lunes, junio 27

Filotopía


Unamuno escribió en Niebla: “La manía de viajar viene de topofobia y no de filotopía”. Es decir que, según don Miguel, la gente viaja porque odia el lugar donde se encuentra, no porque ame el lugar adonde se dirige. Supongo que hay cierta dosis de verdad en esa sentencia, que nos aburrimos de lo que conocemos y muchas veces buscamos el cambio por el cambio, aunque no conduzca a nada concreto; pero me llama la atención la palabra “manía”. ¿Viajar es una manía? Según la RAE, manía es, en su segunda acepción, extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determinada. Es decir, algo parecido a una moda. Y sí, desde luego ahora, gracias a la democratización del turismo, viajar se ha convertido en una moda. En una manía pues. Pero, ¿sólo es una manía?

Nuestras actuales ideas acerca del “viaje” son relativamente nuevas. En el pasado hacía falta un buen motivo para desplazarse, porque los viajes eran lentos, incómodos y peligrosos. Se viajaba en busca de caza, o para comerciar, o para huir de una desgracia (topofobia), o en busca de riquezas (filotopía), o para hacer la guerra... Siempre ha habido, por supuesto, viajeros curiosos que recorrían el mundo sólo para ver cosas y gentes nuevas, pero esa modalidad de viaje no cristalizó hasta mediados del siglo XVII, cuando en Inglaterra se adoptó la costumbre de que los jóvenes de clase alta realizaran un itinerario cultural por diferentes ciudades de Francia e Italia. A eso se le llamó el Grand Tour (de ahí la palabra “turismo”) y su popularidad se incrementó con el romanticismo, añadiéndose a la ruta otros países como Grecia, España o Alemania. Así nació el concepto de “viajar sólo para ver”.


El incremento del nivel de vida en occidente, así como la mejora y abaratamiento de los medios de transporte, convirtieron el “viaje” en un negocio masivo y viajar se popularizó. Hoy en día es imposible ir a ciertos lugares sin encontrarte con hordas de turistas. ¿Por qué viaja tanta gente? Hay múltiples respuestas, por supuesto, pero a veces no encuentro ninguna. Pepa y yo fuimos al norte de Italia durante nuestra luna de miel. En Florencia coincidimos cenando en una pizzería con otra pareja de recién casados españoles; charlamos y, al poco, uno de ellos propuso que quedáramos al día siguiente, porque estaban “hartos de ver piedras”. Improvisamos una excusa y nos despedimos. Y yo no pude evitar preguntarme: si no les gustaban las piedras, ¿por qué cojones viajaron a Florencia?


Hace unos años estuvimos en Mont Saint-Michel, en el noroeste de Francia. Como sabéis, es un islote, un peñasco que se eleva unos doscientos metros sobre el mar, con una abadía en su cima. En la parte baja hay un falso poblado medieval llenos de tiendas y restaurantes para turistas; conforme se remontan las empinadas cuestas hacia la iglesia, uno se adentra en el auténtico y maravilloso conjunto medieval. Cada año, unos cuatro millones de personas llegan a ese lugar, pero sólo un millón sube hasta la abadía. Tres de cada cuatro visitantes se quedan en el falso poblado medieval, comiendo perritos calientes y comprando horteradas. Y yo me pregunto: ¿para qué cojones fueron allí, teniendo Disneylandia tan a mano?


Creo que mucha gente, quizá la mayoría, viaja porque se supone que hay que hacerlo. Viajan porque viajan sus vecinos, viajan porque queda bien y, según donde vayas, confiere estatus, viajan porque la publicidad les dice que es bueno viajar, viajan porque sí, por acumular estancias y lugares en una lista sin sentido. Pero eso no es viajar: es moverse.


Conozco a personas, gente inteligente y cultivada cuyo intelecto admiro, que no solo odian viajar, sino que, como Unamuno, desprecian el concepto de “viaje de placer”. Según ellos, se trata de un mero impulso gregario (seguir al rebaño), pues la excusa de que los viajes sirven para aumentar el conocimiento es absurda, ya que ese conocimiento puede adquirirse de maneras mucho mejores y más cómodas. Y tienen razón. Cuando el mundo era en su mayor parte desconocido, tenía sentido embarcarse en un viaje para adquirir conocimientos, pero hoy en día podemos encontrar todo el conocimiento (e imágenes) del mundo en libros, documentales, Internet... Los periplófobos tienen razón en eso, pero se equivocan en algo: no se viaja para conocer, sino para sentir.


Adoro viajar, me encanta; si pudiese, pasaría la mitad de mi vida viajando. Me confieso filotópico. ¿Por qué? ¿Soy otra ovejita del rebaño? Espero que no. Como decía antes, viajo para sentir; pero ¿qué significa eso? Vamos a hacer un experimento. Salid de casa y recorred despacio vuestra calle, prestando mucha atención a todo lo que hay en ella, abajo y arriba. Os garantizo que encontraréis montones de detalles en los que no os habíais fijado jamás. ¿Cómo es posible, tratándose de un entorno tan familiar? Pues precisamente porque es tan familiar que ya no lo miráis. Lo veis, pero sin fijaros. Lo ya conocido no estimula nuestros sentidos y acaba convirtiéndose en un paisaje de fondo desenfocado. Así es nuestro mundo cotidiano, un mundo por el que nos movemos con la mente ocupada en otras cosas, un mundo al que no le prestamos gran atención porque lo conocemos demasiado bien, un mundo borroso y ya carente de estímulos. Un mundo en el que sentimos muy poco.


Pero cuando viajamos, cuando nos movemos por entornos muy distintos a los usuales, nuestros sentidos se despiertan; es como acceder a un estado alterado de conciencia. Pero hay que viajar bien, con la actitud adecuada y la sensibilidad a flor de piel. Debes prestar mucha atención, debes tener los conocimientos adecuados, debes avivar tu imaginación. Detesto las visitas guiadas; por muy interesante que sea lo que cuente el guía, lo puedo leer en un libro antes o después, porque lo que quiero “durante” es aprovechar la oportunidad, quizá única, de disfrutar del lugar sin que me moleste nadie con su cháchara.


Recuerdo que la primera vez que entré en la catedral de Jaca, la más antigua de España, el templo estaba lleno de turistas, así que volví al día siguiente a las ocho de la mañana, cuando la catedral estaba totalmente vacía, y me quedé más de una hora allí, “sintiendo” el lugar. He hecho cosas similares en muchos sitios, en la Alhambra, en Chartres, en Stonehenge, en Saint-Michel, en Uxmal, en el Cementerio de los Ingleses del monte Urgull, en Knossos, en el Gran Cañón, en Compostela, en Omaha Beach, en Glastonbury... Probablemente he adquirido más conocimientos de todos esos lugares, y de otros muchos, antes de ir que durante mi estancia en ellos. Pero, por Júpiter, qué cantidad de sensaciones me han hecho experimentar.


Porque he leído decenas de libros sobre la selva, he visto horas y horas de documentales, pero no es comparable a lo que experimenté en las selvas de Venezuela, Colombia y Costa Rica. El calor húmedo, los indescriptibles olores, los sonidos, la abrumadora vegetación, nada de eso puede transmitirse sólo con palabras y/o imágenes. O cruzar las puertas de la muralla de Essaouira, la antigua Mogador, y retroceder al Medioevo rodeados por un intenso olor a especias. O el sobrenatural silencio de los bosques árticos. O el impacto sonoro de los tambores de Calanda. O la magia de las ciudades mayas tragadas por la selva. O los colosales bosques de secuoyas. O un volcán vomitando lava. O las cumbres de los Andes. O un amanecer en el Caribe. O un atardecer junto a un faro de Bretaña. O estar enamorado en la Alhambra. Esas cosas no pueden “conocerse”; han de sentirse. Y viajar es el precio que pagas para poder sentirlas.


Y luego, la sorpresas. Como cuando una noche, paseando por los jardines situados bajo la Acrópolis, Pepa y yo nos encontramos, en un teatro romano, con el ensayo general de una obra clásica (en griego, claro), solo los actores, nosotros y tres o cuatro pirados más. O como cuando tropezamos en una iglesia de Pals con los ensayos de un concierto barroco para piano y violín. O ese anochecer, en Colombia, cuando un bosque de árboles barbudos se llenó de luciérnagas. O aquella alucinante fiesta popular en Anomera, lo más alto de Mikonos. O una surrealista procesión de Semana Santa en Baeza. O los ritos paganos de San Juan Chamula, en Chiapas. Nada de eso te ocurre si te quedas en casa.


Porque nuestro verdadero hogar no es el piso o el chalet donde vivimos, ni el barrio, ni la ciudad, ni el país. Creer eso es padecer miopía. Nuestra auténtica casa es la Tierra, el planeta que nos sustenta. Un mundo lleno de maravillas asombrosas que yo daría cualquier cosa por experimentar. ¿Viajar es una manía sin sentido? Si de repente heredaras un palacio inmenso, y por muy confortables que fueran el salón, el comedor y el dormitorio, ¿no te gustaría visitar todas sus habitaciones? Pues eso.

martes, junio 21

L'Auberge du Pont de Collonges, Pepa y yo


¿Sabéis algo acerca de Lyon? Yo, desde luego, antes de ir allí lo ignoraba todo sobre esa ciudad; y ahora que he ido tampoco sé mucho, porque no hay mucho que saber. Lyon es una ciudad bonita situada entre dos anchos río, el Ródano y el Saona, que corren paralelos entre colinas. Las ciudades con ríos grandes molan, y ésta tiene dos. También tiene un barrio viejo muy lindo y mucha arquitectura burguesa típicamente gabacha. Por lo demás, no hay demasiadas cosas que ver. Está la catedral gótica de St-Jean, que no es gran cosa, los teatros romanos y, lo más llamativo de todo, la Basílica de Notre-Dame de Fourvière. Este templo está situado sobre la colina más alta que preside la ciudad y es una construcción neo-románica de finales del XIX. En fin, erigir un edificio románico en esa época resulta, se mire como se mire, una horterada. Y eso es lo que es esa basílica, con sus enormes esculturas de estilo románico y el interior policromado: una de las horteradas más grandes que he visto en mi vida. Pero es tan hortera, y al mismo tiempo tan bien hecha, y en cualquier caso tan surrealista, que resulta... sí, bonita. Es un lugar curioso.


Pero, claro, en Lyon también está L'Auberge du Pont de Collonges, el famoso restaurante de Paul Bocuse. Aunque en realidad no está en Lyon, sino en Collonges, un pueblo situado a unos diez kilómetros de la capital. Por si acaso no lo sabéis, aclararé que Bocuse fue el cocinero que revolucionó la cocina francesa allá por los 70, el inventor de la Nouvelle Cuisine, o Cuisine du Marché, que tanto influyó en nuestros cocineros vascos y catalanes. De hecho, es lo que hoy entendemos por cocina clásica, pues acabó reemplazando por completo a la anterior gastronomía francesa.

