lunes, octubre 15
El gran juego
Siempre me han gustado los juegos de tablero; en particular el ajedrez, el backgammon y el reversi. Respecto al ajedrez, mi relación con él es similar a mi amor por Halle Berry o Rachel Weisz: una pasión imposible. Soy malísimo jugando al juego de los reyes; doy tanta penita que me avergüenza jugar en línea, por las carcajadas que voy a provocar en mis contrincantes. Me gusta ese juego, pero no es para mí (o, mejor dicho, yo no soy para él). Como decía creo que Unamuno: el ajedrez es poco como ciencia y demasiado como juego. Too much para mí, en cualquier caso.
En cuanto al backgammon, me gusta y no juego del todo mal, pero siempre me ha molestado un poco lo mucho que interviene la suerte en su desarrollo. Es un juego mitad de azar y mitad de estrategia; divertido, pero “impuro” en el sentido de que muchas veces todo depende más de una tirada de dados que del talento de los jugadores.
Y luego está el reversi, también llamado othello. Quizá no lo conozcáis, porque es un juego bastante minoritario, así que os explicaré de qué va. Se juega en un tablero de 64 casillas, todas iguales. En la ilustración de arriba podéis ver el tablero en su posición de salida, antes de hacer la primera jugada. Las fichas son blancas por una cara y negras por la otra. Cada jugador escoge un color y, por turnos, van colocando una ficha en el tablero. Al mover, te “comes” todas las fichas del contrario que haya entre la ficha que acabas de poner y cualquier otra tuya que ya estuviera sobre el tablero, en horizontal, vertical y diagonal. “Comer” significa darle la vuelta a las fichas de tu contrario que hayas capturado para que pasen a ser de tu color. Para mover siempre hay que comer; si no, se pasa el turno. Gana quien al final de la partida tenga más fichas. Eso es todo, no hay más reglas.
Parece sencillo, pero es realmente complejo; no tanto como el ajedrez o el go, aunque mucho en cualquier caso. Aprendí a jugar al reversi hará cosa de tres décadas, cuando alguien me regaló un tablero, y desde hace unos quince años lo practico en Internet con frecuencia. Soy un jugador mediocre; mi ranking está a medio camino entre los mejores y los peores. No obstante, me vanaglorio de haberle ganado una partida (sólo una) a Mario Madrona, tres veces campeón de España.
El reversi es un juego en gran medida anti-intuitivo, porque cuando haces lo que parece más lógico, en realidad estás haciendo lo más inadecuado. Por ejemplo: como gana el que al final tenga más fichas, los malos jugadores se ponen como locos a comer fichas del rival desde el principio. Justo lo contrario que deberían hacer, porque la estrategia ganadora consiste en tener muchas menos fichas que el contrario durante la mayor parte de la partida (cuantas menos fichas tengas, menos movimientos posibles tendrá el otro), pero eso sí, colocadas en los sitios adecuados. Hay otras cuestiones, como los stoners, los quiet moves, la paridad o los laterales desequilibrados, que también se les escapan a los malos jugadores.
Pues bien, cuando juego en línea con un mal jugador siento cierta sádica sensación de superioridad al verle cometer error tras error, sobre todo porque él piensa que lo está haciendo de puta madre. Al final, en cuatro movimientos le destrozo y el pobre tipo se queda con un palmo de narices, porque estaba convencido de que me iba a machacar él a mí. En esos casos, sé que sé cosas sobre el juego que el otro jugador ni imagina.
Pero lo malo de ser un mediocre es que, como dice el refrán, donde las dan las toman. Porque cuando juego contra un jugador mejor que yo, uno realmente bueno, ocurre lo mismo que decía antes, pero al revés. El tío me gana una y otra vez, y yo no tengo la más remota idea de cómo lo consigue. Está claro que él sabe cosas sobre el juego que yo ni imagino. Lo que sí me imagino es a ese cabrón mirándome por encima del hombro con burlona condescendencia. Y se me llevan los demonios.
Bueno, sólo es un juego, claro; algo sin importancia. Sin embargo, el otro día me di cuenta de que el reversi puede ser una metáfora sobre algo mucho más grande. Porque, a fin de cuentas, ¿no es la vida un juego, un juego en el que se gana o se pierde? Y si aceptamos eso, ¿no os parece que hay jugadores que saben cosas sobre el juego (sobre la vida) que nosotros ni imaginamos? Yo sí.
Creo que hay gente, no mucha, que entiende a la perfección las reglas y la estrategia de la vida, y que eso les proporciona una enorme ventaja y una gran capacidad de control. Las personas normales, como yo (si es que soy normal), conocemos una parte de esas reglas, pero no todas, y eso nos convierte en jugadores mediocres del juego de la vida.
Aunque, en realidad, no se trata solo de saber, sino también de aceptar y valer. Gran parte de la estrategia ganadora es depredadora (comer fichas, comer personas), enormemente cruel, y yo, como tantos otros, estoy “lastrado” por una conciencia y una ética que me impiden jugar con libertad. Por otro lado, aunque soy capaz de percibir y comprender algunas estrategias ganadoras, también sé que soy incapaz de ponerlas en práctica, porque mis características personales no son las adecuadas. No valgo para ello.
Hay, por supuesto, ciertas peculiaridades. A diferencia de los juegos de tablero, en la vida no todos los jugadores parten en igualdad de condiciones; algunos lo hacen con muchísima ventaja y otros con terrible desventaja. Además, en el juego de la vida los jugadores ganadores pueden modificar las reglas a su favor (basta con mirar a nuestro alrededor para comprobarlo). Por último, quizá el juego de la vida se parezca más al backgammon que al reversi o al ajedrez, porque el factor suerte es fundamental.
En cualquier caso, estoy convencido de que hay jugadores del juego de la vida que juegan mucho mejor que yo, porque saben cosas que no sé, porque lo ven todo más claro. Y no puedo evitar que se me lleven los demonios al imaginar la displicencia con que deben de mirarme, conscientes del mediocre imbécil que soy.
Aunque, no sé, ahora que lo pienso me da la sensación de que a lo que realmente se parece la vida es a un casino. Básicamente, porque la banca siempre gana.
jueves, octubre 4
Juana de Arco no.
Después de tanto tiempo, ya no sé qué he escrito en este blog. Entre mi mala memoria y que Babel cumplirá pronto siete años, temo empezar a repetirme como esos abueletes que te contaban veinte veces el sitio de Belchite. Por cierto, ya deben de quedar muy pocos abuelos que hayan pasado la Guerra Civil. ¿Qué batallitas contarán ahora los nuevos abuelos? Cuando me llegue el turno, me enrollaré con la dictadura y la heróica lucha contra Franco, ya lo tengo todo preparado. Me relamo pensando en los coñazos que voy a dar. Pero me estoy yendo por las ramas. Decía que no sé si os he contado ya cierta anécdota; aunque en el fondo da igual, porque os la voy a contar de todas formas. Su protagonista fue Buster Keaton. Como sé que hay merodeadores muy jóvenes rondando por aquí, aclararé que Buster Keaton fue un actor cómico del cine mudo (en España se le conocía por Pamplinas). Era un genio, tanto como Charles Chaplin. Aunque sean en blanco y negro y mudas, ved sus películas; sobre todo El maquinista de la General.
Bien; ¿sabéis cuáles fueron las últimas palabras de Keaton antes de morir?: “Juana de Arco no”.
Resulta que Keaton, ya muy mayor, estaba moribundo en la cama, rodeado por un grupo de familiares y amigos. De pronto, exhaló un suspiro y se quedó absolutamente inmóvil. “Creo que ha muerto”, dijo alguien. Y otro sugirió: “Tocadle los pies; dicen que la gente, cuando va a morir, tiene los pies fríos”. Entonces Keaton, que seguía vivo, dijo con un hilo de voz: “Juana de Arco no”.
¿No os parece genial? Creo que es el mejor epitafio que he oído en mi vida. Si hubieseis estado allí, en ese momento tan dramático, ¿qué habríais hecho, reír o llorar? Es fantástico que alguien te ponga en esa tesitura, ¿verdad? Hay que ser muy grande para convertir el momento de la propia muerte en un gag. Pero para eso precisamente existe el humor: para conjurar el horror.
Hace poco, mi amigo Samael me remitió una frase de Winston Churchill que yo no conocía: “La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor los consuela de lo que son”.
Al final, en última instancia, cuando todo ha fallado, eso es lo que nos queda: la risa. Aunque no haya motivos; o, mejor dicho, precisamente porque no hay motivos.
Vivimos en un mundo que es para troncharse.
jueves, septiembre 27
Carnaza
Soy catalán; eso, al menos, pone en mi DNI, donde se especifica que nací en Barcelona. Mi padre era catalán, natural de Barcelona, igual que mi madre, que nació en Manresa, igual que mis hermanos, ambos barceloneses. Mi primer apellido, Mallorquí, no es balear, sino catalán, originario de Gerona; aunque no debería ser ese apellido -pues mi abuelo nunca reconoció a mi padre; Mallorquí era el apellido de mi abuela-, sino Serra, que más catalán no puede ser. Me falla el segundo apellido, del Corral, que es de origen cántabro; pero por lo demás soy más catalán que una barretina.
No obstante, cada vez que se me define como “escritor catalán” me siento extraño, como si no hablaran de mí. Porque soy el catalán menos catalán del mundo; un charnego al revés. ¿Cómo voy a sentirme catalán si me trajeron a Madrid cuando tenía un año de edad? Además, mi padre era un gran españolista que, por otro lado, le guardaba cierto rencor a Cataluña (quizá porque Cataluña no le tratara bien durante su niñez y juventud marcada por el estigma de ser “hijo natural”). Tanto es así que, aunque era bilingüe, sólo le oí hablar en catalán dos veces en mi vida. En cuanto a mi madre, no pertenecía a una rancia estirpe catalana; era hija de charnegos. Y, qué demonios, yo me he criado en Madrid, donde he vivido siempre. Así que no, no me siento catalán, aunque me gusta Cataluña y, en especial, Barcelona, una preciosa ciudad que, cuando se sacude el ombliguismo provinciano (algo que no siempre ocurre), puede ser muy cosmopolita.
