
Hace tiempo que barajaba la idea de escribir este post, pero por un motivo u otro lo fui dejando. Ahora, en Calla y lee, el blog donde colabora mi hijo Pablo, se me han adelantado; aunque tampoco importa demasiado, porque Internet está lleno de esta clase de iniciativas. Vale, ¿de que estoy hablando? De listas. “Los diez más (o mejores) lo que sea”, ya sabéis. Esta clase de listas son una tontería, lo sé, pero me encantan. En primer lugar, porque te hacen pensar sobre temas que te interesan; y en segundo lugar porque toda lista ajena te incita a proponer tu propia lista. Es sólo un juego; tonto, pero divertido.
Bien, si os habéis fijado en el título de la entrada, ya os imaginaréis de qué va la cosa. De malotes, de villanos de película. Los mejores malos de la historia del cine. Pero antes de comenzar vamos a hacer una aclaración: no basta con cometer muchas y grandes tropelías para ser un gran malo. Por ejemplo, Jason, el psicópata de la franquicia Viernes 13, mata mucho y muy sádicamente, pero en mi opinión carece por completo de interés. Es sólo una máscara (nunca mejor dicho), un McGuffin unidimensional, y lo mismo puede decir de Jigsaw, Michael Myers y tantos otros serial killers. Sólo son trasuntos del mismo personaje: el coco, el hombre del saco.
Para ser un gran malo de película se necesita algo más que hacer mucho el burro; hace falta que al villano en cuestión le adornen otras virtudes. ¿Cuáles? Pues depende, porque hay muchas clases de villanos. Está el malo odioso, el malo simpático, el malo sádico, el malo loco, el malo caballeroso, el malo asqueroso, el malo porque-el-mundo-le-ha-hecho-así, el malo metafísico, el malo-bueno, el malo brutal... en fin, que hay malos para todos los gustos y cada uno tiene sus peculiaridades. Otra cosa más: hoy vamos a hablar de villanos del género masculino; de las villanas trataremos en la siguiente entrada. Ah, y sólo hablaremos de seres humanos; así que nada de animales o monstruos engendrados analógica o digitalmente.
Un último apunte. ¿Por qué nos gustan tanto los buenos villanos? Dicen que el tamaño de un héroe se mide por la magnitud de sus rivales. Es decir, el bueno se define por su antagonista, no al revés. Y es que no hay demasiadas maneras de ser bueno, pero la maldad cuenta con infinidad de senderos. Por lo general, el malo suele ser más complejo que el héroe, más interesante. Además, el villano, al no estar sujeto a las ataduras morales, es más libre que nosotros. Y, me temo, también más feliz; ¿o no son los chicos malos quienes se llevan a las chicas más macizas?
Bien, aquí va mi lista. Es forzosamente incompleta y habrá muchos olvidos injustos, pero estos son en mi opinión los 25 y pico mejores malos de la historia del cine.
Bien, si os habéis fijado en el título de la entrada, ya os imaginaréis de qué va la cosa. De malotes, de villanos de película. Los mejores malos de la historia del cine. Pero antes de comenzar vamos a hacer una aclaración: no basta con cometer muchas y grandes tropelías para ser un gran malo. Por ejemplo, Jason, el psicópata de la franquicia Viernes 13, mata mucho y muy sádicamente, pero en mi opinión carece por completo de interés. Es sólo una máscara (nunca mejor dicho), un McGuffin unidimensional, y lo mismo puede decir de Jigsaw, Michael Myers y tantos otros serial killers. Sólo son trasuntos del mismo personaje: el coco, el hombre del saco.
Para ser un gran malo de película se necesita algo más que hacer mucho el burro; hace falta que al villano en cuestión le adornen otras virtudes. ¿Cuáles? Pues depende, porque hay muchas clases de villanos. Está el malo odioso, el malo simpático, el malo sádico, el malo loco, el malo caballeroso, el malo asqueroso, el malo porque-el-mundo-le-ha-hecho-así, el malo metafísico, el malo-bueno, el malo brutal... en fin, que hay malos para todos los gustos y cada uno tiene sus peculiaridades. Otra cosa más: hoy vamos a hablar de villanos del género masculino; de las villanas trataremos en la siguiente entrada. Ah, y sólo hablaremos de seres humanos; así que nada de animales o monstruos engendrados analógica o digitalmente.
