La mañana del sábado 17 de marzo de 2001, tras recibir la llamada de José Carlos anunciándome la muerte de Eduardo, Pepa y yo nos dirigimos en coche a una cafetería cercana al Instituto Anatómico Forense, donde habíamos quedado con mi hermano mayor, mi único hermano ya. Conducía Pepa, porque yo no podía parar de llorar. Estaba hecho polvo.
Mirad la foto que preside este post: está tomada por mi padre el 15 de octubre de 1954. El que está arriba soy yo con año y medio de edad; el que está debajo es Eduardo con once años y medio. Hubo un Eduardo que jugaba conmigo cuando yo era pequeño; un Eduardo que me leía tebeos cuando yo no sabía leer; un Eduardo que, cuando yo tenía terror a los vampiros tras ver en la tele una película de Drácula, me regaló un pequeño crucifijo para que pudiera dormir tranquilo con él bajo la almohada; un Eduardo que me mostró una literatura que yo desconocía; un Eduardo que me ayudó a sobrellevar el duro camino de la adolescencia; un Eduardo que apoyó mis inicios como escritor; un Eduardo que me prestaba su apartamento para que yo pudiera ir allí con mi novia; un Eduardo cariñoso, inocente, tranquilo, más o menos feliz. Mis lágrimas, en aquella mañana de sábado, estaban dedicadas a ese Eduardo. Aunque, en realidad, ese Eduardo había muerto en noviembre de 1972.
Hay una nube en mi memoria; apenas recuerdo quiénes estaban en esa cafetería cuando Pepa y yo llegamos. A Zulma sí la recuerdo; era la primera vez que la veía. Y también a José Carlos y a Teresa, pero eso es todo, no me acuerdo de nadie más. Supongo que también estaban Tito y Conchita, y Almudena, y Jesús y María Teresa, quizá los últimos amigos que le quedaban a mi hermano, pero no logro recordarlos. Me sentía muy mal, me asfixiaba en esa cafetería, así que salí al exterior. El Anatómico Forense se encuentra en la Ciudad Universitaria, una zona muy tranquila durante los fines de semana. Empecé a pasear sin rumbo fijo; la mañana era fresca y soleada, las calles estaban vacías. Recuerdo que no podía dejar de darle vueltas a lo mismo: sentía la muerte de Eduardo como si fuese el final de una novela; un final lógico, pero insatisfactorio. ¿Eso es todo?, pensaba yo; ¿ya está, no hay más? Creo que, inconscientemente, siempre había conservado la esperanza de que el antiguo Eduardo, el Eduardo a quien yo tanto quería, resurgiera de las cenizas. Era como esa gente que no dejó de confiar en el retorno de los Beatles hasta que Chapman disparó a Lennon frente al edificio Dakota.
No sé cuánto rato estuve caminando. Me encontraba en la zona de los colegios mayores y, de pronto, me fijé en algo: había una foto y un montón de papeles pegados a una farola. La foto era de un chico de veintipocos años de edad. Lo que me llamó la atención fue que se llamaba Eduardo, igual que mi hermano. Era un estudiante y había muerto unas semanas antes en un accidente de tráfico. Sus amigos habían dejado allí, en la farola, frases de despedida, poesías... Recuerdo una, firmada por una chica; era torpe, ingenua, pero llena de sentimiento. Esa farola en realidad era un altar. Estuve un rato mirándolo y, poco a poco, no sé por qué, me tranquilicé. Entonces pensé dos cosas.

En primer lugar, me pregunté quién recordaría a mi hermano. El otro Eduardo, el estudiante muerto, había dejado atrás familia y un montón de amigos que le querían y que le recordarían siempre. Pero, ¿y mi hermano? Sin hijos, sin familia, casi sin amigos... ¿quién iba a acordarse de él? Lo segundo que pensé fue que la historia de mi hermano daría pie para una novela. Pero, ¿sabéis?, si de algo me han servido estos post es para darme cuenta de que estaba equivocado. Entendedme: sigo creyendo que se puede obtener una buena novela en base a la vida de mi hermano, pero eso no importa, da igual y, desde luego, no hay ninguna razón para que sea yo quien la escriba. En realidad, ni siquiera quiero hacerlo. Ahora bien, lo que sí creo es que la historia de Eduardo merecía ser contada y eso, ahora, ya lo he hecho.
