Hoy he recibido un e-mail, supuestamente enviado por el presidente de la Asociación de Comerciantes de Aravaca (el pueblo-barrio donde vivo), que reproduce un supuesto comunicado de la Asesora del Concejal Presidente de Aravaca-Moncloa. El motivo del mensaje es advertir de lo siguiente:
“Si Ud. conduce de noche y ve un vehículo que no traiga las luces encendidas ¡NO LE HAGA CAMBIO DE LUCES PARA AVISARLE QUE LAS SUYAS ESTÁN APAGADAS! Esto es un "JUEGO DE INICIACIÓN" de una Pandilla que se hace llamar 'SANGRE' (banda latina-rumana). El juego consiste en lo siguiente: El nuevo aspirante a ser miembro de esta Pandilla, tiene que conducir su vehículo con las luces apagadas y el primer vehículo que le haga cambio de luces para avisarle que tienen las luces apagadas se convierte en "su objetivo". El próximo paso es dar la vuelta y perseguir al vehículo que le hizo el cambio de luces para avisarle que las suyas estaban apagadas, y AGREDIR, SACAR DE LA CARRETERA INCLUSO MATAR A TODOS LOS OCUPANTES SI HAY RESISTENCIA, para poder ser aceptados en la Pandilla (...)”.
El mensaje apesta a pufo, sobre todo por el uso enfático de las mayúsculas y por lo absurdo de notificar algo tan grave de ese modo, así que investigué un poco en Internet y descubrí que, en efecto, se trata de una vieja leyenda urbana. Al parecer, la historia surgió en Estados Unidos hará unos 25 años; incluso aparece en una película del 98, Urban Legend. Luego saltó a Latinoamérica y hace unos siete u ocho años llegó a España. Así que ni rituales de iniciación, ni pandilleros psicópatas, ni na de na.
Es curioso eso de las leyendas urbanas. Creo que la primera que oí, siendo un chaval, fue todo un clásico: la chica de la curva. Luego llegaron muchas otras, pero todas tenían rasgos en común. En primer lugar, quienes las cuentan aseguran que son ciertas. En segundo lugar, a quien la cuenta siempre se la contó un amigo del protagonista de la historia. Es decir, es un relato diferido, pero no demasiado, para mayor verosimilitud. En tercer lugar, suelen tratar sobre sucesos macabros y sorprendentes (por ejemplo, el cadáver de un buceador que aparece encima de un pino en medio de un incendio forestal). Otra constante es que, desde siempre, esas historias han viajado a toda velocidad, saltando de un continente a otro y adaptándose a cada entorno cultural. En ese sentido se parecen mucho a los chistes, sólo que estos no pretenden narrar hechos reales.
Si nos paramos a pensarlo, se trata de literatura oral. La literatura surgió cuando grupos de gañanes prehistóricos se reunían en torno a una hoguera para contar emocionantes historias de caza y de guerra, pretendidamente reales, pero tan maquilladas de fantasía que acababan siendo pura ficción. De hecho, la literatura occidental suele narrarse en pasado, cuando lo lógico sería en presente (pues los hechos acontecen conforme se lee); esto se debe a que, en un principio, las historias que se contaban pretendían ser auténticas, y por tanto pertenecientes al pasado.
En realidad, a lo que más se parecen las leyendas urbanas es a los cuentos tradicionales. Estos se narraban oralmente de generación en generación (saltando de continente a continente), solían ser muy macabros y siempre contenían alguna enseñanza sobre los peligros de la vida. Por ejemplo, todos hemos oído la historia de la pareja que tiene un bebé y contrata a una sirvienta para que lo cuide mientras ellos trabajan. La sirvienta adora al bebé y siempre está diciendo “Pero que niño más rico; es para comérselo”. Una noche, la pareja regresa a casa y se encuentra al bebé asado en el horno y a la sirvienta comiéndose un muslito. ¿No os recuerda eso a la bruja de Hansel y Gretel? Sustituyamos el bosque por la ciudad; los lobos son, por ejemplo, los tremebundos pandilleros latino-rumanos de Sangre, la santa compaña es la chica de la curva y el ogro cualquier psicópata que pulule por ahí.
Muchos cuentos advierten de forma simbólica acerca de los peligros del sexo. Caperucita roja le dice a las niñas que tengan cuidado con los hombres (los lobos), pues si se fían de los desconocidos pueden acabar mirando a Cuenca. La gota de sangre que brota del dedo de la Bella durmiente cuando se pincha con la aguja de la rueca es una metáfora de la sangre menstrual (que trae una maldición). Pues bien, ¿qué me decís del tipo que se va a Río de Janeiro, se liga a una mulata, se tira toda la noche follando en el hotel y a la mañana siguiente, cuando se despierta, ve que está solo y encuentra en el espejo del baño un texto pintado con rouge: “Bienvenido al club del sida”? O esa otra historia del tío que se va a un país del este, liga con una tía buenísima, se la lleva al hotel, toman unas copas... y el pobre hombre se despierta al cabo de unas horas metido en una bañera llena de hielo, con una cicatriz en un costado y sin un riñón. El sexo es peligroso, niños y niñas; cuidadito con lo que hacéis.
En cualquier caso, las leyendas urbanas exceden el campo de acción de los cuentos y pueden acabar por convertirse en mitología, como ocurre con las historias de abducidos por los OVNIS. Y ahora, con el advenimiento de Internet, la cosa va más lejos todavía. Porque de repente la literatura oral de las leyendas urbanas se ha convertido en literatura escrita, como prueba el e-mail de los pandilleros. Horrible literatura escrita, es cierto; espantosa, torpe e ingenua. Pero ahí está, multiplicándose y pululando por los electrónicos corredores de la Red.
Se da la casualidad de que, mientras escribía esta entrada, mi hermano, Big Brother, me ha reenviado (en cachondeo) otro e-mail que había recibido. Dice así:
“VICERRECTORADO Y SERVICIOS GENERALES UNIDAD DE EXTENSIÓN UNIVERSITARIA Camino del Pozuelo s/n, 16071 Cuenca.
Investigadores de la Universidad de Princeton han descubierto algo aterrador. Durante varios meses estuvieron alimentando a dos grupos de ratones, un grupo con comida guardada en una nevera, y al otro con comida guardada en una nevera pero con varios imanes decorativos pegados en su puerta. El objeto del estudio era ver cómo afectaban las radiaciones electromagnéticas de los imanes en los alimentos. Sorprendentemente y tras rigurosos estudios clínicos, constataron que el grupo de ratones que consumieron la comida irradiada por los imanes tenía un 87% más de probabilidades de contraer cáncer que del otro grupo. Los imanes adheridos a cualquier aparato (electrodoméstico) conectado a la corriente eléctrica aumenta el consumo ?gasto- eléctrico de dicho aparato, por aumentar la fuerza electromagnética del campo eléctrico de dicho aparato. PASAD ESTA INFORMACION A TODOS LOS QUE CONOZCAIS POR FAVOR. Todos tenemos algún imán en la nevera, como elemento decorativo, sin que hasta ahora se sospechara que fueran perjudiciales. PERO SON LETALES. Es peligroso jugar con las fuerzas de la naturaleza y con las energías. Si tenéis algún imán, quitadlo rápidamente y ponedlo lejos de cualquier alimento. Inexplicablemente el Gobierno no ha dado ningún mensaje de aviso, pero gracias a Internet y la buena voluntad de todos, podemos ayudarnos mutuamente. Gracias”.
Una chorrada de tomo y lomo, desde luego. Parece una leyenda urbana (fijaos en las mayúsculas), pero en realidad no lo es. En el fondo, las leyendas urbanas son inofensivas; una muestra del folclore contemporáneo. Buscan, sobre todo, la diversión; son anécdotas destinadas a amenizar las veladas. Pero la estupidez de los imanes es otra cosa muy distinta: es pura y dura desinformación. Una bobada en este caso, es cierto; pero en muchos otros casos esa desinformación puede ser peligrosa.
El problema es que ahora, con Internet, las leyendas urbanas y las falsas informaciones no sólo se transmiten con inusitada rapidez, sino que conviven en el mismo entorno con las informaciones verídicas. ¿Cómo diferenciar lo uno de lo otro? ¿Por las mayúsculas? Vale, reconozco que encontré en la propia Red textos que demostraban la falsedad de la historia de los pandilleros latino-rumanos, pero mientras buscaba encontré también otros muchos textos que juraban y perjuraban su autenticidad.
Y es que en Internet las verdades viajan a la velocidad de la luz. Pero las mentiras también.
viernes, febrero 11
martes, febrero 1
¿Yo?
Como sabéis –y si no lo sabéis os lo cuento-, mi gran propósito para el nuevo año es comprar menos libros. Una especie de dieta, vamos, sólo que en vez de calorías lo que reduzco son páginas. ¿Por qué lo hago? Porque mis librerías padecen sobrepeso. ¿Cómo lo hago? Reduciendo mis adquisiciones bibliopáticas a dos libros al mes. Bien, supongo que os preguntaréis qué tal anda la cosa y, como sé que tal incertidumbre os roba horas de sueño, procedo a relataros mis avances por el sendero de la continencia.
Han transcurrido treinta días desde el comienzo de mi dieta. Resultados del mes de enero: desastre total. Siendo justos, parte de la culpa de este fracaso la tiene mi hijo Pablo. Supongo que esto es un indicio de que mi mal es genético, porque Pablo, que ahora tiene veinte primaveras, va camino de ser tan bibliópata como yo o más. El caso es que mi hijo averiguó que había en Madrid una librería relativamente nueva llamada Lé e insistió en que fuera con él para conocerla. Aprovecho para señalar que quería que le acompañase no porque me adore, sino porque corro con todos los gastos. Bien, fuimos allí un sábado por la tarde y... ¿qué pasa si llevas a un alcohólico a una licorería?
Pues sucedió lo inevitable. ¿Cómo resistirse a la Historia y filosofía de la ciencia, de Hull y a un texto titulado 13 cosas que no tienen sentido (Brooks)? Los compré. Estábamos a 8 de enero y ya había completado el cupo del mes. Pero me armé de estoica determinación y juré que me mantendría apartado de las librerías. Entonces sobrevino la desgracia. Me enteré de que acababa de publicarse Los gondoleros silenciosos, de William Goldman bajo el seudónimo de S. Morgenstern. ¿Lo entendéis? El mismo escritor que, bajo el mismo seudónimo, escribió ese libro absolutamente delicioso que es La princesa prometida. Convendréis conmigo que se trataba de una rara oportunidad que no podía dejar pasar. Además, es un libro cortito, de poco más de 150 páginas, un suculento tentempié que apenas ocuparía lugar en mis estantes.
Fui a comprarlo a la librería de El Corte Inglés, donde las novedades se exhiben en varias mesas situadas en línea. Si el título en cuestión hubiera estado al principio, lo habría comprado y, hala, a casita. Pero no, el cruel destino quiso que el libro de Goldman estuviese en la última mesa. Así que, mientras lo buscaba, encontré dos inesperados tesoros. La última novela de Jonathan Lethem, Chronic City, y la última novela de Pablo De Santis, Los anticuarios. Como decía el viejo Will, “Si nos pincháis, ¿acaso no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿acaso no reímos?”. Joder, sólo soy humano; ¿cómo voy a resistirme a tamañas tentaciones? Los compré, por supuesto; ¿qué otra cosa podía hacer? Y así, en un plis plas, me encontré con cinco libros adquiridos en enero y mi dieta a hacer puñetas.
