sábado, octubre 7

Dos libros

Los dos últimos libros que han caído en mis manos no son para leer. De hecho, uno de ellos ni siquiera es propiamente un libro, sino un cuadernillo de 24 páginas que me ha costado un euro con veinte céntimos. Se trata, claro, de obras de consulta. Me encantan esta clase de libros, los diccionarios de todo tipo, las enciclopedias, los manuales, los prontuarios, los compendios... Son cultura en cápsulas; ofrecen respuestas concretas a preguntas concretas y ordenan el conocimiento de una forma tan ficticia como tranquilizadora. Además, por concentrada, son la lectura perfecta para cuando vas al baño a aliviar el vientre.

El primero de mis dos libros no lo he comprado, sino que me lo ha mandado amablemente su autor, Ramón Charlo. Se llama Autores y seudónimos en la novela popular y está publicado por Padilla Libros Editores & Libreros (Sevilla, 2005). ¿Qué es? Pues un diccionario de los autores españoles de novela popular del siglo veinte, incluyendo sus seudónimos. Ramón Charlo, uno de nuestros mejores estudiosos de la novela popular, ha llevado a cabo con este libro una labor titánica, pues cualquiera que conozca un poco la literatura de kiosco sabe lo compleja que resulta la tarea de identificar la identidad que se esconde tras muchos seudónimos. Así pues, se trata de un libro imprescindible para quienes se interesen por esa rama pobre de la literatura que es (o, mejor dicho, fue) la novela de a duro.

El segundo libro, en este caso cuadernillo, es el Calendario Zaragozano de 2007. Lo compro todos los años, sin excepción; tanto es así, que cada vez que veo un nuevo ejemplar en los kioscos, siento lo mismo que se experimenta al reencontrarse con un viejo amigo largo tiempo ausente. De hecho, lo considero un punto fijo en el devenir del tiempo, un bastión inexpugnable e inmutable que siempre sigue igual, con el mismo tamaño, el mismo color, la misma tipografía y el mismo terrible dibujo de don Mariano Castillo y Ocsiero en portada. Verlo me hace retroceder a la infancia.

Y no sólo a la infancia, sino más atrás en el tiempo, a otra era y otra cultura. Veréis, el Calendario Zaragozano contiene un “juicio universal meteorológico” a un año vista cuyos pronósticos dudo que alguna vez se hayan cumplido. Además –y ésa es la parte que suelo utilizar para documentarme- ofrece una reseña diaria de las principales efemérides astronómicas (incluyendo las salidas y puestas del sol y la luna). Y también el santoral completo, las principales ferias y mercados de España, citas y refranes tan deliciosos como Si en enero flores, en mayo dolores o Con pillos me junte Dios; con tontos no.

Pero volvamos a lo que decía de retroceder en el tiempo. El Calendario Zaragozano fue fundado -por el citado Mariano Castillo, astrónomo- en 1840. Es decir, en una época en la que la sociedad era mayoritariamente rural. De hecho, el Calendario Zaragozano es una valiosísima herramienta para agricultores y ganaderos, pero no para urbanitas. Por eso, cuando lo hojeo, lo que hago es viajar a un mundo que ya casi no existe, a una cultura regida por el paso de las estaciones y el matemático faenar de las estrellas. En cierto modo, el Calendario Zaragozano y Stonehenge son lo mismo: instrumentos de una civilización rural para medir el tiempo y cuidar las cosechas.

¿Vosotros no lo compráis? Pues deberíais hacerlo; viajar en el tiempo por 1’20 euros es un chollo.

domingo, octubre 1

Cf a 24 imágenes por segundo

Supongo que me ha entrado el mono por las listas, porque después de revisar el cine del Oeste me puse a darle vueltas a las películas de ciencia ficción (cf en lo sucesivo). De entrada, pensé que no encontraría demasiados films memorables, pues la historia cinematográfica del género no ha brillado a gran altura, pero me sorprendió toparme con bastantes más títulos notables de lo que yo pensaba.

Con todo, el cine ha elegido casi siempre los caminos más folclóricos e infantiloides a la hora de tratar la cf. Entre quienes lo desconocen, existe la creencia de que este género permite el “vale todo”, cuando es exactamente lo contrario. La cf es literatura fantástica con ambición de verosimilitud; de hecho, la buena cf precisa un rigor que los creadores cinematográficos rara vez le han concedido. Por el contrario, el cine ha elegido casi siempre centrarse en la parafernalia tópica del género, como los cohetes, las pistolas de rayos y los aliens con ojos de insecto, y encima lo ha hecho mal. El problema, amigos míos, es que la cf cinematográfica cuando es mala, no sólo es mala, sino que también es ridícula. En gran medida, la mala prensa que sufre la cf literaria se debe a la cf de celuloide. Y es que pocas cosas causan más vergüenza ajena que ver a un tipo forrado con papel Albal disparando un secador de pelo contra un grotesco muñeco de látex.

Pero no todo es malo. Así que allá va mi lista, por orden de estreno, de las 10 mejores películas de cf de la historia (según mi nada modesta opinión).

1. Metrópolis (Fritz Lang 1926). Reconozcámoslo: el argumento de esta película es un truño infumable. De hecho, está basada en una novela futurista del mismo título (publicada en Martínez Roca, Súper Ficción 1977) escrita por Thea Von Harbour, esposa del director y entusiasta militante nazi. En fin, ese final idílico en que patrones y obreros se estrechan en un abrazo fraternal, pero quedándose cada uno en el lugar que le corresponde, es muy representativo de las utopías fascistas tan en boga durante aquellos años. Sin embargo, la vigorosa estética expresionista y art deco del film y esa prodigiosa ciudad -auténtica protagonista de la película-, convierten a Metrópolis en una imperecedera obra maestra visual. Su influjo jamás ha dejado de estar presente en el mundo del cine, del arte y del diseño y, como prueba, valga recordar que C3PO, el famoso robot dorado de Star Wars, es una copia/homenaje del autómata femenino construido por Rotwang, el científico chungo de Metrópolis.

2. Ultimátum a la Tierra (Robert Wise 1951). En esta película se juega con varios tópicos de la cf: el primer contacto con seres extraterrestres, los platillos volantes, los robots... pero, y esto no deja de ser sorprendente dada la época que corría, Wise lo hizo con gran seriedad y rigor. Además, pese a estar producida en plena guerra fría, la película propone un estimulante mensaje pacifista y antixenófobo. Aunque Ultimátum a la Tierra resulta visualmente inferior a la inmensa (en ese sentido) Metrópolis, es infinitamente superior a ella desde un punto de vista argumental y narrativo. A decir verdad, creo que se trata de la primera gran película de cf de la historia. Y desde luego, quienes la hemos visto jamás olvidaremos estas palabras: Klaatu varada nictu.

3. La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel 1956). Quizá la invasión extraterrestre más famosa que nos ha brindado el cine (Wells aparte). Tus vecinos, tus amigos, tus seres queridos, todos están siendo sustituidos por et’s idénticos al original, pero sin emociones. La paranoia en estado puro. Una película brillante, angustiosa y estimulantemente ambigua, pues puede interpretarse tanto como una metáfora del macartismo, como del comunismo.

4. 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). Puede que no sea objetivo con este film (sin duda, no lo soy), pero aquí va mi opinión: si todas las demás películas que cito aquí fueran iglesias, 2001 sería una catedral. Una obra maestra inmensa, desmedida, lisérgica y abrumadora. Sólo hay algo que no comprendo respecto a ella: ¿por qué la gente se empeña en no entenderla? Su argumento no puede ser más claro, y sin embargo todo el mundo la tilda de críptica. En fin, sólo añadiré algo: el germen de 2001 es el cuento de Arthur C. Clarke El Centinela, en mi opinión uno de los mejores relatos cortos de la historia del género.

5. Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg 1977). Spielberg tuvo el acierto de contar la historia del primer contacto de la humanidad con una civilización extraterrestre narrándola desde diversos puntos de vista, pero centrándose en un personaje absolutamente normal y cotidiano. La cinta adquiere en muchos momentos resonancias místicas, míticas y poéticas, gracias, entre otras cosas, a un muy sabio empleo de los efectos especiales; aunque también es cierto que en ocasiones se ve lastrada por secuencias un tanto efectistas. Con todo, es una magnífica película que Spielberg remontó después del estreno, quitando y añadiendo escenas, aunque creo que la primera versión es mejor. Sin duda, la “conversación musical” entre los terrestres y el megaovni es uno de los grandes hitos del cine. Eso por no hablar de las famosas cinco notas...

6. Star Wars – El imperio contraataca (George Lucas 1977, Irvin Kershner 1980). Star Wars nació como un divertido homenaje a los seriales de Flash Gordon y Buck Rogers, a las novelas de Edmond Hamilton, Jack Williamson (que, por cierto, sigue estando vivo y hasta hace poco, a sus más de cien años, todavía en activo) o E. E. Doc Smith y a toda esa ciencia ficción aventurera e ingenua que floreció durante los años 30 y 40 del siglo pasado. Las dos primeras entregas de la serie son, sin duda, el mejor space opera jamás filmado. La tercera –El retorno del Jedi (1983)- derivó hacia el infantilismo y la repetición, y de la segunda trilogía (que supuestamente es la primera) mejor no hablar. Con todo, hay que reconocer que el efecto de Star Wars sobre la cf literaria ha sido nefasto.

7. Alien (Ridley Scott 1979). He aquí el paradigma del extraterrestre hijoputa. Un bicho muy, pero que muy cabrón –con un ciclo vital más cabrón aún- se cuela en una inmensa nave de carga y comienza a cargarse a todos los humanos que encuentra en su camino. En realidad, Alien es un relato terror en clave de cf, donde la nave espacial acaba siendo un escenario gótico y el alienígena un producto de nuestras pesadillas. Como anécdota, comentaré que el argumento de Alien es clavadito a un viejo relato de A. E. Van Vogt (Black Destroyer, si mal no recuerdo), lo cual obligó a la productora a entregar una sustanciosa compensación económica al escritor para evitar el juicio. La continuación de la película, Aliens, el regreso (James Cameron, 1986), aunque inferior a la primera, es una digna secuela realizada, eso sí, en una clave completamente distinta.

8. Blade Runner (Ridley Scott 1982). Entre las muchas virtudes de esta magistral película –basada en una novela de Philip K. Dick-, espléndida combinación de cine negro y cf, se encuentra la de haber presentado el futuro cercano más verosímil jamás filmado. Tanto es así, que la concepción visual -y también temática- de Blade Runner contribuyó decisivamente a la creación del ciberpunck (la escenografía de Blade Runner, por cierto, está nítidamente influida por los comics de Moebius, que también colaboró en la dirección de arte). Scott realizó posteriormente una “versión del director” que cambiaba sutilmente el final... de forma absolutamente equivocada.

9. Terminator (James Cameron 1984). Puede que a algunos les escandalice incluir aquí una peli protagonizada por el anabolizado gobernador de California, pero Terminator es una vibrante película de cf, salpimentada con toques de thriller y narrada con brío y convicción. Además, Suarcenaguer (nunca sé cómo se escribe) es un pésimo actor (¿actor?), pero para interpretar a un inexpresivo y ominoso robot asesino resulta sencillamente perfecto. La secuela, Terminator II (Cameron 1991), pese a ser inferior a la primera, contiene algunas secuencias francamente memorables. De la tercera podéis olvidaros tranquilamente.

10. Gattaca (Andrew Niccol 1997). La pregunta que uno se hace al terminar de ver Gattaca es si la sociedad futura que describe el film es una utopía o una distopía. Y sólo cabe una respuesta: las dos cosas a la vez. Gattaca es el reino, no de lo políticamente correcto, sino de lo humanamente correcto; personas mejoradas por ingeniería genética frente a humanos normales, y una forma sutil de marginación que se basa en la simple y cotidiana ley de la competencia: los mejores ocuparán los puestos sociales de más responsabilidad. El problema es que los mejores siempre son los humanos mejorados. Pero lo más inquietante del film es que, si lo pensamos en abstracto, esa sociedad pacífica, racional y opulenta que describen sus imágenes parece, en principio, deseable, la culminación de nuestras ambiciones. No estaría mal, por tanto, recordar ese sabio proverbio que reza: cuidado con lo que deseas, porque podrías conseguirlo. Gattaca, en resumen, es una excelente película; si Niccol la hubiese dirigido con un poquito más de brío, podría haber sido deslumbrante.

