viernes, abril 5

Relatividad, París y dramas


Una de las cosas buenas que tiene viajar es que te ayuda a relativizar las cosas. Por ejemplo, los que vivimos en Madrid estamos convencidos de que se trata de una ciudad sucia, cara y ruidosa donde se conduce fatal. Pues bien, eso es relativo si la comparamos con París; donde, como sabéis, he estado la semana pasada. Precisamente durante esos días había allí, en el mobiliario urbano, los anuncios de una revista -creo recordar que de Liberation- en los que aparecía la portada del último número con el siguiente titular (más o menos): "Cosas de las que los parisinos están hartos: Los atascos, el ruido, la suciedad, la inseguridad y los alquileres desmedidos".

En efecto, París es una ciudad absurdamente cara (no sólo desde el punto de vista español, sino también según el criterio francés). También es una ciudad sucia; las calles están llenas de basura y de zurullos de perro. No advertí que fuera especialmente ruidosa y tampoco puedo afirmar que sea insegura; no obstante, está llena de mendigos (¿los famosos clochards?) y vi varios asentamientos de chabolas en la periferia.

Pero lo que se lleva la palma es el tráfico. Es la cuarta o quinta vez que voy a París, pero la primera que llevo coche, así que puedo hablar con conocimiento de causa del caos circulatorio de esa urbe. Por ejemplo, la forma de acceder a las glorietas que tanto abundan en París: al parecer, no hay preferencia de paso; el primero que llega tira palante y los demás que frenen. Dado que en muchas de esas glorietas confluyen seis o más calles, el asunto de circular por ellas no solo resulta peliagudo, sino que en horas punta se convierte en un atasco infernal. Respecto a los atascos, sucede algo curioso: dado que las avenidas del centro de París son tan amplias, la circulación, salvo en horas punta, es muy rápida (incluso demasiado, si te montas en un taxi-kamikaze). Ahora bien, en cuanto sales a la periferia, en cuanto te metes en un cinturón de circunvalación (un périphérique, como dicen ellos), sea la hora que sea, zas, atasco brutal. Para que os hagáis una idea: Versalles está a menos de veinte kilómetros de Paris, y Pepa y yo tardamos casi una hora en llegar.

Ah, una cosa curiosa. ¿Habéis oído hablar de la basílica de Saint Denis? Es la primera gran iglesia gótica de la historia; un templo muy bonito, por cierto. Y, además, es el panteón de los reyes de Francia. Ahí están, por ejemplo, los sepulcros de Luis XVI y María Antonieta. Esa basílica se encuentra en Saint Denis, un pueblo tan próximo a Paris que ha acabado convirtiéndose, de facto, en un barrio de la periferia. Un barrio absolutamente lleno de emigrantes y muy deprimido. El templo, pese a ser una joya artística de inmenso valor histórico, está, sobre todo en el exterior, bastante sucio y degradado (lo estaban comenzando a restaurar ahora). Por otro lado, queda fuera de todos los circuitos turísticos, así que no había prácticamente nadie visitándolo (lo que a nosotros nos vino muy bien, claro). Dado el lustre que normalmente los franceses le dan a su patrimonio artístico, todo eso me extrañó.

En fin, por lo demás París es una ciudad preciosa llena de lugares de lo más romántico; una ciudad, además, con una intensa actividad cultural. Ahora bien, es cara, sucia y con un tráfico infernal. Mucho más, en esos tres aspectos, que Madrid. Lo cual no significa nada –mal de muchos, consuelo de tontos-, pero ayuda a relativizar las cosas. Uno de los problemas que solemos tener los españoles es que estamos secularmente acomplejados. No tenemos buena imagen de nosotros mismos (probablemente con razón) y tendemos a pensar que lo de fuera es mejor que lo de dentro. Lo cual es cierto con frecuencia, pero no siempre.

Últimamente, por culpa de la crisis de los cojones, los españoles, creo, estamos más acomplejados que nunca. Durante un tiempo pensamos que formábamos parte de pleno derecho del primer mundo, y de pronto nos han mandado de vuelta al tercero (o al segundo, que nunca he sabido cuál es) mediante una patada en la entrepierna financiera . Nos creíamos alemanes, o cuando menos austriacos, y resulta que somos búlgaros o griegos. Los españoles estamos deprimidos, aturdidos por el desengaño de haber vivido una mentira, cabreados porque todo está mal a nuestro alrededor. No solo hemos descubierto que somos pobres, sino que además somos conscientes de que nos han timado y nos siguen timando. Es indignante.

Yo, qué queréis que os diga, me indigno a diario, no paro de indignarme. Y eso se transmite al blog. Si me dejara llevar, todas los post de Babel tratarían sobre alguno de los múltiples temas que me indignan. Pero no tienen sentido, no valdría para nada. Creo que la mayor parte de los merodeadores del blog comparten en general mis ideas (si no, ¿por qué iban a leerme?). Somos de la misma cuerda. Entonces, ¿de qué sirve volver una y otra vez sobre la que ya estamos de acuerdo? ¿Para reafirmarnos? Puede, pero también para deprimirnos aún más.

¿Conocéis una película llamada Los viajes de Sullivan, del director Preston Sturges? Es de 1941 y está ambientada durante el periodo de la Gran Depresión. Cuenta la historia de Sullivan, un exitoso director de Hollywood especializado en comedias, que un buen día decide que su deber es rodar un drama que muestre el sufrimiento de la gente. Para ello, planea disfrazarse de vagabundo y recorrer el país empapándose de la terrible realidad de los desamparados. Al conocer sus planes, la compañía productora, temiendo que a su director estrella le suceda algo, hace que le siga una nutrida comitiva de ayudantes y guardaespaldas.

La primera parte del film se centra en los intentos de Sullivan por deshacerse de quienes le siguen, así como en la fatal circunstancia de que, por mucho que intente alejarse, siempre acaba volviendo a Hollywood. Durante la segunda parte, Sullivan logra por fin despistar a la gente de la productora e inicia su anhelado vagabundeo por el país. Entonces, por razones que no vienen al caso, le detiene la policía y un juez le condena a realizar trabajos forzados en una penitenciaria rural. Ese lugar es el infierno; allí Sullivan se encontrará con una sobredosis de la dramática realidad que estaba buscando, y como es lógico acaba hecho una mierda.

Un día, los guardianes de la prisión reúnen a todos los presos en la sala comunal porque va a haber una sesión de cine. Proyectan una película de Mickey Mouse. Entonces, Sullivan ve cómo los presos, una gente machacada por la vida, comienzan a reírse con la película. De hecho, él mismo no puede evitar reír. Está en el puto infierno, pero aún así (o precisamente por eso) se ríe con los dibujos animados.

Poco después, Sullivan logra salir de la penitenciaría y regresar a Hollywood. Pero algo ha cambiado en su interior. Ha comprendido que la gente que sufre no necesita películas que le muestren su sufrimiento, sino películas que lo alivien, películas que les hagan reír y olvidarse durante un rato de la amarga realidad. Los dramas son adecuados para la gente feliz; pero los que sufren necesitan comedias.

Yo no creé La Fraternidad de Babel para hablar de política, ni de economía, ni de corrupción... Creé este blog para hablar de cine, de literatura, de tebeos, de viajes y, en general, de cosas inútiles. Coño, pero si lo pone bien claro en el encabezamiento. Así que convertir Babel en un púlpito donde dar rienda suelta a mis cabreos e indignaciones no sería más que un acto de narcisismo y masturbación (aunque, en cierto sentido, toda masturbación es un acto de narcisismo, ¿no? Y viceversa).

Últimamente me ha sucedido algo inédito. Con frecuencia me he encontrado con personas que alaban mis libros (no porque mis libros sean muy buenos, sino porque son personas muy amables), pero durante el último año y medio algunas personas no sólo han alabado mis textos, sino que además me han dado las gracias por escribirlos. Me lo agradecían como si yo hubiera hecho algo personal por ellos. En concreto se referían a dos títulos: Cuento de verano, un relato corto que está incluido en la antología Bleak House Inn (Fábulas de Albión 2012), y mi novela La isla de Bowen (Edebé 2012).

Cuento de verano es un relato de humor. Sin crítica, sin reflexiones profundas, sin dobles lecturas, puro humor; un relato concebido única y exclusivamente para hacer reír. Y eso es precisamente lo que algunos me han agradecido: que les haya hecho reír. Creo que lo que realmente me agradecían es haberles hecho reír en unos tiempos donde hay muy pocos motivos para la risa.

En el caso de La isla de Bowen, varios adultos me agradecieron haberla escrito, entre otras cosas porque leyéndola habían vuelto a la infancia. Es decir, se olvidaban de todos los problemas y durante un rato regresaban a una época más inocente y apacible.

¿No tiene eso mucho que ver con el argumento de Los viajes de Sullivan? Yo creo que sí. Por ello, he decidido no volver a expresar mi indignación política/social/económica en el blog, salvo en casos límite; y cuando lo haga, lo haré con humor e ironía, sin dramas. Palabrita del niño Jesús.

Así pues, La Fraternidad de Babel enderezará su rumbo y proseguirá su inútil travesía hacia ninguna parte, centrándose en todo aquello que no sirve para nada, ni siquiera para cabrearse.

Ah, por cierto; mi hijo Pablo está de p. m. en París.

viernes, marzo 22

Au revoir



Queridos merodeadores: Tengo medio escrito un post celebrando el 80 aniversario del estreno de King Kong, pero no me ha dado tiempo a terminarlo, porque me largo a París para visitar a Pablo. Así que, feliz Semana Santa para todos. En unos diez días, La Fraternidad de Babel proseguirá su siempre errática e irreflexiva -aunque tenaz- labor.