Una historia triste, amigos míos, pero al menos servirá de ejemplo para que las nuevas generaciones conozcan las debilidades humanas y se mantengan alejadas del nefasto vicio de la palabra escrita. Vale, pero no es exactamente de esto de lo que quería hablar. Por cierto, ¿no estáis hartos de que casi todas mis entradas comiencen dando largos rodeos? Es como una manía, vaya lata que os doy...
En fin, al menos leí rápidamente uno de los libros que compré, 13 cosas que no tienen sentido, de Michael Brooks, un doctor en física cuántica. Trata, como dice su subtítulo, sobre “los misterios científicos más intrigantes de nuestro tiempo”, y uno de esos 13 misterios es el libre albedrío.
Todos pensamos que existe el libre albedrío, que la mente consciente controla nuestra vida. De hecho, tal creencia es el cimiento de la ética y la ley. Somos responsables de nuestros actos, ¿no? Pues puede que no, puede que el libre albedrío no sea más que ilusión, un espejismo. Creo que ya hemos hablado aquí de esto, pero después de cinco años de Babel resulta natural que me repita un poco.
Veréis, hace unos treinta años se descubrió que, al menos un segundo antes de realizar cualquier acción voluntaria (mover un dedo, por ejemplo), el cerebro produce una señal llamada “potencial de preparación”. Por lo tanto, se daba por hecho que la voluntad consciente debía preceder en más o menos un segundo al acto voluntario. Pero no se había demostrado. A ello se puso el neurólogo Benjamin Libet y, tras una serie de experimentos, descubrió asombrado que el “potencial de preparación” tiene lugar antes de que actue la mente consciente. Es decir: si te pido que en algún momento del próximo minuto muevas el dedo índice de tu mano derecha, una parte de tu mente se preparará para mover el dedo justo antes de que tú decidas mover el dedo. Por tanto, no es tu mente consciente quien decide moverlo, sino una zona mental sobre la que no tienes control. Como dijo otro neurólogo, Haggard: “nuestras intenciones conscientes son subproductos de algo que ya está funcionando”.
Bueno, eso es algo que cualquier escritor sabe. ¿De dónde vienen las ideas? No me refiero a las grandes ideas, a la trama y el argumento (aunque también), sino a las pequeñas ideas que se te ocurren mientras escribes y que de repente aparecen en tu cabeza sin buscarlas, como surgidas de la nada. Está claro que tenemos en el coco un procesador independiente de la consciencia; la cuestión es que, al parecer, ese procesador tiene un control sobre nosotros muy superior al que pensábamos. Es más, puede que tenga el control absoluto.
El psicólogo William James propuso un ejemplo cotidiano: “Sabemos lo que es levantarse de la cama en una mañana gélida, y cómo el mismo principio vital que hay en nuestro interior protesta ante la penosa experiencia... ¿Cómo llegamos a levantarnos en esas circunstancias? La mayor parte de las veces nos levantamos sin que medie ningún forcejeo ni decisión. De pronto, encontramos que nos hemos levantado”. Es decir, hemos actuado sin el menor control consciente (como cuando conducimos un vehículo, por ejemplo).
Bueno, diréis, estoy hablando de actos muy sencillos (mover un dedo, levantarse), pero ¿qué pasa con las grandes decisiones de nuestra vida, como casarnos o comprar un coche? Seguro que de eso se ocupa nuestro precioso consciente. ¿Seguro? La mayor parte de la gente se casa por amor. ¿Es el amor un acto consciente? Permitidme que me carcajee. En cuanto a comprar un coche... Todo aquel que haya trabajado en publicidad sabe que ciertas compras (tan costosas como un coche) son fruto de motivaciones inconscientes que luego intentan ser racionalizadas. Veamos: hay un coche que me gusta por los motivos que sean (porque lo tiene mi vecino, porque es bonito, porque me afecta su publicidad, da igual, lo que sea). Pero me gusta irracionalmente, así que, como es una adquisición muy cara, me informo de todas las alternativas posibles, analizo los pros y los contras, medito profundamente... y acabo comprándome el coche me gustaba desde el principio, aunque sea una decisión absurda. Luego, elaboraré un listado de justificaciones racionales para no sentirme tonto del culo y autoengañarme pensando que tengo control sobre mi vida. Pero no controlo; al menos, no este yo consciente que ahora escribe.
Dándole vueltas al asunto, se me ocurrió una idea para un cuento de ciencia ficción. La humanidad fue invadida por alienígenas hace siglos, pero nunca nos dimos cuenta. Esos alienígenas son inmateriales, seres de energía o algo así, y además son parásitos. Se introducen en los cerebros de las personas y toman el control de ellas, pero sin que la gente se dé cuenta, pues los alienígenas generan en las mentes de sus huéspedes el espejismo del libre albedrío. Son ellos quienes deciden lo que hacemos, pero nos hacen creer que la decisión es nuestra. Seríamos algo así como caballos que ignoran llevar un jinete sobre sus lomos controlando las riendas.
Bueno, os preguntaréis, qué coño tiene todo eso que ver con mi dieta de libros. Pues está claro: si no tenemos auténtico control sobre nosotros mismos, ¿no es absurdo intentar cambiar? De todos los miles de millones de aliens que hay por el mundo, a mí me ha tocado un gilipollas al que le chiflan los libros. ¿Cómo voy a oponerme a un ser de energía obsesionado con el almacenamiento de papel impreso? ¿No sería mejor tirar la toalla, abandonarme y gozar?
No. Jamás. Nunca. Puede que mi mente consciente sea un mero subproducto, puede que el libre albedrío sea una ilusión, pero mis atestadas librerías, mis pilas de libros acumulados, son dolorosamente reales.
Hace un momento, mi hijo Pablo me ha invitado a ir con él a la FNAC, porque quiere comprarse lo último de Murakami, y yo, aunque le he financiado el libro, me he negado a acompañarle.
Bravo, pequeño terrícola; aún hay esperanza para ti.
jueves, enero 20
Contra la belleza
Hace años escuché una entrevista por la radio en la que a un tipo, no recuerdo quién, le preguntaban cuál era la persona más bella que había conocido. El hombre respondió sin dudarlo: Julio Caro Baroja. Supuse que esa respuesta era una boutade, o bien que el entrevistado se refería a la belleza interior del académico, y no le di más vueltas. El caso es que se dio la casualidad de que, poco después, vi a Caro Baroja en el Vip’s de López de Hoyos... y me quedé de piedra. Porque, en efecto, era bellísimo. Era... como de algodón, un anciano perfecto, la clase de anciano que dibujaría Norman Rockwell. Ninguna fotografía, ninguna grabación le hacía honor; en persona, Caro Baroja poseía una textura especial, una dulzura física casi sobrenatural. Daba gusto mirarlo, era puro deleite estético.
Aquel encuentro me hizo reflexionar; sobre todo porque por entonces me dedicaba a la publicidad (que es el reino de los arquetipos estéticos). ¿En qué consiste la belleza humana? Supongo que existen ciertos condicionantes biológicos, todos ellos orientados hacia la sexualidad; o, para ser precisos, hacia la reproducción. Nos gusta una piel tersa y sin manchas, así como una buena dentadura, porque todo ello es señal de salud. Nos gustan las facciones simétricas, porque indican una correcta carga genética que transmitir a la prole. Nos gustan las mujeres de caderas amplias y pechos grandes porque son signos de fertilidad. Y nos gustan los hombres de complexión atlética, pues esa fortaleza se transmitirá a su descendencia y les permitirá defenderla. A todos nos gustan más las personas altas que las bajas (de lo cual doy gracias, pues, no siendo precisamente el tío más guapo del mundo, mi metro noventa y dos me ha abierto puertas que de ser más bajito hubieran estado cerradas).
Aparte de esas preferencias biológicas y unas pocas más, todo lo relacionado con la estética humana es cultural. Cada cultura en cada momento propone un canon de belleza sujeto a modas. Y basta con echarle un vistazo a las estrellas de cine a lo largo de ciento y pico años de historia para darse cuenta de hasta qué punto ese canon es cambiante.
Eso ha sido así siempre, pero ahora sucede algo distinto. El cine, la publicidad, la moda, los mass media no sólo imponen un rígido modelo estético, sino que además los difunden masivamente. Jamás la humanidad ha estado tan expuesta a la belleza humana estereotipada. Y qué jodido estereotipo, amigos míos. Las mujeres han de ser altas, de piernas largas, muy delgadas, con culito respingón y grandes senos. Es decir, una distribución de la grasa corporal muy poco frecuente, casi imposible. En cuanto a los hombres, deben ser altos, delgados, sin vello corporal -pero con leonina melena craneal-, con caderas estrechas, hombros anchos y un Toblerone en el abdomen. En ambos casos las facciones deben ser de una perfección helénica.
Está claro que muy poca gente reúne tales características. A las que hay que añadir una más: la fotogenia. Es decir, la peculiaridad de salir más favorecido en imágenes grabadas que en la realidad. No todo el mundo, ni siquiera toda la gente guapa, tiene ese don. Así pues, las personas que viven de su físico –actores, modelos, presentadores, etc.- han sido seleccionadas por su “perfección” de entre una miríada de candidatos que no alcanzaban el nivel. Pero eso no basta. Gran parte de esos privilegiados son “mejorados” por el bisturí. Y luego, las “mejoras” siguen con el maquillaje, el vestuario, la iluminación... por no mencionar el photoshop. Es decir, no sólo se nos impone un canon de belleza inalcanzable, sino que además la técnica lo estiliza y potencia mucho más allá de la realidad. El modelo estético que nos inculcan no existe, es una idealización, un fraude, un truco.
Pero está por todas partes. En la tele, en el cine, en las revistas, en Internet, en las vallas publicitarias, en las muñecas Barbie, en las paradas de autobús, en los catálogos, en los envases, en los supermercados, en el arte, en los cómics... Vivimos rodeados por imágenes de humanos físicamente “perfectos”, inalcanzables, lejanos, soberbios como dioses. Al final, uno acaba sintiéndose igual que un judío de nariz ganchuda rodeado por espléndidos arios extraídos de una utopía nazi. No es raro, pues, que los cirujanos plásticos se estén forrando a costa de las frustraciones ajenas, o que la anorexia sea ya en un mal casi endémico de nuestra sociedad.
Pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino del modo en que ese férreo canon estético nos impide percibir otras clases de belleza. En primer lugar, se confunde belleza con sexualidad, dos términos que a veces coinciden y a veces no. Veréis, cuando trabajaba en publicidad estaba acostumbrado a ver muchísimas modelos. Mujeres muy guapas, sin duda, pero muy pocas resultaban sexys. Eran demasiado conscientes de su belleza; estaban ahí para ser admiradas, no para provocar admiración (la diferencia entre una actitud pasiva y otra activa). Sin embargo, hay mujeres mucho menos guapas, incluso feuchas, que irradian encanto sexy a raudales. Quizá es que necesiten hacerlo para competir con los bombones, o puede que sea una cualidad natural, el caso es que el sexo no está en unas tetas perfectas ni en unos abdominales de granito; ni siquiera en los genitales. El sexo está en el cerebro.
