lunes, mayo 9

Eduardo Mallorquí. Epílogo (y X)


La mañana del sábado 17 de marzo de 2001, tras recibir la llamada de José Carlos anunciándome la muerte de Eduardo, Pepa y yo nos dirigimos en coche a una cafetería cercana al Instituto Anatómico Forense, donde habíamos quedado con mi hermano mayor, mi único hermano ya. Conducía Pepa, porque yo no podía parar de llorar. Estaba hecho polvo.


Mirad la foto que preside este post: está tomada por mi padre el 15 de octubre de 1954. El que está arriba soy yo con año y medio de edad; el que está debajo es Eduardo con once años y medio. Hubo un Eduardo que jugaba conmigo cuando yo era pequeño; un Eduardo que me leía tebeos cuando yo no sabía leer; un Eduardo que, cuando yo tenía terror a los vampiros tras ver en la tele una película de Drácula, me regaló un pequeño crucifijo para que pudiera dormir tranquilo con él bajo la almohada; un Eduardo que me mostró una literatura que yo desconocía; un Eduardo que me ayudó a sobrellevar el duro camino de la adolescencia; un Eduardo que apoyó mis inicios como escritor; un Eduardo que me prestaba su apartamento para que yo pudiera ir allí con mi novia; un Eduardo cariñoso, inocente, tranquilo, más o menos feliz. Mis lágrimas, en aquella mañana de sábado, estaban dedicadas a ese Eduardo. Aunque, en realidad, ese Eduardo había muerto en noviembre de 1972.

Hay una nube en mi memoria; apenas recuerdo quiénes estaban en esa cafetería cuando Pepa y yo llegamos. A Zulma sí la recuerdo; era la primera vez que la veía. Y también a José Carlos y a Teresa, pero eso es todo, no me acuerdo de nadie más. Supongo que también estaban Tito y Conchita, y Almudena, y Jesús y María Teresa, quizá los últimos amigos que le quedaban a mi hermano, pero no logro recordarlos. Me sentía muy mal, me asfixiaba en esa cafetería, así que salí al exterior. El Anatómico Forense se encuentra en la Ciudad Universitaria, una zona muy tranquila durante los fines de semana. Empecé a pasear sin rumbo fijo; la mañana era fresca y soleada, las calles estaban vacías. Recuerdo que no podía dejar de darle vueltas a lo mismo: sentía la muerte de Eduardo como si fuese el final de una novela; un final lógico, pero insatisfactorio. ¿Eso es todo?, pensaba yo; ¿ya está, no hay más? Creo que, inconscientemente, siempre había conservado la esperanza de que el antiguo Eduardo, el Eduardo a quien yo tanto quería, resurgiera de las cenizas. Era como esa gente que no dejó de confiar en el retorno de los Beatles hasta que Chapman disparó a Lennon frente al edificio Dakota.

No sé cuánto rato estuve caminando. Me encontraba en la zona de los colegios mayores y, de pronto, me fijé en algo: había una foto y un montón de papeles pegados a una farola. La foto era de un chico de veintipocos años de edad. Lo que me llamó la atención fue que se llamaba Eduardo, igual que mi hermano. Era un estudiante y había muerto unas semanas antes en un accidente de tráfico. Sus amigos habían dejado allí, en la farola, frases de despedida, poesías... Recuerdo una, firmada por una chica; era torpe, ingenua, pero llena de sentimiento. Esa farola en realidad era un altar. Estuve un rato mirándolo y, poco a poco, no sé por qué, me tranquilicé. Entonces pensé dos cosas.

En primer lugar, me pregunté quién recordaría a mi hermano. El otro Eduardo, el estudiante muerto, había dejado atrás familia y un montón de amigos que le querían y que le recordarían siempre. Pero, ¿y mi hermano? Sin hijos, sin familia, casi sin amigos... ¿quién iba a acordarse de él? Lo segundo que pensé fue que la historia de mi hermano daría pie para una novela. Pero, ¿sabéis?, si de algo me han servido estos post es para darme cuenta de que estaba equivocado. Entendedme: sigo creyendo que se puede obtener una buena novela en base a la vida de mi hermano, pero eso no importa, da igual y, desde luego, no hay ninguna razón para que sea yo quien la escriba. En realidad, ni siquiera quiero hacerlo. Ahora bien, lo que sí creo es que la historia de Eduardo merecía ser contada y eso, ahora, ya lo he hecho.

La vida de mi hermano es el relato de un proceso de autodestrucción. ¿Por qué hay gente que, como Eduardo, hace siempre aquello que más contribuye a su infelicidad? ¿Por qué hay gente que parece querer destruirse? ¿Existe un instinto de muerte, el thánatos de los cojones? ¿Hay personas cuyos bajos niveles de serotonina y dopamina les impiden ser felices? No lo sé, no tengo ni idea. Pero creo que el problema de Eduardo no encaja con esas explicaciones.

Veréis, si Eduardo hubiera tenido éxito profesional, si hubiese alcanzado una posición de poder, si hubiera sido un personaje conocido y respetado, jamás se habría matado y ahora estaría vivo y razonablemente feliz. Sería insoportable, vanidoso y egocéntrico, pero satisfecho de sí mismo. Él mismo lo reconoce en su Diario cuando, el 24 de septiembre del 92, escribe: “Con un poco de suerte, pude haber conseguido el éxito y la estabilidad, o incluso la felicidad. Entonces recordaría a los míos como a la alegre familia de “Vive como quieras”. Pero no fue así”.

Una noche, después de la muerte de nuestro padre, cuando mi hermano y yo vivíamos juntos, Eduardo estaba borracho y desesperado. Su vida era una mierda, decía. Intenté calmarle, pero no pude; entonces le pregunté: “Pero ¿qué quieres, qué te falta?”. Y él, clavando en mí una mirada que a mí se me antojó casi demente, respondió: “Dinero y poder”. Me quedé helado; en fin, lo del dinero lo entendía, pero ¿poder?... ¿para qué? Mucho después lo entendí: poder para imponer respeto, poder para controlar a los demás, poder para protegerse, poder para convertirse en la persona que él creía merecer ser. Al final, nunca tuvo demasiado dinero ni prácticamente ningún poder. Pero no fue una cuestión de suerte.

Eduardo lo tenía todo para triunfar: era un encantador de serpientes nato que fascinaba a la gente con su personalidad, era ingenioso, era brillante, tenía talento. Entonces, ¿por qué hacía todo lo posible por cagarla una y otra vez? Sólo se me ocurre una respuesta: porque interiormente era demasiado débil, demasiado frágil. Pese a su arrogancia, pese a su carácter agresivo, pese a su habilidad para lanzar dardos envenenados, pese a su aparente seguridad en sí mismo, si le conocías, si sabías cuáles eran sus puntos débiles, bastaba con pronunciar las palabras adecuadas para sacarle literalmente de sus casillas. Vi a José Carlos hacerlo muchas veces. Por expresarlo en términos pugilísticos, Eduardo tenía un poderoso crochet, pero una mandíbula de cristal.

Así que mi hermano dedicó toda su vida a proteger ese frágil ego, pero lo hizo de forma equivocada. Incapaz de reconocer su debilidad, se convenció a sí mismo de que era fuerte, de que era un paso adelante en el sendero de la evolución, de que su inmenso talento le situaba varios metros por encima de los demás. Al mismo tiempo, como su fragilidad le impedía reconocer sus fallos, eliminó la palabra “autocrítica” de su diccionario; si algo le salía mal, siempre era culpa de los demás. Él era inocente por naturaleza, jamás se cuestionaba a sí mismo. Y cuando la realidad comenzó a llevarle la contraria, Eduardo empezó a desfigurar la realidad.

Tras el fracaso de su matrimonio y la posterior locura alcohólica que le siguió, Eduardo se pegó un batacazo tan grande que hasta él mismo tuvo que reconocer que la había cagado. Pero eso, en vez de hacerle reflexionar sobre sus errores básicos, lo que hizo fue reafirmarle y radicalizarle en su postura vital. Y posteriormente, cuando se jodió definitivamente la vida por su demencial comportamiento en TVE, mi hermano, lejos de sacar la menor enseñanza de sus equivocaciones, se radicalizó aún más. Estaba en la mierda, y como no podía reconocer que él mismo se había metido ahí, buscó y encontró los culpables adecuados: todo el mundo en general, y, en particular, los socialistas y... nuestros padres, José y Leonor.

Sobre nuestro padre, Eduardo escribió lo siguiente en su Diario: “Era inteligente, con mucho talento e imaginación... Pero todo ello desordenado, con demasiada novelería y autosatisfacción. (...) Era un analfabeto de la normalidad. Siempre se sintió un marginado, un desplazado. (...) No siento cariño hacia él. Comprensión, sí. Ternura, también. Respeto, relativo. Cariño, no”. Mentira: Eduardo adoraba a su padre. Respecto a nuestra madre, mi hermano dice en su Diario: “(Era) una niña. Y ni siquiera una niña demasiado lista. (...) Mamá nunca movió un dedo, nunca se preocupó realmente por mi futuro. (...) Estaba encantada de conocerse. (...) Era una persona que, no saliendo de casa, vivía de cara a la galería. Para ella resultaba muy importante que se mantuviera su status de “musa” de papá, de mujer inteligente y sensible, “con la que daba gusto hablar”. (...) No leía, no se informaba... ¿Para qué, cuando una posee la ciencia infusa? (...) No le guardo ni rencor, ni agradecimiento, ni cariño. Murió hace veintiún años, y la lejanía pone las cosas y a la gente en su sitio”.


Mirad la foto de arriba. ¿Esa es la imagen de un hijo que odia a su madre? No, Eduardo la quería mucho. Pero allá por principios de los 90, cuando su vida se había ido por segunda vez a la mierda, mi hermano necesitaba sacudirse la culpa y encontrar responsables para tanta desgracia. Y retorció las cosas para que nuestros padres -nuestra madre en particular- fueran en última instancia los grandes malvados de su torpe vida. ¿Qué pecado cometieron? Eduardo responde: “Me enseñaron un mundo que nada tenía que ver con el real. Permitieron que, a los catorce años, tomase una decisión (dejar el colegio) que iba a marcar toda mi vida. Eso no se le hace a un hijo”.

Vale, tus padres te enseñan un mundo irreal. Pero cuando te haces adulto y compruebas que el mundo no es como creías, en vez de empezar a lamentarte de que papá y mamá te han engañado, lo que haces es sacar tus propias conclusiones y dejarte de mamonadas. Y sí, de acuerdo, nuestros padres la cagaron cuando consintieron que Eduardo dejara el colegio. Pero era un error perfectamente subsanable. De hecho, en los 70 Eduardo se presentó a las pruebas de acceso a la universidad para mayores de 25 años y las aprobó. Si quería una educación académica, podía haber cursado una carrera; pero no lo hizo porque estaba demasiado ocupado emborrachándose. Nuestros padres, como nos ocurre a todos los padres, se equivocaron muchas veces. Pero siempre nos cuidaron, siempre se comunicaron con nosotros, siempre nos dieron compañía y cariño. Sólo una mente muy enajenada y torturada puede guardarles ese bochornoso rencor.

Así pues, en última instancia, ¿Eduardo estaba loco? Pues si por locura entendemos la incapacidad de razonar, mi hermano no estaba loco. Pero si concebimos la locura como un desarreglo en la percepción de la realidad que daña y desequilibra a quien lo padece, Eduardo estaba como una cabra. Aunque, en el fondo, ¿ya qué más da?

Cuando comencé a escribir esta serie de post, José Carlos y Pepa me preguntaron, extrañados, por qué lo hacía. A mi mujer, en particular, le parecía algo casi impúdico, como desnudarse en mitad de la calle. José Carlos lo consideraba simplemente innecesario, sin sentido. Pero su pregunta es pertinente: ¿por qué lo he hecho? ¿Para aclararme las ideas sobre Eduardo? No, mis ideas siguen tan claras o tan confusas como antes. ¿Por exhibicionismo emocional? Pues quién sabe, quizá en parte; soy escritor, un trabajo que, a fin de cuentas, es puro exhibicionismo. ¿Porque me siento culpable hacia Eduardo? Me temo que no; así como el suicidio de mi padre me llenó para siempre de culpabilidad, sé que no tengo la menor responsabilidad sobre el suicidio de mi hermano. Ni yo ni nadie, salvo él mismo, podía ayudarle. Entonces, ¿por qué he escrito esto?

¿Recordáis el famoso monólogo final de Blade Runner? Justo antes de morir, el replicante Roy Batty le salva la vida a Deckard y dice: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Las primeras veces que oí ese diálogo, no le presté especial atención; hasta que un día, muchos años después, comprendí su significado y me di cuenta de que contenía una inmensa, estremecedora y conmovedora verdad. A lo largo de la vida vamos atesorando una serie de recuerdos y vivencias de gran importancia para nosotros; son la esencia de lo que somos y de lo que hemos vivido. Pero, cuando morimos, ese tesoro se desvanece, se pierde para siempre. Y al pensar en esto, uno descubre que lo terrible de la muerte no es dejar de existir, sino que todos esos recuerdos, todos esos momentos, se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Lo que en realidad nos aterra de la muerte es el olvido.