Besos o abrazos según el gusto de cada cual.

martes, marzo 12

Pablo con P de París



Mi hijo pequeño, Pablo, está en París. Tiene 22 años (mi hijo, no París), acabó la carrera (Comunicación Audiovisual) el año pasado con una media de notable y habla cuatro idiomas: español, inglés, francés y catalán (sí, le dio por estudiar catalán; y eso que su padre, que es catalán, no lo habla). Pablo es sorprendentemente culto; lector, cinéfilo, interesado en arte, historia, política, economía... en casa bromeamos llamándole gafapasta. Por cierto, ¿qué clase de sociedad es aquella en la que las personas interesadas por la cultura reciben un adjetivo despectivo? Una mierda de sociedad, está claro. En cualquier caso, mi hijo no tiene aspecto de “gafapasta”, porque, aunque usa gafas, mide 1’96 y es fuerte como un oso.

Pablo está en París por varios motivos. En primer lugar, porque quiere hacer un master sobre gestión cultural en la universidad francesa. ¿Sabéis una cosa?, los masters de la universidad pública francesa no solo son (en general) mejores que los de la pública española, sino también mucho más baratos. Pero comienzan en junio, así que, entre tanto, Pablo ha conseguido unas prácticas en el departamento de producción de una agencia publicitaria en París. Y ahí le tengo, practicando el francés, aprendiendo producción y viviendo en un diminuto estudio del Trocadero.

Es posible que Pablo acabe estableciéndose en París, quién sabe. Para ser sincero, es lo que me gustaría que ocurriese. Porque para alguien que quiere trabajar en el mundo de la cultura, Francia ofrece muchas más posibilidades que España. Y porque vivir en Francia es mucho más sano, mental y materialmente, que pudrirte de asco en este país nuestro cada vez más pobre en todos los sentidos. Por cierto, accidentalmente he leído una frase de Javier Marías en mi calendario de mesa: En España todo el mundo se pregunta “¿Qué va a pasar?”. Casi nadie hace esta otra pregunta: ¿Qué vamos a hacer?

El caso es que mi hijo Pablo puede acabar sumándose a los más de 300.000 jóvenes, la mayoría con formación superior, que han huido de España desde 2008 en busca de un mejor horizonte laboral. ¿Es eso una desgracia?

Pues no lo sé. Hay muchas desgracias en España, muchos desastres, pero no estoy seguro de que ese sea uno de ellos. Pongámonos en la piel de Paul, un norteamericano nacido en Stockton, California, donde tiene a toda su familia y amigos. Tras cursar su carrera en la universidad de San Francisco, Paul encuentra trabajo en Nueva York y se traslada allí. Normal, ¿verdad? Pues bien, entre Stockton y Nueva York hay una distancia de 4.776 kilómetros. De Madrid a París sólo hay 1.270, más o menos la cuarta parte de distancia. ¿Por qué lo que es normal allí se convierte en una tragedia aquí? ¿Porque Paul está en su mismo país y Pablo ha tenido que irse a otro? Pero, ¿no estamos en la Unión Europea? ¿No queríamos construir una federación de países? Además, os garantizo que hay más diferencias vitales y culturales entre ciertos estados de Estados Unidos que entre Francia y España.

El problema, a mi entender, es que los españoles somos muy paletos, muy endogámicos e inmovilistas. Damos por hecho que tenemos que quedarnos siempre en el mismo sitio que hemos nacido, y la mera posibilidad de irnos a otro lugar nos aterra. Pero es que hasta hace muy poco éramos pueblerinos, demonios; el Madrid de mi infancia sólo era un pueblo grande, nada más. Y en los pueblos era normal que en el mismo caserón, o en caserones vecinos, convivieran varias ramas de la familia. Desde siempre y para siempre. Tenemos tantas raíces que apenas podemos movernos.

Aunque, claro, la fuga de cerebros empobrece a España. ¿O el empobrecimiento de España causa la fuga de cerebros? Ambas cosas, por supuesto; la típica pescadilla haciendo el chorra mordiéndose la cola. Entre todos hemos construido una mierda de país, ¿nos extraña que nuestros mejores hijos huyan de aquí tapándose la nariz? Al contrario, bien por ellos, que tienen la lucidez y el valor de irse lejos de tanta miseria moral y material. Pero entonces, ¿qué pasa con los que nos quedamos, qué pasa con nuestro país? Pues pasa que, incluso en esas terribles circunstancias, tenemos una gran oportunidad. Los cientos de miles de jóvenes que se están yendo a otros lugares adquirirán una experiencia valiosísima, se formarán como nunca podrían haberlo hecho aquí, y sobre todo ampliarán sus mentes con nuevas ideas, con distintos conceptos culturales. ¿Os imagináis qué tesoro de generación? Si dentro de unos años pudiéramos hacerles volver, España se renovaría como nunca antes lo ha hecho. Pero, claro, para eso tendríamos que sentar antes las bases necesarias para recuperar esos cerebros. ¿Lo haremos?

Supongo que es porque cada vez estoy más viejo, pero el caso es que cada vez soy más pesimista. Dudo mucho se haga nada por mejorar a España; nuestras instituciones son ineficaces y están podridas. Además, creo que el proyecto para nosotros es convertirnos en los chinos de Europa; mano de obra barata y sin derechos. Lo mejor que podríamos hacer todos los que estamos a disgusto en este país es largarnos; a París, como mi hijo; o a Stockton, California; o a Nueva Zelanda, que más lejos no se puede ir. Los millones de personas que estamos hartas de tanta mierda, de tanto “listo”, de tanto chulo, de tanta mentira y de tanta mediocridad deberíamos hacer las maletas y emigrar. Y que España se la queden los que en realidad ya la tienen.

sábado, febrero 23

Premio El Templo de las Mil Puertas para La isla de Bowen



Ayer, viernes 22, en la FNAC de Callao, tuvo lugar la entrega de los premios que concede la revista on line El Templo de las Mil Puertas, especializada en literatura juvenil. Son cuatro categorías: mejor novela extranjera perteneciente a una saga, mejor novela española perteneciente a una saga, mejor novela extranjera independiente y mejor novela española independiente. Todo ello referido a las obras publicadas el año anterior, claro.


Pues bien, el jurado ha tenido la amabilidad de concederle el premio a la mejor novela española independiente del año 2012 a La isla de Bowen. Estoy encantado, porque es un premio otorgado por gente muy joven; y ya sabía que mi novela funcionaba bien con los adultos, pero ahora sé que también funciona con los menos añosos.

El acto de entrega estuvo muy bien y la gente fue extremadamente amable. Cuando asisto a alguno de estos actos no puedo evitar acordarme de esos carcamales que van por ahí echando pestes de los jóvenes actuales, diciendo que no hacen nada, que carecen de intereses y valores, y esa clase de chorradas. La gente que sostiene esto o es ignorante o es gilipollas, porque basta con echar un vistazo por la blogsfera para ver la intensa actividad cultural que desarrollan muchísimos jóvenes. Como dije al recibir el premio, ellos son el auténtico galardón.

En fin, que muchas gracias a los responsables de El Templo de las Mil Puertas. Me han dejado el ego niquelado.

martes, febrero 12

100 años con José Mallorquí


Hoy, doce de febrero de 2013, se cumplen cien años del nacimiento de José Mallorquí, escritor de novela popular, guionista de radio y cine, y mi padre. El pasado 7 de noviembre escribí un post conmemorando el 40 aniversario de su muerte; una conmemoración ésa, la de una muerte, que siempre tiene un sabor amargo. Pero celebrar un nacimiento ha de ser un acto feliz. Hace cien años mi padre nació en Barcelona; no fue un hijo deseado, su padre, casado con otra mujer, no le reconoció. Su madre, una humilde cocinera, nunca se ocupó demasiado de él. Pero, teniéndolo todo en contra, mi padre llegó muy alto y muy lejos. Su nombre brilló con gran intensidad antes de empezar a desvanecerse y, aparte de su gran talento, fue un hombre bueno, generoso y entrañable. Hoy quiero recordarle en sus mejores momentos, pero no hablando de él, sino de su guarida. Una guarida similar a la que don César de Echagüe utilizaba para convertirse en El Coyote, y que mi padre empleaba para dejar de ser Pepe y transformarse en el famoso escritor José Mallorquí.



Hay lugares especiales, mágicos, donde las leyes del espacio y del tiempo se trastocan; lugares donde al entrar te ves transportado a un universo distinto. Uno de esos lugares era el despacho de mi padre, situado en su casa de la calle Españoleto.

Era una habitación muy grande, de unos cuatro metros de ancho por diez de largo (en realidad eran dos habitaciones unidas tirando el tabique que las separaba). Se trataba de un piso antiguo, así que el techo era muy elevado. El despacho tenía dos puertas; la principal, que conducía al salón, y otra al fondo, dando al pasillo. Sólo había una ventana, con vistas a la calle. La mesa de trabajo –grande, vieja, de madera, con muchos cajones y tiradores de bronce- estaba situada frente a la puerta principal; a la derecha (según te sentabas) estaba la ventana y la izquierda había una pequeña mesa auxiliar de acero con una máquina de escribir eléctrica (Olivetti y luego IBM), que era donde realmente trabajaba mi padre. Detrás de la mesa grande se alzaba una librería con la enciclopedia Espasa, y otras dos librerías más pequeñas a izquierda y derecha. También había un sillón de trabajo, un viejo mueble archivador, dos butacas y un par de sillas.

Al fondo, en lo que antes fue una habitación independiente, había otro escritorio, de metal. No sé qué narices pintaba ahí, porque nadie lo usaba, pero ahí estaba, con su correspondiente máquina de escribir... Ahora que lo pienso, puede que en algún momento lo utilizara mi hermano Eduardo cuando ayudaba a mi padre, pero desde que tengo memoria esa mesa estuvo casi siempre vacía. En ese tramo del despacho había dos enormes librerías, una frente a la otra, y al fondo un gran armario.

¿Os hacéis una idea? Bien, ahora imaginaos ese despacho absolutamente abarrotado de cosas y en el más caótico de los desórdenes. Pilas de folios (en realidad guiones de radio), de libros y de revistas amontonándose por todas partes, en el suelo, sobre las mesas, sobre las sillas y sobre una de las butacas, porque la otra la usaba mi padre para leer. Por supuesto, todas las librerías estaban atestadas de libros y papeles.

