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El 7 de noviembre de 1972, diecisiete meses después de la muerte de su esposa, Leonor del Corral, víctima del cáncer, mi padre, el escritor José Mallorquí Figuerola, nacido en Barcelona el 12 de febrero de 1913, se quitó la vida disparándose en la cabeza. Ocurrió de madrugada, en su dormitorio del piso 3º derecha del número 23 de la calle Españoleto de Madrid. Hoy se cumple el cuarenta aniversario de su muerte.
Hola, papá.
Hace cuarenta años que te fuiste, es increíble... Según y cómo lo mire, parece que fue ayer; pero desde otro punto de vista es como si hubiera transcurrido una eternidad. Recuerdo perfectamente aquel día, el día en que decidiste pulsar el botón de bajada en el autobús de la vida; recuerdo mi brusco despertar, con Mary diciéndome que te pasaba algo, recuerdo la carrera por el pasillo hasta irrumpir en tu habitación, recuerdo tu cuerpo sobre la cama ensangrentada, tan inmóvil, con la cabeza vuelta hacia un lado, recuerdo al practicante que a diario te inyectaba insulina diciendo, de pie junto a la puerta, “Pobrecito, pobrecito...” con el rostro compungido, recuerdo mi desconcierto, no entendía lo que pasaba. Hasta que vi la pistola en tu mano. Entonces todo encajó de repente, el súbito despertar, la preocupación de Mary, la sangre, tu inmovilidad, las lamentaciones del practicante, yo, el universo entero, todo se concentró en la pistola que empuñabas. Durante un instante infinito, ese arma, un Astra del calibre 9, se convirtió en un punto donde convergía toda la realidad, en un aleph, aunque más bien fue un omega.
Recuerdo el puñetazo que descargué contra la madera de la cama y recuerdo que musité: “Lo has hecho...”. ¿Entiendes?, no me pregunté por qué lo habías hecho; sencillamente constaté lo que parecía inevitable, el inexorable cumplimento de un mal augurio. Lo habías hecho. Recuerdo que salí de tu habitación, fui a la sala, me dejé caer sobre un sillón y me eché a llorar como un niño. Sí, recuerdo cada minuto de ese día; yo tenía diecinueve años y aquel siete de noviembre de 1972 mi vida se dio la vuelta como un calcetín.
Así que ya ves, papá, si lo contemplo de ese modo, tengo la sensación de que todo sucedió ayer. Sin embargo, cuando pienso en la cantidad de cosas que han ocurrido desde entonces, me siento aplastado por el paso del tiempo. Si no hubieras decidido quitarte de en medio al estilo far west, si aún vivieras, tendrías noventa y nueve años. No es una edad inverosímil en estos días, aunque supongo que habrías fallecido antes por causas naturales. Pero, si aún vivieras, ¿qué pensarías, qué harías?
Supongo que la muerte de Franco te habría inquietado, y no sé qué habrías opinado sobre la Transición, porque tus ideas políticas eran más bien raras. La caída de la Unión Soviética y el derrumbe del comunismo te habrían agradado, eso seguro. Te entristecería la pérdida de popularidad del western, el género que te hizo famoso, y la desaparición del tipo de radio que tú contribuiste a crear. Supongo que habrías vuelto a escribir literatura, pero no sé qué clase de literatura ni qué tal te habría ido. Sin duda, la actual situación de España te deprimiría; pero ¿a quién no?
La triste suerte de tu hijo Eduardo, que al final siguió tu último y peor ejemplo, te habría roto el corazón. Aunque, quién sabe, quizá si hubieras seguido vivo habrías podido ayudarle a reconducir su vida. No lo sé y nunca lo sabremos, ¿verdad? Tu hijo José Carlos también te preocuparía ahora, porque anda pachucho de salud. Y tus nietos... Conociste a Leonor, aunque sólo cuando era un bebé. Ahora es una adulta y te ha dado dos bisnietas. No conociste a Óscar y Pablo, mis hijos; pero te gustarían, tan altos, tan fuertes y tan llenos de vida. Pablo se parece mucho a mí.
Y, hablando de mí, ¿qué pensarías del tercero de tus hijos? Creo que nunca supiste muy bien cómo encajarme. Llegué muy tarde, trece años y medio después de José Carlos y diez después de Eduardo; fui el elemento discordante, un niño en una familia de adultos. Sé que me querías, por supuesto, y a veces podíamos conectar de un modo asombroso, pero no sabíamos tratarnos el uno al otro. Yo estaba empezando y tú acabando. Y luego llegó la enfermedad de mamá y, tres lamentables años después, su muerte. Y todo se fue a la mierda.
¿Alguna vez pensaste que, de entre tus hijos, sería yo quien seguiría tus pasos de escritor? Asististe a mis comienzos, leíste los primeros artículos que escribí para La Codorniz. Recuerdo lo que dijiste de uno de ellos: “Es inteligente”. Ese comentario me llenó de orgullo. Pero lo cierto es que nunca me alentaste a escribir (y no lo digo como reproche; me parece muy bien que no lo hicieras). Creo que en la familia existía el tácito acuerdo de que tu sucesor como novelista sería Eduardo. Pero, ¿sabes?, Eduardo nunca lo intentó en serio; sí lo hizo como guionista, pero no con la literatura. Y yo tampoco durante mucho tiempo, aunque la simiente estaba ahí, latente durante una década, a la espera de germinar. Y germinó.
No soy tan famoso como tú lo fuiste, ni he escrito tanto como tú, ni he vendido tantísimos libros como tú. Pero soy bastante conocido en ciertos círculos y me defiendo en esta extraña profesión que ambos elegimos. En general, y es una comparación que suele hacerse, me consideran digno sucesor tuyo. Creo que estarías orgulloso de mí, que te gustaría lo que escribo y cómo lo escribo. Aprendí mucho de tu estilo, lo reconozco. Durante un tiempo, hace muchos años, te habría preocupado mi forma de vida, aunque quizá no hubiese llevado esa vida si tú hubieses seguido vivo. ¿Te habría desconcertado mi trabajo como publicitario? No lo sé; a fin de cuentas, tú también tuviste contactos con la publicidad cuando trabajabas en la radio. Lo que sí sé, con entera seguridad, es que Pepa, mi mujer, te habría gustado y mucho. Es la clase de mujer que a ti te iba. Te habría gustado mi familia, sí; estarías satisfecho conmigo, y me alegro. Desde que soy un adulto he ido descubriendo poco a poco que comparto muchas aficiones e intereses contigo; habríamos podido charlar largo y tendido sobre cine, literatura, historia, antropología, viajes... Habría sido bonito.
Te he echado mucho de menos, papá; más que a mamá. Sé que no te gustaría oírme decir eso, pero es la verdad. Llevo cuarenta años echándote de menos, cuarenta años deseando haber podido hablar contigo una última vez para decirte algo muy sencillo: Perdón. Lo siento mucho; yo sólo era un crío estúpido, un inconsciente que no entendía lo que estaba pasando, un idiota que intentaba vivir una comedia en medio de un drama. Lo lamento muchísimo, papá, te lo digo de corazón; lamento todo lo malo que te hice, aunque creo que no fue mucho ni muy grave, y sobre todo lamento todo lo que no hice y pude hacer. Esa herida nunca ha cicatrizado del todo. Fui insensible, egoísta y miserable. Lo siento, lo siento infinitamente, de verdad...
Pero, ¿sabes?, han transcurrido cuatro décadas desde que te fuiste y ahora, mira por donde, resulta que tengo la misma edad que tenías tú cuando decidiste jugar a la ruleta rusa con todas las balas en el cargador. Ya somos iguales, ya hemos cubierto el mismo trecho del camino. Y hoy, de igual a igual, tengo algo que decirte:
Lo que hiciste, papá, fue una cabronada, no estuvo bien. Vale, José Carlos y Eduardo se habían casado, se suponía que ya estaban encauzando sus vidas. Pero ¿y yo qué? Tenía diecinueve puñeteros años, joder, mi madre había muerto hacía poco, estaba hecho un lío, ¿y a ti lo único que se te ocurre es pegarte un tiro? Eso estuvo mal, ¿sabes?, eso fue desertar de una obligación que habías contraído el mismísimo día en que yo nací. Pasaste de mí, me dejaste solo. ¿Has leído La carretera, de Cormac McCarthy? Pues al final, tú no fuiste la clase de padre que describe esa novela.
¿No te paraste a pensar, ni por un instante, que al pegarte un tiro en tu dormitorio, en la casa que compartíamos, yo, tu hijo de diecinueve años, vería tu cadáver al día siguiente? ¿Sabes lo que es llevar en la mente la imagen de tu padre muerto sobre un charco de sangre? No, no tienes ni idea. Nadie que no haya pasado por algo semejante sabe hasta qué punto puede grabarse una imagen en la cabeza. Ese recuerdo te lo debo, papá; me lo diste tú. ¿Y tampoco te paraste a pensar en el sentimiento de culpa que ibas a descargar sobre mis hombros? ¿Tanto te fallé, tan insignificante era yo en tu vida?
