que ciencia ficción. La última novela de invasiones clásicas que recuerdo haber leído es “Ruido de pasos”, de Larry Niven y Jerry Pournelle, un relato muy, pero que muy mediocre (no me gustan esos dos autores; ni juntos ni por separado).

La mayor parte de las historias de invasiones alienígenas (aunque no todas) concluyen con el triunfo de la humanidad, lo cual no es nada realista. El ejemplo más próximo que tenemos de la invasión de otro planeta es la conquista de América por los europeos, y ya sabemos cómo acabaron los indígenas americanos. Una ley de la historia reza que cuando dos civilizaciones chocan, la que posee inferior tecnología se va a hacer gárgaras con tachuelas. Pues bien, si una especie extraterrestre dotada de una tecnología capaz de alcanzar las estrellas decidiera invadirnos, jodidos estaríamos. Y eso queda claro en la novela de invasiones alienígenas más realista que he leído: “Los genocidas”, de Thomas M. Disch. En esta historia, los aliens llegaron, se cargaron a la humanidad como quien acaba con una plaga de hormigas, y cubrieron nuestro planeta con sus cultivos extraterrestres. Los escasos humanos que quedaron sobreviven entre las plantaciones llevando una infraexistencia y de vez en cuando son fumigados. Eso sí que es ponernos en nuestro lugar en el universo: los extraterrestres son tan superiores a nosotros, que para ellos sólo somos insignificantes animales a los que no hay que prestar más atención que la necesaria para eliminarnos.

Supongo que os preguntaréis a qué viene este rollo. La verdad es que yo también me lo pregunto... porque lo único que quería es recomendaros, más o menos, una novela que acaba de reeditarse. Se trata de “Amos de títeres” (La factoría de ideas, 2010), la primera novela que publicó Robert Heinlein (en 1951). Mejor dicho, la primera novela para adultos, pues antes había publicado cuatro juveniles (en España se publicó por primera vez con el título "Titán invade la Tierra"). Se trata, claro, de una invasión extraterrestre, en su variante “infiltración silenciosa”. Los aliens, una especie de babosas bastante repugnantes, llegan a la Tierra en secreto y se dedican a controlar cuerpos humanos mediante el procedimiento de subirse a la chepa de las personas e introducirles unos zarcillos en el cerebro. Cómo vemos, se trata de una variante sobre “La invasión de los ladrones de cuerpos” (o al revés, porque la novela de Finney es posterior). Y, teniendo en cuenta la ideología de Heinlein, estoy seguro de que la alegoría anticomunista no es casual.

Puede que “Amos de títeres” no sea una buena novela, pero sin duda es una novela francamente divertida. Heinlein era un excelente narrador y, por aquella época, aún no tenía agudizados sus peores defectos (aunque el ramalazo “halcón” no se lo quita nadie), y el relato respira el entrañable aroma paranoico de las mejores series B del cine de los 50. En realidad, eso es “Amos de títeres”: una buena, entrañable y divertida serie B.

Por cierto, en 1994 Stuart Orme llevó esta novela al cine teniendo como protagonista a un Donald Sutherland en horas bajas. La película, que en España se llamó “Alguien mueve los hilos” (y que se estrenó directamente en video), desaprovecha por completo el material literario del que parte y está rodada con telefílmica desgana y muy escasa imaginación. Aunque, bien pensado, Orme tiene su mérito, pues ya es difícil convertir una novela muy divertida en una película aburridísima.

En cualquier caso, si os gustan las historias de alienígenas encabronados decididos a convertirse en okupas de nuestro planeta, os lo pasaréis muy bien leyendo “Amos de títeres”. ¿Una lectura intranscendente? Por supuesto, ¿y qué?

martes, marzo 2

No, nunca, jamás.

Aunque el año de mi nacimiento, 1953, se empeñe en afirmar que soy un carroza, suelo decirme a mí mismo que nací en la Era Atómica y me crié en la Era Espacial. También me recuerdo que pertenezco a una de las primeras generaciones de lo que podríamos llamar el “cambio constante”; es decir, soy una persona acostumbrada desde siempre a que la sociedad y la tecnología se transformen a un ritmo endiablado, lo cual ha impedido que la ola de Toffler me arrastre y me sumerja en el océano de la parálisis y la incomprensión. Vamos, que estoy habituado al cambio.

Por ejemplo, aprendí a manejar un teclado al tacto -sin mirar y con todos los dedos- cuando tenía trece años (mi padre me obligó y, aunque en su momento me pareció una putada, ahora se lo agradezco). Aprendí con una viejísima Underwood –la misma donde se escribió El Coyote, por cierto- y luego mi padre me regaló un moderna Olivetti mecánica. Durante mucho tiempo escribí siempre a máquina, hasta que un día probé un procesador de textos. Al instante comprendí que aquello era la mejor herramienta para escribir que se había fabricado jamás y desde entonces no volví a utilizar una máquina de escribir. Y en parte me jodió, no os creáis, porque me encantaban las máquinas de escribir y, si queréis que sea sincero, todavía echo de menos el sonido de los tipos percutiendo contra el papel. Pero las ventajas del Word (aunque mi primer procesador fue un WordPerfect) son tantas que no tuve la menor duda a la hora de cambiar.

Y de igual modo cambié del video al DVD (algo no muy difícil, pues visionariamente había escogido el formato betamax), y alegremente salté de los vinilos a las casetes, y de las casetes a los CD’s, y de los CD’s al MP3. He pasado de la fotografía analógica a la digital, me he adaptado a los ordenadores, y a Internet (la prueba, sin ir más lejos, es este blog), y a las consolas, y a toda suerte de gadgets... En fin, que he procurado no quedarme atrás en el progreso tecnológico. Hasta ahora. Porque, amigos míos, ya tenemos en el mercado un avance tecnológico que me niego a aceptar: el libro electrónico.

Y mira que resuelve problemas ese artefacto del demonio. De entrada, puedes comprar los textos a un precio considerablemente más barato. Además, se pueden almacenar tropecientos títulos en su memoria, evitando así las librerías atestadas. Puedes también aumentar a tu antojo el tamaño de la letra, y elegir la tipografía, y comprar los textos inmediatamente a través de Internet, y además pesa poco, y se evita la tala de bosques para papel. Seguro que hay decenas de ventajas más; habría que ser tonto para no adoptar ese sistema de lectura.

Vale, pues soy tonto. Porque resulta que me gustan los libros. No, no me refiero a su contenido, sino al objeto en sí, a esas cosas con cubiertas, goma e hilo, tinta y páginas de papel. Me gusta su forma, su tacto, su olor, el sonido de las hojas al pasarlas, y no les doy lametazos de milagro. Adoro ir a las librerías y hurgar por los estantes; me gusta hojear los libros, y me gusta llevármelos a casa sintiendo su peso en una bolsa, y me chifla amontonarlos en una pila junto a mi mesilla de noche, como promesas corpóreas, no como fantasmas digitales. Me gusta ir a casa de las personas y echarle un vistazo a sus libros, porque eso dice mucho sobre la gente. Me apasionan las librerías de viejo (¿cómo envejece un libro electrónico?), y las ferias de libros, y las grandes bibliotecas, y los mercadillos. Me gustan hasta los puntos de lectura. Y me gusta guardar de vez en cuando pequeñas cosas entre las página de los libros ya leídos –entradas de cine, folletos, notas, fotografías...-, algo así como cápsulas de tiempo que quizá me sorprendan (y me llenen de nostalgia) si algún día vuelvo a encontrarlas. Y me gusta tropezar con esos mismo detalles en los viejos libros que compro en las librerías de viejo, igual que me gustan los libros dedicados (por mí, o para mí, o por otros para otros). Y me gusta los recuerdos asociados a ciertos libros que nos gustaron mucho; textos que, con el tiempo, olvidamos y tergiversamos, pero que como libros, como objetos, permanecen inmutables, transmitiéndonos las sensaciones de su primera lectura con sólo tocarlos. Toda mi vida, desde que tengo memoria, he amado a los libros. No voy a pasar de ellos ahora.

Vaya, releo lo que he escrito y me siento tan fuera de onda, tan equivocado, tan anclado en el pasado, como el archivero que rechaza los libros porque está acostumbrado a los rollos de pergamino, o el copista que mira con desdén a la imprenta, diciéndose a sí mismo que la impresión mecánica jamás podrá desbancar a la calidez de la letra humana. Por fin Toffler lo ha conseguido: su ola de cambio constante me ha arrastrado de lleno al parque jurásico de los dinosaurios tecnológicos.

Y, ¿sabéis lo peor de todo? Me importa un bledo. Adoro los libros, esos ladrillos de papel que al final no hacen más que ocupar espacio y acumular polvo, y no me sale de las narices prescindir de ellos. Así que no, no me compraré un libro electrónico, nunca lo tendré, jamás.

Palabra de triceratops.

jueves, febrero 18

Millennium

Hace unos meses comí con un amigo (no diré su nombre), un intelectual de reconocido prestigio, y en el curso de nuestra charla comentó que había leído la primera novela de la trilogía Millennium, de Stieg Larsson. Le dije que yo también. Mi amigo me miró con aire dubitativo y comentó tímidamente: “No está mal, ¿verdad?”. A lo que yo respondí: “A mí me gustó mucho”. Entonces mi amigo se relajó y más o menos dijo: “Coño, yo me lo pasé de maravilla leyéndola, pero me daba miedo confesarlo...”

