jueves, noviembre 26

Taller de creatividad literaria


 
            Queridos merodeadores: El próximo mes de febrero voy a impartir un taller de escritura en el Espacio Fundación Telefónica, situado en la calle Fuencarral 3 de Madrid. El taller se llama “Cómo crear mundos. Taller de creatividad literaria” y se celebrará durante tres días el fin de semana del 5 al 7 de febrero de 2016. En total, 15 horas.

            ¿De qué va el asunto? Está claro que en tres días es imposible enseñar a escribir, así que ni lo voy a intentar. El taller se centrará en describir los procesos mentales que conducen al pensamiento creativo, en desarrollar las técnicas y hábitos que fomentan la creatividad, y en la ejecución de varios ejercicios prácticos relacionados con el pensamiento divergente.

            El taller está orientado a los jóvenes, pero no sé qué rango de edades se baraja para la admisión. En cualquier caso, si os interesara asistir, podéis inscribiros pinchando AQUÍ.
 
 

viernes, noviembre 20

Soy un maldito Sith


 
 
            Os transcribo el evento que anuncia La Casa del Libro para mañana, 21 de noviembre:

            18.00 horas: Lectura del guion alternativo de Star Wars Episodio VII por Ángel Luis Sucasas y Francisco Miguel Espinosa, a cargo de actores estelares: César Mallorquí, Ana Campoy, Eddu Viera y Juan José Cardillo entre otros...

            Os explico de qué va el asunto. Ángel Luis y Francisco Miguel han escrito un guion alternativo del 7º episodio de Star Wars. Además, han conseguido que un músico profesional componga una estupenda banda musical inspirada en la de John Williams, pero distinta. Y que varios dibujantes creen ilustraciones basadas en el guion. Todo un lujo, vamos.

            Pues bien, en el Celsius de Avilés se hizo una breve lectura de una secuencia del guion, y los creadores y promotores del asunto me pidieron que pusiera la voz a un personaje. Nada más y nada menos que a un Maestro Sith. ¡Un malo!; ¿cómo iba a negarme? Si me hubiesen ofrecido, qué sé yo, ser la voz de Han Solo, probablemente habría declinado colaborar. Pero me encantan los malos, me chiflan, así que acepté encantado y puse mi mejor voz de malote.

            Y ahora, es decir, mañana a las seis de la tarde, se hará en La Casa del Libro de Gran Vía 29 una lectura más amplia por parte de un rutilante elenco de actores entre los cuales estaré yo dando vida a un pérfido sith. Creo que va a ser el acto más friki que he perpetrado en mi vida. ¿Os lo vais a perder?

            En serio, ¿os vais a perder mi desvirgamiento friki?

 

 

lunes, noviembre 16

jueves, noviembre 12

Humor



            El humor siempre ha sido muy importante para mí, tanto en mi vida personal como en mi producción literaria. Supongo que se debe en parte a que mi padre y mis hermanos tenían un gran sentido del humor. También hay que tener en cuenta que en mis lecturas favoritas de infancia y primera juventud hay gran cantidad de humoristas: Richmal Crompton, Mark Twain, Enrique Jardiel Poncela, Wenceslao Fernández Flórez, Miguel Mihura, P. G. Wodehouse, Evelyn Wough, Fredric Brown, Joseph Heller, Robert Sheckley... Eso por no hablar de todas las comedias cinematográficas que he disfrutado, desde Chaplin hasta Woody Allen, pasando por los Marx Brothers, Berlanga o Billy Wilder. Mi primer trabajo fue como colaborador de La Codorniz, una revista de humor.

            En mi vida personal el humor es omnipresente, porque creo que eso, el humor, es uno de los mejores lubricantes sociales que existen. Es difícil no simpatizar con alguien que te hace reír. Pero, ¿yo hago reír? Pues por lo que he podido comprobar, sí. Quienes me conocen consideran que tengo sentido del humor. Yo también lo creo, pero, claro, no soy objetivo.

            Sin embargo, aunque mi sentido del humor suele funcionar, en ocasiones me encuentro con personas a las que no les hago la menor gracia. Bromeo con un desconocido y él se me queda mirando con desconcierto, o con cara de palo y una ceja levantada, como si yo fuera gilipollas. ¿Por qué sucede esto? ¿Esa persona no tiene sentido del humor? Es posible. Pero también puede ser que su sentido del humor no conecte con el mío. No todos nos reímos de lo mismo.

            El humor es una senda al borde del precipicio. De entrada, el humor tiene una dificultad intrínseca: a diferencia de cualquier otro género (salvo, quizá, la pornografía), debe producir una respuesta física en la persona que lo recibe: sonrisa o risa. Podemos leer o ver un drama y conmovernos sin necesidad de llorar. Pero si vemos o leemos un producto humorístico y no nos provoca siquiera una sonrisita, algo falla. Por otra parte, para reírte con alguien tienes que compartir ciertos referentes culturales. Por ejemplo, mucha gente se descojona con Los Morancos, pero se aburre con Woody Allen. Los primeros representan el humor más primario, mientras que el segundo es el paradigma del humor intelectual. Además, la diferencia de calidad es objetivamente notoria.

            Pero no se trata sólo de calidad. Pondré mi propio ejemplo: Creo que soy una persona medianamente culta dotada de sentido del humor. Sin embargo, hay humoristas ampliamente reconocidos por la crítica, y muy valorados por personas en cuyo gusto confío, que me dejan frío. Por ejemplo, Tom Sharpe no me hace ni pizca de gracia, y La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, sólo logra provocarme cierta repugnancia. ¿Significa eso que Sharpe y Toole son malos humoristas? Ni mucho menos; lo que eso quiere decir es que entre las estructuras culturales de ambos escritores y las mías hay algo que no encaja. Eso es todo.

            Por otro lado, existen, como decía antes, personas que carecen por completo de cualquier clase de sentido del humor. Y algo sutilmente más insidioso, y mucho más frecuente: personas que, aun reconociendo el humor, lo consideran algo menor y sin importancia. Su lema vendría a ser: “Si te hace reír, entonces es banal”.

            Pues bien, teniendo en cuenta todo eso, siempre he sido muy precavido al emplear el humor en mis novelas. Entendedme: en casi todo lo que escribo, aunque sea dramático, siempre hay toques de humor. De hecho, es uno de mis rasgos de estilo. Pero pocas veces he escrito novelas humorísticas al 100 %. Y cuando lo he hecho, he salido escaldado.

            En realidad, mi única novela básicamente de humor es El viajero perdido. La presenté al premio Gran Angular y no ganó. Más tarde, Elsa Aguiar, la entonces directora editorial de SM, me contó que a parte del jurado le había gustado mucho y optaban por premiarla, pero por lo visto uno de los jurados se negó en redondo a otorgarle el galardón a lo que él consideraba una estúpida payasada. Curiosamente, es una de las novelas donde más ideas he metido. Pero en clave de humor, ay.

            Hace tres años, Care Santos me pidió un cuento para una antología dedicada a celebrar el segundo centenario del nacimiento de Charles Dickens. Diez escritores escribiendo cada uno un relato ambientado en una pensión llena de fantasmas. La idea para el relato se me ocurrió inmediatamente: ¿Qué pasaría si los fantasmas de Cuento de Navidad se confundieran de persona y de época? Así surgió Cuento de verano, una historia absolutamente humorística. De hecho, una historia inspirada en el estilo de uno de mis humoristas favoritos: P. G. Wodehouse. Humor en estado puro, sin mensaje ni más propósito que provocar la risa.

