lunes, julio 29

Myrddin



            Queridos merodeadores, ésta va a ser la última entrada antes de las vacaciones. Durante el mes de agosto, como viene siendo habitual, Babel echará el cierre hasta regresar en septiembre. Entre tanto, y como el verano es la mejor época para leer, os dejo un post larguísimo sobre cierto aspecto de la leyenda artúrica. Si le echáis una ojeada también a las dos entradas que cito al principio, tendréis lectura para un buen rato. Si es que os interesa la leyenda artúrica, claro, pues en caso contrario más os valer cliquear en otro blog.


            Los merodeadores más veteranos ya sabéis lo mucho que me fascina la leyenda artúrica. De hecho, he escrito un par de posts sobre el tema (podéis verlos pinchando AQUÍ y AQUÍ). La última vez prometí que volvería sobre el asunto para hablar de ciertos aspectos colaterales de la leyenda (Camelot, Excalibur, la Tabla Redonda, Ginebra, Lanzarote, el grial, etc.), y es justo lo que voy a hacer hoy, pero sólo (de momento) refiriéndome a cierto personaje, el único de la leyenda que es tan famoso como el propio Arturo. Me refiero, por supuesto, al mago Merlín; que en principio ni era mago ni se llamaba Merlín.

            Voy a dar por supuesto que conocéis la leyenda artúrica, sea por la literatura, el cine, la TV, el musical o el cómic, así que no la voy a contar. Ahora bien, la imagen que tenéis, como apuntaba en un post anterior, es la de un rey y una corte propios de la Baja Edad Media, con armaduras, torneos, amor galante, etc. Eso es así porque la versión más famosa de la leyenda, La muerte de Arturo, la escribió Thomas Mallory en el siglo XV, y en aquella época no se respetaba el contexto histórico de los relatos, sino que se adaptaba al contexto del momento en que se escribía. Sin embargo, el Arturo histórico (si es que existió) vivió en el comienzo de la Alta Edad Media, aproximadamente entre el último tercio del siglo V y el primero del VI. Y éste era el contexto histórico:

            Inglaterra estaba habitada por los celtas britanos al sur de la isla, y por los pictos y los escotos al norte, en lo que hoy es Escocia. Entre los siglos I adC y I dC, los romanos conquistaron el sur de Inglaterra; es decir, el territorio perteneciente a los celtas britanos. Como los pictos y los escotos eran muy brutos, los romanos no pudieron conquistarles, así que construyeron un muro, el de Adriano, para mantenerlos alejados. Durante la ocupación, los britanos se romanizaron; es decir, adquirieron costumbres romanas, como ocurrió en España, aunque no en igual medida. Y, por supuesto, no podían tener ejércitos, pues ese monopolio pertenecía a las legiones.

            Entonces, de repente, en el año 410, los romanos abandonaron Britania llevándose a las legiones y dejando a los britanos con el culo al aire. Porque desde hacía tiempo, la isla estaba siendo invadida por un constante flujo de colonos sajones. Además, los pictos, los escotos y los piratas irlandeses, que habían sido contenidos por los romanos, ahora se dedicaban a hacer cada vez más incursiones de saqueo. A todo esto, los britanos, antes unidos por la autoridad romana, se habían dividido en varios pequeños reinos que, para colmo, solían guerrear entre sí. Vamos, que a los britanos les estaban cayendo collejas por todas partes.

            Sin entrar en detalles, llegó un momento en que los reinos britanos (o parte de ellos) se unieron militarmente para enfrentarse a los sajones, así que nombraron un dux bellorum, un señor de la guerra, para comandar los ejércitos. Ese personaje, fuera quien fuese, era el Arturo histórico, y propinó una severa derrota a los sajones en la batalla del monte Badon (ocurrida entre 490 y 517, porque las fechas no están nada claras), propiciando un periodo de paz que duró casi 50 años.

            Pero los sajones no paraban de llegar, así que al final acabaron con los britanos, dejándolos miserablemente recluidos en Cornualles y Gales, de modo que la mayor parte de Inglaterra se convirtió en sajona. Sin embargo, donde las dan las toman, como reza el sabio refrán, porque en el siglo XI el duque de Normandía, Guillermo el Conquistador, hizo honor a su apodo conquistando Inglaterra tras la batalla de Hastings (14-10-1066), matando a Haroldo II, el último rey sajón de la isla, y autonombrándose rey el día de Navidad de 1066 en la Abadía de Westminster. La Casa de Normandía reinó en Inglaterra hasta 1154 y luego fue sustituida por los Plantagenet.

            Pues bien, ¿cómo es posible que Arturo (si es que existió), un caudillo britano, es decir, perteneciente a un pueblo derrotado que vivía miserablemente en las zonas más pobres y remotas de la isla, acabara convirtiéndose en el monarca más emblemático de un país gobernado por dinastías que no eran ni celtas ni sajonas? Es más, ¿cómo es posible que Arturo, un señor de la guerra del siglo VI que nunca reinó, se convirtiera en el máximo exponente de monarca ideal? La respuesta está en lo que podríamos llamar el marketing medieval.

            A partir del siglo VI, la literatura oral sobre Arturo era abundantísima, no sólo entre los celtas de Inglaterra (sobre todo en Gales), sino también en el continente, pues a raíz de las invasiones sajonas, muchos britanos emigraron a Francia, a la Bretaña armoricana, llevándose consigo su idioma y sus tradiciones. Por desgracia, no sabemos qué contaban exactamente esas historias, pues los primeros escritos literarios referentes a Arturo son del siglo XI (todos fueron compuestos por bardos galeses).

            En el siglo XII, Geoffrey de Monmouth, un clérigo galés (aunque posiblemente de ascendencia armoricana y normanda) que llegó a ser obispo de Saint Asaph, fue el hombre que creo la forma básica de la leyenda artúrica y el primero en relacionar a Arturo con Merlín. Como he dicho, Geoffrey era natural de Gales, una zona de población celta que era algo así como el culo del mundo, una circunstancia que a nuestro buen clérigo le jodía. Él sabía que los britanos tenían un pasado glorioso (y si no lo sabía, lo imaginaba), de modo que se propuso escribir un libro que lo sacara a la luz: la  Historia Regum Britanniæ, la Historia de los reyes de Britania, que fue compuesto entre 1136 y 1139.

            El libro cuenta la historia de Britania desde el primer asentamiento en la isla –que atribuye a Bruto de Troya, descendiente de Eneas-, hasta la muerte de Cadwallader en el siglo VII (que fue cuando los sajones tomaron definitivamente el control de Inglaterra). Según Geoffrey, su libro es la traducción de un viejo y misterioso manuscrito britano que le había entregado el archidiácono de Oxford, pero era mentira. El clérigo se había basado en muchas fuentes distintas; algunas históricas, pero la mayor parte legendarias, mitológicas o directamente inventadas por él mismo. Como tratado histórico no es nada fiable; aunque cabe señalar que en este libro aparece la versión más antigua conocida de la historia del Rey Lear.

            Pero Geoffrey, aparte de narrar la (supuesta) historia de los monarcas britanos, tenía otro propósito, el fundamental: glosar la figura del personaje más importante de la historia de Britania. Arturo. El guerrero que venció y contuvo a los sajones. El rey que descansa en Avalon y algún día volverá para recuperar la gloria de Britania. Para Geoffrey el asunto era importante, pues hasta entonces Arturo sólo era conocido por los britanos y sus descendientes, ya que sus historias se contaban en lengua celta. De modo que iba a ser la presentación de Arturo al mundo no celta, usando para ello el latín. Y un personaje tan extraordinario como Arturo merecía una presentación extraordinaria. Ahí es donde entra en escena Merlín.

            Pero antes tenemos que hablar de una curiosa tradición galesa de aquellos tiempos: los awennyddion, los profetas galeses. Por lo visto, era de lo más normal en Gales que a cierta gente, de pronto, le llegara una especie de hálito profético (el awen), entrara en trance y soltara un augurio. Esa profecías eran tomadas muy enserio, y no solo por los galeses, sino por todo el mundo, así que solían circular en forma de tradiciones orales, algunas de las cuales fueron puestas por escrito posteriormente. Una de ellas era la llamada Profecía de Britania, escrita en el año 930 (pero basada en tradiciones muy anteriores), una serie de augurios de índole política que vaticinaban la caída de los sajones y el resurgimiento de los britanos.

            El asunto encajaba con el libro que Geoffrey estaba escribiendo, y sobre todo con Arturo, así que decidió usar esa fuente para cimentar la historia del más importante rey britano. Para ello, escogió a uno de los awennyddion que se citaban en la Profecía de Britania, un antiguo profeta llamado Myrddin. ¿Por qué él y no otro? Es difícil determinarlo; quizá porque era el autor de otras muchas profecías que circulaban oralmente, y también porque supuestamente había vivido en el siglo V o el VI; es decir, en época artúrica. Pero existía un problema: Geoffrey estaba escribiendo en latín, y el nombre Myrddin traducido al latín es Merdinus, que inevitablemente evoca a “mierda” en latín (merda). Así que le cambió el nombre y lo llamó Merlín, cuya versión latina, Merlinus, es mucho más elegante (me apresuro a aclarar que esto es absolutamente cierto; no me lo he inventado, aunque lo parezca).