Éste es pues mi lista. ¿Qué conclusiones podemos sacar a partir de ella? La primera, que el cine de cf es inferior en calidad a, por ejemplo, el western. Si repasamos la lista de películas del Oeste que propuse hace unas semanas, veremos que todos los títulos que citaba, prácticamente sin excepción, eran obras maestras, no sólo del género, sino del cine en general. Sin embargo, en la presente lista sólo podemos encontrar tres obras maestras y media. Con la manga muy ancha, cinco. No obstante, hay más películas interesantes de cf de lo que cabría esperar.

De entrada, dos que me hubiera gustado incluir en la lista: Cube (Vincenzo Natali 1997) y Regreso al futuro (Robert Zemeckis 1985). La primera es una pequeña película independiente que logra sacar un brillante partido a sus limitados recursos. La segunda es una comedia, de modo que no suele ser valorada como pieza de cf; pero lo es, y mucho más sólida de lo que parece a simple vista. De la época clásica, podemos rescatar El increíble hombre menguante (Jack Arnold 1957) y El enigma de otro mundo (Christian Nyby y Howard Wawks 1951), de la que John Carpenter hizo un inteligente remake en 1982. De la época dorada también tenemos la verniana 20.000 leguas de viaje submarino (Richard Fleisher 1954), con un impagable James Mason en el papel de Nemo. ¿Y cómo olvidarnos de El Planeta de los simios (Franklin J. Schaffner 1968)? Ha envejecido mal, pero su final es un clásico de la historia del cine. Y también protagonizada por Charlton Heston, Soylent Green (Richard Fleischer 1973), una claustrofóbica antiutopía superpoblacionista.

Steven Spielberg, además de Encuentros, ha dirigido un buen puñado de películas de cf: Parque Jurásico (1990), Minority Report (2002), la muy interesante Inteligencia Artificial (2001) -pese a su lacrimógeno final- y la no menos notable La Guerra de los Mundos (2005) –y no cito ET (1982) porque nunca me ha gustado-. Paul Verhoeven es el autor de dos divertidas sátiras de cf: Robocop (1987) y Tropas del espacio (1997), y de Desafío total (1990), con Suarcenator convertido en personaje dickiano. Kubrick, además de la joya de la corona, también nos brindó La naranja mecánica (1971), una película tan criticada como admirada (yo la adoro). Y del cine del Este podemos mencionar Solaris (1972) y Stalker (1979); puede que alguna de las dos debiera estar en la lista, pero es que, a fuer de sincero, Tarkovski me aburre profundamente. Ah, y ya que hablábamos antes de Gobernator, hay otra película suya mucho más interesante de lo que parece a simple vista: Depredador (John McTiernan 1987). El problema del film es que, al principio, parece basura estilo Rambo, pero como dijo un crítico: hay demasiadas ideas en esta película para rechazarla de un plumazo.

Un detalle. Fijaos en la temática de las diez películas elegidas: la mitad de ellas tratan del primer contacto con una especie alienígena. Y es que, supongo, ése es el tema central de la cf como género. Dentro de este ámbito, podemos mencionar también Contacto (Robert Zemckis 1997), una interesante película lastrada por el excesivo peso que se le concede a los aspectos religiosos y por algún que otro ocasional exceso de sentimentalismo. El segundo tema estrella sería la inteligencia artificial y los robots, pues forma parte (aunque no siempre sea el eje narrativo) de seis de los títulos. Y el tercero, probablemente, el viaje en el tiempo, uno de cuyos mejores ejemplos podría ser la irregular –pero en ocasiones fascinante- Doce monos (Terry Gillian 1995).

Y, para terminar, dos conocidas rarezas. La primera, una más que notable película de cf española (ahí es nada): Abre los ojos (Alejandro Amenabar 1997). Aunque, claro, ahora está de moda darle palos a Amenabar. Ay, qué malo es triunfar en este país... La segunda rareza, que acaba de aparecer en DVD, es V de vendetta (James McTeigue 2006), basada en un cómic de Alan Moore. Si V es un superhéroe (cosa que dudo), sin duda V de vendetta es la mejor película de superhéroes jamás rodada (junto con El protegido –1999-, de Shyamalan). Pero en realidad se trata de una interesante ucronía antiutópica, una de las mejores sorpresas que nos ha brindado el cine de cf reciente. Ah, supongo que os habéis fijado que de Matrix ni hablo.

Y ya está, se acabó. Aunque, claro, no se ha acabado ni mucho menos; seguro que he olvidado un montón de películas. Pero ya me las recordaréis...

miércoles, septiembre 27

Spam

Carta abierta a quienes cada día se dedican a llenar mi Outlook de correo basura

Estimados amigos: es muy improbable que algún día entréis en este blog, lo sé; y, aunque llegarais aquí por algún capricho del azar, supongo que no entenderíais nada, pues todos vuestros correos están escritos en inglés, lo que me permite inferir que ésa debe de ser vuestra lengua natal. No obstante, por si se diera la remota casualidad de que alguno de vosotros fuera hispanoparlante y lector de La Fraternidad de Babel, me gustaría deciros algo.

Admiro vuestro tesón, os lo juro, porque hace falta poseer una férrea voluntad para mandarme cada día más de veinte correos electrónicos. Y no, no creáis que el hecho de haber delegado esa tarea en una máquina resta ni un ápice de mérito a vuestro empeño; muy al contrario, pues combinar obstinación con tecnología no es más que dar un paso adelante en la escala evolutiva. ¿Por qué tocar las narices analógicamente cuando resulta mucho más fácil y productivo hacerlo de forma digital? En fin, aplaudo vuestra tenacidad, pero debo advertiros que la perseverancia no siempre trae consigo los frutos deseados.

Veréis, no uso reloj de pulsera, así que no voy a compraros un Rolex (ni un Trolex, si vamos a eso). Por otro lado, como no pienso trasladarme a Canadá, no tengo el menor deseo de ser propietario de una parcela en la Columbia Británica. Tampoco voy a adquirir acciones de las múltiples compañías que, al parecer, están perdiendo el culo por tenerme como socio. En cuanto a los numerosos puestos de trabajo a tiempo parcial que me ofrecéis: no, gracias. Comprendedlo; me siento muy ufano de que tantas empresas se peleen por tenerme en su staff, pero, aunque no quiero pecar de desagradecido, mi labor como escritor no me dejaría tiempo para realizar las extrañas transacciones que me proponéis. Con respecto a vuestras amables ofertas farmacéuticas, me gustaría notificaros que, afortunadamente, todavía no necesito Viagra. Por último, debo reconocer que lo del alargamiento de pene me tentó; pero al final comprendí que sólo me siento tranquilo cuando quien hurga por ciertas zonas de mi anatomía es una mano femenina (y, por supuesto, selecta). Además, no termino de encontrarle la gracia a que mi pequeño soldadito acabe convertido en un espagueti.

Así pues, teniendo en cuenta que no albergo la menor intención de adquirir ninguno de vuestro productos, ni de participar en los turbios negocios que me proponéis, ¿tendríais la amabilidad de dejar de escribirme?

Es que, veréis, me estáis poniendo de los nervios...

viernes, septiembre 22

Equinoccio de otoño

Mañana, 23 de septiembre, a las 4:03 hora solar, tendrá lugar el equinoccio de otoño. Los celtas llamaban a este momento Mabón, un nombre que procede, según unos, de Mab, la reina de las hadas, y según otros de Maybowhn, el dios de las viñas. Durante el Mabón se celebraba el Mea'n Fo'mhair, la fiesta de la segunda cosecha (uva y manzanas). Los dioses solares se debilitan y envejecen durante este periodo; cuando llegue Samain -el 1 de noviembre- morirán, y con el advenimiento de Yule, el solsticio de invierno, resucitarán.

Es tiempo de recuerdos.

Mira hacia atrás y examina lo que has hecho y lo que no te has atrevido a hacer, lo que has sido y no has sido, lo que deseabas ser y ya nunca serás. Evoca los días perdidos; rememora los distintos rostros que, a lo largo del tiempo, reflejaba el espejo cuando te mirabas en él. Piensa en el niño que fue y ya no es, en los recuerdos que has olvidado, en los sueños que nunca se cumplieron y en los que ni siquiera te atreviste a soñar.

Imagínate ahora un salón amueblado con viejos sillones de orejas, mesas y sillas de madera labrada, y una cómoda con un gran espejo, y una mesa de costura, y estanterías repletas de viejos libros polvorientos, y vitrinas con reliquias del pasado, y arañas de cristal colgando del techo. Un ventanal de vidrios emplomados se abre a un jardín alfombrado de hojas muertas. Enfrente, iluminado por la luz del atardecer que se cuela a través de los visillos, hay un velador cubierto por un blanco tapete bordado. Sobre él descansan una tetera y una taza de té. Siéntate en una silla y coge la taza. ¿Ves cómo humea? El té está aromatizado con bergamota. Huélelo... Ahora cierra los ojos, llévate la taza a los labios y da un sorbo.

Eso es el otoño.

miércoles, septiembre 20

Dawkins

"Los teistas modernos podrían reconocer que, cuando se trata de Baal y el Becerro de Oro, Thor y Odín, Poseidón y Apolo, Mithra y Amón Ra, ellos son, en realidad, ateos. Todos somos ateos con respecto a la mayoría de los dioses en los cuales la humanidad ha creído alguna vez. Algunos de nosotros, simplemente, vamos un dios más allá que el resto"

Richard Dawkins, El capellán del diablo

lunes, septiembre 18

Buenos deseos

Mañana, a partir de las 8:00, operan a mi hermano José Carlos. Mandadle vibraciones positivas, karma del guay, vudú inverso, plegarias, suerte o, simplemente, buenos deseos. La operación no es demasiado grave y él es un hombre fuerte; seguro que todo saldrá bien. Aun así, por favor, dedicad mañana un segundo de vuestros pensamientos a José Carlos Mallorquí. Ya sé que esas cosas no sirven de nada, pero... dan buen rollo. Gracias.

martes, septiembre 12

Western

Hace unas semanas volví a ver en TV La diligencia, de John Ford. Hacía mucho que no la revisitaba (revisitar, qué apropiada palabra), y me sorprendió no encontrarmecon la pieza de arqueología que en el fondo esperaba, sino con una obra maestra capital llena de fuerza y frescura. Pero es que Ford es mucho Ford... El caso es que la visión de la película me hizo recordar cierta charla que mantuve este verano con Fernando Marías, en el curso de la cual éste afirmó que el western es el cine, su esencia misma y el género que mejores frutos le ha dado. Estoy básicamente de acuerdo con él. Y, como una cosa lleva a la otra, me puse a considerar cuáles eran, en mi opinión, los mejores westerns de la historia.

Un momento, un momento –dice una voz-; ¿estás hablando de películas del Oeste? ¿Indios, vaqueros, duelos y todo lo demás? ¿Y dices que eso está a la altura de Bergman, Kieslowski, Godard, Fellini y el resto de grandes nombres del séptimo arte? No, respondo, a su altura no: muy por encima en muchos casos.

El western es un género (tanto literario como cinematográfico) muy curioso. En realidad, debería ser considerado un subapartado de la narrativa histórica, ya que se centra en un territorio específico (América del Norte) y en un periodo del pasado que cubre, más o menos, los siglos XVIII y XIX, aunque suele centrarse en este último. Sin embargo, hay cuando menos un factor que lo dota de una especial personalidad: ser una narrativa de frontera. De un lado tenemos la barbarie (la naturaleza), de otro la civilización; en medio, el ser humano. ¿Cómo se conjugan esos tres factores? ¿Es la civilización una respuesta a la barbarie? ¿O acaso la civilización no es más que una forma ordenada –y por ello más terrible- de salvajismo? En realidad, el western es una estilización de la vida que consiste en quitarle a la realidad todo lo accesorio y dejar sólo lo fundamental. Sentimientos, pasiones, ideologías, política, justicia, el mal y el bien, todo ello aparece en el western de forma descarnada, sin tapujos ni disfraces. El eje de este género no son los revólveres ni los duelos, sino la naturaleza del ser humano y su relación con el entorno y los demás.

