domingo, octubre 31

Halloween y el más allá

Oscurece tras los cristales de mi ventana, amigos míos. El sol se ha puesto y las últimas luces del ocaso tiñen de gris el cielo. Acabo de ver pasar por mi calle a un grupo formado por brujas, fantasmas y monstruos. Porque esta noche es Halloween y las ánimas saldrán a reclamar un poco de comida... o la vida de quien no se la procure.

Me gusta Halloween, amigos míos, los merodeadores veteranos ya lo saben. Me gusta porque es una fiesta muy antigua, y porque es una fiesta pagana, y sobre todo porque es una fiesta divertida para los niños. Y no es una fiesta impuesta por el Corte Inglés, como san Valentín y otras mamonadas; por el contrario, ha sido libremente “importada” por sus principales protagonistas, los niños. Además, qué coño, me gusta una fiesta basada en algo con tan mala prensa como el género de terror.

No todo el mundo está de acuerdo, qué le vamos a hacer. Para muchos es una fiesta antipática porque creen que su origen es yanqui, pero eso no es cierto. Se trata de una fiesta europea que fue “exportada” a Estados Unidos por los emigrantes irlandeses. Otros la rechazan porque no es “autóctona” (como si la Navidad, por ejemplo, lo fuese), pero de nuevo se equivocan. El más remoto origen de Halloween es la festividad celta de Samhain. Durante este festival, en la noche anterior al primero de noviembre, se creía que las almas de los muertos acechaban las casas de los vivos en busca de alimento, razón por la cual las familias dejaban cuencos con comida en los porches de sus viviendas, pues si no lo hacían corrían el riesgo de ser devorados por los fantasmas.

Pues bien, en muchas zonas de España, por ejemplo en Las Hurdes, existe desde hace siglos la tradición de, durante la víspera de Todos los Santos, dejar comida fuera de casa para contentar a los muertos. No lo llaman Halloween, pero es lo mismo. Las raíces de esta fiesta también están en nuestra cultura. Aunque, en cualquier caso, lo importante es que se trata de una fiesta que le encanta a los chavales. Y es divertida; con eso, al menos para mí, es más que suficiente.

Pero, en fin, hay a quienes les parece demasiado alboroto. Eso me recuerda una frase que leí hace poco. Dice más o menos así: un puritano es aquel que no soporta la mera idea de que alguien, quien sea, pueda llegar a divertirse. Así que no seáis puritanos, amigos míos, e intentad volver a ser niños. Si lo fuerais, si volvierais a tener nueve o diez años, ¿no os encantaría disfrazaros de monstruo e ir por las casas pidiendo golosinas? Seguro que sí; de modo que amordazad a ese adulto tocapelotas en que todos acabamos convirtiéndonos y aulladle esta noche a la Luna. Es Halloween, los muertos caminan entre nosotros...

Y para celebrar que me gusta esta fiesta, os voy a regalar un cuento inédito. Se llama Más allá y no es un relato de terror, pero trata sobre la muerte y las ánimas, de modo que lo supongo apropiado para la ocasión. Sólo es un pequeño divertimento, una historia simpática, y además, qué cojones, es gratis, así que si no os gusta no me deis demasiada caña. En cualquier caso, espero que os guste.

Feliz Halloween/ Samhain, merodeadores del anochecer.



