Ignoro cuál fue mi primer contacto con el mundo celta. Supongo que los cuentos tradicionales, muchos de los cuales provienen de ese folclore. O quizá fue Asterix, vete tú a saber. Cuando tenía trece años viajé durante un verano con mi familia por Galicia (que allá por mediados de los 60 parecía el fin del mundo, un Finisterre de lo más convincente); una noche dormimos en una casa de huéspedes de no sé que pueblo y su dueña nos estuvo contando historias de la santa compaña, de aparecidos y de meigas, aunque por aquel entonces yo ignoraba que las raíces de todo aquello eran celtas. Más tarde cayó en mis manos un disco de Gwendal, el grupo bretón, y empecé a aficionarme a esa clase de música; inclinación que se consolidó cuando hice la mili en La Coruña.
Tampoco tengo muy claro cuándo empezaron a interesarme los celtas. Supongo que fue conforme me aficionaba a la antropología, cuando me enteré de algo muy curioso: en Europa Occidental hubo dos “rodillos” históricos que acabaron con las culturas que había antes: el Imperio Romano y el cristianismo. En ambos casos fue como borrar una pizarra y volver a escribir sobre ella. Pero no ocurrió así en todas partes. Las tribus germánicas y nórdicas se libraron de los romanos, aunque no del cristianismo, lo cual les permitió conservar sus raíces culturales durante más tiempo. E igual ocurrió con los restos de la cultura celta que resistieron a la colonización romana: Irlanda, Escocia, Gales, Cornualles, varias islas atlánticas y, por extensión (y migración) Bretaña. En este caso, además, la iglesia cristiana celta, por su aislamiento, fue durante muchos años a su bola, con escasa dependencia del papado. Por eso conocemos tanto acerca de la cultura y folclore celta. Y como todo ese conjunto de tradiciones es anterior al Imperio Romano, suponen una línea directa a la Edad del Hierro, la del Bronce y, en última instancia, al Neolítico. Eso es lo que más me interesa de los celtas: lo que su cultura revela acerca del pasado remoto.
Ahora bien, aparte de los conocimientos históricos y antropológicos, ¿qué queda hoy del mundo celta? Poca cosa; prácticamente nada. Los celtas eran una cultura eminentemente rural y, tras las invasiones romanas y germánicas, sus tradiciones permanecieron en el medio rural. Conforme el campo fue deshabitándose y las ciudades creciendo, los restos de la cultura celta se esfumaron poco a poco. En 1893, W. B. Yeats publicó El crepúsculo celta, un conjunto de historias y tradiciones de su tierra, Irlanda. El motivo de ese libro era preservar una literatura oral que se estaba perdiendo... y de eso hace más de un siglo.
Galicia cuenta con tradiciones y folclore celta, pero fue romanizada y su lengua proviene del latín, así que es una especie de hermana bastarda de los países celtas. En Cornualles no queda rastro de celtismo, igual que en Gales. Bretaña, por el contrario, es de lo más celta, aunque creo que es una cuestión sobre todo nacionalista. No conozco Irlanda ni las islas. Pues bien, no sé por qué, pero me imaginaba que Escocia sería la repanocha de celta. Y no es así.
Lo cual no quiere decir que me haya decepcionado, ni mucho menos: Escocia es uno de los países más bellos que he visitado. Estuvimos primero en Aberdeen, al norte, en la costa este. Es una zona muy bonita que recuerda a Galicia, sólo que con más campos de cereales (cebada y malta, supongo; pa’l güisqui). Luego nos fuimos a Inverness, que es una ciudad preciosa cruzada por el Ness, río que acaba desembocando, catorce millas al sur, en, premio, Loch Ness. Es sorprendente el poder de las leyendas; sé perfectamente que no hay ningún monstruo en ese lago, sé que todo es puro sensacionalismo, pero a pesar de eso, cuando contemplaba las tranquilas y oscuras aguas del lago, una vocecita muy débil musitaba en mi mente un tímido “¿y sí...?”.
