jueves, noviembre 5

Seduciendo a los inocentes

Supongo que todos conocéis la serie de películas Saw. Son films de terror (?) centrados en la tortura, las mutilaciones y la casquería, un franquicia de gran éxito entre los adolescentes. Pues bien, este año estaba previsto el estreno de la sexta entrega de la serie, pero de repente el Ministerio de Cultura decidió clasificarla como X, una calificación que únicamente se aplica a los films pornográficos y que obliga a que Saw VI sólo pueda exhibirse en salas dedicadas al porno. Dado que en España no quedan más que cuatro o cinco salas X, la clasificación de Cultura es en realidad un veto a su estreno. ¿Cuál ha sido el motivo que aduce Cultura para esta decisión? Pues que la película contiene una apología de la violencia que podría afectar negativamente a los jóvenes espectadores (¿y las cinco anteriores no?, me pregunto).

Debo aclarar que sólo he visto la primera película de la serie y no me gustó. No es cine de terror, sino de asco y grima; el llamado gore, un género que no me interesa lo más mínimo. Lo que me preocupa de la decisión de Cultura no es que esa película en concreto se estrene o no, lo cual me importa un bledo, sino el hecho de que se trate de un acto de abierta censura. Aunque esto, en realidad, está relacionado con la vieja creencia de que ciertas lecturas, espectáculos y juegos pueden pervertir las mentes de los niños y adolescentes, conduciéndoles al vicio, el delito y la violencia.

Un instructivo ejemplo de esa creencia es el Comic Code. En 1954, el psicólogo Fredric Wertham publicó La seducción del inocente, un ensayo en el que afirmaba que los cómics, en particular los de gángsters, terror y superhéroes, provocaban en los jóvenes una emulación de las conductas viciosas y violentas que aparecían en sus páginas. Es decir, los cómics pervertían a los inocentes. Entre otras genialidades, Wertham sostenía que Batman y Robin proyectaban una imagen de amantes homosexuales, o que Wonder Woman ofrecía una segunda lectura relacionada con la sumisión y el bondage, y su carácter independiente ponía de manifiesto su condición de lesbiana. Según decía Wertham: “Los comics en el peor de los casos son demoníacos; en el mejor simple basura”. A raíz de la publicación del libro, el Subcomité del Senado sobre Delincuencia Juvenil creó el Comic Code, un severo reglamento por el que deberían regirse los cómics. Estos son algunos de sus artículos:

- Las fuerzas del orden nunca podrán mostrarse de forma negativa que induzca a criticar su labor.
- Los criminales siempre recibirán su merecido castigo al final de la historia.
- La unidad familiar ha de ser siempre presentada desde un punto de vista positivo, decente y moral.
- Ningún cómic llevara en su portada palabras como "Terror", "Horror", "Crimen" o similares que puedan herir la sensibilidad de sus jóvenes lectores.
- Ningún cómic mencionará en sus argumentos temas como la homosexualidad o las drogas que puedan contribuir a fomentar el vicio entre la juventud.

Una de las primeras consecuencias del Comic Code fue que una editorial, E.C., especializada tebeos de terror, se vio obligada a clausurar la mayor parte de sus publicaciones. Pero es que eso del terror siempre ha tenido muy mala prensa, como yo mismo pude constatar en cierta ocasión. El colegio al que iban mis hijos organizaba anualmente unas jornadas dedicadas a la literatura de género; un año tocaba policíaco, otro fantasía, otro ciencia ficción, etcétera. Yo colaboraba en esas jornadas y el año que tocó tratar el género de terror les pedí a los alumnos que leyeran Carrie, de Stephen King, con el objeto de realizar un posterior debate sobre la novela. Pues bien, llegó el día del debate y descubrí que ningún alumno había leído la novela, porque la profesora de literatura había movilizado a las madres para evitar que sus hijos se vieran contaminados por un género tan pernicioso como el terror.

Pero no se trata sólo de cine o tebeos. ¿Recordáis a José Rabadán, el asesino de la katana? Mató a sus padres y a su hermana con una espada japonesa. Pues bien, resulta que Rabadán era muy aficionado al juego de consola Final Fantasy, así que el asunto estaba claro: la culpa del crimen la tenían los videojuegos violentos. ¿Y qué me decís de Javier Rosado, el tipo que, junto con su amigo Félix M., cometió un asesinato siguiendo las instrucciones de un juego de rol que él mismo había inventado? En cuanto se divulgó la noticia, el rol fue satanizado por la opinión pública, pues evidentemente se trataba de un juego que pervertía a los jugadores. Al parecer, el hecho de que Rosado fuese un psicópata de libro no tenía nada que ver con el asunto.

La cuestión es que todos los estudios científicos que se han realizado sobre esta cuestión demuestran que no hay correlación alguna entre lo que leen, ven y juegan los jóvenes y su comportamiento social. Y esto es así por un motivo muy sencillo: los niños y adolescentes tienen perfectamente clara la diferencia entre ficción y realidad. Es más, muchas veces, los juegos violentos, lejos de ser una causa de tensión, sirven de válvula de escape. ¿Disfrutar con historias de terror propicia la crueldad o el sadismo? Pues exactamente en la misma media que montar en una montaña rusa predispone al suicidio. Es decir, en lo más mínimo. De hecho, la comparación con la montaña rusa resulta apropiada, porque esa atracción, al igual que ocurre con el terror, es una forma de exponernos a determinadas emociones de manera controlada, sin peligro.

Ahí reside la clave del asunto; las películas de terror, los juegos violentos y las atracciones de feria sirven para sobrepasar ciertos límites... manteniendo el control. Porque cuando éste se pierde, cuando la montaña rusa descarrila o vivimos una realidad terrorífica, la cosa deja de tener gracia. En cualquier caso, es innegable que los seres humanos somos morbosos por naturaleza, y para constatarlo basta con observar cómo en una carretera los coches disminuyen la velocidad cuando pasan al lado de un accidente. La sangre nos horroriza, pero también nos fascina. Y es igualmente innegable que los humanos, sobre todo los varones, somos violentos. No tiene sentido negar nuestros instintos negativos; lo que hay que hacer es encauzarlos hacia territorios inofensivos, como el cine, la novela y los cómics de terror, los juegos, las montañas rusas o el mismísimo fútbol, que a fin de cuentas no es más una estilización de la guerra.

Pese a todo esto, cada vez que algún joven comete una barbaridad, el griterío público le echará las culpas al género de terror, a los videojuegos, al rol, a los cómics, a la TV, a los Tamagochis o a cualquier cosa que les suene rara a los adultos. En el fondo, esta actitud sólo es un modo de sacudirse responsabilidades de encima. Si la juventud está en crisis (nótese que empleo el condicional), no se deberá a que los niños actuales se estén criando prácticamente solos, ni a la ausencia de las figuras paternas, ni a las deficiencias educativas, ni a la nula transmisión de valores, ni al empleo de la TV como niñera, ni a la agresividad de nuestras sociedades urbanas, no, no, ni mucho menos. Si la juventud está en crisis, la culpa la tiene, sin el menor género de dudas, la serie de películas Saw.

sábado, octubre 31

Halloween

Como los merodeadores habituales de Babel saben, me encanta Halloween. No es la primera vez que lo digo, y si alguien quiere conocer mis razones no tiene más que buscar en entradas antiguas correspondientes a esta fecha. Pero es que este año, amigos míos, tengo un motivo más para celebrar esta fiesta.

Recientemente, el obispo de Sigüenza-Guadalajara, don José Sánchez, ha dicho que "costumbres paganas como ésta" pueden hacer desaparecer costumbres cristianas "arraigadas y beneficiosas". Añadió que se puede "correr el riesgo de que, a impulsos del comercio, del consumo y de la moda, costumbres como ésta, paganas, importadas, prevalezcan y hasta desplacen costumbres cristianas como la devoción a los santos y la oración por los difuntos". Ya el año pasado alzaron los obispos sus voces contra Halloween. En concreto, Joan María Canals, director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia, advirtió en una entrevista que Halloween "no es inocente, pues tiene un trasfondo de ocultismo y de otros tipos de corrientes que dejan su huella de anticristianismo".

Una de las acusaciones más generalizadas que se le hacen a Halloween es que se trata de una fiesta “importada”. No como, por ejemplo, nuestra autóctona Navidad, donde celebramos algo tan español como el nacimiento de un judío en un remoto lugar de Oriente Medio. Y lo celebramos poniendo belenes, tan nuestros, tan españoles... aunque procedan de Nápoles. Otra queja de los obispos es que Halloween pretende suplantar al día de todos los santos (el 1 de noviembre) y al día de los fieles difuntos (el 2 de noviembre), lo cual es falso por dos poderosos motivos. En primer lugar porque Halloween se celebra la noche anterior al día de todos lo santos, no ese mismo día. En segundo lugar porque fue la Iglesia quien fijó el día de los difuntos el 2 de noviembre (en concreto, lo hizo el papa Gregorio III en el siglo VIII) para sustituir a la arraigada festividad celta de Samhain, que es el origen de Halloween. Fue la Iglesia quien prohibió las festividades paganas milenarias sustituyéndolas por fiestas importadas o, simplemente, inventadas.

Por último, que nadie piensa que Halloween se ha impuesto a base de marketing o a por la ingerencia cultural de EE UU a través del cine y la TV, porque es falso. Vamos a ver: el origen de todo esto es Samhain, una festividad celta extendida por media Europa. Al imponerse el cristianismo, Samhain se adaptó a los tiempos convirtiéndose en Halloween (que en inglés antiguo significa “víspera de todos los santos”), así que, paradójicamente, Halloween es un sincretismo católico. Durante la Edad Media, Halloween se celebraba en muchos lugares de Europa, incluyendo a España. La opresión del cristianismo acabó erradicando Halloween de la mayor parte de los países, salvo de las Islas Británicas, donde siguió celebrándose. En el siglo XIX, los emigrantes irlandeses introdujeron Halloween en Estados Unidos y se popularizó rápidamente. Y luego, en el siglo XX, volvimos a oír hablar de Halloween a través de las películas y los telefilmes norteamericanos.

Pero esa “ingerencia cultural” yanqui no bastó para implantar la fiesta entre nosotros. Eso ocurrió después, a partir de los años ochenta, y fue algo totalmente espontáneo. La cosa es muy sencilla: los colegios norteamericanos y británicos que hay en España, sobre todo en Madrid y Barcelona, celebraban Halloween. Y los niños españoles de otros colegios contemplaron lo que hacían los niños de esos liceos y les encantó. Y comenzaron a imitarles, y poco a poco todos los colegios empezaron a incluir Halloween entre sus actividades lúdicas, y luego el asunto se extendió por toda España y... vale, finalmente el marketing se ha apropiado de Halloween, pero joder ¿acaso el marketing no se apropia de cualquier cosa que pueda dar pasta? Si renunciáramos a todo aquello que ha sido fagocitado por el marketing no podríamos ni leer, ni ir al cine, ni limpiarnos el trasero siquiera.

En resumen: Halloween se ha impuesto entre nosotros porque es una fiesta divertidísima para los niños, así de simple. Paraos un momento a pensarlo, imaginaos que volvéis a tener nueve o diez años y hay un día al año en que os disfrazáis de monstruos y os dejan salir de noche, y dais sustos a la gente, y recolectáis golosinas, y gastáis bromas... ¿no os gustaría algo así? A mí, desde luego, me habría encantado. ¿Y qué es lo que propone la Iglesia a cambio? Ir a rezar a los cementerios; no veas tú qué juerga.

