jueves, septiembre 10

Trece monos


 
 
            Hoy ha salido a la venta mi último libro, la antología de relatos Trece monos, publicada en la colección Fantascy de la editorial Penguin Random House. Se trata de trece historias (doce cuentos y una novela corta) de fantasía y ciencia ficción. En concreto, ocho pertenecientes al género fantástico y cinco a la cf. El libro también incluye un excelente y apabullantemente documentado prólogo de Juanma Santiago y una introducción mía. Además, los relatos van precedidos por breves notas donde explico el origen y las circunstancias de cada cuento.

            Sólo una de las historias que componen la antología, El decimoquinto movimiento, es muy conocida. Se trata del texto más antiguo de todos y ha sido reeditado varias veces; la última en el libro Los premios Ignotus 1991-2000 que editó Sportula el año pasado. Cuatro de los cuentos formaron parte de la tradición de historias navideñas de Babel. Otros seis relatos aparecieron en publicaciones muy alejadas del mundo del fantástico hispano, así que son prácticamente desconocidos. Y, finalmente, hay un cuento, Fiat tenebrae, y una novela corta, Naturaleza humana, que son absolutamente inéditos.

            Supongo que la cuestión es: ¿por qué ahora esta antología, después de veinte años de la anterior, El círculo de Jericó? Buena pregunta.

            Hace unas semanas, hablando precisamente de Trece monos, mi gran amigo, y excelente escritor, Samael me formuló otra pregunta: “¿No has renunciado a algo por dedicarte a la literatura juvenil?”. Se refería a un par de cosas: si he renunciado a la literatura para adultos y si he renunciado al fantástico. Respecto a lo primero, siempre he dicho (aunque casi nadie me cree) que no hago diferencias entre escribir para jóvenes o para adultos. En cuanto a lo segundo, más o menos la mitad de mis novelas juveniles pertenecen o tienen componentes de fantasía y cf. Por otro lado, si pudiese seguir siendo escritor profesional dedicándome en exclusiva al fantástico, ¿aceptaría? La respuesta es: no, ni de coña. Lo que más me gusta de la literatura, de escribirla, es su inmensa libertad. Y ceñirte a un género es perder parte de esa libertad.

            No obstante, le contesté otra cosa: Sí, sí que (casi) he renunciado a algo: a los relatos cortos, a los cuentos. Pero no por dedicarme al género juvenil, sino por ser escritor profesional. Porque, amigos míos, en España no hay mercado para los cuentos, ni publicaciones donde publicarlos. Fijaos: después de 25 años dedicándome a la literatura, sólo en siete ocasiones me han pedido un cuento remunerándolo (eso sí, gratis un montón de veces).

            Lo malo es que me encantan los cuentos, disfruto escribiéndolos; del mismo modo que no disfruto escribiendo novelas (aunque sí habiéndolas escrito). Por desgracia, las novelas, que son lo que me permite dedicarme profesionalmente a la literatura, me roban mucho tiempo para escribir relatos. Aun así, no he renunciado del todo a ellos y, en cuanto tengo la más mínima oportunidad, escribo alguno. Por eso la tradición de los cuentos navideños en Babel. Además, casi todos mis relatos son de fantasía o cf, porque amo el fantástico con todo mi corazón. Y porque siempre he pensado que esos géneros donde más brillan es en los cuentos.

            Los trece relatos que componen Trece monos apenas me han proporcionado dinero (poco más de cuatro mil euros en conjunto), pero sí un montón de buenos ratos y satisfacciones. Todos los he escrito por amor a un género que me ha acompañado, y maravillado, a lo largo de mi vida. Cuando escribo relatos de fantasía y cf me siento parte de una gran familia de soñadores formada por todos los escritores que me han asombrado desde la adolescencia. En cierto modo, escribir esos relatos ha sido como regresar a la infancia, como volver al hogar. Me veo a mí mismo cuando tenía catorce o quince años, leyendo asombrado relatos de Brown, de Kuttner, de Bester o de Sheckley, y me digo: ahora no eres el que lee; ahora eres el libro. Y me siento de puta madre, qué queréis que os diga. En ese inmenso mosaico de sueños que es la f & cf, algunas teselas las he puesto yo.

            Ya, ya, muy poético; pero ¿por qué ahora esta antología?

            Tras publicar El círculo de Jericó, donde aparecían la mayor parte de mis relatos escritos antes de 1995, comencé a dedicarme a la literatura juvenil; es decir, a escribir puñeteras novelas. No obstante, seguí escribiendo cuentos, pero a un ritmo mucho menor. Y siempre tuve claro que, cuando reuniese los suficientes buenos cuentos, publicaría una nueva antología. Más o menos hacia 2010 consideré que ya tenía material suficiente, pero aún faltaba algo: una novela corta. Había una en El círculo de Jericó (La casa del doctor Pétalo) y quería que hubiese otra en la nueva recopilación. Así que retomé una vieja idea que tenía empezada, Naturaleza humana, y la concluí en 2011.

            En Trece monos no están todos los relatos que he escrito desde 1995, sino menos de la mitad. Hice una selección y escogí los que me parecían mejores. Aunque debo reconocer que se me escapó un: Más allá, un cuento breve que publiqué aquí, en Babel, en octubre de 2010. No es una obra maestra, pero parte de una idea que me parece muy divertida. Por desgracia, me olvidé por completo de él; en caso contrario, lo habría incluido.

            No me gusta que  las antologías presenten los relatos uno tras otro, a palo seco, como si fuera una ristra de chorizos. Por eso en El círculo... hice un fix up. Pero no quería repetir esa técnica en la nueva antología, así que lo que he hecho es presentar cada relato con una breve introducción. De ese modo el texto queda más próximo y personal, ¿no?

            Pues bien, ya está. Moví el original y Random House se interesó por él, aunque luego su publicación se ha retrasado bastante. Pero ahí lo tenemos ya, en las librerías.

            Supongo que ahora se planteará la cuestión de cuál es mejor antología, El círculo de Jericó o Trece monos. Sinceramente, no lo sé. En la primera había tres historias muy potentes: El rebaño, mi relato más conocido, celebrado y reeditado; La pared de hielo, de cuya estructura me siento muy satisfecho (aunque no tanto del resto); y La casa del doctor Pétalo, quizá mi texto más inspirado (aunque no necesariamente el mejor). Esas tres narraciones, lo quiera o no, forman parte de la historia de la cf española, y es muy difícil luchar contra los mitos, por minúsculos que sean.

            Por otro lado, ahora... en fin, no sé si soy mejor escritor que entonces, pero estoy seguro de que domino más la técnica. Creo que en 1995 no habría sabido escribir un relato como, por ejemplo, Cuento de verano. Todo lo que puedo decir es que estoy satisfecho con cada uno de los cuentos que aparecen en Trece monos. En ellos está lo mejor de mí mismo, aunque no sé si eso es mucho o poco.

            Pero claro, un escritor es el peor juez de su propio trabajo. Así que ni lo intento. De lo que sí me he dado cuenta es de que he cambiado. Me he vuelto más escéptico y más pesimista. Lo cual no quiere decir que esta nueva antología sea lóbrega y oscura, ni mucho menos. Al contrario, en ella hay mucho humor, más que en El círculo de Jericó, y algunos relatos, como Cuento de verano o Ensayo general, son abiertamente humorísticos. Pero es un humor descreído, ácido, el humor de alguien que prefiere la risa a la esperanza. Como señala Juanma Santiago en su introducción, la novela corta Naturaleza humana contiene, de lejos, mi visión más negativa sobre la humanidad.