El caso es que Pepa y yo habíamos ido a Lyon para comer en Bocuse, así que allí nos plantamos a las 13:30 del sábado pasado. Por fuera el edificio del restaurante es... ¿feo? Echadle un vistazo a la foto de la entrada anterior; desde luego, los colores son estridentes. La verdad es que, como ocurre con la basílica, de puro hortera resulta hasta bonito.

La primera sorpresa es que el propio Bocuse, o lo que queda de él dada su provecta ancianidad, te recibe en la puerta vestido de chef y te estrecha la mano mientras te da amablemente la bienvenida. Es una tontería, pero me hizo ilusión saludar a ese mito de la gastronomía, qué cosas. El interior es puro estilo francés, elegante y recargado, agradable en conjunto. El servicio impecable; rápido, sobrio, amable y no atosigante. Nos sentaron a una mesa del comedor principal y pedimos el Menú Gran Tradición, porque tenía algunos de los principales platos de Bocuse. El primer plato era Escalope de foie gras de canard poêlée au verjus; pero sólo lo tomó Pepa, porque a mí no me gusta el foie (ni me parece ético) y lo cambié por una Salade de homard du Maine à la française, una ensalada de langosta. El segundo plato fue una Soupe aux truffes noires, una sopa de trufas negras prodigiosa que luego comentaré. Después vinieron unos Filets de sole Fernand Point, lomos de lenguado en una salsa ligera aromatizada con salvia, creo. A continuación llegó un sorbete de beaujolais para cortar el sabor y pasar del pescado a la carne. El cuarto plato consistió en Volaille de Bresse en vessie "Mère Fillioux", una pieza de caza cocinada con trufas en una especie de papillote. Luego llegó el carro de quesos y finalmente los postres: yo pedí Baba au rhum "Tradition", un bizcocho con crema mojado en ron, y Pepa unos Oeufs à la neige Grand-Mère Bocuse, merengue flotando sobre salsa de vainilla.

¿Os suena eso a mucha comida? Pues sí, era mucha, muchísima comida. Existe el tópico de que la gran cocina francesa se presenta en raciones minúsculas, pero es mentira. Eso fue una estúpida moda de la restauración española de los 80, porque en Francia siempre te sirven raciones abundantes. Y Pepa & moi salimos del L'Auberge du Pont de Collonges tan llenos que consideramos la posibilidad de volver rodando a Lyon. Ah, cuando estábamos acabando se pasó por las mesas la mujer de Bocuse, una vaporosa y frágil anciana más sosa que una mata de habas. Sospecho que en realidad estaba muerta.

En fin, ¿qué nos pareció el famosísimo L'Auberge du Pont de Collonges? Pues que todo estaba buenísimo... pero sin la menor sorpresa. Gran cocina clásica, deliciosa y un tanto anticuada. Salvo la sopa de trufas negras (ver foto). Se trata de una sopa muy matizada, de sabores leves, con un fino picadillo de verduras y carne (y trufas en láminas, off course) servida en un cuenco coronado por una ligerísima confitura de hojaldre “brisa”. Bocuse la creó en 1975 para el entonces presidente de Francia, Giscard d'Estaing, y es una obra de arte. Ese plato sí que nos sorprendió. Su único defecto: lo sirven directamente del horno, extraordinariamente super-hiper-mega caliente. Y se mantiene super-hiper-mega caliente durante mucho, mucho rato. Todavía tengo ampollas en la lengua y el paladar.

En fin, el restaurante de Bocuse es más o menos lo que nos esperábamos. Resulta gracioso; hace treinta años, cuando Pepa y yo prometimos visitar ese lugar, L'Auberge du Pont de Collonges era el templo de la revolución gastronómica. Hoy es un clásico totalmente demodé. Supongo que podría sacarse alguna brillante a la par que atinada enseñanza de esto, pero, qué queréis que os diga, no me apetece ni un pelo hacerlo, no vaya a ser que yo también sea un “clásico demodé”.

Pero comimos bien, amigos míos. El hotel era cómodo, una villa situada en lo alto de una colina en el Vieux Lyon, con espléndidas vistas. La ciudad es tranquila y bonita. Los franceses, como siempre, muy bien educados. Pero lo mejor de todo con diferencia: la compañía.

Por cierto, hoy a las 17:16 hora solar tendrá lugar el momento del solsticio. Feliz solsticio de verano, amigos.

viernes, junio 17

Carpe diem

Mi buen amigo y magnífico escritor Luis Manuel Ruiz mantiene un blog llamado La lección de anatomía donde cada día escribe una frase, más o menos en la línea de El diccionario del diablo, de Bierce. Como es natural, unas frases son más brillantes que otras, pero el nivel medio es sobresaliente. Y no resulta fácil escribir frases, sentencias. Han de ser breves, ingeniosas y, al tiempo, contener una verdad. Son algo así como micro-ensayos. Pues bien, de entre todas las frases que Luis Manuel ha escrito en su blog, hay una que se me ha quedado grabada a fuego en la memoria. Dice más o menos así:

 
“Si el final es feliz, no es el final”.


Paraos a pensarlo: vuestras vidas pueden estar llenas de cierres de capítulo y entreactos rebosantes de felicidad, pero el final-final siempre será una tragedia. Y si lo dudáis, echad un vistazo a vuestro alrededor. O haced memoria.


¿Deprimente? Supongo, pero cierto; y lo bueno de toda certeza sobre el futuro es que nos permite adecuar nuestros planes. Y el único plan que se me ocurre ya se le ocurrió a Horacio hace más de 2000 años cuando escribió:


Tu ne quaesieris (scire nefas) quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. Vt melius, quidquid erit, pati!
seu pluris hiemes, seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum: sapias, uina liques et spatio breui
spem longam reseces. Dum loquimur, fugerit inuida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.


Lo que significa: “No preguntes (contra la voluntad divina el saberlo), Leucónoe, qué fin han puesto para mí los dioses, cuál para ti, ni sondees el cálculo babilonio. ¡Cuánto mejor soportar lo que haya de ser, tanto si Júpiter nos ha concedido muchos inviernos, como si es el último nuestro el que ahora quiebra las olas del mar Tirreno en azote contra los escollos! Sé sabia, filtra el vino y, breve como es la vida, corta la esperanza larga. Mientras hablamos, habrá huido celosa la edad: disfruta del momento y no confíes en el mañana”.


Carpe diem... El mes pasado, con motivo de la Feria del Libro de Fuenlabrada, estuve dando unas charlas en un par de institutos. Les hablé de El club de los poetas muertos, les dije que, aunque aún les faltaba mucho, morirían y que por eso debían sacarle el máximo partido a la vida. Luego, intenté explicarles que, para sacarle partido a la vida hay que enriquecer la vida y que la literatura ayuda en ese sentido. Aquellos amables adolescentes me escucharon con mucha atención, pero creo que ni uno entendió lo que pretendía decirles. Porque para ellos la idea de la muerte es tan solo un concepto abstracto y nebuloso.


Pero yo sí lo entiendo; sé que el final será una tragedia, así que intento que todos los capítulos que me restan acaben en tono de comedia. Carpe diem, sí señor; debería tatuármelo en la frente, escrito del revés, para leerlo cada mañana cuando me miro al espejo antes de cepillarme los dientes.


Hace treinta años, cuando Pepa y yo aún no estábamos casado, ella me prometió que si conseguíamos estar juntos me invitaría a comer en el restaurante de Paul Bocuse. Pues bien, ha tardado 28 años en cumplir su promesa, pero el día de mi cumpleaños me regaló un sobre con dos billetes para Lyon y una reserva, para mañana, 18 de junio, en L'Auberge du Pont de Collonges, el famosísimo restaurante de Bocuse. Es una mujer fantástica; menudo detalle romántico...


Así que esta tarde, Pepa y yo volaremos a Lyon para pasar el fin de semana haciéndole caso a Horacio. Aunque, en este caso, la mejor traducción de carpe diem sería: “cómete el día”.

viernes, junio 10

Reflexiones de un caballero otoñal


Dado que en la anterior entrada trataba sobre algo muy viejo –un templo de 11.600 años-, este post también versará sobre antigüedades: hoy es mi cumpleaños. ¿Cuántos me caen? Lo siento, no puedo decirlo; me avergüenza lo jurásico que soy. De todas formas, el perfil del blog actualiza automáticamente el dato, maldito traidor.

Tengo la misma edad que mi madre y un año menos que mi padre, es increíble. De hecho, no me lo creo. Mi padre era un señor muy serio y formal, pero yo no soy ni serio ni formal. Mi padre era un PADRE y yo, aunque tengo dos hijos, no soy un PADRE, sino un PADRE. Mi padre tenía los años que tenía, mientras que yo, si me paro a pensarlo, sólo tengo treinta y tantos. No me parezco en nada a mi padre; ¿cómo es posible que tengamos casi la misma edad? De hecho, no reconozco a ese tipo añoso que se asoma al espejo cada vez que me miro. Aunque, la verdad, me recuerda un poco a mi padre... Comienzo a sospechar que no soy lo que creo que soy.


Seamos realistas: tengo aspecto de víctima de un accidente de tráfico; me ha atropellado la cuarta dimensión, el tiempo. Eso me recuerda un chiste nada gracioso: dos amigos cincuentones se encuentran y uno le dice al otro: “Cómo me alegro de verte. ¿Qué tal estás?”. Y el amigo responde: “Muy bien. Pero si, cuando tenía 20 años, me hubiera sentido como me siento ahora, habría ido corriendo al hospital más cercano”. Así que aquí estoy, vapuleado por el tiempo, ese falso amigo que nos sonríe durante la primavera y nos da la espalda al llegar el otoño. Parménides ha muerto; ¿viva Heráclito? No, que le den; el cabronazo de Éfeso es tan deprimente como la entropía.


Llegados a este punto, cuando los cumpleaños comienzan a sonar como una cuenta atrás, es lógico que los caballeros otoñales, como yo, volvamos la serena mirada hacia el pasado y hagamos balance de los días vividos. Y al llegar aquí me sucede algo paradójico. Si me centro en un único momento del pasado –por ejemplo, la muerte del hijoputa de Franco-, tengo la sensación de que apenas ha transcurrido tiempo, de que todo ha sucedido en un suspiro. Sin embargo, si rememoro varios momentos, como por ejemplo hice al narrar la vida de mi hermano –por cierto, aunque era diez años mayor que yo, ahora tengo su misma edad-, si recuerdo en particular los momentos de cambio, entonces siento que han transcurrido millones de años y, es más, que he vivido diferentes vidas y he sido distintas personas. Ya veis, la vida se me antoja demasiado corta y demasiado larga al mismo tiempo.


