jueves, septiembre 22
Llamamiento
Un grave inconveniente de la sofisticada tecnología moderna es que muchos de sus problemas no son evidentes. Antes las cosas eran más claras; por ejemplo, evidentemente no debes meter los dedos en un enchufe, ni la mano en una prensa hidráulica. Ni se te pasa por la cabeza abrir una olla a presión puesta al fuego (bueno, lo cierto es que a mi madre sí se le ocurrió, y desde entonces le tengo pavor a las ollas a presión). Tampoco harías una hoguera junto a una bombona de butano ni hurgarías en las tripas de un televisor de tubo. Y todos sabemos que no es una buena idea secar al caniche en el microondas. Estábamos familiarizados con la tecnología que nos rodeaba y nos sentíamos seguros manejándola. Todo era muy analógico, muy rígido y estable. Pero ya no.
La tecnología con la que más tiempo convivo es mi ordenador. Trabajo con él, lo uso para comunicarme y para entretenerme. Es el ser inteligente del que más cerca estoy, incluyendo a mi familia. Así que he llegado a creer, estúpidamente, que lo controlo, que puedo manejarlo con soltura y sin riesgo. Por eso, un día, no hace mucho, decidí que iba a cambiar el antivirus y que iba a hacerlo yo mismo con mis propias manitas. Si me hubiera propuesto realizar una operación de cirugía cerebral no habría estado más equivocado.
El caso es que parecía sencillo. Desinstalabas el viejo antivirus e instalabas el nuevo, todo de forma automática. Hasta un niño de cinco años podría hacerlo; qué lástima no haber tenido a mano un niño de cinco años para que me echara un cable. Desinstalé el viejo antivirus, amigos, pero al parecer no del todo. Me dejé un cachito. El cachito cabrón. Y luego, con la alegría que otorga la ignorancia, instalé el nuevo antivirus. Y entonces mi ordenador se volvió loco. No de golpe y no del todo, fue algo gradual, maquiavélico, sutilmente traicionero, pequeños detalles que te extrañan pero no te alarman, y que poco a poco van a más hasta que al final descubres que tienes un poltergeist en el disco duro.
Y un aciago día, el Outlook dejó de funcionar. Y mi agenda de contactos se esfumó en la nada. He perdido todas mis direcciones de Internet. Todas... Pero cómo, dirá alguien, ¿no habías hecho un backup? Pues no, joder, no había hecho un puto backup. ¿Me arrepiento? Sí. ¿Soy idiota? Por supuesto. Pero de nada vale lamentarse, el caso es que un experto le ha devuelto la cordura a mi ordenata, pero me he quedado sin contactos igual que me quedé sin abuela. Aunque eso, lo de mi abuela, me importó bastante menos. Así pues, escribo este post con un doble objetivo.
1. Comunicaros una enseñanza: Queridos niños, los ordenadores son nuestros amigos. Por eso, si algún día os planteáis practicar la neurocirugía con vuestro ordenador, preguntadle antes a papá.
2. Lanzar un llamamiento: A TODOS MIS AMIGOS, MIS ENEMIGOS, MIS CONOCIDOS, MIS COLEGAS, MIS COLABORADORES, A TODOS AQUELLOS, EN DEFINITIVA, QUE TENGÁIS MI DIRECCIÓN DE CORREO (NO LA DE BABEL, SINO LA MÍA PARTICULAR), POR FAVOR MANDADME UN E-MAIL Y ASÍ PODRÉ RECUPERAR VUESTRAS DIRECCIONES. No tenéis que poner nada en el correo, aunque, por supuesto, recibir noticias vuestras siempre será un placer. Y recordad: debéis enviarlo a mi dirección particular, no a la del blog. Gracias.
lunes, septiembre 12
Quiero ser finlandés
Visité Finlandia hace unos años porque mi hijo Óscar estaba de Erasmus allí. La verdad es que, de no ser por esa circunstancia, creo que jamás habría ido. Finlandia nunca había figurado entre mis intereses, no sabía nada de ella, salvo que fabrica teléfonos móviles; aunque lo cierto es que tengo cierta relación con ese país. En los años 50, la edición finesa de El Coyote fue un exitazo y el editor le regaló a mi padre, para mí, un traje de lapón (o, mejor dicho: de saami). Aún conservo fotos mías, de cuando tenía tres o cuatro años, vestido de lapón. El caso es que fui a Finlandia sin esperar más que mucho frío (lo hacía), y me encontré con un país admirable. Gente civilizada, culta y rica con un envidiable sistema social.
Y eso tiene mucho mérito, porque las cosas fueron muy distintas en el pasado. De entrada, Finlandia está en mal lugar, con un clima adverso, un territorio en su mayor parte inhóspito y dos vecinos, a izquierda y derecha, sumamente tocapelotas: Suecia y Rusia. De hecho, Finlandia fue sucesivamente invadida y anexionada a ambos países (se declaró independiente en 1918). Además, la única riqueza natural con la que cuenta es la madera, y de eso vivió durante mucho tiempo. Malvivió, más bien, porque eran pobres como ratas. Sin embargo, hoy posee la undécima mayor renta per capita del mundo (España ocupa, u ocupaba, el puesto 25), y es el sexto país en cuanto a desarrollo tecnológico. ¿Cómo lo han hecho esos cabrones de finlandeses? ¿Encontraron petróleo, como los noruegos?
No, nada de petróleo. Apostaron por la educación, invirtieron todo lo que tenían en brindarle a la gente la mejor enseñanza pública posible. Y lo consiguieron, como vienen demostrando todos los informes PISA;. Desde hace mucho, el sistema educativo finlandés está considerado el mejor del mundo (o uno de los mejores, no nos pongamos tiquismiquis). Ese es el milagro que transformó un país pobre e inculto en un país ilustrado y próspero.
¿Y sabéis cuál es el secreto del éxito de ese sistema educativo? ¿Muchos ordenadores? ¿Pizarras electrónicas? ¿Mejores instalaciones? No, nada de eso. La piedra angular del sistema educativo finlandés es el profesorado. Los docentes finlandeses se someten a un riguroso sistema de selección y formación (la carrera dura 6 años), y son evaluados según “las habilidades lectora y escrita, la capacidad de empatía y comunicación, las habilidades artísticas, musicales y una alta competencia matemática”. Y no solo se trata de su formación, sino también de su número. En Finlandia, el máximo de alumnos por clase es de 20, así que los profesores pueden brindar una atención más personalizada.
En fin, tampoco hay que darle muchas vueltas. Recordad el colegio, a los mejores profesores que hayáis tenido, y pensad en lo importantes que fueron para vosotros, en cómo las asignaturas se convertían en apasionantes cuando eran impartidas por un buen profesor. Ese es el secreto, y no es ningún secreto.
España ocupa el puesto 35 en el ranking PISA, doce puntos por debajo de la media de la OCDE. Tenemos el segundo mayor índice de fracaso escolar de la Unión Europea (31’2 %) y deficiencias muy notables en aspectos tan fundamentales como la comprensión lectora y las matemáticas. El sistema educativo español está bajo mínimos. Y ese es un problema, quizá el más grave de nuestro país, que ninguno de los gobiernos que hemos sufrido, tanto de izquierdas como de derechas, ha sabido o querido solucionar. Nos hemos gastado miles de millones de euros en infraestructuras innecesarias, que quedaban muy bien en la foto, pero no hacían nada por nuestro futuro. Es decir, cuando los vientos eran favorables no invertimos en educación, y ahora con la puñetera crisis...
Ahora, con la crisis, varios gobierno autonómicos (Madrid, Galicia, Navarra y Castilla la Mancha, de momento) han decidido recortar sus presupuestos de educación. Es una locura, un error descomunal, una barbaridad. Además, lo que se va a reducir es el número de docentes, así que el recorte redundará en una inevitable falta de atención al alumnado, con el consiguiente empeoramiento de la enseñanza. Vamos a hacer exactamente lo contrario de lo que hicieron los finlandeses, qué listos somos.
Para colmo de males, y hablo sólo de la comunidad en que vivo, doña Esperanza Aguirre tildó de vagos e insolidarios a los profesores, confundiendo horas lectivas con horas de trabajo. Luego se disculpó, qué confusión más tonta, ja-ja, pero ya había implantado en la gente la idea que le interesaba, que los profesores trabajan poco. Igual hizo la ínclita Ana Botella, la concejala de medio ambiente que nos proporciona uno de los peores medios ambientes de Europa. Qué asco me dan, como me indignan; pensando sólo en sus intereses, son capaces de difamar a uno de los colectivos más admirables y desprotegidos que conozco. Pero no me extraña; ya lo hicieron con otro colectivo admirable, el de la sanidad.
