miércoles, julio 27

Noruega



El Paraíso.

Dicen que Noruega es uno de los países más bellos del mundo. Es cierto, lo es. También dicen que los Noruegos son uno de los pueblos más civilizados del planeta. Es cierto, lo son. Igualmente aseguran que la mayor parte de los noruegos son altos y rubios. Y es cierto, altos y rubios son.

De hecho, creo que es la primera vez que Pepa y yo estamos en un país donde pasamos inadvertidos por nuestro aspecto, pues parecemos nativos. Con esto quiero decir que Pepa y yo no parecemos españoles. Ella mide 1’75 de altura, es rubia y tiene la piel clara y los ojos azules; yo mido 1’92, tengo el pelo blanquigris, la piel clara y los ojos azules; con frecuencia en España nos confunden con extranjeros. Pero en Noruega parecemos productos autóctonos. O no del todo, porque según nos comentó un noruego, más bien parecemos suecos. ¿Cuáles son las diferencias entre noruegos y suecos? Ni puta idea.

Con todo, cuando al día siguiente de nuestra llegada recorrimos Oslo, tuve la alarmante sensación de encontrarme en medio de una apoteosis nazi, con todo el mundo a mi alrededor tan rubio, tan alto y tan ario... No sé, temía que de repente se pusieran a cantar todos el Die Fahne hoch y, hala, a invadir Polonia. Aunque, claro, luego recordé que los pobres noruegos fueron invadidos por las hordas Hitler, y que fue su resistencia quien, en 1944, en la región noruega de Telemark, hundió el navío que transportaba el agua pesada necesaria para que los nazis desarrollaran la bomba atómica.




Oslo es una ciudad agradable, de casas bajas (la mayor parte de madera, como en todo el país), avenidas amplias y muchos árboles (dicen que en realidad no es una ciudad con árboles, sino un bosque con casas). Por lo demás, no hay nada que destacar monumentalmente. De hecho, tienen el palacio real más pobretón que he visto en mi vida. Y eso ejemplifica una característica del país: Los Noruegos son un pueblo muy rico (los segundos más ricos del mundo) gracias al petróleo del Mar del Norte, pero antes de que en los 70 comenzaran a explotar esos yacimientos, eran más bien pobres. Y eso les ha convertido en gente muy sobria. Merodeando por Noruega no se perciben muchos lujos. Entendedme, es una sociedad muy rica, sofisticada y avanzada, muy tecnológica (estés donde estés hay cobertura telefónica y conexiones wi-fi por doquier), pero, por ejemplo, las habitaciones de los hoteles, incluso en los cinco estrellas, son de una aplastante sobriedad. Tienen lo necesario y nada más, y no se gastan un céntimo en decoración y diseño. Todo parece un poco rústico, para que me entendáis. En realidad, creo que los noruegos son uno de los pueblos que más en comunión vive con la naturaleza; no dominándola, sino adaptándose a ella. En cualquier caso, no olvidemos que el país tiene menos de cinco millones de habitantes.


Me sorprendió el clima; esperaba que fuese como el del norte de Escocia (estábamos más o menos en la misma latitud), pero qué va, la temperatura era más cálida en Noruega y con mucho menos viento. Tampoco nos llovió demasiado e incluso disfrutamos de varios días de sol radiante (justo en los alrededores de Bergen, que tiene fama de ser uno de los lugares más lluviosos del planeta). La verdad es que disfrutamos de un clima en general agradable, sobre todo para gente que, como yo, odia el calorazo.


Nos habían asegurado que Noruega era muy cara. Mentira: Noruega es carísima, absurda, desmedida y demencialmente costosa. Vale, pensé yo, iluso de mí, comeremos sólo comida basura, que nunca puede ser muy cara. Así que el primer día, en Oslo, fuimos a un Friday’s, un restaurante de una conocida cadena de comida tex-mex. Pedimos nachos, palitos de mozarella, dos hamburguesas y cuatro cocacolas. Total: ¡cien euros! Todavía me duele. No obstante, es posible viajar a Noruega sin demasiada pasta. La clave consiste en hospedarse en cabañas de alquiler (las hay por todas partes y los precios son razonables) y comprar la comida en los supermercados.




Es un país bellísimo, ya lo he dicho. Miles de kilómetros cuadrados de bosque –sobre todo de pinos y abetos-, muchísimos lagos, algunos inmensos, altas montañas salpicadas de neveros, una infinidad de ríos, torrentes y cascadas. Es como un territorio de cuento de hadas. Y los fiordos, claro; el mar inundando los valles entre unas cumbres a las que el adjetivo “abruptas” les viene como anillo al dedo. Visitamos cinco: el Hardanger, el Bjørn, el Sogne, el Loen y el Geiranger. Quizá este último sea el más impresionante de todos (es patrimonio de la humanidad), pero por desgracia también es el que está más lleno de turistas. En cualquier caso, todos los fiordos que vimos son alucinantemente hermosos y en los cuatro primeros apenas había gente ni tráfico. De hecho, Noruega es un país muy despoblado. Los pueblos son pequeños, unas cuantas casas de madera (generalmente pintadas de rojo oscuro, o de rojo y blanco, o de blanco, o de amarillo albero) muy distanciadas las unas de las otras, con su iglesia de madera y poco más. Dada la orografía del país, las carreteras son una constante sucesión de curvas donde no se puede pasar de 80 por hora, pero el firme suele ser bueno... aunque no siempre, y a veces la calzada es demasiado estrecha. Hay cantidad de túneles; uno de ellos, de 11 kilómetros, es el más largo que hemos recorrido en nuestras vidas. También es frecuente que tengas que montarte en un ferry para proseguir el viaje, porque la alternativa es dar un rodeo de cientos de kilómetros.


¿Sabéis cuál es la única pega que le encuentro al país? Que es demasiado bonito; mires adonde mires, todo es bellísimo. Y por eso, al cabo de unos cuantos días, acabas anestesiándote un poco ante tanta belleza. Aunque en realidad nunca llega a pasar eso, porque siempre encuentras algo inesperado y alucinante. Como recorrer el bellísimo valle de Flam en tren, como Bergen (donde visitamos una interesantísima casa-museo del Hansa), como la Escalera de los Trolls (una vertiginosa carretera de montaña llena de revueltas), como los túmulos vikingos de Balestrand, como el mirador de Dalsnibba, como la iglesia medieval de Lom (¡una iglesia de madera del siglo XII!), como el glaciar Jostedalsbreen... Me hizo mucha ilusión ir allí, porque nunca había visto un glaciar. Es curioso, cuando se viaja por Noruega uno tiene cierta sensación de intemporalidad; el paisaje casi virgen, las casas de madera iguales a las de hace un siglo, la casi total ausencia de artefactos modernos a la vista.... Fue una experiencia muy “verniana”; sobre todo porque gran parte de la última novela que he escrito -La isla de Bowen, una historia al estilo de Julio Verne- transcurre en Noruega.


En cuanto a la gente, aparte de rubia y alta es amable y muy bien educada; los españoles les caemos bien, quizá porque suelen pasar las vacaciones en nuestro país. Todos sin excepción hablan inglés (y algunos español). La mayor parte de los turistas son suecos y alemanes, aunque también hay bastantes holandeses y checos. Y, por supuesto, de vez en cuando (sobre todo en Bergen y en Geiranger) autobuses llenos de japoneses, latinoamericanos, italianos, etc. ¿Los más molestos y ruidosos? Los norteamericanos y los españoles. Una plaga ante la que, de repente, me sentí de lo más ario, porque me entraron unas ganas enormes de meterlos a todos en un campo de exterminio.




También hay (me voy a poner masculinamente vulgar) cantidad de tías buenas. ¿Todas las noruegas son guapas? No, of course. Pero abundan las guapas, vive dios. Casi todas tienen el pelo rubio o castaño claro (algunas se tiñen de moreno) y los ojos azules o verdes. Se ven muchas jóvenes preciosas por la calle, o trabajando de camareras, o en la recepción de los hoteles, por todas partes; y con no poca frecuencia te tropiezas con bellezones de quedarte con la boca abierta. Además, no sólo es que sean guapas: también tienen unos cuerpos de quitar el hipo. Pero, ojo, me refiero a las jóvenes, porque no envejecen bien. En general, pasados los 40, pierden muchísimo. En unos casos, adoptan cierta apariencia a lo Miss Piggy, y en otros es como si esas facciones, de porcelana en la juventud, se endurecieran con la madurez, masculinizándose. Además, como señaló Pepa, a partir de cierta edad dejan de cuidarse. Muchas se cortan el pelo en media melena y no se lo tiñen; van con canas, sin maquillaje y vestidas con escaso gusto. ¿Y los noruegos? No me fijé mucho, la verdad, pero reconozco que vi a tres o cuatro tipos realmente guapos, así que supongo que también abundan los macizorros.




En fin, amigos míos, ha sido un viaje de lo más estimulante que Pepa y yo hemos disfrutado muchísimo. Nos ha encantado Noruega; tanto que no descartamos volver en un futuro para recorrer el norte del país, desde Trondheim hasta la isla Spitsbergen, más allá de Cabo Norte. Yo, por mi parte, ya tengo material mental para maquinar una nueva novela. No sé si sobre vikingos en el siglo diez u once, o sobre la liga Hanseática en el siglo XVII. Ya veremos.


La serpiente.


De no ser por lo caro que es y por los rigores climáticos, Noruega sería el país perfecto para vivir en él, un paraíso. Pero, como en todo paraíso, había una serpiente; en este caso, la serpiente se llama Anders Behring Breivik, tiene 32 años, los ojos azules y es alto, rubio y ario.




