Esta mañana he preparado gazpacho. Porque, no sé si lo sabéis, soy un cocinero bastante aceptable. Lo de la cocina, en mi caso, no se trata de ese típico capricho masculino que consiste en aprender a preparar dos o tres platos dejando la cocina hecha unos zorros. No, qué va; lo mío fue necesidad. Veréis, mi madre murió cuando yo tenía 17 años y mi padre la siguió dos años después, así que con 19 primaveras me vi huérfano y viviendo con mi hermano Eduardo, que a sus 29 años acababa de separarse y se hallaba inmerso en una galopante carrera hacia el alcoholismo. Sólo vivimos juntos un par de años, pero creo que durante ese tiempo conseguimos batir algún record mundial de vida desordenada.Cuando comenzamos nuestra convivencia, mi hermano –que a fin de cuentas era mayor que yo, estableció un reparto de tareas por el cual a mí me tocaba hacer las camas y a él cocinar. El problema radicaba en que cocinar, para Eduardo, era sinónimo de abrir latas y descongelar, de modo que al cabo de unos meses le dije que mejor nos ocupábamos cada uno de lo nuestro, porque estaba hasta las pelotas de la fabada Litoral y del pescado Findus. Decisión que me planteó un nuevo problema: yo tampoco sabía cocinar. Así que decidí aprender. En casa, heredado de mis padres, había un libro de cocina llamado precisamente Libro de Cocina de la Sección Femenina... sí, sí, la Sección Femenina del Movimiento Nacional. Sin lugar a dudas, se trata del mejor libro que conozco para aprender a cocinar (muy superior en ese sentido al de Simone Ortega). Es elemental, minucioso y claro; perfecto para el aprendizaje. Además, las recetas –todas de cocina tradicional y casera- están francamente bien. De hecho, tras la dictadura, el libro se ha reeditado varias veces, aunque ya sin citar a la “Sección Femenina”. Bueno, el caso es que aprendí a cocinar con ese libro, lo cual le plantea a un izquierdista como yo el terrible conflicto de deberle aunque sólo sea un ápice de agradecimiento a Pilar Primo de Rivera. Cielo santo...
En fin, desde entonces hasta ahora he cocinado muchos platos, pero hubo dos en los que desde el principio busqué la perfección: el cocido madrileño y el gazpacho. Si os portáis bien, cuando llegue el invierno os daré mi receta del cocido; pero ahora, como estamos en verano y habéis sido unos angelitos, os hablaré de mi gazpacho.
El gazpacho es básicamente tomate; por tanto, el tomate debe ser muy bueno. Si usáis el soso tomate que venden normalmente en las fruterías, el gazpacho saldrá insípido. Lo mejor es usar la modalidad raf (aunque es muy cara), pero desgraciadamente la temporada del raf apenas coincide con la del gazpacho. Así pues, os recomiendo que uséis el tomate pera canario o la variedad en rama. Y, sobre todo, la variedad kumato, un delicioso tomate pequeño y oscuro que, además, es de lo más exótico, pues proviene de las Islas Galápagos (sabe a Darwin). Como el gazpacho es una cuestión de proporciones, éstas son las que considero más afortunadas:
Tomate kumato: kilo y medio
Pepinos: dos
Pimiento verde: uno
Cebolleta: dos
Dientes de ajo: dos
Pan duro: media baguette
Aceite de oliva virgen: medio vaso
Vinagre de Modena: chorrito al gusto
Comino molido: una cucharadita colmada
Sal y pimienta
Todo ello se mezcla con agua (medio litro más o menos) y se tritura bien triturado. Si usáis una batidora muy potente, como la de la Thermomix por ejemplo, no hará falta pelar los tomates, que siempre es un coñazo (pero pasadlo todo dos veces). No olvidéis servirlo muy frío.
Todavía no lo sabéis, pero os acabo de regalar el mejor gazpacho del mundo, lo cual me aproxima en santidad a Francisco de Asís y a la madre Teresa. Por otro lado, la cocina, junto con la literatura, son las únicas artes que, al regalarse a los demás, pasan a formar parte de la esencia del obsequiado. Si hacéis mi gazpacho y os lo tomáis, seréis en parte mi gazpacho.
Es decir: sencillamente perfectos.




















