miércoles, marzo 16

Eduardo Mallorquí (I)


Ocurrió un sábado por la mañana. Yo estaba en el cuarto de baño, recién salido de la ducha, cuando sonó el teléfono de casa. Al poco, Pepa, mi mujer, entró en el baño con el auricular en una mano.

-Es José Carlos –me dijo-. Creo que le pasa algo.
José Carlos es mi hermano mayor. Cogí el teléfono, allí, en el baño, con una toalla en torno a la cintura, y respondí a la llamada.
-Eduardo ha muerto –dijo José Carlos con la voz rota.
El corazón me dio un vuelco y tuve que apoyarme en el lavabo. Eduardo era nuestro hermano.
--¿Cómo?... –logré balbucir-. ¿Cómo ha muerto?...
--¿Tú qué crees? –respondió él con un deje de amarga ironía.
Era el 17 de marzo de 2001, hace diez años. Y no, no hacía falta que José Carlos me dijera que Eduardo se había suicidado.

 
Esta es la historia de Eduardo Mallorquí, nacido en Barcelona en mayo de 1943, hijo del escritor José Mallorquí y de Leonor del Corral. Es la historia de su vida -una vida a contrapelo, una vida caótica y letal-, la historia de los breves momentos de gloria que disfrutó, de su huída a ninguna parte, de su decadencia y de su triste final. Es, en definitiva, el relato extractado de un largo camino hacia la autodestrucción. También es la historia de mi mayor fracaso como escritor.

Poco después de la muerte de mi hermano, germinó en mí la idea, casi la necesidad, de escribir una novela basada en su vida. No una biografía, no; para escribirla haría falta una objetividad que me resultaría imposible alcanzar. Una novela protagonizada por un personaje idéntico a Eduardo, con una peripecia vital similar a la suya, pero sin tener que atenerme fielmente a los hechos, dejando margen a la imaginación para poder enfocar la mirada donde y como yo quiera. Durante mucho tiempo le he dado vueltas a ese proyecto y hoy, diez años después, sigo sin llegar ninguna parte.


Sé que Eduardo era un personaje interesante, sé que su historia puede dar pie a un buen argumento, pero cada vez que creo encontrar el enfoque del relato, todo se difumina y mis ideas se deshacen como un castillo de arena batido por las olas. José Carlos sostiene que eso se debe a que a Eduardo le faltaba grandeza, incluso la grandeza del perdedor. Puede que tenga razón; me interesa la historia de Eduardo porque es como una tragedia griega (el fatum, ya sabéis) y porque había en su personalidad aspectos complejos y fascinantes. Pero también había zonas oscuras, demasiado oscuras; no porque fuese malvado, sino porque podía llegar a ser muy mezquino y egoísta, y porque acabó siendo una persona más bien desagradable. Supongo que cuando llego a esas zonas me paralizo, el personaje da un quiebro que yo no deseo y ahí se bloquea toda posibilidad de elaborar un argumento. Ya he desistido de escribir esa novela, aunque de vez en cuando no puedo evitar seguir dándole vueltas.


A la cremación del cadáver de mi hermano asistió muy poca gente. Su mujer, su ex-mujer, José Carlos, yo y nuestras respectivas esposas, dos amigos suyos y un par de amigos míos que le conocieron. Él, que tantísimos amigos tuvo, que a tanta gente conoció, murió prácticamente solo. Se lo ganó a pulso. En cuanto a nuestra relación: hacía dieciséis años que no nos hablábamos.


¿Por qué estoy escribiendo esto? No lo sé. Porque hoy, 16 de marzo, se cumple el décimo aniversario de su muerte, supongo. Y porque en algún momento le quise mucho. Y porque influyó decisivamente en mi vida (aunque no siempre para bien). Y porque aún hay algo suyo en mí. Y porque creo que es una historia interesante para cualquiera. Será larga; más de dos entrada, seguro. Pero creo que vale la pena.


Poco después de la muerte de Eduardo, Zulma, su viuda, me dejó un texto mecanografiado por mi hermano entre el 17 de mayo de 1991 y el 2 de noviembre de 1993. Son once páginas a un espacio y su título es “Diario”, aunque en realidad no se trata de un diario, sino de una especie de auto-entrevista. En el texto correspondiente al 9 de octubre del 92 dice lo siguiente:


*Define tu vida en una sola frase.
-Por cada duro, un disgusto; por cada polvo, tres broncas.
*Vale, triunfador.
-Estoy pensando si alguien leerá esto alguna vez.
*¿Y...?
-Nada. Lo pienso y me quedo con el cerebro en blanco. Es raro. Probablemente, se trata de un supuesto negado. No me creo que llegue a haber alguien que me inspire tanta confianza.
*¿Y si te pasaportas y alguien encuentra esto y lo lee?
-Buen provecho.


Tengo la impresión de que Eduardo escribió ese diario para justificarse, para simular una lucidez que jamás tuvo y, también, para que alguien lo encontrase después de haberse dado pasaporte. Es como un mensaje en una botella lanzada al mar por un náufrago que ya no espera que le rescaten, sino simplemente que no le olviden o, quizá, que le comprendan y, por qué no, que le admiren por última vez. Es un mensaje incompleto; le faltan los ocho últimos años de su vida. Pero es que Eduardo rara vez conseguía acabar lo que empezaba. ¿Cómo era mi hermano? Cambió mucho a lo largo del tiempo, así que voy a recordar al mejor Eduardo que conocí, el Eduardo de finales de los 60, cuando tenía veintitantos años.


Era alto, medía un metro ochenta y ocho; sin embargo, no aparentaba demasiada fuerza. José Carlos y yo sobrepasamos el metro noventa y somos, o hemos sido, anchos y fuertes, de “presencia intimidante”, por decirlo así. Eduardo era más estrecho de hombros, menos fornido; físicamente parecía poca cosa a nuestro lado (algo que siempre le cabreó un pelín). Era moreno, con grandes entradas, tenía los ojos marrones y durante mucho tiempo llevó barba. También era miope, así que unas gafas de montura de pasta cabalgaban sobre su algo torcida nariz, prestándole cierto aire intelectual. Lo que más llamaba la atención de su físico era la mirada, una mirada intensa, inteligente, un tanto altiva.


Eduardo era torrencialmente ingenioso, estaba dotado de un extraordinario sentido del humor. Un humor tirando a ácido que, en ocasiones, podía ser hiriente. También era un brillante conversador y un empecinado polemista. Detestaba la versión convencional de la realidad e intentaba siempre buscar un punto de vista original. Eso, con frecuencia, le llevaba a sostener determinadas posturas sólo por ir a contracorriente. De hecho, llegó un momento en que se decantaba por algunas ideas y teorías sólo por ser extravagantes. Y no importaba lo que hubiese que retorcer la realidad para que esas ideas encajaran en ella.


También era culto, un impenitente lector; pero la suya era la cultura del autodidacta, muy amplia en determinados temas, apenas un barniz en otros y con inmensos huecos. No obstante, daba el pego; parecía muchísimo más culto de lo que en realidad era. Para ser sincero, creo que la brillantez de Eduardo era tirando a superficial. Nunca profundizaba demasiado en nada, se quedaba en la epidermis. Su innegable ingenio era como un fuego de artificio: te deslumbraba, te dejaba con la boca abierta, pero se desvanecía enseguida sin dejar nada tras de sí. Ahora bien, sus fuegos artificiales eran de primera.


En cualquier caso, hay algo fundamental para entenderle: Eduardo estaba convencido de ser una de las personas más inteligentes de la Tierra, el siguiente paso en la senda de la evolución, una mente privilegiada. ¿Se creía superior a los demás? Sí. Esa fue su desgracia.



“Sólo lamento no haber sido otra persona que, en otro tiempo y en otro lugar, se hubiera dedicado a otra cosa”. Cartel que durante un tiempo estuvo colgado en el despacho de Eduardo.

Continuará.

miércoles, marzo 9

Leonís. Una historia de amor, magia, misterio y muerte.


Hace año y medio, le dejé a Miguel de Unamuno el manuscrito de Leonís para que lo leyese y, si le gustaba e interesaba, se ocupase del diseño y de las ilustraciones. Le gustó y aceptó. A partir de ese momento y durante un año, Miguel se dedicó a elaborar toda la parte gráfica de la novela. Por supuesto, no full time. Lo que la editorial le pagó no compensa ni remotamente el esfuerzo que tuvo que dedicarle, así que Miguel se lo curraba cuando su trabajo habitual se lo permitía. De todas formas, no había prisa (de hecho, la publicación de la novela se ha retrasado casi un año a la espera de la parte gráfica; pero ha valido la pena).



Permitidme que os hable un poco de Miguel. Nos conocimos hace veintitantos años en Young & Rubicam, la agencia de publicidad donde ambos currábamos (aunque nunca trabajamos juntos, pues formábamos parte de distintos equipos). Miguel tiene 50 tacos, aunque el muy cabrón aparenta mucha menos edad. Se parece un poco a Kevin Costner, es de mediana estatura, no habla mucho y siempre lo hace en voz baja. Es la tranquilidad en persona. La verdad es que no puede haber dos personas más diferentes que Miguel y yo; él es discreto, menudo y sosegado, y yo soy expansivo, grande y tonante. Pero nos llevamos de puta madre.


Volviendo al asunto que nos atañe, le pedí a Miguel que no ilustrara las escenas del libro, sino que ilustrara lo que el libro le sugería, las sensaciones que le provocaba. También le dije que me gustaría que el libro estuviese lleno de pequeños detalles gráficos, que no se limitase a ser una mera “edición ilustrada”. Por lo demás, le juré que ni yo ni la editorial nos meteríamos en su trabajo. Lo primero que hizo Miguel fue elegir las tipografías y diseñar la maquetación general. Luego empezó con las ilustraciones, que van desde la doble página hasta pequeñas inserciones, así como un sinfín de detalles. Entre tanto, hacía pruebas con la portada. Eso fue lo que más tiempo le llevó. El resultado final está realizado en tonos verdes, tanto en la cubierta como en las tapas de cartón, porque Miguel quería evocar el mundo natural que tan presente está en el texto.