Pepa y yo regresamos a Oslo, procedentes de Lillehammer, el pasado viernes 22 de julio. Llovía mucho; de hecho, fue el día más lluvioso de nuestra estancia en Noruega. Llegamos al hotel a eso de las tres menos veinte de la tarde; se trataba del hotel Continental, en la calle Startinsgate, en el centro de Oslo, muy cerca del Palacio Real, del Parlamento y de la zona gubernamental de la ciudad. Como al día siguiente debíamos devolver el coche de alquiler muy temprano y teníamos que llenar el depósito, usamos el navegador para ir a una gasolinera. Estaba a dos kilómetros de distancia, así que recorrimos todo el centro de la ciudad, cargamos gasolina, regresamos al hotel y dejamos el coche en el garaje.


Pero había un problema con nuestra habitación, así que nos pidieron que esperáramos unos minutos. Yo me quedé en el bar del hotel y Pepa fue a una tienda cercana para comprar prensa española. Entonces, a eso de las tres y media, un tremendo estampido resonó en la
calle.



No era la primera vez que oía ese sonido. En dos ocasiones, en el pasado, había escuchado en la lejanía el estruendo de sendos atentados de ETA en Madrid. Eso ha sido una bomba, pensé automáticamente. Algunos clientes del hotel y yo nos levantamos, alarmados, y salimos a la calle, pero no parecía pasar nada; la gente caminaba normalmente y no se advertía el menor signo de alarma. Regresé al bar y me senté. Seguía convencido de que había oído un bombazo, pero... qué demonios, era imposible; estaba en Oslo, la ciudad más tranquila del mundo. Antes, al ir por gasolina, habíamos visto en el Palacio Real un cambio de guardia muy historiado; quizá era una fiesta, pensé, san Olaf o algo así, y a lo mejor tenían la costumbre de celebrarla con un cañonazo... Poco después regresó Pepa y comentamos extrañados lo del estruendo.


Finalmente, se solución el problema de la habitación. El hotel estaba lleno y no tenían libre la habitación normalucha que habíamos reservado, así que, por el mismo precio, nos dieron la Suite Presidencial. Jamás he dormido en un sitio más lujoso. Entonces, cuando nos estábamos instalando, un amigo de Madrid nos mandó un SMS diciendo que, según la BBC, en Oslo se había producido un atentado. En el hotel nadie sabía nada todavía. Como aún no habíamos comido, fuimos a un restaurante cercano y nos sentamos en la terraza. Todo parecía normal, pero al poco una camarera nos dijo que tenían que cerrar el establecimiento, pues la policía iba a desalojar el centro de la ciudad.




Hay algo que quiero señalar: durante las dos semanas que Pepa y yo deambulamos por el suroeste de Noruega sólo vimos dos policías, en Bergen. El día del atentado, después del estallido de la bomba, transcurrió por lo menos una hora hasta que empezamos a oír sirenas de policía y ambulancia, y como mínimo tres cuartos de hora más hasta que empezaron a desalojar el centro de la ciudad. Y nosotros estábamos (acabo de comprobarlo en el plano) a cuatro manzanas del lugar del atentado. No, no se cubrió precisamente de gloria la policía noruega.

Pepa y yo comimos en un restaurante (chino) algo alejado del centro y regresamos al hotel, a nuestra suite presidencial. En el hotel vimos agentes de seguridad privada, pues no había suficiente policías. Podría creerse que estando allí, en el centro de la acción, fuimos testigos privilegiados del suceso, pero no. Como todo el mundo, nos fuimos enterando de los acontecimientos por TV, en la BBC y la CNN, y así descubrimos, alucinados, que el auténtico atentado se estaba produciendo en la isla Utoya, y vimos cómo la lista de muertos crecía minuto a minuto. Fue terrible y, al mismo tiempo, increíble. ¿Cómo un hombre solo pudo desatar todo ese terror? Aún no le encuentro explicación. Al día siguiente, muy temprano, nos dirigimos al aeropuerto, que está a 50 km. de Oslo, para regresar a España. No había especiales medidas de seguridad.

Me gustaría comentar dos cosas respecto a ese terrible suceso. En primer lugar, me parece detectar cierto implícito retintín en los medios de comunicación, como si no acabara de desagradar del todo que los noruegos, tan guapos y tan ricos ellos, salieran de una puñetera vez de su inocencia. Personalmente, lo único que espero es que los noruegos no cambien.

En segundo lugar, el abogado de Breivik va a alegar locura. ¿Está loco Breivik? Lo primero que uno piensa es que un tipo capaz de cometer todas esas atrocidades debe de estar como un cencerro, pero yo no estoy tan seguro. Recordemos otro hecho ocurrido en Noruega y al que me he referido antes. El 20 de febrero de 1944, un grupo de saboteadores de la resistencia noruega hundió mediante cargas explosivas el transbordador Hydro que transportaba el agua pesada necesaria para fabricar la bomba atómica nazi. En el atentando murieron cuatro alemanes y catorce civiles noruegos totalmente inocentes. Sin embargo, pese a la matanza, hoy consideramos a esos saboteadores unos héroes, aunque en su momento los nazis debieron de pensar sobre ellos lo mismo que hoy pensamos sobre Breivik.


Pero los motivos eran muy distintos, objetaréis. En un caso se trataba de luchar contra la barbarie nazi y en el otro de un cruel y sinsentido asesinato múltiple. Y es cierto, las razones son importantes, pero seguro que hay muchos ultras en Noruega y el resto de Europa que consideran a Breivik un héroe y un mártir. ¿Están todos locos? Lo dudo, no es cuestión de patologías, sino de creencias irracionales, de culto a ciertas palabras peligrosas.

Breivik es un fundamentalista cristiano, un nacionalista de ultraderecha y un xenófobo. Eso significa que su mente estaba regida por tres “grandes palabras peligrosas”: DIOS, PATRIA y RAZA. ¿Sabéis por qué esos términos son peligrosos? Porque los tres se refieren a conceptos más grandes, valiosos e importantes que el ser humano. Y, por tanto, en su nombre se puede matar a cuantos hombres, mujeres y niños le vengan a uno en gana, pues hay un bien o poder mayor que lo justifica. El propio asesino lo dijo: no le importaba convertirse en un monstruo porque sus actos eran necesarios para conseguir un fin superior.

¿Está Breivik loco? No creo; sólo es un gilipollas con excesiva iniciativa que se ha tomado demasiado en serio las palabras equivocadas.



 

martes, julio 5

Mitos



Supongo que todos tenemos lugares míticos, sitios que nunca hemos visitado pero que, por las razones que sean, permanecen en nuestra mente rodeados por una aura de magia y misterio. Generalmente, al menos en lo que a mí respecta, esos lugares míticos se conformaron durante la niñez. Por ejemplo, siendo pequeño leí en un Reader's Digest la historia y las peculiaridades de Mont Saint-Michel, y desde entonces soñé con visitar esa abadía. Y acabé visitándola. De hecho, ya he estado en muchos de mis lugares míticos: Stonehenge, Glastonbury, Carnac, Cnosos, la Acrópolis, Micenas, las tierras altas de Escocia, el Gran Cañón, Teotihuacán, Chichén Itzá, las selvas tropicales, los Andes, Laponia, California...y aún me quedan muchos por visitar. Pero hay tres a los que, lo reconozco, me da miedo viajar, precisamente porque temo que me decepcionen. Y eso a pesar de que son tres de mis mitos favoritos. O precisamente por eso.

 El primero es el Tíbet. Cuando era niño leí Tintín en el Tíbet y El tercer ojo, de Lobsang Rampa, vi en TV Horizontes perdidos, de Capra, y desde entonces quedé tan hechizado por ese mundo del Himalaya que durante mucho tiempo devoré cuantos libros sobre el Tíbet caían en mis manos (Alexandra David-Neal, Heinrich Harrer, Michel Peissel...). Y, claro, siempre soñé con viajar allí. Lo malo es que el viaje era carísimo, y luego tuve hijos pequeños, y luego, cuando ya pude plantearme realizar el viaje, vi un documental en TV que mostraba los enormes cambios que habían realizado los chinos en el Tíbet, y se me cayeron las pelotas al suelo. Me decepcionó más que cuando supe que Lobsang Rampa no era un lama, sino un chalado inglés llamado Cyril Henry Hoskin. Cuando en 1950 los chinos invadieron el Tíbet, decidieron acabar con esa cultura y lo han conseguido. El Tíbet de mis sueños ya no existe.


El segundo lugar es Irlanda. Me enamoré de esa isla a través de las películas de John Ford (El hombre tranquilo, El delator, La salida de la luna...), luego descubrí sus leyendas y su mitología, y finalmente me atrapó su música. En cualquier caso, sé que la Irlanda que hay en mi mente es irreal, que no existe y probablemente nunca ha existido. Aún así, iré allí.


El tercer lugar es Argentina. Veréis, la primera revista de ciencia ficción en español se llamaba Más Allá, duró 48 números y fue publicada en Argentina entre 1953 y 1957. Cuando yo tenía once o doce años había unos cuantos viejos ejemplares de Más Allá en mi casa, probablemente comprados por mi padre o mi hermano mayor. Hojeando uno de ellos vi un cuento llamada Un rifle para el dinosaurio (de Sprague de Camp), una historia de viajes en el tiempo con una maravillosa ilustración de un T. Rex, y como me chiflaban los dinosaurios leí el cuento. Así comenzó mi afición a la ciencia ficción, y por supuesto leí todos los ejemplares de Más Allá que encontré (hoy tengo la colección completa).


