viernes, noviembre 30

Bleak House Inn


Como sabéis, si es que no vivís en la feliz Arcadia de la desinformación, este año se cumple el 200 aniversario del nacimiento de Charles Dickens. Por ese motivo, mi buena amiga y gran escritora Care Santos ha coordinado para la editorial Fábulas de Albión una antología de relatos inspirados en cierto aspecto de la obra de Dickens. Según palabras de la propia Care: “Siempre he admirado el modo de concebir la literatura de Charles Dickens. Como un juego, como una diversión, como un espectáculo. Al autor británico le gustaba contar con sus amigos para publicar números especiales de Navidad de su revista All The Yeard Round. Los números iban buscadísimos y eran todo un éxito. En uno de ellos se publicó un cuento de Dickens -maravilloso- protagonizado por Miss Lirriper, la dueña de una pensión londinense. En las habitaciones de esa pensión se desarrollaban el resto de relatos del volumen. En España, fue publicado por Alba, tiene relatos de Elisabeth Gaskell, Wilkie Collins y varios otros y lleva por título La señora Lirriper y otros relatos. Desde que lo leí pensé que sería estupendo hacer algo parecido”.

Y como Care es una fuerza de la naturaleza, lo ha hecho. Contactó con diez escritores amigos suyos (entre ellos yo) y nos pidió que cada uno escribiéramos un cuento que debía desarrollarse en un espacio común (la pensión de la señora Lirriper en la actualidad) y con la misma temática: el género de fantasmas (al que tan aficionado era el propio Dickens). La pensión se llama Bleak House Inn y a cada autor le tocó una de las habitaciones. La mía fue la 201, con vistas a la calle. La lista de escritores es: Elia Barceló, César Mallorquí, Pilar Adón, Elena Medel, Marc Gual, Ismael Martínez Biurrún, Daniel Sánchez Prados, Óscar Esquivias, Francesc Miralles, Marian Womack y la propia Care Santos. Como veis, todo un lujo de talento, exceptuando al cretino con nombre de emperador romano.

La verdad es que no he leído mucho a Dickens; tan solo Oliver Twist (hace siglos) y el archifamoso Cuento de Navidad. No obstante, es fácil reconocer que Dickens es un género en sí mismo; cuando decimos que algo es dickensiano, todo el mundo nos entiende. Ahora bien, ¿quería yo escribir algo de ese estilo? E inmediatamente surgió otra pregunta: ¿Qué clase de estilo se supone que es ése? Porque todos asociamos a Dickens con folletines y dramas, pero no hay que olvidar que Dickens también era un humorista. De hecho, Cuento de Navidad está lleno de humor.

Casi instantáneamente, una idea se formó en mi dura cabezota: Dickens+Fantasmas+Humor. Iba a escribir una sátira amable sobre Cuento de Navidad partiendo de una simple premisa: ¿qué pasaría si los fantasmas del relato se equivocaran de persona? La idea me parecía prometedora y divertida, pero dudé. Veréis, por algún oscuro motivo que no logro comprender, el humor no está del todo bien visto, como si fuera un género menor. Aunque no lo es; el humor es uno de los géneros más difíciles y serios (serio, sí; el humor ha de escribirse en serio). Además, lo que a unos les hace gracia, a otros les provoca bostezos. El drama es más sencillo y universal; el humor siempre resulta complicado. Vale, pero uno de mis rasgos de escritor es el uso de la comedia. No soy un humorista, pero en todas mis novelas (con una única excepción) el humor está presente.

Dickens vivió en tiempos jodidos llenos de injusticias, igual que nosotros ahora. ¿Qué es mejor, añadir drama ficticio al drama real, o intentar que la gente se olvide de la mierda que le rodea con una sonrisa? Los que conozcan la vieja y maravillosa película de Preston Sturges Los viajes de Sullivan ya saben la respuesta.

Así que decidí escribir un relato de humor llamado Cuento de verano. Y para ello me inspiré en uno de mis humoristas favoritos: P. G. Woodehouse. Así pues, escribí Cuento de verano basándome en un relato de Dickens, pero con el estilo de Woodehouse. Espero que por el camino haya quedado algo de mí.

¿Qué tal ha quedado el cuento? Ni idea; a los pocos que lo han leído les ha gustado, pero vete tú a saber. ¿Y el resto de los cuentos? No lo sé, porque todavía no los he leído (aún no me ha llegado el libro), pero teniendo en cuenta la calidad de los autores y de la editora, seguro que son estupendos.

En fin, creo que el libro, llamado Bleak House Inn. Diez huéspedes en casa de Dickens, ya está en las librerías. Y mañana, sábado 1 de diciembre, a las 18:00, se presentará en el Museo del Romanticismo, en la calle San Mateo 13 de Madrid. Asistirán Care Santos, Pilar Adón, Óscar Esquivias, Ismael Martínez , Daniel Sánchez Pardos, Mirian Womack y éste vuestro vecino y servidor, Spiderman... No, quería decir que yo también iré. Habrá lectura de relatos y después nos tomaremos unos dickensianos ponches de Navidad (sea lo que sea eso, que me tiene intrigadísimo).

Estáis invitados. Me encantaría veros por ahí.

lunes, noviembre 26

Somos miles y nos sentimos solos


El pasado sábado recibí un e-mail de Mabel, una amable merodeadora del blog. En el “Asunto” figuraba la frase que da título a esta entrada y el texto era el siguiente:


“Perdona que te moleste con este mensaje, no sé si tu tienes alguna manera de difundirlo. Ya te he escrito en alguna ocasión para darte las gracias por tus libros; soy enfermera y no se si sabrás que además de que la Comunidad de Madrid quiere privatizar varios hospitales ahora en enero quiere vender al mejor postor 27 Centros de Salud a empresas privadas. Entre ellas pujaran la empresa Capio (acciones de Rato y el marido de la Cospedal), Sanitas y Sacyr Vallehermoso del señor Florentino.

Lo que significara que además de echar a todos los profesionales actuales, reducirán la plantilla, con lo que no se podrá atender igual a vosotros/nosotros: los pacientes.

Tendrán que obtener beneficios como empresas privadas que son, a costa de la salud de los madrileños, con lo cual tendrán que dar menos prestaciones para reducir el gasto. Muchos de nosotros estamos haciendo huelga, manifestándonos. El martes tenemos una nueva manifestación, encerrándonos en los centros; pero nos da mucha rabia y pena que parece que los ciudadanos de Madrid no saben nada, porque nada les dicen.

Si quieres saber más sobre el tema puedes ver en Internet todo lo que hay sobre "la marea blanca" que nos llaman.

Te mando este video que explica muy bien cómo nos sentimos. No sé si tú puedes escribir algo en tu blog; a mí se me da fatal lo de expresarme. Te agradezco también que estos días me sirva de distracción tu Carmen Hidalgo. Espero que no te moleste que me haya dirigido a ti. Un saludo cariñoso. Mabel”

El vídeo podéis verlo pinchando AQUÍ.

Querida Mabel: No solo no me molestas, sino que te doy las gracias por hacerme partícipe de tus (nuestras) inquietudes. Y te explicas perfectamente, así que me he permitido el atrevimiento de publicar tu texto tal cual me lo has mandado (sólo he corregido un poquito la puntuación; manías de escritor). Mi forma más eficaz de difundir ideas es la novela; pero escribir y editar una novela lleva mucho tiempo, así que para transmitir tus palabras sólo me queda Babel. No llega a miles de personas, pero sí que llega a personas con la cabeza bien amueblada.

Hace unos años estuve dos meses internado en un hospital. Esa experiencia generó en mí una profunda admiración y un inmenso respeto hacia los profesionales de la sanidad, y muy especialmente hacia las enfermeras. No concibo una dedicación más noble y hermosa, más entregada, dura y humanitaria. Cuidar a los enfermos, intentar salvar tu vida y las vidas de tus seres queridos, consolar y aliviar a los que sufren. ¿Hay algún trabajo más admirable? Pues bien, esa gente maravillosa está en el punto de mira de cierta ideología y de ciertos intereses.

Creo que el modelo de estado del bienestar europeo ha sido uno de los grandes logros sociales de la humanidad, una alternativa infinitamente más civilizada que el sálvese quien pueda de la ley de la jungla neocon. Los dos pilares básicos del estado del bienestar son la educación y la sanidad públicas universales y gratuitas. Ambos pilares están siendo sistemáticamente demolidos por la ideología y los intereses que hoy controlan nuestro país. Nos dicen: no tenemos pasta (porque se la damos a los bancos que esa ideología y esos intereses arruinaron), así que para salvar al sistema hay que amputar al sistema. Me recuerda a las sangrías que hace siglos prescribían los médicos, una práctica perfecta para matar al paciente. Nos dicen: para salvar la sanidad hay que reformarla. Es decir: privatizarla. Y así, poco a poco, acabarán consiguiendo que lo que era un derecho fundamental y una conquista acabe convirtiéndose, en el mejor de los casos, en caridad. Y entre tanto los ciudadanos no hacemos nada, nos quedamos quietecitos y mudos.

