¿Puede un espectáculo deportivo provocar el orgasmo? Todos cuantos hemos presenciado el partido de baloncesto de hoy podemos afirmar que sí. La Selección Española ha ganado a la griega por 70-47, proclamándose campeona del mundo. Pero ése no es el motivo del orgasmo; lo que nos ha hecho trempar no es el resultado del encuentro, sino el propio encuentro. Porque menudo partidazo ha hecho nuestra selección, amigos míos, que increíble partidazo...
Para los que no sean demasiado duchos en esto del baloncesto, me apresuraré a aclarar que la selección griega es la vigente campeona de Europa y venía de derrotar a los gallitos yanquis; es decir, un hueso duro de roer. Además, Pau Gasol, el indiscutible crack de la Selección Española (elegido, por cierto, mejor jugador del campeonato), estaba lesionado. Pero nada de eso ha importado, porque los españoles, como si fueran un engranaje de relojería, han jugado uno de los mejores partidos de baloncesto que he visto en mucho tiempo. Tanto es así, que les ha bastado la mitad del tiempo para ganarlo. Al final del segundo cuarto, la Selección Española había acumulado veintitantos puntos de ventaja, durante el tercer cuarto se ha limitado a defender esa diferencia y el último cuarto lo ha dedicado a disfrutar de la victoria. Y todo eso lo ha conseguido con una de las principales armas del baloncesto: la defensa.
Veréis, en el fútbol, cuando uno de los equipos se cierra atrás y adopta una táctica defensiva, el partido se vuelve un coñazo. En el baloncesto, sin embargo, la defensa es todo un espectáculo, algo así como una danza; mejor dicho, una especie de contra-ballet que se ejecuta transformándose en espejo del rival. El que mejor baila, gana y hoy los españoles han sido todos Barishnikov; probablemente, la mejor defensa del mundo. Y eso es lo que ha ocurrido en esta final: los españoles han anulado a los griegos desde el inicio del juego hasta el último segundo. Valga como muestra el que a la bestia parda Papaloukas –un magnífico jugador- ni se le ha visto. El dominio español ha sido total.
Y yo he disfrutado como un mono multiorgásmico, porque, además, ésa es la clase de partidos que me gustan: nada de finales apretadas ni de sufrimiento. Ventaja abrumadora de mi equipo y a disfrutar sin sobresaltos. En fin, tan bonito que parece mentira. La única pena es no poder ver un enfrentamiento España-USA; estoy seguro de que nuestra selección habría ganado. También lamento que Argentina no le arrebatara el bronce a los fantasmones yanquis; supongo que venían muy tocados del agónico partido contra España. ¿Acaso, diréis amigos míos, le tienes manía a los baloncestistas norteamericanos? No, de ninguna manera... bueno, sí qué coño. Pero, ¿cómo no te va a caer mal un equipo lleno de jugadores vanidosos y malcriados que se creen divinos y que, cuando pierden, no tienen la mínima educación de felicitar al contrario? Ni siquiera se quedaron a la final; ayer mismo se fueron a su país, como si el campeonato de Japón no tuviera nada que ver con ellos... Aunque la verdad es que tienen razón; en Japón se jugaba al baloncesto y lo suyo es el circo. Que se jodan.
En fin; supongo que más de un visitante de este blog contemplará con desdén este post dedicado a una actividad tan poco intelectual como el deporte. Bueno..., quizá sea una tontería regocijarse por algo tan estúpido como que un equipo enceste un balón más veces que sus rivales, pero creo que en ocasiones viene bien entregarse a la alegría en estado puro, sin complicaciones, como cuando éramos niños. Además, si os fijáis en el encabezamiento de este blog, comprobaréis que está dedicado a “bla, bla, bla y, en general, la cosas inútiles”. Pues bien, pocas cosas hay tan inútiles como ver baloncesto. Ahí está la gracia.
domingo, septiembre 3
70-47
La Selección Española campeona del mundo de baloncesto.
¡Olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé y olé!
¡Olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé y olé!
viernes, septiembre 1
75-74
No soy aficionado a los deportes-espectáculo. Puedo ver un partido de fútbol si es muy bueno y/o emocionante, pero la mayor parte de los encuentros me parecen un coñazo. El resto de los deportes de equipo -con una salvedad- me aburren igualmente, como me aburre el tenis, el golf, el automovilismo o las carreras de ciclistas dopados. No obstante, hay un deporte que puede llegar a apasionarme: el baloncesto. Quizá se deba a que lo jugué cuando era un chavalote y mi metro noventa y dos de altura me convertía en un pívot nato (ahora, esa estatura sería más apropiada para un base). El caso es que, aunque no hago gala de ello, me gusta el baloncestoPues bien, hace no mucho escribí aquí un “JA” como la copa de un pino cuando la Selección Española de Fútbol fue derrotada y humillada por la francesa. Puse ese “ja” porque los medios de comunicación habían sobrevalorado hasta el ridículo las expectativas de una selección, la española, que en realidad es mediocre y triste; era un “ja” que equivalía a decir: “menos lobos, caperu”.
Ahora, de cara al Mundial de Baloncesto, los medios han vuelto a loar delirantemente la calidad de nuestra selección. Pero con una diferencia: la Selección Española de Baloncesto sí que es buena, y mucho. Probablemente jamás volvamos a ver un equipo como éste; cuenta con dos cracks absolutos, Gasol y Navarro, pero el resto de los jugadores (magníficos Garbajosa y Rodríguez) tienen un nivel sobresaliente. Y sobre todo, son un equipo tan bien conjuntado, tan rápido y efectivo, que al verlos jugar uno tiene la sensación de que lo que hacen es facilísimo. Pero no lo es, ni mucho menos.
Pues sí, asombra la contundencia con que han ganado todos los partidos... salvo el de hoy contra Argentina. Debo reconocerlo: no lo he podido ver, me ponía demasiado nervioso. Porque ése es el único problema que tengo con el baloncesto: me ponen histérico esas finales apretadas en las que, en el transcurso de un famélico minuto, el marcador puede dar varios vuelcos consecutivos. Pero bueno, al final han ganado los españoles por 75-74, demostrando que nuestra selección tiene lo único que le faltaba para ser una gran campeona: suerte.
Por otro lado, amigos míos, la selección USA ha perdido frente a Grecia por 101-95. Y no sabéis cuánto me alegro. Durante muchísimos años, los yanquis dominaron de tal modo este deporte que se permitían el lujo –y la chulería- de mandar selecciones universitarias a las Olimpiadas o los Mundiales y ganar. Pero ya hace años que eso no sucede; ahora envían profesionales de la NBA... y pierden. Vale, la liga americana es la mejor del mundo, nadie lo duda; sin embargo, el baloncesto americano ya no lo es. Por muchos motivos, pero sobre todo por dos: 1.- Porque el baloncesto mundial (y particularmente el europeo) ha evolucionado muchísimo en las dos últimas décadas. 2.- Porque los jugadores norteamericanos son un prodigio de técnica individual y facultades físicas, pero no tienen ni pajolera idea de jugar en equipo.
Fijaos si no en los últimos minutos del partido Grecia-USA: han sido un auténtico desastre táctico por parte de los yanquis. Daban pena. ¿Y qué me decís de la defensa? Antes era su arma más letal y ahora son un coladero (Grecia les ha encasquetado ¡101 puntos!). Pero hombre, si ni siquiera saben jugar en zona (ni contra ella). Y esas virguerías que se marcan, los mates, los alius, colgarse del aro y todas esas zarandajas, no son más que adornos, pavoneos; se puede hacer lo mismo sin tanto teatro. Pero claro, en yanquilandia lo que manda es el espectáculo, no la verdadera calidad. Y hoy la calidad no está de su lado. En fin, que me alegro mucho de que les sigan bajando los humos a esos gallitos vanidosos.
Volviendo a la Selección Española, jugará la final contra Grecia este domingo a las 12:30. No será fácil ganar; los griegos son una selección compacta y correosa (que se lo pregunten a los yanquis), y la lesión de Gasol deja a los nuestros sin su mejor hombre. Pero da igual; gane o pierda, la Selección Española ha demostrado ser un equipo extraordinario que ha hecho disfrutar de lo lindo a todos cuantos amamos el baloncesto. Hagan lo que hagan, ya se merecen un “OLÉ” por lo menos tan grande como el “JA” de antaño.
jueves, agosto 31
BlogDay
Mi buena amiga Care Santos me acaba imponer una tarea. Por lo visto hoy es el BlogDay, algo así como el día internacional de los blogs, lo cual no deja de sorprenderme. Qué curiosa costumbre ésa de dedicar días a algo, ¿verdad? Día del niño, día de la madre, día de la marihuana (San Canuto), día del trabajo, día de la mujer maltratada... y ahora día del blog. Y yo me pregunto: ¿sólo hay trescientas sesenta y cinco causas merecedoras de un día? No, seguro que hay más; lo cual implica que debe de haber días compartidos. Entonces, ¿qué? ¿La mañana se dedica a una cosa y la tarde a otra? En fin, me gustaría sumarme a esta tendencia con una propuesta: el Día del Vago, que se celebraría el 29 de febrero (una fecha que sólo trabaja cada cuatro años).
Volviendo al BlogDay, lo que tengo que hacer –por coacción de la pérfida Care- es recomendar cinco blogs. Vale, pues al tajo...
1. Soria de las palabras http://soriapalabras.blogspot.com Este blog, creado por mi buen amigo Julián Díaz, se centra básicamente en el fantástico, pero también habla sobre deportes raros, viajes, política y toda suerte de temas. Aunque, para ser sinceros, su especialidad son las polémicas. Durante lo que va de verano ha estado inactivo, pero supongo que el mes que viene resucitará.
2. Librosfera http://librosfera.blogspot.com Sfer (ella mantiene el anonimato y yo lo respeto) dedica la temática de este blog a la literatura, lo cual no sorprende, porque Sfer es bibliotecaria. Comentarios de libros, fragmentos de texto, dibujos, fotografías... Un blog tan encantador como la persona que lo tutela. Por cierto, me gusta tanto el nick de esta chica que he bautizado con él a uno de mis personajes: Parménides Sfer. Un malo maloso, todo sea dicho.
3. Crisei http://crisei.blogalia.com El blog del escritor gaditano Rafael Marín. Fantasía, ciencia ficción, literatura general, cine y comic, mucho comic. Los comentarios de Mr. Marín son siempre interesantes, pero en lo que respecta a los tebeos, además son enciclopédicos. Actualmente anda metido en una serie de artículos sobre el comic en España. Valen la pena.
4. Humoradas http://humoradas.blogspot.com Un blog centrado en el humor y conducido por Enrique Gallud Jardiel, nieto nada menos que del mejor humorista español del siglo XX: Jardiel Poncela.
5. La tormenta en un vaso http://www.latormentaenunvaso.blogspot.com Una crítica literaria cada día, cinco días a la semana. En este blog, impulsado y conducido por doña Care Santos, colabora un grupo de escritores, periodistas, críticos y demás gente de mal vivir llamado Banda Aparte. Yo soy uno de ellos, pero tranquilos: el nivel general está muy por encima del mío particular.
Y ya está, se acabó mi contribución al BlogDay de los yarblocos. Ah, no; se supone que debo pasarle la patata caliente a tres amigos... Pero no lo voy a hacer. Sin duda, soy más compasivo que Care (aun así, la quiero)
Volviendo al BlogDay, lo que tengo que hacer –por coacción de la pérfida Care- es recomendar cinco blogs. Vale, pues al tajo...
1. Soria de las palabras http://soriapalabras.blogspot.com Este blog, creado por mi buen amigo Julián Díaz, se centra básicamente en el fantástico, pero también habla sobre deportes raros, viajes, política y toda suerte de temas. Aunque, para ser sinceros, su especialidad son las polémicas. Durante lo que va de verano ha estado inactivo, pero supongo que el mes que viene resucitará.
2. Librosfera http://librosfera.blogspot.com Sfer (ella mantiene el anonimato y yo lo respeto) dedica la temática de este blog a la literatura, lo cual no sorprende, porque Sfer es bibliotecaria. Comentarios de libros, fragmentos de texto, dibujos, fotografías... Un blog tan encantador como la persona que lo tutela. Por cierto, me gusta tanto el nick de esta chica que he bautizado con él a uno de mis personajes: Parménides Sfer. Un malo maloso, todo sea dicho.
3. Crisei http://crisei.blogalia.com El blog del escritor gaditano Rafael Marín. Fantasía, ciencia ficción, literatura general, cine y comic, mucho comic. Los comentarios de Mr. Marín son siempre interesantes, pero en lo que respecta a los tebeos, además son enciclopédicos. Actualmente anda metido en una serie de artículos sobre el comic en España. Valen la pena.
4. Humoradas http://humoradas.blogspot.com Un blog centrado en el humor y conducido por Enrique Gallud Jardiel, nieto nada menos que del mejor humorista español del siglo XX: Jardiel Poncela.
5. La tormenta en un vaso http://www.latormentaenunvaso.blogspot.com Una crítica literaria cada día, cinco días a la semana. En este blog, impulsado y conducido por doña Care Santos, colabora un grupo de escritores, periodistas, críticos y demás gente de mal vivir llamado Banda Aparte. Yo soy uno de ellos, pero tranquilos: el nivel general está muy por encima del mío particular.
Y ya está, se acabó mi contribución al BlogDay de los yarblocos. Ah, no; se supone que debo pasarle la patata caliente a tres amigos... Pero no lo voy a hacer. Sin duda, soy más compasivo que Care (aun así, la quiero)
sábado, agosto 26
La joven del agua
Anoche fui a ver La joven del agua, la última película de M. Night Shyamalan. Me gusta mucho ese director, lo reconozco; creo que es el mejor narrador actual de cine fantástico y uno de los mejores de todos los tiempos, un creador dotado de un estilo muy personal y de un mundo propio que crece con cada película. Me gustó El sexto sentido, me gustó El Protegido, me gustó El Bosque e incluso en la parcialmente fallida Señales encontré una buena cantidad de secuencias memorables.En cuanto a La joven del agua... ¿Os gustan los cuentos de hadas? Si es así, dejad lo que estáis haciendo y salid corriendo al cine más cercano para verla, porque eso es precisamente la última película de Shyamalan: un maravilloso cuento de hadas para adultos. Aunque, claro, si sois uno de esos varones convencidos de que testosterona y sensibilidad son términos contrapuestos, entonces más vale que os mantengáis alejados de esta película. Pero a vosotras, amigas mías, y a vosotros, todos aquellos hombretones a quienes no os importa reconocer que debajo de los viriles pelos de vuestro pecho late un corazón, os recomiendo La joven del agua. En ella no hay, como en otros films de su autor, vueltas de tuerca finales; sólo se trata de una historia sencilla y diáfana destinada a transmitir un mensaje de esperanza.
NOTAS POST SCRIPTUM: En La joven del agua también hay mucho humor. De hecho, Shyamalan se permite la ironía de utilizar a uno de sus personajes –un desagradable crítico cinematográfico y literario- para desmontar los trucos narrativos de la propia película. Pero la ironía va más lejos, porque ese crítico es el único personaje que muere violentamente, y precisamente por pasarse de listo.
Sólo un pero le pondría a este delicioso film: el propio director, que suele aparecer en todas sus películas, interpreta a uno de los personajes. Es un papel pequeño, pero muy importante y... bueno, Shyamalan no consigue aportar la intensidad necesaria a su interpretación. Si ese papel hubiese recaído en un actor profesional, la película ganaría. Por contra, Paul Giamatti, el protagonista, está tan espléndido como de costumbre.
domingo, agosto 20
Rituales de verano: el helado
Yo, como todo el mundo, tengo en el cerebro una válvula de seguridad que me avisa de cuándo debo dejar de comer. Si me ponéis delante las más suculentas viandas, deliciosos mariscos, foi mid cuit, serrano pata negra, hongos, caviar, lo que sea, comeré hasta que me sienta saciado, un poquito más por la cosa de la gula, y luego pararé. En fin, igual que todo hijo de vecino. Sin embargo, hay dos alimentos para los que la válvula del hartazgo no me funciona y que podría deglutir indefinidamente, porque jamás me sacio de ellos: las cerezas y el helado.
Adoro las cerezas. Se comen con facilidad, tienen el tamaño justo, una forma perfecta, un color precioso y son deliciosas, con la justa proporción entre dulzura y acidez. Así que, sencillamente, si comienzo a comerlas no puedo parar. Ponedme en un extremo del valle del Jerte y no tardaréis en verme salir por la otra punta dejando a mi paso un escenario semejante al provocado por las plagas africanas de langosta. Ya no es temporada de cerezas, pero os contaré un secreto: la mezcla de cerezas y Coca Cola es deliciosa. Ya, ya sé que es una bobada de secreto; a fin de cuentas, la Cherry Coke lleva mucho tiempo inventada. Pero la Cherry Coke es un brebaje asqueroso; sin embargo, comer cerezas y dar de vez en cuando un traguito de Coca Cola... en fin, la hidromiel a su lado se queda a la altura del aguachirle.
En cuanto a los helados... ¿Podría dedicar todo un post a hablar de ellos? Sí, podría. Me chiflan los helados, soy heladoadicto, un zampa-helado tan compulsivo que, al igual que me ocurre con las cerezas, sólo puedo parar de comerlo mediante un acto volitivo de agotadora intensidad. A decir verdad, a veces, cuando como helado, siento asco de mi mismo; es como si me volviera bulímico, sólo que sin la vomitona posterior.