Un último apunte. ¿Por qué nos gustan tanto los buenos villanos? Dicen que el tamaño de un héroe se mide por la magnitud de sus rivales. Es decir, el bueno se define por su antagonista, no al revés. Y es que no hay demasiadas maneras de ser bueno, pero la maldad cuenta con infinidad de senderos. Por lo general, el malo suele ser más complejo que el héroe, más interesante. Además, el villano, al no estar sujeto a las ataduras morales, es más libre que nosotros. Y, me temo, también más feliz; ¿o no son los chicos malos quienes se llevan a las chicas más macizas?
Bien, aquí va mi lista. Es forzosamente incompleta y habrá muchos olvidos injustos, pero estos son en mi opinión los 25 y pico mejores malos de la historia del cine.
-Conde Orlok. Max Schreck en Nosferatu (1922), de F. W. Murnau. Ahora que nos acecha una plaga de vampiros románticos, lánguidos y caballerosos, ahora que los hemófagos se han convertido en bebedores de horchata, es más necesario que nunca reivindicar este clásico del cine mudo. El vampiro que compuso Schreck no es atractivo ni seductor; es una alimaña que nos infunde miedo y asco a partes iguales.
-Tommy Udo. Richard Widmark en El beso de la muerte (1947), de Henry Hathaway. Hace falta ser muy malo para tirar a una anciana paralítica por las escaleras y partirse de risa. El sicario psicópata que hizo famoso a Widmark lo era.
Cardenal Richelieu. Vincent Price en Los tres mosqueteros (1948), de George Sidney. En una lista como ésta no podía faltar el gran Vincent Price. Podría haber elegido algún otro de sus papeles de malo (el dr. Phibes, por ejemplo), pero siento debilidad por su interpretación de Richelieu, tan frío, tan maquinador, tan sin escrúpulos, tan elegante. No me importaría tomarme una copa de Borgoña con él (siempre y cuando alguien la catase antes).
-Harry Lime. Orson Welles en El tercer hombre (1949), de Carol Reed. Aquí tenemos al malo más cínico de la historia del cine. Pero simpático; no nos importaría montar en la noria con él. Es tan fascinante que al final, durante la extraordinaria persecución por los subterráneos de Viena, resulta imposible no ponernos de su parte. Su frase sobre los suizos y los relojes de cuco es antológica, igual que la música de Anton Karas.
-Rupert de Hentzau. James Mason en El prisionero de Zenda (1952), de Richard Thorpe. Se trata de la clase de villano que a uno no le importaría tener como amigo. Elegante, caballeroso, con sentido del humor, y al mismo tiempo implacable, maquinador y sin escrúpulos. Un hijo de puta con clase, vamos. Mason también compuso otro magnífico villano interpretando al capitán Nemo en 20.000 leguas de viaje submarino (1954), de Richard Fleisher.
-Cooley Trimble. Ernest Borgnine en Conspiración de silencio (1955), de John Sturges. Trimble es un paleto grande y corpulento, un chulo, un matón, un sicario de baja estofa. Además, es feo, sucio y sudoroso, la clase de persona a la que nos gustaría ver cómo alguien le parte la cara. Y eso es lo que hace un viejo y manco Spencer Tracy propinándole una de las más jubilosas palizas de la historia del cine.
-Reverendo Harry Powell. Robert Mitchum en La noche del cazador (1955), de Charles Laughton. He aquí al primer gran psicópata de la historia del cine, y además, uno de los más malos de todos los tiempos. Sus manos tatuadas con la palabras “love” y “hate”, la hoja de estilete que brota de su bolsillo como un pene mortal, la canción que canta constantemente mientras persigue a los dos niños... Un villano extraordinario para una fábula tan oscura como inmortal.
-General Mireau. George Macready en Senderos de Gloria (1957), de Stanley Kubrick. Mireau es uno de los seres más monstruosos que se han visto en las pantallas. Es mediocre, tonto, clasista, ambicioso, egoísta, simple, burocrático... pero tiene poder. Y no hay el menor rastro de humanidad en cómo (ab)usa ese poder. Su colega, el cínico General Broulard, interpretado por Adolphe Menjou, no le anda a la zaga.
-Norman Bates. Anthony Perkins en Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock. Ésta es la película que cambió el cine de terror, y Bates una nueva clase de monstruo. Un monstruo absolutamente humano, de ahí que de más miedo. Es imposible contemplar el plano final del film, con la “madre” definitivamente instalada en el cuerpo de Bates, sin sentir un escalofrío. Perkins lo hizo tan bien que, para su desgracia, el papel le marcó para siempre.
