martes, junio 25

Es leyenda


 
            Creo que ya lo he dicho más de una vez, pero tengo la sensación de que la gente conocida se muere más en verano que en otras épocas del año. Y, además, que fallecen por parejas. Probablemente no sea cierto, pero recientemente han muerto dos viejas glorias de la literatura fantástica y de ciencia ficción. El primero, en mayo, fue Jack Vance, un escritor que a mí no me gusta nada, pero que sin duda fue una figura clave en cierto tipo de fantasía científica. Y maestro de otros autores, como por ejemplo George R. R. Martin, según él mismo reconoce.

            El segundo murió anteayer, a los 87 años: el gran Richard Matheson. Puede que algún desprevenido merodeador crea que no le conoce, ni a él ni a su obra, pero probablemente se equivoca, porque muchos de sus relatos han sido llevados al cine. Dos ejemplos muy conocidos son El increíble hombre menguante (1957), de Jack Arnold, y El diablo sobre ruedas (Duel, 1971), la primera película de Steven Spielberg estrenada en cines. Sin ir más lejos, durante los últimos quince años se han producido cinco películas basadas en su obra: Más allá de los sueños (1998), de Vincent Ward, El último escalón (1999), de David Koepp, Soy Leyenda (2007), de Francis Lawrence, The Box (2009), de Richard Kelly y Acero Puro (2011) de Shawn Levy.

            Puede que penséis que ninguno de esos cinco últimos títulos, los más recientes, es gran cosa; y tendréis toda la razón; sobre todo el último, que no es acero puro, sino pura basura. Pero, fiaos de mí, los relatos en que están basados son muchísimo mejores. Por lo demás, hay otras muchas películas inspiradas en su obra, o guionizadas por él; por citar dos ejemplos más que notables: La leyenda de la mansión del infierno (1973), de John Hough, y En algún lugar del tiempo (1980), de Jeannot Szwarc. Además, a su pluma se deben muchos capítulos de series de TV tan míticas como La Hora De Alfred Hitchcock, The Twilight Zone, Star Trek o Galería nocturna.

            No recuerdo cuál fue el primer relato de Matheson que leí, pero sí la primera novela: Soy leyenda (1954), en la edición de Minotauro. Yo debía de tener unos veinte años; aún vivía con mi hermano Eduardo. Una noche me acosté a eso de la una y cogí el libro para leer un poco antes de dormirme. Comencé a leerlo… y no pude parar hasta que, a altas horas de la madrugada, lo acabé. Es una de las novelas más adictivas que conozco.

            Pero Soy leyenda es mucho más que un relato apasionante. De entrada, es una lección de narrativa, porque resulta muy difícil mantener la tensión con un solo personaje. Además, es una reflexión sobre la soledad, sobre lo que es la humanidad y sobre la ambigüedad moral. Y cuenta con uno de los mejores finales que he leído. No exactamente un final sorpresa, porque los hechos siempre han estado delante de ti y no hay conejos ocultos en la chistera. Lo que hace Matheson es mucho más sutil; te dice: “Vale, ya te he contado la historia; ahora, ¿por qué no la contemplas desde otro punto de vista?”. Y cuando lo haces, cuando ves las cosas desde la perspectiva correcta, de repente todo lo que has leído adquiere un nuevo significado, totalmente opuesto al que tú creías.

            Puede que esto escandalice a más de uno, pero en mi opinión Soy leyenda es comparable en alcance a El señor de las moscas, de Golding (los argumentos no se parecen en nada, pero ambas obras tratan en el fondo de lo mismo: del bien y del mal).

            NOTA: Ninguna de las tres versiones cinematográficas de Soy leyenda le hace la menor justicia al original literario. De hecho, siendo el final de la novela importantísimo para dar sentido al texto, todas las películas lo han cambiado, convirtiendo una inteligente historia moral en una vulgaridad.

            Más adelante leí otras dos novelas suyas, La casa infernal y El hombre menguante, que están muy bien, pero no llegan a la altura de Soy leyenda. Y, por supuesto, sus muchos y fabulosos relatos cortos.

            ¿Era Matheson un gran escritor? Pues, como siempre, la respuesta a esa pregunta dependerá de la perspectiva. No era un “estilista”, desde luego; su prosa era meramente funcional. Pero era un narrador nato, un escritor inteligente y un fabulador dotado de gran imaginación. Para mí, eso es muchísimo. Ahora bien, si habéis leído la entrada anterior, comprenderéis que AFM despreciaría la obra de Matheson, tildándola con desdén de “foletinesca y bestsellera”, aunque él sólo podría escribir algo parecido copiándolo, como hizo con Borges. En mi opinión, Matheson fue uno de los grandes escritores de género del siglo XX.

            Corren tiempos extraños en los que ciertos grupos de opinión, de muy diversa naturaleza, se empeñan en denigrar y desdeñar a los escritores. No lo entiendo; pero no lo entiendo, no ya como escritor, sino como lector. Muchos escritores han contribuido a hacerme más feliz, a mejorar la calidad de mi vida, muchos escritores me han proporcionado momentos maravillosos, y a esos escritores solo les debo una profunda gratitud. Matheson era uno de ellos.

            Así que Richard, viejo amigo, lamento mucho que hayas palmado. Nunca te olvidaré, ni olvidaré las horas de felicidad que me regalaste; sobre todo las de aquella noche, hace cuarenta años, en que devoré Soy leyenda sin poder parar de leer. Gracias por todo lo que me diste. Descansa en paz.

            Richard Matheson. Allendale, Nueva Jersey. 20 de febrero de 1926 - 23 de junio de 2013.

           

martes, junio 18

Aristocracia literaria


 
            Hace tiempo que lo sé, pero no puedo evitarlo, qué le vamos a hacer; como escritor cometo uno de los pecados más terribles que cabe imaginar: ser ameno. Y es que tildar a un escritor de “ameno” es un insulto tan grave como decir que un pintor es “decorativo”. O, al menos, eso parece.

            Lo peor de todo es que se trata de un pecado voluntario que no pienso dejar de cometer. Porque, veréis, (casi) todo escritor acaba desarrollando una “teoría narrativa” propia que es la que emplea en sus textos, y mi teoría narrativa no se centra en mí, ni en el texto que estoy escribiendo, sino en el lector y su relación con dicho texto. Es decir, no escribo para colgarme medallas con cada frase, ni creyendo que ese texto que se cuece en el Word es una obra maestra ante la que los demás deben inclinarse (y adaptarse). No, ni mucho menos; escribo pensando en el lector, procurando presentarle mi historia de la forma más eficaz, interesante y adictiva posible.

            Supongo que más de uno pensará que eso significa hacer concesiones: simplificar la trama y la estructura, renunciar a la complejidad temática, restarle matices a los personajes, abaratar la prosa... Pero no es cierto; de lo que se trata, precisamente, es de hacer accesible y seductor lo complejo. La narrativa no consiste en sumar oscuridad a la oscuridad, sino en arrojar un rayo de luz sobre las tinieblas; porque la oscuridad es monótona, mientras que la luz, además de iluminar, crea interesantes sombras. La narrativa no consiste en construir pistas americanas llenas de obstáculos, sino en diseñar toboganes, montañas rusas, trenes. De hecho, sostengo que escribir de forma oscura y árida es sencillísimo, mientras que hacerlo con claridad y garra resulta muy difícil.

            Esto viene a cuento por algo que el escritor Agustín Fernández Mallo (AFM) escribió en El Cultural y que yo he encontrado en el blog Patrulla de Salvación. Dice AFM: “Los escritores de la novela culta, es decir, el género que en el siglo XX y lo que llevamos del XXI hemos llamado literatura a secas, se quejan de que sus libros ni son consumidos por el lector ni están bien atendidos por las promociones en el mercado. Y en parte tienen razón. Pero el problema no es que se lea menos novela culta –no nos engañemos, siempre ha sido minoritaria-, sino que otra clase de escritura, antes llamada folletinesca y ahora llamada “bestsellera” le ha robado el nombre a aquella. En efecto, una de las características de la mayoría de los bestsellers es que pueden ser leídos en voz alta sin detrimento de su contenido ni detrimento de la comprensión por parte del oyente. Por eso no pertenecen al género de la novela. Una novela es un tipo de escritura sujeta a unos mecanismos de complejidad y construcción tales que impiden la oralidad, o si no la impide desde luego la hacen penosa y difícil. De modo que lo que ocurre es que se confunde el relato oral puesto por escrito con la novela. El mercado mete todo en el mismo saco. Bienvenidos sean los relatos orales puestos por escrito, y bienvenido sea que vendan millones de ejemplares porque ello permite a las editoriales seguir financiando a escritores que escriben novelas, pero desde luego tales libros tienen poco que ver con la novela”.

            De entrada, confieso que las ¿novelas? de AFM no sólo no me interesan, sino además me parecen mala narrativa (si es que son narrativa) y un recurso fácil; no obstante, y aunque no la comparta, acepto que su “teoría narrativa” tiene todo el derecho del mundo a formar parte de la literatura (que es un arte grande precisamente porque en él caben muchas cosas distintas); algo que él, por cierto, no está dispuesto a hacer con escritores como yo.