Más allá

Sentí un dolor en el pecho y caí muerto. Estaba en casa, a punto de bajar la basura, de modo que debí de desplomarme sobre el suelo de la cocina. Cuando abrí los ojos seguía tumbado, pero no estaba en casa, ni en el suelo, sino sobre un banco en medio de un parque. Frente a mí, de pie, una anciano de venerable barba blanca vestido con un impecable terno blanco me miraba sonriente.
—¿Qué tal se encuentra? –preguntó.
Me senté en el banco y me palpé el pecho. Al hacerlo, descubrí que yo también llevaba un traje blanco.
—Bien, creo... –respondí.
—Me alegro. A veces la transición provoca aturdimiento y jaquecas.
¿La transición? ¿Qué transición?
—¿Qué transición? –pregunté.
El anciano me dedicó una mirada paternal.
—La de la vida a la muerte, amigo mío.
Alce las cejas; primero la derecha y después la izquierda.
—¿Pretende decirme que estoy muerto? –musité con escepticismo.
—Total, completa y definitivamente muerto –asintió el anciano.
Miré a mi alrededor; el parque estaba desierto.
—¿Es una broma? –pregunté-. ¿Hay alguna cámara oculta?
Sin perder la sonrisa, el anciano preguntó a su vez:
—¿Qué es lo último que recuerda?
Hice memoria y... ahí estaba, el dolor en el pecho, mi caída, la muerte.
—Joooodeeeer... –musité, arrastrando las vocales y llevándome una mano a la cabeza.
—Infarto de miocardio –dijo el anciano-. Rápido y casi indoloro. En el fondo es una muerte envidiable.
—Pero sólo tenía 57 años –protesté-. Aún era joven.
—Cuando yo fallecí, cualquiera con más de 40 años estaba considerado un anciano. ¿Qué quiere que le diga? Debería haber hecho más ejercicio y comido menos grasas.
Apoyé los codos en las rodillas, sacudí la cabeza, anonadado, señalé hacia le parque y pregunté:
—¿Entonces esto es... el cielo?
—El más allá –asintió-; la otra vida, el Elíseo, el jardín celestial, el Valhaya... –Se encogió de hombros-. Tiene muchos nombres.
—Pero no hay nadie. Está vacío.
—Es que todo el mundo está ahora trabajando.
—¿Se trabaja en el cielo? –dije, sintiendo una punzada de decepción.
—Bueno, más que trabajo podríamos denominarlo devoción. O, aún mejor, hobby. Pero será mejor que lo vea usted mismo. ¿Tiene la amabilidad de acompañarme?
Me puse en pie y eché a andar junto al anciano hacia la salida del parque.
—Por cierto –dije-, ¿quién es usted? ¿Dios?
Se echó a reír.
—No, amigo mío. Sólo soy uno de los que se ocupan de recibir a las nuevas almas para orientarlas.
—¿Como san Pedro?
—Algo así, pero sin adscribirnos a ninguna doctrina religiosa concreta. Somos ecuménicos.
Cruzamos la salida del parque, un portalón de hierro forjado, y por primera vez vi la ciudad celestial. Todas las casas eran blancas, de una altura, con los tejados a dos aguas y rodeadas por coquetos jardines circundados por vallas de madera blanca. Parecía una urbanización yanqui de clase media alta.
—¿Esto es el cielo? –pregunté.
—Sólo la zona residencial. –El anciano señaló hacia una fila de blancos barracones que se alzaban al fondo-. Pero nosotros nos dirigimos allí, al sector industrial.
Mientras atravesábamos aquel inmaculado y desierto barrio, mi mente luchaba por asimilar la nueva e inesperada situación en que me encontraba. Después de todo, el más allá existía... Entonces recordé algo que me alarmó un poco.
—Disculpe, eh... –titubeé, intentando encontrar la forma más diplomática de expresarlo. Como no la encontré, dije sencillamente-: Es que, cuando estaba vivo, no creía en Dios; era ateo... ¿Eso importa?
—En absoluto –respondió el anciano, sonriente-. De hecho, Él prefiere que los humanos vivos no crean en Él. Dice que si Su existencia fuera patente, la gente no actuaría con naturalidad. Además, quienes creen en Él tienden a atribuirle opiniones que Él en ningún momento ha expresado. Sin ir más lejos, todos los libros sagrados, sin excepción, son apócrifos. No, Él prefiere el anonimato. Como suele decir: si no creen en Mí, no matarán por Mí. –Suspiró-. Él juzga a la gente por su comportamiento, no por sus creencias.
Ya estábamos cerca de lo que el anciano había denominado “sector industrial”, una serie de pabellones blancos dispuestos en paralelo hasta perderse en el horizonte. Pero yo no prestaba mucha atención, pues algo de lo que había dicho el anciano me intrigaba.
—Creo haberle entendido –dije-, que Dios juzga a la gente según su comportamiento...
—Así es.
—Entonces, ¿hay un premio y un castigo?
—Por supuesto.
—Y... ¿dónde está el infierno?
—Aquí –respondió el anciano con naturalidad.
Parpadeé, alarmado.
—¿Pero no había dicho que esto era el cielo?
El anciano rió entre dientes.
—Y lo es –respondió-. Pero también es el infierno.
Volví a parpadear.
—Creo que no le entiendo...
—Es sencillo –dijo-. En un gran acierto de economía de medios, el cielo y el infierno están en el mismo lugar. Santos y pecadores conviven todos juntos.
—Entonces, ¿qué diferencia hay entre ser santo y ser pecador?
—Las circunstancias de cada cual. Recuerde cómo es el mundo de los vivos: en una misma ciudad, incluso en el mismo barrio, hay gente que vive en mansiones suntuosas y gente que vive en chabolas. Comparten el mismo espacio geográfico, pero su calidad de vida es muy distinta.
—Entonces –dije- ¿el infierno es algo así como los suburbios del cielo?
—Oh no, amigo mío; no es tan simple. Pero lo comprenderá más fácilmente si lo ve con sus propios ojos. Sígame, por favor.
Habíamos llegado a la altura del primer pabellón. El anciano cruzó la entrada y nos adentramos en un largo corredor (blanco, cómo no) jalonado de puertas. Nos aproximamos a una de ellas, la primera de la derecha, y mi acompañante descorrió una mirilla que había en la hoja.
—Adelante –dijo-. Eche una mirada.
Aproximé los ojos a la mirilla y vi un pequeño habitáculo ocupado por dos personas, una mujer y un hombre. Los conocía a ambos. La mujer era Agnes Gonxhe Bojaxhiu, más conocida como la madre Teresa de Calcuta, y el hombre era Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido como José Stalin.
Me estremecí. No por ver juntos a Stalin y la madre Teresa (aunque, reconozcámoslo, formaban una pareja de lo más chocante), sino por lo que hacían. Stalin estaba desnudo, tumbado boca arriba en una especie de camilla, con los brazos y las piernas sujetos mediante gruesas correas. La madre Teresa, totalmente vestida (de blanco), le había fijado unos electrodos en los genitales y los pezones, y mediante una batería le suministraba descargas eléctricas; sumamente dolorosas, a juzgar por el desencajado rostro de Stalin (el habitáculo debía de estar muy bien insonorizado, pues no podía oír sus gritos). Me aparté de la mirilla e intenté ordenar las ideas. La madre Teresa torturando a José Stalin mediante la picana eléctrica...
—No lo entiendo –musité.
—Es sencillo, amigo mío –dijo el anciano-. Como le he explicado antes, el infierno, como lugar diferenciado, no existe. Lo cual significa que tampoco existe Satanás ni existen los demonios. Así pues, ¿quién se ocupa de administrar el justo tormento a los pecadores?
—¿Los santos? –especulé.
—Exacto, amigo mío. Mire, mire...
El anciano había descorrido la mirilla de la puerta de al lado. Miré a través de ella y vi a dos hombres, uno blanco y otro negro, en un habitáculo idéntico al anterior. El blanco era Richard Nixon y estaba atado con correas a la camilla. El negro era Martin Luther King y, con la lengua asomando entre los labios en un gesto de concentración, insertaba astillas en las uñas de Nixon. Tampoco pude oír los gritos del expresidente.
—Esto no está bien... –dije, apartándome de la mirilla con el estómago revuelto-. Es... es tortura. Como Guantánamo, o algo así.
—¿Y qué esperaba? –repuso el anciano-. ¿Una regañina por todo castigo? Estamos hablando de grandes pecadores y del juicio divino, lo cual requiere sanciones contundentes. Hay que estar a la altura de las circunstancias, hombre.
—Pero –repliqué-, ¿santos torturando?
—De nuevo se trata de un admirable ejemplo de economía de medios. Los pecadores reciben su justo castigo y los santos se entretienen llevando a cabo los designios divinos, en vez de pasarse la eternidad tocando la lira aburridos como ostras. Y ahora sígame, por favor; quiero presentarle a alguien.
El anciano se dirigió a la siguiente puerta, pero en vez de descorrer la mirilla, la abrió y me invito a pasar con un ademán. Era un habitáculo idéntico a los anteriores, pero la camilla estaba vacía y sólo había una persona, un hombrecillo menudo, calvo, con bigote y unos anteojos redondos cabalgando sobre el puente de la nariz.
—Amigo mío –dijo el anciano-, le presento a Mohandas Karamchand Gandhi, más conocido por Mahatma Gandhi.
Sentí que la emoción me embargaba. Ahí, delante de mí, contemplándome con una angelical sonrisa, estaba uno de los hombres más bondadosos y venerables que jamás han pisado la faz de la Tierra. Aunque, vale, reconozco que me inquietó un poco el modo en que afilaba un cuchillo de carnicero mientras me miraba...

miércoles, octubre 20

Los otros

Vivimos malos tiempos, amigos míos, y no me refiero sólo a la crisis económica, sino también y sobre todo a la crisis moral. Tenemos miedo, y el miedo saca lo peor de nosotros mismo; estamos acojonados, así que necesitamos víctimas propiciatorias para ofrecérselas en holocausto a dioses a quienes ni siquiera rezamos. El miedo saca a la luz a ese reptil egoísta, irreflexivo y violento que todos llevamos en nuestro interior. El miedo nos vuelve malos.

