Acaba de
aparecer la primera parte de una entrevista que me hicieron para la excelente
revista electrónica Fabulantes. Si
queréis echarle un vistazo, pinchad AQUÍ.
lunes, septiembre 28
jueves, septiembre 10
Trece monos
Hoy ha salido a la venta mi último libro,
la antología de relatos Trece monos, publicada en la
colección Fantascy de la editorial Penguin Random House. Se trata de trece
historias (doce cuentos y una novela corta) de fantasía y ciencia ficción. En
concreto, ocho pertenecientes al género fantástico y cinco a la cf. El libro
también incluye un excelente y apabullantemente documentado prólogo de Juanma
Santiago y una introducción mía. Además, los relatos van precedidos por breves
notas donde explico el origen y las circunstancias de cada cuento.
Sólo una de las historias que
componen la antología, El decimoquinto
movimiento, es muy conocida. Se trata del texto más antiguo de todos y ha
sido reeditado varias veces; la última en el libro Los premios Ignotus 1991-2000 que editó Sportula el año pasado.
Cuatro de los cuentos formaron parte de la tradición de historias navideñas de
Babel. Otros seis relatos aparecieron en publicaciones muy alejadas del mundo
del fantástico hispano, así que son prácticamente desconocidos. Y, finalmente,
hay un cuento, Fiat tenebrae, y una
novela corta, Naturaleza humana, que
son absolutamente inéditos.
Supongo que la cuestión es: ¿por qué
ahora esta antología, después de veinte años de la anterior, El círculo de Jericó? Buena pregunta.
Hace unas semanas, hablando
precisamente de Trece monos, mi gran amigo, y excelente escritor, Samael me
formuló otra pregunta: “¿No has renunciado a algo por dedicarte a la literatura
juvenil?”. Se refería a un par de cosas: si he renunciado a la literatura para
adultos y si he renunciado al fantástico. Respecto a lo primero, siempre he
dicho (aunque casi nadie me cree) que no hago diferencias entre escribir para
jóvenes o para adultos. En cuanto a lo segundo, más o menos la mitad de mis
novelas juveniles pertenecen o tienen componentes de fantasía y cf. Por otro
lado, si pudiese seguir siendo escritor profesional dedicándome en exclusiva al
fantástico, ¿aceptaría? La respuesta es: no, ni de coña. Lo que más me gusta de
la literatura, de escribirla, es su inmensa libertad. Y ceñirte a un género es
perder parte de esa libertad.
No obstante, le contesté otra cosa:
Sí, sí que (casi) he renunciado a algo: a los relatos cortos, a los cuentos. Pero
no por dedicarme al género juvenil, sino por ser escritor profesional. Porque,
amigos míos, en España no hay mercado para los cuentos, ni publicaciones donde
publicarlos. Fijaos: después de 25 años dedicándome a la literatura, sólo en
siete ocasiones me han pedido un cuento remunerándolo (eso sí, gratis un montón
de veces).
Lo malo es que me encantan los
cuentos, disfruto escribiéndolos; del mismo modo que no disfruto escribiendo
novelas (aunque sí habiéndolas escrito). Por desgracia, las novelas, que son lo
que me permite dedicarme profesionalmente a la literatura, me roban mucho
tiempo para escribir relatos. Aun así, no he renunciado del todo a ellos y, en
cuanto tengo la más mínima oportunidad, escribo alguno. Por eso la tradición de
los cuentos navideños en Babel. Además, casi todos mis relatos son de fantasía
o cf, porque amo el fantástico con todo mi corazón. Y porque siempre he pensado
que esos géneros donde más brillan es en los cuentos.
Los trece relatos que componen Trece
monos apenas me han proporcionado dinero (poco más de cuatro mil euros
en conjunto), pero sí un montón de buenos ratos y satisfacciones. Todos los he
escrito por amor a un género que me ha acompañado, y maravillado, a lo largo de
mi vida. Cuando escribo relatos de fantasía y cf me siento parte de una gran
familia de soñadores formada por todos los escritores que me han asombrado
desde la adolescencia. En cierto modo, escribir esos relatos ha sido como regresar
a la infancia, como volver al hogar. Me veo a mí mismo cuando tenía catorce o
quince años, leyendo asombrado relatos de Brown, de Kuttner, de Bester o de Sheckley,
y me digo: ahora no eres el que lee; ahora eres el libro. Y me siento de puta
madre, qué queréis que os diga. En ese inmenso mosaico de sueños que es la f
& cf, algunas teselas las he puesto yo.
Ya, ya, muy poético; pero ¿por qué ahora
esta antología?
Tras publicar El círculo de Jericó, donde aparecían la mayor parte de mis relatos
escritos antes de 1995, comencé a dedicarme a la literatura juvenil; es decir,
a escribir puñeteras novelas. No obstante, seguí escribiendo cuentos, pero a un
ritmo mucho menor. Y siempre tuve claro que, cuando reuniese los suficientes buenos
cuentos, publicaría una nueva antología. Más o menos hacia 2010 consideré que
ya tenía material suficiente, pero aún faltaba algo: una novela corta. Había
una en El círculo de Jericó (La casa del doctor Pétalo) y quería que
hubiese otra en la nueva recopilación. Así que retomé una vieja idea que tenía
empezada, Naturaleza humana, y la
concluí en 2011.
En Trece monos no están
todos los relatos que he escrito desde 1995, sino menos de la mitad. Hice una
selección y escogí los que me parecían mejores. Aunque debo reconocer que se me
escapó un: Más allá, un cuento breve
que publiqué aquí, en Babel, en octubre de 2010. No es una obra maestra, pero
parte de una idea que me parece muy divertida. Por desgracia, me olvidé por
completo de él; en caso contrario, lo habría incluido.
No me gusta que las antologías presenten los relatos uno tras
otro, a palo seco, como si fuera una ristra de chorizos. Por eso en El círculo... hice un fix up. Pero no
quería repetir esa técnica en la nueva antología, así que lo que he hecho es
presentar cada relato con una breve introducción. De ese modo el texto queda
más próximo y personal, ¿no?
Pues bien, ya está. Moví el original
y Random House se interesó por él, aunque luego su publicación se ha retrasado
bastante. Pero ahí lo tenemos ya, en las librerías.
Supongo que ahora se planteará la
cuestión de cuál es mejor antología, El
círculo de Jericó o Trece monos. Sinceramente, no lo sé.
En la primera había tres historias muy potentes: El rebaño, mi relato más conocido, celebrado y reeditado; La pared de hielo, de cuya estructura me
siento muy satisfecho (aunque no tanto del resto); y La casa del doctor Pétalo, quizá mi texto más inspirado (aunque no
necesariamente el mejor). Esas tres narraciones, lo quiera o no, forman parte
de la historia de la cf española, y es muy difícil luchar contra los mitos, por
minúsculos que sean.
Por otro lado, ahora... en fin, no
sé si soy mejor escritor que entonces, pero estoy seguro de que domino más la técnica.
Creo que en 1995 no habría sabido escribir un relato como, por ejemplo, Cuento de verano. Todo lo que puedo
decir es que estoy satisfecho con cada uno de los cuentos que aparecen en Trece
monos. En ellos está lo mejor de mí mismo, aunque no sé si eso es mucho
o poco.
Pero claro, un escritor es el peor
juez de su propio trabajo. Así que ni lo intento. De lo que sí me he dado
cuenta es de que he cambiado. Me he vuelto más escéptico y más pesimista. Lo
cual no quiere decir que esta nueva antología sea lóbrega y oscura, ni mucho
menos. Al contrario, en ella hay mucho humor, más que en El círculo de Jericó, y algunos relatos, como Cuento de verano o Ensayo
general, son abiertamente humorísticos. Pero es un humor descreído, ácido,
el humor de alguien que prefiere la risa a la esperanza. Como señala Juanma
Santiago en su introducción, la novela corta Naturaleza humana contiene, de lejos, mi visión más negativa sobre
la humanidad.
