sábado, julio 8

Rituales de verano: el gazpacho

Esta mañana he preparado gazpacho. Porque, no sé si lo sabéis, soy un cocinero bastante aceptable. Lo de la cocina, en mi caso, no se trata de ese típico capricho masculino que consiste en aprender a preparar dos o tres platos dejando la cocina hecha unos zorros. No, qué va; lo mío fue necesidad. Veréis, mi madre murió cuando yo tenía 17 años y mi padre la siguió dos años después, así que con 19 primaveras me vi huérfano y viviendo con mi hermano Eduardo, que a sus 29 años acababa de separarse y se hallaba inmerso en una galopante carrera hacia el alcoholismo. Sólo vivimos juntos un par de años, pero creo que durante ese tiempo conseguimos batir algún record mundial de vida desordenada.

Cuando comenzamos nuestra convivencia, mi hermano –que a fin de cuentas era mayor que yo, estableció un reparto de tareas por el cual a mí me tocaba hacer las camas y a él cocinar. El problema radicaba en que cocinar, para Eduardo, era sinónimo de abrir latas y descongelar, de modo que al cabo de unos meses le dije que mejor nos ocupábamos cada uno de lo nuestro, porque estaba hasta las pelotas de la fabada Litoral y del pescado Findus. Decisión que me planteó un nuevo problema: yo tampoco sabía cocinar. Así que decidí aprender. En casa, heredado de mis padres, había un libro de cocina llamado precisamente Libro de Cocina de la Sección Femenina... sí, sí, la Sección Femenina del Movimiento Nacional. Sin lugar a dudas, se trata del mejor libro que conozco para aprender a cocinar (muy superior en ese sentido al de Simone Ortega). Es elemental, minucioso y claro; perfecto para el aprendizaje. Además, las recetas –todas de cocina tradicional y casera- están francamente bien. De hecho, tras la dictadura, el libro se ha reeditado varias veces, aunque ya sin citar a la “Sección Femenina”. Bueno, el caso es que aprendí a cocinar con ese libro, lo cual le plantea a un izquierdista como yo el terrible conflicto de deberle aunque sólo sea un ápice de agradecimiento a Pilar Primo de Rivera. Cielo santo...

En fin, desde entonces hasta ahora he cocinado muchos platos, pero hubo dos en los que desde el principio busqué la perfección: el cocido madrileño y el gazpacho. Si os portáis bien, cuando llegue el invierno os daré mi receta del cocido; pero ahora, como estamos en verano y habéis sido unos angelitos, os hablaré de mi gazpacho.

El gazpacho es básicamente tomate; por tanto, el tomate debe ser muy bueno. Si usáis el soso tomate que venden normalmente en las fruterías, el gazpacho saldrá insípido. Lo mejor es usar la modalidad raf (aunque es muy cara), pero desgraciadamente la temporada del raf apenas coincide con la del gazpacho. Así pues, os recomiendo que uséis el tomate pera canario o la variedad en rama. Y, sobre todo, la variedad kumato, un delicioso tomate pequeño y oscuro que, además, es de lo más exótico, pues proviene de las Islas Galápagos (sabe a Darwin). Como el gazpacho es una cuestión de proporciones, éstas son las que considero más afortunadas:

Tomate kumato: kilo y medio
Pepinos: dos
Pimiento verde: uno
Cebolleta: dos
Dientes de ajo: dos
Pan duro: media baguette
Aceite de oliva virgen: medio vaso
Vinagre de Modena: chorrito al gusto
Comino molido: una cucharadita colmada
Sal y pimienta

Todo ello se mezcla con agua (medio litro más o menos) y se tritura bien triturado. Si usáis una batidora muy potente, como la de la Thermomix por ejemplo, no hará falta pelar los tomates, que siempre es un coñazo (pero pasadlo todo dos veces). No olvidéis servirlo muy frío.

Todavía no lo sabéis, pero os acabo de regalar el mejor gazpacho del mundo, lo cual me aproxima en santidad a Francisco de Asís y a la madre Teresa. Por otro lado, la cocina, junto con la literatura, son las únicas artes que, al regalarse a los demás, pasan a formar parte de la esencia del obsequiado. Si hacéis mi gazpacho y os lo tomáis, seréis en parte mi gazpacho.

Es decir: sencillamente perfectos.

viernes, julio 7

Ja soc aqui

Esta semana he estado en Elda, Alicante, participando junto a Elia Barceló y Fernando Marías en un taller de literatura. He ahí la causa de mi silencio. Pero ya he vuelto, amigos míos; el ruido ha regresado. ¿Que qué tal por Elda?... Pues muy bien; Elia es un encanto y Fernando Marías, a quien no conocía, ha resultado ser un tipo fenomenal y muy divertido. ¿Os lo podéis imaginar? Tres escritores juntos y el nivel de ego no alcanzó en ningún momento la zona roja. Estoy por llamar al Guinness.

jueves, junio 29

Los consejos de Fray César: El sueño de hierro

Inmersos como estamos en plena época estival, heme aquí otra vez, queridos hermanos, dispuesto a recomendaros aquellas obras literarias que puedan aliviaros de los rigores caniculares. Hoy vamos a hablar de una de las novelas más extrañas y excéntricas que jamás se han escrito. Me refiero a El sueño de hierro, de Norman Spinrad, que acaba de aparecer reeditada en la colección Albemuth Internacional de la editorial Grupo AJEC (su primera edición en español corresponde a Minotauro).

El escritor Norman Spinrad, nacido en Nueva York en 1940, es uno de los más significativos representantes del movimiento literario llamado New Thing, que revolucionó la ciencia ficción anglosajona allá por los años sesenta y setenta y del que hoy, para desgracia de todos, ya no quedan ni las cenizas. En 1972, Spinrad publicó El sueño de hierro, que fue candidata a los más importantes galardones del género y que ganó el Premio Apollo en 1974. El sueño de hierro es una ucronía –una versión alternativa del pasado- que describe un mundo en el que la Unión Soviética ha invadido Alemania, el Reino Unido y gran parte de Europa. En este contexto, Adolfo Hitler, después de participar en la Gran Guerra, emigra en 1919 a Nueva York, donde se convierte en un modesto escritor de ciencia ficción, autor de numerosas novelas de serie B. Su obra más celebrada, escrita en 1953, un año antes de su muerte, fue El señor de la Esvástica.

Pues bien, amadísimos hermanos y aún más amadas hermanas, la mayor parte de El sueño de hierro es precisamente El señor de la Esvástica, la última novela de ciencia ficción escrita por Adolfo Hitler. ¿Y de qué va El señor de la Esvástica? Pues de un futuro post-nuclear en el que la Tierra está dominada por hordas de malignos mutantes, a quienes se enfrentan, capitaneados por el cuasi superhombre Feric Jaggar, los últimos representantes “puros” de la especie humana. Permitidme que os transcriba el texto de contraportada:

"Dejen que Adolf Hitler los transporte a la Tierra del futuro lejano, donde solamente FERIC JAGGAR y su poderosa arma, el Cetro de Acero, se alzan entre los restos de la auténtica humanidad y las hordas de mutantes descerebrados a quienes los perversos Dominantes controlan por completo. Fans de todo el mundo admiten que El Señor de la Esvástica es la más vívida y popular de las obras de ciencia ficción de Adolf Hitler; en 1954 recibió justamente el premio Hugo a la mejor novela del género. Agotada durante mucho tiempo, ahora puede obtenerla por fin en esta nueva edición, con un comentario de Homer Whipple, de la Universidad de Nueva York. Compruebe personalmente por qué tantos lectores han acudido a las páginas de esta novela, como un rayo de esperanza en tiempos tan sombríos y terribles como los nuestros".

A decir verdad, El señor de la Esvástica es un delirio racista y totalitario que ofende tanto a la inteligencia como a la sensibilidad. Pero, claro, contemplado en su contexto, el relato adquiere una perspectiva diametralmente opuesta, pues en realidad se trata de una irónica reducción al absurdo que pone de relieve la profunda puerilidad y estupidez que yace en el seno ideológico del nazismo.

El problema de la novela radica, paradójicamente, en el éxito del autor a la hora de conseguir sus fines. Al escribir El señor de la Esvástica, Spinrad se propuso redactar un texto que fuera absolutamente idéntico a las novelas pulp de la primera mitad del siglo XX, con sus innumerables defectos y sus muy escasas virtudes. Así pues, cuando leemos El señor de la Esvástica nos encontramos con un texto infumable plagado de tonterías y lugares comunes. Es decir, leemos una novela francamente mala que, además, es una fascistada. Pero, y ahí está la gracia, el juego metaliterario que Spinrad propone nos obliga a hacer una constante relectura del texto, de tal forma que lo importante no es el relato que estamos leyendo, sino la feroz ironía que subyace tras la narración. En ese sentido, El sueño de hierro es una pequeña obra maestra.

Aún así, este humilde frater reconoce que El sueño de hierro puede ser una lectura demasiado pesada y especiada para paladares poco habituados a los platos exóticos, así pues, amada feligresía, os propondré otra obra del mismo autor, quizá su mejor novela: Incordie a Jack Barron. Ambientada en un futuro tan cercano que podría ser presente, Incordie a Jack Barron es una lúcida crítica al poder financiero y al poder de los medios de comunicación. Y también es una novela apasionante que, una vez comenzada, resulta imposible abandonar. La leí hace tiempo y no sé qué tal ha envejecido, pero con que sea la mitad de buena que yo recuerdo bastaría para recomendárosla. La podréis encontrar en la colección Solaris (La Factoría de Ideas, 2004).

Y aquí pongo punto final a mi homilía de hoy, corderillos míos.

Podéis ir en paz.

Pensamiento del día: el problema no es que Hitler fuera malo; el problema es que era un gilipollas. Lo cual dice muy poco a favor del género humano y mucho acerca del poder de la estupidez.

miércoles, junio 28

Tal vez soñar...

"Esta selección sí que ilusiona". "España es favorita, junto con Brasil, para ganar el mundial". "Cita para marcar una época". "¡A por ellos!"...

¡Ja!

Frase del día: "¡Por Pólux, amigos míos! Me habéis matado, me habéis perdido, al arrancarme lo que constituía mi placer, al quitarme por la fuerza este gratísimo error de mi espíritu" (Horacio, Epístolas)

lunes, junio 26

Civilización

Creemos estar instalados en la civilización, pero no es cierto; la civilización no es una meta, sino un camino, y nosotros sólo hemos recorrido un tramo más bien pequeño. Cuando digo “nosotros”, me apresuro a aclarar, no estoy hablando sólo de los españoles, sino de la humanidad en general. La mayor parte de las personas carecen, no ya de los derechos básicos, sino de la mera posibilidad de subsistir con un mínimo de dignidad. Al mismo tiempo, las naciones desarrolladas mantienen sociedades injustas en las que los ciudadanos no tienen, de facto, los mismos derechos ni las mismas oportunidades (EEUU cuenta, por ejemplo, con más de treinta millones de pobres, toda una nación tercermundista dentro del imperio).

Hace unos años, le pregunté a mi amigo Patricio Guzmán –cineasta chileno y gran viajero- cuáles eran en su opinión los lugares más civilizados del planeta. Me contestó que algunas zonas de California y los países nórdicos. Yo añadiría un lugar más: Holanda. Pieter, otro amigo mío –holandés afincado en Madrid-, suele quejarse de lo extraordinariamente elevados que son los impuestos en su país, pero al mismo tiempo me cuenta orgulloso cómo esos impuestos revierten en la calidad de vida de la gente. ¿Habéis visto algún niño o anciano mendigando por las calles de España? Seguro que sí; pues bien, eso sería simplemente imposible en Holanda, pues el estado se ocupa de que ningún niño o anciano esté desvalido. Eso es civilización.

