viernes, febrero 20

La reina y yo



 
            Supongo que os preguntaréis quién es la mujer que me está estrechando la mano en la foto de ahí arriba. Vale, saciaré vuestra curiosidad: es la reina. No se le ve, pero el rey estaba a su lado. Decidí dar una audiencia a la plebe y acudieron ellos.

            Bromeo; se trata del acto de entrega de los diplomas correspondientes a los premios nacionales de cultura de 2013. Sí, ya sé que el premio lo gané hace más de un año, pero el diploma acreditativo me lo entregaron el pasado lunes 16. Los asuntos de palacio van despacio, ya se sabe. El evento tuvo lugar en el Palacio del Pardo, que es un sitio bastante siniestro. Ya había estado allí un par de veces, pero no deja de resultarme un poquito inquietante.

Es como una casa encantada por la que pasea el fantasma de un asesino en serie. Por las noches, cuentan las leyendas, se escucha una voz de pito que susurra: Espaaañoooles, ¿qué habéis hecho con mi herencia? Es lógico que diga eso, porque el testamento del difunto serial killer se encuentra allí, en ese palacio. Según cuentan, si no se contesta a esa voz, al día siguiente empiezan a aparecer por todas las salas del edificio sentencias de muerte firmadas por una mano fantasmal. Por lo visto, para apaciguar a tan horrendo espectro, hay que decirle que su herencia está a buen recaudo en manos de cierto partido político que no quiero mencionar.

            Y no lo quiero mencionar por puro temor. Porque cuenta otra leyenda que, si pronuncias tres veces en voz alta el nombre de ese partido frente a un espejo, a tu espalda se aparecerá un enano ex-bigotudo y ceñudo que te dirá: Mire usté... O, en su defecto, un tío barbudo con ojos asombrados que musitará, en fin, lo mismo que el enano: Mire usté...

            Pero me estoy desviando del asunto. El acto tuvo lugar en el Pardo, que es un palacio bastante feo, por cierto. La ceremonia comenzaría a las 12, pero teníamos que llegar tres cuartos de hora antes. Éramos un huevo de premiados por las distintas modalidades. Conforme iba llegando la gente, los encargados de protocolo separaban primero a los premiados de los invitados. Luego, a los premiados nos dividían en dos grupos situados en sendas salas de espera; unos nos sentaríamos a la izquierda de los reyes, y otros a la derecha. ¿En base a qué nos elegían para estar a un lado o a otro? Ni puta idea.

            De entre todos los premiados, sólo conocía personalmente a dos: al periodista Antón Castro (director del suplemento cultural del Heraldo de Aragón) y al escritor José María Merino, ambos de lo más amables. Pero también conversé con el dramaturgo Juan Mayorga, con la diseñadora Amaya Arzuaga, con el fotógrafo Alberto Schommer o con la ilustradora Carme Solé. Todos muy interesantes y muy simpáticos. Yo también fui muy simpático. Pero, claro, en esas circunstancias, cuando a uno le van a dar un premio, es fácil derrochar simpatía.

            Llegado el momento, nos condujeron como ovejitas al patio cubierto donde se celebraría el acto. Había una pequeña tribuna y enfrente un montón de sillas distribuidas en paralelo, donde ya estaban instalados los invitados. Los premiados nos acomodamos en la primera fila, a un lado y a otro de la pareja real. Por cierto, ¿qué sería una pareja irreal? ¿Yo y Gisele Bündchen?

            La cosa comenzó con un discurso del rey (pero sin tartamudeos). Felipe dijo básicamente que, respecto a la cultura, él estaba a favor. Que los creadores éramos chachis, que la sociedad nos necesitaba, que los premiados habíamos contribuido a fortalecer valores indisociables a nuestra convivencia (¿yo he hecho eso?). Luego, según nos iban llamando, se procedió a entregar los diplomas. Unos los entregaba el rey y otros la reina, alternativamente. A mí me tocó the queen, como puede verse en la foto.

            A  continuación, tres de los premiados pronunciaron breves discursetes, cada uno de ellos en representación del área cultural que le tocaba. Luis Goytisolo en nombre del área del libro, Luz Casal por las artes escénicas y musicales, y Alberto Schommer por el área de bellas artes. Por último, el ministro Wert (ese apellido suena a eructo) cerró el acto con un dilatado discurso donde alabó la obra de cada uno de los premiados. De mí también dijo cosas bonitas; pero, claro, ¿qué iba a decir?

            Finalizada la entrega de diplomas, nos hicimos una foto de grupo (en realidad cientos de fotos, porque había un montón de periodistas), donde posábamos los premiados con los monarcas y “autoridades” acompañantes (podéis verla ahí abajo). Por último, pasamos todos, reyes, premiados e invitados, a un patio cubierto contiguo donde se sirvió un cóctel con copas y canapés.

            Era un espectáculo curioso. El rey se fue por un lado, departiendo con unos y con otros, y la reina por otro lado haciendo lo mismo. Y a su alrededor se formaban círculos concéntricos de gente que esperaba... ¿conocerles? No, hacerse una foto con ellos. Ay, qué daño ha hecho a la humanidad el que cada uno de sus miembros lleve ahora una cámara fotográfica en el bolsillo...

            Y, bueno, ahí acabó todo. Yo iba con americana y corbata, que es el disfraz que me pongo para simular que soy un escritor serio. Por cierto, la corbata me la prestó mi hijo mayor, porque yo no tengo. Antes era al revés; qué tiempos estos.

            Al día siguiente leí en El País un artículo de no sé quién en el que hablaba con ironía sobre lo dóciles y afables que habíamos sido los premiados, en contraposición a otros que en su momento rechazaron el premio. En fin... Cuando me anunciaron que había ganado el Nacional, mi hijo Pablo me comentó en broma si iba a rechazarlo por el maltrato del gobierno a la cultura. Le contesté que el premio no me lo había dado el gobierno, sino un jurado de profesionales independientes (sólo uno de los muchos miembros del jurado pertenece al Ministerio), y que los Premios Nacionales llevan muchos años otorgándose con independencia del gobierno de turno que toque.

            Si el premio me lo otorgase el PP (o, si vamos a eso, cualquier otro partido), no dudaría ni un segundo en rechazarlo, porque no deseo de ninguna manera vincular mi imagen y mi trabajo a una formación política, sea de derechas o de izquierdas. Lo último que querría ser en este mundo es un “hombre de partido”. Y aún menos un “intelectual” a sueldo de la ideología que sea. Pero, ¿rechazar un premio institucional otorgado por profesionales de las letras? ¿Por qué? Respeto a quienes lo han hecho, pero no le veo sentido. Otra cosa son los escritores (como Javier Marías, creo) que rechazan cualquier premio al que no se hayan presentado. No sé por qué lo hacen, pero da igual, porque yo ya he aceptado demasiados premios como para ponerme estupendo ahora. Qué queréis que os diga; me encanta que me premien.

            Además, ya había cobrado la pasta del premio hace mucho. Entonces, ¿qué? ¿Me subo a un pedestal y, una vez pillados los euros, les digo que se metan el diploma por el culo? ¿O voy allí y monto un numerito? Pues no; lo que exigía la ocasión era ser dócil y afable. O simplemente educado.

