A finales de los años 70 decidí
dejar de escribir, porque era incapaz de desarrollar una novela. Aunque
entonces no lo sabía, el problema era que no tenía ni pajolera idea de narrar.
Creía que sí, pero no. No fue una decisión dramática, porque por entonces
escribir sólo era una afición, así que me centré en mi trabajo (publicidad) y
no escribí nada durante una larga década.
A comienzos de los 90 volví a
escribir, pero con un objetivo prioritario: aprender a narrar. Escogí unas
cuantas novelas, muy distintas entre sí, de diversos autores. Todas tenían una
peculiaridad: me habían enganchado más que otros libros, me habían mantenido
pegado a sus páginas de forma obsesiva. ¿Cómo lo habían logrado esos autores?
Decidí averiguarlo.
Cogía un par de libros, me montaba
en la Vespa, me iba a la Casa de Campo (un parque/bosque contiguo a Madrid),
buscaba un lugar solitario, me sentaba a la sombra de un árbol y me ponía a
destripar los libros. Descubrí muchas cosas. La primera de ellas que esas
novelas, todas, tenían una estructura invisible. Me sentí como Pablo camino de
Damasco. Vi la luz. Me di cuenta de que gran parte de la capacidad de enganche
de un texto se encuentra en su estructura. Me obsesioné con eso.
¿Pero
qué demonios es la estructura narrativa? Tienes una historia que contar.
Vale, antes de darle al teclado debes decidir varias cosas: ¿Desde qué punto de
vista vas a escribirla? ¿Con qué tono? ¿Con qué ritmo? ¿Qué clase de narrador
vas a utilizar? ¿Cómo empieza y cómo acaba? ¿Qué cuentas y qué ocultas? ¿En qué
orden lo cuentas? ¿Tiempo lineal o tiempo alterado? ¿Dónde vas a encajar el o
los clímax? ¿Una única línea narrativa o historias paralelas?... Y algunas
cuestiones más, aunque creo que esas son las principales. Bueno, pues todo eso
conforma la ESTRUCTURA NARRATIVA.
Descubrirlo me alucinó. Me di cuenta
de que al controlar la estructura podía hacer cosas que antes me estaban
vedadas. Y algo aún más importante: controlando la estructura podía controlar
(manipular) al lector. Fue un éxtasis. A partir de ese momento y durante varios
años me puse a experimentar obsesivamente con la estructura. Por ejemplo, uno
de mis primeros cuentos largos (50 pag.) allá por comienzos de los 90: La pared de hielo.
Quería presentarme a un concurso de
relatos de ciencia ficción y se me había ocurrido una historia, pero tenía un
problema. El reglamento del concurso exigía un máximo de cincuenta páginas, y
mi historia necesitaba por lo menos el doble. Contada linealmente, claro.
Porque si la contaba así tendría que hacer unas elipsis brutales para poder
adaptarme a la extensión requerida y al final quedaría un relato esquemático,
como si sólo fuera un esbozo. Pero ¿y si no lo contaba linealmente?
Lo narré en primera persona y
comencé por el final de la historia. Las tres primeras páginas son un “flujo de
conciencia” donde los pensamientos del narrador van de un lado a otro de forma
desordenada. El lector se encuentra con un texto caótico en apariencia. Sin
embargo, todo lo que se dice en esas primeras páginas es en realidad coherente,
pero está presentado con desorden, por eso parece incomprensible. Y el lector
de algún modo se da cuenta; advierte que hay alguna lógica en ese caos y quiere
saber qué es. Por eso sigue leyendo. A partir de ahí, el narrador comienza a contar
la historia, pero lo hace mediante una serie de flash backs alternados con
fragmentos de su presente (que sigue pareciendo absurdo), hasta llegar a un
final donde todo cobra sentido.
Al hacerlo de esa manera, las
elipsis siguen estando ahí, pero disimuladas por los saltos temporales y por el
enigmático presente del narrador, que
tira del relato y azuza el interés del lector. Pero lo más importante de todo
es que, contada de esa manera, no solo se resolvía el problema de la extensión,
sino que además la historia resultaba mucho más interesante. Ese es el poder de
la estructura narrativa.