            Fue uno de los cuentos más celebrados de la antología. Algunos reseñistas incluso me daban las gracias por haberles hecho reír tanto. Aunque mi opinión no cuenta, es uno de los tres o cuatro cuentos de los que más orgulloso estoy. Por eso lo incluí en Trece monos.

            Pues bien, hace poco apareció una crítica en un blog (no diré nombres), y el bloguero consideraba Cuento de verano como el relato más decepcionante de la antología, y lo calificaba de mero “chiste alargado”.

            Supongo que, si el cuento no hubiera sido puesto a prueba antes, tan tajante y negativa opinión me habría deprimido. Pero me costa que el relato funciona. Hace unas semanas estuve en una reunión del club de lectura de la librería Estudio en Escarlata, y la primera historia que salió a colación fue ese cuento, mostrándose todos unánimes en lo mucho que les había hecho reír. Otras reseñas calificaron el relato de “hilarante” o “desternillante”. Sé, por pura estadística, que Cuento de verano no es un chiste alargado, sino un buen relato de humor.

            Entonces, ¿por qué el bloguero fue tan contundente en cargárselo? ¿Porque carece de sentido del humor? (él mismo dice que los cuentos de la antología que peores le parecen son los humorísticos). No lo creo. Seguro que el bloguero tiene sentido del humor; pero, sencillamente, el suyo no encaja con el mío, igual que el mío chirria con Sharpe o Toole.

            No obstante, yo nunca me atrevería a decir que Sharpe o Toole son malos humoristas, pese a que no me hagan reír. Ambos son buenos escritores y tengo muchos motivos para pensar que si no me río con ellos no es por su falta de calidad, sino por cuestiones estrictamente personales. Pero bueno, estamos hablando de un blog, así que se supone que está impregnado de subjetividad, igual que Babel.

            En realidad, esto es un ejemplo de cierto principio que, como escritor, descubrí hace mucho: Es imposible gustar a todo el mundo. No hay nada que hacer; por bueno que seas, siempre habrá alguien que desdeñe lo que haces. Y no me refiero sólo a mí, o a cualquier otro escritorzuelo, sino a las mismísimas cumbres de la literatura. Y para probarlo, leed estas reseñas extraídas de El ojo crítico, un divertido libro sobre opiniones equivocadas.

            De poetas, no digo; buen siglo es éste. Muchos en ciernes para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a don Quijote.
                            Lope de Vega

            (Hamlet) es una obra bárbara y vulgar que no hubiese sido tolerada por el más salvaje populacho de Francia o Italia... Podría imaginarse que esta pieza es la obra de un salvaje borracho.
                             Voltaire

            Lo siento, Mr. Kipling, pero, sencillamente, no sabe cómo utilizar el lenguaje.
                             San Francisco Examiner

            (Ana Karenina es) basura sentimental... Muéstrenme una sola página que contenga una idea.
                             The Odessa Courier

            Por supuesto, no pretendo compararme a esos genios, sino simplemente ilustrar que nadie, absolutamente nadie, puede gustarle a todo el mundo. Y si se trata de humor, todavía menos.

            Aun así, no pienso renunciar al humor. Seguiré utilizándolo, tanto en lo que escribo como en mi trato con las personas. ¿Sabéis por qué? Pues porque creo que cuando hago reír a alguien, soy mejor persona. En realidad, estoy convencido de que lo mejor de mí mismo, lo más noble y honesto, son mi imaginación y mi sentido del humor. Porque ambas cosas son buenas para mí y para los demás.

            Hace años, una merodeadora se puso en contacto conmigo a través del e-mail del blog para darme las gracias. Me contó que tenía muchos problemas, tanto laborales como personales, y que estaba muy deprimida. Pero había leído un post de Babel y, por primera vez en mucho tiempo, había olvidado sus problemas, aunque sólo fuera durante unos minutos, y se había reído. Por eso me daba las gracias.

            Hacer reír al que sufre. Pocas cosas más bonitas se me ocurren. Y si sigo así voy a acabar creyéndome una ONG, así que mejor será que pare aquí.

miércoles, octubre 28

Feliz Halloween



            Este fin de semana estaré en Barcelona para la presentación de Trece monos en Gigamesh; y también para estar con mi hijo Pablo, que ahora vive allí, y reencontrarme con viejos amigos. Genial, ¿verdad?

            Pero, ¡maldición!, no estaré en casa para celebrar Halloween en el blog. Y ya sabéis lo mucho que me gusta esa fiesta. No porque me disfrace de monstruo de Frankenstein, o de zombi pegándome trozos de filete en la cara, qué va, no hago nada de eso. De hecho, no celebro Halloween de ninguna manera; ni siquiera pongo en la terraza una miserable calabaza.

            Pero me gusta ver cómo la celebran los niños, disfrazados de monstruos, brujas o fantasmas, y pienso en lo mucho que de pequeño me habría gustado a mí hacer algo semejante. Además, qué narices, es una fiesta totalmente pagana, y ¿a quién no le gustan las fiestas paganas?

            Ahora podría contaros de dónde proviene el nombre de Halloween, de qué festividad celta surgió, cómo se extendió por occidente, por qué y cómo se ha implantado en España... Sí, podría deciros todo eso, pero ya lo he contado en posts de otros años; así que si os los habéis perdido, o los habéis olvidado, no tenéis más que buscar en los Archivos de Babel. O pinchar AQUÍ.

            En fin, como no voy a estar me adelanto un par de días y os deseo que paséis una abracadabrantemente feliz noche de Halloween. Y si mañana, jueves 29, estáis en Barcelona, os invito a que paséis por la librería Gigamesh a partir de las 19:00. Si queréis, podréis tirarme tomates podridos.

            Feliz Samhain.
 
 

lunes, octubre 26

Discurso

 

             Como sabéis, el viernes pasado me entregaron el Premio Cervantes Chico, un galardón a toda mi obra de literatura juvenil. Bueno, pues aquí tenéis el texto del discurso que solté durante la ceremonia:

            Buenos días. Ante todo, quiero dar las gracias al Ayuntamiento de Alcalá de Henares por promover este hermoso premio, el Cervantes Chico. Y, por supuesto, agradecerle al jurado que haya tenido la generosidad de otorgármelo a mí este año. Espero que no se hayan equivocado demasiado. Y gracias también a todos los presentes por acompañarme en este día. Sois un encanto.

            Quiero también felicitar a Miguel y Ana Isabel por los galardones que han recibido. Sin duda, se los merecen más que yo.

            Cada vez que doy una charla a jóvenes lectores suelo hacerles la misma pregunta: ¿Para qué creéis que sirve la literatura? Y normalmente siempre obtengo las mismas respuestas. La literatura sirve para adquirir cultura, para mejorar la ortografía, para ampliar el vocabulario, para pensar mejor, para aumentar la velocidad lectora, para conocer nuevas ideas, para estimular la mente, para potenciar la imaginación...

            Todo eso es cierto. Además, son los argumentos que suelen emplear los adultos para convencer a los más jóvenes de lo buena que es la lectura. Pero, en fin, qué queréis que os diga... A mí eso me suena como cuando los padres le dicen a sus hijos: “Anda, cómete eso porque tiene muchas vitaminas, y hierro, y grasas insaturadas, y ácido oleico...”. Vale, puede que sea cierto; pero no abre mucho el apetito, ¿verdad? De hecho, es como si hablaran de una medicina, que sabe mal pero es buena para la salud. En realidad, todos sabemos que lo que más nos anima a comer... es que la comida está rica.

            Bueno, pues lo mismo sucede con la literatura. Por supuesto que la costumbre de leer nos proporciona todas las cosas buenas que he dicho antes; pero ninguna de ellas es la razón de ser de la literatura. El auténtico objetivo de la literatura, como ocurre con cualquier otro arte, es el placer del lector. Leemos porque leer es divertido. Teniendo en cuenta que “divertido” no es lo contrario de “serio”, sino lo contrario de aburrido.
 
