viernes, abril 15

Eduardo Mallorquí (VI)


Para Eduardo, el centro del universo era él mismo. Se trataba de un hombre inteligente, no cabe duda, pero se consideraba mucho más inteligente de lo que en realidad era. De hecho, estaba permanentemente en posesión de la verdad, de todas las verdades. Él era el árbitro, el fiel de la balanza, el único oráculo capaz de desentrañar la naturaleza del mundo. Jamás dudaba de sus ideas ni permitía que los demás las pusieran en cuestión; y si alguien lo hacía era un imbécil.


El problema es que esas ideas -la versión que mi hermano tenía del mundo- giraban siempre en torno a él. Y el concepto que tenía de sí mismo, aparte de elevado, era inmutable; de modo que si la realidad y ese concepto no casaban, no se replanteaba el concepto, sino que retorcía la realidad hasta conseguir que encajara con su visión de sí mismo. Y podía retorcer mucho la realidad, creedme.

Por ejemplo, la opinión que sostenía sobre nuestra familia. Según él, José Carlos era un mimado, un indolente al que le habían “comprado” el título de arquitecto, un pedante, un cobarde, un vocacional de la normalidad, un vendido. Y cosas más gordas que me callo. En fin, no es de extrañar que pensara así; José Carlos y él siempre se llevaron fatal. Nuestro padre, por su parte, era –según la visión de Eduardo- un hombre con talento, pero tan débil y acomplejado que dependía absolutamente de su mujer para relacionarse con el mundo. En cuanto a nuestra madre... Eduardo la consideraba una indolente, una egoísta que se había subido a la chepa de su marido para vivir como una reina. De pronto, era la mala de la película.

Veréis, mi familia era muy “especial”, y mi madre era especialmente “especial”. Su mayor excentricidad consistía en levantarse muy tarde, acostarse más tarde aún y apenas salir de casa. Por lo demás, era encantadora con la gente, fascinante, y todo aquel que la haya conocido puede corroborarlo. También podía ser extraordinariamente entregada a los demás. Su mayor defecto: lo absolutamente segura que estaba, el desmedido concepto que tenía de sí misma. Jamás dudó de sus creencias y actos. Como su hijo Eduardo, sólo que ella de verdad. Cuando murió, yo tenía 17 años y no me llevaba bien con ella; supongo que por entonces tenía con mis padres los mismo problemas que cualquier adolescente. Pero la quería y, pese a sus defectos, que los tenía, mi madre distaba mucho de ser la bruja perversa que dibujaba mi hermano en su imaginación. ¿Por qué Eduardo retorció las cosas para forzar esa visión de nuestra familia? Sencillo; su vida se había ido a la mierda y él no podía aceptar su total responsabilidad sobre el desastre. Necesitaba culpables, ¿y qué mejores culpables que nuestros padres? La patológica necesidad que mi hermano sentía de ser inocente hacía que esas versiones retorcidas de la realidad evolucionaran con el tiempo. Para peor. Más adelante transcribiré literalmente la opinión que, un par de décadas después, Eduardo acabó sosteniendo sobre sus padres. Ah, he olvidado incluir la opinión que mi hermano tenía de mí. Como es lógico, no lo sé a ciencia cierta, pero creo que podría resumirse así: yo era un proyecto de persona interesante que acabó convirtiéndose en un hijo de puta.

Eduardo era absolutamente maniqueo. Las cosas eran o blancas o negras, sin gama de grises. Lo mismo ocurría con las personas. Había personas interesantes y personas anodinas. Con estas últimas actuaba como si no existiesen, miraba a través de ellas, no les prestaba la menor atención. Eran como bultos en el paisaje. Y daba igual el grado de proximidad que tuvieran con él. A Teresa, la mujer de José Carlos, la ignoraba de forma olímpica. A Pepa, mi mujer, la consideraba una idiota. Fernando, su mejor amigo de siempre, se casó con una chica que mi hermano no aprobaba, ergo se acabó la amistad. Así de radical era.

En cuanto a las personas “interesantes”, se distribuían en distintos niveles. Mi hermano consideraba que había personas más inteligentes y brillantes que él. Por ejemplo Bertrand Russell, Enrique Jardiel Poncela o Aldous Huxley. Sí, todos gente ya muerta. Luego estaban los que eran tan inteligentes y brillantes como él. Sus iguales. Este grupo era muy escaso y resultaba sumamente fácil caerse de él. Después estaban quienes eran, en distinto grado, menos inteligentes y brillantes que él, pero le admiraban. El grupo más nutrido, sin duda; aunque también era fácil caer en desgracia y pasar al último grupo: el de los hijos de puta, aquellos que le traicionaban o fallaban. Éste es el grupo que más creció a lo largo del tiempo.

Eduardo estaba demasiado centrado en sí mismo para prestar verdadera atención a las personas. Le resultaba imposible empatizar, porque la empatía requiere ponerte al nivel de los demás, y Eduardo vivía encaramado a un podio ficticio. No, en realidad Eduardo no comprendía a los seres humanos, porque todo lo veía a través de la lente deformante de su cada vez más deformado ego. Según su idea de la amistad, llegado el caso sus amigos estaban moralmente obligados a hacer cualquier cosa que él les pidiese. Y si no lo hacían, ingresaban automáticamente en el grupo de los hijos de puta. Al revés no ocurría, por supuesto; él no estaba obligado a nada. Bastante hacía mi hermano honrándoles con su amistad.

Durante los últimos años de su etapa alcohólica, Eduardo perdió a muchísimos amigos. A la mayor parte los mandó a la lista negra por no plegarse a sus deseos; otros acabaron hartos de él y le abandonaron.

Pero ahora tenemos a Eduardo volando hacia Venezuela para rehacer su vida. Y lamentablemente debemos hablar un poquito de mí. Quizá he dado la falsa impresión de que, tras dejar de vivir con Eduardo, mi vida se remansó, y eso no es ni mucho menos cierto. Llevaba una vida muy desordenada; menos que antes, pero un desastre en cualquier caso. En 1979, coincidiendo más o menos con la partida de Eduardo, decidí poner un poco de orden en mi existencia. Tenía pendiente la mili, algo que me había impedido en más de una ocasión conseguir un contrato fijo, así que renuncié a la última prórroga y en 1980 ingresé en el ejército, primero en Pontevedra y luego en La Coruña. Lo único bueno que tenía el servicio militar es que te dejaba muchísimo tiempo para pensar. Yo lo empleé en darme cuenta de que no me gustaba el periodismo y quería dedicarme a otra cosa. Me licencié en la primavera del 81 y regresé a Madrid. Unos años antes había optado a un puesto de creativo en Young & Rubicam, una agencia de publicidad; no me eligieron por no tener la mili hecha, así que volví allí, ya con mi cartilla sellada, y ese mismo verano empecé a trabajar en publicidad.

Lo que siguió es demasiado largo y complicado para contarlo con detalle, sobre todo porque ésta no es la historia de mi vida. Baste decir que, pese a que intentaba ordenar mi existencia, aquellos dos años, el 81 y el 82, fueron los más convulsos y agitados que jamás he vivido. Tenía problemas en el trabajo, tenía problemas sentimentales por varias bandas, tenía problemas de amistad, tenía problemas con el alcohol. Mi vida se convirtió en un caos, y el estrés derivado de ello me enloqueció. Perdí el sentido de la realidad. Me chiflé. Hasta que, a mediados de verano del 82, me dije a mí mismo: basta, hasta aquí hemos llegado. Tenía que alejarme, adquirir perspectiva, recuperar la serenidad. En aquella época pre-Internet, Eduardo y yo manteníamos el contacto por carta. Un día le llamé por teléfono y le dije que iría a verle a Caracas en agosto. Compré un billete y crucé el charco por primera vez en mi vida.

Por aquel entonces, y tras diversos avatares que no recuerdo bien, Eduardo había logrado establecerse y trabajaba para un periódico venezolano, creo que El Diario de Caracas; era el director del suplemento dominical. Vivía en un pisito de clase media y tenía un Ford de segunda mano. Había dejado de beber por completo.

Le encontré físicamente bien y, por supuesto, más animado que durante su última etapa en Madrid. Pero había cambiado; algo en él se había roto. Carecía de alegría. Seguía teniendo sentido del humor, pero era un humor “mecánico”, sin alma, más ácido y menos simpático que nunca. Además, su intolerancia había aumentado alarmantemente. Todos los rasgos de su personalidad que he intentado dibujar al principio de esta entrada se habían incrementado y reforzado. Si le llevabas la contraria sobre cualquier tema, por nimio que fuera, reaccionaba con una violencia desmedida. Se tomaba demasiado en serio a sí mismo.

Pero yo estaba hecho polvo; no había ido allí a discutir con mi hermano, sino a verle y a intentar tranquilizarme. Pasé un par de semanas en su piso. Conocí a su círculo de amigos, entre ellos a Orlando Urdaneta, un actor venezolano de TV (muy famoso en su país por aquel entonces) con el que Eduardo había colaborado en alguna ocasión. Y conocí, por supuesto, a Alicia, la tercera pareja estable de mi hermano.

Por aquel entonces debían de llevar algo así como un año viviendo juntos. Eduardo hablaba maravillas de ella, pero siempre hacía lo mismo al principio de sus relaciones. Parecía muy enamorado. ¿Cómo era Alicia en realidad? A Eduardo, ya lo he dicho, le gustaban las mujeres sumisas y complacientes, y Alicia era sin duda sumisa... pero, al parecer, no muy complaciente. Según todos los testimonios que he podido recoger, en realidad era una vaga que se pasaba el día sin dar un palo al agua. Además, a Eduardo le gustaban guapas y esbeltas, y Alicia era más bien vulgar y tirando a gorda. ¿Cómo era personalmente? Agradable, tranquila y... digamos que muy poco interesada en casi todo. La verdad, no parecía la pareja más adecuada para mi hermano. El 17 de mayo de 1991 escribe en su Diario:

*¿Alicia?
-La persona más encantadora del mundo hasta que empecé a tener ganas de matarla. Una insigne metedura de pata que duró siete años y medio, de los que sólo los cinco o seis primeros meses tuvieron una gran parte positiva. Supongo que es buena persona, a su manera; pero me ha jodido bien. Fue exasperante y, sobre todo, muy triste. ¿Algo positivo? Estando con ella dejé de beber. Ella no hizo nada para conseguirlo; pero... Aunque sea una coincidencia, le concedo el beneficio de la duda. Lo demás, un naufragio.
(...)
(27 de diciembre de 1992) Por lo demás, (Alicia era) una inútil, irresponsable y estúpida encantada de conocerse e incapaz de hacer el más mínimo cálculo sobre las consecuencias de sus acciones. El 86, yo estaba sin un duro y entrampado hasta el cuello, y a casa venía diariamente una señora a limpiar, mientras mi encantadora “compañera” se dedicaba a tocarse las narices, a hincharse de chocolate a escondidas y a pasarse por las tardes a casa de la vecina para jugar a la canasta hasta medianoche.