Me estoy refiriendo, claro está, a los buenos western, porque no cabe duda de que se han filmado innumerables peliculillas del Oeste a las que sólo cabe calificar de deleznables. Como, por ejemplo, todo el (infame) spaghetti western, con Sergio Leone a la cabeza. Sí, hay mucha mala película del Oeste, mucho tópico sin interés; pero es que hay mucho malo de todo. No obstante, los grandes western son cumbres de la narrativa cinematográfica, así que centrémonos en ellos. Os voy a proponer una lista de lo que, en mi opinión, son las diez mejores películas del Oeste de la historia. Como ocurre con toda “lista de 10”, hay notables e injustas ausencias; sin embargo, puedo asegurar que, si bien no están todas las que son, sí son todas las que están.

Y el primer problema que me surge a la hora de elaborar la lista tiene nombre: John Ford. Porque, siendo justos, la mitad de las películas de esta lista deberían ser suyas. Pero eso limitaría demasiado el panorama, así que he decidido reducir la aportación de Ford a “sólo” tres films.

La diligencia (1939). Mi padre adoraba esta película; decía que era un compendio de todo el género del Oeste, y tenía razón. En ella está el sheriff, el pistolero, la banda de cuatreros, los indios, la caballería, la puta, el médico borracho, el jugador, el caballero del Sur, en fin, los arquetipos básicos del western. Analizada superficialmente, podría decirse que resulta demasiado tópica, pero no debemos olvidar que La diligencia definió las pautas del western moderno, unas pautas que luego han sido copiadas hasta la saciedad. Además, el tratamiento que Ford hace de los tópicos siempre es distinto, siempre es poético y estimulante. La persecución final de los indios a la diligencia es la madre de todas las persecuciones cinematográficas posteriores; un auténtico portento de planificación y ritmo que jamás ha sido superado (pero sí muy imitado).

Centauros del desierto (1956). Una niña blanca es raptada por los indios. Su tío Ethan (John Wayne), acompañado por un joven (Jeffrey Hunter), la busca obsesivamente durante muchos años. Cuando finalmente la encuentra y la ve convertida en una india, empuña su revólver y se dispone a matarla... La complejidad y sutileza de esta película es tan inmensa que cada vez que la veo (y la he visto numerosas veces) descubro algo nuevo en ella. Simplificando, podría decirse que es un alegato contra el racismo, pero va mucho más lejos. Centauros del desierto habla sobre la soledad, sobre la pérdida, sobre la familia y el honor, sobre la ambigüedad de los sentimientos... sobre la naturaleza humana en definitiva. Nada es lo que parece en esta magistral película; por ejemplo, si prestamos mucha atención a la relación entre Ethan y su cuñada, empezaremos a preguntarnos si el personaje interpretado por Wayne está buscando a su sobrina... o a su hija.

El hombre que mató a Liberty Valance (1962). Un pueblo vive sojuzgado por el terror que impone la banda de malhechores liderada por Liberty Valance (Lee Marvin). Nadie hace nada –ni siquiera el personaje interpretado por John Wayne, el único que podría acabar con Valance- hasta que llega del Este un pacífico abogado (James Stewart), que se enfrenta a Valance, primero mediante el recurso a la ley y, finalmente, en un duelo que acaba con la muerte del asesino. ¿Parece una historia tópica? Pues no señor, todo lo contrario. Ford, que había sentado las bases del western clásico con La diligencia, las destruye ahora mostrándonos el lado oculto (y oscuro) de las leyendas. Tampoco aquí las cosas son lo que parecen. Stewart no mató a Valance en el duelo: lo mató Wayne, de lejos, oculto, con un rifle y por la espalda. Stewart acaba utilizando su supuesta proeza (que él sabe falsa) para convertirse en un político populista y manipulador. Wayne tampoco es un héroe, sino un hombre hosco, indiferente, resentido y racista. Y es que no hay héroes en esta película; de hecho, el único personaje enteramente digno y honesto es el negro que trabaja para Wayne (interpretado por Woody Strode), un hombre absolutamente fiel y honesto que es tratado casi como un esclavo por su patrón. El hombre que mató a Liberty Valance, además de ser una de las grandes obras maestras de la historia del cine, marca el comienzo del periodo desmitificador del genero.

Y aquí se acaba la aportación de Ford a mi lista. Una lista que, no obstante, debería incluir cuando menos dos títulos suyos más: Pasión de los fuertes (1946) y El sargento negro (1960). Para terminar con él, permitidme una anécdota. Cuando un periodista le preguntó a Orson Welles quiénes eran, en su opinión, los tres mejores directores de la historia del cine, Welles respondió: “John Ford, John Ford y John Ford”.

Winchester 73 (Anthony Mann, 1950). Dos hermanos –ambos extraordinarios tiradores de rifle-, interpretados por James Stewart y Stephen McNally, están enfrentados a muerte por el asesinato de su padre a manos de McNally. Stewart persigue a su hermano sin descanso por el territorio de Kansas. Cuando lo encuentra, se inicia un enfrentamiento que comienza con un concurso de tiro y termina con uno de los más vibrantes e inteligentes duelos -con rifle y a mucha distancia- jamás filmados. Simultáneamente, la película describe el periplo de un rifle –el que da título al film- que va pasando de mano en mano hasta regresar junto a su dueño. Winchester 73 es una obra tensa y violenta que acaba adquiriendo las proporciones de una tragedia griega. La traición, la venganza, el destino y la muerte; esos son los temas centrales de esta obra maestra.

Raíces profundas (George Stevens, 1953). Intentando rehacer su vida, Shane, un ex-pistolero interpretado por Alan Ladd, llega a un valle en el que los agricultores están sojuzgados por los ganaderos. Shane comienza a trabajar en una de las granjas y, pese a su inicial rechazo de la violencia, acabará ayudando a los agricultores en su lucha contra los ganaderos. Un relato tópico, mil veces contado, al que Stevens consigue conferir una nueva dimensión narrándolo desde el punto de vista de un muchacho. Y es que, en realidad, Raíces profundas es una historia de amor imposible entre un hombre, una mujer y un niño.

Río Bravo y El Dorado (Howard Hawks 1959-1967). ¿Por qué, refiriéndome a una sola película, incluyo aquí dos títulos? Porque ambos films son obra del mismo director, cuentan exactamente la misma historia y están protagonizados por el mismo actor, John Wayne. Un pistolero a sueldo (Wayne) llega al pueblo de El Dorado en busca de su mejor amigo (Dean Martin/Robert Mitchum), que es sheriff del lugar y un patético borracho. Wayne ayuda a su amigo a superar el alcoholismo y a enfrentarse a un grupo de pistoleros contratado por un terrateniente local... Pero lo cierto es que el sencillo argumento de ambas películas carece de importancia. Lo realmente interesante son los personajes y sus relaciones, los diálogos y las situaciones. Como en muchas de sus obras, Hawks habla en Río Bravo/El Dorado sobre la amistad, el respeto a uno mismo, el trabajo bien hecho y la alegría de vivir, a lo que añade, en el caso de El Dorado, una irónica mirada sobre la vejez y la decadencia.

Valor de ley (Henry Hathaway, 1969). A Hathaway, por algún motivo, siempre se le ha negado el marchamo de artista para relegarlo al humilde puesto de artesano. Esta película, magistral ejemplo del llamado “western crepuscular”, demuestra que eso es mentira. Mattie Ross (Kim Darby), una muchacha en principio absolutamente insoportable, contrata los servicios de Rooster Cogburn (John Wayne), un viejo sheriff tuerto y borracho, para que encuentre a los asesinos de su padre, e insiste en acompañarle. El film cuenta la historia y las peripecias de ese viaje y esa venganza, pero sobre todo describe la relación entre dos espléndidos personajes–Mattie y Cogburn-, a los que se les une La Boeuf (Glen Campbell), un surrealista cazarrecompensas miope. Además de la abrumadora belleza de los escenarios naturales en que fue rodada, Valor de ley ofrece una estimulante mezcla de violencia (en ocasiones extrema), ternura, humor y poesía. John Wayne recibió el único Oscar de su carrera por su interpretación en esta película. Os aseguro que es uno de los premios de la Academia más justos que jamás se han entregado, porque Wayne consiguió con su actuación componer uno de los mejores personajes de la historia, no sólo del western, sino del cine en general, ese Rooster Cogburn, viejo, borracho, tosco, sarcástico, violento... y entrañable.

Un último punto que a nadie interesa, pero que no quiero privarme de reseñar. Antes de rodarse la película, mi padre me regaló la novela en que está basado el guión (True grit, Charles Portis). Yo tenía por aquel entonces unos dieciséis años y recuerdo que la novela me gustó mucho. Más tarde, cuando el film se estrenó en España, fui a verlo con mi padre. Debió de ser de las últimas películas que vi con él. La última: La hija de Ryan, de David Lean.

Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969). Una banda de forajidos intenta asaltar el banco de una pequeña población del suroeste, pero los ladrones caen en una emboscada y son tiroteados por un nutrido grupo de cazarrecompensas. Los forajidos supervivientes, tenazmente perseguidos por los cazarrecompensas, inician entonces una huída que les conducirá a México, lugar donde, en un acto de redención suicida, se enfrentarán a todo un ejército y serán masacrados. Cuando los cazarrecompensas llegan, sólo encuentran cadáveres.

La acción de esta película se desarrolla en 1913, cuando la época dorada del Oeste había pasado a la historia. Sus protagonistas (unos magníficos William Holden, Robert Ryan, Ernest Borgnine, Ben Johnson, Warren Oates y Edmond O’Brien) son seres anacrónicos cuyo individualismo y libertad chocan con las normas de una sociedad cada vez más represora. Lo que representan ya no tiene sentido, así que deciden morir por unos valores –honor y amistad- tan desfasados como ellos mismos. A caballo entre la melancolía y la violencia, Grupo salvaje es el paradigma del western crepuscular.

Las aventuras de Jeremiah Johnson (Sidney Pollack, 1972). A mediados del siglo XIX, un ex-soldado llamado Jeremiah Johnson abandona la ciudad y se dirige a las montañas para vivir como trampero. Una vez allí, y con la ayuda de un viejo pionero, aprenderá todo lo necesario para sobrevivir en un medio natural y salvaje. Al mismo tiempo, iniciará una amistosa relación con los nativos y acabará casándose con una india. Pero un día, miembros de una tribu rival (los crow) asesinan a su familia; Johnson, roto de dolor se venga de los crow, prende fuego a su cabaña e inicia una vida errante y solitaria. Entre tanto, los crow, en una especie de contravenganza, comienzan a enviar a sus mejores guerreros, de uno en uno, para acabar con Johnson. Pero Johnson los vence a todos, hasta que finalmente es reconocido y aceptado como un guerrero legendario.

En plena eclosión del western revisionista y crepuscular, Pollack y Redford decidieron rodar una película que parecía volver a los orígenes del género: los pioneros. En el fondo, no es de extrañar; eran principios de los setenta, tiempos de contracultura y ecologismo, así que ese retorno a la naturaleza que describe la película estaba en plena sintonía con la época. En este mismo sentido debe contemplarse su condición de “western pro-indio”. Pero no es nada de esto lo que confiere grandeza a la película; a fin de cuentas, otros films contemporáneos, como Un hombre llamado caballo (1970), iban por el mismo camino y no por ello se convirtieron en obras maestras. Lo que hace grande al film de Pollack es el fascinante tono entre surrealista y onírico que preside la narración, esos personajes extraños y vagamente irreales, esas situaciones que parecen surgidas de la mente de Lewis Carroll, esa naturaleza que acaba convirtiéndose en un territorio mítico y ancestral. Las aventuras de Jeremiah Johnson describe el nacimiento de una leyenda, pero no desde un punto de vista naturalista, sino poético.

Nota: por lo visto, el tal Jeremiah Johnson existió realmente y, como se cuenta en la película, vengó la muerte de su familia acabando él solo con un grupo de guerreros crow. La diferencia es que, en vez de limitarse a matarlos, también se comió sus hígados, por lo que desde entonces se le conoció como Johnson “comedor de hígados”. La verdad, no me imagino a Redford comiéndose las vísceras de nadie...

Sin perdón (Clint Eastwood, 1992). Un cliente insatisfecho (y borracho) le corta la cara con un cuchillo a una puta. Las demás prostitutas del burdel juntan todos sus ahorros y ofrecen una recompensa a aquel que mate al tipo que desfiguró el rostro de su compañera. William Munny (Clint Eastwood), un viejo pistolero retirado, viudo y con dos hijos, decide aceptar la oferta y parte a cumplir la venganza en compañía de un antiguo amigo (Morgan Freeman) y un joven aprendiz de pistolero. Pero el brutal sheriff del lugar (Gene Hackman) está decidido a impedir la venganza...

