viernes, junio 18

Fleetway

No sé si también os sucede a vosotros, pero en mi mente están asociadas las distintas etapas de mi niñez y primera juventud a lo que leía en cada momento, sobre todo en lo que respecta a los cómics. Por ejemplo, si decís “Capitán Marvel”, inmediatamente retrocedo a cuando tenía seis o siete años y mis padres me compraban los cuadernillos apaisados que Hispano Americana de Ediciones publicaba sobre ese personaje (no me refiero al superhéroe de la Marvel, sin al de DC creado por Bill Parker y C. C. Beck). Más adelante, entre los ocho y los diez u once años, me aficioné a todo el material de DC que publicaba Editorial Novaro (Superman, Batman, Linterna Verde, Titanes Planetarios, etc.) y, simultáneamente, a los tebeos del KFS que publicaba Editorial Dolar (Flash Gordon, El Hombre Enmascarado, Mandrake, Rip Kirby...). Por cierto, cuando Manuel Fraga era ministro de Información y Turismo prohibió los tebeos de Superman, porque el personaje y su historia ¡se parecían demasiado a Moisés o Jesucristo!

La revista Gran Pulgarcito, de Bruguera, que publicaba básicamente material de la francesa Pilote, se corresponde a mi adolescencia, igual que los cómics y revistas que publicó Buru Lan marcan mi primera juventud. En fin, podría seguir, pero ya os he aburrido bastante; entendéis el asunto, ¿no? Tebeos = etapas de mi vida. Pues bien, más o menos a mitad de mi adolescencia, me aficioné a ciertos cómics británicos que en España publicaba Editorial Vértice. Me refiero a los personajes de la editorial Fleetway; en concreto a Zarpa de Acero, Kelly Ojo Mágico, Mytek el Poderoso y The Spider, con ocasionales apariciones de Dollman y Archie el Robot.

Supongo que esa línea de cómics era algo así como la respuesta británica a los superhéroes norteamericanos, pero sin duda fue una respuesta extravagante. Porque, justo es reconocerlo, los personajes de la Fleetway eran raros de cojones. Por ejemplo, The Spider, creado por el guionista Ted Cowan y el dibujante Reg Bunn (y luego continuado por Jerry Siegel, el cocreador de Superman). No se trata de un superhéroe, sino de un supervillano parecido al Sr. Spock, de un delincuente armado con múltiples gadgets tecnológicos y poseedor de una megalomanía tan extrema que le lleva a acabar con la competencia (los demás delincuentes) para demostrar que es el rey del crimen. Es decir, The Spider es un villano que se comporta como un héroe para demostrar que es el mayor de los villanos. Raro, ¿verdad?

¿Y qué decir de Dollman? Es un tipo bajito y ridículo que combate el crimen fabricando muñecos robots dotados de habilidades especiales. Dollman usa su pericia de ventrílocuo para hacer hablar a sus muñecos en público... pero también mantiene con ellos largas charlas en privado, demostrando que está como una regadera. En cuanto a Mytek el Poderoso, se trata de un robot gigantesco con aspecto de gorila, algo así como una mezcla entre Mazinger Zeta y King Kong. Lo construyó en África un científico (blanco) usando como mano de obra a una tribu (de negros). ¿Suena absurdo? Lo es, pero de chaval me lo pasaba bomba con ese gorilón mecánico.

Kelly Ojo Mágico, creado por Tom Tully y Solano López, no era una serie filo-gay, como su nombre puede dar a entender, sino las aventuras de un tipo bastante bobalicón, llamado Tim Kelly (nótese el parecido entre los nombres del personaje y el guionista), que encuentra el Ojo de Zoltek, un talismán que dota de invulnerabilidad a quien lo lleve. Invulnerabilidad, no superfuerza, ni capacidad de volar o echar rayos por los ojos. Según recuerdo, la serie estaba narrada con mucho humor y excelentemente dibujada por el maestro Solano, el genial coautor de El Eternauta.

Y por fin llegamos a mi personaje favorito: Zarpa de Acero, obra de Tom Tully y el inconmensurable Jesús Blasco. Zarpa de Acero era un oscuro ayudante de laboratorio, llamado Louis Crandell, con una mano artificial, una prótesis biónica de eso, de acero. Un buen día, se produce un accidente en el laboratorio y Crandell descubre que, cuando recibe una descarga eléctrica, se vuelve invisible; todo él menos su mano artificial. Además, puede lanzar descargas eléctricas. Puestas así las cosas, Crandell emprende una lucrativa carrera delictiva, hasta que es reclutado por una sección del servicio secreto llamada El Escuadrón de las Sombras. A partir de ese momento, Crandell, alias Sombra 5, alias Zarpa de Acero, se dedicará a proteger el mundo de invasiones alienígenas, monstruos o científicos locos.
Me encantaba The Steel Claw. Era una mezcla de cómic de superhéroes y novela negra al estilo Trevanian, todo muy oscuro, siniestro y folletinesco. Lo curioso es que el protagonista no resultaba nada simpático; por el contrario, Crandell era un tipo bastante borde, muy poco sexy y con un contumaz ramalazo masoquista, como demostraban sus gritos de placer cuando miles de voltios le recorrían el cuerpo. Pero tenía gancho. De hecho, siempre he considerado de lo más sugerente la imagen de esa mano metálica flotando en el aire como una presencia amenazadora y fantasmal.

¿Eran buenos los cómics de la Fleetway? No lo sé; los leí hace (¡joder!) cuarenta años y me gustaban mucho, pero entonces era joven e inexperto. Sé positivamente que eran raros, diferentes y extravagantes, y que algunos de ellos estaban extraordinariamente dibujados, pero apenas recuerdo las historias; sólo las sensaciones que me provocaban. Hace tres o cuatro años, Norma publicó Albion, un álbum “producido” por Alan Moore con protagonismo de todos los personaje de la Fleetway. La historia parte de que esos “héroes”, ya envejecidos, han sido encerrados por el gobierno británico en una prisión de alta seguridad. Luego ya no recuerdo muy bien qué pasa, porque Albion es un cómic francamente decepcionante. Antes dije que estaba “producido” por Alan Moore, porque él sólo se ocupó de la trama, mientras que el guión lo escribieron su hija, Leah Moore, y el marido de ésta, John Reppion.

Dicen que el talento se salta una generación, así que los hijos de Leah serán, sin duda, tan geniales como su abuelito; pero en cuanto a ella... digamos que no supo captar el espíritu ni sacarle partido a los excéntricos personajes de la Fleetway. Con todo, Albion contiene un detalle genial, sin duda obra del papá de Leah: en el cómic, todos los primeros ministros ingleses a partir de Margaret Thatcher llevan siempre encima el Ojo de Zoltek que el gobierno le quitó al pobre Tim Kelly.

¿Y por qué estoy hablando de todo esto? Veréis, cuando cumplo años suelo ir a alguna tienda de cómics y me compro algo digamos que inusual. Por ejemplo, hace unos años fui a Metrópolis el día de mi cumpleaños y compré un montón de tebeos antiguos (aunque en perfecto estado) del Capitán Marvel. Me costaron una pasta, pero no veáis cómo disfruté revolcándome en la añoranza. Pues bien, el pasado día diez del presente mes (mi cumple) pasé por Arte 9 y de repente me encontré con que Planeta DeAgostini está reeditando a los viejos héroes de la Fleetway. De momento ha comenzado con el tomo 1 de las aventuras de Tim Kelly, ahora denominadas El Ojo Mágico de Kelly, y el mes que viene lanzará el primer número de Zarpa de Acero.

Por supuesto, me compré encantado de la vida el álbum de Kelly. Aún no lo he leído (releído más bien), pero lo tengo a mi lado, en la pila de libros y tebeos que se alza en mi dormitorio ocultando la mesilla de noche, y de vez en cuando lo abro para contemplar los magníficos dibujos de Solano, y disfruto como una marmota al sol cociéndome a fuego lento en el baño María de la nostalgia.

Y es que, con los tiempos que corren, volver la vista atrás, cuando todo era más sencillo, resulta reconfortante.

miércoles, junio 9

Todos los segundos hieren; el último mata.





¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, tralarala la lara, tralarala lará!




martes, junio 8

Póker

Hasta finales de los 70 el juego estuvo prohibido en España. No había casinos, ni siquiera bingos, y si querías jugarte la pasta no tenías más opciones que las quinielas, la lotería, los ciegos, el frontón o las carreras de caballos y perros. Lo cual, por supuesto, no quiere decir que no se jugase; había garitos clandestinos (uno de ellos en el selecto y pijísimo club de tiro de pichón, por ejemplo). Eso en lo que a ruleta y Black Jack se refiere, pero luego estaba el oscuro mundo del póker. La verdad es que, al menos en Madrid, había partidas de póker por todas partes. Normal; para jugar a la ruleta hace falta, es evidente, una ruleta, pero para jugar al póker sólo se precisa una baraja.

Cuando yo era joven y alocado, cuando mi territorio era la noche, conocí a una mujer de unos 45 años. No recuerdo cómo se llamaba, pero sí que era viuda y que se ganaba la vida organizando partidas de póker en su casa. Ella ponía el “local”, las copas y la comida, y a cambio se llevaba un porcentaje. Existían decenas de timbas como esa en la ciudad. Y no sólo en casas particulares; en las trastiendas de muchos bares y cafés se celebraban partidas clandestinas, como en la desaparecida cafetería La Concha o en el Café Comercial. En el mundo universitario eran famosas las timbas que se celebraban en el bar de la Facultad de Derecho, pero quizá la timba más curiosa que he conocido se celebraba en Exa.

Exa es un estudio de doblaje. Hace años, y supongo que ahora sigue igual, no cerraba nunca; dado el volumen de trabajo, estaba abierto 24 horas al día. No sé si sabéis cómo se doblan las películas. Se hace por partes, cortando la película en fragmentos (llamados “takes”) y doblándolos uno por uno. De modo que es posible que un locutor doble varios takes a las doce de la noche y que no tenga que volver a intervenir hasta unas horas más tarde. ¿Qué hacer con el tiempo muerto? Jugar al póker, por ejemplo. Así pues, en el bar de Exa había una partida de póker permanente formada por locutores y técnicos de sonido. Cuando alguno tenía que trabajar, se levantaba y otro ocupaba su puesto. En conclusión: la timba de Exa llevaba durando ininterrumpidamente meses, quizá años; variaban los jugadores, pero la partida permanecía. No sé qué os parece a vosotros, pero eso me suena a mí de lo más borgiano: una partida de póker infinita donde, a la larga, se repetirán todas las jugadas, aunque con jugadores distintos. Algo así como una biblioteca de Babel canalla.

¿Y cuál es mi relación con el póker? Lo adoro, pero sólo juego entre amigos y por poca pasta. Soy un jugador impulsivo, de corazonadas, lo cual es la mejor estrategia que existe para perder; así que ni se me pasa por la cabeza jugar al póker en casinos o en partidas hard. Además, escarmenté en cabeza ajena. Veréis, hace muchos años, en mi alocada juventud, compartí piso durante un tiempo con Mariano, un estudiante de derecho algo mayor que yo. Mariano se aficionó al póker en la facultad y se dejó arrastrar por él. Al principio se limitó a jugar en el “circuito de aficionados”, por llamarlo así, pero le fue bien y, sin darse cuenta, dio el salto al campo profesional. A los pocos meses, tuvo que pedir un crédito para poder pagar las deudas y, afortunadamente, dejó de jugar. Eso me enseñó que el póker está muy bien como pasatiempo, pero no como obsesión.