Conozco a muchos profesores; son gente vocacional, gente entregada a una labor fundamental para nuestra sociedad. Trabajan con muy pocos medios, supliendo las carencias a base de entusiasmo y dedicación; son héroes cotidianos. Joder, pensadlo un momento: les confiamos lo más valioso que tenemos, nuestros hijos, así que deberíamos apoyarlos incondicionalmente. Pero no lo hacemos. Hoy en día, los profesores tienen un problema de autoridad, precisamente porque los padres sobreprotegen a sus hijos. Y ahora vienen Esperanza, Ana y sus secuaces para minar más su autoridad tildándolos de vagos. Es para echarse a llorar.
Ya está el rojo de mierda, pensará alguno; metiéndose con el PP, como siempre. Pues no, joder, esto no tiene nada que ver con ideologías, sino con el sentido común. En Finlandia, todo su espectro político, de la derecha a la izquierda, está de acuerdo en algo: apoyar la educación pública. Porque quizá sea un tópico, pero no por ello es menos cierto: la educación no es un gasto, sino una inversión. Pero una inversión a largo plazo, claro, y nuestros miserables políticos (tanto de babor como de estribor) son incapaces de pensar a más de cuatro años vista, así que cuando les llega el turno de gobernar cambian los planes de estudio tontamente sin plantearse siquiera lo fundamental: cambiar y mejorar el sistema educativo del país.
Ahora se escuchan otras ocurrencias sobre educación. Por ejemplo, juntar a los alumnos “listos” y derivar a los “tontos” a FP. Genial; según ese sistema, Einstein jamás habría ido a la universidad, aunque a lo mejor habría sido un buen fontanero. Pero es que además esa chorrada no dividiría a los alumnos en “listos” y “tontos”, sino en ricos (que van a colegios privados y pueden pagarse profesores de apoyo) y pobres (que no pueden costearse la menor ayuda y viven en peores condiciones). Y de nuevo se propone todo lo contrario que en Finlandia, porque allí el propósito del sistema es que todos los alumnos alcancen el nivel del mejor del grupo.
Otra ocurrencia, que ya se da en muchos colegios concertados, consiste en separar a los niños de las niñas, como en el franquismo. Según dicen, porque cada sexo debe ser educado de distinta manera. En Finlandia, huelga decirlo, no hay separación escolar por sexos. Sin embargo... Es cierto que, tradicionalmente, las chicas obtienen mejores resultados en comprensión verbal y los chicos en matemáticas. Pues bien, la menor diferencia por sexos respecto a esos temas se da en Finlandia, donde la educación es más igualitaria.
El sistema educativo español nunca ha sido bueno, y ahora nos lo estamos cargando aún más. Eso le augura al país un futuro de mierda. Ya no somos mano de obra barata; lo único que nos puede dar alguna ventaja frente a los países emergentes es la innovación, el desarrollo tecnológico, y para eso es imprescindible que invirtamos en educación. Miremos a Finlandia, por favor. ¿Sabéis cuál es la profesión más valorada por los finlandeses? La docencia. ¿Sabéis cuánto gana al mes un profesor finlandés? 3.400 euros; casi el doble que sus colegas españoles (y Finlandia tiene el menor coste de vida de los países nórdicos).
Lo que se está haciendo con la educación es un suicidio, y son los jóvenes, nuestros hijos, quienes sufrirán las consecuencias. Las protestas de los docentes no son un mero conflicto laboral, sino una cuestión de interés nacional. Apoyémosles, por favor; no hagamos caso a los políticos hijos de puta que sólo piensan en sus intereses partidistas y a cortísimo plazo. Esos políticos son los locos que nos van a llevar a la mierda.
Seamos un poquito finlandeses, joder, y luchemos por la mejor educación pública posible. O bien resignémonos a ser un país de quinta fila poblado de mediocres. Nuestros políticos ya han optado por esa segunda opción; ¿se lo vamos a permitir?
jueves, septiembre 1
Insomnio
El otro día, en el talk show Real Time with Bill Maher, de HBO (Canal + Extra), Maher le preguntó a uno de sus invitados, un astrofísico, sobre la muy probable cancelación por falta de fondos del telescopio espacial James Webb (JWST), sucesor del Hubble, que la NASA planeaba poner en órbita en 2014. El científico expuso su pesar ante esa eventualidad, aduciendo una serie de razones científicas –el alcance del JWST, muy superior al del Hubble, podría obtener imágenes del mismísimo comienzo del universo- y también económicas –comparando el coste del JWST con el de un mes de las tropas yanquis en Afganistán-. Al final añadió que las cada vez más drásticas restricciones económicas al programa espacial, no sólo suponían un freno para la ciencia y la tecnología, sino que además de ese modo se estaban cercenando los sueños de la gente. Entonces, dándole vueltas a esa respuesta, me di cuenta de que nuestra sociedad, nuestra civilización, está perdiendo la capacidad de soñar.
Recuerdo perfectamente el día (la noche en realidad) en que el hombre pisó la Luna. Para un chiflado de la ciencia ficción, como yo a los 16 años, aquello era un sueño hecho realidad. Vale, sí, el programa Apolo fue una herramienta propagandística de la Guerra Fría, probablemente el anuncio más caro del mundo, pero ¿y qué? Para la Gran Historia, lo único importante será que el 20 de julio de 1969 un ser humano pisó por primera vez otro cuerpo celeste.
A partir del alunizaje, todo el mundo, y en particular los pirados de la ciencia ficción, augurábamos un futuro esplendoroso. Lo siguiente sería una estación espacial en órbita; luego, bases permanentes en la Luna, después una misión tripulada a Marte y, por qué no, finalmente las estrellas. Nos sentíamos como los primitivos anfibios dando sus primeros y torpes pasos en las playas, dispuestos a extenderse por tierra firme. Estábamos abandonando la Tierra para colonizar el espacio.
Pero no sólo era el programa espacial. Sentíamos que todo era posible, que el futuro era un paraíso lleno de prodigios. Vale, también albergábamos el temor de que los pérfidos comunistas nos frieran a bombazos atómicos; pero hasta eso, una hecatombe nuclear, era una pesadilla grandiosa (y una pesadilla no es más que un mal sueño). Sí, nuestro futuro estaba lleno de sueños. Incluso creímos que podíamos cambiar el mundo sin más armas que flores, buen rollito y unos canutos. No lo conseguimos, claro; el mundo nos cambió a nosotros. Pero si bien es importante cumplir los sueños, aún más importante es poseer la capacidad de soñar.
Luego, las cosas comenzaron a torcerse. El programa espacial perdió popularidad y el desastre (en todos los sentidos) de los transbordadores casi ha acabado con la NASA. A la fiesta hippy le siguió el nihilismo punk. Y la Guerra Fría concluyó, con un ganador y un perdedor. A la mierda el sueño/pesadilla comunista. Fueron los tiempos de Reagan, Thatcher y Wojtyla, tiempos malos para la lírica. Así que la gente comenzó a pasar de utopías y de antiutopías, los sueños dejaron de ser colectivos para convertirse en privados (es decir, no solo se privatizó la economía, sino también los sueños). Sueños muy poco románticos: el nuevo paradigma consistía en enriquecerse lo antes posible del modo que fuese. Y aquellas lluvias trajeron estos lodos, el cenagal de una crisis causada por un capitalismo sin freno.
¿Qué sueña la gente ahora? No hay sueños colectivos, nadie habla de utopías, no hay ningún proyecto de futuro, ninguna empresa lo suficientemente amplia, ambiciosa e ilusionante que nos brinde esperanza. Ahora, el sueño de la gente consiste en encontrar un trabajo de menos-que-mileuirista y, con suerte, empeñarse de por vida para conseguir una casa de mierda. Joder, entre soñar con alcanzar las estrellas y soñar con pillar un curro mal pagado y una hipoteca hay una sustancial diferencia, no me digáis que no.
Ahora, una aclaración, para evitar confusiones. Alguien podría pensar: vaya, ya estamos con la cantinela de siempre. Los de antes tenían valores, eran luchadores y románticos, pero las nuevas generaciones, criadas en el confort y la molicie, pasan tanto de todo que ni siquiera son capaces de tener sueños ambiciosos. Bueno, pues no, de ningún modo pretendo decir eso. Al contrario, sostengo que las nuevas generaciones, los más jóvenes, no sólo no son responsables del actual estado de las cosas, sino que son las principales víctimas. Los verdaderos culpables somos nosotros, los que nacimos en torno a mediados del siglo XX. Nosotros, los babyboomers y las generaciones anterior y posterior, fuimos quienes la cagamos.