Describir el argumento de Sin perdón es quedarse en la piel. Cada secuencia, cada plano, cada diálogo, todas y cada una de las extraordinarias interpretaciones, el magnífico guión, la magistral dirección, cada segundo de esta película es un prodigio de narrativa y oscuro lirismo. Imaginaos un cóctel en el que mezclarais un 60% de Ford, un 30% de Mann y un 10% de Leone, y comenzaréis a haceros una idea de lo que es la obra maestra de Eastwood. En realidad, se trata de la segunda gran desmitificación del western (después de El hombre que mató a Liberty Valance), un ejercicio de sabio revisionismo en el que Eastwood parece querer decirnos: todo lo que te hemos contado hasta ahora sobre el Oeste es mentira; en realidad, aquello fue un horror sin el menor rastro de épica y nobleza.

Pero, paradójicamente, al mismo tiempo que desmitifica, Eastwood confiere a su narración un tono progresivamente mítico, hasta alcanzar ese contundente clímax final en el que Munny, transformado de nuevo en un monstruo sanguinario, se enfrenta al sheriff, a sus ayudantes y a todo el pueblo en un dantesco tiroteo. Es curioso: cuando todo el mundo daba por muerto al western, Eastwood dirigió uno que, hasta el momento, es la última gran obra maestra producida en Hollywood.


Y ya está, se acabó; ésta es mi lista de los diez mejores western de la historia. Pero antes de poner el punto final a este larguísimo post, me gustaría hacer dos o tres comentarios finales. En primer lugar, sobre el spaghetti western. Antes he dicho que lo considero deleznable, y lo sigo diciendo; no obstante, aportó un valioso rasgo estilístico: la cutrez. Lejos de las estilizaciones de los clásicos, los directores italianos, con Leone en cabeza, mostraron un Oeste feo, sucio y miserable. Es decir, tal y como era de verdad. Esta aportación, justo es reconocerlo, influyó decisivamente en películas tan valiosas como las aquí citadas Grupo salvaje y Sin perdón.

Otro punto, más general, tiene que ver con el actual estado del cine norteamericano. Fijaos en los personajes que interpreta John Wayne en Centauros del desierto y en El hombre que mató a Liberty Valance. Son personajes turbios, con claroscuros, poseedores de grandes virtudes, pero también de inmensos defectos. Pues bien, ninguna gran estrella de Hollywood (y Wayne lo era en su momento) aceptaría interpretar ahora esos personajes. Hoy por hoy, sacar adelante un gran producción comercial requiere la presencia de una estrella, lo cual se traduce en una tiranía de los actores, que intervienen en el guión y modifican sus personajes para hacerlos inmaculados y radiantes. Es decir, de una pieza y sin ningún interés. Quizá ése sea uno de los principales motivos del pésimo momento artístico que aqueja a Hollywood.

Por último, quisiera llamar la atención de quienes no valoran el western sobre un punto: ocho de las diez películas de esta lista son abiertamente poéticas, cuando no arrebatadoramente líricas. Y todas ellas, sin excepción hablan sobre la naturaleza humana. El western es mucho más que historias de revólveres y caballos.

lunes, septiembre 11

Tristeza de amor

Al releer el anterior post me he dado cuenta de algo: sonaba depresivo. Ya, ya lo sé; yo mismo he dicho en el texto que no estaba deprimido, y era sincero... pero no veraz. Lo cierto es que sí, estoy un poco deprimido, aunque no me había dado cuenta. Lo siento.

¿Cuál es el motivo de mi depresión? No lo sé a ciencia cierta, pero lo sospecho. Veréis, hace unos días leía la noticia de la muerte de Hilario Camacho, un cantautor madrileño no demasiado conocido que comenzó a componer durante los años 70, en plena Transición. Ayer, oyendo la radio, me enteré de la causa de su muerte: suicidio.

Nunca conocí personalmente a Hilario Camacho y tampoco me gustaba demasiado su música, aunque recuerdo haber comprado un disco suyo hará veintitantos años. Pero su muerte, o mejor dicho la forma de su muerte, me ha afectado más de lo que pensaba. Por una razón: Hilario Camacho compuso la canción Tristeza de amor para la cabecera de una serie de televisión del mismo nombre que fue emitida a principios de los ochenta. El guionista y creador de la serie Tristeza de amor fue Eduardo Mallorquí, mi hermano. Y Eduardo, en marzo de 2001, también se suicidó. De hecho, los dos lo hicieron a la misma edad: 58 años. Supongo que ambos suicidios se han unido en mi mente.

El mayor éxito de Hilario Camacho fue la canción Tristeza de amor y el mayor éxito de mi hermano fue la serie Tristeza de amor; a partir de ahí, sus respectivas carreras comenzaron a languidecer hasta sumirse en la nada. Ambos vivieron en el barrio de Chamberí, ambos fueron en algún momento jóvenes ambiciosos con ganas de comerse el mundo, uno mediante la música y otro a través de la escritura, y estoy seguro de que ninguno de los dos, en aquellos momentos en que el mundo era nuevo y estaba lleno de promesas, pensó que acabaría quitándose la vida. El tiempo es una apisonadora.

Hay una causa más para esta leve depresión. Hoy he cliqueado en el blog de mi buen amigo Julián Díez, Soria de las palabras, y ya no estaba. NOT FOUND, ponía. Bueno, Julián ya había avisado sobre su propósito de cerrarlo, pero yo esperaba que cambiase de idea. No ha sido así y, al hacer clic y no encontrarlo, he tenido la estúpida impresión de que se había producido una muerte. Un nuevo suicidio, un blogicidio. Echaré de menos Soria de las palabras.

Y ya está, acabemos aquí. Pero antes de despedirme quiero pediros un favor: os ruego que no dejéis ningún comentario en este post ni en el anterior. Sé lo que pensáis y os lo agradezco, pero no me digáis nada, ¿vale? :-)

En el próximo post hablaremos de asuntos verdaderamente importantes -como el cine, por ejemplo- y así podremos charlar largo y tendido sobre lo único que vale la pena; es decir, la ficción. Un beso y gracias.

Dudas

Han transcurrido nueve meses desde que cree este blog y todavía no sé qué es ni si vale la pena. ¿Sirve para algo La Fraternidad de Babel? ¿Me sirve a mí? ¿Le sirve a alguien? He conocido a gente interesante, es cierto, y también he reencontrado a personas que consideraba perdidas en la noche de los tiempos. Mi blog se ha incrustado en una pequeña red de blogs interconectados por intereses comunes, amistad o afinidades diversas. Algunos de los post que he escrito han sido una especie de catarsis; algo así como las confesiones públicas de los primeros cristianos. Pero, ¿es eso suficiente?

En ocasiones, cuando contemplo todo lo que he escrito, mis novelas, mis relatos, no puedo evitar pensar que es una labor inútil, que lo único que he hecho es aportar más tinta a un mar de tinta. Lo mismo siento ahora frente a este blog: creo que es una tarea inútil. Aunque... ¿no se centraba precisamente en eso La Fraternidad de Babel, en las cosas inútiles? Sí, pero hay grados de inutilidad, matices dentro de la nada. Lo inútil, para tener valor, debe ser bello, fascinante o divertido; y este blog no es nada de eso. Empiezo a pensar que, sencillamente, no es nada. Cero. ¿Vale la pena seguir? Ni siquiera esa pregunta tiene mucho sentido, porque da igual si la Fraternidad continua, se cierra o se transforma en una página porno. Bueno, no; en ese último caso todo cobraría más sentido.

En el fondo, ¿mantener un blog no es un acto de vanidad? Es subirse a un pedestal y decirle a los demás: “miradme, ved lo listo que soy, prestad atención a mis palabras, porque son importantes”. Bueno, puede que en algún caso esto sea cierto, pero desde luego no en el mío. Siempre he mantenido la secreta convicción de que soy un bluff, pura apariencia, un decorado de cartón piedra que se derrumba en cuanto te apoyas en él. No creo haber hecho nada, nunca, que le de algún sentido a mi existencia. Desconfío de lo que hago y no me gusto demasiado a mí mismo. ¿Y sabéis lo peor de todo?: ni siquiera me importa. O, cuando menos, intento convencerme a mí mismo de que no me importa. ¿Soy una mentira? Bueno, ¿y qué?... Lo malo es que a lo mejor ni siquiera soy una mentira interesante. Entonces, ¿por qué seguir manteniendo este blog?

Hacedme un favor, amigos míos: no intentéis convencerme de que estoy equivocado. No escribo esto para que nadie me diga que soy un tío fenomenal, que mis post son de lo más interesante, que lo que hago sirve para algo; no escribo esto para mendigar lisonjas y piropos, no escribo esto para inflar el globo de mi ego. En el fondo, lo escribo para mí; se trata de una catarsis, como otras tantas que han aparecido por aquí. Me confieso y así libero el peso de la culpa. Al menos, eso creo, porque a lo mejor es una mentira más. Ah, no penséis que estoy deprimido, porque no lo estoy; ni deprimido, ni triste, ni preocupado. Sólo un poco cansado. Hoy es día de mirarse al espejo, supongo.

En cuanto a La Fraternidad de Babel... al principio me di un año de plazo, así que lo voy a cumplir. Dos solsticios, dos equinoccios y después... ¿qué? No lo sé; en diciembre lo decidiremos. Pero de algo estoy seguro: si este blog continua sólo será por un motivo: vosotros. Y sólo habrá una razón para cerrarlo: yo.

En fin, aquí estoy otra vez, dándome importancia. Señor, señor, qué coñazo soy...

viernes, septiembre 8

Censura

Por decisión del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, la obra de teatro Lorca eran todos, del actor Pepe Rubianes, ha sido retirada de la programación del Teatro Español, propiedad del ayuntamiento. El motivo de esta retirada son las declaraciones que, el pasado enero, Rubianes realizó en TV3 ciscándose en la unidad de España.

Escuché en su momento las declaraciones de Rubianes y me parecieron groseras, gratuitas, extemporáneas y demagógicas. Y lo que es peor: no tenían ni pizca de gracia. No obstante, como se supone que dijo Voltaire: “no estoy de acuerdo con nada de lo que dice, pero daría mi vida por defender su derecho a decirlo”. Cada cual es libre de expresar lo que quiera, siempre y cuando sus palabras no atenten contra la libertad de los demás. Por otro lado, lo que diga Rubianes sobre España me la trae al pairo, pues no es nada más que una opinión personal, tan válida o no como cualquier otra. Pero las manifestaciones del ciudadano Rubianes, por equivocadas que sean, no tienen nada que ver con el trabajo del actor Rubianes; sencillamente, son esferas distintas.

Sin embargo, la alcaldía de Madrid ha censurado la obra de Rubianes, no por su calidad, ni siquiera por su contenido, sino por las opiniones política vertidas por su autor en un contexto completamente distinto al teatral. A eso se le llama censura, a eso se le llama lista negra, caza de brujas. Por supuesto, la decisión del alcalde ha venido precedida de una campaña mediática encabezada por El Mundo y la COPE, una campaña cuyos ecos podéis encontrar en Internet (donde tanto prolifera la extrema derecha, por cierto).

No es la primera vez que algo así sucede en la ciudad donde vivo. Ya antes hubo caza de brujas contra Leo Bassi e Íñigo Ramírez de Haro (autor de la obra Me cago en Dios). Y no sólo caza de brujas: también hubo agresiones, amenazas e, incluso, una bomba. Tanto Rubianes como Mario Gas, director del Teatro Español, han sido también amenazados de muerte.

Permitidme una batallita. A comienzos de los 80, yo era un asiduo visitante del barrio de Malasaña, una zona de copas muy vinculada a la “movida madrileña”, tan en boga por aquel entonces. Pues bien, un buen día el partido ultraderechista Fuerza Nueva decidió trasladar su sede a la calle Fernando el Católico, muy cercana a Malasaña. Poco después, los fachas hicieron pública su intención de convertir Malasaña en Zona Nacional y avisaron de que, determinada noche, los guerrilleritos de Cristo Rey desembarcarían en el barrio y comenzarían a repartir palizas entre todos los “progres” que encontrasen en su camino. La noche fijada, nos reunimos en la Plaza del Dos de Mayo (el corazón del barrio) cientos, quizá miles de habituales de la zona. Nos armamos de palos, piedras y cuanto objeto contundente pudimos encontrar y aguardamos a los guerrilleritos. Cuando estos llegaron, fueron contundentemente expulsados. De hecho, uno de los cachorros fascistas intentó lanzar un cóctel Molotov, tan torpemente que casi se quema él mismo. Más adelante, los propietarios de bares de la zona contrataron pandillas del extrarradio para que patrullaran el barrio con el objeto de mantener alejados a los ultras. Al final, Fuerza Nueva desapareció y Malasaña siguió siendo lo que era. Y yo, estúpido de mí, creí que el intento de nazionalizar Madrid había fracasado definitivamente.

