viernes, enero 25

La isla de Bowen. Making off


Mi propósito inicial era escribir una novela inspirada en la obra de Julio Verne, pero eso es muy general, así que lo primero que hice fue una lista de lo que no quería hacer:


1. No quería hacer un homenaje a Verne, porque eso de los homenajes privados me parece una chorrada. ¿Quién soy yo para “homenajear” a nadie?
2. No quería hacer un pastiche de Verne, porque todos los que he leído suenan falsos y artificiales. Una copia, por buena que sea, siempre es eso: una copia.
3. No quería hacer un steampunk, por muy de moda que esté, porque Verne jamás fue un escritor steampunk. Ese movimiento se ha inspirado en Verne, pero ahí acaba toda la relación. Ignoro qué energía movía al Nautilus, pero estoy seguro de que no era mediante una caldera de vapor.

Entretanto, pensé que debía refrescar la lectura de Verne. Había perdido varios libros suyos (los tengo, seguro, pero ignoro dónde), así que compré la selección de Los viajes extraordinarios que hizo Espasa. Y me disponía a leerla, cuando me di cuenta de que era un error. Si lo hacía, corría el riesgo de copiar a Verne, que era justo lo que no quería hacer. Lo que pretendía es recrear su espíritu... O, mejor dicho, recrear la huella que la obra de Verne había dejado en mí, y para eso me bastaba con la memoria. Así que cerré el libro y no releí ninguna de sus obras.

Y comprendí algo: para acercarme a la esencia de Verne, debía alejarme de Verne. De entrada, en el marco temporal. Verne es un autor decimonónico cuya obra está ambientada en la segunda mitad del siglo XIX. Y ese es uno de los problemas de los pastiches vernianos, la imagen casi caricaturesca de una época que suele representarse encorsetada y tópica. A mí eso no me interesaba; era una ambientación demasiado estereotipada. O corría el riesgo de serlo. Así que decidí que la acción de la novela transcurriese en el siglo XX, en el periodo de entreguerras, lejos ya del manierismo victoriano.

También tomé otra decisión: La isla de Bowen no iba a ser una novela juvenil, ni para adultos, ni para nadie en particular. Iba a ser una novela de aventuras al estilo clásico, y punto. Por lo general, cuando escribo siempre tengo en cuenta a los lectores, pero en este caso el único lector que iba a tener presente sería yo mismo. Era una novela para mí, la clase de novela que me apetecía volver a leer.

Comencé a darle vueltas al argumento, partiendo tan sólo de las condiciones iniciales: un barco, una isla, un volcán y un dirigible. No recuerdo cuánto tardé, pero finalmente encontré el argumento general. Que no voy a contar, para evitar spoilers; así que hablaré sólo de lo que sucede al principio de la historia.

Verne fue un maestro de la novela de aventuras, pero también uno de los padres de la ciencia ficción. Mi argumento tenía un poderoso componente de ciencia ficción, pero... pero no era un tema demasiado propio de Verne, sino, en todo caso, más bien de Wells. Vale, me dije, ¿y qué? Se trata de capturar el espíritu, no el detalle. Pero me engañaba; al aceptar ese argumento, estaba ampliando el ámbito de la novela, llevándolo más allá de Verne. A partir de ese momento, los referentes que manejaba se multiplicaron. Verne, Wells, Conan Doyle, Kipling, London, Poe, Lovecraft, Rider Haggard, el Tintín de Hergé, el Corto Maltes de Hugo Pratt, películas como King Kong o El mundo en sus manos... Quería meter todo eso en un alambique y obtener un destilado.

Ya con el argumento en la cabeza, empecé definiendo el ámbito geográfico de la historia. Pocos años antes había estado en la Laponia finlandesa, unos 250 km. al norte del Círculo Polar, y aquel extraño y exótico lugar me pareció de lo más verniano. Así que parte de la novela transcurriría en el Ártico. Ahora bien, Inglaterra es un país fundamental (y evocador) para la literatura aventurera, así que otra parte de la acción transcurriría allí. El resto, en España y Noruega. En cuanto a la época: 1920.


Establecido esto, empecé a documentarme, una tarea que me llevó mucho tiempo. Leí libros sobre expediciones polares, sobre historia, sobre los comienzos de la fotografía, sobre vidas de santos celtas, sobre química, sobre la Primera Guerra Mundial, sobre geografía... En Internet encontré algunas joyas, como un artículo que describía con detalle las características técnicas del primer mercante español propulsado por un motor diesel, así que la descripción del barco de mi novela, el Saint Michel, es bastante fiable. También encontré un plano del metro de Londres en 1920, lo que me llenó de sorpresa y gozo. Y decenas de detalles más, como por ejemplo los salarios medios en aquel entonces, la cronología del descubrimiento de los elementos, o el cambio de la peseta a francos.

Una parte de la documentación la hice in situ. En 2009, mi mujer y yo pasamos las vacaciones de verano, recorriendo el sur de Inglaterra desde Canterbury hasta Cornualles. Precisamente en Cornualles era donde necesitaba encontrar una iglesia medieval no muy alejada del mar. Tras explorar un poco la costa sur, Pepa y yo descubrimos el lugar perfecto: la iglesia de San Gluvias, en Penryn, muy cerca de Falmouth y su puerto. La iglesia estaba en la cima de una colina boscosa, una zona solitaria algo alejada del pueblo (podéis verla en la foto de abajo), y a su alrededor se extendía un pequeño cementerio. Justo lo que necesitaba; además, la iglesia tenía un aire misterioso y sombrío.


Después de las vacaciones, me puse a trabajar en la estructura, en la trama y en los principales personajes. Iba a ser una novela hasta cierto punto coral, pero necesitaba un personaje carismático que atrapara la atención del lector. El profesor Ulises Zarco, de 46 años de edad, alto y fornido, ex-catedrático, explorador y director de la sociedad geográfica SIGMA; un hombre de carácter tonante y muy mal genio que, según se dice en el texto, es “misógino, e insufrible, y grosero, y colérico, y prepotente, y despótico, e impertinente; aparte de vanidoso, excéntrico y caprichoso”. Pero también es culto, inteligente, valiente, honesto y absolutamente leal.

Para este personaje partí del modelo clásico de “académico malhumorado”, como el Challenger de Doyle o el Lidenbrock de Verne, pero lo llevé un poco más allá, haciéndole más brusco y violento que sus referentes. En realidad, el profesor Zarco está a caballo entre el héroe clásico y el héroe pulp.

Zarco era el personaje carismático que necesitaba, pero resultaba demasiado extremo, demasiado radical, así que me parecía prudente incluir en la novela una voz más humana: Samuel Durango, 23 años, el fotógrafo que comienza a trabajar para SIGMA al principio de la historia. En el texto se intercalan páginas de su diario, ofreciendo su punto de vista. Tiene un papel fundamental en la trama. Otro personaje esencial es Elisabeth Faraday, inglesa de 43 años, esposa del arqueólogo y explorador Sir John Thomas Foggart. Es el polo opuesto de Zarco; mientras que en él todo es brusquedad, ella es pura cortesía, pero con una determinación a prueba de bombas y un fino sentido de la ironía.

Esos son los personajes principales, pero ya he dicho que la novela es en gran parte coral, así que hay otros caracteres relevantes: Adríán Cairo, ex-soldado, cazador profesional y mano derecha del profesor; Katherine Foggart, la hija de Elisabeth; Gabriel Verne, capitán del Saint Michel; Sarah Baker, secretaria y “chica para todo” de SIGMA, y esposa de Cairo; Aitor Elizagaray, primer oficial del Saint Michel; Bartolomé García, químico... Y, por supuesto, el villano de la historia, el armenio-británico Aleksander Ardán, un multimillonario propietario de la poderosa empresa minera Cerro Pasco Resources Ltd., que no es malo por pura maldad, sino por el motivo más usual: la ambición.

Bien, con los personajes definidos y la trama estructurada, me dispuse a comenzar la escritura. Pero antes hice algo: escribí una frase con grandes letras en un folio (verde, por cierto) y la colgué en una de las librerías de mi despacho, para tenerla siempre presente. Esa frase, que también aparece como cita en el libro, es el mensaje codificado que Otto Lidenbrock encuentra al principio de Viaje al centro de la Tierra, y dice así (ya me lo sé de memoria): “Desciende al cráter del Yocul de Sneffels, que la sombra del Scartaris acaricia antes de las calendas de julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la Tierra, como he llegado yo. Arne Saknussemm”.

¿Por qué puse ese cartel? Porque, en mi opinión, en esa frase se concentra la esencia de la aventura... o quizá no su esencia, sino el aroma, o puede que la música. De entrada, la frase es una invitación al viaje, y también una promesa fabulosa: llegar al centro de la Tierra. El tono arcaico, su formulación como si fuera el mapa de un tesoro, y sobre todo esos maravillosos nombres... Yocul de Sneffels... Scartaris... Saknussemm... Pronunciadlos en voz alta, pausadamente; suenan exóticos, imponentes, severos y también, de algún modo, inquietantes. Llamadme exagerado, pero esa frase me parece pura poesía.

El caso es que me puse a escribir. La novela comienza con un prólogo donde se narra el extraño asesinato de un marinero inglés en un remoto puerto noruego del Ártico (esta clase de prólogo no es común en la aventura clásica; digamos que se trata de una concesión al lector actual). Acto seguido, tras un fragmento del diario de Samuel Durango, pasamos al primer capítulo, encabezado por un título (como el resto de los capítulos, a la vieja usanza). Estamos en el Madrid de 1920, en la sede de SIGMA –Sociedad de Investigaciones Geográficas, Meteorológicas y Astronómicas-, situada en la calle Almagro 9. Un inciso: esa calle está muy cerca de donde yo vivía antes. Hace muchos años, en el número 9 de Almagro había un palacete en ruinas (de finales del XIX o principios del XX) rodeado por un jardín Cuando yo era pequeño, los chavales lo llamábamos “la casa del miedo”, y si no te colabas dentro al menos una vez eras un gallina. Yo lo hice; era un edificio impresionante, pero estaba hecho polvo; la verdad es que era muy peligroso andar por allí. En fin, el caso es que el palacete que describo en la novela existió realmente.

En el primer capítulo se presentan los principales personajes y se establece el marco de la futura aventura: una enigmática cripta medieval en Cornualles, unas misteriosas reliquias y la búsqueda de John Thomas Foggart, un arqueólogo desaparecido desde hace un año. Como veis, es un esquema clásico, la búsqueda del explorador perdido; lo encontramos, por ejemplo, en Los hijos del capitán Grant, de Verne, pero también en la realidad, como la famosa historia de Stanley y Livingstone.