Permitidme disertar brevemente sobre el tema. La calidad de los helados“industriales” es muy discreta. Las mejores marcas, en mi opinión, son Frigo y Miko. Los Ben&Jerry’s no están nada mal, aunque adolecen de esa tendencia tan americana que consiste en añadirle de todo al helado: nueces de macadamia, galletas, virutas de chocolate... en fin, un barroquismo rara vez conseguido. Los famosos Häagen Dazs, sin embargo, siempre me han parecido de lo más mediocre. En cualquier caso, los mejores helados son los de heladería.
La heladería más curiosa que conozco la encontré en los Andes venezolanos, en la ciudad de Mérida. Se llama Coromoto y figura en el Guinness de los récords por ser la heladería que más sabores ofrece en el mundo mundial: más de 600 (sí, no es un error: vende helados de más de seiscientos sabores distintos). Cuando estuve allí, un amigo comentó que era el negocio perfecto, porque vendía el doble. Tú entras en la Heladería Coromoto, miras los sabores, te pica la curiosidad y dices: coño, voy a probar un helado de camarones, o de atún, o de champiñones, o de chili con carne... Luego, te lo ponen, lo pruebas, reconoces que es una porquería indescriptible, lo tiras a la basura y, acto seguido, pides otro helado, sólo que está vez de vainilla, chocolate o algún otro sabor sensato. Lo dicho: doble venta.
Pero quedémonos en España. Ya que se supone que un blog ha de servir para algo, os recomendaré mis tres heladerías favoritas. La primera es un clásico: Palazzo. Se trata de una heladería poco sofisticada, pero honesta y de calidad. Ofrece sabores “de siempre”; todos ellos excelentes, aunque os recomiendo en particular el de arroz con leche. Hay varios Palazzo en Madrid, pero si os gusta lo genuino, el primero de todos se encuentra en la calle Luchana.
La segunda heladería es la más reciente. Se llama Bajo Cero y hace helados de diseño, tan ricos como originales. Os recomiendo el de mascarpone; es gloria bendita. Bajo Cero es (por ahora) un establecimiento único situado en la Glorieta de Quevedo 6.
La tercera heladería, y mi favorita, es Giangrossi, una cadena con presencia en Madrid, Barcelona, Marbella e Ibiza. En Madrid ha abierto varios locales durante los dos últimos años; imagino que con bastante éxito, porque siempre están llenos. Aunque es fundamentalmente una heladería, también funciona como cafetería. Llama la atención la estética de sus locales, moderna, amplia y acogedora, y la excelente calidad del servicio (al menos, en el establecimiento de la calle Velázquez, que es el que más suelo frecuentar). Los helados de Giangrossi son una maravilla, tanto en lo que respecta al sabor como a la textura. No dejéis de probar el de mandarina con zanahoria y el de sabayon. Ah, y el batido de lima-limón con jengibre.
¿Y qué me decís vosotros? ¿Sois tan adictos al helado como yo? ¿Conocéis alguna heladería secreta que es una pura maravilla? Si es así, contad, contad...
(Joder, qué ganas me están entrando de tomarme un helado)
Adoro las cerezas. Se comen con facilidad, tienen el tamaño justo, una forma perfecta, un color precioso y son deliciosas, con la justa proporción entre dulzura y acidez. Así que, sencillamente, si comienzo a comerlas no puedo parar. Ponedme en un extremo del valle del Jerte y no tardaréis en verme salir por la otra punta dejando a mi paso un escenario semejante al provocado por las plagas africanas de langosta. Ya no es temporada de cerezas, pero os contaré un secreto: la mezcla de cerezas y Coca Cola es deliciosa. Ya, ya sé que es una bobada de secreto; a fin de cuentas, la Cherry Coke lleva mucho tiempo inventada. Pero la Cherry Coke es un brebaje asqueroso; sin embargo, comer cerezas y dar de vez en cuando un traguito de Coca Cola... en fin, la hidromiel a su lado se queda a la altura del aguachirle.
En cuanto a los helados... ¿Podría dedicar todo un post a hablar de ellos? Sí, podría. Me chiflan los helados, soy heladoadicto, un zampa-helado tan compulsivo que, al igual que me ocurre con las cerezas, sólo puedo parar de comerlo mediante un acto volitivo de agotadora intensidad. A decir verdad, a veces, cuando como helado, siento asco de mi mismo; es como si me volviera bulímico, sólo que sin la vomitona posterior.
Permitidme disertar brevemente sobre el tema. La calidad de los helados“industriales” es muy discreta. Las mejores marcas, en mi opinión, son Frigo y Miko. Los Ben&Jerry’s no están nada mal, aunque adolecen de esa tendencia tan americana que consiste en añadirle de todo al helado: nueces de macadamia, galletas, virutas de chocolate... en fin, un barroquismo rara vez conseguido. Los famosos Häagen Dazs, sin embargo, siempre me han parecido de lo más mediocre. En cualquier caso, los mejores helados son los de heladería.
La heladería más curiosa que conozco la encontré en los Andes venezolanos, en la ciudad de Mérida. Se llama Coromoto y figura en el Guinness de los récords por ser la heladería que más sabores ofrece en el mundo mundial: más de 600 (sí, no es un error: vende helados de más de seiscientos sabores distintos). Cuando estuve allí, un amigo comentó que era el negocio perfecto, porque vendía el doble. Tú entras en la Heladería Coromoto, miras los sabores, te pica la curiosidad y dices: coño, voy a probar un helado de camarones, o de atún, o de champiñones, o de chili con carne... Luego, te lo ponen, lo pruebas, reconoces que es una porquería indescriptible, lo tiras a la basura y, acto seguido, pides otro helado, sólo que está vez de vainilla, chocolate o algún otro sabor sensato. Lo dicho: doble venta.
Pero quedémonos en España. Ya que se supone que un blog ha de servir para algo, os recomendaré mis tres heladerías favoritas. La primera es un clásico: Palazzo. Se trata de una heladería poco sofisticada, pero honesta y de calidad. Ofrece sabores “de siempre”; todos ellos excelentes, aunque os recomiendo en particular el de arroz con leche. Hay varios Palazzo en Madrid, pero si os gusta lo genuino, el primero de todos se encuentra en la calle Luchana.
La segunda heladería es la más reciente. Se llama Bajo Cero y hace helados de diseño, tan ricos como originales. Os recomiendo el de mascarpone; es gloria bendita. Bajo Cero es (por ahora) un establecimiento único situado en la Glorieta de Quevedo 6.
La tercera heladería, y mi favorita, es Giangrossi, una cadena con presencia en Madrid, Barcelona, Marbella e Ibiza. En Madrid ha abierto varios locales durante los dos últimos años; imagino que con bastante éxito, porque siempre están llenos. Aunque es fundamentalmente una heladería, también funciona como cafetería. Llama la atención la estética de sus locales, moderna, amplia y acogedora, y la excelente calidad del servicio (al menos, en el establecimiento de la calle Velázquez, que es el que más suelo frecuentar). Los helados de Giangrossi son una maravilla, tanto en lo que respecta al sabor como a la textura. No dejéis de probar el de mandarina con zanahoria y el de sabayon. Ah, y el batido de lima-limón con jengibre.
¿Y qué me decís vosotros? ¿Sois tan adictos al helado como yo? ¿Conocéis alguna heladería secreta que es una pura maravilla? Si es así, contad, contad...
(Joder, qué ganas me están entrando de tomarme un helado)
miércoles, agosto 16
Arquetipos
Siempre me ha parecido fascinante la teoría del inconsciente colectivo. No sé si es cierta, ni si Jung se refería con ella a algo real –un inconsciente común compartido a nivel biológico por todas las personas- o a algo más o menos metafórico basado en la transmisión cultural, pero la idea en sí –unos arquetipos pan-humanos- me resulta de lo más sugerente. En cualquier caso, estoy seguro de que si el inconsciente colectivo no existía antes, existe ahora: se trata de Internet. Pero eso es otra historia.
Hay dos arquetipos que ejercen un especial influjo sobre la mente: el bosque y el mar. Cuando nuestros ancestros abandonaron las sabanas de África y llegaron a Europa se encontraron con un inmenso bosque. Durante miles de años, los humanos vivieron en esa floresta primitiva dedicados a la caza y la recolección; el bosque era el mundo, nuestro hogar, aunque también un campo de batalla donde competíamos con otras especies, como los grandes felinos, los lobos o los osos. Pero hace diez mil años, con el advenimiento de la revolución neolítica, eso cambió; los humanos comenzaron una lenta tarea de deforestación para ampliar las zonas de cultivo y, finalmente, abandonaron el bosque. Pero el bosque seguía ahí, en la linde de los campos, rodeando los pueblos y jalonando los caminos; un entorno oscuro y misterioso donde moran nuestros miedos primigenios. Fijaos, si no, en el papel que juega el bosque en los cuentos de hadas: allí reside lo oculto y lo numinoso, allí habita la muerte y el terror, pero también el sexo y las pasiones primarias. No es extraño que Freud considerara el bosque un símbolo del subconsciente.
El mar es distinto; nunca ha sido nuestro hogar, sino una frontera. El mar es el horizonte, lo ilimitado, el espejo del cielo; es una fuente de bienes –sal, peces, moluscos...-, pero también una fuerza terrible que, cuando se desata parece la ira de los dioses. En el fondo del mar se ocultan tesoros y, al mismo tiempo, seres terribles que pueden devorarnos o hacernos enloquecer. Pero lo más importante de todo: cuando estás en la orilla del mar sabes que, al otro lado de esa inmensidad azul, hay otra orilla, un universo mítico y desconocido.
El bosque es un exterior con ambición de interior, un entorno abierto y cerrado al mismo tiempo; el mar es el vacío infinito. En cierto modo parecen dos arquetipos contrarios, pero en el fondo simbolizan lo mismo con una sutil diferencia: el mar es el misterio del más allá y el bosque el misterio del más acá.
Galicia es la autonomía más boscosa de España y una de las que más kilómetros de costa tiene (si es que no posee el record absoluto). Así pues, Galicia es el encuentro entre dos misterios, la suma de dos poderosos arquetipos. A eso hay que agregarle su particular orografía, plagada de colinas y pequeños valles, alborotada por fuentes y regatos. Cuando estás en el interior, tu horizonte es limitado, apenas un puñado de kilómetros en el mejor de los casos. Cada recodo del camino es una sorpresa, nunca sabes lo que te espera más allá del siguiente collado. Y, de pronto, abandonas el bosque y te encuentras con el mar, con el fin de la tierra conocida, con la tumba del sol. Hay un pequeño óleo de Caspar David Friedrich, llamado El atardecer, que muestra una puesta de sol sobre el océano apenas entrevista desde el interior de un bosque. Eso es Galicia.
Visité Galicia por primera vez siendo un niño, en 1965. Recuerdo una región muy atrasada, muy pobre, con carreteras infames y muy escasas infraestructuras. La industrialización apenas había llegado a esas tierra, así que la mayor parte de la gente seguía viviendo como lo habían hecho sus antepasados desde tiempos inmemoriales. Recorrí con mis padres todas las provincias gallegas y encontré un mundo anclado en el pasado, lleno de magia y leyendas. Las antiguas tradiciones del neolítico seguían vigentes allí.
Regresé a Galicia en 1980, para hacer la mili; primero en Pontevedra y luego en La Coruña. La región se había modernizado un poco –Vigo era, de hecho, un bastión de la modernidad- y había más infraestructuras. También comenzaba un tímido turismo centralizado en tres o cuatro puntos (Santiago, Sanxenxo, La Toja...), pero las costas aún eran razonablemente vírgenes. Y, aunque de forma cada vez más confinada, la viejas tradiciones seguían subsistiendo.
A partir de entonces, volví a Galicia muchas veces; incluso me casé con una gallega. La provincia que más me gustaba era Pontevedra, pero... poco a poco, el turismo creció y, junto con él, llegó un urbanismo desaforado. La última vez que estuve en las Rías Bajas me deprimí: una pléyade de urbanizaciones había invadido uno de los paisajes más hermosos del mundo. Como una plaga de hongos. Los constructores habían destruido la magia. Por eso no he regresado a Pontevedra, por eso, cuando siento la necesidad de volver a Galicia, me refugio en las todavía razonablemente respetadas Rías Altas.
Hoy llueve en Galicia. La lluvia ayudará a extinguir los incendios que durante las últimas semanas han devastado la región. Esos incendios -la mayor parte de ellos provocados- son uno de los problemas que amenazan con destruir la tierra celta, pero hay más. Primero fue la sustitución del bosque primigenio –castañares y robledales, sobre todo- por bosque de eucaliptos (¿Cómo se llaman, por cierto, los bosques de eucaliptos? ¿”Eucaliptales”?). Luego llegó el abandono de las aldeas, la emigración masiva, la ruptura definitiva de un estilo de vida. Finalmente, ha sobrevenido la vorágine constructora que, cuando la autopista del Cantábrico se finalice, acabará invadiendo también las Rías Altas. Y entonces habremos masacrado definitivamente las bellísimas costas gallegas. ¿Pero eso a quién le importa mientras fluya la pasta?
En fin... Esto viene a cuento porque una amable visitante de Babel, y.e.o, me pide que hable sobre las maravillas de Galicia y, en particular, sobre las de Lugo. Pero, ¿cómo hacerlo? No tengo tiempo ni espacio, debería dedicar el blog entero a hablar sobre una tierra tan alucinante. Puede que Galicia sea un animal herido, pero sigue siendo un bellísimo animal. Santiago de Compostela, Muros, Finisterre, Vivero, el monte Pindo, el monte Sacro, la playa de La Lanzada, Catoira, los petroglifos, las viejas iglesias (como Santa María a Nova), los valles, los puentes, las leyendas y las tradiciones, el festival de música celta de Ortigueira, las rías, la bruma, la Santa Compaña, las meigas, los lobishomes, el Pedrón, el Camino de Santiago, la Torre de Hércules, los castros, los dólmenes (como los de Dombate o Tordoia), la asombrosa Playa de las Catedrales... y, sobre todo, los bosques hiperbólicamente frondosos, los senderos serpenteantes, los valles diminutos, la vegetación excesiva, y luego el mar, los acantilados, los islotes (Cíes, Ons, Sálvora...) el cielo casi siempre de plomo. Con frecuencia he comprobado que los gallegos son uno de los pueblos más vinculados a su tierra. ¿Os suena la palabra “morriña? Los gallegos inventaron ese término para definir la melancolía que se siente al estar lejos de Galicia. No me extraña.
En fin, acabo de volver y ya la echo de menos. Y, después de todo, no he hablado de Lugo (la tierra del dios Lug, según algunos) y la Mariña, que es lo que me pedía y.e.o... Bueno, os revelaré un lugar secreto, sólo uno, pero extraordinario. Si vais por la costa lucense, os recomiendo la playa de San Román, en el municipio de Vicedo, cerca de Vivero. Es una playa hermosísima situada entre dos leves acantilados boscosos, con un sistema de dunas en el centro y un peñón quebrado a la derecha, al borde del mar. Siempre hay poca gente. Da gusto ver atardecer allí. Eso sí, el agua está helada.
Y ya termino. Con una consideración que tiene, lo reconozco, más de deseo que de esperanza: ni el fuego, ni el cemento, ni el chapapote podrán acabar jamás con el poderoso influjo de las meigas. Los arquetipos son eternos, y Galicia lo es. Arquetípica y eterna.
Hay dos arquetipos que ejercen un especial influjo sobre la mente: el bosque y el mar. Cuando nuestros ancestros abandonaron las sabanas de África y llegaron a Europa se encontraron con un inmenso bosque. Durante miles de años, los humanos vivieron en esa floresta primitiva dedicados a la caza y la recolección; el bosque era el mundo, nuestro hogar, aunque también un campo de batalla donde competíamos con otras especies, como los grandes felinos, los lobos o los osos. Pero hace diez mil años, con el advenimiento de la revolución neolítica, eso cambió; los humanos comenzaron una lenta tarea de deforestación para ampliar las zonas de cultivo y, finalmente, abandonaron el bosque. Pero el bosque seguía ahí, en la linde de los campos, rodeando los pueblos y jalonando los caminos; un entorno oscuro y misterioso donde moran nuestros miedos primigenios. Fijaos, si no, en el papel que juega el bosque en los cuentos de hadas: allí reside lo oculto y lo numinoso, allí habita la muerte y el terror, pero también el sexo y las pasiones primarias. No es extraño que Freud considerara el bosque un símbolo del subconsciente.
El mar es distinto; nunca ha sido nuestro hogar, sino una frontera. El mar es el horizonte, lo ilimitado, el espejo del cielo; es una fuente de bienes –sal, peces, moluscos...-, pero también una fuerza terrible que, cuando se desata parece la ira de los dioses. En el fondo del mar se ocultan tesoros y, al mismo tiempo, seres terribles que pueden devorarnos o hacernos enloquecer. Pero lo más importante de todo: cuando estás en la orilla del mar sabes que, al otro lado de esa inmensidad azul, hay otra orilla, un universo mítico y desconocido.
El bosque es un exterior con ambición de interior, un entorno abierto y cerrado al mismo tiempo; el mar es el vacío infinito. En cierto modo parecen dos arquetipos contrarios, pero en el fondo simbolizan lo mismo con una sutil diferencia: el mar es el misterio del más allá y el bosque el misterio del más acá.