En cuanto al balance... qué queréis que os diga, todo depende del humor con que me pilléis. Tuve una bonita infancia, una primera juventud loca, una segunda juventud muy movida, unos cuantos años de hacer el gilipollas, varios desastres, algunos triunfos, algunos fracasos, ciertos insólitos momentos de lucidez... Me arrepiento de muchas cosas; sobre todo de lo que no he hecho, y aún más de lo que no me he atrevido a hacer. Lo mejor que me ha sucedido en la vida ha sido encontrar a Pepa, mi pareja, mi compañera. Mi mejor obra son Óscar y Pablo, mis hijos. Mi mayor tesoro mis amigos. Pero lo segundo mejor que me ha sucedido sois vosotros, los que estáis al otro lado de lo que escribo. Y no me refiero sólo al blog, sino a cuantos leen mis textos. Es asombroso; todavía me sorprende que a alguien pueda interesarle lo que digo, sobre todo siendo, como soy, un caballero otoñal tan discreto.


Ya han pasado los tiempos en que la vejez era una nebulosa abstracción, algo lejano; el IMSERSO se aproxima, amigos míos. ¿Qué hacer? Pues lo mismo que con la muerte y el colesterol: ignorarla. No prestarle atención. En fin, está claro que el pequeño soldadito ya no se pone firmes tantas veces como a uno le gustaría (aunque aún sigue rindiendo armas de vez en cuando, y sin estímulos azules). Y no puedo olvidar que, ahora, una noche de juerga supone tres semanas en la UVI. Vale, de acuerdo, soy un maldito viejo. ¿Y qué? Paso de sacar conclusiones al respecto; voy a seguir vistiendo como siempre he vestido, voy a seguir dudando como (casi) siempre he dudado, voy a seguir haciendo lo que me gusta hacer (aunque quizá con menor frecuencia), y voy a seguir viviendo a mi manera (que no es la común de las maneras) hasta que la jodida Parca venga a hacerme una visita. Lamento tener tantos años, es cierto; me parece una vulgaridad y una ordinariez. Y un descuido; no sé cómo lo he permitido. Pero, ¿sabéis?, estoy demasiado ocupado para darle más vueltas.


Ahora bien, quizá estéis tentados de felicitarme por mi cumpleaños y todas esas zarandajas. Antes de hacerlo, prestad atención a esta parábola: Había una vez un hombre, llamado Heráclito, que se cayó a un río, cuyas torrenciales aguas le arrastraban inexorablemente hacia una elevada catarata con el fondo erizado de afiladas piedras. Cuando tan sólo le faltaban unos metros para llegar a la cascada, unos jóvenes que estaban en la orilla comenzaron a gritarle: “¡Felicidades, ya has avanzado otro metro! ¡Cojonudo, un metro más! ¡Ánimo, ya falta poco!”. Pues bien, aparte de llegar a la, escasamente reconfortante, conclusión de que nunca podría caerse dos veces por la misma catarata, ¿qué creéis que pensaba Heráclito acerca de los parabienes de esos jóvenes?


Os ruego que reflexionéis sobre el asunto antes de plantearos siquiera la remota posibilidad de empezar a considerar la opción de felicitarme.

jueves, junio 2

Göbekli Tepe


Supongo que el raro soy yo, pero no me explico por qué hay asuntos que a mí me parecen fascinantes y, sin embargo, a la mayoría de la gente le dan igual. Por ejemplo, hace tiempo se comprobó que, aparentemente, al universo le falta materia para ser como es. De hecho, sólo podemos detectar un 5 % de los componentes del universo. Veréis, la masa produce gravedad y las galaxias adoptan la forma más o menos compacta y ordenada que vemos porque las estrellas se mantienen unidas mediante lazos de gravedad. Pues bien, teniendo en cuenta la cantidad de materia que podemos detectar en cualquier galaxia, resulta que no hay suficiente para mantener unidas las estrellas y, por tanto, las galaxias no deberían existir. Pero existen, así que debe de haber una clase de materia que no podemos detectar (salvo por su influencia gravitacional) y de cuya composición no tenemos la menor idea. A eso se le llama Materia Oscura y se calcula que constituye el 23 % de toda la masa del universo.

Por otra parte, a finales de los 90 se descubrió algo que revolucionó la cosmología. Hasta entonces, se creía que la expansión de nuestro universo se iba frenando a causa de la atracción gravitatoria (como una bala, que al principio sale a toda pastilla, pero que poco a poco va decelerando, atraída por la gravedad, hasta caer a tierra). Pues bien, nuevas y más ajustadas observaciones demostraron que, en vez de decelerar, la expansión del universo está acelerando. De modo que debe haber una energía desconocida que “empuje” la materia para acelerarla. Se le llama Energía Oscura, nadie sabe qué es y constituye nada más y nada menos que el 72 % del universo.


¿Qué son la materia y la energía oscuras? ¿Existen realmente o acabarán siendo explicaciones fallidas, como la del éter? A mí todo eso me fascina, me parece incluso poético, me asombra... Pero la mayor parte de la gente ni lo sabe ni le interesa. Aunque claro, diréis: ¿Ese rollo de la materia y la energía oscuras tiene alguna importancia para nuestras vidas? Pues no, es cierto, ninguna importancia para nuestra cotidianeidad. Mejor dicho: exactamente la misma importancia para nuestras vidas que el hecho de si Belén Esteban se casa, se divorcia o se encasqueta un par de enormes implantes mamarios. Y sin embargo, cientos de miles de personas se interesan por las peripecias de una impresentable absolutamente carente de interés, salvo por la sin duda intensa atracción gravitacional de sus tetas, que deben de tener otras tetas más pequeñas orbitando a su alrededor. Entonces, ¿por qué Materia Oscura no y la Estaban sí?


Porque la ciencia es complicada, pero las tetas son sencillas. Touché, es verdad. Para asombrarte con la Materia Oscura hay que tener unos mínimos conocimientos de cosmología, mientras que estamos genéticamente programados para valorar las tetas (entendiendo “tetas” como una metáfora sobre la peripecia vital de la mujer-que-le-tocó-la-chorra-a-un-torero, según Ángel Martín dixit). Los seres humanos somos curiosos por naturaleza, pero también perezosos, así que la mayoría solemos mostrar curiosidad sólo por lo más fácil y cómodo de entender.


Vale, pues hablemos de un descubrimiento fascinante relacionado con algo que, en principio, debería interesar a todo el mundo: la religión. En nuestro país, aproximadamente el 80 % de la población se declara creyente, religiosa. Cuando presionas un poco a esos creyentes (por ejemplo, enarbolando la bandera del ateísmo), inmediatamente descubres que la mayoría no sólo creen, sino que para ellos la religión es algo muy importante en sus vidas, una cuestión que llena de sentido y consuelo su existencia. Perfecto. Siendo así, tratándose de algo tan importante, es lógico suponer que mediten con frecuencia sobre el hecho religioso y que se interesen sobre toda novedad importante relacionada con el tema.

Entonces, ¿qué pasa con Göbekli Tepe? Veréis, a mediados de los 90, el arqueólogo Klaus Schmidt excavó en el punto más alto de una cadena montañosa situada en el sudeste de Turquía, a 15 km. de la ciudad de Sanliurfa, en una elevación llamada Göbekli Tepe, que significa “monte panzudo”. Encontró un templo circular de piedra de 30 metros de diámetro, una construcción megalítica compuesta por enormes pilares en forma de T, algunos de hasta 16 toneladas. Recuerda un poco a Stonehenge, pero los pilares están mucho mejor tallados y, lo que es más importante, el megalito inglés tiene cinco mil años de antigüedad, mientras que Göbekli Tepe fue construido ¡hace once mil seiscientos años! Siete milenios antes de la pirámide de Keops.

Estamos hablando del templo más antiguo conocido y, por lo que sabemos, de la construcción más grande y compleja que existía en nuestro planeta por aquel entonces. Es más, probablemente estamos hablando del lugar donde surgió la civilización, pero eso es otra historia. Sorprendentemente, el templo fue deliberadamente enterrado hacia el 8.200 a. C., y, más sorprendentemente aún, hay al menos otros veinte templos circulares enterrados por la zona. Es como si los templos perdieran su poder y fuera necesario ocultarlos y erigir otros para sustituirlos (algo parecido ocurría con las Pirámides de Túcume, en Perú, sólo que nueve mil años después). Pero, siguiendo con las sorpresas, los templos circulares más modernos son mucho más toscos y pequeños que los más antiguos. De hecho, la perfección de Göbekli Tepe, el primer círculo de todos, es extraordinaria, tanto por su acabado como por las estatuas y grabados que lo adornan.


Todo esto es fascinante, o al menos a mí me lo parece, pero si profundizamos un poco más, aún resulta más fascinante. Göbekli Tepe se erigió, como he dicho, hace 11.600 años. Eso es finales del paleolítico o el neolítico temprano. No hay el menor indicio de que en esa zona y en aquella época hubiera agricultura, así que quienes construyeron el templo eran cazadores-recolectores. Y tuvieron que ser muchos trabajando durante mucho tiempo. Pero, sin agricultura y en una zona semi-desértica, ¿cómo se alimentaban? Según lo que se creía hasta ahora, es imposible que un grupo de cazadores-recolectores construyera algo semejante. Göbekli Tepe no debería existir. Pero existe.


Por otra parte, resulta evidente que tuvo que haber un poder, una jerarquía, capaz de concitar y controlar el inmenso esfuerzo que supuso la construcción del templo. Un poder evidentemente sacerdotal. Y de nuevo eso contradice lo que dábamos por supuesto. Hasta ahora se pensaba que la religión organizada (más allá del chamanismo) no surgió hasta que la aparición de la agricultura permitió acumular excedentes de alimentos para mantener una casta sacerdotal, que a su vez reforzaría la cohesión social. Sin embargo, Göbekli Tepe demuestra que, al menos allí, existía religión organizada antes de la agricultura.


Y eso replantea las cosas: quizá la religión organizada no fue consecuencia de la agricultura, sino al revés. Tanto durante la construcción de Göbekli Tepe como en las posteriores ceremonias que allí se realizaban, debía de reunirse mucha gente, multitudes que tenían que ser alimentadas. Y quizá esa necesidad de alimentos condujese a la agricultura, en cuyo caso el motor de la civilización habría sido la religión. Aunque lo más probable es que eso ocurriese de ese modo allí, en el sudeste de Turquía, mientras que en otros lugares y otros momentos sucediera al revés.


En cualquier caso, Göbekli Tepe, el templo más antiguo del mundo, es un prodigio que debería llenar de asombro a cualquier persona interesada en la historia y la cultura; y, por supuesto, a cualquiera con mínimas inquietudes religiosas. A mí, por lo menos, me maravilla, me hace soñar. Pero, dejando aparte a los especialistas, casi nadie ha oído hablar del asunto, nadie le da la más mínima importancia. Y quién sabe, quizá no la tenga; puede que sea una soplapollez que sólo me interesa a mí y a cuatro chalados más. No sé, a veces me siento tan raro...


