lunes, diciembre 21

Cosas

Uno de los aspectos que me gustan de la Navidad es la nostalgia. Cada Navidad que vivimos nos retrotrae a todas las navidades que hemos vivido, particularmente a las más felices, que, con toda seguridad, fueron las de nuestra infancia. Son fiestas para los niños y si quieres disfrutarlas debes volverte niño; olvidarte de los atascos, las aglomeraciones, las panzadas de comer, y recordar lo que sentías cuando eras un crío. Recordar la magia. No es fácil; lo sencillo es mostrarte muy adulto y echar pestes de los atascos, las aglomeraciones, las pantagruélicas pitanzas y El Corte Inglés. Eso está al alcance de cualquiera; lo difícil es recuperar la inocencia y descubrir de nuevo el hechizo que se esconde en una simple guirnalda de bombillas de colores. Pero volverte niño durante unos días significa rememorar el pasado y comprender que ese pasado, por mucho que intentes revivirlo, está muerto y no volverá. Lo dicho, pura nostalgia.

Pero hay más. Uno de los ritos de la Navidad consiste en reunirte con tus allegados, retomar el contacto con los parientes lejanos, con los viejos amigos a quienes durante el resto del año les hemos perdido la pista. Eso supone, en ocasiones, estar con gente a la que no nos apetece ni un pelo ver, pero también que no vamos a estar con gente que nos gustaría volver a ver. Todos hemos perdido por el camino a personas queridas; personas con las que compartimos muchos instantes, pero luego la vida nos condujo por senderos diferentes, el contacto se fue espaciando hasta perderse y ya sólo son fantasmas del recuerdo. Y luego están los muertos. La abuela Julia, mamá, papá, Eduardo, Luis, Tuto, Pepe, Pedro, Carlos, Paloma... Conforme pasan los años, los cadáveres se amontonan. Durante la mayor parte del año no los recordamos –el mejor regalo de los dioses es el olvido-; pero cuando llegan estas fechas, y dado que cada Navidad son todas las navidades, los muertos resucitan en nuestra memoria, más presentes que nunca a causa de su definitiva ausencia. Nostalgia es la palabra, sí.

Nostalgia por nuestra infancia, nostalgia por los que no están y los que ya nunca estarán, y una tercera clase de nostalgia: las cosas que se perdieron.

Las cosas tienen mala prensa. Aunque nuestra vida se rige por lo material –o precisamente por eso-, consideramos que lo más elevado es el mundo del espíritu (sea esto lo que sea) y reprobamos las cosas terrenales, tildándolas de intrascendentes y superficiales. En fin, esa es la opinión que prevalece, aunque no pase de ser una leyenda, pues luego perdemos el culo por acumular bienes. En cualquier caso, “no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita” y “el dinero no da la felicidad”. Bla, bla, bla, chorradas. ¿Quién ha dicho que las cosas no pueden hacerte feliz? Por ejemplo, los libros me hacen feliz. Ah, dirá alguno, pero es que la lectura pertenece al mundo del espíritu. Vale, pero no estoy hablando de eso; me refiero a que los libros que atestan mi biblioteca –eso objetos de papel, tinta y goma o hilo- me hacen feliz incluso sin necesidad de leerlos. Me gustan como simples objetos. Y mi TV+DVD me hace feliz. Y mi ordenador. Y el póster de King Kong que cuelga en mi despacho. Y mis figuras de Tintín. Y mi Nikon D300. Y mi colección de calidoscopios. Y una tosca figurita articulada rusa que compró mi padre hace mil años. Y mi coche. Y mis viejos tebeos...

Por ejemplo, hará unos quince años vi en una tienda un roller de plata vieja, estilo vintage, de la marca Faber Castell. Era precioso; estilizado, exagonal, con la plata finamente labrada en forma de malla, deliciosamente anticuado. Me encantó, pero no lo compré; era un objeto caro e inútil y uno no se compra esas cosas. Luego, la distribución de Faber Castell se fue al garete y no volví a verlo. Pero hace un par de años, con motivo de nuestras bodas de plata, localicé el roller en Internet y le pedí a Pepa que me lo regalase. Y ahí lo tengo, delante de mí mientras pulso el teclado; apenas lo uso, es sólo una cosa inútil... pero cada vez que lo veo, cada vez que lo cojo en mi mano, me hace feliz. Y es que depositamos muchas emociones en algunas de las cosas que nos rodean; porque son bellas, porque son curiosas, porque su utilidad nos satisface, porque nos traen recuerdos... Como decía Serrat en su canción: Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas y que hacen que lloremos cuando nadie nos ve.

Le tengo mucho apego a los objetos, lo reconozco, y desde que era muy joven. Recuerdo que, cuando tenía 18 años, aún conservaba gran parte de mis juguetes de niño; no los usaba, los almacenaba en un armario, pero me gustaba tenerlos. Por aquel entonces (aún vivía mi padre), había en casa una asistenta interna llamada Mary. Mary tenía mi misma edad, era muy mona, muy simpática, con mucho carácter, un encanto. Llegó a formar parte de nuestra reducida familia; tanto es así, que se casó con un amigo mío y soy el padrino de su hija. Pues bien, Mary no dejaba de decirme que tenía que tirar esos juguetes, pues sólo ocupaban espacio y acumulaban polvo. Yo me negaba, por supuesto. Pero un día, al volver de clase, me encontré con que Mary había cogidos mis adorados juguetes y se los había regalado a unas monjas para los niños pobres. ¡Adiós a mi Scalextric! ¡Adiós a mi laberinto de bolas! ¡Adiós a mi adorada colección de Minicars! Sólo un férreo control me impidió matarla allí mismo, destriparla y bailar sobre sus vísceras. Siempre he lamentado la pérdida de aquellos juguetes. Aún lo lamento.

En estas fechas de regalos que nos recuerdan a otros regalos, esa es la tercera clase de nostalgia navideña, la nostalgia por los objetos que en algún momento nos hicieron felices y luego desaparecieron. Mi osito Toby (se llamaba así por un personaje de La Pequeña Lulú), aquellas pistolas de tapones rojas y amarillas que daban unos taponazos de aupa, un juego llamado Detectives (el Cluedo) maravillosamente ilustrado por Chester Gould, el Cheminova, un tanque de hojalata que echaba chispas por las ametralladoras, el Mecano, el Palé, El Cinexin, los comics de la Fleetway, las maquetas para construir de Revell... El View Master, santo cielo, ya no me acordaba del View Master. Era (y es, sigue existiendo) una especie de prismático de visión estereoscópica. Insertabas unos discos de cartón con pequeñas diapositivas y veías imágenes en tres dimensiones. La mayor parte de los discos contenían reportajes fotográficos sobre naturaleza o ciudades (recuerdo lo que me impresionaba el dedicado al Gran Cañón), pero también había algunos con cuentos infantiles. Eran fotografías de dioramas con figuritas y ahí estaban Los tres cerditos, La Bella durmiente, Caperucita roja... El que más me gustaba era Jack y las habichuelas mágicas; lo veía una y otra vez, sin parar.

Bueno, pues todo eso se ha perdido, ya no está, adiós, adiós. Aunque, claro, podéis consolaros pensando que eran mis cosas, mis recuerdos, y que, a fin de cuentas, a vosotros os importan un rábano. Pero, ¿y vuestras cosas, los objetos que amasteis y perdisteis? Esa muñeca, ese tren eléctrico, esa figura articulada, lo que sea... Cerrad los ojos un momento y recordad vuestro juguete favorito, aquel objeto que adorabais y que ahora ya no está. ¿Chapoteáis en la nostalgia? De ser así, estáis preparados para la Navidad.

Esta mañana, Madrid (como media España) ha amanecido cubierto de nieve. Hoy, a las 18:47, será el momento del solsticio y comenzará el invierno.

Feliz solsticio, amigos.

lunes, diciembre 14

Regreso a Umbría

Esta semana pasada he regresado a un lugar donde nunca he estado, porque no existe, y que, sin embargo conozco muy bien. Me refiero a Umbría, esa región situada en el norte de España cuya capital es Oneira. ¿Os suena? Supongo que no, salvo que hayáis leído ciertos libros. Pero ya os lo decía antes: Umbría no existe. Al menos, no del todo. Me explicaré.

Cómo sabéis (y si no lo sabéis os lo digo), en la década de los 90 se produjo en España una sorprendente eclosión de escritores de cf. Creo recordar que esa generación (de la que yo formé parte; no por fecha de nacimiento, sino de escritura) incluso tiene un nombre, lamento no recordarlo. El caso es que por aquel entonces yo ya era muy crítico con la ciencia ficción del momento, un género cuya decadencia venía observando desde la década anterior. De hecho, la cf que escribí por aquel entonces estaba alejada de las modas y corrientes del momento; es más, ninguno de mis relatos se halla siquiera ambientado en el futuro. En fin, estoy seguro de que muchos de los que me conocieron entonces recordarán lo cenizo que era hablando del género. Pero el caso es que, de pronto, habían aparecido en España unos cuantos escritores de calidad más que notable enamorados del fantástico.

Hablando con algunos de ellos, en particular con Elia Barceló, les decía que era una pena que desperdiciaran su talento dedicándose a un género que no tenía futuro. En mi opinión, les iría mucho mejor dejando de lado la ciencia ficción y dedicándose a la fantasía; pero no a una fantasía estereotipada a lo Tolkien, sino a una fantasía más general, del tipo Borges, Cortázar, Machen o Bradbury. Entonces, durante mis conversaciones con Elia (la mayor parte de ellas a través de e-mail), se me ocurrió una idea: crear un territorio compartido con varios escritores. Debía ser una región de España ficticia, un lugar donde lo extraordinario sucediese con mayor frecuencia que en otras partes. Elia estuvo de acuerdo y comenzamos a buscar partners para la aventura. Nos pusimos en contacto con Julián Díez, que por aquel entonces acaba de publicar Los abominables sucesos de la casa Figueroa, un excelente relato largo muy en la línea de lo que nosotros pretendíamos, y aceptó incorporarse al proyecto. El cuarto miembro del grupo fue Armando Boix, un escritor que comenzaba a despuntar con exquisitos relatos de fantasía pura.

A partir de ese momento, y mediante un largo intercambio de correos electrónicos, comenzamos a darle forma a nuestra región ficticia: su geografía, su toponimia, su historia, sus tradiciones... Al cabo de unos meses, cuando reunimos suficiente material, nos pusimoa a la faena. Se trataba de que cada uno de nosotros escribiese dos relatos fantásticos; uno aparecería firmado con el nombre auténtico del autor y el otro con un seudónimo que correspondería a un supuesto escritor umbrilitano clásico. Luego, los ocho relatos aparecerían reunidos en una antología. Desgraciadamente, ahí empezaron los problemas.

Armando Boix escribió un buen relato (cuyo nombre desgraciadamente no recuerdo) y... desapareció del mapa. Por lo que sé, dejó de escribir y hasta hoy no he vuelto a tener noticias suyas.

Julián Díez nos comentó el argumento para uno de sus cuentos (un argumento excelente, por cierto) y, de repente, sin llegar a redactarlo, decidió dejar de escribir ficción.

Elia Barceló sí que se empleó a fondo; demasiado a fondo, por cierto. Su primer relato umbrilitano fue El secreto del Orfebre, un cuento largo que, hasta el día de hoy, es su obra maestra indiscutible. Pero su segundo relato se complicó, pues lo que pretendía ser un cuento más o menos corto acabó convirtiéndose en una larga novela, El vuelo del Hipogrifo.