            Y para finalizar, dos cuestiones. En primer lugar: ¿por qué la antología se llama así? Pues veréis, tenía yo totalmente lista la antología, pero no se me ocurría ningún título. Afortunadamente, mi buen amigo Ricard Ruiz Garzón sugirió uno que nos convenció a todos: Trece monos. En fin, “trece” porque el libro contiene trece historias. Pero, ¿por qué “monos”? La respuesta, que no tiene nada que ver con el film de Terry Gillian, la encontraréis en el libro. Pero os adelanto que uno de los relatos se llama Cien monos.

            En segundo lugar, la portada. ¿Os gusta? A mí me encanta. Cuando el departamento de arte de Random House nos la presentó, todos, editores, asesores y el autor, nos entusiasmamos. Hace poco, en un blog literario, la consideraban una de las mejores portadas del año. Estoy de acuerdo. Esta mañana he visto el libro en la mesa de novedades de una librería y destacaba claramente sobre el resto de los títulos. Es  una portada estupenda.

            Y ya está. Pero hay algo que no me explico: ¿qué coño hacéis ahí leyendo en vez de correr a la librería más cercana para comprar el libro? Jesús del Gran Poder, cuánta desidia...

miércoles, septiembre 2

Innisfree




            Tenía miedo de ir a Irlanda, porque ese país era (es) un lugar mítico para mí. Temía ir allí y descubrir que lo que iba buscando ya no existía; o aún peor: que nunca había existido. ¿Y qué deseaba encontrar? La Irlanda de los mitos celtas, la de Cuchulainn y el gigante Finn MacCool, la de los leprechaun y San Patricio, la de las baladas y las gigas, la Irlanda que describió Yeats en su antología de relatos El crepúsculo celta. Y, sobre todo, la Irlanda que filmó John Ford; especialmente en esa obra maestra que es El hombre tranquilo. Una Irlanda rural, legendaria y literaria. ¿Cómo iba a existir en la realidad algo así?

            Este año, Pepa y yo decidimos dedicar nuestras vacaciones a merodear por Irlanda. Diseñamos un tour de veinte días: Primero hemos ido a Dublín, al este de la isla (donde recogimos un coche de alquiler); después a Sligo, en la coste noroeste; a continuación Galway, al oeste; después Killarney, al sudoeste; y finalmente Cork, al sur. Estuvimos cuatro días en cada uno de esos sitios y desde ellos hacíamos excursiones.

            ¿He encontrado lo que buscaba? Pues, por sorprendente que parezca, sí. La Irlanda literaria, la de los mitos antiguos y modernos, existe. No al cien por cien, evidentemente, pero con frecuencia mucho más de lo que esperaba. Tranquilos, no os voy a aburrir contándoos nuestro viaje. Pero permitidme unas cuantas impresiones personales.

            1. Irlanda es muy verde, la “isla esmeralda”. Cierto, es verde hasta la extenuación. Aunque en realidad no es “verde”, sino “verdes”, porque allí ese color se declina en todos los matices posibles.

            2. En Irlanda llueve mucho. Cierto. Evidentemente, esto es la causa de lo anterior.

            3. Los irlandeses son, más o menos, como los ingleses. Rotundamente falso, no se parecen en nada. Vale, hablan inglés y conservan algunas costumbres de sus antiguos invasores, como inflarse de té o carecer de la menor noción sobre lo que significa la palabra “gastronomía”. Podría decirse que un irlandés es un inglés al que le han quitado el palo de escoba que los ingleses suelen llevar insertado en el recto, pero ni siquiera eso sería verdad. Los irlandeses son un pueblo alegre, cordial y abierto, gente relajada dotada de un peculiar sentido del humor. Además, los irlandeses detestan a los ingleses. Y tienen muchos motivos para hacerlo.

            4. Los irlandeses son un pueblo muy musical. Cierto. En Irlanda todo el mundo canta, aunque sea mal, y muchos tocan algún instrumento desde niños. Se oye música irlandesa en vivo en casi todas las tabernas, y también en la calle. La mayoría de los nacionalismos –los irlandeses son la leche de nacionalistas- giran en torno a un idioma, una cultura o una religión. En Irlanda también, por supuesto. El idioma oficial de la república es el gaélico, pero, aunque todos lo estudian en el colegio, muy pocos lo hablan fluidamente (al parecer es tela de difícil). El idioma que se emplea es el inglés, y sólo en algunas remotas zonas del oeste hay poblaciones bilingües. En cuanto a la religión, está clara la influencia del catolicismo en el nacionalismo irlandés.

            La cultura, en Irlanda, tiene dos vertientes principales: la literaria y la musical. Los irlandeses veneran a sus escritores, aunque no los hayan leído. No en vano Irlanda, un país que no llega a los cinco millones de habitantes, cuenta con cuatro premios Nobel de literatura. Pero yo diría que el eje del nacionalismo irlandés es la música. Allí se siguen cantando en los pubs baladas que tienen más de cien años; canciones que con frecuencia hablan de las luchas contra los ingleses (y sobre sus héroes/mártires) y de la emigración, la terrible hemorragia del país.

            5. Los irlandeses beben mucha cerveza; especialmente Guinnes. Cierto, trasiegan cerveza como cosacos (cosacos que hayan cambiado el vodka por la cerveza, claro). Pero, sorprendentemente, no vi borrachos metepatas. Allí la gente, incluso los dipsómanos, es muy tranquila.

            6. Los irlandeses tienen muchos hijos. Cierto; procrean como conejos (es el país con la mayor tasa de natalidad de Europa). Casi todas las familias que vimos estaban compuestas por progenitores jóvenes con al menos tres hijos casi consecutivos. Y, por cierto, al parecer en Irlanda los niños pequeños pueden hacer lo que les salga de los cataplines sin que sus padres tomen la menor medida al respecto.

            7. Irlanda es un país pobre. Cierto; su tejido industrial es aún muy precario. Hubo un boom económico a causa de la burbuja, pero huelga decir que eso ya es historia. Lo que se ve mientras se recorre Irlanda es un país dedicado a la agricultura, la ganadería, la pesca , los textiles y poco más. No sólo es pobre, sino que da la impresión de que siempre lo ha sido.

            Y la culpa de esto la tiene, sin lugar a dudas, Inglaterra. La historia de Irlanda es la historia del despojo inglés, de las persecuciones, de la brutalidad, de la injusticia de unos invasores que oprimieron a los invadidos hasta despojarles de lo básico para vivir. La gran hambruna que, en el siglo XIX, mató a más de dos millones de irlandeses, no se debió sólo a la peste de la patata, sino sobre todo a que el control de los alimentos estaba en manos de los ingleses, quienes siguieron exportando productos irlandeses mientras los habitantes de la isla se morían de hambre.

            Después de mi visita al elitista colegio de Eton, y ahora, tras viajar por Irlanda y conocer mejor su historia, mis sentimientos hacia los ingleses están sufriendo un serio revulsivo.

            8. Los irlandeses son un pueblo alegre. Cierto, lo son. Y, teniendo en cuenta su pésimo clima, su trágica historia y su precario presente (el país está intervenido), no me lo explico. Quizá, como dijo mi buen amigo Sergi, las únicas alternativas que les quedaban eran tomárselo a risa o suicidarse en masa.

            Como decía al principio, no voy a contaros el viaje. Pero sí una pequeña parte de él. Uno de los lugares que visitamos Pepa y yo fue la península de Connemara, al oeste del país. Connemara es exactamente la imagen preconcebida que todos tenemos sobre Irlanda: prados delimitados por muros de piedra, ovejas, lagos, verdes montañas, una costa abrupta con acantilados... Es un lugar muy bello, pero también es algo más: el lugar donde en 1952 John Ford rodó los exteriores de El hombre tranquilo.