¿Qué queda de Eduardo? Un montón de artículos y críticas durmiendo en los anaqueles de las hemerotecas, un montón de traducciones, un par de películas que casi nadie ha visto (al final, Zulma le vendió el guión de Trileros a Antonio del Real y el film se estrenó en 2003), una novela hace mucho descatalogada, y un par de series de televisión que pronto todo el mundo olvidará. No tuvo hijos y la inmensa mayor parte de sus amigos le perdieron la pista mucho antes de morir. Así que, ¿quién recordará a Eduardo? ¿Quien impedirá que su vida se pierda en la lluvia?

Antes de escribir esta serie de entradas, Google ofrecía menos de dos mil entradas sobre mi hermano; la inmensa mayoría, por no decir la totalidad, eran fichas técnicas, con sólo su nombre, repetidas decenas de veces (sus trabajos como guionista y como traductor). Ni una sola entrada decía nada sobre la vida de mi hermano. Ahora, si escribes en Google “Eduardo Mallorquí”, lo primero que aparece son estos post. Como yo pretendía.

Así que he escrito esto para rescatar la memoria de mi hermano. Probablemente en contra de su voluntad, porque en su carta de suicidio Eduardo pedía expresamente que no se publicase ninguna esquela anunciando su muerte. Creo que, al final, deseaba desaparecer del todo, incluso como recuerdo. Vale, pues entonces no he rescatado a Eduardo, sino mis propios recuerdos sobre mi hermano. Me estoy rescatando a mí mismo. ¿Mejor así?

De lo que estoy absolutamente seguro es de que soy la última persona del mundo que Eduardo elegiría para relatar su vida. Se agarraría un cabreo de mil demonios si supiese lo que he hecho. Pero si no lo hubiera escrito yo, ¿quién lo haría? Nadie. Así que o yo, o el olvido. Y como él no está aquí para opinar, he decidido yo. Por otro lado, podría haber escrito esta semblanza (?) de otra manera. De hecho, podría haber relatado una historia llena humor e ingenio, las divertidas peripecias de un hombre que podía ser muy divertido. Bastaría con elegir las partes luminosas y ocultar las partes oscuras, que es lo que suele hacerse cuando se habla de los muertos. Pero entonces mentiría, porque la historia de Eduardo no es una comedia, sino una especie de tragedia bufa. En cualquier caso, si esto lo hubiera escrito otra persona, el relato sería diferente. Si, por ejemplo, lo hubiera escrito José Carlos, el texto sería mucho más duro con Eduardo, y si lo hubiera escrito nuestra común amiga Almudena, sería mucho más amable. Así que ésta es la versión de César Mallorquí; he intentado ser lo más honesto posible, pero no pretendo ser objetivo, pues en un texto de estas características aspirar a la objetividad es una pura ilusión. Así es como yo recuerdo a Eduardo, eso es todo.

¿Qué siento hoy hacia él? Sé que Eduardo, desde el momento en que dejó de hablarme, se dedicó con entusiasmo a ponerme a parir. Me odiaba y decía cosas horribles acerca de mí. Pero, ¿sabéis?, me importa un bledo. No le guardo ningún rencor por eso; a fin de cuentas, yo sólo fui uno más en su larguísima lista de villanos. Si algún reproche tengo que hacerle no sería ese, sino el hecho de que, cuando murió nuestro padre y yo me quedé solo, en vez de ayudarme a centrar mi vida lo único que hizo fue contribuir a desquiciarla. Yo tenía 19 años y él 29. Eso no estuvo bien. Pero, a fin de cuentas, bastantes problemas tenía Eduardo con su propia vida como para ponerse a centrar la vida de nadie. En realidad, tampoco puedo culparle por eso. Así pues, ¿qué siento hoy hacia mi hermano? Sigo queriendo mucho al Eduardo anterior al 72, y siento una mezcla de cabreo y piedad hacia el Eduardo que regresó a España en los 80.

Y por fin llegamos al final de esta larguísima serie. Cuando buscaba formas de enfocar una posible novela basada en la vida de Eduardo, se me ocurrió un estructura que parecía prometedora. Veréis, cuando mi hermano murió y me enteré de la existencia de esa última novela que escribió, quise leerla, pero Zulma puso excusas para no dejármela, supongo que por desconfianza. Así que se me ocurrió centrar la historia en esa novela, una novela perdida. La cosa sería más o menos así: Dos hermanos -digamos que Ernesto (Eduardo) y Carlos (yo)- largo tiempo enemistados. Ernesto se suicida y entonces Carlos se entera de la existencia de esa novela, pero no la encuentra, porque, antes de matarse, Ernesto se deshizo de todos sus papeles y borró el disco duro de su ordenador. Entonces Carlos inicia la búsqueda de la novela, visitando a toda la gente que tuvo relación con su hermano durante los últimos tiempos. Mientras lo hace, Carlos va reconstruyendo la vida de su hermano que no conocía y obtiene diferentes visiones, de diferentes personajes, acerca de Ernesto. Al final, tras desistir de encontrar la novela, Carlos visita el chalet de Cercedilla donde vivía su hermano. Entonces aparece el dueño del chalet y, de algún modo, se entera de que Carlos es hermano del anterior inquilino de la casa. Y le dice que, antes de morir, Ernesto dejó en la basura una caja llena de documentos, pero que él la había guardado y no sabía qué hacer con ella. Carlos se hace cargo de la caja y descubre que dentro está la novela perdida. La lee y cuando la acaba vuelve a dejarla en la basura, como su hermano había querido. Fin.

Cuento esto porque, a raíz de esta serie de entradas, se ha abierto la posibilidad de que, finalmente, pueda leer la novela que escribió Eduardo antes de suicidarse. Si es así, quizá perpetre en el futuro una entrada más. Tomadlo como una amenaza.

Y ya está, se acabó. Diez larguísimas entradas seguidas sobre mi hermano, qué pasada; nunca pensé que fuera a dar para tanto. Un mes y medio dándole vueltas a lo mismo. Creo que he abusado de vuestra paciencia, lo siento. No obstante, siempre había pensado que la historia de Eduardo era interesante y, a tenor de los comentarios de muchos merodeadores, así es. Me alegro. Pero esto es todo, amigos; os prometo que no volveré a hacer nada semejante. A partir de la siguiente entrada, La Fraternidad de Babel volverá a ser lo que siempre ha sido y nunca debería haber dejado de ser: un lugar absolutamente inútil.

martes, mayo 3

Eduardo Mallorquí (IX)


El 1 de octubre de 1992, a los 49 años de edad, Eduardo escribe por primera vez en su diario sobre la posibilidad de suicidarse.

*¿Cómo crees que vas a terminar?
-Soy muy pesimista. Supongo que cumplirá los cincuenta. De los cincuenta y uno ya no estoy tan seguro
*¿Qué posibilidades te ves?
-Fifty/fifty; pero sólo pienso en el fifty malo.
*¿Crees que tendrás valor para quitarte de en medio?
-Me faltará valor para seguir adelante, que es distinto. Si las cosas se plantean tan mal como parece, ¿para qué seguir? Ya soy demasiado mayor para contarme cuentos. Fracasar en todos los frentes en una forma de perder la guerra.

Ocho días más tarde, añade:

-Una de las cosas que creo haber aprendido es que muchas veces las cosas resultas más claras, más comprensibles, si se plantean en términos negativos. Por ejemplo: una persona inteligente es la que no hace ni dice tonterías, no una que se pasa el día soltando grandes frases o haciendo extraordinarios descubrimientos. En nosotros está el suicidio, como el asesinato y el resto de las cosas negativas. Sólo que la mayoría de la gente tiene buenos motivos para no ejercer esas tendencias. Cuando uno deja de tener motivos para no asesinar, asesina; cuando deja de tener motivos para no suicidarse, se suicida.

Y seis días después, prosigue:

*Ya has elegido la fecha, ¿no?
-Más o menos.
*Cuando cumplas los cincuenta.
-Sí. Me quedan siete meses, y en ese tiempo pueden arreglarse las cosas; pero si no...
*¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
-Me doy perfecta cuenta. Ya he pasado por una situación similar, cuando me marché a Venezuela, y creo que entonces estaba más asustado que ahora. Naturalmente, me sobrecoge y me entristece; pero... Sé que, llegado el momento, será duro; pero soy capaz de hacerlo. De lo que me considero incapaz es de plantearme la vida en el callejón sin salida en el que, desde hace dos años, me encuentro.

En el periodo comprendido entre el 89 y el 92, sólo tengo constancia de dos trabajos de mi hermano. El primero es el guión de la película Caminos de tiza, de José Luis Pérez Tristán, que se estrenó en 1989. Pero ese guión era antiguo; Eduardo se lo había vendido a Tristán antes de irse a Venezuela, aunque el director tardó mucho en lograr producir la película. El film no tuvo éxito. El segundo trabajo fue el guión de la ceremonia de entrega de los Goya de 1992. Supongo que consiguió ese encargo gracias a uno de los últimos amigos que le quedaban, Nono (el director de cine Antonio del Real), pero no estoy seguro. El caso es que el guión era muy soso y la ceremonia una de las peores que se recuerdan.

A finales del 92, Eduardo estaba con el agua al cuello. El dinero que había ganado con Para Elisa se acababa y todos sus intentos por seguir trabajando como guionista resultaban infructuosos. Así que Eduardo, asfixiado económicamente, decidió escribir a Plaza & Janés, editorial para la que había trabajado en el pasado, solicitando traducciones. Cinco días después, un representante de la editorial le telefoneó para, como el mismo Eduardo dice, “prácticamente, preguntarme qué clase de libros prefería traducir”.

Un año más tarde, en noviembre del 93, pese a que su desastre económico se había aliviado gracias a las traducciones, Eduardo escribe en su Diario:

*¿Vuelta a las ideas de suicidio?
-Si me sugieres otra solución mejor, las olvidaré ipso facto. Quizá un buen motivo para seguir viviendo es ver cómo todo esto se va al carajo. Pero cabe el riesgo de que, por aguardar, te vayas al carajo tú con el resto, y tu decisión pase de libre a forzada. Son nimias preocupaciones de matiz, supongo, de no tener deudas ni cargas familiares.
*¿Buey suelto, buey lúcido?
-Más o menos.

Ésa es la última entrada de su Diario. Eduardo había vuelto a trabajar, sí, pero traduciendo, algo que odiaba. Además, estaba solo, y llevaba muy mal la soledad. Su vida seguía siendo tan insatisfactoria que no valía la pena vivirla.

Mientras esto ocurría, un nuevo cambio se produjo en mi hermano. Siempre había sido antifranquista y socialdemócrata, pero sus problemas laborales ocurrieron en una TVE controlada por los socialistas, de modo que, siguiendo el axioma “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”, Eduardo se convirtió en un reaccionario de tomo y lomo. El 4 de noviembre de 1992 escribe en su Diario:

*Se va a cumplir el centenario del nacimiento de Franco. ¿Qué piensas de él?
-Que salía barato y, si no lo mareabas, no te mareaba.
*O sea, que te has vuelto franquista.
-Mejor que esta chusma que ahora manda, sí era (...)
*¿Qué piensas de él?
-En términos objetivos... Supongo que los muertos de la guerra y la posguerra fueron menos de los que se hubiesen producido de meternos en la Segunda Guerra Mundial. (...) Nos libró realmente del comunismo, y ya se ha visto lo que fue el comunismo. No estructuró el país, cosa lógica... En fin, de haber sido un santo y un genio, podría haber hecho muchas cosas. Siendo un militar, actuó de acuerdo con su moral castrense y católica y... Más vergüenza que la actual caterva de piojos resucitados, decididamente tenía. Soy más antifelipista de lo que fui antifranquista o, al menos, le dedico más tiempo a ello. Porque de Franco te podías olvidar, pero de estos mindundis no hay manera.

Cuantos aún le trataban por aquel entonces, concuerdan que Eduardo se había transformado en un facha furibundo. Más adelante, Zulma me enseñó cartas de mi hermano dirigidas a Jiménez los Santos contándole las injusticias que los socialistas habían cometido con él. La verdad es que ese cambio se me antoja grotesco, esperpéntico. ¿Tan sólidas eran sus convicciones éticas y políticas que bastó un traspiés profesional para darles un giro de 180 grados? Pero es que las ideas de Eduardo sólo eran sólidas de cara a los demás, porque él tenía la capacidad y la venia de retorcerlas hasta donde le saliese de las narices. Qué poco me simpatiza la imagen de ese Eduardo radical, colérico y resentido...