            Respecto a su comentario, creo que huelga señalar hasta qué punto es una gilipollez eso que dice sobre la oralidad. Tolstoi, Stevenson, Twain, Flaubert, Capote, Lampedusa, Mendoza, Buzzati, Steinbeck, Bradbury... las obras de estos autores, y de otros muchos, permiten la lectura oral sin el menor problema de comprensión; entonces, ¿no escribieron auténticas novelas? El Quijote o El Buscón fueron durante mucho tiempo, y a causa del analfabetismo, lecturas orales, así que, según la empanada mental de AFM, ni Cervantes ni Quevedo escribieron novelas de verdad. En fin, lo dicho: una gilipollez.

            Pero una gilipollez que tiene mucho que ver con cierta visión aristocrática de la literatura que, por desgracia, aún cuenta con un inmerecido predicamento. AFM dice que la “novela culta” (entre cuyos cultivadores, por supuesto, él se incluye) es literatura a secas, así que todo lo demás no es auténtica literatura, sino escritura folletinesca o “bestsellera”. Pero hay algo que AFM no aclara: ¿qué entiende él por “novela culta” o “literatura”? No, no lo aclara, pero del contexto se deduce que la auténtica novela, la novela realmente literaria, es aquella que está escrita de forma compleja y resulta difícil de leer. Novelas áridas, sin nada que huela ni remotamente a un argumento; novelas narradas a contrapelo, con voluntaria o involuntaria torpeza, novelas concebidas para alimentar el ego del autor, y no para el placer del lector.

            ¿Placer? Esa palabra está proscrita en el lenguaje de los talibanes de la “novela culta”. Estamos hablando de aristocracia literaria y eso implica, desde el punto de vista del “lector culto”, consumir novelas aburridas, pesadas, pretenciosas y oscuras. Porque cualquier imbécil puede disfrutar de un texto divertido, pero leer un coñazo no está al alcance de todos. Sí, cualquiera puede disfrutar de una novela divertida; ahora bien, ¿cualquiera puede escribir una novela apasionante? Me parece que no. ¿Sabría escribir AFM una buena novela “bestsellera y folletinesca”? De hecho, ¿sabe narrar AFM? Teniendo en cuenta lo que ha escrito, lo dudo mucho.

            Siempre he desconfiado de lo que es voluntaria y arbitrariamente oscuro. Creo que quien se refugia en la falsa complejidad y en las tinieblas lo hace porque tiene algo que ocultar: por lo general, su incompetencia como narrador. Decía Vázquez Montalbán que le resultaba mucho más difícil escribir sus novelas policíacas que las “literarias”. Porque contar bien una historia, narrar con oficio, es muy, muy complejo. No se trata de algo que esté al alcance de cualquier idiota con ínfulas de artista.

            En el caso de AFM, su despiste le lleva a admirar a Borges. Tanto le admira, que escribió El hacedor (de Borges) Remake, donde reproducía textos del maestro argentino. Pero es tan listo que los reproducía sin consentimiento, así que el libro fue retirado. En fin, el caso es que, dada su admiración por Borges, supongo que AFM lo considera un escritor complejo.

            Y sin duda lo es; pero la complejidad de Borges reside en la complejidad de las ideas y conceptos que maneja, no en la forma en que los expone. Muy al contrario; su precisa y elegante prosa de relojería es de una claridad luminosa. Pero si a un escritor mediocre no se le ocurren ideas interesantes y complejas, siempre puede embrollar artificialmente la apariencia de sus textos para ver si da el pego. A veces, como vemos, ese truquito funciona.

            En cualquier caso, si AFM admira tanto a Borges, quizá debería tener en cuenta dos preceptos de su maestro: 1. El peor pecado de un escritor es aburrir.  Y 2. El objetivo de la literatura es el placer.

            En lo que a mí respecta, me conformo con ser ameno. Porque según el diccionario, amenidad es la capacidad para resultar divertido, entretenido, placentero. Todo lo cual se me antoja estupendo, sobre todo si tenemos en cuenta que “divertido” no es lo contrario de “serio”, sino lo contrario de “aburrido”. Tres hurras, pues, por la amenidad. Y condena eterna para quienes conciben la literatura como una farragosa y pesada carga.

lunes, junio 10

martes, junio 4

Kong



De pequeño yo era un niño fantasioso, siempre con la cabeza en las nubes. Me gustaban el cine, los tebeos, las novelas, la televisión y los dinosaurios, entre otras cosas. Una de mis películas favoritas era King Kong. Me refiero, claro, a la primera versión, la de 1933, dirigida por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack. No sé si la vi primero en el cine -en alguna sesión doble de sala de barrio- o en la tele, pero entre una y otra pantalla la habré disfrutado más de una docena de veces; la última hace un par de meses (la tengo en DVD).


Cuando era un crío, me encantaba esa película. Solía acercarme a una librería de viejo que había cerca de mi casa para contemplar un libro en ingles que se exhibía en una de sus vitrinas. Era la versión novelada de King Kong, escrita por Edgar Wallace, y en la portada lucía un dibujo hiperrealista del gorila gigante. Me tiraba un buen rato contemplando aquella ilustración mientras soñaba con islas misteriosas llenas de bestias prehistóricas.

No estoy seguro de saber por qué me fascinaba, y fascina, tanto esa película. Sus efectos especiales fueron asombrosos en su momento, pero hoy en día (y también cuando yo era un crío) resultan entrañables y un poco naif. Kong parece lo que es, un muñequito articulado, y sus proporciones varían constantemente, siendo más o menos grande según el plano. Se construyó un rostro de gorila a tamaño real –el tamaño real de un supuesto simio gigante-, pero lo que realmente parecía era una falla valenciana. Por otro lado, si el muro de la isla está ahí para contener a Kong, ¿por qué tiene una puerta del tamaño de Kong? ¿Y por qué hay un solo gorila gigante en la isla? ¿Y cómo demonios llevaron a Kong a Nueva York? ¿Y cómo le metieron en el teatro? ¿Y cómo es posible que, al escaparse, a Kong le cueste tan poco encontrar a Fay Wray en una ciudad tan grande?

No, no hay mucha lógica detrás de King Kong (de hecho, un primate de ese tamaño no podría ni andar). Sin embargo, el film funciona como un reloj. Se trata de una aventura clásica narrada con pulso firme. El casting es acertado; Robert Armstrong está perfecto en el papel del visionario realizador Carl Denham, Bruce Cabot compone un convincente héroe de una pieza y Fay Wray, en el papel de Ann Darrow, grita de maravilla. La música de Max Steiner es soberbia, la dirección de arte y los decorados de Carroll Clark y Alfred Herman son fabulosos, y el stop-motion de Willis O’Brien es fantástico, sobre todo en las secuencias en que Kong lucha contra el tiranosaurio y la serpiente gigante.

Pero nada de eso explicaba la poderosa fascinación que esa película despertaba en mí. Hasta que un buen día (o, mejor dicho, una buena noche) de 1974 lo descubrí. La editorial Tusquets, en su colección Cuadernos Ínfimos, publicó ese año un libro, Homenaje a King Kong, editado por Román Gubern. Es un libro muy curioso (podéis verlo en la foto); cuando se gira la ruedecita que hay en la parte superior, Kong mueve los ojos y la lengua. El caso es que lo compré y me lo llevé a Marbella, donde unos amigos y yo íbamos a pasar la Semana Santa. Por entonces no había autovía; además, salimos tarde y había mucho atasco, así que se nos hizo de noche y tuvimos que pernoctar en una vieja pensión de Jaén.


Es curioso, recuerdo aquel momento con toda nitidez... Tumbado en la cama, leí el libro de un tirón (es cortito; apenas 90 páginas). Homenaje a King Kong contiene la ficha técnica del film, un par de críticas publicadas en el momento de su estreno y seis artículos. En uno de ellos, A propósito de King Kong, que Jean Ferry escribió para Le Minotaure en 1934, encontré por fin el motivo último de mi fascinación.
Descubrí que los surrealistas europeos, cuyo movimiento estaba muy vivo en ese momento, se sintieron tan fascinados como yo por la película. Porque los surrealistas estaban obsesionados con los sueños, con el mundo onírico, y King Kong parece un sueño; o, más bien, una pesadilla. Quizá ahí está la clave del film; cuando lo contemplamos nos introducimos en un sueño, y en los sueños las leyes de la lógica ya no rigen. En cualquier caso, King Kong nos regaló una de las imágenes mas famosas, evocadores y potentes de la historia del cine; la del gorila en la cima del Empire State luchando contra un enjambre de biplanos.

Como veis, estoy hablando de la película original, y no de sus dos remakes. El primero, de 1976, producido por Dino De Laurentis y dirigido por John Guillermin, es una absoluta bazofia, con un gordo disfrazado de gorila y unos efectos especiales que dan pena. Lo único que se salva es la presencia de una jovencísima y preciosa Jessica Lange en el papel de Ann Darrow, y nadie hubiera sospechado entonces que acabaría convirtiéndose en la excelente actriz que ahora es.

El segundo remake, la versión que la mayoría conoceréis, es el film de 2005 que dirigió Peter Jackson. Sin duda es muy superior técnicamente a las dos anteriores versiones, pero no consigue aproximarse, ni de lejos, a la fascinación y la ruda poesía del original. Como suele suceder con Jackson, todo es excesivo en la película. Si en la primera versión aparecía un diplodocus, ahora aparece toda una manada; si Kong luchaba contra un tiranosaurio, ahora lucha contra tres, y todo así. Parece como si Jackson, preocupado sólo por la espectacularidad, se olvidara de la atmósfera y la magia. Con todo, hay que reconocer que la secuencia final de Kong sobre el Empire State es excelente.