En lo que a mí respecta, escribí un cuento llamado El jardín prohibido. Creo que es un buen relato, estoy muy satisfecho de él, pero hubo un problema. Poco después de escribirlo, se estrenó El sexto sentido, de Shyamalan, y no mucho más tarde Los otros, de Amenábar, películas éstas con las que mi historia tiene muchos puntos en común. Demasiados como para publicarla, así que... al cajón con ella. Entre tanto, me había puesto a escribir el segundo relato, que se llamó Leonís. Y ahí el culpable fui enteramente yo. La historia de Leonís daba para una novela, pero en ningún caso para un cuento. Aun así, me empeñe en meterlo en unas cien páginas... y la cagué. De entrada, no encontré el tono adecuado, así que lo imposté. Y, para terminar de cagarla, podé tanto la trama que el resultado final fue un esqueleto sin carne y con los personajes desvaídos. Intenté arreglarlo, pero era inútil, sobre todo si quería atenerme a la extensión prevista.

Fuera como fuese, para aquel entonces el “grupo de Umbría” se había disuelto. Elia fue la única en publicar sus historias umbrilitanas y yo me olvidé del asunto. Fue bonito mientras duró. Aunque no me olvidé del todo. Umbría me seguía atrayendo; es un lugar melancólico, un poco triste, una tierra cotidiana y legendaria a la vez, un “paraíso para descreídos”, como dijo una vez Julián. Al haber contribuido a crearla, al haber escrito sobre ella, la sentía viva, uno de esos lugares del pasado adonde uno siempre desea volver. Por otro lado, me seguía gustando la historia de Leonís; no el modo en que la había escrito, pero sí el argumento.

Pasaron los años y un día se me ocurrió la idea de presentarme al premio Minotauro. Entonces pensé: ¿por qué no retomar Leonís y darle la extensión que necesitaba desde un principio? Reescribí el relato casi por completo; amplié la trama, introduje nuevos personajes y dibujé mejor los caracteres. Finalmente, concluí una novela de unas 250 páginas con la que, esa vez sí, estaba razonablemente satisfecho. La presenté al premio y, ¡tachán!, no formó parte ni siquiera de las finalistas. Más tarde, hablando con Francisco García Lorenzana, a la sazón Director Editorial de Minotauro, me contó que uno de los temas de Leonís –el incesto-, había descartado automática la novela. Pues vale. Un par de años más tarde, Julián le comentó la existencia de mi novela inédita a un conocido editor de literatura fantástica. Dicho editor me mandó un e-mail interesándose por Leonís y yo le envié el texto por el mismo conducto. Hasta el presente no he vuelto a tener noticias suyas, lo cual, no sé por qué, me induce a pensar que no debió de gustarle mucho.

A esas alturas, lo reconozco, estaba hasta los cataplines de Leonís. Pero, más o menos un año más tarde, charlando con una de mis editoras, la adorable Reina Duarte, le hablé de la novela, ella se mostró interesada y se la envié. Tiempo después, me contestó: le había gustado y quería publicarla. Entonces tuvo lugar una especie de diálogo del absurdo en el que yo intentaba convencer a la editora de que no publicase mi libro y la editora a mí de que valía la pena publicarlo. Al final quedamos en que me lo pensaría. Pero no me lo pensé; de hecho, me olvidé del asunto. Pasaron los meses y Reina volvió a llamarme para preguntar qué había decidido. Entonces le propuse algo: lo publicaría si un dibujante, pintor y diseñador amigo mío, Miguel de Unamuno (sí, tataranieto del susodicho), se ocupaba de ilustrar y diseñar el libro. Reina (un encanto, ya lo he dicho) aceptó. Entonces se lo propuse a Miguel, le mandé el texto y, al cabo de una semana, mi amigo pintor me dijo que lo había leído y le había gustado mucho; de hecho, me confesó que le parecía lo mejor que había escrito. Y aceptó ilustrarlo.

Así que la semana pasada, después de cuatro o cinco años de ausencia, regresé a Umbría, releí Leonís... y no me pareció mal del todo. Incluso me gusto; aunque, claro, la opinión de un autor sobre su propia obra no vale ni para limpiarse el trasero. La historia de Leonís está ambientada en el presente, en el Valle de Lotar, una comarca montañosa del interior de Umbría. La trama, inspirada en la leyenda de Tristán e Iseo, trata de amores imposibles, de asesinatos misteriosos, de ritos ancestrales, de traiciones y mentiras, de viejas leyendas y de dioses olvidados. El título completo, con su subtítulo, explica más o menos de qué va la cosa: Leonís. Un relato de amor, magia, misterio y muerte.

Así que, en algún momento del año que viene, amigos míos, veréis en las librerías un libro llamado Leonís, firmado por César Mallorquí y Miguel de Unamuno, lo cual, a buen seguro, desconcertará a más de uno. Con independencia de su contenido textual, será, sin lugar a dudas, muy bonito.

Coño, qué larga me ha quedado esta entrada. Y qué poco interesante...





martes, diciembre 1

Minaretes

Como sabéis, recientemente un partido de la extrema derecha suiza ha convocado, y ganado, un referéndum para prohibir que las nuevas mezquitas que se construyan en el país tengan minaretes. Reconozco que la noticia me ha llenado de perplejidad; ¿qué problema tienen los suizos con los minaretes? Es decir, si el referéndum se hubiese convocado para prohibir las mezquitas, lo entendería (aunque no lo aprobaría), pero ¿prohibir sólo una parte de las mezquitas? Ah ya, se prohíbe la parte que sobresale, la que se ve desde lejos. Los suizos quieren ocultar sus miserias religiosas y, de paso, proteger el paisaje; porque los suizos son unos histéricos con su sin duda hermoso paisaje. Y unos maestros ocultando sus miserias.

Vale, reconozco que los suizos me caen como el culo de mal. Y también reconozco que ésta, como cualquier otra generalización, es injusta. Pero coño, sólo hay que examinar el comportamiento del gobierno y del empresariado suizo justo antes y durante la Segunda Guerra Mundial para sentir cierto resquemor (cuando no asco) hacia esa gente (gente, por cierto, que me recuerda a los miembros de las pandillas que se quedan aparte, guardando y protegiendo los relojes y las carteras de sus compañeros, mientras estos se dan de hostias con los de la pandilla rival). De acuerdo, son prejuicios, no le demos más vueltas. Pero estaréis conmigo en que hace falta ser suizo para convocar un referéndum por una gilipollez semejante. Porque, puestos a promover leyes que limiten el peso y la influencia de las religiones (nótese que empleo el plural), se me ocurren unas cuantas más útiles que esa tontería de los minaretes, que ya son ganas de tocar gratuitamente las narices, mire usted...

Pues bien, esta mañana he oído por la radio el comentario de alguien, supongo que de un líder islámico, que decía más o menos: “Sólo los ignorantes temen al Islam”. Es decir, que el Islam es una doctrina básicamente buena o, cuando menos, inofensiva, y que únicamente aquellas personas que no la conocen pueden sentirse amenazadas por ella. ¿Es esto cierto? Porque, oye, se han cometido y se cometen cantidad de barbaridades en nombre del Islam. Es verdad, responden, pero se trata de una minoría que malinterpreta las palabras del profeta. Además, los cristianos también han cometido numerosas atrocidades en nombre de su dios.

Detengámonos aquí un instante. Es cierto, se han cometido cantidad de tropelías por el signo de la cruz, tantas o más que las cometidas por la media luna. Ahora bien, ¿qué condición comparten el cristianismo y el Islam? Ser religiones monoteístas, una clase de creencia que tiende mucho a la intolerancia. Porque mira, si eres politeísta y veneras a cincuenta dioses, no tienes ningún problema en aceptar a un dios más. Pero si sólo veneras a un dios, el único y el verdadero, no sólo contemplas con desconfianza a los demás dioses (y a sus adoradores), sino que además los consideras una afrenta, no para ti, sino para tu dios. De ahí a masacrar a los vecinos para imponerles la verdadera fe y salvar sus almas sólo hay un paso. Un paso que, según la historia nos enseña, los monoteísmos han dado con suma frecuencia. Así pues, dado que el Islam es monoteísta y expansivo, cabe, en mi opinión, tenerle un poquito de desconfianza. Sólo un poquito, y por razones históricas.

Pero hay más. Los tres principales monoteísmos comparten algo más: son religiones “del libro”. Es decir, poseen un texto sagrado dictado por el mismísimo dios. Algo así como un manual de instrucciones para comportarse con la divinidad. En el caso de El Corán, se trata de un libro lleno de preceptos. Es decir, de mandatos directos de dios. Para dejarlo claro, es como si ese gran primo de Zumosol que es la deidad de turno te llamara por teléfono y te dijera: “Tío, tienes que hacer esto, eso otro y lo de más allá o me cabrearé contigo”. Son órdenes del sumo hacedor, del Gran Jefe, del mandamás de los mandamases. Así que más vale que obedezcas. Ah sí, hay preceptos contradictorios, a veces se dice una cosa y también lo opuesto. Además, hay un montón de preceptos objetivamente buenos. Pero todos, buenos o malos, contradictorios o no, son mandatos expresos de dios. Pues bien, hay una serie de versículos de El Corán que resultan un tanto inquietantes. Citaré sólo cuatro.

¡Oh creyentes!, combatida a los infieles que os rodean; que hallen siempre en vosotros una acogida ruda. Sabed que Dios está con los que le temen (Sura 9,124)

Hemos preparado cadenas para los infieles, argollas y un brasero ardiente (Sura 76,4)

Sembraremos el espanto en el corazón de los idólatras, porque han asociado a Dios divinidades, sin que Dios les haya dado ningún poder respecto a este punto; el fuego será su morada. ¡Qué horrible es la mansión de los impíos! (Sura 3,144)

Haced la guerra a los que no creen en Dios ni en el último día, a los que no consideran prohibido lo que Dios y su apóstol han prohibido y a aquellos hombres de las Escrituras que no profesan la creencia de la verdad. Hacedles la guerra hasta que paguen el tributo, a todos sin excepción, aunque estén humillados (Sura 9,29)

Ya sé que estamos en tiempos de respeto a los diferentes, de multiculturalismo, de alianza de civilizaciones; y sí, de acuerdo, lo de los minaretes suizos es una soplapollez. Pero si tenemos en cuenta que los versículos que acabo de citar (según la traducción de García Bravo) son, supuestamente, mandamientos de dios que todo fiel debe obedecer... en fin, no sé, muy tranquilo no me quedo.

Veréis: los europeos tenemos muy mala conciencia por todas las barbaridades que cometimos contra otras culturas, desde las cruzadas hasta el colonialismo de los siglos XIX y XX. Durante cientos años nos dedicamos a imponer nuestra cultura y nuestra fe a base de acero y pólvora, así que ahora entonamos un merecido mea culpa. No obstante, que no tengamos derecho a imponer nuestra cultura a otras naciones no quiere decir que todas las culturas sean igual de respetables, ni que debamos asumir en nuestro entorno tradiciones y costumbres de otras culturas que atenten contra nuestras convicciones básicas; entre ellas, por ejemplo, la Declaración de los Derechos Humanos. En este sentido, desde hace siglos se ha ido desarrollando en Europa un laicismo que separa la Iglesia del Estado y recoloca la religión en el ámbito de la vida privada. Esto generó una serie de libertades que propiciaron notables mejoras de la sociedad y un gran avance de la ciencia y el conocimiento. Personalmente creo que el laicismo es un bien irrenunciable y por eso me opongo a los intentos de la Iglesia Católica por conquistar espacios de poder social, y por eso considero que deberían desaparecer las prebendas que el Estado todavía le concede a esa religión. Siendo esto así, ¿cómo no voy a sentir temor hacia otra fe, el Islam, que ambiciona con apoderarse de todos los nichos de poder, desde el espiritual y moral hasta el político, pasando por el judicial? No sé, a lo mejor es que soy un ignorante...

