domingo, septiembre 26

Villanas


Llega el turno de las malas mujeres de cine. Y aquí quizá sea apropiado citar a la gran Mae West: “Cuando soy buena, soy buena. Cuando soy mala, soy mejor”. Pero no nos referimos a esa clase de “maldad”, claro... ¿o sí? La perfidia cinematográfica está, como casi todo en nuestro mundo, teñida de machismo. Por lo general, las malas del cine mudo no eran más que mujeres sexualmente activas. Putones según la mentalidad de la época. Podían ser lumis de buen corazón, es cierto; pero entonces no disfrutaban con el sexo. Ahora bien, si follaban como locas y, además, se lo pasaban teta, entonces tenían que ser forzosamente malas. Este modelo de perversidad femenina derivó en el cliché de la femme fatale; es decir, la mujer que utiliza el sexo para dominar a un hombre, utilizarle y perderle (el mito de Adán y Eva, vamos). Teniendo en cuenta que todo esto procede de una visión masculina de la mujer, no cabe duda de que los hombres nos sentimos muy, pero que muy inseguros con la sexualidad.

Hay muchísimas mujeres fatales en la historia del cine; tantas, que el cliché ya está gastado de tanto uso. Por ello, he reducido al mínimo posible su presencia en esta lista, incluyendo tan solo a las más relevantes y memorables. Por otro lado, creo que, en general, y dejando aparte a las femmes fatales, los actores obtienen mejores papeles de antagonista que las mujeres. No obstante, el cine nos ha regalado un buen puñado de excelentes malvadas. Veamos...



-Escarlata O’Hara. Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó (1939), de Victor Fleming. Vale, más de uno objetará que Escarlata no es una villana. Pero, ¿acaso no os quedáis de lo más a gusto cuando Rhett Butler, al final de la película, la manda a hacer puñetas? Escarlata es un personaje complejo, contradictorio, fascinante, pero sobre todo una egoísta monumental. No sé qué es peor, si tener por hermana a Baby Jane o a Escarlata.



-Sra. Denvers. Judith Anderson en Rebeca (1940), de Alfred Hitchcock. Esta película hizo dos aportaciones a nuestra lengua. Desde su estreno en España, a los jerseys abotonados por delante (prenda que Joan Fontaine usaba en el film) se les llama “rebecas”. Y durante mucho tiempo se convirtió en una frase hecha decir “es más mala que el ama de llaves de Rebeca”


-Phyllis Dietrichson. Barbara Stanwyck en Perdición (1944), de Billy Wilder. La mujer más fatal, fría y calculadora jamás vista en las pantallas y otra gran obra maestra de Wilder, la mejor versión del modelo “El cartero siempre llama dos veces”. Y es que la señora Stanwyck, hoy muy injustamente olvidada, fue una de las más grandes actrices de Hollywood.


-Eva Harrington. Anne Baxter en Eva al desnudo (1950), de Joseph L. Makiewicz. No hay un ser más dulce y humilde que Eva, una mujer entregada al teatro y devota admiradora de Bette Davis. Pero tras ese ser angelical se oculta una fría trepa que no duda en pisar a quien sea con tal de conseguir sus fines. Todo es bueno en esta obra maestra, incluso la mala.


-Emma Small. Mercedes McCambridge en Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray. Todo el intríngulis de esta película consiste en alterar el sexo de los arquetipos del western. Emma Small representa al despótico terrateniente, Vienna (Joan Crawford) es el valeroso pistolero de turbio pasado y Johnny Logan (Sterling Hayden) la linda cabaretera que ambos se disputan. Mercedes McCambridge borda el papel de villana.


-Mrs. Bates. Anthony Perkins en Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock. ¿Estoy haciendo trampa? Perkins ya apareció en la anterior lista y, además, es un hombre. En efecto, incluí a Perkins por su interpretación de Norman Bates, pero el chaval tiene dos personalidades y la segunda es una mujer, su madre. Además, fijaos en que cuando Norman es Norman, su lenguaje corporal tiene un aire muy femenino. En cualquier caso, aquí estamos hablando de mujeres malas, y la señora Bates lo es, aunque esté interpretada por un hombre.


-Baby Jane. Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), de Robert Aldrich. Si algo demuestra esta malsana película de terror psicológico es que la familia puede ser el peor de los infiernos. La escena en que Baby Jane le sirve para cenar una rata a su paralítica hermana pone los pelos de punta. Estremecedora interpretación de ese monstruo de la escena que fue la gran Bette Davis.


-Mrs. Robinson. Anne Bancroft en El graduado (1967), de Mike Nichols. ¿Es la señora Robinson mala, mala, mala de la muerte? No. Es mezquina, inmoral y deshonesta pero en el fondo no hace nada que la mayoría de nosotros no pudiéramos llegar a hacer. En realidad, este personaje nos recuerda que, según las circunstancias, todos podemos ser unos hijos de puta.


-Ma Baker. Shelley Winters en Mamá sangrienta (1970), de Roger Corman. No me gusta el por lo general cutre cine de Corman, pero puede que ésta sea su mejor película. En cualquier caso, la enorme (en todos los sentidos) Shelley Winters encarnó con maestría a una amorosa madre que se limitaba a guiar a sus hijos por la recta senda del robo y el asesinato.


-Regan. Linda Blair en El exorcista (1973), de William Friedkin. La pobre Regan no tiene la culpa de que se le haya metido dentro el diablo, pero lo cierto es que se convierte en un bicho de lo más perverso. Y asqueroso, teniendo en cuenta su afición al puré de guisantes y su imperiosa necesidad de un peeling.


-Enfermera Ratched. Louise Fletcher en Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), de Milos Forman. Uno de los personajes más odiosos jamás vistos en la pantalla, un monstruo tan real que pone los pelos de punta. Es el mal cotidiano, la maldad disfrazada de corrección. A todos se nos partió el corazón cuando Brad Dourif no pudo acabar de estrangularla.


-Matty Walker. Kathleen Turner en Fuego en el cuerpo (1981), de Lawrence Kasdan. Una mujer fatal según el modelo “El cartero siempre llama dos veces”, tan repetido. En realidad, la película apenas aporta nada a ese cliché... salvo la morbosa sensualidad de una Turner en su mejor (y desgraciadamente breve) momento.

-Alex Forrest y Marquesa de Mertueil. Glenn Close en Atracción fatal (1987), de Adrian Lyne, y Las amistades peligrosas (1988), de Stephen Frears. Reconozcámoslo: Glenn Close tiene cara de mal bicho y como además es una excelente actriz, borda los papeles de malvada. Atracción fatal es una versión con look publicitario de Escalofrío en la noche, la primera película que dirigió Clint Eastwood; peor que el original, pero salvable gracias a la maldad que llega a desplegar Close.


-Katherine Parker. Sigourney Weaber en Armas de mujer (1988), de Mike Nichols. Vaya por delante que todos los protagonistas de esta mediocre película me parecen unos perfectos impresentables. No obstante, la gran Weaber compone con maestría el personaje de odiosa ejecutiva de alto nivel. La moraleja de la función sería la siguiente: para que una mujer demuestre en el trabajo que vale tanto como un hombre, debe esforzarse y hacer el doble que el varón. Y para que una mujer sea una gran hija de puta en el trabajo, ha ser el doble de hija de puta que el mayor cabrón macho de la empresa.


-Annie Wilkes. Kathy Bates en Misery (1990), de Rob Reiner. Parece mentira que Kathy Bates, que siempre ha hecho de buenaza, haya sido capaz de encarnar a un personaje tan aterrador. En realidad, no es mala; sencillamente está como un saco de grillos. Y es jodidamente violenta (la escena del mazo pone los pelos de punta). En mi opinión, de todas las malas y malos que aparecen en estas listas, Annie Wilkes es la más escalofriante.


-Peyton. Rebeca de Mornay en La mano que mece la cuna (1992), de Curtis Hanson. Quien todavía piense que la cara es el espejo del alma, es candidato perfecto para el tocomocho. Peyton tiene un rostro dulce, angelical, delicadamente bello; le confiarías tu bebe sin dudarlo un segundo. Sólo tiene un pequeño defecto: es una psicópata de tomo y lomo. Peyton representa el mal engañoso, la maldad que se infiltra en tu mundo sin que te des cuenta y poco a poco destroza tu vida. Impecable Rebeca de Mornay, una actriz que hubiese puesto palote al gran Hitchcock.


-Bridget Gregory. Linda Fiorentino en La última seducción (1994), de John Dahl. He aquí todo lo lejos que se puede llevar el cliché “mujer fatal” sin caer en la caricatura. Bridget es mentirosa, manipuladora, ladrona y, finalmente, asesina. De hecho, la forma en que se carga a su marido (literalmente como a una cucaracha) resulta estremecedora.