Hay una ley social que, al parecer, siempre se cumple: las crisis económicas hacen que el género de terror florezca. Supongo que habrá poderosas razones psicológicas que lo expliquen, e incluso puedo intuir algunas, pero no deja de sorprenderme le regularidad con que esta ley se cumple crisis tras crisis. El caso es que basta con echarle un vistazo a las carteleras y las librería para comprobar hasta qué punto está en auge el género de terror. Y, especialmente, el subgénero “zombis”.

Pero, ¿por qué zombis? ¿Son una metáfora? Y si es así, ¿qué narices representa esa metáfora? Veamos: ¿La alienación social? ¿La pérdida de identidad? ¿El temor a la enfermedad? ¿El comunismo? ¿El fascismo? No me lo trago; demasiado traído por los pelos. Para intentar desentrañar la “metáfora zombi” debemos primero preguntarnos qué es hoy un zombi. Al principio, según las tradiciones del vudú, los zombis eran seres humanos a quienes se les provocaba una muerte aparente y que luego, tras ser desenterrados, se convertían en esclavos carentes de voluntad propia. De hecho, hay quien asegura que existieron realmente y eran utilizados para trabajar en las plantaciones.

Eso era así antes, pero hoy en día se trata de algo muy diferente. Los zombis actuales son más bien seres humanos infectados por una enfermedad que los convierte en violentos caníbales sin mente. Entonces, ¿los zombis simbolizan el miedo a la enfermedad? Que yo sepa, la única enfermedad infecciosa que genera violencia en quien la padece es la rabia, y ese mal está mucho más ligado a la licantropía y el vampirismo que a los muertos vivientes. Además, no creo que a nadie le preocupe especialmente la rabia hoy en día. No obstante, si la enfermedad infecciosa no es física, sino social, la cosa tiene más sentido. Vamos a ver, reduzcamos el concepto “zombi” a su mínima expresión: un zombi es un ser humano parecido a nosotros, pero que en realidad es distinto y quiere comerte. ¿Como por ejemplo qué? Como por ejemplo los emigrantes.

Atención, fijaos en que la metáfora funciona en los dos sentidos. Si eres xenófobo, los zombis serán los emigrantes, y si eres un emigrante (o estás en contra del racismo), los zombis serán los xenófobos. En cualquier caso, los emigrantes crecen en la sociedad (como una infección) y la xenofobia se extiende por la sociedad (como una infección).

Ahora echadle una vistazo a estas cifras: El 13 % de los españoles se declara abiertamente racista, el 62 % cree que hay demasiados emigrantes, al 39’4 los emigrantes le inspiran poca o ninguna confianza, el 36 % considera que los emigrantes le quitan trabajo a los españoles, el 68 % cree que la presencia de emigrantes incrementa mucho o bastante la delincuencia, el 36 % sostiene que los emigrantes reciben del estado más de lo que aportan. Y, ojo, estos datos tienen tres años de antigüedad, así que imaginaos cómo están las cosas ahora (ahora, por ejemplo, los españoles consideran que la inmigración es el tercer máximo problema de nuestro país). Porque otra infalible ley social dicta que en época de crisis aumenta la xenofobia.

Cuando era niño, allá por los 60, y veía pasar un negro por la calle, me lo quedaba mirando, porque en España sólo se veían negros en las películas. Madrid era una ciudad llena de inmigrantes, pero de inmigrantes locales, así que lo más exótico que podías encontrarte era un catalán. La verdad es que era una sociedad jodidamente uniforme y gris, una sociedad en la que todo el mundo vestía igual, hablaba igual (salvo los catalanes, que eran medio guiris) y se llamaba igual. Un aburrimiento, vamos. Por aquel entonces se suponía que los españoles no éramos racistas. En fin, teníamos a mano tan pocas razas a quienes odiar que no ser racista era fácil... aunque aprovechábamos las escasas oportunidades, como demuestra el lenguaje. Si alguien iba desaliñado, iba “hecho un gitano”; hacer algo malo era hacer “una judiada”; si te tomaban el pelo, te engañaban como “a un chino”; si trabajabas mucho, lo hacías “como un negro”. El rechazo a los gitanos era y es, desde hace siglos, consustancial a nuestra sociedad, pero ese tema merece una entrada aparte.

Hoy las cosas han cambiado y por toda España se ven rasgos distintos, se escuchan acentos diferentes. Y creo que eso contribuye a la riqueza de nuestra sociedad y nuestra cultura. Me gusta la diversidad, me gustan esas personas venidas de tan lejos. Hace muchos años, visité el Museo de la Emigración que está en el Archivo de Indianos (Colombres, Asturias). En este museo se ofrece una detallada perspectiva de cómo era la vida de los emigrantes (asturianos) hace un siglo, desde las circunstancias de su lugar de origen hasta las circunstancias de su lugar de destino, pasando, por supuesto, por el viaje. Esa visita me hizo ver hasta qué punto emigrar es una aventura, una odisea, una heroicidad. Desde entonces he contemplado con más respeto a esas personas venidas de fuera buscando una vida mejor, para ellos y para sus hijos. Les admiro y, si puedo, les ayudo. Cada vez que doy una charla en un colegio o un instituto y veo emigrantes entre los alumnos, me dirijo a ellos para decirles que sus padres son dignos de admiración, que son unos héroes, igual que ellos.

No obstante, hay gente que cuando ve a un sudaca, a un gitano rumano o no digamos ya a un moro de mierda, tuerce el gesto y experimenta el profundo deseo de que alguien expulse a esa escoria de nuestra sacrosanta nación, cuando no la imperiosa necesidad de romperle los dientes con un bate de béisbol. Y cada vez hay más gente que piensa así, con el apoyo de políticos oportunistas y populistas capaces de cualquier cosa con tal de conseguir un puñado de votos, aunque sean votos con olor a mierda. No hay nada como recurrir a lo peor de las personas para controlarlas.

En fin, podría enredarme en una diatriba moral, incluso científica, contra el racismo y la xenofobia, pero es mejor recurrir a un lenguaje que los racistas y xenófobos quizá puedan entender: la economía, la pasta. Veamos: para mantener una población estable hace falta que cada mujer tenga una media de 2,1 hijos; por debajo de esa cifra la población disminuye y por encima crece. Actualmente, la natalidad está descendiendo en todo el mundo, pero vamos a limitarnos a los 40 países más desarrollados: su tasa de natalidad es de 1,6; es decir la población disminuye. Y si nos circunscribimos a España, su natalidad es de 1,3. Al mismo tiempo, la esperanza de vida aumenta, de modo que dentro de no mucho tendremos una sociedad envejecida y con cada vez menos mano de obra disponible. ¿Quién cojones pagará las pensiones, quién narices mantendrá económicamente vivo al país? ¿Nuestros hijos? Pero si cada vez tenemos menos, coño.