Y, por supuesto, lo de los minaretes suizos sigue siendo una estupidez.

viernes, noviembre 20

Géneros

En algún lugar de este puñeteramente desordenado blog hay un comentario mío en el que sugiero que un país no puede tener una “gran literatura” si carece de un sólido corpus de literatura de género. Mi razonamiento consistía en que, tanto para los escritores como para los lectores, hace falta que su literatura nacional abarque todos los niveles de calidad, ambición e intenciones, desde lo más cutre hasta lo más sublime, pasado por una zona intermedia que usualmente es ocupada por la literatura de género. Es decir, que no se puede ir (estadísticamente hablando) de Leslie Charteris a Thomas Hardy sin pasar antes por Conan Doyle o H. G. Wells. O, centrándonos en España, no es posible saltar de Lafuente Estefanía a Arturo Barea sin darse un garbeo antes por Vázquez Montalbán o Pérez Reverte. Comparándolo con la sociedad, entre el proletariado y la aristocracia debe haber una clase media para que la cosa funcione, y esa clase media, en este caso, es la literatura de género.

En fin, en mi comentario aportaba más argumentos, pero no vienen al caso. La cuestión es que exactamente lo mismo puede decirse del cine: ningún país puede tener una gran cinematografía si no cuenta con un gran bagaje de películas de género. Pues bien, si nos centramos en la España del siglo XX, comprobaremos que prácticamente no existe ni el cine ni la literatura de género. En el caso de la literatura, la cuestión es dramática. Veamos. Escritores españoles de thriller: Vázquez Montalbán, Juan Madrid, García Pavón, Andreu Martín, Pérez Reverte y poco más. Muy escasa cosecha tratándose del género más popular, y además todos esos autores escribieron durante la segunda mitad del siglo. Escritores españoles de aventuras: Pío Baroja y no se me ocurre ningún otro. Escritores españoles de western: mi padre y punto. Escritores españoles de ciencia ficción: prácticamente ninguno fuera del fandom, y sólo durante la segunda mitad del siglo. Escritores españoles de fantasía: José María Merino, Pilar Pedraza, Juan Perucho y los del fandom; todos de la segunda mitad del siglo. Escritores españoles de terror: eh... ¿Alfonso Sastre? Escritores españoles de humor: Jardiel Poncela, Wenceslao Fernández Flores, Miguel Mihura y luego se nos acabó la risa para siempre. En lo que respecta a la novela rosa y a la histórica, hubo algo más, aunque tampoco mucho ni especialmente bueno.

En cuanto al cine, sí que hubo un género privilegiado: la comedia. Privilegiado por su número, no por su calidad. La casposa “comedia española”, el landismo, los Ozores, Martínez Soria, Esteso y Pajares... ¿Evidente producto de la mediocridad del franquismo? Por supuesto, aunque la cosa no mejoró demasiado con la llegada de la democracia. No obstante, al producirse tantísima comedia, era estadísticamente imposible que no surgiera algún que otro producto de calidad. Joyas sueltas, como El tigre de Chamberí, de Pedro Luis Ramírez, Atraco a las tres, de Forqué, o Los dinamiteros, de Atienza; y también un maestro indiscutible del género como Berlanga, sin olvidarnos de la primera época de Almodóvar.

Ahora bien, dejando aparte la comedia, los géneros han brillado por su ausencia en la cinematografía de nuestro país. Vale, tuvimos el paella-western, pero duró poco y no salió nada bueno de él. Hubo escaso policíaco y, en general, malo (con excepciones, como El crack, de Garci). También contamos con algunas incursiones en el género histórico, en general muy acartonadas, que en los últimos años se centraron en la Guerra Civil y la posguerra. En cuanto al terror, y dejando aparte por cutres a Jacinto Molina (alias Paul Nashy) o León Klimovski, tenemos las dos memorables incursiones de Narciso Ibáñez Serrador y poco más. En lo que se refiere a la fantasía y la ciencia ficción, para qué hablar (sólo podríamos citar la siempre citada La torre de los siete jorobados, de Neville).

Por supuesto, hay excepciones a lo que estoy diciendo (como por ejemplo la inclasificable Arrebato, de Zulueta), pero no pretendo ser exhaustivo, sino sólo dejar claro que el cine de género, salvo la comedia, ha brillado por su ausencia en España. Esto, en parte, se debe a la ausencia de una industria cinematográfica sólida; las películas se financiaban en gran medida gracias a las subvenciones estatales, y el Estado no iba a financiar “peliculillas” de género, sino obras de arte. Es decir, se apostaba por un “cine de autor”, proyectos personales de supuesta calidad en los que el director solía asumir los papeles de realizador, guionista y, eventualmente, productor. Un cine pretendidamente intelectual, profundo y comprometido... que, en la mayor parte de los casos, no le interesaba a nadie, porque los resultados no pasaban de mediocres y pretenciosos. Gran parte del cine español no se hacía para los espectadores, sino para el Ministerio de Cultura o los departamentos culturales de las distintas administraciones locales. No quiere esto decir, ni mucho menos, que no hayan surgido realizadores valiosos; ahí tenemos al genial Víctor Erice, por ejemplo. Pero hay pocos, muy pocos.

No obstante, las cosas empezaron a cambiar más o menos durante la última década del siglo XX. ¿Quién y cómo empezó? No lo sé a ciencia cierta. Puede que Álex de La Iglesia con esa fallida, pero simpática, comedia de cf que es Acción mutante (1993), o con la magnífica El día de la bestia (1995). Luego llegó Amenábar con el thriller Tesis. Jaume Balagueró estrenó en 1999 Los sin nombre, un film de terror de corte impecable, como las posteriores Darkness (2002) y Frágiles (2005). De repente, el género de terror se expande en nuestra cinematografía con títulos como Los otros, El orfanato o REC. Y nos encontramos con películas de ciencia ficción como Abre los ojos y Los Cronocrímenes, o con películas fantásticas como Intacto y El laberinto del fauno. O trhillers como El rey de la montaña y La habitación de Fermat. Incluso, ¡santo cielo!, un peplum: Ágora.

De nuevo no pretendo ser exhaustivo; hay mucho más, ya lo sé, pero me limito a señalar que en los últimos tres lustros el cine de género ha entrado en eclosión, produciendo títulos tan notables como los antes citados. Y, la verdad, me parece casi un milagro, un fenómeno que invita al optimismo dentro del lamentable estado en que se encontraba nuestro cine. ¿Queréis una prueba más?

La semana pasada fui a ver Celda 211 de Daniel Monzón y me encontré con un magnífico thriller carcelario que nada tiene que envidiar a las mejores películas norteamericanas, inglesas o francesas de esa temática. Se trata de un film absolutamente de género, impecablemente dirigido, dotado de un guión sólido y extraordinariamente interpretado por todos, absolutamente todos los actores, desde el último de los secundarios (apoteósico Luis Zahera) hasta el deslumbrante Luis Tosar, que con su Malamadre compone a uno de los personajes más redondos y carismáticos que se han visto últimamente en las pantallas. Decir que Tosar se merece un Goya es quedarse corto; merece un monumento.

Hace una semana, Celda 211, un thriller carcelario español, superó en taquilla a Ágora, un peplum español (cuyo total acumulado es muy superior, por supuesto). Dos películas españolas de género dominan la taquilla de nuestro país. Por una vez, y sin que sirva de precedente, estamos en el buen camino.

jueves, noviembre 5

Seduciendo a los inocentes

Supongo que todos conocéis la serie de películas Saw. Son films de terror (?) centrados en la tortura, las mutilaciones y la casquería, un franquicia de gran éxito entre los adolescentes. Pues bien, este año estaba previsto el estreno de la sexta entrega de la serie, pero de repente el Ministerio de Cultura decidió clasificarla como X, una calificación que únicamente se aplica a los films pornográficos y que obliga a que Saw VI sólo pueda exhibirse en salas dedicadas al porno. Dado que en España no quedan más que cuatro o cinco salas X, la clasificación de Cultura es en realidad un veto a su estreno. ¿Cuál ha sido el motivo que aduce Cultura para esta decisión? Pues que la película contiene una apología de la violencia que podría afectar negativamente a los jóvenes espectadores (¿y las cinco anteriores no?, me pregunto).

Debo aclarar que sólo he visto la primera película de la serie y no me gustó. No es cine de terror, sino de asco y grima; el llamado gore, un género que no me interesa lo más mínimo. Lo que me preocupa de la decisión de Cultura no es que esa película en concreto se estrene o no, lo cual me importa un bledo, sino el hecho de que se trate de un acto de abierta censura. Aunque esto, en realidad, está relacionado con la vieja creencia de que ciertas lecturas, espectáculos y juegos pueden pervertir las mentes de los niños y adolescentes, conduciéndoles al vicio, el delito y la violencia.

Un instructivo ejemplo de esa creencia es el Comic Code. En 1954, el psicólogo Fredric Wertham publicó La seducción del inocente, un ensayo en el que afirmaba que los cómics, en particular los de gángsters, terror y superhéroes, provocaban en los jóvenes una emulación de las conductas viciosas y violentas que aparecían en sus páginas. Es decir, los cómics pervertían a los inocentes. Entre otras genialidades, Wertham sostenía que Batman y Robin proyectaban una imagen de amantes homosexuales, o que Wonder Woman ofrecía una segunda lectura relacionada con la sumisión y el bondage, y su carácter independiente ponía de manifiesto su condición de lesbiana. Según decía Wertham: “Los comics en el peor de los casos son demoníacos; en el mejor simple basura”. A raíz de la publicación del libro, el Subcomité del Senado sobre Delincuencia Juvenil creó el Comic Code, un severo reglamento por el que deberían regirse los cómics. Estos son algunos de sus artículos:

- Las fuerzas del orden nunca podrán mostrarse de forma negativa que induzca a criticar su labor.
- Los criminales siempre recibirán su merecido castigo al final de la historia.
- La unidad familiar ha de ser siempre presentada desde un punto de vista positivo, decente y moral.
- Ningún cómic llevara en su portada palabras como "Terror", "Horror", "Crimen" o similares que puedan herir la sensibilidad de sus jóvenes lectores.
- Ningún cómic mencionará en sus argumentos temas como la homosexualidad o las drogas que puedan contribuir a fomentar el vicio entre la juventud.

Una de las primeras consecuencias del Comic Code fue que una editorial, E.C., especializada tebeos de terror, se vio obligada a clausurar la mayor parte de sus publicaciones. Pero es que eso del terror siempre ha tenido muy mala prensa, como yo mismo pude constatar en cierta ocasión. El colegio al que iban mis hijos organizaba anualmente unas jornadas dedicadas a la literatura de género; un año tocaba policíaco, otro fantasía, otro ciencia ficción, etcétera. Yo colaboraba en esas jornadas y el año que tocó tratar el género de terror les pedí a los alumnos que leyeran Carrie, de Stephen King, con el objeto de realizar un posterior debate sobre la novela. Pues bien, llegó el día del debate y descubrí que ningún alumno había leído la novela, porque la profesora de literatura había movilizado a las madres para evitar que sus hijos se vieran contaminados por un género tan pernicioso como el terror.

Pero no se trata sólo de cine o tebeos. ¿Recordáis a José Rabadán, el asesino de la katana? Mató a sus padres y a su hermana con una espada japonesa. Pues bien, resulta que Rabadán era muy aficionado al juego de consola Final Fantasy, así que el asunto estaba claro: la culpa del crimen la tenían los videojuegos violentos. ¿Y qué me decís de Javier Rosado, el tipo que, junto con su amigo Félix M., cometió un asesinato siguiendo las instrucciones de un juego de rol que él mismo había inventado? En cuanto se divulgó la noticia, el rol fue satanizado por la opinión pública, pues evidentemente se trataba de un juego que pervertía a los jugadores. Al parecer, el hecho de que Rosado fuese un psicópata de libro no tenía nada que ver con el asunto.

