viernes, junio 9

Víctimas

Mañana sábado se celebrará en Madrid una manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Sus lemas son: “Negociación, en mi nombre no” y “Queremos saber la verdad”. El segundo lema se refiere, claro está, al 11-M y encaja, qué curioso, con la conocida teoría auto exculpatoria del PP que sostiene la participación de ETA en el atentado, una teoría que, por cierto, carece de la menor prueba. Pero ya se sabe que la verdad es un engorro para los infames, y también se sabe que la AVT no es más que un títere controlado por el PP.

El primer lema, “Negociación, en mi nombre no”, merece sin embargo unos instantes de reflexión. ¿Qué significa? ¿Que un grupo de ciudadanos se manifiesta para pedirle al gobierno que no negocie con ETA el final del terrorismo? Muy bien, tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Pero... ¿esos ciudadanos son especiales por algún motivo? Es decir, ¿su opinión tiene más peso que la de los demás? Hay que escuchar la voz de las víctimas, se dice; su concurso es fundamental en el proceso, pues son ellos quienes más han padecido la lacra del terrorismo y, por tanto, sus criterios cuentan con mayor peso específico.

Reconozco que no acabo de entender esa lógica. Vamos a ver, las víctimas de los accidentes de tráfico (mucho más numerosas que las del terrorismo, por cierto) ¿deberían intervenir de forma decisiva en la elaboración del Código de Circulación? Evidentemente, no, porque nada tiene que ver una cosa con otra. El que una persona haya sufrido una desgracia no significa que sus derechos civiles se amplíen. Las víctimas del terrorismo deben ser ayudas y consoladas, pero su voz tiene exactamente el mismo peso que la mía o que la de cualquier hijo de vecino. No tienen más razón por haber sufrido, ni más derechos, ni siquiera más peso moral. Ser víctima es una tragedia, no un mérito.

En cualquier caso, claro está, tienen todo el derecho a manifestarse y hacer oír su voz, igual que yo tengo derecho a opinar que la AVT es un espantajo en manos de la extrema derecha y a sostener que su presidente, el señor Alcaraz, es un infame manipulador.

Por cierto, no sabéis hasta que punto me toca las gónadas que esa manifestación se haya convocado precisamente el 10 de junio, uno de los días más sagrados del año. ¿O acaso no conocéis el trascendental significado del 10-J?...

Tranquilos, mañana os enteraréis.

miércoles, junio 7

Historia local de la infamia

Cuando murió Franco, yo tenía 22 años, era un joven caballerete, así que recuerdo muy bien aquel periodo, y la transición, y los primeros años de la democracia. Por ejemplo, recuerdo que en aquel entonces había en España una ultraderecha muy activa y visible, algo que no debería extrañarnos si tenemos en cuenta los cuarenta años de dictadura fascista que nos precedían. Luego vino Tejero y su intento de golpe de estado (que a mí me pilló haciendo la mili, por cierto), y todos pensamos que ése era el último coletazo de una ultraderecha herida y agónica. A partir de entonces, los “fachas” fueron difuminándose hasta convertirse en un confuso piélago de grupillos y partidos totalmente residuales. Era como si en España no existiera la extrema derecha. Lo cual siempre me desconcertó, porque resultaba ilógico.

Hasta el tejerazo, había en nuestro país cuatro grandes partidos que cubrían de forma natural todo el espectro ideológico. Una derecha “dura”, AP, un centro-derecha, UCD, un centro-izquierda, PSOE, y una izquierda “dura”, el PC. Pero el hundimiento de UCD creó una situación anómala dejando en el ruedo político a un único partido de derecha, el PP. Es decir, que los populares recibían votos de todo el espectro conservador, desde la ultraderecha de Tejero y Blas Piñar, hasta la derecha moderada de Adolfo Suárez y Calvo Sotelo. Con frecuencia se le ha atribuido a Fraga el mérito de “domesticar” a la extrema derecha y, al absorberla en su partido, conducirla al mundo democrático. Y sin duda, ese mérito fue real durante el periodo de la transición, pero a la larga ha acabado creando un monstruo.

Tras el triunfo electoral del PSOE, la figura carismática de Felipe González mantuvo a la derecha durante muchos años alejada del poder. Era evidente que Fraga, el ex ministro franquista, tenía un techo electoral insuperable, así que se quitó de en medio y, tras el breve circo de Hernández Mancha, llevó a la cúspide del partido a un individuo de la joven-vieja guardia, el filofalangista José María Aznar. Entonces no nos dimos cuenta, pero con la llegada de ese personaje la extrema derecha, discretamente disfrazada, volvía a primer plano.

Los gobiernos de Felipe González tuvieron aciertos, se desenvolvieron bien en la postransición y contribuyeron notablemente a la modernización del país. Pero también cometieron numerosos errores, entre los que se cuenta el GAL y la corrupción. Finalmente, el PSOE perdió el poder y el PP de Aznar llegó al gobierno, aunque al no contar con la mayoría suficiente se viera obligado a hablar catalán en la intimidad. Durante esa primera legislatura, la ultraderecha enseñó los dientes, pero no llegó a morder. Luego vino la segunda, la de la mayoría absoluta, y ya no hizo falta seguir llevando disfraz. Y pasó lo que pasó, la soberbia caudillesca de Aznar, la infame entrada en una guerra miserable, los hilillos de plastilina del Prestige y de Rajoy, los muertos cambiados del Yak-43, los engaños, la manipulación y el ocultamiento. Todo lo cual culminó con el atentado del 11-M y las infames mentiras a que se entregó el PP en pleno para intentar salvar unas elecciones que ya tenía perdidas.

Y desde entonces llevamos dos largos años aguantando a una ultraderecha –que es quien hoy en día tiene el poder en el PP- rabiosa que sólo sabe mentir, amenazar e insultar. Por fin, ayer, 6 del 6 del 6, el PP se lanzó por el precipicio de la infamia definitiva al negar su apoyo el gobierno en el intento de conseguir la paz en el País Vasco. ¿Qué puedo decir ante esto? ¿Debo mencionar la hipocresía que supone negarle a los demás el derecho a intentar lo que ellos mismos intentaron en la anterior tregua? ¿Hace falta calificar de canallada los sucesivos conatos de poner palos en las ruedas de ese proceso? ¿Es necesario señalar que, al basar el PP su estrategia electoral en el fracaso del proceso de paz, sus dirigentes están obligados a cifrar todas sus esperanzas en que ese proceso fracase? ¿Cabe imaginar mayor infamia?

Lo que no logro entender es que mucha gente buena, gente honesta y demócrata, siga dando su voto de derecha moderada a un partido de extrema derecha. No comprendo que personas que conozco, personas conservadoras, pero de convicciones demócratas, votantes naturales de la extinta UCD, personas que en el fondo no están de acuerdo con muchas de las cosas que hace el PP, sigan dándole su voto, apoyando así a políticos que están en política para enriquecerse, como Zaplana, a hipócritas mentirosos como Acebes, Trillo y Rajoy, a políticos sin escrúpulos que sólo saben moverse en el caldo de cultivo del engaño y la gresca. ¿Por qué esa buena gente sigue alimentando al monstruo?

Yo soy un votante de izquierda moderada. Mi voto contribuyó a que Felipe González llegara al poder. Pero, llegado un momento, me sentí éticamente incapaz de seguir votando al PSOE. No le di mi voto a la derecha, por supuesto (me daría un cólico), lo que hice fue tirarlo un par de veces votando a absurdos partidos verdes y, finalmente, optar por la abstención. Más tarde, cuando le vi las garras al patológico Aznar, y ya con la vieja guardia del PSOE fuera de circulación, volví a votar a los socialistas. Incluso hice más que votar. Pero si algún día percibiera que Zapatero deriva hacia la mentira, la manipulación y la infamia, dejaría de votarle, porque no querría ser cómplice suyo, como no quise serlo de González.

Sin embargo, los votantes de derecha moderada continúan dando su voto al PP, haga lo que haga, diga lo que diga, mienta lo que mienta, con esa obstinación ciega del hincha futbolístico que apoya a su equipo aunque no juegue ni a tabas. ¿Por qué? No lo entiendo.

Pero da igual, esto sólo es el principio; porque estoy seguro de que el futuro cercano nos proporcionará más escenas de nuestra particular historia de la infamia.

lunes, junio 5

Poema ciclista de J. M. M. opus nº 6









Éste, amigos míos, es el último soneto ciclista de mi antiguo compañero de colegio Josemari (al menos, el último que obra en mi poder). También es mi favorito.


Taller
De José María Moreno

Quizá un futuro de oxidados días;
quizá días cromados y perfectos:
ajustar cambios, ajustar afectos,
tensar radios, tensar melancolías.

Recomponer deseos y cadenas,
parchear, si revienta alguna queja,
(maillot de Bruynel, Indurain en Lieja)
cambiar zapatas, desgastadas penas...

Trabajo ante la puerta y miro el trigo;
canto de vez en cuando, ensimismado,
manchado de recuerdos y de grasa.

Venga quien venga habrá de ser amigo:
nunca dejé de estar enamorado,
jamás cerré la puerta de mi casa.


Y esto es todo. Bueno, realmente no es todo; al final del poemario hay cuatro apretadas páginas de notas del editor, un texto delicioso lleno de humor e ironía. Por desgracia, el trabajo aprieta y la labor de mecanógrafo acaba siendo pesada, así que no voy a transcribirlas. Espero que hayáis disfrutado leyendo los sonetos de mi amigo José María Moreno tanto como yo he disfrutado recordándolos.

jueves, junio 1

Sophie

Con A de azar

A veces, empiezas a leer un libro sin esperar nada en especial, porque nada sabes de él, y de pronto descubres una obra maestra. No ocurre con frecuencia, pero cuando sucede sobreviene un doble placer: el de leer un texto memorable y el del descubrimiento. Eso me ocurrió a mí con El Palacio de la Luna, de Paul Auster. A raíz de su publicación, recuerdo haberle echado un vistazo en el Babelia a una entrevista con Auster y a una crítica de la novela; también recuerdo que no presté mucha atención, porque no suelo hacer excesivo caso a los suplementos literarios. Sin embargo, semanas después, deambulando por la Casa del Libro, tropecé con El Palacio de la Luna y... me quedé prendado de su portada. Me gustó la portada, por eso lo compré, lo confieso... en fin, es un motivo vergonzoso, pero es que soy muy impulsivo comprando libros.

Poco después, pillé una gripe y tuve que pasar dos o tres días en cama. En esas circunstancias suelo leer mucho, así que acabé de una sentada el libro que estaba leyendo y me dispuse a escoger otro. Entonces, mis ojos recalaron en aquella portada y una vocecita interior me dijo: léelo. Eso hice y el impacto de aquella lectura aún resuena en mi dura cabezota. Auster lograba algo tan difícil como es explorar un nuevo territorio literario, y lo conseguía centrándose en aquello que el resto de los escritores procura eludir: el azar. Todo novelista sabe que incluir mas de dos casualidades significativas en el desarrollo de un argumento resta verosimilitud al texto. Es hacer trampa, aunque lo cierto es que, en la vida real, el azar juega un papel fundamental. Pero la realidad novelística es distinta: requiere lógica y que los acontecimientos se encadenen progresivamente. Al menos, así era hasta que llegó Auster, porque el leit motiv de la mayor parte de sus novelas es lo que el azar le hace a las personas.