¿Sabéis cuál es la mejor forma de violar a alguien, hombre o mujer, sin que se resista? Asustándole lo suficiente. Agarra a una persona, golpéala con contundencia, ponle al cuello un cuchillo o una pistola en la sien, y podrás hacer con ella lo que quieras. El miedo paraliza. Te quedas ahí, inmóvil y callado, como cuando eras niño y te ocultabas bajo las sábanas pensando que una simple tela podría protegerte. Y no haces nada, salvo suplicar milagros que nunca llegarán a dioses que no existen. De momento nos están golpeando, así que ya sabemos lo que vendrá después.

Permitidme reproducir el famoso poema de Martin Niemöller (que todo el mundo atribuye a Brecht):

Primero apresaron a los comunistas,
y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego se llevaron a los judíos,
y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los obreros,
y no dije nada porque no era ni obrero ni sindicalista.

Luego se metieron con los católicos,
y no dije nada porque yo era protestante.

Y cuando finalmente vinieron por mí,
no quedaba nadie para protestar

Últimamente he pensado mucho en todos los judíos que se quedaron en Alemania cuando el nazismo iniciaba su irresistible ascenso. ¿Por qué no se fueron, por qué no hicieron nada? Supongo que primero pensaron que los payasos de la esvástica eran unos locos sin futuro. Luego debieron de creer que las proclamas y amenazas nazis sólo eran bravatas. Después, cuando ya era imposible irse, consideraron que si no molestaban y no llamaban demasiado la atención, no les pasaría nada. Por último, cuando estaban encerrados en guetos, supusieron que nada peor podría ocurrirles. En todas las ocasiones estaban equivocados.
¿Una comparación excesiva? En fin, no digo que lo que estamos viviendo ahora sea igual que lo que vivieron los judíos alemanes en los años 30, eso es evidente; pero los mecanismos sociales que actuaron y actúan en ambos casos son idénticos. Lo importante, el eje de la cuestión, es que, en el pasado, la gente que iba a sufrir las consecuencias de determinadas políticas no hizo nada. Actuaron como ovejas camino del matadero.

Tanto entonces como ahora.

Pero dejémonos de filosofía. Ahora lo importante es apoyar a Mabel y a sus compañeros en defensa de la sanidad pública.


martes, noviembre 20

Mi personaje inolvidable: Tuto


Allá por los 60, en mi casa, como en otras muchas casas, estábamos suscritos al Selecciones del Reader’s Digest, una revista que, según la Wikipedia, se dedica a publicar “artículos resumidos o reimpresos de otras revistas, resúmenes de libros, colecciones de chistes, anécdotas, citas y otros escritos breves”. Aunque sigue publicándose, hoy apenas se lee en nuestro país, pero hace cuarenta años era muy popular. En esa revista había una sección llamada “Mi personaje inolvidable” en la que alguien, por las razones que fuesen, glosaba a un personaje desconocido. En fin, el título de la sección lo dice todo. Pues bien, os voy a hablar de mi personaje inolvidable: Restituto Esteban del Valle; Resti para unos, Tuto para otros.

Nació en Miraflores de la Sierra, un pueblo de la provincia de Madrid, creo que en 1951. Tenía tres hermanos: Luzgerico, Crescenciano y Sergio. Su padre se llamaba Esfidio (en la familia tenían la costumbre de poner a los recién nacidos el nombre del mártir del día. Sergio tuvo suerte). Tuto era amigo de Dámaso, el hermano mayor de mi amigo, y asiduo merodeador del blog, Samael. Comenzó a estudiar Ingeniería de Caminos, pero nunca acabó la carrera; aunque, eso sí, era fiel jugador del equipo de rugby de la facultad. Debía de medir entre 1’75 y 1’80, y era muy fornido, con cuello de toro y aspecto tosco. Tenía mucha, mucha fama de bronquista, y la leyenda de sus peleas corría de boca en boca por el barrio de Chamberí, donde ambos vivíamos, así como por su natal Miraflores. Lo que se decía de él era temible, y con razón.

Os contaré cómo le conocí. Yo tenía 17 años y había oído hablar mucho de Tuto, tanto por Samael como por otros amigos del barrio, pero nunca habíamos coincidido. El caso es que había una chica, llamada Marisa, que me gustaba; el problema es que era novieta de Tuto. Pero un buen día me enteré de que habían roto, así que la llamé y quedamos. A eso de las ocho de la tarde estábamos Marisa y yo tomando algo en una terraza, cuando de pronto llega un tío con un ciclomotor (una Ducatti TT) a toda leche, frena de golpe, la moto patina y cae al suelo. El tío, con pinta de boxeador, se dirige adonde estábamos nosotros tambaleándose de puro borracho. “Es Tuto”, me susurró Marisa. Y se me cayeron las pelotas al suelo, plonc, plonc. Porque yo era más alto y grande que él, es cierto, pero siempre he sido un pacifista que jamás se ha pegado con nadie, así que, por lo que sabía, ese tipo podía majarme a leches sin tan siquiera despeinarse.

Tuto, como una cuba, se sentó a nuestra mesa y le pidió al camarero un cubata. Marisa, muy cabreada, le exigió que se fuera. Yo, acojonadito como estaba, no dije nada. De pronto, Tuto decidió hacer caso a su ex; se dirigió a la moto, la levantó del suelo y se fue haciendo eses. Respiré aliviado. Pero a los tres minutos, Tuto regresó; volvió a frenar de golpe, la moto volvió a caerse, él volvió a sentarse con nosotros, Marisa volvió a exigirle que se fuese y yo volví a acojonarme. Tuto dijo que se había dejado el cubata; se bebió la mitad de un trago y el resto se le cayó al suelo. Ante la insistencia de Marisa, decidió marcharse otra vez. Para regresar al poco, frenar bruscamente y tirar la moto. Así que me levanté, me aproximé a él y le pedí, por favor, que nos dejara tranquilos. Entonces él me dedicó una larga y turbia mirada y me dijo más o menos: “Tú eres amigo de Dámaso y de Samael, y los amigos de mis amigos son mis amigos”. Dicho esto, me estrechó la mano, montó en la Ducatti y se fue para no volver a aparecer. A partir de entonces, Marisa se convirtió en mi primera novia, y Tuto en mi amigo. La moto, por cierto, no era suya, sino de Samael, y la dejó hecha unos zorros.

Ser enemigo de Tuto era un serio riesgo, pero ser amigo suyo podía significar una catástrofe. Y eso se debía a su peculiar concepción de la amistad. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por un amigo, pero a cambio esperaba que los amigos hicieran cualquier cosa por él. El problema era que las cosas que él esperaba de los demás eran bastante inusuales. Por ejemplo, una tarde Samael y yo nos lo encontramos por el barrio y Tuto nos pidió que le acompañáramos a un bar cercano, donde había quedado con una gente. Fuimos allí y nos encontramos con un grupo de tíos que, francamente, parecían muy poco amigables. Tuto se retiró a hablar con uno de ellos, volvió al cabo de unos minutos y nos dijo que nos fuéramos. Mientras nos alejábamos, le preguntamos por qué nos había pedido que le acompañáramos, y él nos respondió que tenía un problema con esa gente y como se temía que la cosa acabase a tortas, nos había llevado con él. Sencillamente se olvidó de advertirnos del riesgo.

Lo cierto es que Tuto era una buena persona, pero estaba como una cabra y era muy bruto. Voy a intentar que os hagáis una idea del personaje: Allá por 1974 había un bar en la plaza de Olavide llamado, si mal no recuerdo, La Campana. En ese bar se reunía una pandilla de macarras, unos delincuentes de poca monta que tenían atemorizado al barrio mediante amenazas y agresiones. Una tarde, Tuto y un compañero del rugby fueron a ese bar, y allí estaban cinco de los pandilleros. No sé cómo, empezó una bronca; Tuto y su amigo se pusieron espalda contra espalda y, pim-pam, pim-pam, comenzaron a repartir leña. Eran dos contra cinco, pero no solo ganaron, sino que además Tuto retuvo a uno de los pandilleros, le quitó la documentación y lo denunció en comisaría. Poco después, la policía detuvo a la pandilla y en un periódico tildaron a Tuto de ciudadano ejemplar.

En fin, como he dicho, ser su amigo podía transformarse en algo muy caótico. Tuto partía de la base de que podía presentarse en casa de sus amigos a cualquier hora, por ejemplo bien entrada la madrugada. Y solía hacerlo. Estabas durmiendo en tu casa y de pronto te despertaba el timbre de la puerta. Era Tuto, generalmente borracho, que quería darse una ducha. ¿Por qué esa imperiosa necesidad de ducharse? Misterio. ¿Por qué no se duchaba en su casa? Otro misterio. Y algo todavía más misterioso: antes o después de ducharse, invariablemente, Tuto llamaba por teléfono a alguien (supongo que a diferentes personas a lo largo del tiempo). Como eso ocurría de madrugada, su interlocutor, recién despertado, se cabreaba con él y le mandaba a hacer puñetas, porque era una llamada sin el menor sentido. Pero siempre era así, invariablemente: ducha y telefonazo. Una noche, Tuto apareció en mi casa más borracho que de costumbre, se fue al cuarto de baño dando bandazos, se desnudó, se metió en la bañera, resbaló y se cargó la barra y la cortina de la ducha. Por lo general, yo acogía sus excentricidades con resignación, pero esa vez sí que me cabreé.