-Liberty Valance. Lee Marvin en El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford. Aquí tenemos a uno de los villanos más desagradables de la historia del cine. Violento, temible, chulo, sádico, repelente, cobarde, taimado... nada más verle, el espectador siente unos enormes deseos de que alguien le pegue un tiro. Para eso está John Wayne.
-Alex. Malcon MacDowell en La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick. Sádico, brutal, violador, asesino... y sin embargo, nos cae bien. Alex representa la amoralidad en estado puro, la parte animal, reptiliana, que hay en todos nosotros y que la sociedad se encarga de domesticar. Nos repugnan sus actos, pero más nos repugna lo que el establishment hace con él y por eso, cuando finalmente el tratamiento Ludovico falla, lo celebramos como una victoria. No me tomaría una leche-plus con él, pero su imagen con bombín, un ojo pintado y el otro no, y la coquilla por encima de un mono blanco es ya un icono del cine.
-Vito Corleone. Marlon Brando en El padrino (1972), de Francis Ford Coppola. El prototipo del criminal honorable. Vito Corleone no es un amoral, sino alguien que se rige por una moral distinta. ¿Deja de ser malo por eso? Pues no; simplemente introduce una variante más en la villanía. Supongo que también debería incluir aquí a De Niro, por su brillante interpretación del personaje en El padrino II, pero el icono que se nos ha quedado grabado en la retina es el de Brando.
-Darth Vader. David Prowse en la trilogía inicial de Star Wars (1977, 1980 y 1983), de George Lucas. En realidad, este personaje no debería figurar aquí; por dos motivos: en primer lugar, porque sólo es una máscara y, en segundo lugar, porque al final acaba siendo más blandito que un caramelo de café con leche. No obstante, se ha convertido en un icono del mal, así que aquí lo tenemos.


-Jack Torrance. Jack Nicholson en El resplandor (1980), de Stanley Kubrick. Este relato sobre el progresivo enloquecimiento de un pobre hombre tiene sólo un pequeño defecto: Jack anda pidiendo a gritos una camisa de fuerza desde el primer minuto de proyección. En cualquier caso, sus charlas con el fantasmagórico barman, sus paseos por el solitario hotel lleno de espectros y el posterior acoso a su familia con la decidida intención de cargárselos a hachazos son un clásico indiscutible de la maldad.
-Terminator T-800 modelo Cyber Dyne 101. Arnold Schwarzenegger en Terminator (1984), de James Cameron. ¿Quién era mejor actor, John Wayne o Laurence Olivier? Olivier, por supuesto. Pero ¿a quién te creerías más parando una diligencia plantándose en su camino? A Wayne, claro. Pues eso, que Schwarzenegger jamás ha sido un actor, pero encarnando a una implacable e inexpresiva máquina de matar resulta perfecto.
-Gordon Gekko. Michael Douglas en Wall Street (1987), de Oliver Stone. Posiblemente éste sea el villano más monstruoso de cuantos pueblan este catálogo. Porque es real. De hecho, la crisis económica que padecemos está causada por personas muy parecidas a Gekko. Merecido Oscar para Douglas.
-Louis Cyphre. Robert De Niro en El corazón del ángel (1987), de Alan Parker. Como es lógico, no podía faltar el villano de los villanos, la encarnación del mal, el ángel oscuro. Lucifer, el mismísimo Satanás. De entre todos los demonios que han aparecido en el cine, creo que el que interpretó De Niro es el más sofisticado e inquietante.
-Tommy De Vito y Nicky Santoro. Joe Pesci en Uno de los nuestros (1990) y Casino (1995), de Martin Scorsese. Aunque son dos películas distintas, en el fondo se trata del mismo personaje, un matón de pequeño tamaño capaz de desarrollar una violencia desmedida (recuerda un poco a los gangster que interpretaba James Cagney). Resulta tan desagradable que su terrible muerte en Casino se le antoja al espectador de lo más gratificante.
-Hanibal Lecter. Anthony Hopckins en El silencio de los corderos (1991), de Jonathan Demme. ¿Qué podemos decir de Hanibal el Canibal? Inteligente, culto, elegante, sofisticado y terrorífico. Quizá sea la última encarnación del “monstruo” en nuestra cultura. Por ahora. Jamás cenaría con él.