Este fin de semana lo he pasado en Amsterdam, una ciudad preciosa, alegre y desinhibida. Está claro que tres días no son tiempo suficiente para conocer una sociedad, así que no puedo emitir un juicio general, pero si puedo hacerlo en un aspecto concreto: las drogas. Como sabéis, en Holanda está permitida la venta de drogas blandas, aunque con ciertas restricciones: sólo pueden venderse en determinados locales, los famosos coffe shops, y sólo puede comprarse un máximo de cinco gramos por persona. Tampoco es legal fumar cannabis en lugares públicos –como la calle-, pero la gente lo hace.

Si hiciéramos caso a las bienpensantes mentes conservadoras, Amsterdam debería ser un lugar lleno de drogadictos, delincuentes y violencia, pero nada más lejos de la realidad. Amsterdam es una ciudad tranquila donde no hay más delitos que en cualquier otro lugar de Europa. Los aficionados al cáñamo van a los coffe shops, eligen la variedad de marihuana o hash que más les guste –hay mucho donde elegir-, y se fuman tranquilamente sus porritos sin molestar a nadie. Como en esos locales no se vende alcohol, todo resulta de lo más plácido. Cero violencia, cero malos rollos. Pero la cosa va más lejos; en otros coffe shops se puede encontrar todo tipo de artilugios destinados al cultivo y consumo de la marihuana, así como un amplio surtido de hongos alucinógenos. Y más aún: el domingo estuve dando una vuelta por el mercado de flores de la calle Singel, y allí, entre tulipanes y atrapamoscas de venus, se vendían toda suerte de semillas de cannabis. Según la teoría de los bienpensantes, la ciudad debería estar llena de colgados, pero de nuevo no es así. Os prometo que pueden verse más drogatas hechos polvo en tres minutos de paseo por el barrio de Malasaña que en todo un fin de semana en Amsterdam. Y es que el cutrerio de la droga no procede de la droga en sí, sino del hecho de ser ilegal. El simple consumidor, esa persona que sólo quiere colocarse un poco con maría en vez de con alcohol, se ve obligado a contactar con el submundo de la delincuencia para conseguir una sustancia que, en todo caso, le hará daño a él, pero a nadie más.

Por otro lado, ilegalizar las drogas es posible, pero no lo es, como bien se ha demostrado, retirarlas de circulación. En España –un país donde la venta de drogas es ilegal- existen aproximadamente medio millón de consumidores habituales de cannabis. Es decir, medio millón de personas obligadas a delinquir por culpa de una ley absurda e ineficaz, medio millón de personas financiando a las mafias del narcotráfico, medio millón de personas que consumen productos adulterados, porque nadie garantiza la pureza de la sustancia a la que son aficionados. Entre tanto, las sociedades bienpensantes se dedican a invertir millones de euros en luchar –de forma absolutamente infructuosa- contra el narcotráfico, cuando la cosa sería infinitamente más sencilla. ¿Quieres acabar de un plumazo con las mafias de la droga? Pues legaliza la droga y se acabó el problema.

Pero da igual; los prejuicios son mucho más poderosos que el sentido común. ¿Cual es la droga que más muertes –directas o indirecta- causa en nuestro país? Con grandísima diferencia, el alcohol, nuestra droga legal. Entonces, ¿por qué no la prohibimos? Ah, ya, porque se intentó en EEUU y el asunto fue un desastre. Eso lo acepta todo el mundo, ¿verdad? La Ley Seca fue catastrófica. Entonces, ¿por qué no aprendemos de la experiencia y le damos al resto de las drogas el mismo estatus legal que al alcohol?

Porque eso sería demasiado civilizado, claro. En fin, cómo me gustaría a veces ser holandés...

jueves, junio 22

Secretos de verano

En el país de ayer apareció un artículo llamado El escritor secreto. En él, Tomás Eloy Martínez habla de esos escritores que amamos, pero que no están bien vistos. Dice el articulista: “Todos los lectores tienen un escritor secreto al que regresan cada vez que quieren ser ellos mismos. Se le llama secreto porque a veces es un autor inconfesable, que está fuera de todos los cánones del prestigio y al mismo tiempo es capaz de producir uno de esos placeres inmensos y excluyentes que no se pueden compartir con nadie”. El escritor secreto de Eloy Martínez es Julio Verne y, según confiesa, cuando era joven se apartó de él por culpa de la opinión adversa que Borges sostenía acerca del autor francés, aunque luego, vencidos los prejuicios, se reencontró felizmente con el padre del Nautilus.

Yo no tengo un escritor secreto: tengo muchos. Está Cliford D. Simak, un narrador sencillo y honesto que logra muchas veces conmoverme. O Bernard Cornwell, en cada una de cuyas nuevas novelas espero encontrar –eso sí, en vano- el inmenso placer que me produjeron sus Crónicas del Señor de la Guerra. O Dennis Lehane, creador de la excelente Mystic River. O Lawrence Block, con sus paradójicas historias del asesino a sueldo Keller (Hit Man)... A decir verdad, creo que la mayor parte de los escritores que me gustan son secretos. Y entre ellos se cuenta, cómo no, monsieur Jules Verne, con quien me pasó exactamente lo mismo que le ocurrió a Tomás Eloy Martínez: Borges me hizo dudar de él cuando dijo: “Wells fue un admirable narrador (...) Verne, un jornalero laborioso y risueño. Verne escribió para adolescentes. Wells, para todas las edades del hombre”. Yo era, por aquel entonces, un jovencito impresionable totalmente impresionado por los relatos de Borges, así que si el maestro decía que Verne caca, pues Verne caca. Luego, afortunadamente, se me pasó el papanatismo (al menos, ese papanatismo) y pude disfrutar de nuevo de la magia verniana.

Si tuviera que elegir –lo que no deja de ser una tontería- las tres mejores novelas de aventuras de los últimos doscientos años, escogería sin duda La isla del tesoro, de Stevenson, El mundo perdido, de Conan Doyle, y Viaje al centro de la Tierra, de Verne. Y no muy lejos le andarían 20.000 leguas de viaje submarino y La isla misteriosa. O Los hijos del capitán Grant, o La vuelta al mundo en 80 días, o Miguel Strogoff...

Desciende al cráter del Yocul de Sneffels que la sombra del Scartaris acaricia antes de las calendas de julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la Tierra, como he llegado yo. Arne Saknussemm”.

¿Cómo un párrafo tan breve puede contener tanta magia, aventura, misterio y exotismo? Leerlo es cruzar un portal que conduce a otro mundo, es adentrarse en un sueño, es recuperar la capacidad de asombro. Verne contempló nuestro planeta y pensó “que lugar más extraño, sorprendente y maravilloso”; luego, lo describió con los ojos deslumbrados de un niño atónito ante los prodigios que ve a su alrededor. Verne, y ésa quizá sea su mayor virtud, consigue que contemplemos el mundo como si lo viéramos por primera vez. Pero Verne es sólo un ejemplo que nos sirve para llegar a una conclusión. Citemos de nuevo las palabras de Tomás Eloy Martínez:

La literatura no es un carrera de obstáculos o un catálogo de récords sino, por fortuna, una ceremonia de placer íntimo, de secreto encuentro con uno mismo. Millones de lectores disfrutan con Dostoievski, con Victor Hugo, con las hermanas Brontë. Yo no me niego a esas navegaciones, pero soy más feliz con el modesto Verne.
La lectura, creo, no tiene por qué ser diferente de la felicidad
”.

No podría estar más de acuerdo. Y esto nos conduce de nuevo a ese reciente Congreso de la Lectura que tuvo lugar en Cáceres y cuyas conclusiones ofrecían una visión masoquista de la literatura, convirtiéndola en un pesado deber, en una carrera de obstáculos, en un catálogo de récords. Por aquel entonces, escribí una entrada criticando el puñetero congreso y, de algún modo, propuse la creación de un congreso alternativo que reivindicase la lectura como placer. Posteriormente, algunos visitantes, entre ellos –y sobre todo- mi querida Anónima de las 9:59, insistieron en impulsar ese anti-congreso y hacerlo realidad. En un principio, lo reconozco, la idea me sedujo, pero luego, con el tiempo, he acabado pensando que no vale la pena. Sería darles demasiada importancia a los adalides de la literatura masoca, cuando en realidad no la tienen. ¿Quién les hace caso? ¿Quién les escucha siquiera? Su mundo es pequeño y polvoriento, triste y aburrido; a muy poca gente le interesa entrar en él. Por mí, que se lo queden. Entre tanto, voces que preconizan otras formas de concebir la literatura –como la de Tomás Eloy Martínez, por ejemplo- se van haciendo oír más y más. Ya somos muchos los que reivindicamos la literatura como placer y, a fin de cuentas, nuestros argumentos son infinitamente más seductores. Disfrute Vs. Tedio... ¿alguien duda de la elección?

Por lo demás... bueno, ya hemos entrado en el verano; se aproximan las vacaciones y estoy empezando a elegir los libros que me llevaré a Galicia, maravilloso lugar adonde me abro este año (a Vivero, por si queréis más datos). Ya tengo claro que uno de esos libros será Perfil asesino, de John Connolly. ¿Habéis leído Todo lo que muere, su primera novela? Es excelente. También me llevaré El museo del Perro, de Jonathan Carroll, y Todo cuanto amé, de Siri Hustvedt. Y, quién sabe, a lo mejor meto en el equipaje alguna novela del viejo Verne.

¿Y vosotros? ¿Ya habéis escogido las lecturas para el verano? Espero, en cualquier caso, que la mayor parte de ellas sean obras de escritores secretos.

martes, junio 20

Solsticio de verano

Este humilde blog ya lleva existiendo medio año sideral. Comenzó poco antes del solsticio de invierno y ahora llega el de verano. Durante este tiempo, el sol ha desplazado su perpendicularidad del trópico de Capricornio al de Cáncer. Los antiguos griegos, llamaban “puertas” a los solsticios; el de invierno era la “puerta de los dioses” y el de verano la “puerta de los hombres”; durante la noche del solsticio de verano, celebraban ceremonias en honor de Apolo encendiendo grandes hogueras. Pero la celebración de los solsticios es muy anterior a la cultura griega. De hecho, comenzó en el neolítico, cuando los hombres se pusieron a mirar al cielo para calcular el tiempo y las estaciones; prueba de ello es que la avenida central de Stonehenge está orientada en la dirección del solsticio.

Para los celtas, el solsticio marca el centro exacto del verano, que va de Beltane a Lugnasadh. Durante el festival celta de Beltane, se encendían hogueras en honor a Belenos, dios del sol, con el objeto de emular su poder y revivificarle, pues el sol, que renace en invierno, alcanza su máximo esplendor en el verano y, a partir del solsticio, comienza a morir (los días se acortan). Según la mitología pagana, en este tiempo el Rey Acebo, representación de la senectud, revive y expulsa al Rey Roble, símbolo de la juventud.

El cristianismo, siguiendo su costumbre, suplantó las festividades primigenias del solsticio sobreponiendo a ellas una propia: la de San Juan, que, cómo no, se celebra encendiendo hogueras dedicadas al sol. En este sentido, es oportuno señalar algo: las dos fiestas paganas más importantes eran los solsticios. El cristianismo eligió para reemplazarlas a quienes sin duda debían de ser sus figuras más importantes: Jesús en el invierno y Juan el Bautista para el verano. Esto prueba que San Juan debió de ser mucho más importante para el cristianismo primitivo de lo que es ahora. De hecho, se trata, en mi opinión, de la figura más misteriosa de los evangelios, pues el bautismo de Cristo, más allá de la argumentación “ortodoxa”, sólo puede ser interpretado como el ingreso de Jesús en la secta de Juan. En este sentido, existe una antigua comunidad, los mandeos, cuya doctrina sostiene que el auténtico mesías fue Juan. Y yo mismo visité en Chiapas (México) un pueblo indígena, San Juan Chamula, en cuya iglesia se rendía culto a San Juan, pero no a Cristo.

El solsticio de verano está, desde hace milenios, relacionado con lo sobrenatural. Las viejas leyendas hablan de portales que, en esta época, se abren y comunican nuestro mundo cotidiano con el mundo feérico. Es tiempo de brujas y duendes, de prodigios y encantamientos; así pues, permitidme que os de una cuantas recomendaciones para llevar bien el solsticio.

