jueves, febrero 9

Male/Female: divagaciones.

Hay muchas diferencias entre hombres y mujeres; algunas me chiflan, otras me causan severos dolores de cabeza. Por ejemplo: los hombres lo guardamos todo; las mujeres, por el contrario, tiran cualquier cosa que consideren inútil. ¿Por qué ocurre esto? Yo creo, y es sólo una teoría, que los hombres (al menos, la mayor parte de nosotros) nunca acabamos de madurar y nos pasamos la vida añorando nuestra adolescencia y primera juventud. Por eso guardamos retales de nuestro pasado, reliquias de lo que fuimos que sirven para transportarnos, aunque sólo sea durante un segundo, a los tiempos en que podíamos ser unos críos sin tener que disimular. Las mujeres, por el contrario, maduran mucho más rápidamente que nosotros, les encanta ser adultas y haber dejado de ser niñas, son más sensatas y prácticas. Así pues, saben que ese montón de papeles arrugados y objetos viejos que conservamos como un tesoro, no es más que una fuente de polvo y desorden.
Otra posibilidad es que las mujeres no tengan corazón y sean incapaces de experimentar el amor que los hombres sentimos hacia las cosas inútiles. Y también es posible, claro, que desprecien –y en ocasiones tiren- nuestro preciosos recuerdos con el único objetivo de tocarnos las narices. Pero, en fin, creo que la primera explicación es la más probable (aunque no hay que perder de vista las otras dos, por supuesto).
Hace poco, hice obras en mi despacho y aún estoy clasificando papeles y ordenándolo todo. Ayer, de repente, apareció una de esas reliquias inútiles que llevo décadas atesorando: una carpeta con las últimas cosas que escribí antes de abandonar la literatura a comienzos de los 80. Dejé de escribir porque no sabía hacerlo; desconocía las técnicas narrativas que luego, con el tiempo, creo haber aprendido. Y eso se nota en esos viejos textos que ahora me parecen torpes, ingenuos y mediocres. Sin embargo, me reconozco en ellos; ahí está esa mezcla de drama y humor (a veces simultáneos) que utilizo con tanta frecuencia, y esos personajes perdidos e inseguros con los que aún me sigo identificando, y esa desconfianza hacia el adjetivo y la prosa barroca... En esos viejos papeles estoy yo sin pulir; son como un boceto de mí mismo. Me alegro de no haberlos tirado.
Además, he encontrado apuntes de varias ideas argumentales que ni siquiera recordaba haber olvidado; algunas no están nada mal. Y también he recuperado el último cuento que escribí; se llamaba Amor en mal estado. Diez años después, lo rescribí en profundidad, convirtiéndolo en El mensaje perdido, relato con el que gané el Premio Aznar (nada que ver con José María) y que marcó mi resurrección literaria (El regreso de la momia). Lo que nadie sabe es que ese relato está inspirado en la historia de amor entre Pepa, mi mujer, y yo. De forma muy oculta, pero ahí estamos los dos; ella una reina, yo un gitano.
Pues bien, mientras examinaba esos viejos papeles no he podido evitar hacerme una pregunta: ¿por qué cojones escribo? Es cierto que disfruto fantaseando, inventando historias, personajes y peripecias; pero también es verdad que escribir, aporrear el teclado, me parece puro trabajo. Por otro lado, desdeño la aureola artística del escritor, no me deleitan los halagos ni la admiración ajena. Me considero un artesano y ni siquiera estoy seguro de si lo que escribo es bueno, malo o entra en la terrible categoría de lo mediocre.
Entonces, ¿por qué escribo? ¿Porque mi padre era escritor? ¿Porque he leído mucho? ¿Porque nunca he crecido y prefiero inventarme la realidad antes que aceptarla? ¿O por todo a la vez? Sinceramente, no lo sé; me limito a escribir lo mejor que puedo.
Por el contrario, dos buenas amigas mías, ambas excelentes escritoras, Elia Barceló y Care Santos, saben perfectamente por qué escriben y están seguras de lo que hacen.
Y no es justo. Veréis, al igual que estoy convencido de que la agricultura la inventaron las mujeres, albergo la secreta certeza de que la literatura es un invento masculino. Porque la cosa empezó en plan oral, mucho antes de que la evolución nos trajera al homo editor, cuando la tribu se reunía en torno a la hoguera y se contaban historias. ¿Y quiénes contaban esas historias? ¿Las mujeres sobre cómo habían recolectado bayas o los hombres sobre cómo habían hostigado y dado muerte a un mamut? Seguro que las historias sobre recolección tenían mucho menos éxito que las historias de cacerías. Además, los hombres somos unos fantasmas, exageramos en todo; desde el tamaño de nuestro pajarito hasta la profundidad de nuestra mente, pasando por la épica de nuestro trabajo, sea éste cazar mamuts o vender seguros. Somos mentirosos compulsivos, y ahí reside, si te paras a pensarlo, la esencia de la literatura: decir verdades contando mentiras.
Por otro lado, hay algo profundamente masculino en la literatura: es inútil, no sirve para nada. Es un juego, y en eso, en jugar, los hombres somos expertos. Además, ¿acaso la materia prima de la literatura no son esas reliquias del pasado que los hombres veneramos y las mujeres tiran a la basura? Porque escribir, en cierto modo, es recordar. Y todo ello es de lo más masculino, coño.
Pero, ay amigo, la literatura también tiene un lado eminentemente femenino: es verbal, y en eso ellas nos dan mil vueltas.
Vistas las cosas de ese modo, cabría pensar que existe un modo de escribir masculino y un modo de escribir femenino. Dos aproximaciones distintas al mismo fenómeno. Pero no, de eso nada. Hay mujeres que escriben “como hombres” y hombres que escriben “como mujeres”. Vamos que, sorprendentemente, no hay diferencias.
Salvo que Care y Elia saben por qué escriben y yo no.
Pero qué capullo soy...

P. S.: Entre mis viejos papeles encontré un chiste que no me resisto a reproducir:
Se encuentran dos amigos después de no verse en mucho tiempo y uno le dice al otro:
-Oye, ¿sabes que corro los cien metros en seis segundos?
-Pero qué dices –responde su amigo-; si el record del mundo está en 9’7...
-Sí, pero es que he encontrado un atajo.
Ya sé que no viene al caso y que además es un chiste estúpido. Pero, qué quieres que te diga, no me extraña que lo apuntase en su momento, porque también es casi metafísico. Piénsalo: ¿existe algún atajo para correr los cien metros?

martes, febrero 7

+lagri+

En la anterior entrada hablábamos de las ficciones que nos hacen llorar y olvidé la peor de todas, el cuento más sádico, cabrón y desalmado que jamás se ha escrito: La vendedora de cerillas, de ese hijo de la grandísima puta que era Hans Christian Andersen. El argumento del cuento es muy sencillo: en Nochebuena, una paupérrima niñita intenta, sin excesivo éxito, vender cerillas por las calles. Cae la noche y empieza a nevar. La niña intenta protegerse del frío encendiendo cerillas, una detrás de otra, hasta que se le acaban. Entonces, se muere de frío. Eso es todo, la pormenorizada y perversa descripción de la agonía y muerte de una pobre criatura. Mi abuela Julia, que también era un poco hija de puta, me lo leía con cierta frecuencia y yo, por aquel entonces un tierno infante de no más de cinco o seis años, lloraba a moco tendido cada vez que lo oía. Joder, ¿y se supone que esa cumbre del sadismo literario es una lectura apropiada para niños? Pero, por favor, si es pura pornografía sentimental; deberían mantenerla alejada de cualquier persona con un mínimo de sensibilidad. Pero, en fin, el caso es que entre Hans Christian y doña Julia, malditos sean ambos, me hicieron llorar a moco tendido.
Pero, sadismos aparte, el asunto es interesante. Repasando mi propia experiencia, y comparándola con los comentarios de los excelsos visitantes de este blog, he descubierto que todos hemos llorado más en el cine que leyendo. Y eso significa que el cine puede generar una mayor intensidad emotiva que la literatura. O, mejor dicho, que el cine genera emotividad más fácilmente que la literatura. Julián Díez ofrece una explicación que expongo literalmente:
“Yo creo que los libros hacen llorar menos porque podemos imponer el ritmo de acceso al relato. E, inconscientemente, supongo que cuando la cosa se está poniendo difícil hacemos una interrupción y retomamos. Es sólo una teoría”.
Julián tiene razón, pero hay más razones. El cine posee la inmensa ventaja de contar con la música entre sus herramientas narrativas, y eso es una bomba atómica en lo que a emotividad se refiere. Por otro lado, el lenguaje gestual es mucho más empático que la palabra escrita; a fin de cuentas, un buen actor es aquel que mejor logra transmitir emociones con su interpretación.
No obstante, Llamero señala que no ocurre lo mismo con el humor. “Los libros, en cambio, los identifico más con la carcajada: en serio, con muchos me parto de risa y quienes me rodean me miran... Bueno, ya sabéis: con esa cara”. Es cierto; yo me he reído por igual con libros y películas. Pero es que quizá el humor contiene, o puede contener, un elemento intelectual que el drama no posee. Pongamos el caso del terror. Que yo recuerde, nunca me ha dado miedo un libro; puede haberme provocado malestar, cierta inquietud, incluso asco, pero miedo jamás. Sin embargo, me he hecho caquita encima con más de una película (por ejemplo, viendo Alien, el octavo pasajero). No sé, quizá el cine sea más apropiado para transmitir emociones básicas, como la pena y el miedo, mientras que la literatura es más adecuada para los sentimientos más complejos, como el humor.
Curiosamente, lo que nos hace llorar cambia con el tiempo. Supongo que si ahora leyera por primera vez La vendedora de cerillas, me limitaría a pensar que su autor es un sádico pederasta a quien deberían recluir de por vida en una institución para enfermos mentales peligrosos, pero no lloraría. Me cabrearía en seco. Care Santos comenta algo muy interesante: “Nunca fui muy llorona, pero últimamente no hay quien me reconozca. Cualquier cosa que implique una madre y un hijo me ablanda hasta la lágrima”. A mí me sucede exactamente lo mismo. Por ejemplo, la primera vez que vi La fuerza del cariño me pareció un melodramón infumable lleno de trampas sentimentales (y lo es, claro que lo es). Sin embargo, la segunda vez que la vi (en TV) yo ya era padre y hubo una secuencia que, esa vez sí, me hizo llorar. Debra Winger está en la cama de un hospital, enferma de cáncer. Va a morir. Cuando su hijo, de trece o catorce años, se entera, reacciona de una forma terriblemente normal: se enfada con ella; de algún modo, la culpa de morirse y del dolor que le va a causar a él por ello. En un momento determinado, el chaval le grita: “¡Te odio!”. Y ella, una espléndida Debra Winger, se le queda mirando con intensidad y un inmenso amor y le responde: “Escucha: sé que eso es mentira. Sé que me quieres. Recuérdalo: sé que me quieres”. Incluso ahora, mientras escribo esto, los ojos, malditos traidores, se me humedecen. ¿Podéis imaginar mayor gesto de amor y altruismo? Ella sabe que, cuando muera, ese “te odio” amargará para siembre la vida de su hijo, y por eso su única preocupación es asegurarse de que el muchacho comprenda que ella no le cree, que sabe que él la quiere y que ese “te odio” ha sido olvidado un segundo después de pronunciarse.
Buff, creo que los años me están volviendo un blanducho...
En fin, el bueno de Julián se avergüenza por haber derramado lágrimas con Tomates verdes fritos, película que, por cierto, también hace llorar a Pepa, mi mujer (pero, claro, Pepa llora hasta con La Casa de la Pradera, como ella misma reconoce). Pues bien, hijos míos, cada Navidad, cuando reponen Qué bello es vivir, de Capra, y llega el final de la película, con todo ese montón de buenos sentimientos desatados, lloro como una Magdalena. Año tras año, reposición tras reposición. Y no os podéis imaginar lo gilipollas que me hacen sentir cada una de esas puñeteras lágrimas.
Bueno, ahora demos un paso más. Cristian preguntaba si la música nos puede hacer llorar y yo no sabría qué responder. Creo que, al menos en mi caso, la música por sí misma no. Sin embargo, la música posee un inmenso poder de asociación, así que muchas veces una melodía me ha recordado determinado momento de mi vida, o a una persona, y eso ha humedecido mis ojos. Pero creo que la razón es el recuerdo evocado, no la música en sí.