Tratad de entender lo que estaba haciendo. Me proponía recrear, evocar, el espíritu de la aventura clásica, así que tenía que usar forzosamente clichés propios del género. El profesor malhumorado, el explorador perdido... O la Sociedad Geográfica. Esa institución, en sí misma, ya es una resplandeciente promesa de aventura. Uno se la imagina con grandes librerías de cedro repletas de viejos volúmenes, con mapas antiguos enmarcados, con instrumentos científicos, llena de objetos exóticos... así describo SIGMA y, en particular, el despacho de Zarco.

Sí, estaba manejando tópicos. Era imprescindible para mis propósitos. Ahora bien, si te limitas a usar el tópico sin más, lo que obtienes es una aburrida copia. Pero si remozas el tópico, lo refrescas, lo actualizas y le das nueva consistencia, entonces el resultado puede ser muy estimulante. Para que me entendáis: George Lucas con Star Wars, y Lucas-Spìelberg-Kasdan con En busca del arca perdida, utilizaron todos y cada uno de los tópicos del género pulp. Pero los reciclaron de tal forma que parecían nuevos. Eso es lo que yo quería hacer con la aventura clásica.

Si nos fijamos en las dos películas citadas, vemos que una de las claves para ese remozamiento del tópico es el humor. El humor es un lubricante que permite que la maquinaria narrativa funcione con más suavidad, dando nuevo lustre a los metales oxidados. Es como decirle al lector: “Esto es un juego; venga, suspende la incredulidad y vamos a jugar juntos”. Por eso, La isla de Bowen, aunque no es una novela de humor, está entreverada de humor e ironía en cada una de sus páginas.

Como me interesaba especialmente potenciar el efecto sugestivo del texto, me esforcé en llenarlo de escenas evocadoras. Una iglesia medieval solitaria y aislada, en una noche muy cerrada, lloviendo, y en el viejo cementerio contiguo un grupo de hombres con linternas y paraguas a punto de entrar en una cripta. Las reuniones en la sociedad geográfica, el puente de mando del Saint Michel, la sala de lectura de la Biblioteca Británica, los clubs de caballeros, los puertos, las cavernas, las ruinas prehistóricas, el paisaje ártico... Con todo ello pretendía recrear la atmósfera del género.

El libro está divido en dos partes; la primera, de 280 páginas, se titula El enigma de la cripta, y la segunda, de 220, Aquí hay tigres. En realidad, la aventura sólo se despliega en toda su extensión a partir de la segunda parte. Antes también hay aventura, por supuesto, y peripecias, y viajes, y conflictos, y misterios, pero todo va más lento. Es el largo preámbulo del que hablaba en la anterior entrada. Tras la introducción, la novela comienza con un ritmo lento que se va acelerando progresivamente, se desata en la segunda parte y culmina con una apoteosis donde pasa de todo. Me esforcé en que ese preámbulo, al principio pausado, fuera divertido, haciendo interaccionar a los personajes, escribiendo los diálogos más ágiles y brillantes que me fuera posible, creando situaciones y conflictos interesantes, planteando misterios... Ahí me la jugaba; si me salía bien, la novela funcionaría; si la cagaba, sería un coñazo alargado (como esta entrada).

Había otro aspecto delicado. Como he dicho, la novela tiene dos partes; la primera es pura aventura clásica, sin apenas elementos no reales. Pero, dado que tomaba como principal referente a Verne, la novela también es un roman scientifique, así que la ciencia ficción irrumpe de lleno en la segunda parte. Pero como ya he dicho, es ciencia ficción más al estilo Wells. ¿Casarían bien las dos partes o se notaría el cambio? Por si acaso, me impuse que los elementos de ciencia ficción que iba utilizar pudieran haber sido imaginados por un escritor de comienzos del siglo XX. Ciencia ficción antigua, por tanto.

Y escribí, escribí, escribí. Debéis saber algo: para escribir una escena, la que sea, tengo que visualizarla mentalmente, lo cual requiere bastante concentración. Eso hace que mientras trabajo, de algún modo “viva” lo que estoy escribiendo. Pues bien, cuando estaba a punto de narrar la parte de la novela que sucede en el Ártico, decidí prepararme viendo unos cuantos documentales en Internet. Me tiré, no sé, un par de horas viendo imágenes del Polo Norte y alrededores; luego me puse al teclado, cerré los ojos y me imaginé la escena: una barca llegando a la playa de guijarros de una isla ártica... Y de pronto, durante un instante, dejé de estar en mi despacho y os juro que me transporté a esa playa. Lo sentí físicamente, el frío en la cara, los guijarros bajo las suelas de mis botas, el olor del mar... Duró poco, pero fue alucinante. Es increíble lo que puede hacer la imaginación.

No sé cuánto tardé en escribir la novela, porque entre medias la interrumpí para escribir otra (La estrategia del parásito). Debió de ser un año, puede que un poco más. Ah, por cierto, lo olvidaba; a lo largo de todo el texto hay constantes referencias a los clásicos de la aventura. Algunas son muy evidentes; por ejemplo, el capitán se llama Verne. Otras son menos claras, como que el barco se denomina Saint Michel porque así se llamaba el yate de Verne. Y otras son tan rebuscadas que ni yo mismo me acuerdo de ellas. Nada de eso tiene importancia, por supuesto; es algo totalmente independiente a la novela, y si no pillas las referencias no pasa nada. Pero si las pillas, te sientes de lo más listo.

En fin, terminé la novela y le puse el título. La isla de Bowen. Y ahí tuve una pequeña metedura de pata. Al comenzar a escribir la historia, necesitaba un nombre para un santo celta de Cornualles. Busqué nombres propios de esa zona y el que más me gustó fue Bowen. Como se suponía que ese santo medieval había sido el primero en llegar a cierta isla, implícitamente le dio su nombre. Por eso lo de la “isla de Bowen”. Vale, pero no se me ocurrió comprobar si ya existía alguna isla llamada así... y, qué demonios, existe: Bowen Island, en la Columbia Británica de Canadá. Bueno, no sería la primera vez que dos lugares distintos comparten el mismo nombre.

El caso es que terminé la novela y me quedé temblando. Ese tocho de 500 páginas que acababa de finalizar o funcionaba o era una mierda, sin término medio. Mordiéndome las uñas, le dejé el manuscrito a mi mujer y a mi hermano. A ambos les gustó, pero..., vaya, son mi familia La tercera persona que leyó el texto ya no era un familiar, sino un profesional de la edición, y su reacción fue entusiasta. Incluso demasiado entusiasta. Me quedé un poco perplejo.

Decidí presentar la novela al premio EDEBÉ. Y lo gané. Y, de pronto comenzaron a llegarme felicitaciones extremadamente entusiastas, comenzando por varios miembros del jurado y siguiendo por cuantos habían leído el texto en la editorial. Algunos aseguraban que era la cota de calidad más alta alcanzada por el premio (lo cual incluye otras tres novelas mías, por cierto). Y después llegaron las reseñas y las críticas. Las mejores y más laudatorias críticas que he tenido en mi vida. Una de ellas, por ejemplo, la del Diario de Mallorca, definía La isla de Bowen como “Una novela escrita en estado de gracia”. Soldevilla, crítico literario de La Vanguardia, tras publicar una encomiástica crítica en el suplemento cultural, llamó a la editorial para solicitar mi dirección de correo y me envió un amabilísimo e-mail dándome las gracias por haber escrito esa novela. De hecho, eso sucedía con frecuencia: la gente no solo me felicitaba, sino que también me daba las gracias. En fin, un cúmulo de reconocimientos que por el momento han culminado con la selección de La isla de Bowen, por parte de Babelia, como la mejor novela juvenil publicada en 2012.

Y yo estaba cada vez más desconcertado, no entendía nada. Pero si sólo es una novela de aventuras, me dije. ¿Qué demonios he hecho?... Sólo cabía una respuesta: había hecho exactamente lo que me había propuesto hacer. Pretendía recrear la novela de aventuras clásica y lo había conseguido; cuando los adultos leían mi novela, evocaban todas las novelas y películas de aventuras que habían leído y visto en su niñez. Mi buen amigo y gran escritor Rodolfo Martínez comentó que había sido como volver a la infancia. La isla de Bowen era una máquina del tiempo.

Bien, besitos y laureles para mí, pero qué requetelisto que soy. Sólo hay un pequeño problema en forma de pregunta: ¿Cómo demonios lo he hecho? Bueno, os lo acabo de contar, pensaréis... pero la cosa no es tan sencilla, porque lo que os he contado es en gran medida una racionalización a posteriori. Al ponerme a escribir la novela tomé muchas decisiones de forma consciente, pero otras muchas fueron fruto posterior de la intuición y del olfato, más que del cálculo. Ideas que se me ocurrían mientras escribía, escenas nuevas.. El mismísimo final de la novela no es exactamente el que tenia previsto. Un artefacto literario es como un reloj; un mecanismo lleno de piececitas en el que basta con que cualquier engranaje se desajuste para que el reloj funcione mal. El problema es que es imposible tener en la cabeza, de forma consciente, todas las piececitas de una novela. Por eso hay que fiarse de algo tan poco fiable como el subconsciente, que a veces lo hace bien y a veces lo hace fatal, sin que tú tengas el menor control sobre él.

Así que realmente no sé cómo hice La isla de Bowen; al menos, no del todo. Y eso es una putada. Dicen que de los fracasos se aprende; lo que ya no se dice tanto es que los éxitos te paralizan. Lo siguiente que escriba debería estar a la altura, ¿no? Lo malo es que de momento no consigo encontrar ningún proyecto que lo esté. He abandonado la novela en que trabajaba porque me parecía mala en comparación con La isla de Bowen. ¿Ése va a ser ahora mi referente, mi cota de calidad? Pues estamos buenos...

Me alegro mucho de haber escrito La isla de Bowen, entendedme; pero se ha convirtiendo en una especie de losa que cada vez pesa más. Mi querida amiga y editora Reina Duarte me sugirió que escribiera otra novela con los mismos personajes. Mmmm..., tentador. De hecho, ya lo había pensado; sería algo así como un experimento. En La isla de Bowen utilicé el esquema narrativo de la aventura clásica, pero si escribiese otra novela sobre SIGMA y el profesor Zarco me basaría en la estructura narrativa del pulp, y estoy seguro de que el resultado final sería muy distinto. Tentador e interesante, sí; pero no es el momento. Ya veremos lo que nos depara el futuro.