En algún momento de (creo) 1994, ocurrió algo. Orlando Urdaneta, el actor venezolano amigo de Eduardo, le invitó a viajar a Caracas durante una temporada. (Por cierto, relaté una divertida anécdota con el hijo de dicho personaje en la entrada ¿Prohibido prohibir? que podéis visitar, si os apetece, pinchando aquí). Ignoro las razones de aquel viaje; puede que fuera por placer, o puede que por motivos profesionales, pues en el pasado Eduardo había colaborado con Orlando escribiéndole monólogos. Fuera como fuese, mi hermano conoció en Caracas a Zulma, se enamoraron y poco después, cuando Eduardo regresó a Madrid, se casaron por poderes. Supongo que ese mismo año Zulma viajó a Madrid para reunirse con su nuevo esposo.

Zulma debía de tener entre quince y veinte años menos que Eduardo. Era guapa, más o menos exuberante, dulce, complaciente y sumisa. Además, admiraba profundamente a mi hermano, condición sine qua non para que éste aceptase a alguien a su lado. Por lo que me han contado, ese romance le devolvió a Eduardo las ganas de vivir. De hecho, a partir de ese momento su objetivo consistió en tener a su mujer “como una reina”.

Todo lo que yo sabía por aquel entonces era que Eduardo se había casado con una venezolana. Más tarde, sólo vi a Zulma tres veces, todas ellas inmediatamente después de la muerte de mi hermano. La verdad es que apenas sé nada de la vida de Eduardo en esos últimos años, salvo por lo que me han contado. Un día, Eduardo le comentó a José Carlos que “se podía vivir bien de la traducción”. Esa frase me impactó, porque evidenciaba una renuncia, una aceptación del fracaso. Recordemos que, para Eduardo, la traducción sólo era un medio para alcanzar un fin mayor, así que resignarse a traducir suponía resignarse a no alcanzar jamás ese fin.

En algún momento, probablemente en el 94 o el 95, Eduardo y Zulma dejaron el chalet de Cercedilla y se trasladaron a un piso de alquiler del número 33 de la calle Benito Gutiérrez, en el barrio de Moncloa. Por lo visto, llevaban una vida tranquila de pequeños burgueses. También me han dicho que Eduardo se volvió muy clasista. Creo que eso tiene una explicación. Hablando posteriormente con Zulma, comprobé que ella consideraba a mi hermano una mezcla entre aristócrata, artista y sabio mentor. Le tenía en un altar. Pero es que creo que Eduardo estaba interpretando un nuevo papel. Antaño había sido el joven prodigio, luego el joven rebelde, luego el progre de izquierdas, luego el bohemio decadente, luego el profesional triunfador, luego el artista maldito... y con Zulma, probablemente, interpretó el papel de caballero español. El hidalgo maduro injustamente apartado de la corte que, pese a todo y a todos, mantiene intacta su dignidad y su nobleza.

El caso es que la mimaba, la cuidaba como si fuera su más valioso tesoro. Poco después de la muerte de Eduardo, estuve en su casa y comprobé algo que me dejó estupefacto. Zulma hacía cerámica (porque mi hermano había insistido en ello) y su taller ocupaba la habitación más amplia y soleada de la casa. Por el contrario, el despacho de Eduardo era un cuartucho de seis o siete metros cuadrados sin ventanas, el lugar perfecto para deprimirse trabajando. Creo que mi hermano, en sus últimos años, vivía únicamente por y para Zulma.

De este periodo, y aparte de las traducciones, sólo sé de dos trabajos de Eduardo. Un guión cinematográfico llamado Trileros y una novela cuyo título ignoro. En cuanto al guión, mi hermano no llegó venderlo en vida; respecto a la novela... un día, Eduardo decidió que iba a escribir un best seller, una “novela muy larga”. Curiosa idea ésta, ¿verdad? Comprendo que alguien decida escribir una historia que al final requiera una larga extensión, pero decidir escribir una larga extensión sea cual sea la historia me parece... un poco extraño, la verdad. El caso es que Eduardo se puso a la lenta tarea de escribir una novela muy larga que, según me contó Zulma, trataba sobre un indiano y su estirpe.

Entonces, probablemente en 1999 o 2000, sobrevino el desastre final: dejaron de encargarle traducciones a Eduardo. No sé por qué ocurrió esto, pues no me cabe duda de que Eduardo era un buen traductor. Pero debía de ser un traductor caro y en aquellos tiempos había mucha competencia. También es posible (casi seguro) que tuviera alguna bronca con los editores. Fuera como fuese, dejaron de enviarle libros para traducir. Ni siquiera se ponían al teléfono cuando él llamaba.

Una vez más, Eduardo se quedó sin trabajo; pero en esta ocasión no había bote salvavidas al que encaramarse. Eduardo intentó recurrir a sus últimos contactos, pero le quedaban muy pocos contactos. Le ofreció a Orlando Urdaneta escribirle monólogos, pero Orlando ya no se dedicaba a los monólogos. La última carta que le quedaba por jugar a mi hermano era su novela. Y no estaba conforme con ella; Zulma me contó que le costaba mucho redactarla, que creía que estaba quedando mal, que incluso se preguntaba si no se le habría olvidado escribir. Aun así, en sus últimos meses, Eduardo fantaseaba con Zulma sobre el éxito de la novela, sobre lo que harían con el mucho dinero que iba a ganar, sobre lo buena que iba a ser su vida a partir de entonces. Finalmente, Eduardo concluyó el texto y lo envió a una editorial. Lo rechazaron. Porque era demasiado largo.

Ese fue el golpe final, su último fracaso. Eduardo se hundió en la depresión. Quienes le vieron por aquel entonces hablan de un Eduardo callado, encerrado en sí mismo, pasivo, muerto por dentro. Zulma me dijo que se quedaba sentado horas y horas con la mirada extraviada, sin hacer nada, sumido en la más absoluta tristeza, y que ella se sentaba a su lado y él se abrazaba a ella como un niño perdido.

Aunque nunca le vi así, me parte el corazón ese Eduardo, se me llenan de lágrimas los ojos al imaginármelo hundido en la derrota, desvalido, sin la menor esperanza, sin fuerzas ya para luchar. Puedo aceptar, aunque me irrite, al Eduardo tonante e intolerante, porque al menos su furia era una señal de vida, pero un Eduardo callado, desfallecido y vencido... no, eso me cuesta mucho aceptarlo.

Eduardo se sentía viejo y feo. Zulma me enseñó una foto de sus últimos tiempos y... en fin, mi hermano tenía razón: estaba prematuramente envejecido y muy feo. Creo que, de encontrármelo por la calle, no le habría reconocido. Eduardo también se sentía inútil. No sé si llegó a percibir con entera claridad la naturaleza y magnitud de su fracaso, no sé si se vio a sí mismo en un espejo y llegó a comprender que no era, ni jamás había sido, la clase de ser humano que creía ser. No lo sé; probablemente no o, al menos, no del todo. Pero sí se daba cuenta de que ya no tenía futuro, de que era un pasajero al final de la línea, de que el tantas veces fantaseado final era ya inminente.

Sus hermanos no sabíamos nada acerca de su situación. Si lo hubiésemos sabido, si nos hubiera pedido ayuda, estoy seguro de que tanto José Carlos como yo le habríamos ayudado; pero Eduardo era demasiado orgulloso para recurrir a los únicos que en aquel momento le habrían tendido una mano. Me gustaría tener a Eduardo delante y decirle: ¿Para qué cojones te sirvió ese desmedido orgullo, gilipollas, si lo único que hizo fue joderte la vida una y otra vez?

Aún le quedaba dinero; quizá el suficiente para, estirándolo mucho, aguantar un año (supongo que ese dinero provenía de la indemnización de TVE). Pero no había trabajo ni la menor perspectiva de trabajo; Eduardo se veía al final en la calle, durmiendo entre cartones. Y quizá hubo algo más. Almudena y Tito, dos de mis mejores amigos, que también lo fueron de mi hermano, sostienen que Zulma, al casarse con Eduardo, le salvó la vida. Pero que luego, cuando Eduardo comprendió que no podía seguir manteniéndola, prefirió morir a afrontar la vergüenza de ese último fracaso. Creen que, sin la responsabilidad de Zulma, mi hermano no se habría matado. Personalmente, lo dudo; me parece que, con Zulma o sin Zulma, antes o después, mi hermano habría acabado suicidándose. Él mismo había escogido con mucha antelación ese destino.

El viernes 16 de marzo de 2001, Eduardo preparó el escenario para su muerte. A Zulma le gustaba el Parque de Atracciones, así que la convenció para que pasara allí la tarde con unos amigos. Cuando se quedó solo, puso un cartel en la puerta anunciando su suicidio y dispuso sobre su mesa de trabajo tres documentos que había preparado previamente. Luego, se sentó en el salón, o en el dormitorio, o en su despacho, no lo sé, se tragó un bote de barbitúricos y murió. Fin de la historia.

Uno de los documentos que dejó era una carta para Zulma que, por supuesto, no he leído. Los otros dos sí. Una fría y aséptica carta para el juez donde afirma morir por su propia voluntad y señala que los motivos de esa decisión están expuestos en el tercer documento. Ese texto, el tercero, es una prolija y gélida, casi entomológica, exposición de sus circunstancias vitales. Habla del modo en que se ha quedado sin trabajo y relata sus infructuosos intentos por salir adelante. Creo que, en realidad, el documento formaba parte de una carta que, poco antes, Eduardo le había enviado a alguien, no recuerdo a quién ni por qué. En conjunto, esos textos venían a decir: ya no puedo ganarme la vida, así que me mato.

Pero creo que Eduardo no se suicidó en realidad por eso. Lo cierto es que empezó a matarse mucho antes, en 1972, cuando se sumió en la locura alcohólica. Y siguió matándose en los 80, cuando rompió con su familia y sus amigos. Y siguió matándose en el 89, cuando echó por tierra su porvenir en el mundo de la televisión a base de broncas desmedidas y absurdas. Y siguió matándose a principios de los 90, cuando se cocía en el rencor y el odio mientras imaginaba una y otra vez su propia muerte. Así que lo que ocurrió ese viernes 16 de marzo de 2001 no fue más que el inevitable, y en el fondo postergado, final de una larga carrera hacia la autodestrucción.

Siempre que hago algo, lo hago pese a dar por hecho que probablemente será inútil o inexplicablemente contraproducente”.
Diario, Eduardo Mallorquí. 27 de octubre de 1992

Continuará (paciencia, ya sólo queda uno)

viernes, abril 29

Eduardo Mallorquí (VIII)


En cierta ocasión, mientras estaba preparando la serie de TV Para Elisa, Eduardo le dijo a José Carlos: “Soy el mejor guionista de España”. Lo dijo en serio; se lo creía realmente, necesitaba creérselo. En el pasado, aun sin contar con demasiados datos para sustentar tal creencia, Eduardo siempre se había considerado un genio, así que imaginaos hasta qué punto creció su ego cuando por fin el éxito le sonrió.


Eduardo escribió los 18+1 guiones originales de Para Elisa entre 1987 y 1989, en el chalet que había alquilado en Cercedilla. Permitidme hablaros un poco sobre ese lugar: Se trata de un pueblo de montaña donde muchos madrileños tienen su segunda vivienda, de modo que los fines de semana, sobre todo en verano, se llena de gente. Sin embargo, entre semana, o en lo más crudo del invierno, sólo es un entorno rural tranquilo y más o menos aislado. Quizá demasiado tranquilo y demasiado aislado. La verdad es que para Alicia debió de ser una putada. Imagináoslo: una caraqueña acostumbrada a los benignos aires tropicales encerrada de pronto en un pueblo de la sierra donde casca un frío que rompe las piedras; una mujer desocupada metida todo el año en un lugar pequeño absolutamente carente de distracciones urbanas.

La vida social de Eduardo, tan agitada en el pasado, se había reducido al mínimo. La verdad es que, sin prisas, pero sin pausas, había ido perdiendo a los últimos amigos que le quedaban. Fernando, Antonio y Sonsoles, Juan, Enrique, Carmen, Tony, Juana, el inefable Nono... Su cada vez más bronco carácter, su intransigencia, su delirante megalomanía, todo ello alejaba a sus amigos de él. O bien él rompía con ellos, porque le fallaban. Es decir, porque no hacían exactamente lo que él quería. A lo largo del tiempo, de vez en cuando, me he ido encontrando con algunos de ellos. Los más tolerantes decían: “Bueno, ya sabes cómo es tu hermano...”, mientras que los más cabreados con él afirmaban: “Eduardo se ha vuelto loco”. El caso es que, poco a poco, Eduardo se estaba quedando solo.

