jueves, julio 22

La vida secreta de los fósiles

¿Tenéis imaginación? Vale, pues entonces imaginaos que estamos en un viejo café, sentados en torno a un velador de mármol blanco con vetas grises. Son las doce de la mañana y fuera, en la calle, cae un sol de plomo fundido, pero dentro del local reverbera el fresco zumbido del aire acondicionado. Estamos tomando unos cafés con hielo; si no te gusta el café, puedes pedir lo que quieras. La gente charla en voz baja; se escucha el tintineo de los vasos y las tazas. ¿De acuerdo? ¿Os lo imagináis? Pues ahora hablo yo...

John Lennon dijo que la vida es lo que ocurre mientras pasamos el tiempo haciendo planes. Reconozco que malinterpreté esta frase; creí que significaba que, aunque hagamos planes para el futuro, la vida acaba imponiendo su ley. Algo así como Los mejores planes de ratones y hombres a menudo se frustran y no nos dejan más que sufrimiento y dolor por el gozo prometido. Pero no, me equivocaba; Lennon pretendía decir algo muy distinto. Advertí mi error al darme cuenta de lo perdido y equivocado que estoy yo, de lo lejos que me encuentro de la vida y de lo cerca que me hallo de la fosilización.

No, no es nada grave, no os preocupéis. Se trata de algo íntimo, emocional y, supongo, estúpido. Veréis, no es lo mismo oír una música que escucharla, no es lo mismo ver algo que contemplarlo, no es lo mismo estar en un lugar que sentir ese lugar y no es lo mismo pasar por la vida que vivir la vida. Todo depende del grado de atención, de la disposición mental que adoptemos ante la existencia. Y me parece que también de la edad. Quizá sólo sea eso: lo asquerosamente viejo que me estoy volviendo.

Cuando yo era un niño, un adolescente, un joven, sentía la vida con minucioso detalle. Recuerdo cómo me fascinaba la distinta forma de incidir la luz a lo largo del día, o las plantas que crecían salvajes en las cunetas, o una calle desierta en la noche, o el rumor del viento en las copas de los árboles, o el universo de polvo que flotaba en un rayo de luz. Cada estación del año tenía un sabor distinto y yo era plenamente consciente de los cambios que se producían; los primeros brotes de la primavera, las tormentas de comienzos de verano, los inaugurales fríos del otoño, la oscuridad del invierno. Entendedme: no me limitaba a percibir todo eso, lo sentía, formaba parte de mí. Es la diferencia que hay entre ver una fiesta o participar en ella.

Hace varias eras geológicas, cuando tenía catorce o quince años, la cama de mi dormitorio estaba situada frente a una ventana cuyas cortinas solía correr cuando me iba a dormir. Pero una noche de primavera olvidé hacerlo y, a eso de las tres o las cuatro de la madrugada, algo me despertó: una luminosidad intensa. Abrí los ojos y, a través de la ventana, vi flotando en el cielo una inmensa Luna llena que bañaba de luz la habitación. Fue algo sencillamente hermoso; como si la Luna se hubiera colado por la ventana para despertarme y charlar un rato conmigo. La casa se hallaba en absoluto silencio. Me levanté y abrí la ventana. Por aquel entonces, mis padres no me dejaban fumar, pero yo lo hacía a escondidas. Saqué un Bisonte del paquete, lo prendí y comencé a fumar acodado en el alfeizar, sintiendo en la piel el frescor de la noche, mirando la Luna. Así de simple: me fumé un pitillo con la Luna. Pero os juro que fue uno de los momentos de mayor felicidad que he experimentado en mi vida. Porque lo sentía todo, era parte de todo, y todo era hermoso y correcto. ¿Podéis entenderlo?

Ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que sentí algo así. Hoy es 22 de julio, llevamos un mes de verano y ni me he dado cuenta. Vale, sí, he captado que los días son más largos y que hace un huevo de calor. Pero no me afecta, ni siquiera la temperatura: conecto el aire acondicionado de mi despacho y aquí me tenéis, disfrutando de unos agradables 22 grados mientras fuera el asfalto se cuece a treinta y tantos. Ya no saboreo el verano, ni ninguna otra estación del año, ya no “siento” casi nada. Antes, el presente era un territorio inmenso y prodigioso, ahora sólo es la antesala del futuro, un autovía por la que discurro sin fijarme en el paisaje. El presente no existe para mí, el pasado está muerto y el mañana sólo es un fantasma. ¿Se puede estar más perdido?

La cuestión es, ¿por qué me ocurre esto? Pues por lo que dijo Lennon: porque mientras la vida pasa a mi lado, yo tengo la cabeza ocupada haciendo planes. Aunque no tienen necesariamente que ser planes; la cuestión es que, en vez de centrarme en el ahora, parte de mi mente está siempre en otro lugar. No sé exactamente cuándo comenzó a pasarme eso; se trata en cualquier caso de algo progresivo, como la presbicia; creo, con todo, que empezó durante los últimos años que me dediqué a la publicidad. Y empeoró cuando me reconvertí en escritor.

Me paso la vida pensando en mis historias, imaginando tramas y personajes; siempre estoy en otra parte, como los sabios despistados, solo que sin ser sabio. La realidad, para mí, suele ser doble: está la que veo y está la que imagino. Por ejemplo, la novela que estoy escribiendo ahora transcurre parcialmente en Spistsbergen, una isla del Ártico situada cerca del Polo Norte. Nunca he estado ahí, pero para describir algo debo verlo, “sentirlo”, en mi imaginación. Así que leí sobre Spitsbergen, me metí en Internet y me tragué todas las fotografías y videos que encontré sobre esa isla. Y al cabo de un buen rato, cuando estaba contemplando las imágenes de un documental, logré “sentir” ese lugar. Sentí en los pies la grava negra de una playa desierta, y en la piel la fría sequedad del aire; noté los rayos de un sol mortecino que apenas calentaba, vi un glaciar inmenso desembocando en un mar escarchado y, sobre todo, percibí la inmensa soledad de aquel desierto helado, una soledad exótica, abrumadora y jubilosa a la vez. Era como el fin de los tiempos, como el helado declinar futuro de nuestro planeta. Y os juro que eso resultaba más real que mi despacho, más auténtico, evocador e intenso que cualquier otra cosa que suela experimentar en mi vida cotidiana. Pero todo era imaginario. Vivo en una realidad virtual dentro de mi cerebro. Menuda cagada.

Entendedme, no reniego de mi imaginación; me encanta tenerla, es uno de mis escasos tesoros; lo que pasa es que antes la utilizaba para “sentir” lo que me rodeaba, el presente, y ahora ya he dejado de hacerlo. Porque me paso la vida haciendo otros planes.

Vale, estoy exagerando un pelín; cuando me centro, cuando me preparo mentalmente para ello o algo me sobrecoge de algún modo, todavía soy capaz de saborear ciertos momentos con intensidad. Y siempre me ocurre cuando viajo a lugares que no conozco. Por eso me encanta viajar.

Me largo, me abro, me las piro. Dentro de poco, Pepa, nuestros dos okupas y yo iremos a Formentera para pasar una semana, mi mujer tostándose al sol y Óscar, Pablo y yo peleando por la sombra de la sombrillas. Luego volveremos a Madrid y quizá, sólo quizá, escriba otra entrada más (vete tú a saber sobre qué), porque una semana después, Pepa y este vuestro seguro servidor, libres de filiales parásitos, pasaremos quince días recorriendo Escocia.

Un beso y felices vacaciones, por si acaso. Ah, y no seáis como yo, que cada vez tengo más cara de trilobite.

martes, julio 13

Fiesta

Permitidme explicaros cómo está el asunto en mi familia: en una escala del uno al diez, a mi hijo Pablo el fútbol le interesa 0, a Pepa, mi mujer, le interesa 7 y a Óscar, mi hijo mayor, le interesa 10 (porque no hay 11). En cuanto a mí, digamos que mi nota es un 5 raspado, un aprobadillo por los pelos. Muchas personas adictas a la cultura suelen contemplar al fútbol y a sus aficionados por encima del hombro, con desprecio, como si interesarse por algo tan vulgar y popular como el balompié supusiese un descrédito intelectual. Supongo que eso es una forma como cualquier otra de elitismo, y también un eco de los tiempos en que el viejo dictador hijoputa usaba el fútbol como anestésico social. Pero dejémonos de chorradas: en un mismo cerebro pueden convivir Cruyff o Di Stéfano (por citar dos viejas glorias del Barça y del Madrid) con Wittgenstein o Nabokov (por citar a otras dos viejas glorias que no recuerdo en qué equipo jugaban).

No, la razón de mi relativo desinterés por el fútbol no es el elitismo, sino el hecho incontrovertible de que la mayor parte de los partidos son muy aburridos. ¿Por qué? Porque en el fútbol, las técnicas defensivas son más eficaces que las ofensivas (por eso hay tan pocos goles por encuentro), y muchos equipos juegan al cerrojazo o a destruir el juego ajeno en vez de construir el propio, todo lo cual puede (y suele) convertir ese deporte en un coñazo. Por eso prefiero el baloncesto, que es mucho más rápido y cuyas técnicas defensivas son un arte incruento similar a la danza. No obstante, también puedo disfrutar con un buen partido de fútbol, sea por su calidad, sea por su emoción.

Os voy a dar una noticia que, a buen seguro, no conocéis: la selección española ha ganado el campeonato mundial de fútbol. Y yo me alegro, qué coño. Estoy seguro de que los medios de comunicación comenzarán a hablar de la “furia española”, igual que hicieron cuando la selección ganó el europeo, pero es mentira. La “furia española”, ese estilo de juego más basado en la genitalidad que en la cabeza, fue lo que nos mantuvo en la mediocridad futbolística durante décadas y décadas. No, amigos míos, la Roja ha ganado practicando un juego inteligente, un juego preciosista de encaje, escuadra y cartabón, un juego similar a una telaraña de pases que dejaban al contrario sin lo básico para jugar al fútbol: el balón. Bueno, practicando o intentando practicar ese juego, porque las selecciones con las que se ha enfrentado, salvo Alemania, se lo han puesto difícil mediante las feas técnicas destructivas del cerrojazo y la caña. Pero al final, como en los westerns, el pistolero bueno ha tenido más puntería que los malos.

En fin, las lecciones futboleras que me inculcan Óscar y Pepa no bastan para convertirme en un connaisseur del tema, pero ¿cuándo se ha visto que la ignorancia selle mis labios? No en este universo, desde luego, así que ahí van unas cuantas opiniones sobre este mundial.

La selección española es, posiblemente, la que practica un juego mejor, más preciosista y más técnico. Pero le falta pegada. Con Torres desaparecido en combate, el único jugador rompedor ha sido Villa, y si Villa no brillaba a la Roja le costaba un huevo marcar un gol. Pero ahí reside parte de su grandeza: son un grupo compacto donde nadie sobresale por encima de los demás, un grupo en el que cualquiera puede marcar, incluso un defensa como Puyol.