Pero hay algo en que las dos secuelas se equivocan. Vamos a ver, King Kong cuenta la historia de un gorila gigante que se encoña con la rubia Ann Darrow. Lo que pensaba hacer el bicho con la chica es algo que, dada la diferencia de tamaños, se me escapa totalmente. Ahora bien, en el original, Ann Darrow, lejos de compartir los sentimiento del gorila, siente terror hacia Kong. Como es natural, porque cualquier persona sensata que se encontrase con semejante bestia no se quedaría ahí parado diciendo “Pero qué monada...” con cara de gili, sino que saldría pitando como alma que lleva el diablo.

Sin embargo, en los dos remakes, Ann Darrow le coge cariño al gorilón, e intenta salvarle, y protegerle, todo muy ecologísta, muy políticamente correcto y muy guay. La secuencia, en la versión de Jackson, donde Kong y Darrow “patinan” de noche en un lago helado, rodeados de árboles de Navidad, como una pareja de enamorados, es sencillamente bochornosa. Y es que en ambos remakes Kong ha sido descafeinado, dulcificado y amansado, para centrar en él, de forma tramposa, las simpatías del espectador. Porque en la película original Kong es una fiera, un monstruo que se come a la gente, o la aplasta sin miramientos. Una bestia salvaje que trepa a un rascacielos, mete la mano por una ventana, saca a una mujer de su cama y, al comprobar que no es Darrow, la arroja al vacío sin más miramientos. Ese es el auténtico Kong, y no el peluche gigante de los remakes. Y si ese Kong nos simpatiza no es porque en el fondo sea un pedazo de pan, sino porque al final se enfrenta, sin ninguna posibilidad de victoria, a unos monstruos mucho más salvajes y temibles que él: los humanos.

En fin, todo esto viene a cuento porque King Kong se estrenó el 7 de marzo de 1933, así que este año se cumple su ochenta aniversario. Si no la habéis visto, hacedlo; aunque os eche para atrás el blanco y negro y cualquier película anterior a los 90 os parezca una antigualla de museo. Porque King Kong es una maravilla (la octava, según el propio film) y uno de los grandes mitos cinematográficos de todos los tiempos.

Y, para despedirme, un par de curiosidades. Resulta evidente que una de las principales influencias del film es El mundo perdido, de Conan Doyle, y su versión cinematográfica de 1925 (cuyos efectos especiales también eran de Willis O’Brien). Pero no muchos recuerdan que en Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, en el 5º capítulo del episodio El viaje a Brobdinngnag, se describe cómo un simio gigante mete la mano por una ventana, coge a Gulliver y luego sube con él a la cima de un edificio. ¿Casualidad?



Por otro lado, ¿sabíais que algo de King Kong aparece en Lo que el viento se llevó? Las escenas del incendio de Atlanta, de esa última película, fueron las primeras que se rodaron, antes incluso de que estuviera completo el casting. Para simular el incendio, se prendió fuego a viejos decorados de otras películas. En una escena, se ve un plano general de un carro tirado por un caballo, donde van Rhett y Escarlata (en realidad, los dobles de Gable y Leigh), que pasa delante de un edificio en llamas justo en el momento en que éste se derrumba (ver foto). Pues bien, ese edificio en llamas era en realidad el gran muro y la gran puerta de la Isla de la Calavera de King Kong.

Y ya está, amigos míos; sólo queda que os unáis a mí para desearle un feliz cumpleaños a Kong, el malencarado, peludo y lascivo gorila gigante. Su final en la cima del Empire State Building está considerado, con razón, una de las diez mejores muertes de la historia del cine. Y, como dijo Petrarca, una bella muerte honra toda una vida.

Hasta siempre Kong, viejo amigo; nunca te olvidaré.

lunes, mayo 27

"Eso"


En la anterior entrada, dos conspicuos merodeadores me reprochaban que no hablara sobre cierta entrevista que cierto ex-presidente de gobierno ha concedido recientemente a cierto canal de TV. Como la respuesta es demasiado larga para poder incluirla en los comentarios, he decido convertirla en una entrada. Ésta:


Babilonia & Samael: Voy a referirme al personajillo repugnante que mencionáis, usando la denominación que propone Babilonia: “Eso”. Se trata del personajillo repugnante que más he despreciado en mi vida; tanto es así, que cuando “Eso” era Gran Emperador de la Galaxia no podía escucharle (y mucho menos verle), porque me revolvía literalmente las tripas. Le oía, le miraba, y al instante empezaba a sentir una insidiosa mezcla de grima, desazón y asco, así que, sin poder evitarlo, apagaba la radio o la tele. Y si había estado demasiado rato expuesto a su presencia, me iba al baño a vomitar. “Eso” representa todo lo que odio y desdeño. Y no porque sea malvado (o no solo porque lo sea), pues incluso entre los malvados hay categorías. Por ejemplo, Hitler y Stalin fueron grandes malvados, y les odio; pero no puedo desdeñarles. Interpretaron su papel de maravilla, hicieron el mal con verdadera amplitud de miras, a lo grande. A ellos los odio y me dan miedo (en abstracto, ya sé que están muertos); a “Eso” le desprecio y me da grima. Una diferencia importante.

La razón de mi deedén no se debe tanto a su acción política (aunque también, claro; pero en su caso ser político sólo es un “a más, a más”, que dirían mis genes catalanes), como a su naturaleza humana. Es decir, a “Eso” hay que analizarle, no desde un punto de vista ideológico, sino psicológico. O psiquiátrico. Es obvio que “Eso” tiene las habilidades sociales y la simpatía de una mofeta; en cuanto a su aspecto físico... bueno, las mofetas son más agraciadas. Así que me imagino lo siguiente: “Eso” fue un niño poco popular y acomplejado; es posible incluso que le hicieran bullying en el colegio. Más tarde, de jovencito, ya en la universidad, siguió siendo tan impopular como antes. Mientras sus compañeros se iban de juerga los fines de semana, él se quedaba en casa, estudiando, porque no tenía otra cosa que hacer. Y, claro, no se jalaba un rosco. Las chicas, como es natural, no le hacían ni caso. Me jugaría mi órgano más valioso –a estas alturas, la lengua; y no por lo que pensáis, guarros, sino por la facilidad de palabra-, a que la única mujer que le hizo caso en aquel entonces fue Anita (y hay que ser como Anita para hacerle caso a semejante tipejo).

Así pues, ¿qué tenemos? Un hombre gris, no demasiado inteligente, poco agraciado, soso como una mata de habas (¿por qué son sosas las matas de habas?), convencional, con escasa cultura, retrógrado (¡era falangista!). Un hombre acomplejado y resentido, envidioso, rencoroso y amargado. Pero dotado de dos poderosas cualidades: una gran fuerza de voluntad y una inquebrantable perseverancia.

Así que “Eso” saca sus oposiciones, inicia el camino hacia el “triunfo”, y su ego comienza a crecer. Ahí tenemos una de sus claves vitales. Normalmente, detrás de un complejo de superioridad tan desmedido como el de este payaso, lo que se oculta es un desolador complejo de inferioridad. Cuando uno se tiene en baja estima, la reacción suele ir en sentido contrario: convencerse de que uno es la hostia en bote, el siguiente paso en la evolución humana. En el proceso, se pierde toda capacidad de autocrítica y, aunque lo que se buscaba era la autoestima, lo que se obtiene es mera vanidad. Odias a todo aquel que no te rinda pleitesía, y al tiempo te dejas engatusar por cualquiera que le de lustre a tu hipertrofiado ego. Aunque, justo es reconocerlo, hay que tener mucho estómago y mucha “Correa” para hacer eso. Al final, te crees Napoleón, pierdes todo contacto con la realidad y te conviertes en una grotesca caricatura de ti mismo.

Pues bien, estoy seguro de que ése fue el sendero que siguió “Eso”. Gracias a su inquebrantable fuerza de voluntad, gracias a su constancia a prueba de bombas (en su caso, literalmente), gracias a la por entonces frágil situación de la derecha, gracias a la inmensa mediocridad de nuestra trouppe política, gracias al azar, gracias a los problemas de la izquierda, gracias a todo ello (y posiblemente gracias también a su devoción a santa Rita), “Eso” se casó, se metió en política, fue elegido diputado, fue elegido presidente de Castilla-León, fue elegido vicepresidente de su partido, y luego presidente, y luego jefe de la oposición, y luego ¡Presidente de Gobierno!, demostrando así que es en España, y no en USA, donde cualquier imbécil puede llegar a presidente (no, no me he olvidado de Bush; pero, al menos, Bush fue un juerguista, era simpático y tenía buen aspecto).

A partir de entonces “Eso” rompió las últimas amarras que le ataban a la realidad y se convenció a sí mismo de que lo único que podía dañarle era la kryptonita. Sólo tenía una duda: ¿debía dirigirse a sus súbditos con aspecto terrenal, o en forma de zarza ardiente? En fin, no vale la pena seguir mareando la perdiz (otra frase hecha incomprensible para mí), el personajillo no lo merece. Para definirle, me bastan dos imágenes: Una, la de “Eso” pasando revista a no sé qué tropas, cubierto con un abrigo beige de alas muy amplias, que ondeaban tras él como la capa de un superhéroe, y tocado con una bufanda refulgentemente blanca, larga hasta los pies (aunque tampoco tenía que ser muy larga la bufanda para llegarle a los pies). ¿Qué representa esa imagen? Un mediocre feo y acomplejado intentando llamar la atención.