Y ya está, se acabó. Os pido disculpas por haber escrito una entrada tan larga, pero no quería empezar una serie de post. Si habéis conseguido llegar hasta el final, os agradezco vuestra paciencia, y os prometo que la siguiente entrada será más breve y menos endogámica. Gracias por perder el tiempo leyéndome.



Descends dans le cratère du Yokul de Sneffels
que l’ombre du Scartaris vient caresser avant les calendes de juillet,
 voyageur audacieux, et tu parviendras au centre de la Terre.
Ce que j’ai fait.
Arne Saknussemm.

viernes, enero 18

¡Por Júpiter! Teoría de la Aventura


Cuando volví a escribir, a comienzos de los 90, estaba seguro de que los géneros donde me iba a sentir más cómodo eran el fantástico y la ciencia ficción. Y así fue, en efecto. También creía que me iba a instalar confortablemente en el thriller, y estaba en lo cierto (de hecho, mezclé todos esos géneros en El coleccionista de sellos). Lo que no podía imaginar es que el género que más iba a disfrutar escribiendo era la novela de aventuras. Entre otras cosas, porque ese género, como veremos, ya no existe.

El primer indicio lo tuve a finales de los 90, con La cruz de El Dorado, porque me divertí escribiéndola, y yo no suelo divertirme cuando escribo. Pero tanto disfruté con la experiencia que cinco años después escribí otra novela con los mismos personajes, La piedra inca. Ambas obras son relatos de aventuras, qué duda cabe; pero no son aventura clásica, porque están hibridados con el género picaresco. Otras novelas mías tienen componentes aventureros, pero también mezclados con otros géneros, nunca en estado puro.

Sin embargo, casi desde que volví a la literatura acariciaba un proyecto: escribir una novela al estilo de Julio Verne. Verne fue mi escritor favorito durante la infancia; de hecho, conformó en gran media mi forma de ver la realidad. El asombro ante el mundo y el universo; la curiosidad no por encontrar respuestas, sino por descubrir misterios. Supongo que eso es lo que yo quería reflejar en una novela, el regreso a la inocencia de un mundo lleno de prodigios y maravillas. Recuperar el asombro de la infancia. Volver a ser niño.

Por una u otra razón, ese proyecto quedó en suspenso durante más de quince años. Aunque me apetecía mucho emprenderlo, siempre lo dejaba para otro momento. Quizá inconscientemente me daba cuenta de que me enfrentaba a algo mucho más complejo que un simple pastiche verniano. Porque en realidad lo que me proponía hacer era resucitar un género muerto. Y algo así requiere reflexión.

Y vaya si reflexioné, amigos míos; La isla de Bowen es mi novela más largo tiempo meditada. En 2008 me di cuenta de que si no llevaba adelante el proyecto, corría el riesgo de morirme sin hacerlo nunca. Así que, mientras me dedicaba a escribir otras cosas, comencé a preparar mi novela verniana. Al principio, sólo me puse una condición: en el texto debían aparecer una isla, un volcán, un barco y un globo o dirigible. Eso es todo lo que tenía. Y mis recuerdos, claro.

Pero antes de seguir, vamos a analizar de qué estamos hablando. La aventura es un género muy grande, un supergénero, porque abarca muchísimas temáticas. Tan grande es que, con el tiempo, se ha fragmentado, transformándose en diversos géneros autónomos. La novela del oeste, el terror, las historias bélicas, la fantasía heroica, el space opera, el thriller, gran parte del género histórico, las novelas de espías, el hard boiled, los relatos de viajes, todas esas temáticas pertenecen al género de aventuras, pero se han emancipado de él convirtiéndose en reinos independientes. De hecho, si nos centramos en la esencia del género, casi cualquier relato es un relato de aventuras (incluso un simple paseo por el Dublín de 1904).

El caso es que a base de fragmentarse, el género puro de aventuras prácticamente ha desaparecido. ¿A qué me refiero al decir “puro”? Pues a la novela clásica de aventuras, un género que Salvador Vázquez de Parga definió así: “Es la narración de una empresa arriesgada, de algo insólito e inhabitual, que muy frecuentemente se vincula a un viaje hacia lo desconocido con episodios inesperados, que produce en quien lo realiza una cierta incertidumbre e inseguridad”. Podría poner muchos ejemplos de novela clásica de aventuras, pero me limitaré a tres: La isla del tesoro (1883), de Stevenson, Viaje al centro de la Tierra (1864), de Verne, y El mundo perdido (1912), de Conan Doyle.

Ahora bien, ¿en qué se distingue la aventura clásica de otras variantes del género? Pues básicamente en su peculiar estructura narrativa; una estructura que no es arbitraria, sino que persigue provocar en el lector cierto estado mental. En la aventura clásica, la acción no comienza desde el principio, sino que viene precedida de un largo preámbulo. Por ejemplo: transcurren diez capítulos antes de que Jim Hawkins se embarque en la Hispaniola, ocho antes de que el profesor Challenger llegue al valle perdido y dieciséis antes de que el profesor Lidenbrock descienda por la chimenea del volcán Snnefels. ¿Por qué esa tardanza? Por dos excelentes razones:

1. Para preparar mentalmente al lector, provocando en él expectación y ensoñación. Lo primero que hace el relato es plantear un misterio, una extraña maravilla, un reto. El lector debe desear emprender el viaje y soñar, mientras, con los prodigios que encontrará en el camino. De algún modo, la aventura debe comenzar en la mente del lector antes de que comience realmente la aventura.

Intentaré ilustrarlo con un ejemplo. Mantener una relación sexual puntual y, en ocasiones, ilícita, se denomina eufemísticamente “tener una aventura”, ¿no? Bien, supongamos que vais a citaros con una chica preciosa para hacer el amor por primera vez (hablo desde un punto de vista masculino por razones de mi sexo; las merodeadoras podéis invertir los géneros, porque el resultado será el mismo). En principio, hay dos formas de afrontar ese encuentro: A) Recoges a la chica, te la llevas a un hotel y echas un polvo tan salvaje como rápido. Vale, no digo que eso esté mal, pero hay otra opción. B) Recoges a la chica y os vais a cenar a un restaurante discreto y románico. Luego, charláis tomando una copa en un bar tranquilo. Después dais un paseo... y durante todo ese tiempo tanto ella como tú sabéis que vais a acabar echando un polvo, lo que resulta de lo más excitante. Y al final vais a un hotel y lo echáis. Pero todo habrá sido muchísimo mejor, más rico en matices, más duradero. A eso se le llama demorar el placer, y permite crear un estado mental lleno de fantasías, ensoñaciones y promesas. Así pues, la opción A sería pornografía y la opción B, erotismo. Porque la pornografía es lo que se muestra, y el erotismo lo que se oculta; la pornografía es lo que va directo al grano, y el erotismo lo que da un rodeo. Y que conste que no tengo nada contra la pornografía. Pero hay cosas mucho mejores.

Supongo que el símil está claro. En la aventura, como en un encuentro amoroso, es mejor dilatar el tiempo, demorar el momento de entrar en acción; porque eso permite inducir en el lector un excitante estado mental entre mágico y onírico. Pero ése no es el único propósito de los largos preámbulos de la novela de aventuras clásica.

2. Conocer a y simpatizar con los personajes. De nada sirven las peripecias más trepidantes si no te interesan los personajes que las protagonizan. Por ello, la novela de aventuras clásica se toma su tiempo en presentar a los personajes, para que el lector los conozca y se identifique con ellos. Hace falta un protagonista carismático, el motor de la acción, pero también un plantel de secundarios que estén a su altura. Y un antagonista temible, porque la talla del héroe se mide por el tamaño de sus rivales.

Leer una novela de aventuras es emprender un viaje; y si vas a pasar mucho tiempo viajando, querrás conocer antes a tus acompañantes. Te tiene que apetecer emprender una aventura con ellos.

Estas son las razones básicas para los largos preámbulos del género en su versión clásica. Porque hay otras formas de aventura, como por ejemplo el pulp, donde la acción suele comenzar desde el principio. Para que me entendáis, y recurriendo al cine, El hombre que pudo reinar, de Houston, es aventura clásica, mientras que En busca del arca perdida, de Spielberg, es pulp. Ambas películas me encantan, pero lo que yo quería hacer estaba más cerca del film de Houston, que no por casualidad se basa en un relato de Kipling.

Pues bien, en eso se resume mi teoría de la aventura clásica. La estrategia del género, en esa vertiente, consiste en inducir en el lector un estado mental donde la aventura se instala como una ensoñación y una promesa. Para ello, utiliza una estructura narrativa que dilata la acción al principio para ir acelerándose poco a poco. Hay más factores, por supuesto, pero hablaré de ellos en la próxima entrada, cuando explique cómo escribí la novela.

Un último punto antes de terminar. Siempre que me he propuesto escribir una novela de aventuras, o con componente aventurero, he situado la trama en el pasado. La verdad es que me resulta casi imposible ambientar una aventura de estructura clásica en la actualidad. ¿Por qué? Pues porque el género está íntimamente relacionado con el viaje y con la exploración de un mundo, el nuestro, cuando todavía era prácticamente desconocido, una época en la que el mero hecho de viajar ya era un riesgo y una aventura. Pero ahora, con Google Earth, documentales en TV, teléfonos móviles y líneas aéreas low cost, el mundo carece de misterio y el viaje se ha transformado en turismo. La aventura clásica es hija del movimiento romántico, y vivimos en un mundo cada vez menos romántico. Supongo que por eso hoy en día el género en su estado más o menos puro sólo sobrevive en algunas novelas históricas.

Personalmente, creo que el marco temporal perfecto para situar eso que yo todo el rato estoy llamando “aventura clásica” va desde 1838, cuando Edgar Allan Poe publica El relato de Arthur Gordon Pym, hasta la Segunda Guerra Mundial. Durante ese periodo, el mundo es cada vez más conocido, pero aún conserva inmensos territorios inexplorados. Es un mundo de penumbras con algunos focos de intensa luz. Al mismo tiempo, la tecnología evoluciona rápidamente, permitiendo empresas y expediciones cada vez más ambiciosas. También es la era del colonialismo, algo muy chungo éticamente, pero una rica fuente de argumentos para la literatura aventurera. Es, por último, el periodo en que la ciencia comenzó a sustituir a la magia.