Pero ahora me estoy replanteando las cosas. Si Cataluña se convirtiera en un país independiente, ¿qué pasaría conmigo? ¿Tendría que elegir entre ser catalán o español? ¿Podría tener la doble nacionalidad? ¿Debería aprender catalán, a mi años? (qué pereza, virgen santa). Y si el independentismo prospera, generando la consiguiente reacción en contra, ¿correría el peligro de ser apaleado por una falange de furibundos españolistas? Si optara por ser español, ¿sería considerado un traidor a la patria en Cataluña? Según la decisión que tomase, ¿tendría que renunciar al pa amb tomaca o, por el contrario, alimentarme sólo de botifarra amb mongetes? A mí, que la bandera española me la suda, ¿debería empezar a emocionarme la senyera? Y, sobre todo, ¿tendría que olvidar mi inquebrantable adhesión al Real Madrid para entregarme en cuerpo y alma a los colores del Barça?
Qué complicado todo, ¿verdad? Sobre todo, porque Madrid no me gusta. Antes sí que me gustaba, es cierto; durante mi niñez, cuando sólo era un pueblo grande, y allá por finales de los 70 y comienzos de los 80, cuando la ciudad reventó de optimismo y creatividad. Pero después de varias décadas de estar en manos de la derecha más cavernaria, Madrid se ha ido a la mierda, convirtiéndose en un lugar hostil y antipático. Lo cierto es que, si pudiera, me iría a vivir a otra parte. Pero, ¿a Cataluña? ¿A un Cataluña independiente? ¿A una NACIÓN, así, con mayúscula? Mmmm... creo que no, que mejor paso.
Porque, veréis, detesto el nacionalismo. El término “patria” forma parte de lo que yo denomino Grandes Palabras Peligrosas; es decir, palabras por las que la gente se mata entre sí. Y digo bien: palabras, no conceptos, porque términos como Patria, Dios o Raza no se refieren a algo claramente definido, sino a entelequias tan nebulosas que pueden adoptar la apariencia que se quiera. Son palabrería barata; pero palabrería cargada de pólvora y metralla. Además, me parece una soberana gilipollez convertir una cuestión de puro azar –haber nacido en determinado sitio- en algo básico para la existencia de quién sea. Por último, conviene recordar que en la base de todos los fascismos que son y han sido se encuentra el nacionalismo.
Y, ojo, estoy en contra de todos los nacionalismos, comenzando por el español, que es el que más he sufrido. No olvidemos que nací bajo la “Una, grande y libre”, que mira por dónde, ni era una, ni era grande, ni, por supuesto, era libre. Así que nacionalismo español, caca. Y el vasco, y el catalán, y el gallego, todos caca.
Sin embargo, es tan tentadora la idea de separarse de un país tan cutre y mal acabado como España... Dejar de ser español suena casi como una liberación. Si me dijeran que podía separarme de España para convertirme en, no sé, noruego, por ejemplo, y si me garantizaran que todos los noruegos iban a aprender español para facilitarme la comunicación, no lo dudaba ni un segundo: a Noruega de cabeza, pese al clima. Pero ¿dejar de ser español para convertirme en catalán? No me jodas, pero si es lo mismo; idéntica cagada.
Y es que eso es algo que no entienden ni los españolistas ni los catalanistas: que el eje, la esencia, la piedra angular de lo que, para bien o para mal, es España surge de la intersección entre Castilla y Cataluña. España, sin Cataluña, ya no sería España. Y Cataluña, sin España, tampoco sería Cataluña, sino un patético invento del nacionalismo. No hay dos naciones; sólo hay dos idiomas que, encima, se parecen un huevo.
Pero lo que más me cabrea es la facilidad con que mordemos el anzuelo, lo fácilmente que nos dejamos engañar. Tanto España en su conjunto como Cataluña en su autonomía sufren una profunda crisis que no solo es económica, sino también, y sobre todo, política, estructural y democrática. Hay grandes problemas que exigen ser abordados y corregidos, hay poderosas razones para que la gente se movilice con el objetivo de reformar un sistema que hace aguas por todas partes. La actual partidocracia ya no representa los intereses de los ciudadanos, sino sus propios intereses y los de una oligarquía cada vez más poderosa y rapaz. Ya no hay separación de poderes, ya no hay controles, ya no hay ni rastro de ética. Nuestro sistema político está corrupto.
¿Y qué pasa con la Generalitat? Pues que el partido que gobierna actualmente, Convergència i Unió, con el honorable Artur Mas a la cabeza, siempre ha sido conocido como el “partido del tres por ciento”, por su desmedida afición a las comisiones ilegales. Y su forma de afrontar la crisis ha consistido en hacer lo mismo que hace el PP: pegarle hachazos al estado del bienestar. Eso debería de cabrear a los catalanes, ¿no?
Pues sí, probablemente les ha cabreado, pero no importa. ¿Para qué preocuparnos por los viejos problemas si podemos dedicarnos en cuerpo y alma a crear nuevos problemas? Saquemos un conejo de la chistera: la independencia. Escucha, catalán: vas a tener tu propia patria, una patria para ti solito. Una mierda de patria, es cierto; pero tampoco es que la de antes fuese gran cosa. Lo importante es que será TU PATRIA. No puedes consentir que un gallego al frente de un gobierno español te engañe y te robe; debes exigir que quienes te engañen y te roben sean compatriotas tuyos, catalanes de pura sangre.
Y muchísimo catalanes, henchidos de amor patrio, han mordido el anzuelo y se han movilizado para exigir una solución que no soluciona nada. Y Mas ha convocado unas elecciones que ganará por aclamación, porque es un Padre de la Patria al que hay que seguir ciegamente, pese a su inclinación a quedarse con un 3% de esa patria. Y ya está; todo el mundo se ha olvidado de los verdaderos problemas y el status quo se mantiene.
Claro que, para que las cosas lleguen a este punto, ha hecho falta la inestimable colaboración de la derecha, con su visceral anticatalanismo, sus campañas de boicot al cava y sus recursos al Supremo. Una actitud de lo más adecuada para un partido de implantación nacional; adecuada para obtener votos en Castilla, claro. Y no nos olvidemos del PSOE, que parece haber olvidado que la izquierda jamás ha sido nacionalista, sino todo lo contrario: internacionalista. Pero hay que sacar votos hasta de las piedras, por supuesto.
En fin, todo está arreglado; ya hay carnaza para todos. Los catalanistas haciendo su patria, los españolistas berreando por la suya, y entre tanto la casa sin barrer y las ratas a sus anchas. Pero todos felices: ya tenemos a quién odiar, que eso une mucho.
¿Y yo, como catalanoespañol, qué voy a hacer? Pues voy a hacerme noruego, a poco que me dejen.
martes, septiembre 18
¡Vigilad el cielo!
Ya hemos hablado en otra ocasión sobre el tema, pero ¿os habéis fijado en la cantidad de películas sobre invasiones extraterrestres se han estrenado durante la última década? Así, haciendo memoria, me vienen a la cabeza las siguiente:
Señales (2002), de Shyamalan
La guerra de los Mundos (2005), de Spielberg
Invasión (2007), de Oliver Hirschbiegel
Distrito 9 (2009), de Neill Blomkamp
Monsters (2010), de Gareth Edwards
Skyline (2010), de Colin Strause
Invasión a la Tierra (2011), de Jonathan Liebesman
Cowboys y Aliens (2011), de Jon Favreau
Attack the Block (2011), de Joe Cornish
Battleship (2012), de Peter Berg
V (serie de TV, 2009-2011)
Falling Skies (serie de TV, 2011-2012)
Eso sin contar con otras pelis de ETs cabrones, como Súper 8, La Cosa o Prometheus, y sin tener en cuenta que Transformers también va de extraterrestres dando caña, pero ya abiertamente en plan de encefalograma plano. Además, hay varias películas sobre el tema en cartera, como la adaptación de Bajo la piel o The 5th wave.
Pero centrémonos en la lista de más arriba. No he visto Attack the Block ni la serie V, así que las dejaremos de lado. En cuanto a la excelente Distrito 9, no es exactamente una invasión alienígena; o quizá sí: ¿una invasión de espaldas mojadas espaciales? Pues bien, de los film que quedan, el mejor es sin duda Monstruos, una modestísima producción independiente rodada con gran inteligencia y sensibilidad.
En cuanto al resto de las pelis... bien, digamos que ninguna de ellas tiene ni pies ni cabeza. Os recomiendo, al respecto, un artículo de José Hernández llamado “Los 10 planes más ridículos para invadir la Tierra” (podéis encontrarlo pinchando AQUÍ). Y es que si una raza alienígena, dotada con un nivel tecnológico capaz de dominar el viaje interestelar, llegara a nuestro planeta con ganas de bronca, sencillamente nos correrían a gorrazos, nos barrerían, nos exterminarían, acabarían con nosotros en un parpadeo. Y, desde luego, no lo harían liándose a tiros en plan “yo te disparo con mi futurista arma de rayos, pero, caray, qué pupa me haces con tu anticuado lanzagranadas”. No, nada de batallitas entre marines y bichos del espacio, ese no sería su plan. Supongo que nos fumigarían, o algo parecido; desde luego sería un holocausto mucho más eficaz y mucho menos épico.