Y para finalizar, dos cuestiones. En
primer lugar: ¿por qué la antología se llama así? Pues veréis, tenía yo
totalmente lista la antología, pero no se me ocurría ningún título.
Afortunadamente, mi buen amigo Ricard Ruiz Garzón sugirió uno que nos convenció
a todos: Trece monos. En fin, “trece” porque el libro contiene trece
historias. Pero, ¿por qué “monos”? La respuesta, que no tiene nada que ver con
el film de Terry Gillian, la encontraréis en el libro. Pero os adelanto que uno
de los relatos se llama Cien monos.
En segundo lugar, la portada. ¿Os
gusta? A mí me encanta. Cuando el departamento de arte de Random House nos la
presentó, todos, editores, asesores y el autor, nos entusiasmamos. Hace poco,
en un blog literario, la consideraban una de las mejores portadas del año.
Estoy de acuerdo. Esta mañana he visto el libro en la mesa de novedades de una
librería y destacaba claramente sobre el resto de los títulos. Es una portada estupenda.
Y ya está. Pero hay algo que no me
explico: ¿qué coño hacéis ahí leyendo en vez de correr a la librería más
cercana para comprar el libro? Jesús del Gran Poder, cuánta desidia...
miércoles, septiembre 2
Innisfree
Tenía miedo de ir a Irlanda, porque
ese país era (es) un lugar mítico para mí. Temía ir allí y descubrir que lo que
iba buscando ya no existía; o aún peor: que nunca había existido. ¿Y qué
deseaba encontrar? La Irlanda de los mitos celtas, la de Cuchulainn y el
gigante Finn MacCool, la de los leprechaun y San Patricio, la de las baladas y
las gigas, la Irlanda que describió Yeats en su antología de relatos El crepúsculo celta. Y, sobre todo, la
Irlanda que filmó John Ford; especialmente en esa obra maestra que es El hombre tranquilo. Una Irlanda rural,
legendaria y literaria. ¿Cómo iba a existir en la realidad algo así?
Este año, Pepa y yo decidimos
dedicar nuestras vacaciones a merodear por Irlanda. Diseñamos un tour de veinte
días: Primero hemos ido a Dublín, al este de la isla (donde recogimos un coche
de alquiler); después a Sligo, en la coste noroeste; a continuación Galway, al
oeste; después Killarney, al sudoeste; y finalmente Cork, al sur. Estuvimos
cuatro días en cada uno de esos sitios y desde ellos hacíamos excursiones.
¿He encontrado lo que buscaba? Pues,
por sorprendente que parezca, sí. La Irlanda literaria, la de los mitos
antiguos y modernos, existe. No al cien por cien, evidentemente, pero con
frecuencia mucho más de lo que esperaba. Tranquilos, no os voy a aburrir
contándoos nuestro viaje. Pero permitidme unas cuantas impresiones personales.
1. Irlanda es muy verde, la “isla
esmeralda”. Cierto, es verde hasta la extenuación. Aunque en realidad no es
“verde”, sino “verdes”, porque allí ese color se declina en todos los matices
posibles.
2. En Irlanda llueve mucho. Cierto.
Evidentemente, esto es la causa de lo anterior.
3. Los irlandeses son, más o menos,
como los ingleses. Rotundamente falso, no se parecen en nada. Vale, hablan
inglés y conservan algunas costumbres de sus antiguos invasores, como inflarse
de té o carecer de la menor noción sobre lo que significa la palabra
“gastronomía”. Podría decirse que un irlandés es un inglés al que le han
quitado el palo de escoba que los ingleses suelen llevar insertado en el recto,
pero ni siquiera eso sería verdad. Los irlandeses son un pueblo alegre, cordial
y abierto, gente relajada dotada de un peculiar sentido del humor. Además, los
irlandeses detestan a los ingleses. Y tienen muchos motivos para hacerlo.
4. Los irlandeses son un pueblo muy
musical. Cierto. En Irlanda todo el mundo canta, aunque sea mal, y muchos tocan
algún instrumento desde niños. Se oye música irlandesa en vivo en casi todas
las tabernas, y también en la calle. La mayoría de los nacionalismos –los
irlandeses son la leche de nacionalistas- giran en torno a un idioma, una
cultura o una religión. En Irlanda también, por supuesto. El idioma oficial de
la república es el gaélico, pero, aunque todos lo estudian en el colegio, muy
pocos lo hablan fluidamente (al parecer es tela de difícil). El idioma que se
emplea es el inglés, y sólo en algunas remotas zonas del oeste hay poblaciones
bilingües. En cuanto a la religión, está clara la influencia del catolicismo en
el nacionalismo irlandés.
La cultura, en Irlanda, tiene dos
vertientes principales: la literaria y la musical. Los irlandeses veneran a sus
escritores, aunque no los hayan leído. No en vano Irlanda, un país que no llega
a los cinco millones de habitantes, cuenta con cuatro premios Nobel de
literatura. Pero yo diría que el eje del nacionalismo irlandés es la música. Allí
se siguen cantando en los pubs baladas que tienen más de cien años; canciones
que con frecuencia hablan de las luchas contra los ingleses (y sobre sus
héroes/mártires) y de la emigración, la terrible hemorragia del país.
5. Los irlandeses beben mucha
cerveza; especialmente Guinnes. Cierto, trasiegan cerveza como cosacos (cosacos
que hayan cambiado el vodka por la cerveza, claro). Pero, sorprendentemente, no
vi borrachos metepatas. Allí la gente, incluso los dipsómanos, es muy
tranquila.
6. Los irlandeses tienen muchos
hijos. Cierto; procrean como conejos (es el país con la mayor tasa de natalidad
de Europa). Casi todas las familias que vimos estaban compuestas por progenitores
jóvenes con al menos tres hijos casi consecutivos. Y, por cierto, al parecer en
Irlanda los niños pequeños pueden hacer lo que les salga de los cataplines sin
que sus padres tomen la menor medida al respecto.
7. Irlanda es un país pobre. Cierto;
su tejido industrial es aún muy precario. Hubo un boom económico a causa de la
burbuja, pero huelga decir que eso ya es historia. Lo que se ve mientras se
recorre Irlanda es un país dedicado a la agricultura, la ganadería, la pesca ,
los textiles y poco más. No sólo es pobre, sino que da la impresión de que
siempre lo ha sido.
Y la culpa de esto la tiene, sin
lugar a dudas, Inglaterra. La historia de Irlanda es la historia del despojo
inglés, de las persecuciones, de la brutalidad, de la injusticia de unos
invasores que oprimieron a los invadidos hasta despojarles de lo básico para
vivir. La gran hambruna que, en el siglo XIX, mató a más de dos millones de
irlandeses, no se debió sólo a la peste de la patata, sino sobre todo a que el
control de los alimentos estaba en manos de los ingleses, quienes siguieron
exportando productos irlandeses mientras los habitantes de la isla se morían de
hambre.
Después de mi visita al elitista
colegio de Eton, y ahora, tras viajar por Irlanda y conocer mejor su historia,
mis sentimientos hacia los ingleses están sufriendo un serio revulsivo.
8. Los irlandeses son un pueblo
alegre. Cierto, lo son. Y, teniendo en cuenta su pésimo clima, su trágica
historia y su precario presente (el país está intervenido), no me lo explico.
Quizá, como dijo mi buen amigo Sergi, las únicas alternativas que les quedaban
eran tomárselo a risa o suicidarse en masa.