 
            Algunos de los mejores momentos de mi vida los he pasado leyendo; sobre todo cuando era niño o adolescente. Por aquel lejano entonces, aprendí lo que es el sentido del humor gracias a Guillermo Brown, el catastrófico e imaginativo niño que creó la escritora inglesa Richmal Crompton. Viajé a las estrellas de la mano de Isaac Asimov, y estuve en Marte junto a Ray Bradbury. Recorrí 20.000 leguas bajo el mar y me adentré en el interior de la Tierra guiado por Julio Verne. Visité un mundo perdido lleno de dinosaurios acompañado por Arthur Conan Doyle. Y ese mismo escritor me permitió seguir en sus aventuras a un genial detective llamado Sherlock Holmes.

            Busqué un tesoro pirata en La Hispaniola, el barco de Robert Louis Stevenson. Viajé en el tiempo para contemplar los episodios más emocionantes de nuestra historia junto a Benito Pérez Galdós. Fui un justiciero enmascarado en la California del siglo XIX gracias a José Mallorquí; que, por cierto, era mi padre. Pesqué un enorme pez espada en la barca de Ernest Hemingway. Viví en la selva en compañía de Edgar Rice Burroughs y Rudyard Kipling. Luché contra un gigante de un solo ojo ayudado por un ciego llamado Homero.

            Aunque no se trate exactamente de literatura, sino de esa mezcla de dibujo y texto que llamamos comic, recorrí el mundo, y la Luna, corriendo aventuras junto a un reportero llamado Tintín y su amigo el capitán Haddock. Surqué los siete mares con un marino de nombre Corto Maltés. Volé en un avión de caza imaginario junto a un perro llamado Snoopy. Me senté en la mesa redonda del rey Arturo, al lado del Príncipe Valiente y de su padre, Hal Foster...

            He visitado todos los continentes de la Tierra, y todos los planetas del Sistema Solar, y estrellas más allá de nuestro Sol con planetas alucinantes. Y también he caminado por universos que sólo existen en el mundo de los sueños. He sido cientos de personas distintas, he vivido maravillosas historias de amor y amistad, y también de odio y venganza. He corrido miles de aventuras asombrosas. Y todo gracias a la literatura. Por eso decía antes que leer me ha hecho más feliz.

            Todo esto que acabo de contar lo he tenido siempre muy presente en mi trabajo como escritor. Cuando escribo para jóvenes, mi principal propósito es narrar las historias más divertidas y emocionantes que pueda concebir, con personajes atractivos y humanos, diálogos chispeantes y descripciones sugerentes. Porque, tal y como yo lo entiendo, mi labor como escritor de literatura juvenil consiste en demostrarle a los lectores jóvenes que la literatura puede ser una alternativa de ocio tan apasionante, o más, que cualquier otra.

            Por eso, y ahora me dirijo a los más jóvenes de esta sala, os recomiendo que le deis una oportunidad a la literatura, que adquiráis el hábito de leer. Porque si lo hacéis, seréis más cultos, mejoraréis la ortografía, ampliaréis el vocabulario, pensaréis mejor, aumentaréis la velocidad lectora, conoceréis nuevas ideas, estimularéis la mente y potenciaréis la imaginación. Pero sobre todo, por encima de cualquier otra consideración, seréis más felices.

            Y ahora mejor será que vaya acabando, porque los organizadores de este acto me han sugerido amablemente que sea breve y no sé si estoy poniendo a prueba su paciencia. Así que, para concluir, tres dedicatorias.

            Este premio, el Cervantes Chico, no me lo han concedido por una obra en concreto, sino por toda mi carrera como escritor. En fin, quiero pensar que en realidad me lo otorgan sólo por la primera parte de mi carrera; porque, y esto es una amenaza, pienso seguir escribiendo.

            El caso es que, como se trata de toda mi carrera hasta ahora, quiero dedicarle el premio a tres personas sin las cuales yo no estaría aquí. Es decir, a las tres personas que más importantes han sido en mi carrera como escritor.

            En primer lugar, mi padre, José Mallorquí. Supongo que a muchos ya no os sonará este nombre, pero José Mallorquí fue el escritor español de literatura popular más importante del siglo XX. Su obra más famosa, no solo en España, sino en Europa y América, es El Coyote, un justiciero enmascarado californiano llamado en realidad don César de Echagüe. Yo me llamo César en su honor.

            Mi padre falleció hace ahora cuarenta y tres años, cuando yo tenía diecinueve. Tan solo llegó a conocer mis primeros pasos en la escritura, los primeros artículos que escribí para la revista de humor La Codorniz a principios de los años 70. Luego, se fue para siempre, y no pudo alegrarse de mis éxitos, ni consolarme en mis fracasos. Sin embargo, de algo estoy absolutamente seguro: sin su ejemplo, yo jamás habría sido escritor.

            Así que, papá, muchas gracias por tu generosidad, por tu cariño y por tu ejemplo. El tabaleo de tu máquina de escribir fue la banda musical de mi infancia.

            La segunda persona a la que quiero dedicarle el premio es una mujer, tan bella, por dentro y por fuera, como gran profesional. Se trata de Reina Duarte, la Directora de Publicaciones Generales de la editorial EDEBÉ. Ella me descubrió para el mundo de la literatura juvenil, ella publicó mis primeras obras de ese género, y con ella he tenido once hijos. Pero que nadie se escandalice; son hijos de tinta y papel. Libros, para que me entendáis.

            Así que, Reina, muchas gracias por creer en mí, muchas gracias por apoyarme siempre, y muchas gracias, sobre todo, por soportarme. Tu amistad ha sido y es un regalo para mí.


            Por último, la persona más importante de todas. También es una mujer, y también es maravillosamente bonita por dentro, y esplendorosamente bella por fuera. Es mi esposa, mi compañera; María José Álvarez, mi querida Pepa. Sin ella a mi lado, mi carrera como escritor, sencillamente, no existiría. Todo lo que he hecho, todos los libros que he publicado, todos los premios que he obtenido, se lo debo a ella.

            Así que, Pepa, como ya te he dicho en otras ocasiones, este premio es para los dos. Gracias por tu apoyo incondicional, gracias por ser una roca firma cuando todo se tambalea, gracias por confiar en mí más que yo mismo, gracias por ser como eres, y perdóname por ser como soy. Te quiero.

            Muchas gracias a todos.
 
 

jueves, octubre 22

Agenda de actividades



            Ya os comenté en julio que me habían concedido el premio Cervantes Chico por el conjunto de mi obra de género juvenil. Bueno, pues me lo dan mañana. El acto comenzará a las 12:00 en el Teatro Cervantes de Alcalá de Henares. Como la asistencia es bajo estricta invitación, no os invito a venir; pero ya he escrito mi discursete y lo publicaré aquí, en Babel, la semana que viene.

            Al día siguiente, el sábado 24, a partir de las 19:00, estaré en la librería Estudio en Escarlata. Su club de lectura me ha invitado para charlar sobre Trece monos. La librería se encuentra en la Guzmán el Bueno, 46, esquina a Fernández de los Ríos (Madrid). Si os apetece asistir, seréis bienvenidos (supongo).

            Por último, el jueves 29 de octubre, a partir también de las 19:00, estaré en la librería Gigamesh de Barcelona (Carrer de Bailèn, 8), presentando Trece monos en compañía de Ricard Ruiz Garzón y Juanma Santiago. Todo un lujo; no por mi insignificante presencia, sino por Ricard y Juanma. Si os pasáis por allí, será un placer saludaros.