Según previsiones de Naciones Unidas, dentro de cuarenta años el índice mundial de natalidad rondará el 1,6 (actualmente es de 2,7). Cuando eso suceda -en realidad ya está empezando a suceder-, los emigrantes se convertirán en una necesidad y los países competirán entre sí para atraerlos.

De modo que más les vale a los racistas y los xenófobos ir ampliando un poco sus estrechas miras, porque dentro de no mucho acoger inmigrantes no será una opción, sino algo vital para la supervivencia de nuestra sociedad. Aunque, claro, confiar en la sensatez e inteligencia de los racistas es como apostar por un burro en una carrera de caballos. Según el delicioso ensayo de Carlo Cipolla sobre la estupidez humana (Allegro ma non troppo), el máximo grado de idiotez se produce cuando alguien causa perjuicios a los demás y a sí mismo sin obtener nada a cambio. Pues bien, ese precisamente es el caso que nos ocupa. Lo peor de los racistas no es que sean malos, sino que son gilipollas; porque la maldad es predecible, pero la estupidez no.

martes, octubre 5

Vosotros, yo y Babel


Mi hijo Pablo es muy crítico con La Fraternidad de Babel. Él colabora en un blog dedicado al cómic y sostiene que una bitácora debe ofrecer algo en concreto sobre temas concretos. En su opinión, mi blog se centra en mí mismo sin dar nada más. Y puede que no le falte razón. En el fondo, reconozcámoslo, una bitácora como ésta no es más que un ejercicio de vanidad. Desde luego, partir de la base de que lo que yo piense u opine va a interesarle a alguien es un acto de presunción y egolatría. Aunque no más, supongo, que creer que mi relatos de ficción, mis novela, mis cuentos, pueden interesar a los demás. O sea, que soy un vanidoso y un ególatra...

Lo curioso del asunto es que yo no me gusto demasiado a mí mismo. Veréis, creo que la naturaleza, ese juego de azar que es la reproducción sexual, me ha dotado de la suficiente inteligencia para darme cuenta de lo gilipollas que soy, pero no la bastante para poner remedio. A lo largo de mi vida he ido obteniendo una larga experiencia gracias a los numerosos errores que he cometido; pero dicen que la experiencia es esa información que obtienes cuando ya no la necesitas, y, por otro lado, nunca he tenido problemas a la hora de encontrar nuevas formas de equivocarme. Pero no se trata sólo de una cuestión de inteligencia, sino también, y sobre todo, de moral. No soy una mala persona, pero tampoco se me puede calificar de bueno. Soy... tibio, éticamente mediocre, ni chicha ni limoná. ¿He cometido algún acto realmente perverso en mi vida? Creo que no, pero tampoco recuerdo haber realizado alguna acción verdaderamente noble. Soy una especie de blandi-blup moral, y eso no me gusta nada. En el fondo, creo que es mejor ser una gran hijo de puta que un mezquino. Odio la mezquindad; es la maldad light, la villanía sin valor, el egoísmo cobarde, vulgar y rastrero. Y yo he sido mezquino tantas veces en el pasado que no me queda más remedio que reconocer que forma parte de mi naturaleza.

Por todo eso no me gusto a mí mismo, esas son las razones por las que nunca sería mi amigo. Y también porque soy inseguro, y esa inseguridad a veces me conduce a la prepotencia, y porque soy impaciente y sanguíneo, y porque puedo ser insensible y brutal, y porque dentro de mí hay un germen autodestructivo. La gente dice: “hay que quererse a sí mismo”; pero, ¿cómo voy a querer a alguien como yo? La verdad es que pensar de ese modo es hacer oposiciones a la depresión y el suicidio. Sin embargo...

Sin embargo, aunque la mayor parte de lo que soy no me gusta un pelo, hay dos cosas en mí que, sencillamente, me encantan: el sentido del humor y la imaginación. Me explicaré. Básicamente, mi sentido del humor me hace gracia a mí mismo y con eso me vale. Pero además he comprobado que también suelo hacerle gracia a los demás. Por otro lado, es un sentido del humor un tanto raro, original, una mezcla heterogénea de distintos estilos. Mi sentido del humor me gusta; me hace más feliz a mí y, creo, también a los demás, porque no hay nada en el mundo tan bueno como reírse. En cuanto a la imaginación, no me refiero sólo a lo que me permite crear argumentos y escribir (aunque también), sino sobre todo a la forma en que mi imaginación me hace disfrutar más de la vida. Para que me entendáis: dejadme solo en un cuarto vacío todo el tiempo que queráis y os garantizo que no me aburriré, porque en mi cabeza hay un parque de atracciones. Llevadme a cualquier lugar, por feo y anodino que sea, y yo encontraré el modo de extraer de él magia y misterio. Es un don, un superpoder, y doy gracias por poseerlo. A estas dos “virtudes” voy a añadir una tercera: la curiosidad. Soy un mono curioso, me interesa casi todo, así que picoteo constantemente de aquí y de allá. Sé poco de muchas cosas; soy un océano de sabiduría con un centímetro de profundidad. ¿Insuficiente? Quizá, pero eso me proporciona una visión del mundo muy amplia, lo que no está del todo mal.

En fin, esos tres aspectos de mi naturaleza, junto con las persona a quienes quiero y que, por algún ignoto motivo, también me quieren a mí, son lo que me permite levantarme cada día y meterme en mis zapatos y mi piel sin que Sartre me de la tabarra con su puñetera nausea. Eso es lo que reconcilia conmigo mismo.

Y eso es lo que intento ofrecer en La Fraternidad de Babel: imaginación, sentido del humor y curiosidad. Lo mejor de mí, pero ¿es suficiente? No lo sé. Veréis, me han llegado varias ofertas para integrar mi blog en tal o cual red y siempre las he rechazado. De ese modo conseguiría más visitantes, más merodeadores, me dicen. Pero yo no quiero eso, me importa un bledo el número de visitantes que acuden a mi blog, igual que me la suda tener mil “amigos” en Facebook. No colecciono gente. Lo que sí me interesa es que aquellos que lleguen a Babel y se queden, los auténticos merodeadores, estén “en sintonía”. Si son diez o diez mil me da igual.

¿A qué viene todo esto? Pues a que dentro de un par de meses se cumplirá el quinto aniversario de La Fraternidad de Babel. Ha pasado mucho tiempo, muchísimo más de lo que yo pensaba, y quizá este blog empiece a experimentar cierto agotamiento. A decir verdad, últimamente he notado que el interés de los merodeadores parecía menguar, que os mostrabais menos participativos. Quizá Babel ya no tenga sentido (posiblemente no lo ha tenido nunca), puede que sea el momento de echar el cierre. No lo sé.