Como decía al principio, no voy a
contaros el viaje. Pero sí una pequeña parte de él. Uno de los lugares que
visitamos Pepa y yo fue la península de Connemara, al oeste del país. Connemara
es exactamente la imagen preconcebida que todos tenemos sobre Irlanda: prados delimitados
por muros de piedra, ovejas, lagos, verdes montañas, una costa abrupta con
acantilados... Es un lugar muy bello, pero también es algo más: el lugar donde
en 1952 John Ford rodó los exteriores de El
hombre tranquilo.
Pepa me acusa de ser un mitómano, y
no se equivoca: tengo un montón de mitos literarios y cinematográficos. Y entre
esos mitos refulge con luz propia El
hombre tranquilo, un film que yo incluiré sin dudarlo en cualquier lista de
las diez mejores películas de la historia. ¿La habéis visto? Si no es así,
hacedlo, porque todo es maravilloso en esa cinta. No solo contiene el que quizá
sea el mejor beso jamás rodado (el que le da John Wayne a la bellísima Maureen
O’Hara, de noche, durante una tormenta) y una de
las mejores peleas de la historia del cine; es que cada secuencia, cada plano,
es pura poesía, una poesía llena de humor y de ironía. Siempre que veo El hombre tranquilo, y la he visto
muchas veces, se me queda en la cara una sonrisa tonta, y un profundo amor a la
vida en el corazón. Además, es una película que no podría rodarse hoy en día
por su maravillosa incorrección política.
Su argumento cuenta la historia de
un boxeador norteamericano, Sean Thornton, que regresa a su Irlanda natal para
iniciar una nueva vida. Allí, en un pequeño pueblo de Connemara, conoce a Mary
Kate Danaher, una hermosa lugareña cuyo hermano, Willy Danaher, es una especie
de orangután bravucón. Sean y Mary Kate se enamoran, se casan... y justo
después de la boda estalla un conflicto por el pago de la dote, que el tacaño
hermano de ella no quiere abonar. A Sean la dote le importa un bledo, pero para
Mary Kate es fundamental, y el conflicto crece hasta desembocar en una
espectacular pelea entre Thornton y Danaher.
Pues
bien, el pueblo donde sucede la película, Innisfree, no existe en realidad.
Pero sí existe el pueblo que sirvió de escenario para el film; se llama Cong y
está en Connemara. Y allí fuimos Pepa (que aunque no lo confiese también es
mitómana) y yo.
Cuando llegamos, descubrimos que
todo en ese pequeño pueblo está dedicado al film. No solo hay un museo de El hombre tranquilo, sino también una
estatua de bronce de John Wayne y Maureen O’Hara que reproduce el cartel de la
película. Cong ha embellecido su apariencia, pero conserva la misma estructura
que en 1952. Aún quedan en pie muchos edificios que aparecen en la película.
Huelga decir que el pequeño mitómano que mora en mi interior se retorcía de
placer orgásmico.
Siguiendo la N59, a veintitantos
kilómetros de Cong, en mitad del campo, hay un puente de piedra sobre el río
Owenriff. En la película, Wayne lo cruza con aire triste. A la derecha de la
carretera una señal marca el desvío con un rótulo: The Quiet Man Bridge. No sé cómo se llamaba antes ese puente, pero
estoy seguro de que ya es para siempre El
puente del hombre tranquilo. Estando allí pensé que dentro de unos cuantos
siglos la gente dirá que el viejo puente tiene un nombre muy poético, pero pocos
sabrán qué significa y de dónde proviene.
En días sucesivos también visitamos
la playa de Inch, en el condado de Kerry, donde se rodaron secuencias de La hija de Ryan, de David Lean, y el
puerto de Youghal, que John Huston eligió como escenario para Moby Dick. Pero nada de eso se puede
comparar al mítico Innisfree.
En fin, amigos, nos lo hemos pasado
muy bien en Irlanda. Es un país muy hermoso lleno de gente amable y divertida.
No se come bien (salvo su deliciosa Seafood Chowder), pero si os gusta la
cerveza ése será vuestro paraíso. Si decidís visitarlo, os daré un consejo. En
el sudoeste de la isla hay dos penínsulas, una encima de la otra. La de arriba,
la más pequeña, se llama Dingle, y la de abajo Iveragh. En ésa última, en
Iveragh, hay un circuito turístico llamado The Ring of Kerry, una excursión que
os recomendarán encarecidamente todas las guías de viaje. Y con razón, porque
el Anillo de Kerry es muy bonito, sobre todo el tramo del Parque Nacional de
Killarney. Sin embargo, la vecina península de Dingle es igual de bonita y
mucho más impresionante y salvaje. Además, como es menos conocida, hay pocos
turistas. Si vais allí y tenéis que elegir entre visitar una de las dos
penínsulas, os recomiendo Dingle.
Y con este desinteresado acto de
servicio público, doy por finalizada la maldita rentrée. Besos, abrazos y slan
leat.
NOTA: Si queréis ver el
extraordinario beso de El hombre
tranquilo pinchad AQUÍ. Y si queréis ver la no menos extraordinaria pelea
final pinchad AQUÍ. No obstante, os aconsejo que, si no lo habéis hecho aún, veáis
entera la película. Es una obra maestra.
Breve galería fotográfica:
La foto que preside el post muestra las aguas del lago Gill, en el condado de Sligo. En ese lago se encuentra Innisfree, la isla que inventó W. B. Yeats.
La primera foto muestra la estatua dedicada a The Quiet Man que hay en el centro de Cong. Y debajo el póster de la película. En las otras dos fotos aparece Pepa demostrando que todo en Cong está dedicado a la película de Ford.
En la foto superior: El famoso The Quiet Man Bridge con un moderno y gallardo Sean Thornton encima. Y en la de abajo, la foto de John Wayne que hay junto al puente.
Aquí vemos la isla de Innisfree, en el lago Gill. En realidad, es un pequeño islote deshabitado que jamás se llamó así. Innisfree puede provenir del gaélico Inis fraoigh (Isla del Brezo) o, mezclando gaélico e inglés, significar Isla Libre. El nombre lo inventó Yeats al escribir un poema, La isla del lago de Innisfree, de carácter patriótico (Innisfree vendría a ser Irlanda sin ingleses tocando las pelotas).
En 1954, huyendo del macartismo John Huston decidió filmar parte de Moby Dick en el pueblo irlandés de Youghal (el resto se filmó en Gran Canaria), y fijó su cuartel general en un pub situado frente al muelle. La taberna se llamaba Paddy Linehan's Pub, pero a raíz del rodaje cambió su nombre por Moby Dick's Pub. Ahí me veis a mí (aunque la foto de abajo está oscura), como un nuevo capitán Ahab.
Por último, este vuestro seguro servidor apoyado en la Piedra de Pie situada en la cima de la Colina de Tara, el mítico lugar donde se coronaban los reyes de Irlanda. Aunque me puse muy pesado al respecto, no me coronaron rey.
martes, agosto 4
El corto adiós
Como todos los años, Babel echa el
cierre en agosto. Yo descanso del blog y vosotros descansáis de mí. Este verano
está siendo heavy, con temperaturas, al menos en Madrid, de cuarenta grados a
la sombra o más. Afortunadamente, como he vivido toda la vida en la tórrida
meseta, estoy acostumbrado (el aire acondicionado también ayuda). De hecho,
para mí el verano-verano debe ser así: abrasador. Aunque eso no significa que
me guste; de hecho, en cuanto puedo me abro al fresquito norte, como voy a hacer
este año. Un norte allende nuestras fronteras.
En fin, queridos merodeadores, os
deseo unas muy, pero que muy felices vacaciones. También os deseo las tres Des:
Descansad, Disfrutad y Desparramad. Y sed malos, porque como decía la genial
Mae West: “Cuando soy buena, soy buena; pero cuando soy mala, soy mejor”.