Inverness está en el corazón de las Highlands. Y seguro que ese nombre, Highlands, os evoca a Rob Roy y a Braveheart, a clanes con faldas de cuadros y a gaiteros montaraces. A mí, desde luego, sí. Las Highlands son, sencillamente, deslumbrantes. Se trata de una región montañosa, pero no demasiado alta; la cumbre más elevada apenas sobrepasa los 1.300 metros. Sin embargo, se dan una serie de curiosas circunstancias. Las Highlands son muy boscosas, pero, por alguna razón que desconozco, a partir de los seiscientos o setecientos metros de altura no crece ni un árbol, ni un arbusto decente, prácticamente nada. Son los famosos páramos escoceses, amplías y totalmente deshabitadas extensiones de terreno cubierto de hierba y, sobre todo, de unos arbustillos bajos y rastreros, de un verde muy oscuro, que dan al paisaje un tono negruzco y plomizo. Son lugares de lo más siniestro, os lo juro, y no me extrañaría nada que estuvieran llenos de hombres lobo; sin embargo, poseen una extraña y tétrica belleza.
Es curiosa esa mezcla de bosque exuberante lleno de ríos y lagos, y en cuanto subes un poco, zas, un sombrío páramo sobre el que no te sorprendería que apareciese el rótulo de la Hammer. Y, además, hace un frío que te pelas; era agosto y la temperatura no sobrepasaba los once o doce grados...
De Inverness nos trasladamos a Oban, en la costa oeste, frente a las Hébridas Interiores. El trayecto de un lugar a otro discurre a lo largo del Great Glen. Se trata de una serie de valles que siguen, durante más de cien kilómetros, una falla de fractura en sentido NE-SO, desde el fiordo de Moray hasta Fort William. En cada valle hay un lago (entre otros Loch Ness) y todos están unidos por el canal de Caledonia. Se trata de una sucesión de paisajes tan increíblemente bellos que te roban el aliento. Imprescindible: ni se os ocurra moriros sin verlo. En fin, la costa oeste es una pasada, llena de fiordos e islas de todo tamaño. Y, por supuesto, castillos en abundancia. Pero no voy a aburriros con los detalles del viaje... Aunque, bien pensado, podría colgar aquí las fotografías que he hecho; a fin de cuentas, sólo son unas seiscientas... Nooooo, es broooooma.
De Oban nos dirigimos a Edimburgo, que es una ciudad bellísima; me sorprendió, no esperaba algo así. Además, en agosto se celebran allí un montón de festivales -más de veinte y, entre ellos, el famoso Fringe- y hay mucho ambiente por las calles. (Nota para los merodeadores más junior: no dejéis de ir a Edimburgo en agosto; no sólo se respira cultura viva por todas partes, sino que además la ciudad está llena de jóvenes y jóvenas llegados de todo el mundo y, a juzgar por su aspecto, con el sistema endocrino en impecable estado). Por cierto, nada más llegar a la capital de Escocia me asaltó una intensa sensación verniana; tardé en caer en la cuenta, pero finalmente recordé que el profesor Lidembrock, protagonista de Viaje al centro de la Tierra, vivía precisamente en Edimburgo.