-Xenia Onatopp. Femke Janssen en Goldeneye (1995), de Martin Campbell. Femke Jannsen, la Jean Grey de X-Men, fue modelo antes que actriz y es un mujer extraordinariamente atractiva (aunque eso sí, de forma poco convencional). Y tiene un don muy infrecuente en personas guapas: sabe reírse de sí misma. En Goldeneye, un producto Bond como otro cualquiera, interpreta a una delirante asesina rusa sadomasoquista totalmente pasada de vueltas. Lo mejor de la función, sin duda.


-Sil. Natasha Henstridge en Especies (1995), de Roger Donaldson. De acuerdo, la película es mediocre y el extraterrestre cabrón de marras tampoco es para tirar cohetes. Pero resulta que cuando adopta forma humana, ese extraterrestre se convierte en Natasha Henstridge que, además de estar descontroladamente buena, se pasa media película en pelotas. Quizá no sea una mala memorable, pero chico, da gusto verla.


-Elle Driver (Crótalo de California). Daryl Hannah en Kill Bill (2003), de Quentin Tarantino. Es una caricatura, por supuesto; la maldad hecha mujer. Protagoniza con Umma Thurman quizá la mejor (y más brutal) pelea entre dos mujeres jamás vista en la pantalla.


-O-Ren Ishii (Víbora Letal). Lucy Liu en Kill Bill (2003), de Quentin Tarantino. Tras su delicado rostro de porcelana oriental se oculta una despiadada jefa Yakuza. Siempre he sentido debilidad por Lucy Liu, aunque su carrera no ha ido muy lejos. También encarnó a una notable mala, versión sado, en Payback.


-Gogo Yubari. Chiaki Kuriyama en Kill Bill (2003), de Quentin Tarantino. Tiene poco papel y aún menos frases, pero es imposible que la imagen de esta colegiala japonesa psicokiller, la guardaespaldas de O-Ren Ishii, se te borre de la memoria. Una Lolita letal con un rostro que es puro morbo del chungo.


-Eleanor Shaw y Miranda Priestly. Meryl Streep en El mensajero del miedo (2004), de Jonathan Demme, y El diablo viste de Prada (2006), de David Frankel. Confieso que durante mucho tiempo no soporté a Meryl Streep, sobre todo desde que la vi, ya cuarentona, pretendiendo pasar por adolescente en La casa de los espíritus. Me parecía una gallina gigante. No obstante, empecé a reconciliarme con ella en Los puentes de Madison y finalmente caí rendido a sus pies cuando la vi hacer de mala en la nueva versión de El mensajero del miedo. La peor madre del mundo, sin lugar a dudas. Y la peor jefa.

Lamentablemente, no recuerdo ninguna malvada española digna de mención. Seguro que la hay, pero no se me ocurre ninguna. Confío en que alguien me refresque la memoria. Por último, de todas estas malas y malos, ¿cuáles son mis favoritos? Citaré cuatro, dos perversos y dos perversas: Rupert de Hentzau, Norman Bates, la enfermera Ratched y la también enfermera Annie Wilkes. Y si de estos cuatro tuviera que elegir al más malote/a de todos... creo que me quedaría con el escalofriante personaje que interpretó la genial Kathy Bates (quizá porque se apellida como Norman).

miércoles, septiembre 15

Villanos


Hace tiempo que barajaba la idea de escribir este post, pero por un motivo u otro lo fui dejando. Ahora, en Calla y lee, el blog donde colabora mi hijo Pablo, se me han adelantado; aunque tampoco importa demasiado, porque Internet está lleno de esta clase de iniciativas. Vale, ¿de que estoy hablando? De listas. “Los diez más (o mejores) lo que sea”, ya sabéis. Esta clase de listas son una tontería, lo sé, pero me encantan. En primer lugar, porque te hacen pensar sobre temas que te interesan; y en segundo lugar porque toda lista ajena te incita a proponer tu propia lista. Es sólo un juego; tonto, pero divertido.

Bien, si os habéis fijado en el título de la entrada, ya os imaginaréis de qué va la cosa. De malotes, de villanos de película. Los mejores malos de la historia del cine. Pero antes de comenzar vamos a hacer una aclaración: no basta con cometer muchas y grandes tropelías para ser un gran malo. Por ejemplo, Jason, el psicópata de la franquicia Viernes 13, mata mucho y muy sádicamente, pero en mi opinión carece por completo de interés. Es sólo una máscara (nunca mejor dicho), un McGuffin unidimensional, y lo mismo puede decir de Jigsaw, Michael Myers y tantos otros serial killers. Sólo son trasuntos del mismo personaje: el coco, el hombre del saco.

Para ser un gran malo de película se necesita algo más que hacer mucho el burro; hace falta que al villano en cuestión le adornen otras virtudes. ¿Cuáles? Pues depende, porque hay muchas clases de villanos. Está el malo odioso, el malo simpático, el malo sádico, el malo loco, el malo caballeroso, el malo asqueroso, el malo porque-el-mundo-le-ha-hecho-así, el malo metafísico, el malo-bueno, el malo brutal... en fin, que hay malos para todos los gustos y cada uno tiene sus peculiaridades. Otra cosa más: hoy vamos a hablar de villanos del género masculino; de las villanas trataremos en la siguiente entrada. Ah, y sólo hablaremos de seres humanos; así que nada de animales o monstruos engendrados analógica o digitalmente.

Un último apunte. ¿Por qué nos gustan tanto los buenos villanos? Dicen que el tamaño de un héroe se mide por la magnitud de sus rivales. Es decir, el bueno se define por su antagonista, no al revés. Y es que no hay demasiadas maneras de ser bueno, pero la maldad cuenta con infinidad de senderos. Por lo general, el malo suele ser más complejo que el héroe, más interesante. Además, el villano, al no estar sujeto a las ataduras morales, es más libre que nosotros. Y, me temo, también más feliz; ¿o no son los chicos malos quienes se llevan a las chicas más macizas?

Bien, aquí va mi lista. Es forzosamente incompleta y habrá muchos olvidos injustos, pero estos son en mi opinión los 25 y pico mejores malos de la historia del cine.













-Conde Orlok. Max Schreck en Nosferatu (1922), de F. W. Murnau. Ahora que nos acecha una plaga de vampiros románticos, lánguidos y caballerosos, ahora que los hemófagos se han convertido en bebedores de horchata, es más necesario que nunca reivindicar este clásico del cine mudo. El vampiro que compuso Schreck no es atractivo ni seductor; es una alimaña que nos infunde miedo y asco a partes iguales.









-Tommy Udo. Richard Widmark en El beso de la muerte (1947), de Henry Hathaway. Hace falta ser muy malo para tirar a una anciana paralítica por las escaleras y partirse de risa. El sicario psicópata que hizo famoso a Widmark lo era.








Cardenal Richelieu. Vincent Price en Los tres mosqueteros (1948), de George Sidney. En una lista como ésta no podía faltar el gran Vincent Price. Podría haber elegido algún otro de sus papeles de malo (el dr. Phibes, por ejemplo), pero siento debilidad por su interpretación de Richelieu, tan frío, tan maquinador, tan sin escrúpulos, tan elegante. No me importaría tomarme una copa de Borgoña con él (siempre y cuando alguien la catase antes).







-Harry Lime. Orson Welles en El tercer hombre (1949), de Carol Reed. Aquí tenemos al malo más cínico de la historia del cine. Pero simpático; no nos importaría montar en la noria con él. Es tan fascinante que al final, durante la extraordinaria persecución por los subterráneos de Viena, resulta imposible no ponernos de su parte. Su frase sobre los suizos y los relojes de cuco es antológica, igual que la música de Anton Karas.









-Rupert de Hentzau. James Mason en El prisionero de Zenda (1952), de Richard Thorpe. Se trata de la clase de villano que a uno no le importaría tener como amigo. Elegante, caballeroso, con sentido del humor, y al mismo tiempo implacable, maquinador y sin escrúpulos. Un hijo de puta con clase, vamos. Mason también compuso otro magnífico villano interpretando al capitán Nemo en 20.000 leguas de viaje submarino (1954), de Richard Fleisher.









-Cooley Trimble. Ernest Borgnine en Conspiración de silencio (1955), de John Sturges. Trimble es un paleto grande y corpulento, un chulo, un matón, un sicario de baja estofa. Además, es feo, sucio y sudoroso, la clase de persona a la que nos gustaría ver cómo alguien le parte la cara. Y eso es lo que hace un viejo y manco Spencer Tracy propinándole una de las más jubilosas palizas de la historia del cine.