El temor de mi amigo estaba justificado. Sobre la trilogía Millennium he oído decir de todo, casi siempre en términos despectivos y por gente que no la había leído. Algunos la desdeñaban desde el pedestal de su refinada sensibilidad, limitándose a decir: “Yo no leo esas cosas”. Otros la denigraban de entrada colgándole el cartelito de “best seller”, como si eso quisiera decir algo. Y es que, amigos míos, como todo el mundo sabe, una novela que tiene rápidamente un gran éxito y vende muchos ejemplares no puede ser buena. ¿O sí...?

Ahora pensaba escribir una larga reflexión acerca del fenómeno best seller, pero lo dejaré para mejor ocasión, porque Larsson se merece una entrada para él solito. Me limitaré a dividir la narrativa en dos apartados: a) Narrativa “literaria” (o “culta”, o “refinada”, o como queramos llamarla) y b) Narrativa popular (que engloba a toda la literatura de género). Pues bien, ayer terminé de leer la trilogía Millennium (me lo he tomado con calma; no me gusta leer dos libros seguidos del mismo autor) y afirmo que, en mi opinión, la obra de Larsson es la mejor literatura popular que he leído en mucho tiempo.

Antes de exponer mis razones, voy a reproducir unos párrafos de un artículo aparecido en El País el seis de septiembre del año pasado. Su autor es Mario Vargas Llosa, un escritor que no me gusta demasiado, pero cuyas opiniones sobre la técnica literaria siempre he valorado (podéis leer el artículo entero pinchando aquí).

“...Acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium, unas 2.100 páginas, la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de Dickens y de Victor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página "¿Y ahora qué, qué va a pasar?" y demorando la lectura por la angustia premonitoria de saber que aquella historia se iba a terminar pronto sumiéndome en la orfandad . (...) Comprendo que a millones de lectores en el mundo entero les haya ocurrido, les esté ocurriendo y les vaya a ocurrir lo mismo que a mí y sólo deploro que su autor, ese infortunado escribidor sueco, Stieg Larsson, se muriera antes de saber la fantástica hazaña narrativa que había realizado.

‘Repito, sin ninguna vergüenza: fantástica. La novela no está bien escrita (o acaso en la traducción el abuso de jerga madrileña en boca de los personajes suecos suena algo falsa) y su estructura es con frecuencia defectuosa, pero no importa nada, porque el vigor persuasivo de su argumento es tan poderoso y sus personajes tan nítidos, inesperados y hechiceros que el lector pasa por alto las deficiencias técnicas, engolosinado, dichoso, asustado y excitado con los percances, las intrigas, las audacias, las maldades y grandezas que a cada paso dan cuenta de una vida intensa, chisporroteante de aventuras y sorpresas, en la que, pese a la presencia sobrecogedora y ubicua del mal, el bien terminará siempre por triunfar
”.

Comparto casi todo lo que dice el amigo Vargas Llosa. Es cierto que la prosa de Larsson no busca el efecto estético y a veces es descuidada, pero tiene el don de la fluidez y el ritmo. También es verdad que la estructura en ocasiones resulta defectuosa, sobre todo en la primera novela (cuyo comienzo –largo comienzo- no puede ser más desafortunado). Pero Larsson es, sobre todo, un extraordinario narrador que domina con maestría los resorte del misterio y del suspense, y que te obliga a pasar las páginas con fruición de adicto; un escritor inteligente y meticuloso cuyas complejas tramas están diseñadas con precisión y llenas de detalles que contribuyen a crear una intensa sensación de verismo.

Además, Larsson no se dedica a repetir esquemas. Su tres novelas son thrillers, pero cada una pertenece a una variedad distinta. La primera, Los hombres que no amaban a las mujeres, es una novela de misterio clásica; en realidad, una variante del enigma de la “habitación cerrada” donde se sustituye la habitación por una isla de la que no se podía entrar ni salir y en la que se cometió un crimen. La segunda, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, es un thriller de acción con toques de espionaje. La tercera, La reina en el palacio de las corrientes de aire, es en realidad la continuación de la segunda y propone una especie de juego del gato y el ratón, una cacería en la que los cazadores acaban convirtiéndose en presas. En cualquier caso, los tres argumentos, las tres historias, son apasionantes.

Y llegamos al punto fuerte de Larsson, los personajes. Supongo que ya todo el mundo conoce a la protagonista de la trilogía, Lisbeth Salander, esa hacker flacucha, asocial, con un IQ de quitar el hipo, bisexual, solitaria y abrumadoramente borde. Sobre ella se han dicho muchas cosas. Por ejemplo, que es una masculinización de la mujer. Y lo es, pero ¿qué significa eso? ¿Es algo equivocado o irreal? En ciertos mundos, cuyas normas han sido escritas por hombres mojando la pluma en testosterona (como por ejemplo el mundo de la empresa), una mujer sólo sobrevive siendo el doble de dura que el más duro de los machos que la rodean. Ese es el caso de Lisbeth Salander. Pero también he oído todo lo contrario, que Salander es la sublimación de un nuevo tipo de mujer que reivindica su feminidad negándose a aceptar las reglas del hombre. Y también es cierto. Lo que pasa es que ambas versiones son parciales, porque están sesgadas por el sexo.

En realidad, todos -mujeres y hombres- quisiéramos ser Lisbeth Salander. A todos nos gustaría no rendirnos jamás, devolver golpe por golpe, aunque nos enfrentemos a fuerzas muy superiores a las nuestras. Todos hemos sido más o menos maltratados por el mundo y a todos nos gustaría mandar al mundo a hacer puñetas y vivir sin depender de nada ni de nadie. Lisbeth Salander es un arquetipo –David Vs. Goliat-, pero también es un ser humano del que llegamos a encariñarnos. Y ese es uno de los logros de Larsson; su personaje, Salander, es antipático, arisco, casi autista, y sin embargo acabamos comprendiéndola y simpatizando con ella.

El coprotagonista de la serie, el periodista Mikael Blomkvist, también es un buen personaje, aunque evidentemente queda difuminado por la potente personalidad de Salander. En realidad, como señala Vargas Llosa, los papeles están cambiados: Salander es el personaje vigoroso y activo (“masculino”, según el paradigma) y Blomkvist el pasivo y algo juguetón (paradigmáticamente “femenino”). La galería de secundarios también es brillante, destacando la directora de Millennium, Erika Berger, el investigador Dragan Armanskij, o el malísimo Zalachenko y el aún más malo y sumamente perturbado Niederman.

Ya para terminar, ¿la trilogía Millennium sólo es un entretenimiento vacío? Sin lugar a dudas, son tres novelas muy divertidas, pero las tres hablan de algo, y con pasión muy poco sueca. El tema central de Millennium es la mujer y las diversas formas en que la sociedad la agrede. En ese sentido, son novelas profunda y honestamente feministas. Pero no le demos más vueltas, lo realmente importante de la obra de Larsson son las muchas horas de apasionante lectura que proporciona. Ayer por la noche me quedé desvelado hasta bien entrada la madrugada porque era incapaz de dormirme sin acabar de leer las cien últimas página de La reina en el palacio de las corrientes de aire, y eso es algo que hacía mucho que no me pasaba.

Lamento la muerte de Stieg Larsson como lamento (casi) toda muerte, sobre todo si es prematura. Pero lo que de verdad lamento es no volver a encontrarme con la borde y entrañable Lisbeth Salander, y no llegar ya a conocer jamás a Camilla, su hermana gemela y, con casi entera seguridad, coprotagonista de la que hubiera sido la cuarta parte de Millennium. Es una pena.

miércoles, febrero 10

Reciclado


Este fin de semana pasado fui a ver dos películas, En tierra hostil, de Katherine Bigelow, y Sherlock Holmes, de Guy Ritchie. Sobre la primera, poco puedo decir, pues me salí del cine (junto con Pepa, mi mujer, y mi hijo Pablo) media hora antes de que acabase la sesión. ¿Es un mal film ese film cargado de nominaciones a los Oscar? No sabría decirlo a ciencia cierta (al menos no sin matizar mucho), pero lo que sí puedo asegurar es que nada de lo que aparece en la película de Bigelow me interesa lo más mínimo.

En cuanto a Sherlock Holmes, se trata de una película de las de palomitas y refresco que sólo pretende ser una película de palomitas y refresco. El guión, que no tiene pies ni cabeza, se limita a ser un pretexto para enlazar una escena de acción tras otra, porque, como todo el mundo sabe ya a estas alturas, esta nueva versión del mito convierte a Holmes en un héroe de acción. Reconozco que la película me divirtió mientras la veía, pero también reconozco que a la media hora de salir del cine ya me había olvidado de ella. En cualquier caso, tiene una gran virtud: la pareja que forman Robert Downey y Jude Law (Holmes & Watson) funciona a las mil maravillas y es precisamente la simpatía que desprenden lo que actúa como motor de un film que, por lo demás, carece de emoción y magia. Respecto a la dirección, siempre he pensado que Ritchie, un presunto especialista en películas de acción, filma de forma muy confusa la escenas de acción, y eso, a mi modo de ver, sigue ocurriendo en este caso. Aunque también es justo reconocer que, quizá por ser una película de época, el ex de Madonna ha moderado bastante su tendencia a convertir la cámara en una batidora.