Eso explica uno de los efectos que produce El Palacio de la Luna. Siendo, como es, un texto realista, parece mágico. Esto se debe, en parte, a que describe situaciones y comportamientos muy extraños, muy extremos, como el del propio protagonista, que lleva la pasividad hasta el punto de casi dejarse morir de hambre. O la historia (real) de Tesla, todo un personaje de ciencia ficción. Pero sobre todo, se debe a la suma de casualidades que, más allá de la lógica cartesiana, conforman el argumento, pues como dijo alguien: “lo más parecido a la magia que existe en este universo es el azar”. Curiosamente, así como la mayor parte de las novelas realistas de Auster tienen un regusto a fantasía, Mr. Vértigo, una novela que entra de lleno en el género fantástico, deja en el paladar un sabor básicamente realista. Extraña paradoja.

En fin, el caso es que, tras El Palacio de la Luna, he leído casi todas sus novelas: la Trilogía de Nueva York, La música del azar, Leviatán, Mr. Vértigo, El libro de las ilusiones... Todas me han gustado en mayor o menor medida (salvo Tombuctú, un sensiblero relato que Auster escribió durante la temporada en que decidió no ser Auster), pero ninguna me ha gustado tanto como El Palacio de la Luna. Ése es el único pero que puedo ponerle al autor: que nunca haya podido ir más allá de donde fue con esa novela. Pero es un “pero” injusto, porque en el fondo no es más que acusarle de haber escrito una obra maestra.

Ayer, Paul Auster fue distinguido con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006. Según el jurado, el premio le ha sido otorgado "por la renovación literaria que ha llevado a cabo al unir lo mejor de las tradiciones norteamericana y europea, innovar el relato cinematográfico e incorporar a la literatura algunas de sus aportaciones". Pues mira, por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a estar de acuerdo con un jurado literario. Paul Auster se merece sobradamente el Príncipe de Asturias, por las razones que esgrime el jurado y por otras muchas; sobre todo, porque recibir un premio es, en el fondo, una cuestión de azar.

NOTA: Para acabar esta entrada tan literaria con una de esas agudas observaciones intelectuales que me caracterizan y dan fama, señalaré que, entre los méritos de Paul Auster, figura el de tener una hija, Sophie, que está como un quesito.

martes, mayo 30

Los consejos de Fray César: reediciones

Queridísimos hermanos, hijos e hijas de Babel: hacía mucho tiempo que no proyectaba sobre vosotros la luz del conocimiento inútil, así que aquí estoy, presto a daros esos sabios consejos que apaciguarán la inquietud de vuestras almas y amainarán las tormentas que azotan las atribuladas costas de vuestras conciencias (joder, qué retórico se ha puesto el frater).

Andaba yo el otro día peregrinando por la sección de librería del Hipercor...

Interludio: Vivo pegadito a Pozuelo de Alarcón, que es el primer o segundo municipio con mayor renta per cápita de España. Es decir, la gente que vive por los alrededores es gente pudiente, gente que ha tenido acceso a estudios universitarios y múltiple información, gente con las puertas del mundo cultural abiertas de par en par. Por tanto, sería lógico suponer que la zona está llena de, por ejemplo, excelentes librerías. ¡Y una mierda! Hay poquísimas librerías, y las pocas que hay son enanas. De hecho, la del Hipercor es la mejor librería de todo el municipio. Qué poco interés por la cultura hay en este país, señor, señor...

Ritorno: Andaba yo el otro día peregrinando por la sección de librería del Hipercor, cuando vi dos reediciones que me llamaron la atención. La primera es La sanción de loo (Entrelibros 2006), de Trevanian, cuya aparición original se remonta a 1973. Se trata de una novela de espionaje... ¿Recordáis ese género, queridos hijos? El final de la Guerra Fría se lo llevó por delante y hoy casi no se escriben historias de espías, pero entre los años 50 y 80 del siglo pasado se convirtió un género extremadamente popular. Y uno de sus mejores autores fue Trevanian, seudónimo tras el que se ocultaba un misterioso escritor anglosajón cuya auténtica identidad nunca ha sido oficialmente revelada. No obstante, parece ser que tras ese nom de plume se encuentra Rodney Whitaker, un escritor nacido en 1931 en Nueva York, según unos, o en 1925 en Tokyo, según otros. Todos se muestran de acuerdo, en cualquier caso, en que murió en diciembre del año pasado.

La sanción de loo es, junto con La sanción de Eiger (que fue llevada al cine por Clint Eastwood en 1975), una de las dos novelas protagonizadas por Jonahtan Hemlock, un asesino a sueldo de los servicios secretos (la palabra “sanción” del título significa en realidad “asesinato”). De entrada os diré, queridos feligreses, que se trata de una novela muy, pero que muy divertida. Y muy siniestra. Porque una de las características de Trevanian, aparte de su estilo crudo y descarnado, es añadir a la novela de espionaje un ambiente oscuro, opresivo, casi gótico; en cierto modo próximo al género de terror. Prueba de esto es el horrible asesinato que aparece descrito al comienzo mismo de la novela, una de las muertes más desagradables que he leído jamás.

Otras obras muy recomendables de Trevanian, aparte de las dos “sanciones”, son Shibumi y la excelente novela policíaca El Main. Todas ellas, al parecer, serán publicadas por Entrelibros. NOTA: en Internet descubro que La sanción de Eiger también está reeditada por la citada editorial. Yo no la he visto en las librerías, pero como vivo en una zona de exclusión cultural... En cualquier caso, ambos títulos son muy recomendables para el verano, aunque personalmente me gustó más La sanción de loo. Es más siniestra y me recuerda a los entrañables castigos del infierno.

La segunda reedición, oh amados parroquianos, es Armas, gérmenes y acero (Debate 2006), de Jared Diamond, un ensayo que ganó merecidamente el Premio Pulitzer. En su obra, el profesor Diamond explica con precisión, abundancia de datos y claridad por qué la civilización ha florecido en determinados lugares de la Tierra y en otros no. Os doy mi sacerdotal palabra, hijos adorados, de que, pese a su abultado tamaño, se trata de un texto apasionante y sumamente revelador. Sólo os digo una cosa: debéis leerlo. No os lo recomiendo, os lo impongo. Leedlo. Porque podéis estar seguros de que vuestra concepción del mundo, de la sociedad, de las razas, de la evolución humana y del progreso cultural cambiará radicalmente. No podéis dejar de leerlo, en serio...

Y ya está, tiernos corderos de la Arcadia; estos son mis consejos de hoy. Buenas y edificantes lecturas para la temporada estival. Ahora, abandonad el templo, no sin antes depositar unas monedas en el cepillo de San Dimas.

Podéis ir en paz.

Pensamiento del día: los libros demuestran que la metempsicosis es una realidad, pues, al igual que las almas transmigran de un cuerpo a otro, los textos transmigran de edición en reedición, perpetuándose en un rosario de portadas distintas. Los libros buenos acaban eternizándose en múltiples ediciones de bolsillo –o de lujo, si han alcanzado la santidad-, mientras que los libros malos acaban en el infierno de los saldos. ¿Y dónde está el purgatorio? El purgatorio, amados cofrades, lo encontraréis en mi biblioteca particular.

jueves, mayo 25

Sobre la memoria y otras mentiras

Estoy leyendo un libro muy interesante; se llama Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores (Alianza, 2006) y su autor es el profesor holandés de Historia de la Psicología Douwe Draaisma. El texto trata sobre la memoria; mejor dicho, sobre la llamada “memoria autobiográfica”, que es la parte de la memoria donde almacenamos las vicisitudes de nuestra vida. Escrito en un lenguaje asequible para el profano –se trata de un libro de divulgación-, el profesor Draaisma plantea preguntas aparentemente muy sencillas, pero cuyas respuestas resultan extraordinariamente complejas, si es que tienen respuesta.

Por ejemplo, la llamada “amnesia infantil”. ¿Cuál es el recuerdo más antiguo que podéis evocar? En el 99’9 % de los casos, se tratará de un recuerdo correspondiente a la época en que teníais entre tres y cuatro años. De hecho, poquísima gente recuerda algún suceso anterior a los tres años de edad. ¿Por qué? A fin de cuentas, desde que nacemos –y probablemente aún antes de nacer-, nuestro cerebro va almacenando datos en el archivo de la memoria, pues en eso consiste el proceso de aprendizaje. Pero esos datos, por algún motivo, no son autobiográficos. ¿Cuál es la causa de esa amnesia que deja en la oscuridad a nuestra primera infancia? Hay muchas teorías y ninguna respuesta cierta, pero resulta revelador que nuestros primeros recuerdos correspondan a la época en que desarrollamos el lenguaje. Según el profesor Draaisma, hasta que aprendemos a hablar no adquirimos un concepto básico para el recuerdo: el del tiempo, la idea de “pasado”. La mente de un niño de un año de edad vive en un continuo presente en el que sólo existe el ahora, sin la menor conciencia de un antes y un después. Sólo cuando adquirimos el lenguaje, y descubrimos los distintos tiempos verbales, podemos ordenar la realidad según esquemas temporales, lo cual permite a nuestro cerebro el correcto almacenamiento de la “memoria autobiográfica”. Pero sólo es una teoría, claro.

Otra cuestión que trata el libro es el llamado “síndrome de Proust”. Ya sabéis, al principio de En busca del tiempo perdido, Marcel Proust cuenta cómo al mojar un bollo en te y comerlo, evoca de repente recuerdos lejanos de su infancia. Lo cierto es que eso es un fenómeno universal: los olores tienen un inmenso poder evocador. ¿He dicho “olores”? ¿Pero no era el sabor lo que disparó la memoria de Proust? Bueno, el caso es que nuestra paleta de sabores es muy restringida: sólo manejamos cuatro. Sin embargo, los olores son infinitamente más variados. Cuando comemos, lo que llamamos “sabor” es fundamentalmente “olor”; por eso, cuando estamos acatarrados y se nos tapa la nariz, la comida parece no “saber” a nada. Pero claro que sabe: dulce, salado, ácido o amargo, eso lo percibimos con o sin catarro. El resto son olores.

El caso es que los olores pueden evocarnos de forma instantánea recuerdos que teníamos perdidos. ¿Por qué? De nuevo no hay una respuesta concreta; lo cierto es que el olfato, que es un sentido “viejo”, actúa de forma algo distinta a los demás sentidos. Los bulbos olfativos, a diferencia de los otros receptores sensoriales, tienen conexiones directas con las zonas más profundas y primitivas del cerebro; en concreto, con el sistema límbico y, muy en particular, con el hipocampo, un órgano esencial para el almacenamiento de los recuerdos. Además, esas conexiones apenas se ramifican hacia el neocórtex, donde residen los centros de la inteligencia, la conciencia y el lenguaje. Por eso hay tan pocas palabras para definir los olores; si os paráis a pensarlo, nos referimos a los olores atendiendo a su procedencia, no a su naturaleza. Decimos “huele a mierda”, o “huele a humedad”, o “huele a rosas”, pero apenas disponemos de adjetivos y nombres específicos para el olor. Quizá eso se deba a que, en nuestro cerebro, la zona del lenguaje y la de los olores apenas están conectadas.