La cuestión es que todos los estudios científicos que se han realizado sobre esta cuestión demuestran que no hay correlación alguna entre lo que leen, ven y juegan los jóvenes y su comportamiento social. Y esto es así por un motivo muy sencillo: los niños y adolescentes tienen perfectamente clara la diferencia entre ficción y realidad. Es más, muchas veces, los juegos violentos, lejos de ser una causa de tensión, sirven de válvula de escape. ¿Disfrutar con historias de terror propicia la crueldad o el sadismo? Pues exactamente en la misma media que montar en una montaña rusa predispone al suicidio. Es decir, en lo más mínimo. De hecho, la comparación con la montaña rusa resulta apropiada, porque esa atracción, al igual que ocurre con el terror, es una forma de exponernos a determinadas emociones de manera controlada, sin peligro.

Ahí reside la clave del asunto; las películas de terror, los juegos violentos y las atracciones de feria sirven para sobrepasar ciertos límites... manteniendo el control. Porque cuando éste se pierde, cuando la montaña rusa descarrila o vivimos una realidad terrorífica, la cosa deja de tener gracia. En cualquier caso, es innegable que los seres humanos somos morbosos por naturaleza, y para constatarlo basta con observar cómo en una carretera los coches disminuyen la velocidad cuando pasan al lado de un accidente. La sangre nos horroriza, pero también nos fascina. Y es igualmente innegable que los humanos, sobre todo los varones, somos violentos. No tiene sentido negar nuestros instintos negativos; lo que hay que hacer es encauzarlos hacia territorios inofensivos, como el cine, la novela y los cómics de terror, los juegos, las montañas rusas o el mismísimo fútbol, que a fin de cuentas no es más una estilización de la guerra.

Pese a todo esto, cada vez que algún joven comete una barbaridad, el griterío público le echará las culpas al género de terror, a los videojuegos, al rol, a los cómics, a la TV, a los Tamagochis o a cualquier cosa que les suene rara a los adultos. En el fondo, esta actitud sólo es un modo de sacudirse responsabilidades de encima. Si la juventud está en crisis (nótese que empleo el condicional), no se deberá a que los niños actuales se estén criando prácticamente solos, ni a la ausencia de las figuras paternas, ni a las deficiencias educativas, ni a la nula transmisión de valores, ni al empleo de la TV como niñera, ni a la agresividad de nuestras sociedades urbanas, no, no, ni mucho menos. Si la juventud está en crisis, la culpa la tiene, sin el menor género de dudas, la serie de películas Saw.

sábado, octubre 31

Halloween

Como los merodeadores habituales de Babel saben, me encanta Halloween. No es la primera vez que lo digo, y si alguien quiere conocer mis razones no tiene más que buscar en entradas antiguas correspondientes a esta fecha. Pero es que este año, amigos míos, tengo un motivo más para celebrar esta fiesta.

Recientemente, el obispo de Sigüenza-Guadalajara, don José Sánchez, ha dicho que "costumbres paganas como ésta" pueden hacer desaparecer costumbres cristianas "arraigadas y beneficiosas". Añadió que se puede "correr el riesgo de que, a impulsos del comercio, del consumo y de la moda, costumbres como ésta, paganas, importadas, prevalezcan y hasta desplacen costumbres cristianas como la devoción a los santos y la oración por los difuntos". Ya el año pasado alzaron los obispos sus voces contra Halloween. En concreto, Joan María Canals, director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia, advirtió en una entrevista que Halloween "no es inocente, pues tiene un trasfondo de ocultismo y de otros tipos de corrientes que dejan su huella de anticristianismo".

Una de las acusaciones más generalizadas que se le hacen a Halloween es que se trata de una fiesta “importada”. No como, por ejemplo, nuestra autóctona Navidad, donde celebramos algo tan español como el nacimiento de un judío en un remoto lugar de Oriente Medio. Y lo celebramos poniendo belenes, tan nuestros, tan españoles... aunque procedan de Nápoles. Otra queja de los obispos es que Halloween pretende suplantar al día de todos los santos (el 1 de noviembre) y al día de los fieles difuntos (el 2 de noviembre), lo cual es falso por dos poderosos motivos. En primer lugar porque Halloween se celebra la noche anterior al día de todos lo santos, no ese mismo día. En segundo lugar porque fue la Iglesia quien fijó el día de los difuntos el 2 de noviembre (en concreto, lo hizo el papa Gregorio III en el siglo VIII) para sustituir a la arraigada festividad celta de Samhain, que es el origen de Halloween. Fue la Iglesia quien prohibió las festividades paganas milenarias sustituyéndolas por fiestas importadas o, simplemente, inventadas.

Por último, que nadie piensa que Halloween se ha impuesto a base de marketing o a por la ingerencia cultural de EE UU a través del cine y la TV, porque es falso. Vamos a ver: el origen de todo esto es Samhain, una festividad celta extendida por media Europa. Al imponerse el cristianismo, Samhain se adaptó a los tiempos convirtiéndose en Halloween (que en inglés antiguo significa “víspera de todos los santos”), así que, paradójicamente, Halloween es un sincretismo católico. Durante la Edad Media, Halloween se celebraba en muchos lugares de Europa, incluyendo a España. La opresión del cristianismo acabó erradicando Halloween de la mayor parte de los países, salvo de las Islas Británicas, donde siguió celebrándose. En el siglo XIX, los emigrantes irlandeses introdujeron Halloween en Estados Unidos y se popularizó rápidamente. Y luego, en el siglo XX, volvimos a oír hablar de Halloween a través de las películas y los telefilmes norteamericanos.

Pero esa “ingerencia cultural” yanqui no bastó para implantar la fiesta entre nosotros. Eso ocurrió después, a partir de los años ochenta, y fue algo totalmente espontáneo. La cosa es muy sencilla: los colegios norteamericanos y británicos que hay en España, sobre todo en Madrid y Barcelona, celebraban Halloween. Y los niños españoles de otros colegios contemplaron lo que hacían los niños de esos liceos y les encantó. Y comenzaron a imitarles, y poco a poco todos los colegios empezaron a incluir Halloween entre sus actividades lúdicas, y luego el asunto se extendió por toda España y... vale, finalmente el marketing se ha apropiado de Halloween, pero joder ¿acaso el marketing no se apropia de cualquier cosa que pueda dar pasta? Si renunciáramos a todo aquello que ha sido fagocitado por el marketing no podríamos ni leer, ni ir al cine, ni limpiarnos el trasero siquiera.

En resumen: Halloween se ha impuesto entre nosotros porque es una fiesta divertidísima para los niños, así de simple. Paraos un momento a pensarlo, imaginaos que volvéis a tener nueve o diez años y hay un día al año en que os disfrazáis de monstruos y os dejan salir de noche, y dais sustos a la gente, y recolectáis golosinas, y gastáis bromas... ¿no os gustaría algo así? A mí, desde luego, me habría encantado. ¿Y qué es lo que propone la Iglesia a cambio? Ir a rezar a los cementerios; no veas tú qué juerga.

Los obispos reprueban Halloween, lo cual hace que mi cariño por esa fiesta no haga más que aumentar. Mis hijos ya han crecido y no necesitan caretas para demostrarme que son unos vampiros chupasangre (es broma), pero me sigue encantando el brillo en los ojos de los hijos de mis vecinos cuando tocan a mi puerta gritando ¡truco o trato!, y por eso compré ayer un montón de golosinas. ¿Queréis ositos de goma, regaliz rojo, caramelos de melón, moras, marshmallows o lacasitos? Pues no tenéis nada más que llamar esta noche a mi puerta disfrazados de zombis o de brujas. Todo monstruo será bienvenido.

¿Halloween es una fiesta pagana? Claro, eso es lo bueno.

¡Feliz Halloween/Samhain, amigos!


martes, octubre 27

La Hoz de Beteta

El pasado fin de semana he visitado uno de los lugares más bellos y desconocidos de España: la Hoz de Beteta, en la Serranía de Cuenca. Se encuentra al norte de la provincia, entre las localidades de Beteta y Puente Vadillos, y abarca un tramo de unos seis kilómetros en los que la carretera sigue el trazado del río Guadiela.

La Hoz de Beteta debe de ser impresionantemente bella en cualquier momento, pero ahora, en otoño, te quita el aliento. La vegetación, muy abundante, adopta todas las gamas del verde, el amarillo y el ocre, con brochazos naranjas y rojos, los farallones de caliza parecen esqueletos de bestias fabulosas y el agua, pese a la ausencia de lluvias, corre por todas partes. Es un lugar increíble, y más increíble resulta lo poco que se le conoce.

Cerca de allí está la Laguna del Tobar, la Hoz de Priego (similar a la de Beteta, pero más pequeña) o el nacimiento del río Cuervo, aunque lo cierto es que toda la zona es una maravilla. Además, se come muy bien y a buen precio y la gente es de lo más amable. Así que, si no tenéis nada mejor que hacer el próximo fin de semana (y si no vivís demasiado lejos de allí), os sugiero que os deis un paseo por esa zona; pero no lo dejéis para más tarde, porque es ahora cuando los colores del otoño llenan de magia ese lugar extraordinario. Hacedme caso; me lo agradeceréis.

sábado, octubre 17

Aplauso


Dicen que el principal defecto de los españoles es la envidia. No sé si esto es cierto, pues los españoles tenemos tantos defectos que elegir el mayor de ellos se me antoja complicado; no obstante, no cabe duda de que somos un país de envidiosos. Y mira que ese es un pecado estúpido, porque, por ejemplo, con la gula o la lujuria al menos te lo pasas bien, pero con la envidia lo único que consigues es una úlcera.

Supongo que la razón de que seamos tan envidiosos reside a la larga tradición de mediocridad de nuestro pueblo; una tradición de, al menos, cuatrocientos años que se vio sustancialmente reforzada durante la dictadura de ese tipo bajito, panzón y ridículo que ahora no me acuerdo cómo se llamaba. El caso es que los mediocres sólo aceptan vivir en la mediocridad y no soportan que nadie ni nada sobresalga. Son como una tribu de pigmeos en la que sólo se pudiera medir un metro cuarenta o menos, y si alguien es más alto se le corta la cabeza. En eso somos expertos: en cortar cabezas. Por ejemplo, cuando en nuestro mediocre ámbito cultural surge un creador capaz de aunar calidad y popularidad, nuestra inteligentsia se apresura a afilar la guillotina. Ese es el caso, por ejemplo, de Alejandro Amenábar.

Recuerdo que cuando vi Tesis saqué dos conclusiones. La primera, que se trataba de una historia muy poco creíble. La segunda, que estaba cojonudamente narrada (tanto que, mientras las veías, te tragabas sin rechistar la increíble historia). Abre los ojos no hizo más que confirmarme que Amenábar es un extraordinario narrador y con Los otros llegué a la conclusión de que, dejando aparte a Víctor Erice, se trata con diferenciadel mejor narrador de nuestro cine. Incluso me gustó Mar adentro, que mira que es tramposa... El problema es que Amenábar no sólo me gusta a mí, sino a muchísima gente, y ha ganado muchos Goyas, y un Oscar, y sus películas son muy taquilleras, y ha trabajado con estrellas de Hollywood... En fin, demasiadas afrentas para nuestra mediocre élite cultural.

Así que, de unos años a esta parte, se ha ido desarrollando en España una reducida, pero ruidosa, corriente anti-Amenábar que con el estreno de su última película parece haberse consolidado definitivamente. De Ágora he oído y leído decir que era correcta, pero fría, que era un film megalómano, que estaba vacío, que carecía de frescura...