Pero da igual, no pretendo realizar una crítica de esa película, sino comentar un aspecto de ella muy curioso. Veamos, una de las preguntas (probablemente la única) que plantea el film de Ritchie es hasta qué punto puede modificarse un personaje clásico sin que deje de ser ese personaje clásico. Pondré un ejemplo: ¿el Van Helsing de la película de Sommers es el Van Helsing de Stoker? Respuesta: no, de ninguna manera. El personaje fue tan (atrozmente) modificado que lo único en común que tenía con su modelo literario era el nombre y el empeño en cazar vampiros.

¿Ocurre lo mismo con el Holmes de Ritchie? Hombre, lo mismo, lo mismo, no, pues la deformación no llega a ser tan brutal como la que pergeñó Sommers, pero en mi opinión el personaje que aparece en la película ya no es el verdadero Sherlock Holmes, sino alguien que se le parece un poco y sólo en ciertos aspectos. Y no lo digo por que se la haya transformado en un action hero, eso es lo de menos, sino porque hay rasgos básicos de la personalidad del Holmes original que han sido radicalmente cambiados en la película. Si algo caracteriza al sabueso de Baker Street, aparte de la inteligencia y la sagacidad, es su frialdad de entomólogo; sin embargo, Downey Jr. compone un personaje profundamente emocional, en ocasiones incluso achulado. Y Holmes, amigos míos, puede ser irritantemente altivo, pero jamás un chulo. Esto, por supuesto, es sólo una opinión y sé que más de uno, por ejemplo mi buen amigo Rodolfo Martínez, que sabe sobre el personaje mucho más que yo (entre otras cosas, porque ha escrito cuatro novelas protagonizadas por Holmes), no estará de acuerdo conmigo.

Pero tampoco era de esto de lo que quería hablar (y os preguntaréis, no sin razón, por qué hablo tanto de cosas sobre las que no pretendía hablar). Lo que me ha llamado la atención es la forma en que se ha transformado el personaje para (supuestamente) adaptarlo a los gustos actuales. En primer lugar, convertirlo en un héroe de acción, ya lo hemos dicho (todo sea por el espectáculo). En segundo lugar, transformar su relación con Holmes en el típico buddy movie (que al final es lo que mejor funciona en el film). En tercer lugar, modificar su personalidad para aproximarla a...

Un inciso. ¿Cuál ha sido la última versión audiovisual del personaje que ha triunfado? Respuesta: la serie de TV House. En efecto, todos sabéis que Greg House es la traslación de Sherlock Holmes al mundo de la medicina. O así era en un principio, pues poco a poco el personaje fue adquiriendo autonomía y despegándose de su modelo literario. Hoy por hoy, los fans de House lo somos, no por las holmesianas habilidades deductivas de su protagonista, sino por su compleja y chocante personalidad. En cualquier caso, está claro que House era Holmes, igual que su amigo Wilson era Watson.

Pues bien, contemplad la imagen que preside estas líneas, ese Downey-Holmes desaliñado y con barba de cuatro días. ¿A quién os recuerda?... ¡Premio!, se parece muchísimo a Hugh Laurie-Greg House. Pero no se trata sólo de su aspecto físico, qué va. En la película, Watson va a casarse y Holmes emplea toda suerte de trucos para impedir ese matrimonio, pues no quiere perder la amistad y compañía de su amigo. ¿Os suena de algo?... Desde luego, ese no es el Holmes de Doyle; es, sin lugar a dudas, puro y nítido House.

Bueno, pues eso es lo que me ha parecido curioso. House nació como una reformulación del personaje clásico trasladándole a otro tiempo y otro contexto. Años después, se estrena Sherlock Holmes, donde se readapta al personaje tomando como modelo otra readaptación del mismo personaje. Es como hacer una copia de una copia; o, mejor aún, una caricatura de una caricatura. ¿Por qué lo han hecho así? ¿Quizá porque las nuevas generaciones no tienen ni pajolera idea de quién y cómo es el auténtico Sherlock Holmes, pero conocen de sobra a Greg House? ¿O es que vivimos tiempos de reciclado creativo donde las nuevas ficciones no son más que monstruos de Frankenstein confeccionados con trozos de cadáveres?

No lo sé. Pero de algo estoy seguro: House, la serie, enriquece el mito de Sherlock Holmes, mientras que Sherlock Holmes, la película, lo desvirtúa. Aunque, claro, esto sólo es una opinión.

miércoles, enero 27

El juego de los herejes (y 2)

Como sabéis, no soy creyente. Mi fe en dios se esfumó cuando tenía trece o catorce años (cuando los tenía yo, no dios) y durante mucho tiempo fui absolutamente indiferente al fenómeno religioso. Había pasado página sobre ese tema y no le prestaba la menor atención. Pero, a los veintibastantes años, comencé a interesarme por la antropología y, un buen día, cayó en mis manos un libro de Marvin Harris,Vacas, cerdos, guerras y brujas, donde se trataban varios temas, entre ellos el cristianismo primitivo. Aquello fue una revelación, un flash; de repente, la educación religiosa que había recibido en mi infancia, se transformó en algo completamente distinto. El cristianismo, contemplado como una mitología que podía ser examinada histórica y antropológicamente, resultaba fascinante. Y no tenía nada que ver con lo que me habían inculcado.

No hay nada que me entusiasme más que los misterios, los secretos que se agazapan detrás de las apariencias cotidianas, de modo que me puse a leer compulsivamente sobre el cristianismo; en particular acerca de sus primeros siglos, antes de que Constantino lo declarara religión oficial del imperio. Fue apasionante; de hecho, no he dejado de leer acerca del tema. En estos tiempos de conspiranoia, afirmar que todo los que nos han contado acerca de la religión más extendida en el mundo es mentira, que existió y existe una conspiración para ocultar la verdad, suena a tópico manido y sensacionalista. Pero así es: nos han engañado y nos siguen engañando.

¿Queréis algunos ejemplos? No existe la menor prueba histórica de que Jesucristo haya sido un personaje real. De hecho, su biografía es sospechosamente similar a las biografías de otros dioses anteriores, como Horus o Mitra. No obstante, me apresuro a aclarar que la mayor parte de los investigadores (y, con humildad, yo también) creen que Jesús sí existió realmente. Ahora bien -y esto es otro ejemplo-, partiendo de la base de su existencia, Jesucristo jamás fue cristiano, al menos como entendemos ahora ese término. Jesús no sólo nunca pretendió ser dios, sino que esa idea le hubiera parecido absurda y herética. Vale, Jesús no era dios; entonces ¿qué era? La pregunta nos conduce de lleno al misterio, pues los evangelios proponen cuando menos cuatro aspectos distintos del mismo personaje, y varios de esos aspectos no encajan entre sí. Son muchos los enigmas que plantea el cristianismo primitivo, en efecto, y entre ellos destaca el del segundo personaje más misterioso de los evangelios (después de Jesús).

Hace ocho o nueve años decidí escribir una novela sobre el tema. A fin de cuentas, la labor de investigación ya estaba hecha... Redacté unas treinta páginas y me detuve. Algo no me acababa de convencer en la historia que había imaginado. Creo que era demasiado... efectista, sí. De modo que dejé el proyecto en el congelador y me dediqué a otros asuntos. Luego apareció El código Da Vinci y abandoné definitivamente el proyecto, porque la novela de Brown y mi futura novela coincidían en un par de aspectos: ambas estaban relacionadas con la iglesia primitiva y ambas tenían que ver con el enigma de Rennes-le-Château.

Pasó el tiempo y, a comienzos de 2008, empecé a buscar un argumento para la segunda novela de Carmen Hidalgo. Entonces recordé aquella novela frustrada. La trama que había imaginado no me valía para nada, pero ¿y la idea central? Al principio me pareció una insensatez; ¿qué tenía que ver Carmen Hidalgo, una humilde detective madrileña, con un misterio histórico de proporciones globales? Absolutamente nada. Entonces me di cuenta de que en eso precisamente estaba la gracia.

Las novelas de “misterio histórico” (todo un género ya en sí mismo) suelen narrar tremebundas historias donde intervienen sociedades secretas, poderes ocultos, grandes organizaciones, conspiraciones seculares y todas esas zarandajas. De hecho, el primer argumento que diseñé iba por esos cauces; es decir, era efectista y sensacionalista. Ahora bien, ¿y si trasladaba todo eso a un ámbito más cotidiano, al mundo un poco de andar por casa de Carmen Hidalgo? ¿Y si no hubiese ninguna conspiración, sino sólo personas, gente que sabe algo que no debería saber y otra gente que persigue ese algo por uno de los motivos más humanos que existen, la codicia? ¿Podría funcionar? Entonces me acordé de El halcón maltés, de Hammet, y me di cuenta de que sí, podría funcionar.

Por otro lado, la mayor parte de las novelas de “misterio histórico” relacionadas con el cristianismo suelen recurrir a elementos puramente fantasiosos: los hijos de Jesús y la Magdalena, los templarios, los albigenses, el grial, los illuminati... Y no es necesario; de hecho, ese recurso al sensacionalismo degrada un tema que en sí mismo es apasionante. Si se quieren encontrar buenos misterios e inquietantes conjuras no hace falta recurrir a teorías absurdas y baratas; basta con echarle un vistazo a la historia del cristianismo. El enigma básico de El juego de los herejes, lo que mueve la acción (el MacGuffin de Hitchcock), proviene únicamente de las fuentes canónicas cristianas. Todo aparece en los evangelios; lo único que hace falta es saber verlo. Es más, estoy convencido de que la tesis de la novela es, al menos parcialmente, cierta.

