lunes, mayo 21
La ciencia ficción y yo (y VII)
Nunca he sido aficionado a la fantasía épica (fantasy) ni a los “relatos maravillosos”. Fui incapaz de pasar de la página 50 de El señor de los anillos, no pude con Conan ni con Terramar, desistí de leer Canción de hielo y fuego a mitad del primer volumen. Esa clase de relatos me aburren, me desconecto de ellos (el único fantasy que me ha gustado es Nueve príncipes de Ámbar, de Roger Zalazny, pero no así sus continuaciones). Ojo, no digo nada peyorativo acerca de ese género, ni mucho menos; es una cuestión personal, un problema de mi paladar literario. El caso es que, según creo, hay dos razones por las que no me interesa el fantasy. En primer lugar, porque propone mundos que nada tienen que ver con mi realidad. Son creaciones arbitrarias situadas en un pasado ficticio, o en un futuro con apariencia de pasado. Y eso no es un defecto, ni mucho menos, pero la ruptura de lazos con la realidad a mí me desconecta. La segunda razón es más importante: la cf necesita, por naturaleza ofrecer apariencia de verosimilitud, pero el fantasy no. De hecho, el fantasy puede permitirse el lujo de ser incoherente con sus propios postulados o sacarse ases de la manga, porque su propuesta estética y estructural es muy diferente a la de la cf. Y eso a mí también me desconecta.
Pero volvamos a la cf. En mi opinión, la buena cf no habla del futuro, sino del presente. Al escribir 1984, Orwell no intentaba predecir un estado futuro, sino criticar la Rusia soviética de su tiempo; y, de igual modo, en Mercaderes del espacio Pohl y Kornbluth no estaban haciendo un ejercicio de prospectiva, sino una sátira sobre el mundo de la publicidad de los años 50. Incluso obras situadas en un futuro lejanísimo, como Los señores de la Instrumentalidad, de Cordwainer Smith, eran en realidad metáforas sobre el presente. La mejor cf escrita hasta, digamos, la década de los 70, estaba profundamente vinculada a nuestra realidad y contaba con una estimulante vertiente humanista, encabezada por el gran Ray Bradbury. Por supuesto, había mucha cf popular, mucho space opera (aventuras espaciales tipo Star Wars), y también muchísima cf mala de cojones. Pero vamos a centrarnos en lo bueno, en la cf de mayor nivel.
Ahora echémosle un vistazo a cómo funcionaba la cf anglosajona hasta los 60. Todo giraba en torno a las revistas especializadas (Amazing, Astounding, Galaxy, etc.); las colecciones de libros (en rústica) vinieron después. La cf era muy minoritaria, un círculo reducido y estanco (el fandom) compuesto, en general, por jóvenes. Las revistas y las colecciones no vendían mucho, pero eran rentables y seguras, pues contaban con un público lector muy fiel. Así que las editoriales no le prestaban especial atención al género y ponían al frente de sus publicaciones a aficionados especialmente activos surgidos del fandom. La cf, por así decirlo, iba por libre. Los escritores, que también surgían del fandom, eran jóvenes voluntariosos sin la menor formación literaria, así que el nivel medio era bastante cutre.
Pero al cabo de un par de décadas, algunos de esos escritores aficionados, los más talentosos, maduraron y poco a poco fueron escribiendo mejor literatura. Y ahí viene lo bueno; como escribían en y para un entorno cerrado sin influencias ni presiones externas, podían escribir lo que les saliese de las narices. Y eso hicieron, generando una rica variedad de temáticas y abriendo nuevos senderos en la literatura. Pero eso cambió en los 60. Durante esa década, inesperadamente, dos novelas de cf se convirtieron en best sellers masivos: Forastero en tierra extraña, de Heinlein, y Dune, de Frank Herbert. De repente, las editoriales descubrieron que la oveja rara de su rebaño, la cf, podía ser un buen negocio. Y comenzaron a intervenir.
Al mismo tiempo, como dije en un post anterior, en los 60 nació la New Thing, un movimiento orientado a mejorar la calidad literaria de la cf y a explorar nuevos senderos temáticos. El fandom, los aficionados más devotos que sostenían económicamente las revistas y las colecciones especializadas, le dieron la espalda a ese movimiento y sobrevino una crisis en la cf. Al mismo tiempo, fue por entonces cuando el gusto de los lectores comenzó a derivar de la cf al fantasy, una tendencia que se consolidó en la siguiente década. Son muchos los motivos que explican esto, pero me centraré en uno de ellos: el futuro estándar diseñado por la cf estaba fundamentalmente orientado hacia el espacio exterior. Pero eso no ocurrió realmente; la humanidad llegó a la luna en 1969 y, acto seguido, se acabaron los viajes transorbitales. El público perdió interés en el programa espacial, un interés que sólo resurgió puntualmente con los accidentes del Challenger y el Columbia, lo que no es precisamente publicidad motivadora. Y del mismo modo en que perdía interés en el programa espacial, el público comenzó a desentenderse de una literatura que había puesto su principal foco en el espacio.
La cf se encontraba en un atolladero. La dignificación literaria iniciada en los 50 y consolidada con la New Thing, había sido ignorada por la cultura oficial y despreciada por el núcleo fuerte de los aficionados. De modo que por ahí no se podía ir. Volver a lo de antes, la cf de los años 40, no tenía sentido, pues ese camino parecía agotado. Entonces, ¿qué? En la década de los 80 se produjo una pequeña revolución en el género con la publicación de Neuromante (1984), de William Gibson, la novela que inauguró el ciberpunk. Este movimiento se centra en un futuro cercano regido por las grandes corporaciones y dominado por la informática y la realidad virtual, un mundo de alta tecnología y bajo nivel de vida, todo ello usualmente mezclado con toques de novela negra. El ciberpunk explotó en el seno de la cf con tanta fuerza que se expandió más allá de las fronteras del género y se instaló en la corriente general de la cultura popular, sobre todo gracias al éxito de películas como Matrix. Parecía que, finalmente, la cf había encontrado su camino.
Sin embargo... He dicho que el germen del ciberpunk fue Neuromante, pero ¿cuál fue el germen de Neuromante? Una película, Blade Runner (1982), de Ridley Scott. ¿La recordáis? Una historia de futuro cercano (está situada en 2019) sobre inteligencia artificial, protagonizada por un detective al estilo noir, en un mundo dominado por megacorporaciones, con una sociedad empobrecida, superpoblada y multicultural. Es decir, exactamente la misma temática y el mismo escenario que dos años después escogió Gibson para su novela, la misma temática y el mismo escenario que ha venido empleando el ciberpunk desde entonces.
Entended lo que digo: Gibson no se basó en la novela de Philip K. Dick que dio origen a Blade Runner (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?). Se basó en la película de Scott, en su estética y en su atmósfera (de rebote también tomó el tema básico de Dick: ¿qué es real?). O sea que el ciberpunk no es tanto un concepto como un escenario. Y a la larga, la repetición constante del mismo escenario acaba cansando. Veréis: en mi opinión, Neuromante es una obra maestra, pero todo lo que ha escrito Gibson después me parece más de lo mismo, igual que me parecen más de lo mismo las obras ciberpunk que se han publicado después. Con la excepción de la divertidísima Snow Crash (1992), de Neal Stephenson. Pero es que Snow Crash es en realidad una sátira sobre el ciberpunk. Por así decirlo, Neuromante es el alfa y Snow Crash el omega. En lo que a mi respecta, he acabado aburrido de la realidad virtual, las inteligencias artificiales, el ciberspacio y todos esos tópicos que ya se me antojan demasiado manidos. (Atención los suspicaces: estoy dando una opinión personal, no haciendo una crítica objetiva, así que contad hasta diez antes de prender una pira bajo mis pies). En cualquier caso, el ciberpunk perdió su carácter innovador y se instaló como una corriente más en el corpus de la cf. Hoy en día, me parece, anda un tanto alicaído. Ahora bien, aparte de ese movimiento, ¿qué más ha pasado en la cf?
Gran parte de los autores de la New Thing abandonaron el género y/o se refugiaron en la fantasía épica. Los nuevos escritores, surgidos como siempre del fandom, se encontraron con un género en declive, sin rumbo claro y acosado, de una parte, por su principal rival, el fantasy, y de otra por la cf más comercial, aquella que se basa en franquicias fruto del marketing editorial, como Star Wars, Star Trek, Halo o los pastiches de Dune. ¿Qué hicieron? Pues, en vez de procurar abrirse a la línea general de la literatura (como había intentado la New Thing), volvieron la mirada hacia dentro, comenzaron a construir sus relatos basándose, no en su realidad, sino en el corpus de la propia cf. Construyeron ficciones cimentándolas sobre ficciones. Es decir: se volvieron auto-referentes.
Cualquier lector de literatura general que no haya leído jamás cf puede disfrutar de obras como Crónicas marcianas, de Bradbury, Muero por dentro, de Silverberg, o Neuromante, de Gibson. Rara vez ocurre así con las actuales novelas del género. Pongamos el ejemplo de Hyperion, de Simmons, una antología de relatos interrelacionados que, en principio, puede ser disfrutada por cualquier lector ajeno al género. Sin embargo, un lector novato no captará que Hyperion es una especie de fresco en el que cada historia corresponde a los distintos subgéneros de la cf. Para degustar al 100 % esa obra hay que conocer muy bien el género. Otro ejemplo es La edad de oro, de John C. Wright, una trilogía que homenajea a la cf de futuro distante y a autores como Cordwainer Smith, Wolfe o Delany. A mí me gustó, pero estoy seguro de que cualquier lector sólo un poquito menos friki que yo abandonaría la lectura a la tercera página con un intenso dolor de cabeza. Si no tienes los referentes adecuados, no te enteras de nada.
Ese es uno de los grandes defectos de la cf actual: la auto-referencia. Los autores no parten de su realidad, sino de realidades inventadas por otros escritores. Pero no es el único defecto: el barroquismo es otro, y no menos importante. Al hablar de “barroquismo” no me refiero a la prosa, sino a los conceptos. De algún modo, parece que actualmente cada novela agota los puntos de partida en que se basa, de modo que otro autor no puede volver a ellos con diferentes personajes y argumentos, sino que debe añadir complejidad, vueltas de tuerca a lo que ya eran vueltas de tuerca. Al mismo tiempo, parece que hay que llenar los textos de “ideas sorprendentes”. El problema es que para mentes frágiles, como la mía, demasiadas “ideas sorprendentes” (y en realidad irrelevantes) juntas hacen que me desentienda rápidamente del texto.
Así pues, en la cf actual, al igual que me ocurre con el fantasy, no encuentro ningún lazo con mi realidad y, por tanto, me aburre y me desinteresa con rapidez. Son algo así como construcciones abstractas y farragosas (ahora, las novelas de cf suelen ser muy largas y, gracias al método de “inmersión”, escasamente comprensibles en muchas ocasiones) en las que me da una pereza enorme entrar, porque sé (estadísticamente) que el esfuerzo que me supondría su lectura difícilmente se verá compensado. Hoy en día, las novelas de futuro cercano suelen ser exclusivamente ciberpunk; por lo demás, lo que impera es la cf hard (basada en las ciencias duras), la cf de futuro distante y los space operas de siempre, sólo que mucho más enrevesados. Nada de eso me interesa demasiado.