            Pepa me acusa de ser un mitómano, y no se equivoca: tengo un montón de mitos literarios y cinematográficos. Y entre esos mitos refulge con luz propia El hombre tranquilo, un film que yo incluiré sin dudarlo en cualquier lista de las diez mejores películas de la historia. ¿La habéis visto? Si no es así, hacedlo, porque todo es maravilloso en esa cinta. No solo contiene el que quizá sea el mejor beso jamás rodado (el que le da John Wayne a la bellísima Maureen O’Hara, de noche, durante una tormenta) y una de las mejores peleas de la historia del cine; es que cada secuencia, cada plano, es pura poesía, una poesía llena de humor y de ironía. Siempre que veo El hombre tranquilo, y la he visto muchas veces, se me queda en la cara una sonrisa tonta, y un profundo amor a la vida en el corazón. Además, es una película que no podría rodarse hoy en día por su maravillosa incorrección política.

            Su argumento cuenta la historia de un boxeador norteamericano, Sean Thornton, que regresa a su Irlanda natal para iniciar una nueva vida. Allí, en un pequeño pueblo de Connemara, conoce a Mary Kate Danaher, una hermosa lugareña cuyo hermano, Willy Danaher, es una especie de orangután bravucón. Sean y Mary Kate se enamoran, se casan... y justo después de la boda estalla un conflicto por el pago de la dote, que el tacaño hermano de ella no quiere abonar. A Sean la dote le importa un bledo, pero para Mary Kate es fundamental, y el conflicto crece hasta desembocar en una espectacular pelea entre Thornton y Danaher.

Pues bien, el pueblo donde sucede la película, Innisfree, no existe en realidad. Pero sí existe el pueblo que sirvió de escenario para el film; se llama Cong y está en Connemara. Y allí fuimos Pepa (que aunque no lo confiese también es mitómana) y yo.

            Cuando llegamos, descubrimos que todo en ese pequeño pueblo está dedicado al film. No solo hay un museo de El hombre tranquilo, sino también una estatua de bronce de John Wayne y Maureen O’Hara que reproduce el cartel de la película. Cong ha embellecido su apariencia, pero conserva la misma estructura que en 1952. Aún quedan en pie muchos edificios que aparecen en la película. Huelga decir que el pequeño mitómano que mora en mi interior se retorcía de placer orgásmico.

            Siguiendo la N59, a veintitantos kilómetros de Cong, en mitad del campo, hay un puente de piedra sobre el río Owenriff. En la película, Wayne lo cruza con aire triste. A la derecha de la carretera una señal marca el desvío con un rótulo: The Quiet Man Bridge. No sé cómo se llamaba antes ese puente, pero estoy seguro de que ya es para siempre El puente del hombre tranquilo. Estando allí pensé que dentro de unos cuantos siglos la gente dirá que el viejo puente tiene un nombre muy poético, pero pocos sabrán qué significa y de dónde proviene.

            En días sucesivos también visitamos la playa de Inch, en el condado de Kerry, donde se rodaron secuencias de La hija de Ryan, de David Lean, y el puerto de Youghal, que John Huston eligió como escenario para Moby Dick. Pero nada de eso se puede comparar al mítico Innisfree.

            En fin, amigos, nos lo hemos pasado muy bien en Irlanda. Es un país muy hermoso lleno de gente amable y divertida. No se come bien (salvo su deliciosa Seafood Chowder), pero si os gusta la cerveza ése será vuestro paraíso. Si decidís visitarlo, os daré un consejo. En el sudoeste de la isla hay dos penínsulas, una encima de la otra. La de arriba, la más pequeña, se llama Dingle, y la de abajo Iveragh. En ésa última, en Iveragh, hay un circuito turístico llamado The Ring of Kerry, una excursión que os recomendarán encarecidamente todas las guías de viaje. Y con razón, porque el Anillo de Kerry es muy bonito, sobre todo el tramo del Parque Nacional de Killarney. Sin embargo, la vecina península de Dingle es igual de bonita y mucho más impresionante y salvaje. Además, como es menos conocida, hay pocos turistas. Si vais allí y tenéis que elegir entre visitar una de las dos penínsulas, os recomiendo Dingle.

            Y con este desinteresado acto de servicio público, doy por finalizada la maldita rentrée. Besos, abrazos y slan leat.

            NOTA: Si queréis ver el extraordinario beso de El hombre tranquilo pinchad AQUÍ. Y si queréis ver la no menos extraordinaria pelea final pinchad AQUÍ. No obstante, os aconsejo que, si no lo habéis hecho aún, veáis entera la película. Es una obra maestra.

            Breve galería fotográfica:
 
             La foto que preside el post muestra las aguas del lago Gill, en el condado de Sligo. En ese lago se encuentra Innisfree, la isla que inventó W. B. Yeats.
 
 
 
 
 
 
               La primera foto muestra la estatua dedicada a The Quiet Man que hay en el centro de Cong. Y debajo el póster de la película. En las otras dos fotos aparece Pepa demostrando que todo en Cong está dedicado a la película de Ford.
 
 
 
                   En la foto superior: El famoso The Quiet Man Bridge con un moderno y gallardo Sean Thornton encima. Y en la de abajo, la foto de John Wayne que hay junto al puente.
 
 
                  Aquí vemos la isla de Innisfree, en el lago Gill. En realidad, es un pequeño islote deshabitado que jamás se llamó así. Innisfree puede provenir del gaélico Inis fraoigh (Isla del Brezo) o, mezclando gaélico e inglés, significar Isla Libre. El nombre lo inventó Yeats al escribir un poema, La isla del lago de Innisfree, de carácter patriótico (Innisfree vendría a ser Irlanda sin ingleses tocando las pelotas).
 


                  En 1954, huyendo del macartismo John Huston decidió filmar parte de Moby Dick en el pueblo irlandés de Youghal (el resto se filmó en Gran Canaria), y fijó su cuartel general en un pub situado frente al muelle. La taberna se llamaba  Paddy Linehan's Pub, pero a raíz del rodaje cambió su nombre por Moby Dick's Pub. Ahí me veis a mí (aunque la foto de abajo está oscura), como un nuevo capitán Ahab.


                   Por último, este vuestro seguro servidor apoyado en la Piedra de Pie situada en la cima de la Colina de Tara, el mítico lugar donde se coronaban los reyes de Irlanda. Aunque me puse muy pesado al respecto, no me coronaron rey.

 

 

martes, agosto 4

El corto adiós



            Como todos los años, Babel echa el cierre en agosto. Yo descanso del blog y vosotros descansáis de mí. Este verano está siendo heavy, con temperaturas, al menos en Madrid, de cuarenta grados a la sombra o más. Afortunadamente, como he vivido toda la vida en la tórrida meseta, estoy acostumbrado (el aire acondicionado también ayuda). De hecho, para mí el verano-verano debe ser así: abrasador. Aunque eso no significa que me guste; de hecho, en cuanto puedo me abro al fresquito norte, como voy a hacer este año. Un norte allende nuestras fronteras.

            En fin, queridos merodeadores, os deseo unas muy, pero que muy felices vacaciones. También os deseo las tres Des: Descansad, Disfrutad y Desparramad. Y sed malos, porque como decía la genial Mae West: “Cuando soy buena, soy buena; pero cuando soy mala, soy mejor”.

            Hasta septiembre, amigos. Besos y abrazos. Ciao.
 
