¿Se puede vivir de la escritura? Y
si se puede, ¿cómo se consigue? Estoy en varios grupos de escritores (o
aspirantes) en Facebook, y esas dos preguntas se repiten con frecuencia. Es
lógico; cualquiera que le guste escribir desea en el fondo de su ser ganarse la
vida con esa actividad. Un refrán oriental reza: “Trabaja en lo que te gusta y
no trabajarás jamás”. Bueno, no es del todo cierto, pero la idea general tiene
sentido. El problema es que las respuestas que leo a esas cuestiones se me antojan,
con frecuencia, erradas, o cuando menos despistadas, así que voy a intentar aportar
mi granito de arena.
Respondiendo a la primera pregunta:
Sí, se puede vivir de la escritura; yo lo hago y conozco a bastantes
escritores/as que también lo hacen. Vale, esa era la pregunta fácil. La otra
-cómo se consigue- es la jodida. De entrada, aclararé que no existe ninguna
fórmula, ningún método, cuyo seguimiento garantice el éxito literario. Puedes
hacerlo todo bien, incluso muy bien; qué demonios, puedes ser un puto genio y
no comerte un rosco. ¿O hace falta recordar que Kafka, uno de los autores más
importantes e influyentes del siglo XX, apenas consiguió publicar nada en vida?
Tras este pequeño y desalentador detalle, vamos a reflexionar un poco sobre el
asunto.
NOTA: Seguro que hay un montón de
excepciones a lo que voy a decir. Antes de perder el tiempo arrojándomelas a la
cara con desdén, preguntaos si vuestra objeción es la norma o, eso, algo
excepcional.
A mi entender, hay dos formas de
vivir de la escritura. En primer lugar, ser un “escritor prestigioso”; y me
refiero a prestigio crítico y académico. Os sorprendería saber los poquísimos
libros que venden muchos escritores españoles actuales considerados de primera
categoría. Parte de ellos tienen otra profesión, que es la que les da de comer;
pero otros, que no llegan a vender ni cinco mil ejemplares anuales de su obra,
consiguen vivir de la literatura. ¿Cómo? Pues precisamente gracias al prestigio
crítico que consiguen sus libros; eso les abre la puerta a otra clase de
actividades remuneradas, como conferencias, talleres, artículos de prensa,
jurados, asesoría editorial, mesas redondas, etc. Es decir, la pasta la sacan
de esas actividades paralelas relacionadas con la literatura. Ahora bien, ¿cómo
se convierte uno en escritor prestigioso? Ah, amigo, qué buena pregunta. Por
desgracia, al no entrar en esa categoría, no puedo responderla.
La segunda forma de vivir de la
escritura es la más evidente: vender muchos ejemplares de tus libros. Ese es mi
caso; y me apresuro a aclarar que cuando digo “muchos” me refiero a los
suficientes para que los derechos de autor te permitan llevar una vida más o
menos desahogada. ¿Cómo se consigue eso? Tranquilos, no voy a ponerme como
ejemplo; cada escritor es un mundo y no se puede generalizar. Además, no hay
fórmulas, ¿recordáis? No obstante, podemos intentar buscar pautas y deshacer algunos
malentendidos.
Pero antes una declaración de
principios. Personalmente, como lector y escritor, me parece mucho más fácil
escribir de forma farragosa que de forma fluida, mucho más fácil escribir
aburriendo que divirtiendo, mucho más fácil escribir complicando
artificialmente el texto que buscando la sencillez, mucho más fácil escribir
con oscuridad que con claridad. Si quieres tener muchos lectores, debes
escribir para los lectores; siempre a su favor, nunca en su contra. Me apresuro
a aclarar que cuando digo que debes escribir para los lectores, no me refiero a
que escribas lo que crees que quieren leer los lectores. Eso de ninguna manera;
lo que escribas es asunto tuyo, y depende de tus intereses y tu sensibilidad.
Pero la forma en que lo escribes, amigo mío, eso pertenece a los lectores.
Vamos ahora con algunos malentendidos.
“Con
una idea cojonuda se escribe una novela cojonuda”. Falso. Esa idea tan
maravillosa que tienes, ese argumento tan ingenioso y chispeante que has
pergeñado, no es prácticamente nada. Es barro. Puede que sea un barro de
primera, caolín de Limoges; pero todo dependerá de lo que hagas con él.
Recuerda que con el mismo barro se puede hacer una cerámica de Picasso o una
horterada de Lladró.
“Para
aprender a escribir hay que escribir, escribir y escribir hasta que te sangren
los dedos”. Bueno, sí; hay que practicar mucho. Pero con eso no basta. Para
aprender a escribir hace falta, sobre todo, reflexión. Hay que reflexionar
sobre la técnica narrativa y sobre los propios errores. Si lees una novela y el
autor te ha emocionado de alguna manera, debes reflexionar sobre cómo el autor
ha conseguido emocionarte. Si te equivocas, debes primero darte cuenta de que
te has equivocado, y a continuación reflexionar sobre cómo corregirlo. Debes
reflexionar, reflexionar y reflexionar hasta que te sangren las neuronas; y luego
poner en práctica tus reflexiones. Y después reflexionar sobre los resultados.
Sin reflexión, por mucho que escribas no harás más que repetir una y otra vez
los mismos errores.
“Para
escribir hace falta un don especial”. Cada vez que oigo esto me dan ataques
de caspa. No existe un “gen de la escritura”, ni hay un dios que te toque con
la gracia literaria. Lo único que hay es trabajo y pensamiento. Y bueno, sí,
algo más: también está tu sensibilidad, tus conocimientos, tu curiosidad, tus
aficiones e intereses, tu bagaje cultural, tu autoexigencia… pero nada de eso
es innato, sino adquirido y cultivado. De modo que, ¿un don? Y una mierda. De
hecho, si crees tener un don para la escritura, lo que en realidad tienes es un
ego demasiado grande.