La vida de mi hermano es el relato de un proceso de autodestrucción. ¿Por qué hay gente que, como Eduardo, hace siempre aquello que más contribuye a su infelicidad? ¿Por qué hay gente que parece querer destruirse? ¿Existe un instinto de muerte, el thánatos de los cojones? ¿Hay personas cuyos bajos niveles de serotonina y dopamina les impiden ser felices? No lo sé, no tengo ni idea. Pero creo que el problema de Eduardo no encaja con esas explicaciones.
Veréis, si Eduardo hubiera tenido éxito profesional, si hubiese alcanzado una posición de poder, si hubiera sido un personaje conocido y respetado, jamás se habría matado y ahora estaría vivo y razonablemente feliz. Sería insoportable, vanidoso y egocéntrico, pero satisfecho de sí mismo. Él mismo lo reconoce en su Diario cuando, el 24 de septiembre del 92, escribe:
“Con un poco de suerte, pude haber conseguido el éxito y la estabilidad, o incluso la felicidad. Entonces recordaría a los míos como a la alegre familia de “Vive como quieras”. Pero no fue así”.
Una noche, después de la muerte de nuestro padre, cuando mi hermano y yo vivíamos juntos, Eduardo estaba borracho y desesperado. Su vida era una mierda, decía. Intenté calmarle, pero no pude; entonces le pregunté: “Pero ¿qué quieres, qué te falta?”. Y él, clavando en mí una mirada que a mí se me antojó casi demente, respondió: “Dinero y poder”. Me quedé helado; en fin, lo del dinero lo entendía, pero ¿poder?... ¿para qué? Mucho después lo entendí: poder para imponer respeto, poder para controlar a los demás, poder para protegerse, poder para convertirse en la persona que él creía merecer ser. Al final, nunca tuvo demasiado dinero ni prácticamente ningún poder. Pero no fue una cuestión de suerte.
Eduardo lo tenía todo para triunfar: era un encantador de serpientes nato que fascinaba a la gente con su personalidad, era ingenioso, era brillante, tenía talento. Entonces, ¿por qué hacía todo lo posible por cagarla una y otra vez? Sólo se me ocurre una respuesta: porque interiormente era demasiado débil, demasiado frágil. Pese a su arrogancia, pese a su carácter agresivo, pese a su habilidad para lanzar dardos envenenados, pese a su aparente seguridad en sí mismo, si le conocías, si sabías cuáles eran sus puntos débiles, bastaba con pronunciar las palabras adecuadas para sacarle literalmente de sus casillas. Vi a José Carlos hacerlo muchas veces. Por expresarlo en términos pugilísticos, Eduardo tenía un poderoso crochet, pero una mandíbula de cristal.
Así que mi hermano dedicó toda su vida a proteger ese frágil ego, pero lo hizo de forma equivocada. Incapaz de reconocer su debilidad, se convenció a sí mismo de que era fuerte, de que era un paso adelante en el sendero de la evolución, de que su inmenso talento le situaba varios metros por encima de los demás. Al mismo tiempo, como su fragilidad le impedía reconocer sus fallos, eliminó la palabra “autocrítica” de su diccionario; si algo le salía mal, siempre era culpa de los demás. Él era inocente por naturaleza, jamás se cuestionaba a sí mismo. Y cuando la realidad comenzó a llevarle la contraria, Eduardo empezó a desfigurar la realidad.