Hasta septiembre, amigos. Besos y
abrazos. Ciao.
lunes, agosto 3
Harry Potter, Celsius y yo
Ayer regresamos Pepa y yo del
Festival Celsius de Avilés. Nos lo hemos pasado estupendamente. La organización
del festival ha sido admirable, el entorno de lo más agradable y la comida -ay
el colesterol- abundante y suculenta (estábamos en Asturias, no lo olvidéis).
En cuanto a la compañía, simplemente inmejorable. Además, la temperatura
oscilaba entre los diecisiete y los veintipocos grados (había que ponerse una
chaquetita al anochecer), algo muy tonificante para aquellos que veníamos del
infierno mesetario.
¿Qué he hecho allí? Pues, aparte de
charlar con los amigos –que es lo más importante-, de escuchar a los ponentes,
de conceder entrevistas, de firmar libros y de participar en un par de actos,
le he prestado mi voz a un maestro sith y me he fotografiado junto a Harry
Potter (podéis comprobarlo en la imagen de ahí arriba).
Aunque, claro, no era de verdad
Harry Potter, sino un niño encantador llamado Roberto que andaba disfrazado por
allí, ayudando a la organización y prestándose a posar junto a quien se lo
pidiese. Me entraron ganas de llevármelo a casa; pero ya sabéis lo tiquismiquis
que se pone la policía con eso del secuestro infantil.
Sólo me queda agradecerles a Jorge
Iván, Cristina y Diego, los organizadores del Celsius, su amabilidad al
invitarme y el excelente trabajo que han realizado. Gracias, sois un encanto.
Como decía el viejo terminator
T-800: Volveré.
martes, julio 28
Celsius
Queridos merodeadores, mañana viajo
a Avilés para participar en el Celsius
232, un festival dedicado a la ciencia ficción, la fantasía y el terror.
Durará cuatro días, de miércoles a domingo, y yo estaré allí esos cuatro días,
disfrutando del fresquito norteño y de la alegre camaradería de un montón de
gente tan pirada como yo. Me acompañará Pepa, mi mujer; será su primera
incursión en el universo friki. A ver qué tal lo lleva.
Intervendré en dos actos:
Miércoles 29 de 20:30 a 21:30. Charlando con César Mallorquí de su
literatura, acompañado por Germán Menéndez y José Manuel Estébanez
(auditorio de la Casa de Cultura)
Viernes
31 de 12:40 a 13:20. Charlando con César
Mallorquí de su literatura juvenil, acompañado de Javier Ruescas (carpa de
actividades)
Si estáis por allí, me encantará
veros.
jueves, julio 23
Cervantes Chico 2015
Amigos míos, merodeadores todos, es
un placer comunicaros que el ayuntamiento
de Alcalá de Henares acaba de anunciar que me han concedido el premio Cervantes Chico, en reconocimiento a
toda mi producción de literatura juvenil. Así que muchas gracias al jurado y a
los promotores del galardón. La ceremonia de entrega será en octubre. Os
mantendré informados.
Por cierto, ¿os habéis fijado en que “galardón”
suena mucho mejor que “premio”? Más serio, más solemne, eufónico y contundente. Si dices “me
han dado un premio” te imaginas a un perro recibiendo de su amo un terrón de
azúcar por haber dado la patita. Pero si dices “me han galardonado”, oye, la
cosa es distinta. Incluso acojona un poco. Pues eso, que me han galardonado.
jueves, julio 16
Supertipos
No estoy seguro de cuál fue el
primer cómic de superhéroes de mi vida. Puede que Superman, pero el primero que
recuerdo es el Capitán Marvel (no el de la Marvel, sino el creado por Bill
Parker y C. C. Beck, también conocido como Shazam). Luego vinieron todos los de
D.C. que publicaba la editorial mexicana Novaro: el citado Superman, Batman,
Flash, Linterna Verde, Aquaman, El Detective Marciano, Flecha Verde, etc. Me
encantaban los tebeos de superhéroes.
Luego, a mediados de los 60, Fraga
Iribarne prohibió los cómics de superhéroes (porque Superman le parecía
demasiado similar a Cristo) y me quedé durante un tiempo sin supertipos. Hasta
que en 1969, Editorial Vértice comenzó a publicar las historietas de la Marvel.
Mi personaje favorito era Ironman, supongo que por ser el más cercano a la
ciencia ficción; pero también leía Spiderman, Daredevil o el Capitán América.
Poco después, mi interés por los superhéroes comenzó a decaer. Yo ya era un
jovenzuelo con bigote y aquellas historietas se me antojaban demasiado ingenuas
y esquemáticas. Seguí siendo aficionado a los cómics, pero a otra clase de
cómics. Porque, reconozcámoslo, el cómic clásico de superhéroes acaba siendo
muy aburrido.
Durante muchos años me mantuve
alejado del género, hasta que a finales de los 80 comencé a oír hablar de un
cómic de superhéroes que, al parecer, era la bomba: Watchmen, de Alan Moore y Dave Gibbons. Lo compré y aluciné en
colorines, porque aquello no se parecía a nada que hubiese leído antes. Mi
interés por el género se reavivó y consumí seguidos varios títulos canónicos: Batman año uno, The Dark Knight Returns, Daredevil
Born Again o Miracleman, todos
ellos excelentes cómics. De hecho, aquello era una revolución en el género, y
un montón de creadores siguieron la
corriente, escribiendo y dibujando tebeos donde los superhéroes dejaban atrás
la inocencia y se convertían en seres oscuros, violentos y con frecuencia
torturados. Por desgracia, no todos aquellos creadores tenían el talento de
Moore o Miller, y la moda acabó convirtiéndose en un coñazo similar en monotonía
al de los superhéroes luminosos de periodos anteriores.
En realidad, Watchmen (título del que hablaré largo y tendido en otro momento)
no era una obra germinal, sino terminal. Lo que hizo Moore fue trazar una
frontera, más allá de la cual, siguiendo ese camino, no hay nada. Es decir,
puedes afrontar los superhéroes de muchas maneras distintas, pero desde una
perspectiva realista, Watchmen es la
versión definitiva.
¿Qué hizo Moore? Se preguntó qué
pasaría si en la vida real hubiera vigilantes enmascarados. O, mejor dicho,
¿por qué alguien se pondría una máscara y comenzaría a combatir el crimen por
su cuenta y riesgo? Las respuestas son demoledoras: por ingenuidad patológica,
por montaje comercial, por megalomanía, por psicopatía, por locura, por fascismo...
Y es que, no nos engañemos, la figura del justiciero, un tipo que aplica la ley
–su ley- de por libre, es en esencia antidemocrática. ¿Quieres un vigilante
realista? Échale un vistazo a la película de Scorsese Taxi Driver.
(NOTA: Si leéis este post hasta el
final, os explicaré por qué Superman, y otros supermendas, llevan los calzoncillos
por encima de las mallas)
Bueno, a lo que iba: Desde la época
de Watchmen no había vuelto a
prestarle mucha atención a los superhéroes. Hasta que, de pronto, el cine
comenzó a llenarse de ellos. ¿Cuántas películas de supertipos se han estrenado?
¿Y cuántas quedan por estrenarse? Me estremezco sólo de pensarlo. Hay
superhéroes hasta en la supersopa. Y la mayor parte de esas películas me parecen
iguales, se mezclan en mi cabeza formando un amasijo de puñetazos, rayos
destructores, gente volando y acción sin demasiado sentido. Un supercoñazo. No
obstante, entre tanto payaso disfrazado, hay algunas joyitas que merecen
salvarse.
Pero antes voy a citar una obra que
seguro que a muchos merodeadores les encanta, pero que a mí no: la trilogía
sobre Batman de Christopher Nolan. Me aburre sobremanera esa visión solemne, y
supuestamente realista, de un chalado disfrazado de murciélago. Es cierto que la
caracterización del Jocker realizada por Heath Ledger es estupenda, pero el
resto me produce superbostezos. Me apresuro a aclarar que el Batman de Burton
tampoco me gusta, y que el de Schumacher produce vergüenza ajena. Pero bueno,
vamos a lo que sí me gusta.