            Como decía Porky Pig al final de los Looney Tunes, “Eso es todo, amigos”. Por ahora.


miércoles, octubre 14

El Hombre Verde



            Este fin de semana he estado en Estella y Arizala, dos pueblos situados al oeste de Navarra. ¿Conocéis la zona? Es uno de los lugares con más antigüedad e historia por metro cuadrado de España. Allí hay megalitos, iglesias románicas, puentes medievales, villas romanas, viejos caserones, castillos, pueblos antiguos... Por su centro pasa el Camino de Santiago; de hecho, allí mismo, en Puente la Reina, se unen los dos tramos del Camino. Y cerca de Puente la Reina está la iglesia de Eunate, en medio de ninguna parte, uno de los lugares más misteriosos y mágicos que conozco. El entorno es una maravilla, con muchas arboledas, colinas y valles, y la hermosa Sierra de Urbasa (donde, por cierto, se rodó Robín y Marián, el film de Richard Lester protagonizado por Sean Connery y Audrey Hepburn).

            Conozco bien el lugar, porque mis suegros tenían cerca de Estella, al pie del Montejurra, un chalet de vacaciones y en el pasado fui allí con frecuencia. Además, ahora mi querida cuñada y amiga Teresa tiene una casa en Arizala, cerca de Estella, y de vez en cuando vamos allí a gorronear. Y por eso fuimos el puente del 12 de octubre a Arizala, invitados por Teresa para celebrar su cumpleaños.

            El caso es que, por mucho que creas conocer un territorio, siempre encontrarás sorpresas. Teresa nos había preparado una visita guiada por el románico del valle de La Valdorba, en la Zona Media de Navarra. Yo no lo conocía y fue muy interesante, pero voy a centrarme en lo que descubrí en la humilde iglesia de Santa María de Eristain.
 
 
            Se trata de un pequeño templo prerrománico que a nadie, a un primer vistazo, le llamaría la atención. Sin embargo, es la iglesia más antigua del valle, pues fue erigida en el siglo X. Como digo, es un edificio de apariencia insignificante, hasta que entras en su interior y ves las pinturas murales que adornan el ábside. En sus orígenes, todo el interior de la iglesia estaba pintado, pero una “hábil” restauración se cargó la mayor parte de los murales. Lo que queda son las pinturas góticas del ábside (muy deterioradas), pero resulta que esos frescos góticos estaban pintados sobre otros románicos, mucho más antiguos.

            Sólo quedan visibles dos muestras de las primitivas pinturas románicas: un pequeño símbolo solar y, en la parte superior del ábside, una enorme cabeza humana de la que brotan dos guirnaldas vegetales (probablemente es la pintura más antigua de Navarra). Al ver esa cabeza, me quedé de piedra, porque aquello era, sin duda, un “hombre verde” (Podéis verlo en la foto que preside este post).

            ¿Sabéis lo que es el Hombre Verde? Se trata de una antiquísima tradición celta originaria de las Islas Británicas. Suele representarse como una cabeza humana hecha de hojas y plantas, o una cabeza de la que brotan guirnaldas vegetales. A veces aparece de cuerpo entero, un hombre vegetal, algo así como La Cosa del Pantano (para los no frikis: Swamp Thing, un cómic creado por Len Wein y Berni Wrightson).

            El Hombre Verde representa el ciclo de muerte/renacimiento que supone el paso del invierno a la primavera. Está relacionado con la fertilidad y los bosques, y es algo así como la representación masculina de la naturaleza. En sus orígenes, probablemente estaba relacionado con el dios celta Cernunos, aunque tiene concomitancias con otras figuras mitológicas, como Silvano, Baco o Pan. También tiene versiones más modernas, como Jack in the Green, John Barleycorn, el Caballero Verde del ciclo artúrico o el mismísimo Robin Hood.

            Como decía antes, el Green Man procede de las Islas Británicas, pero hay similares figuras legendarias en otros países, como Le Feuillou en Francia o el Blattqesicht en Alemania. En Navarra se llama Basajaun. Una teoría sostiene que el mito del Hombre Verde pasó a Francia con las migraciones celtas procedentes de Inglaterra, y luego de Francia a Navarra (quizá siguiendo las rutas de los constructores medievales). Otra teoría sostiene, por el contrario, que el mito del “señor del bosque” es universal y aparece de forma independiente en distintas culturas. No sé cuál de las dos teorías es verdadera, ni sé cómo se solía representar al Basajaun en la Navarra medieval, pero el rostro de Eristain tiene al 100% el aspecto de un Hombre Verde.

            Sorprendentemente, el Hombre Verde aparece representado en muchas iglesias cristianas. Yo mismo lo he visto en la catedral de Chartres o en la Capilla Rosslyn de Escocia, donde hay más de cien hombres verdes (aunque yo sólo encontré cuatro o cinco). Esto no deja de ser extraño, porque se trata de una figura absolutamente pagana. Hay muchas teorías que pretenden explicar esta anomalía; una de ellas, por ejemplo, afirma que los hombres verdes adoptarían en la mitología cristiana un papel diabólico, como las gárgolas. Pero no parece muy probable, porque los hombres verdes suelen aparecer en las iglesias con expresiones amigables (el de Eristain, sin ir más lejos, es una cara sonriente).


            En cualquier caso, dado que es una imagen pagana, en las iglesias suele aparecer a pequeño tamaño y  de forma más bien disimulada (en rincones alejados de las zonas de culto). Sin embargo, y eso es lo más sorprendente, en Eristain aparece no solo a gran tamaño, sino en un lugar preferente y bien a la vista: presidiendo el ábside, por encima incluso de las imágenes de Cristo.

            ¿Os lo imagináis? Feligreses de los siglos X y XI rezando en una iglesia cristiana frente a un enorme ídolo pagano, sea Hombre Verde o Basajaun. ¿Y a quién le rezarían, a Cristo o al Green Man? ¿Y qué diría el sacerdote respecto a esa gran cabeza vegetal, cómo narices lo integraría en el rito? ¿Y qué pasó después; por qué pintaron sobre los frescos románicos, ocultando al señor del bosque? ¿Cómo se tomaron aquello los fieles, qué hicieron? Mantenerlo vivo en sus tradiciones, supongo, susurrar su historia en las frías noches de invierno, junto al fuego, porque todavía hoy se sigue hablando del Basajaun. Se pueden repintar las paredes, pero no la memoria de los mitos.

            Disculpad el rollazo que os he soltado, pero es que me encantan estas cosas. Encontrar un enorme Green Man en Navarra era lo último que me esperaba. Me ha parecido mágico y lo quería compartir con vosotros.


Nota: Kingsley Amis (el padre de Martin) publicó en 1969 The Green Man, una novela de terror... aunque quizá debería decir “comedia de terror”, porque tiene partes que son puro humor, combinadas con otras que ponen los pelos de punta. Hubo una versión en castellano –El Hombre Verde, Aymá 1972-, pero por supuesto está descatalogada y debe de ser inencontrable. Una pena, porque la recuerdo muy divertida. (Creo que se rodó una adaptación para TV)



viernes, octubre 2

¿Por qué demonios soy un "escritor catalán"?




            Creo que ya os lo comenté. Hace dos años, cuando gané el Premio Nacional, todo el mundo, de forma unánime, dio la noticia de la siguiente forma: “El escritor catalán César Mallorquí gana...”, o “El escritor barcelonés César Mallorquí...”. Y yo me preguntaba: Coño, ¿tan sustancial es dejar claro el lugar donde he nacido? No es que me importe; sé que nací en Barcelona y no me avergüenzo de ello, aunque tampoco me vanaglorio. Pero yo creo que mi origen catalán carece por completo de importancia, sobre todo en lo que respecta a mi producción literaria. Entonces, ¿por qué insistir tanto en ello?