En el siglo primero de nuestra era hubo un hombre cuya simple existencia ponía en entredicho algunos de los dogmas de la recién nacida secta cristiana. Ese hombre no podía ser abiertamente atacado, pues, pese a haber muerto, gozaba de gran prestigio entre los primeros cristianos. Así pues, durante un par de siglos su figura fue sometida a una paulatina deformación, hasta convertirla en prácticamente nada. ¿Por qué ese hombre, incluso el mero recuerdo de lo que realmente fue, era tan peligroso? Ése es el eje central de El juego de los herejes, el motor que tira de la acción de la novela.

Pero eso, supongo, sólo es un pretexto. Un MacGuffin, ya lo he dicho antes. Lo importante –si es que algo tiene importancia en mi novela-, son los personajes, la narrativa, el humor... en fin, lo puramente literario. Al respecto, sólo puedo decir algo: he intentado hacerlo lo mejor posible. Espero no haberme equivocado demasiado.

Y aquí se acaba el rollo autopromocional. Confío en que todos compréis la novela, que se la regaléis a familiares y amigos, y que la recomendéis a propios y extraños por todos los medios que estén a vuestro alcance, incluyendo pancartas, manifestaciones multitudinarias e inscripciones en los WC públicos. En el peor de los casos, no me tiréis tomates podridos.

Por último, si alguien no tiene nada que hacer y quiere matar el tiempo leyendo el comienzo de El juego de los herejes, no tiene más que pinchar AQUÍ.

lunes, enero 18

El juego de los herejes (1)

Ya está en las librerías, recién salida de la imprenta. Me refiero a mi última novela, El juego de los herejes, y sí, amigos míos, este post es pura y dura autopromoción.

El juego de los herejes (Espasa, 2010) es un thriller, la segunda novela protagonizada por la detective Carmen Hidalgo (la primera fue El juego de Caín, publicada también por Espasa en 2008). Pero antes de hablar de ella, permitidme comentar un poco el origen del personaje, aunque sólo sea por matar el tiempo y rellenar espacio. Veréis, una de las características de la literatura detectivesca, desde su mismo nacimiento, es la búsqueda de originalidad en la personalidad del investigador protagonista. Ya el mismísimo Sherlock Holmes, probablemente el personaje más germinal de la historia del género, proponía un modelo humano insólito; pero los investigadores que le siguieron no se quedaron atrás, desgranándose en una pléyade de personajes con personalidades muy marcadas y, por lo general, inusuales, cuando no abiertamente extravagantes. El obeso y agorofóbico Nero Wolfe, el pedante Philo Vance, el bonachón padre Brown, el exótico Charlie Chan, el irritante Hércules Poirot, el burgués Maigret, el irónico y solitario Marlowe, el violento Hammer, el falsamente despistado Colombo, el gris Wallender... la lista es enorme. Tenemos detectives que son monjes, o ancianitas, o robots, o autistas, o vampiros, o legionarios romanos, o filósofos griegos, o casi cualquier cosa que nos podamos imaginar. Quizá el último gran personaje de esa estirpe sea esa hacker disfuncional y asocial que es Lisbeth Salander, la excelente creación de Stieg Larsson, de la que hablaré largo y tendido en otra ocasión.

Pues bien, hará más o menos una década, me planteé crear mi propio modelo de detective. De entrada, debo confesar que no me atraen los héroes cargados de testosterona que lo resuelven todo a hostias y tiros, así que desde el principio tenía claro que iba a ser una mujer. Durante un tiempo le anduve dando vueltas al personaje de una mujer de clase media-baja, muy joven, casada con un policía (no un inspector, sino un vulgar agente uniformado), cuya principal característica consistía en ser una superdotada intelectual que no había podido desarrollar plenamente sus capacidades a causa de su humilde procedencia. Por aquel entonces ya se llamaba Carmen. En el argumento que desarrollé (mentalmente), Carmen descubría que estaba embarazada y se planteaba comprar un piso más grande, pero no tenía dinero. A través de su marido, se enteraba de que una ricachona ofrecía una sustanciosa recompensa a quien le informara sobre el paradero de su hija desaparecida. Como la pasta le venía muy bien, Carmen se ponía a investigar el caso junto con una vecina amiga suya -una maruja almodovariana- y un primo de ésta, sicario de los narcos gallegos.

Ni siquiera comencé a escribir esa novela. La historia que había imaginado se me antojaba demasiado melodramática y el personaje central resultaba un poco soso. Además, la relación entre Carmen y su vecina no era más que una versión lumpen (y barata) del clásico binomio Holmes-Watson. Así que me olvidé del asunto. Pero al cabo de unos años, a causa de una propuesta editorial (luego fallida), retomé el proyecto.

Del material que había elaborado sólo me interesaba que el personaje central fuese una mujer de clase media-media o media-baja, pero el resto no valía para nada. O casi. Porque si bien aquella Carmen inicial carecía de una personalidad carismática, había otro personaje que sí apuntaba buenas maneras: su vecina. Pero yo no quería que mi protagonista fuese una maruja... Entonces se me ocurrió algo: ¿qué pasaría si mezcláramos a Almodóvar con Raymond Chandler? Y así, de pronto, surgió Carmen Hidalgo.

Carmen, una mujer de clase media-media, ni guapa ni fea, tiene 35 años y estudió Derecho, aunque practicó poco tiempo esa profesión, pues se casó muy joven con Gonzalo, un ex-policía que montó, y puso a su nombre, una pequeña agencia de detectives, y que luego la engañó, estafó y abandonó. Así que Carmen se vio obligada a sacar adelante un negocio cargado de deudas junto con el que luego será su socio, un ex-ladrón de unos 60 años llamado Hermenegildo Astray, también conocido como Hermes entre sus amigos y como Dosdedos por el mundo del hampa. Carmen vive sola, tiene un concepto entre escéptico y filosófico de la existencia, y hace gala de un irónico sentido del humor. Esa es su parte chandleriana. Y luego está la faceta almodovariana: su familia. Porque Carmen tiene una familia enorme, desmesurada: ocho hermanos, dieciséis tíos, tropecientos primos, cuñados, sobrinos... un grupo de gente bastante folclórico, como por ejemplo su madre, doña Gloria, una mujer entrometida y mandona de la que Carmen procura mantenerse lo más alejada posible.

Dada la magnitud de su familia, Carmen suele recurrir a ella cuando necesita colaboradores para su agencia. Uno de esos colaboradores es su prima Violeta, una hacker felizmente instalada en la obesidad mórbida, o su cuñado Santiago, un técnico de Telefónica que, por un módico precio, se compromete a “pinchar” cualquier teléfono. Y es que Carmen no es una detective sofisticada, ni una superdotada intelectual; es una mujer normal y corriente que logra resolver los casos a base de tesón, sentido común y alguna que otra chapuza.

En las historias de Carmen Hidalgo -narradas en primera persona por la irónica voz de la protagonista- la intriga detectivesca se mezcla con las relaciones entre los diferentes personajes, sobre todo los pertenecientes a la familia de la investigadora. Pero aún falta el último componente del cóctel. Carmen, como he dicho, es una mujer normal que ni maneja armas de fuego ni tiene la más remota idea de pelear, de modo que de vez en cuando tiene que recurrir a los servicios de un guardaespaldas llamado Ángel. En realidad, Ángel es un asesino a sueldo esquizofrénico que le profesa a Carmen un fidelidad perruna, un sicario sin apellidos ni pasado al que se le va la olla con frecuencia y que mata con alegre naturalidad. De hecho, una de las mayores preocupaciones de Carmen es evitar que Ángel vaya cargándose gente a su alrededor. Y aquí sucede algo curioso: Ángel es un tipo de edad indefinida, mediana estatura, menudo, casi frágil, con la piel tan pálida que deja traslucir el entramado de las venas; lleva el pelo peinado con gomina hacia atrás, tiene los ojos de un gris desvaído, una mirada extraviada que nunca parpadea y habla con voz muy suave, de niño pequeño. Cuando diseñé el personaje me propuse que fuera un tipo grimoso; y creo que lo conseguí: Ángel da grima. Sin embargo, es uno de los personajes más celebrados entre aquellos que han leído las novelas. Qué cosas...

En fin, la primera novela de Carmen Hidalgo fue El juego de Caín. El título hace referencia a un par de aspectos del argumento; por un lado el mundo del fútbol (un juego) y por otro... bueno, a algo que no debo revelar para no chafar el desenlace. Ahora, la segunda novela se llama El juego de los herejes. ¿Por qué insisto en el “juego”? Pues porque ambas novelas son en realidad un doble juego: un juego deductivo que invita la lector a intentar adelantarse a la detective en la resolución del caso y un juego moral que propone un dilema ético: ¿qué harías tú en el lugar de la protagonista? Pero hay algo más. ¿Conocéis un juego llamado “Mariembad”? Da igual, es un juego tramposo porque, si los dos contrincantes saben jugar bien, el que sale siempre pierde. Pues eso le pasa a mi detective: se enfrenta a poderes muy superiores a ella (el poder económico, el poder religioso, el poder político, la policía, el crimen organizado...) y Carmen sólo es la humilde propietaria de una minúscula agencia de detectives, de modo que es imposible que salga victoriosa. Aunque resuelva el caso, no logrará hacer justicia. Aunque gane, perderá. A fin de cuentas, a eso jugamos todos, ¿no?