Bien, dejando la coherencia de lado, La guerra de los mundos de Spielberg me parece mucho mejor película de lo que suele afirmarse; un buen espectáculo que, eso sí, no alcanza ni de lejos la magia del original literario en que se inspira. En cuanto a Señales, de Shyamalan, es absurda de principio a fin, pero contiene secuencias muy potentes y una atmósfera oscura y opresiva más que notable. El resto de las películas son a cual más infumable, empezando por esa innecesaria y absolutamente fallida cuarta versión de La invasión de los ladrones de cuerpos que es Invasión (¿para qué demonios cuatro versiones si las dos primeras ya eran excelentes?). Aunque, eso sí, la palma de soplapollez se la lleva Battleship que, aparte de contar con todos los tópicos mal rodados que os podáis imaginar, nos muestra cómo un desvencijado destructor de la Segunda Guerra Mundial tripulado por ancianos veteranos logra destruir a la nave insignia de una flota alienígena. La palabra “ridículo” no expresa en toda su dimensión lo que es este film. Cowboys y Aliens prometía, por su título, un divertido delirio pulp, pero se quedó en una tontería sosa, incoherente y aburrida. Skyline e Invasión a la Tierra son sendas bobadas, igual que lo es la vomitiva Falling Skies.
Ante esto, me surgen dos preguntas. La primera, y más simple, es ¿por qué demonios, teniendo entre manos un tema tan jugoso, las productoras lo desarrollan con tan poquísima imaginación? De todas las películas citadas, sólo Monsters y Distrito 9 abordan la invasión alienígena de una forma original. Y quizá ahí esté la respuesta, porque precisamente se trata de los dos únicos films producidos fuera de Estados Unidos. Hollywood tiende a elaborar sus producciones tomando como referencia la mente de un niño de diez años. Pero ojo, ni siquiera un niño de diez años escasamente espabilado se tragaría un bodrio como Battleship.
La segunda y más compleja pregunta es ¿por qué tal acumulación de películas sobre invasiones extraterrestres? El otro día leí un artículo que le echaba la culpa al éxito de Independence Day, pero esa película es de 1996, y la gran avalancha de invasiones se produjo catorce años después. Demasiado tiempo. Por cierto, la película de Emmerich me parece honesta, porque da lo que promete: una serie B rodada con presupuesto A; sin pies ni cabeza, pero al menos divertida.
El caso es que no entiendo el por qué de tantos aliens invasores. Ya hemos comentado en otra ocasión que en épocas de crisis prolifera el cine de terror, algo que es fácil de constatar en las presentes circunstancias. Eso explica, por ejemplo, la proliferación de zombis. Pero las pelis de invasiones extraterrestres no son exactamente de terror. Son de catástrofes. Y, ahora que lo pienso, los zombis no se usan tanto en su sentido terrorífico como en el catastrófico. Entonces, ¿el cine está sublimando en clave de fantasía o ciencia ficción la catástrofe económica y social en la que estamos inmersos? Y si es así, ¿por qué nos gusta verlo?
Qué raritos somos los seres humanos.
lunes, septiembre 10
Psicópatas
Con frecuencia suele confundirse al psicópata con los serial killers, tipo Michael Myers (el de Halloween), Norman Bates, Latherface, Jack Torrance y tantos otros asesinos de la pantalla; monstruos sedientos de sangre que sólo aspiran a torturar y matar. Pero eso no es así; de hecho, los personajes que he mencionado no son “psicópatas”, sino “psicóticos”, gente con la capacidad de razonar alterada que vive en un permanente estado alucinatorio.
Los psicópatas (también llamados sociópatas), por el contrario, razonan perfectamente (suelen ser personas inteligentes) y perciben con nitidez la realidad. Sólo un pequeño detalle les diferencia de los demás: carecen de empatía, les resulta imposible ponerse en la piel de otra persona. Son narcisistas, sólo piensan en sí mismos, su mundo se reduce a un omnipresente YO. Al carecer de empatía, son incapaces de sentir ciertas emociones, como amor, amistad, arrepentimiento, piedad, ternura, compasión... No obstante, sí que las perciben en los demás, así que aprenden a imitarlas. Desde niños son magníficos actores; fingen sentir emociones que no sienten, porque eso les mimetiza con las personas normales y les permite manipularlas. No tienen conciencia, ni ética, ni escrúpulos.
Pero eso no significa que sean criminales; de hecho, la mayoría no lo son. Porque si un psicópata deseara algo tuyo, no tendría el menor reparo moral en matarte y quitártelo. Pero lo que sí tiene es miedo a la policía y la justicia, así que no lo hará. No porque tenga escrúpulos (para él sería como aplastar a una cucaracha), sino por temor a lo que le pueda pasar. La mayor parte de los psicópatas siguen escrupulosamente las leyes, pero eso no les hace menos peligrosos. Son manipuladores natos, así que suelen ser más encantadores de lo normal. Tienes la sensación de que te aprecian realmente, pero en realidad te están utilizando, sirviéndose de ti para sus fines. Al ser narcisistas, disfrutan quedando por encima de los demás, haciéndolos pasar por el aro, humillándolos. Jamás encontrarás en ellos auténtica lealtad, amistad o amor, porque son incapaces de sentir esas emociones. Sólo actúan en su propio beneficio y si para conseguir sus fines han de pisotearte, te pisotearán; de hecho, lo harán incluso aunque no sea necesario. Son lobos entre corderos, y nosotros, las personas normales, somos los corderos.
¿Habéis conocido a algún psicópata? Seguro que sí, aunque probablemente no os hayáis dado cuenta. Porque, ¿de cuánta gente estamos hablando, cuántos psicópatas hay? Se estima que el 10 % de la población presenta algunos rasgos psicopáticos, y que el 1 % son psicópatas en estado puro. Una de cada cien personas... lo cual significa que tan solo en España hay unos 470.000 psicópatas. Casi medio millón de monstruos aleatoriamente repartidos por todas partes. Pone los pelos de punta, ¿verdad? Ahora bien, ¿están realmente distribuidos de forma aleatoria? Pues sí, pero no del todo.
Vamos a ver, ¿la psicopatía es una tara o una bendición? Desde el punto de vista de la especie los psicópatas son una tara, porque ponen en peligro al grupo, pero desde una perspectiva individual... Imaginaos un individuo inteligente y frío, alguien que carece de conciencia y restricciones morales, alguien que no se ve dominado por las emociones, sino por una inflexible determinación, una persona que además es extremadamente mentirosa y manipuladora. ¿No se parece mucho eso al superhombre nietzscheano? En una sociedad que prima el individualismo sobre la colectividad, en una cultura que usa el egoísmo, la codicia y la competitividad como motores sociales y económicos, ¿los psicópatas no tendrán una gran ventaja sobre los demás?
Un inciso. Los psicópatas, por sus características, pueden resultar muy útiles para ciertos intereses. Por ejemplo, no cabe duda de que el nazismo creó monstruos, pero sobre todo lo que hizo fue dar trabajo a los monstruos ya existentes, ponerlos en nómina. Los regímenes totalitarios son el perfecto ecosistema para los psicópatas. Pero ¿y en una democracia? Siempre hay que trabajos sucios que hacer, ¿verdad?, trabajos que al común de los mortales le revolverían el estómago. En esos casos, es muy útil contar con gente a la que nada le revuelve el estómago. Esos liquidadores de empresas, esos jefes de personal que despiden sin un pestañeo, esos cargos intermedios que tiranizan a sus subalternos, esos ejecutivos agresivos sin piedad, esos políticos radicales, esos líderes de sectas... todos esos trabajos son perfectos para los psicópatas.
Pero nos preguntábamos si ser psicópata no supondría una ventaja social. Pues eso es exactamente lo que descubrió la doctora Martha Stout, de la facultad de medicina de Harvard: conforme se asciende en la escala social aumenta el número de psicópatas. Es decir, que hay más monstruos en las clases altas que en las medias, y más monstruos en las clases medias que en las bajas. Y eso es así no porque cuanto más rico seas más posibilidades tengas de engendrar hijos psicópatas, sino porque los psicópatas son mucho más eficaces a la hora de ascender en la escala social.
Pues bien, ¿sabéis dónde abundan más los psicópatas?: Entre los líderes empresariales, financieros y políticos. Aunque no hay estudios rigurosos, se estima que en esas altas esferas el porcentaje de psicópatas puede rondar el 20 %. Es decir, entre las personas más poderosas del mundo, una de cada cinco es un psicópata. ¿No os corre un escalofrío por la espalda al pensar que gran parte de las decisiones que afectan a nuestras vidas están en manos de psicópatas?
El psicólogo canadiense Robert Hare, creador del test más eficaz para detectar psicópatas, dijo en cierta ocasión: “Los psicópatas de a pie destruyen familias. Los psicópatas corporativos, políticos y religiosos destruyen economías y sociedades enteras”.
Echad un vistazo a vuestro alrededor. ¿No os parece que la actual situación es el producto de una profunda psicopatía? No quiero ser reduccionista; es evidente que para que las cosas estén tan mal hace falta mucho más que un puñado de psicópatas. No obstante, deberíamos preguntarnos cómo es posible que el sistema de valores de nuestra supuestamente civilizada cultura favorezca tanto los intereses y las actividades de los psicópatas. Está claro que en algo nos equivocamos; lo que ignoro es si esa equivocación reside en lo que hacemos o en lo que somos.
sábado, septiembre 1
Esconjurando
Hoy pocos recuerdan a David Hamilton (1933), un fotógrafo inglés que en la década de los 70 se hizo recontrafamoso con sus retratos de jóvenes adolescentes desnudas, por lo general de aspecto nórdico, siempre con flou y emulsiones de grano grueso. Pelín horteras, la verdad, pero las chicas eran preciosas. Sus pósters se vendían como rosquillas. También dirigió cinco películas eróticas, pero eso no viene al caso.
La cuestión es que yo siempre le había asociado a las adolescentes en pelotas, así que un día, hace mucho tiempo, me sorprendí al encontrar –creo que en casa de mi hermano JC- un reportaje fotográfico de Hamilton donde no solo no aparecían dulces Lolitas, sino que no había nadie. Era una larga serie de fotos en color tomadas en una playa desierta, poco después de ser abandonada por los bañistas, al atardecer de un día nublado. Una sombrilla tirada, basura, huellas en la arena, desoladas casetas de playa, un balón, unas chanclas rotas... Me quedé de piedra. Las casi niñas de Hamilton eran pastelones eróticos, pero esas fotos de la playa, sin flou ni mamonadas, transmitían auténtica emoción: soledad, pérdida, melancolía. Pocas veces he visto tan bien reflejado el final del verano, tanto en sentido literal como en el metafórico.