Lo último que hizo fue lo más importante de todo. Hay un momento, hacia el final de la novela, en que la parte gráfica debía mezclarse, fundirse, con la parte literaria. No quiero revelar nada, pero era un objetivo difícil sobre el que yo sólo pude darle unas pocas pistas. El resultado final, lo que hizo Miguel, es sencillamente asombroso. Por lo demás, el libro está lleno de pequeños detalles gráficos que sería demasiado extenso numerar. Por ejemplo, las letras capitulares que abren cada capítulo ocultan un secreto en su grafía. ¿Cuál? Ah... Al que lo descubra (no es fácil) le regalaré un ejemplar de mi próxima novela. Y puede que también le dé algún premio valioso, no digo yo que no.




En fin, mientras todo el proceso duró, Miguel y yo nos reuníamos con frecuencia y estábamos en permanente contacto por teléfono e Internet. Sólo le pedí que hiciera dos pequeños cambios, nada más, aunque solía hacerle sugerencias que él era libre de aceptar o no. Por ejemplo, una vez maquetado todo el libro, descubrí que la página 307 estaba en blanco, lo cual podía dar la impresión de que el texto acababa ahí, cuando en realidad finaliza ocho páginas después. Así que le pedí que incluyera en esa página un pequeño dibujo que diera sensación de continuidad. En concreto, le pedí que dibujara una musca depicta, una “mosca pintada”. Veréis, en el Renacimiento, a partir de Giotto, se instauró la costumbre de incluir en los cuadros, por lo general de forma semioculta, una mosca. Hay literalmente cientos, miles de pinturas con mosca. ¿Por qué se hacía esto? Una teoría es que se trata de una broma entre pintores, mientras que otros afirman que los artistas renacentistas pretendían simbolizar con esa mosca que su arte se ocupaba tanto de lo divino como de lo profano. Pero hay otra teoría: la mosca simboliza la muerte (y también, por cierto, el diablo). Es en ese sentido en el que yo quería incluir una mosca al final de la novela.



A Miguel le pareció bien y poco después me envió por correo electrónico la ilustración. Había dibujado una mosca enorme, un pedazo de moscardón. Le llamé y le dije que las moscas pueden resultar casi simpáticas, pero los moscardones dan asco. Entonces él me hizo una de las preguntas más desconcertantes que me han hecho jamás: “Ya, pero ¿cuánto mide una mosca?”. "Pues no sé", balbucí yo; "más o menos del tamaño de la uña de un dedo meñique". “¿Pero el dedo meñique de quién?”, replicó él. Y ya no supe qué contestarle. Al final decidió que buscaría el dato en Internet y poco después, cuando averiguó que las moscas comunes miden entre 3 y 9 milímetros, me mandó la ilustración con un tamaño de mosca adecuado. Sinceramente, todavía me pregunto cómo es posible que Miguel no se hubiera fijado nunca en el tamaño de las moscas.


Bien, eso en cuanto a la parte gráfica; pero, ¿de qué va Leonís? Cuantos la han leído están de acuerdo en que el subtítulo de la novela es una perfecta descripción de su contenido: “Una historia de amor, magia, misterio y muerte”. Pero supongo que eso es demasiado general. El relato está ambientado en Lotar, un valle del interior de Umbría, en 1998. Su protagonista es Pablo Galván, el hijo de Arturo Galván, el más famoso intelectual y escritor nacido en el valle, un personaje público que, hace doce años, falleció en Lotar a causa de un accidente de montaña. Un día, Pablo recibe en su domicilio de Madrid el envío de un bufete de abogados. Se trata de una carta que su padre le escribió doce años atrás, justo antes de morir, en la que le pide que regrese a Lotar para investigar una leyenda alto-medieval relacionada con el mito de Tristán e Iseo y con el reino, igualmente mítico, de Leonís (o Lyonesse).


Pablo duda entre seguir o no las indicaciones de su padre, pero al final se decide a hacerlo; en gran medida, porque así tendrá la oportunidad de volver a encontrarse con Raquel Orellana, su gran amor de juventud. De modo que Pablo viaja a Lotar, pero cuando llega allí descubre que todo lo que le habían contado sobre la muerte de su padre era mentira. De hecho, la desaparición de Arturo Galván sigue siendo un misterio sin resolver. A partir de ese momento, Pablo comienza a indagar el pasado de su padre, intentando descubrir las causas de su desaparición, pero lo que encuentra es cada vez más extraño y sombrío. Su padre no era lo que él creía que era; Arturo Galván tenía muchas zonas oscuras. Demasiadas y demasiado oscuras. Al mismo tiempo, alguien está empeñado en echar a Pablo del valle y para conseguirlo no dudará en emplear la violencia.


Entre tanto, Pablo se encuentra de nuevo con Raquel y el amor renace, pero su romance tampoco es lo que parece. En realidad, tanto él como Raquel forman parte de un ritual que se remonta al amanecer de los tiempos. Nada es lo que parece en esta novela, todo tiene un reverso oscuro, todos los personajes ocultan secretos.



En el fondo, Leonís es un cuento de hadas para adultos, un cuento de hadas oscuro y melancólico. Hay un ogro, una reina mala y un rey bonachón, un príncipe y una princesa, un mago, una bruja buena, varios lobos y un hechizo sombrío, una maldición que adopta la apariencia de amor. Al final, como en la mayor parte de los cuentos, la curiosidad acaba castigando al protagonista. Por supuesto, no hay ninguna moraleja. Leonís habla sobre la imposibilidad de recuperar el pasado, y de lo que ocurre cuando intentamos hacerlo. En última instancia, como ya dije en algún momento, Leonís pretende ser un trocito de invierno, un licor frío que arde en el estómago.


Leonís ya ha comenzado a distribuirse. Disculpad que os dé tanto la matraca con este asunto, pero se trata de una novela muy especial para mí. Buena, mediocre o mala (eso no soy yo quien debe juzgarlo), es uno de los textos más honestos, trabajados e íntimos que he escrito en mi vida. Además, es un homenaje al libro como objeto, como "cosa" bella. Espero que, aquellos que decidáis leerlo, no os sintáis defraudados.

martes, marzo 8

Umbría II


Años 60. Imaginaos a un niño de nueve o diez años que jamás ha salido de Madrid. Ese verano, su familia va de vacaciones a Cantabria (entonces Santander), y el niño no sólo descubre el mar, sino también un mundo lleno de vegetación, de niebla y lluvia, de valles recónditos, vetustas iglesias y casas de piedra vestidas de hiedra. Algo tan distinto a la plana sequedad de Madrid que el niño cree encontrarse en un mundo prodigioso lleno de misterios. Dos o tres años después, el niño pasa un mes recorriendo con sus padres Galicia, y allí se encuentra con un territorio rural anclado en el pasado, una región llena de magia y leyendas. Desde entonces, en la mente del niño los prodigios y las aventuras están relacionados con el norte, con el mar, las montañas y las brumas.



Ese niño era yo


Aunque al final la construimos entre todos, creo que Umbría es un poquito (sólo un poquito) más mía que de Elia, Julián y Armando. Y no porque fuera el impulsor del proyecto, sino porque establecí desde el principio algunas premisas básicas. Nuestro territorio común debía estar en el norte, ser una zona rural y decimonónicamente decadente, y los sucesos fantásticos que ocurriesen en ella nunca debían ser demasiado “estridentes”. Umbría es una mezcla de Cantabria y Galicia, el territorio mágico de mi infancia. A partir de ese momento, Umbría fue fruto del trabajo del grupo, por supuesto, pero aquellas premisas hicieron que todo avanzara en el mismo sentido. Julián lo describió muy bien: “Umbría es un paraíso para descreídos”. También dicen que el paraíso de toda persona es su infancia.


Pues eso es Umbría en realidad: un retorno a la infancia. Pero no desde el punto de vista del niño, sino del adulto. Adultos que añoran su infancia y desean regresar a ella, porque la infancia es el único momento de nuestras vidas en que la magia existe realmente. Y eso también es Umbría por propia definición: magia. Viajar a Umbría es intentar recuperar lo numinoso. Pero ya eres demasiado adulto y lo que encuentras no es lo que buscabas; la magia se ha transformado en algo distinto, igual de poderoso, pero más oscuro. Lo que has perdido lo has perdido para siempre y a lo máximo que puedes aspirar es a recoger las cenizas, las ruinas y quizá los fantasmas, de un pasado muerto.


Ahora que lo pienso, todos los relatos que escribimos o planeamos para Umbría tratan, de un modo u otro, sobre la pérdida. Umbría es un estado de ánimo: melancolía.


Pero Umbría también es misterio. Un mundo enteramente normal tras cuya cotidianidad se ocultan extraños enigmas, pequeños sucesos extraordinarios, leyendas que se convierten en realidad, rayos de fantasía impactando contra el pétreo realismo. Las historias que imaginamos exploran algunos de los misterios de la región. Elia habló de los secretos interdimensionales de una vieja familia establecida en una de las islas de la costa, y de pliegues temporales en el pueblo de Villasanta. Armando narró un decimonónico pacto demoníaco en Oneira, la capital. Julián se internó en los hayedos del sur para imaginar una historia sobre el cine mudo y los componentes del alma. En cuanto a mí, no sé por qué, mis dos relatos transcurren en los valles del interior, entre las montañas. Y, también ignoro la razón, ambas historias se desarrollan casi en Navidad, aunque ninguna sea un relato navideño. El jardín prohibido es una historia de fantasmas ambientada en 1909, en Fuenteclara, un pueblo del este de Umbría. Leonís transcurre en 1998, en un valle –Lotar- situado al sur de la región, y trata sobre una maldición en forma de amor.