Supongo que os preguntaréis si dedicar tanta palabrería a una novela mía no es un acto de narcisismo. La respuesta es: sí, por supuesto. Pero, veréis, soy escritor y me gusta reflexionar sobre mi trabajo. Y, quién sabe, puede que a algunos de vosotros no os aburran del todo mis reflexiones. Así que en la próxima entrada os contaré cómo escribí La isla de Bowen, consiguiendo con esa novela cumplir uno de mis más anhelados sueños: crear un personaje capaz de exclamar con naturalidad: ¡Por Júpiter!

viernes, enero 11

Divagaciones y buenos propósitos


Por primera vez en la historia de Babel, he escrito una entrada y, tras meditarlo, he decidido no publicarla de momento (de ahí el retraso). Porque era un poco deprimente y no quería comenzar el año con mal rollo. Ya están las cosas lo suficientemente chungas.

Lo que pasa es que durante el último año han sucedido demasiadas desgracias a mi alrededor. Han muerto varias personas a las que apreciaba; otras han enfermado o empeorado de su enfermedad; muchas tienen problemas en el trabajo. Es como si estuviese de noche en un bosque, con un farol en una mano, mirando a mi alrededor sin ver nada más que tinieblas.

Salvo que me mire a mí mismo (de ahí el farol), porque paradójicamente este último año ha sido bastante bueno para mí. Comencé 2012 ganando el Premio Edebé con La isla de Bowen, y lo cerré viendo cómo Babelia la escogía como la mejor novela juvenil del año. Ahora, con un poco de perspectiva, me doy cuenta de que ese ha sido mi proyecto literario más ambicioso (recrear un género que ya no existe). Y al parecer lo conseguí llevar a buen puerto; pero ya hablaremos de esto en otro momento También publiqué en 2012 La estrategia del parásito, que gozó de buena acogida, al menos en principio. Y durante el año apareció Prospectivas (Salto de Página), una antología del mejor cuento de ciencia ficción española actual editada por Fernando Ángel Moreno. En ella está El rebaño, quizá mi cuento más famoso; o, al menos, el que más veces se ha publicado. Lo escribí hace exactamente veinte años, pero quizá siga siendo mi mejor cuento. Con su reedición en Prospectivas ha vuelto a recibir espléndidas críticas; tanto es así, que hubo varias reseñas centradas exclusivamente en El rebaño.

A final de año apareció Bleak House Inn. Diez huéspedes en casa de Dickens (Fábulas de Albión), una antología editada por Care Santos sobre relatos de fantasmas de algún modo dickensianos (los relatos, no los fantasmas). Ahí está Cuento de verano, mi contribución a la antología. Es una versión humorística del famoso Cuento de Navidad de Dickens, y también ha tenido buenas críticas. El adjetivo más usado ha sido “desternillante”, lo que me parece de perlas. Ah, y varios merodeadores me recuerdan que también se reeditó mi novela El coleccionista de sellos (Imágica Ediciones), con buena acogida crítica.

Así que ya veis, tengo el ego de lo más pulidito. Aunque no todo ha sido bueno, por supuesto; por ejemplo, empecé a escribir una novela que se me ha ido pudriendo entre las manos poco a poco. No funciona, así que no me quedará más remedio que tirar a la papelera lo que llevo escrito. Pero bueno, no es la primera vez que me sucede, ni será la última. En general, estoy bien.

No obstante, por muy bien que uno esté, hay que hacer lo posible por mejorar. Los buenos propósitos de comienzos de año, ya sabéis. Por ejemplo, hará un año o así me propuse someterme a una dieta de libros; es decir, comprar menos libros. Analicé la situación y me di cuenta de algo: cada vez leo menos ficción y más ensayo (o non-fiction, como dicen los anglosajones). Sin embargo, por el aquel de la costumbre, seguía comprando novelas al mismo ritmo que antes, así que se me amontonaban sin más porvenir que cubrirse de polvo. Por tanto, ahora sólo compro ficción en el caso de que me interese muchísimo. Ergo, compro muchos menos libros.

Animado por este éxito, he confeccionado una lista de buenos propósitos para el nuevo año. Permitidme que os la exponga:

1. Me propongo impulsar un movimiento ciudadano cuyo objetivo será enfrentarse a los grupos de poder económico y a los políticos comprados para conformar una auténtica democracia y restaurar el Estado del Bienestar y la Justicia Social. Sacaré a la gente de su letargo, punzaré conciencias dormidas, levantaré a las masas en un movimiento imparable que comenzará en España, se extenderá por Europa y finalmente conquistará el mundo entero.

Sin embargo, como no tengo ni puta idea de cómo hacer eso, y aunque la tuviese soy demasiado doble uve –Viejo y Vago- para afrontar semejante tarea, es posible que haya que recurrir a un segundo propósito:

2. Me propongo convertirme en superhéroe. Porque si eres invulnerable a las balas y puedes dar tortas como hogazas, resulta mucho más sencillo luchar contra malvados supermillonarios. El único problema es cómo convertirme en superhéroe. Los métodos más usuales son : A) estar cerca de la caída de un meteorito; B) sufrir un accidente de laboratorio; C) someterse a una sobredosis de radioactividad o D) haber nacido en un planeta mucho más masivo que la Tierra (como Krypton, por ejemplo).

Descartando que Barcelona sea un planeta distinto a la Tierra (algo que los nacionalistas seguro que discutirían), y considerando que esperar a que caiga cerca un meteorito puede resultar a la larga una tarea de lo más tedioso, sólo quedan dos alternativas. Lo del laboratorio lo veo difícil, porque no tengo acceso a ningún laboratorio. Aunque, claro, siempre podría acercarme a la farmacia de la esquina con una bombona de butano y provocar una explosión, pero supongo que no sería lo mismo. No obstante, podría aspirar una sobredosis de Emuliquen y convertirme en el Hombre Laxante, que hace que los malvados se caguen. Pero, siendo realistas, no creo que se pueda confiar en ello.

Respecto a lo de exponerme a una dosis supuestamente letal de radioactividad... no sé, no acabo de pillarle el punto... En primer lugar, porque veo difícil lo de conseguir materiales radioactivos. Y en segundo lugar, porque si me doy un buen baño de, por ejemplo, rayos gamma... vale, sí, igual se me pone el estómago como una tableta de Milkybar y empiezo a echar rayos láser por los ojos; pero también podría transformarme en una masa de gelatina antropófaga o en un gañán verde atiborrado de esteroides; porque no hay que olvidar que los accidentes de laboratorio y las sobredosis radioactivas tanto te convierten en un superhéroe como en un supervillano. Aunque, bien pensado, ésa es otra opción: ser el supermalvado más malvado del mundo y masacrar a los demás malvados para acabar con la competencia. Así qué...

3. Me propongo hacer un curso on line para convertirme en Mad Doctor.

4. Una vez conseguido el título de Mad Doctor, me propongo construir una Máquina Infernal con la que conquistaré y/o destruiré el mundo. Vale, reconozco que ahora no tengo ni idea de cómo construir semejante máquina; pero supongo que eso lo explicarán en el curso, ¿no?

5. Una vez conquistado y/o más o menos destruido el mundo, me propongo olvidarme de esas chorradas de democracia, estado del bienestar y justicia social, y tiranizar a la humanidad, sometiéndola a mi capricho.

Moraleja: Es sorprendente lo rápido que se le sube a uno el poder a la cabeza.

viernes, diciembre 28

Babel, Babelia y yo


La verdad es que los tres mundos laborales por los que ha discurrido mi vida –periodismo, publicidad y literatura- son proclives a los egos hinchados. He conocido a muchos periodistas que se consideraban a sí mismos los únicos y verdaderos guardianes de la Verdad, observadores privilegiados de los mecanismos ocultos del universo. Ellos eran los informados, y los demás una panda de ovejitas ignorantes. Luego, si escarbabas un poco, descubrías que su “conocimiento secreto” no era más que un montón de cotilleos de dudosa procedencia y escasa entidad, o meros rumores jamás confirmados.

El caso de los publicitarios es aún más lamentable, sobre todo en lo que respecta a los creativos. Veréis, los creativos publicitarios son (eran, más bien) profesionales extraordinariamente bien pagados. Cuando yo trabajaba en publicidad, mi sueldo era muy superior a los salarios de mis clientes, incluyendo a la mayor parte de los directores generales. En los 80, los creativos ganábamos una pasta gansa. Además, trabajábamos en un entorno técnicamente muy sofisticado, íntimamente relacionado con lo audiovisual y las últimas tecnologías. Era un trabajo cosmopolita en el que se disponía de todos los medios imaginables. Además, era un trabajo con gran exposición pública. Así pues, el endiosamiento de muchos creativos resultaba de lo más grotesco. Se comportaban como artistas caprichosos, como si fueran Picasso, Kubrick o Borges, cuando lo único que hacían (hacíamos) era vender detergentes.

En cuanto a los escritores... ay, mamma mía, he conocido algunos que parecían estar un par de metros por encima de la divinidad. Y me refiero tanto a escritores consagrados como a plumas primerizas que, por haber publicado un par de relatos en algún blog o fanzine ya se creen mejores, más listos y más sensibles que los demás.

No pretendo decir que todos los periodistas, publicitarios y escritores son así, ni mucho menos. De hecho, creo que sólo una minoría sucumbe al lado oscuro (la vanidad); pero es una minoría tan ridícula y tocapelotas...

El caso es que, consciente de todo eso, llevo mucho tiempo luchando con mi ego para mantenerlo controlado, porque creo que una de las mayores debilidades del ser humano es la vanidad. Así que periódicamente me digo: No eres un artista, César, sino un puto artesano, y tu trabajo tiene tanto mérito o demérito como el de un ebanista, un herrero o un alfarero. Me pongo en mi lugar y así procuro no convertirme en un gilipollas vanidoso.

Pero, amigos míos, ocasionalmente hay que darle un poco de gustito al ego. De vez en cuando, un terrón de azúcar y unas palmaditas en los lomos vienen bien para mantener el ánimo alto. Y ésta, me temo, es una de esas ocasiones.

Como sabéis, Babelia, el suplemento cultural de El País, elige por estas fechas los mejores libros publicados durante el año, según los distintos géneros. Hasta ahora, no había incluido la literatura infantil y juvenil, pero este año sí. Y resulta que un comité de 30 expertos ha escogido La isla de Bowen como la mejor novela juvenil publicada en 2012, tanto en lo que se refiere a autores extranjeros como autóctonos.