En cualquier caso, el principal problema con él eran las peleas. Y no es exactamente que las provocase; no solía ir metiéndose con la gente... pero, eso sí, aprovechaba la menor oportunidad para liarse a guantazos. Pongamos un ejemplo. Hubo una época, allá por los 70, en que todos los bares de Madrid cerraban a las doce, así que si querías tomarte una copa de madrugada tenías que recurrir a algún tugurio medio clandestino. Uno de ellos era el K12, un chalet reconvertido en bar/restaurante, situado en el kilómetro 12 de la autopista de La Coruña, un antro que abría toda la noche y era frecuentado por gente de más que dudosa reputación, por decirlo suavemente.

Una madrugada, Tuto, Samael y yo fuimos al K12 para tomar una copa. En eso estábamos cuando entró en el local un grupo de jóvenes de aspecto francamente patibulario. Serían seis o siete y eran gitanos. Esto último no lo digo por motivos racistas, sino para dejar claro que los payos no éramos precisamente santo de su devoción. El caso es que, tras tomarse las copas que habían pedido, los macarras se negaron a pagar las consumiciones. El camarero, un pobre vejete, intentaba que pagasen, pero los muy cabrones le vacilaban.

Entonces sucedió algo inesperado. Tuto, que no conocía al camarero ni a nadie de ese bar, se puso tras la barra, se encaró con el que parecía ser el jefe de los macarras y le espetó, más o menos, que o pagaban las consumiciones o se iban a ganar una mano de hostias. Samael y yo nos quedamos alucinados (y acojonados, porque eran muchos macarras), el camarero se quedó alucinado, hasta los macarras se quedaron alucinados. El jefecillo de estos contempló a Tuto en silencio y, tras una larga pausa, sacó la cartera, pagó las consumiciones y, sin decir nada, comenzó a alejarse hacia la salida junto con sus compinches. Ellos eran seis o siete y Tuto sólo uno, ¿por qué se achantaron? Creo que la gente que suele meterse en trifulcas sabe distinguir a las personas con las que se puede pelear y las personas con la que es mejor no hacerlo. Aquel gitano miró a los ojos de Tuto y lo que vio en ellos no le gustó nada. Pero ahí no acabó la cosa. Como decía, el grupo de gitanos estaba saliendo por la puerta y, de repente, Tuto se subió encima de la barra y les dijo a voz en grito: “¡El que vale, vale, y el que no es un macarra!”. El jefe de los gitanos se detuvo, miró a Tuto con incredulidad y, sin decir nada, desapareció del local.

Con el tiempo, la inusitada fortaleza física de Tuto le condujo a un callejón sin salida. A finales de los 70, empezó de pronto a manejar más dinero de lo normal. Siempre andaba con mucha pasta y, por lo que sabíamos, no trabajaba en nada. Una noche se presentó en mi casa; estaba cubierto de sangre, tenía la camisa cosida a navajazos y el torso lleno de heridas superficiales. Se había peleado con un navajero; según nos contó, logró tirarle al suelo y, una vez allí, le sacudió varias veces la cabeza contra el bordillo antes de largarse echando leches. No nos explicó el por qué de la pelea. Le curamos las heridas con agua oxigenada y yo le dejé una camisa. Que nunca me devolvió, por cierto; así que, tiempo después, le quité el cinturón que llevaba y me lo quedé en prenda (algo que él aceptó de buen grado). Perdí la camisa, pero aún conservo el cinturón.

Al cabo de un tiempo, averigüé las razones de la pelea y el origen de la pasta que manejaba Tuto. Por aquel entonces estaba saliendo con una chica cuya madre era... perista, comerciaba con artículos robados. Y la madre había contratado a Tuto como guardaespaldas. Mal rollo.

Afortunadamente, Tuto cambió de vida. Se casó con Elena, una chica estupenda. Su boda, celebrada en un diminuto pueblo de Burgos (cuyo alcalde era el padre de la novia), fue la más divertida a que he asistido. Tuto montó una pequeña empresa de construcción. Tuvo dos hijos. En algún momento, no recuerdo por qué, se trasladó a Salamanca. Estando allí, mientras serraba unos maderos en una obra, se rebanó tres dedos de una mano. De algún modo, no sé por qué, tuve y tengo la sensación de que ese accidente encajaba a la perfección con su personalidad. Le visitamos en el hospital. Fue una de las últimas veces que le vi.

La noche del 23 de junio de 1983, Tuto salió con su mujer a dar una vuelta por las fiestas del barrio. Al cabo de un rato, se sintió cansado y decidió volver solo a casa. Encontraron su cadáver en el portal. Tenia sólo 32 años. ¿De qué había muerto? Ni idea; sencillamente se le paró el corazón. Personalmente, tengo una absurda teoría al respecto. Nunca he conocido a nadie tan vital como Tuto, tan rebosante de energía. Por ejemplo, su fuerza física; ¿de dónde salía? Era grande y fornido, sí, pero no tanto ni tan musculoso como para explicar sus extraordinarias dotes de luchador. En realidad, creo que Tuto consumió la energía de toda una vida en los treinta y tantos primeros años. Por eso murió tan joven, como una batería gastada. Bueno, no lo creo en realidad; pero me parece una imagen adecuada.

Mientras escribía esto he ido recordando anécdotas y anécdotas de Tuto; hay muchísimas, demasiadas para contarlas todas. Pero me gustaría añadir una más, porque creo que de algún modo define lo que era. Ocurrió a mediados de los 70, probablemente en el 74. Yo había heredado el coche de mi padre, un utilitario MG, parecido al Morris. Era una mierda de coche que no paraba de estropearse, hasta que un día se escacharró del todo, así que lo dejé abandonado en mi calle. La mecánica del coche era malísima, en efecto, pero el acabado interior era una maravilla; por ejemplo, tenía asientos de cuero, así que quité los dos delanteros y los subí a casa. También quité la palanca de cambios. El volante era una chulada, deportivo, de madera y acero; pero para quitarlo hacía falta una llave de tubo que yo no tenía, así que tuve que dejarlo allí.

Una tarde estaba en casa con unos amigos (entre ellos Samael), cuando llegó Tuto. Me dijo que había visto el coche y me preguntó por qué no me quedaba con el volante. Le contesté que había intentado quitarlo con una llave inglesa y con unas tenazas, pero no lo había conseguido. Entonces, él me miró con suficiencia, me pidió la caja de herramientas y bajó con ella a la calle. Y ahí nos quedamos los demás. Y pasó el tiempo, una hora, dos horas..., y Tuto no daba señales de vida. Finalmente, al cabo de unas tres hora, ya de noche, Tuto subió a casa y nos mostró el volante con una sonrisa triunfal. Estaba sudando, tenía las manos despellejadas y ensangrentadas, la camisa rota y había tardado casi tres horas, pero tras desmedidos esfuerzos había conseguido quitar el volante a base de pura fuerza bruta. Así era Tuto, mi personaje inolvidable: una fuerza de la naturaleza.

NOTA: Pese a que tengo fotografías de casi todos mi amigos, no he encontrado ninguna de Tuto. Quizá Samael pueda proporcionarme una. Entre tanto, he ilustrado esta entrada con fotos de Samael y este vuestro seguro servidor cuando teníamos veintipocos años, más o menos en la época en que éramos amigos de Tuto y tuvieron lugar la mayor parte de las anécdotas que os he contado.



Post Scriptum: Escribo esto el 4 de noviembre de 2013. Hace poco, un hijo de Tuto, Dámaso, descubrió este blog y este post y se puso en contacto conmigo. El pasado viernes, nos reunimos un grupo de viejos amigos de Tuto con Elena, su mujer, y sus dos hijos, Dámaso y Julio. A raíz de ese encuentro, conseguí alguna fotografías de Tuto. En la de arriba, tomada en 1981, podéis verle en primer término, a la derecha. Es el tipo con bigote que le está cortando la corbata al tipo con barba de la derecha (era una boda). Yo soy el que está detrás, con un vaso en la mano y unas entradas que anunciaban un futuro despejado. Abajo, Tuto más o menos por la misma época.

miércoles, noviembre 7

A José Mallorquí, mi padre, 40 años después



El 7 de noviembre de 1972, diecisiete meses después de la muerte de su esposa, Leonor del Corral, víctima del cáncer, mi padre, el escritor José Mallorquí Figuerola, nacido en Barcelona el 12 de febrero de 1913, se quitó la vida disparándose en la cabeza. Ocurrió de madrugada, en su dormitorio del piso 3º derecha del número 23 de la calle Españoleto de Madrid. Hoy se cumple el cuarenta aniversario de su muerte.


Hola, papá.

Hace cuarenta años que te fuiste, es increíble... Según y cómo lo mire, parece que fue ayer; pero desde otro punto de vista es como si hubiera transcurrido una eternidad. Recuerdo perfectamente aquel día, el día en que decidiste pulsar el botón de bajada en el autobús de la vida; recuerdo mi brusco despertar, con Mary diciéndome que te pasaba algo, recuerdo la carrera por el pasillo hasta irrumpir en tu habitación, recuerdo tu cuerpo sobre la cama ensangrentada, tan inmóvil, con la cabeza vuelta hacia un lado, recuerdo al practicante que a diario te inyectaba insulina diciendo, de pie junto a la puerta, “Pobrecito, pobrecito...” con el rostro compungido, recuerdo mi desconcierto, no entendía lo que pasaba. Hasta que vi la pistola en tu mano. Entonces todo encajó de repente, el súbito despertar, la preocupación de Mary, la sangre, tu inmovilidad, las lamentaciones del practicante, yo, el universo entero, todo se concentró en la pistola que empuñabas. Durante un instante infinito, ese arma, un Astra del calibre 9, se convirtió en un punto donde convergía toda la realidad, en un aleph, aunque más bien fue un omega.