Hace un par de semanas, fui a ver Ágora. Me gustó. Mucho. Y, lejos de parecerme una película fría, me emocionó como pocas películas me han emocionado. Aunque, eso sí, la clase de emoción que me provocó no es la usual, sino una especie de emoción-intelectual que, si andas un poco despistado, puedes confundir con frialdad. En cuanto a si es o no un espectáculo vacío... Sin duda es un espectáculo (no deja de ser un peplum), tan bien narrado como todas las obras de su director, pero de ninguna manera está vacío. De hecho, cada una de sus imágenes está en función de un mensaje que no por sencillo deja de ser extraordinariamente importante: el enfrentamiento entre la razón y el fanatismo, la colisión entre ciencia y superstición. A decir verdad, Ágora trata precisamente de aquello en lo que creo más fervientemente: que la razón, la inteligencia, es el único camino noble y recto para el ser humano, y que la irracionalidad siempre es peligrosa y potencialmente destructiva.

No voy a hacer una crítica de la película, pero me gustaría señalar uno de sus grandes aciertos: esos planos cenitales que, en ocasiones, se alejan tanto que la cámara sale al espacio exterior y nos muestra el planeta Tierra en la inmensidad del cosmos. Esos planos modifican nuestro punto de vista y nos revelan que la película no trata en realidad sobre una mujer en una remota ciudad de la antigüedad, sino de algo mucho más amplio que nos afecta a todos en cualquier momento y en cualquier lugar.

Es cierto que la película tiene trampas (¿qué obra narrativa no las tiene?). Por ejemplo, como señala Luis Manuel Ruiz en su excelente blog, los filósofos que aparecen en el film son encantadores y dan ganas de abrazarlos a todos (particularmente a Rachel Weisz, una de mis debilidades), mientras que los cristianos parecen sacados de una película de terror. No obstante, conviene recordar que la película está basada en hechos históricos, y es cierto que los cristianos arrasaron la biblioteca de Alejandría, y que cometieron matanzas, y que se adueñaron de la ciudad, y que mataron y descuartizaron a Hipatia. Todo eso es auténtico. No debemos olvidar que gran parte de la historia del cristianismo parece escrita a dos manos por Edgar Alan Poe y Richard Laymon.

Por último, me gustaría contaros una anécdota. Fui a ver Ágora (con Pepa y nuestro hijo Pablo) al Kinépolis. La sala estaba llena. Al final de la película, tras un silencio, el público comenzó a aplaudir, y yo me sumé al aplauso. Pues bien, hay algo de lo que estoy seguro: la gente aplaudía a una buena película, sí, pero sobre todo aplaudía al mensaje de esa película. Y eso, ese espontáneo aplauso, me emocionó tanto o más que el film, pues me hizo concebir la esperanza de que no todo está perdido para nosotros, los torpes, estúpidos y patéticos seres humanos.

jueves, septiembre 24

La pared de hielo

Por si alguien siente curiosidad, en el blog El resto es silencio, especializado en publicar relatos españoles de fantasía y ciencia ficción, acaba de aparecer mi relato La pared de hielo, que ganó Premio Alberto Magno de 1992. Fue publicado por primera vez en la hoy desaparecida revista Cyberfantasy y luego pasó a formar parte de mi antología El Círculo de Jericó (Ediciones B, 1995).

A principios de los 90, cuando volví escribir ficción, llevaba tiempo dándole vueltas a dos argumentos para relato corto. De una de ellas, surgió mi cuento El rebaño; la otra era una sencilla pregunta: ¿qué pasaría si se pudieran diseñar virus genéticos capaces de actuar en los humanos como los virus informáticos en los ordenadores? Mi respuesta fue La pared de hielo, un relato que tuvo cierta repercusión en el mundillo del fantástico español de aquel entonces. En esa época, yo acababa de retomar la escritura después de una larga década de inactividad literaria, así que aún estaba tanteando mis posibilidades y explorando caminos narrativos. El primer relato que escribí fue El mensaje perdido (una reelaboración de otro cuento anterior, Crónicas del amor en mal estado, redactado en 1980); el segundo fue El rebaño, y el tercero el que ahora nos ocupa .

Escribí este relato con el objetivo de presentarme al premio Alberto Magno, pero tenía un problema: las bases del premio estipulaban una extensión máxima de 50 páginas, y mi historia necesitaba por lo menos el doble. Para ajustarme a la extensión requerida tendría que hacer unas elipsis brutales y eso esquematizaría el texto demasiado. A punto estuve de tirar la toalla, pero entonces se me ocurrió la solución: contar la historia en primera persona, comenzando por el final y empleando sucesivos flash backs no siempre de forma ordenada. Además, el narrador es un tipo seriamente perturbado cuya cabeza está sumida en el caos. Funcionó. Al contar la historia sin aparente orden y en forma de recuerdos fragmentados, las elipsis se disimulaban y el gancho del misterio aumentaba.

Anteayer, después de no sé cuántos años, volví a leer La pared de hielo. En cierto modo, es un texto primerizo con no pocas torpezas, sobre todo en el manejo de la prosa. Además –y de esto ya me di cuenta en su momento-, al disponer de escasa extensión para las necesidades de la historia, no pude, o no supe, desarrollar los personajes, que quedan un tanto planos. Sin embargo –e intento ser objetivo-, narrativamente funciona francamente bien. Aunque se lee con facilidad, tiene una estructura condenadamente compleja (creo que ha sido el texto que más me ha costado escribir); al saltar constantemente adelante y atrás en el tiempo, debía medir mucho la dosificación de la información, pues si se me iba la mano me cargaba el enigma y si me quedaba corto el texto resultaría incomprensible. Hay un detalle del que todavía hoy me siento orgulloso: en las dos primeras páginas del relato cuento todo lo que va a pasar, de pe a pa, destripo completamente el argumento y revelo el secreto de la historia. Pero lo hago de forma desordenada y descontextualizada, así que el lector lo lee como si fuese una locura sin pies ni cabeza, hasta que, al llegar a las últimas página, todo cobra sentido. Lo reconozco, me gustan esos jueguecitos con el lector (pero precisamente en jugar a eso consiste narrar, ¿no?)

Me estremezco al pensar que casi han pasado veinte años desde que escribí La pared de hielo. En fin, me hundiría en la nostalgia, de no ser porque la nostalgia ya no es lo que era...

martes, septiembre 22

Interludio: una recomendación y un aplauso

Recomendación: El domingo pasado vi Malditos bastardos, de Tarantino. La película, muy irregular (por ser clementes), contiene algo de lo mejor y mucho de lo peor del director; hay escenas soberbias y otras, la mayoría, demasiado alargadas. Las continuas referencias al spaghetti western resultan a veces un tanto cargantes (la primera aparición del Oso Judío es puro Leone, pero el peor Leone). El film es, a lo sumo, distraído pero poco más; de no ser porque existe Death Proof, sería la peor película de Tarantino. Sin embargo, os la recomiendo, porque la actuación de Christoph Waltz, en el papel del coronel nazi Hans Landa, es antológica. Cada vez que aparece, la película se anima y remonta el vuelo. Sin duda, se trata de uno de los mejores villanos de la historia del cine y es la única razón por la que resulta imprescindible ver esta, por lo demás, olvidable película. No os lo perdáis.


Aplauso: Ya resulta un tanto reiterativo hablar de la selección española de baloncesto, porque son tan buenos que a uno no le queda más remedio que repetirse. El domingo pasado, la selección se proclamó –por fin- Campeona de Europa. Tras una primera manga en la que parecieron una caricatura de sí mismos y que a todos nos mantuvo con los pelendengues de corbata, el resto del campeonato fue un paseo a lo largo del cual ningún rival les hizo la menor sombra. Se impusieron con absoluta rotundidad, demostrando que son la mejor selección del mundo... después de quienes ya sabéis. Y si vale de algo mi opinión, tienen la mejor defensa del baloncesto mundial. Lo dicho, un aplauso para ellos.

martes, septiembre 15

Generaciones

Supongo que habéis oído hablar de los incidentes entre jóvenes y policías que se produjeron el pasado cinco de septiembre durante las fiestas de Pozuelo de Alarcón, una localidad, por cierto, muy cercana a donde vivo. He dicho “supongo”, pero debería haber puesto “seguro”, porque desde que se produjeron aquellos disturbios los medios de comunicación no han parado de hablar de lo chungos que son nuestros jóvenes, de su falta de valores y compromiso, de su carencia de disciplina y de su nulo respeto a la autoridad...

Bla, bla, bla, lo mismo de siempre, la vieja y machacona cantinela. Desde que la humanidad existe –o al menos desde que la palabra “futuro” es sinónimo de cambio-, cada generación se ha quejado de la siguiente empleando términos similares a los descritos en el párrafo anterior. Por ejemplo, mi generación; ahora que he superado ampliamente el medio siglo de edad y tengo dos hijos de 22 y 19 años, escucho con frecuencia a compañeros generacionales echar pestes de los jóvenes actuales, acusándoles de tenerlo todo fácil y carecer de los valores que nos adornaban cuando éramos briosos y nobles mozalbetes. Y no puedo evitar preguntarme: ¿pero de qué coño de valores están hablando? No sé, a veces pienso que mi juventud fue muy rara, porque lo que yo recuerdo son jóvenes tan pasados de vueltas –o no- como los de ahora. En serio, me parto de risa cuando oigo hablar, por ejemplo, del “problema que la juventud tiene hoy con el alcohol”. ¿Hoy? Por favor, el alcohol ha sido un problema para todas las juventudes desde que alguien decidió beberse el mosto de uva pese a haber fermentado. Y no sólo es un problema propio de la juventud, ni mucho menos, porque los adultos le damos al morapio que da gusto. Como siempre.

Pero así somos de repetitivos; tenemos la memoria histórica de un pez de colores. Nuestros padres nos decían: “Teníais que haber pasado una guerra”, y ahora les decimos a nuestros hijos: “Teníais que haber pasado una dictadura”. Pues no, mire usted. ¿Que los jóvenes de ahora lo tienen más fácil que lo tuvimos nosotros? Por supuesto; pero es deber de cada generación conseguir mejores condiciones de vida para la siguiente. A fin de cuentas, eso es el progreso, ¿no? Y nadie debería pasar una guerra o una dictadura, porque puede que eso te haga más fuerte, pero también más tarado. En realidad, los jóvenes actuales son muy diferentes a los de otras épocas en lo superficial, pero en lo básico son idénticos. La naturaleza humana se maquilla, pero no cambia.

Puede que alguien objete: “Pero estos jóvenes apedrean a la policía”. Y yo respondo: “¿Acaso nosotros no hacíamos lo mismo?” Ah claro, aquella policía nuestra representaba al fascismo, mientras que los actuales maderos forman parte de una democracia. Es decir, que un joven es un héroe atiborrado de valores si lanza piedras a las fuerzas del orden, destroza el mobiliario urbano y quema coches en nombre de la revolución, pero un gamberro si lo hace por defender su derecho a celebrar un botellón. Vale, hay diferencias entre un cosa y otra, no lo niego; pero si nos paramos a pensarlo bien, ¿no se trata en el fondo de lo mismo?