Pero volvamos a su labor profesional. Pese al éxito obtenido, había algo que Eduardo no acababa de encajar bien. Tristeza de amor la dirigió Manuel Ripoll. Por aquella época (y todavía ahora), quien tenía el poder en una producción televisiva, quien siempre tomaba las decisiones finales, era el realizador. Una vez acabados los guiones, el guionista no pintaba nada. En el caso que nos ocupa, además, se daba la circunstancia de que Ripoll, el director, estaba casado con Concha Cuestos, la coprotagonista. Así que Eduardo no había participado lo más mínimo en la producción de la serie, lo que le jodía.

Eduardo se veía a sí mismo como un nuevo Billy Wilder, quería tener el control total sobre su obra. Para conseguirlo, le exigió a TVE dirigir Para Elisa, su nueva serie. Y los responsables de la cadena se negaron en redondo. Con toda la razón, por cierto, pues se trataba de la serie más cara jamás rodada para la tele y Eduardo no tenía la menor experiencia como director. Supongo que ése fue el primero de los conflictos.

El siguiente, y más gordo, se produjo cuando Sánchez del Pozo, el productor de Para Elisa, le pidió a Eduardo que modificase los guiones para que el arranque tuviese más garra. En vez de eso, mi hermano escribió un capítulo más para que sirviera de comienzo y no tocó los dieciocho restantes. Entonces, Martín Cabañas, el productor ejecutivo, le dijo que había que reducir la serie, de 19 episodios a 16. Eduardo se negó en redondo. Así que Martín Cabañas le encargó a José Ramón Paíno, el coordinador general, que realizara la citada reducción, cosa que éste hizo no eliminando capítulos completos, sino quitando texto de aquí y de allá y reordenando el material narrativo para ajustarlo a la nueva extensión (estos datos los he obtenido de la hemeroteca de ABC, disponible en Internet).

Bien, lo que acabo de contar suena tranquilo, lo he expuesto sin apasionamiento, con frialdad, y eso da una idea muy equivocada de cómo fueron las cosas. Cuando digo que Eduardo tenía mal carácter es difícil que os hagáis una idea de hasta qué punto tenía mal carácter. Veamos, Eduardo era alto (1’88), moreno, barba frondosa, de ojos oscuros, mirada penetrante y una voz grave y potente (los tres hermanos, por cierto, teníamos voces muy similares). Pues bien, imaginaos a Eduardo cabreado. Encajaba la mandíbula, sus ojos se inyectaban en sangre, una vena comenzaba a latir en su sien y empezaba a dar gritos desaforados. Te insultaba a grandes voces y con variedad de adjetivos, te impedía hablar, daba golpes en la mesa, hacía gestos amenazadores, te ridiculizaba, irradiaba una ira y un odio realmente estremecedores. Era algo desaforado; se pasaba tres pueblos. Y eso ocurría con gran facilidad. Pues bien, por lo visto, Eduardo montó una buena cantidad de broncas como la que acabo de describir durante la pre-producción de Para Elisa, una sucesión de escándalos que culminaron con mi hermano mandando, literalmente, a tomar por culo al entonces Director de Programas de Ficción de la cadena.

Pero no tiene sentido que intente describir algo de lo que no fui testigo. Puedo imaginármelo, porque sé lo mucho que mi hermano podía pasarse, pero sólo serían suposiciones. No obstante, para que os hagáis una idea del tamaño de las broncas que mi hermano montó en TVE, voy a contaros una anécdota que yo sí protagonicé. No describe lo que pasó, pero sí da una idea de su alcance. Ocurrió en el 91 o el 92. Alguien, por no recuerdo qué motivo, me había pedido copia de ciertos textos adicionales que iban incluidos en la primera edición de El Coyote, así que cogí un par de novelas de mi padre y me acerqué con ellas a una tienda de fotocopias que había en el paseo de la Castellana. Era invierno, a última hora de la tarde, ya de noche; en la tienda había una larga cola de gente esperando para ser atendida, así que me incorporé a ella. Delante de mí había un hombre de unos cuarenta años, trajeado y encorbatado. El tipo –he olvidado su nombre- se fijó en las novelas de El Coyote y me preguntó si yo tenía algo que ver con José Mallorquí. Le dije que sí, que era su hijo. En fin, cosas similares me han pasado muchas veces, pero en esa ocasión, en vez de seguir hablando de mi padre, el hombre dijo: “Entonces tú eres hermano de Eduardo Mallorquí”. Asentí, un tanto confuso, y él me espetó con una medio sonrisa irónica: “Pues vaya follones ha montado tu hermano en Televisión, ¿eh?”.

Por aquel entonces no tenía ni idea de lo que me estaba hablando; le dije que mi hermano y yo llevábamos tiempo distanciados y no sabía nada de su vida. Él se presentó; trabajaba en TVE, no recuerdo en calidad de qué. Y acto seguido comenzó a contarme algunas de las broncas que había protagonizado mi hermano en la cadena. Gritos e insultos a cuantos se le cruzaban por delante, salidas tempestuosas de los despachos dando portazos, desacato total a las instrucciones de la dirección y, por supuesto, mandar a tomar por culo al Director de Programas de Ficción. Al parecer, el escándalo había sido mayúsculo, pues Para Elisa era uno de los proyectos estrella de la cadena y los follones de mi hermano habían causado innumerables retrasos y problemas en la producción (que al final acabó costando 1340 millones de pesetas, una barbaridad para la época). Según me dijo, debido a su desaforado comportamiento, Eduardo tenía prohibida la entrada en TVE. Poco después llegó el turno del hombre, que hizo sus fotocopias y se despidió amablemente de mí. Jamás le he vuelto a ver.

¿Por qué os cuento esto? Fijaos: un tipo de lo más correcto al que no conozco de nada me identifica como hermano de Eduardo en un lugar público y lo primero (y único) que se le ocurre es comentarme las barbaridades de mi hermano. Nadie hace eso, salvo en el caso de que las barbaridades hayan sido descomunales. Y, paraos a pensarlo, Eduardo montó aquel escándalo, se cargó su futuro profesional, única y exclusivamente por negarse a reducir a 16 capítulos una serie que originalmente constaba de 18. Fríamente visto, es delirante, estúpido, completamente absurdo.

En fin, Eduardo salió de TVE cagándose en todo lo cagable y más vetado que un watusi en el KKK. Pero ahí no acaba la cosa. No sé exactamente cuándo se rodó Para Elisa. Los guiones estaban listos a finales del 89 o comienzos del 90, pero es posible que la producción se demorara hasta el 92. El caso es que Para Elisa se estrenó el 29 de enero de 1993. Y Eduardo, mediante el gabinete jurídico de la SGAE, no solo demandó judicialmente a TVE por vulnerar sus derechos de autor, sino que además solicitó al juzgado el secuestro cautelar de la serie. El juez accedió al secuestro cautelar, pero exigió una fianza que ni la Sociedad de Autores estaba dispuesta a desembolsar, ni mi hermano lo suficientemente adinerado para abonar, así que la serie siguió emitiéndose hasta el final mientras la justicia seguía su lento curso.

Para Elisa, una serie centrada en el mundo de la publicidad, fue un rotundo fracaso. La verdad es que era muy mala; malísima. Puede que el “reajuste” de los guiones que hizo José Ramón Paíno la estropeara, pero lo dudo; como mucho, eso habría afectado al ritmo narrativo, y la serie tenía problemas por todas partes. Estaba mal rodada, mal producida, mal interpretada y, reconozcámoslo, los guiones eran pésimos, con situaciones absurdas, personajes inconsistentes y diálogos encorsetados. ¿Qué había pasado, por qué lo hizo tan mal Eduardo?

Después del éxito de Tristeza de amor, mi hermano se sintió sobrado, capaz de afrontar cualquier proyecto. Nada, salvo la kriptonita, podía dañarle. Creía tener en las manos las claves y los secretos de la narración televisiva, creía haber descubierto la fórmula infalible, así que redujo a cero su nivel de autocrítica.

Eduardo conocía el mundo de la radio y de la bohemia nocturna, y ambos mundos formaron parte de Tristeza de amor. Además, estaba sublimando su propia vida. En esa serie hablaba de sí mismo, de lo que conocía de primera mano. Y como el resultado final había funcionado, mi hermano decidió repetir la jugada, trasladando el relato, con escuadra y cartabón, de una emisora de radio a una agencia de publicidad. El único problema era que Eduardo no había pisado una agencia de publicidad en su vida. De hecho, desconocía por completo el mundo de la empresa.

Para Elisa estaba ambientada en una agencia de cartón piedra poblada por personajes tan tópicos como acartonados. Nada sonaba auténtico, todo era impostado. No soy capaz de recordar la trama, si es que la tenía. A los pocos capítulo dejé de verla.

Tras el escándalo organizado en TVE, tras la demanda judicial a la cadena, tras el costalazo de Para Elisa, el nombre de Eduardo ya figuraba en las listas negras de todas las emisoras de televisión del país, y su fama de problemático no hacía más que extenderse (la noticia del pleito a TVE apareció en toda la prensa de la época). ¿Sabéis lo más irónico de todo? Al cabo de unos años, los tribunales le dieron la razón a mi hermano y TVE tuvo que indemnizarle. Pocas veces la expresión “victoria pírrica” ha tenido tanto sentido como en este caso.

Pero ahora estamos a finales del 89 o principios del 90. Eduardo ha sido expulsado con cajas destempladas del mundo de la televisión y no solo se ha quedado sin trabajo, sino también sin la menor perspectiva de volver a trabajar como guionista. Más o menos por esa época sucedió otra cosa: Eduardo y Alicia se separaron. No sé exactamente cuándo, ni cómo, ni por qué, pero en el fondo no importa. No hacía falta ser un lince para darse cuenta de que Alicia no era la pareja adecuada para Eduardo; si estuvieron juntos casi ocho años fue por pura inercia y porque mi hermano no llevaba bien la soledad.

Y ahí estaba Eduardo, solo en su chalet de Cercedilla, sin vida sentimental, sin familia, casi sin amigos, sin trabajo ni futuro, sin esperanza, corroyéndose por dentro lleno de amargura. Poco después, el 17 de mayo de 1991, mi hermano comenzó a escribir el Diario. No me gusta ese texto; me indigna, me repele y, en ocasiones, me asquea. Son los pensamientos de un hombre amargado y lleno de rencor, las reflexiones de alguien que, pese a haberse pasado la vida de equivocación en equivocación, no deja de creerse en posesión de una lucidez que le eleva sobre los demás. Ese texto, el Diario, es irritante, ofensivo, autocomplaciente, tendencioso, masturbatorio. Y también un canto a la depresión y el suicidio.

El escándalo de Para Elisa fue la penúltima caída de mi hermano, en realidad su último gran acto de autodestrucción. Pero no fue el final de su historia, ni lo peor que le sucedió. Eso aún estaba por llegar. ¿Por qué actúo así Eduardo, por qué se cargó su futuro profesional? ¿Tan importante era recortarle o no un par de capítulos a una puñetera serie de TV? No, lo que estaba en juego no era eso, sino el ego de mi hermano, ese enorme y frágil ego que le había hecho perder todo contacto con la realidad. Aún así, en el Diario hay al menos un resquicio de lucidez. Eduardo no tenía ni idea de cuáles eran las causas de su fracaso, las tergiversaba constantemente; pero era plenamente consciente de que su vida se había ido definitivamente a la mierda.

Evidentemente, no hubiera preferido nacer en Somalia, ni en Haití; ni me hubiera gustado ser Jack el Destripador, ni uno de los judíos del holocausto; ni hubiera preferido ser un barrendero. Pero no me gusto yo, no me gusta España, y no me gusta lo que significa escribir en España. Ni me gusta estar solo. Ni me gusta tener cincuenta años”.
Diario, Eduardo Mallorquí. 11 de octubre de 1992


Continuará


martes, abril 26

Eduardo Mallorquí (VII)


Tras su regreso a Madrid, Eduardo alquiló un apartamento en el mismo edificio de la calle Doctor Fleming donde había vivido cuando se casó con María Pilar, y allí se instalaron Alicia y él. En fin, no deja de ser lógico; mi hermano ya conocía esas viviendas y ese barrio, pero creo que también hubo algo de simbolismo en la decisión. Doce años atrás, Eduardo había comenzado su anterior vida, su primer matrimonio, en ese lugar; regresar allí era como borrar aquel fracaso, como anular la larga década de borracheras, como empezar de nuevo desde cero. Pero Eduardo ya no era el mismo de antes; de hecho, ya nada era lo mismo.