Sin embargo, hay impresiones estéticas que sí me han hecho derramar un par de lágrimas. Por ejemplo, cuando vi por primera vez Mont Saint Michel, en Normandía. O la plaza de San Marcos, en Venecia, al atardecer. O la Alhambra, mirando hacia el Albaicín, con el aire impregnado de azahar...

¿Y vosotros? ¿Qué tal mezcláis las lágrimas con la arquitectura, los paisajes, la danza, la pintura o lo que sea? ¿También lloráis sin argumento?

domingo, febrero 5

Lágrimas de celuloide y papel


Ya han ardido varios consulados y embajadas; aún no ha habido muertes, pero supongo que el amor a dios, transmutado en odio a los hombres, no tardará en matar a alguien. Este domingo no me apetece descansar (ya lo hice ayer), y tampoco estoy por la labor de seguir dándole vueltas al tema del viernes. La verdad es que pensaba escribir algo ligero, algún comentario irónico sobre, qué se yo, la política (?) española o el insufrible ego de nuestros intelectuales, un texto preñado de mi exquisito a la par que elegante sentido del humor, pero no tengo ganas, qué queréis que os diga.
Vamos a refugiarnos en la bendita ficción. ¿Os gustan las historias tristes? A mí sí, me chiflan. Unas cuantas entradas más atrás comentaba que los dos relatos que más me han hecho reír en mi vida son Adiós a todos los gatos, de Wodehouse, y La máquina de psicoanalizar marciana, de Sheckely. Pues bien, ¿cuáles son las ficciones que más me han hecho llorar? Debo advertir que tengo el corazón de piedra y que, incluso pelando cebolla, me cuesta mucho derramar un par de lágrimas. Pero hay ficciones que han logrado abrir de par en par la espita de mis lacrimales, claro está. Sobre todo, películas.
La primera, que recuerde, fue La Dama y el Vagabundo. Yo tenía tres o cuatro años y, cuando llegó la escena en que Dama y Golfo cenan juntos en el patio de un restaurante italiano, me puse a llorar con decidido entusiasmo. La verdad es que fue un poco absurdo; a fin de cuentas, era una secuencia optimista, con pequeños toques de humor, pero ni siquiera cuando murió la madre de Bambi me desgañité de tal manera. ¿Por qué lloraba entonces? Pues, mira tú qué cosas, lo recuerdo perfectamente: aquel momento me pareció tan bonito... que me dolía. En fin, debéis disculparme; sólo era un niño de cuatro años (eso sí, con unos pulmones envidiables).
Pero bueno, dejemos de lado la infancia. ¿Qué le hace llorar a este adulto basáltico que soy ahora? Pues, a veces, cosas raras. Por ejemplo, cierta secuencia de Grand Canyon (Lawrence Kasdan) en la que Kevin Kline va andando por la calle distraído y se dispone a cruzar por un paso de peatones justo cuando un coche va directo hacia él. Entonces, una mujer de mediana edad que está esperando en el paso le sujeta por el hombro, salvándole de morir atropellado. Kline se queda desconcertado, atónito por lo que ha estado a punto de suceder; la mujer le sonríe y sin decir nada, se va. Punto final. ¿Una bobada? Puede, pero me pareció uno de los momentos más emotivos que jamás he presenciado en un cine. Se me humedecieron lo ojos, no lo niego. También me hizo llorar una secuencia de Lost in Traslation (Sofia Coppola) en la que Bill Murray y Scarlett Johansson están tumbados en una cama del hotel, vestidos, sin mirarse. Ambos se atraen, están empezando a quererse, se necesitan, pero la diferencia de edad, sus respectivos matrimonios, todo hace inviable su relación. Murray, con la mirada perdida, tiende despacio, muy despacio, una mano y roza levemente con la yema de los dedos el tobillo de Scarlett. Nada más. Pero me hizo llorar, ay, amigos míos, porque aquel gesto, aquel leve roce, estaba lleno de afecto, sensualidad y melancolía; la infinita tristeza de los amores imposibles.
En fin, también vertí lágrimas con La habitación de hijo, de Nanni Moretti y, por supuesto, con los malditos quince minutos finales de Million dollar baby, del inmenso Clint Eastwood. Ése creo que fue mi último llanto cinéfilo.
¿Y qué pasa con la literatura? Pues que me ha hecho llorar menos, la verdad; no sé por qué...Citaré sólo dos novelas. Durante mi adolescencia, El viejo y el mar me hizo derramar lagrimones como puños. Y ya de mayorcito, con ninguna novela he llorado tanto como con Flores para Algernon, de Daniel Kayes. Sólo puedo decir una cosa: si alguien lee los últimos capítulos de ese relato sin derramar una lágrima, es que está muerto por dentro. Yo los leí durante una mañana de Reyes de hace muchos años y sollozaba que daba gusto verme.
Por último, ¿queréis saber cuál es el colmo de la esquizofrenia? Llorar con lo que uno mismo escribe. El último capítulo de mi novela corta La casa del doctor Pétalo lo redacté de cabo a rabo con los ojos llenos de lágrimas.
Es curioso, ¿verdad? Llorar por una mentira. Pero también es muy útil, porque esas lágrimas de guardarropía nos engrasan el corazón para cuando necesitemos las de verdad.
¿Y qué me cuentas tú? ¿Qué mentiras te han hecho llorar?

viernes, febrero 3

Caricaturas satánicas

La ilustración que acompaña esta entrada no es un simple adorno, sino la clave del asunto. Por el mero hecho de ponerla aquí, algún ferviente religioso, un hombre o una mujer de fe, podría decidir que yo estaría mucho mejor muerto. Ya, ya sé que es muy improbable que un integrista islámico lea este blog (es muy improbable que un integrista lea nada), pero el riesgo, aunque minúsculo, es real. De hecho, no creo que me atreviese a publicar ese dibujo en un medio de gran difusión; soy cobarde, temería por mi vida y por la de mi familia. Genial.
Supongo que no hace falta aclarar que el dibujo en cuestión es una de las doce caricaturas de Mahoma que aparecieron en el diario danés Jyllands-Posten. Ya conocéis las consecuencias: boicots, amenazas de muerte, conflictos diplomáticos... todo en nombre de la fe, de la moral sagrada, de dios y su profeta. Qué bonitos son los nobles sentimientos inspirados por la religión.

Ah, claro, ya, ya, ya... Eso no es la verdadera religión, dirán los creyentes moderados. Esos fanáticos no representan los sublimes ideales éticos de la auténtica fe, basada en el amor y la concordia. Nuestra religión no tiene nada que ver con el odio y la muerte. Por otro lado, seguirán diciendo, ¿qué es eso de representar al venerable fundador de nuestra fe con una bomba por turbante? ¡Más respeto, por favor! No toquéis a Mahoma (o a Cristo, o a Buda, o al mesías que se tercie), no habléis de él, no oséis emitir el menor juicio negativo, porque nos ofenderéis gravemente y somos delicaditos como el cristal. Además, es un insulto sugerir que todos los creyentes islámicos son terroristas.

Es verdad, no todos los musulmanes son terroristas; de hecho, la inmensa mayoría no lo son. También es cierto que en el Corán, como en prácticamente todos los libros sagrados, encontraremos sabios y nobles preceptos. El amor, la caridad, la esperanza...., sí, sí, sí, todo eso está ahí. Pero también hay otras cosas. La religión, toda religión, tiene un lado oscuro. Ese lado oscuro se sustenta en el hecho de que una persona muy religiosa es plenamente consciente de estar en posesión de la Verdad Absoluta, lo cual, lógicamente, le mueve a considerar que quienes no creen lo que él cree están en el error. Siguiendo este razonamiento, ¿no sería un acto de caridad sacar al prójimo de su equivocación? ¿Y no sería de justicia perseguir a quienes no sólo se empeñan en seguir en el error, sino que además lo difunden? ¿No sería, pues, el más noble de los actos luchar con denuedo por defender la Verdad y acabar con la Mentira?

Sigh (suspiro)... Imponer sus creencias a quienes no las comparten, ésa es la gran tentación de los creyentes. De ahí surge el fanatismo, ahí aparece el lado oscuro de la religión, donde el amor se convierte en odio, la caridad en intolerancia, la esperanza en opresión. Pero todo esto no es algo ajeno a la fe; forma parte de ella. Dicen que la religión es la medicina del alma; vale, pues hablemos de medicinas. Imaginemos un medicamento contra el asma que, al ser probado con seres humanos, ofrece los siguientes resultados: el 30% de los pacientes mejoraron de su dolencia, el 50% ni mejoró ni empeoró y el 20% murieron. ¿Os imagináis alguna autoridad sanitaria capaz de autorizar un medicamento que mata a dos de cada diez personas que lo ingieren? ¿Y os imagináis a la empresa fabricante del medicamento diciendo: “Pero si al ochenta por ciento no le ha sucedido nada o ha mejorado; vamos, vamos, tampoco hay que ponerse así por unos cuantos cadáveres”? Bueno, pues algo semejante dicen los creyentes moderados.
Pero centrémonos; hablemos del Corán. Con frecuencia he oído decir, incluso a religiosos de otras creencias, que es un libro justo y sabio cuyas nobles palabras son deformadas y malinterpretadas por una minoría de fanáticos violentos. ¿Sí? ¿El pacífico mensaje del Corán se ha pervertido? Permitidme reproducir fielmente una cita del Corán:

Una vez expirados los meses sagrados, matad a los idólatras dondequiera que los halléis, hacedles prisioneros, sitiadles y acechadles; pero si se convierten, si observan la oración, si hacen limosna, entonces dejadles tranquilos, pues Dios es indulgente y misericordioso
Sura IX-5

Es un detalle ese final de la cita: si trago, no me matan. Guay. En fin, estoy seguro de que en el Corán, al igual que ocurre en la Biblia, hay decenas de preceptos que se contradicen entre sí, y sé a ciencia cierta que igual que esta sura incita a la violencia, otras suras la prohíben. También sé que un teólogo islámico podría retorcer las citadas palabras de Mahoma hasta convertirlas en algo irreconocible. Pero igualmente estoy convencido de que mucha gente las puede interpretar, e interpreta, de forma literal. Y esa gente, esos piadosos hombres y mujeres iluminados por la santidad, matan. A fin de cuentas, tienen una Palabra Grande tras la que escudarse: DIOS.