-Reverendo Harry Powell. Robert Mitchum en La noche del cazador (1955), de Charles Laughton. He aquí al primer gran psicópata de la historia del cine, y además, uno de los más malos de todos los tiempos. Sus manos tatuadas con la palabras “love” y “hate”, la hoja de estilete que brota de su bolsillo como un pene mortal, la canción que canta constantemente mientras persigue a los dos niños... Un villano extraordinario para una fábula tan oscura como inmortal.











-General Mireau. George Macready en Senderos de Gloria (1957), de Stanley Kubrick. Mireau es uno de los seres más monstruosos que se han visto en las pantallas. Es mediocre, tonto, clasista, ambicioso, egoísta, simple, burocrático... pero tiene poder. Y no hay el menor rastro de humanidad en cómo (ab)usa ese poder. Su colega, el cínico General Broulard, interpretado por Adolphe Menjou, no le anda a la zaga.











-Norman Bates. Anthony Perkins en Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock. Ésta es la película que cambió el cine de terror, y Bates una nueva clase de monstruo. Un monstruo absolutamente humano, de ahí que de más miedo. Es imposible contemplar el plano final del film, con la “madre” definitivamente instalada en el cuerpo de Bates, sin sentir un escalofrío. Perkins lo hizo tan bien que, para su desgracia, el papel le marcó para siempre.













-Liberty Valance. Lee Marvin en El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford. Aquí tenemos a uno de los villanos más desagradables de la historia del cine. Violento, temible, chulo, sádico, repelente, cobarde, taimado... nada más verle, el espectador siente unos enormes deseos de que alguien le pegue un tiro. Para eso está John Wayne.












-Alex. Malcon MacDowell en La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick. Sádico, brutal, violador, asesino... y sin embargo, nos cae bien. Alex representa la amoralidad en estado puro, la parte animal, reptiliana, que hay en todos nosotros y que la sociedad se encarga de domesticar. Nos repugnan sus actos, pero más nos repugna lo que el establishment hace con él y por eso, cuando finalmente el tratamiento Ludovico falla, lo celebramos como una victoria. No me tomaría una leche-plus con él, pero su imagen con bombín, un ojo pintado y el otro no, y la coquilla por encima de un mono blanco es ya un icono del cine.














-Vito Corleone. Marlon Brando en El padrino (1972), de Francis Ford Coppola. El prototipo del criminal honorable. Vito Corleone no es un amoral, sino alguien que se rige por una moral distinta. ¿Deja de ser malo por eso? Pues no; simplemente introduce una variante más en la villanía. Supongo que también debería incluir aquí a De Niro, por su brillante interpretación del personaje en El padrino II, pero el icono que se nos ha quedado grabado en la retina es el de Brando.












-Darth Vader. David Prowse en la trilogía inicial de Star Wars (1977, 1980 y 1983), de George Lucas. En realidad, este personaje no debería figurar aquí; por dos motivos: en primer lugar, porque sólo es una máscara y, en segundo lugar, porque al final acaba siendo más blandito que un caramelo de café con leche. No obstante, se ha convertido en un icono del mal, así que aquí lo tenemos.









-Jack Torrance. Jack Nicholson en El resplandor (1980), de Stanley Kubrick. Este relato sobre el progresivo enloquecimiento de un pobre hombre tiene sólo un pequeño defecto: Jack anda pidiendo a gritos una camisa de fuerza desde el primer minuto de proyección. En cualquier caso, sus charlas con el fantasmagórico barman, sus paseos por el solitario hotel lleno de espectros y el posterior acoso a su familia con la decidida intención de cargárselos a hachazos son un clásico indiscutible de la maldad.













-Terminator T-800 modelo Cyber Dyne 101. Arnold Schwarzenegger en Terminator (1984), de James Cameron. ¿Quién era mejor actor, John Wayne o Laurence Olivier? Olivier, por supuesto. Pero ¿a quién te creerías más parando una diligencia plantándose en su camino? A Wayne, claro. Pues eso, que Schwarzenegger jamás ha sido un actor, pero encarnando a una implacable e inexpresiva máquina de matar resulta perfecto.












-Gordon Gekko. Michael Douglas en Wall Street (1987), de Oliver Stone. Posiblemente éste sea el villano más monstruoso de cuantos pueblan este catálogo. Porque es real. De hecho, la crisis económica que padecemos está causada por personas muy parecidas a Gekko. Merecido Oscar para Douglas.













-Louis Cyphre. Robert De Niro en El corazón del ángel (1987), de Alan Parker. Como es lógico, no podía faltar el villano de los villanos, la encarnación del mal, el ángel oscuro. Lucifer, el mismísimo Satanás. De entre todos los demonios que han aparecido en el cine, creo que el que interpretó De Niro es el más sofisticado e inquietante.









-Tommy De Vito y Nicky Santoro. Joe Pesci en Uno de los nuestros (1990) y Casino (1995), de Martin Scorsese. Aunque son dos películas distintas, en el fondo se trata del mismo personaje, un matón de pequeño tamaño capaz de desarrollar una violencia desmedida (recuerda un poco a los gangster que interpretaba James Cagney). Resulta tan desagradable que su terrible muerte en Casino se le antoja al espectador de lo más gratificante.










-Hanibal Lecter. Anthony Hopckins en El silencio de los corderos (1991), de Jonathan Demme. ¿Qué podemos decir de Hanibal el Canibal? Inteligente, culto, elegante, sofisticado y terrorífico. Quizá sea la última encarnación del “monstruo” en nuestra cultura. Por ahora. Jamás cenaría con él.











-Untersturmführer Amon Goeth. Ralph Finnes en La lista de Schindler (1993), de Steven Spielberg. El otro nazi que incluimos en esta lista, el coronel Landa, es una caricatura, de modo que necesitábamos uno realista. La maldad de Goeth es visceral, estúpida, absurda, la clase de maldad que acaba destruyéndose a sí misma. Como les ocurrió a los nazis. Goeth nos inspira miedo, sí, pero también, y sobre todo, asco.








-Vincent Vega & Jules. John Travolta y Samuel L. Jackson en Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino. Puede que Tarantino inventara una nueva variedad de malos con estos personajes: los villanos charlatanes. En esta película también aparece otro maloso notable: Lobo, interpretado por Harvey Keitel.












-Bill El Carnicero. Daniel Day-Lewis en Gangs of New York (2002), de Martin Scorsese. Un villano fascinante, sin duda; alguien con quien no nos importaría charlar un rato. Siempre y cuando no hubiese cuchillos cerca, claro. Se trata de un personaje turbio, brutal y traicionero, pero también inteligente y honorable a su manera. La genial interpretación de Day-Lewis merecía un Oscar.














-Al Swearengen. Ian McShane en Deadwood (serie de TV 2004-2006), de David Milch. De todos los villanos que aparecen aquí, quizá éste sea el que más matices tiene. Capaz de lo peor, pero también de lo mejor, como descubrimos conforme vamos conociéndole. McShane ganó un Globo de Oro por esta interpretación. Con todo merecimiento.








-El Joker. Heat Ledger en El caballero oscuro (2008), de Christopher Nolan. La película me parece muy aburrida (lo siento, qué le vamos a hacer). De hecho, en mi opinión, sólo levanta el vuelo cuando Ledger entra en escena. Su composición del Joker es magistral; no se trata de un payasete simpático y travieso (como la versión de Nicholson), sino de un psicópata con la cara pintada que te hiela la sangre en las venas.










-Coronel Hans Landa. Christoph Waltz en Malditos bastardos (2009), de Quentin Tarantino. Para qué negarlo: la película es bastante mala. Sin embargo, cada vez que aparece el coronel Landa se convierte en una obra maestra. Charlatán, irónico, cínico, amanerado, inmoral, pero fascinante. Uno de los mejores malos de los últimos tiempos. Nos tomaríamos una cerveza con él. Y luego le pegaríamos un tiro, claro.

Y ahora, para terminar, cuatro aportaciones patrias, cuatro magníficos malos españoles.








-Alain Charnier. Fernando Rey en French Connection (1971), de William Friedkin. Uno de los villanos más elegantes y encantadores aquí incluidos. Si nos diesen a elegir entre su némesis, el bruto y desastrado policía Popeye Doyle (Gene Hackman), y Charnier, siempre nos iríamos de copas con el sofisticado narcotraficante que compuso el gran Fernando Rey. Incluso nos asociaríamos con él, que coño.