Transcurrido el tiempo, y pese a que el proyecto fracasó como tal, Umbría me parece un “artefacto literario” muy válido y eficaz. Una vez que entras en ese mundo ficticio y te dejas impulsar por su aura, tu imaginación y tu creatividad se orientan en direcciones que nunca antes habías explorado, como si fuera un viaje interior. No voy a ponerme yo como ejemplo (aún no soy tan asimoviano), así que recurriré a mi compañera umbrilitana Elia Barceló. Muchos estarán de acuerdo conmigo cuando afirmo que su obra maestra indiscutible es El secreto del orfebre, la primera historia que escribió para nuestro proyecto. Una delicada miniatura, un brillante trabajo de orfebrería que respira Umbría por todas partes. De hecho, la ficción de Elia cambió sutilmente a partir de entonces, como demuestra, por ejemplo, su siguiente trabajo umbrilitano, la larga novela El vuelo del hipogrifo, que, sin llegar a la altura de la anterior, contiene una gran fuerza evocadora y expresiva. Incluso la posterior Disfraces terribles, que nunca formó parte del proyecto, recuerda a esa tierra imaginaria. Tengo la sensación de que, al entrar en Umbría y explorarla, Elia descubrió algo en sí misma que andaba buscando desde hace mucho.


En cuanto a mí, ya sabía que ese lugar existía en algún rincón de mi interior. Creo que mi novela corta La casa del Dr. Pétalo, aunque muy diferente en tema y estilo, es un antecedente de Umbría; o, mejor dicho, de los sentimientos y emociones que Umbría pretende despertar. Hay lugares que permanecen anclados en el tiempo, como remansos en un río torrencial. Umbría es eso, y también un remolino que conduce al pasado, a nuestro pasado, a las mismas raíces de donde surgen los cuentos tradicionales. En nuestras historias de Umbría hay lobos y ogros, hay bellas durmientes, hay bestias de buen corazón, hay príncipes y princesas, cenicientas, hadas, brujas y magos. La única diferencia es que todos ellos se han vuelto adultos y adoptan diferentes aspectos, aunque el fondo sigan siendo lo mismo. En la raíz de las historias, ahí quiso situarse Umbría.

Nota: La imagen de arriba es otra de las ilustraciones que Miguel ha realizado para Leonís. Me encanta ese roble; me recuerda a las pinturas de Kanagawa.

viernes, marzo 4

Valor de ley


Si os fijáis en la entradilla que aparece bajo el nombre de este blog, La Fraternidad de Babel está dedicado, básicamente, a las cosas inútiles; como, por ejemplo, la literatura, una de las inutilidades más hermosas del mundo. Por otro lado, siempre he pensado que uno de los escasos aspectos útiles de las bitácoras son las recomendaciones, las pistas, los descubrimientos. Un buen blog se convierte a veces en una mano señalando algo que no conocías y cuyo descubrimiento te procurará un gran placer. Un buen blog es, en ocasiones, el mapa de un tesoro enterrado. Un buen blog, en definitiva, debe ser información; y si es privilegiada mejor.



¿Por qué seguir un blog personalista (como el mío)? Bueno, supongo que porque te divierte la personalidad del bloguero, porque te gusta como escribe, porque te interesa lo que dice y porque, de un modo u otro, sus gustos e intereses coinciden más o menos con los tuyos. Por ejemplo, una de las bitácoras que visito diariamente es la del escritor Luis Manuel Ruiz, El testigo ocular. Lo hago porque me gusta cómo escribe, porque me interesa lo que dice y porque, como he ido comprobando poco a poco, nuestras devociones e intereses coinciden de forma sorprendente. Y también porque de vez en cuando Luis Manuel me descubre tesoros cuya existencia yo ignoraba. La verdad es que creo más en esa clase de recomendaciones que en las de los críticos, por muy prestigiosos que sean; porque el elogio de un bloguero honesto siempre es sincero, pero la crítica no necesariamente lo es.


En fin, espero que Babel os haya descubierto algún que otro tesoro oculto. El caso es que ahora, con esta entrada, eso es exactamente lo que pretendo hacer: convertirme en una mano que señala algo muy bueno que corre el riesgo de pasar inadvertido.


Como todos sabéis, los hermanos Coen acaban de estrenar Valor de ley (True Grit), un western que en 1969 ya fue llevado a la pantalla por Henry Hathaway. No se trata de un remake, porque la película de los Coen no está basada en la de Hathaway, sino en la novela homónima de Charles Portis que es el verdadero origen de ambos films. Pues bien, aquí va mi primera recomendación: no dejéis de ver la película de lo Coen; es extraordinaria. Y, por cierto, también lo es la de Hathaway.


Pero lo que de verdad quiero recomendaros es la novela. Porque Valor de ley, de Charles Portis, es un clásico de la literatura norteamericana del siglo XX. La publicó Bruguera en 1970, pero en España pasó totalmente inadvertida, aunque en Estados Unidos ya era un título de culto (como la definió el New York Times: la novela de culto de los escritores de culto). Ahora, con motivo del estreno del film, el sello Debolsillo la ha reeditado.


No voy a explicaros en esta entrada por qué es tan buena Valor de ley. Como sabéis, colaboro con el blog de crítica literaria La Tormenta en un Vaso; pues bien, hoy ha aparecido mi crítica sobre la novela de Portis. Podéis leerla, si os apetece, pinchando AQUÍ. En cualquier caso, os recomiendo encarecidamente que la compréis y la devoréis. Recuperaréis el placer de la lectura en estado puro, os lo garantizo. ¿Cómo, que no te gustan los western? Déjate de chorradas; Valor de ley es infinitamente más que un western. ¿Que ya has visto la película? Da igual. Todo lo que aparece en el film de los Coen (todo sin excepción) está en la novela; pero condensado, en la novela hay mucho más. Además, aunque la peli de los Coen es excepcional, la novela es aún mejor.


Creedme: vale la pena leer Valor de ley, la aquí casi desconocida, pero ya clásica, obra maestra de Charles Portis. Es una gozada.

lunes, febrero 21

Umbría

Hace unos once años, en un intercambio de correos electrónicos, le propuse a Elia Barceló un proyecto que llevaba tiempo meditando. Por aquel entonces, en los 90, había aparecido en España una prometedora generación de nuevos escritores de fantasía y ciencia ficción surgidos del fandom (literalmente, “reino de los aficionados”). Por esa época yo sostenía que era necesario dejar de imitar los modelos literarios del fantástico anglosajón y buscar una “voz propia”. Se me echaron encima muchos “guardianes del orden establecido”, pero a la larga se demostró que yo tenía razón. El caso es que, en mi intento de contribuir a cimentar un fantástico autóctono, se me había ocurrido algo: crear un territorio imaginario compartido con otros escritores. Inventarnos una región de España, tan normal como cualquier otra, pero con una peculiaridad: en esa región lo imposible es sólo infrecuente y lo improbable casi cotidiano.


Se lo propuse a Elia y aceptó inmediatamente. Quedaba por elegir al resto de los componentes del grupo, que, de común acuerdo, por el momento debía constar como máximo de cuatro personas. Pero, ¿quiénes? Había varias posibilidades, pues como ya he dicho esto ocurría en el seno de una generación literaria notablemente fecunda. Al primero que elegimos fue a Julián Díez. Sabíamos que compartía nuestros criterios literarios y, además, acababa de publicar Los abominables sucesos de la Casa Figueroa, una excelente novela corta muy cercana a nuestros planteamientos. El segundo fue Armando Boix, un joven diseñador y escritor cuyos excelentes relatos fantásticos habían llamado mucho la atención. Tanto Julián como Armando aceptaron.

Y entonces empezó un largo y jugoso intercambio de e-mails con el objetivo de dar forma a nuestra región. Conservo esos correos, pero lamento no tenerlos a mano. En primer lugar, debíamos localizar geográficamente ese lugar. Elia, que es levantina, sugirió situarla al este o al sur, pero yo estaba decidido a que estuviera en el norte. Para mí ese mundo ficticio tenía que ser un mundo de brumas, no de sol. Finalmente situamos a Umbría en un lugar imaginario entre Asturias y Cantabria.

Lo siguiente fue encontrar un nombre para esa región, algo que nos llevó mucho tiempo. Recuerdo que una de las propuestas de Elia fue “Umbra”; yo le dije que me sonaba a nombre de guerrera cimeria o algo así, pero inmediatamente aquello me sugirió otro nombre: “Umbría”. A todos nos gustó, pero en Italia ya existe una Umbría y eso nos tuvo un tiempo indecisos, aunque al final acabamos acostumbrándonos y con Umbría se quedó. A partir de ahí fuimos construyendo la región paso a paso, su geografía, su historia, su toponimia. Armando propuso el nombre de la capital, Oneira, y yo el de la segunda ciudad en importancia: Montecaín. Elia describió la islas de la costa, Julián los hayedos del sur, y así fue creciendo Umbría. Y una vez establecido el marco general nos pusimos a la tarea de escribir los relatos. Queríamos hacer una antología a la que cada uno de nosotros contribuiría con un cuent largo y una novela corta, o bien con dos relatos muy largos.

Elia escribió el primer relato de todos: El secreto del orfebre, que en mi opinión es su obra maestra. Armando escribió un relato ambientado en Oneira cuyo nombre no recuerdo y yo escribí El jardín prohibido. A partir de ese momento las cosas se torcieron. Julián nos había contado el argumento de lo que iba a ser su novela corta, una excelente y poética historia llena de posibilidades; pero de pronto, antes de redactar una línea, decidió abandonar la escritura. No sólo la de Umbría, sino toda la escritura. Armando, sencillamente, se desvaneció del mundo literario y no he vuelto a verle. Se estrenaron El sexto sentido y Los otros y descubrí consternado que el argumento de esas películas y el de El jardín prohibido se parecían mucho. Demasiado. Por último, lo que iba a ser una novela corta se le acabó transformando a Elia en una larguísima novela llamada El vuelo del hipogrifo, demasiado extensa para formar parte de una antología.

Por mi parte, me había puesto a escribir el primer borrador de Leonís, una novela corta ambientada en un valle del interior de Umbría. Finalmente completé un texto... que era una mierda. Porque había intentado meter en ciento y pico páginas una historia que por lo menos necesitaba el doble de extensión.