Pero ocurría una cosa curiosa. En primer lugar, el español en que estaba escrita esa revista no era exactamente igual al español de Madrid. Además, en la sección de cartas al director aparecía gente que vivía en Córdoba, en Rosario, en La Rioja, en Mendoza... Ciudades como las españolas, pero que no eran españolas. Era algo así como un universo paralelo, el reflejo invertido en un espejo (algo que tenía sentido, porque cuando aquí es verano, allí es invierno, y viceversa). Creo que, en cierto modo, el sentido de la maravilla de la ciencia ficción se mezcló con la imagen mental que me había forjado de Argentina.


Luego estaban los tangos. Mi padre era muy aficionado a ellos y los ponía con, a mi modo de ver, excesiva frecuencia. No, los tangos no incrementaron mi amor por Argentina. Entendedme, no tengo nada contra ellos, pero acabé harto de oírlos. El caso es que, dada su afición por el tango, mi padre escribió para la SER una serie de programas dedicados a la vida de Carlos Gardel. El actor que interpretaba a Gardel era otro Carlos, de apellido Acuña, también cantante de tangos. Fue el primer argentino que conocí, un tipo muy simpático que hablaba con acento raro. Dada su amistad con mi padre, Acuña le regaló varios objetos de artesanía argentina, entre ellos unas calabazas para tomar mate y unas pipetas de plata para chuparlo. Y mate, por supuesto. Lo probé; oscila entre lo desagradable y lo repugnante. Cuestión de gustos, queridos merodeadores argentinos, no os enfadéis conmigo. El caso es que el mate tampoco incrementó mi amor por Argentina. No obstante, charlando con mi padre y con Acuña descubrí la mítica del gaucho, la Pampa infinita, las boleadoras... Cómo molan las boleadoras...


Entonces, cuando yo tenía 17 o 18 años, un amigo me regaló Ficciones y El aleph, de Borges, y mi mundo cambió. O, al menos, cambió mi concepción de la literatura. Leer a Borges era, y es, como entrar en un universo paralelo. Creo que Borges es el escritor que más admiro, el que más he releído... y era argentino. Pasaron los años y, en 1974, asistí al espectáculo de un grupo musical-humorístico llamado Los Luthiers. Pocas veces me he reído tanto en mi vida y desde entonces he asistido a todos los espectáculos que el grupo ha dado en Madrid. Los Luthiers son argentinos. ¿Cómo no voy a enamorarme de un país que cuenta con la más rica tradición de literatura fantástica en castellano, un país que ha dado gente tan talentosa y querida para mí como Borges y Los Luthiers (y Bioy Casares, y Pablo de Santis, y Héctor Alterio, y Quino, y Cortazar, y Oesterheld, y Fontanarrosa, y Posse, y Ocampo, y Solano López, y Roth, y Campanella...).


Sí, adoro Argentina... pero nunca he ido allí. En parte porque sólo podría hacer ese viaje en verano, cuando allí es invierno, aunque no es esa la verdadera razón. Lo cierto es que, en mi interior, espero encontrar una Argentina donde haya un aleph en cada trastero, donde toda la gente sea tan ingeniosa como Daniel Rabinovich o Joaquín Salvador, donde los gauchos sorban mate con aire taciturno en medio de una llanura desmedida, donde viejos criminales nazis aún se ocultan, donde lo sobrenatural está a la vuelta de la esquina. Y esa Argentina sólo existe en mi imaginación. Pero aún así, iré.


El próximo sábado, Pepa y yo partiremos para Oslo y después merodearemos durante quince días por los fiordos. Noruega es otro de los lugares míticos de mi niñez. Por los vikingos, por supuesto, y por las auroras boreales, pero creo que sobre todo por Thor Heyerdahl. Joder, con ese nombre o se es aventurero o va uno por la vida con cara de capullo. De niño me alucinaban sus historias, sobre todo el viaje de la Kon-tiki y Aku Aku. El único problema es que Heyerdahl fue un explorador tropical; pero no importa, porque hay un montón de exploradores noruegos polares, como Amundsen, Nansen, Ingstad, Larsen o Resvoll-Holmsen, que era una mujer. Eso por no hablar de Erik el Rojo, que también tenía un nombre que invitaba a la aventura.


Siempre me han fascinado los países nórdicos, en particular Noruega. De hecho, parte de la última novela que he escrito -La isla de Bowen- se desarrolla en Noruega, aunque más al norte de donde vamos a ir, en Trondheim, Havoysund (cerca del Cabo Norte) y Svalbard. Me habría encantado visitar Svalbard; es un archipiélago, la última tierra firme antes de llegar al Polo Norte. Dos terceras partes de su superficie están cubiertas por nieve perpetua y glaciares, y la única isla habitada es Spitsbergen, aunque sólo hay unos pocos cientos de personas en un poblacho inmundo, un par de minas, la Svalbard Global Seed Vault y tres o cuatro estaciones científicas. Debe de ser uno de los lugares más extraños, remotos y solitarios del mundo; de hecho, para recorrerlo por tu cuenta necesitas un permiso especial e ir acompañado por alguien armado, pues los ataques de osos polares son frecuentes. Sí, me habría encantado visitar Spitsbergen, pero había que elegir: o el Ártico o los fiordos. Otra vez será.


Bueno, amigos míos, ésta es la última entrada antes de irme de vacaciones. Reconozco que los diez post que escribí sobre mi hermano me han dejado un poco desfondado. No es que me supusieran ningún esfuerzo, los escribí muy rápido, pero parece ser que la intensidad emocional era mayor de lo que suponía, porque después de redactar el último, sencillamente ya no sabía sobre qué escribir; todo lo que se me ocurría me parecía una gilipollez. Me quedé... no sé, como vacío, al menos en lo que al blog respecta. Pero no os preocupéis, estas vacaciones nórdicas seguro que me refrescarán y a finales de julio volveré lleno de energía vikinga para seguir escribiendo las chorradas de siempre.


Feliz verano, merodeadores de Babel.

lunes, junio 27

Filotopía


Unamuno escribió en Niebla: “La manía de viajar viene de topofobia y no de filotopía”. Es decir que, según don Miguel, la gente viaja porque odia el lugar donde se encuentra, no porque ame el lugar adonde se dirige. Supongo que hay cierta dosis de verdad en esa sentencia, que nos aburrimos de lo que conocemos y muchas veces buscamos el cambio por el cambio, aunque no conduzca a nada concreto; pero me llama la atención la palabra “manía”. ¿Viajar es una manía? Según la RAE, manía es, en su segunda acepción, extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determinada. Es decir, algo parecido a una moda. Y sí, desde luego ahora, gracias a la democratización del turismo, viajar se ha convertido en una moda. En una manía pues. Pero, ¿sólo es una manía?

Nuestras actuales ideas acerca del “viaje” son relativamente nuevas. En el pasado hacía falta un buen motivo para desplazarse, porque los viajes eran lentos, incómodos y peligrosos. Se viajaba en busca de caza, o para comerciar, o para huir de una desgracia (topofobia), o en busca de riquezas (filotopía), o para hacer la guerra... Siempre ha habido, por supuesto, viajeros curiosos que recorrían el mundo sólo para ver cosas y gentes nuevas, pero esa modalidad de viaje no cristalizó hasta mediados del siglo XVII, cuando en Inglaterra se adoptó la costumbre de que los jóvenes de clase alta realizaran un itinerario cultural por diferentes ciudades de Francia e Italia. A eso se le llamó el Grand Tour (de ahí la palabra “turismo”) y su popularidad se incrementó con el romanticismo, añadiéndose a la ruta otros países como Grecia, España o Alemania. Así nació el concepto de “viajar sólo para ver”.


El incremento del nivel de vida en occidente, así como la mejora y abaratamiento de los medios de transporte, convirtieron el “viaje” en un negocio masivo y viajar se popularizó. Hoy en día es imposible ir a ciertos lugares sin encontrarte con hordas de turistas. ¿Por qué viaja tanta gente? Hay múltiples respuestas, por supuesto, pero a veces no encuentro ninguna. Pepa y yo fuimos al norte de Italia durante nuestra luna de miel. En Florencia coincidimos cenando en una pizzería con otra pareja de recién casados españoles; charlamos y, al poco, uno de ellos propuso que quedáramos al día siguiente, porque estaban “hartos de ver piedras”. Improvisamos una excusa y nos despedimos. Y yo no pude evitar preguntarme: si no les gustaban las piedras, ¿por qué cojones viajaron a Florencia?


Hace unos años estuvimos en Mont Saint-Michel, en el noroeste de Francia. Como sabéis, es un islote, un peñasco que se eleva unos doscientos metros sobre el mar, con una abadía en su cima. En la parte baja hay un falso poblado medieval llenos de tiendas y restaurantes para turistas; conforme se remontan las empinadas cuestas hacia la iglesia, uno se adentra en el auténtico y maravilloso conjunto medieval. Cada año, unos cuatro millones de personas llegan a ese lugar, pero sólo un millón sube hasta la abadía. Tres de cada cuatro visitantes se quedan en el falso poblado medieval, comiendo perritos calientes y comprando horteradas. Y yo me pregunto: ¿para qué cojones fueron allí, teniendo Disneylandia tan a mano?


Creo que mucha gente, quizá la mayoría, viaja porque se supone que hay que hacerlo. Viajan porque viajan sus vecinos, viajan porque queda bien y, según donde vayas, confiere estatus, viajan porque la publicidad les dice que es bueno viajar, viajan porque sí, por acumular estancias y lugares en una lista sin sentido. Pero eso no es viajar: es moverse.