Hace tiempo, hablando de la decadencia del género, un fan de la línea dura me espetó que hoy en día se escriben mejores novelas de cf que antes. Entiendo su punto de vista; es cierto que hoy el acabado formal de las novelas es más correcto que antes, pero de poco importa eso si el contenido resulta decepcionante. Además, muchos de esos nuevos autores han pasado por talleres de escritura (como el famoso Clarion), lo que hace que todos tengan estilos similarmente planos y sosos.
Por supuesto, estoy hablando en general y habrá muchas excepciones; no solo no lo dudo sino que estoy seguro de que en los comentarios saldrán a la luz. Tampoco pretendo hablar sentando cátedra; me limito a expresar una opinión basada en gustos personales. En cualquier caso, creo que ya nadie duda de que la cf es un género en declive o, al menos, en horas bajas. Me estoy refiriendo, debo aclararlo, al género-género; es decir, aquel que brota de las revistas y colecciones especializadas. Porque cada vez hay más autores de literatura general que hacen incursiones en la cf, como Cormac McCarthy con su prodigiosa La carretera. Supongo que, poco a poco, el género irá saliendo del ghetto e incorporándose a la corriente general, pero eso es otra historia.
El caso es que echo en falta una cf más vinculada a la realidad, al presente, por mucho que se desarrolle en un futuro. Echo en falta una cf más humanista, en la línea de Bradbury, Simak o Zelazny. Echo en falta una cf arriesgada y comprometida, como la que hicieron en su momento Pohl, Bester o Spinrad. Echo en falta una cf ambiciosa temática y literariamente, como la de Ballard o Disch. Echo en falta una cf cimentada en la literatura y la cultura general, no exclusivamente en su propio corpus. Y también echo en falta una cf traviesa y festiva que jugaba con ideas estrafalarias sin tomarse demasiado en serio a sí misma. Esa es la cf que me gustaba y que ahora rara vez encuentro.
Disculpad la longitud del post, pero quería acabar de una vez con este tema. Tras una breve pausa autopromocional, en la/s siguiente/s entrada/s expondré algo que quizá, por fin, os resulte de alguna utilidad: mi particular canon del género. Por lo demás, después de muchos años he vuelto a escribir cf. La isla de Bowen por un lado, que es cf a la antigua usanza, pero cf a fin de cuentas; La estrategia del parásito, una novela juvenil de la que os hablaré en la próxima entrada, y Naturaleza Humana, una novela corta de cf (aún inédita) que es mi primer relato ambientado en el futuro.
Debo de ser como esos asesinos que, por algún extraño motivo, siempre regresan al escenario del crimen.
viernes, mayo 11
La ciencia ficción y yo (VI)
La cf española tiene escasa historia. Los referentes más lejanos (todos ellos del XIX) quizá sean Nilo María Fabra, José de Elola o Enrique Gaspar, que se adelantó a Wells imaginando la primera máquina del tiempo; y, ya a comienzos del XX, Jesús de Aragón, a quien llamaban el “Verne español”... porque imitaba a Verne. En 1953, mi padre, José Mallorquí, promovió y coordinó la Colección Futuro. Su propósito era editar en nuestro idioma las mejores obras de cf anglosajona del momento, pero como no había pasta para conseguir los derechos, mi padre las reescribió, publicándolas con seudónimos. Ese mismo año, Pascual Enguídanos (bajo el nombre George H. White) comenzó a publicar la Saga de los Aznar, una larga serie de “novelas de quiosco”.
En fin, hubo otras aportaciones aisladas por parte de escritores como Agustín de Foxá, Pedro Salinas o (y sobre todo) Tomás Salvador. Luego llegaron los escasos autores que comenzaron a publicar en la colección Nebulae, como Antonio Ribera, Carlos Buiza, Juan Atienza o Domingo Santos (aunque éste destacó más en calidad de editor que de escritor). Más tarde vino el grupo formado en torno a la revista Nueva Dimensión, con nombres como Carlo Frabetti, Juan Carlos Planells, Luis Vigil, Gabriel Bermúdez, Enrique Lázaro o Rafael Marín, quien quizá fue el primer autor surgido del fandom que aportó calidad literaria a la cf autóctona.
Tras desaparecer Nueva Dimensión, la cf española entró en crisis, así que toda la actividad se concentró en los fanzines, las revistas de aficionados (en papel; Internet todavía no era nada). En ese entorno comenzó a publicar Elia Barceló, la segunda figura literaria del género en nuestro país. Y no debo olvidarme de Juan Miguel Aguilera que, a finales de los 80, escribió junto con Javier Redal un clásico de la cf española: Mundos en el abismo. Fue precisamente en los fanzines donde yo inicié mi carrera de escritor. A mucha honra.
A principios de los 90 había pocas colecciones y publicaciones de cf. Sin embargo, la actividad del fandom era muy intensa. Había muchos fanzines, muchas reuniones, muchas asociaciones y, también, tertulias. Cuando gané el Premio Aznar, debía recogerlo en la Hispacon del 91, que se celebró en Barcelona, pero no asistí. De modo que, un tiempo después, quedé con Julián Díez (a quien no conocía) para que me entregara la placa. Julián me cayó muy bien y acepté su invitación a participar en la Tertulia Madrileña de CF (TerMa), que se reunía los jueves en la cafetería Alameda del paseo de Recoletos. Así, después de veinte años, volví a entrar en contacto con el fandom.
Pero ya no era el fandom que había conocido en los 70. Para mi sorpresa, me encontré con un grupo de gente culta, aficionada a la cf, pero también a la literatura general, gente interesante, estimulante y divertida. Los muy cabrones eran mucho más jóvenes que yo, pero nadie es perfecto. El caso es que comencé a participar en las reuniones de la TerMa y poco a poco fui entrando en el fandom. Por aquel entonces, había muchísimos premios de relato corto, y aquello me pareció un medio excelente para ir afinando mis habilidades narrativas (si es que las tenía). Aunque durante mi etapa de publicitario no había escrito nada, sí que había acumulado unos cuantos argumentos e ideas para relato (no sé por qué lo hacía; supongo que para pasar el rato). Dos de esas ideas se transformaron en mis siguientes cuentos: El rebaño y La pared de hielo (con este último gané el premio Alberto Magno).
Fue paradójico; comencé a escribir cf cuando ya apenas leía cf. No obstante, lo hice a mi modo. En primer lugar, renunciando al “futuro”. Todos mis relatos transcurrían en el presente, o en un futuro muy cercano indistinguible del presente. En segundo lugar, españolizando las historias. Por entonces, muchos escritores españoles de cf (en su mayor parte aficionados) tendían a copiar los modelos anglosajones, lo que les llevaba incluso a situar sus historias en entornos anglosajones. Yo encabecé una pequeña cruzada en contra de esa tendencia, sosteniendo que la cf española sólo cobraría entidad cuando adquiriese una “voz propia”. No era el único que pensaba eso y, al final, fue el criterio dominante.
Por aquel entonces, durante los 90, hubo una eclosión de la cf española con la aparición de un grupo de autores (y editores) que renovó el género en nuestro país. A los nombres de Marín, Barceló y Aguilera, que seguían (y siguen) en activo, se añadieron Rodolfo Martínez, Javier Negrete, León Arsenal, Eduardo Vaquerizo o Armando Boix, entre otros. Y también éste vuestro seguro servidor, el más añoso de todos. Durante la primera mitad de los 90 gané los principales premios de relato que había por entonces. El que más me costó fue el UPC de novela corta, el más prestigioso en aquel momento. Y aquí no puedo dejar de referirme a Miquel Barceló, el promotor del premio y uno de los impulsores clave de la cf autóctona; en gran medida, a él se debe la eclosión de los 90. El caso es que gané el UPC a la tercera intentona, con El coleccionista de sellos, una (pseudo) ucronía ambientada en el Madrid del final de la Guerra Civil. Aparte de ese título (que, por cierto, acaba de ser reeditado), mi producción de cf fue escasa; se limitó a otra novela corta, La vara de hierro, la antología El círculo de Jericó y un puñado de cuentos dispersos aquí y allá.
Entre todos esos relatos, hay uno –sólo uno- que me gustaría comentar: la novela corta La casa del doctor Pétalo, que aparece en la antología El círculo de Jericó. Durante mucho tiempo, cuando me preguntaban al respecto, solía contestar que ese relato es lo mejor que he escrito en mi vida. Ahora no sé si es lo mejor, pero sigo convencido que es mi texto más inspirado. La historia de su gestación es curiosa. Al principio, sólo tenía un nombre: “doctor Pétalo”, y durante meses lo repetía en ocasiones mentalmente, como si recitase un mantra. Al cabo de un tiempo le añadí algo más: “La casa del doctor Pétalo”. Me pareció un buen título para un relato, salvo por el hecho de que no tenía relato. Así que dejé ese título flotando en mi mente, en stand by.
Semanas después, un sábado por la tarde, estaba en el salón de mi casa con mi mujer y una de mis cuñadas. De pronto, sin venir a cuento, me hice mentalmente una pregunta: ¿Qué tiene de especial la casa del doctor Pétalo? Y entonces, como un torrente, en menos de cinco minutos, me vino a la cabeza el argumento, la trama, los personajes, hasta el menor de los detalles de una historia sobre la que no había reflexionado ni un segundo. Nunca antes me había ocurrido ni me ha vuelto a suceder. Todos mis argumentos surgen de una pequeña idea que va creciendo poco a poco conforme medito sobre ella y la trabajo, pero la historia de La casa del doctor Pétalo apareció de repente, totalmente desarrollada y estructurada. ¿De dónde vino? No tengo ni idea. Pero gracias por el regalo.
Aquel sábado tuve que correr en busca de lápiz y papel para apuntar todo lo que se me había ocurrido de repente. Posteriormente, escribí la historia de forma frenética, sintiéndome más un transmisor que un creador. Cuando acabé, presentí que había escrito algo valioso. Una versión de la Bella y la Bestia en clave de cf (aunque ambientada en el presente), un relato melancólico sobre la soledad, el amor, la pérdida y la memoria. Creo que es un muy buen relato; y me puedo permitir la falta de humildad de decirlo porque no me considero del todo su autor. Creo que sólo fui su médium.
Volviendo al UPC, tras ganarlo decidí dejar de escribir cf y alejarme del fandom. Había varios motivos; en primer lugar, la cf (la anglosajona; es decir, la corriente principal) había tomado un rumbo que no me interesaba lo más mínimo. Ya no leía cf; por tanto, ¿qué sentido tenía escribirla? En segundo lugar, el fandom de aquel entonces tenía cosas muy buenas, pero también algunas muy malas. Por ejemplo, las rencillas; especialmente entre los aficionados de Barcelona y los de Madrid. Daba igual si ibas de por libre y no te metías en nada; bastaba con ser amigo de la persona “inadecuada” para que te declararan la guerra. Una jaula de grillos. Además, el fandom es un lugar fantástico para velar tus primeras armas de caballero literato, pero no es un sitio para quedarse. Así que desaparecí del mapa, aunque, por supuesto, he mantenido la amistad con la mayor parte de aquellos aficionados de los 90 (muchos de los cuales también acabaron abandonando el fandom). En último lugar, por entonces ya había publicado dos novelas juveniles con bastante éxito. Cabía la posibilidad de dedicarme profesionalmente a la escritura, pero para conseguirlo tenía que centrarme y dejar de lado géneros tan minoritarios como la cf.
