domingo, septiembre 26

Villanas


Llega el turno de las malas mujeres de cine. Y aquí quizá sea apropiado citar a la gran Mae West: “Cuando soy buena, soy buena. Cuando soy mala, soy mejor”. Pero no nos referimos a esa clase de “maldad”, claro... ¿o sí? La perfidia cinematográfica está, como casi todo en nuestro mundo, teñida de machismo. Por lo general, las malas del cine mudo no eran más que mujeres sexualmente activas. Putones según la mentalidad de la época. Podían ser lumis de buen corazón, es cierto; pero entonces no disfrutaban con el sexo. Ahora bien, si follaban como locas y, además, se lo pasaban teta, entonces tenían que ser forzosamente malas. Este modelo de perversidad femenina derivó en el cliché de la femme fatale; es decir, la mujer que utiliza el sexo para dominar a un hombre, utilizarle y perderle (el mito de Adán y Eva, vamos). Teniendo en cuenta que todo esto procede de una visión masculina de la mujer, no cabe duda de que los hombres nos sentimos muy, pero que muy inseguros con la sexualidad.

Hay muchísimas mujeres fatales en la historia del cine; tantas, que el cliché ya está gastado de tanto uso. Por ello, he reducido al mínimo posible su presencia en esta lista, incluyendo tan solo a las más relevantes y memorables. Por otro lado, creo que, en general, y dejando aparte a las femmes fatales, los actores obtienen mejores papeles de antagonista que las mujeres. No obstante, el cine nos ha regalado un buen puñado de excelentes malvadas. Veamos...



-Escarlata O’Hara. Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó (1939), de Victor Fleming. Vale, más de uno objetará que Escarlata no es una villana. Pero, ¿acaso no os quedáis de lo más a gusto cuando Rhett Butler, al final de la película, la manda a hacer puñetas? Escarlata es un personaje complejo, contradictorio, fascinante, pero sobre todo una egoísta monumental. No sé qué es peor, si tener por hermana a Baby Jane o a Escarlata.



-Sra. Denvers. Judith Anderson en Rebeca (1940), de Alfred Hitchcock. Esta película hizo dos aportaciones a nuestra lengua. Desde su estreno en España, a los jerseys abotonados por delante (prenda que Joan Fontaine usaba en el film) se les llama “rebecas”. Y durante mucho tiempo se convirtió en una frase hecha decir “es más mala que el ama de llaves de Rebeca”


-Phyllis Dietrichson. Barbara Stanwyck en Perdición (1944), de Billy Wilder. La mujer más fatal, fría y calculadora jamás vista en las pantallas y otra gran obra maestra de Wilder, la mejor versión del modelo “El cartero siempre llama dos veces”. Y es que la señora Stanwyck, hoy muy injustamente olvidada, fue una de las más grandes actrices de Hollywood.


-Eva Harrington. Anne Baxter en Eva al desnudo (1950), de Joseph L. Makiewicz. No hay un ser más dulce y humilde que Eva, una mujer entregada al teatro y devota admiradora de Bette Davis. Pero tras ese ser angelical se oculta una fría trepa que no duda en pisar a quien sea con tal de conseguir sus fines. Todo es bueno en esta obra maestra, incluso la mala.


-Emma Small. Mercedes McCambridge en Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray. Todo el intríngulis de esta película consiste en alterar el sexo de los arquetipos del western. Emma Small representa al despótico terrateniente, Vienna (Joan Crawford) es el valeroso pistolero de turbio pasado y Johnny Logan (Sterling Hayden) la linda cabaretera que ambos se disputan. Mercedes McCambridge borda el papel de villana.


-Mrs. Bates. Anthony Perkins en Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock. ¿Estoy haciendo trampa? Perkins ya apareció en la anterior lista y, además, es un hombre. En efecto, incluí a Perkins por su interpretación de Norman Bates, pero el chaval tiene dos personalidades y la segunda es una mujer, su madre. Además, fijaos en que cuando Norman es Norman, su lenguaje corporal tiene un aire muy femenino. En cualquier caso, aquí estamos hablando de mujeres malas, y la señora Bates lo es, aunque esté interpretada por un hombre.


-Baby Jane. Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), de Robert Aldrich. Si algo demuestra esta malsana película de terror psicológico es que la familia puede ser el peor de los infiernos. La escena en que Baby Jane le sirve para cenar una rata a su paralítica hermana pone los pelos de punta. Estremecedora interpretación de ese monstruo de la escena que fue la gran Bette Davis.


-Mrs. Robinson. Anne Bancroft en El graduado (1967), de Mike Nichols. ¿Es la señora Robinson mala, mala, mala de la muerte? No. Es mezquina, inmoral y deshonesta pero en el fondo no hace nada que la mayoría de nosotros no pudiéramos llegar a hacer. En realidad, este personaje nos recuerda que, según las circunstancias, todos podemos ser unos hijos de puta.


-Ma Baker. Shelley Winters en Mamá sangrienta (1970), de Roger Corman. No me gusta el por lo general cutre cine de Corman, pero puede que ésta sea su mejor película. En cualquier caso, la enorme (en todos los sentidos) Shelley Winters encarnó con maestría a una amorosa madre que se limitaba a guiar a sus hijos por la recta senda del robo y el asesinato.