Estoy que me salgo de gustito. Tengo el ego que ya no le cabe ningún traje, de gordo que está. Así que permitidme un instante de vanidad:

¡Coño, pero qué bueno soy!

Ya está, se cerró el grifo del autobombo.

No obstante, estoy muy satisfecho de La isla de Bowen, así que no os libraréis de que un día os cuente mi Teoría de la Novela de Aventuras. Pero no hoy.

La lista de los libros del año aparecerá en Babelia, pero ya se ha publicado un anticipo en Papeles Perdidos, el blog del suplemento. Si queréis, podéis echarle un vistazo pinchando AQUÍ.

Y ya está, creo que ésta será la última entrada del año. Así que amigos míos, queridos merodeadores de las exóticas tierras de Babel, os deseo a todos lo mejor para el año que viene. Y para los cien siguientes, también.

Un abrazo y feliz año nuevo.

lunes, diciembre 24

Un relato navideño: Supernavidad


Aquí estoy otra vez, un año más, sentado en mi despacho durante la mañana de la Nochebuena, escribiendo el prefacio para la única tradición de Babel, nuestro entrañable cuento de Navidad, mi regalo para vosotros los merodeadores.

Me gusta sentir este instante. Estoy solo, pero oigo a mi familia deambulando por la casa. Acabo de tomarme un café con leche. La mañana es soleada, así que la luz entra a raudales por la ventana que está a mi espalda, activando mi “generador de arcos iris” (si queréis saber lo que es eso, tendréis que leer la introducción al cuento del año pasado). Decenas de pequeños arcos iris giran a mi alrededor. Me siento como un mago.

Puede que éste sea el momento en que más cerca estoy de vosotros, aunque no os conozca personalmente. Porque os hago un regalo. Un regalo de verdad, ¿eh?, no una puñetera metáfora. Escribo el cuento únicamente para vosotros; y no un cuento cortito, sino de veintitantas páginas. Sea bueno o malo, está trabajado. Pero no nos engañemos, el placer de un regalo es tanto para quien lo recibe como para quien lo ofrece, y a mí me encanta regalaros estos cuentos de Navidad.

El de este año se llama Supernavidad y está dedicado a todos vosotros, pero muy en particular a los que han perdido su trabajo, y a los que no pueden encontrar su primer empleo, y a los que se han quedado sin hogar, y a los que apenas tienen dinero para sobrevivir, y a los que les han arrebatado sus derechos... En definitiva, este cuento está dedicado a todos los que de un modo u otro sufren lo peor de esta crisis de mierda. Aunque sea una mentira, quizá al leerlo os sintáis un poquito reconfortados.

Queridos amigos, os deseo a todos feliz Navidad, feliz Solsticio.

Un abrazo grande, grande, grande.

Supernavidad
By César Mallorquí

Las grandes historias, y ésta lo es, suelen tener muchos comienzos distintos. Podríamos empezar, por ejemplo, relatando lo que ocurrió la noche del 25 de diciembre, cuando los cielos de la Tierra se llenaron de OVNIS. En el sentido literal de la palabra: Objetos Voladores No Identificados. ¿Una invasión extraterrestre? No, ni mucho menos; cuando finalmente los objetos fueron identificados, su naturaleza resultó infinitamente más extraña y perturbadora que cualquier flota de platillos volantes.

El caso es que miles de inexplicables objetos surcaron los cielos del planeta aquella noche. Uno de ellos sobrevoló Madrid hacia el oeste, en dirección al Palacio de la Moncloa. Dos cazas del ejército intentaron abatirlo, pero el objeto los hizo explotar en el aire mediante un rojizo rayo letal. Luego, deceleró y se posó suavemente en los jardines de la residencia del presidente. Al instante, docenas de agentes de seguridad lo rodearon apuntándole con sus armas.

Un hombre voluminoso, con barba y pelo largo, bajó lentamente del vehículo. En una mano llevaba una ametralladora Mk 48 y en la otra un saco; a su derecha había un extraño animal y a su izquierda un ser inverosímil. Los agentes amartillaron los percutores y le conminaron a que tirara su arma y se pusiera de rodillas. Ignorando la orden, el hombre esbozó una sonrisa torcida, escupió sobre la hierba y dijo:

—Venga, alegradme la noche...
 
Si queréis seguir leyendo, pinchad AQUÍ.


viernes, diciembre 21

Aguinaldo


Pensaba escribir esta entrada antes, a principios de semana, para separarla un poco del único rito anual de Babel, el cuento de Navidad. También había barajado algunos temas; por ejemplo, cuando busqué unos datos para el cuento, descubrí (o redescubrí, porque ya lo sabía) algo interesante: en la distintas tradiciones europeas existe la figura de un ser sobrenatural que en Navidad lleva regalos a los niños que se han portado bien. Los más populares son Papá Noel, los Reyes Magos y el Niño Jesús, pero hay otros, como La Befana, El Tomte, Ded Moroz, los Yule Lads o el Olentzero.

Lo que no todo el mundo sabe es que muchos de esos bondadosos regaladores tenían un compañero que era todo lo contrario: un ser maligno que castigaba a los niños que habían sido malos. Por ejemplo, junto a Santa Claus viajaba un demonio llamado Krampus, que secuestraba a los niños malos metiéndolos en una cesta. Y hay otros, como el Belsnickel, el Père Fouettard (“Padre Látigo”, ahí es nada), el Knecht Ruprecht o el Jólaköttur (un monstruoso gato gigantesco que se come a los niños islandeses malos). Incluso el Olentzero vasco (un carbonero grande, bruto y desarrapado) era al principio un tipo que odiaba a los niños, pero en el siglo XX se le transformó en todo lo contrario.

Y ésa es la cuestión. En el siglo XX se eliminaron de la tradición a todos los personajes que castigaban a los niños (convengamos que lo del carbón de los Reyes Magos es muy poca cosa al lado de un demonio, un gato monstruoso o un sádico azotador). ¿Supone eso un cambio de sensibilidad? Pues sí, claro; aunque también significa más cosas. Pero como ése no es el tema, lo dejaremos para otro momento.

También había considerado la posibilidad de hablar de los cuentos. Yo escribo muy pocos relatos breves, porque las novelas me ocupan todo el tiempo y porque en este país los cuentos apenas tienen salida, pero me encantan los cuentos; si pudiese, me dedicaría sobre todo al relato breve. En fin, el caso es que a los españoles no les gustan los cuentos, vaya usted a saber por qué. Me parece que de esto ya hemos hablado en Babel, así que no le daré más vueltas.

El caso es que hace no mucho se reeditó mi relato de ciencia ficción El rebaño en la antología Prospectivas (Salto de Página, 2012). Quizá sea mi cuento más conocido (desde luego es el que más se ha reeditado), y al parecer está considerado un pequeño clásico de la cf española. Por otro lado, hace aún menos apareció mi relato Cuento de verano en Bleak House Inn (Fábulas de Albión, 2012), la antología dedicada a Dickens que ha coordinado Care Santos. Pero de esto también hemos hablado. Por último, comencé hace poco a corregir el original de El círculo de Jericó (mi primer libro “profesional” y mi primera y única antología) para la reedición que va a hacer Alberto Santos.

A lo que vamos: de repente, me vi rodeado de cuentos míos por todas partes (hay que sumar el cuento de navidad de este año). Entonces se me ocurrió reunir los cuentos que he escrito desde que publiqué El círculo de Jericó. Y lo hice: una selección de quince relatos (catorce cuentos y una novela corta). Entonces, ¿por qué no hacer una antología con ellos? Podría escribir un prólogo y un breve comentario a cada cuento... Vale, y luego ¿qué? En España las antologías se pudren en los estantes de las librerías, nadie compra relato breve, así que se editan con cuentagotas, y más en estos tiempos. Mi buen amigo y gran escritor Rodolfo Martínez me ha sugerido la edición electrónica, y puede que acabe haciéndole caso. Pero no puedo evitar sentir que un libro electrónico no es un libro, sino el fantasma de un libro...

Pero tampoco voy a hablar de esto, qué demonios. Voy a hablar de la Navidad.

¿La sentís? Yo no.

Como ya he contado aquí más de una vez, de niño me encantaba la Navidad. Luego, desde la muerte de mi padre hasta el nacimiento de mis hijos, odié la Navidad. Pero mis hijos me hicieron recuperar el cariño hacia esa fiesta -que para mí es más el solsticio de invierno (hoy, por cierto) que el nacimiento de Cristo-. Mis hijos son ya mayores, pero mi mujer y yo seguimos decorando la casa con adornos navideños, y a mí me siguen gustando las fiestas del solsticio.

Los ritos y las fiestas solares sirven, entre otras cosas, para cohesionar a la comunidad; y no solo a la actual, sino a las del pasado y a las que vendrán en el futuro. Es una continuidad, algo así como una columna en el tiempo que contribuye a sostener una estructura invisible. Cuando celebras el eterno ciclo del Sol, revistan los ritos la forma que revistan, te estás vinculando a algo muy antiguo y muy grande. Eso me gusta y me tranquiliza... He intentado mil veces explicarle esto a mis amigos más antinavideños, y jamás he conseguido que me entiendan. A lo mejor porque es una paja mental, vaya usted a saber.

La cuestión es que cuando llegan estas fechas intento encontrar un día, un momento, en el que poder sentir lo que yo busco en la Navidad. No razonar, ni reflexionar: sentir. El año pasado no lo conseguí, y creo que este tampoco lo conseguiré. Me parece que ni siquiera voy a intentarlo. No tengo derecho, no sería justo. ¿Navidad? ¿Qué Navidad? Esta crisis eterna y desalentadora se la ha llevado por delante. ¿Qué magia del solsticio voy a encontrar si lo único que se percibe en el ambiente es tristeza, cabreo y desaliento?

Hay algo que me parte especialmente el corazón: las familias que no podrán comprarle regalos a sus hijos pequeños. Y no lo siento por los niños que se van a quedar sin regalos sin saber por qué... bueno, sí que lo siento, pero los niños son muy fuertes. En realidad, lo que me rompe por dentro es pensar en esos padres y madres que se sentirán impotentes, y culpables por no poder darles a sus hijos todo lo que querrían. Se sentirán fracasados, se odiarán a sí mismos y para ellos la Navidad será una puta mierda. Qué injusto, joder; qué tremendamente injusto... Nos lo están robado todo, hasta la magia.