Para entonces, el “grupo de Umbría” ya se había disgregado, así que guardé los borradores y me olvidé del asunto. Elia publicó sus dos historias por su cuenta y todo acabó. ¿O no? En 2004 se creó el Premio Minotauro de novela fantástica (o cf, o terror). Tres años después decidí presentarme. Para ello, tomé el fallido borrador de Leonís y lo reescribí por completo, ampliándolo hasta su actual longitud de unas 300 páginas. Lo presenté… y ni siquiera quedó entre las obras finalistas. Poco después, el por aquel entonces Director Editorial de Minotauro, Francisco García Lorenzana, me invitó a comer. Me dijo que la exclusión de Leonís del premio no tenía nada que ver con su calidad, sino con el hecho de que su tema central era demasiado escabroso. Luego me invitó a participar en la siguiente edición del premio, propuesta que rechacé amablemente. No tenía ni tengo ningún interés en participar en un premio que practica la censura.

Reconozco que me cabreé. Estaba hasta las pelotas de esa novela, así que ni siquiera intenté publicarla. La guardé en un cajón y me olvidé de ella. Hasta que, dos años más tarde, hablé con Reina Duarte. Reina es la Directora de Publicaciones Generales de EDEBÉ. También es mi “descubridora” en el mundo de la literatura juvenil y una mujer trabajadora, inteligente y encantadora. Además, me soporta, lo que a veces puede resultar muy difícil. Pues bien, hablando con ella me comentó que su editorial estaba lanzando poco a poco libros dirigidos al público general. Yo le hablé de Leonís, ella quiso leerlo, se lo mandé y Reina me ofreció publicarlo.

Pero dudé. Yo estaba pasando por un mal momento personal y no tenía ganas de nada. Dos años después, dejado atrás el bache que me mantuvo inactivo, volvimos a hablar del tema y acepté publicar la novela en su editorial. Pero con una condición: yo me ocuparía de supervisar la edición con absoluta libertad y autonomía, siempre que no sobrepasase los costes previstos. Reina aceptó.

Entonces me puse en contacto con Miguel de Unamuno, bisnieto del escritor y un magnífico diseñador e ilustrador. Pero de lo que vino después hablaremos en el siguiente post. Ahora, de momento, fijaos en la ilustración de arriba. Es una de las que Miguel ha creado para Leonís. ¿A que es bonita?

viernes, febrero 18

Pensamientos de un parásito privilegiado (y II)


(Proviene de la anterior entrada)


Privilegio: Exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia. Parásito: Persona que vive a costa ajena.


Desde muy pequeño se me daba bien escribir, redactar. No creo que fuese un don, ni una cuestión genética; crecí en un hogar más o menos culto, rodeado de adultos y de libros, y con un padre escritor profesional. El caldo de cultivo perfecto para desarrollar cierta habilidad para la escritura. No recuerdo exactamente cuándo empecé a escribir con alguna constancia; debía de tener trece o catorce años, supongo. Publiqué mi primer relato a los quince y comencé a colaborar en La Codorniz a los diecisiete. Durante un corto periodo de tiempo, a los diecinueve, elaboré guiones para la SER. Nada de eso me proporcionó excesivos ingresos.


Mis padres murieron siendo yo muy joven. Estudié periodismo y pude mantenerme gracias a los derechos generados por la obra de mi padre. Pero eso sólo duró unos años. Durante un tiempo fui pobre como una rata; tanto que tenía que gorronear a mis amigos para poder comer. Nunca dejé de escribir, de practicar. Pero textos cortos; cuentos, artículos, ensayos breves... A los veinte o veintiuno probé suerte con la novela. El texto falleció de muerte natural tras quince patéticas páginas. Comencé a colaborar con algunas revistas y seguí probando suerte con la novela. Y acumulando fracaso tras fracaso hasta llenar la papelera de textos fallidos. Cuando cumplí los veintiséis tiré la toalla. Sabía redactar, pero no narrar. Ajo y agua. Además, para colmo, no me gustaba el periodismo. Momento ideal para darle un vuelco a mi vida.


Hice la mili (porque me obligaron, no porque quisiera) y luego entré en el mundo de la publicidad, donde trabajé durante una década. Y a lo largo de ese tiempo no escribí ni una sola línea de ficción. Estaba desengañado, me consideraba un fracasado en ese terreno. Sin embargo, nunca dejé de imaginar historias, de elaborar personajes argumentos; lo hacía en mi cabeza, por pura diversión, para pasar el rato durante los tiempos muertos. Pero no escribí nada durante diez largos años.


Por desgracia, llegó un momento en que no sólo me había hartado de la publicidad, sino que además estaba a punto de volverme loco. Lo dejé. Tenía suficiente dinero en el banco para aguantar un par de años. Hice trabajos free lance, impartí clases de creatividad publicitaria. Entre tanto, comencé a tantear el mundo de la TV, escribí algunos guiones, participé en algunos proyectos que no llegaron a buen puerto. Algunas de las ofertas que me hicieron eran, en el mejor de los casos, deprimentes. La verdad es que, por aquel entonces, el mundo de la TV se me antojó aún peor que el de la publicidad y mucho menos profesional. Pero al principio de ocurrir todo eso, cuando acababa de dejar mi trabajo, hice algo: me propuse aprender a narrar y a ello dediqué toda una primavera y parte de un verano (el método que empleé está recogido en alguna entrada de este blog, lamento no recordar cuál).


Para poner a prueba y practicar lo que había aprendido, comencé a escribir relatos y novelas cortas, y elegí el género por el que más cariño sentía y con el que más familiarizado estaba: la fantasía y la ciencia ficción. Gané varios premios y publiqué mis tres primeros libros. Nada de eso me dio suficiente dinero para vivir; ni siquiera para malvivir. Pero me dio experiencia y cierto grado de sabiduría. Un día vi en el periódico la convocatoria de un premio de literatura juvenil. Estaba económicamente bien dotado, de modo que decidí probar fortuna. Escribí una novela, mi primera novela larga; ni siquiera entró a concurso porque excedía la longitud fijada por las reglas. Pero la editorial la contrató. Al año siguiente volví a presentarme y gané. Además, esa novela acabó convirtiéndose en un pequeño best seller. Luego, he ganado otros seis premios de literatura juvenil (juro por lo más sagrado que ninguno estaba amañado). He escrito quince novelas juveniles; ninguna ha sido un fracaso y tres o cuatro son long sellers, es decir: éxitos de venta de larga duración en el tiempo. De hecho, todas siguen editadas y en activo.


Gracias a ello por fin conseguí lo que me había propuesto: poder vivir razonablemente bien de la escritura. Pero cuánto esfuerzo invertido, cuántas páginas tiradas a la basura, cuántos momentos de depresión y desesperanza, cuántos errores, cuántas dudas, cuántas lágrimas... Sin el apoyo incondicional de Pepa, mi mujer, jamás lo habría conseguido. Pero ya está, ¿no? Has llegado adonde querías y ahora el resto del camino es sencillo y placentero, ¿verdad? Tengo la enorme fortuna de trabajar en algo que me gusta, eso es innegable. Además, no tengo jefe. Y puedo trabajar cuando me venga en gana. Y puedo escribir lo que me salga de las napias.


Pero hay algunos problemas. Para mí, imaginar historias y personajes es una diversión, pero escribir no. Escribir es trabajoso y muchas veces desesperante, no me lo paso nada bien escribiendo. Peor es picar en una mina, por supuesto; pero la escritura requiere grandes dosis de paciencia y perseverancia, es una lata. Además, es una labor tremendamente solitaria. Me encanta haber escrito, lo reconozco; pero odio escribir. Para mí es puro trabajo. Ahora bien, soy mi propio jefe sí; y juro que jamás he tenido un jefe tan tocapelotas como yo mismo. Como sé que la escritura requiere constancia, me impongo horarios de oficina siniestra: de 9:30 a 13:30 y de 17:00 a 21:30, de lunes a viernes. También me obligo a un mínimo número de páginas diario. Y puedo escribir lo que quiera, sí, pero sabiendo que, según lo que quiera escribir, me arriesgo a un fracaso de ventas y a una lamentable pérdida de esfuerzo y tiempo.


Mis dos últimos libros, los dedicados a Carmen Hidalgo, no han tenido el éxito esperado. He ganado muy poco con ellos; desde luego nada que compense el año y medio o así que me llevó escribirlos. Me jode, porque me gustan esos libros y ese personaje, pero en fin, son gajes del oficio. Eso forma parte del juego. Tengo varias novelas empezadas que nunca acabaré y una larguísima novela escrita que me he comido con patatas porque yo mismo decidí que no era lo suficientemente buena. Nadie me paga un céntimo por esos fracasos; corren por mi cuenta. Al menos, aprendo de ellos. O eso creo. No tengo sueldo fijo; si mis libros gustan y se venden, gano dinero. Un diez por ciento sobre el precio de venta sin IVA. Si no se venden sólo gano el anticipo, que nunca es demasiado. Afortunadamente, la mayor parte de mis libros se vende muy bien. Pero eso puede dejar de ocurrir en cualquier momento. No hay ninguna corporación que me apoye, ningún colegio, nada. Soy un artesano sin gremio, un caminante solitario.


Entendedme, no me quejo. He sido yo quien decidió arriesgarse, nadie me obligó. Además, me ha ido bien. Pero, por favor, decidme: ¿dónde demonios intervienen en todo esto los privilegios? ¿En qué sentido se me pude considerar un parásito? Nunca me han regalado nada. Jamás he solicitado ni recibido subvención estatal alguna. Ni siquiera pertenezco a CEDRO y no cobro, por tanto, mi porción del canon; no quiero, no me parece justo. Todo depende de mí, de mis lectores y de la suerte. El camino recorrido ha sido incierto, trabajoso y muchas veces abrupto. ¿Privilegiado yo? Vamos, no me jodas.