En fin, por si a alguien le interesa saber más al respecto, en el National Geographic de este mes hay un excelente artículo sobre Göbekli Tepe.


martes, mayo 24

10 consejos a un joven escritor


Un amable merodeador, Gabriel, me pide consejos para un joven escritor, así que de eso va a ir esta entrada. En primer lugar, le recuerdo a Gabriel que hace cuatro años escribí una serie de post explicando mi proceso de trabajo. La serie se llamaba En la mente del escritor, y para encontrar la primera entrega basta con pinchar AQUÍ. Quizá pueda servirle de ayuda a alguien. Ahora me voy a poner en plan abuelete y voy a darle los consejos solicitados a un Joven Escritor en abstracto; es decir, a nadie en particular.



1. Pregúntate por qué quieres escribir. Y aquí no vale responder “porque me gusta”, pues eso está claro, ni vale ponerse a hacer literatura con la respuesta (“necesito escribir como el oxígeno para respirar” y esa clase de mística literaria). Encuentra una respuesta sencilla, honesta y concreta, porque eso te revelará qué clase de escritor quieres ser. Responder “no tengo ni idea” es lícito, pues eso también te sitúa en un lugar: la confusión. Lo cual no tiene necesariamente por qué ser negativo a la hora de escribir, me apresuro a aclarar.


En cualquier caso, hay otras preguntas importantes: ¿Tienes algo que decir? Porque eso es lo que hacen los escritores: decir cosas. ¿Tienes historias que contar? De hecho, ¿te cuentas historias a ti mismo aunque no las vayas a escribir jamás? ¿En tu cabeza hay un parque de atracciones? ¿Ves el mundo de forma distinta a la gente que te rodea? ¿Eres muy, pero que muy curioso? Porque si la respuesta a cualquiera de esas preguntas es no, ¿para qué narices quieres ser escritor?


2. Sólo hay una forma de aprender a escribir: leyendo y escribiendo. Pero hay que leer con sentido analítico, intentando descubrir las técnicas y los “trucos” que emplea el autor en su narrativa. Creo que la literatura, junto con la música, es el único arte que deja a la vista toda su tramoya; sólo hay que saber verla, lo que no siempre resulta sencillo. Por otro lado, adquirir habilidad en cualquier tarea es una cuestión de práctica. Cuanto más practiques, mejor lo harás. Así que hay que escribir mucho para aprender a escribir.


3. Practica el enceste. ¿Sabes cuál es la diferencia entre un mal escritor y un buen escritor? A la hora de escribir, el mal escritor usa un lápiz y un papel. El buen escritor, por su parte, emplea un lápiz, un papel... y una papelera. La mayor parte de lo que escribas al principio será malo: debes aprender a reconocerlo y, aunque te duela, debes coger esos textos chungos, arrugarlos hasta formar una bola y encestarlos en una papelera. Si careces de autocrítica, jamás serás un buen escritor. Así que exígete incluso más de lo que puedes dar.


4. Copia con descaro. Seguro que, mientras lees, muchas veces encuentras que el escritor ha usado algún magnífico recurso narrativo. Aprópiate de él sin la menor mala conciencia, úsalo en tus textos. Eso ayuda y enseña. Más adelante desarrollarás tus propios recursos, pero en tus comienzos te vendrá muy bien contar con esa clase de "apropiación". Pero eso sí, no “tomes prestados” siempre recursos del mismo escritor, porque se te acabará viendo el plumero. En la variedad está el gusto. Dicen que si para escribir un ensayo copias los textos de un autor, eres un plagiario; pero si copias a diez autores eres un investigador. Pues eso.


5. Petit à petit, l'oiseau fait son nid. O, dicho en cristiano: Poco a poco el pájaro hace su nido. No intentes correr antes de saber caminar, ni volar antes de dominar la carrera. Escribir un relato corto es, técnicamente, mucho más sencillo que escribir una novela. No es que el relato sea mejor o peor que la novela, ni mucho menos; sólo es, por mera cuestión de tamaño, menos complejo técnicamente. Lo cual no quiere decir que sea sencillo, por supuesto. Escribir un buen cuento requiere las tres T:  trabajo, técnica y talento. Pero, dada la brevedad de su extensión, es más manejable. Si intentas escribir una novela sin dominar la “carpintería narrativa”, lo más probable es que fracases y te deprimas (lo sé por experiencia). Y lo peor: no aprenderás nada, porque no sabrás en qué te has equivocado.


Yo, en tu lugar, comenzaría escribiendo cuentos cortos, de no más de cinco páginas, incluso meros apuntes. Después me plantearía cuentos largos, de entre veinte y setenta páginas; al ser más narrativos, aprenderás a contar una historia. Luego saltaría a la novela corta, de 150 páginas como máximo. Y después... pues eso, la novela larga. Este proceso que acabo de exponer no requiere meses, sino años. Pero recuerda algo: escribir, seas profesional o no, siempre es una cuestión de paciencia.


6. Céntrate en las tres columnas que sostienen (casi) todo relato: prosa, estructura narrativa y diseño de personajes. Por supuesto que en un relato hay mucho más, pero esas tres cuestiones son básicas y basta con que falles en una de ellas para mandar tu texto a la metafórica papelera de antes.


A veces, en los escasos talleres literarios que he impartido, me preguntaban cómo adquirir un estilo. Y yo respondía: si escribes con corrección, claridad, sencillez y orden, ya tienes un estilo. Esa es la base; a partir de ahí, haz lo que quieras. La cuestión es ¿cómo quieres que sea tu prosa? Hay autores, como Benet, que la consideran un fin en sí misma. Otros, por el contrario, creen que la prosa sólo es un vehículo para narrar. Hay prosas barrocas, prosas simples, prosas que hacen juegos malabares con las frases subordinadas, prosas coloristas, prosas secas como disparos, prosas poéticas... Personalmente, cuando escribo intento que mi prosa consiga la máxima eficacia y expresividad con el menor número de elementos posible. No quiero que mi prosa sea protagonista, sino que desaparezca para que en la mente del lector sólo quede la historia que estoy narrando. Pero esa es mi elección, no la tuya. Debes saber qué clase de prosa quieres usar, y para qué, y luego trabajarla mucho. De nuevo, la lectura ayuda en esta tarea. Pero, para ello, no leas traducciones, sino a buenos autores hispanohablantes.


Todo relato tiene una estructura narrativa. Si es un cuento, la estructura será pequeña, y si es una novela será grande (de ahí su mayor dificultad). Esa estructura no puede verse (como sí se ve la prosa), porque está “diluida” en todas las partes del relato; pero siempre existe y tienes que aprende a verla en los textos de otros autores. Es algo así como la estructura metálica de un edificio: cuando se construye la casa ya no la ves, pero está ahí, aguantándolo todo. Una historia se puede contar de muchas maneras, pero, como decía Stevenson: “No sé por dónde debe comenzar una novela, pero desde luego no por el principio; ni sé por dónde debe acabar, pero desde luego no por el final”. El orden con que relatas los hechos, el punto de vista, el ritmo, el uso de la elipsis, la dosificación de la información... Todo eso, y algunas cosas más, componen la estructura narrativa de un relato. Y recuerda: en literatura es tan importante lo que se dice como lo que no se dice.


Nada de lo anterior vale para una mierda si no sabes crear personajes verosímiles. Éste probablemente quizá sea el aspecto más difícil de la escritura, el que requiere más reflexión y trabajo, y en el que más suelen fallar los escritores, incluso los profesionales. En En la mente del escritor explico cómo diseño yo los personajes, pero puedo adelantarte algo: observa a la gente, analízala, pregúntate por las razones de sus palabras y actos. En general, un escritor debe ser una esponja que se interese por todo y lo absorba todo.


7. Corrige. Luego, corrige otra vez. Más tarde, vuelve a corregir. Y, después, sigue corrigiendo. Cuando has completado el primer borrador de algo, ten la completa seguridad de que estará lleno de errores. Así que corrígelo. Aún así, se te habrán escapado un montón de errores, así que vuelve a corregir. Y después seguro que hay párrafos que puedes escribirlos mejor, de modo que corrige otra vez. Pero puede que falte o sobre algo, así que otra corrección no estaría mal... Cuantas más veces corrijas un texto, mejor quedará. Un relato no se termina: se abandona. Dos consejos: Procura dejar pasar un tiempo (cuanto más mejor) entre la escritura de un relato y su corrección. Y segundo, haz al menos una de las correcciones leyendo el texto en voz alta; eso hace que prestes más atención a lo que lees y, al tiempo, te permite comprobar si la prosa fluye con soltura.


8. Pon a prueba tus escritos. Vale, ya has llegado a un punto en el que dominas, o crees que dominas, las herramientas de la escritura. Tendrás que comprobarlo, ¿no? Y no valen las opiniones de tus familiares y amigos, porque están predispuestos a tu favor y además, reconozcámoslo, tu abuelita es encantadora, pero no tiene ni zorra idea de literatura. Tienes que comprobar lo que sucede cuando unos completos desconocidos lean tus escritos. Hay cantidad de lugares en Internet donde se publican relatos de aficionados, e incluso puede que quede algún que otro fanzine en papel. No tendrás muchos lectores, pero las reacciones que obtengas te serán de gran utilidad.


Por otro lado, están los concursos literarios. Hay cientos, miles, y de todo tipo. Es una buena forma de poner a prueba tus escritos e, incluso, de sacarles alguna perrillas. Ganar premios es también una magnífica manera de acelerar una carrera literaria; pero claro, hace falta suerte.


9. Persevera y ten constancia. Al principio, la carrera de un escritor consiste básicamente en tragar mierda por un tubo. Prepárate a fracasar muchas veces. Es muy probable que tus primeros relatos sean M.D.C. (Malos De Cojones), pero no importa, sigue, porque con cada uno de ellos aprendes y consigues que el siguiente sea un poco mejor. Seguro que mucha gente criticará tus escritos, y no sabes cómo duele que se cisquen en algo tan tuyo, tan íntimo, como un relato salido de tu imaginación. Pero no importa, sigue adelante, porque esos comentarios duelen, pero ayudan. ¿Y qué pasará cuando por fin consigas publicar tu primera novela en una editorial minúscula con una distribución desastrosa y no la lea ni dios? ¿Te cortarás las venas? No, sigue escribiendo, porque aunque apenas tengas lectores, ya has dado un paso adelante. Y eso precisamente es una carrera: un paso detrás de otro.


Ten presente que escribir es un ejercicio de gran paciencia y constancia. Yo escribo todos los días, de lunes a viernes, de 9:30 a 13:30 y de 17:00 a 21:30. Y rara vez completo al día más de seis o siete páginas. Escribir es un proceso muy lento y, si requiere documentación, más lento aún. Así que la única forma de llegar a alguna parte es la constancia. Como dijo Picasso, la inspiración está muy bien, pero que cuando llegue me coja trabajando.


La del escritor es un carrera de fondo llena de obstáculos y zancadillas. Te llevarás muchos disgustos por el camino, y estadísticamente lo más probable es que no llegues a ninguna parte, ¿Sabes cuántos, como tú, lo intentan y fracasan? Pero no importa; aunque lo más probable es que eso suceda, no lo sabrás hasta que lo intentes. Así que no desfallezcas y sigue intentándolo.