Conozco a personas, gente inteligente y cultivada cuyo intelecto admiro, que no solo odian viajar, sino que, como Unamuno, desprecian el concepto de “viaje de placer”. Según ellos, se trata de un mero impulso gregario (seguir al rebaño), pues la excusa de que los viajes sirven para aumentar el conocimiento es absurda, ya que ese conocimiento puede adquirirse de maneras mucho mejores y más cómodas. Y tienen razón. Cuando el mundo era en su mayor parte desconocido, tenía sentido embarcarse en un viaje para adquirir conocimientos, pero hoy en día podemos encontrar todo el conocimiento (e imágenes) del mundo en libros, documentales, Internet... Los periplófobos tienen razón en eso, pero se equivocan en algo: no se viaja para conocer, sino para sentir.


Adoro viajar, me encanta; si pudiese, pasaría la mitad de mi vida viajando. Me confieso filotópico. ¿Por qué? ¿Soy otra ovejita del rebaño? Espero que no. Como decía antes, viajo para sentir; pero ¿qué significa eso? Vamos a hacer un experimento. Salid de casa y recorred despacio vuestra calle, prestando mucha atención a todo lo que hay en ella, abajo y arriba. Os garantizo que encontraréis montones de detalles en los que no os habíais fijado jamás. ¿Cómo es posible, tratándose de un entorno tan familiar? Pues precisamente porque es tan familiar que ya no lo miráis. Lo veis, pero sin fijaros. Lo ya conocido no estimula nuestros sentidos y acaba convirtiéndose en un paisaje de fondo desenfocado. Así es nuestro mundo cotidiano, un mundo por el que nos movemos con la mente ocupada en otras cosas, un mundo al que no le prestamos gran atención porque lo conocemos demasiado bien, un mundo borroso y ya carente de estímulos. Un mundo en el que sentimos muy poco.


Pero cuando viajamos, cuando nos movemos por entornos muy distintos a los usuales, nuestros sentidos se despiertan; es como acceder a un estado alterado de conciencia. Pero hay que viajar bien, con la actitud adecuada y la sensibilidad a flor de piel. Debes prestar mucha atención, debes tener los conocimientos adecuados, debes avivar tu imaginación. Detesto las visitas guiadas; por muy interesante que sea lo que cuente el guía, lo puedo leer en un libro antes o después, porque lo que quiero “durante” es aprovechar la oportunidad, quizá única, de disfrutar del lugar sin que me moleste nadie con su cháchara.


Recuerdo que la primera vez que entré en la catedral de Jaca, la más antigua de España, el templo estaba lleno de turistas, así que volví al día siguiente a las ocho de la mañana, cuando la catedral estaba totalmente vacía, y me quedé más de una hora allí, “sintiendo” el lugar. He hecho cosas similares en muchos sitios, en la Alhambra, en Chartres, en Stonehenge, en Saint-Michel, en Uxmal, en el Cementerio de los Ingleses del monte Urgull, en Knossos, en el Gran Cañón, en Compostela, en Omaha Beach, en Glastonbury... Probablemente he adquirido más conocimientos de todos esos lugares, y de otros muchos, antes de ir que durante mi estancia en ellos. Pero, por Júpiter, qué cantidad de sensaciones me han hecho experimentar.


Porque he leído decenas de libros sobre la selva, he visto horas y horas de documentales, pero no es comparable a lo que experimenté en las selvas de Venezuela, Colombia y Costa Rica. El calor húmedo, los indescriptibles olores, los sonidos, la abrumadora vegetación, nada de eso puede transmitirse sólo con palabras y/o imágenes. O cruzar las puertas de la muralla de Essaouira, la antigua Mogador, y retroceder al Medioevo rodeados por un intenso olor a especias. O el sobrenatural silencio de los bosques árticos. O el impacto sonoro de los tambores de Calanda. O la magia de las ciudades mayas tragadas por la selva. O los colosales bosques de secuoyas. O un volcán vomitando lava. O las cumbres de los Andes. O un amanecer en el Caribe. O un atardecer junto a un faro de Bretaña. O estar enamorado en la Alhambra. Esas cosas no pueden “conocerse”; han de sentirse. Y viajar es el precio que pagas para poder sentirlas.


Y luego, la sorpresas. Como cuando una noche, paseando por los jardines situados bajo la Acrópolis, Pepa y yo nos encontramos, en un teatro romano, con el ensayo general de una obra clásica (en griego, claro), solo los actores, nosotros y tres o cuatro pirados más. O como cuando tropezamos en una iglesia de Pals con los ensayos de un concierto barroco para piano y violín. O ese anochecer, en Colombia, cuando un bosque de árboles barbudos se llenó de luciérnagas. O aquella alucinante fiesta popular en Anomera, lo más alto de Mikonos. O una surrealista procesión de Semana Santa en Baeza. O los ritos paganos de San Juan Chamula, en Chiapas. Nada de eso te ocurre si te quedas en casa.


Porque nuestro verdadero hogar no es el piso o el chalet donde vivimos, ni el barrio, ni la ciudad, ni el país. Creer eso es padecer miopía. Nuestra auténtica casa es la Tierra, el planeta que nos sustenta. Un mundo lleno de maravillas asombrosas que yo daría cualquier cosa por experimentar. ¿Viajar es una manía sin sentido? Si de repente heredaras un palacio inmenso, y por muy confortables que fueran el salón, el comedor y el dormitorio, ¿no te gustaría visitar todas sus habitaciones? Pues eso.

martes, junio 21

L'Auberge du Pont de Collonges, Pepa y yo


¿Sabéis algo acerca de Lyon? Yo, desde luego, antes de ir allí lo ignoraba todo sobre esa ciudad; y ahora que he ido tampoco sé mucho, porque no hay mucho que saber. Lyon es una ciudad bonita situada entre dos anchos río, el Ródano y el Saona, que corren paralelos entre colinas. Las ciudades con ríos grandes molan, y ésta tiene dos. También tiene un barrio viejo muy lindo y mucha arquitectura burguesa típicamente gabacha. Por lo demás, no hay demasiadas cosas que ver. Está la catedral gótica de St-Jean, que no es gran cosa, los teatros romanos y, lo más llamativo de todo, la Basílica de Notre-Dame de Fourvière. Este templo está situado sobre la colina más alta que preside la ciudad y es una construcción neo-románica de finales del XIX. En fin, erigir un edificio románico en esa época resulta, se mire como se mire, una horterada. Y eso es lo que es esa basílica, con sus enormes esculturas de estilo románico y el interior policromado: una de las horteradas más grandes que he visto en mi vida. Pero es tan hortera, y al mismo tiempo tan bien hecha, y en cualquier caso tan surrealista, que resulta... sí, bonita. Es un lugar curioso.


Pero, claro, en Lyon también está L'Auberge du Pont de Collonges, el famoso restaurante de Paul Bocuse. Aunque en realidad no está en Lyon, sino en Collonges, un pueblo situado a unos diez kilómetros de la capital. Por si acaso no lo sabéis, aclararé que Bocuse fue el cocinero que revolucionó la cocina francesa allá por los 70, el inventor de la Nouvelle Cuisine, o Cuisine du Marché, que tanto influyó en nuestros cocineros vascos y catalanes. De hecho, es lo que hoy entendemos por cocina clásica, pues acabó reemplazando por completo a la anterior gastronomía francesa.

El caso es que Pepa y yo habíamos ido a Lyon para comer en Bocuse, así que allí nos plantamos a las 13:30 del sábado pasado. Por fuera el edificio del restaurante es... ¿feo? Echadle un vistazo a la foto de la entrada anterior; desde luego, los colores son estridentes. La verdad es que, como ocurre con la basílica, de puro hortera resulta hasta bonito.

La primera sorpresa es que el propio Bocuse, o lo que queda de él dada su provecta ancianidad, te recibe en la puerta vestido de chef y te estrecha la mano mientras te da amablemente la bienvenida. Es una tontería, pero me hizo ilusión saludar a ese mito de la gastronomía, qué cosas. El interior es puro estilo francés, elegante y recargado, agradable en conjunto. El servicio impecable; rápido, sobrio, amable y no atosigante. Nos sentaron a una mesa del comedor principal y pedimos el Menú Gran Tradición, porque tenía algunos de los principales platos de Bocuse. El primer plato era Escalope de foie gras de canard poêlée au verjus; pero sólo lo tomó Pepa, porque a mí no me gusta el foie (ni me parece ético) y lo cambié por una Salade de homard du Maine à la française, una ensalada de langosta. El segundo plato fue una Soupe aux truffes noires, una sopa de trufas negras prodigiosa que luego comentaré. Después vinieron unos Filets de sole Fernand Point, lomos de lenguado en una salsa ligera aromatizada con salvia, creo. A continuación llegó un sorbete de beaujolais para cortar el sabor y pasar del pescado a la carne. El cuarto plato consistió en Volaille de Bresse en vessie "Mère Fillioux", una pieza de caza cocinada con trufas en una especie de papillote. Luego llegó el carro de quesos y finalmente los postres: yo pedí Baba au rhum "Tradition", un bizcocho con crema mojado en ron, y Pepa unos Oeufs à la neige Grand-Mère Bocuse, merengue flotando sobre salsa de vainilla.

¿Os suena eso a mucha comida? Pues sí, era mucha, muchísima comida. Existe el tópico de que la gran cocina francesa se presenta en raciones minúsculas, pero es mentira. Eso fue una estúpida moda de la restauración española de los 80, porque en Francia siempre te sirven raciones abundantes. Y Pepa & moi salimos del L'Auberge du Pont de Collonges tan llenos que consideramos la posibilidad de volver rodando a Lyon. Ah, cuando estábamos acabando se pasó por las mesas la mujer de Bocuse, una vaporosa y frágil anciana más sosa que una mata de habas. Sospecho que en realidad estaba muerta.