 

lunes, agosto 3

Harry Potter, Celsius y yo



            Ayer regresamos Pepa y yo del Festival Celsius de Avilés. Nos lo hemos pasado estupendamente. La organización del festival ha sido admirable, el entorno de lo más agradable y la comida -ay el colesterol- abundante y suculenta (estábamos en Asturias, no lo olvidéis). En cuanto a la compañía, simplemente inmejorable. Además, la temperatura oscilaba entre los diecisiete y los veintipocos grados (había que ponerse una chaquetita al anochecer), algo muy tonificante para aquellos que veníamos del infierno mesetario.

            ¿Qué he hecho allí? Pues, aparte de charlar con los amigos –que es lo más importante-, de escuchar a los ponentes, de conceder entrevistas, de firmar libros y de participar en un par de actos, le he prestado mi voz a un maestro sith y me he fotografiado junto a Harry Potter (podéis comprobarlo en la imagen de ahí arriba).

            Aunque, claro, no era de verdad Harry Potter, sino un niño encantador llamado Roberto que andaba disfrazado por allí, ayudando a la organización y prestándose a posar junto a quien se lo pidiese. Me entraron ganas de llevármelo a casa; pero ya sabéis lo tiquismiquis que se pone la policía con eso del secuestro infantil.

            Sólo me queda agradecerles a Jorge Iván, Cristina y Diego, los organizadores del Celsius, su amabilidad al invitarme y el excelente trabajo que han realizado. Gracias, sois un encanto.

            Como decía el viejo terminator T-800: Volveré.
 
 

martes, julio 28

Celsius


 
            Queridos merodeadores, mañana viajo a Avilés para participar en el Celsius 232, un festival dedicado a la ciencia ficción, la fantasía y el terror. Durará cuatro días, de miércoles a domingo, y yo estaré allí esos cuatro días, disfrutando del fresquito norteño y de la alegre camaradería de un montón de gente tan pirada como yo. Me acompañará Pepa, mi mujer; será su primera incursión en el universo friki. A ver qué tal lo lleva.

            Intervendré en dos actos:

            Miércoles 29 de 20:30 a 21:30. Charlando con César Mallorquí de su literatura, acompañado por Germán Menéndez y José Manuel Estébanez (auditorio de la Casa de Cultura)

Viernes 31 de 12:40 a 13:20. Charlando con César Mallorquí de su literatura juvenil, acompañado de Javier Ruescas (carpa de actividades)

            Si estáis por allí, me encantará veros.

jueves, julio 23

Cervantes Chico 2015






            Amigos míos, merodeadores todos, es un placer comunicaros que el ayuntamiento  de Alcalá de Henares acaba de anunciar que me han concedido el premio Cervantes Chico, en reconocimiento a toda mi producción de literatura juvenil. Así que muchas gracias al jurado y a los promotores del galardón. La ceremonia de entrega será en octubre. Os mantendré informados.

            Por cierto, ¿os habéis fijado en que “galardón” suena mucho mejor que “premio”? Más serio, más solemne, eufónico y contundente. Si dices “me han dado un premio” te imaginas a un perro recibiendo de su amo un terrón de azúcar por haber dado la patita. Pero si dices “me han galardonado”, oye, la cosa es distinta. Incluso acojona un poco. Pues eso, que me han galardonado.
 

jueves, julio 16

Supertipos




            No estoy seguro de cuál fue el primer cómic de superhéroes de mi vida. Puede que Superman, pero el primero que recuerdo es el Capitán Marvel (no el de la Marvel, sino el creado por Bill Parker y C. C. Beck, también conocido como Shazam). Luego vinieron todos los de D.C. que publicaba la editorial mexicana Novaro: el citado Superman, Batman, Flash, Linterna Verde, Aquaman, El Detective Marciano, Flecha Verde, etc. Me encantaban los tebeos de superhéroes.

            Luego, a mediados de los 60, Fraga Iribarne prohibió los cómics de superhéroes (porque Superman le parecía demasiado similar a Cristo) y me quedé durante un tiempo sin supertipos. Hasta que en 1969, Editorial Vértice comenzó a publicar las historietas de la Marvel. Mi personaje favorito era Ironman, supongo que por ser el más cercano a la ciencia ficción; pero también leía Spiderman, Daredevil o el Capitán América. Poco después, mi interés por los superhéroes comenzó a decaer. Yo ya era un jovenzuelo con bigote y aquellas historietas se me antojaban demasiado ingenuas y esquemáticas. Seguí siendo aficionado a los cómics, pero a otra clase de cómics. Porque, reconozcámoslo, el cómic clásico de superhéroes acaba siendo muy aburrido.

            Durante muchos años me mantuve alejado del género, hasta que a finales de los 80 comencé a oír hablar de un cómic de superhéroes que, al parecer, era la bomba: Watchmen, de Alan Moore y Dave Gibbons. Lo compré y aluciné en colorines, porque aquello no se parecía a nada que hubiese leído antes. Mi interés por el género se reavivó y consumí seguidos varios títulos canónicos: Batman año uno, The Dark Knight Returns, Daredevil Born Again o Miracleman, todos ellos excelentes cómics. De hecho, aquello era una revolución en el género, y un  montón de creadores siguieron la corriente, escribiendo y dibujando tebeos donde los superhéroes dejaban atrás la inocencia y se convertían en seres oscuros, violentos y con frecuencia torturados. Por desgracia, no todos aquellos creadores tenían el talento de Moore o Miller, y la moda acabó convirtiéndose en un coñazo similar en monotonía al de los superhéroes luminosos de periodos anteriores.

            En realidad, Watchmen (título del que hablaré largo y tendido en otro momento) no era una obra germinal, sino terminal. Lo que hizo Moore fue trazar una frontera, más allá de la cual, siguiendo ese camino, no hay nada. Es decir, puedes afrontar los superhéroes de muchas maneras distintas, pero desde una perspectiva realista, Watchmen es la versión definitiva.

            ¿Qué hizo Moore? Se preguntó qué pasaría si en la vida real hubiera vigilantes enmascarados. O, mejor dicho, ¿por qué alguien se pondría una máscara y comenzaría a combatir el crimen por su cuenta y riesgo? Las respuestas son demoledoras: por ingenuidad patológica, por montaje comercial, por megalomanía, por psicopatía, por locura, por fascismo... Y es que, no nos engañemos, la figura del justiciero, un tipo que aplica la ley –su ley- de por libre, es en esencia antidemocrática. ¿Quieres un vigilante realista? Échale un vistazo a la película de Scorsese Taxi Driver.

            (NOTA: Si leéis este post hasta el final, os explicaré por qué Superman, y otros supermendas, llevan los calzoncillos por encima de las mallas)

            Bueno, a lo que iba: Desde la época de Watchmen no había vuelto a prestarle mucha atención a los superhéroes. Hasta que, de pronto, el cine comenzó a llenarse de ellos. ¿Cuántas películas de supertipos se han estrenado? ¿Y cuántas quedan por estrenarse? Me estremezco sólo de pensarlo. Hay superhéroes hasta en la supersopa. Y la mayor parte de esas películas me parecen iguales, se mezclan en mi cabeza formando un amasijo de puñetazos, rayos destructores, gente volando y acción sin demasiado sentido. Un supercoñazo. No obstante, entre tanto payaso disfrazado, hay algunas joyitas que merecen salvarse.

            Pero antes voy a citar una obra que seguro que a muchos merodeadores les encanta, pero que a mí no: la trilogía sobre Batman de Christopher Nolan. Me aburre sobremanera esa visión solemne, y supuestamente realista, de un chalado disfrazado de murciélago. Es cierto que la caracterización del Jocker realizada por Heath Ledger es estupenda, pero el resto me produce superbostezos. Me apresuro a aclarar que el Batman de Burton tampoco me gusta, y que el de Schumacher produce vergüenza ajena. Pero bueno, vamos a lo que sí me gusta.