            Me  pregunto por qué os cuento todo esto... ¿No será postureo? Mirad, chicos, qué importante soy codeándome con la realeza... Pues quizá; siempre he pensado que los escritores, aunque nos engañemos diciéndonos que no, somos en el fondo unos vanidosos de tomo y lomo. Pero, por otro lado, ha sido una experiencia curiosa y me apetecía compartirla con los merodeadores de estas áridas tierras de Babel.

sábado, febrero 7

Frío



Hace unos meses, comentaba aquí que las personas, cuando viajamos a otros países, lo hacemos rodeados por una burbuja de nuestra propia cultura. Es decir, aunque estemos en un entorno completamente distinto, seguimos comportándonos y pensando como si estuviéramos en nuestro país. Ahora añado que incluso quedándonos en España, seguimos envueltos en otra burbuja, la de nuestra clase social, nuestra educación y nuestro ambiente más inmediato. Yo, por ejemplo, no represento a lo que hoy es España, sino, en todo caso, a los madrileños de clase media, con estudios universitarios, profesión liberal, un estilo de vida acomodado, alto nivel cultural... Y mis conocidos y amigos más o menos lo mismo.

            Instintivamente, doy por hecho que, en general, los puntales básicos de mi estilo de vida son comunes a la mayor parte de mis conciudadanos. Todos tenemos casa, todos tenemos familia, todos nos alimentamos, todos nos protegemos de las inclemencias del tiempo de forma parecida, todos tenemos acceso a la sanidad y la educación... Sé que no es cierto; leo la prensa, escucho la radio, veo la TV, y estoy al tanto de que mucha gente en mi propio país carece de lo que yo considero básico. Pero una cosa es saberlo intelectualmente, y otra cosa es sentirlo de forma concreta siendo testigo directo.

            Por ejemplo, si leo que el tsunami del Índico causó más de trescientos mil muerto me horrorizo. Pero me horrorizo de forma abstracta, porque en realidad no puedo imaginarme a tal cantidad de gente ahogándose. Esas muertes no se convierten para mí en una experiencia, sino en un dato. Ahora bien, si estoy en la playa y veo que alguien, una sola persona, se ahoga, el choque emocional será mucho más intenso. Porque esa muerte no será un dato más en la estadística de los fallecidos por ahogamiento, sino una experiencia vital próxima a mí. Una cosa es saberlo y otra vivirlo.

            Como sabéis, en España estamos padeciendo los rigores de dos olas de frío, una polar y otra siberiana. En realidad, no tiene nada de extraordinario; estamos en invierno, ¿no? En Madrid llevamos un par de semanas con una rasca del carajo. Ahora mismo (son las 10:30) hay tres grados de temperatura en el exterior y está muy nublado. Mucho frío. Pero estoy en mi despacho, calentito...

            Pues bien, el pasado martes se estropeó la caldera que nos proporciona agua caliente y calefacción. Me desperté con la casa helada y tuve que ducharme con un agua que me hizo pensar en morsas y pingüinos. Llamé al servicio de reparaciones y se comprometieron a venir por la tarde. En total, la calefacción estuvo sin funcionar desde las siete de la mañana (cuando debería haberse conectado automáticamente) hasta que la repararon a eso de las seis de la tarde.

            Entre tanto, yo me puse a intentar trabajar, sentadito frente a mi escritorio como un buen niño. Llevaba pantalones de pana y un jersey bien gordo, pero al poco rato tuve que ponerme una manta sobre las piernas, porque me estaba quedando pajarito. Pero, ay amigos, no podía ponerme guantes (intenta pulsar un teclado con guantes y verás qué risa), así que las manos no solo se me estaban quedando heladas, sino que además empezaron a ponerse rígidas y a agarrotarse. Imposible trabajar así. Hacía tiempo que no pasaba tanto frío. A mediodía decidí salir a hacer algunos recados, porque así podría disfrutar de la calefacción del coche. Pero regresé a casa a la hora de comer y de nuevo me sentí como disidente soviético de vacaciones en un gulag siberiano. Sólo fueron once horas, pero coño, qué frío pasé.

            Y mientras estaba ahí, tiritando, pensé que mucha gente de mi propia ciudad iba a pasar todo el invierno en las mismas condiciones que yo en esos momentos. Personas que tienen casa, incluso trabajo o pensiones, pero que carecen del dinero necesario para poder permitirse el lujo de encender la calefacción. A eso lo llaman pobreza energética, como si ponerle nombre a las monstruosidades las hiciera más llevaderas. Mejor decir “pobreza energética” que “puta miseria”, supongo. Es más cool y nos deja más tranquilos.

            Últimamente se están produciendo en Madrid más incendios de lo normal. Mucha gente que no puede pagar la calefacción se calienta con braseros, estufas o, qué sé yo, haciendo una hoguera en un cubo. Entonces una chispa salta, la casa se incendia, los inquilinos mueren. Pero ¿qué importa? Sólo son estadísticas. He comprobado en Internet que también hay más muertes por intoxicación de monóxido de carbono, a causa de la mala combustión de braseros y estufas. Joder, tengo la sensación de haber vuelto a mi niñez, a finales de los 50, cuando esas cosas eran más habituales. O a lo mejor es que estamos regresando a Dickens...

            El martes pasado, mientras experimentaba los mismos rigores climáticos que un pobre energético, no dejaba de preguntarme cómo consentimos ese estado de cosas. Estamos empezando a aceptar como normal lo que sencillamente es inasumible. Cada día se hace más ancha la brecha entre los que les sobra de todo y los que no tienen nada, ni siquiera derecho a calentarse. Recuerdo que, cuando existía la Unión Soviética, en occidente se mostraban imágenes de colas interminables en Moscú para intentar adquirir algún producto básico, y a eso se le llamaba con sarcasmo el “Paraíso comunista”. Pues bien, esto que nos rodea es el rutilante “Paraíso neoliberal”.

            Cuando pienso en estas cosas, ¿sabéis lo que siento? Frío. Mucho frío. Y rabia, mucha rabia. ¿Cuánta gente tendrá que morirse congelada, o quemada, o asfixiada, hasta que reaccionemos? ¿O es que hace tanto frío que se nos ha congelado el corazón?

martes, enero 27

Cartas del pasado



            En enero del año que viene, se inaugurará en La Casa del Lector, del Centro Cultural El Matadero, una exposición sobre José Mallorquí, mi padre. Aparte de la exposición, habrá un ciclo de conferencias, proyecciones cinematográficas y se editará un libro. Ya os mantendré informados.

            El caso es que, para el libro dedicado a mi padre, se me ha ocurrido preparar un artículo que trate sobre su particular teoría literaria. Que no está recogida en ninguna parte. Entonces, ¿de dónde voy a sacarla? Pues de su correspondencia particular, pensé. Quizá mi padre mencionaba en las cartas algunas ideas sobre su técnica narrativa. Así que busqué en su archivo y reuní toda la correspondencia que encontré.

            Son cientos, probablemente miles de cartas escritas a máquina (o, mejor dicho, copias a papel carbón de sus cartas). Una barbaridad. Y no precisamente cartas cortitas, sino muy extensas. Es increíble; mi padre debió de escribir... no sé, ¿cuatrocientas novelas? ¿Quinientas? Y un mogollón de guiones radiofónicos y cinematográficos. ¿De dónde demonios sacaría tiempo para escribir tantas cartas? Contestaba a cuantos le escribían, y, entre admiradores, amigos y colaboradores, le escribía un huevo de gente. Lo suyo era pura grafomanía.

 

            Hasta ahora he revisado más o menos una cuarta parte de su correspondencia. No he encontrado mucho de lo que ando buscando, pero sí lo suficiente como para ser optimista respecto al artículo. Por ejemplo, he descubierto algo que me intrigaba desde hace tiempo. ¿De dónde sacaba mi padre la cuantiosa documentación que tenía, sobre todo acerca de Estados Unidos? Imaginaos que estáis en la aislada, pobre y gris España de los años 40 y 50, y queréis conseguir datos sobre, qué se yo, la historia de California, las tribus indias, armas de fuego del Oeste o datos del territorio de Utah, por ejemplo. ¿Cómo demonios conseguía todo eso? (a los merodeadores más jóvenes les recuerdo que por entonces no existía Internet).