10. Prepárate para aceptar que no eres escritor. Todo tiene un límite, no debes morir en el intento. No hay carga más pesada que la de una vocación frustrada, desear fervientemente algo toda tu vida y no poder conseguirlo. Eso puede amargarte la existencia. Porque, en realidad, esas vocaciones torrenciales son trampas que nos tendemos a nosotros mismos. Nada es tan vital, nada es tan imprescindible. ¿Deseas ser escritor? Vale, pero no hagas que toda tu vida dependa de ello. Escribir es sólo una parte de ti y, sin duda, no la más importante.


Verás, es posible que llegues a dominar las técnicas narrativas, es posible que desarrolles una prosa elegante, que diseñes personajes verosímiles, que cuentes sólidas historias, es posibles que lo hagas todo bien... y sin embargo no encuentres eco en los lectores. ¿Por qué? Pues porque hay algo que no puedes controlar ni cambiar: tú mismo. Cuando un autor escribe un relato, aparte de la técnica y la inspiración, va dejando en el texto rastros de su personalidad. Sus puntos de vista, su imaginación, el sentido del humor (o su ausencia), el tono, la actitud, los intereses, las creencias, el carácter, la ideología... todo eso y mucho más queda inconscientemente reflejado en el texto. De hecho, forma parte primordial del estilo de un escritor. Y no puedes controlarlo, porque es algo así como un “destilado” de ti mismo. Y eso puede gustarle a los lectores, o no gustarle, o dejarles fríos. Y si no les gusta, o les deja indiferentes, no hay nada que hacer. Por muy bien que te hayas preparado, cabe la posibilidad de que tus relatos no interesen. Mala suerte.


Pero no un desastre. Conozco a escritores fracasados (en el sentido de que no han llegado adonde querían llegar) que se amargan la vida a base de resentimiento y envidia, gente que se considera injustamente tratada y cuya única satisfacción es criticar y socavar a las editoriales y a los autores de éxito. Por Internet pululan muchos personajes así. No te conviertas en uno de ellos. ¿No puedes ser escritor profesional? Bueno, ¿y qué? Hay miles de cosas más que puedes hacer con tu vida. Y siempre puedes seguir escribiendo; para ti, para una minoría, para quien sea. La literatura no es suficientemente importante para joderte la vida por ella.


Eso es todo, abstracto Joven Escritor. Podría darte más consejos, pero creo que con un tópico decálogo basta. Espero que te sirva para algo.

domingo, mayo 22

15-M


Vale, lo reconozco: las diez entradas sobre mi hermano me han dejado desfondado. Por primera vez desde que existe Babel, he comenzado dos veces una entrada, ésta, y no he podido acabarlas. A la papelera con ellas. Normalmente las escribo de un tirón, pero ahora estoy así como... ¿agilipollado? Más o menos; se diría que ya no me sale nada que no sea un relato del pasado. Mmmm... qué idea: podría convertir el blog en una autobiografía... No, es broma; ni loco haría eso. Además, hay otros factores que me han bloqueado. En primer lugar, por fin he acabado la novela que tenía entre manos. Quinientas páginas. Soy idiota. En segundo lugar, intentaba hablar sobre la campaña electoral y el Movimiento 15-M, y, reconozcámoslo, todas las campañas son una mierda, pero ésta ha sido una mierda de tiranosaurio con colitis. Es más, he conseguido ignorarla casi por completo. He intentando no leer, ni oír, ni ver nada relacionado con los partidos políticos (de cualquier signo), y en gran media lo he conseguido. Me importa un bledo lo que digan.


Además, yo vivo en Madrid y está claro que aquí ganará el PP, como viene haciéndolo desde que dos tránsfugas le regalaron la comunidad a Esperanza-Aguirre-o-la-cólera-de-Dios. No hay emoción, es un coñazo. Por otro lado, Tomás Gómez, el candidato del PSOE a la Comunidad, es un impresentable a quien no votaría ni jarto de vino, así que por primera vez en mi vida le daré mi voto a Izquierda Hundida. Ni siquiera me acuerdo de cómo se llama su candidato; pero qué más da: no es un voto a favor, sino en contra. Y para lo que va a servir... En cuanto a la alcaldía, ah, amigos, ese puesto le pertenece para siempre jamás a Gallardón, que repetirá su mandato para que, una vez endeudados nosotros y nuestros hijos, se pringuen también nuestros nietos. En fin, votaré a Lissavetzky no sé por qué; quizá porque tiene un apellido muy molón. De nuevo: para lo que va a servir... En Madrid la partida ya está jugada y ganada por el PP, así que, si no eres derechoso, ir a votar es más un acto simbólico que algo significativo.

Pero de pronto, en medio de todo este coñazo, aparece el Movimiento 15-M y muchos parecen asombrarse, cuando lo asombroso es que no haya surgido antes algo semejante. Nuestro sistema electoral es injusto; la partitocracia no responde a las necesidades y demandas de los ciudadanos; existe una masiva corrupción tolerada por los representantes políticos; los sucesivos gobiernos de distinto signo han sido incapaces de resolver los principales problemas del país (educación, vivienda, modernización y diversificación de la economía, etc.); muchos votantes, tanto de izquierda como de derecha, no tienen una opción que represente sus ideas y se ven forzados a entregarle el voto a la alternativa (para su gusto) menos mala... en fin, podría seguir hasta el aburrimiento.

Pero, ¿sabéis?, todo eso ocurría exactamente igual hace, digamos, diez años, y nadie salía a las calles a protestar, nadie se concentraba en la Puerta del Sol. ¿Cuál es la diferencia entre hace 10 años y ahora? Premio: la crisis. Los jóvenes se han alzado cuando su futuro económico se ha visto en peligro. Antes todo era la misma mierda, pero como les llegaban las migajas de (sub) empleos (infra) pagados, nadie chistaba. Es decir, los jóvenes se han levantado no por idealismo político, sino por cruda realidad económica. Lo cual, me apresuro a aclarar, es absolutamente lícito, amén de necesario y digno de aplauso. Lo único es que le quita un poquito de romanticismo al asunto.

Aunque, en el fondo, eso da igual. Aceptemos que la crisis ha sido el catalizador necesario para provocar una reacción popular de descontento. Bienvenido, pues, el Movimiento 15-M y ojalá crezca y crezca hasta convertirse en una marejada imparable. Pero tengo ciertas dudas al respecto. En primer lugar, ¿cuál es la ideología de quienes forman parte de ese movimiento? Me temo que orientada a babor, y mientras no se sumen a él parte de la derecha moderada, su abanico social será incompleto. En segundo lugar, ¿es sólo un movimiento juvenil burgués o podrá extenderse a todos los sectores sociales? Por último: ¿Cuánto durará? ¿Sobrevivirá a las elecciones?

Si sólo es un movimiento juvenil burgués, corre el riesgo de derivar hacia la contracultura; lo cual a mí me parece cojonudo, pero limitaría su alcance. Por otro lado, las propuestas que han hecho hasta ahora son realistas, pragmáticas y razonables. Pero todo está en mantillas; es como tener a un bebé recién nacido delante y empezar a especular sobre si será ingeniero de caminos o torero. Demasiado prematuro, porque puede ser incluso que el bebé la diñe. Algo ha nacido, es cierto; pero, ¿qué es?

Espero que el Movimiento 15-M perdure más allá del periodo electoral, espero que crezca y se coordine hasta alcanzar el suficiente peso como para cambiar las cosas. Porque lo necesitamos, porque no podemos seguir así, porque ya va siendo hora de decir basta.

Y, entretanto, esta tarde después de comer iré con mi familia al colegio electoral para depositar en las urnas mis dos votos de mierda.

lunes, mayo 9

Eduardo Mallorquí. Epílogo (y X)


La mañana del sábado 17 de marzo de 2001, tras recibir la llamada de José Carlos anunciándome la muerte de Eduardo, Pepa y yo nos dirigimos en coche a una cafetería cercana al Instituto Anatómico Forense, donde habíamos quedado con mi hermano mayor, mi único hermano ya. Conducía Pepa, porque yo no podía parar de llorar. Estaba hecho polvo.


Mirad la foto que preside este post: está tomada por mi padre el 15 de octubre de 1954. El que está arriba soy yo con año y medio de edad; el que está debajo es Eduardo con once años y medio. Hubo un Eduardo que jugaba conmigo cuando yo era pequeño; un Eduardo que me leía tebeos cuando yo no sabía leer; un Eduardo que, cuando yo tenía terror a los vampiros tras ver en la tele una película de Drácula, me regaló un pequeño crucifijo para que pudiera dormir tranquilo con él bajo la almohada; un Eduardo que me mostró una literatura que yo desconocía; un Eduardo que me ayudó a sobrellevar el duro camino de la adolescencia; un Eduardo que apoyó mis inicios como escritor; un Eduardo que me prestaba su apartamento para que yo pudiera ir allí con mi novia; un Eduardo cariñoso, inocente, tranquilo, más o menos feliz. Mis lágrimas, en aquella mañana de sábado, estaban dedicadas a ese Eduardo. Aunque, en realidad, ese Eduardo había muerto en noviembre de 1972.

Hay una nube en mi memoria; apenas recuerdo quiénes estaban en esa cafetería cuando Pepa y yo llegamos. A Zulma sí la recuerdo; era la primera vez que la veía. Y también a José Carlos y a Teresa, pero eso es todo, no me acuerdo de nadie más. Supongo que también estaban Tito y Conchita, y Almudena, y Jesús y María Teresa, quizá los últimos amigos que le quedaban a mi hermano, pero no logro recordarlos. Me sentía muy mal, me asfixiaba en esa cafetería, así que salí al exterior. El Anatómico Forense se encuentra en la Ciudad Universitaria, una zona muy tranquila durante los fines de semana. Empecé a pasear sin rumbo fijo; la mañana era fresca y soleada, las calles estaban vacías. Recuerdo que no podía dejar de darle vueltas a lo mismo: sentía la muerte de Eduardo como si fuese el final de una novela; un final lógico, pero insatisfactorio. ¿Eso es todo?, pensaba yo; ¿ya está, no hay más? Creo que, inconscientemente, siempre había conservado la esperanza de que el antiguo Eduardo, el Eduardo a quien yo tanto quería, resurgiera de las cenizas. Era como esa gente que no dejó de confiar en el retorno de los Beatles hasta que Chapman disparó a Lennon frente al edificio Dakota.

No sé cuánto rato estuve caminando. Me encontraba en la zona de los colegios mayores y, de pronto, me fijé en algo: había una foto y un montón de papeles pegados a una farola. La foto era de un chico de veintipocos años de edad. Lo que me llamó la atención fue que se llamaba Eduardo, igual que mi hermano. Era un estudiante y había muerto unas semanas antes en un accidente de tráfico. Sus amigos habían dejado allí, en la farola, frases de despedida, poesías... Recuerdo una, firmada por una chica; era torpe, ingenua, pero llena de sentimiento. Esa farola en realidad era un altar. Estuve un rato mirándolo y, poco a poco, no sé por qué, me tranquilicé. Entonces pensé dos cosas.