            Geoffrey reunió un buen número de augurios, no pocos ideados por él mismo. Su superior eclesiástico, encantado con ellos, le pidió que los publicara en un libro independiente, cosa que hizo con el nombre de Profecías de Merlín. Este libro tuvo un enorme éxito y fue muy influyente durante al menos los tres siglos posteriores. Más tarde, Geoffrey escribió otro libro sobre el personaje, la Vida de Merlín; pero antes prosiguió con la escritura de su obra magna, la Historia de los reyes de Britania.

            Merlín aparece en el libro al llegar a Vortigern (el rey más odiado de Britania, pues consintió la colonización de los sajones en el siglo V, justo antes de la era artúrica), y es presentado como un niño prodigioso, pues nació de la unión de un demonio y una humana. Merlín asombra a Vortigern y a sus magos por su portentosa sabiduría, y sobre todo por su capacidad profética. Más tarde, ya de adulto, será consejero de Uter Pendragón, y vaticinará en dos ocasiones la llegada de un gran rey: Arturo.

            Finalmente, Merlín interviene en la concepción del futuro rey de la forma en que todos sabemos. Igraine, la esposa de Gorlois, el duque de Cornualles, estaba por lo visto como un queso, y Uter, al verla, se puso berraco y pretendió llevársela al huerto. Igraine huye y se refugia en el castillo de Tintagel, así que Uter sitia la fortaleza con su ejército, pero no consigue conquistarla. Entonces, Uter le pide consejo a Merlín, quien le da una droga que le conferirá la apariencia del marido de Igraine. Uter la toma y, con el aspecto de Gorlois, entra en el castillo, se folla a Igraine y se va. Dejando a Igraine embarazada de un niño que acabará siendo Arturo.

            A partir de ese punto, Merlín desaparece del relato. Ya sé que todos recordamos a Merlín como el preceptor del joven Arturo y su más fiel consejero en Camelot, pero nada de eso aparece en el libro de Geoffrey. Se trata de un desarrollo posterior de la leyenda.

            Cuando Geoffrey cuenta la historia de Arturo no inventa nada nuevo; se limita a reunir todas las tradiciones que circulaban sobre él. De hecho, el suyo es el primer relato escrito que unifica todos los elementos de la leyenda. Aunque sí inventó algo: Merlín. Es decir, existió el profeta galés Myrddin, que quizá vivió en época artúrica; pero ninguna tradición anterior relacionaba a Myrddin con Arturo. Si Arturo existió, nunca hubo un Myrddin/Merlín a su lado. Eso se lo sacó Geoffrey de la manga.

            Por otro lado, el Merlín de Geoffrey no es un mago, sino un  profeta. Vale, eso de conseguir que Uter adoptara la apariencia de Gorlois parece cosa de magia; pero no lo hizo con un hechizo, sino con una droga, lo que para una mentalidad medieval era muy distinto a la magia. Lo que Geoffrey intentaba dejar claro es que Merlín era muy sabio y poseía el don de adivinar el futuro. ¿Para qué? Para utilizar a Merlín como magnificador de la grandeza de Arturo.

            En efecto, Merlín, el mayor sabio de Britania, profetiza el advenimiento de un gran rey y, luego, colabora en su milagrosa concepción. Esos son los antecedentes adecuados para un personaje portentoso. Luego, Geoffrey se dedica a glorificar las hazañas de Arturo, que según su relato llegó a enfrentarse, y vencer, al mismísimo emperador de Roma, y sólo pudo ser derrotado por la traición de su sobrino Mordred.

            La versión de la leyenda artúrica de Geoffrey difiere bastante de la que conocemos. En su texto no se menciona, por ejemplo, la Tabla Redonda, ni el grial, ni a Morgana. Todo eso fueron añadidos posteriores que se reunieron, finalmente, en La muerte de Arturo de Mallory (que es, como dije antes, la versión que todos conocemos). La versión de Geoffrey es más “realista”, con menos magia y prodigios sobrenaturales que la de Mallory. Porque el propósito de Geoffrey no era literario, sino “histórico” (entre comillas): contarle al mundo la historia del mayor rey de todos los tiempos, Arturo. Pero, ¿su único propósito era hablar de la pasada gloria de los britanos y su gran rey? Pues no, había algo más.

            Como sin duda recordáis, Guillermo, el duque de Normandía, conquistó Inglaterra en el siglo XI, instaurando la Casa de Normandía. Así que Guillermo y sus sucesores eran reyes de la isla, pero también duques de Normandía, de modo que le rendían vasallaje al rey de Francia, algo que no les molaba ni un pelo. Digamos que los reyes ingleses eran unos recién llegados a la realeza, en clara inferioridad con los monarcas franceses, que descendían nada más y nada menos que del gran Carlomagno.

            Así que, como los reyes normandos de Inglaterra no tenían ni un Alejandro ni un Carlomagno del que presumir, ¿por qué no inventarse uno? El libro de Geoffrey les vino como anillo al dedo. Poco importaba que el Arturo histórico (si es que existió) no fuese un rey, sino un dux bellorum (en esa época ya sólo se recordaba al Arturo legendario). Y tampoco importaba que Arturo no fuese normando, sino britano, porque su raza y nacionalidad fueron difuminándose en los posteriores desarrollos de la leyenda. Al final sólo quedó que Arturo fue el mayor rey de todos los tiempos y fue un monarca de Inglaterra. Que se jodan los franceses con su insignificante Carlomagno.

            Y la maquinaria del “marketing medieval” se puso en marcha. El libro de Geoffrey se convirtió en un best seller de la época, y la nobleza normanda comenzó a pagar a los poetas para que cantaran las hazañas de Arturo. Y eso ocurría en la isla, pero también en Normandía y en la Bretaña francesa. Apenas un siglo después de la aparición de La historia de los reyes de Britania, la popularidad de Arturo era tal, que en las cortes europeas -incluyendo las españolas- se puso de moda jugar a la Tabla Redonda (una especie de juego de rol avant la lettre en el que los nobles interpretaban los papeles de los distintos caballeros, reservándose el rey, claro, el papel estelar de Arturo).

            Y así fue como un remoto señor de la guerra celta, del que sólo conocemos su sobrenombre Artorius, o Arthús, o Arthur, acabó convirtiéndose en rey más conocido del mundo, en el monarca perfecto. Pero este post iba de Merlín; ¿qué fue de él? Pues que, conforme evolucionaba la leyenda, dejó de ser un profeta y acabó convirtiéndose en el mago más famoso del mundo, y en el único personaje del mito capaz de competir en popularidad con Arturo.

            Merlín nunca existió; ese personaje lo inventó Geoffrey. Pero, como hemos visto, sí que existió un profeta galés llamado Myrddin que no tuvo nada que ver con Arturo (pero sí con la resistencia britana a los sajones). Ahora bien, resulta que no hubo un único Myrddin, sino dos: Myrddin Emrys, también conocido como Lailoken, que vivió en Gales, y otro llamado Myrddin Celedonio, o Silvestre, natural de Escocia. Uno nació en el siglo V y el otro en el VI. Pero ambos eran bardos profetas. Y es muy posible que muchos de los augurios atribuidos a Myrddin no pertenezcan a un solo hombre, sino a diferentes personas que en diferentes tiempos se dedicaban a la profecía y todos se llamaban Myrddin.

            Lo cual significa que Myrddin no es un nombre, sino una especie de título. Pero, ¿qué clase de título? El especialista Geoffrey Ashe propone una hipótesis fascinante. Inglaterra tuvo un dios tutelar que pudo ser incluso anterior a la llegada de los celtas. Ese dios se llamaría Myrddin, y sus principales representantes –aquellos que tuvieran el don de la profecía- serían denominados “Hombres de Myrddin”. De modo que, probablemente, no hubo un Merlín, sino muchos. Qué cosas, ¿verdad?


            Y esto es todo, amigos. Felices vacaciones y hasta septiembre.

            Ciao.


miércoles, julio 17

500




            Nos gustan los números redondos. El nueve o el once son dígitos vulgares, sin interés, como el cuatro, el ocho o el dos; pero el diez, ah amigo, el diez es algo serio, un número a tener en cuenta; la clase de número que, al entrar en una habitación, se convierte automáticamente en el blanco de todas las miradas. El diez no pasa inadvertido, no señor; porque es el más redondo de todos los números redondos. Sin duda, la razón se debe a que en las manos tenemos diez posibilidades distintas de meternos un dedo en la nariz. Si tuviéramos doce, ahora estaríamos hablando de la redondez del doce, pero no es el caso.