Entre ambos comentarios sobre Alicia hay un lapso de año y medio. Y fijaos; en el primero todavía se advierte cierto cariño, pero el segundo es puro vitriolo. Eso le ocurría a Eduardo: sus rencores y sus odios, lejos de menguar, crecían con el tiempo.

Las dos semanas que pasé en Caracas me sirvieron para tranquilizarme y recuperar la cordura. Regresé a Madrid con las ideas más claras y la firme decisión de intentar arreglar todo lo que había estropeado. Y, más o menos, lo conseguí. Dejé de beber, recuperé a la mujer que amaba y me casé con ella en marzo del 83.

Entre tanto, sucedió algo: Planeta compró los derechos de El Coyote y de pronto nos llegó un dinero inesperado. Entonces, aprovechando esa circunstancia, Eduardo decidió volver a España. José Carlos negoció con el banco y la deuda de nuestro hermano, el único obstáculo para su regreso, quedó saldada.

¿Cómo me tomé el retorno de Eduardo a nuestras vidas? Cuando inicié esta ¿semblanza? sobre mi hermano me puse una única norma: sinceridad. Debía ser absolutamente franco sobre él... pero también sobre mí. El regreso de Eduardo me alegró, y al mismo tiempo me preocupó. Con Eduardo, en el pasado, todo habían sido problemas y lo último que yo quería en aquel momento eran problemas. Bastantes había tenido ya. No obstante, Eduardo había dejado de beber, era absolutamente abstemio, y la mayor parte de los conflictos que mi hermano había protagonizado en el pasado se debían al alcohol (o eso creía yo entonces). Pero, por otro lado, estaba su cambio de carácter, su radicalización, su agresivo malhumor, su extraña percepción de la realidad, su intolerancia... Yo sólo había visto una pequeña muestra de eso durante mi estancia en Caracas, pero bastó para ponerme a la defensiva. Aunque a lo mejor le había pillado en una mala época, quién sabe... Respiré hondo y crucé los dedos.

Poco después, a mediados de 1983, Eduardo y Alicia aterrizaron en Barajas.

“Lo que no puedo hacer es comprometerme a seguir viviendo en esta soledad y en esta insatisfacción. No voy a seguir viviendo bajo mínimos, de eso tengo la certeza. No creo en lo de que “mientras hay vida, hay esperanza”, sino más bien en lo contrario: “mientras hay esperanza, hay vida”. Y la esperanza la he perdido”.
Diario, Eduardo Mallorquí. 15 de octubre de 1992.

Continuará



lunes, abril 11

Eduardo Mallorquí (V)


Hasta ahora he narrado la vida de Eduardo a través de mis experiencias con él, pero apenas he hablado de su actividad profesional, así que vamos a dar un poquito de marcha atrás. Se suponía que mi hermano iba a desarrollar una carrera como escritor, como novelista; sin embargo, mientras vivían nuestros padres, creo que sólo escribió una novela completa (debió de ser en el 67 o el 68). He olvidado el título, y del argumento sólo recuerdo que era un juego metaliterario en el que al autor interaccionaba con los personajes. Ingenuamente, Eduardo lo presentó al premio Planeta; huelga decir que no ganó. Ni siquiera sé si posteriormente intentó publicarla; fuera como fuese, quedó inédita.

De esa primera época recuerdo, además, un par de cuentos suyos. Curiosamente, ambos eran muy emotivos. Y digo curiosamente, porque poco después la emotividad desaparecería por completo de sus escritos. Huyendo de la sensiblería, Eduardo perdió la sensibilidad. Lo que escribía, por brillante que fuera, siempre era gélido.

Básicamente, Eduardo se ganaba la vida traduciendo (puede encontrarse un listado de sus traducciones casi completo en Internet). Además, colaboraba en La Codorniz como articulista y crítico teatral. Y creo que lo mejor que escribió jamás está en su trabajo para esa revista; algún día colgaré aquí algunos de sus artículos. Por desgracia, las ventas de La Codorniz estaban bajando alarmantemente. En parte porque le había surgido competencia, como El Papus o Hermano Lobo; pero también porque no había sabido adaptarse a los nuevos tiempos. En 1977, su director, Álvaro de La Iglesia, fue destituido, sustituyéndole, de facto, Manuel Summers. No funcionó y la revista cerró sus puertas definitivamente un año más tarde.

Pero antes sucedió algo. En vista de la decadencia de la publicación, su redactor jefe, Víctor Vadorrey (gran amigo de Eduardo) y mi hermano prepararon un proyecto de programa de humor para presentarlo a TVE. Supongo (sólo supongo) que utilizarían los contactos de Vadorrey, pues éste había colaborado años antes en el programa de TV La tortuga perezosa. El caso es que el proyecto fue rechazado, pero Eduardo utilizó esos contactos para venderle a la cadena unos guiones suyos. Vadorrey lo consideró una traición y, desde entonces, dejó de dirigirle la palabra.

¿Tenía razón Vadorrey? ¿Eduardo se aprovechó de él, le traicionó, para colarse en la tele? Estoy seguro de que no era esa su intención, pero, llegado el momento, Eduardo podía ser muy egoísta, así que... no lo sé. El caso es que Eduardo vendió sus tres primeros guiones. Eran para “Original”, un programa de TV-movies independientes de una hora. En 1975 se emitió “Betty & Carlos”, y un año después “Alguna vez tienen que ganar los indios” y “Las buenas intenciones”.

No recuerdo cuándo dejó de colaborar Eduardo con La Codorniz. Fue antes del cierre definitivo, eso seguro, pero ignoro cuánto antes. Tampoco sé si su conflicto con Vadorrey le afectó a su trabajo en la revista. Sea como fuere, Eduardo abandonó La Codorniz y se convirtió en el crítico teatral de la revista Cambio 16. ¿Cuándo? En 1975 o 1976, no estoy seguro.

La cuestión es que Eduardo había conseguido meter un pie en TVE y otro en la revista más influyente y prestigiosa de aquel momento. Pero no le sirvió de nada; no hubo continuidad en la tele y su colaboración con Cambio 16 nunca pasó de las críticas teatrales. ¿Por qué? ¿Por el alcohol, por la mala suerte, por falta de constancia, por su carácter? No lo sé. Por otro lado, a la hora de escribir literatura Eduardo nunca completaba nada. Comenzaba decenas de novelas y a las pocas páginas las abandonaba. Era absurdo; creo que, acostumbrado a los textos cortos, no se sentía seguro con la novela. ¿Y el teatro? Dada su condición de crítico teatral, me extrañaría que no hubiera intentado escribir alguna obra. No recuerdo si lo hizo, pero desde luego no completó ninguna. No obstante, me parece que ya por aquel entonces Eduardo había decidido que quería dedicarse más al guión que a la literatura. El problema es que no se dedicaba a nada.

El anterior post acababa con Eduardo recién separado de María, pero ahora tenemos que retroceder un poquito. Más o menos un año antes, nuestro hermano José Carlos se enteró de que en el edificio donde vivía se alquilaba un piso a buen precio y se lo dijo a Eduardo. Así que Eduardo y María se trasladaron al paseo de la Castellana, a un piso mucho mejor y más grande que el apartamento de General Perón. Para celebrarlo, dieron una fiesta de las de siempre, con mucho alcohol y mucho desquicie. Creo que fue la última; o, al menos, la última a la que yo asistí.

Finalmente, Eduardo se separó de María y se quedó solo en el piso. Yo me veía mucho menos con él y no sé a ciencia cierta cómo era su vida por entonces. Me lo imagino, pero no lo sé. Una vez me contó que se había hecho amiguete del director de su sucursal bancaria, y que le había concedido una cuenta de crédito de hasta medio millón de pesetas (bastante pasta por aquel entonces). Y realmente necesitaba ese crédito, porque había dejado de traducir, no trabajaba, no escribía; ni siquiera estoy seguro de que siguiera colaborando con Cambio 16. Eduardo bebía, bebía y bebía, como si quisiera matarse. El 8 de octubre de 1992 dice en su Diario:

-Hay gente que duerme en cajas de cartón, come de lo que encuentra en la basura y considera que debe seguir viviendo. Pero también podría considerarse que esa gente ya se ha suicidado. Ciertos expertos en suicidio no estudian la influencia que sobre él tiene el alcoholismo, porque consideran que el alcoholismo es un forma de suicidio. Estoy de acuerdo con ellos.

Eduardo se había zambullido de lleno en una espiral depresivo-alcohólica que conducía al desastre. ¿Cómo no me di cuenta? Supongo que, en cierto modo, no quise hacerlo. La vida con mi hermano me había desequilibrado demasiado y lo único que quería era olvidar, dejar atrás aquel periodo. Además, la imagen de Eduardo se había hecho añicos en mi mente; seguía queriéndole, por supuesto, pero al mismo tiempo le culpaba de no ser la persona que yo creía que era, de no ser la persona que él fingía ser. No, ya no admiraba a Eduardo; de hecho, me cabreaba en muchos aspectos. Como es lógico, aquí no voy a contarlo todo, no tendría sentido ni sería justo; a fin de cuentas, todos hacemos cosas mezquinas en algún momento de nuestras vidas, y eso no significa que seamos unos hijos de puta, sino sólo que somos débiles. Eduardo hizo cosas malas por aquel entonces; abusó de sus amigos, dio sablazos, manipuló a personas que le apreciaban, llegó a ser muy miserable en algunos momentos. Tampoco se portó bien conmigo; la última que me hizo fue pulirse un dinero que era mío, obligándome a pasar un época de franca pobreza. ¿Me cabreó? Sí. ¿Le odié? No. Pero estaba harto de él; a su lado todo eran problemas y más problemas. Era un toxicómano, de acuerdo; un borracho. Ya no tenía control sobre sí mismo. Pero es muy difícil vivir con alguien así.