Tras el fracaso de su matrimonio y la posterior locura alcohólica que le siguió, Eduardo se pegó un batacazo tan grande que hasta él mismo tuvo que reconocer que la había cagado. Pero eso, en vez de hacerle reflexionar sobre sus errores básicos, lo que hizo fue reafirmarle y radicalizarle en su postura vital. Y posteriormente, cuando se jodió definitivamente la vida por su demencial comportamiento en TVE, mi hermano, lejos de sacar la menor enseñanza de sus equivocaciones, se radicalizó aún más. Estaba en la mierda, y como no podía reconocer que él mismo se había metido ahí, buscó y encontró los culpables adecuados: todo el mundo en general, y, en particular, los socialistas y... nuestros padres, José y Leonor.
Sobre nuestro padre, Eduardo escribió lo siguiente en su Diario:
“Era inteligente, con mucho talento e imaginación... Pero todo ello desordenado, con demasiada novelería y autosatisfacción. (...) Era un analfabeto de la normalidad. Siempre se sintió un marginado, un desplazado. (...) No siento cariño hacia él. Comprensión, sí. Ternura, también. Respeto, relativo. Cariño, no”. Mentira: Eduardo adoraba a su padre. Respecto a nuestra madre, mi hermano dice en su Diario:
“(Era) una niña. Y ni siquiera una niña demasiado lista. (...) Mamá nunca movió un dedo, nunca se preocupó realmente por mi futuro. (...) Estaba encantada de conocerse. (...) Era una persona que, no saliendo de casa, vivía de cara a la galería. Para ella resultaba muy importante que se mantuviera su status de “musa” de papá, de mujer inteligente y sensible, “con la que daba gusto hablar”. (...) No leía, no se informaba... ¿Para qué, cuando una posee la ciencia infusa? (...) No le guardo ni rencor, ni agradecimiento, ni cariño. Murió hace veintiún años, y la lejanía pone las cosas y a la gente en su sitio”.
Mirad la foto de arriba. ¿Esa es la imagen de un hijo que odia a su madre? No, Eduardo la quería mucho. Pero allá por principios de los 90, cuando su vida se había ido por segunda vez a la mierda, mi hermano necesitaba sacudirse la culpa y encontrar responsables para tanta desgracia. Y retorció las cosas para que nuestros padres -nuestra madre en particular- fueran en última instancia los grandes malvados de su torpe vida. ¿Qué pecado cometieron? Eduardo responde:
“Me enseñaron un mundo que nada tenía que ver con el real. Permitieron que, a los catorce años, tomase una decisión (dejar el colegio) que iba a marcar toda mi vida. Eso no se le hace a un hijo”.
Vale, tus padres te enseñan un mundo irreal. Pero cuando te haces adulto y compruebas que el mundo no es como creías, en vez de empezar a lamentarte de que papá y mamá te han engañado, lo que haces es sacar tus propias conclusiones y dejarte de mamonadas. Y sí, de acuerdo, nuestros padres la cagaron cuando consintieron que Eduardo dejara el colegio. Pero era un error perfectamente subsanable. De hecho, en los 70 Eduardo se presentó a las pruebas de acceso a la universidad para mayores de 25 años y las aprobó. Si quería una educación académica, podía haber cursado una carrera; pero no lo hizo porque estaba demasiado ocupado emborrachándose. Nuestros padres, como nos ocurre a todos los padres, se equivocaron muchas veces. Pero siempre nos cuidaron, siempre se comunicaron con nosotros, siempre nos dieron compañía y cariño. Sólo una mente muy enajenada y torturada puede guardarles ese bochornoso rencor.
Así pues, en última instancia, ¿Eduardo estaba loco? Pues si por locura entendemos la incapacidad de razonar, mi hermano no estaba loco. Pero si concebimos la locura como un desarreglo en la percepción de la realidad que daña y desequilibra a quien lo padece, Eduardo estaba como una cabra. Aunque, en el fondo, ¿ya qué más da?