Bueno, mejor será dejarlo aquí. Tengo tantos argumentos, tanta rabia, tanta indignación, que mejor cerrar el pico. Dejadme sólo añadir algo: si se escandalizan porque alguien ha cometido el indigno, monstruoso, abyecto crimen de caricaturizar a su sagrado profeta, yo me escandalizo de que ellos ataquen algo mucho más sagrado: los Derechos Humanos, entre los que se cuenta la libertad de expresión.

Y una cosa más: no sé qué cojones fabrican y comercializan en Dinamarca, pero por favor: consumid productos daneses.

Lecturas recomendadas:
Tratado de ateología, Michel Onfray (Anagrama, 2006).
Por qué no soy musulmán, Ibn Warraq (Ediciones del Bronce, 2003).
NOTA: Ibn Warraq es un seudónimo; si el autor hubiera publicado el libro con su auténtico nombre, probablemente ya estaría muerto.

jueves, febrero 2

Muchos Mundos


Suelo leer varios libros a la vez; por lo general, una novela, una antología de relatos y uno o dos ensayos (¿o mejor llamarlos, como hacen los anglosajones, no-ficción?). No sé si es o no un buen hábito, pero resulta una buena gimnasia para mi baqueteado cerebro, tan proclive él al michelín intelectual. Ahora estoy leyendo, entre otras cosas, un libro de divulgación científica escrito por Marcus Chown, doctor en física y astrofísica. Se llama El universo vecino y trata sobre las ideas y teorías más vanguardistas de la ciencia actual. Es una obra excelente que recomiendo a todo el mundo, no sólo a los que están interesados en la ciencia, sino particularmente a quienes no lo están. Pero me gustaría detenerme un momento en uno de los temas que trata el libro: la Teoría de los Muchos Mundos.
El asunto gira en torno a la física cuántica, un asunto tan abstruso que, parafraseando una cita de la entrada anterior, necesitaría que me ayudarais a entenderlo para poder explicároslo. El caso es que la física cuántica, como bien sabéis, estudia el comportamiento de la materia a nivel subatómico. El microcosmos, los átomos, los protones, los electrones y toda esa zarandaja. Pues bien, resulta que cuanto más pequeñita es la materia, más excéntrica se vuelve. En el mundo en el que nos movemos, los objetos son cosas concretas que están en un lugar concreto o moviéndose en una dirección determinada. Todo es razonablemente estable. En el microcosmos, por el contrario, todo es difuso y surrealista, como el mundo al otro lado del espejo; nada ocupa un lugar concreto, ni se mueve en una dirección predecible.
Por ejemplo, hay un famoso experimento que consiste en hacer dos rendijas paralelas en una pared y lanzar hacia ellas un único fotón. La lógica dice que el fotón pasará, o bien por la rendija de la izquierda, o bien por la de la derecha. Pues no: pasa por las dos rendijas al mismo tiempo. El fotón está en dos lugares a la vez. Es como tirar una moneda al aire y que salga cara y cruz simultáneamente. De locos, ¿verdad? Pero real.
Bueno, pues ha llegado el momento de hacer un acto de fe, o bien de comprarse el libro, porque yo no pienso explicar todo el razonamiento. El caso es que este experimento cimenta una interpretación de la teoría cuántica conocida como Teoría de los Muchos Mundos. Según ella, cada vez que en el universo de produce un suceso susceptible de dos alternativas, A y B, la realidad se divide en dos: en una sucede A y en la otra sucede B. Por ejemplo, si tiro una moneda al aire y sale cara, en una realidad paralela saldrá cruz. Por supuesto, puede haber sucesos que admitan más de dos opciones, en cuyo caso, la realidad se multiplicará según el número de alternativas posibles. ¿Y cuál es el mínimo suceso capaz de dividir la realidad? Que un electrón cambie de órbita o no lo haga, eso basta para duplicar el universo.
Pero, ¿qué significa eso para mí, en qué afecta a este mundo real en el que vivo y donde los objetos tienen la buena costumbre de no ocupar dos sitios a la vez? Pues desde un punto de vista práctico, en nada; pero mucho conceptualmente. Veamos, si la Teoría de los Muchos Mundos es cierta, eso quiere decir que hay infinitas realidades paralelas en las que yo existo, sólo que con ciertas diferencias. En algunas realidades, esas diferencias son inapreciables, pero en otras son radicales. En un mundo, no escribo esta entrada, o la escrivo sin la falta de ortografía que hay más atrás. En cierta realidad, soy premio Nobel de Literatura. En otra no sé leer ni escribir. Hay mundos en los que soy el dictador universal, o un preso político, o un travestido, o morí al nacer, o soy un asesino en serie, o he pisado la luna, o soy actor porno (mmmm...), o he escalado el Everest, o he descubierto el secreto de la inmortalidad, o he sobrevivido a una hecatombe nuclear, o he sido el causante de ella. En esta realidad, u en otra, yo te mataré a ti, seas quien seas que me estás leyendo. Y en el mundo de al lado, serás tú quien me mate a mí. Y cinco universos más allá, tú y yo somos amantes, o socios y fundadores de Microsoft, o ni siquiera nos conocemos. En una realidad, yo estoy enrollado simultáneamente con Angelina Jolie y Cameron Díaz, y me ha tocado veinte veces consecutivas la primitiva. (Joder, cómo envidio a mi yo de esa realidad...)
Si la Teoría de los Muchos Mundos es cierta (y cada vez cuenta con más adeptos en el mundo de la ciencia; aunque eso, claro, tampoco es ninguna garantía), todo lo que pueda suceder, por remotamente probable que sea, sucederá. En el fondo, y aquí entroncamos con la literatura, el súper-universo, la macro-realidad, sería como la Biblioteca de Babel, un lugar que contiene simultáneamente todas las alternativas posibles. Pero el viejo Borges ya había hablado de todo esto hace tiempo, ¿verdad?; por ejemplo, en El jardín de los senderos que se bifurcan.
El caso, amigos míos, es que yo, en mi complejo mundo multidimensional, soy todos los hombres, lo hago todo, estoy en todas partes.
Y eso hace que mi escepticismo se tambalee, porque, qué queréis que os diga, empiezo a sentirme un poco divino...

miércoles, febrero 1

Juan de Mairena

Si tuviera que elegir los diez mejores libros españoles del siglo XX –cosa que afortunadamente nadie me ha pedido-, nueve me plantearían serias dudas, pero de uno estaría absolutamente seguro: Juan de Mairena, de Antonio Machado. No es una novela, ni una antología de relatos, ni poesía, ni un manual de preceptiva literaria, ni un ensayo, ni un tratado de filosofía, ni un estudio de retórica; no, no es nada de eso... y lo es todo al mismo tiempo. Confieso que me resulta imposible explicar qué es exactamente el Juan de Mairena; quizá se trate de una excentricidad de su autor, un capricho trufado de humor e ironía, una extravagancia genial, no lo sé. ¿O sí lo sé? Porque ahora que veo el libro, en su clásica edición de Austral, abierto frente a mis ojos, se me ocurre pensar que el Juan de Mairena es en realidad... un blog. No, no estoy loco; deberíais ver el libro: está dividido en multitud de pequeñas secciones aparentemente inconexas, salvo por la omnímoda presencia de su protagonista, el preceptor Juan de Mairena, alter ego del autor. Cada sección versa sobre un tema distinto -literatura, filosofía, religión, política...-, dependiendo, supongo, de las apetencias diarias de don Antonio. Es una bitácora vital, un proto-blog más de medio siglo anterior a Internet. Pero, sobre todo, es un libro brillante, original y extraordinariamente lúcido. Ah, y una ayuda inestimable para cualquier escritor. Vamos a hojearlo un poco...

(Mairena, en su clase de Retórica y Poética)
-Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
El alumno escribe lo que se le dicta.
-Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.
Mairena.- No está mal.


Ayudadme a comprender lo que os digo, y os lo explicaré más despacio.

El verdadero invento de Satanás –profetizaba Mairena– será la película sonora en que las imágenes fotografiadas, no ya sólo se muevan, sino que hablen, chillen y berreen como demonios dentro de una tinaja. El día en que ese engendro se logre coincidirá con la extensión del empleo de los venenos insecticidas al aniquilamiento de la especie humana. Por una vez estuvo Mairena algo acertado en sus vaticinios; porque la película sonora y el uso bélico de los gases deletéreos son realmente contemporáneos. Que sean dos fenómenos concomitantes, como efectos de una misma causa, es muy discutible. Sin embargo...

Aprende a dudar, hijo, y acabarás dudando de tu propia duda. De este modo premia Dios al escéptico y confunde al creyente.

Nunca peguéis con lacre las hojas secas de los árboles para fatigar al viento. Porque el viento no se fatiga, sino que se enfada, y se lleva las hojas secas y las verdes.

Aprendió tantas cosas –escribía mi maestro, a la muerte de un su amigo erudito–, que no tuvo tiempo para pensar en ninguna de ellas.

Un Dios existente –decía mi maestro- sería algo terrible. ¡Qué Dios nos libre de él!

Sobre la Pedagogía decía Juan de Mairena en sus momentos de mal humor: “Un pedagogo hubo; se llamaba Herodes”.

El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas,
es ojo porque te ve.