Seamos sinceros: cuando participábamos en algaradas contra la dictadura, cuando arrojábamos piedras a los grises, ¿nos estábamos rebelando contra el franquismo, o contra el franquismo y contra la autoridad en general? ¿No puede ser que en realidad alguna de esas piedras las lanzáramos metafóricamente contra nuestros padres? Pensad en lo que significa la palabra “educación”: uno nace siendo una bestia salvaje que sólo piensa en sí mismo y en satisfacer sus instintos. Durante un tiempo, las cosas van bien, porque uno no necesita gran cosa (ni tiene demasiados instintos) y cuenta con sobrada atención por parte de los padres. Pero pasado un tiempo comienza el proceso de socialización, que consiste básicamente en reprimir el instinto y los deseos. Eso no se hace, eso no se toca, no hables con la boca llena, no te tires pedos ni te hurgues la nariz, no te hagas pajas, respeta a los mayores, no puedes hacer eso, estás obligado a hacer eso otro, no te quejes, obedece, respeta la propiedad ajena, guarda silencio, estudia, no digas tacos, siéntate bien, no hagas ruido... Para eso sirven la familia y el colegio, para reprimir todo aquello que queremos hacer, y potenciar todo lo que nos toca las narices. Pues bien, después de tres o cuatro lustros sometidos a esa (necesaria pero tocapelotas) tiranía socializadora, cuando los jóvenes comienzan a liberarse del yugo paterno y de la cárcel colegial, ¿cómo creéis que están?

Pues, aparte de repletos de hormonas, están hartos, hasta las pelotas de la autoridad, sea del tipo que sea; arden en deseos de libertad y rechazan muchos de nuestros valores, porque ciertos valores (como la disciplina, por ejemplo) son cojonudos cuando tienes la sartén por el mango, pero una carga muy pesada si quien se fríe en el aceite eres tú. La energía que desprenden, esa energía que en parte es producto del hartazgo y el hastío, puede -siempre de forma minoritaria, no lo olvidemos- convertirse en furia y destrucción, como ocurrió en Pozuelo. Pero no nos engañemos, la mayor parte de los jóvenes (incluyendo a los violentos) disipará esa energía en chorradas y acabarán asimilándose al sistema, ingresando en las filas de nosotros, los zombis. No obstante, una pequeñísima parte de los jóvenes utilizarán esa energía de forma positiva, revolucionaria e innovadora, consiguiendo con ello que algunos valores caducos se desmoronen y que le mundo cambie un poquito para mejor.

Entonces, ¿a quién tememos los dinosaurios? ¿A los jóvenes violentos? No, son pocos y con un par de hostias la cosa se soluciona. ¿A los futuros zombis entonces? Tampoco; ellos nos sustituirán, pero antes, durante un tiempo, serán nuestros esclavos. A quien realmente tememos las viejas generaciones es a los jóvenes brillantes e inadaptados, pues ellos me echarán a mi de mi sillón de escritor, y a vosotros de vuestros puestos de trabajo, porque son mejores o, cuando menos, más nuevos. Les tememos porque no tienen poder, pero sí razón, y su razón acabará imponiéndose. Les tememos porque su simple presencia nos dice que nuestras creencias están obsoletas, que nuestro tiempo se está acabando, que ellos tienen fuerza para cambiar las cosas y nosotros ya no.

En el fondo, la brecha generacional no es más que una forma como otra cualquiera de temor al cambio, la impotencia y la muerte.

domingo, septiembre 6

Stonehenge (1)

No sé exactamente cuándo comenzaron a fascinarme los megalitos; recuerdo haber visitado con mi padre, de niño, la Cueva de Menga (una tumba de corredor neolítica en Antequera) y algunos dólmenes, pero no me llamaron especialmente la atención. Supongo que el interés surgió más tarde, conforme leía sobre prehistoria, antropología y religiones arcaicas. Entonces descubrí el misterio que encierran los megalitos y me enamoré del asunto. Porque no hay nada que enamore tanto como un buen misterio, ¿verdad?

Hay megalitos en lugares tan alejados entre sí como Japón, Perú o la Isla de Pascua, y hubo un importante foco de megalitismo en el Mediterráneo occidental, pero a lo que yo me refiero es al megalitismo atlántico, que comenzó a finales del Neolítico y se extendió hasta la Edad del Bronce, desarrollándose sobre todo a lo largo de la costa atlántica y los Pirineos. La cuestión es que no sabemos prácticamente nada de la gente que erigió esas piedras. Ignoramos su cultura, su religión, su idioma, sus costumbres... ni siquiera sabemos cómo se denominaban a sí mismos. La única certeza que tenemos es que dedicaron enormes cantidades de tiempo y esfuerzo a erigir enormes y pesadísimos bloques de piedra. ¿Por qué, para qué? Misterio. (En la foto de la izquierda, Pepa en el muy restringido interior del círculo de piedras)

El enigma de los megalitos me atrapó hace más de treinta años, y desde entonces he visitado muchísimos, en Portugal, Galicia, la Cornisa Cantábrica, los Pirineos y el oeste de Francia. En estas zonas hay diversas clases de megalitos: dólmenes, menhires, alineamientos, cromlechs circulares y ovales, tumbas de corredor... pero ni un solo henge, porque prácticamente sólo hay henges en las Islas Británicas. Lo cual nos conduce al monumento megalítico más famoso del mundo: Stonehenge, en la llanura de Salisbury.

Antes de nada, veamos qué es un henge. Básicamente, se trata de un extenso foso circular (en ocasiones oval) que rodea o es rodeado por un túmulo de tierra. A partir de ahí y con el paso del tiempo se van añadiendo estructuras más complejas en el interior del círculo, primero de madera y después de piedra, formando cromlechs concéntricos. Lo más probable es que, al final, hubiera a la vez estructuras de piedra y madera. Pues bien, Stonehenge es el henge más sofisticado jamás construido, la Capilla Sixtina del megalitismo.

Supongo que lo habéis visto muchas veces, pero no está de más describirlo rápidamente. Stonehenge está formado, como todos los henges, por un foso y un terraplén, en este caso de unos 110 metros de diámetro; lo que lo hace distinto es la estructura que contiene: un círculo de trilitos (trilito: dos piedras verticales y una horizontal a modo de dintel) en cuyo interior hay (o había) otros cinco trilitos formando una herradura y, en el centro, otra piedra más, tumbada, denominada “Piedra del Altar”. Todas estas piedras se denominan Sarsen y provienen de una cantera situada a treinta y tantos kilómetros del megalito. Pues bien, dentro del círculo de piedras Sarsen hay otra estructura más pequeña formada por las llamadas “piedras azules”: se trata de un cromlech (anillo de piedras), concéntrico al Círculo Sarsen, con otra herradura de piedras en su interior; es decir, una reproducción a menor escala del megalito exterior, pero sin dinteles. Aparte de esto, había una gran avenida que partía del cercano río Avon y desembocaba en Stonehenge (hoy sólo es perceptible el comienzo). Junto a la avenida se alza un enorme menhir, la “Piedra Talón” que, alineada con el trilito central de la herradura Sarsen, marca el punto por donde sale el Sol durante el solsticio de verano (y, en el extremo contrario, el punto por donde se pone el Sol durante el solsticio de invierno). En cuatro puntos del terraplén, formando un imaginario cuadrado perfecto, estaban las “Piedras de las Estaciones” (hoy sólo quedan dos). Fuera del círculo, cerca de la avenida, está la “Piedra del Sacrificio”, en realidad un menhir caído. Por último, bordeando el foso, hay un círculo formado por 56 agujeros, el “Círculo de Aubrey”, que en el pasado debieron de contener postes de madera. (La foto de la izquierda está orientada según la alineación de Stonehenge, apuntando hacia el lugar donde sale el Sol durante el solsticio de verano. Al fondo, entre los dos trilitos, se ve la Piedra Talón; ahí comienza -o acaba- la avenida principal. El tipejo no forma parte del megalito; soy yo).

Como veis, se trata de una estructura muy compleja, aunque lo que vemos es el estado final del megalito, pues Stonehenge cambió mucho a lo largo del tiempo. Al principio, tres mil años antes de nuestra era, se construyó el henge básico: un foso y un terraplén. No mucho más tarde de cien años después se erigieron los 56 postes del Círculo de Aubrey y otras estructuras de madera de las que hoy sólo quedan algunas huellas (agujeros, claro; la madera no perdura).

Alrededor del 2500 a.d.n.e., se inició la fase lítica, pues fue entonces cuando colocaron la piedras azules. Y aquí nos topamos con un inmenso misterio, porque esas piedras proceden de las colinas Preseli, en Gales, situadas a más de 240 kilómetros de Stonehenge. Si tenéis en cuenta que la mayor parte de las piedras azules pesan más de dos toneladas, y que en total había 60, ¿os imagináis el inmenso esfuerzo que supuso transportarlas desde Gales hasta Salisbury? ¿Por qué lo hicieron, qué tenían de especial esas piedras? Una posible respuesta es que las 60 piedras azules fueran un megalito de Gales, un cromlech más antiguo que Stonehenge que fue desmontado y trasladado a Salisbury. En cualquier caso, la tarea debió de ser titánica.

Al principio, las piedras azules estaban dispuestas formando un círculo (del que quedan escasos rastros). Además se incorporaron seis piedras Sarsen: las cuatro de las estaciones, la Piedra Talón y otra gemela que ha desaparecido. Pero esta estructura no duró mucho, pues hacia el 2300 a.d.n.e. se trajeron y labraron las 75 enormes piedras Sarsen que forman el círculo y la herradura de trilitos. Una cuestión curiosa es que estas piedras están trabajadas como si fueran madera; por ejemplo, en cada una de las “jambas” de cada trilito hay un saliente que encaja con uno de los dos agujeros del dintel, igual que las junturas de mortaja y espiga propias del trabajo de carpintería, y también hay ejemplos de uniones de lengüeta y ranura. Pese al inmenso monumento de piedra que construyeron, esas personas eran carpinteros, no canteros. Se desconoce la ubicación de las piedras azules durante este periodo. Por cierto, lo que hoy vemos son las ruinas incompletas de Stonehenge, pero es posible que el gran círculo de trilitos Sarsen nunca llegara a completarse. Quizá se les acabó la piedra. (En la foto de la derecha se ve el Gran Menhir, la piedra más grande del magalito, que formaba parte de uno de los trilitos -hoy parcialmente caído- de la herradura central. En lo alto se ve la espiga que encajaba con el dintel)

Hacia el 2000 a.d.n.e., se produjeron nuevos cambios en el megalito, pero el mayor de ellos fue el retorno de las piedras azules, que se distribuyeron como antes he descrito. También se añadió la Piedra del Altar (procedente de Gales), en el centro de la herradura; quizá era un menhir, hoy tumbado, o puede que se dispusiera horizontalmente, como un verdadero altar. Los últimos cambios en el megalito se efectuaron hacia el 1600 a.d.n.e. Seiscientos años después, hay indicios de que el entorno de Stonehenge había perdido su carácter sagrado. Puede que hacia esa época el círculo de piedra hubiese cesado ya sus actividades, y eso plantea un nuevo misterio: ¿por qué, después de dos mil años de ser el mayor y más famoso templo erigido en Europa, se abandonó Stonehenge? Misterio.

Igual que es un misterio por qué se trasladaron desde tan lejos las piedras azules. O para qué servía ese extraño y absolutamente inusual megalito. O qué extrañas actividades tenían lugar en la llanura de Salisbury. O el enigma del Arquero de Amesbury. Todo lo que sabemos con certeza acerca de Stonehenge es que era un templo dedicado al Sol y, al mismo tiempo, una máquina que, por sorprendente que parezca dado su ruinoso estado, sigue funcionando a la perfección.
Pero de eso, amen de la inesperada y solitaria visita que Pepa y yo pudimos realizar al interior del círculo de piedras, hablaremos en la siguiente entrega de este apasionante, a la par que instructivo, relato.

jueves, agosto 27

Arrebato

Dicen que una novela se empieza a escribir con el corazón y se termina con la cabeza. Eso significa que, al comenzar a redactar una novela, los escritores suelen estar arrebatados por la historia que van a contar. Todo es pasión en esos momentos, las ideas brotan como un surtidor y el acto de escribir se convierte en una compulsión gozosa. La verdad es que resulta muy parecido a enamorarse; pero, al igual que sucede con el amor, la pasión va disminuyendo con el paso del tiempo y lo que queda al final es una fatigosa rutina. En efecto, la tarea de escribir, que al comienzo se nos antojaba algo parecido a surfear sobre un océano de letras, acaba convirtiéndose, mediado el texto, en lo que siempre ha sido: un maldito trabajo. Y, conforme te aproximas al final, menos surfista te sientes y más te conviertes en un sudoroso galeote remando amarrado al duro banco.