            Dada la ilustre esfericidad del diez, sus múltiplos gozan de un amplio reconocimiento general. Por ejemplo, para medir lo más valioso que tenemos, el tiempo, usamos el sistema métrico decimal, y a ciertas cantidades de tiempo les ponemos nombres específicos. Lustro (que es la mitad de diez), década, siglo, milenio, eón (mil millones de años)... todos múltiplos de diez. No cabe duda de que 101 es un número más gordo que 100, y, por tanto, más importante, pero nadie le ha puesto nombre. Podríamos llamarlo, qué sé yo, funfurrio, y diríamos: “Han transcurrido cinco funfurrios (505 años) desde que Miguel Ángel comenzara a pintar la Capilla Sixtina” (dato, por cierto, rigurosamente cierto). Pero no lo hacemos; sólo le prestamos atención a los números redondos. Nos encanta, por ejemplo, el 500, porque es doblemente redondito y grande, pero dentro de todo manejable (por eso el billete más gordo es de quinientos euros).

            Pues bien, queridos merodeadores, os anuncio que ésta es la entrada número 500 del blog. ¡TACHÁN! ¿Qué significa eso? Pues que, calculando una media por entrada de 650 palabras, hasta ahora he escrito en Babel alrededor de 325.000 palabras. ¡La madre que me parió...! He ahí un buen motivo para estar callado el resto de mi vida. Pero no caerá esa breva.

            Vale, medio millar de entradas. Ni se os ocurra felicitarme, porque no creo que haya mucho más mérito en escribir el post 500 que el 499. Y si lo hubiera, entonces tendríais que volver a felicitarme por la entrada 501 y sucesivas; sobre todo por la 505, que es un pentafunfurrio. Absurdo. Sólo si os embelesan los números redondos caeréis en la tentación de celebrarlo.

            Ahora, otra cosa: ¿Os habéis dado cuenta de que estamos en verano? Ya sé que sabéis que estamos en verano, pero ¿os habéis dado cuenta, lo habéis sentido? Los merodeadores más jóvenes seguro que sí, pero ¿y los más vetustos?

            Permitidme que os transcriba un texto de la psicóloga Maria Konnikova: “De niños somos extraordinariamente conscientes de todo lo que nos rodea. Absorbemos y procesamos información a una velocidad que nunca volveremos a alcanzar. Nuevas imágenes, sonidos nuevos, nuevos olores, nuevas personas, emociones nuevas, nuevas experiencias. (...) Todo es nuevo y apasionante, todo alienta nuestra curiosidad. Y la novedad inherente a nuestro entorno hace que siempre estemos alerta y lo captemos todo sin perdernos nada. (...) Pero, a medida que crecemos, la displicencia aumenta de una manera exponencial. Ya estamos de vuelta de casi todo, no hace falta que prestemos atención a casi nada. (...) Antes de que nos demos cuenta, habremos cambiado aquella atención, aquella dedicación y curiosidad innatas, por una colección de hábitos pasivos y mecánicos. (...) Seguimos unas pautas tan arraigadas que nos pasamos buena parte del día en un estado de inconsciencia”.

            Creo que ya hemos hablado de esto en alguna ocasión. Es como si, conforme pasan los años, fuéramos perdiendo poco a poco el sentido del gusto, hasta que al final todo, salvo los platos muy especiados, nos resultara insípido. Cuando era un niño, podía extraerle el goce de la vida a casi cualquier cosa, por pequeña que fuese; pero ahora estoy como dormido, soy un zombi. Porque lo mío es peor. No es ya que trabaje en casa, en mi despacho, sino que donde realmente trabajo es en el interior de mi cráneo. Paso mucho tiempo dentro de mí mismo. Demasiado, quizá.

            Por eso, todos los días me asomo a la ventana y dedico unos minutos a “sentir” lo que me rodea. Hoy me ha acompañado una cigarra que, desde el jardín, se ha tirado toda la tarde cantándole al sol. En realidad es un macho, porque sólo los machos cantan; y no le canta al sol, sino a las hembras (de su especie, se entiende), para atraerlas. Se tira un buen rato cantando, luego para otro rato y vuelta a empezar. Si cada pausa entre serenata y serenata significa que está echando un polvo, esa cigarra es mi ídolo, porque lleva así todo el día. Seguro que el muy cabrón sí que siente el verano.

            Ahora canta. Es un ansioso.

miércoles, julio 10

Ladrones de mentes



            Supongo que uno de los síntomas de hacerse viejo es cuando empiezas a notar que estás rodeado de marcianos. O, mejor dicho, cuando tienes la sensación de que las personas que te rodean se comportan como marcianos. ¿Habéis visto La invasión de los ladrones de cuerpos? Me refiero a la primera, la dirigida por Don Siegel (las otras van de lo mismo, pero prefiero la versión original). La historia transcurre en Santa Mira, un pequeño pueblo de Estados Unidos donde, de repente, algunas personas empiezan a comportarse de forma extraña. En apariencia son las de siempre, pero se comportan con gran frialdad, como si carecieran de sentimientos. En realidad, se trata de una invasión alienígena. Esporas procedentes del espacio se convierten en enormes vainas en cuyo interior crean copias idénticas de los terrestres. Copias que sustituyen a los originales, aunque sin pillarle mucho el punto a eso del trato social.

            Bueno, pues esa es la sensación que tengo: que la gente a mi alrededor está siendo sustituida por alienígenas que se comportan de forma extraña. Y tengo pruebas. Por ejemplo, el otro día estaba en El Corte Inglés y subí en uno de los ascensores. Dentro íbamos una señora de unos 70 tacos, yo y siete personas más. De pronto, la anciana se echó a reír y dijo: “¡Todos están con el teléfono móvil!”. En efecto, siete pasajeros del ascensor estaban inclinados sobre sus móviles, manipulando –tiki-tiki-tiki- el teclado. Tan solo la anciana y yo no lo hacíamos. El hecho de que esos siete pasajeros fueran sensiblemente más jóvenes que la anciana y yo, podría arrojar cierta luz sobre el asunto, pero no solo es una cuestión de edad, sino también de sentido común. El comportamiento de esos siete tipos, visto con frialdad, era cuando menos extravagante.

            Y no se trata de nada inusual, ni mucho menos. Cuando vas por la calle, ves a un montón de gente caminando con el móvil en las manos, hipnotizados por la pantalla. O ves parejas en un restaurante, cada uno con su móvil, sin hablar (a veces me pregunto si no estarán comunicándose a través de WhatsApp). O te sientas a charlar con un amigo que siempre tiene el móvil a mano y no para de consultarlo. Demonios, hasta en mi propia familia ocurre. Mi hijo mayor está siempre con el móvil, a cualquier hora, en cualquier momento, incluyendo las comidas y las cenas. Y mi querida Pepa, siempre pendiente de e-mails de curro cuando estamos de vacaciones.

            ¡Socorro, los alienígenas nos rodean y están robando nuestras mentes!

            Permitidme exponer mi punto de vista. Como aficionado a la ciencia ficción, me fascina la tecnología; pero como romántico desconfío de ella. Por ejemplo, a los dos minutos de probar por primera vez un procesador de textos, supe con absoluta certeza que era la mejor herramienta para escribir jamás inventada, la herramienta que iba a utilizar el resto de mi vida. Sin embargo, añoro el sonido del tabaleo de los tipos contra el papel, y me encantan estéticamente las viejas máquinas de escribir, mientras que los ordenadores, como objetos, me parecen una mierda.

            Cuando los teléfonos móviles comenzaron a generalizarse, desconfié automáticamente de ellos. ¿Un aparato que me permitía estar siempre localizable? Qué intrusivo, cielo santo; yo no quería eso. La mayor parte de las veces lo último que deseo es que me localicen. Así que tardé mucho en tener un móvil; y si lo tuve fue porque Pepa no solo insistió, sino que además me regaló uno, un enorme Motorola con antena que no cabía en ningún bolsillo.

            En fin, no voy a negar las ventajas de la telefonía móvil, así que cuando esos artefactos redujeron su tamaño me acostumbré a llevar siempre uno encima. Ahora tengo un Nokia Lumia 900 (porque me lo han regalado). Pero, ¿es un teléfono? Yo diría que no. Todos los móviles que había tenido hasta ahora partían de una configuración inicial de teléfono, desde la cual se podía acceder a otras prestaciones. Sin embargo, el Lumia parte de una configuración inicial donde se despliegan distintas opciones, una de las cuales es la de teléfono.

            ¿Qué pueden hacer los móviles ahora? Son teléfonos, relojes, despertadores, agendas, gestores de correo electrónico, GPS, consolas de juegos, cámaras fotográficas y de vídeo, grabadoras de sonido, reproductores de música, Office, calculadoras, guías de turismo, calendario, videoteléfonos, terminales de Internet… y un montón de cosas más. Pero, ¿eso es un teléfono? No; es una maravilla, un milagro.