            Superman (1978), de Richard Donner. La primera producción de superhéroes de gran presupuesto. La verdad es que no es gran cosa como película, pero tiene cierto encanto nostálgico. Y desde luego, Christopher Reeve ha sido el mejor Clark Kent/Kal El de la historia.

            El protegido (2000), de M. Night Shyamalan. Una mirada profunda, incluso poética, sobre la esencia del mito superheroico.

            Watchmen (2009), de Zack Snyder. Llevar el comic de Moore y Gibbons a la pantalla parecía una tarea imposible, pero Snyder lo consiguió con notables resultados. Muchos criticaron el film: ¡Es mejor el comic!, dijeron. Vale, ¿y qué? La película es una fiel ilustración de la historia original y se sostiene por sí misma.

            Spiderman II (2004), de Sam Raimi. Una demostración, a mi modo de ver, de que el mejor enfoque para las películas de superhéroes es la fábula. El segundo film de la trilogía de Raimi es en realidad un cuento de hadas trufado de humor amable. Y el antagonista, ese Dr. Octopus excelente interpretado por Alfred Molina, quizá sea el villano más complejo del género, con la posible excepción de Adrián Veidt/Ozymandias.

            X Men II (2003), de Bryan Singer. La crítica a la xenofobia dota de cierta profundidad a los X Men. Algunas secuencias del film, como la incursión de Rondador Nocturno en la Casa Blanca, son muy notables.

            X Men: Primera generación (2011), de Matthew Vaughn. Curiosamente, la mezcla de superhéroes, Guerra Fría y espías funciona muy bien.

            Los Vengadores (2012), de Joss Whedon. Sin ser para tirar cohetes, la película es espectacular y divertida. Los Vengadores II: La era de Ultrón, sin embargo, me provocó bostezos.

            Capitán América: El primer vengador (2011), de Joe Johnston. Una película naíf para el más naíf de los superhéroes. Su ambientación en la Segunda Guerra Mundial -en un mundo más ingenuo- y su tono de fábula la convierten en mi película de la productora Marvel preferida (casi la única, en realidad).

            Los Increíbles (2004), de Brad Bird. Una demostración más del inmenso talento de la factoría Pixar.

            Kick-Ass (2010), de Matthew Vaughn. ¿Cómo no iba a gustarme una película tan políticamente incorrecta? En realidad, una sátira sobre lo superheróico.

            Chronicle (2012), de Josh Trank. Una versión realista, y terrible, de lo que sucedería si unos adolescentes adquirieran superpoderes.

            Y, salvo error u omisión, eso es todo.

            Ahora la respuesta a la pregunta: ¿por qué algunos superhéroes llevan los calzoncillos por encima de las mallas? Ante todo, hay que dejar claro que Superman no fue el primer héroe con esa vestimenta. En 1936, dos años antes de que apareciera el kryptoniano, comenzó la serie de comics The Phantom (en España El Hombre Enmascarado), de Lee Falk, cuyo prota ya iba con los Calvin Klein al aire.

            Bien, a comienzos del siglo XX, en todas las ferias y circos ambulantes de Estados Unidos, había espectáculos de forzudos. Tipos fornidos que levantaban pesas, doblaban barras de acero o cualquier otro tipo de proezas físicas. Como es lógico, esos forzudos tenían que lucir su poderosa musculatura, pero el pudor de aquellos tiempos les impedía ir con las piernas y el torso descubiertos, así que se ponían mallas muy ceñidas. Pero eso les marcaba mucho los cataplines, de modo que ocultaban el bulto de sus vergüenzas poniéndose unos pantaloncitos cortos por encima de las mallas. Por tanto, cuando los superhéroes nacieron, el “uniforme oficial” de los forzudos era mallas+calzoncillos.

            Y para terminar, ¿cuál es mi superhéroe favorito? Citaré dos. El Capitán Marvel (Shazam), de Parker y Beck. Pura nostalgia: ya os he dicho que fue mi primer superhéroe; no obstante, sus historias están llenas de humor, autoparodia y surrealismo. El segundo: Rorschach, de Watchmen. Es un fascista, un maniaco y un tipo muy desagradable. Pero también, por algún inexplicable motivo, resulta fascinante.

lunes, julio 13

¡Hala (mierda el) Madrid!


            No soy demasiado aficionado al fútbol. Y si vosotros tampoco lo sois, mejor que no leáis esta entrada, porque no os va a interesar. El caso es que, como decía, no le presto mucha atención al noble deporte del balompié. Pero soy del Real Madrid.

            Lo soy porque mi padre era socio de ese equipo, igual que mis hermanos mayores. En verano, de muy pequeño, iba con mi familia a la piscina del Real Madrid, que estaba junto al estadio. Y también recuerdo haber ido con mi padre al aeropuerto de Barajas para recibir al equipo después de ganar alguna copa de Europa. Y no es que mi padre fuese un gran aficionado al fútbol, pero por algún motivo era un merengón. De modo que no lo he elegido yo; soy del Madrid porque lo heredé de mi padre, igual que mi hijo Óscar lo ha heredado de mí.

Eduardo Galeano dijo: “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”. Esto es así porque, en general, la adhesión a un equipo no es un acto consciente, sino un legado. Yo heredé de mi madre los ojos claros, y de mi padre el Real Madrid; y del mismo modo que no puedo cambiar mi color de ojos, no puedo cambiar mi equipo de fútbol. ¿O sí?

            Desde hace tiempo –en concreto desde la llegada a la presidencia de ese individuo siniestro que es Florentino Pérez-, el Madrid se está convirtiendo en un equipo francamente antipático. Todo comenzó con la absurda expulsión de Vicente del Bosque, pero no me voy a ir tan lejos. Me centraré en el ahora: Lo que ha hecho el Real Madrid con Iker Casillas es una vergonzosa e indigna cabronada.

            Casillas siempre me ha caído bien. Me parece un tío sanote, natural, con ese castizo acento de Móstoles que nunca ha perdido. Pese a estar considerado el mejor portero del mundo, nunca se le han subido los humos. Tiene pinta de buena persona, y probablemente lo sea. Creo que representaba lo mejor del Madrid; el respeto al contrario, la humildad, el pundonor, la capacidad de realizar proezas imposibles. A Casillas le apodaban El Santo por sus paradas milagrosas.

            ¿Cuántas veces ha salvado Casillas al Madrid, cuánto ha contribuido a sus triunfos? Respeto a la selección, todo el mundo recuerda el gol de Iniesta que nos dio el Mundial; pero algunos parecen olvidar que probablemente España habría perdido esa final de no ser por la prodigiosa parada que le hizo Casillas a Robben en un mano a mano que parecía letal.

            Creo que un jugador así merece un gran respeto, tanto por parte de los dirigentes de su club como por la afición. Pero un día apareció por el Madrid un entrenador portugués, un individuo repugnante llamado Mourinho, y convirtió lo que era un equipo supuestamente noble en un equipo campeón. Campeón del mal rollo, de la gresca y de la antipatía. Porque, claro, Mourinho llegó como el Gran Entrenador que llevaría al Madrid a la gloria, pero se topó con el Barcelona de Guardiola, que le sobó el morrillo repetidamente, y el tipo se puso rabioso de impotencia. Así que más malos rollos.