Mi hermano tenía suficiente dinero en el banco como para aguantar uno o (estirándolo mucho) dos años, pero necesitaba encontrar una fuente de ingresos. El camino más lógico y rápido hubiera sido volver a traducir, pero había un problema: Eduardo odiaba la traducción. Hay que tener en cuenta que, en su mente, en el “programa vital” que le inculcaron de niño, traducir había sido una etapa de aprendizaje cuyo objetivo era prepararse para ser un “creador” libre e independiente. Por tanto, volver a traducir habría significado aceptar un nuevo fracaso. Así que Eduardo comenzó a explorar sus viejos contactos en busca de posibles salidas profesionales. Por desgracia, le quedaban muy pocos contactos y no sacó nada en claro.

Ahí se produjo una de nuestras primeras fricciones. Muchos años atrás, a mediados de los 70, Eduardo intentó entrar como creativo en la agencia de publicidad J. Walter Thompson y no lo consiguió. Aquello fue una afrenta para su ego, de modo que, como yo llevaba tres años trabajando en publicidad, me pidió que le ayudara a entrar en el sector. Lo que me pedía era imposible; ninguna agencia contrataría a un cuarentón sin la menor experiencia en el medio. Eduardo, sencillamente, ya era demasiado viejo para la publicidad. Pero no me atreví a decírselo con claridad y eso, lo reconozco, fue una equivocación.

Entre tanto, Eduardo había comenzado a preparar un proyecto de serie televisiva, lo que más adelante sería Tristeza de amor. Por aquel entonces no nos veíamos con excesiva frecuencia. Yo acababa de casarme y me había cambiado de agencia recientemente; estaba muy liado y sólo me reunía con mi hermano algunos fines de semana. No era fácil relacionarse con él; la radicalización de su carácter que intenté describir en la anterior entrada hacía muy difícil su compañía. Llevarle la contraria sobre casi cualquier tema suponía arriesgarse a una bronca de mil demonios o a convertirse en blanco de sus ácidos dardos verbales. Lo más sencillo era darle la razón y cerrar la boca. No, ya no era nada cómodo estar con él.

Pasó el tiempo; Eduardo había presentado en TVE el proyecto de Tristeza de amor, pero la decisión final se demoraba. Un día me llamó por teléfono para pedirme dinero prestado. Creo que trescientas mil pesetas, no estoy seguro. Le dije que sí, por supuesto; en aquel momento no tenía ese dinero, pero podía conseguirlo en tres o cuatro días. Entonces él me contó que también le había pedido pasta, un millón de pesetas, a su amigo Simón, pero que éste tenía que solicitar un crédito al banco y tardarían en concedérselo. Simón era el dueño del bar donde Eduardo había pasado años emborrachándose, un bar de barrio que él mismo atendía. Simón era un tipo de clase media, trabajador e increíblemente amable, casado y con dos hijas. La última persona del mundo a la que Eduardo debía sablear. Me enfadé con él, le dije que no podía hacer eso, que era un abuso. Él me dijo que estaba sin un duro, que qué podía hacer si no. Y yo le contesté: “Trabajar, coño; vuelve a traducir de una puta vez”. Me colgó el teléfono.

Yo estaba muy enfadado con él, estaba harto de su mal carácter, de su intolerancia, de su egoísmo, estaba hasta la coronilla de que a su lado todo fueran problemas y más problemas. No le llamé durante varias semanas, un mes quizá; hasta que, a través de un amigo común, me enteré de que TVE había aceptado producir Tristeza de amor. Entonces le telefoneé para felicitarle y él me respondió con frialdad: “A partir de ahora, César, si coincidimos en algún sitio nos saludaremos correctamente, pero, por lo demás, no vuelvas a dirigirme la palabra”.

Recuerdo ese instante con absoluta claridad. Fue uno de esos momentos en los que la vida se divide en dos senderos. En un universo paralelo, yo intenté apaciguar a mi hermano y acabé reconciliándome con él. En este universo, tras un breve, pero intenso, instante de reflexión, le dije: “De acuerdo, como quieras. Adiós”.

Eso ocurrió en 1985. Fue la última vez que hablamos; nunca nos volvimos a ver.

¿Estaba cabreado con él? Hasta la médula, mucho, muchísimo. Y no pretendo que toda la culpa fuera de mi hermano; sin duda, yo también la tuve. Reconozco que acogí su regreso a España con recelo, y que ese recelo, de alguna forma, debió de quedar patente. Pero, ¿sabéis?, tenía todo el derecho del mundo a estar receloso. Fue Eduardo quien la cagó, así que a él le correspondía ganarse de nuevo la confianza de los demás. Y no fue esa su actitud; al contrario, era como si nada hubiera pasado, como si la locura de su vida anterior no hubiera afectado a cuantos le queríamos y, por tanto, no le debiese nada a nadie. Más bien parecía lo contrario; dado que lo había pasado tan mal, los demás estábamos en deuda con él. Aunque, veréis, en realidad la cuestión era mucho más sencilla. Durante un tiempo, durante mi adolescencia y primera juventud, adoré a Eduardo. Luego, mi hermano pasó por una especie de trituradora y, finalmente, logró recomponerse. Pero la persona que surgió de ese proceso no era ni remotamente el Eduardo a quien yo tanto quería, sino la caricatura de sus peores defectos, una versión grotesca de sí mismo. No me gustaba la persona en que se había convertido mi hermano. No me gustaba lo más mínimo.

Tiempo después, José Carlos me sugirió la posibilidad de interceder con Eduardo para que nos reconciliáramos. Lo medité. Ya no estaba enfadado, no le guardaba ningún resentimiento. Pero la mera idea de volver a reunirme con él, con ese Eduardo radical y tonante, me ponía nervioso, así que mejor dejar las cosas como estaban. Eduardo había decidido que no nos habláramos y yo acaté su decisión. Si quería hacer las paces, yo no pondría problemas; pero jamás daría el primer paso. Y, aunque cueste creerlo, no actué así por orgullo, sino por algo peor: por puro egoísmo, porque sabía que Eduardo jamás daría marcha atrás y yo estaba convencido de que mi vida sería más serena sin él que con él.

En cualquier caso, perdimos por completo el contacto, así que no soy testigo directo de lo que voy a relatar de aquí en adelante. Lo que sé, lo sé a través de amigos comunes, por su Diario y por lo que mucho más tarde me contaría Zulma, su última pareja. Tampoco tengo fotos de Eduardo posteriores al 85. En realidad, apenas podré aportar detalles, y las fechas serán necesariamente vagas. Pero en el fondo no importa; incluso puede que sea mejor obviar las anécdotas y centrarnos en el devenir de la historia.

Tristeza de amor se emitió por TVE en 1986. La serie, compuesta por trece episodios de 60 minutos, cuenta la historia de Ceferino Reyes (Alfredo Landa), un locutor de radio que regresa a España después de un exilio laboral en Sudamérica para trabajar en la Cadena COI presentando un programa nocturno, llamado precisamente Tristeza de amor, junto con Carlota Núñez (Concha Cuetos), una mujer con la que mantuvo una relación complicada en el pasado. Ese programa es la última oportunidad de Ceferino para redimirse profesionalmente, y también la ocasión para vengarse de Sebastián Figueras (Carlos Larrañaga), el director de la cadena, que en el pasado le había despedido injustamente, obligándole a abandonar España. Por lo demás, la serie describía el mundo de la radio, un medio que Eduardo conocía bien gracias al trabajo de nuestro padre.

Tristeza de amor tuvo mucho éxito. No guardo un recuerdo muy nítido de ella, pero creo que estaba bien, que era una buena serie. Hablaba de un mundo moderno, de profesionales interactuando en un entorno ciudadano y hasta cierto punto cosmopolita. Probablemente fue la serie adecuada para el momento adecuado, la postransición, cuando los españoles nos estábamos volviendo europeos. Además, no cabe duda de que Eduardo puso el alma en ella, porque en realidad estaba contando su propia historia idealizada. Ceferino Reyes, un malhumorado, pero excelente, profesional es traicionado por un hijo de puta envidioso y politiquero, pierde su empleo y se ve obligado a emigrar a Sudamérica con el rabo entre las piernas. Unos años después regresa a España y, gracias a su indiscutible talento, triunfa y se venga de quien le traicionó. Así es como se veía Eduardo a sí mismo. Ah, al final de la serie, Figueras, el malvado director de la cadena, entraba a trabajar en una agencia de publicidad, demostrando así lo deleznable y vendido que era. Eso, supongo, fue un dardo de mi hermano expresamente dedicado a mí.

Ahora vamos a detenernos un instante. Tristeza de amor triunfó y Eduardo se convirtió en el nuevo guionista estrella de TVE. Había vencido, por fin tenía lo que durante tanto tiempo había ansiado: éxito, dinero, reconocimiento. Ya está, lo más difícil ya lo había logrado. Y eso significa algo: Es tentador considerar que el desastre de la vida de mi hermano se debió a los extraños e inseguros caminos vitales y profesionales que siguió, pero no es así. Recorriendo esos mismos caminos, Eduardo alcanzó su meta. Llegó a la cumbre y... y acto seguido se despeñó, como veremos. Pero nada de lo que le ocurrió fue culpa del más o menos proceloso mundo en que se movía, sino de él mismo. Igualmente podríamos considerar que el alcohol tuvo la culpa de su anterior desastre vital, pero de nuevo nos equivocaríamos. El alcohol era un síntoma, no la enfermedad, porque el verdadero problema de Eduardo era Eduardo. Por supuesto que, en su momento, el alcohol empeoró las cosas; pero al final mi hermano cavó su propia tumba estando completamente sobrio. Todo lo que le impedía ser feliz formaba parte inseparable de él.

Pero ahora estamos en 1986, su momento de gloria. El año anterior, supongo que justo después de escribir la serie, Eduardo convirtió los guiones en novela (igual que había ayudado a hacer a nuestro padre tantas veces) y la publicó bajo el sello Planeta en octubre de 1985 (Colección Fábula 179). Tristeza de amor, la novelización de su serie televisiva, fue el único libro que publicó jamás. Ignoro qué tal funcionó, pero, en cualquier caso, Eduardo ya era guionista de éxito y novelista publicado, todo de la misma tacada. Además, TVE le había dado carta blanca para que comenzase a trabajar en su siguiente serie. Las cosas iban viento en popa.

Entonces, supongo que en 1987, Eduardo tomó una decisión peculiar: dejó el apartamento de Doctor Fleming, alquiló un chalet en Cercedilla, un pueblo de la sierra de Guadarrama situado a cincuenta y siete kilómetros de Madrid, y allí se trasladaron Alicia y él. La cuestión es que mi hermano era el perfecto urbanita, un individuo muy poco amante de la naturaleza; entonces, ¿por qué se fue a vivir a un pueblo? No tengo ni puta idea, pero se me ocurre una posible explicación. Veréis, Eduardo estaba muy influido por la cultura británica, era gran admirador de escritores como Chesterton, Huxley, Wodehouse, Russell o Evelyn Waugh. Sospecho que en su mente había forjado la idílica imagen del escritor que se retira a una mansión de la campiña para componer con tranquilidad sus mejores obras, un gentleman farmer ilustrado que reflexiona sobre su trabajo mientras pasea por el campo junto a su fiel perro. No estoy seguro, pero creo que así se veía Eduardo. Incluso se compró un perro, una mastín llamada Trauma. Y en este contexto, en esa Arcadia de andar por casa que se había fabricado, Eduardo comenzó a escribir su siguiente, y último, proyecto televisivo, la serie Para Elisa. Su definitivo desastre.

No quisiera acabar esta entrada sin comentar algo. La sintonía de los créditos de Tristeza de amor era una canción de Hilario Camacho titulada de igual manera. Seguro que la habéis oído muchas veces, porque fue su canción más conocida. Pues bien, en 2006 Hilario Camacho se suicidó a los 58 años de edad, igual que mi hermano.

Estoy donde estoy por mis errores. Trabajar para TVE fue uno de ellos; pero no fue el “error madre” ni “la madre de todos los errores”. Tampoco tuve tanto donde elegir”.
Diario, Eduardo Mallorquí. 15 de octubre de 1992

Continuará


viernes, abril 15

Eduardo Mallorquí (VI)


Para Eduardo, el centro del universo era él mismo. Se trataba de un hombre inteligente, no cabe duda, pero se consideraba mucho más inteligente de lo que en realidad era. De hecho, estaba permanentemente en posesión de la verdad, de todas las verdades. Él era el árbitro, el fiel de la balanza, el único oráculo capaz de desentrañar la naturaleza del mundo. Jamás dudaba de sus ideas ni permitía que los demás las pusieran en cuestión; y si alguien lo hacía era un imbécil.


El problema es que esas ideas -la versión que mi hermano tenía del mundo- giraban siempre en torno a él. Y el concepto que tenía de sí mismo, aparte de elevado, era inmutable; de modo que si la realidad y ese concepto no casaban, no se replanteaba el concepto, sino que retorcía la realidad hasta conseguir que encajara con su visión de sí mismo. Y podía retorcer mucho la realidad, creedme.