En fin, ¿qué nos pareció el famosísimo L'Auberge du Pont de Collonges? Pues que todo estaba buenísimo... pero sin la menor sorpresa. Gran cocina clásica, deliciosa y un tanto anticuada. Salvo la sopa de trufas negras (ver foto). Se trata de una sopa muy matizada, de sabores leves, con un fino picadillo de verduras y carne (y trufas en láminas, off course) servida en un cuenco coronado por una ligerísima confitura de hojaldre “brisa”. Bocuse la creó en 1975 para el entonces presidente de Francia, Giscard d'Estaing, y es una obra de arte. Ese plato sí que nos sorprendió. Su único defecto: lo sirven directamente del horno, extraordinariamente super-hiper-mega caliente. Y se mantiene super-hiper-mega caliente durante mucho, mucho rato. Todavía tengo ampollas en la lengua y el paladar.

En fin, el restaurante de Bocuse es más o menos lo que nos esperábamos. Resulta gracioso; hace treinta años, cuando Pepa y yo prometimos visitar ese lugar, L'Auberge du Pont de Collonges era el templo de la revolución gastronómica. Hoy es un clásico totalmente demodé. Supongo que podría sacarse alguna brillante a la par que atinada enseñanza de esto, pero, qué queréis que os diga, no me apetece ni un pelo hacerlo, no vaya a ser que yo también sea un “clásico demodé”.

Pero comimos bien, amigos míos. El hotel era cómodo, una villa situada en lo alto de una colina en el Vieux Lyon, con espléndidas vistas. La ciudad es tranquila y bonita. Los franceses, como siempre, muy bien educados. Pero lo mejor de todo con diferencia: la compañía.

Por cierto, hoy a las 17:16 hora solar tendrá lugar el momento del solsticio. Feliz solsticio de verano, amigos.

viernes, junio 17

Carpe diem

Mi buen amigo y magnífico escritor Luis Manuel Ruiz mantiene un blog llamado La lección de anatomía donde cada día escribe una frase, más o menos en la línea de El diccionario del diablo, de Bierce. Como es natural, unas frases son más brillantes que otras, pero el nivel medio es sobresaliente. Y no resulta fácil escribir frases, sentencias. Han de ser breves, ingeniosas y, al tiempo, contener una verdad. Son algo así como micro-ensayos. Pues bien, de entre todas las frases que Luis Manuel ha escrito en su blog, hay una que se me ha quedado grabada a fuego en la memoria. Dice más o menos así:

 
“Si el final es feliz, no es el final”.


Paraos a pensarlo: vuestras vidas pueden estar llenas de cierres de capítulo y entreactos rebosantes de felicidad, pero el final-final siempre será una tragedia. Y si lo dudáis, echad un vistazo a vuestro alrededor. O haced memoria.


¿Deprimente? Supongo, pero cierto; y lo bueno de toda certeza sobre el futuro es que nos permite adecuar nuestros planes. Y el único plan que se me ocurre ya se le ocurrió a Horacio hace más de 2000 años cuando escribió:


Tu ne quaesieris (scire nefas) quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. Vt melius, quidquid erit, pati!
seu pluris hiemes, seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum: sapias, uina liques et spatio breui
spem longam reseces. Dum loquimur, fugerit inuida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.


Lo que significa: “No preguntes (contra la voluntad divina el saberlo), Leucónoe, qué fin han puesto para mí los dioses, cuál para ti, ni sondees el cálculo babilonio. ¡Cuánto mejor soportar lo que haya de ser, tanto si Júpiter nos ha concedido muchos inviernos, como si es el último nuestro el que ahora quiebra las olas del mar Tirreno en azote contra los escollos! Sé sabia, filtra el vino y, breve como es la vida, corta la esperanza larga. Mientras hablamos, habrá huido celosa la edad: disfruta del momento y no confíes en el mañana”.


Carpe diem... El mes pasado, con motivo de la Feria del Libro de Fuenlabrada, estuve dando unas charlas en un par de institutos. Les hablé de El club de los poetas muertos, les dije que, aunque aún les faltaba mucho, morirían y que por eso debían sacarle el máximo partido a la vida. Luego, intenté explicarles que, para sacarle partido a la vida hay que enriquecer la vida y que la literatura ayuda en ese sentido. Aquellos amables adolescentes me escucharon con mucha atención, pero creo que ni uno entendió lo que pretendía decirles. Porque para ellos la idea de la muerte es tan solo un concepto abstracto y nebuloso.


Pero yo sí lo entiendo; sé que el final será una tragedia, así que intento que todos los capítulos que me restan acaben en tono de comedia. Carpe diem, sí señor; debería tatuármelo en la frente, escrito del revés, para leerlo cada mañana cuando me miro al espejo antes de cepillarme los dientes.


Hace treinta años, cuando Pepa y yo aún no estábamos casado, ella me prometió que si conseguíamos estar juntos me invitaría a comer en el restaurante de Paul Bocuse. Pues bien, ha tardado 28 años en cumplir su promesa, pero el día de mi cumpleaños me regaló un sobre con dos billetes para Lyon y una reserva, para mañana, 18 de junio, en L'Auberge du Pont de Collonges, el famosísimo restaurante de Bocuse. Es una mujer fantástica; menudo detalle romántico...


Así que esta tarde, Pepa y yo volaremos a Lyon para pasar el fin de semana haciéndole caso a Horacio. Aunque, en este caso, la mejor traducción de carpe diem sería: “cómete el día”.

viernes, junio 10

Reflexiones de un caballero otoñal


Dado que en la anterior entrada trataba sobre algo muy viejo –un templo de 11.600 años-, este post también versará sobre antigüedades: hoy es mi cumpleaños. ¿Cuántos me caen? Lo siento, no puedo decirlo; me avergüenza lo jurásico que soy. De todas formas, el perfil del blog actualiza automáticamente el dato, maldito traidor.

Tengo la misma edad que mi madre y un año menos que mi padre, es increíble. De hecho, no me lo creo. Mi padre era un señor muy serio y formal, pero yo no soy ni serio ni formal. Mi padre era un PADRE y yo, aunque tengo dos hijos, no soy un PADRE, sino un PADRE. Mi padre tenía los años que tenía, mientras que yo, si me paro a pensarlo, sólo tengo treinta y tantos. No me parezco en nada a mi padre; ¿cómo es posible que tengamos casi la misma edad? De hecho, no reconozco a ese tipo añoso que se asoma al espejo cada vez que me miro. Aunque, la verdad, me recuerda un poco a mi padre... Comienzo a sospechar que no soy lo que creo que soy.


Seamos realistas: tengo aspecto de víctima de un accidente de tráfico; me ha atropellado la cuarta dimensión, el tiempo. Eso me recuerda un chiste nada gracioso: dos amigos cincuentones se encuentran y uno le dice al otro: “Cómo me alegro de verte. ¿Qué tal estás?”. Y el amigo responde: “Muy bien. Pero si, cuando tenía 20 años, me hubiera sentido como me siento ahora, habría ido corriendo al hospital más cercano”. Así que aquí estoy, vapuleado por el tiempo, ese falso amigo que nos sonríe durante la primavera y nos da la espalda al llegar el otoño. Parménides ha muerto; ¿viva Heráclito? No, que le den; el cabronazo de Éfeso es tan deprimente como la entropía.


Llegados a este punto, cuando los cumpleaños comienzan a sonar como una cuenta atrás, es lógico que los caballeros otoñales, como yo, volvamos la serena mirada hacia el pasado y hagamos balance de los días vividos. Y al llegar aquí me sucede algo paradójico. Si me centro en un único momento del pasado –por ejemplo, la muerte del hijoputa de Franco-, tengo la sensación de que apenas ha transcurrido tiempo, de que todo ha sucedido en un suspiro. Sin embargo, si rememoro varios momentos, como por ejemplo hice al narrar la vida de mi hermano –por cierto, aunque era diez años mayor que yo, ahora tengo su misma edad-, si recuerdo en particular los momentos de cambio, entonces siento que han transcurrido millones de años y, es más, que he vivido diferentes vidas y he sido distintas personas. Ya veis, la vida se me antoja demasiado corta y demasiado larga al mismo tiempo.


En cuanto al balance... qué queréis que os diga, todo depende del humor con que me pilléis. Tuve una bonita infancia, una primera juventud loca, una segunda juventud muy movida, unos cuantos años de hacer el gilipollas, varios desastres, algunos triunfos, algunos fracasos, ciertos insólitos momentos de lucidez... Me arrepiento de muchas cosas; sobre todo de lo que no he hecho, y aún más de lo que no me he atrevido a hacer. Lo mejor que me ha sucedido en la vida ha sido encontrar a Pepa, mi pareja, mi compañera. Mi mejor obra son Óscar y Pablo, mis hijos. Mi mayor tesoro mis amigos. Pero lo segundo mejor que me ha sucedido sois vosotros, los que estáis al otro lado de lo que escribo. Y no me refiero sólo al blog, sino a cuantos leen mis textos. Es asombroso; todavía me sorprende que a alguien pueda interesarle lo que digo, sobre todo siendo, como soy, un caballero otoñal tan discreto.