            Como esa bronca con el Barcelona podía perjudicar a la selección, Casillas contactó con su amigo Xavi Hernández para limar asperezas. Y eso, a ojos del repugnante Mourinho, convirtió al portero en un traidor. Así que, zas, Casillas a la lista negra. Y no sólo por parte del portugués, sino también con la aquiescencia del no menos repugnante Florentino, que por algún motivo siempre ha estado enchochado con Mourinho. En fin, ya conocéis el resto de la historia. No solo se trata del maltrato que le ha brindado a Casillas la directiva, sino también un sector importante de la afición, esos energúmenos que pitaban, en el mismísimo Bernabeu, al mejor portero que jamás ha tenido su equipo. Qué asco...

            Ahora, Casillas deja el Madrid y se marcha al Oporto. Sale por la puerta de atrás, de malos modos, sin homenajes ni el menor respeto. Vale, puede que Casillas ya no esté en su mejor momento, puede que no sea el portero más adecuado para el equipo. No lo sé, pero lo que sí sé es que su salida podría haber sido orquestada con muchísima más elegancia.

            Así que, amigo Iker, me alegro de que tengas una pareja tan guapa, me alegro incluso de que seas millonario, y espero que las cosas te vayan de maravilla. Gracias por tus paradas y gracias por haber seguido siendo siempre un chaval de Móstoles.

            En cuanto al Real Madrid, cada vez es un equipo menos blanco y más oscuro.

miércoles, julio 1

Entrevista



Acaba de aparecer el número 12 de La Página Escrita, la revista electrónica de la Fundación Jordi Sierra i Fabra. En él se incluye una larga entrevista con este vuestro seguro servidor, en la que hablo de mi trabajo. Se nota que el cuestionario está confeccionado por un escritor, porque creo que es la más completa entrevista que me han hecho jamás. Si os apetece echarle un vistazo, pinchad AQUÍ

miércoles, junio 17

Gritos



            El pasado sábado, después de la presentación en la Feria del Libro de Historia y antología de la ciencia ficción española, unos cuantos de los participantes fuimos a comer a un restaurante próximo a El Retiro. En la mesa de al lado había un grupo de unos diez hombres y mujeres de mediana edad. Hablaban muy, pero que muy alto, y cada poco prorrumpían en carcajadas excesivas y auténticos alaridos. En el comedor sólo estábamos ellos, nosotros y una mesa con cuatro personas por fortuna discretamente silenciosas. Aun así, el nivel del ruido era similar al de una jaula llena de monos aulladores.

            Me mordí la lengua varias veces, hasta que, tras uno de los periódicos estallidos de risas y bramidos, grité a mi vez (y puestos a gritar, tengo un vigoroso vozarrón): “¡Basta ya, por favor; dejen de hacer tanto ruido!”. Automáticamente, los gritones, especialmente los hombres (ya se sabe cómo somos los machotes), en vez de disculparse, se enfrentaron a nosotros. Gracias al cielo, tras el breve enfrentamiento bajaron el tono de voz.

            Ayer, sin ir más lejos, Pepa, mi mujer, estaba en una oficina pública donde había un rótulo que rezaba: “Por favor, guarden silencio”. Pues bien, un tipo que estaba esperando comenzó a hablar por su móvil dando estremecedoras voces. Al poco, Pepa se levantó y le pidió amablemente que bajara la voz. El tipo dejó de berrear, pero cuando acabó su conversación, se aproximó a mi mujer con el ceño fruncido y le dijo: “Usted es extranjera, ¿verdad?”.

            Ciertamente, Pepa parece extranjera. Es muy alta, con los ojos azules y la piel clara. Pero en realidad es una guipuzcoana de armas tomar que le respondió, más o menos: “No, no soy extranjera. Y no me venga con que los guiris tienen la costumbre de hablar en voz baja, y los españoles el rasgo racial de gritar, porque esto no es una cuestión de nacionalidades, sino de educación”. El tipo, claro, se quedó cortado.

            Pero es que eso de los móviles es alucinante. ¿Habéis viajado en AVE? Mira que recomiendan que quienes vayan a hablar por teléfono lo hagan en las plataformas, pero ni caso. Siempre hay unos cuantos que, nada más arrancar el tren, sacan su Iphones y se ponen a hablar a voz en grito, generalmente sobre gilipolleces. ¿Por qué hablan tan alto? Tienen un teléfono, ¿no? Es como si desconfiaran de la tecnología... Pero no; sencillamente, a los españoles nos encanta gritar como becerros.

            Hace tres o cuatro veranos, Pepa y yo pasamos las vacaciones viajando en coche por Noruega. Habíamos contratado los hoteles desde Madrid y pasábamos dos o tres noches en cada uno de ellos, conforme nos desplazábamos de fiordo en fiordo. Como estábamos a media pensión, cenábamos siempre en los hoteles, en cuyos comedores solía reinar un escandinavo silencio. Pero no siempre; de vez en cuando, al aproximarnos al restaurante, escuchábamos un inesperado griterío. Entonces sabíamos con certeza que acababa de llegar un autobús cargado de españoles (para ser justos, también podían ser italianos o norteamericanos, pueblos estos igualmente vocingleros).

            ¿Por qué hacemos tanto ruido los españoles? Vale, somos sureños, el clima es benigno y estamos acostumbrados a hacer vida social en el exterior, donde quizá haya que hablar un poco más alto para hacerse entender. Pero ¿es que no nos damos cuenta de que, al estar en un interior, no hace falta seguir vociferando; entre otras cosas porque el sonido rebota contra las paredes y se multiplica? ¿O es que a los españoles, cuando conversamos en grupo, no nos interesa lo más mínimo lo que digan los demás, sino tan solo hablar nosotros, para lo cual vamos alzando progresivamente el tono de voz, con el único propósito de imponernos, no en función de los argumentos, sino por la acústica? ¿O es que sencillamente carecemos de esa educación básica que consiste en tener en cuenta a los demás? Probablemente sea eso.

            Ignoro si antes, digamos que hace cincuenta años, los españoles éramos más educados. Yo estaba allí, vale, pero no me acuerdo, y no voy a caer en la tentación de pensar que cualquier tiempo pasado era mejor. Supongo que sí, porque por entonces había mucha población rural, o de origen rural, y en los pueblos la gente suele ser más educada que en las ciudades, pero no lo sé. En cualquier caso, aunque entonces fuéramos unos salvajes, estoy seguro de que en lo que respecta a urbanidad hemos ido a peor.

            No sé lo que le pasa a este país nuestro, pero cada vez me gusta menos. Nos empujamos los unos a los otros para pasar primero, nos saltamos las colas, gritamos, aparcamos donde nos sale del pijo (por ejemplo, en los lugares reservados para discapacitados), insultamos, no escuchamos, pasamos de la cultura, y sobre todo nunca, nunca, nunca nos disculpamos, porque nunca hacemos nada incorrecto. Somos españoles y estamos encantados de ser así.

            En realidad, eso pretendía decirle a mi mujer el tipo del móvil: Los españoles gritamos porque es nuestra forma de ser, y como estamos en España, guiri de mierda, vamos a seguir gritando todo lo que nos salga de las narices. Genial: hemos convertido la mala educación en un rasgo de nuestra idiosincrasia. Pero, en fin, ¿qué se puede esperar de un país cuya “fiesta nacional” consiste en martirizar y matar a un animal? Bien pensado, es un milagro que no sigamos viviendo en cuevas y empuñando hachas de sílex.

            Vale,  vale, vale; estoy generalizando y todas las generalizaciones son injustas. Pero, qué queréis que os diga, eso de gritar debe de ser algo atávico en nosotros. A fin de cuentas, en el primer parlamento, de la primera escena, del primer acto del Tenorio de Zorrilla, Don Juan dice: ¡Cuál gritan esos malditos! / Pero ¡mal rayo me parta / si en concluyendo la carta / no pagan caros sus gritos!