Por ejemplo, la opinión que sostenía sobre nuestra familia. Según él, José Carlos era un mimado, un indolente al que le habían “comprado” el título de arquitecto, un pedante, un cobarde, un vocacional de la normalidad, un vendido. Y cosas más gordas que me callo. En fin, no es de extrañar que pensara así; José Carlos y él siempre se llevaron fatal. Nuestro padre, por su parte, era –según la visión de Eduardo- un hombre con talento, pero tan débil y acomplejado que dependía absolutamente de su mujer para relacionarse con el mundo. En cuanto a nuestra madre... Eduardo la consideraba una indolente, una egoísta que se había subido a la chepa de su marido para vivir como una reina. De pronto, era la mala de la película.

Veréis, mi familia era muy “especial”, y mi madre era especialmente “especial”. Su mayor excentricidad consistía en levantarse muy tarde, acostarse más tarde aún y apenas salir de casa. Por lo demás, era encantadora con la gente, fascinante, y todo aquel que la haya conocido puede corroborarlo. También podía ser extraordinariamente entregada a los demás. Su mayor defecto: lo absolutamente segura que estaba, el desmedido concepto que tenía de sí misma. Jamás dudó de sus creencias y actos. Como su hijo Eduardo, sólo que ella de verdad. Cuando murió, yo tenía 17 años y no me llevaba bien con ella; supongo que por entonces tenía con mis padres los mismo problemas que cualquier adolescente. Pero la quería y, pese a sus defectos, que los tenía, mi madre distaba mucho de ser la bruja perversa que dibujaba mi hermano en su imaginación. ¿Por qué Eduardo retorció las cosas para forzar esa visión de nuestra familia? Sencillo; su vida se había ido a la mierda y él no podía aceptar su total responsabilidad sobre el desastre. Necesitaba culpables, ¿y qué mejores culpables que nuestros padres? La patológica necesidad que mi hermano sentía de ser inocente hacía que esas versiones retorcidas de la realidad evolucionaran con el tiempo. Para peor. Más adelante transcribiré literalmente la opinión que, un par de décadas después, Eduardo acabó sosteniendo sobre sus padres. Ah, he olvidado incluir la opinión que mi hermano tenía de mí. Como es lógico, no lo sé a ciencia cierta, pero creo que podría resumirse así: yo era un proyecto de persona interesante que acabó convirtiéndose en un hijo de puta.

Eduardo era absolutamente maniqueo. Las cosas eran o blancas o negras, sin gama de grises. Lo mismo ocurría con las personas. Había personas interesantes y personas anodinas. Con estas últimas actuaba como si no existiesen, miraba a través de ellas, no les prestaba la menor atención. Eran como bultos en el paisaje. Y daba igual el grado de proximidad que tuvieran con él. A Teresa, la mujer de José Carlos, la ignoraba de forma olímpica. A Pepa, mi mujer, la consideraba una idiota. Fernando, su mejor amigo de siempre, se casó con una chica que mi hermano no aprobaba, ergo se acabó la amistad. Así de radical era.

En cuanto a las personas “interesantes”, se distribuían en distintos niveles. Mi hermano consideraba que había personas más inteligentes y brillantes que él. Por ejemplo Bertrand Russell, Enrique Jardiel Poncela o Aldous Huxley. Sí, todos gente ya muerta. Luego estaban los que eran tan inteligentes y brillantes como él. Sus iguales. Este grupo era muy escaso y resultaba sumamente fácil caerse de él. Después estaban quienes eran, en distinto grado, menos inteligentes y brillantes que él, pero le admiraban. El grupo más nutrido, sin duda; aunque también era fácil caer en desgracia y pasar al último grupo: el de los hijos de puta, aquellos que le traicionaban o fallaban. Éste es el grupo que más creció a lo largo del tiempo.

Eduardo estaba demasiado centrado en sí mismo para prestar verdadera atención a las personas. Le resultaba imposible empatizar, porque la empatía requiere ponerte al nivel de los demás, y Eduardo vivía encaramado a un podio ficticio. No, en realidad Eduardo no comprendía a los seres humanos, porque todo lo veía a través de la lente deformante de su cada vez más deformado ego. Según su idea de la amistad, llegado el caso sus amigos estaban moralmente obligados a hacer cualquier cosa que él les pidiese. Y si no lo hacían, ingresaban automáticamente en el grupo de los hijos de puta. Al revés no ocurría, por supuesto; él no estaba obligado a nada. Bastante hacía mi hermano honrándoles con su amistad.

Durante los últimos años de su etapa alcohólica, Eduardo perdió a muchísimos amigos. A la mayor parte los mandó a la lista negra por no plegarse a sus deseos; otros acabaron hartos de él y le abandonaron.

Pero ahora tenemos a Eduardo volando hacia Venezuela para rehacer su vida. Y lamentablemente debemos hablar un poquito de mí. Quizá he dado la falsa impresión de que, tras dejar de vivir con Eduardo, mi vida se remansó, y eso no es ni mucho menos cierto. Llevaba una vida muy desordenada; menos que antes, pero un desastre en cualquier caso. En 1979, coincidiendo más o menos con la partida de Eduardo, decidí poner un poco de orden en mi existencia. Tenía pendiente la mili, algo que me había impedido en más de una ocasión conseguir un contrato fijo, así que renuncié a la última prórroga y en 1980 ingresé en el ejército, primero en Pontevedra y luego en La Coruña. Lo único bueno que tenía el servicio militar es que te dejaba muchísimo tiempo para pensar. Yo lo empleé en darme cuenta de que no me gustaba el periodismo y quería dedicarme a otra cosa. Me licencié en la primavera del 81 y regresé a Madrid. Unos años antes había optado a un puesto de creativo en Young & Rubicam, una agencia de publicidad; no me eligieron por no tener la mili hecha, así que volví allí, ya con mi cartilla sellada, y ese mismo verano empecé a trabajar en publicidad.

Lo que siguió es demasiado largo y complicado para contarlo con detalle, sobre todo porque ésta no es la historia de mi vida. Baste decir que, pese a que intentaba ordenar mi existencia, aquellos dos años, el 81 y el 82, fueron los más convulsos y agitados que jamás he vivido. Tenía problemas en el trabajo, tenía problemas sentimentales por varias bandas, tenía problemas de amistad, tenía problemas con el alcohol. Mi vida se convirtió en un caos, y el estrés derivado de ello me enloqueció. Perdí el sentido de la realidad. Me chiflé. Hasta que, a mediados de verano del 82, me dije a mí mismo: basta, hasta aquí hemos llegado. Tenía que alejarme, adquirir perspectiva, recuperar la serenidad. En aquella época pre-Internet, Eduardo y yo manteníamos el contacto por carta. Un día le llamé por teléfono y le dije que iría a verle a Caracas en agosto. Compré un billete y crucé el charco por primera vez en mi vida.

Por aquel entonces, y tras diversos avatares que no recuerdo bien, Eduardo había logrado establecerse y trabajaba para un periódico venezolano, creo que El Diario de Caracas; era el director del suplemento dominical. Vivía en un pisito de clase media y tenía un Ford de segunda mano. Había dejado de beber por completo.

Le encontré físicamente bien y, por supuesto, más animado que durante su última etapa en Madrid. Pero había cambiado; algo en él se había roto. Carecía de alegría. Seguía teniendo sentido del humor, pero era un humor “mecánico”, sin alma, más ácido y menos simpático que nunca. Además, su intolerancia había aumentado alarmantemente. Todos los rasgos de su personalidad que he intentado dibujar al principio de esta entrada se habían incrementado y reforzado. Si le llevabas la contraria sobre cualquier tema, por nimio que fuera, reaccionaba con una violencia desmedida. Se tomaba demasiado en serio a sí mismo.

Pero yo estaba hecho polvo; no había ido allí a discutir con mi hermano, sino a verle y a intentar tranquilizarme. Pasé un par de semanas en su piso. Conocí a su círculo de amigos, entre ellos a Orlando Urdaneta, un actor venezolano de TV (muy famoso en su país por aquel entonces) con el que Eduardo había colaborado en alguna ocasión. Y conocí, por supuesto, a Alicia, la tercera pareja estable de mi hermano.

Por aquel entonces debían de llevar algo así como un año viviendo juntos. Eduardo hablaba maravillas de ella, pero siempre hacía lo mismo al principio de sus relaciones. Parecía muy enamorado. ¿Cómo era Alicia en realidad? A Eduardo, ya lo he dicho, le gustaban las mujeres sumisas y complacientes, y Alicia era sin duda sumisa... pero, al parecer, no muy complaciente. Según todos los testimonios que he podido recoger, en realidad era una vaga que se pasaba el día sin dar un palo al agua. Además, a Eduardo le gustaban guapas y esbeltas, y Alicia era más bien vulgar y tirando a gorda. ¿Cómo era personalmente? Agradable, tranquila y... digamos que muy poco interesada en casi todo. La verdad, no parecía la pareja más adecuada para mi hermano. El 17 de mayo de 1991 escribe en su Diario:

*¿Alicia?
-La persona más encantadora del mundo hasta que empecé a tener ganas de matarla. Una insigne metedura de pata que duró siete años y medio, de los que sólo los cinco o seis primeros meses tuvieron una gran parte positiva. Supongo que es buena persona, a su manera; pero me ha jodido bien. Fue exasperante y, sobre todo, muy triste. ¿Algo positivo? Estando con ella dejé de beber. Ella no hizo nada para conseguirlo; pero... Aunque sea una coincidencia, le concedo el beneficio de la duda. Lo demás, un naufragio.
(...)
(27 de diciembre de 1992) Por lo demás, (Alicia era) una inútil, irresponsable y estúpida encantada de conocerse e incapaz de hacer el más mínimo cálculo sobre las consecuencias de sus acciones. El 86, yo estaba sin un duro y entrampado hasta el cuello, y a casa venía diariamente una señora a limpiar, mientras mi encantadora “compañera” se dedicaba a tocarse las narices, a hincharse de chocolate a escondidas y a pasarse por las tardes a casa de la vecina para jugar a la canasta hasta medianoche.

Entre ambos comentarios sobre Alicia hay un lapso de año y medio. Y fijaos; en el primero todavía se advierte cierto cariño, pero el segundo es puro vitriolo. Eso le ocurría a Eduardo: sus rencores y sus odios, lejos de menguar, crecían con el tiempo.

Las dos semanas que pasé en Caracas me sirvieron para tranquilizarme y recuperar la cordura. Regresé a Madrid con las ideas más claras y la firme decisión de intentar arreglar todo lo que había estropeado. Y, más o menos, lo conseguí. Dejé de beber, recuperé a la mujer que amaba y me casé con ella en marzo del 83.

Entre tanto, sucedió algo: Planeta compró los derechos de El Coyote y de pronto nos llegó un dinero inesperado. Entonces, aprovechando esa circunstancia, Eduardo decidió volver a España. José Carlos negoció con el banco y la deuda de nuestro hermano, el único obstáculo para su regreso, quedó saldada.

¿Cómo me tomé el retorno de Eduardo a nuestras vidas? Cuando inicié esta ¿semblanza? sobre mi hermano me puse una única norma: sinceridad. Debía ser absolutamente franco sobre él... pero también sobre mí. El regreso de Eduardo me alegró, y al mismo tiempo me preocupó. Con Eduardo, en el pasado, todo habían sido problemas y lo último que yo quería en aquel momento eran problemas. Bastantes había tenido ya. No obstante, Eduardo había dejado de beber, era absolutamente abstemio, y la mayor parte de los conflictos que mi hermano había protagonizado en el pasado se debían al alcohol (o eso creía yo entonces). Pero, por otro lado, estaba su cambio de carácter, su radicalización, su agresivo malhumor, su extraña percepción de la realidad, su intolerancia... Yo sólo había visto una pequeña muestra de eso durante mi estancia en Caracas, pero bastó para ponerme a la defensiva. Aunque a lo mejor le había pillado en una mala época, quién sabe... Respiré hondo y crucé los dedos.

Poco después, a mediados de 1983, Eduardo y Alicia aterrizaron en Barajas.

“Lo que no puedo hacer es comprometerme a seguir viviendo en esta soledad y en esta insatisfacción. No voy a seguir viviendo bajo mínimos, de eso tengo la certeza. No creo en lo de que “mientras hay vida, hay esperanza”, sino más bien en lo contrario: “mientras hay esperanza, hay vida”. Y la esperanza la he perdido”.
Diario, Eduardo Mallorquí. 15 de octubre de 1992.