            No obstante, los seres humanos siempre nos las arreglamos para convertir las maravillas en algo que oscila entre lo absurdo, lo patético y lo perverso. Ahí es donde intervienen las redes sociales. Porque, ¿qué creéis que hace todo el mundo tiki-tiki-tiki a todas horas con los puñeteros móviles? Pues, la mayor parte de las veces, andar trasteando por las redes sociales.

            A mí, Facebook siempre me ha parecido un coñazo. Muchas veces me decía a mí mismo que debía meterme ahí, abrir un perfil o lo que sea, porque ahí estaban mis lectores, pero me daba una pereza enorme. Me preguntaba: ¿qué puede hacer Facebook por mí? Y la respuesta era, y es, un enorme NADA. En cuanto a Twitter, me parece una gilipollez cuya magnitud sólo puede medirse en parsecs. De hecho, me saca de quicio cuando en los informativos de la radio se menciona Twitter como fuente de opinión, como si esas opiniones no fueran más que las creadas y dirigidas por un amorfo grupo de frikis pirados que harían mucho mejor buscándose una novia e intentando echar un polvo, que perdiendo el tiempo todo el día en Internet. (NOTA: Aclaro, porque un merodeador así me lo ha hecho ver, que no me refiero a todos los usuarios de Twitter, sino sólo a aquellos que dedican muchas horas de su vida a controlar e influir en el tráfico de twitts, sea por intereses político/socio/comerciales, o porque son unos frikis pirados).

            Tuve la maldita idea de meterme en Linkedin, porque mi sobrina me mandó un mensaje invitándome a enlazarme con ella. Acepté y ahora no paran de llegarme mensajes de absolutos desconocidos que, o bien actualizan sus perfiles, o bien quieren incorporarme a su lista de contactos, no sé yo muy bien para qué. Un día de estos tengo que darme de baja.

            No penséis que soy tecnófobo; a fin de cuentas, ahora mismo estáis en mi blog. Porque un blog hace algo por mí, cumple una función. Pero las redes sociales son una aburrida pérdida de tiempo. Ah, claro, pero es que los blogs ya no están de moda… Pues cojonudo, porque eso de las modas me parece pura esclavitud; hacer algo porque lo hace todo el mundo, y porque si no lo haces estás fuera, no formas parte de la panda.

            ¿Qué sube la gente a Facebook, qué twitea, qué mensajes se manda? En el 90 % de las ocasiones, chorradas. ¿Cuántas llamadas telefónicas son innecesarias? La inmensa mayoría. ¿Cuántos e-mails se envían sencillamente porque es gratis enviarlos? Innumerables. ¿Por qué quiere la gente estar constantemente conectada, tener miles de amigos virtuales? ¿Acaso creen que así van a aplacar la soledad de sus corazones? ¿Confían en que sumándose a una red de comunicaciones digitales van a conseguir, por fin, formar parte de algo? ¿O es puro aturdimiento, la repetición mecánica de una tendencia social?

            O son los aliens, claro; que nos roban, no los cuerpos, sino las mentes, y no adoptando forma de vainas, sino de teléfonos móviles. Esos artefactos cambian a las personas, les roban el alma y la identidad. Porque estar todo el día tiki-tiki-tiki con el móvil es lo mismo que no estar. Es no ver el paisaje que te rodea, no disfrutar de la persona que tienes a tu lado, no sentir la vida.

            A veces pienso que la mayoría de las personas tenemos vidas tan vacías que necesitamos llenarlas con cualquier cosa; con twitts estúpidos y mensajes inútiles, con amigos virtuales que ni siquiera conoces, con información superficial, intrascendente o falsa, con videos gilipollas en YouTube, con gatitos digitales y toda esa morralla.

            Aunque, claro, también puede ser que ya nos hayamos convertido en marcianos.

           

lunes, julio 1

I am lovely


 
Una amabilísima merodeadora, Begoña, ha tenido el detalle de otorgarle, en su bitácora Días de lluvia, el premio One Lovely Blog a La Fraternidad de Babel. Muchas gracias, Begoña; eres un encanto.

            Begoña aduce que una de las razones para elegir mi blog es “por su sinceridad descarnada”. Me ha sorprendido un poco esta afirmación. ¿Soy descarnadamente sincero? ¿Soy, tan siquiera, sincero a secas? De hecho, ¿hay alguien que siempre sea sincero? Como decía mi admirado Gregory House: “Todo el mundo miente”. Es más, mostradme a alguien absolutamente sincero y yo veré a un maleducado.

            La mentira forma parte de nuestra naturaleza. Mentimos por cortesía, como por ejemplo cuando le decimos a nuestra vecina que está guapísima, aunque en realidad nos recuerde mucho a una cabra. Mentimos por comodidad, por interés, por miedo, por compasión, por esnobismo, por diversión, por aburrimiento, por reflejo, por dinero, porque sí… Coño, pero si incluso nos mentimos a nosotros mismos, porque seríamos incapaces de aceptar lo que realmente somos. Volviendo al doctor House: ¿Por qué miente la gente? Porque funciona. Así que, en definitiva, ahí reside el quid de la cuestión: la mentira es una herramienta. Y no solo eso, sino además una herramienta multiusos, como las navajas suizas, porque vale para muchas cosas distintas. Así pues, ¿yo miento? Pues claro, como todo el mundo.

            No obstante, reconozco que aquí, en Babel, quizá sea donde más sincero me muestro. No del todo, por supuesto, entre otras cosas porque yo elijo los temas sobre los que sincerarme (sobre esto sí, sobre esto otro no). Es decir, muestro una parte de mí mismo, pero oculto otras. Además, juego en terreno favorable, porque en un blog el medio de expresión es la palabra escrita. Que es mi especialidad. Lo cual me permite manipular.

            Pondré un ejemplo. Cuando Begoña habla de sinceridad descaranada, probablemente se refiere a los post que he publicado sobre mi familia; sobre todo a los dedicados a mi hermano Eduardo, donde realicé una especie de strip-tease emocional. Recuerdo que redacté esas entradas sin ningún plan, escribiendo deprisa, sin meditarlo mucho, según me venían los recuerdos a la cabeza.

            Pues bien, al cabo de un tiempo de acabar, releí la serie de entradas… y me quedé de piedra. Porque me di cuenta de que, sin proponérmelo, las había escrito utilizando técnicas narrativas. Comenzaba por el final (un suicidio) para captar la atención del lector; adelantaba información, ocultaba otra, iba hacia delante y hacia atrás en el tiempo… Es decir, había empleado los mismos trucos que habitualmente uso para escribir ficción.

            Pero yo no pretendía eso; mi intención era escribir un relato sincero sobre la vida y la muerte de mi hermano. Sin embargo, mi conocimiento de las técnicas narrativas actuó automáticamente, haciéndome llevar el relato por donde yo quería. O sea: manipulando al lector.

            ¿Eso es engañar? Porque lo que yo contaba era verdad, mi verdad al menos. Pero era una verdad articulada a mi manera, una verdad presentada y expuesta de la forma que yo quería. Ahora bien, ¿no es eso lo que hacemos todos? Cuando somos sinceros, articulamos la verdad desde nuestro personal punto de vista. Pero también es cierto que no todos saben manejar las palabras con igual destreza… A fin de cuentas, soy escritor; estoy acostumbrado a trabajar con ficciones, con engaños. Aunque, ¿acaso la literatura no consiste en decir verdades contando mentiras?

            Bueno, pajas mentales aparte, en Babel procuro ser lo más sincero posible. Entre otras cosas, porque no le veo sentido a llevar una especie de diario (eso es en definitiva un blog, ¿no?) para mentir. Lo que más me gusta de la bitácora es poder hablar sobre cosas que me interesan, pero que no tienen cabida en ningún otro lugar. ¿En que otro sitio podría confesar que amo a King Kong tanto como a Betty Page? De modo que sí, creo que soy razonablemente sincero en Babel.

            Volviendo al principio, el premio que tan amablemente me ha otorgado Begoña lleva consigo dos obligaciones: Otorgarle yo el premio a otros once blogs y responder a un cuestionario. Respecto a lo primero, lamento no poder cumplir con mi deber. Por la sencilla razón de que no sigo once blogs. Es decir, sí, podría mencionar once blogs; pero repetiría varios que ya he citado en otras ocasiones y el resto serían bastante arbitrarios. Además, no sé por qué, la mayor parte de las veces que me pongo a seguir una bitácora, ésta se actualiza cada vez más de tarde en tarde, o directamente desaparece. Creo que soy gafe para los blogs. Soy un blogafe.

            Pero el cuestionario sí que puedo responderlo:

1 ¿Qué valoras más del mundo de Internet?
Pues, dejando la pornografía aparte (es broma) (¿lo es?), lo que más valoro es la milagrosa facilidad para obtener información. Y los blogs, claro. Las redes sociales, sin embargo, me aburren.

2 ¿Qué defectos le encuentras?
La dificultad para obtener información fiable. Y las diversas y muy variadas formas de delincuencia y deshonestidad digital.