            Como veis, la cosa viene de lejos.

miércoles, junio 10

martes, junio 9

Feria del Libro



            No recuerdo cuándo fue la primera vez que visité la Feria del Libro de Madrid; supongo que era un adolescente y fui con mis padres y/o alguno de mis hermanos. Lo que sí recuerdo es que, desde los veintipocos años hasta ahora sólo me he perdido una edición (por enfermedad). Visitar la Feria siempre ha sido para mí uno de los hitos agradables del año.

            Participar activamente en la Feria es harina de otro costal. Sólo he ido dos veces a firmar libros, ambas a mediados de los 90. La primera fue con mi antología de ciencia ficción El círculo de Jericó; debí de firmar una docena de ejemplares, todos ellos a amigos y conocidos del mundillo del género. La segunda fue con mi primera novela juvenil, El último trabajo del sr. Luna. Firmé tres malditos ejemplares a lo largo de dos eterna horas. Para colmo de males, dos casetas a mi izquierda estaba firmando Arturo Pérez Reverte, y la cola de gente que esperaba su firma se perdía en lontananza. Me sentía ridículo, ahí sentado, con un bolígrafo inactivo en las manos, esperando que alguien me hiciera algo de caso.

            Bueno, eso era al principio de mi carrera, cuando no me conocía ni dios; supongo que ahora firmaría algo más, no lo sé. Y no lo sé porque, en aquel entonces, tomé la decisión de no volver jamás a firmar en ninguna feria. Todos los años me lo pide alguna editorial o alguna librería, y todos los años digo que no. Supongo que dentro de poco dejarán de proponérmelo. Mejor así.

            Lo cual no significa que no haya firmado, y siga firmando, ejemplares de mis libros. Cada vez que doy charlas en colegios e institutos firmo ejemplares, a veces, ay, a cientos. Y lo mismo ocurre cuando participo en actos públicos; siempre hay alguien que me pide una firma, y yo, por supuesto, dedico y firmo. Pero ¿ir voluntariamente a una feria? Ni de coña.

            De hecho, ¿qué sentido tiene eso de ir a firmar? ¿Por el contacto con los lectores? Ya, pero ¿qué mierda de contacto puede haber en los escasos minutos que se tarda en firmar? De hecho, me relaciono mucho más con los lectores en las charlas y a través del blog que en la más nutrida firma de libros. Entonces, ¿qué? ¿Por darles a los lectores la oportunidad de que me conozcan? Será de que me vean, porque poco me van a conocer. Además, no comparto ese deseo de conocer a los autores de los libros que te gustan. Lo importante es la obra; el escritor, como persona, carece de interés. La verdad es que conocer a escritores, en general, es comprar papeletas en la rifa de la decepción. Lo mejor que puede ser un escritor es un nombre, y quizá una foto y una breve biografía en la contraportada. Ir más allá no me parece juicioso.

            ¿Por qué tantos autores no solo quieren ir a firmar, sino que se enfadan si no les invitan? Muy sencillo: por pura, nítida y rutilante vanidad. Ir a firmar a la Feria es como entrar en el Olimpo, la confirmación de que eres un creador con mayúsculas, la certificación pública de tu inmenso talento. Reconozco que lo mismo me pasó a mí aquella primera vez. Me han invitado a la Feria, pensé. Ya soy un escritor de verdad, ya estoy entre los grandes. Luego, mientras la gente pasa frente a ti sin dirigirte siquiera una triste mirada, comprendes que eso que has hecho, escribir y publicar un libro, no es el acto grandioso que imaginabas, sino la misma banalidad que han perpetrado antes que tú cientos, miles de imbéciles. En fin, sin duda es una cura de humildad. Lo que no entiendo es a esos escritores desconocidos que, año tras año, insisten en ir a firma a la Feria, aunque no firmen una mierda. ¿Para qué, con el calor que hace? Son ganas de pasarlo mal.

            Pero la Feria, como visitante, me sigue gustando. Tanto, que la considero un regalo, pues  cada año la visito el día de mi puñetero cumpleaños. Me gusta por los libros, claro, pero también por el escenario (el parque de El Retiro es precioso). La recorro tranquilamente, por la mañana, desde que abren hasta que cierran. Suelo encontrarme y charlar con amigos, me tomo un limón granizado a la sombra, compro algunos libros que no debería comprar.

            El único pero que le pongo es que es demasiado grande, hay demasiadas casetas. ¿Qué sentido tiene la participación de tantísimas librerías que venden exactamente lo mismo? Yo sólo visito las casetas de las editoriales y de las librerías especializadas; pero como no están concentradas, debo recorrer todo el recinto bajo un sol generalmente abrasador. Pero, en fin, vale la pena.

            Y a veces ocurren anécdotas. Una de las más divertidas me sucedió hace dos años: Iba yo paseando y, delante de mí, caminaban tres chicos de trece o catorce años. De pronto, uno de ellos exclamó a voz en cuello (disculpad el lenguaje; es una transcripción literal): ¿No conocéis a César Mallorquí? ¡El último trabajo del sr. Luna es la polla! ¡César Mallorquí es la polla”... Sonriendo, me adelanté unos pasos y le dije: ¿Sabes quién soy yo? El chico se me quedó mirando, boquiabierto, y musitó: ¿César Mallorquí...? Asentí con un cabeceo y le estreché la mano, agradeciéndole su entusiasmo. Fue gracioso; espero que para él también.

            Mañana, como todos los años, me daré una vuelta por la Feria del Libro. Compraré algún que otro título innecesario, charlaré con los amigos, tomaré un limón granizado, pasearé por el parque y espero no sudar demasiado, aunque ya empieza a hacer un calor infernal en esta ciudad dejada de la mano de dios. Pero este año haré algo más:

            El próximo sábado, 13 de junio, a las 13:00 horas, tendrá lugar en el pabellón de actividades de la Feria la presentación del libro Historia y antología de la ciencia ficción española (Cátedra). Habrá un coloquio en el que participarán los editores, Julián Díez y Fernando Ángel, algunos buenos escritores y yo. Sería estupendo que os pasarais por allí. Y si alguien me lo suplica de rodillas, puede que incluso le firme un libro.

miércoles, junio 3

Marcianos en Valencia



            Mañana, jueves 4 de junio, a partir de las 17;30, participaré en un coloquio sobre La guerra de los mundos, de H. G. Wells, en el MuVIM (Museo de la Ilustración y la Modernidad de Valencia). Me acompañarán en el debate Pau Gómez y Rafael Maluenda, y después se proyectará la adaptación cinematográfica de la novela que realizó Spielberg en 2005. Si a algún merodeador le apetece pasarse por allí, será bienvenido.

            Besos.

El placer de perder la Esperanza



No suelo odiar. No porque sea un santo, sino porque el odio es una emoción muy intensa en la que hay que invertir muchísima energía. Demasiada para alguien tan vago como yo. Así que soy una persona de pocos odios. El odio requiere perseverancia, concentración, fuerza de voluntad, obstinación... un latazo, vamos. Prefiero convertir ese odio en desprecio, asco o indiferencia, emociones mucho menos exigentes en lo que a energía se refiere. Si alguien se porta mal conmigo, no lo odio: lo tacho, deja de existir para mí. Y eso, la indiferencia, requiere muy poco esfuerzo.

            No obstante, a veces es inevitable odiar. Por ejemplo, últimamente he detestado a dos políticos. Uno, José María Aznar.  Sólo con verle u oírle me ponía –me pone- enfermo. No sólo me provoca odio, sino también desprecio y asco. Como decía Gabilondo, saca lo peor de mí mismo. Pero bueno, Aznar está más o menos fuera de la vida pública y ya sólo es un recuerdo desagradable.