Las características de cada generación dependen de su momento histórico y de las circunstancias de su entorno. En Occidente, después de la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos como nuevo imperio y Europa lamiéndose las heridas, se inició un proceso de intensísimo y velocísimo desarrollo tecnológico que se sustanció en una rápida mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos. Tras el profundo conservadurismo de posguerra, hubo una primera reacción en los 50, la generación beat, que condujo a la revolución contracultural de los 60, un grandioso despliegue de sueños utópicos. Pero, atención, los 60 fueron años de esplendor económico (no en España, pero sí en el resto de Occidente), de modo que esa contracultura era sobre todo burguesa. No nos engañemos: aquellos greñudos, románticos y colocados hasta el culo, éramos unos hijos de papá. Como dábamos por hecho que teníamos tan asegurado el futuro como el presente, ¿por qué no cambiar el mundo y, además, divirtiéndonos al hacerlo? Reconozcamos que no tiene mucho mérito intentar volar cuando se tiene una red de seguridad debajo.
El caso es que el mundo no cambió, y ahí nos quedamos los greñudos, preguntándonos qué habíamos hecho mal. Quizá el pelo; así que nos lo cortamos (además, empezábamos a quedarnos calvos). Para colmo de males, la mayor parte de los ideólogos de nuestra generación había apostado por el caballo equivocado: el comunismo. La invasión rusa de Checoslovaquia fue un bajonazo, y el posterior desmoronamiento del imperio soviético dejó a la izquierda con los ojos como platos y sin plan B. Se acabó el sueño de intentar cambiar el mundo (para cambiar algo primero hay que saber en qué quieres convertirlo). Así que los ex-greñudos nos volvimos socialdemócratas, que es como decir: “Vale, has ganado, tu sistema es el bueno; pero al menos déjanos controlarlo un poquito”. Y los ex-greñudos nos pusimos a currar para intentar vivir lo mejor posible. ¿Utopías? Para qué, si ya vivíamos en el mejor de los mundos posibles. Nos vendimos al sistema a cambio de un plato de lentejas, y criamos a nuestros hijos inculcándoles la convicción de que habría lentejas para siempre y para todos. Mentira. Unos pocos, los listos de verdad (los que, en efecto, han cambiado el mundo), se quedaron con todo el chorizo, la morcilla y el tocino, y ahora ya no hay legumbres para todos, ni se auguran buenas cosechas futuras. Y del cerdo, por supuesto, olvídate.
Mi generación creció con la certeza de que el futuro iba a ser mejor que el pasado (de ahí que “futuro” sea para nosotros sinónimo de “progreso”). Y en muchos sentidos, así fue. Pero ya no. Las jóvenes generaciones, nuestros hijos, vivirán peor que nosotros, lo tendrán infinitamente más difícil. Les hemos robado el futuro; y lo que es aún peor: les hemos robado los sueños.
“Eh”, diréis; “hay muchos jóvenes idealistas, como los que curran para las ONGs o los del 15-M”. Es cierto, hay jóvenes idealista. Pero fijaos en qué clase de sueños tienen. Los del 15-M ya no quieren cambiar el sistema, sino simplemente algunas de sus normas. Y un curro, claro; es lógico con un 50 % de paro juvenil. En cuanto a los de las ONGs, su sueño consiste en aliviar los males, una labor admirable, pero también en cierto modo pesimista, porque en el fondo es el reconocimiento de que no hay utopías, y todo lo que podemos hacer es intentar paliar un poco el dolor y la miseria de esta mierda de mundo.
Ya no hay futuro. Fijaos en algo: durante el siglo XX, hasta más o menos los años 80, la modalidad de fantástico más popular era la ciencia ficción, un género intrínsicamente relacionado con el porvenir. Hoy, la ciencia ficción está en recesión y el género en boga es el fantasy (El señor de los anillos, El nombre del viento, Canción de hielo y fuego, etc.), una temática que suele desarrollarse en una especie de pasado pseudo medieval. Es decir, antes soñábamos con el futuro, mientras que hoy los sueños se refugian en el pasado. Muy sintomático.
Mi generación no solo forjó sus propios sueños; también heredó algunos de los sueños de generaciones anteriores. En cierto modo había una continuidad, una inercia, una línea conductora a lo largo del tiempo. ¿Qué sueños de mi generación heredarán los jóvenes? Ninguno; ni siquiera la torpe ensoñación de dar un pelotazo. ¿Forjarán sus propios sueños? Quizá, pero cuando se está luchando por sobrevivir es muy difícil perder el tiempo fantaseando con las estrellas.
Una sociedad que carece de sueños, una sociedad que no tiene ningún proyecto, salvo perpetuarse en lo mismo, es una sociedad decadente. No hay de qué sorprenderse; en algún momento tenía que producirse el declive de Occidente. Pero ese no es el auténtico problema. La cuestión es que la gente no necesita sólo pan y cobijo para vivir, sino también esperanza, sueños, y si se les priva de ellos, automáticamente se abre un hueco (un “nicho de mercado” en lenguaje de marketing) que los oportunistas y los iluminados correrán a ocupar. El nazismo surgió de una profunda crisis económica en un país que había visto derrumbarse sus sueños. Hitler le prometió a los alemanes (arios, por supuesto) que mejoraría su nivel de vida y les devolvería el orgullo nacional. Y en gran medida cumplió su promesa. Lo malo es que esos sueños venían acompañados por la peor de las pesadillas. Eso es lo que nos enseña la Historia, que cuando a la gente se le arrebatan los sueños, los locos se alzan con el poder. Y no os creáis que siempre es sencillo identificar a los dementes.
Vaya, cuánto me he enrollado... En resumen, amigos míos, lo único que quería decir es que la crisis económica es chunga, pero la crisis onírica puede ser aún peor.
lunes, agosto 22
Leoncio Vázquez
Tito y yo nos conocimos en el colegio San Alberto Magno cuando teníamos nueve años, hace ya casi cincuenta, y desde entonces hemos mantenido ininterrumpidamente nuestra amistad. ¿Amistad? No, más que eso. Mis hermanos eran diez y catorce años mayores que yo, y el hermano de Tito, Dámaso, murió muy joven, así que hemos sido prácticamente hermanos. Juntos hemos pasado muchas cosas buenas, y también muchas cosas malas; la verdad es que podría escribir un libro entero con las delirantes anécdotas que hemos protagonizado. Durante mucho tiempo lo hicimos todo a la vez, desde la vida loca de dos balas perdidas, a la loca vida de dos publicitarios. Él y su mujer son los padrinos laicos de mi hijo mayor y yo soy el padrino de su gata Renata.
El caso es que nadie me conoce tan bien como Tito y nadie conoce a Tito tan bien como yo. Con frecuencia sabemos lo que está pensando el otro y, como no podía ser de otra forma, hemos desarrollado una serie de ritos privados. Por ejemplo, cada vez que hablamos por teléfono sobrevienen un par de minutos previos en los que no hacemos más que proferir ruidos guturales y frases sin sentido. Cualquiera que no nos conozca sospecharía que somos gilipollas, mientras que quienes nos conocen tienen la certeza de que, en efecto, somos gilipollas. Como es natural, también conozco a su familia desde siempre y, de un modo u otro, he llegado a considerarla mi propia familia. Una familia muy peculiar, por cierto. Y quizá el más peculiar de todos sus miembros fuese Leoncio Vázquez, el padrino de Tito (en realidad, Tito se llama Leoncio).
Cuando le conocí (hace un millón de años), Leoncio Vázquez era el propietario de una cafetería llamada La Concha, situada en la madrileña plaza de Santa Bárbara 1, justo donde hoy hay una sucursal BBVA. Leoncio era un hombre fornido y grueso, pero la suya no era una gordura fofa, sino tensa y firme, como si fuese una expansión de sus músculos. Llevaba un bigotito recortado, como una fila de hormigas, bigote de facha. Porque Leoncio era un facha, un franquista de tomo y lomo; pero inofensivo, pues jamás se metió en política. Tenía la voz grave, algo rota, y una perenne expresión de ironía en la mirada. Estaba casado con Eloisa, una mujer tan guapa como insoportable, y no tenía hijos.
Básicamente, Leoncio era un golfo. Jugador, tramposo, juerguista, bebedor impenitente, fumador compulsivo, putero… y simpático, arrolladoramente simpático. Fue un señorito madrileño de la posguerra, sin excesiva pasta pero con mucho morro, un buscavidas que solía caminar al borde de la ilegalidad. En la trastienda de La Concha, su cafetería, se celebraban larguísimas partidas de póker (cuando el juego estaba prohibido), en las que tanto él como su mujer participaban con entusiasmo. La verdad es que en La Concha se jugaba mucho y a todo y, en contra de lo que cabía esperar, esa pasión por el juego acabó convirtiendo a Leoncio en multimillonario.