Qué chungo es cuando se acaba el verano, ¿verdad? Hay canciones que hablan de ello, como la homónima del Dúo Dinámico, y películas, como American Graffiti, y seguro que también un montón de novelas, aunque ahora no me viene ninguna a la cabeza. Los días dorados van desvaneciéndose poco a poco; la promesas –cumplidas o no- del estío ya sólo son recuerdos; el mundo va saliendo del stand by estival y se pone de nuevo en movimiento. Todo muy melancólico y triste, si no fuera porque tras el verano llega la magia del otoño, quizá mi estación preferida.
Este verano, mi mujer y yo no hemos salido al extranjero. Pensábamos ir a Islandia, pero teníamos que hacerlo como muy tarde en julio; problemas de curro se lo impidieron a Pepa, que se vio obligada a retrasar las vacaciones a agosto, así que decidimos ir un par de semanas a los Pirineos. Primero a la Seu d’Urgell, después a Boltaña y finalmente a Panticosa. Ya conocía esas montañas (salvo la zona de Ainsa y Boltaña), pero cada vez que voy no puedo evitar asombrarme de su belleza. Además, los Pirineos están llenos de historia y misterio.
Hace tiempo que ando dándole vueltas a una historia ambientada en los Pirineos durante la Segunda Guerra Mundial. En aquella época hubo mucha actividad por allí: nazis, la guardia civil franquista, maquis, contrabandistas, miembros de la resistencia... Mucha gente quería huir de Europa, o pasar a Inglaterra, cruzando las montañas, y luego a través de España y Portugal. Así que algunos contrabandistas pirenaicos cambiaron, más o menos, de profesión y se dedicaron a “pasar” gente por la frontera. Se convirtieron en “pasadores”. Bueno, pues me gustaría escribir sobre alguno de ellos. Cuando se me ocurra una historia que me convenza, claro.
Hay cosas muy curiosas en los Pirineos. ¿Sabéis que allí, sobre todo en los valles navarros, existía una raza maldita, los agotes? Desde el siglo XII hasta finales del XIX. Los agotes -en Francia denominados cagots- eran artesanos, sobre todo de la madera, pero también de la piedra y el hierro. Estaban completamente marginados. Vivían en guetos y tenían que llevar en las ropas una marca roja: una huella de gato o de oca. No podían casarse con no-agotes, ni poseer tierras, ni entrar en las iglesias por la puerta principal (tenían que usar una más pequeña y asistir a misa en una zona aislada; incluso tenían su propia pila bautismal), ni ser enterrados en sagrado. Se decía que transmitían la lepra y otras enfermedades. También se decía que poseían ciertas características físicas, como no tener lóbulos en las orejas, pero es mentira. Lo único que diferenciaba a los agotes de los demás era su origen. ¿Y cuál era su origen?
Un misterio. Hay varias teorías: una afirma que procedían de los visigodos que se refugiaron en los Pirineos huyendo de la invasión árabe. De hecho, en provenzal –y en catalán- ca got significa “perro godo”. No obstante, la invasión se produjo en el siglo VIII y no hay noticias de los agotes hasta el XII, lo cual deja cuatro siglos de vacío histórico. Demasiado; no suena muy probable. Otra hipótesis es que fueran descendientes de los cátaros que huyeron de la cruzada que la Iglesia desató contra ellos. Y otra que procedían de las comunidades de gente fuera de la ley (por el motivo que fuese) que se habían establecido en las leproserías, precisamente porque allí nadie iría a buscarles. Eso explicaría la superstición de que transmitían la lepra. En fin, un misterio. El caso es que la marginación oficial, con leyes específicas contra los agotes, duró hasta 1819. Hoy ya no quedan comunidades de agotes, ya no existen agotes como tales. Pero sí sus descendientes. El barrio de Bozate, en el pueblo de Arizcun (Baztán), fue uno de sus últimos guetos y la mayor parte de quienes hoy viven en él son sus descendientes. Un viejo dicho popular del Valle de Baztán reza: “Al agote, garrotazo en el cogote”. Qué cosas... Por cierto, hubo en los Pirineos –esta vez en los catalanes, en el Valle de Ribes- otra raza maldita, los galluts, que no fue públicamente conocida hasta finales del siglo XIX. Padecían enanismo y cretinismo y tenían bocio. Unos freaks, vamos. Dicen que el último murió en 1990
¿Os habéis fijado en que la gente que vive en la montaña es diferente a la gente del llano? Están más aislados, son más endogámicos –cada valle es una entidad casi independiente-, su horizonte es limitado. Supongo que esa es la razón por la que en los Pirineos se conservó hasta hace muy poco una antiquísima mitología popular (a fin de cuentas, los dioses suelen vivir en las montañas), con seres fantásticos como los diaplerons, las lamias, los follets... y las brujas, por supuesto. Todavía hoy, en las aldeas, se ven muchos “espantabrujas” sobre las chimeneas de las casas.
Este verano me encontré allí con algo que desconocía por completo. En una de las excursiones que hicimos me fijé, al pasar por un desvío, en un cartel que anunciaba: “esconjuradero”. ¿Qué demonios es eso?, pensé. Ese mismo día, cuando regresábamos a Boltaña, donde estábamos alojados, pasamos por delante de un pueblo cercano, Guaso, donde de nuevo vi el mismo cartel. Esconjuradero. Paré el coche, me conecté a Internet a través del móvil y busqué el término. Y resultó que la palabreja en cuestión procede del aragonés esconchurar, que significa "conjurar". Según la Wikipedia: “Los esconjuraderos son pequeñas construcciones o templetes que desde el siglo XVI al XVIII se construyeron específicamente para albergar rituales destinados a esconjurar o conjurar tormentas o tronadas, las plagas y otros peligros que amenazaban a las cosechas”.
Son de planta cuadrada con tejado piramidal, y en sus muros hay vanos en forma de arco orientados hacia los cuatro puntos cardinales (la fotografía que ilustra esta entrada corresponde al esconjuradero de Guaso). Se trata de una tradición nítidamente pagana; pero la Iglesia la asumió como tantas veces ha hecho (incluso existía un manual católico para esconjurar). Lo curioso es que lo hiciera en una época tan tardía como el siglo XVI, lo que demuestra hasta que punto sobrevivía el paganismo en esa zona.
En fin, no me enrollo más con los Pirineos. El caso es que las vacaciones han terminado y Babel despierta de su sueño estival. Con nuevos y vigorizados propósitos, entre los que destaca el de no volver a escribir series de posts sobre un mismo tema, como la reciente acerca de la ciencia ficción. Con las primeras entradas no hay problema, pero luego la cosa se convierte en un deber, una especie de trabajo, y yo, qué queréis que os diga, no escribo esto ni por deber ni por trabajo. Así que kaput a las series de posts entrelazados, estoy harto. Me quito un peso de encima, pero también lamento algo, porque pensaba escribir sobre un tema que considero especialmente interesante en esto tiempos: la manipulación de la información.
No me refiero a denunciarla, porque todos sabemos que existe, sino a cómo detectarla y defenderte de ella. Es decir, pensaba poner mis conocimientos sobre publicidad a vuestro servicio escribiendo por entregas una especie de “Manual para evitar que nos coman el coco”, pero... joder, qué pereza. Lo dejaremos para otro momento.
¿Qué más? Los óbitos, sí. ¿No os da la sensación de que la gente conocida se muere más en verano que en otras épocas del año? Este verano las han cascado varios, pero sólo voy a comentar dos: Harry Harrison y Neil Armstrong.
Harry Harrison (1925-2012) fue un escritor norteamericano de ciencia ficción. Si revisáis las entradas sobre “La cf y yo”, le encontraréis allí. No fue uno de los grandes autores del género, pero sí un escritor entretenido y solvente. Sus principales obras fueron la serie dedicada a la Rata de Acero Inoxidable, centrada en un ladrón del futuro, la novela ¡Hagan sitio, hagan sitio!, en que se basó la película Soylent Green, y su divertidísima sátira antimilitarista Bill, héroe galáctico. Descanse en paz.
Neil Armstrong (1930-2012) no escribió ciencia ficción: la hizo. Quizá se trate de la figura histórica más perdurable del siglo XX. Pensadlo: dentro de miles de años, cuando la gente se haya olvidado de Hitler, de Kennedy, de Mao y de todos los grandes personajes que hoy nos parecen archifamosos, la humanidad seguirá recordando que Armstrong fue el primer humano en pisar otro cuerpo celeste. Eso ya no se lo quita nadie. Descanse en paz.
Y ya está; como rentrée basta. Ha sido un placer encontrarme de nuevo con vosotros, amigos míos, aunque debo reconocer que el placer era aún mayor cuando estaba en las montañas tocándome las narices. Ah, por cierto: como estoy seguro de que entre los merodeadores de Babel hay tipos por lo menos tan rijosos como yo, os pongo al final de esto una fotografía del inefable Hamilton. Besitos.
miércoles, agosto 1
Puerta al verano
Estamos en pleno verano, ¿lo habéis notado? Supongo que sí, por el calor y los días más largos. Pero, ¿habéis sentido el verano? Yo apenas, casi nada, muy poquito. ¿Sabéis?, me encanta vivir en una zona del planeta con variación de estaciones; me gustan la primavera, el verano, el otoño y el invierno, por igual aunque por diferentes motivos. Me gusta “sentir” cada estación. No es fácil de explicar eso de “sentir”... En parte se trata, creo, de tomar conciencia de lo que te rodea, de absorber cada detalle e integrarlo todo en un conjunto armónico. O algo así. Pero no es un acto intelectual, sino emocional; es algo que ocurre o no ocurre, no puedes provocarlo, aunque sí puedes generar las circunstancias que lo favorezcan. Básicamente: tiempo, mente clara y tranquilidad.