Dicen que el suicidio es una forma de cobardía. No estoy de acuerdo; hace falta mucho valor para pegarse un tiro. Lo que sí creo es que a veces el suicidio es una manifestación de egoísmo. Y creo que tú fuiste egoísta, papá; que no tuviste en cuenta a los demás. Ahora que soy padre, puedo asegurarte que yo sería incapaz de hacerle a mis hijos lo que tú me hiciste a mí. Estuvo mal, papá; muy mal.
¿Sabes algo curioso? Nunca antes había pensado así. Durante cuarenta años te consideré una víctima sin la menor culpa, pero ahora, de repente, al escribir esto, me doy cuenta de que no es cierto. Claro que eres culpable, igual que lo soy yo en otro sentido; ninguno de los dos estuvo a la altura de las circunstancias. Lo que pasa es que el suicidio es algo tan dramático, tan estremecedor, tan monolítico, tan cargado de emoción, que anula cualquier otro razonamiento. Por eso llevo cuarenta años arrastrando un sentimiento de culpa que, ahora me doy cuenta, sin duda era excesivo.
Al final de tu brevísima nota de suicidio escribiste: “Perdón”. Y te perdono, claro que te perdono, igual que sé que tú me perdonarías a mí. Por eso quiero olvidar el triste final y recordar sólo los mejores momentos; tus éxitos, tu sentido del humor, tu generosidad, tu bondad, tu talento, tu amor a mamá, tus viajes, tu afición a la comida, tu pésima forma de conducir, tus fotografías, tu curiosidad, tu timidez, tu cariño, tu portentosa humanidad... Así te quiero recordar, como la maravillosa persona que eras.
Adiós, papá; feliz cumplemuerte, si me permites usar el humor negro que tanto te gustaba. Siempre te he querido y siempre te querré.
César
Hace años, publiqué una semblanza de mi padre en La Novela Popular en España (Ediciones Robel, 2000). Si quieres leerla, puedes hacerlo pinchando AQUÍ.
Los merodeadores más veteranos ya sabéis lo mucho que me gusta Halloween. No lo celebro, ni me disfrazo, ni hago nada especial, pero me gusta que exista. Básicamente, porque le encanta a los niños, y porque va de monstruos y de terror, y porque es la única fiesta abiertamente pagana que se celebra en todas partes.
¿Sabíais que “pagano” viene del latín pagus, que significa “aldea”? Halloween (contracción de All Hallows' Eve, Víspera de Todos los Santos en inglés antiguo) tiene un origen campesino: proviene de la festividad celta de Samhain, el fin del verano y de la cosecha. En Samhain, el mundo de los vivos y el de los muertos se comunicaban. y, al caer la noche, espíritus malévolos acechaban a los mortales para devorarlos. Por eso, para calmar el hambre de tan terribles espectros, se dejaba un plato de comida fuera de casa. Y por eso ahora, en Halloween, los niños se disfrazan de monstruos y van de casa en casa pidiendo comida/chucherías.
Los antropólogos dicen que en la mayor parte de Europa hubo dos grandes tsunamis históricos que borraron casi todo rastro de las culturas anteriores: el Imperio Romano y el cristianismo. Ahora bien, los procesos de romanización y cristianización fueron mucho más rápidos y efectivos en las ciudades que en el campo. En las zonas rurales siguieron practicándose los viejos ritos, a veces mezclados con los nuevos, durante muchísimo tiempo. Por ejemplo, en el siglo XIV hubo un edicto papal contra los que veneraban a las piedras (a los megalitos). Es decir, que mil años después de instaurarse el cristianismo, aún había gente en el campo que practicaba ritos neolíticos. De hecho, siguieron practicándose, de una forma u otra, hasta bien entrado el siglo XX. Por eso “pagano” y “aldeano” eran casi sinónimos.
Durante el último siglo, nuevos tsunamis se extendieron por Europa (y el mundo en general) arrasando lo que quedaba de la cultura campesina: la radio, la televisión y ahora Internet. Los efectos homogenizadores de los medios de comunicación de masas, unidos a la escolarización masiva y la migración a las ciudades, han sido letales para el mundo rural.
Cuando yo era adolescente, allá por los 60, había un conocido musicólogo y cantante especializado en el folclore rural: Joaquín Díaz (de hecho, sigue en activo). Díaz iba de pueblo en pueblo, pidiéndole a los ancianos que le cantaran viejas canciones tradicionales para grabarlas y conservarlas. Recuerdo que ya entonces, Díaz comentaba que ese patrimonio de música popular estaba en peligro de extinción, que con cada anciano que fallecía se perdía una parte de la memoria tradicional. Pero eso viene de mucho más lejos. A finales del siglo XIX, Yeats escribió El crepúsculo celta, donde registraba tradiciones, mitos y leyendas de la Irlanda rural. Lo hizo porque ese mundo se estaba perdiendo y quería conservarlo, aunque sólo fuese como recuerdo.
La revolución industrial inició el masivo éxodo del campo a las ciudades; las zonas rurales se despoblaron y empobrecieron. Por señalar una frontera, podríamos decir que la Segunda Guerra Mundial marcó el final de un mundo y el nacimiento de otro distinto. Fue una brecha, una cicatriz en la historia, un cambio sin precedentes. Aunque no instantáneo, claro. Cuando yo era niño aún había en España zonas que conservaban más o menos intacta la cultura rural, pero eran comunidades al borde de la extinción que, de hecho, ya no existen.
Y no es que me parezca mal, por supuesto. El antiguo mundo rural estaba dominado por la incultura y la superstición, con unas condiciones de vida durísimas y una extrema pobreza. Superar todo eso fue un avance, no un retroceso. Pero no en todos los sentidos; perdimos algo e intentamos sustituirlo por otra cosa que no ha funcionado.
Las sociedades rurales estaban muy cohesionadas; la gente sentía un intensa pertenencia a la tierra y establecía fuertes lazos con su comunidad. En ese sentido había cierta sensación de seguridad y protección. Aunque estaban las calamidades externas, claro; las malas cosechas, los desastres naturales, los accidentes, las guerras y las enfermedades. El mundo, más allá de la aldea, era oscuro e inquietante. Para enfrentarse a eso, el antiguo campesino desarrolló a lo largo de los milenios una mitología que le servía para enfrentarse a lo desconocido, para explicarlo y, supuestamente, para controlarlo hasta cierto punto (por ejemplo, los esconjuraderos de los que hablé hace poco).
Era una mitología falsa, como todas las mitologías, pero proporcionaba seguridad. Te decía cuál era tu papel en el mundo, por qué ocurrían las cosas, y lo que tenías que hacer y no hacer. Ese conjunto de mitos y tradiciones, vinculados a la comunidad mediante ritos y fiestas, era como una manta que te arropaba y protegía frente a lo desconocido y, en última instancia, te consolaba de las desgracias.
Eso lo perdimos, junto con la inocencia, cuando dejamos atrás la cultura rural. Rompimos los lazos con la tierra y nos pusimos al servicio de las empresas que nos daban empleo. Al sumergirnos en la muchedumbre de las ciudades, los vínculos con la comunidad se difuminaron hasta desaparecer. Ni siquiera conocemos a nuestros vecinos. Sin comunidad no hay compromiso de mutua ayuda, así que establecimos un pacto con el Estado: nosotros cumplimos con nuestras obligaciones y, a cambio, el poder, un poder ciego e impersonal, nos protege.
Dejamos de creer en las hadas, las brujas y los demonios, así que inventamos nuevas mitologías. Mitologías políticas, mitologías capitalistas, mitologías sociales, mitologías de progreso y justicia, mitologías de los mass media, mitologías de la democracia y la libertad. Todo eso nos ayudaba a entender el mundo y a saber cuál era nuestro papel en él. Nos proporcionaba seguridad y cobijo. Nos consolaba en la desgracia.
Pero de pronto, eso falla. Tu pacto con el poder se quiebra y los mitos que has construido se derrumban uno tras otro. ¿Con quién puedes contar? ¿Con tus amigos de Facebook? ¿Con las hadas? Y entonces descubres que lo único que has hecho es cambiar una mentira por otra mentira, que no hay nada a lo que agarrarte, ni comunidad, ni compromiso, ni justicia, ni futuro.
Nuestra única certeza es que estamos solos y perdidos.
En el folclore tradicional (los cuentos de hadas, por ejemplo), el bosque simboliza lo desconocido, lo salvaje, la oscuridad donde habitan las entidades sobrenaturales y los lobos. El bosque es lo contrario de la aldea. Pues bien, ahora estamos en el bosque, de noche, y si cerramos los ojos seguro que podemos oír a los lobos.
Vale, ¿a qué viene este mal rollo? Pues a que se acerca Halloween, la fiesta del terror. Así que... temblemos.
Feliz Halloween, amigos; feliz Samhain.
Uno de los grandes mitos de Internet es el “todo gratis”, la patológica reluctancia de los internautas (menuda palabreja estúpida) a pagar por casi cualquier producto o servicio que pueda obtenerse en la Red. Y digo “casi”, porque todos los usuarios abonan religiosamente su cuota a las compañías telefónicas, que tienen en su mano la contundente potestad de desconectar al moroso, algo que hasta los más reacios a aflojar la mosca entienden perfectamente. Más allá de eso, gran parte de los usuarios consideran que Internet es una especie de cornucopia de la abundancia, una paraíso anárquico donde cualquiera puede hacer o tomar lo que le venga en gana sin soltar un céntimo. Es como comprar un coche y presuponer que la gasolina, el aceite y el líquido de frenos saldrán gratis de por vida.