Era un golfo, sí, pero con un peculiar código de valores. Por ejemplo, aceptaba que sus empleados le robaran, siempre y cuando no fuese demasiado (a fin de cuentas, él hubiera hecho lo mismo), igual que aceptaba las trampas, siempre y cuando estuvieran bien hechas. En cierta ocasión, cuando Tito y yo teníamos 16 o 17 años, fuimos a La Concha y nos pusimos a jugar con Leoncio a los dados. Nos jugábamos poco dinero, para él, pero mucho para nosotros, y Leoncio ganó todas las partidas, dejándonos sin un duro. “Qué suerte tienes”, le dijimos. Él le dio un sorbo a su whisky, nos dedicó una mirada socarrona y respondió: “Sois unos lilas; os he hecho trampas”. Acto seguido, nos explicó cómo se hacían trampas jugando a los dados. Pero no nos devolvió el dinero; ese era el precio que habíamos pagado por la lección que acababa de darnos: si vais a jugaros la pasta, tened presente que podéis encontraros con tipos como yo.
Podría relatar cientos de anécdotas protagonizadas por Leoncio. Por ejemplo, una tarde, estando en La Concha, entraron un grupo de sordomudos. De pronto, Leoncio se aproximó y comenzó a hablar con ellos… ¡en el lenguaje gestual de los sordomudos! ¿Cómo es que conocía ese lenguaje? Se negó en redondo a decírnoslo. ¿Para qué lo había aprendido? Ni idea, aunque sospecho que para algo semi-ilegal. No es que ésta sea una anécdota graciosa, pero ilustra una de las peculiaridades de Leoncio: era imprevisible, estaba lleno de pequeños secretos y sorpresas.
A mediados de los 70, poco antes de la muerte de Franco, cuando Leoncio tenía cuarenta y tantos años, inició su camino hacia la fortuna. Enfrente de La Concha había, y hay, un palacete, el de la marquesa de V. Los más jóvenes de esa familia, los nietos de la marquesa, solían frecuentar La Concha, acompañados muchas veces por uno de los nietos de Franco, Francis. Eran, como es natural, una panda de pijos. Se dio la casualidad de que una de las nietas de la marquesa, llamada (creo recordar) Patricia, fue compañera mía en la facultad de periodismo. Era una chica encantadora, muy crítica con sus parientes, que me contó algunas cosas acerca de su familia. La marquesa, heredera del título y de la fortuna, tenía tres hijos que vivían en ese palacete. Cada hijo, a su vez, tenía su propia familia, pero todos dependían de la pasta de la marquesa, que al parecer era más bien tacaña. Por lo visto, los nietos se dedicaban a ir por las habitaciones del palacete que su abuela no solía visitar, cogían todo lo que tuviese algún valor y lo vendían. Porque no tenía ni un duro.
Entonces, los marquesitos tuvieron una idea para conseguir pasta: le propusieron a Leoncio montar un bingo ilegal en La Concha (el juego, os lo recuerdo, estaba prohibido). Fue un éxito tan grande que Leoncio comenzó a ganar más dinero con el bingo que con la cafetería. De vez en cuando aparecía la policía, cerraba el tinglado y metía a los promotores en la trena, pero entonces Francis Franco intercedía por ellos, todo el mundo quedaba libre sin cargos y el negocio volvía a empezar. Cosas de la dictadura.
No era el único bingo ilegal de Madrid, claro; de hecho, había tantos que finalmente se autorizó esa clase de juego, restringiéndolo al principio a determinadas instituciones, entre ellas las casas regionales. Justo en ese momento, Leoncio tuvo un golpe de suerte: el Banco de Bilbao le compró La Concha. Leoncio, que era pucelano, se puso entonces en contacto con la Casa de Valladolid y les propuso montar un bingo, esta vez legal. Fue un éxito absoluto y el dinero comenzó a entrar a raudales. En el 77 se permitió el juego en España y Leoncio montó varios bingos más. Y se hizo multimillonario.
Voy a hablaros de Eloisa, su mujer. Lo reconozco: me caía fatal. Cuando sólo era de clase media ya se comportaba de forma egoísta, altanera y despectiva con los demás, así que imaginaros lo insoportable que se puso cuando se convirtió en multimillonaria. Era insufrible y cometió el error de serlo también con su marido. La verdad es que se llevaban fatal y discutían constantemente. Según reconoció la propia Eloisa, dormía con un cuchillo debajo de la almohada, aunque estoy convencido de que Leoncio jamás la maltrató. Más bien fue al revés.
En mi opinión, si estás casada con un tío que, de la noche a la mañana, se ha forrado, más te vale tratarlo bien (y cuando digo “tratarle bien” me refiero sólo a tratarle con un poco de educación). Pero Eloisa optó exactamente por lo contrario: se dedicó a hacerle la vida cada vez más imposible a su marido. Hasta que un día a Leoncio se le hincharon las pelotas y se divorció de ella. Eloisa sacó mucha pasta y muchas posesiones de ese divorcio, suficiente capital para vivir bien el resto de su vida, pero era una ludópata y lo perdió todo en el juego. Al final murió pobre y sola. No me alegro de ello, pero se lo había ganado a pulso.
Leoncio, por su parte, se casó de nuevo, con la mujer que había sido su amante de siempre. Eso le hizo feliz. Pero mucho antes, antes incluso del divorcio, había cometido un error: se asoció con tiburones de la alta sociedad. En realidad, fue la misma tontería que Tito y yo habíamos cometido al jugarnos la pasta con él a los dados: jugó con tipos que eran más golfos que él. Y perdió. Sus socios le timaron y se quedaron con uno de su bingos, el que más pasta le daba. Pero aún tenía mucho dinero y, aunque la fiebre del bingo acabó disipándose, siguió viviendo con toda comodidad.
En fin, supongo que os habéis dado cuenta de que hablo de Leoncio en pasado. Porque Leoncio Vázquez falleció hace poco más de un mes, el 14 de julio de este año. Tenía 88 años de edad. Cuando volví de Noruega y me enteré de lo que había pasado, se me partió el corazón. Y me sentí culpable y asquerosamente cobarde.
Hacía mucho tiempo que no veía a Leoncio; creo que casi treinta años. Muchas veces había pensado en visitarle, pero lo fui dejando. Finalmente, el invierno pasado hablé con Tito y le dije que me gustaría ver a su padrino. Quedamos para comer juntos, pero Leoncio se indispuso y no pudo ser. Poco después, se rompió un tobillo y lo ingresaron en una residencia para la rehabilitación. Tito iba a verle con frecuencia; le dije que un día quería acompañarle, y Tito me advirtió de que Leoncio tenía la mente en perfecto estado, pero físicamente estaba hecho una mierda (con el tipo de vida que había llevado, lo raro es que alcanzara tan avanzada edad). Me dio miedo verle tan cascado, ingresado en una residencia llena de viejos gagá, así que le dije a Tito que esperaría a verle para cuando estuviese recuperado. Nada más colgar el teléfono lo pensé: se va a morir, no volveré a verle jamás. Y así ocurrió. Soy un mierda, pero eso es otra cuestión. Según Tito, Leoncio no soportaba estar en la residencia y como su tobillo no mejoraba, temía quedarse allí para siempre. Así que se dejó morir; de hecho, cuando llegaron los médicos rechazó toda ayuda. Ya había vivido demasiado, y no le gustaba el tipo de vida que le esperaba, así que ¿para qué seguir? La partida había terminado; era hora de recoger las cartas y descansar.
Con Leoncio ha muerto una parte de mi niñez y de mi juventud, una parte de mi vida. Pero también ha muerto un personaje irrepetible, y uno de los últimos protagonistas de una época que ya no existe. No quiero ponerme sentimental, pero lo siento, lo siento muchísimo. Ya sabéis que no creo en el más allá, pero si me equivocara y realmente hubiese una vida después de la muerte, con toda seguridad, Leoncio, gran pecador, estaría en el infierno, timándole a los dados a Satanás y regentando un casino en la trastienda del Averno.
Hasta siempre, Leoncio, entrañable y simpático golfo, viejo tramposo, putero y juerguista. Nunca te olvidaré.
jueves, agosto 4
Canícula
¡Eeeeeeeeoooooooo!... ¿Hay alguien ahí?... Supongo que estáis todos de vacaciones o, cuando menos, con las neuronas en otra parte. En lo que a mí respecta, es el primer verano en mucho tiempo que me pilla sin estar escribiendo alguna novela. Aunque, en realidad, comencé una hará cosa de mes y medio, pero no sé yo si voy bien encaminado. Me cuesta mucho escribirla, lo que suele significar que hay algo que no funciona. Me parece que voy a abandonarla…
Ahora estoy corrigiendo la última novela que he escrito, La isla de Bowen, un relato de 500 páginas de extensión. Está ambientada en 1920, en España, Inglaterra y Noruega, y es una historia de aventuras al estilo de las de Julio Verne, un proyecto que llevaba casi veinte años acariciando. Aunque, ahora que ya está casi acabada, me doy cuenta de que no solo me he dejado influir por Verne, sino también por Conan Doyle y Wells. Cuanta la historia de un hallazgo imposible y valiosísimo en una tumba medieval, de la búsqueda de un misterio, de una expedición perdida y de la pugna por encontrarla entre un multimillonario sin escrúpulos y un geógrafo y explorador, Ulises Zarco, tan extravagante como malhumorado. Hay dirigibles, volcanes, barcos y todo lo que debe tener una novela al estilo Verne.