Superman
(1978), de Richard Donner. La primera producción de superhéroes de gran
presupuesto. La verdad es que no es gran cosa como película, pero tiene cierto
encanto nostálgico. Y desde luego, Christopher Reeve ha sido el mejor Clark
Kent/Kal El de la historia.
El
protegido (2000), de M. Night Shyamalan. Una mirada profunda, incluso
poética, sobre la esencia del mito superheroico.
Watchmen
(2009), de Zack Snyder. Llevar el comic de Moore y Gibbons a la pantalla
parecía una tarea imposible, pero Snyder lo consiguió con notables resultados.
Muchos criticaron el film: ¡Es mejor el comic!, dijeron. Vale, ¿y qué? La
película es una fiel ilustración de la historia original y se sostiene por sí
misma.
Spiderman
II (2004), de Sam Raimi. Una demostración, a mi modo de ver, de que el
mejor enfoque para las películas de superhéroes es la fábula. El segundo film
de la trilogía de Raimi es en realidad un cuento de hadas trufado de humor
amable. Y el antagonista, ese Dr. Octopus excelente interpretado por Alfred Molina,
quizá sea el villano más complejo del género, con la posible excepción de
Adrián Veidt/Ozymandias.
X
Men II (2003), de Bryan Singer. La crítica a la xenofobia dota de cierta
profundidad a los X Men. Algunas secuencias del film, como la incursión de
Rondador Nocturno en la Casa Blanca, son muy notables.
X
Men: Primera generación (2011), de Matthew Vaughn. Curiosamente, la mezcla
de superhéroes, Guerra Fría y espías funciona muy bien.
Los
Vengadores (2012), de Joss Whedon. Sin ser para tirar cohetes, la película
es espectacular y divertida. Los
Vengadores II: La era de Ultrón, sin embargo, me provocó bostezos.
Capitán
América: El primer vengador (2011), de Joe Johnston. Una película naíf para
el más naíf de los superhéroes. Su ambientación en la Segunda Guerra Mundial
-en un mundo más ingenuo- y su tono de fábula la convierten en mi película de
la productora Marvel preferida (casi la única, en realidad).
Los
Increíbles (2004), de Brad Bird. Una demostración más del inmenso talento
de la factoría Pixar.
Kick-Ass
(2010), de Matthew Vaughn. ¿Cómo no iba a gustarme una película tan
políticamente incorrecta? En realidad, una sátira sobre lo superheróico.
Chronicle
(2012), de Josh Trank. Una versión realista, y terrible, de lo que sucedería si
unos adolescentes adquirieran superpoderes.
Y, salvo error u omisión, eso es
todo.
Ahora la respuesta a la pregunta: ¿por qué algunos superhéroes llevan los
calzoncillos por encima de las mallas? Ante todo, hay que dejar claro que
Superman no fue el primer héroe con esa vestimenta. En 1936, dos años antes de
que apareciera el kryptoniano, comenzó la serie de comics The Phantom (en España El
Hombre Enmascarado), de Lee Falk, cuyo prota ya iba con los Calvin Klein al
aire.
Bien, a comienzos del siglo XX, en
todas las ferias y circos ambulantes de Estados Unidos, había espectáculos de
forzudos. Tipos fornidos que levantaban pesas, doblaban barras de acero o
cualquier otro tipo de proezas físicas. Como es lógico, esos forzudos tenían
que lucir su poderosa musculatura, pero el pudor de aquellos tiempos les
impedía ir con las piernas y el torso descubiertos, así que se ponían mallas
muy ceñidas. Pero eso les marcaba mucho los cataplines, de modo que ocultaban
el bulto de sus vergüenzas poniéndose unos pantaloncitos cortos por encima de
las mallas. Por tanto, cuando los superhéroes nacieron, el “uniforme oficial”
de los forzudos era mallas+calzoncillos.
Y para terminar, ¿cuál es mi superhéroe
favorito? Citaré dos. El Capitán Marvel (Shazam), de Parker y Beck. Pura
nostalgia: ya os he dicho que fue mi primer superhéroe; no obstante, sus historias
están llenas de humor, autoparodia y surrealismo. El segundo: Rorschach, de Watchmen. Es un fascista, un maniaco y
un tipo muy desagradable. Pero también, por algún inexplicable motivo, resulta
fascinante.
lunes, julio 13
¡Hala (mierda el) Madrid!
No soy demasiado aficionado al
fútbol. Y si vosotros tampoco lo sois, mejor que no leáis esta entrada, porque
no os va a interesar. El caso es que, como decía, no le presto mucha atención al
noble deporte del balompié. Pero soy del Real Madrid.
Lo soy porque mi padre era socio de
ese equipo, igual que mis hermanos mayores. En verano, de muy pequeño, iba con
mi familia a la piscina del Real Madrid, que estaba junto al estadio. Y también
recuerdo haber ido con mi padre al aeropuerto de Barajas para recibir al equipo
después de ganar alguna copa de Europa. Y no es que mi padre fuese un gran
aficionado al fútbol, pero por algún motivo era un merengón.
De modo que no lo he elegido yo; soy del Madrid porque lo heredé de mi padre,
igual que mi hijo Óscar lo ha heredado de mí.
Eduardo Galeano dijo: “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de
partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”.
Esto es así porque, en general, la adhesión a un equipo no es un acto
consciente, sino un legado. Yo heredé de mi madre los ojos claros, y de mi
padre el Real Madrid; y del mismo modo que no puedo cambiar mi color de ojos,
no puedo cambiar mi equipo de fútbol. ¿O sí?
Desde hace tiempo –en concreto desde
la llegada a la presidencia de ese individuo siniestro que es Florentino
Pérez-, el Madrid se está convirtiendo en un equipo francamente antipático.
Todo comenzó con la absurda expulsión de Vicente del Bosque, pero no me voy a
ir tan lejos. Me centraré en el ahora: Lo que ha hecho el Real Madrid con Iker
Casillas es una vergonzosa e indigna cabronada.
Casillas siempre me ha caído bien.
Me parece un tío sanote, natural, con ese castizo acento de Móstoles que nunca
ha perdido. Pese a estar considerado el mejor portero del mundo, nunca se le
han subido los humos. Tiene pinta de buena persona, y probablemente lo sea.
Creo que representaba lo mejor del Madrid; el respeto al contrario, la
humildad, el pundonor, la capacidad de realizar proezas imposibles. A Casillas
le apodaban El Santo por sus paradas milagrosas.
¿Cuántas veces ha salvado Casillas
al Madrid, cuánto ha contribuido a sus triunfos? Respeto a la selección, todo
el mundo recuerda el gol de Iniesta que nos dio el Mundial; pero algunos
parecen olvidar que probablemente España habría perdido esa final de no ser por
la prodigiosa parada que le hizo Casillas a Robben en un mano a mano que
parecía letal.
Creo que un jugador así merece un
gran respeto, tanto por parte de los dirigentes de su club como por la afición.
Pero un día apareció por el Madrid un entrenador portugués, un individuo
repugnante llamado Mourinho, y convirtió lo que era un equipo supuestamente
noble en un equipo campeón. Campeón del mal rollo, de la gresca y de la antipatía.
Porque, claro, Mourinho llegó como el Gran Entrenador que llevaría al Madrid a
la gloria, pero se topó con el Barcelona de Guardiola, que le sobó el morrillo repetidamente,
y el tipo se puso rabioso de impotencia. Así que más malos rollos.