-El señorito Iván. Juan Diego en Los santos inocentes (1984), de Mario Camus. Tan real como la vida misma, tan deplorable como la dictadura que permitió la proliferación de individuos semejantes a éste. Un señorito extremeño falsamente cordial, un pijo, un facha, un esclavista sin corazón. Siempre he pensado que esta película es en realidad un western en el que Iván representa el papel de pérfido terrateniente que sojuzga a los colonos. Un gran malvado en cualquier caso.












-Anton Chigurh. Javier Bardem en No es país para viejos (2007), de Joel & Ethan Coen. Tiene mucho mérito que alguien con ese corte de pelo pueda helarte la sangre en las venas. Chigurh es el mal en estado puro, el mal implacable (un poco como Terminator), el mal frío y desnudo. Magnífica interpretación de Bardem y merecido Oscar.











-Malamadre. Luis Tosar en Celda 211 (2009), de Daniel Monzón. Brutal y tierno a la vez, carismático, burlón, histriónico y fiel. No es un amoral, sino alguien que se rige por sus propias reglas y está en guerra con el mundo. No me gustaría ser su amigo, pero sí me gustaría que él lo fuese. O, al menos, no tenerlo por enemigo.

viernes, septiembre 3

Caledonia


Ignoro cuál fue mi primer contacto con el mundo celta. Supongo que los cuentos tradicionales, muchos de los cuales provienen de ese folclore. O quizá fue Asterix, vete tú a saber. Cuando tenía trece años viajé durante un verano con mi familia por Galicia (que allá por mediados de los 60 parecía el fin del mundo, un Finisterre de lo más convincente); una noche dormimos en una casa de huéspedes de no sé que pueblo y su dueña nos estuvo contando historias de la santa compaña, de aparecidos y de meigas, aunque por aquel entonces yo ignoraba que las raíces de todo aquello eran celtas. Más tarde cayó en mis manos un disco de Gwendal, el grupo bretón, y empecé a aficionarme a esa clase de música; inclinación que se consolidó cuando hice la mili en La Coruña.

Tampoco tengo muy claro cuándo empezaron a interesarme los celtas. Supongo que fue conforme me aficionaba a la antropología, cuando me enteré de algo muy curioso: en Europa Occidental hubo dos “rodillos” históricos que acabaron con las culturas que había antes: el Imperio Romano y el cristianismo. En ambos casos fue como borrar una pizarra y volver a escribir sobre ella. Pero no ocurrió así en todas partes. Las tribus germánicas y nórdicas se libraron de los romanos, aunque no del cristianismo, lo cual les permitió conservar sus raíces culturales durante más tiempo. E igual ocurrió con los restos de la cultura celta que resistieron a la colonización romana: Irlanda, Escocia, Gales, Cornualles, varias islas atlánticas y, por extensión (y migración) Bretaña. En este caso, además, la iglesia cristiana celta, por su aislamiento, fue durante muchos años a su bola, con escasa dependencia del papado. Por eso conocemos tanto acerca de la cultura y folclore celta. Y como todo ese conjunto de tradiciones es anterior al Imperio Romano, suponen una línea directa a la Edad del Hierro, la del Bronce y, en última instancia, al Neolítico. Eso es lo que más me interesa de los celtas: lo que su cultura revela acerca del pasado remoto.

Ahora bien, aparte de los conocimientos históricos y antropológicos, ¿qué queda hoy del mundo celta? Poca cosa; prácticamente nada. Los celtas eran una cultura eminentemente rural y, tras las invasiones romanas y germánicas, sus tradiciones permanecieron en el medio rural. Conforme el campo fue deshabitándose y las ciudades creciendo, los restos de la cultura celta se esfumaron poco a poco. En 1893, W. B. Yeats publicó El crepúsculo celta, un conjunto de historias y tradiciones de su tierra, Irlanda. El motivo de ese libro era preservar una literatura oral que se estaba perdiendo... y de eso hace más de un siglo.

Galicia cuenta con tradiciones y folclore celta, pero fue romanizada y su lengua proviene del latín, así que es una especie de hermana bastarda de los países celtas. En Cornualles no queda rastro de celtismo, igual que en Gales. Bretaña, por el contrario, es de lo más celta, aunque creo que es una cuestión sobre todo nacionalista. No conozco Irlanda ni las islas. Pues bien, no sé por qué, pero me imaginaba que Escocia sería la repanocha de celta. Y no es así.

Lo cual no quiere decir que me haya decepcionado, ni mucho menos: Escocia es uno de los países más bellos que he visitado. Estuvimos primero en Aberdeen, al norte, en la costa este. Es una zona muy bonita que recuerda a Galicia, sólo que con más campos de cereales (cebada y malta, supongo; pa’l güisqui). Luego nos fuimos a Inverness, que es una ciudad preciosa cruzada por el Ness, río que acaba desembocando, catorce millas al sur, en, premio, Loch Ness. Es sorprendente el poder de las leyendas; sé perfectamente que no hay ningún monstruo en ese lago, sé que todo es puro sensacionalismo, pero a pesar de eso, cuando contemplaba las tranquilas y oscuras aguas del lago, una vocecita muy débil musitaba en mi mente un tímido “¿y sí...?”.

Inverness está en el corazón de las Highlands. Y seguro que ese nombre, Highlands, os evoca a Rob Roy y a Braveheart, a clanes con faldas de cuadros y a gaiteros montaraces. A mí, desde luego, sí. Las Highlands son, sencillamente, deslumbrantes. Se trata de una región montañosa, pero no demasiado alta; la cumbre más elevada apenas sobrepasa los 1.300 metros. Sin embargo, se dan una serie de curiosas circunstancias. Las Highlands son muy boscosas, pero, por alguna razón que desconozco, a partir de los seiscientos o setecientos metros de altura no crece ni un árbol, ni un arbusto decente, prácticamente nada. Son los famosos páramos escoceses, amplías y totalmente deshabitadas extensiones de terreno cubierto de hierba y, sobre todo, de unos arbustillos bajos y rastreros, de un verde muy oscuro, que dan al paisaje un tono negruzco y plomizo. Son lugares de lo más siniestro, os lo juro, y no me extrañaría nada que estuvieran llenos de hombres lobo; sin embargo, poseen una extraña y tétrica belleza.

Es curiosa esa mezcla de bosque exuberante lleno de ríos y lagos, y en cuanto subes un poco, zas, un sombrío páramo sobre el que no te sorprendería que apareciese el rótulo de la Hammer. Y, además, hace un frío que te pelas; era agosto y la temperatura no sobrepasaba los once o doce grados...

De Inverness nos trasladamos a Oban, en la costa oeste, frente a las Hébridas Interiores. El trayecto de un lugar a otro discurre a lo largo del Great Glen. Se trata de una serie de valles que siguen, durante más de cien kilómetros, una falla de fractura en sentido NE-SO, desde el fiordo de Moray hasta Fort William. En cada valle hay un lago (entre otros Loch Ness) y todos están unidos por el canal de Caledonia. Se trata de una sucesión de paisajes tan increíblemente bellos que te roban el aliento. Imprescindible: ni se os ocurra moriros sin verlo. En fin, la costa oeste es una pasada, llena de fiordos e islas de todo tamaño. Y, por supuesto, castillos en abundancia. Pero no voy a aburriros con los detalles del viaje... Aunque, bien pensado, podría colgar aquí las fotografías que he hecho; a fin de cuentas, sólo son unas seiscientas... Nooooo, es broooooma.

De Oban nos dirigimos a Edimburgo, que es una ciudad bellísima; me sorprendió, no esperaba algo así. Además, en agosto se celebran allí un montón de festivales -más de veinte y, entre ellos, el famoso Fringe- y hay mucho ambiente por las calles. (Nota para los merodeadores más junior: no dejéis de ir a Edimburgo en agosto; no sólo se respira cultura viva por todas partes, sino que además la ciudad está llena de jóvenes y jóvenas llegados de todo el mundo y, a juzgar por su aspecto, con el sistema endocrino en impecable estado). Por cierto, nada más llegar a la capital de Escocia me asaltó una intensa sensación verniana; tardé en caer en la cuenta, pero finalmente recordé que el profesor Lidembrock, protagonista de Viaje al centro de la Tierra, vivía precisamente en Edimburgo.