A partir de ese momento, creo que sólo escribí tres o cuatro cuentos más de cf (todos ellos solicitados). De hecho, dejaron de ocurrírseme ideas relacionadas con ese género. Tampoco escribí novelas juveniles de cf, aunque sí de fantasía (o, más bien, con elementos fantásticos). Mi ruptura con el género fue total.
Y no os creáis que no lo lamenté: fue como perder a un viejo y querido amigo.
martes, mayo 8
La ciencia ficción y yo (V)
Tras la depresión político/económica de las anteriores entradas, volvemos a mi serie sobre la ciencia ficción (cf). Ya sé que a muchos merodeadores les importa un bledo este asunto, así que procuraré abreviar. Antes de nada, conviene comentar un par de cuestiones que quizá debí aclarar al principio:
Tres cosas que no es la cf: 1. Futurología. La cf no intenta predecir nada, y cuando lo hace es por pura casualidad. A decir verdad, la cf ni siquiera tiene que tratar sobre el futuro; suele hacerlo, es cierto, y puede que ese recurso al futuro sea condición suficiente para que un relato sea incluido en el género, pero no una condición necesaria. Hay muchas historias de cf ambientadas en el presente o el pasado (por ejemplo, Más que humano, de Sturgeon, o El prestigio, de Priest). 2. Divulgación científica. La cf no tiene por qué centrarse en asuntos científicos; de hecho, puede ser profundamente acientífica. 3. Literatura de “ideas”. Con frecuencia, los más “fundamentalistas” del género, afirman que el principal baremo para medir la calidad de un relato de cf reside en las “ideas” que contiene. No es cierto; las ideas son importantes, sí, pero una magnífica idea mal escrita es un mal relato.
Tres cosas que sí es la cf: 1. Literatura. 2. Literatura. 3. Literatura. ¿Está claro? La cf es un género literario que debe ser juzgado del mismo modo que cualquier otro género. Y ahí llegamos al meollo, al tuétano, a la raíz del problema. La cf nació, en sus más lejanos orígenes, de la literatura popular (novela gótica, primero, y de aventuras después), y se consolidó en el contexto del pulp, es decir, lo más tirado, el máximo exponente de la basura literaria. Para los bienpensantes guardianes de la cultura, la cf estaba y está manchada por un pecado original. Además, las primeras películas de cf eran, en su mayor parte, no solo deplorables sino también ridículas, lo cual no ayudó precisamente a mejorar la imagen del género.
La verdad es que durante las tres o cuatro primeras décadas de su historia moderna, la cf fue, en general, bastante cochambrosa en los aspectos literarios. La mayor parte de los autores habían sido fans del género que dieron el paso a la escritura a través de las revistas especializadas. Eran entusiastas y voluntariosos, y muchas veces tremendamente imaginativos, pero más interesados en las “ideas”, las tramas y las peripecias que en la carpintería narrativa o la prosa.
Eso comenzó a cambiar en los años 50, cuando la cf alcanzó cierto grado de madurez; pero la tendencia se consolidó durante la década siguiente, con la llegada de la New Thing, un movimiento, surgido en Inglaterra, que pretendía cambiar drásticamente el género. La New Thing proponía abandonar las “ciencias duras” (física, química, biología, matemáticas...), que hasta entonces habían monopolizado las temáticas de la cf, y centrarse en las “ciencias blandas” (psicología, sociología, lingüística...). También promulgaba dejar de lado el espacio exterior y sumergirse en el espacio interior del ser humano. Y prestar mayor atención al acabado literario. Y experimentar.
Con la New Thing, el género alcanzó su mayor grado de madurez literaria y temática. Y también se pegó una costalada de cuidado. Durante ese periodo surgieron autores magníficos que escribieron obras originales, comprometidas y exigentes. Demasiado originales, comprometidas y exigentes, me temo. Porque la New Thing supuso una terrible paradoja: consiguió que la cf se volviera más ambiciosa literaria y temáticamente, pero la cultura oficial siguió ignorando al género. Y, al mismo tiempo, el fandom, el núcleo duro de aficionados -que era el sustento económico de las colecciones y revistas de cf-, pasaba en redondo de la calidad literaria; quería lo de siempre, sus aventurillas espaciales y sus “ideas” chocantes. Así que la cf dejó de vender y la New Thing se fue a la mierda (Parte de la culpa también corresponde a la experimentación que proponía el movimiento. Experimentar, cuando no sale bien, es chungo; y la mayor parte de las veces no salía bien). Creo que fue en ese momento cuando los gustos de los lectores comenzaron a derivar de la cf al fantasy.
Pero ahora, de momento, estamos en los 70. En esa década se publicaron en España muchas y muy buenas obras de cf, y además teníamos Nueva Dimensión, la mejor y más duradera revista del género en nuestro país. Por aquel entonces se produjo mi primer contacto con el fandom. Como ya he dicho, los aficionados a la cf suelen ser muy dinámicos y participativos. Entre sus actividades se cuentan las convenciones de aficionados, llamadas “hispacones”. La primera se celebró en Barcelona, en 1969. Durante los 70 hubo cinco (cuatro de ellas en Madrid) y yo, la verdad, ya no sé si asistí a una o a dos de ellas. Estoy seguro de que participé en la de 1978, pero tengo vagos recuerdos de otra... No sé, da igual; el caso es que participé en una o dos hispacones durante los 70. Eran reuniones con escaso número de asistentes y una gran pobreza de medios. Y yo saqué una conclusión muy clara: aquella gente estaba como una cabra. Algunos, incluso, parecían confundir realidad y fantasía. Me sentía como si me hubiese colado en la reunión de una secta, o algo así. De modo que durante veinte largos años no volví a tener contacto con el fandom ni a participara en otra hispacon.
A finales de los 70, harto de narrar mal, abandoné mis torpes intentos de escritura. Poco después tuve que hacer la muy atrasada mili. Cuando salí del ejército, abandoné también el periodismo y comencé a trabajar en publicidad. Eran los 80. Durante aquella década cada vez leía menos cf. Supongo que, por un lado, mis gustos estaban ampliándose y cambiando; pero, por otro, la cf también había cambiado. Los mejores autores de los 50 habían desaparecido o estaban en decadencia, mientras que la “generación new thing” se hallaba dispersa o dimitida. La mayor parte de las nuevas figuras del género (Bear, Scott Card, Stanley Robinson, Brin, Bujold...) carecían de interés para mí. Entonces aún no lo sabía, pero la cf estaba entrando en decadencia.
A principios de los 90 sufrí una crisis personal: la publicidad me estaba volviendo loco. Harto de ese trabajo, empecé a buscar nuevas perspectivas laborales, como por ejemplo los guiones audiovisuales. Ahí comenzó un proceso de aprendizaje narrativo del que ya he hablado en otra ocasión. Y un buen día me llegaron por correo las bases de un concurso de relatos de cf convocado por la Asociación Española de Fantasía y CF, el premio Aznar (llamado así en honor a una vieja saga española de cf, no por el enano bigotudo). ¿Por qué no participar?, me dije.
Escribí un cuento llamado El mensaje perdido. Para ello, cogí una vieja idea que había tenido en los 70 y la mezclé con el último cuento que escribí, a comienzo de los 80, antes de colgar la máquina de escribir (el cuento se llamaba –es raro que me acuerde- Amor en mal estado). El relato está protagonizado por Gedeón Montoya, un gitano del Sacromonte que, al nacer, es alcanzado en la cabeza por una comunicación extraterrestre, lo que le vuelve omnisciente. La historia narra el procesó por el cual Gedeón pasa de ser un bicho raro, prácticamente autista, a convertirse en humano gracias a un amor imposible. El relato está escrito de una forma peculiar, por un procedimiento que podríamos llamar de collage. La narración está constantemente mezclada con fragmentos de información que parecen tener una relación muy colateral (o nula) con la historia, aunque al final contribuyen a darle sentido.
Este relato cuenta con firmes defensores y con radicales detractores. La verdad es que, de todos los que he escrito, es el que menos suele gustar. Aún así, estoy satisfecho de él. Me parece un experimento no del todo fallido. Sea como fuere, gané el concurso. Sólo una placa, sin pasta. Pero fue un incentivo para seguir escribiendo y también mi segundo contacto, después de dos décadas, con el fandom, el reino de los aficionados.
Pero de eso hablaré en la próxima entrada.
viernes, abril 27
Ssspain: decline and fall
Las burbujas financieras tienen algo bueno: durante un periodo de tiempo, generan prosperidad. El problema, claro, es el desastre que sobreviene cuando revienta la burbuja. Es como sobreacelerar un coche; al principio vas muy deprisa, pero acabas reventando el motor. En cualquier caso, antes de pincharse las burbujas crean una apariencia de riqueza.
Es evidente, o al menos a mí me lo parece, que la principal obligación de los gobiernos de Aznar y de Zapatero era prever los efectos del pinchazo y, en consecuencia, deshinchar en sus inicios la burbuja inmobiliaria, algo que estaba en su mano hacer. Pero no lo hicieron; la pasta fluía a raudales, el empleo crecía, así que, desde su cortoplacista e interesado criterio, decidieron cerrar los ojos y colgarse medallas (¿Recordáis lo de “el milagro soy yo” del infame Aznar? Valiente milagro de mierda...)
Así que los políticos no hicieron nada por cortar la burbuja. Entonces, al menos, podrían haber aprovechado toda esa pasta para mejorar el país, al menos en dos aspectos. En primer lugar, la educación, tanto la secundaria, como la universitaria y la formación profesional. La educación es el futuro de un país, y nuestro sistema educativo era y es muy deficiente. No se hizo nada al respecto.
En segundo lugar, cambiar (o comenzar a cambiar, porque es un asunto lento) nuestro modelo productivo. En algún momento, se decidió que Ssspaña iba a ser un país de servicios. Por otro lado, y en parte en consonancia con esa decisión, el incremento de la economía se basó en la construcción, el ladrillo. Pues bien, está claro que los países industrializados cuentan con economías más sólidas que resisten mejor las crisis. Y también está claro que, en nuestro país, una economía de servicios+ladrillo es incapaz de crear empleo duradero para toda la población. Por eso el paro es uno de nuestros problemas endémicos. Pues bien, tampoco se hizo nada al respecto.
Y ahora estamos donde estamos, con la economía en recesión y un 23,60 % de paro. Evidentemente, esa situación no es sólo fruto de la ineficacia de nuestros políticos, sino también, y sobre todo, de la crisis financiera mundial. Y aquí conviene recordar que prácticamente todo Occidente estaba, y está, en manos de la derecha, y que fueron las doctrinas económicas de la derecha lo que nos condujo al desastre.
Vale. Lo lógico sería corregir y regular el sistema financiero, que ha demostrado funcionar como el culo, ¿no? Pues no, todo sigue prácticamente igual. Pero, ojo, llega el PP al poder y lo primero que hace es reformar la legislación laboral, abaratando y facilitando el despido, permitiendo al empresario modificar a su antojo las relaciones laborales, dinamitando los convenios colectivos, abaratando el empleo, generalizando los contratos basura y, en fin, otorgándole todo el poder a los empresarios.