Siempre he concebido Babel como un lugar de encuentro. Un amable merodeador lo definió como un café donde entras a charlar tranquilamente mientras fuera llueve. Así quiero verlo yo, pero... ¿y vosotros, qué opináis? ¿Vale la pena seguir otros cinco años más?

domingo, septiembre 26

Villanas


Llega el turno de las malas mujeres de cine. Y aquí quizá sea apropiado citar a la gran Mae West: “Cuando soy buena, soy buena. Cuando soy mala, soy mejor”. Pero no nos referimos a esa clase de “maldad”, claro... ¿o sí? La perfidia cinematográfica está, como casi todo en nuestro mundo, teñida de machismo. Por lo general, las malas del cine mudo no eran más que mujeres sexualmente activas. Putones según la mentalidad de la época. Podían ser lumis de buen corazón, es cierto; pero entonces no disfrutaban con el sexo. Ahora bien, si follaban como locas y, además, se lo pasaban teta, entonces tenían que ser forzosamente malas. Este modelo de perversidad femenina derivó en el cliché de la femme fatale; es decir, la mujer que utiliza el sexo para dominar a un hombre, utilizarle y perderle (el mito de Adán y Eva, vamos). Teniendo en cuenta que todo esto procede de una visión masculina de la mujer, no cabe duda de que los hombres nos sentimos muy, pero que muy inseguros con la sexualidad.

Hay muchísimas mujeres fatales en la historia del cine; tantas, que el cliché ya está gastado de tanto uso. Por ello, he reducido al mínimo posible su presencia en esta lista, incluyendo tan solo a las más relevantes y memorables. Por otro lado, creo que, en general, y dejando aparte a las femmes fatales, los actores obtienen mejores papeles de antagonista que las mujeres. No obstante, el cine nos ha regalado un buen puñado de excelentes malvadas. Veamos...



-Escarlata O’Hara. Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó (1939), de Victor Fleming. Vale, más de uno objetará que Escarlata no es una villana. Pero, ¿acaso no os quedáis de lo más a gusto cuando Rhett Butler, al final de la película, la manda a hacer puñetas? Escarlata es un personaje complejo, contradictorio, fascinante, pero sobre todo una egoísta monumental. No sé qué es peor, si tener por hermana a Baby Jane o a Escarlata.



-Sra. Denvers. Judith Anderson en Rebeca (1940), de Alfred Hitchcock. Esta película hizo dos aportaciones a nuestra lengua. Desde su estreno en España, a los jerseys abotonados por delante (prenda que Joan Fontaine usaba en el film) se les llama “rebecas”. Y durante mucho tiempo se convirtió en una frase hecha decir “es más mala que el ama de llaves de Rebeca”


-Phyllis Dietrichson. Barbara Stanwyck en Perdición (1944), de Billy Wilder. La mujer más fatal, fría y calculadora jamás vista en las pantallas y otra gran obra maestra de Wilder, la mejor versión del modelo “El cartero siempre llama dos veces”. Y es que la señora Stanwyck, hoy muy injustamente olvidada, fue una de las más grandes actrices de Hollywood.


-Eva Harrington. Anne Baxter en Eva al desnudo (1950), de Joseph L. Makiewicz. No hay un ser más dulce y humilde que Eva, una mujer entregada al teatro y devota admiradora de Bette Davis. Pero tras ese ser angelical se oculta una fría trepa que no duda en pisar a quien sea con tal de conseguir sus fines. Todo es bueno en esta obra maestra, incluso la mala.


-Emma Small. Mercedes McCambridge en Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray. Todo el intríngulis de esta película consiste en alterar el sexo de los arquetipos del western. Emma Small representa al despótico terrateniente, Vienna (Joan Crawford) es el valeroso pistolero de turbio pasado y Johnny Logan (Sterling Hayden) la linda cabaretera que ambos se disputan. Mercedes McCambridge borda el papel de villana.


-Mrs. Bates. Anthony Perkins en Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock. ¿Estoy haciendo trampa? Perkins ya apareció en la anterior lista y, además, es un hombre. En efecto, incluí a Perkins por su interpretación de Norman Bates, pero el chaval tiene dos personalidades y la segunda es una mujer, su madre. Además, fijaos en que cuando Norman es Norman, su lenguaje corporal tiene un aire muy femenino. En cualquier caso, aquí estamos hablando de mujeres malas, y la señora Bates lo es, aunque esté interpretada por un hombre.


-Baby Jane. Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), de Robert Aldrich. Si algo demuestra esta malsana película de terror psicológico es que la familia puede ser el peor de los infiernos. La escena en que Baby Jane le sirve para cenar una rata a su paralítica hermana pone los pelos de punta. Estremecedora interpretación de ese monstruo de la escena que fue la gran Bette Davis.


-Mrs. Robinson. Anne Bancroft en El graduado (1967), de Mike Nichols. ¿Es la señora Robinson mala, mala, mala de la muerte? No. Es mezquina, inmoral y deshonesta pero en el fondo no hace nada que la mayoría de nosotros no pudiéramos llegar a hacer. En realidad, este personaje nos recuerda que, según las circunstancias, todos podemos ser unos hijos de puta.


-Ma Baker. Shelley Winters en Mamá sangrienta (1970), de Roger Corman. No me gusta el por lo general cutre cine de Corman, pero puede que ésta sea su mejor película. En cualquier caso, la enorme (en todos los sentidos) Shelley Winters encarnó con maestría a una amorosa madre que se limitaba a guiar a sus hijos por la recta senda del robo y el asesinato.


-Regan. Linda Blair en El exorcista (1973), de William Friedkin. La pobre Regan no tiene la culpa de que se le haya metido dentro el diablo, pero lo cierto es que se convierte en un bicho de lo más perverso. Y asqueroso, teniendo en cuenta su afición al puré de guisantes y su imperiosa necesidad de un peeling.


-Enfermera Ratched. Louise Fletcher en Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), de Milos Forman. Uno de los personajes más odiosos jamás vistos en la pantalla, un monstruo tan real que pone los pelos de punta. Es el mal cotidiano, la maldad disfrazada de corrección. A todos se nos partió el corazón cuando Brad Dourif no pudo acabar de estrangularla.


-Matty Walker. Kathleen Turner en Fuego en el cuerpo (1981), de Lawrence Kasdan. Una mujer fatal según el modelo “El cartero siempre llama dos veces”, tan repetido. En realidad, la película apenas aporta nada a ese cliché... salvo la morbosa sensualidad de una Turner en su mejor (y desgraciadamente breve) momento.

-Alex Forrest y Marquesa de Mertueil. Glenn Close en Atracción fatal (1987), de Adrian Lyne, y Las amistades peligrosas (1988), de Stephen Frears. Reconozcámoslo: Glenn Close tiene cara de mal bicho y como además es una excelente actriz, borda los papeles de malvada. Atracción fatal es una versión con look publicitario de Escalofrío en la noche, la primera película que dirigió Clint Eastwood; peor que el original, pero salvable gracias a la maldad que llega a desplegar Close.