En cualquier caso, resulta evidente que los olores poseen la capacidad de despertar recuerdos dormidos. Algunos afirman que el olfato evoca precisamente los recuerdos más antiguos, aunque otros muchos investigadores no están de acuerdo. En mi caso, los olores sí que suelen hacerme viajar a tiempos muy remotos. Al oler, por ejemplo, ciertos plásticos, ciertos barnices, o a naftalina, o a madera recién cortada, o a Ozono Pino, mi mente se ve instantáneamente catapultada a la infancia. Pero ocurre algo más, algo sorprendente y extraño: no sólo evoco imágenes o sonidos, sino también, y con gran intensidad, sensaciones.

¿A qué me refiero con “sensaciones”? Es difícil de explicar. No se trata de emociones, aunque también, sino del “tono vital” que experimentaba en aquel momento. Antes, “sentía” la vida de una forma distinta a como la siento ahora. De hecho, mi forma de “sentir” la realidad ha ido variando a lo largo del tiempo y supongo que lo seguirá haciendo hasta que estire la pata. ¿Cómo son esas diferentes formas de “sentir” el mundo? Ahí está el problema: no hay palabras para describirlas. Quizá, al igual que ocurre con los olores, esa “sensación de fondo” es límbica y, por tanto, pre-lingüística. Lo cual significa que no puede compartirse. Y es una verdadera pena, porque ese sentimiento, como demuestra el síndrome de Proust, está íntimamente asociado a nuestros recuerdos autobiográficos, forma parte de nosotros, es algo muy valioso... pero no podemos expresarlo.

Creo que Marcel Proust, al escribir En busca del tiempo perdido, afrontó la titánica tarea de expresar verbalmente esos “sentimientos de fondo”. Si recordamos el comienzo de su obra, precisamente el momento en que engulle la dichosa magdalena, lo que Proust evoca no es un recuerdo en forma de imagen o sonido, sino una sensación.

“...me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas de bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba”.

Sólo mucho después, tras denodados esfuerzos, el narrador logra evocar el momento de su infancia en que probó por primera vez aquel sabor, lo que da paso a ese inmenso alarde descriptivo de toda una época. Pero, como decía antes, no creo que el propósito de Proust fuera tanto relatar su mundo como transmitir las “sensaciones” de ese mundo. De ahí su obsesión por describir minuciosamente los más pequeños detalles, pues es en esos detalles donde anidan las “impresiones” que él pretendía comunicar. Desgraciadamente, nosotros sólo podemos apreciar la carga estética de sus descripciones, pero apenas, y sólo de forma muy indirecta, su carga emocional. Proust construyó una catedral de palabras para expresar verbalmente lo que no puede expresarse verbalmente. Y, en gran medida, fracasó; aunque el suyo fue un fracaso sublime. El problema es que hay sentimientos que sólo tienen significado en nuestro interior. Fuera, no son nada.

Supongo que ése es uno de los muchos aspectos que adopta la soledad.

lunes, mayo 22

Valdeavellano de Tera

El pasado sábado participé en la I Jornada de Literatura y Cine de Ciencia Ficción que se celebró en Valdeavellano de Tera, un pequeño pueblo de Soria. El acto, coordinado por Julián Díez e impulsado por Jesús Gómez Tierno, alcalde de Valdeavellano, resultó francamente agradable. Julián dio una interesante charla acerca de la ciencia ficción española y, a continuación, hubo un debate sobre la actual vigencia del género en el que participaron Julián, Juan Miguel Aguilera, Eduardo Vaquerizo y éste vuestro seguro servidor. Luego se proyectó el Solaris de Soderbergh y enhebramos un nuevo debate que fue el preámbulo de una excelente cena a la que asistió el alcalde, nosotros y un grupo de amigos entre los que se contaba algún que otro merodeador de este blog.

Todo salió de maravilla, pero no pude evitar sentirme sorprendido en todo momento. Porque, vamos a ver, ¿qué esperaríais vosotros de un remoto pueblo soriano de 250 habitantes? Lo mismo que yo: rusticidad en estado puro. Bueno, pues nada más lejos de la realidad. El acto se celebró en Espacio Valdeavellano (http://www.espaciovaldeavellano.org/), una casa de la cultura que para sí quisieran muchos barrios de Madrid. Instalado en un antiguo cuartel de la Guardia Civil reconvertido con verdadero gusto, Espacio Valdeavellano cuenta con un amplio, moderno y bonito salón de actos, así como con varias aulas, biblioteca y servicios de Internet y videoconferencia. Por lo demás, el pueblo es una preciosidad y está situado en el corazón de un valle maravilloso que sólo es un anticipo de las bellezas naturales que se encuentran un poco más allá, en dirección a la famosa Laguna Negra. Pero lo mejor es su gente; todo el mundo fue increíblemente amable con nosotros, desde Jesús Gómez, un alcalde emprendedor y modélico, hasta el tabernero que tuvo la amabilidad de invitarnos a unas copas el sábado por la noche. Una gente fantástica, en serio.

Ah, y tienen un chorizo de quitar el hipo.

Así que no dejéis de visitar Valdeavellano de Tera (http://www.valdeavellanodetera.org/); con jornadas o sin jornadas literarias, es un lugar que vale la pena conocer.

martes, mayo 16

Paganismo literario

Hace poco, con motivo de la crítica de cierta novela de José Carlos Somoza aparecida en un blog cuyo nombre no recuerdo, un lector a quien llamaremos “Equis” escribió el siguiente comentario:

“De Somoza he leído "La caverna de las ideas". El tema me pareció muy original. Pero desde luego no se puede decir que Somoza sea ningún genio. Su escritura es facilita, muy sencilla, propia del género que trabaja. Supongo que para el pésimo nivel de lectura de este país, está bien. Pero un lector serio pedirá más”.

Ante todo, dejemos muy claro que Equis es libre de opinar lo que le venga en gana de Somoza y de sus relatos. Por otro lado, tampoco pretendo discutir si “La caverna de las ideas” es una novela buena, mala o regular. Eso, ahora, da igual. Lo que me gustaría es analizar los comentarios de Equis, porque creo que son un buen ejemplo de cierto estado de cosas. Veamos:

1. “El tema (de La caverna de las ideas) me pareció muy original”. El tema; es decir, el argumento. Bueno, algo se salva de la quema, aunque... la verdad es que no estoy de acuerdo. El argumento de esa novela, si lo resumimos, no es más que otra historia de crímenes y detectives en la antigüedad. Lo que resulta radicalmente original es el tratamiento; es decir, la forma narrativa que el autor emplea para escribir la novela. De hecho, la crítica en cuestión hacía mucho énfasis en la calidad de Somoza como narrador. Pero Equis pasa por encima de ello sin siquiera mencionarlo, aunque cabe la posibilidad de que cuando dice “tema” se esté refiriendo en realidad a “tratamiento”. No lo sé.

2. “Pero desde luego no se puede decir que Somoza sea ningún genio”. En efecto, no creo que Somoza sea un genio. ¿Debería serlo? ¿Un escritor tiene que ser genial para merecer ser leído? En tal caso, qué poquitos escritores habría y qué poco leeríamos... A un escritor podemos exigirle que sea razonablemente inteligente, pues, a fin de cuentas, leer un libro es meterse en la mente de otra persona, y entrar en la cocorota de un capullo da así como grimita, pero tampoco es cuestión de elevar nuestra exigencia hasta el nivel de la genialidad.

Esto me recuerda cierta creencia muy arraigada en el universo literario patrio: un buen escritor ha de ser un sabio. ¿Por qué? Un buen escritor ha de ser un buen narrador y/o un buen estilista y/o un buen esteta, pero ¿un sabio? Entendedme: si lo es, cojonudo, pero no creo que se trate de una condición necesaria ni suficiente para ser un buen escritor. Puede que esa entelequia de “la sabiduría del literato” provenga de la tendencia de ciertos “novelistas cultos” españoles que se han deslizado de la narrativa (contar una historia) hacia el discurso (filosofar). En efecto, si te da por filosofar, más vale que seas algo sabio, porque en caso contrario te conviertes en un plasta aquejado de incontinencia verbal. Que es lo que, por desgracia, sucede la mayor parte de las veces.

3. “Su escritura es facilita, muy sencilla...”. Esto, en su contexto, y teniendo en cuenta el diminutivo empleado, está expresado con evidente tono despectivo. De ello se desprende que una escritura –una prosa- para poseer calidad debe ser “complicadita, muy difícil”... Qué raro, ¿no? Vamos a ver; hay muchas clases de prosa, pero podemos arbitrariamente dividirlas en dos categorías: a) prosa sintácticamente barroca, y b) prosa sintácticamente sencilla. En el primer caso –cuyo paradigma es Faulkner-, el autor decide complicar la sintaxis de sus frases introduciendo en ellas multitud de subordinadas. Esto, claro, dificulta la lectura, pues exige un gran nivel de atención por parte del lector, que puede perderse al menor descuido. Pero esa complicación, tan arbitraria como cualquier otro rasgo de estilo, ¿es arte en sí misma? Es decir, ¿basta con complicar artificialmente las cosas para hacerlas más “elevadas”?

Personalmente, estoy convencido de que resulta muy difícil redactar un texto que se lea con sencillez y suavidad, que fluya sin esfuerzo, y muy fácil escribir un texto árido y farragoso. Pero hay un error muy frecuente: quienes se enfrentan a una prosa que se lee con facilidad, piensan que se ha escrito con igual facilidad. Y no es cierto; más bien, ocurre todo lo contrario. Escribir fácil es difícil.

En lo que a mí respecta, detesto el “estilo Faulkner”; y no tanto en los escritos del propio William como en los de sus numerosos imitadores. Me parece artificial, excesivo en palabrería, un constante marear la perdiz... Pero no lo desdeño; el hecho de que a mí no me guste no significa que lo considere indigno. Simplemente, prefiero otros recursos estilísticos. Sin embargo, los adictos al faulknerismo son monoteístas. La suya es la única fe verdadera y todo lo demás basura.

4. “...propia del género que trabaja”. Es decir, hay géneros mayores y géneros menores, la monserga de siempre. En este caso concreto, hay géneros que sólo pueden ofrecer una escritura “facilita” y “muy sencilla”. Como el que trabaja Somoza. Pero, vamos a ver, ¿la calidad de una obra no debería medirse por la obra en sí, con independencia del género a que pertenezca? Y ya puestos, ¿por qué hay géneros a los que resulta imposible exprimir ni una gota de calidad? Sobre todo desde un punto de vista estilístico; eso sí que se me escapa.

La respuesta es sencilla. Cuando surge una obra de género de manifiesta calidad, o bien cuando un “autor canónico” escribe una obra de género, los “talibanes culturales” dicen: “esa obra trasciende al género”. Por tanto, ya no pertenece al género a que supuestamente pertenece, sino que se convierte en “gran literatura”. Pasa a ser de su propiedad. Así pues, a los distintos géneros se les van amputando sus mejores obras y... lo que queda es lo peor, claro. Por tanto, los géneros son intrínsicamente mediocres. Cojonudo.

5. “Supongo que para el pésimo nivel de lectura de este país, está bien”. Bueno, ahora comenzamos a ver las cosas más claras. ¿A qué se refiere Equis con eso de “nivel de lectura”? ¿A que la gente lee poco? Nooooooo; se refiera a lo que lee la gente. Está hablando de los lectores, no de los no lectores. Y, según él, en eso de la lectura hay niveles. Es decir, alturas; unos lectores están por encima de otros. Qué deliciosamente aristocrático, ¿verdad? Todavía hay clases, muchacho, parece decir. Me imagino a Equis escribiendo este comentario con una ceja levantada y la nariz levemente arrugada en un rictus de suficiencia... En el fondo, como siempre, todo, incluso el arte –o particularmente el arte-, se reduce a eso: egos inflados ocultando secretos complejos de inferioridad, vanidades en efervescencia, el íntimo deseo de sentirse uno superior a los demás. Qué pena...