-Regan. Linda Blair en El exorcista (1973), de William Friedkin. La pobre Regan no tiene la culpa de que se le haya metido dentro el diablo, pero lo cierto es que se convierte en un bicho de lo más perverso. Y asqueroso, teniendo en cuenta su afición al puré de guisantes y su imperiosa necesidad de un peeling.


-Enfermera Ratched. Louise Fletcher en Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), de Milos Forman. Uno de los personajes más odiosos jamás vistos en la pantalla, un monstruo tan real que pone los pelos de punta. Es el mal cotidiano, la maldad disfrazada de corrección. A todos se nos partió el corazón cuando Brad Dourif no pudo acabar de estrangularla.


-Matty Walker. Kathleen Turner en Fuego en el cuerpo (1981), de Lawrence Kasdan. Una mujer fatal según el modelo “El cartero siempre llama dos veces”, tan repetido. En realidad, la película apenas aporta nada a ese cliché... salvo la morbosa sensualidad de una Turner en su mejor (y desgraciadamente breve) momento.

-Alex Forrest y Marquesa de Mertueil. Glenn Close en Atracción fatal (1987), de Adrian Lyne, y Las amistades peligrosas (1988), de Stephen Frears. Reconozcámoslo: Glenn Close tiene cara de mal bicho y como además es una excelente actriz, borda los papeles de malvada. Atracción fatal es una versión con look publicitario de Escalofrío en la noche, la primera película que dirigió Clint Eastwood; peor que el original, pero salvable gracias a la maldad que llega a desplegar Close.


-Katherine Parker. Sigourney Weaber en Armas de mujer (1988), de Mike Nichols. Vaya por delante que todos los protagonistas de esta mediocre película me parecen unos perfectos impresentables. No obstante, la gran Weaber compone con maestría el personaje de odiosa ejecutiva de alto nivel. La moraleja de la función sería la siguiente: para que una mujer demuestre en el trabajo que vale tanto como un hombre, debe esforzarse y hacer el doble que el varón. Y para que una mujer sea una gran hija de puta en el trabajo, ha ser el doble de hija de puta que el mayor cabrón macho de la empresa.


-Annie Wilkes. Kathy Bates en Misery (1990), de Rob Reiner. Parece mentira que Kathy Bates, que siempre ha hecho de buenaza, haya sido capaz de encarnar a un personaje tan aterrador. En realidad, no es mala; sencillamente está como un saco de grillos. Y es jodidamente violenta (la escena del mazo pone los pelos de punta). En mi opinión, de todas las malas y malos que aparecen en estas listas, Annie Wilkes es la más escalofriante.


-Peyton. Rebeca de Mornay en La mano que mece la cuna (1992), de Curtis Hanson. Quien todavía piense que la cara es el espejo del alma, es candidato perfecto para el tocomocho. Peyton tiene un rostro dulce, angelical, delicadamente bello; le confiarías tu bebe sin dudarlo un segundo. Sólo tiene un pequeño defecto: es una psicópata de tomo y lomo. Peyton representa el mal engañoso, la maldad que se infiltra en tu mundo sin que te des cuenta y poco a poco destroza tu vida. Impecable Rebeca de Mornay, una actriz que hubiese puesto palote al gran Hitchcock.


-Bridget Gregory. Linda Fiorentino en La última seducción (1994), de John Dahl. He aquí todo lo lejos que se puede llevar el cliché “mujer fatal” sin caer en la caricatura. Bridget es mentirosa, manipuladora, ladrona y, finalmente, asesina. De hecho, la forma en que se carga a su marido (literalmente como a una cucaracha) resulta estremecedora.


-Xenia Onatopp. Femke Janssen en Goldeneye (1995), de Martin Campbell. Femke Jannsen, la Jean Grey de X-Men, fue modelo antes que actriz y es un mujer extraordinariamente atractiva (aunque eso sí, de forma poco convencional). Y tiene un don muy infrecuente en personas guapas: sabe reírse de sí misma. En Goldeneye, un producto Bond como otro cualquiera, interpreta a una delirante asesina rusa sadomasoquista totalmente pasada de vueltas. Lo mejor de la función, sin duda.


-Sil. Natasha Henstridge en Especies (1995), de Roger Donaldson. De acuerdo, la película es mediocre y el extraterrestre cabrón de marras tampoco es para tirar cohetes. Pero resulta que cuando adopta forma humana, ese extraterrestre se convierte en Natasha Henstridge que, además de estar descontroladamente buena, se pasa media película en pelotas. Quizá no sea una mala memorable, pero chico, da gusto verla.


-Elle Driver (Crótalo de California). Daryl Hannah en Kill Bill (2003), de Quentin Tarantino. Es una caricatura, por supuesto; la maldad hecha mujer. Protagoniza con Umma Thurman quizá la mejor (y más brutal) pelea entre dos mujeres jamás vista en la pantalla.


-O-Ren Ishii (Víbora Letal). Lucy Liu en Kill Bill (2003), de Quentin Tarantino. Tras su delicado rostro de porcelana oriental se oculta una despiadada jefa Yakuza. Siempre he sentido debilidad por Lucy Liu, aunque su carrera no ha ido muy lejos. También encarnó a una notable mala, versión sado, en Payback.