-Katherine Parker. Sigourney Weaber en Armas de mujer (1988), de Mike Nichols. Vaya por delante que todos los protagonistas de esta mediocre película me parecen unos perfectos impresentables. No obstante, la gran Weaber compone con maestría el personaje de odiosa ejecutiva de alto nivel. La moraleja de la función sería la siguiente: para que una mujer demuestre en el trabajo que vale tanto como un hombre, debe esforzarse y hacer el doble que el varón. Y para que una mujer sea una gran hija de puta en el trabajo, ha ser el doble de hija de puta que el mayor cabrón macho de la empresa.


-Annie Wilkes. Kathy Bates en Misery (1990), de Rob Reiner. Parece mentira que Kathy Bates, que siempre ha hecho de buenaza, haya sido capaz de encarnar a un personaje tan aterrador. En realidad, no es mala; sencillamente está como un saco de grillos. Y es jodidamente violenta (la escena del mazo pone los pelos de punta). En mi opinión, de todas las malas y malos que aparecen en estas listas, Annie Wilkes es la más escalofriante.


-Peyton. Rebeca de Mornay en La mano que mece la cuna (1992), de Curtis Hanson. Quien todavía piense que la cara es el espejo del alma, es candidato perfecto para el tocomocho. Peyton tiene un rostro dulce, angelical, delicadamente bello; le confiarías tu bebe sin dudarlo un segundo. Sólo tiene un pequeño defecto: es una psicópata de tomo y lomo. Peyton representa el mal engañoso, la maldad que se infiltra en tu mundo sin que te des cuenta y poco a poco destroza tu vida. Impecable Rebeca de Mornay, una actriz que hubiese puesto palote al gran Hitchcock.


-Bridget Gregory. Linda Fiorentino en La última seducción (1994), de John Dahl. He aquí todo lo lejos que se puede llevar el cliché “mujer fatal” sin caer en la caricatura. Bridget es mentirosa, manipuladora, ladrona y, finalmente, asesina. De hecho, la forma en que se carga a su marido (literalmente como a una cucaracha) resulta estremecedora.


-Xenia Onatopp. Femke Janssen en Goldeneye (1995), de Martin Campbell. Femke Jannsen, la Jean Grey de X-Men, fue modelo antes que actriz y es un mujer extraordinariamente atractiva (aunque eso sí, de forma poco convencional). Y tiene un don muy infrecuente en personas guapas: sabe reírse de sí misma. En Goldeneye, un producto Bond como otro cualquiera, interpreta a una delirante asesina rusa sadomasoquista totalmente pasada de vueltas. Lo mejor de la función, sin duda.


-Sil. Natasha Henstridge en Especies (1995), de Roger Donaldson. De acuerdo, la película es mediocre y el extraterrestre cabrón de marras tampoco es para tirar cohetes. Pero resulta que cuando adopta forma humana, ese extraterrestre se convierte en Natasha Henstridge que, además de estar descontroladamente buena, se pasa media película en pelotas. Quizá no sea una mala memorable, pero chico, da gusto verla.


-Elle Driver (Crótalo de California). Daryl Hannah en Kill Bill (2003), de Quentin Tarantino. Es una caricatura, por supuesto; la maldad hecha mujer. Protagoniza con Umma Thurman quizá la mejor (y más brutal) pelea entre dos mujeres jamás vista en la pantalla.


-O-Ren Ishii (Víbora Letal). Lucy Liu en Kill Bill (2003), de Quentin Tarantino. Tras su delicado rostro de porcelana oriental se oculta una despiadada jefa Yakuza. Siempre he sentido debilidad por Lucy Liu, aunque su carrera no ha ido muy lejos. También encarnó a una notable mala, versión sado, en Payback.


-Gogo Yubari. Chiaki Kuriyama en Kill Bill (2003), de Quentin Tarantino. Tiene poco papel y aún menos frases, pero es imposible que la imagen de esta colegiala japonesa psicokiller, la guardaespaldas de O-Ren Ishii, se te borre de la memoria. Una Lolita letal con un rostro que es puro morbo del chungo.


-Eleanor Shaw y Miranda Priestly. Meryl Streep en El mensajero del miedo (2004), de Jonathan Demme, y El diablo viste de Prada (2006), de David Frankel. Confieso que durante mucho tiempo no soporté a Meryl Streep, sobre todo desde que la vi, ya cuarentona, pretendiendo pasar por adolescente en La casa de los espíritus. Me parecía una gallina gigante. No obstante, empecé a reconciliarme con ella en Los puentes de Madison y finalmente caí rendido a sus pies cuando la vi hacer de mala en la nueva versión de El mensajero del miedo. La peor madre del mundo, sin lugar a dudas. Y la peor jefa.

Lamentablemente, no recuerdo ninguna malvada española digna de mención. Seguro que la hay, pero no se me ocurre ninguna. Confío en que alguien me refresque la memoria. Por último, de todas estas malas y malos, ¿cuáles son mis favoritos? Citaré cuatro, dos perversos y dos perversas: Rupert de Hentzau, Norman Bates, la enfermera Ratched y la también enfermera Annie Wilkes. Y si de estos cuatro tuviera que elegir al más malote/a de todos... creo que me quedaría con el escalofriante personaje que interpretó la genial Kathy Bates (quizá porque se apellida como Norman).

miércoles, septiembre 15

Villanos


Hace tiempo que barajaba la idea de escribir este post, pero por un motivo u otro lo fui dejando. Ahora, en Calla y lee, el blog donde colabora mi hijo Pablo, se me han adelantado; aunque tampoco importa demasiado, porque Internet está lleno de esta clase de iniciativas. Vale, ¿de que estoy hablando? De listas. “Los diez más (o mejores) lo que sea”, ya sabéis. Esta clase de listas son una tontería, lo sé, pero me encantan. En primer lugar, porque te hacen pensar sobre temas que te interesan; y en segundo lugar porque toda lista ajena te incita a proponer tu propia lista. Es sólo un juego; tonto, pero divertido.

Bien, si os habéis fijado en el título de la entrada, ya os imaginaréis de qué va la cosa. De malotes, de villanos de película. Los mejores malos de la historia del cine. Pero antes de comenzar vamos a hacer una aclaración: no basta con cometer muchas y grandes tropelías para ser un gran malo. Por ejemplo, Jason, el psicópata de la franquicia Viernes 13, mata mucho y muy sádicamente, pero en mi opinión carece por completo de interés. Es sólo una máscara (nunca mejor dicho), un McGuffin unidimensional, y lo mismo puede decir de Jigsaw, Michael Myers y tantos otros serial killers. Sólo son trasuntos del mismo personaje: el coco, el hombre del saco.