Más adelante, seguí haciendo
experimentos con la estructura. Por ejemplo, en mi novela El coleccionista de sellos me planteé el reto de contar la misma
historia tres veces consecutivas, variando sólo el contexto del relato. Creo
que ese proceso de experimentación culminó con mi novela La Mansión Dax, donde me propuse lo aparentemente más sencillo:
contar una historia con una estructura totalmente lineal (prácticamente
comienza con el nacimiento del narrador), y aun así hacerla interesante. Para
ello, claro, tuve que recurrir a otra clase de “trucos”.
Un inciso: para poder diseñar la
estructura narrativa, evidentemente hay que conocer previamente la historia. Lo
que significa ser “escritor de mapas”. De hecho, en su momento fracasé en el
intento de escribir una novela porque intentaba hacerlo con brújula. Cuando
comprendí el poder de la estructura, me convertí al instante en un entusiasta
escritor de mapas. ¿Cómo manejan la estructura los escritores de brújula? Ni
idea.
Pero, ¿qué tiene esto que ver con
ser o no un escritor profesional? Pues lo que ya hemos dicho: un escritor profesional
debe ganarse al lector. Y a un lector se le gana despertando y manteniendo su
interés en el texto. ¿Recuerdas la anterior entrada, cuando preguntaba por qué
un lector sigue leyendo? La estructura es una valiosa herramienta para capturar
la atención del lector.
¿Y
a ti qué narices te interesa, querido lector? La primera cuestión es por
dónde comenzar a contar la historia. ¿Por el principio? ¡Vade retro, Satanás!
En la mayor parte de los casos, eso es un error. Hay que empezar la narración
por el punto de la historia que más curiosidad despierte, que suele estar
situado en algún lugar entre la mitad de la trama y el final. Piensa que
dispones de entre, digamos, diez y cincuenta páginas para ganarte al lector.
Quizá la forma más primaria de
generar interés es el cliffhanger,
que puede traducirse como “colgando del acantilado”. Consiste en dejar a alguno
de los personajes principales en una situación de peligro al final de cada
capítulo, obligando al lector a seguir leyendo para saber qué pasa. Ha sido muy
utilizado en los folletines y las películas de episodios. Pero, en fin, es un
recurso tan manido que conviene no abusar de él.
Creo que la forma más sencilla de
estructurar un relato para generar interés son las historias paralelas. Dos
historias distintas con protagonistas diferentes que se van narrando más o
menos alternativamente hasta acabar confluyendo en algún punto de la trama. El
truco está en terminar cada tramo de las diferentes historias en un punto de
interés. No necesariamente una situación de riesgo, sino cualquier
circunstancia que despierte la curiosidad. Así, el lector experimentará un
pelín de frustración por no saber ya lo que quiere saber, y se pondrá a leer la
otra historia rápidamente para recuperar la trama anterior. Pero la otra
historia también se interrumpe en un punto de interés y… bueno, ya me
entendéis.
Sólo son un par de ejemplos
sencillos de cómo generar interés con la estructura. En general, los dos
principales factores con los que se juega para atrapar al lector son el suspense
y el misterio. Y con esto no me refiero sólo a los thrillers, sino a cualquier
género. Lo único que variará serán las causas del suspense y la naturaleza de
los misterios.
Los escritores profesionales de
ficción suelen ser escritores que cuentan historias. Y para contar bien una
historia hay que dominar las herramientas de la narrativa. Las que acabo de
esbozar y muchas otras; p’orque con la estructura no basta, ni mucho menos.
En mi primera novela juvenil, el
texto más largo que había escrito por entonces (300 pag.), recurrí a las
historias paralelas. Estaba bien estructurado –no es de extrañar, porque eso me
obsesionaba- y era un eficaz pasapáginas. Pero tenía un defecto: los
personajes.
Hablaremos de eso en la siguiente
entrega.