Creo que esto es más fácil de entender en el caso de la arquitectura. Le Corbusier definía los edificios como “máquinas de vivir”, y si vivir es sentir, entonces los edificios también son “maquina de sentir”. Una pequeña iglesia románica favorece la introspección, una catedral gótica te sobrecoge, la Alhambra despierta tu sensualidad. Los edificios, sobre todo los públicos, emiten sensaciones, así que cuando los visito no me interesa tanto “verlos” como “sentirlos”. Pero no siempre es posible. Por ejemplo, la primera vez que visité la catedral de San Pedro, en Jaca, (era por la tarde) el templo estaba lleno de turistas, guías, niños gritones y chusma en general. Se trata de un edificio románico, muy antiguo (de hecho, la de Jaca es una de las catedrales más antiguas de España), pero no había forma de “sentir” nada (salvo irritación) a causa del jaleo que me rodeaba. De modo que me fui y al día siguiente, a las nueve de la mañana, me planté en la iglesia y me tiré una hora allí, totalmente solo, sintiendo aquellas viejas piedras.
“Sentir” edificios, sí, pero también lugares, paisajes o estaciones del año. Sin ir más lejos, todos los años mi mujer, unos amigos y yo hacemos en otoño una breve escapada a algún lugar donde abunde la vegetación de hoja caduca, para disfrutar (sentir) el espectáculo de esa estación. Ahora bien, ¿sentisteis, por ejemplo, la pasada Navidad? Yo, desde luego, no; y en ningún sentido: ni el tópico buen rollito ni la pura irritación. No sentí nada; fue como si la Navidad, el solsticio, no hubiera existido. Y lo mismo me pasa (¿nos pasa?) con el verano. No siento nada.
¿Sabéis por qué? Porque hay demasiada chusma correteando y gritando a nuestro alrededor. Nuestras mentes no están en el verano, sino distraídas, abrumadas, con la crisis, con los recortes/amputaciones, con la profusión de malas noticias, con el miedo y la desesperanza. Y es cierto, para qué negarlo: hay muchos motivos para estar distraídos, para tener siempre la cabeza en otro lugar. Pero, ¿sabéis?, si después de quitárnoslo todo también nos quitan la capacidad de sentir la vida, entonces su triunfo será total, porque habrán conseguido reducirnos a lo que quieren que seamos: piezas de un engranaje, piezas desechables.
Y yo no soy un engranaje, me niego a dar siempre vueltecitas en el mismo sentido y con la misma cadencia, me niego a hacer tic-tac. ¿El mundo se hunde?; vale, pues que le den. Pero antes de que las apestosas fauces de una economía caníbal me devoren, yo quiero sentir el verano. Así que voy a eliminar distracciones, voy a centrarme en lo importante, el aquí y el ahora, y a olvidarme de todo lo demás. Por tanto, durante el mes de agosto, este blog permanecerá inactivo, dormido y silente. Volveremos a vernos a principios de septiembre.
Entre tanto, os deseo que paséis unas fantásticas vacaciones. O, al menos, que sepáis concedeos la gracia de unos instantes de felicidad. Parafraseando el título de una novela de Robert Heinlein: abrid la puerta que conduce al verano.
Ciao, merodeadores. Hasta septiembre.
miércoles, julio 25
Series
Últimamente han concluido dos series que, en cierto modo, fueron los arquetipos quizá más populares de esta edad de oro de la ficción televisiva: Mujeres desesperadas y House. La primera tuvo una sensacional primera temporada donde, en clave de comedia/culebrón/drama, se diseccionaba la basura y la hipocresía que se ocultan tras la aparente placidez de la clase media acomodada. Narrada en off por una muerta, por una suicida, la trama se centraba en descubrir los secretos de todos y cada uno de los personajes, sobre todo el mayor de ellos: por qué se mató Mary Alice Young, la vecina perfecta con una vida perfecta. Concluida esa línea argumental, la serie derivó hacia territorios cada vez más retorcidos y surrealistas. Wisteria Lane se convirtió en la zona residencial más abarrotada de gente rara de todo occidente. Lo cual tenía su gracia, para qué negarlo. Lamentablemente, conforme se retorcía, la serie también empezó a escorarse hacia el sentimentalismo y la moralina, algo que se me antojaba un tanto irritante. En cualquier caso, Mujeres desesperadas, en sus mejores momentos, fue una serie original, adictiva y muy, muy, muy divertida.
En cuanto a House, ¿qué voy a deciros, si ya sabéis que es una de mis debilidades? Sus detractores objetan que era una serie repetitiva. Caso clínico raro-House y su equipo deliberan-Prueba/error varias veces-Genial idea de House y caso resuelto. Y es cierto, ése era el esquema básico. Pero a mi modo de ver, esa plantilla era en realidad el lienzo sobre el que se dibujaba lo verdaderamente interesante de la serie. También es cierto que la séptima temporada navegó un tanto a la deriva, con esa relación entre House y la doctora Cuddy que no conducía a ninguna parte. Y reconozco que la serie ya acusaba el cansancio de una vida demasiado prolongada.
No obstante: 1) El personaje de House se ha convertido en un arquetipo. 2) Algunos capítulos son obras maestras de la TV. Por ejemplo, Tres historias o La cabeza de House y El corazón de Wilson, que además también son verdaderos experimentos narrativos. 3) Es una de las series en abierto que más se ha atrevido a trasgredir tabúes. 4) Jamás se traicionó al personaje; House ha sido House en todo momento. 5) Se ha cerrado con uno de los más bonitos finales que he visto; lleno de ternura, pero absolutamente fiel al espíritu de la serie. Podría seguir, pero da igual. Por todo esto, y por muchas cosas más, considero que House es una de las mejores series de TV de todos los tiempos.
Otra serie que finalizó, de hecho antes que las otras dos, ha sido Médium, protagonizada por Patricia Arquette. Creo que ya os he hablado de ella. Allison DuBois, esposa y madre de tres hijas pequeñas, trabaja para la fiscalía en virtud de su don para comunicarse con los espíritus a través de sueños. Así pues, tres géneros unidos: fantástico, policíaco y comedia familiar. Y muy armoniosamente unidos, añado. Lo que hizo de esta serie una pequeña joya fue, entre otros factores, la calidad de unos guiones que perseguían constantemente la originalidad. El problema de mezclar el género policíaco con el tema de la videncia es, precisamente, la videncia, pues introduce un factor arbitrario, un as en la manga, para resolver los casos, algo que va en contra de la naturaleza deductiva del thriller. Es hacer trampa. Pero en Médium, los sueños de Allison no siempre eran lo que parecían, y muchas veces se convertían en enigmas en sí mismos. En otras ocasiones, las videncias de la protagonista se manifestaban de formas tan inesperadas como originales (una canción que no para de sonar en la mente de la prota, o unas gafas que le permiten ver el tiempo de vida que le queda a la gente, por citar dos entre muchas otras).
En cuanto a la parte de comedia familiar, resultaba muy divertida, con ese marido comprensivo, pero progresivamente harto de los dones de su esposa (y de despertarse en mitad de la noche sobresaltado a causa de los sobresaltos que los sueños causan en su mujer), y esas hijas, tan reales, que poco a poco van demostrando que han heredado los poderes de su madre (para desesperación nuevamente del marido). Hablando de esas niñas, cabe citar a la divertida María Lark –en el papel de Bridget, la hermana mediana-, una niña feúcha pero con un increíble desparpajo, y la progresión de Sofía Vassilieva –Ariel, la hermana mayor-, que promete ser una excelente actriz. En fin, que Médium es una serie muy recomendable, aunque su episodio final, por desgracia, no pudo ser más inadecuado. Y es que Médium siempre tuvo un suave tono de comedia (ésa era parte de su gracia), pero los guionistas, empeñados en cerrar la serie de forma inolvidable, convirtieron su final en un dramón de tomo y lomo. Error y traición al espíritu que animaba esta notable ficción televisiva.
Ahora iba a hablar de más series, pero es que hay demasiadas. En lo que a mí respecta, aparte de las tres que acabo de citar, durante el último año he seguido las siguientes series: Mad Men, Homeland, American Horror Story, Boardwalk Empire, The Big Bang Theory, Juego de tronos, Sherlock, El mentalista, Spartacus (sí, ya lo sé, es una macarrada; pero me lo paso bomba), Loui, Black Mirror, PanAm (una gilipollez que, por algún ignoto motivo, me hipnotizaba), The Killing, The River, The Walking Dead... y seguro que me olvido de más de una. A eso hay que añadir las series que veo de vez en cuando, como Los Simpson o Modern Family, y las series que empecé a ver, pero a los pocos capítulos mandé al infierno, como Alcatraz o Falling Skies. Más las series antiguas que tengo en DVD.
Vamos, que veo muchas series. Empiezo a pensar que demasiadas. Porque seguro que más de un merodeador, si es que queda alguno adherido al semiderretido asfalto de la ciudad, me dirá, escandalizado, que cómo es que no sigo tal serie o tal otra. Y la respuesta es muy sencilla: porque aparte de ver series de TV, también me gusta leer, ir al cine, charlar con los amigos, jugar al backgammon o al reversi, viajar, cotillear libros en las librerías, estar con mi familia, ver algún ocasional partido de fútbol (sólo del Madrid o de la Roja), visitar exposiciones o museos, comprar chorradas o, sencillamente, tumbarme sobre mi adorado sofá y no hacer nada. Todo eso, por supuesto, aparte de currar.
Así que seguro que me pierdo un montón de magníficas series, y lo lamento. Me reconcomo pensando que no he visto Downton Abbey, o Los Tudor, o Rockefeller Plaza, o The Wire, o Doctor Who, o A dos metros bajo tierra... Pero, demonios, es que hay tal sobreabundancia que se corre el riesgo de empacho. No cabe duda de que vivimos una auténtica edad de oro de la ficción televisiva.