En primer lugar, me pregunté quién recordaría a mi hermano. El otro Eduardo, el estudiante muerto, había dejado atrás familia y un montón de amigos que le querían y que le recordarían siempre. Pero, ¿y mi hermano? Sin hijos, sin familia, casi sin amigos... ¿quién iba a acordarse de él? Lo segundo que pensé fue que la historia de mi hermano daría pie para una novela. Pero, ¿sabéis?, si de algo me han servido estos post es para darme cuenta de que estaba equivocado. Entendedme: sigo creyendo que se puede obtener una buena novela en base a la vida de mi hermano, pero eso no importa, da igual y, desde luego, no hay ninguna razón para que sea yo quien la escriba. En realidad, ni siquiera quiero hacerlo. Ahora bien, lo que sí creo es que la historia de Eduardo merecía ser contada y eso, ahora, ya lo he hecho.

La vida de mi hermano es el relato de un proceso de autodestrucción. ¿Por qué hay gente que, como Eduardo, hace siempre aquello que más contribuye a su infelicidad? ¿Por qué hay gente que parece querer destruirse? ¿Existe un instinto de muerte, el thánatos de los cojones? ¿Hay personas cuyos bajos niveles de serotonina y dopamina les impiden ser felices? No lo sé, no tengo ni idea. Pero creo que el problema de Eduardo no encaja con esas explicaciones.

Veréis, si Eduardo hubiera tenido éxito profesional, si hubiese alcanzado una posición de poder, si hubiera sido un personaje conocido y respetado, jamás se habría matado y ahora estaría vivo y razonablemente feliz. Sería insoportable, vanidoso y egocéntrico, pero satisfecho de sí mismo. Él mismo lo reconoce en su Diario cuando, el 24 de septiembre del 92, escribe: “Con un poco de suerte, pude haber conseguido el éxito y la estabilidad, o incluso la felicidad. Entonces recordaría a los míos como a la alegre familia de “Vive como quieras”. Pero no fue así”.

Una noche, después de la muerte de nuestro padre, cuando mi hermano y yo vivíamos juntos, Eduardo estaba borracho y desesperado. Su vida era una mierda, decía. Intenté calmarle, pero no pude; entonces le pregunté: “Pero ¿qué quieres, qué te falta?”. Y él, clavando en mí una mirada que a mí se me antojó casi demente, respondió: “Dinero y poder”. Me quedé helado; en fin, lo del dinero lo entendía, pero ¿poder?... ¿para qué? Mucho después lo entendí: poder para imponer respeto, poder para controlar a los demás, poder para protegerse, poder para convertirse en la persona que él creía merecer ser. Al final, nunca tuvo demasiado dinero ni prácticamente ningún poder. Pero no fue una cuestión de suerte.

Eduardo lo tenía todo para triunfar: era un encantador de serpientes nato que fascinaba a la gente con su personalidad, era ingenioso, era brillante, tenía talento. Entonces, ¿por qué hacía todo lo posible por cagarla una y otra vez? Sólo se me ocurre una respuesta: porque interiormente era demasiado débil, demasiado frágil. Pese a su arrogancia, pese a su carácter agresivo, pese a su habilidad para lanzar dardos envenenados, pese a su aparente seguridad en sí mismo, si le conocías, si sabías cuáles eran sus puntos débiles, bastaba con pronunciar las palabras adecuadas para sacarle literalmente de sus casillas. Vi a José Carlos hacerlo muchas veces. Por expresarlo en términos pugilísticos, Eduardo tenía un poderoso crochet, pero una mandíbula de cristal.

Así que mi hermano dedicó toda su vida a proteger ese frágil ego, pero lo hizo de forma equivocada. Incapaz de reconocer su debilidad, se convenció a sí mismo de que era fuerte, de que era un paso adelante en el sendero de la evolución, de que su inmenso talento le situaba varios metros por encima de los demás. Al mismo tiempo, como su fragilidad le impedía reconocer sus fallos, eliminó la palabra “autocrítica” de su diccionario; si algo le salía mal, siempre era culpa de los demás. Él era inocente por naturaleza, jamás se cuestionaba a sí mismo. Y cuando la realidad comenzó a llevarle la contraria, Eduardo empezó a desfigurar la realidad.

Tras el fracaso de su matrimonio y la posterior locura alcohólica que le siguió, Eduardo se pegó un batacazo tan grande que hasta él mismo tuvo que reconocer que la había cagado. Pero eso, en vez de hacerle reflexionar sobre sus errores básicos, lo que hizo fue reafirmarle y radicalizarle en su postura vital. Y posteriormente, cuando se jodió definitivamente la vida por su demencial comportamiento en TVE, mi hermano, lejos de sacar la menor enseñanza de sus equivocaciones, se radicalizó aún más. Estaba en la mierda, y como no podía reconocer que él mismo se había metido ahí, buscó y encontró los culpables adecuados: todo el mundo en general, y, en particular, los socialistas y... nuestros padres, José y Leonor.

Sobre nuestro padre, Eduardo escribió lo siguiente en su Diario: “Era inteligente, con mucho talento e imaginación... Pero todo ello desordenado, con demasiada novelería y autosatisfacción. (...) Era un analfabeto de la normalidad. Siempre se sintió un marginado, un desplazado. (...) No siento cariño hacia él. Comprensión, sí. Ternura, también. Respeto, relativo. Cariño, no”. Mentira: Eduardo adoraba a su padre. Respecto a nuestra madre, mi hermano dice en su Diario: “(Era) una niña. Y ni siquiera una niña demasiado lista. (...) Mamá nunca movió un dedo, nunca se preocupó realmente por mi futuro. (...) Estaba encantada de conocerse. (...) Era una persona que, no saliendo de casa, vivía de cara a la galería. Para ella resultaba muy importante que se mantuviera su status de “musa” de papá, de mujer inteligente y sensible, “con la que daba gusto hablar”. (...) No leía, no se informaba... ¿Para qué, cuando una posee la ciencia infusa? (...) No le guardo ni rencor, ni agradecimiento, ni cariño. Murió hace veintiún años, y la lejanía pone las cosas y a la gente en su sitio”.


Mirad la foto de arriba. ¿Esa es la imagen de un hijo que odia a su madre? No, Eduardo la quería mucho. Pero allá por principios de los 90, cuando su vida se había ido por segunda vez a la mierda, mi hermano necesitaba sacudirse la culpa y encontrar responsables para tanta desgracia. Y retorció las cosas para que nuestros padres -nuestra madre en particular- fueran en última instancia los grandes malvados de su torpe vida. ¿Qué pecado cometieron? Eduardo responde: “Me enseñaron un mundo que nada tenía que ver con el real. Permitieron que, a los catorce años, tomase una decisión (dejar el colegio) que iba a marcar toda mi vida. Eso no se le hace a un hijo”.

Vale, tus padres te enseñan un mundo irreal. Pero cuando te haces adulto y compruebas que el mundo no es como creías, en vez de empezar a lamentarte de que papá y mamá te han engañado, lo que haces es sacar tus propias conclusiones y dejarte de mamonadas. Y sí, de acuerdo, nuestros padres la cagaron cuando consintieron que Eduardo dejara el colegio. Pero era un error perfectamente subsanable. De hecho, en los 70 Eduardo se presentó a las pruebas de acceso a la universidad para mayores de 25 años y las aprobó. Si quería una educación académica, podía haber cursado una carrera; pero no lo hizo porque estaba demasiado ocupado emborrachándose. Nuestros padres, como nos ocurre a todos los padres, se equivocaron muchas veces. Pero siempre nos cuidaron, siempre se comunicaron con nosotros, siempre nos dieron compañía y cariño. Sólo una mente muy enajenada y torturada puede guardarles ese bochornoso rencor.

Así pues, en última instancia, ¿Eduardo estaba loco? Pues si por locura entendemos la incapacidad de razonar, mi hermano no estaba loco. Pero si concebimos la locura como un desarreglo en la percepción de la realidad que daña y desequilibra a quien lo padece, Eduardo estaba como una cabra. Aunque, en el fondo, ¿ya qué más da?

Cuando comencé a escribir esta serie de post, José Carlos y Pepa me preguntaron, extrañados, por qué lo hacía. A mi mujer, en particular, le parecía algo casi impúdico, como desnudarse en mitad de la calle. José Carlos lo consideraba simplemente innecesario, sin sentido. Pero su pregunta es pertinente: ¿por qué lo he hecho? ¿Para aclararme las ideas sobre Eduardo? No, mis ideas siguen tan claras o tan confusas como antes. ¿Por exhibicionismo emocional? Pues quién sabe, quizá en parte; soy escritor, un trabajo que, a fin de cuentas, es puro exhibicionismo. ¿Porque me siento culpable hacia Eduardo? Me temo que no; así como el suicidio de mi padre me llenó para siempre de culpabilidad, sé que no tengo la menor responsabilidad sobre el suicidio de mi hermano. Ni yo ni nadie, salvo él mismo, podía ayudarle. Entonces, ¿por qué he escrito esto?

¿Recordáis el famoso monólogo final de Blade Runner? Justo antes de morir, el replicante Roy Batty le salva la vida a Deckard y dice: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Las primeras veces que oí ese diálogo, no le presté especial atención; hasta que un día, muchos años después, comprendí su significado y me di cuenta de que contenía una inmensa, estremecedora y conmovedora verdad. A lo largo de la vida vamos atesorando una serie de recuerdos y vivencias de gran importancia para nosotros; son la esencia de lo que somos y de lo que hemos vivido. Pero, cuando morimos, ese tesoro se desvanece, se pierde para siempre. Y al pensar en esto, uno descubre que lo terrible de la muerte no es dejar de existir, sino que todos esos recuerdos, todos esos momentos, se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Lo que en realidad nos aterra de la muerte es el olvido.

¿Qué queda de Eduardo? Un montón de artículos y críticas durmiendo en los anaqueles de las hemerotecas, un montón de traducciones, un par de películas que casi nadie ha visto (al final, Zulma le vendió el guión de Trileros a Antonio del Real y el film se estrenó en 2003), una novela hace mucho descatalogada, y un par de series de televisión que pronto todo el mundo olvidará. No tuvo hijos y la inmensa mayor parte de sus amigos le perdieron la pista mucho antes de morir. Así que, ¿quién recordará a Eduardo? ¿Quien impedirá que su vida se pierda en la lluvia?

Antes de escribir esta serie de entradas, Google ofrecía menos de dos mil entradas sobre mi hermano; la inmensa mayoría, por no decir la totalidad, eran fichas técnicas, con sólo su nombre, repetidas decenas de veces (sus trabajos como guionista y como traductor). Ni una sola entrada decía nada sobre la vida de mi hermano. Ahora, si escribes en Google “Eduardo Mallorquí”, lo primero que aparece son estos post. Como yo pretendía.