6. “Pero un lector serio pedirá más”. Y Equis, claro está, es un lector serio. C. Q. D. (Como Queríamos Demostrar).

En fin, amigos míos, qué penoso es todo esto. Ya, ya sé que frikis los hay en todas partes y que los “talibanes culturales” no son otra cosa que una modalidad más de frikis. El problema es que el frikismo de Equis en materia literaria, por desgracia, es el frikismo oficial de nuestro país. Y yo cada vez estoy más harto de esa situación.

¿Por qué nos callamos? ¿Por qué quienes estamos en contra del rancio academicismo de nuestra “cultura oficial” no alzamos de una vez por todas nuestra voz y combatimos el pensamiento único imperante? ¿Por qué no protagonizamos nuestro propio (anti) congreso de la lectura?

A fin de cuentas, los talibanes culturales son tristes y aburridos judeo-cristianos, mientras que nosotros somos hedonistas y paganos. Tenemos las de ganar; por la sencilla razón de que somos más divertidos y no vamos de luto.

sábado, mayo 13

Poema ciclista de J. M. M. opus nº 5









Podio
De José María Moreno

Gente bronca y alegre en la avenida.
Ha acabado la etapa y cae la noche:
farolillos, banderas, luz, derrroche
de música, de fuegos, de bebida.

Jalabert en el podio. Se remueve
la multitud, la música se aleja.
(Y yo, cansado y sucio, ante tu reja,
como un galán del siglo XIX).

Cruza, lenta, una blatta americana
encantadora (y algo ventajista:
segura de su sexy), a su agujero.

Estás preciosa y blanca en tu ventana,
pero (¡este absurdo traje de ciclista!)
no me atrevo a decirte que te quiero.

jueves, mayo 11

Querida Care...

Ayer estuve en Barcelona, dando unas charlas. De hecho, acabo de regresar, así que he encendido el ordenador, he revisado el correo electrónico y me he dado un paseo por los blogs que suelo frecuentar, entre los que se encuentra El aprendizaje de la soledad, cuya dueña y señora es Care Santos. Y he descubierto que ese lugar va a desaparecer. Hoy.

Había quedado a cenar con Care, pero no llegamos a vernos. Care me llamó ayer por la tarde al móvil y me dijo que no podíamos cenar juntos, que estaba pasando los peores días de su vida... luego, me contó lo que le sucedía. Por supuesto, no seré yo quien revele lo que le pasa; aunque al menos me gustaría aclarar –para aquellos que, aunque no la conocen, han aprendido a apreciarla- que su problema no tiene nada que ver con la salud. Care, afortunadamente, está sana como una manzana.

Pero también está hecha polvo. Por eso cierra su blog.

¿Sabéis una de las razones por las que me gusta House? Porque me identifico con el personaje; y no porque yo, como él, sea capaz de detectar el Síndrome de Sjögren en un paciente con sólo echarle un vistazo a la pelusa del ombligo de su abuela, sino porque yo, como él, tengo cierta tendencia a la misantropía. La mayor parte de la gente no me gusta. No es que odie a la raza humana –aunque motivos hay-; es que las personas suelen parecerme aburridas, o mediocres, o malas, o vanidosas, o pesadas, o... vamos, un coñazo. Así que, al igual que House, no hago el menor esfuerzo por ser simpático con las personas que no me gustan.

No obstante, también existe gente extraordinaria. Gente inteligente, o buena, o divertida, o, sencillamente, diferente. No hay muchos, así que conviene cuidarlos, porque son una especie en extinción.

Care Santos es una de esas personas. Inteligente, culta, buena persona, gran conversadora, excelente escritora, dinámica, emprendedora, comprensiva, sensible, bondadosa, leal, expansiva, con un gran sentido del humor... No es lo que habitualmente se entiende por una “tía buena”, pero a los cinco minutos de hablar con ella tienes la sensación de estar con la mujer más guapa del mundo. Posee un inmenso atractivo personal.

Me honra ser su amigo, creedme; es un lujo conocer a alguien tan cojonudo como ella. Y si alguna persona, por alguna extraña ceguera o ofuscamiento, no fuera capaz de darse cuenta de lo maravillosa que es Care, el problema sería de esa persona, no de Care. Porque ella... brilla, es una luz, un refugio, un motivo para creer que la especie humana tiene redención.

Care, tu blog solamente está equivocado en una cosa: el nombre. Tú no necesitas someterte al aprendizaje de la soledad, porque jamás estarás sola.

lunes, mayo 8

Pequeños pecados

Hace tiempo que tengo empezados –e inacabados- varios relatos (cinco cuentos y una novela corta, para ser precisos). Los voy escribiendo poquísimo a poquísimo, en las pausas entre una novela y otra, porque en realidad no tienen ningún objetivo (España no es un buen país para los cuentos y las novelas cortas), salvo el hecho de que quiero escribirlos. Uno de ellos, llamado Pequeños pecados, trata de un hombre de mediana edad que un buen día comienza a padecer insomnio; se despierta en mitad de la noche y ya no puede volver a conciliar el sueño. Para soportar las largas horas de soledad nocturna, sale a pasear por las calles de la ciudad y mientras camina, piensa; en sí mismo, en su vida, en la clase de persona que es. Una noche, mientras recorre su barrio, pasa por un lugar donde, durante su juventud, ocurrió algo, un suceso sin importancia, pero en el curso del cual él se comportó de forma ruin. Entonces, recuerda todas las veces que se ha portado mal durante su vida, todas las ocasiones en que ha sido innecesariamente mezquino, cruel y egoísta. No los grandes pecados, sino los pequeños, esas minúsculas maldades que cometemos casi sin darnos cuenta y a las que en su momento no concedemos importancia. El hombre del relato decide entonces intentar enmendar uno de sus errores –sólo uno-. Cuando lo consigue, vuelve a dormir.

Esa historia tiene una faceta autobiográfica: el pecado en cuestión. Veréis, cuando yo era un niño de ocho o nueve años, tenía un compañero de colegio cuyo hermano mayor –llamémosle M- era deficiente mental. M tenía por aquel entonces unos catorce años y era guapo, grande y fuerte, pero su mente se había varado en nuestra edad, así que solía jugar con nosotros, los más pequeños. Una mañana de verano, un grupo de chavales, armados con pistolas de plástico, jugábamos en la calle a policías y ladrones. Bang, bang, estás muerto..., ya sabéis. De pronto, M, que militaba en el bando contrario al mío, me agarró por detrás y me inmovilizó sujetándome por el cuello. Estaba jugando, claro, pero era demasiado grande, demasiado fuerte, y sin darse cuenta de lo que hacía, comenzó a asfixiarme. Yo intenté gritar, pero no pude (no tenía aire); poco a poco, fui sintiendo cómo se me escapaban las fuerzas, cómo se me iba la cabeza, hasta que, en una pura explosión de terror, eché el brazo hacia atrás y golpeé a M en el cráneo con mi pistola de juguete. Al instante, M me soltó y se echó a llorar. Yo caí al suelo, de rodillas, jadeando, aspirando aire con asustada glotonería.

Bueno, ahí acabó todo, aunque me dejó una secuela: desde entonces, los deficientes mentales comenzaron a darme miedo. Incluso ahora, después de tanto tiempo, cuando estoy en presencia de un subnormal, noto en mi interior una punzada de irracional y vergonzoso temor. Supongo que es algo así como un reflejo de Pavlov. Pero sigamos con mi historia. Cambié de colegio y perdí de vista a mi compañero y a M, su hermano. Pasó el tiempo y un buen día –yo debía de tener alrededor de 25 años- entré en un bar y pedí una caña. De pronto, alguien se acercó a mí y me saludó efusivamente. Era un hombre de treinta y tantos años, alto y grande –aunque ya menos que yo-, guapo y con la mirada de un niño pequeño. Era M. No sé cómo, después de tanto tiempo, me había reconocido y ahora estaba delante de mí, con una enorme e inocente sonrisa, feliz de verme. Me dijo que estaba bien, me contó que trabajaba en una fábrica y me invitó a tomar una caña con él.

¿Qué hice? Rechacé su invitación improvisando una excusa, apuré mi cerveza y me largué a toda prisa. Estaba incómodo, no sabía qué decirle; en el fondo, me daba miedo. Sí, supongo que sentía temor, como cuando era niño. Pero, aunque M seguía siendo un niño, yo ya no lo era. Tendría que haberme quedado con él, debería haber aceptado su invitación, tomarme esa caña y haberle invitado a otra. No me costaba nada y a él le hubiera encantado. Pero no lo hice; fui mezquino, y me arrepiento profundamente de ello.

¿Es una tontería? ¿No tiene apenas importancia? Quizá, pero ya os he dicho que estoy hablando de los pecados pequeños, no de los grandes. Os contaré otro: cuando yo tenía doce o trece años, había en mi clase un chico gordito, soso y poco ducho en habilidades sociales. Se llamaba O y era lo que en zoología denominan el “macho omega”, el último en la jerarquía del grupo, aquel que recibe las afrentas de todos, el solitario sin amigos. Yo, sencillamente, le ignoraba. Hasta que una mañana, poco antes de que comenzaran las clases, mientras charlábamos y alborotábamos, O apareció en el patio. Automáticamente, todos los chavales comenzaron a meterse con él. Le llamaban algo a coro, no recuerdo qué..., pero sí recuerdo que yo me sumé a las burlas.

Entonces, mientras O pasaba por delante de mí, con la mirada fija al frente, fingiendo no escuchar las puyas y los insultos, advertí que una lágrima le corría por la mejilla. Me callé al instante, pero el daño ya estaba hecho. Os lo juro, jamás me he sentido peor persona, jamás me he avergonzado tanto de mí mismo. Estaba haciendo daño a un infeliz por pura diversión, sin ningún motivo, sencillamente porque sí; yo, y todos los demás, estábamos convirtiendo la infancia de un pobre chaval en un infierno... Y eso no es que lo piense ahora; lo pensé entonces, a mis doce o trece años, con toda claridad y contundencia. Pero no hice nada para remediarlo, lo cual es aún peor.

¿Sabéis?, tengo tendencia a engordar. Si no me vigilo, puedo ponerme hecho un ceporro con dos de pipas. Eso me ha permitido desarrollar una curiosa habilidad: adoptar delante del espejo la postura justa para parecer más delgado. Si giro el tronco treinta grados, si echo para atrás los hombros, si alzo un poco la cabeza, entonces la perspectiva me quita seis o siete kilos de encima. Es decir, encontré un sistema para auto-engañarme incluso delante de un espejo.

Pues bien, creo que cuando pensamos en nosotros mismos, hacemos precisamente eso: adoptar un punto de vista lo más favorable posible. Limamos las asperezas, olvidamos lo que nos conviene olvidar, tergiversamos cuanto sea necesario tergiversar para formarnos la mejor imagen de nosotros. A fin de cuentas, no hemos matado a nadie, no hemos robado ni cometido tropelías. Somos gente normal. Sí, es cierto; ni siquiera en el pecado somos grandes; nos limitamos a chapotear en el egoísmo y la mezquindad. Somos pecadores de clase media-baja.

Al menos, yo lo soy.