            Mi padre obtenía la documentación de muchas maneras, pero había una que me ha sorprendido: la filatelia. Además de escritor, mi padre era un gran coleccionista de sellos. Pues bien, por entonces existían listas de correos que permitían ponerse en contacto a filatélicos de todo el mundo para intercambiar sellos. Mi padre mantenía correspondencia con varios coleccionistas extranjeros; entre ellos al menos dos que vivían en Estados Unidos. Y he podido comprobar por su intercambio epistolar que les pedía con frecuencia que le consiguieran y enviaran libros, folletos, revistas, etc. Curioso, ¿verdad?

            Hasta ahora, la mayor parte de las cartas que he revisado son de los años 40 y 50, cuando yo todavía no había nacido (o sólo era un encantador mamoncete). La mayor parte no tienen interés; son cartas de trabajo o contestaciones a los fans. Pero otras, un treinta por ciento o así, son más personales; correspondencia con amigos y familiares. Tampoco es que tengan gran importancia objetiva, pero en ellas se trasluce la personalidad de quien las ha escrito.

            Ahora tengo dos años más que mi padre cuando murió, así que puedo compararme con él de igual a igual. Y no podemos ser más diferentes. No solo en aspectos personales, que sería lógico, sino en nuestra actitud frente al mundo y la forma de relacionarlos con los demás. En realidad, lo que nos separa son diferentes usos y costumbres sociales.

            Mi padre, en las décadas de los 40 y 50, tenía entre treinta y tantos y cuarenta y pocos años. Sin embargo, su correspondencia personal era muy formulista, muy seria y contenida. Eran las cartas de una persona formal, de un hombre consciente de su posición (escritor de éxito), pero el mismo tiempo algo tímido e inseguro, como si no acabara de creérselo. También son las cartas de un novelista, así que hay frecuentes rasgos de ingenio y una prosa muy cuidada. El tono es cordial, pero algo envarado.

            Yo no me expresaba así cuando tenía treinta y tantos o cuarenta y pocos años. Mis cartas eran mucho más desenfadadas, más próximas y coloquiales. Claro que yo no escribía ni remotamente tantas cartas, ni por entonces era un escritor de éxito. Pero da igual; también he leído algunas de las cartas que recibía mi padre, y el tono era el mismo: formulista y rígido. Creo que era cosa de la época, de cómo interactuaba la gente antes.

            Pero también he leído varias cartas que mi  padre escribió a finales de los 60 y comienzos de los 70 (algunas pocos meses antes de su muerte). El tono cambia, es más coloquial y mucho menos rígido, sin apenas formulismos. Al contrario que en las primeras cartas, mi padre escribía en su última etapa con frases mucho más cortas, sin apenas retórica. Sin embargo, se expresaba como un “señor mayor”. Y así le recuerdo yo: como un “señor mayor”.

            Ahora tengo dos años más que él; soy mayor, sin duda, un genuino cascajo. Pero ni hablo, ni visto, ni escribo, ni me comporto como un “señor mayor”. Tampoco lo hacen mis amigos de mi edad. Quizá seamos una panda de inmaduros peterpanes, pero creo que de nuevo se trata de un cambio en los usos sociales. Antes, la edad madura implicaba adoptar un rol. Ahora no. O a lo mejor es que los roles de las diferentes edades se han unificado.

            En la época de mi padre, la edad  avanzada se consideraba un valor positivo. Se suponía que los muchos años implicaban un enriquecimiento de experiencia y sabiduría, así que las personas mayores eran respetadas. Por eso, los adultos adoptaban roles acordes a su dignidad; y por eso los jóvenes intentaban parecer adultos lo antes posible. Pero ahora es al revés. Lo que se valora es la juventud, así que los “señores mayores” han desaparecido y todo el mundo adopta roles juveniles.

            Mientras leo la correspondencia de mi padre, siento a flor de piel el paso del tiempo. A través de las palabras que escribió soy testigo de cómo evolucionaba su personalidad, de cómo cambiaba. Y no sólo él, sino también la sociedad entera. Sorprendentemente, no experimento nostalgia; ¿cómo iba a sentirla si la mayor parte de lo que he leído fue escrito cuando yo aún no había nacido? Pero lo que sí siento es un puntito de tristeza.

            Muchas de las cartas están dirigidas a (o hablan de) amigos de mi padre que no tengo ni la más remota idea de quiénes son. A veces, las cartas incluyen fotos de personas que son completos extraños para mí. En las cartas se comentan pequeños acontecimientos que afectaron a mi familia, pero que yo ignoraba por completo. Y eso es lo triste: el olvido. Las cartas también acumulan mucho polvo y, tras cada sesión de lectura, acabo con las manos grises, tiznadas de recuerdos marchitos. Es como si ese tiempo, el tiempo de mi padre, hubiese ardido, dejando atrás tan solo un montón de cenizas. Estoy paseando entre ruinas al borde de la nada.

            Desde hace seis meses, cuando murió mi hermano José Carlos, me he convertido en casi lo único que queda de ese tiempo. Soy el guardián desconcertado de una memoria incompleta. No llevo una antorcha en las manos, sino un puñado de polvo.

            Sí, es un poco triste...

viernes, enero 16

Más sobre lo mismo



            A lo largo de mi vida, sólo he tirado dos libros a la basura. Es decir, me he desecho de muchos, pero vendiéndolos, regalándolos o prestándolos, que viene a ser lo mismo. Pero ¿arrojarlos a la basura? Eso va contra mis principios. Sin embargo, lo he hecho dos veces. La primera con Y al tercer año resucitó, de Vizcaíno Casas; me lo regalaron, le eché una ojeada, lo rompí en pedazos y, hala, a la papelera. Cualquiera que conozca esa mierda impresa me comprenderá.

            La segunda vez ocurrió muchos años después. Me habían hablado muy bien de Las máscaras del héroe, la primera novela de Juan Manuel de Prada. Aún no conocía la ideología de ese señor, así que la compré y pasó a engrosar mi sección de libros por leer, esperando una lectura que, estadísticamente hablando, puede demorarse décadas. Y se demoró tantos años que me olvidé por completo de que lo tenía. Entre tanto, fui conociendo las opiniones ultraconservadoras y ultracatólicas del autor. Un día, haciendo limpieza de mi biblioteca, encontré la novela; y, sin darle muchas vueltas, la tiré.

            Me daba igual si se trataba de una buena novela o no; era una cuestión de higiene. Veréis, creo que la lectura es un acto muy íntimo por el que permites que un extraño penetre en tu mente. Así que, si ese extraño me parece repugnante, no pienso consentir la penetración (vale, esto suena un poco gay, pero ya me entendéis).

            Pues bien, jamás habría creído que fuese a incluir un texto de de Prada en este sacrosanto lugar que es Babel, pero lo voy a hacer. Se trata de un artículo llamado Yo no soy Charlie Hebdo, aparecido en el ABC del pasado diez de enero. Me apresuro a aclarar que yo no leo el ABC; supe de la existencia de ese artículo en el excelente blog de literatura Patrulla de salvación. Reproduciré tan solo el fragmento que destaca dicha bitácora:

            “(...) debemos recordar que las religiones fundan las civilizaciones, que a su vez mueren cuando apostatan de la religión que las fundó; y también que el laicismo es un delirio de la razón que sólo logrará que el islamismo erija su culto impío sobre los escombros de la civilización cristiana. Ocurrió en el norte de África en el siglo VII; y ocurrirá en Europa en el siglo XXI, a poco que sigamos defendiendo las aberraciones de las que alardea el pasquín Charlie Hebdo. Ninguna persona que conserve una brizna de sentido común, así como un mínimo temor de Dios, puede mostrarse solidaria con tales aberraciones, que nos han conducido al abismo.”