            El caso es que hace unos meses, cuando me otorgaron el Premio Cervantes Chico, las noticias volvieron a situarme expresamente como catalán, e igual ha sucedido con el lanzamiento de Trece monos. ¿Qué más dará que yo sea catalán, gaditano o austrohúngaro? ¿Qué importancia puede tener?

            Afortunadamente, los acontecimientos de los últimos tiempos me han abierto los ojos. Se dice de mí (o de cualquier otro) que soy catalán, de la misma manera que se dice de Clark Kent que es kryptoniano. El lugar de nacimiento de Kent es muy importante, porque haber nacido en Krypton, en vez de en Albacete, por ejemplo, es la causa fundamental de que el tímido reportero del Daily Planet sea capaz de volar, soltar tortas como panes y echar chispas por los ojos. Pues bien, de igual modo, mi nacimiento en Cataluña me confiere superpoderes. ¿Y qué superpoderes son esos?, os preguntaréis. Permitidme que os ilustre, insignificantes españoles.

            Mi primer poder, el fundamental es la SUPERIDENTIDAD. No un “identidad secreta”, como el bobo de Kent, sino una identidad amplificada, una identidad que es la pera limonera de identitaria. Hasta ahora pensaba, iluso de mí, que mi identidad se refería a lo que soy, a mi personalidad, mis gustos, mis ideas, mi historia, mi bagaje de recuerdos, mi cultura, mi maltrecho hígado, mis bonitos ojos azules, mi lustrosa calva... Ay, qué equivocado estaba; eso es pura filfa, una ridícula identidad de andar por casa.

            Y es que, al ser catalán, mi identidad se expande, se multiplica, se fortalece. Porque ya no se trata de ser yo mismo, sino de ser igual que siete millones y medio de catalanes; o, al menos, de la mitad que son nacionalistas (los auténticos catalanes, of course). Convendréis conmigo en que una identidad compartida con al menos tres millones setecientas cincuenta mil personas es mucho más poderosa que la de un capullo aislado. Es una Superidentidad.

            Ahora bien, os preguntaréis, oh ignorantes mesetarios, de qué narices vale eso. Muy sencillo. Cuando hablo con un gallego, un granadino o un (lagarto, lagarto) madrileño, puedo decirle con certidumbre: “Yo soy distinto a ti”. Y al tiempo pensar para mis adentros: “Y además soy mejor, gilipollas”. ¿A que es cojonudo? Soy mejor y sin ningún esfuerzo; me ha bastado con nacer en el lugar adecuado, menuda suerte.

            Mi segundo poder es el SUPERIDIOMA. Como catalán poseo una lengua que es la perla de las lenguas, el lenguaje hecho música. Cierto es que sólo me sirve para comunicarme dentro de las fronteras de Cataluña; pero ¿quién necesita cruzar fronteras cuando se vive en el paraíso?

            En realidad, la función del Superidioma es reforzar mi Superidentidad. Cuanto más catalán hablo, más tres millones setecientas cincuenta mil personas soy yo mismo.

            Mi tercer poder es el SUPERSENY. Como sois unos palurdos ibéricos, quizá no entendáis esto, así que os lo traduciré. Seny viene a significar “sensatez”. Los catalanes nacemos con el seny incorporado de fábrica, lo cual nos permite distinguir el bien del mal y la razón última de las cosas. Por ejemplo, sabemos con certeza que cualquier problema de Cataluña es responsabilidad de alguien que no es catalán; de un español con casi toda certeza y muy probablemente de un madrileño.

            Por lo demás, el seny hace que los catalanes seamos serios, trabajadores, fiables, industriosos, emprendedores y sabedores de que sólo alcanzaremos nuestra gloria final cuando Cataluña sea una nación aislada de los infrahumanos. Para que me entendáis: los catalanes somos homo sapiens y vosotros torpes neandertales.

            Como catalán, poseo muchos más superpoderes (Superpatriotismo, Supertoque de Midas, Supercultura...), pero me limitaré a citar uno más: la SUPERVISIÓN DE RAYOS X. Es decir, los catalanes podemos ver a través de los objetos opacos y contemplar la realidad oculta. Por ejemplo, Imaginemos el hipotético y absurdo caso de que algunos políticos catalanes robaran del erario público a manos llenas. Bueno, pues gracias a la Supervisión de Rayos X. miraríamos a través de esos políticos, como si no existieran, y sabríamos que quien nos roba en realidad es España.

            Pese a todo esto, los catalanes también tenemos puntos débiles. En concreto, nuestra kryptonita es la senyera. Resulta paradójico, ¿verdad? Nuestra bandera nacional nos debilita. Aunque no del todo; la presencia de senyeras refuerza nuestra Superidentidad, pero al mismo tiempo anula otros poderes: sobre todo, la Supervisión de Rayos X. Para que me entendáis: las senyeras son absolutamente opacas para nosotros, somos incapaces de ver lo que se oculta detrás de ellas. En fin, nadie, ni siquiera un catalán, es perfecto.

            En resumen, amigos míos, lo que os acabo de contar es la razón de que tenga sentido tildarme de “escritor catalán”. Sólo hay un pequeño problema...

            Un año después de yo nacer en Barcelona, mi familia se trasladó a Madrid y en esa ciudad he vivido siempre. En cierto modo, es como la historia de Superman, ¿no? Kar-El nació en Krypton y siendo un bebé lo mandaron a la Tierra, donde vivió entre debiluchos humanos, se convirtió en Clark Kent y luego en Superman. Ya, pero en mi caso no ha sido así. El contacto con los infrahumanos me ha contaminado.

            Es como si Kent, tras llegar a la Tierra, ignorara su origen extraterrestre y no le diera particular importancia a su descomunal fuerza. “Es que de pequeño te dimos muchas vitaminas”, le dijeron sus padres adoptivos. Kent jamás habría salido de Smallville, nunca se habría calzado las mallas azules y los calzoncillos rojos y habría dedicado el resto de su vida a trabajar en la granja paterna. Eso sí, arando los campos con la punta de esa parte del cuerpo tan indestructible como el resto de su anatomía.

            O aún peor. Es como si a Kent le revelaran que el sol amarillo de la Tierra le confiere superpoderes, y el muy gilipollas fuera siempre protegiéndose con una sombrilla.

            Estoy contaminado, ya ni siquiera sé si soy catalán. Por ejemplo, eso de la Superidentidad. Por mucho que lo intento, no puedo evitar pensar que yo soy yo, y no yo y mis vecinos. Es más, no tengo el menor interés en ser como mis vecinos.

            ¿Y el Superidioma? Joder, pero si ni siquiera hablo catalán. De hecho, creo que el catalán y el español se parecen muchísimo, con la única diferencia de que el español sirve para comunicarse con más gente.

            Y del seny ni hablemos, porque soy un insensato y un vago.

            Tampoco poseo Supervisión de Rayos X. No puedo ver a través de las cosas... Aunque, curiosamente, si puedo ver a través de las senyeras.

            Lo del Superpatriotismo me resulta incomprensible. ¿Cómo se pude amar a todo un territorio, a todo un pueblo? ¿Cómo se puede sentir uno orgulloso de haber nacido en tal o cual sito, cuando eso es puro azar? Como dijo creo que Savater, yo no me “siento” español; me “sé” español. Del mismo modo, no me “siento” catalán; me “sé” catalán. Es más, no tengo ni puñetera idea de lo que significa “sentirse” de una nacionalidad. Lo que yo soy, espero, va más allá de la geografía.