Galicia es la autonomía más boscosa de España y una de las que más kilómetros de costa tiene (si es que no posee el record absoluto). Así pues, Galicia es el encuentro entre dos misterios, la suma de dos poderosos arquetipos. A eso hay que agregarle su particular orografía, plagada de colinas y pequeños valles, alborotada por fuentes y regatos. Cuando estás en el interior, tu horizonte es limitado, apenas un puñado de kilómetros en el mejor de los casos. Cada recodo del camino es una sorpresa, nunca sabes lo que te espera más allá del siguiente collado. Y, de pronto, abandonas el bosque y te encuentras con el mar, con el fin de la tierra conocida, con la tumba del sol. Hay un pequeño óleo de Caspar David Friedrich, llamado El atardecer, que muestra una puesta de sol sobre el océano apenas entrevista desde el interior de un bosque. Eso es Galicia.
Visité Galicia por primera vez siendo un niño, en 1965. Recuerdo una región muy atrasada, muy pobre, con carreteras infames y muy escasas infraestructuras. La industrialización apenas había llegado a esas tierra, así que la mayor parte de la gente seguía viviendo como lo habían hecho sus antepasados desde tiempos inmemoriales. Recorrí con mis padres todas las provincias gallegas y encontré un mundo anclado en el pasado, lleno de magia y leyendas. Las antiguas tradiciones del neolítico seguían vigentes allí.
Regresé a Galicia en 1980, para hacer la mili; primero en Pontevedra y luego en La Coruña. La región se había modernizado un poco –Vigo era, de hecho, un bastión de la modernidad- y había más infraestructuras. También comenzaba un tímido turismo centralizado en tres o cuatro puntos (Santiago, Sanxenxo, La Toja...), pero las costas aún eran razonablemente vírgenes. Y, aunque de forma cada vez más confinada, la viejas tradiciones seguían subsistiendo.
A partir de entonces, volví a Galicia muchas veces; incluso me casé con una gallega. La provincia que más me gustaba era Pontevedra, pero... poco a poco, el turismo creció y, junto con él, llegó un urbanismo desaforado. La última vez que estuve en las Rías Bajas me deprimí: una pléyade de urbanizaciones había invadido uno de los paisajes más hermosos del mundo. Como una plaga de hongos. Los constructores habían destruido la magia. Por eso no he regresado a Pontevedra, por eso, cuando siento la necesidad de volver a Galicia, me refugio en las todavía razonablemente respetadas Rías Altas.
Hoy llueve en Galicia. La lluvia ayudará a extinguir los incendios que durante las últimas semanas han devastado la región. Esos incendios -la mayor parte de ellos provocados- son uno de los problemas que amenazan con destruir la tierra celta, pero hay más. Primero fue la sustitución del bosque primigenio –castañares y robledales, sobre todo- por bosque de eucaliptos (¿Cómo se llaman, por cierto, los bosques de eucaliptos? ¿”Eucaliptales”?). Luego llegó el abandono de las aldeas, la emigración masiva, la ruptura definitiva de un estilo de vida. Finalmente, ha sobrevenido la vorágine constructora que, cuando la autopista del Cantábrico se finalice, acabará invadiendo también las Rías Altas. Y entonces habremos masacrado definitivamente las bellísimas costas gallegas. ¿Pero eso a quién le importa mientras fluya la pasta?
En fin... Esto viene a cuento porque una amable visitante de Babel, y.e.o, me pide que hable sobre las maravillas de Galicia y, en particular, sobre las de Lugo. Pero, ¿cómo hacerlo? No tengo tiempo ni espacio, debería dedicar el blog entero a hablar sobre una tierra tan alucinante. Puede que Galicia sea un animal herido, pero sigue siendo un bellísimo animal. Santiago de Compostela, Muros, Finisterre, Vivero, el monte Pindo, el monte Sacro, la playa de La Lanzada, Catoira, los petroglifos, las viejas iglesias (como Santa María a Nova), los valles, los puentes, las leyendas y las tradiciones, el festival de música celta de Ortigueira, las rías, la bruma, la Santa Compaña, las meigas, los lobishomes, el Pedrón, el Camino de Santiago, la Torre de Hércules, los castros, los dólmenes (como los de Dombate o Tordoia), la asombrosa Playa de las Catedrales... y, sobre todo, los bosques hiperbólicamente frondosos, los senderos serpenteantes, los valles diminutos, la vegetación excesiva, y luego el mar, los acantilados, los islotes (Cíes, Ons, Sálvora...) el cielo casi siempre de plomo. Con frecuencia he comprobado que los gallegos son uno de los pueblos más vinculados a su tierra. ¿Os suena la palabra “morriña? Los gallegos inventaron ese término para definir la melancolía que se siente al estar lejos de Galicia. No me extraña.
En fin, acabo de volver y ya la echo de menos. Y, después de todo, no he hablado de Lugo (la tierra del dios Lug, según algunos) y la Mariña, que es lo que me pedía y.e.o... Bueno, os revelaré un lugar secreto, sólo uno, pero extraordinario. Si vais por la costa lucense, os recomiendo la playa de San Román, en el municipio de Vicedo, cerca de Vivero. Es una playa hermosísima situada entre dos leves acantilados boscosos, con un sistema de dunas en el centro y un peñón quebrado a la derecha, al borde del mar. Siempre hay poca gente. Da gusto ver atardecer allí. Eso sí, el agua está helada.
Y ya termino. Con una consideración que tiene, lo reconozco, más de deseo que de esperanza: ni el fuego, ni el cemento, ni el chapapote podrán acabar jamás con el poderoso influjo de las meigas. Los arquetipos son eternos, y Galicia lo es. Arquetípica y eterna.
martes, agosto 8
Lucía
Voy a contaros un cuento, una de esas historias de hadas, brujas, príncipes y princesas, pero este cuento no puede empezar como empiezan todos los cuentos, no puedo decir “érase una vez” o “había una vez”, no, no, no, eso sería inexacto. Este cuento debe comenzar con un hay ahora. En este instante, mientras lees estas líneas. Ya.
Ahora.
Hay...
Hay ahora una niña llamada Lucía. Tiene dieciséis meses y es preciosa, muy rubia, de piel muy clara, con los ojos muy azules. También es muy risueña; siempre está sonriendo y, cuando te ve, su rostro se ilumina de alegría. Si la tuvieras delante, si la observases mientras se agita y gorgojea en su cuna, pensarías que es el bebé más feliz del mundo. Pero Lucía tiene dieciséis meses.
Los padres de Lucía viven en Madrid. Él es alemán, muy alto –tanto como yo-, y aunque habla perfectamente español y no es uno de esos arios rubios y cuadrangulares de los que uno espera que invadan Polonia en cualquier momento, hay algo en él, quizá el tono de su piel, que lo delata como no-nativo. Ella también es alta, de tez oscura y -como buena española- pelo negro, tan mediterránea como un campo de olivos e igual de bonita. Esos son los padres de Lucía, sí; buenos padres, cariñosos, entregados, padres felices. Pero Lucía tiene dieciséis meses.
Lucía tiene dos hermanos. El mayor, Martín, de cinco años, es un niño encantador; sus ojos son del color de la miel y, al igual que ocurre con su padre, hay en su aspecto un indefinible matiz exótico. Sara, la segunda en edad, tiene cuatro años y es idéntica a su madre, pelo negro, ojos negros, piel de bronce claro. Es tan bonita que asombra verla y cuando sonríe es como si saliera el sol y se iluminara el mundo. Podría ser una niña hebrea en un kibutz o una malagueña dorada por el sol de Andalucía. Los dos, Martín y Sara, nacieron en Madrid, los dos hablan español y alemán, los dos son felices, como su hermana Lucía. Pero Lucía tiene dieciséis meses.
Estos son los protagonistas del cuento: papá, mamá, Martín, Sara y Lucía. Ahora entra en escena la bruja mala. Se llama Angelman... Hombre-ángel, qué extraño nombre para una bruja.
Lucía, ya lo he dicho, es un bebé precioso y sonriente, el bebé más feliz del mundo, pero si te paras a pensarlo, si recuerdas que Lucía tiene dieciséis meses, advertirás que hay algo extraño, algo sutilmente incorrecto. Dieciséis meses... no debería ser tan bebé. Lucía nunca ha gateado, aunque eso es normal, muchos niños no lo hacen. Tampoco repta y eso ya no es tan normal; pero lo realmente alarmante es que Lucía no puede sentarse ni mantener enderezada la espalda, como si fuera un bebé de pocos meses. Y, recuérdalo, Lucía tiene casi año y medio de edad.
Los padres de Lucía consultaron a los mejores magos y galenos del reino, y estos, tras examinar a la niña, dictaminaron que la pequeña Lucía había sido hechizada por un conjuro de la bruja Angelman. Esto que os cuento, no lo olvidéis, es muy reciente, ocurre ahora, hoy mismo. El diagnóstico de los galenos sobrevino hace sólo dos o tres semanas, a finales de julio, y sus ecos todavía resuenan en el aire. Angelman... ¿quién demonios es esa bruja?
En 1965, el médico inglés Harry Angelman describió por primera vez a tres niños con los síntomas ahora conocidas como Síndrome de Angelman. Se trata de una dolencia tan rara, tan infrecuente, que durante mucho tiempo se pensó que no existía; pero un día los avances de la genética permitieron descubrir que los hechizado por Angelman tenían borrada una pequeña zona del cromosoma número 15. Estoy hablando de una fracción diminuta de ADN, un fragmento infinitesimal, pero los efectos de su ausencia son demoledores.
Los bebés-Angelman parecen enteramente normales durante los primeros doce meses de vida; a partir de ese momento comienzan a aflorar los primeros síntomas de retraso en su desarrollo. Luego... problemas de movimiento y equilibrio, incapacidad para hablar, dificultad –o incluso imposibilidad absoluta- de caminar, retraso mental, crisis convulsivas... Hay más síntomas, pero dos de ellos son tan paradójicos que parecen un sarcasmo, una burla cruel. La parte borrada del cromosoma 15 afecta de alguna manera a la distribución de la melanina; por eso Lucía es tan rubia y tiene los ojos tan azules, la piel tan clara, por eso es tan bonita. Por otro lado, el ADN extraviado provoca una extraña afección motora llamada “epilepsia risible”. Convulsiones similares a la risa; por eso Lucía sonríe tanto, por eso parece tan feliz.
En España hay menos de doscientos casos registrados; si lo piensas, existen más posibilidades de ganar el gordo de la lotería que de sufrir el hechizo de la bruja Angelman. Por eso, cuando cosas como ésta suceden cerca de ti, no puedes evitar preguntarte ¿por qué?, aunque en el fondo sabes que no hay respuesta, que no existe otro motivo más que el maldito azar. Lanzas un dado de doscientas veinte mil caras y sale tu número. Mala suerte. Te ha tocado.
Creo que nunca, como en este caso, la apariencia de una enfermedad es tan acorde con el nombre de su descubridor. Lucia, os lo juro, parece un ángel risueño, un querubín bondadoso y radiante. De hecho –permitidme soñar un poquito-, creo que Lucía es en realidad un ángel, un ángel varado entre dos mundos, un rayo de luz atrapado en ámbar. Parte de ella, una ínfima porción de su ADN, se extravió en el universo de lo inexistente, y otra parte se materializó en nuestro mundo. Por eso, Lucía oscila, late entre dos planos de existencia, es y no es, está y no está. Y, quién sabe, quizá el hecho de vivir dos realidades al mismo tiempo expanda su mente hasta abarcar el universo entero. Puede que Lucía sonría tanto porque durante cada segundo de su existencia contempla prodigios que nosotros no podemos ni imaginar, puede que Lucía nunca hable porque no existen palabras para describir lo que ve. Quién sabe, podría ser...
Ahora debería concluir esta historia con un “colorín colorado, este cuento se ha acabado”, pero no puedo hacerlo, faltaría a la verdad, porque este cuento no ha hecho más que comenzar. ¿Qué sucederá después, cómo concluirá el relato? No lo sé. Me gustaría creer que, algún día, un hada buena romperá el hechizo de la bruja Angelman; me gustaría creer que un príncipe azul besará los labios de Lucía, despertándola de su sueño inmemorial...
Ya, ya sé que no puede ser; pero me gustaría creerlo.
Ahora.
Hay...
Hay ahora una niña llamada Lucía. Tiene dieciséis meses y es preciosa, muy rubia, de piel muy clara, con los ojos muy azules. También es muy risueña; siempre está sonriendo y, cuando te ve, su rostro se ilumina de alegría. Si la tuvieras delante, si la observases mientras se agita y gorgojea en su cuna, pensarías que es el bebé más feliz del mundo. Pero Lucía tiene dieciséis meses.
Los padres de Lucía viven en Madrid. Él es alemán, muy alto –tanto como yo-, y aunque habla perfectamente español y no es uno de esos arios rubios y cuadrangulares de los que uno espera que invadan Polonia en cualquier momento, hay algo en él, quizá el tono de su piel, que lo delata como no-nativo. Ella también es alta, de tez oscura y -como buena española- pelo negro, tan mediterránea como un campo de olivos e igual de bonita. Esos son los padres de Lucía, sí; buenos padres, cariñosos, entregados, padres felices. Pero Lucía tiene dieciséis meses.
Lucía tiene dos hermanos. El mayor, Martín, de cinco años, es un niño encantador; sus ojos son del color de la miel y, al igual que ocurre con su padre, hay en su aspecto un indefinible matiz exótico. Sara, la segunda en edad, tiene cuatro años y es idéntica a su madre, pelo negro, ojos negros, piel de bronce claro. Es tan bonita que asombra verla y cuando sonríe es como si saliera el sol y se iluminara el mundo. Podría ser una niña hebrea en un kibutz o una malagueña dorada por el sol de Andalucía. Los dos, Martín y Sara, nacieron en Madrid, los dos hablan español y alemán, los dos son felices, como su hermana Lucía. Pero Lucía tiene dieciséis meses.
Estos son los protagonistas del cuento: papá, mamá, Martín, Sara y Lucía. Ahora entra en escena la bruja mala. Se llama Angelman... Hombre-ángel, qué extraño nombre para una bruja.
Lucía, ya lo he dicho, es un bebé precioso y sonriente, el bebé más feliz del mundo, pero si te paras a pensarlo, si recuerdas que Lucía tiene dieciséis meses, advertirás que hay algo extraño, algo sutilmente incorrecto. Dieciséis meses... no debería ser tan bebé. Lucía nunca ha gateado, aunque eso es normal, muchos niños no lo hacen. Tampoco repta y eso ya no es tan normal; pero lo realmente alarmante es que Lucía no puede sentarse ni mantener enderezada la espalda, como si fuera un bebé de pocos meses. Y, recuérdalo, Lucía tiene casi año y medio de edad.
Los padres de Lucía consultaron a los mejores magos y galenos del reino, y estos, tras examinar a la niña, dictaminaron que la pequeña Lucía había sido hechizada por un conjuro de la bruja Angelman. Esto que os cuento, no lo olvidéis, es muy reciente, ocurre ahora, hoy mismo. El diagnóstico de los galenos sobrevino hace sólo dos o tres semanas, a finales de julio, y sus ecos todavía resuenan en el aire. Angelman... ¿quién demonios es esa bruja?
En 1965, el médico inglés Harry Angelman describió por primera vez a tres niños con los síntomas ahora conocidas como Síndrome de Angelman. Se trata de una dolencia tan rara, tan infrecuente, que durante mucho tiempo se pensó que no existía; pero un día los avances de la genética permitieron descubrir que los hechizado por Angelman tenían borrada una pequeña zona del cromosoma número 15. Estoy hablando de una fracción diminuta de ADN, un fragmento infinitesimal, pero los efectos de su ausencia son demoledores.
Los bebés-Angelman parecen enteramente normales durante los primeros doce meses de vida; a partir de ese momento comienzan a aflorar los primeros síntomas de retraso en su desarrollo. Luego... problemas de movimiento y equilibrio, incapacidad para hablar, dificultad –o incluso imposibilidad absoluta- de caminar, retraso mental, crisis convulsivas... Hay más síntomas, pero dos de ellos son tan paradójicos que parecen un sarcasmo, una burla cruel. La parte borrada del cromosoma 15 afecta de alguna manera a la distribución de la melanina; por eso Lucía es tan rubia y tiene los ojos tan azules, la piel tan clara, por eso es tan bonita. Por otro lado, el ADN extraviado provoca una extraña afección motora llamada “epilepsia risible”. Convulsiones similares a la risa; por eso Lucía sonríe tanto, por eso parece tan feliz.
En España hay menos de doscientos casos registrados; si lo piensas, existen más posibilidades de ganar el gordo de la lotería que de sufrir el hechizo de la bruja Angelman. Por eso, cuando cosas como ésta suceden cerca de ti, no puedes evitar preguntarte ¿por qué?, aunque en el fondo sabes que no hay respuesta, que no existe otro motivo más que el maldito azar. Lanzas un dado de doscientas veinte mil caras y sale tu número. Mala suerte. Te ha tocado.