Estuvimos un tiempo distanciados. Hasta que una tarde me telefoneó José Carlos (que, por entonces, era vecino de Eduardo, ¿recordáis?) y me dijo que acababa de telefonear a Eduardo, y que nuestro hermano estaba tan borracho que no podía ni hablar y le había colgado. Así que José Carlos bajó a su piso y llamó al timbre, pero nadie le abrió. José Carlos estaba preocupado; tenía llaves del piso, pero no quería entrar solo y me pidió que le acompañase. Cogí el coche y fui inmediatamente al piso de Castellana. José Carlos y yo llamamos repetidamente al timbre, en vano, de modo que abrimos la puerta y entramos.

Eduardo estaba de pie en medio del salón, tambaleante, con la mirada perdida y expresión de pasmo. Literalmente: era incapaz de hablar. Nunca he visto a nadie tan borracho teniéndose en pie. Hay que reconocérselo: Eduardo podía beber hasta el límite, pero no se desmayaba ni vomitaba. Supongo que eso dice algo acerca de su personalidad, pero no sé exactamente qué. El caso es que Eduardo estaba semi-inconsciente, hasta arriba de alcohol, pero no intentamos darle café, obligarle a vomitar o cualquiera de las tonterías que suelen hacerse con los borrachos. Sencillamente, le acostamos y le dejamos dormir la mona.

Y, entre tanto, José Carlos y yo registramos la casa en busca de alcohol. Encontramos decenas (sic) de botellas de vodka vacías. Y algunas llenas o medio llenas. Y, sorprendentemente, varias escondidas. ¿Por qué escondía el alcohol si vivía solo? ¿Eran restos de la época en que María aún estaba con él? ¿O es que ya no sabía lo que hacía? No lo sé; lo cierto es que encontramos varias botellas de Smirnoff ocultas aquí y allá.

Unas horas más tarde, Eduardo se levantó. Aún seguía borracho, pero ya podía hablar y comprender lo que se le decía. Le obligamos a comer algo y le contamos que habíamos tirado todo el alcohol. Le dijimos que se estaba matando, que estaba echando a perder su vida, que o dejaba de beber o iba a acabar fatal. Eduardo aún seguía demasiado turbio para razonar, así que le dejamos de nuevo en la cama y quedamos en volver a hablar con él al día siguiente, cuando estuviese despejado.

Aquella noche, al regresar a casa, me sentía fatal. Si la imagen que yo tenía de mi hermano ya estaba muy deteriorada, verle convertido en un zombi babeante la había destrozado definitivamente. Me preocupaba Eduardo, sentía pena por él... pero también me cabreaba. A partir de entonces, mi hermano provocaba (y sigue provocando) en mí un sentimiento ambivalente: pena y cabreo al mismo tiempo.

Al día siguiente José Carlos y yo hablamos con Eduardo para intentar convencerle de que dejara de beber y cambiara de vida. Y Eduardo, creo que por primera vez en su existencia, hizo caso. Supongo que él mismo estaba asustado. Además, entonces nos enteramos de que Eduardo no tenía ni un duro, no tenía trabajo ni perspectivas de trabajo y le debía más de medio millón de pesetas al banco. Nuestro hermano estaba con el agua al cuello. En cualquier caso, Eduardo decidió dejar de beber. Y lo cumplió. Es sorprendente: llevaba no sé cuántos años emborrachándose, pero nunca llegó a ser alcohólico. Es decir, su organismo no desarrolló dependencia física al alcohol, pues de lo contrario le habría sido imposible cortar con la bebida sin sufrir el mono.

Fue un triunfo que Eduardo dejara de beber, pero su situación seguía siendo angustiosa. Recuerdo que en aquel momento pensé que su única salida sería irse de España, comenzar una nueva vida en otra parte. Pero no podía decírselo, no podía aconsejarle que hiciera algo tan en el fondo arriesgado. No hizo falta. Un día me telefoneó y me contó que había pensado en irse del país. Le dije que me parecía lo mejor que podía hacer y le sugerí como destino Venezuela, pues allí vivía el padre de un gran amigo nuestro y quizá pudiera ayudarle.

Era 1979 y él tenía 36 años de edad. Tiempo de sobra para rehacer una vida, pensé. Eduardo dejó el piso de Castellana y vivió en mi casa durante un par de semanas. No hubo ningún problema; mi hermano estaba casi relajado, como si se hubiese quitado un peso de encima, y al mismo tiempo estaba acojonado por el paso que iba a dar. En cierto modo parecía desconcertado por la sobriedad. Nunca le he visto tan humilde y pacífico como en esa época.

Finalmente, llegó el día de la partida y algunos de sus amigos y yo le acompañamos a Barajas. Recuerdo que cuando despegó el avión con Eduardo dentro experimenté tristeza, y preocupación, y, todo hay que decirlo, también un profundo alivio.

No estoy preparado para la vejez. No la entiendo. No sé lo que debo hacer, cómo asimilarla. Estoy más hecho un lío que de costumbre. Es algo de lo que, por una vez, no tengo la culpa y sobre lo que, como siempre, carezco de control. O quizá tenga el control que siempre he tenido: el de largarme”.
Diario, Eduardo Mallorquí. 2 de noviembre de 1993

Continuará

martes, abril 5

Eduardo Mallorquí (IV)


Mirad las fotos de la entrada anterior; ambas están tomadas el día de la boda de Eduardo y María Pilar. Fijaos en el rostro de mi hermano; su expresión, su sonrisa, refleja alegría pura, optimismo y un punto de inocencia. Claro, diréis; era el día de su boda. Es cierto, pero un año más tarde esa expresión desaparecería para siempre de su rostro.

Ya he explicado cómo era Eduardo en su mejor momento. Brillante, mordaz, con un gran sentido del humor, culto, inteligente. Y seductor. Era un encantador de serpientes nato; fascinaba a la gente con su arrolladora personalidad. Lo hacía desplegando un castillo de fuegos artificiales, convirtiéndose en el centro de cualquier conversación, aupándose a un metafórico púlpito desde el que irradiaba talento e ingenio. La gente se quedaba admiraba y mi hermano disfrutaba con esa admiración, la necesitaba. Porque en el fondo, tras la brillantez, tras la mordacidad y el ingenio, Eduardo era sumamente frágil. Por ejemplo, nada más escribir algo, aunque fuese un texto incompleto, se lo daba a leer a alguien de la familia, a quien estuviese más a mano, porque necesitaba alabanzas, reafirmarse instantáneamente, necesitaba que los demás reconocieran su talento. Y que no se te ocurriera criticarle; encajaba fatal las críticas, le sacaban de quicio, le descomponían. Alguien realmente seguro de sí mismo no reacciona así. Esa faceta suya, esa debilidad interior que le obligaba a reafirmarse constantemente y le impedía la autocrítica, creció con el tiempo hasta abarcar todas las facetas de su personalidad.


Pero ahora estamos a finales de 1972. Nuestro padre ha muerto y Eduardo va a venirse a vivir conmigo. En mi memoria hay dos recuerdos nítidos de esa época. El primero, la mudanza del apartamento de Doctor Fleming al piso de la calle Españoleto donde yo vivía. Eduardo estaba muy deprimido y me pidió que me ocupara yo de empaquetar sus pertenencias. Pasé toda una tarde en aquel apartamento que me traía recuerdos de tiempos más felices, solo, metiendo en cajas las cosas de mi hermano. No os podéis imaginar la depresión que me entró, lo mal que me sentí. Disculpad que me ponga literario, pero era como si estuviese empaquetando mi vida. Fue tristísimo.


En la diminuta cocina del apartamento, sobre un estante, había un pequeño puzzle en una cajita. Era la foto de un león y había llegado como regalo en un bote de Nesquik. Llevaba meses allí; de hecho, muchas veces, cuando mi hermano aún estaba casado y yo iba a su apartamento, cogía ese sencillo puzzle y lo hacía en un par de minutos. Esa tarde, mientras preparaba la mudanza, lo encontré. Y me lo quedé. Y aún lo conservo. Cuando de tarde en tarde lo veo, evoco una época en la que yo aún era inocente, y no puedo evitar que los ojos se me humedezcan un poco. Es curioso; cuando yo la palme, alguien encontrará entre mis cosas ese puzzle y se preguntará qué coño hace eso ahí, y lo tirará a la basura, que, supongo, es adonde debería haber ido a parar hace mucho tiempo.


El segundo recuerdo fueron las navidades del 72. Creo que pasamos la Nochebuena y, quizá, la Navidad en casa de José Carlos, pero la verdad es que no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que Eduardo, después de esas fiestas y antes de fin de año, decidió que hiciéramos un viaje. A San Sebastián. No conocíamos a nadie allí. Hacía muy mal tiempo, no paraba de llover. Y Eduardo no hacía más que beber.


Eduardo era muy aficionado a la bebida desde mucho tiempo atrás; entre mis recuerdos más remotos figuran algunas tremendas (y entonces divertidas) tajadas de mi hermano. Pero bebía, se emborrachaba, de forma recreativa, por decirlo así. Salía de noche a tomar unas copas y se agarraba un buen pedo. Como tantos otros jóvenes hicieron antes y hacen ahora. Sin embargo, desde la crisis de su matrimonio y, sobre todo, desde la muerte de nuestro padre, Eduardo comenzó a beber más, y más a deshora, y ya no lo hacía por diversión, sino por anestesia.


Aquel viaje a San Sebastián estuvo borracho todo el tiempo. Recuerdo una noche, en la habitación de hotel que compartíamos; Eduardo estaba tumbado en la cama, borracho, llorando desconsoladamente. Tenía 29 años, pero creía que su vida había terminado. Entonces sucedió algo curioso: le cogí de una mano para intentar transmitirle un poco de proximidad y afecto... y él la retiró bruscamente, como si le hubiera tocado un crótalo venenoso. ¿Por qué hizo eso? Porque Eduardo no podía permitirse mostrar debilidad. Y si esa debilidad asomaba, lo que hacía era encerrarse en sí mismo, negarse a la ayuda de los demás. En cualquier caso, esa noche sentí algo extraño. Ya he dicho que por entonces Eduardo era mi referente, mi maestro. Pero esa noche, pese a que mi hermano era diez años mayor, me sentí como si yo fuera el adulto y él un niño perdido.