Ahora bien, si eso es así, ¿dónde están las aportaciones españolas? Porque todas las series que he mencionado son anglosajonas (aunque hay dos basadas en producciones de Dinamarca y de Israel). ¿Y en España qué? Porque, que yo recuerde, hubo un par de comedias que no estaban mal, como las primeras temporadas de Siete vidas y Aquí no hay quien viva. Y Crematorio era técnicamente impecable, aunque a los guiones les faltaba un hervor. Y me han dicho que ¿Qué fue de Jorge Sanz? vale la pena. Y Pulseras rojas la ha comprado la ABC, pero como no he visto ni un fragmento de capítulo, ignoro qué tal es. ¿Y qué más? Porque todo lo que me viene a la cabeza son cosas como Los protegidos, Águila roja, Amar en tiempos revueltos, El barco, Hospital Central o biopics ridículos, como el de Letizia y el príncipe.
¿Por qué los españoles, salvo honrosísimas excepciones, somos tan mediocres a la hora de hacer cine, tanto para la pequeña pantalla como para la grande? Y no estoy hablando de los técnicos, ni de los actores; ni siquiera de los realizadores, sino sobre todo de los guionistas y, de rebote, de los productores. ¿Por qué se nos da tan mal la ficción cinematográfica? Bueno, supongo que hay muchos motivos (entre ellos la ausencia de una industria sólida), pero creo que parte de culpa la tiene nuestra triste tradición narrativa, que del siglo XVIII para acá ha sido (salvo excepciones) entre mediocre y paleta. Aunque a veces me pregunto si no sabemos narrar o si es que no tenemos nada que decir.
lunes, julio 16
Mi canon de la cf (y 4)
Ha llegado el turno de los “Héroes” y el final de mi canon. ¿A quiénes me refiero con el término “Héroes”? Veréis, para establecer las dos partes en que he dividido este canon (Olímpicos y Héroes), he trazado una frontera: la calidad literaria. Con “calidad literaria” me refiero básicamente a: la prosa, la técnica narrativa y el diseño de personajes. Así pues, los Olímpicos serían aquellos autores que podrían competir en igualdad de condiciones (literarias) con los buenos escritores de literatura general (con los buenos, no necesariamente con los mejores). Son autores valiosos con absoluta independencia del género que cultiven.
Pero el mundo de las letras no acaba ahí, por supuesto. Además de la prosa, la técnica narrativa y el diseño de personajes existen otros valores. Por ejemplo, la imaginación, el desarrollo de tramas y argumentos o los conceptos brillantes. Además, como hablamos de un género literario, existen autores, quizá literariamente mediocres, que han aportado grandes hallazgos al género, haciéndolo evolucionar y contribuyendo a sustentar lo que vendría después. Esos autores deben ser contemplados si se quiere entender la cf. Y, qué demonios, además algunos son muy divertidos.
Los Héroes
Anderson, Poul (Estados Unidos 1926-2001). Nunca me gustó, la mayoría de sus novelas siempre me decepcionaron. Aún así, fue un autor muy prolífico y uno de los más populares en los años 50 y 60. Entre sus múltiples obras yo destacaría (con escaso entusiasmo) los relatos de Los Guardianes del Tiempo y la novela Tau Zero.
Asimov, Isaac (Rusia/USA 1920-1992). Muchos aficionados a la cf llegaron al género de la mano de Asimov. Yo no. De hecho, la mayor parte de las novelas de Asimov que leí, o intenté leer, durante mi juventud no me gustaron. Y es que Asimov, como escritor, dejaba mucho que desear. Cuentan que alguien, analizando su obra, se propuso enumerar las metáforas (y tropos en general) que había en ella. El resultado fue: cero. El propio Asimov dijo que para ser un escritor prolífico (él lo era y mucho) la clave está en corregir lo menos posible. Se le nota. No obstante, es el escritor de cf más famoso del mundo, fue un hombre inteligente y con sentido del humor y fue uno de los grandes pilares del género en sus inicios. Entre sus obras más prestigiosas suelen citarse Los propios dioses y El fin de la eternidad, pero yo me quedo con los títulos que constituyen el núcleo principal de su bibliografía: la trilogía de Las Fundaciones y la antología Yo robot.
Baxter, Stephen (Inglaterra 1957). No está mal su novela steampunk Antihielo. Es lo único suyo que he leído.
Budrys, Algis (Lituania/USA 1931-2008). Sólo he leído dos obras suyas y sólo una me interesó: la brillante novela El laberinto de la Luna.
Campbell, John W. (Estados Unidos 1910-1971). Es más conocido por su labor como editor al frente de Astounding. Desde ese puesto cambió la cf americana (lanzando a autores como Asimov, Simak o Heinlein) y controló el género durante una larga década (no siempre para bien). Su relato más reseñable (y el único suyo que conozco) es Who Goes There?, que fue llevado dos veces a la pantalla (El enigma de otro mundo, de Nyby/Hawks, y La Cosa, de Carpenter) y cuenta con una reciente precuela, The Thing, dirigida por Matthijs van Heijningen Jr.
Clarke, Arthur C. (Inglaterra, 1917-2008). Os juro que me encantaría haberle situado en el Olimpo, y que estuve a punto de hacerlo; pero, reconozcámoslo, Clarke tenía muchas limitaciones como escritor. No obstante, en sus mejores momentos podía llegar a ser más profundo, más filosófico, que la mayor parte de sus colegas. Clarke contemplaba el universo como si fuera un enorme misterio (en realidad lo es), pero no intentaba explicarlo, porque entendía que su inmensa belleza dependía precisamente de su naturaleza enigmática. Para él, el universo era lo numinoso, lo inabarcable, y en sus mejores obras lograba transmitir con gran intensidad esa sensación al lector. Su maravilloso relato El centinela es un buen ejemplo de esto. La mayor parte de sus novelas son entre malas y mediocres, pero cuenta con algunos títulos notables, entre los que destacaría La ciudad y las estrellas, El fin de la infancia y Cita con Rama (mi favorita). Además escribió un montón de buenos relatos, algunos tan famosos como Los 9.000 millones de nombres de Dios. Personalmente recuerdo con mucho cariño sus Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco. Sea como fuere, Clarke fue el autor que co-escribió con Kubrick el guión de 2001: Una odisea del espacio (basándose precisamente en El centinela), lo cual le otorga automáticamente un lugar en este canon.
Del Rey, Lester (Estados Unidos 1915-1993). Un escritor menor, pero algunos de sus relatos cortos son muy simpáticos.
Ellison, Harlan (Estados Unidos 1934). Fue el gran valedor de la New Thing en USA y enfant terrible del género, reputado antólogo (sobre todo por la más o menos rompedora antología Visiones peligrosas), así como guionista de cine y TV. Pero, sobre todo, es un gran (aunque desigual) autor de relatos cortos, entre los que destaco mi favorito No tengo boca y debo gritar.
Fast, Howard (Estados Unidos 1914-2003). Es más conocido por ser el autor de la novela histórica Espartaco (llevada por Kubrick a la pantalla). Lo que no muchos saben es que también escribió varias antologías de excelentes relatos cortos. Uno de ellos, La caja fría fría, se ha quedado grabado indeleblemente en mi memoria.
Galouye, Daniel (Estados Unidos 1920-1976). Creo que sólo tiene una novela reseñable, Mundo simulado (también conocida como Simulacrón 3). Se trata de un relato divertido y (en su momento) muy original, que fue llevado a la pantalla en 1999 con el título en español de Nivel 13. Quizá lo más interesante de esa novela es que se trata de una antecedente del ciberpunk.
Hamilton, Edmond (Estados Unidos 1904-1977). Un escritor muy pulp; es decir, imaginativo pero malo. Sólo hay un motivo para que lo incluya aquí: el sentimental. La primera novela de cf que leí, siendo un niño, fue Los reyes de las estrellas, de Hamilton. Entonces me encantó, pero es un texto malísimo. Ni se os ocurra leerle.
Kornbluth, Cyril (Estados Unidos 1923-1958). Sus mejores obras, con diferencia, son las que escribió con Frederick Pohl; especialmente la ya citada Mercaderes del espacio.
Kuttner, Henry (Estados Unidos 1915-1958). Kuttner suele ser valorado en el fandom por las obras que escribió en colaboración con su esposa, la también escritora Catherine L. Moore. Por el contrario, yo suelo preferir al Kuttner que escribía en solitario. Sólo tiene una novela, que no conozco, pero lo importante son sus extraordinarios relatos cortos, un puñado de joyas llenas de ingenio y talento. En particular, guardo un gratísimo recuerdo de su cuento El halo equivocado, una obra maestra del humor.
Laumer, Keith (Estados Unidos 1925-1993). He aquí otra de mis debilidades. Laumer es un escritor de segunda, lo reconozco; pero a mí me divierte muchísimo. En los 70 sufrió una apoplejía que le dejó medio paralizado y le condujo a la locura, arruinando su carrera y su vida. Una pena.
Leiber, Fritz (Estados Unidos, 1910-1992). Escribió por igual cf, espadas y brujería, fantasía y terror. Sus mejores obras quizá sean la serie Crónicas del Gran Tiempo y El planeta errante. En el campo del terror cabe destacar Nuestra señora de las tinieblas.
Martin, George R. R. (Estados Unidos 1948). Es mucho más conocido por su dedicación la fantasía heroica, pero comenzó su carrera escribiendo cf. Dentro de este género tiene dos novelas (una de ellas en colaboración) y varias excelentes antologías de relatos. En España, y entre varios de mis amigos, goza de gran prestigio su primera novela Muerte de la luz. Se trata de una obra notable (sobre todo por la ambientación), pero tengo un problema con ella. En el texto aparece un personaje, creo que se llamaba Arkin, que es descrito como cobarde, intrigante y carente por completo de honor. Un ser despreciable, vamos. Pues bien, el caso es que, a partir de un punto (hacia el final), creo que el único personaje sensato es precisamente Arkin. Toda la simpatía del narrador va hacia el prota, pero a mí ese prota me parece que se comporta como un gilipollas al no hacer caso a los inteligentes consejos de Arkin. Es decir: en esta novela estoy de parte del villano. Qué le vamos a hacer.