-Gogo Yubari. Chiaki Kuriyama en Kill Bill (2003), de Quentin Tarantino. Tiene poco papel y aún menos frases, pero es imposible que la imagen de esta colegiala japonesa psicokiller, la guardaespaldas de O-Ren Ishii, se te borre de la memoria. Una Lolita letal con un rostro que es puro morbo del chungo.


-Eleanor Shaw y Miranda Priestly. Meryl Streep en El mensajero del miedo (2004), de Jonathan Demme, y El diablo viste de Prada (2006), de David Frankel. Confieso que durante mucho tiempo no soporté a Meryl Streep, sobre todo desde que la vi, ya cuarentona, pretendiendo pasar por adolescente en La casa de los espíritus. Me parecía una gallina gigante. No obstante, empecé a reconciliarme con ella en Los puentes de Madison y finalmente caí rendido a sus pies cuando la vi hacer de mala en la nueva versión de El mensajero del miedo. La peor madre del mundo, sin lugar a dudas. Y la peor jefa.

Lamentablemente, no recuerdo ninguna malvada española digna de mención. Seguro que la hay, pero no se me ocurre ninguna. Confío en que alguien me refresque la memoria. Por último, de todas estas malas y malos, ¿cuáles son mis favoritos? Citaré cuatro, dos perversos y dos perversas: Rupert de Hentzau, Norman Bates, la enfermera Ratched y la también enfermera Annie Wilkes. Y si de estos cuatro tuviera que elegir al más malote/a de todos... creo que me quedaría con el escalofriante personaje que interpretó la genial Kathy Bates (quizá porque se apellida como Norman).

miércoles, septiembre 15

Villanos


Hace tiempo que barajaba la idea de escribir este post, pero por un motivo u otro lo fui dejando. Ahora, en Calla y lee, el blog donde colabora mi hijo Pablo, se me han adelantado; aunque tampoco importa demasiado, porque Internet está lleno de esta clase de iniciativas. Vale, ¿de que estoy hablando? De listas. “Los diez más (o mejores) lo que sea”, ya sabéis. Esta clase de listas son una tontería, lo sé, pero me encantan. En primer lugar, porque te hacen pensar sobre temas que te interesan; y en segundo lugar porque toda lista ajena te incita a proponer tu propia lista. Es sólo un juego; tonto, pero divertido.

Bien, si os habéis fijado en el título de la entrada, ya os imaginaréis de qué va la cosa. De malotes, de villanos de película. Los mejores malos de la historia del cine. Pero antes de comenzar vamos a hacer una aclaración: no basta con cometer muchas y grandes tropelías para ser un gran malo. Por ejemplo, Jason, el psicópata de la franquicia Viernes 13, mata mucho y muy sádicamente, pero en mi opinión carece por completo de interés. Es sólo una máscara (nunca mejor dicho), un McGuffin unidimensional, y lo mismo puede decir de Jigsaw, Michael Myers y tantos otros serial killers. Sólo son trasuntos del mismo personaje: el coco, el hombre del saco.

Para ser un gran malo de película se necesita algo más que hacer mucho el burro; hace falta que al villano en cuestión le adornen otras virtudes. ¿Cuáles? Pues depende, porque hay muchas clases de villanos. Está el malo odioso, el malo simpático, el malo sádico, el malo loco, el malo caballeroso, el malo asqueroso, el malo porque-el-mundo-le-ha-hecho-así, el malo metafísico, el malo-bueno, el malo brutal... en fin, que hay malos para todos los gustos y cada uno tiene sus peculiaridades. Otra cosa más: hoy vamos a hablar de villanos del género masculino; de las villanas trataremos en la siguiente entrada. Ah, y sólo hablaremos de seres humanos; así que nada de animales o monstruos engendrados analógica o digitalmente.

Un último apunte. ¿Por qué nos gustan tanto los buenos villanos? Dicen que el tamaño de un héroe se mide por la magnitud de sus rivales. Es decir, el bueno se define por su antagonista, no al revés. Y es que no hay demasiadas maneras de ser bueno, pero la maldad cuenta con infinidad de senderos. Por lo general, el malo suele ser más complejo que el héroe, más interesante. Además, el villano, al no estar sujeto a las ataduras morales, es más libre que nosotros. Y, me temo, también más feliz; ¿o no son los chicos malos quienes se llevan a las chicas más macizas?

Bien, aquí va mi lista. Es forzosamente incompleta y habrá muchos olvidos injustos, pero estos son en mi opinión los 25 y pico mejores malos de la historia del cine.













-Conde Orlok. Max Schreck en Nosferatu (1922), de F. W. Murnau. Ahora que nos acecha una plaga de vampiros románticos, lánguidos y caballerosos, ahora que los hemófagos se han convertido en bebedores de horchata, es más necesario que nunca reivindicar este clásico del cine mudo. El vampiro que compuso Schreck no es atractivo ni seductor; es una alimaña que nos infunde miedo y asco a partes iguales.









-Tommy Udo. Richard Widmark en El beso de la muerte (1947), de Henry Hathaway. Hace falta ser muy malo para tirar a una anciana paralítica por las escaleras y partirse de risa. El sicario psicópata que hizo famoso a Widmark lo era.