Volviendo al celtismo de Escocia, conviene señalar que todo el Norte, y en particular las Highlands, está muy, pero que muy poco habitado. Eso tiene una causa histórica. A finales del siglo XVII, el rey Jacobo VII fue destronado por Guillermo de Orange. Los jacobitas, entre los que se contaban los highlanders, protagonizaron varias insurrecciones, hasta que en 1746 fueron definitivamente vencidos en la batalla de Culloden (por cierto, nuestro primer hotel, Culloden House, está emplazado en el escenario de esa batalla). A partir de la derrota, los highlanders sufrieron una salvaje persecución. Los clanes fueron disueltos y sus jefes ajusticiados, las tierras fueron confiscadas y, finalmente, los nuevos propietarios quemaron las granjas, para dedicar el terreno a pastos, expulsando a los habitantes de sus propiedades. Hasta tal punto llegó la represión que estaba penado con la muerte vestir kilt o tocar la gaita. Dado lo sombrío del panorama, los highlanders emigraron en masa, sobre todo a Estados Unidos, Australia y Canadá (¿por eso los rudos leñadores canadienses llevan camisas a cuadros?). Y el norte de Escocia se quedó prácticamente vacío. Más tarde, en el siglo XIX, la corriente romántica propició un movimiento de recuperación de las tradiciones y folclore de las Highlands; el único problema era que apenas quedaban highlanders, pero el problema se resolvió echándole imaginación al asunto. Por ejemplo, todos sabemos que cada clan escocés tenía desde siempre un color y diseño del tartán diferente que los identificaba, ¿no? Pues es falso. Los diferentes tartanes correspondían a diferentes regiones, no a diferentes clanes; pero a los románticos del XIX les pareció mucho más molón que cada clan tuviera su tartán, así que ahora prácticamente cada apellido escocés cuenta con su propio diseño de tela a cuadros. Pero esa tradición no es auténtica.
Lo mismo sucede con los “juegos deportivos” de las Highlands (lanzar troncos, levantar piedras, etc.), que no son más que un espectáculo para atraer turistas. Y con la música, y con las ceremonias, y con la mayor parte de las tradiciones. Todo es una reconstrucción, la imagen de una postal romántica. ¿Vi tíos con kilt en Escocia? Por supuesto: los botones de los hoteles, los gaiteros de las bandas o los asistentes a una boda que hubo en uno de los hoteles (con kilts alquilados, por supuesto). Pero en la mayor parte de Escocia ni siquiera se habla gaélico; de hecho, ese idioma cuenta con menos de 70.000 hablantes. En realidad, las raíces celtas se limitan a la población de las islas Hébridas. Mientras recorríamos el norte del país, me fijé en que en los cementerios del noreste apenas se veían cruces celtas; sin embargo, en la costa oeste, cerca de las islas, había muchísimas.
La verdad es que resulta un poco triste. La cultura celta, que ocupaba la mayor parte de Europa occidental y la casi totalidad de la Península Ibérica, fue tan completamente barrida que los únicos vestigios que quedan de ella están, con la excepción de Irlanda, en pequeñas islas y en remotas franjas de la costa atlántica. Eso no es un crepúsculo, sino noche cerrada.
Pero da igual, he disfrutado muchísimo de nuestro periplo por Escocia. Y, por si todavía no os he dado suficiente envidia, añadiré que tres de los cuatro hoteles en los que estuvimos eran castillos escoceses. Podéis ver dos de ellos en las fotos. Y como sin duda os preguntaréis si en esos castillos había algún fantasma, la respuesta es: a partir del momento en que me hospedé yo, sí.
Y ya para acabar, fijaos en la foto que preside esta entrada. Es un lago escocés llamado Loch Lomond. ¿Os suena de algo? ¡Por las barbas del profeta, hay que ser un bebe-sin-sed, un flebotoma y un bachi-buzuc para no darse cuenta! ¡Loch Lomond es la marca de whisky favorita del capitán Haddock! La verdad, me sentí tan embargado por el mito y la leyenda cuando visité ese lago tan hergiano como cuando estuve en Loch Ness.
Besos y abrazos de reencuentro para todos.

Tampoco tengo muy claro cuándo empezaron a interesarme los celtas. Supongo que fue conforme me aficionaba a la antropología, cuando me enteré de algo muy curioso: en Europa Occidental hubo dos “rodillos” históricos que acabaron con las culturas que había antes: el Imperio Romano y el cristianismo. En ambos casos fue como borrar una pizarra y volver a escribir sobre ella. Pero no ocurrió así en todas partes. Las tribus germánicas y nórdicas se libraron de los romanos, aunque no del cristianismo, lo cual les permitió conservar sus raíces culturales durante más tiempo. E igual ocurrió con los restos de la cultura celta que resistieron a la colonización romana: Irlanda, Escocia, Gales, Cornualles, varias islas atlánticas y, por extensión (y migración) Bretaña. En este caso, además, la iglesia cristiana celta, por su aislamiento, fue durante muchos años a su bola, con escasa dependencia del papado. Por eso conocemos tanto acerca de la cultura y folclore celta. Y como todo ese conjunto de tradiciones es anterior al Imperio Romano, suponen una línea directa a la Edad del Hierro, la del Bronce y, en última instancia, al Neolítico. Eso es lo que más me interesa de los celtas: lo que su cultura revela acerca del pasado remoto.