¿Y por qué no? A fin de cuentas, es lo que hay. No cuesta nada hacerse un perfil en Facebook o Twiter, igual que es gratis colgar un blog o diseñar una página web. Si nos paramos a pensarlo, los servicios gratuitos que funcionan en la Red son aquellos cuyos contenidos están generados por los propios usuarios. O bien aquellos que distribuyen por el morro productos que no son suyos, pero eso es otra historia.
Hay otro mito derivado del “todo gratis”: Al no haber intereses económicos en juego, los mensajes y contenidos que se propagan por los medios sociales son siempre sinceros y honrados, de persona a persona. Debo reconocer que cuando me encuentro con los angélicos entusiastas de la purísima Arcadia Digital siento una mezcla de piedad e indignación. ¿De verdad se creen eso? Probablemente sí, porque lo de informarse, profundizar y reflexionar no es una costumbre muy extendida. Así que la Red es la auténtica democracia, ¿eh?; un territorio hecho por y para los usuarios, un universo totalmente ajeno a los intereses y manejos del vil Mercado, ¿verdad?
¡Ja!
Repito por triplicado: ¡Ja, ja, ja! Que es como decir: Ay que me descojono. Salvo por el hecho de que no tiene ni pizca de gracia. Dicen que el mayor poder del Diablo es conseguir que las personas no crean en su existencia. Pues lo mismo pasa con la Red: que muchos piensan que allí no pueden entrar los demonios. Y así, con toda facilidad, llegan los demonios y les poseen.
Veréis, hace tiempo descubrí una cosa extraña: cuando entraba en ciertas páginas web, siempre aparecía publicidad de la Casa del Libro en la que, invariablemente, se anunciaban mis propias novelas. ¿Sorprendente? No, en absoluto; era publicidad específicamente diseñada para mí.
Ahora quien os habla es el ex-publicitario. En la publicidad clásica, es fundamental conocer y definir al grupo de consumidores a quienes va dirigido el producto que se va a anunciar. Se lo denomina target group; o, traducido al cristiano: “grupo objetivo”, aunque sería mejor la versión literal: grupo-diana. Para que me entendáis, los anuncios no van dirigidos a todo el mundo, sino a aquellos consumidores que, por una u otra razón, son mejores candidatos a adquirir el producto en cuestión. Por ejemplo, el target group de un Porsche será: hombres de clase muy alta, de entre 30 y 45 años, residentes en ciudades, con formación universitaria y que trabajan en puestos directivos o por cuenta propia. Esto me lo acabo de inventar, pero no creo que el target de Porsche ande muy lejos de lo que acabo de exponer.
Como podéis ver, se trata de una definición del grupo muy general. Se podría pormenorizar un poco más, pero no demasiado, porque la base de esta clase de análisis es estadística. Vamos a ver: ¿Por qué hombres? ¿Es que ninguna mujer se va a comprar un Porsche? Claro que sí, pero estadísticamente los que compran coches deportivos son varones, y a la vieja publicidad no le compensa tener en cuenta al escaso porcentaje de mujeres que también están dispuestas a hacerlo. Todo en la publicidad clásica se rige por la estadística y la ley de los grandes números.
En cualquier caso, está claro que cuanto mejor conozcas y mejor definas a tu grupo objetivo, más eficaz será tu publicidad. Y no te digo nada si consigues hacer publicidad para personas en concreto en vez de publicidad para grandes grupos. Publicidad a la carta, por así decirlo: publicidad dirigida, no a hombres de clase media, jóvenes, urbanitas, etc., sino publicidad para Pepe Pérez o para María López. Hasta hace muy poco, eso era imposible. Pero ahora, gracias a la bendita Arcadia Digital, ya se puede hacer. Y se hace.
Voy a deciros algo que no tiene nada de mito: Todo cuanto hacéis en Internet, las páginas que visitáis, los artículos que compráis, los temas que os interesan, las búsquedas, los datos que aportáis en las redes sociales, todo, absolutamente todo, es registrado, procesado y, eventualmente, comercializado. No existe el secreto en la Red, no existe la intimidad. Y quien ignore esto, es presa fácil del marketing. Por ejemplo, actualmente se han desarrollado, entre otras, unas técnicas llamadas Data mining, Microtargeting y Buzz monitoring. ¿No las conocéis? Pues ellas sí que os conocen a vosotros.
Data mining significa “minería de datos”. Básicamente consiste en buscar –mediante sistemas informáticos del tipo “redes neuronales”- patrones en grandes y aparentemente caóticos conjuntos de datos (por ejemplo, los obtenidos en Internet). Esto, aplicado al marketing, permite descubrir tendencias y, también, trazar perfiles de los consumidores relacionados con esas tendencias.
El Microtargeting se utiliza mucho en propaganda política, pero cada vez se emplea más en el mundo comercial. Se trata de un sistema con base estadística que (copio literalmente) “permite una segmentación avanzada del mercado a nivel individual, respondiendo a las preguntas básicas del marketing: ¿Qué personas quieren lo que ofrezco? ¿Dónde las encuentro? ¿Cómo las convenzo?”. La palabra clave es “individual”. Ya no se trata, como antes, de estudiar y convencer de lo que sea a grandes y más bien nebulosos grupos humanos; ahora, gracias al Paraíso Digital, es posible estudiar, definir y manipular a grupos minúsculos de la población, y llegar a ellos con mensajes individualizados.
El Buzz monitoring consiste en “detectar, rastrear y establecer el seguimiento de las conversaciones que se llevan a cabo en la Red respecto a un tema relevante. La técnica se basa en robots que rastrean blogs, foros y el resto de formas que toma la Web social con el fin de medir las tendencias y los rumores que corren por Internet respecto aquello que interese analizar”.
Conviene señalar que todos estos procesos se ejecutan mediante sistemas informáticos, con el sensible ahorro de tiempo, esfuerzo y dinero que eso supone. Antes, para conseguir algo semejante (si es que podía conseguirse), hubiera hecho falta el trabajo conjunto de miles de personas, lo que lo hacía inviable económicamente. Pero ahora con unos cuantos ordenadores, un par de técnicos y los programas adecuados, ahí lo tienes, barato y rápido. El kit del perfecto Gran Hermano.
¿Me he puesto coñazo con todo este rollo? Vale, pues voy a intentar sintetizarlo. Lo que pretendo decirte es que ahora los malos, los que quieren manipularte, se enteran de todo lo que haces y eres a través de tu vida en Internet. Además, descubren en ti patrones de comportamiento que ni tú mismo conoces, y los utilizan para dirigirse a ti con mensajes diseñados específicamente para ti, expuestos de la forma más adecuada para tu personalidad, con el inquebrantable propósito de comerte el coco.
Y llegados a este punto, un mensaje del patrocinador de este blog: Si eres de los que se creen inmunes a la publicidad y el marketing, te sugiero que hagas lo siguiente: 1. Deja de leer esta entrada. 2. Fabrícate una capa roja. 3. Ponte la capa y unos calzoncillos por encima del pantalón. 4. Abre una ventana y arrójate al vacío. Porque, quién sabe, a lo mejor también resulta que lo único que puede dañarte es la kriptonita. (Estoy siendo sarcástico; que nadie intente hacer lo que acabo de decir, salvo que viva en un bajo).
Y es que, veréis, ya no estamos hablando de anuncios que tú sabes que son anuncios, porque tienen pinta de anuncios y están en espacios destinados a los anuncios. Cuando tienes la certeza de que algo es publicidad, puedes defenderte, puedes alzar barreras y escudos. Pero ¿qué pasa cuando no sabes que se trata de publicidad, porque esa publicidad parece otra cosa? ¿Cómo defenderte de algo que ni siquiera sabes que está ahí?
Pongamos un ejemplo básico: una simple búsqueda con Google. Como sabéis, ese buscador prioriza las respuestas según una serie de algoritmos para que aparezcan en primer lugar las páginas más relevantes. Esa fue en gran medida la razón de su éxito. Por otra parte, el 90% de los usuarios no pasa de la primera página, concentrándose sobre todo en los tres primeros resultados. De ello se deduce la tremenda importancia de estar bien situado en las búsquedas. Pues bien, ningún problema para el marketing, porque existen diversas estrategias, como SEO y SEM, para forzar primeras posiciones en las búsquedas, aunque las páginas carezcan de interés. ¿Te fías de Google? No deberías.
¿Y qué me dices de los debates en chats, foros y redes sociales? No hay nada más puro y honesto, ¿verdad? Personas hablando libremente entre sí, sin intereses ni manipulaciones. Salvo que en esos libérrimos intercambios de ideas intervenga algún Community Manager pagado por alguna organización (empresas, partidos políticos, instituciones religiosas, etc.) para que manipule y dirija esas charlas con fines que no tienen nada de puros y honestos. Pero, ¿es muy común esa práctica? Os daré un dato: este año de crisis y paro, la profesión más demandada es la de Community Manager.