            El otro político sigue ahí (aunque ojalá por no mucho tiempo), apestando el mundo con su hedor de mal bicho. Me refiero a Esperanza Aguirre. Por supuesto, no comparto ni remotamente sus ideas políticas, pero no la odio por su ideología. Es decir, no la odio por su condición de político, sino como ser humano; porque la señora Aguirre (y que me disculpen las auténticas señoras por llamarla así) es prepotente, altiva, marrullera, despectiva, petulante, falsa, manipuladora, soberbia, corrupta y una de las más descaradas mentirosas que me he echado a la cara, incluso según los laxos estándares de la política.

            El incidente en el carril bus de la Gran Vía, con su posterior huida de los agentes de movilidad, debería haber bastado para incapacitarla como política; pero si a eso añadimos que ella ha sido la responsable (al menos in vigilando) de la mayor trama de corrupción ocurrida en Madrid, la comunidad que presidía, entonces convendremos que esa mujer, en cualquier país democrático, habría sido expulsada con cajas destempladas de la vida pública. Pero estamos en España, amigos míos, un país de escasa sensibilidad democrática, así que un buen día nos encontramos con que la entrañable Esperanza Aguirre era la candidata del PP a la alcaldía de la capital.

            Se me cayeron, plonc-plonc, las pelotas al suelo. Desde 1991, en Madrid hemos tenido los siguientes alcaldes: el meapilas de Álvarez del Manzano, cuya principal contribución a la ciudad fue potenciar las procesiones de Semana Santa; el faraónico Gallardón, cuyas megalómanas obras nos tendrán endeudados hasta 2040; y la inútil Ana Botella, que nos ha hecho comprender en su auténtica dimensión el significado de la palabra “ridículo”. En total, 26 años de gobierno municipal de la derecha han logrado convertir a Madrid en una ciudad antipática, inhóspita y caótica.

            ¿Y ahora la nauseabunda Esperanza Aguirre? En ese momento tomé la decisión de votar a quienquiera que fuese que pudiera arrebatarle el cargo a la condesa. Vamos, que antes votaría a Darth Vader o a Hanibal Lecter que consentir que la Espe se convirtiese en alcaldesa. Al principio pensé que su principal rival sería Antonio José Carmona; además, le había escuchado en algún que otro coloquio y parecía un tipo razonable. Pero llegó la precampaña y Carmona se puso a hacer y decir gilipolleces. Afortunadamente, la por entonces no muy conocida Manuela Carmena comenzó a crecer en las encuestas.

            Me informé un poco sobre esa señora (en el caso de Carmena, el apelativo “señora” es correcto) y descubrí que era una persona honesta de trayectoria intachable. Además, no es miembro de ningún partido. No es una política profesional. Mi voto, pues, para ella.

            Llegó la campaña y Aguirre (¿la cólera de dios?) entró en ella tan sobrada como siempre, convencida de que su magnética personalidad y su pizpireto desparpajo le garantizaban un éxito seguro. Y comenzó a hacer gilipolleces; que si ahora saco un sofá a la calle, que si ahora explico mi programa en una barca del Retiro, que si ahora doy un paseíto en bicicleta... ¿De verdad creía que estaba el horno para bollos con tantas chorradas?

            Cuando se dio cuenta de que Carmena le pisaba los talones, cometió el error de convertirla en el foco de su campaña, intentando destruir a cualquier coste su reputación. Eso no hizo más que acrecentar la figura de la discreta Carmena. ¿Recordáis el debate entre ambas? Era como la bruja mala intentando demostrar que el hada buena es en realidad un demonio.

            Finalmente llegaron las elecciones. La más votada fue la bruja mala (lo cual es triste), pero por los pelos y no con los escaños suficientes. Parece cantado que Carmena será la futura alcaldesa. ¡Bravo! En fin, a estas alturas ya soy demasiado escéptico para ilusionarme con cualquier político (de hecho, para ilusionarme con nadie), pero confío en que Carmena no lo haga mal del todo. Su personalidad es agradable (me recuerda de Tierno Galván) y puede que baste con eso para que el rostro de Madrid se vuelva más amable. En cualquier caso, un trillón de veces mejor ella que la repelente Aguirre (recordad que Darth Vader también habría sido una opción más adecuada).

            ¿Por qué ha ocurrido esto; por qué, por una vez, han ganado los buenos? ¿Por el irresistible tirón de Podemos? No. Carmena no pertenece al partido de Pablo Iglesias, y se presentaba con Ahora Madrid, una plataforma de unidad popular de la que, sí, forma parte Podemos. Pero el éxito no se ha debido a ese partido. Y la prueba es esta: Ahora Madrid ha obtenido (aprox.) 519.000 votos, mientras que Podemos en la comunidad sólo ha conseguido 289.000. Lo cual significa que mucha gente que no pensaba votar a Podemos ha votado sin embargo a Ahora Madrid. ¿Por qué? Sin duda, en parte por la personalidad de Carmena. Pero también por otro motivo que el propio Errejón (que no es tonto) apuntó: porque la rival de Carmena era Esperanza Aguirre, una política que despierta adhesiones inquebrantables (de ahí los votos obtenidos), pero también odios tan furibundos como el mío.

            Una noche, poco antes de que comenzara la campaña, estábamos unos amigos y yo cenando en el José Luis (uno de los restaurantes más pijos de Madrid) de La Moraleja (la urbanización más pija de Madrid). Cerca de nosotros había una mesa ocupada por seis o siete personas muy pijas de mediana edad. Dos de ellas, un hombre y una mujer, estaban discutiendo. Ella sostenía que Aguirre era la mejor política del planeta, una persona valiente que siempre decía las verdades. Él replicaba: ¿Pero cómo voy a votar a la responsable de tantísima corrupción? Ese hombre era el perfecto ejemplar de pijo, un votante natural de la derecha; pero consideraba inmoral votar a Aguirre. Quizá votó a Ciudadanos, quizá se abstuvo, pero le negó el voto al PP. A causa de la condesa.

            Es decir, muchos votantes de la derecha decidieron no votar a Aguirre. Otros muchos, como yo, habrían votado hasta al pato Donald con tal de impedir el triunfo de la susodicha. Y la bruja perdió. Y luego le entró la pataleta y se puso a hacer declaraciones y propuestas surrealistas. Primero le ofreció la alcaldía a Carmona. Acto seguido propuso un frente anti-Carmena. Sin solución de continuidad abogó por un gobierno de concentración que incluiría a Carmena. Y finalmente volvió a empeñarse en convencernos de que la jueza es una peligrosa bolchevique que pretende instaurar soviets en la capital. Incluso se convocó una manifestación contra Carmena en la plaza de Colón, a la que asistieron unos cuatrocientos carcamales filo-fascistas. Ah, la vieja Aguirre... Nunca nos defrauda.

            En un país democrático, con políticos y ciudadanos democráticos de corazón, la carrera política de Aguirre habría acabado aquí. Ya no ostenta ningún poder, tiene más enemigos en su partido que fuera de él, está manchada hasta las cejas por la corrupción que amparó y ha demostrado que ya no es una candidata ganadora. Pero estamos en España, ya sabéis, y Aguirre es una especialista en resucitar. ¿O es que nos hemos olvidado de Tamayo y Sáez? Pues eso.

            En cualquier caso, qué placer fue contemplar el rostro desencajado de la condesa tras conocerse los resultados de las elecciones. Y es que, lo reconozco, me conformo con cualquier cosita.