Un despacho grande y desordenado, vale; pero ¿qué tiene eso de especial? Pues lo que había dentro. Comencemos por la parte noble, la zona donde trabajaba mi padre. Frente al escritorio había una librería con decenas de álbumes; era la colección de sellos de mi padre, que era un notable filatélico. De pequeño me pasaba horas mirando aquellos sellos con una lupa, sellos antiguos de países tan remotos que yo ni siquiera conocía. Y no hay que olvidar la Espasa, toda una fuente de datos curiosos.

A la izquierda, colgando de la pared, había doce láminas enmarcadas; eran reproducciones de estampas coloniales de la Norteamérica de los siglos XVIII y XIX. Y yo, de pequeño, también me pasaba las horas muertas contemplándolas, transportándome con la imaginación ese mundo tan exótico y lejano. Bajo las láminas, sobre el cubrerradiador, había miniaturas de cañones antiguos, reproducciones de estatuillas precolombinas, puntas de flecha prehistóricas, calabazas para beber mate, una pipa de opio... En esa zona del despacho, por todas partes, se veían objetos curiosos: puñales gurkas formando una panoplia sobre la puerta, idolillos polinesios, cuchillos lapones, una espada india, una máscara antigás, revólveres antiguos en pequeñas vitrinas (entre ellos, el mítico Colt 45), reproducciones de radiadores de coches clásicos a escala, una surtida colección de pipas (mi padre fumaba en pipa), un látigo húngaro, una silla de montar mexicana a escala, un rifle del somatén... Sobre el escritorio, dos extraños recuerdos de la guerra: un trozo de hierro retorcido que servía de pisapapeles, pero que en realidad era metralla de una bomba (me ponía los pelos de punta). Y un cenicero de acero que en realidad no era un cenicero, sino parte del pistón del motor de un barco de guerra. Ahora, mientras escribo, ambos objetos descansan sobre el escritorio frente a mí.

También había sorpresas ocultas. En la librería que estaba a la derecha de la Espasa, dentro de un armarito, mi padre guardaba ingentes cantidades de tabaco de pipa. Solía hacer sus propias mezclas, así que había tabaco de muchas clases. Aún recuerdo el olor; me encantaba. Y había cartones de cigarrillos; americanos, ingleses, egipcios... Ignoro qué pintaban ahí, porque mi padre no fumaba cigarrillos, pero durante la preadolescencia distraje más de un paquete para dar mis primeros pasos en la adicción a la nicotina. En el armarito de la librería gemela situada a la izquierda, había una colección de botellines de whisky. Mi padre solía iniciar colecciones que luego abandonaba (salvo los sellos), y entre ellas estaban esos botellines. Durante mi primera juventud, solía dar buena cuenta de ellos; me bebía uno y lo ponía en las filas de atrás, donde no se veía. Al final sólo estaban llenos los botellines de la primera fila.

Al fondo del despacho había, como he dicho, dos grandes librerías atestadas de libros de documentación, la mayor parte de ellos en inglés. Sobre Estados Unidos, sobre el Oeste, sobre armas, sobre historia, sobre fotografía, sobre arqueología, sobre cine... En la librería de la izquierda, mi padre guardaba una colección encuadernada del National Geographic comenzada en los años 40. De niño, yo solía coger algún tomo y contemplar las fotos de lugares remotos de aquellas revistas que olían a aventura. En esas librerías también había otra cosa muy especial de la que hablaré más adelante. Ahora volvamos la mirada hacia el sancta sanctorum del despacho: el armario que se alzaba al fondo del todo.

Era de madera marrón oscuro, grande, con tres cuerpos. Sobre él había unas láminas enmarcadas con imágenes de pájaros exóticos sudamericanos, y encima del armario un montón enorme de latas de cerveza de diversos países apiladas. Porque a mi padre le había dado por coleccionarlas también, pese a que no le gustaba la cerveza. Al principio las guardaba llenas, pero con el paso del tiempo la cerveza fermentó y las latas comenzaron a explotar. A partir de entonces, mi padre las vaciaba haciendo dos pequeños agujeros en el parte superior. Por entonces yo debía de rondar los 18 años y me gustaba la cerveza, así que mi padre, antes de vaciar las latas, las metía en la nevera y me daba a beber el contenido. En una tarde podía tomarme tres o cuatro cervezas... Pero muchas veces no eran la cerveza ligera a la que estamos acostumbrados, sino cervezas norteñas de alta graduación, así que con frecuencia, gracias a mi padre, acababa pillando una simpática cogorza.

Volviendo al armario, mi padre sólo utilizaba el cuerpo de la izquierda para guardar su ropa, en concreto los abrigos y las chaquetas. Y algo más: bebidas alcohólicas; por ejemplo, dos cajas de botellas de whisky. ¿Por qué y para qué había comprado todo ese alcohol? Ni idea, porque mi padre era absolutamente abstemio. Ah, en esa parte también acumulaba material de aseo de reserva. Utilizaba after shave y colonia Old Spice, de modo que a eso olía todo el armario: a Old Spice.

En los otros dos cuerpos, mi padre guardaba sus cosas más valiosas y personales. Por ejemplo, sus relojes. Le encantaban, tenía muchos; de hecho, en cuanto te descuidabas te regalaba un reloj. También almacenaba ahí sus máquinas de fotografiar. Tenía muchas, muy sofisticadas y muy caras. Mi padre siempre fue excesivo en sus aficiones. Recuerdo también una entonces modernísima radio multi-banda (si no me equivoco, en aquella época de la dictadura estaban prohibidas). Con ella se podían captar emisoras de todo el mundo (aparte de la emisora de la policía), pero hacía falta una antena exterior que no teníamos. Lo que hacíamos era conectar la radio mediante un cable a un radiador, para que todas las tuberías de la calefacción sirvieran de antena (sorprendentemente, funcionaba bastante bien). Ahora, con Internet, captar una radio de, qué sé yo, Afganistán, por ejemplo, no tiene nada de sorprendente. Pero en los años 60 era mágico.

En ese armario había muchas cosas, aunque citaré sólo una más: su colección de armas cortas. A mi padre, el hombre más pacífico del mundo, le encantaban las armas. Aparte de las históricas, debía de tener alrededor de una docena de pistolas automáticas, todas en perfecto estado de uso y con abundante munición. Mi padre había practicado el tiro olímpico durante su juventud, pero hacía décadas que lo había abandonado, así que no tenía licencia para aquel arsenal. Aunque en aquellos tiempos todo era un poco raro, porque sus dos principales proveedores de armas ilegales eran un inspector de policía y un militar, ambos fans suyos.

Cuando mi padre se ponía a trabajar, el despacho era un lugar vedado. Prohibido molestarle. Cuando no estaba, se suponía que no debíamos entrar allí. Pero yo lo hacía con frecuencia, me fascinaba ese lugar tan lleno de cosas raras. Me gustaba su olor, una mezcla de tabaco de pipa y Old Spice. Me gustaba la luz, la claridad del primer tramo de la habitación y las penumbras del fondo. Me gustaba aquella acumulación de libros. Me gustaba el desorden. Me gustaba todo. Y muy especialmente aquellas armas prohibidas. De pequeño, cuando no había moros en la costa, abría el armario tabú y empuñaba todas y cada una de las pistolas.

Un inciso: Supongo que pensaréis que mi padre estaba loco al dejar al alcance de un niño un montón de armas y municiones. El caso es que tomó una precaución: desde que me enseñó, siendo yo muy pequeño, la primera pistola, me metió en la cabeza que antes de manipular un arma debía comprobar si había balas en el cargador o en la recámara. Me enseñó cómo hacerlo y yo lo hacía siempre que cogía una pistola. Pero estaba un poco loco, sí.

Como decía antes, en el despacho, en una de las librerías, había otra cosa muy interesante: una nutrida pila de Playboys. Por aquel entonces, esa revista, como todas las revistas eróticas, estaba archiprohibida en España. ¿Qué hizo mi padre? Suscribirse a la edición americana, así que periódicamente llegaba al correo, junto con el Time, el Newsweek o el National Geographic, el último número de Playboy. Un tesoro para un adolescente de la España franquista, qué queréis que os diga.

Ahora que lo pienso, en el despacho de mi padre encontraba alcohol, tabaco, armas de fuego, sexo... Y también drogas, porque por aquel entonces las anfetaminas se vendían en las farmacias sin receta, y mi padre solía consumirlas para poder darse panzadas de trabajo; de modo que en un cajón de su mesa siembre había un botecito o dos de Profamina (aunque yo sólo le cogí una vez, para preparar un examen). La verdad es que teniendo cerca un despacho así no es raro que haya salido como he salido. Es broma; eran otros tiempos y, bueno, sí, mis padres eran un poco raros.

Durante mis primeros 19 años de existencia, la banda sonora de mi vida fue el tecleo de la máquina de escribir de mi padre. Para mí, ese sonido, el impacto de los tipos contra el papel, era dulce, melancólico y evocador. El sonido que acompañaba al trabajo de mi padre. El sonido que procedía de su despacho, de aquel lugar prodigioso y mágico.

¿Habéis leído El aleph, de Jorge Luis Borges? Quizá sea su cuento más conocido. Narra la historia de un hombre que en el sótano de la casa de un amigo encuentra un aleph, “un punto en el espacio que contiene todos los puntos”. Un punto que contiene el universo. Pues bien, el despacho de mi padre era para mí un aleph. Y también un reflejo de su dueño. Caótico, imaginativo, fascinante, contradictorio, apacible, complejo, curioso, reservado, expansivo, interesante, cálido...

Supongo que conocéis la teoría de los múltiples universos. Me gustaría creer que es real, y que en alguno de esos infinitos mundos, llenos de infinitos despachos prodigiosos, mi padre no murió y hoy cumple cien años.