* Si la noche de San Juan ves florecer la hierbabuena, serás afortunado (siempre que lo mantengas en secreto).
* Si la noche anterior a San Juan plantas una hortensia y pides un deseo, te será concedido.
* Para tener buena cosecha hay que tirar un cabo de vela la noche de San Juan.
* Si quieres aprender a tocar la guitarra, deberás pasar la noche de San Juan bajo una higuera.
* Si la noche de San Juan, cuando se encienden las hogueras, sostienes una vela encendida en la mano y miras a un espejo, verás la cara de la persona con la que te vas a casar.
* Si durante la mañana de San Juan te contemplas en el río y te ves con dos cabezas, morirás pronto.
* A los doce de la noche de San Juan, si echas al aire dos alfileres y caen juntos es que te vas a casar.
* Podrás ver tu propio entierro si, en la noche de San Juan, con el cuerpo desnudo y con cuatro velas encendidos, te miras por encima del hombro ante un espejo.

Como soy un caballero, me apresuro a añadir que las chicas que pongan en práctica este último consejo pueden llamarme para que les sostenga el espejo. Y nada más, amigos míos, salvo recordaros que, según el Calendario Zaragozano, el momento del solsticio tendrá lugar mañana a las doce y veintiséis, hora solar, catorce y veintiséis hora local.

Feliz solsticio y feliz verano.

viernes, junio 16

Sueños

Hace tiempo, leí una curiosa justificación de la literatura fantástica. La teoría, más o menos, decía que la literatura realista no refleja toda nuestra vida, sino sólo dos tercios de ella, porque el tercio restante lo pasamos durmiendo, soñando. Y los sueños son un mundo distinto al cotidiano, un mundo donde la lógica habitual no es aplicable, un mundo, por tanto, cuyo reflejo literario sería el género fantástico. En fin, no estoy muy seguro de ese razonamiento, porque creo que la literatura fantástica puede extenderse en direcciones muy diversas y abarcar muchos más objetivos que el mero onirismo. No obstante, también estoy convencido de que los sueños son muy importantes, tanto en la vida como en el arte.

De entrada, dejemos claro que nadie tiene ni pajolera idea de por qué soñamos ni de qué significan los sueños. Hay mil teorías, sí, pero ninguna certeza, salvo que si suprimimos los sueños, el equilibrio mental se derrumba. En este sentido, la clásica teoría freudiana resulta sugestiva: lo sueños como mensajes en clave del subconsciente. El único libro de Freud que (casi) he leído es La interpretación de los sueños –base, como sabéis, del psicoanálisis-. Desde un punto de vista científico, me pareció una soberana tontería, precisamente porque las interpretaciones que propone son arbitrarias, infundadas y simplistas. Sin embargo, el psicoanálisis resulta fascinante si lo contemplamos a través del prisma de la literatura: el subconsciente como una selva fantasmagórica donde acechan los deseos reprimidos y los monstruos del Id, los sueños como jeroglíficos que hay que descifrar y el psicoanalista como una especie de detective de la mente. Es un juego literario, un patrón narrativo que ha generado obras tan estimulantes como muchas películas de Hitchcock –Recuerda, Psicosis o Marnie la ladrona, por ejemplo- o novelas como Asylum de Patrick MacGrath, Tigre, tigre de Alfred Bester o Historia soñada de Arthur Schnitzler.

Pero más allá –o más acá- de Freud, ¿qué peso tienen los sueños en nuestra vida? A bote pronto, uno diría que poco, pero probablemente son más importantes de lo que pensamos, aunque no sé muy bien por qué. A veces, los sueños son un obsequio inestimable, pues nos permiten hacer posible lo imposible. Hace unos años soñé con mi padre. Tenía la misma apariencia que a principios de los setenta, poco antes de fallecer. Yo sabía que había muerto, así que al verlo ante mí me quedé paralizado y mudo, incapaz de reaccionar. Entonces, él sonrió con un deje de tristeza, extendió los brazos y me rodeó con ellos. Sentí su olor; percibí con toda claridad el aroma a Old Spice, la loción de afeitar que siempre usaba, y noté el tacto de sus brazos y el calor de su cuerpo. Era absolutamente real. Me desperté llorando y durante un buen rato no pude parar de hacerlo, embargado por una mezcla de melancolía y júbilo. Sólo era un sueño, pero, de algún modo, se me había concedido el regalo de permitirme estar de nuevo con mi padre después de tres décadas de ausencia.

Los sueños también pueden ser pavorosos, y eso resulta sorprendente. ¿No os parece rarísimo que poseamos un mecanismo interno destinado a aterrorizarnos sin ningún motivo aparente? Es como si nuestro subconsciente tuviera un ramalazo sadomaso. Luego están los sueños absurdos, historias tontas que olvidamos nada más despertar. Y los sueños eróticos, tan cachondos ellos. Y los sueños hiperrealistas, copias fotográficas de nuestra vida diurna...

Pero hay una clase de sueños que me intriga particularmente; me refiero a esos sueños que, sin ninguna razón especial, se te quedan grabados en la mente. Por ejemplo, cuando yo era un adolescente soñé que iba recorriendo un camino de alta montaña, rodeado por cumbres peladas, sin nieve ni vegetación. De pronto, al doblar un recodo del camino, divisé a lo lejos, en la cima de un risco, las ruinas de una antigua ciudadela inca abandonada. Eso es todo, no pasó nada más (o, al menos, yo no lo recuerdo), pero aquella imagen poseía tal fuerza, estaba tan cargada de emociones primarias, que nunca he dejado de rememorarla. Fue un regalo, sí; pero uno de esos regalos bonitos e inútiles a los que no sabemos muy bien qué uso dar. A decir verdad, esa imagen era tan obsesiva que la incluí en mi última novela, La piedra inca; de hecho, creo que construí todo el relato únicamente para poder describir la escena en que mi protagonista cruza los Andes y se encuentra con una vieja ciudadela inca abandonada. Y escribirlo fue como quitarme un peso de encima, os lo juro. Por fin había encontrado algo que hacer con la puta ciudadela de los cojones.

Ahora bien, ¿por qué esa imagen me obsesionaba?...

Debo confesaros que tengo mi propia teoría respecto a los sueños. Veréis, nuestra mente consciente, racional, tiende a funcionar paso a paso. “A” conduce a “B”, a “B” le sigue “C” y así sucesivamente. Es lo que se llama “pensamiento lineal”. Sin embargo, esta forma de pensar es muy limitada y, sobre todo, no lo explica todo. Por ejemplo, no es posible jugar bien al ajedrez mediante el simple uso del pensamiento lineal, porque el número de movimientos alternativos es tan abrumadoramente grande que resultaría imposible analizar ni una ínfima parte de ellos. Cuando un ajedrecista juega, sigue una forma de pensar distinta, da saltos enormes, desarrolla pautas y esquemas que están más allá de la lógica cartesiana. A eso se le llama “pensamiento lateral”, que supuestamente es la base de la creatividad y el talento artístico.

Ahora bien, ¿cómo funciona ese pensamiento lateral? ¿Cuál es el mecanismo que lo pone en marcha? Creo que una parte de nuestra mente se dedica a relacionar constantemente cosas e ideas entre sí. Coge “A”, lo coloca al lado de “B” y crea una estructura que relaciona ambos elementos. Luego, pone a prueba esa estructura sometiéndola al juicio de otras zonas del cerebro. La mayor parte de las relaciones son absurdas y quedan eliminadas, pero otras, una minoría, funcionan y pasan a niveles superiores de consciencia. Esas relaciones, por supuesto, no se efectúan al azar –la tarea sería infinita-, sino siguiendo determinados patrones, que pueden ser numéricos, de semejanza física, de significado, simbólicos, emocionales, etc. Más o menos, la cosa funcionaría así: yo intento realizar una labor creativa (construir un argumento, hacer un anuncio, pintar un cuadro, lo que sea); mi mente consciente estudia todos los elementos del problema y se pone a trabajar paso a paso, lentamente, como un caracol. Pero mientras hace esto, le da caña al subconsciente, que, siguiendo los patrones que obtiene a partir de los elementos del problema, se pone relacionar cosas como loco, a dar saltos de un lado a otro. Cuando encuentra una estructura mínimamente sólida, la rebota hacia el neocórtex y, zas, nosotros tenemos la sensación de que una idea ha surgido en nuestra cabeza de la nada. La mayor parte de esas ideas son tonterías, pero alguna que otra, de vez en cuando, funciona. Eso es el acto creativo.

¿Y esto qué tiene que ver con los sueños? Como he dicho, nuestro consciente es jodidamente lento. Va paso a paso, se arrastra; de hecho, es una rémora para nuestro subconsciente, un condenado estorbo, porque estamos obligando a nuestra mente a pensar de dos formas distintas a la vez. Sin embargo, cuando dormimos desconectamos el consciente y dejamos campo libre al Gran Relacionador, que por fin puede emplear toda la energía del cerebro en crear y comprobar nuevas estructuras. Y eso serían los sueños: el campo de pruebas virtual de nuestra creatividad. En fin, no sé si esto es cierto, pero suena bien.

O puede que todo sea más sencillo y, como dijo alguien, soñamos para no aburrirnos mientras dormimos.

lunes, junio 12

Políticos

Durante la última semana he leído, en éste y en otros blogs, varios comentarios de gente desilusionada con la política, gente que sostiene que todos los políticos son iguales, unos corruptos o, cuando menos, unos ambiciosos preocupados tan sólo por pillar poder e influencia. Reconozco que ante esto me asalta un ramalazo dualista; por un lado, comprendo esa postura y, al mismo tiempo, me extraña. Intentaré explicarme, pero antes me gustaría mostrar mis credenciales. Hasta hace cuatro o cinco años, jamás había participado activamente en política; pero, mediada la segunda legislatura de Aznar, creí necesario hacer algo más que votar. Dado que, además de escritor, soy publicitario, decidí poner mis conocimientos sobre imagen y comunicación al servicio de la principal fuerza de izquierda y luego, durante algo más de medio año, al servicio del gobierno de Zapatero. No he militado, ni milito, ni militaré en ningún partido, pero sé cómo es el PSOE por dentro y he conocido a numerosos políticos, entre ellos al propio Zapatero o a María Teresa Fernández de la Vega, la vicepresidenta. Aparte de este contacto directo con el mundo político (centrado, como se ve, en la izquierda), tengo varios amigos, también publicitarios, vinculados profesionalmente al PP, así que algo sé también de la derecha.

¿Son todos los políticos iguales? Pues, salvo en dos rasgos que luego comentaré, no, ni mucho menos. En todos los partidos hay políticos honestos y políticos corruptos, los hay inteligentes y los hay tontos del culo, unos son radicales y otros moderados, algunos inocentes como corderillos, mientras que otros son peligrosos cual pirañas en un bidé... vamos, que hay de todo, como en todas partes. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que el mundillo de la política (la “baja política”) no sea un asco. Lo es, en efecto; es mediocre, ruin, aburrido, personalista, traicionero, miserable y una larga serie de epítetos de similar catadura. Pero...

Pero el mundo de la empresa también lo es. Igual que las congregaciones religiosas, los clubes de rotarios, las ONG’s, los cuerpos de bomberos o de policía, las asociaciones de damnificados de lo que sea, el fandom, las comunidades de vecinos o el servicio de correos. Cualquier grupo humano estructurado para un fin, sea éste cual sea, es mediocre, ruin, aburrido, personalista, traicionero, miserable y una larga serie de epítetos de similar catadura, por la sencilla razón de que los seres humanos somos así. Imperfectos. Mucho.