Creo que nunca, como en este caso, la apariencia de una enfermedad es tan acorde con el nombre de su descubridor. Lucia, os lo juro, parece un ángel risueño, un querubín bondadoso y radiante. De hecho –permitidme soñar un poquito-, creo que Lucía es en realidad un ángel, un ángel varado entre dos mundos, un rayo de luz atrapado en ámbar. Parte de ella, una ínfima porción de su ADN, se extravió en el universo de lo inexistente, y otra parte se materializó en nuestro mundo. Por eso, Lucía oscila, late entre dos planos de existencia, es y no es, está y no está. Y, quién sabe, quizá el hecho de vivir dos realidades al mismo tiempo expanda su mente hasta abarcar el universo entero. Puede que Lucía sonría tanto porque durante cada segundo de su existencia contempla prodigios que nosotros no podemos ni imaginar, puede que Lucía nunca hable porque no existen palabras para describir lo que ve. Quién sabe, podría ser...
Ahora debería concluir esta historia con un “colorín colorado, este cuento se ha acabado”, pero no puedo hacerlo, faltaría a la verdad, porque este cuento no ha hecho más que comenzar. ¿Qué sucederá después, cómo concluirá el relato? No lo sé. Me gustaría creer que, algún día, un hada buena romperá el hechizo de la bruja Angelman; me gustaría creer que un príncipe azul besará los labios de Lucía, despertándola de su sueño inmemorial...
Ya, ya sé que no puede ser; pero me gustaría creerlo.
domingo, julio 16
Rituales de verano: las vacaciones
El gran ritual del verano son las vacaciones, una ceremonia sagrada que comienza con un camino iniciático y concluye con el mito del eterno retorno. Mucha gente, la mayoría, pasa sus vacaciones en un lugar concreto; a veces, ese lugar siempre es el mismo e, incluso, tienen allí su segunda casa. Su segunda casa, su grupo de amigos, sus restaurantes favoritos, su playa, su paisaje, siempre lo mismo... Yo no podría veranear de esa manera; me moriría de aburrimiento. Para mí, las vacaciones son sinónimo de viaje. No me refiero a viajar a un sitio para quedarme allí todo el tiempo; hablo de viajar a un lugar que será el punto de partida para ir a otro, y luego a otro, y a otro, y a otro...
Durante este último lustro, mi familia y yo hemos veraneado así cada año. Hicimos primero un largo viaje en coche por Francia, recorriendo toda la costa atlántica y, en particular, la Bretaña, para acabar en Mont Saint Michel, uno de los lugares más hermosos y mágicos del mundo. El siguiente año regresamos a Francia y recorrimos el valle del Loira y Normandía. Me impresionó visitar el escenario del Desembarco, pisar la playa de Omaha, contemplar al natural lo que tantas veces había visto en el cine. Con las siguientes vacaciones comenzamos el circuito americano. Primero fuimos a Costa Rica; allí, tras un periplo fluvial que nos llevó a las selvas de Tortuguero, alquilamos un coche y recorrimos el país de arriba abajo (es un país pequeño). Aún recuerdo lo mucho que me impresionó ver el volcán Arenal, siempre en activo (a veces, de hecho, jodidamente activo). Al año siguiente fuimos a México; primero a DF y luego a Chiapas y Yucatán, siguiendo la ruta Maya. Cuando vi esas ciudades perdidas en medio de la selva (Palenque, Uxmal, Yachilan...), tuve la sensación de haber entrado en una de mis novelas de Jaime Mercader. El año pasado, por último, fuimos a Estados Unidos: Nevada, Utha, Arizona y el norte de California. Eso sí que fue meterse dentro de una película de John Ford.
Bueno, ésas son mis vacaciones ideales; siempre en movimiento, siempre viendo cosas nuevas. Y tengo planes para el futuro, todavía queda mucho por descubrir: las Islas Británicas, la Occitania, los países nórdicos, Perú, el norte de México, la costa Este norteamericana, Sudáfrica, toda Asia, en fin, el mundo entero...
Pero también hay lugares a los que me gusta regresar, como por ejemplo Galicia. Es curioso: nací en Barcelona y he vivido siempre en Madrid, pero no me considero de un sitio ni de otro, ni de ningún lugar en particular. Sin embargo, cuando voy a Galicia, me siento en casa, como si volviera al hogar. Es cierto que, desde la primera vez que fui con mis padres, en el 66 o 67, he vuelto allí muchas veces; incluso hice la mili en Pontevedra y en La Coruña, pero eso no explica la sensación de paz, de comunión con la tierra, que siento cada vez que piso Galicia. Es un mundo mágico.
Este año hemos optado por unas vacaciones tranquilas; nos vamos a Vivero, en la costa de Lugo. Saldremos mañana, así que dentro de un par de horas comenzarán los pequeños rituales: sacar la ropa, preparar el equipaje, escoger los libros que, definitivamente, me voy a llevar... en el fondo, esos son los momentos más felices de las vacaciones, cuando todo es promesa, cuando aún no hemos agotado ni un segundo del tiempo disponible, pero ya estamos disfrutándolo, cuando el viaje, la peregrinación, está a punto de empezar.
Así que me despido de todos vosotros, pero no sin daros antes un consejo. Un curioso libro de viajes: La Guía de la España mágica, de Juan García Atienza. No sé si conocéis a García Atienza; fue uno de los primeros escritores españoles de ciencia ficción, allá por los sesenta, dirigió una película que no estaba nada mal (Los dinamiteros) y luego se dedicó de lleno al esoterismo, las corrientes telúricas, los templarios, las vírgenes negras y todo eso. Personalmente, no creo en nada de ello, pero siempre que viajo por España llevo su Guía, porque Atienza nos descubre en ella lugares muy poco conocidos y muy llenos de magia y misterio, como por ejemplo el cementerio de Santa María a Nova, en Noia (La Coruña), uno de los recintos más enigmáticos que he visitado. Así que hacedme caso y, si viajáis por España, y aunque el esoterismo os deje tan fríos como a mí, llevad con vosotros el libro de García Atienza.
Y ahora, amigos míos, os digo adiós durante un par de semanas. Un lascivo beso para ellas y un viril abrazo para ellos. Sed malos.
Felices vacaciones.
Durante este último lustro, mi familia y yo hemos veraneado así cada año. Hicimos primero un largo viaje en coche por Francia, recorriendo toda la costa atlántica y, en particular, la Bretaña, para acabar en Mont Saint Michel, uno de los lugares más hermosos y mágicos del mundo. El siguiente año regresamos a Francia y recorrimos el valle del Loira y Normandía. Me impresionó visitar el escenario del Desembarco, pisar la playa de Omaha, contemplar al natural lo que tantas veces había visto en el cine. Con las siguientes vacaciones comenzamos el circuito americano. Primero fuimos a Costa Rica; allí, tras un periplo fluvial que nos llevó a las selvas de Tortuguero, alquilamos un coche y recorrimos el país de arriba abajo (es un país pequeño). Aún recuerdo lo mucho que me impresionó ver el volcán Arenal, siempre en activo (a veces, de hecho, jodidamente activo). Al año siguiente fuimos a México; primero a DF y luego a Chiapas y Yucatán, siguiendo la ruta Maya. Cuando vi esas ciudades perdidas en medio de la selva (Palenque, Uxmal, Yachilan...), tuve la sensación de haber entrado en una de mis novelas de Jaime Mercader. El año pasado, por último, fuimos a Estados Unidos: Nevada, Utha, Arizona y el norte de California. Eso sí que fue meterse dentro de una película de John Ford.
Bueno, ésas son mis vacaciones ideales; siempre en movimiento, siempre viendo cosas nuevas. Y tengo planes para el futuro, todavía queda mucho por descubrir: las Islas Británicas, la Occitania, los países nórdicos, Perú, el norte de México, la costa Este norteamericana, Sudáfrica, toda Asia, en fin, el mundo entero...
Pero también hay lugares a los que me gusta regresar, como por ejemplo Galicia. Es curioso: nací en Barcelona y he vivido siempre en Madrid, pero no me considero de un sitio ni de otro, ni de ningún lugar en particular. Sin embargo, cuando voy a Galicia, me siento en casa, como si volviera al hogar. Es cierto que, desde la primera vez que fui con mis padres, en el 66 o 67, he vuelto allí muchas veces; incluso hice la mili en Pontevedra y en La Coruña, pero eso no explica la sensación de paz, de comunión con la tierra, que siento cada vez que piso Galicia. Es un mundo mágico.
Este año hemos optado por unas vacaciones tranquilas; nos vamos a Vivero, en la costa de Lugo. Saldremos mañana, así que dentro de un par de horas comenzarán los pequeños rituales: sacar la ropa, preparar el equipaje, escoger los libros que, definitivamente, me voy a llevar... en el fondo, esos son los momentos más felices de las vacaciones, cuando todo es promesa, cuando aún no hemos agotado ni un segundo del tiempo disponible, pero ya estamos disfrutándolo, cuando el viaje, la peregrinación, está a punto de empezar.
Así que me despido de todos vosotros, pero no sin daros antes un consejo. Un curioso libro de viajes: La Guía de la España mágica, de Juan García Atienza. No sé si conocéis a García Atienza; fue uno de los primeros escritores españoles de ciencia ficción, allá por los sesenta, dirigió una película que no estaba nada mal (Los dinamiteros) y luego se dedicó de lleno al esoterismo, las corrientes telúricas, los templarios, las vírgenes negras y todo eso. Personalmente, no creo en nada de ello, pero siempre que viajo por España llevo su Guía, porque Atienza nos descubre en ella lugares muy poco conocidos y muy llenos de magia y misterio, como por ejemplo el cementerio de Santa María a Nova, en Noia (La Coruña), uno de los recintos más enigmáticos que he visitado. Así que hacedme caso y, si viajáis por España, y aunque el esoterismo os deje tan fríos como a mí, llevad con vosotros el libro de García Atienza.
Y ahora, amigos míos, os digo adiós durante un par de semanas. Un lascivo beso para ellas y un viril abrazo para ellos. Sed malos.
Felices vacaciones.
martes, julio 11
Rituales de verano: la noche
Mis padres, José y Leonor, tenían los ritmos vitales desajustados. Mi padre se acostaba muy pronto, nunca más tarde de las doce, y solía levantarse a las siete de la mañana, mientras que mi madre se levantaba tardísimo y se iba a la cama más tarde aún. La verdad, no sé en qué tres momentos coincidieron despiertos en el tálamo para poder mandarle encargos a la cigüeña... Durante las siestas, supongo. El caso es que sus hijos –en particular el segundo y éste, su seguro servidor, el tercero- heredaron la nocturnidad de doña Leonor. Cuando yo era pequeño –digamos doce o trece años- y estaba de vacaciones, podía quedarme despierto hasta la hora que me viniese en gana. Muchas veces, cuando la programación de la única cadena de TV que había por aquel entonces tocaba a su fin, me sentaba junto a la ventana y leía un libro –quizá un ejemplar de Más Allá- al tiempo que, de vez en cuando, miraba hacia la calle.
Por aquel entonces –estoy hablando de mediados de los sesenta-, los porteros, después de cenar, solían sacar unas sillas junto a los portales y tomaban el (relativo) fresco de la noche mientras charlaban en torno a un botijo...
INCISO: éstas son las cosas que jamás les cuento a mis hijos para que no piensen que su padre procede del pleistoceno.
...Los porteros, tras un rato de cháchara, se iban a dormir; poco después, aparecían los basureros y, por último, los regadores con sus mangueras. Finalmente las calles quedaban desiertas. Entonces comenzaba la magia. En casa teníamos perros, y yo, como último mono oficial de nuestro hogar, era el encargado de sacarlos a pasear, así que salía con Bari y Tarik y comenzaba a recorrer las calles. No había nadie, ni peatones ni coches, pero los semáforos seguían funcionando, verde, naranja y rojo, una y otra vez, aunque no había nadie, salvo yo, para apreciar su intermitencia. No sé por qué, pero me fascinaban esas luces. Igual que me fascinaban las nubes de mosquitos que revoloteaban en torno a las farolas. O las ventanas iluminadas en plena madrugada; ¿por qué están despiertos los moradores de esas casas mientras todo el mundo duerme? No sé quiénes son, pero en cierto modo me siento hermanado a ellos, pues compartimos el tiempo secreto de la noche y estamos sujetos a las arcanas reglas de las fraternidad de los noctámbulos.
Algunas noches de verano te deparan sorpresas. Cuando vivía con mis padres, dormía frente a una ventana; una madrugada, serían las tres o las cuatro, algo me despertó. La Luna, una inmensa Luna llena, inundaba con su luz mi habitación. Era una claridad asombrosa, mágica. Me levanté, me asomé a la ventana y, contemplando la Luna, encendí un cigarrillo. Mis padres no me dejaban fumar, pero la noche era mi aliada, así que fumé lentamente, sumido en una incierta, aunque intensísima, sensación de plenitud y felicidad. Rosa Montero dijo una vez que toda persona tiene una Luna en su vida; pues bien, aquélla fue mi Luna y aquél mi mejor cigarrillo.
¿Y las estrellas? La luz eléctrica es genial, pero al inventarla Edison nos robó las estrellas. Las ciudades no tienen estrellas, así que hay que salir de ellas y alejarse mucho, mucho, para poder contemplar el mayor espectáculo que nos ofrece la naturaleza: el firmamento. Hace unos cuantos años –no demasiados- yo me encontraba en la sierra de Madrid con unos amigos. El cielo estaba cuajado de estrellas; nos fumamos un canutito y me tumbé sobre la hierba para contemplar el cielo nocturno. La Vía Láctea se distinguía con nitidez, el firmamento parecía una cúpula tachonada de diamantes. Era muy hermoso. Entonces se me ocurrió una idea un tanto perturbadora: siendo la Tierra esférica, no existe arriba ni abajo. Por tanto, ese firmamento que yo asumía como una bóveda, podía contemplarse también como un abismo. Lo miré, pues, como si fuera un abismo y os juro que jamás he experimentado tanto vértigo. Aunque reconozco que fue un mareo agradable. Cósmico, diría yo.
Recuerdo que cuando era muy pequeño –seis o siete años- vi una lluvia de estrellas. No sé dónde, ni cuándo; sólo sé que era verano y el cielo estaba lleno de estrellas fugaces. Todos los veranos, allá entre finales de julio y comienzos de agosto, la Tierra cruza la trayectoria del cometa Swift-Tuttle y un montón de partículas, minúsculos escombros cometarios, se precipitan a la Tierra convertidas en meteoritos que arden por la fricción con la atmósfera. Son las Perseidas, también conocidas como Lágrimas de San Lorenzo. Según he leído en Internet, para esta misma madrugada (es 11 de julio) está prevista la primera oleada de Perseidas. En Madrid el cielo está nublado; mala suerte. Aunque, por otro lado, nunca te puedes fiar de un astrónomo. Hace años, me encontraba de vacaciones en los Pirineos, en Jaca, cuando me enteré de que estaba prevista la mayor lluvia de estrellas del siglo. El acontecimiento comenzaría a eso de las tres de la madrugada, así que esa noche dejé a mi mujer durmiendo tranquilamente, cogí el coche y me fui a la cima de una puñetera montaña para hincharme de ver estrellas fugaces. Vi tres y creo que una de ellas me la imaginé. Regresé a Jaca con cara de capullo y considerando la posibilidad de dinamitar algún observatorio astronómico.
Es curioso, las noches de invierno parecen vueltas hacia dentro, mientras que las de verano son expansivas. Son noches ligeras, con sabor a horchata y olor a madreselva, noches de estrellas, de ginebra y de miel. ¿No tenéis a veces la sensación de que las cosas valiosas se os escapan, como el agua entre los dedos, de que lo realmente importante fluye a vuestro alrededor sin que os deis cuenta, mientras concentráis toda vuestra atención en lo accesorio? Eso, al menos, me sucede a mí; tengo la sensación de que extravío los veranos y los inviernos, de que dejo escapar las primaveras y los otoños; estoy y no estoy al mismo tiempo, veo y no veo, siento y no siento. Creo que he perdido el sabor de las noches de verano...
No sé, supongo que me estoy haciendo viejo.
Por aquel entonces –estoy hablando de mediados de los sesenta-, los porteros, después de cenar, solían sacar unas sillas junto a los portales y tomaban el (relativo) fresco de la noche mientras charlaban en torno a un botijo...
INCISO: éstas son las cosas que jamás les cuento a mis hijos para que no piensen que su padre procede del pleistoceno.
...Los porteros, tras un rato de cháchara, se iban a dormir; poco después, aparecían los basureros y, por último, los regadores con sus mangueras. Finalmente las calles quedaban desiertas. Entonces comenzaba la magia. En casa teníamos perros, y yo, como último mono oficial de nuestro hogar, era el encargado de sacarlos a pasear, así que salía con Bari y Tarik y comenzaba a recorrer las calles. No había nadie, ni peatones ni coches, pero los semáforos seguían funcionando, verde, naranja y rojo, una y otra vez, aunque no había nadie, salvo yo, para apreciar su intermitencia. No sé por qué, pero me fascinaban esas luces. Igual que me fascinaban las nubes de mosquitos que revoloteaban en torno a las farolas. O las ventanas iluminadas en plena madrugada; ¿por qué están despiertos los moradores de esas casas mientras todo el mundo duerme? No sé quiénes son, pero en cierto modo me siento hermanado a ellos, pues compartimos el tiempo secreto de la noche y estamos sujetos a las arcanas reglas de las fraternidad de los noctámbulos.