En segundo lugar, no hay que olvidar que la Roja y su brillante juego tienen su origen en una persona: Luis Aragonés. Un entrenador que me cae fatal, pero justo es reconocer que fue él quién ideó el sistema, lo afinó y lo puso en práctica. Y Vicente del Bosque, técnico inteligente, lo ha mantenido y perfeccionado. Me cae bien del Bosque; es un hombre discreto y amable, una buena persona y un magnífico entrenador. Me sentó como el culo que el gilipollas de Florentino Pérez le echara y, además, con mal estilo; así le ha ido al Madrid. No sabía que tenía un hijo con síndrome de Down; fue bonito ver ayer al chaval con su padre en el autobús que llevaba en comitiva al equipo.

En tercer lugar, hay que reconocer que la selección que mejor juego desplegó durante el mundial, junto con la Roja, fue la de Alemania. Se enfrentaron a España jugando a eso, al fútbol, y les salió mal, pero demostraron un gran potencial que, sin duda, se plasmará en un futuro cercano. Además, encajaron la derrota como caballeros, comenzando por su entrenador, Joachim Low, que demostró tener mucha más clase que, por ejemplo, el capullo de Bert van Marwijk, el psicopático entrenador holandés, o el bocazas de Maradona, que probablemente ha sido el mejor futbolista de la historia, pero que ahora sólo es una ridícula caricatura de sí mismo.

En cuarto lugar... Veréis, admiro profundamente a Holanda, un país democrático y tolerante que debería ser un ejemplo para todos. Pero su selección no sólo ha manchado el nombre de su país, sino que ha traicionado el espíritu de la memorable Naranja Mecánica de Cruyff. Porque en el partido que jugaron contra España, esa final agónica y enervante, se dedicaron más al karate que al fútbol. Comprendiendo que no podían jugar de tú a tú con la Roja (porque les falta el talento necesario), optaron no ya por destruir el juego de nuestra selección, sino por destruir a los propios jugadores españoles. Hay algo peor que perder: perder con mal estilo. Eso es lo que hicieron los holandeses.

Por último, reconozco que esta selección nuestra me cae bien. Al no haber estrellitas, todos forman un piña, como un grupo de amigos de toda la vida que se reúnen los fines de semana para jugar al futbol. Pero, dejando aparte a Pepe Reina, ejemplo de lo locos que pueden llegar a estar los porteros, confieso que siento debilidad por Iker Casillas. No sé si es el mejor portero del mundo, aunque estoy seguro que sí es el mejor en el mano a mano, pero no se trata de eso. Casillas me cae bien porque parece un buen tío, y me maravilla que, siendo una estrella del fútbol, siga comportándose como lo que siempre ha sido: un chaval de Móstoles. Pero es que, además, Casillas ha protagonizado en este mundial tres momentos que me han parecido emocionantes. Cuando Puyol marcó el gol que clasificaba a España para la final, Casillas no hizo ningún gesto de alegría; dejó caer los brazos, se dio la vuelta lentamente y entonces se vio que tenía los ojos llenos de lágrimas. Después, en la final, cuando Iniesta reventó la portería holandesa, Casillas se echó a llorar y no pudo parar de hacerlo hasta que el inútil del árbitro tocó el pito. Por último, sí, el besazo que le soltó a Sara Carbonero, su novia, cuando ésta intentaba entrevistarle. Me pareció espontáneo y tierno, sobre todo porque Sara Carbonero es una mujer altamente besable.

Vale, eso es lo que opino de este mundial; pero la última pregunta sería: ¿es para tanto? La selección española ha ganado el campeonato mundial de fútbol, pero eso no cambia nada; seguiremos con la misma crisis y los mismo problemas que teníamos antes, así que ¿a qué viene tanta alegría? ¿Qué hemos ganado realmente? Nada; el fútbol sólo es un deporte, nada más. Así pensaba yo hasta no hace mucho tiempo, pero he cambiado de idea. Vamos a ver: el deporte es el gran espectáculo mundial, y de entre todos los deportes, el más seguido en todo el mundo, el que más pasiones despierta, el que más se practica y contempla, es el fútbol. En las últimas décadas, el deporte español ha obtenido éxitos insospechados. Ahí está la selección de baloncesto, y los tenistas con Nadal a la cabeza, y los ciclistas, y Alonso en la Fórmula 1, y las nadadoras de sincronizada, y ahora la selección de fútbol. Pues bien, el publicitario que yace en mi interior os pregunta: ¿os imagináis lo que vale eso como campaña de imagen? Literalmente, no habría dinero suficiente para pagarla. Pondré un sólo ejemplo: Gasol ha hecho mucho más por dar a conocer España entre los norteamericanos que todas las acciones promovidas con tal fin por parte del gobierno. Los éxitos internacionales de los deportistas españoles nos brindan la posibilidad de sacarle un partido extraordinario a la marca “España”. Aunque, claro, no basta con la imagen. Si nuestros políticos dejaran de perder el tiempo dándose garrotazos mutuamente en ese estúpido guiñol en que han convertido nuestro parlamento, quizá pudieran aprovechar esta magnífica oportunidad de potenciar la industria y el turismo español. Pero, claro, conseguir que los políticos sean eficaces es mucho más difícil que ganar un mundial.

En cualquier caso, no se trata sólo de los efectos prácticos; también cuentan las emociones. Hace cuatro años, cuando estaba escribiendo El juego de Caín, un thriller ambientado en el mundo del fútbol, llegué a un punto en el que un personaje, Óscar Mayoral, debía explicarle a Carmen Hidalgo, la prota, en qué consiste la grandeza del fútbol. Por aquel entonces yo pensaba que el fútbol sólo era un deporte sobrevalorado, así que me tuve que meter en la piel del personaje –un exfutbolista- para encontrar argumentos. Y los encontré en el segundo gol que Maradona le metió a Inglaterra en el mundial de México. Me puse en el lugar de un aficionado argentino, recién humillado por los ingleses en las Malvinas y con la economía del país hecha un desastre, e intenté imaginar qué sintió cuando Maradona, el sólito sin ayuda de nadie, marcó aquel gol que clasificaba a Argentina para la final y eliminaba a Inglaterra. Y lo que sintió fue un éxtasis de felicidad. Vale, pasado el mundial, Argentina seguía empobrecida y sin Malvinas, pero los argentinos se habían tomado la revancha, aunque fuese de un modo simbólico. Y lo habían hecho ante el mundo entero y sin derramar sangre.

¿Qué tiene de bueno haber ganado el mundial de fútbol? Los momentos de felicidad que esa victoria ha provocado en tantísima gente, entre otros en mi hijo Óscar, en mi mujer o en mí mismo. “Gracias a Iniesta estamos de fiesta”, gritaba la gente por las calles. “Fiesta”, qué bonita palabra y qué palabra más malentendida. Una fiesta popular que se extiende por toda la escala social, una explosión de felicidad, optimismo y buen rollo. ¿Que es una felicidad estúpida basada en nada y que sólo durará un par de días? Vale, pero no deja de ser felicidad y la felicidad, todos lo sabemos, nunca dura mucho. ¿Que ese optimismo sólo está fundado en fantasías? De acuerdo, pero ¿qué tienen de malo las fantasías cuando son inofensivas? ¿Que el buen rollo se esfumará en cuanto la puta realidad se imponga? Por supuesto, pero no veo ningún problema en olvidar un rato ese coñazo que es la realidad. En el fondo, todo esto me recuerda un poco a los fuegos artificiales: no valen para nada y hacen ruido, pero son bonitos y te alegran durante un rato la existencia.

Algunos dirán que todo lo que rodea a esto de haber ganado el mundial es una exageración, una estupidez, y se quejarán de las molestias que el júbilo popular les ocasiona. Hoy mismo he visto en el blog de un amigo un post orientado en ese sentido. Yo también pensaba así hasta hace no mucho. Pero, mirad, aunque no participéis del jolgorio general, aunque os parezca una soplapollez tanto alboroto por un mero deporte, no os quejéis y acoged esa bulliciosa, tonta e irreal erupción de felicidad sin quejaros, con una sonrisa en los labios, como cuando contempláis los juegos de unos niños. No seáis como esos vecinos cascarrabias que empiezan a dar golpes en las paredes cuando alguien organiza una fiesta en su casa. Un buen vecino no sólo es aquel que procura no molestar a los otros, sino quien además tolera con paciencia las ocasionales molestias que puedan provocarle los vecinos. No seáis tan serios, coño; relajaos y fingid que os alegra el golazo de Iniesta, porque motivos para la circunspección nunca nos van a faltar.



lunes, julio 5

Nazismo literario

El otro día, visitando el blog de una amiga, leí un comentario donde se afirmaba que la mayor parte de lo que leen los jóvenes no es literatura. El comentarista se refería, supongo, a la serie “Crepúsculo”, o a las novelas de Moccia, o a Harry Potter; pero eso da igual, el caso es que no decía que la mayor parte de lo que leen los jóvenes era mala literatura, sino que NO era literatura. No se trata ni mucho menos de un comentario aislado; ¿cuántas veces hemos oído decir que lo que hacen autores como Dan Brown, Corín Tellado, Clive Cussler o Nora Roberts no es literatura? Y si no es literatura, ¿qué es? Ahí las respuestas varían, aunque siempre son despectivas y, por lo general, metafóricas. No, no es literatura, sino marketing, o pornografía sentimental, o un “producto industrial”, o sensacionalismo, o un tebeo, o simplemente basura.

El caso es que no acabo de entender ese criterio. Vamos a ver, recurramos al diccionario confiando en que la semántica nos ayude. Según la RAE, la primera acepción de la palabra “literatura” es: Arte que emplea como medio de expresión una lengua. Ahora vamos a ver qué nos dice acerca de la palabra “arte”: Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros. Así pues, y dejando aparte eso de “desinteresada” (que no acabo de entender), comprobamos que en ninguna de las dos definiciones se menciona la calidad del producto artístico. Lo cual implica que puede haber arte bueno y arte malo; o, dicho de otra forma, que una obra de arte por ser mala no deja de ser arte.

Entonces, ¿por qué tanta gente se empeña en que sólo es literatura la buena literatura? Me apresuro a aclarar que ese criterio se aplica a todas las ramas artísticas; por ejemplo, una marina hortera no es pintura, igual que un canción de Georgie Dann no es música. Pero centrémonos en la literatura; ¿por qué no nos limitamos a decir que determinada novela es una mierda y en vez de ello lo que hacemos es negar su naturaleza? Por elitismo, supongo.

Hay otra palabra que nos puede servir de ayuda para entender el asunto: “humano”. Cuando alguien es buena persona se dice que es muy humano, y los actos bondadosos se denominan humanitarios. Por contra, las acciones deshonestas y execrables se tildan de inhumanas y los individuos perversos que las cometen son eso, inhumanos. Cuatro de las cinco acepciones que recoge el diccionario sobre la palabra “humano” rezan lo siguiente: 1. adj. Perteneciente o relativo al hombre. 2. adj. Propio de él. 4. m. Ser humano. 5. m. pl. Conjunto de todos los hombres. Pues bien, si algo está claro es que los humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor, que tan humano es quien le prende fuego a un hospicio como quien se juega la vida por salvar a los niños que hay dentro. Sólo la quinta definición (que es la tercera por orden de aparición) le concede a la palabra “humano” un significado ético: 3. adj. Comprensivo, sensible a los infortunios ajenos. Pero esta definición procede del uso del lenguaje, no de una observación objetiva de la realidad.