Los obispos reprueban Halloween, lo cual hace que mi cariño por esa fiesta no haga más que aumentar. Mis hijos ya han crecido y no necesitan caretas para demostrarme que son unos vampiros chupasangre (es broma), pero me sigue encantando el brillo en los ojos de los hijos de mis vecinos cuando tocan a mi puerta gritando ¡truco o trato!, y por eso compré ayer un montón de golosinas. ¿Queréis ositos de goma, regaliz rojo, caramelos de melón, moras, marshmallows o lacasitos? Pues no tenéis nada más que llamar esta noche a mi puerta disfrazados de zombis o de brujas. Todo monstruo será bienvenido.

¿Halloween es una fiesta pagana? Claro, eso es lo bueno.

¡Feliz Halloween/Samhain, amigos!


martes, octubre 27

La Hoz de Beteta

El pasado fin de semana he visitado uno de los lugares más bellos y desconocidos de España: la Hoz de Beteta, en la Serranía de Cuenca. Se encuentra al norte de la provincia, entre las localidades de Beteta y Puente Vadillos, y abarca un tramo de unos seis kilómetros en los que la carretera sigue el trazado del río Guadiela.

La Hoz de Beteta debe de ser impresionantemente bella en cualquier momento, pero ahora, en otoño, te quita el aliento. La vegetación, muy abundante, adopta todas las gamas del verde, el amarillo y el ocre, con brochazos naranjas y rojos, los farallones de caliza parecen esqueletos de bestias fabulosas y el agua, pese a la ausencia de lluvias, corre por todas partes. Es un lugar increíble, y más increíble resulta lo poco que se le conoce.

Cerca de allí está la Laguna del Tobar, la Hoz de Priego (similar a la de Beteta, pero más pequeña) o el nacimiento del río Cuervo, aunque lo cierto es que toda la zona es una maravilla. Además, se come muy bien y a buen precio y la gente es de lo más amable. Así que, si no tenéis nada mejor que hacer el próximo fin de semana (y si no vivís demasiado lejos de allí), os sugiero que os deis un paseo por esa zona; pero no lo dejéis para más tarde, porque es ahora cuando los colores del otoño llenan de magia ese lugar extraordinario. Hacedme caso; me lo agradeceréis.

sábado, octubre 17

Aplauso


Dicen que el principal defecto de los españoles es la envidia. No sé si esto es cierto, pues los españoles tenemos tantos defectos que elegir el mayor de ellos se me antoja complicado; no obstante, no cabe duda de que somos un país de envidiosos. Y mira que ese es un pecado estúpido, porque, por ejemplo, con la gula o la lujuria al menos te lo pasas bien, pero con la envidia lo único que consigues es una úlcera.

Supongo que la razón de que seamos tan envidiosos reside a la larga tradición de mediocridad de nuestro pueblo; una tradición de, al menos, cuatrocientos años que se vio sustancialmente reforzada durante la dictadura de ese tipo bajito, panzón y ridículo que ahora no me acuerdo cómo se llamaba. El caso es que los mediocres sólo aceptan vivir en la mediocridad y no soportan que nadie ni nada sobresalga. Son como una tribu de pigmeos en la que sólo se pudiera medir un metro cuarenta o menos, y si alguien es más alto se le corta la cabeza. En eso somos expertos: en cortar cabezas. Por ejemplo, cuando en nuestro mediocre ámbito cultural surge un creador capaz de aunar calidad y popularidad, nuestra inteligentsia se apresura a afilar la guillotina. Ese es el caso, por ejemplo, de Alejandro Amenábar.

Recuerdo que cuando vi Tesis saqué dos conclusiones. La primera, que se trataba de una historia muy poco creíble. La segunda, que estaba cojonudamente narrada (tanto que, mientras las veías, te tragabas sin rechistar la increíble historia). Abre los ojos no hizo más que confirmarme que Amenábar es un extraordinario narrador y con Los otros llegué a la conclusión de que, dejando aparte a Víctor Erice, se trata con diferenciadel mejor narrador de nuestro cine. Incluso me gustó Mar adentro, que mira que es tramposa... El problema es que Amenábar no sólo me gusta a mí, sino a muchísima gente, y ha ganado muchos Goyas, y un Oscar, y sus películas son muy taquilleras, y ha trabajado con estrellas de Hollywood... En fin, demasiadas afrentas para nuestra mediocre élite cultural.

Así que, de unos años a esta parte, se ha ido desarrollando en España una reducida, pero ruidosa, corriente anti-Amenábar que con el estreno de su última película parece haberse consolidado definitivamente. De Ágora he oído y leído decir que era correcta, pero fría, que era un film megalómano, que estaba vacío, que carecía de frescura...

Hace un par de semanas, fui a ver Ágora. Me gustó. Mucho. Y, lejos de parecerme una película fría, me emocionó como pocas películas me han emocionado. Aunque, eso sí, la clase de emoción que me provocó no es la usual, sino una especie de emoción-intelectual que, si andas un poco despistado, puedes confundir con frialdad. En cuanto a si es o no un espectáculo vacío... Sin duda es un espectáculo (no deja de ser un peplum), tan bien narrado como todas las obras de su director, pero de ninguna manera está vacío. De hecho, cada una de sus imágenes está en función de un mensaje que no por sencillo deja de ser extraordinariamente importante: el enfrentamiento entre la razón y el fanatismo, la colisión entre ciencia y superstición. A decir verdad, Ágora trata precisamente de aquello en lo que creo más fervientemente: que la razón, la inteligencia, es el único camino noble y recto para el ser humano, y que la irracionalidad siempre es peligrosa y potencialmente destructiva.

No voy a hacer una crítica de la película, pero me gustaría señalar uno de sus grandes aciertos: esos planos cenitales que, en ocasiones, se alejan tanto que la cámara sale al espacio exterior y nos muestra el planeta Tierra en la inmensidad del cosmos. Esos planos modifican nuestro punto de vista y nos revelan que la película no trata en realidad sobre una mujer en una remota ciudad de la antigüedad, sino de algo mucho más amplio que nos afecta a todos en cualquier momento y en cualquier lugar.

Es cierto que la película tiene trampas (¿qué obra narrativa no las tiene?). Por ejemplo, como señala Luis Manuel Ruiz en su excelente blog, los filósofos que aparecen en el film son encantadores y dan ganas de abrazarlos a todos (particularmente a Rachel Weisz, una de mis debilidades), mientras que los cristianos parecen sacados de una película de terror. No obstante, conviene recordar que la película está basada en hechos históricos, y es cierto que los cristianos arrasaron la biblioteca de Alejandría, y que cometieron matanzas, y que se adueñaron de la ciudad, y que mataron y descuartizaron a Hipatia. Todo eso es auténtico. No debemos olvidar que gran parte de la historia del cristianismo parece escrita a dos manos por Edgar Alan Poe y Richard Laymon.

Por último, me gustaría contaros una anécdota. Fui a ver Ágora (con Pepa y nuestro hijo Pablo) al Kinépolis. La sala estaba llena. Al final de la película, tras un silencio, el público comenzó a aplaudir, y yo me sumé al aplauso. Pues bien, hay algo de lo que estoy seguro: la gente aplaudía a una buena película, sí, pero sobre todo aplaudía al mensaje de esa película. Y eso, ese espontáneo aplauso, me emocionó tanto o más que el film, pues me hizo concebir la esperanza de que no todo está perdido para nosotros, los torpes, estúpidos y patéticos seres humanos.

jueves, septiembre 24

La pared de hielo

Por si alguien siente curiosidad, en el blog El resto es silencio, especializado en publicar relatos españoles de fantasía y ciencia ficción, acaba de aparecer mi relato La pared de hielo, que ganó Premio Alberto Magno de 1992. Fue publicado por primera vez en la hoy desaparecida revista Cyberfantasy y luego pasó a formar parte de mi antología El Círculo de Jericó (Ediciones B, 1995).

A principios de los 90, cuando volví escribir ficción, llevaba tiempo dándole vueltas a dos argumentos para relato corto. De una de ellas, surgió mi cuento El rebaño; la otra era una sencilla pregunta: ¿qué pasaría si se pudieran diseñar virus genéticos capaces de actuar en los humanos como los virus informáticos en los ordenadores? Mi respuesta fue La pared de hielo, un relato que tuvo cierta repercusión en el mundillo del fantástico español de aquel entonces. En esa época, yo acababa de retomar la escritura después de una larga década de inactividad literaria, así que aún estaba tanteando mis posibilidades y explorando caminos narrativos. El primer relato que escribí fue El mensaje perdido (una reelaboración de otro cuento anterior, Crónicas del amor en mal estado, redactado en 1980); el segundo fue El rebaño, y el tercero el que ahora nos ocupa .

Escribí este relato con el objetivo de presentarme al premio Alberto Magno, pero tenía un problema: las bases del premio estipulaban una extensión máxima de 50 páginas, y mi historia necesitaba por lo menos el doble. Para ajustarme a la extensión requerida tendría que hacer unas elipsis brutales y eso esquematizaría el texto demasiado. A punto estuve de tirar la toalla, pero entonces se me ocurrió la solución: contar la historia en primera persona, comenzando por el final y empleando sucesivos flash backs no siempre de forma ordenada. Además, el narrador es un tipo seriamente perturbado cuya cabeza está sumida en el caos. Funcionó. Al contar la historia sin aparente orden y en forma de recuerdos fragmentados, las elipsis se disimulaban y el gancho del misterio aumentaba.

Anteayer, después de no sé cuántos años, volví a leer La pared de hielo. En cierto modo, es un texto primerizo con no pocas torpezas, sobre todo en el manejo de la prosa. Además –y de esto ya me di cuenta en su momento-, al disponer de escasa extensión para las necesidades de la historia, no pude, o no supe, desarrollar los personajes, que quedan un tanto planos. Sin embargo –e intento ser objetivo-, narrativamente funciona francamente bien. Aunque se lee con facilidad, tiene una estructura condenadamente compleja (creo que ha sido el texto que más me ha costado escribir); al saltar constantemente adelante y atrás en el tiempo, debía medir mucho la dosificación de la información, pues si se me iba la mano me cargaba el enigma y si me quedaba corto el texto resultaría incomprensible. Hay un detalle del que todavía hoy me siento orgulloso: en las dos primeras páginas del relato cuento todo lo que va a pasar, de pe a pa, destripo completamente el argumento y revelo el secreto de la historia. Pero lo hago de forma desordenada y descontextualizada, así que el lector lo lee como si fuese una locura sin pies ni cabeza, hasta que, al llegar a las últimas página, todo cobra sentido. Lo reconozco, me gustan esos jueguecitos con el lector (pero precisamente en jugar a eso consiste narrar, ¿no?)

Me estremezco al pensar que casi han pasado veinte años desde que escribí La pared de hielo. En fin, me hundiría en la nostalgia, de no ser porque la nostalgia ya no es lo que era...

martes, septiembre 22

Interludio: una recomendación y un aplauso

Recomendación: El domingo pasado vi Malditos bastardos, de Tarantino. La película, muy irregular (por ser clementes), contiene algo de lo mejor y mucho de lo peor del director; hay escenas soberbias y otras, la mayoría, demasiado alargadas. Las continuas referencias al spaghetti western resultan a veces un tanto cargantes (la primera aparición del Oso Judío es puro Leone, pero el peor Leone). El film es, a lo sumo, distraído pero poco más; de no ser porque existe Death Proof, sería la peor película de Tarantino. Sin embargo, os la recomiendo, porque la actuación de Christoph Waltz, en el papel del coronel nazi Hans Landa, es antológica. Cada vez que aparece, la película se anima y remonta el vuelo. Sin duda, se trata de uno de los mejores villanos de la historia del cine y es la única razón por la que resulta imprescindible ver esta, por lo demás, olvidable película. No os lo perdáis.