3 ¿Qué temas te interesan más?
Todo lo inútil; como por ejemplo la literatura, el cine o el cómic. En general, la cultura popular.

4 ¿Por qué decidiste abrir un blog?
Fue impulsivo e impremeditado. Un caso claro de procrastinación. Una tarde, estaba en mi despacho trabajando cuando me llegó un e-mail de Care Santos invitándome a conocer su nuevo blog. Entré en él y, tras leerlo, también entré en Blogger. Y así, a lo tonto, por perder el tiempo, por procrastinar, comencé a crear un blog. Una vez terminado, sin pensarlo mucho, lo activé y… hasta hoy.

5 ¿Cuándo lo actualizas?
Cada semana, más o menos.

6 ¿ En algún momento te planteaste cerrarlo?
Muchas veces; sobre todo al principio.

7 ¿Qué te impulsó a seguir escribiendo en él?
Entender para qué quería un blog. Lo había creado sin ningún propósito concreto; cuando encontré ese propósito, el blog se consolidó.

8 ¿Crees que un blog es...?
Un punto de encuentro, una luz en la oscuridad, una tertulia de café.

9 ¿ Qué proyectos de futuro esperas incluir en él?
¿"Proyectos de futuro"? ¿Eso qué es? No tengo proyectos, lo normal es que vaya improvisando. No obstante, hay dos promesas que quiero cumplir. Continuar una entrada sobre Stonehenge que dejé interrumpida hace años. Y volver a hablar sobre alguno de los aspectos de la leyenda artúrica, algo que probablemente haga en el siguiente post.

10 ¿Sientes que tú lo escribes o que se va escribiendo solo?
Lo escribo yo; vaya si lo escribo yo. Nada se escribe solo. Salvo los comentarios de los merodeadores, claro.

11 ¿Qué te gustaría que los demás encontrasen al entrar en él?
Un lugar confortable donde poder charlar tranquilamente sobre temas que, por lo general, no le interesan a nadie.

martes, junio 25

Es leyenda


 
            Creo que ya lo he dicho más de una vez, pero tengo la sensación de que la gente conocida se muere más en verano que en otras épocas del año. Y, además, que fallecen por parejas. Probablemente no sea cierto, pero recientemente han muerto dos viejas glorias de la literatura fantástica y de ciencia ficción. El primero, en mayo, fue Jack Vance, un escritor que a mí no me gusta nada, pero que sin duda fue una figura clave en cierto tipo de fantasía científica. Y maestro de otros autores, como por ejemplo George R. R. Martin, según él mismo reconoce.

            El segundo murió anteayer, a los 87 años: el gran Richard Matheson. Puede que algún desprevenido merodeador crea que no le conoce, ni a él ni a su obra, pero probablemente se equivoca, porque muchos de sus relatos han sido llevados al cine. Dos ejemplos muy conocidos son El increíble hombre menguante (1957), de Jack Arnold, y El diablo sobre ruedas (Duel, 1971), la primera película de Steven Spielberg estrenada en cines. Sin ir más lejos, durante los últimos quince años se han producido cinco películas basadas en su obra: Más allá de los sueños (1998), de Vincent Ward, El último escalón (1999), de David Koepp, Soy Leyenda (2007), de Francis Lawrence, The Box (2009), de Richard Kelly y Acero Puro (2011) de Shawn Levy.

            Puede que penséis que ninguno de esos cinco últimos títulos, los más recientes, es gran cosa; y tendréis toda la razón; sobre todo el último, que no es acero puro, sino pura basura. Pero, fiaos de mí, los relatos en que están basados son muchísimo mejores. Por lo demás, hay otras muchas películas inspiradas en su obra, o guionizadas por él; por citar dos ejemplos más que notables: La leyenda de la mansión del infierno (1973), de John Hough, y En algún lugar del tiempo (1980), de Jeannot Szwarc. Además, a su pluma se deben muchos capítulos de series de TV tan míticas como La Hora De Alfred Hitchcock, The Twilight Zone, Star Trek o Galería nocturna.

            No recuerdo cuál fue el primer relato de Matheson que leí, pero sí la primera novela: Soy leyenda (1954), en la edición de Minotauro. Yo debía de tener unos veinte años; aún vivía con mi hermano Eduardo. Una noche me acosté a eso de la una y cogí el libro para leer un poco antes de dormirme. Comencé a leerlo… y no pude parar hasta que, a altas horas de la madrugada, lo acabé. Es una de las novelas más adictivas que conozco.

            Pero Soy leyenda es mucho más que un relato apasionante. De entrada, es una lección de narrativa, porque resulta muy difícil mantener la tensión con un solo personaje. Además, es una reflexión sobre la soledad, sobre lo que es la humanidad y sobre la ambigüedad moral. Y cuenta con uno de los mejores finales que he leído. No exactamente un final sorpresa, porque los hechos siempre han estado delante de ti y no hay conejos ocultos en la chistera. Lo que hace Matheson es mucho más sutil; te dice: “Vale, ya te he contado la historia; ahora, ¿por qué no la contemplas desde otro punto de vista?”. Y cuando lo haces, cuando ves las cosas desde la perspectiva correcta, de repente todo lo que has leído adquiere un nuevo significado, totalmente opuesto al que tú creías.

            Puede que esto escandalice a más de uno, pero en mi opinión Soy leyenda es comparable en alcance a El señor de las moscas, de Golding (los argumentos no se parecen en nada, pero ambas obras tratan en el fondo de lo mismo: del bien y del mal).

            NOTA: Ninguna de las tres versiones cinematográficas de Soy leyenda le hace la menor justicia al original literario. De hecho, siendo el final de la novela importantísimo para dar sentido al texto, todas las películas lo han cambiado, convirtiendo una inteligente historia moral en una vulgaridad.

            Más adelante leí otras dos novelas suyas, La casa infernal y El hombre menguante, que están muy bien, pero no llegan a la altura de Soy leyenda. Y, por supuesto, sus muchos y fabulosos relatos cortos.

            ¿Era Matheson un gran escritor? Pues, como siempre, la respuesta a esa pregunta dependerá de la perspectiva. No era un “estilista”, desde luego; su prosa era meramente funcional. Pero era un narrador nato, un escritor inteligente y un fabulador dotado de gran imaginación. Para mí, eso es muchísimo. Ahora bien, si habéis leído la entrada anterior, comprenderéis que AFM despreciaría la obra de Matheson, tildándola con desdén de “foletinesca y bestsellera”, aunque él sólo podría escribir algo parecido copiándolo, como hizo con Borges. En mi opinión, Matheson fue uno de los grandes escritores de género del siglo XX.

            Corren tiempos extraños en los que ciertos grupos de opinión, de muy diversa naturaleza, se empeñan en denigrar y desdeñar a los escritores. No lo entiendo; pero no lo entiendo, no ya como escritor, sino como lector. Muchos escritores han contribuido a hacerme más feliz, a mejorar la calidad de mi vida, muchos escritores me han proporcionado momentos maravillosos, y a esos escritores solo les debo una profunda gratitud. Matheson era uno de ellos.

            Así que Richard, viejo amigo, lamento mucho que hayas palmado. Nunca te olvidaré, ni olvidaré las horas de felicidad que me regalaste; sobre todo las de aquella noche, hace cuarenta años, en que devoré Soy leyenda sin poder parar de leer. Gracias por todo lo que me diste. Descansa en paz.

            Richard Matheson. Allendale, Nueva Jersey. 20 de febrero de 1926 - 23 de junio de 2013.

           

martes, junio 18

Aristocracia literaria


 
            Hace tiempo que lo sé, pero no puedo evitarlo, qué le vamos a hacer; como escritor cometo uno de los pecados más terribles que cabe imaginar: ser ameno. Y es que tildar a un escritor de “ameno” es un insulto tan grave como decir que un pintor es “decorativo”. O, al menos, eso parece.

            Lo peor de todo es que se trata de un pecado voluntario que no pienso dejar de cometer. Porque, veréis, (casi) todo escritor acaba desarrollando una “teoría narrativa” propia que es la que emplea en sus textos, y mi teoría narrativa no se centra en mí, ni en el texto que estoy escribiendo, sino en el lector y su relación con dicho texto. Es decir, no escribo para colgarme medallas con cada frase, ni creyendo que ese texto que se cuece en el Word es una obra maestra ante la que los demás deben inclinarse (y adaptarse). No, ni mucho menos; escribo pensando en el lector, procurando presentarle mi historia de la forma más eficaz, interesante y adictiva posible.

            Supongo que más de uno pensará que eso significa hacer concesiones: simplificar la trama y la estructura, renunciar a la complejidad temática, restarle matices a los personajes, abaratar la prosa... Pero no es cierto; de lo que se trata, precisamente, es de hacer accesible y seductor lo complejo. La narrativa no consiste en sumar oscuridad a la oscuridad, sino en arrojar un rayo de luz sobre las tinieblas; porque la oscuridad es monótona, mientras que la luz, además de iluminar, crea interesantes sombras. La narrativa no consiste en construir pistas americanas llenas de obstáculos, sino en diseñar toboganes, montañas rusas, trenes. De hecho, sostengo que escribir de forma oscura y árida es sencillísimo, mientras que hacerlo con claridad y garra resulta muy difícil.

