Hay muchas diferencias entre hombres y mujeres; algunas me chiflan, otras me causan severos dolores de cabeza. Por ejemplo: los hombres lo guardamos todo; las mujeres, por el contrario, tiran cualquier cosa que consideren inútil. ¿Por qué ocurre esto? Yo creo, y es sólo una teoría, que los hombres (al menos, la mayor parte de nosotros) nunca acabamos de madurar y nos pasamos la vida añorando nuestra adolescencia y primera juventud. Por eso guardamos retales de nuestro pasado, reliquias de lo que fuimos que sirven para transportarnos, aunque sólo sea durante un segundo, a los tiempos en que podíamos ser unos críos sin tener que disimular. Las mujeres, por el contrario, maduran mucho más rápidamente que nosotros, les encanta ser adultas y haber dejado de ser niñas, son más sensatas y prácticas. Así pues, saben que ese montón de papeles arrugados y objetos viejos que conservamos como un tesoro, no es más que una fuente de polvo y desorden.Otra posibilidad es que las mujeres no tengan corazón y sean incapaces de experimentar el amor que los hombres sentimos hacia las cosas inútiles. Y también es posible, claro, que desprecien –y en ocasiones tiren- nuestro preciosos recuerdos con el único objetivo de tocarnos las narices. Pero, en fin, creo que la primera explicación es la más probable (aunque no hay que perder de vista las otras dos, por supuesto).
Hace poco, hice obras en mi despacho y aún estoy clasificando papeles y ordenándolo todo. Ayer, de repente, apareció una de esas reliquias inútiles que llevo décadas atesorando: una carpeta con las últimas cosas que escribí antes de abandonar la literatura a comienzos de los 80. Dejé de escribir porque no sabía hacerlo; desconocía las técnicas narrativas que luego, con el tiempo, creo haber aprendido. Y eso se nota en esos viejos textos que ahora me parecen torpes, ingenuos y mediocres. Sin embargo, me reconozco en ellos; ahí está esa mezcla de drama y humor (a veces simultáneos) que utilizo con tanta frecuencia, y esos personajes perdidos e inseguros con los que aún me sigo identificando, y esa desconfianza hacia el adjetivo y la prosa barroca... En esos viejos papeles estoy yo sin pulir; son como un boceto de mí mismo. Me alegro de no haberlos tirado.
Además, he encontrado apuntes de varias ideas argumentales que ni siquiera recordaba haber olvidado; algunas no están nada mal. Y también he recuperado el último cuento que escribí; se llamaba Amor en mal estado. Diez años después, lo rescribí en profundidad, convirtiéndolo en El mensaje perdido, relato con el que gané el Premio Aznar (nada que ver con José María) y que marcó mi resurrección literaria (El regreso de la momia). Lo que nadie sabe es que ese relato está inspirado en la historia de amor entre Pepa, mi mujer, y yo. De forma muy oculta, pero ahí estamos los dos; ella una reina, yo un gitano.
Pues bien, mientras examinaba esos viejos papeles no he podido evitar hacerme una pregunta: ¿por qué cojones escribo? Es cierto que disfruto fantaseando, inventando historias, personajes y peripecias; pero también es verdad que escribir, aporrear el teclado, me parece puro trabajo. Por otro lado, desdeño la aureola artística del escritor, no me deleitan los halagos ni la admiración ajena. Me considero un artesano y ni siquiera estoy seguro de si lo que escribo es bueno, malo o entra en la terrible categoría de lo mediocre.
Entonces, ¿por qué escribo? ¿Porque mi padre era escritor? ¿Porque he leído mucho? ¿Porque nunca he crecido y prefiero inventarme la realidad antes que aceptarla? ¿O por todo a la vez? Sinceramente, no lo sé; me limito a escribir lo mejor que puedo.
Por el contrario, dos buenas amigas mías, ambas excelentes escritoras, Elia Barceló y Care Santos, saben perfectamente por qué escriben y están seguras de lo que hacen.
Y no es justo. Veréis, al igual que estoy convencido de que la agricultura la inventaron las mujeres, albergo la secreta certeza de que la literatura es un invento masculino. Porque la cosa empezó en plan oral, mucho antes de que la evolución nos trajera al homo editor, cuando la tribu se reunía en torno a la hoguera y se contaban historias. ¿Y quiénes contaban esas historias? ¿Las mujeres sobre cómo habían recolectado bayas o los hombres sobre cómo habían hostigado y dado muerte a un mamut? Seguro que las historias sobre recolección tenían mucho menos éxito que las historias de cacerías. Además, los hombres somos unos fantasmas, exageramos en todo; desde el tamaño de nuestro pajarito hasta la profundidad de nuestra mente, pasando por la épica de nuestro trabajo, sea éste cazar mamuts o vender seguros. Somos mentirosos compulsivos, y ahí reside, si te paras a pensarlo, la esencia de la literatura: decir verdades contando mentiras.
Por otro lado, hay algo profundamente masculino en la literatura: es inútil, no sirve para nada. Es un juego, y en eso, en jugar, los hombres somos expertos. Además, ¿acaso la materia prima de la literatura no son esas reliquias del pasado que los hombres veneramos y las mujeres tiran a la basura? Porque escribir, en cierto modo, es recordar. Y todo ello es de lo más masculino, coño.
Pero, ay amigo, la literatura también tiene un lado eminentemente femenino: es verbal, y en eso ellas nos dan mil vueltas.
Vistas las cosas de ese modo, cabría pensar que existe un modo de escribir masculino y un modo de escribir femenino. Dos aproximaciones distintas al mismo fenómeno. Pero no, de eso nada. Hay mujeres que escriben “como hombres” y hombres que escriben “como mujeres”. Vamos que, sorprendentemente, no hay diferencias.
Salvo que Care y Elia saben por qué escriben y yo no.
Pero qué capullo soy...
P. S.: Entre mis viejos papeles encontré un chiste que no me resisto a reproducir:
Se encuentran dos amigos después de no verse en mucho tiempo y uno le dice al otro:
-Oye, ¿sabes que corro los cien metros en seis segundos?
-Pero qué dices –responde su amigo-; si el record del mundo está en 9’7...
-Sí, pero es que he encontrado un atajo.
Ya sé que no viene al caso y que además es un chiste estúpido. Pero, qué quieres que te diga, no me extraña que lo apuntase en su momento, porque también es casi metafísico. Piénsalo: ¿existe algún atajo para correr los cien metros?



