No hay que ser muy avispado para darse cuenta de que esas medidas, lejos de fomentar el empleo, lo que harán será crear más paro. El gobierno mismo lo admite, y lo cifra en unos 600.000 desempleados más. O sea, que siendo el paro el principal problema del país, las primeras medidas de la derecha van a estimular el paro. Ah, sí, pero eso es a medio plazo, dicen; luego habrá más empleo, más estabilidad en el trabajo, más flexibilidad interna en la empresa, más eficacia del mercado de trabajo, más control y lucha contra el fraude, bla, bla bla. ¿Sabéis cuál es una de las principales razones ocultas para esta reforma? Para descubrirla sólo hay que fijarse en un pequeño detalle: por primera vez, una reforma laboral no se aplica sólo a los futuros contratos, sino también a los ya existentes (ley ex post facto). ¿Por qué? Pues porque su objetivo último consiste en abaratar el conjunto de la masa salarial del país. Es decir: empobrecernos.
¿Por qué hacen eso? ¿Es que son pérfidos y malvados? Bueno, se limitan a seguir sus doctrinas neocon. La teoría es que, al abaratar el trabajo, las empresas serán más competitivas y conseguirán más beneficios que generarán más inversiones y más empleo. Sí, puede que ocurra eso. O puede que esos beneficios se inviertan en el mercado financiero (lo que no genera empleo), o, sencillamente, que vayan a las cuentas corrientes de los propietarios (lo que aún genera menos empleo). ¿Qué creéis que pasará?
El caso es que esa maravillosa reforma laboral creará más desempleo, empobrecerá a los trabajadores y les privará de todo derecho frente al empresario. (Anécdota: El otro día estaba en El Corte Inglés y coincidí en el ascensor con dos empleadas. Una le decía a la otra que le dolía algo, que había ido al médico y que éste le había dicho que tenía que operarse. Pero la buena mujer no se atrevía a operarse, porque temía que la despidiesen. Lo malo, añadió, es que me duele mucho... A mí eso se me antoja una de las cosas más monstruosas que he oído jamás. ¿A qué grado de inhumanidad estamos llegando?)
Y luego está el asunto de los “recortes” impuestos por Europa. ¿Por Europa? No, por la señora Merkel, correligionaria del señor Sarkozy y del señor Rajoy. Ay, Rajoy... sería para reírse si no fuese porque no tiene ni pizca de gracia. Creíamos que el PP tenía un programa oculto y resulta que no tiene ningún programa (salvo el compromiso con la clase empresarial –su clase- para despojar de derechos a los trabajadores). Rajoy no es más que un obediente servidor de los designios del “Mercozy”, como en su última etapa lo fue Zapatero. Y la Merkel, como todos los políticos, se limita a actuar a cortísimo plazo y con óptica nacionalista. Eso está conduciendo a Europa al desastre. Tiene su gracia que todo el mundo, incluido Rajoy y sus muchachos, esté cruzando los dedos para que el socialista Hollande gane en Francia las elecciones y ponga coto a la locura neocon franco-alemana.
Entre tanto, aquí se están realizado unos recortes presupuestarios que más bien son amputaciones. Dejando aparte lo que se está haciendo con la sanidad (que dentro de poco será beneficencia), clama al cielo el acoso y derribo a la educación pública. Y eso es lo último que debería tocarse, porque no es un gasto, sino una inversión. En realidad es el futuro del país. En fin..., si no fuese porque no creo en conspiraciones mundiales, pensaría que esta crisis es una conspiración para cargarse el estado del bienestar. Pensadlo: las clases altas no llevan a sus hijos a colegios públicos ni usan la sanidad pública. Tampoco necesitan becas, ni pensiones estatales, ni asistencia a dependientes. Entonces, ¿por qué van a contribuir a su financiación? ¿Por justicia social? ¿Qué es eso?
El plan de nuestra derecha neocon está en marcha. El primer paso fue convencernos de que somos corresponsables de la crisis porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades (cuando lo cierto es que estamos como estamos porque algunos han vivido por encima de nuestras posibilidades). El segundo paso es asustarnos. España se hunde, todo está fatal, las estructuras se tambalean, así que tenemos que hacer grandes sacrificios para... ¿salvar los bancos? Además, se endurecen las penas por delitos relacionados con “desórdenes públicos”, no vaya a ser que nos de por protestar en la calle. Y, gracias a la reforma laboral, se puede tener acojonados a los trabajadores, pues pueden verse privados de su mayor bien, el trabajo, en cualquier momento y con toda facilidad. El tercer paso es desunirnos. Insistiendo en que los sindicatos van a lo suyo y no se ocupan de los parados, y que quienes tienen trabajo (como los funcionarios, por ejemplo) son unos privilegiados que más vale que se estén calladitos. El cuarto paso consiste en arrebatarle derechos y poder adquisitivo a los trabajadores, un sacrificio que, según ellos, servirá para crear empleo (?). Por cierto, si descienden los salarios, pero no bajan los precios, ¿a qué parte exacta del infierno nos vamos? El quinto paso será ir eliminando poco a poco lo que queda del estado del bienestar, “porque no podemos permitírnoslo”.
Si hay o no un sexto paso (que lo habrá), da igual. ¿Cuál se supone que es el propósito final de todo eso? Al parecer, crear una miríada de infraempleos infrapagados que maquillen las estadísticas. Y hacernos competitivos a base de abaratar la mano de obra. ¿Para competir con quién, con los chinos? ¿Jornadas de 12 horas por un sueldo de miseria sin derechos ni seguridad alguna? ¿Así vamos a competir? Me temo que, aunque quisiéramos, los chinos nos ganarían. Qué absurda gilipollez. En realidad, lo único que se trata es de preservar los privilegios de una clase social. El resto es palabrería.
Así estamos y el gobierno lleva poco más de 100 días en el poder. Es para echarse a temblar. Porque si el presente es chungo, el futuro es aún peor. ¿Queréis que profetice el porvenir de Ssspaña? De acuerdo; desempolvo mi bola de cristal, trazo una estrella de cinco puntas en el suelo y sacrifico una gallina.
1. El país se empobrecerá. Vale, qué listo soy; el país ya se ha empobrecido. Pero es que se empobrecerá mucho más y eso se notará en las infraestructuras y los servicios públicos. Nuestro poder adquisitivo disminuirá notablemente y durante mucho tiempo.
2. La clase media se reducirá. De nuevo soy un listo, porque ya se ha reducido. Pero se reducirá aún más, lo que afectará a la dinámica social, incrementando la brecha entre pobres y ricos. El motor de un país es la clase media; si la clase media se resiente, el país se resiente.
3. Los jóvenes más preparados, nuestros mejores técnicos y científicos, se verán obligados a emigrar a otros países. ¿A que soy cojonudo prediciendo el presente? Habremos tirado a la basura la inversión que el país ha hecho en ellos y nuestro mundo cultural y científico se empobrecerá tanto como la economía.
4. La educación pública, masificada y mal dotada, se degradará aún más. La formación básica de los ciudadanos será aún más deficiente que ahora, hundiéndonos definitivamente en lo más bajo del escalafón PISA.
5. El incremento de la tasas universitarias y la disminución de becas alejará a las clases menos afortunadas de la enseñanza superior. La formación profesional seguirá siendo el mismo desastre que es ahora.
6. Los drásticos recortes en I+D nos descolgarán del mundo moderno. Hoy en día, en Europa, la economía de un país sólo puede competir mundialmente si genera productos con valor añadido. No es como antes, que bastaba con fabricar cosas que estuviesen más o menos bien hechas; ahora hace falta algo más. ¿Y qué es ese algo más? Pues tecnología, diseño e innovación constante. Justo aquello en lo que nuestro gobierno ha decidido dejar de invertir.
7. Los contratos de trabajo serán cada vez más precarios; la falta de estabilidad en el empleo se traducirá en deficiencias de la formación y, por ende, en disminución de la productividad. Con todo, nuestra maltrecha economía no será capaz de generar suficiente número de empleos. Además, al menos un millón y medio de nuestros parados son irrecuperables para el empleo estable, pues carecen de la menor formación y sólo valen para servir copas o poner ladrillos. No sería de extrañar que hacia el final de la legislatura, si los vientos del crédito son propicios, el gobierno intentara hinchar una nueva burbuja inmobiliaria.
8. Políticamente, seguiremos en manos de una mediocre partidocracia, con una democracia imperfecta y un sistema legal ineficaz, politizado e injusto. Todo ello, por supuesto, seguirá siendo la pantalla de la oligarquía que realmente nos controla.
En fin, se me quedan muchas cosas en el tintero, hay tanto que decir... pero la entrada ya es demasiado larga. Estoy convencido de que mis predicciones se cumplirán, porque son evidentes y, de hecho, ya se están cumpliendo. Sólo un giro en Europa, un cambio en el dominio neocon (que ojalá comience pronto en Francia), podrá amortiguar un poco nuestra caída; pero aunque eso suceda, saldremos de ésta más burros y pobres que antes, habiendo perdido una oportunidad extraordinaria de subirnos al carro de la historia y, también, perdiendo la que quizá sea nuestra mejor generación.
Un amable y realista merodeador, Rickard, preguntaba en la anterior entrada que qué podemos hacer la plebe, el populacho, para luchar contra esto, pues, en su opinión, las manifestaciones, huelgas y protestas puntuales no sirven para nada, o para muy poco, y movimientos como el 15-M no pasan de ser testimoniales. La verdad es que estoy bastante de acuerdo con él, aunque creo que las huelgas y protestas deben mantenerse, y que los movimientos testimoniales tienen su grado de eficacia. Pero en las actuales circunstancias, todo eso es insuficiente.
Estamos secuestrados por una omnipotente derecha neocon (a la que nosotros hemos concedido todo el poder) y lo estaremos durante cuatro largos años. Prácticamente no existe oposición, pues el PSOE está noqueado y sin ideas. Nos han dado un tarro de vaselina y nos han exigido que nos untemos con ella el ojete, así que no hay que ser muy listo para adivinar lo que va a pasar (ah, y la vaselina la pagamos nosotros). Rickard tiene razón: ¿qué coño podemos hacer nosotros, el populacho?
Pues sólo se me ocurre una posibilidad: articular una (inmensa) plataforma ciudadana destinada única y exclusivamente a modificar el ordenamiento legal e institucional con el objeto de perfeccionar nuestra cada vez más obsoleta democracia y corregir los desmanes e ineficiencias de nuestro actual sistema de partidos.
¿Utópico? ¿Ingenuo? ¿Irrealizable? Hace veinte años habría contestado que sí a las tres preguntas, pero ahora... ahora tenemos Internet, un sistema global de comunicación instantánea que permite, sin apenas coste, reunir y coordinar a un inmenso número de personas. En cualquier caso, ¿cómo poner de acuerdo a tanta y tan diversa gente? Sencillo: hay algo en lo que todo el mundo, tanto de la izquierda como del centro y la derecha, coincide: en que los políticos son uno de los principales problemas del país (el tercero, después del paro y la economía, según el CIS).
No digo que sea fácil, porque no lo es (entre otras cosas, porque la Constitución no puede modificarse por iniciativa popular). Y llevaría mucho tiempo, aunque para llevarlo a cabo disponemos de cuatro largos años de infierno por delante. Y puede que finalmente sea irrealizable, de acuerdo; pero, aunque no alcanzase sus objetivos, ¿os imagináis el peso que una plataforma ciudadana grande y activa puede tener sobre la clase política?