martes, enero 31

Palabras peligrosas

Una de esas estupideces que, a base de repetirse, acaban aceptándose como ciertas (ya lo dijo Goebbels: una mentira dicha cien veces es una verdad), es eso de que una imagen vale más que mil palabras. Vale más, ¿para qué? ¿En qué sentido es superior la imagen a la palabra? ¿Es más sugerente, más connotativa, más expresiva? No, ni mucho menos; a fin de cuentas, una imagen es algo externo, es “lo otro”, mientras que la palabra, al ser la herramienta que usamos para pensar, forma parte de nosotros, igual que un brazo o una pierna. La palabra es el miembro fantasmal que nos sirve para comprender la realidad. Aunque, eso sí, las imágenes son mucho más concretas que las palabras. Cuando dices “mesa”, estás refiriéndote a un espectro que va desde un pequeño escritorio hasta la Tabla Redonda, pero una foto de una mesa representa a esa mesa en concreto y no a otra. La imagen es específica, la palabra es difusa. Y eso, aunque parezca un contrasentido, concede un tremendo potencial a la palabra.
El idioma es un sistema simbólico que asocia ciertos sonidos a determinados objetos o acciones. Cuando estaba en la universidad y estudiaba lingüística como un burro, leí una definición sobre la diferencia entre signo y símbolo que me pareció muy atinada. El signo (por ejemplo, una señal de tráfico) es más pequeño que lo que representa, mientras que el símbolo (por ejemplo, una bandera) es más grande que el objeto representado. En ese sentido, hay palabras-signo, como “mesa”, y palabras-símbolo, como “patria”. Y aquí llegamos a las palabras peligrosas del título. Palabras grandes, demasiado grandes, aplastantemente grandes.
Soy humanista; lo soy en el sentido de considerar que el eje de la moral, de la ley, de la civilización y la cultura es el ser humano, y que no hay nada por encima de él, nada más grande, sagrado y valioso. Pero no todo el mundo piensa así, claro; una persona religiosa cree, lógicamente, que lo más sagrado es su dios. Es decir: dios es más grande que el ser humano. Y eso significa que, en nombre o por designios de la deidad de turno, se puede hacer cualquier cosa, desde buenas acciones, como cuidar enfermos en el tercer mundo, hasta atrocidades como la cruzada contra los albigenses. El problema es que, si revisamos la historia (y los periódicos), parece que a las divinidades les gusta más la sangre que la penicilina. Dios es como M, el jefe de James Bond: expende permisos para matar.
Pero hay más palabras grandes, claro, aunque –afortunadamente- no son muchas. También es cierto que varían según el tiempo y las distintas culturas, pero he encontrado cuatro que considero (con todos los matices) universales: “Dios”, “Patria”, “Raza” y “Pueblo”. Todas ellas reúnen dos características: son más grandes que el ser humano y, por tanto, sirven de coartada para matar, torturar y esclavizar, y son palabras extraordinariamente ambiguas. Pregunta qué es “dios” y obtendrás mil respuestas. La “patria” es algo indefinido que va más allá de la geografía, la demografía y la historia, una entelequia muy conveniente para trazar fronteras y fabricar tanques. “Raza” no es más que el intento de dar un barniz pseudocientífico a la vieja xenofobia. ¿Y qué es el “pueblo”? No se sabe muy bien, la verdad. No es Pepe ni Pepita, ni la suma de todos los pepes y pepitas, ni todos los pepes y pepitas que han sido, son y serán. “Pueblo” es una entidad abstracta, casi platónica; y también paradójica, pues en nombre del “pueblo” se puede someter -y si es necesario, masacrar- al pueblo.
Pero, entonces, ¿por qué esas palabras tan peligrosas siguen influyendo y movilizando a la gente? ¿Cuál es su atractivo? Bueno, ninguno si eres la víctima, claro, pero mucho si eres el verdugo. Todas esas palabras poseen una característica más: confortan y dan seguridad a quienes creen en ellas. ¿Acaso no tranquiliza venerar al único dios verdadero? Es como tener de tu parte al primo de Zumosol. ¿Y no es guay pertenecer a una raza superior? ¿O ser el pueblo elegido? ¿O vivir en el mejor país de la tierra?
Hay otras palabras, no tan grandes como las anteriores, pero también potencialmente peligrosas. Por ejemplo: “Honor”, “Civilización” y “Tradición”. En realidad, son palabras de dos caras, capaces de lo mejor y de lo peor. Qué duda cabe que “honor” es una palabra honorable. Pero demasiado honor, o un honor mal entendido, suele acabar en matanza. En cuanto a “civilización”, ¿qué pega puede ponérsele? Ninguna, salvo que te empeñes en que sólo tu civilización es civilizada. Y las tradiciones no están nada mal; nos enlazan con el pasado y dan profundidad a nuestra existencia. Pero el culto a la tradición puede justificar actividades tan aberrantes como tirar cabras por un campanario o torturar reses en una plaza.
Aunque, en realidad, el potencial de esas palabras grandes de segundo orden se despliega cuando se combinan con las palabras gordas de verdad. “Hay que defender el honor de la patria”, “Nuestro pueblo sostiene la antorcha de la civilización”, “Debemos preservar las tradiciones de nuestra raza”. Si te fijas, todas esas frases están pidiendo a gritos signos de admiración. Uno a cada lado, como columnas de Hércules.
Pero yo, no sé por qué, siempre he desconfiado de las admiraciones; creo que son los signos ortográficos que menos uso.

lunes, enero 30

Libros perseguidos

A lo largo de la historia, miles de libros han sido prohibidos y perseguidos por los más diversos motivos. Por ejemplo, la iglesia católica mantuvo vigente hasta 1966 su Index Librorum Prohibitorum, o Index Expurgatorius, que, por cierto, incluía en su catálogo al Gran Diccionario Universal de Pierre Larousse (!). En general, los bibliocidas lo son por estar en contra de las ideas contenidas en ciertos libros; pero, en ocasiones, son los propios seguidores de una ideología quienes ocultan y silencian las palabras de su profeta. El paradigma de esto lo encontramos en el nacionalismo vasco. Sería lógico pensar que la gente del PNV se preocupa muy mucho de mantener viva la edición y distribución de los libros de Sabino Arana, su fundador y principal ideólogo, pero no es así, ni mucho menos. He buscado las obras completas de Arana en Internet y no las he encontrado. Al parecer, la última edición es de 1980 y no resulta fácil dar con ella; ni siquiera en el mercado de segunda mano. ¿Por qué los nacionalistas vascos esconden gran parte de los escritos de su líder histórico, cuando, aparentemente, lo lógico sería que hicieran todo lo contrario? Dejemos que sea el propio Sabino Arana quien responda a esta pregunta mediante unas cuantas freses entresacadas de su ensayo ¿Qué somos?

“La fisonomía del bizkaino es inteligente y noble; la del español, inexpresiva y adusta”.

”El bizkaino es de andar apuesto y varonil; el español, o no sabe andar (ejemplo, los quintos) o si es apuesto es tipo femenil (ejemplo, el torero)”.

”El bizkaino es nervudo y ágil; el español es flojo y torpe”.

”El bizkaino es inteligente y hábil para toda clase de trabajos; el español es corto de inteligencia y carece de maña para los trabajos más sencillos. Preguntádselo a cualquier contratista de obras y sabréis que un bizkaino hace en igual tiempo tanto como tres maketos juntos”.

”El bizkaino es laborioso (ved labradas sus montañas hasta la cumbre); el español, perezoso y vago (contemplad sus inmensas llanuras desprovistas en absoluto de vegetación)”.

”El bizkaino no vale para servir, ha nacido para ser señor ("etxejaun"); el español no ha nacido más que para ser vasallo y siervo (pulsad la empleomanía dentro de España, y si vais fuera de ella le veréis ejerciendo los oficios más humildes)”.

”El bizkaino degenera en carácter si roza con el extraño; el español necesita de cuando en cuando una invasión extranjera que le civilice”.

”Ved un baile bizkaino presidido por las autoridades eclesiásticas y civiles y sentiréis regocijarse el ánimo al son del "txistu", la alboka o la dulzaina y al ver unidos en admirable consorcio el más sencillo candor y la loca más alegría; presenciad un baile español y si no os causa náuseas el liviano, asqueroso y cínico abrazo de los dos sexos queda acreditada la robustez de vuestro estómago, pero decidnos luego si os ha divertido el espectáculo o más bien os ha producido hastío y tristeza”.

”El aseo del bizkaino es proverbial (recordad que, cuando en la última guerra andaban hasta por Nabarra, ninguna semana les faltaba la muda interior completa que sus madres o hermanas les llevaban recorriendo a pie la distancia); el español apenas se lava una vez en su vida y se muda una vez al año”.

”Oídle hablar a un bizkaino y escucharéis la más eufónica, moral y culta de las lenguas; oídle a un español y si sólo le oís rebuznar podéis estar satisfechos, pues el asno no profiere voces indecentes ni blasfemias”.

Leído esto, no es de extrañar que los nacionalistas vascos prefieran correr un tupido velo sobre las obras de Arana. Parece mentira que todas esas bobadas, y otras semejantes, puedan haber causado tanto dolor. Pero, en realidad, eso no se debe tanto a las ideas que expresan como al uso de determinadas palabras: las Palabras (demasiado) Grandes, sobre las que disertaré en breve (empiezo a sospechar que esto de los blog no es más que una excusa para enrollarse).
Agur.

domingo, enero 29

Cerrado


HOY DOMINGO, ESTE BLOG PERMANECERÁ CERRADO POR DESCANSO DEL PERSONAL.

(Pensamiento del día: "El dinero no da la felicidad..., pero te la pone a huevo")

sábado, enero 28

El arte de preguntar

Normalmente, al pretender aproximarnos a la verdad nos obsesionamos con encontrar respuestas, cuando lo que deberíamos hacer es afanarnos en buscar preguntas adecuadas. Es mucho más importante de lo que parece el modo en que se formula una pregunta, pues las preguntas equivocadas dan pie a respuestas equivocadas, mientras que las preguntas correctas no sólo conducen a contestaciones correctas, sino que además llevan en sí el germen de la respuesta. O dicho de otra forma: formular bien una pregunta es, en gran medida, contestarla. Creo sinceramente que la mayor parte de los problemas del mundo se deben a preguntas incorrectas. ¿Cómo encontrar una solución final al problema judío? ¿Por qué la raza blanca es intelectualmente superior a la negra? ¿Cómo curar la homosexualidad? ¿Cuántas armas debemos tener para garantizar la seguridad del país? ¿Por qué la mujer es pasiva y el hombre activo? ¿Cómo solucionar el problema que plantea la invasión de inmigrantes? Todas estas cuestiones, y muchas más, son preguntas incorrectas, incluso estúpidas, cuyas respuestas han causado y causan un inmenso dolor a la humanidad. A veces, preguntar puede ser un crimen. Otras veces, un arte. Eso me recuerda una historia que oí o leí hace tiempo. Sin lugar a dudas, es apócrifa, pero también muy ilustrativa.
Dos sacerdotes, viejos conocidos del seminario, uno dominico y el otro jesuita, se encuentran en el Vaticano, pues ambos van a ser recibidos por el Papa. Tras intercambiar saludos y unos minutos de charla, el dominico dice:
-La verdad es que estoy un poco preocupado. Ya sabes que soy un gran fumador, ¿no? Bueno, pues cuando estoy rezando el rosario siempre me entran unas ganas tremendas de fumar y no sé si está bien hacerlo. Así que voy a aprovechar que el santo padre me recibe para preguntárselo..
-Buena idea –responde el jesuita-; yo también soy fumador y me pasa lo mismo que a ti.
Poco después, el dominico entra en el despacho del Papa y, al cabo de un rato, sale cabizbajo.
-¿Qué te ha contestado su santidad? –le pregunta el jesuita.
-Que no –responde el dominico, abatido-; que no puedo fumar mientras rezo.
El jesuita reflexiona unos segundos y dice:
-Bueno, déjame probar suerte a mí. Se lo preguntaré yo también.
El jesuita se entrevista con el Papa y, unos minutos más tarde, sale sonriente del despacho.
-Pues a mí me ha dicho que sí –comenta, satisfecho.
-¿Puedes fumar y rezar a la vez? –exclama el dominico.
-Sí, tengo su expreso permiso.
-Pues no lo entiendo –replica el dominico, desolado-. ¿Por qué a ti te ha dicho que sí y a mí que no?
-Porque has planteado mal la cuestión –responde el jesuita-. Tú le has preguntado si podías fumar mientras rezas; pero yo le he preguntado si podía rezar mientras fumo.

viernes, enero 27

El discreto encanto de la maldad

Ayer estuve comiendo con Julián Díez, un buen amigo del que pronto hablaré. Lo hicimos en un restaurante italiano próximo a la Gran Vía, así que, después de la comida, me acerqué a la bendita Casa del Libro y pasé un rato echando un vistazo. Como no podía ser de otra forma, compré, compré y compré. Es decir, adquirí tres libros. Uno, Historia de la guerra en la Edad Media, editado por Maurice Keen. De momento no lo pienso leer; es documentación para una futura novela que tengo en cartera. Mi segunda adquisición fue Colapso, de Jared Diamond; un ensayo sobre la supervivencia y desaparición de las sociedades. De Mr. Diamond he leído Armas, gérmenes y acero (premio Pulitzer), uno de los libros más esclarecedores y brillantes que jamás me he echado al coleto, así que leeré Colapso lo antes que pueda; a fin de cuentas, sólo son 750 malditas páginas de apretada letra.
Pero de lo que quiero hablar es de mi tercera compra. Se trata de uno de esos libros que carecen de todo sentido, un texto absurdo cuya única justificación es la extravagancia y el profundo desequilibrio mental de su autor. Como comprenderéis, no podía dejar de adquirir un libro así. Se llama Manual de la Venganza (La Fabrica 2005) y lo ha escrito un noruego llamado Pal D. Ekran. ¿De qué trata? Pues de lo que reza su título: de los distintos medios que puedes emplear para vengarte de alguien. A lo largo de cien vitriólicas páginas, Ekran desgrana docenas y docenas de métodos para hacerle la vida imposible a los demás. Te enseña a putear al prójimo mediante el correo, o usando el teléfono, o a través de Internet, te ilustra cómo atentar contra el coche de tu enemigo, o contra su jardín y su casa, te muestra los diferentes caminos para hundir profesionalmente a una persona, o para destrozar su vida íntima y social. Es, en resumen, el libro de cabecera del perfecto hijo de puta, una especie de manual de microterrorismo. Y, para comprobarlo, aquí va una muestra:
El depósito de gasolina también es un sitio muy popular para meter cosas. La más habitual es azúcar, pero las pelotas de ping-pong cortadas por la mitad y rellenas de desatascador sirven igual. Si no caben por el orificio, utiliza un globo. Pega con cinta las dos partes de las pelotas cortadas después de llenarlas con el desatascador. Cuando entren en contacto con la gasolina, se desharán y cuando el desatascador se mezcle con ésta, se producirá una violenta reacción química (una explosión, vamos). Según cuentan, ha llegado a levantar el morro de una furgoneta. Te sugiero que no lo intentes”.
Demencial, ¿no es cierto? Pero, al mismo tiempo, fascinante.