Ya han pasado los tiempos en que la vejez era una nebulosa abstracción, algo lejano; el IMSERSO se aproxima, amigos míos. ¿Qué hacer? Pues lo mismo que con la muerte y el colesterol: ignorarla. No prestarle atención. En fin, está claro que el pequeño soldadito ya no se pone firmes tantas veces como a uno le gustaría (aunque aún sigue rindiendo armas de vez en cuando, y sin estímulos azules). Y no puedo olvidar que, ahora, una noche de juerga supone tres semanas en la UVI. Vale, de acuerdo, soy un maldito viejo. ¿Y qué? Paso de sacar conclusiones al respecto; voy a seguir vistiendo como siempre he vestido, voy a seguir dudando como (casi) siempre he dudado, voy a seguir haciendo lo que me gusta hacer (aunque quizá con menor frecuencia), y voy a seguir viviendo a mi manera (que no es la común de las maneras) hasta que la jodida Parca venga a hacerme una visita. Lamento tener tantos años, es cierto; me parece una vulgaridad y una ordinariez. Y un descuido; no sé cómo lo he permitido. Pero, ¿sabéis?, estoy demasiado ocupado para darle más vueltas.


Ahora bien, quizá estéis tentados de felicitarme por mi cumpleaños y todas esas zarandajas. Antes de hacerlo, prestad atención a esta parábola: Había una vez un hombre, llamado Heráclito, que se cayó a un río, cuyas torrenciales aguas le arrastraban inexorablemente hacia una elevada catarata con el fondo erizado de afiladas piedras. Cuando tan sólo le faltaban unos metros para llegar a la cascada, unos jóvenes que estaban en la orilla comenzaron a gritarle: “¡Felicidades, ya has avanzado otro metro! ¡Cojonudo, un metro más! ¡Ánimo, ya falta poco!”. Pues bien, aparte de llegar a la, escasamente reconfortante, conclusión de que nunca podría caerse dos veces por la misma catarata, ¿qué creéis que pensaba Heráclito acerca de los parabienes de esos jóvenes?


Os ruego que reflexionéis sobre el asunto antes de plantearos siquiera la remota posibilidad de empezar a considerar la opción de felicitarme.

jueves, junio 2

Göbekli Tepe


Supongo que el raro soy yo, pero no me explico por qué hay asuntos que a mí me parecen fascinantes y, sin embargo, a la mayoría de la gente le dan igual. Por ejemplo, hace tiempo se comprobó que, aparentemente, al universo le falta materia para ser como es. De hecho, sólo podemos detectar un 5 % de los componentes del universo. Veréis, la masa produce gravedad y las galaxias adoptan la forma más o menos compacta y ordenada que vemos porque las estrellas se mantienen unidas mediante lazos de gravedad. Pues bien, teniendo en cuenta la cantidad de materia que podemos detectar en cualquier galaxia, resulta que no hay suficiente para mantener unidas las estrellas y, por tanto, las galaxias no deberían existir. Pero existen, así que debe de haber una clase de materia que no podemos detectar (salvo por su influencia gravitacional) y de cuya composición no tenemos la menor idea. A eso se le llama Materia Oscura y se calcula que constituye el 23 % de toda la masa del universo.

Por otra parte, a finales de los 90 se descubrió algo que revolucionó la cosmología. Hasta entonces, se creía que la expansión de nuestro universo se iba frenando a causa de la atracción gravitatoria (como una bala, que al principio sale a toda pastilla, pero que poco a poco va decelerando, atraída por la gravedad, hasta caer a tierra). Pues bien, nuevas y más ajustadas observaciones demostraron que, en vez de decelerar, la expansión del universo está acelerando. De modo que debe haber una energía desconocida que “empuje” la materia para acelerarla. Se le llama Energía Oscura, nadie sabe qué es y constituye nada más y nada menos que el 72 % del universo.


¿Qué son la materia y la energía oscuras? ¿Existen realmente o acabarán siendo explicaciones fallidas, como la del éter? A mí todo eso me fascina, me parece incluso poético, me asombra... Pero la mayor parte de la gente ni lo sabe ni le interesa. Aunque claro, diréis: ¿Ese rollo de la materia y la energía oscuras tiene alguna importancia para nuestras vidas? Pues no, es cierto, ninguna importancia para nuestra cotidianeidad. Mejor dicho: exactamente la misma importancia para nuestras vidas que el hecho de si Belén Esteban se casa, se divorcia o se encasqueta un par de enormes implantes mamarios. Y sin embargo, cientos de miles de personas se interesan por las peripecias de una impresentable absolutamente carente de interés, salvo por la sin duda intensa atracción gravitacional de sus tetas, que deben de tener otras tetas más pequeñas orbitando a su alrededor. Entonces, ¿por qué Materia Oscura no y la Estaban sí?


Porque la ciencia es complicada, pero las tetas son sencillas. Touché, es verdad. Para asombrarte con la Materia Oscura hay que tener unos mínimos conocimientos de cosmología, mientras que estamos genéticamente programados para valorar las tetas (entendiendo “tetas” como una metáfora sobre la peripecia vital de la mujer-que-le-tocó-la-chorra-a-un-torero, según Ángel Martín dixit). Los seres humanos somos curiosos por naturaleza, pero también perezosos, así que la mayoría solemos mostrar curiosidad sólo por lo más fácil y cómodo de entender.


Vale, pues hablemos de un descubrimiento fascinante relacionado con algo que, en principio, debería interesar a todo el mundo: la religión. En nuestro país, aproximadamente el 80 % de la población se declara creyente, religiosa. Cuando presionas un poco a esos creyentes (por ejemplo, enarbolando la bandera del ateísmo), inmediatamente descubres que la mayoría no sólo creen, sino que para ellos la religión es algo muy importante en sus vidas, una cuestión que llena de sentido y consuelo su existencia. Perfecto. Siendo así, tratándose de algo tan importante, es lógico suponer que mediten con frecuencia sobre el hecho religioso y que se interesen sobre toda novedad importante relacionada con el tema.

Entonces, ¿qué pasa con Göbekli Tepe? Veréis, a mediados de los 90, el arqueólogo Klaus Schmidt excavó en el punto más alto de una cadena montañosa situada en el sudeste de Turquía, a 15 km. de la ciudad de Sanliurfa, en una elevación llamada Göbekli Tepe, que significa “monte panzudo”. Encontró un templo circular de piedra de 30 metros de diámetro, una construcción megalítica compuesta por enormes pilares en forma de T, algunos de hasta 16 toneladas. Recuerda un poco a Stonehenge, pero los pilares están mucho mejor tallados y, lo que es más importante, el megalito inglés tiene cinco mil años de antigüedad, mientras que Göbekli Tepe fue construido ¡hace once mil seiscientos años! Siete milenios antes de la pirámide de Keops.

Estamos hablando del templo más antiguo conocido y, por lo que sabemos, de la construcción más grande y compleja que existía en nuestro planeta por aquel entonces. Es más, probablemente estamos hablando del lugar donde surgió la civilización, pero eso es otra historia. Sorprendentemente, el templo fue deliberadamente enterrado hacia el 8.200 a. C., y, más sorprendentemente aún, hay al menos otros veinte templos circulares enterrados por la zona. Es como si los templos perdieran su poder y fuera necesario ocultarlos y erigir otros para sustituirlos (algo parecido ocurría con las Pirámides de Túcume, en Perú, sólo que nueve mil años después). Pero, siguiendo con las sorpresas, los templos circulares más modernos son mucho más toscos y pequeños que los más antiguos. De hecho, la perfección de Göbekli Tepe, el primer círculo de todos, es extraordinaria, tanto por su acabado como por las estatuas y grabados que lo adornan.


Todo esto es fascinante, o al menos a mí me lo parece, pero si profundizamos un poco más, aún resulta más fascinante. Göbekli Tepe se erigió, como he dicho, hace 11.600 años. Eso es finales del paleolítico o el neolítico temprano. No hay el menor indicio de que en esa zona y en aquella época hubiera agricultura, así que quienes construyeron el templo eran cazadores-recolectores. Y tuvieron que ser muchos trabajando durante mucho tiempo. Pero, sin agricultura y en una zona semi-desértica, ¿cómo se alimentaban? Según lo que se creía hasta ahora, es imposible que un grupo de cazadores-recolectores construyera algo semejante. Göbekli Tepe no debería existir. Pero existe.


Por otra parte, resulta evidente que tuvo que haber un poder, una jerarquía, capaz de concitar y controlar el inmenso esfuerzo que supuso la construcción del templo. Un poder evidentemente sacerdotal. Y de nuevo eso contradice lo que dábamos por supuesto. Hasta ahora se pensaba que la religión organizada (más allá del chamanismo) no surgió hasta que la aparición de la agricultura permitió acumular excedentes de alimentos para mantener una casta sacerdotal, que a su vez reforzaría la cohesión social. Sin embargo, Göbekli Tepe demuestra que, al menos allí, existía religión organizada antes de la agricultura.


Y eso replantea las cosas: quizá la religión organizada no fue consecuencia de la agricultura, sino al revés. Tanto durante la construcción de Göbekli Tepe como en las posteriores ceremonias que allí se realizaban, debía de reunirse mucha gente, multitudes que tenían que ser alimentadas. Y quizá esa necesidad de alimentos condujese a la agricultura, en cuyo caso el motor de la civilización habría sido la religión. Aunque lo más probable es que eso ocurriese de ese modo allí, en el sudeste de Turquía, mientras que en otros lugares y otros momentos sucediera al revés.


En cualquier caso, Göbekli Tepe, el templo más antiguo del mundo, es un prodigio que debería llenar de asombro a cualquier persona interesada en la historia y la cultura; y, por supuesto, a cualquiera con mínimas inquietudes religiosas. A mí, por lo menos, me maravilla, me hace soñar. Pero, dejando aparte a los especialistas, casi nadie ha oído hablar del asunto, nadie le da la más mínima importancia. Y quién sabe, quizá no la tenga; puede que sea una soplapollez que sólo me interesa a mí y a cuatro chalados más. No sé, a veces me siento tan raro...