Vale, estoy siendo ingenuo, pero, ¿sabéis?, gran parte de las cosas que consideramos imposibles lo son, precisamente, porque las consideramos imposibles. Y además, no lo olvidemos, somos animales gregarios, muy reacios a apartarnos de la senda del rebaño. Imaginaos que estáis en la calle y, de pronto, un hombre comienza a pegar a su pareja. Con frecuencia ocurre que los testigos de la agresión se quedan mirando sin hacer nada. ¿Por qué? Porque todos esperan que sea otro el que haga primero algo. Pero si alguien toma la iniciativa e interviene, los demás se suman. Quizá eso mismo pueda aplicarse a la actual situación.
Lo siento, perdonad la tabarra que os he dado, disculpad este larguísimo monólogo. Pero es que la situación es grave e irá a peor. Pensad en lo que he dicho, por favor; aunque sea para demostrarme que estoy equivocado.
En la siguiente entrada, Babel volverá a su habitual inutilidad.
jueves, abril 19
Ssspaña azul
¿Me estoy poniendo pesado con Ssspaña? Es probable, pero las cosas en nuestro país se están desquiciando de tal manera que siento la necesidad de decir algo, aunque sólo sea para soltar vapor. Lo lamento; es mi derecho al pataleo.
Al final de la anterior entrada comentaba algunos puntos básicos de la doctrina económica y social neocon, y afirmaba que eran meros dogmas casi religiosos. Veamos por qué: La primera premisa básica de los neocon es que el mercado organiza la economía automáticamente, sin necesidad de reglamentaciones ni correcciones externas. FALSO. Y, además, falso desde su misma esencia. El mercado, en estado puro, es como el Monopoly: al principio de la partida, los competidores se enfrentan en igualdad de condiciones; pero, poco a poco, uno o varios jugadores van acumulando capital, y cuanto más capital tienen, más capital consiguen. Finalmente, sólo queda un competidor, que es quien controla con mano férrea todo el mercado inmobiliario y hotelero del tablero. Moraleja: por naturaleza, el sistema de libre mercado conduce al monopolio. Pero, oh paradoja, el monopolio dinamita el funcionamiento del mercado. Por eso en prácticamente todo el mundo existen leyes anti-monopolio. Y por eso en USA, el bastión del capitalismo (y ya en épocas tan tempranas como 1882), se dictó el Acta Sherman, que declaraba ilegales los trusts.
De modo que el mercado sí necesita regulaciones. Pero hay más: Como han demostrado diversos estudios de economía experimental (Sheen, Zajak, Vernon Smith...), las burbujas financieras son inherentes al sistema de libre mercado. Es decir, que esta crisis de los cojones no es un accidente, sino una parte fundamental del juego.
La segunda premisa básica de las creencias neocon es que en un sistema de libre mercado todos partimos en igualdad de condiciones, de modo que todo aquel que se prepare y esfuerce lo suficiente, alcanzará el éxito. Es decir, los ricos son los más listos, los más formados y los más trabajadores, y los pobres los más tontos, incultos y vagos. Por eso unos tienen pasta y los otros no. FALSO. Para rebatir esto me remito a los estudios del genetista Luca Cavalli-Sforza (y también a los de los doctores Lewontin, Rose y Kamin), que demuestran que el factor fundamental para alcanzar el éxito económico es la clase social donde se haya nacido. Es decir, supongamos dos jovenzuelos recién salidos de la universidad. Uno es de clase alta, gilipollas, con un expediente académico de risa y muy vago. El otro es de clase baja, listo como el hambre, trabajador incansable y con un expediente brillante. ¿Cuál de los dos tiene, estadísticamente, más posibilidades de alcanzar el éxito social y económico? Con diferencia, el gilipollas de clase alta. Y esto no se debe sólo al dinero, sino también, y sobre todo, a la red de contactos que proporciona una clase social elevada. Así que no, de ninguna manera partimos todos en igualdad de condiciones, y, en la mayor parte de los casos, para alcanzar el éxito hace falta mucho más que inteligencia, formación y tesón. Hace falta apoyo social.
Y, en cuanto a eso de que cuanto mejor les vaya a los ricos, mejor les irá a los pobres, FALSO también. En Estados Unidos, varios gobiernos (incluyendo los del demócrata Clinton), se dedicaron a quitarles impuestos a los ricos. ¿Se tradujo eso en un incremento de las inversiones y, por ende, del empleo? Ni de coña. Se tradujo en más beneficios para los poderosos y en que la brecha entre ricos y pobres, ya de por sí abismal, aumentara aún más. En fin, se podría seguir argumentando, pero no vale la pena. Las doctrinas neocon están edificadas sobre mentiras. Pero que sean falsas o no poco importa a quienes las promueven. Como durante un tiempo nos olvidamos de que existen las clases sociales, también nos hemos olvidado de que los partidos políticos defienden los intereses de determinadas clases. Al menos, los partidos de derechas. Y no cabe duda de que las doctrinas neocon son cojonudas para los ricos y poderosos.
Ésas son las doctrinas que ahora dominan el mundo. Y son ésas doctrinas las que nos han conducido a la actual crisis de los cojones sin que nadie dijera ni mú. ¿Cómo es posible? Sencillo, si tenemos en cuenta que el dos por ciento de la población controla la mitad de la riqueza mundial. ¿O dais cuenta de la inmensa concentración de poder que ello supone? Con eso se tuercen voluntades y se controlan tendencias y creencias, con eso se compran políticos, gobiernos, naciones enteras. De hecho, con las migajas de eso ya nos han comprado a nosotros.
Regresemos a Ssspaña.
El gobierno ¿socialista? de Zapatero no sólo hizo una mala gestión de la crisis, sino también de la prosperidad anterior. Y lo mismo puede decirse de los partidos y políticos que controlaban las diversas autonomías y municipios. Nadie aprovechó la prosperidad para mejorar realmente al país, como tampoco lo hicieron los gobiernos del nefasto Aznar. Pero no nos vayamos tan lejos. Zapatero la cagó con la crisis.
La economía comenzó a desmoronarse y el paro a crecer; los socialistas parecían noqueados, incapaces de reaccionar. Se adelantaron las elecciones y los votos le dieron prácticamente todo el poder del país a la derecha. Es lógico; la gente estaba asustada, la situación era angustiosa, así que la mayoría optó por un cambio. Además, ésa es la esencia de la democracia, ¿no? La alternancia de poder: si un partido lo hace mal, que gobierne otro. Y como estamos en un bipartidismo, la alternativa es o falso socialismo, o auténtica derecha. Vale, pues todo el poder para los conservadores, a ver si nos sacan de este follón.
Sólo hay un pequeño problema: le hemos entregado el poder a aquellos que defienden las doctrinas que nos han conducido (con la aquiescencia implícita de nuestra supuesta socialdemocracia) al actual desastre económico. Hemos nombrado bomberos a los pirómanos.
¿Qué está haciendo la derecha con el inmenso poder que graciosamente le hemos concedido?
Hablaremos de eso en la próxima, y os prometo que última, entrada.
viernes, marzo 30
The world around Ssspaña
Desde que comenzó la crisis se afirma con frecuencia que la política se ha puesto a los pies, y al dictado, del Mercado (lo escribo con mayúscula, como si fuera una divinidad, porque lo es). Es decir, que ya no hay política, sino mera sumisión al entramado financiero. Esto es cierto si sólo nos fijamos en las consecuencias, pero no lo es en absoluto si contemplamos las causas. No es que la política haya quedado orillada; lo que ocurre es que desde hace un par de décadas se ha impuesto una política distinta a la que había antes. Una política que tiene al Mercado como tótem.
Cuando charlo de estos temas suelo argumentar algo que, quizá por evidente, no suele tenerse en cuenta: vivimos tiempos de posguerra. ¿Recordáis la Guerra Fría? Comenzó poco después de la Segunda Guerra Mundial y concluyó con la disolución de la Unión Soviética, a comienzos de los 90. Aunque no hubo enfrentamiento bélico (en realidad lo hubo, pero periférico), fue una guerra en toda la regla -y además una guerra ideológica, casi religiosa-, que, como toda guerra, tuvo vencedores y vencidos. Los principales artífices de la victoria final fueron Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el papa Juan Pablo II. Los dos primeros están considerados grandes popes de la “revolución neo-con” y el tercero fue el papa que le dio el tiro de gracia final al tímido aperturismo del Vaticano Segundo.
El gran perdedor, claro está, fue el comunismo soviético, pero en realidad supuso el fracaso de toda la izquierda, incluso de la que ya se había alejado del marxismo. En la Guerra Fría no triunfó un país, ni una alianza, sino una creencia, una idea, una forma de entender la sociedad, la política y la economía; y quien fracasó tampoco fue un bloque de naciones, sino una ideología alternativa. Por expresarlo de alguna manera, al hundirse el comunismo nos quedamos sin plan B (aunque el plan B fuera una mierda, ésa es otra cuestión).
Retrocedamos en el tiempo. ¿Recordáis cómo era el capitalismo industrial en sus inicios, cuando imperaba el liberalismo salvaje? Hombres, mujeres y niños trabajando en fábricas insalubres doce horas al día, o más, siete días a la semana y doce meses al año, a cambio de un jornal miserable, sin ningún derecho ni ayuda (vamos, como en China ahora). ¿Recordáis las luchas sindicales, toda la sangre que se vertió intentando conquistar unos mínimos derechos para los trabajadores? El comunismo surgió como reacción ante esa realidad atroz (una reacción equivocada, pero de nuevo ésa es otra cuestión), era el plan B; o, más bien, uno entre varios planes B. Hasta que, de pronto, el comunismo triunfó en Rusia y dejó de ser una fantasía utópica para convertirse en una sólida alternativa. De hecho, en LA ALTERNATIVA.
La ideología comunista se expandió como la pólvora entre las clases obreras de Europa y América, así que, para evitar males mayores (que el comunismo siguiera prosperando), el capitalismo salvaje se vio obligado a hacer concesiones y aceptar algunas demandas sindicales. Tras las 2ª Guerra Mundial, con el incremento de poder de la Unión Soviética y el nacimiento de la República Popular China, el capitalismo tuvo que hacer aún más concesiones, y así nació el estado del bienestar europeo mientras florecía la socialdemocracia, que no es más que un ten con ten de la izquierda con el capitalismo. ¿Está claro lo que quiero decir? Las conquistas sociales de la clase trabajadora se consiguieron porque, ante la “amenaza comunista”, las fuerzas capitalistas se vieron obligadas a hacer concesiones que contentaran a la población, vacunándola frente a tentaciones revolucionarias. Había un contrapeso.
Pues bien, amigos míos, hace ya veinte años que el sistema capitalista triunfó y, ¿os habéis fijado?, ya no hay ninguna alternativa, ningún plan B. ¿Cómo?... ¿La socialdemocracia?... Me suena esa palabra; creo recordar que en algún momento significó algo.
¿Sabéis por qué ha triunfado el capitalismo de libre mercado? Es sencillo: porque funciona, porque es el mejor sistema económico creando riqueza. Aunque también plantea muchos problemas; entre ellos que, si bien es bueno a la hora de crear riqueza, es malísimo redistribuyéndola. El capitalismo, por naturaleza, tiende a concentrar inmensas cantidades de dinero y poder no democrático en muy escasas manos. Hay otros problemas, pero de momento no vienen al caso.