Oliver, Chad (Estados Unidos 1928-1993). Uno de los escritores de cf más olvidados. Leí un par de novelas suyas hace siglos y me gustaron (sobre todo, la titulada Sombras en el Sol), pero vete tú a saber qué me parecerían ahora. En cualquier caso, tiene una peculiaridad: era antropólogo y su cf estaba basada en la antropología. Algo muy poco frecuente en el género.
Shaw, Bob (Irlanda 1931-1996). Un escritor menor, pero agradable. Son interesantes sus relatos basado en el “cristal lento”, pero su obra más célebre es la excelente El palacio de la eternidad.
Sterling, Bruce (Estados Unidos 1954). Es uno de los padres del ciberpunk. Algunos de sus relatos cortos me gustaron, pero entonces leí su novela Islas en la red y me pareció tan insultantemente idiota que decidí tacharle de mi lista.
Sprague de Camp, Lyon (Estados Unidos 1907-2000). Un escritor menor que se dedicó sobre todo a la fantasía heroica. En el campo de la cf (y la fantasía a secas) escribió una serie de relatos cortos que trataban el género de forma juguetona e irónica. Un estilo que hoy ya casi no existe.
Tenn, William (Inglaterra/USA 1920-2010). Se dedicó durante muy poco tiempo a la cf, pero aún así escribió varias antologías de excelentes relatos cortos.
Van Vogt, A. E. (Canadá 1912-2000). Es un escritor muy, pero que muy malo, y además muy anticuado. Sin embargo, tiene dos peculiaridades que le hacen reseñable. En primer lugar, escribió la novela corta Destructor negro, que de un modo u otro inspiró dos sagas cinematográficas de cf: Star Trek y Alien. En segundo lugar, estaba como una cabra. Se tragaba cualquier teoría por absurda que fuese; o, mejor dicho, cuanto más absurda fuese la teoría, más se la tragaba. En concreto, se creyó hasta las cachas la Dianética, de Ron Hubbard (la base de la Cienciología), y la Semántica General, de Alfred Korzybski. Con estas chaladuras en la cabeza escribió una de sus obras más famosas, El mundo de los No-A (No-A significa “no aristotélico”). Pese a ser casi absolutamente incompresible, se trata de una novela fascinante, porque leerla es como entrar en la mente de un loco (su continuación, Los jugadores de No-A, es incomprensible sin el casi).
Varley, John (Estados Unidos 1947). Dos de sus primeros relatos me llamaron la atención: En el salón de los reyes marcianos y La persistencia de la visión. Luego leí su novela Titán y me pareció una gilipollez tan grande que no volví a leer nada suyo. Por lo visto, su obsesión es copiar el estilo de Heinlein hasta mimetizarse con él, lo cual, qué queréis que os diga, se me antoja una decisión más bien extravagante.
Vonnegut, Kurt (Estados Unidos 1922-2007). ¿Por qué sitúo aquí a este excelente escritor? Porque no estoy seguro de que sus obras más conocidas sean cf, aunque contengan muchísimos elementos del género. Creo que Vonnegut utiliza la cf como un recurso satírico, pero no intentando hacer género, sino usándola como metáfora o como contrapunto. Aunque puedo estar equivocado, claro, en cuyo caso trasladadle mentalmente al panteón olímpico. Lo que no muchos saben es que Vonnegut comenzó su carrera escribiendo relatos de pura y dura cf, y publicándolos en revistas del género. Recuerdo con cariño alguno de ellos, como Cuerpos inútiles, que leí en el número 6 de Más Allá. Tenían mucho encanto y por eso me parece imprescindible citar a Vonnegut.
Williamson, Jack (Estados Unidos 1908-2006). Probablemente el escritor de cf más longevo de la historia (estuvo en activo casi hasta su muerte). Y también un escritor claramente pulp, con lo algo bueno y mucho malo que eso tiene. Si le cito es casi exclusivamente por una de sus novelas, Los humanoides, que no es una maravilla pero tiene cierta profundidad temática, y es un clásico de la cf añeja.
Womack, Jack (Estados Unidos, 1956). Adscrito al movimiento ciberpunk. Sólo he leído una novela suya, Ambiente, que está bien, pero -en contra de la opinión general- a mí no me parece gran cosa.
Las justificadas ausencias.
Hay algunos escritores de cf muy conocidos que no incluyo ni entre los olímpicos ni entre los héroes. Y no solo porque me parezcan malos, sino también, y sobre todo, porque me irritan. Citaré sólo cuatro:
Herbert, Frank (Estados Unidos 1920-1986). Era un pésimo escritor; su prosa, rimbombantemente mala, resulta entre cómica y grotesca. Sin embargo, una de sus novelas, Dune, aparece siempre presidiendo (o casi) las listas de los mejores títulos de cf de todos los tiempos. Pues bien, Dune es su novela más legible, sí, y resulta incluso divertida, pero está tan mal escrita como el resto de sus novelas. De las continuaciones para qué hablar.
Card, Orson Scott (Estados Unidos 1951). Card es mormón. Por lo general, no creo que las ideas religiosas de los escritores deban necesariamente afectar a sus obras, pero... En fin, todas las religiones son absurdas, sí; pero las creencias que sustenta La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días resultan especialmente ridículas. Y Card está tan implicado en su iglesia que fue misionero en Brasil. ¿Influye eso en su obra? Pues creo que sí, sobre todo en los aspectos morales. Vamos, que Card es un reaccionario de tomo y lomo, y se le nota. Su novela más famosa, con diferencia, es El juego de Ender. Una fantasía de poder masturbatoria basada en una ética execrable. ¿Por qué digo esto? Quien quiera saberlo que lea el excelente artículo de John Kessel "Anatomía de un asesino inocente: intención y moral en El juego de Ender".
Niven, Larry (Estados Unidos 1938). Durante un tiempo, Niven fue un autor prestigioso en el seno del fandom, y no sé por qué. Su novela más famosa quizá sea Mundo anillo, que es un coñazo mal escrito, sin argumento ni interés. Y casi lo mismo puede decirse de su segunda novela más famosa, La paja en el ojo de Dios (escrita con Pournelle), añadiendo además que es larga hasta el tedio, facha y militarista. Niven es de lo peor que le ha pasado a la cf.
Brin, David (Estados Unidos, 1950). Si Niven me parece malo, Brin es aún peor. Infumable.
Bueno, pues estamos llegando al final. Dado que se trata de un canon personal, evidentemente está elaborado sin el menor afán completista. Faltan muchos nombres, sea porque no conozco su obra, o porque no tengo ninguna opinión formada acerca de ellos. Así pues, hay autores, quizá interesantes, que han quedado fuera. Por citar algunos: Michael Bishop, Barry Malzberg, John Sladek, Octavia Butler, Sheri S. Tepper, James P. Blaylock, Kim Stanley Robinson (de quien intenté leer Marte rojo, pero me pareció un coñazo),Connie Willis, Michael Swanwick, John Kessel, Keith Roberts, o Cory Doctorow.
Por último, insisto en que este canon, como todos los cánones de la cf, es profundamente injusto. Porque la esencia del género no está en las novelas (por muy buenas novelas de cf que haya), sino en los relatos cortos. Esto se debe, a mi entender, a tres razones. En primer lugar, a que la cf se ha nutrido tradicionalmente de autores diletantes surgidos del fandom, y por tanto con técnica narrativa deficiente. Pero lo cuentos, en su forma clásica, no necesitan demasiada técnica, así que es más sencillo que un autor mediocre escriba un gran cuento, que una gran novela. En segundo lugar, durante mucho tiempo el motor de la cf fueron las revistas, y en las revistas se publicaban, sobre todo, cuentos. Por último, la cf, como literatura especulativa, parte de la pregunta “¿qué pasaría sí...?”, lo cual genera con frecuencia relatos muy conceptuales. No obstante, muchas veces esos conceptos no dan para una novela, pero sí para un cuento. Por eso hay muchísimos cuentos que, pese a estar mediocremente escritos, poseen una gran fuerza (El centinela, de Clarke, sería un buen ejemplo). Así pues, hay muchísimos cuentos maravillosos de cf de los que no recuerdo ni el nombre ni el autor. Tendrían que estar en el canon, pero no están. Por eso, debería dedicar estos artículos al Autor Desconocido, que me hizo tan feliz como los más famosos, pero que no tengo la decencia de recordar.
Y ya está, se acabó. Espero que esto os haya servido de algo.
jueves, julio 5
Mi canon de la cf (3)
El hecho de que esto sea MI canon, y por tanto dependa sólo de mis gustos personales, está muy bien, porque nadie podrá discutirme lo que me gusta o no me gusta, aunque sí, por supuesto, la calidad de mi paladar literario (algo, por cierto, sobre lo que yo también albergo serias dudas). No obstante, escasa utilidad tendría este canon si me limitara a citar los que sí me gustan, pasando de los que no son de mi agrado; sobre todo, si se trata de escritores de prestigio. Y aún más cuando son autores cuya calidad yo mismo reconozco, aunque sea incapaz de disfrutarla.
Pero es que creo que no hay nadie a quien le guste sinceramente todo lo bueno, incluso todas las obras maestras. Seguro que, si os paráis a pensarlo, recordaréis obras de arte –novelas, cuadros, películas, música, arquitecturas, lo que sea- que, pese a ser aclamadas mundialmente, a vosotros os dejan frío. Y no es que esas obras de arte tengan nada de malo; sencillamente, vuestra sensibilidad no encaja con ellas. A mí me sucede, desde luego. Por ejemplo, el cine de Tarkovki sólo consigue arrancarme bostezos (aunque reconozco la carga poética de sus imágenes), y lo mismo me ocurre con Antonioni. No soporto a Faulkner, me irrita su estilo y aún más los múltiples imitadores de su estilo. Joseph Conrad, aunque objetivamente debería gustarme, me aburre. Coño, si incluso hay muchos aspecto de El Quijote que me desagradan. Bueno, pues lo mismo me sucede con la cf: hay magníficos escritores que no me gustan.