Volviendo al celtismo de Escocia, conviene señalar que todo el Norte, y en particular las Highlands, está muy, pero que muy poco habitado. Eso tiene una causa histórica. A finales del siglo XVII, el rey Jacobo VII fue destronado por Guillermo de Orange. Los jacobitas, entre los que se contaban los highlanders, protagonizaron varias insurrecciones, hasta que en 1746 fueron definitivamente vencidos en la batalla de Culloden (por cierto, nuestro primer hotel, Culloden House, está emplazado en el escenario de esa batalla). A partir de la derrota, los highlanders sufrieron una salvaje persecución. Los clanes fueron disueltos y sus jefes ajusticiados, las tierras fueron confiscadas y, finalmente, los nuevos propietarios quemaron las granjas, para dedicar el terreno a pastos, expulsando a los habitantes de sus propiedades. Hasta tal punto llegó la represión que estaba penado con la muerte vestir kilt o tocar la gaita. Dado lo sombrío del panorama, los highlanders emigraron en masa, sobre todo a Estados Unidos, Australia y Canadá (¿por eso los rudos leñadores canadienses llevan camisas a cuadros?). Y el norte de Escocia se quedó prácticamente vacío. Más tarde, en el siglo XIX, la corriente romántica propició un movimiento de recuperación de las tradiciones y folclore de las Highlands; el único problema era que apenas quedaban highlanders, pero el problema se resolvió echándole imaginación al asunto. Por ejemplo, todos sabemos que cada clan escocés tenía desde siempre un color y diseño del tartán diferente que los identificaba, ¿no? Pues es falso. Los diferentes tartanes correspondían a diferentes regiones, no a diferentes clanes; pero a los románticos del XIX les pareció mucho más molón que cada clan tuviera su tartán, así que ahora prácticamente cada apellido escocés cuenta con su propio diseño de tela a cuadros. Pero esa tradición no es auténtica.

Lo mismo sucede con los “juegos deportivos” de las Highlands (lanzar troncos, levantar piedras, etc.), que no son más que un espectáculo para atraer turistas. Y con la música, y con las ceremonias, y con la mayor parte de las tradiciones. Todo es una reconstrucción, la imagen de una postal romántica. ¿Vi tíos con kilt en Escocia? Por supuesto: los botones de los hoteles, los gaiteros de las bandas o los asistentes a una boda que hubo en uno de los hoteles (con kilts alquilados, por supuesto). Pero en la mayor parte de Escocia ni siquiera se habla gaélico; de hecho, ese idioma cuenta con menos de 70.000 hablantes. En realidad, las raíces celtas se limitan a la población de las islas Hébridas. Mientras recorríamos el norte del país, me fijé en que en los cementerios del noreste apenas se veían cruces celtas; sin embargo, en la costa oeste, cerca de las islas, había muchísimas.

La verdad es que resulta un poco triste. La cultura celta, que ocupaba la mayor parte de Europa occidental y la casi totalidad de la Península Ibérica, fue tan completamente barrida que los únicos vestigios que quedan de ella están, con la excepción de Irlanda, en pequeñas islas y en remotas franjas de la costa atlántica. Eso no es un crepúsculo, sino noche cerrada.

Pero da igual, he disfrutado muchísimo de nuestro periplo por Escocia. Y, por si todavía no os he dado suficiente envidia, añadiré que tres de los cuatro hoteles en los que estuvimos eran castillos escoceses. Podéis ver dos de ellos en las fotos. Y como sin duda os preguntaréis si en esos castillos había algún fantasma, la respuesta es: a partir del momento en que me hospedé yo, sí.

Y ya para acabar, fijaos en la foto que preside esta entrada. Es un lago escocés llamado Loch Lomond. ¿Os suena de algo? ¡Por las barbas del profeta, hay que ser un bebe-sin-sed, un flebotoma y un bachi-buzuc para no darse cuenta! ¡Loch Lomond es la marca de whisky favorita del capitán Haddock! La verdad, me sentí tan embargado por el mito y la leyenda cuando visité ese lago tan hergiano como cuando estuve en Loch Ness.

Besos y abrazos de reencuentro para todos.


martes, agosto 3

Vacas felices, felices vacas

Pensaba escribir una entrada cortita e intrascendente, simplemente desearos felices vacaciones y ya está; pero la actualidad, en este caso, manda. Como sabéis, el Parlamento catalán, a instancias de una iniciativa popular, abolió la semana pasada las corridas de toros en Cataluña. Como ya expresé en una entrada anterior, las corridas de toros me parecen un espectáculo bárbaro, cruel, sangriento, bochornoso y profundamente hortera. Me avergüenza que en mi país se consientan esa clase de atrocidades.

Pero tranquilo si eres taurino, porque no voy a intentar convencerte. Tengo amigos aficionados a los toros, gente culta, inteligente y sensible que, sin embargo, es incapaz de ver y reconocer que eso que tanto les gusta es una salvajada. Se diría que una parte de su sentido crítico entra en cortocircuito, como si pensaran: “soy una buena persona, de modo que todo aquello que me complace ha de ser, forzosamente, bueno, aunque se trate de torturar a un animal”. Y rápidamente buscan argumentos que justifiquen ese bache moral: la tauromaquia, según ellos, es arte, tradición, rito ancestral... como si el arte, la tradición o los ritos pudieran justificarlo todo. En cualquier caso, es inútil intentar argumentar con ellos, porque en las corridas de toros sólo ven lo que quieren ver, y se muestran ciegos ante todo lo demás.

Esa ceguera es tan absoluta que les hace perder el sentido de la realidad. Ayer oí en la radio que un grupo protaurino de La Rioja le pedirá a la Unesco que declare los toros Bien Cultural. ¿La Unesco apadrinando una actividad que está prohibida en la inmensa mayor parte de los países civilizados? ¿Se puede estar más ciego? Y Rajoy, cómo no, haciendo gala de su trasnochado populismo, llevará al Parlamento una propuesta de ley para dar protección a las corridas de toros por su interés cultural y turístico. Bueno, al menos ya sabemos lo que entiende Rajoy por “cultura”.

Uno de los argumentos esgrimidos por los protaurinos que más gracia me hace es su insistencia sobre lo chungo que es prohibir. Ya he hablado sobre ese tema en un post titulado ¿Prohibido prohibir?, así que me limitaré a señalar que lo que llamamos civilización se basa, entre otras cosas, en las prohibiciones. ¿Cuál es, en última instancia, la base de una democracia? Una Constitución y el conjunto de leyes que de ella se derivan. ¿Y qué es el código legal sino una suma de derechos y... sí, de restricciones?

En fin, da igual; de nada vale argumentar. Lo quieran o no los protaurinos, las corridas de toros acabarán desapareciendo, porque el público está desertando de las plazas, harto de una sangrienta patochada de toros drogados y desangrados enfrentándose a personas vestidas de hortera. Aunque el espectáculo no les parezca repugnante, lo que sí les parece es aburridísimo. En cualquier caso, los amantes de la tauromaquia no deben preocuparse por ahora. Salvo en Canarias y Cataluña, en todo el resto del territorio nacional están permitidas las corridas de toros, así que de momento seguirán disfrutando de sus dosis de tortura animal. Y en cuanto a los que detestamos esa bárbara costumbre... bueno, sólo puedo hablar por mí, pero creo que, gracias a la decisión del Parlamento catalán, España es ahora un poquito mejor y más civilizada de lo que era antes.

Pero no pretendo polemizar; en primer lugar, porque es inútil, y en segundo lugar porque no estaré aquí para hacerlo. Pasado mañana, amigos míos, merodeadores todos, tal y como anunciaba en la anterior entrada, Pepa y yo viajaremos a la tierra de los pictos y los escotos. Por tanto, La Fraternidad de Babel permanecerá cerrada por vacaciones durante todo el mes de agosto. Así pues, ahora que las vacas catalanas son un poco más felices al saber que pronto dejarán de quedarse viudas, sólo me queda desearos a todos unas muy felices vacas estivales.

Hasta septiembre, amigos míos.


jueves, julio 22

La vida secreta de los fósiles

¿Tenéis imaginación? Vale, pues entonces imaginaos que estamos en un viejo café, sentados en torno a un velador de mármol blanco con vetas grises. Son las doce de la mañana y fuera, en la calle, cae un sol de plomo fundido, pero dentro del local reverbera el fresco zumbido del aire acondicionado. Estamos tomando unos cafés con hielo; si no te gusta el café, puedes pedir lo que quieras. La gente charla en voz baja; se escucha el tintineo de los vasos y las tazas. ¿De acuerdo? ¿Os lo imagináis? Pues ahora hablo yo...

John Lennon dijo que la vida es lo que ocurre mientras pasamos el tiempo haciendo planes. Reconozco que malinterpreté esta frase; creí que significaba que, aunque hagamos planes para el futuro, la vida acaba imponiendo su ley. Algo así como Los mejores planes de ratones y hombres a menudo se frustran y no nos dejan más que sufrimiento y dolor por el gozo prometido. Pero no, me equivocaba; Lennon pretendía decir algo muy distinto. Advertí mi error al darme cuenta de lo perdido y equivocado que estoy yo, de lo lejos que me encuentro de la vida y de lo cerca que me hallo de la fosilización.