Confieso que casi me lo pasé bien escribiéndola. Casi, porque 500 páginas son una pasada y al final estaba un poquito hasta las pelotas. No obstante, ahora me lo estoy pasando bomba corrigiéndola. Vale, lo confieso, debo de ser el único escritor que disfruta corrigiendo sus textos. Pero es que hay que tener en cuenta mi gran axioma profesional (copiado de Fredric Brown): Odio escribir, pero adoro haber escrito. Y en eso precisamente consiste corregir: en repasar lo ya escrito. Genial, porque ya está hecha la mayor parte del trabajo y lo único que queda es retocar aquí y allá; a lo sumo, redactar un par de párrafos. Desde luego, mucho mejor que romperte la cabeza trabajando en algo que todavía no tiene forma. El caso es que ahora, mientras corregía, me he dado cuenta de las peculiaridades de la documentación que he tenido que manejar. He aquí algunos ejemplos:
-Técnicas y material fotográfico en 1920.
-Características detalladas de un carguero impulsado por un motor diesel en 1920.
-Velocidades de navegación a vapor y con motor de explosión en 1920.
-Sueldos en España y cotización de la peseta en 1920.
-Trazado del metro de Londres en 1920.
-Modelos de coches y motos a principios del siglo XX.
-Nivel del conocimiento sobre los elementos químicos en 1920.
-Historia de la iglesia de San Gluvias en Penryn (Cornualles).
-Historia de la cristianización de Escandinavia.
-Historia de la ciudad noruega de Trondheim.
-Historia e imágenes del Reform Club.
-Imágenes y filmaciones de Havoysund (cerca de Cabo Norte) y de la isla Spitsbergen en el archipiélago Svalbard (cerca del Polo Norte).
Eso sólo es una muestra. Ahora bien, ¿os hacéis una idea de cuánto tiempo y esfuerzo me habría llevado conseguir esos datos antes de Internet? No puedo ni imaginármelo. De hecho, si no dispusiera de la Red no me habría planteado siquiera buscar muchas de esas cuestiones. ¿De dónde demonios iba a sacar, por ejemplo, un plano del metro de Londres de la década de los 20? Pues bien, todo eso lo encontré en Internet, aunque es cierto que tuve que complementar algunas cuestiones a la vieja usanza, recurriendo a libros y revistas. Y las imágenes… joder, había mucho más de lo que yo esperaba, incluso imágenes de los años 20. Sin duda, Internet es una bendición para un escritor.
Pero no todo es bueno. Con mucha frecuencia, cuando buscas un dato te encuentras con el mismo texto, por lo general simplista e insuficiente, copiado y repetido decenas de veces, copando las primeras páginas. De hecho, tienes que rebuscar entre montones de páginas inútiles hasta encontrar lo que buscas… si es que lo encuentras. Luego está la calidad de la información, porque la mayor parte de los datos que encuentras en la Red no son fiables. Por ejemplo, amigos míos, Wikipedia NO ES FIABLE. ¿Cómo, que las enciclopedias en papel tampoco lo son? Cierto, pero me atrevería a afirmar que la peor enciclopedia del mundo es cien veces más fiable que Wikipedia. Y lo sé por experiencia. Lo cierto es que yo recurro a la Wiki de las narices casi exclusivamente por los links. El problema es que por Internet circulan con idéntica profusión y rapidez la información y la desinformación, y a veces no es fácil distinguir la una de la otra. Hay temas, como por ejemplo el esoterismo, que ni siquiera me planteo buscar en Internet, porque la cantidad de basura que hay hace imposible la labor. Pero bueno, ya hablaremos otro día de los problemas de Internet.
Ahora estoy aquí, en mi despacho, sintiéndome culpable por estar escribiendo esto en vez de corregir la novela, como sería mi deber. Son las doce menos cuarto de la mañana; miro por la ventana y veo la calle vacía. Agosto es como un largo bostezo, qué maravilla. No hay tráfico, no hay aglomeraciones, puedes aparcar donde quieras… una gozada. Ya conocéis el dicho: Madrid, en agosto, Baden-Baden. Aunque este año viene Ratzinger Z y la ciudad se va a poner perdidita de meapilas. Será cosa de no visitar el centro entre el 18 y el 21, no vaya a ser que me quemen en una hoguera.
Hace calor. Pasado mañana, Pepa, Óscar, Pablo y yo nos vamos de vacaciones a pasar una semana en Malta. Sí, sí, sí, acabo de volver de Noruega, lo sé; pero es que siempre partimos las vacaciones. Quince días para Pepa y para mí, solos (si alguno de nuestros vástagos quiere acompañarnos, perfecto; pero nunca quieren), y una semana con los okupas. De todas formas, últimamente estoy viajando muchísimo, es cierto. Me encanta. Aunque me temo que en Malta hará un egg de calor… en fin, añoraré el clima noruego. Pepa y los okupas están deseando tumbarse al sol; yo me buscaré un buen lugar a la sombra donde maquinar el modo de convencerles para que dediquen más horas a conocer la isla que a broncearse. También debo decidir si continuar con la novela que he empezado o ponerme con otra cosa. Como comentaba en la entrada anterior, molaría un historia de vikingos, pero creo que me atrae más un relato relacionado con la Liga Hanseática. El problema es que sé muy poco sobre el Hansa… En fin, ya veremos.
Hoy es el cumpleaños de Pepa. ¡Felicidades, reina mora! Comeremos todos juntos en el Asador Donostiarra, restaurante donde el Real Madrid solía celebrar sus títulos… cuando ganaba títulos, claro. Le he regalado a Pepa un IPad; se lo he dado esta mañana, pero durante la comida le daré un par de detallitos que no se espera. Sí, soy un encanto, lo sé.
¿Estoy divagando? Por supuesto; pero es lo que exige el verano. Y más que pienso divagar. Hasta dentro de quince días, amigos míos. Feliz verano.
miércoles, julio 27
Noruega
El Paraíso.
Dicen que Noruega es uno de los países más bellos del mundo. Es cierto, lo es. También dicen que los Noruegos son uno de los pueblos más civilizados del planeta. Es cierto, lo son. Igualmente aseguran que la mayor parte de los noruegos son altos y rubios. Y es cierto, altos y rubios son.
Oslo es una ciudad agradable, de casas bajas (la mayor parte de madera, como en todo el país), avenidas amplias y muchos árboles (dicen que en realidad no es una ciudad con árboles, sino un bosque con casas). Por lo demás, no hay nada que destacar monumentalmente. De hecho, tienen el palacio real más pobretón que he visto en mi vida. Y eso ejemplifica una característica del país: Los Noruegos son un pueblo muy rico (los segundos más ricos del mundo) gracias al petróleo del Mar del Norte, pero antes de que en los 70 comenzaran a explotar esos yacimientos, eran más bien pobres. Y eso les ha convertido en gente muy sobria. Merodeando por Noruega no se perciben muchos lujos. Entendedme, es una sociedad muy rica, sofisticada y avanzada, muy tecnológica (estés donde estés hay cobertura telefónica y conexiones wi-fi por doquier), pero, por ejemplo, las habitaciones de los hoteles, incluso en los cinco estrellas, son de una aplastante sobriedad. Tienen lo necesario y nada más, y no se gastan un céntimo en decoración y diseño. Todo parece un poco rústico, para que me entendáis. En realidad, creo que los noruegos son uno de los pueblos que más en comunión vive con la naturaleza; no dominándola, sino adaptándose a ella. En cualquier caso, no olvidemos que el país tiene menos de cinco millones de habitantes.
Nos habían asegurado que Noruega era muy cara. Mentira: Noruega es carísima, absurda, desmedida y demencialmente costosa. Vale, pensé yo, iluso de mí, comeremos sólo comida basura, que nunca puede ser muy cara. Así que el primer día, en Oslo, fuimos a un Friday’s, un restaurante de una conocida cadena de comida tex-mex. Pedimos nachos, palitos de mozarella, dos hamburguesas y cuatro cocacolas. Total: ¡cien euros! Todavía me duele. No obstante, es posible viajar a Noruega sin demasiada pasta. La clave consiste en hospedarse en cabañas de alquiler (las hay por todas partes y los precios son razonables) y comprar la comida en los supermercados.