Algunas noches de verano te deparan sorpresas. Cuando vivía con mis padres, dormía frente a una ventana; una madrugada, serían las tres o las cuatro, algo me despertó. La Luna, una inmensa Luna llena, inundaba con su luz mi habitación. Era una claridad asombrosa, mágica. Me levanté, me asomé a la ventana y, contemplando la Luna, encendí un cigarrillo. Mis padres no me dejaban fumar, pero la noche era mi aliada, así que fumé lentamente, sumido en una incierta, aunque intensísima, sensación de plenitud y felicidad. Rosa Montero dijo una vez que toda persona tiene una Luna en su vida; pues bien, aquélla fue mi Luna y aquél mi mejor cigarrillo.
¿Y las estrellas? La luz eléctrica es genial, pero al inventarla Edison nos robó las estrellas. Las ciudades no tienen estrellas, así que hay que salir de ellas y alejarse mucho, mucho, para poder contemplar el mayor espectáculo que nos ofrece la naturaleza: el firmamento. Hace unos cuantos años –no demasiados- yo me encontraba en la sierra de Madrid con unos amigos. El cielo estaba cuajado de estrellas; nos fumamos un canutito y me tumbé sobre la hierba para contemplar el cielo nocturno. La Vía Láctea se distinguía con nitidez, el firmamento parecía una cúpula tachonada de diamantes. Era muy hermoso. Entonces se me ocurrió una idea un tanto perturbadora: siendo la Tierra esférica, no existe arriba ni abajo. Por tanto, ese firmamento que yo asumía como una bóveda, podía contemplarse también como un abismo. Lo miré, pues, como si fuera un abismo y os juro que jamás he experimentado tanto vértigo. Aunque reconozco que fue un mareo agradable. Cósmico, diría yo.
Recuerdo que cuando era muy pequeño –seis o siete años- vi una lluvia de estrellas. No sé dónde, ni cuándo; sólo sé que era verano y el cielo estaba lleno de estrellas fugaces. Todos los veranos, allá entre finales de julio y comienzos de agosto, la Tierra cruza la trayectoria del cometa Swift-Tuttle y un montón de partículas, minúsculos escombros cometarios, se precipitan a la Tierra convertidas en meteoritos que arden por la fricción con la atmósfera. Son las Perseidas, también conocidas como Lágrimas de San Lorenzo. Según he leído en Internet, para esta misma madrugada (es 11 de julio) está prevista la primera oleada de Perseidas. En Madrid el cielo está nublado; mala suerte. Aunque, por otro lado, nunca te puedes fiar de un astrónomo. Hace años, me encontraba de vacaciones en los Pirineos, en Jaca, cuando me enteré de que estaba prevista la mayor lluvia de estrellas del siglo. El acontecimiento comenzaría a eso de las tres de la madrugada, así que esa noche dejé a mi mujer durmiendo tranquilamente, cogí el coche y me fui a la cima de una puñetera montaña para hincharme de ver estrellas fugaces. Vi tres y creo que una de ellas me la imaginé. Regresé a Jaca con cara de capullo y considerando la posibilidad de dinamitar algún observatorio astronómico.
Es curioso, las noches de invierno parecen vueltas hacia dentro, mientras que las de verano son expansivas. Son noches ligeras, con sabor a horchata y olor a madreselva, noches de estrellas, de ginebra y de miel. ¿No tenéis a veces la sensación de que las cosas valiosas se os escapan, como el agua entre los dedos, de que lo realmente importante fluye a vuestro alrededor sin que os deis cuenta, mientras concentráis toda vuestra atención en lo accesorio? Eso, al menos, me sucede a mí; tengo la sensación de que extravío los veranos y los inviernos, de que dejo escapar las primaveras y los otoños; estoy y no estoy al mismo tiempo, veo y no veo, siento y no siento. Creo que he perdido el sabor de las noches de verano...
No sé, supongo que me estoy haciendo viejo.
sábado, julio 8
Rituales de verano: el gazpacho
Esta mañana he preparado gazpacho. Porque, no sé si lo sabéis, soy un cocinero bastante aceptable. Lo de la cocina, en mi caso, no se trata de ese típico capricho masculino que consiste en aprender a preparar dos o tres platos dejando la cocina hecha unos zorros. No, qué va; lo mío fue necesidad. Veréis, mi madre murió cuando yo tenía 17 años y mi padre la siguió dos años después, así que con 19 primaveras me vi huérfano y viviendo con mi hermano Eduardo, que a sus 29 años acababa de separarse y se hallaba inmerso en una galopante carrera hacia el alcoholismo. Sólo vivimos juntos un par de años, pero creo que durante ese tiempo conseguimos batir algún record mundial de vida desordenada.Cuando comenzamos nuestra convivencia, mi hermano –que a fin de cuentas era mayor que yo, estableció un reparto de tareas por el cual a mí me tocaba hacer las camas y a él cocinar. El problema radicaba en que cocinar, para Eduardo, era sinónimo de abrir latas y descongelar, de modo que al cabo de unos meses le dije que mejor nos ocupábamos cada uno de lo nuestro, porque estaba hasta las pelotas de la fabada Litoral y del pescado Findus. Decisión que me planteó un nuevo problema: yo tampoco sabía cocinar. Así que decidí aprender. En casa, heredado de mis padres, había un libro de cocina llamado precisamente Libro de Cocina de la Sección Femenina... sí, sí, la Sección Femenina del Movimiento Nacional. Sin lugar a dudas, se trata del mejor libro que conozco para aprender a cocinar (muy superior en ese sentido al de Simone Ortega). Es elemental, minucioso y claro; perfecto para el aprendizaje. Además, las recetas –todas de cocina tradicional y casera- están francamente bien. De hecho, tras la dictadura, el libro se ha reeditado varias veces, aunque ya sin citar a la “Sección Femenina”. Bueno, el caso es que aprendí a cocinar con ese libro, lo cual le plantea a un izquierdista como yo el terrible conflicto de deberle aunque sólo sea un ápice de agradecimiento a Pilar Primo de Rivera. Cielo santo...
En fin, desde entonces hasta ahora he cocinado muchos platos, pero hubo dos en los que desde el principio busqué la perfección: el cocido madrileño y el gazpacho. Si os portáis bien, cuando llegue el invierno os daré mi receta del cocido; pero ahora, como estamos en verano y habéis sido unos angelitos, os hablaré de mi gazpacho.
El gazpacho es básicamente tomate; por tanto, el tomate debe ser muy bueno. Si usáis el soso tomate que venden normalmente en las fruterías, el gazpacho saldrá insípido. Lo mejor es usar la modalidad raf (aunque es muy cara), pero desgraciadamente la temporada del raf apenas coincide con la del gazpacho. Así pues, os recomiendo que uséis el tomate pera canario o la variedad en rama. Y, sobre todo, la variedad kumato, un delicioso tomate pequeño y oscuro que, además, es de lo más exótico, pues proviene de las Islas Galápagos (sabe a Darwin). Como el gazpacho es una cuestión de proporciones, éstas son las que considero más afortunadas:
Tomate kumato: kilo y medio
Pepinos: dos
Pimiento verde: uno
Cebolleta: dos
Dientes de ajo: dos
Pan duro: media baguette
Aceite de oliva virgen: medio vaso
Vinagre de Modena: chorrito al gusto
Comino molido: una cucharadita colmada
Sal y pimienta
Todo ello se mezcla con agua (medio litro más o menos) y se tritura bien triturado. Si usáis una batidora muy potente, como la de la Thermomix por ejemplo, no hará falta pelar los tomates, que siempre es un coñazo (pero pasadlo todo dos veces). No olvidéis servirlo muy frío.
Todavía no lo sabéis, pero os acabo de regalar el mejor gazpacho del mundo, lo cual me aproxima en santidad a Francisco de Asís y a la madre Teresa. Por otro lado, la cocina, junto con la literatura, son las únicas artes que, al regalarse a los demás, pasan a formar parte de la esencia del obsequiado. Si hacéis mi gazpacho y os lo tomáis, seréis en parte mi gazpacho.
Es decir: sencillamente perfectos.
viernes, julio 7
Ja soc aqui
Esta semana he estado en Elda, Alicante, participando junto a Elia Barceló y Fernando Marías en un taller de literatura. He ahí la causa de mi silencio. Pero ya he vuelto, amigos míos; el ruido ha regresado. ¿Que qué tal por Elda?... Pues muy bien; Elia es un encanto y Fernando Marías, a quien no conocía, ha resultado ser un tipo fenomenal y muy divertido. ¿Os lo podéis imaginar? Tres escritores juntos y el nivel de ego no alcanzó en ningún momento la zona roja. Estoy por llamar al Guinness.
jueves, junio 29
Los consejos de Fray César: El sueño de hierro
Inmersos como estamos en plena época estival, heme aquí otra vez, queridos hermanos, dispuesto a recomendaros aquellas obras literarias que puedan aliviaros de los rigores caniculares. Hoy vamos a hablar de una de las novelas más extrañas y excéntricas que jamás se han escrito. Me refiero a El sueño de hierro, de Norman Spinrad, que acaba de aparecer reeditada en la colección Albemuth Internacional de la editorial Grupo AJEC (su primera edición en español corresponde a Minotauro).
El escritor Norman Spinrad, nacido en Nueva York en 1940, es uno de los más significativos representantes del movimiento literario llamado New Thing, que revolucionó la ciencia ficción anglosajona allá por los años sesenta y setenta y del que hoy, para desgracia de todos, ya no quedan ni las cenizas. En 1972, Spinrad publicó El sueño de hierro, que fue candidata a los más importantes galardones del género y que ganó el Premio Apollo en 1974. El sueño de hierro es una ucronía –una versión alternativa del pasado- que describe un mundo en el que la Unión Soviética ha invadido Alemania, el Reino Unido y gran parte de Europa. En este contexto, Adolfo Hitler, después de participar en la Gran Guerra, emigra en 1919 a Nueva York, donde se convierte en un modesto escritor de ciencia ficción, autor de numerosas novelas de serie B. Su obra más celebrada, escrita en 1953, un año antes de su muerte, fue El señor de la Esvástica.
Pues bien, amadísimos hermanos y aún más amadas hermanas, la mayor parte de El sueño de hierro es precisamente El señor de la Esvástica, la última novela de ciencia ficción escrita por Adolfo Hitler. ¿Y de qué va El señor de la Esvástica? Pues de un futuro post-nuclear en el que la Tierra está dominada por hordas de malignos mutantes, a quienes se enfrentan, capitaneados por el cuasi superhombre Feric Jaggar, los últimos representantes “puros” de la especie humana. Permitidme que os transcriba el texto de contraportada:
"Dejen que Adolf Hitler los transporte a la Tierra del futuro lejano, donde solamente FERIC JAGGAR y su poderosa arma, el Cetro de Acero, se alzan entre los restos de la auténtica humanidad y las hordas de mutantes descerebrados a quienes los perversos Dominantes controlan por completo. Fans de todo el mundo admiten que El Señor de la Esvástica es la más vívida y popular de las obras de ciencia ficción de Adolf Hitler; en 1954 recibió justamente el premio Hugo a la mejor novela del género. Agotada durante mucho tiempo, ahora puede obtenerla por fin en esta nueva edición, con un comentario de Homer Whipple, de la Universidad de Nueva York. Compruebe personalmente por qué tantos lectores han acudido a las páginas de esta novela, como un rayo de esperanza en tiempos tan sombríos y terribles como los nuestros".
A decir verdad, El señor de la Esvástica es un delirio racista y totalitario que ofende tanto a la inteligencia como a la sensibilidad. Pero, claro, contemplado en su contexto, el relato adquiere una perspectiva diametralmente opuesta, pues en realidad se trata de una irónica reducción al absurdo que pone de relieve la profunda puerilidad y estupidez que yace en el seno ideológico del nazismo.
El problema de la novela radica, paradójicamente, en el éxito del autor a la hora de conseguir sus fines. Al escribir El señor de la Esvástica, Spinrad se propuso redactar un texto que fuera absolutamente idéntico a las novelas pulp de la primera mitad del siglo XX, con sus innumerables defectos y sus muy escasas virtudes. Así pues, cuando leemos El señor de la Esvástica nos encontramos con un texto infumable plagado de tonterías y lugares comunes. Es decir, leemos una novela francamente mala que, además, es una fascistada. Pero, y ahí está la gracia, el juego metaliterario que Spinrad propone nos obliga a hacer una constante relectura del texto, de tal forma que lo importante no es el relato que estamos leyendo, sino la feroz ironía que subyace tras la narración. En ese sentido, El sueño de hierro es una pequeña obra maestra.
Aún así, este humilde frater reconoce que El sueño de hierro puede ser una lectura demasiado pesada y especiada para paladares poco habituados a los platos exóticos, así pues, amada feligresía, os propondré otra obra del mismo autor, quizá su mejor novela: Incordie a Jack Barron. Ambientada en un futuro tan cercano que podría ser presente, Incordie a Jack Barron es una lúcida crítica al poder financiero y al poder de los medios de comunicación. Y también es una novela apasionante que, una vez comenzada, resulta imposible abandonar. La leí hace tiempo y no sé qué tal ha envejecido, pero con que sea la mitad de buena que yo recuerdo bastaría para recomendárosla. La podréis encontrar en la colección Solaris (La Factoría de Ideas, 2004).
Y aquí pongo punto final a mi homilía de hoy, corderillos míos.
Podéis ir en paz.
Pensamiento del día: el problema no es que Hitler fuera malo; el problema es que era un gilipollas. Lo cual dice muy poco a favor del género humano y mucho acerca del poder de la estupidez.
El escritor Norman Spinrad, nacido en Nueva York en 1940, es uno de los más significativos representantes del movimiento literario llamado New Thing, que revolucionó la ciencia ficción anglosajona allá por los años sesenta y setenta y del que hoy, para desgracia de todos, ya no quedan ni las cenizas. En 1972, Spinrad publicó El sueño de hierro, que fue candidata a los más importantes galardones del género y que ganó el Premio Apollo en 1974. El sueño de hierro es una ucronía –una versión alternativa del pasado- que describe un mundo en el que la Unión Soviética ha invadido Alemania, el Reino Unido y gran parte de Europa. En este contexto, Adolfo Hitler, después de participar en la Gran Guerra, emigra en 1919 a Nueva York, donde se convierte en un modesto escritor de ciencia ficción, autor de numerosas novelas de serie B. Su obra más celebrada, escrita en 1953, un año antes de su muerte, fue El señor de la Esvástica.Pues bien, amadísimos hermanos y aún más amadas hermanas, la mayor parte de El sueño de hierro es precisamente El señor de la Esvástica, la última novela de ciencia ficción escrita por Adolfo Hitler. ¿Y de qué va El señor de la Esvástica? Pues de un futuro post-nuclear en el que la Tierra está dominada por hordas de malignos mutantes, a quienes se enfrentan, capitaneados por el cuasi superhombre Feric Jaggar, los últimos representantes “puros” de la especie humana. Permitidme que os transcriba el texto de contraportada:
"Dejen que Adolf Hitler los transporte a la Tierra del futuro lejano, donde solamente FERIC JAGGAR y su poderosa arma, el Cetro de Acero, se alzan entre los restos de la auténtica humanidad y las hordas de mutantes descerebrados a quienes los perversos Dominantes controlan por completo. Fans de todo el mundo admiten que El Señor de la Esvástica es la más vívida y popular de las obras de ciencia ficción de Adolf Hitler; en 1954 recibió justamente el premio Hugo a la mejor novela del género. Agotada durante mucho tiempo, ahora puede obtenerla por fin en esta nueva edición, con un comentario de Homer Whipple, de la Universidad de Nueva York. Compruebe personalmente por qué tantos lectores han acudido a las páginas de esta novela, como un rayo de esperanza en tiempos tan sombríos y terribles como los nuestros".
A decir verdad, El señor de la Esvástica es un delirio racista y totalitario que ofende tanto a la inteligencia como a la sensibilidad. Pero, claro, contemplado en su contexto, el relato adquiere una perspectiva diametralmente opuesta, pues en realidad se trata de una irónica reducción al absurdo que pone de relieve la profunda puerilidad y estupidez que yace en el seno ideológico del nazismo.
El problema de la novela radica, paradójicamente, en el éxito del autor a la hora de conseguir sus fines. Al escribir El señor de la Esvástica, Spinrad se propuso redactar un texto que fuera absolutamente idéntico a las novelas pulp de la primera mitad del siglo XX, con sus innumerables defectos y sus muy escasas virtudes. Así pues, cuando leemos El señor de la Esvástica nos encontramos con un texto infumable plagado de tonterías y lugares comunes. Es decir, leemos una novela francamente mala que, además, es una fascistada. Pero, y ahí está la gracia, el juego metaliterario que Spinrad propone nos obliga a hacer una constante relectura del texto, de tal forma que lo importante no es el relato que estamos leyendo, sino la feroz ironía que subyace tras la narración. En ese sentido, El sueño de hierro es una pequeña obra maestra.
Aún así, este humilde frater reconoce que El sueño de hierro puede ser una lectura demasiado pesada y especiada para paladares poco habituados a los platos exóticos, así pues, amada feligresía, os propondré otra obra del mismo autor, quizá su mejor novela: Incordie a Jack Barron. Ambientada en un futuro tan cercano que podría ser presente, Incordie a Jack Barron es una lúcida crítica al poder financiero y al poder de los medios de comunicación. Y también es una novela apasionante que, una vez comenzada, resulta imposible abandonar. La leí hace tiempo y no sé qué tal ha envejecido, pero con que sea la mitad de buena que yo recuerdo bastaría para recomendárosla. La podréis encontrar en la colección Solaris (La Factoría de Ideas, 2004).