Sin embargo, a los políticos les exigimos una actitud angelical (en gran medida, porque ellos mismos insisten en presentarse de esa manera), pero no son ángeles, sino seres humanos y, por tanto, imperfectos. Por otro lado, como decía antes, todos los políticos comparten dos rasgos: son ambiciosos y son partidistas. No hay ningún político, por minúsculo que sea el papel que desempeñe, que no aspire en el fondo a ser presidente de gobierno; y si no puede ser, ministro, secretario de estado, subsecretario o, en el peor de los casos, puto asesor, pero algo, lo que sea, aunque se trate de la más ínfima migaja del pastel del poder. Son ambiciosos, sí; pero ni más ni menos que tantos y tantos hombres y mujeres de empresa que son capaces de hacer cualquier cosa por remontar un peldaño en la escala jerárquica. En cuanto al partidismo..., bueno, yo creo que cuando alguien se integra en la estructura de un partido político consiente que le extirpen un 20 % del cerebro y un 50 % de la ética personal. Llegado un punto, el militante activo se ve obligado a mentir, mirar para otro lado o justificar lo injustificable. Todo, por el bien del partido, por la causa, por la bandera. Triste, muy triste.

Por otra parte, hace tiempo que no se ven, no ya en España, sino en el mundo, políticos de talla, auténticos estadistas. Las filas de los partidos se nutren de profesionales de segunda, porque la empresa privada paga mejor. E ideológicamente, ¿qué decir? El siglo XX se forjó con las ideas del XIX, y el XXI se está forjando sin ninguna idea. Así pues, parece que los desencantados, aquellos que renuncian a votar, los que sostienen que todos los políticos son igual de funestos, tienen razón, ¿no es cierto?

Pues no, no lo es. Resulta imposible renunciar a la política, porque por mucho que corras, la política acaba alcanzándote. Vivimos rodeados de política; está en tu trabajo, en el colegio de tus hijos, en tus impuestos, en los programas de TV, en las noticias, en tu grupo de amigos, en el metro, en el aire que respiras, en todas partes. Negarse a votar y abjurar de la política y los políticos no es retirarse dignamente de la carrera, sino hacer lo que el avestruz y esconder la cabeza en un agujero. Porque esa misma actitud, la abstención, la desilusión, es un acto político que, lo quieras o no, favorece a una opción u otra.

No deja de ser un poco ingenua esa actitud de contemplar la política, arrugar la nariz y decir “cielo santo, como hiere esta peste mi sensible pituitaria; me largo de aquí”. Pero, ¿adónde te largas que no huela mal? La materia de trabajo de la política somos las personas, y ése es el problema, porque las personas, muchas veces, nos comportamos de forma egoísta y miserable, y si es en grupo, más. Pero personas hay en todas partes. Y en este sistema nuestro, tanto laboral como socialmente, se prima lo peor de nuestra naturaleza: la ambición, la competitividad, el egoísmo, el éxito a cualquier precio. ¿Y sólo nos quejamos de la política? Por favor, la mierda está homogéneamente repartida por el noventa por ciento de las facetas de nuestra vida.

No, no hay que fiarse de la naturaleza humana; por eso, precisamente, es necesaria la política: para crear un sistema que nos defienda de nosotros mismos. El sistema que ahora tenemos, aunque mucho mejor que el que teníamos hace, por ejemplo, cincuenta años, todavía es muy deficiente. Por eso creo que vale la pena luchar, aunque sólo sea un poquito, por mejorarlo, igual que tantos hombres y mujeres lucharon en el pasado para que ahora nosotros podamos vivir un poco mejor. Si se hubiesen abstenido, si se hubiesen desencantado pasivamente, ¿dónde estaríamos ahora? Aunque, por supuesto, practicar la abstención y el desencanto es una opción totalmente válida. Pero, sin duda, una opción política.

sábado, junio 10

Todos los segundos hieren; el último mata



Por caprichos del destino, hoy es el cumpleaños de éste vuestro seguro servidor, César M., así como el de ese frater pecador que atiende al nombre de Fray César de Baskerville. Tanto él como yo aceptamos regalos, cheques y dinero en efectivo.

¿Que cuántos años cumplimos?... Sencillo: la raíz cuadrada de 2.809

viernes, junio 9

Víctimas

Mañana sábado se celebrará en Madrid una manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Sus lemas son: “Negociación, en mi nombre no” y “Queremos saber la verdad”. El segundo lema se refiere, claro está, al 11-M y encaja, qué curioso, con la conocida teoría auto exculpatoria del PP que sostiene la participación de ETA en el atentado, una teoría que, por cierto, carece de la menor prueba. Pero ya se sabe que la verdad es un engorro para los infames, y también se sabe que la AVT no es más que un títere controlado por el PP.

El primer lema, “Negociación, en mi nombre no”, merece sin embargo unos instantes de reflexión. ¿Qué significa? ¿Que un grupo de ciudadanos se manifiesta para pedirle al gobierno que no negocie con ETA el final del terrorismo? Muy bien, tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Pero... ¿esos ciudadanos son especiales por algún motivo? Es decir, ¿su opinión tiene más peso que la de los demás? Hay que escuchar la voz de las víctimas, se dice; su concurso es fundamental en el proceso, pues son ellos quienes más han padecido la lacra del terrorismo y, por tanto, sus criterios cuentan con mayor peso específico.

Reconozco que no acabo de entender esa lógica. Vamos a ver, las víctimas de los accidentes de tráfico (mucho más numerosas que las del terrorismo, por cierto) ¿deberían intervenir de forma decisiva en la elaboración del Código de Circulación? Evidentemente, no, porque nada tiene que ver una cosa con otra. El que una persona haya sufrido una desgracia no significa que sus derechos civiles se amplíen. Las víctimas del terrorismo deben ser ayudas y consoladas, pero su voz tiene exactamente el mismo peso que la mía o que la de cualquier hijo de vecino. No tienen más razón por haber sufrido, ni más derechos, ni siquiera más peso moral. Ser víctima es una tragedia, no un mérito.

En cualquier caso, claro está, tienen todo el derecho a manifestarse y hacer oír su voz, igual que yo tengo derecho a opinar que la AVT es un espantajo en manos de la extrema derecha y a sostener que su presidente, el señor Alcaraz, es un infame manipulador.

Por cierto, no sabéis hasta que punto me toca las gónadas que esa manifestación se haya convocado precisamente el 10 de junio, uno de los días más sagrados del año. ¿O acaso no conocéis el trascendental significado del 10-J?...

Tranquilos, mañana os enteraréis.

miércoles, junio 7

Historia local de la infamia

Cuando murió Franco, yo tenía 22 años, era un joven caballerete, así que recuerdo muy bien aquel periodo, y la transición, y los primeros años de la democracia. Por ejemplo, recuerdo que en aquel entonces había en España una ultraderecha muy activa y visible, algo que no debería extrañarnos si tenemos en cuenta los cuarenta años de dictadura fascista que nos precedían. Luego vino Tejero y su intento de golpe de estado (que a mí me pilló haciendo la mili, por cierto), y todos pensamos que ése era el último coletazo de una ultraderecha herida y agónica. A partir de entonces, los “fachas” fueron difuminándose hasta convertirse en un confuso piélago de grupillos y partidos totalmente residuales. Era como si en España no existiera la extrema derecha. Lo cual siempre me desconcertó, porque resultaba ilógico.

Hasta el tejerazo, había en nuestro país cuatro grandes partidos que cubrían de forma natural todo el espectro ideológico. Una derecha “dura”, AP, un centro-derecha, UCD, un centro-izquierda, PSOE, y una izquierda “dura”, el PC. Pero el hundimiento de UCD creó una situación anómala dejando en el ruedo político a un único partido de derecha, el PP. Es decir, que los populares recibían votos de todo el espectro conservador, desde la ultraderecha de Tejero y Blas Piñar, hasta la derecha moderada de Adolfo Suárez y Calvo Sotelo. Con frecuencia se le ha atribuido a Fraga el mérito de “domesticar” a la extrema derecha y, al absorberla en su partido, conducirla al mundo democrático. Y sin duda, ese mérito fue real durante el periodo de la transición, pero a la larga ha acabado creando un monstruo.

Tras el triunfo electoral del PSOE, la figura carismática de Felipe González mantuvo a la derecha durante muchos años alejada del poder. Era evidente que Fraga, el ex ministro franquista, tenía un techo electoral insuperable, así que se quitó de en medio y, tras el breve circo de Hernández Mancha, llevó a la cúspide del partido a un individuo de la joven-vieja guardia, el filofalangista José María Aznar. Entonces no nos dimos cuenta, pero con la llegada de ese personaje la extrema derecha, discretamente disfrazada, volvía a primer plano.

Los gobiernos de Felipe González tuvieron aciertos, se desenvolvieron bien en la postransición y contribuyeron notablemente a la modernización del país. Pero también cometieron numerosos errores, entre los que se cuenta el GAL y la corrupción. Finalmente, el PSOE perdió el poder y el PP de Aznar llegó al gobierno, aunque al no contar con la mayoría suficiente se viera obligado a hablar catalán en la intimidad. Durante esa primera legislatura, la ultraderecha enseñó los dientes, pero no llegó a morder. Luego vino la segunda, la de la mayoría absoluta, y ya no hizo falta seguir llevando disfraz. Y pasó lo que pasó, la soberbia caudillesca de Aznar, la infame entrada en una guerra miserable, los hilillos de plastilina del Prestige y de Rajoy, los muertos cambiados del Yak-43, los engaños, la manipulación y el ocultamiento. Todo lo cual culminó con el atentado del 11-M y las infames mentiras a que se entregó el PP en pleno para intentar salvar unas elecciones que ya tenía perdidas.

Y desde entonces llevamos dos largos años aguantando a una ultraderecha –que es quien hoy en día tiene el poder en el PP- rabiosa que sólo sabe mentir, amenazar e insultar. Por fin, ayer, 6 del 6 del 6, el PP se lanzó por el precipicio de la infamia definitiva al negar su apoyo el gobierno en el intento de conseguir la paz en el País Vasco. ¿Qué puedo decir ante esto? ¿Debo mencionar la hipocresía que supone negarle a los demás el derecho a intentar lo que ellos mismos intentaron en la anterior tregua? ¿Hace falta calificar de canallada los sucesivos conatos de poner palos en las ruedas de ese proceso? ¿Es necesario señalar que, al basar el PP su estrategia electoral en el fracaso del proceso de paz, sus dirigentes están obligados a cifrar todas sus esperanzas en que ese proceso fracase? ¿Cabe imaginar mayor infamia?

Lo que no logro entender es que mucha gente buena, gente honesta y demócrata, siga dando su voto de derecha moderada a un partido de extrema derecha. No comprendo que personas que conozco, personas conservadoras, pero de convicciones demócratas, votantes naturales de la extinta UCD, personas que en el fondo no están de acuerdo con muchas de las cosas que hace el PP, sigan dándole su voto, apoyando así a políticos que están en política para enriquecerse, como Zaplana, a hipócritas mentirosos como Acebes, Trillo y Rajoy, a políticos sin escrúpulos que sólo saben moverse en el caldo de cultivo del engaño y la gresca. ¿Por qué esa buena gente sigue alimentando al monstruo?

Yo soy un votante de izquierda moderada. Mi voto contribuyó a que Felipe González llegara al poder. Pero, llegado un momento, me sentí éticamente incapaz de seguir votando al PSOE. No le di mi voto a la derecha, por supuesto (me daría un cólico), lo que hice fue tirarlo un par de veces votando a absurdos partidos verdes y, finalmente, optar por la abstención. Más tarde, cuando le vi las garras al patológico Aznar, y ya con la vieja guardia del PSOE fuera de circulación, volví a votar a los socialistas. Incluso hice más que votar. Pero si algún día percibiera que Zapatero deriva hacia la mentira, la manipulación y la infamia, dejaría de votarle, porque no querría ser cómplice suyo, como no quise serlo de González.

Sin embargo, los votantes de derecha moderada continúan dando su voto al PP, haga lo que haga, diga lo que diga, mienta lo que mienta, con esa obstinación ciega del hincha futbolístico que apoya a su equipo aunque no juegue ni a tabas. ¿Por qué? No lo entiendo.