Para ser un gran malo de película se necesita algo más que hacer mucho el burro; hace falta que al villano en cuestión le adornen otras virtudes. ¿Cuáles? Pues depende, porque hay muchas clases de villanos. Está el malo odioso, el malo simpático, el malo sádico, el malo loco, el malo caballeroso, el malo asqueroso, el malo porque-el-mundo-le-ha-hecho-así, el malo metafísico, el malo-bueno, el malo brutal... en fin, que hay malos para todos los gustos y cada uno tiene sus peculiaridades. Otra cosa más: hoy vamos a hablar de villanos del género masculino; de las villanas trataremos en la siguiente entrada. Ah, y sólo hablaremos de seres humanos; así que nada de animales o monstruos engendrados analógica o digitalmente.

Un último apunte. ¿Por qué nos gustan tanto los buenos villanos? Dicen que el tamaño de un héroe se mide por la magnitud de sus rivales. Es decir, el bueno se define por su antagonista, no al revés. Y es que no hay demasiadas maneras de ser bueno, pero la maldad cuenta con infinidad de senderos. Por lo general, el malo suele ser más complejo que el héroe, más interesante. Además, el villano, al no estar sujeto a las ataduras morales, es más libre que nosotros. Y, me temo, también más feliz; ¿o no son los chicos malos quienes se llevan a las chicas más macizas?

Bien, aquí va mi lista. Es forzosamente incompleta y habrá muchos olvidos injustos, pero estos son en mi opinión los 25 y pico mejores malos de la historia del cine.













-Conde Orlok. Max Schreck en Nosferatu (1922), de F. W. Murnau. Ahora que nos acecha una plaga de vampiros románticos, lánguidos y caballerosos, ahora que los hemófagos se han convertido en bebedores de horchata, es más necesario que nunca reivindicar este clásico del cine mudo. El vampiro que compuso Schreck no es atractivo ni seductor; es una alimaña que nos infunde miedo y asco a partes iguales.









-Tommy Udo. Richard Widmark en El beso de la muerte (1947), de Henry Hathaway. Hace falta ser muy malo para tirar a una anciana paralítica por las escaleras y partirse de risa. El sicario psicópata que hizo famoso a Widmark lo era.








Cardenal Richelieu. Vincent Price en Los tres mosqueteros (1948), de George Sidney. En una lista como ésta no podía faltar el gran Vincent Price. Podría haber elegido algún otro de sus papeles de malo (el dr. Phibes, por ejemplo), pero siento debilidad por su interpretación de Richelieu, tan frío, tan maquinador, tan sin escrúpulos, tan elegante. No me importaría tomarme una copa de Borgoña con él (siempre y cuando alguien la catase antes).







-Harry Lime. Orson Welles en El tercer hombre (1949), de Carol Reed. Aquí tenemos al malo más cínico de la historia del cine. Pero simpático; no nos importaría montar en la noria con él. Es tan fascinante que al final, durante la extraordinaria persecución por los subterráneos de Viena, resulta imposible no ponernos de su parte. Su frase sobre los suizos y los relojes de cuco es antológica, igual que la música de Anton Karas.









-Rupert de Hentzau. James Mason en El prisionero de Zenda (1952), de Richard Thorpe. Se trata de la clase de villano que a uno no le importaría tener como amigo. Elegante, caballeroso, con sentido del humor, y al mismo tiempo implacable, maquinador y sin escrúpulos. Un hijo de puta con clase, vamos. Mason también compuso otro magnífico villano interpretando al capitán Nemo en 20.000 leguas de viaje submarino (1954), de Richard Fleisher.









-Cooley Trimble. Ernest Borgnine en Conspiración de silencio (1955), de John Sturges. Trimble es un paleto grande y corpulento, un chulo, un matón, un sicario de baja estofa. Además, es feo, sucio y sudoroso, la clase de persona a la que nos gustaría ver cómo alguien le parte la cara. Y eso es lo que hace un viejo y manco Spencer Tracy propinándole una de las más jubilosas palizas de la historia del cine.














-Reverendo Harry Powell. Robert Mitchum en La noche del cazador (1955), de Charles Laughton. He aquí al primer gran psicópata de la historia del cine, y además, uno de los más malos de todos los tiempos. Sus manos tatuadas con la palabras “love” y “hate”, la hoja de estilete que brota de su bolsillo como un pene mortal, la canción que canta constantemente mientras persigue a los dos niños... Un villano extraordinario para una fábula tan oscura como inmortal.











-General Mireau. George Macready en Senderos de Gloria (1957), de Stanley Kubrick. Mireau es uno de los seres más monstruosos que se han visto en las pantallas. Es mediocre, tonto, clasista, ambicioso, egoísta, simple, burocrático... pero tiene poder. Y no hay el menor rastro de humanidad en cómo (ab)usa ese poder. Su colega, el cínico General Broulard, interpretado por Adolphe Menjou, no le anda a la zaga.











-Norman Bates. Anthony Perkins en Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock. Ésta es la película que cambió el cine de terror, y Bates una nueva clase de monstruo. Un monstruo absolutamente humano, de ahí que de más miedo. Es imposible contemplar el plano final del film, con la “madre” definitivamente instalada en el cuerpo de Bates, sin sentir un escalofrío. Perkins lo hizo tan bien que, para su desgracia, el papel le marcó para siempre.













-Liberty Valance. Lee Marvin en El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford. Aquí tenemos a uno de los villanos más desagradables de la historia del cine. Violento, temible, chulo, sádico, repelente, cobarde, taimado... nada más verle, el espectador siente unos enormes deseos de que alguien le pegue un tiro. Para eso está John Wayne.












-Alex. Malcon MacDowell en La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick. Sádico, brutal, violador, asesino... y sin embargo, nos cae bien. Alex representa la amoralidad en estado puro, la parte animal, reptiliana, que hay en todos nosotros y que la sociedad se encarga de domesticar. Nos repugnan sus actos, pero más nos repugna lo que el establishment hace con él y por eso, cuando finalmente el tratamiento Ludovico falla, lo celebramos como una victoria. No me tomaría una leche-plus con él, pero su imagen con bombín, un ojo pintado y el otro no, y la coquilla por encima de un mono blanco es ya un icono del cine.














-Vito Corleone. Marlon Brando en El padrino (1972), de Francis Ford Coppola. El prototipo del criminal honorable. Vito Corleone no es un amoral, sino alguien que se rige por una moral distinta. ¿Deja de ser malo por eso? Pues no; simplemente introduce una variante más en la villanía. Supongo que también debería incluir aquí a De Niro, por su brillante interpretación del personaje en El padrino II, pero el icono que se nos ha quedado grabado en la retina es el de Brando.