Aquellas fueron las peores navidades de mi vida; creo que entonces empecé a odiarlas. Y con ese preámbulo comenzó nuestra vida en común en el piso de Españoleto. ¿Cómo podría definir brevemente ese periodo? Creo que las palabras más adecuadas son: caos, desorden, locura y alcohol, mucho alcohol. No quiero engañar a nadie: yo también bebía, y mucho. Pero no como mi hermano, ni por los mismos motivos. Tampoco pretendo dar la impresión de que aquello fue como un funeral; no, ni mucho menos, porque también hubo muchos momentos buenos, muchas risas y diversión.


Nuestra casa se convirtió en una especie de centro de reunión nocturno para la bohemia madrileña. Por ella pasaban actores y aspirantes a actores, periodistas, gente del espectáculo, noctámbulos, vividores y toda suerte de personajes más o menos estrafalarios. Al menos un par de veces por semana había reuniones en casa, fiestas improvisadas en las que el alcohol no dejaba de fluir. El resto de las noches, Eduardo iba al bar de Simón, en la cercana calle de Rafael Calvo, y allí pasaba el rato, bebiendo hasta altas horas de la madrugada. Yo le acompañaba muchas veces. Él se emborrachaba, en mayor o menor grado, a diario. Y ya no solo bebía por la noche, sino también durante el día.


No recuerdo exactamente cuándo apareció María en su vida; puede que fuese a mediados del 73, o quizá en el 74. María tenía más o menos la edad de Eduardo y trabajaba, si mal no recuerdo, en el Ministerio del Aire. No era guapa, pero tenía buen tipo y resultaba atractiva a su manera. Era inteligente y, por así decirlo, una perfecta hija de su época. Los 70, la liberación sexual, las ansias de libertad. María era una mujer independiente, con fuerte personalidad y mucho sentido del humor, y también, todo hay que decirlo, una de las personas más bordes que he conocido. No sé por qué, pero era así, tenía un carácter endiablado. No obstante, era sobre todo una buena persona. Aunque más de una vez la hubiera matada, me caía bien, la recuerdo con cariño.


Eduardo y María comenzaron a salir. Unos meses después, María dejó el piso que compartía con su amiga Michelle y se vino a vivir a casa. Ah, se me olvidaba: por aquel entonces, María también era una juerguista, así que las “fiestas” continuaron.


¿Qué vio Eduardo en ella? Porque María era exactamente el polo opuesto a la clase de mujeres que a mi hermano le gustaban (sumisas y complacientes). Creo, estoy seguro, de que mi hermano valoraba en ella su inteligencia y su sentido del humor; pero, sobre todo, estaba encoñado. El 17 de mayo de 1991 dice en su Diario:


*¿Y María?
-Un insigne culo. En posición vertical, insoportable; en posición horizontal, pasé con ella los mejores momentos de mi vida. Así que vaya lo comido por lo servido.


No prestéis mucha atención al modo en que se expresa mi hermano; son las palabras de un hombre deprimido y amargado, pero allá por los 70 todavía no era así. En cualquier caso, la relación entre María y Eduardo fue tormentosa desde el principio y un infierno al final. ¿Las razones? Básicamente, que Eduardo quería controlar a María y María no se dejaba. Si a eso le sumamos mucho alcohol y mucho descontrol, el cóctel resulta inevitablemente explosivo. Las broncas eran constantes, gritos, lloros y... sí, también bofetadas. Broncas de borrachos, broncas apenas inteligibles. Yo me encerraba en mi cuarto e intentaba leer, o escuchar música, pero el escándalo me impedía concentrarme. Otras veces me iba de casa para no oírles y recorría las calles sin rumbo fijo. No ocurría todos los días, por supuesto, pero sí con excesiva frecuencia.


Y el alcohol... Eduardo ya bebía a todas horas; vodka, la bebida favorita de quienes no buscan el sabor, sino la estupefacción. Bebía desde que se levantaba hasta que se acostaba, así que muchas veces, al llegar la noche, su estado era más que lamentable. Hay en mi memoria un recuerdo extraordinariamente nítido. Una “fiesta” en casa, de noche; mucha gente en el salón, amigos de Eduardo y de María. Mucho alcohol. Eduardo está tan borracho que apenas puede hablar, pero, con la ridícula dignidad del borracho, intenta fingir sobriedad y pronuncia las palabras muy despacio, trabándose con frecuencia. Y la gente se ríe; pero no con Eduardo, sino de Eduardo. María también ríe. Todos lo hacen.


Me levanté sin decir nada, abandoné el salón y me encerré en mi cuarto. Estaba furioso, y desolado, y jodidamente triste. ¿Os imagináis algo hermoso, una estatua perfecta, que de pronto se hace añicos? Eso es lo que yo sentía en aquellos momentos. Mi hermano, a quien adoraba, mi modelo, mi guía, sólo era un borracho farfullante, alguien incapaz de tomar el control de su propia vida, una figura patética. Os juro que esa ha sido la mayor desilusión de mi vida, el mayor desencanto.


La puntilla llegó poco después. Una tarde, Eduardo y María discutían a grito pelado en su dormitorio. Yo estaba encerrado en el mío, intentando ignorarles. Al cabo de un ruidoso rato, María vino a verme llorando a moco tendido. “Eduardo tiene un revólver y dice que va a matarse”, musitó entre sollozos.


El revolver en cuestión era un Colt calibre 22 que había formado parte de la colección de armas de nuestro padre. Me levanté como un rayo y fui en busca de mi hermano; estaba en su dormitorio, borracho a media tarde, llorando, histérico. Yo jamás había estado tan cabreado con él; creo que, por primera y última vez en mi vida, le odié. Después de lo que había ocurrido con nuestro padre, ¿cómo tenía los santos cojones de hacerme eso? Le miré con toda la dureza del mundo y pregunté: “¿Dónde está el revólver?”. Él balbució algo sobre lo mal que se sentía, sobre que se quería morir. No le hice ni caso; en vez de eso, grité: “¡¿Dónde está el puto revólver?!”. Se asustó; me vio tan sumamente cabreado, que se acojonó. Y eso, en cierto modo, me decepcionó aún más. El caso es que Eduardo señaló hacia un armario, lo abrí y allí estaba el revólver, convenientemente cargado. Lo cogí, me volví hacia él hirviendo de furia y le dije: “Con esta mierda de calibre, lo más probable es que, en vez de matarte, te hubieras desgraciado para siempre, gilipollas. No me vuelvas a hacer esto nunca más. ¿Entiendes, cabrón?: nunca más”. Salí dando un portazo, escondí el revólver y me fui de casa para refrescarme un poco.


Estaba harto. Llevaba algo más de dos años viviendo con Eduardo y todo había ido demasiado lejos. Aquella clase de vida nos estaba jodiendo; si seguían las cosas así, acabaría odiando a Eduardo y de ningún modo quería llegar a eso. Unos días después, aprovechando uno de sus escasos momentos de sobriedad, hablé con Eduardo y le dije lo que pensaba, le dije que me estaba volviendo loco, que no aguantaba más, que las cosas tenían que cambiar. Él, a su manera, lo entendió. No cambió de vida, ni mucho menos, pero creo que de algún modo comprendió que estaba siendo una mala compañía para mí, así que decidió alejarse. Poco después, me comunicó que María y él se mudarían a un apartamento de la calle General Perón.


Eso ocurrió en algún momento de la primera mitad de 1975. Me sentí aliviado, relajado, tranquilo por primera vez en mucho tiempo. Mi vida sin Eduardo se remansó; incluso dejé de beber durante una larga temporada. Por supuesto, continué viéndome con mi hermano; pero menos, y menos intensamente. Supongo (en realidad sé) que su relación con María siguió siendo tan tormentosa como siempre, porque unos tres años después, Eduardo quedó conmigo y me dijo que había roto con ella. Me contó los motivos; no sé si eran ciertos o no, y desde luego no los voy a reproducir aquí. Puede que él tuviera razón, quién sabe, pero en cualquier caso María también tenía poderosos motivos para dejarle. Aquello no era amor: era lucha libre.


“No rechazo mi enorme parte de culpa: nadie me obligó a beber como lo hice y, en mi vida, el alcohol tiene tanta importancia como la chifladura familiar. Tampoco estoy muy seguro de que si yo me hubiese metido por caminos más normales, hubiera llegado a beber como lo hice; pero no quiero escudarme en eso. Fui un estúpido borracho”.
Diario, Eduardo Mallorquí. 24 de septiembre de 1992.

Continuará

martes, marzo 29

Eduardo Mallorquí (III)

Leonor del Corral Abuin, la esposa de José Mallorquí, nuestra madre, falleció a causa de un mieloma el 1 de junio de 1971. Durante los casi cuatro años que duró su enfermedad el ambiente se enrareció en nuestra familia; fue como si nos dejaran los nervios a flor de piel y hasta el menor roce nos hiciera saltar. Mi padre, que adoraba a su mujer, estaba destrozado. Mis hermanos, por su parte, comenzaban por aquel entonces a construir sus propias vidas. José Carlos, el mayor, había acabado arquitectura y tenía una novia, compañera de universidad, llamada Teresa. Eduardo se dedicaba a traducir y seguía colaborando en La Codorniz como articulista y crítico teatral. Desde hacía un tiempo había vuelto a salir con una antigua novia, María Pilar. Su vida parecía seguir el camino correcto.

Cuando murió su mujer, nuestro padre se hundió en la depresión. Llenó la casa de fotos de nuestra madre, visitaba su tumba casi a diario, había convertido el dormitorio en un altar. En cierta ocasión, a través de la rendija de una puerta, le vi junto al armario, abrazado a los vestidos de su mujer que él nunca sacó de allí, llorando desconsoladamente. Se me partió el corazón.

El 20 de noviembre de 1971, Eduardo se casó con María Pilar. Creo que en parte lo hizo para huir del asfixiante ambiente que se respiraba en nuestra casa. No se le pude culpar por eso; de haber podido, yo también me habría ido. Cuatro meses más tarde, el 3 de marzo de 1972, José Carlos y Teresa se casaron. Y yo, un chaval de 18 años, me quedé solo en casa con nuestro padre. Creo que, de no ser tan joven e irreflexivo, me habría vuelto loco. Pero era joven e irreflexivo, y estaba descubriendo el mundo, abriéndome a la vida, así que no era del todo –o nada- consciente del drama que se desarrollaba a mi alrededor.