            Esto viene a cuento por algo que el escritor Agustín Fernández Mallo (AFM) escribió en El Cultural y que yo he encontrado en el blog Patrulla de Salvación. Dice AFM: “Los escritores de la novela culta, es decir, el género que en el siglo XX y lo que llevamos del XXI hemos llamado literatura a secas, se quejan de que sus libros ni son consumidos por el lector ni están bien atendidos por las promociones en el mercado. Y en parte tienen razón. Pero el problema no es que se lea menos novela culta –no nos engañemos, siempre ha sido minoritaria-, sino que otra clase de escritura, antes llamada folletinesca y ahora llamada “bestsellera” le ha robado el nombre a aquella. En efecto, una de las características de la mayoría de los bestsellers es que pueden ser leídos en voz alta sin detrimento de su contenido ni detrimento de la comprensión por parte del oyente. Por eso no pertenecen al género de la novela. Una novela es un tipo de escritura sujeta a unos mecanismos de complejidad y construcción tales que impiden la oralidad, o si no la impide desde luego la hacen penosa y difícil. De modo que lo que ocurre es que se confunde el relato oral puesto por escrito con la novela. El mercado mete todo en el mismo saco. Bienvenidos sean los relatos orales puestos por escrito, y bienvenido sea que vendan millones de ejemplares porque ello permite a las editoriales seguir financiando a escritores que escriben novelas, pero desde luego tales libros tienen poco que ver con la novela”.

            De entrada, confieso que las ¿novelas? de AFM no sólo no me interesan, sino además me parecen mala narrativa (si es que son narrativa) y un recurso fácil; no obstante, y aunque no la comparta, acepto que su “teoría narrativa” tiene todo el derecho del mundo a formar parte de la literatura (que es un arte grande precisamente porque en él caben muchas cosas distintas); algo que él, por cierto, no está dispuesto a hacer con escritores como yo.

            Respecto a su comentario, creo que huelga señalar hasta qué punto es una gilipollez eso que dice sobre la oralidad. Tolstoi, Stevenson, Twain, Flaubert, Capote, Lampedusa, Mendoza, Buzzati, Steinbeck, Bradbury... las obras de estos autores, y de otros muchos, permiten la lectura oral sin el menor problema de comprensión; entonces, ¿no escribieron auténticas novelas? El Quijote o El Buscón fueron durante mucho tiempo, y a causa del analfabetismo, lecturas orales, así que, según la empanada mental de AFM, ni Cervantes ni Quevedo escribieron novelas de verdad. En fin, lo dicho: una gilipollez.

            Pero una gilipollez que tiene mucho que ver con cierta visión aristocrática de la literatura que, por desgracia, aún cuenta con un inmerecido predicamento. AFM dice que la “novela culta” (entre cuyos cultivadores, por supuesto, él se incluye) es literatura a secas, así que todo lo demás no es auténtica literatura, sino escritura folletinesca o “bestsellera”. Pero hay algo que AFM no aclara: ¿qué entiende él por “novela culta” o “literatura”? No, no lo aclara, pero del contexto se deduce que la auténtica novela, la novela realmente literaria, es aquella que está escrita de forma compleja y resulta difícil de leer. Novelas áridas, sin nada que huela ni remotamente a un argumento; novelas narradas a contrapelo, con voluntaria o involuntaria torpeza, novelas concebidas para alimentar el ego del autor, y no para el placer del lector.

            ¿Placer? Esa palabra está proscrita en el lenguaje de los talibanes de la “novela culta”. Estamos hablando de aristocracia literaria y eso implica, desde el punto de vista del “lector culto”, consumir novelas aburridas, pesadas, pretenciosas y oscuras. Porque cualquier imbécil puede disfrutar de un texto divertido, pero leer un coñazo no está al alcance de todos. Sí, cualquiera puede disfrutar de una novela divertida; ahora bien, ¿cualquiera puede escribir una novela apasionante? Me parece que no. ¿Sabría escribir AFM una buena novela “bestsellera y folletinesca”? De hecho, ¿sabe narrar AFM? Teniendo en cuenta lo que ha escrito, lo dudo mucho.

            Siempre he desconfiado de lo que es voluntaria y arbitrariamente oscuro. Creo que quien se refugia en la falsa complejidad y en las tinieblas lo hace porque tiene algo que ocultar: por lo general, su incompetencia como narrador. Decía Vázquez Montalbán que le resultaba mucho más difícil escribir sus novelas policíacas que las “literarias”. Porque contar bien una historia, narrar con oficio, es muy, muy complejo. No se trata de algo que esté al alcance de cualquier idiota con ínfulas de artista.

            En el caso de AFM, su despiste le lleva a admirar a Borges. Tanto le admira, que escribió El hacedor (de Borges) Remake, donde reproducía textos del maestro argentino. Pero es tan listo que los reproducía sin consentimiento, así que el libro fue retirado. En fin, el caso es que, dada su admiración por Borges, supongo que AFM lo considera un escritor complejo.

            Y sin duda lo es; pero la complejidad de Borges reside en la complejidad de las ideas y conceptos que maneja, no en la forma en que los expone. Muy al contrario; su precisa y elegante prosa de relojería es de una claridad luminosa. Pero si a un escritor mediocre no se le ocurren ideas interesantes y complejas, siempre puede embrollar artificialmente la apariencia de sus textos para ver si da el pego. A veces, como vemos, ese truquito funciona.

            En cualquier caso, si AFM admira tanto a Borges, quizá debería tener en cuenta dos preceptos de su maestro: 1. El peor pecado de un escritor es aburrir.  Y 2. El objetivo de la literatura es el placer.

            En lo que a mí respecta, me conformo con ser ameno. Porque según el diccionario, amenidad es la capacidad para resultar divertido, entretenido, placentero. Todo lo cual se me antoja estupendo, sobre todo si tenemos en cuenta que “divertido” no es lo contrario de “serio”, sino lo contrario de “aburrido”. Tres hurras, pues, por la amenidad. Y condena eterna para quienes conciben la literatura como una farragosa y pesada carga.

lunes, junio 10

martes, junio 4

Kong



De pequeño yo era un niño fantasioso, siempre con la cabeza en las nubes. Me gustaban el cine, los tebeos, las novelas, la televisión y los dinosaurios, entre otras cosas. Una de mis películas favoritas era King Kong. Me refiero, claro, a la primera versión, la de 1933, dirigida por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack. No sé si la vi primero en el cine -en alguna sesión doble de sala de barrio- o en la tele, pero entre una y otra pantalla la habré disfrutado más de una docena de veces; la última hace un par de meses (la tengo en DVD).


Cuando era un crío, me encantaba esa película. Solía acercarme a una librería de viejo que había cerca de mi casa para contemplar un libro en ingles que se exhibía en una de sus vitrinas. Era la versión novelada de King Kong, escrita por Edgar Wallace, y en la portada lucía un dibujo hiperrealista del gorila gigante. Me tiraba un buen rato contemplando aquella ilustración mientras soñaba con islas misteriosas llenas de bestias prehistóricas.

No estoy seguro de saber por qué me fascinaba, y fascina, tanto esa película. Sus efectos especiales fueron asombrosos en su momento, pero hoy en día (y también cuando yo era un crío) resultan entrañables y un poco naif. Kong parece lo que es, un muñequito articulado, y sus proporciones varían constantemente, siendo más o menos grande según el plano. Se construyó un rostro de gorila a tamaño real –el tamaño real de un supuesto simio gigante-, pero lo que realmente parecía era una falla valenciana. Por otro lado, si el muro de la isla está ahí para contener a Kong, ¿por qué tiene una puerta del tamaño de Kong? ¿Y por qué hay un solo gorila gigante en la isla? ¿Y cómo demonios llevaron a Kong a Nueva York? ¿Y cómo le metieron en el teatro? ¿Y cómo es posible que, al escaparse, a Kong le cueste tan poco encontrar a Fay Wray en una ciudad tan grande?

No, no hay mucha lógica detrás de King Kong (de hecho, un primate de ese tamaño no podría ni andar). Sin embargo, el film funciona como un reloj. Se trata de una aventura clásica narrada con pulso firme. El casting es acertado; Robert Armstrong está perfecto en el papel del visionario realizador Carl Denham, Bruce Cabot compone un convincente héroe de una pieza y Fay Wray, en el papel de Ann Darrow, grita de maravilla. La música de Max Steiner es soberbia, la dirección de arte y los decorados de Carroll Clark y Alfred Herman son fabulosos, y el stop-motion de Willis O’Brien es fantástico, sobre todo en las secuencias en que Kong lucha contra el tiranosaurio y la serpiente gigante.