En cualquier caso, había algo embriagador y sugerente en el universo del póker, y no me refiero sólo al juego, sino también al ambiente que lo rodeaba. El tapete de fieltro verde con una única luz concentrada en él, el tintineo de las fichas, el susurro de los naipes, el humo del tabaco, la noche, las copas en vaso largo... Prueba de su capacidad de fascinación es que el póker era el único juego de cartas abiertamente cinematográfico, como demuestran películas tan estimulantes como El golpe, The Cincinnati Kid, El destino también juega o House of Games.

Si os fijáis, hablo en pasado. El otro día fui a casa de alguien a quien no conocía; había quedado allí con un amigo que tardó en aparecer, de modo que estuve charlando un rato con mi desconocido anfitrión. El hombre, un tipo amable y simpático, no dejaba de prestar atención a un ordenador portátil: estaba jugando un partida de póker on line. En realidad, era un campeonato y no podía dejar de jugar (me confesó que llevaba seis o siete horas jugando). Mi hijo Óscar también juega en la Red de vez en cuando. Y yo también lo he hecho. De repente, el póker se ha puesto de moda e incluso lo retransmiten por televisión. Bueno, de repente no: lo están poniendo de moda las empresas propietarias de páginas de juego mediante una intensa actividad de relaciones públicas. El caso es que ahora todo dios juega al póker desde su casa.

Sin duda se debe a que me estoy haciendo viejo, pero eso no es póker para mí. El juego no debe ser, en mi opinión, sólo una mecánica, sino también un ambiente, un entorno, un conjunto de sensaciones. Adoro los casinos europeos, sobre todo los más decadentes; son lugares literarios, porque están llenos de historias y de personajes. Por contra, detesto Las Vegas; es una especie de Disneylandia del juego, un supermercado del azar. Montecarlo es madera; el Caesars Palace es plástico.

Pues lo mismo me pasa con el póker on line: jugar en el ordenata es convertir un ritual en un videojuego, arrebatarle el alma a algo que va mucho más allá del azar. ¿Dónde quedan los intercambios de miradas, el trasiego de las fichas, el humo del tabaco, las bromas y la charla intranscendente? ¿Y dónde queda el viejo póker de cinco naipes cerrados con descarte ahora que todo es Texas Holden? ¿Y la mitología del jugador; queda algo de ella en un momento en que juegan al póker desde los niños hasta las amas de casa? En la promoción de las retransmisiones televisivas de campeonatos de póker, le llaman a este juego “deporte”. ¿El póker un deporte? ¿Los tipos panzudos que he visto jugar mientras fumaban como carreteros y bebían como templarios eran deportistas? Amos no me jodas... El póker es una actividad dudosa, joder, una ciencia oscura, un pasatiempo no siempre inofensivo, pero jamás una tabla de gimnasia sueca.

En fin, me consuelo pensado que, sin duda, la noche sigue albergando timbas de la vieja escuela; que, más allá de ese parque de atracciones digital que es la Red, alguien mantiene encendida la llama de la clandestinidad analógica.

Pregunta: Fijaos en la mano de póker que aparece en la fotografía. El primero que me diga cómo se llama y por qué, se llevará un premio simbólico.

NOTA: El 2 de agosto de 1876, en el saloon Nuttal & Mann's de Deadwood, mientras Wild Bill Hickock jugaba una partida de póker, Jack McCall le asesinó disparándole por la espalda. En ese momento, Hickock tenía unas dobles parejas de ases ochos. Desde entonces, a esa mano se la conoce como "mano del muerto" o "mano del hombre muerto". Los ganadores del concurso han sido los ilustres merodeadores Merak y Alberto. Para ellos el premio simbólico consistente en una copa de oro imaginaria.

viernes, mayo 28

Perdidos en Perdidos

Ya está, hace una semana llegó el final de LA SERIE, y con él una catarata de decepciones. Tranquilos, no voy a desvelar en qué consiste dicho final, entre otras cosas porque no hay nada que desvelar. Digamos que se trata de un the end abierto que no explica casi ninguno de los misterios de la isla.

¿Convierte esto a Perdidos en una mala serie? ¿Le da la razón a quienes, barruntando que algo semejante iba a ocurrir, dejaron de verla? ¿Nos han timado? Pues hombre, todo depende del punto de vista. Desde luego, lo ideal hubiera sido que el final cerrara todos los cabos sueltos y explicara hasta lo de los puñeteros osos polares, pero yo no albergaba la menor esperanza, pues hace tiempo que me di cuenta de que era imposible justificar de forma coherente todo lo que sucedía en la isla. Aún así, seguí viéndola. ¿Por qué?

Comencemos por el principio. Perdidos nunca ha sido un producto novedoso ni revolucionario. En realidad, se trata de narrativa clásica basada en un arquetipo clásico. ¿O es que os creéis que esta serie hubiera existido de no ser por el viejo Verne y su La isla misteriosa? Vale, arquetipos clásicos: isla perdida + robinsones. Narrativa clásica: un grupo de personas variopintas -a quienes iremos conociendo conforme avance la narración- metidas por accidente en una situación límite. Digamos que Perdidos es, en principio, una mezcla de La isla misteriosa, El señor de las moscas y Aeropuerto. Y un poquito de King Kong, por qué no. Nada nuevo. Entonces, ¿qué la ha convertido en un acontecimiento social?

En primer lugar, es un relato de aventuras en estado puro; un género éste que, en su forma clásica, lleva mucho tiempo casi ausente de las pantallas (grandes o pequeñas) y de la literatura. Pero a todo el mundo le gusta la aventura clásica, como demuestra la saga de Indiana Jones o la trilogía inicial de Star Wars. Lo único que ha hecho el bueno de J.J. Abrams es modernizar y actualizar unos arquetipos aventureros clásicos que siempre funcionan cuando se usan con habilidad.

En segundo lugar, Perdidos está narrada con lenguaje cinematográfico. No es la primera serie que lo ha hecho, por supuesto, hay muchas (Deadwood, Roma, Carnivale...); no obstante, creo que sí es la primera que ha aplicado la gramática del cine a la aventura. ¿Importa eso? Pues en este caso sí, porque el género aventurero exige de algún modo la amplitud panorámica y espectacular del cine, mientras que ese supuesto lenguaje televisivo basado en el plano corto y la cámara estática va en detrimento del género. Por otro lado, el dinero invertido en la producción se nota y se agradece.

Ahora permitidme un inciso. ¿Qué otra serie de TV ha tenido tanto impacto social como Perdidos? Que yo recuerde, sólo Twin Peaks, la célebre producción de Lynch y Frost de principios de los 90. Es posible que algunos no lo recordéis, pero llegaron a venderse camisetas con el lema “Yo maté a Laura Palmer” y el episodio donde por fin se descubría al asesino creo una expectación similar al final de Perdidos. En fin, no fue un acontecimiento tan grande como el actual, pero es que entonces no existía el fenómeno Internet. ¿Qué tienen en común Twin Peaks y Perdidos? Pues el tratamiento cinematográfico, una galería de personajes atractivos e interesantes, y el misterio.

La tercera razón del éxito de Perdidos es, evidentemente, el misterio. Pero no sólo el misterio global que constituye el eje de la serie (¿qué es la isla?), sino una constante sucesión de enigmas que, al final, han demostrado ser tramposos.

En cuarto y último lugar, la galería de personajes. Perdidos es, fundamentalmente, una serie de personajes; de buenos personajes con buenas historias. ¿Estereotipos?, en muchos casos sí, pero muy hábilmente empleados. Tenemos dos modelos de tío bueno: el tío bueno bueno, Jack, y el tío bueno malo, Sawyer (todas os quedáis con Sawyer, ¿eh, merodeadoras?); tenemos el aventurero con un toque místico, Locke; tenemos el gordito simpático, Hurley; tenemos el hombre de acción de turbio-pasado-pero-en-el-fondo-buen-corazón, Sayid; tenemos la tía buena al estilo Howard Hawks con un toque melancólico, Kate (por cierto, ¿soy el único que se ha enamorado de Evangeline Lilly?); tenemos el tío raro y simpático, Desmond... y la pareja de ancianos encantadores, Rose y Bernard, los exóticos, Sun y Jim-Soo, el malvado odioso, Ben, el bala perdida frágil y entrañable, Charlie, la rubia tonta, Shannon... Vamos que hay de todo. Pero no es sólo la variedad; lo cierto es que son personajes bien dibujados, atractivos y con historias interesantes. Y lo que es muy importante: sostenidos por un casting impecable.

Podría seguir intentando desentrañar las razones para el éxito de Perdidos, pero no vale la pena; aún así, me dejaré una, la última, para más adelante. La cuestión es: ¿me ha decepcionado el final de Perdidos? Sí, por supuesto; no sólo porque no explica nada, sino porque tiene un toque místico-religioso que a mí, personalmente, me toca los eggs. Y es que, uno de los problemas, quizá el principal, que planteaba Perdidos, consiste en que, aparte del marco aventurero, su temática siempre ha oscilado entre la ciencia ficción y la fantasía pura; dos géneros que, pese a pertenecer a la misma familia literaria, son por lo general antitéticos. Dar respuestas fantásticas a planteamientos de ciencia ficción no sólo es un recurso tramposo, sino además equivocado, pues la verosimilitud (el pacto de suspensión de la incredulidad que has alcanzado con el lector/espectador) se va a la mierda. Eso, aparte de no dar la menor respuesta, es lo que le ha sucedido al final de Perdidos.

No obstante, me pregunto cuántas buenas series de TV han concluido con un final de altura y, la verdad, no recuerdo ninguna. Remontándome al pasado, hubo una serie a mediados de los 60 que fue, y sigue siendo, de culto (aunque minoritario, eso sí). Me refiero a El prisionero, producida y promovida por Patrick MacGoohan. En esta serie y durante 17 capítulos, se planteaban dos misterios: quién era el Número 1, el líder de La Villa, el surrealista balneario/cárcel donde está encerrado un ex agente secreto sin nombre, el Número 6, y por qué éste dimitió del servicio secreto. Pues bien, el capítulo final no sólo no respondió a ninguno de estos dos enigmas, sino que además consistió en una especie de desmadre pop que venía a decir: “¿y qué coño importa?”.

El desenlace de Twin Peaks también defraudó a sus seguidores, y el fundido a negro de Los Soprano nos dejó a muchos con una ceja levantada. Prison Break... bueno, tras la modélica primera temporada se fue a hacer puñetas en la segunda. Y es que en general, el gran problema de muchas series de TV (sobre todo las que cuentan con una trama general) es que, si no tienen éxito, la serie se suspende abruptamente sin cerrar la trama (por ejemplo, Carnivale), y si tienen éxito, la serie se estira y se estira, complicándose sin sentido. Y el ejemplo perfecto es Perdidos, que se expandió con una huída hacia delante no demasiado reflexiva.

Entonces, ¿considero Perdidos una serie fallida y desechable? Pues mirad, fallida sí, por supuesto, porque uno se queda un poco con la sensación de que le han tomado el pelo. Pero desechable... ni mucho menos, para nada. Me alegro de haberla visto.