Y luego están los blogers con miles de seguidores. Como no cobran, sus comentarios y opiniones deben de ser, lógicamente, honestos y sinceros. A menos, por supuesto, que al bloger le hayan pagado por defender (o atacar) determinadas marcas o ideas. O puede que en su popular blog haya un link que lleve a cierta web o a un video de Youtube, un link que está ahí porque alguien ha soltado la pasta para que esté ahí, no por libre elección del bloguero (cuya libertad se ha limitado a extender la mano y coger los 300 euracos que le han soltado por poner ese enlace).
¿Y los Influencers? Se trata de gente con muchos seguidores en Internet. Pueden ser blogers, o famosos (deportistas, actores, periodistas...) que se mueven por las redes sociales, gente con gran capacidad de influencia sobre sus seguidores. La empresas tienen estrategias para fidelizarlos (o directamente comprarlos) con el objetivo de que hablen bien de sus productos.
También tenemos esas webs temáticas donde la gente, los usuarios, opinan sobre ciertos servicios, como hoteles o restaurantes. Opiniones honestas y sinceras de las que uno se puede fiar, ¿no es cierto? Aunque puede ser que alguien contrate los servicios de una empresa de marketing digital para que llene esas webs de opiniones adversas hacia algún rival. Ha ocurrido y sigue ocurriendo.
Internet es una maravilla en muchos sentidos, pero no el paraíso digital que algunos proclaman. En realidad, se trata de una prolongación de la vida, y en la vida coexiste lo bueno con lo malo (aunque en mayor proporción lo segundo que lo primero). El marketing digital ha experimentado un crecimiento increíble. Pero, atención, aún está en la edad de piedra, por así decirlo. Dentro de diez años, las técnicas que acabo de comentar serán pura arqueología, porque los procesos se habrán sofisticado hasta un punto que no podemos ni imaginar.
Y conviene recordar que hay algo especialmente perverso en el marketing digital: se oculta, se disfraza, no muestra lo que es. Y eso multiplica su eficacia. Además, en comparación con la publicidad clásica, resulta relativamente barato. Es la democratización del Gran Hermano.
Facebook, Google, Twiter o Linkedin no cobran por sus servicios. Por tanto, no se les puede exigir nada. Pero sus dueños no son almas de la caridad, no son buenos samaritanos que desean colmaros de favores sin pedir nada a cambio. Sus dueños, sus accionistas, quieren pasta, rentabilizar el invento. Y la conseguirán de cualquier manera; por ejemplo, vendiendo al mejor postor los cuantiosos datos que poseen sobre vosotros, o controlando y sesgando los mensajes que corren por la Red.
Internet no es democrático, no es el paraíso de los usuarios; lo parece, pero es un espejismo que conduce al engaño. El “gratis total” suena muy bonito; tan bonito como cuando se te aparece el Diablo y te ofrece el oro y el moro a cambio de algo tan nimio como tu alma. En realidad es lo mismo, sólo que en Internet los demonios parecen ángeles.
Siempre me han gustado los juegos de tablero; en particular el ajedrez, el backgammon y el reversi. Respecto al ajedrez, mi relación con él es similar a mi amor por Halle Berry o Rachel Weisz: una pasión imposible. Soy malísimo jugando al juego de los reyes; doy tanta penita que me avergüenza jugar en línea, por las carcajadas que voy a provocar en mis contrincantes. Me gusta ese juego, pero no es para mí (o, mejor dicho, yo no soy para él). Como decía creo que Unamuno: el ajedrez es poco como ciencia y demasiado como juego. Too much para mí, en cualquier caso.
En cuanto al backgammon, me gusta y no juego del todo mal, pero siempre me ha molestado un poco lo mucho que interviene la suerte en su desarrollo. Es un juego mitad de azar y mitad de estrategia; divertido, pero “impuro” en el sentido de que muchas veces todo depende más de una tirada de dados que del talento de los jugadores.
Y luego está el reversi, también llamado othello. Quizá no lo conozcáis, porque es un juego bastante minoritario, así que os explicaré de qué va. Se juega en un tablero de 64 casillas, todas iguales. En la ilustración de arriba podéis ver el tablero en su posición de salida, antes de hacer la primera jugada. Las fichas son blancas por una cara y negras por la otra. Cada jugador escoge un color y, por turnos, van colocando una ficha en el tablero. Al mover, te “comes” todas las fichas del contrario que haya entre la ficha que acabas de poner y cualquier otra tuya que ya estuviera sobre el tablero, en horizontal, vertical y diagonal. “Comer” significa darle la vuelta a las fichas de tu contrario que hayas capturado para que pasen a ser de tu color. Para mover siempre hay que comer; si no, se pasa el turno. Gana quien al final de la partida tenga más fichas. Eso es todo, no hay más reglas.
Parece sencillo, pero es realmente complejo; no tanto como el ajedrez o el go, aunque mucho en cualquier caso. Aprendí a jugar al reversi hará cosa de tres décadas, cuando alguien me regaló un tablero, y desde hace unos quince años lo practico en Internet con frecuencia. Soy un jugador mediocre; mi ranking está a medio camino entre los mejores y los peores. No obstante, me vanaglorio de haberle ganado una partida (sólo una) a Mario Madrona, tres veces campeón de España.
El reversi es un juego en gran medida anti-intuitivo, porque cuando haces lo que parece más lógico, en realidad estás haciendo lo más inadecuado. Por ejemplo: como gana el que al final tenga más fichas, los malos jugadores se ponen como locos a comer fichas del rival desde el principio. Justo lo contrario que deberían hacer, porque la estrategia ganadora consiste en tener muchas menos fichas que el contrario durante la mayor parte de la partida (cuantas menos fichas tengas, menos movimientos posibles tendrá el otro), pero eso sí, colocadas en los sitios adecuados. Hay otras cuestiones, como los stoners, los quiet moves, la paridad o los laterales desequilibrados, que también se les escapan a los malos jugadores.
Pues bien, cuando juego en línea con un mal jugador siento cierta sádica sensación de superioridad al verle cometer error tras error, sobre todo porque él piensa que lo está haciendo de puta madre. Al final, en cuatro movimientos le destrozo y el pobre tipo se queda con un palmo de narices, porque estaba convencido de que me iba a machacar él a mí. En esos casos, sé que sé cosas sobre el juego que el otro jugador ni imagina.
Pero lo malo de ser un mediocre es que, como dice el refrán, donde las dan las toman. Porque cuando juego contra un jugador mejor que yo, uno realmente bueno, ocurre lo mismo que decía antes, pero al revés. El tío me gana una y otra vez, y yo no tengo la más remota idea de cómo lo consigue. Está claro que él sabe cosas sobre el juego que yo ni imagino. Lo que sí me imagino es a ese cabrón mirándome por encima del hombro con burlona condescendencia. Y se me llevan los demonios.
Bueno, sólo es un juego, claro; algo sin importancia. Sin embargo, el otro día me di cuenta de que el reversi puede ser una metáfora sobre algo mucho más grande. Porque, a fin de cuentas, ¿no es la vida un juego, un juego en el que se gana o se pierde? Y si aceptamos eso, ¿no os parece que hay jugadores que saben cosas sobre el juego (sobre la vida) que nosotros ni imaginamos? Yo sí.
Creo que hay gente, no mucha, que entiende a la perfección las reglas y la estrategia de la vida, y que eso les proporciona una enorme ventaja y una gran capacidad de control. Las personas normales, como yo (si es que soy normal), conocemos una parte de esas reglas, pero no todas, y eso nos convierte en jugadores mediocres del juego de la vida.
Aunque, en realidad, no se trata solo de saber, sino también de aceptar y valer. Gran parte de la estrategia ganadora es depredadora (comer fichas, comer personas), enormemente cruel, y yo, como tantos otros, estoy “lastrado” por una conciencia y una ética que me impiden jugar con libertad. Por otro lado, aunque soy capaz de percibir y comprender algunas estrategias ganadoras, también sé que soy incapaz de ponerlas en práctica, porque mis características personales no son las adecuadas. No valgo para ello.
Hay, por supuesto, ciertas peculiaridades. A diferencia de los juegos de tablero, en la vida no todos los jugadores parten en igualdad de condiciones; algunos lo hacen con muchísima ventaja y otros con terrible desventaja. Además, en el juego de la vida los jugadores ganadores pueden modificar las reglas a su favor (basta con mirar a nuestro alrededor para comprobarlo). Por último, quizá el juego de la vida se parezca más al backgammon que al reversi o al ajedrez, porque el factor suerte es fundamental.
En cualquier caso, estoy convencido de que hay jugadores del juego de la vida que juegan mucho mejor que yo, porque saben cosas que no sé, porque lo ven todo más claro. Y no puedo evitar que se me lleven los demonios al imaginar la displicencia con que deben de mirarme, conscientes del mediocre imbécil que soy.
Aunque, no sé, ahora que lo pienso me da la sensación de que a lo que realmente se parece la vida es a un casino. Básicamente, porque la banca siempre gana.