Pero nada de eso explicaba la poderosa fascinación que esa película despertaba en mí. Hasta que un buen día (o, mejor dicho, una buena noche) de 1974 lo descubrí. La editorial Tusquets, en su colección Cuadernos Ínfimos, publicó ese año un libro, Homenaje a King Kong, editado por Román Gubern. Es un libro muy curioso (podéis verlo en la foto); cuando se gira la ruedecita que hay en la parte superior, Kong mueve los ojos y la lengua. El caso es que lo compré y me lo llevé a Marbella, donde unos amigos y yo íbamos a pasar la Semana Santa. Por entonces no había autovía; además, salimos tarde y había mucho atasco, así que se nos hizo de noche y tuvimos que pernoctar en una vieja pensión de Jaén.


Es curioso, recuerdo aquel momento con toda nitidez... Tumbado en la cama, leí el libro de un tirón (es cortito; apenas 90 páginas). Homenaje a King Kong contiene la ficha técnica del film, un par de críticas publicadas en el momento de su estreno y seis artículos. En uno de ellos, A propósito de King Kong, que Jean Ferry escribió para Le Minotaure en 1934, encontré por fin el motivo último de mi fascinación.
Descubrí que los surrealistas europeos, cuyo movimiento estaba muy vivo en ese momento, se sintieron tan fascinados como yo por la película. Porque los surrealistas estaban obsesionados con los sueños, con el mundo onírico, y King Kong parece un sueño; o, más bien, una pesadilla. Quizá ahí está la clave del film; cuando lo contemplamos nos introducimos en un sueño, y en los sueños las leyes de la lógica ya no rigen. En cualquier caso, King Kong nos regaló una de las imágenes mas famosas, evocadores y potentes de la historia del cine; la del gorila en la cima del Empire State luchando contra un enjambre de biplanos.

Como veis, estoy hablando de la película original, y no de sus dos remakes. El primero, de 1976, producido por Dino De Laurentis y dirigido por John Guillermin, es una absoluta bazofia, con un gordo disfrazado de gorila y unos efectos especiales que dan pena. Lo único que se salva es la presencia de una jovencísima y preciosa Jessica Lange en el papel de Ann Darrow, y nadie hubiera sospechado entonces que acabaría convirtiéndose en la excelente actriz que ahora es.

El segundo remake, la versión que la mayoría conoceréis, es el film de 2005 que dirigió Peter Jackson. Sin duda es muy superior técnicamente a las dos anteriores versiones, pero no consigue aproximarse, ni de lejos, a la fascinación y la ruda poesía del original. Como suele suceder con Jackson, todo es excesivo en la película. Si en la primera versión aparecía un diplodocus, ahora aparece toda una manada; si Kong luchaba contra un tiranosaurio, ahora lucha contra tres, y todo así. Parece como si Jackson, preocupado sólo por la espectacularidad, se olvidara de la atmósfera y la magia. Con todo, hay que reconocer que la secuencia final de Kong sobre el Empire State es excelente.

Pero hay algo en que las dos secuelas se equivocan. Vamos a ver, King Kong cuenta la historia de un gorila gigante que se encoña con la rubia Ann Darrow. Lo que pensaba hacer el bicho con la chica es algo que, dada la diferencia de tamaños, se me escapa totalmente. Ahora bien, en el original, Ann Darrow, lejos de compartir los sentimiento del gorila, siente terror hacia Kong. Como es natural, porque cualquier persona sensata que se encontrase con semejante bestia no se quedaría ahí parado diciendo “Pero qué monada...” con cara de gili, sino que saldría pitando como alma que lleva el diablo.

Sin embargo, en los dos remakes, Ann Darrow le coge cariño al gorilón, e intenta salvarle, y protegerle, todo muy ecologísta, muy políticamente correcto y muy guay. La secuencia, en la versión de Jackson, donde Kong y Darrow “patinan” de noche en un lago helado, rodeados de árboles de Navidad, como una pareja de enamorados, es sencillamente bochornosa. Y es que en ambos remakes Kong ha sido descafeinado, dulcificado y amansado, para centrar en él, de forma tramposa, las simpatías del espectador. Porque en la película original Kong es una fiera, un monstruo que se come a la gente, o la aplasta sin miramientos. Una bestia salvaje que trepa a un rascacielos, mete la mano por una ventana, saca a una mujer de su cama y, al comprobar que no es Darrow, la arroja al vacío sin más miramientos. Ese es el auténtico Kong, y no el peluche gigante de los remakes. Y si ese Kong nos simpatiza no es porque en el fondo sea un pedazo de pan, sino porque al final se enfrenta, sin ninguna posibilidad de victoria, a unos monstruos mucho más salvajes y temibles que él: los humanos.

En fin, todo esto viene a cuento porque King Kong se estrenó el 7 de marzo de 1933, así que este año se cumple su ochenta aniversario. Si no la habéis visto, hacedlo; aunque os eche para atrás el blanco y negro y cualquier película anterior a los 90 os parezca una antigualla de museo. Porque King Kong es una maravilla (la octava, según el propio film) y uno de los grandes mitos cinematográficos de todos los tiempos.

Y, para despedirme, un par de curiosidades. Resulta evidente que una de las principales influencias del film es El mundo perdido, de Conan Doyle, y su versión cinematográfica de 1925 (cuyos efectos especiales también eran de Willis O’Brien). Pero no muchos recuerdan que en Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, en el 5º capítulo del episodio El viaje a Brobdinngnag, se describe cómo un simio gigante mete la mano por una ventana, coge a Gulliver y luego sube con él a la cima de un edificio. ¿Casualidad?



Por otro lado, ¿sabíais que algo de King Kong aparece en Lo que el viento se llevó? Las escenas del incendio de Atlanta, de esa última película, fueron las primeras que se rodaron, antes incluso de que estuviera completo el casting. Para simular el incendio, se prendió fuego a viejos decorados de otras películas. En una escena, se ve un plano general de un carro tirado por un caballo, donde van Rhett y Escarlata (en realidad, los dobles de Gable y Leigh), que pasa delante de un edificio en llamas justo en el momento en que éste se derrumba (ver foto). Pues bien, ese edificio en llamas era en realidad el gran muro y la gran puerta de la Isla de la Calavera de King Kong.

Y ya está, amigos míos; sólo queda que os unáis a mí para desearle un feliz cumpleaños a Kong, el malencarado, peludo y lascivo gorila gigante. Su final en la cima del Empire State Building está considerado, con razón, una de las diez mejores muertes de la historia del cine. Y, como dijo Petrarca, una bella muerte honra toda una vida.

Hasta siempre Kong, viejo amigo; nunca te olvidaré.

lunes, mayo 27

"Eso"


En la anterior entrada, dos conspicuos merodeadores me reprochaban que no hablara sobre cierta entrevista que cierto ex-presidente de gobierno ha concedido recientemente a cierto canal de TV. Como la respuesta es demasiado larga para poder incluirla en los comentarios, he decido convertirla en una entrada. Ésta:


Babilonia & Samael: Voy a referirme al personajillo repugnante que mencionáis, usando la denominación que propone Babilonia: “Eso”. Se trata del personajillo repugnante que más he despreciado en mi vida; tanto es así, que cuando “Eso” era Gran Emperador de la Galaxia no podía escucharle (y mucho menos verle), porque me revolvía literalmente las tripas. Le oía, le miraba, y al instante empezaba a sentir una insidiosa mezcla de grima, desazón y asco, así que, sin poder evitarlo, apagaba la radio o la tele. Y si había estado demasiado rato expuesto a su presencia, me iba al baño a vomitar. “Eso” representa todo lo que odio y desdeño. Y no porque sea malvado (o no solo porque lo sea), pues incluso entre los malvados hay categorías. Por ejemplo, Hitler y Stalin fueron grandes malvados, y les odio; pero no puedo desdeñarles. Interpretaron su papel de maravilla, hicieron el mal con verdadera amplitud de miras, a lo grande. A ellos los odio y me dan miedo (en abstracto, ya sé que están muertos); a “Eso” le desprecio y me da grima. Una diferencia importante.

La razón de mi deedén no se debe tanto a su acción política (aunque también, claro; pero en su caso ser político sólo es un “a más, a más”, que dirían mis genes catalanes), como a su naturaleza humana. Es decir, a “Eso” hay que analizarle, no desde un punto de vista ideológico, sino psicológico. O psiquiátrico. Es obvio que “Eso” tiene las habilidades sociales y la simpatía de una mofeta; en cuanto a su aspecto físico... bueno, las mofetas son más agraciadas. Así que me imagino lo siguiente: “Eso” fue un niño poco popular y acomplejado; es posible incluso que le hicieran bullying en el colegio. Más tarde, de jovencito, ya en la universidad, siguió siendo tan impopular como antes. Mientras sus compañeros se iban de juerga los fines de semana, él se quedaba en casa, estudiando, porque no tenía otra cosa que hacer. Y, claro, no se jalaba un rosco. Las chicas, como es natural, no le hacían ni caso. Me jugaría mi órgano más valioso –a estas alturas, la lengua; y no por lo que pensáis, guarros, sino por la facilidad de palabra-, a que la única mujer que le hizo caso en aquel entonces fue Anita (y hay que ser como Anita para hacerle caso a semejante tipejo).