Y aquí pongo punto final a mi homilía de hoy, corderillos míos.
Podéis ir en paz.
Pensamiento del día: el problema no es que Hitler fuera malo; el problema es que era un gilipollas. Lo cual dice muy poco a favor del género humano y mucho acerca del poder de la estupidez.
miércoles, junio 28
Tal vez soñar...
"Esta selección sí que ilusiona". "España es favorita, junto con Brasil, para ganar el mundial". "Cita para marcar una época". "¡A por ellos!"...
¡Ja!
Frase del día: "¡Por Pólux, amigos míos! Me habéis matado, me habéis perdido, al arrancarme lo que constituía mi placer, al quitarme por la fuerza este gratísimo error de mi espíritu" (Horacio, Epístolas)
¡Ja!
Frase del día: "¡Por Pólux, amigos míos! Me habéis matado, me habéis perdido, al arrancarme lo que constituía mi placer, al quitarme por la fuerza este gratísimo error de mi espíritu" (Horacio, Epístolas)
lunes, junio 26
Civilización
Creemos estar instalados en la civilización, pero no es cierto; la civilización no es una meta, sino un camino, y nosotros sólo hemos recorrido un tramo más bien pequeño. Cuando digo “nosotros”, me apresuro a aclarar, no estoy hablando sólo de los españoles, sino de la humanidad en general. La mayor parte de las personas carecen, no ya de los derechos básicos, sino de la mera posibilidad de subsistir con un mínimo de dignidad. Al mismo tiempo, las naciones desarrolladas mantienen sociedades injustas en las que los ciudadanos no tienen, de facto, los mismos derechos ni las mismas oportunidades (EEUU cuenta, por ejemplo, con más de treinta millones de pobres, toda una nación tercermundista dentro del imperio).Hace unos años, le pregunté a mi amigo Patricio Guzmán –cineasta chileno y gran viajero- cuáles eran en su opinión los lugares más civilizados del planeta. Me contestó que algunas zonas de California y los países nórdicos. Yo añadiría un lugar más: Holanda. Pieter, otro amigo mío –holandés afincado en Madrid-, suele quejarse de lo extraordinariamente elevados que son los impuestos en su país, pero al mismo tiempo me cuenta orgulloso cómo esos impuestos revierten en la calidad de vida de la gente. ¿Habéis visto algún niño o anciano mendigando por las calles de España? Seguro que sí; pues bien, eso sería simplemente imposible en Holanda, pues el estado se ocupa de que ningún niño o anciano esté desvalido. Eso es civilización.
Este fin de semana lo he pasado en Amsterdam, una ciudad preciosa, alegre y desinhibida. Está claro que tres días no son tiempo suficiente para conocer una sociedad, así que no puedo emitir un juicio general, pero si puedo hacerlo en un aspecto concreto: las drogas. Como sabéis, en Holanda está permitida la venta de drogas blandas, aunque con ciertas restricciones: sólo pueden venderse en determinados locales, los famosos coffe shops, y sólo puede comprarse un máximo de cinco gramos por persona. Tampoco es legal fumar cannabis en lugares públicos –como la calle-, pero la gente lo hace.
Si hiciéramos caso a las bienpensantes mentes conservadoras, Amsterdam debería ser un lugar lleno de drogadictos, delincuentes y violencia, pero nada más lejos de la realidad. Amsterdam es una ciudad tranquila donde no hay más delitos que en cualquier otro lugar de Europa. Los aficionados al cáñamo van a los coffe shops, eligen la variedad de marihuana o hash que más les guste –hay mucho donde elegir-, y se fuman tranquilamente sus porritos sin molestar a nadie. Como en esos locales no se vende alcohol, todo resulta de lo más plácido. Cero violencia, cero malos rollos. Pero la cosa va más lejos; en otros coffe shops se puede encontrar todo tipo de artilugios destinados al cultivo y consumo de la marihuana, así como un amplio surtido de hongos alucinógenos. Y más aún: el domingo estuve dando una vuelta por el mercado de flores de la calle Singel, y allí, entre tulipanes y atrapamoscas de venus, se vendían toda suerte de semillas de cannabis. Según la teoría de los bienpensantes, la ciudad debería estar llena de colgados, pero de nuevo no es así. Os prometo que pueden verse más drogatas hechos polvo en tres minutos de paseo por el barrio de Malasaña que en todo un fin de semana en Amsterdam. Y es que el cutrerio de la droga no procede de la droga en sí, sino del hecho de ser ilegal. El simple consumidor, esa persona que sólo quiere colocarse un poco con maría en vez de con alcohol, se ve obligado a contactar con el submundo de la delincuencia para conseguir una sustancia que, en todo caso, le hará daño a él, pero a nadie más.
Por otro lado, ilegalizar las drogas es posible, pero no lo es, como bien se ha demostrado, retirarlas de circulación. En España –un país donde la venta de drogas es ilegal- existen aproximadamente medio millón de consumidores habituales de cannabis. Es decir, medio millón de personas obligadas a delinquir por culpa de una ley absurda e ineficaz, medio millón de personas financiando a las mafias del narcotráfico, medio millón de personas que consumen productos adulterados, porque nadie garantiza la pureza de la sustancia a la que son aficionados. Entre tanto, las sociedades bienpensantes se dedican a invertir millones de euros en luchar –de forma absolutamente infructuosa- contra el narcotráfico, cuando la cosa sería infinitamente más sencilla. ¿Quieres acabar de un plumazo con las mafias de la droga? Pues legaliza la droga y se acabó el problema.
Pero da igual; los prejuicios son mucho más poderosos que el sentido común. ¿Cual es la droga que más muertes –directas o indirecta- causa en nuestro país? Con grandísima diferencia, el alcohol, nuestra droga legal. Entonces, ¿por qué no la prohibimos? Ah, ya, porque se intentó en EEUU y el asunto fue un desastre. Eso lo acepta todo el mundo, ¿verdad? La Ley Seca fue catastrófica. Entonces, ¿por qué no aprendemos de la experiencia y le damos al resto de las drogas el mismo estatus legal que al alcohol?
Porque eso sería demasiado civilizado, claro. En fin, cómo me gustaría a veces ser holandés...
jueves, junio 22
Secretos de verano
En el país de ayer apareció un artículo llamado El escritor secreto. En él, Tomás Eloy Martínez habla de esos escritores que amamos, pero que no están bien vistos. Dice el articulista: “Todos los lectores tienen un escritor secreto al que regresan cada vez que quieren ser ellos mismos. Se le llama secreto porque a veces es un autor inconfesable, que está fuera de todos los cánones del prestigio y al mismo tiempo es capaz de producir uno de esos placeres inmensos y excluyentes que no se pueden compartir con nadie”. El escritor secreto de Eloy Martínez es Julio Verne y, según confiesa, cuando era joven se apartó de él por culpa de la opinión adversa que Borges sostenía acerca del autor francés, aunque luego, vencidos los prejuicios, se reencontró felizmente con el padre del Nautilus.Yo no tengo un escritor secreto: tengo muchos. Está Cliford D. Simak, un narrador sencillo y honesto que logra muchas veces conmoverme. O Bernard Cornwell, en cada una de cuyas nuevas novelas espero encontrar –eso sí, en vano- el inmenso placer que me produjeron sus Crónicas del Señor de la Guerra. O Dennis Lehane, creador de la excelente Mystic River. O Lawrence Block, con sus paradójicas historias del asesino a sueldo Keller (Hit Man)... A decir verdad, creo que la mayor parte de los escritores que me gustan son secretos. Y entre ellos se cuenta, cómo no, monsieur Jules Verne, con quien me pasó exactamente lo mismo que le ocurrió a Tomás Eloy Martínez: Borges me hizo dudar de él cuando dijo: “Wells fue un admirable narrador (...) Verne, un jornalero laborioso y risueño. Verne escribió para adolescentes. Wells, para todas las edades del hombre”. Yo era, por aquel entonces, un jovencito impresionable totalmente impresionado por los relatos de Borges, así que si el maestro decía que Verne caca, pues Verne caca. Luego, afortunadamente, se me pasó el papanatismo (al menos, ese papanatismo) y pude disfrutar de nuevo de la magia verniana.
Si tuviera que elegir –lo que no deja de ser una tontería- las tres mejores novelas de aventuras de los últimos doscientos años, escogería sin duda La isla del tesoro, de Stevenson, El mundo perdido, de Conan Doyle, y Viaje al centro de la Tierra, de Verne. Y no muy lejos le andarían 20.000 leguas de viaje submarino y La isla misteriosa. O Los hijos del capitán Grant, o La vuelta al mundo en 80 días, o Miguel Strogoff...
“Desciende al cráter del Yocul de Sneffels que la sombra del Scartaris acaricia antes de las calendas de julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la Tierra, como he llegado yo. Arne Saknussemm”.
¿Cómo un párrafo tan breve puede contener tanta magia, aventura, misterio y exotismo? Leerlo es cruzar un portal que conduce a otro mundo, es adentrarse en un sueño, es recuperar la capacidad de asombro. Verne contempló nuestro planeta y pensó “que lugar más extraño, sorprendente y maravilloso”; luego, lo describió con los ojos deslumbrados de un niño atónito ante los prodigios que ve a su alrededor. Verne, y ésa quizá sea su mayor virtud, consigue que contemplemos el mundo como si lo viéramos por primera vez. Pero Verne es sólo un ejemplo que nos sirve para llegar a una conclusión. Citemos de nuevo las palabras de Tomás Eloy Martínez:
“La literatura no es un carrera de obstáculos o un catálogo de récords sino, por fortuna, una ceremonia de placer íntimo, de secreto encuentro con uno mismo. Millones de lectores disfrutan con Dostoievski, con Victor Hugo, con las hermanas Brontë. Yo no me niego a esas navegaciones, pero soy más feliz con el modesto Verne.
La lectura, creo, no tiene por qué ser diferente de la felicidad”.
No podría estar más de acuerdo. Y esto nos conduce de nuevo a ese reciente Congreso de la Lectura que tuvo lugar en Cáceres y cuyas conclusiones ofrecían una visión masoquista de la literatura, convirtiéndola en un pesado deber, en una carrera de obstáculos, en un catálogo de récords. Por aquel entonces, escribí una entrada criticando el puñetero congreso y, de algún modo, propuse la creación de un congreso alternativo que reivindicase la lectura como placer. Posteriormente, algunos visitantes, entre ellos –y sobre todo- mi querida Anónima de las 9:59, insistieron en impulsar ese anti-congreso y hacerlo realidad. En un principio, lo reconozco, la idea me sedujo, pero luego, con el tiempo, he acabado pensando que no vale la pena. Sería darles demasiada importancia a los adalides de la literatura masoca, cuando en realidad no la tienen. ¿Quién les hace caso? ¿Quién les escucha siquiera? Su mundo es pequeño y polvoriento, triste y aburrido; a muy poca gente le interesa entrar en él. Por mí, que se lo queden. Entre tanto, voces que preconizan otras formas de concebir la literatura –como la de Tomás Eloy Martínez, por ejemplo- se van haciendo oír más y más. Ya somos muchos los que reivindicamos la literatura como placer y, a fin de cuentas, nuestros argumentos son infinitamente más seductores. Disfrute Vs. Tedio... ¿alguien duda de la elección?
Por lo demás... bueno, ya hemos entrado en el verano; se aproximan las vacaciones y estoy empezando a elegir los libros que me llevaré a Galicia, maravilloso lugar adonde me abro este año (a Vivero, por si queréis más datos). Ya tengo claro que uno de esos libros será Perfil asesino, de John Connolly. ¿Habéis leído Todo lo que muere, su primera novela? Es excelente. También me llevaré El museo del Perro, de Jonathan Carroll, y Todo cuanto amé, de Siri Hustvedt. Y, quién sabe, a lo mejor meto en el equipaje alguna novela del viejo Verne.
¿Y vosotros? ¿Ya habéis escogido las lecturas para el verano? Espero, en cualquier caso, que la mayor parte de ellas sean obras de escritores secretos.
martes, junio 20
Solsticio de verano
Este humilde blog ya lleva existiendo medio año sideral. Comenzó poco antes del solsticio de invierno y ahora llega el de verano. Durante este tiempo, el sol ha desplazado su perpendicularidad del trópico de Capricornio al de Cáncer. Los antiguos griegos, llamaban “puertas” a los solsticios; el de invierno era la “puerta de los dioses” y el de verano la “puerta de los hombres”; durante la noche del solsticio de verano, celebraban ceremonias en honor de Apolo encendiendo grandes hogueras. Pero la celebración de los solsticios es muy anterior a la cultura griega. De hecho, comenzó en el neolítico, cuando los hombres se pusieron a mirar al cielo para calcular el tiempo y las estaciones; prueba de ello es que la avenida central de Stonehenge está orientada en la dirección del solsticio.
Para los celtas, el solsticio marca el centro exacto del verano, que va de Beltane a Lugnasadh. Durante el festival celta de Beltane, se encendían hogueras en honor a Belenos, dios del sol, con el objeto de emular su poder y revivificarle, pues el sol, que renace en invierno, alcanza su máximo esplendor en el verano y, a partir del solsticio, comienza a morir (los días se acortan). Según la mitología pagana, en este tiempo el Rey Acebo, representación de la senectud, revive y expulsa al Rey Roble, símbolo de la juventud.
El cristianismo, siguiendo su costumbre, suplantó las festividades primigenias del solsticio sobreponiendo a ellas una propia: la de San Juan, que, cómo no, se celebra encendiendo hogueras dedicadas al sol. En este sentido, es oportuno señalar algo: las dos fiestas paganas más importantes eran los solsticios. El cristianismo eligió para reemplazarlas a quienes sin duda debían de ser sus figuras más importantes: Jesús en el invierno y Juan el Bautista para el verano. Esto prueba que San Juan debió de ser mucho más importante para el cristianismo primitivo de lo que es ahora. De hecho, se trata, en mi opinión, de la figura más misteriosa de los evangelios, pues el bautismo de Cristo, más allá de la argumentación “ortodoxa”, sólo puede ser interpretado como el ingreso de Jesús en la secta de Juan. En este sentido, existe una antigua comunidad, los mandeos, cuya doctrina sostiene que el auténtico mesías fue Juan. Y yo mismo visité en Chiapas (México) un pueblo indígena, San Juan Chamula, en cuya iglesia se rendía culto a San Juan, pero no a Cristo.
El solsticio de verano está, desde hace milenios, relacionado con lo sobrenatural. Las viejas leyendas hablan de portales que, en esta época, se abren y comunican nuestro mundo cotidiano con el mundo feérico. Es tiempo de brujas y duendes, de prodigios y encantamientos; así pues, permitidme que os de una cuantas recomendaciones para llevar bien el solsticio.
* Si la noche de San Juan ves florecer la hierbabuena, serás afortunado (siempre que lo mantengas en secreto).
* Si la noche anterior a San Juan plantas una hortensia y pides un deseo, te será concedido.
* Para tener buena cosecha hay que tirar un cabo de vela la noche de San Juan.
* Si quieres aprender a tocar la guitarra, deberás pasar la noche de San Juan bajo una higuera.
* Si la noche de San Juan, cuando se encienden las hogueras, sostienes una vela encendida en la mano y miras a un espejo, verás la cara de la persona con la que te vas a casar.
* Si durante la mañana de San Juan te contemplas en el río y te ves con dos cabezas, morirás pronto.
* A los doce de la noche de San Juan, si echas al aire dos alfileres y caen juntos es que te vas a casar.
* Podrás ver tu propio entierro si, en la noche de San Juan, con el cuerpo desnudo y con cuatro velas encendidos, te miras por encima del hombro ante un espejo.
Como soy un caballero, me apresuro a añadir que las chicas que pongan en práctica este último consejo pueden llamarme para que les sostenga el espejo. Y nada más, amigos míos, salvo recordaros que, según el Calendario Zaragozano, el momento del solsticio tendrá lugar mañana a las doce y veintiséis, hora solar, catorce y veintiséis hora local.
Feliz solsticio y feliz verano.
Para los celtas, el solsticio marca el centro exacto del verano, que va de Beltane a Lugnasadh. Durante el festival celta de Beltane, se encendían hogueras en honor a Belenos, dios del sol, con el objeto de emular su poder y revivificarle, pues el sol, que renace en invierno, alcanza su máximo esplendor en el verano y, a partir del solsticio, comienza a morir (los días se acortan). Según la mitología pagana, en este tiempo el Rey Acebo, representación de la senectud, revive y expulsa al Rey Roble, símbolo de la juventud.
El cristianismo, siguiendo su costumbre, suplantó las festividades primigenias del solsticio sobreponiendo a ellas una propia: la de San Juan, que, cómo no, se celebra encendiendo hogueras dedicadas al sol. En este sentido, es oportuno señalar algo: las dos fiestas paganas más importantes eran los solsticios. El cristianismo eligió para reemplazarlas a quienes sin duda debían de ser sus figuras más importantes: Jesús en el invierno y Juan el Bautista para el verano. Esto prueba que San Juan debió de ser mucho más importante para el cristianismo primitivo de lo que es ahora. De hecho, se trata, en mi opinión, de la figura más misteriosa de los evangelios, pues el bautismo de Cristo, más allá de la argumentación “ortodoxa”, sólo puede ser interpretado como el ingreso de Jesús en la secta de Juan. En este sentido, existe una antigua comunidad, los mandeos, cuya doctrina sostiene que el auténtico mesías fue Juan. Y yo mismo visité en Chiapas (México) un pueblo indígena, San Juan Chamula, en cuya iglesia se rendía culto a San Juan, pero no a Cristo.