Soy un desastre; no he escrito sobre lo que me había planteado escribir, lo he hecho tarde y además me da mal rollo. La única excusa que puedo aducir es que tengo un catarro inmenso, el padre de todos los catarros, y que últimamente estoy durmiendo fatal. Pero, por otro lado, aunque esta entrada parezca una lamentable divagación, en realidad está relacionada con el argumento del cuento de Navidad de este año. Sólo me falta hablar de superhéroes...

Como todos los años, colgaré el cuento en Babel el día 24. Se llama Supernavidad y su tesis es que, si le añades magia, la Navidad mejora. ¿Qué clase de “magia” y en qué sentido “mejora”? Para encontrar respuesta a tan apasionantes preguntas deberéis aguardar a la Nochebuena.

Hasta entonces, amigos míos, un fraternal abrazo. Y unos cuantos recuerdos de las Navidades pasadas.














domingo, diciembre 9

Babel 7


La Fraternidad de Babel nació de la procrastinación. Por si no conocéis esa palabra tan extraña, procrastinar significa postergar; dejar para luego lo que tienes que hacer y dedicarte a otra cosa que no tiene importancia. Soy un maestro procrastinador, lo reconozco; campeón mundial de la especialidad. Si pagaran por procrastinar, sería millonario. Pues bien, hace siete años, por la tarde, me llegó un e-mail de mi querida amiga y gran escritora Care Santos, anunciando que acababa de abrir su propio blog, Silencio lo demás. Yo estaba trabajando, pero interrumpí la escritura para echarle un vistazo. Al cabo de un rato, como quien no quiere la cosa, me metí en la página de Blogger y descubrí lo fácil que era crear un blog. Y, como lo mío es procrastinar, me puse a hacerlo, aunque no tenía la menor intención de tener un blog.

Sin embargo, una vez confeccionada la página, sin pensarlo mucho, decidí activarla. Y luego escribí la primera entrada. Y por último, de forma absurda, envié un e-mail a toda mi agenda de direcciones anunciando el nacimiento de Babel. Sin un pelo de reflexión, ya tenía mi propio blog. Como si hiciera falta uno más. Pero, qué demonios, era la excusa perfecta para procrastinar.

El problema era que no sabía para qué narices quería un blog ni qué puñetas iba a hacer con él. Tardé en averiguarlo, pero finalmente lo conseguí: en Babel escribiría sobre todo aquello que no puedo escribir ni publicar en otra parte. Sin plan ni orden, bajo la bandera de la divagación. Una liberación para un escritor, creedme; porque cuando escribo una novela, estoy atado a ella, a su argumento, a su estructura y a sus personajes, durante meses. Pero en Babel escribo lo que me sale del pijo (qué mal hablo, coño) cuando me sale del pijo. Babel es el reflejo de mi caos mental.

Sorprendentemente, Babel encontró cierto eco y hubo gente que comenzó a merodear por aquí. Jamás me he preocupado de saber cuántos son, porque no me sale de las narices entrar en la estúpida carrera de sumar visitantes igual que se suman “amigos” de Facebook. No quiero cantidad, sino calidad, y eso ya lo tengo. Babel no es una gran sala de conferencias, sino un pequeño café donde se reúne una tertulia para charlar de lo divino y de lo humano. Y así viene siendo desde hace siete años.

Siete años... Después de tanto tiempo, Babel se ha convertido en parte de mi vida. Si no existiese, lo echaría en falta. Entendedme, ya sé que no es importante, que sólo es uno más de los millones de blogs que pueblan el ciberespacio. Pero también yo soy sólo uno más de los miles de millones de personas que atestan el planeta. Y, aún así, soy único; nunca ha habido y nunca habrá otro César Mallorquí (por fortuna, claro). Pues lo mismo pasa con Babel: es único, igual que vosotros. Este lugar es minúsculo, pero especial.

A lo largo de siete años, hemos hablado de muchas cosas; la mayoría intrascendentes, y sólo algunas importantes, al menos para mí. De hecho, hay tres momentos clave en la historia de Babel. A comienzos de 2007 estuve a punto de cerrar el blog, pero escribí una serie de entradas que me hicieron cambiar de idea. Algún día os explicaré por qué. El segundo hito fue la serie de diez posts que escribí sobre mi hermano Eduardo. Gracias a ellos pude cumplir un deseo largo tiempo postergado. Por último, Babel me ayudó a tranquilizar mi conciencia respecto a mi padre en una reciente entrada. Sólo por esos tres momentos se justifica la existencia de Babel. Y por los merodeadores, claro; sin vosotros esto sería una puta masturbación mental digitalizada.

En fin... La Fraternidad de Babel cumple hoy siete años de vida. Me alegro de que el cumpleaños del blog sea en diciembre, porque enlaza con lo que sin duda es la única tradición de este lugar: el cuento de Navidad. Vosotros me regaláis vuestra presencia aquí y yo os regalo un cuento. Espero que el de este año, que aún está en proceso de escritura, os guste. Y si no, como siempre digo, consolaos pensando que es gratis.

Bien, ya está. Hoy es el cumple de Babel. Gracias por merodear por aquí.

viernes, noviembre 30

Bleak House Inn


Como sabéis, si es que no vivís en la feliz Arcadia de la desinformación, este año se cumple el 200 aniversario del nacimiento de Charles Dickens. Por ese motivo, mi buena amiga y gran escritora Care Santos ha coordinado para la editorial Fábulas de Albión una antología de relatos inspirados en cierto aspecto de la obra de Dickens. Según palabras de la propia Care: “Siempre he admirado el modo de concebir la literatura de Charles Dickens. Como un juego, como una diversión, como un espectáculo. Al autor británico le gustaba contar con sus amigos para publicar números especiales de Navidad de su revista All The Yeard Round. Los números iban buscadísimos y eran todo un éxito. En uno de ellos se publicó un cuento de Dickens -maravilloso- protagonizado por Miss Lirriper, la dueña de una pensión londinense. En las habitaciones de esa pensión se desarrollaban el resto de relatos del volumen. En España, fue publicado por Alba, tiene relatos de Elisabeth Gaskell, Wilkie Collins y varios otros y lleva por título La señora Lirriper y otros relatos. Desde que lo leí pensé que sería estupendo hacer algo parecido”.

Y como Care es una fuerza de la naturaleza, lo ha hecho. Contactó con diez escritores amigos suyos (entre ellos yo) y nos pidió que cada uno escribiéramos un cuento que debía desarrollarse en un espacio común (la pensión de la señora Lirriper en la actualidad) y con la misma temática: el género de fantasmas (al que tan aficionado era el propio Dickens). La pensión se llama Bleak House Inn y a cada autor le tocó una de las habitaciones. La mía fue la 201, con vistas a la calle. La lista de escritores es: Elia Barceló, César Mallorquí, Pilar Adón, Elena Medel, Marc Gual, Ismael Martínez Biurrún, Daniel Sánchez Prados, Óscar Esquivias, Francesc Miralles, Marian Womack y la propia Care Santos. Como veis, todo un lujo de talento, exceptuando al cretino con nombre de emperador romano.

La verdad es que no he leído mucho a Dickens; tan solo Oliver Twist (hace siglos) y el archifamoso Cuento de Navidad. No obstante, es fácil reconocer que Dickens es un género en sí mismo; cuando decimos que algo es dickensiano, todo el mundo nos entiende. Ahora bien, ¿quería yo escribir algo de ese estilo? E inmediatamente surgió otra pregunta: ¿Qué clase de estilo se supone que es ése? Porque todos asociamos a Dickens con folletines y dramas, pero no hay que olvidar que Dickens también era un humorista. De hecho, Cuento de Navidad está lleno de humor.

Casi instantáneamente, una idea se formó en mi dura cabezota: Dickens+Fantasmas+Humor. Iba a escribir una sátira amable sobre Cuento de Navidad partiendo de una simple premisa: ¿qué pasaría si los fantasmas del relato se equivocaran de persona? La idea me parecía prometedora y divertida, pero dudé. Veréis, por algún oscuro motivo que no logro comprender, el humor no está del todo bien visto, como si fuera un género menor. Aunque no lo es; el humor es uno de los géneros más difíciles y serios (serio, sí; el humor ha de escribirse en serio). Además, lo que a unos les hace gracia, a otros les provoca bostezos. El drama es más sencillo y universal; el humor siempre resulta complicado. Vale, pero uno de mis rasgos de escritor es el uso de la comedia. No soy un humorista, pero en todas mis novelas (con una única excepción) el humor está presente.

Dickens vivió en tiempos jodidos llenos de injusticias, igual que nosotros ahora. ¿Qué es mejor, añadir drama ficticio al drama real, o intentar que la gente se olvide de la mierda que le rodea con una sonrisa? Los que conozcan la vieja y maravillosa película de Preston Sturges Los viajes de Sullivan ya saben la respuesta.

Así que decidí escribir un relato de humor llamado Cuento de verano. Y para ello me inspiré en uno de mis humoristas favoritos: P. G. Woodehouse. Así pues, escribí Cuento de verano basándome en un relato de Dickens, pero con el estilo de Woodehouse. Espero que por el camino haya quedado algo de mí.

¿Qué tal ha quedado el cuento? Ni idea; a los pocos que lo han leído les ha gustado, pero vete tú a saber. ¿Y el resto de los cuentos? No lo sé, porque todavía no los he leído (aún no me ha llegado el libro), pero teniendo en cuenta la calidad de los autores y de la editora, seguro que son estupendos.

En fin, creo que el libro, llamado Bleak House Inn. Diez huéspedes en casa de Dickens, ya está en las librerías. Y mañana, sábado 1 de diciembre, a las 18:00, se presentará en el Museo del Romanticismo, en la calle San Mateo 13 de Madrid. Asistirán Care Santos, Pilar Adón, Óscar Esquivias, Ismael Martínez , Daniel Sánchez Pardos, Mirian Womack y éste vuestro vecino y servidor, Spiderman... No, quería decir que yo también iré. Habrá lectura de relatos y después nos tomaremos unos dickensianos ponches de Navidad (sea lo que sea eso, que me tiene intrigadísimo).

Estáis invitados. Me encantaría veros por ahí.

lunes, noviembre 26

Somos miles y nos sentimos solos


El pasado sábado recibí un e-mail de Mabel, una amable merodeadora del blog. En el “Asunto” figuraba la frase que da título a esta entrada y el texto era el siguiente:


“Perdona que te moleste con este mensaje, no sé si tu tienes alguna manera de difundirlo. Ya te he escrito en alguna ocasión para darte las gracias por tus libros; soy enfermera y no se si sabrás que además de que la Comunidad de Madrid quiere privatizar varios hospitales ahora en enero quiere vender al mejor postor 27 Centros de Salud a empresas privadas. Entre ellas pujaran la empresa Capio (acciones de Rato y el marido de la Cospedal), Sanitas y Sacyr Vallehermoso del señor Florentino.