            Si queréis leer el artículo completo, podéis hacerlo pinchando AQUÍ. Pero, atención, os advierto que este enlace conduce a un lugar lleno, no de virus, sino de gérmenes patógenos que pueden provocaros trastornos de estómago y el vómito.

            Vale, de Prada condena el asesinato de los miembros de Charlie Hebdo, lo cual está muy bien. Lo malo es que, a continuación, prosigue con un “pero”. Y, ay mamaíta, qué chungos son esos peros... Es como cuando alguien dice “Yo no soy racista, pero...”. Ese “pero” viene a querer decir: “No está bien visto considerarse racista, así que no lo voy a confesar, aunque no me cabe duda de que los negros, los árabes, los judíos, los gitanos, los orientales o cualquiera que no sea como yo, son, evidentemente, razas inferiores que deberían quedarse en sus países de mierda si no quieren arriesgarse a que, justamente, les fumiguen con Zyklon B”. Hay  que ver lo que da de sí un pero, ¿verdad?

            Bueno,  ¿qué significa en concreto el pero de de Prada? Permitidme ilustrarlo con un ejemplo. Imaginaos a una chica joven y guapa que una noche sale a tomar una copa con unos amigos. La chica lleva minifalda y viste una blusa semitransparente con un revelador escote. Después de la velada, ya de madrugada, la joven vuelve a su casa y, durante el trayecto, tropieza con una panda de hombres que la arrastran a un callejón y la violan repetidas veces.

            Entonces, con entera seguridad, aparecerá alguien que diga: “Eso de la violación es una barbaridad, pero joder, es que la tía iba provocando”. Primero la condena biempensante, y acto seguido la justificación de la barbarie. Una justificación que en realidad se traduce por: “Se merecía que la violasen, por puta”. Porque, según ese tipo de mentalidad, la chica no debería haber salido de su casa, que es donde por la noche deben estar las mujeres decentes. Y, sobre todo, la chica no debería haberse vestido así, sino de forma recatada, como hacen las mujeres honradas. Por tanto, en el fondo, la culpable de la violación es ella.

            Pues bien, exactamente eso es lo que argumenta de Prada en su artículo (palabra ésta cuyas cuatro últimas letras definen muy bien el contenido). Ha estado muy mal matar a los miembros de Charlie Hebdo, pero ellos se lo han buscado, por blasfemos. No es la primera vez que leo esta opinión; aunque, eso sí, sin la efervescencia ultramontana de de Prada. Mmmm... Tengo tantas cosas que decir al respecto, que no voy a decir nada, salvo lo elemental.

            Volviendo al ejemplo: La chica, como todas las personas, tiene derecho a vestirse como le venga en gana. Y si alguno, al verla, se pone palote, que se la casque. Y si alguno se ofende, que no la mire. Ella es libre de hacer lo que quiera con su ropa.

            Pero, alegarán algunos, la libertad individual está limitada por la libertad de los demás. Cierto, el límite es la libertad ajena. Pero no la susceptibilidad. Veréis, a mí me ofenden ciertas manifestaciones públicas religiosas, me ofenden los comentarios machistas, me ofenden los programas de Telecinco, me ofenden los pantalones campana. ¿Qué hago? No asisto a actos religiosos, no escucho –y si escucho rebato- comentarios machistas, no veo Telecinco, no compro pantalones campana. Así de sencillo. Pero no pido la pena de muerte para quienes promueven todo eso, ni la de cárcel. Ni siquiera lo prohibiría, por muy poco que me guste (bueno, los pantalones quizá sí).

            A mí me ofende con frecuencia el ABC, pero no exijo su cierre (ni, por supuesto, el asesinato de sus redactores). Sencillamente, no lo leo. Me ofende y mucho el artículo de de Prada, pero si lo he leído ha sido porque he querido, y creo que su autor tiene todo el derecho del mundo a expresar sus opiniones, igual que yo tengo el derecho a criticarlas. Y si algún día un ateo descerebrado le pegara un tiro a de Prada, la culpa sería del ateo descerebrado, no de las opiniones de de Prada, por muy poco que me gusten. ¿Te ofende el humor de Charlie Hebdo? Pues no lo leas, pero defiende, como Voltaire, el derecho de sus autores a expresarse libremente.

            Charlie Hebdo practica la sátira salvaje, el mal gusto como provocación. En cierto modo, es un humor infantil, como cuando un escolar dibuja una polla y unos cojones en la pizarra, o como yo, ahora, al decir: ¡Mira, tetas! -> (.Y.) Cuando esa clase de humor se usa con talento e ingenio, el resultado es muy estimulante. Pero cuando se queda en un mero épater le bourgeois, pues sencillamente no tiene gracia. Y no me cabe duda de que había mucho de eso último en Charlie Hebdo, mucho mal gusto por el afán de epatar. ¿Y qué? En lo que a mí respecta, la más gratuitamente blasfema viñeta de Charlie Hebdo se queda en un chiste de monja al lado del repugnante artículo de de Prada.

            No obstante, defiendo con toda convicción el derecho de ese articulista a publicar todas las gilipolleces que le vengan en gana. La libertad de expresión debe aplicarse no solo a aquello que nos gusta oír, sino también, y sobre todo, a lo que no nos gusta. Porque, aunque eso parece no entenderlo de Prada, el lema “Je suis Charlie” no significa que queramos hacer ese tipo de humor, ni siquiera que nos guste. Lo que realmente significa es que queremos poder hablar con libertad. Porque, en contra de lo que sostiene de Prada, puede que muy al principio la religión hiciera avanzar a la humanidad (como factor de cohesión social): pero a partir de un punto, fue todo lo contrario, la libertad de pensamiento y expresión, lo que nos hizo evolucionar.

viernes, enero 9

La risa vencerá



            ¿Os habéis parado alguna vez a pensar por qué existe el sentido del humor? No es una pregunta retórica; está claro que en algún momento, durante el proceso evolutivo que nos condujo de la rama de un árbol a los cómodos asientos en que ahora nos aposentamos, apareció el humor. Y se quedó con nosotros para siempre, lo que demuestra que el humor tiene alguna utilidad para la supervivencia de la especie. Pero, ¿cuál? Una posible respuesta es que la risa alivia el dolor. Me refiero al dolor físico, porque está demostrado que cuando te ríes tu umbral del dolor se eleva; pero también, y sobre todo, al dolor moral.

            Un momento: ¿Sólo los humanos tenemos sentido del humor? Pues nadie lo sabe a ciencia cierta, pero yo diría que sí. Incluso diría que el humor es uno de los principales rasgos distintivos del ser humano. Y no me vengáis diciendo que tenéis un perrito o un gatito que son la monda de graciosos, porque tenemos una gran tendencia a atribuir emociones humanas a actitudes animales que nada tienen que ver.

            Lo que sí se ha demostrado es que muchos animales, cuando están a gusto, emiten ciertos sonidos característicos. Por ejemplo, cuando los chimpancés se lo pasan bien prorrumpen en una especie de jadeo. Y se cree que nuestra risa no es más que una evolución de ese jadeo simiesco. Pero, atención, una cosa es hacer “ha-ha” cuando estás disfrutando, y otra muy distinta hacer “ha-ha” cuando lo estás pasando fatal. De hecho, eso último parece absurdo, ¿verdad? La explicación, supongo, es conductista. Si cuando estás bien te ríes, si te ríes –aunque no tengas motivos- tiendes a estar bien (o, al menos, mejor).

            Los humanos somos los únicos animales conscientes de que, hagamos lo que hagamos, vamos a morir. Lo cual es muy chungo; no lo de morirse, sino lo de saberlo por anticipado. La muerte es terrible e inevitable y, ante ella, sólo caben cuatro opciones. Una de esas opciones es el humor, reírse de la muerte. No vale para nada práctico, pero alivia.