Recuerdo el puñetazo que descargué contra la madera de la cama y recuerdo que musité: “Lo has hecho...”. ¿Entiendes?, no me pregunté por qué lo habías hecho; sencillamente constaté lo que parecía inevitable, el inexorable cumplimento de un mal augurio. Lo habías hecho. Recuerdo que salí de tu habitación, fui a la sala, me dejé caer sobre un sillón y me eché a llorar como un niño. Sí, recuerdo cada minuto de ese día; yo tenía diecinueve años y aquel siete de noviembre de 1972 mi vida se dio la vuelta como un calcetín.

Así que ya ves, papá, si lo contemplo de ese modo, tengo la sensación de que todo sucedió ayer. Sin embargo, cuando pienso en la cantidad de cosas que han ocurrido desde entonces, me siento aplastado por el paso del tiempo. Si no hubieras decidido quitarte de en medio al estilo far west, si aún vivieras, tendrías noventa y nueve años. No es una edad inverosímil en estos días, aunque supongo que habrías fallecido antes por causas naturales. Pero, si aún vivieras, ¿qué pensarías, qué harías?

Supongo que la muerte de Franco te habría inquietado, y no sé qué habrías opinado sobre la Transición, porque tus ideas políticas eran más bien raras. La caída de la Unión Soviética y el derrumbe del comunismo te habrían agradado, eso seguro. Te entristecería la pérdida de popularidad del western, el género que te hizo famoso, y la desaparición del tipo de radio que tú contribuiste a crear. Supongo que habrías vuelto a escribir literatura, pero no sé qué clase de literatura ni qué tal te habría ido. Sin duda, la actual situación de España te deprimiría; pero ¿a quién no?

La triste suerte de tu hijo Eduardo, que al final siguió tu último y peor ejemplo, te habría roto el corazón. Aunque, quién sabe, quizá si hubieras seguido vivo habrías podido ayudarle a reconducir su vida. No lo sé y nunca lo sabremos, ¿verdad? Tu hijo José Carlos también te preocuparía ahora, porque anda pachucho de salud. Y tus nietos... Conociste a Leonor, aunque sólo cuando era un bebé. Ahora es una adulta y te ha dado dos bisnietas. No conociste a Óscar y Pablo, mis hijos; pero te gustarían, tan altos, tan fuertes y tan llenos de vida. Pablo se parece mucho a mí.

Y, hablando de mí, ¿qué pensarías del tercero de tus hijos? Creo que nunca supiste muy bien cómo encajarme. Llegué muy tarde, trece años y medio después de José Carlos y diez después de Eduardo; fui el elemento discordante, un niño en una familia de adultos. Sé que me querías, por supuesto, y a veces podíamos conectar de un modo asombroso, pero no sabíamos tratarnos el uno al otro. Yo estaba empezando y tú acabando. Y luego llegó la enfermedad de mamá y, tres lamentables años después, su muerte. Y todo se fue a la mierda.

¿Alguna vez pensaste que, de entre tus hijos, sería yo quien seguiría tus pasos de escritor? Asististe a mis comienzos, leíste los primeros artículos que escribí para La Codorniz. Recuerdo lo que dijiste de uno de ellos: “Es inteligente”. Ese comentario me llenó de orgullo. Pero lo cierto es que nunca me alentaste a escribir (y no lo digo como reproche; me parece muy bien que no lo hicieras). Creo que en la familia existía el tácito acuerdo de que tu sucesor como novelista sería Eduardo. Pero, ¿sabes?, Eduardo nunca lo intentó en serio; sí lo hizo como guionista, pero no con la literatura. Y yo tampoco durante mucho tiempo, aunque la simiente estaba ahí, latente durante una década, a la espera de germinar. Y germinó.

No soy tan famoso como tú lo fuiste, ni he escrito tanto como tú, ni he vendido tantísimos libros como tú. Pero soy bastante conocido en ciertos círculos y me defiendo en esta extraña profesión que ambos elegimos. En general, y es una comparación que suele hacerse, me consideran digno sucesor tuyo. Creo que estarías orgulloso de mí, que te gustaría lo que escribo y cómo lo escribo. Aprendí mucho de tu estilo, lo reconozco. Durante un tiempo, hace muchos años, te habría preocupado mi forma de vida, aunque quizá no hubiese llevado esa vida si tú hubieses seguido vivo. ¿Te habría desconcertado mi trabajo como publicitario? No lo sé; a fin de cuentas, tú también tuviste contactos con la publicidad cuando trabajabas en la radio. Lo que sí sé, con entera seguridad, es que Pepa, mi mujer, te habría gustado y mucho. Es la clase de mujer que a ti te iba. Te habría gustado mi familia, sí; estarías satisfecho conmigo, y me alegro. Desde que soy un adulto he ido descubriendo poco a poco que comparto muchas aficiones e intereses contigo; habríamos podido charlar largo y tendido sobre cine, literatura, historia, antropología, viajes... Habría sido bonito.

Te he echado mucho de menos, papá; más que a mamá. Sé que no te gustaría oírme decir eso, pero es la verdad. Llevo cuarenta años echándote de menos, cuarenta años deseando haber podido hablar contigo una última vez para decirte algo muy sencillo: Perdón. Lo siento mucho; yo sólo era un crío estúpido, un inconsciente que no entendía lo que estaba pasando, un idiota que intentaba vivir una comedia en medio de un drama. Lo lamento muchísimo, papá, te lo digo de corazón; lamento todo lo malo que te hice, aunque creo que no fue mucho ni muy grave, y sobre todo lamento todo lo que no hice y pude hacer. Esa herida nunca ha cicatrizado del todo. Fui insensible, egoísta y miserable. Lo siento, lo siento infinitamente, de verdad...

Pero, ¿sabes?, han transcurrido cuatro décadas desde que te fuiste y ahora, mira por donde, resulta que tengo la misma edad que tenías tú cuando decidiste jugar a la ruleta rusa con todas las balas en el cargador. Ya somos iguales, ya hemos cubierto el mismo trecho del camino. Y hoy, de igual a igual, tengo algo que decirte:

Lo que hiciste, papá, fue una cabronada, no estuvo bien. Vale, José Carlos y Eduardo se habían casado, se suponía que ya estaban encauzando sus vidas. Pero ¿y yo qué? Tenía diecinueve puñeteros años, joder, mi madre había muerto hacía poco, estaba hecho un lío, ¿y a ti lo único que se te ocurre es pegarte un tiro? Eso estuvo mal, ¿sabes?, eso fue desertar de una obligación que habías contraído el mismísimo día en que yo nací. Pasaste de mí, me dejaste solo. ¿Has leído La carretera, de Cormac McCarthy? Pues al final, tú no fuiste la clase de padre que describe esa novela.

¿No te paraste a pensar, ni por un instante, que al pegarte un tiro en tu dormitorio, en la casa que compartíamos, yo, tu hijo de diecinueve años, vería tu cadáver al día siguiente? ¿Sabes lo que es llevar en la mente la imagen de tu padre muerto sobre un charco de sangre? No, no tienes ni idea. Nadie que no haya pasado por algo semejante sabe hasta qué punto puede grabarse una imagen en la cabeza. Ese recuerdo te lo debo, papá; me lo diste tú. ¿Y tampoco te paraste a pensar en el sentimiento de culpa que ibas a descargar sobre mis hombros? ¿Tanto te fallé, tan insignificante era yo en tu vida?

Dicen que el suicidio es una forma de cobardía. No estoy de acuerdo; hace falta mucho valor para pegarse un tiro. Lo que sí creo es que a veces el suicidio es una manifestación de egoísmo. Y creo que tú fuiste egoísta, papá; que no tuviste en cuenta a los demás. Ahora que soy padre, puedo asegurarte que yo sería incapaz de hacerle a mis hijos lo que tú me hiciste a mí. Estuvo mal, papá; muy mal.

¿Sabes algo curioso? Nunca antes había pensado así. Durante cuarenta años te consideré una víctima sin la menor culpa, pero ahora, de repente, al escribir esto, me doy cuenta de que no es cierto. Claro que eres culpable, igual que lo soy yo en otro sentido; ninguno de los dos estuvo a la altura de las circunstancias. Lo que pasa es que el suicidio es algo tan dramático, tan estremecedor, tan monolítico, tan cargado de emoción, que anula cualquier otro razonamiento. Por eso llevo cuarenta años arrastrando un sentimiento de culpa que, ahora me doy cuenta, sin duda era excesivo.