No perdí el contacto con Eduardo; seguía siendo mi mentor, mi guía, mi maestro, le adoraba, de modo que le visitaba con frecuencia en el apartamento de la calle Doctor Fleming donde vivía junto a María Pilar. De hecho, Eduardo me dejaba de vez en cuando las llaves del apartamento para que fuera allí con mi novia de entonces a practicar... toqueteos, no nos engañemos; en aquella época, follar en España no era un pecado: era un milagro. Por entonces, la calle Doctor Fleming era el centro de la prostitución de lujo de Madrid, así que gran parte de las vecinas de mi hermano eran putas. Pero de lujo. Muchas veces, cuando iba allí, me cruzaba con mujeres despampanantes y eso, unido a los escarceos con mi novia, hace que, en mi memoria, ese apartamento esté impregnado de erotismo.


Por desgracia, las cosas no iban bien en el matrimonio de mi hermano. Veréis, María Pilar, su mujer, era muy, muy guapa; y también era trabajadora e independiente. ¿Qué fallaba entre ellos? Dos cosas. La primera, la que más preocupaba a mi hermano, era que las relaciones “íntimas” entre ellos no funcionaban bien. La segunda, que conocí mucho después, era que Eduardo pretendía que María Pilar dejara de trabajar. Quería que se quedara en casa, cuidando del hogar, quería una mujer enteramente dedicada a él. El reposo del guerrero, supongo. ¿Una actitud extraña para un “intelectual de izquierda”? Pues sí; era una de sus muchas contradicciones. El caso es que siempre buscó esa clase de mujer, aunque nunca, salvo quizá al final de su vida, la encontró.

El siete de noviembre de 1972, Mary, nuestra joven, dulce y encantadora asistenta, me despertó poco antes de las ocho de la mañana. “A tu padre le pasa algo”, me dijo, demudada. Salté de la cama y corrí al dormitorio de mi padre. Allí estaba el practicante que, a diario, le suministraba insulina para su diabetes; movía la cabeza de un lado a otro y murmuraba: “Pobrecito, pobrecito...”. Miré a mi padre. Estaba tumbado en la cama, con la cabeza ladeada y un brazo, el derecho, extendido. Las sábanas estaban llenas de sangre. Creí que había vomitado, que estaba inconsciente, e intenté hablar, preguntar por qué nadie hacia nada, pero no pude, tenía un nudo en la garganta. Entonces, al cabo de no sé cuántos segundos, la vi. Aún estaba en su mano, una pistola Astra de nueve milímetros. Di un puñetazo sobre un mueble, dije algo, no recuerdo qué, abandoné el dormitorio, fui a una salita de estar, me dejé caer en un sillón y rompí a llorar. Yo no lo sabía, pero si toda vida tiene un punto de inflexión, un momento en que todo cambia, aquel momento fue el fulcro de mi vida. Y, probablemente, también de la de Eduardo.

¿Cómo le afectó el suicidio de nuestro padre? Fue demoledor. En el cosmos existe una radiación de fondo de microondas que lo llena todo; son los restos, el eco, del big bang, la gran explosión que dio origen al universo. Pues bien, el suicidio de nuestro padre se convirtió en la radiación de fondo de la vida de mi hermano. Y, en cierto modo, también de la mía. Pero yo era diez años más joven que él, así que encajaba mejor los golpes. En cualquier caso, nuestro padre abrió una puerta que, en la mente de Eduardo, nunca se cerró.

Sí, la muerte de José Mallorquí fue una bomba atómica en nuestras vidas. Pero no fue él único golpe que recibió Eduardo; unas semanas después del entierro, María Pilar, su mujer, decidió separarse de él. Eduardo no se lo esperaba, aunque todo lo anunciaba. La historia de ese divorcio es curiosa. Eduardo era gran admirador de Enrique Jardiel Poncela y un día conoció a su hija, Evangelina Jardiel, que era psicóloga. Dado lo mal que le iba en el matrimonio, decidió recurrir a sus servicios, así que María Pilar y él tuvieron varias sesiones con ella. Eduardo pretendía que Evangelina ayudase a María Pilar a superar sus problemas “íntimos”, pero la psicóloga hizo algo distinto: le aconsejó a María Pilar que se separara, porque Eduardo tenía una personalidad destructiva.

Cuando lo supo, mi hermano se agarró un cabreo inmenso; quería matar a Eva Jardiel, a la que consideraba una rata traidora. A mí también me indignó entonces, pero ahora, con la perspectiva del tiempo, no puedo evitar maravillarme de la perspicacia de esa mujer. Caló a mi hermano y salvó a María Pilar de la quema. La verdad es que hizo bien. ¿Cómo lo digirió Eduardo? Sencillamente, nunca lo digirió. Diecinueve años después, escribió lo siguiente en su diario:

*¿Qué es lo que más lamentas a estas alturas de tu vida?
-Tengo una larga lista de lamentaciones; pero la mayor es no haber encontrado una pareja que me hiciera más feliz que infeliz.
*¿Qué opinas de María Pilar, la primera?
-Como novia fue estupenda, porque tener a los veinte años una novia así de guapa fue como caminar dos palmos por encima del suelo. Como esposa, catástrofe inmitigada. Respeto su capacidad de trabajo, su decisión, su empuje, su elegancia vistiendo. Por lo demás, una perfecta tarada (...)

Lo que sigue es innecesariamente ofensivo y no lo voy a reproducir. Pero ya veis: la culpa del fracaso de su matrimonio fue enteramente de María Pilar, él no tuvo nada que ver. Siempre se consideró inocente de todo cuanto hacía o ocurría, jamás se planteó que pudiera haber en él fallo alguno. La culpa siempre la tenían los demás.

No obstante, en el plazo de año y medio Eduardo había recibido tres contundentes mazazos. Primero, la muerte de nuestra madre. Mi hermano pareció encajarla bien (de hecho, no tenía muy buena opinión de ella), pero muchos años después, Fernando Catalá, el que había sido su mejor amigo, me dijo que, en su opinión, el gran palo de la vida de Eduardo fue la muerte de su madre, porque siempre habían estado muy unidos. Es curioso, Eduardo se sentía unido a papá, pero siempre se relacionó más con mamá; había mucha complicidad entre ellos. Puede que Fernando tuviese razón: Eduardo quería muchísimo a su madre, pero no lo sabía. La palmó sin saberlo. El segundo golpe fue la trágica muerte de nuestro padre y el tercero el fracaso de su matrimonio. La puntilla se la dio el alcohol, pero ya llegaremos a eso.

Yo tenía 19 años y me había quedado solo en la casa paterna. Tras separarse de María Pilar, Eduardo se vino a vivir conmigo. Ahí empezó nuestra particular pesadilla, un mal sueño de vino y rosas.

Estoy harto, cansado de mí mismo, de este país, de esta sociedad, de esta época. Estoy hasta los cojones elevado hasta la potencia 638. A mi cuerpo le faltan células para albergar tanto descontento”.
Diario, Eduardo Mallorquí. 27 de octubre de 1992

miércoles, marzo 23

Eduardo Mallorquí (II)

Eduardo nació en Barcelona en mayo de 1943; creo que el 19 o el 20, no lo recuerdo. Era el segundo hijo de José y Leonor; el primogénito, José Carlos, había nacido en diciembre del 39. Dado que yo vine al mundo en el 53, no conocí la niñez de Eduardo, así que todo lo que sé al respecto es de oídas. Como suele ocurrir, la relación entre mis hermanos estuvo desde el principio marcada por los celos. José Carlos era un niño grande, rubio, de ojos azules, guapísimo. Eduardo era pequeño, moreno, de ojos castaños y tirando a feucho. De hecho, fue un bebé ochomesino. Nuestra madre, embarazadísima, decidió limpiar un baño con lejía y amoniaco, y al inspirar los gases que esos líquidos desprendían se le adelantó el parto. Eduardo solía decir que un poco más y le sacan con hurón. Nuestro padre anotó en un cuaderno el nacimiento de su segundo hijo de esta manera: “A tal hora ha nacido Eduardito. Mide tanto y pesa tanto. Es verde”.

Así que tenemos a dos hermanos: el mayor es guapo de parar el tráfico, mientras que el pequeño, mucho menos agraciado, se convierte en el niño más encantador del mundo, en un seductor nato. Si llegaban visitas a casa, lo primero que hacían era asombrarse de la belleza de José Carlos, pero a la media hora ya estaban atrapados por la simpatía y el encanto de Eduardo. Si añadimos que J. C. era un niño formal y un extraordinario estudiante, mientras que Eduardo era travieso y un desastre en el colegio, ya tenemos servido el conflicto. Celos mutuos garantizados. No obstante, la infancia de Eduardo fue muy feliz. Él mismo lo reconoce en su Diario:

-Mi feliz infancia fue un regalo envenenado en tantos sentidos que bastaría un toque de neurosis para convertir aquellos recuerdos en macabros (...)
*Pero tu infancia fue felicísima.
-Ya, pero terminó hace cuarenta años y aún la estoy pagando. Del regalo de mi niñez pagué el capital y llevo toda una vida pagando los intereses. Todo fue precioso, perfecto; pero... carísimo.

¿Cómo puede convertirse una infancia feliz en una herencia terrible? Eduardo mismo lo reconoce: con mucha neurosis. El hombre que escribió las anteriores líneas tenía 48 años y aún no había superado la pérdida de la inocencia. Nunca lo hizo. Supongo que eso dice mucho acerca de su psicología.

En 1954 mi padre comenzó a trabajar para la SER y la familia se trasladó a Madrid. Imagino que eso, abandonar su entorno y sus amigos, fue duro para mis hermanos. Sin duda, fue durísimo para Eduardo, sobre todo porque encajó mal en el nuevo colegio, el San Fernando. Según su Diario: “En la clase de Segundo A del 54-55 hubo veinte expulsiones, y en sus palabras de fin de curso de aquel año, el padre Rector excluyó de su felicitación a ‘Segundo A, que ha sido la peor clase en la historia del colegio’. Y entre aquella pandilla de delincuentes caí yo, un inocente catalancito que en Barcelona tenía fama de salado”.

El caso es que a Eduardo el colegio le ponía literalmente enfermo. Tanto es así que, cuando cumplió 14 años, se empeñó en dejar los estudios. Y nuestros padres, con la única oposición de José Carlos, se lo permitieron. Fue una insensatez. En descargo de Pepe y Leonor, cabe señalar que ninguno de los dos recibió más formación que la escolar básica, eran autodidactas, y, como sus vidas habían sido razonablemente prósperas, no valoraban especialmente la educación académica. En cualquier caso fueron unos irresponsables y Eduardo nunca se lo perdonó.