Siempre me han maravillado quienes aseguran que, aunque pudieran hacerlo, no cambiarían nada de su vida, porque no se arrepienten de nada. Alguien que diga eso sólo puede ser un santo, un hipócrita o un idiota. Yo cambiaría miles de cosas; me cambiaría incluso a mí. Mejor dicho: me cambiaría particularmente a mí. Me gustaría ser mejor persona. Pero soy lo que soy, estoy prisionero de mí mismo. Al menos, me digo, procuraré ser un prisionero consciente.

¿Por qué he escrito este post? No lo sé... Quizá para demostrar cierto grado de honestidad, para demostrar que soy sensible y sincero, para demostrar que, por lo menos, soy capaz de aceptar mi culpa y, de este modo, merecer un ápice de redención.

Pero no os dejéis engañar. No es más otra postura delante del espejo.

viernes, mayo 5

Poema ciclista de J. M. M. opus nº 4









Fuga en solitario
De José María Moreno

Pájara, y casi al final de la carrera.
Tantos recuerdos en tal mal momento;
Clementina fumando en el convento
(¡besarla...!). Y Leni (Gruyten de soltera)

entre los brezos. Cándida Paola,
Julika Stiller-Tsechudy, con su pelo
(ayer Lance Armstrong señalando el cielo)
color de minio seco. París: sola.

Sonja, sus blancas cejas, Valentina,
un beso libertino de la flaca Adelina,
Bice Donetti, viva de sorpresa,

sus ojos a los elfos, a la lluvia...
(¡qué lejos aún la meta...!) y, si no rubia,
mademoiselle Isabelle, bella y francesa.

jueves, mayo 4

El coleccionista de frases 15

Hacía mucho que no teníamos con nosotros al Coleccionista de Frases, así que, en sintonía con el anterior post, y para celebrar que ésta es la entrada nº 100 de La fraternidad de Babel, vamos a repasar unas cuantas máximas y aforismos de uno de los mayores –y menos reconocidos- talentos literarios del siglo XX: Enrique Jardiel Poncela.


"Frecuentemente, el que admira admira para que le admiren por su admiración".

"La ilusión es el error poetizado".

"Ser cínico es volver a escribir lo que ya habíamos tachado".

"Un buen amigo os dirá siempre la verdad, salvo en el caso de que la verdad sea agradable".

"El sacrificio es un sentimiento que a todo el mundo le parece admirable... en los demás".

"El amor es el puente que va desde el onanismo al embarazo".

"La verdad se parece mucho a la falta de imaginación".

"Cuando un escritor no interesa más que a una minoría, acaba creyendo que él escribe exclusivamente, y de un modo deliberado, para minorías".

"El frecuente desdén hacia lo cómico obedece siempre a un cien por cien de incultura".

"El mundo es un presidio esférico".

"Los senos inventaron el sostén en un ataque de vanidad".

"La errata es el microbio de las imprentas".

"Todos los esquimales son socios del Círculo Polar".

"La embriaguez es el altavoz del carácter".

"El porvenir no existe, porque cuando llega a existir ya es presente".

"Hay restaurantes donde es tan frecuente dar gato por liebre que para cazar ratones tienen conejos amaestrados".

"Ser inmoral es gastar el dinero en aburrirse".

"Ser moral es aburrirse gratis".

Y, para finalizar, la frase que figura como epitafio en su tumba:

"Si queréis los mayores elogios, morios".

NOTA: entre los comentarios realizados a “Humor se escribe con hache” hay uno donde Cristian, con su habitual y estimulante psicodelia, incluye más frases de Jardiel.

martes, mayo 2

Humor se escribe con hache

“¿Alguien ha visto a un crítico de día? Por supuesto que no. Salen después de que oscurece, y no para bien”.
P. G. Wodehouse.

Los libros que, siendo muy, pero que muy niño, me hicieron adicto a la lectura, fueron Las Aventuras de Guillermo, de Richmal Crompton. En realidad, no son novelas, sino una serie de relatos que su autora, la señor Crompton, comenzó a publicar en una revista para adultos, pero que pronto se convirtieron en un éxito sin precedentes entre el público infantil. Guillermo Brown, un muchacho de unos diez años que vive en la Inglaterra de la segunda década del siglo veinte, es uno de los grandes antihéroes de la historia de la literatura. Dotado de una imaginación portentosa, y firmemente convencido de que todo adulto es un enemigo en potencia, Guillermo demuestra en cada historia que su capacidad para generar desastres supera con creces a la de cualquier tsunami, terremoto o erupción volcánica. Y, ya de paso, nos ofrece una sutilmente feroz crítica de la clase media inglesa. Aún ahora, de vez en cuando, releo alguna de sus historias y, ¿sabéis?, me sigo partiendo de risa. Porque, no sé si lo he dicho ya, Las Aventuras de Guillermo son puro humor.

Más adelante, cuando tenía trece o catorce años, tres nuevos humoristas se cruzaron en mi camino. El primero fue Enrique Jardiel Poncela. Leí su novela Amor se escribe sin hache (por aquel entonces prohibida en España) y, acto seguido, con esa obsesión tan propia de la adolescencia, me zampé sus tres novelas restantes, todos sus cuentos y artículos, y la mayor parte de sus obras de teatro. Qué inmenso talento el de Jardiel, y qué mal le trató siempre la crítica. Cometió el error de ser de derechas en el escenario de una dictadura bochornosa, y eso nunca se lo perdonó nuestra intelligentsia, siempre escorada a babor. El segundo humorista fue Wenceslao Fernández Flórez, de quien leí, también bastante obsesivamente, varias obras suyas, una detrás de otra: Fantasmas, El malvado Carabel, El toro, el torero y el gato, Las gafas del diablo, Visiones de neurastenia... Sin llegar a la genialidad de Jardiel, era un magnífico humorista que –ahí sí como Jardiel- la pifió por ponerse demasiado cara al sol. El tercer humorista de mi adolescencia fue Mark Twain. Leí, por supuesto, Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, dos obras maestras (más la segunda), pero también devoré todos sus relatos de humor, tal y como los publicó la vieja colección Austral. No os imagináis lo moderno e incisivo que sigue siendo Samuel L. Clemens.

Poco después llegó P. G. Wodehouse. Las hilarantes historias de Jeeves, la Saga de Blandings, los relatos de Psmith... casi todas sus novelas aparecieron en la colección El monigote de papel de Plaza y Janés. Aún las conservo. También leí a Miguel Mihura, y a Chesterton, y a Guareschi, y a Groucho Marx... Trampa 22 de Joseph Heller me hizo llorar de risa (y reflexionar mucho). En el mundo del fantástico encontré igualmente grandes talentos del humor, como Robert Sheckley, Fredric Brown o el menos conocido, pero muy brillante en su primera etapa, Henry Kuttner. Bill, héroe galáctico, de Harry Harrison, es una desopilante sátira antimilitar en clave de ciencia ficción; si la encontráis por alguna librería de viejo, no dejéis de comprarla; se trata de uno de los libros más desternillantes –y antimilitaristas- que se han escrito. Más tarde, vinieron Oscar Wilde, el portentoso Evelyn Waugh, Tom Sharpe, Woody Allen, Bulgakov...

Como veis, he leído mucha literatura de humor. Un huevo, sí señor. Además, mi vida (semi) profesional se inició cuando, contando diecisiete primorosas primaveras, ingresé como colaborador en la mítica revista La Codorniz, una publicación dedicada, en efecto, al humor. Pues bien, puedo aseguraros que el género más complejo, difícil y exigente, el que más agudeza, sentido del ritmo y precisión requiere, mucha más que cualquier otro, incluyendo la poesía, es el humorístico.

Y sin embargo, amadísimos cofrades, los guardianes de la ortodoxia literaria sostienen, frunciendo el ceño con severidad, que se trata de un género menor. (Recordemos el “escándalo” que supuso la concesión del premio Nobel a un humorista como Dario Fo). ¿Por qué? De entrada, supongo, porque el humor es intrínsicamente divertido -al humor aburrido se le llama mal humor-, porque es fácil de leer, porque carece de esa gravedad de luto riguroso que unos cuantos quieren aplicar siempre a la literatura. El humor y la religión no casan bien, y hay gente que se aproxima al hecho literario igual que un penitente a la divinidad: con cilicio, garbanzos en los zapatos y un fúnebre respeto. La literatura, señores, es algo muy serio, y un texto que hace reír no puede ser serio, así que desdeñémoslo...

No obstante, oh paradojas, si repasamos el canon literario occidental nos encontramos con un buen número de obras humorísticas. El Quijote, sin ir más lejos. O el Tristam Shandy de Sterne. O Cándido, de Voltaire. O las comedias de Molière. O el Elogio de la locura, de Erasmo. O el Satiricón, de Petronio. O Los cuentos de Canterbury, de Chaucer. O El Buscón, de Quevedo... La lista es larga. Así que, según parece, para valorar un texto humorístico hace falta que su autor lleve criando malvas unos cuantos siglos. No, no, no, dirán los guardianes de la ortodoxia; lo que sucede es que esos textos no son sólo humor, sino algo más.

En fin... ¿pero es que no se han dado cuenta de que el humor siempre es algo más que humor? Porque el humor no es una temática, sino un tono, un punto de vista, una forma de encarar la realidad. Cualquier tema, cualquier argumento, cualquier circunstancia humana puede contemplarse a través del prisma del humor. Y no es un ejercicio gratuito hacerlo, pues el cambio de perspectiva que genera lo humorístico nos permite acceder a facetas de la realidad que de otro modo quedaría ocultas bajo el engañoso telón de las “verdades intocables”, de lo sagrado, de lo “incuestionablemente serio” (dicho en tono fúnebre).

Personalmente, creo que el sentido del humor es quizá la más sofisticada y paradójica capacidad humana (¿por qué nos reímos?; porque sabemos que vamos a morir). Creo que el humor es un bisturí, una pluma, un cañonazo, un masaje a la inteligencia, un espejo deformante... En definitiva, como decía Jardiel, el humor es lo que brota por la chimenea del ingenio.

RAE

Pereza: f. Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados. // 2. Flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos. // 3. Estado en el que ha permanecido César M. durante el puente de mayo, descuidando así, con flojedad y negligencia, sus deberes para con este blog.

jueves, abril 27

Poema ciclista de J. M. M. opus nº 3










Jornada de descanso
De José María Moreno

Besos de soledad, besos de duende,
(¿besos de nadie?): tan emocionantes.
Besos en soledad-de-la-de-antes,
besos de niño atónito que enciende

un castillo de fuegos en su mano.
(Se abrasará). Besos de hiedra amarga,
besos de lluvia de verano, larga,
besos de viento largo de verano.

En la noche se funde una inconcreta
forma de estaño, plomo y antimonio,
inquieta, sucia, alegre como un cerdo.

Mañana, cuando corra en bicicleta
contra el reloj... (¡qué va!: contra el demonio
chuparruedas -¡tus besos!- del recuerdo).

miércoles, abril 26

Es o no es

No puedo dejar de comentar el extraordinario talento que derrocha mi amada serie House. Anoche, como todos los martes, me senté ante el ojo del cíclope y me tragué sin pestañear dos episodios. El segundo de ellos, Es o no es, era sencillamente deslumbrante, quizá la ficción televisiva más políticamente incorrecta que he visto. En menos de cincuenta minutos, el doctor House conseguía derramar toneladas de vitriólica ironía sobre A) Los negros, B) Las ONG’s y sus dirigentes, C) La mortandad en el tercer mundo. ¿Pero es que no hay nada sagrado para nuestro galeno cojo? Afortunadamente, no.