Al final de tu brevísima nota de suicidio escribiste: “Perdón”. Y te perdono, claro que te perdono, igual que sé que tú me perdonarías a mí. Por eso quiero olvidar el triste final y recordar sólo los mejores momentos; tus éxitos, tu sentido del humor, tu generosidad, tu bondad, tu talento, tu amor a mamá, tus viajes, tu afición a la comida, tu pésima forma de conducir, tus fotografías, tu curiosidad, tu timidez, tu cariño, tu portentosa humanidad... Así te quiero recordar, como la maravillosa persona que eras.

Adiós, papá; feliz cumplemuerte, si me permites usar el humor negro que tanto te gustaba. Siempre te he querido y siempre te querré.

César

Hace años, publiqué una semblanza de mi padre en La Novela Popular en España (Ediciones Robel, 2000). Si quieres leerla, puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

martes, octubre 30

Viejos mitos


Los merodeadores más veteranos ya sabéis lo mucho que me gusta Halloween. No lo celebro, ni me disfrazo, ni hago nada especial, pero me gusta que exista. Básicamente, porque le encanta a los niños, y porque va de monstruos y de terror, y porque es la única fiesta abiertamente pagana que se celebra en todas partes.

¿Sabíais que “pagano” viene del latín pagus, que significa “aldea”? Halloween (contracción de All Hallows' Eve, Víspera de Todos los Santos en inglés antiguo) tiene un origen campesino: proviene de la festividad celta de Samhain, el fin del verano y de la cosecha. En Samhain, el mundo de los vivos y el de los muertos se comunicaban. y, al caer la noche, espíritus malévolos acechaban a los mortales para devorarlos. Por eso, para calmar el hambre de tan terribles espectros, se dejaba un plato de comida fuera de casa. Y por eso ahora, en Halloween, los niños se disfrazan de monstruos y van de casa en casa pidiendo comida/chucherías.

Los antropólogos dicen que en la mayor parte de Europa hubo dos grandes tsunamis históricos que borraron casi todo rastro de las culturas anteriores: el Imperio Romano y el cristianismo. Ahora bien, los procesos de romanización y cristianización fueron mucho más rápidos y efectivos en las ciudades que en el campo. En las zonas rurales siguieron practicándose los viejos ritos, a veces mezclados con los nuevos, durante muchísimo tiempo. Por ejemplo, en el siglo XIV hubo un edicto papal contra los que veneraban a las piedras (a los megalitos). Es decir, que mil años después de instaurarse el cristianismo, aún había gente en el campo que practicaba ritos neolíticos. De hecho, siguieron practicándose, de una forma u otra, hasta bien entrado el siglo XX. Por eso “pagano” y “aldeano” eran casi sinónimos.

Durante el último siglo, nuevos tsunamis se extendieron por Europa (y el mundo en general) arrasando lo que quedaba de la cultura campesina: la radio, la televisión y ahora Internet. Los efectos homogenizadores de los medios de comunicación de masas, unidos a la escolarización masiva y la migración a las ciudades, han sido letales para el mundo rural.

Cuando yo era adolescente, allá por los 60, había un conocido musicólogo y cantante especializado en el folclore rural: Joaquín Díaz (de hecho, sigue en activo). Díaz iba de pueblo en pueblo, pidiéndole a los ancianos que le cantaran viejas canciones tradicionales para grabarlas y conservarlas. Recuerdo que ya entonces, Díaz comentaba que ese patrimonio de música popular estaba en peligro de extinción, que con cada anciano que fallecía se perdía una parte de la memoria tradicional. Pero eso viene de mucho más lejos. A finales del siglo XIX, Yeats escribió El crepúsculo celta, donde registraba tradiciones, mitos y leyendas de la Irlanda rural. Lo hizo porque ese mundo se estaba perdiendo y quería conservarlo, aunque sólo fuese como recuerdo.

La revolución industrial inició el masivo éxodo del campo a las ciudades; las zonas rurales se despoblaron y empobrecieron. Por señalar una frontera, podríamos decir que la Segunda Guerra Mundial marcó el final de un mundo y el nacimiento de otro distinto. Fue una brecha, una cicatriz en la historia, un cambio sin precedentes. Aunque no instantáneo, claro. Cuando yo era niño aún había en España zonas que conservaban más o menos intacta la cultura rural, pero eran comunidades al borde de la extinción que, de hecho, ya no existen.

Y no es que me parezca mal, por supuesto. El antiguo mundo rural estaba dominado por la incultura y la superstición, con unas condiciones de vida durísimas y una extrema pobreza. Superar todo eso fue un avance, no un retroceso. Pero no en todos los sentidos; perdimos algo e intentamos sustituirlo por otra cosa que no ha funcionado.

Las sociedades rurales estaban muy cohesionadas; la gente sentía un intensa pertenencia a la tierra y establecía fuertes lazos con su comunidad. En ese sentido había cierta sensación de seguridad y protección. Aunque estaban las calamidades externas, claro; las malas cosechas, los desastres naturales, los accidentes, las guerras y las enfermedades. El mundo, más allá de la aldea, era oscuro e inquietante. Para enfrentarse a eso, el antiguo campesino desarrolló a lo largo de los milenios una mitología que le servía para enfrentarse a lo desconocido, para explicarlo y, supuestamente, para controlarlo hasta cierto punto (por ejemplo, los esconjuraderos de los que hablé hace poco).

Era una mitología falsa, como todas las mitologías, pero proporcionaba seguridad. Te decía cuál era tu papel en el mundo, por qué ocurrían las cosas, y lo que tenías que hacer y no hacer. Ese conjunto de mitos y tradiciones, vinculados a la comunidad mediante ritos y fiestas, era como una manta que te arropaba y protegía frente a lo desconocido y, en última instancia, te consolaba de las desgracias.

Eso lo perdimos, junto con la inocencia, cuando dejamos atrás la cultura rural. Rompimos los lazos con la tierra y nos pusimos al servicio de las empresas que nos daban empleo. Al sumergirnos en la muchedumbre de las ciudades, los vínculos con la comunidad se difuminaron hasta desaparecer. Ni siquiera conocemos a nuestros vecinos. Sin comunidad no hay compromiso de mutua ayuda, así que establecimos un pacto con el Estado: nosotros cumplimos con nuestras obligaciones y, a cambio, el poder, un poder ciego e impersonal, nos protege.

Dejamos de creer en las hadas, las brujas y los demonios, así que inventamos nuevas mitologías. Mitologías políticas, mitologías capitalistas, mitologías sociales, mitologías de progreso y justicia, mitologías de los mass media, mitologías de la democracia y la libertad. Todo eso nos ayudaba a entender el mundo y a saber cuál era nuestro papel en él. Nos proporcionaba seguridad y cobijo. Nos consolaba en la desgracia.

Pero de pronto, eso falla. Tu pacto con el poder se quiebra y los mitos que has construido se derrumban uno tras otro. ¿Con quién puedes contar? ¿Con tus amigos de Facebook? ¿Con las hadas? Y entonces descubres que lo único que has hecho es cambiar una mentira por otra mentira, que no hay nada a lo que agarrarte, ni comunidad, ni compromiso, ni justicia, ni futuro.

Nuestra única certeza es que estamos solos y perdidos.

En el folclore tradicional (los cuentos de hadas, por ejemplo), el bosque simboliza lo desconocido, lo salvaje, la oscuridad donde habitan las entidades sobrenaturales y los lobos. El bosque es lo contrario de la aldea. Pues bien, ahora estamos en el bosque, de noche, y si cerramos los ojos seguro que podemos oír a los lobos.

Vale, ¿a qué viene este mal rollo? Pues a que se acerca Halloween, la fiesta del terror. Así que... temblemos.

Feliz Halloween, amigos; feliz Samhain.



miércoles, octubre 24

Big-Brother.com


Uno de los grandes mitos de Internet es el “todo gratis”, la patológica reluctancia de los internautas (menuda palabreja estúpida) a pagar por casi cualquier producto o servicio que pueda obtenerse en la Red. Y digo “casi”, porque todos los usuarios abonan religiosamente su cuota a las compañías telefónicas, que tienen en su mano la contundente potestad de desconectar al moroso, algo que hasta los más reacios a aflojar la mosca entienden perfectamente. Más allá de eso, gran parte de los usuarios consideran que Internet es una especie de cornucopia de la abundancia, una paraíso anárquico donde cualquiera puede hacer o tomar lo que le venga en gana sin soltar un céntimo. Es como comprar un coche y presuponer que la gasolina, el aceite y el líquido de frenos saldrán gratis de por vida.


¿Y por qué no? A fin de cuentas, es lo que hay. No cuesta nada hacerse un perfil en Facebook o Twiter, igual que es gratis colgar un blog o diseñar una página web. Si nos paramos a pensarlo, los servicios gratuitos que funcionan en la Red son aquellos cuyos contenidos están generados por los propios usuarios. O bien aquellos que distribuyen por el morro productos que no son suyos, pero eso es otra historia.

Hay otro mito derivado del “todo gratis”: Al no haber intereses económicos en juego, los mensajes y contenidos que se propagan por los medios sociales son siempre sinceros y honrados, de persona a persona. Debo reconocer que cuando me encuentro con los angélicos entusiastas de la purísima Arcadia Digital siento una mezcla de piedad e indignación. ¿De verdad se creen eso? Probablemente sí, porque lo de informarse, profundizar y reflexionar no es una costumbre muy extendida. Así que la Red es la auténtica democracia, ¿eh?; un territorio hecho por y para los usuarios, un universo totalmente ajeno a los intereses y manejos del vil Mercado, ¿verdad?

