Supongo que todos conocéis la serie de películas Saw. Son films de terror (?) centrados en la tortura, las mutilaciones y la casquería, un franquicia de gran éxito entre los adolescentes. Pues bien, este año estaba previsto el estreno de la sexta entrega de la serie, pero de repente el Ministerio de Cultura decidió clasificarla como X, una calificación que únicamente se aplica a los films pornográficos y que obliga a que Saw VI sólo pueda exhibirse en salas dedicadas al porno. Dado que en España no quedan más que cuatro o cinco salas X, la clasificación de Cultura es en realidad un veto a su estreno. ¿Cuál ha sido el motivo que aduce Cultura para esta decisión? Pues que la película contiene una apología de la violencia que podría afectar negativamente a los jóvenes espectadores (¿y las cinco anteriores no?, me pregunto).Debo aclarar que sólo he visto la primera película de la serie y no me gustó. No es cine de terror, sino de asco y grima; el llamado gore, un género que no me interesa lo más mínimo. Lo que me preocupa de la decisión de Cultura no es que esa película en concreto se estrene o no, lo cual me importa un bledo, sino el hecho de que se trate de un acto de abierta censura. Aunque esto, en realidad, está relacionado con la vieja creencia de que ciertas lecturas, espectáculos y juegos pueden pervertir las mentes de los niños y adolescentes, conduciéndoles al vicio, el delito y la violencia.
Un instructivo ejemplo de esa creencia es el Comic Code. En 1954, el psicólogo Fredric Wertham publicó La seducción del inocente, un ensayo en el que afirmaba que los cómics, en particular los de gángsters, terror y superhéroes, provocaban en los jóvenes una emulación de las conductas viciosas y violentas que aparecían en sus páginas. Es decir, los cómics pervertían a los inocentes. Entre otras genialidades, Wertham sostenía que Batman y Robin proyectaban una imagen de amantes homosexuales, o que Wonder Woman ofrecía una segunda lectura relacionada con la sumisión y el bondage, y su carácter independiente ponía de manifiesto su condición de lesbiana. Según decía Wertham: “Los comics en el peor de los casos son demoníacos; en el mejor simple basura”. A raíz de la publicación del libro, el Subcomité del Senado sobre Delincuencia Juvenil creó el Comic Code, un severo reglamento por el que deberían regirse los cómics. Estos son algunos de sus artículos:
- Las fuerzas del orden nunca podrán mostrarse de forma negativa que induzca a criticar su labor.
- Los criminales siempre recibirán su merecido castigo al final de la historia.
- La unidad familiar ha de ser siempre presentada desde un punto de vista positivo, decente y moral.
- Ningún cómic llevara en su portada palabras como "Terror", "Horror", "Crimen" o similares que puedan herir la sensibilidad de sus jóvenes lectores.
- Ningún cómic mencionará en sus argumentos temas como la homosexualidad o las drogas que puedan contribuir a fomentar el vicio entre la juventud.
Una de las primeras consecuencias del Comic Code fue que una editorial, E.C., especializada tebeos de terror, se vio obligada a clausurar la mayor parte de sus publicaciones. Pero es que eso del terror siempre ha tenido muy mala prensa, como yo mismo pude constatar en cierta ocasión. El colegio al que iban mis hijos organizaba anualmente unas jornadas dedicadas a la literatura de género; un año tocaba policíaco, otro fantasía, otro ciencia ficción, etcétera. Yo colaboraba en esas jornadas y el año que tocó tratar el género de terror les pedí a los alumnos que leyeran Carrie, de Stephen King, con el objeto de realizar un posterior debate sobre la novela. Pues bien, llegó el día del debate y descubrí que ningún alumno había leído la novela, porque la profesora de literatura había movilizado a las madres para evitar que sus hijos se vieran contaminados por un género tan pernicioso como el terror.
Pero no se trata sólo de cine o tebeos. ¿Recordáis a José Rabadán, el asesino de la katana? Mató a sus padres y a su hermana con una espada japonesa. Pues bien, resulta que Rabadán era muy aficionado al juego de consola Final Fantasy, así que el asunto estaba claro: la culpa del crimen la tenían los videojuegos violentos. ¿Y qué me decís de Javier Rosado, el tipo que, junto con su amigo Félix M., cometió un asesinato siguiendo las instrucciones de un juego de rol que él mismo había inventado? En cuanto se divulgó la noticia, el rol fue satanizado por la opinión pública, pues evidentemente se trataba de un juego que pervertía a los jugadores. Al parecer, el hecho de que Rosado fuese un psicópata de libro no tenía nada que ver con el asunto.
La cuestión es que todos los estudios científicos que se han realizado sobre esta cuestión demuestran que no hay correlación alguna entre lo que leen, ven y juegan los jóvenes y su comportamiento social. Y esto es así por un motivo muy sencillo: los niños y adolescentes tienen perfectamente clara la diferencia entre ficción y realidad. Es más, muchas veces, los juegos violentos, lejos de ser una causa de tensión, sirven de válvula de escape. ¿Disfrutar con historias de terror propicia la crueldad o el sadismo? Pues exactamente en la misma media que montar en una montaña rusa predispone al suicidio. Es decir, en lo más mínimo. De hecho, la comparación con la montaña rusa resulta apropiada, porque esa atracción, al igual que ocurre con el terror, es una forma de exponernos a determinadas emociones de manera controlada, sin peligro.
Ahí reside la clave del asunto; las películas de terror, los juegos violentos y las atracciones de feria sirven para sobrepasar ciertos límites... manteniendo el control. Porque cuando éste se pierde, cuando la montaña rusa descarrila o vivimos una realidad terrorífica, la cosa deja de tener gracia. En cualquier caso, es innegable que los seres humanos somos morbosos por naturaleza, y para constatarlo basta con observar cómo en una carretera los coches disminuyen la velocidad cuando pasan al lado de un accidente. La sangre nos horroriza, pero también nos fascina. Y es igualmente innegable que los humanos, sobre todo los varones, somos violentos. No tiene sentido negar nuestros instintos negativos; lo que hay que hacer es encauzarlos hacia territorios inofensivos, como el cine, la novela y los cómics de terror, los juegos, las montañas rusas o el mismísimo fútbol, que a fin de cuentas no es más una estilización de la guerra.
Pese a todo esto, cada vez que algún joven comete una barbaridad, el griterío público le echará las culpas al género de terror, a los videojuegos, al rol, a los cómics, a la TV, a los Tamagochis o a cualquier cosa que les suene rara a los adultos. En el fondo, esta actitud sólo es un modo de sacudirse responsabilidades de encima. Si la juventud está en crisis (nótese que empleo el condicional), no se deberá a que los niños actuales se estén criando prácticamente solos, ni a la ausencia de las figuras paternas, ni a las deficiencias educativas, ni a la nula transmisión de valores, ni al empleo de la TV como niñera, ni a la agresividad de nuestras sociedades urbanas, no, no, ni mucho menos. Si la juventud está en crisis, la culpa la tiene, sin el menor género de dudas, la serie de películas Saw.