Pero da igual, esto sólo es el principio; porque estoy seguro de que el futuro cercano nos proporcionará más escenas de nuestra particular historia de la infamia.

lunes, junio 5

Poema ciclista de J. M. M. opus nº 6









Éste, amigos míos, es el último soneto ciclista de mi antiguo compañero de colegio Josemari (al menos, el último que obra en mi poder). También es mi favorito.


Taller
De José María Moreno

Quizá un futuro de oxidados días;
quizá días cromados y perfectos:
ajustar cambios, ajustar afectos,
tensar radios, tensar melancolías.

Recomponer deseos y cadenas,
parchear, si revienta alguna queja,
(maillot de Bruynel, Indurain en Lieja)
cambiar zapatas, desgastadas penas...

Trabajo ante la puerta y miro el trigo;
canto de vez en cuando, ensimismado,
manchado de recuerdos y de grasa.

Venga quien venga habrá de ser amigo:
nunca dejé de estar enamorado,
jamás cerré la puerta de mi casa.


Y esto es todo. Bueno, realmente no es todo; al final del poemario hay cuatro apretadas páginas de notas del editor, un texto delicioso lleno de humor e ironía. Por desgracia, el trabajo aprieta y la labor de mecanógrafo acaba siendo pesada, así que no voy a transcribirlas. Espero que hayáis disfrutado leyendo los sonetos de mi amigo José María Moreno tanto como yo he disfrutado recordándolos.

jueves, junio 1

Sophie

Con A de azar

A veces, empiezas a leer un libro sin esperar nada en especial, porque nada sabes de él, y de pronto descubres una obra maestra. No ocurre con frecuencia, pero cuando sucede sobreviene un doble placer: el de leer un texto memorable y el del descubrimiento. Eso me ocurrió a mí con El Palacio de la Luna, de Paul Auster. A raíz de su publicación, recuerdo haberle echado un vistazo en el Babelia a una entrevista con Auster y a una crítica de la novela; también recuerdo que no presté mucha atención, porque no suelo hacer excesivo caso a los suplementos literarios. Sin embargo, semanas después, deambulando por la Casa del Libro, tropecé con El Palacio de la Luna y... me quedé prendado de su portada. Me gustó la portada, por eso lo compré, lo confieso... en fin, es un motivo vergonzoso, pero es que soy muy impulsivo comprando libros.

Poco después, pillé una gripe y tuve que pasar dos o tres días en cama. En esas circunstancias suelo leer mucho, así que acabé de una sentada el libro que estaba leyendo y me dispuse a escoger otro. Entonces, mis ojos recalaron en aquella portada y una vocecita interior me dijo: léelo. Eso hice y el impacto de aquella lectura aún resuena en mi dura cabezota. Auster lograba algo tan difícil como es explorar un nuevo territorio literario, y lo conseguía centrándose en aquello que el resto de los escritores procura eludir: el azar. Todo novelista sabe que incluir mas de dos casualidades significativas en el desarrollo de un argumento resta verosimilitud al texto. Es hacer trampa, aunque lo cierto es que, en la vida real, el azar juega un papel fundamental. Pero la realidad novelística es distinta: requiere lógica y que los acontecimientos se encadenen progresivamente. Al menos, así era hasta que llegó Auster, porque el leit motiv de la mayor parte de sus novelas es lo que el azar le hace a las personas.

Eso explica uno de los efectos que produce El Palacio de la Luna. Siendo, como es, un texto realista, parece mágico. Esto se debe, en parte, a que describe situaciones y comportamientos muy extraños, muy extremos, como el del propio protagonista, que lleva la pasividad hasta el punto de casi dejarse morir de hambre. O la historia (real) de Tesla, todo un personaje de ciencia ficción. Pero sobre todo, se debe a la suma de casualidades que, más allá de la lógica cartesiana, conforman el argumento, pues como dijo alguien: “lo más parecido a la magia que existe en este universo es el azar”. Curiosamente, así como la mayor parte de las novelas realistas de Auster tienen un regusto a fantasía, Mr. Vértigo, una novela que entra de lleno en el género fantástico, deja en el paladar un sabor básicamente realista. Extraña paradoja.

En fin, el caso es que, tras El Palacio de la Luna, he leído casi todas sus novelas: la Trilogía de Nueva York, La música del azar, Leviatán, Mr. Vértigo, El libro de las ilusiones... Todas me han gustado en mayor o menor medida (salvo Tombuctú, un sensiblero relato que Auster escribió durante la temporada en que decidió no ser Auster), pero ninguna me ha gustado tanto como El Palacio de la Luna. Ése es el único pero que puedo ponerle al autor: que nunca haya podido ir más allá de donde fue con esa novela. Pero es un “pero” injusto, porque en el fondo no es más que acusarle de haber escrito una obra maestra.

Ayer, Paul Auster fue distinguido con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006. Según el jurado, el premio le ha sido otorgado "por la renovación literaria que ha llevado a cabo al unir lo mejor de las tradiciones norteamericana y europea, innovar el relato cinematográfico e incorporar a la literatura algunas de sus aportaciones". Pues mira, por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a estar de acuerdo con un jurado literario. Paul Auster se merece sobradamente el Príncipe de Asturias, por las razones que esgrime el jurado y por otras muchas; sobre todo, porque recibir un premio es, en el fondo, una cuestión de azar.

NOTA: Para acabar esta entrada tan literaria con una de esas agudas observaciones intelectuales que me caracterizan y dan fama, señalaré que, entre los méritos de Paul Auster, figura el de tener una hija, Sophie, que está como un quesito.

martes, mayo 30

Los consejos de Fray César: reediciones

Queridísimos hermanos, hijos e hijas de Babel: hacía mucho tiempo que no proyectaba sobre vosotros la luz del conocimiento inútil, así que aquí estoy, presto a daros esos sabios consejos que apaciguarán la inquietud de vuestras almas y amainarán las tormentas que azotan las atribuladas costas de vuestras conciencias (joder, qué retórico se ha puesto el frater).

Andaba yo el otro día peregrinando por la sección de librería del Hipercor...

Interludio: Vivo pegadito a Pozuelo de Alarcón, que es el primer o segundo municipio con mayor renta per cápita de España. Es decir, la gente que vive por los alrededores es gente pudiente, gente que ha tenido acceso a estudios universitarios y múltiple información, gente con las puertas del mundo cultural abiertas de par en par. Por tanto, sería lógico suponer que la zona está llena de, por ejemplo, excelentes librerías. ¡Y una mierda! Hay poquísimas librerías, y las pocas que hay son enanas. De hecho, la del Hipercor es la mejor librería de todo el municipio. Qué poco interés por la cultura hay en este país, señor, señor...

Ritorno: Andaba yo el otro día peregrinando por la sección de librería del Hipercor, cuando vi dos reediciones que me llamaron la atención. La primera es La sanción de loo (Entrelibros 2006), de Trevanian, cuya aparición original se remonta a 1973. Se trata de una novela de espionaje... ¿Recordáis ese género, queridos hijos? El final de la Guerra Fría se lo llevó por delante y hoy casi no se escriben historias de espías, pero entre los años 50 y 80 del siglo pasado se convirtió un género extremadamente popular. Y uno de sus mejores autores fue Trevanian, seudónimo tras el que se ocultaba un misterioso escritor anglosajón cuya auténtica identidad nunca ha sido oficialmente revelada. No obstante, parece ser que tras ese nom de plume se encuentra Rodney Whitaker, un escritor nacido en 1931 en Nueva York, según unos, o en 1925 en Tokyo, según otros. Todos se muestran de acuerdo, en cualquier caso, en que murió en diciembre del año pasado.

La sanción de loo es, junto con La sanción de Eiger (que fue llevada al cine por Clint Eastwood en 1975), una de las dos novelas protagonizadas por Jonahtan Hemlock, un asesino a sueldo de los servicios secretos (la palabra “sanción” del título significa en realidad “asesinato”). De entrada os diré, queridos feligreses, que se trata de una novela muy, pero que muy divertida. Y muy siniestra. Porque una de las características de Trevanian, aparte de su estilo crudo y descarnado, es añadir a la novela de espionaje un ambiente oscuro, opresivo, casi gótico; en cierto modo próximo al género de terror. Prueba de esto es el horrible asesinato que aparece descrito al comienzo mismo de la novela, una de las muertes más desagradables que he leído jamás.

Otras obras muy recomendables de Trevanian, aparte de las dos “sanciones”, son Shibumi y la excelente novela policíaca El Main. Todas ellas, al parecer, serán publicadas por Entrelibros. NOTA: en Internet descubro que La sanción de Eiger también está reeditada por la citada editorial. Yo no la he visto en las librerías, pero como vivo en una zona de exclusión cultural... En cualquier caso, ambos títulos son muy recomendables para el verano, aunque personalmente me gustó más La sanción de loo. Es más siniestra y me recuerda a los entrañables castigos del infierno.

La segunda reedición, oh amados parroquianos, es Armas, gérmenes y acero (Debate 2006), de Jared Diamond, un ensayo que ganó merecidamente el Premio Pulitzer. En su obra, el profesor Diamond explica con precisión, abundancia de datos y claridad por qué la civilización ha florecido en determinados lugares de la Tierra y en otros no. Os doy mi sacerdotal palabra, hijos adorados, de que, pese a su abultado tamaño, se trata de un texto apasionante y sumamente revelador. Sólo os digo una cosa: debéis leerlo. No os lo recomiendo, os lo impongo. Leedlo. Porque podéis estar seguros de que vuestra concepción del mundo, de la sociedad, de las razas, de la evolución humana y del progreso cultural cambiará radicalmente. No podéis dejar de leerlo, en serio...

Y ya está, tiernos corderos de la Arcadia; estos son mis consejos de hoy. Buenas y edificantes lecturas para la temporada estival. Ahora, abandonad el templo, no sin antes depositar unas monedas en el cepillo de San Dimas.

Podéis ir en paz.

Pensamiento del día: los libros demuestran que la metempsicosis es una realidad, pues, al igual que las almas transmigran de un cuerpo a otro, los textos transmigran de edición en reedición, perpetuándose en un rosario de portadas distintas. Los libros buenos acaban eternizándose en múltiples ediciones de bolsillo –o de lujo, si han alcanzado la santidad-, mientras que los libros malos acaban en el infierno de los saldos. ¿Y dónde está el purgatorio? El purgatorio, amados cofrades, lo encontraréis en mi biblioteca particular.

jueves, mayo 25

Sobre la memoria y otras mentiras

Estoy leyendo un libro muy interesante; se llama Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores (Alianza, 2006) y su autor es el profesor holandés de Historia de la Psicología Douwe Draaisma. El texto trata sobre la memoria; mejor dicho, sobre la llamada “memoria autobiográfica”, que es la parte de la memoria donde almacenamos las vicisitudes de nuestra vida. Escrito en un lenguaje asequible para el profano –se trata de un libro de divulgación-, el profesor Draaisma plantea preguntas aparentemente muy sencillas, pero cuyas respuestas resultan extraordinariamente complejas, si es que tienen respuesta.

Por ejemplo, la llamada “amnesia infantil”. ¿Cuál es el recuerdo más antiguo que podéis evocar? En el 99’9 % de los casos, se tratará de un recuerdo correspondiente a la época en que teníais entre tres y cuatro años. De hecho, poquísima gente recuerda algún suceso anterior a los tres años de edad. ¿Por qué? A fin de cuentas, desde que nacemos –y probablemente aún antes de nacer-, nuestro cerebro va almacenando datos en el archivo de la memoria, pues en eso consiste el proceso de aprendizaje. Pero esos datos, por algún motivo, no son autobiográficos. ¿Cuál es la causa de esa amnesia que deja en la oscuridad a nuestra primera infancia? Hay muchas teorías y ninguna respuesta cierta, pero resulta revelador que nuestros primeros recuerdos correspondan a la época en que desarrollamos el lenguaje. Según el profesor Draaisma, hasta que aprendemos a hablar no adquirimos un concepto básico para el recuerdo: el del tiempo, la idea de “pasado”. La mente de un niño de un año de edad vive en un continuo presente en el que sólo existe el ahora, sin la menor conciencia de un antes y un después. Sólo cuando adquirimos el lenguaje, y descubrimos los distintos tiempos verbales, podemos ordenar la realidad según esquemas temporales, lo cual permite a nuestro cerebro el correcto almacenamiento de la “memoria autobiográfica”. Pero sólo es una teoría, claro.