Otro error es confundir belleza con juventud. Se puede ser joven y más feo que el culo de un mandril, y ser viejo y bello (como Caro Baroja). Sin duda, hay un hermoso esplendor primaveral en un rostro muy joven (esas casi niñas de Hamilton...), pero ¿qué me decís de las arrugas que talla el tiempo? ¿Acaso no pueden ser igual de bellas o más que una piel de culito de bebé? Dicen que a los veinte años uno tiene la cara que le ha dado la naturaleza, y a los cuarenta la que uno se ha ganado. Las líneas de expresión, las patas de gallo, las ojeras... todo eso despliega nuevas dimensiones en un rostro, cada arruga cuenta una historia, la carne es menos firme, pero más sabia. Ahí también hay belleza.
Con esto no pretendo decir que todo el mundo es bello a su manera, qué va. De hecho, el físico de la mayoría de la gente oscila entre la vulgaridad y el espanto, y los hay que harían vomitar a una cabra. En general, las personas somos feas, para qué negarlo. Pero hay muchas más formas de belleza que las que dicta el canon. Tenemos, por ejemplo, la “belleza sonriente”; personas aparentemente normales que cuando sonríen deslumbran, porque no sonríen sólo con la boca y los ojos, sino también con el rostro, con los codos, con las orejas, con todo el cuerpo. O la “belleza serena”; gente que emite paz y tranquilidad. O la “belleza fea”, propia de quienes tienen una rasgos toscos y desmedidos, pero armónicos de una extraña manera. O la “belleza dinámica”; individuos feos a un primer vistazo, pero cuyos movimientos, su expresión corporal, son tan elegantes que a los tres minutos de hablar con ellos nos parecen guapísimos.
En realidad, esta entrada no es “contra la belleza”, sino contra esa belleza estereotipada tipo Barbie-Ken que nos han impuesto como modelo. Un gran fotógrafo no es aquel que sabe sacar guapa a Claudia Schiffer, sino el que encuentra belleza allí donde los demás no ven nada. Todo está en los ojos del observador, en la mirada.
Aquel encuentro me hizo reflexionar; sobre todo porque por entonces me dedicaba a la publicidad (que es el reino de los arquetipos estéticos). ¿En qué consiste la belleza humana? Supongo que existen ciertos condicionantes biológicos, todos ellos orientados hacia la sexualidad; o, para ser precisos, hacia la reproducción. Nos gusta una piel tersa y sin manchas, así como una buena dentadura, porque todo ello es señal de salud. Nos gustan las facciones simétricas, porque indican una correcta carga genética que transmitir a la prole. Nos gustan las mujeres de caderas amplias y pechos grandes porque son signos de fertilidad. Y nos gustan los hombres de complexión atlética, pues esa fortaleza se transmitirá a su descendencia y les permitirá defenderla. A todos nos gustan más las personas altas que las bajas (de lo cual doy gracias, pues, no siendo precisamente el tío más guapo del mundo, mi metro noventa y dos me ha abierto puertas que de ser más bajito hubieran estado cerradas).
Aparte de esas preferencias biológicas y unas pocas más, todo lo relacionado con la estética humana es cultural. Cada cultura en cada momento propone un canon de belleza sujeto a modas. Y basta con echarle un vistazo a las estrellas de cine a lo largo de ciento y pico años de historia para darse cuenta de hasta qué punto ese canon es cambiante.
Eso ha sido así siempre, pero ahora sucede algo distinto. El cine, la publicidad, la moda, los mass media no sólo imponen un rígido modelo estético, sino que además los difunden masivamente. Jamás la humanidad ha estado tan expuesta a la belleza humana estereotipada. Y qué jodido estereotipo, amigos míos. Las mujeres han de ser altas, de piernas largas, muy delgadas, con culito respingón y grandes senos. Es decir, una distribución de la grasa corporal muy poco frecuente, casi imposible. En cuanto a los hombres, deben ser altos, delgados, sin vello corporal -pero con leonina melena craneal-, con caderas estrechas, hombros anchos y un Toblerone en el abdomen. En ambos casos las facciones deben ser de una perfección helénica.
Está claro que muy poca gente reúne tales características. A las que hay que añadir una más: la fotogenia. Es decir, la peculiaridad de salir más favorecido en imágenes grabadas que en la realidad. No todo el mundo, ni siquiera toda la gente guapa, tiene ese don. Así pues, las personas que viven de su físico –actores, modelos, presentadores, etc.- han sido seleccionadas por su “perfección” de entre una miríada de candidatos que no alcanzaban el nivel. Pero eso no basta. Gran parte de esos privilegiados son “mejorados” por el bisturí. Y luego, las “mejoras” siguen con el maquillaje, el vestuario, la iluminación... por no mencionar el photoshop. Es decir, no sólo se nos impone un canon de belleza inalcanzable, sino que además la técnica lo estiliza y potencia mucho más allá de la realidad. El modelo estético que nos inculcan no existe, es una idealización, un fraude, un truco.
Pero está por todas partes. En la tele, en el cine, en las revistas, en Internet, en las vallas publicitarias, en las muñecas Barbie, en las paradas de autobús, en los catálogos, en los envases, en los supermercados, en el arte, en los cómics... Vivimos rodeados por imágenes de humanos físicamente “perfectos”, inalcanzables, lejanos, soberbios como dioses. Al final, uno acaba sintiéndose igual que un judío de nariz ganchuda rodeado por espléndidos arios extraídos de una utopía nazi. No es raro, pues, que los cirujanos plásticos se estén forrando a costa de las frustraciones ajenas, o que la anorexia sea ya en un mal casi endémico de nuestra sociedad.
Pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino del modo en que ese férreo canon estético nos impide percibir otras clases de belleza. En primer lugar, se confunde belleza con sexualidad, dos términos que a veces coinciden y a veces no. Veréis, cuando trabajaba en publicidad estaba acostumbrado a ver muchísimas modelos. Mujeres muy guapas, sin duda, pero muy pocas resultaban sexys. Eran demasiado conscientes de su belleza; estaban ahí para ser admiradas, no para provocar admiración (la diferencia entre una actitud pasiva y otra activa). Sin embargo, hay mujeres mucho menos guapas, incluso feuchas, que irradian encanto sexy a raudales. Quizá es que necesiten hacerlo para competir con los bombones, o puede que sea una cualidad natural, el caso es que el sexo no está en unas tetas perfectas ni en unos abdominales de granito; ni siquiera en los genitales. El sexo está en el cerebro.
Otro error es confundir belleza con juventud. Se puede ser joven y más feo que el culo de un mandril, y ser viejo y bello (como Caro Baroja). Sin duda, hay un hermoso esplendor primaveral en un rostro muy joven (esas casi niñas de Hamilton...), pero ¿qué me decís de las arrugas que talla el tiempo? ¿Acaso no pueden ser igual de bellas o más que una piel de culito de bebé? Dicen que a los veinte años uno tiene la cara que le ha dado la naturaleza, y a los cuarenta la que uno se ha ganado. Las líneas de expresión, las patas de gallo, las ojeras... todo eso despliega nuevas dimensiones en un rostro, cada arruga cuenta una historia, la carne es menos firme, pero más sabia. Ahí también hay belleza.
Con esto no pretendo decir que todo el mundo es bello a su manera, qué va. De hecho, el físico de la mayoría de la gente oscila entre la vulgaridad y el espanto, y los hay que harían vomitar a una cabra. En general, las personas somos feas, para qué negarlo. Pero hay muchas más formas de belleza que las que dicta el canon. Tenemos, por ejemplo, la “belleza sonriente”; personas aparentemente normales que cuando sonríen deslumbran, porque no sonríen sólo con la boca y los ojos, sino también con el rostro, con los codos, con las orejas, con todo el cuerpo. O la “belleza serena”; gente que emite paz y tranquilidad. O la “belleza fea”, propia de quienes tienen una rasgos toscos y desmedidos, pero armónicos de una extraña manera. O la “belleza dinámica”; individuos feos a un primer vistazo, pero cuyos movimientos, su expresión corporal, son tan elegantes que a los tres minutos de hablar con ellos nos parecen guapísimos.
En realidad, esta entrada no es “contra la belleza”, sino contra esa belleza estereotipada tipo Barbie-Ken que nos han impuesto como modelo. Un gran fotógrafo no es aquel que sabe sacar guapa a Claudia Schiffer, sino el que encuentra belleza allí donde los demás no ven nada. Todo está en los ojos del observador, en la mirada.
lunes, enero 10
Año nuevo, vida vieja
Cada año por estas fechas millones de personas formulan buenos propósitos. El más común es adelgazar, pero supongo que habrá más, todos ellos orientados hacia el objetivo de llevar una vida mejor. Dejaré de fumar, haré deporte, estaré más con mi familia, ahorraré, no volveré a inhalar pegamento... qué sé yo, esa clase de cosas. Por lo general, tales propósitos jamás se cumplen, pero no importa; lo substancial es ser conscientes de que debemos cambiar y de que no tenemos suficiente fuerza de voluntad para hacerlo. Eso nos pone en nuestro lugar.
¿Cuál es mi propósito para 2011? Pues, aparte de adelgazar y dejar de oler pegamento, comprar menos libros. Tengo demasiados. Me abruman. Los quemaría todos. Por cierto, ese es un buen argumento en contra del libro electrónico: ¿cómo quemar algo inmaterial? Porque los e-books no deben de arder nada bien y, además, sólo son contenedores cuyo contenido es ignífugo. En un mundo lleno de e-books, los nazis o la iglesia católica tendrían que usar un pulso electromagnético para acabar con la palabra escrita, lo cual es mucho menos vistoso que una buena hoguera. El caso es que, volviendo al tema, me siento como Guy Montag, el bombero quemalibros de Farenheit 451. Luego explicaré por qué.
Mis propósitos para La Fraternidad de Babel son escasos. Os pregunté si querías que cambiase el aspecto del blog y los resultados de la encuesta han sido claros. Al 53 % le da igual, el 18 % quiere que la decoración cambie y el 27 % prefiere que se quede como está. Así que se queda como está. Gracias por participar.
Por lo demás, ya sabéis que escribo en Babel lo que se me ocurre en cada momento, sin la menor previsión, pero hay algunos temas que tengo en cartera. Hablaré de Stonehenge (o, mejor dicho, de la llanura de Salisbury), un asunto que dejé a medias hace un par de años. En febrero aparecerá Leonís, la primera novela fantástica para adultos que publico desde hace un porrón de tiempo. El libro, ilustrado por mi amigo Miguel de Unamuno, ha quedado precioso; charlaremos de ello. En marzo se cumplirá el décimo aniversario de la muerte de mi hermano Eduardo; hablaré largo y tendido sobre él y sobre una de mis grandes frustraciones como escritor. También hablaré sobre ciencia ficción, un tema que he ido posponiendo por pura pereza. Expondré mi visión general sobre el género y propondré mi particular canon. Y esto nos conduce a mi actual odio hacia los libros.