No, no es nada grave, no os preocupéis. Se trata de algo íntimo, emocional y, supongo, estúpido. Veréis, no es lo mismo oír una música que escucharla, no es lo mismo ver algo que contemplarlo, no es lo mismo estar en un lugar que sentir ese lugar y no es lo mismo pasar por la vida que vivir la vida. Todo depende del grado de atención, de la disposición mental que adoptemos ante la existencia. Y me parece que también de la edad. Quizá sólo sea eso: lo asquerosamente viejo que me estoy volviendo.

Cuando yo era un niño, un adolescente, un joven, sentía la vida con minucioso detalle. Recuerdo cómo me fascinaba la distinta forma de incidir la luz a lo largo del día, o las plantas que crecían salvajes en las cunetas, o una calle desierta en la noche, o el rumor del viento en las copas de los árboles, o el universo de polvo que flotaba en un rayo de luz. Cada estación del año tenía un sabor distinto y yo era plenamente consciente de los cambios que se producían; los primeros brotes de la primavera, las tormentas de comienzos de verano, los inaugurales fríos del otoño, la oscuridad del invierno. Entendedme: no me limitaba a percibir todo eso, lo sentía, formaba parte de mí. Es la diferencia que hay entre ver una fiesta o participar en ella.

Hace varias eras geológicas, cuando tenía catorce o quince años, la cama de mi dormitorio estaba situada frente a una ventana cuyas cortinas solía correr cuando me iba a dormir. Pero una noche de primavera olvidé hacerlo y, a eso de las tres o las cuatro de la madrugada, algo me despertó: una luminosidad intensa. Abrí los ojos y, a través de la ventana, vi flotando en el cielo una inmensa Luna llena que bañaba de luz la habitación. Fue algo sencillamente hermoso; como si la Luna se hubiera colado por la ventana para despertarme y charlar un rato conmigo. La casa se hallaba en absoluto silencio. Me levanté y abrí la ventana. Por aquel entonces, mis padres no me dejaban fumar, pero yo lo hacía a escondidas. Saqué un Bisonte del paquete, lo prendí y comencé a fumar acodado en el alfeizar, sintiendo en la piel el frescor de la noche, mirando la Luna. Así de simple: me fumé un pitillo con la Luna. Pero os juro que fue uno de los momentos de mayor felicidad que he experimentado en mi vida. Porque lo sentía todo, era parte de todo, y todo era hermoso y correcto. ¿Podéis entenderlo?

Ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que sentí algo así. Hoy es 22 de julio, llevamos un mes de verano y ni me he dado cuenta. Vale, sí, he captado que los días son más largos y que hace un huevo de calor. Pero no me afecta, ni siquiera la temperatura: conecto el aire acondicionado de mi despacho y aquí me tenéis, disfrutando de unos agradables 22 grados mientras fuera el asfalto se cuece a treinta y tantos. Ya no saboreo el verano, ni ninguna otra estación del año, ya no “siento” casi nada. Antes, el presente era un territorio inmenso y prodigioso, ahora sólo es la antesala del futuro, un autovía por la que discurro sin fijarme en el paisaje. El presente no existe para mí, el pasado está muerto y el mañana sólo es un fantasma. ¿Se puede estar más perdido?

La cuestión es, ¿por qué me ocurre esto? Pues por lo que dijo Lennon: porque mientras la vida pasa a mi lado, yo tengo la cabeza ocupada haciendo planes. Aunque no tienen necesariamente que ser planes; la cuestión es que, en vez de centrarme en el ahora, parte de mi mente está siempre en otro lugar. No sé exactamente cuándo comenzó a pasarme eso; se trata en cualquier caso de algo progresivo, como la presbicia; creo, con todo, que empezó durante los últimos años que me dediqué a la publicidad. Y empeoró cuando me reconvertí en escritor.

Me paso la vida pensando en mis historias, imaginando tramas y personajes; siempre estoy en otra parte, como los sabios despistados, solo que sin ser sabio. La realidad, para mí, suele ser doble: está la que veo y está la que imagino. Por ejemplo, la novela que estoy escribiendo ahora transcurre parcialmente en Spistsbergen, una isla del Ártico situada cerca del Polo Norte. Nunca he estado ahí, pero para describir algo debo verlo, “sentirlo”, en mi imaginación. Así que leí sobre Spitsbergen, me metí en Internet y me tragué todas las fotografías y videos que encontré sobre esa isla. Y al cabo de un buen rato, cuando estaba contemplando las imágenes de un documental, logré “sentir” ese lugar. Sentí en los pies la grava negra de una playa desierta, y en la piel la fría sequedad del aire; noté los rayos de un sol mortecino que apenas calentaba, vi un glaciar inmenso desembocando en un mar escarchado y, sobre todo, percibí la inmensa soledad de aquel desierto helado, una soledad exótica, abrumadora y jubilosa a la vez. Era como el fin de los tiempos, como el helado declinar futuro de nuestro planeta. Y os juro que eso resultaba más real que mi despacho, más auténtico, evocador e intenso que cualquier otra cosa que suela experimentar en mi vida cotidiana. Pero todo era imaginario. Vivo en una realidad virtual dentro de mi cerebro. Menuda cagada.

Entendedme, no reniego de mi imaginación; me encanta tenerla, es uno de mis escasos tesoros; lo que pasa es que antes la utilizaba para “sentir” lo que me rodeaba, el presente, y ahora ya he dejado de hacerlo. Porque me paso la vida haciendo otros planes.

Vale, estoy exagerando un pelín; cuando me centro, cuando me preparo mentalmente para ello o algo me sobrecoge de algún modo, todavía soy capaz de saborear ciertos momentos con intensidad. Y siempre me ocurre cuando viajo a lugares que no conozco. Por eso me encanta viajar.

Me largo, me abro, me las piro. Dentro de poco, Pepa, nuestros dos okupas y yo iremos a Formentera para pasar una semana, mi mujer tostándose al sol y Óscar, Pablo y yo peleando por la sombra de la sombrillas. Luego volveremos a Madrid y quizá, sólo quizá, escriba otra entrada más (vete tú a saber sobre qué), porque una semana después, Pepa y este vuestro seguro servidor, libres de filiales parásitos, pasaremos quince días recorriendo Escocia.

Un beso y felices vacaciones, por si acaso. Ah, y no seáis como yo, que cada vez tengo más cara de trilobite.

martes, julio 13

Fiesta

Permitidme explicaros cómo está el asunto en mi familia: en una escala del uno al diez, a mi hijo Pablo el fútbol le interesa 0, a Pepa, mi mujer, le interesa 7 y a Óscar, mi hijo mayor, le interesa 10 (porque no hay 11). En cuanto a mí, digamos que mi nota es un 5 raspado, un aprobadillo por los pelos. Muchas personas adictas a la cultura suelen contemplar al fútbol y a sus aficionados por encima del hombro, con desprecio, como si interesarse por algo tan vulgar y popular como el balompié supusiese un descrédito intelectual. Supongo que eso es una forma como cualquier otra de elitismo, y también un eco de los tiempos en que el viejo dictador hijoputa usaba el fútbol como anestésico social. Pero dejémonos de chorradas: en un mismo cerebro pueden convivir Cruyff o Di Stéfano (por citar dos viejas glorias del Barça y del Madrid) con Wittgenstein o Nabokov (por citar a otras dos viejas glorias que no recuerdo en qué equipo jugaban).

No, la razón de mi relativo desinterés por el fútbol no es el elitismo, sino el hecho incontrovertible de que la mayor parte de los partidos son muy aburridos. ¿Por qué? Porque en el fútbol, las técnicas defensivas son más eficaces que las ofensivas (por eso hay tan pocos goles por encuentro), y muchos equipos juegan al cerrojazo o a destruir el juego ajeno en vez de construir el propio, todo lo cual puede (y suele) convertir ese deporte en un coñazo. Por eso prefiero el baloncesto, que es mucho más rápido y cuyas técnicas defensivas son un arte incruento similar a la danza. No obstante, también puedo disfrutar con un buen partido de fútbol, sea por su calidad, sea por su emoción.