En tal caso, feliz cumpleaños, papá, estés en el universo que estés.

martes, febrero 5

Culebrón


Me había propuesto no hablar de política durante una temporada, dedicarme a escribir sobre literatura, cine o cualquier clase de asuntos ligeros e intrascendentes (como mis libros), pero es que tal y como está el patio resulta casi inmoral no hacerlo. Aunque realmente no voy a hablar de política, sino de mierda, porque eso es lo que más abunda ahora.

Recuerdo un comentario del embajador inglés en Argentina durante la época de los Perón, Juan Domingo y Evita. Decía que la primera impresión que tuvo de ese país fue que todo el mundo estaba esperando a que llegaran los músicos, porque aquello era un opereta. Pues bien, yo estoy esperando a que llegue la pausa para los anuncios, porque esto se parece cada vez más a un culebrón barato. Un culebrón ambientado en una república bananera, con ricos y malvados hacendados, autoridades corruptas, venganzas cruzadas, héroes con pies de barro, desamores, capataces crueles, mentiras, conspiraciones, jornaleros pobres (pero honrados), chantajes, pasiones desatadas... Falta un poco de sexo, lo reconozco, pero también hay algún que otro adulterio.

Hablemos, por ejemplo, de la Primera Familia Española. El Padre, según todas sus biografías, se crió en el seno de una familia sin demasiados posibles (porque el abuelito había tenido que salir por piernas del país); sin embargo, pese a que tampoco tiene un sueldo de tirar cohetes, ahora posee, según dicen, una fortuna que supera los mil millones de euros. ¿De dónde ha salido esa pasta? Silencio. La Madre, un tanto estirada, lleva años sin hablarse con el Padre, porque al parecer éste tiene la entrepierna demasiado alegre y muchas amigas dispuestas a compartir dicha alegría. El Hijo Mayor se casó con una divorciada de clase inferior, así que el Padre no soporta a su Nuera. La malhumorada Hija Mayor se casó con un... no sé cómo definirlo... bueno, con un tipo de la supuesta alta sociedad del que no tardó en divorciarse. La Hija Menor se casó con un Apuesto Deportista, y todo el mundo dijo “Ohhhhh...” con una bobalicona sonrisa en los labios. La encantadora pareja demostró pronto su naturaleza emprendedora creando unas cuantas empresas... que sirvieron para apropiarse ilícitamente de dinero público y evadir impuestos. Al Apuesto Deportista, que no parece tener muchas luces, de momento le han pillado, pero en cuanto a su señora esposa... Es curioso, la Hija Menor formaba parte de al menos una de las empresas ladronas, y desde luego se beneficiaba del botín, y además su secretario personal está implicado en el chanchullo; sin embargo, no sólo no ha sido imputada, sino que ni siquiera la han llamado a declarar. ¿Por qué? Pues porque el Apuesto Deportista le ha dado al juez su palabrita del niño Jesús de que su señora esposa estaba ahí en plan florero y no se enteraba de nada. Y, claro, ya sabemos el inmenso valor que tiene la palabra del Apuesto Deportista. Por lo demás, el Padre, en plena crisis, se largó con (según dicen) su actual "amiga" a cazar paquidermos (pese a ser presidente de honor, o algo así, de una reputada organización defensora de la naturaleza), y va el pobre hombre y se rompe una cadera, con lo que sale a la luz la juerguecita que se estaba marcando. Luego, el Padre pidió perdón y dijo que no volvería a ocurrir, aunque no aclaró qué era lo que no volvería a ocurrir. ¿No volvería a irse de cacería? ¿No volvería a romperse la cadera? ¿No volvería a mamonear en plan ricachón mientras su pueblo las pasa canutas? ¿O no volverían a pillarle?

En fin, si ése es nuestro más preclaro ejemplo de familia, ¿cómo serán las familias disfuncionales? El caso es que les pagamos nosotros, con nuestros impuestos.

En cuanto al gobierno y el partido que lo sustenta... Aclaremos antes algo: cuando había corrupción en el PSOE, los políticos socialistas eran unos corruptos. Cuando hay corrupción en el PP, TODOS los políticos son unos corruptos. Pues no, mira, ya estoy harto de eso. Claro que hubo corrupción en el PSOE, pero ahora estamos hablando de la derecha, es el turno del PP. ¿Y qué puedo decir sobre este gran partido de los valores cristianos? Que al final todo se reduce a lo de siempre, a repartirse la pasta en sobrecitos secretos; una pasta muy rica, porque al no dejar constancia contable no hay que tributarla, así que te la puedes quedar enterita. Qué vulgaridad, qué miseria moral... Y ahora se hacen los ofendidos, y nos aseguran que en su organización no hay nada ilegal; y nos lo tenemos que creer, claro, porque su palabra tiene un inmenso peso probatorio. Casi tanto como la palabra del Apuesto Deportista. Porque no olvidemos que el señor Presidente de Gobierno, que ahora se muestra de lo más contundente defendiendo su honorabilidad y la de su partido, empleó esa misma contundencia para defender la honorabilidad del señor Bárcenas o del señor Camps, y para afirmar que del Prestige sólo salían unos hilillos de plastilina o que los atentados del 11M eran obra de ETA. Un tipo de lo más fiable, como puede verse.

Ah, pero también van a hacer un auditoria externa. Sobre la contabilidad A, claro, que ésa ya sabemos que está bien (por eso es A); pero no sobre la contabilidad B, que es oculta (por eso es B). Nos toman por tontos y lo malo es que a lo mejor lo somos. En fin, no hago más que repetir lo que ya todo el mundo sabe. Pero lo peor, lo que más me retuerce las tripas, es que todo esto no se ha hecho público por la intervención directa de la justicia, o cualquier otro organismo estatal, sino porque a un chorizo le han pillado con el carrito del helado y, recurriendo al chantaje para eludir la cárcel, ha puesto el ventilador delante de la mierda.

Entre tanto, la señora Ana Mato, tan pija y tan ministra de sanidad ella, se dedicó durante años a aceptar prebendas y regalos (un Jaguar, por ejemplo) de una trama de corrupción organizada, aunque ella alega que en realidad eso sólo tiene que ver con su ex marido, Jesús Sepúlveda, ex alcalde de Pozuelo (al ladito de donde vivo) e imputado por corrupción. Porque claro, doña Ana jamás se preguntó por qué le regalaban bolsos de Vuitton, quién pagaba las fiestas de cumpleaños de sus hijos o cómo podían llevar ese ritmo de vida con tanto fasto y tanto viaje. Pobre, es tan ingenua... Pero también es ministra de sanidad, y ayer escuché que la sanidad pública no pagará ciertos tratamientos contra el cáncer, porque son demasiado caros. Guay. Eso quiere decir que habrá gente que la palme de un tumor porque el dinero que podría pagar su tratamiento ha sido desviado, entre otras cosas, para pagar el coche, los bolsos, las fiestas y las vacaciones de la ministra de sanidad. ¿Estoy siendo demagogo? Nooooo, porque el dinero que costeaba la obsequiada vida de la señora Mato procedía de una trama corrupta, la Gurtel, que lo robaba (en connivencia con ciertos políticos del PP) de las arcas públicas. Así que “Ana Mato”, compinche también de los recortes en sanidad, debería cambiarse el nombre por “Ana Mata”. A todo esto, el ex marido de la señora Mata, digo Mato, don Jesús Sepúlveda, imputado en delitos de corrupción, sigue a sueldo del PP en calidad de asesor. Y como hay gente increíblemente suspicaz que podría considerar esto un poco rarito, va Carlos Floriano, vicesecretario general de organización del PP, y dice que su partido no puede echar a Jesús Sepúlveda porque el estatuto de los trabajadores le «ampara» y «los imputados no pueden ser despedidos legalmente». Esto, aparte de ser mentira y una gilipollez, va y lo dice el representante de un partido que ha modificado la legislación laboral para facilitar el despido de cientos de miles de trabajadores. La monda.

Decidme, ¿este país no es un culebrón?

Ah, pero nos olvidamos de los pobres aunque limpios y honrados jornaleros. El pueblo, vosotros y yo. Qué malos son los políticos y qué buenos somos nosotros, ¿verdad? Pues bien, cuando las masas decidieron entregarle todo el poder, todo todito todo, a la derecha, ¿qué coño esperaban? ¿Sabéis que el PP recibe diez veces más dinero en donaciones que el PSOE (y hablo sólo de las legales)? ¿Y no os preguntáis por qué? Pues porque las grandes empresas subvencionan con generosos donativos a la derecha. Pero las empresas no dan dinero porque sí, a fondo perdido; invierten. Invierten en el PP para que, estando éste en el poder, favorezca sus intereses (que no son precisaamente los intereses de los pobres jornaleros). Prueba de ello es que lo primero que hizo el PP al llegar al poder, aupado por las masas de jornaleros, fue dictar una ley laboral que le permite a los malvados hacendados hacer lo que les salga del pijo con los pobres jornaleros.

Ay, es que nos engañaron con un programa electoral más falso que la sonrisa de Camps. Qué ingenuos somos los jornaleros... Pero, joder, todo el mundo sabe que la derecha representa a los intereses de los ricos; ¿qué demonios esperaban los pobres jornaleros cuando votaron a la diestra con encendido entusiasmo? ¿Y qué coño esperaban ciertas comunidades cuando votaron en masa a políticos corruptos? ¿Y por qué nos escandalizamos tanto ahora, que las cosas van como el culo, pero apartábamos la vista cuando soplaban vientos de bonanza? ¿Y por qué nos sentíamos tan orgullosos de todos los aeropuertos, autopistas, AVEs y edificios monumentales que florecían por doquier, que tan innecesarios eran y que tanta corrupción han generado, en vez de haber exigido que esa pasta se invirtiese en educación y ciencia, que es lo que nos habría proporcionado un futuro? Y ahora mismo, en este preciso instante, ¿por qué, aunque echamos pestes de los políticos y del gobierno, seguimos esperando que sean ellos los que nos resuelvan todos los problemas? ¿No os dais cuenta de que no lo van a hacer?