Cuando comencé a escribir esta serie de post, José Carlos y Pepa me preguntaron, extrañados, por qué lo hacía. A mi mujer, en particular, le parecía algo casi impúdico, como desnudarse en mitad de la calle. José Carlos lo consideraba simplemente innecesario, sin sentido. Pero su pregunta es pertinente: ¿por qué lo he hecho? ¿Para aclararme las ideas sobre Eduardo? No, mis ideas siguen tan claras o tan confusas como antes. ¿Por exhibicionismo emocional? Pues quién sabe, quizá en parte; soy escritor, un trabajo que, a fin de cuentas, es puro exhibicionismo. ¿Porque me siento culpable hacia Eduardo? Me temo que no; así como el suicidio de mi padre me llenó para siempre de culpabilidad, sé que no tengo la menor responsabilidad sobre el suicidio de mi hermano. Ni yo ni nadie, salvo él mismo, podía ayudarle. Entonces, ¿por qué he escrito esto?
¿Recordáis el famoso monólogo final de
Blade Runner? Justo antes de morir, el replicante Roy Batty le salva la vida a Deckard y dice:
“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Las primeras veces que oí ese diálogo, no le presté especial atención; hasta que un día, muchos años después, comprendí su significado y me di cuenta de que contenía una inmensa, estremecedora y conmovedora verdad. A lo largo de la vida vamos atesorando una serie de recuerdos y vivencias de gran importancia para nosotros; son la esencia de lo que somos y de lo que hemos vivido. Pero, cuando morimos, ese tesoro se desvanece, se pierde para siempre. Y al pensar en esto, uno descubre que lo terrible de la muerte no es dejar de existir, sino que todos esos recuerdos, todos esos momentos, se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Lo que en realidad nos aterra de la muerte es el olvido.
¿Qué queda de Eduardo? Un montón de artículos y críticas durmiendo en los anaqueles de las hemerotecas, un montón de traducciones, un par de películas que casi nadie ha visto (al final, Zulma le vendió el guión de
Trileros a Antonio del Real y el film se estrenó en 2003), una novela hace mucho descatalogada, y un par de series de televisión que pronto todo el mundo olvidará. No tuvo hijos y la inmensa mayor parte de sus amigos le perdieron la pista mucho antes de morir. Así que, ¿quién recordará a Eduardo? ¿Quien impedirá que su vida se pierda en la lluvia?
Antes de escribir esta serie de entradas, Google ofrecía menos de dos mil entradas sobre mi hermano; la inmensa mayoría, por no decir la totalidad, eran fichas técnicas, con sólo su nombre, repetidas decenas de veces (sus trabajos como guionista y como traductor). Ni una sola entrada decía nada sobre la vida de mi hermano. Ahora, si escribes en Google “Eduardo Mallorquí”, lo primero que aparece son estos post. Como yo pretendía.
Así que he escrito esto para rescatar la memoria de mi hermano. Probablemente en contra de su voluntad, porque en su carta de suicidio Eduardo pedía expresamente que no se publicase ninguna esquela anunciando su muerte. Creo que, al final, deseaba desaparecer del todo, incluso como recuerdo. Vale, pues entonces no he rescatado a Eduardo, sino mis propios recuerdos sobre mi hermano. Me estoy rescatando a mí mismo. ¿Mejor así?
De lo que estoy absolutamente seguro es de que soy la última persona del mundo que Eduardo elegiría para relatar su vida. Se agarraría un cabreo de mil demonios si supiese lo que he hecho. Pero si no lo hubiera escrito yo, ¿quién lo haría? Nadie. Así que o yo, o el olvido. Y como él no está aquí para opinar, he decidido yo. Por otro lado, podría haber escrito esta semblanza (?) de otra manera. De hecho, podría haber relatado una historia llena humor e ingenio, las divertidas peripecias de un hombre que podía ser muy divertido. Bastaría con elegir las partes luminosas y ocultar las partes oscuras, que es lo que suele hacerse cuando se habla de los muertos. Pero entonces mentiría, porque la historia de Eduardo no es una comedia, sino una especie de tragedia bufa. En cualquier caso, si esto lo hubiera escrito otra persona, el relato sería diferente. Si, por ejemplo, lo hubiera escrito José Carlos, el texto sería mucho más duro con Eduardo, y si lo hubiera escrito nuestra común amiga Almudena, sería mucho más amable. Así que ésta es la versión de César Mallorquí; he intentado ser lo más honesto posible, pero no pretendo ser objetivo, pues en un texto de estas características aspirar a la objetividad es una pura ilusión. Así es como yo recuerdo a Eduardo, eso es todo.