-Untersturmführer Amon Goeth. Ralph Finnes en La lista de Schindler (1993), de Steven Spielberg. El otro nazi que incluimos en esta lista, el coronel Landa, es una caricatura, de modo que necesitábamos uno realista. La maldad de Goeth es visceral, estúpida, absurda, la clase de maldad que acaba destruyéndose a sí misma. Como les ocurrió a los nazis. Goeth nos inspira miedo, sí, pero también, y sobre todo, asco.
-Vincent Vega & Jules. John Travolta y Samuel L. Jackson en Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino. Puede que Tarantino inventara una nueva variedad de malos con estos personajes: los villanos charlatanes. En esta película también aparece otro maloso notable: Lobo, interpretado por Harvey Keitel.
-Bill El Carnicero. Daniel Day-Lewis en Gangs of New York (2002), de Martin Scorsese. Un villano fascinante, sin duda; alguien con quien no nos importaría charlar un rato. Siempre y cuando no hubiese cuchillos cerca, claro. Se trata de un personaje turbio, brutal y traicionero, pero también inteligente y honorable a su manera. La genial interpretación de Day-Lewis merecía un Oscar.
-Al Swearengen. Ian McShane en Deadwood (serie de TV 2004-2006), de David Milch. De todos los villanos que aparecen aquí, quizá éste sea el que más matices tiene. Capaz de lo peor, pero también de lo mejor, como descubrimos conforme vamos conociéndole. McShane ganó un Globo de Oro por esta interpretación. Con todo merecimiento.
-El Joker. Heat Ledger en El caballero oscuro (2008), de Christopher Nolan. La película me parece muy aburrida (lo siento, qué le vamos a hacer). De hecho, en mi opinión, sólo levanta el vuelo cuando Ledger entra en escena. Su composición del Joker es magistral; no se trata de un payasete simpático y travieso (como la versión de Nicholson), sino de un psicópata con la cara pintada que te hiela la sangre en las venas.
-Coronel Hans Landa. Christoph Waltz en Malditos bastardos (2009), de Quentin Tarantino. Para qué negarlo: la película es bastante mala. Sin embargo, cada vez que aparece el coronel Landa se convierte en una obra maestra. Charlatán, irónico, cínico, amanerado, inmoral, pero fascinante. Uno de los mejores malos de los últimos tiempos. Nos tomaríamos una cerveza con él. Y luego le pegaríamos un tiro, claro.
Y ahora, para terminar, cuatro aportaciones patrias, cuatro magníficos malos españoles.
-Alain Charnier. Fernando Rey en French Connection (1971), de William Friedkin. Uno de los villanos más elegantes y encantadores aquí incluidos. Si nos diesen a elegir entre su némesis, el bruto y desastrado policía Popeye Doyle (Gene Hackman), y Charnier, siempre nos iríamos de copas con el sofisticado narcotraficante que compuso el gran Fernando Rey. Incluso nos asociaríamos con él, que coño.
-El señorito Iván. Juan Diego en Los santos inocentes (1984), de Mario Camus. Tan real como la vida misma, tan deplorable como la dictadura que permitió la proliferación de individuos semejantes a éste. Un señorito extremeño falsamente cordial, un pijo, un facha, un esclavista sin corazón. Siempre he pensado que esta película es en realidad un western en el que Iván representa el papel de pérfido terrateniente que sojuzga a los colonos. Un gran malvado en cualquier caso.
-Anton Chigurh. Javier Bardem en No es país para viejos (2007), de Joel & Ethan Coen. Tiene mucho mérito que alguien con ese corte de pelo pueda helarte la sangre en las venas. Chigurh es el mal en estado puro, el mal implacable (un poco como Terminator), el mal frío y desnudo. Magnífica interpretación de Bardem y merecido Oscar.
-Malamadre. Luis Tosar en Celda 211 (2009), de Daniel Monzón. Brutal y tierno a la vez, carismático, burlón, histriónico y fiel. No es un amoral, sino alguien que se rige por sus propias reglas y está en guerra con el mundo. No me gustaría ser su amigo, pero sí me gustaría que él lo fuese. O, al menos, no tenerlo por enemigo.











