Permitidme una disquisición: el problema no es que haya más o menos personas corruptas, sino las muchas posibilidades que da el sistema para corromperse. Si existe el menor resquicio para la corrupción, habrá cola para beneficiarse de ello, aquí y en Tombuctú. Así pues, el problema no es la democracia, sino una democracia mal hecha, y el problema no son la política ni los políticos, sino la mala política y los malos políticos. Y tampoco el problema son los ciudadanos, sino los ciudadanos desinformados y con una ética personal poco democrática.

Para que el mal prospere, basta con que las personas buenas no hagan nada. Eso es lo que ha ocurrido en este país bananero: que las personas buenas han permanecido pasivas y el mal ha prosperado.

Y, creedme, esto sólo tendrá solución si las personas buenas comienzan a trabajar, con inteligencia y determinación, para cambiar las cosas. En caso contrario, deberemos conformarnos con ser meros comparsas de un culebrón barato.

En lo que a mí respecta, estoy deseando que llegue la pausa de los anuncios, porque tengo la imperiosa necesidad de ir al cuarto de baño. Para vomitar.

viernes, enero 25

La isla de Bowen. Making off


Mi propósito inicial era escribir una novela inspirada en la obra de Julio Verne, pero eso es muy general, así que lo primero que hice fue una lista de lo que no quería hacer:


1. No quería hacer un homenaje a Verne, porque eso de los homenajes privados me parece una chorrada. ¿Quién soy yo para “homenajear” a nadie?
2. No quería hacer un pastiche de Verne, porque todos los que he leído suenan falsos y artificiales. Una copia, por buena que sea, siempre es eso: una copia.
3. No quería hacer un steampunk, por muy de moda que esté, porque Verne jamás fue un escritor steampunk. Ese movimiento se ha inspirado en Verne, pero ahí acaba toda la relación. Ignoro qué energía movía al Nautilus, pero estoy seguro de que no era mediante una caldera de vapor.

Entretanto, pensé que debía refrescar la lectura de Verne. Había perdido varios libros suyos (los tengo, seguro, pero ignoro dónde), así que compré la selección de Los viajes extraordinarios que hizo Espasa. Y me disponía a leerla, cuando me di cuenta de que era un error. Si lo hacía, corría el riesgo de copiar a Verne, que era justo lo que no quería hacer. Lo que pretendía es recrear su espíritu... O, mejor dicho, recrear la huella que la obra de Verne había dejado en mí, y para eso me bastaba con la memoria. Así que cerré el libro y no releí ninguna de sus obras.

Y comprendí algo: para acercarme a la esencia de Verne, debía alejarme de Verne. De entrada, en el marco temporal. Verne es un autor decimonónico cuya obra está ambientada en la segunda mitad del siglo XIX. Y ese es uno de los problemas de los pastiches vernianos, la imagen casi caricaturesca de una época que suele representarse encorsetada y tópica. A mí eso no me interesaba; era una ambientación demasiado estereotipada. O corría el riesgo de serlo. Así que decidí que la acción de la novela transcurriese en el siglo XX, en el periodo de entreguerras, lejos ya del manierismo victoriano.

También tomé otra decisión: La isla de Bowen no iba a ser una novela juvenil, ni para adultos, ni para nadie en particular. Iba a ser una novela de aventuras al estilo clásico, y punto. Por lo general, cuando escribo siempre tengo en cuenta a los lectores, pero en este caso el único lector que iba a tener presente sería yo mismo. Era una novela para mí, la clase de novela que me apetecía volver a leer.

Comencé a darle vueltas al argumento, partiendo tan sólo de las condiciones iniciales: un barco, una isla, un volcán y un dirigible. No recuerdo cuánto tardé, pero finalmente encontré el argumento general. Que no voy a contar, para evitar spoilers; así que hablaré sólo de lo que sucede al principio de la historia.

Verne fue un maestro de la novela de aventuras, pero también uno de los padres de la ciencia ficción. Mi argumento tenía un poderoso componente de ciencia ficción, pero... pero no era un tema demasiado propio de Verne, sino, en todo caso, más bien de Wells. Vale, me dije, ¿y qué? Se trata de capturar el espíritu, no el detalle. Pero me engañaba; al aceptar ese argumento, estaba ampliando el ámbito de la novela, llevándolo más allá de Verne. A partir de ese momento, los referentes que manejaba se multiplicaron. Verne, Wells, Conan Doyle, Kipling, London, Poe, Lovecraft, Rider Haggard, el Tintín de Hergé, el Corto Maltes de Hugo Pratt, películas como King Kong o El mundo en sus manos... Quería meter todo eso en un alambique y obtener un destilado.

Ya con el argumento en la cabeza, empecé definiendo el ámbito geográfico de la historia. Pocos años antes había estado en la Laponia finlandesa, unos 250 km. al norte del Círculo Polar, y aquel extraño y exótico lugar me pareció de lo más verniano. Así que parte de la novela transcurriría en el Ártico. Ahora bien, Inglaterra es un país fundamental (y evocador) para la literatura aventurera, así que otra parte de la acción transcurriría allí. El resto, en España y Noruega. En cuanto a la época: 1920.


Establecido esto, empecé a documentarme, una tarea que me llevó mucho tiempo. Leí libros sobre expediciones polares, sobre historia, sobre los comienzos de la fotografía, sobre vidas de santos celtas, sobre química, sobre la Primera Guerra Mundial, sobre geografía... En Internet encontré algunas joyas, como un artículo que describía con detalle las características técnicas del primer mercante español propulsado por un motor diesel, así que la descripción del barco de mi novela, el Saint Michel, es bastante fiable. También encontré un plano del metro de Londres en 1920, lo que me llenó de sorpresa y gozo. Y decenas de detalles más, como por ejemplo los salarios medios en aquel entonces, la cronología del descubrimiento de los elementos, o el cambio de la peseta a francos.

Una parte de la documentación la hice in situ. En 2009, mi mujer y yo pasamos las vacaciones de verano, recorriendo el sur de Inglaterra desde Canterbury hasta Cornualles. Precisamente en Cornualles era donde necesitaba encontrar una iglesia medieval no muy alejada del mar. Tras explorar un poco la costa sur, Pepa y yo descubrimos el lugar perfecto: la iglesia de San Gluvias, en Penryn, muy cerca de Falmouth y su puerto. La iglesia estaba en la cima de una colina boscosa, una zona solitaria algo alejada del pueblo (podéis verla en la foto de abajo), y a su alrededor se extendía un pequeño cementerio. Justo lo que necesitaba; además, la iglesia tenía un aire misterioso y sombrío.


Después de las vacaciones, me puse a trabajar en la estructura, en la trama y en los principales personajes. Iba a ser una novela hasta cierto punto coral, pero necesitaba un personaje carismático que atrapara la atención del lector. El profesor Ulises Zarco, de 46 años de edad, alto y fornido, ex-catedrático, explorador y director de la sociedad geográfica SIGMA; un hombre de carácter tonante y muy mal genio que, según se dice en el texto, es “misógino, e insufrible, y grosero, y colérico, y prepotente, y despótico, e impertinente; aparte de vanidoso, excéntrico y caprichoso”. Pero también es culto, inteligente, valiente, honesto y absolutamente leal.

Para este personaje partí del modelo clásico de “académico malhumorado”, como el Challenger de Doyle o el Lidenbrock de Verne, pero lo llevé un poco más allá, haciéndole más brusco y violento que sus referentes. En realidad, el profesor Zarco está a caballo entre el héroe clásico y el héroe pulp.

Zarco era el personaje carismático que necesitaba, pero resultaba demasiado extremo, demasiado radical, así que me parecía prudente incluir en la novela una voz más humana: Samuel Durango, 23 años, el fotógrafo que comienza a trabajar para SIGMA al principio de la historia. En el texto se intercalan páginas de su diario, ofreciendo su punto de vista. Tiene un papel fundamental en la trama. Otro personaje esencial es Elisabeth Faraday, inglesa de 43 años, esposa del arqueólogo y explorador Sir John Thomas Foggart. Es el polo opuesto de Zarco; mientras que en él todo es brusquedad, ella es pura cortesía, pero con una determinación a prueba de bombas y un fino sentido de la ironía.

Esos son los personajes principales, pero ya he dicho que la novela es en gran parte coral, así que hay otros caracteres relevantes: Adríán Cairo, ex-soldado, cazador profesional y mano derecha del profesor; Katherine Foggart, la hija de Elisabeth; Gabriel Verne, capitán del Saint Michel; Sarah Baker, secretaria y “chica para todo” de SIGMA, y esposa de Cairo; Aitor Elizagaray, primer oficial del Saint Michel; Bartolomé García, químico... Y, por supuesto, el villano de la historia, el armenio-británico Aleksander Ardán, un multimillonario propietario de la poderosa empresa minera Cerro Pasco Resources Ltd., que no es malo por pura maldad, sino por el motivo más usual: la ambición.

Bien, con los personajes definidos y la trama estructurada, me dispuse a comenzar la escritura. Pero antes hice algo: escribí una frase con grandes letras en un folio (verde, por cierto) y la colgué en una de las librerías de mi despacho, para tenerla siempre presente. Esa frase, que también aparece como cita en el libro, es el mensaje codificado que Otto Lidenbrock encuentra al principio de Viaje al centro de la Tierra, y dice así (ya me lo sé de memoria): “Desciende al cráter del Yocul de Sneffels, que la sombra del Scartaris acaricia antes de las calendas de julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la Tierra, como he llegado yo. Arne Saknussemm”.

¿Por qué puse ese cartel? Porque, en mi opinión, en esa frase se concentra la esencia de la aventura... o quizá no su esencia, sino el aroma, o puede que la música. De entrada, la frase es una invitación al viaje, y también una promesa fabulosa: llegar al centro de la Tierra. El tono arcaico, su formulación como si fuera el mapa de un tesoro, y sobre todo esos maravillosos nombres... Yocul de Sneffels... Scartaris... Saknussemm... Pronunciadlos en voz alta, pausadamente; suenan exóticos, imponentes, severos y también, de algún modo, inquietantes. Llamadme exagerado, pero esa frase me parece pura poesía.