Cardenal Richelieu. Vincent Price en Los tres mosqueteros (1948), de George Sidney. En una lista como ésta no podía faltar el gran Vincent Price. Podría haber elegido algún otro de sus papeles de malo (el dr. Phibes, por ejemplo), pero siento debilidad por su interpretación de Richelieu, tan frío, tan maquinador, tan sin escrúpulos, tan elegante. No me importaría tomarme una copa de Borgoña con él (siempre y cuando alguien la catase antes).







-Harry Lime. Orson Welles en El tercer hombre (1949), de Carol Reed. Aquí tenemos al malo más cínico de la historia del cine. Pero simpático; no nos importaría montar en la noria con él. Es tan fascinante que al final, durante la extraordinaria persecución por los subterráneos de Viena, resulta imposible no ponernos de su parte. Su frase sobre los suizos y los relojes de cuco es antológica, igual que la música de Anton Karas.









-Rupert de Hentzau. James Mason en El prisionero de Zenda (1952), de Richard Thorpe. Se trata de la clase de villano que a uno no le importaría tener como amigo. Elegante, caballeroso, con sentido del humor, y al mismo tiempo implacable, maquinador y sin escrúpulos. Un hijo de puta con clase, vamos. Mason también compuso otro magnífico villano interpretando al capitán Nemo en 20.000 leguas de viaje submarino (1954), de Richard Fleisher.









-Cooley Trimble. Ernest Borgnine en Conspiración de silencio (1955), de John Sturges. Trimble es un paleto grande y corpulento, un chulo, un matón, un sicario de baja estofa. Además, es feo, sucio y sudoroso, la clase de persona a la que nos gustaría ver cómo alguien le parte la cara. Y eso es lo que hace un viejo y manco Spencer Tracy propinándole una de las más jubilosas palizas de la historia del cine.














-Reverendo Harry Powell. Robert Mitchum en La noche del cazador (1955), de Charles Laughton. He aquí al primer gran psicópata de la historia del cine, y además, uno de los más malos de todos los tiempos. Sus manos tatuadas con la palabras “love” y “hate”, la hoja de estilete que brota de su bolsillo como un pene mortal, la canción que canta constantemente mientras persigue a los dos niños... Un villano extraordinario para una fábula tan oscura como inmortal.











-General Mireau. George Macready en Senderos de Gloria (1957), de Stanley Kubrick. Mireau es uno de los seres más monstruosos que se han visto en las pantallas. Es mediocre, tonto, clasista, ambicioso, egoísta, simple, burocrático... pero tiene poder. Y no hay el menor rastro de humanidad en cómo (ab)usa ese poder. Su colega, el cínico General Broulard, interpretado por Adolphe Menjou, no le anda a la zaga.











-Norman Bates. Anthony Perkins en Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock. Ésta es la película que cambió el cine de terror, y Bates una nueva clase de monstruo. Un monstruo absolutamente humano, de ahí que de más miedo. Es imposible contemplar el plano final del film, con la “madre” definitivamente instalada en el cuerpo de Bates, sin sentir un escalofrío. Perkins lo hizo tan bien que, para su desgracia, el papel le marcó para siempre.













-Liberty Valance. Lee Marvin en El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford. Aquí tenemos a uno de los villanos más desagradables de la historia del cine. Violento, temible, chulo, sádico, repelente, cobarde, taimado... nada más verle, el espectador siente unos enormes deseos de que alguien le pegue un tiro. Para eso está John Wayne.












-Alex. Malcon MacDowell en La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick. Sádico, brutal, violador, asesino... y sin embargo, nos cae bien. Alex representa la amoralidad en estado puro, la parte animal, reptiliana, que hay en todos nosotros y que la sociedad se encarga de domesticar. Nos repugnan sus actos, pero más nos repugna lo que el establishment hace con él y por eso, cuando finalmente el tratamiento Ludovico falla, lo celebramos como una victoria. No me tomaría una leche-plus con él, pero su imagen con bombín, un ojo pintado y el otro no, y la coquilla por encima de un mono blanco es ya un icono del cine.














-Vito Corleone. Marlon Brando en El padrino (1972), de Francis Ford Coppola. El prototipo del criminal honorable. Vito Corleone no es un amoral, sino alguien que se rige por una moral distinta. ¿Deja de ser malo por eso? Pues no; simplemente introduce una variante más en la villanía. Supongo que también debería incluir aquí a De Niro, por su brillante interpretación del personaje en El padrino II, pero el icono que se nos ha quedado grabado en la retina es el de Brando.












-Darth Vader. David Prowse en la trilogía inicial de Star Wars (1977, 1980 y 1983), de George Lucas. En realidad, este personaje no debería figurar aquí; por dos motivos: en primer lugar, porque sólo es una máscara y, en segundo lugar, porque al final acaba siendo más blandito que un caramelo de café con leche. No obstante, se ha convertido en un icono del mal, así que aquí lo tenemos.









-Jack Torrance. Jack Nicholson en El resplandor (1980), de Stanley Kubrick. Este relato sobre el progresivo enloquecimiento de un pobre hombre tiene sólo un pequeño defecto: Jack anda pidiendo a gritos una camisa de fuerza desde el primer minuto de proyección. En cualquier caso, sus charlas con el fantasmagórico barman, sus paseos por el solitario hotel lleno de espectros y el posterior acoso a su familia con la decidida intención de cargárselos a hachazos son un clásico indiscutible de la maldad.