jueves, enero 26

El coleccionista de frases 10

Ignoro qué sabes tú de Jules Renard; desde luego, yo muy poco. La única obra suya que conocía era Poil de Carotte y nunca la he leído; sin embargo, un día cayó en mis manos una selección de sus Diarios y descubrí que Renard era tres cosas insospechadas: cachondo, inteligente y escéptico. Sus dietarios están llenos de frases brillantes e ingeniosas, aunque, como él mismo dice, "El ingenio es a la verdadera inteligencia lo que el vinagre al vino fuerte y de buena añada: un brebaje para cerebros estériles y estómagos enfermizos". Puede que Renard tuviese razón y el mero ingenio no sea mas que fuegos de artificio; pero, ¿a quién no le gusta contemplar de cuando en cuando un buen castillo de fuegos artificiales? Para celebrar la décima entrega de El coleccionista de frases (es una gilipollez celebrar algo así, ya lo sé), vamos a regalarnos con un ramillete de flores renardianas.

"Existe la falsa modestia, pero no el falso orgullo".

"Sí, la naturaleza es bella. Pero no te enternezcas demasiado con las vacas. Son como todo el mundo".

"¿Lo que pienso de Nietzsche? Que a su apellido le sobran muchas letras".

"Si yo tuviera talento, me imitarían. Si me imitasen, me pondría de moda. Si me pusiera de moda, pronto pasaría de moda. Así que más vale no tener talento".

"Sentimos amor por una o dos mujeres, amistad por dos o tres amigos, odio por un solo enemigo, piedad por unos cuantos pobres; y el resto de la humanidad nos es indiferente".

"Un crítico es un poco como un soldado que dispara contra su regimiento, o que se pasa a su enemigo, el público". (Dedicada a Care Santos con un guiño)

"Los platos desportillados duran más que los intactos".

Y, por último, una frase acerca de cómo debe ser una frase:

"La frase tiene que ser tan clara que dé placer a la primera, y que, sin embargo, se la relea a causa del placer que ha dado".

miércoles, enero 25

Narrativas


Hay un asunto que me gustaría plantear: ¿todas las “artes narrativas” tienen el mismo peso específico o algunas poseen mayor capacidad expresiva que otras? Me explicaré: cuando hablo de “arte narrativa” me refiero a toda forma artística (en su sentido más amplio) que cuente historias. Por citar los ejemplos más usuales: literatura (incluyendo el teatro), cine y comic. Pues bien, según los criterios académicos imperantes, la literatura es culturalmente superior al cine, así como el cine es superior al comic.
En principio, y por principios, yo no estoy de acuerdo. Creo que todas esas artes pueden alcanzar equivalentes cotas de expresividad, aunque, por supuesto, las características de cada una de ellas las hacen más o menos aptas para adentrarse por determinados senderos narrativos. La literatura es más adecuada para la introspección que el cine (aunque no que el comic). Pero el cine cuenta con la música, bendito tesoro. ¿Y qué decir de la potencia icónica del comic? Estoy convencido de que la expresividad descriptiva de las viñetas de Hal Foster puede competir de igual a igual con lo mejor de Proust. Y lo mismo podría decir acerca de los fotogramas de John Ford o de Visconti. Incluso géneros narrativos tan denostados como la radionovela pueden alcanzar altísimas cotas de calidad, como demuestran La guerra de los mundos de Wells/Welles o Miss Moniker de José Mallorquí.
Sin embargo, hay una modalidad narrativa que se obstina en chapotear en el fango: la fotonovela. Jamás de los jamases he visto una fotonovela –incluyendo una cuantas, aunque no muchas, fotonovelas vanguardistas y experimentales- que no sea pura bazofia. Lo cual me lleva a colegir que al menos existe un “arte narrativa”, la fotonovela, intrínsicamente inferior a las demás e incapaz de alcanzar un mínimo de calidad artística.
Y eso, amigos míos, me hace dudar de todo lo que he dicho antes...

lunes, enero 23

Islas de Cartógrafo

Los cartógrafos medievales y renacentistas diseñaban sus mapas basándose tanto en la cartografía previa como en las informaciones que obtenían de los marinos y exploradores que osaban adentrarse en terra incognita. Así pues, en sus trabajos los datos veraces solían mezclarse con la leyenda y la fantasía, razón por la cual muchas cartas geográficas consignaban territorios que nunca existieron, como las islas de Thule, San Brandan, Hi Brasil o Antilia, que luego se hizo real al bautizarse con tal nombre a las Antillas.
Sin embargo, la leyenda no fue la única razón de que los mapas mostraran miles de millas cuadradas inexistentes; también intervino el amor. Con frecuencia, los cartógrafos inventaban islas a las que, como un gentil obsequio, denominaban con el nombre de sus amantes. Isla Helena, Isla Victoria, Isla Magdalena, Isla Dominique..., todo un archipiélago erótico se desplegó por los océanos de pergamino y papel. Tan frecuente fue esta costumbre que se le dio un nombre: “islas de cartógrafo”. Es curiosa la idea, ¿verdad?; regalar una isla imaginaria... Aunque, si te paras a pensarlo, ¿no simboliza eso la esencia misma de toda historia de amor?

Apunte para un relato corto: Un cartógrafo incluye en uno de sus mapas una isla inventada a la que bautiza con el nombre de su amada. Le regala el mapa a la mujer y le describe la isla como un sitio paradisíaco, un vergel lleno de prodigios y maravillas. Poco después, el cartógrafo muere. La mujer, desconsolada, vende todas sus posesiones, adquiere un barco y parte en busca de la inexistente isla que lleva su nombre.
Y, finalmente, la encuentra.
(Nota: puede que el cartógrafo la esté esperando en la playa)

domingo, enero 22

El coleccionista de frases 9

"Un escritor ensancha sus propósitos a medida que su público se ensancha. Nuestra fe en nosostros mismos crece a proporción en que aumente el número de aquellos que en nosotros creen. Uno de los peores azotes de la literatura española contemporánea es que la mayoría de los gallos no cantan más que para el corral en que nacieron".
Miguel de Unamuno

viernes, enero 20

Bibliomanía

Compro más libros de los que puedo leer. Parece una tontería, pero tiene su justificación. En primer lugar, los libros suelen durar muy poco en las librerías; no porque la gente los compre en masa, cual rebajas de enero, sino porque los libreros los quitan enseguida de circulación para dejar sitio a las novedades. Eso significa que el libro que no adquieras al poco de su publicación puede que no lo vuelvas a ver en tu vida. Pero hay otra razón para mi adquisición compulsiva de letra impresa, y mucho más importante.
Verás, guardo los libros por leer en una de las librerías que, para mortificación de mi mujer y polvoriento martirio de Miyo, mi asistenta, pueblan mi casa. Cuando acabo el libro que estoy leyendo, me dirijo a esa librería y me dispongo a escoger la siguiente lectura, lo cual da pie a uno de mis grandes placeres vitales: la expectativa.
Intentaré explicarme. Yo no programo mis lecturas; tras acabar un libro, no sé qué leer a continuación. Porque cada libro tiene su momento, y no todos los momentos son adecuados para cualquier libro. Así pues, elegir una nueva lectura es en el fondo un acto de introspección, una búsqueda interior y también una aventura, porque comenzar un libro es como explorar un territorio desconocido, una terra incognita donde puedes encontrar vergeles, sí, pero también jodidos caníbales. Todos esos títulos sin leer que voy atesorando son en realidad promesas y esperanzas, diamantes por descubrir o trampas en las que caer. Cuando me planto delante de esa librería, me siento como un maniático del dulce en una pastelería, como un niño la noche de Reyes.
Estoy a punto de terminar mi actual lectura, así que dentro de poco visitaré de nuevo mi librería de los prodigios y pasaré un rato decidiendo qué quiero leer. Las posibilidades son muchas y heterogéneas, como mis propios gustos. Uno de los textos que más tiempo llevan esperando (desde 1988) es El Aeródromo, de Rex Warner. Es una novela que cabe incluir en el apartado “¿Qué coño hace esto aquí?” Ignoro por qué la compré, pues no sé nada de la novela ni de su autor, aunque creo que fue por el título; “aeródromo” es una palabra bonita, mucho más que “aeropuerto”. Vale, es una razón muy gilipollas para compra un libro. En cualquier caso, algún día lo leeré. O quizá no, porque lleva tanto tiempo ahí, esperando, que ya casi lo considero un viejo amigo. Y leer un libro, a fin de cuentas, es en cierto modo matarlo.
Otro título añejo en los estantes es Te con el Dragón Negro, de Roberta MacAvoy, una prestigiosa novela fantástica que tengo ganas de leer, pero que por algún motivo nunca leo. En realidad, hay muchos ejemplos similares en mi librería: novelas que deseo y a las que no logro acceder, porque siempre se interpone otro título entre nosotros. Desventajas de ser polígamo literario. También hay libros que me sacan los colores, libros que debería leer pero que, por un motivo u otro, nunca me decido a acometer. Por ejemplo, Vivir para contarla, las memorias de García Márquez. Es del gran Gabo, sí, pero me da una pereza enorme leerlo; quizá porque en el fondo me importa un bledo la infancia de los premios Nobel. Otro título que me hace sentir culpable es Middlesex, de Jeffrey Eugenides. Me gustó mucho Las vírgenes suicidas, pero su nueva novela es tan... gorda. Joder, deberían prohibir los libros de más de 500 páginas.
En fin, tras mucha meditación, creo que al final elegiré entre Luces del Norte, de Philip Pullman (llevo tiempo queriendo leerla), El consejo de hierro, de China Miéville (autor tan irregular como muchas veces fascinante), Haz el favor de no llamarme humano, de Wang Shuo (una recomendación de Cristian, amable visitante de este blog) y Jonathan Strange y el señor Norrell, de Susanna Clarke. Probablemente opte por ésta última, pues, según me aseguran, es una excelente novela fantástica; aunque me descorazona su tamaño: 800 páginas. La literatura, últimamente, toma anabolizantes.
Bueno, esos son mis planes; pero, claro, todo puede irse al garete en función del azar. Por ejemplo, está a punto de aparecer Zig-Zag la última novela de José Carlos Somoza y supongo que no tardará mucho en publicarse Haunted, de Chuck Palahniuk. Cualquiera de esos dos libros puede cruzarse en mi camino y mandar mis planes a tomar viento fresco.
En cualquier caso, sea el que definitivamente sea, elegiré un título, leeré las solapas, lo acariciaré, lo oleré (no descarto darle un lametón también), me sentaré en mi sofá favorito, lo abriré por la primera página y comenzaré la lectura. Lo que ocurra después es otra historia; puede que el texto me fascine o puede que me parezca una birria, pero el placer de rebuscar entre mis tesoros y elegir uno, eso, amigos míos, no me lo quita nadie.