El caso es que me puse a escribir. La novela comienza con un prólogo donde se narra el extraño asesinato de un marinero inglés en un remoto puerto noruego del Ártico (esta clase de prólogo no es común en la aventura clásica; digamos que se trata de una concesión al lector actual). Acto seguido, tras un fragmento del diario de Samuel Durango, pasamos al primer capítulo, encabezado por un título (como el resto de los capítulos, a la vieja usanza). Estamos en el Madrid de 1920, en la sede de SIGMA –Sociedad de Investigaciones Geográficas, Meteorológicas y Astronómicas-, situada en la calle Almagro 9. Un inciso: esa calle está muy cerca de donde yo vivía antes. Hace muchos años, en el número 9 de Almagro había un palacete en ruinas (de finales del XIX o principios del XX) rodeado por un jardín Cuando yo era pequeño, los chavales lo llamábamos “la casa del miedo”, y si no te colabas dentro al menos una vez eras un gallina. Yo lo hice; era un edificio impresionante, pero estaba hecho polvo; la verdad es que era muy peligroso andar por allí. En fin, el caso es que el palacete que describo en la novela existió realmente.

En el primer capítulo se presentan los principales personajes y se establece el marco de la futura aventura: una enigmática cripta medieval en Cornualles, unas misteriosas reliquias y la búsqueda de John Thomas Foggart, un arqueólogo desaparecido desde hace un año. Como veis, es un esquema clásico, la búsqueda del explorador perdido; lo encontramos, por ejemplo, en Los hijos del capitán Grant, de Verne, pero también en la realidad, como la famosa historia de Stanley y Livingstone.

Tratad de entender lo que estaba haciendo. Me proponía recrear, evocar, el espíritu de la aventura clásica, así que tenía que usar forzosamente clichés propios del género. El profesor malhumorado, el explorador perdido... O la Sociedad Geográfica. Esa institución, en sí misma, ya es una resplandeciente promesa de aventura. Uno se la imagina con grandes librerías de cedro repletas de viejos volúmenes, con mapas antiguos enmarcados, con instrumentos científicos, llena de objetos exóticos... así describo SIGMA y, en particular, el despacho de Zarco.

Sí, estaba manejando tópicos. Era imprescindible para mis propósitos. Ahora bien, si te limitas a usar el tópico sin más, lo que obtienes es una aburrida copia. Pero si remozas el tópico, lo refrescas, lo actualizas y le das nueva consistencia, entonces el resultado puede ser muy estimulante. Para que me entendáis: George Lucas con Star Wars, y Lucas-Spìelberg-Kasdan con En busca del arca perdida, utilizaron todos y cada uno de los tópicos del género pulp. Pero los reciclaron de tal forma que parecían nuevos. Eso es lo que yo quería hacer con la aventura clásica.

Si nos fijamos en las dos películas citadas, vemos que una de las claves para ese remozamiento del tópico es el humor. El humor es un lubricante que permite que la maquinaria narrativa funcione con más suavidad, dando nuevo lustre a los metales oxidados. Es como decirle al lector: “Esto es un juego; venga, suspende la incredulidad y vamos a jugar juntos”. Por eso, La isla de Bowen, aunque no es una novela de humor, está entreverada de humor e ironía en cada una de sus páginas.

Como me interesaba especialmente potenciar el efecto sugestivo del texto, me esforcé en llenarlo de escenas evocadoras. Una iglesia medieval solitaria y aislada, en una noche muy cerrada, lloviendo, y en el viejo cementerio contiguo un grupo de hombres con linternas y paraguas a punto de entrar en una cripta. Las reuniones en la sociedad geográfica, el puente de mando del Saint Michel, la sala de lectura de la Biblioteca Británica, los clubs de caballeros, los puertos, las cavernas, las ruinas prehistóricas, el paisaje ártico... Con todo ello pretendía recrear la atmósfera del género.

El libro está divido en dos partes; la primera, de 280 páginas, se titula El enigma de la cripta, y la segunda, de 220, Aquí hay tigres. En realidad, la aventura sólo se despliega en toda su extensión a partir de la segunda parte. Antes también hay aventura, por supuesto, y peripecias, y viajes, y conflictos, y misterios, pero todo va más lento. Es el largo preámbulo del que hablaba en la anterior entrada. Tras la introducción, la novela comienza con un ritmo lento que se va acelerando progresivamente, se desata en la segunda parte y culmina con una apoteosis donde pasa de todo. Me esforcé en que ese preámbulo, al principio pausado, fuera divertido, haciendo interaccionar a los personajes, escribiendo los diálogos más ágiles y brillantes que me fuera posible, creando situaciones y conflictos interesantes, planteando misterios... Ahí me la jugaba; si me salía bien, la novela funcionaría; si la cagaba, sería un coñazo alargado (como esta entrada).

Había otro aspecto delicado. Como he dicho, la novela tiene dos partes; la primera es pura aventura clásica, sin apenas elementos no reales. Pero, dado que tomaba como principal referente a Verne, la novela también es un roman scientifique, así que la ciencia ficción irrumpe de lleno en la segunda parte. Pero como ya he dicho, es ciencia ficción más al estilo Wells. ¿Casarían bien las dos partes o se notaría el cambio? Por si acaso, me impuse que los elementos de ciencia ficción que iba utilizar pudieran haber sido imaginados por un escritor de comienzos del siglo XX. Ciencia ficción antigua, por tanto.

Y escribí, escribí, escribí. Debéis saber algo: para escribir una escena, la que sea, tengo que visualizarla mentalmente, lo cual requiere bastante concentración. Eso hace que mientras trabajo, de algún modo “viva” lo que estoy escribiendo. Pues bien, cuando estaba a punto de narrar la parte de la novela que sucede en el Ártico, decidí prepararme viendo unos cuantos documentales en Internet. Me tiré, no sé, un par de horas viendo imágenes del Polo Norte y alrededores; luego me puse al teclado, cerré los ojos y me imaginé la escena: una barca llegando a la playa de guijarros de una isla ártica... Y de pronto, durante un instante, dejé de estar en mi despacho y os juro que me transporté a esa playa. Lo sentí físicamente, el frío en la cara, los guijarros bajo las suelas de mis botas, el olor del mar... Duró poco, pero fue alucinante. Es increíble lo que puede hacer la imaginación.

No sé cuánto tardé en escribir la novela, porque entre medias la interrumpí para escribir otra (La estrategia del parásito). Debió de ser un año, puede que un poco más. Ah, por cierto, lo olvidaba; a lo largo de todo el texto hay constantes referencias a los clásicos de la aventura. Algunas son muy evidentes; por ejemplo, el capitán se llama Verne. Otras son menos claras, como que el barco se denomina Saint Michel porque así se llamaba el yate de Verne. Y otras son tan rebuscadas que ni yo mismo me acuerdo de ellas. Nada de eso tiene importancia, por supuesto; es algo totalmente independiente a la novela, y si no pillas las referencias no pasa nada. Pero si las pillas, te sientes de lo más listo.

En fin, terminé la novela y le puse el título. La isla de Bowen. Y ahí tuve una pequeña metedura de pata. Al comenzar a escribir la historia, necesitaba un nombre para un santo celta de Cornualles. Busqué nombres propios de esa zona y el que más me gustó fue Bowen. Como se suponía que ese santo medieval había sido el primero en llegar a cierta isla, implícitamente le dio su nombre. Por eso lo de la “isla de Bowen”. Vale, pero no se me ocurrió comprobar si ya existía alguna isla llamada así... y, qué demonios, existe: Bowen Island, en la Columbia Británica de Canadá. Bueno, no sería la primera vez que dos lugares distintos comparten el mismo nombre.

El caso es que terminé la novela y me quedé temblando. Ese tocho de 500 páginas que acababa de finalizar o funcionaba o era una mierda, sin término medio. Mordiéndome las uñas, le dejé el manuscrito a mi mujer y a mi hermano. A ambos les gustó, pero..., vaya, son mi familia La tercera persona que leyó el texto ya no era un familiar, sino un profesional de la edición, y su reacción fue entusiasta. Incluso demasiado entusiasta. Me quedé un poco perplejo.

Decidí presentar la novela al premio EDEBÉ. Y lo gané. Y, de pronto comenzaron a llegarme felicitaciones extremadamente entusiastas, comenzando por varios miembros del jurado y siguiendo por cuantos habían leído el texto en la editorial. Algunos aseguraban que era la cota de calidad más alta alcanzada por el premio (lo cual incluye otras tres novelas mías, por cierto). Y después llegaron las reseñas y las críticas. Las mejores y más laudatorias críticas que he tenido en mi vida. Una de ellas, por ejemplo, la del Diario de Mallorca, definía La isla de Bowen como “Una novela escrita en estado de gracia”. Soldevilla, crítico literario de La Vanguardia, tras publicar una encomiástica crítica en el suplemento cultural, llamó a la editorial para solicitar mi dirección de correo y me envió un amabilísimo e-mail dándome las gracias por haber escrito esa novela. De hecho, eso sucedía con frecuencia: la gente no solo me felicitaba, sino que también me daba las gracias. En fin, un cúmulo de reconocimientos que por el momento han culminado con la selección de La isla de Bowen, por parte de Babelia, como la mejor novela juvenil publicada en 2012.

Y yo estaba cada vez más desconcertado, no entendía nada. Pero si sólo es una novela de aventuras, me dije. ¿Qué demonios he hecho?... Sólo cabía una respuesta: había hecho exactamente lo que me había propuesto hacer. Pretendía recrear la novela de aventuras clásica y lo había conseguido; cuando los adultos leían mi novela, evocaban todas las novelas y películas de aventuras que habían leído y visto en su niñez. Mi buen amigo y gran escritor Rodolfo Martínez comentó que había sido como volver a la infancia. La isla de Bowen era una máquina del tiempo.