La otra imagen es la ya famosa fotografía de Bush y “Eso” sentados, uno al lado de otro, con los pies sobre una mesa (en el rancho tejano del primero, cuando el segundo hizo el ganso hablando como Cantinflas). ¿Qué es lo que veo ahí? A un niño imitando a un adulto (¡Eh, miradme, soy como papá...!). Patético y vergonzoso a partes iguales.

No tenía la menor intención de ver la entrevista de Antena 3. Porque me importa un bledo lo que diga o piense ese personajillo. No obstante, sí que he visto algunas partes de ella (sobre todo en El Intermedio). Los niños feos y sosos, los niños a quienes nadie hace caso, intentan centrar en ellos la atención con gritos y pataletas. Eso es lo que vi en la entrevista: a un niño feo y soso, mezquino, mentiroso, rencoroso y malencarado, berreando y pataleando para centrar la atención sobre él. Un bochornoso espectáculo muy poco interesante.

Ya ni siquiera odio a “Eso”. Para odiar de verdad hace falta que el objetivo de tu odio posea un mínimo de entidad, algo de lo que “Eso” carece. No; sencillamente le desprecio. Ese globo hinchado, ese salvapatrias de pacotilla que sólo se cree responsable ante Dios y ante la Historia -como su admirado Franco-, ese villano de tres al cuarto, ruin y sin escrúpulos, no me inspira más que desdén, asco y un ardiente deseo de olvidar su existencia. No tengo la menor duda de que es cómplice de crímenes de guerra; pero incluso como criminal de guerra resulta de una mediocridad apabullante, pues su única misión fue sembrar cizaña en Europa. Y eso sí que se le da bien: enemistar, desunir, insultar, mentir, injuriar... ¿Por qué prestarle atención a alguien así? No vale la pena.

Los niños feos, sosos y resentidos, necesitan alimentar su acomplejado ego provocando reacciones en los demás. Necesitan que les adoren, que les rindan pleitesía; o, también, todo lo contrario: que la gente les odie. Porque tanto la adoración de sus fieles como la inquina de sus enemigos, definen su talla. Si eres grande, provocas grandes amores y grandes animadversiones; grandes pasiones en definitva. Pero “Eso”, amigos míos, dista mucho de ser grande. Así que pongámosle en su lugar e ignorémosle, porque la indiferencia no es sólo lo que se merece, sino también lo que más puede dolerle a un mesías de tres al cuarto como él.

Que le den.

jueves, mayo 23

Le Métèque



Nació en Alejandría, que es un sitio de lo más romántico para nacer; era mitad árabe, mitad judío, mitad griego y mitad francés (demasiadas mitades, ya lo sé). Se llamaba Giuseppe Mustacchi, pero era más conocido como Georges Moustaki. Fue uno de los grandes cantautores franceses (su nacionalidad es un lío, pero cantaba sobre todo en francés), junto con Georges Brassens (su maestro), Jacques Brel o Léo Farré.


Nunca fue un cantante de masas; sus seguidores solían ser gente con inquietudes intelectuales (eran “progres”, ese término que (Des)Esperanza Aguirre sabe pronunciar con tantísimo desdén, aunque yo creo que es una palabra más bien anticuada). Su canción más popular, con diferencia, fue la que da título a esta entrada: Le Métèque (El extranjero); probablemente es la única suya que hayáis oído, si es que habéis oído alguna (hay merodeadores muy jóvenes en Babel). Pero a mí también me gustaban muchas otras suyas, como Il est trop tard, La Dame Brune o Ma Solitude.

Fue uno de mis cantantes favoritos entre finales de los 70 y comienzos de los 80; yo tenía (y creo que sigo teniendo) cuatro vinilos suyos. Durante una época demasiado turbulenta de mi vida me refugié en su melancólica música, oyendo sus canciones una y otra vez, y también en la de Leonard Cohen. Quizá por eso ambos autores están íntimamente asociados en mi memoria. Después, conforme el siglo se agotaba, dejé de escucharle; no por nada en especial, sino porque cada vez escucho menos música. Fue como uno de esos amigos muy queridos a los que, sin saber cómo ni por qué, acabas perdiéndoles la pista. Hoy me he enterado de que acaba de morir, en su casa de Niza, a los 79 años de edad.

Descanse en paz.

viernes, mayo 17

El Coleccionista de Frases 28


Hacía tiempo que esta veterana sección no aparecía por el blog; concretamente desde el 17 de marzo de 2009. Eso se debe en gran medida a que no me acuerdo de las frases que ya han aparecido, aunque supongo que tampoco tendría tanta importancia que me repitiese. En fin, El Coleccionista de Frases es exactamente lo que su nombre revela: una colección de freses o citas que me gustan.

Hace un par de días, buscando en Internet otra cosa, me encontré por casualidad con una cita que se me antojó de lo más adecuado para esta mierda de tiempos que nos ha tocado vivir. En la página donde la vi se afirmaba que era un proverbio chino, y así lo puse en el blog, pero Cris Menéndez, una aguda merodeadora de Babel, me ha sacado del error (demostrando, una vez más, la escasa fiabilidad de Internet): la cita en realidad pertenece a Anita Roddick. Reza así:

Si piensas que eres demasiado pequeño para cambiar nada, intenta dormir en una habitación con un mosquito.

 

Sólo un breve comentario: Para que un mosquito te incordie no hace falta que pique; le basta con zumbar.

Seamos mosquitos.

martes, mayo 14

Un cuervo blanco a 232 grados Celsius


Es la hora del autobombo, amigos; el momento en que me doy jabón bajo una ducha de pétalos de rosa. Veréis, el Premio Celsius lo otorga cada año la Semana Negra de Gijón a la mejor novela de ciencia ficción, fantasía o terror publicada originalmente en castellano. Pues bien, este año mi novela La isla de Bowen es candidata a ese galardón. Los otros finalistas son mis buenos amigos Juan Miguel Aguilera y Javier Negrete, por La Zona, y Emilio Bueso (a quien creo que no tengo el gusto de conocer) por Cenital. El caso es que estaré en Gijón del 11 al 14 de julio, así que si os pasáis por allí nos veremos.


Y hablando de premios... Bueno, no es exactamente un premio, pero casi. Según la revista Babar: “Cada año, la Internationale Jugendbibliothek (International Youth Library) de Munich otorga sus valorados White Ravens, un galardón a una serie de libros notables publicados a lo largo del año anterior. Títulos de todos los países y en todas las lenguas que por sus características (temática, innovación artística, estilo literario, diseño…) merecen formar parte de esta selección realizada por especialistas, y que se expone en la Feria de Bolonia”.

Como decía, en realidad no es un galardón, pero sí una distinción. De los 250 títulos escogidos este año entre todos los libros infantiles y juveniles publicados en el mundo, nueve corresponden a España. Y uno de ellos, TA-TA-TACHÁN, es mi novela La estrategia del parásito. En fin, ya había obtenido esa distinción en otras tres ocasiones (en 1998 por El último trabajo del señor Luna, en 2000 por La cruz de El Dorado y en 2001 por La catedral), pero me alegro de haber vuelto a pillar un cuervo blanco, porque este año todas las flores iban para La isla de Bowen, y La estrategia del parásito estaba un poco celosilla.

Vale, ya le he dado lustre al ego y lo tengo niquelado. Autobesito.

NOTA: El Premio Celsius se llama así por Celsius 232, un festival dedicado a la literatura de ciencia ficción y fantasía que forma parte de la Semana Negra de Gijón. Ahora bien, ¿por qué ese festival se llama Celsius 232? (absteneros de responder los frikis de la cf, listillos).

lunes, mayo 6

Mi roto corazón


Tengo un puñal clavado en el corazón, una herida en el alma, una pena muy grande que me roe por dentro las entrañas. Mi amor verdadero se ha hecho añicos. Y no, no me refiero a Pepa, mi mujer, porque Pepa es mi segundo amor verdadero, a mucha distancia del primero, que es mi GAVEVB (Gran Amor Verdadero y Eterno de Verdad de la Buena). Ese primer puesto indiscutible lo ocupa, o ocupaba, otra mujer, una mujer que recientemente me ha roto el corazón. Ay, qué penita más grande...

Hace unos años, una periodista me preguntó una cosa en la que yo no había caído: ¿Por qué los personajes femeninos de mis novelas están cortados casi todos por el mismo patrón? Lo pensé y me di cuenta de que era verdad; la mayor parte de mis personajes femeninos son mujeres o chicas con mucho carácter, independientes, activas e inteligentes. ¿Por qué? La respuesta que le di a la periodista fue sencilla: porque así son las mujeres que me gustan. De hecho, me casé con una mujer de esa clase.

No obstante, en virtud de la variedad, consideré la posibilidad de cambiar mi “política de personajes femeninos”, por decirlo así. Incluir mujeres más sumisas, más pasivas, menos fuertes... Pero, ¿para qué?, decidí finalmente. Mis personajes femeninos coinciden en su carácter fuerte e independiente, pero por los demás difieren mucho entre sí (por ejemplo, Carmen Hidalgo y Elisabeth Faraday son mujeres fuertes, pero no se parecen en nada). Es decir, manejaba diversas tipologías dentro de una misma “familia” de personajes femeninos. Y eso, tal y como lo veo, no es un problema. A fin de cuentas, al gran director de cine Howard Wawks también le gustaban las mujeres fuertes, y así eran todos sus personajes femeninos.