Pero el principio... ay, amigos, es gloria pura. Pues bien, como sabéis si sois asiduos merodeadores de Babel, a comienzos de verano andaba yo dándole vueltas al argumento de una novela inspirada en Julio Verne. Tenía todas las piezas, el principio, el final, los personajes, gran parte de la trama, pero por algún motivo que no alcanzaba a discernir, las cosas no encajaban. La historia estaba descompensada, el ritmo no fluía. Por fin, poco antes de irme de vacaciones, descubrí cuál era el problema. Entonces, todo encajó. Luego, durante las vacaciones, fui puliendo el argumento y perfilando los personajes, y cuando regresé a casa me puse a escribir como un poseso. Estaba, y estoy, arrebatado por la historia que he desarrollado en mi dura cocorota.

Lo cual, por supuesto, no dice nada a favor ni en contra de la calidad final de la novela, igual que el hecho de enamorarte no dice nada acerca de la persona de quien te enamoras, que, con independencia de tus sentimientos, muy bien puede ser una o un imbécil de tomo lomo. Pero eso da igual, porque durante los primeros compases de la escritura resulta un auténtico placer ver cómo las piezas del puzzle encajan, cómo el relato fluye con naturalidad, cómo los personajes cobran vida. Entonces, cuando eso sucede, no puedes parar de escribir, estás arrebatado. Y eso, amigos míos, es lo que me está pasando ahora. O escribo la novela, o me toco las narices, pero nada de términos medios.

Por eso tengo tan abandonado el blog, por eso me estoy retrasando tanto en renovar las entradas. Me siento frente al teclado, me planteo redactar algo para Babel, pero no puedo, pues experimento la compulsión de seguir escribiendo la novela y, si no lo hago, me entra la desazón. Ahora mismo, por ejemplo, estoy desazonado hasta las cachas.

Como comprenderéis, no es cuestión de dejar pasar de largo algo tan infrecuente en mí como las ganas de trabajar, así que durante un tiempo indeterminado mis entradas en el blog se espaciarán más de lo usual. En cualquier caso, dentro de unas semanas empezaré a odiar la novela y cualquier pretexto, como por ejemplo escribir en Babel, será bueno para olvidarme un rato de la puñetera literatura.

Saludos y seguid atentos a la pantalla.

martes, agosto 11

Hello

¿Hola?... Uno-dos, uno-dos, uno-dos... ¿Mesescucha?... ¿Hay alguien ahí?... Supongo que no, seguro que estáis todos fuera de vacaciones ahora que yo acabo de volver de las mías. Si es así, pasadlo de p. m., y si todavía estáis amarrados al duro banco, disfrutad de las ciudades vacías (siempre que no sean costeras), de la paz y del silencio.

Como decía en la entrada anterior, he pasado quince días viajando por el sur de Inglaterra junto con Pepa, mi mujer. Comenzamos en Canterbury, al sureste, y acabamos en Newquay, Cornualles, en el extremo suroeste. Una gozada. Pero tranquilos, no os voy a contar todo el viaje; me limitaré a una impresión general. Aunque, eso sí, en dos futuras entradas os hablaré del rey Arturo y de Stonehenge. Sólo por matar el tiempo en estos cálidos y perezosos días de agosto.

El caso es que había visitado Londres -una ciudad que me encanta- cuatro o cinco veces, pero no había salido de allí y tenía muchas ganas de conocer el resto del país, aunque la elevada cotización de la libra me había disuadido hasta ahora. ¿Qué esperaba de este viaje? Pues, la verdad, justo lo que he encontrado. Digamos que Inglaterra es muy, pero que muy inglesa. Imaginaos que vais a rodar una película sobre la isla y que metéis dentro todos los tópicos ingleses conocidos, desde las cabinas telefónicas rojas hasta los paisanos irónicos y algo excéntricos, pasando por los imperturbables bobbys de inverosímil casco, los campos delimitados por frondosos setos y las tabernas llamadas The Red Lyon. Pues bien, eso exactamente es Inglaterra a primera vista. Y a segunda, también. Por lo demás, se trata de un país bellísimo que respira historia y cultura por todas partes, y sus habitantes, al menos los que se han cruzado con nosotros, son educados y amables. No obstante, hay algunos aspectos que me gustaría comentar.

1. Clima. Quizá hayáis oído decir que en Inglaterra hace mal tiempo. Es mentira: hace un tiempo horrible. Pese a estar en la temporada más cálida, la temperatura nunca pasaba de 21 grados y las nubes se alternaban con los claros constantemente. De vez en cuando caía un chaparrón. Vamos, que tenías que llevar siempre una chaqueta a mano porque si no te pelabas de frío. No, no hemos pasado calor estas vacaciones...

2. Carreteras. Recuerdo que hace años los visitantes extranjeros comentaban lo malas que eran las carreteras españolas (es cierto, eran muy malas). Pues bien, ¿por qué nadie habla de lo malas que eran y son las carreteras inglesas? Entendedme: el firme suele estar en buen estado y las autopistas son buenas, como en todas partes, pero en cuanto sales de ellas te encuentras con una red viaria del siglo diecinueve. En primer lugar, las carreteras carecen de arcén. En segundo lugar, suelen estar emparedadas entre elevados setos y arboledas. En tercer lugar, son muy estrechas. En cuarto lugar, son mucho más estrechas de lo que os habéis imaginado al leer la frase anterior; haced un esfuerzo y evocad carreteras por las que en muchos tramos sólo cabe un coche y, a veces, ni eso. En quinto lugar, los ingleses (al menos los del sur) aparcan sus coches donde les sale de las narices; por ejemplo, en mitad de una curva de una carretera superestrecha. Si a eso le añadimos que los muy tunantes circulan por la izquierda, comprenderéis que deambular en coche por Inglaterra no es una labor especialmente grata (aunque, bien pensado, en gran parte de los caminos ingleses no se circula por la izquierda, por la sencilla razón de que no hay ni izquierda ni derecha, sino sólo un alarmante y reducido centro).

En mi opinión, esas carreteras se trazaron cuando en Inglaterra había pocos coches; si por el camino sólo circulaba el Bentley del marqués, ¿para qué ampliarlo? Luego, con el tiempo, las modernizaron, pero no demasiado. Donde antes había un camino de tierra se limitaron a echar asfalto por encima (y a poner rotondas, miles de rotondas), pero ni se les pasó por la cabeza ampliar el ancho y poner arcenes. Esas malditas carreteras son un buen ejemplo de la proverbial excentricidad inglesa.

3. Señalética. Con frecuencia se ha dicho también que las carreteras españolas cuentan con escasas señales informativas, pero os juro que comparándonos con los ingleses somos los campeones mundiales de la información vial. Y no es que no haya señales indicadoras de dirección en la isla, no señor; las hay, pero la máxima distancia que abarcan son unas veinte millas y los pueblos que señalan no siempre aparecen en los mapas. Si a eso le unimos que Inglaterra es un dédalo de carreteras estrechas comprenderéis lo necesario que es contar con un GPS para circular por allí. De no ser por el nuestro, Dios lo bendiga, Pepa y yo aún estaríamos perdidos en algún lugar no muy alejado de Canterbury.

4. Gastronomía. Hay quienes opinan que “gastronomía inglesa” es un oxímoron y, la verdad, no andan muy desencaminados. Sin embargo... Veréis, durante el viaje he encontrado restaurantes italianos, chinos, cubanos, indios, españoles, tex-mex, franceses, etc., pero ni uno de comida típica inglesa (salvo los omnipresentes fish & chips). Ni siquiera en las tabernas más típicamente británicas se podía encontrar pastel de riñones, tarta de anguila, cordero en salsa de menta o cualquiera de las porquerías que tanto abundan en la cocina británica. Eso no lo he visto en ninguna parte, así que sólo caben dos alternativas: o los ingleses ocultan su gastronomía a los extranjeros por vergüenza, o ni siquiera a los ingleses les gusta su cocina. En cualquier caso, y para ser fieles a la verdad, en Canterbury cenamos muy bien en un restaurante del chef Michael Caines (con “s” final, no es el actor) y en Bath encontramos un grill con una carne excelente, así como un restaurante de pescado que no estaba nada mal. Ah, en Cornwell encontré y me zampé un producto típico de la zona, el “tradicional pastel de carne cornuallés”, una especie de empanadillón relleno de estofado. La verdad es que estaba bueno.

Por lo demás, el viaje ha sido una experiencia maravillosa llena de momentos memorables, algunos de los cuales ya os comentaré en los próximos días. Si es que estáis ahí, claro.


jueves, julio 16

Feliz verano

Ya está, se acabó, me voy, me abro, me largo, ahueco el ala, desaparezco, me esfumo, cojo las de Villadiego, me piro, pongo pies en polvorosa, digo adiós, bye-bye, ciao, auf wiedersehen, sayonara baby, arrivederci, zài jiàn, agur, ma as-salaamah, adeu, mahaha dinn, farvel, g’is revido, au revoir, aloha käkou, namasté, slán agaibh, alweda, chikankama, proshyai, ealat dearvan, hamba kahle, shalom.

Todos esos palabros que acabo de escribir significan “adiós” en diferentes idiomas; porque, amigos míos, el próximo sábado dieciocho de julio, Pepa y yo partimos de vacaciones. Nos vamos a Inglaterra, a recorrer durante quince días el sur de la isla. Comenzaremos en Canterbury, luego nos trasladaremos a Bath y finalmente a Cornualles. Durante el trayecto realizaré una visita largo tiempo postergada y muy deseada: Stonehenge. Pero también recorreré el West Country; es decir, el territorio donde vivió, batalló y murió Arturo Pendragón: Tintagel, Glastonbury, South Cadbury... Si tenéis en cuenta que soy un pirado de la leyenda artúrica, comprenderéis lo mucho que me apetece este viaje. Ya os contaré. Ah, de paso que estoy allí buscaré un pueblo adecuado para ambientar en él una parte de mi nueva novela. De los viajes, como del cerdo, hay que aprovecharlo todo.

Cuando volvamos de Inglaterra, recogeremos a Óscar y Pablo, nuestros hijos, y nos largaremos una semana a la Costa Brava, para dedicarnos al dolce far niente, que traducido al cristiano significa “tumbarse a la Bartola”. A mediados de agosto estaremos de vuelta en el tórrido Madrid. Así pues, amigos míos, me despido de vosotros deseándoos que paséis un excitante, sensual, provechoso y apasionante verano.

Beannachd leat (adiós en gaélico)

jueves, julio 9

Verne

Supongo que vosotros, igual que yo, tenéis una serie de escritores, aquellos a los que leísteis durante vuestra infancia y primera juventud, cuyo recuerdo os resulta particularmente entrañable. Cada cual tendrá su lista particular y yo no os voy a enumerar la mía, pero sí parte de ella: Julio Verne, H. G. Wells, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Arthur Conan Doyle, Jack London, Alejandro Dumas, Emilio Salgari, James Oliver Curwood... en fin, los clásicos de la novela de aventuras. Pues bien, hace tiempo se me ocurrió (creo que lo mencioné en Babel) escribir una serie de novelas juveniles “al estilo de” esos autores.