Porque aún queda por comentar lo que yo considero la última razón del éxito de Perdidos: su tono onírico, su capacidad de evocación y sugerencia. Esta serie comparte con Twin Peaks un aspecto más: ambas se desarrollan en una realidad irreal, en un mundo semejante el de los sueños. Y por tanto en un mundo que no tiene por qué ser coherente. Hay demasiadas ideas sugestivas y fascinantes en Perdidos, demasiados buenos momentos teñidos de misterio, como para tirar la serie a la cesta de las inutilidades. Esa señal de radio repitiendo una y otra vez un mensaje en francés, esas escotillas que conducen al subsuelo de la selva, esa Iniciativa Dharma tan setentera, esos bramidos que hielan la sangre mientras contemplamos a lo lejos cómo los árboles se agitan bruscamente delatando la presencia de algo monstruoso (puro King Kong y su Isla de la Calavera), esa valla de postes retro-futuristas destinada a impedir el paso de un ser terrible, ese coloso de piedra del que sólo queda un pie inhumano...

Personalmente, prefiero conservar en la memoria todos los buenos momentos que me ha proporcionado Perdidos a lo largo de sus seis temporadas, todas las ideas sugerentes, todos los personajes atractivos, y olvidarme de ese final tan tramposo y ecuménico (fijaos en la vidriera de la iglesia). De hecho, ya lo he olvidado.



Nota: La chica de abajo, aunque no lo parezca, es Evangeline Lilly.



lunes, mayo 24

Un vistazo al infierno

Mis disculpas, merodeadores, por haber descuidado Babel durante demasiado tiempo. Tenía comprometida la fecha de entrega de una nueva novela y las últimas semanas me he dado una panzada de escribir. Supongo que más de una vez me habéis oído/leído mencionar que odio escribir... Y lo odio, es trabajoso y yo soy un vago vocacional. Aunque también sabréis que añado: ...pero adoro haber escrito. Así que aquí me tenéis ahora, encantado con esas casi doscientas páginas que se amontonan en un archivo de mi procesador de textos. En estos momentos me parecen una mierda, bazofia inmunda, caca de la vaca, un texto espantoso que no merece, no ya ser publicado y leído, sino simplemente existir. Pero eso me sucede siempre que acabo un relato; y a lo mejor tengo razón, pero no importa. He escrito, el texto está ahí, dentro de una o dos semanas lo corregiré y, quién sabe, puede que entonces no me parezca tan malo.

Se trata de una novela llamada provisionalmente “El asunto Miyazaki” y será editada y lanzada en formato digital. También se trata de la primera novela de ciencia ficción que escribo en mucho tiempo, aunque, eso sí, ambientada en la actualidad. Ya os iré contando.

Bueno, ¿y ahora de qué hablamos? De televisión, por ejemplo. Hace una semana vi el décimo y último capítulo de The Pacific, la producción de Spielberg y Tom Hanks para la HBO, que trata sobre la guerra del Pacífico, EE UU Vs. Japón. Pues bien, reconozco que esa serie me ha sorprendido y mucho. Había visto Hermanos de sangre, la anterior serie de Spìelberg-Hanks centrada en la Segunda Guerra Mundial en Europa, y me pareció un producto excelentemente producido y realizado, pero quizá demasiado convencional. Nada de lo que contaba me resultaba nuevo. Pues bien, la sorpresa consiste en que The Pacific también es, como su serie hermana, un producto impecable, pero muchísimo menos convencional.

La diferencia estriba en que Hermanos de sangre narraba una gesta, mientras que The Pacific describe un viaje al infierno. Y es curioso, porque la guerra del Pacífico fue protagonizada en exclusiva por los norteamericanos (y los japoneses, claro), y además como respuesta a un ataque traicionero (la única agresión bélica que han sufrido los yanquis en su territorio, si descontamos el 11-S). Es decir, el asunto invitaba a la soflama heroica y patriotera. Pero no, qué cosas.

The Pacific no es una serie de “hazañas bélicas”; lo cual no quiere decir que no haya escenas de acción y batalla, por supuesto (la mayor parte de ellas deudoras de los treinta magistrales primeros minutos de Salvar al soldado Ryan). Pero no van por ahí los tiros, y nunca mejor dicho. De hecho, en varios capítulos prácticamente no hay acción bélica. Porque The Pacific no se centra en los aspectos aventureros y espectaculares de la guerra, sino en lo que la guerra le hace a los hombres y mujeres que están involucrados en ella. O destrozarlos, o endurecerlos. O las dos cosas a la vez.

Apenas hay margen para el heroísmo en The Pacific. Los japoneses casi nunca se presentan más que como siluetas o sombras apenas entrevistas en el fragor de la batalla, y cuando la cámara muestra sus rostros, siempre aparecen como víctimas de la violencia, en ocasiones desmedidamente cruel, desatada por sus enemigos, los supuestos héroes de la función, los americanos. En la serie, los japoneses son una especie de enemigo abstracto, ni particularmente odioso, ni particularmente inhumano; el reflejo, en realidad, de las tropas yanquis, pues unos y otros, aparte de luchar en distintos bandos, son lo mismo: soldados llenos de temor que matan, no por ideales, sino por intentar sobrevivir.

A decir verdad, en The Pacific el verdadero horror no es lo que aparece en las escenas bélicas, con la muerte, las mutilaciones y la sangre salpicando el objetivo de la cámara. Todo eso ya lo hemos visto antes. No, lo verdaderamente espantoso se produce antes y después de las batallas. Esas tropas yanquis abandonadas a su suerte por el alto mando en una isla sin agua, ese soldado norteamericano arrancando con su bayoneta las muelas de oro de los cadáveres japoneses, esa isla donde no se puede cavar ni una trinchera, pues en cuanto se dan tres paletadas aparece un cadáver putrefacto, esa mujer que rechaza el amor de un soldado porque está convencida de que él va a morir y no quiere llorarle...

El último (y magistral) capítulo de The Pacific ejemplariza a la perfección el tono de la serie. En él se relata el regreso de los soldados a sus hogares; pero no el de aquellos combatientes que volvieron a casa nada más acabar la guerra, sino el de los efectivos que permanecieron en los territorios ocupados y que no pudieron regresar a su país hasta un año después, cuando ya no había muchedumbres aclamándoles ni desfiles en su honor, cuando la gente, el pueblo, ya se había hartado de héroes y lo único que quería es olvidar la guerra.

Este episodio final narra, entre otras cosas, el modo en que retoman sus vidas dos de los protagonistas de la serie: los infantes de marina Eugene Sledge y Robert Leckie, interpretados respectivamente por Joseph Mazzello y James Badge Dale. El primero, un joven idealista de buena familia, regresa a su hogar roto por dentro, incapaz de asumir las terribles experiencias que ha vivido. La sobria y emotiva escena en que se desmorona y rompe a llorar durante una cacería junto a su padre, muestra con brillantez y sensibilidad el grado de desolación en que se encuentra el personaje.

Por el contrario, Robert Leckie es el polo opuesto. Antes de ser movilizado era un periodista ateo, cínico y escéptico, y la guerra no ha hecho más que confirmar –y fortalecer- la opinión que ya tenía sobre el mundo. Era duro, pero se ha endurecido aún más; por eso, cuando regresa a casa no tarda en recuperar su empleo y conseguir a la mujer que quiere. No porque sea un triunfador, sino porque es un superviviente. En una de las últimas secuencias, este personaje dice algo que en cierto modo sintetiza el espíritu de la serie. Se encuentra en su casa, cenando en compañía de un grupo de familiares y amigos; estos comentan la reciente aparición de la televisión, toda una novedad en aquel momento. Al poco, uno de ellos le pregunta a Leckie por qué luchó en la guerra, y éste, con una sonrisa irónica, responde: “¿Por qué luché? Por la televisión”.

Creo que esa frase es uno de los más amargos, sarcásticos y sutiles alegatos antibélicos que he oído nunca.

lunes, mayo 3

Valen la pena

La tutora/bibliotecaria del blog La amena biblioteca de Redfield Hall -y amable merodeadora de Babel- ha tenido la gentileza de de otorgarle a La Fraternidad de Babel el premio Vale la Pena. ¡Muchas gracias amiga mía! Aceptar el premio supone galardonar a otros diez blogs y lo haré acto seguido. Pero como la naturaleza del premio implica que los premiados se incrementen en función de una mareante progresión geométrica, me abstendré de comunicarle a mis elegidos que... eso, que les he premiado. Si se pasan por Babel y se enteran, genial; y si no, les ahorro tener que extender el premio. Porque, si os paráis a pensarlo, un premiado genera otros diez premiados, que a su vez generan cien, y luego mil, y así, en tan solo seis pasos, llegamos a un millón de blogs que “valen la pena”. ¿Hay un millón de blogs valiosos? ¿Babel lo es? Y si lo es, ¿para qué demonios vale? Que cada cual conteste en su fuero interior tan complejas preguntas, porque yo me voy a limitar a premiar diez blogs. Estos son por riguroso orden alfabético:

Atravieso el espejo. El blog de mi antigua compañera de universidad Alicia Liddell. No lo renueva con mucha frecuencia, pero sus artículos son lúcidos y brillantes.

Calla y lee. Un lugar dedicado al manga y el anime, aunque también al cine, la TV, los juegos y la literatura. Mi hijo Pablo colabora en él.

Círculo escéptico. El blog de El Círculo Escéptico, una asociación dedicada a fomentar el pensamiento crítico y racional y a combatir la superchería.

Crisei. El blog del escritor Rafael Marín. Literatura, cine, TV y (enciclopédicamente) cómics, entre otras cosas.

Editar en voz alta. El blog de la editora y buena amiga Elsa Aguiar; extremadamente útil para todo aquel que quiera conocer el mundo editorial.

El testigo ocular. El blog del escritor Luis Manuel Ruiz. Sus artículos suelen ser deslumbrantes. Su “Diccionario de arena”, sencillamente genial.

Escrito en el agua. El blog del escritor Rodolfo Martínez. Últimamente apenas renueva, pero cuando lo hace suele valer la pena.

La nueva cultura. El blog de Julián Díez. Lleva tiempo sin publicar nada nuevo, pero tratándose de un aguerrido polemista como él, confiemos en su pronto regreso.

Miguel de Unamuno. El blog personal del pintor y diseñador así llamado. Tataranieto del escritor y extraordinario artista. No hay textos, pero sí abundantes muestras de su obra.

Planells fact&fiction. El blog del escritor Juan Carlos Planells. Relatos, literatura, cine, música y memoria.

Prospectiva. Una de las mejores revistas electrónicas en castellano dedicadas al fantástico. Imprescindible.

jueves, abril 22

Premio Hache 2010

Acabo (literalmente) de volver de Molina de Segura, donde he participado en la IV Edición del ciclo Escritores en su tinta, y estoy hecho polvo -eso de los aeropuertos cansa-, pero me apetece compartir una noticia con vosotros. Estando allí me dijeron que ya se había hecho público algo que me anunciaron la semana pasada, pero que me pidieron que mantuviera en secreto: mi novela La caligrafía secreta ha ganado la segunda edición del Premio Hache que convoca el Ayuntamiento de Cartagena.