Después de tanto tiempo, ya no sé qué he escrito en este blog. Entre mi mala memoria y que Babel cumplirá pronto siete años, temo empezar a repetirme como esos abueletes que te contaban veinte veces el sitio de Belchite. Por cierto, ya deben de quedar muy pocos abuelos que hayan pasado la Guerra Civil. ¿Qué batallitas contarán ahora los nuevos abuelos? Cuando me llegue el turno, me enrollaré con la dictadura y la heróica lucha contra Franco, ya lo tengo todo preparado. Me relamo pensando en los coñazos que voy a dar. Pero me estoy yendo por las ramas. Decía que no sé si os he contado ya cierta anécdota; aunque en el fondo da igual, porque os la voy a contar de todas formas. Su protagonista fue Buster Keaton. Como sé que hay merodeadores muy jóvenes rondando por aquí, aclararé que Buster Keaton fue un actor cómico del cine mudo (en España se le conocía por Pamplinas). Era un genio, tanto como Charles Chaplin. Aunque sean en blanco y negro y mudas, ved sus películas; sobre todo El maquinista de la General.
Bien; ¿sabéis cuáles fueron las últimas palabras de Keaton antes de morir?: “Juana de Arco no”.
Resulta que Keaton, ya muy mayor, estaba moribundo en la cama, rodeado por un grupo de familiares y amigos. De pronto, exhaló un suspiro y se quedó absolutamente inmóvil. “Creo que ha muerto”, dijo alguien. Y otro sugirió: “Tocadle los pies; dicen que la gente, cuando va a morir, tiene los pies fríos”. Entonces Keaton, que seguía vivo, dijo con un hilo de voz: “Juana de Arco no”.
¿No os parece genial? Creo que es el mejor epitafio que he oído en mi vida. Si hubieseis estado allí, en ese momento tan dramático, ¿qué habríais hecho, reír o llorar? Es fantástico que alguien te ponga en esa tesitura, ¿verdad? Hay que ser muy grande para convertir el momento de la propia muerte en un gag. Pero para eso precisamente existe el humor: para conjurar el horror.
Hace poco, mi amigo Samael me remitió una frase de Winston Churchill que yo no conocía: “La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor los consuela de lo que son”.
Al final, en última instancia, cuando todo ha fallado, eso es lo que nos queda: la risa. Aunque no haya motivos; o, mejor dicho, precisamente porque no hay motivos.
Vivimos en un mundo que es para troncharse.
Soy catalán; eso, al menos, pone en mi DNI, donde se especifica que nací en Barcelona. Mi padre era catalán, natural de Barcelona, igual que mi madre, que nació en Manresa, igual que mis hermanos, ambos barceloneses. Mi primer apellido, Mallorquí, no es balear, sino catalán, originario de Gerona; aunque no debería ser ese apellido -pues mi abuelo nunca reconoció a mi padre; Mallorquí era el apellido de mi abuela-, sino Serra, que más catalán no puede ser. Me falla el segundo apellido, del Corral, que es de origen cántabro; pero por lo demás soy más catalán que una barretina.
No obstante, cada vez que se me define como “escritor catalán” me siento extraño, como si no hablaran de mí. Porque soy el catalán menos catalán del mundo; un charnego al revés. ¿Cómo voy a sentirme catalán si me trajeron a Madrid cuando tenía un año de edad? Además, mi padre era un gran españolista que, por otro lado, le guardaba cierto rencor a Cataluña (quizá porque Cataluña no le tratara bien durante su niñez y juventud marcada por el estigma de ser “hijo natural”). Tanto es así que, aunque era bilingüe, sólo le oí hablar en catalán dos veces en mi vida. En cuanto a mi madre, no pertenecía a una rancia estirpe catalana; era hija de charnegos. Y, qué demonios, yo me he criado en Madrid, donde he vivido siempre. Así que no, no me siento catalán, aunque me gusta Cataluña y, en especial, Barcelona, una preciosa ciudad que, cuando se sacude el ombliguismo provinciano (algo que no siempre ocurre), puede ser muy cosmopolita.
Pero ahora me estoy replanteando las cosas. Si Cataluña se convirtiera en un país independiente, ¿qué pasaría conmigo? ¿Tendría que elegir entre ser catalán o español? ¿Podría tener la doble nacionalidad? ¿Debería aprender catalán, a mi años? (qué pereza, virgen santa). Y si el independentismo prospera, generando la consiguiente reacción en contra, ¿correría el peligro de ser apaleado por una falange de furibundos españolistas? Si optara por ser español, ¿sería considerado un traidor a la patria en Cataluña? Según la decisión que tomase, ¿tendría que renunciar al pa amb tomaca o, por el contrario, alimentarme sólo de botifarra amb mongetes? A mí, que la bandera española me la suda, ¿debería empezar a emocionarme la senyera? Y, sobre todo, ¿tendría que olvidar mi inquebrantable adhesión al Real Madrid para entregarme en cuerpo y alma a los colores del Barça?
Qué complicado todo, ¿verdad? Sobre todo, porque Madrid no me gusta. Antes sí que me gustaba, es cierto; durante mi niñez, cuando sólo era un pueblo grande, y allá por finales de los 70 y comienzos de los 80, cuando la ciudad reventó de optimismo y creatividad. Pero después de varias décadas de estar en manos de la derecha más cavernaria, Madrid se ha ido a la mierda, convirtiéndose en un lugar hostil y antipático. Lo cierto es que, si pudiera, me iría a vivir a otra parte. Pero, ¿a Cataluña? ¿A un Cataluña independiente? ¿A una NACIÓN, así, con mayúscula? Mmmm... creo que no, que mejor paso.
Porque, veréis, detesto el nacionalismo. El término “patria” forma parte de lo que yo denomino Grandes Palabras Peligrosas; es decir, palabras por las que la gente se mata entre sí. Y digo bien: palabras, no conceptos, porque términos como Patria, Dios o Raza no se refieren a algo claramente definido, sino a entelequias tan nebulosas que pueden adoptar la apariencia que se quiera. Son palabrería barata; pero palabrería cargada de pólvora y metralla. Además, me parece una soberana gilipollez convertir una cuestión de puro azar –haber nacido en determinado sitio- en algo básico para la existencia de quién sea. Por último, conviene recordar que en la base de todos los fascismos que son y han sido se encuentra el nacionalismo.
Y, ojo, estoy en contra de todos los nacionalismos, comenzando por el español, que es el que más he sufrido. No olvidemos que nací bajo la “Una, grande y libre”, que mira por dónde, ni era una, ni era grande, ni, por supuesto, era libre. Así que nacionalismo español, caca. Y el vasco, y el catalán, y el gallego, todos caca.
Sin embargo, es tan tentadora la idea de separarse de un país tan cutre y mal acabado como España... Dejar de ser español suena casi como una liberación. Si me dijeran que podía separarme de España para convertirme en, no sé, noruego, por ejemplo, y si me garantizaran que todos los noruegos iban a aprender español para facilitarme la comunicación, no lo dudaba ni un segundo: a Noruega de cabeza, pese al clima. Pero ¿dejar de ser español para convertirme en catalán? No me jodas, pero si es lo mismo; idéntica cagada.
Y es que eso es algo que no entienden ni los españolistas ni los catalanistas: que el eje, la esencia, la piedra angular de lo que, para bien o para mal, es España surge de la intersección entre Castilla y Cataluña. España, sin Cataluña, ya no sería España. Y Cataluña, sin España, tampoco sería Cataluña, sino un patético invento del nacionalismo. No hay dos naciones; sólo hay dos idiomas que, encima, se parecen un huevo.
Pero lo que más me cabrea es la facilidad con que mordemos el anzuelo, lo fácilmente que nos dejamos engañar. Tanto España en su conjunto como Cataluña en su autonomía sufren una profunda crisis que no solo es económica, sino también, y sobre todo, política, estructural y democrática. Hay grandes problemas que exigen ser abordados y corregidos, hay poderosas razones para que la gente se movilice con el objetivo de reformar un sistema que hace aguas por todas partes. La actual partidocracia ya no representa los intereses de los ciudadanos, sino sus propios intereses y los de una oligarquía cada vez más poderosa y rapaz. Ya no hay separación de poderes, ya no hay controles, ya no hay ni rastro de ética. Nuestro sistema político está corrupto.
¿Y qué pasa con la Generalitat? Pues que el partido que gobierna actualmente, Convergència i Unió, con el honorable Artur Mas a la cabeza, siempre ha sido conocido como el “partido del tres por ciento”, por su desmedida afición a las comisiones ilegales. Y su forma de afrontar la crisis ha consistido en hacer lo mismo que hace el PP: pegarle hachazos al estado del bienestar. Eso debería de cabrear a los catalanes, ¿no?
Pues sí, probablemente les ha cabreado, pero no importa. ¿Para qué preocuparnos por los viejos problemas si podemos dedicarnos en cuerpo y alma a crear nuevos problemas? Saquemos un conejo de la chistera: la independencia. Escucha, catalán: vas a tener tu propia patria, una patria para ti solito. Una mierda de patria, es cierto; pero tampoco es que la de antes fuese gran cosa. Lo importante es que será TU PATRIA. No puedes consentir que un gallego al frente de un gobierno español te engañe y te robe; debes exigir que quienes te engañen y te roben sean compatriotas tuyos, catalanes de pura sangre.