Los seres humanos somos elitistas; nos consideramos la cúspide de la evolución y tenemos un elevado concepto de nosotros mismos, así que trazamos una frontera invisible y ponemos en un lado todo lo bueno; eso es la humanidad. Luego ponemos en el otro lado todo lo malo, y eso es la inhumanidad. Y una vez hecho eso, ya tenemos licencia los seres humanos para ser inhumanos. Permitidme que os explique esto con un ejemplo. Mucha gente (en USA, sin ir más lejos, la mayoría) cree que el asesinato debe ser castigado con la pena de muerte. Es decir: el mayor crimen que puede cometerse es matar a una persona, porque la vida humana es sagrada, y para castigar ese acto... se mata a otra persona. Si lo analizáis fríamente, ¿no os parece un razonamiento notablemente contradictorio? Pues bien, no lo es siempre y cuando te convenzas de que el asesino, por serlo, deja de pertenecer al género humano. Es decir, si lo malo es inhumano, y dado que un asesino es evidentemente malo, está claro que el asesino ya no pertenece a nuestra supuestamente bondadosa especie, de modo que se convierte automáticamente en un animal que puede ser sacrificado sin el menor problema de conciencia.

¿No os habéis preguntado alguna vez cómo es posible que tantos honrados y amables ciudadanos alemanes se convirtieran, durante la Segunda Guerra Mundial, en crueles guardianes de campos de concentración? Sencillo: bastó con convencerles de que los judíos no eran seres humanos, sino alimañas peligrosas para la auténtica humanidad (aria, por supuesto). Una vez que deshumanizas a tu víctima, ya puedes hacer con ella lo que quieras. Es muy difícil no sentir empatía por un niño, pero muy fácil no sentirla por una cría de rata.

Vale, me he pasado del tema tres pueblos, pero no olvidemos que los nazis, antes de dedicarse a gasear a los hijos de Israel, comenzaron quemando libros. Y, en el fondo, eso es lo que hacen, en función de su criterio estético, quienes deciden qué es y qué no es literatura: quemar libros. Metafóricamente, pero quemarlos.

Aunque, vamos a ver, en el fondo ¿qué importa esto? Estoy convencido de que las novelas de Dan Brown, Corín Tellado, Clive Cussler o Nora Roberts son malísimas, así que ¿qué más da si las consideramos o no literatura? Son pura mierda; finjamos que no existen. A fin de cuentas, amamos la literatura, ¿no es cierto? Para nosotros, es tan hermosa como un diamante; por tanto, lo mejor que podemos hacer es eliminar todas las impurezas para que esa piedra preciosa relumbre en todo su esplendor. ¿Qué tiene de malo eso?

Pues que no está tan claro. No existe ningún sistema infalible, único y universal para evaluar la calidad de un texto literario. En los extremos es evidente, por supuesto; estoy seguro de que los relatos de Borges o las novelas de Nabokov son exquisita literatura, igual que sé con certeza que los escritos de Mickey Spillane o Danielle Steel son infumables. Pero, ¿que ocurre en la zona central? ¿Qué pasa con autores como Somerset Maughan, Pío Baroja, Julio Verne, Robert Silverberg, Jim Thompson, P. G. Wodehouse, Stephen King o Conan Doyle? Sus escritos ¿son literatura o no? Alto, alto, no os apresuréis a responder; no he elegido esos ejemplos al azar, sino porque me consta que todos ellos han sido vilipendiados en algún momento por algún “ario literario”. De hecho, he visto arrojar a la basura de la “no literatura” géneros completos. Aún más: todos los géneros, sin excepción. Porque, a la hora de ser nazi, se puede ser muy, pero que muy nazi.

Y es que, lo repito, en esa zona central, en esa “clase media” literaria, las cosas no están ni medio claras. Según los criterios que se elijan, un mismo texto puede ser una obra maestra o una mediocridad. Y, lo más perturbador de todo, esos criterios varían. La prosa del mejor prosista actual sería considerada paupérrima por cualquier escritorzuelo del Siglo de Oro, y la prosa romántica, que durante tanto tiempo reinó en el siglo XIX, hoy se nos antoja insoportablemente afectada. Lo que antaño fue mera literatura popular sin importancia (El Quijote, sin ir más lejos), hoy es altísima literatura. Y es que hay muchas formas de juzgar un libro, muchos apriorismos que podemos aplicar o no; pero negarle a un texto, por malo que sea, su condición de literatura, es practicar, sencillamente, el nazismo literario.

lunes, junio 28

El único y futuro rey

Este verano, Pepa y yo iremos de vacaciones a Escocia. Comenzaremos en Aberdeen, seguiremos por Inverness, luego iremos a la zona de Oban y por último recalaremos en Edimburgo. El año pasado realizamos un periplo por el sur de Inglaterra del que, por cierto, no os hablé, igual que no concluí mi comentario sobre Stonehenge. Pues bien, ha llegado el momento de subsanar esos olvidos. Comencemos por Inglaterra...

Tranquilos, no os voy a contar mis vacaciones. En realidad, voy a hablaros del rey Arturo, un tema que ya toqué en un post del 23 de julio de 2007 (que podéis visitar cliqueando AQUÍ). Hace mucho tiempo que me fascina la leyenda artúrica; me fascina porque es una historia hermosa y evocadora (y triste), pero también porque esa leyenda refleja en parte hechos auténticos pertenecientes a un pasado oscuro y remoto. Es más que probable que Arturo haya existido realmente, aunque nunca fuera rey.

Cuando pensáis en Arturo y sus caballeros de la mesa redonda, seguro que os vienen a la cabeza imágenes de guerreros con brillante armadura y damas galantes en un entorno de la baja Edad Media. Esto es así porque las versiones más conocidas de la leyenda pertenecen a Geoffrey de Monmouth, en el siglo XII, y a Thomas Mallory, en el siglo XV. Pero el origen de la historia es mucho más antiguo: finales del siglo V y comienzos del VI. Hay que tener en cuenta que la leyenda artúrica se formó a partir de una serie de tradiciones orales, no sólo de las Islas Británicas, sino también de la Bretaña francesa (lugar adonde emigraron muchos britanos huyendo de las invasiones sajonas). En esas tradiciones orales se mezclaron hechos auténticos con otros inventados, así como con actos y hazañas pertenecientes a otros personajes. No obstante, y esto es sorprendente, el núcleo básico de la leyenda se ha mantenido inalterable en la mayor parte de las versiones. Veamos entonces cuál es la esencia del relato: Tras la muerte de Uther Pendragón, Inglaterra se desmembra en una serie de pequeños reinos que luchan entre sí al tiempo que son constantemente atacados por invasores sajones, anglos, irlandeses y pictos, entre otros. Entonces, cuando todo parecía perdido, surge un personaje, Arturo, hijo bastardo de Uther, que unifica los distintos reinos, forma un ejército de caballeros (guerreros a caballo) y se enfrenta en repetidas ocasiones a los invasores sajones, hasta derrotarlos (casi) definitivamente en la batalla del monte Badon. A partir de ese momento hay en Britania un periodo de paz y prosperidad, hasta que Arturo muere en la batalla de Camlann a manos de su sobrino y/o hijo Mordred. Posteriormente el cadáver de Arturo es llevado a la isla de Avalon, donde el héroe descansa en una especie de animación suspendida hasta que Inglaterra vuelva a necesitarle.

Y ahora veamos qué ocurrió realmente. En el año 410 las legiones romanas abandonaron Inglaterra y la isla se dividió en una serie de pequeños reinos. Sus habitantes, los celtas britano-romanos, sufrían constantes ataques de Irlandeses y pictos, así que, como ya no estaban las legiones para defenderlos, uno de sus caudillos, un tal Vortigern, decidió a mediados del siglo V contratar a mercenarios sajones para que sirvieran como muro de contención frente a los invasores del norte. Y la cosa funcionó durante un tiempo, pero los sajones no tardaron en darse cuenta de que la fuerza estaba en sus manos y, hacia el 455, organizaron una revuelta en la que murieron miles de britanos. De modo que los celtas ingleses se encontraron con que, aparte de pictos e irlandeses, tenían un nuevo enemigo: los sajones.

Entonces entra en escena un personaje de gran importancia: Ambrosio Aureliano, un caudillo de origen romano que inició su reinado en el suroeste de la isla en el 458. Aureliano creó una red de defensas en torno a su territorio (de la que aún quedan rastros) que tuvo a raya a los sajones durante un tiempo. Y, lo más importante, mantuvo en su reino el estilo de vida romano. Pero los sajones no paraban de llegar a la isla y avanzaban desde el este apropiándose de los territorios britanos. Entonces sucedió algo, aunque los detalles no están demasiado claros. Al parecer, hacia el 470, los distintos reinos celtas, hasta entonces desunidos, decidieron nombrar un Dux Bellorum, un señor de la guerra, para que capitaneara las fuerzas celtas unificadas y se enfrentara a los sajones. Ese personaje era Arturo.

Según Nennius, Arturo y sus hombres lucharon contra los sajones en once batallas, saliendo triunfantes en todas ellas. En la duodécima, la del monte Badon (¿490?), el triunfo de Arturo fue tan decisivo que los sajones se mantuvieron alejados de los territorios britanos del oeste durante casi medio siglo. Al parecer, posteriormente hubo una guerra civil que enfrentó a Arturo con un tal Medrawt (Mordred) en la batalla de Camlann (¿511?), donde ambos perecieron.

Como veis, leyenda e historia coinciden en lo básico. No obstante, no existe ninguna prueba histórica de peso que demuestre la existencia de Arturo. Indicios sí, muchos; pero evidencias incuestionables ni una. En cualquier caso, y por los motivos que expongo en mi anterior post, yo estoy convencido de la existencia real de Arturo. ¿Quién era en realidad? Nadie lo sabe a ciencia cierta y hay opiniones para todos los gustos. Porque Arturo no era un nombre, sino un título que, o bien provenía del apellido latino Artorius, o bien de la palabra celta arth, que significa oso. Una teoría curiosa es que Arturo proviene de la mezcla de la palabra “oso” en celta y en latín. Arth+ursus=Arturo.