-Terminator T-800 modelo Cyber Dyne 101. Arnold Schwarzenegger en Terminator (1984), de James Cameron. ¿Quién era mejor actor, John Wayne o Laurence Olivier? Olivier, por supuesto. Pero ¿a quién te creerías más parando una diligencia plantándose en su camino? A Wayne, claro. Pues eso, que Schwarzenegger jamás ha sido un actor, pero encarnando a una implacable e inexpresiva máquina de matar resulta perfecto.












-Gordon Gekko. Michael Douglas en Wall Street (1987), de Oliver Stone. Posiblemente éste sea el villano más monstruoso de cuantos pueblan este catálogo. Porque es real. De hecho, la crisis económica que padecemos está causada por personas muy parecidas a Gekko. Merecido Oscar para Douglas.













-Louis Cyphre. Robert De Niro en El corazón del ángel (1987), de Alan Parker. Como es lógico, no podía faltar el villano de los villanos, la encarnación del mal, el ángel oscuro. Lucifer, el mismísimo Satanás. De entre todos los demonios que han aparecido en el cine, creo que el que interpretó De Niro es el más sofisticado e inquietante.









-Tommy De Vito y Nicky Santoro. Joe Pesci en Uno de los nuestros (1990) y Casino (1995), de Martin Scorsese. Aunque son dos películas distintas, en el fondo se trata del mismo personaje, un matón de pequeño tamaño capaz de desarrollar una violencia desmedida (recuerda un poco a los gangster que interpretaba James Cagney). Resulta tan desagradable que su terrible muerte en Casino se le antoja al espectador de lo más gratificante.










-Hanibal Lecter. Anthony Hopckins en El silencio de los corderos (1991), de Jonathan Demme. ¿Qué podemos decir de Hanibal el Canibal? Inteligente, culto, elegante, sofisticado y terrorífico. Quizá sea la última encarnación del “monstruo” en nuestra cultura. Por ahora. Jamás cenaría con él.











-Untersturmführer Amon Goeth. Ralph Finnes en La lista de Schindler (1993), de Steven Spielberg. El otro nazi que incluimos en esta lista, el coronel Landa, es una caricatura, de modo que necesitábamos uno realista. La maldad de Goeth es visceral, estúpida, absurda, la clase de maldad que acaba destruyéndose a sí misma. Como les ocurrió a los nazis. Goeth nos inspira miedo, sí, pero también, y sobre todo, asco.








-Vincent Vega & Jules. John Travolta y Samuel L. Jackson en Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino. Puede que Tarantino inventara una nueva variedad de malos con estos personajes: los villanos charlatanes. En esta película también aparece otro maloso notable: Lobo, interpretado por Harvey Keitel.












-Bill El Carnicero. Daniel Day-Lewis en Gangs of New York (2002), de Martin Scorsese. Un villano fascinante, sin duda; alguien con quien no nos importaría charlar un rato. Siempre y cuando no hubiese cuchillos cerca, claro. Se trata de un personaje turbio, brutal y traicionero, pero también inteligente y honorable a su manera. La genial interpretación de Day-Lewis merecía un Oscar.














-Al Swearengen. Ian McShane en Deadwood (serie de TV 2004-2006), de David Milch. De todos los villanos que aparecen aquí, quizá éste sea el que más matices tiene. Capaz de lo peor, pero también de lo mejor, como descubrimos conforme vamos conociéndole. McShane ganó un Globo de Oro por esta interpretación. Con todo merecimiento.








-El Joker. Heat Ledger en El caballero oscuro (2008), de Christopher Nolan. La película me parece muy aburrida (lo siento, qué le vamos a hacer). De hecho, en mi opinión, sólo levanta el vuelo cuando Ledger entra en escena. Su composición del Joker es magistral; no se trata de un payasete simpático y travieso (como la versión de Nicholson), sino de un psicópata con la cara pintada que te hiela la sangre en las venas.










-Coronel Hans Landa. Christoph Waltz en Malditos bastardos (2009), de Quentin Tarantino. Para qué negarlo: la película es bastante mala. Sin embargo, cada vez que aparece el coronel Landa se convierte en una obra maestra. Charlatán, irónico, cínico, amanerado, inmoral, pero fascinante. Uno de los mejores malos de los últimos tiempos. Nos tomaríamos una cerveza con él. Y luego le pegaríamos un tiro, claro.

Y ahora, para terminar, cuatro aportaciones patrias, cuatro magníficos malos españoles.








-Alain Charnier. Fernando Rey en French Connection (1971), de William Friedkin. Uno de los villanos más elegantes y encantadores aquí incluidos. Si nos diesen a elegir entre su némesis, el bruto y desastrado policía Popeye Doyle (Gene Hackman), y Charnier, siempre nos iríamos de copas con el sofisticado narcotraficante que compuso el gran Fernando Rey. Incluso nos asociaríamos con él, que coño.













-El señorito Iván. Juan Diego en Los santos inocentes (1984), de Mario Camus. Tan real como la vida misma, tan deplorable como la dictadura que permitió la proliferación de individuos semejantes a éste. Un señorito extremeño falsamente cordial, un pijo, un facha, un esclavista sin corazón. Siempre he pensado que esta película es en realidad un western en el que Iván representa el papel de pérfido terrateniente que sojuzga a los colonos. Un gran malvado en cualquier caso.