Así pues, ¿qué tenemos? Un hombre gris, no demasiado inteligente, poco agraciado, soso como una mata de habas (¿por qué son sosas las matas de habas?), convencional, con escasa cultura, retrógrado (¡era falangista!). Un hombre acomplejado y resentido, envidioso, rencoroso y amargado. Pero dotado de dos poderosas cualidades: una gran fuerza de voluntad y una inquebrantable perseverancia.

Así que “Eso” saca sus oposiciones, inicia el camino hacia el “triunfo”, y su ego comienza a crecer. Ahí tenemos una de sus claves vitales. Normalmente, detrás de un complejo de superioridad tan desmedido como el de este payaso, lo que se oculta es un desolador complejo de inferioridad. Cuando uno se tiene en baja estima, la reacción suele ir en sentido contrario: convencerse de que uno es la hostia en bote, el siguiente paso en la evolución humana. En el proceso, se pierde toda capacidad de autocrítica y, aunque lo que se buscaba era la autoestima, lo que se obtiene es mera vanidad. Odias a todo aquel que no te rinda pleitesía, y al tiempo te dejas engatusar por cualquiera que le de lustre a tu hipertrofiado ego. Aunque, justo es reconocerlo, hay que tener mucho estómago y mucha “Correa” para hacer eso. Al final, te crees Napoleón, pierdes todo contacto con la realidad y te conviertes en una grotesca caricatura de ti mismo.

Pues bien, estoy seguro de que ése fue el sendero que siguió “Eso”. Gracias a su inquebrantable fuerza de voluntad, gracias a su constancia a prueba de bombas (en su caso, literalmente), gracias a la por entonces frágil situación de la derecha, gracias a la inmensa mediocridad de nuestra trouppe política, gracias al azar, gracias a los problemas de la izquierda, gracias a todo ello (y posiblemente gracias también a su devoción a santa Rita), “Eso” se casó, se metió en política, fue elegido diputado, fue elegido presidente de Castilla-León, fue elegido vicepresidente de su partido, y luego presidente, y luego jefe de la oposición, y luego ¡Presidente de Gobierno!, demostrando así que es en España, y no en USA, donde cualquier imbécil puede llegar a presidente (no, no me he olvidado de Bush; pero, al menos, Bush fue un juerguista, era simpático y tenía buen aspecto).

A partir de entonces “Eso” rompió las últimas amarras que le ataban a la realidad y se convenció a sí mismo de que lo único que podía dañarle era la kryptonita. Sólo tenía una duda: ¿debía dirigirse a sus súbditos con aspecto terrenal, o en forma de zarza ardiente? En fin, no vale la pena seguir mareando la perdiz (otra frase hecha incomprensible para mí), el personajillo no lo merece. Para definirle, me bastan dos imágenes: Una, la de “Eso” pasando revista a no sé qué tropas, cubierto con un abrigo beige de alas muy amplias, que ondeaban tras él como la capa de un superhéroe, y tocado con una bufanda refulgentemente blanca, larga hasta los pies (aunque tampoco tenía que ser muy larga la bufanda para llegarle a los pies). ¿Qué representa esa imagen? Un mediocre feo y acomplejado intentando llamar la atención.

La otra imagen es la ya famosa fotografía de Bush y “Eso” sentados, uno al lado de otro, con los pies sobre una mesa (en el rancho tejano del primero, cuando el segundo hizo el ganso hablando como Cantinflas). ¿Qué es lo que veo ahí? A un niño imitando a un adulto (¡Eh, miradme, soy como papá...!). Patético y vergonzoso a partes iguales.

No tenía la menor intención de ver la entrevista de Antena 3. Porque me importa un bledo lo que diga o piense ese personajillo. No obstante, sí que he visto algunas partes de ella (sobre todo en El Intermedio). Los niños feos y sosos, los niños a quienes nadie hace caso, intentan centrar en ellos la atención con gritos y pataletas. Eso es lo que vi en la entrevista: a un niño feo y soso, mezquino, mentiroso, rencoroso y malencarado, berreando y pataleando para centrar la atención sobre él. Un bochornoso espectáculo muy poco interesante.

Ya ni siquiera odio a “Eso”. Para odiar de verdad hace falta que el objetivo de tu odio posea un mínimo de entidad, algo de lo que “Eso” carece. No; sencillamente le desprecio. Ese globo hinchado, ese salvapatrias de pacotilla que sólo se cree responsable ante Dios y ante la Historia -como su admirado Franco-, ese villano de tres al cuarto, ruin y sin escrúpulos, no me inspira más que desdén, asco y un ardiente deseo de olvidar su existencia. No tengo la menor duda de que es cómplice de crímenes de guerra; pero incluso como criminal de guerra resulta de una mediocridad apabullante, pues su única misión fue sembrar cizaña en Europa. Y eso sí que se le da bien: enemistar, desunir, insultar, mentir, injuriar... ¿Por qué prestarle atención a alguien así? No vale la pena.

Los niños feos, sosos y resentidos, necesitan alimentar su acomplejado ego provocando reacciones en los demás. Necesitan que les adoren, que les rindan pleitesía; o, también, todo lo contrario: que la gente les odie. Porque tanto la adoración de sus fieles como la inquina de sus enemigos, definen su talla. Si eres grande, provocas grandes amores y grandes animadversiones; grandes pasiones en definitva. Pero “Eso”, amigos míos, dista mucho de ser grande. Así que pongámosle en su lugar e ignorémosle, porque la indiferencia no es sólo lo que se merece, sino también lo que más puede dolerle a un mesías de tres al cuarto como él.

Que le den.

jueves, mayo 23

Le Métèque



Nació en Alejandría, que es un sitio de lo más romántico para nacer; era mitad árabe, mitad judío, mitad griego y mitad francés (demasiadas mitades, ya lo sé). Se llamaba Giuseppe Mustacchi, pero era más conocido como Georges Moustaki. Fue uno de los grandes cantautores franceses (su nacionalidad es un lío, pero cantaba sobre todo en francés), junto con Georges Brassens (su maestro), Jacques Brel o Léo Farré.


Nunca fue un cantante de masas; sus seguidores solían ser gente con inquietudes intelectuales (eran “progres”, ese término que (Des)Esperanza Aguirre sabe pronunciar con tantísimo desdén, aunque yo creo que es una palabra más bien anticuada). Su canción más popular, con diferencia, fue la que da título a esta entrada: Le Métèque (El extranjero); probablemente es la única suya que hayáis oído, si es que habéis oído alguna (hay merodeadores muy jóvenes en Babel). Pero a mí también me gustaban muchas otras suyas, como Il est trop tard, La Dame Brune o Ma Solitude.

Fue uno de mis cantantes favoritos entre finales de los 70 y comienzos de los 80; yo tenía (y creo que sigo teniendo) cuatro vinilos suyos. Durante una época demasiado turbulenta de mi vida me refugié en su melancólica música, oyendo sus canciones una y otra vez, y también en la de Leonard Cohen. Quizá por eso ambos autores están íntimamente asociados en mi memoria. Después, conforme el siglo se agotaba, dejé de escucharle; no por nada en especial, sino porque cada vez escucho menos música. Fue como uno de esos amigos muy queridos a los que, sin saber cómo ni por qué, acabas perdiéndoles la pista. Hoy me he enterado de que acaba de morir, en su casa de Niza, a los 79 años de edad.

Descanse en paz.

viernes, mayo 17

El Coleccionista de Frases 28


Hacía tiempo que esta veterana sección no aparecía por el blog; concretamente desde el 17 de marzo de 2009. Eso se debe en gran medida a que no me acuerdo de las frases que ya han aparecido, aunque supongo que tampoco tendría tanta importancia que me repitiese. En fin, El Coleccionista de Frases es exactamente lo que su nombre revela: una colección de freses o citas que me gustan.

Hace un par de días, buscando en Internet otra cosa, me encontré por casualidad con una cita que se me antojó de lo más adecuado para esta mierda de tiempos que nos ha tocado vivir. En la página donde la vi se afirmaba que era un proverbio chino, y así lo puse en el blog, pero Cris Menéndez, una aguda merodeadora de Babel, me ha sacado del error (demostrando, una vez más, la escasa fiabilidad de Internet): la cita en realidad pertenece a Anita Roddick. Reza así:

Si piensas que eres demasiado pequeño para cambiar nada, intenta dormir en una habitación con un mosquito.

 

Sólo un breve comentario: Para que un mosquito te incordie no hace falta que pique; le basta con zumbar.

Seamos mosquitos.