Ahora bien, la pregunta es: ¿por qué me gustan las mujeres fuertes? No lo sé. Mi madre era fuerte, lo cual nos conduciría por el turbio camino del complejo de Edipo. Pero no, no creo que se deba a mi madre, porque ella tampoco le hacia ascos a usar la debilidad (una supuesta debilidad) para entregarse al sano deporte del chantaje emocional. Algo que me sacaba de quicio, todo sea dicho. No, la verdad es que miro en mi interior y no veo a ningún hijo de Yocasta. La respuesta quizá esté en otra parte.

La mayor parte de los merodeadores de Babel sois tan asquerosamente jóvenes que si digo: “Los Vengadores” la mayoría pensaréis que estoy hablando de los superhéroes de la Marvel. Pues no. Quizá algunos recordéis la película del mismo nombre, basada en una serie de TV igualmente homónima, que se estrenó en 1998 y estaba protagonizada por Ralph Fiennes, Uma Thurman y, en el papel del villano, Sean Connery. ¿La recordáis? Pues olvidaros de ella, porque era un puta mierda, una copia desnortada del auténtico mito: la serie de TV. Una serie de TV británica tan antigua que la mayor parte de vosotros, oh jovenzuelas criaturas, jamás ha visto ni tenido noticias de ella (aunque uno de los canales digitales, Fox Crime, ha emitido recientemente sus dos últimas temporadas –las que ya eran en color, que es lo único que está dispuesta a ver la gente; somos así de horteras-).

La serie Los Vengadores nació en 1961 producida por la ABC. Su protagonista, el Dr. Keel, jura vengar el asesinato de su novia a manos de un grupo de narcotraficantes, y para ello cuenta con la ayuda de un misterioso agente secreto llamado John Steed (interpretado por Patrick Macnee). Durante la segunda temporada (1962), Keel desaparece y Steed se hace con el protagonismo de la serie, acompañado por tres ocasionales colaboradores. Uno de ellos, una arrojada mujer llamada Cathy Gale (Honor Blackman), se convertirá en la pareja fija de Steed durante la siguiente temporada (1963).

Qué yo sepa, estas tres primeras temporadas nunca se han emitido en España, así que no las he visto. En el 63, Honor Blackman abandonó la serie para convertirse en chica Bond (fue Pussy Galore en Goldfinger) y hubo que buscarle una sustituta: Emma Peel –la señora Peel-, interpretada por Diana Rigg., que coprotagonizó con Steed las dos siguientes temporadas. Y su presencia revolucionó la serie convirtiéndola en un producto de culto. Pero yo aún no lo sabía, porque la cuarta de temporada de Los Vengadores, emitida en Inglaterra entre 1964 y 1966, no llegó a España hasta 1967, cuando yo tenía catorce o quince años.

Es difícil explicar de qué va la serie. Básicamente, se trata de las aventuras de dos agentes secretos británicos en los años 60. John Steed tenía unos cuarenta años, siempre vestía trajes con chaleco, usaba bombín y jamás se separaba de su paraguas. El clásico
gentleman ingles. Por contra, su compañera, Emma Peel, era una mujer joven, guapa, elegante, inteligente y experta en artes marciales. De hecho, ella repartía bastante más leña que él. En realidad, el concepto era más amplio. No olvidemos que la serie se produjo en los 60, en plena eclosión de la contracultura, la liberación de la mujer, el pop y la psicodelia. Así que Steed representaba a la Inglaterra de siempre, y la señora Peel a la nueva Inglaterra, la de los Beatles y Mary Quant.


Los Vengadores podría definirse con dos palabras: sofisticación e ironía. La serie, cuyos argumentos solían oscilar entre el espionaje, el pulp y la ciencia ficción, no se tomaba demasiado en serio a sí misma. Todo estaba contemplado a través del prisma de un humor que oscilaba entre lo más genuinamente british y lo abiertamente surrealista. Los diálogos eran ingeniosos, la situaciones delirantes y los argumentos muy imaginativos. Steed conducía un precioso Bentley de 1926 y la señora Peel modernos deportivos. Él vestía siempre impecables ternos clásicos y ella a la última moda (de los 60). Ambos eran extremadamente aficionados al champán francés. Todo muy sofisticado y muy pop.

Pero la clave de su éxito era la poderosa química que había entre los protagonistas. Pese a la diferencia de edad y de aspecto, encajaban como un guante. No era una relación exactamente erótica, pero casi; se trataba más bien de complicidad. Aunque en realidad el éxito se debió a la señora Peel/Diana Rigg. Una mujer independiente, inteligente, con mucho sentido del humor, valiente, moderna. Una mujer que no estaba ahí para ser rescatada por el machote de turno, sino para rescatar a su querido Steed cuando era necesario. Una mujer fuerte, elegante y divertida.

Creo que me enamoré de ella nada más ver el primer episodio.

Diana Rigg era esbelta, elegante, guapa sin estridencias, pero no fue nada de eso lo que me enamoró. Fue su mirada. En sus ojos aleteaba una permanente ironía, como si en el fondo nada fuese del todo serio. Era una mirada inteligente, chispeante, la mirada de una mujer absolutamente segura de sí misma. Sólo he visto una mirada similar (aunque no idéntica): la de Lauren Bacall en Tener y no tener (una película de Hawks, como no podía ser de otra forma) cuando le dice a Bogart: “Si me necesitas silba. Porque sabes cómo silbar, ¿no Steve? Tan solo tienes que juntar los labios y ... soplar".

En fin, que Diana Rigg ha sido el gran amor de mi vida. Alto ahí, diréis; eso no es amor, porque no te enamoraste de Diana Rigg, sino de Emma Peel, un personaje de ficción, un ser que no existe. Y yo respondo: ¿Acaso no se enamora uno siempre de alguien que en realidad no existe? Pero, insistiréis, eso no es amor, sino un calentón adolescente. Pues os equivocáis; jamás utilicé la imagen de Diana Rigg para mis fantasías masturbatorias. Habría sido como mancillarla y yo la respetaba demasiado.

Lo único que quería es estar con ella, poder mirarla, quizá cogerla de la mano, zambullirme en sus burbujeantes ojos de chica lista y dura. Eso es amor; amor puro, total y entregado. Por lo demás, yo era consciente de varias cosas: 1 Diana Rigg era mucho mayor que yo; por aquel entonces ella tenía 29 años y yo 15. 2 Eso ya bastaba para ser un muro insalvable entre nosotros. 3 Pero es que, además, ella vivía en Londres y yo en Madrid, y ella sólo hablaba inglés y yo sólo español. Eso es lo que se llama un amor imposible. Y no sabéis hasta que punto sufría al ser consciente de que jamás iba a estar ni siquiera medianamente cerca de Diana Rigg. Me dolía. Me dolía de verdad.

Tras dos temporadas, Diana Rigg dejó la serie para convertirse, igual que su antecesora, en chica Bond (fue Tracy Di Vicenzo en Al servicio secreto de su majestad -1969-). La sustituyó la sosaina Linda Thorson en el papel de Tara King, pero no funcionó y la serie fue cancelada. En cuanto a Diana Rigg, sólo volví a verla en una película de 1971, Anatomía de un hospital, junto a George C. Scott. Y ya no supe nada más de ella. Durante más de cuarenta años no volví a ver su rostro. Sea como fuere, dejó en mí una marca indeleble: el amor por las mujeres fuertes.

Su pérdida (si es que se puede perder algo que nunca se ha tenido) me causó un profundo dolor, pero poco a poco la herida cicatrizó y Diana Rigg acabó convirtiéndose en el hermoso e inmaculado recuerdo del más grande y verdadero amor de mi vida.

Hasta ahora.

¿Estáis viendo la tercera temporada de Juego de Tronos? ¿Os habéis fijado en el personaje de Lady Olenna, también conocida como la Reina de Espinas? Es la abuela de Margaery Tyrell, la moza que le está sorbiendo el coco al infame Joffrey Baratheon. Podéis ver una foto suya al final del post. Ahora mirad la foto de arriba, la que preside la entrada. Son la misma persona: Diana Rigg.

Cuando acabé el tercer capítulo de Juego de Tronos me quedé mirando la pantalla con la boca abierta. ¿Era ella o no? Busqué en la lista de casting y ahí estaba su nombre. Lady Olenna era Emma Peel. ¡Dios santo! ¿Cómo es posible que mi amor eterno, esa maravillosa mujer de mi adolescencia, se haya convertido en semejante carcamal? Pero es que, claro, Diana Rigg nació en 1938, así que ahora cuenta 75 años...

Tenía el episodio grabado; di marcha atrás y volví a ver las imágenes de Lady Olenna. Me costaba reconocer en esa anciana a la mujer de mis sueños, hasta que de pronto, durante unos instantes, percibí en su mirada el mismo destello irónico que me había enamorado más de cuarenta años atrás, y por un segundo me pareció ver el hermoso rostro de la señora Peel tras las arrugas y la decrepitud. Y eso me partió el corazón definitivamente. El tiempo es tan cruel que deberían prohibirse, por obscenos, los relojes y los calendarios.