-Anton Chigurh. Javier Bardem en No es país para viejos (2007), de Joel & Ethan Coen. Tiene mucho mérito que alguien con ese corte de pelo pueda helarte la sangre en las venas. Chigurh es el mal en estado puro, el mal implacable (un poco como Terminator), el mal frío y desnudo. Magnífica interpretación de Bardem y merecido Oscar.











-Malamadre. Luis Tosar en Celda 211 (2009), de Daniel Monzón. Brutal y tierno a la vez, carismático, burlón, histriónico y fiel. No es un amoral, sino alguien que se rige por sus propias reglas y está en guerra con el mundo. No me gustaría ser su amigo, pero sí me gustaría que él lo fuese. O, al menos, no tenerlo por enemigo.

viernes, septiembre 3

Caledonia


Ignoro cuál fue mi primer contacto con el mundo celta. Supongo que los cuentos tradicionales, muchos de los cuales provienen de ese folclore. O quizá fue Asterix, vete tú a saber. Cuando tenía trece años viajé durante un verano con mi familia por Galicia (que allá por mediados de los 60 parecía el fin del mundo, un Finisterre de lo más convincente); una noche dormimos en una casa de huéspedes de no sé que pueblo y su dueña nos estuvo contando historias de la santa compaña, de aparecidos y de meigas, aunque por aquel entonces yo ignoraba que las raíces de todo aquello eran celtas. Más tarde cayó en mis manos un disco de Gwendal, el grupo bretón, y empecé a aficionarme a esa clase de música; inclinación que se consolidó cuando hice la mili en La Coruña.

Tampoco tengo muy claro cuándo empezaron a interesarme los celtas. Supongo que fue conforme me aficionaba a la antropología, cuando me enteré de algo muy curioso: en Europa Occidental hubo dos “rodillos” históricos que acabaron con las culturas que había antes: el Imperio Romano y el cristianismo. En ambos casos fue como borrar una pizarra y volver a escribir sobre ella. Pero no ocurrió así en todas partes. Las tribus germánicas y nórdicas se libraron de los romanos, aunque no del cristianismo, lo cual les permitió conservar sus raíces culturales durante más tiempo. E igual ocurrió con los restos de la cultura celta que resistieron a la colonización romana: Irlanda, Escocia, Gales, Cornualles, varias islas atlánticas y, por extensión (y migración) Bretaña. En este caso, además, la iglesia cristiana celta, por su aislamiento, fue durante muchos años a su bola, con escasa dependencia del papado. Por eso conocemos tanto acerca de la cultura y folclore celta. Y como todo ese conjunto de tradiciones es anterior al Imperio Romano, suponen una línea directa a la Edad del Hierro, la del Bronce y, en última instancia, al Neolítico. Eso es lo que más me interesa de los celtas: lo que su cultura revela acerca del pasado remoto.

Ahora bien, aparte de los conocimientos históricos y antropológicos, ¿qué queda hoy del mundo celta? Poca cosa; prácticamente nada. Los celtas eran una cultura eminentemente rural y, tras las invasiones romanas y germánicas, sus tradiciones permanecieron en el medio rural. Conforme el campo fue deshabitándose y las ciudades creciendo, los restos de la cultura celta se esfumaron poco a poco. En 1893, W. B. Yeats publicó El crepúsculo celta, un conjunto de historias y tradiciones de su tierra, Irlanda. El motivo de ese libro era preservar una literatura oral que se estaba perdiendo... y de eso hace más de un siglo.

Galicia cuenta con tradiciones y folclore celta, pero fue romanizada y su lengua proviene del latín, así que es una especie de hermana bastarda de los países celtas. En Cornualles no queda rastro de celtismo, igual que en Gales. Bretaña, por el contrario, es de lo más celta, aunque creo que es una cuestión sobre todo nacionalista. No conozco Irlanda ni las islas. Pues bien, no sé por qué, pero me imaginaba que Escocia sería la repanocha de celta. Y no es así.

Lo cual no quiere decir que me haya decepcionado, ni mucho menos: Escocia es uno de los países más bellos que he visitado. Estuvimos primero en Aberdeen, al norte, en la costa este. Es una zona muy bonita que recuerda a Galicia, sólo que con más campos de cereales (cebada y malta, supongo; pa’l güisqui). Luego nos fuimos a Inverness, que es una ciudad preciosa cruzada por el Ness, río que acaba desembocando, catorce millas al sur, en, premio, Loch Ness. Es sorprendente el poder de las leyendas; sé perfectamente que no hay ningún monstruo en ese lago, sé que todo es puro sensacionalismo, pero a pesar de eso, cuando contemplaba las tranquilas y oscuras aguas del lago, una vocecita muy débil musitaba en mi mente un tímido “¿y sí...?”.

Inverness está en el corazón de las Highlands. Y seguro que ese nombre, Highlands, os evoca a Rob Roy y a Braveheart, a clanes con faldas de cuadros y a gaiteros montaraces. A mí, desde luego, sí. Las Highlands son, sencillamente, deslumbrantes. Se trata de una región montañosa, pero no demasiado alta; la cumbre más elevada apenas sobrepasa los 1.300 metros. Sin embargo, se dan una serie de curiosas circunstancias. Las Highlands son muy boscosas, pero, por alguna razón que desconozco, a partir de los seiscientos o setecientos metros de altura no crece ni un árbol, ni un arbusto decente, prácticamente nada. Son los famosos páramos escoceses, amplías y totalmente deshabitadas extensiones de terreno cubierto de hierba y, sobre todo, de unos arbustillos bajos y rastreros, de un verde muy oscuro, que dan al paisaje un tono negruzco y plomizo. Son lugares de lo más siniestro, os lo juro, y no me extrañaría nada que estuvieran llenos de hombres lobo; sin embargo, poseen una extraña y tétrica belleza.