Volviendo al personaje histórico que se oculta tras Arturo, una de las opiniones más generalizadas es que se trataba de Ambrosio Aureliano. De hecho, Gildas afirma en su Excidio Britanniae (550) que el jefe de los britanos que vencieron a los sajones en el monte Badon era Ambrosio. Pero, como señalaba en mi anterior post, Arturo, de existir, tuvo que ser el comandante vencedor de Badon Hill, así que, si hacemos caso a Gildas, el asunto está resuelto: Ambrosio era Arturo. Pero no está tan claro, ni mucho menos, porque no es seguro que Ambrosio estuviese vivo cuando tuvo lugar la batalla y, si lo estaba, debía de ser demasiado anciano como para guerrear. Aun así, parece que había una estrecha relación entre Ambrosio y Arturo; de hecho, Geoffrey de Monmouth asegura que Arturo era sobrino de Ambrosio. Lo fuera o no, es evidente que existió una conexión entre ellos. Y aquí se abren tres alternativas: o bien Ambrosio fue el auténtico Arturo, o bien Ambrosio y Arturo defendían la misma causa, o bien en la leyenda se mezclaron los dos personajes. Porque la leyenda artúrica habla de un rey que logró crear y mantener un reino de paz y civilización (Camelot) en medio de una época de barbarie. ¿Y qué hizo Ambrosio en su reino de West Country? Mantener en su tierra el estilo de vida romano (ergo civilizado) durante el periodo caótico y bárbaro de las invasiones sajonas. Demasiadas coincidencias para ser fruto de la casualidad.

En fin, amigos míos, debéis disculparme por ponerme tan pesado con el tema artúrico, pero es que me fascina. Así que, cuando Pepa y yo decidimos el año pasado darnos un garbeo por Inglaterra, no es de extrañar que escogiéramos el sur de la isla, pues allí tuvieron lugar las hazañas de Arturo. La primera etapa de nuestro viaje fue Canterbury, la segunda Bath y la tercera Newquay, en Cornualles. Ahora bien, ¿recordáis que he dicho que no existe ninguna prueba histórica de la existencia de Arturo? Pues bien, tampoco se conoce la situación exacta de la mayor parte de los lugares que se citan en las leyendas; ni siquiera el monte Badon, ni, por supuesto, Camelot. Entonces, ¿qué demonios íbamos a visitar Pepa y yo relacionado con Arturo? Pues los lugares artúricos legendarios que sí se conocen: la catedral de Canterbury, Stonehenge, Glastonbury, Bath y Tintagel.

Según Thomas Mallory, Arturo y Ginebra se casaron en la catedral de Canterbury. Algo imposible, por supuesto, porque la primera iglesia cristiana de Canterbury se construyó ciento cincuenta años después del periodo artúrico. Aun así, la catedral es preciosa.

La relación de Stonehenge con Arturo es sólo tangencial. Según la leyenda, Merlín utilizó su magia para traer volando las piedras del megalito desde Gales. Con todo, y aunque en la época artúrica ya llevase cientos de años en desuso, Stonehenge debió de ser un lugar mítico en la región y, si Arturo existió, no me cabe duda de que lo visitó.

El caso de la abadía de Glastonbury merece una mención aparte. En 1191 los monjes de la abadía descubrieron una tumba donde yacían los restos de un hombre y una mujer, y junto a ellos la siguiente inscripción: “Hic iacet supultus inclytus rex Arturus cum Wenneveria uxore sua secunda in insula Avallonia” (Aquí yace sepultado el renombrado rey Arturo con Ginebra, su segunda esposa, en la isla de Avalon). Fue una falsificación, claro; un truco para atraer peregrinos a la abadía, como hicimos en España con el supuesto sepulcro de Santiago. En la foto que acompaña a estas líneas podéis ver a Pepa junto a la tumba de Arturo y Ginebra.

En fin, la tumba fue una ficción, pero no del todo absurda. Resulta que, en la época artúrica, esa era una zona pantanosa y Glastonbury Tor, la colina que está situada al lado de la abadía, era un isla. Llamada Avalon según viejas tradiciones. Y algo más: según otras tradiciones, en Glastonbury Tor se erigió el primer templo cristiano de Inglaterra (la Vetusta Ecclesia, o Iglesia de Santa María), por obra nada más y nada menos que de José de Arimatea, que escogió ese lugar para guardar... sí, premio, el Grial. Como veis, las distintas piezas de la leyenda van encajando. Añadiré que excavaciones arqueológicas en Glastonbury Tor demostraron que la colina había sido fortificada y ocupada por un caudillo local a finales del siglo V y comienzos del VI; es decir, en la época artúrica.

La mayor parte de los expertos sostiene que el monte Badon debe de encontrarse cerca de Bath. ¿Dónde exactamente? Ni idea. En cualquier caso, esta ciudad y sus famosos baños termales son una muestra del grado de sofisticación que alcanzó la sociedad britano-romana.

Geoffrey de Monmouth asegura en su Historia Regum Britanniæ que Arturo nació en Tintagel. En cualquier caso, no sería en el castillo cuyas ruinas se ven ahora, pues fue construido en el siglo XII por Ricardo I, Conde de Cornualles. No obstante, en el lugar que hoy ocupan los restos del castillo se alzó en el pasado una fortificación britano-romana. ¿Nació allí Arturo? Nadie puede asegurarlo, pero en 1998, durante unas excavaciones realizadas en Tintagel (concretamente en un desaguadero del siglo VI), se encontró una piedra con la siguiente inscripción: “Artognov”. Es decir, “Arturo” en latín. Eso no prueba nada, por supuesto, salvo que ese nombre ya existía en aquella época, pero no deja de ser un indicio más de la existencia real de Arturo.

Podría seguir mucho más rato, para desesperación de propios y extraños, porque esa zona, Cornualles y el sur de Gales, fue el territorio natural de Arturo, de modo que por todas partes hay lugares supuestamente asociados a él y sus mitos, pero voy a hablaros sólo de uno más. Fijaos en la foto que preside este post; no tiene nada de especial, ¿verdad? Es una colina llamada Cadbury Castle y está situada al lado de South Cadbury, un diminuto pueblo del interior de Cornualles situado a apenas veinte kilómetros de Glastonbury. En el siglo XVI, cuando el anticuario John Leland pasó por allí con el objetivo de reunir datos para su obra History and Antiquities of this Nation, los habitantes del pueblo le dijeron que su colina era “Camallate, famosa ciudad o castillo en otros tiempos, y que habían oído decir que Arturo residió allí”.

Bien, no es raro; hay tradiciones como esa por toda Inglaterra. Sin embargo, algunos factores hacen que nos tomemos algo más en serio las leyendas de esos pueblerinos. Veréis, sobre Cadbury Castle Hill se alzan las ruinas de un fuerte britano. Excavaciones realizadas en los años 60 demostraron que el lugar había estado ocupado a principios del siglo VI (en plena época artúrica), pero no por alguien cualquiera. Los arqueólogos encontraron numerosos fragmentos de ánforas del siglo VI que contuvieron aceite y vino importados del Mediterráneo, así como innumerables trozos de cerámica continental, todo lo cual, junto con otros datos, indicaba que el señor de aquel castillo era un caudillo muy importante de comienzos del siglo VI. Además, un análisis del terreno demostró que en aquella época las fortificaciones se extendían mucho más allá del castillo. Y también se encontraron las trazas de una extraña edificación de casi doscientos metros cuadrados, inusualmente grande para esos tiempos.

Por último, prestad atención a estos datos: South Cadbury se encuentra entre dos pueblos llamados Queen’s Camel y West Camel. Y cerca de allí fluye el río Cam, en uno de cuyo bancos se encontraron restos humanos del siglo VI enterrados apresuradamente a causa de una batalla. ¿Quizá fue la batalla de Camlann (que en celta significa “banco torcido”), donde murieron Arturo y Mordred?

Indicios, sólo indicios, ya lo sé. Pero joder, qué montón de casualidades se concentran en South Cadbury. Sea como fuere, creo que fue allí, en ese lugar tan común y corriente, donde más cerca sentí la presencia de Arturo. Quizá fue precisamente por eso, porque ese lugar no tiene nada de especial, al contrario que Tintagel, que se me antoja un entorno demasiado apropiado, legendario, impresionante y melodramático como para ser el verdadero origen de Arturo. Sin embargo, ahí, en esa colina como tantas otras, sí que me imagino al héroe britano. Aunque, todo sea dicho, Cadbury Castle no es un lugar tan corriente como puede parecer a primera vista. Si consultamos el mapa, comprobaremos que ese fuerte britano controlaba el paso de entrada a Cornualles por el centro. Recordemos que al norte estaba el fuerte de Glastonbury Tor y añadamos que en esa misma línea norte-sur había otros fuertes britanos, como los de Dinas Powys o Brent Knoll. Es decir que, a comienzos del siglo VI, Cornualles estaba protegido de las invasiones sajonas por un línea defensiva que iba desde el sur de Gales, pasando por Bristol, hasta Weymouth en la costa sur. Pues bien, ¿dónde residiría el comandante de las fuerzas britanas, teniendo en cuenta que en muchas ocasión él y sus guerreros a caballo deberían acudir en ayuda de los fuertes situados tanto al norte como al sur? Es evidente: el jefe de las fuerzas britanas debería asentar su fortaleza (¿Camelot?) en el centro de la línea defensiva. Justo donde se encuentra South Cadbury.

Vale, vale, sólo son hipótesis sin confirmar. En cualquier caso, mirad la fotografía y pensad que, posiblemente, en esa colina estuvo Camelot; si un escalofrío no os recorre la espalda es que no sois tan románticos (o tan idiotas) como yo.

Vaya, una vez más me he puesto a hablar sobre mi leyenda favorita y no he sabido parar. Disculpad el coñazo. Quizá penséis que, dado que este verano me voy a Escocia, ya no os daré más la tabarra con el rey Arturo de las narices. Pues os equivocáis, porque la historiadora Norma Goodrich asegura que el rey Arturo no gobernó en Inglaterra sino en Escocia. Según sus investigaciones, sería Stirling, al noroeste de Edimburgo, y no el castillo Cadbury, el lugar donde estuvo Camelot. ¿Y sabéis qué?: voy a pasar por allí, así que iros preparando.

viernes, junio 18

Fleetway

No sé si también os sucede a vosotros, pero en mi mente están asociadas las distintas etapas de mi niñez y primera juventud a lo que leía en cada momento, sobre todo en lo que respecta a los cómics. Por ejemplo, si decís “Capitán Marvel”, inmediatamente retrocedo a cuando tenía seis o siete años y mis padres me compraban los cuadernillos apaisados que Hispano Americana de Ediciones publicaba sobre ese personaje (no me refiero al superhéroe de la Marvel, sin al de DC creado por Bill Parker y C. C. Beck). Más adelante, entre los ocho y los diez u once años, me aficioné a todo el material de DC que publicaba Editorial Novaro (Superman, Batman, Linterna Verde, Titanes Planetarios, etc.) y, simultáneamente, a los tebeos del KFS que publicaba Editorial Dolar (Flash Gordon, El Hombre Enmascarado, Mandrake, Rip Kirby...). Por cierto, cuando Manuel Fraga era ministro de Información y Turismo prohibió los tebeos de Superman, porque el personaje y su historia ¡se parecían demasiado a Moisés o Jesucristo!