Y no tengo ninguna justificación para ello. Sencillamente, ocurre, qué le vamos a hacer. En cualquier caso, sería injusto para los amables merodeadores de Babel que me limitara a pasar de largo por esos escritores que mi embrutecida sensibilidad ha rechazado sin, al menos, mencionarlos. No voy a intentar justificar por qué no me gustan, porque no puedo justificarlo. El problema es mío, no de esos autores. Así pues, aquí tenéis un puñado de excelentes escritores cuyo brillo mi ceguera me impide contemplar.
Los olímpicos. Las injustificables ausencias.
Mary Shelley (Inglaterra, 1797-1851), autora de Frankenstein (1818). Estamos hablando, nada más y nada menos, que de la escritora y la novela que inauguraron el género de la cf. Estamos hablando de un gran título del fantástico mundial. Estamos hablando de uno de los más célebres arquetipos literarios jamás creados. Estamos hablando de un mito. Pues bien, cada vez que he intentado leer Frankenstein se me ha desencajado la mandíbula por los bostezos. Me parece un fárrago filosófico muy poco interesante y, además, profundamente conservador. No soporto la prosa de Mary Shelley, como no soporto la prosa de casi ningún otro escritor romántico. Pero, lo sepa yo ver o no, es todo un clásico.
Aldous Huxley (Inglaterra, 1894-1963), autor de Un mundo feliz (1932). Nos encontramos ante la que sin duda es, junto con 1984, la distopía más famosa del mundo. Un libro lleno de ideas brillantes y asombrosas premoniciones, una novela profundamente filosófica, una historia que nos plantea un complejo dilema moral. Y, sin embargo, una narración muy deficiente. Entendedme: me parece un libro muy interesante, como ensayo, como especulación, como discurso ético, pero como novela se me antoja, en el mejor de los casos, mediocre. De hecho, otras novelas suyas –Contrapunto, Mono y esencia, La isla-, no hicieron más que confirmarme que Huxley poseía una mente brillante, pero muy escasas dotes de narrador. Un mundo feliz es un libro recomendable, sí, pero como ensayo, no como novela. Porque –y aquí me arriesgaría a afirmar que soy casi objetivo- no es una buena novela. Pero probablemente esté equivocado.
Ursula K. Le Guin (Estados Unidos, 1929). Ésta es la ausencia que todos los aficionados a la cf con un poquito de sensibilidad me echarán en cara. Y con mucha razón. Le Guin es uno de los más reputados escritores que ha dado el género (utilizo el masculino como genérico, para que nadie piense que me refiero sólo a las escritoras), y además, uno de los pocos que se han incorporado de pleno derecho a la literatura general. Muchos de mis amigos, gente de sofisticado paladar literario, aseguran que doña Ursula es una escritora extraordinaria; lo dicen ellos, lo dice la crítica, lo dice todo el mundo. Vale, pero a mí me abuuuuuuurre. Intenté leer La mano izquierda de la oscuridad, intenté leer El nombre del mundo es Bosque, intenté leer Los desposeídos, intenté leer sus relatos cortos... y todos sus libros se me cayeron de las manos a las pocas páginas. ¿Por qué? Ni idea. Yo me lo pierdo.
Gene Wolfe (Estados Unidos, 1931). Aquí tenemos un caso similar al de Le Guin, aunque menos conocido y prestigioso fuera del ghetto. Wolfe es un escritor serio y riguroso, lo sé, uno de los mejores del género, aunque bastante minoritario. Además, en ocasiones se ha inspirado en Cordwainer Smith, un autor que reverencio. No obstante, y por desgracia, Wolfe también me abuuuuuuurre. No pude acabar su novela más famosa, La quinta cabeza del cerbero, ni el primer tomo de su célebre serie El libro del sol nuevo. Pero es un buen escritor, me consta; el problema, una vez más, soy yo.
Brian Aldiss (Inglaterra, 1925). Para quienes no le conozcan, se trata del autor del relato Los superjuguetes duran todo el verano, que dio origen a Inteligencia Artificial, la película de Spielberg que fue inicialmente un proyecto de Kubrick. Se trata también de uno de los padres de la New Thing y de un escritor de gran prestigio. Y yo he leído algunas de sus novelas, como La nave estelar, Barbagrís o Invernáculo. No me aburre. Pero tampoco me divierte. Me deja absolutamente frío. Sus relatos son como neutrinos que pasan a través de mí sin dejar la menor huella. Pero cualquiera con un poquito más de cerebro que yo os diría que es un excelente escritor al que vale la pena leer.
Lucius Shepard (Estados Unidos, 1947). No es exactamente un escritor de cf; mezcla géneros, aunque más bien se decanta por la fantasía. En este caso no se trata de que no me guste, sino de una inexplicable omisión. He leído un par de cuentos suyos, y me gustaron; pero, por algún motivo, no he vuelto a leer nada más de él. Ignoro la razón, pero así es. Un descuido. Tendré que repararlo.
Samuel R. Delany (Estados Unidos, 1942). Un autor de gran prestigio dentro del fandom e incluso fuera de él. Un escritor serio, poético, con buenas ideas, un excelente escritor, en definitiva. He leído dos novelas suyas, Babel-17 y Nova. Y punto, ninguna más. Porque sin duda posee una prosa brillante, pero a mí esa prosa me repatea, no la soporto. El equivocado soy yo, no lo dudéis, pero es lo que hay. Cuestión de gustos, supongo.
Alice Sheldon, más conocida por el seudónimo James Tiptree Jr. (Estados Unidos 1915-1987). Esta escritora escribió siempre bajo un nom de plume masculino y nadie conocía su auténtica identidad. En cierta ocasión, Robert Silverberg defendía que hombres y mujeres escriben de forma distinta, y para apoyar su tesis puso el ejemplo de James Tiptree Jr., afirmando que ninguna mujer podría escribir así. Y luego resultó que Tiptree no era un James, sino una Alice. Pobre Bob, vaya corte... El caso es que Tiptree está considerada una gran escritora y renovadora del género. Por cierto, tuvo un final trágico: su marido enfermó de Alzheimer y ella le mató, suicidándose acto seguido. Añadiré, como curiosidad, que hace no mucho se publicó en España una voluminosa biografía de esta escritora (Alice B. Sheldon, Julie Phillips, Circe 2007). Lo cual me parece asombroso, porque no creo que haya demasiada gente en nuestro país que haya oído hablar de James Tiptree Jr. ¿Cuántos ejemplares venderían, aparte del que compré yo?
Estoy seguro de que he leído bastantes cuentos de la señora Tiptree/Sheldon, y probablemente una novela, En la cima del mundo, pero... nos encontramos antes un preocupante caso de cortocircuito mental: no recuerdo nada. Incluso cuando hojeo algunos de sus relatos que sé que he leído, lo único que obtengo es una vaga sensación de familiaridad. Está claro que no tardaré en seguir el camino de su pobre marido. Pero antes tendré que releer alguna antología de Tiptree/Sheldon, a ver si me entero de una vez por todas.
John Brunner (Inglaterra, 1934-1995). Durante la primera parte de su carrera literaria, Brunner se dedicó a escribir cf de aventuras serie B. De jovenzuelo leí alguna de ellas y eran space operas de escaso interés. Pero a mediados de los 60, supongo que por el influjo de la New Thing, Brunner decidió dar un giro a su carrera y convertirse en un escritor serio y comprometido (en este sentido, su caso es similar al de Silverberg). Así escribió algunas de sus más célebres obras: Todos sobre Zanzíbar, Órbita inestable, El rebaño ciego y El jinete de la onda de choque. Se trata de serias advertencias sobre los peligros de nuestra civilización y están consideradas entre lo mejor de la cf mundial. Pero yo no logro que me interesen. Ignoro por qué, pero hay algo en el estilo narrativo de Brunner que hace que me desconecte. Burro que es uno.
Iain M. Banks (Escocia, 1954). De todos los que he citado, este es el escritor más joven y actual. Lleva una doble vida: cuando escribe cf pone la “M” en su nombre, y cuando escribe literatura general, se la quita. Todo el mundo dice que es un excelente escritor. Mi buen amigo Julián Díez me lo deja claro casi cada vez que nos vemos. Pero yo, qué queréis que os diga, no consigo pillarle el punto. He intentado leer cuatro novelas suyas y no pude acabar ninguna. En fin, es un buen narrador, sí, y escribe space operas sofisticados y aparentemente divertidos, y tiene buenas ideas, y crea sólidos personajes... Pero no consigo que me interese lo que me cuenta. Curiosamente, he leído un par de novelas mainstream suyas y sí pude acabarlas. ¿Será en definitiva que el space opera no me gusta?
Bueno, creo que éstas son las más clamorosas ausencias; aunque podría citar otros nombres, como Olaf Stapledon, Damon Knight, Avram Davidson, R. A. Lafferty o Kate Wilhelm. El primero siempre me ha parecido pesadito, aunque su novela Sirio no me desagradó. A los otros cuatro les he leído muy poco, por no decir casi nada; entre otras cosas porque tienen escasa obra publicada en castellano.
Supongo que hay muchas más omisiones injustificables, pero o no las conozco o no las recuerdo. En la próxima entrada del canon comentaremos obras y autores heroicos. Es decir, significativos, pero de inferior calidad que los olímpicos, siempre en mi humilde opinión. Nos vemos.
NOTA: La imagen que preside este post es obra de Chesley Bonestell, uno de los más famosos ilustradores clásicos de cf. Se la dedico a Big Brother.
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