*¿Cuál es el mayor reproche que les haces (a tus padres)?
-Me enseñaron un mundo que nada tenía que ver con el real. Permitieron que, a los catorce años, tomase una decisión que iba a marcar toda mi vida. Eso no se le hace a un hijo.
*¿Te refieres a dejar de ir al colegio?
-Sí.

Dado que Eduardo ya no estudiaba, lo lógico era que aprendiese un oficio. Y como redactaba bien y tenía chispa, ¿por qué no seguir la carrera de nuestro padre? A partir de ese momento, Eduardo se convirtió en algo así como el secretario de José Mallorquí, ayudándole sobre todo a convertir los guiones radiofónicos en novelas. Según la “planificación” de su futuro, luego comenzaría a traducir del inglés para aprender el oficio (como había hecho nuestro padre) y, finalmente, daría el salto a la novela.

Permitidme una opinión personal. Consentir que Eduardo dejase los estudios fue una insensatez, pero marcarle como modelo y objetivo la carrera profesional de nuestro padre fue una barbaridad aún mayor. Para los más jóvenes aclararé algo: en los años 50 y 60, José Mallorquí era el escritor de novela popular más famoso de España, y uno de los más conocidos en Europa y Latinoamérica. Era un mito, como lo sigue siendo para mucha gente hoy en día. Su éxito, sobre todo con El Coyote, había sido inmenso. Teniendo eso en cuenta, ¿cómo puede decírsele a una chaval de 14 años que debe ser como ese escritor? Joder, qué pesada carga, qué descomunal responsabilidad... Además, el aprendizaje literario de nuestro padre fue una auténtica locura. Por ejemplo, aprendió a traducir el inglés sin más ayuda que un diccionario, e incluía sus propios relatos, sin decírselo a nadie (ni cobrar por ello), en las antologías que traducía. Si las cosas le fueron bien fue porque estaba dotado de una gran voluntad y un inmenso talento. Pero ¿qué ocurre si no tienes tanta voluntad ni tanto talento?

Durante la segunda mitad de los 60, Eduardo comenzó, según lo previsto, a traducir del inglés. Creo que lo hacía bien; era muy meticuloso. Y por esa época también empezó a colaborar en la revista de humor La Codorniz, dirigida por Álvaro de La Iglesia con Víctor Vadorrey como redactor jefe. Eduardo era un excelente humorista, sus artículos estaban llenos de ingenio y talento. No tardó en convertirse en el crítico teatral de la revista y, al poco tiempo, ya se relacionaba con todo el mundo del espectáculo.

Aquél fue el mejor Eduardo que conocí. Estaba lleno de optimismo y energía, las cosas marchaban. Por esa época yo rondaba los quince o dieciséis años. Dada la distancia temporal que me separaba de mis hermanos (10 años con Eduardo, casi 14 con José Carlos), me había criado entre adultos y la conexión con mi familia era un tanto distante. Pero entonces Eduardo se aproximó a mí; de hecho, se convirtió en algo así como mi preceptor. Hablábamos mucho, me recomendaba libros y películas, me llevaba al teatro (con él vi la mítica Castañuela 70), me presentaba a actores famosos (Concha Velasco, Juan Diego, Emilio Gutiérrez Caba, Juan Echanove y muchos otros), me guió por los círculos de la bohemia madrileña, me descubrió un mundo desconocido para mí. Gracias a su intercesión, comencé a colaborar en La Codorniz con sólo 17 años de edad. Yo adoraba a Eduardo; era mi guía, mi gurú, mi Pigmalión, mi héroe, mi modelo. No os podéis hacer una idea de hasta qué punto le admiraba.

La relación de Eduardo con el resto de la familia era compleja y conflictiva. Con José Carlos se llevaba como el culo de mal; tanto que en más de una ocasión le agredió físicamente (un error, porque nuestro hermano mayor era sensiblemente más grande y fuerte que él). En realidad, a Eduardo le corroían los celos; pensaba que nuestros padres sentían debilidad por su primogénito y se lo consentían todo, y le sacaba de quicio que, mientras él curraba, José Carlos “se tocase las narices” estudiando arquitectura. Lo que Eduardo olvidaba es que era él quien había elegido ese camino; nadie se lo había impuesto.

Por otro lado, su relación con nuestros padres estaba llena de altibajos. Tenían grandes, tremendas broncas, pero también una gran complicidad. Hablaba mucho, muchísimo, con nuestra madre y sentía devoción por nuestro padre. No obstante, Eduardo veía las cosas de un modo deformado. Según su óptica, nuestra madre prefería a José Carlos y nuestro padre a él, pero como nuestro padre no quería contrariar a su mujer, siempre se ponía del lado de su hijo mayor. Así que en la familia había dos grupos: nuestros padres y José Carlos por un lado, y por otro él. Supongo que en cierto modo me escogió como aliado; dada mi extrema juventud no iba a ayudarle mucho, pero al menos podía desahogarse conmigo.

Entonces, en 1967, sucedió algo terrible. A nuestra madre le diagnosticaron mieloma múltiple, un cáncer sanguíneo. Su esperanza de vida era de unos tres años. Ese fue el comienzo del resquebrajamiento de nuestra familia y el primer paso hacia el desastre en la vida de Eduardo. Ahí cambió todo.

Estoy a punto de cumplir los cuarenta y ocho años, y estoy terminando de asimilar lo que significa cumplir los cuarenta. Voy bien, porque, qué demonios, asimilar los cuarenta significa asimilar que estás tan en la rueda como todo el mundo y tan abocado a morirte como todos los que antes que tú se murieron. Ahora sólo me queda asimilar los impuestos, y ya estaré preparado para el bien morir”. Diario, Eduardo Mallorquí. 17 de mayo de 1991.

Continuará.

miércoles, marzo 16

Eduardo Mallorquí (I)


Ocurrió un sábado por la mañana. Yo estaba en el cuarto de baño, recién salido de la ducha, cuando sonó el teléfono de casa. Al poco, Pepa, mi mujer, entró en el baño con el auricular en una mano.

-Es José Carlos –me dijo-. Creo que le pasa algo.
José Carlos es mi hermano mayor. Cogí el teléfono, allí, en el baño, con una toalla en torno a la cintura, y respondí a la llamada.
-Eduardo ha muerto –dijo José Carlos con la voz rota.
El corazón me dio un vuelco y tuve que apoyarme en el lavabo. Eduardo era nuestro hermano.
--¿Cómo?... –logré balbucir-. ¿Cómo ha muerto?...
--¿Tú qué crees? –respondió él con un deje de amarga ironía.
Era el 17 de marzo de 2001, hace diez años. Y no, no hacía falta que José Carlos me dijera que Eduardo se había suicidado.

 
Esta es la historia de Eduardo Mallorquí, nacido en Barcelona en mayo de 1943, hijo del escritor José Mallorquí y de Leonor del Corral. Es la historia de su vida -una vida a contrapelo, una vida caótica y letal-, la historia de los breves momentos de gloria que disfrutó, de su huída a ninguna parte, de su decadencia y de su triste final. Es, en definitiva, el relato extractado de un largo camino hacia la autodestrucción. También es la historia de mi mayor fracaso como escritor.

Poco después de la muerte de mi hermano, germinó en mí la idea, casi la necesidad, de escribir una novela basada en su vida. No una biografía, no; para escribirla haría falta una objetividad que me resultaría imposible alcanzar. Una novela protagonizada por un personaje idéntico a Eduardo, con una peripecia vital similar a la suya, pero sin tener que atenerme fielmente a los hechos, dejando margen a la imaginación para poder enfocar la mirada donde y como yo quiera. Durante mucho tiempo le he dado vueltas a ese proyecto y hoy, diez años después, sigo sin llegar ninguna parte.


Sé que Eduardo era un personaje interesante, sé que su historia puede dar pie a un buen argumento, pero cada vez que creo encontrar el enfoque del relato, todo se difumina y mis ideas se deshacen como un castillo de arena batido por las olas. José Carlos sostiene que eso se debe a que a Eduardo le faltaba grandeza, incluso la grandeza del perdedor. Puede que tenga razón; me interesa la historia de Eduardo porque es como una tragedia griega (el fatum, ya sabéis) y porque había en su personalidad aspectos complejos y fascinantes. Pero también había zonas oscuras, demasiado oscuras; no porque fuese malvado, sino porque podía llegar a ser muy mezquino y egoísta, y porque acabó siendo una persona más bien desagradable. Supongo que cuando llego a esas zonas me paralizo, el personaje da un quiebro que yo no deseo y ahí se bloquea toda posibilidad de elaborar un argumento. Ya he desistido de escribir esa novela, aunque de vez en cuando no puedo evitar seguir dándole vueltas.


A la cremación del cadáver de mi hermano asistió muy poca gente. Su mujer, su ex-mujer, José Carlos, yo y nuestras respectivas esposas, dos amigos suyos y un par de amigos míos que le conocieron. Él, que tantísimos amigos tuvo, que a tanta gente conoció, murió prácticamente solo. Se lo ganó a pulso. En cuanto a nuestra relación: hacía dieciséis años que no nos hablábamos.


¿Por qué estoy escribiendo esto? No lo sé. Porque hoy, 16 de marzo, se cumple el décimo aniversario de su muerte, supongo. Y porque en algún momento le quise mucho. Y porque influyó decisivamente en mi vida (aunque no siempre para bien). Y porque aún hay algo suyo en mí. Y porque creo que es una historia interesante para cualquiera. Será larga; más de dos entrada, seguro. Pero creo que vale la pena.


Poco después de la muerte de Eduardo, Zulma, su viuda, me dejó un texto mecanografiado por mi hermano entre el 17 de mayo de 1991 y el 2 de noviembre de 1993. Son once páginas a un espacio y su título es “Diario”, aunque en realidad no se trata de un diario, sino de una especie de auto-entrevista. En el texto correspondiente al 9 de octubre del 92 dice lo siguiente:


*Define tu vida en una sola frase.
-Por cada duro, un disgusto; por cada polvo, tres broncas.
*Vale, triunfador.
-Estoy pensando si alguien leerá esto alguna vez.
*¿Y...?
-Nada. Lo pienso y me quedo con el cerebro en blanco. Es raro. Probablemente, se trata de un supuesto negado. No me creo que llegue a haber alguien que me inspire tanta confianza.
*¿Y si te pasaportas y alguien encuentra esto y lo lee?
-Buen provecho.