Os voy a dar una noticia que, a buen seguro, no conocéis: la selección española ha ganado el campeonato mundial de fútbol. Y yo me alegro, qué coño. Estoy seguro de que los medios de comunicación comenzarán a hablar de la “furia española”, igual que hicieron cuando la selección ganó el europeo, pero es mentira. La “furia española”, ese estilo de juego más basado en la genitalidad que en la cabeza, fue lo que nos mantuvo en la mediocridad futbolística durante décadas y décadas. No, amigos míos, la Roja ha ganado practicando un juego inteligente, un juego preciosista de encaje, escuadra y cartabón, un juego similar a una telaraña de pases que dejaban al contrario sin lo básico para jugar al fútbol: el balón. Bueno, practicando o intentando practicar ese juego, porque las selecciones con las que se ha enfrentado, salvo Alemania, se lo han puesto difícil mediante las feas técnicas destructivas del cerrojazo y la caña. Pero al final, como en los westerns, el pistolero bueno ha tenido más puntería que los malos.

En fin, las lecciones futboleras que me inculcan Óscar y Pepa no bastan para convertirme en un connaisseur del tema, pero ¿cuándo se ha visto que la ignorancia selle mis labios? No en este universo, desde luego, así que ahí van unas cuantas opiniones sobre este mundial.

La selección española es, posiblemente, la que practica un juego mejor, más preciosista y más técnico. Pero le falta pegada. Con Torres desaparecido en combate, el único jugador rompedor ha sido Villa, y si Villa no brillaba a la Roja le costaba un huevo marcar un gol. Pero ahí reside parte de su grandeza: son un grupo compacto donde nadie sobresale por encima de los demás, un grupo en el que cualquiera puede marcar, incluso un defensa como Puyol.

En segundo lugar, no hay que olvidar que la Roja y su brillante juego tienen su origen en una persona: Luis Aragonés. Un entrenador que me cae fatal, pero justo es reconocer que fue él quién ideó el sistema, lo afinó y lo puso en práctica. Y Vicente del Bosque, técnico inteligente, lo ha mantenido y perfeccionado. Me cae bien del Bosque; es un hombre discreto y amable, una buena persona y un magnífico entrenador. Me sentó como el culo que el gilipollas de Florentino Pérez le echara y, además, con mal estilo; así le ha ido al Madrid. No sabía que tenía un hijo con síndrome de Down; fue bonito ver ayer al chaval con su padre en el autobús que llevaba en comitiva al equipo.

En tercer lugar, hay que reconocer que la selección que mejor juego desplegó durante el mundial, junto con la Roja, fue la de Alemania. Se enfrentaron a España jugando a eso, al fútbol, y les salió mal, pero demostraron un gran potencial que, sin duda, se plasmará en un futuro cercano. Además, encajaron la derrota como caballeros, comenzando por su entrenador, Joachim Low, que demostró tener mucha más clase que, por ejemplo, el capullo de Bert van Marwijk, el psicopático entrenador holandés, o el bocazas de Maradona, que probablemente ha sido el mejor futbolista de la historia, pero que ahora sólo es una ridícula caricatura de sí mismo.

En cuarto lugar... Veréis, admiro profundamente a Holanda, un país democrático y tolerante que debería ser un ejemplo para todos. Pero su selección no sólo ha manchado el nombre de su país, sino que ha traicionado el espíritu de la memorable Naranja Mecánica de Cruyff. Porque en el partido que jugaron contra España, esa final agónica y enervante, se dedicaron más al karate que al fútbol. Comprendiendo que no podían jugar de tú a tú con la Roja (porque les falta el talento necesario), optaron no ya por destruir el juego de nuestra selección, sino por destruir a los propios jugadores españoles. Hay algo peor que perder: perder con mal estilo. Eso es lo que hicieron los holandeses.

Por último, reconozco que esta selección nuestra me cae bien. Al no haber estrellitas, todos forman un piña, como un grupo de amigos de toda la vida que se reúnen los fines de semana para jugar al futbol. Pero, dejando aparte a Pepe Reina, ejemplo de lo locos que pueden llegar a estar los porteros, confieso que siento debilidad por Iker Casillas. No sé si es el mejor portero del mundo, aunque estoy seguro que sí es el mejor en el mano a mano, pero no se trata de eso. Casillas me cae bien porque parece un buen tío, y me maravilla que, siendo una estrella del fútbol, siga comportándose como lo que siempre ha sido: un chaval de Móstoles. Pero es que, además, Casillas ha protagonizado en este mundial tres momentos que me han parecido emocionantes. Cuando Puyol marcó el gol que clasificaba a España para la final, Casillas no hizo ningún gesto de alegría; dejó caer los brazos, se dio la vuelta lentamente y entonces se vio que tenía los ojos llenos de lágrimas. Después, en la final, cuando Iniesta reventó la portería holandesa, Casillas se echó a llorar y no pudo parar de hacerlo hasta que el inútil del árbitro tocó el pito. Por último, sí, el besazo que le soltó a Sara Carbonero, su novia, cuando ésta intentaba entrevistarle. Me pareció espontáneo y tierno, sobre todo porque Sara Carbonero es una mujer altamente besable.

Vale, eso es lo que opino de este mundial; pero la última pregunta sería: ¿es para tanto? La selección española ha ganado el campeonato mundial de fútbol, pero eso no cambia nada; seguiremos con la misma crisis y los mismo problemas que teníamos antes, así que ¿a qué viene tanta alegría? ¿Qué hemos ganado realmente? Nada; el fútbol sólo es un deporte, nada más. Así pensaba yo hasta no hace mucho tiempo, pero he cambiado de idea. Vamos a ver: el deporte es el gran espectáculo mundial, y de entre todos los deportes, el más seguido en todo el mundo, el que más pasiones despierta, el que más se practica y contempla, es el fútbol. En las últimas décadas, el deporte español ha obtenido éxitos insospechados. Ahí está la selección de baloncesto, y los tenistas con Nadal a la cabeza, y los ciclistas, y Alonso en la Fórmula 1, y las nadadoras de sincronizada, y ahora la selección de fútbol. Pues bien, el publicitario que yace en mi interior os pregunta: ¿os imagináis lo que vale eso como campaña de imagen? Literalmente, no habría dinero suficiente para pagarla. Pondré un sólo ejemplo: Gasol ha hecho mucho más por dar a conocer España entre los norteamericanos que todas las acciones promovidas con tal fin por parte del gobierno. Los éxitos internacionales de los deportistas españoles nos brindan la posibilidad de sacarle un partido extraordinario a la marca “España”. Aunque, claro, no basta con la imagen. Si nuestros políticos dejaran de perder el tiempo dándose garrotazos mutuamente en ese estúpido guiñol en que han convertido nuestro parlamento, quizá pudieran aprovechar esta magnífica oportunidad de potenciar la industria y el turismo español. Pero, claro, conseguir que los políticos sean eficaces es mucho más difícil que ganar un mundial.

En cualquier caso, no se trata sólo de los efectos prácticos; también cuentan las emociones. Hace cuatro años, cuando estaba escribiendo El juego de Caín, un thriller ambientado en el mundo del fútbol, llegué a un punto en el que un personaje, Óscar Mayoral, debía explicarle a Carmen Hidalgo, la prota, en qué consiste la grandeza del fútbol. Por aquel entonces yo pensaba que el fútbol sólo era un deporte sobrevalorado, así que me tuve que meter en la piel del personaje –un exfutbolista- para encontrar argumentos. Y los encontré en el segundo gol que Maradona le metió a Inglaterra en el mundial de México. Me puse en el lugar de un aficionado argentino, recién humillado por los ingleses en las Malvinas y con la economía del país hecha un desastre, e intenté imaginar qué sintió cuando Maradona, el sólito sin ayuda de nadie, marcó aquel gol que clasificaba a Argentina para la final y eliminaba a Inglaterra. Y lo que sintió fue un éxtasis de felicidad. Vale, pasado el mundial, Argentina seguía empobrecida y sin Malvinas, pero los argentinos se habían tomado la revancha, aunque fuese de un modo simbólico. Y lo habían hecho ante el mundo entero y sin derramar sangre.

¿Qué tiene de bueno haber ganado el mundial de fútbol? Los momentos de felicidad que esa victoria ha provocado en tantísima gente, entre otros en mi hijo Óscar, en mi mujer o en mí mismo. “Gracias a Iniesta estamos de fiesta”, gritaba la gente por las calles. “Fiesta”, qué bonita palabra y qué palabra más malentendida. Una fiesta popular que se extiende por toda la escala social, una explosión de felicidad, optimismo y buen rollo. ¿Que es una felicidad estúpida basada en nada y que sólo durará un par de días? Vale, pero no deja de ser felicidad y la felicidad, todos lo sabemos, nunca dura mucho. ¿Que ese optimismo sólo está fundado en fantasías? De acuerdo, pero ¿qué tienen de malo las fantasías cuando son inofensivas? ¿Que el buen rollo se esfumará en cuanto la puta realidad se imponga? Por supuesto, pero no veo ningún problema en olvidar un rato ese coñazo que es la realidad. En el fondo, todo esto me recuerda un poco a los fuegos artificiales: no valen para nada y hacen ruido, pero son bonitos y te alegran durante un rato la existencia.

