¿Cuántas personas he conocido a lo largo de mí vida? Ni puta idea; demasiadas, probablemente. ¿Y cuántos amigos he tenido? Tampoco lo sé, pero supongo que no muchos, porque nadie tiene muchos amigos (estoy hablando de amigos de verdad, claro, no de meros conocidos). Ya puestos a preguntar, ¿cuántos amigos he perdido? Pues..., la mayor parte, creo. Es curioso eso de la amistad; no sabes cuándo surge ni sabes cuándo desaparece. Durante un tiempo, mantienes una relación muy estrecha con alguien; luego, de pronto, empiezas a distanciarte sin saber por qué, sin darte cuenta siquiera de que está sucediendo, y un buen día descubres que ese gran amigo tuyo sólo es pasado. ¿Por qué sucede esto? No lo sé; por mil motivos, imagino. Las vidas toman rumbos distintos, la gente evoluciona, las circunstancias cambian...A decir verdad, muchos de los amigos que pierdes acaban difuminándose, convertidos en reliquias emocionales perdidas en algún recoveco de la memoria. Pero otros..., otros no se van nunca, se obstinan en permanecer; dejas de verles durante décadas, pero siguen dentro de ti, de algún modo siempre presentes. Uno de mis amigos perdidos, pero no olvidados, se llama José María Moreno.
Nos conocimos en el colegio San Alberto Magno, cuando teníamos nueve años, y ya a tan corta edad Josemari era más raro que un terrier a cuadros. Tímido, menudo y de aspecto aniñado, inteligente (mucho, una de las personas más inteligentes que he conocido), culto y extravagante. ¿Un niño culto? Pues sí, más que la mayor parte de los adultos que nos rodeaban. Cuando mis lecturas habituales eran Superman y el Tiovivo, él andaba enfrascado en Tolstoi y Chéjov. Qué gran lector era –y supongo que sigue siendo- el muy hijo de puta. De hecho, Josemari me descubrió a Borges, un maravilloso regalo. En otra ocasión, allá por el año 1966 –él tendría, por tanto, doce o trece años- entramos en una librería y me señaló uno de los libros. “Ese autor es muy bueno”, dijo. El título que estaba señalando era El coronel no tiene quien le escriba, y el autor un por entonces desconocido Gabriel García Márquez. Josemari fue la primera y única persona que me habló de García Márquez antes de Cien años de soledad.
Fuimos íntimos amigos durante todo el bachillerato. Gracias a él logré aprobar en septiembre el examen de latín de tercero, pues me pasó la traducción por debajo de la puerta (era tan bueno con el latín que podía leerlo de corrido, sin diccionario, e incluso creo que llegó a hablarlo), juntos encendimos los primeros cigarros, juntos nos emborrachamos por primera vez. ¿He dicho antes que era raro? Pues no veas su familia... Su padre era... no sé, marciano; un prejubilado que siempre estaba en su casa, sentado en un sillón con un batín, tan silencioso que puedo asegurar que jamás le oí pronunciar más de dos palabras seguidas. Su madre era rara. Sus hermanos eran raros. Uno de ellos, a quien no llegué a conocer, se suicidó con barbitúricos. Mientras moría, iba escribiendo lo que se le ocurría en un cuaderno. Josemari me lo enseñó; resultaba estremecedor ver cómo la letra se iba desfigurando hasta convertirse en una sucesión de garabatos sin sentido. Su casa también era rara, toda llena de muebles viejos, cacharros de laboratorio (su padre era químico) y antigüedades, entre las que destacaban un precioso ma-hong lleno de cajoncitos y un dibujo de Goya. También tenía un poema manuscrito e inédito de Machado dedicado a un tío suyo (un tío de Josemari, no de Machado).
La verdad es que el mundo de mi amigo era extraño y fascinante, muy borgiano. Estoy seguro de que tenía un aleph en la boardilla. En fin, le apreciaba mucho, pero... después de la adolescencia, durante nuestra primera juventud, comenzamos a distanciarnos y, sin darnos cuenta, dejamos de vernos. Una pena.
Hace once años, cuando publiqué mi primer libro –El círculo de Jericó-, Josemari se puso en contacto conmigo y volvimos a encontrarnos. Estaba igual. Se había casado, tenía una hija y trabajaba en la Biblioteca Nacional (el lugar más adecuado para él, sin duda), pero apenas había cambiado. Vino a mi casa por mi cumpleaños y me regaló un volumen encuadernado con varios ejemplares de El Encapuchado, un pulp que compartíamos cuando éramos niños. Qué bonito y nostálgico regalo. Pero también me obsequió otra cosa...
¿He dicho ya que Josemari escribía muy bien? En el colegio, nuestras redacciones siempre competían por obtener la mejor nota. Yo, con el tiempo, me decanté por la narrativa. Él lo hizo por la poesía. Y eso fue lo que me regalo: un pequeño librito con seis poemas en cuya portada aparece lo siguiente: “50 sonetos ciclistas, de los que sólo se publican seis, compuestos por J. M. M. para ofrecer a los amigos, y editados por el autor, en Bulbuente, año de 1995”.
Bueno pues ése es el motivo por el que os he soltado todo este rollo: ayer encontré el pequeño poemario de Josemari y volví a leerlo. Disculpad, pues, este post tan personal, tan poco interesante para vosotros, y permitidme un pequeño desagravio: las poesías de mi viejo amigo. Hoy transcribiré una, la primera, y más adelante irán apareciendo las cinco restantes. Son unos poemas deliciosos, de verdad; pero, para disfrutar plenamente de ellos, debéis tener algo presente: mi viejo amigo Josemari siempre tuvo un gran, y con frecuencia extravagante, sentido del humor.
Routier
De José María Moreno
Viento de frente por la carretera.
(Bugno perdido por el Tour de Francia).
Cincuenta y tres/catorce, y la añoranza
de tu amor con horario de ramera.
(Pantani ha reventado ya dos puertos).
Locura de amapolas los ribazos;
calor; viento, nostalgia de mis brazos
sobre tus bellos senos descubiertos.
Mi novia nunca monta en bicicleta.
(No tengo novia en realidad; me quejo
por decir algo, por seguir rodando).
Sigo rodando y el calor aprieta;
Dejo de amarte, de añorarte, y dejo
siquiera de notar que voy cantando.



