La revista Gran Pulgarcito, de Bruguera, que publicaba básicamente material de la francesa Pilote, se corresponde a mi adolescencia, igual que los cómics y revistas que publicó Buru Lan marcan mi primera juventud. En fin, podría seguir, pero ya os he aburrido bastante; entendéis el asunto, ¿no? Tebeos = etapas de mi vida. Pues bien, más o menos a mitad de mi adolescencia, me aficioné a ciertos cómics británicos que en España publicaba Editorial Vértice. Me refiero a los personajes de la editorial Fleetway; en concreto a Zarpa de Acero, Kelly Ojo Mágico, Mytek el Poderoso y The Spider, con ocasionales apariciones de Dollman y Archie el Robot.

Supongo que esa línea de cómics era algo así como la respuesta británica a los superhéroes norteamericanos, pero sin duda fue una respuesta extravagante. Porque, justo es reconocerlo, los personajes de la Fleetway eran raros de cojones. Por ejemplo, The Spider, creado por el guionista Ted Cowan y el dibujante Reg Bunn (y luego continuado por Jerry Siegel, el cocreador de Superman). No se trata de un superhéroe, sino de un supervillano parecido al Sr. Spock, de un delincuente armado con múltiples gadgets tecnológicos y poseedor de una megalomanía tan extrema que le lleva a acabar con la competencia (los demás delincuentes) para demostrar que es el rey del crimen. Es decir, The Spider es un villano que se comporta como un héroe para demostrar que es el mayor de los villanos. Raro, ¿verdad?

¿Y qué decir de Dollman? Es un tipo bajito y ridículo que combate el crimen fabricando muñecos robots dotados de habilidades especiales. Dollman usa su pericia de ventrílocuo para hacer hablar a sus muñecos en público... pero también mantiene con ellos largas charlas en privado, demostrando que está como una regadera. En cuanto a Mytek el Poderoso, se trata de un robot gigantesco con aspecto de gorila, algo así como una mezcla entre Mazinger Zeta y King Kong. Lo construyó en África un científico (blanco) usando como mano de obra a una tribu (de negros). ¿Suena absurdo? Lo es, pero de chaval me lo pasaba bomba con ese gorilón mecánico.

Kelly Ojo Mágico, creado por Tom Tully y Solano López, no era una serie filo-gay, como su nombre puede dar a entender, sino las aventuras de un tipo bastante bobalicón, llamado Tim Kelly (nótese el parecido entre los nombres del personaje y el guionista), que encuentra el Ojo de Zoltek, un talismán que dota de invulnerabilidad a quien lo lleve. Invulnerabilidad, no superfuerza, ni capacidad de volar o echar rayos por los ojos. Según recuerdo, la serie estaba narrada con mucho humor y excelentemente dibujada por el maestro Solano, el genial coautor de El Eternauta.

Y por fin llegamos a mi personaje favorito: Zarpa de Acero, obra de Tom Tully y el inconmensurable Jesús Blasco. Zarpa de Acero era un oscuro ayudante de laboratorio, llamado Louis Crandell, con una mano artificial, una prótesis biónica de eso, de acero. Un buen día, se produce un accidente en el laboratorio y Crandell descubre que, cuando recibe una descarga eléctrica, se vuelve invisible; todo él menos su mano artificial. Además, puede lanzar descargas eléctricas. Puestas así las cosas, Crandell emprende una lucrativa carrera delictiva, hasta que es reclutado por una sección del servicio secreto llamada El Escuadrón de las Sombras. A partir de ese momento, Crandell, alias Sombra 5, alias Zarpa de Acero, se dedicará a proteger el mundo de invasiones alienígenas, monstruos o científicos locos.
Me encantaba The Steel Claw. Era una mezcla de cómic de superhéroes y novela negra al estilo Trevanian, todo muy oscuro, siniestro y folletinesco. Lo curioso es que el protagonista no resultaba nada simpático; por el contrario, Crandell era un tipo bastante borde, muy poco sexy y con un contumaz ramalazo masoquista, como demostraban sus gritos de placer cuando miles de voltios le recorrían el cuerpo. Pero tenía gancho. De hecho, siempre he considerado de lo más sugerente la imagen de esa mano metálica flotando en el aire como una presencia amenazadora y fantasmal.

¿Eran buenos los cómics de la Fleetway? No lo sé; los leí hace (¡joder!) cuarenta años y me gustaban mucho, pero entonces era joven e inexperto. Sé positivamente que eran raros, diferentes y extravagantes, y que algunos de ellos estaban extraordinariamente dibujados, pero apenas recuerdo las historias; sólo las sensaciones que me provocaban. Hace tres o cuatro años, Norma publicó Albion, un álbum “producido” por Alan Moore con protagonismo de todos los personaje de la Fleetway. La historia parte de que esos “héroes”, ya envejecidos, han sido encerrados por el gobierno británico en una prisión de alta seguridad. Luego ya no recuerdo muy bien qué pasa, porque Albion es un cómic francamente decepcionante. Antes dije que estaba “producido” por Alan Moore, porque él sólo se ocupó de la trama, mientras que el guión lo escribieron su hija, Leah Moore, y el marido de ésta, John Reppion.

Dicen que el talento se salta una generación, así que los hijos de Leah serán, sin duda, tan geniales como su abuelito; pero en cuanto a ella... digamos que no supo captar el espíritu ni sacarle partido a los excéntricos personajes de la Fleetway. Con todo, Albion contiene un detalle genial, sin duda obra del papá de Leah: en el cómic, todos los primeros ministros ingleses a partir de Margaret Thatcher llevan siempre encima el Ojo de Zoltek que el gobierno le quitó al pobre Tim Kelly.

¿Y por qué estoy hablando de todo esto? Veréis, cuando cumplo años suelo ir a alguna tienda de cómics y me compro algo digamos que inusual. Por ejemplo, hace unos años fui a Metrópolis el día de mi cumpleaños y compré un montón de tebeos antiguos (aunque en perfecto estado) del Capitán Marvel. Me costaron una pasta, pero no veáis cómo disfruté revolcándome en la añoranza. Pues bien, el pasado día diez del presente mes (mi cumple) pasé por Arte 9 y de repente me encontré con que Planeta DeAgostini está reeditando a los viejos héroes de la Fleetway. De momento ha comenzado con el tomo 1 de las aventuras de Tim Kelly, ahora denominadas El Ojo Mágico de Kelly, y el mes que viene lanzará el primer número de Zarpa de Acero.

Por supuesto, me compré encantado de la vida el álbum de Kelly. Aún no lo he leído (releído más bien), pero lo tengo a mi lado, en la pila de libros y tebeos que se alza en mi dormitorio ocultando la mesilla de noche, y de vez en cuando lo abro para contemplar los magníficos dibujos de Solano, y disfruto como una marmota al sol cociéndome a fuego lento en el baño María de la nostalgia.

Y es que, con los tiempos que corren, volver la vista atrás, cuando todo era más sencillo, resulta reconfortante.

miércoles, junio 9

Todos los segundos hieren; el último mata.





¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, tralarala la lara, tralarala lará!




martes, junio 8

Póker

Hasta finales de los 70 el juego estuvo prohibido en España. No había casinos, ni siquiera bingos, y si querías jugarte la pasta no tenías más opciones que las quinielas, la lotería, los ciegos, el frontón o las carreras de caballos y perros. Lo cual, por supuesto, no quiere decir que no se jugase; había garitos clandestinos (uno de ellos en el selecto y pijísimo club de tiro de pichón, por ejemplo). Eso en lo que a ruleta y Black Jack se refiere, pero luego estaba el oscuro mundo del póker. La verdad es que, al menos en Madrid, había partidas de póker por todas partes. Normal; para jugar a la ruleta hace falta, es evidente, una ruleta, pero para jugar al póker sólo se precisa una baraja.

Cuando yo era joven y alocado, cuando mi territorio era la noche, conocí a una mujer de unos 45 años. No recuerdo cómo se llamaba, pero sí que era viuda y que se ganaba la vida organizando partidas de póker en su casa. Ella ponía el “local”, las copas y la comida, y a cambio se llevaba un porcentaje. Existían decenas de timbas como esa en la ciudad. Y no sólo en casas particulares; en las trastiendas de muchos bares y cafés se celebraban partidas clandestinas, como en la desaparecida cafetería La Concha o en el Café Comercial. En el mundo universitario eran famosas las timbas que se celebraban en el bar de la Facultad de Derecho, pero quizá la timba más curiosa que he conocido se celebraba en Exa.

Exa es un estudio de doblaje. Hace años, y supongo que ahora sigue igual, no cerraba nunca; dado el volumen de trabajo, estaba abierto 24 horas al día. No sé si sabéis cómo se doblan las películas. Se hace por partes, cortando la película en fragmentos (llamados “takes”) y doblándolos uno por uno. De modo que es posible que un locutor doble varios takes a las doce de la noche y que no tenga que volver a intervenir hasta unas horas más tarde. ¿Qué hacer con el tiempo muerto? Jugar al póker, por ejemplo. Así pues, en el bar de Exa había una partida de póker permanente formada por locutores y técnicos de sonido. Cuando alguno tenía que trabajar, se levantaba y otro ocupaba su puesto. En conclusión: la timba de Exa llevaba durando ininterrumpidamente meses, quizá años; variaban los jugadores, pero la partida permanecía. No sé qué os parece a vosotros, pero eso me suena a mí de lo más borgiano: una partida de póker infinita donde, a la larga, se repetirán todas las jugadas, aunque con jugadores distintos. Algo así como una biblioteca de Babel canalla.

¿Y cuál es mi relación con el póker? Lo adoro, pero sólo juego entre amigos y por poca pasta. Soy un jugador impulsivo, de corazonadas, lo cual es la mejor estrategia que existe para perder; así que ni se me pasa por la cabeza jugar al póker en casinos o en partidas hard. Además, escarmenté en cabeza ajena. Veréis, hace muchos años, en mi alocada juventud, compartí piso durante un tiempo con Mariano, un estudiante de derecho algo mayor que yo. Mariano se aficionó al póker en la facultad y se dejó arrastrar por él. Al principio se limitó a jugar en el “circuito de aficionados”, por llamarlo así, pero le fue bien y, sin darse cuenta, dio el salto al campo profesional. A los pocos meses, tuvo que pedir un crédito para poder pagar las deudas y, afortunadamente, dejó de jugar. Eso me enseñó que el póker está muy bien como pasatiempo, pero no como obsesión.

En cualquier caso, había algo embriagador y sugerente en el universo del póker, y no me refiero sólo al juego, sino también al ambiente que lo rodeaba. El tapete de fieltro verde con una única luz concentrada en él, el tintineo de las fichas, el susurro de los naipes, el humo del tabaco, la noche, las copas en vaso largo... Prueba de su capacidad de fascinación es que el póker era el único juego de cartas abiertamente cinematográfico, como demuestran películas tan estimulantes como El golpe, The Cincinnati Kid, El destino también juega o House of Games.