Y mi caso, lo que os acabo de exponer, no es una excepción. Todos los artistas que he conocido, sean escritores, pintores, músicos, cineastas, escultores, fotógrafos o actores, todos sin excepción han recorrido caminos similares. Todos las han pasado canutas, todos han sudado y vertido lágrimas, todos han trabajado como burros, todos han caído mil veces y mil veces se han vuelto a levantar. No, el arte no es una profesión sencilla. En la meta caben pocos, así que la mayoría se queda en el camino. Algunos injustamente. El arte es una profesión cruel. ¿Privilegiados los artistas? Puede que alguno haya, no lo dudo; sobre todo los que están a sueldo de una u otra ideología. Pero más privilegiados me parecen esos funcionarios que se tocan los huevos a costa del erario público, o esos ejecutivos que pueden cagarla una y otra vez impunemente (véase la actual crisis de los cojones), o esos políticos que practican el “tú ponme donde haya pasta, que del resto me ocuparé yo”, o quienes se aprovechan del trabajo ajeno para pescar con la Red. Esos sí que son privilegiados. Bueno, y también los hijos de los millonarios, los traficantes de armas y los diseñadores de ropa interior femenina.


¿Privilegiados los profesionales del arte? No; sencillamente son, somos, el eslabón más débil de la cadena.

Pensamientos de un parásito privilegiado (I)


Últimamente parece haberse puesto de moda, por parte de algunos sectores, jugar al pim pam pum con los “artistas”, especialmente con los cineastas, los músicos y los escritores. Cabría pensar que los ataques provienen de la derecha, pues el mundo de la cultura nunca ha sido complaciente con ella, pero no es así. Es decir, también provienen de la derecha, por supuesto, pero en realidad se trata de una actitud políticamente transversal, una actitud que tiene más que ver con la psicología que con la ideología.



La idea subyacente en esos ataques es que el “artista” es un privilegiado, una especie de niño mimado por la sociedad que goza de una serie de prerrogativas que no se merece, un parásito. Aclararé en este punto que empleo el término “artista” en su sentido más amplio; es decir, refiriéndome a todo aquel que, bien o mal, practique alguna de las artes. En ese sentido, y probablemente en ninguno más, yo también soy un “artista”. Así que a partir de ahora suprimiré las comillas y me referiré, sobre todo, al mundo de la escritura.


Una de las principales dianas de esa difusa campaña contra el artista es el concepto de “propiedad intelectual”. Entre los argumentos que se barajan para cuestionarlo hay dos que suelen repetirse, así que vamos a examinarlos con un poco de atención.


1. El creador, el artista, nunca parte de cero. Se apoya en una larga tradición de artistas anteriores sin los cuales no hubiera podido producir su obra. Por tanto, un producto creativo siempre es deudor de la obra de otros y, en consecuencia, la supuesta propiedad intelectual es relativa y cuestionable. En el caso de los escritores, además, para realizar su trabajo deben recurrir a ese artefacto mental previo (y común) que es el lenguaje.


En efecto, si entendemos “crear” en el bíblico sentido de “sacar algo de la nada”, estoy en condiciones de afirmar que nadie, jamás en la historia de la humanidad, ha creado nada. Ahora bien, si queremos ser consecuentes con ese criterio apliquémoslo democráticamente a todos los aspectos de la sociedad. Por ejemplo a las patentes. No hay labor más dependiente de la experiencia previa que la del científico y el ingeniero. Por tanto, cuestionemos su derecho a percibir algo por lo que inventen, puesto que en realidad no han “creado” nada, ya que se han basado en la labor previa de otros científicos e ingenieros. De hecho, y llevando el argumento a sus últimas consecuencias, ninguno de vosotros, trabajéis en lo que trabajéis, habéis partido de cero. Vuestras habilidades laborales son deudoras de las experiencias de otras personas; hacéis lo que os han enseñado y habéis aprendido a hacer, y con frecuencia repetís lo que antes hicieron otros. Por tanto, vuestro derecho a percibir algo por ese trabajo está en cuestión.


Wittgenstein sostenía que los problemas filosóficos son en realidad problemas del lenguaje. Eso sucede aquí con el término “crear”. Porque un artista no es aquel que extrae algo de la nada (qué absurdo), sino el que reordena elementos preexistentes dándoles una nueva forma, original y personal. Lo que da valor a la obra de un artista, entre otras cosas, pero sobre todo, no es la imposible capacidad de forjar un género nuevo y revolucionario con cada una de sus obras, sino el sello personal e intransferible que imprime a esas obras. El argumento de que el lenguaje, al ser común, resta autoría (y por tanto derechos) al escritor resulta divertidamente falaz. ¿Le negaríamos a un escultor la autoría sobre su obra porque no ha creado la piedra con que está hecha? Pues el lenguaje es la piedra del escritor. La propiedad intelectual, por tanto, no proviene de la materia prima que emplea el creador, sino del nuevo orden que el creador genera y del sello personal, único e intransferible que le imprime.


Shakespeare no inventó las historias de traición y venganza; de hecho, ni siquiera inventó la historia de Hamlet, que procede de la leyenda de Amleth, recogida en el Sax Grammaticus, una historia de Dinamarca escrita en el siglo XII. Posteriormente, en el siglo XVI, François de Belleforest y Thomas Kyd escribieron sendas versiones de la leyenda. Es más, en la escritura de Hamlet, el viejo Will transcribió literalmente párrafos enteros de otros autores (costumbre muy usual en los tiempos en que no existía propiedad intelectual).


No obstante, la “reordenación”, la nueva forma que Shakespeare le dio a esos elementos preexistentes convirtió una anodina leyenda medieval en una obra inmortal y universal, algo que no consiguieron ni Belleforest ni Kyd. Es en ese sello personal, en esa forma única y particular de modelar una historia, donde reside en última instancia la autoría y el derecho a la propiedad intelectual. Y, ojo, esto se aplica no sólo a las obras maestras, sino también a los productos más deleznables. Incluso Dan Brown posee un sello propio, una forma única de encarar la creación literaria. Espantosa, sí; pero eso es otra cuestión.


Así que, por favor, dejemos de lado la Biblia y empleemos el término “artista” y “creador” en su justo significado. Los artistas no pueden sacar conejos de una chistera donde no hay conejos, no son dioses. Ni siquiera los editores lo son.


2. El derecho a la propiedad intelectual es algo nuevo, con no mas de doscientos años de historia. Las circunstancias que lo hicieron posible pueden cambiar y revertir la situación a los tiempos en que el creador carecía del menor control sobre su obra. En tal caso, habrá que aguantarse y, en la medida de lo posible, adaptarse. Las cosas cambian.


El concepto de propiedad intelectual es, en efecto, relativamente nuevo; como lo es nuestro concepto actual de “arte”, por cierto. Pero más nuevo aún es, por ejemplo, el derecho de las mujeres a votar. Podría ser que las circunstancias cambiasen y las mujeres perdieran ese derecho, en cuyo caso les diríamos: aguantaos, los tiempos cambian, son cosas que pasan; intentad convencer a vuestros maridos de que voten lo que vosotras queréis. Sí, podríamos decirle eso, pero no sería justo. Porque votar no es un “privilegio”, sino un derecho inalienable. Como lo es el derecho del trabajador a recibir una compensación por su esfuerzo.


Las leyes de propiedad intelectual fueron un avance de la sociedad para proteger los derechos de una clase de trabajadores, los pertenecientes al gremio del arte, que hasta entonces habían estado indefensos. Un avance en materia de justicia, no una arbitraria cesión de privilegios.


Pero estoy refiriéndome al artista como trabajador. ¿Lo es? A fin de cuentas, mucha gente practica alguna actividad artística por hobby; es decir, por placer y, como todos sabemos, un verdadero trabajo no puede ser placentero. Si te pagan por lo que haces debes sufrir haciéndolo. Además, al artista se le supone una vocación tan grande que, aunque no ganase ni un céntimo con su obra, seguiría adelante con ella, pues está predestinado a una misión sagrada situada muy por encima de lo material, como un héroe, como un santo, como un mártir. Es más, cuando un artista obtiene rendimientos económicos está envileciendo su obra, pues el arte debe ser puro, espiritual y filantrópico.


Muchas personas practican algún deporte por hobby, por placer, pero lo que hacen no tiene nada que ver ni en exigencia, ni en esfuerzo, ni en dedicación a la actividad de un deportista profesional. Mucha gente se dedica a la jardinería o a la horticultura como hobby, pues esa práctica les proporciona una diversión que, reconozcámoslo, el verdadero agricultor dista mucho de experimentar. Mucha gente toca un instrumento, o escribe, o pinta, porque hacerlo le divierte, pero practicar esas actividades de forma profesional requiere por lo general mucha más exigencia, esfuerzo y dedicación.


Con eso no quiero decir que del mundo de los aficionados no puedan surgir artistas de fuste (de hecho, todos los artistas surgen del mundo de los aficionados). Lo que pretendo señalar es que hay diferencias sustanciales entre practicar un arte por afición y practicarlo por profesión.


Pero de la forma de vida de los parásitos privilegiados hablaremos en la siguiente entrada de esta apasionante serie.

viernes, febrero 11

Leyendas urbanas

Hoy he recibido un e-mail, supuestamente enviado por el presidente de la Asociación de Comerciantes de Aravaca (el pueblo-barrio donde vivo), que reproduce un supuesto comunicado de la Asesora del Concejal Presidente de Aravaca-Moncloa. El motivo del mensaje es advertir de lo siguiente:


Si Ud. conduce de noche y ve un vehículo que no traiga las luces encendidas ¡NO LE HAGA CAMBIO DE LUCES PARA AVISARLE QUE LAS SUYAS ESTÁN APAGADAS! Esto es un "JUEGO DE INICIACIÓN" de una Pandilla que se hace llamar 'SANGRE' (banda latina-rumana). El juego consiste en lo siguiente: El nuevo aspirante a ser miembro de esta Pandilla, tiene que conducir su vehículo con las luces apagadas y el primer vehículo que le haga cambio de luces para avisarle que tienen las luces apagadas se convierte en "su objetivo". El próximo paso es dar la vuelta y perseguir al vehículo que le hizo el cambio de luces para avisarle que las suyas estaban apagadas, y AGREDIR, SACAR DE LA CARRETERA INCLUSO MATAR A TODOS LOS OCUPANTES SI HAY RESISTENCIA, para poder ser aceptados en la Pandilla (...)”.