Pero me equivocaba. Hoy, veintitantos años después, todo Madrid es Zona Nacional. Qué pena y qué asco...

miércoles, septiembre 6

El coleccionista de frases 16

"Entre dos alternativas, elige siempre la tercera".

Proverbio judío

domingo, septiembre 3

Orgasmo

¿Puede un espectáculo deportivo provocar el orgasmo? Todos cuantos hemos presenciado el partido de baloncesto de hoy podemos afirmar que sí. La Selección Española ha ganado a la griega por 70-47, proclamándose campeona del mundo. Pero ése no es el motivo del orgasmo; lo que nos ha hecho trempar no es el resultado del encuentro, sino el propio encuentro. Porque menudo partidazo ha hecho nuestra selección, amigos míos, que increíble partidazo...

Para los que no sean demasiado duchos en esto del baloncesto, me apresuraré a aclarar que la selección griega es la vigente campeona de Europa y venía de derrotar a los gallitos yanquis; es decir, un hueso duro de roer. Además, Pau Gasol, el indiscutible crack de la Selección Española (elegido, por cierto, mejor jugador del campeonato), estaba lesionado. Pero nada de eso ha importado, porque los españoles, como si fueran un engranaje de relojería, han jugado uno de los mejores partidos de baloncesto que he visto en mucho tiempo. Tanto es así, que les ha bastado la mitad del tiempo para ganarlo. Al final del segundo cuarto, la Selección Española había acumulado veintitantos puntos de ventaja, durante el tercer cuarto se ha limitado a defender esa diferencia y el último cuarto lo ha dedicado a disfrutar de la victoria. Y todo eso lo ha conseguido con una de las principales armas del baloncesto: la defensa.

Veréis, en el fútbol, cuando uno de los equipos se cierra atrás y adopta una táctica defensiva, el partido se vuelve un coñazo. En el baloncesto, sin embargo, la defensa es todo un espectáculo, algo así como una danza; mejor dicho, una especie de contra-ballet que se ejecuta transformándose en espejo del rival. El que mejor baila, gana y hoy los españoles han sido todos Barishnikov; probablemente, la mejor defensa del mundo. Y eso es lo que ha ocurrido en esta final: los españoles han anulado a los griegos desde el inicio del juego hasta el último segundo. Valga como muestra el que a la bestia parda Papaloukas –un magnífico jugador- ni se le ha visto. El dominio español ha sido total.

Y yo he disfrutado como un mono multiorgásmico, porque, además, ésa es la clase de partidos que me gustan: nada de finales apretadas ni de sufrimiento. Ventaja abrumadora de mi equipo y a disfrutar sin sobresaltos. En fin, tan bonito que parece mentira. La única pena es no poder ver un enfrentamiento España-USA; estoy seguro de que nuestra selección habría ganado. También lamento que Argentina no le arrebatara el bronce a los fantasmones yanquis; supongo que venían muy tocados del agónico partido contra España. ¿Acaso, diréis amigos míos, le tienes manía a los baloncestistas norteamericanos? No, de ninguna manera... bueno, sí qué coño. Pero, ¿cómo no te va a caer mal un equipo lleno de jugadores vanidosos y malcriados que se creen divinos y que, cuando pierden, no tienen la mínima educación de felicitar al contrario? Ni siquiera se quedaron a la final; ayer mismo se fueron a su país, como si el campeonato de Japón no tuviera nada que ver con ellos... Aunque la verdad es que tienen razón; en Japón se jugaba al baloncesto y lo suyo es el circo. Que se jodan.

En fin; supongo que más de un visitante de este blog contemplará con desdén este post dedicado a una actividad tan poco intelectual como el deporte. Bueno..., quizá sea una tontería regocijarse por algo tan estúpido como que un equipo enceste un balón más veces que sus rivales, pero creo que en ocasiones viene bien entregarse a la alegría en estado puro, sin complicaciones, como cuando éramos niños. Además, si os fijáis en el encabezamiento de este blog, comprobaréis que está dedicado a “bla, bla, bla y, en general, la cosas inútiles”. Pues bien, pocas cosas hay tan inútiles como ver baloncesto. Ahí está la gracia.

70-47

La Selección Española campeona del mundo de baloncesto.

¡Olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé, olé y olé!

viernes, septiembre 1

75-74

No soy aficionado a los deportes-espectáculo. Puedo ver un partido de fútbol si es muy bueno y/o emocionante, pero la mayor parte de los encuentros me parecen un coñazo. El resto de los deportes de equipo -con una salvedad- me aburren igualmente, como me aburre el tenis, el golf, el automovilismo o las carreras de ciclistas dopados. No obstante, hay un deporte que puede llegar a apasionarme: el baloncesto. Quizá se deba a que lo jugué cuando era un chavalote y mi metro noventa y dos de altura me convertía en un pívot nato (ahora, esa estatura sería más apropiada para un base). El caso es que, aunque no hago gala de ello, me gusta el baloncesto

Pues bien, hace no mucho escribí aquí un “JA” como la copa de un pino cuando la Selección Española de Fútbol fue derrotada y humillada por la francesa. Puse ese “ja” porque los medios de comunicación habían sobrevalorado hasta el ridículo las expectativas de una selección, la española, que en realidad es mediocre y triste; era un “ja” que equivalía a decir: “menos lobos, caperu”.

Ahora, de cara al Mundial de Baloncesto, los medios han vuelto a loar delirantemente la calidad de nuestra selección. Pero con una diferencia: la Selección Española de Baloncesto sí que es buena, y mucho. Probablemente jamás volvamos a ver un equipo como éste; cuenta con dos cracks absolutos, Gasol y Navarro, pero el resto de los jugadores (magníficos Garbajosa y Rodríguez) tienen un nivel sobresaliente. Y sobre todo, son un equipo tan bien conjuntado, tan rápido y efectivo, que al verlos jugar uno tiene la sensación de que lo que hacen es facilísimo. Pero no lo es, ni mucho menos.

Pues sí, asombra la contundencia con que han ganado todos los partidos... salvo el de hoy contra Argentina. Debo reconocerlo: no lo he podido ver, me ponía demasiado nervioso. Porque ése es el único problema que tengo con el baloncesto: me ponen histérico esas finales apretadas en las que, en el transcurso de un famélico minuto, el marcador puede dar varios vuelcos consecutivos. Pero bueno, al final han ganado los españoles por 75-74, demostrando que nuestra selección tiene lo único que le faltaba para ser una gran campeona: suerte.

Por otro lado, amigos míos, la selección USA ha perdido frente a Grecia por 101-95. Y no sabéis cuánto me alegro. Durante muchísimos años, los yanquis dominaron de tal modo este deporte que se permitían el lujo –y la chulería- de mandar selecciones universitarias a las Olimpiadas o los Mundiales y ganar. Pero ya hace años que eso no sucede; ahora envían profesionales de la NBA... y pierden. Vale, la liga americana es la mejor del mundo, nadie lo duda; sin embargo, el baloncesto americano ya no lo es. Por muchos motivos, pero sobre todo por dos: 1.- Porque el baloncesto mundial (y particularmente el europeo) ha evolucionado muchísimo en las dos últimas décadas. 2.- Porque los jugadores norteamericanos son un prodigio de técnica individual y facultades físicas, pero no tienen ni pajolera idea de jugar en equipo.

Fijaos si no en los últimos minutos del partido Grecia-USA: han sido un auténtico desastre táctico por parte de los yanquis. Daban pena. ¿Y qué me decís de la defensa? Antes era su arma más letal y ahora son un coladero (Grecia les ha encasquetado ¡101 puntos!). Pero hombre, si ni siquiera saben jugar en zona (ni contra ella). Y esas virguerías que se marcan, los mates, los alius, colgarse del aro y todas esas zarandajas, no son más que adornos, pavoneos; se puede hacer lo mismo sin tanto teatro. Pero claro, en yanquilandia lo que manda es el espectáculo, no la verdadera calidad. Y hoy la calidad no está de su lado. En fin, que me alegro mucho de que les sigan bajando los humos a esos gallitos vanidosos.

Volviendo a la Selección Española, jugará la final contra Grecia este domingo a las 12:30. No será fácil ganar; los griegos son una selección compacta y correosa (que se lo pregunten a los yanquis), y la lesión de Gasol deja a los nuestros sin su mejor hombre. Pero da igual; gane o pierda, la Selección Española ha demostrado ser un equipo extraordinario que ha hecho disfrutar de lo lindo a todos cuantos amamos el baloncesto. Hagan lo que hagan, ya se merecen un “OLÉ” por lo menos tan grande como el “JA” de antaño.

jueves, agosto 31

BlogDay

Mi buena amiga Care Santos me acaba imponer una tarea. Por lo visto hoy es el BlogDay, algo así como el día internacional de los blogs, lo cual no deja de sorprenderme. Qué curiosa costumbre ésa de dedicar días a algo, ¿verdad? Día del niño, día de la madre, día de la marihuana (San Canuto), día del trabajo, día de la mujer maltratada... y ahora día del blog. Y yo me pregunto: ¿sólo hay trescientas sesenta y cinco causas merecedoras de un día? No, seguro que hay más; lo cual implica que debe de haber días compartidos. Entonces, ¿qué? ¿La mañana se dedica a una cosa y la tarde a otra? En fin, me gustaría sumarme a esta tendencia con una propuesta: el Día del Vago, que se celebraría el 29 de febrero (una fecha que sólo trabaja cada cuatro años).

Volviendo al BlogDay, lo que tengo que hacer –por coacción de la pérfida Care- es recomendar cinco blogs. Vale, pues al tajo...

1. Soria de las palabras http://soriapalabras.blogspot.com Este blog, creado por mi buen amigo Julián Díaz, se centra básicamente en el fantástico, pero también habla sobre deportes raros, viajes, política y toda suerte de temas. Aunque, para ser sinceros, su especialidad son las polémicas. Durante lo que va de verano ha estado inactivo, pero supongo que el mes que viene resucitará.

2. Librosfera http://librosfera.blogspot.com Sfer (ella mantiene el anonimato y yo lo respeto) dedica la temática de este blog a la literatura, lo cual no sorprende, porque Sfer es bibliotecaria. Comentarios de libros, fragmentos de texto, dibujos, fotografías... Un blog tan encantador como la persona que lo tutela. Por cierto, me gusta tanto el nick de esta chica que he bautizado con él a uno de mis personajes: Parménides Sfer. Un malo maloso, todo sea dicho.

3. Crisei http://crisei.blogalia.com El blog del escritor gaditano Rafael Marín. Fantasía, ciencia ficción, literatura general, cine y comic, mucho comic. Los comentarios de Mr. Marín son siempre interesantes, pero en lo que respecta a los tebeos, además son enciclopédicos. Actualmente anda metido en una serie de artículos sobre el comic en España. Valen la pena.

4. Humoradas http://humoradas.blogspot.com Un blog centrado en el humor y conducido por Enrique Gallud Jardiel, nieto nada menos que del mejor humorista español del siglo XX: Jardiel Poncela.

5. La tormenta en un vaso http://www.latormentaenunvaso.blogspot.com Una crítica literaria cada día, cinco días a la semana. En este blog, impulsado y conducido por doña Care Santos, colabora un grupo de escritores, periodistas, críticos y demás gente de mal vivir llamado Banda Aparte. Yo soy uno de ellos, pero tranquilos: el nivel general está muy por encima del mío particular.

Y ya está, se acabó mi contribución al BlogDay de los yarblocos. Ah, no; se supone que debo pasarle la patata caliente a tres amigos... Pero no lo voy a hacer. Sin duda, soy más compasivo que Care (aun así, la quiero)

sábado, agosto 26

La joven del agua

Anoche fui a ver La joven del agua, la última película de M. Night Shyamalan. Me gusta mucho ese director, lo reconozco; creo que es el mejor narrador actual de cine fantástico y uno de los mejores de todos los tiempos, un creador dotado de un estilo muy personal y de un mundo propio que crece con cada película. Me gustó El sexto sentido, me gustó El Protegido, me gustó El Bosque e incluso en la parcialmente fallida Señales encontré una buena cantidad de secuencias memorables.