En fin, Diana Rigg está hecha una pasa, qué le vamos a hacer. Pero la señora Peel no ha envejecido lo más mínimo, sigue teniendo la misma adorable apariencia de mediados de los 60, es inmortal. Y a fin de cuentas de quien yo me enamoré fue de Emma Peel.


viernes, abril 26

Peras, manzanas y frutas de la pasión


La pasada Semana Santa, cuando Pepa y yo fuimos a París para ver a nuestro hijo Pablo, sucedió algo que me dejó un tanto confuso. Veréis, habíamos quedado una mañana con Pablo en Trocadero, una plaza cercana a su casa. Por si no lo recordáis, Trocadero es una de las plazas más famosas de París, sobre todo porque desde allí se tiene una vista realmente espectacular de la Torre Eiffel. Pues bien, estábamos en Trocadero Pepa y yo esperando a nuestro hijo, cuando de pronto advertimos que de la cercana boca de Metro no paraba de salir gente con banderitas y pequeñas pancartas. En las banderitas se veía un dibujo esquemático con las siluetas de un hombre, una mujer y un niño, todos cogidos de la mano, algo que al principio no supe interpretar. Pero luego vi los eslóganes que aparecían en las pancartas: “1 PÈRE + 1MÈRE c’est ÉLÉMENTAIRE”. “NON AU ‘MARIAGE’ HOMOSEXUEL”, “LA FAMILLE C’EST SACRÉ!”.

Era el comienzo de una manifestación contra la ley de matrimonios homosexuales. Llegó Pablo y nos fuimos de allí; horas después supimos que la manifestación era enorme; tanto, que había cortado todos los accesos al barrio de Trocadero, que es donde estaba nuestro hotel, así que no pudimos volver allí hasta el anochecer. Curiosamente, el año anterior habíamos estado en Lyon y nos encontramos con parte de la ciudad cortada, pero en ese caso por la celebración del día del orgullo gay. En París nos topamos con todo lo contrario.

Como decía antes, eso me dejó confuso. En fin, estoy acostumbrado a las manifestaciones anti-homosexuales de la caverna española, presididas por nuestros inefables obispos, o a las declaraciones de ciertos políticos, como las de nuestra no menos inefable alcaldesa doña Ana Botella afirmando con solemnidad que peras y manzanas no se pueden mezclar (salvo que quieras hacer una macedonia). Pero, ¿tanta intolerancia en Francia, una de las cunas de las libertades y la democracia? Vale, sí, lo había leído en la prensa, sabía que existía ese movimiento cavernícola galo; pero una cosa es saberlo y otra muy distinta presenciarlo en vivo. Vamos, que me llevé una desilusión. Europa no es tan Europa como yo creía; pero eso ya lo sabemos todos, ¿verdad?

El caso es que no acabo de comprender la razón de tanta furia contra el matrimonio gay. Es lo que me pasa con muchos planteamientos de la derecha: no solo estoy en contra de ellos, sino que además no los entiendo, no les veo sentido. Hace años, yo tenía una pequeña objeción al movimiento gay: el tema de la adopción de niños por parejas homosexuales. Mi razonamiento era el siguiente: La homosexualidad no es una elección personal, sino un imperativo genético; los homosexuales no se hacen, nacen. Pues bien, ¿qué pasa si un niño genéticamente heterosexual se cría en el entorno de un modelo homosexual? ¿No podría esa situación generar problemas psicológicos en el menor? Me informé, leí un par de estudios científicos al respecto y descubrí que no, que no hay el menor problema en que un niño se críe bajo la tutela de padres (o madres) gay. Además, hubo un comentario que me convenció del todo: cualquier huérfano está mucho mejor al cuidado de unos padres homosexuales que en un orfanato. Así que asunto cerrado en lo que a mí respecta: si el matrimonio gay es bueno para los padres y bueno para los hijos, ¿qué problema hay?

Pues al parece sí lo hay, mira tú por dónde. Dicen, por ejemplo, que el matrimonio gay amenaza con destruir la familia. Y yo no lo entiendo. Vamos a ver, ¿cómo se va a destruir una institución con una ley que lo único que pretende es ampliarla? No va a haber menos familias, sino más; ergo la institución familiar se fortalece.

Entonces los neandertales dicen: es que lo natural es el matrimonio entre hombres y mujeres; el matrimonio entre personas del mismo sexo es antinatural. Pero un momento: el matrimonio, cualquier tipo de matrimonio, no es natural, sino una invención cultural. Todos los matrimonios son artificiales. Entonces, a lo que se refieren los cavernícolas es a la tendencia sexual. Pero, demonios, nacemos homosexuales o heterosexuales por designio genético, así que tan natural es lo uno como lo otro. La única diferencia está en que la proporción es de 9 a 1 a favor de la heterosexualidad, nada más. Una cuestión cuantitativa, no cualitativa.

Llegados a este punto, los pithecanthropus objetan lo siguiente: si el matrimonio depende solo del amor, ¿por qué no matrimonios entre, por ejemplo, un hombre y una cabra o una mujer y un burro? Bueno, quizá porque ni las cabras ni los burros son sujetos de derecho y, por tanto, no pueden acogerse a legislación alguna. Pero es aquí donde los trogloditas descubren su auténtico pensamiento: para ellos, los homosexuales son animales, no seres humanos. Por eso a muchos de ellos les cuesta tan poco agredir o matar a “maricones”; a fin de cuentas, sólo son animales, ¿no? En realidad, la caverna no está en contra del matrimonio homosexual; de lo que está en contra es de los homosexuales. Pero, ¿por qué?

Para ser justos, reconozcamos que la homofobia no es patrimonio sólo de la derecha. Casi todas las culturas humanas actuales, por no decir todas, presentan rasgos más o menos pronunciados de homofobia. Y eso tampoco lo entiendo. ¿En qué me afecta a mí que dos hombres, o dos mujeres, echen un polvo en su casa? En nada (bueno, a ser posible me gustaría que me dejaran mirar un ratito a las dos mujeres). Nada ni nadie me obliga a practicar sexo homosexual; lo que hagan los demás es asunto suyo. ¿Qué más me da a mí?

Dicen: es que si eres heterosexual, las prácticas homosexuales te repugnan. Pues no las mires. Vamos a ver, supongamos que yo careciese por completo de impulso sexual (como Sheldon Cooper, de la serie Big Bang). En tal caso, la idea de restregarme contra el cuerpo desnudo de Halle Berry, por no hablar de poner mi boca en ciertas partes de su anatomía, me resultaría repugnante. Porque el sexo, en frío, es una marranada que sólo la libido consigue convertir en un agradable esparcimiento. Por eso, como aburrido heterosexual que soy, la idea de restregarme contra el cuerpo desnudo de Brad Pitt se me antoja asquerosilla. Porque el esposo de doña Angelina no despierta mi impulso sexual. Ahora bien, también me asquea comer hígado y no por ello voy a prohibir que los demás disfruten de un honesto hígado encebollado. Allá cada cual con sus apetitos.

En realidad, lo que hay tras la homofobia son prejuicios, repugnantes dogmas religiosos y pura xenofobia. Miedo y odio al diferente, recelo hacia la diversidad. Y también mucha hipocresía; ¿o es que acaso en la caverna no hay gays? Claro que sí; un diez por ciento, según la estadística. Pero son maricas decentes que se casan –con mujeres, como dios manda- y ocultan públicamente su condición (como cierto presidente de gobierno cuyo nombre no recuerdo). Porque lo importante no es lo que seas, sino lo que parezcas. Lo dicho, pura hipocresía y doble moral.

No obstante, pese a las manifestaciones anti-gay en Francia o en España, lo cierto es que la sensibilidad social se aleja cada vez más de la homofobia y avanza hacia la tolerancia. Cuando yo era joven, de los homosexuales sólo se hablaba en tono de burla o de escarnio, y a nadie se le pasaba siquiera por la cabeza salir del armario (entre otras cosas, porque a partir de 1954 la homosexualidad fue incluida en la Ley de Vagos y Maleantes, y por tanto perseguida y penada con la cárcel o con internamiento en campos de “rehabilitación”). Afortunadamente, las cosas han cambiado mucho y cada vez se acepta con más normalidad la realidad del hecho gay.

¿Y sabéis cuál creo que es la principal razón de este cambio? La series de TV y las películas. Paulatinamente fueron incorporando a sus argumentos la presencia de homosexuales que, lejos de mostrarse como seres grotescos, se presentaban como individuos sensibles y entrañables. Este proceso ha llegado hasta tal punto que prácticamente no hay comedia televisiva que no cuente entre sus personajes con algún gay sensible y entrañable (el último ejemplo: Modern Family). Esto, por supuesto, es absurdo; tan falso es sostener que todos los gays son sensibles y entrañables como pensar que todos son unos degenerados. Entre los gays habrá de todo; personas sensibles y entrañables, y tipos zafios y vulgares. Pero bueno, supongo que la mejor forma de luchar contra un tópico negativo es oponiéndole uno positivo.

Pero no nos descuidemos, aún quedan muchos prejuicios por eliminar, incluso en nosotros mismos, que tan tolerantes y progresistas nos creemos. Sí, incluso en nosotros, en mí mismo, hay rastros de homofobia. ¿Queréis comprobarlo? Os voy a proponer un pequeño experimento mental. ¿Qué diríais si os comentase que existe un partido político que propone encarcelar a todos los homosexuales y a todos los carpinteros?

Lo más probables es que dijeseis: ¿Y por qué a los carpinteros?

A lo que cabría responder: ¿Y por qué a los homosexuales?