Y, la verdad, me hace mucha ilusión, porque estos premios (el Madarache para literatura general y el Hache para literatura juvenil) tienen una peculiaridad: son votados por los lectores. La cosa es así: los organizadores del premio eligen tres novelas finalistas y esas novelas se distribuyen entre una serie de lectores que previamente se han inscrito para tal fin. En esta ocasión votaron 1.254 jurados. Las otras dos finalistas eran Por el camino de Ulectra, de Martín Casariego, y La paloma y el degollado, de Fina Casaderrey.

La caligrafía secreta es mi última novela juvenil publicada y también una de las más especiales para mí. Por lo general, cuando acabo de escribir una novela el resultado final es inferior a lo que yo pretendía en un principio. En el caso de La caligrafía secreta ocurrió al contrario: lo que obtuve se me antojó mejor de lo que esperaba. Por otro lado, siempre digo que yo no escribo novelas para jóvenes, sino novelas que también les gustan a los jóvenes. No hago diferencias entre literatura general y literatura juvenil, lo juro (aunque algunos se empeñan en no creerme, qué le vamos a hacer). Pues bien, respecto a La caligrafía secreta este criterio es más radical que nunca. La novela está narrada por Diego Atienza en su vejez y cuenta lo que ocurrió durante el verano de 1789, cuando él era un joven aprendiz de calígrafo y viajó a París junto con su maestro, don Lázaro Aguirre de Salazar y Mendoza, con la sobrina de éste, Mariana, y con su cochero y guardaespaldas Tértulo Urriza, para ayudar a un antiguo alumno de don Lázaro que había sido contratado para copiar un misterioso libro llamado el Códice Bensalem. Se trata de una novela de misterio con un elemento fantástico en el centro de su argumento. Y el tratamiento es, porque pretendía serlo, absolutamente adulto.

En concreto, uno de los personajes que he citado, Tértulo Urriza, resulta particularmente “conflictivo”. Se trata de un hombre capaz de desarrollar una gran violencia, de un mentiroso crónico y de alguien muy, pero que muy procaz. Muchas de las historias que cuenta son sencillamente espantosas; las cuenta con humor y desfachatez y puede que no sean reales (o quizá sí), pero no dejan de ser genuinas barbaridades. Una profesora de literatura me dijo que esas historias eran demasiado fuertes y hacían que muchos profesores se cortaran a la hora de recomendar la novela. Me sugirió que las “suavizase”, pero yo, agradeciéndole el consejo, e incluso aceptando que tenía razón, no le hice ni caso. Tértulo es como es y ese pedazo de animal me cae demasiado bien como para arrebatarle una de las cosas que más le gusta hacer: escandalizar. Así que, aunque me robe miles de lectores, Tértulo se queda como está. Además, el premio Hache ha demostrado que, por muy bestia que sea, también le cae bien a los jóvenes.

Por lo demás, la novela cuenta con uno de los mejores finales que he escrito. Y, además, con uno de los escasos finales que justifican plenamente el hecho de que el narrador se haya tomado la molestia de escribir un texto tan largo. En fin, supongo que parece que me estoy dando autobombo con toda desfachatez, pero no es así (o no del todo, al menos). No comparo La caligrafía secreta con las novelas de otros autores, sino con mis propias novelas, y cuando digo que es un relato mejor de lo que esperaba, lo digo en el contexto de mi propia obra. Además, si los libros son como hijos, permitidme pavonearme un poco de que a un hijo mío le hayan dado un premio.

El próximo catorce de mayo viajaré a Cartagena para recoger el galardón en una gala ad hoc y así tendré la oportunidad de hacer en público lo que ahora hago en Babel; es decir, darles las gracias a los organizadores del premio y a los numerosos jurados. Sois muy majos.

Y a los demás, disculpas por permitir que mi estúpido ego asome las narices por aquí.

(Ya, ya, siempre lo hace, lo sé)

miércoles, abril 14

Padre X

A finales de los sesenta y principios de los setenta, durante cuatro años, fui alumno de un colegio de “curas”, los Maristas de Chamberí. He puesto “curas” entre comillas porque no son exactamente sacerdotes; se les llama “hermanos” en vez de “padres”, pues, por lo visto, no han hecho todos los votos (o algo así, no conozco muy bien el asunto), de modo que no pueden confesar, ni decir misa, ni muchas de esas cosas tan útiles que hacen los sacerdotes. Son medio curas, por así expresarlo; curas sin licencia para sacramentar.

No puedo decir que guarde muy buen recuerdo de ese colegio. En fin, sí, yo era un adolescente en plena expansión vital y claro que me lo pasé bien muchas veces. Pero no por estar en ese colegio, sino pese a estar en él. Por aquel entonces ya no era creyente y no tardé mucho en convertirme, tras leer a Russell, en un ferviente agnóstico. Aunque, claro, eso, entonces y en un colegio de “curas”, no se iba aireando alegremente. El caso es que, como no creyente, me tocaba mucho las pelotas tener que participar en actos religiosos. Misa los viernes a primera hora, rezar cada tarde un misterio del rosario durante la cuaresma, proyección de películas religiosas, charlas edificantes, rezos y cánticos a mogollón durante el mes de las flores... Con frecuencia cantábamos el himno de los Maristas, dedicado a su fundador, el entonces beato, y ahora por lo visto santo, Marcelino de Champagnat. Así dice la letra:

Pueblen los aires triunfales voces,
den los pensiles tributo en flor.
Brisas inquietas llevad veloces
lauros y aromas al Fundador.
Te ofrendamos Padre filial cariño
cual fragante incienso de gratitud.
A tu solio llegan vítores de niños
llega el coro excelso de la juventud.
Padre en cuyo pecho la bondad fulgura
Padre que la senda nos mostró del bien,
fuente es tu enseñanza de simpar ventura
de la obra Marista tú eres el sostén.
Inflamado apóstol de alma noble y pura
sueña mi hondo anhelo coronar tu sien.

Reconozco que durante años ese himno fue para mí un enigma: no entendía un carajo de lo que decía. ¿Qué coño son los “pensiles”? ¿Y un “lauro”? ¿Y qué es eso de que a su “solio” llegan vítores de niños? (suena a marranada) Pero no os perdáis de vista esta frase: “fuente es tu enseñanza de simpar ventura”. Joder, la leo una y otra vez y no acabo de encontrarle sentido. Ahora bien, el himno para mí alcanzaba su punto culminante cuando llegábamos a “de la obra Marista tú eres el sostén”. En ese punto no podía evitar partirme de risa, pues me imaginaba al bueno de Marcelino sujetándole las tetas a una señora muy gorda.

En ese puñetero colegio protagonicé una de las situaciones más ridículas de mi vida. Yo tenía quince o dieciséis años y estaba en clase tan ricamente. Entonces aparece un hermano y pregunta quiénes no habían hecho la confirmación. En un acto de profunda estupidez, levanté la mano junto con la mitad de los alumnos. “Pues hala”, dijo el hermano, arreándonos como si fuéramos ganado; “a confirmaos”. No recuerdo exactamente cómo era la ceremonia de la confirmación. Supongo que habría una misa, pues por aquel entonces en cuanto te descuidabas se marcaban una misa de casi una hora de duración; lo único que sé seguro es que había que confesarse y luego te ponían ceniza en la frente.

Debía de hacer cuatro o cinco años que no me confesaba, así que el asunto me cogió de sorpresa. La retahíla de pecados que usualmente empleaba de niño para confesarme –he insultado a mi hermano, he desobedecido a mis padres, he dicho palabrotas...- no sonaban demasiado convincentes en boca de un adolescente con pelos en los sobacos, así que tenía que buscar otros nuevos. Sabía, por experiencia, que a los curas les encantan los pecados relacionados con el sexto mandamiento, pero por aquel entonces mi única actividad sexual consistía en cascármela obsesivamente, algo que ni bajo amenaza de muerte le confesaría a nadie, por muy ungido de gracia divina que estuviese. De modo que decidí acusarme de tener pensamientos impuros, así en general, pensando que con eso bastaría.

El caso es que, como ya he dicho, los maristas no podían confesar, así que se trajeron a tres curas no sé de dónde (quizá había algún servicio tipo “cura-express” o “el párroco veloz”, vete tú a saber) y nos sentamos en los bancos de la capilla a la espera de que llegara el turno de lavar nuestros pecados. Yo fui de los primeros. Me arrodillé en el confesionario y descubrí que me había tocado un cura viejísimo, un auténtico carcamal. Pero eso no era lo malo: lo dramático era que estaba sordo como una tapia.

Así pues, comencé a contarle en voz progresivamente alta que llevaba mucho tiempo sin confesarme, que había tomado el nombre de Dios en vano, que le había faltado al respeto a mis profesores, que tenía pensamientos impuros... Y ahí la cagué, porque el muy cabrón no se conformaba con una exposición general del asunto: quería detalles y los quería a gritos. Lo malo es que mis pensamientos impuros eran de lo más simple: consistían básicamente en coger una revista guarra y practicar con entusiasmo el vicio solitario; pero ya hemos quedado en que no pensaba confesar que “me tocaba”, así que para explicar en que consistían esos “pensamientos impuros” tuve que inventarme una historia que, por improvisada, debió de sonar de lo más retorcida. Inventármela sobre la marcha y contarla, no lo olvidemos, profiriendo auténticos alaridos. Debió de ser la confesión más pública de la historia.

En fin, no guardo buen recuerdo de ninguno de los hermanos maristas que conocí; todos me parecieron unos impresentables, cada uno a su estilo. Para ser justos, reconozco que en ese colegio, en sexto de bachillerato, recibí clase del mejor profesor que he tenido jamás: don Francisco, que era seglar y creo que tan agnóstico como yo. Él me enseñó a amar a la matemáticas, aunque luego las matemáticas no correspondieran a mi amor. Pero a los “curas” no podía ni verlos.

De hecho, todos sabíamos que había algunos “hermanos” muy sobones. Yo lo sabía de oídas, porque al poco de matricularme en los Maristas sobrepasé el metro ochenta de estatura y en los últimos cursos ya alcanzaba mi actual metro noventa y dos. Es decir, era demasiado alto y grande para despertar pasiones pederastas, así que nadie me metió mano. No obstante, los alumnos menos desarrollados y más sonrosaditos solían ser víctimas de apenas disimulados cacheos libidinosos. Pero, por lo que sé, todo se quedaba en eso: toqueteos.

Hasta que un día -yo estaba en quinto de bachillerato, si mal no recuerdo- hubo un alboroto en el colegio. Gritos, idas y venidas, nerviosismo entre las filas maristas. Nadie nos aclaró nada, por supuesto, pero pronto se corrió la voz: el padre de un alumno había llegado hecho una furia porque el cura se había propasado con su hijo. Nótese que digo cura sin comillas y en singular, porque en el colegio, como los “hermanos” no podían decir misa, había un sacerdote permanente, llamémosle Padre X, un cura de treinta y tantos años de edad que tenía licencia doble cero para impartir toda clase de sacramentos. Y también, por lo visto, para cepillarse a los monaguillos.