En cuanto a La joven del agua... ¿Os gustan los cuentos de hadas? Si es así, dejad lo que estáis haciendo y salid corriendo al cine más cercano para verla, porque eso es precisamente la última película de Shyamalan: un maravilloso cuento de hadas para adultos. Aunque, claro, si sois uno de esos varones convencidos de que testosterona y sensibilidad son términos contrapuestos, entonces más vale que os mantengáis alejados de esta película. Pero a vosotras, amigas mías, y a vosotros, todos aquellos hombretones a quienes no os importa reconocer que debajo de los viriles pelos de vuestro pecho late un corazón, os recomiendo La joven del agua. En ella no hay, como en otros films de su autor, vueltas de tuerca finales; sólo se trata de una historia sencilla y diáfana destinada a transmitir un mensaje de esperanza.

NOTAS POST SCRIPTUM: En La joven del agua también hay mucho humor. De hecho, Shyamalan se permite la ironía de utilizar a uno de sus personajes –un desagradable crítico cinematográfico y literario- para desmontar los trucos narrativos de la propia película. Pero la ironía va más lejos, porque ese crítico es el único personaje que muere violentamente, y precisamente por pasarse de listo.

Sólo un pero le pondría a este delicioso film: el propio director, que suele aparecer en todas sus películas, interpreta a uno de los personajes. Es un papel pequeño, pero muy importante y... bueno, Shyamalan no consigue aportar la intensidad necesaria a su interpretación. Si ese papel hubiese recaído en un actor profesional, la película ganaría. Por contra, Paul Giamatti, el protagonista, está tan espléndido como de costumbre.

domingo, agosto 20

Rituales de verano: el helado

Yo, como todo el mundo, tengo en el cerebro una válvula de seguridad que me avisa de cuándo debo dejar de comer. Si me ponéis delante las más suculentas viandas, deliciosos mariscos, foi mid cuit, serrano pata negra, hongos, caviar, lo que sea, comeré hasta que me sienta saciado, un poquito más por la cosa de la gula, y luego pararé. En fin, igual que todo hijo de vecino. Sin embargo, hay dos alimentos para los que la válvula del hartazgo no me funciona y que podría deglutir indefinidamente, porque jamás me sacio de ellos: las cerezas y el helado.

Adoro las cerezas. Se comen con facilidad, tienen el tamaño justo, una forma perfecta, un color precioso y son deliciosas, con la justa proporción entre dulzura y acidez. Así que, sencillamente, si comienzo a comerlas no puedo parar. Ponedme en un extremo del valle del Jerte y no tardaréis en verme salir por la otra punta dejando a mi paso un escenario semejante al provocado por las plagas africanas de langosta. Ya no es temporada de cerezas, pero os contaré un secreto: la mezcla de cerezas y Coca Cola es deliciosa. Ya, ya sé que es una bobada de secreto; a fin de cuentas, la Cherry Coke lleva mucho tiempo inventada. Pero la Cherry Coke es un brebaje asqueroso; sin embargo, comer cerezas y dar de vez en cuando un traguito de Coca Cola... en fin, la hidromiel a su lado se queda a la altura del aguachirle.

En cuanto a los helados... ¿Podría dedicar todo un post a hablar de ellos? Sí, podría. Me chiflan los helados, soy heladoadicto, un zampa-helado tan compulsivo que, al igual que me ocurre con las cerezas, sólo puedo parar de comerlo mediante un acto volitivo de agotadora intensidad. A decir verdad, a veces, cuando como helado, siento asco de mi mismo; es como si me volviera bulímico, sólo que sin la vomitona posterior.

Permitidme disertar brevemente sobre el tema. La calidad de los helados“industriales” es muy discreta. Las mejores marcas, en mi opinión, son Frigo y Miko. Los Ben&Jerry’s no están nada mal, aunque adolecen de esa tendencia tan americana que consiste en añadirle de todo al helado: nueces de macadamia, galletas, virutas de chocolate... en fin, un barroquismo rara vez conseguido. Los famosos Häagen Dazs, sin embargo, siempre me han parecido de lo más mediocre. En cualquier caso, los mejores helados son los de heladería.

La heladería más curiosa que conozco la encontré en los Andes venezolanos, en la ciudad de Mérida. Se llama Coromoto y figura en el Guinness de los récords por ser la heladería que más sabores ofrece en el mundo mundial: más de 600 (sí, no es un error: vende helados de más de seiscientos sabores distintos). Cuando estuve allí, un amigo comentó que era el negocio perfecto, porque vendía el doble. Tú entras en la Heladería Coromoto, miras los sabores, te pica la curiosidad y dices: coño, voy a probar un helado de camarones, o de atún, o de champiñones, o de chili con carne... Luego, te lo ponen, lo pruebas, reconoces que es una porquería indescriptible, lo tiras a la basura y, acto seguido, pides otro helado, sólo que está vez de vainilla, chocolate o algún otro sabor sensato. Lo dicho: doble venta.

Pero quedémonos en España. Ya que se supone que un blog ha de servir para algo, os recomendaré mis tres heladerías favoritas. La primera es un clásico: Palazzo. Se trata de una heladería poco sofisticada, pero honesta y de calidad. Ofrece sabores “de siempre”; todos ellos excelentes, aunque os recomiendo en particular el de arroz con leche. Hay varios Palazzo en Madrid, pero si os gusta lo genuino, el primero de todos se encuentra en la calle Luchana.

La segunda heladería es la más reciente. Se llama Bajo Cero y hace helados de diseño, tan ricos como originales. Os recomiendo el de mascarpone; es gloria bendita. Bajo Cero es (por ahora) un establecimiento único situado en la Glorieta de Quevedo 6.

La tercera heladería, y mi favorita, es Giangrossi, una cadena con presencia en Madrid, Barcelona, Marbella e Ibiza. En Madrid ha abierto varios locales durante los dos últimos años; imagino que con bastante éxito, porque siempre están llenos. Aunque es fundamentalmente una heladería, también funciona como cafetería. Llama la atención la estética de sus locales, moderna, amplia y acogedora, y la excelente calidad del servicio (al menos, en el establecimiento de la calle Velázquez, que es el que más suelo frecuentar). Los helados de Giangrossi son una maravilla, tanto en lo que respecta al sabor como a la textura. No dejéis de probar el de mandarina con zanahoria y el de sabayon. Ah, y el batido de lima-limón con jengibre.

¿Y qué me decís vosotros? ¿Sois tan adictos al helado como yo? ¿Conocéis alguna heladería secreta que es una pura maravilla? Si es así, contad, contad...

(Joder, qué ganas me están entrando de tomarme un helado)

miércoles, agosto 16

Arquetipos

Siempre me ha parecido fascinante la teoría del inconsciente colectivo. No sé si es cierta, ni si Jung se refería con ella a algo real –un inconsciente común compartido a nivel biológico por todas las personas- o a algo más o menos metafórico basado en la transmisión cultural, pero la idea en sí –unos arquetipos pan-humanos- me resulta de lo más sugerente. En cualquier caso, estoy seguro de que si el inconsciente colectivo no existía antes, existe ahora: se trata de Internet. Pero eso es otra historia.

Hay dos arquetipos que ejercen un especial influjo sobre la mente: el bosque y el mar. Cuando nuestros ancestros abandonaron las sabanas de África y llegaron a Europa se encontraron con un inmenso bosque. Durante miles de años, los humanos vivieron en esa floresta primitiva dedicados a la caza y la recolección; el bosque era el mundo, nuestro hogar, aunque también un campo de batalla donde competíamos con otras especies, como los grandes felinos, los lobos o los osos. Pero hace diez mil años, con el advenimiento de la revolución neolítica, eso cambió; los humanos comenzaron una lenta tarea de deforestación para ampliar las zonas de cultivo y, finalmente, abandonaron el bosque. Pero el bosque seguía ahí, en la linde de los campos, rodeando los pueblos y jalonando los caminos; un entorno oscuro y misterioso donde moran nuestros miedos primigenios. Fijaos, si no, en el papel que juega el bosque en los cuentos de hadas: allí reside lo oculto y lo numinoso, allí habita la muerte y el terror, pero también el sexo y las pasiones primarias. No es extraño que Freud considerara el bosque un símbolo del subconsciente.

El mar es distinto; nunca ha sido nuestro hogar, sino una frontera. El mar es el horizonte, lo ilimitado, el espejo del cielo; es una fuente de bienes –sal, peces, moluscos...-, pero también una fuerza terrible que, cuando se desata parece la ira de los dioses. En el fondo del mar se ocultan tesoros y, al mismo tiempo, seres terribles que pueden devorarnos o hacernos enloquecer. Pero lo más importante de todo: cuando estás en la orilla del mar sabes que, al otro lado de esa inmensidad azul, hay otra orilla, un universo mítico y desconocido.

El bosque es un exterior con ambición de interior, un entorno abierto y cerrado al mismo tiempo; el mar es el vacío infinito. En cierto modo parecen dos arquetipos contrarios, pero en el fondo simbolizan lo mismo con una sutil diferencia: el mar es el misterio del más allá y el bosque el misterio del más acá.

Galicia es la autonomía más boscosa de España y una de las que más kilómetros de costa tiene (si es que no posee el record absoluto). Así pues, Galicia es el encuentro entre dos misterios, la suma de dos poderosos arquetipos. A eso hay que agregarle su particular orografía, plagada de colinas y pequeños valles, alborotada por fuentes y regatos. Cuando estás en el interior, tu horizonte es limitado, apenas un puñado de kilómetros en el mejor de los casos. Cada recodo del camino es una sorpresa, nunca sabes lo que te espera más allá del siguiente collado. Y, de pronto, abandonas el bosque y te encuentras con el mar, con el fin de la tierra conocida, con la tumba del sol. Hay un pequeño óleo de Caspar David Friedrich, llamado El atardecer, que muestra una puesta de sol sobre el océano apenas entrevista desde el interior de un bosque. Eso es Galicia.

Visité Galicia por primera vez siendo un niño, en 1965. Recuerdo una región muy atrasada, muy pobre, con carreteras infames y muy escasas infraestructuras. La industrialización apenas había llegado a esas tierra, así que la mayor parte de la gente seguía viviendo como lo habían hecho sus antepasados desde tiempos inmemoriales. Recorrí con mis padres todas las provincias gallegas y encontré un mundo anclado en el pasado, lleno de magia y leyendas. Las antiguas tradiciones del neolítico seguían vigentes allí.

Regresé a Galicia en 1980, para hacer la mili; primero en Pontevedra y luego en La Coruña. La región se había modernizado un poco –Vigo era, de hecho, un bastión de la modernidad- y había más infraestructuras. También comenzaba un tímido turismo centralizado en tres o cuatro puntos (Santiago, Sanxenxo, La Toja...), pero las costas aún eran razonablemente vírgenes. Y, aunque de forma cada vez más confinada, la viejas tradiciones seguían subsistiendo.

A partir de entonces, volví a Galicia muchas veces; incluso me casé con una gallega. La provincia que más me gustaba era Pontevedra, pero... poco a poco, el turismo creció y, junto con él, llegó un urbanismo desaforado. La última vez que estuve en las Rías Bajas me deprimí: una pléyade de urbanizaciones había invadido uno de los paisajes más hermosos del mundo. Como una plaga de hongos. Los constructores habían destruido la magia. Por eso no he regresado a Pontevedra, por eso, cuando siento la necesidad de volver a Galicia, me refugio en las todavía razonablemente respetadas Rías Altas.

Hoy llueve en Galicia. La lluvia ayudará a extinguir los incendios que durante las últimas semanas han devastado la región. Esos incendios -la mayor parte de ellos provocados- son uno de los problemas que amenazan con destruir la tierra celta, pero hay más. Primero fue la sustitución del bosque primigenio –castañares y robledales, sobre todo- por bosque de eucaliptos (¿Cómo se llaman, por cierto, los bosques de eucaliptos? ¿”Eucaliptales”?). Luego llegó el abandono de las aldeas, la emigración masiva, la ruptura definitiva de un estilo de vida. Finalmente, ha sobrevenido la vorágine constructora que, cuando la autopista del Cantábrico se finalice, acabará invadiendo también las Rías Altas. Y entonces habremos masacrado definitivamente las bellísimas costas gallegas. ¿Pero eso a quién le importa mientras fluya la pasta?