Y eso me lleva a reflexionar sobre los americanos. Qué gente más extraña, ¿verdad?, qué pueblo tan paradójico. A veces, tengo la sensación de que son dos naciones diferentes mezcladas de forma confusa. La nación más grande está formada por paletos desinformados, militares, fundamentalistas cristianos y tele predicadores. Esa nación tiene un ejercito cuyo presupuesto es superior a la suma de los gastos militares de los diez países que le siguen en el ranking. Sus habitantes son obedientes, incultos, patriotas hasta la médula, leen libros de autoayuda, son en general políticamente correctos y muy gregarios. La otra nación, más pequeña, es escéptica, crítica consigo misma, muy creativa e inquieta. Sus ciudadanos son cultos, pragmáticos, muy emprendedores y poseen una gran formación profesional y/o académica. Dos naciones; sólo así se explica que en un mismo país se produzcan series de TV tan antitéticas como, por un lado, (la a mi modo de ver profundamente estúpida) Friends y, por otro, House. Y que ambas tengan éxito. Esto mismo, por supuesto, puede aplicarse a cualquier otro producto cultural.

Y es que, sin duda, hay muchas razones para denigrar a los americanos, es cierto; pero también hay otras muchas para admirarlos.

Volvamos a House. Uno de los motivos por los que nos fascina el personaje es porque a todos nos gustaría hacer y decir las cosas que él hace y dice, pero no nos atrevemos. Manifestar la verdad con toda crudeza, expresar las auténticas opiniones sin importar el efecto que causen en los demás, ser absolutamente sincero... Eso, en nuestra cultura –y probablemente en todas las culturas- es un pecado. Como el mismo House dice: los pacientes mienten. Pero se queda corto: todos mentimos. Siempre.

Por cierto, algo que me sopló Big Brother (mi hermano) hace poco. Se trata de uno de los paralelismos entre el cáustico doctor y Sherlock Holmes:

House = casa
Ho(l)mes = hogares.

Bueno, basta ya de refocilarnos con la televisión. Sólo un último consejo: si no visteis ayer Es o no es, no os lo perdáis cuando lo repongan.

martes, abril 25

Poema ciclista de J. M. M. opus nº 2










Coche escoba
De José María Moreno

Rodar juntos (un sueño) entre trigales.
(Zülle en La Plagne: espléndido). Y el alto
cielo que nos devora, y el asfalto,
hiedra gris enredada en los pedales.

Rodar. Sentir vacía la cabeza.
Parar porque nos vence la fatiga.
(Quejas de desamor). Quieres que siga.
(Si tú lo dices: desamor, pereza).

Pero, mi amor, no has dado ni un relevo
y se está bien tendido en la cuneta.
Dices: “quiero seguir... no sé... no debo,

no puedo amarte... no lo sé... es tan raro...”
Vale: he dormido con mi bicicleta
más veces que contigo. Aquí me paro.

lunes, abril 24

La tormenta en un vaso

Ayer se inauguró oficialmente La tormenta en un vaso (http://www.latormentaenunvaso.blogspot.com/), un blog de crítica literaria que ha impulsado esa fuerza de la naturaleza llamada Care Santos. En realidad, se trata de un blog de recomendaciones literarias, pues la idea es no poner a parir ninguna obra, lo cual implica que sólo se criticarán aquellos libros que nos gusten.

Habréis notado, perspicaces lectores, que hablo en plural; esto es así porque formo parte del colectivo de casi cincuenta comentaristas que, bajo la denominación Banda Aparte, se ocuparán de recomendar libros urbi et orbi. Me apresuro, no obstante, a aseguraros que yo soy el único error en ese, por lo demás, brillante conjunto de intelectuales. Permitidme ahora reproducir las palabras de presentación que aparecieron ayer en el blog de Care (http://silencioeslodemas.blogspot.com/)

Hoy comienza una aventura largamente acariciada.
La tormenta en un vaso es una página de recomendación de buenas lecturas, realizada gracias al entusiasmo y al criterio de una cincuentena de personas, casi todos escritores, aunque también profesores y críticos. Hoy, día del libro, aterrizamos en la red con nuestra declaración de intenciones y algunos apoyos amistosos. A partir de mañana, nuestra bitácora para lectores hambrientos dará mucho que hablar.
Feliz tormenta, navegantes”.

Y ahora, antes de despedirme, una disculpa. Sé que debería incluír ahí, a la derecha, un montón de links con otros blogs y, en concreto, con La tormenta en un vaso. Al principio, no sabía cómo hacerlo, pero el bueno de Llamero me lo explicó con pristina claridad. Lo que pasa es que... me da tanta pereza y cuento con experiencias tan nefastas a la hora de trastear en programas informáticos... Pero lo haré, lo prometo. Palabrita del niño Jesús.

domingo, abril 23

San Libro

Hace poco, hablaba sobre la edición de bolsillo del Soy leyenda de Richard Matheson realizada por Booket, criticándola por sensacionalista, y citaba como prueba de ello el lema que aparecía en la cubierta: “El último hombre sobre una tierra poblada de vampiros”. Esa frase no es mentira, decía yo, pero expresada con tanta crudeza tergiversa el espíritu de la novela, haciéndola parecer lo que no es.

El caso es que hubo algunas opiniones contrarias, pues, según objetaban, las ediciones de bolsillo van dirigidas a un público más amplio, así que resulta lícito darle a esas ediciones un cierto toque “amarillo” que ayude a promocionar y vender los libros de forma lo más masiva posible.

Bueno, pues me han convencido. Así que hoy, día de San Libro, voy a hacer una pequeña contribución a la cultura ofreciendo un puñado de frases promocionales para las ediciones de bolsillo de unos cuantos libros más o menos conocidos.


“Mató a mi padre, se folla a mi madre, me ha arrebatado todo lo que era mío, incluso la cordura. Pero ahora digo ¡basta! ¡Llega el momento de la venganza!”
Hamlet, William Shakespeare

“Un extraño fenómeno sobrenatural lo ha convertido en un horrible monstruo con ojos de insecto. Ahora acecha en la oscuridad, esperándote...”
La metamorfosis, Franz Kafka

“Un día en la vida de un cornudo”
El Ulises, James Joyce

“¡Muere, moro!”
El extranjero, Albert Camus

“Un justiciero enloquecido recorre el país sembrando el caos”
El Quijote, Miguel de Cervantes

“Creían que era una simple excursión, pero la muerte acechaba en las aguas...”
El Jarama, Rafael Sánchez Ferlosio

“Sexo, incesto, celos, traiciones, amor y odio; un culebrón de pasiones desatadas en el calor del trópico”
Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

“¡Construye tu propia novela!”
Rayuela, Julio Cortazar

“Cuando los muertos se alzan de la tumba...”
Pedro Páramo, Juan Rulfo

“En la cárcel cometió dos errores: dejar caer el jabón y agacharse a recogerlo”
El beso de la mujer araña, Manuel Puig


¿Y qué me decís vosotros? ¿Se os ocurre alguna frase sensacionalista para llevar vuestro libro favorito a las masas?

viernes, abril 21

Routier

¿Cuántas personas he conocido a lo largo de mí vida? Ni puta idea; demasiadas, probablemente. ¿Y cuántos amigos he tenido? Tampoco lo sé, pero supongo que no muchos, porque nadie tiene muchos amigos (estoy hablando de amigos de verdad, claro, no de meros conocidos). Ya puestos a preguntar, ¿cuántos amigos he perdido? Pues..., la mayor parte, creo. Es curioso eso de la amistad; no sabes cuándo surge ni sabes cuándo desaparece. Durante un tiempo, mantienes una relación muy estrecha con alguien; luego, de pronto, empiezas a distanciarte sin saber por qué, sin darte cuenta siquiera de que está sucediendo, y un buen día descubres que ese gran amigo tuyo sólo es pasado. ¿Por qué sucede esto? No lo sé; por mil motivos, imagino. Las vidas toman rumbos distintos, la gente evoluciona, las circunstancias cambian...

A decir verdad, muchos de los amigos que pierdes acaban difuminándose, convertidos en reliquias emocionales perdidas en algún recoveco de la memoria. Pero otros..., otros no se van nunca, se obstinan en permanecer; dejas de verles durante décadas, pero siguen dentro de ti, de algún modo siempre presentes. Uno de mis amigos perdidos, pero no olvidados, se llama José María Moreno.

Nos conocimos en el colegio San Alberto Magno, cuando teníamos nueve años, y ya a tan corta edad Josemari era más raro que un terrier a cuadros. Tímido, menudo y de aspecto aniñado, inteligente (mucho, una de las personas más inteligentes que he conocido), culto y extravagante. ¿Un niño culto? Pues sí, más que la mayor parte de los adultos que nos rodeaban. Cuando mis lecturas habituales eran Superman y el Tiovivo, él andaba enfrascado en Tolstoi y Chéjov. Qué gran lector era –y supongo que sigue siendo- el muy hijo de puta. De hecho, Josemari me descubrió a Borges, un maravilloso regalo. En otra ocasión, allá por el año 1966 –él tendría, por tanto, doce o trece años- entramos en una librería y me señaló uno de los libros. “Ese autor es muy bueno”, dijo. El título que estaba señalando era El coronel no tiene quien le escriba, y el autor un por entonces desconocido Gabriel García Márquez. Josemari fue la primera y única persona que me habló de García Márquez antes de Cien años de soledad.

Fuimos íntimos amigos durante todo el bachillerato. Gracias a él logré aprobar en septiembre el examen de latín de tercero, pues me pasó la traducción por debajo de la puerta (era tan bueno con el latín que podía leerlo de corrido, sin diccionario, e incluso creo que llegó a hablarlo), juntos encendimos los primeros cigarros, juntos nos emborrachamos por primera vez. ¿He dicho antes que era raro? Pues no veas su familia... Su padre era... no sé, marciano; un prejubilado que siempre estaba en su casa, sentado en un sillón con un batín, tan silencioso que puedo asegurar que jamás le oí pronunciar más de dos palabras seguidas. Su madre era rara. Sus hermanos eran raros. Uno de ellos, a quien no llegué a conocer, se suicidó con barbitúricos. Mientras moría, iba escribiendo lo que se le ocurría en un cuaderno. Josemari me lo enseñó; resultaba estremecedor ver cómo la letra se iba desfigurando hasta convertirse en una sucesión de garabatos sin sentido. Su casa también era rara, toda llena de muebles viejos, cacharros de laboratorio (su padre era químico) y antigüedades, entre las que destacaban un precioso ma-hong lleno de cajoncitos y un dibujo de Goya. También tenía un poema manuscrito e inédito de Machado dedicado a un tío suyo (un tío de Josemari, no de Machado).

La verdad es que el mundo de mi amigo era extraño y fascinante, muy borgiano. Estoy seguro de que tenía un aleph en la boardilla. En fin, le apreciaba mucho, pero... después de la adolescencia, durante nuestra primera juventud, comenzamos a distanciarnos y, sin darnos cuenta, dejamos de vernos. Una pena.

Hace once años, cuando publiqué mi primer libro –El círculo de Jericó-, Josemari se puso en contacto conmigo y volvimos a encontrarnos. Estaba igual. Se había casado, tenía una hija y trabajaba en la Biblioteca Nacional (el lugar más adecuado para él, sin duda), pero apenas había cambiado. Vino a mi casa por mi cumpleaños y me regaló un volumen encuadernado con varios ejemplares de El Encapuchado, un pulp que compartíamos cuando éramos niños. Qué bonito y nostálgico regalo. Pero también me obsequió otra cosa...