Por otro lado, cada vez que voy a Barcelona, y voy con cierta frecuencia, no veo nada sustancialmente diferente a otras grandes ciudades europeas. Mismas tiendas, mismos trabajos, mismos lugares de ocio, costumbres muy parecidas... Vale, si pasas por la Plaza de la Catedral verás a gente bailando sardanas. Pero, qué queréis que os diga, como “hecho diferencial” me parece muy poca cosa. En realidad, la cultura catalana se me antoja muy parecida a la española y a la europea. Así de ciego estoy.

            En resumen: soy un Clark Kent que ha renunciado al super y se ha quedado con el man. Un desastre, vamos.

            Pero, quién sabe; por mis venas corre sangre catalana, mi primer apellido es más catalán que el pa amb tomaquet, nací en la Ciudad Condal... Puede que, con el tiempo se caigan las escamas de mis ojos; quizá algún día se me revele la Verdad. Entonces, me pondré las mallas, los Kalvin Klein por encima, y volaré. Nunca hay que perder la esperanza.

lunes, septiembre 28

Otra entrevista




Acaba de aparecer la primera parte de una entrevista que me hicieron para la excelente revista electrónica Fabulantes. Si queréis echarle un vistazo, pinchad AQUÍ.

jueves, septiembre 10

Trece monos


 
 
            Hoy ha salido a la venta mi último libro, la antología de relatos Trece monos, publicada en la colección Fantascy de la editorial Penguin Random House. Se trata de trece historias (doce cuentos y una novela corta) de fantasía y ciencia ficción. En concreto, ocho pertenecientes al género fantástico y cinco a la cf. El libro también incluye un excelente y apabullantemente documentado prólogo de Juanma Santiago y una introducción mía. Además, los relatos van precedidos por breves notas donde explico el origen y las circunstancias de cada cuento.

            Sólo una de las historias que componen la antología, El decimoquinto movimiento, es muy conocida. Se trata del texto más antiguo de todos y ha sido reeditado varias veces; la última en el libro Los premios Ignotus 1991-2000 que editó Sportula el año pasado. Cuatro de los cuentos formaron parte de la tradición de historias navideñas de Babel. Otros seis relatos aparecieron en publicaciones muy alejadas del mundo del fantástico hispano, así que son prácticamente desconocidos. Y, finalmente, hay un cuento, Fiat tenebrae, y una novela corta, Naturaleza humana, que son absolutamente inéditos.

            Supongo que la cuestión es: ¿por qué ahora esta antología, después de veinte años de la anterior, El círculo de Jericó? Buena pregunta.

            Hace unas semanas, hablando precisamente de Trece monos, mi gran amigo, y excelente escritor, Samael me formuló otra pregunta: “¿No has renunciado a algo por dedicarte a la literatura juvenil?”. Se refería a un par de cosas: si he renunciado a la literatura para adultos y si he renunciado al fantástico. Respecto a lo primero, siempre he dicho (aunque casi nadie me cree) que no hago diferencias entre escribir para jóvenes o para adultos. En cuanto a lo segundo, más o menos la mitad de mis novelas juveniles pertenecen o tienen componentes de fantasía y cf. Por otro lado, si pudiese seguir siendo escritor profesional dedicándome en exclusiva al fantástico, ¿aceptaría? La respuesta es: no, ni de coña. Lo que más me gusta de la literatura, de escribirla, es su inmensa libertad. Y ceñirte a un género es perder parte de esa libertad.

            No obstante, le contesté otra cosa: Sí, sí que (casi) he renunciado a algo: a los relatos cortos, a los cuentos. Pero no por dedicarme al género juvenil, sino por ser escritor profesional. Porque, amigos míos, en España no hay mercado para los cuentos, ni publicaciones donde publicarlos. Fijaos: después de 25 años dedicándome a la literatura, sólo en siete ocasiones me han pedido un cuento remunerándolo (eso sí, gratis un montón de veces).

            Lo malo es que me encantan los cuentos, disfruto escribiéndolos; del mismo modo que no disfruto escribiendo novelas (aunque sí habiéndolas escrito). Por desgracia, las novelas, que son lo que me permite dedicarme profesionalmente a la literatura, me roban mucho tiempo para escribir relatos. Aun así, no he renunciado del todo a ellos y, en cuanto tengo la más mínima oportunidad, escribo alguno. Por eso la tradición de los cuentos navideños en Babel. Además, casi todos mis relatos son de fantasía o cf, porque amo el fantástico con todo mi corazón. Y porque siempre he pensado que esos géneros donde más brillan es en los cuentos.

            Los trece relatos que componen Trece monos apenas me han proporcionado dinero (poco más de cuatro mil euros en conjunto), pero sí un montón de buenos ratos y satisfacciones. Todos los he escrito por amor a un género que me ha acompañado, y maravillado, a lo largo de mi vida. Cuando escribo relatos de fantasía y cf me siento parte de una gran familia de soñadores formada por todos los escritores que me han asombrado desde la adolescencia. En cierto modo, escribir esos relatos ha sido como regresar a la infancia, como volver al hogar. Me veo a mí mismo cuando tenía catorce o quince años, leyendo asombrado relatos de Brown, de Kuttner, de Bester o de Sheckley, y me digo: ahora no eres el que lee; ahora eres el libro. Y me siento de puta madre, qué queréis que os diga. En ese inmenso mosaico de sueños que es la f & cf, algunas teselas las he puesto yo.

            Ya, ya, muy poético; pero ¿por qué ahora esta antología?

            Tras publicar El círculo de Jericó, donde aparecían la mayor parte de mis relatos escritos antes de 1995, comencé a dedicarme a la literatura juvenil; es decir, a escribir puñeteras novelas. No obstante, seguí escribiendo cuentos, pero a un ritmo mucho menor. Y siempre tuve claro que, cuando reuniese los suficientes buenos cuentos, publicaría una nueva antología. Más o menos hacia 2010 consideré que ya tenía material suficiente, pero aún faltaba algo: una novela corta. Había una en El círculo de Jericó (La casa del doctor Pétalo) y quería que hubiese otra en la nueva recopilación. Así que retomé una vieja idea que tenía empezada, Naturaleza humana, y la concluí en 2011.

            En Trece monos no están todos los relatos que he escrito desde 1995, sino menos de la mitad. Hice una selección y escogí los que me parecían mejores. Aunque debo reconocer que se me escapó un: Más allá, un cuento breve que publiqué aquí, en Babel, en octubre de 2010. No es una obra maestra, pero parte de una idea que me parece muy divertida. Por desgracia, me olvidé por completo de él; en caso contrario, lo habría incluido.

            No me gusta que  las antologías presenten los relatos uno tras otro, a palo seco, como si fuera una ristra de chorizos. Por eso en El círculo... hice un fix up. Pero no quería repetir esa técnica en la nueva antología, así que lo que he hecho es presentar cada relato con una breve introducción. De ese modo el texto queda más próximo y personal, ¿no?

            Pues bien, ya está. Moví el original y Random House se interesó por él, aunque luego su publicación se ha retrasado bastante. Pero ahí lo tenemos ya, en las librerías.

            Supongo que ahora se planteará la cuestión de cuál es mejor antología, El círculo de Jericó o Trece monos. Sinceramente, no lo sé. En la primera había tres historias muy potentes: El rebaño, mi relato más conocido, celebrado y reeditado; La pared de hielo, de cuya estructura me siento muy satisfecho (aunque no tanto del resto); y La casa del doctor Pétalo, quizá mi texto más inspirado (aunque no necesariamente el mejor). Esas tres narraciones, lo quiera o no, forman parte de la historia de la cf española, y es muy difícil luchar contra los mitos, por minúsculos que sean.