Si os fijáis, hablo en pasado. El otro día fui a casa de alguien a quien no conocía; había quedado allí con un amigo que tardó en aparecer, de modo que estuve charlando un rato con mi desconocido anfitrión. El hombre, un tipo amable y simpático, no dejaba de prestar atención a un ordenador portátil: estaba jugando un partida de póker on line. En realidad, era un campeonato y no podía dejar de jugar (me confesó que llevaba seis o siete horas jugando). Mi hijo Óscar también juega en la Red de vez en cuando. Y yo también lo he hecho. De repente, el póker se ha puesto de moda e incluso lo retransmiten por televisión. Bueno, de repente no: lo están poniendo de moda las empresas propietarias de páginas de juego mediante una intensa actividad de relaciones públicas. El caso es que ahora todo dios juega al póker desde su casa.

Sin duda se debe a que me estoy haciendo viejo, pero eso no es póker para mí. El juego no debe ser, en mi opinión, sólo una mecánica, sino también un ambiente, un entorno, un conjunto de sensaciones. Adoro los casinos europeos, sobre todo los más decadentes; son lugares literarios, porque están llenos de historias y de personajes. Por contra, detesto Las Vegas; es una especie de Disneylandia del juego, un supermercado del azar. Montecarlo es madera; el Caesars Palace es plástico.

Pues lo mismo me pasa con el póker on line: jugar en el ordenata es convertir un ritual en un videojuego, arrebatarle el alma a algo que va mucho más allá del azar. ¿Dónde quedan los intercambios de miradas, el trasiego de las fichas, el humo del tabaco, las bromas y la charla intranscendente? ¿Y dónde queda el viejo póker de cinco naipes cerrados con descarte ahora que todo es Texas Holden? ¿Y la mitología del jugador; queda algo de ella en un momento en que juegan al póker desde los niños hasta las amas de casa? En la promoción de las retransmisiones televisivas de campeonatos de póker, le llaman a este juego “deporte”. ¿El póker un deporte? ¿Los tipos panzudos que he visto jugar mientras fumaban como carreteros y bebían como templarios eran deportistas? Amos no me jodas... El póker es una actividad dudosa, joder, una ciencia oscura, un pasatiempo no siempre inofensivo, pero jamás una tabla de gimnasia sueca.

En fin, me consuelo pensado que, sin duda, la noche sigue albergando timbas de la vieja escuela; que, más allá de ese parque de atracciones digital que es la Red, alguien mantiene encendida la llama de la clandestinidad analógica.

Pregunta: Fijaos en la mano de póker que aparece en la fotografía. El primero que me diga cómo se llama y por qué, se llevará un premio simbólico.

NOTA: El 2 de agosto de 1876, en el saloon Nuttal & Mann's de Deadwood, mientras Wild Bill Hickock jugaba una partida de póker, Jack McCall le asesinó disparándole por la espalda. En ese momento, Hickock tenía unas dobles parejas de ases ochos. Desde entonces, a esa mano se la conoce como "mano del muerto" o "mano del hombre muerto". Los ganadores del concurso han sido los ilustres merodeadores Merak y Alberto. Para ellos el premio simbólico consistente en una copa de oro imaginaria.

viernes, mayo 28

Perdidos en Perdidos

Ya está, hace una semana llegó el final de LA SERIE, y con él una catarata de decepciones. Tranquilos, no voy a desvelar en qué consiste dicho final, entre otras cosas porque no hay nada que desvelar. Digamos que se trata de un the end abierto que no explica casi ninguno de los misterios de la isla.

¿Convierte esto a Perdidos en una mala serie? ¿Le da la razón a quienes, barruntando que algo semejante iba a ocurrir, dejaron de verla? ¿Nos han timado? Pues hombre, todo depende del punto de vista. Desde luego, lo ideal hubiera sido que el final cerrara todos los cabos sueltos y explicara hasta lo de los puñeteros osos polares, pero yo no albergaba la menor esperanza, pues hace tiempo que me di cuenta de que era imposible justificar de forma coherente todo lo que sucedía en la isla. Aún así, seguí viéndola. ¿Por qué?

Comencemos por el principio. Perdidos nunca ha sido un producto novedoso ni revolucionario. En realidad, se trata de narrativa clásica basada en un arquetipo clásico. ¿O es que os creéis que esta serie hubiera existido de no ser por el viejo Verne y su La isla misteriosa? Vale, arquetipos clásicos: isla perdida + robinsones. Narrativa clásica: un grupo de personas variopintas -a quienes iremos conociendo conforme avance la narración- metidas por accidente en una situación límite. Digamos que Perdidos es, en principio, una mezcla de La isla misteriosa, El señor de las moscas y Aeropuerto. Y un poquito de King Kong, por qué no. Nada nuevo. Entonces, ¿qué la ha convertido en un acontecimiento social?

En primer lugar, es un relato de aventuras en estado puro; un género éste que, en su forma clásica, lleva mucho tiempo casi ausente de las pantallas (grandes o pequeñas) y de la literatura. Pero a todo el mundo le gusta la aventura clásica, como demuestra la saga de Indiana Jones o la trilogía inicial de Star Wars. Lo único que ha hecho el bueno de J.J. Abrams es modernizar y actualizar unos arquetipos aventureros clásicos que siempre funcionan cuando se usan con habilidad.

En segundo lugar, Perdidos está narrada con lenguaje cinematográfico. No es la primera serie que lo ha hecho, por supuesto, hay muchas (Deadwood, Roma, Carnivale...); no obstante, creo que sí es la primera que ha aplicado la gramática del cine a la aventura. ¿Importa eso? Pues en este caso sí, porque el género aventurero exige de algún modo la amplitud panorámica y espectacular del cine, mientras que ese supuesto lenguaje televisivo basado en el plano corto y la cámara estática va en detrimento del género. Por otro lado, el dinero invertido en la producción se nota y se agradece.

Ahora permitidme un inciso. ¿Qué otra serie de TV ha tenido tanto impacto social como Perdidos? Que yo recuerde, sólo Twin Peaks, la célebre producción de Lynch y Frost de principios de los 90. Es posible que algunos no lo recordéis, pero llegaron a venderse camisetas con el lema “Yo maté a Laura Palmer” y el episodio donde por fin se descubría al asesino creo una expectación similar al final de Perdidos. En fin, no fue un acontecimiento tan grande como el actual, pero es que entonces no existía el fenómeno Internet. ¿Qué tienen en común Twin Peaks y Perdidos? Pues el tratamiento cinematográfico, una galería de personajes atractivos e interesantes, y el misterio.

La tercera razón del éxito de Perdidos es, evidentemente, el misterio. Pero no sólo el misterio global que constituye el eje de la serie (¿qué es la isla?), sino una constante sucesión de enigmas que, al final, han demostrado ser tramposos.

En cuarto y último lugar, la galería de personajes. Perdidos es, fundamentalmente, una serie de personajes; de buenos personajes con buenas historias. ¿Estereotipos?, en muchos casos sí, pero muy hábilmente empleados. Tenemos dos modelos de tío bueno: el tío bueno bueno, Jack, y el tío bueno malo, Sawyer (todas os quedáis con Sawyer, ¿eh, merodeadoras?); tenemos el aventurero con un toque místico, Locke; tenemos el gordito simpático, Hurley; tenemos el hombre de acción de turbio-pasado-pero-en-el-fondo-buen-corazón, Sayid; tenemos la tía buena al estilo Howard Hawks con un toque melancólico, Kate (por cierto, ¿soy el único que se ha enamorado de Evangeline Lilly?); tenemos el tío raro y simpático, Desmond... y la pareja de ancianos encantadores, Rose y Bernard, los exóticos, Sun y Jim-Soo, el malvado odioso, Ben, el bala perdida frágil y entrañable, Charlie, la rubia tonta, Shannon... Vamos que hay de todo. Pero no es sólo la variedad; lo cierto es que son personajes bien dibujados, atractivos y con historias interesantes. Y lo que es muy importante: sostenidos por un casting impecable.

Podría seguir intentando desentrañar las razones para el éxito de Perdidos, pero no vale la pena; aún así, me dejaré una, la última, para más adelante. La cuestión es: ¿me ha decepcionado el final de Perdidos? Sí, por supuesto; no sólo porque no explica nada, sino porque tiene un toque místico-religioso que a mí, personalmente, me toca los eggs. Y es que, uno de los problemas, quizá el principal, que planteaba Perdidos, consiste en que, aparte del marco aventurero, su temática siempre ha oscilado entre la ciencia ficción y la fantasía pura; dos géneros que, pese a pertenecer a la misma familia literaria, son por lo general antitéticos. Dar respuestas fantásticas a planteamientos de ciencia ficción no sólo es un recurso tramposo, sino además equivocado, pues la verosimilitud (el pacto de suspensión de la incredulidad que has alcanzado con el lector/espectador) se va a la mierda. Eso, aparte de no dar la menor respuesta, es lo que le ha sucedido al final de Perdidos.

No obstante, me pregunto cuántas buenas series de TV han concluido con un final de altura y, la verdad, no recuerdo ninguna. Remontándome al pasado, hubo una serie a mediados de los 60 que fue, y sigue siendo, de culto (aunque minoritario, eso sí). Me refiero a El prisionero, producida y promovida por Patrick MacGoohan. En esta serie y durante 17 capítulos, se planteaban dos misterios: quién era el Número 1, el líder de La Villa, el surrealista balneario/cárcel donde está encerrado un ex agente secreto sin nombre, el Número 6, y por qué éste dimitió del servicio secreto. Pues bien, el capítulo final no sólo no respondió a ninguno de estos dos enigmas, sino que además consistió en una especie de desmadre pop que venía a decir: “¿y qué coño importa?”.

El desenlace de Twin Peaks también defraudó a sus seguidores, y el fundido a negro de Los Soprano nos dejó a muchos con una ceja levantada. Prison Break... bueno, tras la modélica primera temporada se fue a hacer puñetas en la segunda. Y es que en general, el gran problema de muchas series de TV (sobre todo las que cuentan con una trama general) es que, si no tienen éxito, la serie se suspende abruptamente sin cerrar la trama (por ejemplo, Carnivale), y si tienen éxito, la serie se estira y se estira, complicándose sin sentido. Y el ejemplo perfecto es Perdidos, que se expandió con una huída hacia delante no demasiado reflexiva.

Entonces, ¿considero Perdidos una serie fallida y desechable? Pues mirad, fallida sí, por supuesto, porque uno se queda un poco con la sensación de que le han tomado el pelo. Pero desechable... ni mucho menos, para nada. Me alegro de haberla visto.

Porque aún queda por comentar lo que yo considero la última razón del éxito de Perdidos: su tono onírico, su capacidad de evocación y sugerencia. Esta serie comparte con Twin Peaks un aspecto más: ambas se desarrollan en una realidad irreal, en un mundo semejante el de los sueños. Y por tanto en un mundo que no tiene por qué ser coherente. Hay demasiadas ideas sugestivas y fascinantes en Perdidos, demasiados buenos momentos teñidos de misterio, como para tirar la serie a la cesta de las inutilidades. Esa señal de radio repitiendo una y otra vez un mensaje en francés, esas escotillas que conducen al subsuelo de la selva, esa Iniciativa Dharma tan setentera, esos bramidos que hielan la sangre mientras contemplamos a lo lejos cómo los árboles se agitan bruscamente delatando la presencia de algo monstruoso (puro King Kong y su Isla de la Calavera), esa valla de postes retro-futuristas destinada a impedir el paso de un ser terrible, ese coloso de piedra del que sólo queda un pie inhumano...