Como esa bronca con el Barcelona
podía perjudicar a la selección, Casillas contactó con su amigo Xavi Hernández
para limar asperezas. Y eso, a ojos del repugnante Mourinho, convirtió al
portero en un traidor. Así que, zas, Casillas a la lista negra. Y no sólo por
parte del portugués, sino también con la aquiescencia del no menos repugnante
Florentino, que por algún motivo siempre ha estado enchochado con Mourinho. En
fin, ya conocéis el resto de la historia. No solo se trata del maltrato que le
ha brindado a Casillas la directiva, sino también un sector importante de la afición,
esos energúmenos que pitaban, en el mismísimo Bernabeu, al mejor portero que
jamás ha tenido su equipo. Qué asco...
Ahora, Casillas deja el Madrid y se
marcha al Oporto. Sale por la puerta de atrás, de malos modos, sin homenajes ni
el menor respeto. Vale, puede que Casillas ya no esté en su mejor momento,
puede que no sea el portero más adecuado para el equipo. No lo sé, pero lo que
sí sé es que su salida podría haber sido orquestada con muchísima más
elegancia.
Así que, amigo Iker, me alegro de
que tengas una pareja tan guapa, me alegro incluso de que seas millonario, y
espero que las cosas te vayan de maravilla. Gracias por tus paradas y gracias
por haber seguido siendo siempre un chaval de Móstoles.
En cuanto al Real Madrid, cada vez
es un equipo menos blanco y más oscuro.
miércoles, julio 1
Entrevista
Acaba de aparecer el número 12 de La Página Escrita, la revista electrónica de la Fundación Jordi Sierra i Fabra. En él se incluye una larga entrevista con este vuestro seguro servidor, en la que hablo de mi trabajo. Se nota que el cuestionario está confeccionado por un escritor, porque creo que es la más completa entrevista que me han hecho jamás. Si os apetece echarle un vistazo, pinchad AQUÍ
miércoles, junio 17
Gritos
El pasado sábado, después de la
presentación en la Feria del Libro de Historia
y antología de la ciencia ficción española, unos cuantos de los
participantes fuimos a comer a un restaurante próximo a El Retiro. En la mesa
de al lado había un grupo de unos diez hombres y mujeres de mediana edad.
Hablaban muy, pero que muy alto, y cada poco prorrumpían en carcajadas excesivas
y auténticos alaridos. En el comedor sólo estábamos ellos, nosotros y una mesa
con cuatro personas por fortuna discretamente silenciosas. Aun así, el nivel
del ruido era similar al de una jaula llena de monos aulladores.
Me mordí la lengua varias veces,
hasta que, tras uno de los periódicos estallidos de risas y bramidos, grité a
mi vez (y puestos a gritar, tengo un vigoroso vozarrón): “¡Basta ya, por favor;
dejen de hacer tanto ruido!”. Automáticamente, los gritones, especialmente los
hombres (ya se sabe cómo somos los machotes), en vez de disculparse, se enfrentaron
a nosotros. Gracias al cielo, tras el breve enfrentamiento bajaron el tono de
voz.
Ayer, sin ir más lejos, Pepa, mi
mujer, estaba en una oficina pública donde había un rótulo que rezaba: “Por
favor, guarden silencio”. Pues bien, un tipo que estaba esperando comenzó a
hablar por su móvil dando estremecedoras voces. Al poco, Pepa se levantó y le
pidió amablemente que bajara la voz. El tipo dejó de berrear, pero cuando acabó
su conversación, se aproximó a mi mujer con el ceño fruncido y le dijo: “Usted
es extranjera, ¿verdad?”.
Ciertamente, Pepa parece extranjera.
Es muy alta, con los ojos azules y la piel clara. Pero en realidad es una
guipuzcoana de armas tomar que le respondió, más o menos: “No, no soy
extranjera. Y no me venga con que los guiris tienen la costumbre de hablar en
voz baja, y los españoles el rasgo racial de gritar, porque esto no es una
cuestión de nacionalidades, sino de educación”. El tipo, claro, se quedó
cortado.
Pero es que eso de los móviles es
alucinante. ¿Habéis viajado en AVE? Mira que recomiendan que quienes vayan a
hablar por teléfono lo hagan en las plataformas, pero ni caso. Siempre hay unos
cuantos que, nada más arrancar el tren, sacan su Iphones y se ponen a hablar a
voz en grito, generalmente sobre gilipolleces. ¿Por qué hablan tan alto? Tienen
un teléfono, ¿no? Es como si desconfiaran de la tecnología... Pero no;
sencillamente, a los españoles nos encanta gritar como becerros.
Hace tres o cuatro veranos, Pepa y
yo pasamos las vacaciones viajando en coche por Noruega. Habíamos contratado
los hoteles desde Madrid y pasábamos dos o tres noches en cada uno de ellos,
conforme nos desplazábamos de fiordo en fiordo. Como estábamos a media pensión,
cenábamos siempre en los hoteles, en cuyos comedores solía reinar un escandinavo silencio. Pero no siempre; de vez en cuando, al aproximarnos al restaurante,
escuchábamos un inesperado griterío. Entonces sabíamos con certeza que acababa
de llegar un autobús cargado de españoles (para ser justos, también podían ser italianos
o norteamericanos, pueblos estos igualmente vocingleros).
¿Por qué hacemos tanto ruido los
españoles? Vale, somos sureños, el clima es benigno y estamos acostumbrados a
hacer vida social en el exterior, donde quizá haya que hablar un poco más alto
para hacerse entender. Pero ¿es que no nos damos cuenta de que, al estar en un
interior, no hace falta seguir vociferando; entre otras cosas porque el sonido
rebota contra las paredes y se multiplica? ¿O es que a los españoles, cuando
conversamos en grupo, no nos interesa lo más mínimo lo que digan los demás,
sino tan solo hablar nosotros, para lo cual vamos alzando progresivamente el
tono de voz, con el único propósito de imponernos, no en función de los
argumentos, sino por la acústica? ¿O es que sencillamente carecemos de esa
educación básica que consiste en tener en cuenta a los demás? Probablemente sea
eso.
Ignoro si antes, digamos que hace cincuenta
años, los españoles éramos más educados. Yo estaba allí, vale, pero no me
acuerdo, y no voy a caer en la tentación de pensar que cualquier tiempo pasado
era mejor. Supongo que sí, porque por entonces había mucha población rural, o
de origen rural, y en los pueblos la gente suele ser más educada que en las
ciudades, pero no lo sé. En cualquier caso, aunque entonces fuéramos unos
salvajes, estoy seguro de que en lo que respecta a urbanidad hemos ido a peor.
No sé lo que le pasa a este país nuestro,
pero cada vez me gusta menos. Nos empujamos los unos a los otros para pasar
primero, nos saltamos las colas, gritamos, aparcamos donde nos sale del pijo
(por ejemplo, en los lugares reservados para discapacitados), insultamos, no
escuchamos, pasamos de la cultura, y sobre todo nunca, nunca, nunca nos
disculpamos, porque nunca hacemos nada incorrecto. Somos españoles y estamos
encantados de ser así.
En realidad, eso pretendía decirle a
mi mujer el tipo del móvil: Los españoles
gritamos porque es nuestra forma de ser, y como estamos en España, guiri de
mierda, vamos a seguir gritando todo lo que nos salga de las narices.
Genial: hemos convertido la mala educación en un rasgo de nuestra idiosincrasia.
Pero, en fin, ¿qué se puede esperar de un país cuya “fiesta nacional” consiste
en martirizar y matar a un animal? Bien pensado, es un milagro que no sigamos
viviendo en cuevas y empuñando hachas de sílex.
Vale, vale, vale; estoy generalizando y todas las
generalizaciones son injustas. Pero, qué queréis que os diga, eso de gritar
debe de ser algo atávico en nosotros. A fin de cuentas, en el primer
parlamento, de la primera escena, del primer acto del Tenorio de Zorrilla, Don
Juan dice: ¡Cuál gritan esos malditos! /
Pero ¡mal rayo me parta / si en concluyendo la carta / no pagan caros sus
gritos!