Continuará



lunes, abril 11

Eduardo Mallorquí (V)


Hasta ahora he narrado la vida de Eduardo a través de mis experiencias con él, pero apenas he hablado de su actividad profesional, así que vamos a dar un poquito de marcha atrás. Se suponía que mi hermano iba a desarrollar una carrera como escritor, como novelista; sin embargo, mientras vivían nuestros padres, creo que sólo escribió una novela completa (debió de ser en el 67 o el 68). He olvidado el título, y del argumento sólo recuerdo que era un juego metaliterario en el que al autor interaccionaba con los personajes. Ingenuamente, Eduardo lo presentó al premio Planeta; huelga decir que no ganó. Ni siquiera sé si posteriormente intentó publicarla; fuera como fuese, quedó inédita.

De esa primera época recuerdo, además, un par de cuentos suyos. Curiosamente, ambos eran muy emotivos. Y digo curiosamente, porque poco después la emotividad desaparecería por completo de sus escritos. Huyendo de la sensiblería, Eduardo perdió la sensibilidad. Lo que escribía, por brillante que fuera, siempre era gélido.

Básicamente, Eduardo se ganaba la vida traduciendo (puede encontrarse un listado de sus traducciones casi completo en Internet). Además, colaboraba en La Codorniz como articulista y crítico teatral. Y creo que lo mejor que escribió jamás está en su trabajo para esa revista; algún día colgaré aquí algunos de sus artículos. Por desgracia, las ventas de La Codorniz estaban bajando alarmantemente. En parte porque le había surgido competencia, como El Papus o Hermano Lobo; pero también porque no había sabido adaptarse a los nuevos tiempos. En 1977, su director, Álvaro de La Iglesia, fue destituido, sustituyéndole, de facto, Manuel Summers. No funcionó y la revista cerró sus puertas definitivamente un año más tarde.

Pero antes sucedió algo. En vista de la decadencia de la publicación, su redactor jefe, Víctor Vadorrey (gran amigo de Eduardo) y mi hermano prepararon un proyecto de programa de humor para presentarlo a TVE. Supongo (sólo supongo) que utilizarían los contactos de Vadorrey, pues éste había colaborado años antes en el programa de TV La tortuga perezosa. El caso es que el proyecto fue rechazado, pero Eduardo utilizó esos contactos para venderle a la cadena unos guiones suyos. Vadorrey lo consideró una traición y, desde entonces, dejó de dirigirle la palabra.

¿Tenía razón Vadorrey? ¿Eduardo se aprovechó de él, le traicionó, para colarse en la tele? Estoy seguro de que no era esa su intención, pero, llegado el momento, Eduardo podía ser muy egoísta, así que... no lo sé. El caso es que Eduardo vendió sus tres primeros guiones. Eran para “Original”, un programa de TV-movies independientes de una hora. En 1975 se emitió “Betty & Carlos”, y un año después “Alguna vez tienen que ganar los indios” y “Las buenas intenciones”.

No recuerdo cuándo dejó de colaborar Eduardo con La Codorniz. Fue antes del cierre definitivo, eso seguro, pero ignoro cuánto antes. Tampoco sé si su conflicto con Vadorrey le afectó a su trabajo en la revista. Sea como fuere, Eduardo abandonó La Codorniz y se convirtió en el crítico teatral de la revista Cambio 16. ¿Cuándo? En 1975 o 1976, no estoy seguro.

La cuestión es que Eduardo había conseguido meter un pie en TVE y otro en la revista más influyente y prestigiosa de aquel momento. Pero no le sirvió de nada; no hubo continuidad en la tele y su colaboración con Cambio 16 nunca pasó de las críticas teatrales. ¿Por qué? ¿Por el alcohol, por la mala suerte, por falta de constancia, por su carácter? No lo sé. Por otro lado, a la hora de escribir literatura Eduardo nunca completaba nada. Comenzaba decenas de novelas y a las pocas páginas las abandonaba. Era absurdo; creo que, acostumbrado a los textos cortos, no se sentía seguro con la novela. ¿Y el teatro? Dada su condición de crítico teatral, me extrañaría que no hubiera intentado escribir alguna obra. No recuerdo si lo hizo, pero desde luego no completó ninguna. No obstante, me parece que ya por aquel entonces Eduardo había decidido que quería dedicarse más al guión que a la literatura. El problema es que no se dedicaba a nada.

El anterior post acababa con Eduardo recién separado de María, pero ahora tenemos que retroceder un poquito. Más o menos un año antes, nuestro hermano José Carlos se enteró de que en el edificio donde vivía se alquilaba un piso a buen precio y se lo dijo a Eduardo. Así que Eduardo y María se trasladaron al paseo de la Castellana, a un piso mucho mejor y más grande que el apartamento de General Perón. Para celebrarlo, dieron una fiesta de las de siempre, con mucho alcohol y mucho desquicie. Creo que fue la última; o, al menos, la última a la que yo asistí.

Finalmente, Eduardo se separó de María y se quedó solo en el piso. Yo me veía mucho menos con él y no sé a ciencia cierta cómo era su vida por entonces. Me lo imagino, pero no lo sé. Una vez me contó que se había hecho amiguete del director de su sucursal bancaria, y que le había concedido una cuenta de crédito de hasta medio millón de pesetas (bastante pasta por aquel entonces). Y realmente necesitaba ese crédito, porque había dejado de traducir, no trabajaba, no escribía; ni siquiera estoy seguro de que siguiera colaborando con Cambio 16. Eduardo bebía, bebía y bebía, como si quisiera matarse. El 8 de octubre de 1992 dice en su Diario:

-Hay gente que duerme en cajas de cartón, come de lo que encuentra en la basura y considera que debe seguir viviendo. Pero también podría considerarse que esa gente ya se ha suicidado. Ciertos expertos en suicidio no estudian la influencia que sobre él tiene el alcoholismo, porque consideran que el alcoholismo es un forma de suicidio. Estoy de acuerdo con ellos.

Eduardo se había zambullido de lleno en una espiral depresivo-alcohólica que conducía al desastre. ¿Cómo no me di cuenta? Supongo que, en cierto modo, no quise hacerlo. La vida con mi hermano me había desequilibrado demasiado y lo único que quería era olvidar, dejar atrás aquel periodo. Además, la imagen de Eduardo se había hecho añicos en mi mente; seguía queriéndole, por supuesto, pero al mismo tiempo le culpaba de no ser la persona que yo creía que era, de no ser la persona que él fingía ser. No, ya no admiraba a Eduardo; de hecho, me cabreaba en muchos aspectos. Como es lógico, aquí no voy a contarlo todo, no tendría sentido ni sería justo; a fin de cuentas, todos hacemos cosas mezquinas en algún momento de nuestras vidas, y eso no significa que seamos unos hijos de puta, sino sólo que somos débiles. Eduardo hizo cosas malas por aquel entonces; abusó de sus amigos, dio sablazos, manipuló a personas que le apreciaban, llegó a ser muy miserable en algunos momentos. Tampoco se portó bien conmigo; la última que me hizo fue pulirse un dinero que era mío, obligándome a pasar un época de franca pobreza. ¿Me cabreó? Sí. ¿Le odié? No. Pero estaba harto de él; a su lado todo eran problemas y más problemas. Era un toxicómano, de acuerdo; un borracho. Ya no tenía control sobre sí mismo. Pero es muy difícil vivir con alguien así.

Estuvimos un tiempo distanciados. Hasta que una tarde me telefoneó José Carlos (que, por entonces, era vecino de Eduardo, ¿recordáis?) y me dijo que acababa de telefonear a Eduardo, y que nuestro hermano estaba tan borracho que no podía ni hablar y le había colgado. Así que José Carlos bajó a su piso y llamó al timbre, pero nadie le abrió. José Carlos estaba preocupado; tenía llaves del piso, pero no quería entrar solo y me pidió que le acompañase. Cogí el coche y fui inmediatamente al piso de Castellana. José Carlos y yo llamamos repetidamente al timbre, en vano, de modo que abrimos la puerta y entramos.

Eduardo estaba de pie en medio del salón, tambaleante, con la mirada perdida y expresión de pasmo. Literalmente: era incapaz de hablar. Nunca he visto a nadie tan borracho teniéndose en pie. Hay que reconocérselo: Eduardo podía beber hasta el límite, pero no se desmayaba ni vomitaba. Supongo que eso dice algo acerca de su personalidad, pero no sé exactamente qué. El caso es que Eduardo estaba semi-inconsciente, hasta arriba de alcohol, pero no intentamos darle café, obligarle a vomitar o cualquiera de las tonterías que suelen hacerse con los borrachos. Sencillamente, le acostamos y le dejamos dormir la mona.

Y, entre tanto, José Carlos y yo registramos la casa en busca de alcohol. Encontramos decenas (sic) de botellas de vodka vacías. Y algunas llenas o medio llenas. Y, sorprendentemente, varias escondidas. ¿Por qué escondía el alcohol si vivía solo? ¿Eran restos de la época en que María aún estaba con él? ¿O es que ya no sabía lo que hacía? No lo sé; lo cierto es que encontramos varias botellas de Smirnoff ocultas aquí y allá.

Unas horas más tarde, Eduardo se levantó. Aún seguía borracho, pero ya podía hablar y comprender lo que se le decía. Le obligamos a comer algo y le contamos que habíamos tirado todo el alcohol. Le dijimos que se estaba matando, que estaba echando a perder su vida, que o dejaba de beber o iba a acabar fatal. Eduardo aún seguía demasiado turbio para razonar, así que le dejamos de nuevo en la cama y quedamos en volver a hablar con él al día siguiente, cuando estuviese despejado.

Aquella noche, al regresar a casa, me sentía fatal. Si la imagen que yo tenía de mi hermano ya estaba muy deteriorada, verle convertido en un zombi babeante la había destrozado definitivamente. Me preocupaba Eduardo, sentía pena por él... pero también me cabreaba. A partir de entonces, mi hermano provocaba (y sigue provocando) en mí un sentimiento ambivalente: pena y cabreo al mismo tiempo.

Al día siguiente José Carlos y yo hablamos con Eduardo para intentar convencerle de que dejara de beber y cambiara de vida. Y Eduardo, creo que por primera vez en su existencia, hizo caso. Supongo que él mismo estaba asustado. Además, entonces nos enteramos de que Eduardo no tenía ni un duro, no tenía trabajo ni perspectivas de trabajo y le debía más de medio millón de pesetas al banco. Nuestro hermano estaba con el agua al cuello. En cualquier caso, Eduardo decidió dejar de beber. Y lo cumplió. Es sorprendente: llevaba no sé cuántos años emborrachándose, pero nunca llegó a ser alcohólico. Es decir, su organismo no desarrolló dependencia física al alcohol, pues de lo contrario le habría sido imposible cortar con la bebida sin sufrir el mono.

Fue un triunfo que Eduardo dejara de beber, pero su situación seguía siendo angustiosa. Recuerdo que en aquel momento pensé que su única salida sería irse de España, comenzar una nueva vida en otra parte. Pero no podía decírselo, no podía aconsejarle que hiciera algo tan en el fondo arriesgado. No hizo falta. Un día me telefoneó y me contó que había pensado en irse del país. Le dije que me parecía lo mejor que podía hacer y le sugerí como destino Venezuela, pues allí vivía el padre de un gran amigo nuestro y quizá pudiera ayudarle.

Era 1979 y él tenía 36 años de edad. Tiempo de sobra para rehacer una vida, pensé. Eduardo dejó el piso de Castellana y vivió en mi casa durante un par de semanas. No hubo ningún problema; mi hermano estaba casi relajado, como si se hubiese quitado un peso de encima, y al mismo tiempo estaba acojonado por el paso que iba a dar. En cierto modo parecía desconcertado por la sobriedad. Nunca le he visto tan humilde y pacífico como en esa época.

Finalmente, llegó el día de la partida y algunos de sus amigos y yo le acompañamos a Barajas. Recuerdo que cuando despegó el avión con Eduardo dentro experimenté tristeza, y preocupación, y, todo hay que decirlo, también un profundo alivio.

No estoy preparado para la vejez. No la entiendo. No sé lo que debo hacer, cómo asimilarla. Estoy más hecho un lío que de costumbre. Es algo de lo que, por una vez, no tengo la culpa y sobre lo que, como siempre, carezco de control. O quizá tenga el control que siempre he tenido: el de largarme”.
Diario, Eduardo Mallorquí. 2 de noviembre de 1993

Continuará

martes, abril 5

Eduardo Mallorquí (IV)


Mirad las fotos de la entrada anterior; ambas están tomadas el día de la boda de Eduardo y María Pilar. Fijaos en el rostro de mi hermano; su expresión, su sonrisa, refleja alegría pura, optimismo y un punto de inocencia. Claro, diréis; era el día de su boda. Es cierto, pero un año más tarde esa expresión desaparecería para siempre de su rostro.