Es decir: no encontráis ninguna razón para que alguien pretenda meter en la trena a los carpinteros, pero aceptáis con normalidad que alguien considere necesario enchironar a los maricas. Eso, lo queramos o no, también es homofobia (aunque sutil).

Y es que resulta muy difícil mantener totalmente a raya al pequeño cavernícola que todos llevamos dentro.

NOTA: Ya sé que dije que no iba a enredarme más con esta clase de asuntos sociopolíticos; pero me refería a temas que me indignasen, y éste no me indigna, pues a fin de cuentas la ley de matrimonios homosexuales se ha aprobado en Francia y sigue vigente (por ahora) en España. No, no es indignación, sino desconcierto: no logro entender cómo piensa cierta gente. Si es que piensa.



martes, abril 23

San Jorge y el dragón


Dado el día que es hoy, el del libro, supongo que resultaría oportuno que un escritor como yo lanzara un mensaje a las nuevas generaciones fomentando la afición a la literatura. Pues bien, esto es lo que tengo que decir al respecto:

Leer es bueno, amiguitos.

Y ahora, cambiando de asunto, pero no de tema, voy a homenajear a San Jorge –y al dragón- dedicando esta entrada a enumerar los libros que más me han marcado. No me refiero sólo a los libros que me han gustado (porque evidentemente son muchos más), ni necesariamente a los mejores libros que he leído; estoy hablando de los libros de ficción que más huella me han dejado y/o que más me han influido.

He seleccionado los títulos de memoria, sin el menor afán de exhaustividad, así que faltarán muchos, seguro. No están todos los que son, pero son todos los que están. En cuanto al orden de aparición, pues es un poco a boleo, aunque he procurado hacer grupos. La mayor parte de los títulos que voy a citar los leí durante mi infancia y juventud, que es cuando las cosas dejan más huella. Y sin más preámbulos, aquí está la lista:

Las aventuras de Guillermo, de Richmal Crompton.- Quizá éste sea el libro (una serie en realidad) que más me ha influido de cuantos he leído. Por su descacharrante sentido del humor y por su hálito anárquico. Una obra maestra de la literatura, y no solo, ni mucho menos, para niños.

Las aventuras de Tintín, de Hergé.- Un tebeo, sí. Mi casa está llena de merchandising de Tintín (figuras de resina, portadas enmarcadas, etc.). Soy un friki, sí.

El hombre enmascarado, de Lee Falk y Sy Barry. Otro cómic, y de héroes con los calzoncillos por fuera del pantalón; pero quizá uno de los más complejos y mitológicos. Me fascinaba y me sigue fascinando. (Igual que Mandrake el mago, también de Falk).

Flash Gordon, de Dan Barry.- Y un cómic más. Me condujo a la ciencia ficción, y eso no es poca influencia.

El Coyote y Duke, de José Mallorquí.- Era mi padre, ¿qué más voy a decir? Recuerdo los eternos veranos de mi infancia leyendo novelas de El Coyote. O de Duke Straley, que era mi favorito.

Nómadas del norte, de James Oliver Curwood. Para nuestra actual sensibilidad, Curwood era más cursi que un repollo con lazo. Pero también era un notable escritor de aventuras cuyos protagonistas solían ser animales; en el caso del título citado, un perro y un osezno. A él le debo en gran parte mi amor por los animales.

20.000 leguas de viaje submarino y Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne.- Ya he hablado mucho últimamente de este autor. Baste decir que le he dedicado una novela.

La isla de las almas perdidas, de H. G. Wells.- Quizá otras novelas suyas me han gustado más, pero ésta me acojonó hasta la médula cuando la leí de niño.

Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.- He aquí dos de las razones de mi amor por la literatura de aventuras.

La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson.- Y otra razón más.

Sherlock Holmes y El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle.- Otra razón para amar la aventura y el misterio.

Beau Geste, de P. C. Wren.- Una de las aventuras románticas más hermosas y toda una lección de narrativa.

Cuentos de Edgar Allan Poe.- Cada uno de sus cuentos es una lección de literatura.

Leyendas, de Gustavo Adolfo Becquer.- Mis primeras dosis de romanticismo.

Don Juan Tenorio, de José Zorrilla.- Ya sé que es un ripio detrás de otro, pero me encanta. Esta obra y las dos anteriores me condujeron al movimiento romántico.

La odisea, de Homero.- La compré en la Cuesta de Moyano cuando tenía quince o dieciséis años (yo, no el libro ni la cuesta). No sé por qué lo hice, pero me encanto esa prosa tan arcaica y al tiempo tan moderna.

El Buscón, de Quevedo.- Lectura obligatoria del colegio, pero disfruté un montón con ella. Don Pablos es mi modelo de antihéroe.

Cuentos de Mark Twain.- Me hicieron llorar de risa.

Decadencia y caída, de Evelyn Wough.- Con este título, y con el resto de sus novelas/sátiras, Wough me demostró que la fórmula del humor puede ser la misma que la del ácido sulfúrico.

La serie de Jeeves, de P. G. Wodehouse.- El humor en estado puro.

Amor se escribe sin hache, de Jardiel Poncela.- De niño leí todas sus novelas, sus cuentos, sus artículos y gran parte de su obras de teatro. El mejor humorista español.

Mis memorias, de Miguel Mihura.- El segundo mejor humorista español. Me introdujo en el humor absurdo y surrealista.

Cuentos de Robert Sheckley.- Ciencia ficción sí, pero también y sobre todo humor. Uno de los escritores que más me ha hecho reír.

Trampa 22, de Joseph Heller.- El humor es una parte importantísima de mi vida. Pero nadie nace con sentido del humor; se adquiere. A través de las lecturas, por ejemplo.

Cuentos de Franz Kafka.- Cuando tenía 17 o 18 años leí sus cuentos. A continuación, tres de sus novelas seguidas. Y me empaché. Pero me marcó.

Ficciones y El aleph, de Jorge Luis Borges.- Mi dios literario particular. Me cambió la forma de entender la literatura.

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.- Lo leí cuando tenía 18 o 19 tacos, durante dos días alucinados. Levité. Afortunadamente, he resistido la tentación de escribir realismo mágico.

El señor de las moscas, de William Golding.- Para mí no fue un libro, sino un puñetazo en la mandíbula.

Cuentos de Fredric Brown.- El ingenio como razón de ser, y también una particular visión del mundo y de la humanidad.

Cuentos de Ray Bradbury.- Me introdujeron en el humanismo y la poesía y enseñaron a amar la nostalgia.

Tigre, tigre..., de Alfred Bester.- Esa novela es un rompecabezas que aún me sigue intrigando.

Cuentos y novelas juveniles de Robert Heinlein.- Heinlein quizá sea el autor que más me ha influido como escritor de literatura juvenil.

Tú el inmortal y El señor de la luz, de Roger Zelazny.- Otro chute de humanismo y sendas lecciones de narrativa.

El mundo de cristal, de J. G. Ballard.- Esta novela me enseñó la importancia psicológica del paisaje en la literatura. Una alucinación deslumbrante.

1984, de Orwell.- Quizá la novela que más me ha deprimido y más me ha fascinado.

Ciudad, Estación de tránsito y Maxwell al cuadrado, de Clifford D. Simak.- Este escritor es mi debilidad particular, con su encantador humanismo rural. Hace años, cuando estaba triste, releía la tercera de las novelas citadas y me ponía de buen humor.

Flores para Algernon, de Daniel Keyes.- El libro más conmovedor que he leído jamás.

El guardián entre el centeno y los cuentos de J. D. Salinger.- La prosa de Salinger es un bisturí que muestra el lado oculto y oscuro de la realidad.

Watchmen y From Hell, de Alan Moore.- Otro par de cómics. La narrativa de Moore es tan inteligente como compleja.

La muerte de Arturo, de Thomas Malory.- La versión canónica de la leyenda artúrica. Con este libro me enamoré de una de las historias más antiguas y hermosas de occidente.

Las crónicas del señor de la guerra, de Bernard Cornwell.- La versión moderna del anterior título, y una de las mejores novelas contemporáneas de aventuras.

La mansión de las rosas, de Thomas Burnett Swann.- Una historia deliciosamente romántica que me devolvió el maravilloso mundo de los cuentos de hadas.

Poesía de Antonio Machado.- La leí gracias a Serrat y me deslumbró su inteligencia. Machado es el poeta de quienes no suelen leer poesía. Como yo.

Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll.- Lo leí ya de mayorcito y en una edición anotada. Fascinante.

La mirada del observador, de Marc Behm. Behm es un escritor de segunda con un montón de malas novelas sobre sus espaldas. Pero La mirada del observador es una pequeña obra maestra. La historia de amor fou más fou de la historia.

El nombre de la rosa, de Humberto Eco.- Lo malo es que inició una moda literaria nefasta. Lo bueno es que es una novela de género diseñada por un amante de las novelas de género para los amantes de las novelas de género. Como yo.

El palacio de la Luna, de Paul Auster.- Un libro que es un universo en sí mismo.

Seguro que hay muchos más; pero estos son los que ahora se me vienen a la cabezota: los libros de ficción que más huella me han dejado y/o que más me han influido. Repasándolos, me doy cuenta de lo poco sofisticado que soy como lector. Pero ecléctico, eso no me lo quita nadie. Hay otros muchos libros en mi vida, por supuesto, pero no me gustaron del mismo modo. Es una de las muchas cosas malas que tiene hacerse mayor...