En fin, por si a alguien le interesa saber más al respecto, en el National Geographic de este mes hay un excelente artículo sobre Göbekli Tepe.


martes, mayo 24

10 consejos a un joven escritor


Un amable merodeador, Gabriel, me pide consejos para un joven escritor, así que de eso va a ir esta entrada. En primer lugar, le recuerdo a Gabriel que hace cuatro años escribí una serie de post explicando mi proceso de trabajo. La serie se llamaba En la mente del escritor, y para encontrar la primera entrega basta con pinchar AQUÍ. Quizá pueda servirle de ayuda a alguien. Ahora me voy a poner en plan abuelete y voy a darle los consejos solicitados a un Joven Escritor en abstracto; es decir, a nadie en particular.



1. Pregúntate por qué quieres escribir. Y aquí no vale responder “porque me gusta”, pues eso está claro, ni vale ponerse a hacer literatura con la respuesta (“necesito escribir como el oxígeno para respirar” y esa clase de mística literaria). Encuentra una respuesta sencilla, honesta y concreta, porque eso te revelará qué clase de escritor quieres ser. Responder “no tengo ni idea” es lícito, pues eso también te sitúa en un lugar: la confusión. Lo cual no tiene necesariamente por qué ser negativo a la hora de escribir, me apresuro a aclarar.


En cualquier caso, hay otras preguntas importantes: ¿Tienes algo que decir? Porque eso es lo que hacen los escritores: decir cosas. ¿Tienes historias que contar? De hecho, ¿te cuentas historias a ti mismo aunque no las vayas a escribir jamás? ¿En tu cabeza hay un parque de atracciones? ¿Ves el mundo de forma distinta a la gente que te rodea? ¿Eres muy, pero que muy curioso? Porque si la respuesta a cualquiera de esas preguntas es no, ¿para qué narices quieres ser escritor?


2. Sólo hay una forma de aprender a escribir: leyendo y escribiendo. Pero hay que leer con sentido analítico, intentando descubrir las técnicas y los “trucos” que emplea el autor en su narrativa. Creo que la literatura, junto con la música, es el único arte que deja a la vista toda su tramoya; sólo hay que saber verla, lo que no siempre resulta sencillo. Por otro lado, adquirir habilidad en cualquier tarea es una cuestión de práctica. Cuanto más practiques, mejor lo harás. Así que hay que escribir mucho para aprender a escribir.


3. Practica el enceste. ¿Sabes cuál es la diferencia entre un mal escritor y un buen escritor? A la hora de escribir, el mal escritor usa un lápiz y un papel. El buen escritor, por su parte, emplea un lápiz, un papel... y una papelera. La mayor parte de lo que escribas al principio será malo: debes aprender a reconocerlo y, aunque te duela, debes coger esos textos chungos, arrugarlos hasta formar una bola y encestarlos en una papelera. Si careces de autocrítica, jamás serás un buen escritor. Así que exígete incluso más de lo que puedes dar.


4. Copia con descaro. Seguro que, mientras lees, muchas veces encuentras que el escritor ha usado algún magnífico recurso narrativo. Aprópiate de él sin la menor mala conciencia, úsalo en tus textos. Eso ayuda y enseña. Más adelante desarrollarás tus propios recursos, pero en tus comienzos te vendrá muy bien contar con esa clase de "apropiación". Pero eso sí, no “tomes prestados” siempre recursos del mismo escritor, porque se te acabará viendo el plumero. En la variedad está el gusto. Dicen que si para escribir un ensayo copias los textos de un autor, eres un plagiario; pero si copias a diez autores eres un investigador. Pues eso.


5. Petit à petit, l'oiseau fait son nid. O, dicho en cristiano: Poco a poco el pájaro hace su nido. No intentes correr antes de saber caminar, ni volar antes de dominar la carrera. Escribir un relato corto es, técnicamente, mucho más sencillo que escribir una novela. No es que el relato sea mejor o peor que la novela, ni mucho menos; sólo es, por mera cuestión de tamaño, menos complejo técnicamente. Lo cual no quiere decir que sea sencillo, por supuesto. Escribir un buen cuento requiere las tres T:  trabajo, técnica y talento. Pero, dada la brevedad de su extensión, es más manejable. Si intentas escribir una novela sin dominar la “carpintería narrativa”, lo más probable es que fracases y te deprimas (lo sé por experiencia). Y lo peor: no aprenderás nada, porque no sabrás en qué te has equivocado.


Yo, en tu lugar, comenzaría escribiendo cuentos cortos, de no más de cinco páginas, incluso meros apuntes. Después me plantearía cuentos largos, de entre veinte y setenta páginas; al ser más narrativos, aprenderás a contar una historia. Luego saltaría a la novela corta, de 150 páginas como máximo. Y después... pues eso, la novela larga. Este proceso que acabo de exponer no requiere meses, sino años. Pero recuerda algo: escribir, seas profesional o no, siempre es una cuestión de paciencia.


6. Céntrate en las tres columnas que sostienen (casi) todo relato: prosa, estructura narrativa y diseño de personajes. Por supuesto que en un relato hay mucho más, pero esas tres cuestiones son básicas y basta con que falles en una de ellas para mandar tu texto a la metafórica papelera de antes.


A veces, en los escasos talleres literarios que he impartido, me preguntaban cómo adquirir un estilo. Y yo respondía: si escribes con corrección, claridad, sencillez y orden, ya tienes un estilo. Esa es la base; a partir de ahí, haz lo que quieras. La cuestión es ¿cómo quieres que sea tu prosa? Hay autores, como Benet, que la consideran un fin en sí misma. Otros, por el contrario, creen que la prosa sólo es un vehículo para narrar. Hay prosas barrocas, prosas simples, prosas que hacen juegos malabares con las frases subordinadas, prosas coloristas, prosas secas como disparos, prosas poéticas... Personalmente, cuando escribo intento que mi prosa consiga la máxima eficacia y expresividad con el menor número de elementos posible. No quiero que mi prosa sea protagonista, sino que desaparezca para que en la mente del lector sólo quede la historia que estoy narrando. Pero esa es mi elección, no la tuya. Debes saber qué clase de prosa quieres usar, y para qué, y luego trabajarla mucho. De nuevo, la lectura ayuda en esta tarea. Pero, para ello, no leas traducciones, sino a buenos autores hispanohablantes.


Todo relato tiene una estructura narrativa. Si es un cuento, la estructura será pequeña, y si es una novela será grande (de ahí su mayor dificultad). Esa estructura no puede verse (como sí se ve la prosa), porque está “diluida” en todas las partes del relato; pero siempre existe y tienes que aprende a verla en los textos de otros autores. Es algo así como la estructura metálica de un edificio: cuando se construye la casa ya no la ves, pero está ahí, aguantándolo todo. Una historia se puede contar de muchas maneras, pero, como decía Stevenson: “No sé por dónde debe comenzar una novela, pero desde luego no por el principio; ni sé por dónde debe acabar, pero desde luego no por el final”. El orden con que relatas los hechos, el punto de vista, el ritmo, el uso de la elipsis, la dosificación de la información... Todo eso, y algunas cosas más, componen la estructura narrativa de un relato. Y recuerda: en literatura es tan importante lo que se dice como lo que no se dice.


Nada de lo anterior vale para una mierda si no sabes crear personajes verosímiles. Éste probablemente quizá sea el aspecto más difícil de la escritura, el que requiere más reflexión y trabajo, y en el que más suelen fallar los escritores, incluso los profesionales. En En la mente del escritor explico cómo diseño yo los personajes, pero puedo adelantarte algo: observa a la gente, analízala, pregúntate por las razones de sus palabras y actos. En general, un escritor debe ser una esponja que se interese por todo y lo absorba todo.


7. Corrige. Luego, corrige otra vez. Más tarde, vuelve a corregir. Y, después, sigue corrigiendo. Cuando has completado el primer borrador de algo, ten la completa seguridad de que estará lleno de errores. Así que corrígelo. Aún así, se te habrán escapado un montón de errores, así que vuelve a corregir. Y después seguro que hay párrafos que puedes escribirlos mejor, de modo que corrige otra vez. Pero puede que falte o sobre algo, así que otra corrección no estaría mal... Cuantas más veces corrijas un texto, mejor quedará. Un relato no se termina: se abandona. Dos consejos: Procura dejar pasar un tiempo (cuanto más mejor) entre la escritura de un relato y su corrección. Y segundo, haz al menos una de las correcciones leyendo el texto en voz alta; eso hace que prestes más atención a lo que lees y, al tiempo, te permite comprobar si la prosa fluye con soltura.


8. Pon a prueba tus escritos. Vale, ya has llegado a un punto en el que dominas, o crees que dominas, las herramientas de la escritura. Tendrás que comprobarlo, ¿no? Y no valen las opiniones de tus familiares y amigos, porque están predispuestos a tu favor y además, reconozcámoslo, tu abuelita es encantadora, pero no tiene ni zorra idea de literatura. Tienes que comprobar lo que sucede cuando unos completos desconocidos lean tus escritos. Hay cantidad de lugares en Internet donde se publican relatos de aficionados, e incluso puede que quede algún que otro fanzine en papel. No tendrás muchos lectores, pero las reacciones que obtengas te serán de gran utilidad.