No sé qué pasó en concreto. No sé qué le dijo el director del colegio al padre del alumno mancillado, no sé si hubo una denuncia e ignoro si los hermanos maristas ofrecieron alguna clase de compensación a la familia afectada. Lo único que sé es que el Padre X desapareció fulminantemente del centro, siendo sustituido por otro cura doble cero. Y también sé (lo averigüé mucho más tarde) que al Padre X lo trasladaron a un colegio marista de Sevilla, donde prosiguió su admirable labor evangelizadora. En efecto, su único castigo consistió en ser trasladado a otro colegio de otra ciudad. Un colegio, como es natural, lleno de niños.

Eso sucedió hace más de cuarenta años, pero parece que fue ayer, ¿verdad?

jueves, abril 8

3D


Fui a ver Avatar a la semana siguiente de su estreno; en 3D, por supuesto. ¿Qué me pareció la película? Que está bien narrada (su director es un gran narrador), que es técnicamente impecable, que tiene gran mérito la meticulosa creación de ese mundo ficticio, que es un espectáculo visual impresionante... pero que Cameron podría haberse currado una historia un poco más original y un poquito menos new age. Desde luego, no es la revolución del cine que algunos proclamaban.

El caso es que mientras contemplaba la película a través de las gafas correspondientes, tuve todo el rato la sensación de que no estaba viendo bien las imágenes. De hecho, creo que el 3D no aporta absolutamente nada al film. Entendedme: sin duda el sistema está perfeccionado. De entrada, ya no te duele la cabeza, como me ocurrió con la última peli 3D que vi: Flesh for Frankenstein (1974), de Morrisey/Warhol. Pero la cosa tampoco es como para tirar cohetes, pues la tridimensionalidad que se obtiene no resulta ni mucho menos natural. En realidad, las imágenes parecen un poco siluetas recortadas, como lo que se ve a través de un visor estereoscópico tipo View Master.

Pero no era eso lo que me molestaba; es que tenía la sensación de estar viendo las imágenes muy apagadas, de que la película tenía una tonalidad mortecina. Al salir del cine (el Kinépolis) lo comenté con mis acompañantes, pero ellos dijeron que no habían notado nada raro, así que tomé nota mental de que debía hacerle una visita al oculista. Sin embargo, el otro día leí en el periódico algo que me ha devuelto la confianza en mis preciosos ojos azules: yo tenía razón, las gafas reducen un treinta por ciento la luminosidad y los actuales proyectores no tienen suficiente potencia como para compensarlo. Ergo todo el mundo que ha visto esa película en 3D, la ha visto con tan solo un 70 % de su luz correcta. Es decir: la ha visto mal. Así que ahora tengo ganas de volver a ver Avatar en Blue Ray para poder disfrutar del espectáculo visual en alta definición y dos correctamente brillantes dimensiones. No sé, quizá todo sea un truco de marketing para que la gente vea dos veces la película...

El asunto no es nuevo. Ante la llegada de la TV, Hollywood temió que su negocio se fuera al garete, así que los estudios comenzaron a explorar nuevos formatos con los que competir. Por ejemplo, gigantescas pantallas que dejaran en ridículo a la pequeñez de los monitores. Así nació el Cinerama, la Panavisión, los 70mm o el Todd-Ao. Pero hubo otras estrategias, como el cine en 3D.

Para sorpresa de muchos –entre ellos yo, que acabo de enterarme-, la primera película en tres dimensiones es de 1890, y la primera que se proyectó comercialmente, The Power of Love (dirigida por Nat Deverich), de 1922. Pero sólo fueron curiosidades sin trascendencia, porque el primer boom del 3D se produjo en los años 50, con el advenimiento, ya lo hemos dicho, de la caja tonta. En esos años se estrenaron varias películas tridimensionales donde diversas cosas saltaban a la cara del espectador, como Bwana Devil, House of Wax o Dial M for Murder, del maestro Hitchcock. Pero fue un boom pequeñito, porque aquel primitivo sistema de 3D sólo se percibía medianamente bien si tenías un asiento centrado y, además, las gafas provocaban cansancio ocular, ocasionando tremendos dolores de cabeza. Así que el 3D quedó arrinconado y olvidado. Hubo un pequeño resurgir en los 70, pero no fue muy lejos. Hasta ahora, Año I después de Avatar.

Y es que ahora que la TV ya no es el enemigo, llega Internet y la piratería y a los estudios les entra el canguelo. Entonces, cuando todo parecía perdido, llega Moisés/Cameron de su travesía por el desierto y salva a los hebreos con el maná de las tres dimensiones. Avatar es la película más exitosa de todos los tiempos, ergo es el modelo a imitar, porque por ahora ni Internet ni los DVD pueden ofrecer tres dimensiones, y además ¡las entradas valen un cincuenta por ciento más! Negocio tridimensionalmente redondo. Así que todo el mundo a producir en 3D.

Peor aún. Hay un sistema para tridimensionalizar películas en 2D; el problema es que se trata de un sistema que, para llevarse a cabo correctamente, requiere mucho tiempo y dinero y los productores no quieren gastar ni lo uno ni lo otro, así que ahora tenemos en cartel, o pendientes de estreno, un montón de films bidimensionales a los que se les ha añadido la tercera dimensión de forma chapucera. Es decir, que un tropel de espectadores pagarán un 50 % más por ver películas con deficiente luminosidad y deficiente tridimensionalidad, cuando podrían verlas mucho mejor y más baratas en sus previstas 2D.

Actualmente se están produciendo un huevo de películas en 3D, pero ¿son estas 3D el futuro del cine? Lo dudo muchísimo, porque el actual sistema, aunque evidentemente mejora el anterior, y aunque se subsane el problema de la luminosidad de los proyectores, sigue siendo deficiente. De hecho, no estaríamos hablando de todo esto si no fuese porque Avatar ha recaudado más de 2.700 millones de dólares. Se trata de una moda, de una tendencia; cuando fracasen unas cuantas películas rodadas en 3D (cuyos costes de producción son más caros), la fiebre comenzará a ceder.

Lo triste –o simplemente instructivo- es comprobar hasta qué punto estamos guiados por las modas, hasta que punto somos esclavos de las tendencias mayoritarias. Somos carne de marketing, aunque eso no debería sorprendernos. Lo que sí me sorprende es no haber escuchado a nadie quejarse de la deficiente luminosidad de Avatar. ¿Será que, después de todo, estoy cegatón?

martes, marzo 30

Sobre la cultura y otros lujos

Este fin de semana (en realidad de jueves a domingo), Pepa y yo hemos estado en Viena, celebrando nuestro vigésimo séptimo aniversario de boda. Ha sido un bonito viaje –sobre todo por la compañía-, aunque debo reconocer que Viena me ha decepcionado un poco. Entendedme, es una ciudad muy bonita y agradable, llena de monumentos magníficos, pero... no sé, esperaba algo más romántico, más decadente quizá, y lo que he encontrado es una ciudad moderna más impersonal de lo que imaginaba. Supongo que las expectativas eran demasiado altas y eso ha contribuido a la relativa decepción que he sentido. Aún así, el viaje ha sido provechoso y satisfactorio, por supuesto.

Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Como bueno turistones, fuimos a visitar el Hofburg, es decir, el conjunto arquitectónico donde está el antiguo Palacio Real, la Biblioteca Nacional, la Escuela de Equitación, varios museos y, también, el actual despacho del presidente de Austria. La zona destinada a los aposentos imperiales y el Tesoro está especialmente orientada hacia los tiempos de Francisco José e Isabel de Baviera, más conocida como Sisí. El caso es que, como no podía ser de otra forma, nos quedamos asombrados por todo ese lujo, anonadados por aquella sobredosis de arte y cultura que nos rodeaba por todas partes. Anonadados, fascinados, pero también cabreados, porque ¿cuánto costaba toda ese “arte y cultura” que nos rodeaba? Ingentes cantidades de dinero, millones destinados a satisfacer únicamente a una clase privilegiada. Una injusticia, vamos.

Es cierto que esa clase privilegiada se fue a hacer puñetas y que ahora su abrumador patrimonio pertenece al Estado; es decir, a todos los austriacos y, en cierto modo, a todo aquel que, como hicimos Pepa y yo, abone la entrada para visitar el palacio. Un cartel allí situado decía más o menos: “Ya no tenemos emperador, pero tenemos sus joyas”. El caso es que todo aquello me hizo pensar en el coste de la cultura. Pero, antes de seguir, veamos lo que dice el diccionario acerca de la palabra “cultura”.

1. f. cultivo.
2. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.
3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.
4. f. ant. Culto religioso.

Centrándonos en la tercera definición, está claro que la cultura es fundamental para nuestra supervivencia como especie. Los humanos no sólo les legamos los genes a nuestros descendientes: también les trasmitimos una cultura que les permitirá competir con ventaja frente a otros seres vivos. Es la transmisión cultural –unida a la superior inteligencia- lo que nos sitúa en la cúspide de la pirámide trófica (si es que no ocupan ese lugar las cucarachas o las ratas), convirtiéndonos en los poderosos depredadores hijos de puta que somos.

Ahora vamos a reducir el campo de la cultura, limitándolo al “desarrollo artístico”. En este sentido de la palabra, la cultura no sólo no es vital para nuestra supervivencia, sino que es un lujo. Voy a poner un ejemplo muy ilustrativo extraido de mi reciente viaje austriaco. Mientras visitábamos las platerías imperiales, la audioguía nos informó de que, hasta mediados del XIX, hubo en palacio una maravillosa vajilla de oro y otra de plata, ambas con más de cien servicios, pero ya no existen, pues fueron fundidas para fabricar monedas con las que sufragar no sé qué guerra. Es decir, dos magníficos trabajos de orfebrería, dos obras maestras, fueron sacrificados para servir a una causa mayor que la del arte: la supervivencia. Comer en vajilla de oro es un lujo; ganar la guerra una necesidad.

El arte no surgió en la historia humana hasta que la revolución neolítica permitió crear excedentes. Alto, diréis, ¿y qué pasa con las pinturas rupestres del paleolítico, algunas tan excelentes como los bisontes de Altamira o los caballos de Lascaux? Pues, sencillamente, pasa que son arte para nosotros, pero no para los hombres que las realizaron. Esas pinturas no se ejecutaron para que las vieran todo el mundo; al contrario, fueron confeccionadas en el interior de profundas cuevas, en lugares sagrados y restringidos donde sólo podían ser contempladas por algunos iniciados. El valor de esas pinturas no era estético, sino mágico y/o religioso. Probablemente, los pintores paleolíticos eran chamanes (o algo parecido) cuyo función resultaba básica para cohesionar y vertebrar al grupo. No eran un lujo, sino una necesidad.

Los humanos pre-neolíticos se dedicaban a la caza y la recolección. Al no poder crear excedentes alimenticios, todos los miembros del grupo ocupaban la totalidad de su tiempo en asegurarse la supervivencia diaria y apenas existía forma alguna de especialización. Todos hacían de todo durante todo el tiempo. Y nadie tenía tiempo para hacer cosas superfluas. Luego llegó el neolítico, la humanidad se volvió sedentaria, comenzaron a crearse excedentes, surgieron las primeras civilizaciones y, con ellas, el trabajo comenzó a especializarse. Y, como sobraba comida, algunos trabajadores se dedicaron a hacer cosas superfluas (no necesarias para la supervivencia), como por ejemplo “arte”. Pero ese arte no era para todo el mundo, ni mucho menos; estaba destinado al disfrute de las clases dirigentes y religiosas. Porque el arte era caro.