¡Ja!

Repito por triplicado: ¡Ja, ja, ja! Que es como decir: Ay que me descojono. Salvo por el hecho de que no tiene ni pizca de gracia. Dicen que el mayor poder del Diablo es conseguir que las personas no crean en su existencia. Pues lo mismo pasa con la Red: que muchos piensan que allí no pueden entrar los demonios. Y así, con toda facilidad, llegan los demonios y les poseen.

Veréis, hace tiempo descubrí una cosa extraña: cuando entraba en ciertas páginas web, siempre aparecía publicidad de la Casa del Libro en la que, invariablemente, se anunciaban mis propias novelas. ¿Sorprendente? No, en absoluto; era publicidad específicamente diseñada para mí.

Ahora quien os habla es el ex-publicitario. En la publicidad clásica, es fundamental conocer y definir al grupo de consumidores a quienes va dirigido el producto que se va a anunciar. Se lo denomina target group; o, traducido al cristiano: “grupo objetivo”, aunque sería mejor la versión literal: grupo-diana. Para que me entendáis, los anuncios no van dirigidos a todo el mundo, sino a aquellos consumidores que, por una u otra razón, son mejores candidatos a adquirir el producto en cuestión. Por ejemplo, el target group de un Porsche será: hombres de clase muy alta, de entre 30 y 45 años, residentes en ciudades, con formación universitaria y que trabajan en puestos directivos o por cuenta propia. Esto me lo acabo de inventar, pero no creo que el target de Porsche ande muy lejos de lo que acabo de exponer.

Como podéis ver, se trata de una definición del grupo muy general. Se podría pormenorizar un poco más, pero no demasiado, porque la base de esta clase de análisis es estadística. Vamos a ver: ¿Por qué hombres? ¿Es que ninguna mujer se va a comprar un Porsche? Claro que sí, pero estadísticamente los que compran coches deportivos son varones, y a la vieja publicidad no le compensa tener en cuenta al escaso porcentaje de mujeres que también están dispuestas a hacerlo. Todo en la publicidad clásica se rige por la estadística y la ley de los grandes números.

En cualquier caso, está claro que cuanto mejor conozcas y mejor definas a tu grupo objetivo, más eficaz será tu publicidad. Y no te digo nada si consigues hacer publicidad para personas en concreto en vez de publicidad para grandes grupos. Publicidad a la carta, por así decirlo: publicidad dirigida, no a hombres de clase media, jóvenes, urbanitas, etc., sino publicidad para Pepe Pérez o para María López. Hasta hace muy poco, eso era imposible. Pero ahora, gracias a la bendita Arcadia Digital, ya se puede hacer. Y se hace.

Voy a deciros algo que no tiene nada de mito: Todo cuanto hacéis en Internet, las páginas que visitáis, los artículos que compráis, los temas que os interesan, las búsquedas, los datos que aportáis en las redes sociales, todo, absolutamente todo, es registrado, procesado y, eventualmente, comercializado. No existe el secreto en la Red, no existe la intimidad. Y quien ignore esto, es presa fácil del marketing. Por ejemplo, actualmente se han desarrollado, entre otras, unas técnicas llamadas Data mining, Microtargeting y Buzz monitoring. ¿No las conocéis? Pues ellas sí que os conocen a vosotros.

Data mining significa “minería de datos”. Básicamente consiste en buscar –mediante sistemas informáticos del tipo “redes neuronales”- patrones en grandes y aparentemente caóticos conjuntos de datos (por ejemplo, los obtenidos en Internet). Esto, aplicado al marketing, permite descubrir tendencias y, también, trazar perfiles de los consumidores relacionados con esas tendencias.

El Microtargeting se utiliza mucho en propaganda política, pero cada vez se emplea más en el mundo comercial. Se trata de un sistema con base estadística que (copio literalmente) “permite una segmentación avanzada del mercado a nivel individual, respondiendo a las preguntas básicas del marketing: ¿Qué personas quieren lo que ofrezco? ¿Dónde las encuentro? ¿Cómo las convenzo?”. La palabra clave es “individual”. Ya no se trata, como antes, de estudiar y convencer de lo que sea a grandes y más bien nebulosos grupos humanos; ahora, gracias al Paraíso Digital, es posible estudiar, definir y manipular a grupos minúsculos de la población, y llegar a ellos con mensajes individualizados.

El Buzz monitoring consiste en “detectar, rastrear y establecer el seguimiento de las conversaciones que se llevan a cabo en la Red respecto a un tema relevante. La técnica se basa en robots que rastrean blogs, foros y el resto de formas que toma la Web social con el fin de medir las tendencias y los rumores que corren por Internet respecto aquello que interese analizar”.

Conviene señalar que todos estos procesos se ejecutan mediante sistemas informáticos, con el sensible ahorro de tiempo, esfuerzo y dinero que eso supone. Antes, para conseguir algo semejante (si es que podía conseguirse), hubiera hecho falta el trabajo conjunto de miles de personas, lo que lo hacía inviable económicamente. Pero ahora con unos cuantos ordenadores, un par de técnicos y los programas adecuados, ahí lo tienes, barato y rápido. El kit del perfecto Gran Hermano.

¿Me he puesto coñazo con todo este rollo? Vale, pues voy a intentar sintetizarlo. Lo que pretendo decirte es que ahora los malos, los que quieren manipularte, se enteran de todo lo que haces y eres a través de tu vida en Internet. Además, descubren en ti patrones de comportamiento que ni tú mismo conoces, y los utilizan para dirigirse a ti con mensajes diseñados específicamente para ti, expuestos de la forma más adecuada para tu personalidad, con el inquebrantable propósito de comerte el coco.

Y llegados a este punto, un mensaje del patrocinador de este blog: Si eres de los que se creen inmunes a la publicidad y el marketing, te sugiero que hagas lo siguiente: 1. Deja de leer esta entrada. 2. Fabrícate una capa roja. 3. Ponte la capa y unos calzoncillos por encima del pantalón. 4. Abre una ventana y arrójate al vacío. Porque, quién sabe, a lo mejor también resulta que lo único que puede dañarte es la kriptonita. (Estoy siendo sarcástico; que nadie intente hacer lo que acabo de decir, salvo que viva en un bajo).

Y es que, veréis, ya no estamos hablando de anuncios que tú sabes que son anuncios, porque tienen pinta de anuncios y están en espacios destinados a los anuncios. Cuando tienes la certeza de que algo es publicidad, puedes defenderte, puedes alzar barreras y escudos. Pero ¿qué pasa cuando no sabes que se trata de publicidad, porque esa publicidad parece otra cosa? ¿Cómo defenderte de algo que ni siquiera sabes que está ahí?

Pongamos un ejemplo básico: una simple búsqueda con Google. Como sabéis, ese buscador prioriza las respuestas según una serie de algoritmos para que aparezcan en primer lugar las páginas más relevantes. Esa fue en gran medida la razón de su éxito. Por otra parte, el 90% de los usuarios no pasa de la primera página, concentrándose sobre todo en los tres primeros resultados. De ello se deduce la tremenda importancia de estar bien situado en las búsquedas. Pues bien, ningún problema para el marketing, porque existen diversas estrategias, como SEO y SEM, para forzar primeras posiciones en las búsquedas, aunque las páginas carezcan de interés. ¿Te fías de Google? No deberías.

¿Y qué me dices de los debates en chats, foros y redes sociales? No hay nada más puro y honesto, ¿verdad? Personas hablando libremente entre sí, sin intereses ni manipulaciones. Salvo que en esos libérrimos intercambios de ideas intervenga algún Community Manager pagado por alguna organización (empresas, partidos políticos, instituciones religiosas, etc.) para que manipule y dirija esas charlas con fines que no tienen nada de puros y honestos. Pero, ¿es muy común esa práctica? Os daré un dato: este año de crisis y paro, la profesión más demandada es la de Community Manager.

Y luego están los blogers con miles de seguidores. Como no cobran, sus comentarios y opiniones deben de ser, lógicamente, honestos y sinceros. A menos, por supuesto, que al bloger le hayan pagado por defender (o atacar) determinadas marcas o ideas. O puede que en su popular blog haya un link que lleve a cierta web o a un video de Youtube, un link que está ahí porque alguien ha soltado la pasta para que esté ahí, no por libre elección del bloguero (cuya libertad se ha limitado a extender la mano y coger los 300 euracos que le han soltado por poner ese enlace).

¿Y los Influencers? Se trata de gente con muchos seguidores en Internet. Pueden ser blogers, o famosos (deportistas, actores, periodistas...) que se mueven por las redes sociales, gente con gran capacidad de influencia sobre sus seguidores. La empresas tienen estrategias para fidelizarlos (o directamente comprarlos) con el objetivo de que hablen bien de sus productos.

También tenemos esas webs temáticas donde la gente, los usuarios, opinan sobre ciertos servicios, como hoteles o restaurantes. Opiniones honestas y sinceras de las que uno se puede fiar, ¿no es cierto? Aunque puede ser que alguien contrate los servicios de una empresa de marketing digital para que llene esas webs de opiniones adversas hacia algún rival. Ha ocurrido y sigue ocurriendo.