Cuando digo “al estilo de” no me refiero a copiar la prosa de esos autores, sino a imitar y reproducir el espíritu de sus novelas o, al menos, de sus obras más conocidas. Si digo Stevenson, todos pensamos en aventuras marinas, piratas y tesoros; si menciono a Doyle, evocamos historias detectivescas en la Inglaterra victoriana o valles llenos de dinosaurios; citando a Dumas nos vienen a la cabeza relatos de capa y espada, y si hablamos de Curwood pensamos en animales salvajes y naturaleza. Cada uno de esos autores tiene un mundo propio y mi idea era explorar esos mundos con nuevas historias.

Pero, claro, hipotecar mi futuro comprometiéndome con una editorial a escribir un montón de novelas “al estilo de” se me antojaba deprimente, así que pensé en compartir la labor con otros. Le propuse la idea a varios escritores amigos y sólo les convenció a un par de ellos, así que archivé el proyecto en el limbo de las ideas inútiles y me olvidé del asunto. Aunque, la verdad, no me olvidé del todo, porque ese proyecto tenía una razón de ser: me apetecía escribir una novela “al estilo de” cierto autor en concreto: Julio Verne. No tenía ninguna historia en mente, sólo la evocación del mundo verniano, pero no dejaba de darle vueltas al asunto.

Veréis, creo que, junto con Richmal Crompton, Verne fue el primer escritor al que me hice adicto. Lo leí siendo muy joven, a los nueve o diez años, y no sólo me apasionó, sino que además contribuyó a forjar mi percepción de la realidad. De algún modo, tenía la impresión de que el mundo, más allá de España, era tal y como lo describía Verne, un universo lleno de calamares gigantes, volcanes, inmensas cavernas, globos aerostáticos, rayos verdes o islas misteriosas. A esa visión de las cosas se sumaron otros dos factores: por un lado, una colección de cromos de Nestlé llamada “Las maravillas del universo”; no la completé yo, sino alguno de mis hermanos mayores, pero de pequeño me pasaba horas contemplando aquellos cromos decididamente vernianos. Por otro lado, también me hice adicto a las historietas de Tintín, el comic más verniano que pueda concebirse (por mucho que Hergé asegurara no haberse inspirado nunca en Verne).

El caso es que Verne dejó una gran impronta en mí, e incluso ahora, cuando pienso en lugares remotos, o voy a ellos (como mi reciente viaje a Laponia), no puedo evitar evocar 20.000 leguas de viaje submarino, La esfinge de los hielos o Los hijos del capitán Grant. Así que no tiene nada de raro mi deseo de escribir un pastiche verniano, pero hay otra razón. Verne es de esos escritores que son mejores en el recuerdo que en la relectura. Su estilo está muy anticuado; al contrario que su rival Wells, Verne ha envejecido mal. He vuelto a echarle una hojeada a Viaje al centro de la Tierra y a la historia del capitán Nemo y, la verdad, el estilo impostado y un tanto grandilocuente resulta bastante desmotivador para el coñazo de adulto en que me he convertido. De pequeño no le daba importancia, pero ahora me echa un poco p’atrás, lo reconozco. Por tanto, si quiero volver a leer a Verne, eliminando lo que no me gusta y abundando en lo que me gusta, no me queda más remedio que escribir yo mismo la novela. Es decir, escribiré un pastiche de Verne para volver a leer a Verne. Absurdo, ¿verdad?

En cualquier caso, el universo verniano, el núcleo básico de su narrativa, sigue tan vivo ahora como hace cien años. Recientemente coordiné un especial de la Revista de Literatura dedicado al género de aventuras y le pedí a cada uno de los colaboradores que elaborara una lista con sus diez novelas de aventuras preferidas; pues bien, el autor más veces citado fue Julio Verne. Por otro lado, ¿acaso Perdidos no es una serie de TV absolutamente verniana, heredera directa de La isla misteriosa?

Como comentaba el otro día, tras finalizar El juego de los herejes me quedé un tanto agilipollado. Tenía previsto ponerme con la tercera entrega de Jaime Mercader, pero al posponerla para el año que viene, me encontré con que no tenía ningún argumento desarrollado. Durante algo más de un mes le he estado dando vueltas a tres ideas distintas; incluso comencé a escribir una, pero a las pocas líneas la abandoné (señal inequívoca de que la cosa no estaba madura). Al final, ha ganado el pastiche verniano; supongo que era lo que más me apetecía escribir. Estará ambientado en el periodo de entreguerras, en 1920, en Madrid, Inglaterra y los mares del norte; y, por supuesto, habrá volcanes, islas, globos y viajes al fin del mundo conocido. Ahora ando con la documentación previa y, a decir verdad, cada vez tengo más ganas de comenzar a escribir.

¿Ganas de trabajar? ¿Yo?

¿Estaré enfermo?...

jueves, julio 2

Pijos

Supongo que hay pijos en todas partes e imagino que los hay de todo tipo, dependiendo de su lugar de crianza. Por ejemplo, y limitándome a las “familias” que conozco personalmente, un pijo de Bilbao es en apariencia muy diferente a un pijo andaluz y no digamos ya a un pijo catalán. Sin embargo, son idénticos por dentro. Revista el plumaje que revista, todo pijo comparte una serie de valores que le identifican como especie única: clasismo, ideología muy conservadora, materialismo, tradicionalismo, filo-aristocracia, exclusivismo, ostentación, soberbia, incultura barnizada con una esmerada educación... No incluyo la riqueza, porque no hace falta ser rico para ser pijo; basta con admirar a los ricos e intentar simular que se es como ellos.

Como es lógico, los pijos que mejor conozco son los madrileños, una variedad única y en cierto modo el modelo para el resto de los pijos hispanos. Y los conozco, desgraciadamente, muy bien, pues por diversas razones siempre he tenido cierto contacto con ellos. Compañeros de colegio y universidad, por ejemplo, o algunos clientes de mi época publicitaria. Además, mi anterior casa, el 23 de la calle Españoleto, está justo en la frontera con el barrio de Salamanca, el ecosistema natural del pijo madrileño (ahora vivo en Aravaca, otra reserva de pijos). Y durante mucho tiempo frecuenté la cafetería del padrino de una gran amigo mío, La Concha, situada justo enfrente del palacete de los marqueses de V., un destartalado caserón donde convivían las tres ramas de la familia bajo el liderazgo de una tiránica abuela, la señora marquesa. Los vástagos de la familia V. -íntimos, por cierto, de Francis Franco- solían frecuentar La Concha, así que tuve el dudoso placer de verles en su salsa.

No los soporto, me cargan los pijos, lo reconozco; me irrita su mera presencia, su acento, su apariencia, todo. Estoy absolutamente en contra de sus valores, por supuesto, pero no sólo es eso; me desagrada lo que son, pero también lo que desde siempre han insistido en aparentar ser. Y es que una de las cosas más sorprendentes de los pijos madrileños es su inmutabilidad: no han cambiado desde hace al menos cuatro o cinco décadas, visten igual, hablan igual, frecuentan las mismas zonas... es como si el resto del mundo evolucionase mientras ellos permanecen inalterables, inmersos en una burbuja que cada vez tiene menos que ver con la realidad.

¿Y sabéis lo que más me molesta de los pijos? Su clasismo. Detesto el clasismo, porque la “clase social” no tiene nada que ver con la cultura, la educación, la ética o el trabajo, sino con el dinero. De modo que cuando alguien es clasista lo que está diciendo es: tengo más pasta que tú, así que soy mejor que tú. De un modo u otro, el razonamiento que se encuentra detrás de esa actitud es el siguiente: compitiendo en igualdad de condiciones, los mejores, los más hábiles e inteligentes, alcanzarán el éxito, mientras que los peores, los más tontos y torpes, quedarán relegados a las capas más bajas de la escala social. Por tanto, la posesión de riqueza es una muestra de superioridad. Puro darwinismo social, vamos. Lo que falla de este razonamiento, por supuesto, es el planteamiento inicial, porque no todos competimos en “igualdad de condiciones”. El factor básico para alcanzar el éxito social no es la inteligencia, ni la raza, ni el sexo, ni la formación académica, ni la tenacidad, sino la clase social a la que se pertenezca. Si has nacido en el seno de la clase alta, aunque seas un capullo integral, tienes muchas más posibilidades de tener éxito que un genio nacido en una familia de clase baja. Así pues, y aunque sea una perogrullada, tener dinero sólo dice de ti que perteneces a una determinada clase social, nada más.

¿A qué viene todo esto? Pues a que ya he oído en la radio un par de veces las declaraciones de un pija madrileña acerca de la crisis. La pija en cuestión se llama Carmen Lomana y sus ilustrativos comentarios aparecieron en un reportaje realizado para TVE. Veréis, a veces uno es tan lo que es, que acaba convirtiéndose en una caricatura de sí mismo. Eso le pasa a Carmen: es tan, tan, tan increíblemente pija, tan desmesuradamente pija, tan estereotipadamente pija que parece una actriz sobreactuada interpretando el papel de pija en un vodevil barato. En cuanto a lo que dice, es como el libreto de un mal autor de vodeviles baratos. ¿Y qué dice Carmen?

Antes, permitidme describir al personaje. Carmen luce una bien cortada melena teñida de rubio; tiene una bonita figura, unas bien torneadas piernas, y viste una blusa o un top negro, con un jersey amarillo sobre los hombros anudado al cuello (emblema pijo por antonomasia) y una elegante falda blanca y negra. A primera vista, Carmen parece guapa, pero cuando uno se fija bien puede ver la mano de un cirujano estético y cantidades industriales de botox que convierten su rostro en una tersa máscara inexpresiva. Puede tener cualquier edad entre los 40 y muchos y los 50 y tantos, aunque intenta desesperadamente aparentar 30. Carmen no solo parece la ilustración que en un diccionario podría acompañar a la palabra “pija” (incluso lleva un Rolex, no se puede ser más estereotipada), sino que además podría ser catedrática de dicción pija. ¿Sabéis cómo hablan los pijos madrileños? Hablan con acento nasal y bajando el tono al concluir las frases, como si se les cayeran las palabras, o como si les fatigara hacer algo tan prosaico como hablar. En ocasiones, cuando pretenden dar énfasis a su conversación, arrastran las vocales, pero variando la entonación arriba y abajo, como si introdujeran en sus palabras un cansado lamento. Por ejemplo, cuando Carmen dice la palabra “cash”, en realidad dice “caaash”, alargando mucho la a y pronunciándola en tres tonos diferentes (bajo-alto-bajo).

¿Y qué dice en definitiva Carmen? Pues, preguntada por la periodista acerca de hasta qué punto le afectaba la crisis, Carmen dice con acento ridículamente pijo:

“Mira, si no te afecta directamente, te afecta indirectamente. Porque el hecho de ver a amigos lo mal que lo están pasando, gente que se ha quedado sin trabajo, que tienen mucho patrimonio, pero no lo pueden vender, porque..., porque es un momento muy crítico, y no tienen dinero cash para ir al supermercado. Y eso lo estoy viendo... Pero lo peor... Porque el pobre de siempre, que ha estado pidiendo y tal, bueno, está acostumbrado. Lo peor es la pobreza de las personas que han tenido un trabajo, que viven bien, y de repente se encuentran que les embargan la casa, que no tienen paro... Hay unos dramas...”

¿Hace falta añadir algo a este monumento al clasismo y la perversión ética? ¿Acaso puedo concebir algún comentario que esté a la altura de las palabras de Carmen? Lo dudo mucho, así que mejor me callo. Sólo añadiré que Carmen, esa pija que parece la caricatura de una pija, es un ser absurdo. Ningún escritor crearía un personaje así, ningún director de cine sensato lo incluiría en una película, porque Carmen es grotesca, irreal, tan exagerada que, como personaje de ficción, nadie se lo creería.

Pero, en fin, la gran ventaja que tiene la realidad sobre la ficción es que no necesita ser verosímil.


Nota: Si quieres ver completa la entrevista de Carmen, pincha AQUÍ.