Ahora bien, aparte de los conocimientos históricos y antropológicos, ¿qué queda hoy del mundo celta? Poca cosa; prácticamente nada. Los celtas eran una cultura eminentemente rural y, tras las invasiones romanas y germánicas, sus tradiciones permanecieron en el medio rural. Conforme el campo fue deshabitándose y las ciudades creciendo, los restos de la cultura celta se esfumaron poco a poco. En 1893, W. B. Yeats publicó El crepúsculo celta, un conjunto de historias y tradiciones de su tierra, Irlanda. El motivo de ese libro era preservar una literatura oral que se estaba perdiendo... y de eso hace más de un siglo.
Galicia cuenta con tradiciones y folclore celta, pero fue romanizada y su lengua proviene del latín, así que es una especie de hermana bastarda de los países celtas. En Cornualles no queda rastro de celtismo, igual que en Gales. Bretaña, por el contrario, es de lo más celta, aunque creo que es una cuestión sobre todo nacionalista. No conozco Irlanda ni las islas. Pues bien, no sé por qué, pero me imaginaba que Escocia sería la repanocha de celta. Y no es así.
Lo cual no quiere decir que me haya decepcionado, ni mucho menos: Escocia es uno de los países más bellos que he visitado. Estuvimos primero en Aberdeen, al norte, en la costa este. Es una zona muy bonita que recuerda a Galicia, sólo que con más campos de cereales (cebada y malta, supongo; pa’l güisqui). Luego nos fuimos a Inverness, que es una ciudad preciosa cruzada por el Ness, río que acaba desembocando, catorce millas al sur, en, premio, Loch Ness. Es sorprendente el poder de las leyendas; sé perfectamente que no hay ningún monstruo en ese lago, sé que todo es puro sensacionalismo, pero a pesar de eso, cuando contemplaba las tranquilas y oscuras aguas del lago, una vocecita muy débil musitaba en mi mente un tímido “¿y sí...?”.
Inverness está en el corazón de las Highlands. Y seguro que ese nombre, Highlands, os evoca a Rob Roy y a Braveheart, a clanes con faldas de cuadros y a gaiteros montaraces. A mí, desde luego, sí. Las Highlands son, sencillamente, deslumbrantes. Se trata de una región montañosa, pero no demasiado alta; la cumbre más elevada apenas sobrepasa los 1.300 metros. Sin embargo, se dan una serie de curiosas circunstancias. Las Highlands son muy boscosas, pero, por alguna razón que desconozco, a partir de los seiscientos o setecientos metros de altura no crece ni un árbol, ni un arbusto decente, prácticamente nada. Son los famosos páramos escoceses, amplías y totalmente deshabitadas extensiones de terreno cubierto de hierba y, sobre todo, de unos arbustillos bajos y rastreros, de un verde muy oscuro, que dan al paisaje un tono negruzco y plomizo. Son lugares de lo más siniestro, os lo juro, y no me extrañaría nada que estuvieran llenos de hombres lobo; sin embargo, poseen una extraña y tétrica belleza.
Es curiosa esa mezcla de bosque exuberante lleno de ríos y lagos, y en cuanto subes un poco, zas, un sombrío páramo sobre el que no te sorprendería que apareciese el rótulo de la Hammer. Y, además, hace un frío que te pelas; era agosto y la temperatura no sobrepasaba los once o doce grados...