            Por otro lado, ahora... en fin, no sé si soy mejor escritor que entonces, pero estoy seguro de que domino más la técnica. Creo que en 1995 no habría sabido escribir un relato como, por ejemplo, Cuento de verano. Todo lo que puedo decir es que estoy satisfecho con cada uno de los cuentos que aparecen en Trece monos. En ellos está lo mejor de mí mismo, aunque no sé si eso es mucho o poco.

            Pero claro, un escritor es el peor juez de su propio trabajo. Así que ni lo intento. De lo que sí me he dado cuenta es de que he cambiado. Me he vuelto más escéptico y más pesimista. Lo cual no quiere decir que esta nueva antología sea lóbrega y oscura, ni mucho menos. Al contrario, en ella hay mucho humor, más que en El círculo de Jericó, y algunos relatos, como Cuento de verano o Ensayo general, son abiertamente humorísticos. Pero es un humor descreído, ácido, el humor de alguien que prefiere la risa a la esperanza. Como señala Juanma Santiago en su introducción, la novela corta Naturaleza humana contiene, de lejos, mi visión más negativa sobre la humanidad.

            Y para finalizar, dos cuestiones. En primer lugar: ¿por qué la antología se llama así? Pues veréis, tenía yo totalmente lista la antología, pero no se me ocurría ningún título. Afortunadamente, mi buen amigo Ricard Ruiz Garzón sugirió uno que nos convenció a todos: Trece monos. En fin, “trece” porque el libro contiene trece historias. Pero, ¿por qué “monos”? La respuesta, que no tiene nada que ver con el film de Terry Gillian, la encontraréis en el libro. Pero os adelanto que uno de los relatos se llama Cien monos.

            En segundo lugar, la portada. ¿Os gusta? A mí me encanta. Cuando el departamento de arte de Random House nos la presentó, todos, editores, asesores y el autor, nos entusiasmamos. Hace poco, en un blog literario, la consideraban una de las mejores portadas del año. Estoy de acuerdo. Esta mañana he visto el libro en la mesa de novedades de una librería y destacaba claramente sobre el resto de los títulos. Es  una portada estupenda.

            Y ya está. Pero hay algo que no me explico: ¿qué coño hacéis ahí leyendo en vez de correr a la librería más cercana para comprar el libro? Jesús del Gran Poder, cuánta desidia...

miércoles, septiembre 2

Innisfree




            Tenía miedo de ir a Irlanda, porque ese país era (es) un lugar mítico para mí. Temía ir allí y descubrir que lo que iba buscando ya no existía; o aún peor: que nunca había existido. ¿Y qué deseaba encontrar? La Irlanda de los mitos celtas, la de Cuchulainn y el gigante Finn MacCool, la de los leprechaun y San Patricio, la de las baladas y las gigas, la Irlanda que describió Yeats en su antología de relatos El crepúsculo celta. Y, sobre todo, la Irlanda que filmó John Ford; especialmente en esa obra maestra que es El hombre tranquilo. Una Irlanda rural, legendaria y literaria. ¿Cómo iba a existir en la realidad algo así?

            Este año, Pepa y yo decidimos dedicar nuestras vacaciones a merodear por Irlanda. Diseñamos un tour de veinte días: Primero hemos ido a Dublín, al este de la isla (donde recogimos un coche de alquiler); después a Sligo, en la coste noroeste; a continuación Galway, al oeste; después Killarney, al sudoeste; y finalmente Cork, al sur. Estuvimos cuatro días en cada uno de esos sitios y desde ellos hacíamos excursiones.

            ¿He encontrado lo que buscaba? Pues, por sorprendente que parezca, sí. La Irlanda literaria, la de los mitos antiguos y modernos, existe. No al cien por cien, evidentemente, pero con frecuencia mucho más de lo que esperaba. Tranquilos, no os voy a aburrir contándoos nuestro viaje. Pero permitidme unas cuantas impresiones personales.

            1. Irlanda es muy verde, la “isla esmeralda”. Cierto, es verde hasta la extenuación. Aunque en realidad no es “verde”, sino “verdes”, porque allí ese color se declina en todos los matices posibles.

            2. En Irlanda llueve mucho. Cierto. Evidentemente, esto es la causa de lo anterior.

            3. Los irlandeses son, más o menos, como los ingleses. Rotundamente falso, no se parecen en nada. Vale, hablan inglés y conservan algunas costumbres de sus antiguos invasores, como inflarse de té o carecer de la menor noción sobre lo que significa la palabra “gastronomía”. Podría decirse que un irlandés es un inglés al que le han quitado el palo de escoba que los ingleses suelen llevar insertado en el recto, pero ni siquiera eso sería verdad. Los irlandeses son un pueblo alegre, cordial y abierto, gente relajada dotada de un peculiar sentido del humor. Además, los irlandeses detestan a los ingleses. Y tienen muchos motivos para hacerlo.

            4. Los irlandeses son un pueblo muy musical. Cierto. En Irlanda todo el mundo canta, aunque sea mal, y muchos tocan algún instrumento desde niños. Se oye música irlandesa en vivo en casi todas las tabernas, y también en la calle. La mayoría de los nacionalismos –los irlandeses son la leche de nacionalistas- giran en torno a un idioma, una cultura o una religión. En Irlanda también, por supuesto. El idioma oficial de la república es el gaélico, pero, aunque todos lo estudian en el colegio, muy pocos lo hablan fluidamente (al parecer es tela de difícil). El idioma que se emplea es el inglés, y sólo en algunas remotas zonas del oeste hay poblaciones bilingües. En cuanto a la religión, está clara la influencia del catolicismo en el nacionalismo irlandés.

            La cultura, en Irlanda, tiene dos vertientes principales: la literaria y la musical. Los irlandeses veneran a sus escritores, aunque no los hayan leído. No en vano Irlanda, un país que no llega a los cinco millones de habitantes, cuenta con cuatro premios Nobel de literatura. Pero yo diría que el eje del nacionalismo irlandés es la música. Allí se siguen cantando en los pubs baladas que tienen más de cien años; canciones que con frecuencia hablan de las luchas contra los ingleses (y sobre sus héroes/mártires) y de la emigración, la terrible hemorragia del país.

            5. Los irlandeses beben mucha cerveza; especialmente Guinnes. Cierto, trasiegan cerveza como cosacos (cosacos que hayan cambiado el vodka por la cerveza, claro). Pero, sorprendentemente, no vi borrachos metepatas. Allí la gente, incluso los dipsómanos, es muy tranquila.

            6. Los irlandeses tienen muchos hijos. Cierto; procrean como conejos (es el país con la mayor tasa de natalidad de Europa). Casi todas las familias que vimos estaban compuestas por progenitores jóvenes con al menos tres hijos casi consecutivos. Y, por cierto, al parecer en Irlanda los niños pequeños pueden hacer lo que les salga de los cataplines sin que sus padres tomen la menor medida al respecto.

            7. Irlanda es un país pobre. Cierto; su tejido industrial es aún muy precario. Hubo un boom económico a causa de la burbuja, pero huelga decir que eso ya es historia. Lo que se ve mientras se recorre Irlanda es un país dedicado a la agricultura, la ganadería, la pesca , los textiles y poco más. No sólo es pobre, sino que da la impresión de que siempre lo ha sido.

            Y la culpa de esto la tiene, sin lugar a dudas, Inglaterra. La historia de Irlanda es la historia del despojo inglés, de las persecuciones, de la brutalidad, de la injusticia de unos invasores que oprimieron a los invadidos hasta despojarles de lo básico para vivir. La gran hambruna que, en el siglo XIX, mató a más de dos millones de irlandeses, no se debió sólo a la peste de la patata, sino sobre todo a que el control de los alimentos estaba en manos de los ingleses, quienes siguieron exportando productos irlandeses mientras los habitantes de la isla se morían de hambre.