Y así fue durante muchísimos siglos. Los libros eran costosísimos (un monje tardaba más o menos un año en copiar la Biblia, y mucho más si añadía ilustraciones), igual que los músicos, los pintores, los poetas, los orfebres, los escultores y, en fin, todos aquellos artesanos cuyos servicios sólo podían ser costeados por los más opulentos. El arte era o religioso o aristocrático. Punto.

Luego apareció la imprenta y los costes de la cultura escrita bajaron considerablemente, aunque los libros aún eran productos caros que seguían estando al alcance de unos pocos. Además, para acceder a la cultura hace falta una educación previa, y hasta hace no mucho la mayor parte de la población era analfabeta. Creo que la única forma de arte que estaba al alcance del pueblo llano era el teatro; pero, claro, entonces al teatro no se le consideraba cultura. Con el surgimiento de la burguesía, el público consumidor de arte se incrementa, pero siempre dentro de los límites de las clases altas. La cultura se abarata, pero sigue siendo cara. Y llega la revolución industrial, y con ella la posibilidad de reproducir mecánicamente ciertos productos culturales. Paralelamente, el nivel de vida aumenta (al menos en occidente) y la educación se extiende a todas las capas sociales, contribuyendo todo ello a una reducción de los costes de la cultura. Reducción, no anulación.

Todo esto viene a cuento (si es que viene a cuento), porque mientras visitaba el Hofburg recordaba a aquellos que deambulan por los pixelados pasillos de Internet exigiendo una cultura libre, democrática y gratuita. ¿Libre y democrática? Jamás la cultura ha sido tan libre y democrática como ahora. Se editan miles de libros a precios asequibles; y si el precio no te parece asequible, ahí tienes las bibliotecas públicas. Puedes gozar de una orquesta sinfónica en tu casa con sólo comprarte un CD, o colgar la reproducción de cualquier cuadro en tu salón (antes, las reproducciones eran casi tan caras como los originales), o comprar arte original a precios más o menos módicos, o disfrutar de funciones teatrales y cinematográficas en tu propio hogar... La cultura está hoy al alcance de cualquiera, pues al utilizar los sistemas de producción industrial, y al incrementarse enormemente el número de consumidores de arte, los costes se han abaratado. Pero sigue habiendo costes.

Cultura libre y democrática, por supuesto que sí. Pero, ¿gratuita? No, amigos míos, la cultura, en el sentido que estamos empleando, es un lujo, y los lujos deben pagarse. Ya, pero ¿y si no se pagan? Entonces gran parte de la cultura tal y como ahora la conocemos y concebimos desaparecerá. ¿Que a lo mejor luego viene otra cosa, otro sistema, otros medios de articulación cultural? Puede ser, pero hasta el momento nadie ha sabido decirme qué en concreto.

jueves, marzo 11

¡Vigilad el cielo!

Una de las maravillas de la literatura es que permite vivir situaciones que, de otro modo, te estarían vedadas. Vivir amores más grandes que la vida misma, visitar escenarios remotos e inaccesibles, correr aventuras trepidantes, investigar misterios, introducirte en la mente humana... en fin, cualquier cosa que se nos ocurra. Pues bien, una de las maravillas de la literatura de ciencia ficción (cf, por acortar) es que te permite vivir situaciones en principio plausibles, pero por el momento ajenas a nuestra realidad. Viajar a las estrellas, conectarte mentalmente a un ordenador, desplazarte en el tiempo, relacionarte con robots y un largo etcétera de temas.

Ahora bien, ¿cuál sería el gran tema, si es que existe un gran tema, de la cf? Supongo que habrá diversas opiniones al respecto; la mía es muy concreta: el gran tema de la cf es “el otro”. Y, en concreto, la máxima forma de otredad que podamos concebir: el alienígena.

Vamos a ver, a mí no me sorprendería que hubiese otros seres inteligentes en el universo; lo que me sorprendería es que no los hubiese. Creo que, dada la extrema vastedad del universo, y aunque no tengamos la menor prueba, es lógico pensar que la vida se ha desarrollado en otros planetas. También es lógico pensar que esas vidas alienígenas estarán sujetas a la evolución darwiniana y, por tanto, parece razonable que la evolución haya conducido a la inteligencia, como ocurrió en la Tierra. Pero, claro, esas inteligencias extraterrestres pueden estar a miles de años luz de nosotros; son, hoy por hoy, absolutamente inalcanzables. Salvo que vengan a visitarnos, claro.

La cf aborda el tema del alienígena de diversas maneras. La más “pura”, por así decirlo, son los relatos de “primer contacto”; es decir, el primer encuentro entre humanos y extraterrestres. Ahí tenemos novelas clásicas tan conocidas como “Cita con Rama” y “El fin de la infancia”, de Clarke. O “Contacto”, de Carl Sagan, que se adentra en una variante del género: los mensajes extraterrestres. Otra forma de tratar al alienígena es convertirlo en monstruo, como ocurre en “Destructor negro”, de Van Vogt, novela que “sirvió de inspiración”, o fue directamente plagiada, para “Alien, el octavo pasajero”. Luego están las historias de ovnis, y los relatos de “diplomacia alienígena”, y las épicas narraciones de guerras estelares, y, en fin, un montón de variantes.

Me gustaría aclarar algo: quizá el reto más complejo que puede afrontar un escritor es intentar dar forma a una psicología alienígena. De hecho, es tan difícil que, como viejo lector de cf que soy, creo que nadie lo ha conseguido, ningún escritor ha logrado diseñar mentalidades alienígenas convincentes al cien por cien. Con una excepción: Cordwainer Smith. Pero, en realidad, sus personajes no son alienígenas, sino seres humanos de un futuro muy, pero que muy distante. Aún así, la mente de esos personajes resulta tan extraña y exótica como la del alien más raro que podamos imaginar. Creo que es la forma más radical de otredad que he encontrado en la literatura, sea del género que sea.

Otra cosa: La cf puede utilizar el tema del extraterrestre como mero divertimento, lo cual no es malo; pero también puede convertirlo en una metáfora acerca de diversos asuntos, en particular sobre la xenofobia. Ahí está, por ejemplo, esa excelente película que es “Distrito 9”, donde el contacto con alienígenas no es más que una explícita reflexión sobre el apartheid. Por otro lado, la mera existencia del extraterrestre, del “otro”, exige una auto definición por nuestra parte. Lo alienígenas son eso, lo que sea. Vale; entonces, ¿qué somos nosotros? Por eso digo que la “inteligencia extraterrestre” es el gran tema de la cf: porque escribir sobre él implica, si se hace seriamente, reflexionar sobre la naturaleza de nuestra especie. No puede existir el “otro” si no tenemos muy claro lo que significa ser “nosotros”. Estoy seguro de que, si tuviéramos alguna prueba de la existencia de una civilización extraterrestre, nos cuestionaríamos seriamente nuestro lugar en el universo. Y nos llenaríamos de temor, por cierto.

Y puede que no sin razón, porque me he dejado para el final otra gran variante de la cuestión alienígena: las invasiones extraterrestres. Vale, lo reconozco, me lo paso pipa con una buena historia de aliens cabrones empeñados en quedarse con la Tierra y follarse a nuestras hermanas. Y me gustan desde la primera que leí, que fue la primera que se escribió: “La guerra de los mundos”, de H. G. Wells. Esta magnífica novela, por cierto, no es sólo un apasionante relato de aliens josdeputa, sino una crítica al colonialismo occidental tan en boga por aquella época. Propone además una visión realista sobre el asunto, pues los humanos no pueden hacer nada contra la tecnología marciana y al final son los gérmenes lo que inclina la balanza de nuestro lado.

La novela de Wells ofrece una visión bélica de las invasiones extraterrestres que ha servido de modelo a numerosos relatos posteriores, pero en 1955 apareció otra novela que ofrecía un modelo distinto de invasión: la infiltración silenciosa. Me refiero a “La invasión de los ladrones de cuerpos”, de Jack Finney, aunque su fama proviene más de la película que Don Siegel rodó al año siguiente (posteriormente se realizaron otras tres versiones cinematográficas; la última, dirigida por Oliver Hirschbiegel, es espantosa). El argumento trata sobre unos aliens que adoptan nuestra apariencia y nos sustituyen sin que (casi) nadie se de cuenta. Aquí la metáfora habla sobre la pérdida de la identidad; unos la han visto como un crítica al macarthismo y otros como una crítica al comunismo, aunque probablemente sólo era un divertimento.

Otra variante, muy curiosa, del “modelo infiltración” es “Los cuclillos de Midwich”, de John Wyndham, una de mis invasiones extraterrestres favoritas. Los cuclillos ponen sus huevos en nidos de otras especies de pájaros para que sean estos quienes los empollen y críen. La historia de la novela es la siguiente: un buen día, el tranquilo pueblo inglés de Midwich se ve rodeado durante 24 horas por un campo de fuerza infranqueable y todos sus habitantes pierden el sentido. El fenómeno desaparece y, al cabo de un tiempo, todas las mujeres del pueblo descubren que están embarazadas. Nueve meses después, nacen unos niños de ojos dorados y poderes extraordinarios que parecen humanos, pero no lo son. En realidad son las crías de cuclillos extraterrestres.

Y es que los aliens pueden invadirnos de muchas formas distintas. Cliford D. Simak imaginó en su novela “Caminaban como hombres” a unos extraterrestres que nos invadían dedicándose a comprar, en secreto, todos los terrenos y edificios de la Tierra, cargándose así la economía y dejándonos, literalmente, sin espacio para vivir. El mismo escritor imaginó una invasión pacífica, incluso pastoril, en su novela “All Flesh Is Grass”, donde los extraterrestres llegan a la Tierra en forma de semillas cósmicas, pues son flores. Y no puedo olvidarme de “Marciano vete a casa”, de Fredric Brown, cuyo argumento se centra en una invasión extraterrestre de pequeños hombrecillos verdes, inmateriales y sumamente tocapelotas. Se trata de una sátira, por supuesto.

En fin, hay tantas novelas sobre alienígenas belicosos que ni se me pasa por la cabeza intentar ser exhaustivo. Recuerdo “La lucha contra las pirámides” (Wolfbane), de Frederik Pohl, o “La fragua de Dios”, de Greg Bear, o “Campo de batalla: la Tierra”, de L. Ron Hubbard, el padre de la Cienciología, una novela malísima que John Travolta llevó al cine con resultados ridículos. Es digna de mención “Bajo la piel”, de Michel Faber, una historia en la que los extraterrestres nos invaden porque les encanta el sabor de nuestra carne; y también “El corcel”, de Carol Emshwiller, donde nos convertimos en monturas de unos aliens invasores. Aunque, a decir verdad, esas dos últimas obras son más fábulas que ciencia ficción. La última novela de invasiones clásicas que recuerdo haber leído es “Ruido de pasos”, de Larry Niven y Jerry Pournelle, un relato muy, pero que muy mediocre (no me gustan esos dos autores; ni juntos ni por separado).