Otra cuestión que trata el libro es el llamado “síndrome de Proust”. Ya sabéis, al principio de En busca del tiempo perdido, Marcel Proust cuenta cómo al mojar un bollo en te y comerlo, evoca de repente recuerdos lejanos de su infancia. Lo cierto es que eso es un fenómeno universal: los olores tienen un inmenso poder evocador. ¿He dicho “olores”? ¿Pero no era el sabor lo que disparó la memoria de Proust? Bueno, el caso es que nuestra paleta de sabores es muy restringida: sólo manejamos cuatro. Sin embargo, los olores son infinitamente más variados. Cuando comemos, lo que llamamos “sabor” es fundamentalmente “olor”; por eso, cuando estamos acatarrados y se nos tapa la nariz, la comida parece no “saber” a nada. Pero claro que sabe: dulce, salado, ácido o amargo, eso lo percibimos con o sin catarro. El resto son olores.

El caso es que los olores pueden evocarnos de forma instantánea recuerdos que teníamos perdidos. ¿Por qué? De nuevo no hay una respuesta concreta; lo cierto es que el olfato, que es un sentido “viejo”, actúa de forma algo distinta a los demás sentidos. Los bulbos olfativos, a diferencia de los otros receptores sensoriales, tienen conexiones directas con las zonas más profundas y primitivas del cerebro; en concreto, con el sistema límbico y, muy en particular, con el hipocampo, un órgano esencial para el almacenamiento de los recuerdos. Además, esas conexiones apenas se ramifican hacia el neocórtex, donde residen los centros de la inteligencia, la conciencia y el lenguaje. Por eso hay tan pocas palabras para definir los olores; si os paráis a pensarlo, nos referimos a los olores atendiendo a su procedencia, no a su naturaleza. Decimos “huele a mierda”, o “huele a humedad”, o “huele a rosas”, pero apenas disponemos de adjetivos y nombres específicos para el olor. Quizá eso se deba a que, en nuestro cerebro, la zona del lenguaje y la de los olores apenas están conectadas.

En cualquier caso, resulta evidente que los olores poseen la capacidad de despertar recuerdos dormidos. Algunos afirman que el olfato evoca precisamente los recuerdos más antiguos, aunque otros muchos investigadores no están de acuerdo. En mi caso, los olores sí que suelen hacerme viajar a tiempos muy remotos. Al oler, por ejemplo, ciertos plásticos, ciertos barnices, o a naftalina, o a madera recién cortada, o a Ozono Pino, mi mente se ve instantáneamente catapultada a la infancia. Pero ocurre algo más, algo sorprendente y extraño: no sólo evoco imágenes o sonidos, sino también, y con gran intensidad, sensaciones.

¿A qué me refiero con “sensaciones”? Es difícil de explicar. No se trata de emociones, aunque también, sino del “tono vital” que experimentaba en aquel momento. Antes, “sentía” la vida de una forma distinta a como la siento ahora. De hecho, mi forma de “sentir” la realidad ha ido variando a lo largo del tiempo y supongo que lo seguirá haciendo hasta que estire la pata. ¿Cómo son esas diferentes formas de “sentir” el mundo? Ahí está el problema: no hay palabras para describirlas. Quizá, al igual que ocurre con los olores, esa “sensación de fondo” es límbica y, por tanto, pre-lingüística. Lo cual significa que no puede compartirse. Y es una verdadera pena, porque ese sentimiento, como demuestra el síndrome de Proust, está íntimamente asociado a nuestros recuerdos autobiográficos, forma parte de nosotros, es algo muy valioso... pero no podemos expresarlo.

Creo que Marcel Proust, al escribir En busca del tiempo perdido, afrontó la titánica tarea de expresar verbalmente esos “sentimientos de fondo”. Si recordamos el comienzo de su obra, precisamente el momento en que engulle la dichosa magdalena, lo que Proust evoca no es un recuerdo en forma de imagen o sonido, sino una sensación.

“...me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas de bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba”.

Sólo mucho después, tras denodados esfuerzos, el narrador logra evocar el momento de su infancia en que probó por primera vez aquel sabor, lo que da paso a ese inmenso alarde descriptivo de toda una época. Pero, como decía antes, no creo que el propósito de Proust fuera tanto relatar su mundo como transmitir las “sensaciones” de ese mundo. De ahí su obsesión por describir minuciosamente los más pequeños detalles, pues es en esos detalles donde anidan las “impresiones” que él pretendía comunicar. Desgraciadamente, nosotros sólo podemos apreciar la carga estética de sus descripciones, pero apenas, y sólo de forma muy indirecta, su carga emocional. Proust construyó una catedral de palabras para expresar verbalmente lo que no puede expresarse verbalmente. Y, en gran medida, fracasó; aunque el suyo fue un fracaso sublime. El problema es que hay sentimientos que sólo tienen significado en nuestro interior. Fuera, no son nada.

Supongo que ése es uno de los muchos aspectos que adopta la soledad.

lunes, mayo 22

Valdeavellano de Tera

El pasado sábado participé en la I Jornada de Literatura y Cine de Ciencia Ficción que se celebró en Valdeavellano de Tera, un pequeño pueblo de Soria. El acto, coordinado por Julián Díez e impulsado por Jesús Gómez Tierno, alcalde de Valdeavellano, resultó francamente agradable. Julián dio una interesante charla acerca de la ciencia ficción española y, a continuación, hubo un debate sobre la actual vigencia del género en el que participaron Julián, Juan Miguel Aguilera, Eduardo Vaquerizo y éste vuestro seguro servidor. Luego se proyectó el Solaris de Soderbergh y enhebramos un nuevo debate que fue el preámbulo de una excelente cena a la que asistió el alcalde, nosotros y un grupo de amigos entre los que se contaba algún que otro merodeador de este blog.

Todo salió de maravilla, pero no pude evitar sentirme sorprendido en todo momento. Porque, vamos a ver, ¿qué esperaríais vosotros de un remoto pueblo soriano de 250 habitantes? Lo mismo que yo: rusticidad en estado puro. Bueno, pues nada más lejos de la realidad. El acto se celebró en Espacio Valdeavellano (http://www.espaciovaldeavellano.org/), una casa de la cultura que para sí quisieran muchos barrios de Madrid. Instalado en un antiguo cuartel de la Guardia Civil reconvertido con verdadero gusto, Espacio Valdeavellano cuenta con un amplio, moderno y bonito salón de actos, así como con varias aulas, biblioteca y servicios de Internet y videoconferencia. Por lo demás, el pueblo es una preciosidad y está situado en el corazón de un valle maravilloso que sólo es un anticipo de las bellezas naturales que se encuentran un poco más allá, en dirección a la famosa Laguna Negra. Pero lo mejor es su gente; todo el mundo fue increíblemente amable con nosotros, desde Jesús Gómez, un alcalde emprendedor y modélico, hasta el tabernero que tuvo la amabilidad de invitarnos a unas copas el sábado por la noche. Una gente fantástica, en serio.

Ah, y tienen un chorizo de quitar el hipo.

Así que no dejéis de visitar Valdeavellano de Tera (http://www.valdeavellanodetera.org/); con jornadas o sin jornadas literarias, es un lugar que vale la pena conocer.

martes, mayo 16

Paganismo literario

Hace poco, con motivo de la crítica de cierta novela de José Carlos Somoza aparecida en un blog cuyo nombre no recuerdo, un lector a quien llamaremos “Equis” escribió el siguiente comentario:

“De Somoza he leído "La caverna de las ideas". El tema me pareció muy original. Pero desde luego no se puede decir que Somoza sea ningún genio. Su escritura es facilita, muy sencilla, propia del género que trabaja. Supongo que para el pésimo nivel de lectura de este país, está bien. Pero un lector serio pedirá más”.

Ante todo, dejemos muy claro que Equis es libre de opinar lo que le venga en gana de Somoza y de sus relatos. Por otro lado, tampoco pretendo discutir si “La caverna de las ideas” es una novela buena, mala o regular. Eso, ahora, da igual. Lo que me gustaría es analizar los comentarios de Equis, porque creo que son un buen ejemplo de cierto estado de cosas. Veamos:

1. “El tema (de La caverna de las ideas) me pareció muy original”. El tema; es decir, el argumento. Bueno, algo se salva de la quema, aunque... la verdad es que no estoy de acuerdo. El argumento de esa novela, si lo resumimos, no es más que otra historia de crímenes y detectives en la antigüedad. Lo que resulta radicalmente original es el tratamiento; es decir, la forma narrativa que el autor emplea para escribir la novela. De hecho, la crítica en cuestión hacía mucho énfasis en la calidad de Somoza como narrador. Pero Equis pasa por encima de ello sin siquiera mencionarlo, aunque cabe la posibilidad de que cuando dice “tema” se esté refiriendo en realidad a “tratamiento”. No lo sé.

2. “Pero desde luego no se puede decir que Somoza sea ningún genio”. En efecto, no creo que Somoza sea un genio. ¿Debería serlo? ¿Un escritor tiene que ser genial para merecer ser leído? En tal caso, qué poquitos escritores habría y qué poco leeríamos... A un escritor podemos exigirle que sea razonablemente inteligente, pues, a fin de cuentas, leer un libro es meterse en la mente de otra persona, y entrar en la cocorota de un capullo da así como grimita, pero tampoco es cuestión de elevar nuestra exigencia hasta el nivel de la genialidad.

Esto me recuerda cierta creencia muy arraigada en el universo literario patrio: un buen escritor ha de ser un sabio. ¿Por qué? Un buen escritor ha de ser un buen narrador y/o un buen estilista y/o un buen esteta, pero ¿un sabio? Entendedme: si lo es, cojonudo, pero no creo que se trate de una condición necesaria ni suficiente para ser un buen escritor. Puede que esa entelequia de “la sabiduría del literato” provenga de la tendencia de ciertos “novelistas cultos” españoles que se han deslizado de la narrativa (contar una historia) hacia el discurso (filosofar). En efecto, si te da por filosofar, más vale que seas algo sabio, porque en caso contrario te conviertes en un plasta aquejado de incontinencia verbal. Que es lo que, por desgracia, sucede la mayor parte de las veces.

3. “Su escritura es facilita, muy sencilla...”. Esto, en su contexto, y teniendo en cuenta el diminutivo empleado, está expresado con evidente tono despectivo. De ello se desprende que una escritura –una prosa- para poseer calidad debe ser “complicadita, muy difícil”... Qué raro, ¿no? Vamos a ver; hay muchas clases de prosa, pero podemos arbitrariamente dividirlas en dos categorías: a) prosa sintácticamente barroca, y b) prosa sintácticamente sencilla. En el primer caso –cuyo paradigma es Faulkner-, el autor decide complicar la sintaxis de sus frases introduciendo en ellas multitud de subordinadas. Esto, claro, dificulta la lectura, pues exige un gran nivel de atención por parte del lector, que puede perderse al menor descuido. Pero esa complicación, tan arbitraria como cualquier otro rasgo de estilo, ¿es arte en sí misma? Es decir, ¿basta con complicar artificialmente las cosas para hacerlas más “elevadas”?

Personalmente, estoy convencido de que resulta muy difícil redactar un texto que se lea con sencillez y suavidad, que fluya sin esfuerzo, y muy fácil escribir un texto árido y farragoso. Pero hay un error muy frecuente: quienes se enfrentan a una prosa que se lee con facilidad, piensan que se ha escrito con igual facilidad. Y no es cierto; más bien, ocurre todo lo contrario. Escribir fácil es difícil.