Así que he escrito esto para rescatar la memoria de mi hermano. Probablemente en contra de su voluntad, porque en su carta de suicidio Eduardo pedía expresamente que no se publicase ninguna esquela anunciando su muerte. Creo que, al final, deseaba desaparecer del todo, incluso como recuerdo. Vale, pues entonces no he rescatado a Eduardo, sino mis propios recuerdos sobre mi hermano. Me estoy rescatando a mí mismo. ¿Mejor así?

De lo que estoy absolutamente seguro es de que soy la última persona del mundo que Eduardo elegiría para relatar su vida. Se agarraría un cabreo de mil demonios si supiese lo que he hecho. Pero si no lo hubiera escrito yo, ¿quién lo haría? Nadie. Así que o yo, o el olvido. Y como él no está aquí para opinar, he decidido yo. Por otro lado, podría haber escrito esta semblanza (?) de otra manera. De hecho, podría haber relatado una historia llena humor e ingenio, las divertidas peripecias de un hombre que podía ser muy divertido. Bastaría con elegir las partes luminosas y ocultar las partes oscuras, que es lo que suele hacerse cuando se habla de los muertos. Pero entonces mentiría, porque la historia de Eduardo no es una comedia, sino una especie de tragedia bufa. En cualquier caso, si esto lo hubiera escrito otra persona, el relato sería diferente. Si, por ejemplo, lo hubiera escrito José Carlos, el texto sería mucho más duro con Eduardo, y si lo hubiera escrito nuestra común amiga Almudena, sería mucho más amable. Así que ésta es la versión de César Mallorquí; he intentado ser lo más honesto posible, pero no pretendo ser objetivo, pues en un texto de estas características aspirar a la objetividad es una pura ilusión. Así es como yo recuerdo a Eduardo, eso es todo.

¿Qué siento hoy hacia él? Sé que Eduardo, desde el momento en que dejó de hablarme, se dedicó con entusiasmo a ponerme a parir. Me odiaba y decía cosas horribles acerca de mí. Pero, ¿sabéis?, me importa un bledo. No le guardo ningún rencor por eso; a fin de cuentas, yo sólo fui uno más en su larguísima lista de villanos. Si algún reproche tengo que hacerle no sería ese, sino el hecho de que, cuando murió nuestro padre y yo me quedé solo, en vez de ayudarme a centrar mi vida lo único que hizo fue contribuir a desquiciarla. Yo tenía 19 años y él 29. Eso no estuvo bien. Pero, a fin de cuentas, bastantes problemas tenía Eduardo con su propia vida como para ponerse a centrar la vida de nadie. En realidad, tampoco puedo culparle por eso. Así pues, ¿qué siento hoy hacia mi hermano? Sigo queriendo mucho al Eduardo anterior al 72, y siento una mezcla de cabreo y piedad hacia el Eduardo que regresó a España en los 80.

Y por fin llegamos al final de esta larguísima serie. Cuando buscaba formas de enfocar una posible novela basada en la vida de Eduardo, se me ocurrió un estructura que parecía prometedora. Veréis, cuando mi hermano murió y me enteré de la existencia de esa última novela que escribió, quise leerla, pero Zulma puso excusas para no dejármela, supongo que por desconfianza. Así que se me ocurrió centrar la historia en esa novela, una novela perdida. La cosa sería más o menos así: Dos hermanos -digamos que Ernesto (Eduardo) y Carlos (yo)- largo tiempo enemistados. Ernesto se suicida y entonces Carlos se entera de la existencia de esa novela, pero no la encuentra, porque, antes de matarse, Ernesto se deshizo de todos sus papeles y borró el disco duro de su ordenador. Entonces Carlos inicia la búsqueda de la novela, visitando a toda la gente que tuvo relación con su hermano durante los últimos tiempos. Mientras lo hace, Carlos va reconstruyendo la vida de su hermano que no conocía y obtiene diferentes visiones, de diferentes personajes, acerca de Ernesto. Al final, tras desistir de encontrar la novela, Carlos visita el chalet de Cercedilla donde vivía su hermano. Entonces aparece el dueño del chalet y, de algún modo, se entera de que Carlos es hermano del anterior inquilino de la casa. Y le dice que, antes de morir, Ernesto dejó en la basura una caja llena de documentos, pero que él la había guardado y no sabía qué hacer con ella. Carlos se hace cargo de la caja y descubre que dentro está la novela perdida. La lee y cuando la acaba vuelve a dejarla en la basura, como su hermano había querido. Fin.

Cuento esto porque, a raíz de esta serie de entradas, se ha abierto la posibilidad de que, finalmente, pueda leer la novela que escribió Eduardo antes de suicidarse. Si es así, quizá perpetre en el futuro una entrada más. Tomadlo como una amenaza.

Y ya está, se acabó. Diez larguísimas entradas seguidas sobre mi hermano, qué pasada; nunca pensé que fuera a dar para tanto. Un mes y medio dándole vueltas a lo mismo. Creo que he abusado de vuestra paciencia, lo siento. No obstante, siempre había pensado que la historia de Eduardo era interesante y, a tenor de los comentarios de muchos merodeadores, así es. Me alegro. Pero esto es todo, amigos; os prometo que no volveré a hacer nada semejante. A partir de la siguiente entrada, La Fraternidad de Babel volverá a ser lo que siempre ha sido y nunca debería haber dejado de ser: un lugar absolutamente inútil.

martes, mayo 3

Eduardo Mallorquí (IX)


El 1 de octubre de 1992, a los 49 años de edad, Eduardo escribe por primera vez en su diario sobre la posibilidad de suicidarse.

*¿Cómo crees que vas a terminar?
-Soy muy pesimista. Supongo que cumplirá los cincuenta. De los cincuenta y uno ya no estoy tan seguro
*¿Qué posibilidades te ves?
-Fifty/fifty; pero sólo pienso en el fifty malo.
*¿Crees que tendrás valor para quitarte de en medio?
-Me faltará valor para seguir adelante, que es distinto. Si las cosas se plantean tan mal como parece, ¿para qué seguir? Ya soy demasiado mayor para contarme cuentos. Fracasar en todos los frentes en una forma de perder la guerra.

Ocho días más tarde, añade:

-Una de las cosas que creo haber aprendido es que muchas veces las cosas resultas más claras, más comprensibles, si se plantean en términos negativos. Por ejemplo: una persona inteligente es la que no hace ni dice tonterías, no una que se pasa el día soltando grandes frases o haciendo extraordinarios descubrimientos. En nosotros está el suicidio, como el asesinato y el resto de las cosas negativas. Sólo que la mayoría de la gente tiene buenos motivos para no ejercer esas tendencias. Cuando uno deja de tener motivos para no asesinar, asesina; cuando deja de tener motivos para no suicidarse, se suicida.

Y seis días después, prosigue:

*Ya has elegido la fecha, ¿no?
-Más o menos.
*Cuando cumplas los cincuenta.
-Sí. Me quedan siete meses, y en ese tiempo pueden arreglarse las cosas; pero si no...
*¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
-Me doy perfecta cuenta. Ya he pasado por una situación similar, cuando me marché a Venezuela, y creo que entonces estaba más asustado que ahora. Naturalmente, me sobrecoge y me entristece; pero... Sé que, llegado el momento, será duro; pero soy capaz de hacerlo. De lo que me considero incapaz es de plantearme la vida en el callejón sin salida en el que, desde hace dos años, me encuentro.

En el periodo comprendido entre el 89 y el 92, sólo tengo constancia de dos trabajos de mi hermano. El primero es el guión de la película Caminos de tiza, de José Luis Pérez Tristán, que se estrenó en 1989. Pero ese guión era antiguo; Eduardo se lo había vendido a Tristán antes de irse a Venezuela, aunque el director tardó mucho en lograr producir la película. El film no tuvo éxito. El segundo trabajo fue el guión de la ceremonia de entrega de los Goya de 1992. Supongo que consiguió ese encargo gracias a uno de los últimos amigos que le quedaban, Nono (el director de cine Antonio del Real), pero no estoy seguro. El caso es que el guión era muy soso y la ceremonia una de las peores que se recuerdan.

A finales del 92, Eduardo estaba con el agua al cuello. El dinero que había ganado con Para Elisa se acababa y todos sus intentos por seguir trabajando como guionista resultaban infructuosos. Así que Eduardo, asfixiado económicamente, decidió escribir a Plaza & Janés, editorial para la que había trabajado en el pasado, solicitando traducciones. Cinco días después, un representante de la editorial le telefoneó para, como el mismo Eduardo dice, “prácticamente, preguntarme qué clase de libros prefería traducir”.

Un año más tarde, en noviembre del 93, pese a que su desastre económico se había aliviado gracias a las traducciones, Eduardo escribe en su Diario:

*¿Vuelta a las ideas de suicidio?
-Si me sugieres otra solución mejor, las olvidaré ipso facto. Quizá un buen motivo para seguir viviendo es ver cómo todo esto se va al carajo. Pero cabe el riesgo de que, por aguardar, te vayas al carajo tú con el resto, y tu decisión pase de libre a forzada. Son nimias preocupaciones de matiz, supongo, de no tener deudas ni cargas familiares.
*¿Buey suelto, buey lúcido?
-Más o menos.

Ésa es la última entrada de su Diario. Eduardo había vuelto a trabajar, sí, pero traduciendo, algo que odiaba. Además, estaba solo, y llevaba muy mal la soledad. Su vida seguía siendo tan insatisfactoria que no valía la pena vivirla.

Mientras esto ocurría, un nuevo cambio se produjo en mi hermano. Siempre había sido antifranquista y socialdemócrata, pero sus problemas laborales ocurrieron en una TVE controlada por los socialistas, de modo que, siguiendo el axioma “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”, Eduardo se convirtió en un reaccionario de tomo y lomo. El 4 de noviembre de 1992 escribe en su Diario:

*Se va a cumplir el centenario del nacimiento de Franco. ¿Qué piensas de él?
-Que salía barato y, si no lo mareabas, no te mareaba.
*O sea, que te has vuelto franquista.
-Mejor que esta chusma que ahora manda, sí era (...)
*¿Qué piensas de él?
-En términos objetivos... Supongo que los muertos de la guerra y la posguerra fueron menos de los que se hubiesen producido de meternos en la Segunda Guerra Mundial. (...) Nos libró realmente del comunismo, y ya se ha visto lo que fue el comunismo. No estructuró el país, cosa lógica... En fin, de haber sido un santo y un genio, podría haber hecho muchas cosas. Siendo un militar, actuó de acuerdo con su moral castrense y católica y... Más vergüenza que la actual caterva de piojos resucitados, decididamente tenía. Soy más antifelipista de lo que fui antifranquista o, al menos, le dedico más tiempo a ello. Porque de Franco te podías olvidar, pero de estos mindundis no hay manera.