Ya he explicado cómo era Eduardo en su mejor momento. Brillante, mordaz, con un gran sentido del humor, culto, inteligente. Y seductor. Era un encantador de serpientes nato; fascinaba a la gente con su arrolladora personalidad. Lo hacía desplegando un castillo de fuegos artificiales, convirtiéndose en el centro de cualquier conversación, aupándose a un metafórico púlpito desde el que irradiaba talento e ingenio. La gente se quedaba admiraba y mi hermano disfrutaba con esa admiración, la necesitaba. Porque en el fondo, tras la brillantez, tras la mordacidad y el ingenio, Eduardo era sumamente frágil. Por ejemplo, nada más escribir algo, aunque fuese un texto incompleto, se lo daba a leer a alguien de la familia, a quien estuviese más a mano, porque necesitaba alabanzas, reafirmarse instantáneamente, necesitaba que los demás reconocieran su talento. Y que no se te ocurriera criticarle; encajaba fatal las críticas, le sacaban de quicio, le descomponían. Alguien realmente seguro de sí mismo no reacciona así. Esa faceta suya, esa debilidad interior que le obligaba a reafirmarse constantemente y le impedía la autocrítica, creció con el tiempo hasta abarcar todas las facetas de su personalidad.


Pero ahora estamos a finales de 1972. Nuestro padre ha muerto y Eduardo va a venirse a vivir conmigo. En mi memoria hay dos recuerdos nítidos de esa época. El primero, la mudanza del apartamento de Doctor Fleming al piso de la calle Españoleto donde yo vivía. Eduardo estaba muy deprimido y me pidió que me ocupara yo de empaquetar sus pertenencias. Pasé toda una tarde en aquel apartamento que me traía recuerdos de tiempos más felices, solo, metiendo en cajas las cosas de mi hermano. No os podéis imaginar la depresión que me entró, lo mal que me sentí. Disculpad que me ponga literario, pero era como si estuviese empaquetando mi vida. Fue tristísimo.


En la diminuta cocina del apartamento, sobre un estante, había un pequeño puzzle en una cajita. Era la foto de un león y había llegado como regalo en un bote de Nesquik. Llevaba meses allí; de hecho, muchas veces, cuando mi hermano aún estaba casado y yo iba a su apartamento, cogía ese sencillo puzzle y lo hacía en un par de minutos. Esa tarde, mientras preparaba la mudanza, lo encontré. Y me lo quedé. Y aún lo conservo. Cuando de tarde en tarde lo veo, evoco una época en la que yo aún era inocente, y no puedo evitar que los ojos se me humedezcan un poco. Es curioso; cuando yo la palme, alguien encontrará entre mis cosas ese puzzle y se preguntará qué coño hace eso ahí, y lo tirará a la basura, que, supongo, es adonde debería haber ido a parar hace mucho tiempo.


El segundo recuerdo fueron las navidades del 72. Creo que pasamos la Nochebuena y, quizá, la Navidad en casa de José Carlos, pero la verdad es que no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que Eduardo, después de esas fiestas y antes de fin de año, decidió que hiciéramos un viaje. A San Sebastián. No conocíamos a nadie allí. Hacía muy mal tiempo, no paraba de llover. Y Eduardo no hacía más que beber.


Eduardo era muy aficionado a la bebida desde mucho tiempo atrás; entre mis recuerdos más remotos figuran algunas tremendas (y entonces divertidas) tajadas de mi hermano. Pero bebía, se emborrachaba, de forma recreativa, por decirlo así. Salía de noche a tomar unas copas y se agarraba un buen pedo. Como tantos otros jóvenes hicieron antes y hacen ahora. Sin embargo, desde la crisis de su matrimonio y, sobre todo, desde la muerte de nuestro padre, Eduardo comenzó a beber más, y más a deshora, y ya no lo hacía por diversión, sino por anestesia.


Aquel viaje a San Sebastián estuvo borracho todo el tiempo. Recuerdo una noche, en la habitación de hotel que compartíamos; Eduardo estaba tumbado en la cama, borracho, llorando desconsoladamente. Tenía 29 años, pero creía que su vida había terminado. Entonces sucedió algo curioso: le cogí de una mano para intentar transmitirle un poco de proximidad y afecto... y él la retiró bruscamente, como si le hubiera tocado un crótalo venenoso. ¿Por qué hizo eso? Porque Eduardo no podía permitirse mostrar debilidad. Y si esa debilidad asomaba, lo que hacía era encerrarse en sí mismo, negarse a la ayuda de los demás. En cualquier caso, esa noche sentí algo extraño. Ya he dicho que por entonces Eduardo era mi referente, mi maestro. Pero esa noche, pese a que mi hermano era diez años mayor, me sentí como si yo fuera el adulto y él un niño perdido.


Aquellas fueron las peores navidades de mi vida; creo que entonces empecé a odiarlas. Y con ese preámbulo comenzó nuestra vida en común en el piso de Españoleto. ¿Cómo podría definir brevemente ese periodo? Creo que las palabras más adecuadas son: caos, desorden, locura y alcohol, mucho alcohol. No quiero engañar a nadie: yo también bebía, y mucho. Pero no como mi hermano, ni por los mismos motivos. Tampoco pretendo dar la impresión de que aquello fue como un funeral; no, ni mucho menos, porque también hubo muchos momentos buenos, muchas risas y diversión.


Nuestra casa se convirtió en una especie de centro de reunión nocturno para la bohemia madrileña. Por ella pasaban actores y aspirantes a actores, periodistas, gente del espectáculo, noctámbulos, vividores y toda suerte de personajes más o menos estrafalarios. Al menos un par de veces por semana había reuniones en casa, fiestas improvisadas en las que el alcohol no dejaba de fluir. El resto de las noches, Eduardo iba al bar de Simón, en la cercana calle de Rafael Calvo, y allí pasaba el rato, bebiendo hasta altas horas de la madrugada. Yo le acompañaba muchas veces. Él se emborrachaba, en mayor o menor grado, a diario. Y ya no solo bebía por la noche, sino también durante el día.


No recuerdo exactamente cuándo apareció María en su vida; puede que fuese a mediados del 73, o quizá en el 74. María tenía más o menos la edad de Eduardo y trabajaba, si mal no recuerdo, en el Ministerio del Aire. No era guapa, pero tenía buen tipo y resultaba atractiva a su manera. Era inteligente y, por así decirlo, una perfecta hija de su época. Los 70, la liberación sexual, las ansias de libertad. María era una mujer independiente, con fuerte personalidad y mucho sentido del humor, y también, todo hay que decirlo, una de las personas más bordes que he conocido. No sé por qué, pero era así, tenía un carácter endiablado. No obstante, era sobre todo una buena persona. Aunque más de una vez la hubiera matada, me caía bien, la recuerdo con cariño.


Eduardo y María comenzaron a salir. Unos meses después, María dejó el piso que compartía con su amiga Michelle y se vino a vivir a casa. Ah, se me olvidaba: por aquel entonces, María también era una juerguista, así que las “fiestas” continuaron.


¿Qué vio Eduardo en ella? Porque María era exactamente el polo opuesto a la clase de mujeres que a mi hermano le gustaban (sumisas y complacientes). Creo, estoy seguro, de que mi hermano valoraba en ella su inteligencia y su sentido del humor; pero, sobre todo, estaba encoñado. El 17 de mayo de 1991 dice en su Diario:


*¿Y María?
-Un insigne culo. En posición vertical, insoportable; en posición horizontal, pasé con ella los mejores momentos de mi vida. Así que vaya lo comido por lo servido.


No prestéis mucha atención al modo en que se expresa mi hermano; son las palabras de un hombre deprimido y amargado, pero allá por los 70 todavía no era así. En cualquier caso, la relación entre María y Eduardo fue tormentosa desde el principio y un infierno al final. ¿Las razones? Básicamente, que Eduardo quería controlar a María y María no se dejaba. Si a eso le sumamos mucho alcohol y mucho descontrol, el cóctel resulta inevitablemente explosivo. Las broncas eran constantes, gritos, lloros y... sí, también bofetadas. Broncas de borrachos, broncas apenas inteligibles. Yo me encerraba en mi cuarto e intentaba leer, o escuchar música, pero el escándalo me impedía concentrarme. Otras veces me iba de casa para no oírles y recorría las calles sin rumbo fijo. No ocurría todos los días, por supuesto, pero sí con excesiva frecuencia.


Y el alcohol... Eduardo ya bebía a todas horas; vodka, la bebida favorita de quienes no buscan el sabor, sino la estupefacción. Bebía desde que se levantaba hasta que se acostaba, así que muchas veces, al llegar la noche, su estado era más que lamentable. Hay en mi memoria un recuerdo extraordinariamente nítido. Una “fiesta” en casa, de noche; mucha gente en el salón, amigos de Eduardo y de María. Mucho alcohol. Eduardo está tan borracho que apenas puede hablar, pero, con la ridícula dignidad del borracho, intenta fingir sobriedad y pronuncia las palabras muy despacio, trabándose con frecuencia. Y la gente se ríe; pero no con Eduardo, sino de Eduardo. María también ríe. Todos lo hacen.


Me levanté sin decir nada, abandoné el salón y me encerré en mi cuarto. Estaba furioso, y desolado, y jodidamente triste. ¿Os imagináis algo hermoso, una estatua perfecta, que de pronto se hace añicos? Eso es lo que yo sentía en aquellos momentos. Mi hermano, a quien adoraba, mi modelo, mi guía, sólo era un borracho farfullante, alguien incapaz de tomar el control de su propia vida, una figura patética. Os juro que esa ha sido la mayor desilusión de mi vida, el mayor desencanto.


La puntilla llegó poco después. Una tarde, Eduardo y María discutían a grito pelado en su dormitorio. Yo estaba encerrado en el mío, intentando ignorarles. Al cabo de un ruidoso rato, María vino a verme llorando a moco tendido. “Eduardo tiene un revólver y dice que va a matarse”, musitó entre sollozos.


El revolver en cuestión era un Colt calibre 22 que había formado parte de la colección de armas de nuestro padre. Me levanté como un rayo y fui en busca de mi hermano; estaba en su dormitorio, borracho a media tarde, llorando, histérico. Yo jamás había estado tan cabreado con él; creo que, por primera y última vez en mi vida, le odié. Después de lo que había ocurrido con nuestro padre, ¿cómo tenía los santos cojones de hacerme eso? Le miré con toda la dureza del mundo y pregunté: “¿Dónde está el revólver?”. Él balbució algo sobre lo mal que se sentía, sobre que se quería morir. No le hice ni caso; en vez de eso, grité: “¡¿Dónde está el puto revólver?!”. Se asustó; me vio tan sumamente cabreado, que se acojonó. Y eso, en cierto modo, me decepcionó aún más. El caso es que Eduardo señaló hacia un armario, lo abrí y allí estaba el revólver, convenientemente cargado. Lo cogí, me volví hacia él hirviendo de furia y le dije: “Con esta mierda de calibre, lo más probable es que, en vez de matarte, te hubieras desgraciado para siempre, gilipollas. No me vuelvas a hacer esto nunca más. ¿Entiendes, cabrón?: nunca más”. Salí dando un portazo, escondí el revólver y me fui de casa para refrescarme un poco.


Estaba harto. Llevaba algo más de dos años viviendo con Eduardo y todo había ido demasiado lejos. Aquella clase de vida nos estaba jodiendo; si seguían las cosas así, acabaría odiando a Eduardo y de ningún modo quería llegar a eso. Unos días después, aprovechando uno de sus escasos momentos de sobriedad, hablé con Eduardo y le dije lo que pensaba, le dije que me estaba volviendo loco, que no aguantaba más, que las cosas tenían que cambiar. Él, a su manera, lo entendió. No cambió de vida, ni mucho menos, pero creo que de algún modo comprendió que estaba siendo una mala compañía para mí, así que decidió alejarse. Poco después, me comunicó que María y él se mudarían a un apartamento de la calle General Perón.


Eso ocurrió en algún momento de la primera mitad de 1975. Me sentí aliviado, relajado, tranquilo por primera vez en mucho tiempo. Mi vida sin Eduardo se remansó; incluso dejé de beber durante una larga temporada. Por supuesto, continué viéndome con mi hermano; pero menos, y menos intensamente. Supongo (en realidad sé) que su relación con María siguió siendo tan tormentosa como siempre, porque unos tres años después, Eduardo quedó conmigo y me dijo que había roto con ella. Me contó los motivos; no sé si eran ciertos o no, y desde luego no los voy a reproducir aquí. Puede que él tuviera razón, quién sabe, pero en cualquier caso María también tenía poderosos motivos para dejarle. Aquello no era amor: era lucha libre.


“No rechazo mi enorme parte de culpa: nadie me obligó a beber como lo hice y, en mi vida, el alcohol tiene tanta importancia como la chifladura familiar. Tampoco estoy muy seguro de que si yo me hubiese metido por caminos más normales, hubiera llegado a beber como lo hice; pero no quiero escudarme en eso. Fui un estúpido borracho”.
Diario, Eduardo Mallorquí. 24 de septiembre de 1992.

Continuará