Y muchísimo catalanes, henchidos de amor patrio, han mordido el anzuelo y se han movilizado para exigir una solución que no soluciona nada. Y Mas ha convocado unas elecciones que ganará por aclamación, porque es un Padre de la Patria al que hay que seguir ciegamente, pese a su inclinación a quedarse con un 3% de esa patria. Y ya está; todo el mundo se ha olvidado de los verdaderos problemas y el status quo se mantiene.
Claro que, para que las cosas lleguen a este punto, ha hecho falta la inestimable colaboración de la derecha, con su visceral anticatalanismo, sus campañas de boicot al cava y sus recursos al Supremo. Una actitud de lo más adecuada para un partido de implantación nacional; adecuada para obtener votos en Castilla, claro. Y no nos olvidemos del PSOE, que parece haber olvidado que la izquierda jamás ha sido nacionalista, sino todo lo contrario: internacionalista. Pero hay que sacar votos hasta de las piedras, por supuesto.
En fin, todo está arreglado; ya hay carnaza para todos. Los catalanistas haciendo su patria, los españolistas berreando por la suya, y entre tanto la casa sin barrer y las ratas a sus anchas. Pero todos felices: ya tenemos a quién odiar, que eso une mucho.
¿Y yo, como catalanoespañol, qué voy a hacer? Pues voy a hacerme noruego, a poco que me dejen.
Ya hemos hablado en otra ocasión sobre el tema, pero ¿os habéis fijado en la cantidad de películas sobre invasiones extraterrestres se han estrenado durante la última década? Así, haciendo memoria, me vienen a la cabeza las siguiente:
Señales (2002), de Shyamalan
La guerra de los Mundos (2005), de Spielberg
Invasión (2007), de Oliver Hirschbiegel
Distrito 9 (2009), de Neill Blomkamp
Monsters (2010), de Gareth Edwards
Skyline (2010), de Colin Strause
Invasión a la Tierra (2011), de Jonathan Liebesman
Cowboys y Aliens (2011), de Jon Favreau
Attack the Block (2011), de Joe Cornish
Battleship (2012), de Peter Berg
V (serie de TV, 2009-2011)
Falling Skies (serie de TV, 2011-2012)
Eso sin contar con otras pelis de ETs cabrones, como Súper 8, La Cosa o Prometheus, y sin tener en cuenta que Transformers también va de extraterrestres dando caña, pero ya abiertamente en plan de encefalograma plano. Además, hay varias películas sobre el tema en cartera, como la adaptación de Bajo la piel o The 5th wave.
Pero centrémonos en la lista de más arriba. No he visto Attack the Block ni la serie V, así que las dejaremos de lado. En cuanto a la excelente Distrito 9, no es exactamente una invasión alienígena; o quizá sí: ¿una invasión de espaldas mojadas espaciales? Pues bien, de los film que quedan, el mejor es sin duda Monstruos, una modestísima producción independiente rodada con gran inteligencia y sensibilidad.
En cuanto al resto de las pelis... bien, digamos que ninguna de ellas tiene ni pies ni cabeza. Os recomiendo, al respecto, un artículo de José Hernández llamado “Los 10 planes más ridículos para invadir la Tierra” (podéis encontrarlo pinchando AQUÍ). Y es que si una raza alienígena, dotada con un nivel tecnológico capaz de dominar el viaje interestelar, llegara a nuestro planeta con ganas de bronca, sencillamente nos correrían a gorrazos, nos barrerían, nos exterminarían, acabarían con nosotros en un parpadeo. Y, desde luego, no lo harían liándose a tiros en plan “yo te disparo con mi futurista arma de rayos, pero, caray, qué pupa me haces con tu anticuado lanzagranadas”. No, nada de batallitas entre marines y bichos del espacio, ese no sería su plan. Supongo que nos fumigarían, o algo parecido; desde luego sería un holocausto mucho más eficaz y mucho menos épico.
Bien, dejando la coherencia de lado, La guerra de los mundos de Spielberg me parece mucho mejor película de lo que suele afirmarse; un buen espectáculo que, eso sí, no alcanza ni de lejos la magia del original literario en que se inspira. En cuanto a Señales, de Shyamalan, es absurda de principio a fin, pero contiene secuencias muy potentes y una atmósfera oscura y opresiva más que notable. El resto de las películas son a cual más infumable, empezando por esa innecesaria y absolutamente fallida cuarta versión de La invasión de los ladrones de cuerpos que es Invasión (¿para qué demonios cuatro versiones si las dos primeras ya eran excelentes?). Aunque, eso sí, la palma de soplapollez se la lleva Battleship que, aparte de contar con todos los tópicos mal rodados que os podáis imaginar, nos muestra cómo un desvencijado destructor de la Segunda Guerra Mundial tripulado por ancianos veteranos logra destruir a la nave insignia de una flota alienígena. La palabra “ridículo” no expresa en toda su dimensión lo que es este film. Cowboys y Aliens prometía, por su título, un divertido delirio pulp, pero se quedó en una tontería sosa, incoherente y aburrida. Skyline e Invasión a la Tierra son sendas bobadas, igual que lo es la vomitiva Falling Skies.
Ante esto, me surgen dos preguntas. La primera, y más simple, es ¿por qué demonios, teniendo entre manos un tema tan jugoso, las productoras lo desarrollan con tan poquísima imaginación? De todas las películas citadas, sólo Monsters y Distrito 9 abordan la invasión alienígena de una forma original. Y quizá ahí esté la respuesta, porque precisamente se trata de los dos únicos films producidos fuera de Estados Unidos. Hollywood tiende a elaborar sus producciones tomando como referencia la mente de un niño de diez años. Pero ojo, ni siquiera un niño de diez años escasamente espabilado se tragaría un bodrio como Battleship.
La segunda y más compleja pregunta es ¿por qué tal acumulación de películas sobre invasiones extraterrestres? El otro día leí un artículo que le echaba la culpa al éxito de Independence Day, pero esa película es de 1996, y la gran avalancha de invasiones se produjo catorce años después. Demasiado tiempo. Por cierto, la película de Emmerich me parece honesta, porque da lo que promete: una serie B rodada con presupuesto A; sin pies ni cabeza, pero al menos divertida.
El caso es que no entiendo el por qué de tantos aliens invasores. Ya hemos comentado en otra ocasión que en épocas de crisis prolifera el cine de terror, algo que es fácil de constatar en las presentes circunstancias. Eso explica, por ejemplo, la proliferación de zombis. Pero las pelis de invasiones extraterrestres no son exactamente de terror. Son de catástrofes. Y, ahora que lo pienso, los zombis no se usan tanto en su sentido terrorífico como en el catastrófico. Entonces, ¿el cine está sublimando en clave de fantasía o ciencia ficción la catástrofe económica y social en la que estamos inmersos? Y si es así, ¿por qué nos gusta verlo?
Qué raritos somos los seres humanos.
Con frecuencia suele confundirse al psicópata con los serial killers, tipo Michael Myers (el de Halloween), Norman Bates, Latherface, Jack Torrance y tantos otros asesinos de la pantalla; monstruos sedientos de sangre que sólo aspiran a torturar y matar. Pero eso no es así; de hecho, los personajes que he mencionado no son “psicópatas”, sino “psicóticos”, gente con la capacidad de razonar alterada que vive en un permanente estado alucinatorio.
Los psicópatas (también llamados sociópatas), por el contrario, razonan perfectamente (suelen ser personas inteligentes) y perciben con nitidez la realidad. Sólo un pequeño detalle les diferencia de los demás: carecen de empatía, les resulta imposible ponerse en la piel de otra persona. Son narcisistas, sólo piensan en sí mismos, su mundo se reduce a un omnipresente YO. Al carecer de empatía, son incapaces de sentir ciertas emociones, como amor, amistad, arrepentimiento, piedad, ternura, compasión... No obstante, sí que las perciben en los demás, así que aprenden a imitarlas. Desde niños son magníficos actores; fingen sentir emociones que no sienten, porque eso les mimetiza con las personas normales y les permite manipularlas. No tienen conciencia, ni ética, ni escrúpulos.
Pero eso no significa que sean criminales; de hecho, la mayoría no lo son. Porque si un psicópata deseara algo tuyo, no tendría el menor reparo moral en matarte y quitártelo. Pero lo que sí tiene es miedo a la policía y la justicia, así que no lo hará. No porque tenga escrúpulos (para él sería como aplastar a una cucaracha), sino por temor a lo que le pueda pasar. La mayor parte de los psicópatas siguen escrupulosamente las leyes, pero eso no les hace menos peligrosos. Son manipuladores natos, así que suelen ser más encantadores de lo normal. Tienes la sensación de que te aprecian realmente, pero en realidad te están utilizando, sirviéndose de ti para sus fines. Al ser narcisistas, disfrutan quedando por encima de los demás, haciéndolos pasar por el aro, humillándolos. Jamás encontrarás en ellos auténtica lealtad, amistad o amor, porque son incapaces de sentir esas emociones. Sólo actúan en su propio beneficio y si para conseguir sus fines han de pisotearte, te pisotearán; de hecho, lo harán incluso aunque no sea necesario. Son lobos entre corderos, y nosotros, las personas normales, somos los corderos.