Personalmente, prefiero conservar en la memoria todos los buenos momentos que me ha proporcionado Perdidos a lo largo de sus seis temporadas, todas las ideas sugerentes, todos los personajes atractivos, y olvidarme de ese final tan tramposo y ecuménico (fijaos en la vidriera de la iglesia). De hecho, ya lo he olvidado.



Nota: La chica de abajo, aunque no lo parezca, es Evangeline Lilly.



lunes, mayo 24

Un vistazo al infierno

Mis disculpas, merodeadores, por haber descuidado Babel durante demasiado tiempo. Tenía comprometida la fecha de entrega de una nueva novela y las últimas semanas me he dado una panzada de escribir. Supongo que más de una vez me habéis oído/leído mencionar que odio escribir... Y lo odio, es trabajoso y yo soy un vago vocacional. Aunque también sabréis que añado: ...pero adoro haber escrito. Así que aquí me tenéis ahora, encantado con esas casi doscientas páginas que se amontonan en un archivo de mi procesador de textos. En estos momentos me parecen una mierda, bazofia inmunda, caca de la vaca, un texto espantoso que no merece, no ya ser publicado y leído, sino simplemente existir. Pero eso me sucede siempre que acabo un relato; y a lo mejor tengo razón, pero no importa. He escrito, el texto está ahí, dentro de una o dos semanas lo corregiré y, quién sabe, puede que entonces no me parezca tan malo.

Se trata de una novela llamada provisionalmente “El asunto Miyazaki” y será editada y lanzada en formato digital. También se trata de la primera novela de ciencia ficción que escribo en mucho tiempo, aunque, eso sí, ambientada en la actualidad. Ya os iré contando.

Bueno, ¿y ahora de qué hablamos? De televisión, por ejemplo. Hace una semana vi el décimo y último capítulo de The Pacific, la producción de Spielberg y Tom Hanks para la HBO, que trata sobre la guerra del Pacífico, EE UU Vs. Japón. Pues bien, reconozco que esa serie me ha sorprendido y mucho. Había visto Hermanos de sangre, la anterior serie de Spìelberg-Hanks centrada en la Segunda Guerra Mundial en Europa, y me pareció un producto excelentemente producido y realizado, pero quizá demasiado convencional. Nada de lo que contaba me resultaba nuevo. Pues bien, la sorpresa consiste en que The Pacific también es, como su serie hermana, un producto impecable, pero muchísimo menos convencional.

La diferencia estriba en que Hermanos de sangre narraba una gesta, mientras que The Pacific describe un viaje al infierno. Y es curioso, porque la guerra del Pacífico fue protagonizada en exclusiva por los norteamericanos (y los japoneses, claro), y además como respuesta a un ataque traicionero (la única agresión bélica que han sufrido los yanquis en su territorio, si descontamos el 11-S). Es decir, el asunto invitaba a la soflama heroica y patriotera. Pero no, qué cosas.

The Pacific no es una serie de “hazañas bélicas”; lo cual no quiere decir que no haya escenas de acción y batalla, por supuesto (la mayor parte de ellas deudoras de los treinta magistrales primeros minutos de Salvar al soldado Ryan). Pero no van por ahí los tiros, y nunca mejor dicho. De hecho, en varios capítulos prácticamente no hay acción bélica. Porque The Pacific no se centra en los aspectos aventureros y espectaculares de la guerra, sino en lo que la guerra le hace a los hombres y mujeres que están involucrados en ella. O destrozarlos, o endurecerlos. O las dos cosas a la vez.

Apenas hay margen para el heroísmo en The Pacific. Los japoneses casi nunca se presentan más que como siluetas o sombras apenas entrevistas en el fragor de la batalla, y cuando la cámara muestra sus rostros, siempre aparecen como víctimas de la violencia, en ocasiones desmedidamente cruel, desatada por sus enemigos, los supuestos héroes de la función, los americanos. En la serie, los japoneses son una especie de enemigo abstracto, ni particularmente odioso, ni particularmente inhumano; el reflejo, en realidad, de las tropas yanquis, pues unos y otros, aparte de luchar en distintos bandos, son lo mismo: soldados llenos de temor que matan, no por ideales, sino por intentar sobrevivir.

A decir verdad, en The Pacific el verdadero horror no es lo que aparece en las escenas bélicas, con la muerte, las mutilaciones y la sangre salpicando el objetivo de la cámara. Todo eso ya lo hemos visto antes. No, lo verdaderamente espantoso se produce antes y después de las batallas. Esas tropas yanquis abandonadas a su suerte por el alto mando en una isla sin agua, ese soldado norteamericano arrancando con su bayoneta las muelas de oro de los cadáveres japoneses, esa isla donde no se puede cavar ni una trinchera, pues en cuanto se dan tres paletadas aparece un cadáver putrefacto, esa mujer que rechaza el amor de un soldado porque está convencida de que él va a morir y no quiere llorarle...

El último (y magistral) capítulo de The Pacific ejemplariza a la perfección el tono de la serie. En él se relata el regreso de los soldados a sus hogares; pero no el de aquellos combatientes que volvieron a casa nada más acabar la guerra, sino el de los efectivos que permanecieron en los territorios ocupados y que no pudieron regresar a su país hasta un año después, cuando ya no había muchedumbres aclamándoles ni desfiles en su honor, cuando la gente, el pueblo, ya se había hartado de héroes y lo único que quería es olvidar la guerra.

Este episodio final narra, entre otras cosas, el modo en que retoman sus vidas dos de los protagonistas de la serie: los infantes de marina Eugene Sledge y Robert Leckie, interpretados respectivamente por Joseph Mazzello y James Badge Dale. El primero, un joven idealista de buena familia, regresa a su hogar roto por dentro, incapaz de asumir las terribles experiencias que ha vivido. La sobria y emotiva escena en que se desmorona y rompe a llorar durante una cacería junto a su padre, muestra con brillantez y sensibilidad el grado de desolación en que se encuentra el personaje.

Por el contrario, Robert Leckie es el polo opuesto. Antes de ser movilizado era un periodista ateo, cínico y escéptico, y la guerra no ha hecho más que confirmar –y fortalecer- la opinión que ya tenía sobre el mundo. Era duro, pero se ha endurecido aún más; por eso, cuando regresa a casa no tarda en recuperar su empleo y conseguir a la mujer que quiere. No porque sea un triunfador, sino porque es un superviviente. En una de las últimas secuencias, este personaje dice algo que en cierto modo sintetiza el espíritu de la serie. Se encuentra en su casa, cenando en compañía de un grupo de familiares y amigos; estos comentan la reciente aparición de la televisión, toda una novedad en aquel momento. Al poco, uno de ellos le pregunta a Leckie por qué luchó en la guerra, y éste, con una sonrisa irónica, responde: “¿Por qué luché? Por la televisión”.

Creo que esa frase es uno de los más amargos, sarcásticos y sutiles alegatos antibélicos que he oído nunca.

lunes, mayo 3

Valen la pena

La tutora/bibliotecaria del blog La amena biblioteca de Redfield Hall -y amable merodeadora de Babel- ha tenido la gentileza de de otorgarle a La Fraternidad de Babel el premio Vale la Pena. ¡Muchas gracias amiga mía! Aceptar el premio supone galardonar a otros diez blogs y lo haré acto seguido. Pero como la naturaleza del premio implica que los premiados se incrementen en función de una mareante progresión geométrica, me abstendré de comunicarle a mis elegidos que... eso, que les he premiado. Si se pasan por Babel y se enteran, genial; y si no, les ahorro tener que extender el premio. Porque, si os paráis a pensarlo, un premiado genera otros diez premiados, que a su vez generan cien, y luego mil, y así, en tan solo seis pasos, llegamos a un millón de blogs que “valen la pena”. ¿Hay un millón de blogs valiosos? ¿Babel lo es? Y si lo es, ¿para qué demonios vale? Que cada cual conteste en su fuero interior tan complejas preguntas, porque yo me voy a limitar a premiar diez blogs. Estos son por riguroso orden alfabético:

Atravieso el espejo. El blog de mi antigua compañera de universidad Alicia Liddell. No lo renueva con mucha frecuencia, pero sus artículos son lúcidos y brillantes.

Calla y lee. Un lugar dedicado al manga y el anime, aunque también al cine, la TV, los juegos y la literatura. Mi hijo Pablo colabora en él.

Círculo escéptico. El blog de El Círculo Escéptico, una asociación dedicada a fomentar el pensamiento crítico y racional y a combatir la superchería.

Crisei. El blog del escritor Rafael Marín. Literatura, cine, TV y (enciclopédicamente) cómics, entre otras cosas.

Editar en voz alta. El blog de la editora y buena amiga Elsa Aguiar; extremadamente útil para todo aquel que quiera conocer el mundo editorial.

El testigo ocular. El blog del escritor Luis Manuel Ruiz. Sus artículos suelen ser deslumbrantes. Su “Diccionario de arena”, sencillamente genial.

Escrito en el agua. El blog del escritor Rodolfo Martínez. Últimamente apenas renueva, pero cuando lo hace suele valer la pena.

La nueva cultura. El blog de Julián Díez. Lleva tiempo sin publicar nada nuevo, pero tratándose de un aguerrido polemista como él, confiemos en su pronto regreso.

Miguel de Unamuno. El blog personal del pintor y diseñador así llamado. Tataranieto del escritor y extraordinario artista. No hay textos, pero sí abundantes muestras de su obra.

Planells fact&fiction. El blog del escritor Juan Carlos Planells. Relatos, literatura, cine, música y memoria.

Prospectiva. Una de las mejores revistas electrónicas en castellano dedicadas al fantástico. Imprescindible.

jueves, abril 22

Premio Hache 2010

Acabo (literalmente) de volver de Molina de Segura, donde he participado en la IV Edición del ciclo Escritores en su tinta, y estoy hecho polvo -eso de los aeropuertos cansa-, pero me apetece compartir una noticia con vosotros. Estando allí me dijeron que ya se había hecho público algo que me anunciaron la semana pasada, pero que me pidieron que mantuviera en secreto: mi novela La caligrafía secreta ha ganado la segunda edición del Premio Hache que convoca el Ayuntamiento de Cartagena.

Y, la verdad, me hace mucha ilusión, porque estos premios (el Madarache para literatura general y el Hache para literatura juvenil) tienen una peculiaridad: son votados por los lectores. La cosa es así: los organizadores del premio eligen tres novelas finalistas y esas novelas se distribuyen entre una serie de lectores que previamente se han inscrito para tal fin. En esta ocasión votaron 1.254 jurados. Las otras dos finalistas eran Por el camino de Ulectra, de Martín Casariego, y La paloma y el degollado, de Fina Casaderrey.