El mensaje apesta a pufo, sobre todo por el uso enfático de las mayúsculas y por lo absurdo de notificar algo tan grave de ese modo, así que investigué un poco en Internet y descubrí que, en efecto, se trata de una vieja leyenda urbana. Al parecer, la historia surgió en Estados Unidos hará unos 25 años; incluso aparece en una película del 98, Urban Legend. Luego saltó a Latinoamérica y hace unos siete u ocho años llegó a España. Así que ni rituales de iniciación, ni pandilleros psicópatas, ni na de na.

Es curioso eso de las leyendas urbanas. Creo que la primera que oí, siendo un chaval, fue todo un clásico: la chica de la curva. Luego llegaron muchas otras, pero todas tenían rasgos en común. En primer lugar, quienes las cuentan aseguran que son ciertas. En segundo lugar, a quien la cuenta siempre se la contó un amigo del protagonista de la historia. Es decir, es un relato diferido, pero no demasiado, para mayor verosimilitud. En tercer lugar, suelen tratar sobre sucesos macabros y sorprendentes (por ejemplo, el cadáver de un buceador que aparece encima de un pino en medio de un incendio forestal). Otra constante es que, desde siempre, esas historias han viajado a toda velocidad, saltando de un continente a otro y adaptándose a cada entorno cultural. En ese sentido se parecen mucho a los chistes, sólo que estos no pretenden narrar hechos reales.

Si nos paramos a pensarlo, se trata de literatura oral. La literatura surgió cuando grupos de gañanes prehistóricos se reunían en torno a una hoguera para contar emocionantes historias de caza y de guerra, pretendidamente reales, pero tan maquilladas de fantasía que acababan siendo pura ficción. De hecho, la literatura occidental suele narrarse en pasado, cuando lo lógico sería en presente (pues los hechos acontecen conforme se lee); esto se debe a que, en un principio, las historias que se contaban pretendían ser auténticas, y por tanto pertenecientes al pasado.

En realidad, a lo que más se parecen las leyendas urbanas es a los cuentos tradicionales. Estos se narraban oralmente de generación en generación (saltando de continente a continente), solían ser muy macabros y siempre contenían alguna enseñanza sobre los peligros de la vida. Por ejemplo, todos hemos oído la historia de la pareja que tiene un bebé y contrata a una sirvienta para que lo cuide mientras ellos trabajan. La sirvienta adora al bebé y siempre está diciendo “Pero que niño más rico; es para comérselo”. Una noche, la pareja regresa a casa y se encuentra al bebé asado en el horno y a la sirvienta comiéndose un muslito. ¿No os recuerda eso a la bruja de Hansel y Gretel? Sustituyamos el bosque por la ciudad; los lobos son, por ejemplo, los tremebundos pandilleros latino-rumanos de Sangre, la santa compaña es la chica de la curva y el ogro cualquier psicópata que pulule por ahí.

Muchos cuentos advierten de forma simbólica acerca de los peligros del sexo. Caperucita roja le dice a las niñas que tengan cuidado con los hombres (los lobos), pues si se fían de los desconocidos pueden acabar mirando a Cuenca. La gota de sangre que brota del dedo de la Bella durmiente cuando se pincha con la aguja de la rueca es una metáfora de la sangre menstrual (que trae una maldición). Pues bien, ¿qué me decís del tipo que se va a Río de Janeiro, se liga a una mulata, se tira toda la noche follando en el hotel y a la mañana siguiente, cuando se despierta, ve que está solo y encuentra en el espejo del baño un texto pintado con rouge: “Bienvenido al club del sida”? O esa otra historia del tío que se va a un país del este, liga con una tía buenísima, se la lleva al hotel, toman unas copas... y el pobre hombre se despierta al cabo de unas horas metido en una bañera llena de hielo, con una cicatriz en un costado y sin un riñón. El sexo es peligroso, niños y niñas; cuidadito con lo que hacéis.

En cualquier caso, las leyendas urbanas exceden el campo de acción de los cuentos y pueden acabar por convertirse en mitología, como ocurre con las historias de abducidos por los OVNIS. Y ahora, con el advenimiento de Internet, la cosa va más lejos todavía. Porque de repente la literatura oral de las leyendas urbanas se ha convertido en literatura escrita, como prueba el e-mail de los pandilleros. Horrible literatura escrita, es cierto; espantosa, torpe e ingenua. Pero ahí está, multiplicándose y pululando por los electrónicos corredores de la Red.

Se da la casualidad de que, mientras escribía esta entrada, mi hermano, Big Brother, me ha reenviado (en cachondeo) otro e-mail que había recibido. Dice así:

VICERRECTORADO Y SERVICIOS GENERALES UNIDAD DE EXTENSIÓN UNIVERSITARIA Camino del Pozuelo s/n, 16071 Cuenca.
Investigadores de la Universidad de Princeton han descubierto algo aterrador. Durante varios meses estuvieron alimentando a dos grupos de ratones, un grupo con comida guardada en una nevera, y al otro con comida guardada en una nevera pero con varios imanes decorativos pegados en su puerta. El objeto del estudio era ver cómo afectaban las radiaciones electromagnéticas de los imanes en los alimentos. Sorprendentemente y tras rigurosos estudios clínicos, constataron que el grupo de ratones que consumieron la comida irradiada por los imanes tenía un 87% más de probabilidades de contraer cáncer que del otro grupo. Los imanes adheridos a cualquier aparato (electrodoméstico) conectado a la corriente eléctrica aumenta el consumo ?gasto- eléctrico de dicho aparato, por aumentar la fuerza electromagnética del campo eléctrico de dicho aparato. PASAD ESTA INFORMACION A TODOS LOS QUE CONOZCAIS POR FAVOR. Todos tenemos algún imán en la nevera, como elemento decorativo, sin que hasta ahora se sospechara que fueran perjudiciales. PERO SON LETALES. Es peligroso jugar con las fuerzas de la naturaleza y con las energías. Si tenéis algún imán, quitadlo rápidamente y ponedlo lejos de cualquier alimento. Inexplicablemente el Gobierno no ha dado ningún mensaje de aviso, pero gracias a Internet y la buena voluntad de todos, podemos ayudarnos mutuamente. Gracias”.

Una chorrada de tomo y lomo, desde luego. Parece una leyenda urbana (fijaos en las mayúsculas), pero en realidad no lo es. En el fondo, las leyendas urbanas son inofensivas; una muestra del folclore contemporáneo. Buscan, sobre todo, la diversión; son anécdotas destinadas a amenizar las veladas. Pero la estupidez de los imanes es otra cosa muy distinta: es pura y dura desinformación. Una bobada en este caso, es cierto; pero en muchos otros casos esa desinformación puede ser peligrosa.

El problema es que ahora, con Internet, las leyendas urbanas y las falsas informaciones no sólo se transmiten con inusitada rapidez, sino que conviven en el mismo entorno con las informaciones verídicas. ¿Cómo diferenciar lo uno de lo otro? ¿Por las mayúsculas? Vale, reconozco que encontré en la propia Red textos que demostraban la falsedad de la historia de los pandilleros latino-rumanos, pero mientras buscaba encontré también otros muchos textos que juraban y perjuraban su autenticidad.

Y es que en Internet las verdades viajan a la velocidad de la luz. Pero las mentiras también.

martes, febrero 1

¿Yo?


Como sabéis –y si no lo sabéis os lo cuento-, mi gran propósito para el nuevo año es comprar menos libros. Una especie de dieta, vamos, sólo que en vez de calorías lo que reduzco son páginas. ¿Por qué lo hago? Porque mis librerías padecen sobrepeso. ¿Cómo lo hago? Reduciendo mis adquisiciones bibliopáticas a dos libros al mes. Bien, supongo que os preguntaréis qué tal anda la cosa y, como sé que tal incertidumbre os roba horas de sueño, procedo a relataros mis avances por el sendero de la continencia.



Han transcurrido treinta días desde el comienzo de mi dieta. Resultados del mes de enero: desastre total. Siendo justos, parte de la culpa de este fracaso la tiene mi hijo Pablo. Supongo que esto es un indicio de que mi mal es genético, porque Pablo, que ahora tiene veinte primaveras, va camino de ser tan bibliópata como yo o más. El caso es que mi hijo averiguó que había en Madrid una librería relativamente nueva llamada e insistió en que fuera con él para conocerla. Aprovecho para señalar que quería que le acompañase no porque me adore, sino porque corro con todos los gastos. Bien, fuimos allí un sábado por la tarde y... ¿qué pasa si llevas a un alcohólico a una licorería?


Pues sucedió lo inevitable. ¿Cómo resistirse a la Historia y filosofía de la ciencia, de Hull y a un texto titulado 13 cosas que no tienen sentido (Brooks)? Los compré. Estábamos a 8 de enero y ya había completado el cupo del mes. Pero me armé de estoica determinación y juré que me mantendría apartado de las librerías. Entonces sobrevino la desgracia. Me enteré de que acababa de publicarse Los gondoleros silenciosos, de William Goldman bajo el seudónimo de S. Morgenstern. ¿Lo entendéis? El mismo escritor que, bajo el mismo seudónimo, escribió ese libro absolutamente delicioso que es La princesa prometida. Convendréis conmigo que se trataba de una rara oportunidad que no podía dejar pasar. Además, es un libro cortito, de poco más de 150 páginas, un suculento tentempié que apenas ocuparía lugar en mis estantes.