¿Habéis conocido a algún psicópata? Seguro que sí, aunque probablemente no os hayáis dado cuenta. Porque, ¿de cuánta gente estamos hablando, cuántos psicópatas hay? Se estima que el 10 % de la población presenta algunos rasgos psicopáticos, y que el 1 % son psicópatas en estado puro. Una de cada cien personas... lo cual significa que tan solo en España hay unos 470.000 psicópatas. Casi medio millón de monstruos aleatoriamente repartidos por todas partes. Pone los pelos de punta, ¿verdad? Ahora bien, ¿están realmente distribuidos de forma aleatoria? Pues sí, pero no del todo.
Vamos a ver, ¿la psicopatía es una tara o una bendición? Desde el punto de vista de la especie los psicópatas son una tara, porque ponen en peligro al grupo, pero desde una perspectiva individual... Imaginaos un individuo inteligente y frío, alguien que carece de conciencia y restricciones morales, alguien que no se ve dominado por las emociones, sino por una inflexible determinación, una persona que además es extremadamente mentirosa y manipuladora. ¿No se parece mucho eso al superhombre nietzscheano? En una sociedad que prima el individualismo sobre la colectividad, en una cultura que usa el egoísmo, la codicia y la competitividad como motores sociales y económicos, ¿los psicópatas no tendrán una gran ventaja sobre los demás?
Un inciso. Los psicópatas, por sus características, pueden resultar muy útiles para ciertos intereses. Por ejemplo, no cabe duda de que el nazismo creó monstruos, pero sobre todo lo que hizo fue dar trabajo a los monstruos ya existentes, ponerlos en nómina. Los regímenes totalitarios son el perfecto ecosistema para los psicópatas. Pero ¿y en una democracia? Siempre hay que trabajos sucios que hacer, ¿verdad?, trabajos que al común de los mortales le revolverían el estómago. En esos casos, es muy útil contar con gente a la que nada le revuelve el estómago. Esos liquidadores de empresas, esos jefes de personal que despiden sin un pestañeo, esos cargos intermedios que tiranizan a sus subalternos, esos ejecutivos agresivos sin piedad, esos políticos radicales, esos líderes de sectas... todos esos trabajos son perfectos para los psicópatas.
Pero nos preguntábamos si ser psicópata no supondría una ventaja social. Pues eso es exactamente lo que descubrió la doctora Martha Stout, de la facultad de medicina de Harvard: conforme se asciende en la escala social aumenta el número de psicópatas. Es decir, que hay más monstruos en las clases altas que en las medias, y más monstruos en las clases medias que en las bajas. Y eso es así no porque cuanto más rico seas más posibilidades tengas de engendrar hijos psicópatas, sino porque los psicópatas son mucho más eficaces a la hora de ascender en la escala social.
Pues bien, ¿sabéis dónde abundan más los psicópatas?: Entre los líderes empresariales, financieros y políticos. Aunque no hay estudios rigurosos, se estima que en esas altas esferas el porcentaje de psicópatas puede rondar el 20 %. Es decir, entre las personas más poderosas del mundo, una de cada cinco es un psicópata. ¿No os corre un escalofrío por la espalda al pensar que gran parte de las decisiones que afectan a nuestras vidas están en manos de psicópatas?
El psicólogo canadiense Robert Hare, creador del test más eficaz para detectar psicópatas, dijo en cierta ocasión: “Los psicópatas de a pie destruyen familias. Los psicópatas corporativos, políticos y religiosos destruyen economías y sociedades enteras”.
Echad un vistazo a vuestro alrededor. ¿No os parece que la actual situación es el producto de una profunda psicopatía? No quiero ser reduccionista; es evidente que para que las cosas estén tan mal hace falta mucho más que un puñado de psicópatas. No obstante, deberíamos preguntarnos cómo es posible que el sistema de valores de nuestra supuestamente civilizada cultura favorezca tanto los intereses y las actividades de los psicópatas. Está claro que en algo nos equivocamos; lo que ignoro es si esa equivocación reside en lo que hacemos o en lo que somos.
Hoy pocos recuerdan a David Hamilton (1933), un fotógrafo inglés que en la década de los 70 se hizo recontrafamoso con sus retratos de jóvenes adolescentes desnudas, por lo general de aspecto nórdico, siempre con flou y emulsiones de grano grueso. Pelín horteras, la verdad, pero las chicas eran preciosas. Sus pósters se vendían como rosquillas. También dirigió cinco películas eróticas, pero eso no viene al caso.
La cuestión es que yo siempre le había asociado a las adolescentes en pelotas, así que un día, hace mucho tiempo, me sorprendí al encontrar –creo que en casa de mi hermano JC- un reportaje fotográfico de Hamilton donde no solo no aparecían dulces Lolitas, sino que no había nadie. Era una larga serie de fotos en color tomadas en una playa desierta, poco después de ser abandonada por los bañistas, al atardecer de un día nublado. Una sombrilla tirada, basura, huellas en la arena, desoladas casetas de playa, un balón, unas chanclas rotas... Me quedé de piedra. Las casi niñas de Hamilton eran pastelones eróticos, pero esas fotos de la playa, sin flou ni mamonadas, transmitían auténtica emoción: soledad, pérdida, melancolía. Pocas veces he visto tan bien reflejado el final del verano, tanto en sentido literal como en el metafórico.
Qué chungo es cuando se acaba el verano, ¿verdad? Hay canciones que hablan de ello, como la homónima del Dúo Dinámico, y películas, como American Graffiti, y seguro que también un montón de novelas, aunque ahora no me viene ninguna a la cabeza. Los días dorados van desvaneciéndose poco a poco; la promesas –cumplidas o no- del estío ya sólo son recuerdos; el mundo va saliendo del stand by estival y se pone de nuevo en movimiento. Todo muy melancólico y triste, si no fuera porque tras el verano llega la magia del otoño, quizá mi estación preferida.
Este verano, mi mujer y yo no hemos salido al extranjero. Pensábamos ir a Islandia, pero teníamos que hacerlo como muy tarde en julio; problemas de curro se lo impidieron a Pepa, que se vio obligada a retrasar las vacaciones a agosto, así que decidimos ir un par de semanas a los Pirineos. Primero a la Seu d’Urgell, después a Boltaña y finalmente a Panticosa. Ya conocía esas montañas (salvo la zona de Ainsa y Boltaña), pero cada vez que voy no puedo evitar asombrarme de su belleza. Además, los Pirineos están llenos de historia y misterio.
Hace tiempo que ando dándole vueltas a una historia ambientada en los Pirineos durante la Segunda Guerra Mundial. En aquella época hubo mucha actividad por allí: nazis, la guardia civil franquista, maquis, contrabandistas, miembros de la resistencia... Mucha gente quería huir de Europa, o pasar a Inglaterra, cruzando las montañas, y luego a través de España y Portugal. Así que algunos contrabandistas pirenaicos cambiaron, más o menos, de profesión y se dedicaron a “pasar” gente por la frontera. Se convirtieron en “pasadores”. Bueno, pues me gustaría escribir sobre alguno de ellos. Cuando se me ocurra una historia que me convenza, claro.
Hay cosas muy curiosas en los Pirineos. ¿Sabéis que allí, sobre todo en los valles navarros, existía una raza maldita, los agotes? Desde el siglo XII hasta finales del XIX. Los agotes -en Francia denominados cagots- eran artesanos, sobre todo de la madera, pero también de la piedra y el hierro. Estaban completamente marginados. Vivían en guetos y tenían que llevar en las ropas una marca roja: una huella de gato o de oca. No podían casarse con no-agotes, ni poseer tierras, ni entrar en las iglesias por la puerta principal (tenían que usar una más pequeña y asistir a misa en una zona aislada; incluso tenían su propia pila bautismal), ni ser enterrados en sagrado. Se decía que transmitían la lepra y otras enfermedades. También se decía que poseían ciertas características físicas, como no tener lóbulos en las orejas, pero es mentira. Lo único que diferenciaba a los agotes de los demás era su origen. ¿Y cuál era su origen?