Bueno, terminamos por hoy. En la próxima entrada comentaré un poco más El juego de los herejes. ¿Que me estoy poniendo pesadito con mi novela? Puede, pero, como el blog es mío, os jorobáis.

jueves, enero 14

Buenos propósitos

Hay dos momentos al año en los que hacemos recapitulación y nos proponemos una especie de borrón y cuenta nueva: las vacaciones de verano y después de Año Nuevo. El primer caso es un hito con cierta lógica -una temporada de descanso que permite refrescar la mente y adquirir perspectiva-, pero el segundo no tiene mucho sentido. Se trata sólo de un cambio de guarismo, el paso de un número al siguiente, una mera convención cultural (que, a fin de cuentas, es lo que es el calendario). Aunque, claro, también significa el final de un ciclo y el comienzo de otro, y los seres humanos somos muy sensibles a los ciclos.

Sea como fuere, el paso de un año a otro nos mueve a emprender un cambio de vida que, por desgracia, rara vez llevamos a cabo. Todo son buenos propósitos. Llevaré una vida más sana, iré al gimnasio, me haré valer en el trabajo, perderé la virginidad, escribiré una obra maestra, me la cascaré menos... Luego, claro, seguiremos dándole alegremente al colesterol, nos inscribiremos en un gimnasio que no volveremos a pisar, continuaremos siendo unos curritos con menos vida amorosa que el chofer del Papa, escribiremos las mismas chorradas de siempre y... bueno, eso sí, con los años practicaremos menos el onanismo, qué remedio. Hace un momento, he oído en la radio que el deseo para el año nuevo más citado en la Red es perder peso, lo cual resulta lógico teniendo en cuenta las entripadas navideñas. Eso me ha movido a preguntarme cuál sería, aparte de adelgazar, mi propósito para el 2010. O, dicho de otra forma, cuál de entre mis múltiples defectos debería proponerme corregir.

Dada la vastedad de la materia en cuestión (mis defectos), la elección se antoja compleja, pero en realidad no lo es. Hay defectos que no sólo son negativos en sí mismos, sino que además generan otros tachas del carácter. Son defectos-madre, por así decirlo. Pues bien, mi principal defecto-madre es, sin lugar a dudas, la impaciencia, que me genera además intolerancia y malhumor. Y es curioso, amen de paradójico, pues me dedico a escribir, una labor lenta que requiere toneladas de paciencia. Pero, aparte de eso, en todos los demás aspectos de la vida soy un cagaprisas intolerante. En fin, podría deberse a mi pasado publicitario –pues la publicidad es uno de los trabajos más acelerados que existen-, pero lo cierto es que el problema viene de mucho antes. Recuerdo que, cuanto tenía dieciséis o diecisiete años, una amiga me pidió que le explicara algo, no recuerdo qué, sobre matemáticas. Quedamos en un bar, comencé a explicarle el asunto... y a los diez minutos me sorprendí a mí mismo gritándole desaforadamente a mi más bien obtusa amiga y reprimiendo unas inmensas, avasalladoras, ganas de estrangularla.

Para que os hagáis una idea de las dimensiones de mi impaciencia, os narraré una de las situaciones que más irritación asesina me provocan. Seguro que habéis vivido algo similar. Veamos: estoy en la cola de una caja del supermercado y justo delante de mí hay una venerable anciana de setenta y tantos años, una dulce abuelita de suaves modales y sonrisa seráfica. Después de esperar quince minutos en la cola, llega el turno de la ancianita y la buena mujer saca trabajosamente los artículos del carrito, para luego colocarlos en el mostrador de la caja muy despacio, despacísimo. Vale, pienso con calma, la pobre mujer tiene artritis, reuma o cualquier otra dolencia que le impide moverse con diligencia. Pobrecilla.

La cajera pasa los artículos por el escáner y le comunica a la frágil anciana el montante de la operación. Entonces sucede algo terrible. La anciana, con movimientos tan parsimoniosos que parece que estuviera debajo del agua, se descuelga el bolso del brazo, lo abre, saca la cartera y la abre. Podría haberse ocupado de todo eso mientras la cajera hacía su trabajo, pero no, ha tenido que esperar hasta que el último yogur pasara por el escáner. Pero no importa, con la edad se pierden los reflejos, ya se sabe. Bueno, cabría esperar que la provecta anciana sacase unos billetes, pero no, eso sería lo fácil. Por alguno motivo que no alcanzo a atisbar, la delicada anciana tiene el monedero de su cartera atiborrado de monedas, la inmensa mayor parte de ellas céntimos. Y lentamente, porque no ve ni pijo, empieza a depositar las moneditas en el mostrador, una a una, equivocándose varias veces al contar. Para entonces, yo estoy estupefacto; ¿de dónde cojones ha sacado esa mujer tantísimas monedas? Descartando que se dedique a robar los cepillos de las iglesias, sólo se me ocurre una alternativa: la buena señora, sin duda una jubilada con muchas horas libres, mata el tiempo yendo cada mañana a la caja de ahorros, donde cambia un billete de cincuenta en tropecientos céntimos, para luego dirigirse al supermercado y divertirse mareando a la cajera. Pero esto sólo es una suposición, claro.

El caso es que aquí se abren dos alternativa: 1. Después de equivocarse varias veces contando las monedas, la pulcra anciana descubre que no tiene suficientes céntimos para completar el montante. 2. Después de equivocarse varias veces contando las monedas, la débil anciana deja el precio exacto sobre el mostrador. Entonces, la cajera vuelve a contar las monedas (más deprisa, pero, ay, son tantas...) y descubre que aún faltan unos cuantos euros. En ambos casos, la entrañable anciana volverá a rebuscar pausadamente en su monedero y en su bolso, convencida de que por alguna parte debe de haber otro filón de céntimos. Pero no lo hay, así que la tierna anciana, con toda la parsimonia del mundo, saca un billete de cinco o diez euros, lo deja sobre el mostrador y se pone de nuevo a contar monedas para completar el total. Tras equivocarse de nuevo varias veces, la buena mujer deja el billete y las monedas frente a la cajera, que vuelve a contarlas para descubrir que todavía falta pasta. Pero como tiene las monedillas sobrantes a mano, se ocupa ella misma de corregir el error. ¡Un hurra por la cajera!

Bien, el pago se efectúa y la cajera le tiende el tíquet a la simpática anciana. Ésta coge el recibo, lo lee con atención (y con dificultad, ya hemos dicho que ve menos que un gato de escayola), lo dobla cuidadosamente y lo guarda en la cartera; luego, se pone a meter los céntimos sobrantes en el monedero, uno por uno, con calma, no vaya a fracturarse un dedo. Concluida la recolecta de monedillas, la gentil anciana cierra el monedero, lo guarda y cierra el bolso. Todo muy despacio. A continuación, se pone a meter los artículos que ha comprado en bolsas, sin prisas, colocando y recolocando todo con meticulosa calma. Finalmente, como a cámara lenta, se ajusta el abrigo, se cuelga el bolso del hombro, coge el bastón y las bolsas, se despide de la cajera y se aleja pausadamente.

Pero, mucho antes de que eso último suceda, allí estoy yo, congestionado, con las manos aferradas al carrito y una vena latiéndome en la sien, sudando adrenalina y conteniendo a duras penas el irrefrenable deseo de agarrar a esa vieja de los cojones por el cuello y hacerle tragar, uno a uno, todos los puñeteros céntimos que lleva en el maldito bolso. La estrangularía, le arrancaría las tripas y saltaría a la comba con ellas, la empalaría con su jodido bastón... ¿Veis? Eso que acabo de describir, un escena que a muchos enternecería, a mí, por culpa de mi impaciencia, lo único que me produce es un profundo furor asesino. Y, no cabe negarlo, un defecto que te mueve a querer despellejar a una inefable abuelita es, sin duda alguna, un pésimo defecto. Así que ése es mi buen propósito, lo que le pido al nuevo año: paciencia.

Pero la quiero ya, ¿eh?, ahora mismito.

miércoles, diciembre 30

Feliz 2010

Queridos amigos, merodeadores todos: como siempre, Pepa, Óscar, Pablo y yo nos vamos a San Sebastián para pasar el fin de año con mi familia política. Cuando volvamos a reunirnos en el Café Babel, el 2010 ya presidirá todos los calendarios. Una bonita fecha ésa, ¿verdad? Suena futurista. En fin, dado que, según una opinión muy extendida en Internet y entre los mayas, sólo faltan dos años para el fin del mundo, ¿por qué no aprovechamos el tiempo que nos queda? Ahora que lo pienso, creo que ese es un buen deseo para el año que comienza: vivid como si sólo os quedaran dos años de existencia. Haced lo que nunca os habéis atrevido a hacer y decid todo lo que hasta ahora os habéis callado. Y, si después de eso no os han metido en la cárcel, ¡feliz año nuevo!