Aplauso: Ya resulta un tanto reiterativo hablar de la selección española de baloncesto, porque son tan buenos que a uno no le queda más remedio que repetirse. El domingo pasado, la selección se proclamó –por fin- Campeona de Europa. Tras una primera manga en la que parecieron una caricatura de sí mismos y que a todos nos mantuvo con los pelendengues de corbata, el resto del campeonato fue un paseo a lo largo del cual ningún rival les hizo la menor sombra. Se impusieron con absoluta rotundidad, demostrando que son la mejor selección del mundo... después de quienes ya sabéis. Y si vale de algo mi opinión, tienen la mejor defensa del baloncesto mundial. Lo dicho, un aplauso para ellos.

martes, septiembre 15

Generaciones

Supongo que habéis oído hablar de los incidentes entre jóvenes y policías que se produjeron el pasado cinco de septiembre durante las fiestas de Pozuelo de Alarcón, una localidad, por cierto, muy cercana a donde vivo. He dicho “supongo”, pero debería haber puesto “seguro”, porque desde que se produjeron aquellos disturbios los medios de comunicación no han parado de hablar de lo chungos que son nuestros jóvenes, de su falta de valores y compromiso, de su carencia de disciplina y de su nulo respeto a la autoridad...

Bla, bla, bla, lo mismo de siempre, la vieja y machacona cantinela. Desde que la humanidad existe –o al menos desde que la palabra “futuro” es sinónimo de cambio-, cada generación se ha quejado de la siguiente empleando términos similares a los descritos en el párrafo anterior. Por ejemplo, mi generación; ahora que he superado ampliamente el medio siglo de edad y tengo dos hijos de 22 y 19 años, escucho con frecuencia a compañeros generacionales echar pestes de los jóvenes actuales, acusándoles de tenerlo todo fácil y carecer de los valores que nos adornaban cuando éramos briosos y nobles mozalbetes. Y no puedo evitar preguntarme: ¿pero de qué coño de valores están hablando? No sé, a veces pienso que mi juventud fue muy rara, porque lo que yo recuerdo son jóvenes tan pasados de vueltas –o no- como los de ahora. En serio, me parto de risa cuando oigo hablar, por ejemplo, del “problema que la juventud tiene hoy con el alcohol”. ¿Hoy? Por favor, el alcohol ha sido un problema para todas las juventudes desde que alguien decidió beberse el mosto de uva pese a haber fermentado. Y no sólo es un problema propio de la juventud, ni mucho menos, porque los adultos le damos al morapio que da gusto. Como siempre.

Pero así somos de repetitivos; tenemos la memoria histórica de un pez de colores. Nuestros padres nos decían: “Teníais que haber pasado una guerra”, y ahora les decimos a nuestros hijos: “Teníais que haber pasado una dictadura”. Pues no, mire usted. ¿Que los jóvenes de ahora lo tienen más fácil que lo tuvimos nosotros? Por supuesto; pero es deber de cada generación conseguir mejores condiciones de vida para la siguiente. A fin de cuentas, eso es el progreso, ¿no? Y nadie debería pasar una guerra o una dictadura, porque puede que eso te haga más fuerte, pero también más tarado. En realidad, los jóvenes actuales son muy diferentes a los de otras épocas en lo superficial, pero en lo básico son idénticos. La naturaleza humana se maquilla, pero no cambia.

Puede que alguien objete: “Pero estos jóvenes apedrean a la policía”. Y yo respondo: “¿Acaso nosotros no hacíamos lo mismo?” Ah claro, aquella policía nuestra representaba al fascismo, mientras que los actuales maderos forman parte de una democracia. Es decir, que un joven es un héroe atiborrado de valores si lanza piedras a las fuerzas del orden, destroza el mobiliario urbano y quema coches en nombre de la revolución, pero un gamberro si lo hace por defender su derecho a celebrar un botellón. Vale, hay diferencias entre un cosa y otra, no lo niego; pero si nos paramos a pensarlo bien, ¿no se trata en el fondo de lo mismo?

Seamos sinceros: cuando participábamos en algaradas contra la dictadura, cuando arrojábamos piedras a los grises, ¿nos estábamos rebelando contra el franquismo, o contra el franquismo y contra la autoridad en general? ¿No puede ser que en realidad alguna de esas piedras las lanzáramos metafóricamente contra nuestros padres? Pensad en lo que significa la palabra “educación”: uno nace siendo una bestia salvaje que sólo piensa en sí mismo y en satisfacer sus instintos. Durante un tiempo, las cosas van bien, porque uno no necesita gran cosa (ni tiene demasiados instintos) y cuenta con sobrada atención por parte de los padres. Pero pasado un tiempo comienza el proceso de socialización, que consiste básicamente en reprimir el instinto y los deseos. Eso no se hace, eso no se toca, no hables con la boca llena, no te tires pedos ni te hurgues la nariz, no te hagas pajas, respeta a los mayores, no puedes hacer eso, estás obligado a hacer eso otro, no te quejes, obedece, respeta la propiedad ajena, guarda silencio, estudia, no digas tacos, siéntate bien, no hagas ruido... Para eso sirven la familia y el colegio, para reprimir todo aquello que queremos hacer, y potenciar todo lo que nos toca las narices. Pues bien, después de tres o cuatro lustros sometidos a esa (necesaria pero tocapelotas) tiranía socializadora, cuando los jóvenes comienzan a liberarse del yugo paterno y de la cárcel colegial, ¿cómo creéis que están?

Pues, aparte de repletos de hormonas, están hartos, hasta las pelotas de la autoridad, sea del tipo que sea; arden en deseos de libertad y rechazan muchos de nuestros valores, porque ciertos valores (como la disciplina, por ejemplo) son cojonudos cuando tienes la sartén por el mango, pero una carga muy pesada si quien se fríe en el aceite eres tú. La energía que desprenden, esa energía que en parte es producto del hartazgo y el hastío, puede -siempre de forma minoritaria, no lo olvidemos- convertirse en furia y destrucción, como ocurrió en Pozuelo. Pero no nos engañemos, la mayor parte de los jóvenes (incluyendo a los violentos) disipará esa energía en chorradas y acabarán asimilándose al sistema, ingresando en las filas de nosotros, los zombis. No obstante, una pequeñísima parte de los jóvenes utilizarán esa energía de forma positiva, revolucionaria e innovadora, consiguiendo con ello que algunos valores caducos se desmoronen y que le mundo cambie un poquito para mejor.

Entonces, ¿a quién tememos los dinosaurios? ¿A los jóvenes violentos? No, son pocos y con un par de hostias la cosa se soluciona. ¿A los futuros zombis entonces? Tampoco; ellos nos sustituirán, pero antes, durante un tiempo, serán nuestros esclavos. A quien realmente tememos las viejas generaciones es a los jóvenes brillantes e inadaptados, pues ellos me echarán a mi de mi sillón de escritor, y a vosotros de vuestros puestos de trabajo, porque son mejores o, cuando menos, más nuevos. Les tememos porque no tienen poder, pero sí razón, y su razón acabará imponiéndose. Les tememos porque su simple presencia nos dice que nuestras creencias están obsoletas, que nuestro tiempo se está acabando, que ellos tienen fuerza para cambiar las cosas y nosotros ya no.

En el fondo, la brecha generacional no es más que una forma como otra cualquiera de temor al cambio, la impotencia y la muerte.

domingo, septiembre 6

Stonehenge (1)

No sé exactamente cuándo comenzaron a fascinarme los megalitos; recuerdo haber visitado con mi padre, de niño, la Cueva de Menga (una tumba de corredor neolítica en Antequera) y algunos dólmenes, pero no me llamaron especialmente la atención. Supongo que el interés surgió más tarde, conforme leía sobre prehistoria, antropología y religiones arcaicas. Entonces descubrí el misterio que encierran los megalitos y me enamoré del asunto. Porque no hay nada que enamore tanto como un buen misterio, ¿verdad?

Hay megalitos en lugares tan alejados entre sí como Japón, Perú o la Isla de Pascua, y hubo un importante foco de megalitismo en el Mediterráneo occidental, pero a lo que yo me refiero es al megalitismo atlántico, que comenzó a finales del Neolítico y se extendió hasta la Edad del Bronce, desarrollándose sobre todo a lo largo de la costa atlántica y los Pirineos. La cuestión es que no sabemos prácticamente nada de la gente que erigió esas piedras. Ignoramos su cultura, su religión, su idioma, sus costumbres... ni siquiera sabemos cómo se denominaban a sí mismos. La única certeza que tenemos es que dedicaron enormes cantidades de tiempo y esfuerzo a erigir enormes y pesadísimos bloques de piedra. ¿Por qué, para qué? Misterio. (En la foto de la izquierda, Pepa en el muy restringido interior del círculo de piedras)

El enigma de los megalitos me atrapó hace más de treinta años, y desde entonces he visitado muchísimos, en Portugal, Galicia, la Cornisa Cantábrica, los Pirineos y el oeste de Francia. En estas zonas hay diversas clases de megalitos: dólmenes, menhires, alineamientos, cromlechs circulares y ovales, tumbas de corredor... pero ni un solo henge, porque prácticamente sólo hay henges en las Islas Británicas. Lo cual nos conduce al monumento megalítico más famoso del mundo: Stonehenge, en la llanura de Salisbury.

Antes de nada, veamos qué es un henge. Básicamente, se trata de un extenso foso circular (en ocasiones oval) que rodea o es rodeado por un túmulo de tierra. A partir de ahí y con el paso del tiempo se van añadiendo estructuras más complejas en el interior del círculo, primero de madera y después de piedra, formando cromlechs concéntricos. Lo más probable es que, al final, hubiera a la vez estructuras de piedra y madera. Pues bien, Stonehenge es el henge más sofisticado jamás construido, la Capilla Sixtina del megalitismo.

Supongo que lo habéis visto muchas veces, pero no está de más describirlo rápidamente. Stonehenge está formado, como todos los henges, por un foso y un terraplén, en este caso de unos 110 metros de diámetro; lo que lo hace distinto es la estructura que contiene: un círculo de trilitos (trilito: dos piedras verticales y una horizontal a modo de dintel) en cuyo interior hay (o había) otros cinco trilitos formando una herradura y, en el centro, otra piedra más, tumbada, denominada “Piedra del Altar”. Todas estas piedras se denominan Sarsen y provienen de una cantera situada a treinta y tantos kilómetros del megalito. Pues bien, dentro del círculo de piedras Sarsen hay otra estructura más pequeña formada por las llamadas “piedras azules”: se trata de un cromlech (anillo de piedras), concéntrico al Círculo Sarsen, con otra herradura de piedras en su interior; es decir, una reproducción a menor escala del megalito exterior, pero sin dinteles. Aparte de esto, había una gran avenida que partía del cercano río Avon y desembocaba en Stonehenge (hoy sólo es perceptible el comienzo). Junto a la avenida se alza un enorme menhir, la “Piedra Talón” que, alineada con el trilito central de la herradura Sarsen, marca el punto por donde sale el Sol durante el solsticio de verano (y, en el extremo contrario, el punto por donde se pone el Sol durante el solsticio de invierno). En cuatro puntos del terraplén, formando un imaginario cuadrado perfecto, estaban las “Piedras de las Estaciones” (hoy sólo quedan dos). Fuera del círculo, cerca de la avenida, está la “Piedra del Sacrificio”, en realidad un menhir caído. Por último, bordeando el foso, hay un círculo formado por 56 agujeros, el “Círculo de Aubrey”, que en el pasado debieron de contener postes de madera. (La foto de la izquierda está orientada según la alineación de Stonehenge, apuntando hacia el lugar donde sale el Sol durante el solsticio de verano. Al fondo, entre los dos trilitos, se ve la Piedra Talón; ahí comienza -o acaba- la avenida principal. El tipejo no forma parte del megalito; soy yo).