¿Y vosotros? ¿Cuál es el libro que más os ha marcado?

¡Feliz día del libro!



viernes, abril 5

Relatividad, París y dramas


Una de las cosas buenas que tiene viajar es que te ayuda a relativizar las cosas. Por ejemplo, los que vivimos en Madrid estamos convencidos de que se trata de una ciudad sucia, cara y ruidosa donde se conduce fatal. Pues bien, eso es relativo si la comparamos con París; donde, como sabéis, he estado la semana pasada. Precisamente durante esos días había allí, en el mobiliario urbano, los anuncios de una revista -creo recordar que de Liberation- en los que aparecía la portada del último número con el siguiente titular (más o menos): "Cosas de las que los parisinos están hartos: Los atascos, el ruido, la suciedad, la inseguridad y los alquileres desmedidos".

En efecto, París es una ciudad absurdamente cara (no sólo desde el punto de vista español, sino también según el criterio francés). También es una ciudad sucia; las calles están llenas de basura y de zurullos de perro. No advertí que fuera especialmente ruidosa y tampoco puedo afirmar que sea insegura; no obstante, está llena de mendigos (¿los famosos clochards?) y vi varios asentamientos de chabolas en la periferia.

Pero lo que se lleva la palma es el tráfico. Es la cuarta o quinta vez que voy a París, pero la primera que llevo coche, así que puedo hablar con conocimiento de causa del caos circulatorio de esa urbe. Por ejemplo, la forma de acceder a las glorietas que tanto abundan en París: al parecer, no hay preferencia de paso; el primero que llega tira palante y los demás que frenen. Dado que en muchas de esas glorietas confluyen seis o más calles, el asunto de circular por ellas no solo resulta peliagudo, sino que en horas punta se convierte en un atasco infernal. Respecto a los atascos, sucede algo curioso: dado que las avenidas del centro de París son tan amplias, la circulación, salvo en horas punta, es muy rápida (incluso demasiado, si te montas en un taxi-kamikaze). Ahora bien, en cuanto sales a la periferia, en cuanto te metes en un cinturón de circunvalación (un périphérique, como dicen ellos), sea la hora que sea, zas, atasco brutal. Para que os hagáis una idea: Versalles está a menos de veinte kilómetros de Paris, y Pepa y yo tardamos casi una hora en llegar.

Ah, una cosa curiosa. ¿Habéis oído hablar de la basílica de Saint Denis? Es la primera gran iglesia gótica de la historia; un templo muy bonito, por cierto. Y, además, es el panteón de los reyes de Francia. Ahí están, por ejemplo, los sepulcros de Luis XVI y María Antonieta. Esa basílica se encuentra en Saint Denis, un pueblo tan próximo a Paris que ha acabado convirtiéndose, de facto, en un barrio de la periferia. Un barrio absolutamente lleno de emigrantes y muy deprimido. El templo, pese a ser una joya artística de inmenso valor histórico, está, sobre todo en el exterior, bastante sucio y degradado (lo estaban comenzando a restaurar ahora). Por otro lado, queda fuera de todos los circuitos turísticos, así que no había prácticamente nadie visitándolo (lo que a nosotros nos vino muy bien, claro). Dado el lustre que normalmente los franceses le dan a su patrimonio artístico, todo eso me extrañó.

En fin, por lo demás París es una ciudad preciosa llena de lugares de lo más romántico; una ciudad, además, con una intensa actividad cultural. Ahora bien, es cara, sucia y con un tráfico infernal. Mucho más, en esos tres aspectos, que Madrid. Lo cual no significa nada –mal de muchos, consuelo de tontos-, pero ayuda a relativizar las cosas. Uno de los problemas que solemos tener los españoles es que estamos secularmente acomplejados. No tenemos buena imagen de nosotros mismos (probablemente con razón) y tendemos a pensar que lo de fuera es mejor que lo de dentro. Lo cual es cierto con frecuencia, pero no siempre.

Últimamente, por culpa de la crisis de los cojones, los españoles, creo, estamos más acomplejados que nunca. Durante un tiempo pensamos que formábamos parte de pleno derecho del primer mundo, y de pronto nos han mandado de vuelta al tercero (o al segundo, que nunca he sabido cuál es) mediante una patada en la entrepierna financiera . Nos creíamos alemanes, o cuando menos austriacos, y resulta que somos búlgaros o griegos. Los españoles estamos deprimidos, aturdidos por el desengaño de haber vivido una mentira, cabreados porque todo está mal a nuestro alrededor. No solo hemos descubierto que somos pobres, sino que además somos conscientes de que nos han timado y nos siguen timando. Es indignante.

Yo, qué queréis que os diga, me indigno a diario, no paro de indignarme. Y eso se transmite al blog. Si me dejara llevar, todas los post de Babel tratarían sobre alguno de los múltiples temas que me indignan. Pero no tienen sentido, no valdría para nada. Creo que la mayor parte de los merodeadores del blog comparten en general mis ideas (si no, ¿por qué iban a leerme?). Somos de la misma cuerda. Entonces, ¿de qué sirve volver una y otra vez sobre la que ya estamos de acuerdo? ¿Para reafirmarnos? Puede, pero también para deprimirnos aún más.

¿Conocéis una película llamada Los viajes de Sullivan, del director Preston Sturges? Es de 1941 y está ambientada durante el periodo de la Gran Depresión. Cuenta la historia de Sullivan, un exitoso director de Hollywood especializado en comedias, que un buen día decide que su deber es rodar un drama que muestre el sufrimiento de la gente. Para ello, planea disfrazarse de vagabundo y recorrer el país empapándose de la terrible realidad de los desamparados. Al conocer sus planes, la compañía productora, temiendo que a su director estrella le suceda algo, hace que le siga una nutrida comitiva de ayudantes y guardaespaldas.

La primera parte del film se centra en los intentos de Sullivan por deshacerse de quienes le siguen, así como en la fatal circunstancia de que, por mucho que intente alejarse, siempre acaba volviendo a Hollywood. Durante la segunda parte, Sullivan logra por fin despistar a la gente de la productora e inicia su anhelado vagabundeo por el país. Entonces, por razones que no vienen al caso, le detiene la policía y un juez le condena a realizar trabajos forzados en una penitenciaria rural. Ese lugar es el infierno; allí Sullivan se encontrará con una sobredosis de la dramática realidad que estaba buscando, y como es lógico acaba hecho una mierda.

Un día, los guardianes de la prisión reúnen a todos los presos en la sala comunal porque va a haber una sesión de cine. Proyectan una película de Mickey Mouse. Entonces, Sullivan ve cómo los presos, una gente machacada por la vida, comienzan a reírse con la película. De hecho, él mismo no puede evitar reír. Está en el puto infierno, pero aún así (o precisamente por eso) se ríe con los dibujos animados.

Poco después, Sullivan logra salir de la penitenciaría y regresar a Hollywood. Pero algo ha cambiado en su interior. Ha comprendido que la gente que sufre no necesita películas que le muestren su sufrimiento, sino películas que lo alivien, películas que les hagan reír y olvidarse durante un rato de la amarga realidad. Los dramas son adecuados para la gente feliz; pero los que sufren necesitan comedias.

Yo no creé La Fraternidad de Babel para hablar de política, ni de economía, ni de corrupción... Creé este blog para hablar de cine, de literatura, de tebeos, de viajes y, en general, de cosas inútiles. Coño, pero si lo pone bien claro en el encabezamiento. Así que convertir Babel en un púlpito donde dar rienda suelta a mis cabreos e indignaciones no sería más que un acto de narcisismo y masturbación (aunque, en cierto sentido, toda masturbación es un acto de narcisismo, ¿no? Y viceversa).

Últimamente me ha sucedido algo inédito. Con frecuencia me he encontrado con personas que alaban mis libros (no porque mis libros sean muy buenos, sino porque son personas muy amables), pero durante el último año y medio algunas personas no sólo han alabado mis textos, sino que además me han dado las gracias por escribirlos. Me lo agradecían como si yo hubiera hecho algo personal por ellos. En concreto se referían a dos títulos: Cuento de verano, un relato corto que está incluido en la antología Bleak House Inn (Fábulas de Albión 2012), y mi novela La isla de Bowen (Edebé 2012).

Cuento de verano es un relato de humor. Sin crítica, sin reflexiones profundas, sin dobles lecturas, puro humor; un relato concebido única y exclusivamente para hacer reír. Y eso es precisamente lo que algunos me han agradecido: que les haya hecho reír. Creo que lo que realmente me agradecían es haberles hecho reír en unos tiempos donde hay muy pocos motivos para la risa.

En el caso de La isla de Bowen, varios adultos me agradecieron haberla escrito, entre otras cosas porque leyéndola habían vuelto a la infancia. Es decir, se olvidaban de todos los problemas y durante un rato regresaban a una época más inocente y apacible.

¿No tiene eso mucho que ver con el argumento de Los viajes de Sullivan? Yo creo que sí. Por ello, he decidido no volver a expresar mi indignación política/social/económica en el blog, salvo en casos límite; y cuando lo haga, lo haré con humor e ironía, sin dramas. Palabrita del niño Jesús.

Así pues, La Fraternidad de Babel enderezará su rumbo y proseguirá su inútil travesía hacia ninguna parte, centrándose en todo aquello que no sirve para nada, ni siquiera para cabrearse.

Ah, por cierto; mi hijo Pablo está de p. m. en París.