            Permitidme poner un ejemplo extraído de mi vida. Yo tenía 19 años cuando mi padre se suicidó. Su muerte fue un mazazo para mí, me dejó hecho mierda. Esa misma tarde vinieron a verme unos cuantos amigos, y yo, sin proponérmelo, me puse a bromear y a hacer chistes. Recuerdo las caras de desconcierto de mis amigos –supongo que pensaban que me había vuelto loco, o que era un monstruo-, pero yo no podía parar de bromear, lo necesitaba, era imprescindible. Y no porque la risa me hiciese sentir bien (eso era imposible), sino porque la risa me ayudaba a no sentirme peor, a no volverme loco de pena, a no desmoronarme. La risa, como tantas otras veces a lo largo de mi vida, me salvó.

            Hace poco, en un excelente blog amigo, se comentaban una serie de libros en los que sus autores relataban el proceso emocional que habían seguido ante la pérdida de un ser querido. La gestora del blog decía que la lectura de esos libros podía ser un alivio para quienes sufren una pérdida similar. Yo escribí un comentario diciendo que no, que quizá fueran un alivio para quienes los escriben, pero no para quienes los leen. La encantadora bloguera refutó mi opinión con sólidos argumentos, y yo no respondí. No porque me convenciese, sino porque a lo mejor se trataba de que yo soy un tío raro. Porque ante una pérdida terrible no quiero leer historias terribles. Quiero leer a Woodehouse, y a Jardiel Poncela, y a Mark Twain, y a Evelyn Waugh, y ver películas de los Hermanos Marx, y de Woody Allen, y de Billy Wilder. Ante un suceso terrible quiero reírme, porque la risa será el bálsamo de urgencia que empezará a curar las heridas. Y si no lo consigo, si ante la muerte no logro desplegar el abanico del humor, entonces habré fracasado y comenzaré a estar yo también un poquito muerto.

            Joder, qué serio me estoy poniendo. Parece un contrasentido... Pero es que, en el fondo, el humor es algo muy serio. A fin de cuentas, el humor no es más que un punto de vista distinto sobre la tragedia.

            Hasta ahora he hablado del humor como escudo, pero el humor también puede ser una espada. La ironía y el sarcasmo, esas son las principales armas del humor. Y son armas tremendas, poderosísimas. Si tu enemigo se alza, metafóricamente, sobre un pedestal (y todos los enemigos lo hacen), no será necesario que le ataques; bastará con que socaves su pedestal.

            Una anécdota (probablemente apócrifa) de Winston Churchill puede ilustrar este punto. Estaba Churchill dando un discurso en el parlamento, cuando una diputada de la oposición le interrumpió y le dijo: “Señor ministro, si Vuestra Excelencia fuese mi marido, yo pondría veneno en su taza de té”. Churchill la miró fijamente, se quitó las gafas y respondió: “Y si yo fuera su marido, señora, me tomaría ese té”. ¿Qué puedes hacer o decir ante esa respuesta? Pues nada, salvo enrojecer, sentarte y no volver a abrir la boca durante todo el debate. Porque el humor no te derriba; sencillamente, te desarma.

            Decía unos párrafos más arriba que, ante la inexorabilidad de la muerte, sólo caben cuatro opciones. Una es procurar olvidarnos de ella; sabemos que la vamos a palmar, pero no pensamos mucho en ello (todos lo hacemos, no me digáis que no). Otra posibilidad es desear la muerte, aunque eso no está al alcance de todos, claro. La tercera alternativa, como ya he señalado, es reírnos de la muerte. ¿Y la cuarta? Pues negar, contra toda evidencia, la muerte. Es decir, tu cuerpo físico acabará convertido en polvo, sí, pero la parte sustancial de ti mismo, la supuesta alma, sobrevivirá e irá a otro lugar o se reencarnará. Lo que sea, pero tú vas a estar ahí para verlo, aunque hayas renacido en forma de cucaracha.

            Alguien, no recuerdo quién, dijo: “La tumba de los hombres es la cuna de los dioses”. O sea, que inventamos las deidades para dar una salida a nuestro miedo a morir. Esta frase, aunque no es del todo cierta, si resulta bastante aproximada. Pues bien, paradójicamente, dos de nuestras opciones para vencer al temor a la muerte -el humor y la religión- son incompatibles entre sí. Dios y la risa no casan bien.

            En el fondo es lógico. Por un lado tenemos el concepto de “dios”. Un ser tan poderoso que, literalmente, puede hacer contigo lo que le venga en gana no invita precisamente a la broma, sino más bien al acojone (por eso los creyentes le dan tanta coba). Por otro lado está la actitud mental de los creyentes. Porque creer en cosas increíbles supone dejar de lado la racionalidad y zambullirte en una emocionalidad tan íntima que no admite el menor cuestionamiento. “Si atacas a lo que creo, me estás atacando a mí”. Y no hay nada que hiera tanto a quienes albergan ideas absurdas que la risa. La burla duele más que los insultos.

            Eso no quiere decir, por supuesto, que los creyentes no tengan sentido del humor, sino que los creyentes son incapaces de aplicar el humor a lo que consideran sagrado y, por tanto, intocable. No obstante, cuanto más ciegamente creyente seas (cuanto más fanático seas), menos sentido del humor tendrás, porque para los fanáticos todo es sagrado. A fin de cuentas, de eso va El nombre de la rosa; de la incompatibilidad entre la fe y la risa.

            Todo esto viene a cuento, si es que viene a cuento, por los asesinatos cometidos durante el asalto a la redacción de la revista Charlie Hebdo a manos de dos descerebrados integristas islámicos. ¿El pecado de esos redactores? Haber osado reírse de unas creencias risibles. Ya veis, para algunos el sentido del humor se castiga con la pena capital. A eso se le llama no saber encajar las bromas.

            Al principio pensaba escribir sobre los perjuicios de la religión, ilustrándolos con la famosa frase de Weinberg: “Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión”. Sin embargo, ¿qué sentido tendría? ¿A quién voy a convencer que no esté convencido ya? También pensaba criticar el relativismo cultural (y algún día lo haré), pero sólo voy a decir algo en este sentido: No todas las culturas son aceptables en todos sus términos. O, mejor dicho, no todas las actitudes culturales son legítimas. La, llamémosla así, cultura occidental tiene muchos, muchísimos defectos, pero uno de sus productos (al menos como aspiración) es mejor que cualquier otro que conozca: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En mi opinión, se trata del avance ético más importante de la historia.

            Pues bien, contra eso atentaron los dos descerebrados integristas (definirlos así es un pleonasmo, me temo). En concreto, atentaron contra la libertad de pensamiento y de expresión (y contra el derecho a la vida, claro). Atentaron contra la potestad que todos tenemos de reírnos de lo que nos venga en gana. Atentaron contra el sentido del humor, se propusieron acallar las risas. Y si lo consiguen, habrán ganado.

            Siempre he admirado la escuela francesa de periodismo satírico. No sé si lo sabéis, pero a comienzos de los 80 hubo una versión española de la revista Hara-kiri, precursora de Charlie Hebdo. Allí conocí el trabajo de dos de los asesinados en el atentado: Wolinski y Cabu. Me encantaban, hacían un humor muy salvaje.

            Wolinski, Cabu y otras diez personas están ahora muertas (y otras once heridas), algo que, supongo, en principio no les haría ninguna gracia. Pero estoy seguro de que, de un modo u otro, acabarían encontrando la forma de encontrar el lado gracioso de su propia muerte. Pues bien, eso, la risa, les hará inmortales, y no la tonta creencia en absurdas deidades e ideas.