Internet es una maravilla en muchos sentidos, pero no el paraíso digital que algunos proclaman. En realidad, se trata de una prolongación de la vida, y en la vida coexiste lo bueno con lo malo (aunque en mayor proporción lo segundo que lo primero). El marketing digital ha experimentado un crecimiento increíble. Pero, atención, aún está en la edad de piedra, por así decirlo. Dentro de diez años, las técnicas que acabo de comentar serán pura arqueología, porque los procesos se habrán sofisticado hasta un punto que no podemos ni imaginar.

Y conviene recordar que hay algo especialmente perverso en el marketing digital: se oculta, se disfraza, no muestra lo que es. Y eso multiplica su eficacia. Además, en comparación con la publicidad clásica, resulta relativamente barato. Es la democratización del Gran Hermano.

Facebook, Google, Twiter o Linkedin no cobran por sus servicios. Por tanto, no se les puede exigir nada. Pero sus dueños no son almas de la caridad, no son buenos samaritanos que desean colmaros de favores sin pedir nada a cambio. Sus dueños, sus accionistas, quieren pasta, rentabilizar el invento. Y la conseguirán de cualquier manera; por ejemplo, vendiendo al mejor postor los cuantiosos datos que poseen sobre vosotros, o controlando y sesgando los mensajes que corren por la Red.

Internet no es democrático, no es el paraíso de los usuarios; lo parece, pero es un espejismo que conduce al engaño. El “gratis total” suena muy bonito; tan bonito como cuando se te aparece el Diablo y te ofrece el oro y el moro a cambio de algo tan nimio como tu alma. En realidad es lo mismo, sólo que en Internet los demonios parecen ángeles.







lunes, octubre 15

El gran juego


Siempre me han gustado los juegos de tablero; en particular el ajedrez, el backgammon y el reversi. Respecto al ajedrez, mi relación con él es similar a mi amor por Halle Berry o Rachel Weisz: una pasión imposible. Soy malísimo jugando al juego de los reyes; doy tanta penita que me avergüenza jugar en línea, por las carcajadas que voy a provocar en mis contrincantes. Me gusta ese juego, pero no es para mí (o, mejor dicho, yo no soy para él). Como decía creo que Unamuno: el ajedrez es poco como ciencia y demasiado como juego. Too much para mí, en cualquier caso.

En cuanto al backgammon, me gusta y no juego del todo mal, pero siempre me ha molestado un poco lo mucho que interviene la suerte en su desarrollo. Es un juego mitad de azar y mitad de estrategia; divertido, pero “impuro” en el sentido de que muchas veces todo depende más de una tirada de dados que del talento de los jugadores.

Y luego está el reversi, también llamado othello. Quizá no lo conozcáis, porque es un juego bastante minoritario, así que os explicaré de qué va. Se juega en un tablero de 64 casillas, todas iguales. En la ilustración de arriba podéis ver el tablero en su posición de salida, antes de hacer la primera jugada. Las fichas son blancas por una cara y negras por la otra. Cada jugador escoge un color y, por turnos, van colocando una ficha en el tablero. Al mover, te “comes” todas las fichas del contrario que haya entre la ficha que acabas de poner y cualquier otra tuya que ya estuviera sobre el tablero, en horizontal, vertical y diagonal. “Comer” significa darle la vuelta a las fichas de tu contrario que hayas capturado para que pasen a ser de tu color. Para mover siempre hay que comer; si no, se pasa el turno. Gana quien al final de la partida tenga más fichas. Eso es todo, no hay más reglas.

Parece sencillo, pero es realmente complejo; no tanto como el ajedrez o el go, aunque mucho en cualquier caso. Aprendí a jugar al reversi hará cosa de tres décadas, cuando alguien me regaló un tablero, y desde hace unos quince años lo practico en Internet con frecuencia. Soy un jugador mediocre; mi ranking está a medio camino entre los mejores y los peores. No obstante, me vanaglorio de haberle ganado una partida (sólo una) a Mario Madrona, tres veces campeón de España.

El reversi es un juego en gran medida anti-intuitivo, porque cuando haces lo que parece más lógico, en realidad estás haciendo lo más inadecuado. Por ejemplo: como gana el que al final tenga más fichas, los malos jugadores se ponen como locos a comer fichas del rival desde el principio. Justo lo contrario que deberían hacer, porque la estrategia ganadora consiste en tener muchas menos fichas que el contrario durante la mayor parte de la partida (cuantas menos fichas tengas, menos movimientos posibles tendrá el otro), pero eso sí, colocadas en los sitios adecuados. Hay otras cuestiones, como los stoners, los quiet moves, la paridad o los laterales desequilibrados, que también se les escapan a los malos jugadores.

Pues bien, cuando juego en línea con un mal jugador siento cierta sádica sensación de superioridad al verle cometer error tras error, sobre todo porque él piensa que lo está haciendo de puta madre. Al final, en cuatro movimientos le destrozo y el pobre tipo se queda con un palmo de narices, porque estaba convencido de que me iba a machacar él a mí. En esos casos, sé que sé cosas sobre el juego que el otro jugador ni imagina.

Pero lo malo de ser un mediocre es que, como dice el refrán, donde las dan las toman. Porque cuando juego contra un jugador mejor que yo, uno realmente bueno, ocurre lo mismo que decía antes, pero al revés. El tío me gana una y otra vez, y yo no tengo la más remota idea de cómo lo consigue. Está claro que él sabe cosas sobre el juego que yo ni imagino. Lo que sí me imagino es a ese cabrón mirándome por encima del hombro con burlona condescendencia. Y se me llevan los demonios.

Bueno, sólo es un juego, claro; algo sin importancia. Sin embargo, el otro día me di cuenta de que el reversi puede ser una metáfora sobre algo mucho más grande. Porque, a fin de cuentas, ¿no es la vida un juego, un juego en el que se gana o se pierde? Y si aceptamos eso, ¿no os parece que hay jugadores que saben cosas sobre el juego (sobre la vida) que nosotros ni imaginamos? Yo sí.

Creo que hay gente, no mucha, que entiende a la perfección las reglas y la estrategia de la vida, y que eso les proporciona una enorme ventaja y una gran capacidad de control. Las personas normales, como yo (si es que soy normal), conocemos una parte de esas reglas, pero no todas, y eso nos convierte en jugadores mediocres del juego de la vida.

Aunque, en realidad, no se trata solo de saber, sino también de aceptar y valer. Gran parte de la estrategia ganadora es depredadora (comer fichas, comer personas), enormemente cruel, y yo, como tantos otros, estoy “lastrado” por una conciencia y una ética que me impiden jugar con libertad. Por otro lado, aunque soy capaz de percibir y comprender algunas estrategias ganadoras, también sé que soy incapaz de ponerlas en práctica, porque mis características personales no son las adecuadas. No valgo para ello.

Hay, por supuesto, ciertas peculiaridades. A diferencia de los juegos de tablero, en la vida no todos los jugadores parten en igualdad de condiciones; algunos lo hacen con muchísima ventaja y otros con terrible desventaja. Además, en el juego de la vida los jugadores ganadores pueden modificar las reglas a su favor (basta con mirar a nuestro alrededor para comprobarlo). Por último, quizá el juego de la vida se parezca más al backgammon que al reversi o al ajedrez, porque el factor suerte es fundamental.

En cualquier caso, estoy convencido de que hay jugadores del juego de la vida que juegan mucho mejor que yo, porque saben cosas que no sé, porque lo ven todo más claro. Y no puedo evitar que se me lleven los demonios al imaginar la displicencia con que deben de mirarme, conscientes del mediocre imbécil que soy.

Aunque, no sé, ahora que lo pienso me da la sensación de que a lo que realmente se parece la vida es a un casino. Básicamente, porque la banca siempre gana.



jueves, octubre 4

Juana de Arco no.


Después de tanto tiempo, ya no sé qué he escrito en este blog. Entre mi mala memoria y que Babel cumplirá pronto siete años, temo empezar a repetirme como esos abueletes que te contaban veinte veces el sitio de Belchite. Por cierto, ya deben de quedar muy pocos abuelos que hayan pasado la Guerra Civil. ¿Qué batallitas contarán ahora los nuevos abuelos? Cuando me llegue el turno, me enrollaré con la dictadura y la heróica lucha contra Franco, ya lo tengo todo preparado. Me relamo pensando en los coñazos que voy a dar. Pero me estoy yendo por las ramas. Decía que no sé si os he contado ya cierta anécdota; aunque en el fondo da igual, porque os la voy a contar de todas formas. Su protagonista fue Buster Keaton. Como sé que hay merodeadores muy jóvenes rondando por aquí, aclararé que Buster Keaton fue un actor cómico del cine mudo (en España se le conocía por Pamplinas). Era un genio, tanto como Charles Chaplin. Aunque sean en blanco y negro y mudas, ved sus películas; sobre todo El maquinista de la General.

Bien; ¿sabéis cuáles fueron las últimas palabras de Keaton antes de morir?: “Juana de Arco no”.

Resulta que Keaton, ya muy mayor, estaba moribundo en la cama, rodeado por un grupo de familiares y amigos. De pronto, exhaló un suspiro y se quedó absolutamente inmóvil. “Creo que ha muerto”, dijo alguien. Y otro sugirió: “Tocadle los pies; dicen que la gente, cuando va a morir, tiene los pies fríos”. Entonces Keaton, que seguía vivo, dijo con un hilo de voz: “Juana de Arco no”.