¿He dicho ya que Josemari escribía muy bien? En el colegio, nuestras redacciones siempre competían por obtener la mejor nota. Yo, con el tiempo, me decanté por la narrativa. Él lo hizo por la poesía. Y eso fue lo que me regalo: un pequeño librito con seis poemas en cuya portada aparece lo siguiente: “50 sonetos ciclistas, de los que sólo se publican seis, compuestos por J. M. M. para ofrecer a los amigos, y editados por el autor, en Bulbuente, año de 1995”.

Bueno pues ése es el motivo por el que os he soltado todo este rollo: ayer encontré el pequeño poemario de Josemari y volví a leerlo. Disculpad, pues, este post tan personal, tan poco interesante para vosotros, y permitidme un pequeño desagravio: las poesías de mi viejo amigo. Hoy transcribiré una, la primera, y más adelante irán apareciendo las cinco restantes. Son unos poemas deliciosos, de verdad; pero, para disfrutar plenamente de ellos, debéis tener algo presente: mi viejo amigo Josemari siempre tuvo un gran, y con frecuencia extravagante, sentido del humor.


Routier
De José María Moreno

Viento de frente por la carretera.
(Bugno perdido por el Tour de Francia).
Cincuenta y tres/catorce, y la añoranza
de tu amor con horario de ramera.

(Pantani ha reventado ya dos puertos).
Locura de amapolas los ribazos;
calor; viento, nostalgia de mis brazos
sobre tus bellos senos descubiertos.

Mi novia nunca monta en bicicleta.
(No tengo novia en realidad; me quejo
por decir algo, por seguir rodando).

Sigo rodando y el calor aprieta;
Dejo de amarte, de añorarte, y dejo
siquiera de notar que voy cantando.

miércoles, abril 19

Fray César aconseja: no os fiéis de las apariencias


Paseaba yo el otro día por el Hipercor de Pozuelo, absorto en pías meditaciones, cuando, al pasar frente a la sección de librería, una imagen estridente hirió mis santas pupilas. Era un libro. Un libro de bolsillo publicado por Booket. La portada... bueno, seamos misericordiosos y limitémonos a tildarla de “muy llamativa”. Debajo del título y del nombre del autor había un lema: “El último hombre sobre una tierra poblada de vampiros”.

Decidme, hijos míos, ¿compraríais y leeríais un libro como ése? Por supuesto que no; sois personas cultas, sofisticadas y de gustos exquisitos que jamás consumiríais bazofia semejante. Mas debéis tener presente que, en ocasiones, las apariencias engañan, y en esta ocasión la pérfida edición de Booket engaña más que el concejal marbellí de urbanismo a Hacienda. Aunque su engaño, en este caso, consiste en decir la verdad, pues el libro trata, en efecto, del último hombre en un mundo lleno de vampiros. Lo que pasa es que es mucho más que eso. Estamos hablando, claro está, de Soy leyenda, la obra maestra de Richard Matheson.

De entrada, conviene dejar claro que Soy leyenda no es una novela de terror. Podríamos calificarla de thriller psicológico, o quizá de novela de aventuras existencialista, o, por qué no, de relato metafísico. La historia cuenta cómo, después de una plaga vampírica (sic), todos los seres humanos se vuelven nosferatus, menos uno, Robert Neville, que se atrinchera en una casa y allí permanece durante seis meses, defendiéndose de los vampiros que le acechan y acabando con el mayor número posible de ellos. Eso es todo. Pausadamente, con una eficaz frialdad narrativa, asistimos a las escaramuzas de Neville con los muertos vivientes y somos testigos de su cotidiana soledad, de sus recuerdos y de su progresivo deslizamiento hacia la enajenación. El final del relato, melancólico y contundente, da un inesperado giro a la historia que obliga a replantearnos todo lo que hemos leído.

Aparte de eso, hijos míos, y que los probos sabios del Congreso de la Lectura me perdonen, Soy leyenda es una novela apasionantemente divertida. Si la empezáis a leer, no podréis parar, os lo aseguro. Eso me sucedió a mí, cuando, en mis tiempos de seminarista, la devoré de un tirón, prolongando su lectura hasta altas horas de la madrugada, incapaz de dejar de pasar página tras página. Así que ésta es mi recomendación, queridísimos hijos: dadle una oportunidad a Soy leyenda. Aunque, si podéis, adquirid la edición de Minotauro; es mucho menos... llamativa.

Y ahora una última reflexión. La sobriedad y seriedad con que Matheson trata el tema del vampirismo, que en este caso no es más que una metáfora sobre “lo diferente”, contrasta con el tono populachero de la edición de Booket. ¿Por qué el género fantástico ha de asociarse siempre con lo más vulgar y sensacionalista? Y ya puestos a preguntar, ¿por qué la editorial Minotauro, con un pasado tan prestigioso, ha consentido que se realizase una edición de bolsillo tan lamentable?

Pensamiento del día: No es oro todo lo que reluce; pero debería agregarse que tampoco reluce todo lo que es oro.

Podéis ir en paz.

NOTA: el ridículo cuentecillo que ha colgado ahí detrás mi alter ego, ese gran pecador irredento que es César M., ocupa demasiado espacio, lo cual incomoda no poco a mi querida feligresía. Por tanto, lo dejaremos ahí dos o tres días más y a continuación, con un rezo de despedida, lo mandaremos a ese limbo electrónico que es la papelera de reciclaje. Luego, requiescat in pace...

domingo, abril 16

Lanzarote 2

Ja sóc aquí.

Hola, hola, hola, amigos míos. ¿Queréis que os cuente una cruel paradoja? Ahora que estoy de nuevo en Madrid, descubro que la anterior entrada ¡también me da envidia a mí! Cuando la escribí, Lanzarote era el futuro; ahora es el pasado. Snif, snif...

¿Qué tal todo? ¿Bien la Semana Santa? ¿Habéis disfrutado? ¿Habéis hecho penitencia? ¿Habéis comido potaje de garbanzos el viernes? Yo, qué queréis que os diga, he hecho exactamente lo que anunciaba: nada, salvo tomar la sombra, leer, comer, darme masajes y pasear por la isla. Guay.

Además, me he llevado una agradable sorpresa: Lanzarote está prácticamente igual que la última vez que lo visité, hace ya quince años. Todo un milagro, teniendo en cuenta la rapiña costera que ha asolado nuestro país. Veréis, mi padre era muy aficionado a viajar en coche (aunque no tenía ni puta idea de conducir), así que durante los años sesenta recorrí España con él, y con el resto de mi familia, de cabo a rabo, de norte a sur. Y recuerdo que la costa española era bellísima, tanto la mediterránea como la atlántica. Pero el mal acechaba; por esa misma época, los sesenta, el turismo comenzaba a convertirse en un floreciente negocio y el urbanismo depredador, capitaneado por el falangista José Antonio Girón, el León de Fuengirola, se dispuso a devorar la Costa del Sol. Luego, cayeron todo levante, las Baleares y el resto de la costa andaluza. Pero siempre nos quedaba el Norte, ¿verdad? Las vírgenes costas de Galicia, de Asturias, de Cantabria y del País Vasco... Pues no, nada de eso.

Durante los últimos veinte años, la rapiña constructora se ha cargado uno de los entornos naturales más hermosos, no de España, sino del mundo: las Rías Bajas. Id a echarle un vistazo a la costa de Pontevedra y llorad. Lo mismo ha ocurrido, o está ocurriendo, con las costas de Asturias y Cantabria; sobre todo ahora que una moderna autovía cruza el norte de un lado a otro.

A decir verdad, sólo quedan en España tres grandes tramos de costa razonablemente virgen: el Cabo de Gata, en Almería, la Costa de la Muerte, en La Coruña, y la Mariña de Lugo. Y Lanzarote, por supuesto. Mientras vivía, mi tocayo César Manrique ejerció una benigna tiranía sobre la isla, defendiéndola de la barbarie urbanística que ya se había llevado por delante a Tenerife, La Palma y Gran Canaria. Afortunadamente, tras su muerte en 1992, la política urbanística de la isla ha seguido fiel al legado de Manrique, impidiendo la construcción desaforada.

Así que Lanzarote sigue siendo la bella y fascinante isla que siempre ha sido, con sus tierras negras, rojas o amarillas, con sus costas erizadas de lava, con ese paisaje calcinado y extraterrestre en el que cada elevación del terreno es un volcán. Qué lugar tan hermoso, extraño y sosegado...

Y yo aquí, otra vez en Madrid, sentado frente al ordenador, hecho un gilipollas.

Sigh (suspiro)...

viernes, abril 7

Lanzarote


Queridos amigos/as: mañana me largo de vacaciones a Lanzarote, así que durante una semana os vais a librar de mí. No pienso hacer nada, salvo tumbarme a la sombra (odio tomar el sol), leer, bañarme, pasear y perder la mirada con indolencia en el horizonte marino. ¿A que os doy envidia? Bueno, la verdad es que pensaba dedicar este post a seguir dándoos envidia hablando de Lanzarote, de su clima privilegiado, de sus playas y paisajes, de las langostas del Atlántico, pero... Veréis, ayer encontré en el periódico algunas de las conclusiones del I Congreso Nacional de la Lectura y, la verdad, estoy un poco confundido. La primera conclusión es la siguiente: “Rechazo frontal a la lectura como puro entretenimiento”.

Rechazo frontal, qué fuerte... Es decir: si leer te entretiene, malo. (“Padre, el otro día cogí un libro y... disfruté” “Dios santo, hijo, qué terrible pecado. Si quieres obtener el perdón, lee tres veces “Saúl ante Samuel” y “Volverás a Región”)

El escritor Luis Mateo Díez opinaba: “No hay que leer porque sea diver. No hay que bajar el listón. Todos los placeres de la vida son costosos”. Es cierto; por ejemplo, irse de putas cuesta un huevo. Y los libros están a veinte eurapios como mínimo. Lo mejor del estoicismo, así como del analfabetismo, es lo barato que sale.

El crítico Manuel Rodríguez Rivero añadió: “Eso que tanto se dice de que leer es un placer, para contrarrestar el sex appeal de la pantalla del televisor, del videojuego, del chat... la lectura es algo más que un placer”. Ya, pero... si no es de entrada un placer, ¿puede llegar a ser algo más? ¿Y si es algo más ya no es un placer? ¿Lo bueno debe ser coñazo y lo divertido caca? Jo, qué putada...

Luis Landero, por su parte, comentaba: “Rechazo una sociedad infantilizada que invita a la lectura como algo meramente lúdico”. ¿La literatura un juego? ¡ANATEMA!

En fin, dilectos amigos, me siento perplejo. Yo siempre había creído que “divertido” no es lo contrario de “serio”, sino de “aburrido”. Pero estaba equivocado. Es más, teniendo en cuanta las unánimes conclusiones del Congreso de Lectura, elaboradas por un grupo de brillantes intelectuales, sin duda mucho más preparados y lúcidos que yo, he sacado mis propias conclusiones:

1. No me gusta leer. Hago algo parecido, es cierto, pero como es una actividad que me divierte, sin duda no se trata de auténtica lectura, sino de un juego infantiloide que sume mi cerebro en la oscuridad.