Tengo la impresión de que Eduardo escribió ese diario para justificarse, para simular una lucidez que jamás tuvo y, también, para que alguien lo encontrase después de haberse dado pasaporte. Es como un mensaje en una botella lanzada al mar por un náufrago que ya no espera que le rescaten, sino simplemente que no le olviden o, quizá, que le comprendan y, por qué no, que le admiren por última vez. Es un mensaje incompleto; le faltan los ocho últimos años de su vida. Pero es que Eduardo rara vez conseguía acabar lo que empezaba. ¿Cómo era mi hermano? Cambió mucho a lo largo del tiempo, así que voy a recordar al mejor Eduardo que conocí, el Eduardo de finales de los 60, cuando tenía veintitantos años.


Era alto, medía un metro ochenta y ocho; sin embargo, no aparentaba demasiada fuerza. José Carlos y yo sobrepasamos el metro noventa y somos, o hemos sido, anchos y fuertes, de “presencia intimidante”, por decirlo así. Eduardo era más estrecho de hombros, menos fornido; físicamente parecía poca cosa a nuestro lado (algo que siempre le cabreó un pelín). Era moreno, con grandes entradas, tenía los ojos marrones y durante mucho tiempo llevó barba. También era miope, así que unas gafas de montura de pasta cabalgaban sobre su algo torcida nariz, prestándole cierto aire intelectual. Lo que más llamaba la atención de su físico era la mirada, una mirada intensa, inteligente, un tanto altiva.


Eduardo era torrencialmente ingenioso, estaba dotado de un extraordinario sentido del humor. Un humor tirando a ácido que, en ocasiones, podía ser hiriente. También era un brillante conversador y un empecinado polemista. Detestaba la versión convencional de la realidad e intentaba siempre buscar un punto de vista original. Eso, con frecuencia, le llevaba a sostener determinadas posturas sólo por ir a contracorriente. De hecho, llegó un momento en que se decantaba por algunas ideas y teorías sólo por ser extravagantes. Y no importaba lo que hubiese que retorcer la realidad para que esas ideas encajaran en ella.


También era culto, un impenitente lector; pero la suya era la cultura del autodidacta, muy amplia en determinados temas, apenas un barniz en otros y con inmensos huecos. No obstante, daba el pego; parecía muchísimo más culto de lo que en realidad era. Para ser sincero, creo que la brillantez de Eduardo era tirando a superficial. Nunca profundizaba demasiado en nada, se quedaba en la epidermis. Su innegable ingenio era como un fuego de artificio: te deslumbraba, te dejaba con la boca abierta, pero se desvanecía enseguida sin dejar nada tras de sí. Ahora bien, sus fuegos artificiales eran de primera.


En cualquier caso, hay algo fundamental para entenderle: Eduardo estaba convencido de ser una de las personas más inteligentes de la Tierra, el siguiente paso en la senda de la evolución, una mente privilegiada. ¿Se creía superior a los demás? Sí. Esa fue su desgracia.



“Sólo lamento no haber sido otra persona que, en otro tiempo y en otro lugar, se hubiera dedicado a otra cosa”. Cartel que durante un tiempo estuvo colgado en el despacho de Eduardo.

Continuará.

miércoles, marzo 9

Leonís. Una historia de amor, magia, misterio y muerte.


Hace año y medio, le dejé a Miguel de Unamuno el manuscrito de Leonís para que lo leyese y, si le gustaba e interesaba, se ocupase del diseño y de las ilustraciones. Le gustó y aceptó. A partir de ese momento y durante un año, Miguel se dedicó a elaborar toda la parte gráfica de la novela. Por supuesto, no full time. Lo que la editorial le pagó no compensa ni remotamente el esfuerzo que tuvo que dedicarle, así que Miguel se lo curraba cuando su trabajo habitual se lo permitía. De todas formas, no había prisa (de hecho, la publicación de la novela se ha retrasado casi un año a la espera de la parte gráfica; pero ha valido la pena).



Permitidme que os hable un poco de Miguel. Nos conocimos hace veintitantos años en Young & Rubicam, la agencia de publicidad donde ambos currábamos (aunque nunca trabajamos juntos, pues formábamos parte de distintos equipos). Miguel tiene 50 tacos, aunque el muy cabrón aparenta mucha menos edad. Se parece un poco a Kevin Costner, es de mediana estatura, no habla mucho y siempre lo hace en voz baja. Es la tranquilidad en persona. La verdad es que no puede haber dos personas más diferentes que Miguel y yo; él es discreto, menudo y sosegado, y yo soy expansivo, grande y tonante. Pero nos llevamos de puta madre.


Volviendo al asunto que nos atañe, le pedí a Miguel que no ilustrara las escenas del libro, sino que ilustrara lo que el libro le sugería, las sensaciones que le provocaba. También le dije que me gustaría que el libro estuviese lleno de pequeños detalles gráficos, que no se limitase a ser una mera “edición ilustrada”. Por lo demás, le juré que ni yo ni la editorial nos meteríamos en su trabajo. Lo primero que hizo Miguel fue elegir las tipografías y diseñar la maquetación general. Luego empezó con las ilustraciones, que van desde la doble página hasta pequeñas inserciones, así como un sinfín de detalles. Entre tanto, hacía pruebas con la portada. Eso fue lo que más tiempo le llevó. El resultado final está realizado en tonos verdes, tanto en la cubierta como en las tapas de cartón, porque Miguel quería evocar el mundo natural que tan presente está en el texto.


Lo último que hizo fue lo más importante de todo. Hay un momento, hacia el final de la novela, en que la parte gráfica debía mezclarse, fundirse, con la parte literaria. No quiero revelar nada, pero era un objetivo difícil sobre el que yo sólo pude darle unas pocas pistas. El resultado final, lo que hizo Miguel, es sencillamente asombroso. Por lo demás, el libro está lleno de pequeños detalles gráficos que sería demasiado extenso numerar. Por ejemplo, las letras capitulares que abren cada capítulo ocultan un secreto en su grafía. ¿Cuál? Ah... Al que lo descubra (no es fácil) le regalaré un ejemplar de mi próxima novela. Y puede que también le dé algún premio valioso, no digo yo que no.




En fin, mientras todo el proceso duró, Miguel y yo nos reuníamos con frecuencia y estábamos en permanente contacto por teléfono e Internet. Sólo le pedí que hiciera dos pequeños cambios, nada más, aunque solía hacerle sugerencias que él era libre de aceptar o no. Por ejemplo, una vez maquetado todo el libro, descubrí que la página 307 estaba en blanco, lo cual podía dar la impresión de que el texto acababa ahí, cuando en realidad finaliza ocho páginas después. Así que le pedí que incluyera en esa página un pequeño dibujo que diera sensación de continuidad. En concreto, le pedí que dibujara una musca depicta, una “mosca pintada”. Veréis, en el Renacimiento, a partir de Giotto, se instauró la costumbre de incluir en los cuadros, por lo general de forma semioculta, una mosca. Hay literalmente cientos, miles de pinturas con mosca. ¿Por qué se hacía esto? Una teoría es que se trata de una broma entre pintores, mientras que otros afirman que los artistas renacentistas pretendían simbolizar con esa mosca que su arte se ocupaba tanto de lo divino como de lo profano. Pero hay otra teoría: la mosca simboliza la muerte (y también, por cierto, el diablo). Es en ese sentido en el que yo quería incluir una mosca al final de la novela.



A Miguel le pareció bien y poco después me envió por correo electrónico la ilustración. Había dibujado una mosca enorme, un pedazo de moscardón. Le llamé y le dije que las moscas pueden resultar casi simpáticas, pero los moscardones dan asco. Entonces él me hizo una de las preguntas más desconcertantes que me han hecho jamás: “Ya, pero ¿cuánto mide una mosca?”. "Pues no sé", balbucí yo; "más o menos del tamaño de la uña de un dedo meñique". “¿Pero el dedo meñique de quién?”, replicó él. Y ya no supe qué contestarle. Al final decidió que buscaría el dato en Internet y poco después, cuando averiguó que las moscas comunes miden entre 3 y 9 milímetros, me mandó la ilustración con un tamaño de mosca adecuado. Sinceramente, todavía me pregunto cómo es posible que Miguel no se hubiera fijado nunca en el tamaño de las moscas.


Bien, eso en cuanto a la parte gráfica; pero, ¿de qué va Leonís? Cuantos la han leído están de acuerdo en que el subtítulo de la novela es una perfecta descripción de su contenido: “Una historia de amor, magia, misterio y muerte”. Pero supongo que eso es demasiado general. El relato está ambientado en Lotar, un valle del interior de Umbría, en 1998. Su protagonista es Pablo Galván, el hijo de Arturo Galván, el más famoso intelectual y escritor nacido en el valle, un personaje público que, hace doce años, falleció en Lotar a causa de un accidente de montaña. Un día, Pablo recibe en su domicilio de Madrid el envío de un bufete de abogados. Se trata de una carta que su padre le escribió doce años atrás, justo antes de morir, en la que le pide que regrese a Lotar para investigar una leyenda alto-medieval relacionada con el mito de Tristán e Iseo y con el reino, igualmente mítico, de Leonís (o Lyonesse).


Pablo duda entre seguir o no las indicaciones de su padre, pero al final se decide a hacerlo; en gran medida, porque así tendrá la oportunidad de volver a encontrarse con Raquel Orellana, su gran amor de juventud. De modo que Pablo viaja a Lotar, pero cuando llega allí descubre que todo lo que le habían contado sobre la muerte de su padre era mentira. De hecho, la desaparición de Arturo Galván sigue siendo un misterio sin resolver. A partir de ese momento, Pablo comienza a indagar el pasado de su padre, intentando descubrir las causas de su desaparición, pero lo que encuentra es cada vez más extraño y sombrío. Su padre no era lo que él creía que era; Arturo Galván tenía muchas zonas oscuras. Demasiadas y demasiado oscuras. Al mismo tiempo, alguien está empeñado en echar a Pablo del valle y para conseguirlo no dudará en emplear la violencia.


Entre tanto, Pablo se encuentra de nuevo con Raquel y el amor renace, pero su romance tampoco es lo que parece. En realidad, tanto él como Raquel forman parte de un ritual que se remonta al amanecer de los tiempos. Nada es lo que parece en esta novela, todo tiene un reverso oscuro, todos los personajes ocultan secretos.