Como veis, se trata de una estructura muy compleja, aunque lo que vemos es el estado final del megalito, pues Stonehenge cambió mucho a lo largo del tiempo. Al principio, tres mil años antes de nuestra era, se construyó el henge básico: un foso y un terraplén. No mucho más tarde de cien años después se erigieron los 56 postes del Círculo de Aubrey y otras estructuras de madera de las que hoy sólo quedan algunas huellas (agujeros, claro; la madera no perdura).

Alrededor del 2500 a.d.n.e., se inició la fase lítica, pues fue entonces cuando colocaron la piedras azules. Y aquí nos topamos con un inmenso misterio, porque esas piedras proceden de las colinas Preseli, en Gales, situadas a más de 240 kilómetros de Stonehenge. Si tenéis en cuenta que la mayor parte de las piedras azules pesan más de dos toneladas, y que en total había 60, ¿os imagináis el inmenso esfuerzo que supuso transportarlas desde Gales hasta Salisbury? ¿Por qué lo hicieron, qué tenían de especial esas piedras? Una posible respuesta es que las 60 piedras azules fueran un megalito de Gales, un cromlech más antiguo que Stonehenge que fue desmontado y trasladado a Salisbury. En cualquier caso, la tarea debió de ser titánica.

Al principio, las piedras azules estaban dispuestas formando un círculo (del que quedan escasos rastros). Además se incorporaron seis piedras Sarsen: las cuatro de las estaciones, la Piedra Talón y otra gemela que ha desaparecido. Pero esta estructura no duró mucho, pues hacia el 2300 a.d.n.e. se trajeron y labraron las 75 enormes piedras Sarsen que forman el círculo y la herradura de trilitos. Una cuestión curiosa es que estas piedras están trabajadas como si fueran madera; por ejemplo, en cada una de las “jambas” de cada trilito hay un saliente que encaja con uno de los dos agujeros del dintel, igual que las junturas de mortaja y espiga propias del trabajo de carpintería, y también hay ejemplos de uniones de lengüeta y ranura. Pese al inmenso monumento de piedra que construyeron, esas personas eran carpinteros, no canteros. Se desconoce la ubicación de las piedras azules durante este periodo. Por cierto, lo que hoy vemos son las ruinas incompletas de Stonehenge, pero es posible que el gran círculo de trilitos Sarsen nunca llegara a completarse. Quizá se les acabó la piedra. (En la foto de la derecha se ve el Gran Menhir, la piedra más grande del magalito, que formaba parte de uno de los trilitos -hoy parcialmente caído- de la herradura central. En lo alto se ve la espiga que encajaba con el dintel)

Hacia el 2000 a.d.n.e., se produjeron nuevos cambios en el megalito, pero el mayor de ellos fue el retorno de las piedras azules, que se distribuyeron como antes he descrito. También se añadió la Piedra del Altar (procedente de Gales), en el centro de la herradura; quizá era un menhir, hoy tumbado, o puede que se dispusiera horizontalmente, como un verdadero altar. Los últimos cambios en el megalito se efectuaron hacia el 1600 a.d.n.e. Seiscientos años después, hay indicios de que el entorno de Stonehenge había perdido su carácter sagrado. Puede que hacia esa época el círculo de piedra hubiese cesado ya sus actividades, y eso plantea un nuevo misterio: ¿por qué, después de dos mil años de ser el mayor y más famoso templo erigido en Europa, se abandonó Stonehenge? Misterio.

Igual que es un misterio por qué se trasladaron desde tan lejos las piedras azules. O para qué servía ese extraño y absolutamente inusual megalito. O qué extrañas actividades tenían lugar en la llanura de Salisbury. O el enigma del Arquero de Amesbury. Todo lo que sabemos con certeza acerca de Stonehenge es que era un templo dedicado al Sol y, al mismo tiempo, una máquina que, por sorprendente que parezca dado su ruinoso estado, sigue funcionando a la perfección.
Pero de eso, amen de la inesperada y solitaria visita que Pepa y yo pudimos realizar al interior del círculo de piedras, hablaremos en la siguiente entrega de este apasionante, a la par que instructivo, relato.

jueves, agosto 27

Arrebato

Dicen que una novela se empieza a escribir con el corazón y se termina con la cabeza. Eso significa que, al comenzar a redactar una novela, los escritores suelen estar arrebatados por la historia que van a contar. Todo es pasión en esos momentos, las ideas brotan como un surtidor y el acto de escribir se convierte en una compulsión gozosa. La verdad es que resulta muy parecido a enamorarse; pero, al igual que sucede con el amor, la pasión va disminuyendo con el paso del tiempo y lo que queda al final es una fatigosa rutina. En efecto, la tarea de escribir, que al comienzo se nos antojaba algo parecido a surfear sobre un océano de letras, acaba convirtiéndose, mediado el texto, en lo que siempre ha sido: un maldito trabajo. Y, conforme te aproximas al final, menos surfista te sientes y más te conviertes en un sudoroso galeote remando amarrado al duro banco.

Pero el principio... ay, amigos, es gloria pura. Pues bien, como sabéis si sois asiduos merodeadores de Babel, a comienzos de verano andaba yo dándole vueltas al argumento de una novela inspirada en Julio Verne. Tenía todas las piezas, el principio, el final, los personajes, gran parte de la trama, pero por algún motivo que no alcanzaba a discernir, las cosas no encajaban. La historia estaba descompensada, el ritmo no fluía. Por fin, poco antes de irme de vacaciones, descubrí cuál era el problema. Entonces, todo encajó. Luego, durante las vacaciones, fui puliendo el argumento y perfilando los personajes, y cuando regresé a casa me puse a escribir como un poseso. Estaba, y estoy, arrebatado por la historia que he desarrollado en mi dura cocorota.

Lo cual, por supuesto, no dice nada a favor ni en contra de la calidad final de la novela, igual que el hecho de enamorarte no dice nada acerca de la persona de quien te enamoras, que, con independencia de tus sentimientos, muy bien puede ser una o un imbécil de tomo lomo. Pero eso da igual, porque durante los primeros compases de la escritura resulta un auténtico placer ver cómo las piezas del puzzle encajan, cómo el relato fluye con naturalidad, cómo los personajes cobran vida. Entonces, cuando eso sucede, no puedes parar de escribir, estás arrebatado. Y eso, amigos míos, es lo que me está pasando ahora. O escribo la novela, o me toco las narices, pero nada de términos medios.

Por eso tengo tan abandonado el blog, por eso me estoy retrasando tanto en renovar las entradas. Me siento frente al teclado, me planteo redactar algo para Babel, pero no puedo, pues experimento la compulsión de seguir escribiendo la novela y, si no lo hago, me entra la desazón. Ahora mismo, por ejemplo, estoy desazonado hasta las cachas.

Como comprenderéis, no es cuestión de dejar pasar de largo algo tan infrecuente en mí como las ganas de trabajar, así que durante un tiempo indeterminado mis entradas en el blog se espaciarán más de lo usual. En cualquier caso, dentro de unas semanas empezaré a odiar la novela y cualquier pretexto, como por ejemplo escribir en Babel, será bueno para olvidarme un rato de la puñetera literatura.

Saludos y seguid atentos a la pantalla.

martes, agosto 11

Hello

¿Hola?... Uno-dos, uno-dos, uno-dos... ¿Mesescucha?... ¿Hay alguien ahí?... Supongo que no, seguro que estáis todos fuera de vacaciones ahora que yo acabo de volver de las mías. Si es así, pasadlo de p. m., y si todavía estáis amarrados al duro banco, disfrutad de las ciudades vacías (siempre que no sean costeras), de la paz y del silencio.

Como decía en la entrada anterior, he pasado quince días viajando por el sur de Inglaterra junto con Pepa, mi mujer. Comenzamos en Canterbury, al sureste, y acabamos en Newquay, Cornualles, en el extremo suroeste. Una gozada. Pero tranquilos, no os voy a contar todo el viaje; me limitaré a una impresión general. Aunque, eso sí, en dos futuras entradas os hablaré del rey Arturo y de Stonehenge. Sólo por matar el tiempo en estos cálidos y perezosos días de agosto.

El caso es que había visitado Londres -una ciudad que me encanta- cuatro o cinco veces, pero no había salido de allí y tenía muchas ganas de conocer el resto del país, aunque la elevada cotización de la libra me había disuadido hasta ahora. ¿Qué esperaba de este viaje? Pues, la verdad, justo lo que he encontrado. Digamos que Inglaterra es muy, pero que muy inglesa. Imaginaos que vais a rodar una película sobre la isla y que metéis dentro todos los tópicos ingleses conocidos, desde las cabinas telefónicas rojas hasta los paisanos irónicos y algo excéntricos, pasando por los imperturbables bobbys de inverosímil casco, los campos delimitados por frondosos setos y las tabernas llamadas The Red Lyon. Pues bien, eso exactamente es Inglaterra a primera vista. Y a segunda, también. Por lo demás, se trata de un país bellísimo que respira historia y cultura por todas partes, y sus habitantes, al menos los que se han cruzado con nosotros, son educados y amables. No obstante, hay algunos aspectos que me gustaría comentar.

1. Clima. Quizá hayáis oído decir que en Inglaterra hace mal tiempo. Es mentira: hace un tiempo horrible. Pese a estar en la temporada más cálida, la temperatura nunca pasaba de 21 grados y las nubes se alternaban con los claros constantemente. De vez en cuando caía un chaparrón. Vamos, que tenías que llevar siempre una chaqueta a mano porque si no te pelabas de frío. No, no hemos pasado calor estas vacaciones...

2. Carreteras. Recuerdo que hace años los visitantes extranjeros comentaban lo malas que eran las carreteras españolas (es cierto, eran muy malas). Pues bien, ¿por qué nadie habla de lo malas que eran y son las carreteras inglesas? Entendedme: el firme suele estar en buen estado y las autopistas son buenas, como en todas partes, pero en cuanto sales de ellas te encuentras con una red viaria del siglo diecinueve. En primer lugar, las carreteras carecen de arcén. En segundo lugar, suelen estar emparedadas entre elevados setos y arboledas. En tercer lugar, son muy estrechas. En cuarto lugar, son mucho más estrechas de lo que os habéis imaginado al leer la frase anterior; haced un esfuerzo y evocad carreteras por las que en muchos tramos sólo cabe un coche y, a veces, ni eso. En quinto lugar, los ingleses (al menos los del sur) aparcan sus coches donde les sale de las narices; por ejemplo, en mitad de una curva de una carretera superestrecha. Si a eso le añadimos que los muy tunantes circulan por la izquierda, comprenderéis que deambular en coche por Inglaterra no es una labor especialmente grata (aunque, bien pensado, en gran parte de los caminos ingleses no se circula por la izquierda, por la sencilla razón de que no hay ni izquierda ni derecha, sino sólo un alarmante y reducido centro).