Fui a comprarlo a la librería de El Corte Inglés, donde las novedades se exhiben en varias mesas situadas en línea. Si el título en cuestión hubiera estado al principio, lo habría comprado y, hala, a casita. Pero no, el cruel destino quiso que el libro de Goldman estuviese en la última mesa. Así que, mientras lo buscaba, encontré dos inesperados tesoros. La última novela de Jonathan Lethem, Chronic City, y la última novela de Pablo De Santis, Los anticuarios. Como decía el viejo Will, “Si nos pincháis, ¿acaso no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿acaso no reímos?”. Joder, sólo soy humano; ¿cómo voy a resistirme a tamañas tentaciones? Los compré, por supuesto; ¿qué otra cosa podía hacer? Y así, en un plis plas, me encontré con cinco libros adquiridos en enero y mi dieta a hacer puñetas.


Una historia triste, amigos míos, pero al menos servirá de ejemplo para que las nuevas generaciones conozcan las debilidades humanas y se mantengan alejadas del nefasto vicio de la palabra escrita. Vale, pero no es exactamente de esto de lo que quería hablar. Por cierto, ¿no estáis hartos de que casi todas mis entradas comiencen dando largos rodeos? Es como una manía, vaya lata que os doy...


En fin, al menos leí rápidamente uno de los libros que compré, 13 cosas que no tienen sentido, de Michael Brooks, un doctor en física cuántica. Trata, como dice su subtítulo, sobre “los misterios científicos más intrigantes de nuestro tiempo”, y uno de esos 13 misterios es el libre albedrío.


Todos pensamos que existe el libre albedrío, que la mente consciente controla nuestra vida. De hecho, tal creencia es el cimiento de la ética y la ley. Somos responsables de nuestros actos, ¿no? Pues puede que no, puede que el libre albedrío no sea más que ilusión, un espejismo. Creo que ya hemos hablado aquí de esto, pero después de cinco años de Babel resulta natural que me repita un poco.


Veréis, hace unos treinta años se descubrió que, al menos un segundo antes de realizar cualquier acción voluntaria (mover un dedo, por ejemplo), el cerebro produce una señal llamada “potencial de preparación”. Por lo tanto, se daba por hecho que la voluntad consciente debía preceder en más o menos un segundo al acto voluntario. Pero no se había demostrado. A ello se puso el neurólogo Benjamin Libet y, tras una serie de experimentos, descubrió asombrado que el “potencial de preparación” tiene lugar antes de que actue la mente consciente. Es decir: si te pido que en algún momento del próximo minuto muevas el dedo índice de tu mano derecha, una parte de tu mente se preparará para mover el dedo justo antes de que tú decidas mover el dedo. Por tanto, no es tu mente consciente quien decide moverlo, sino una zona mental sobre la que no tienes control. Como dijo otro neurólogo, Haggard: “nuestras intenciones conscientes son subproductos de algo que ya está funcionando”.


Bueno, eso es algo que cualquier escritor sabe. ¿De dónde vienen las ideas? No me refiero a las grandes ideas, a la trama y el argumento (aunque también), sino a las pequeñas ideas que se te ocurren mientras escribes y que de repente aparecen en tu cabeza sin buscarlas, como surgidas de la nada. Está claro que tenemos en el coco un procesador independiente de la consciencia; la cuestión es que, al parecer, ese procesador tiene un control sobre nosotros muy superior al que pensábamos. Es más, puede que tenga el control absoluto.


El psicólogo William James propuso un ejemplo cotidiano: “Sabemos lo que es levantarse de la cama en una mañana gélida, y cómo el mismo principio vital que hay en nuestro interior protesta ante la penosa experiencia... ¿Cómo llegamos a levantarnos en esas circunstancias? La mayor parte de las veces nos levantamos sin que medie ningún forcejeo ni decisión. De pronto, encontramos que nos hemos levantado”. Es decir, hemos actuado sin el menor control consciente (como cuando conducimos un vehículo, por ejemplo).


Bueno, diréis, estoy hablando de actos muy sencillos (mover un dedo, levantarse), pero ¿qué pasa con las grandes decisiones de nuestra vida, como casarnos o comprar un coche? Seguro que de eso se ocupa nuestro precioso consciente. ¿Seguro? La mayor parte de la gente se casa por amor. ¿Es el amor un acto consciente? Permitidme que me carcajee. En cuanto a comprar un coche... Todo aquel que haya trabajado en publicidad sabe que ciertas compras (tan costosas como un coche) son fruto de motivaciones inconscientes que luego intentan ser racionalizadas. Veamos: hay un coche que me gusta por los motivos que sean (porque lo tiene mi vecino, porque es bonito, porque me afecta su publicidad, da igual, lo que sea). Pero me gusta irracionalmente, así que, como es una adquisición muy cara, me informo de todas las alternativas posibles, analizo los pros y los contras, medito profundamente... y acabo comprándome el coche me gustaba desde el principio, aunque sea una decisión absurda. Luego, elaboraré un listado de justificaciones racionales para no sentirme tonto del culo y autoengañarme pensando que tengo control sobre mi vida. Pero no controlo; al menos, no este yo consciente que ahora escribe.


Dándole vueltas al asunto, se me ocurrió una idea para un cuento de ciencia ficción. La humanidad fue invadida por alienígenas hace siglos, pero nunca nos dimos cuenta. Esos alienígenas son inmateriales, seres de energía o algo así, y además son parásitos. Se introducen en los cerebros de las personas y toman el control de ellas, pero sin que la gente se dé cuenta, pues los alienígenas generan en las mentes de sus huéspedes el espejismo del libre albedrío. Son ellos quienes deciden lo que hacemos, pero nos hacen creer que la decisión es nuestra. Seríamos algo así como caballos que ignoran llevar un jinete sobre sus lomos controlando las riendas.


Bueno, os preguntaréis, qué coño tiene todo eso que ver con mi dieta de libros. Pues está claro: si no tenemos auténtico control sobre nosotros mismos, ¿no es absurdo intentar cambiar? De todos los miles de millones de aliens que hay por el mundo, a mí me ha tocado un gilipollas al que le chiflan los libros. ¿Cómo voy a oponerme a un ser de energía obsesionado con el almacenamiento de papel impreso? ¿No sería mejor tirar la toalla, abandonarme y gozar?


No. Jamás. Nunca. Puede que mi mente consciente sea un mero subproducto, puede que el libre albedrío sea una ilusión, pero mis atestadas librerías, mis pilas de libros acumulados, son dolorosamente reales.


Hace un momento, mi hijo Pablo me ha invitado a ir con él a la FNAC, porque quiere comprarse lo último de Murakami, y yo, aunque le he financiado el libro, me he negado a acompañarle.


Bravo, pequeño terrícola; aún hay esperanza para ti.

jueves, enero 20

Contra la belleza

Hace años escuché una entrevista por la radio en la que a un tipo, no recuerdo quién, le preguntaban cuál era la persona más bella que había conocido. El hombre respondió sin dudarlo: Julio Caro Baroja. Supuse que esa respuesta era una boutade, o bien que el entrevistado se refería a la belleza interior del académico, y no le di más vueltas. El caso es que se dio la casualidad de que, poco después, vi a Caro Baroja en el Vip’s de López de Hoyos... y me quedé de piedra. Porque, en efecto, era bellísimo. Era... como de algodón, un anciano perfecto, la clase de anciano que dibujaría Norman Rockwell. Ninguna fotografía, ninguna grabación le hacía honor; en persona, Caro Baroja poseía una textura especial, una dulzura física casi sobrenatural. Daba gusto mirarlo, era puro deleite estético.



Aquel encuentro me hizo reflexionar; sobre todo porque por entonces me dedicaba a la publicidad (que es el reino de los arquetipos estéticos). ¿En qué consiste la belleza humana? Supongo que existen ciertos condicionantes biológicos, todos ellos orientados hacia la sexualidad; o, para ser precisos, hacia la reproducción. Nos gusta una piel tersa y sin manchas, así como una buena dentadura, porque todo ello es señal de salud. Nos gustan las facciones simétricas, porque indican una correcta carga genética que transmitir a la prole. Nos gustan las mujeres de caderas amplias y pechos grandes porque son signos de fertilidad. Y nos gustan los hombres de complexión atlética, pues esa fortaleza se transmitirá a su descendencia y les permitirá defenderla. A todos nos gustan más las personas altas que las bajas (de lo cual doy gracias, pues, no siendo precisamente el tío más guapo del mundo, mi metro noventa y dos me ha abierto puertas que de ser más bajito hubieran estado cerradas).


Aparte de esas preferencias biológicas y unas pocas más, todo lo relacionado con la estética humana es cultural. Cada cultura en cada momento propone un canon de belleza sujeto a modas. Y basta con echarle un vistazo a las estrellas de cine a lo largo de ciento y pico años de historia para darse cuenta de hasta qué punto ese canon es cambiante.


Eso ha sido así siempre, pero ahora sucede algo distinto. El cine, la publicidad, la moda, los mass media no sólo imponen un rígido modelo estético, sino que además los difunden masivamente. Jamás la humanidad ha estado tan expuesta a la belleza humana estereotipada. Y qué jodido estereotipo, amigos míos. Las mujeres han de ser altas, de piernas largas, muy delgadas, con culito respingón y grandes senos. Es decir, una distribución de la grasa corporal muy poco frecuente, casi imposible. En cuanto a los hombres, deben ser altos, delgados, sin vello corporal -pero con leonina melena craneal-, con caderas estrechas, hombros anchos y un Toblerone en el abdomen. En ambos casos las facciones deben ser de una perfección helénica.


Está claro que muy poca gente reúne tales características. A las que hay que añadir una más: la fotogenia. Es decir, la peculiaridad de salir más favorecido en imágenes grabadas que en la realidad. No todo el mundo, ni siquiera toda la gente guapa, tiene ese don. Así pues, las personas que viven de su físico –actores, modelos, presentadores, etc.- han sido seleccionadas por su “perfección” de entre una miríada de candidatos que no alcanzaban el nivel. Pero eso no basta. Gran parte de esos privilegiados son “mejorados” por el bisturí. Y luego, las “mejoras” siguen con el maquillaje, el vestuario, la iluminación... por no mencionar el photoshop. Es decir, no sólo se nos impone un canon de belleza inalcanzable, sino que además la técnica lo estiliza y potencia mucho más allá de la realidad. El modelo estético que nos inculcan no existe, es una idealización, un fraude, un truco.