En lo que a mí respecta, detesto el “estilo Faulkner”; y no tanto en los escritos del propio William como en los de sus numerosos imitadores. Me parece artificial, excesivo en palabrería, un constante marear la perdiz... Pero no lo desdeño; el hecho de que a mí no me guste no significa que lo considere indigno. Simplemente, prefiero otros recursos estilísticos. Sin embargo, los adictos al faulknerismo son monoteístas. La suya es la única fe verdadera y todo lo demás basura.

4. “...propia del género que trabaja”. Es decir, hay géneros mayores y géneros menores, la monserga de siempre. En este caso concreto, hay géneros que sólo pueden ofrecer una escritura “facilita” y “muy sencilla”. Como el que trabaja Somoza. Pero, vamos a ver, ¿la calidad de una obra no debería medirse por la obra en sí, con independencia del género a que pertenezca? Y ya puestos, ¿por qué hay géneros a los que resulta imposible exprimir ni una gota de calidad? Sobre todo desde un punto de vista estilístico; eso sí que se me escapa.

La respuesta es sencilla. Cuando surge una obra de género de manifiesta calidad, o bien cuando un “autor canónico” escribe una obra de género, los “talibanes culturales” dicen: “esa obra trasciende al género”. Por tanto, ya no pertenece al género a que supuestamente pertenece, sino que se convierte en “gran literatura”. Pasa a ser de su propiedad. Así pues, a los distintos géneros se les van amputando sus mejores obras y... lo que queda es lo peor, claro. Por tanto, los géneros son intrínsicamente mediocres. Cojonudo.

5. “Supongo que para el pésimo nivel de lectura de este país, está bien”. Bueno, ahora comenzamos a ver las cosas más claras. ¿A qué se refiere Equis con eso de “nivel de lectura”? ¿A que la gente lee poco? Nooooooo; se refiera a lo que lee la gente. Está hablando de los lectores, no de los no lectores. Y, según él, en eso de la lectura hay niveles. Es decir, alturas; unos lectores están por encima de otros. Qué deliciosamente aristocrático, ¿verdad? Todavía hay clases, muchacho, parece decir. Me imagino a Equis escribiendo este comentario con una ceja levantada y la nariz levemente arrugada en un rictus de suficiencia... En el fondo, como siempre, todo, incluso el arte –o particularmente el arte-, se reduce a eso: egos inflados ocultando secretos complejos de inferioridad, vanidades en efervescencia, el íntimo deseo de sentirse uno superior a los demás. Qué pena...

6. “Pero un lector serio pedirá más”. Y Equis, claro está, es un lector serio. C. Q. D. (Como Queríamos Demostrar).

En fin, amigos míos, qué penoso es todo esto. Ya, ya sé que frikis los hay en todas partes y que los “talibanes culturales” no son otra cosa que una modalidad más de frikis. El problema es que el frikismo de Equis en materia literaria, por desgracia, es el frikismo oficial de nuestro país. Y yo cada vez estoy más harto de esa situación.

¿Por qué nos callamos? ¿Por qué quienes estamos en contra del rancio academicismo de nuestra “cultura oficial” no alzamos de una vez por todas nuestra voz y combatimos el pensamiento único imperante? ¿Por qué no protagonizamos nuestro propio (anti) congreso de la lectura?

A fin de cuentas, los talibanes culturales son tristes y aburridos judeo-cristianos, mientras que nosotros somos hedonistas y paganos. Tenemos las de ganar; por la sencilla razón de que somos más divertidos y no vamos de luto.

sábado, mayo 13

Poema ciclista de J. M. M. opus nº 5









Podio
De José María Moreno

Gente bronca y alegre en la avenida.
Ha acabado la etapa y cae la noche:
farolillos, banderas, luz, derrroche
de música, de fuegos, de bebida.

Jalabert en el podio. Se remueve
la multitud, la música se aleja.
(Y yo, cansado y sucio, ante tu reja,
como un galán del siglo XIX).

Cruza, lenta, una blatta americana
encantadora (y algo ventajista:
segura de su sexy), a su agujero.

Estás preciosa y blanca en tu ventana,
pero (¡este absurdo traje de ciclista!)
no me atrevo a decirte que te quiero.

jueves, mayo 11

Querida Care...

Ayer estuve en Barcelona, dando unas charlas. De hecho, acabo de regresar, así que he encendido el ordenador, he revisado el correo electrónico y me he dado un paseo por los blogs que suelo frecuentar, entre los que se encuentra El aprendizaje de la soledad, cuya dueña y señora es Care Santos. Y he descubierto que ese lugar va a desaparecer. Hoy.

Había quedado a cenar con Care, pero no llegamos a vernos. Care me llamó ayer por la tarde al móvil y me dijo que no podíamos cenar juntos, que estaba pasando los peores días de su vida... luego, me contó lo que le sucedía. Por supuesto, no seré yo quien revele lo que le pasa; aunque al menos me gustaría aclarar –para aquellos que, aunque no la conocen, han aprendido a apreciarla- que su problema no tiene nada que ver con la salud. Care, afortunadamente, está sana como una manzana.

Pero también está hecha polvo. Por eso cierra su blog.

¿Sabéis una de las razones por las que me gusta House? Porque me identifico con el personaje; y no porque yo, como él, sea capaz de detectar el Síndrome de Sjögren en un paciente con sólo echarle un vistazo a la pelusa del ombligo de su abuela, sino porque yo, como él, tengo cierta tendencia a la misantropía. La mayor parte de la gente no me gusta. No es que odie a la raza humana –aunque motivos hay-; es que las personas suelen parecerme aburridas, o mediocres, o malas, o vanidosas, o pesadas, o... vamos, un coñazo. Así que, al igual que House, no hago el menor esfuerzo por ser simpático con las personas que no me gustan.

No obstante, también existe gente extraordinaria. Gente inteligente, o buena, o divertida, o, sencillamente, diferente. No hay muchos, así que conviene cuidarlos, porque son una especie en extinción.

Care Santos es una de esas personas. Inteligente, culta, buena persona, gran conversadora, excelente escritora, dinámica, emprendedora, comprensiva, sensible, bondadosa, leal, expansiva, con un gran sentido del humor... No es lo que habitualmente se entiende por una “tía buena”, pero a los cinco minutos de hablar con ella tienes la sensación de estar con la mujer más guapa del mundo. Posee un inmenso atractivo personal.

Me honra ser su amigo, creedme; es un lujo conocer a alguien tan cojonudo como ella. Y si alguna persona, por alguna extraña ceguera o ofuscamiento, no fuera capaz de darse cuenta de lo maravillosa que es Care, el problema sería de esa persona, no de Care. Porque ella... brilla, es una luz, un refugio, un motivo para creer que la especie humana tiene redención.

Care, tu blog solamente está equivocado en una cosa: el nombre. Tú no necesitas someterte al aprendizaje de la soledad, porque jamás estarás sola.

lunes, mayo 8

Pequeños pecados

Hace tiempo que tengo empezados –e inacabados- varios relatos (cinco cuentos y una novela corta, para ser precisos). Los voy escribiendo poquísimo a poquísimo, en las pausas entre una novela y otra, porque en realidad no tienen ningún objetivo (España no es un buen país para los cuentos y las novelas cortas), salvo el hecho de que quiero escribirlos. Uno de ellos, llamado Pequeños pecados, trata de un hombre de mediana edad que un buen día comienza a padecer insomnio; se despierta en mitad de la noche y ya no puede volver a conciliar el sueño. Para soportar las largas horas de soledad nocturna, sale a pasear por las calles de la ciudad y mientras camina, piensa; en sí mismo, en su vida, en la clase de persona que es. Una noche, mientras recorre su barrio, pasa por un lugar donde, durante su juventud, ocurrió algo, un suceso sin importancia, pero en el curso del cual él se comportó de forma ruin. Entonces, recuerda todas las veces que se ha portado mal durante su vida, todas las ocasiones en que ha sido innecesariamente mezquino, cruel y egoísta. No los grandes pecados, sino los pequeños, esas minúsculas maldades que cometemos casi sin darnos cuenta y a las que en su momento no concedemos importancia. El hombre del relato decide entonces intentar enmendar uno de sus errores –sólo uno-. Cuando lo consigue, vuelve a dormir.

Esa historia tiene una faceta autobiográfica: el pecado en cuestión. Veréis, cuando yo era un niño de ocho o nueve años, tenía un compañero de colegio cuyo hermano mayor –llamémosle M- era deficiente mental. M tenía por aquel entonces unos catorce años y era guapo, grande y fuerte, pero su mente se había varado en nuestra edad, así que solía jugar con nosotros, los más pequeños. Una mañana de verano, un grupo de chavales, armados con pistolas de plástico, jugábamos en la calle a policías y ladrones. Bang, bang, estás muerto..., ya sabéis. De pronto, M, que militaba en el bando contrario al mío, me agarró por detrás y me inmovilizó sujetándome por el cuello. Estaba jugando, claro, pero era demasiado grande, demasiado fuerte, y sin darse cuenta de lo que hacía, comenzó a asfixiarme. Yo intenté gritar, pero no pude (no tenía aire); poco a poco, fui sintiendo cómo se me escapaban las fuerzas, cómo se me iba la cabeza, hasta que, en una pura explosión de terror, eché el brazo hacia atrás y golpeé a M en el cráneo con mi pistola de juguete. Al instante, M me soltó y se echó a llorar. Yo caí al suelo, de rodillas, jadeando, aspirando aire con asustada glotonería.

Bueno, ahí acabó todo, aunque me dejó una secuela: desde entonces, los deficientes mentales comenzaron a darme miedo. Incluso ahora, después de tanto tiempo, cuando estoy en presencia de un subnormal, noto en mi interior una punzada de irracional y vergonzoso temor. Supongo que es algo así como un reflejo de Pavlov. Pero sigamos con mi historia. Cambié de colegio y perdí de vista a mi compañero y a M, su hermano. Pasó el tiempo y un buen día –yo debía de tener alrededor de 25 años- entré en un bar y pedí una caña. De pronto, alguien se acercó a mí y me saludó efusivamente. Era un hombre de treinta y tantos años, alto y grande –aunque ya menos que yo-, guapo y con la mirada de un niño pequeño. Era M. No sé cómo, después de tanto tiempo, me había reconocido y ahora estaba delante de mí, con una enorme e inocente sonrisa, feliz de verme. Me dijo que estaba bien, me contó que trabajaba en una fábrica y me invitó a tomar una caña con él.

¿Qué hice? Rechacé su invitación improvisando una excusa, apuré mi cerveza y me largué a toda prisa. Estaba incómodo, no sabía qué decirle; en el fondo, me daba miedo. Sí, supongo que sentía temor, como cuando era niño. Pero, aunque M seguía siendo un niño, yo ya no lo era. Tendría que haberme quedado con él, debería haber aceptado su invitación, tomarme esa caña y haberle invitado a otra. No me costaba nada y a él le hubiera encantado. Pero no lo hice; fui mezquino, y me arrepiento profundamente de ello.

¿Es una tontería? ¿No tiene apenas importancia? Quizá, pero ya os he dicho que estoy hablando de los pecados pequeños, no de los grandes. Os contaré otro: cuando yo tenía doce o trece años, había en mi clase un chico gordito, soso y poco ducho en habilidades sociales. Se llamaba O y era lo que en zoología denominan el “macho omega”, el último en la jerarquía del grupo, aquel que recibe las afrentas de todos, el solitario sin amigos. Yo, sencillamente, le ignoraba. Hasta que una mañana, poco antes de que comenzaran las clases, mientras charlábamos y alborotábamos, O apareció en el patio. Automáticamente, todos los chavales comenzaron a meterse con él. Le llamaban algo a coro, no recuerdo qué..., pero sí recuerdo que yo me sumé a las burlas.