En fin... Esto viene a cuento porque una amable visitante de Babel, y.e.o, me pide que hable sobre las maravillas de Galicia y, en particular, sobre las de Lugo. Pero, ¿cómo hacerlo? No tengo tiempo ni espacio, debería dedicar el blog entero a hablar sobre una tierra tan alucinante. Puede que Galicia sea un animal herido, pero sigue siendo un bellísimo animal. Santiago de Compostela, Muros, Finisterre, Vivero, el monte Pindo, el monte Sacro, la playa de La Lanzada, Catoira, los petroglifos, las viejas iglesias (como Santa María a Nova), los valles, los puentes, las leyendas y las tradiciones, el festival de música celta de Ortigueira, las rías, la bruma, la Santa Compaña, las meigas, los lobishomes, el Pedrón, el Camino de Santiago, la Torre de Hércules, los castros, los dólmenes (como los de Dombate o Tordoia), la asombrosa Playa de las Catedrales... y, sobre todo, los bosques hiperbólicamente frondosos, los senderos serpenteantes, los valles diminutos, la vegetación excesiva, y luego el mar, los acantilados, los islotes (Cíes, Ons, Sálvora...) el cielo casi siempre de plomo. Con frecuencia he comprobado que los gallegos son uno de los pueblos más vinculados a su tierra. ¿Os suena la palabra “morriña? Los gallegos inventaron ese término para definir la melancolía que se siente al estar lejos de Galicia. No me extraña.

En fin, acabo de volver y ya la echo de menos. Y, después de todo, no he hablado de Lugo (la tierra del dios Lug, según algunos) y la Mariña, que es lo que me pedía y.e.o... Bueno, os revelaré un lugar secreto, sólo uno, pero extraordinario. Si vais por la costa lucense, os recomiendo la playa de San Román, en el municipio de Vicedo, cerca de Vivero. Es una playa hermosísima situada entre dos leves acantilados boscosos, con un sistema de dunas en el centro y un peñón quebrado a la derecha, al borde del mar. Siempre hay poca gente. Da gusto ver atardecer allí. Eso sí, el agua está helada.

Y ya termino. Con una consideración que tiene, lo reconozco, más de deseo que de esperanza: ni el fuego, ni el cemento, ni el chapapote podrán acabar jamás con el poderoso influjo de las meigas. Los arquetipos son eternos, y Galicia lo es. Arquetípica y eterna.

martes, agosto 8

Lucía

Voy a contaros un cuento, una de esas historias de hadas, brujas, príncipes y princesas, pero este cuento no puede empezar como empiezan todos los cuentos, no puedo decir “érase una vez” o “había una vez”, no, no, no, eso sería inexacto. Este cuento debe comenzar con un hay ahora. En este instante, mientras lees estas líneas. Ya.

Ahora.

Hay...

Hay ahora una niña llamada Lucía. Tiene dieciséis meses y es preciosa, muy rubia, de piel muy clara, con los ojos muy azules. También es muy risueña; siempre está sonriendo y, cuando te ve, su rostro se ilumina de alegría. Si la tuvieras delante, si la observases mientras se agita y gorgojea en su cuna, pensarías que es el bebé más feliz del mundo. Pero Lucía tiene dieciséis meses.

Los padres de Lucía viven en Madrid. Él es alemán, muy alto –tanto como yo-, y aunque habla perfectamente español y no es uno de esos arios rubios y cuadrangulares de los que uno espera que invadan Polonia en cualquier momento, hay algo en él, quizá el tono de su piel, que lo delata como no-nativo. Ella también es alta, de tez oscura y -como buena española- pelo negro, tan mediterránea como un campo de olivos e igual de bonita. Esos son los padres de Lucía, sí; buenos padres, cariñosos, entregados, padres felices. Pero Lucía tiene dieciséis meses.

Lucía tiene dos hermanos. El mayor, Martín, de cinco años, es un niño encantador; sus ojos son del color de la miel y, al igual que ocurre con su padre, hay en su aspecto un indefinible matiz exótico. Sara, la segunda en edad, tiene cuatro años y es idéntica a su madre, pelo negro, ojos negros, piel de bronce claro. Es tan bonita que asombra verla y cuando sonríe es como si saliera el sol y se iluminara el mundo. Podría ser una niña hebrea en un kibutz o una malagueña dorada por el sol de Andalucía. Los dos, Martín y Sara, nacieron en Madrid, los dos hablan español y alemán, los dos son felices, como su hermana Lucía. Pero Lucía tiene dieciséis meses.

Estos son los protagonistas del cuento: papá, mamá, Martín, Sara y Lucía. Ahora entra en escena la bruja mala. Se llama Angelman... Hombre-ángel, qué extraño nombre para una bruja.

Lucía, ya lo he dicho, es un bebé precioso y sonriente, el bebé más feliz del mundo, pero si te paras a pensarlo, si recuerdas que Lucía tiene dieciséis meses, advertirás que hay algo extraño, algo sutilmente incorrecto. Dieciséis meses... no debería ser tan bebé. Lucía nunca ha gateado, aunque eso es normal, muchos niños no lo hacen. Tampoco repta y eso ya no es tan normal; pero lo realmente alarmante es que Lucía no puede sentarse ni mantener enderezada la espalda, como si fuera un bebé de pocos meses. Y, recuérdalo, Lucía tiene casi año y medio de edad.

Los padres de Lucía consultaron a los mejores magos y galenos del reino, y estos, tras examinar a la niña, dictaminaron que la pequeña Lucía había sido hechizada por un conjuro de la bruja Angelman. Esto que os cuento, no lo olvidéis, es muy reciente, ocurre ahora, hoy mismo. El diagnóstico de los galenos sobrevino hace sólo dos o tres semanas, a finales de julio, y sus ecos todavía resuenan en el aire. Angelman... ¿quién demonios es esa bruja?

En 1965, el médico inglés Harry Angelman describió por primera vez a tres niños con los síntomas ahora conocidas como Síndrome de Angelman. Se trata de una dolencia tan rara, tan infrecuente, que durante mucho tiempo se pensó que no existía; pero un día los avances de la genética permitieron descubrir que los hechizado por Angelman tenían borrada una pequeña zona del cromosoma número 15. Estoy hablando de una fracción diminuta de ADN, un fragmento infinitesimal, pero los efectos de su ausencia son demoledores.

Los bebés-Angelman parecen enteramente normales durante los primeros doce meses de vida; a partir de ese momento comienzan a aflorar los primeros síntomas de retraso en su desarrollo. Luego... problemas de movimiento y equilibrio, incapacidad para hablar, dificultad –o incluso imposibilidad absoluta- de caminar, retraso mental, crisis convulsivas... Hay más síntomas, pero dos de ellos son tan paradójicos que parecen un sarcasmo, una burla cruel. La parte borrada del cromosoma 15 afecta de alguna manera a la distribución de la melanina; por eso Lucía es tan rubia y tiene los ojos tan azules, la piel tan clara, por eso es tan bonita. Por otro lado, el ADN extraviado provoca una extraña afección motora llamada “epilepsia risible”. Convulsiones similares a la risa; por eso Lucía sonríe tanto, por eso parece tan feliz.

En España hay menos de doscientos casos registrados; si lo piensas, existen más posibilidades de ganar el gordo de la lotería que de sufrir el hechizo de la bruja Angelman. Por eso, cuando cosas como ésta suceden cerca de ti, no puedes evitar preguntarte ¿por qué?, aunque en el fondo sabes que no hay respuesta, que no existe otro motivo más que el maldito azar. Lanzas un dado de doscientas veinte mil caras y sale tu número. Mala suerte. Te ha tocado.

Creo que nunca, como en este caso, la apariencia de una enfermedad es tan acorde con el nombre de su descubridor. Lucia, os lo juro, parece un ángel risueño, un querubín bondadoso y radiante. De hecho –permitidme soñar un poquito-, creo que Lucía es en realidad un ángel, un ángel varado entre dos mundos, un rayo de luz atrapado en ámbar. Parte de ella, una ínfima porción de su ADN, se extravió en el universo de lo inexistente, y otra parte se materializó en nuestro mundo. Por eso, Lucía oscila, late entre dos planos de existencia, es y no es, está y no está. Y, quién sabe, quizá el hecho de vivir dos realidades al mismo tiempo expanda su mente hasta abarcar el universo entero. Puede que Lucía sonría tanto porque durante cada segundo de su existencia contempla prodigios que nosotros no podemos ni imaginar, puede que Lucía nunca hable porque no existen palabras para describir lo que ve. Quién sabe, podría ser...

Ahora debería concluir esta historia con un “colorín colorado, este cuento se ha acabado”, pero no puedo hacerlo, faltaría a la verdad, porque este cuento no ha hecho más que comenzar. ¿Qué sucederá después, cómo concluirá el relato? No lo sé. Me gustaría creer que, algún día, un hada buena romperá el hechizo de la bruja Angelman; me gustaría creer que un príncipe azul besará los labios de Lucía, despertándola de su sueño inmemorial...

Ya, ya sé que no puede ser; pero me gustaría creerlo.

domingo, julio 16

Rituales de verano: las vacaciones

El gran ritual del verano son las vacaciones, una ceremonia sagrada que comienza con un camino iniciático y concluye con el mito del eterno retorno. Mucha gente, la mayoría, pasa sus vacaciones en un lugar concreto; a veces, ese lugar siempre es el mismo e, incluso, tienen allí su segunda casa. Su segunda casa, su grupo de amigos, sus restaurantes favoritos, su playa, su paisaje, siempre lo mismo... Yo no podría veranear de esa manera; me moriría de aburrimiento. Para mí, las vacaciones son sinónimo de viaje. No me refiero a viajar a un sitio para quedarme allí todo el tiempo; hablo de viajar a un lugar que será el punto de partida para ir a otro, y luego a otro, y a otro, y a otro...

Durante este último lustro, mi familia y yo hemos veraneado así cada año. Hicimos primero un largo viaje en coche por Francia, recorriendo toda la costa atlántica y, en particular, la Bretaña, para acabar en Mont Saint Michel, uno de los lugares más hermosos y mágicos del mundo. El siguiente año regresamos a Francia y recorrimos el valle del Loira y Normandía. Me impresionó visitar el escenario del Desembarco, pisar la playa de Omaha, contemplar al natural lo que tantas veces había visto en el cine. Con las siguientes vacaciones comenzamos el circuito americano. Primero fuimos a Costa Rica; allí, tras un periplo fluvial que nos llevó a las selvas de Tortuguero, alquilamos un coche y recorrimos el país de arriba abajo (es un país pequeño). Aún recuerdo lo mucho que me impresionó ver el volcán Arenal, siempre en activo (a veces, de hecho, jodidamente activo). Al año siguiente fuimos a México; primero a DF y luego a Chiapas y Yucatán, siguiendo la ruta Maya. Cuando vi esas ciudades perdidas en medio de la selva (Palenque, Uxmal, Yachilan...), tuve la sensación de haber entrado en una de mis novelas de Jaime Mercader. El año pasado, por último, fuimos a Estados Unidos: Nevada, Utha, Arizona y el norte de California. Eso sí que fue meterse dentro de una película de John Ford.

Bueno, ésas son mis vacaciones ideales; siempre en movimiento, siempre viendo cosas nuevas. Y tengo planes para el futuro, todavía queda mucho por descubrir: las Islas Británicas, la Occitania, los países nórdicos, Perú, el norte de México, la costa Este norteamericana, Sudáfrica, toda Asia, en fin, el mundo entero...

Pero también hay lugares a los que me gusta regresar, como por ejemplo Galicia. Es curioso: nací en Barcelona y he vivido siempre en Madrid, pero no me considero de un sitio ni de otro, ni de ningún lugar en particular. Sin embargo, cuando voy a Galicia, me siento en casa, como si volviera al hogar. Es cierto que, desde la primera vez que fui con mis padres, en el 66 o 67, he vuelto allí muchas veces; incluso hice la mili en Pontevedra y en La Coruña, pero eso no explica la sensación de paz, de comunión con la tierra, que siento cada vez que piso Galicia. Es un mundo mágico.