Pero está por todas partes. En la tele, en el cine, en las revistas, en Internet, en las vallas publicitarias, en las muñecas Barbie, en las paradas de autobús, en los catálogos, en los envases, en los supermercados, en el arte, en los cómics... Vivimos rodeados por imágenes de humanos físicamente “perfectos”, inalcanzables, lejanos, soberbios como dioses. Al final, uno acaba sintiéndose igual que un judío de nariz ganchuda rodeado por espléndidos arios extraídos de una utopía nazi. No es raro, pues, que los cirujanos plásticos se estén forrando a costa de las frustraciones ajenas, o que la anorexia sea ya en un mal casi endémico de nuestra sociedad.


Pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino del modo en que ese férreo canon estético nos impide percibir otras clases de belleza. En primer lugar, se confunde belleza con sexualidad, dos términos que a veces coinciden y a veces no. Veréis, cuando trabajaba en publicidad estaba acostumbrado a ver muchísimas modelos. Mujeres muy guapas, sin duda, pero muy pocas resultaban sexys. Eran demasiado conscientes de su belleza; estaban ahí para ser admiradas, no para provocar admiración (la diferencia entre una actitud pasiva y otra activa). Sin embargo, hay mujeres mucho menos guapas, incluso feuchas, que irradian encanto sexy a raudales. Quizá es que necesiten hacerlo para competir con los bombones, o puede que sea una cualidad natural, el caso es que el sexo no está en unas tetas perfectas ni en unos abdominales de granito; ni siquiera en los genitales. El sexo está en el cerebro.


Otro error es confundir belleza con juventud. Se puede ser joven y más feo que el culo de un mandril, y ser viejo y bello (como Caro Baroja). Sin duda, hay un hermoso esplendor primaveral en un rostro muy joven (esas casi niñas de Hamilton...), pero ¿qué me decís de las arrugas que talla el tiempo? ¿Acaso no pueden ser igual de bellas o más que una piel de culito de bebé? Dicen que a los veinte años uno tiene la cara que le ha dado la naturaleza, y a los cuarenta la que uno se ha ganado. Las líneas de expresión, las patas de gallo, las ojeras... todo eso despliega nuevas dimensiones en un rostro, cada arruga cuenta una historia, la carne es menos firme, pero más sabia. Ahí también hay belleza.


Con esto no pretendo decir que todo el mundo es bello a su manera, qué va. De hecho, el físico de la mayoría de la gente oscila entre la vulgaridad y el espanto, y los hay que harían vomitar a una cabra. En general, las personas somos feas, para qué negarlo. Pero hay muchas más formas de belleza que las que dicta el canon. Tenemos, por ejemplo, la “belleza sonriente”; personas aparentemente normales que cuando sonríen deslumbran, porque no sonríen sólo con la boca y los ojos, sino también con el rostro, con los codos, con las orejas, con todo el cuerpo. O la “belleza serena”; gente que emite paz y tranquilidad. O la “belleza fea”, propia de quienes tienen una rasgos toscos y desmedidos, pero armónicos de una extraña manera. O la “belleza dinámica”; individuos feos a un primer vistazo, pero cuyos movimientos, su expresión corporal, son tan elegantes que a los tres minutos de hablar con ellos nos parecen guapísimos.


En realidad, esta entrada no es “contra la belleza”, sino contra esa belleza estereotipada tipo Barbie-Ken que nos han impuesto como modelo. Un gran fotógrafo no es aquel que sabe sacar guapa a Claudia Schiffer, sino el que encuentra belleza allí donde los demás no ven nada. Todo está en los ojos del observador, en la mirada.

lunes, enero 10

Año nuevo, vida vieja


Cada año por estas fechas millones de personas formulan buenos propósitos. El más común es adelgazar, pero supongo que habrá más, todos ellos orientados hacia el objetivo de llevar una vida mejor. Dejaré de fumar, haré deporte, estaré más con mi familia, ahorraré, no volveré a inhalar pegamento... qué sé yo, esa clase de cosas. Por lo general, tales propósitos jamás se cumplen, pero no importa; lo substancial es ser conscientes de que debemos cambiar y de que no tenemos suficiente fuerza de voluntad para hacerlo. Eso nos pone en nuestro lugar.



¿Cuál es mi propósito para 2011? Pues, aparte de adelgazar y dejar de oler pegamento, comprar menos libros. Tengo demasiados. Me abruman. Los quemaría todos. Por cierto, ese es un buen argumento en contra del libro electrónico: ¿cómo quemar algo inmaterial? Porque los e-books no deben de arder nada bien y, además, sólo son contenedores cuyo contenido es ignífugo. En un mundo lleno de e-books, los nazis o la iglesia católica tendrían que usar un pulso electromagnético para acabar con la palabra escrita, lo cual es mucho menos vistoso que una buena hoguera. El caso es que, volviendo al tema, me siento como Guy Montag, el bombero quemalibros de Farenheit 451. Luego explicaré por qué.


Mis propósitos para La Fraternidad de Babel son escasos. Os pregunté si querías que cambiase el aspecto del blog y los resultados de la encuesta han sido claros. Al 53 % le da igual, el 18 % quiere que la decoración cambie y el 27 % prefiere que se quede como está. Así que se queda como está. Gracias por participar.


Por lo demás, ya sabéis que escribo en Babel lo que se me ocurre en cada momento, sin la menor previsión, pero hay algunos temas que tengo en cartera. Hablaré de Stonehenge (o, mejor dicho, de la llanura de Salisbury), un asunto que dejé a medias hace un par de años. En febrero aparecerá Leonís, la primera novela fantástica para adultos que publico desde hace un porrón de tiempo. El libro, ilustrado por mi amigo Miguel de Unamuno, ha quedado precioso; charlaremos de ello. En marzo se cumplirá el décimo aniversario de la muerte de mi hermano Eduardo; hablaré largo y tendido sobre él y sobre una de mis grandes frustraciones como escritor. También hablaré sobre ciencia ficción, un tema que he ido posponiendo por pura pereza. Expondré mi visión general sobre el género y propondré mi particular canon. Y esto nos conduce a mi actual odio hacia los libros.


Vamos a remodelar el dormitorio de mi hijo Pablo; de hecho, ahora mismo están los pintores trabajando en él. Eso ha supuesto que el pasado fin de semana hubiera que vaciar dicho dormitorio. Y, como la mitad de mi colección de ciencia ficción estaba en ese cuarto, he tenido que sacarla. La mitad de mi colección ocupa catorce cajas de buen porte. Miles de libros polvorientos que he trasladado con el sudor de mi frente. Por otro lado, llevo meses intentando remodelar mis librerías para que quepan más libros y, entre tanto, tres pilas de libros por leer crecen en mi dormitorio como inestables torres (de Babel, claro), para consternación de mi mujer. Empiezo a sentirme como si tuviera el síndrome de Diógenes y temo morir aplastado bajo toneladas de papel impreso.


Y, una vez más, me he dicho que todo eso se solucionaría si me deshiciese de mi colección de cf. Bastaría con que me quedara sólo con los títulos que realmente me interesan (un diez por ciento, aproximadamente) y vendiese el resto. Pero no puedo malvenderlo; sé que esos libros son valiosos en el mercado del coleccionismo y también sé que la única forma de sacarles todo el jugo es venderlos uno a uno... Dios santo, qué pereza; me llevaría años deshacerme de ellos. También podría vender la colección en bloque, aunque fuera por una tercera parte de su valor; pero, ¿a quién? ¿Y cómo? Lo primero que tendría que hacer es un listado de existencias y... joder, qué pereza. Además está la vinculación emocional que me une a esos libros; los coleccioné desde los doce o trece años hasta los treinta y muchos, cada uno de ellos tiene su historia y su bagaje de recuerdos... En el fondo sé que debería quemarlos, quemar todos los libros... ¡JIAHAHAHA! (carcajada siniestra)


En fin, continuaré debatiéndome entre el amor y el odio que hoy por hoy siento hacia esas cosas polvorientas. Y... ¿qué más? Los políticos seguirán vendiéndonos sus motos (y nosotros comprándoselas) y la iglesia seguirá empeñada en conducir de nuevo a España al redil del nacional-catolicismo. ¿Hablaremos de eso? Seguro que sí. ¿Y vosotros; queréis comentar algún tema en particular? No os cortéis: decídmelo con la seguridad de que yo haré lo que me de la gana.


Como siempre. Año nuevo, vida vieja.


Ahora que caigo, aún no os he deseado un feliz año, así que:


Feliz 2011, amigos míos. Si la profecía maya se cumple, éste será el último año de nuestras vidas, así que más vale que lo aprovechemos bien.

miércoles, enero 5

Noche de Reyes

De todas las mentiras de la Navidad, la más bonita es la de esta noche y mañana. He pasado toda la tarde haciendo paquetes mientras Pepa se iba al cine con nuestros okupas. Me gusta ese ritual, los regalos, los papeles de colores, la cinta adhesiva, las tijeras, música en el equipo, tranquilidad en la casa, algún que otro taciturno canuto, soledad de la buena... Además de los regalos “oficiales”, les preparo a mis hijos una especie de gincana. Escondo pistas y pruebas por la casa y ellos deben resolverlas para obtener nuevos obsequios. De pequeños eran juguetes, ahora pasta gansa. Es gracioso: mis hijos tienen 23 y 20 años, pero les sigue haciendo ilusión el “juego de las pistas”. Y mientras les ilusione a ellos me ilusionará a mí.

Ahora comeremos un poco de roscón con chocolate. Luego charlaremos y quizá veamos alguna serie. A última hora pondremos los regalos al pie del árbol y, justo antes de dormir, ya de madrugada, esconderé las pistas y la pasta por la casa. Me encanta esta noche. Es mágica.

Felices Reyes, amigos míos, y que sus Majestades de Oriente os traigan ilusión, cosas bellas e inútiles, risas y toneladas de asombro.

Shhhhhhhh...

Feliz noche, merodeadores...