Lo que significara que además de echar a todos los profesionales actuales, reducirán la plantilla, con lo que no se podrá atender igual a vosotros/nosotros: los pacientes.

Tendrán que obtener beneficios como empresas privadas que son, a costa de la salud de los madrileños, con lo cual tendrán que dar menos prestaciones para reducir el gasto. Muchos de nosotros estamos haciendo huelga, manifestándonos. El martes tenemos una nueva manifestación, encerrándonos en los centros; pero nos da mucha rabia y pena que parece que los ciudadanos de Madrid no saben nada, porque nada les dicen.

Si quieres saber más sobre el tema puedes ver en Internet todo lo que hay sobre "la marea blanca" que nos llaman.

Te mando este video que explica muy bien cómo nos sentimos. No sé si tú puedes escribir algo en tu blog; a mí se me da fatal lo de expresarme. Te agradezco también que estos días me sirva de distracción tu Carmen Hidalgo. Espero que no te moleste que me haya dirigido a ti. Un saludo cariñoso. Mabel”

El vídeo podéis verlo pinchando AQUÍ.

Querida Mabel: No solo no me molestas, sino que te doy las gracias por hacerme partícipe de tus (nuestras) inquietudes. Y te explicas perfectamente, así que me he permitido el atrevimiento de publicar tu texto tal cual me lo has mandado (sólo he corregido un poquito la puntuación; manías de escritor). Mi forma más eficaz de difundir ideas es la novela; pero escribir y editar una novela lleva mucho tiempo, así que para transmitir tus palabras sólo me queda Babel. No llega a miles de personas, pero sí que llega a personas con la cabeza bien amueblada.

Hace unos años estuve dos meses internado en un hospital. Esa experiencia generó en mí una profunda admiración y un inmenso respeto hacia los profesionales de la sanidad, y muy especialmente hacia las enfermeras. No concibo una dedicación más noble y hermosa, más entregada, dura y humanitaria. Cuidar a los enfermos, intentar salvar tu vida y las vidas de tus seres queridos, consolar y aliviar a los que sufren. ¿Hay algún trabajo más admirable? Pues bien, esa gente maravillosa está en el punto de mira de cierta ideología y de ciertos intereses.

Creo que el modelo de estado del bienestar europeo ha sido uno de los grandes logros sociales de la humanidad, una alternativa infinitamente más civilizada que el sálvese quien pueda de la ley de la jungla neocon. Los dos pilares básicos del estado del bienestar son la educación y la sanidad públicas universales y gratuitas. Ambos pilares están siendo sistemáticamente demolidos por la ideología y los intereses que hoy controlan nuestro país. Nos dicen: no tenemos pasta (porque se la damos a los bancos que esa ideología y esos intereses arruinaron), así que para salvar al sistema hay que amputar al sistema. Me recuerda a las sangrías que hace siglos prescribían los médicos, una práctica perfecta para matar al paciente. Nos dicen: para salvar la sanidad hay que reformarla. Es decir: privatizarla. Y así, poco a poco, acabarán consiguiendo que lo que era un derecho fundamental y una conquista acabe convirtiéndose, en el mejor de los casos, en caridad. Y entre tanto los ciudadanos no hacemos nada, nos quedamos quietecitos y mudos.

¿Sabéis cuál es la mejor forma de violar a alguien, hombre o mujer, sin que se resista? Asustándole lo suficiente. Agarra a una persona, golpéala con contundencia, ponle al cuello un cuchillo o una pistola en la sien, y podrás hacer con ella lo que quieras. El miedo paraliza. Te quedas ahí, inmóvil y callado, como cuando eras niño y te ocultabas bajo las sábanas pensando que una simple tela podría protegerte. Y no haces nada, salvo suplicar milagros que nunca llegarán a dioses que no existen. De momento nos están golpeando, así que ya sabemos lo que vendrá después.

Permitidme reproducir el famoso poema de Martin Niemöller (que todo el mundo atribuye a Brecht):

Primero apresaron a los comunistas,
y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego se llevaron a los judíos,
y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los obreros,
y no dije nada porque no era ni obrero ni sindicalista.

Luego se metieron con los católicos,
y no dije nada porque yo era protestante.

Y cuando finalmente vinieron por mí,
no quedaba nadie para protestar

Últimamente he pensado mucho en todos los judíos que se quedaron en Alemania cuando el nazismo iniciaba su irresistible ascenso. ¿Por qué no se fueron, por qué no hicieron nada? Supongo que primero pensaron que los payasos de la esvástica eran unos locos sin futuro. Luego debieron de creer que las proclamas y amenazas nazis sólo eran bravatas. Después, cuando ya era imposible irse, consideraron que si no molestaban y no llamaban demasiado la atención, no les pasaría nada. Por último, cuando estaban encerrados en guetos, supusieron que nada peor podría ocurrirles. En todas las ocasiones estaban equivocados.
¿Una comparación excesiva? En fin, no digo que lo que estamos viviendo ahora sea igual que lo que vivieron los judíos alemanes en los años 30, eso es evidente; pero los mecanismos sociales que actuaron y actúan en ambos casos son idénticos. Lo importante, el eje de la cuestión, es que, en el pasado, la gente que iba a sufrir las consecuencias de determinadas políticas no hizo nada. Actuaron como ovejas camino del matadero.

Tanto entonces como ahora.

Pero dejémonos de filosofía. Ahora lo importante es apoyar a Mabel y a sus compañeros en defensa de la sanidad pública.


martes, noviembre 20

Mi personaje inolvidable: Tuto


Allá por los 60, en mi casa, como en otras muchas casas, estábamos suscritos al Selecciones del Reader’s Digest, una revista que, según la Wikipedia, se dedica a publicar “artículos resumidos o reimpresos de otras revistas, resúmenes de libros, colecciones de chistes, anécdotas, citas y otros escritos breves”. Aunque sigue publicándose, hoy apenas se lee en nuestro país, pero hace cuarenta años era muy popular. En esa revista había una sección llamada “Mi personaje inolvidable” en la que alguien, por las razones que fuesen, glosaba a un personaje desconocido. En fin, el título de la sección lo dice todo. Pues bien, os voy a hablar de mi personaje inolvidable: Restituto Esteban del Valle; Resti para unos, Tuto para otros.

Nació en Miraflores de la Sierra, un pueblo de la provincia de Madrid, creo que en 1951. Tenía tres hermanos: Luzgerico, Crescenciano y Sergio. Su padre se llamaba Esfidio (en la familia tenían la costumbre de poner a los recién nacidos el nombre del mártir del día. Sergio tuvo suerte). Tuto era amigo de Dámaso, el hermano mayor de mi amigo, y asiduo merodeador del blog, Samael. Comenzó a estudiar Ingeniería de Caminos, pero nunca acabó la carrera; aunque, eso sí, era fiel jugador del equipo de rugby de la facultad. Debía de medir entre 1’75 y 1’80, y era muy fornido, con cuello de toro y aspecto tosco. Tenía mucha, mucha fama de bronquista, y la leyenda de sus peleas corría de boca en boca por el barrio de Chamberí, donde ambos vivíamos, así como por su natal Miraflores. Lo que se decía de él era temible, y con razón.

Os contaré cómo le conocí. Yo tenía 17 años y había oído hablar mucho de Tuto, tanto por Samael como por otros amigos del barrio, pero nunca habíamos coincidido. El caso es que había una chica, llamada Marisa, que me gustaba; el problema es que era novieta de Tuto. Pero un buen día me enteré de que habían roto, así que la llamé y quedamos. A eso de las ocho de la tarde estábamos Marisa y yo tomando algo en una terraza, cuando de pronto llega un tío con un ciclomotor (una Ducatti TT) a toda leche, frena de golpe, la moto patina y cae al suelo. El tío, con pinta de boxeador, se dirige adonde estábamos nosotros tambaleándose de puro borracho. “Es Tuto”, me susurró Marisa. Y se me cayeron las pelotas al suelo, plonc, plonc. Porque yo era más alto y grande que él, es cierto, pero siempre he sido un pacifista que jamás se ha pegado con nadie, así que, por lo que sabía, ese tipo podía majarme a leches sin tan siquiera despeinarse.

Tuto, como una cuba, se sentó a nuestra mesa y le pidió al camarero un cubata. Marisa, muy cabreada, le exigió que se fuera. Yo, acojonadito como estaba, no dije nada. De pronto, Tuto decidió hacer caso a su ex; se dirigió a la moto, la levantó del suelo y se fue haciendo eses. Respiré aliviado. Pero a los tres minutos, Tuto regresó; volvió a frenar de golpe, la moto volvió a caerse, él volvió a sentarse con nosotros, Marisa volvió a exigirle que se fuese y yo volví a acojonarme. Tuto dijo que se había dejado el cubata; se bebió la mitad de un trago y el resto se le cayó al suelo. Ante la insistencia de Marisa, decidió marcharse otra vez. Para regresar al poco, frenar bruscamente y tirar la moto. Así que me levanté, me aproximé a él y le pedí, por favor, que nos dejara tranquilos. Entonces él me dedicó una larga y turbia mirada y me dijo más o menos: “Tú eres amigo de Dámaso y de Samael, y los amigos de mis amigos son mis amigos”. Dicho esto, me estrechó la mano, montó en la Ducatti y se fue para no volver a aparecer. A partir de entonces, Marisa se convirtió en mi primera novia, y Tuto en mi amigo. La moto, por cierto, no era suya, sino de Samael, y la dejó hecha unos zorros.

Ser enemigo de Tuto era un serio riesgo, pero ser amigo suyo podía significar una catástrofe. Y eso se debía a su peculiar concepción de la amistad. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por un amigo, pero a cambio esperaba que los amigos hicieran cualquier cosa por él. El problema era que las cosas que él esperaba de los demás eran bastante inusuales. Por ejemplo, una tarde Samael y yo nos lo encontramos por el barrio y Tuto nos pidió que le acompañáramos a un bar cercano, donde había quedado con una gente. Fuimos allí y nos encontramos con un grupo de tíos que, francamente, parecían muy poco amigables. Tuto se retiró a hablar con uno de ellos, volvió al cabo de unos minutos y nos dijo que nos fuéramos. Mientras nos alejábamos, le preguntamos por qué nos había pedido que le acompañáramos, y él nos respondió que tenía un problema con esa gente y como se temía que la cosa acabase a tortas, nos había llevado con él. Sencillamente se olvidó de advertirnos del riesgo.