Vamos a remodelar el dormitorio de mi hijo Pablo; de hecho, ahora mismo están los pintores trabajando en él. Eso ha supuesto que el pasado fin de semana hubiera que vaciar dicho dormitorio. Y, como la mitad de mi colección de ciencia ficción estaba en ese cuarto, he tenido que sacarla. La mitad de mi colección ocupa catorce cajas de buen porte. Miles de libros polvorientos que he trasladado con el sudor de mi frente. Por otro lado, llevo meses intentando remodelar mis librerías para que quepan más libros y, entre tanto, tres pilas de libros por leer crecen en mi dormitorio como inestables torres (de Babel, claro), para consternación de mi mujer. Empiezo a sentirme como si tuviera el síndrome de Diógenes y temo morir aplastado bajo toneladas de papel impreso.
Y, una vez más, me he dicho que todo eso se solucionaría si me deshiciese de mi colección de cf. Bastaría con que me quedara sólo con los títulos que realmente me interesan (un diez por ciento, aproximadamente) y vendiese el resto. Pero no puedo malvenderlo; sé que esos libros son valiosos en el mercado del coleccionismo y también sé que la única forma de sacarles todo el jugo es venderlos uno a uno... Dios santo, qué pereza; me llevaría años deshacerme de ellos. También podría vender la colección en bloque, aunque fuera por una tercera parte de su valor; pero, ¿a quién? ¿Y cómo? Lo primero que tendría que hacer es un listado de existencias y... joder, qué pereza. Además está la vinculación emocional que me une a esos libros; los coleccioné desde los doce o trece años hasta los treinta y muchos, cada uno de ellos tiene su historia y su bagaje de recuerdos... En el fondo sé que debería quemarlos, quemar todos los libros... ¡JIAHAHAHA! (carcajada siniestra)
En fin, continuaré debatiéndome entre el amor y el odio que hoy por hoy siento hacia esas cosas polvorientas. Y... ¿qué más? Los políticos seguirán vendiéndonos sus motos (y nosotros comprándoselas) y la iglesia seguirá empeñada en conducir de nuevo a España al redil del nacional-catolicismo. ¿Hablaremos de eso? Seguro que sí. ¿Y vosotros; queréis comentar algún tema en particular? No os cortéis: decídmelo con la seguridad de que yo haré lo que me de la gana.
Como siempre. Año nuevo, vida vieja.
Ahora que caigo, aún no os he deseado un feliz año, así que:
Feliz 2011, amigos míos. Si la profecía maya se cumple, éste será el último año de nuestras vidas, así que más vale que lo aprovechemos bien.
miércoles, enero 5
Noche de Reyes
De todas las mentiras de la Navidad, la más bonita es la de esta noche y mañana. He pasado toda la tarde haciendo paquetes mientras Pepa se iba al cine con nuestros okupas. Me gusta ese ritual, los regalos, los papeles de colores, la cinta adhesiva, las tijeras, música en el equipo, tranquilidad en la casa, algún que otro taciturno canuto, soledad de la buena... Además de los regalos “oficiales”, les preparo a mis hijos una especie de gincana. Escondo pistas y pruebas por la casa y ellos deben resolverlas para obtener nuevos obsequios. De pequeños eran juguetes, ahora pasta gansa. Es gracioso: mis hijos tienen 23 y 20 años, pero les sigue haciendo ilusión el “juego de las pistas”. Y mientras les ilusione a ellos me ilusionará a mí.
Ahora comeremos un poco de roscón con chocolate. Luego charlaremos y quizá veamos alguna serie. A última hora pondremos los regalos al pie del árbol y, justo antes de dormir, ya de madrugada, esconderé las pistas y la pasta por la casa. Me encanta esta noche. Es mágica.
Felices Reyes, amigos míos, y que sus Majestades de Oriente os traigan ilusión, cosas bellas e inútiles, risas y toneladas de asombro.
Shhhhhhhh...
Feliz noche, merodeadores...
viernes, diciembre 24
Cuento de Navidad: El ángel y la señora Monroy
A lo largo del año, los puntos por donde sale y se pone el Sol (orto y ocaso) se van desplazando poco a poco. Conforme nos hemos ido acercando al solsticio de invierno, el ocaso se ha movido hacia el norte, y a partir de ahora (desde el solsticio) lo hará hacia el sur. Del mismo modo, todos lo sabemos, la duración del día se ha ido acortando, hasta llegar a la noche más larga, la del solsticio. El caso es que el Sol nunca se pone dos días seguidos por el mismo punto. Nunca, salvo durante los solsticios. Al llegar el de invierno, por ejemplo, durante tres días el Sol parece ponerse por el mismo sitio.
¿Captáis el simbolismo? El Sol es dios. Durante medio año, el poder de dios (la luz y el calor) va menguando, hasta que llega el solsticio y dios muere. Permanece tres día muerto (durante tres días el Sol se pone por el mismo lugar) y, finalmente, el día 25 resucita (nace de nuevo) y el ocaso comienza a desplazarse hacia el sur, incrementándose paulatinamente las horas de luz y la temperatura. Ese es el origen de todos los dioses solares (que mueren y resucitan) inventados por la humanidad, desde Apolo hasta Cristo, pasando por Horus, Mitra y un montón de deidades más.
Así que aquí estamos, un año más, dispuestos a celebrar esta noche la muerte y resurrección del Sol. Y como todos los años desde que, hace cinco, comenzamos a levantar este zigurat de palabras que es La Fraternidad de Babel, os voy a regalar un cuento de Navidad. Se llama El ángel y la señora Monroy, y quizá requiere un breve comentario.
Veréis, cada año, mediado noviembre, empiezo a buscar argumentos para el relato navideño. Dicen que un escritor no elige las historias que va a escribir, sino que son las historias quienes eligen al escritor para ser relatadas. Y es cierto; suelen ocurrírseme varias ideas, pero no paro de darle vueltas hasta que surge una que, por algún motivo, me exige que la escriba. Eso me ocurrió este año, pero había un pequeño problema...
Por lo general, procuro que los cuentos sean cortos; no sólo porque así me dan menos trabajo, sino también, y sobre todo, porque sé que leer en pantalla es un coñazo. Sin embargo, la historia de este año, aunque sencilla, requiere su tiempo, su espacio. Así que me ha salido un poco más larga de lo habitual. Lo siento. En cualquier caso, espero que os guste. Y si no os gusta, lo que siempre digo: confortaos pensando que, al menos, os ha salido gratis.
Vivimos tiempos chungos, amigos míos, y ya sabemos que no hay situación, por mala que sea, que no pueda empeorar. Quién sabe, quizá el año que viene se hunda definitivamente la economía mundial y nos veamos todos, no ya recogiendo cartones, sino comiéndonoslos. O puede que Corea del Norte le lance una bomba H a Corea del Sur, o que Israel haga algo similar con Irán, originando una debacle nuclear que nos deje a todos entre fritos y mutantes. O quizá nos invadan unos extraterrestres cabrones con la intención de follarse a nuestras hermanas y comerse nuestros cerebros (o viceversa). Qué sé yo, hay tantas cosas que pueden ir mal. Como decía uno de mis personajes, Jaime Mercader: lo sorprendente no es que la vida surja, sino que perdure.
Pero, ¿sabéis?, estoy hasta las pelotas de que me acojonen. Si no es la economía, es el cambio climático, o la gripe del pollo, o la del cerdo, o una pérfida conspiración mundial, o los emigrantes (en particular si son árabes), o los terroristas, o los siniestros comunistas, o las hordas fascistas, o el anticristo, o los transgénicos, o algún asteroide cabrón, o la profecía 2012, o los chinos, o las armas de destrucción masivas... Bueno, vale ya, coño.
Como decían los vikingos antes de ponerse ciegos de aquavit: hemos de morir, pero no hoy. Y hoy, amigos míos, os deseo algo muy concreto: os deseo que esta tarde, o esta noche, o mañana, os quedéis un momento a solas en vuestra casa, o allí donde estéis, y os deseo que recordéis alguna Navidad del pasado, de cuando erais niños, y que luego dejéis la mente en blanco, como si nevara sobre vuestra memoria, y que, durante unos minutos, prestéis atención a lo que os rodea, a los sonidos, a los olores, a vosotros mismos... no lo razonéis: sentidlo. Eso es lo que os deseo, porque quizá, si hay suerte, podáis convertir ese momento en un instante eterno.
Esta tarde, como todos los años, comenzaré a preparar la cena junto con Pepa. Es un ritual, igual que lo son estas fiestas. Pero es que a los humanos nos gustan los rituales; nos tranquilizan, porque nos conectan con la eternidad.
Espero que seáis felices, que viváis el momento, que cantéis, que os beséis, que bebáis y comáis sin mesura, que lloréis por lo que se fue y os riáis de lo que vendrá. Amigos míos, merodeadores de Babel, ojalá mi relato de este año no os disguste demasiado. Y de todo corazón: felices fiestas, feliz solsticio.
El ángel y la señora Monroy
por César Mallorquí
La noche era un desierto salpicado de luces de colores. Guarecido del frío en un portal situado enfrente de la casa, Abilio lió un canuto, lo encendió con el mismo Bic que había empleado para ablandar la china y fumó lentamente, reteniendo el humo en los pulmones tras cada calada, con la mirada fija en las ventanas del bajo derecha. A lo lejos sonaba un villancico; el reloj de una iglesia hizo tañer diez veces su campana. Abilio llevaba más de una hora ahí plantado, sin hacer nada salvo fumar y vigilar. A sus veintitrés años de edad había aprendido que, cuando vas a dar un palo, toda precaución es poca (...)
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domingo, diciembre 19
Navidad
Hay una forma infalible de saber si estás “programado” para que te guste la Navidad. Es muy sencillo: basta con ver ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra; algo nada complicado, pues todos los años, al llegar estas fechas, emiten esa película en alguna cadena de TV (ayer mismo en Telemadrid). La cuestión es que cuando llegas al final de la cinta pueden ocurrirte dos cosas: que se te salten las lágrimas o que tus ojos permanezcan secos como arenques en salazón. Si sucede lo primero, si lloras, es que, aunque no lo sepas, te gusta la Navidad.
Y da lo mismo si has visto la película un montón de veces o es la primera vez que la contemplas. Yo debo de haberla revisitado... no sé, ocho, nueve, diez veces, quizá más, y siempre, por muy prevenido que esté, acabo llorando como una magdalena. Porque, aunque durante mucho tiempo no lo supe, estoy programado para la Navidad.
De pequeño, las vacaciones de Navidad eran las que más me gustaban. Más incluso que las de verano, aunque éstas eran seis veces más largas. ¿Por qué? No estoy seguro. Sin duda por la fiesta de Reyes, pues mis padres eran extremadamente generosos conmigo, pero no solo era eso. Había algo extraño en las fiestas navideñas, una especie de magia, un hechizo precedido por múltiples señales. La primera señal era la aparición de los especiales de Navidad de algunos tebeos (Pulgarcito y Tío Vivo); solían estar en los kioscos a partir de la segunda semana de diciembre. Luego, ponían las luces en las calles y se adornaban los escaparates, en la radio sonaban villancicos y por casa comenzaban a pasar distintos trabajadores solicitando el aguinaldo: basureros, serenos, porteros, faroleros, regadores... Joder, qué costumbre más tercermundista. A los guardias de tráfico que estaban fijos en un cruce, regulando la circulación como semáforos humanos, también solían regalarles cosas (cestas de Navidad, por lo general) que ellos muchas veces exhibían en su puestecito (supongo que a modo de reclamo). No sé, había algo especial en la Navidad y a mí me encantaba.