Un abrazo tan grande que otros abrazo más pequeños orbitan alrededor de él.

jueves, diciembre 24

Un relato navideño: "El secreto de madame Ishtar"

Como cada año, amigos míos, quiero desearos felices fiestas regalándoos lo único que puedo ofreceros mediante este blog, que no sé si es mucho o es poco, pero desde luego es lo mejor de mí que puedo daros: un historia, un cuento de Navidad. El relato de este año se llama El secreto de madame Ishtar y trata sobre el amor y otras desgracias. Está escrito ex profeso para vosotros, los merodeadores de Babel (acabé de redactarlo esta mañana), pero también en memoria de Eduardo Mallorquí, mi hermano, y en recuerdo de las tristísimas navidades de 1972.

Vale, no nos pongamos fúnebres; esta noche y mañana celebramos la Navidad, o el solsticio, o el Sol Invictus, o simplemente que la Estación del Sueño ha llegado, así que debemos alegrarnos. Porque estas fiestas son antiguas, muy antiguas, mucho más que el cristianismo, y al celebrarlas nos unimos de algún modo a los cientos de millones de personas que las celebraron en el pasado, nos convertimos en una hebra más del gran tapiz de la humanidad. Justo lo que somos: puntadas en un descomunal tapiz. Algún día desapareceremos y otros seguirán haciendo lo mismo que nosotros en estas mismas fechas, pero hoy todavía estamos vivos y eso ya es un buen motivo para alzar una copa y brindar.

Miro por la ventana y compruebo que ya ha anochecido. Ahora, cuando suba esto al blog, iré a la cocina y, como todos los años, comenzaré a preparar la cena junto con Pepa. Así que aquí os dejo con El secreto de madame Ishtar. Espero que os guste y os deseo lo mejor, para estas fiestas y para siempre. Un beso y feliz Solsticio/Navidad.