Entonces, mientras O pasaba por delante de mí, con la mirada fija al frente, fingiendo no escuchar las puyas y los insultos, advertí que una lágrima le corría por la mejilla. Me callé al instante, pero el daño ya estaba hecho. Os lo juro, jamás me he sentido peor persona, jamás me he avergonzado tanto de mí mismo. Estaba haciendo daño a un infeliz por pura diversión, sin ningún motivo, sencillamente porque sí; yo, y todos los demás, estábamos convirtiendo la infancia de un pobre chaval en un infierno... Y eso no es que lo piense ahora; lo pensé entonces, a mis doce o trece años, con toda claridad y contundencia. Pero no hice nada para remediarlo, lo cual es aún peor.

¿Sabéis?, tengo tendencia a engordar. Si no me vigilo, puedo ponerme hecho un ceporro con dos de pipas. Eso me ha permitido desarrollar una curiosa habilidad: adoptar delante del espejo la postura justa para parecer más delgado. Si giro el tronco treinta grados, si echo para atrás los hombros, si alzo un poco la cabeza, entonces la perspectiva me quita seis o siete kilos de encima. Es decir, encontré un sistema para auto-engañarme incluso delante de un espejo.

Pues bien, creo que cuando pensamos en nosotros mismos, hacemos precisamente eso: adoptar un punto de vista lo más favorable posible. Limamos las asperezas, olvidamos lo que nos conviene olvidar, tergiversamos cuanto sea necesario tergiversar para formarnos la mejor imagen de nosotros. A fin de cuentas, no hemos matado a nadie, no hemos robado ni cometido tropelías. Somos gente normal. Sí, es cierto; ni siquiera en el pecado somos grandes; nos limitamos a chapotear en el egoísmo y la mezquindad. Somos pecadores de clase media-baja.

Al menos, yo lo soy.

Siempre me han maravillado quienes aseguran que, aunque pudieran hacerlo, no cambiarían nada de su vida, porque no se arrepienten de nada. Alguien que diga eso sólo puede ser un santo, un hipócrita o un idiota. Yo cambiaría miles de cosas; me cambiaría incluso a mí. Mejor dicho: me cambiaría particularmente a mí. Me gustaría ser mejor persona. Pero soy lo que soy, estoy prisionero de mí mismo. Al menos, me digo, procuraré ser un prisionero consciente.

¿Por qué he escrito este post? No lo sé... Quizá para demostrar cierto grado de honestidad, para demostrar que soy sensible y sincero, para demostrar que, por lo menos, soy capaz de aceptar mi culpa y, de este modo, merecer un ápice de redención.

Pero no os dejéis engañar. No es más otra postura delante del espejo.

viernes, mayo 5

Poema ciclista de J. M. M. opus nº 4









Fuga en solitario
De José María Moreno

Pájara, y casi al final de la carrera.
Tantos recuerdos en tal mal momento;
Clementina fumando en el convento
(¡besarla...!). Y Leni (Gruyten de soltera)

entre los brezos. Cándida Paola,
Julika Stiller-Tsechudy, con su pelo
(ayer Lance Armstrong señalando el cielo)
color de minio seco. París: sola.

Sonja, sus blancas cejas, Valentina,
un beso libertino de la flaca Adelina,
Bice Donetti, viva de sorpresa,

sus ojos a los elfos, a la lluvia...
(¡qué lejos aún la meta...!) y, si no rubia,
mademoiselle Isabelle, bella y francesa.

jueves, mayo 4

El coleccionista de frases 15

Hacía mucho que no teníamos con nosotros al Coleccionista de Frases, así que, en sintonía con el anterior post, y para celebrar que ésta es la entrada nº 100 de La fraternidad de Babel, vamos a repasar unas cuantas máximas y aforismos de uno de los mayores –y menos reconocidos- talentos literarios del siglo XX: Enrique Jardiel Poncela.


"Frecuentemente, el que admira admira para que le admiren por su admiración".

"La ilusión es el error poetizado".

"Ser cínico es volver a escribir lo que ya habíamos tachado".

"Un buen amigo os dirá siempre la verdad, salvo en el caso de que la verdad sea agradable".

"El sacrificio es un sentimiento que a todo el mundo le parece admirable... en los demás".

"El amor es el puente que va desde el onanismo al embarazo".

"La verdad se parece mucho a la falta de imaginación".

"Cuando un escritor no interesa más que a una minoría, acaba creyendo que él escribe exclusivamente, y de un modo deliberado, para minorías".

"El frecuente desdén hacia lo cómico obedece siempre a un cien por cien de incultura".

"El mundo es un presidio esférico".

"Los senos inventaron el sostén en un ataque de vanidad".

"La errata es el microbio de las imprentas".

"Todos los esquimales son socios del Círculo Polar".

"La embriaguez es el altavoz del carácter".

"El porvenir no existe, porque cuando llega a existir ya es presente".

"Hay restaurantes donde es tan frecuente dar gato por liebre que para cazar ratones tienen conejos amaestrados".

"Ser inmoral es gastar el dinero en aburrirse".

"Ser moral es aburrirse gratis".

Y, para finalizar, la frase que figura como epitafio en su tumba:

"Si queréis los mayores elogios, morios".

NOTA: entre los comentarios realizados a “Humor se escribe con hache” hay uno donde Cristian, con su habitual y estimulante psicodelia, incluye más frases de Jardiel.

martes, mayo 2

Humor se escribe con hache

“¿Alguien ha visto a un crítico de día? Por supuesto que no. Salen después de que oscurece, y no para bien”.
P. G. Wodehouse.

Los libros que, siendo muy, pero que muy niño, me hicieron adicto a la lectura, fueron Las Aventuras de Guillermo, de Richmal Crompton. En realidad, no son novelas, sino una serie de relatos que su autora, la señor Crompton, comenzó a publicar en una revista para adultos, pero que pronto se convirtieron en un éxito sin precedentes entre el público infantil. Guillermo Brown, un muchacho de unos diez años que vive en la Inglaterra de la segunda década del siglo veinte, es uno de los grandes antihéroes de la historia de la literatura. Dotado de una imaginación portentosa, y firmemente convencido de que todo adulto es un enemigo en potencia, Guillermo demuestra en cada historia que su capacidad para generar desastres supera con creces a la de cualquier tsunami, terremoto o erupción volcánica. Y, ya de paso, nos ofrece una sutilmente feroz crítica de la clase media inglesa. Aún ahora, de vez en cuando, releo alguna de sus historias y, ¿sabéis?, me sigo partiendo de risa. Porque, no sé si lo he dicho ya, Las Aventuras de Guillermo son puro humor.

Más adelante, cuando tenía trece o catorce años, tres nuevos humoristas se cruzaron en mi camino. El primero fue Enrique Jardiel Poncela. Leí su novela Amor se escribe sin hache (por aquel entonces prohibida en España) y, acto seguido, con esa obsesión tan propia de la adolescencia, me zampé sus tres novelas restantes, todos sus cuentos y artículos, y la mayor parte de sus obras de teatro. Qué inmenso talento el de Jardiel, y qué mal le trató siempre la crítica. Cometió el error de ser de derechas en el escenario de una dictadura bochornosa, y eso nunca se lo perdonó nuestra intelligentsia, siempre escorada a babor. El segundo humorista fue Wenceslao Fernández Flórez, de quien leí, también bastante obsesivamente, varias obras suyas, una detrás de otra: Fantasmas, El malvado Carabel, El toro, el torero y el gato, Las gafas del diablo, Visiones de neurastenia... Sin llegar a la genialidad de Jardiel, era un magnífico humorista que –ahí sí como Jardiel- la pifió por ponerse demasiado cara al sol. El tercer humorista de mi adolescencia fue Mark Twain. Leí, por supuesto, Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, dos obras maestras (más la segunda), pero también devoré todos sus relatos de humor, tal y como los publicó la vieja colección Austral. No os imagináis lo moderno e incisivo que sigue siendo Samuel L. Clemens.

Poco después llegó P. G. Wodehouse. Las hilarantes historias de Jeeves, la Saga de Blandings, los relatos de Psmith... casi todas sus novelas aparecieron en la colección El monigote de papel de Plaza y Janés. Aún las conservo. También leí a Miguel Mihura, y a Chesterton, y a Guareschi, y a Groucho Marx... Trampa 22 de Joseph Heller me hizo llorar de risa (y reflexionar mucho). En el mundo del fantástico encontré igualmente grandes talentos del humor, como Robert Sheckley, Fredric Brown o el menos conocido, pero muy brillante en su primera etapa, Henry Kuttner. Bill, héroe galáctico, de Harry Harrison, es una desopilante sátira antimilitar en clave de ciencia ficción; si la encontráis por alguna librería de viejo, no dejéis de comprarla; se trata de uno de los libros más desternillantes –y antimilitaristas- que se han escrito. Más tarde, vinieron Oscar Wilde, el portentoso Evelyn Waugh, Tom Sharpe, Woody Allen, Bulgakov...

Como veis, he leído mucha literatura de humor. Un huevo, sí señor. Además, mi vida (semi) profesional se inició cuando, contando diecisiete primorosas primaveras, ingresé como colaborador en la mítica revista La Codorniz, una publicación dedicada, en efecto, al humor. Pues bien, puedo aseguraros que el género más complejo, difícil y exigente, el que más agudeza, sentido del ritmo y precisión requiere, mucha más que cualquier otro, incluyendo la poesía, es el humorístico.

Y sin embargo, amadísimos cofrades, los guardianes de la ortodoxia literaria sostienen, frunciendo el ceño con severidad, que se trata de un género menor. (Recordemos el “escándalo” que supuso la concesión del premio Nobel a un humorista como Dario Fo). ¿Por qué? De entrada, supongo, porque el humor es intrínsicamente divertido -al humor aburrido se le llama mal humor-, porque es fácil de leer, porque carece de esa gravedad de luto riguroso que unos cuantos quieren aplicar siempre a la literatura. El humor y la religión no casan bien, y hay gente que se aproxima al hecho literario igual que un penitente a la divinidad: con cilicio, garbanzos en los zapatos y un fúnebre respeto. La literatura, señores, es algo muy serio, y un texto que hace reír no puede ser serio, así que desdeñémoslo...

No obstante, oh paradojas, si repasamos el canon literario occidental nos encontramos con un buen número de obras humorísticas. El Quijote, sin ir más lejos. O el Tristam Shandy de Sterne. O Cándido, de Voltaire. O las comedias de Molière. O el Elogio de la locura, de Erasmo. O el Satiricón, de Petronio. O Los cuentos de Canterbury, de Chaucer. O El Buscón, de Quevedo... La lista es larga. Así que, según parece, para valorar un texto humorístico hace falta que su autor lleve criando malvas unos cuantos siglos. No, no, no, dirán los guardianes de la ortodoxia; lo que sucede es que esos textos no son sólo humor, sino algo más.

En fin... ¿pero es que no se han dado cuenta de que el humor siempre es algo más que humor? Porque el humor no es una temática, sino un tono, un punto de vista, una forma de encarar la realidad. Cualquier tema, cualquier argumento, cualquier circunstancia humana puede contemplarse a través del prisma del humor. Y no es un ejercicio gratuito hacerlo, pues el cambio de perspectiva que genera lo humorístico nos permite acceder a facetas de la realidad que de otro modo quedaría ocultas bajo el engañoso telón de las “verdades intocables”, de lo sagrado, de lo “incuestionablemente serio” (dicho en tono fúnebre).

Personalmente, creo que el sentido del humor es quizá la más sofisticada y paradójica capacidad humana (¿por qué nos reímos?; porque sabemos que vamos a morir). Creo que el humor es un bisturí, una pluma, un cañonazo, un masaje a la inteligencia, un espejo deformante... En definitiva, como decía Jardiel, el humor es lo que brota por la chimenea del ingenio.

RAE

Pereza: f. Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados. // 2. Flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos. // 3. Estado en el que ha permanecido César M. durante el puente de mayo, descuidando así, con flojedad y negligencia, sus deberes para con este blog.