Es un país bellísimo, ya lo he dicho. Miles de kilómetros cuadrados de bosque –sobre todo de pinos y abetos-, muchísimos lagos, algunos inmensos, altas montañas salpicadas de neveros, una infinidad de ríos, torrentes y cascadas. Es como un territorio de cuento de hadas. Y los fiordos, claro; el mar inundando los valles entre unas cumbres a las que el adjetivo “abruptas” les viene como anillo al dedo. Visitamos cinco: el Hardanger, el Bjørn, el Sogne, el Loen y el Geiranger. Quizá este último sea el más impresionante de todos (es patrimonio de la humanidad), pero por desgracia también es el que está más lleno de turistas. En cualquier caso, todos los fiordos que vimos son alucinantemente hermosos y en los cuatro primeros apenas había gente ni tráfico. De hecho, Noruega es un país muy despoblado. Los pueblos son pequeños, unas cuantas casas de madera (generalmente pintadas de rojo oscuro, o de rojo y blanco, o de blanco, o de amarillo albero) muy distanciadas las unas de las otras, con su iglesia de madera y poco más. Dada la orografía del país, las carreteras son una constante sucesión de curvas donde no se puede pasar de 80 por hora, pero el firme suele ser bueno... aunque no siempre, y a veces la calzada es demasiado estrecha. Hay cantidad de túneles; uno de ellos, de 11 kilómetros, es el más largo que hemos recorrido en nuestras vidas. También es frecuente que tengas que montarte en un ferry para proseguir el viaje, porque la alternativa es dar un rodeo de cientos de kilómetros.
En cuanto a la gente, aparte de rubia y alta es amable y muy bien educada; los españoles les caemos bien, quizá porque suelen pasar las vacaciones en nuestro país. Todos sin excepción hablan inglés (y algunos español). La mayor parte de los turistas son suecos y alemanes, aunque también hay bastantes holandeses y checos. Y, por supuesto, de vez en cuando (sobre todo en Bergen y en Geiranger) autobuses llenos de japoneses, latinoamericanos, italianos, etc. ¿Los más molestos y ruidosos? Los norteamericanos y los españoles. Una plaga ante la que, de repente, me sentí de lo más ario, porque me entraron unas ganas enormes de meterlos a todos en un campo de exterminio.
También hay (me voy a poner masculinamente vulgar) cantidad de tías buenas. ¿Todas las noruegas son guapas? No, of course. Pero abundan las guapas, vive dios. Casi todas tienen el pelo rubio o castaño claro (algunas se tiñen de moreno) y los ojos azules o verdes. Se ven muchas jóvenes preciosas por la calle, o trabajando de camareras, o en la recepción de los hoteles, por todas partes; y con no poca frecuencia te tropiezas con bellezones de quedarte con la boca abierta. Además, no sólo es que sean guapas: también tienen unos cuerpos de quitar el hipo. Pero, ojo, me refiero a las jóvenes, porque no envejecen bien. En general, pasados los 40, pierden muchísimo. En unos casos, adoptan cierta apariencia a lo Miss Piggy, y en otros es como si esas facciones, de porcelana en la juventud, se endurecieran con la madurez, masculinizándose. Además, como señaló Pepa, a partir de cierta edad dejan de cuidarse. Muchas se cortan el pelo en media melena y no se lo tiñen; van con canas, sin maquillaje y vestidas con escaso gusto. ¿Y los noruegos? No me fijé mucho, la verdad, pero reconozco que vi a tres o cuatro tipos realmente guapos, así que supongo que también abundan los macizorros.
En fin, amigos míos, ha sido un viaje de lo más estimulante que Pepa y yo hemos disfrutado muchísimo. Nos ha encantado Noruega; tanto que no descartamos volver en un futuro para recorrer el norte del país, desde Trondheim hasta la isla Spitsbergen, más allá de Cabo Norte. Yo, por mi parte, ya tengo material mental para maquinar una nueva novela. No sé si sobre vikingos en el siglo diez u once, o sobre la liga Hanseática en el siglo XVII. Ya veremos.
La serpiente.
De no ser por lo caro que es y por los rigores climáticos, Noruega sería el país perfecto para vivir en él, un paraíso. Pero, como en todo paraíso, había una serpiente; en este caso, la serpiente se llama Anders Behring Breivik, tiene 32 años, los ojos azules y es alto, rubio y ario.
Pero había un problema con nuestra habitación, así que nos pidieron que esperáramos unos minutos. Yo me quedé en el bar del hotel y Pepa fue a una tienda cercana para comprar prensa española. Entonces, a eso de las tres y media, un tremendo estampido resonó en la
calle.
No era la primera vez que oía ese sonido. En dos ocasiones, en el pasado, había escuchado en la lejanía el estruendo de sendos atentados de ETA en Madrid. Eso ha sido una bomba, pensé automáticamente. Algunos clientes del hotel y yo nos levantamos, alarmados, y salimos a la calle, pero no parecía pasar nada; la gente caminaba normalmente y no se advertía el menor signo de alarma. Regresé al bar y me senté. Seguía convencido de que había oído un bombazo, pero... qué demonios, era imposible; estaba en Oslo, la ciudad más tranquila del mundo. Antes, al ir por gasolina, habíamos visto en el Palacio Real un cambio de guardia muy historiado; quizá era una fiesta, pensé, san Olaf o algo así, y a lo mejor tenían la costumbre de celebrarla con un cañonazo... Poco después regresó Pepa y comentamos extrañados lo del estruendo.
Finalmente, se solución el problema de la habitación. El hotel estaba lleno y no tenían libre la habitación normalucha que habíamos reservado, así que, por el mismo precio, nos dieron la Suite Presidencial. Jamás he dormido en un sitio más lujoso. Entonces, cuando nos estábamos instalando, un amigo de Madrid nos mandó un SMS diciendo que, según la BBC, en Oslo se había producido un atentado. En el hotel nadie sabía nada todavía. Como aún no habíamos comido, fuimos a un restaurante cercano y nos sentamos en la terraza. Todo parecía normal, pero al poco una camarera nos dijo que tenían que cerrar el establecimiento, pues la policía iba a desalojar el centro de la ciudad.
Hay algo que quiero señalar: durante las dos semanas que Pepa y yo deambulamos por el suroeste de Noruega sólo vimos dos policías, en Bergen. El día del atentado, después del estallido de la bomba, transcurrió por lo menos una hora hasta que empezamos a oír sirenas de policía y ambulancia, y como mínimo tres cuartos de hora más hasta que empezaron a desalojar el centro de la ciudad. Y nosotros estábamos (acabo de comprobarlo en el plano) a cuatro manzanas del lugar del atentado. No, no se cubrió precisamente de gloria la policía noruega.
Pepa y yo comimos en un restaurante (chino) algo alejado del centro y regresamos al hotel, a nuestra suite presidencial. En el hotel vimos agentes de seguridad privada, pues no había suficiente policías. Podría creerse que estando allí, en el centro de la acción, fuimos testigos privilegiados del suceso, pero no. Como todo el mundo, nos fuimos enterando de los acontecimientos por TV, en la BBC y la CNN, y así descubrimos, alucinados, que el auténtico atentado se estaba produciendo en la isla Utoya, y vimos cómo la lista de muertos crecía minuto a minuto. Fue terrible y, al mismo tiempo, increíble. ¿Cómo un hombre solo pudo desatar todo ese terror? Aún no le encuentro explicación. Al día siguiente, muy temprano, nos dirigimos al aeropuerto, que está a 50 km. de Oslo, para regresar a España. No había especiales medidas de seguridad.
Me gustaría comentar dos cosas respecto a ese terrible suceso. En primer lugar, me parece detectar cierto implícito retintín en los medios de comunicación, como si no acabara de desagradar del todo que los noruegos, tan guapos y tan ricos ellos, salieran de una puñetera vez de su inocencia. Personalmente, lo único que espero es que los noruegos no cambien.
En segundo lugar, el abogado de Breivik va a alegar locura. ¿Está loco Breivik? Lo primero que uno piensa es que un tipo capaz de cometer todas esas atrocidades debe de estar como un cencerro, pero yo no estoy tan seguro. Recordemos otro hecho ocurrido en Noruega y al que me he referido antes. El 20 de febrero de 1944, un grupo de saboteadores de la resistencia noruega hundió mediante cargas explosivas el transbordador Hydro que transportaba el agua pesada necesaria para fabricar la bomba atómica nazi. En el atentando murieron cuatro alemanes y catorce civiles noruegos totalmente inocentes. Sin embargo, pese a la matanza, hoy consideramos a esos saboteadores unos héroes, aunque en su momento los nazis debieron de pensar sobre ellos lo mismo que hoy pensamos sobre Breivik.