La mayor parte de las historias de invasiones alienígenas (aunque no todas) concluyen con el triunfo de la humanidad, lo cual no es nada realista. El ejemplo más próximo que tenemos de la invasión de otro planeta es la conquista de América por los europeos, y ya sabemos cómo acabaron los indígenas americanos. Una ley de la historia reza que cuando dos civilizaciones chocan, la que posee inferior tecnología se va a hacer gárgaras con tachuelas. Pues bien, si una especie extraterrestre dotada de una tecnología capaz de alcanzar las estrellas decidiera invadirnos, jodidos estaríamos. Y eso queda claro en la novela de invasiones alienígenas más realista que he leído: “Los genocidas”, de Thomas M. Disch. En esta historia, los aliens llegaron, se cargaron a la humanidad como quien acaba con una plaga de hormigas, y cubrieron nuestro planeta con sus cultivos extraterrestres. Los escasos humanos que quedaron sobreviven entre las plantaciones llevando una infraexistencia y de vez en cuando son fumigados. Eso sí que es ponernos en nuestro lugar en el universo: los extraterrestres son tan superiores a nosotros, que para ellos sólo somos insignificantes animales a los que no hay que prestar más atención que la necesaria para eliminarnos.

Supongo que os preguntaréis a qué viene este rollo. La verdad es que yo también me lo pregunto... porque lo único que quería es recomendaros, más o menos, una novela que acaba de reeditarse. Se trata de “Amos de títeres” (La factoría de ideas, 2010), la primera novela que publicó Robert Heinlein (en 1951). Mejor dicho, la primera novela para adultos, pues antes había publicado cuatro juveniles (en España se publicó por primera vez con el título "Titán invade la Tierra"). Se trata, claro, de una invasión extraterrestre, en su variante “infiltración silenciosa”. Los aliens, una especie de babosas bastante repugnantes, llegan a la Tierra en secreto y se dedican a controlar cuerpos humanos mediante el procedimiento de subirse a la chepa de las personas e introducirles unos zarcillos en el cerebro. Cómo vemos, se trata de una variante sobre “La invasión de los ladrones de cuerpos” (o al revés, porque la novela de Finney es posterior). Y, teniendo en cuenta la ideología de Heinlein, estoy seguro de que la alegoría anticomunista no es casual.

Puede que “Amos de títeres” no sea una buena novela, pero sin duda es una novela francamente divertida. Heinlein era un excelente narrador y, por aquella época, aún no tenía agudizados sus peores defectos (aunque el ramalazo “halcón” no se lo quita nadie), y el relato respira el entrañable aroma paranoico de las mejores series B del cine de los 50. En realidad, eso es “Amos de títeres”: una buena, entrañable y divertida serie B.

Por cierto, en 1994 Stuart Orme llevó esta novela al cine teniendo como protagonista a un Donald Sutherland en horas bajas. La película, que en España se llamó “Alguien mueve los hilos” (y que se estrenó directamente en video), desaprovecha por completo el material literario del que parte y está rodada con telefílmica desgana y muy escasa imaginación. Aunque, bien pensado, Orme tiene su mérito, pues ya es difícil convertir una novela muy divertida en una película aburridísima.

En cualquier caso, si os gustan las historias de alienígenas encabronados decididos a convertirse en okupas de nuestro planeta, os lo pasaréis muy bien leyendo “Amos de títeres”. ¿Una lectura intranscendente? Por supuesto, ¿y qué?

martes, marzo 2

No, nunca, jamás.

Aunque el año de mi nacimiento, 1953, se empeñe en afirmar que soy un carroza, suelo decirme a mí mismo que nací en la Era Atómica y me crié en la Era Espacial. También me recuerdo que pertenezco a una de las primeras generaciones de lo que podríamos llamar el “cambio constante”; es decir, soy una persona acostumbrada desde siempre a que la sociedad y la tecnología se transformen a un ritmo endiablado, lo cual ha impedido que la ola de Toffler me arrastre y me sumerja en el océano de la parálisis y la incomprensión. Vamos, que estoy habituado al cambio.

Por ejemplo, aprendí a manejar un teclado al tacto -sin mirar y con todos los dedos- cuando tenía trece años (mi padre me obligó y, aunque en su momento me pareció una putada, ahora se lo agradezco). Aprendí con una viejísima Underwood –la misma donde se escribió El Coyote, por cierto- y luego mi padre me regaló un moderna Olivetti mecánica. Durante mucho tiempo escribí siempre a máquina, hasta que un día probé un procesador de textos. Al instante comprendí que aquello era la mejor herramienta para escribir que se había fabricado jamás y desde entonces no volví a utilizar una máquina de escribir. Y en parte me jodió, no os creáis, porque me encantaban las máquinas de escribir y, si queréis que sea sincero, todavía echo de menos el sonido de los tipos percutiendo contra el papel. Pero las ventajas del Word (aunque mi primer procesador fue un WordPerfect) son tantas que no tuve la menor duda a la hora de cambiar.

Y de igual modo cambié del video al DVD (algo no muy difícil, pues visionariamente había escogido el formato betamax), y alegremente salté de los vinilos a las casetes, y de las casetes a los CD’s, y de los CD’s al MP3. He pasado de la fotografía analógica a la digital, me he adaptado a los ordenadores, y a Internet (la prueba, sin ir más lejos, es este blog), y a las consolas, y a toda suerte de gadgets... En fin, que he procurado no quedarme atrás en el progreso tecnológico. Hasta ahora. Porque, amigos míos, ya tenemos en el mercado un avance tecnológico que me niego a aceptar: el libro electrónico.

Y mira que resuelve problemas ese artefacto del demonio. De entrada, puedes comprar los textos a un precio considerablemente más barato. Además, se pueden almacenar tropecientos títulos en su memoria, evitando así las librerías atestadas. Puedes también aumentar a tu antojo el tamaño de la letra, y elegir la tipografía, y comprar los textos inmediatamente a través de Internet, y además pesa poco, y se evita la tala de bosques para papel. Seguro que hay decenas de ventajas más; habría que ser tonto para no adoptar ese sistema de lectura.

Vale, pues soy tonto. Porque resulta que me gustan los libros. No, no me refiero a su contenido, sino al objeto en sí, a esas cosas con cubiertas, goma e hilo, tinta y páginas de papel. Me gusta su forma, su tacto, su olor, el sonido de las hojas al pasarlas, y no les doy lametazos de milagro. Adoro ir a las librerías y hurgar por los estantes; me gusta hojear los libros, y me gusta llevármelos a casa sintiendo su peso en una bolsa, y me chifla amontonarlos en una pila junto a mi mesilla de noche, como promesas corpóreas, no como fantasmas digitales. Me gusta ir a casa de las personas y echarle un vistazo a sus libros, porque eso dice mucho sobre la gente. Me apasionan las librerías de viejo (¿cómo envejece un libro electrónico?), y las ferias de libros, y las grandes bibliotecas, y los mercadillos. Me gustan hasta los puntos de lectura. Y me gusta guardar de vez en cuando pequeñas cosas entre las página de los libros ya leídos –entradas de cine, folletos, notas, fotografías...-, algo así como cápsulas de tiempo que quizá me sorprendan (y me llenen de nostalgia) si algún día vuelvo a encontrarlas. Y me gusta tropezar con esos mismo detalles en los viejos libros que compro en las librerías de viejo, igual que me gustan los libros dedicados (por mí, o para mí, o por otros para otros). Y me gusta los recuerdos asociados a ciertos libros que nos gustaron mucho; textos que, con el tiempo, olvidamos y tergiversamos, pero que como libros, como objetos, permanecen inmutables, transmitiéndonos las sensaciones de su primera lectura con sólo tocarlos. Toda mi vida, desde que tengo memoria, he amado a los libros. No voy a pasar de ellos ahora.

Vaya, releo lo que he escrito y me siento tan fuera de onda, tan equivocado, tan anclado en el pasado, como el archivero que rechaza los libros porque está acostumbrado a los rollos de pergamino, o el copista que mira con desdén a la imprenta, diciéndose a sí mismo que la impresión mecánica jamás podrá desbancar a la calidez de la letra humana. Por fin Toffler lo ha conseguido: su ola de cambio constante me ha arrastrado de lleno al parque jurásico de los dinosaurios tecnológicos.

Y, ¿sabéis lo peor de todo? Me importa un bledo. Adoro los libros, esos ladrillos de papel que al final no hacen más que ocupar espacio y acumular polvo, y no me sale de las narices prescindir de ellos. Así que no, no me compraré un libro electrónico, nunca lo tendré, jamás.

Palabra de triceratops.

jueves, febrero 18

Millennium

Hace unos meses comí con un amigo (no diré su nombre), un intelectual de reconocido prestigio, y en el curso de nuestra charla comentó que había leído la primera novela de la trilogía Millennium, de Stieg Larsson. Le dije que yo también. Mi amigo me miró con aire dubitativo y comentó tímidamente: “No está mal, ¿verdad?”. A lo que yo respondí: “A mí me gustó mucho”. Entonces mi amigo se relajó y más o menos dijo: “Coño, yo me lo pasé de maravilla leyéndola, pero me daba miedo confesarlo...”

El temor de mi amigo estaba justificado. Sobre la trilogía Millennium he oído decir de todo, casi siempre en términos despectivos y por gente que no la había leído. Algunos la desdeñaban desde el pedestal de su refinada sensibilidad, limitándose a decir: “Yo no leo esas cosas”. Otros la denigraban de entrada colgándole el cartelito de “best seller”, como si eso quisiera decir algo. Y es que, amigos míos, como todo el mundo sabe, una novela que tiene rápidamente un gran éxito y vende muchos ejemplares no puede ser buena. ¿O sí...?

Ahora pensaba escribir una larga reflexión acerca del fenómeno best seller, pero lo dejaré para mejor ocasión, porque Larsson se merece una entrada para él solito. Me limitaré a dividir la narrativa en dos apartados: a) Narrativa “literaria” (o “culta”, o “refinada”, o como queramos llamarla) y b) Narrativa popular (que engloba a toda la literatura de género). Pues bien, ayer terminé de leer la trilogía Millennium (me lo he tomado con calma; no me gusta leer dos libros seguidos del mismo autor) y afirmo que, en mi opinión, la obra de Larsson es la mejor literatura popular que he leído en mucho tiempo.

Antes de exponer mis razones, voy a reproducir unos párrafos de un artículo aparecido en El País el seis de septiembre del año pasado. Su autor es Mario Vargas Llosa, un escritor que no me gusta demasiado, pero cuyas opiniones sobre la técnica literaria siempre he valorado (podéis leer el artículo entero pinchando aquí).

“...Acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium, unas 2.100 páginas, la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de Dickens y de Victor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página "¿Y ahora qué, qué va a pasar?" y demorando la lectura por la angustia premonitoria de saber que aquella historia se iba a terminar pronto sumiéndome en la orfandad . (...) Comprendo que a millones de lectores en el mundo entero les haya ocurrido, les esté ocurriendo y les vaya a ocurrir lo mismo que a mí y sólo deploro que su autor, ese infortunado escribidor sueco, Stieg Larsson, se muriera antes de saber la fantástica hazaña narrativa que había realizado.