Por otro lado, están los concursos literarios. Hay cientos, miles, y de todo tipo. Es una buena forma de poner a prueba tus escritos e, incluso, de sacarles alguna perrillas. Ganar premios es también una magnífica manera de acelerar una carrera literaria; pero claro, hace falta suerte.


9. Persevera y ten constancia. Al principio, la carrera de un escritor consiste básicamente en tragar mierda por un tubo. Prepárate a fracasar muchas veces. Es muy probable que tus primeros relatos sean M.D.C. (Malos De Cojones), pero no importa, sigue, porque con cada uno de ellos aprendes y consigues que el siguiente sea un poco mejor. Seguro que mucha gente criticará tus escritos, y no sabes cómo duele que se cisquen en algo tan tuyo, tan íntimo, como un relato salido de tu imaginación. Pero no importa, sigue adelante, porque esos comentarios duelen, pero ayudan. ¿Y qué pasará cuando por fin consigas publicar tu primera novela en una editorial minúscula con una distribución desastrosa y no la lea ni dios? ¿Te cortarás las venas? No, sigue escribiendo, porque aunque apenas tengas lectores, ya has dado un paso adelante. Y eso precisamente es una carrera: un paso detrás de otro.


Ten presente que escribir es un ejercicio de gran paciencia y constancia. Yo escribo todos los días, de lunes a viernes, de 9:30 a 13:30 y de 17:00 a 21:30. Y rara vez completo al día más de seis o siete páginas. Escribir es un proceso muy lento y, si requiere documentación, más lento aún. Así que la única forma de llegar a alguna parte es la constancia. Como dijo Picasso, la inspiración está muy bien, pero que cuando llegue me coja trabajando.


La del escritor es un carrera de fondo llena de obstáculos y zancadillas. Te llevarás muchos disgustos por el camino, y estadísticamente lo más probable es que no llegues a ninguna parte, ¿Sabes cuántos, como tú, lo intentan y fracasan? Pero no importa; aunque lo más probable es que eso suceda, no lo sabrás hasta que lo intentes. Así que no desfallezcas y sigue intentándolo.


10. Prepárate para aceptar que no eres escritor. Todo tiene un límite, no debes morir en el intento. No hay carga más pesada que la de una vocación frustrada, desear fervientemente algo toda tu vida y no poder conseguirlo. Eso puede amargarte la existencia. Porque, en realidad, esas vocaciones torrenciales son trampas que nos tendemos a nosotros mismos. Nada es tan vital, nada es tan imprescindible. ¿Deseas ser escritor? Vale, pero no hagas que toda tu vida dependa de ello. Escribir es sólo una parte de ti y, sin duda, no la más importante.


Verás, es posible que llegues a dominar las técnicas narrativas, es posible que desarrolles una prosa elegante, que diseñes personajes verosímiles, que cuentes sólidas historias, es posibles que lo hagas todo bien... y sin embargo no encuentres eco en los lectores. ¿Por qué? Pues porque hay algo que no puedes controlar ni cambiar: tú mismo. Cuando un autor escribe un relato, aparte de la técnica y la inspiración, va dejando en el texto rastros de su personalidad. Sus puntos de vista, su imaginación, el sentido del humor (o su ausencia), el tono, la actitud, los intereses, las creencias, el carácter, la ideología... todo eso y mucho más queda inconscientemente reflejado en el texto. De hecho, forma parte primordial del estilo de un escritor. Y no puedes controlarlo, porque es algo así como un “destilado” de ti mismo. Y eso puede gustarle a los lectores, o no gustarle, o dejarles fríos. Y si no les gusta, o les deja indiferentes, no hay nada que hacer. Por muy bien que te hayas preparado, cabe la posibilidad de que tus relatos no interesen. Mala suerte.


Pero no un desastre. Conozco a escritores fracasados (en el sentido de que no han llegado adonde querían llegar) que se amargan la vida a base de resentimiento y envidia, gente que se considera injustamente tratada y cuya única satisfacción es criticar y socavar a las editoriales y a los autores de éxito. Por Internet pululan muchos personajes así. No te conviertas en uno de ellos. ¿No puedes ser escritor profesional? Bueno, ¿y qué? Hay miles de cosas más que puedes hacer con tu vida. Y siempre puedes seguir escribiendo; para ti, para una minoría, para quien sea. La literatura no es suficientemente importante para joderte la vida por ella.


Eso es todo, abstracto Joven Escritor. Podría darte más consejos, pero creo que con un tópico decálogo basta. Espero que te sirva para algo.

domingo, mayo 22

15-M


Vale, lo reconozco: las diez entradas sobre mi hermano me han dejado desfondado. Por primera vez desde que existe Babel, he comenzado dos veces una entrada, ésta, y no he podido acabarlas. A la papelera con ellas. Normalmente las escribo de un tirón, pero ahora estoy así como... ¿agilipollado? Más o menos; se diría que ya no me sale nada que no sea un relato del pasado. Mmmm... qué idea: podría convertir el blog en una autobiografía... No, es broma; ni loco haría eso. Además, hay otros factores que me han bloqueado. En primer lugar, por fin he acabado la novela que tenía entre manos. Quinientas páginas. Soy idiota. En segundo lugar, intentaba hablar sobre la campaña electoral y el Movimiento 15-M, y, reconozcámoslo, todas las campañas son una mierda, pero ésta ha sido una mierda de tiranosaurio con colitis. Es más, he conseguido ignorarla casi por completo. He intentando no leer, ni oír, ni ver nada relacionado con los partidos políticos (de cualquier signo), y en gran media lo he conseguido. Me importa un bledo lo que digan.


Además, yo vivo en Madrid y está claro que aquí ganará el PP, como viene haciéndolo desde que dos tránsfugas le regalaron la comunidad a Esperanza-Aguirre-o-la-cólera-de-Dios. No hay emoción, es un coñazo. Por otro lado, Tomás Gómez, el candidato del PSOE a la Comunidad, es un impresentable a quien no votaría ni jarto de vino, así que por primera vez en mi vida le daré mi voto a Izquierda Hundida. Ni siquiera me acuerdo de cómo se llama su candidato; pero qué más da: no es un voto a favor, sino en contra. Y para lo que va a servir... En cuanto a la alcaldía, ah, amigos, ese puesto le pertenece para siempre jamás a Gallardón, que repetirá su mandato para que, una vez endeudados nosotros y nuestros hijos, se pringuen también nuestros nietos. En fin, votaré a Lissavetzky no sé por qué; quizá porque tiene un apellido muy molón. De nuevo: para lo que va a servir... En Madrid la partida ya está jugada y ganada por el PP, así que, si no eres derechoso, ir a votar es más un acto simbólico que algo significativo.

Pero de pronto, en medio de todo este coñazo, aparece el Movimiento 15-M y muchos parecen asombrarse, cuando lo asombroso es que no haya surgido antes algo semejante. Nuestro sistema electoral es injusto; la partitocracia no responde a las necesidades y demandas de los ciudadanos; existe una masiva corrupción tolerada por los representantes políticos; los sucesivos gobiernos de distinto signo han sido incapaces de resolver los principales problemas del país (educación, vivienda, modernización y diversificación de la economía, etc.); muchos votantes, tanto de izquierda como de derecha, no tienen una opción que represente sus ideas y se ven forzados a entregarle el voto a la alternativa (para su gusto) menos mala... en fin, podría seguir hasta el aburrimiento.

Pero, ¿sabéis?, todo eso ocurría exactamente igual hace, digamos, diez años, y nadie salía a las calles a protestar, nadie se concentraba en la Puerta del Sol. ¿Cuál es la diferencia entre hace 10 años y ahora? Premio: la crisis. Los jóvenes se han alzado cuando su futuro económico se ha visto en peligro. Antes todo era la misma mierda, pero como les llegaban las migajas de (sub) empleos (infra) pagados, nadie chistaba. Es decir, los jóvenes se han levantado no por idealismo político, sino por cruda realidad económica. Lo cual, me apresuro a aclarar, es absolutamente lícito, amén de necesario y digno de aplauso. Lo único es que le quita un poquito de romanticismo al asunto.

Aunque, en el fondo, eso da igual. Aceptemos que la crisis ha sido el catalizador necesario para provocar una reacción popular de descontento. Bienvenido, pues, el Movimiento 15-M y ojalá crezca y crezca hasta convertirse en una marejada imparable. Pero tengo ciertas dudas al respecto. En primer lugar, ¿cuál es la ideología de quienes forman parte de ese movimiento? Me temo que orientada a babor, y mientras no se sumen a él parte de la derecha moderada, su abanico social será incompleto. En segundo lugar, ¿es sólo un movimiento juvenil burgués o podrá extenderse a todos los sectores sociales? Por último: ¿Cuánto durará? ¿Sobrevivirá a las elecciones?

Si sólo es un movimiento juvenil burgués, corre el riesgo de derivar hacia la contracultura; lo cual a mí me parece cojonudo, pero limitaría su alcance. Por otro lado, las propuestas que han hecho hasta ahora son realistas, pragmáticas y razonables. Pero todo está en mantillas; es como tener a un bebé recién nacido delante y empezar a especular sobre si será ingeniero de caminos o torero. Demasiado prematuro, porque puede ser incluso que el bebé la diñe. Algo ha nacido, es cierto; pero, ¿qué es?

Espero que el Movimiento 15-M perdure más allá del periodo electoral, espero que crezca y se coordine hasta alcanzar el suficiente peso como para cambiar las cosas. Porque lo necesitamos, porque no podemos seguir así, porque ya va siendo hora de decir basta.

Y, entretanto, esta tarde después de comer iré con mi familia al colegio electoral para depositar en las urnas mis dos votos de mierda.