En junio de 1971 murió mi madre. Yo tenía 18 años. Las navidades de aquel año fueron extrañas y relativamente tristes. Pero no del todo tristes. Mi padre insistió en adornar la casa como siempre habíamos hecho, así que una tarde mi hermano Eduardo y yo fuimos a la escuela de Montes para comprar un árbol. Y escogimos un pino grande y hermoso, tan grande y hermoso que no recuerdo cómo conseguimos transportarlo a casa (supongo que en la baca del coche, rezumando pino por delante y por detrás). Nuestro piso (Españoleto, 23, 3º dcha.) tenía el techo a tres metros de altura, y aquél árbol en su tiesto debía de medir unos tres metros y medio, así que el pobre pino topaba contra el techo y se doblaba. Era algo entre grotesco y amenazador, cómo si tuviéramos un trífido en casa (ver El día de los trífidos, de John Windham).
La única solución fue serrarle el extremo superior, lo cual le confirió al pobre árbol un aire decididamente extraño. A mí me entró un ataque de risa y mi padre se agarró un cabreo (lo siento, papá, pero tenía gracia). Creía que no nos tomábamos en serio la primera Navidad sin nuestra madre, pero no era así. Compramos ese pino porque era el más bonito; el problema fue que no nos dimos cuenta de que, al meterlo en la maceta, su altura aumentaría notablemente. Esas navidades, mi padre y mi hermano José Carlos pasaron el fin de año en Londres, y mi hermano Eduardo no sé dónde se metió; el caso es que me quedé solo en casa y aproveché la circunstancia para organizar una fiesta de Nochevieja que resultó bastante salvaje. Llegó a haber más de cien personas, a la mitad de las cuales no conocía. Ni llegué a conocer, porque tenía un pedo de mariscal general.
Ese fue el comienzo de la etapa más desquiciada de mi vida. En noviembre del año siguiente murió mi padre. Mis dos hermanos ya estaban casados, así que sólo vivíamos en casa mi padre y yo. No recuerdo cómo fue esa Navidad. No recuerdo absolutamente nada. Lo he borrado por completo de mi memoria. De hecho, a partir de aquel momento las fiestas de Navidad dejaron de tener sentido para mí. Todas ellas, durante mucho tiempo, año tras año, se convirtieron en un gran vacío del que sólo conservo retazos aislados. Y ninguna ilusión. La magia se había ido.
Durante unos años trabaje como periodista free lance; luego me metí en publicidad. Las dos últimas agencias en las que trabajé estaban situadas en el AZCA, el segundo centro de Madrid, un enclave situado junto a la Castellana. Una estaba en el edificio del Banco Zaragozano, otra en el edificio Windsor (el rascacielos que ardió hace unos años). Ambos lugares se hallan muy cerca del Corte Inglés y toda esa zona es muy comercial. Al llegar las navidades, aquello era, y es, un infierno. ¿Os imagináis lo que supone salir cada día de currar para meteros de lleno en un eterno atasco de tráfico? No se podía ni caminar por la calle, ni ir a un restaurante, ni hacer una compra; todo estaba atestado de gente. Además, justo antes de las fiestas hay mucho trabajo publicitario. Conclusión: odiaba la Navidad.
Pero luego me casé, y tuve hijos, y esos niños me devolvieron la ilusión por la Navidad. Su ilusión era la mía. También se es feliz siendo un rey mago. Y un buen día me dije: vale ya de hacerte el duro, vale ya de ir de listo y de sobrado. Las navidades son para los niños, ¿no?; y tú presumes de llevar a un niño dentro de ti, ¿verdad? Pues entonces dale cancha, mamón, permite que el niño disfrute. Y en eso estamos.
¿Sabéis por qué llorar al final de ¡Que bello es vivir! prueba que te gusta la Navidad? No porque el clímax de esa película tenga lugar en esa fecha, no. La cuestión es que ¡Que bello es vivir!, como gran parte de la filmografía de Capra, no es más que un montón de mentiras bonitas honestamente narradas. Capra no refleja el mundo tal como es, sino tal y como debería ser. Y lloramos porque, aunque sabemos que es mentira, nos gustaría que las cosas fueran de ese modo, que la bondad y el amor siempre acabaran triunfando.
¿Y qué es la Navidad? Un montón de bonitas mentiras, un mundo podrido que se disfraza con guirnaldas de luces y espumillón plateado para simular que es un lugar decente. Todo más falso que la palabra de un político. Vale, ¿y qué? No podemos vivir todo el año en una peli de Capra, pero un par de semanas ¿por qué no?
No me gusta la Navidad en su sentido católico, aunque celebrar el nacimiento de un niño, de cualquier niño, tampoco está mal. Pero la Navidad, ya lo sabemos, es una impostura cristiana. Según las escrituras, Jesús debió de nacer en primavera o verano, pero en ningún caso a comienzos de invierno. Pese a ello, las autoridades religiosas decidieron en el siglo IV fijar la fecha del nacimiento el 25 de diciembre. ¿Por qué? Para superponerla a la principal fiesta religiosa pagana: el solsticio de invierno, que conmemora la muerte y resurrección del Sol (Cristo es un dios solar). Así pues, cuando nos reunimos para celebrar la noche del 24 y el día 25, estamos repitiendo un ritual mucho más antiguo que el cristianismo. Celebramos, igual que nuestros más remotos antepasado, el final de un ciclo y el comienzo de otro. Y no sé por qué, pero eso me emociona. Es como formar parte de algo muy antiguo y muy íntimo.
Todo los años, al llegar estas fechas, espero que algo suceda. Y a veces ocurre y a veces no. Pasado mañana, 21 de diciembre, es el día del solsticio invernal. Intentaré captar ese momento y, si lo logro, os lo mostraré.
Entre tanto, todavía no os deseo felices fiestas. Lo haré el próximo viernes.
jueves, diciembre 9
Babel 5
La Fraternidad de Babel cumple hoy cinco añitos. Es increíble... Todavía recuerdo la tarde de diciembre en que me llegó un e-mail de Care Santos invitando a visitar su blog. Entré en él y, tras echarle un vistazo, cliqueé sobre un reclamo de Blogger que proponía crear tu propio blog con toda facilidad. Cierto, era muy sencillo. Y como nada me motiva más que la oportunidad de perder el tiempo en vez de trabajar, creé un blog con la intención de destruirlo acto seguido. Pero no lo hice, lo colgué en la Red, y todavía no sé por qué. De hecho, durante el primer año no tuve nada claro el sentido de la bitácora, e incluso estuve a punto de cerrarla. Pero, de repente, lo comprendí: Babel no tiene, ni tiene por qué tener, sentido alguno. No hay una finalidad, ningún objetivo, ninguna razón. Como la vida misma. Babel es una extensión de mí donde hablo de asuntos que no podría tratar en otra parte. Eso es todo.
En realidad, la cosa es muy sencilla. No hay método, no hay sistema, no hay planificación. Simplemente escribo sobre lo que se me ocurre en cada momento. Puede ser un retazo de mi pasado, un comentario sobre una novela/película/cómic, una opinión, un tema de actualidad, un obituario, un relato... cualquier cosa, lo que sea que en ese momento me interese. Al no ser un blog temático, lo que en realidad ofrezco es a mí mismo, lo cual no deja de ser el colmo de la vanidad. Es como subirse a un pedestal y decir: miradme, ¿a que soy la hostia? Bueno, puede que sí, sin duda hay un poco o un mucho de vanidad, pero al menos tengo la coartada de ser escritor profesional. Ofrezco gratis lo mejor que sé hacer (hay otras cosas que se hacer muy bien y también son gratuitas, chicas) (es broma) (no son gratis, cobro) (también es broma). ¿Es suficiente con eso? Que cada cual lo decida, porque basta un simple clic para mandarme a hacer puñetas.
Pero no soy sólo yo, claro. Están los merodeadores de Babel. Vuestros comentarios cuentan y mucho; sin ellos, este enclave no tendría sentido. Reconozco que he llegado a sentirme amigo de muchos de vosotros, aunque no os conozco personalmente. Por eso, lamento la pérdida de aquellos merodeadores que frecuentaron el blog durante un tiempo y luego se desvanecieron. Echo de menos a varios de ellos y cuando, ocasionalmente, vuelven por aquí, me llevo una alegría. Una de las cosas buenas de Babel es que sus visitantes son de lo más variado. Por un lado están mis lectores, muchos de ellos muy jóvenes, algo que me encanta. Por otro, viejos, y no tan viejos, guardianes de la llama de la cf y la fantasía. Luego tenemos a mis amigos de siempre y, finalmente, a personas que no sé cómo han llegado aquí, pero que me encanta que estén. También han pasado por Babel algunos impresentables, pero eso no se puede evitar. Recuerdo dos, en concreto, particularmente insidiosos; uno me detestaba por razones políticas, y el otro por motivos religiosos. Afortunadamente, hace mucho que no se les ve por estos pagos.
Recientemente, os pregunté acerca de Babel. ¿Valía la pena seguir? Algunos pensasteis que iba a abandonar el blog, pero no era ese mi propósito. Sólo quería saber si me había apartado de mi línea (si es que tengo alguna), o si me estaba repitiendo, o si, sencillamente, tanto César Mallorquí acaba cansando. No sé..., en el fondo da igual; no voy a cambiar, porque Babel me gusta así, como es. Otra cosa es el aspecto físico del blog. Todos los que conozco han cambiado su apariencia una o más veces, pero Babel sigue prácticamente igual que cuando empezó. Este mismo año he añadido un dibujo al encabezamiento. Es una vista de Babilonia, un poco naif. Me recuerda a las ilustraciones de La epopeya del hombre, un libro de Life (1962) que adoraba de pequeño. Me pasaba las horas muertas mirándolo... He hecho algunos cambios más, pero poca cosa; en general, el blog tiene el mismo aspecto de siempre.
Y, para ser sincero, me gusta así. En sus mejores momentos, Babel es como una tertulia de café; y los cafés con tertulia los imagino viejos y anticuados, lugares por donde parece que el tiempo se ha detenido. No obstante, reconozco que es un diseño feo. Los hay mucho más modernos y bonitos. Durante un tiempo he dudado entre cambiarlo o no, y al final he optado por preguntároslo a vosotros. Ahí, arriba a la derecha, hay una encuesta que estará abierta hasta final de año. Por ahora, ganan con creces los que les importa un bledo el aspecto de Babel y hay un empate entre el sí y el no. Ya veremos. En cualquier caso, os animo a expresar vuestra opinión.
Echemos cuentas: ésta es la entrada 386, lo que da una media de 77,2 entradas por año; más o menos, una cada cuatro días y medio. No parece mucho, pero si calculamos que cada entrada ocupa una media de dos páginas a dos espacios (es algo más, pero seamos prudentes), obtendremos que he escrito 772 páginas en total. Eso son dos o tres novelas. No está mal. Sea como fuere, todo eso lo he hecho porque me ha salido de las narices, así que nadie me debe nada. En todo caso, soy yo quien os debe algo a vosotros, por prestaros a jugar conmigo.