            Porque, llamemos a las cosas por su nombre, esos dos funestos integristas (otro pleonasmo) son unos hijos de puta, sí; pero sobre todo son un par de gilipollas sin el menor sentido del humor.

            Que les jodan.

lunes, enero 5

Reyes 1957



            Ante todo, feliz año nuevo amigos míos, merodeadores todos. Os deseo lo mejor para el 2015, y que en este año que empieza podamos ver cómo los partidos políticos traidores se hunden en la miseria, y cómo los corruptos desfilan camino de la cárcel.

            También quiero desearos que los Reyes Magos de Oriente os traigan todo lo que hayáis pedido y mucho más. Y como esta noche es noche de Reyes, la fiesta navideña que más me gusta, os dejo un regalito estúpido e inútil, pero entrañable.

            Veréis, quizá hay algo que no sepáis de mí: no tiro nada, lo guardo todo. No os podéis imaginar la de cosas absurdas que conservo. Para desesperación de mi santa, una mujer práctica que, a poco que la dejasen, me tiraría hasta a mí (y con no poca razón). Creo que esa obsesión por guardarlo todo me viene de mis padres, que también almacenaban cantidades ingentes de gilipolleces. Y entre esas cosas que almacenaban hace no mucho encontré lo que quizá sea mi primera carta a los Reyes Magos. Podéis verla ahí arriba.

            La letra inteligible es de mi madre. ¿Y qué es eso de “Quique”? Pues yo, amiguitos, porque mi auténtico nombre es César Enrique, y en mi familia me llamaban Quique hasta que llegué a la adolescencia y di un golpe de estado nominal.

            Siempre he pensado que debe existir alguna relación entre el nombre de una persona y su apariencia física. Por ejemplo, una chica que se llame “Bárbara” tiene que estar buenísima, igual que un tío llamado Aitor debe ser lo suficientemente fornido como para levantar una piedra de 300 kilos sin despeinarse. Pues bien, cuando cumplí 15 años ya medía un metro noventa. ¿Puede un tío de metro noventa llamarse “Quique”? Pues no, suena a chiste.

            Pero que un tipejo altote y fuertote se llame César parece correcto. Además, yo me llamo César nada más y nada menos que en honor a César de Echagüe, más conocido como El Coyote, y eso mola. De modo que, como Enrique no me gusta y César Enrique suena a protagonista de culebrón venezolano, cuando cumplí quince años le exigí a todos mis familiares que, a partir de ese momento, me llamaran César. Y lo conseguí, entre otras cosas porque cuando me llamaban Quique no les hacía ni caso.

            Volvamos a la carta. La “escribí” en 1957, cuando tenía cuatro años. Como es lógico no sabía escribir, así que imité letras y puse garabatos. ¿Qué narices se supone que estaría pidiendo? Ni idea, aunque hay una pequeña pista. Si os fijáis, en la mitad superior de la hoja se intuye una palabra: “puta”.

            ¿Yo, a los cuatro añitos, le estaba pidiendo a los Reyes Magos que me trajeran una puta? Cielo santo, qué precocidad... Y qué prematuro indicio de lo depravada que iba a ser mi vida.

            En fin, queridos y queridas, espero que los Reyes Magos os traigan lo más importante de todo: felicidad.

            Besos y abrazos.

miércoles, diciembre 24

El tradicional cuento navideño: "Nochebuena en Kaluvalula"



            Aquí estamos un año más, reunidos en la logia de la siniestra sociedad secreta llamada La Fraternidad de Babel para celebrar el Solsticio de Invierno. Pensaba oficiar una misa negra, sacrificando a una cabra y ofrendando a una virgen; pero me da cosa matar animales, y todas las vírgenes que he encontrado corrían más que yo. Así que nada de misas negras.

            Además, la tradición manda y siempre celebramos la Navidad en Babel con un cuento. Aquí está el de este año; se llama Nochebuena en Kaluvalula. Lo cual, aparte de para solaz de los merodeadores, también puede servir como ilustración de ciertos aspectos del proceso creativo. Veréis, estaba yo desde finales de noviembre dándole vueltas a la mollera en busca de una historia navideña y nada, no la encontraba. Como siempre.

            El problema es que eso de “cuento navideño” es muy amplio, hay miles de posibilidades, y el cerebro se pierde en ese laberinto de alternativas. ¿Cómo solucionarlo? Pues limitando las opciones. Tienes que decir: “quiero que mi relato vaya de esto, o de esto otro”; lo que sea, pero cerrando un poco el campo de juego. De ese modo, el cerebro puede manejar un número más limitado de posibilidades y, lo más importante, puede comenzar a hacer asociaciones libres. Por ejemplo, en 2008 me propuse centrar el relato en la estrella de Belén. La estrella me llevó a los cometas. Los cometas me llevaron a los asteroides. De ahí pasé al asteroide más famoso de todos: el que causó la extinción de los dinosaurios. Y ya sólo tuve que dar un pasito más para inventar la historia de Ensayo general.

            Para el cuento de este año no limité las posibilidades centrándome en un tema, ni en un aspecto de la Navidad, sino en un personaje. Ese personaje era tan marcado, tan peculiar, que por sí solo bastaba para acotar las líneas generales del cuento. De entrada, el personaje es todo lo contrario al espíritu de la Navidad, así que el relato no va a ser muy navideño que digamos, ni por el tono ni por la ambientación. Pero sí que tiene algo de entrañable: escribir sobre él fue como reencontrarme con un viejo amigo, algo muy propio de estas fechas.

            Vale, ¿de quién cojones estoy hablando? Pues del profesor Ulises Zarco, director de la Sociedad Geográfica SIGMA y protagonista de La isla de Bowen. Él es nuestro invitado de este año.

            Son las 10:25. La mañana en Madrid es soleada, pero fría (mi pequeña estación meteorológica Oregon marca sólo cuatro grados en el exterior). Dentro de un par de horas saldré a hacer las últimas compras para la cena. La verdad es que este momento, el momento en que estoy en mi despacho para colgar el cuento de Navidad, es siempre igual, año tras año.  Se diría que el pasado 24 de diciembre abrí un paréntesis y este 24 de diciembre lo estoy cerrando (y abriendo otro, por supuesto). Pero entre medias han pasado muchas cosas, ¿verdad?, y no todas buenas. Da igual, olvidémonos del pasado y miremos, no al futuro –que puede ser deprimente-, sino al hoy y al ahora. Y hoy comenzamos a celebrar las fiestas que marcan el final de un ciclo y el comienzo de otro, las fiestas dedicadas a la muerte del Sol y a su resurrección. O al nacimiento de un judío en un remoto pueblo de Oriente Medio, pues esta festividad ha adoptado muchas versiones a lo largo del tiempo.

            Os deseo felices fiestas, amigos míos; feliz Navidad, feliz Solsticio de Invierno, feliz Yule, feliz lo que sea que celebréis. Y ahora os dejo con el profesor Zarco...


            Nochebuena en Kaluvalula

            El profesor Ulises Zarco, director de la sociedad geográfica SIGMA, reprimió por enésima vez el acuciante deseo de propinarle un puñetazo al padre Blasco. A decir verdad, Zarco experimentaba con frecuencia cierta inclinación a maltratar, de obra o de palabra, a las personas que le molestaban; y, desde luego, jamás había tropezado con nadie tan irritante como el sacerdote. Pero, por desgracia, ahora no podía dar rienda suelta al justo impulso de cerrarle la boca, mediante un contundente uppercut, a ese insufrible religioso.

            —¡Fornicación! –clamaba Blasco en su interminable soliloquio-. ¡Sus hombres fornican con las nativas en las playas, fornican en las cabañas, fornican en los bosques, fornican en el poblado, fornican en los palmerales!...