En mi opinión, esas carreteras se trazaron cuando en Inglaterra había pocos coches; si por el camino sólo circulaba el Bentley del marqués, ¿para qué ampliarlo? Luego, con el tiempo, las modernizaron, pero no demasiado. Donde antes había un camino de tierra se limitaron a echar asfalto por encima (y a poner rotondas, miles de rotondas), pero ni se les pasó por la cabeza ampliar el ancho y poner arcenes. Esas malditas carreteras son un buen ejemplo de la proverbial excentricidad inglesa.

3. Señalética. Con frecuencia se ha dicho también que las carreteras españolas cuentan con escasas señales informativas, pero os juro que comparándonos con los ingleses somos los campeones mundiales de la información vial. Y no es que no haya señales indicadoras de dirección en la isla, no señor; las hay, pero la máxima distancia que abarcan son unas veinte millas y los pueblos que señalan no siempre aparecen en los mapas. Si a eso le unimos que Inglaterra es un dédalo de carreteras estrechas comprenderéis lo necesario que es contar con un GPS para circular por allí. De no ser por el nuestro, Dios lo bendiga, Pepa y yo aún estaríamos perdidos en algún lugar no muy alejado de Canterbury.

4. Gastronomía. Hay quienes opinan que “gastronomía inglesa” es un oxímoron y, la verdad, no andan muy desencaminados. Sin embargo... Veréis, durante el viaje he encontrado restaurantes italianos, chinos, cubanos, indios, españoles, tex-mex, franceses, etc., pero ni uno de comida típica inglesa (salvo los omnipresentes fish & chips). Ni siquiera en las tabernas más típicamente británicas se podía encontrar pastel de riñones, tarta de anguila, cordero en salsa de menta o cualquiera de las porquerías que tanto abundan en la cocina británica. Eso no lo he visto en ninguna parte, así que sólo caben dos alternativas: o los ingleses ocultan su gastronomía a los extranjeros por vergüenza, o ni siquiera a los ingleses les gusta su cocina. En cualquier caso, y para ser fieles a la verdad, en Canterbury cenamos muy bien en un restaurante del chef Michael Caines (con “s” final, no es el actor) y en Bath encontramos un grill con una carne excelente, así como un restaurante de pescado que no estaba nada mal. Ah, en Cornwell encontré y me zampé un producto típico de la zona, el “tradicional pastel de carne cornuallés”, una especie de empanadillón relleno de estofado. La verdad es que estaba bueno.

Por lo demás, el viaje ha sido una experiencia maravillosa llena de momentos memorables, algunos de los cuales ya os comentaré en los próximos días. Si es que estáis ahí, claro.


jueves, julio 16

Feliz verano

Ya está, se acabó, me voy, me abro, me largo, ahueco el ala, desaparezco, me esfumo, cojo las de Villadiego, me piro, pongo pies en polvorosa, digo adiós, bye-bye, ciao, auf wiedersehen, sayonara baby, arrivederci, zài jiàn, agur, ma as-salaamah, adeu, mahaha dinn, farvel, g’is revido, au revoir, aloha käkou, namasté, slán agaibh, alweda, chikankama, proshyai, ealat dearvan, hamba kahle, shalom.

Todos esos palabros que acabo de escribir significan “adiós” en diferentes idiomas; porque, amigos míos, el próximo sábado dieciocho de julio, Pepa y yo partimos de vacaciones. Nos vamos a Inglaterra, a recorrer durante quince días el sur de la isla. Comenzaremos en Canterbury, luego nos trasladaremos a Bath y finalmente a Cornualles. Durante el trayecto realizaré una visita largo tiempo postergada y muy deseada: Stonehenge. Pero también recorreré el West Country; es decir, el territorio donde vivió, batalló y murió Arturo Pendragón: Tintagel, Glastonbury, South Cadbury... Si tenéis en cuenta que soy un pirado de la leyenda artúrica, comprenderéis lo mucho que me apetece este viaje. Ya os contaré. Ah, de paso que estoy allí buscaré un pueblo adecuado para ambientar en él una parte de mi nueva novela. De los viajes, como del cerdo, hay que aprovecharlo todo.

Cuando volvamos de Inglaterra, recogeremos a Óscar y Pablo, nuestros hijos, y nos largaremos una semana a la Costa Brava, para dedicarnos al dolce far niente, que traducido al cristiano significa “tumbarse a la Bartola”. A mediados de agosto estaremos de vuelta en el tórrido Madrid. Así pues, amigos míos, me despido de vosotros deseándoos que paséis un excitante, sensual, provechoso y apasionante verano.

Beannachd leat (adiós en gaélico)

jueves, julio 9

Verne

Supongo que vosotros, igual que yo, tenéis una serie de escritores, aquellos a los que leísteis durante vuestra infancia y primera juventud, cuyo recuerdo os resulta particularmente entrañable. Cada cual tendrá su lista particular y yo no os voy a enumerar la mía, pero sí parte de ella: Julio Verne, H. G. Wells, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Arthur Conan Doyle, Jack London, Alejandro Dumas, Emilio Salgari, James Oliver Curwood... en fin, los clásicos de la novela de aventuras. Pues bien, hace tiempo se me ocurrió (creo que lo mencioné en Babel) escribir una serie de novelas juveniles “al estilo de” esos autores.

Cuando digo “al estilo de” no me refiero a copiar la prosa de esos autores, sino a imitar y reproducir el espíritu de sus novelas o, al menos, de sus obras más conocidas. Si digo Stevenson, todos pensamos en aventuras marinas, piratas y tesoros; si menciono a Doyle, evocamos historias detectivescas en la Inglaterra victoriana o valles llenos de dinosaurios; citando a Dumas nos vienen a la cabeza relatos de capa y espada, y si hablamos de Curwood pensamos en animales salvajes y naturaleza. Cada uno de esos autores tiene un mundo propio y mi idea era explorar esos mundos con nuevas historias.

Pero, claro, hipotecar mi futuro comprometiéndome con una editorial a escribir un montón de novelas “al estilo de” se me antojaba deprimente, así que pensé en compartir la labor con otros. Le propuse la idea a varios escritores amigos y sólo les convenció a un par de ellos, así que archivé el proyecto en el limbo de las ideas inútiles y me olvidé del asunto. Aunque, la verdad, no me olvidé del todo, porque ese proyecto tenía una razón de ser: me apetecía escribir una novela “al estilo de” cierto autor en concreto: Julio Verne. No tenía ninguna historia en mente, sólo la evocación del mundo verniano, pero no dejaba de darle vueltas al asunto.

Veréis, creo que, junto con Richmal Crompton, Verne fue el primer escritor al que me hice adicto. Lo leí siendo muy joven, a los nueve o diez años, y no sólo me apasionó, sino que además contribuyó a forjar mi percepción de la realidad. De algún modo, tenía la impresión de que el mundo, más allá de España, era tal y como lo describía Verne, un universo lleno de calamares gigantes, volcanes, inmensas cavernas, globos aerostáticos, rayos verdes o islas misteriosas. A esa visión de las cosas se sumaron otros dos factores: por un lado, una colección de cromos de Nestlé llamada “Las maravillas del universo”; no la completé yo, sino alguno de mis hermanos mayores, pero de pequeño me pasaba horas contemplando aquellos cromos decididamente vernianos. Por otro lado, también me hice adicto a las historietas de Tintín, el comic más verniano que pueda concebirse (por mucho que Hergé asegurara no haberse inspirado nunca en Verne).

El caso es que Verne dejó una gran impronta en mí, e incluso ahora, cuando pienso en lugares remotos, o voy a ellos (como mi reciente viaje a Laponia), no puedo evitar evocar 20.000 leguas de viaje submarino, La esfinge de los hielos o Los hijos del capitán Grant. Así que no tiene nada de raro mi deseo de escribir un pastiche verniano, pero hay otra razón. Verne es de esos escritores que son mejores en el recuerdo que en la relectura. Su estilo está muy anticuado; al contrario que su rival Wells, Verne ha envejecido mal. He vuelto a echarle una hojeada a Viaje al centro de la Tierra y a la historia del capitán Nemo y, la verdad, el estilo impostado y un tanto grandilocuente resulta bastante desmotivador para el coñazo de adulto en que me he convertido. De pequeño no le daba importancia, pero ahora me echa un poco p’atrás, lo reconozco. Por tanto, si quiero volver a leer a Verne, eliminando lo que no me gusta y abundando en lo que me gusta, no me queda más remedio que escribir yo mismo la novela. Es decir, escribiré un pastiche de Verne para volver a leer a Verne. Absurdo, ¿verdad?

En cualquier caso, el universo verniano, el núcleo básico de su narrativa, sigue tan vivo ahora como hace cien años. Recientemente coordiné un especial de la Revista de Literatura dedicado al género de aventuras y le pedí a cada uno de los colaboradores que elaborara una lista con sus diez novelas de aventuras preferidas; pues bien, el autor más veces citado fue Julio Verne. Por otro lado, ¿acaso Perdidos no es una serie de TV absolutamente verniana, heredera directa de La isla misteriosa?

Como comentaba el otro día, tras finalizar El juego de los herejes me quedé un tanto agilipollado. Tenía previsto ponerme con la tercera entrega de Jaime Mercader, pero al posponerla para el año que viene, me encontré con que no tenía ningún argumento desarrollado. Durante algo más de un mes le he estado dando vueltas a tres ideas distintas; incluso comencé a escribir una, pero a las pocas líneas la abandoné (señal inequívoca de que la cosa no estaba madura). Al final, ha ganado el pastiche verniano; supongo que era lo que más me apetecía escribir. Estará ambientado en el periodo de entreguerras, en 1920, en Madrid, Inglaterra y los mares del norte; y, por supuesto, habrá volcanes, islas, globos y viajes al fin del mundo conocido. Ahora ando con la documentación previa y, a decir verdad, cada vez tengo más ganas de comenzar a escribir.

¿Ganas de trabajar? ¿Yo?

¿Estaré enfermo?...

jueves, julio 2

Pijos

Supongo que hay pijos en todas partes e imagino que los hay de todo tipo, dependiendo de su lugar de crianza. Por ejemplo, y limitándome a las “familias” que conozco personalmente, un pijo de Bilbao es en apariencia muy diferente a un pijo andaluz y no digamos ya a un pijo catalán. Sin embargo, son idénticos por dentro. Revista el plumaje que revista, todo pijo comparte una serie de valores que le identifican como especie única: clasismo, ideología muy conservadora, materialismo, tradicionalismo, filo-aristocracia, exclusivismo, ostentación, soberbia, incultura barnizada con una esmerada educación... No incluyo la riqueza, porque no hace falta ser rico para ser pijo; basta con admirar a los ricos e intentar simular que se es como ellos.