Jugar... El primer cambio que realicé en el blog fue añadir una foto mía. Me la hizo mi padre cuando yo tenía cuatro o cinco años. Junto a ella, hace poco añadí lo siguiente: “Lo mejor de mí mismo está en el niño que fui”. Es cierto, lo creo fervientemente. Ese niño, que por entonces se llamaba Quique (mi nombre completo es César Enrique), vive dentro de mí y es él quien todavía tiene la maravillosa capacidad de asombrarse, el que fantasea dentro de mi cerebro, el que busca la belleza en todo, el que se divierte inventando historias, el que contempla alucinado las estrellas, el que se enamora, el que se ríe, el que aún se ilusiona con la Navidad, el que ve un universo en el polvo que flota dentro de un rayo de luz, el que cree que las cosas pequeñas son grandes, el que sueña, el que mantiene la magia...
El encabezamiento de La Fraternidad de Babel dice que es un enclave tutelado por César Mallorquí, pero no es cierto. Babel pertenece a Quique; aunque, a veces, Quique permite que César escriba. Pero César es un coñazo, un idiota que se toma demasiado en serio a sí mismo, cuando sólo es un mediocre de mierda. Por el contrario, Quique brilla, resplandece, igual que ocurre con el niño que todos vosotros lleváis dentro. Babel es el juguete de Quique, pero un juguete al que no se puede jugar a solas, así que espero, confío, ruego, que en el futuro sigáis queriendo jugar con él.
Y, para que comprobéis los estragos del tiempo, presidiendo esta entrada veréis, por primera vez en este show, un reciente autorretrato de César. Comparadlo con la foto de Quique y escuchad mis sollozos.
Feliz cumpleaños, Babel. Feliz cumpleaños, merodeadores.
viernes, diciembre 3
G.N.A.
Creo que los norteamericanos, tan sobrados como van en muchos aspectos, son unos acomplejados en lo que a literatura se refiere. Supongo que la vasta tradición literaria europea les abruma, y desde luego nadie espera que un país joven como EE UU pueda igualar en un par de siglos la milenaria tradición narrativa de naciones como Inglaterra o Francia. Por otro lado, hace tiempo que en EE UU apenas se traducen libros extranjeros (las obras traducidas suponen menos del 3 % ), lo cual está conduciendo al país a un aislamiento cultural del que ya se resiente su literatura, cada vez menos vital e influyente. Pero eso es otra historia.
La cuestión es que, desde que tengo memoria, los norteamericanos van por ahí piando en busca del GNA, que son las iniciales de Gran Novelista Americano y también de Gran Novela Americana. La intelligentsia yanqui aguarda la llegada de ese escritor y de esa obra como si se tratara de un asunto religioso, como si un mesías literario fuera a surgir en cualquier momento para redimirles de su complejo de inferioridad cultural. Y lo gracioso del asunto es que los norteamericanos ya tienen desde hace mucho su propio, flamante e influyente GNA.
¿Quién es ese escritor? ¿Melville con su Moby Dick? Casi, pero no. ¿Hemingway, Dos Passos, Faulkner, Scott Fitzgerald, Steinbeck...? No, aunque la mayor parte de ellos fueron influidos por el autor que tengo en mente y que, como hay un retrato suyo ahí arriba, no vale la pena seguir ocultando. El Gran Novelista Americano es Samuel Langhorne Clemens, más conocido como Mark Twain, y la Gran Novela Americana es Las aventuras de Huckleberry Finn. Pero los yanquis, o la mayor parte de ellos, no lo saben.
No es que no se sientan orgullosos de él; lo están y mucho. Reconocen su influencia y su talento, pero... les sabe a poco, no tiene pinta de mesías literario. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que Twain era un humorista, y la gente tiende a pensar que el humor no es cosa seria. De un gran literato se espera gravedad y circunspección, no risas. En fin, no me voy a poner ahora aquí por enésima vez a defender el humor, ni señalaré que algunas de las más grandes obras literarias de todos los tiempos son precisamente humorísticas (El Quijote, Tristram Shandy, Los viajes de Gulliver, Cándido, Gargantúa y Pantagruel...)
El caso es que nadie había escrito como Twain antes de él, aunque muchos intentaron después escribir como él (entre otros, y por elegir un género lo más alejado posible, el escritor de ciencia ficción Robert Heinlein). Por otro lado, Twain es total y completamente norteamericano (o, mejor dicho, como antes eran los norteamericanos); su obra se centra en América y cuando habla de otros países lo hace desde un punto de vista americano. Él no estaba abrumado por el peso de la cultura europea, porque había encontrado su propio y revolucionario camino. Además, Twain es un escritor absolutamente moderno; el más actual de los escritores del XIX en mi opinión. Probad a leerle y preguntaos si ese texto, el que sea, no podría haberlo escrito un autor contemporáneo.
Antes he dicho que la gran novela americana es Huckleberry Finn, y sin duda es la obra maestra de Twain. Me encantó cuando la leí, ay, hace tanto tiempo; pero reconozco que no es lo que más me gusta de él. Ni Tom Sawyer, ni Un yanqui en la corte del rey Arturo... Entendedme, todas esas novelas me encantan, pero no son mis favoritas. Lo que más me gusta de Twain son sus relatos cortos.
Hace poco hablé en Babel de Wodehouse, confesándome rendido admirador suyo. Pero no es el único humorista del que soy devoto. Mis otros ídolos del humor (los principales al menos) son Richmal Crompton, Jardiel Poncela, Evelyn Wough, Robert Sheckley y, en un puesto preferente, el gran, el enorme Twain. Recuerdo que, cuando yo era un pizpireto jovenzuelo, me iba a la Casa del Libro, en la Gran Vía , y buscaba en Austral alguna antología suya (El hombre que corrompió a una ciudad, Nuevos cuentos, Un reportaje sensacional y otros cuentos, Fragmentos del diario de Adán y Eva...). No os podéis imaginar las horas de diversión que me depararon esos libros (que todavía conservo, por cierto).
Muchos de esos relatos cortos han quedado como hitos en mi particular libro Guinness del ingenio. Los diarios de Adán y Eva, El peligro de estar en la cama, El billete de un millón de libras, La señora MacWilliams y el rayo o esa desopilante obra maestra que es El robo del elefante blanco. Y no se trata sólo de cuentos, sino también de conferencias, discursos, ensayos, libros de viajes, críticas... Twain fue un autor prolífico y (casi) todas sus obras derrochan talento.
¿Por qué demonios hablo ahora de Mark Twain? Pues porque el pasado martes, 30 de noviembre, se celebró el 175 aniversario de su nacimiento. Y, además, porque en EE UU acaba de editarse el texto completo de su autobiografía. Twain consideró que ese libro era demasiado escandaloso para su época y ordenó que no fuera editado hasta treinta años después de su muerte. Y así se hizo, pero su hija censuró entre un quince y un veinte por ciento del texto (entre otras cosas, las referencias a la religión, porque Twain era un ateazo), así que ésta es la primera edición completa. Y para sorpresa de todos, se ha convertido en un best seller.
No debería sorprendernos; como ya hemos dicho, Twain sigue siendo y siempre será un escritor contemporáneo.
lunes, noviembre 29
Leslie
Hubo un tiempo, antes de que se estrenara 2001. Una odisea del espacio, en que los aficionados a la ciencia ficción teníamos muy claro cuál era la mejor película de aventuras espaciales: Planeta prohibido (Fred M. Wilcox, 1956). Hasta entonces, todas los films de cf que se producían (con la excepción de Ultimátum a la Tierra) eran serie B. Planeta prohibido, por el contrario, gozó de un presupuesto holgado, lo cual le permitía contar con un actor tan prestigioso como Walter Pidgeon y con los mejores efectos especiales vistos hasta el momento, obra de A. Arnold Gillespie y la factoría Disney.
De esa película todos los aficionados guardamos dos recuerdos imborrables: Robby, el robot más popular de la historia del cine hasta que llegaron C3PO y R2D2, y las minifaldas que lucía una preciosa y jovencísima Anne Francis (razón por la cual la película tardó once años en estrenarse en la deprimente España católico-franquista). Además de esto, los viejos aficionados a la cf sabíamos otra cosa, el nombre del actor que interpretaba al protagonista, un desconocido canadiense llamado Leslie Nielsen. Lo cual, por cierto, tiene mérito, porque durante los treinta años que siguieron al estreno de Planeta prohibido, Nielsen siguió siendo un perfecto desconocido (en ese periodo solo participó, como secundario, en seis películas, entre las que únicamente destaca La aventura del Poseidón, donde hacía de capitán del barco).
Entonces, de repente, cuando su carrera estaba tan hundida como el Poseidón, participó en Aterriza como puedas (1980) y, de la noche a la mañana, se transformó en el nuevo rey de la comedia. Puede que Aterriza como puedas no sea una gran película, pero sin duda se trata de una de los films más divertidos jamás rodados. En realidad no es más que de una sucesión muy rápida de gags, muchos de los cuales, justo es reconocerlo, son excelentes. Uno de los secretos de su gran comicidad residen en que la mayor parte de sus interpretes no son cómicos, sino actores “serios” que interpretan con gran seriedad sus delirantes papeles. Como dijo Howard Hawks, el secreto de la comedia es hacerla en serio, y esa es la principal característica de Nielsen como cómico: siempre actuaba con grave seriedad, intentando mantenerse digno en todo momento, pese a lo disparatada que fuese la situación. En el fondo, a partir de entonces Nielsen no hizo más que repetir una y otra vez el personaje del inexpresivo e inmutable doctor Rumack de Aterriza como puedas. Pero lo hacía tan bien, era tan divertido, que verle repetir una y otra vez los mismos papeles era como reencontrarse con un viejo amigo.
Aterriza como puedas era una parodia de las películas de catástrofes tan en boga a finales de los 70. A partir de su éxito, hubo una inmediata secuela (y luego otra muy posterior), y se inauguró de hecho el género del “cine parodiando al cine”, con una larga serie de títulos que se toman a cachondeo las películas de género, sea éste el policíaco, el espionaje, el terror, los superhéroes o cualquier otro. La serie The naked gun, los scary movies, Wrongfully Accused, Spy Hard, Superhero movie... la lista es enorme, pero hay una constante: en todos ellos trabajaba Nielsen.
Reconozcámoslo, la práctica totalidad de esas películas son muy malas. Igual que Aterriza como puedas, no son más que acumulaciones de gags, sólo que sensiblemente inferiores a los del film germinal. No obstante, entre tantos malos y repetitivos gags siempre hay alguno original e ingenioso que te hace reír, y mientras te ríes, ahí está Nielsen con su eterno pelo blanco y su cara de palo.
Me caía bien Leslie Nielsen. No sólo porque formara parte de mi particular mitología cienciaficcionera, ni porque me hiciera reír, sino porque, en su vida real, fue el protagonista de un cuento de hadas, un personaje y una historia que no hubieran desentonado en la filmografía de Frank Capra. Pensadlo: Nielsen abandonó su Canadá natal para intentar hacer carrera en Hollywood, soñaba con ser una estrella, pero su carrera fue una mierda. Tanto es así que su primera mujer, harta de pasar miserias, se divorció de él en los 70. Entonces, a los 54 años de edad, aceptado ya el fracaso, Nielsen participa en una comedia barata y, zas, la fama, la riqueza, el estrellato. ¿Es o no es un cuento de hadas?