¿No os parece genial? Creo que es el mejor epitafio que he oído en mi vida. Si hubieseis estado allí, en ese momento tan dramático, ¿qué habríais hecho, reír o llorar? Es fantástico que alguien te ponga en esa tesitura, ¿verdad? Hay que ser muy grande para convertir el momento de la propia muerte en un gag. Pero para eso precisamente existe el humor: para conjurar el horror.

Hace poco, mi amigo Samael me remitió una frase de Winston Churchill que yo no conocía: “La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor los consuela de lo que son”.

Al final, en última instancia, cuando todo ha fallado, eso es lo que nos queda: la risa. Aunque no haya motivos; o, mejor dicho, precisamente porque no hay motivos.

Vivimos en un mundo que es para troncharse.

jueves, septiembre 27

Carnaza


Soy catalán; eso, al menos, pone en mi DNI, donde se especifica que nací en Barcelona. Mi padre era catalán, natural de Barcelona, igual que mi madre, que nació en Manresa, igual que mis hermanos, ambos barceloneses. Mi primer apellido, Mallorquí, no es balear, sino catalán, originario de Gerona; aunque no debería ser ese apellido -pues mi abuelo nunca reconoció a mi padre; Mallorquí era el apellido de mi abuela-, sino Serra, que más catalán no puede ser. Me falla el segundo apellido, del Corral, que es de origen cántabro; pero por lo demás soy más catalán que una barretina.

No obstante, cada vez que se me define como “escritor catalán” me siento extraño, como si no hablaran de mí. Porque soy el catalán menos catalán del mundo; un charnego al revés. ¿Cómo voy a sentirme catalán si me trajeron a Madrid cuando tenía un año de edad? Además, mi padre era un gran españolista que, por otro lado, le guardaba cierto rencor a Cataluña (quizá porque Cataluña no le tratara bien durante su niñez y juventud marcada por el estigma de ser “hijo natural”). Tanto es así que, aunque era bilingüe, sólo le oí hablar en catalán dos veces en mi vida. En cuanto a mi madre, no pertenecía a una rancia estirpe catalana; era hija de charnegos. Y, qué demonios, yo me he criado en Madrid, donde he vivido siempre. Así que no, no me siento catalán, aunque me gusta Cataluña y, en especial, Barcelona, una preciosa ciudad que, cuando se sacude el ombliguismo provinciano (algo que no siempre ocurre), puede ser muy cosmopolita.

Pero ahora me estoy replanteando las cosas. Si Cataluña se convirtiera en un país independiente, ¿qué pasaría conmigo? ¿Tendría que elegir entre ser catalán o español? ¿Podría tener la doble nacionalidad? ¿Debería aprender catalán, a mi años? (qué pereza, virgen santa). Y si el independentismo prospera, generando la consiguiente reacción en contra, ¿correría el peligro de ser apaleado por una falange de furibundos españolistas? Si optara por ser español, ¿sería considerado un traidor a la patria en Cataluña? Según la decisión que tomase, ¿tendría que renunciar al pa amb tomaca o, por el contrario, alimentarme sólo de botifarra amb mongetes? A mí, que la bandera española me la suda, ¿debería empezar a emocionarme la senyera? Y, sobre todo, ¿tendría que olvidar mi inquebrantable adhesión al Real Madrid para entregarme en cuerpo y alma a los colores del Barça?

Qué complicado todo, ¿verdad? Sobre todo, porque Madrid no me gusta. Antes sí que me gustaba, es cierto; durante mi niñez, cuando sólo era un pueblo grande, y allá por finales de los 70 y comienzos de los 80, cuando la ciudad reventó de optimismo y creatividad. Pero después de varias décadas de estar en manos de la derecha más cavernaria, Madrid se ha ido a la mierda, convirtiéndose en un lugar hostil y antipático. Lo cierto es que, si pudiera, me iría a vivir a otra parte. Pero, ¿a Cataluña? ¿A un Cataluña independiente? ¿A una NACIÓN, así, con mayúscula? Mmmm... creo que no, que mejor paso.

Porque, veréis, detesto el nacionalismo. El término “patria” forma parte de lo que yo denomino Grandes Palabras Peligrosas; es decir, palabras por las que la gente se mata entre sí. Y digo bien: palabras, no conceptos, porque términos como Patria, Dios o Raza no se refieren a algo claramente definido, sino a entelequias tan nebulosas que pueden adoptar la apariencia que se quiera. Son palabrería barata; pero palabrería cargada de pólvora y metralla. Además, me parece una soberana gilipollez convertir una cuestión de puro azar –haber nacido en determinado sitio- en algo básico para la existencia de quién sea. Por último, conviene recordar que en la base de todos los fascismos que son y han sido se encuentra el nacionalismo.

Y, ojo, estoy en contra de todos los nacionalismos, comenzando por el español, que es el que más he sufrido. No olvidemos que nací bajo la “Una, grande y libre”, que mira por dónde, ni era una, ni era grande, ni, por supuesto, era libre. Así que nacionalismo español, caca. Y el vasco, y el catalán, y el gallego, todos caca.

Sin embargo, es tan tentadora la idea de separarse de un país tan cutre y mal acabado como España... Dejar de ser español suena casi como una liberación. Si me dijeran que podía separarme de España para convertirme en, no sé, noruego, por ejemplo, y si me garantizaran que todos los noruegos iban a aprender español para facilitarme la comunicación, no lo dudaba ni un segundo: a Noruega de cabeza, pese al clima. Pero ¿dejar de ser español para convertirme en catalán? No me jodas, pero si es lo mismo; idéntica cagada.

Y es que eso es algo que no entienden ni los españolistas ni los catalanistas: que el eje, la esencia, la piedra angular de lo que, para bien o para mal, es España surge de la intersección entre Castilla y Cataluña. España, sin Cataluña, ya no sería España. Y Cataluña, sin España, tampoco sería Cataluña, sino un patético invento del nacionalismo. No hay dos naciones; sólo hay dos idiomas que, encima, se parecen un huevo.

Pero lo que más me cabrea es la facilidad con que mordemos el anzuelo, lo fácilmente que nos dejamos engañar. Tanto España en su conjunto como Cataluña en su autonomía sufren una profunda crisis que no solo es económica, sino también, y sobre todo, política, estructural y democrática. Hay grandes problemas que exigen ser abordados y corregidos, hay poderosas razones para que la gente se movilice con el objetivo de reformar un sistema que hace aguas por todas partes. La actual partidocracia ya no representa los intereses de los ciudadanos, sino sus propios intereses y los de una oligarquía cada vez más poderosa y rapaz. Ya no hay separación de poderes, ya no hay controles, ya no hay ni rastro de ética. Nuestro sistema político está corrupto.

¿Y qué pasa con la Generalitat? Pues que el partido que gobierna actualmente, Convergència i Unió, con el honorable Artur Mas a la cabeza, siempre ha sido conocido como el “partido del tres por ciento”, por su desmedida afición a las comisiones ilegales. Y su forma de afrontar la crisis ha consistido en hacer lo mismo que hace el PP: pegarle hachazos al estado del bienestar. Eso debería de cabrear a los catalanes, ¿no?

Pues sí, probablemente les ha cabreado, pero no importa. ¿Para qué preocuparnos por los viejos problemas si podemos dedicarnos en cuerpo y alma a crear nuevos problemas? Saquemos un conejo de la chistera: la independencia. Escucha, catalán: vas a tener tu propia patria, una patria para ti solito. Una mierda de patria, es cierto; pero tampoco es que la de antes fuese gran cosa. Lo importante es que será TU PATRIA. No puedes consentir que un gallego al frente de un gobierno español te engañe y te robe; debes exigir que quienes te engañen y te roben sean compatriotas tuyos, catalanes de pura sangre.

Y muchísimo catalanes, henchidos de amor patrio, han mordido el anzuelo y se han movilizado para exigir una solución que no soluciona nada. Y Mas ha convocado unas elecciones que ganará por aclamación, porque es un Padre de la Patria al que hay que seguir ciegamente, pese a su inclinación a quedarse con un 3% de esa patria. Y ya está; todo el mundo se ha olvidado de los verdaderos problemas y el status quo se mantiene.

Claro que, para que las cosas lleguen a este punto, ha hecho falta la inestimable colaboración de la derecha, con su visceral anticatalanismo, sus campañas de boicot al cava y sus recursos al Supremo. Una actitud de lo más adecuada para un partido de implantación nacional; adecuada para obtener votos en Castilla, claro. Y no nos olvidemos del PSOE, que parece haber olvidado que la izquierda jamás ha sido nacionalista, sino todo lo contrario: internacionalista. Pero hay que sacar votos hasta de las piedras, por supuesto.

En fin, todo está arreglado; ya hay carnaza para todos. Los catalanistas haciendo su patria, los españolistas berreando por la suya, y entre tanto la casa sin barrer y las ratas a sus anchas. Pero todos felices: ya tenemos a quién odiar, que eso une mucho.

¿Y yo, como catalanoespañol, qué voy a hacer? Pues voy a hacerme noruego, a poco que me dejen.