Como es lógico, los pijos que mejor conozco son los madrileños, una variedad única y en cierto modo el modelo para el resto de los pijos hispanos. Y los conozco, desgraciadamente, muy bien, pues por diversas razones siempre he tenido cierto contacto con ellos. Compañeros de colegio y universidad, por ejemplo, o algunos clientes de mi época publicitaria. Además, mi anterior casa, el 23 de la calle Españoleto, está justo en la frontera con el barrio de Salamanca, el ecosistema natural del pijo madrileño (ahora vivo en Aravaca, otra reserva de pijos). Y durante mucho tiempo frecuenté la cafetería del padrino de una gran amigo mío, La Concha, situada justo enfrente del palacete de los marqueses de V., un destartalado caserón donde convivían las tres ramas de la familia bajo el liderazgo de una tiránica abuela, la señora marquesa. Los vástagos de la familia V. -íntimos, por cierto, de Francis Franco- solían frecuentar La Concha, así que tuve el dudoso placer de verles en su salsa.

No los soporto, me cargan los pijos, lo reconozco; me irrita su mera presencia, su acento, su apariencia, todo. Estoy absolutamente en contra de sus valores, por supuesto, pero no sólo es eso; me desagrada lo que son, pero también lo que desde siempre han insistido en aparentar ser. Y es que una de las cosas más sorprendentes de los pijos madrileños es su inmutabilidad: no han cambiado desde hace al menos cuatro o cinco décadas, visten igual, hablan igual, frecuentan las mismas zonas... es como si el resto del mundo evolucionase mientras ellos permanecen inalterables, inmersos en una burbuja que cada vez tiene menos que ver con la realidad.

¿Y sabéis lo que más me molesta de los pijos? Su clasismo. Detesto el clasismo, porque la “clase social” no tiene nada que ver con la cultura, la educación, la ética o el trabajo, sino con el dinero. De modo que cuando alguien es clasista lo que está diciendo es: tengo más pasta que tú, así que soy mejor que tú. De un modo u otro, el razonamiento que se encuentra detrás de esa actitud es el siguiente: compitiendo en igualdad de condiciones, los mejores, los más hábiles e inteligentes, alcanzarán el éxito, mientras que los peores, los más tontos y torpes, quedarán relegados a las capas más bajas de la escala social. Por tanto, la posesión de riqueza es una muestra de superioridad. Puro darwinismo social, vamos. Lo que falla de este razonamiento, por supuesto, es el planteamiento inicial, porque no todos competimos en “igualdad de condiciones”. El factor básico para alcanzar el éxito social no es la inteligencia, ni la raza, ni el sexo, ni la formación académica, ni la tenacidad, sino la clase social a la que se pertenezca. Si has nacido en el seno de la clase alta, aunque seas un capullo integral, tienes muchas más posibilidades de tener éxito que un genio nacido en una familia de clase baja. Así pues, y aunque sea una perogrullada, tener dinero sólo dice de ti que perteneces a una determinada clase social, nada más.

¿A qué viene todo esto? Pues a que ya he oído en la radio un par de veces las declaraciones de un pija madrileña acerca de la crisis. La pija en cuestión se llama Carmen Lomana y sus ilustrativos comentarios aparecieron en un reportaje realizado para TVE. Veréis, a veces uno es tan lo que es, que acaba convirtiéndose en una caricatura de sí mismo. Eso le pasa a Carmen: es tan, tan, tan increíblemente pija, tan desmesuradamente pija, tan estereotipadamente pija que parece una actriz sobreactuada interpretando el papel de pija en un vodevil barato. En cuanto a lo que dice, es como el libreto de un mal autor de vodeviles baratos. ¿Y qué dice Carmen?

Antes, permitidme describir al personaje. Carmen luce una bien cortada melena teñida de rubio; tiene una bonita figura, unas bien torneadas piernas, y viste una blusa o un top negro, con un jersey amarillo sobre los hombros anudado al cuello (emblema pijo por antonomasia) y una elegante falda blanca y negra. A primera vista, Carmen parece guapa, pero cuando uno se fija bien puede ver la mano de un cirujano estético y cantidades industriales de botox que convierten su rostro en una tersa máscara inexpresiva. Puede tener cualquier edad entre los 40 y muchos y los 50 y tantos, aunque intenta desesperadamente aparentar 30. Carmen no solo parece la ilustración que en un diccionario podría acompañar a la palabra “pija” (incluso lleva un Rolex, no se puede ser más estereotipada), sino que además podría ser catedrática de dicción pija. ¿Sabéis cómo hablan los pijos madrileños? Hablan con acento nasal y bajando el tono al concluir las frases, como si se les cayeran las palabras, o como si les fatigara hacer algo tan prosaico como hablar. En ocasiones, cuando pretenden dar énfasis a su conversación, arrastran las vocales, pero variando la entonación arriba y abajo, como si introdujeran en sus palabras un cansado lamento. Por ejemplo, cuando Carmen dice la palabra “cash”, en realidad dice “caaash”, alargando mucho la a y pronunciándola en tres tonos diferentes (bajo-alto-bajo).

¿Y qué dice en definitiva Carmen? Pues, preguntada por la periodista acerca de hasta qué punto le afectaba la crisis, Carmen dice con acento ridículamente pijo:

“Mira, si no te afecta directamente, te afecta indirectamente. Porque el hecho de ver a amigos lo mal que lo están pasando, gente que se ha quedado sin trabajo, que tienen mucho patrimonio, pero no lo pueden vender, porque..., porque es un momento muy crítico, y no tienen dinero cash para ir al supermercado. Y eso lo estoy viendo... Pero lo peor... Porque el pobre de siempre, que ha estado pidiendo y tal, bueno, está acostumbrado. Lo peor es la pobreza de las personas que han tenido un trabajo, que viven bien, y de repente se encuentran que les embargan la casa, que no tienen paro... Hay unos dramas...”

¿Hace falta añadir algo a este monumento al clasismo y la perversión ética? ¿Acaso puedo concebir algún comentario que esté a la altura de las palabras de Carmen? Lo dudo mucho, así que mejor me callo. Sólo añadiré que Carmen, esa pija que parece la caricatura de una pija, es un ser absurdo. Ningún escritor crearía un personaje así, ningún director de cine sensato lo incluiría en una película, porque Carmen es grotesca, irreal, tan exagerada que, como personaje de ficción, nadie se lo creería.

Pero, en fin, la gran ventaja que tiene la realidad sobre la ficción es que no necesita ser verosímil.


Nota: Si quieres ver completa la entrevista de Carmen, pincha AQUÍ.

martes, junio 30

La Roja

Cuando era niño, viajé con mi familia por toda España. Nuestras vacaciones eran dilatadas y realizábamos largos periplos por aquellas terribles carreteras de la pos-posguerra con mi padre al volante; algo no exento de peligro, pues, aparte del lamentable estado del firme, mi padre era un conductor atroz (literalmente, le habían regalado el carnet de conducir). Durante nuestros viajes, solíamos visitar iglesias, castillos, monumentos, museos... Como yo era un crío, todo aquello me parecía más bien coñazo, pero hubo dos momentos que marcaron lo que podríamos llamar mi “despertar estético”. El primero se produjo en la catedral de Santiago; yo tenía trece años y, al ver el Pórtico de la Gloria, algo hizo “clic” en mi interior y me quedé embobado, fascinado, sobrecogido. Todavía hoy noto ese “clic” cada vez que contemplo los bellísimos rostros que esculpió el maestro Mateo.

El segundo momento se produjo uno o dos años más tarde, cuando visité con mi familia la Alhambra, La Roja. Es difícil explicar lo que sentí; fue como cruzar un puerta y adentrarme en un universo paralelo donde todo era armónico y apacible. Aquello era pura belleza; no, más que belleza: era una sensación casi mística de plenitud, un estado alterado de conciencia. Esa experiencia me enseñó que la magia existe y se llama arte.

Muchos años después, a comienzos de los 80, regresé a Granada con Pepa, la reina mora que hoy es mi mujer y entonces era mi chica. Estábamos recién enamorados y era primavera; el aroma de las flores que crecían en las faldas de Sabika, la colina sobre la que descansa La Roja, lo impregnaba todo. La combinación Alhambra+amor+primavera fue explosiva. A partir de entonces empecé a leer mucho sobre los reinos hispanoárabes y el arte islámico, sobre todo en lo referente a Granada. Pepa y yo regresamos en años posteriores otras tres veces a esas tierras y en cada ocasión fuimos a la Alhambra, pero no limitándonos a una simple visita, sino pasando el día allí, hasta que nos echaban. Llevábamos unos bocatas y unas botellas de agua y recorríamos durante horas todo el recinto, los palacios, las torres, los jardines; no mirando la Alhambra: sintiéndola.

El sábado pasado realizamos por primera vez la visita nocturna. Tiene limitaciones en cuanto a recorrido y tiempo de estancia, pero hay menos gente y me apetecía ver La Roja de noche. Hubo un pequeño detalle chungo: El Patio de los Leones es, en mi opinión, una de las obras arquitectónicas más hermosas de todos los tiempos. Se trata de una representación del paraíso islámico: los canales de agua que convergen en la fuente central representan los cuatro ríos del edén y las columnas un bosque de palmeras. La estructura del patio provoca que nunca estés totalmente “dentro” ni totalmente “fuera”, sino que todo sea una suave progresión en un sentido u otro.

Pues bien, resulta que se han llevado los doce leones de la fuente para su restauración, lo cual me parece muy bien. Pero, por algún motivo que no logro discernir, han montado una estructura de cristal y madera sobre la pila. La estructura es enorme y tiene excesiva madera, de modo que ocupa demasiado espacio, tiene demasiada masa, rompiendo así el equilibrio del recinto. Una cagada. A cambio, Pepa y yo estuvimos unos minutos totalmente solos en el Patio de los Arrayanes, sentados frente al estanque central. Todo un lujo. Además, en el Palacio de Calos V, justo al ladito, estaba actuando la Filarmónica de Londres y mientras estábamos allí escuchábamos una composición de Falla. Y luego otro lujo: pasear por el parador de San Francisco contemplando el Albaicín y escuchando los lejanos lamentos flamencos que nos llegaban desde el Sacromonte. Y un último lujo: dormirte en tu camita viendo a través de la ventana el Generalife.

La Alhambra es uno de los lugares más hermosos del planeta. En mi cómputo personal, lo sitúo a la misma altura que Saint Michel, Venecia, Uxmal, Chenonceaux o Compostela; pero hay una diferencia: todo en la Alhambra está concebido para el deleite de los sentidos. La frescura de los patios y el agua, el trinar de las aves, el murmullo de las fuentes, los juegos de luz y sombra, el aroma de las plantas, un trazado irregular que oculta sorpresas a la vuelta de cada esquina... Las grandes obras arquitectónicas son, en realidad, máquinas de producir sensaciones y sentimientos; hay edificios que invitan al recogimiento, algunos sobrecogen y otros te sosiegan. La función de la Alhambra es dar gustito.

El más noble de los propósitos, si queréis mi opinión.


jueves, junio 25

Posparto

Por primera vez desde el comienzo de Babel he empezado a escribir un par de post y los he abandonado a las pocas líneas. Hasta ahora, se me ocurría un tema, lo que fuese, y lo escribía de un tirón, pero en estos momentos me cuesta mucho darle al teclado. No es que no tenga cosas que decir, sino que no me apetece decirlas ahora, sea porque mi ánimo no es el adecuado, sea porque son demasiado largas y yo estoy demasiado aplatanado.