            —Ya, ya, lo capto –intervino Zarco aprovechando una pausa para respirar del sacerdote-. Fornican por todas partes.

            —¡Y como conejos! ¡No respetan las leyes de Dios! ¡Atentan contra el sexto mandamiento cometiendo una y otra vez el terrible pecado capital de la lujuria...!

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sábado, diciembre 20

Fantasmas




            Ya estamos, como quien dice, en Navidad. Villancicos en los supermercados, luces en las calles, anuncios de la lotería, de Freixenet o de El Almendro. Como siempre, aunque este año hay una excepción: he terminado con siete días de antelación el clásico cuento navideño de Babel. Casi no me lo creo; pero ahí está, descansando en la memoria de mi ordenador a la espera de que, tras corregirlo, el veinticuatro lo cuelgue en el blog como mi particular regalo para todos los merodeadores. Me siento bueno.

            No, mentira, no es bondad lo que siento, sino vértigo.

            El otro día pensé que, conforme envejecemos, las personas nos vamos convirtiendo en oscuros caserones. De niños somos apartamentos, luego, durante la primera juventud, nos convertimos en pisos, después en dúplex, más tarde en chalés y finalmente, durante la edad madura, nos transformamos en vetustas mansiones que, como pasa con todas las mansiones, se van llenando de fantasmas. Y cuantos más años cumplimos, más fantasmas.

            Fantasmas de todo tipo, de los buenos, de los malos, de los que te arrancan una sonrisa, o te dan miedo, o te hacen llorar. Fantasmas de lo que fue y ya no volverá a ser. El poeta John Whittier dijo que, de todas las palabras tristes, escritas o habladas, las más tristes son “podría haber sido”. Quizá tuviera razón, pero, evocando a Poe, las segundas más tristes son, sin duda, “nunca más”.

            La Navidad es una época terrible, porque durante estas fechas los  fantasmas se alborotan y pugnan entre sí por aparecerse ante nosotros. Aunque es verdad que, al menos yo, a veces los busco. Veréis, desde 1954 –cuando llegué a Madrid- hasta 1996, viví en el barrio de Chamberí. Ahora vivo fuera de la zona urbana, al oeste, en Aravaca. Pues bien, en Navidad suelo regresar a Chamberí y pasear por las calles de mi niñez. Allí, en cada rincón, brotan los fantasmas de otros tiempos más sencillos y cálidos. Son los fantasmas de las cosas inanimadas, de esas pequeñas cosas que, según Serrat, hacen que lloremos cuando nadie nos ve. Sí, a veces me gusta revolcarme en la nostalgia.

            Pero hay otros fantasmas, más dolorosos y, también, más auténticos; fantasmas que no solo se te aparecen cuando los buscas, sino cuando menos te lo esperas, estrujándote el corazón y humedeciéndote los ojos. Son los fantasmas de las personas que quisiste y ya no están. Los fantasmas de los muertos.

            Ahora, en Navidad, los veo pasando a mi alrededor. Mi padre, mi madre, mis hermanos... Uno de los últimos fantasmas en habitar mi vetusta mansión es el de mi hermano José Carlos, que falleció hace tan solo cinco meses. Se me aparece constantemente. Muchas veces veo una película, o el episodio de una serie, y pienso, durante un segundo, que debo comentarlo con él, para al segundo siguiente sentir que el suelo se abre bajo mis pies, porque él ya no está. Hace poco, cuando terminé de escribir el cuento de Navidad de este año, me pregunté qué le parecería a José Carlos, y un instante después comprendí que ninguno de mis cuentos volvería a parecerle nada. Ahí estaba el cuervo de Poe, graznando “nunca más”.

            Pero no es solo mi familia, sino también todos los amigos que dijeron adiós, algunos, ay, tan prematuramente. José Mari, Pedro, Paloma, Tuto, Antonio, Luis, Tina, Leoncio, Mari Carmen, Tino... Todos ellos deambulan ahora por mi viejo caserón lleno de sombras, arañándome el alma cada vez que los veo. Y hay otros fantasmas de personas que no han muerto, pero que ya no son lo que eran. Por ejemplo, los fantasmas de mis hijos cuando eran niños. Ahora ellos tienen 27 y 24 años, están aquí, conmigo, y los adoro. Pero los niños que fueron ya no están, y los añoro tanto... Ahora viven en mi ruinosa mansión, jugando por los pasillos, y aún puedo escuchar sus risas, pero no puedo abrazarlos ni sentir que el mundo se ilumina con sus sonrisas.

            Aunque quizá el peor fantasma de todos sea mi propio fantasma; mejor dicho, los fantasmas de todas las personas que he sido. Está el espíritu del niño que fui, y que tanta ternura me inspira, y el fantasma del jovencito alocado, que me cabrea y simpatiza a partes iguales, y el ectoplasma del adulto gilipollas en que me convertí, que me irrita hasta la médula, y ahora el fantasma del viejo cabrón que soy, que sinceramente no sé lo que me parece.

            ¿Sabéis?, no tengo muy buena opinión de mí mismo, no me caigo demasiado bien. De hecho, creo que sería un hombre profundamente amargado si no fuese por dos aspectos de mi personalidad que, disculpad la inmodestia, me encantan: la imaginación y el sentido del humor. Ambos valores, curiosamente, pertenecen al fantasma del niño. Que en realidad no es, al menos no del todo, un fantasma, porque aún forma parte de lo que soy. Está en mi interior, pero aflora adoptando un papel: es el escritor. El César persona, no sé, no sé... pero el César escritor me cae bien. Es un buen tipo.

            Quién ahora os habla es el niño. Su fantasma se me aparece siempre por Navidad y a veces, como ahora, incluso me posee. Su fantasma está escribiendo estas letras. Él todavía cree que en la Navidad hay un poquito de magia, pero sabe que esa magia la tienes que poner tú. Tú y tus fantasmas.

            Entre mis cuentos navideños los hay más eso, navideños, y los hay menos. Algunos intentan evocar el espíritu de la Navidad (como Piel de carbón), y otros no tanto (como El regalo). El de este año no va a ser demasiado navideño que digamos. Así que este post es, en el fondo, el auténtico post de Navidad.

            Dicen que estas fechas son tiempo para estar con la familia, pero eso no es del todo cierto. En realidad, la Navidad es tiempo para estar con nuestros fantasmas, aunque sólo sea un ratito. También dicen que la Navidad es alegre, pero sólo lo es para los niños; para los adultos es melancolía pura. Pero eso está bien.

            Pensad en todo lo que amabais y habéis perdido. Evocad los rostros que ya jamás volveréis a contemplar, salvo atrapados en la plata de viejas fotografías. Recordad los momentos felices que se esfumaron como volutas de humo en un vendaval. Permitid que lágrimas dulces recorran vuestras mejillas. Inyectaros una dosis de nostalgia, porque eso es la Navidad.

            A veces, en Babel, hablo en voz baja, en tono íntimo. Como ahora. Imaginaos que estáis en un viejo café, o en el salón algo anticuado de una acogedora casa. Fuera es de noche y está nevando, pero el interior es cálido. Estáis sentados en una confortable butaca, iluminados por el cono de luz de una lámpara, mientras todo a vuestro alrededor permanece en penumbras. Hay un profundo silencio. Cerráis los ojos y viajáis con la mente al rincón más valioso de vuestro interior: al pasado. De pronto, poco a poco, comienza a sonar una vieja canción...

            ¿Creéis que me estoy poniendo baboso, que el viejo cabrón tonante se ha vuelto Blandi-Blub? Puede ser, pero eso no es nada; esperad a ver lo que viene ahora. ¿Qué canción suena? Se llama Oft in the stilly night. Fue compuesta en el siglo XIX; la letra es del poeta Thomas Moore y la música de sir John Stevenson. Puede que a algunos de vosotros os parezca sacarina, pero a mí, siempre que la oigo, me emociona. Prestad atención a la letra; es preciosa. Para quienes, como yo, no dominen el inglés, más abajo tenéis la traducción. El enlace con YouTube corresponde a la versión de John McDermott; no es la que más me gusta, pero sí la mejor que he encontrado.