jueves, enero 19

Cocinando palabras

Las dos últimas entradas han girado en torno al arte culinario y la literatura, pero desde un punto de vista metafórico. Hoy seremos más concretos. ¿Te has fijado en cuántos escritores hay que se interesan por la gastronomía y son cocineros aficionados? Por citar unos cuantos ejemplos a vuelapluma: Alejandro Dumas, Alfonso Reyes, Pablo Neruda, Vázquez Montalbán, Isabel Allende, Antonio Tabucchi, Laura Esquivel, Petros Markaris, Donna Leon, Rex Stout y dos buenas amigas, Elia Barceló y Care Santos. Yo mismo, en mi humildad, soy un cocinero aceptable. De hecho, no me limito a preparar ocasionalmente algún que otro ágape social; pese a que Miyo, mi querida asistenta, cocina para el resto de la familia, yo me preparo cada día mi propia comida. ¿Por qué tantos escritores, como su seguro servidor, cocinan habitualmente?
Tengo una pequeña teoría al respecto. ¿Cuándo y dónde planifican los escritores el argumento y la estructura narrativa de sus futuras novelas? Pues depende, supongo, de cada caso y circunstancia; pero hay un lugar en el que seguro que no lo hacen: el despacho donde usualmente escriben. Pongamos mi caso. Si por la mañana me sentase frente al procesador de textos y comenzase a buscar un argumento, dándole vueltas y más vueltas a mil ideas, ahí sentado, quieto, sin hacer nada... para el mediodía me habría pegado un tiro. No, cuando me acomodo delante de mi escritorio es para escribir, y las múltiples pausas que dedico a la reflexión no están destinadas a qué decir, sino a cómo decirlo. Las tramas las construyo antes, en aquellos momentos en que estoy realizando una tarea que no requiere mi plena atención intelectual. Por ejemplo, cuando conduzco un coche o hago la compra. Por ejemplo, cuando cocino.
Y ahí está el quid de la cuestión; creo que muchos escritores cocinan porque esa actividad les concede un tiempo valiosísimo para poder pensar, planificar y crear. Es cierto que igualmente podrían hacer calceta, pero la cocina es la tarea casera más creativa y, además, está rodeada por una aureola de sofisticación y moda. Por eso, como los escritores somos en el fondo (y muchas veces en la forma) unos jodidos esnobs, preferimos marcarnos un suquet de bogavante que un tapete de macramé.
Ah, me acabo de dar cuenta de un pequeño detalle que viene a apoyar mi hipótesis: si te fijas en los autores que he citado (y te juro que ha sido sin premeditación), la mitad, más o menos, son escritores de novela negra. ¿Qué significa esto? Bueno, las novelas policíacas suelen tener tramas muy complejas y estructuradas que requieren, por tanto, mucho tiempo de reflexión para su correcta elaboración.
Mucha cocina, vamos.

miércoles, enero 18

El coleccionista de frases 8

"Con la literatura pasa lo que con el arte culinario: los platos muy elaborados resultan finos y delicados al paladar, pero acaban empachando; mientras que la cocina casera y elemental es más sabrosa y fácil de digerir".
Giovanni Papini

Vaya, pues no soy yo el único que compara literatura y gastronomía...

martes, enero 17

Caviar y cordero

Hace muchos años, le preguntaron a un famoso crítico gastronómico –que se ocultaba bajo el seudónimo de Savarin- cuál sería su menú personal perfecto y él contestó: “Caviar y cordero asado”. La respuesta me sorprendió un poco; vale que el caviar es un símbolo del lujo culinario, pero ¿cordero asado? ¿No resulta una elección un tanto rústica para un sofisticado juez de los fogones? Quizá, pero está claro que a Savarin le chiflaba el cordero asado y lo prefería a, por ejemplo, unos canapés de ciruela con foie de oca y tempura de naranja o unas codornices con puré de chirimoya a la salsa de oporto. Y tenía todo el derecho del mundo, porque además, pese a ser un plato sencillo y poco sofisticado, el cordero al horno está condenadamente bueno.
Cambiando la cocina por la literatura, he encontrado a un buen número de personas que abogan por leer sólo caviar. A fin de cuentas, dicen, dado lo dilatado de la producción literaria a lo largo del tiempo, disponemos de cientos, miles de textos extraordinarios para leer. De hecho, podríamos pasarnos la vida leyendo exclusivamente obras maestras, desde la A de Adamov hasta la Z de Zola, pasando por la CH de Chejov, la N de Naipaul y la P de Pessoa. Además, a diferencia de lo que ocurre con la gastronomía, cuesta lo mismo un libro de Nabokov que, por ejemplo, una novela policíaca de Dennis Lehane. Entonces, pudiendo acceder a lo excelso, ¿por qué conformarnos con lo que, en comparación con las grandes obras maestras, sólo es mediocre?
La verdad es que son unos argumentos apabullantes ante los que no puedo esgrimir ninguna razón objetiva. Pero sí subjetiva: mi gusto personal. A mí, al igual que a Savarin, me encanta el caviar; pero no podría pasarme la vida deglutiendo sólo huevas de esturión, o canapés de ciruela, o codornices con chirimoyas, porque también me gusta el cordero asado, y los huevos fritos, y, por qué no, una buena ración de patatas bravas. En materia literaria, soy omnívoro; disfruto con los sabores sofisticados, pero también con la buena materia prima cocinada de forma sencilla. Considero, al igual que Borges, que la literatura sólo tiene sentido como fuente de placer; así pues, buscaré ese placer allí donde lo encuentre, procurando, eso sí, encontrarlo en el mayor y mejor número de sitios posible. Por eso, no quiero sentirme oprimido por el rigor canónico; mis gustos son variados y heterogéneos; algunos, incluso, injustificables. Pero son míos y no tienen por qué coincidir con los de otros, sean estos una selecta minoría o una torpe mayoría. ¿En mi biblioteca personal conviven Sterne con Henning Mankell, Pynchon con Cliford D. Simak? Pues sí, ¿y qué? A fin de cuentas, ellos, y otros muchos igual de contradictorios o más, forman parte de mi bagaje personal. La cuestión no es si debo o no disfrutar con ellos, sino si soy capaz de valorarlos con objetividad, sean cuales sean mis preferencias personales.
Aunque, claro, también es posible que todo eso no sean más que coartadas destinadas a ocultarme a mí mismo lo asquerosamente vulgar que soy como lector. Quién sabe... En cualquier caso, la pregunta sería: ¿es intelectualmente lícito disfrutar de lo menos bueno? Y su contrario: ¿es intelectualmente lícito no disfrutar de lo que es objetivamente muy bueno?

lunes, enero 16

Thriller

Este fin de semana he visto una excelente película. Se llama Layer Cake y es un thriller inglés dirigido por Matthew Vaughn y protagonizado –muy bien, por cierto- por Daniel Craig, el próximo James Bond. La película se denomina en España Crimen organizado, un título tan descriptivo como tonto; mucho mejor el original inglés, “pastel de capas”, cuyo sentido sólo puede entenderse viendo la película. Se trata de una historia en la que todos, en mayor o menor medida, son antihéroes, una historia de criminales sin policías, una historia de robos, traiciones y violencia narrada con inusitado brío, mucho sentido del humor y constantes giros inesperados. En el fondo, más allá de las peripecias, es un drama clásico sobre la inexorabilidad del destino y la imposibilidad de ser otra cosa distinta a lo que se es.
Aparte de recomendártela encarecidamente, esto me da pie para hacer una triste comparación. ¿Qué ha ocurrido con la magnífica tradición del thriller norteamericano? Estados Unidos es –seguido por Francia- el país que más y mejores películas policíacas ha producido. La jungla de asfalto, El sueño eterno, la saga de El padrino, A quemarropa... la lista sería interminable. Pero ahora, aparte de aisladas excepciones como LA Confidential, Reservoir Dogs o Fargo, las películas policíacas norteamericanas se han convertido en películas de acción. Todo es BOOOM!, CRASH!, TZUUUUM!, BANG-BANG!, todo son persecuciones, explosiones y coches destrozándose, todo son héroes adictos a los anabolizantes y rubias recauchutadas, pero ni una pizca de talento narrativo, ni un gramo de inteligencia.
Layer Cake es una película relativamente barata; no hay desquiciadas carreras de coches, ni grandes explosiones, ni megaestrellas de ego hipertrofiado –aunque Craig puede acabar siéndolo-, pero la narración te mantiene con el culo haciendo ventosa en la butaca y la violencia, siempre contenida, te sacude como un mazazo cuando estalla inesperadamente frente a tus ojos. Todo lo contrario, por cierto, que sucede con las producciones norteamericanas, tan absolutamente desmadradas en su violencia que, a la larga, ni siquiera parecen violentas, sino simplemente circenses.
En fin, Layer Cake demuestra que para realizar una buena película no hace falta mucho dinero, sino mucho talento. Ah, por cierto, el film está basado en una novela del mismo título de J. J. Connolly, autor también del guión.
Y, como aperitivo, aquí tienes un fragmento de ese guión: "Naces y ya estás jodido. Sales al mundo y ya estás jodido. Subes un poco más alto y estás un poco menos jodido. Hasta que un día te sitúas arriba, en una atmósfera enrarecida y te olvidas de lo que es estar jodido. Bienvenido a la tarta a capas..."

domingo, enero 15

Domingo











El domingo es un día perezoso,
la oveja negra de la semana.

sábado, enero 14

El coleccionista de frases 7

Hasta el momento, las frases que he incluido aquí tenían más o menos enjundia. Pero hay otra clase de frases: las absolutamente estúpidas. Son frases que no significan nada, que no tienen ningún sentido, pero que precisamente por su propia vaciedad resultan divertidas. Por ejemplo, ésta que descubrí garabateada en la puerta de un WC:

"No soy vegetariano porque ame a los animales. Soy vegetariano porque odio a las plantas".

viernes, enero 13

Viernes 13

Por cierto, dada la fecha de hoy: ¿sabes por qué los viernes 13 están considerados días de mala suerte? Porque el viernes trece de octubre de 1307, los templarios fueron detenidos en toda Francia.

El libro gordo te enseña,
el libro gordo entretiene.
Y yo te digo contento:
¡hasta la Fraternidad que viene!