Un misterio. Hay varias teorías: una afirma que procedían de los visigodos que se refugiaron en los Pirineos huyendo de la invasión árabe. De hecho, en provenzal –y en catalán- ca got significa “perro godo”. No obstante, la invasión se produjo en el siglo VIII y no hay noticias de los agotes hasta el XII, lo cual deja cuatro siglos de vacío histórico. Demasiado; no suena muy probable. Otra hipótesis es que fueran descendientes de los cátaros que huyeron de la cruzada que la Iglesia desató contra ellos. Y otra que procedían de las comunidades de gente fuera de la ley (por el motivo que fuese) que se habían establecido en las leproserías, precisamente porque allí nadie iría a buscarles. Eso explicaría la superstición de que transmitían la lepra. En fin, un misterio. El caso es que la marginación oficial, con leyes específicas contra los agotes, duró hasta 1819. Hoy ya no quedan comunidades de agotes, ya no existen agotes como tales. Pero sí sus descendientes. El barrio de Bozate, en el pueblo de Arizcun (Baztán), fue uno de sus últimos guetos y la mayor parte de quienes hoy viven en él son sus descendientes. Un viejo dicho popular del Valle de Baztán reza: “Al agote, garrotazo en el cogote”. Qué cosas... Por cierto, hubo en los Pirineos –esta vez en los catalanes, en el Valle de Ribes- otra raza maldita, los galluts, que no fue públicamente conocida hasta finales del siglo XIX. Padecían enanismo y cretinismo y tenían bocio. Unos freaks, vamos. Dicen que el último murió en 1990
¿Os habéis fijado en que la gente que vive en la montaña es diferente a la gente del llano? Están más aislados, son más endogámicos –cada valle es una entidad casi independiente-, su horizonte es limitado. Supongo que esa es la razón por la que en los Pirineos se conservó hasta hace muy poco una antiquísima mitología popular (a fin de cuentas, los dioses suelen vivir en las montañas), con seres fantásticos como los diaplerons, las lamias, los follets... y las brujas, por supuesto. Todavía hoy, en las aldeas, se ven muchos “espantabrujas” sobre las chimeneas de las casas.
Este verano me encontré allí con algo que desconocía por completo. En una de las excursiones que hicimos me fijé, al pasar por un desvío, en un cartel que anunciaba: “esconjuradero”. ¿Qué demonios es eso?, pensé. Ese mismo día, cuando regresábamos a Boltaña, donde estábamos alojados, pasamos por delante de un pueblo cercano, Guaso, donde de nuevo vi el mismo cartel. Esconjuradero. Paré el coche, me conecté a Internet a través del móvil y busqué el término. Y resultó que la palabreja en cuestión procede del aragonés esconchurar, que significa "conjurar". Según la Wikipedia: “Los esconjuraderos son pequeñas construcciones o templetes que desde el siglo XVI al XVIII se construyeron específicamente para albergar rituales destinados a esconjurar o conjurar tormentas o tronadas, las plagas y otros peligros que amenazaban a las cosechas”.
Son de planta cuadrada con tejado piramidal, y en sus muros hay vanos en forma de arco orientados hacia los cuatro puntos cardinales (la fotografía que ilustra esta entrada corresponde al esconjuradero de Guaso). Se trata de una tradición nítidamente pagana; pero la Iglesia la asumió como tantas veces ha hecho (incluso existía un manual católico para esconjurar). Lo curioso es que lo hiciera en una época tan tardía como el siglo XVI, lo que demuestra hasta que punto sobrevivía el paganismo en esa zona.
En fin, no me enrollo más con los Pirineos. El caso es que las vacaciones han terminado y Babel despierta de su sueño estival. Con nuevos y vigorizados propósitos, entre los que destaca el de no volver a escribir series de posts sobre un mismo tema, como la reciente acerca de la ciencia ficción. Con las primeras entradas no hay problema, pero luego la cosa se convierte en un deber, una especie de trabajo, y yo, qué queréis que os diga, no escribo esto ni por deber ni por trabajo. Así que kaput a las series de posts entrelazados, estoy harto. Me quito un peso de encima, pero también lamento algo, porque pensaba escribir sobre un tema que considero especialmente interesante en esto tiempos: la manipulación de la información.
No me refiero a denunciarla, porque todos sabemos que existe, sino a cómo detectarla y defenderte de ella. Es decir, pensaba poner mis conocimientos sobre publicidad a vuestro servicio escribiendo por entregas una especie de “Manual para evitar que nos coman el coco”, pero... joder, qué pereza. Lo dejaremos para otro momento.
¿Qué más? Los óbitos, sí. ¿No os da la sensación de que la gente conocida se muere más en verano que en otras épocas del año? Este verano las han cascado varios, pero sólo voy a comentar dos: Harry Harrison y Neil Armstrong.
Harry Harrison (1925-2012) fue un escritor norteamericano de ciencia ficción. Si revisáis las entradas sobre “La cf y yo”, le encontraréis allí. No fue uno de los grandes autores del género, pero sí un escritor entretenido y solvente. Sus principales obras fueron la serie dedicada a la Rata de Acero Inoxidable, centrada en un ladrón del futuro, la novela ¡Hagan sitio, hagan sitio!, en que se basó la película Soylent Green, y su divertidísima sátira antimilitarista Bill, héroe galáctico. Descanse en paz.
Neil Armstrong (1930-2012) no escribió ciencia ficción: la hizo. Quizá se trate de la figura histórica más perdurable del siglo XX. Pensadlo: dentro de miles de años, cuando la gente se haya olvidado de Hitler, de Kennedy, de Mao y de todos los grandes personajes que hoy nos parecen archifamosos, la humanidad seguirá recordando que Armstrong fue el primer humano en pisar otro cuerpo celeste. Eso ya no se lo quita nadie. Descanse en paz.
Y ya está; como rentrée basta. Ha sido un placer encontrarme de nuevo con vosotros, amigos míos, aunque debo reconocer que el placer era aún mayor cuando estaba en las montañas tocándome las narices. Ah, por cierto: como estoy seguro de que entre los merodeadores de Babel hay tipos por lo menos tan rijosos como yo, os pongo al final de esto una fotografía del inefable Hamilton. Besitos.
Estamos en pleno verano, ¿lo habéis notado? Supongo que sí, por el calor y los días más largos. Pero, ¿habéis sentido el verano? Yo apenas, casi nada, muy poquito. ¿Sabéis?, me encanta vivir en una zona del planeta con variación de estaciones; me gustan la primavera, el verano, el otoño y el invierno, por igual aunque por diferentes motivos. Me gusta “sentir” cada estación. No es fácil de explicar eso de “sentir”... En parte se trata, creo, de tomar conciencia de lo que te rodea, de absorber cada detalle e integrarlo todo en un conjunto armónico. O algo así. Pero no es un acto intelectual, sino emocional; es algo que ocurre o no ocurre, no puedes provocarlo, aunque sí puedes generar las circunstancias que lo favorezcan. Básicamente: tiempo, mente clara y tranquilidad.
Creo que esto es más fácil de entender en el caso de la arquitectura. Le Corbusier definía los edificios como “máquinas de vivir”, y si vivir es sentir, entonces los edificios también son “maquina de sentir”. Una pequeña iglesia románica favorece la introspección, una catedral gótica te sobrecoge, la Alhambra despierta tu sensualidad. Los edificios, sobre todo los públicos, emiten sensaciones, así que cuando los visito no me interesa tanto “verlos” como “sentirlos”. Pero no siempre es posible. Por ejemplo, la primera vez que visité la catedral de San Pedro, en Jaca, (era por la tarde) el templo estaba lleno de turistas, guías, niños gritones y chusma en general. Se trata de un edificio románico, muy antiguo (de hecho, la de Jaca es una de las catedrales más antiguas de España), pero no había forma de “sentir” nada (salvo irritación) a causa del jaleo que me rodeaba. De modo que me fui y al día siguiente, a las nueve de la mañana, me planté en la iglesia y me tiré una hora allí, totalmente solo, sintiendo aquellas viejas piedras.
“Sentir” edificios, sí, pero también lugares, paisajes o estaciones del año. Sin ir más lejos, todos los años mi mujer, unos amigos y yo hacemos en otoño una breve escapada a algún lugar donde abunde la vegetación de hoja caduca, para disfrutar (sentir) el espectáculo de esa estación. Ahora bien, ¿sentisteis, por ejemplo, la pasada Navidad? Yo, desde luego, no; y en ningún sentido: ni el tópico buen rollito ni la pura irritación. No sentí nada; fue como si la Navidad, el solsticio, no hubiera existido. Y lo mismo me pasa (¿nos pasa?) con el verano. No siento nada.
¿Sabéis por qué? Porque hay demasiada chusma correteando y gritando a nuestro alrededor. Nuestras mentes no están en el verano, sino distraídas, abrumadas, con la crisis, con los recortes/amputaciones, con la profusión de malas noticias, con el miedo y la desesperanza. Y es cierto, para qué negarlo: hay muchos motivos para estar distraídos, para tener siempre la cabeza en otro lugar. Pero, ¿sabéis?, si después de quitárnoslo todo también nos quitan la capacidad de sentir la vida, entonces su triunfo será total, porque habrán conseguido reducirnos a lo que quieren que seamos: piezas de un engranaje, piezas desechables.
Y yo no soy un engranaje, me niego a dar siempre vueltecitas en el mismo sentido y con la misma cadencia, me niego a hacer tic-tac. ¿El mundo se hunde?; vale, pues que le den. Pero antes de que las apestosas fauces de una economía caníbal me devoren, yo quiero sentir el verano. Así que voy a eliminar distracciones, voy a centrarme en lo importante, el aquí y el ahora, y a olvidarme de todo lo demás. Por tanto, durante el mes de agosto, este blog permanecerá inactivo, dormido y silente. Volveremos a vernos a principios de septiembre.
Entre tanto, os deseo que paséis unas fantásticas vacaciones. O, al menos, que sepáis concedeos la gracia de unos instantes de felicidad. Parafraseando el título de una novela de Robert Heinlein: abrid la puerta que conduce al verano.
Ciao, merodeadores. Hasta septiembre.