El solsticio de verano está, desde hace milenios, relacionado con lo sobrenatural. Las viejas leyendas hablan de portales que, en esta época, se abren y comunican nuestro mundo cotidiano con el mundo feérico. Es tiempo de brujas y duendes, de prodigios y encantamientos; así pues, permitidme que os de una cuantas recomendaciones para llevar bien el solsticio.
* Si la noche de San Juan ves florecer la hierbabuena, serás afortunado (siempre que lo mantengas en secreto).
* Si la noche anterior a San Juan plantas una hortensia y pides un deseo, te será concedido.
* Para tener buena cosecha hay que tirar un cabo de vela la noche de San Juan.
* Si quieres aprender a tocar la guitarra, deberás pasar la noche de San Juan bajo una higuera.
* Si la noche de San Juan, cuando se encienden las hogueras, sostienes una vela encendida en la mano y miras a un espejo, verás la cara de la persona con la que te vas a casar.
* Si durante la mañana de San Juan te contemplas en el río y te ves con dos cabezas, morirás pronto.
* A los doce de la noche de San Juan, si echas al aire dos alfileres y caen juntos es que te vas a casar.
* Podrás ver tu propio entierro si, en la noche de San Juan, con el cuerpo desnudo y con cuatro velas encendidos, te miras por encima del hombro ante un espejo.
Como soy un caballero, me apresuro a añadir que las chicas que pongan en práctica este último consejo pueden llamarme para que les sostenga el espejo. Y nada más, amigos míos, salvo recordaros que, según el Calendario Zaragozano, el momento del solsticio tendrá lugar mañana a las doce y veintiséis, hora solar, catorce y veintiséis hora local.
Feliz solsticio y feliz verano.
viernes, junio 16
Sueños
Hace tiempo, leí una curiosa justificación de la literatura fantástica. La teoría, más o menos, decía que la literatura realista no refleja toda nuestra vida, sino sólo dos tercios de ella, porque el tercio restante lo pasamos durmiendo, soñando. Y los sueños son un mundo distinto al cotidiano, un mundo donde la lógica habitual no es aplicable, un mundo, por tanto, cuyo reflejo literario sería el género fantástico. En fin, no estoy muy seguro de ese razonamiento, porque creo que la literatura fantástica puede extenderse en direcciones muy diversas y abarcar muchos más objetivos que el mero onirismo. No obstante, también estoy convencido de que los sueños son muy importantes, tanto en la vida como en el arte.De entrada, dejemos claro que nadie tiene ni pajolera idea de por qué soñamos ni de qué significan los sueños. Hay mil teorías, sí, pero ninguna certeza, salvo que si suprimimos los sueños, el equilibrio mental se derrumba. En este sentido, la clásica teoría freudiana resulta sugestiva: lo sueños como mensajes en clave del subconsciente. El único libro de Freud que (casi) he leído es La interpretación de los sueños –base, como sabéis, del psicoanálisis-. Desde un punto de vista científico, me pareció una soberana tontería, precisamente porque las interpretaciones que propone son arbitrarias, infundadas y simplistas. Sin embargo, el psicoanálisis resulta fascinante si lo contemplamos a través del prisma de la literatura: el subconsciente como una selva fantasmagórica donde acechan los deseos reprimidos y los monstruos del Id, los sueños como jeroglíficos que hay que descifrar y el psicoanalista como una especie de detective de la mente. Es un juego literario, un patrón narrativo que ha generado obras tan estimulantes como muchas películas de Hitchcock –Recuerda, Psicosis o Marnie la ladrona, por ejemplo- o novelas como Asylum de Patrick MacGrath, Tigre, tigre de Alfred Bester o Historia soñada de Arthur Schnitzler.
Pero más allá –o más acá- de Freud, ¿qué peso tienen los sueños en nuestra vida? A bote pronto, uno diría que poco, pero probablemente son más importantes de lo que pensamos, aunque no sé muy bien por qué. A veces, los sueños son un obsequio inestimable, pues nos permiten hacer posible lo imposible. Hace unos años soñé con mi padre. Tenía la misma apariencia que a principios de los setenta, poco antes de fallecer. Yo sabía que había muerto, así que al verlo ante mí me quedé paralizado y mudo, incapaz de reaccionar. Entonces, él sonrió con un deje de tristeza, extendió los brazos y me rodeó con ellos. Sentí su olor; percibí con toda claridad el aroma a Old Spice, la loción de afeitar que siempre usaba, y noté el tacto de sus brazos y el calor de su cuerpo. Era absolutamente real. Me desperté llorando y durante un buen rato no pude parar de hacerlo, embargado por una mezcla de melancolía y júbilo. Sólo era un sueño, pero, de algún modo, se me había concedido el regalo de permitirme estar de nuevo con mi padre después de tres décadas de ausencia.
Los sueños también pueden ser pavorosos, y eso resulta sorprendente. ¿No os parece rarísimo que poseamos un mecanismo interno destinado a aterrorizarnos sin ningún motivo aparente? Es como si nuestro subconsciente tuviera un ramalazo sadomaso. Luego están los sueños absurdos, historias tontas que olvidamos nada más despertar. Y los sueños eróticos, tan cachondos ellos. Y los sueños hiperrealistas, copias fotográficas de nuestra vida diurna...
Pero hay una clase de sueños que me intriga particularmente; me refiero a esos sueños que, sin ninguna razón especial, se te quedan grabados en la mente. Por ejemplo, cuando yo era un adolescente soñé que iba recorriendo un camino de alta montaña, rodeado por cumbres peladas, sin nieve ni vegetación. De pronto, al doblar un recodo del camino, divisé a lo lejos, en la cima de un risco, las ruinas de una antigua ciudadela inca abandonada. Eso es todo, no pasó nada más (o, al menos, yo no lo recuerdo), pero aquella imagen poseía tal fuerza, estaba tan cargada de emociones primarias, que nunca he dejado de rememorarla. Fue un regalo, sí; pero uno de esos regalos bonitos e inútiles a los que no sabemos muy bien qué uso dar. A decir verdad, esa imagen era tan obsesiva que la incluí en mi última novela, La piedra inca; de hecho, creo que construí todo el relato únicamente para poder describir la escena en que mi protagonista cruza los Andes y se encuentra con una vieja ciudadela inca abandonada. Y escribirlo fue como quitarme un peso de encima, os lo juro. Por fin había encontrado algo que hacer con la puta ciudadela de los cojones.
Ahora bien, ¿por qué esa imagen me obsesionaba?...
Debo confesaros que tengo mi propia teoría respecto a los sueños. Veréis, nuestra mente consciente, racional, tiende a funcionar paso a paso. “A” conduce a “B”, a “B” le sigue “C” y así sucesivamente. Es lo que se llama “pensamiento lineal”. Sin embargo, esta forma de pensar es muy limitada y, sobre todo, no lo explica todo. Por ejemplo, no es posible jugar bien al ajedrez mediante el simple uso del pensamiento lineal, porque el número de movimientos alternativos es tan abrumadoramente grande que resultaría imposible analizar ni una ínfima parte de ellos. Cuando un ajedrecista juega, sigue una forma de pensar distinta, da saltos enormes, desarrolla pautas y esquemas que están más allá de la lógica cartesiana. A eso se le llama “pensamiento lateral”, que supuestamente es la base de la creatividad y el talento artístico.
Ahora bien, ¿cómo funciona ese pensamiento lateral? ¿Cuál es el mecanismo que lo pone en marcha? Creo que una parte de nuestra mente se dedica a relacionar constantemente cosas e ideas entre sí. Coge “A”, lo coloca al lado de “B” y crea una estructura que relaciona ambos elementos. Luego, pone a prueba esa estructura sometiéndola al juicio de otras zonas del cerebro. La mayor parte de las relaciones son absurdas y quedan eliminadas, pero otras, una minoría, funcionan y pasan a niveles superiores de consciencia. Esas relaciones, por supuesto, no se efectúan al azar –la tarea sería infinita-, sino siguiendo determinados patrones, que pueden ser numéricos, de semejanza física, de significado, simbólicos, emocionales, etc. Más o menos, la cosa funcionaría así: yo intento realizar una labor creativa (construir un argumento, hacer un anuncio, pintar un cuadro, lo que sea); mi mente consciente estudia todos los elementos del problema y se pone a trabajar paso a paso, lentamente, como un caracol. Pero mientras hace esto, le da caña al subconsciente, que, siguiendo los patrones que obtiene a partir de los elementos del problema, se pone relacionar cosas como loco, a dar saltos de un lado a otro. Cuando encuentra una estructura mínimamente sólida, la rebota hacia el neocórtex y, zas, nosotros tenemos la sensación de que una idea ha surgido en nuestra cabeza de la nada. La mayor parte de esas ideas son tonterías, pero alguna que otra, de vez en cuando, funciona. Eso es el acto creativo.
¿Y esto qué tiene que ver con los sueños? Como he dicho, nuestro consciente es jodidamente lento. Va paso a paso, se arrastra; de hecho, es una rémora para nuestro subconsciente, un condenado estorbo, porque estamos obligando a nuestra mente a pensar de dos formas distintas a la vez. Sin embargo, cuando dormimos desconectamos el consciente y dejamos campo libre al Gran Relacionador, que por fin puede emplear toda la energía del cerebro en crear y comprobar nuevas estructuras. Y eso serían los sueños: el campo de pruebas virtual de nuestra creatividad. En fin, no sé si esto es cierto, pero suena bien.
O puede que todo sea más sencillo y, como dijo alguien, soñamos para no aburrirnos mientras dormimos.
lunes, junio 12
Políticos
Durante la última semana he leído, en éste y en otros blogs, varios comentarios de gente desilusionada con la política, gente que sostiene que todos los políticos son iguales, unos corruptos o, cuando menos, unos ambiciosos preocupados tan sólo por pillar poder e influencia. Reconozco que ante esto me asalta un ramalazo dualista; por un lado, comprendo esa postura y, al mismo tiempo, me extraña. Intentaré explicarme, pero antes me gustaría mostrar mis credenciales. Hasta hace cuatro o cinco años, jamás había participado activamente en política; pero, mediada la segunda legislatura de Aznar, creí necesario hacer algo más que votar. Dado que, además de escritor, soy publicitario, decidí poner mis conocimientos sobre imagen y comunicación al servicio de la principal fuerza de izquierda y luego, durante algo más de medio año, al servicio del gobierno de Zapatero. No he militado, ni milito, ni militaré en ningún partido, pero sé cómo es el PSOE por dentro y he conocido a numerosos políticos, entre ellos al propio Zapatero o a María Teresa Fernández de la Vega, la vicepresidenta. Aparte de este contacto directo con el mundo político (centrado, como se ve, en la izquierda), tengo varios amigos, también publicitarios, vinculados profesionalmente al PP, así que algo sé también de la derecha.¿Son todos los políticos iguales? Pues, salvo en dos rasgos que luego comentaré, no, ni mucho menos. En todos los partidos hay políticos honestos y políticos corruptos, los hay inteligentes y los hay tontos del culo, unos son radicales y otros moderados, algunos inocentes como corderillos, mientras que otros son peligrosos cual pirañas en un bidé... vamos, que hay de todo, como en todas partes. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que el mundillo de la política (la “baja política”) no sea un asco. Lo es, en efecto; es mediocre, ruin, aburrido, personalista, traicionero, miserable y una larga serie de epítetos de similar catadura. Pero...
Pero el mundo de la empresa también lo es. Igual que las congregaciones religiosas, los clubes de rotarios, las ONG’s, los cuerpos de bomberos o de policía, las asociaciones de damnificados de lo que sea, el fandom, las comunidades de vecinos o el servicio de correos. Cualquier grupo humano estructurado para un fin, sea éste cual sea, es mediocre, ruin, aburrido, personalista, traicionero, miserable y una larga serie de epítetos de similar catadura, por la sencilla razón de que los seres humanos somos así. Imperfectos. Mucho.
Sin embargo, a los políticos les exigimos una actitud angelical (en gran medida, porque ellos mismos insisten en presentarse de esa manera), pero no son ángeles, sino seres humanos y, por tanto, imperfectos. Por otro lado, como decía antes, todos los políticos comparten dos rasgos: son ambiciosos y son partidistas. No hay ningún político, por minúsculo que sea el papel que desempeñe, que no aspire en el fondo a ser presidente de gobierno; y si no puede ser, ministro, secretario de estado, subsecretario o, en el peor de los casos, puto asesor, pero algo, lo que sea, aunque se trate de la más ínfima migaja del pastel del poder. Son ambiciosos, sí; pero ni más ni menos que tantos y tantos hombres y mujeres de empresa que son capaces de hacer cualquier cosa por remontar un peldaño en la escala jerárquica. En cuanto al partidismo..., bueno, yo creo que cuando alguien se integra en la estructura de un partido político consiente que le extirpen un 20 % del cerebro y un 50 % de la ética personal. Llegado un punto, el militante activo se ve obligado a mentir, mirar para otro lado o justificar lo injustificable. Todo, por el bien del partido, por la causa, por la bandera. Triste, muy triste.
Por otra parte, hace tiempo que no se ven, no ya en España, sino en el mundo, políticos de talla, auténticos estadistas. Las filas de los partidos se nutren de profesionales de segunda, porque la empresa privada paga mejor. E ideológicamente, ¿qué decir? El siglo XX se forjó con las ideas del XIX, y el XXI se está forjando sin ninguna idea. Así pues, parece que los desencantados, aquellos que renuncian a votar, los que sostienen que todos los políticos son igual de funestos, tienen razón, ¿no es cierto?
Pues no, no lo es. Resulta imposible renunciar a la política, porque por mucho que corras, la política acaba alcanzándote. Vivimos rodeados de política; está en tu trabajo, en el colegio de tus hijos, en tus impuestos, en los programas de TV, en las noticias, en tu grupo de amigos, en el metro, en el aire que respiras, en todas partes. Negarse a votar y abjurar de la política y los políticos no es retirarse dignamente de la carrera, sino hacer lo que el avestruz y esconder la cabeza en un agujero. Porque esa misma actitud, la abstención, la desilusión, es un acto político que, lo quieras o no, favorece a una opción u otra.
No deja de ser un poco ingenua esa actitud de contemplar la política, arrugar la nariz y decir “cielo santo, como hiere esta peste mi sensible pituitaria; me largo de aquí”. Pero, ¿adónde te largas que no huela mal? La materia de trabajo de la política somos las personas, y ése es el problema, porque las personas, muchas veces, nos comportamos de forma egoísta y miserable, y si es en grupo, más. Pero personas hay en todas partes. Y en este sistema nuestro, tanto laboral como socialmente, se prima lo peor de nuestra naturaleza: la ambición, la competitividad, el egoísmo, el éxito a cualquier precio. ¿Y sólo nos quejamos de la política? Por favor, la mierda está homogéneamente repartida por el noventa por ciento de las facetas de nuestra vida.
No, no hay que fiarse de la naturaleza humana; por eso, precisamente, es necesaria la política: para crear un sistema que nos defienda de nosotros mismos. El sistema que ahora tenemos, aunque mucho mejor que el que teníamos hace, por ejemplo, cincuenta años, todavía es muy deficiente. Por eso creo que vale la pena luchar, aunque sólo sea un poquito, por mejorarlo, igual que tantos hombres y mujeres lucharon en el pasado para que ahora nosotros podamos vivir un poco mejor. Si se hubiesen abstenido, si se hubiesen desencantado pasivamente, ¿dónde estaríamos ahora? Aunque, por supuesto, practicar la abstención y el desencanto es una opción totalmente válida. Pero, sin duda, una opción política.
sábado, junio 10
Todos los segundos hieren; el último mata

Por caprichos del destino, hoy es el cumpleaños de éste vuestro seguro servidor, César M., así como el de ese frater pecador que atiende al nombre de Fray César de Baskerville. Tanto él como yo aceptamos regalos, cheques y dinero en efectivo.
¿Que cuántos años cumplimos?... Sencillo: la raíz cuadrada de 2.809
viernes, junio 9
Víctimas
Mañana sábado se celebrará en Madrid una manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Sus lemas son: “Negociación, en mi nombre no” y “Queremos saber la verdad”. El segundo lema se refiere, claro está, al 11-M y encaja, qué curioso, con la conocida teoría auto exculpatoria del PP que sostiene la participación de ETA en el atentado, una teoría que, por cierto, carece de la menor prueba. Pero ya se sabe que la verdad es un engorro para los infames, y también se sabe que la AVT no es más que un títere controlado por el PP.El primer lema, “Negociación, en mi nombre no”, merece sin embargo unos instantes de reflexión. ¿Qué significa? ¿Que un grupo de ciudadanos se manifiesta para pedirle al gobierno que no negocie con ETA el final del terrorismo? Muy bien, tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Pero... ¿esos ciudadanos son especiales por algún motivo? Es decir, ¿su opinión tiene más peso que la de los demás? Hay que escuchar la voz de las víctimas, se dice; su concurso es fundamental en el proceso, pues son ellos quienes más han padecido la lacra del terrorismo y, por tanto, sus criterios cuentan con mayor peso específico.