El secreto de madame Ishtar

César Mallorquí


El hombre que le abrió la puerta de aquel lujoso chalet de La Moraleja era muy joven –no más de 25 años- y extremadamente guapo; de hecho, se parecía mucho a Brad Pitt. Damián abrió la boca para presentarse, pero el joven le interrumpió indicándole con un gesto que le siguiese y luego le condujo a un enorme salón que irradiaba opulencia y buen gusto por los cuatro costados.
—Siéntese, señor García –dijo con marcado acento extranjero la juvenil versión de Brad Pitt -. Anunciaré su llegada a madame Ishtar.
Damián, obediente, se acomodó en un confortable sillón de cuero negro y observó con timidez cómo aquel Apolo vestido de Armani desaparecía tras una puerta que conducía al interior de la mansión. Luego, paseó la mirada por la estancia hasta detenerla en uno de los cuadros que colgaban de las paredes. ¿Era un Picasso? Desde luego, no parecía una reproducción, igual que no lo parecían el resto de las piezas de arte moderno que adornaban el desmesurado salón. A decir verdad, Damián estaba desconcertado; no esperaba que el hogar de una bruja fuese así.
Al cabo de unos minutos de solitaria espera, Damián cruzó los brazos y se preguntó qué demonios hacía allí. Había ido por Susana, claro, y por la felicitación de Navidad de Aurelio Castro. Pero sobre todo por Susana, ella era la verdadera razón de aquella locura. Si no tuviera que verla todos los días, se dijo por enésima vez, si no compartieran el mismo despacho, entonces quizá pudiera apartarla de su mente, olvidarla; pero Damián llevaba un año, tres meses, dos semanas y cuatro días viéndola cada jornada laborable, y ya desde el mismo momento en que la conoció se sintió atraído hacia ella; un sentimiento que pronto se transformó en amor y que no hizo más que acrecentarse conforme transcurría el tiempo.
Y no era de extrañar. Porque Susana Ruiz, licenciada en Económicas, contaba veinticuatro años, medía un metro setenta y dos de estatura, tenía el pelo moreno, los ojos verdes y una figura de quitar el aliento. Era, en resumen, una belleza. Pero es que además era inteligente, simpática, amable, colaboradora y estaba dotada de un chispeante sentido del humor. ¿Cómo no enamorarse de alguien así? Todos los varones de la oficina bebían los vientos por ella, pero Damián, que la tenía enfrente ocho horas al día, cinco días a la semana, fue quien más profundamente cayó bajo su influjo.
Y eso era un desastre, porque Damián, sencillamente, no estaba a la altura. De entrada, ya no era joven; en marzo cumpliría cuarenta y un años bastante mal llevados. Además, se estaba quedando calvo, tenía una cada vez más prominente tripa y carecía de especiales habilidades sociales; no era ni guapo, ni inteligente, ni simpático. A decir verdad, se hallaba un par de escalones por debajo de la vulgaridad. Y, para colmo de males, estaba casado y tenía dos hijos.
Al recordar a su mujer, Damián cerró los ojos y suspiró. Julia Martínez, a sus treinta y nueve años de edad, tampoco era guapa, ni inteligente, ni simpática. De hecho, Damián comenzó a salir con ella porque era la única mujer que estaba dispuesta a acostarse con él sin cobrar nada a cambio. Luego, la relación se fue prolongando y, al cabo de los años, por pura inercia, desembocó en un matrimonio donde sólo había verdadero amor por parte de ella, y mera costumbre por parte de él. Más tarde, llegaron los hijos –Quique y Laura- y, con cada embarazo, Julia ganó kilos y contorno de caderas, avejentándose prematuramente. Pero a Damián no le importó; se había acostumbrado a aquella vida y no esperaba más de ella. Además, Julia, si bien no era ni guapa, ni inteligente, ni simpática, estaba completamente enamorada de él y siempre se mostraba dulce y sumisa, de modo que Damián se sentía cómodo a su lado.
Pero todo eso cambió cuando Susana entró en su vida. De pronto, al compararla con ella, Damián fue plenamente consciente de lo poquita cosa que era Julia y, durante un tiempo, sintió que su matrimonio, su vida entera, eran una trampa en la que había caído sin darse cuenta, y pensó en rebelarse, en romper las cadenas que le ataban a una existencia anodina; pero un día, cuando, al salir de la ducha, se contempló en el espejo del baño con más detenimiento de lo usual, se dio cuenta de que no era cierto, no había caído en ninguna trampa, porque la trampa, el problema, era él.
Al comprender que jamás conseguiría conquistar el corazón de Susana, que era absurdo planteárselo siquiera, Damián se sumió en una profunda depresión y se resignó a vivir con la amargura de un amor imposible consumiéndole por dentro. Hasta que un día, a mediados de diciembre, recibió una felicitación navideña de su viejo amigo Aurelio Castro.
Aurelio y Damián habían sido compañeros de colegio e inseparables camaradas durante sus años estudiantiles. En realidad, se parecían mucho, pues ambos eran exactamente igual de mediocres; aunque, al final, Aurelio acabó dando una sonora campanada. Después del colegio, al concluir sus estudios universitarios, ambos fueron distanciándose poco a poco; sus vidas tomaron caminos divergentes y dejaron de verse. Durante mucho tiempo, Damián no supo nada de su viejo amigo; pero un día, tres años atrás, vio en el telediario una noticia que le dejó estupefacto: Catherine Baxter, la estrella más rutilante de Hollywood, se había casado sorpresivamente con un camarero español llamado Aurelio Castro. Al principio, Damián pensó que el nombre era una coincidencia, pero luego la pantalla del televisor mostró imágenes del novio y ya no le cupo la menor duda: era él, su amigo, el infeliz que, igual que Damián, siempre había sido incapaz de comerse una rosca.
¿Cómo consiguió Aurelio casarse con la joven actriz más bella y famosa de la cinematografía mundial? Ese misterio había acompañado a Damián durante años. Y, de pronto, una inesperada felicitación navideña de su amigo, y en ella una nota escrita a mano: “Estaré en Madrid a partir del 14 de este mes. Llámame”. Debajo, un número de teléfono. Como es lógico, la curiosidad se impuso; Damián telefoneó a Aurelio y quedaron en verse al día siguiente.
Aurelio Castro estaba alojado en una suite del hotel Ritz. Pese al tiempo transcurrido, apenas había cambiado; es cierto que tenía buen aspecto, que vestía un traje carísimo y que el Rolex de oro que llevaba en la muñeca izquierda relucía como un faro, pero en el fondo seguía siendo el mismo tipo feo y bajito de siempre. Tras saludarse con un fuerte abrazo, se dirigieron al bar del hotel, se sentaron a una mesa y, después de pedirle al camarero un par de copas, charlaron sobre lo que había sido de ellos durante los últimos años; aunque, en realidad, quien más habló, pues tenía más que contar, fue Aurelio. Su actual vida, según describió, era la típica vida de un multimillonario ocioso. Finalmente, una vez que se hubieron puesto al tanto de sus mutuas biografías, Damián preguntó:
—Bueno, ¿cómo es que has vuelto a Madrid?
—Kathy y yo vamos a pasar las navidades con mis padres.
—Así que la famosa Catherine Baxter es “Kathy” para ti... ¿Dónde está tu flamante esposa?
—En Los Ángeles. Tiene que rodar con George Clooney unas escenas suplementarias para su última película, pero se reunirá conmigo antes de Nochebuena.
Damián le contempló con incredulidad y sacudió la cabeza.
—Aún me cuesta creérmelo –dijo-. ¿Cómo es posible que te hayas casado con una estrella de Hollywood? Entiéndeme, me alegro mucho por ti, pero no me lo explico; eres una persona normal y corriente, y a las personas normales y corrientes no les suceden esas cosas.
Aurelio sonrió.
—A veces ocurren milagros –dijo con un encogimiento de hombros-. Kathy dio una fiesta en su casa, yo era uno de los camareros, ella se fijó en mí, charlamos, nos vimos de nuevo y... en fin, surgió el amor.
¿Y por qué demonios una diosa de la pantalla se fijó en alguien tan vulgar?, pensó Damián, aunque no lo dijo. En vez de ello, comentó:
—Es como un cuento de hadas... –Dejó escapar un suspiro y agregó-: Qué suerte tienes, cabrón.
Aurelio entrecerró los ojos y observó a su amigo.
—¿Te pasa algo? –preguntó-. Pareces... no sé, triste.
Damián jamás le había confesado a nadie sus sentimientos hacia Susana Ruiz y, con el paso del tiempo, aquel íntimo secreto había acabado convirtiéndose en una pesada carga, así que de pronto, casi sin proponérselo, se lo contó todo. Aurelio le escuchó en silencio y, cuando Damián concluyó el relato de sus cuitas amorosas, preguntó con una sonrisa:
—¿Lo de esa chica no será un capricho? Ya sabes, la crisis de los cuarenta.
Damián le miró con ojos de carnero degollado.
—Llevo más de un año perdidamente enamorado de Susana. ¿Es eso un capricho?
—Bueno, ya sabes lo que decía Oscar Wilde: la diferencia entre un capricho y un amor eterno es que el capricho dura algo más.
Damián sonrió con tristeza y dejó caer la mirada. Aurelio le contempló en silencio, pensativo, mientras daba un largo sorbo a su bebida. Luego, depositó el vaso sobre la mesa, arqueó las cejas y preguntó:
—¿Y si te dijera que esa chica, tu compañera de trabajo, puede ser tuya?
—¿Qué?
Aurelio se inclinó hacia él con aire confidencial.
—Antes –dijo en voz baja-, cuando me preguntabas por Kathy, te parecía inexplicable que una mujer así se hubiera casado conmigo, pero en realidad querías decir con alguien tan vulgar y mediocre como yo. Y tienes toda la razón del mundo; en circunstancias normales, Catherine Baxter jamás me habría prestado la más mínima atención. Pero es que las circunstancias no fueron normales.
—¿Qué quieres decir?
Aurelio sonrió.
—Que hice trampas. Utilicé un filtro de amor.
Damián torció el gesto.
—Joder, Aurelio –dijo-, que estoy hablando en serio...
—Y yo también. Escucha: hace años conocí al marido de una miss universo, un tipo realmente feo. Nos hicimos amigos y al cabo del tiempo, como era inevitable, acabé preguntándole cómo era posible que estuviese casado con una mujer tan guapa. Entonces me habló de madame Ishtar, una hechicera que, según me aseguró, fabricaba los más eficaces filtros de amor del mundo. Al principio, igual que tú, no le creí, pero él me dio su dirección e insistió en que la visitase. Lo hice y... esa mujer me convenció, así que le compré su extraordinaria mercancía.
A continuación, Aurelio prosiguió su historia relatando cómo, con la poción a buen recaudo, se había trasladado a Los Ángeles. Una vez allí, averiguó cuál era la empresa de catering que usualmente trabajaba para Catherine Baxter. Consiguió un empleo de camarero en dicha empresa y, finalmente, un buen día sus servicios fueron requeridos para una fiesta en la mansión de la señorita Baxter. Lo más sencillo de todo, especialmente para un camarero, fue agregar el filtro de amor a una de las bebidas de la actriz.
—Un mes más tarde –concluyó Aurelio-, nos casamos.
A Damián le resultaba muy difícil creerse aquella historia, pero su amigo insistió tanto en que era cierta que, al final, acabó dudando.
—Hagamos una cosa –propuso Aurelio-. Telefonearé a madame Ishtar y le pediré que te reciba. Tú vete a verla y decide por ti mismo.
No muy seguro de lo que estaba haciendo, Damián aceptó. Luego, ambos se dirigieron al restaurante del hotel y siguieron charlando, aunque no volvieron a mencionar el tema de los filtros de amor. Sin embargo, al día siguiente Aurelio telefoneó a su amigo al trabajo y le dijo:
—Madame Ishtar ha aceptado. Te recibirá mañana a las nueve de la noche en su casa.
Acto seguido, le proporcionó una dirección perteneciente a La Moraleja, una urbanización de lujo de Madrid. Damián le dio las gracias y, tras despedirse, colgó. En principio, no tenía la menor intención de acudir a esa cita, pues se trataba de una historia evidentemente absurda; sin embargo, conforme pasaban las horas, mientras contemplaba de reojo a la maravillosa Susana sentada frente a su escritorio, aquella decisión inicial se fue debilitando. ¿Y si era verdad? Además, después de las molestias que se había tomado, no podía dejar en mal lugar a Aurelio. Y, en cualquier caso, ¿qué podía perder acudiendo a aquella cita? Como mucho, el tiempo.
Y allí estaba, aguardando en un fastuoso salón la llegada de una bruja llamada madame Ishtar y sintiéndose el hombre más ridículo del mundo. Por fin, tras diez largos minutos de espera, una puerta se abrió y entró en la estancia una mujer de entre setenta y ochenta años de edad, muy delgada, con muchas arrugas y excesivo maquillaje. Vestía una túnica negra, larga hasta los pies, y se cubría la cabeza con un turbante violeta en cuya parte frontal relucía un enorme rubí. Al verla entrar, Damián se incorporó y le tendió la mano, pero ella, ignorando el saludo, le indicó con un gesto que se sentase y se acomodó a su vez en un sillón.
—Soy madame Ishtar –dijo con voz un tanto cascada.
—Yo soy Damián García –repuso él entono inseguro-. He venido para...
—Ya sé para qué has venido –le interrumpió la anciana-. Pero, antes de entrar en materia, permíteme una pregunta: La dama cuyo corazón quieres conquistar, ¿es rica?
—Pues... no.
—Ah, entonces es que estás enamorado. Déjame adivinar: se trata de una mujer más joven que tú, probablemente una compañera de trabajo. ¿Me equivoco?
—¿Se lo ha contado Aurelio?
Madame Ishtar soltó una risita similar al graznido de un cuervo.
—No ha sido necesario. Han pasado tantas personas por aquí en tu misma situación que ya no necesito ni preguntar. En realidad, la gente que requiere mis servicios sólo persigue una de estas tres cosas: o dinero, o belleza, o romance. Tú perteneces al tercer grupo. Bueno, vamos al grano.
La anciana sacó de un bolsillo de su túnica un frasquito azul con tapa de plata y se lo mostró a Damián.
—Esto es un filtro de amor –prosiguió-. Su funcionamiento es muy sencillo. Debes introducir en su interior un trocito de uno de tus cabellos. Luego, lo agitas durante treinta segundos y se lo das a beber a la afortunada. Puedes mezclarlo con cualquier bebida; la poción es incolora, inodora e insípida.
—Y la mujer que lo beba... ¿se enamorará de mí?
—Instantáneamente y para siempre.
Damián titubeó durante unos segundos y preguntó:
—¿Cuánto vale?
Madame Ishtar hizo un gesto vago.
—Valer, lo que se dice valer, muy poco –respondió-. De hecho, el coste del frasco es muy superior al de la pócima. Pero claro, lo importante es la composición del filtro, y ese es mi secreto, algo que nadie más conoce, lo cual, como es lógico, encarece el importe. No obstante, el precio es elástico, depende de las circunstancias de cada cliente. En tu caso concreto, te costará 13.453 euros.
—¡¿Qué?! –exclamó Damián-. ¡Pero eso es una barbaridad!
—No tanto –replicó la anciana con aire aburrido-. En la cuenta corriente tienes 16.453 euros, así que te dejo tres mil para que pases las fiestas. Es una ganga.
—¿Cómo sabe cuánto dinero tengo en el banco?
Madame Ishtar graznó una nueva risita.
—Soy una bruja –repuso-. ¿Qué esperabas?
Damián respiró hondo y se incorporó.
—Disculpe –dijo-, lamento haberle hecho perder el tiempo, pero...
—¡Siéntate! –restalló la anciana. Damián obedeció en el acto y ella prosiguió-: Esto es lo más fastidioso de mi trabajo, la estúpida incredulidad de mis clientes. Escucha, Damián García: hay personas que han pagado millones por uno de mis filtros y yo te la estoy ofreciendo a ti por una miseria. Sin embargo, te parece demasiado dinero por un frasquito, ¿verdad?, porque no te das cuenta de que lo que compras no es un brebaje, sino satisfacer el mayor de tus deseos. Aunque, claro, quizá te esté engañando, puede que sea una estafadora... –Hizo una pausa-. En realidad me llamo Dolores Clavijo; Ishtar es mi nom de guerre, por así decirlo; y esa es toda la falsedad que hay en mí. Pero, claro, necesitas pruebas. Pues bien, te daré pruebas.
La anciana cogió una campanilla de plata que descansaba sobre la mesa central y la hizo tintinear durante unos segundos. Al poco, el Apolo que había recibido a Damián entró en el salón.
—Te presento a John Owen, un famoso modelo publicitario australiano –dijo madame Ishtar-. Quizá le hayas visto en algún anuncio de Calvin Kline. John y yo somos íntimos amigos. Muy íntimos. –Se volvió hacia el joven y le preguntó-: Dime Johnny, ¿me quieres?
—Ya sabes que sí, Lola. Te adoro.
—Entonces, ¿por qué no me besas?
Con una sonrisa, el joven se inclino hacia la anciana y la besó en los labios, largamente, con pasión, recorriendo con su lengua el interior de aquella boca vieja y desdentada. Finalmente, madame Ishtar le apartó con firme suavidad y le ordenó:
—Ya puedes retirarte. Mi cliente y yo tenemos que hablar en privado.
Sin decir nada, el joven abandonó el salón. Entonces, la anciana contempló a Damián y le preguntó:
—¿Qué has visto?
Damián parpadeó un par de veces, asombrado. Había visto amor, deseo y lujuria en la mirada de aquella fotocopia de Brad Pitt mientras besaba a una vieja momia; incluso había advertido cómo se le abultaba el vaquero a la altura de la bragueta. Lentamente, Damián sacó un bolígrafo y una chequera del bolsillo interior de su americana y preguntó:
—¿Acepta cheques?
Madame Ishtar sonrió.
—Al portador, si no te importa.
Damián rellenó el cheque, se lo dio a la anciana y ella, a su vez, le entregó el frasquito azul. Luego, le acompañó a la salida, pero antes de despedirse preguntó:
—¿No crees que sería mejor utilizar el filtro con una mujer hermosa y rica, como hizo tu amigo Aurelio? Tú vida mejoraría mucho.
Damián negó con la cabeza.
—No es eso lo que quiero –dijo.
—Ah, el amor natural –suspiró madame Ishtar-; es tan caprichoso... En fin, espero que uses sabiamente mi poción. Buenas noches, Damián García. Ah, y feliz Navidad.
Dicho esto, cerró la puerta.