Es curiosa esa mezcla de bosque exuberante lleno de ríos y lagos, y en cuanto subes un poco, zas, un sombrío páramo sobre el que no te sorprendería que apareciese el rótulo de la Hammer. Y, además, hace un frío que te pelas; era agosto y la temperatura no sobrepasaba los once o doce grados...

De Inverness nos trasladamos a Oban, en la costa oeste, frente a las Hébridas Interiores. El trayecto de un lugar a otro discurre a lo largo del Great Glen. Se trata de una serie de valles que siguen, durante más de cien kilómetros, una falla de fractura en sentido NE-SO, desde el fiordo de Moray hasta Fort William. En cada valle hay un lago (entre otros Loch Ness) y todos están unidos por el canal de Caledonia. Se trata de una sucesión de paisajes tan increíblemente bellos que te roban el aliento. Imprescindible: ni se os ocurra moriros sin verlo. En fin, la costa oeste es una pasada, llena de fiordos e islas de todo tamaño. Y, por supuesto, castillos en abundancia. Pero no voy a aburriros con los detalles del viaje... Aunque, bien pensado, podría colgar aquí las fotografías que he hecho; a fin de cuentas, sólo son unas seiscientas... Nooooo, es broooooma.

De Oban nos dirigimos a Edimburgo, que es una ciudad bellísima; me sorprendió, no esperaba algo así. Además, en agosto se celebran allí un montón de festivales -más de veinte y, entre ellos, el famoso Fringe- y hay mucho ambiente por las calles. (Nota para los merodeadores más junior: no dejéis de ir a Edimburgo en agosto; no sólo se respira cultura viva por todas partes, sino que además la ciudad está llena de jóvenes y jóvenas llegados de todo el mundo y, a juzgar por su aspecto, con el sistema endocrino en impecable estado). Por cierto, nada más llegar a la capital de Escocia me asaltó una intensa sensación verniana; tardé en caer en la cuenta, pero finalmente recordé que el profesor Lidembrock, protagonista de Viaje al centro de la Tierra, vivía precisamente en Edimburgo.

Volviendo al celtismo de Escocia, conviene señalar que todo el Norte, y en particular las Highlands, está muy, pero que muy poco habitado. Eso tiene una causa histórica. A finales del siglo XVII, el rey Jacobo VII fue destronado por Guillermo de Orange. Los jacobitas, entre los que se contaban los highlanders, protagonizaron varias insurrecciones, hasta que en 1746 fueron definitivamente vencidos en la batalla de Culloden (por cierto, nuestro primer hotel, Culloden House, está emplazado en el escenario de esa batalla). A partir de la derrota, los highlanders sufrieron una salvaje persecución. Los clanes fueron disueltos y sus jefes ajusticiados, las tierras fueron confiscadas y, finalmente, los nuevos propietarios quemaron las granjas, para dedicar el terreno a pastos, expulsando a los habitantes de sus propiedades. Hasta tal punto llegó la represión que estaba penado con la muerte vestir kilt o tocar la gaita. Dado lo sombrío del panorama, los highlanders emigraron en masa, sobre todo a Estados Unidos, Australia y Canadá (¿por eso los rudos leñadores canadienses llevan camisas a cuadros?). Y el norte de Escocia se quedó prácticamente vacío. Más tarde, en el siglo XIX, la corriente romántica propició un movimiento de recuperación de las tradiciones y folclore de las Highlands; el único problema era que apenas quedaban highlanders, pero el problema se resolvió echándole imaginación al asunto. Por ejemplo, todos sabemos que cada clan escocés tenía desde siempre un color y diseño del tartán diferente que los identificaba, ¿no? Pues es falso. Los diferentes tartanes correspondían a diferentes regiones, no a diferentes clanes; pero a los románticos del XIX les pareció mucho más molón que cada clan tuviera su tartán, así que ahora prácticamente cada apellido escocés cuenta con su propio diseño de tela a cuadros. Pero esa tradición no es auténtica.

Lo mismo sucede con los “juegos deportivos” de las Highlands (lanzar troncos, levantar piedras, etc.), que no son más que un espectáculo para atraer turistas. Y con la música, y con las ceremonias, y con la mayor parte de las tradiciones. Todo es una reconstrucción, la imagen de una postal romántica. ¿Vi tíos con kilt en Escocia? Por supuesto: los botones de los hoteles, los gaiteros de las bandas o los asistentes a una boda que hubo en uno de los hoteles (con kilts alquilados, por supuesto). Pero en la mayor parte de Escocia ni siquiera se habla gaélico; de hecho, ese idioma cuenta con menos de 70.000 hablantes. En realidad, las raíces celtas se limitan a la población de las islas Hébridas. Mientras recorríamos el norte del país, me fijé en que en los cementerios del noreste apenas se veían cruces celtas; sin embargo, en la costa oeste, cerca de las islas, había muchísimas.