Hace no mucho vi en la TV una larga entrevista a Leslie Nielsen. Era un tipo divertido, ingenioso, chispeante. Y extrañamente humilde. De hecho, parecía sorprendido por su tardío éxito, como si aun después de tantos años no acabara de creérselo, y también profundamente agradecido, a todos lo que le ayudaron, al público, al cine, a la suerte, a la vida. Parecía un buen tipo. Supongo que la fama le llegó con la suficiente madurez para no envanecerse.
Ayer, Leslie Nielsen falleció a consecuencia de una neumonía en un hospital de Florida. Tenía 84 años y seguía en activo. Su última película estrenada fue, como no podía ser de otra forma, una sátira, pero en este caso, y pasmosamente, española: Spanish Movie (2009). La película es muy mala y él tenía un papel muy breve, casi un cameo. No obstante, ver a Leslie Nielsen y a Chiquito de la Calzada juntos es tan absurdo, tan disparatado, tan surrealista, que en el fondo no deja de ser un digno broche a una carrera basada precisamente en eso, en el disparate.
No creo que haya otra vida después de la muerte, pero si creyese en ello de algo estaría muy seguro: de que el más allá es, desde ayer, un lugar más divertido.
Leslie William Nielsen: 11 de febrero 1926 – 28 de noviembre de 2010. Descanse en paz.
lunes, noviembre 22
Contra la música
Nótese que he empleado la palabra “voluntariamente”, porque estoy harto de oír música de forma involuntaria. Paraos a pensarlo un momento. Oímos música cuando vamos a un gran almacén, cuando cogemos un taxi, cuando esperamos en la consulta del dentista, cuando subimos en algunos ascensores, cuando caminamos por la calle, cuando llamando por teléfono nos ponen en espera, cuando intentamos dormir pero los vecinos dan una fiesta, cuando encendemos la radio o la TV, cuando suena un teléfono móvil, cuando vamos a una iglesia, cuando hay una feria, cuando se celebra prácticamente cualquier cosa... Hay mucha gente, además, que parece necesitar la música tanto como el oxígeno, gente que haga lo que haga tiene que tener siempre música a su alrededor. Mi mujer y mi hijo Pablo, por ejemplo; nada más meterse en el coche conectan la radio y no la apagan hasta llegar al destino.
Vale, cada uno es muy libre de hacer con su culo lo que le venga en gana. El problema es que, de todas las artes, la música es la más intrusiva. Yo decido cuándo consumo o no literatura, cine, teatro, cómic, pintura, escultura, danza, arquitectura... pero ¿música? No, la música se cuela sin mi consentimiento, me invade, y uno puede apartar la mirada, pero no apartar los oídos. Además, si esa música invasora fuese realmente arte, bueno, en fin, al menos habría una disculpa. Pero no, qué va... lo que más suena por ahí es un pop-rock malísimo y repetitivo, vomitivas canciones melódicas y, en fin, por esta época horribles villancicos. ¿Nos guiamos por los éxitos radiales? Rhiana, Oceana, Melendi, Bruno Mars, Flo Rida, El Pescao, Lady Gaga, Dani Martín, Nena Daconte, Alejandro Sanz, Enrique Iglesias, Raphael... estos son algunos de los “artistas” que, lo quiera o no, voy a tener que escuchar. Y no quiero, pero me jodo. ¿Qué voy a hacer, ir con tapones en los oídos por la vida?
Igual que existe la contaminación atmosférica, o la contaminación lumínica, o la contaminación de las aguas, o la contaminación radioeléctrica, existe la contaminación sonora, y en este apartado no sólo deberían incluirse los estruendos, sino también la música. Igual que no se puede fumar en los lugares públicos, la música debería estar prohibida en esos mismos lugares. Nada de Mantovani o Los Indios Tabajaras en los ascensores, vedado Vivaldi en las consultas médicas, anatema sobre quien permita que Alejandro Sanz suene en los aparcamientos, multa para los capullos que vayan con la radio del buga a toda potencia. ¿No pedimos permiso para fumar cuando estamos acompañados en un lugar cerrado? Pues lo mismo cuando queramos encender la radio o poner el tocata. Joder, puede que la música, en mayor o menor medida, le guste a todo el mundo, pero no en todo momento ni en toda ocasión. Coño, un poquito de silencio.
El silencio... La gente parece tener una especie de horror vacui sonoro; le aterroriza la ausencia de sonidos y por eso se ve obligada a llenar ese vacío con música o hablando, y como la mayor parte de las personas no tenemos nada que decir, pues eso, la música.
Un sabio proverbio oriental reza: Antes de hablar, pregúntate si tus palabras van a mejorar el silencio. Porque el silencio, amigos míos, es una maravilla llena de matices; en gran medida, porque no existe el auténtico silencio, siempre hay algo. Ahora mismo, por ejemplo, estoy sentado en mi despacho, escribiendo esto. Escucho el tabaleo de mis dedos sobre el teclado, y el murmullo del ordenador, y algún que otro crujido del parqué. A lo lejos escucho a Patricia, mi asistenta, deambulando por la casa, y un coche pasando por la calle, y un perro ladrando en la distancia, y muy levemente alguien que habla con otra persona en el portal. Es decir: escucho la vida, no sonidos rítmicos enlatados. El silencio nos acerca a la realidad de las cosas y a nosotros mismos.
Por eso, antes de poner música preguntaros si esos sonidos van a mejorar el silencio.
lunes, noviembre 15
P. G.
Uno de los más felices encuentros de mi vida tuvo lugar el día que cayó en mis manos un libro de Pelham Grenville Wodehouse. Yo debía de tener quince o dieciséis años y el libro era Jovencitos con botines, publicado en la añorada colección El monigote de papel, de Plaza y Janés. Me lo había recomendado mi hermano Eduardo, muy aficionado a la literatura de humor y él mismo humorista en la desaparecida revista La Codorniz.
¿Cómo describir el efecto que me causó aquella primera novela de Wodehouse que leí? Sencillo: me partí de risa, página tras página, sin un momento de pausa. Nada más acabar ese libro busqué otro del autor, que resultó ser uno protagonizado por Bertie Wooster y Jeeves (no recuerdo cuál), y así se consumó mi adicción definitiva a Wodehouse. A partir de ese momento consumí sus novelas con la fruición de un yonqui visitando a su camello. Amor y gallinas, El hombre con dos pies izquierdos, Fiebre primaveral, Ola de crímenes en el castillo de Blandings, Pobre, vago y optimista, Las noches de Mulliner, Tío Fred en primavera, Mal tiempo... y, por supuesto, todas las protagonizadas por Wooster & Jeeves. Cada uno de esos libros fue un chapuzón en el lago de la felicidad.
Wodehouse no tiene demasiada buena prensa entre los severos guardianes del canon literario; en el mejor de los casos, ocupa un lugar secundario por detrás de otros humoristas británicos, como Chesterton o Wough. La razón de esto es que Wodehouse hacía humor en estado puro, humor desprovisto de sarcasmo y crítica, humor sin sexo, sin acritud, sin segundas lecturas. Chesterton y Wough (dos gigantes, sin duda), utilizaban el humor como un escalpelo para diseccionar al ser humano y a la sociedad, mientras que Wodehouse sólo hacía humor, nada más.
Aunque en sus novelas describe con fina ironía la sociedad altoburguesa y aristocrática de su época, lo cierto es que lo hace con profundo cariño. Wodehouse amaba a sus personajes y su mundo literario, un mundo en el que los grandes conflictos de la humanidad han sido eliminados de un brochazo y los mayores problemas con que puede enfrentarse alguien son tomar el te con una tía gruñona, sufrir por el amor de una atlética jovenzuela o que un tutor severo corte el grifo de la asignación mensual. ¿Quiere esto decir que Wodehouse es superficial? Por supuesto, es el rey, el paladín, el campeón mundial de la superficialidad literaria.
Pero (porque siempre hay un pero), resulta que Wodehouse era un genio. Dotado de un estilo chispeante y fluido y de un ingenio casi sobrenatural, tenía la rara habilidad de convertir la situación más cotidiana en una locura de proporciones descomunales. Además, sus diálogos son rápidos y agudos, sus descripciones elegantes y coloristas, y sus tramas están diseñadas con la precisión de un relojero. Pero sobre todo, Wodehouse es muy, muy, muy gracioso. De hecho, en sus relatos no importa tanto lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Permitidme transcribir algunos ejemplos:
"-Nunca oí hablar de él. ¿Le suena a usted ese nombre, Jeeves?
-Estoy familiarizado con el apellido Bassington-Bassington, señor. La familia Bassington-Bassington cuenta con tres ramas: los Bassington-Bassington de Shropshire, los Bassington-Bassington de Hampshire y los Bassington-Bassington de Kent.
-Inglaterra parece bien nutrida de Bassington-Bassingtons...
-Tolerablemente, señor.
-Vamos..., que no hay riesgo de que se produzca una repentina escasez, ¿verdad?"
"No me culpes a mí, Pongo -dijo lord Ickenham-, si lady Constance te observa a través de sus impertinentes. Aunque, ¡bendito sea Dios!, no puedes comparar los impertinentes actuales a los que había cuando yo era niño. Recuerdo cierto día que paseaba con mi tía Brenda por Grosvenor Square, llevando a su chucho, Jabberwocky, cuando se acercó un policía a decirle que el animal debía llevar un bozal. Mi tía no dijo palabra. Se limitó a sacar los impertinentes de su funda y a mirar al hombre a través de sus lentes, para que a éste se le cortara la respiración y cayera de espaldas contra la verja, sin más daño físico que una espantosa mirada de horror en sus ojos desorbitados, como si acabara de tener una visión horrible. Hicieron venir a un médico y se las arreglaron para hacerle recobrar el sentido, pero nunca volvió a ser el mismo. Tuvo que dejar el cuerpo y, con el tiempo, se metió en el negocio de los ultramarinos. Así fue como inició su carrera Thomas Lipton."
"A diferencia del bacalao macho, que, una vez convertido en padre de tres millones quinientos mil bacaladitos, decide animosamente quererlos a todos, el aristócrata de nuestros tiempos se da cuenta de que su hijo menor es un perfecto incordio."
¿Habéis reído o sonreído al leer estos párrafos? Si la respuesta es no, abandonad este post, porque no es para vosotros. Ya sé que el humor es algo muy personal, que lo que hace reír a uno puede provocar los bostezos de otro, pero os aseguro que, estadísticamente, Wodehouse es tronchante. En cualquier caso, no se trata de la clase de escritor que te hace pensar, ni que te plantea graves cuestiones, ni que te ofrece una visión realista de la vida. No, lo que consigue Wodehouse es que te sientas bien cuando le lees, que te sientas en paz, feliz y optimista. ¿Basta eso para que un escritor entre en el Parnaso de las letras? En mi opinión sí, y por la puerta grande, para unirse, de igual a igual, con genios como Chesterton, Waugh, Saki, Wilde, Dahl, Sterne, Crompton, Jerome, Bennett, Sharpe, Fraser y tantos otros maestros británicos del humor.