Este año hemos optado por unas vacaciones tranquilas; nos vamos a Vivero, en la costa de Lugo. Saldremos mañana, así que dentro de un par de horas comenzarán los pequeños rituales: sacar la ropa, preparar el equipaje, escoger los libros que, definitivamente, me voy a llevar... en el fondo, esos son los momentos más felices de las vacaciones, cuando todo es promesa, cuando aún no hemos agotado ni un segundo del tiempo disponible, pero ya estamos disfrutándolo, cuando el viaje, la peregrinación, está a punto de empezar.

Así que me despido de todos vosotros, pero no sin daros antes un consejo. Un curioso libro de viajes: La Guía de la España mágica, de Juan García Atienza. No sé si conocéis a García Atienza; fue uno de los primeros escritores españoles de ciencia ficción, allá por los sesenta, dirigió una película que no estaba nada mal (Los dinamiteros) y luego se dedicó de lleno al esoterismo, las corrientes telúricas, los templarios, las vírgenes negras y todo eso. Personalmente, no creo en nada de ello, pero siempre que viajo por España llevo su Guía, porque Atienza nos descubre en ella lugares muy poco conocidos y muy llenos de magia y misterio, como por ejemplo el cementerio de Santa María a Nova, en Noia (La Coruña), uno de los recintos más enigmáticos que he visitado. Así que hacedme caso y, si viajáis por España, y aunque el esoterismo os deje tan fríos como a mí, llevad con vosotros el libro de García Atienza.

Y ahora, amigos míos, os digo adiós durante un par de semanas. Un lascivo beso para ellas y un viril abrazo para ellos. Sed malos.

Felices vacaciones.

martes, julio 11

Rituales de verano: la noche

Mis padres, José y Leonor, tenían los ritmos vitales desajustados. Mi padre se acostaba muy pronto, nunca más tarde de las doce, y solía levantarse a las siete de la mañana, mientras que mi madre se levantaba tardísimo y se iba a la cama más tarde aún. La verdad, no sé en qué tres momentos coincidieron despiertos en el tálamo para poder mandarle encargos a la cigüeña... Durante las siestas, supongo. El caso es que sus hijos –en particular el segundo y éste, su seguro servidor, el tercero- heredaron la nocturnidad de doña Leonor. Cuando yo era pequeño –digamos doce o trece años- y estaba de vacaciones, podía quedarme despierto hasta la hora que me viniese en gana. Muchas veces, cuando la programación de la única cadena de TV que había por aquel entonces tocaba a su fin, me sentaba junto a la ventana y leía un libro –quizá un ejemplar de Más Allá- al tiempo que, de vez en cuando, miraba hacia la calle.

Por aquel entonces –estoy hablando de mediados de los sesenta-, los porteros, después de cenar, solían sacar unas sillas junto a los portales y tomaban el (relativo) fresco de la noche mientras charlaban en torno a un botijo...

INCISO: éstas son las cosas que jamás les cuento a mis hijos para que no piensen que su padre procede del pleistoceno.

...Los porteros, tras un rato de cháchara, se iban a dormir; poco después, aparecían los basureros y, por último, los regadores con sus mangueras. Finalmente las calles quedaban desiertas. Entonces comenzaba la magia. En casa teníamos perros, y yo, como último mono oficial de nuestro hogar, era el encargado de sacarlos a pasear, así que salía con Bari y Tarik y comenzaba a recorrer las calles. No había nadie, ni peatones ni coches, pero los semáforos seguían funcionando, verde, naranja y rojo, una y otra vez, aunque no había nadie, salvo yo, para apreciar su intermitencia. No sé por qué, pero me fascinaban esas luces. Igual que me fascinaban las nubes de mosquitos que revoloteaban en torno a las farolas. O las ventanas iluminadas en plena madrugada; ¿por qué están despiertos los moradores de esas casas mientras todo el mundo duerme? No sé quiénes son, pero en cierto modo me siento hermanado a ellos, pues compartimos el tiempo secreto de la noche y estamos sujetos a las arcanas reglas de las fraternidad de los noctámbulos.

Algunas noches de verano te deparan sorpresas. Cuando vivía con mis padres, dormía frente a una ventana; una madrugada, serían las tres o las cuatro, algo me despertó. La Luna, una inmensa Luna llena, inundaba con su luz mi habitación. Era una claridad asombrosa, mágica. Me levanté, me asomé a la ventana y, contemplando la Luna, encendí un cigarrillo. Mis padres no me dejaban fumar, pero la noche era mi aliada, así que fumé lentamente, sumido en una incierta, aunque intensísima, sensación de plenitud y felicidad. Rosa Montero dijo una vez que toda persona tiene una Luna en su vida; pues bien, aquélla fue mi Luna y aquél mi mejor cigarrillo.

¿Y las estrellas? La luz eléctrica es genial, pero al inventarla Edison nos robó las estrellas. Las ciudades no tienen estrellas, así que hay que salir de ellas y alejarse mucho, mucho, para poder contemplar el mayor espectáculo que nos ofrece la naturaleza: el firmamento. Hace unos cuantos años –no demasiados- yo me encontraba en la sierra de Madrid con unos amigos. El cielo estaba cuajado de estrellas; nos fumamos un canutito y me tumbé sobre la hierba para contemplar el cielo nocturno. La Vía Láctea se distinguía con nitidez, el firmamento parecía una cúpula tachonada de diamantes. Era muy hermoso. Entonces se me ocurrió una idea un tanto perturbadora: siendo la Tierra esférica, no existe arriba ni abajo. Por tanto, ese firmamento que yo asumía como una bóveda, podía contemplarse también como un abismo. Lo miré, pues, como si fuera un abismo y os juro que jamás he experimentado tanto vértigo. Aunque reconozco que fue un mareo agradable. Cósmico, diría yo.

Recuerdo que cuando era muy pequeño –seis o siete años- vi una lluvia de estrellas. No sé dónde, ni cuándo; sólo sé que era verano y el cielo estaba lleno de estrellas fugaces. Todos los veranos, allá entre finales de julio y comienzos de agosto, la Tierra cruza la trayectoria del cometa Swift-Tuttle y un montón de partículas, minúsculos escombros cometarios, se precipitan a la Tierra convertidas en meteoritos que arden por la fricción con la atmósfera. Son las Perseidas, también conocidas como Lágrimas de San Lorenzo. Según he leído en Internet, para esta misma madrugada (es 11 de julio) está prevista la primera oleada de Perseidas. En Madrid el cielo está nublado; mala suerte. Aunque, por otro lado, nunca te puedes fiar de un astrónomo. Hace años, me encontraba de vacaciones en los Pirineos, en Jaca, cuando me enteré de que estaba prevista la mayor lluvia de estrellas del siglo. El acontecimiento comenzaría a eso de las tres de la madrugada, así que esa noche dejé a mi mujer durmiendo tranquilamente, cogí el coche y me fui a la cima de una puñetera montaña para hincharme de ver estrellas fugaces. Vi tres y creo que una de ellas me la imaginé. Regresé a Jaca con cara de capullo y considerando la posibilidad de dinamitar algún observatorio astronómico.

Es curioso, las noches de invierno parecen vueltas hacia dentro, mientras que las de verano son expansivas. Son noches ligeras, con sabor a horchata y olor a madreselva, noches de estrellas, de ginebra y de miel. ¿No tenéis a veces la sensación de que las cosas valiosas se os escapan, como el agua entre los dedos, de que lo realmente importante fluye a vuestro alrededor sin que os deis cuenta, mientras concentráis toda vuestra atención en lo accesorio? Eso, al menos, me sucede a mí; tengo la sensación de que extravío los veranos y los inviernos, de que dejo escapar las primaveras y los otoños; estoy y no estoy al mismo tiempo, veo y no veo, siento y no siento. Creo que he perdido el sabor de las noches de verano...

No sé, supongo que me estoy haciendo viejo.

sábado, julio 8

Rituales de verano: el gazpacho

Esta mañana he preparado gazpacho. Porque, no sé si lo sabéis, soy un cocinero bastante aceptable. Lo de la cocina, en mi caso, no se trata de ese típico capricho masculino que consiste en aprender a preparar dos o tres platos dejando la cocina hecha unos zorros. No, qué va; lo mío fue necesidad. Veréis, mi madre murió cuando yo tenía 17 años y mi padre la siguió dos años después, así que con 19 primaveras me vi huérfano y viviendo con mi hermano Eduardo, que a sus 29 años acababa de separarse y se hallaba inmerso en una galopante carrera hacia el alcoholismo. Sólo vivimos juntos un par de años, pero creo que durante ese tiempo conseguimos batir algún record mundial de vida desordenada.

Cuando comenzamos nuestra convivencia, mi hermano –que a fin de cuentas era mayor que yo, estableció un reparto de tareas por el cual a mí me tocaba hacer las camas y a él cocinar. El problema radicaba en que cocinar, para Eduardo, era sinónimo de abrir latas y descongelar, de modo que al cabo de unos meses le dije que mejor nos ocupábamos cada uno de lo nuestro, porque estaba hasta las pelotas de la fabada Litoral y del pescado Findus. Decisión que me planteó un nuevo problema: yo tampoco sabía cocinar. Así que decidí aprender. En casa, heredado de mis padres, había un libro de cocina llamado precisamente Libro de Cocina de la Sección Femenina... sí, sí, la Sección Femenina del Movimiento Nacional. Sin lugar a dudas, se trata del mejor libro que conozco para aprender a cocinar (muy superior en ese sentido al de Simone Ortega). Es elemental, minucioso y claro; perfecto para el aprendizaje. Además, las recetas –todas de cocina tradicional y casera- están francamente bien. De hecho, tras la dictadura, el libro se ha reeditado varias veces, aunque ya sin citar a la “Sección Femenina”. Bueno, el caso es que aprendí a cocinar con ese libro, lo cual le plantea a un izquierdista como yo el terrible conflicto de deberle aunque sólo sea un ápice de agradecimiento a Pilar Primo de Rivera. Cielo santo...

En fin, desde entonces hasta ahora he cocinado muchos platos, pero hubo dos en los que desde el principio busqué la perfección: el cocido madrileño y el gazpacho. Si os portáis bien, cuando llegue el invierno os daré mi receta del cocido; pero ahora, como estamos en verano y habéis sido unos angelitos, os hablaré de mi gazpacho.

El gazpacho es básicamente tomate; por tanto, el tomate debe ser muy bueno. Si usáis el soso tomate que venden normalmente en las fruterías, el gazpacho saldrá insípido. Lo mejor es usar la modalidad raf (aunque es muy cara), pero desgraciadamente la temporada del raf apenas coincide con la del gazpacho. Así pues, os recomiendo que uséis el tomate pera canario o la variedad en rama. Y, sobre todo, la variedad kumato, un delicioso tomate pequeño y oscuro que, además, es de lo más exótico, pues proviene de las Islas Galápagos (sabe a Darwin). Como el gazpacho es una cuestión de proporciones, éstas son las que considero más afortunadas:

Tomate kumato: kilo y medio
Pepinos: dos
Pimiento verde: uno
Cebolleta: dos
Dientes de ajo: dos
Pan duro: media baguette
Aceite de oliva virgen: medio vaso
Vinagre de Modena: chorrito al gusto
Comino molido: una cucharadita colmada
Sal y pimienta

Todo ello se mezcla con agua (medio litro más o menos) y se tritura bien triturado. Si usáis una batidora muy potente, como la de la Thermomix por ejemplo, no hará falta pelar los tomates, que siempre es un coñazo (pero pasadlo todo dos veces). No olvidéis servirlo muy frío.

Todavía no lo sabéis, pero os acabo de regalar el mejor gazpacho del mundo, lo cual me aproxima en santidad a Francisco de Asís y a la madre Teresa. Por otro lado, la cocina, junto con la literatura, son las únicas artes que, al regalarse a los demás, pasan a formar parte de la esencia del obsequiado. Si hacéis mi gazpacho y os lo tomáis, seréis en parte mi gazpacho.

Es decir: sencillamente perfectos.

viernes, julio 7

Ja soc aqui

Esta semana he estado en Elda, Alicante, participando junto a Elia Barceló y Fernando Marías en un taller de literatura. He ahí la causa de mi silencio. Pero ya he vuelto, amigos míos; el ruido ha regresado. ¿Que qué tal por Elda?... Pues muy bien; Elia es un encanto y Fernando Marías, a quien no conocía, ha resultado ser un tipo fenomenal y muy divertido. ¿Os lo podéis imaginar? Tres escritores juntos y el nivel de ego no alcanzó en ningún momento la zona roja. Estoy por llamar al Guinness.