* * *
A partir de su encuentro con madame Ishtar, Damián llevó todos los días al trabajo el filtro de amor, esperando la oportunidad de poder suministrárselo a Susana; sin embargo, por un motivo o por otro, esa oportunidad nunca se presentó. Pero a Damián no le importaba; faltaba poco para la fiesta de Navidad de la empresa y ese sería el momento perfecto para llevar a cabo sus planes.
Y finalmente, el día veintidós, se celebró la fiesta. Por la tarde, antes de ir a cenar todos juntos a un restaurante cercano, sirvieron una copas en la oficina y Damián, perdido en el bullicio que montaban sus compañeros de trabajo, contemplaba desde lejos a su adorada Susana, pensando en lo poco que faltaba para que aquella deliciosa mujer respondiese al fin a un amor hasta entonces no correspondido...
Al anochecer, cuando el número de dipsómanos había aumentado ya notablemente, Damián se encerró en su despacho, se sentó en su silla y puso el frasquito azul sobre el escritorio, delante de él; luego, sacó del cajón unas tijeras. Ahora todo lo que tenía que hacer era cortarse un cabello, añadirlo al filtro y agitarlo. Después, vertería el bebedizo en una copa de champán, se la llevaría a Susana y le ofrecería un brindis. Nadie se niega a brindar con un compañero de trabajo. Entonces, sería suya.
Damián cogió uno de sus cabellos entre el índice y el pulgar de la mano izquierda y alzó las tijeras, pero no llegó a efectuar el corte. Tenía la sensación de que algo no era correcto. Dejó las tijeras sobre la mesa y se quedó mirando el frasquito azul. Hasta entonces, aquel mágico bebedizo se le había antojado un inesperado milagro, pero ¿qué era en realidad? De hecho, ¿qué se proponía llevar a cabo? Iba a torcer la voluntad de una persona para obligarla a amarle... De repente, aquello le pareció una especie violación; o aún peor, pues en una violación sólo se profana el cuerpo y lo que él se proponía hacer era quebrantar el espíritu. Aunque, por otro lado, ¿qué diferencia hay entre un amor espontáneo y otro inducido? Ninguna. Susana jamás se enteraría. Pero él sí. ¿Le importaba?
¿Y las consecuencias de aquel acto? La primera de ellas sería perder a su familia. Habría un divorcio y Julia se quedaría con la custodia de los niños. Damián se estremeció; hasta entonces no había pensado en los efectos que tendría un romance con Susana, pues jamás había pensado que tal romance fuera posible, pero ahora, cuando el milagro estaba a punto de suceder, se daba cuenta por primera vez de que conseguir a la mujer de sus sueños significaba renunciar a sus hijos.
Damián sacó de un cajón un marco con la foto de su mujer y de sus hijos y la contempló pensativo. Antes, aquella foto descansaba sobre el escritorio, pero cuando Susana entró a trabajar en la oficina, Damián, como si de repente se avergonzara de ellos, la ocultó. Qué acto más infantil, triste y miserable, pensó. Luego, sin apartar los ojos del retrato de su familia, intentó imaginarse el dolor que le iba a causar a Julia. No la amaba, pero era una buena mujer y no se merecía ese sufrimiento. ¿Y sus hijos; cómo les afectaría a Quique y a Laura la separación de sus padres? ¿Y a él, cómo le afectaría semejante ruptura? Damián no podía imaginarse la vida sin ver cada mañana a sus hijos. Porque, evidentemente, Julia se quedaría con la casa y él tendría que buscarse algún alquiler barato, pues gran parte de su sueldo estaría destinado a mantener a su antigua familia.
De repente experimentó un enorme agobio y se sintió de nuevo atrapado en un callejón sin salida. No, aquello que se proponía hacer no estaba bien, sólo iba a causar desastres y dolor... Durante un instante estuvo tentado de coger el frasquito azul y estamparlo contra la pared, pero se contuvo. Había invertido casi la totalidad de sus ahorros en aquel bebedizo, no podía deshacerse de él así como así.
Además, debía tener presente lo más importante: Susana. No quería renunciar a ella, no quería renunciar al amor y a la felicidad. Pero, ¿no sería la poción de madame Ishtar el camino directo a una clase de infelicidad que ni siquiera el amor puede mitigar?
Y entonces, de repente, en un rapto de afortunada inspiración, lo comprendió. El eje de aquel dilema era él; no debía pensar ni en Julia, ni en sus hijos, ni en Susana, no debía tenerlos en cuenta, ni planteárselo siquiera. Lo único importante era su amor.
Damián cogió el filtro y lo contempló sonriente. Ya estaba listo para utilizarlo.

* * *

Julia Martínez regresó a su casa a las nueve de la noche. Había pasado la tarde con Quique y Laura en un parque infantil de Navidad y estaba agotada, así que dejó a sus hijos viendo la televisión en la sala y se dirigió a su cuarto para cambiarse de ropa. Entonces, cuando estaba en el pasillo, advirtió la luz que se colaba por la rendija de la puerta del dormitorio. ¿Había vuelto Damián? ¿Tan pronto? Era extraño, pues aquel día era la fiesta de Navidad de la oficina y se suponía que llegaría tarde. ¿Le habría sucedido algo? Hacía tiempo que Damián estaba raro, distante, como si siempre tuviese la cabeza en otra parte. Julia le había preguntado al respecto, pero él siempre decía que no le pasaba nada, aunque ella sabía que mentía, que había algo, algún problema, carcomiéndole por dentro.
De pronto, la puerta del dormitorio se abrió y Damián salió al pasillo.
—Ya has llegado –dijo, mirándola con una gran sonrisa.
Entonces, se acercó a ella, la abrazó y la besó en los labios, con pasión, con deseo, con profundo amor. Hacía mucho tiempo que Damián no la besaba así. En realidad, jamás la había besado así. Cuando el largo e intenso beso llegó a su fin, Julia se apartó, un poco sofocada, y, sin saber muy bien qué decir, dijo:
—¿Cómo es que has vuelto tan pronto? ¿Ha sucedido algo?
—No –mintió Damián-; no ha pasado nada.
Pero claro que había pasado algo. Damián había comprendido aquella tarde, en la soledad de su despacho, que lo verdaderamente importante era él, su amor, lo que sentía y no necesariamente hacia quién lo sentía. Por eso, Damián abandonó la oficina en mitad de la fiesta, se dirigió a su casa, entró en el cuarto de baño, buscó el cepillo del pelo de su esposa y cogió uno de los cabellos que estaban enredados en las púas. Luego, lo metió en el filtro de amor, agitó el frasco azul durante treinta segundos y finalmente, sin dudarlo un instante, se tomó la poción de un trago. Eso era lo que había ocurrido, nada más.
—Entonces –insistió Julia-, ¿por qué te has ido tan pronto de la fiesta?
Damián la miró a los ojos con infinita ternura.
—Porque quería estar contigo y decirte que te quiero con todo mi corazón.
Julia se sonrojó.
—Y yo a ti, Damián –musitó. Luego, con una mezcla de felicidad y extrañeza, agregó-: No sé qué te ha pasado, pero pareces distinto.
—Será el influjo de la Navidad –repuso él, abrazándola de nuevo.
—Entonces –murmuró ella, devolviéndole el abrazo-, feliz Navidad, Damián.
—Sí, mi amor –le susurró Damián al oído mientras la acariciaba-; tengo el presentimiento de que éstas serán las navidades más felices de nuestras vidas.
Tenía razón: lo fueron.