Pero los motivos eran muy distintos, objetaréis. En un caso se trataba de luchar contra la barbarie nazi y en el otro de un cruel y sinsentido asesinato múltiple. Y es cierto, las razones son importantes, pero seguro que hay muchos ultras en Noruega y el resto de Europa que consideran a Breivik un héroe y un mártir. ¿Están todos locos? Lo dudo, no es cuestión de patologías, sino de creencias irracionales, de culto a ciertas palabras peligrosas.
Breivik es un fundamentalista cristiano, un nacionalista de ultraderecha y un xenófobo. Eso significa que su mente estaba regida por tres “grandes palabras peligrosas”: DIOS, PATRIA y RAZA. ¿Sabéis por qué esos términos son peligrosos? Porque los tres se refieren a conceptos más grandes, valiosos e importantes que el ser humano. Y, por tanto, en su nombre se puede matar a cuantos hombres, mujeres y niños le vengan a uno en gana, pues hay un bien o poder mayor que lo justifica. El propio asesino lo dijo: no le importaba convertirse en un monstruo porque sus actos eran necesarios para conseguir un fin superior.
¿Está Breivik loco? No creo; sólo es un gilipollas con excesiva iniciativa que se ha tomado demasiado en serio las palabras equivocadas.
martes, julio 5
Mitos
Supongo que todos tenemos lugares míticos, sitios que nunca hemos visitado pero que, por las razones que sean, permanecen en nuestra mente rodeados por una aura de magia y misterio. Generalmente, al menos en lo que a mí respecta, esos lugares míticos se conformaron durante la niñez. Por ejemplo, siendo pequeño leí en un Reader's Digest la historia y las peculiaridades de Mont Saint-Michel, y desde entonces soñé con visitar esa abadía. Y acabé visitándola. De hecho, ya he estado en muchos de mis lugares míticos: Stonehenge, Glastonbury, Carnac, Cnosos, la Acrópolis, Micenas, las tierras altas de Escocia, el Gran Cañón, Teotihuacán, Chichén Itzá, las selvas tropicales, los Andes, Laponia, California...y aún me quedan muchos por visitar. Pero hay tres a los que, lo reconozco, me da miedo viajar, precisamente porque temo que me decepcionen. Y eso a pesar de que son tres de mis mitos favoritos. O precisamente por eso.
El primero es el Tíbet. Cuando era niño leí Tintín en el Tíbet y El tercer ojo, de Lobsang Rampa, vi en TV Horizontes perdidos, de Capra, y desde entonces quedé tan hechizado por ese mundo del Himalaya que durante mucho tiempo devoré cuantos libros sobre el Tíbet caían en mis manos (Alexandra David-Neal, Heinrich Harrer, Michel Peissel...). Y, claro, siempre soñé con viajar allí. Lo malo es que el viaje era carísimo, y luego tuve hijos pequeños, y luego, cuando ya pude plantearme realizar el viaje, vi un documental en TV que mostraba los enormes cambios que habían realizado los chinos en el Tíbet, y se me cayeron las pelotas al suelo. Me decepcionó más que cuando supe que Lobsang Rampa no era un lama, sino un chalado inglés llamado Cyril Henry Hoskin. Cuando en 1950 los chinos invadieron el Tíbet, decidieron acabar con esa cultura y lo han conseguido. El Tíbet de mis sueños ya no existe.
El segundo lugar es Irlanda. Me enamoré de esa isla a través de las películas de John Ford (El hombre tranquilo, El delator, La salida de la luna...), luego descubrí sus leyendas y su mitología, y finalmente me atrapó su música. En cualquier caso, sé que la Irlanda que hay en mi mente es irreal, que no existe y probablemente nunca ha existido. Aún así, iré allí.
El tercer lugar es Argentina. Veréis, la primera revista de ciencia ficción en español se llamaba Más Allá, duró 48 números y fue publicada en Argentina entre 1953 y 1957. Cuando yo tenía once o doce años había unos cuantos viejos ejemplares de Más Allá en mi casa, probablemente comprados por mi padre o mi hermano mayor. Hojeando uno de ellos vi un cuento llamada Un rifle para el dinosaurio (de Sprague de Camp), una historia de viajes en el tiempo con una maravillosa ilustración de un T. Rex, y como me chiflaban los dinosaurios leí el cuento. Así comenzó mi afición a la ciencia ficción, y por supuesto leí todos los ejemplares de Más Allá que encontré (hoy tengo la colección completa).
Pero ocurría una cosa curiosa. En primer lugar, el español en que estaba escrita esa revista no era exactamente igual al español de Madrid. Además, en la sección de cartas al director aparecía gente que vivía en Córdoba, en Rosario, en La Rioja, en Mendoza... Ciudades como las españolas, pero que no eran españolas. Era algo así como un universo paralelo, el reflejo invertido en un espejo (algo que tenía sentido, porque cuando aquí es verano, allí es invierno, y viceversa). Creo que, en cierto modo, el sentido de la maravilla de la ciencia ficción se mezcló con la imagen mental que me había forjado de Argentina.
Luego estaban los tangos. Mi padre era muy aficionado a ellos y los ponía con, a mi modo de ver, excesiva frecuencia. No, los tangos no incrementaron mi amor por Argentina. Entendedme, no tengo nada contra ellos, pero acabé harto de oírlos. El caso es que, dada su afición por el tango, mi padre escribió para la SER una serie de programas dedicados a la vida de Carlos Gardel. El actor que interpretaba a Gardel era otro Carlos, de apellido Acuña, también cantante de tangos. Fue el primer argentino que conocí, un tipo muy simpático que hablaba con acento raro. Dada su amistad con mi padre, Acuña le regaló varios objetos de artesanía argentina, entre ellos unas calabazas para tomar mate y unas pipetas de plata para chuparlo. Y mate, por supuesto. Lo probé; oscila entre lo desagradable y lo repugnante. Cuestión de gustos, queridos merodeadores argentinos, no os enfadéis conmigo. El caso es que el mate tampoco incrementó mi amor por Argentina. No obstante, charlando con mi padre y con Acuña descubrí la mítica del gaucho, la Pampa infinita, las boleadoras... Cómo molan las boleadoras...
Entonces, cuando yo tenía 17 o 18 años, un amigo me regaló Ficciones y El aleph, de Borges, y mi mundo cambió. O, al menos, cambió mi concepción de la literatura. Leer a Borges era, y es, como entrar en un universo paralelo. Creo que Borges es el escritor que más admiro, el que más he releído... y era argentino. Pasaron los años y, en 1974, asistí al espectáculo de un grupo musical-humorístico llamado Los Luthiers. Pocas veces me he reído tanto en mi vida y desde entonces he asistido a todos los espectáculos que el grupo ha dado en Madrid. Los Luthiers son argentinos. ¿Cómo no voy a enamorarme de un país que cuenta con la más rica tradición de literatura fantástica en castellano, un país que ha dado gente tan talentosa y querida para mí como Borges y Los Luthiers (y Bioy Casares, y Pablo de Santis, y Héctor Alterio, y Quino, y Cortazar, y Oesterheld, y Fontanarrosa, y Posse, y Ocampo, y Solano López, y Roth, y Campanella...).
Sí, adoro Argentina... pero nunca he ido allí. En parte porque sólo podría hacer ese viaje en verano, cuando allí es invierno, aunque no es esa la verdadera razón. Lo cierto es que, en mi interior, espero encontrar una Argentina donde haya un aleph en cada trastero, donde toda la gente sea tan ingeniosa como Daniel Rabinovich o Joaquín Salvador, donde los gauchos sorban mate con aire taciturno en medio de una llanura desmedida, donde viejos criminales nazis aún se ocultan, donde lo sobrenatural está a la vuelta de la esquina. Y esa Argentina sólo existe en mi imaginación. Pero aún así, iré.
El próximo sábado, Pepa y yo partiremos para Oslo y después merodearemos durante quince días por los fiordos. Noruega es otro de los lugares míticos de mi niñez. Por los vikingos, por supuesto, y por las auroras boreales, pero creo que sobre todo por Thor Heyerdahl. Joder, con ese nombre o se es aventurero o va uno por la vida con cara de capullo. De niño me alucinaban sus historias, sobre todo el viaje de la Kon-tiki y Aku Aku. El único problema es que Heyerdahl fue un explorador tropical; pero no importa, porque hay un montón de exploradores noruegos polares, como Amundsen, Nansen, Ingstad, Larsen o Resvoll-Holmsen, que era una mujer. Eso por no hablar de Erik el Rojo, que también tenía un nombre que invitaba a la aventura.