De Oban nos dirigimos a Edimburgo, que es una ciudad bellísima; me sorprendió, no esperaba algo así. Además, en agosto se celebran allí un montón de festivales -más de veinte y, entre ellos, el famoso Fringe- y hay mucho ambiente por las calles. (Nota para los merodeadores más junior: no dejéis de ir a Edimburgo en agosto; no sólo se respira cultura viva por todas partes, sino que además la ciudad está llena de jóvenes y jóvenas llegados de todo el mundo y, a juzgar por su aspecto, con el sistema endocrino en impecable estado). Por cierto, nada más llegar a la capital de Escocia me asaltó una intensa sensación verniana; tardé en caer en la cuenta, pero finalmente recordé que el profesor Lidembrock, protagonista de Viaje al centro de la Tierra, vivía precisamente en Edimburgo.
Volviendo al celtismo de Escocia, conviene señalar que todo el Norte, y en particular las Highlands, está muy, pero que muy poco habitado. Eso tiene una causa histórica. A finales del siglo XVII, el rey Jacobo VII fue destronado por Guillermo de Orange. Los jacobitas, entre los que se contaban los highlanders, protagonizaron varias insurrecciones, hasta que en 1746 fueron definitivamente vencidos en la batalla de Culloden (por cierto, nuestro primer hotel, Culloden House, está emplazado en el escenario de esa batalla). A partir de la derrota, los highlanders sufrieron una salvaje persecución. Los clanes fueron disueltos y sus jefes ajusticiados, las tierras fueron confiscadas y, finalmente, los nuevos propietarios quemaron las granjas, para dedicar el terreno a pastos, expulsando a los habitantes de sus propiedades. Hasta tal punto llegó la represión que estaba penado con la muerte vestir kilt o tocar la gaita. Dado lo sombrío del panorama, los highlanders emigraron en masa, sobre todo a Estados Unidos, Australia y Canadá (¿por eso los rudos leñadores canadienses llevan camisas a cuadros?). Y el norte de Escocia se quedó prácticamente vacío. Más tarde, en el siglo XIX, la corriente romántica propició un movimiento de recuperación de las tradiciones y folclore de las Highlands; el único problema era que apenas quedaban highlanders, pero el problema se resolvió echándole imaginación al asunto. Por ejemplo, todos sabemos que cada clan escocés tenía desde siempre un color y diseño del tartán diferente que los identificaba, ¿no? Pues es falso. Los diferentes tartanes correspondían a diferentes regiones, no a diferentes clanes; pero a los románticos del XIX les pareció mucho más molón que cada clan tuviera su tartán, así que ahora prácticamente cada apellido escocés cuenta con su propio diseño de tela a cuadros. Pero esa tradición no es auténtica.
La verdad es que resulta un poco triste. La cultura celta, que ocupaba la mayor parte de Europa occidental y la casi totalidad de la Península Ibérica, fue tan completamente barrida que los únicos vestigios que quedan de ella están, con la excepción de Irlanda, en pequeñas islas y en remotas franjas de la costa atlántica. Eso no es un crepúsculo, sino noche cerrada.
Pero da igual, he disfrutado muchísimo de nuestro periplo por Escocia. Y, por si todavía no os he dado suficiente envidia, añadiré que tres de los cuatro hoteles en los que estuvimos eran castillos escoceses. Podéis ver dos de ellos en las fotos. Y como sin duda os preguntaréis si en esos castillos había algún fantasma, la respuesta es: a partir del momento en que me hospedé yo, sí.
Y ya para acabar, fijaos en la foto que preside esta entrada. Es un lago escocés llamado Loch Lomond. ¿Os suena de algo? ¡Por las barbas del profeta, hay que ser un bebe-sin-sed, un flebotoma y un bachi-buzuc para no darse cuenta! ¡Loch Lomond es la marca de whisky favorita del capitán Haddock! La verdad, me sentí tan embargado por el mito y la leyenda cuando visité ese lago tan hergiano como cuando estuve en Loch Ness.
Besos y abrazos de reencuentro para todos.


