Cuantos aún le trataban por aquel entonces, concuerdan que Eduardo se había transformado en un facha furibundo. Más adelante, Zulma me enseñó cartas de mi hermano dirigidas a Jiménez los Santos contándole las injusticias que los socialistas habían cometido con él. La verdad es que ese cambio se me antoja grotesco, esperpéntico. ¿Tan sólidas eran sus convicciones éticas y políticas que bastó un traspiés profesional para darles un giro de 180 grados? Pero es que las ideas de Eduardo sólo eran sólidas de cara a los demás, porque él tenía la capacidad y la venia de retorcerlas hasta donde le saliese de las narices. Qué poco me simpatiza la imagen de ese Eduardo radical, colérico y resentido...

En algún momento de (creo) 1994, ocurrió algo. Orlando Urdaneta, el actor venezolano amigo de Eduardo, le invitó a viajar a Caracas durante una temporada. (Por cierto, relaté una divertida anécdota con el hijo de dicho personaje en la entrada ¿Prohibido prohibir? que podéis visitar, si os apetece, pinchando aquí). Ignoro las razones de aquel viaje; puede que fuera por placer, o puede que por motivos profesionales, pues en el pasado Eduardo había colaborado con Orlando escribiéndole monólogos. Fuera como fuese, mi hermano conoció en Caracas a Zulma, se enamoraron y poco después, cuando Eduardo regresó a Madrid, se casaron por poderes. Supongo que ese mismo año Zulma viajó a Madrid para reunirse con su nuevo esposo.

Zulma debía de tener entre quince y veinte años menos que Eduardo. Era guapa, más o menos exuberante, dulce, complaciente y sumisa. Además, admiraba profundamente a mi hermano, condición sine qua non para que éste aceptase a alguien a su lado. Por lo que me han contado, ese romance le devolvió a Eduardo las ganas de vivir. De hecho, a partir de ese momento su objetivo consistió en tener a su mujer “como una reina”.

Todo lo que yo sabía por aquel entonces era que Eduardo se había casado con una venezolana. Más tarde, sólo vi a Zulma tres veces, todas ellas inmediatamente después de la muerte de mi hermano. La verdad es que apenas sé nada de la vida de Eduardo en esos últimos años, salvo por lo que me han contado. Un día, Eduardo le comentó a José Carlos que “se podía vivir bien de la traducción”. Esa frase me impactó, porque evidenciaba una renuncia, una aceptación del fracaso. Recordemos que, para Eduardo, la traducción sólo era un medio para alcanzar un fin mayor, así que resignarse a traducir suponía resignarse a no alcanzar jamás ese fin.

En algún momento, probablemente en el 94 o el 95, Eduardo y Zulma dejaron el chalet de Cercedilla y se trasladaron a un piso de alquiler del número 33 de la calle Benito Gutiérrez, en el barrio de Moncloa. Por lo visto, llevaban una vida tranquila de pequeños burgueses. También me han dicho que Eduardo se volvió muy clasista. Creo que eso tiene una explicación. Hablando posteriormente con Zulma, comprobé que ella consideraba a mi hermano una mezcla entre aristócrata, artista y sabio mentor. Le tenía en un altar. Pero es que creo que Eduardo estaba interpretando un nuevo papel. Antaño había sido el joven prodigio, luego el joven rebelde, luego el progre de izquierdas, luego el bohemio decadente, luego el profesional triunfador, luego el artista maldito... y con Zulma, probablemente, interpretó el papel de caballero español. El hidalgo maduro injustamente apartado de la corte que, pese a todo y a todos, mantiene intacta su dignidad y su nobleza.

El caso es que la mimaba, la cuidaba como si fuera su más valioso tesoro. Poco después de la muerte de Eduardo, estuve en su casa y comprobé algo que me dejó estupefacto. Zulma hacía cerámica (porque mi hermano había insistido en ello) y su taller ocupaba la habitación más amplia y soleada de la casa. Por el contrario, el despacho de Eduardo era un cuartucho de seis o siete metros cuadrados sin ventanas, el lugar perfecto para deprimirse trabajando. Creo que mi hermano, en sus últimos años, vivía únicamente por y para Zulma.

De este periodo, y aparte de las traducciones, sólo sé de dos trabajos de Eduardo. Un guión cinematográfico llamado Trileros y una novela cuyo título ignoro. En cuanto al guión, mi hermano no llegó venderlo en vida; respecto a la novela... un día, Eduardo decidió que iba a escribir un best seller, una “novela muy larga”. Curiosa idea ésta, ¿verdad? Comprendo que alguien decida escribir una historia que al final requiera una larga extensión, pero decidir escribir una larga extensión sea cual sea la historia me parece... un poco extraño, la verdad. El caso es que Eduardo se puso a la lenta tarea de escribir una novela muy larga que, según me contó Zulma, trataba sobre un indiano y su estirpe.

Entonces, probablemente en 1999 o 2000, sobrevino el desastre final: dejaron de encargarle traducciones a Eduardo. No sé por qué ocurrió esto, pues no me cabe duda de que Eduardo era un buen traductor. Pero debía de ser un traductor caro y en aquellos tiempos había mucha competencia. También es posible (casi seguro) que tuviera alguna bronca con los editores. Fuera como fuese, dejaron de enviarle libros para traducir. Ni siquiera se ponían al teléfono cuando él llamaba.

Una vez más, Eduardo se quedó sin trabajo; pero en esta ocasión no había bote salvavidas al que encaramarse. Eduardo intentó recurrir a sus últimos contactos, pero le quedaban muy pocos contactos. Le ofreció a Orlando Urdaneta escribirle monólogos, pero Orlando ya no se dedicaba a los monólogos. La última carta que le quedaba por jugar a mi hermano era su novela. Y no estaba conforme con ella; Zulma me contó que le costaba mucho redactarla, que creía que estaba quedando mal, que incluso se preguntaba si no se le habría olvidado escribir. Aun así, en sus últimos meses, Eduardo fantaseaba con Zulma sobre el éxito de la novela, sobre lo que harían con el mucho dinero que iba a ganar, sobre lo buena que iba a ser su vida a partir de entonces. Finalmente, Eduardo concluyó el texto y lo envió a una editorial. Lo rechazaron. Porque era demasiado largo.

Ese fue el golpe final, su último fracaso. Eduardo se hundió en la depresión. Quienes le vieron por aquel entonces hablan de un Eduardo callado, encerrado en sí mismo, pasivo, muerto por dentro. Zulma me dijo que se quedaba sentado horas y horas con la mirada extraviada, sin hacer nada, sumido en la más absoluta tristeza, y que ella se sentaba a su lado y él se abrazaba a ella como un niño perdido.

Aunque nunca le vi así, me parte el corazón ese Eduardo, se me llenan de lágrimas los ojos al imaginármelo hundido en la derrota, desvalido, sin la menor esperanza, sin fuerzas ya para luchar. Puedo aceptar, aunque me irrite, al Eduardo tonante e intolerante, porque al menos su furia era una señal de vida, pero un Eduardo callado, desfallecido y vencido... no, eso me cuesta mucho aceptarlo.

Eduardo se sentía viejo y feo. Zulma me enseñó una foto de sus últimos tiempos y... en fin, mi hermano tenía razón: estaba prematuramente envejecido y muy feo. Creo que, de encontrármelo por la calle, no le habría reconocido. Eduardo también se sentía inútil. No sé si llegó a percibir con entera claridad la naturaleza y magnitud de su fracaso, no sé si se vio a sí mismo en un espejo y llegó a comprender que no era, ni jamás había sido, la clase de ser humano que creía ser. No lo sé; probablemente no o, al menos, no del todo. Pero sí se daba cuenta de que ya no tenía futuro, de que era un pasajero al final de la línea, de que el tantas veces fantaseado final era ya inminente.

Sus hermanos no sabíamos nada acerca de su situación. Si lo hubiésemos sabido, si nos hubiera pedido ayuda, estoy seguro de que tanto José Carlos como yo le habríamos ayudado; pero Eduardo era demasiado orgulloso para recurrir a los únicos que en aquel momento le habrían tendido una mano. Me gustaría tener a Eduardo delante y decirle: ¿Para qué cojones te sirvió ese desmedido orgullo, gilipollas, si lo único que hizo fue joderte la vida una y otra vez?

Aún le quedaba dinero; quizá el suficiente para, estirándolo mucho, aguantar un año (supongo que ese dinero provenía de la indemnización de TVE). Pero no había trabajo ni la menor perspectiva de trabajo; Eduardo se veía al final en la calle, durmiendo entre cartones. Y quizá hubo algo más. Almudena y Tito, dos de mis mejores amigos, que también lo fueron de mi hermano, sostienen que Zulma, al casarse con Eduardo, le salvó la vida. Pero que luego, cuando Eduardo comprendió que no podía seguir manteniéndola, prefirió morir a afrontar la vergüenza de ese último fracaso. Creen que, sin la responsabilidad de Zulma, mi hermano no se habría matado. Personalmente, lo dudo; me parece que, con Zulma o sin Zulma, antes o después, mi hermano habría acabado suicidándose. Él mismo había escogido con mucha antelación ese destino.

El viernes 16 de marzo de 2001, Eduardo preparó el escenario para su muerte. A Zulma le gustaba el Parque de Atracciones, así que la convenció para que pasara allí la tarde con unos amigos. Cuando se quedó solo, puso un cartel en la puerta anunciando su suicidio y dispuso sobre su mesa de trabajo tres documentos que había preparado previamente. Luego, se sentó en el salón, o en el dormitorio, o en su despacho, no lo sé, se tragó un bote de barbitúricos y murió. Fin de la historia.

Uno de los documentos que dejó era una carta para Zulma que, por supuesto, no he leído. Los otros dos sí. Una fría y aséptica carta para el juez donde afirma morir por su propia voluntad y señala que los motivos de esa decisión están expuestos en el tercer documento. Ese texto, el tercero, es una prolija y gélida, casi entomológica, exposición de sus circunstancias vitales. Habla del modo en que se ha quedado sin trabajo y relata sus infructuosos intentos por salir adelante. Creo que, en realidad, el documento formaba parte de una carta que, poco antes, Eduardo le había enviado a alguien, no recuerdo a quién ni por qué. En conjunto, esos textos venían a decir: ya no puedo ganarme la vida, así que me mato.

Pero creo que Eduardo no se suicidó en realidad por eso. Lo cierto es que empezó a matarse mucho antes, en 1972, cuando se sumió en la locura alcohólica. Y siguió matándose en los 80, cuando rompió con su familia y sus amigos. Y siguió matándose en el 89, cuando echó por tierra su porvenir en el mundo de la televisión a base de broncas desmedidas y absurdas. Y siguió matándose a principios de los 90, cuando se cocía en el rencor y el odio mientras imaginaba una y otra vez su propia muerte. Así que lo que ocurrió ese viernes 16 de marzo de 2001 no fue más que el inevitable, y en el fondo postergado, final de una larga carrera hacia la autodestrucción.

Siempre que hago algo, lo hago pese a dar por hecho que probablemente será inútil o inexplicablemente contraproducente”.
Diario, Eduardo Mallorquí. 27 de octubre de 1992

Continuará (paciencia, ya sólo queda uno)