Como veis, la cosa viene de lejos.
miércoles, junio 10
martes, junio 9
Feria del Libro
No recuerdo cuándo fue la primera vez
que visité la Feria del Libro de Madrid; supongo que era un adolescente y fui
con mis padres y/o alguno de mis hermanos. Lo que sí recuerdo es que, desde los
veintipocos años hasta ahora sólo me he perdido una edición (por enfermedad).
Visitar la Feria siempre ha sido para mí uno de los hitos agradables del año.
Participar activamente en la Feria
es harina de otro costal. Sólo he ido dos veces a firmar libros, ambas a
mediados de los 90. La primera fue con mi antología de ciencia ficción El círculo de Jericó; debí de firmar una
docena de ejemplares, todos ellos a amigos y conocidos del mundillo del género.
La segunda fue con mi primera novela juvenil, El último trabajo del sr. Luna. Firmé tres malditos ejemplares a lo
largo de dos eterna horas. Para colmo de males, dos casetas a mi izquierda
estaba firmando Arturo Pérez Reverte, y la cola de gente que esperaba su firma
se perdía en lontananza. Me sentía ridículo, ahí sentado, con un bolígrafo
inactivo en las manos, esperando que alguien me hiciera algo de caso.
Bueno, eso era al principio de mi
carrera, cuando no me conocía ni dios; supongo que ahora firmaría algo más, no
lo sé. Y no lo sé porque, en aquel entonces, tomé la decisión de no volver
jamás a firmar en ninguna feria. Todos los años me lo pide alguna editorial o
alguna librería, y todos los años digo que no. Supongo que dentro de poco
dejarán de proponérmelo. Mejor así.
Lo cual no significa que no haya
firmado, y siga firmando, ejemplares de mis libros. Cada vez que doy charlas en
colegios e institutos firmo ejemplares, a veces, ay, a cientos. Y lo mismo
ocurre cuando participo en actos públicos; siempre hay alguien que me pide una
firma, y yo, por supuesto, dedico y firmo. Pero ¿ir voluntariamente a una feria?
Ni de coña.
De hecho, ¿qué sentido tiene eso de
ir a firmar? ¿Por el contacto con los lectores? Ya, pero ¿qué mierda de
contacto puede haber en los escasos minutos que se tarda en firmar? De hecho,
me relaciono mucho más con los lectores en las charlas y a través del blog que
en la más nutrida firma de libros. Entonces, ¿qué? ¿Por darles a los lectores
la oportunidad de que me conozcan? Será de que me vean, porque poco me van a
conocer. Además, no comparto ese deseo de conocer a los autores de los libros
que te gustan. Lo importante es la obra; el escritor, como persona, carece de
interés. La verdad es que conocer a escritores, en general, es comprar
papeletas en la rifa de la decepción. Lo mejor que puede ser un escritor es un
nombre, y quizá una foto y una breve biografía en la contraportada. Ir más allá
no me parece juicioso.
¿Por qué tantos autores no solo
quieren ir a firmar, sino que se enfadan si no les invitan? Muy sencillo: por
pura, nítida y rutilante vanidad. Ir a firmar a la Feria es como entrar en el
Olimpo, la confirmación de que eres un creador con mayúsculas, la certificación
pública de tu inmenso talento. Reconozco que lo mismo me pasó a mí aquella
primera vez. Me han invitado a la Feria,
pensé. Ya soy un escritor de verdad,
ya estoy entre los grandes. Luego, mientras la gente pasa frente a ti sin
dirigirte siquiera una triste mirada, comprendes que eso que has hecho,
escribir y publicar un libro, no es el acto grandioso que imaginabas, sino la
misma banalidad que han perpetrado antes que tú cientos, miles de imbéciles. En
fin, sin duda es una cura de humildad. Lo que no entiendo es a esos escritores
desconocidos que, año tras año, insisten en ir a firma a la Feria, aunque no
firmen una mierda. ¿Para qué, con el calor que hace? Son ganas de pasarlo mal.
Pero la Feria, como visitante, me
sigue gustando. Tanto, que la considero un regalo, pues cada año la visito el día de mi puñetero
cumpleaños. Me gusta por los libros, claro, pero también por el escenario (el
parque de El Retiro es precioso). La recorro tranquilamente, por la mañana,
desde que abren hasta que cierran. Suelo encontrarme y charlar con amigos, me
tomo un limón granizado a la sombra, compro algunos libros que no debería
comprar.
El único pero que le pongo es que es
demasiado grande, hay demasiadas casetas. ¿Qué sentido tiene la participación
de tantísimas librerías que venden exactamente lo mismo? Yo sólo visito las
casetas de las editoriales y de las librerías especializadas; pero como no
están concentradas, debo recorrer todo el recinto bajo un sol generalmente
abrasador. Pero, en fin, vale la pena.
Y a veces ocurren anécdotas. Una de
las más divertidas me sucedió hace dos años: Iba yo paseando y, delante de mí,
caminaban tres chicos de trece o catorce años. De pronto, uno de ellos exclamó
a voz en cuello (disculpad el lenguaje; es una transcripción literal): ¿No conocéis a César Mallorquí? ¡El último
trabajo del sr. Luna es la polla! ¡César Mallorquí es la polla”...
Sonriendo, me adelanté unos pasos y le dije: ¿Sabes quién soy yo? El chico se me quedó mirando, boquiabierto, y
musitó: ¿César Mallorquí...? Asentí
con un cabeceo y le estreché la mano, agradeciéndole su entusiasmo. Fue
gracioso; espero que para él también.
Mañana, como todos los años, me daré
una vuelta por la Feria del Libro. Compraré algún que otro título innecesario,
charlaré con los amigos, tomaré un limón granizado, pasearé por el parque y espero
no sudar demasiado, aunque ya empieza a hacer un calor infernal en esta ciudad
dejada de la mano de dios. Pero este año haré algo más:
El próximo sábado, 13 de junio, a
las 13:00 horas, tendrá lugar en el pabellón de actividades de la Feria la
presentación del libro Historia y
antología de la ciencia ficción española (Cátedra). Habrá un coloquio en el
que participarán los editores, Julián Díez y Fernando Ángel, algunos buenos
escritores y yo. Sería estupendo que os pasarais por allí. Y si alguien me lo
suplica de rodillas, puede que incluso le firme un libro.
miércoles, junio 3
Marcianos en Valencia
Mañana, jueves 4 de junio, a partir
de las 17;30, participaré en un coloquio sobre La guerra de los mundos, de H. G. Wells, en el MuVIM (Museo de la
Ilustración y la Modernidad de Valencia). Me acompañarán en el debate Pau Gómez
y Rafael Maluenda, y después se proyectará la adaptación cinematográfica de la
novela que realizó Spielberg en 2005. Si a algún merodeador le apetece
pasarse por allí, será bienvenido.
Besos.
El placer de perder la Esperanza
No
suelo odiar. No porque sea un santo, sino porque el odio es una emoción muy
intensa en la que hay que invertir muchísima energía. Demasiada para alguien
tan vago como yo. Así que soy una persona de pocos odios. El odio requiere
perseverancia, concentración, fuerza de voluntad, obstinación... un latazo,
vamos. Prefiero convertir ese odio en desprecio, asco o indiferencia, emociones
mucho menos exigentes en lo que a energía se refiere. Si alguien se porta mal
conmigo, no lo odio: lo tacho, deja de existir para mí. Y eso, la indiferencia,
requiere muy poco esfuerzo.
No obstante, a veces es inevitable
odiar. Por ejemplo, últimamente he detestado a dos políticos. Uno, José María
Aznar. Sólo con verle u oírle me ponía
–me pone- enfermo. No sólo me provoca odio, sino también desprecio y asco. Como
decía Gabilondo, saca lo peor de mí mismo. Pero bueno, Aznar está más o menos
fuera de la vida pública y ya sólo es un recuerdo desagradable.