¿Qué siento hoy hacia él? Sé que Eduardo, desde el momento en que dejó de hablarme, se dedicó con entusiasmo a ponerme a parir. Me odiaba y decía cosas horribles acerca de mí. Pero, ¿sabéis?, me importa un bledo. No le guardo ningún rencor por eso; a fin de cuentas, yo sólo fui uno más en su larguísima lista de villanos. Si algún reproche tengo que hacerle no sería ese, sino el hecho de que, cuando murió nuestro padre y yo me quedé solo, en vez de ayudarme a centrar mi vida lo único que hizo fue contribuir a desquiciarla. Yo tenía 19 años y él 29. Eso no estuvo bien. Pero, a fin de cuentas, bastantes problemas tenía Eduardo con su propia vida como para ponerse a centrar la vida de nadie. En realidad, tampoco puedo culparle por eso. Así pues, ¿qué siento hoy hacia mi hermano? Sigo queriendo mucho al Eduardo anterior al 72, y siento una mezcla de cabreo y piedad hacia el Eduardo que regresó a España en los 80.
Y por fin llegamos al final de esta larguísima serie. Cuando buscaba formas de enfocar una posible novela basada en la vida de Eduardo, se me ocurrió un estructura que parecía prometedora. Veréis, cuando mi hermano murió y me enteré de la existencia de esa última novela que escribió, quise leerla, pero Zulma puso excusas para no dejármela, supongo que por desconfianza. Así que se me ocurrió centrar la historia en esa novela, una novela perdida. La cosa sería más o menos así: Dos hermanos -digamos que Ernesto (Eduardo) y Carlos (yo)- largo tiempo enemistados. Ernesto se suicida y entonces Carlos se entera de la existencia de esa novela, pero no la encuentra, porque, antes de matarse, Ernesto se deshizo de todos sus papeles y borró el disco duro de su ordenador. Entonces Carlos inicia la búsqueda de la novela, visitando a toda la gente que tuvo relación con su hermano durante los últimos tiempos. Mientras lo hace, Carlos va reconstruyendo la vida de su hermano que no conocía y obtiene diferentes visiones, de diferentes personajes, acerca de Ernesto. Al final, tras desistir de encontrar la novela, Carlos visita el chalet de Cercedilla donde vivía su hermano. Entonces aparece el dueño del chalet y, de algún modo, se entera de que Carlos es hermano del anterior inquilino de la casa. Y le dice que, antes de morir, Ernesto dejó en la basura una caja llena de documentos, pero que él la había guardado y no sabía qué hacer con ella. Carlos se hace cargo de la caja y descubre que dentro está la novela perdida. La lee y cuando la acaba vuelve a dejarla en la basura, como su hermano había querido. Fin.
Cuento esto porque, a raíz de esta serie de entradas, se ha abierto la posibilidad de que, finalmente, pueda leer la novela que escribió Eduardo antes de suicidarse. Si es así, quizá perpetre en el futuro una entrada más. Tomadlo como una amenaza.
Y ya está, se acabó. Diez larguísimas entradas seguidas sobre mi hermano, qué pasada; nunca pensé que fuera a dar para tanto. Un mes y medio dándole vueltas a lo mismo. Creo que he abusado de vuestra paciencia, lo siento. No obstante, siempre había pensado que la historia de Eduardo era interesante y, a tenor de los comentarios de muchos merodeadores, así es. Me alegro. Pero esto es todo, amigos; os prometo que no volveré a hacer nada semejante. A partir de la siguiente entrada,
La Fraternidad de Babel volverá a ser lo que siempre ha sido y nunca debería haber dejado de ser: un lugar absolutamente inútil.