Por ejemplo, quiero hablaros de mi hermano Eduardo, fallecido hace ocho años. Veréis, un amigo (Oriol, el hijo de mis padrinos), me pidió las películas de súper-8 de mi familia. No estoy hablando de unos cuantos carretes, sino de varias horas de filmación realizadas sobre todo durante los años 60. Oriol es periodista y tiene la intención de realizar un reportaje audiovisual sobre mi padre, así que transfirió los súper-8 a DVD. La semana pasada me devolvió las películas y me entregó las copias electrónicas. La filmación más antigua es de finales de los 50 y la más moderna de 1971. Durante varios días, los diez DVD’s con el registro cinematográfico de mi familia permanecieron intocados sobre mi escritorio. No me atrevía a verlos.

En 1996, dejé la casa que había sido de mis padres y en la que vivía desde 1960, situada en el centro de Madrid, y me trasladé a Aravaca, en la periferia. Además de los problemas normales de una mudanza, tuve que empaquetar todo lo que había en un trastero abarrotado de cosas pertenecientes a mis padres y hermanos. Encontré, por ejemplo, las cartas que se habían intercambiado mis padres durante su noviazgo (y no me gustó lo que vi en ellas). Encontré fotos (miles de fotos), recuerdos, guiones, cuadros, libros, de todo... y también las viejas películas familiares. Una tarde, monté en el proyector una torta de película (varios carretes empalmados) y comencé a verla. Correspondían a unas vacaciones de la familia en Asturias a mediados de los 60. Ahí estaba yo, con doce o trece años, y mis hermanos, tan jóvenes, y... mis padres, de nuevo vivos en la pantalla después de tantos años muertos. Creo que no aguanté más de cinco minutos; al cabo de ese tiempo, las lágrimas me cegaban. Apagué el proyector, guardé la película y jamás volví a ver esas filmaciones. Luego el proyector se rompió y nunca reuní el valor suficiente para encargar un repicado de aquellos súper-8. Me limité a almacenarlos, como Pandora sin atreverse a abrir la caja.

Pero el sábado pasado cogí el primer DVD del montón, lo inserté en el ordenata y me dispuse a contemplar por primera vez en trece años las imágenes en movimiento de mi pasado. Lo primero que vi fue una antiquísima filmación de mis padrinos y de sus hijos, todos ellos afortunadamente aún vivos (ahí estaba el propio Oriol cuando era un mamoncete recién nacido). Pero ya en la segunda película apareció un muerto, mi hermano Eduardo. El carrete está fechado el 15 de noviembre de 1965; por aquel entonces, Eduardo tenía veintidós años. En realidad, quien más aparece en la filmación es María Pilar, la guapísima novia de Eduardo (y un lustro después su esposa), en algún punto de la Ciudad Universitaria; pero hay un momento en que María Pilar empuña el tomavistas y aparece mi hermano. Va vestido con chaqueta y corbata, tiene una sonrisa maliciosa y corre de un lado a otro, se agacha y se levanta para dificultar que su chica pueda encuadrarle. Está bromeando, es un joven feliz, enamorado, con un gran futuro por delante.

Treinta y seis años más tarde, el 17 de marzo de 2001, ese joven resplandeciente, convertido en un cincuentón derrotado por la vida, se suicidó.

Esta vez no he llorado, aunque sólo he visto el primer DVD. No obstante, contemplar esas imágenes de mi hermano me ha recordado uno de mis mayores fracasos como escritor. En 2001, tras su muerte, decidí que quería convertir la historia de Eduardo en una novela; hoy, ocho años después, sigo dándole vueltas sin ser capaz de llegar a ninguna parte. Sé la historia que quiero contar, pero no sé lo que quiero decir acerca de ella. Quizá estoy demasiado implicado emocionalmente y eso me confunde; pero, como dijo mi hermano mayor, Big Brother, si no estuviese implicado no querría contar esa historia.

En cualquier caso, es una historia interesante, el relato de un personaje contradictorio y desmesurado que dedicó su vida a la autodestrucción. Lo que pretendo no es escribir su biografía, sino una novela basada en él; no obstante, me gustaría contaros la verdadera historia de Eduardo Mallorquí, aquí, en Babel. Pero no ahora: tengo la depresión posparto.

Hace tres semanas acabé de corregir el manuscrito de mi última novela, El juego de los herejes, el segundo título protagonizado por Carmen Hidalgo. Aún le quedan un par de correcciones más, pero la obra está prácticamente acabada. Cuando termino una novela, invariablemente, lo que siento es un profunda depresión; estoy convencido de que se trata de lo peor que he escrito nunca. No un simple trabajo mediocre, sino un texto impublicable que los editores me tirarán a la cara en cuanto lo lean. Me siento fatal, me deprimo, me amustio. Esta vez me ha pasado lo mismo, como siempre.

Afortunadamente, Miryam, mi querida editora de Espasa, ya ha leído la novela y le ha encantado. Ayer me mandó el primer boceto de la portada y está muy bien. Todo guay. Pero sigo depre. Depre para escribir. Tenía previsto meterme ahora con una novela (la tercera de Jaime Mercader) que ya tengo totalmente diseñada en la cocorota, pero ha habido cambio de planes. Así que le estoy dando vueltas a tres argumentos distintos. Pero no escribo, y cuando estoy sin escribir más de un par de semanas seguidas comienzo a sentirme en falta, culpable. Y me deprimo aún más. Por eso me cuesta incluso escribir entradas para Babel. Soy una frágil recién parida con las hormonas descontroladas.

Mañana nos vamos Pepa y yo a Granada. ¿Sabéis que en la Alhambra, dentro del recinto monumental, hay un hotel, el Parador de San Francisco, situado en lo que era un antiguo convento del siglo XV? Tiene 36 habitaciones y está siempre lleno (hay que hacer las reservas con meses de antelación). El año pasado, Pepa y yo cumplimos nuestras bodas de plata y decidimos celebrarlo pasando unos días en el Parador de San Francisco; conseguimos reservas para este fin de semana. Así que mañana partiremos para Granada y pasaré un par de días en la bochornosamente cara suite del Parador, en medio de los jardines de la Alhambra, con una mujer maravillosa a mi lado.

Y si así no se me quita la depre posparto, es que soy total y definitivamente gilipollas.

martes, junio 16

Atrapados en nosotros mismos

A partir de cierta edad, digamos los cuarenta, la realidad se impone. Antes, una persona es lo que es y todo lo que pude llegar a ser, pero cuando se llega a la jodida mediana edad las posibilidades de cambiar se reducen drásticamente y uno es justo lo que ha conseguido ser. No digo que no pueda haber cambios –sin ir más lejos, puede tocarte la Primitiva-, pero en algún momento, entre los 30 y los 40, se produce una especie de fosilización de la personalidad y uno, en el interior, se queda ahí para siempre, sin otros cambios que una progresiva radicalización de los rasgos más acusados del carácter. Digamos que, a partir de los 40, uno es una foto bastante exacta de lo que va a ser en el futuro, pero no necesariamente de lo que fue en el pasado. La niñez, la juventud, es cambio constante, un periodo en el que cualquier cosa puede pasar, una especie de estado cuántico que dura hasta que, a lo largo de los años, se toman decisiones (y suceden cosas) que acaban colapsando la función de onda. Y, entonces, de entre un universo de posibles alternativas, sólo queda una realidad, probablemente inmutable.

Salvo aquellos que seáis demasiado jóvenes (suponiendo que las palabras “demasiado” y “joven” puedan ir juntas), ¿no os sentís un poco extraños cuando os encontráis con un amigo al que no veíais desde el colegio? Una vez, cuando yo tenía treinta y muchos años, me encontré con Luis, un compañero de los Maristas. Habíamos sido muy amigos, pero no nos veíamos desde el bachillerato. Luis, el Luis que yo recordaba, era un adolescente alocado y juerguista, un divertido gamberrete que no se tomaba nada en serio. El Luis que me encontré veinte años después era un señor muy serio, médico cardiólogo, propietario de una clínica, un tipo sensato y respetable a quien confiaría sin dudar la salud de mi corazón, pero con el que, en principio, jamás me iría a tomar unas copas. Al tío le había ido muy bien en la vida, y me alegro, pero no tenía absolutamente nada que ver con el Luis que yo conocí; era como tener delante a un conocido desconocido, como ver una imagen doble, lo que había sido mi amigo y lo que en aquel momento era.

A Luis le fue bien, pero a Fote, en mi opinión, no. Fote y yo fuimos muy amigos cuando teníamos 17 o 18 años; nos corrimos juergas y compartimos litronas y los primeros canutos. Fote era un tipo tranquilo, una muy buena persona que, cuando tenía 19 o 20, decidió irse de España para no hacer la mili, desertó (corrían los últimos tiempos del franquismo). Vivió durante varios años en Francia y le perdí la pista; no volví a verle hasta finales de los 80. Fote se había hecho adepto a la macrobiótica, estaba delgadísimo y había cambiado radicalmente; ahora, todo para él giraba en torno a los “siete principios universales, el ying y el yang y toda esa mística alimentaria. Me resultó muy difícil hablar con él; fue como esa película, La invasión de los ladrones de cuerpos, donde las personas son sustituidas por seres idénticos a ellas, pero sin alma.

De vez en cuando me han invitado a reuniones de viejos amigos, gente a la que no veía desde hacía veintitantos años. Sólo asistí a una, la primera, y me deprimí mucho. ¿Cómo no me va a deprimir encontrarme con mi primera novia -a quien siempre recordaré como una bonita pelirroja de 17 años- convertida en toda una madre de familia? Pero lo peor fue contemplar a todos aquellos antiguos amigos, recordar cómo eran y lo que querían llegar a ser, y ver en qué se habían convertido finalmente. Tantos sueños rotos, tantas esperanzas fracasadas, tantas renuncias… A fin de cuentas, eso es madurar, ¿no?; renunciar a los sueños juveniles y aceptar la cruda realidad: ya nunca serás cantante, ya nunca harás la revolución, ya nunca tendrás un bufete, ya nunca triunfarás en el cine, ya nunca escribirás, ya nunca serás “importante”, ya nunca pintarás una obra maestra, ya nunca serás un as del deporte… Muy pocos de mis amigos han alcanzado las metas de su juventud. Da igual si les ha ido bien o mal, la cuestión es que la mayoría, por no decir todos, se han convertido en algo distinto a lo que querían ser.

A mí me sucede lo mismo, por supuesto, igual que les sucede a aquellos viejos amigos con los que he mantenido la relación; pero una cosa es seguir día a día el lento proceso de destrucción de los sueños y otra muy distinta encontrártelo de repente, viéndote obligado a dar un salto de dos o tres décadas entre la persona que fue y la que ahora es. Por eso me deprimen las reuniones de viejos amigos, antiguos alumnos o lo que sea, porque lo único que veo es un paisaje lleno de ruinas.

Supongo que pensaréis que este más bien sombrío comentario se debe a mi reciente cumpleaños, pero no es así. La mayoría de las personas acabamos descubriendo que siempre hay que pagar un precio, que no podemos tenerlo todo, que es imposible no renunciar a los sueños, aunque sólo sea para abrazar otros distintos. Y aprendemos a aceptarnos a nosotros mismos, a intentar ser felices con lo que tenemos y no desgraciados por lo que podríamos haber tenido. Aprendemos que estamos atrapados dentro de nosotros mismos y que jamás podremos huir de esa prisión, así que mejor será convertirla en un lugar al menos confortable.