Bueno, amigos míos, ésta es la última entrada antes de irme de vacaciones. Reconozco que los diez post que escribí sobre mi hermano me han dejado un poco desfondado. No es que me supusieran ningún esfuerzo, los escribí muy rápido, pero parece ser que la intensidad emocional era mayor de lo que suponía, porque después de redactar el último, sencillamente ya no sabía sobre qué escribir; todo lo que se me ocurría me parecía una gilipollez. Me quedé... no sé, como vacío, al menos en lo que al blog respecta. Pero no os preocupéis, estas vacaciones nórdicas seguro que me refrescarán y a finales de julio volveré lleno de energía vikinga para seguir escribiendo las chorradas de siempre.
Feliz verano, merodeadores de Babel.
lunes, junio 27
Filotopía
Nuestras actuales ideas acerca del “viaje” son relativamente nuevas. En el pasado hacía falta un buen motivo para desplazarse, porque los viajes eran lentos, incómodos y peligrosos. Se viajaba en busca de caza, o para comerciar, o para huir de una desgracia (topofobia), o en busca de riquezas (filotopía), o para hacer la guerra... Siempre ha habido, por supuesto, viajeros curiosos que recorrían el mundo sólo para ver cosas y gentes nuevas, pero esa modalidad de viaje no cristalizó hasta mediados del siglo XVII, cuando en Inglaterra se adoptó la costumbre de que los jóvenes de clase alta realizaran un itinerario cultural por diferentes ciudades de Francia e Italia. A eso se le llamó el Grand Tour (de ahí la palabra “turismo”) y su popularidad se incrementó con el romanticismo, añadiéndose a la ruta otros países como Grecia, España o Alemania. Así nació el concepto de “viajar sólo para ver”.
El incremento del nivel de vida en occidente, así como la mejora y abaratamiento de los medios de transporte, convirtieron el “viaje” en un negocio masivo y viajar se popularizó. Hoy en día es imposible ir a ciertos lugares sin encontrarte con hordas de turistas. ¿Por qué viaja tanta gente? Hay múltiples respuestas, por supuesto, pero a veces no encuentro ninguna. Pepa y yo fuimos al norte de Italia durante nuestra luna de miel. En Florencia coincidimos cenando en una pizzería con otra pareja de recién casados españoles; charlamos y, al poco, uno de ellos propuso que quedáramos al día siguiente, porque estaban “hartos de ver piedras”. Improvisamos una excusa y nos despedimos. Y yo no pude evitar preguntarme: si no les gustaban las piedras, ¿por qué cojones viajaron a Florencia?
Hace unos años estuvimos en Mont Saint-Michel, en el noroeste de Francia. Como sabéis, es un islote, un peñasco que se eleva unos doscientos metros sobre el mar, con una abadía en su cima. En la parte baja hay un falso poblado medieval llenos de tiendas y restaurantes para turistas; conforme se remontan las empinadas cuestas hacia la iglesia, uno se adentra en el auténtico y maravilloso conjunto medieval. Cada año, unos cuatro millones de personas llegan a ese lugar, pero sólo un millón sube hasta la abadía. Tres de cada cuatro visitantes se quedan en el falso poblado medieval, comiendo perritos calientes y comprando horteradas. Y yo me pregunto: ¿para qué cojones fueron allí, teniendo Disneylandia tan a mano?
Creo que mucha gente, quizá la mayoría, viaja porque se supone que hay que hacerlo. Viajan porque viajan sus vecinos, viajan porque queda bien y, según donde vayas, confiere estatus, viajan porque la publicidad les dice que es bueno viajar, viajan porque sí, por acumular estancias y lugares en una lista sin sentido. Pero eso no es viajar: es moverse.
Conozco a personas, gente inteligente y cultivada cuyo intelecto admiro, que no solo odian viajar, sino que, como Unamuno, desprecian el concepto de “viaje de placer”. Según ellos, se trata de un mero impulso gregario (seguir al rebaño), pues la excusa de que los viajes sirven para aumentar el conocimiento es absurda, ya que ese conocimiento puede adquirirse de maneras mucho mejores y más cómodas. Y tienen razón. Cuando el mundo era en su mayor parte desconocido, tenía sentido embarcarse en un viaje para adquirir conocimientos, pero hoy en día podemos encontrar todo el conocimiento (e imágenes) del mundo en libros, documentales, Internet... Los periplófobos tienen razón en eso, pero se equivocan en algo: no se viaja para conocer, sino para sentir.
Adoro viajar, me encanta; si pudiese, pasaría la mitad de mi vida viajando. Me confieso filotópico. ¿Por qué? ¿Soy otra ovejita del rebaño? Espero que no. Como decía antes, viajo para sentir; pero ¿qué significa eso? Vamos a hacer un experimento. Salid de casa y recorred despacio vuestra calle, prestando mucha atención a todo lo que hay en ella, abajo y arriba. Os garantizo que encontraréis montones de detalles en los que no os habíais fijado jamás. ¿Cómo es posible, tratándose de un entorno tan familiar? Pues precisamente porque es tan familiar que ya no lo miráis. Lo veis, pero sin fijaros. Lo ya conocido no estimula nuestros sentidos y acaba convirtiéndose en un paisaje de fondo desenfocado. Así es nuestro mundo cotidiano, un mundo por el que nos movemos con la mente ocupada en otras cosas, un mundo al que no le prestamos gran atención porque lo conocemos demasiado bien, un mundo borroso y ya carente de estímulos. Un mundo en el que sentimos muy poco.
Pero cuando viajamos, cuando nos movemos por entornos muy distintos a los usuales, nuestros sentidos se despiertan; es como acceder a un estado alterado de conciencia. Pero hay que viajar bien, con la actitud adecuada y la sensibilidad a flor de piel. Debes prestar mucha atención, debes tener los conocimientos adecuados, debes avivar tu imaginación. Detesto las visitas guiadas; por muy interesante que sea lo que cuente el guía, lo puedo leer en un libro antes o después, porque lo que quiero “durante” es aprovechar la oportunidad, quizá única, de disfrutar del lugar sin que me moleste nadie con su cháchara.
Recuerdo que la primera vez que entré en la catedral de Jaca, la más antigua de España, el templo estaba lleno de turistas, así que volví al día siguiente a las ocho de la mañana, cuando la catedral estaba totalmente vacía, y me quedé más de una hora allí, “sintiendo” el lugar. He hecho cosas similares en muchos sitios, en la Alhambra, en Chartres, en Stonehenge, en Saint-Michel, en Uxmal, en el Cementerio de los Ingleses del monte Urgull, en Knossos, en el Gran Cañón, en Compostela, en Omaha Beach, en Glastonbury... Probablemente he adquirido más conocimientos de todos esos lugares, y de otros muchos, antes de ir que durante mi estancia en ellos. Pero, por Júpiter, qué cantidad de sensaciones me han hecho experimentar.
Porque he leído decenas de libros sobre la selva, he visto horas y horas de documentales, pero no es comparable a lo que experimenté en las selvas de Venezuela, Colombia y Costa Rica. El calor húmedo, los indescriptibles olores, los sonidos, la abrumadora vegetación, nada de eso puede transmitirse sólo con palabras y/o imágenes. O cruzar las puertas de la muralla de Essaouira, la antigua Mogador, y retroceder al Medioevo rodeados por un intenso olor a especias. O el sobrenatural silencio de los bosques árticos. O el impacto sonoro de los tambores de Calanda. O la magia de las ciudades mayas tragadas por la selva. O los colosales bosques de secuoyas. O un volcán vomitando lava. O las cumbres de los Andes. O un amanecer en el Caribe. O un atardecer junto a un faro de Bretaña. O estar enamorado en la Alhambra. Esas cosas no pueden “conocerse”; han de sentirse. Y viajar es el precio que pagas para poder sentirlas.
Y luego, la sorpresas. Como cuando una noche, paseando por los jardines situados bajo la Acrópolis, Pepa y yo nos encontramos, en un teatro romano, con el ensayo general de una obra clásica (en griego, claro), solo los actores, nosotros y tres o cuatro pirados más. O como cuando tropezamos en una iglesia de Pals con los ensayos de un concierto barroco para piano y violín. O ese anochecer, en Colombia, cuando un bosque de árboles barbudos se llenó de luciérnagas. O aquella alucinante fiesta popular en Anomera, lo más alto de Mikonos. O una surrealista procesión de Semana Santa en Baeza. O los ritos paganos de San Juan Chamula, en Chiapas. Nada de eso te ocurre si te quedas en casa.
Porque nuestro verdadero hogar no es el piso o el chalet donde vivimos, ni el barrio, ni la ciudad, ni el país. Creer eso es padecer miopía. Nuestra auténtica casa es la Tierra, el planeta que nos sustenta. Un mundo lleno de maravillas asombrosas que yo daría cualquier cosa por experimentar. ¿Viajar es una manía sin sentido? Si de repente heredaras un palacio inmenso, y por muy confortables que fueran el salón, el comedor y el dormitorio, ¿no te gustaría visitar todas sus habitaciones? Pues eso.
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