“Escribo
para mí”. Pues si escribes para ti, ¿para qué narices quieres publicar?
Vale, está claro que el primer lector de lo que escribes eres tú mismo, pero no
eres un buen juez. Porque eres tu propia abuela y vas a ser muy indulgente.
Todo escritor, aunque lo niegue, desea en el fondo de su ser tener lectores, y
cuantos más mejor. Pero los lectores son unos hijos de puta que no te van a
perdonar ni una. Escribes para otros; jamás lo olvides. Ahora bien, si sólo
escribes pensando en los lectores, es muy posible que acabes cagándola. Porque,
¿quiénes son los lectores? Ni idea. Debes buscar un espacio situado entre tú y
los otros. No es fácil de encontrar, pero existe.
“Hago
arte”. La literatura es un arte, sin duda. Pero si escribes con el
propósito de hacer ARTE, lo más probable es que acabes escribiendo una mierda
pretenciosa. No intentes hacer arte; proponte hacer artesanía. Y si tienes
suerte, a lo mejor te conviertes en un artista. Y si no la tienes…, en fin, ser
un buen artesano tampoco está nada mal.
“¡Soy
escritor, oh, oh, oh!”. Los escritores –los “artistas” en general- están
envueltos en una especie de aura mágica que hace que los demás (lectores o no)
se aproximen con reverencia y admiración. Lo he comprobado personalmente muchas
veces cuando, al participar en algún acto público, la gente se ha acercado a mí
como si estuviera asistiendo a una aparición mariana. Huye de eso, porque si te
lo crees acabarás convirtiéndote en un gilipollas. Por esa razón procuro no “presentar”
mis libros, y eludir las ferias y las firmas (que no sirven para nada, salvo para
dar lustre al ego). Desconfía del folclore literario. Considérate un simple profesional,
como un fontanero o un ebanista. ¿He dicho “simple?... Qué narices, ser un
profesional ya es muchísimo.
“Para
mí escribir es tan necesario como respirar”. No me jodas, ¿en serio? Prueba
a estar quince minutos sin escribir, y luego prueba a estar otros quince sin
respirar, a ver qué pasa. No hagas literatura con la literatura. De acuerdo, te
encanta escribir, es tu pasión; pero no te pongas ni cursi ni estupendo. Sé
humilde.
“Escribir
con brújula”. Dicen que hay dos clases de escritores: los “de mapas”, que
antes de ponerse a escribir ya han diseñado el argumento y estructurado la
trama, y los “de brújula”, que empiezan con una vaga idea y van desarrollando
el argumento mientras escriben. Yo soy, descaradamente, un escritor de mapas. Eso
no quiere decir que antes de darle al teclado sepa de qué va el 100 % de la
novela; pero debo saber cómo empieza, cómo acaba y las parte de entre medias
más importantes. Digamos que con haber previsto un 40 o un 50 por ciento del
texto me basta. Tampoco significa que sea inflexible con mis planes; si
mientras escribo se me ocurre algo mejor, no tengo el menor problema en cambiar
de idea. De hecho, muchas de mis novelas empiezan o acaban de forma diferente a
mis iniciales previsiones. Pero debo partir de una estructura inicial, porque
si no, me pongo a divagar y no llego a ninguna parte.
El caso es que no lograba entender
cómo lo hacen los escritores de brújula. Vamos a ver, yo necesito conocer la
mayor parte del argumento porque eso me permite trazar una estrategia
narrativa. Una estrategia para darle garra al texto, para presentar la historia
de forma más interesante y para atrapar (en realidad manipular) al lector.
¿Cómo conseguían hacer eso los escritores de brújula?, me preguntaba. ¿Cómo
mantenían el ritmo y evitaban los rodeos y digresiones? Ni idea.
Colecciono libros de escritores que
explican sus procesos de escritura. Tengo un montón; de Vargas Llosa, de P. D.
James, de David Lodge, de Edith Wharton, de Haruki Murakami… pero ninguno de
ellos me aclaraba cómo demonios se escribe con brújula. Hasta que cayó en mis
manos Mientras escribo, de Stephen
King. Porque King se declara escritor de brújula y, gracias al cielo, explica
cómo lo hace. De entrada, parte de una idea mucho más elaborada de lo que yo
suponía. Luego se pone a escribir y escribe todo lo que se le pasa por la
cabeza. Si en una escena tiene dos opciones, escribe las dos. Luego, cuando ha
acabado el primer manuscrito, no se limita a corregirlo: lo rehace. Añade,
quita, reestructura, cambia… Ese es el secreto: reescribirlo. A mí me parece
que ese sistema es más trabajoso; pero si a él le va bien –y evidentemente le
va muy bien-, pues genial.
La lección de esto es que, si eres
un escritor de brújula y no reescribes tus manuscritos, mal. Pero que muy mal.
“Sé
todo lo necesario para escribir una novela”. ¿De verdad? Pues yo estoy convencido
de que si en algún momento me creo que ya domino mi oficio, ese día estaré
muerto como escritor. Escribir es ser siempre un aprendiz. Mi consejo: exígete
más de lo que puedes dar. Y otro consejo: no escribas sobre lo que conoces,
sino sobre lo que no conoces.
Y eso es todo por ahora, queridos
merodeadores. En el siguiente post continuaré reflexionando sobre este trabajo
tan raro que me ha dado por ejercer.