El otro político sigue ahí (aunque
ojalá por no mucho tiempo), apestando el mundo con su hedor de mal bicho. Me
refiero a Esperanza Aguirre. Por supuesto, no comparto ni remotamente sus ideas
políticas, pero no la odio por su ideología. Es decir, no la odio por su
condición de político, sino como ser humano; porque la señora Aguirre (y que me
disculpen las auténticas señoras por llamarla así) es prepotente, altiva,
marrullera, despectiva, petulante, falsa, manipuladora, soberbia, corrupta y
una de las más descaradas mentirosas que me he echado a la cara, incluso según
los laxos estándares de la política.
El incidente en el carril bus de la
Gran Vía, con su posterior huida de los agentes de movilidad, debería haber
bastado para incapacitarla como política; pero si a eso añadimos que ella ha
sido la responsable (al menos in
vigilando) de la mayor trama de corrupción ocurrida en Madrid, la comunidad
que presidía, entonces convendremos que esa mujer, en cualquier país
democrático, habría sido expulsada con cajas destempladas de la vida pública.
Pero estamos en España, amigos míos, un país de escasa sensibilidad
democrática, así que un buen día nos encontramos con que la entrañable
Esperanza Aguirre era la candidata del PP a la alcaldía de la capital.
Se me cayeron, plonc-plonc, las
pelotas al suelo. Desde 1991, en Madrid hemos tenido los siguientes alcaldes:
el meapilas de Álvarez del Manzano, cuya principal contribución a la ciudad fue
potenciar las procesiones de Semana Santa; el faraónico Gallardón, cuyas
megalómanas obras nos tendrán endeudados hasta 2040; y la inútil Ana Botella,
que nos ha hecho comprender en su auténtica dimensión el significado de la
palabra “ridículo”. En total, 26 años de gobierno municipal de la derecha han
logrado convertir a Madrid en una ciudad antipática, inhóspita y caótica.
¿Y ahora la nauseabunda Esperanza Aguirre?
En ese momento tomé la decisión de votar a quienquiera que fuese que pudiera
arrebatarle el cargo a la condesa. Vamos, que antes votaría a Darth Vader o a
Hanibal Lecter que consentir que la Espe se convirtiese en alcaldesa. Al
principio pensé que su principal rival sería Antonio José Carmona; además, le
había escuchado en algún que otro coloquio y parecía un tipo razonable. Pero
llegó la precampaña y Carmona se puso a hacer y decir gilipolleces. Afortunadamente,
la por entonces no muy conocida Manuela Carmena comenzó a crecer en las
encuestas.
Me informé un poco sobre esa señora
(en el caso de Carmena, el apelativo “señora” es correcto) y descubrí que era
una persona honesta de trayectoria intachable. Además, no es miembro de ningún
partido. No es una política profesional. Mi voto, pues, para ella.
Llegó la campaña y Aguirre (¿la
cólera de dios?) entró en ella tan sobrada como siempre, convencida de que su
magnética personalidad y su pizpireto desparpajo le garantizaban un éxito
seguro. Y comenzó a hacer gilipolleces; que si ahora saco un sofá a la calle,
que si ahora explico mi programa en una barca del Retiro, que si ahora doy un
paseíto en bicicleta... ¿De verdad creía que estaba el horno para bollos con
tantas chorradas?
Cuando se dio cuenta de que Carmena
le pisaba los talones, cometió el error de convertirla en el foco de su
campaña, intentando destruir a cualquier coste su reputación. Eso no hizo más
que acrecentar la figura de la discreta Carmena. ¿Recordáis el debate entre
ambas? Era como la bruja mala intentando demostrar que el hada buena es en
realidad un demonio.
Finalmente llegaron las elecciones.
La más votada fue la bruja mala (lo cual es triste), pero por los pelos y no
con los escaños suficientes. Parece cantado que Carmena será la futura
alcaldesa. ¡Bravo! En fin, a estas alturas ya soy demasiado escéptico para
ilusionarme con cualquier político (de hecho, para ilusionarme con nadie), pero
confío en que Carmena no lo haga mal del todo. Su personalidad es agradable (me
recuerda de Tierno Galván) y puede que baste con eso para que el rostro de
Madrid se vuelva más amable. En cualquier caso, un trillón de veces mejor ella
que la repelente Aguirre (recordad que Darth Vader también habría sido una
opción más adecuada).
¿Por qué ha ocurrido esto; por qué,
por una vez, han ganado los buenos? ¿Por el irresistible tirón de Podemos? No.
Carmena no pertenece al partido de Pablo Iglesias, y se presentaba con Ahora
Madrid, una plataforma de unidad popular de la que, sí, forma parte Podemos.
Pero el éxito no se ha debido a ese partido. Y la prueba es esta: Ahora Madrid
ha obtenido (aprox.) 519.000 votos, mientras que Podemos en la comunidad sólo
ha conseguido 289.000. Lo cual significa que mucha gente que no pensaba votar a
Podemos ha votado sin embargo a Ahora Madrid. ¿Por qué? Sin duda, en parte por
la personalidad de Carmena. Pero también por otro motivo que el propio Errejón
(que no es tonto) apuntó: porque la rival de Carmena era Esperanza Aguirre, una
política que despierta adhesiones inquebrantables (de ahí los votos obtenidos),
pero también odios tan furibundos como el mío.
Una noche, poco antes de que
comenzara la campaña, estábamos unos amigos y yo cenando en el José Luis (uno
de los restaurantes más pijos de Madrid) de La Moraleja (la urbanización más
pija de Madrid). Cerca de nosotros había una mesa ocupada por seis o siete
personas muy pijas de mediana edad. Dos de ellas, un hombre y una mujer,
estaban discutiendo. Ella sostenía que Aguirre era la mejor política del
planeta, una persona valiente que siempre decía las verdades. Él replicaba:
¿Pero cómo voy a votar a la responsable de tantísima corrupción? Ese hombre era
el perfecto ejemplar de pijo, un votante natural de la derecha; pero
consideraba inmoral votar a Aguirre. Quizá votó a Ciudadanos, quizá se abstuvo,
pero le negó el voto al PP. A causa de la condesa.
Es decir, muchos votantes de la
derecha decidieron no votar a Aguirre. Otros muchos, como yo, habrían votado
hasta al pato Donald con tal de impedir el triunfo de la susodicha. Y la bruja
perdió. Y luego le entró la pataleta y se puso a hacer declaraciones y
propuestas surrealistas. Primero le ofreció la alcaldía a Carmona. Acto seguido
propuso un frente anti-Carmena. Sin solución de continuidad abogó por un
gobierno de concentración que incluiría a Carmena. Y finalmente volvió a
empeñarse en convencernos de que la jueza es una peligrosa bolchevique que
pretende instaurar soviets en la capital. Incluso se convocó una manifestación
contra Carmena en la plaza de Colón, a la que asistieron unos cuatrocientos
carcamales filo-fascistas. Ah, la vieja Aguirre... Nunca nos defrauda.
En un país democrático, con
políticos y ciudadanos democráticos de corazón, la carrera política de Aguirre
habría acabado aquí. Ya no ostenta ningún poder, tiene más enemigos en su
partido que fuera de él, está manchada hasta las cejas por la corrupción que
amparó y ha demostrado que ya no es una candidata ganadora. Pero estamos en España,
ya sabéis, y Aguirre es una especialista en resucitar. ¿O es que nos hemos olvidado
de Tamayo y Sáez? Pues eso.
En cualquier caso, qué placer fue
contemplar el rostro desencajado de la condesa tras conocerse los resultados de
las elecciones. Y es que, lo reconozco, me conformo con cualquier cosita.
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