Tras la mini-crisis de principios de los 90, la economía mundial inició un largo periodo de crecimiento y prosperidad (entre otras causas, aupada por el inicio de diversas burbujas, como ahora sabemos). Todo marchaba bien y el dinero fluía a raudales, había trabajo, bienestar, así que la sociedad se fue aburguesando. Nadie lucha por mejorar el mundo, si el mundo ya le parece suficientemente bueno. Los partidos socialdemócratas se plegaron a los vientos dominantes y se plegaron a las políticas económicas liberales, con algunos toquecitos sociales.
En cuanto al pueblo, la masa, la plebe, la chusma, dejamos de ser ciudadanos y nos convertimos en consumidores. De repente, todo parecía estar al alcance de cualquiera. ¿Los millonarios usan Iphones? Pues tú también puedes tener uno; e igual sucede con las Nike, las Nikon, los Vuitton o los Sony de plasma. ¿Los triunfadores viajan por el mundo en jet y tienen Mercedes y BMWs? Como tú, si quieres. Poco a poco, la ética social se fue difuminando hasta que el principal valor, por no decir el único, fue la posesión. No importa lo que eres, sino lo que tienes. Dicho de otra forma: todas las capas de la sociedad fueron derechizándose. La ciudadanía se volvió conservadora; incluso la izquierda viró a la derecha. Y la derecha, libre ya del contrapeso comunista, pudo por fin desplegar las esencias de su verdadero plan.
Todo eso puede verse muy bien en España, donde la conciencia de clase ha desaparecido casi por completo. De pronto, sólo había dos clases sociales: la alta y una enorme e informe clase media. ¿La política? Una tomadura de pelo, así que cuanto menos atención se le preste, mejor. ¿Los políticos? Todos iguales, todos mentirosos y ladrones. ¿La ideología? Paparruchas. ¿La corrupción? Tolerable si el que se corrompe es de tu bando. ¿La justicia social? A quién le importa; que les den por saco a los pobres, que le den al vecino. Nos hemos vuelto individualistas y egoístas, estamos desideologizados y el único valor que nos guía es la consecución del “éxito” mediante la acumulación de bienes de consumo que confieren estatus. La educación, el esfuerzo y la ética son para pringados. Los valores de la izquierda (lo valores, no los partidos) ya no son deseables, están pasados de moda. ¿Quién quiere pagar impuestos? Ni dios. ¿Quién quiere practicar la solidaridad? Pues nadie; ¿para qué, para alimentar a unos cuantos vagos? “Yo, yo, yo y más, más, más”... ése es el estribillo de nuestra canción.
Huelga decir que un estado de opinión semejante es terreno abonado para la derecha. Pero, ¿qué dice la derecha actual, cuál es su filosofía? Resumiéndolo mucho:
1. El capitalismo de libre mercado (CdLM) es el único sistema económico (y por ende social) que funciona. Todo lo que vaya en contra del CdLM es perverso.
2. El sistema de libre mercado ajusta la economía por sí solo, de forma automática, castigando a quienes lo hacen mal y premiando a los que lo hacen bien. Por tanto, ya que es un mecanismo perfecto, al mercado hay que ponerle el menor número posible de reglas y restricciones. Anarco-capitalismo.
3. El principio básico es la libertad individual, así que el Estado debe abstenerse de intervenir en la vida y actividades de los ciudadanos. Además, el Estado tiende a ser una máquina burocrática de gastar dinero; por tanto, lo deseable es que el Estado sea lo más pequeño y lo menos fiscalizador posible.
4. En un sistema de CdLM, cualquiera que se prepare, se esfuerce y trabaje lo suficiente, alcanzará el éxito. Por contra, quien no lo haga estará condenado al fracaso.
5. El CdLM no sólo regula automáticamente la actividad económica, sino también la dinámica social. Los ricos lo son porque se han preparado y esforzado más, porque son más listos y trabajadores. Los pobres, por contra, deben su miseria al hecho de ser tontos e indolentes. En un sistema CdLM, todos partimos con las mismas posibilidades, pero a la larga el sistema pone a cada uno en su lugar.
6. Como los pobres lo son por ser vagos e indolentes, intentar ayudarles mediante subsidios es contraproducente. Cuanto peor lo pasen más posibilidades hay de que espabilen. Por ejemplo, los parados están parados por su culpa, así que se busquen las castañas por su cuenta. En términos generales, las políticas de asistencia social son negativas, pues generan gasto y fomentan la indolencia. Por otro lado, los ricos son los mejores ejemplares de nuestra especie, como han demostrado por su brillante capacidad de supervivencia, así que deben ser cuidados, mimados y respetados. Los pobres, por su parte, son los ejemplares menos aptos, de modo que la mejor política es apartarlos lo más posible del foco social y del proceso de toma de decisiones. Este punto, y el anterior, sintetizan el llamado “darwinismo social”. La ley de la selva adaptada a la civilización.
7. Los impuestos son negativos, pues frenan la economía. Además, ese absurdo mito izquierdista de la “redistribución de la riqueza” choca de lleno contra los puntos 5 y 6. Por tanto, los impuestos deben ser lo más bajos posible y con un único tipo impositivo para todo el mundo, con independencia del dinero que gane.
8. Si a los ricos les va bien y ganan mucho dinero, invertirán, crearán puestos de trabajo, y a los pobres, de rebote, también les irá bien.
En fin, le derecha neo-con dice más cosas, pero con esto basta por el momento. ¿Que la derecha española no dice exactamente eso? No, no lo dice con tanta crudeza, pero lo piensa y, como hemos podido comprobar, lo practica. A fin de cuentas, lo que he expuesto forma parte de la filosofía de la “revolución conservadora” (eso debe de ser un oxímoron). El caso es que esos ocho puntos son, en su mayor parte, meros actos de fe, revelaciones de algún profeta (Milton Friedman, por ejemplo) que guardan escasa relación con los hechos. En realidad, son dogmas religiosos. Y una coartada para seguir manteniendo el status quo.
Pero de eso hablaremos la siguiente semana... Ah, no, que me voy de viaje. Entonces dentro de dos semanas.
Feliz Semana Santa, amigos míos.
Cuando charlo de estos temas suelo argumentar algo que, quizá por evidente, no suele tenerse en cuenta: vivimos tiempos de posguerra. ¿Recordáis la Guerra Fría? Comenzó poco después de la Segunda Guerra Mundial y concluyó con la disolución de la Unión Soviética, a comienzos de los 90. Aunque no hubo enfrentamiento bélico (en realidad lo hubo, pero periférico), fue una guerra en toda la regla -y además una guerra ideológica, casi religiosa-, que, como toda guerra, tuvo vencedores y vencidos. Los principales artífices de la victoria final fueron Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el papa Juan Pablo II. Los dos primeros están considerados grandes popes de la “revolución neo-con” y el tercero fue el papa que le dio el tiro de gracia final al tímido aperturismo del Vaticano Segundo.
El gran perdedor, claro está, fue el comunismo soviético, pero en realidad supuso el fracaso de toda la izquierda, incluso de la que ya se había alejado del marxismo. En la Guerra Fría no triunfó un país, ni una alianza, sino una creencia, una idea, una forma de entender la sociedad, la política y la economía; y quien fracasó tampoco fue un bloque de naciones, sino una ideología alternativa. Por expresarlo de alguna manera, al hundirse el comunismo nos quedamos sin plan B (aunque el plan B fuera una mierda, ésa es otra cuestión).
Retrocedamos en el tiempo. ¿Recordáis cómo era el capitalismo industrial en sus inicios, cuando imperaba el liberalismo salvaje? Hombres, mujeres y niños trabajando en fábricas insalubres doce horas al día, o más, siete días a la semana y doce meses al año, a cambio de un jornal miserable, sin ningún derecho ni ayuda (vamos, como en China ahora). ¿Recordáis las luchas sindicales, toda la sangre que se vertió intentando conquistar unos mínimos derechos para los trabajadores? El comunismo surgió como reacción ante esa realidad atroz (una reacción equivocada, pero de nuevo ésa es otra cuestión), era el plan B; o, más bien, uno entre varios planes B. Hasta que, de pronto, el comunismo triunfó en Rusia y dejó de ser una fantasía utópica para convertirse en una sólida alternativa. De hecho, en LA ALTERNATIVA.
La ideología comunista se expandió como la pólvora entre las clases obreras de Europa y América, así que, para evitar males mayores (que el comunismo siguiera prosperando), el capitalismo salvaje se vio obligado a hacer concesiones y aceptar algunas demandas sindicales. Tras las 2ª Guerra Mundial, con el incremento de poder de la Unión Soviética y el nacimiento de la República Popular China, el capitalismo tuvo que hacer aún más concesiones, y así nació el estado del bienestar europeo mientras florecía la socialdemocracia, que no es más que un ten con ten de la izquierda con el capitalismo. ¿Está claro lo que quiero decir? Las conquistas sociales de la clase trabajadora se consiguieron porque, ante la “amenaza comunista”, las fuerzas capitalistas se vieron obligadas a hacer concesiones que contentaran a la población, vacunándola frente a tentaciones revolucionarias. Había un contrapeso.
Pues bien, amigos míos, hace ya veinte años que el sistema capitalista triunfó y, ¿os habéis fijado?, ya no hay ninguna alternativa, ningún plan B. ¿Cómo?... ¿La socialdemocracia?... Me suena esa palabra; creo recordar que en algún momento significó algo.
¿Sabéis por qué ha triunfado el capitalismo de libre mercado? Es sencillo: porque funciona, porque es el mejor sistema económico creando riqueza. Aunque también plantea muchos problemas; entre ellos que, si bien es bueno a la hora de crear riqueza, es malísimo redistribuyéndola. El capitalismo, por naturaleza, tiende a concentrar inmensas cantidades de dinero y poder no democrático en muy escasas manos. Hay otros problemas, pero de momento no vienen al caso.
Tras la mini-crisis de principios de los 90, la economía mundial inició un largo periodo de crecimiento y prosperidad (entre otras causas, aupada por el inicio de diversas burbujas, como ahora sabemos). Todo marchaba bien y el dinero fluía a raudales, había trabajo, bienestar, así que la sociedad se fue aburguesando. Nadie lucha por mejorar el mundo, si el mundo ya le parece suficientemente bueno. Los partidos socialdemócratas se plegaron a los vientos dominantes y se plegaron a las políticas económicas liberales, con algunos toquecitos sociales.
En cuanto al pueblo, la masa, la plebe, la chusma, dejamos de ser ciudadanos y nos convertimos en consumidores. De repente, todo parecía estar al alcance de cualquiera. ¿Los millonarios usan Iphones? Pues tú también puedes tener uno; e igual sucede con las Nike, las Nikon, los Vuitton o los Sony de plasma. ¿Los triunfadores viajan por el mundo en jet y tienen Mercedes y BMWs? Como tú, si quieres. Poco a poco, la ética social se fue difuminando hasta que el principal valor, por no decir el único, fue la posesión. No importa lo que eres, sino lo que tienes. Dicho de otra forma: todas las capas de la sociedad fueron derechizándose. La ciudadanía se volvió conservadora; incluso la izquierda viró a la derecha. Y la derecha, libre ya del contrapeso comunista, pudo por fin desplegar las esencias de su verdadero plan.