La caligrafía secreta es mi última novela juvenil publicada y también una de las más especiales para mí. Por lo general, cuando acabo de escribir una novela el resultado final es inferior a lo que yo pretendía en un principio. En el caso de La caligrafía secreta ocurrió al contrario: lo que obtuve se me antojó mejor de lo que esperaba. Por otro lado, siempre digo que yo no escribo novelas para jóvenes, sino novelas que también les gustan a los jóvenes. No hago diferencias entre literatura general y literatura juvenil, lo juro (aunque algunos se empeñan en no creerme, qué le vamos a hacer). Pues bien, respecto a La caligrafía secreta este criterio es más radical que nunca. La novela está narrada por Diego Atienza en su vejez y cuenta lo que ocurrió durante el verano de 1789, cuando él era un joven aprendiz de calígrafo y viajó a París junto con su maestro, don Lázaro Aguirre de Salazar y Mendoza, con la sobrina de éste, Mariana, y con su cochero y guardaespaldas Tértulo Urriza, para ayudar a un antiguo alumno de don Lázaro que había sido contratado para copiar un misterioso libro llamado el Códice Bensalem. Se trata de una novela de misterio con un elemento fantástico en el centro de su argumento. Y el tratamiento es, porque pretendía serlo, absolutamente adulto.

En concreto, uno de los personajes que he citado, Tértulo Urriza, resulta particularmente “conflictivo”. Se trata de un hombre capaz de desarrollar una gran violencia, de un mentiroso crónico y de alguien muy, pero que muy procaz. Muchas de las historias que cuenta son sencillamente espantosas; las cuenta con humor y desfachatez y puede que no sean reales (o quizá sí), pero no dejan de ser genuinas barbaridades. Una profesora de literatura me dijo que esas historias eran demasiado fuertes y hacían que muchos profesores se cortaran a la hora de recomendar la novela. Me sugirió que las “suavizase”, pero yo, agradeciéndole el consejo, e incluso aceptando que tenía razón, no le hice ni caso. Tértulo es como es y ese pedazo de animal me cae demasiado bien como para arrebatarle una de las cosas que más le gusta hacer: escandalizar. Así que, aunque me robe miles de lectores, Tértulo se queda como está. Además, el premio Hache ha demostrado que, por muy bestia que sea, también le cae bien a los jóvenes.

Por lo demás, la novela cuenta con uno de los mejores finales que he escrito. Y, además, con uno de los escasos finales que justifican plenamente el hecho de que el narrador se haya tomado la molestia de escribir un texto tan largo. En fin, supongo que parece que me estoy dando autobombo con toda desfachatez, pero no es así (o no del todo, al menos). No comparo La caligrafía secreta con las novelas de otros autores, sino con mis propias novelas, y cuando digo que es un relato mejor de lo que esperaba, lo digo en el contexto de mi propia obra. Además, si los libros son como hijos, permitidme pavonearme un poco de que a un hijo mío le hayan dado un premio.

El próximo catorce de mayo viajaré a Cartagena para recoger el galardón en una gala ad hoc y así tendré la oportunidad de hacer en público lo que ahora hago en Babel; es decir, darles las gracias a los organizadores del premio y a los numerosos jurados. Sois muy majos.

Y a los demás, disculpas por permitir que mi estúpido ego asome las narices por aquí.

(Ya, ya, siempre lo hace, lo sé)

miércoles, abril 14

Padre X

A finales de los sesenta y principios de los setenta, durante cuatro años, fui alumno de un colegio de “curas”, los Maristas de Chamberí. He puesto “curas” entre comillas porque no son exactamente sacerdotes; se les llama “hermanos” en vez de “padres”, pues, por lo visto, no han hecho todos los votos (o algo así, no conozco muy bien el asunto), de modo que no pueden confesar, ni decir misa, ni muchas de esas cosas tan útiles que hacen los sacerdotes. Son medio curas, por así expresarlo; curas sin licencia para sacramentar.

No puedo decir que guarde muy buen recuerdo de ese colegio. En fin, sí, yo era un adolescente en plena expansión vital y claro que me lo pasé bien muchas veces. Pero no por estar en ese colegio, sino pese a estar en él. Por aquel entonces ya no era creyente y no tardé mucho en convertirme, tras leer a Russell, en un ferviente agnóstico. Aunque, claro, eso, entonces y en un colegio de “curas”, no se iba aireando alegremente. El caso es que, como no creyente, me tocaba mucho las pelotas tener que participar en actos religiosos. Misa los viernes a primera hora, rezar cada tarde un misterio del rosario durante la cuaresma, proyección de películas religiosas, charlas edificantes, rezos y cánticos a mogollón durante el mes de las flores... Con frecuencia cantábamos el himno de los Maristas, dedicado a su fundador, el entonces beato, y ahora por lo visto santo, Marcelino de Champagnat. Así dice la letra:

Pueblen los aires triunfales voces,
den los pensiles tributo en flor.
Brisas inquietas llevad veloces
lauros y aromas al Fundador.
Te ofrendamos Padre filial cariño
cual fragante incienso de gratitud.
A tu solio llegan vítores de niños
llega el coro excelso de la juventud.
Padre en cuyo pecho la bondad fulgura
Padre que la senda nos mostró del bien,
fuente es tu enseñanza de simpar ventura
de la obra Marista tú eres el sostén.
Inflamado apóstol de alma noble y pura
sueña mi hondo anhelo coronar tu sien.

Reconozco que durante años ese himno fue para mí un enigma: no entendía un carajo de lo que decía. ¿Qué coño son los “pensiles”? ¿Y un “lauro”? ¿Y qué es eso de que a su “solio” llegan vítores de niños? (suena a marranada) Pero no os perdáis de vista esta frase: “fuente es tu enseñanza de simpar ventura”. Joder, la leo una y otra vez y no acabo de encontrarle sentido. Ahora bien, el himno para mí alcanzaba su punto culminante cuando llegábamos a “de la obra Marista tú eres el sostén”. En ese punto no podía evitar partirme de risa, pues me imaginaba al bueno de Marcelino sujetándole las tetas a una señora muy gorda.

En ese puñetero colegio protagonicé una de las situaciones más ridículas de mi vida. Yo tenía quince o dieciséis años y estaba en clase tan ricamente. Entonces aparece un hermano y pregunta quiénes no habían hecho la confirmación. En un acto de profunda estupidez, levanté la mano junto con la mitad de los alumnos. “Pues hala”, dijo el hermano, arreándonos como si fuéramos ganado; “a confirmaos”. No recuerdo exactamente cómo era la ceremonia de la confirmación. Supongo que habría una misa, pues por aquel entonces en cuanto te descuidabas se marcaban una misa de casi una hora de duración; lo único que sé seguro es que había que confesarse y luego te ponían ceniza en la frente.

Debía de hacer cuatro o cinco años que no me confesaba, así que el asunto me cogió de sorpresa. La retahíla de pecados que usualmente empleaba de niño para confesarme –he insultado a mi hermano, he desobedecido a mis padres, he dicho palabrotas...- no sonaban demasiado convincentes en boca de un adolescente con pelos en los sobacos, así que tenía que buscar otros nuevos. Sabía, por experiencia, que a los curas les encantan los pecados relacionados con el sexto mandamiento, pero por aquel entonces mi única actividad sexual consistía en cascármela obsesivamente, algo que ni bajo amenaza de muerte le confesaría a nadie, por muy ungido de gracia divina que estuviese. De modo que decidí acusarme de tener pensamientos impuros, así en general, pensando que con eso bastaría.

El caso es que, como ya he dicho, los maristas no podían confesar, así que se trajeron a tres curas no sé de dónde (quizá había algún servicio tipo “cura-express” o “el párroco veloz”, vete tú a saber) y nos sentamos en los bancos de la capilla a la espera de que llegara el turno de lavar nuestros pecados. Yo fui de los primeros. Me arrodillé en el confesionario y descubrí que me había tocado un cura viejísimo, un auténtico carcamal. Pero eso no era lo malo: lo dramático era que estaba sordo como una tapia.

Así pues, comencé a contarle en voz progresivamente alta que llevaba mucho tiempo sin confesarme, que había tomado el nombre de Dios en vano, que le había faltado al respeto a mis profesores, que tenía pensamientos impuros... Y ahí la cagué, porque el muy cabrón no se conformaba con una exposición general del asunto: quería detalles y los quería a gritos. Lo malo es que mis pensamientos impuros eran de lo más simple: consistían básicamente en coger una revista guarra y practicar con entusiasmo el vicio solitario; pero ya hemos quedado en que no pensaba confesar que “me tocaba”, así que para explicar en que consistían esos “pensamientos impuros” tuve que inventarme una historia que, por improvisada, debió de sonar de lo más retorcida. Inventármela sobre la marcha y contarla, no lo olvidemos, profiriendo auténticos alaridos. Debió de ser la confesión más pública de la historia.

En fin, no guardo buen recuerdo de ninguno de los hermanos maristas que conocí; todos me parecieron unos impresentables, cada uno a su estilo. Para ser justos, reconozco que en ese colegio, en sexto de bachillerato, recibí clase del mejor profesor que he tenido jamás: don Francisco, que era seglar y creo que tan agnóstico como yo. Él me enseñó a amar a la matemáticas, aunque luego las matemáticas no correspondieran a mi amor. Pero a los “curas” no podía ni verlos.

De hecho, todos sabíamos que había algunos “hermanos” muy sobones. Yo lo sabía de oídas, porque al poco de matricularme en los Maristas sobrepasé el metro ochenta de estatura y en los últimos cursos ya alcanzaba mi actual metro noventa y dos. Es decir, era demasiado alto y grande para despertar pasiones pederastas, así que nadie me metió mano. No obstante, los alumnos menos desarrollados y más sonrosaditos solían ser víctimas de apenas disimulados cacheos libidinosos. Pero, por lo que sé, todo se quedaba en eso: toqueteos.

Hasta que un día -yo estaba en quinto de bachillerato, si mal no recuerdo- hubo un alboroto en el colegio. Gritos, idas y venidas, nerviosismo entre las filas maristas. Nadie nos aclaró nada, por supuesto, pero pronto se corrió la voz: el padre de un alumno había llegado hecho una furia porque el cura se había propasado con su hijo. Nótese que digo cura sin comillas y en singular, porque en el colegio, como los “hermanos” no podían decir misa, había un sacerdote permanente, llamémosle Padre X, un cura de treinta y tantos años de edad que tenía licencia doble cero para impartir toda clase de sacramentos. Y también, por lo visto, para cepillarse a los monaguillos.

No sé qué pasó en concreto. No sé qué le dijo el director del colegio al padre del alumno mancillado, no sé si hubo una denuncia e ignoro si los hermanos maristas ofrecieron alguna clase de compensación a la familia afectada. Lo único que sé es que el Padre X desapareció fulminantemente del centro, siendo sustituido por otro cura doble cero. Y también sé (lo averigüé mucho más tarde) que al Padre X lo trasladaron a un colegio marista de Sevilla, donde prosiguió su admirable labor evangelizadora. En efecto, su único castigo consistió en ser trasladado a otro colegio de otra ciudad. Un colegio, como es natural, lleno de niños.

Eso sucedió hace más de cuarenta años, pero parece que fue ayer, ¿verdad?