El ojo crítico

¿Quién decide si una obra literaria es buena, mala o mediocre? ¿Los lectores? Evidentemente no, pues en tal caso Dan Brown sería más grande que Shakespeare. ¿La crítica? Los críticos no hablan con una única voz y sus opiniones se ven muchas veces mediatizadas por intereses espurios. ¿Los círculos literarios? Primero habría que determinar qué cojones son los “círculos literarios” y hasta dónde llega su capacidad de influencia. En realidad, supongo que la valoración de una obra depende de muchos factores, entre los que no hay que excluir las razones comerciales, la moda y la casualidad. Supongo que, a la hora de la verdad, el único juez literario definitivo es el tiempo. No obstante, ¿qué ocurre con los textos extraordinarios? Cuando surge una obra maestra, ¿resulta evidente que es una obra maestra? Es decir, ¿la calidad habla por sí misma?
El ojo crítico es un pequeño libro publicado por Ediciones B en 1990 (edición de Constantino Bertolo), que recoge algunas de las meteduras de pata críticas más sonadas de la historia. He aquí algunos ejemplos:

Henry James hablando sobre Walt Whitman: “La actitud de Mr. Whitman parece monstruosa. Lo es porque pretende persuadir al espíritu mientras ofende al intelecto; porque pretende gratificar los sentimientos mientras ultraja el buen gusto”.

Lord Byron hablando sobre Shakespeare: “El nombre de Shakespeare, pueden estar seguros, está colocado absurdamente alto y tendrá que bajar. No tenía imaginación para sus historias, ninguna en absoluto. Tomó todas sus trama de novelas antiguas y montó sus historias en forma teatral, con tan poco esfuerzo como el que Ud. Y yo necesitaríamos para volver a escribirlas en forma de historias en prosa”.

Valle Inclán refiriéndose a Pérez Galdós: “Don benito el garbancero”.

Carta de rechazo del San Francisco Examiner a Rudyard Kipling: “Lo siento, Mr. Kipling, pero sencillamente no sabe cómo utilizar el lenguaje”.

Emile Zola sobre Las flores del mal de Baudelaire: “Dentro de cien años, los libros de historia de literatura francesa sólo mencionarán esta obra como curiosidad”.

Carta de rechazo del editor Marc Humblot a Proust: “Mi querido amigo, quizá debo de estar muerto de cuello para arriba, pero por más que me devano los sesos no acierto a ver por qué alguien necesita treinta página para describir cuántas vueltas da en la cama antes de dormir”.

Crítica del Boston Evening Transcript a ¡Absalón, Absalón!, de Faulkner: “Desde la primera a la última página de esta novela nos damos cuenta de que el autor se está esforzando por conseguir originalidad. No dirá nada de una manera sencilla. Sus párrafos son tan largos y tan enmarañados que resulta difícil recordar quién está hablando o el tema con el que empezaba el párrafo”.

Pío Baroja hablando de Flaubert: “Flaubert es un animal de pata pesada. Se ve que es normando. Todas sus obras tienen peso específico; a mi me fastidia”.

Ortega y Gasset hablando sobre Paul Veléry: “Último mandarían de las letras francesas, auténtico intelectual, pero de corto resuello, nada popular, manierista, con un exiguo caudal de cosas que decir y, como toda mente pobre, obligado para ser a retorcerse”.

Un buen puñado de herejías, ¿verdad? Pues debo confesar que estoy de acuerdo con dos de ellas. ¿Seré tonto?... (es una pregunta retórica, no hace falta que respondas)

jueves, enero 12

Luis Alberto

En lo que respecta a la poesía, debo reconocerlo, soy un hortera. Tan patán soy, que los poemas que de verdad me gustan son los rimados y ni siquiera tengo muy claro qué es eso del verso libre, ni qué, en definitiva, lo diferencia de la prosa. Huelga, por tanto, comentar que no sigo la poesía contemporánea y que mis poetas favoritos están todos muertos. Con una venturosa excepción: Luis Alberto de Cuenca.
Conocí a Luis Alberto hace diez u once años. Era amigo de un amigo, había leído uno de mis cuentos –El mensaje perdido- y, según él, le había gustado tanto que quería charlar conmigo para comentarlo. Nos vimos, conversamos y..., bien, por mi parte fue un amor a primera vista. Luis Alberto es un hombre elegante al estilo clásico, con cierto aire de aristócrata inglés. Es, además, un individuo cultísimo, un ameno y apasionante conversador y una de las personas más amables, atentas y cordiales que he conocido jamás. También es de derechas, sí; fue Secretario de Estado de Cultura durante la segunda legislatura del PP. Sin embargo, cuando hablas con él, cuando escuchas sus opiniones, no puedes evitar preguntarte cómo es posible que un presunto conservador esté tan escorado a la izquierda.
Hay algo peculiar en Luis Alberto; posee una vasta erudición, ya lo he dicho –no en vano es doctor en Filología Clásica, investigador del CSIC y ex-director de la Biblioteca Nacional-, pero aparte de la, llamémosle así, cultura canónica, es un entusiasta de la cultura popular. Adora la literatura fantástica, consume ciencia ficción y fantasía heroica, disfruta como un enano con un buen comic y es un cinéfilo empedernido. Entre sus arquetipos, encontramos a Tintín, a Guillermo Brown, a Conan de Cimeria, a Gandalf, a Sherlock Holmes, a Flash Gordon o el Hombre Enmascarado. ¿Cómo no va a caerme bien un tipo así?
También es poeta. Supongo que podría calificarle de posmoderno, si no fuese porque eso de las clasificaciones me suena a oficina de correos. La poética de Luis Alberto es un reflejo de él, una elegante mezcla de erudición, melancolía, sentido del humor y cultura popular. Uno de sus poemas, por ejemplo, está dedicado a Red Sonja, un personaje de Howard, la versión femenina de Conan. En otro, y cito de memoria, compara a una mujer con Diana Palmer. Pero, ¿quién narices es Diana Palmer?; pues la eterna novia de The Phantom, el Hombre Enmascarado. Reconozco que me encanta ese aire travieso de la poesía de Luis Alberto, su renuncia a la solemnidad, su heterodoxia cultural, su vocación de juego. Y ahí entroncamos con el comentario de ayer. Permíteme que reproduzca una poesía de Luis Alberto de Cuenca que apareció en su antología de 1993 El Hacha y la Rosa. Se llama Los dos Marcelos.

En abril de este año hablé con Bioy Casares.
Le recordé al maestro que en un prólogo suyo de hace cincuenta años
llamó pesado a Proust,
y que en una Postdata al mismo prólogo,
escrita veinticinco años después,
cantó la palinodia:
“¿Qué es eso de matar a quienes más queremos?”
Bioy me dijo que, de pequeño, aborrecía a Proust,
pero que luego se hizo mayor y aprendió a amarlo.
Yo le dije que Proust me aburría,
que no me interesaba, ni antes ni ahora, en absoluto.
Bioy entonces me dijo que leyera Albertine Disparue
como si fuera una novela policíaca,
que a lo mejor así empezaba a gustarme Á la recherche du temps perdu,
como a todo el mundo sensato.
No he seguido el consejo de A. B. C.
Él se había mostrado irreverente con Proust cuando era joven,
que es cuando se dice la verdad.
Yo no quiero dejar de ser joven.
No soporto la idea de que cualquier enciclopedia
dedique siete páginas a Marcel Proust y siete líneas a Marcel Schwob.
No es justo lo que han hecho con los dos Marcelos.

miércoles, enero 11

Ateismo literario

Creo que sólo existe una cosa sagrada en este mundo: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Todo lo demás es profano, y eso incluye a la literatura. Sin embargo, la mayor parte de la gente parece pensar lo contrario. Los lectores –sobre todo los lectores cultos- tienden a sacralizar el hecho literario; adoptan libros canónicos, conforman un panteón de dioses-autores, siguen con fidelidad un dogma, el que sea, acerca de lo que es literatura (la auténtica fe) y lo que no lo es (la herejía)... En definitiva, se aproximan con devota reverencia al Arte de la Escritura, así, con mayúsculas. Los no lectores, por su parte, se sienten avergonzados de su condición. Saben que, aunque a ellos les aburra, leer es bueno y contemplan con una mezcla de culpabilidad y respeto tanto a los libros como a quienes los escriben y leen. Es decir, se enfrentan con inseguridad e ignorancia a lo desconocido, lo cual es la actitud religiosa básica.
El artista se ha convertido en una de las figuras centrales de la mitología moderna; no tanto por su arte en sí mismo –algo que la mayor parte de la gente suele desconocer-, sino por el hecho de ser un elegido, un profeta, un tocado por la mano de dios. A fin de cuentas, se supone que un artista es un “creador”, palabra ésta de amplias resonancias bíblicas. Aunque, claro, no todos los artistas brillan con idéntica intensidad; yo diría que podemos situar en cabeza del hit parade a los músicos, los pintores y los escritores. Y cuando digo escritores, me refiero básicamente a los novelistas.
Hace poco me sucedió algo un tanto desconcertante. Estaba en el Liber, invitado por una de las editoriales donde suelo publicar, cuando la directora literaria me dijo que una admiradora mía quería conocerme. Era una chica joven, no más de 25 años, discretamente agraciada y de aspecto agradable. Se acercó a mí con una sonrisa embelesada, me dio dos besos, musitó algo acerca de lo mucho que le gustaban mis novelas y luego hizo una cosa extraña: tendió una mano, la posó sobre mi pecho y la dejó allí durante unos segundos. Luego, murmuró una despedida y se fue. Aquella chica me había tocado; pero no como, para ser sinceros, me gustaría que me tocase una veinteañera, sino como quien toca el brazo incorrupto de Santa Teresa. Por favor, ¿incluso un capullo como yo merece esa clase de adoración por el mero hecho de ser escritor?
Soy ateo y escéptico; intento serlo en todos los aspectos de mi vida, no sólo en el religioso. Me niego a adorar ídolos, aunque sean profanos. No creo que los escritores, ni siquiera los mejores entre los mejores, estén dotados de ningún don sobrenatural. Como dijo alguien, la creación artística es el resultado de un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de exudación . No se nace siendo escritor; se aprende, como cualquier otro trabajo, mediante la reflexión y la práctica. Los libros no son objetos sagrados, ni la lectura una forma de oración.
Llamero, un asiduo visitante de este blog, sugirió que la literatura era en realidad un juego. Estoy absolutamente de acuerdo. La literatura es un juego de verdades y mentiras, una galería de espejos, fuegos de artificio, luz y niebla; la literatura es jugar al escondite, y a las charadas, y a los acertijos; la literatura es fingimiento, sueños y fantasía, un calidoscopio, una linterna mágica, es el aleph de Borges. La literatura es muchísimas cosas..., pero no una religión.
Por eso, debemos desacralizar la literatura, perderle el respeto.
Y jugar con ella.

martes, enero 10

El coleccionista de frases 6

La palabra popurrí procede el francés pot pourri, que significa "olla podrida" (ese plato que, como el cocido, consiste en hervir juntos diversos alimentos). En esta entrada de El coleccionista vamos a degustar una olla podrida de frases relacionadas con la literatura; tres acerca del estilo y una sobre la edición. Bon apetit.