Vale, pero ¿a qué viene hablar ahora de Wodehouse? Veréis, de entre toda su extremadamente abundante obra, yo me quedo, sin lugar a dudas, con la serie de relatos y novelas protagonizados por Bertie Wooster y su mayordomo Jeeves. Uno de los grandes méritos de esta serie es que está narrada en primera persona por Wooster, un perfecto imbécil, un petimetre superficial, ingenuo y atolondrado, con el que, sin embargo, acabas empatizando, sobre todo gracias a su reverso, Jeeves, un criado extremadamente inteligente y sensato cuya principal misión en la vida consiste en sacar a sus patrón de los constantes líos en que se mete. Bertie y Jeeves son una de las grandes parejas de la literatura mundial, como Romeo y Julieta, Holmes y Watson o Tintín y Haddock, un dúo absolutamente imprescindible.
¿Cómo describir el efecto que me causó aquella primera novela de Wodehouse que leí? Sencillo: me partí de risa, página tras página, sin un momento de pausa. Nada más acabar ese libro busqué otro del autor, que resultó ser uno protagonizado por Bertie Wooster y Jeeves (no recuerdo cuál), y así se consumó mi adicción definitiva a Wodehouse. A partir de ese momento consumí sus novelas con la fruición de un yonqui visitando a su camello. Amor y gallinas, El hombre con dos pies izquierdos, Fiebre primaveral, Ola de crímenes en el castillo de Blandings, Pobre, vago y optimista, Las noches de Mulliner, Tío Fred en primavera, Mal tiempo... y, por supuesto, todas las protagonizadas por Wooster & Jeeves. Cada uno de esos libros fue un chapuzón en el lago de la felicidad.
Wodehouse no tiene demasiada buena prensa entre los severos guardianes del canon literario; en el mejor de los casos, ocupa un lugar secundario por detrás de otros humoristas británicos, como Chesterton o Wough. La razón de esto es que Wodehouse hacía humor en estado puro, humor desprovisto de sarcasmo y crítica, humor sin sexo, sin acritud, sin segundas lecturas. Chesterton y Wough (dos gigantes, sin duda), utilizaban el humor como un escalpelo para diseccionar al ser humano y a la sociedad, mientras que Wodehouse sólo hacía humor, nada más.
Aunque en sus novelas describe con fina ironía la sociedad altoburguesa y aristocrática de su época, lo cierto es que lo hace con profundo cariño. Wodehouse amaba a sus personajes y su mundo literario, un mundo en el que los grandes conflictos de la humanidad han sido eliminados de un brochazo y los mayores problemas con que puede enfrentarse alguien son tomar el te con una tía gruñona, sufrir por el amor de una atlética jovenzuela o que un tutor severo corte el grifo de la asignación mensual. ¿Quiere esto decir que Wodehouse es superficial? Por supuesto, es el rey, el paladín, el campeón mundial de la superficialidad literaria.
Pero (porque siempre hay un pero), resulta que Wodehouse era un genio. Dotado de un estilo chispeante y fluido y de un ingenio casi sobrenatural, tenía la rara habilidad de convertir la situación más cotidiana en una locura de proporciones descomunales. Además, sus diálogos son rápidos y agudos, sus descripciones elegantes y coloristas, y sus tramas están diseñadas con la precisión de un relojero. Pero sobre todo, Wodehouse es muy, muy, muy gracioso. De hecho, en sus relatos no importa tanto lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Permitidme transcribir algunos ejemplos:
"-Nunca oí hablar de él. ¿Le suena a usted ese nombre, Jeeves?
-Estoy familiarizado con el apellido Bassington-Bassington, señor. La familia Bassington-Bassington cuenta con tres ramas: los Bassington-Bassington de Shropshire, los Bassington-Bassington de Hampshire y los Bassington-Bassington de Kent.
-Inglaterra parece bien nutrida de Bassington-Bassingtons...
-Tolerablemente, señor.
-Vamos..., que no hay riesgo de que se produzca una repentina escasez, ¿verdad?"
"No me culpes a mí, Pongo -dijo lord Ickenham-, si lady Constance te observa a través de sus impertinentes. Aunque, ¡bendito sea Dios!, no puedes comparar los impertinentes actuales a los que había cuando yo era niño. Recuerdo cierto día que paseaba con mi tía Brenda por Grosvenor Square, llevando a su chucho, Jabberwocky, cuando se acercó un policía a decirle que el animal debía llevar un bozal. Mi tía no dijo palabra. Se limitó a sacar los impertinentes de su funda y a mirar al hombre a través de sus lentes, para que a éste se le cortara la respiración y cayera de espaldas contra la verja, sin más daño físico que una espantosa mirada de horror en sus ojos desorbitados, como si acabara de tener una visión horrible. Hicieron venir a un médico y se las arreglaron para hacerle recobrar el sentido, pero nunca volvió a ser el mismo. Tuvo que dejar el cuerpo y, con el tiempo, se metió en el negocio de los ultramarinos. Así fue como inició su carrera Thomas Lipton."
"A diferencia del bacalao macho, que, una vez convertido en padre de tres millones quinientos mil bacaladitos, decide animosamente quererlos a todos, el aristócrata de nuestros tiempos se da cuenta de que su hijo menor es un perfecto incordio."
¿Habéis reído o sonreído al leer estos párrafos? Si la respuesta es no, abandonad este post, porque no es para vosotros. Ya sé que el humor es algo muy personal, que lo que hace reír a uno puede provocar los bostezos de otro, pero os aseguro que, estadísticamente, Wodehouse es tronchante. En cualquier caso, no se trata de la clase de escritor que te hace pensar, ni que te plantea graves cuestiones, ni que te ofrece una visión realista de la vida. No, lo que consigue Wodehouse es que te sientas bien cuando le lees, que te sientas en paz, feliz y optimista. ¿Basta eso para que un escritor entre en el Parnaso de las letras? En mi opinión sí, y por la puerta grande, para unirse, de igual a igual, con genios como Chesterton, Waugh, Saki, Wilde, Dahl, Sterne, Crompton, Jerome, Bennett, Sharpe, Fraser y tantos otros maestros británicos del humor.
Vale, pero ¿a qué viene hablar ahora de Wodehouse? Veréis, de entre toda su extremadamente abundante obra, yo me quedo, sin lugar a dudas, con la serie de relatos y novelas protagonizados por Bertie Wooster y su mayordomo Jeeves. Uno de los grandes méritos de esta serie es que está narrada en primera persona por Wooster, un perfecto imbécil, un petimetre superficial, ingenuo y atolondrado, con el que, sin embargo, acabas empatizando, sobre todo gracias a su reverso, Jeeves, un criado extremadamente inteligente y sensato cuya principal misión en la vida consiste en sacar a sus patrón de los constantes líos en que se mete. Bertie y Jeeves son una de las grandes parejas de la literatura mundial, como Romeo y Julieta, Holmes y Watson o Tintín y Haddock, un dúo absolutamente imprescindible.
Pues bien, la editorial Anagrama, que desde hace tiempo viene publicando la obra de Wodehouse, acaba de editar Ómnibus Jeeves tomo 1, con las novelas ¡Gracias, Jeeves!, El código de los Wooster y El inimitable Jeeves. Si no conoces esta serie, aquí tienes la oportunidad de descubrir hasta qué punto la literatura puede hacerte feliz.
Y para acabar, una última reflexión. Antes he dicho que Wodehouse no es un escritor que aporte grandes y sesudas ideas, pero eso no es del todo cierto. De hecho, toda su abrumadora producción está basada en una gran verdad filosófica: los seres humanos somos gilipollas. En efecto, el inmensamente talentoso Wodehouse miraba a su alrededor y, mediante sus libros, nos decía con una enorme sonrisa rematada por un gran habano: sois tontos, sí; pero os quiero.
martes, noviembre 9
Cuentos de invierno
Hace unos años me planteé escribir un libro que contuviese cuatro relatos largos (o novelas cortas), cada uno de ellos dedicado a una estación del año (no es una idea muy original, ya lo sé). Mi propósito era condensar en esos relatos la esencia de cada estación, explorar las sensaciones que me provoca cada época del año. El problema fue que, al cabo de un tiempo, había reunido varias ideas para el otoño y el invierno, pero ninguna satisfactoria para la primavera y el verano. En el prólogo del libro Antología del cuento triste, de Augusto Mentorroso y Bárbara Jacobs, los antologistas dicen: “Si es verdad que en un buen cuento se concentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste”. 
Sin duda, se trata de una afirmación exagerada, pero no exenta de lucidez. Si me paro a pensarlo, muchos de los relatos que se me ha quedado grabados en la memoria son cuentos tristes. Volverán las mansas lluvias, de Bradbury, La mansión de las rosas, de Thomas Burnett Swann, Un suceso en el puente sobre el río Owl, de Bierce, Siete pisos, de Buzzati, Un día perfecto para el pez plátano, de Salinger... la lista es interminable. Aunque, en realidad, lo que más me gusta es esa forma más poética –y menos lacerante- de tristeza que es la melancolía (y su hermana, la nostalgia). Supongo que por eso me gustan el otoño y el invierno, porque son estaciones melancólicas. Y por eso todas las ideas que se me ocurrían estaban circunscritas a esas épocas.

Una de las ideas que tenía archivadas para ese libro que nunca llegué a escribir resucitó, años más tarde, como parte del “Proyecto Umbría”, del que ya he hablado en Babel. De ser un relato llamado “Cuento de invierno” pasó a convertirse en una novela llamada “Leonís”, y su proceso de escritura siguió un largo y tortuoso camino. Leonís es la historia de un hombre que intenta recuperar el pasado y descubre que nada fue como el creía que era. También es un relato de amor imposible, y una novela de misterio, y el retrato de un monstruo que nunca aparece, pero que siempre está presente, y una historia fantástica, y un cuento triste. Pero sobre todo Leonís es –pretende ser al menos- un destilado del invierno, un licor frío que te arde por dentro.

Cuando finalmente acepté publicar Leonís, sólo le pedí una cosa a la editorial: que me dejara coordinar la edición. Quería que Leonís fuese un libro diferente, un libro cuidado hasta el último detalle, un libro bonito como objeto. Así que me puse en contacto con mi buen amigo Miguel de Unamuno (tataranieto, sí, del escritor), que es un excelente diseñador y un gran artista, le dejé el borrador de la novela y le propuse que, si le gustaba, se ocupase de toda la parte gráfica del libro. Le gustó y aceptó.

Eso ocurrió hace casi exactamente un año. Durante todo ese tiempo Miguel y yo hemos estado en contacto, sea en persona, por teléfono o por Internet, preparando la edición del libro. La semana pasada terminamos de revisar las primeras galeradas. Está quedando precioso; lleno de detalles y símbolos, algunos fáciles de interpretar y otros ocultos (las capitulares, por ejemplo, ocultan secretos). En cierto modo, Leonís es un homenaje al libro material, en contraposición a ese fantasma de libro que es la edición electrónica. Además, es el único libro escrito por mí del que puedo hablar bien con toda desfachatez, porque no es sólo mío, sino también de Miguel.
Me gustaría haber colgado en esta entrada algunas de las ilustraciones realizadas por el señor de Unamuno para Leonís, pero problemas técnicos, o la ignorancia informática, me lo han impedido. A cambio, os dejos algunas obras suyas extraídas de su blog (cuya dirección podéis encontrar ahí al lado, en Universos Paralelos).
El libro se llama Leonís. Una historia de amor, magia, misterio y muerte, y aparecerá en febrero.
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