La verdad es que resulta un poco triste. La cultura celta, que ocupaba la mayor parte de Europa occidental y la casi totalidad de la Península Ibérica, fue tan completamente barrida que los únicos vestigios que quedan de ella están, con la excepción de Irlanda, en pequeñas islas y en remotas franjas de la costa atlántica. Eso no es un crepúsculo, sino noche cerrada.

Pero da igual, he disfrutado muchísimo de nuestro periplo por Escocia. Y, por si todavía no os he dado suficiente envidia, añadiré que tres de los cuatro hoteles en los que estuvimos eran castillos escoceses. Podéis ver dos de ellos en las fotos. Y como sin duda os preguntaréis si en esos castillos había algún fantasma, la respuesta es: a partir del momento en que me hospedé yo, sí.

Y ya para acabar, fijaos en la foto que preside esta entrada. Es un lago escocés llamado Loch Lomond. ¿Os suena de algo? ¡Por las barbas del profeta, hay que ser un bebe-sin-sed, un flebotoma y un bachi-buzuc para no darse cuenta! ¡Loch Lomond es la marca de whisky favorita del capitán Haddock! La verdad, me sentí tan embargado por el mito y la leyenda cuando visité ese lago tan hergiano como cuando estuve en Loch Ness.

Besos y abrazos de reencuentro para todos.


martes, agosto 3

Vacas felices, felices vacas

Pensaba escribir una entrada cortita e intrascendente, simplemente desearos felices vacaciones y ya está; pero la actualidad, en este caso, manda. Como sabéis, el Parlamento catalán, a instancias de una iniciativa popular, abolió la semana pasada las corridas de toros en Cataluña. Como ya expresé en una entrada anterior, las corridas de toros me parecen un espectáculo bárbaro, cruel, sangriento, bochornoso y profundamente hortera. Me avergüenza que en mi país se consientan esa clase de atrocidades.

Pero tranquilo si eres taurino, porque no voy a intentar convencerte. Tengo amigos aficionados a los toros, gente culta, inteligente y sensible que, sin embargo, es incapaz de ver y reconocer que eso que tanto les gusta es una salvajada. Se diría que una parte de su sentido crítico entra en cortocircuito, como si pensaran: “soy una buena persona, de modo que todo aquello que me complace ha de ser, forzosamente, bueno, aunque se trate de torturar a un animal”. Y rápidamente buscan argumentos que justifiquen ese bache moral: la tauromaquia, según ellos, es arte, tradición, rito ancestral... como si el arte, la tradición o los ritos pudieran justificarlo todo. En cualquier caso, es inútil intentar argumentar con ellos, porque en las corridas de toros sólo ven lo que quieren ver, y se muestran ciegos ante todo lo demás.

Esa ceguera es tan absoluta que les hace perder el sentido de la realidad. Ayer oí en la radio que un grupo protaurino de La Rioja le pedirá a la Unesco que declare los toros Bien Cultural. ¿La Unesco apadrinando una actividad que está prohibida en la inmensa mayor parte de los países civilizados? ¿Se puede estar más ciego? Y Rajoy, cómo no, haciendo gala de su trasnochado populismo, llevará al Parlamento una propuesta de ley para dar protección a las corridas de toros por su interés cultural y turístico. Bueno, al menos ya sabemos lo que entiende Rajoy por “cultura”.

Uno de los argumentos esgrimidos por los protaurinos que más gracia me hace es su insistencia sobre lo chungo que es prohibir. Ya he hablado sobre ese tema en un post titulado ¿Prohibido prohibir?, así que me limitaré a señalar que lo que llamamos civilización se basa, entre otras cosas, en las prohibiciones. ¿Cuál es, en última instancia, la base de una democracia? Una Constitución y el conjunto de leyes que de ella se derivan. ¿Y qué es el código legal sino una suma de derechos y... sí, de restricciones?

En fin, da igual; de nada vale argumentar. Lo quieran o no los protaurinos, las corridas de toros acabarán desapareciendo, porque el público está desertando de las plazas, harto de una sangrienta patochada de toros drogados y desangrados enfrentándose a personas vestidas de hortera. Aunque el espectáculo no les parezca repugnante, lo que sí les parece es aburridísimo. En cualquier caso, los amantes de la tauromaquia no deben preocuparse por ahora. Salvo en Canarias y Cataluña, en todo el resto del territorio nacional están permitidas las corridas de toros, así que de momento seguirán disfrutando de sus dosis de tortura animal. Y en cuanto a los que detestamos esa bárbara costumbre... bueno, sólo puedo hablar por mí, pero creo que, gracias a la decisión del Parlamento catalán, España es ahora un poquito mejor y más civilizada de lo que era antes.

Pero no pretendo polemizar; en primer lugar, porque es inútil, y en segundo lugar porque no estaré aquí para hacerlo. Pasado mañana, amigos míos, merodeadores todos, tal y como anunciaba en la anterior entrada, Pepa y yo viajaremos a la tierra de los pictos y los escotos. Por tanto, La Fraternidad de Babel permanecerá cerrada por vacaciones durante todo el mes de agosto. Así pues, ahora que las vacas catalanas son un poco más felices al saber que pronto dejarán de quedarse viudas, sólo me queda desearos a todos unas muy felices vacas estivales.

Hasta septiembre, amigos míos.