            Ahora, evocad a vuestros fantasmas, recordad al cuervo de Poe graznando “Nunca más” y escuchad la canción.

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            Oft in the stilly night
            A menudo en la callada noche,
antes de que me ate la cadena del sueño,
un agradable recuerdo me rodea
con la luz de otros tiempos.

Las sonrisas y lágrimas de los años de infancia,
las palabras de amor que pronunciamos,
los ojos que brillaban, ahora apagados y desaparecidos,
los corazones joviales, ahora rotos.

Así, en la callada noche,
antes de que me ate la cadena del sueño,
un triste recuerdo me rodea
con la luz de otros tiempos.

Cuando recuerdo a todos los amigos
tan unidos, que he visto
caer a mi alrededor
como hojas en la época invernal,

me siento como alguien que se hallara solo
en una sala de banquetes abandonada,
con las luces apagadas y las guirnaldas marchitas
cuando se han ido todos menos él.

Así, en la callada noche,
antes de que me ate la cadena del sueño,
un triste recuerdo me rodea
con la luz de otros tiempos.
 
            ¿Qué tal? En fin, puede que a lo que yo llamo fantasmas vosotros lo llaméis memoria. Pero, en serio, ¿qué diferencia hay?

martes, diciembre 9

Babel 9



            Hoy se cumplen nueve años del nacimiento de La Fraternidad de Babel. ¡Tachán!

            Hay al menos dos comics en los que una y otra vez, a lo largo del tiempo, se repite el origen del personaje protagonista. Uno, el más conocido, es Batman, donde periódicamente se muestra el asesinato a manos de un atracador de los padres del niño Bruce Wayne, hecho que de mayor le llevará a convertirse en el Hombre Murciélago. El otro es The Phantom (en España se llamó El Hombre Enmascarado), en el que con aún más frecuencia se relataba cómo, en el siglo XVI, un barco inglés era atacado por los piratas singh y cómo el único superviviente, sir Cristopher Standish, tras alcanzar a nado la costa, juraba sobre una calavera dedicar su vida, y la de sus descendientes, a combatir el crimen, convirtiéndose en el primer Fantasma, el Espíritu que Camina.

            Bueno, pues yo no os voy a relatar, una vez más, cómo hace nueve años, por la tarde mientras estaba currando, me llegó un e-mail de Care Santos anunciando la creación de su blog, y cómo, por pura procrastinación y sin pensarlo mucho, me dio la ventolera de crear mi propia bitácora (vaya, digo que no lo voy a relatar y acabo de hacerlo...). Sin embargo, os voy a contar otra cosa.

            La semana pasada, buscando entre papeles viejos, encontré una breve lista donde, nueve años atrás, apunté doce alternativas para el nombre del blog. Lo cual demuestra que nunca tiro nada y que, o bien tengo alma de urraca, o bien padezco el síndrome de Diógenes. En esa lista hay tres nombres subrayados en rojo; supongo –porque lo he olvidado- que eran los que más me gustaban. Así que este blog se podría haber llamado El Coleccionista de Sombras o El Club del Movimiento Perpetuo.

            La primera opción me encanta, suena bien, es sugerente. De hecho, podría ser un buen título para una novela. Pero ¿qué significa? Pues probablemente nada, o al menos nada que tenga que ver con el contenido del blog. La segunda opción debió de estar a puntito de triunfar, porque puse una referencia a ella en la entradilla de la bitácora. De hecho es muy apropiada, porque la búsqueda del movimiento perpetuo es inútil (por imposible), y el blog nació con el objetivo de dedicarse a las cosas inútiles.

            La tercera opción subrayada es la que finalmente triunfó, pero tenía a su vez tres alternativas: El Priorato de Babel, El Archivero de Babel y El Viajero de Babel. La primera alternativa mola, la segunda es una caca y la tercera... La tercera se refiere al origen del mito bíblico que más me gusta. Como sabéis, Babel es en realidad Babilonia, y su famosa torre el Gran Zigurat. Bueno, pues yo me imagino a un paleto hebreo llegando por primera vez a Babilonia y quedándose acojonado. El zigurat (la construcción más grande que había visto en su vida) le pareció el intento de los babilonios de alcanzar el cielo, y como en la cosmopolita Babilonia había gente de muy diversas procedencias que hablaba distintos idiomas, a nuestro pequeño judío debió de parecerle el castigo de dios: la confusión de lenguas.

            Pero al final acabó ganando La Fraternidad de Babel. ¿Por qué Babel? Porque todos somos distintos, todos hablamos diferentes idiomas, aunque sean el mismo idioma, pero todos tenemos cabida en este blog. Y también, no voy a negarlo, por La biblioteca de Babel, del gran Borges; un lugar donde está reunido todo lo que es verdadero, pero también todo lo que es falso, y que, al ser imposible distinguir entre lo uno y lo otro, se convierte en una biblioteca inútil.

            Y aquí volvemos a la inutilidad que define a este lugar. Algunos amables merodeadores han insistido en que Babel no es inútil, en que sirve para algo. Bueno, quizá; para charlar, para debatir, para pensar o, simplemente, como mera distracción. Pero, desde luego, para nada práctico. Y me alegro, porque me encantan las cosas inútiles. Coño, pero si el propio arte (cualquier arte, menos la arquitectura) es inútil; podríamos seguir viviendo tan tranquilos sin arte. Aunque, eso sí, la vida sería mucho más insípida.

            A decir verdad, creo que Babel sólo ha sido más o menos útil cuando he escrito sobre mi padre y sobre mi hermano Eduardo. En el caso de mi padre, porque he aportado datos fidedignos sobre su vida que luego otra gente ha utilizado para hablar de él. En cuanto a mi hermano... porque creo que estaba obligado a contar su historia (aunque ya sé que eso no es cierto, no estaba obligado a nada. Pero alguien tenía que hacerlo). Probablemente esas entradas que le dediqué son las que más impacto han tenido. Periódicamente, aún recibo comentarios de merodeadores al respecto.

            Pero por lo demás, Babel carece de toda utilidad práctica. Sólo soy yo en pleno acto de narcisismo, exponiendo impúdicamente mis ideas, mi forma de escribir, mis historias. Eso es todo lo que aporto: yo mismo. Y, sinceramente, me parece muy poca cosa. Pero afortunadamente también estáis vosotros, los merodeadores, para equilibrar un poco el asunto aportando talento e interés a mi torpe bla-bla-bla. Sois unos ángeles, amigos míos. Pero no esos ángeles blandurrios y aburridos del catecismo, sino los ángeles babilónicos, puro trueno y ferocidad.

            Aunque, claro, también podemos contemplar las cosas de otra manera. El año pasado, algunos merodeadores comentaron que el nombre del blog les sonaba a sociedad secreta. Eso mola. Podríamos constituir una sociedad secreta llamada La Fraternidad de Babel cuyo objetivo sería no tener ningún objetivo. Podríamos crear un emblema, y ritos de iniciación, y grados, y saludos secretos para reconocernos. Y lo mejor de todo: no tendríamos que hacer nada. Sería la sociedad secreta más inútil de la historia (y mira que hay sociedades secretas inútiles). Es más, puede que esa sociedad secreta ya exista y nosotros pertenezcamos a ella, aunque es tan secreta que no lo sabemos.

            En fin, queridos míos, Babel cumple nueve años. Y nosotros con él. ¡Feliz cumpleaños!