-Darth Vader. David Prowse en la trilogía inicial de Star Wars (1977, 1980 y 1983), de George Lucas. En realidad, este personaje no debería figurar aquí; por dos motivos: en primer lugar, porque sólo es una máscara y, en segundo lugar, porque al final acaba siendo más blandito que un caramelo de café con leche. No obstante, se ha convertido en un icono del mal, así que aquí lo tenemos.









-Jack Torrance. Jack Nicholson en El resplandor (1980), de Stanley Kubrick. Este relato sobre el progresivo enloquecimiento de un pobre hombre tiene sólo un pequeño defecto: Jack anda pidiendo a gritos una camisa de fuerza desde el primer minuto de proyección. En cualquier caso, sus charlas con el fantasmagórico barman, sus paseos por el solitario hotel lleno de espectros y el posterior acoso a su familia con la decidida intención de cargárselos a hachazos son un clásico indiscutible de la maldad.













-Terminator T-800 modelo Cyber Dyne 101. Arnold Schwarzenegger en Terminator (1984), de James Cameron. ¿Quién era mejor actor, John Wayne o Laurence Olivier? Olivier, por supuesto. Pero ¿a quién te creerías más parando una diligencia plantándose en su camino? A Wayne, claro. Pues eso, que Schwarzenegger jamás ha sido un actor, pero encarnando a una implacable e inexpresiva máquina de matar resulta perfecto.












-Gordon Gekko. Michael Douglas en Wall Street (1987), de Oliver Stone. Posiblemente éste sea el villano más monstruoso de cuantos pueblan este catálogo. Porque es real. De hecho, la crisis económica que padecemos está causada por personas muy parecidas a Gekko. Merecido Oscar para Douglas.













-Louis Cyphre. Robert De Niro en El corazón del ángel (1987), de Alan Parker. Como es lógico, no podía faltar el villano de los villanos, la encarnación del mal, el ángel oscuro. Lucifer, el mismísimo Satanás. De entre todos los demonios que han aparecido en el cine, creo que el que interpretó De Niro es el más sofisticado e inquietante.









-Tommy De Vito y Nicky Santoro. Joe Pesci en Uno de los nuestros (1990) y Casino (1995), de Martin Scorsese. Aunque son dos películas distintas, en el fondo se trata del mismo personaje, un matón de pequeño tamaño capaz de desarrollar una violencia desmedida (recuerda un poco a los gangster que interpretaba James Cagney). Resulta tan desagradable que su terrible muerte en Casino se le antoja al espectador de lo más gratificante.










-Hanibal Lecter. Anthony Hopckins en El silencio de los corderos (1991), de Jonathan Demme. ¿Qué podemos decir de Hanibal el Canibal? Inteligente, culto, elegante, sofisticado y terrorífico. Quizá sea la última encarnación del “monstruo” en nuestra cultura. Por ahora. Jamás cenaría con él.











-Untersturmführer Amon Goeth. Ralph Finnes en La lista de Schindler (1993), de Steven Spielberg. El otro nazi que incluimos en esta lista, el coronel Landa, es una caricatura, de modo que necesitábamos uno realista. La maldad de Goeth es visceral, estúpida, absurda, la clase de maldad que acaba destruyéndose a sí misma. Como les ocurrió a los nazis. Goeth nos inspira miedo, sí, pero también, y sobre todo, asco.








-Vincent Vega & Jules. John Travolta y Samuel L. Jackson en Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino. Puede que Tarantino inventara una nueva variedad de malos con estos personajes: los villanos charlatanes. En esta película también aparece otro maloso notable: Lobo, interpretado por Harvey Keitel.












-Bill El Carnicero. Daniel Day-Lewis en Gangs of New York (2002), de Martin Scorsese. Un villano fascinante, sin duda; alguien con quien no nos importaría charlar un rato. Siempre y cuando no hubiese cuchillos cerca, claro. Se trata de un personaje turbio, brutal y traicionero, pero también inteligente y honorable a su manera. La genial interpretación de Day-Lewis merecía un Oscar.














-Al Swearengen. Ian McShane en Deadwood (serie de TV 2004-2006), de David Milch. De todos los villanos que aparecen aquí, quizá éste sea el que más matices tiene. Capaz de lo peor, pero también de lo mejor, como descubrimos conforme vamos conociéndole. McShane ganó un Globo de Oro por esta interpretación. Con todo merecimiento.








-El Joker. Heat Ledger en El caballero oscuro (2008), de Christopher Nolan. La película me parece muy aburrida (lo siento, qué le vamos a hacer). De hecho, en mi opinión, sólo levanta el vuelo cuando Ledger entra en escena. Su composición del Joker es magistral; no se trata de un payasete simpático y travieso (como la versión de Nicholson), sino de un psicópata con la cara pintada que te hiela la sangre en las venas.










-Coronel Hans Landa. Christoph Waltz en Malditos bastardos (2009), de Quentin Tarantino. Para qué negarlo: la película es bastante mala. Sin embargo, cada vez que aparece el coronel Landa se convierte en una obra maestra. Charlatán, irónico, cínico, amanerado, inmoral, pero fascinante. Uno de los mejores malos de los últimos tiempos. Nos tomaríamos una cerveza con él. Y luego le pegaríamos un tiro, claro.

Y ahora, para terminar, cuatro aportaciones patrias, cuatro magníficos malos españoles.








-Alain Charnier. Fernando Rey en French Connection (1971), de William Friedkin. Uno de los villanos más elegantes y encantadores aquí incluidos. Si nos diesen a elegir entre su némesis, el bruto y desastrado policía Popeye Doyle (Gene Hackman), y Charnier, siempre nos iríamos de copas con el sofisticado narcotraficante que compuso el gran Fernando Rey. Incluso nos asociaríamos con él, que coño.













-El señorito Iván. Juan Diego en Los santos inocentes (1984), de Mario Camus. Tan real como la vida misma, tan deplorable como la dictadura que permitió la proliferación de individuos semejantes a éste. Un señorito extremeño falsamente cordial, un pijo, un facha, un esclavista sin corazón. Siempre he pensado que esta película es en realidad un western en el que Iván representa el papel de pérfido terrateniente que sojuzga a los colonos. Un gran malvado en cualquier caso.












-Anton Chigurh. Javier Bardem en No es país para viejos (2007), de Joel & Ethan Coen. Tiene mucho mérito que alguien con ese corte de pelo pueda helarte la sangre en las venas. Chigurh es el mal en estado puro, el mal implacable (un poco como Terminator), el mal frío y desnudo. Magnífica interpretación de Bardem y merecido Oscar.











-Malamadre. Luis Tosar en Celda 211 (2009), de Daniel Monzón. Brutal y tierno a la vez, carismático, burlón, histriónico y fiel. No es un amoral, sino alguien que se rige por sus propias reglas y está en guerra con el mundo. No me gustaría ser su amigo, pero sí me gustaría que él lo fuese. O, al menos, no tenerlo por enemigo.