2. Odio la literatura. Es aburrida.

3. No soy escritor. Sí, vale, hago algo parecido a escribir; pero como me preocupa mucho que lo que hago sea divertido para el pseudolector que pseudolea mis pseudonovelas, pues eso, que lo mío no es literatura sino... joder, ni siquiera sé lo que es.

En resumen: estaba equivocado, lo reconozco. Olvidad todo lo que he dicho hasta ahora sobre literatura, novela de género, narrativa, etc., porque soy un palurdo tan ignorante que creía que si un arte no produce placer, no es arte. Ah, y pasad de Borges, porque él decía lo mismo que yo (coño, ya sé por qué no le dieron el Nobel).

Así que mil perdones. A partir de ahora, si noto que un libro me divierte, lo quemaré. ¿Sabéis si están editadas las obras completas de Benet? ¿Dónde se compran los cilicios? ¿Alguien conoce la dirección de un buen club sado-maso? Mi vida va a cambiar, os lo juro. He aprendido la lección. A partir de ahora, intentaré ser un buen intelestual. A partir de ahora, seré aburrido.

¿Os he dicho ya que me voy a Lanzarote? ¿Lo conocéis? Ya he estado un par de veces y es un lugar alucinante. Por allí anduvo sir Francis Drake, el muy pirata. En 1730, comenzó a salir lava de la tierra y así estuvo la cosa durante seis años. La isla aumentó una cuarta parte su superficie, creándose lo que hoy es el Parque Nacional de Timanfaya. Un océano de lava solidificado, ¿os lo imagináis? Es un paisaje alucinante, extraterrestre. De hecho, se han rodado allí varias películas de ciencia ficción, como por ejemplo “Enemigo mío”. Pero hay mucho más, claro: la Cueva de los Verdes, los Hervideros del Golfo, la Laguna Esmeralda, las piscinas estilo César Manrique, el marisquito, los pescados frescos, las tumbonas, el buen tiempo, no hacer nada...

¿Estáis verdes de envidia? Bien, bien; así me gusta... ;-)

Feliz Semana Santa a todos.

Ciao.

miércoles, abril 5

Viñetas del pasado

Hace poco, paseando por Crisei, el blog de Rafael Marín, descubrí que él y yo tenemos algo en común: nuestra devoción por El Hombre Enmascarado. Y eso me recordó una deuda que tenía pendiente con mi memoria. Veréis, hace unos años murieron dos grandes autores de comic: Dan Barry en 1997 y Lee Falk en 1999. En su momento, pensé en escribir un artículo acerca de ellos, pero no llegué a hacerlo. La pereza, que es muy mala. Tampoco lo voy a hacer ahora, tranquilos, pero ¿por qué no charlamos un rato sobre los tebeos de nuestra infancia?

Los primeros tebeos a los que recuerdo haberme aficionado –yo debía de tener seis o siete años- son los del Capitán Marvel. Eran unos cuadernillos apaisados (muy mal) editados por Hispano Americana de Ediciones y narraban las aventuras de Billy Batson, un joven locutor de radio que, al pronunciar la palabra Shazam, se convertía en el Capitán Marvel, un superhéroe parecido a Superman, pero con aspecto de paleto del Medio Oeste. Su creador y dibujante, C. C. Beck, le dio a la serie un tono naïf y auto irónico, casi dadaísta, que elevó la calidad del viejo Capitán Marvel muy por encima de la de sus demás colegas superheroicos. Hace tiempo, por mi cumpleaños, me regalé un buen montón de los antiguos tebeos del Capitán Marvel (los mismos que compraba de pequeño y en perfecto estado). Los encontré en Metrópolis, una tienda de comics; el precio original de cada cuadernillo era una peseta, pero a mí me costaron una pequeña fortuna; qué le vamos a hacer: la nostalgia es cara. Los he ido leyendo poco a poco y la verdad es que son muy divertidos, una obra llena de ingenuidad, surrealismo y auto parodia. Además, cada vez que los miro vuelvo a tener siete años. ¿Qué más se le puede pedir al papel impreso?

Pero los del Capitán Marvel no eran los únicos tebeos que me gustaban; también leía La Pequeña Lulú, Superman, Brick Bradford, Titanes Planetarios, Linterna Verde, Flash, Aquaman, Batman... sí, de niño me gustaban mucho los tebeos de superhéroes. (Por cierto, ¿sabéis que don Manuel Fraga Iribarne prohibió a mediados de los 60 los comics de Superman por considerar que sus poderes le asemejaban demasiado a dios? Bueno, así era y es el glorioso fundador del PP). En cuanto a los tebeos patrios, me chiflaban Pulgarcito y Tiovivo, los dos buques insignia de Bruguera. Mis autores favoritos: Ibáñez y Vázquez, dos genios del humor gráfico.

No obstante, mi comic preferido era y es Tintín, de Hergé. Y no, no voy a hablar aquí de del joven reportero belga que jamás escribió un reportaje; es un asunto demasiado serio para tomarlo a la ligera. De lo que quiero hablar es de los tebeos que publicaba la Editorial Dólar en su colección Héroes Modernos, es decir, de los personajes pertenecientes al King Features Syndicate (una de las empresas dedicadas a la distribución de tiras ilustradas en los periódicos): Flash Gordon, El Hombre Enmascarado, Mandrake, Rip Kirby, Ben Bolt, El Príncipe Valiente, Julieta Jones... Se trataba de unos cuadernos apaisados, más grandes que los del Capitán Marvel y no mucho mejor editados; se publicaban durante los 60 y yo compraba y leía casi todos, incluyendo los de Julieta Jones, que eran historietas románticas sobre dos hermanas medio bobas –aunque muy monas, eso sí-.

Pero mis favoritos eran tres. El primero, Flash Gordon; pero no el de Alex Raymond, sino el de Dan Barry. Me explicaré: Raymond fue, sin duda, uno de los mejores dibujantes de todos los tiempos, la elegancia hecha trazo, y su Flash Gordon es un prodigio estético... pero un coñazo narrativo. Los guiones, que él mismo firmaba, son tópicos calcos del swords & planets estilo Burroughs, pero más aburridos aún. Tras la muerte de Raymond, y después de pasar por diversos dibujantes –como el amanerado Mac Raboy-, Flash Gordon acabó en manos de Dan Barry, que en adelante utilizaría colaboradores tan prestigiosos como Harry Harrison para los guiones o Frank Frazetta para el dibujo. Al principio, Barry continuó con la línea argumental “arcaica” de Raymond, prolongando las aventuras casi de capa y espada en el planeta Mongo, pero poco a poco fue humanizando al personaje y, sobre todo, modernizando los guiones y adecuándolos a las corrientes de la ciencia ficción del momento. Recuerdo, por ejemplo, que Barry adaptó para su personaje uno de los relatos de las Crónicas Marcianas de Bradbury. En fin, el Flash Gordon de Barry quizá sea el primer comic moderno de ciencia ficción; al menos, fue el primero que cayó en mis manos.

Mis dos siguientes series favoritas fueron creadas por el mismo guionista: Lee Falk. Una es The Phantom, que por algún ignoto motivo en España se llamó El Hombre Enmascarado. Vamos a ver, ¿cuál fue el primer héroe que se dedicó a combatir el crimen con los calzoncillos por encima de unas mallas? ¿Superman? No; la primera entrega de Superman apareció en junio de 1938 y The Phantom vino al mundo en 1936. Él es el decano de los héroes modelo Calvin Klein. ¿De qué va la historia? En 1526, sir Christopher Standish navega rumbo al Oriente cuando su barco es asaltado y hundido por unos piratas. Salvado por la tribu de pigmeos Bandar, el noble inglés jura sobre la calavera de uno de los piratas que tanto él como sus descendientes se dedicarán en cuerpo y alma a combatir la injusticia. Para ello, nuestro justiciero se agencia un ceñido traje violeta con capucha y antifaz, y adopta el nombre de The Phantom, el Espíritu que Camina. El caso es que lucha por la justicia durante unos años, luego le sustituye su hijo, y a éste el suyo y así sucesivamente. Pero como todos visten de idéntica (y estrambótica) manera, la gente piensa que se trata de un ser inmortal. Es decir, The Phantom no es un único héroe, sino algo así como una empresa familiar dedicada a la heroicidad.

Las aventuras de The Phantom son un auténtico desparrame de imaginación y chaladura. La acción, ubicada en una selva imposible, mezcla de Asia y África, nos va desvelando poco a poco la compleja mitología del Espíritu que Camina, que incluye tronos con forma de calavera, tesoros legendarios, ciudades perdidas, marcas secretas e, incluso, una amplia panoplia de “dichos de la selva”, algo así como los “refranes del fantasma”. Su primer dibujante fue Ray Moore, pero en 1947 le sustituyó el nefasto Wilson McCoy. Tras su muerte, en 1961, le sucedió Sy Barry, hermano de Dan Barry, iniciando así la mejor etapa de The Phantom, la que yo conocí. Si queréis saber algo más acerca del personaje, os sugiero que os deis una vuelta por el blog de Rafael Marín y le echéis un vistazo a su comentario (http://crisei.blogalia.com/). Estoy de acuerdo con todo lo que dice, salvo en un aspecto: a él le caía bien el torpe de Wilson McCoy y a mí siempre me pareció detestable.

La tercera serie de comics que adoraba de pequeño es Mandrake el Mago. Fue también una creación de Lee Falk; de hecho, la primera, en 1934. Su protagonista, Mandrake (Mandrágora), es un ilusionista teatral que basa su magia en el hipnotismo. Es decir, no realiza prodigios: hace que los demás crean que los realiza. Luce un fino y recortado bigote, lleva el pelo engominado y siempre viste frac, capa y chistera. Y cuando digo siempre, es siempre; da igual que esté actuando en un teatro, o en mitad de la jungla, o atravesando el polo norte: siempre viste igual. ¿Absurdo? Hasta decir basta; y no menos absurdo es su sirviente, Lotar, un negro enorme que siempre va vestido con camiseta ceñida, pantaloncitos cortos y un ridículo fez encasquetado en su calva cocorota. Menuda pareja; te los encuentras por la calle y te dan ganas de salir corriendo para denunciarles en el frenopático más cercano.

El grafismo de Mandrake corría a cargo de Phil Davis, un dibujante muy limitado, en efecto, pero cuyo trazo, estático y vagamente irreal, resultaba curiosamente apropiado para la serie. Las tramas, por lo general extremadamente absurdas, eran meros pretextos para el lucimiento de los poderes hipnóticos del protagonista; así pues, los “momentos fuertes” consistían en los delirios oníricos que Mandrake inducía en los malos mediante pases hipnóticos. De hecho, ese onirismo dotaba a la serie de un aire tan decididamente surrealista que el mismísimo Federico Fellini se empeño en llevar el personaje a la pantalla, con Marcello Mastroianni en el papel de Mandrake, aunque, por desgracia, no llegó a conseguirlo (no obstante, existen fotos de Mastroianni vestido como el mago).

Bueno, pues ésa fue mi “Trilogía Dólar”: Flash Gordon, El Hombre Enmascarado y Mandrake el Mago. Pero durante mi infancia hubo otros muchos comics y personajes. A decir verdad, no solo aprendí a leer con los tebeos, sino que gracias a ellos llegué a la literatura... y a otra clase de tebeos. ¿Cuáles fueron vuestros comics de la infancia? ¿Compartís alguna de mis debilidades? ¿Alguna vez soñasteis con los héroes de papel? Contad, contad...