            Después de mi visita al elitista colegio de Eton, y ahora, tras viajar por Irlanda y conocer mejor su historia, mis sentimientos hacia los ingleses están sufriendo un serio revulsivo.

            8. Los irlandeses son un pueblo alegre. Cierto, lo son. Y, teniendo en cuenta su pésimo clima, su trágica historia y su precario presente (el país está intervenido), no me lo explico. Quizá, como dijo mi buen amigo Sergi, las únicas alternativas que les quedaban eran tomárselo a risa o suicidarse en masa.

            Como decía al principio, no voy a contaros el viaje. Pero sí una pequeña parte de él. Uno de los lugares que visitamos Pepa y yo fue la península de Connemara, al oeste del país. Connemara es exactamente la imagen preconcebida que todos tenemos sobre Irlanda: prados delimitados por muros de piedra, ovejas, lagos, verdes montañas, una costa abrupta con acantilados... Es un lugar muy bello, pero también es algo más: el lugar donde en 1952 John Ford rodó los exteriores de El hombre tranquilo.

            Pepa me acusa de ser un mitómano, y no se equivoca: tengo un montón de mitos literarios y cinematográficos. Y entre esos mitos refulge con luz propia El hombre tranquilo, un film que yo incluiré sin dudarlo en cualquier lista de las diez mejores películas de la historia. ¿La habéis visto? Si no es así, hacedlo, porque todo es maravilloso en esa cinta. No solo contiene el que quizá sea el mejor beso jamás rodado (el que le da John Wayne a la bellísima Maureen O’Hara, de noche, durante una tormenta) y una de las mejores peleas de la historia del cine; es que cada secuencia, cada plano, es pura poesía, una poesía llena de humor y de ironía. Siempre que veo El hombre tranquilo, y la he visto muchas veces, se me queda en la cara una sonrisa tonta, y un profundo amor a la vida en el corazón. Además, es una película que no podría rodarse hoy en día por su maravillosa incorrección política.

            Su argumento cuenta la historia de un boxeador norteamericano, Sean Thornton, que regresa a su Irlanda natal para iniciar una nueva vida. Allí, en un pequeño pueblo de Connemara, conoce a Mary Kate Danaher, una hermosa lugareña cuyo hermano, Willy Danaher, es una especie de orangután bravucón. Sean y Mary Kate se enamoran, se casan... y justo después de la boda estalla un conflicto por el pago de la dote, que el tacaño hermano de ella no quiere abonar. A Sean la dote le importa un bledo, pero para Mary Kate es fundamental, y el conflicto crece hasta desembocar en una espectacular pelea entre Thornton y Danaher.

Pues bien, el pueblo donde sucede la película, Innisfree, no existe en realidad. Pero sí existe el pueblo que sirvió de escenario para el film; se llama Cong y está en Connemara. Y allí fuimos Pepa (que aunque no lo confiese también es mitómana) y yo.

            Cuando llegamos, descubrimos que todo en ese pequeño pueblo está dedicado al film. No solo hay un museo de El hombre tranquilo, sino también una estatua de bronce de John Wayne y Maureen O’Hara que reproduce el cartel de la película. Cong ha embellecido su apariencia, pero conserva la misma estructura que en 1952. Aún quedan en pie muchos edificios que aparecen en la película. Huelga decir que el pequeño mitómano que mora en mi interior se retorcía de placer orgásmico.

            Siguiendo la N59, a veintitantos kilómetros de Cong, en mitad del campo, hay un puente de piedra sobre el río Owenriff. En la película, Wayne lo cruza con aire triste. A la derecha de la carretera una señal marca el desvío con un rótulo: The Quiet Man Bridge. No sé cómo se llamaba antes ese puente, pero estoy seguro de que ya es para siempre El puente del hombre tranquilo. Estando allí pensé que dentro de unos cuantos siglos la gente dirá que el viejo puente tiene un nombre muy poético, pero pocos sabrán qué significa y de dónde proviene.

            En días sucesivos también visitamos la playa de Inch, en el condado de Kerry, donde se rodaron secuencias de La hija de Ryan, de David Lean, y el puerto de Youghal, que John Huston eligió como escenario para Moby Dick. Pero nada de eso se puede comparar al mítico Innisfree.

            En fin, amigos, nos lo hemos pasado muy bien en Irlanda. Es un país muy hermoso lleno de gente amable y divertida. No se come bien (salvo su deliciosa Seafood Chowder), pero si os gusta la cerveza ése será vuestro paraíso. Si decidís visitarlo, os daré un consejo. En el sudoeste de la isla hay dos penínsulas, una encima de la otra. La de arriba, la más pequeña, se llama Dingle, y la de abajo Iveragh. En ésa última, en Iveragh, hay un circuito turístico llamado The Ring of Kerry, una excursión que os recomendarán encarecidamente todas las guías de viaje. Y con razón, porque el Anillo de Kerry es muy bonito, sobre todo el tramo del Parque Nacional de Killarney. Sin embargo, la vecina península de Dingle es igual de bonita y mucho más impresionante y salvaje. Además, como es menos conocida, hay pocos turistas. Si vais allí y tenéis que elegir entre visitar una de las dos penínsulas, os recomiendo Dingle.

            Y con este desinteresado acto de servicio público, doy por finalizada la maldita rentrée. Besos, abrazos y slan leat.

            NOTA: Si queréis ver el extraordinario beso de El hombre tranquilo pinchad AQUÍ. Y si queréis ver la no menos extraordinaria pelea final pinchad AQUÍ. No obstante, os aconsejo que, si no lo habéis hecho aún, veáis entera la película. Es una obra maestra.

            Breve galería fotográfica:
 
             La foto que preside el post muestra las aguas del lago Gill, en el condado de Sligo. En ese lago se encuentra Innisfree, la isla que inventó W. B. Yeats.
 
 
 
 
 
 
               La primera foto muestra la estatua dedicada a The Quiet Man que hay en el centro de Cong. Y debajo el póster de la película. En las otras dos fotos aparece Pepa demostrando que todo en Cong está dedicado a la película de Ford.
 
 
 
                   En la foto superior: El famoso The Quiet Man Bridge con un moderno y gallardo Sean Thornton encima. Y en la de abajo, la foto de John Wayne que hay junto al puente.
 
 
                  Aquí vemos la isla de Innisfree, en el lago Gill. En realidad, es un pequeño islote deshabitado que jamás se llamó así. Innisfree puede provenir del gaélico Inis fraoigh (Isla del Brezo) o, mezclando gaélico e inglés, significar Isla Libre. El nombre lo inventó Yeats al escribir un poema, La isla del lago de Innisfree, de carácter patriótico (Innisfree vendría a ser Irlanda sin ingleses tocando las pelotas).
 


                  En 1954, huyendo del macartismo John Huston decidió filmar parte de Moby Dick en el pueblo irlandés de Youghal (el resto se filmó en Gran Canaria), y fijó su cuartel general en un pub situado frente al muelle. La taberna se llamaba  Paddy Linehan's Pub, pero a raíz del rodaje cambió su nombre por Moby Dick's Pub. Ahí me veis a mí (aunque la foto de abajo está oscura), como un nuevo capitán Ahab.


                   Por último, este vuestro seguro servidor apoyado en la Piedra de Pie situada en la cima de la Colina de Tara, el mítico lugar donde se coronaban los reyes de Irlanda. Aunque me puse muy pesado al respecto, no me coronaron rey.