En el fondo, Leonís es un cuento de hadas para adultos, un cuento de hadas oscuro y melancólico. Hay un ogro, una reina mala y un rey bonachón, un príncipe y una princesa, un mago, una bruja buena, varios lobos y un hechizo sombrío, una maldición que adopta la apariencia de amor. Al final, como en la mayor parte de los cuentos, la curiosidad acaba castigando al protagonista. Por supuesto, no hay ninguna moraleja. Leonís habla sobre la imposibilidad de recuperar el pasado, y de lo que ocurre cuando intentamos hacerlo. En última instancia, como ya dije en algún momento, Leonís pretende ser un trocito de invierno, un licor frío que arde en el estómago.


Leonís ya ha comenzado a distribuirse. Disculpad que os dé tanto la matraca con este asunto, pero se trata de una novela muy especial para mí. Buena, mediocre o mala (eso no soy yo quien debe juzgarlo), es uno de los textos más honestos, trabajados e íntimos que he escrito en mi vida. Además, es un homenaje al libro como objeto, como "cosa" bella. Espero que, aquellos que decidáis leerlo, no os sintáis defraudados.

martes, marzo 8

Umbría II


Años 60. Imaginaos a un niño de nueve o diez años que jamás ha salido de Madrid. Ese verano, su familia va de vacaciones a Cantabria (entonces Santander), y el niño no sólo descubre el mar, sino también un mundo lleno de vegetación, de niebla y lluvia, de valles recónditos, vetustas iglesias y casas de piedra vestidas de hiedra. Algo tan distinto a la plana sequedad de Madrid que el niño cree encontrarse en un mundo prodigioso lleno de misterios. Dos o tres años después, el niño pasa un mes recorriendo con sus padres Galicia, y allí se encuentra con un territorio rural anclado en el pasado, una región llena de magia y leyendas. Desde entonces, en la mente del niño los prodigios y las aventuras están relacionados con el norte, con el mar, las montañas y las brumas.



Ese niño era yo


Aunque al final la construimos entre todos, creo que Umbría es un poquito (sólo un poquito) más mía que de Elia, Julián y Armando. Y no porque fuera el impulsor del proyecto, sino porque establecí desde el principio algunas premisas básicas. Nuestro territorio común debía estar en el norte, ser una zona rural y decimonónicamente decadente, y los sucesos fantásticos que ocurriesen en ella nunca debían ser demasiado “estridentes”. Umbría es una mezcla de Cantabria y Galicia, el territorio mágico de mi infancia. A partir de ese momento, Umbría fue fruto del trabajo del grupo, por supuesto, pero aquellas premisas hicieron que todo avanzara en el mismo sentido. Julián lo describió muy bien: “Umbría es un paraíso para descreídos”. También dicen que el paraíso de toda persona es su infancia.


Pues eso es Umbría en realidad: un retorno a la infancia. Pero no desde el punto de vista del niño, sino del adulto. Adultos que añoran su infancia y desean regresar a ella, porque la infancia es el único momento de nuestras vidas en que la magia existe realmente. Y eso también es Umbría por propia definición: magia. Viajar a Umbría es intentar recuperar lo numinoso. Pero ya eres demasiado adulto y lo que encuentras no es lo que buscabas; la magia se ha transformado en algo distinto, igual de poderoso, pero más oscuro. Lo que has perdido lo has perdido para siempre y a lo máximo que puedes aspirar es a recoger las cenizas, las ruinas y quizá los fantasmas, de un pasado muerto.


Ahora que lo pienso, todos los relatos que escribimos o planeamos para Umbría tratan, de un modo u otro, sobre la pérdida. Umbría es un estado de ánimo: melancolía.


Pero Umbría también es misterio. Un mundo enteramente normal tras cuya cotidianidad se ocultan extraños enigmas, pequeños sucesos extraordinarios, leyendas que se convierten en realidad, rayos de fantasía impactando contra el pétreo realismo. Las historias que imaginamos exploran algunos de los misterios de la región. Elia habló de los secretos interdimensionales de una vieja familia establecida en una de las islas de la costa, y de pliegues temporales en el pueblo de Villasanta. Armando narró un decimonónico pacto demoníaco en Oneira, la capital. Julián se internó en los hayedos del sur para imaginar una historia sobre el cine mudo y los componentes del alma. En cuanto a mí, no sé por qué, mis dos relatos transcurren en los valles del interior, entre las montañas. Y, también ignoro la razón, ambas historias se desarrollan casi en Navidad, aunque ninguna sea un relato navideño. El jardín prohibido es una historia de fantasmas ambientada en 1909, en Fuenteclara, un pueblo del este de Umbría. Leonís transcurre en 1998, en un valle –Lotar- situado al sur de la región, y trata sobre una maldición en forma de amor.


Transcurrido el tiempo, y pese a que el proyecto fracasó como tal, Umbría me parece un “artefacto literario” muy válido y eficaz. Una vez que entras en ese mundo ficticio y te dejas impulsar por su aura, tu imaginación y tu creatividad se orientan en direcciones que nunca antes habías explorado, como si fuera un viaje interior. No voy a ponerme yo como ejemplo (aún no soy tan asimoviano), así que recurriré a mi compañera umbrilitana Elia Barceló. Muchos estarán de acuerdo conmigo cuando afirmo que su obra maestra indiscutible es El secreto del orfebre, la primera historia que escribió para nuestro proyecto. Una delicada miniatura, un brillante trabajo de orfebrería que respira Umbría por todas partes. De hecho, la ficción de Elia cambió sutilmente a partir de entonces, como demuestra, por ejemplo, su siguiente trabajo umbrilitano, la larga novela El vuelo del hipogrifo, que, sin llegar a la altura de la anterior, contiene una gran fuerza evocadora y expresiva. Incluso la posterior Disfraces terribles, que nunca formó parte del proyecto, recuerda a esa tierra imaginaria. Tengo la sensación de que, al entrar en Umbría y explorarla, Elia descubrió algo en sí misma que andaba buscando desde hace mucho.


En cuanto a mí, ya sabía que ese lugar existía en algún rincón de mi interior. Creo que mi novela corta La casa del Dr. Pétalo, aunque muy diferente en tema y estilo, es un antecedente de Umbría; o, mejor dicho, de los sentimientos y emociones que Umbría pretende despertar. Hay lugares que permanecen anclados en el tiempo, como remansos en un río torrencial. Umbría es eso, y también un remolino que conduce al pasado, a nuestro pasado, a las mismas raíces de donde surgen los cuentos tradicionales. En nuestras historias de Umbría hay lobos y ogros, hay bellas durmientes, hay bestias de buen corazón, hay príncipes y princesas, cenicientas, hadas, brujas y magos. La única diferencia es que todos ellos se han vuelto adultos y adoptan diferentes aspectos, aunque el fondo sigan siendo lo mismo. En la raíz de las historias, ahí quiso situarse Umbría.

Nota: La imagen de arriba es otra de las ilustraciones que Miguel ha realizado para Leonís. Me encanta ese roble; me recuerda a las pinturas de Kanagawa.

viernes, marzo 4

Valor de ley


Si os fijáis en la entradilla que aparece bajo el nombre de este blog, La Fraternidad de Babel está dedicado, básicamente, a las cosas inútiles; como, por ejemplo, la literatura, una de las inutilidades más hermosas del mundo. Por otro lado, siempre he pensado que uno de los escasos aspectos útiles de las bitácoras son las recomendaciones, las pistas, los descubrimientos. Un buen blog se convierte a veces en una mano señalando algo que no conocías y cuyo descubrimiento te procurará un gran placer. Un buen blog es, en ocasiones, el mapa de un tesoro enterrado. Un buen blog, en definitiva, debe ser información; y si es privilegiada mejor.



¿Por qué seguir un blog personalista (como el mío)? Bueno, supongo que porque te divierte la personalidad del bloguero, porque te gusta como escribe, porque te interesa lo que dice y porque, de un modo u otro, sus gustos e intereses coinciden más o menos con los tuyos. Por ejemplo, una de las bitácoras que visito diariamente es la del escritor Luis Manuel Ruiz, El testigo ocular. Lo hago porque me gusta cómo escribe, porque me interesa lo que dice y porque, como he ido comprobando poco a poco, nuestras devociones e intereses coinciden de forma sorprendente. Y también porque de vez en cuando Luis Manuel me descubre tesoros cuya existencia yo ignoraba. La verdad es que creo más en esa clase de recomendaciones que en las de los críticos, por muy prestigiosos que sean; porque el elogio de un bloguero honesto siempre es sincero, pero la crítica no necesariamente lo es.


En fin, espero que Babel os haya descubierto algún que otro tesoro oculto. El caso es que ahora, con esta entrada, eso es exactamente lo que pretendo hacer: convertirme en una mano que señala algo muy bueno que corre el riesgo de pasar inadvertido.


Como todos sabéis, los hermanos Coen acaban de estrenar Valor de ley (True Grit), un western que en 1969 ya fue llevado a la pantalla por Henry Hathaway. No se trata de un remake, porque la película de los Coen no está basada en la de Hathaway, sino en la novela homónima de Charles Portis que es el verdadero origen de ambos films. Pues bien, aquí va mi primera recomendación: no dejéis de ver la película de lo Coen; es extraordinaria. Y, por cierto, también lo es la de Hathaway.


Pero lo que de verdad quiero recomendaros es la novela. Porque Valor de ley, de Charles Portis, es un clásico de la literatura norteamericana del siglo XX. La publicó Bruguera en 1970, pero en España pasó totalmente inadvertida, aunque en Estados Unidos ya era un título de culto (como la definió el New York Times: la novela de culto de los escritores de culto). Ahora, con motivo del estreno del film, el sello Debolsillo la ha reeditado.


No voy a explicaros en esta entrada por qué es tan buena Valor de ley. Como sabéis, colaboro con el blog de crítica literaria La Tormenta en un Vaso; pues bien, hoy ha aparecido mi crítica sobre la novela de Portis. Podéis leerla, si os apetece, pinchando AQUÍ. En cualquier caso, os recomiendo encarecidamente que la compréis y la devoréis. Recuperaréis el placer de la lectura en estado puro, os lo garantizo. ¿Cómo, que no te gustan los western? Déjate de chorradas; Valor de ley es infinitamente más que un western. ¿Que ya has visto la película? Da igual. Todo lo que aparece en el film de los Coen (todo sin excepción) está en la novela; pero condensado, en la novela hay mucho más. Además, aunque la peli de los Coen es excepcional, la novela es aún mejor.


Creedme: vale la pena leer Valor de ley, la aquí casi desconocida, pero ya clásica, obra maestra de Charles Portis. Es una gozada.