Reconozco que no acabo de entender esa lógica. Vamos a ver, las víctimas de los accidentes de tráfico (mucho más numerosas que las del terrorismo, por cierto) ¿deberían intervenir de forma decisiva en la elaboración del Código de Circulación? Evidentemente, no, porque nada tiene que ver una cosa con otra. El que una persona haya sufrido una desgracia no significa que sus derechos civiles se amplíen. Las víctimas del terrorismo deben ser ayudas y consoladas, pero su voz tiene exactamente el mismo peso que la mía o que la de cualquier hijo de vecino. No tienen más razón por haber sufrido, ni más derechos, ni siquiera más peso moral. Ser víctima es una tragedia, no un mérito.
En cualquier caso, claro está, tienen todo el derecho a manifestarse y hacer oír su voz, igual que yo tengo derecho a opinar que la AVT es un espantajo en manos de la extrema derecha y a sostener que su presidente, el señor Alcaraz, es un infame manipulador.
Por cierto, no sabéis hasta que punto me toca las gónadas que esa manifestación se haya convocado precisamente el 10 de junio, uno de los días más sagrados del año. ¿O acaso no conocéis el trascendental significado del 10-J?...
Tranquilos, mañana os enteraréis.
miércoles, junio 7
Historia local de la infamia
Cuando murió Franco, yo tenía 22 años, era un joven caballerete, así que recuerdo muy bien aquel periodo, y la transición, y los primeros años de la democracia. Por ejemplo, recuerdo que en aquel entonces había en España una ultraderecha muy activa y visible, algo que no debería extrañarnos si tenemos en cuenta los cuarenta años de dictadura fascista que nos precedían. Luego vino Tejero y su intento de golpe de estado (que a mí me pilló haciendo la mili, por cierto), y todos pensamos que ése era el último coletazo de una ultraderecha herida y agónica. A partir de entonces, los “fachas” fueron difuminándose hasta convertirse en un confuso piélago de grupillos y partidos totalmente residuales. Era como si en España no existiera la extrema derecha. Lo cual siempre me desconcertó, porque resultaba ilógico.
Hasta el tejerazo, había en nuestro país cuatro grandes partidos que cubrían de forma natural todo el espectro ideológico. Una derecha “dura”, AP, un centro-derecha, UCD, un centro-izquierda, PSOE, y una izquierda “dura”, el PC. Pero el hundimiento de UCD creó una situación anómala dejando en el ruedo político a un único partido de derecha, el PP. Es decir, que los populares recibían votos de todo el espectro conservador, desde la ultraderecha de Tejero y Blas Piñar, hasta la derecha moderada de Adolfo Suárez y Calvo Sotelo. Con frecuencia se le ha atribuido a Fraga el mérito de “domesticar” a la extrema derecha y, al absorberla en su partido, conducirla al mundo democrático. Y sin duda, ese mérito fue real durante el periodo de la transición, pero a la larga ha acabado creando un monstruo.
Tras el triunfo electoral del PSOE, la figura carismática de Felipe González mantuvo a la derecha durante muchos años alejada del poder. Era evidente que Fraga, el ex ministro franquista, tenía un techo electoral insuperable, así que se quitó de en medio y, tras el breve circo de Hernández Mancha, llevó a la cúspide del partido a un individuo de la joven-vieja guardia, el filofalangista José María Aznar. Entonces no nos dimos cuenta, pero con la llegada de ese personaje la extrema derecha, discretamente disfrazada, volvía a primer plano.
Los gobiernos de Felipe González tuvieron aciertos, se desenvolvieron bien en la postransición y contribuyeron notablemente a la modernización del país. Pero también cometieron numerosos errores, entre los que se cuenta el GAL y la corrupción. Finalmente, el PSOE perdió el poder y el PP de Aznar llegó al gobierno, aunque al no contar con la mayoría suficiente se viera obligado a hablar catalán en la intimidad. Durante esa primera legislatura, la ultraderecha enseñó los dientes, pero no llegó a morder. Luego vino la segunda, la de la mayoría absoluta, y ya no hizo falta seguir llevando disfraz. Y pasó lo que pasó, la soberbia caudillesca de Aznar, la infame entrada en una guerra miserable, los hilillos de plastilina del Prestige y de Rajoy, los muertos cambiados del Yak-43, los engaños, la manipulación y el ocultamiento. Todo lo cual culminó con el atentado del 11-M y las infames mentiras a que se entregó el PP en pleno para intentar salvar unas elecciones que ya tenía perdidas.
Y desde entonces llevamos dos largos años aguantando a una ultraderecha –que es quien hoy en día tiene el poder en el PP- rabiosa que sólo sabe mentir, amenazar e insultar. Por fin, ayer, 6 del 6 del 6, el PP se lanzó por el precipicio de la infamia definitiva al negar su apoyo el gobierno en el intento de conseguir la paz en el País Vasco. ¿Qué puedo decir ante esto? ¿Debo mencionar la hipocresía que supone negarle a los demás el derecho a intentar lo que ellos mismos intentaron en la anterior tregua? ¿Hace falta calificar de canallada los sucesivos conatos de poner palos en las ruedas de ese proceso? ¿Es necesario señalar que, al basar el PP su estrategia electoral en el fracaso del proceso de paz, sus dirigentes están obligados a cifrar todas sus esperanzas en que ese proceso fracase? ¿Cabe imaginar mayor infamia?
Lo que no logro entender es que mucha gente buena, gente honesta y demócrata, siga dando su voto de derecha moderada a un partido de extrema derecha. No comprendo que personas que conozco, personas conservadoras, pero de convicciones demócratas, votantes naturales de la extinta UCD, personas que en el fondo no están de acuerdo con muchas de las cosas que hace el PP, sigan dándole su voto, apoyando así a políticos que están en política para enriquecerse, como Zaplana, a hipócritas mentirosos como Acebes, Trillo y Rajoy, a políticos sin escrúpulos que sólo saben moverse en el caldo de cultivo del engaño y la gresca. ¿Por qué esa buena gente sigue alimentando al monstruo?
Yo soy un votante de izquierda moderada. Mi voto contribuyó a que Felipe González llegara al poder. Pero, llegado un momento, me sentí éticamente incapaz de seguir votando al PSOE. No le di mi voto a la derecha, por supuesto (me daría un cólico), lo que hice fue tirarlo un par de veces votando a absurdos partidos verdes y, finalmente, optar por la abstención. Más tarde, cuando le vi las garras al patológico Aznar, y ya con la vieja guardia del PSOE fuera de circulación, volví a votar a los socialistas. Incluso hice más que votar. Pero si algún día percibiera que Zapatero deriva hacia la mentira, la manipulación y la infamia, dejaría de votarle, porque no querría ser cómplice suyo, como no quise serlo de González.
Sin embargo, los votantes de derecha moderada continúan dando su voto al PP, haga lo que haga, diga lo que diga, mienta lo que mienta, con esa obstinación ciega del hincha futbolístico que apoya a su equipo aunque no juegue ni a tabas. ¿Por qué? No lo entiendo.
Pero da igual, esto sólo es el principio; porque estoy seguro de que el futuro cercano nos proporcionará más escenas de nuestra particular historia de la infamia.
Hasta el tejerazo, había en nuestro país cuatro grandes partidos que cubrían de forma natural todo el espectro ideológico. Una derecha “dura”, AP, un centro-derecha, UCD, un centro-izquierda, PSOE, y una izquierda “dura”, el PC. Pero el hundimiento de UCD creó una situación anómala dejando en el ruedo político a un único partido de derecha, el PP. Es decir, que los populares recibían votos de todo el espectro conservador, desde la ultraderecha de Tejero y Blas Piñar, hasta la derecha moderada de Adolfo Suárez y Calvo Sotelo. Con frecuencia se le ha atribuido a Fraga el mérito de “domesticar” a la extrema derecha y, al absorberla en su partido, conducirla al mundo democrático. Y sin duda, ese mérito fue real durante el periodo de la transición, pero a la larga ha acabado creando un monstruo.
Tras el triunfo electoral del PSOE, la figura carismática de Felipe González mantuvo a la derecha durante muchos años alejada del poder. Era evidente que Fraga, el ex ministro franquista, tenía un techo electoral insuperable, así que se quitó de en medio y, tras el breve circo de Hernández Mancha, llevó a la cúspide del partido a un individuo de la joven-vieja guardia, el filofalangista José María Aznar. Entonces no nos dimos cuenta, pero con la llegada de ese personaje la extrema derecha, discretamente disfrazada, volvía a primer plano.
Los gobiernos de Felipe González tuvieron aciertos, se desenvolvieron bien en la postransición y contribuyeron notablemente a la modernización del país. Pero también cometieron numerosos errores, entre los que se cuenta el GAL y la corrupción. Finalmente, el PSOE perdió el poder y el PP de Aznar llegó al gobierno, aunque al no contar con la mayoría suficiente se viera obligado a hablar catalán en la intimidad. Durante esa primera legislatura, la ultraderecha enseñó los dientes, pero no llegó a morder. Luego vino la segunda, la de la mayoría absoluta, y ya no hizo falta seguir llevando disfraz. Y pasó lo que pasó, la soberbia caudillesca de Aznar, la infame entrada en una guerra miserable, los hilillos de plastilina del Prestige y de Rajoy, los muertos cambiados del Yak-43, los engaños, la manipulación y el ocultamiento. Todo lo cual culminó con el atentado del 11-M y las infames mentiras a que se entregó el PP en pleno para intentar salvar unas elecciones que ya tenía perdidas.
Y desde entonces llevamos dos largos años aguantando a una ultraderecha –que es quien hoy en día tiene el poder en el PP- rabiosa que sólo sabe mentir, amenazar e insultar. Por fin, ayer, 6 del 6 del 6, el PP se lanzó por el precipicio de la infamia definitiva al negar su apoyo el gobierno en el intento de conseguir la paz en el País Vasco. ¿Qué puedo decir ante esto? ¿Debo mencionar la hipocresía que supone negarle a los demás el derecho a intentar lo que ellos mismos intentaron en la anterior tregua? ¿Hace falta calificar de canallada los sucesivos conatos de poner palos en las ruedas de ese proceso? ¿Es necesario señalar que, al basar el PP su estrategia electoral en el fracaso del proceso de paz, sus dirigentes están obligados a cifrar todas sus esperanzas en que ese proceso fracase? ¿Cabe imaginar mayor infamia?Lo que no logro entender es que mucha gente buena, gente honesta y demócrata, siga dando su voto de derecha moderada a un partido de extrema derecha. No comprendo que personas que conozco, personas conservadoras, pero de convicciones demócratas, votantes naturales de la extinta UCD, personas que en el fondo no están de acuerdo con muchas de las cosas que hace el PP, sigan dándole su voto, apoyando así a políticos que están en política para enriquecerse, como Zaplana, a hipócritas mentirosos como Acebes, Trillo y Rajoy, a políticos sin escrúpulos que sólo saben moverse en el caldo de cultivo del engaño y la gresca. ¿Por qué esa buena gente sigue alimentando al monstruo?
Yo soy un votante de izquierda moderada. Mi voto contribuyó a que Felipe González llegara al poder. Pero, llegado un momento, me sentí éticamente incapaz de seguir votando al PSOE. No le di mi voto a la derecha, por supuesto (me daría un cólico), lo que hice fue tirarlo un par de veces votando a absurdos partidos verdes y, finalmente, optar por la abstención. Más tarde, cuando le vi las garras al patológico Aznar, y ya con la vieja guardia del PSOE fuera de circulación, volví a votar a los socialistas. Incluso hice más que votar. Pero si algún día percibiera que Zapatero deriva hacia la mentira, la manipulación y la infamia, dejaría de votarle, porque no querría ser cómplice suyo, como no quise serlo de González.
Sin embargo, los votantes de derecha moderada continúan dando su voto al PP, haga lo que haga, diga lo que diga, mienta lo que mienta, con esa obstinación ciega del hincha futbolístico que apoya a su equipo aunque no juegue ni a tabas. ¿Por qué? No lo entiendo.
Pero da igual, esto sólo es el principio; porque estoy seguro de que el futuro cercano nos proporcionará más escenas de nuestra particular historia de la infamia.
lunes, junio 5
Poema ciclista de J. M. M. opus nº 6

Éste, amigos míos, es el último soneto ciclista de mi antiguo compañero de colegio Josemari (al menos, el último que obra en mi poder). También es mi favorito.
Taller
De José María Moreno
Quizá un futuro de oxidados días;
quizá días cromados y perfectos:
ajustar cambios, ajustar afectos,
tensar radios, tensar melancolías.
Recomponer deseos y cadenas,
parchear, si revienta alguna queja,
(maillot de Bruynel, Indurain en Lieja)
cambiar zapatas, desgastadas penas...
Trabajo ante la puerta y miro el trigo;
canto de vez en cuando, ensimismado,
manchado de recuerdos y de grasa.
Venga quien venga habrá de ser amigo:
nunca dejé de estar enamorado,
jamás cerré la puerta de mi casa.
Y esto es todo. Bueno, realmente no es todo; al final del poemario hay cuatro apretadas páginas de notas del editor, un texto delicioso lleno de humor e ironía. Por desgracia, el trabajo aprieta y la labor de mecanógrafo acaba siendo pesada, así que no voy a transcribirlas. Espero que hayáis disfrutado leyendo los sonetos de mi amigo José María Moreno tanto como yo he disfrutado recordándolos.
jueves, junio 1
Con A de azar
A veces, empiezas a leer un libro sin esperar nada en especial, porque nada sabes de él, y de pronto descubres una obra maestra. No ocurre con frecuencia, pero cuando sucede sobreviene un doble placer: el de leer un texto memorable y el del descubrimiento. Eso me ocurrió a mí con El Palacio de la Luna, de Paul Auster. A raíz de su publicación, recuerdo haberle echado un vistazo en el Babelia a una entrevista con Auster y a una crítica de la novela; también recuerdo que no presté mucha atención, porque no suelo hacer excesivo caso a los suplementos literarios. Sin embargo, semanas después, deambulando por la Casa del Libro, tropecé con El Palacio de la Luna y... me quedé prendado de su portada. Me gustó la portada, por eso lo compré, lo confieso... en fin, es un motivo vergonzoso, pero es que soy muy impulsivo comprando libros.Poco después, pillé una gripe y tuve que pasar dos o tres días en cama. En esas circunstancias suelo leer mucho, así que acabé de una sentada el libro que estaba leyendo y me dispuse a escoger otro. Entonces, mis ojos recalaron en aquella portada y una vocecita interior me dijo: léelo. Eso hice y el impacto de aquella lectura aún resuena en mi dura cabezota. Auster lograba algo tan difícil como es explorar un nuevo territorio literario, y lo conseguía centrándose en aquello que el resto de los escritores procura eludir: el azar. Todo novelista sabe que incluir mas de dos casualidades significativas en el desarrollo de un argumento resta verosimilitud al texto. Es hacer trampa, aunque lo cierto es que, en la vida real, el azar juega un papel fundamental. Pero la realidad novelística es distinta: requiere lógica y que los acontecimientos se encadenen progresivamente. Al menos, así era hasta que llegó Auster, porque el leit motiv de la mayor parte de sus novelas es lo que el azar le hace a las personas.
Eso explica uno de los efectos que produce El Palacio de la Luna. Siendo, como es, un texto realista, parece mágico. Esto se debe, en parte, a que describe situaciones y comportamientos muy extraños, muy extremos, como el del propio protagonista, que lleva la pasividad hasta el punto de casi dejarse morir de hambre. O la historia (real) de Tesla, todo un personaje de ciencia ficción. Pero sobre todo, se debe a la suma de casualidades que, más allá de la lógica cartesiana, conforman el argumento, pues como dijo alguien: “lo más parecido a la magia que existe en este universo es el azar”. Curiosamente, así como la mayor parte de las novelas realistas de Auster tienen un regusto a fantasía, Mr. Vértigo, una novela que entra de lleno en el género fantástico, deja en el paladar un sabor básicamente realista. Extraña paradoja.
En fin, el caso es que, tras El Palacio de la Luna, he leído casi todas sus novelas: la Trilogía de Nueva York, La música del azar, Leviatán, Mr. Vértigo, El libro de las ilusiones... Todas me han gustado en mayor o menor medida (salvo Tombuctú, un sensiblero relato que Auster escribió durante la temporada en que decidió no ser Auster), pero ninguna me ha gustado tanto como El Palacio de la Luna. Ése es el único pero que puedo ponerle al autor: que nunca haya podido ir más allá de donde fue con esa novela. Pero es un “pero” injusto, porque en el fondo no es más que acusarle de haber escrito una obra maestra.
Ayer, Paul Auster fue distinguido con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006. Según el jurado, el premio le ha sido otorgado "por la renovación literaria que ha llevado a cabo al unir lo mejor de las tradiciones norteamericana y europea, innovar el relato cinematográfico e incorporar a la literatura algunas de sus aportaciones". Pues mira, por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a estar de acuerdo con un jurado literario. Paul Auster se merece sobradamente el Príncipe de Asturias, por las razones que esgrime el jurado y por otras muchas; sobre todo, porque recibir un premio es, en el fondo, una cuestión de azar.
NOTA: Para acabar esta entrada tan literaria con una de esas agudas observaciones intelectuales que me caracterizan y dan fama, señalaré que, entre los méritos de Paul Auster, figura el de tener una hija, Sophie, que está como un quesito.
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