Bien, besitos y laureles para mí, pero qué requetelisto que soy. Sólo hay un pequeño problema en forma de pregunta: ¿Cómo demonios lo he hecho? Bueno, os lo acabo de contar, pensaréis... pero la cosa no es tan sencilla, porque lo que os he contado es en gran medida una racionalización a posteriori. Al ponerme a escribir la novela tomé muchas decisiones de forma consciente, pero otras muchas fueron fruto posterior de la intuición y del olfato, más que del cálculo. Ideas que se me ocurrían mientras escribía, escenas nuevas.. El mismísimo final de la novela no es exactamente el que tenia previsto. Un artefacto literario es como un reloj; un mecanismo lleno de piececitas en el que basta con que cualquier engranaje se desajuste para que el reloj funcione mal. El problema es que es imposible tener en la cabeza, de forma consciente, todas las piececitas de una novela. Por eso hay que fiarse de algo tan poco fiable como el subconsciente, que a veces lo hace bien y a veces lo hace fatal, sin que tú tengas el menor control sobre él.

Así que realmente no sé cómo hice La isla de Bowen; al menos, no del todo. Y eso es una putada. Dicen que de los fracasos se aprende; lo que ya no se dice tanto es que los éxitos te paralizan. Lo siguiente que escriba debería estar a la altura, ¿no? Lo malo es que de momento no consigo encontrar ningún proyecto que lo esté. He abandonado la novela en que trabajaba porque me parecía mala en comparación con La isla de Bowen. ¿Ése va a ser ahora mi referente, mi cota de calidad? Pues estamos buenos...

Me alegro mucho de haber escrito La isla de Bowen, entendedme; pero se ha convirtiendo en una especie de losa que cada vez pesa más. Mi querida amiga y editora Reina Duarte me sugirió que escribiera otra novela con los mismos personajes. Mmmm..., tentador. De hecho, ya lo había pensado; sería algo así como un experimento. En La isla de Bowen utilicé el esquema narrativo de la aventura clásica, pero si escribiese otra novela sobre SIGMA y el profesor Zarco me basaría en la estructura narrativa del pulp, y estoy seguro de que el resultado final sería muy distinto. Tentador e interesante, sí; pero no es el momento. Ya veremos lo que nos depara el futuro.

Y ya está, se acabó. Os pido disculpas por haber escrito una entrada tan larga, pero no quería empezar una serie de post. Si habéis conseguido llegar hasta el final, os agradezco vuestra paciencia, y os prometo que la siguiente entrada será más breve y menos endogámica. Gracias por perder el tiempo leyéndome.



Descends dans le cratère du Yokul de Sneffels
que l’ombre du Scartaris vient caresser avant les calendes de juillet,
 voyageur audacieux, et tu parviendras au centre de la Terre.
Ce que j’ai fait.
Arne Saknussemm.

viernes, enero 18

¡Por Júpiter! Teoría de la Aventura


Cuando volví a escribir, a comienzos de los 90, estaba seguro de que los géneros donde me iba a sentir más cómodo eran el fantástico y la ciencia ficción. Y así fue, en efecto. También creía que me iba a instalar confortablemente en el thriller, y estaba en lo cierto (de hecho, mezclé todos esos géneros en El coleccionista de sellos). Lo que no podía imaginar es que el género que más iba a disfrutar escribiendo era la novela de aventuras. Entre otras cosas, porque ese género, como veremos, ya no existe.

El primer indicio lo tuve a finales de los 90, con La cruz de El Dorado, porque me divertí escribiéndola, y yo no suelo divertirme cuando escribo. Pero tanto disfruté con la experiencia que cinco años después escribí otra novela con los mismos personajes, La piedra inca. Ambas obras son relatos de aventuras, qué duda cabe; pero no son aventura clásica, porque están hibridados con el género picaresco. Otras novelas mías tienen componentes aventureros, pero también mezclados con otros géneros, nunca en estado puro.

Sin embargo, casi desde que volví a la literatura acariciaba un proyecto: escribir una novela al estilo de Julio Verne. Verne fue mi escritor favorito durante la infancia; de hecho, conformó en gran media mi forma de ver la realidad. El asombro ante el mundo y el universo; la curiosidad no por encontrar respuestas, sino por descubrir misterios. Supongo que eso es lo que yo quería reflejar en una novela, el regreso a la inocencia de un mundo lleno de prodigios y maravillas. Recuperar el asombro de la infancia. Volver a ser niño.

Por una u otra razón, ese proyecto quedó en suspenso durante más de quince años. Aunque me apetecía mucho emprenderlo, siempre lo dejaba para otro momento. Quizá inconscientemente me daba cuenta de que me enfrentaba a algo mucho más complejo que un simple pastiche verniano. Porque en realidad lo que me proponía hacer era resucitar un género muerto. Y algo así requiere reflexión.

Y vaya si reflexioné, amigos míos; La isla de Bowen es mi novela más largo tiempo meditada. En 2008 me di cuenta de que si no llevaba adelante el proyecto, corría el riesgo de morirme sin hacerlo nunca. Así que, mientras me dedicaba a escribir otras cosas, comencé a preparar mi novela verniana. Al principio, sólo me puse una condición: en el texto debían aparecer una isla, un volcán, un barco y un globo o dirigible. Eso es todo lo que tenía. Y mis recuerdos, claro.

Pero antes de seguir, vamos a analizar de qué estamos hablando. La aventura es un género muy grande, un supergénero, porque abarca muchísimas temáticas. Tan grande es que, con el tiempo, se ha fragmentado, transformándose en diversos géneros autónomos. La novela del oeste, el terror, las historias bélicas, la fantasía heroica, el space opera, el thriller, gran parte del género histórico, las novelas de espías, el hard boiled, los relatos de viajes, todas esas temáticas pertenecen al género de aventuras, pero se han emancipado de él convirtiéndose en reinos independientes. De hecho, si nos centramos en la esencia del género, casi cualquier relato es un relato de aventuras (incluso un simple paseo por el Dublín de 1904).

El caso es que a base de fragmentarse, el género puro de aventuras prácticamente ha desaparecido. ¿A qué me refiero al decir “puro”? Pues a la novela clásica de aventuras, un género que Salvador Vázquez de Parga definió así: “Es la narración de una empresa arriesgada, de algo insólito e inhabitual, que muy frecuentemente se vincula a un viaje hacia lo desconocido con episodios inesperados, que produce en quien lo realiza una cierta incertidumbre e inseguridad”. Podría poner muchos ejemplos de novela clásica de aventuras, pero me limitaré a tres: La isla del tesoro (1883), de Stevenson, Viaje al centro de la Tierra (1864), de Verne, y El mundo perdido (1912), de Conan Doyle.

Ahora bien, ¿en qué se distingue la aventura clásica de otras variantes del género? Pues básicamente en su peculiar estructura narrativa; una estructura que no es arbitraria, sino que persigue provocar en el lector cierto estado mental. En la aventura clásica, la acción no comienza desde el principio, sino que viene precedida de un largo preámbulo. Por ejemplo: transcurren diez capítulos antes de que Jim Hawkins se embarque en la Hispaniola, ocho antes de que el profesor Challenger llegue al valle perdido y dieciséis antes de que el profesor Lidenbrock descienda por la chimenea del volcán Snnefels. ¿Por qué esa tardanza? Por dos excelentes razones:

1. Para preparar mentalmente al lector, provocando en él expectación y ensoñación. Lo primero que hace el relato es plantear un misterio, una extraña maravilla, un reto. El lector debe desear emprender el viaje y soñar, mientras, con los prodigios que encontrará en el camino. De algún modo, la aventura debe comenzar en la mente del lector antes de que comience realmente la aventura.

Intentaré ilustrarlo con un ejemplo. Mantener una relación sexual puntual y, en ocasiones, ilícita, se denomina eufemísticamente “tener una aventura”, ¿no? Bien, supongamos que vais a citaros con una chica preciosa para hacer el amor por primera vez (hablo desde un punto de vista masculino por razones de mi sexo; las merodeadoras podéis invertir los géneros, porque el resultado será el mismo). En principio, hay dos formas de afrontar ese encuentro: A) Recoges a la chica, te la llevas a un hotel y echas un polvo tan salvaje como rápido. Vale, no digo que eso esté mal, pero hay otra opción. B) Recoges a la chica y os vais a cenar a un restaurante discreto y románico. Luego, charláis tomando una copa en un bar tranquilo. Después dais un paseo... y durante todo ese tiempo tanto ella como tú sabéis que vais a acabar echando un polvo, lo que resulta de lo más excitante. Y al final vais a un hotel y lo echáis. Pero todo habrá sido muchísimo mejor, más rico en matices, más duradero. A eso se le llama demorar el placer, y permite crear un estado mental lleno de fantasías, ensoñaciones y promesas. Así pues, la opción A sería pornografía y la opción B, erotismo. Porque la pornografía es lo que se muestra, y el erotismo lo que se oculta; la pornografía es lo que va directo al grano, y el erotismo lo que da un rodeo. Y que conste que no tengo nada contra la pornografía. Pero hay cosas mucho mejores.

Supongo que el símil está claro. En la aventura, como en un encuentro amoroso, es mejor dilatar el tiempo, demorar el momento de entrar en acción; porque eso permite inducir en el lector un excitante estado mental entre mágico y onírico. Pero ése no es el único propósito de los largos preámbulos de la novela de aventuras clásica.

2. Conocer a y simpatizar con los personajes. De nada sirven las peripecias más trepidantes si no te interesan los personajes que las protagonizan. Por ello, la novela de aventuras clásica se toma su tiempo en presentar a los personajes, para que el lector los conozca y se identifique con ellos. Hace falta un protagonista carismático, el motor de la acción, pero también un plantel de secundarios que estén a su altura. Y un antagonista temible, porque la talla del héroe se mide por el tamaño de sus rivales.