Lo cierto es que Tuto era una buena persona, pero estaba como una cabra y era muy bruto. Voy a intentar que os hagáis una idea del personaje: Allá por 1974 había un bar en la plaza de Olavide llamado, si mal no recuerdo, La Campana. En ese bar se reunía una pandilla de macarras, unos delincuentes de poca monta que tenían atemorizado al barrio mediante amenazas y agresiones. Una tarde, Tuto y un compañero del rugby fueron a ese bar, y allí estaban cinco de los pandilleros. No sé cómo, empezó una bronca; Tuto y su amigo se pusieron espalda contra espalda y, pim-pam, pim-pam, comenzaron a repartir leña. Eran dos contra cinco, pero no solo ganaron, sino que además Tuto retuvo a uno de los pandilleros, le quitó la documentación y lo denunció en comisaría. Poco después, la policía detuvo a la pandilla y en un periódico tildaron a Tuto de ciudadano ejemplar.

En fin, como he dicho, ser su amigo podía transformarse en algo muy caótico. Tuto partía de la base de que podía presentarse en casa de sus amigos a cualquier hora, por ejemplo bien entrada la madrugada. Y solía hacerlo. Estabas durmiendo en tu casa y de pronto te despertaba el timbre de la puerta. Era Tuto, generalmente borracho, que quería darse una ducha. ¿Por qué esa imperiosa necesidad de ducharse? Misterio. ¿Por qué no se duchaba en su casa? Otro misterio. Y algo todavía más misterioso: antes o después de ducharse, invariablemente, Tuto llamaba por teléfono a alguien (supongo que a diferentes personas a lo largo del tiempo). Como eso ocurría de madrugada, su interlocutor, recién despertado, se cabreaba con él y le mandaba a hacer puñetas, porque era una llamada sin el menor sentido. Pero siempre era así, invariablemente: ducha y telefonazo. Una noche, Tuto apareció en mi casa más borracho que de costumbre, se fue al cuarto de baño dando bandazos, se desnudó, se metió en la bañera, resbaló y se cargó la barra y la cortina de la ducha. Por lo general, yo acogía sus excentricidades con resignación, pero esa vez sí que me cabreé.

En cualquier caso, el principal problema con él eran las peleas. Y no es exactamente que las provocase; no solía ir metiéndose con la gente... pero, eso sí, aprovechaba la menor oportunidad para liarse a guantazos. Pongamos un ejemplo. Hubo una época, allá por los 70, en que todos los bares de Madrid cerraban a las doce, así que si querías tomarte una copa de madrugada tenías que recurrir a algún tugurio medio clandestino. Uno de ellos era el K12, un chalet reconvertido en bar/restaurante, situado en el kilómetro 12 de la autopista de La Coruña, un antro que abría toda la noche y era frecuentado por gente de más que dudosa reputación, por decirlo suavemente.

Una madrugada, Tuto, Samael y yo fuimos al K12 para tomar una copa. En eso estábamos cuando entró en el local un grupo de jóvenes de aspecto francamente patibulario. Serían seis o siete y eran gitanos. Esto último no lo digo por motivos racistas, sino para dejar claro que los payos no éramos precisamente santo de su devoción. El caso es que, tras tomarse las copas que habían pedido, los macarras se negaron a pagar las consumiciones. El camarero, un pobre vejete, intentaba que pagasen, pero los muy cabrones le vacilaban.

Entonces sucedió algo inesperado. Tuto, que no conocía al camarero ni a nadie de ese bar, se puso tras la barra, se encaró con el que parecía ser el jefe de los macarras y le espetó, más o menos, que o pagaban las consumiciones o se iban a ganar una mano de hostias. Samael y yo nos quedamos alucinados (y acojonados, porque eran muchos macarras), el camarero se quedó alucinado, hasta los macarras se quedaron alucinados. El jefecillo de estos contempló a Tuto en silencio y, tras una larga pausa, sacó la cartera, pagó las consumiciones y, sin decir nada, comenzó a alejarse hacia la salida junto con sus compinches. Ellos eran seis o siete y Tuto sólo uno, ¿por qué se achantaron? Creo que la gente que suele meterse en trifulcas sabe distinguir a las personas con las que se puede pelear y las personas con la que es mejor no hacerlo. Aquel gitano miró a los ojos de Tuto y lo que vio en ellos no le gustó nada. Pero ahí no acabó la cosa. Como decía, el grupo de gitanos estaba saliendo por la puerta y, de repente, Tuto se subió encima de la barra y les dijo a voz en grito: “¡El que vale, vale, y el que no es un macarra!”. El jefe de los gitanos se detuvo, miró a Tuto con incredulidad y, sin decir nada, desapareció del local.

Con el tiempo, la inusitada fortaleza física de Tuto le condujo a un callejón sin salida. A finales de los 70, empezó de pronto a manejar más dinero de lo normal. Siempre andaba con mucha pasta y, por lo que sabíamos, no trabajaba en nada. Una noche se presentó en mi casa; estaba cubierto de sangre, tenía la camisa cosida a navajazos y el torso lleno de heridas superficiales. Se había peleado con un navajero; según nos contó, logró tirarle al suelo y, una vez allí, le sacudió varias veces la cabeza contra el bordillo antes de largarse echando leches. No nos explicó el por qué de la pelea. Le curamos las heridas con agua oxigenada y yo le dejé una camisa. Que nunca me devolvió, por cierto; así que, tiempo después, le quité el cinturón que llevaba y me lo quedé en prenda (algo que él aceptó de buen grado). Perdí la camisa, pero aún conservo el cinturón.

Al cabo de un tiempo, averigüé las razones de la pelea y el origen de la pasta que manejaba Tuto. Por aquel entonces estaba saliendo con una chica cuya madre era... perista, comerciaba con artículos robados. Y la madre había contratado a Tuto como guardaespaldas. Mal rollo.

Afortunadamente, Tuto cambió de vida. Se casó con Elena, una chica estupenda. Su boda, celebrada en un diminuto pueblo de Burgos (cuyo alcalde era el padre de la novia), fue la más divertida a que he asistido. Tuto montó una pequeña empresa de construcción. Tuvo dos hijos. En algún momento, no recuerdo por qué, se trasladó a Salamanca. Estando allí, mientras serraba unos maderos en una obra, se rebanó tres dedos de una mano. De algún modo, no sé por qué, tuve y tengo la sensación de que ese accidente encajaba a la perfección con su personalidad. Le visitamos en el hospital. Fue una de las últimas veces que le vi.

La noche del 23 de junio de 1983, Tuto salió con su mujer a dar una vuelta por las fiestas del barrio. Al cabo de un rato, se sintió cansado y decidió volver solo a casa. Encontraron su cadáver en el portal. Tenia sólo 32 años. ¿De qué había muerto? Ni idea; sencillamente se le paró el corazón. Personalmente, tengo una absurda teoría al respecto. Nunca he conocido a nadie tan vital como Tuto, tan rebosante de energía. Por ejemplo, su fuerza física; ¿de dónde salía? Era grande y fornido, sí, pero no tanto ni tan musculoso como para explicar sus extraordinarias dotes de luchador. En realidad, creo que Tuto consumió la energía de toda una vida en los treinta y tantos primeros años. Por eso murió tan joven, como una batería gastada. Bueno, no lo creo en realidad; pero me parece una imagen adecuada.

Mientras escribía esto he ido recordando anécdotas y anécdotas de Tuto; hay muchísimas, demasiadas para contarlas todas. Pero me gustaría añadir una más, porque creo que de algún modo define lo que era. Ocurrió a mediados de los 70, probablemente en el 74. Yo había heredado el coche de mi padre, un utilitario MG, parecido al Morris. Era una mierda de coche que no paraba de estropearse, hasta que un día se escacharró del todo, así que lo dejé abandonado en mi calle. La mecánica del coche era malísima, en efecto, pero el acabado interior era una maravilla; por ejemplo, tenía asientos de cuero, así que quité los dos delanteros y los subí a casa. También quité la palanca de cambios. El volante era una chulada, deportivo, de madera y acero; pero para quitarlo hacía falta una llave de tubo que yo no tenía, así que tuve que dejarlo allí.

Una tarde estaba en casa con unos amigos (entre ellos Samael), cuando llegó Tuto. Me dijo que había visto el coche y me preguntó por qué no me quedaba con el volante. Le contesté que había intentado quitarlo con una llave inglesa y con unas tenazas, pero no lo había conseguido. Entonces, él me miró con suficiencia, me pidió la caja de herramientas y bajó con ella a la calle. Y ahí nos quedamos los demás. Y pasó el tiempo, una hora, dos horas..., y Tuto no daba señales de vida. Finalmente, al cabo de unas tres hora, ya de noche, Tuto subió a casa y nos mostró el volante con una sonrisa triunfal. Estaba sudando, tenía las manos despellejadas y ensangrentadas, la camisa rota y había tardado casi tres horas, pero tras desmedidos esfuerzos había conseguido quitar el volante a base de pura fuerza bruta. Así era Tuto, mi personaje inolvidable: una fuerza de la naturaleza.

NOTA: Pese a que tengo fotografías de casi todos mi amigos, no he encontrado ninguna de Tuto. Quizá Samael pueda proporcionarme una. Entre tanto, he ilustrado esta entrada con fotos de Samael y este vuestro seguro servidor cuando teníamos veintipocos años, más o menos en la época en que éramos amigos de Tuto y tuvieron lugar la mayor parte de las anécdotas que os he contado.



Post Scriptum: Escribo esto el 4 de noviembre de 2013. Hace poco, un hijo de Tuto, Dámaso, descubrió este blog y este post y se puso en contacto conmigo. El pasado viernes, nos reunimos un grupo de viejos amigos de Tuto con Elena, su mujer, y sus dos hijos, Dámaso y Julio. A raíz de ese encuentro, conseguí alguna fotografías de Tuto. En la de arriba, tomada en 1981, podéis verle en primer término, a la derecha. Es el tipo con bigote que le está cortando la corbata al tipo con barba de la derecha (era una boda). Yo soy el que está detrás, con un vaso en la mano y unas entradas que anunciaban un futuro despejado. Abajo, Tuto más o menos por la misma época.