Pero hay gente que no puede hacerlo, que le resulta imposible aceptar lo que es; personas que en su juventud esperaban mucho de sí mismas y que, tras fracasar en todo lo que han intentado, o no atreverse a intentar lo que de verdad querían, son incapaces de reconoce su realidad, sea ésta la que sea. Son personas que intentan proyectar hacia el exterior su imagen ideal de sí mismas, personas que pretenden saberlo todo, personas que a base de mentir y mentirse, pese a no engañar a nadie, terminan por creerse sus propias fantasías. Son patéticos y serían dignos de lástima si no fuese porque, además de lamentables, suelen ser unos pesados egocéntricos aquejados de narcisismo. Están, como estamos todos, atrapados en sí mismos, pero no lo saben; lejos de ello, sin permitirse aceptar ni por un instante su vulgaridad, creen vivir en un palacio y no paran de molestar a los demás con su boba y pretenciosa perorata llena de soterradas frustraciones e insidiosos rencores.

Tengo un vecino que, además de ser así, es tonto del culo, exactamente la clase de persona a la que se le podría aplicar el texto de una pegatina que vi en USA: “Jesucristo te ama. Todos los demás pensamos que eres gilipollas”.

miércoles, junio 10

Un clavo más en el ataúd


Cum-ple-aaaaaños feliz,

cum-ple-aaaaaños feliz,

me deseeeo a mí mismo

cumpleaños feliz...

martes, junio 9

Deudas pendientes


Hay asuntos, injusticias, que uno nunca olvida; no tienen por qué ser grandes atropellos, de esos que salen en los periódicos; basta con que produzcan la suficiente indignación para que se te queden grabados en la memoria y perduren a lo largo de los años, como una de esas antiguas contusiones que, sin llegar a doler, te molestan cuando va a cambiar el tiempo. Hace poco, debatiendo en Internet, salió el tema de El Quijote y eso me ha traído a la memoria una vieja deuda pendiente.

Veréis, cuando estudiaba COU (el equivalente a PREU o a 2º del actual bachillerato) tenía un profesor de literatura muy, pero que muy pedante. Aquel tipejo (nótese el afecto que le profeso), cuyo nombre he olvidado, debía de tener cerca de cuarenta años y era bajito, calvo, algo regordete y tosco; es decir, su aspecto de gañán era exactamente lo opuesto a su refinado espíritu de lector culto y exquisito. También era homosexual, aunque eso, en principio, no viene al caso. La cuestión es que yo no le caía nada bien al jodido cabrón. ¿Por qué? No estoy seguro; creo que, en parte, se debía a que yo era hijo de José Mallorquí, un escritor popular que para él debía de ser pura escoria, basura que ensuciaba el buen nombre de la literatura. Pero también podía deberse a que yo era mucho más alto. O a que yo era el que mejor escribía de la clase. Él tenía un alumno favorito, un atildado jovencito también homosexual, a quien siempre recurría como ejemplo de buen estudiante. El chaval era tan exquisito como el profesor, igual de afectado, y siempre era el que mejor lo hacía todo... salvo una cosa: escribir. Ahí el mejor era yo, y eso le jodía al puñetero profe. Por cierto, si señalo el tema de la homosexualidad es para dejar claro la intensidad y cualidad del afecto que el educador profesaba hacia el educando.

Un día, no sé por qué, el profesor me preguntó en clase cuál era mi poeta favorito. Yo le respondí que Antonio Machado y aquel pedazo de capullo, admirador confeso de Lorca, se dedicó a cachondearse públicamente de mí por la vulgaridad de mi gusto. Recuerdo que citó la famosa metáfora “por donde traza el Duero su curva de ballesta”, tildándola de simplista y facilona, sobre todo al compararla con las complejas imágenes de Lorca. En fin, eso deja claro qué clase de persona era el puñetero profe; un educador no debe guiarse por sus gustos personales y mucho menos hacer burla y escarnio público de las preferencias literarias de sus alumnos. Pero él era así: pedante, despectivo y sobrado.

En otra ocasión, estando en clase, el profesor me formuló la siguiente pregunta: ¿Qué pretendía Cervantes al escribir El Quijote? Tras meditarlo un instante, respondí: “Realizar una sátira sobre las novelas de caballerías”. Oh, amigos míos, con cuánto cachondeo acogió mi respuesta. ¿La mejor novela de todos los tiempos sólo pretendía ser una sátira? ¿Es que yo era así de simple o me lo hacía? Tras unos minutos de despectivas burlas, el profesor le trasladó la pregunta a su “protegido”, que, como era de esperar, ofreció la contestación convencionalmente académica que el educador esperaba.

Y yo me callé, amigos míos; sólo era un inseguro adolescente, y él mi profesor, así que punto en boca y a aguantar el chaparrón; pero la indignación germinó en mi interior y fue creciendo conforme los años me restaban juventud e inseguridad. Por desgracia, concluido el COU, jamás volví a ver a mi profesor, así que nunca he podido decirle a la cara lo que pensaba de él y de sus preguntitas. Pero ha llegado el momento de saldar la deuda.

Escasamente estimado profesor, sea cual sea tu nombre: sé que lo más probable es que jamás leas estas líneas, incluso es probable que la hayas diñado, pero cabe la posibilidad de que sí las lea alguno de mis condiscípulos de aquel entonces, alguno de los alumnos que escucharon y padecieron tus despectivas burlas de intelectual de pacotilla. Ha transcurrido mucho tiempo, he crecido, he madurado, se me considera una persona más o menos culta. De hecho, soy escritor; ya, ya sé que en tu opinión escribo basura, noveluchas populares que sólo merecen desprecio, pero lo cierto es que estoy más cerca de la literatura de lo que tú jamás has estado. Pues bien, insoportable intelectualillo, transcurridos los años, desde la perspectiva que otorga el tiempo, me reafirmo en que mi respuesta era correcta. Creo que Cervantes pretendía básicamente escribir una sátira de las novelas de caballerías, porque es lo que finalmente escribió. ¿Que El Quijote es más que una sátira? Por supuesto, pero es imposible determinar hasta que punto Cervantes pretendía ir más lejos, ni en qué medida ese plus literario se produjo antes o durante el proceso de escritura de la novela. Cualquier cosa que se afirme a este respecto no es más que pura especulación, porque, entre tú y yo, pedante de mierda, nadie, absolutamente nadie, salvo el difunto interfecto, sabe a ciencia cierta qué cojones tenía Cervantes en la cabeza cuando comenzó a escribir su gran novela. Tu pregunta, tontolculo, era una soplapollez.

Ah, se me olvidaba: casi cuarenta años después me sigue gustando Antonio Machado. ¿Pasa algo, gilipollas?

Joder, qué a gusto me he quedado...

viernes, junio 5

Asómbrame

Ayer, leyendo un debate en Prospectiva, encontré un comentario que me llamó la atención. El comentarista, al parecer un merodeador más o menos talludito, decía que él solía leer siete u ocho libros a la vez y que la inmensa mayor parte de ellos eran ensayos. Luego, se preguntaba si ese menor peso de la ficción en sus lecturas no tendría que ver con la edad. Pues bien, lo que me llamó la atención es que a mí me sucede exactamente lo mismo.

Acabo de revisar la pila de libros que se amontona sobre y a los pies de mi mesilla de noche y éste es el resultado: en estos momentos estoy leyendo cinco ensayos -o non-fiction, como dicen los anglosajones- y una novela (Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist). La verdad es que nunca he leído más de una novela a la vez; si intentaba compaginar dos, por ejemplo, siempre había una que me interesaba más y acababa monopolizando la lectura. Lo que sí he hecho es leer casi exclusivamente novelas (o antologías de relatos cortos), una tras otra, intercalando algún que otro ocasional ensayo. Sin embargo, con el paso del tiempo, el porcentaje de no ficción ha ido incrementándose hasta llegar a superar con creces el peso de la ficción. ¿Por qué?

Hace tiempo, escuché una historia –casi seguro apócrifa- con la que me sentí identificado. Un día, Alejandro Magno fue en busca de un gran filósofo (no recuerdo cuál) y, tras expresarle la admiración que le profesaba, dijo que le pidiese cualquier cosa, lo que quisiera, pues él se lo concedería. Tras meditar unos segundos, el filósofo respondió: “Asómbrame”.

¿Hay algo más maravilloso que el asombro? Es como si en tu mente se abrieran nuevos recintos, como si una parte de ti naciera otra vez y volvieras a ser niño, como si te hicieran un regalo magnífico e inesperado. Adoro asombrarme, es una de las sensaciones más totales y gratificantes que pueden experimentarse, casi una experiencia mística; en realidad, es lo que nos mantiene vivos, impidiéndonos caer en el coma de la monotonía. Cuando era un niño pequeño, el descubrimiento de la realidad me asombraba; ver el mar por primera vez, contemplar el infinito pasmo del firmamento, o simplemente perderte en el universo de polvo que flota en un rayo de luz. Luego, descubrí que la ficción también podía causar asombro y en grandes cantidades. Y me asombraban los tebeos de Superman, y más tarde descubrí el pirotécnico asombro de la ciencia ficción, y un buen día tropecé con Borges. ¿Recordáis lo asombroso que es leer a Borges por primera vez? Más o menos al mismo tiempo, García Márquez me demostró que, en literatura, el asombro no tenía por qué ser sólo intelectual, sino también estético. Y un nuevo mundo de ficción asombrosa se abrió ante mí.

Pasó el tiempo, se sucedieron muchísimas lecturas, miles de ficciones, y poco a poco fueron aumentando los ensayos. La divulgación científica siempre estuvo allí; mi amor a la ciencia ficción hizo que me interesara por la ciencia, así que siempre he consumido esa clase de no ficción. Luego me interesé por la historia, lo que me condujo a la antropología. Un artículo de Marvin Harris sobre el cristianismo me presentó la religión desde una perspectiva distinta, arrojándome de lleno a la arqueología bíblica. Y a la arqueología en general. Y llegó la filosofía. Y el arte. Y la psicología. Y la política... En fin, de todo un poco, como buen diletante que soy. El caso es que encontraba toneladas de asombro en esos ensayos; y sigo encontrándolas, como por ejemplo cuando leo algún libro de Michio Kaiku o de Richard Dawkins.

Sin embargo, cada vez me cuesta más asombrarme con la literatura, cada vez me resulta más difícil encontrar una novela que me muestre las cosas como nunca antes las había visto. No es que no ocurra nunca, por supuesto; sigue sucediendo, pero con mucha menor frecuencia que antes. Sigo leyendo novelas, sí, pero incluso cuando me gustan, no puedo evitar decirme: “está bien, pero... me suena conocido”. Es como, si por haber leído demasiado ficción, al final las cosas comenzaran a repetirse, como si ya me supiera los trucos, como si transitara por un camino muchas veces recorrido. No siempre, insisto; sólo la mayor parte de las veces.

Así pues, ¿las ficciones que se publican ahora han perdido la capacidad de asombrar? ¿Los clásicos se han deslucido con el paso de los años? ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? No, para nada; el que ha cambiado soy yo. Me he fosilizado. Soy un niño al que cada vez le cuesta más encontrar cuentos que le dejen con la boca abierta, de modo que vuelve la mirada hacia la realidad, porque la realidad es una fuente inagotable de motivos de asombro. Soy un adicto al pasmo que cada vez necesita dosis más altas para colocarse. Soy un trilobite.

Soy, reconozcámoslo, un pasajero al final de la línea, porque uno empieza a morir cuando comienza a perder la capacidad de asombro.

Cachis la...