Algunos dirán que todo lo que rodea a esto de haber ganado el mundial es una exageración, una estupidez, y se quejarán de las molestias que el júbilo popular les ocasiona. Hoy mismo he visto en el blog de un amigo un post orientado en ese sentido. Yo también pensaba así hasta hace no mucho. Pero, mirad, aunque no participéis del jolgorio general, aunque os parezca una soplapollez tanto alboroto por un mero deporte, no os quejéis y acoged esa bulliciosa, tonta e irreal erupción de felicidad sin quejaros, con una sonrisa en los labios, como cuando contempláis los juegos de unos niños. No seáis como esos vecinos cascarrabias que empiezan a dar golpes en las paredes cuando alguien organiza una fiesta en su casa. Un buen vecino no sólo es aquel que procura no molestar a los otros, sino quien además tolera con paciencia las ocasionales molestias que puedan provocarle los vecinos. No seáis tan serios, coño; relajaos y fingid que os alegra el golazo de Iniesta, porque motivos para la circunspección nunca nos van a faltar.



lunes, julio 5

Nazismo literario

El otro día, visitando el blog de una amiga, leí un comentario donde se afirmaba que la mayor parte de lo que leen los jóvenes no es literatura. El comentarista se refería, supongo, a la serie “Crepúsculo”, o a las novelas de Moccia, o a Harry Potter; pero eso da igual, el caso es que no decía que la mayor parte de lo que leen los jóvenes era mala literatura, sino que NO era literatura. No se trata ni mucho menos de un comentario aislado; ¿cuántas veces hemos oído decir que lo que hacen autores como Dan Brown, Corín Tellado, Clive Cussler o Nora Roberts no es literatura? Y si no es literatura, ¿qué es? Ahí las respuestas varían, aunque siempre son despectivas y, por lo general, metafóricas. No, no es literatura, sino marketing, o pornografía sentimental, o un “producto industrial”, o sensacionalismo, o un tebeo, o simplemente basura.

El caso es que no acabo de entender ese criterio. Vamos a ver, recurramos al diccionario confiando en que la semántica nos ayude. Según la RAE, la primera acepción de la palabra “literatura” es: Arte que emplea como medio de expresión una lengua. Ahora vamos a ver qué nos dice acerca de la palabra “arte”: Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros. Así pues, y dejando aparte eso de “desinteresada” (que no acabo de entender), comprobamos que en ninguna de las dos definiciones se menciona la calidad del producto artístico. Lo cual implica que puede haber arte bueno y arte malo; o, dicho de otra forma, que una obra de arte por ser mala no deja de ser arte.

Entonces, ¿por qué tanta gente se empeña en que sólo es literatura la buena literatura? Me apresuro a aclarar que ese criterio se aplica a todas las ramas artísticas; por ejemplo, una marina hortera no es pintura, igual que un canción de Georgie Dann no es música. Pero centrémonos en la literatura; ¿por qué no nos limitamos a decir que determinada novela es una mierda y en vez de ello lo que hacemos es negar su naturaleza? Por elitismo, supongo.

Hay otra palabra que nos puede servir de ayuda para entender el asunto: “humano”. Cuando alguien es buena persona se dice que es muy humano, y los actos bondadosos se denominan humanitarios. Por contra, las acciones deshonestas y execrables se tildan de inhumanas y los individuos perversos que las cometen son eso, inhumanos. Cuatro de las cinco acepciones que recoge el diccionario sobre la palabra “humano” rezan lo siguiente: 1. adj. Perteneciente o relativo al hombre. 2. adj. Propio de él. 4. m. Ser humano. 5. m. pl. Conjunto de todos los hombres. Pues bien, si algo está claro es que los humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor, que tan humano es quien le prende fuego a un hospicio como quien se juega la vida por salvar a los niños que hay dentro. Sólo la quinta definición (que es la tercera por orden de aparición) le concede a la palabra “humano” un significado ético: 3. adj. Comprensivo, sensible a los infortunios ajenos. Pero esta definición procede del uso del lenguaje, no de una observación objetiva de la realidad.

Los seres humanos somos elitistas; nos consideramos la cúspide de la evolución y tenemos un elevado concepto de nosotros mismos, así que trazamos una frontera invisible y ponemos en un lado todo lo bueno; eso es la humanidad. Luego ponemos en el otro lado todo lo malo, y eso es la inhumanidad. Y una vez hecho eso, ya tenemos licencia los seres humanos para ser inhumanos. Permitidme que os explique esto con un ejemplo. Mucha gente (en USA, sin ir más lejos, la mayoría) cree que el asesinato debe ser castigado con la pena de muerte. Es decir: el mayor crimen que puede cometerse es matar a una persona, porque la vida humana es sagrada, y para castigar ese acto... se mata a otra persona. Si lo analizáis fríamente, ¿no os parece un razonamiento notablemente contradictorio? Pues bien, no lo es siempre y cuando te convenzas de que el asesino, por serlo, deja de pertenecer al género humano. Es decir, si lo malo es inhumano, y dado que un asesino es evidentemente malo, está claro que el asesino ya no pertenece a nuestra supuestamente bondadosa especie, de modo que se convierte automáticamente en un animal que puede ser sacrificado sin el menor problema de conciencia.

¿No os habéis preguntado alguna vez cómo es posible que tantos honrados y amables ciudadanos alemanes se convirtieran, durante la Segunda Guerra Mundial, en crueles guardianes de campos de concentración? Sencillo: bastó con convencerles de que los judíos no eran seres humanos, sino alimañas peligrosas para la auténtica humanidad (aria, por supuesto). Una vez que deshumanizas a tu víctima, ya puedes hacer con ella lo que quieras. Es muy difícil no sentir empatía por un niño, pero muy fácil no sentirla por una cría de rata.

Vale, me he pasado del tema tres pueblos, pero no olvidemos que los nazis, antes de dedicarse a gasear a los hijos de Israel, comenzaron quemando libros. Y, en el fondo, eso es lo que hacen, en función de su criterio estético, quienes deciden qué es y qué no es literatura: quemar libros. Metafóricamente, pero quemarlos.

Aunque, vamos a ver, en el fondo ¿qué importa esto? Estoy convencido de que las novelas de Dan Brown, Corín Tellado, Clive Cussler o Nora Roberts son malísimas, así que ¿qué más da si las consideramos o no literatura? Son pura mierda; finjamos que no existen. A fin de cuentas, amamos la literatura, ¿no es cierto? Para nosotros, es tan hermosa como un diamante; por tanto, lo mejor que podemos hacer es eliminar todas las impurezas para que esa piedra preciosa relumbre en todo su esplendor. ¿Qué tiene de malo eso?

Pues que no está tan claro. No existe ningún sistema infalible, único y universal para evaluar la calidad de un texto literario. En los extremos es evidente, por supuesto; estoy seguro de que los relatos de Borges o las novelas de Nabokov son exquisita literatura, igual que sé con certeza que los escritos de Mickey Spillane o Danielle Steel son infumables. Pero, ¿que ocurre en la zona central? ¿Qué pasa con autores como Somerset Maughan, Pío Baroja, Julio Verne, Robert Silverberg, Jim Thompson, P. G. Wodehouse, Stephen King o Conan Doyle? Sus escritos ¿son literatura o no? Alto, alto, no os apresuréis a responder; no he elegido esos ejemplos al azar, sino porque me consta que todos ellos han sido vilipendiados en algún momento por algún “ario literario”. De hecho, he visto arrojar a la basura de la “no literatura” géneros completos. Aún más: todos los géneros, sin excepción. Porque, a la hora de ser nazi, se puede ser muy, pero que muy nazi.

Y es que, lo repito, en esa zona central, en esa “clase media” literaria, las cosas no están ni medio claras. Según los criterios que se elijan, un mismo texto puede ser una obra maestra o una mediocridad. Y, lo más perturbador de todo, esos criterios varían. La prosa del mejor prosista actual sería considerada paupérrima por cualquier escritorzuelo del Siglo de Oro, y la prosa romántica, que durante tanto tiempo reinó en el siglo XIX, hoy se nos antoja insoportablemente afectada. Lo que antaño fue mera literatura popular sin importancia (El Quijote, sin ir más lejos), hoy es altísima literatura. Y es que hay muchas formas de juzgar un libro, muchos apriorismos que podemos aplicar o no; pero negarle a un texto, por malo que sea, su condición de literatura, es practicar, sencillamente, el nazismo literario.