‘Repito, sin ninguna vergüenza: fantástica. La novela no está bien escrita (o acaso en la traducción el abuso de jerga madrileña en boca de los personajes suecos suena algo falsa) y su estructura es con frecuencia defectuosa, pero no importa nada, porque el vigor persuasivo de su argumento es tan poderoso y sus personajes tan nítidos, inesperados y hechiceros que el lector pasa por alto las deficiencias técnicas, engolosinado, dichoso, asustado y excitado con los percances, las intrigas, las audacias, las maldades y grandezas que a cada paso dan cuenta de una vida intensa, chisporroteante de aventuras y sorpresas, en la que, pese a la presencia sobrecogedora y ubicua del mal, el bien terminará siempre por triunfar
”.

Comparto casi todo lo que dice el amigo Vargas Llosa. Es cierto que la prosa de Larsson no busca el efecto estético y a veces es descuidada, pero tiene el don de la fluidez y el ritmo. También es verdad que la estructura en ocasiones resulta defectuosa, sobre todo en la primera novela (cuyo comienzo –largo comienzo- no puede ser más desafortunado). Pero Larsson es, sobre todo, un extraordinario narrador que domina con maestría los resorte del misterio y del suspense, y que te obliga a pasar las páginas con fruición de adicto; un escritor inteligente y meticuloso cuyas complejas tramas están diseñadas con precisión y llenas de detalles que contribuyen a crear una intensa sensación de verismo.

Además, Larsson no se dedica a repetir esquemas. Su tres novelas son thrillers, pero cada una pertenece a una variedad distinta. La primera, Los hombres que no amaban a las mujeres, es una novela de misterio clásica; en realidad, una variante del enigma de la “habitación cerrada” donde se sustituye la habitación por una isla de la que no se podía entrar ni salir y en la que se cometió un crimen. La segunda, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, es un thriller de acción con toques de espionaje. La tercera, La reina en el palacio de las corrientes de aire, es en realidad la continuación de la segunda y propone una especie de juego del gato y el ratón, una cacería en la que los cazadores acaban convirtiéndose en presas. En cualquier caso, los tres argumentos, las tres historias, son apasionantes.

Y llegamos al punto fuerte de Larsson, los personajes. Supongo que ya todo el mundo conoce a la protagonista de la trilogía, Lisbeth Salander, esa hacker flacucha, asocial, con un IQ de quitar el hipo, bisexual, solitaria y abrumadoramente borde. Sobre ella se han dicho muchas cosas. Por ejemplo, que es una masculinización de la mujer. Y lo es, pero ¿qué significa eso? ¿Es algo equivocado o irreal? En ciertos mundos, cuyas normas han sido escritas por hombres mojando la pluma en testosterona (como por ejemplo el mundo de la empresa), una mujer sólo sobrevive siendo el doble de dura que el más duro de los machos que la rodean. Ese es el caso de Lisbeth Salander. Pero también he oído todo lo contrario, que Salander es la sublimación de un nuevo tipo de mujer que reivindica su feminidad negándose a aceptar las reglas del hombre. Y también es cierto. Lo que pasa es que ambas versiones son parciales, porque están sesgadas por el sexo.

En realidad, todos -mujeres y hombres- quisiéramos ser Lisbeth Salander. A todos nos gustaría no rendirnos jamás, devolver golpe por golpe, aunque nos enfrentemos a fuerzas muy superiores a las nuestras. Todos hemos sido más o menos maltratados por el mundo y a todos nos gustaría mandar al mundo a hacer puñetas y vivir sin depender de nada ni de nadie. Lisbeth Salander es un arquetipo –David Vs. Goliat-, pero también es un ser humano del que llegamos a encariñarnos. Y ese es uno de los logros de Larsson; su personaje, Salander, es antipático, arisco, casi autista, y sin embargo acabamos comprendiéndola y simpatizando con ella.

El coprotagonista de la serie, el periodista Mikael Blomkvist, también es un buen personaje, aunque evidentemente queda difuminado por la potente personalidad de Salander. En realidad, como señala Vargas Llosa, los papeles están cambiados: Salander es el personaje vigoroso y activo (“masculino”, según el paradigma) y Blomkvist el pasivo y algo juguetón (paradigmáticamente “femenino”). La galería de secundarios también es brillante, destacando la directora de Millennium, Erika Berger, el investigador Dragan Armanskij, o el malísimo Zalachenko y el aún más malo y sumamente perturbado Niederman.

Ya para terminar, ¿la trilogía Millennium sólo es un entretenimiento vacío? Sin lugar a dudas, son tres novelas muy divertidas, pero las tres hablan de algo, y con pasión muy poco sueca. El tema central de Millennium es la mujer y las diversas formas en que la sociedad la agrede. En ese sentido, son novelas profunda y honestamente feministas. Pero no le demos más vueltas, lo realmente importante de la obra de Larsson son las muchas horas de apasionante lectura que proporciona. Ayer por la noche me quedé desvelado hasta bien entrada la madrugada porque era incapaz de dormirme sin acabar de leer las cien últimas página de La reina en el palacio de las corrientes de aire, y eso es algo que hacía mucho que no me pasaba.

Lamento la muerte de Stieg Larsson como lamento (casi) toda muerte, sobre todo si es prematura. Pero lo que de verdad lamento es no volver a encontrarme con la borde y entrañable Lisbeth Salander, y no llegar ya a conocer jamás a Camilla, su hermana gemela y, con casi entera seguridad, coprotagonista de la que hubiera sido la cuarta parte de Millennium. Es una pena.

miércoles, febrero 10

Reciclado


Este fin de semana pasado fui a ver dos películas, En tierra hostil, de Katherine Bigelow, y Sherlock Holmes, de Guy Ritchie. Sobre la primera, poco puedo decir, pues me salí del cine (junto con Pepa, mi mujer, y mi hijo Pablo) media hora antes de que acabase la sesión. ¿Es un mal film ese film cargado de nominaciones a los Oscar? No sabría decirlo a ciencia cierta (al menos no sin matizar mucho), pero lo que sí puedo asegurar es que nada de lo que aparece en la película de Bigelow me interesa lo más mínimo.

En cuanto a Sherlock Holmes, se trata de una película de las de palomitas y refresco que sólo pretende ser una película de palomitas y refresco. El guión, que no tiene pies ni cabeza, se limita a ser un pretexto para enlazar una escena de acción tras otra, porque, como todo el mundo sabe ya a estas alturas, esta nueva versión del mito convierte a Holmes en un héroe de acción. Reconozco que la película me divirtió mientras la veía, pero también reconozco que a la media hora de salir del cine ya me había olvidado de ella. En cualquier caso, tiene una gran virtud: la pareja que forman Robert Downey y Jude Law (Holmes & Watson) funciona a las mil maravillas y es precisamente la simpatía que desprenden lo que actúa como motor de un film que, por lo demás, carece de emoción y magia. Respecto a la dirección, siempre he pensado que Ritchie, un presunto especialista en películas de acción, filma de forma muy confusa la escenas de acción, y eso, a mi modo de ver, sigue ocurriendo en este caso. Aunque también es justo reconocer que, quizá por ser una película de época, el ex de Madonna ha moderado bastante su tendencia a convertir la cámara en una batidora.

Pero da igual, no pretendo realizar una crítica de esa película, sino comentar un aspecto de ella muy curioso. Veamos, una de las preguntas (probablemente la única) que plantea el film de Ritchie es hasta qué punto puede modificarse un personaje clásico sin que deje de ser ese personaje clásico. Pondré un ejemplo: ¿el Van Helsing de la película de Sommers es el Van Helsing de Stoker? Respuesta: no, de ninguna manera. El personaje fue tan (atrozmente) modificado que lo único en común que tenía con su modelo literario era el nombre y el empeño en cazar vampiros.

¿Ocurre lo mismo con el Holmes de Ritchie? Hombre, lo mismo, lo mismo, no, pues la deformación no llega a ser tan brutal como la que pergeñó Sommers, pero en mi opinión el personaje que aparece en la película ya no es el verdadero Sherlock Holmes, sino alguien que se le parece un poco y sólo en ciertos aspectos. Y no lo digo por que se la haya transformado en un action hero, eso es lo de menos, sino porque hay rasgos básicos de la personalidad del Holmes original que han sido radicalmente cambiados en la película. Si algo caracteriza al sabueso de Baker Street, aparte de la inteligencia y la sagacidad, es su frialdad de entomólogo; sin embargo, Downey Jr. compone un personaje profundamente emocional, en ocasiones incluso achulado. Y Holmes, amigos míos, puede ser irritantemente altivo, pero jamás un chulo. Esto, por supuesto, es sólo una opinión y sé que más de uno, por ejemplo mi buen amigo Rodolfo Martínez, que sabe sobre el personaje mucho más que yo (entre otras cosas, porque ha escrito cuatro novelas protagonizadas por Holmes), no estará de acuerdo conmigo.

Pero tampoco era de esto de lo que quería hablar (y os preguntaréis, no sin razón, por qué hablo tanto de cosas sobre las que no pretendía hablar). Lo que me ha llamado la atención es la forma en que se ha transformado el personaje para (supuestamente) adaptarlo a los gustos actuales. En primer lugar, convertirlo en un héroe de acción, ya lo hemos dicho (todo sea por el espectáculo). En segundo lugar, transformar su relación con Holmes en el típico buddy movie (que al final es lo que mejor funciona en el film). En tercer lugar, modificar su personalidad para aproximarla a...

Un inciso. ¿Cuál ha sido la última versión audiovisual del personaje que ha triunfado? Respuesta: la serie de TV House. En efecto, todos sabéis que Greg House es la traslación de Sherlock Holmes al mundo de la medicina. O así era en un principio, pues poco a poco el personaje fue adquiriendo autonomía y despegándose de su modelo literario. Hoy por hoy, los fans de House lo somos, no por las holmesianas habilidades deductivas de su protagonista, sino por su compleja y chocante personalidad. En cualquier caso, está claro que House era Holmes, igual que su amigo Wilson era Watson.

Pues bien, contemplad la imagen que preside estas líneas, ese Downey-Holmes desaliñado y con barba de cuatro días. ¿A quién os recuerda?... ¡Premio!, se parece muchísimo a Hugh Laurie-Greg House. Pero no se trata sólo de su aspecto físico, qué va. En la película, Watson va a casarse y Holmes emplea toda suerte de trucos para impedir ese matrimonio, pues no quiere perder la amistad y compañía de su amigo. ¿Os suena de algo?... Desde luego, ese no es el Holmes de Doyle; es, sin lugar a dudas, puro y nítido House.

Bueno, pues eso es lo que me ha parecido curioso. House nació como una reformulación del personaje clásico trasladándole a otro tiempo y otro contexto. Años después, se estrena Sherlock Holmes, donde se readapta al personaje tomando como modelo otra readaptación del mismo personaje. Es como hacer una copia de una copia; o, mejor aún, una caricatura de una caricatura. ¿Por qué lo han hecho así? ¿Quizá porque las nuevas generaciones no tienen ni pajolera idea de quién y cómo es el auténtico Sherlock Holmes, pero conocen de sobra a Greg House? ¿O es que vivimos tiempos de reciclado creativo donde las nuevas ficciones no son más que monstruos de Frankenstein confeccionados con trozos de cadáveres?

No lo sé. Pero de algo estoy seguro: House, la serie, enriquece el mito de Sherlock Holmes, mientras que Sherlock Holmes, la película, lo desvirtúa. Aunque, claro, esto sólo es una opinión.