"La perfección del estilo consiste en no tenerlo. El estilo, como el agua, es mejor cuanto menos sabe".
Gustave Flaubert

"El barroquismo es un pecado de vanidad: parece como si el escritor barroco estuviera pidiendo que se le admire".
Jorge Luis Borges

"Todos los estilos son buenos, excepto el aburrido".
Voltaire

"El director literario es el encargado, en una editorial, de separar el grano de la paja... y luego publicar la paja".
Adlai Stevenson

lunes, enero 9

Universos paralelos

Este fin de semana he hecho algo fascinante: saltar de un universo paralelo a otro. Me explicaré; he estado visitando blogs dedicados a dos tipos de literatura: unos a la literatura fantástica y otros a la literatura general. Y es curioso, porque son iguales y distintos a la vez, como universos paralelos que, por su propia naturaleza -el paralelismo-, nunca llegan a tocarse.
La literatura "literaria" (si es que tal expresión tiene algún sentido) no sólo desdeñaba a la literatura de género, sino que negaba incluso su condición de "literatura". Los amantes del género, por su parte, convirtieron su resentimiento en bandera y se encerraron en unos ghettos que Internet no hizo más que reforzar.
Pero las cosas cambian, claro. Poco a poco, los círculos literarios van acogiendo en su regazo a géneros que antes sólo eran infraliteratura. El policíaco, por ejemplo; o el histórico. Y también el fantástico, aunque con muchas más reticencias (sobre todo en lo que se refiere a la ciencia ficción). La novela posmoderna, por ejemplo, se nutre en parte de las fuentes de la cultura popular, aunque también es verdad que muchos de sus autores suelen aproximarse al género con cierta timidez y cuantas más coartadas culturalistas mejor. En cualquier caso, los diques se están resquebrajando y el fantástico comienza a fluir por los canales de la literatura general.
El problema es que, mientras esto sucede, mientras el fantástico se incorpora lentamente al mainstream, el ghetto parece retroceder, regresar a sus orígenes pulp y resignarse a ser poco más que fantasías masturbatorias de poder propias de adolescentes inseguros. Por fortuna, cada vez se escuchan más voces dentro del ghetto clamando por derribar los muros.
De un modo irónico, la situación inicial parece haberse invertido. Si el rechazo a la literatura fantástica fue una muestra de la miopía y rigidez de los círculos literarios, el actual anquilosamiento del género fantástico no refleja más que miedo al cambio, el pavor a perder la triste identidad del marginado. En el fondo, es muy freudiano: un regreso a la infancia, a la matriz, un meterse el pulgar en la boca y cerrar los ojos.
Pero lo realmente curioso, lo paradójico, es que saltando de un mundo paralelo a otro, de un blog al siguiente, lo que he encontrado es básicamente lo mismo: un profundo amor a la palabra escrita.

domingo, enero 8

Cara Care

Hay personas que te caen bien antes de conocerlas. Hace unos años, apareció en el suplemento cultural de El Mundo una crítica de mi novela La catedral, tan positiva, tan laudatoria, que no pude evitar sonrojarme al leerla. Esa crítica iba firmada por Care Santos -para mí, entonces, una desconocida- y, teniendo en cuenta lo mucho que doña Care había hecho por mi ego, no me cuedó más remedio que enamorarme de ella. Luego me enteré de que era escritora, de que vivía en Barcelona y de que, para mi decepción amorosa, estaba felizmente casada y progresivamente llena de hijos. Más tarde nos conocimos de una forma extraña: a través de un foro de Internet en el que ambos participábamos. Finalmente, tras unos cuantos contactos electrónicos, nos vimos en persona y, en lo que a mí respecta, el flechazo fue definitivo.
Care es una mujer inteligente, culta, sensible y muy creativa. Pero, al mismo tiempo, es una de las personas más sencillas, cálidas y cordiales que he conocido. En ella no hay el menor rastro de afectación, ni un ápice de esa egolatría insufrible que aqueja a muchos escritores. Care es, sencillamente, un encanto. ¿He dicho ya que la amo?
Aunque nadie es perfecto, pues ella es la culpable de la existencia de este blog. El pasado 2 de diciembre, recibí un correo electrónico suyo donde me comunicaba la innauguración de su propia blog, El aprendizaje de la soledad. Lo visité y me encantó. Pero también me hizo descubrir algo: mediante Blogger podía crear mi propio blog con toda facilidad. Nunca había pensado en hacerlo; ni siquiera tenía muy claro lo que era un blog, pero resultaba tan sencillo, tan tentador... En fin, mi carísima Care tiene la culpa de que que este blog exista, aunque, claro, de su bobo contenido sólo yo soy responsable.
En cualquier caso, Care vale la pena y su delicioso blog también. En cuanto averigüe cómo se hace, lo incluiré en los links de La Fraternidad. Entre tanto, visítalo haciendo clic aquí:

http://silencioeslodemas.blogspot.com/

sábado, enero 7

Las dulces mentiras de la memoria

La Navidad, o la pos-Navidad, es una época proclive al recuerdo. Durante mi infancia y adolescencia leí algunos libros que me apasionaron, pero que ahora se me caerían de las manos. Por ejemplo, mi primera novela de ciencia ficción, Los reyes de las estrellas, de Edmond Hamilton; la devoré con pasión cuando tenía doce años. Hace poco la hojeé y... madre mía, que mala es. Bazofia pulp de la peor especie. Sin embargo, en mi memoria sigue siendo una maravilla.
Lo mismo me sucede con Viaje al centro de la Tierra, de Verne, Los tres mosqueteros, de Dumas, Ella, de Rider Haggard, o, por elevar un poco el punto de mira, El cuarteto de Alejandría, de Durrell. Eso me recuerda una afortunada flase de Bioy Casares:

"El recuerdo que deja un libro a veces es más importante que el libro en sí".

viernes, enero 6

Màgoi ap'anatoliòu

El título de arriba significa "magos que venían de Oriente" y son las palabras exactas que emplea Mateo para referirse a los Reyes Magos. No cita ni su número, ni su procedencia exacta, ni sus nombres, ni, por supuesto, afirma que fuesen reyes. Lo único que dice es que eran magos orientales. Y eso siempre fue un grano en el culo de una religión tan supuestamente ortodoxa como la cristiana, porque el término griego màgoi hace referencia a la casta de sacerdotes-astrólogos persas servidores de Mazda. ¿Qué hacían adorando al hijo del único dios veredadero? Y sobre todo, ¿está bien eso de incluir en el santoral a unos tipos que, se mire como se mire, eran unos paganos mazdeistas?
Hasta el siglo tercero nadie dijo que fueran tres -lo decidió Orígenes-; antes, su número oscilaba entre dos y doce. En ese mismo siglo, un tal Tertuliano comentó: "se ha sostenido que los magos eran reyes de Oriente". La verdad es que nadie había sostenido eso antes de él, pero ¿qué más da? Para representar sus imágenes, venía muy bien eliminar los gorros frigios de los sacerdotes persas y cambiarlos por coronas. Sus nombres -Balthassar, Melchior y Gaspar- se fijaron en el siglo IV, pero todos eran blancos (y dos de ellos rubios). En el siglo XVI se decidió que uno fuera negro, para que así representaran a los tres continentes entonces conocidos: Europa, Asia y África.
¿Y qué fue de ellos después de abandonar Belén? Pues la leyenda asegura que, en vez de volver a sus, por otro lado, inexistentes reinos, embarcaron en Tarso y se fueron a la India, donde el apostol Tomás los bautizó y consgró obispos. Om mane padme amén...
¡Felices Reyes!

jueves, enero 5

Queridos Reyes Magos

La verdad es que, salvo en sus aspectos paganos, no me gustan excesivamente las fiestas de Navidad. Demasiado jaleo, demasiado tópico, demasiada comida, demasiada mala literatura. Sin embargo, debo confesar que me encanta el día de Reyes. Si te paras a pensarlo, es una de las pocas tradiciones auténticamente altruistas que existen. Los adultos se ponen de acuerdo para crear un día mágico destinado a los niños. Una bella mentira bondadosa. Además, se hacen regalos sólo por amor, pues el que recibe el regalo no sabe quién se lo hace. Puro altruismo. Es bonito.
Cuando yo era pequeño, mi padre, un loco generoso, me cubría de regalos. La noche de Reyes, yo apenas podía dormir; me levantaba por la mañana, muy temprano, iba al salón y lo encontraba lleno de paquetes. Cuando cumplí 14 años, mis padres decidieron que esos serían mis últimos Reyes de niño y echaron la casa por la ventana. El salón estaba literalmente atestado de regalos primorosamente envueltos; jamás he recibido tantos. ¿Fui un niño malcriado? Quizá, pero también un niño feliz.
Por eso me gusta esta fiesta y por eso he procurado que mis hijos la vivan como un día mágico. Incluso ahora que son mayores -uno tiene 18 tacos y el otro 15-, intento que la magia permanezca. Para ello, aparte de los regalos "canónicos" (lo que ellos piden), hay otros regalos sorpresa. Pero esos regalos no están a la vista, sino ocultos; para encontrarlos, deben seguir ciertas pistas que les he preparado, resolver algunos enigmas. De hecho, una de las pistas de este año aparecerá aquí, así que la siguiente entrada del blog estará destinada única y exclusivamente a Óscar y Pablo, mis escasamente civilizados vástagos.
Por cierto, ¿sabés dónde están los Reyes Magos ahora? Pues en la catedral de Colonia; ahí se encuentran sus reliquias desde que Federico Barbarroja las robó en Milán.
Felices Reyes a todo el mundo.

miércoles, enero 4

El coleccionista de frases 5

"Optimista es quien opina que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Pesimista es quien teme que eso es cierto".

martes, enero 3

El oficio de narrar

El capitán ha vuelto; tras un proceloso periplo por las frías, húmedas y gastronómicas tierras del norte, aquí estoy otra vez. Feliz año nuevo para todos.

Anoche volví a ver -esta vez en TV- Cadena perpetua, una película dirigida por Frank Darabont y protagonizada por Tim Robins y un como siempre espléndido Morgan Freeman. Es una buena película y, mientras la veía, recordé el relato en que está basada: Rita Hayworth y la redención de Shawskank, una novela corta de Stephen King que apareció en la antología Las cuatro estaciones.
Stephen King renovó el género de terror durante los años setenta y ochenta y, antes de perder el rumbo (así como el sentido de la medida), produjo una serie de obras más que estimables, como El resplandor, El misterio de Salem's Lot, Christine, La zona muerta o Cementerio de animales. Es muy posible que en un futuro se le considere un clásico del terror y que su nombre se una a los de Poe, Machen, Lovecraft o Bloch. No obstante, la crítica académica, como no podía ser de otra forma, lo desprecia olímpicamente, relegándole al infierno de los autores populares y bestselleros. Un mediocre artesano, subliteratura. Caca.
Bueno, es cierto que desde hace mucho tiempo King no escribe nada decente, y también es verdad que no se trata precisamente de un estilista, pero hay que reconocer que cuando estaba en plena forma era un magnífico narrador. Es decir: sabía contar condenadamente bien una historia. De hecho, Rita Hayworth y la redención de Shawskank es una pequeña pieza de relojería. No se trata de un relato de terror, sino de una historia carcelaria, y como tal reune sin el menor pudor todos y cada uno de los tópicos del género. Pero los hilvana con tanta maestría que la historia acaba pareciendo nueva. La verdad es que es un prodigio de narración.
Y eso me lleva a pensar que, con gran frecuencia, los escritores profesionales, los artesanos de la escritura, narran mejor que muchos autores de sólido prestigio entre las élites culturales. De hecho, conozco a más de un escritor español de gran renombre que no tiene ni pajolera idea de narrar (es decir, de contar historias). No deja de intrigarme ese desdén de gran parte de los "escritores literarios" autóctonos hacia la técnica narrativa. ¿Será por el poderoso influjo de Benet? ¿Será una meditada apuesta estética? ¿O será simple, llana y meridiana incapacidad? Porque narrar bien es condenadamente difícil...
Ah, por cierto, Rita Hayworth y la redención de Shawskank no sólo es un canto a la amistad, sino también un tributo a la inteligencia, pues en el fondo narra la historia de cómo el cerebro y los conocimientos pueden triunfar sobre la violencia y la barbarie. Lo cual, a mi (escasamente) humilde modo de ver, es una tesis que no está nada mal.