Leer una novela de aventuras es emprender un viaje; y si vas a pasar mucho tiempo viajando, querrás conocer antes a tus acompañantes. Te tiene que apetecer emprender una aventura con ellos.

Estas son las razones básicas para los largos preámbulos del género en su versión clásica. Porque hay otras formas de aventura, como por ejemplo el pulp, donde la acción suele comenzar desde el principio. Para que me entendáis, y recurriendo al cine, El hombre que pudo reinar, de Houston, es aventura clásica, mientras que En busca del arca perdida, de Spielberg, es pulp. Ambas películas me encantan, pero lo que yo quería hacer estaba más cerca del film de Houston, que no por casualidad se basa en un relato de Kipling.

Pues bien, en eso se resume mi teoría de la aventura clásica. La estrategia del género, en esa vertiente, consiste en inducir en el lector un estado mental donde la aventura se instala como una ensoñación y una promesa. Para ello, utiliza una estructura narrativa que dilata la acción al principio para ir acelerándose poco a poco. Hay más factores, por supuesto, pero hablaré de ellos en la próxima entrada, cuando explique cómo escribí la novela.

Un último punto antes de terminar. Siempre que me he propuesto escribir una novela de aventuras, o con componente aventurero, he situado la trama en el pasado. La verdad es que me resulta casi imposible ambientar una aventura de estructura clásica en la actualidad. ¿Por qué? Pues porque el género está íntimamente relacionado con el viaje y con la exploración de un mundo, el nuestro, cuando todavía era prácticamente desconocido, una época en la que el mero hecho de viajar ya era un riesgo y una aventura. Pero ahora, con Google Earth, documentales en TV, teléfonos móviles y líneas aéreas low cost, el mundo carece de misterio y el viaje se ha transformado en turismo. La aventura clásica es hija del movimiento romántico, y vivimos en un mundo cada vez menos romántico. Supongo que por eso hoy en día el género en su estado más o menos puro sólo sobrevive en algunas novelas históricas.

Personalmente, creo que el marco temporal perfecto para situar eso que yo todo el rato estoy llamando “aventura clásica” va desde 1838, cuando Edgar Allan Poe publica El relato de Arthur Gordon Pym, hasta la Segunda Guerra Mundial. Durante ese periodo, el mundo es cada vez más conocido, pero aún conserva inmensos territorios inexplorados. Es un mundo de penumbras con algunos focos de intensa luz. Al mismo tiempo, la tecnología evoluciona rápidamente, permitiendo empresas y expediciones cada vez más ambiciosas. También es la era del colonialismo, algo muy chungo éticamente, pero una rica fuente de argumentos para la literatura aventurera. Es, por último, el periodo en que la ciencia comenzó a sustituir a la magia.

Supongo que os preguntaréis si dedicar tanta palabrería a una novela mía no es un acto de narcisismo. La respuesta es: sí, por supuesto. Pero, veréis, soy escritor y me gusta reflexionar sobre mi trabajo. Y, quién sabe, puede que a algunos de vosotros no os aburran del todo mis reflexiones. Así que en la próxima entrada os contaré cómo escribí La isla de Bowen, consiguiendo con esa novela cumplir uno de mis más anhelados sueños: crear un personaje capaz de exclamar con naturalidad: ¡Por Júpiter!

viernes, enero 11

Divagaciones y buenos propósitos


Por primera vez en la historia de Babel, he escrito una entrada y, tras meditarlo, he decidido no publicarla de momento (de ahí el retraso). Porque era un poco deprimente y no quería comenzar el año con mal rollo. Ya están las cosas lo suficientemente chungas.

Lo que pasa es que durante el último año han sucedido demasiadas desgracias a mi alrededor. Han muerto varias personas a las que apreciaba; otras han enfermado o empeorado de su enfermedad; muchas tienen problemas en el trabajo. Es como si estuviese de noche en un bosque, con un farol en una mano, mirando a mi alrededor sin ver nada más que tinieblas.

Salvo que me mire a mí mismo (de ahí el farol), porque paradójicamente este último año ha sido bastante bueno para mí. Comencé 2012 ganando el Premio Edebé con La isla de Bowen, y lo cerré viendo cómo Babelia la escogía como la mejor novela juvenil del año. Ahora, con un poco de perspectiva, me doy cuenta de que ese ha sido mi proyecto literario más ambicioso (recrear un género que ya no existe). Y al parecer lo conseguí llevar a buen puerto; pero ya hablaremos de esto en otro momento También publiqué en 2012 La estrategia del parásito, que gozó de buena acogida, al menos en principio. Y durante el año apareció Prospectivas (Salto de Página), una antología del mejor cuento de ciencia ficción española actual editada por Fernando Ángel Moreno. En ella está El rebaño, quizá mi cuento más famoso; o, al menos, el que más veces se ha publicado. Lo escribí hace exactamente veinte años, pero quizá siga siendo mi mejor cuento. Con su reedición en Prospectivas ha vuelto a recibir espléndidas críticas; tanto es así, que hubo varias reseñas centradas exclusivamente en El rebaño.

A final de año apareció Bleak House Inn. Diez huéspedes en casa de Dickens (Fábulas de Albión), una antología editada por Care Santos sobre relatos de fantasmas de algún modo dickensianos (los relatos, no los fantasmas). Ahí está Cuento de verano, mi contribución a la antología. Es una versión humorística del famoso Cuento de Navidad de Dickens, y también ha tenido buenas críticas. El adjetivo más usado ha sido “desternillante”, lo que me parece de perlas. Ah, y varios merodeadores me recuerdan que también se reeditó mi novela El coleccionista de sellos (Imágica Ediciones), con buena acogida crítica.

Así que ya veis, tengo el ego de lo más pulidito. Aunque no todo ha sido bueno, por supuesto; por ejemplo, empecé a escribir una novela que se me ha ido pudriendo entre las manos poco a poco. No funciona, así que no me quedará más remedio que tirar a la papelera lo que llevo escrito. Pero bueno, no es la primera vez que me sucede, ni será la última. En general, estoy bien.

No obstante, por muy bien que uno esté, hay que hacer lo posible por mejorar. Los buenos propósitos de comienzos de año, ya sabéis. Por ejemplo, hará un año o así me propuse someterme a una dieta de libros; es decir, comprar menos libros. Analicé la situación y me di cuenta de algo: cada vez leo menos ficción y más ensayo (o non-fiction, como dicen los anglosajones). Sin embargo, por el aquel de la costumbre, seguía comprando novelas al mismo ritmo que antes, así que se me amontonaban sin más porvenir que cubrirse de polvo. Por tanto, ahora sólo compro ficción en el caso de que me interese muchísimo. Ergo, compro muchos menos libros.

Animado por este éxito, he confeccionado una lista de buenos propósitos para el nuevo año. Permitidme que os la exponga:

1. Me propongo impulsar un movimiento ciudadano cuyo objetivo será enfrentarse a los grupos de poder económico y a los políticos comprados para conformar una auténtica democracia y restaurar el Estado del Bienestar y la Justicia Social. Sacaré a la gente de su letargo, punzaré conciencias dormidas, levantaré a las masas en un movimiento imparable que comenzará en España, se extenderá por Europa y finalmente conquistará el mundo entero.

Sin embargo, como no tengo ni puta idea de cómo hacer eso, y aunque la tuviese soy demasiado doble uve –Viejo y Vago- para afrontar semejante tarea, es posible que haya que recurrir a un segundo propósito:

2. Me propongo convertirme en superhéroe. Porque si eres invulnerable a las balas y puedes dar tortas como hogazas, resulta mucho más sencillo luchar contra malvados supermillonarios. El único problema es cómo convertirme en superhéroe. Los métodos más usuales son : A) estar cerca de la caída de un meteorito; B) sufrir un accidente de laboratorio; C) someterse a una sobredosis de radioactividad o D) haber nacido en un planeta mucho más masivo que la Tierra (como Krypton, por ejemplo).

Descartando que Barcelona sea un planeta distinto a la Tierra (algo que los nacionalistas seguro que discutirían), y considerando que esperar a que caiga cerca un meteorito puede resultar a la larga una tarea de lo más tedioso, sólo quedan dos alternativas. Lo del laboratorio lo veo difícil, porque no tengo acceso a ningún laboratorio. Aunque, claro, siempre podría acercarme a la farmacia de la esquina con una bombona de butano y provocar una explosión, pero supongo que no sería lo mismo. No obstante, podría aspirar una sobredosis de Emuliquen y convertirme en el Hombre Laxante, que hace que los malvados se caguen. Pero, siendo realistas, no creo que se pueda confiar en ello.

Respecto a lo de exponerme a una dosis supuestamente letal de radioactividad... no sé, no acabo de pillarle el punto... En primer lugar, porque veo difícil lo de conseguir materiales radioactivos. Y en segundo lugar, porque si me doy un buen baño de, por ejemplo, rayos gamma... vale, sí, igual se me pone el estómago como una tableta de Milkybar y empiezo a echar rayos láser por los ojos; pero también podría transformarme en una masa de gelatina antropófaga o en un gañán verde atiborrado de esteroides; porque no hay que olvidar que los accidentes de laboratorio y las sobredosis radioactivas tanto te convierten en un superhéroe como en un supervillano. Aunque, bien pensado, ésa es otra opción: ser el supermalvado más malvado del mundo y masacrar a los demás malvados para acabar con la competencia. Así qué...

3. Me propongo hacer un curso on line para convertirme en Mad Doctor.

4. Una vez conseguido el título de Mad Doctor, me propongo construir una Máquina Infernal con la que conquistaré y/o destruiré el mundo. Vale, reconozco que ahora no tengo ni idea de cómo construir semejante máquina; pero supongo que eso lo explicarán en el curso, ¿no?

5. Una vez conquistado y/o más o menos destruido el mundo, me propongo olvidarme de esas chorradas de democracia, estado del bienestar y justicia social, y tiranizar a la humanidad, sometiéndola a mi capricho.

Moraleja: Es sorprendente lo rápido que se le sube a uno el poder a la cabeza.