Todo eso puede verse muy bien en España, donde la conciencia de clase ha desaparecido casi por completo. De pronto, sólo había dos clases sociales: la alta y una enorme e informe clase media. ¿La política? Una tomadura de pelo, así que cuanto menos atención se le preste, mejor. ¿Los políticos? Todos iguales, todos mentirosos y ladrones. ¿La ideología? Paparruchas. ¿La corrupción? Tolerable si el que se corrompe es de tu bando. ¿La justicia social? A quién le importa; que les den por saco a los pobres, que le den al vecino. Nos hemos vuelto individualistas y egoístas, estamos desideologizados y el único valor que nos guía es la consecución del “éxito” mediante la acumulación de bienes de consumo que confieren estatus. La educación, el esfuerzo y la ética son para pringados. Los valores de la izquierda (lo valores, no los partidos) ya no son deseables, están pasados de moda. ¿Quién quiere pagar impuestos? Ni dios. ¿Quién quiere practicar la solidaridad? Pues nadie; ¿para qué, para alimentar a unos cuantos vagos? “Yo, yo, yo y más, más, más”... ése es el estribillo de nuestra canción.
Huelga decir que un estado de opinión semejante es terreno abonado para la derecha. Pero, ¿qué dice la derecha actual, cuál es su filosofía? Resumiéndolo mucho:
1. El capitalismo de libre mercado (CdLM) es el único sistema económico (y por ende social) que funciona. Todo lo que vaya en contra del CdLM es perverso.
2. El sistema de libre mercado ajusta la economía por sí solo, de forma automática, castigando a quienes lo hacen mal y premiando a los que lo hacen bien. Por tanto, ya que es un mecanismo perfecto, al mercado hay que ponerle el menor número posible de reglas y restricciones. Anarco-capitalismo.
3. El principio básico es la libertad individual, así que el Estado debe abstenerse de intervenir en la vida y actividades de los ciudadanos. Además, el Estado tiende a ser una máquina burocrática de gastar dinero; por tanto, lo deseable es que el Estado sea lo más pequeño y lo menos fiscalizador posible.
4. En un sistema de CdLM, cualquiera que se prepare, se esfuerce y trabaje lo suficiente, alcanzará el éxito. Por contra, quien no lo haga estará condenado al fracaso.
5. El CdLM no sólo regula automáticamente la actividad económica, sino también la dinámica social. Los ricos lo son porque se han preparado y esforzado más, porque son más listos y trabajadores. Los pobres, por contra, deben su miseria al hecho de ser tontos e indolentes. En un sistema CdLM, todos partimos con las mismas posibilidades, pero a la larga el sistema pone a cada uno en su lugar.
6. Como los pobres lo son por ser vagos e indolentes, intentar ayudarles mediante subsidios es contraproducente. Cuanto peor lo pasen más posibilidades hay de que espabilen. Por ejemplo, los parados están parados por su culpa, así que se busquen las castañas por su cuenta. En términos generales, las políticas de asistencia social son negativas, pues generan gasto y fomentan la indolencia. Por otro lado, los ricos son los mejores ejemplares de nuestra especie, como han demostrado por su brillante capacidad de supervivencia, así que deben ser cuidados, mimados y respetados. Los pobres, por su parte, son los ejemplares menos aptos, de modo que la mejor política es apartarlos lo más posible del foco social y del proceso de toma de decisiones. Este punto, y el anterior, sintetizan el llamado “darwinismo social”. La ley de la selva adaptada a la civilización.
7. Los impuestos son negativos, pues frenan la economía. Además, ese absurdo mito izquierdista de la “redistribución de la riqueza” choca de lleno contra los puntos 5 y 6. Por tanto, los impuestos deben ser lo más bajos posible y con un único tipo impositivo para todo el mundo, con independencia del dinero que gane.
8. Si a los ricos les va bien y ganan mucho dinero, invertirán, crearán puestos de trabajo, y a los pobres, de rebote, también les irá bien.
En fin, le derecha neo-con dice más cosas, pero con esto basta por el momento. ¿Que la derecha española no dice exactamente eso? No, no lo dice con tanta crudeza, pero lo piensa y, como hemos podido comprobar, lo practica. A fin de cuentas, lo que he expuesto forma parte de la filosofía de la “revolución conservadora” (eso debe de ser un oxímoron). El caso es que esos ocho puntos son, en su mayor parte, meros actos de fe, revelaciones de algún profeta (Milton Friedman, por ejemplo) que guardan escasa relación con los hechos. En realidad, son dogmas religiosos. Y una coartada para seguir manteniendo el status quo.
Pero de eso hablaremos la siguiente semana... Ah, no, que me voy de viaje. Entonces dentro de dos semanas.
Feliz Semana Santa, amigos míos.
jueves, marzo 22
Meditación para hoy
Ando un poco retrasado con las actualizaciones del blog, lo siento. Y hoy me largo de viaje. Para pasar el rato y no dejar un vacío demasiado grande, os propongo una meditación:
El gobierno del PSOE, en su último consejo de ministros, indultó al número 2 del Banco de Santander, Alfredo Sáenz, que había sido condenado por el Tribunal Supremo a tres meses de arresto, e inhabilitación para gestionar entidades financieras, a causa de una denuncia falsa presentada en 1994. De paso, el gobierno socialista (?) también indultó al abogado Rafael Jiménez de Parga y al ex-directivo de Banesto Miguel Ángel Calama, condenados por los mismo hechos.
Este mismo mes, el gobierno del PP ha indultado al militante de Unió Democràtica de Catalunya y exsecretario general de Trabajo Josep Maria Servitje y al empresario Víctor Manuel Lorenzo Acuña, que fueron condenados a cuatro años y medio y dos años y tres meses de prisión, respectivamente, por malversación continuada de fondos públicos. El indulto transforma las dos penas en sendas multas de 3.600 euros, menos de una décima parte de lo que sustrajeron de las arcas públicas. Ninguno de los dos ha pisado la prisión.
Ante esto, la pregunta que cabe hacerse no es “¿por qué?”, pues eso está clarísimo, sino: ¿cómo es posible que hayamos llegado a un punto en que hechos como estos nos importen un bledo?
lunes, marzo 12
Ssspaña y la cosa pública
La democracia no solo es un sistema político, sino también una forma de entender y practicar las relaciones sociales. En ninguno de los dos casos se trata de algo que pueda improvisarse, sino de un proceso que requiere tiempo y generaciones hasta que la esencia del pensamiento democrático cale en la médula de la colectividad. En España llevamos treinta y tantos años de democracia (y es el periodo más largo de nuestra historia), así que aún nos falta mucho para que el talante democrático se instale en nuestra idiosincrasia (si es que eso existe). Hemos sufrido una oprobiosa dictadura durante casi cuarenta años, y eso deja huellas, no en una, sino en varias generaciones.
No es de extrañar, por tanto, que en España la política se interprete como una prolongación de lo que realmente forma parte de nuestro acervo cultural: el fútbol. Tenemos nuestros colores, nuestras banderas, y somos fieles a ellas con absoluta independencia de si nuestros abanderados dan la talla o no (para evitar suspicacias, insisto en que hablo de las mayorías, no sobre el total del pueblo español). En fin, quizá esta actitud sea compartida por otros pueblos, pero me parece que en España reviste una especial radicalidad. Nuestro parlamento es un guiñol donde el debate se ha sustituido por la refriega, y el pensamiento racional por la frase hueca presuntamente ingeniosa. Se discute de todo, menos de lo importante, y entre tanto, los españoles (y aquí me incluyo de lleno) nos dejamos engañar por los capotes que los políticos de uno y otro signo (sin olvidarnos de los nacionalistas) agitan frente a nuestros ojos para impedir que prestemos atención a lo que realmente están haciendo, a lo que de verdad nos afecta.
De la derecha no voy a hablar por ahora. Soy de izquierdas, aunque supongo que decir eso ya no tiene mucho significado. Sería un coñazo exponer mi pensamiento político, así que lo resumiré aceptando que soy algo así como un socialdemócrata, con todo el descrédito que eso supone. En cualquier caso, está claro que la derecha no me gusta.
En España, durante la dictadura y hasta mediados de los 70, sólo había un partido de izquierda organizado (en la ilegalidad, claro): el PC. Yo nunca fui comunista, pero por aquella época todos los que eran de izquierda en España militaban o simpatizaban con los comunistas (y justo es reconocer que el PC hizo una gran labor en la clandestinidad). Hasta después de la muerte de Franco no empecé a ver por la universidad a los primeros socialistas. Eran pocos y sin pasado, pues se trataba de una nueva generación que había sustituido a los viejos dinosaurios de la República.
En apariencia, la Transición no la hicimos mal del todo (sólo en apariencia). Sorprendentemente, en aquel momento tuvimos políticos de cierta talla: Suárez, Felipe González, Fraga, Fernández Miranda, Carrillo, Calvo Sotelo... Suárez cumplió impecablemente su difícil labor de conseguir que un régimen se suicidase, pero no fue capaz de consolidar un partido. El desastre de la UCD, y el sucesivo fracaso de los grupos de extrema derecha, hizo que todas las fuerzas conservadoras se concentraran en un solo partido. Por otra parte, el batacazo de la UCD y el tejerazo le concedieron el poder a González y a un socialismo de nuevo cuño, sin ninguna tradición reciente. En realidad, un socialismo potenciado por el propio Suárez, para esquinar al PC.
González era un político brillante y también un gran mentiroso, un manipulador nato. Durante sus dos primeras legislaturas contribuyó decisivamente a modernizar el país. Luego, las cosas empezaron a torcerse seriamente. ¿De verdad era socialista aquel partido tan excesivamente pragmático y tan podrido por dentro? Pero la gente siguió votándole durante otras dos legislaturas (por si alguien pregunta: yo no).
España cambió mucho durante los 80. Los fondos provenientes de la UE permitieron mejorar las infraestructuras, la clase media creció y una cierta prosperidad comenzó a extenderse por la población. Conviene recordar que en esa década hubo una primera burbuja inmobiliaria, que no se hinchó demasiado porque el crédito era muy caro, y que acabó en la mini-crisis de principios de los 90. Durante este periodo se inició un inesperado proceso de desideologización. La derecha, a causa del fallido golpe de estado, estaba demasiado acomplejada para airear alegremente su ideología, mientras que los socialistas, firmemente instalados en el poder, consideraban que era más cómodo gobernar sin demasiada ideología. Recordemos que en aquellos tiempos el paradigma de triunfador social era el yuppy, Mario Conde y sus clones.
Lo cierto es que todos nos relajamos; los progresistas en particular, olvidando de dónde veníamos y qué se suponía que defendíamos. De un modo u otro, creímos que, conseguida la democracia, el trabajo estaba hecho, así que nos sentimos muy satisfechos de nosotros mismos y nos echamos a dormir. O a hacer pasta, colaborando alegremente con las estructuras capitalistas (por ejemplo, en mi caso, dedicándome a la publicidad). ¿Para qué luchar por un mundo mejor si el mundo que teníamos ya era el mejor de los mundos?
Tras un largo y penoso rosario de escándalos por corrupciones varias, el PSOE perdió las elecciones y ganó el PP de José María Aznar. Aclararé algo: Aznar representa todo lo que detesto, lo considero uno de los personajes más viles y desagradables que ha producido nuestro país (y mira que tenemos experiencia en personajes viles y desagradables). Así que no hablaré mucho de él. Pero hay una decisión de ese gobierno que debemos tener en cuenta: declarar suelo urbanizable todo suelo no protegido. Eso, unido a créditos baratos, a desgravaciones fiscales por compra de inmuebles, al dinero negro que había que lavar tras la llegada del euro y a la necesidad de financiación por parte de los ayuntamientos, todo ello disparó la burbuja inmobiliaria.
Y el gobierno, lejos de frenarla, la potenció. España estaba saliendo de una crisis con una elevada tasa de desempleo, y la hiperactividad constructora generaba puestos de trabajo y un simulacro de prosperidad. Además, las recalificaciones permitían financiar a los ayuntamientos (y de paso a los partidos), así que la burbuja mataba cuatro pájaros de un tiro. Aunque, hablando de pájaros, también aumentó la corrupción (privada y pública), al tiempo que las viviendas alcanzaban precios astronómicos (aunque eso ¿qué importaba con hipotecas de hasta 100 años?). En cualquier caso, la jugada le salió bien al gobierno y Aznar ganó las siguientes elecciones con mayoría absoluta. Luego pasó lo que pasó, pero eso es otra historia.
En 2004, el PSOE ganó las elecciones y Rodríguez Zapatero se convirtió en presidente de gobierno. La burbuja inmobiliaria seguía creciendo, pero el gobierno socialista no hizo nada por desactivarla. Al contrario, continuó la misma política económica que el PP, con un ligero incremento del gasto público. ¿Socialistas favoreciendo una economía neocon? Supongo que era algo así con la Tercera Vía de Blair a la española; es decir: una estafa. Por aquel entonces ya había muchas voces que alertaban sobre el desastre que ocurriría cuando la burbuja pinchase, pero el gobierno hizo caso omiso y, mientras los vientos de la economía fueran favorables, decidió seguir con más de lo mismo. Eso sí, Zapatero realizó una buena labor ampliando los derechos civiles; pero, al mismo tiempo, se prodigó en tonterías populistas, como los ministerios de Vivienda e Igualdad, el cheque-bebé o la Alianza de Civilizaciones. Al mismo tiempo, demostraba ser un gobierno timorato en sus relaciones con la Iglesia, o en el desarrollo de la ley de la memoria histórica y la ley Sinde. Pero, ¿y lo importante?
Estoy convencido de que el principal problema de este país es la educación. Ocupamos el puesto 34 en el ranking del informa PISA (estamos en la cola de Europa) y el endémico problema de nuestras empresas, la baja productividad, se debe casi exclusivamente a la deficiente de formación de los trabajadores. Nuestro sistema educativo es deplorable y de eso depende no ya nuestro presente, sino nuestro futuro como país. Cualquier gobierno, y más uno supuestamente progresista, debería asumir esa cuestión como el primero de los problemas a resolver. Pero, ¿qué hizo Zapatero durante sus dos legislaturas? Pues, como dice la cuña de radio, lo mismo que yo si me cruzara con una top model: ABSOLUTAMENTE NADA.
Luego estalló la burbuja inmobiliaria, sobrevino esta crisis de los cojones, y Zapatero hizo lo mejor que sabe hacer: meter la cabeza en un agujero y fingir que no pasa nada. Pero si pasaba, claro que sí, de modo que Zapatero se vio obligado a sacar la cabeza del hoyo y hacer, más o menos, lo que la conservadora Merkel le ordenaba. Finalmente, adelanto y batacazo electoral, y una rica mayoría absoluta para la derecha.
Y ahora...
Ahora haremos una pausa antes de proseguir con este cabreo en la siguiente entrada.
viernes, marzo 2
Ssspaña
Reconozco que no entiendo muy bien el significado de la palabra “patria”. Según la RAE, es: “1. f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos. 2. f. Lugar, ciudad o país en que se ha nacido”. Bueno, expresado así el asunto parece más o menos claro; lo que pasa es que a esa definición suelen añadírsele ciertas características que ya no están tan claras. La patria, al parecer, es lo que dice la RAE y, además, el conjunto del territorio, el conjunto de sus habitantes (no sólo los vivos, sino también los muertos y los por nacer), unas tradiciones, una historia, una cultura, una supuesta idiosincrasia, un supuesto conjunto de valores y, en última instancia, un supuesto destino común. ¿Qué significan cada uno de esos aspectos en concreto? Ni idea; todo es muy vago y metafísico, así que cada cual lo interpreta como mejor le convenga. En realidad, “patria” es una de esas palabras peligrosas que, por su indefinición, pueden retorcerse y utilizarse para controlar a las masas. “Patria” es una palabra más grande que el ser humano y, por tanto, en su nombre pueden sacrificarse a los seres humanos. Basta con recordar cuántas guerras se han desatado en nombre de la “patria” para comprobar cuan cierto es esto.
Por otro lado, ¿qué es un “patriota”? Como los vínculos históricos y jurídicos son comunes a todos los nacidos en una nación, sólo quedan los afectivos. Así pues, un “patriota” sería alguien que ama especialmente a su nación. En ese sentido, no soy un patriota. Aunque... ¿en qué consiste el amor a la patria? ¿En ignorar los defectos y enaltecer las virtudes (o directamente inventarlas) del país donde uno ha nacido? Yo diría que eso asemeja al patriota con el hooligan que defiende los colores de su equipo tenga o no motivos para hacerlo (¡Viva er Beti manque pierda!). ¿O bien amar a la patria significa reconocer los defectos del país natal e intentar mejorarlo? Ése sería un “patriotismo” más productivo; lo que pasa es que a lo que unos llaman defectos otros lo denominan virtudes. A fin de cuentas, hubo una Guerra Civil provocada por ese pequeño desacuerdo.
No me gusta España. ¿Una afirmación demasiado general? Para ser sincero, me parece un país bonito, con notables monumentos, una historia interesante, una gastronomía espléndida y un clima fantástico. Por lo demás, y salvo honrosas excepciones, se me antoja un país de mierda. ¿Que los hay peores? Por supuesto, pero no he nacido ni vivo en ellos. Además, compararnos con los peores para sentirnos a gusto es una puerilidad; como si un tío de 1’50 con alzas se pusiera al lado de un pigmeo para poder decir “joder, qué alto soy”. No, macho; compárate con Gasol. España es un país bajito y con caspa. ¿De verdad no me gusta? Quizá debería decir lo mismo que Unamuno: me duele España. Porque ese dolor implica, de un modo u otro, cariño; sólo puede dolernos lo que nos importa, ¿no?
No sé con seguridad cuál fue el problema inicial de nuestro país, la raíz de nuestra mediocre realidad. Quizá, indirectamente, la invasión árabe. El proceso de la llamada Reconquista hizo que el feudalismo se prolongara en España más que en otros países y favoreció que grandes extensiones de terreno quedaran en manos de una reducida casta de aristócratas. Además, las luchas contra los árabes no solo eran guerras por el territorio, sino también guerras de religión, lo cual acarreó que la Iglesia Católica adquiriera un inmenso poder en nuestro país, con todo el inmovilismo y la represión intelectual que eso conlleva.
La invasión francesa también tuvo su parte de culpa. Por un lado, porque los franceses no se quedaron (mejor nos hubiera ido de su mano). Por otro, porque la Guerra de Independencia generó en los españoles un profundo sentimiento anti-francés, lo que en aquellos tiempos se tradujo en una reacción contra la Ilustración. Por entonces, la ecuación era ésta: intelectual = afrancesado = antipatriota. Para ser buen español había que ser bien burro. La Ilustración pasó de largo por España; de hecho, la Ilustración jamás ha llegado a este país. Nuestro siglo XVIII fue culturalmente un páramo. Y en cuanto al XIX, una bonita sucesión de conflictos internos que desangraron al país y arruinaron cualquier posibilidad de establecer un proyecto común para la nación. A los españoles nos encanta molernos a palos entre nosotros.
A finales del XIX y comienzos del XX parecía que la cosa mejoraba un poco, que la simiente de una cultura moderna comenzaba a germinar en esta tierra baldía, pero entonces, ¡zas!, la Guerra Civil y cuarenta años de dictadura que nos hicieron perder definitivamente el tren de la historia y de la modernidad. Y luego la Transición, redoble de campanas y fuegos artificiales, qué cojonudos somos los españoles volviéndonos demócratas de toda la vida de la noche a la mañana. Y la movida, y la olimpiada, y la Expo de Sevilla. Entramos en el Mercado Común, luego en la Unión Europea, y después en el euro, y prosperamos con las ayudas externas y con una burbuja inmobiliaria que hacía fluir el dinero a raudales. Hasta que el chiringuito se fue a la mierda. Vale, y ahora ¿qué?
¿Sabéis lo que menos me gusta de España? Nuestro tradicional desdén hacia la cultura y la inteligencia. Aquí lo suyo era, y es, hacer las cosas por cojones, no con la cabeza; sólo en un país como el nuestro pudo decir alguien (Millán Astray): “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”. Es como si los españoles diéramos por hecho que dos testículos piensan mejor que un cerebro, así que vamos por la vida sin planificar nada, sin reflexionar, guiados por emociones primarias y dispuestos a dejarnos manejar y embaucar por el primer listillo que aparezca. No amamos ni respetamos la cultura, despreciamos la educación; y eso, aunque por diferentes motivos, afecta tanto a la derecha como a la izquierda. Nunca valoramos nuestro patrimonio artístico y cultural; durante mucho tiempo nos dedicamos a venderlo o a asistir indiferentes a su deterioro, y al final lo convertimos en una atracción turística, como si fuera un parque temático para guiris.
Somos incultos y, lo que es peor, estamos encantados de serlo. Al que se interesa por la cultura se le tilda despectivamente de “gafapasta”, o de “friki” a secas. Los artistas y creadores son garrapatas, parásitos a los que se puede despojar de cualquier derecho. Todo aquel que triunfa por su talento es sospechoso y, por tanto, merecedor del descrédito. ¿Estudiar, aprender? ¿Para qué? Sólo los gilis pierden el tiempo formándose. Esto es el reino de los mediocres. Lo único que valoramos es la pasta; pero no el dinero conseguido mediante ingenio y esfuerzo, sino el dinero rápido, el pelotazo que no crea riqueza. Los aprovechados, los listillos, los demagogos, los corruptos, esos son nuestros héroes. ¿A causa de nuestra tradición picaresca? Pues si es así, seguimos sin entender nada, porque el objetivo de la novela picaresca no era enaltecer al pícaro, sino criticar una sociedad injusta. Ni siquiera comprendemos nuestras propias tradiciones. Somos idiotas. Y gritones. Y maleducados. Y feos. Y olemos a ajo y a fritanga. En realidad, somos lo peor que podemos ser; es decir, somos exactamente lo que el resto de los europeos creen que somos.
Vale, no todos los españoles son así, de acuerdo; pero sí la mayoría, y eso basta para que este país me provoque ardor de estómago. España es como un traje mal cortado, un traje que no solo no te sienta bien, sino que además te tira de la sisa de la entrepierna. Vamos, un país que te toca los cojones.
Y nada de eso es lo realmente malo, no, ni mucho menos. Lo peor es que hemos desperdiciado una oportunidad histórica de corregirnos, de mejorar; y lo realmente terrible es que a partir de ahora, las cosas sólo van a empeorar. Pero de eso ya hablaremos en otro momento.
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